La cultura es una forma de administrar la soledad o de sublimarla: se podría vivir en esa cápsula libresca, husmeando en lo que otros fabularon o crearon a beneficio de nuestro bienestar. Husmear como un acto delincuente casi o como un deliberado confinamiento moral, intelectual o estético. En entender el mundo, en construir una sólida urdimbre de causas y de principios uno puede emplear una vida y hasta entra en lo razonable que entenderlo enteramente (si es que esto puede ser posible) exija cierto abandono de la propia vida. Paradójicamente: para entender la vida tal vez haya que convenir su renuncia explícita. Y vivir entre libros, acunando placeres de la inteligencia, la que haya, de la que se disponga, perdido en uno mismo, sin otro extravío que el marcapáginas por el que guiarnos para continuar la secreta decodificación del mundo. Y a veces, cuando la realidad aturde, uno consiente estas frivolidades de la extravagancia creativa y se ve en una habitación, confortablemente insensible al ruido ajeno, consciente de estar perdiendo alguna batalla contra algún enemigo al que sabemos que hay que derrotar o algún afecto externo, de vida real, no impostada y fría, pero preferimos quedarnos en la confortable renuncia y vivir en la banda ancha, en los libros espléndidamente dispuestos en sus anaqueles, en la certidumbre de que no existe mejor vida que la que uno decide que sea la suya.
9.1.21
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