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10.10.08

El disco de hoy: Pretenders: Break up the concrete


Hay profesionales de la industria de la música que no precisan de rosas rojas en los camerinos, estudios de grabación con muebles de diseño y músicos de contrato que hayan participado en alguna jam session con Miles Davis. Chrissie Hynde se basta con diez días (eso ha necesitado) y la colaboración de cuatro mercenarios concienciados para facturar un disco más que notable, una de esas sorpresas de la temporada.
Break up the concrete es el disco más adrenalítico de los últimos Pretenders, una de las bandas más inestables de la historia del rock, pero (tal vez) una de las más coherentes. Su líder, la carismática Chrissie, lleva treinta años encima de un escenario, llevando una vida vegetariana, ascética y entregada en cuerpo en alma al inquebrantable patrón del mejor rock posible y, de camino, tirando de su relevancia en el circo mediático, intermediando en un buen puñado de desavenencias entre la lógica del mercado y las injusticias de la realidad. Embajadora plenipotenciaria de las causas extraviadas, Chrissie Hynde es, al parecer, una de esas divas del rock de una cercanía que desarma, cómplice del compromiso, en las muchas formas en que éste pueda presentarse.
Hay que amar a Chrissie Hynde. Hace tiempo que no hace canciones perfectas (Kid, Brass in pocket, Thumbelina, Message of love, Middle of the road, Back on the chain gang, Show me) pero Boots of chinese plastic se acerca mucho a ese idílico territorio en el que tres minutos de guitarras, bajo, batería y voz procuran un placer inmediato, espontáneo, insobornable y jubiloso. El resto del disco maneja tiempos más templados que oscilan entre el involuntario tributo a Dylan (The nothing maker, mi tema favorito) a la impúdica demostración de que el rock and roll sigue siendo un asunto de adolescentes (aunque tenga cincuenta años largos) y ahí está la prueba con los dos minutos de Don't cut your hair. Hoy, con mi disco cargado en mi Ipod, me siento feliz. Es viernes, además. La culpa, en parte, la tiene esta señora. Y eso me parece que merece el más sincero de mis respetos.

2.10.08

El disco de hoy: Björk: Volta


Björk siempre me pareció una sirena desquiciada. En Volta al desquicio le podemos agregar un extra de paranoia vocal y una base melódica de influencias oníricas, que rastrea el sonido de los puertos, evoca el murmullo de la lluvia sobre la hierba y termina descarrilando sobre un campo de fresas en construcción. Fuera de una sensibilidad pop, ajena a los patrones del jazz o del blues, la música de Björk (la reciente, desde Medula) fascina y repele, conmueve y hastía. No hay vez que termine un disco sin la firme convicción de que no volveré a caer en la trampa de ese exotismo tímbrico que hechiza, cautiva y (finalmente) incomoda. No soy un fan, aunque el primer disco me pareció una obra maestra, una del tipo que trasciende la época en la que se crea y fluye monumentalmente, a salvo de modas. Había distorsiones, cacofonías y tratamientos hostiles de la melodía, pero uno acertaba a encontrar, en esa impureza, canciones adictivas, inversiones del pop comercial que jugaban a ser, en el fondo, pop de toda la vida, aunque tamizado, estrujado, arrugado, convertido en otra cosa, en algo nuevo. Ya la novedad cedió al ombliguismo y la señora de los cantes delirantes se dedica a investigar texturas, que es una forma muy culta de decir que está perdiendo soberanamente el tiempo y consiguiendo que el público, a excepción del muy letrado y muy cómplice de estas florituras musicales, termine bostezando. Hoy, camino de recoger a mi hijo, me he vuelto a prometer (por lo bajito, para que nadie me oiga y piense que estoy pirado) no volver a escuchar Volta. Ni Vespertine. Sé que no va a ser así. Nunca lo ha sido. Pillaré (creo) un grandes éxitos, un recopilatorio doméstico en el que volcaré momentos estelares. Hay muchos. Me quedo con Venus as a boy. Su melodía todavía, en ocasiones, me persigue, me transporta a mundos que no conozco. Eso busco yo en Björk. Perderme del todo, no. Cuando llegué a casa, abrí mi Ipod y borré el archivo. El CD, en la estantería, llama como la sirena de Ulises. Ese rojo extasiado. Ese incendio.

19.9.08

El disco de hoy: The Moody Blues: Long distance voyager



Los fans de los Moody Blues lo colocan como un disco menor en la discografía del grupo, una especie de ingreso en la ortodoxia AOR, en el negocio de las ventas masivas y en las concesiones pop. El rock sinfónico de la banda había escamoteado pasajes épicos y hasta el teclista de toda la vida, Pinder, había perdido interés. Desde Every good boy deserves favour, la obra maestra de 1.971, The Moody Blues no habían hecho nada a derechas. Octave es un disco pésimo, a mi gusto. Justin Hayward recluta a Patrick Moraz, un mercenario de los teclados, que había estado previamente en Yes (Relayer) y que entendía a la primera los patrones musicales del grupo. El sonido E.L.O. quedaba patente en portentosos singles como The voice o Gemini dream. La excelencia melódica se reservaba a Nervous o a Talking out of turn (la mejor canción del disco). Veteran cosmic rocker es el epílogo circense, la resolución bufa de un disco que, sin llegar a ser conceptual, manejado como una historia al modo en que se hacía en los gloriosos setenta, alcanza un lirismo narrativo sobresaliente. No es únicamente que los temas posean una hebra invisible que los engarza (que la hay) sino que el oyente cree asistir al espectáculo sorprendente de un guignol callejero en esa Inglaterra victoriana que, sin conocer, sin estar ajustada a nuestra mediterránea manera de entender la vida, nos parece cercana, sensible, cómplice. He pensado que este disco ha educado mi forma de entender la música. Long distance voyager hizo por mí más de lo que ahora puedo razonar. Me condujo al oyente que ahora soy. Todavía encuentro la delicia de entonces. Sin albergar ninguna duda, no es el mejor disco que yo haya oído, pero sí es el más sentimental, el que se ha quedado más adentro. Como esos amores adolescentes que nunca han desaparecido del todo. Hoy estoy sentimental. No debo descuidarme.
Mi amigo Rafael Torres estará totalmente de acuerdo conmigo. A él le brindo este arrebato emocional. Por los viejos (buenos) tiempos, Safo.


26.5.08

El disco de hoy: Mike Oldfield: Music of the spheres


Reconozco que Mike Olfield ocupó parte de mi educación musical. Compré en vinilo Tubular Bells (parte primera solamente), Ommadawn, Incantations, QE2 (etc) y llegué a la parte popera de Moonlight Shadow, Family man y demás arrebatos populares con voz cristalina y punteo arrebatador. El vinilo buscó al CD y ahora poseo casi toda la discografía del otrora genio. Reconozco también que no regreso a él como debiera. Me deslumbré tanto y tan joven que ahora, más talludito, me cuesta involucrarme en aquella orgía cromática de campanita, guitarras épicas y violínes salpimentando de galaxias flotantes el diseño armónico. Y dejé al amigo Mike hace bastantes años. Lo escucho en el coche, distraídamente, aceptando que en esa bizarra colección de himnos (algunos) estuvo mi crecimiento como oyente.
El jazz (la música que ocupa casi el completo de mi ocio) llegó al tiempo que Mike Oldfield se perdía en sus cascadas sinfónicas. Digamos que Thelonius Monk y el autor de Platinum se vieron en un rincón de mi cerebro, se saludaron y cada uno rehizo su camino. Uno hacia la luz. El otro a la sombra. Hace pocos días lo he recuperado. La culpa la tiene este pedazo de disco: Music of the spheres. Es un regreso con mayúsculas a la mejor música que este hombre ha facturado. Se ha deshecho del síndrome tubular y ha compuesto la mejor colección de canciones imaginables. Llevo un par de días oyéndolo en mi bendito Ipod y no voy a dejar de hacer tal vez en un par más. Tal vez se ha dado cuenta de que la industria no le precisa y hace su trabajo con otro desparpajo: como cuando en sus tierna adolescencia compuso el inmortal Tubular Bells, que todavía sigo considerando uno de los mejores discos que pueda escucharse, uno de esos de isla desierta y todo ese rollo metafísico. Sorprende, fascina, aturde.

24.3.08

El disco de hoy: Van Morrison: Keep it simple




Con los discos de Van Morrison viene a suceder algo parecido a lo que sucede con las películas de Woody Allen: que se enjuician con manga más ancha y se evita el rigor excesivo, todo análisis severo que rebaje la fascinación por el artista. El problema de ambos es que son unos estajanovistas, obreros concienzudos que trabajan a destajo, sin dosificar jamás el talento. Contra pronóstico, ese exceso no lastra su ingenio y jamás entregan un producto manifiestamente malo. It's too late to stop now (Es demasiado tarde para parar ahora), decía el León de Belfast en 1.974. Treinta años y cuatro años más tarde, la frase continúa siendo válida. Aquí hay otro capítulo. No es el peor. Tampoco es una obra maestra, pero se escucha con pasión hasta que acaba. Y de camino, a puro beneficio de inventario, escribe nuevos clásicos, temas trascendentes, de ésos que ocupan conversaciones y uno tararea distraídamente mientras pasea (como hoy he hecho) las calles (Keep it simple, Song of home)

4.2.08

Coltrane plays the blues: El disco de hoy


Swing y blues: las raíces del alma que sufre y manifiesta su dolor bailando o gimiendo. Coltrane fue un obseso del blues y casi siempre evidenció ese amor en sus discos. Éste es un tributo inconsolable, la quintaesencia del blues bajo la manta sonora del jazz.

Un recado

Hay que medir las palabras y luego volverlas a medir, esmerarse en la medida y luego pensar en si lo hemos hecho a conciencia, sin que falte...