28.2.21

Dietario 59

 Contiene la realidad trazas escandalosas de ficción y vamos a ciegas entre una y otra sin saber cómo identificarlas o sin entender si dar con la clave que las deslinde hará que vivamos mejor, pero nunca hemos vivido mejor, siempre hubo esa querencia sana o enferma a que la vida fuese otra cosa, no la tasada y conocida, la dolorosa o la jubilosa, sino otra, una que se adecuara más a nuestros deseos y convengo conmigo mismo que tal vez sea en los mismos deseos en donde se entremezcle bastardamente la realidad y la ficción. Porque hay deseos que se amoldan a lo real con pasmosa eficacia (uno desea que la noche vaya bien y no se desvele o que el hijo apruebe uno de exámenes importantes o que el amigo mejore si ha caído en la desgracia de la enfermedad) y hay deseos que se alejan de lo tangible y de lo mesurable y buscan un no sé qué inasible, una especie de épica o de metafísica, vaya usté a saber. El caso es que los domingos (esto va por mi amigo Raúl Ariza) tienen una costra a la que no siempre se le procura la uña metódica y no podemos sacarle el óxido, el grumo, el barro antiguo de las cosas que nos duelen. Así que es mejor no pensar mucho y dejarnos. Está en descrédito ese verbo: dejarse. Da a entender que no tenemos interés y es justo lo contrario: dejarse (en ocasiones) es permitir que la realidad convenga su propia trama y nos resuelva las incógnitas y nos abra el camino. El deseo es otra cosa. Los domingos tienen arritmias, desfallecimientos livianos o severos. A eso de media mañana, me abro una cerveza y pienso en si está todo perdido y razono que no. Está todo por hacer. El día es de una jovialidad que anonada.

27.2.21

Dietario 58


 Somos mapas que los demás van cruzando, extensiones de luz y floraciones de vida. Hay que festejar ese caudal de zozobra y de calma. Hay que ejercer el oficio de cartógrafo del alma. 

26.2.21

Dietario 57

 Vi hace tiempo un cisne en el estanque de la Casa de Cristal del Retiro tan a lo suyo, tan perfecto, que ha regresado a mi memoria con alguna frecuencia sin que no tenga manera de entender el porqué de esa insistencia. Intuyo alguna: creo entender que en realidad no era un cisne o lo que se me ha contado que es un cisne, sino una representación de algo de más difícil relato y que tiene que ver con la belleza o con la verdad o con el modo en que el tiempo obra en nosotros y nos hace caer en la cuenta de unas cosas y deshacernos de otras. Podré no tener los pormenores del día de ayer, pero guardo al cisne, tengo de él la imagen fluida y pura que bien tendrá que contener el canon de la belleza y por eso, sin que yo tenga manera de entender el porqué de su permanencia, me visita de cuando en cuando y me perturba con maravillosa elocuencia. 

25.2.21

Dietario 56

 

 

 

                            

                                                          Ilustración: David Shrigley

 

 Nunca me expresé dibujando. Por eso mi admiración hacia quienes lo hacen es cada día mayor. Al modo en que la música pulsa las cuerdas más íntimas del alma, las que a veces no alcanzan las palabras, las artes plásticas tienen la facultad de llegar a lugares impensables y durar ahí adentro. Una de esas mezclas entre lo musical y lo pictórico es el disco como producto. Engarza el hechizo de una imagen con el hechizo de la música. Recuerdo con afecto portadas majestuosas que guardaban canciones inmortales. No es posible que escuche Shine on you crazy diamond, la pieza del Wish you were here de Pink Floyd, sin que piense en el hombre que extiende su mano mientras arde. La del álbum blanco de los Beatles me sigue pareciendo sublime: esa contenión, ese decir cuanto uno desee entender, sin expresar nada a las claras y así convidando a hurgar, invitado a ir más allá, ofrece lo que no está contaminado. Como si vamos al cine y no sabemos nada de lo que nos van a proyectar y solo nos guiamos por el título. Incluso podemos prescindir del título y arriesgarnos a que nos sorprendan. Vivimos en un mundo en el que no aceptamos las sorpresas. Queremos saber siempre más. Amamos la información sobre el producto más que el producto en sí. El disco blanco de los Beatles era una provocación. El gato de Shrigley también provoca. Dice que está muerto. Erguido, desafiante, nos confía dos ideas que no podemos aceptar. Que un gato maneje el idioma inglés y de que siga usándolo después de muerto, más paradójicamente. Shrigley limpia el atrezo para presentarnos a su gato. Richard Hamilton puso las palabras The Beatles en el blanco inmaculado, en el blanco perfecto, en la pureza de lo que no ha sido tocado. A veces me pregunto qué distrae a los que nos ven para que no nos vean como realmente somos. El modo en que nos vestimos o la forma en que dejamos que crezca el pelo solo perjudican esa visión pura. Quizá no deseemos ser vistos. Algo muy íntimo, de una privacidad absoluta, se resiste a mostrarse. No la conoce nadie. No dejamos que nadie entre ahí. El hombre que arde en la portada de Pink Floyd está contando una historia. El gato de Shrigley hace exactamente eso. Apela a la capacidad de asombro que no nos han arrebatado todavía para que le entendamos y sepamos qué hace ahí, sobre sus dos patitas blancas, enarbolando la pancarta en que se proclama muerto. El hecho de que tengamos rasgos individuales o la certeza inconmovible de que el tiempo nos borra y nos rehace hace pensar que la naturaleza prefiere lo diverso. En lo distinto está lo lúdico. En las diferencia es en donde radica la hermosura de la vida. Prefiero el gato absurdo de Shrigley al ingenioso y perverso minimalismo de Hamilton. En el fondo es muy perverso contrariar al consumidor, no ofrecerle nada, dejarlo en ascuas, no darle el tráiler de la trama que está a punto de ver. La literatura vive de estos engaños galantes. La vida, que es un mucho literaria, se abastece de estos infinitos adornos para perpetuarse. Preferimos saber qué nos van a proyectar en la pantalla o en la vida. Que alguien al tanto de la trama nos ponga al día. No hace falta que se esmere en los detalles y, por supuesto, no debe contarnos el final. Eso es nuestro. El momento más precioso es cuando cerramos los ojos después de la proyección y empujamos hacia dentro lo que nos han contado. Todo para satisfacer a la memoria. Todo en color y con abundancia de efectos. La vida siempre se abre paso. 

24.2.21

Dietario 55


Con la idea de que la pereza no es asunto del que alardear está la de que quien la ejerce no precisa vanagloria ni se prodiga en siquiera manifestarla. 

Hablar solo es confiar en que Dios exista. 

Tampoco es a morir a lo que los ríos van a dar a la mar. 

Hacer que lo conciso no pare de extenderse es el requisito primero para la concisión. 

Me duele un adjetivo a primera hora de la mañana. 

Tengo absoluta confianza en mis inseguridades.

23.2.21

Dietario 54

 Ayer tuve un amago de desmayo a última hora de la tarde con un disco de Sarah Vaughan. El jazz vocal de los cincuenta tiene desmayos para quien los busque. 

El aforismo es más pirueta que miniatura y más punzada que caricia, pero no desoye lo pequeño ni lo amoroso. 

Toda pesquisa es hija del miedo. 

Hablar es desdecirse. 

22.2.21

Dietario 53

 Ver está sobrevalorado, me dijo K. Se le concede a lo invisible una autoridad moral que no tiene lo sensible, lo que registra el ojo. Esa orfandad de la realidad ha fabulado dioses y ha levantado iglesias. Si la humanidad no hubiese cerrado los ojos del cuerpo y abierto los del alma, no sé qué sería ahora de nosotros, no alcanzo a comprender hacia dónde habría ido la Historia.

Anoche mi amigo K. estaba caído del lado metafísico. Se le ocurrió esa idea, sacó el móvil del bolsillo interior del abrigo (uno recio, de paño, con cuellos que se alzan y cubren el cogote y las orejas) y apuntó en Notas de su móvil esa idea que acababa de rumiar. La escribe por no perderla, me confiesa. Lo que no entiende es la razón por la que de pronto esas ideas prorrumpen, ocupan su atención y lo distraen de cualquier otra cosa que estuviera haciendo en ese momento. Por más que ha pensado en eso, en comprender el nacimiento de cada pequeña inspiración creativa o poética o intelectual que le sobreviene, no ha llegado nunca a ninguna conclusión, nada que compartir con los demás o con lo que partir él mismo y poder indagar más. Se preocupa mucho K. de estos asuntos. Le digo que no se maree más de la cuenta. Que quizá no haya manera de desentrañar esa incógnita suya. Pasa lo mismo con los sueños, le digo. No teniendo ningún sueño pies ni cabeza, el que tuve anoche fue un desquicio sobresaliente. Ni pies, ni cabeza, ni corazón. Porque tuvo un curioso (e inédito, que yo recuerde) punto de crueldad. Le relaté con más o menos detalle la trama que había salvado del olvido y le pedí que me absolviera de la terrible culpa que sentía.
A soñar no se le da, en cambio, mucha importancia. Será porque todo lo soñado se desvanece con esa rapidez que suele y, de quedar algo, dura en la memoria una brizna irrelevante de tiempo y tampoco sabría uno armar con esos rescoldos un fuego fiable, una historia que no flaquee por ningún lado y podamos considerar propiedad enteramente nuestra. Uno sueña atrocidades sin que anide la culpa o el remordimiento. Los episodios felices, incluso los exultantes, los bendecidos por todos los ángeles de la dicha, tampoco llegan para quedarse. Se retienen escenas sueltas, se puede hilar un argumento fragmentado, que pide con urgencia que le incrustemos los trozos que no posee. Esa escritura invisible la ejercemos todos, le digo a K. Quizá hemos venido al mundo a contar las cosas que no vemos. Por eso no hace falta ver para comprender la naturaleza primordial de las cosas. Lo que no se justifica por la razón o lo que no cuadra con la ciencia (la poca o la mucha de la que dispongamos) se normaliza con la invención, con la literatura, con la fe, con los sueños. No hay día en que no deseemos recibir nuestra cuota de fantasía. El relato cotidiano. Son los cuentos los que nos salvan. Los creamos o los crean para nosotros, pero no hay día en que no nos seduzcan. La realidad es insuficiente, la verdad no satisface nunca, la luz no llega a todos los rincones.
Pensamos en pájaros y los escuchamos volar por encima de nuestras cabezas. Sabemos que no están, pero creemos en ellos. La fe es esa voluntad contra la que nada puede hacer la realidad. El porqué de elegir pájaros en lugar de cualquier otra criatura es lo que todavía no puede explicarse sin entrar en la fronda de un bosque virgen. Tal vez no pueda explicarse nunca. Dentro de ese espesura está Dios o no lo está en absoluto, si es eso lo que preguntas, K. De existir es en ese bosque en donde anda, en el follaje, en lo tupido, en lo que ni las manos (por mucho que aparten) logran aclarar. Se entra a ciegas, se pasea en la confianza de que seremos guiados, de que nada malo nos ocurrirá. No estoy hablando de la religión o no sólo estoy hablando de ella. Ese bosque es la literatura o es la música o es el amor.

21.2.21

Dietario 52

El abismo se explora con los ojos cerrados. Si los abres, el vértigo te aturde. La realidad sólo la explora el aturdido. En el asombro, en el aturdimiento, la realidad se ofrece más luminosamente. La realidad, en ocasiones, informa sobre sus extravíos y el artista, en ese trance que lo faculta para la transcripción exacta, registra la caligrafía del prodigio. La realidad tiene ese uso mixto; por una lado vale para circular por ella y por otro se puede circunvalar. Geometrías privadas. En las afueras, en el margen, la realidad establece un diálogo más hondo con su usuario: lo zarandea, le hurga, lo seduce, lo violenta. En cierto modo, la realidad es un obstáculo siempre. Vivir, en ese hilo sutil de las cosas, es un riesgo. Respirar aturde. El abismo es el tiempo. Respirar duele. El corazón es el veneno y es la pócima. Concierne al artista descerrajar los usos de la costumbre. La realidad carece de resultados. Está. Es. Persiste. 


Un poema es una inconveniencia, una cosa intrascendente. La lírica es un lubricante que suaviza el tránsito de las horas. Una novela es una inconveniencia amplificada. El novelista remeda la vida, pero la vida se fuga siempre. Se escapa siempre. La novela es un flecha absoluta.


El poeta desdeña la realidad y así la aborda más lúcidamente. El arte es también una fuga. En esto reside la naturaleza de lo artístico, en su capacidad de no ser fácilmente asible en su vocación de secreto.Al secreto le asiste la luminosa certeza de su cáracter sagrado. El arte es una manifestación de ese secreto. La revelación de lo callado.



A uno le concierne únicamente las cosas sencillas. Todo lo que no es sencillo no conviene. La vida se construye en base a estas premisas, pero no es vida.

20.2.21

Dietario 51

 Hay vidas improbables que le tocan a uno en suerte o es una sola vida y su vértigo la multiplica. Duele siempre su conclusión. La noticia del cese. La evidencia notarial del acta que rigurosamente consigna la ebriedad de los días, ese dulzor incierto en los labios que nos escolta, ufanos, al sueño.   

Todos estos años de cómplice matrimonio con el aire y cuesta todavía meterlo entero en el pecho y sentirlo estallar adentro  

El secreto donde aguarda es en la sílaba más oscura. Aire que, herido a lo lejos, pulsa la luz con su música ebria de fatigar los cuerpos. El amor se presiente y amar se deja y en el abrazo muere. 

19.2.21

Dietario 50

 Desciende, cuerpo, a tu semilla. Dame, alma, vértigo.  

A los relojes, devotos servidores del tiempo, el hombre dio vida: signo inequívoco de su inocencia. 


Hemos aprendido a medir la luz de las palabras, como hizo Margarit, pero cómo elevar su cántico y tener noticia de que se nos ha escuchado. Tampoco cuenta que irrumpa en algún improvisado momento la belleza y sintamos que nos ocupa por entero su gracia. No hay después experiencia de la que disponer. Ni memoria de su esplendor. Sólo hay que permitir la arrimadiza voluntad de que de verdad asombre y dejarse. 


Procura el amor alminares, brújulas, báculos, un poema de Claudio Rodríguez en el que el mar es una ausencia, una fotografía en blanco y negro de niños perdiendo el tiempo en una playa de 1.975. 




18.2.21

Dietario 49

 Ser poeta para qué si T.S. Eliot murió solo sin que una sola línea suya lograra poner cerco a la muerte, brida al vasto olvido. 

Qué galope se oye: silbo de poeta ayuntando júbilos. Jinete en fuga hacia el interior de la carne. Estrellas de cien puntas estallando en las paredes más secretas del cosmos. El céfiro jaleando sílabas. 


Se nos va dejando morir tan impecablemente que tardamos una vida en advertir el engaño.



17.2.21

Margarit

 


Cuando muere un poeta el mundo se entenebrece de cuajo, pero es fácil avivar la luz si se le lee. Eso hubiese querido Margarit. Ser leído. Que cunda la poesía. Que no se olvide al poeta. Ninguno muere si está en nuestra memoria.

Dietario 48

  Arde lo que importa. Ceniza de las horas. 

La noche se arquea como tigre. El tiempo se desdice como sombra

Anochece en el azucarero. Taconea, pasillo abajo, la tristeza. Se ven tan poca cosa sus perritos que, a la luz de las linternas, parecen algas. 

Todos los niños de Londres aman a Peter Pan. Debo haberlo escrito veinte veces. Una más. Los niños de Londres. Amor. Peter Pan. 

16.2.21

Dietario 47

 Duelen, resaca adentro, los años. 

Vivir con absoluto desparpajo. Vivir sin pudor. Vivir sin brida. Vivir a destajo y ufanos del derroche.

La memoria acaba siempre por aturdirnos. Al mirar atrás, al pensar en los recuerdos, los cambiamos. El estado natural de conciencia es el olvido. Una especie de amnesia creativa. La literatura es un paisaje dentro de la memoria. Un campo de fresas para siempre.

Vastos, nocturnos, copulan invisibles jinetes. ¿Oyes el galope, sientes los cascos, la piel desceñida, el pulso deshecho, la voz frágil, el pecho inquieto? 

Te he buscado en un poema galante del siglo XIX y te he encontrado frente al ordenador, bebiendo una cerveza, haciendo balance de los gastos del mes.

 He visto el mar en un solo de trompeta de Chet Baker.

 Escribir fieramente como si no existiese otro oficio. 

15.2.21

Dietario 46

 Siempre es el mismo terco adjetivo, el misterio ahí encendido como un beso izado hacia Dios, la palabra despojada de vicios, entregada al poeta como un don. Y no saber nada al regresar y no querer saber tampoco.    

El asombro hay que confiárselo a alguien. Pedirle que lo custodie mientras nos extraviamos en el musgo, en el instante puro en el que entramos en un cuerpo y besamos el códice exacto del mundo. El asombro es lo único que tenemos. Del asombro se extrae la vida. 
 
Hay noches que invitan a un desmayo. Mis dedos tan pequeños profanando el silencio con tus dedos. Los Panchos endulzando cansinamente el aire. El aire cabalgando mi cintura. El jardín sin contemplar. La luna vigilando el asedio. 
  
Las alas festejan el vuelo. El vuelo justifica el mundo. 

14.2.21

Una distracción dominical



 Se pregunta hoy Manuel Vilas en El País si Hegel, siendo tan inteligente, de verdad creía en Dios. Hace esa reflexión que de pronto piense yo si no sería al contrario y para ser creyente fuese reemplazable la inteligencia y pudiéramos sobornar a la razón con los primores del espíritu, que es una instancia más alta y no condesciende a enunciarse con parámetros estadísticos o con argumentos cartesianos. Tal vez Hegel usase la inteligencia para cualquier disciplina, salvo para ejercer de teólogo, que es un oficio de metáforas y de tentativos de infinito. Esa belleza en el error, insiste Vilas. La de considerar que hay asuntos a los que no podemos acceder con las herramientas de las que disponemos o que la palabra, el más perfeccionado, el que más alcanza y más ahonda, tampoco es válido y flaquea cuando le toca hurgar en la naturaleza de la divinidad y en los trajines de su etéreo influjo. Porque a Dios se llega a ciegas o no se llega y sabemos, tras siglos de Historia, que hay que abrir los ojos para avanzar o que, al cerrarse, nos trabamos, perdemos el norte, como se diga. Luego Vilas hace una de sus gracias y propone que, de tener una banda de rock, la llamaría Hegel. Yo, de tener un perro, le llamaría Kierkegaard. Barajaría Nietzsche, pero a ver si me sale nihilista y le da por negar cualquier autoridad. En fin, como no entra que me agencie un perro, una preocupación menos. 

Dietario 45

 La caligrafía es siempre el cuerpo, su pulso herrumbrado, la sangre abolida. La caligrafía es el corazón adolescente, la música que nos explica a los otros. Somos las palabras que alguien recita para contarse el mundo. Escribir es hacer alquimia con lo mirado. Leer es mirar el interior de las cosas.

Hay en algunos discos de Joe Pass una intimidad antológica. Se puede uno perder en el rasgueo de esa sabiduría privada. En ocasiones no sale uno en días. Días en los que no puedes confiarte a los demás ni puedes salvarte ni condenarte.

Dejarse crucificar por el viento.

El rojo se astilla en un trepidar de algas que galopan por el tacto dulce de la luz: el poema esplende, purísimo, ajeno a las turbaciones del razonar calmado.

Kim Novak apareció anoche en un tramo irrelevante de un sueño muy huidizo. Hoy me duele Kim Novak en los ojos y tengo la mirada como perdida y la cabeza a ratos me descabalga de la realidad y me empuja, alucinada, al sueño que no retuve.

13.2.21

Poema

Parafraseo a Borges, otra vez: se han precisado espejos, libros de arquitectura, puentes sobre ríos ancestrales, poemas de Kavafis, solos de Chet Baker, espadas en Escandinavia, tigres en Sumatra, naufragios en el proceloso mar,  islas en el Egeo y ruido de algas en un mapa muy viejo para que mi amor te encontrara y tu pelo viajara por mis dedos por las noches. 

Dietario 44

 La poesía es un sueño dentro de un sueño de un dios caprichoso y rudimentario. El poeta es el espectador de esa función inconcebible.

Vasta, febril y honda, copula la luz con las horas.
  
Algunos grumos del poema siguen conduciendo a Dios.

Los años a lo que se inclinan es a negarme.

Solo quien cuida con afecto su cuerpo puede cultivar sin obstáculos su alma.

De todo hay tiempo en la vida. Hasta de morir a deshora.

12.2.21

Prisas


                                                 (La vida es demasiado corta para retirar un USB en modo seguro)

 No se tiene tiempo para nada o se tiene una idea confusa del tiempo y lo perdemos y más tarde lo perdemos nuevamente al pensar en cómo lo perdimos. Días en los que uno franquea obstáculos sin que se aprecie flaqueza. Días enteros en los que se hace aprisa lo que no requiere velocidad. Días de ir y de venir y de no saber a qué se va y a qué se viene. Días para no recordar nada de ellos. Días de un gris oscuro. No se sabe bien cómo sortear estas inconveniencias. Se les resta importancia, se aplica la fórmula de siempre hay días mejores y de que el sol sale nuevamente cada día. Se piensa (un poco impelido por esa misma prisa que no se entiende y de la que no nos deshacemos) que mañana será todo distinto o que habrá algo uno de esos momentos majestuosos de belleza plena o de armonía absoluta. Se tienen a ratos o se tienen a ráfagas. Hoy el día ha sido de una limpieza emocional absoluta. Todo transcurrió con una serenidad que hacía tiempo que no encontraba. Será que el cuerpo está cansado o que la cabeza no rige con soltura y se amodorra y encuentra un lugar para sestear y no pensar y dejarse ir. Es algo que traen a veces los viernes, pero entra en lo razonable que irrumpa ese prodigio en domingo o, más extrañamente, en lunes. Tengo un par de amigos que tienen una relación sentimental con los días de la semana. Cada uno posee su historia y su querencia o su desprecio. Yo los amo a todos. Hoy estoy particularmente enamorado de esta noche de viernes. No hubo prisa en ningún tramo del día. Ni en el trabajo, ni en casa. Ya habrá trasiego, quién niega que también el ajetreo (me encanta esa palabra) tiene su encanto. Hoy no, hoy no. 

Dietario 43

 El poeta es el cartógrafo del alma.

Todos los feligreses son, en el fondo, teólogos amateurs.
El escritor siempre fornica con su prosa.
El náufrago escribe monólogos de alga.
El cielo es un libro para el que está solo.
La fatalidad carece de efemérides.

El azar escribe renglones torcidos para lectores perezosos.
El maestro es un escaparatista del alma.

En la muerte de Chick Corea


 Hay personas a las que no conocemos que nos han otorgado la oportunidad de ser felices o que, mientras nos agasajaron con su talento, se produjera la irrupción de una felicidad pequeñita, que puede ser confundida con una alegría desbordante. Una de esas personas que no he tenido el placer de conocer y que, sin embargo, llevan conmigo casi cuarenta años es Chick Corea, que nos dejó anoche. Mi trinidad de grandes pianistas son Keith Jarrett, Bill Evans y Chick Corea. Uno ya no puede tocar y los otros dos están muertos, pero tengo aquí a mi espalda muchos de sus discos así que puedo llamarlos y pedirles que me hagan feliz. Una felicidad pequeñita. Una alegría desbordante. Ha dejado escrito que agradece que el fuego de la música no le haya abandonado. Sigue ardiendo . 

11.2.21

Dietario 42

El que prevé y afina su proceder no aprende de sus errores. La voluntad de hacer las cosas bien malogra la de equivocarse y se aprende más del error que del acierto.

Dios, siendo ágrafo, no tiene faltas de ortografía.

Dios hizo de los jardines una distracción para los poetas. 

La ballena no sabe lo que es la agorafobia. 

Tengo de mí la cada vez más certera impresión de que no sabría, llegado el caso, contar quién soy y fatigo torpes tentativas sin asomo de elocuencia ni promesa de logro.

Quiero que alguien escriba mi epitafio en verso libre. 



Fe

El perro hambriento sólo tiene fe en la carne

                                         (Anton Chéjov)

Los amantes en las yemas de los dedos. El político en la amnesia del elector. El poeta en la sílabas. La catedral en los siglos. Benito Pérez Galdós en las obras completas. La lluvia en la tierra mojada. El payaso en la inocencia. El pecador en la amnistía divina. El funambulista en el oído interno. La placenta en la Conferencia Episcopal. Poe en la absenta. El mono en Darwin. El náufrago en las botellas. El fakir en la industria metalúrgica. El proxeneta en las erecciones ajenas. Dios en el séptimo día. El suicida en los títulos de crédito. El metafísico en la metalingüística. El ebrio en la química. El pesimista en los pájaros de mal agüero. El erudito en la nomenclatura. El casto en el agua fría. Adán en la heráldica. Noé en los árboles. El astronauta en Zaratustra. La hormiga en el infinito. El sacerdote en el pecado.  Leonard Cohen en habitaciones de hotel. El feligrés en las campanas. El hippie en las amapolas. Audrey Hepburn en los escaparates. Ernst Lubitsch en las puertas. El sindicalista en las arengas. El crítico de cine en José Luis Guarner. Stephen Hawking en la página en blanco. Russ Meyer en la lactancia. Kafka en Samsa. 






10.2.21

Dietario 41

  Se hace uno a aplazar las cosas y luego, al acometerlas, se tiene la impresión de que debieron hacerse en su tiempo, no después, cuando acuden las prisas y no hay apetencia ni empeño en que salgan bien. Cunde la desgana, la temeridad a afanarse en algo y, sobre todo, la certeza de que dará igual hacer o no hacer, empezar algo y no acabarlo o ni empezarlo siquiera, que la vida va a continuar y ese encargo no cambiará su trayectoria, ni habrá beneficio o perjuicio nuestro. He aquí la verdadera enfermedad de estos tiempos. No hay medicamento a mano que palie sus efectos ni prevención fiable que los aleje y evite que nos contagie. Tal vez estemos hechos de esa despreocupada pasta, la de que hagan otros y yo tenga mi esparcimiento y mi disfrute sin que nadie me reclame ni apure a que corra, que es malo moverse o involucrarse y sólo trae quebranto ir y venir, cuando es mejor estarse quieto, no darse por aludido, quedarse en casa o salir a propio antojo, sin recado en que ocuparse. Esa apatía hace que se irrita quien está en movimiento, es cosa vista muchas veces. Quien anda trajinando más percibe la indolencia ajena. Al gandul le parece escandalosa la brega. En todo caso, el vago se inclina a cancanear, que es en estas tierras ir de un lado a otro sin propósito, sin oficio ni beneficio, decía mi abuela. En el cancaneo hay matices aristocráticas y es cosa propia de individuos a los que se les ha retirado el imperativo mismo y todo lo realizan con dulce demora, retardados y felices, suspendidos en la comisión del cumplimiento de algo, pero sin llegar a abordarlo, no sea que los violente o cause alguna afección de la que no puedan librarse y caigan en desgracia. Es época de apáticos que es término menos lesivo que holgazán o haragán. Quién no ha deseado el ejercicio de la zanganería. Vuelvo a traer a esta consideración semántica de hoy miércoles a mi querida abuela, que tenía una palabra para cada cosa y bien hermosas que esas palabras eran. La zanganería era preciosista vocablo suyo traído siempre que, estando ella en faena, descubría a quien despachaba el tráfago de las horas en despreocupada figura. Pienso en ella de vez en cuando. La de cosas que se le ocurrirían si estuviera por aquí y tuviese oportunidad de ver en qué desidia de tiempos andamos. 

9.2.21

Dietario 40


La fe es un depósito para el futuro, salvo que no se tenga fe en el futuro.

La masa es burda. se empapa de hueco arrojo  y no tiene nada favorable adentro suya. El individuo, en cambio, es valor puro, es verdad y contiene la cantidad exacta de esparanza.

Lo real es la parte de la ficción que no es materia del artista.

Entre que se me mienta y que se me diga la verdad, prefiero que me hagan reír.

Que Dios se ocupe de mí es una cosa tan inconcebible como que yo me ocupe de él.

Estar solo es convidarse de uno.

La memoria es melindrosa. El olvido es vago.

Soy tan sentimental que no me doy ni cuenta.

Con algunas personas tengo la impresión de que no acabaré de entenderme nunca. Con otras, tal vez con más frecuencia, que no tengo gana de entenderme en absoluto. 


Herencias


En ocasiones quien abandona este mundo deja un deudo o un primo segundo de Cáceres que abre su casa y se lleva en una bolsa del Carrefour las Obras Completas de Benito Pérez Galdós o todas las sinfonías de Berlioz. O la saquean o adueña de ella el polvo, se defienden . El polvo, el implacable, no sólo se come entonces al finado (ya se sabe, polvo eres... ) sino también (ay) sus discos y sus libros, su álbum de fotos y hasta la corbata de las grandes ocasiones, la que sólo se usa un par de granadas veces. La vida, tan cabrona ella, concita así en su finiquito a quienes, en vida, quisimos, nos quisieron o ninguna de ambas cosas, pero se arracimaron a nuestra vera de modo que parecían, en las distancias cortas, familiares, amigos incluso. Debiéramos legar la risa, pongo por caso. O la mala leche de los lunes a las siete de la mañana. El júbilo tal vez. A mi amigo Pepe, que era un bonachón, le entrego una pizca de mala hostia, que falta le hace.A Juanito, tan arisco y cabroncete, mi talante, ya que fama tenía de bonancible y festivo. La vida, insisito, cuando cesa, abre la pandora espléndida del saqueo. Sentimental, en algunos casos. Acude el hermano lejanísimo, el cuñado al que nunca tratamos y los hijos bastardos de cuando hicimos la mili en Burgos, que se traerán, a modo de distintivo, algunos rasgos genéticos inefables, para demostrar, el linaje, la evidencia de que el pasado no despeña ni su vértigo ni su fiebre. Acuden pues todos, voraces y terribles, diplomáticos y cautos, al tiempo, solemnes y tristísimos, a litigar unos cuadros, un piso en la capital o un coche casi sin kilómetros que arrumbamos al olvido cuando ya nos satisfacía eso de ir de un pueblo a otro. Toda la felicidad (o toda la tristeza) estaba en el nuestro. Habrá que convenir una legitimidad a este buitreo, perdónenme la palabra. La muerte da sus réditos y hay una maquinaria bien engrasada para amortizar las pérdidas ajenas. Flores, misas, lápidas, herencias. Hijos en Burgos. Todo se aviene a ser facturado, escriturado. A desgravar incluso. Caso de que haya una vida después de ésta, estaría bien que el finado, en el mullido más allá, asista al patético espectáculo de la pitanza que su ausencia ha dejado. Como yo no creo mucho, aunque años espero tener para que la fe me alimente y vea la derecha del Padre y la barba milagrosa del Hijo, me va a dar igual lo que el respetable haga con mis posesiones. Ah, aviso de que un disco de Chet Baker tiene la pieza tercera de la cara segunda un pelín rayada. La trompeta se escora al piano y, al final, la canción parece, en lugar de tersa y algodonada, ruda y perversa, como la vida misma. Está bien avisar, no vaya a ser que toda la vida de uno termine representada por ese salto en el disco de Chet Baker y quede la idea de que  fuimos descuidados y no vigilamos nuestras pertenencias mientras moramos este mundo .

8.2.21

Dietario 39

 Escribir es combatir al olvido. 

Cuanto más lejos está el horizonte más probable es que se le observe.

La pértiga describe la locuacidad del ojo.

Nadie es virtuoso si no ejerce de continuo esa virtud, proclamó Cicerón, pero ya no hay nada en lo que apliquemos nuestro tesón o nuestro talento sin interrupción y todo está aquí y allá ocupado por los vaivenes de la circunstancia.

Hay veces en que únicamente se aprecia la soledad si estás acompañado.

7.2.21

Dietario 38

 El mejor plan no es no tener ninguno a mano, nada que hacer, ni que espere nadie que hagas. Hay días en los que sólo tienes ese anhelo. El de no ser visto. Hay más días en los que no dejas de hacerte ver. Pones el pie en el suelo y se sabe dónde estarás y qué estarás haciendo. Se puede montar una especie de manifiesto de campaña en el que se hace inventario de los pasos que das y de los lugares que visitas. Algunos exhiben una recia entereza y parecen abrigos con los que guarecerse del frío. Otros están abiertos a que se los llene a capricho. No se espera nada asombroso de ellos, no hay tampoco evidencia de que nada los saque de su tránsito manso. No importa que nadie nos llame, ni que tengamos que pronunciarnos con solemnidad sobre algo trascendente. No se nos va a pedir cuentas cuando el día acabe. Ni se nos ocurre a nosotros estar al tanto de lo que hacen los otros y, mucho menos, hacer que nos cuenten. Se vive bien en esa pequeña armonía doméstica en la que despachas quintos de cerveza, tapas de queso, novelas largamente abandonadas o escribes un poema larguísimo que guardas para subir al blog más adelante. Un día en el que no piensas en nada de lo que acostumbras y vas de una actividad a otra sin urgencia, un poco también sin empeño. Cosas de domingo. 

La escuela es la brújula que apunta al futuro


 


No sé cuándo fue la primera vez que quise ser maestro. Por más que me esfuerzo, no sé hilar un recuerdo que me lleve a otro, hasta que aparezca con nitidez el momento en que descubrí mi amor por la escuela. Quizá, por satisfacer una respuesta, todo provenga de la primera vez en que quise ser alumno, en que la escuela fue una especie de segunda casa, incluso la primera, en ocasiones. Se vive bien mientras los demás te cuentan el mundo. La responsabilidad de contárselo a otros se extrae de esa voluntad primera, la de sentirse agasajado cuando un maestro se vuelca contigo y te razona el movimiento de los planetas o el lugar en donde se meten los adverbios en las frases, pero también sobrevuela la bondad misma de la escuela, esa especie de sensación de útero que proporcionan y de la que no te desprendes nunca. Cuando vuelvo a diario y entro en el patio y abro la puerta de mi aula, no organizo mis pensamientos y razono las cosas. Todo funciona de un modo natural. Lo que sí aprecio en ocasiones es que entro en mi casa. La siento mía y de ahí la obligación moral y sentimental de que todo bajo su techo funcione lo mejor posible. No se le echa a la escuela en cara que haya días malos, habiéndolos. No se le reprende por nada. La escuela es un templo y no se cuestiona las razones de la fe. No hay casi nada tan placentero como entrar en tu clase y empezar a preparar el trabajo, pedir que abran los libros o que no los abran en absoluto y la clase avance alegremente sin programas ni objetivos, sino llevada por el viento de los sentimientos, ungida por el milagro de la comunicación. Porque hay días en que la escuela es un lugar en donde festejar la improvisación y en el que es posible alegrarse de que exista la creatividad y prospere lo inesperado. En lo que yo recuerdo de mi vida como alumno (lo es siempre uno, en todo caso) siempre se percibía la certeza de que algo extraordinario podía pasar en cualquier momento. Algo de lo que hablar al salir del colegio, algo de lo que presumir después. Porque la escuela de verdad, ésta de la que hablo, sucede en los pasillos del aula, dentro de ese recinto maravilloso en donde el maestro y los alumnos representan un fragmento de la vida, el que apela al respeto y al orden, a la inquietud y al conocimiento, al trabajo y al esfuerzo, pero también al humor y a la libertad, a la fantasía y al amor.

Lo que malogra esta declaración amorosa es lo que se cuece extramuros. Duele que se la zarandee como lo hacen. Que no haya día en que no ocupe un titular en los medios de comunicación por asuntos que no son incumbencia suya, sino de las familias o de la sociedad o de todos juntamente, pero no competencia exclusiva de su trabajo, del que los maestros realizan para que el mundo gire mejor de lo que lo hace. No hacemos otra cosa. Algunos creen que preparamos a los obreros del futuro. Que de las aulas en donde impartimos Lengua, Matemáticas, Inglés o Cultura Digital (sí, también enseñamos a los alumnos a que se  muevan en entornos cibernéticos) saldrán ingenieros, abogados, hackers con nómina o columnistas en periódicos de primera línea. Hacemos eso, cómo no, claro que lo hacemos, pero también inculcamos hábitos, impregnamos el alma (donde quiera que la tengan o para lo que lo sea que en el futuro la usen) de valores y de nobles aspiraciones. No hay maestro que no desee que sus alumnos sientan la responsabilidad de contribuir a la mejora del mundo. No hay ninguno que no se aplique con fiereza en la construcción de una voluntad. A los padres les queda la labor más íntima y también la más compleja. Van las dos juntamente hacia el mismo sitio. Una (da igual cuál) puede malograr lo que la otra ha forjado trabajosamente. Quizá una de las trabas de que la escuela funcione de verdad proviene de que todavía no hemos encontrado las intenciones comunes padres y maestros, no ha habido un entendimiento absoluto, no ha existido (del modo al menos en que debería) esa constatación hermosa de que la empresa es común y a que a los dos se les exige responsabilidad en el ser humano que se está moldeando. Tampoco nos hemos puesto de acuerdos maestros y políticos. Ahí está el roto más visible, por el que se extravía el proyecto. Andan estos días en los despachos diseñando un plan educativo. Están borrando un mapa para poner otro encima. El palimpsesto será (en lo que yo alcanzo) igual de mediocre que los anteriores. Hasta que no pongan maestros en esos despachos no habrá una escuela a la altura de los tiempos que nos toca vivir y los que están ahí asomándose, convulsos, raros, confiados a disciplinas de las que todavía no sabemos nada y a las que, sin embargo, enfrentamos a nuestros alumnos. De verdad que es un oficio hermoso. Duro también. La suya es una dureza necesaria tal vez. No todo es confortable, ni todo es poético. Lo sabe el que cierra la puerta de su aula y comienza a diario la representación. Es la mejor obra de teatro del mundo. No hay ninguna que la supere en expectativas y en ilusiones.

Es imposible hacer un recuento de todo lo que hemos perdido en la escuela. De lo que estoy seguro es de que a pesar de todo es la mejor escuela que yo he conocido. Lo es porque son más los frentes contra los que hay que batallar para sacarla adelante. Antes, en el no siempre glorioso pasado, la escuela era una nave que se mantenía a flote a pesar de las embestidas del mar, que la zarandeaba y amenazaba con volcarla. Hay muchos buenos barcos en el fondo de los mares. Basta que la tormenta malogre la estabilidad. En los años en que llevo ejerciendo de maestro jamás he visto que se hunda un colegio. De lo que hablamos es de la imagen que el colegio proyecta fuera, de lo que se percibe en la calle y en los medios de comunicación, en la realidad fuera de las paredes de los centros escolares. Lo que te desmorona, lo que hace que te sientas desesperanzado y triste, es que el mar, ese mar bravío, encabritado, hostil a veces, esté dentro, y no pueda uno hacer que los que organizan la ruta y perfilan en sus despachos los trayectos, los itinerarios y los indicadores de garantía de que el viaje sea idílico - por qué no va a serlo - razonen lo errático de sus normas, lo muy alejadas que están de lo que es una escuela y de cómo funciona. 

Hemos perdido la inocencia, aunque quizá nunca la tuvimos. Ahora estamos más cercanos a la indignación, aquélla tan lustrosa en comicios pasados. Nos obligan a mirar con desconfianza, a pensar que los que administran la cosa educativa pública saben poco o no saben dejarse aconsejar por los que pueden saber algo más o saben, bueno, vale, sí saben, pero no se arriesgan a usar el sentido común, el que a veces no coincide con los programas de los partidos y con el hipotético beneficio de las urnas. Vendidos estamos. Siempre lo estuvimos, a mi entender, pero lo de ahora es más evidente, se manifiesta con más crudeza, se percibe con una más honda impotencia. Porque no podemos hacer otra cosa que acatar y cumplir.  Porque no podemos hacer otra cosa que acatar y cumplir. Se acata y se cumple con la misma entereza profesional incluso entendiendo lo ineficaz o lo absurdo de lo mandado. De tan acostumbrados a lidiar con problemas, hemos llegado al infeliz punto en que las cosas bien hechas merecen el elogio que no debería hacerse. Lo normal, lo ajustado a la lógica, se está convirtiendo en un anomalía. De ahí viene que uno festeje las briznas de sentido común y desee que duren y no sean flor de un alegre día

La honradez, el deseo de que la escuela, por mucho que se la zarandee, no acabe volcada en tiempos de mar picada, hace que sea ésta de ahora la mejor escuela de siempre, la que está mejor formada, la que ofrece una formación más integral, en la que se crean mejores personas, personas más sensibles, con mayor preparación cultural. Creo que acabo de dar con la palabra a la que no hemos prestado atención o a la que no se ha querido dar la atención debido: cultura. Esa es la clave para que no se acabe desmadrando un país y cada uno campe a sus anchas y mire sólo el ombligo que le ocupa el centro de la panza. Si la cultura se dignifica y se le concede el puesto de preeminencia que merece, el mundo giraría mejor, lo haría con más elegancia, no ofrecería la triste evidencia de girar a saltos, de que no han servido todos estos milenios de convivencia para encontrar un modo de aceptarnos y de querernos. Será que no nos aceptamos o que no hay motivo alguno, ninguno razonable, útil y práctico, para que nos queramos los unos a los otros. 

A falta de esa falta de amor, la que sale perdiendo siempre es la escuela, que es el fundación primera del hambre de vida. Es en la escuela en donde aprendemos a amarnos, a considerar la belleza del mundo. Los maestros tenemos la encomienda de hacer que el mundo que está por venir sea mejor del que transcurre y, por supuesto, infinitamente mejor que el ya transcurrido. Se nos pone esa dura empresa entre las manos, pero luego se nos desatiende. Incluso en el peor de los casos, no es que no caigan en que existimos y tenemos voz y alma y corazón y profesionalidad a espuertas: lo terrible es que se nos zancadillea, se esmeran en colocar obstáculos en el camino, en hacer que el tiempo del que disponemos se reparta en registrar más que en enseñar, en rendir cuentas más que en enseñar a contar, en formalizar papeles más que en hacer alumnos formales, en convertir la escuela en una máquina de hacer estadísticas; estadísticas que casi nunca son verdaderamente útiles o estadísticas que nosotros conocemos sin necesidad de gastar más tiempo del necesario en hacer que consten. 

La escuela es un milagro cotidiano. Parece mentira que salga adelante, más en tiempos pandémicos, sorprende que no haya desánimo en los obreros que la abren y la cierran, las piezas canjeables de maestros que van y vienen y se dejan la vida - literalmente - en hacer las cosas lo mejor que pueden. Y pueden mucho y saben mucho y de ellos es la responsabilidad de que el futuro sea mejor que el presente e infinitamente más feliz que el pasado. Luego están los registros, las urgencias de los políticos, la incapacidad que en ocasiones demuestran para gestionar la escuela, en la que no entran, de la que saben cosas de oídas, sobre la que recae, al cabo, tanto y tan delicado. No has habido mejor escuela que la de ahora. Ninguna. Ojalá sea ésta la peor que se recuerde. Ojalá la tormenta amaine y cunda entre los que manda la idea de que no se toca la educación, que no es un pastel trozeable al que todos los nuevos invitados a la fiesta pueden hincarle el diente. Y lo hacen, vaya sí lo hacen. Y con qué aplicado esmero alardean después de lo sabroso que estaba

La escuela es también el claustro de maestros que la forman. De algunos de los maestros que tuve guardo un recuerdo borroso, no me atrevería a hablar de ellos, por temor a equivocar mi juicio o por permitir que intervenga la nostalgia y les haga crecer y aparentar ahora lo que no fueron. No pensaré en ellos ahora, no lo hice antes tampoco. De otros, sin embargo, tengo un recuerdo que no ha sido rebajado por el tiempo, como si acabara de dejarlos hoy mismo y todavía escuchase sus voces en el aula o en los pasillos. Alguno me susurró al oído lecciones que han perdurado siempre. Me hicieron bueno, creo yo. Toda lo malo que después haya podido impregnar mi espíritu no ha borrado del todo esa bondad que me inculcaron. Lo de menos es que aprendiese mucho o poco o que mis calificaciones fuesen espléndidas, no viene al caso que lo fuesen o no. Que en algún momento de mi vida decidiese dedicarme a la docencia es, en parte, por ellos, por esos buenos maestros que cuidaron de mí y me llevaron de la mano y luego, cuando lo consideraron oportuno, me la soltaron. No sé si a quiénes he cogido yo de la mano y si alguno tendrá hacia mí el agradecimiento que yo les profeso a los míos. En esta ocasión es el alumno el que habla, no el maestro sobrevenido más tarde, feliz en su aula, convencido de que la escuela es su segunda casa, a pesar de en ocasiones duela el poco aprecio que se le tiene afuera y el descrédito que uno percibe. Al final son los niños los que perduran, son ellos los que hacen que merezca la pena este oficio.  Me causa malestar que nos zarandeen como lo hacen, me apena que la escuela pública no esté considerada como una de las instituciones más nobles y necesarias. Porque no se pasa por la cabeza que no sea así. Es en la escuela en donde empieza todo. No hay nada que seamos en el futuro que no haya nacido en una escuela y haya sido guiado por un maestro. Está ocurriendo que el maestro no tiene la consideración de antaño, no se le reconoce el peso enorme que lleva a cuestas. Yo, al menos, constato esa desafección. Debe ser la misma que se tiene por las librerías. Se cierran más que nunca y ya nadie se atreve a abrir una nueva. Los libros, que son maestros privados, también nos llevan de la mano y nos educan, a su secreta y firme manera. Que no se cierren escuelas es por una mera circunstancia normativa. No depende de quienes las ocupan, ni de los maestros, ni de los padres, ni de los alumnos. No existe ese escrutinio feroz, no está la escuela al antojadizo capricho de nadie, pero poco a poco se la va cuarteando, se restringe su ámbito de influencia, sólo aparece en los medios de comunicación cuando hay un caso de acoso o cuando roban en ellas o cuando un padre agrede a un maestro. Hoy hablo yo de mis maestros, de los antiguos que tuve y de todos los que me han acompañado y todavía lo hacen en la escuela en la que trabajo a diario. Aprendí de todos, todos contribuyeron a que yo fuese mejor maestro o mejor persona. Al final se trata de eso, de ser buenos y de hacer el bien. Se ve que ando sentimental hoy, no me presten mucha atención. Será uno de esos estados de cansancio. 

Andamos estos días celebrando en la escuela (en la mía, en todas) la paz. Es fácil ese festejo: se explica en qué consiste ser humano, ser razonable, ser conciliador, ser afectuoso, ser cívico, ser comprensivo: todos esos grandes adjetivos que sirven para que todo fluya como debe y el futuro se abra como una flor a la que bañe la luz y no la asedia la niebla, pero hay niebla afuera, más de la cuenta, más (a veces) de la que podemos contener desde dentro de esa escuela. La labor que llevamos a cabo necesita coraje: hay muchas adversidades y hay obstáculos. Si no fuese por nuestro acopio de fuerza (a diario, no hay día en que no se traiga de casa esa fuerza) esto de la escuela hace tiempo que se habría ido al carajo. No se ha ido y no se va a ir. La escuela va a seguir abierta. Los maestros seguiremos haciendo nuestro trabajo lo mejor que sabemos. Los padres van a seguir confiando en que sus hijos están confiados a personas que velarán por su instrucción y por su formación, por su educación y por su diversión. Hay que instruirse y hay que formarse y hay que educarse y hay que divertirse. Eso hacemos ahí adentro: instruir, formar, educar, divertir. La paz, sí, la paz todos los días. No hay palabra que contenga más palabras dentro que ésa: paz. Ninguna como escuela que incluya más concordia y armonía y futuro. Porque somos es el futuro. O es nuestro o no es de nadie. 

Ahora voy a hablar de mi colegio. Toca decir que es el mejor en el que he estado, habiendo trabajado en muchos. Toca explicar (sin alargarme demasiado, ya es largo el texto) que hay maestros formidables. Los quiero y los admiro. Los tengo cerca y aprendo a diario de ellos. Da igual que lleve uno muchos años (treinta pronto) yendo a la escuela y haciendo mi trabajo. Cada día es distinto, cada día es nuevo, cada día es hermoso, cada día enseña cosas diferentes. Enseñar es aprender: quien no haya aprendido eso no será un buen maestro jamás. Así que mi colegio es paz y hoy (es domingo, no estoy allí, ya vendrá el lunes) me toca vender mi colegio a quien desee comprarlo. Hay un pedazo para todos. Es de todos. Siempre va a ser de todos. 





6.2.21

Dietario 37

 Creo en la intimidad de los relojes. En la prevención del dolor. En la ebriedad de los abrazos. En la verdad inaplazable y en la belleza de las mentiras. En el swing de Benny Carter. En el tacto de la arena. En el blanco de una hoja antes del poema. En el efecto curativo del amor. En las jam sessions en un sótano viciado de humo y alcohol. En las comidas compartidas con los amigos. En las visitas inesperadas. En mi disco duro. En la obsesión. En las manos de Bill Evans cuando pensaba en Debby. En los ojos de Bette Davis. En la luz de los flexos. En la luna en la calle Bourbon. En los patios de recreo en las escuelas. En los domingos cuando llueve al borde de una novela de intriga. En la cruzada contra todos los tercos del mundo. En los sonetos de Góngora. En el libre albedrío. En mí en alguna breve y fortuita ocasión. En los rascacielos de Manhattan. En el bourbon amable de las noches. En Kingpin con un traje blanco del tamaño de la Cocina del Infierno. En la lluvia ofrecida como un regalo. En las palabras de los niños. En el verbo promiscuo del sexo. En la longevidad de la luz. En los cajones. En la educación y en las aulas. En El Progreso. En la historia del Minotauro contada por Borges. En los sueños y en lo que traemos luego cuando despertamos. En los hoteles a pie de playa. En mi abuela Luisa. En los ojos azules de Paul Newman. En las road movies. En los riffs de los setenta. En el choco de Punta Umbría. En las manos precursoras de mi padre y en sus ojos locuaces. En en la RKO. En el olor de los libros. En la soledad presentida en las calles. En la letra de Your song. En los músicos de jazz que te hablan al oído. En George Bailey. En las minutos que preceden al sueño. En la alta fidelidad en mi Marantz. En cebras que cruzan las nubes. En el poder liberador de las metáforas. En la independencia moral del hombre frente a la religión de los ciegos y de los que no creen de verdad. En la inspiración. En la pereza infinita de algunas tardes de verano. En la Rosa de los Vientos. En el trabajo terco que sirve a los demás. En Machado en Baza. En las canciones de amor. En los versos de Walt Whitman. En la bodega de mi amigo Jesús. En los cuentos de Saki. En los podcasts. En el cine negro cuando el alma pide crudeza. En los cuentos breves. En las calles de mi infancia. En los viajes de fin de curso cuando tienes doce años. En el poeta en Nueva York. En el arrepentimiento. En la certeza de que un mundo mejor siempre es posible, aunque sea mentira. En los cuerpos cuando jadean. En las noches infinitas con un buen libro. En el agua en un aljibe. En las lágrimas. En la lírica del invierno. En un café negro (o fueron cinco) compartido (hace años) con Antonio Sánchez. En el Chelsea Hotel. En los amores imposibles que terminan en tragedia. En la dulce pereza de las mañanas de domingo. En la mansedumbre. En el desaliño que precede al orden. En la imperfección. En el león de la Metro. En lo turbio. En las nubes arriba en el cielo. En la oscuridad de una sala de cine. En los ensayos de Montaigne. En los endecasílabos. En el vasto éter del armonioso cosmos. En los árboles que tutelan un corazón. En el desprecintado de un buen disco recién comprado. En la bondad de la gente a pesar de que sea escasa y dure poco. En la imaginación. En los diálogos de Woody Allen. En el desorden razonable. En la lujuria. En las tetas de Roberta Pedon. En los paseos marítimos. En las barras de los bares. En la fragilidad. En la tortilla de Santos. En la locura de los poetas. En los escaparates reventones de libros. En las ninfas de los ríos. En las brújulas del alma. En John Ford en Monument Valley. En el vértigo que precede al numen. En el instinto. En Peter Parker luchando contra Doctor Octopus. En la firmeza tras la flaqueza. En los amigos que no vuelven. En la duda. En los prodigios del azar. En el azar mismo. En las estaciones de tren. En la justicia. En Dolores cantada por Hilario Camacho en un patio salesiano. En la espuma de la cerveza. En los amigos, en los que no están y en los que me buscan. En la risa. En el llanto. En el bookcrossing, que he practicado poquísimo. En la noche casi por encima de todo. En el alto y luminoso idioma inglés de Shakespeare. En Leonard Cohen adaptando a Lorca. En Russ Meyer y en Kitten Natividad. En las bibliotecas incluso cuando no llueve. En las rubias de Hitchcock. En la estatua del jardín botánico. En los paraguas. En los bancos de los parques. En el olor del whisky. En las novelas gordas. En el blues cuando se comparte bien ebrio. En la honradez. En la épica. En la política (aún). En el saxo catedralicio de Coleman Hawkins. En las tribulaciones de Nabokov al inventar a Lolita. En Gil de Biedma en las Filipinas. En mi mujer y en mis hijos. En el coro operístico de la rapsodia bohemia. En mi ipod cuando va pletórico de blues. En los muertos de Allan Poe. En las bestias míticas de Lovecraft. En la panza barroca de Lezama Lima. En una Voll-Damn bien fría servida en un buen vaso. En las calles del barrio de la Villa en Priego de Córdoba hace más de treinta años. En la vuelta a casa por el judería en los ochenta. En las vueltas del aire. En la nieve limpia que cubre los coches en mi calle. En la ciencia por encima de los salmos. En el bendito gozo de abrazar a quienes amamos En las calles de Londres, donde nunca he estado. En las piscinas del verano. En la melancolía. En Peter Pan con Campanita. En Billy Wilder. En las ecuaciones de segundo grado. En el rumor del viento anoche en la ventana. En los sultanes del swing. En la promiscua moral de Humbert Humbert. En Billie Holiday cantando Strange fruit. En el insomnio de la sangre. En la belleza de las heridas. En James Cagney en la cima del mundo. En la obediencia de los días. En lo mágico cotidiano. En el novicio temblor de sentirse amado. En los excesos. En el asombro. En la modestia. En los países que no salen en los mapas. En los tigres. En los laberintos y en los espejos. En los astronautas. En los caballos perdidos en cualquier tormenta. En el vértigo. En los abismos. En la verdad de los altares. En las catedrales. En el diario minucioso del alma. En lo inasible. En la disidencia. En la reflexión. En esa leve comezón que anuncia el júbilo. En la felicidad sencilla del solo de trompeta de So what. En el pudor. En todas las vidas improbables que no tengo. En Thunder road tocado en directo. En el río de Heráclito. En los himnos sin letra. En las resacas portentosas del goloso ayer. En los poetas que escriben en servilletas de un bar. En la ternura. En las posadas a mitad de la noche. En los regalos. En los sábados por la noche a solas con mi novela. En la poesía mística. En el realismo sucio. En las alucinaciones. En el vuelo de la carne alegre. En el ala festejando el azul. En el frío. En las rosas. En las lagartijas en los muros. En los trampolínes. En las turbaciones. En los paseos en el declinar de la tarde. En los preliminares. En el oleaje. En los jadeos. En las distancias. En los domingos vibrando en una taza de café. En las fugas. En el despilfarro. En la pureza. En la impureza. En las imprecisiones. En las precisiones. En los jinetes, vastos y nocturnos. En las palabras que arden en los diccionarios. En los nombres. En el Golem en Praga. En la gloria de saberse póstumo. En los íntimos avatares de la felicidad. En la manga del tahúr. En la blonda de la novia. En las libaciones de la razón. En la inminencia de la luz. En los vampiros que pueblan mi adolescencia lectora. En los próximos cinco minutos. En la épica de los perdedores. En remotos pájaros improvisados. En los 39 escalones. En los fuegos artificiales. En el néctar libado a conciencia. En Summertime. En el confort de los trenes. En los patios de Córdoba. En Kafka cuando era Samsa. En la soledad que se anhela. En las biografías de los héroes. En la ciencia ficción. En el Renacimiento. En la cubierta del Potémkin. En la anuencia del cuerpo. En Grecia. En los Viernes a las dos de la tarde. En los palacios abandonados. En el orden secreto de las cosas. En el invisible andamiaje de las horas. En la fuga y en el regreso. En los discos prestados. En perros desbocados en un sueño. En las sílabas del tiempo. En la cordura. En las tascas profundas de las que es casi imposible escapar. En el cansancio. En la mécanica celeste. En las fuentes en el campo. En la obscenidad. En lo frívolo. En el discurso del corazón. En el cine de espías. En los sábados en Córdoba con Rafael Roldán. En las novelas de viajes en el tiempo. En la voz de Freddie Mercury. En mi amiga Auxy. En las trincheras contra el fanatismo. En los superhéroes de la Marvel. En el escenario de un teatro. En los asedios galantes. En el pub Tempo y en sus cuadros de vaginas voladoras. En la pompa y en la circunstancia. En el pólen. En el mar de noche. En todas las barras de los bares. En todas las migajas de pan en los caminos. En todos los cuentos que se improvisan. En todos los que creen con fervor en algo. En las maletas. En Henry Mancini. En mis alumnos. En los apretones de mano. En los prólogos brevísimos. En mi colección de discos. En mis películas. En mis libros. En el café que tomo en el trabajo a mitad de la jornada. En los tejados. En un hotel de Úbeda (hace poquitos años). En un hostal de Sevilla (hace más). En las gacelas en un cuadro. En las resacas. En El Circo del Sol. En la voz de German Coppini en sus buenos viejos tiempos. En el jamón cortado como Dios manda. En el discreto oficio de irse uno viviendo. En Humphrey y en Sam. En la cara perfecta de Ingrid Bergman. En los secretos. En Robert Siodmak. En Annabel Lee. En mí en ocasiones. En algunos palimpsestos. En la caligrafía del deseo. En el ayer. En el mañana. En los misterios. En la fragilidad. En Stan Getz filtrando bossa nova. En Jimmi Hendrix tocando Purple haze. En el cinemascope. En Sunset Boulevard. En la poesía como un arma cargada de belleza. En el sur. En el norte. En la lluvia que cae en un patio de Cartago. En los vicios. En Oliver Twist. En las enciclopedias. En Katherine Hepburn y en Spencer Tracy amándose a escondidas. En los cromos del Atleti cuando Leivinha. En las gambas de Huelva. En las sesiones dobles. En Nueva York y en Tokio. En el corazón tan blando. En el alambique formidable de los sueños. En la pólvora. En el fuego. En Christopher Walken vestido de militar en Pulp Fiction. En la ceniza. En la alquimia de las palabras. En las listas. En la velocidad de las nubes. En el festín de los ojos. En los malabarismos de Burt Lancaster. En la zozobra. En la penumbra. En Cary Grant haciendo comedia. En la cara de mi mujer cuando me mira. En las walkirias. En los gnomos. En Coppola sobre el Mékong. En Jack Bauer. En Charlie y su fábrica de chocolate. En John Coltrane en el Village Vanguard. En las volutas barrocas de Bach. En un tren de algodón que anoche descarriló en mis sueños. En la noche en las afueras. En el libro que ahora estoy leyendo. En el día de mañana. En la bendita ilusión de que mañana será mejor día que hoy. En la debilidad. En las mujeres fatales de los cincuenta. En la farándula. En el uso que Scorsese hace de los Rolling Stones en sus films. En los libros que leen mis hijos cada noche. En la lucidez. En el principio de algo . En el cine por encima de casi todas las cosas. En el azul. En mi calvicie. En la posibilidad de que alguien descubra cómo curar el cáncer. En la felicidad de los míos. En los espetos en los chiringuitos de Fuengirola. En los pestiños. En la inteligencia. En las alfombras. En la coda de Layla. En las librerías de viejo. En un Chesterfield en una terraza. En los grandes almacenes. En las imprudencias. En las algas. En las paredes de Lubitsch. En los cameos de Hitchcock. En los vinilos de segunda mano comprados en La Corredera. En King Kong cuando está enamorado. En los poemas de Luis Alberto de Cuenca. En Suzanne en un viejo pick up en casa de Marcelino. En las hélices. En Robert Louis Stevenson. En la invención de Morel. En las hadas. En habitaciones alicatadas de libros. En H.G. Wells. En conversaciones por teléfono que duran mucho. En la letra impresa, aunque sea el prospecto de un mucolítico. En los buzones. En los haikus de Manolo Lara. En la Plaza de los Caballos en Priego de Córdoba. En los sueños. En los espejos. En Stephen King. En el bikini. En las terrazas de verano. En la cercanía de un cuerpo a mitad de la noche. En los primeros años de Genesis. En las turbulencias del alma. En la muerte absoluta del cuerpo. En Van Morrison. En algunos argumentos de Paul Auster. En el inglés cristalino de Frank Sinatra. En las polaroid. En las películas de la Hammer. En la historia de Olvídate de mí. En el olor del azahar. En los barrios antiguos de Córdoba. En las mañanas de Domingo sin nada que hacer. En los abrazos. En los pubs ingleses. En las playas al amanecer. En el tacto del pelo. En mis Bowers & Wilkins. En los cuentos de tradición oral. En las historias de fantasmas. En Elvis. En Wonderwall. En todas las pin up girls. En la versión en directo de Love of my life. En el silencio. En el ruido. En los libros que me recomiendan quienes me conocen. En este blog en el que me retrato a diario. En algunos maestros que he tenido. En Dios en una novela de mi amigo Raúl. En una noche de San Lorenzo con Blanca, Eloísa y Pedro. En el respeto. En los dibujos de Ramón. En las palabras para Julia. En una cafetería art-decó en Viena. En la cordura. En la cultura como brújula. En el amor de mi amor. En todos los cerdos de pezuña negra y rica bellota en el alma. En la sonrisa de María y de Olivia. En mi hermano norteño con su Antártida perfecta. En los aforismos. En la providencia. En la etérea dulzura de una mirada. En los defectos de los que amo. En la conversación. En la elocuencia.

Edición corregida y aumentada

5.2.21

Dietario 36

 Sostener el peso de la incertidumbre como el que hace avanzar a cada paso su cuerpo.

No hay amor más sincero que el que no correspondido. 

Justo en el momento en que tenemos la impresión de que algo maravilloso va a suceder perdemos la conciencia de su inminencia.

Lo que prospera en la oscuridad tiene ansia de luz. Lo iluminado, en su forma más estricta, es oscuridad a la que le venció la curiosidad o la impaciencia.

Hay cosas que, al contarlas, pierden todo interés. La mejor literatura es la que se insinúa, la que tarde en revelarse o la que, por más que creamos tener noticia suya, no ha llegado a cuajar y permanece en la niebla y en lejanía, acostumbrada a que no se la encuentre. 

Hay que inclinarse ante la belleza, arrojar toda resistencia, permitir que irrumpa, dejar que adentro cree un roto y aspirar a que la misma belleza, en su inacabable oficio, lo zurza y recomponga.







4.2.21

Reclamando el Día Internacional de las Estatuas Ecuestres

  



                                                     Estatua ecuestre de Felipe III, Madrid

Dejó escrito Sánchez Ferlosio que quien tiene ya en plaza su monumento ecuestre tiene muchas posibilidades de que le hagan otro que el que no tiene todavía ninguno, pero son tiempos magros en esa exhibición de las personalidades del pueblo y no hay consistorio que rebaje las arcas con esas florituras populares. Se preguntarán los gerifaltes de la cosa pública a quién montar sobre el caballo y hasta si es preciso el noble animal y no convendría cualquier otra rúbrica en piedra o en el material que se aprestara con más elocuencia al porte o a la fama del elegido para la posteridad. Al final, no hay ninguno que resista la acometida de las heces de los pájaros y es precisamente esa circunstancia, la de la excrecencia posada a modo de sombrero, la que termina por explicar la verdadera historia del agasajado, no siempre la más noble, ni siquiera la que levanta las pasiones y el orgullo de quienes las observan. Tiene su arrimo de épica (o de falta de ella) la forma en que el escultor dispone las patas del caballo: si están las dos delanteras levantadas es que el jinete murió en combate, si sólo una es que padeció las heridas de la guerra, pero no falleció a causa de ellas y, por último, si las tiene ancladas al suelo es que el deceso devino por causas naturales. El bronce que las yergue suele soportar el rigor de los siglos, pero no así la memoria de los reyes o militares para las que fueron erguidas. Con el declinar del caballo en la gesta de los triunfos desapareció la costumbre de los homenajes ecuestres, pero tampoco abundan en la actualidad las figuras de bronce o de cualquier otro material parecido. Los gobiernos no auspician que el maravilloso gremio de los escultores continúe fijando un símbolo para que la ciudadanía no olvide a sus héroes. Será que no los hay. Calladas gubias, cinceles muertos. En consideración a la pertinencia de la memoria habría que reclamar un Día de las Estatuas Ecuestres, igual que hay uno para casi cada cosa, incluyendo en esa prolija y bizarra lista el Día de del Ascenso en Globo, de la Lógica, de la Hipnosis, de la Croqueta (es cierto, cae a mediados de enero, busquen si no dan crédito), de la Lepra, de Star Wars, de las Aves Migratorias, del Whisky (no le hago ascos), del Orgullo Friki, de la Sangría, de la Marmota (ese va en bucle), del Orgullo Zombie o del Pistacho. Reclamo desde esta humildísima columna un Día de las Estatuas Ecuestres. Lo reclamo cueste lo que cueste, ustedes ya saben de quién me acuerdo. Habrá que abrir una cuestación popular, aunque sea de firmas, para que prospere esta no tan insólita petición, aunque sólo sea para que las palomas tengan donde exhibir sus evacuaciones, pero lo de Sánchez Ferlosio no admite discusión: Felipe III podrá tener cinco egregias figuras en ecuestre bronce, pero usted y yo no tendremos ninguna. Quizá sea mejor. Con la moda actual de borrar el pasado, sea cual sea el repentino motivo, tardará poco en que las hordas reaccionarias las echen abajo o el mismo ayuntamiento que las izó decida convertirlas en escombro. 

Dietario 35


Los que tienen aprecio al pasado tienen el futuro para perfeccionarse. 

Una vez se ha corregido el escrito se adquiere la certeza de que no posee fin y que volverá una y otra vez hasta que sintamos que no es incumbencia nuestra y lo sacrifiquemos. Cuanto uno escribe es susceptible de ser afinado, pero a veces se tiene la convicción de que no hay que tocar lo que ha sido alumbrado con repentina iluminación, si es que acude.

Todo lo que decimos es un misterio. Lo que callamos está a veces absolutamente expuesto.

Dios, meramente pensado, no existe. 

Hablar de uno mismo como si no se conociese. 

Mejor desfallecer cuántas más veces con vehemencia y vocación que fallecer una solitaria vez sin aviso ni arreglo.

3.2.21

Dietario 34

 Leer es permitir que otros te expliquen a ti mismo.

Cuánta más experiencia se cree tener, más falta.

Perder el norte es a veces ganar todos los demás puntos cardinales.

El peligro de creer demasiado en uno mismo es que se acaba por perder la posibilidad de creer en nadie más.

Escribir es una enfermedad que sólo se cura leyendo lo que han escrito otros.

Quien afirma que el amor lo es todo no ama.

No se es un buen teólogo hasta que se ha comprendido que no hay nada más impreciso que la teología.

Estando anoche en comunión conmigo mismo creí atisbar, sólo de lejos, casi inapreciablemente, una brizna de algo que se parecía a mí. 

Tengo fe en que llegará el día en que no necesite saber qué hora es.

2.2.21

Dietario 33

 

La pereza es una bruma confortable de la que se tiene la imprecisa idea de que no se ejerce ni con solemnidad ni con entero empeño. 

Creer en Dios sin que nada haga pensar en que alguien nos escucha es la forma más hermosa de trascendencia.

La soledad, la buscada, es un tumulto sin audiencia.

Ser político, hoy en día, es una forma de una dramaturgia que ya quisieran para sí los mejores actores. 

 Entre mis convicciones le tengo un cariño más hondo a la que me hace contrariarla.

A excepción de la clarividencia no tengo de mi mayor certeza que la imprecisión de mis vaticinios. 

(Para José Fernández, que lo parió casi al detalle) Se tiene cierto reparo a confesar que tenemos momentos de una intimidad tan espléndida que bordea la locura.

Quien habla consigo mismo adquiere la facultad de la elocuencia privada. 

El don de disentir sin entusiasmo sólo lo tienen los que no aspiran a la felicidad de que no se les entienda. 

1.2.21

Dietario 32

 Una vez se ha llegado a la conclusión de que se ha escrito mucho tal vez convenga aceptar que se ha leído poco.

El pasado es una estación propicia para el desencanto. El presente es una fugacidad a la que no hay dar mayor importancia. El futuro es lo único a lo que se podemos asirnos sin miedo a equivocarnos.

Se tiene ganas de salir para tener ansia de regreso. Dicho a la reversa: hay apetencia (cada vez mayor) de permanecer en casa para tener como único anhelo abandonarla. 

Sobre cierta joven dama de la alta sociedad que acudía sin falta a todos los eventos culturales no se ha escrito mucho, a pesar de que no hay quien no la haya visto y hasta departido con ella en el entreacto o la salida del evento, puesto que llegaba invariablemente tarde y recorría con evidente ausencia de pudor el pasillo abierto entre la concurrencia para acomodarse en la silla que nadie ocupaba. 

Ser joven es declararse incapaz de comprender a la juventud.



273/365 Jackson Pollock

  Se cae, en un descuido, el rojo. Emerge, comido de vértigos, el azul. Está la luz enfebrecida. Se la ve triste, se tiene la impresión de q...