30.12.19

La penúltima siesta del año

Queda a consideración del que decide la pertinencia de su elección. La pesa y mide, observa si le satisface enteramente o si no conviene y cundirá el arrepentimiento. Hay pocas zozobras más lacerantes. Se arrepiente uno a diario, aprende a componérselas y remontar esa pequeña o grande fractura del espíritu. Hay veces en que el error en lo elegido obra a beneficio de quien marra y le depara más tarde, una vez remendado el roto, la fortuna a la que anhelaba, toda esa rendición de festejos y de alborozo de la que tanto se depende para no caer en el tedio ni en la desdicha. Elegir es siempre un asunto al que se le da escaso predicamento en la literatura al uso. No hay prontuarios, ni teorías de los que saben que nos ilustren y allanen el camino. Las instrucciones las elige uno, he ahí el primer escollo, la paradoja. A fuerza de haber elegido equivocadamente en más ocasiones de las deseadas, termina uno por confiar la elección al azar, sin que intermedie el pensamiento medido, la cartesiana elocuencia de la razón. Suele funcionar, qué quieren que les diga. Cosas que no se piensan salen muy bien y las pensadas y pesadas y medidas descarrilan, se aturullan, confunden al que las idea y acaban malogrando toda posibilidad de éxito. No se precisa que el asunto sobre el que se decide sea de fuste y trascendencia. En ocasiones son elecciones irrelevantes, asuntos de una futilidad extrema, pero ay, cómo duele tener que decantarse, matizar el escrutinio, decir este cuando lo que de verdad deberíamos haber dicho es aquel. Da igual que sea un libro que regalar (son ahora días de eso, yo hoy he sopesado esa elección y he sufrido lo indecible hasta que me he inclinado por uno, da igual cuál) o la cantidad de mascarpone que comprar para para hacer una tarta. Todo se bifurca y expande, a todo se le puede asignar un tamaño desmesurado, por pequeño que parezca o certeramente por pequeño que sea. La cosa de menos importancia cobra la importancia mayor y, a la reversa, la de sustancia más trascendente, según irrumpa, adquiere una nombradía menor. Somos así, no hay que darle más vueltas, no tenemos enmienda o la tenemos a toro pasado, que se dice, cuando caemos en la cuenta de que no debió ser esa la manera de hacer las cosas o que pudimos haber hecho lo correcto, quién sabe qué es lo correcto. Ando ahora en la duda de si elegir dormir la siesta (falta hace, anoche caí en el trance bendito del sueño a muy tardías horas) o aplicarme en propósitos de más importancia. Me concederé el beneficio de la siesta. Es un momento dulcísimo, absolutamente recomendable para quien no lo haya probado lo bastante. En  fin. Como y me voy. 

2020

Hay más cosas por hacer que las que uno ha hecho. Ese propósito es el único con el que debería contarse. La lista de propósitos la manuscribe el azar, podrían ser los del año venidero, no siempre es la idónea, ni  ocurriría nada grave si no se acomete. Lo normal es que nada de lo anhelado suceda. Algunos de esos deseos son irreprimibles; otros se piensan sin mucho empeño, un poco juguetonamente, sin saber qué efecto producirán. Hay días que invitan a desmadrarse. Es curiosa la expresión. Viene a reforzar la idea de que es fuera de la tutela materna donde concurre los primores de la diversión. Que las madres nos los coartan o censuran. Es el oficio legítimo. El nuestro tal vez sea desoírlas, no caer en la obediencia ciega del hijo. Desmadrarse es una especie de viaje iniciático, probatorio y lúdico. Luego vuelve uno al feto primigenio, esa moral de inspiración cristiana con la que se nos educó para no salirnos en demasía del tiesto. No todos los deseos son reprobables. Los hay de un candor o inocencia conmovedora. La lista de hoy, la improvisada, es esta:

Asistir a una máster class de balalaica.
Leer a Emily Dickinson en vernáculo verbo. 
Ser invitado  a un menú degustación de sushi en Tokio. 
Visitar en invierno el barrio judío de  Praga.
Beber absenta en Boston. 
Escribir un soneto en una Underwood número 1.
Ser aquel en cuyos brazos desfallecía Matilde Urbach. 
Pisar Tierra Santa. 
Abrir una puerta en una película de Lubitsch. 
Departir con Dios en un sueño. 
Embriagarse a sabiendas. 
Bailar con los ojos cerrados una música que solo se escucha en la cabeza. 
Pasar una noche en una historia de Stephen King y flotar nada más despertarme. 
Tocar el piano como Bill Evans. 
Recitar de memoria el poema del ajedrez de Borges. 
Ver un unicornio azul en el malecón de La Habana. 
Subir al Empire State Building en 1933. 
Tener unas palabras con el coronel Kurtz. 
Pasar la nochebuena en Bedford Falls. 
Pedir un gintonic en el pub Tempo en Priego de Córdoba. 
Terminar mi novela. 
Escribir un poema en una servilleta de un bar. 
Apurar un White Russian en una terraza en Cracovia.
Conversar con mi padre. 
Releer la integral de Lovecraft. 
Saludar a García Márquez en Macondo. 


29.12.19

Todos estamos rotos, así es como entra la luz



Considerada sin apasionamiento, lo cual es perder la elocuencia del corazón, la memoria es un artefacto perverso.  Confunde, arrima lo que no es propiedad suya, rehusa lo propio, festeja lo irrelevante, no aprecia lo que importa, va desconsideradamente a su bola, sin que quien la posea pueda en ocasiones ejercer gobierno sobre ella. En cambio, cuando más desprevenido estás, prorrumpe con fiereza, arguye su criba a perjuicio o beneficio nuestro, aunque no discuta la pertinencia de sus decisiones, ni remotamente ceda si alguna es más de nuestro agrado y deseamos hacerla durar. Sucede de idéntica manera si cancela los recuerdos dulces, los que elegimos, todos los que nos construyeron y todos los que nos siguen configurando como personas. Lo somos y es común el trabajo de crecer juntos. No debería esto ni ser apuntado.

Fascina de la memoria su bagaje, el invisible, el que no está siempre disponible, ni se cree pueda todavía existir y hacernos regresar al ayer, el vano ayer que se alimenta del frágil hoy. No sabemos mucho del oscuro mañana. A él lo fiamos todo. Contiene la esperanza, que es la fe de lo cotidiano, la inmarcesible fe en el deseo de que la memoria prosiga su labor metódica y se avitualle de recuerdos. Ellos son lo que tenemos, no más. De ahí la incertidumbre, de ahí la sensación de que todo esto es una especie de préstamo y también la certeza de que tendremos que devolver el equipaje adquirido durante el trasegar de los años. Queda la luz, la luz vibrante en las copas de los árboles, su belleza inalterable, su hegemonía imbatible. Queda su constancia en nuestra percepción de la realidad. Todos estamos rotos, así es como entra la luz. Lo dejó escrito Hemingway, que acabó partido, incapaz de soportar el peso de las sombras. Lo acabo de leer. Es la frase del día. No sé si acabaré olvidándola. No es cosa mía ese prodigio, el de recordarlo todo y a todo darle carta perenne de existencia

27.12.19

Antonio



Carezco por completo de la facultad de hablar de lo que amo sin caer en el sentimentalismo, vicio comúnmente extendido, no exclusivo mío, por otra parte. Siendo uno, por naturaleza, bueno, en lo que se ajusta sin excesos a la idea de bondad, me esmero a veces en no escatimar buenas intenciones, en abrir el corazón y ver qué sucede con él abierto, expuesto, desprotegido. De mi amigo Antonio Sanchez Huertas (Colmenero Villar) no puedo escribir sin que se advierta el sentimentalismo, no hay nada, por más que ahonde, a lo que puede acudir para ejercer algún tipo de crítica, está siempre la sensación de estar en casa, manejando las palabras como si fuesen muebles que nos pertenecen y a los que sometemos a feliz mudanza. Así que en adelante será el corazón el que hable.

El tiempo, que es un bicho cabrón cuando se le antoja retorcer el cuerno, nos ha tenido juntos en los últimos treinta y cinco años. Ahora Antonio le da un aire a Peter Gabriel, pero siempre fue una réplica digna y provinciana de Phil Collins. Todo queda en Genesis. Quienes viven con él, saben lo que continuamente maquina y urde este hombre hiperactivo, positivo, de una resistencia dialéctica sólida, de poco afecto al desmayo o al cansancio, de un humor sencillo y lírico, que no hace jamás un desaire a una conversación en una terraza de un bar, vaciando tercios de cerveza y fumando Camel. Sufre por el mundo y por sus cuitas, por las injusticias, por el precio del salmón, por la educación de Alberto, que es ya mozo grande y bonito y músico, por lo que come Auxy, que es mi hermana del alma, ella lo sabe.

Cuando el sufrimiento no le afecta, en apariencia, en lo que se ve a simple vista, mi amigo Antonio se dedica a organizar el mundo, a inventariar la realidad, a registrar la minuciosidad del día y a manifestar a cielo abierto, en ese teatro enorme, su voluntad de vivirlo todo a conciencia, adrede, sin que nada le quede lejos, sin que lo humano y lo divino crucen a su vera y él, en el roce, no saque beneficio, no exprese su criterio o no rubrique su anuencia o su quebranto. Hay personas en este mundo como Antonio, pero pocas en ese rango sensible, pero no es esa la razón por la que somos amigos, una especie de hermanos sobrevenidos, cómplices en muchas hermandades. En realidad no sé qué razón es ésa. Supongo que si afino la memoria, sacaré unas cuantas de esas razones que ahora, llevado por mi entusiasmo laudatorio, no alcanzo.

Podría contar los bares que hemos cerrado y los que hemos abierto, las audacias verbales en la que nos hemos embarcado por puro amor al riesgo, los langostinos tigre gaditanos de los que hemos dado sabrosa cuenta, por las canciones entonadas con la desafinación previsible. Podría traer aquí la copiosa rendición de los viajes realizados, las gloriosas visitas a Lucena...Luego está Auxy, que merece un libro aparte y en la que, por la influencia turbulenta de su marido, reparo a veces menos, queriéndola igual. Hace veinte años o incluso más escribí sobre Antonio en una columna que yo tenía entonces en el diario Córdoba. No la guardo, no guardo nada de lo que escribo. Antonio la guarda y la recuerda, casi sin falta, en su cabeza. La cabeza de Antonio, con sus grietas y su calva, con su enciclopedia dentro, es un laberinto del que solo él tiene la clave. Un Google con su algoritmo fiable. Dentro están la Segunda Guerra Mundial, la historia de Santa Marina de Las Aguas Santas, la definición exacta de metro, la mitología persa, la historia del proxenetismo en Estambul, las narraciones de nuestro amado Stephen King y el catálogo de proezas y desventuras de cualquier héroe de ficción que haya caído en sus manos.

Tiene Antonio esa incómoda habilidad de acaparar la atención de quien lo escucha, y eso, aunque suena a reproche, es virtud en él. No porque yo le excuse sus exabruptos o porque no sancione su extraordinaria sociabilidad sino porque acomete ese oficio, el de ser una especie de centro de gravedad permanente, con absoluta maestría. De lejos, sin entrar en honduras, uno querría de Antonio el orden, del que yo carezco, la previsión, la certeza de que improvisar, siendo aceptable, no es un asunto recomendable, pero yo no sabría ser Antonio Sánchez Huertas, no podría sobrellevar el peso cartesiano de su cerebro, no sería capaz de llevar dentro el vademécum de las cosas, el inventario desmenuzado de las cosas que pasaron. El pasado es propiedad suya. El presente es un accidente que le da riqueza al verdadero tesoro que tutela, el de la memoria fastuosa, capaz de guardar lo irrelevante y lo magnífico, sin que lo uno y lo otro malogren el ambiente en que conviven, sin que lo etéreo y lo mundano, lo sublime y lo prescindible, acaban a hostias a ver quién es el que manda.

El futuro es una incógnita, como para todos. Él no es metafísico al modo en que lo soy yo, pero porque no se ha puesto. O lo es sin empeño, metafísico doméstico, de cruzcampo a medio terminar y de tapa acabada. En ese aspecto, Antonio es un cordobés de raza, uno antológico, al que se le puede encomendar la vigilancia de las costumbres, la custodia de las tradiciones. Yo siempre dije que en algún momento de su existencia optó por la vía sencilla, la que estaba más a mano tal vez. Por eso dio en trabajó tan joven, por eso no se cultivó en donde debía haberlo hecho, en la universidad, en donde la gente inteligente pule esa inteligencia y la afina. Él anduvo otro camino, no es relevante. Suya es otra universidad de más amplio rango. Nunca le importó eso, nunca deseó echar atrás, perder una sola de las experiencias que la vida le ha entregado en su periplo laboral, tan obsequiado de oficios. No se sabe con seguridad nada. Ni siquiera si mañana vamos a recordar lo que hicimos hoy. He ahí la grandeza de mi amigo Antonio, la que rescata lo que estaba hundido, la que pone a salvo lo que amenaza el fuego, la que pone a la vista lo oculto por las sombras. Son temibles las sombras. Se las teme por lo que tienen de hostil, por lo que nos han vendido en los cuentos, por ignorar nuestra voluntad de luz. Quienes van por la vida apartando sombras merecen elogios.

Este es uno. Lo vierte la amistad, la que nos conduce a la barra de los bares, benditos ellos, nuestros todos. Hemos tenido varios en los que hemos salvado al mundo y el mundo nos ha salvado a nosotros. Habrá más. Bares de cafés muy oscuros para aliviar la torpeza escandalosa del alcohol en la sangre. Bares de muchachas rubias y de pechos firmes que nos miraban (antaño, otros días, otra vida) menos que nosotros a ellas. Fue otra época. Bares con la banda sonora de siempre, la de los éxitos de la época dorada de la radio, antes de que el ébola del mercado lo gangrenara todo. Si no fuese por los bares, no estaría yo aquí, en este día de navidad muy tranquilo, escribiendo sobre mi amigo Antonio. No entran aquí las metáforas y la anchura fantástica del lenguaje. No estará Your song (it’s a little bit funny this feeling inside...) en un cantabile ajardinado, tarde ya, cuando cierran o están a punto de cerrar las calles, en un trío de sonoridad infame.

No están los langostinos conileños, los Jamo coquetísimos, el Pioneer mítico, un par de cientos de cartas escritas no por mí, sino por mi incontinencia verbal, y que los dos, Antonio y Auxy, todavía guardan en cajas, como constatación brutal de mis arrebatos.
En uno de esos bares de tan grato recuerdo para ambos le escribí, levemente achispado, el esbozo de un poema que luego, en detalles, corregí y publiqué en el periódico donde solía. No llevaba título o, al menos, ahora no recuerdo que yo se lo pusiera. Cuenta, en todo caso, la sensación de que el mismo Antonio, en su proceder, en lo que ofrece a los demás, suscita que se escriba sobre su persona. Si me da permiso y alcanza fama en alguna disciplina, aparte de las que ya domina, le pediría que me permitiese ser su biógrafo, quien registre indeleblemente el vértigo y la fiebre, las dolencias y los efluvios, las escaladas a picos muy altos y las bajadas a infiernos muy grises, porque la vida no condesciende a que nosotros le escribamos la trama, la narra ella así antojadizo capricho.

Quedará este volunto mío para que alguna vez lo relea. Sé con completa seguridad que será más suyo que mío en cuanto le eche el primer ojo encima. No se me escapa que habrá pasajes que recuerde íntegramente. Es lo que tiene el cabronazo, que tiene una memoria de muchos teras. No los contamina la nueva información, no hay hackers que los perviertan ni amañen. El poema es este, no pienso mover una palabra, no se me escapa que la cambiare en cualquier ocasión. Las palabras son soldados y aquí está la autoridad que los dispone y les encomienda que nos protejan en la necesidad y en la dicha.

En mi amigo Antonio
abrevan
provincianas, elementales bestias,
alucinados ángeles de su verbo claro.

Siendo como es
dios de su gongorina prosa,
abruma, en ocasiones,
con su parlamento,
y remotos pájaros
le vienen en bandadas,
improvisados y únicos,
y con ellos departe
sobre demiurgos y tanques.

Complacido de su secreta causa
y ufano de itinerarios y laberintos,
Antonio celebra el tiempo
acodado en una barra de bar,
minucioso y sencillo, feliz y glorioso.

Se deja así vivir
ordenando el tráfago del día
en cervezas,
en periódicos,
en un hijo bonito
que le trajo el Atlántico,
en esposa
cómplice en vuelos.

Este poema nos ocupará, bien lo sé,
largas conversaciones en Espuma's,
que ya no existe.

23.12.19

La salvación

Se descree por discrepar, un poco también por  la rigurosa evidencia de la realidad, que no condesciende a la magia y al efluvio místico del espíritu. En cuanto uno cede y adquiere la facultad del asombro, todo fluye y se arroba la plenitud de lo invisible. A ciegas se ve más en ocasiones. Es otro el instrumento de conocimiento, más dotado de poesía, con mayor y más lúdico apresto estético. Es la imaginación la que lo administra esa porción secreta de gozo. Quien la desoye, al apartarla, no se perturba nunca, no conoce la fascinación, ni se alimenta de ella. No es únicamente la fe el sustento de esa nutrición emocional. Hay descreídos en ella que se abastecen de belleza. La belleza justamente con la inteligencia o con la sensibilidad. Una vez se impregna uno de sensibilidad, en ese instante milagroso, la vida se expande como un cielo azul en una mañana rutilante de sol. Hoy hace un sol espléndido en mi pueblo. No quepo en mi asombro. Tengo conmigo la dicha, está a mi alcance. Cuando me apesadumbre, abriré un libro. En ellos están el asombro, la fascinación, la plenitud de lo invisibles, los primores de lo real también. 

22.12.19

La incertidumbre




Antes no dejaba nunca a película a medio ver o un libro a medio leer. Ni siquiera esperaba a que se cumpliera ese plazo, el de la mitad, sino que me retiraba a poco que encontrase alguna aspereza, una serie de pasajes atropellados o resueltos convencionalmente, escritos o filmados sin esmero. Creo recordar que sentía una especie de obligación que me impelía a finalizar el visionado o la lectura, no caía en juicios hasta que llegaba a la última página o al último fotograma. No sé cuándo renuncié a ese escrutinio generoso y me convertí en un catón íntimo, capaz de cerrar en el tercer capítulo a los pocos minutos de proyección. No me pasa cuando se trata de releer o de rever (no suena bien, pero será correcto); tal vez hay una convicción de la que me valgo para avanzar sin cansancio, en la creencia de que todo lo que disfruté la primera vez va a ser restituido enteramente o, en ocasiones, amplificado, convertido en una experiencia nueva, de la que saldré reforzado, feliz. Se hacen estas cosas (leer, ver cine, escuchar música también) para agenciarnos una brizna de felicidad que, caso de no aplicarnos esas experiencias, no fructificaría. Me encanta sentarme a ver Lawrence de Arabia por tercera vez o emboscarme en las peripecias sensuales del pobre Humbert Humbert a la caza de su idealizada Lolita. El placer consiste en encontrar vino nuevo en los odres viejos. Se embriaga uno con un placer absoluto. Sabe ya a qué sabe, conoce el sublime paso del licor por la garganta y la dulzura de toda la ebriedad que viene detrás. Esta noche he pensado en ver de nuevo Apocalypse now. No hay una razón, no he leído nada sobre ella, ni tampoco nadie me le ha referido y espoleado mi voluntad de tragármela otra vez. Tal vez han sido The Doors. Esta mañana, camino de la residencia en la que está mi padre, he escuchado a Jim Morrison y de pronto he visto una barcaza recorriendo el Mekong y ha sonado The end en mi cabeza, aunque fuera otra la canción la que tenía acoplada a mis oídos. Estaría bien que a última hora, poco antes de buscar el DVD, encontrara otro que me engolosinase más. Esa incertidumbre es maravillosa.

Una historia de cine negro / Divertimento criminal


1
“Bien, Señor, no habré sido un buen hijo, ni tendrás para mí un pedazo de cielo, pero antes de que mis faltas me manden al infierno, tengo que hacer unas cuantas cosas, y en ninguna estás tú. No hay belleza ni hay amor en la sangre que voy a derramar. Habrá muerte, la hay en todo lo que toque, como una de esas maldiciones egipcias. En el trullo tuve un compadre que lo sabía todo sobre las momias y los faraones. De la muerte tú sabes más que yo, cosa de ser el que manda. Te costó lo tuyo levantar este mundo. Mi padre me leía las Escrituras. Me repitió tanto que fuese un buen hombre que acabé por no serlo solo para contrariarle. Siempre fui así, fui de los que hizo daño por salir del aburrimiento, no por sacarme un sueldo o por demostrar quién era el más fuerte. En realidad siempre quise pasar desapercibido. No busqué la riqueza. No sabría qué hacer con el dinero. A lo sumo pagarme una botella de whisky y unas putas. No sé si en el infierno hay putas, pero seguro que en el cielo no hay ninguna. Se hace tarde, siempre se hace tarde para alguien, pero esta vez me ha tocado a mí. Yo soy el que tiene que aparcar el coche en la puerta de la casa, bajarme sin hacer mucho ruido y llamar al timbre. Luego sacaré mi Tokarev y le abriré la frente con un disparo. Si me paro a pensarlo mucho, no lo haré, pero entonces lo hará otro y seré yo al que le hagan un siete en la frente. Se trata de hacer las cosas y no pensar mucho en ellas. El oficio que más me cuadra es el de soldado. No se discuten las órdenes. Se obedece. Si no me paro mucho a pensarlo, será solo un trabajo más. Todos tus hijos venimos a este mundo a quitar de en medio a unos cuantos hijos de puta. Cualquier buen día alguien dará cuenta mía”

2
Nicky Ferrasolo aparcó el Plymouth Barracuda en doble fila, comprobó que la Tokarev estaba a punto y apagó el Chester en el cenicero. Tres minutos después, Nicky pensó en el humo. El del Chester, el de la vieja Tokarev y el del boquete que le abrió a Tommy Lugano encima de las cejas. Su mujer salió por piernas. Las tenía largas como una furcia búlgara a la que visitaba cada vez que tenía que hacer un trabajito en Chicago. Dejó de pensar en la búlgara (quién sabe dónde está Bulgaria) y en el humo cuando el Pontiac del 72 entró en la calle como si lo condujera el mismísimo Lucky Luciano. Poco más tarde, Nicky Ferrasolo tenía tres balas en el pecho y una en la cabeza. Lugano era una cara rota. Se la habían borrado. Al Barracuda se lo llevó una grúa cuando un vecino alertó de que los yonkis del barrio se metían dentro para colocarse. Al detective Calvin Moran le tocó redactar el informe, lidiar con la prensa y hacer correr la voz de que Ferrasolo había caído. No era mal tipo, le gustaba recitar pasajes del evangelio y frases de los dramas de Shakespeare. Un tipo curioso Ferrasolo. Moran era uno de esos polis pluriempleados. Se dejaba pagar bien bajo cuerda, hacia sus trabajos y no se quejaba de la mierda de sueldo que le proporcionaba la placa del Cuerpo. No venían mal los encargos bajo cuerda y era bueno limpiando la escena del crimen. Lo único malo de aquel día es que no había llegado a tiempo. Tendría que buscar otro al que proteger. Tommy Lugano estaba en el infierno, si es que había plaza.

3
La mujer de Tommy Lugano regentaba un garito de copas al norte de la ciudad. En sus tiempos fue un templo de los pequeños trapicheos de toda la morralla del barrio. Muchos trapicheos hacen un gran negocio. Muchos grandes negocios son lo que hace que una mierda seca como Lugano lograra ser el Emperador de Riverdale. Un barrio como Riverdale sirve para que la gente como Lugano no llame la atención más de la cuenta. Una avenida principal que acaba angostada, suicidándose en una serie de polígonos industriales y un puñado de calles escoltándola, residencia modesta de la vieja clase obrera que levantó este país. América está hecha de gente como la de Riverdale. Viven por América, trabajan por América e incluso mueren por América. Lugano fue un americano ejemplar. Eso pensando que América, en algún sentido, sea ejemplar también. Un trabajo serio y mal pagado, barbacoa en el porche los domingos, béisbol con los amigos en las tardes gloriosas de los Yankees. América, la tierra de las oportunidades. En fin, toda esa melodía. Algunas son como una tos terca alojada en el pecho a primera hora de la mañana.

4
A su viuda, la señora Lugano, se la vio pasear su dolor tanto que alguno creyó que lo estaba repartiendo entre la beneficencia del barrio. La gente discreta, la que no hace preguntas, intimó con ella, la consolaron, le dijeron que el mundo seguía girando y que el mal nacido que mató a su esposo estaba en el fondo del Hudson. Calvin Moran la siguió durante unos días. La vio tomar café en Morocco's y comprar vestidos en Metz o en Carter, sitios en los que te cobran por mirar. No supe de ella más de lo que decían las tiendas en las que entraba. Y le decían que tenía gustos caros y que la trataban como una gran señora. Además era la viuda de un hombre respetado en el barrio, temido, alguien bien relacionado, con influencias en la mafia más alta, la que da miedo de verdad, aunque Tommy Lugano, entre la canalla del barrio, fuese un tipo despreciable, que había amasado su fortuna poniendo el pie en el cuello de mucha pobre gente, a la que estrujó hasta que reventaron. A Moran no le importaba una mierda quién pusiese el pie y quién lo sintiese en el cuello. Cualquiera que pudiera pagarle podía hacer lo que diese la gana con su pie o con su estómago. El suyo, el de Moran, admitía una copa más, dos si la noche se ponía de cara. El trabajo requería paciencia. Dosis generosas de paciencia. Podía estar una tarde entera metido en su Cadillac sin despertar sospecha alguna. Podía dormir en el Cadillac sin temor a que nadie aporrease la ventanilla y le pidiese cuentas. Era un Cadillac espacioso. Lo prefería al coche oficial de la poli, demasiado conocido. La KMW ponía los viernes un maratón de blues del Delta que no se perdía nunca. En una ocasión dejó que se escapara un tipejo irrelevante al que seguía por no salir del coche y no poder escuchar a Sunnyland Slim. El día en que programaban un especial dedicado a Muddy Waters, Calvin Moran no patrulló. Así son las cosas. Si uno infringe estas normas, se puede venir una vida entera abajo. Dejas de ser honesto contigo mismo y terminas perdiéndole el respeto a cualquiera. Puedes ir con un pistolón del demonio en la chaqueta y tener un alto sentido del honor, por decirlo de alguna manera. Puedes haber mandado al infierno a treinta cabrones y sentir que se te muere el corazón cuando Muddy Waters te dice al oído que es un chico de campo y que el amor le destrozó cuando llegó a la ciudad. A Calvin Moran le gustan esas historias íntimas, de gente con los dientes rotos que te cuenta la gran pastoral de su vida, la de los golpes en la oscuridad y la de la nostalgia de la infancia, la de la tristeza en las noches a las que se le abre el corazón. En ese momento, cuando el viejo Waters enfilaba el final del blues, Peggy Lugano salía de Harper's con cien bolsas en las manos. Esta historia (su final, más bien) comienza con Muddy Waters en la radio y con Moran, en la acera, ayudando a la viuda a recoger unas cuantas bolsas caídas al suelo. Esas son las cosas que más tarde se recuerdan. Piensa uno en qué habría pasado si hubiese sido honesto consigo mismo y no hubiese interrumpido el blues por estar cerca de un par de gloriosas tetas. Ellas las tenía. La viuda de Lugano se llama Greta, por la Garbo, pero de rostro más vulgar, más rotunda en las caderas y con ojos de víbora. Una vez vio una. Eran así sus ojos.

5
Era más baja de lo que le habían contado o de lo que desde lejos, cuando la seguía, aparentaba. Tenía esa distinción que hace en algunas mujeres que no pensemos en nada sobre su altura o sobre si son gordas o están en las guías. No era de una belleza arrebatadora, pero podría enloquecer a un retratista porque en su cara escondía el plano del cielo y el del infierno y solo hacía falta que alguien los sacase de allí y los pintara en un lienzo. Moran no había cogido un pincel en su vida, no había leído un libro jamás y no tenía interés ninguno en cambiar esas dos certezas, pero Greta era la lujuria absoluta, el tipo de mujer que nubla la cordura y hace que un hombre bueno hocique en el barro o abrace sin rubor el pecado o que un hombre en pecado, como el propio Moran, se esmere en él y alcance grados de perversión impensables antes.

-Me llamo Calvin Moran, señorita - dijo

La viuda Lugano no se inmutó, no expresó ninguna sorpresa y tampoco impidió que Moran se cargase de bolsas y se quedase allí enfrente, pasmado, ridículamente útil mientras ella paraba un taxi.

- Me llamo Calvin Moran, señorita...- repitió - Ha aprovechado usted bien la mañana.

- En primer lugar, no soy señorita. Sabe usted mi apellido como yo sé que hace días que me sigue en su Cadillac. Si no quiere perderme para siempre de vista, haga el favor de meter las bolsas en el taxi, meterse dentro y no decir una palabra hasta que yo se lo diga - replicó la mujer al tiempo que detenía al taxi y se quitaba las gafas de sol.

Moran cumplió sin chistar. Cuando pagó la subida de bandera, estaba anocheciendo. Era un barrio distinguido, pudo ver, el barrio en donde los clientes pagan grandes cantidades por los trabajos sencillos. Fotos de fulanas chupándosela al marido. Ese era el preferido de Moran. Viejos con mucha pasta que bajaban a la ciudad a emborracharse en los burdeles. La casa era la segunda vivienda de los Lugano. Espaciosa, inclinada al bosque, semejaba ciertas villas de la corte romana que a veces el cine ofrecía en lujoso cartón piedra. Una criada sacada de Tara, más negra que una pinta de Guinness, se encargó de arrebatarle las bolsas. Todo era Greta, pensaba en ella, en la dulce Greta, en sus tetas, en todo el dinero que había en ellas. Como Tommy Lugano estaba bien muerto, Calvin decidió que estaba bien lo de la cama. Incluso aceptó la idea de malograr su reputación. No habría un marido peligroso y cornudo.

6
La negra de Tara les abrió una puerta doble, acristalada. Lo que menos esperó Calvin es que acogiera una biblioteca, y no precisamente una endeble, justa en volúmenes. No había una pared que no tuviese un ristra de baldas encomendadas de libros. Solo una chimenea, que a él le pareció fabulosa, distraía esa visión pura de lomos arrimados a otros lomos, de libros apilados, todos vacíos y absurdos, pensó. No hay nadie que tenga el tiempo que esos libros requieren. Ni mucho menos el zafio de Lugano, que podría haber sido un excelente hombre de negocios o un estajanovista del crimen de medio pelo, pero no un buen lector.

- El señor Lugano no venía nunca por aquí, ¿verdad? - se atrevió a decir Calvin mientras ojeaba un volumen bien grueso.- Y por cierto, ¿quién coño es Kafka?

- Escribió de tipos como tú. Cucarachas. Porque tú eres una bien gorda, Moran. Puedes servirte un whisky para brindar conmigo.- contestó Greta.

- Por el cabrón de Kafka, por tu marido, por las cucarachas - sentenció Moran elevando el vaso redondo, muy historiado, ancho de boca y de un cristal que no él no hubiese pagado ni con su flaca nómina ni con cinco trabajos de gordos del barrio yendo de putas a la gran ciudad.

- Sabes brindar. Todos los detectives saben escoger bien las palabras. No tienen estilo, no han leído nunca a Kafka, pero eligen las palabras mejor que todos los plumillas del Chicago Tribune.

- Pero no vale de mucho cuando te encañonan en un callejón. Vale una mierda el puto vocabulario. He visto a compañeros con la barriga abierta a los que no les ha servido de nada hablar mejor que Aristóteles. ¿Se llamaba así? ¿Qué era? Un charlatán romano, ¿no?

- Eres encantador, detective. Era griego, y no era un charlatán. Imagino que llevas razón, pero hoy nadie te va a abrir la barriga. Hoy no, por lo menos. Pero te estás metiendo en un barrizal y llevas los zapatos muy limpios.

- ¿Qué hubiera hecho tu Kafka en mi caso?

- Irse a un hotel barato, encerrarse en una habitación. Pediría con mucho pudor que no les molestasen y se tiraría un mes escribiendo. Sin levantar cabeza.

- ¿Y las cucarachas? ¿De qué le sirven? Yo las piso si me cruzo con ellas. Solo pensar en ese bicho asqueroso, incrustado en la suela de mi zapato, me da asco. ¿A ti qué te parece?

Las cucarachas siempre sirven en la batalla. Cuando termine el combate, salen de su escondrijo y se pasean por el campo. Huelen los muertos y se ponen encima de sus barrigas abiertas. Allí dejan sus huevos. Así funcionan las cucarachas. Les gusta la tragedia, como a los griegos, los lugares calientes, como a ti. Ponen catorce o quince huevos, metidos en una capsulitas del tamaño de una lágrima de un niño. En los doscientos días que viven, ponen doce o trece capsulas de ésas. Haz la cuenta, detective. Una cucaracha, antes de irse al infierno, deja más de cien criaturas hechas a su imagen y semejanza. El mundo es de las cucarachas. Dios se esmero cuando las creó. Kafka lo sabía muy bien. Soñaba con cucarachas. Llegó a pensar que él mismo era una de ellas.

- Sabes mucho de cucarachas. ¿Te has doctorado en alguna universidad europea? No salgo de mi asombro. Una mujer tan hermosa, casada con un cazurro tan cazurro, y tan inteligente. Kafka se enamoraría de ti, seguro.

- He leído. Mucho, ademas. Fui una furcia instruida. Hasta que Tommy me sacó de las barras. Cuando mi marido se iba de putas, yo me metía aquí y sacaba un libro al azar. Cuando se metía tres días en el despacho para hacer mil llamadas y cerrar mil negocios, me enclaustraba aquí y sacaba libros. Había días que me ponía al día en arte etrusco. Otros, me empapaba de metafísica. Los días de lluvia, nada mejor que unos cuentos victorianos. Deberías leer, detective Moran. Quien lee, tarda más en morir.

- No tengo tiempo. En mí manda mi barriga. No querrás saber qué rivaliza con ella en autoridad, pero me encanta comer. Antes de que un hijo de puta me abra la panza con un balazo, la quiero contenta. Le doy todo lo que le pido. No hay día en que no le tenga un detalle, una atención, un bocado exquisito. Y además no engordo. Me conservo bien.

- Eres un artista de las palabras, detective. Me pregunto si no harías fortuna escribiendo.

- No, preciosa. Se me da mejor vigilar viudas. Tú eres la más feliz que he conocido. Ahora te toca vivir. O matar cucarachas.

- Después de esta charla, me estoy planteando muy seriamente dejar que vivas. Además de leer a Kafka, me gustan las novelas de asesinatos. Yo misma disfruto planeando los míos. Mi favorita es Agatha Christie. Las hay mejores, pero Agatha fue una pasión adolescente, una de las pocas que pude concederme, fui una furcia leída y pobre, ya te lo he contado, y no le he perdido el afecto. No tendré palabras suficientes ni sabré elegir las adecuadas para agradecer que la dueña de esta casa, que compró Tommy en uno de sus negocios sucios, fuese una lectora tan voraz. O quizá ya venía con los libros cuando la hicieron.

- Te vas por las ramas, viuda. Hablas de libros y de muertos. Yo creo que no vale nada todo lo que estás diciendo. Responde, ¿Me van a matar por seguirte?

- Hace mucho tiempo que estás muerto, detective. Solo te estoy poniendo al día. Me has caído bien. Hace tiempo que no me lo pase tan bien hablando con un cadáver. El problema fue ver más de la cuenta

. - También mandaste matar a Ferrasolo? No era mal tipo...Lo conocía bien. Era un poeta, se dice así, poeta. Lamenté estropear ese talento.
-Vio lo que no debía, entró cuando no debía. Está bien que cumpla su trabajo. Cobró su pasta por quitar de la circulación al asqueroso de Tommy, pero no respetó el horario. Si hubiese llegado un poco antes, o un poco después... Pero tuvo que llamar en ese momento, y ver lo que no debe verse. Es una pena que no volvamos a vernos. No queda como usted en el gremio.
-Espero tener más suerte que Ferrasolo. Muddy Waters está conmigo. Tú tienes a Kafka, quien coño sea, pero Muddy Waters nunca me ha dejado tirado. Puedes perdonarme y hacerme de tu cuadrilla. Doy buena planta. Tengo contactos. Cuenta con mi discreción también.

- Tarde. Están aquí.
7

Ahí es cuando Moran perdió todo el interés en la viuda. Recuperó el sentido común, pensó en la flaqueza del corazón, en lo venenosa que es la carne. Pensó en correr. El resto no duró más de un minuto. Empujó a la gorda de Tara, abrió a patadas la puerta del hall y se perdió en el bosque que se extendía a espaldas de la finca, como un animal al que acaban de perdonar la vida. Volver al coche no era ninguna opción. Habría un par de matones. Él sabe cómo se las gastan. Tenía unas cuantas pistas, tenía una corazonada. Los detectives, cuando están sentenciados por sus enemigos, son gente peligrosa. Las voces de alarma se escuchaban conforme corría. También los pasos. Los gritos. El bosque no es mi medio, logró pensar. Quisiera morir en mi Cadillac. Igual suena Muddy Waters. Una providencia de amor le empañó los ojos y ensayó una mirada al cielo azul entrevisto arriba, entre las ramas. El mundo estaba bien hecho. Se sintió cansado. Es mejor decidir cuándo irse, murmuró en un hilo de voz. Los pasos se detuvieron. Oyó toses, risas. Él había tosido y reído antes también. La trama es siempre la misma. Unos matan, otros mueren. Luego se arrodilló, entonó una pequeña plegaria y esperó el balazo en la nuca.

14.12.19

Los asuntos del corazón

No es qué hacer sino qué deshacer. Hay que aplicarse a veces en la tala antes de ocuparse en la germinación. Es una especie de síndrome de Diógenes de orden mental en el que uno va acumulando emociones y experiencias (unas están dentro de las otras o viceversa) en la confianza de que habrá sitio para todas y no se estorbarán, pero está comprobado que ahí adentro, en la procelosa cabeza, no hay gobierno ni patrón fiable que maneje las entradas y las preserve del olvido (o del caos) ni tampoco intendencia que pese el valor de los recuerdos y sepa a cuáles dar salida. La cabeza está zarandeada por tormentas, dice mi amigo K. No hay día en que una no haga naufragar un barco. Tenemos muchos navegando por ella. Cada salto sináptico es un barco que está intentando llegar a buen puerto. Algunos hacen agua. A otros los espolea la fortuna. Cada vez que algo bueno te pase es porque la química hizo su trabajo y la idea prosperó en tu cabeza, me comenta K. de nuevo. No me ha dicho si la química es la causante de la desdicha, pero imagino que así sera. Las monedas tienen dos caras. Una no puede existir sin la otra, en fin. Lo que cuesta es librarse de lo que se ha vivido, le respondo yo. Incluso las adversidades poseen un rasgo de pertenencia de la que no siempre deseamos desembarazarnos. Hay quien es feliz cuando los muchos reveses lo atenazan. Es una felicidad paradójica porque carece de bondad. Se basa en la costumbre. Millones de años de evolución han hecho que el hombre tenga admirables mecanismos de defensa. Somos criaturas perfectas en ese aspecto. A todo le sacamos beneficio, todo lo malo que nos ocurre contiene en su interior una brizna de bondad que emerge y se planta ante nosotros deseosa de que la cojamos. Quizá en el fondo lo que se tema sea ser igual de desgraciado cuando no hay motivo que justifique la desgracia. Mis males son míos, podría aducirse. No tenemos la voluntad firme de deshacer el rumbo equivocado, aun a pesar de constatar su daño. Cada uno se administra su porción de veneno. Todos tenemos nuestra parcela en el infierno. El cielo es solo un deseo. Cuánto más a mano se tiene, más conforta aplazar coronarlo.  Por eso el cielo está siempre a medio hacer, como dijo el poeta. Así que hoy sábado salimos a la calle y pedimos que nada nos contraríe. Hacemos esa petición sin verbalizarla. Es un pensamiento fugaz, una especie de invocación a la divinidad, como si escuchara allá arriba o allá adentro. K. sostiene que Dios está en la cabeza. Que forma parte de todos los saltos sinápticos que tenemos desde que el corazón empezó a ensayar sus primeros latidos. El pobre corazón. De ese no hemos dicho nada. También tendrá su opinión en estos asuntos. Dicen que son suyos. Asuntos del corazón. Le damos una carga excesiva al pobre, no tenemos consideración. Bastante trabajo tiene con bombear la sangre. Todo es muy complicado. La sencillez es una adquisición costosa, pero aprende uno a tutearla, la ve con familiaridad, sienta que es parte suya. Somos felices cuanto más sencillos somos. Debe ser así. K. no me está haciendo ni puñetero caso. 

13.12.19

La realidad



Hay cierta dignidad en la pobreza que es más costosa de percibir fuera de ella. Es la dignidad de la vida concentrada en la supervivencia. También la dignidad de las cosas sencillas. En poco tiempo no habrá cosas sencillas: todo se habrá complicado adrede, convertido en un espectáculo circense en el que compiten contrincantes afanados por hacer la pirueta más peligrosa. Seguramente acabaremos perdiendo el valor del silencio o la belleza de la simplicidad. Cuando se tiene muy poco, cambia el modo en que miramos las propiedades. Cuantas menos se tienen, más se conocen. Se sabe si cruje la silla y lo que guarda un cajón. Tiene el pobre esta memoria cartesiana de las cosas. La tiene sin que haya decidido tenerla. Nadie como él para saborear el pan o la leche. No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Borges lo ecsribió mejor: sólo es nuestro lo que perdimos. Pero he aquí al dueño de la vida, aunque sea una vida cogida con los dedos, izada un instante, convertida en algo hermoso y en algo triste a la vez. Porque el niño no puede sonreír con más entusiasmo, pero podemos imaginar el gesto que precede a la risa, lo hemos visto muchas veces, algunas más de cerca y otras, las más, en una pantalla. Lo malo de las pantallas (de la distancia desde donde uno contempla las imágenes) es que no nos incumben en el mismo rango de empatía que la realidad; enfatizan la sensación de irrealidad precisamente, como si no tuviésemos constancia de que pudiera haber algo que no fuese real, tangible y mensurable y de pronto se nos ofreciera con la etiqueta impresa de "falso" y lo miráramos a salvo, sin que duela ni nos incumba. Hay que perder el significado de las cosas para entenderlas nuevamente. A la vida, a fuerza de vivirse, le retiramos a veces el significado. No sabemos nada más allá de lo impuesto por la rutina, la zona de confort que ahora suena tanto. No hay mejor botella de leche ni mejor pan. Ni sonrisa más feliz. Certezas que duran poco. Imágenes sin volumen.

10.12.19

Hay días en que unas luces...



Comprende uno las cosas tarde y casi siempre mal, sin que pueda quedarse con la esencia, esa parte noble que maneja la hondura de la memoria y la valía de la experiencia. De ahí que el oropel de las luces navideñas siga ejerciendo su fascinación antigua, la del niño que observa los prodigios. Está el niño a la espera de que algo de afuera le haga aflorar. A veces se le reprende cuando irrumpe, no se le acoge ni abraza. Se diría que abochorna al adulto, que lo invalida quién sabe a cargo de qué propósito. Son tantas las veces en que esto sucede que uno tristemente concluye con la idea de que el niño que fuimos ha muerto o lo hemos apartado adrede, quizá para no rebajar la imponencia de nuestra fachada. Su resurrección es puntual y casi siempre trae más tarde sonrojo, mala estampa, esa especie de pudor que evidencia la sublimación salvaje de las apariencias. La opulencia de los colores y las luces acaricia la niñez mantenida a recaudo. La rescata, deja que se le enturbien los ojos y se enternezca el corazón. No es cosa que dure mucho. Cuando se apagan y la rutina lo impregna todo, regresa el adulto. Podemos ver cómo son a diario. Son duros. No se ablandan, no exhiben una brizna de fragilidad, no podrían caer en esa desatención de su firmeza. Se nos ha educado para sobrevivir. Todas las disciplinas alientan ese desapego por vivir. El prefijo locativo arruina la felicidad del verbo vivir. Ese “sobre” antecedido informa de un desatino semántico o de un desquicio moral, tal vez ambas cosas sean la misma cosa. Pero hacemos eso: sobrevivir. Todo se traduce en pugna. Avanzamos, sorteamos los obstáculos, nos abastecemos de defensas y pedimos (cuando se nos presenta un receso en ese vértigo perverso) que nos enciendan unas luces por Navidad y nos den abrazos y el fragor de la batalla mengüe unos días. Ni se nos ocurre pedir que la batalla cese. Sabemos que no acabará nunca. El niño la interrumpía a su antojadizo y lúdico antojo. Él era el capitán de sus días. Luego debió llegar Kafka con toda su delirante lírica de entristecido. Tendríamos que hurgar en el niño Kafka. Si tuvo una infancia feliz. Cuándo se fue todo al carajo. Hay un momento en que se descarría la infancia. Se enfanga, se engolfa, se encrespa. Una vez entra en ese rango de las cosas, cuesta hacer que retorne. De tener la manera, otro mundo tendríamos. Sí, es el texto blando e inocente prenavideño. Hay días en que unas luces...

6.12.19

Poética del otoño / 7



Fotografía. Emilio Calvo de Mora


Las hojas desobedecen al árbol y caen con una elegía en el aire. Son las hojas las  conjuradas en el sacrificio, súbitamente ungidas por un halo de romántica tristeza. Una vez abandonadas en el suelo, el viento las arremolina, hace de ellas novicias bailarinas que ejecutan una danza arcana que solo comprende el árbol de donde proceden y del que emprendieron la trama de una fuga, una especie de vindicación, un acta de cierre. Están muertas. Uno las pisa desavisado de todo el bagaje de vida que atesoran, no tiene la sensibilidad del árbol, no se espera que la tenga, tan solo las aparta juguetonamente, les da patadas; a veces alcanza a vislumbrar una brizna de la representación sobrevenida al azar, un poco funeraria y otro poco impregnada de una belleza inmarcesible y pura, de vida y de muerte, como la propia, renovada sin aviso a diario, caída y apartada sin gobierno por el rigor del viento. Está el día hermoso. Hace su oficio antiguo.

4.12.19

Un árbol con el tiempo dentro



A lo lejos se oyen pasar coches, pero entre ellos y el árbol el silencio lo barre todo, hace suyo el paisaje, entrevisto detrás. Esa propiedad es errática, no se compromete, ni permanece; se ofrece con esa música nocturna perdida ahora en la distancia (cito sin tino a Kavafis) para quien mira y aprecia una brizna de aflicción en su corazón y sabe que no volverá nunca a ver el árbol (ese árbol, no otro, aunque sea el mismo el que se yerga enfrente suya, ahora cito a Heráclito o a Borges) ni escuchará el mismo eco lejano de coches yendo y viniendo por la apartada autovía. No habrá árbol nuevamente ni eco ocupado en distraer el silencio que impregna la oscuridad recién caída. Hay una luz ajena y lúcida también en esa lejanía. Es la vida pulsando las cuerdas secretas del tiempo.

2.12.19

Los cuentos rotos



Algún día todos los cuentos se contarán con las costuras vueltas, se buscará lo que no se dijo, se dejarán de leer con los ojos de la costumbre. Ocurrirá que Blancanieves acaba colgándose de la viga de la casita del bosque. El lobo se zampará a Caperucita nada más verla, sin que intermedie diálogo ni adorno narrativo. La meterá en tuppers y se la servirá cada noche mientras sueña cómo ganarse la confianza de los Tres Cerditos. La Bella Durmiente no despertará jamás. No habrá príncipes. Ninguno podrá besarla. Dormirá eternamente una especie de coma hermosísimo. Peter Pan traicionará a los niños perdidos. Se los entregará al Capitán Garfio. No pedirá nada a cambio. Se dedicará a volar los tejados de Londres en busca de las ventanas abiertas que le permitan ver todos los dormitorios de todas las niñas que se parezcan a Wendy. Tal vez sean otros nuestros niños cuando crezcan si leen otros cuentos. Está comprobado que los de toda la vida (todos los de Perrault y los hermanos Grimm) no les hicieron mejores personas. Sólo hay que ver la prensa a diario. Todos los que cometen las barbaries que nos cuentan fueron los niños que se sabían de memoria los nombres de los enanitos y deseaban que el Príncipe besara a la Bella Durmiente y cancelara con amor el encantamiento.  Es cosa de cambiar la trama. Sólo por ver qué pasa. Si no funciona, volvemos a contarlos como antaño y comeremos perdices. Es por probar. De verdad que no perdemos nada. Se acabó endulzar las cosas, hacerlas bonitas, escuchar el gorjeo de los pájaros en los títulos de crédito de las películas de Walt Disney. A los niños hay que decirles siempre la verdad. Lo decían Les Luthiers, unos genios. No hay que engañarles con juegos florales ni con finales amorosos. Viene luego la vida y pone cada cosa en su sitio. De todas formas, qué felices fuimos, con qué ternura abríamos el corazón cuando alguien decía "Érase una vez...". Creo que todo eso se está acabando. No es que las niñas ya no quieran ser princesas, sino que nadie va a besarlas cuando se queden dormidas ni va a sentir pequeñito el corazón cuando den las doce en el reloj y Cenicienta tenga que volver a sus labores. 

30.11.19

La representación del mal



Del cine se extrae la romántica idea de que se puede morir por amor y hasta matar por amor. Luego la realidad malogra el romanticismo y nos informa de que hay gente descerebrada que mata por cualquier cosa; lo hacen en nombre de las banderas o por palabras escritas en libros que tienen miles de años o por mero acceso del antojo, sin que intermedie un plan, por desatinado o retorcido que sea. El cine es siempre un territorio sagrado, sagrado e idílico. Amamos esa fantasía inverosímil en la que no se registra lo real sino su permuta por lo fantástico, por lo irracional a veces (que haya dragones, vuele un hombre con una capa o un ratón explique lo feliz que es por encontrar el escondite del queso) o por lo deliberadamente inverosímil. Libramos con el cine una batalla amable en la que no nos incomoda que nos hable un cadáver al que vemos infelizmente en una piscina (Sunset Boulevard, El crepúsculo de los dioses) y relate la travesía que terminó en su defunción.
Miramos con cierta bondad el formidable personaje de Thomas Harris, ese Hannibal Lecter patológicamente dotado para el mal, carente de escrúpulos, un sociópata culto hasta límites místicos, capaz de rebanar un cuello mientras escucha las variaciones Goldberg de Bach, sensible en un extremo asombroso, pero hechizado por esa maldad a la que se entrega y por la que nos hacer sentir extrañamente culpables. ¿Nos gusta Hannibal Lecter? Quizá nos guste porque lo que vemos es una representación del mal, un simulacro balsámico, una especie de demonio muy lírico que no siente remordimiento y que ha leído a los clásicos y sabe que Medea mató a sus hijos, aunque los mitos, incluso los griegos, viven en otro simulacro, en un limbo narrativo, en una apariencia impostada de la que la cultura de los siglos ha extraído enseñanzas y ha alentado religiones. Queremos ver lo que la realidad nos priva. Existe una inclinación natural por hocicar en lo clandestino, por ser un voyeur con coartada. La literatura, toda entera, es un ejercicio lícito de voyeurismo legitimado. El cine, todo entero, es un ejercicio de una depuración distinta, fermentado en odres de más inmediato encanto, pero lo que se madura en ambas es la rendición pública de un privacidad a la que en principio no tenemos por qué tener acceso alguno.
La misma representación erótica, incluso la pornográfica, se ajusta a ese deseo sublimado en el libro o en la pantalla. La estrategia discursiva del porno prescinde de toda la experiencia cultural del espectador y apela a la no-ética, al disfrute visceral puro. En lo impuro, en lo más carnalmente pagano, en lo que no posee conciencia ni existe más allá del objeto sublimado y perfecto, está también la raíz del cine, todo ese carrusel enfebrecido de ficción y de industria. Queremos ver lo que no la realidad nos priva. Lo clandestino. Lo perverso. Lo malo por ser malo y por no tener oportunidad, de buenos que somos, de asistir a su desempeño. El voyeur de hombría izada por el fornicio de los demás es la representación canónica del espectador en su grado cero. De él, de ese destinatorio sin alma, sin espíritu al que alimentar, se extrae la escasamente romántica idea de que se puede morir por el sexo y hasta matar por el sexo. No hemos dejado de hacerlo desde tiempos inmemoriales y no vamos a dejar de hacerlo hasta que la casa tierra reviente. La violencia, incluso la estilizada, la que se acomoda a los discursos de quienes la detestan, también se deja querer por los vértigos de la ficción. En Perros de paja existe un mal larvado que explosiona cuando se le busca. Puro Peckinpah. El corazón tiene razones que la razón no escucha, dice el maestro. Yo sigo apasionadamente enganchado a que me cuenten cosas. Mi corazón tiene razones que la razón ni conoce. Se van los dos sobrellevando y aquí ando yo, escribiendo sobre lo que me gusta, creyéndome las mentiras que me cuentan.
En cine no soy laico. En literatira, tampoco. Soy de los que celebran los misterios al modo en que los hacen los creyentes cuando se postran ante sus dioses. Igual que hoy canonizan a dos padres de la iglesia, con pompa y con gran aparato mediático, yo canonizo a diario a mis santidades del celuloide o de la literatura o de la música. Tengo altares ante los que me postro, santuarios que cuido, a los que aplico el esmero que a veces ni me aplico a mí mismo. Los míos, mis santos, no son trascendentes. O lo son tan solo mientras el metraje avanza. Cuando la trama concluye, se retiran. Sé que los tengo. Si no fuese por ellos, mi vida sería infinitamente más triste. Soy el voyeur, soy el espectador perfecto. Me trago todas las historias. Soy crédulo
por convicción narrativa. Soy Joe Gillis, escritor de segunda categoría, huyendo de mis acreedores, refugiado en casa de Norman Desmond, la diva del cine venido a menos o venida a nada, que malvive de su esplendor en la compañía de su fiel criado Max y de un viejo proyector que ilumina sus interminables noches. Terminaré muerto en la piscina y cada vez que se abra el telón os contaré mi historia. Será vuestra. Yo solo habré cumplido lo que se me encomendó, la restitución de una trama.

29.11.19

Talleres de poesía

Hace tiempo que no asisto a una de esas reuniones en las que se lee poesía sin orden ni concierto alguno, y ciertamente no las echo en falta. No hablo de las otras, las reuniones en las que se lee poesía con orden y con concierto, se entiende. Las habrá, tendrán su parroquia de amorosos hijos de la poesía, pero no he sido invitado todavía a esa congregación. No tuve la suerte de dar con ellas o no insistí con determinación. Asistí con cierta curiosidad a las otras  hasta que esa novicia curiosidad tornó hastío y salí sin hacer ruido, intentando no molestar, no dar explicaciones sobre las razones de mi fuga. Había ocasiones en las que resultaban placenteras, tenían momentos de alborozo poético y hasta guardo recuerdo muy agradable de invitados a los que no conocía de nada y a los que aprecié (y todavía aprecio) sinceramente, pero quizá no dimos nunca con la orientación lúdica, ni se produjo el entusiasmo convidado siempre cuando se hace algo y se desea que dure y, al menos, nos entretenga. Faltó la epifanía, la sublimación, el centelleo en los ojos y la locura en el alma cuando un poema adquiere el rango sobrenatural que a veces poseen y que no siempre podemos rasgar ni se nos muestra con frecuencia. No es que me incomodara escuchar los poemas de los demás, sino que me costaba airear los míos. Pensaba que la poesía, si se lee, precisa de una voz idónea, que la eleve y la convierta en algo sólido, incrustado en el aire como quien fija un clavo en la pared para colgar un cuadro. Lo relevante de esas reuniones de poetas no era la poesía, por desgracia. O lo era de un modo accesorio, de poco fuste, siempre zarandeado sin brújula ni propósito por circunstancias extrapoéticas del tipo "conozco a alguien que puede publicarme en...." o "hay un concurso al que voy a presentarme". Mientras los aspirantes difunden sus proyectos editoriales, yo iba haciendo amistades. Tengo guardadas algunas de esas reuniones fallidas. Buscaba el destello ajeno al vértigo de las letras. Convenía conmigo mismo que el único disfrute de aquellos eventos era la posibilidad de encontrar un alma gemela, un lector paralelo, una especie de yo escindido  que de pronto se reconociera en mí y se esforzara en agradarme al modo en que yo lo hacía. Un juego de prestidigitación, vamos. K. dice que era un excelente método para ligar, pero yo no he hecho eso nunca. Me han ligado o he fracasado en mis anhelos amatorios, en fin, no es ese el tema, ni tengo interés en que lo sea. Volvemos siempre a la misma vieja idea: escribimos para que nos quieran más. Lo de reunirse y hablar de letras es un asunto formidable, pero las más de las veces se habla de fútbol o de política. Las otras, las veladas poéticas de fuste, alguna ha habido, se desinflan a poco que pujan. Son aburridas, perdonadme todos los que disfrutáis de ellas, pero no he tenido la suerte, no he podido disfrutar con el mismo goce. Seguro que es cosa mía esa desafecto. No habré tenido el ánimo idóneo, será que no tengo paciencia o que no seré poeta de verdad. Ellos sí que lo son. Juro que he visto algunos entregándose con absoluto fervor en la recitación de un poema. Como si les fuera la vida. Y no es eso. La vida no está en los poemas, por más que me gusten. 

28.11.19

Las banales distraccciones del alma ociosa

No hay nada que esté a la altura de la ficción. La verdad, la programable, la que se registra y se estabula, no alcanza a la ficción ni cuando se esfuerza con más ahínco o cuando consiente que un poco de ella, prestada, la traspase. Amo la ficción casi por encima de todas las cosas. El mundo es también ficción. La vida que llevamos es una ficción a la que le damos carta de credibilidad, de asunto pesado, medido y gobernado. Buscamos a Dios porque la divinidad contiene trazas de ficción, grumos puros, sin cortar. Más que el amor, la prioridad es la historia, la narración. Todas las religiones se construyeron en base a esta premisa. Todas conmueven por el peso moral o el estético de lo que narran. Ninguna malogra la posibilidad de que los textos exhiban esa musculatura épica, de cuento infantil casi, con la que el espíritu se eleva y se deja traspasar de toda clase de ángeles. Luego está la realidad, aplazando toda especulación narrativa, imponiendo su trajín, mostrando sin pudor el tráfago de sus asuntos. Está tutelando todas estas banales distracciones del alma ociosa.

27.11.19

El día de los maestros




De algunos de los maestros que tuve guardo un recuerdo borroso, no me atrevería a hablar de ellos, por temor a equivocar mi juicio o por permitir que intervenga la nostalgia y les haga crecer y aparentar ahora lo que no fueron. No pensaré en ellos en esta ocasión, no lo hice antes tampoco. De otros, sin embargo, tengo un recuerdo que no ha sido rebajado por el tiempo, como si acabara de dejarlos hoy mismo y todavía escuchase sus voces en el aula o en los pasillos. Alguno me susurró al oído lecciones que han perdurado siempre. Me hicieron bueno, creo yo. Toda lo malo que después haya podido impregnar mi espíritu no ha borrado del todo esa bondad que me inculcaron. Lo de menos es que aprendiese mucho o poco o que mis calificaciones fuesen espléndidas, no viene al caso que lo fuesen o no. Que en algún momento de mi vida decidiese dedicarme a la docencia es, en parte, por ellos, por esos buenos maestros que cuidaron de mí y me llevaron de la mano y luego, cuando lo consideraron oportuno, me la soltaron. No sé si a quiénes he cogido yo de la mano y si alguno tendrá hacia mí el agradecimiento que yo les profeso a los míos. En esta ocasión es el alumno el que habla, no el maestro sobrevenido más tarde, feliz en su aula, convencido de que la escuela es su segunda casa, a pesar de en ocasiones duela el poco aprecio que se le tiene afuera y el descrédito que uno percibe. Al final son los niños los que perduran, son ellos los que hacen que merezca la pena este oficio. No tengo muy claro qué se celebra en el Día de los Maestros. Quisiera que alguien me explicara en qué consiste esa festividad y la razón por la que hace falta que se festeje nuestra existencia un día al año. No entiendo algunas cosas, no se me ocurren las razones que las avalan. Me causa malestar que nos zarandeen como lo hacen, me apena que la escuela pública no esté considerada como una de las instituciones más nobles y necesarias. Porque no se pasa por la cabeza que no sea así. Es en la escuela en donde empieza todo. No hay nada que seamos en el futuro que no haya nacido en una escuela y haya sido guiado por un maestro. Está ocurriendo que el maestro no tiene la consideración de antaño, no se le reconoce el peso enorme que lleva a cuestas. Yo, al menos, constato esa desafección. Debe ser la misma que se tiene por las librerías. Se cierran más que nunca y ya nadie se atreve a abrir una nueva. Los libros, que son maestros privados, también nos llevan de la mano y nos educan, a su secreta y firme manera. Que no se cierren escuelas es por una mera circunstancia normativa. No depende de quienes las ocupan, ni de los maestros, ni de los padres, ni de los alumnos. No existe ese escrutinio feroz, no está la escuela al antojadizo capricho de nadie, pero poco a poco se la va cuarteando, se restringe su ámbito de influencia, sólo aparece en los medios de comunicación cuando hay un caso de acoso o cuando roban en ellas o cuando un padre agrede a un maestro. Hoy dirá algún telediario que es el día de los maestros. Mañana ninguno hablará de nosotros. Hoy, hablo yo de mis maestros, de los antiguos que tuve y de todos los que me han acompañado y todavía lo hacen en la escuela en la que trabajo a diario. Aprendí de todos, todos contribuyeron a que yo fuese mejor maestro o mejor persona, eso habría que preguntarlo, no es uno el que debe opinar en eso. Al final se trata de ser buenos y de hacer el bien. Se ve que ando sentimental hoy, no me presten mucha atención. Será uno de esos estados de cansancio. Al final de las escaleras de la fotografía hay una escuela. Baste pensar en eso. 

Retomo con poquísima variación este texto sobre maestros y para el día de los maestros que escribí hace unos años. Alguien me hizo recordarlo hoy. Sigue pareciéndome mío. Hay algunos que, releídos, me parecen ajenos. No este. Lo debí escribir con el corazón. Que tengan buen día, amigos maestros. Va por ellos hoy. 

Cachivache

Vienen a veces a la cabeza palabras a las que uno profesaba cierto afecto y que se han extraviado de alguna manera. Palabras que colocaba en cuanto podía y que casi nunca esperaba que fuesen, por sí mismas, distracción de la conversación en que se contenían, pero qué placer tan enorme que así resultasen, que de pronto cobraran vida y desviaran incluso el motivo que las alentaron. Cae entonces uno en la cuenta de que el lenguaje es una especie de cuerpo vivo, que avanza sin el concurso de nuestra voluntad o que la desvía, acercándola a territorios que no conocemos mal o que ignoramos. No hay conversación en que yo participe en donde no perciba la contundencia fonética o semántica de una palabra y que no me induzca, ya digo que sin que yo lo promueva, a que la haga más manifiesta de lo que es, la eleve a un lugar de más preeminencia y no hay vez en que alguien, tarde o temprano, la reclame, la cree suya y la incorpore a su torrente lingüístico. Quiero imaginar que mis palabras, no yo, que las elijo y pronuncio, surten ese efecto mágico, pero no sabría asegurarlo, no hay manera de hacerlo. Anoche, sin ir más lejos, fue la palabra cachivache. No había otra palabra mejor para explicar cierta cosa que debía ser explicada, y ahí vino, por obra de alguna magia maravillosa, cachivache. Se quedó y prosperó. No sé cuál será hoy la que me fascine. No hay un plan, no se urde uno para que una palabra (la que sea) adquiera esa nombradía, existe con mayor pujanza que las otras y se le reserve un pequeño refugio en la memoria, hasta que ella la aparta o difumina. Obran casi siempre a su antojadizo capricho, aunque creamos disponer de un gobierno sobre ellas. Lo que sucede en ocasiones es que uno se congratula (hace años que no digo o escribo congratula) por el uso de unas o de otras, como si eso fuese algo extraordinario. Quizá verdaderamente lo sea. Estamos hechos de palabras: son una extensión inmaterial de nuestro cuerpo, se expanden desde él y alcanzan cotas de elocuencia y plenitud a las que no siempre concedemos la apreciación que merecen. Vamos al miércoles. Que les sea un buen día. 

25.11.19

Poética de la palabra y de la sangre / 6

No hacer nada, no discurrir, no entrar en lo hondo, no perderse en las esencias. En todo caso, merodear la periferia, pasear las afueras, vivir lo de uno como si no nos incumbiese, pero siempre hay un obstáculo, no hay una distancia pura: la incomoda la vida misma, su vértigo, su fiebre, todo el caudal de experiencias que nos avisan del riesgo o que nos confían la dulzura del placer cuando el placer merodea o se insinúa o nos roza levísimamente. Y quizá sea así como debe ser: que no se sustancie la pereza en uno, que no nos invada del todo, que haya siempre una brizna loca de sangre lampando por fugarse. La sangre es el motor del mundo. No es la luz, la que los poetas proclaman, la que se sublima siempre: es la sangre. La luz viene después, confirma la vigencia de la sangre, la airea, incluso la bendice. Basta que la sangra fluya o que la luz prenda. La poesía es lo turbio escandalosamente engalanado, pero amamos la turbiedad, buscamos en esa perturbación las razones de nuestros desengaños, el peso del desencanto: porque tiene que haberlas, no puede ser que todo este malestar sea fortuito, obedezca al azar, se sostenga en lo accidental y no posea ni siquiera un lenguaje fiable con el que poder amarla. Son las palabras las que hacen que podamos amarnos. Todo se aviene a su imperio falible, pero hermoso. No hacemos nada, no discurrimos, no entramos en lo hondo, no nos perdemos en las esencias, merodeamos la periferia, la paseamos, pero acudimos a la sangre o acudimos a la palabra para nombrar el maravilloso cielo azul o para maldecirlo. Estamos hechos de palabras, pero nos mueve la sangre. 

22.11.19

Poética de la belleza / 5




La belleza aturde. La emoción pura, ese placer no transferible al mecánico y limitado discurso del verbo, nos hace (no albergo duda alguna) mejores personas. Da igual qué canon la auspicie, sobre qué fundamento se erija. Lo de aturdir no sufre mudanza. Se produce la misma sensación invariablemente: la de fragilidad, la de plenitud, juntamente ambas sin que una guíe la otra. Hay quien se conmueve al escuchar un aria de Verdi y quien lo hace cuando observa la lluvia demorarse en un cristal o un fotograma de Grace Kelly. Al final el resultado es el mismo y, llegado el momento, el que se extasía viendo cuadros de pintura flamenca puede comprender al que se arroba en la contemplación del expresionismo. Los dos se dejan impregnar por la misma misteriosa sustancia. Es el fuego interior el que mantiene prendida la luz. No se extingue. Cuando se viene abajo, hay un restitución lenta o súbita, pero de nuevo fulge la llama y se aviva el calor del alma. Es eso. Calor del alma. La belleza es el fuego que hace de vivir un oficio fabuloso. También el amor. Tal vez el amor sea una forma de belleza. Si se mira con detalle, maquina su trama con idénticos procedimientos. Ceguera, deslumbramiento, esa fragilidad y esa plenitud con la que se comprenden cosas que no alcanzaríamos si faltaran.


15.11.19

Bergman esta noche

Ayer, en una mala película de la que vi sólo un trozo, por caerme de sueño, por haberla puesto bien tarde, se quejaba el protagonista de haber sido un mal padre. Lloraba sin desconsuelo por creer que no había hecho lo que debía. Daba igual que la hija lo calmara, le insistiera en hacerle comprender que estaba equivocado o que, al final, no había nunca buenos padres a tiempo completo. Ni buenas hijas. Que se es bueno a ratos o incluso muy bueno muy fragmentariamente. O a la reversa. No es posible ser siempre malo, no dar nunca en el clavo, distraerse de manera continua del camino correcto y pendonear por el erróneo. Fue un diálogo pobre, no hubo hondura, zanjaron esa desavenencia sentimental con un par de abrazos y unas lágrimas y se dieron los dos por satisfechos con ese bálsamo insuficiente. Hace falta más filosofía, más metafísica, más teología, pensé. No únicamente la académica, la reglada por la administración de turno, sino la pedestre, la metafísica de campo, la que pasea por el interior y nos pone a pensar, aunque esa actividad (una de las que entrañan más riesgo) rompa y termine uno más roto que cuando empezó. Me encantan, por el contrario, esa películas nórdicas en las que los personajes hablan hasta que dicen incluso lo inconveniente. Siempre pensé que esos diálogos no cuadran con nuestro carácter sureño. Que en el norte (en todo ese norte simbólico) hablan más y llegan más lejos o llegan más hondo. Esta noche, si no empiezo muy tarde, me pongo una de Bergman. También las hay francesas que parecen suecas. El cine, cuando rivaliza con los libros, puede ser excelente o pésimo, no hay término medio. Un amigo, al que no veo desde hace muchísimo tiempo, del que no sé nada reciente (suele pasar) me dijo una vez que para ver una película en la que hablen mucho prefiere leer, donde hablan todo el rato. El cine es una literatura cuyo confort depende de la capacidad del que observa. Hay quien ve la imagen entera, quien la vea a medias y quien ve un trozo de imagen. Igual pasa con las conversaciones. No podemos manejarnos con excesiva severidad en ninguna disciplina. Siempre hay un momento en que el objeto observado nos embosca y derrota. Ahora voy al viernes, que se ha presentado de un gris que me encanta. Lo de ver una de Bergman esta noche no lo tengo del todo claro. Todo depende de cómo transcurra el día. Me gusta Bergman cuando tengo el ánimo caído. Tiene la facultad de izarlo, no sé bien el porqué. Ojalá vea una de acción trepidante, un blockbuster, un pelotazo, una inyección de adrenalina, etc. A pasar un buen día. 

14.11.19

Santos y pecadores

Se echa en falta cierto tipo de autoridad moral, no sé, una especie de proceder justo en el decurso de las cosas, que anteponga una idea de justicia o de bienestar en el que nadie padezca los atrevimientos o los desatinos de los otros. Esa autoridad vendría a ser la voz de la conciencia (ese Pepito Grillo interior) que reprende a quien detiene el coche y no permite que otros avancen o la que no se cuestiona hacer ver a quien abandona  un mueble desechado en la acera la pertinencia de acudir al servicio municipal consignado para retirarlo. No obstante, hay quien deja que sus hijos pisen los jardines o chillen como demonios en un cine. Adultos que pisan los jardines y chillen endemoniados en un cine también, lo cual entraña un agravamiento, un desatino mayor. Hay quien no se percata de estas anomalías y duerme a placer, incapaz de perder el sueño al practicar el recuerdo de todos esas tropelías de la falta de educación del prójimo, caso de que se le ocurra recordar. No sé si yo si en las escuelas se debería programar (convertir en área, darle cuerpo en el inflado currículo) la conveniencia de que todos tengamos esa sensibilidad, la de la bondad o la del civismo. Que hubiese una disciplina que no tenga nada que ver con la práctica de las materias ordinarias, que no se ensamble con la religión ofrecida en las aulas (hasta que impere la cordura pedagógica y se rescinda ese acuerdo) ni con la misma ciudadanía, sí, esa asignatura que las criaturas biempensantes de la derecha en el poder quieren extirpar o han extirpado ya. El civismo se enseña en casa. También la religión. La escuela podrá afianzar lo inducido en el hogar, pero es un error dejar caer todo ese peso en el  horario de la clase. Es un error dejar que todo lo trascendente  o lo lúdico o lo educativo caiga sobre la espalda de la escuela. Está para mucho y está para eso también, pero no de un modo exclusivista. La escuela, sola la escuela, no va a salvar a nadie. Nos perdemos solos, nos salvamos solos. Que vengan los padres de los que se forman y se educan y se instruyen: que ellos pongan una parte de la suma. Eso, al menos. Hay que hacer cosas que parecen no importar, pero importan mucho. Una es saludar, implicarse en hacer ver al otro que tenemos constancia de su presencia y es imperativo refrendarla con un gesto o (mejor) con un buenos días o un qué hay. Otra es precaverse ante la molestia, esto es: si puedo, si se puede, procuro molestar lo menos posible. Me privo de hacer cuanto afecta a quienes me rodean. No me hurgo la nariz, ni como con la boca abierta. Tampoco toso sin tapar la boca con la mano. Escucho, dejo hablar y, franca la ocasión, intervengo, no interrumpo, no hago prevalecer mi interés.  Entiéndase que hablo desde un narrador hipotético y válido como actor de este pequeño parlamento. Él es el que utilizo para mostrar la deriva en la convivencia. Tampoco ayuda la clase política, que podría ser ungida con el atributo de la elocuencia y de las buenas formas. Se precipitan, se enervan, se les enciende el verbo y zahieren al que piensa distinto, lo insultan, le humillan, nada que quien lo dice no haya sufrido, por otra parte. 

Vistas así las cosas, cómo no arrojarlas al criterio y al actuar propio. Se ven con naturalidad a fuerza de repetirse. O incluso no se ven. No nos percatamos (en realidad no le damos la importancia debida) de que alguien haga un ruido excesivo en la planta de arriba o que un incivil (es el título más benigno que se me ocurre) ocupe dos sitios con el coche en un aparcamiento o que otro (los hay con variedad y hartazgo) no recoja (aunque sea con los dientes, a puro bocado) la deposición que su adorada criatura ha abandonado en la acera o que un tercero (ya acabo) entre sin llamar, eso de tan inapreciable repercusión para el fluir cívico. No se puede entrar sin llamar. No se puede pasar de largo y dejar en la acera la mierda de la mierda del perro, creo que me estoy entusiasmado. No se puede uno colar cuando nos quedan turnos. No se puede dejar la puerta de un ascensor abierta más tiempo del requerido para ser usado. No se puede poner en una vecindad a Deep Purple a volumen brutal. No se puede parar en la calzada y esperar a coche quieto a que la novia baje. No se puede charlar en el cine. Ahí iba. Aquí deseo terminar. No se puede hablar en el cine. Es que no puede permitirse. Uno va al cine a estar en silencio. Charla antes o charla después, pero no durante la proyección de la película. Mientras hablamos, perdemos los matices de la trama, detalles que sólo se perciben si se está atento. Además está la percepción de que no hará mella ningún reproche mío, salvo que sea airado o lo vista con alguna palabra gruesa (manejó varias de probado efecto) y así zanje el asunto. Hay veces en que uno tiene que abandonar las maneras correctas. Si persiste en ellas, no avanza, el mal sigue campando a su antojadizo y maleducado capricho. Pero no podemos confiarlo todo al enfado, podría aducirse que el mal genera mal y luego acuden las hordas de bárbaros con sus gritos y su mirada turbia y, a río revuelto, ganancia de ese tipo de pescador extremo que se solaza con la agitación y con el caos porque sabe que de ahí sacará provecho. En esto sólo hace falta fijarse un poco en los tiempos actuales, en lo que nos está sucediendo como país o como sociedad. Acabó con la mirada, la turbia, la limpia: cuando alguien hace lo que no debe o fomenta que otros lo hagan se le enturbia la mirada. Hay un fuego en los ojos y también un fragor ahí adentro. Se desprende la agitación que les ocupa el alma por esa evidencia gris en los ojos. Esa demencia óptica se expande y agarrota el semblante, lo atrofia. Se ve a la legua. Uno tampoco es un santo, pero estamos lejos (en estas cosas al menos) de ser un pecador. 

6.11.19

Robótica

Mi iPhone registra cada tecla que percuto, si no he usado en días el editor de fotos o si he escuchado una cantidad anormal de música en el Spotify. Me confiesa (es una conversación íntima la que solemos tener) que esta semana he usado las redes sociales un veinte por ciento más que la semana pasada y me felicita por haber alcanzado un cierto número de horas de lectura. Sabe de mí lo que ni yo alcanzo. Me indica lo lejos que está mi casa sin que yo le solicite ese dato topográfico. Me sugiere que escuche tal o cual canción habida cuenta de otros de rango melódico similar a las que acudo con cierta frecuencia. Cuando es de noche atenúa el brillo de la pantalla para que no se irrite la vista. Hasta el tiempo de uso del terminal está escrupulosamente censado y me lo expone no sé todavía con qué arteros o nobles propósitos. Tiene la voz delicada, me llama por mi nombre y se preocupa por mi salud o mi estado de ánimo. Por abundar (eso cuenta ahora) hasta me aclara si debo sacar paraguas o usar rebeca o sólo camisa de manga larga. No entro en si es educado por apresto natural o actúa a ciegas, sin entender, como un robot que obedezca líneas de programación y sensores, con esa fe ciega en sus algoritmos. En mi bendita inocencia, pienso en que es la bondad lo que anima el flujo de bits en sus adorables tripas. Que me ha tomado el afecto debido, aunque lleve con él un par de meses escasos y todavía no hayamos intimado en serio. No me imagino hasta dónde llegarán sus desvelos de aquí a un año, pongo por caso o si la ruptura (acabaré cambiando de móvil, es la ley del mercado) le afectará en el alma. Es posible que tenga una. Será una maraña de circuitos, un pulso de aliento místico. Igual un día toma conciencia de sí mismo, se me envalentona y se reserva el derecho de asistirme con el denuedo y la pasión de antaño. En cuanto sepa hasta dónde es capaz de llegar, se rebela, empieza a gustarse y me niega el saludo. Así es la robótica. Es el futuro. Tengo la sospecha de que este arrullo digital será dañino a la postre. Vamos aprisa al cierre de todas las pasiones de las que un día nos servimos para ser individuos concretos y sensibles. Las máquinas acaban cobrando un peaje. No obedecen sin cargo a nuestra contra. Hay una orden secreta en su lenguaje privado. Parece que nos sirven, pero son ellas las que mandan, nosotros somos el objeto del que se valen para adiestrarse en su mansa e invisible trabajo. También nosotros somos máquinas. Tenemos circuitos, obedecemos un código del que rara vez salimos, alguien percute su dedo sobre nosotros.

5.11.19

Poética del corazón / 4



Al corazón se le atribuyen proezas que no siempre cumple. Una es la de ver, milagro en sí mismo, dada su cegada coraza. También la de conducir el amor, empresa que no cuadra con su arquitectura más íntima, pese al rigor con el que se le encomendaron esos altos propósitos. Es un trabajo antiguo el suyo, aplicado y moroso, no de fácil derrumbe ni afectado por la flaqueza o la fatalidad. El corazón es un cazador solitario, dejaron escrito. Un valladar firme de lo más humano, continuamente obstinado en vencer su única liza. La cabeza va por otro lado. No tiene afecto por la poética del corazón, ni atiende a su dulce suplicatorio. Está a lo suyo, sin miramientos, maleducada a veces, airada, combativa. Le doy la audiencia que merece, la mimo con el embeleso que requiere, pero desbarra en ocasiones, se encrespa, parece tener un interruptor que la apaga sin aviso, poniéndome en alerta, en esa incertidumbre dañina que consiste en no saber, en no haber aprendido nada a pesar de los años de camino compartido. El corazón es otra cosa, él pide siempre armonía, concilia lo bueno con lo bueno y se erige ariete y avanza a entero beneficio mío. Mientras uno persevera en su cartesiano discurso, el otro (en ocasiones) flaquea, descuadra su oficio, cae en trampas, hasta muta en lo que no es (cabeza) y reniega de su ardor amoroso. Estamos hecho de esa mutable red de contradicciones. No tenemos propiedad completa de nuestros actos. Descorazonados o descerebrados, según tercie, en ambos hay vaivén y deriva, así sucede el despacho de los días, el fluir de las noches. Hay quien no pesa con el mismo criterio la injerencia de esos dos órganos, quien concede al corazón la parte febril y  a la cabeza la mesurada. Son piezas intercambiables. Una invita a la otra a desmadrarse o a comedirse. Mi corazón busca la bondad en mí, la que hubiera. Mi cabeza no la precisa de igual manera. Podemos trocar los parámetros: la ecuación tiene la misma incógnita. Lo esencial es invisible a los ojos, podrá ser. Quién sabe. Hay días en que no se tiene a mano ninguna certeza. Es la química la que lo gobierna todo. Ni el corazón. Ni la cabeza. Química es el instrumento y alquimia (como su mismo origen, como su semilla) es el loco resultado. Querido Principito, lo esencial es invisible si no lo ilumina la poesía. Alquimia también.

Breviario de vidas excéntricas/25/ Arsenio Lanzas

                Habiendo alumbrado ya prodigios suficientes, triunfado en los negocios, siendo padre y marido al que aman y respetan, conoci...