31.12.18

4:33


Uno nunca sabe si se está mejor dentro o fuera, si el silencio es hermoso o es en el ruido en donde la vida se expresa con más vehemencia. No saber es un estado maravilloso, en cierto modo. La ignorancia es un punto de partida, un asidero firme desde el que avanzar. Quizá lo que importe sea el riesgo. Si es cosa de arriesgarse, acepto el reto estético (o intelectual o moral, no sé) que plantea John Cage, que le escribió al silencio y dejó que su música invisible impregnara el ruido. Acepto que esos cuatro minutos y treinta tres (eso dura la pieza, podría haber durado cinco segundos o días enteros) sean trascendentes en mi vida al modo en que lo siguen siendo los valses de Strauss, eso oigo ahora, padre o hijo me valen igual. No entra en ninguno de mis muchos cálculos (de verdad que soy muy curioso y me he dejado engolosinar por propuestas literarias o musicales o cinematográficas muy arriesgadas) buscar lo que mis sentidos (todos alerta, conjurados a encontrar una brizna de asombro con la que satisfacerse) niegan. Rechazan lo que no entienden, pero hay tantas cosas que no entiendo y con las que disfruto que me planteo si me estoy volviendo uno de esas criaturas exigentes, exigentes en demasía, tal vez, que a todo le ponen obstáculos y no se sienten cómodos con casi nada, perdidos en el fondo, maravillosamente perdidos. De verdad que yo soy un alma sencilla, quizá no cándida, a mis años, pero sencilla de un modo precario y elemental y hasta inocente. Y si unos cuantos exégetas del arte contemporáneo o de la música entendida como una de las más altas y nobles pasiones me intentan convencer de que estoy ante una obra maestra, pues yo me esfuerzo en darle una oportunidad a Cage, sí, no hay problema. Y se la doy porque hoy estoy de buen humor. Será que mañana acaba el año o será que me acabo de levantar de la mesa camilla y vengo contento de brasero y de felicidad doméstica. Estoy por borrar la entrada, por dejar el concierto, los cuatro minutos y treinta y tres segundos de intriga sonora, sin que un texto lo acompañe. Que sea el silencio el que explique el silencio. Un bucle sin decibelios. Un agujero en el continuo espacio-tiempo. Tengo que ponerme al día, tengo que aguzar el oído para que deje de tener relevancia el silencio de los ejecutantes (que no ejecutan, entiéndanme) y la tenga el carraspeo de los espectadores o el murmullo inherente al hecho mismo de que se está asistiendo (no puedo negar esa evidencia) a un hecho artístico controvertido. Pero no es artístico. O lo es de una manera extraña. Nada que difiera mucho de la realidad, extraña también. Lo de Cage es humorístico también. El humor es consustancial al arte. Todo lo que hacemos es risible. Tengan un bonito domingo.


29.12.18

Somos fantasmas

Quizá la palabra más hermosa que hayamos perdido sea confianza. No lo hay o la hay de un modo protocolario, sin el eco de las palabras nobles, de escaso afecto por la veracidad, vendida como un objeto, usada sin respeto. No es solo el desencanto en lo político sino también una pereza por lo social. No cabe paradoja mayor: en el reino de lo viral, en la trama infinita de las redes sociales, en ese limbo falso y perfecto, cuando todo está a mano y la realidad es un código en una línea de texto, el hombre se banaliza, se expande como nunca, se escinde en hombres intercambiables, huecos, sin hondura, vaciado de contenido, huérfano de la emoción y del asombro con la que se forjaron otras revoluciones culturales. La de hoy es viral, esto es, huidiza, áspera e informe. No es que la oferta supere a la demanda, en términos estrictamente comerciales, sino que no hay demanda. Todo es oferta, pero una oferta ligera, majestuosa en tramos, cómo no, pero espídica. Lo que estamos perdiendo y lo que probablemente no recuperemos es la construcción artesanal de la realidad, ese grado de confianza en lo que nos rodea. Todo es pasajero, todo es volátil, nada cuaja: no está en su naturaleza aposentarse, sino avanzar, no fijar una casa, no la hay, todo es camino, somos seres de lejanía, como dejó escrito, en otro sentido, Umbral. Tampoco sabemos qué nos deparará el futuro, por más que tengamos noticias fiables, previsiones. Será más hueca que ésta, tendrá menos volumen y más extensión. Llegará a todas partes, pero no hará cuartel en ninguna. Las tradiciones, las que uno comparte y las que no, se irán, tienen su fecha de caducidad escrita al dorso, las arrumbó la fibra óptica, el tendido vastísimo de logaritmos y de nubes. También estaremos más solos. Cuando seamos más, menos gente tendremos a la vera, aunque podamos saber más de lo que hacen los otros, dónde están o qué aspecto tienen. Lo que no tendremos es el calor, esa sensación humanísima de proximidad y de afectos. A eso acabaremos renunciado vía whatsapp y otros artefactos de (paradójicamente) incomunicación masiva. Todo lo fiamos a él, en él depositamos la continuación de las amistades, prescindiendo de la voz, guardiana de los abrazos. No hay abrazos, los estamos perdiendo, igual que la confianza. Nadie se libra, todos estamos abonados a ese protocolo muy útil en ocasiones y lesivo y maligno en otras. Somos una especie de fantasmas que circulan por realidades alternativas, que se entrecruzan de cuando en cuando y milagrosamente se rozan en otras. Fantasmas encantados de nuestra flamante condición espectral, seres de luz venida a menos, tristes sombras.

28.12.18

La reputación


"La reputación es un prejuicio inútil y engañoso,que se adquiere a menudo sin mérito y se pierde sin razón. La reputación es el agobio de los tontos"

William Shakespeare

No se oye tanto como antes lo de la reputación, hay palabras que se arrumban, se dejan un poco aparte, porque no se desea entrar en lo que ofrecen, por hondas tal vez. Hay palabras que tienen hondura y otras que no. Lo de la reputación se trae a veces sin cuidado, se usa sin pensar en qué se dice. Cuando se dice de alguien que tiene una reputación, buena o mala, se está diciendo poco, no se esmera quien lo dice en explicar por qué esa propiedad, si ha sido conseguida trabajosamente, acarreada en los buenos y en los malos tiempos, cincelada con mimo o, por el contrario, es una cosa maleable, voluble, de poco o ningún asiento, del tipo de reputación que oscila y se inclina a un lado o a otro según el azar o las modas, vaya usted a saber. Si acaso, cuenta la mala reputación, de la que se puede hacer chanza o chascarrillo, la susceptible de airearse a beneficio de ociosos, la que anima corrillos de maledicentes. Hay muchos corrillos de ésos. El hecho de que abunden es un indicio del tipo de sociedad que estamos construyendo. Siempre hubo fascinación por conocer de cerca la intimidad ajena y, caso de que no sea la previsible y formal, dedicarse con encono a difundirla, sin mirar qué daño se hace o si es cierto lo difundido. Una mala reputación es carne de cañón. Haga lo que lo haga, lo consideran mal, cantaba Paco Ibáñez.  La buena no tiene predicamento: se pierde a poco que las circunstancias adversas la cercan o la zarandean un poco. Una vida entera de rectitud puede malograrse en un minuto suelto de desquicio. Un minuto es mucho a veces. Menos se precisa para que se arruine una buena reputación. Basta un error, en el que se esperaba que cayésemos y, mire usté por donde, al final caímos. No cuesta trabajo desquiciarse. Razones hay, a poco que se fieje uno. Por ahí anda la reputación, gloriosamente a salvo, expuesta para ser admirada por quien no la posee o, creyendo estar en posesivo suya, alaba la ajena, lo cual es una forma de prestigiar la suya. Anda expuesta, cubierta de gloria o de mierda, si se me permite la palabra gruesa, pero es una o es otra, no hay término medio. O se está bien mirado y se nos mira con respeto y, en casos, aprobación o admiración, o se nos pone a caldo, a parir, se tira por los suelos el posible nombre que uno tenga. Siempre me hizo gracia eso de que tengamos un nombre. Es muy de tiempos antiguos, pero en el fondo está mal que se haya perdido esa expresión. Hay quien se afana en labrarse un nombre (yo soy tal y tal y con eso ya debe ser suficiente, es mi aval, ahí en mi nombre están mis credenciales) y procede con dedicación y no pierde ocasión de pulirlo, ni de presumir de él. Usted no sabe quién soy yo, se oye a veces, cada vez menos, pero hace gracia, suena a folletín o a comedia en un teatrillo. 

Adenda:
Sobre la consideración que se nos tiene no hay nada que podamos hacer. El poco o el mucho prestigio que tengamos fluctúa sin que concurra intervención nuestra, todo proviene del parecer ajeno, nunca de la opinión que uno tiene de sí mismo. La vanidad, por otra lado, traída sin remedio, es el prestigio que creemos tener, que a su vez es el que pensamos que se nos atribuye, meritoriamente o no. Es fácil caer en ella. He conocido algún vanidoso, quién no. Uno mismo, en ocasiones, lo es sin que se tenga conciencia. Son éstos tiempos de vanidad sobrevenida. Hace falta poco para creer que algo hemos hecho bien y que se nos reconozca el trabajo. Estará en la naturaleza humana ese deseo de ser reconocido. En el fondo, la humildad no ha funcionado nunca como motor de la Historia. ¿A cuántos humildes conoce el lector? En cambio, ah infortunio, ah calamidad, sabemos de los vanidosos, conocemos muchos, hemos tomado café con ellos, hemos visto cómo se desenvuelven, hasta somos capaces de hacer pasar por vanidosos a quienes no hicieron nada que mereciera el atributo. Siendo reprochable, vemos en la vanidad un cierto encanto. Hay quien se cree popular y reconocido y posiblemente también amado porque tiene una legión de seguidores en Facebook o en Twitter. Ser popular en las redes sociales es como ser rico en el Monopoly. Lo acabo de leer en una de ellas. Uno entra en el juego de esa popularidad impostada, la acepta sin más, se cuida de que no le envare en demasía en el proceder diario, pero en el fondo, cuando caen los halagos, si es que alguno cae, no incomodan, no se apartan, se abrazan, se consideran una parte del trabajo, la de los premios, que siempre son bienvenidos, se diga lo que se diga. El problema hoy en día es el halago mecánico, el rápido, el que se expresa con un sencillo like en un post colgado en una plataforma, en una de las muchas redes sociales. Se tienen más amigos ahí que los necesarios, que suelen no ser muchos. Tan sencillo resulta dar al clic y expresar la aprobación que la misma aprobación, en ese resumen despachado, no tiene el rango del comentario, el del gesto afectuoso, pero no podemos dar marcha atrás, todo va rápido, excesivamente rápido, no hay manera de parar la máquina. Habría que ver qué hay detrás de los emoticonos, aunque ese trabajo no hay quien lo realice, no es posible, todos son el mismo, ninguno es más hondo que otro. En el deseo de que esos emoticonos cobren más expresión, se amplió el número de ellos. Debe haber miles. Uno casi para cada sentimiento, es posible, no voy a discutir eso de modo que hemos vuelto al pasado jeroglífico, prescindimos de las palabras, las traducimos a muñecos que semejan dedos que aprueban o desaprueban o a caras que recogen un amplio espectro de sensaciones. Todo está hueco por dentro. De ahí que el vanidoso esté en su ambiente. Son buenos tiempos para no tener que detenerse a explicar mucho: basta la expresión sucinta del like o del dislike, que no sé por qué hay que recurrir al inglés, pero también ese es un peaje que estamos pagando. Un amigo ha dejado Facebook por más o menos todo esto. Está agotado, me cuenta. No necesita difundir lo que escribe más allá de su blog. Su vanidad, me refirió, se estaba atrofiando. Era otra cosa, ni siquiera la saludable y antigua vanidad. Ahora escribe, lo hace con menor frecuencia, pero no lo ha dejado, pero no tiene interés alguno en ser leído por más gente de la sucintamente precisa: ocho o diez amigos, no más. Yo a veces creo que podría hacer lo mismo y cerrar el facebook o el twitter y volver a tener solo un sencillo blog al que entran muchos amigos y algunos lectores. 

23.12.18

Una historia de amor en vísperas de Navidad


                                                      Fotografía: Emilio Calvo de Mora



El muñeco estaba apoyado en la pared, una pared sin vistosidad, de ladrillos grandes, como de obra a medio terminar. No puede saber uno quién lo puso, qué pensó cuando lo colocó con ese mimo, cuidando de que no se quebrara y cayese, expuesto a que alguien lo manumite de su posado forzado y le dé un lavado en casa. Seguro que un buen aseo lo recompone, pensé. El muñeco se ríe, se ríe mucho, hasta cierra los ojos de lo mucho que se está riendo. Tal vez le haga gracia su destino, el del abandono. A la fatalidad le sale siempre un lado humorístico. No he visto desgracia que no lleve consigo una parte jocosa. Estaría bien que ya no estuviera allí, aunque no voy a desandar el camino y comprobarlo. Lo normal es que no esté. Tampoco nosotros estamos cuando se nos espera. En parte hay algo nuestro en el muñeco, riamos o no, nos hayan dejado o no en una pared cochambrosa de un camino apartado, a las afueras del pueblo. Hay gente que vuelve a nosotros y no encuentra lo que esperaba. Lo que no sé es quién nos gobierna, la mano que nos deja al albur del azar para que otro nos mire, caiga en la cuenta de que existimos y nos eche el brazo por lo alto o nos cuente qué hizo hoy, si salió a la calle a comprar la prensa y tomó un café en un bar o si en casa se juntan por navidad y todavía no tienen nada preparado. A lo único a lo que venimos a este mundo es a que nos amen. No hay nadie que pueda contradecirme, ni siquiera el desalmado, el que cree no tener ya la bondad con la que vino de fábrica, si es que alguna trajimos. Me dio pena el muñeco, una pena sin trascendencia, si se me permite, una liviana de poco asiento en la memoria, de las que luego se difuminan y no se tiene recuerdo de ella, pero todavía la tengo adentro. Sólo hace un rato que vi el muñeco y saqué el móvil y le hice la foto. Ya da igual que lo perdamos para siempre. Cada objeto del mundo merece una historia. Yo he cumplido con él, le he traído a casa, le he dado cobijo. De alguna forma estará bajo el árbol de Navidad, cuando sea mañana de Reyes y nos levantemos a ver qué buenos fuimos y qué generosos son los que nos aman. Ya digo, es amor, sólo el amor mueve la dinamo que hace que gire el mundo.

14.12.18

Un haiku (sin haiku)

Del pasado tenemos siempre a mano un relato fantástico, uno descabalgado de la realidad, convertido en mercancía de la imaginación, usada para entretener a quien escucha o a uno mismo, llegado el caso, si se empobrece demasiado la cuenta de las cosas, la trama de esa realidad que, vista en detalle, recordada con tiento, no acaba de convencer, no es lo que hubiésemos deseado. Se tiene la impresión de que podemos merodear la responsabilidad de contar cómo pasaron verdaderamente esas cosas, todo lo que nos ocurrió y la manera en que ocurrió, pero es que el tiempo hace que no poseamos ese dominio de la trama. Digamos que todo está ahí, insinuado, convertido en una especie de prontuario fiable de narraciones, pero luego el conjunto no se apresta a transcribirlo. Además tampoco sabríamos restituir esa novela sentimental sin hacer que concurse la fantasía, es ella la que hace que la memoria exista, aunque paradójicamente todo haga pensar que es la fantasía la que la contamine, la que pudre su voluntad de credibilidad o de honestidad. No podemos ser honestos con nosotros mismos. Siempre hay algo que malogra ese deseo. En un modo extremo, en el caso de que la fantasía condimente en exceso la trama, el pasado sobre el que debemos hablar no difiere de la ficción pura. Vivir es pura literatura. Uno en ocasiones puede creer estar en un cuento de Kafka o en una novela de Welles. Hay días en que sale a la calle y lo que observa, cuanto se le ofrece, no difiere de un cuento de Kafka o de una novela de Wells. Lo malo es cuando la realidad nos hace pensar en Orwell o en Dante. Los días, juntamente con sus noches, deberían ser haikus, que no importara ni siquiera el autor, sino la hondura y la concisión, la belleza con su cómputo sencillo de sílabas. La vida debería ser uno de esos haikus, pero a veces se obstina en alargar innecesariamente la métrica, en cultivar la retórica, en incluir personajes secundarios que no son precisos, en concederle a la fatalidad excesivas líneas de texto. Un haiku. Seguro que cada uno tiene el suyo a mano. Buen viernes. 

13.12.18

Defensa de la alegría / Pensando en Benedetti, en Eliot y en K.





La felicidad debería tener un mapa genético. Parece que funcionan si se tienen a mano para prevenir enfermedades o para hacer que desaparezcan si irrumpen. Quizá lo haya y yo esté únicamente evidenciando mi ignorancia. Nunca se me ocurrió que mapas y felicidad fuesen fácil de casar, como si una cosa llevase a la otra. Amé los mapas cuando no entendía lo que significaban y todavía hoy siento un placer que no sabría explicar bien cuando abro un atlas y el dedo va recorriendo los sistemas montañosas y las ensenadas, el curso de los ríos y la presencia de un populoso núcleo urbano, pero los mapas ya no son lo que eran, ya no invitan a ningún viaje, no se miran en papel, no hay libros grandes en las casa con mapas dentro, incluso la palabra cartografía está perdiendo su ímpetu, su naturaleza aventurera. En cierto modo se ha perdido esa voluntad mágica de querer ver más allá de lo que la evidencia ofrece. No sé de genética mucho más de lo que necesito, pero alcanzo a comprender que en ese baile de moléculas, de cuerpos que se abrazan y se alejan en el caos infinitesimal de la materia, debe estar la llave de algún logro sentimental al que no hemos llegado aún. Nos malogra ese milagro la contundencia a veces brutal con que la realidad nos atenaza, nos impone su crudeza, cuando la realidad debería ser un obsequio, un regalo precioso, un don. La realidad, de maleable que es, resulta incómoda, de poca o ninguna constancia, de fácil vuelo, como si nosotros, sus inquilinos, no mereciésemos habitarla, consentir que nos zarandee y nos apremie a que, conforme los años nos van formando, la entendamos. Lo dejó escrito Eliot: la realidad es insoportable, "human kind cannot bear very much reality", cito de memoria. Lo real, con sus primores, con sus trabas, con su destreza en contrariarnos cuando se le ocurre, sin que precise empecinarse, sin empeño a veces, sólo por incomodar, por dejar claro lo frágiles que somos, lo expuestos que estamos, el poco o ningún asiento del que disponemos, pero lo real es también milagroso, me dijo K. Con lo de ser felices se han perdido muchas oportunidades de estar alegres, añadió. Se obstina la gente en alcanzar la felicidad cuando no existe tal cosa, se deshace nada más irrumpir, ocupa un lugar pequeño y permanece un tiempo breve, es algo que se sabe, aunque no hacemos caso, proseguimos en el vicio de ese deseo, el de ser felices, no el otro, más sencillo, de manejo más fácil, también de presencia más frecuente, el vicio de la alegría. Y se defiende la alegría, se hace militancia en ese oficio, como Benedetti, que fue el poeta de la alegría o del entusiasmo por vivir y lo dejó también escrito. La defendió de la rutina y del escándalo, la defendió del pasmo y de las pesadillas, la defendió de la melancolía, tiro de memoria otra vez, creo que hoy ando fino, no siempre sucede así, hay veces en que la memoria desbarra, va a lo suyo, no obedece,  no cuenta con uno, ni lo mira siquiera, parece de otra la memoria, no hay manera de que se avenga a razones, la pudre el olvido, que es un bicho malo. De ahí Bendetti, tan lírico y tan vital; de ahí Eliot, un poco más triste, Eliot siempre fue un poeta más concentrado en la melancolía, uno de esos poeta tirando a filósofo, buscando meses crueles (abril es el peor de todos) o tierras baldías, empobrecidas y sin atender, como si ahí anduviera la razón última de las cosas del hombre. Tal vez esté, quién sabe. Esas cosas sólo lo saben los poetas, y no todos. 

12.12.18

boys don't cry

de lo que no me conforta, de lo que me excluye, de las mesas sin recoger, en una terraza de un bar, de las palabras a medio decir, en un sueño, de los golpes que no suenan nunca y que aplazan la felicidad y dan al día el tono gris, el tono gris de los poemas tristes, el día en que uno escribe un poema triste ya no sabe cómo levantarlo, se aplica, se esmera y se esmera mucho, pero no se le van de la cabeza las palabras y el poema ronronea en la cabeza, que es donde están al final todos los poemas, los poemas son una evidencia de que el mundo no va por nuestro lado, el poema es un desoír el mundo y es también un oírlo muy atentamente, un querer entrar en las tripas de la bestia, en dormir allí, en pegar la oreja a la misma tripa y empaparse del ruido que hace, yo tengo en mi cabeza todos los poemas que he escrito, he escrito mil poemas, los tristes son los que más duran, los que menos se dejan intimidar por mi voluntad de ser alegre y de poner la alegría en la ventana mientras suena una melodía pop, si no fuese por las melodías pop mi humor sería gris o no tendría humor, hay canciones en las que estoy yo, aunque no lo perciba de inmediato, canciones de tres minutos en las que mi vida discurre con absoluta eficacia, suenan en mi cabeza de poeta de miércoles de otoño en lucena una pieza de the cure, un himno, el humor es siempre un humor de circunstancias, como una mosca que de pronto se para en el brazo y la violentas con un gesto, la mosca siempre huye, no hay quien la convierta en una mosca muerta o una mosca moribunda, me da lo mismo, lo que me importa es ir avanzando y no sentir que me distrae una mosca o un coche que cruza con rapidez la calle, una mesa sin recoger en una terraza de un bar o un pobre en la puerta del mercadona clamando justicia, pidiendo un mendrugo de hacendado, pero el pobre sigue ahí, a dos calles de aquí, y yo estoy escuchando pop, boys don`t cry, abriendo la mañana escribiendo en plan disperso, no sé si alguna vez me concentraré y escribiré con más hondura, tengo un amigo que se recrea cuando me recrimina mi dispersión, emilio, deberías centrarte, poner un freno a tu verborrea, no vas a ningún sitio, no quiero ir a ningún sitio, me satisface mi oreja en la tripa de la bestia, el oído ahí bien pegado, sacando la información relevante, quién sabe lo que hay ahí, quizá se escucha a dios si uno presta la atención suficiente, ya digo, toda la atención de la que se pueda disponer, que no sé si tengo mucha o la estoy perdiendo poco a poco, sé de donde parto y miro al lugar a donde acudo y no va a ser posible, al menos no de momento, centrarme más, afinarme algo más, ya me entienden, me voy a conformar con ir cerrando el post, con ir pensando en qué ponerme, porque hoy va a ser un día largo y mi cabeza necesita desconectar, perderse, no sé qué hace mi cabeza cuando yo no la administro, si me traiciona, si malogra todos los planes que yo he ido pensando, si es la cabeza crápula o la admirable y entera, la que lee de noche a kavafis mientras escucha en el ipod una sinfonía de mahler, qué buena pareja, mahler y kavafis, yo sobro, bien mirado, deberían entenderse ellos, la cabeza es siempre la que manda, la que no se mete en problemas, la que se deja acariciar, la que lee a keats y escucha a shostakovich, la que se mete tres episodios seguidos de the killing o la que escucha el ruido que hace la lluvia en las persianas, si supiéramos qué hacer con los ruidos tendríamos un poema, quizá haya uno alojado en los huecos que van dejando los ruidos cuando no suenan, debe ser eso, yo no acierto a comprender las cosas, quién lo hace, nadie tiene las cosas nunca claras del todo, ni siquiera es bueno saber qué ruido hace el corazón cuando se encabrita, ignorar es una vía de iluminación también, lo sabían los poetas místicos, que sabían sin saber, que miraban y no había mirada interpuesta en el esfuerzo, me duelen las palabras a esta hora de la mañana, escribo torpe y ametralladamente antes de servirme el café en la cocina y preparar las clases de hoy, adjetivos comparativos en inglés, luego escribiré algo, por si pasa algo verdaderamente interesante, por si el ruido se hace música, por si la cosecha alumbra metáforas y nos llenan la boca de prodigios

2.12.18

Philip Glass



A Philip Glass lo dejé cuando entré en una etapa optimista de mi vida, así que todo es gratitud, aunque ahora lo escuche menos. Mientras estuve alicaído (me encanta esa palabra), recurrí a Glass. Esos bucles suyos, esas reiteraciones melódicas, que parecen enquistarse y ganar peso y perderlo, hasta que de pronto encuentras matices increíbles, aspectos inéditos, me hacían un paradójico conforte del que podía salir y entrar con extraordinaria facilidad. Glass fue un mantra feliz, por decirlo a la moderna manera. Notaba que cuanto más me gustaba Glass, menos ganas tenía de salir de mi abulia. He vuelto las veces suficientes y siempre he sentido esa punzada, la de la tristeza o, en un ámbito menos introspectivo, la punzada de la melancolía, que es un estado poético. Lo que pasa cuando uno entra en la música de Glass es que, al menor descuido, te absorbe, te abduce, te deja en un lugar en el que has estado antes y en el que no se está mal, pero del que precisas salir. Es tan elemental a veces que desconcierta, es tan hermosa que se tiene la sensación de que te hará más feliz, es tan extraña que no eres capaz de recordar una sola nota. Hace tiempo le grabé a un amigo un CD con música variada (Glass, Mertens, Sakamoto, Cage, que recuerde ahora) al que titulé "Música para desaparecer dentro". Siempre me gustó ponerle título a las cosas y ése, en su rimbombancia, me pareció el más adecuado. Luego hice una copia para mí. Anda por ahí. Glass sirve para perderse. Ya digo que el regreso no es difícil, yo he ido y he vuelto muchas veces, hace tiempo que no hago el viaje, por cierto. A veces se deja de escuchar cierto tipo de música. No se premedita, no hay un momento en que verbalizas tu censura, sino que sucede sencillamente, sin que intermedie la voluntad a veces. Yo dejé a Glass, todavía no sé las causas. Hoy un amigo me lo ha traído de vuelta, me ha hecho mirar las baldas y buscar discos suyos. Tengo tres (Glassworks, String Quartets y un recopilatorio) a los que no he dado (por cierto) demasiadas escuchas. Será que estoy en un momento jubiloso o será que la edad me ha hecho recelar de las repeticiones y busque siempre novedades, cosas que empiezan de un modo y, al momento, mutan a otro. La música es una cosa misteriosa, no se puede decir mucho de ella, quizá no se deba. Ayer escuché ska (hacía mucho que no preocupaba por él, ni acordarme) y sentí que el tiempo no le ha pasado factura. A Glass tampoco. Suena igual que hace veinte años (más años) y yo estoy igual que entonces cuando me siento y lo escucho, sólo que siempre me viene ese estado melancólico, tan útil en ocasiones para la creación literaria, diría mi amigo K. Gracias, Joaquín.

1.12.18

Moby Dick



Moby Dick. Releo de vez en cuando Moby Dick. A veces trozos, párrafos, escaramuzas más o menos intensas. Como quien entra en una habitación en la que ha sido feliz y sale a su antojadiza voluntad, sabiendo que puede regresar cuando desee. Esa lectura me recuerda a la anterior. Es como si entrara por primera vez. Así debería ser el amor. Una especie de Moby Dick del corazón. Entrar y sentir que nunca se ha estado ahí y, sin embargo, apreciar que todo es cálido y familiar y nuestro. Hay libros que se aman. Amores casi novelescos.

29.11.18

El arte

La única salvación posible está en el arte. Ni siquiera el amor nos salva. El amor es una extensión del arte. Es la belleza la que nos eleva. La miseria del hombre procede de la mediocridad. Es la cultura la que nos salva de la mediocridad. La única salvación posible está en la belleza, en la cultura. El amor es también una forma de cultura. La felicidad consiste en cierto tipo de conciencia sobre la belleza o sobre el amor. Se puede vivir sin estos ingredientes, sin que el amor nos salga al encuentro o lo busquemos nosotros o sin que la cultura, en cualquiera de sus disciplinas o en todas a las que podamos acogernos, sea parte de nosotros mismos, pero no se puede vivir sin la necesidad de belleza. O es un tipo de vida triste. Será entonces, habida cuenta de lo poco prestigiada que está la belleza, un mundo triste el que habitemos. Triste, inculto, feo

20.11.18

El cuerpo





Contra la idea de que hacer deporte asiduamente procura la salud que no se alcanza cuando no se practica está la de no aspirar a no tener más salud que la sobrevenida por la natural intendencia del cuerpo, que prefiere no complicarse, sino extenderse ontológicamente (digamos), no forzando, ni actuando a locas, procurando (me estoy volviendo loco con los gerundios) pensar lo menos posible en el cuerpo, en si de pronto no funciona como antaño y cruje con frecuencia o en si el dolor en el costado (que debe ser la edad) proviene de un exceso físico (alguno se concede uno) o ha aflorado azarosamente, sin que intermedie un proceder brusco, de los que suelen los deportistas y que, a la larga, me remito a lo que he visto y entendido, crean el problema que paradójicamente pretendían paliar. Así siento una especie de orgullo al decir que jamás me ha dolido una rodilla o que mi espalda no se ha contracturado al incurrir en algún desatino gimnástico. A lo sumo admito la conveniencia de andar, incluso la de apresurar el paso y casi parecer que uno está corriendo. No he corrido en la vida, no al menos de manera enteramente voluntaria. No ha terciado que correr me haya hecho llegar antes a algún sitio. En cuanto encuentre tiempo, me entregaré de nuevo a darle las recomendables vueltas al pueblo. Es cierto que viene uno como nuevo a casa. Se da una ducha como Dios manda, reposa en el sillón favorito, el de orejas, y se hinca un par de cervezas bien frías, sin que haga falta que concurse un plato de patatas de bolsa. Conozco un par de marcas excelentes. Se duerme mejor cuando se le ha dado un poco de tralla al cuerpo. Parece que se le dice quién manda, pero al final es él quien dice la última palabra. Da igual que seas un experimentado corredor (runner dicen ahora los anglófilos de mentirijilla) o que tengas un cuerpo macizo a base de pesas y espalderas en un buen gimnasio. Si naciste pa' martillo, del cielo te caen los clavos. Era buena la Orquesta Platería, pero no descentremos el asunto. He visto gente de vida sana a la que la enfermedad ha truncado altas y nobles expectativas de vida. Algunas de ellas muy cercanas, algunas irreparablemente perdidas, de las que se echan de menos porque se las amaba. Da igual que sea un ictus o un cáncer o un infarto. Si estás en el camino, te coge de la mano. No vale argumentar: yo me cuidaba, yo me cuidaba, de verdad, que no miento...
Es cierto que hay enfermedades que pueden prevenirse: se cuida uno de no abusar de carnes rojas o aminora la ingesta de cerveza o se retira definitivamente del tabaco o de las siestas de hora y cuarto. Hechas estas advertencias, basta certificar su obediencia. Nada de chuletones de buey, nada de cañitas con su tapa los viernes por la noche, nada de echar un cigarrito en la puerta de los bares. Estaría dispuesto (lo he jurado por las obras completas de Borges y por todo el blues del delta del Mississippi) a echar el cerrojo a esas licencias del alma, pero una voz interior (a la que debiera desoír, de la que debería desconfiar) me susurra sin desánimo que no hay certezas y que la desgracia (el infortunio, la desventura, la calamidad, la fatalidad) puede hacer nido en mi pecho y montar ahí su cuartel y campar a sus anchas, a pesar de que mi expediente esté impoluto y no haya incurrido en vicios excesivos. De ahí que descrea. Se siente uno bien en el descreimiento. Es un territorio goloso, sirve para un roto y para un descosido, como quien dice. Y si un día para mi mal viene a buscarme la Parca (cantaba el poeta Serrat) me encontrará feliz en mi desquicio, aunque severamente contrariado por mi retirada imprevista. Tengo absoluta confianza en la fortaleza de mi cuerpo. Llevo cincuenta y pico años domeñándolo, haciéndole andar por donde yo ando, comprometiéndole a aceptar mis pecados, poniendo todo el mayor empeño en que nos llevemos bien. No podemos estar el uno sin el otro. Los días en que lo miro con más adorable arrobo suele contrariarme y se pone a toser o a hacer que crezca (absurdamente) un dolor en el cuello. Me vale de poco que los galenos, cuando me miran por dentro, extraigan la conclusión de que mis estadísticas no siempre son las deseables. La sangre es una chivata. Yo no me emperro en demasía. Sé que llegará el día en que me ponga a buenas con mi cuerpo. Mientras eso ocurre (de verdad que no hay plazos, juro que no me preocupa de momento) sigo concediéndole las frivolidades que me exige. Porque es él el que me pide una Leffe rubia (o una Staropranem, soy muy checo y muy serio en estas cosas) con un platito de salchichón de Toledo cortado muy finito con unos palillos o una lata de berberechos: es mi cuerpo el que agradece que lo mime cuando le dejo echar una cabezadita después del almuerzo. Loco estaría si lo forzara a sabiendas de que no tengo otro con el que suplirlo. Es todo muy complicado. Quizá la religión inventó lo del alma para que nos despreocupáramos del cuerpo. Al fin y al cabo, lo entregarán al fuego o a la tierra. Está muy bien eso de que tengamos una vida después de ésta. Ojalá sea verdad. No tengo problema en admitir mi error cuando sepa que soy eterno. Lo único malo es lo mucho que echaré en falta mi cuerpo. La de satisfacciones que me está dando el puñetero. 

19.11.18

Las palabras de la luz



Fotografía: Emilio Calvo de Mora

Ayer hubo tormenta. Me gustan. Siempre me fascinaron. Por más que deseé que durara, pasó de largo con prisa. No así la lluvia, que no dejó de caer durante todo el día. A veces prorrumpiendo con más fiereza, sin hacer temer uno de esos diluvios que con frecuencia suceden; otras, las más, con recia mansedumbre, acrecentando cierta sensación de oficio mecánico, como si la lluvia supiese qué hacer y se aplicase en ese cometido. Hay paisajes que poseen vida propia, invitan a pensar que se exhiben de una forma u otra a capricho de su voluntad, un poco vanidosamente. Nunca son iguales, no se repiten, ni se llaman. Tenemos en ocasiones la facultad de percibir ese milagro. Miramos con tanta obediencia que no alcanzamos a ver por debajo. Miramos sin percutir, miramos sin determinación ni arrojo. Hay paisajes que aturden. No porque sean el colmo de la belleza y animosamente se impregnen en uno y lo turben. Son sencillos, no tienen más alcance del previsto, ni siquiera perduran en la memoria una vez que se han abandonado. Concurren, al mirarlos, la sensación de que no volveremos a verlos y, al tiempo, la de que tal vez algo maravilloso se nos escapa. Esa esa condición de lo etéreo la que nos marca, la dolorosa percepción de que hay una recompensa y no la vemos o de que la dicha anda agazapada entre los árboles o en el ángulo que deja entrever la persistencia de la luz de la farola entre las ramas. Queda el consuelo verbal, la insistencia del fuego de las palabras. Se acoge uno a contar lo que no ha podido registrar para que se produzca otro milagro, el de la poesía, que no siempre está a mano, por más que uno desee. Mirar conmociona. No es que haya verdad o mentira en lo mirado: lo que hay es vida. Bajo la advocación de la luz, en su regazo, ocupados en merecerla, pasan los días. Después de hacer la fotografía cayó con suavidad la noche. Se hizo completa muy poco después. La oscuridad lo zanjó todo. Fue como si el mundo se echase a dormir y soñara. Quizá haga eso.

10.11.18

El arte de vivir consigo mismo

No caer bien a alguien da una especie de bienestar moral. Se tiene la convicción muy privada de que algo nuestro no se acepta y podría ser manifiestamente mejorado y también otra, pública y difundible, de la que no importa alardear e incluso considerar irrenunciable. Al cabo de los años, los cincuenta entrados en mi caso, he aprendido a manejarme bien en ambas. Me agrada esa ambivalencia, me hace pensar en mí, asunto que viene bien siempre. No pensamos en nosotros mismos con la hondura deseable, no nos entusiasma, escatimamos esa conversación íntima, se la aparta, no hay valor para indagar qué hay adentro, si ese sujeto en apariencia conocido lo es verdaderamente. El arte de vivir consigo mismo abole el aburrimiento, dejó escrito Erasmo de Rotterdam. Casi cualquier cosa, menos caer en él, no saber qué hacer, tener que pensar en uno con la obligación de las circunstancias, no con la voluntad firme de quien desea hacer ese viaje interior a posta, por el placer puro y limpio de conocerse. Por eso viene bien (a veces) que alguien no nos soporte, no nos trague. Ese desafecto ajeno conviene en ocasiones: nos depura, nos hace actores de nuestra propia existencia, no figurantes, elenco pasivo, sin parte en el decurso de la trama. Nos permite escribir y leer, ser juez y parte. Luego está el lado generoso, el del amor o la amistad que podamos poseer de los otros. Intentar caer bien a todo el mundo tal vez acarree no caerse bien a uno mismo o no caer bien a nadie . Hay que amarse, apasionada e incansablemente. Uno se ama por mera cercanía, por el sencillo gozo de poder desamarse si conviene y disfrutar con l reencuentro. En ese trayecto se produce la vida, no en otro.

9.11.18

Historia de nudos



Son los nudos los que tienen las respuestas y no sabemos escuchar lo que dicen. A su modo, según engarcen su cuerda modestísima, los nudos entienden el mundo. Los hay de una reciedumbre infranqueable, nudos antiguos a los que les va bien la intimidad de los años y la promesa de la eternidad. Nudos que confían en la dureza de su estirpe, en su fortaleza sin desmayo. Otros, sin embargo, piden a gritos que le metamos los dedos y los liberemos. Un nudo liberado es una celebración de la justicia. El nudo manumitido de sus obligaciones es también una celebración de la vida, un festejo del tamaño de una catedral o de un cortejo de nubes que ocupen el entero cielo. En aprender lo que dicen los nudos se puede tardar una vida completa. Hay quien tiene oído y le basta recomponer la figura primera y romper el hechizo bizarro de las cuerdas. Nada más extender la cuerda, se oyen las palabras que la cuerda dice. Explica el dolor y explica el llanto. De la historia de cada nudo podemos inferir la historia de quien lo hizo. El nudo que yo soy todavía no tiene quien lo explique, como el coronel del trópico al que no le llegaban nunca cartas. Ni siquiera yo mismo, ocupado en comprender en qué rango incluirme, alcanzo a vislumbrar una brizna de luz. Sé que hay quien no sabe que es nudo igual que los árboles no árboles o la piedra desconoce su condición de piedra. Igual que las abejas, cuando liban la flor, ignoran que son abejas y que debajo, sumisa y lasciva, la flor se llama flor y es un milagro de la naturaleza. Ya digo que hay milagros que no permiten la posibilidad de escudriñarlos y tratar de comprender la razón que los mueve. No sé si yo soy un milagro. Imagino que lo soy en cierto modo. Que lo que hago a diario responde a un plan secreto que no me ha sido confiado. Sólo pensar que no soy dueño de mí mismo me hace discurrir con más perplejidad y termino abismado en una extraña convicción: la del asombro, la del bendito asombro, la del nudo que pide a gritos que lo liberen, la del libro que tan sólo anhela, en su interior marcado, que se le lea.. No saber qué nudo soy, no entender qué milagro me transporta, no poder entrar en esas intimidades del alma y, sin embargo, disfrutar con la ignorancia, hacer como que se vive mejor sin saber, sin entender, sin sentirse dueño de ningún secreto, sin honduras ni metafísica. A ciegas se vive mejor, hecho nudo firme a la espera de que alguien lo deshaga y nos explique quién nos anudó, a qué vino ese gesto bárbaro.  Tal vez el amor sea una de las formas más perfectas de deshacer el nudo de otro. Quien nos ama, nos desata, nos devuelve a esa pureza que continuamente zarandea la realidad. Escribir es una forma de desanudarme. Leer (cuando uno de verdad disfruta de lo leído) es una de las opciones más sencillas (y a la vez más complicadas, depende de qué se lea) para desatarse. Esta mañana (leyendo bien temprano unos cuentos de Saki) he entendido cosas a las que no alcanzaba antes de que lo leyese. Los buenos escritores lo que hacen, sobre todo, es desatar nudos difíciles. También puede entenderse que evitan que el azar haga nudos. No termino de aclararme del todo. Me oprime la cuerda. Que tengan un buen viernes. 

1.11.18

Halloween como amenaza / Libros y armas





I
América no es un país. América es un negocio. Uno integrado de modo que no se advierte la naturaleza enteramente comercial de la patria. Uno con la suficiente confianza en la superioridad moral de sus leyes como para desoír satisfechamente las leyes ajenas, las que ven con horror el hecho de que después de un tiroteo en una escuela se dispare (hay que cuidar los verbos) la venta de armas. Uno convencido de que el mal está afuera y que hay que defenderse de él fieramente. Uno que tiene a Dios en sus billete de dólar, un Dios en el que confía ciegamente y del que espera las mayores ventajas fiscales. Un Dios no muy distinto al que aquí se adora, aunque el americano tiene más fotogenia y se le aprecia más consideradamente, brillando en las homilías evangélicas con el gospel y con todos sus aleluyas. Quizá sea ésta la raíz del asunto, que se sienten bendecidos, que se saben (no sé por cuál extraña confidencia celestial) el pueblo elegido depositado en la tierra prometida, el lugar en donde nacen y mueren los héroes, los que forjan la épica del mundo, los que escriben las grandes páginas. Eso sí, los hijos descarriados, los que no calzan bien en la horma del establishment, barren a tiros a todos los que pillan a mano. Nada que objetar. Incluso la muerte da beneficios. Es más. Es la muerte la que da beneficios. Hoy es el día de la muerte y hay negocios que abrazan la festividad y la celebran. América (ellos se llaman América sin incluir ninguno de los otros países americanos) es un país joven y está en rodaje. Cuando el nuestro tenía su edad todavía no había nacido la Celestina. Quizá sea bueno, en el fondo, que ese rodaje como patria exija vaivenes, torceduras, invasiones, las perturbaciones de rigor que jalonan las páginas de los libros de Historia.  El arte de la guerra lo escriben los vencidos y los vencedores, los países invasores y los invadidos, todos hocican su bravura y su honor en su caudal de miserias y de grandezas. Las de ahora son guerras invisibles, en muchos casos. La que batalla Estados Unidos es sutil y lo impregna todo. Ayer celebramos (es un decir eso de que de verdad lo celebráramos) Halloween, que es un rito ajeno, en el que no tenemos nada nuestro, aunque los muertos sean los mismos y el fondo sea parecido. En la escuela se facilita y hasta se potencia que los festejos de Halloween no decrezcan, a beneficio de tiendas de disfraces. Aprender un idioma, el inglés, es también aprender su cultura, pero no imponerla a la nuestra, hacer que sea un fragmento más de la identidad de nuestra nación. La fantochada de Halloween será nociva cuando suprima la festividad de nuestros protocolos mortuorios y el Día de Todos Los Santos pase a mejor vida, cómo se dice. Podemos poner fecha a esa defunción: una generación, dos a lo sumo. Somos de castañas asadas, no de calabazas. Jack O’Lantern es un personaje irrelevante en nuestro imaginario popular. Aquí pedimos por Navidad el aguinaldo (la campaña gorda de la catedral se te caiga encima si no me lo das), no es propiedad nuestra el truco ovtrato, aunque compartan motivación y el español derive del original irlandés. Lo yanki (término despectivo) penetra por el cine, por los libros, por la música, que son ejércitos pasivos que hacen su oficio (el de colonizar) sin que el sujeto colonizado se percate, ni se sienta vulnerado. Ayer parecía carnaval el Halloween organizado en mi colegio. Era un desfile de monstruos del cine y, a falta de modelos o de pasta para adquirir los trajes o tiempo para hacerlos en casa, pasearon personajes nada lúgubres, de poco o ningún predicamento terrorífico. Está mal y va camino de ir a peor. Una cosa es entrar en la pantomima (explicar en clase el origen de Halloween, trabajar vocabulario, poner alguna cancioncilla de casas encantadas y otra, más lesiva, más aberrante también, hincarse de rodillas y convertir el colegio en un cementerio de Maine, a mayor gloria de mi amadísimo Stephen King. Conste que un servidor no ha puesto todavía el basta en la mesa del claustro, pero lo pondrá. Por hartazgo, por negarse a ser embajador de los muertos ajenos, aunque todos sean un poco de todos. No es que el mundo de hoy esté globalizado: la expresión más certera es que está americanizado. Es el negocio el que abre las puertas y deja que entre la mercancía. América es una franquicia, una del tamaño del universo. Nos la cuelan nada más abrir los ojos, nos la venden sin que tengamos la preocupación de que el producto comprado no nos hace más falta que el propio, que pierde en este litigio. Pierde porque no se difunde bien su contenido y su cometido. Estamos más al tanto de las novedades cinematográficas americanas (buenas en muchísimos casos, amo el cine norteamericano) que de las de aquí, que imitan sin éxito el modelo foráneo. Nuestro cine del Oeste (el épico, el universal) es el cine sobre la Guerra Civil. No sé cuántas películas sobre la Guerra Civil se hacen al año, pero deben ser muchísimas. Aturde su cantidad, reduce el impacto de incluso la más lograda. 

II

El Congreso de EE UU aprobó por primera vez la inclusión de la frase In God We Trust (En Dios confiamos) en las monedas en 1864 durante la Guerra Civil. Después se rubricarían en los billetes. Podían poner un Colt 45 en esos billetes. No desentonaría. El buen americano sabe que el rifle es el sustento emocional de su ideario patriótico. Fue el rifle el que hizo que se tendieran las vías del tren y la civilización se extendiera del flanco atlántico al pacífico, pero no fue un avance limpio, ninguno lo es. Se ocuparon las tierras de los nativos sin que prevaleciera respeto a las tradiciones. Las demolieron, crearon una especie de odio a la raza que todavía impera. Da igual que sean negros (que contribuyeron forzada y estajanovistamente al florecimiento económico del país recién construido) o indios o asiáticos. No dudo que se perciba  a diario el esplendor de la cultura y de la tolerancia y, al tiempo, su reverso, el paulatino e implacable avance de la barbarie, del odio al otro. Les protege Dios, les comprende Dios. Tienen de Dios cierta idea personalizada de propiedad. La suya excluye las ajenas. Les pertenece, protege y ampara. Dios salve a América, dicen los más envalentonados. Arrogarse el favor divino, en detrimento de otros solicitantes, siempre me pareció una frase lamentable. Hace del Dios en el que creen un sujeto caprichoso, que atiende a quien más le complace, como el padre que abraza al hijo pródigo y le hace desaires al descarriado, al que no obedece. El país de las barras y las estrellas es el país de los sueños, el país elegido por la divinidad para que la prosperidad, la bondad y la felicidad sean sus señas de identidad. Por eso venden armas como el que vende paraguas. Hay que ser un excelente comerciante para vender en el mismo mostrador libros usados y armas. También pudiera ser a la reversa y las usadas fuesen las armas y nuevos los libros. En el mismo lote. Sin fractura en el mensaje. Con una continuidad moral asombrosa. Luego está el país que inventó el jazz e hizo el mejor cine que conozco. Un país al que uno admira sin ambages por motivos culturales, por cómo ha manejado los hilos de la industria del ocio inteligente (lo de cultura parece que queda para conversaciones de más hondura, no ahora) y ha colonizado (sin que nos sintamos violentados por la injerencia, aunque haya ocasiones en que nos salga lo yanki por las orejas) al mundo entero. Creo que hace años escribí en esta misma casa un post en el que hablaba sobre la América que amo. No he dejado de hacerlo. Amo la América del cine negro de los años treinta y cuarenta, amo el jazz casi por encima de todas las cosas, amo la literatura de Mark Twain, de John Cleever, de Stephen King o de Raymond Carver, por citar los primeros que se me han venido a la cabeza. Hay tanto que amar en ese país que uno, en su prudencia, no lo mira mal, pese a que no faltarían motivos. Lo de Trump es un paso atrás, un gigantesco paso atrás, pero no deja de ser una enfermedad curable, de la que saldrán en cuanto la sensatez se asiente y los malos tiempos (son malos, están pasando) no hagan que el votante oriente la urna al extremismo, pero no es sólo Trump. Es un país gigantesco, se libran adentro suficientes batallas y se representan suficientes tipos de sociedad que da igual que exista un trump o un obama; en cualquier caso es un filón para cualquier sociólogo. Importa poco que se afinque allí o afuera. América es un escaparate enorme. No tienen el pudor de sus ancestros europeos: todo lo airean, a todo le dan difusión, les fascina que se les observe, da igual que empuñen una arma o una biblia, es lo mismo que pongan calabazas en la puerta de sus casas o trinchen el pavo en el día de Acción de Gracias. Todo es exportable, todo tiene tasa y tiene precio. El negocio es boyante. Sigue haciendo caja. 

28.10.18

Oh cielos














La mirada se apresta siempre a perderse en el cielo, lo contempla con la misma vehemencia con la que observa el mar. Es nuestro el paso, el suelo firme, nuestra la convicción de que somos dueños de la tierra, hasta otra convicción es nuestra también, la de saber qué será nuestro morada cuando todo concluya, pero no el cielo ni el mar, ellos son ajenos. La aventura del cielo es más metafórica. Se la apropian las religiones, alguna con más énfasis. El cielo es el reino prometido, no así el mar, no se explica bien el porqué. Somos más de agua que de aire. Vinimos del mar y tal vez deberíamos regresar a él. No tengo soltura en ritos funerarios. Lo cierto es que es lo mismo que podamos volar o podamos navegar: por mucho que el progreso nos permita ocuparlos, el cielo y el mar, no nos pertenecen, no se dejan jamás gobernar. A veces se dejan manejar por la poesía. El mar y el cielo son materiales del género metafísico. 

El de ayer en Granada fue un cielo bondadoso. Cuando se esperaba que prorrumpiera en lluvia, se arredró, dejó escapar unas gotas amenazadoras, pero después respetó el paseo hermoso por la Carrera del Darro y el Paseo de los Tristes. Lamenta uno (será un lamento compartido) lo inevitable cuando visita una ciudad con la idea de pasearla y admirar lo que ofrece: que todos tengamos el mismo anhelo y queramos hacer las mismas cosas. Se puede probar a pasearlas a horas tempranas, a poco de amanecer o incluso antes, expresó en voz alta un amigo, seriamente conmovido por el imponente reclamo monumental de Granada. Ahí, al alba, no habría la bulla de la tarde, bulla de ayer tarde que, en cierto modo, tampoco impidió que pudiéramos disfrutar a placer, sin atropellos, a pesar del gentío. Lo demás fue perfecto también. Anduvimos de bares. No se comprendería Granada sin ellos. El cielo nos protegió a pesar de las advertencias de las autoridades climatológicas. De no haber sido así, si hubiese caído a plomo sobre nuestras cabezas, como en el cómics de Astérix, habríamos modificado muy levemente el plan. Los bares son un refugio, uno de los más fiables. No es únicamente el afán etílico (dicho de una manera elegante) sino la sensación de estar en casa. Algunos cumplen esa función más modélicamente que otros, pero todos (a su secreta manera) te acogen y te hacen sentir bien.  

Un apunte añadido: los granadinos, no cabe réplica, no descuidan las tapas. En algunos bares habría que hacer reverencia al entrar y al salir, por lo espléndidas que son. Quienes no estamos acostumbrados lo apreciamos sinceramente. 

El cielo de hoy en Córdoba fue de un gris tenebrista hasta que lo interrumpió un sol sin pudor. Esa prevalecencia de la luz duró poco. Si uno miraba con paciencia, con interés entomológico, como si fuese algo que no es fácil de ver o como se temiera que no se pueda ver de nuevo, asistía a un espectáculo fantástico. Lo es por no tener la costumbre de practicarlo. Tan a mano se tiene que no se le mira. Suele suceder que desatendemos lo que sabemos que nos pertenece, pero el cielo no tiene propiedad. Volviendo en coche a casa (no conduzco) he podido admirarlo sin estorbo. No ha sido el mismo en ningún momento. Su piel es siempre otra. El mapa del cielo es un simulacro de mapa. Fue hermoso en nubes. Las hubo de todas las formas y de todos los tamaños. Tampoco hay un atlas de las nubes a mi antojo. El que hay me parece demasiado frío, no tiene nada de lo que espero. No sé si alguien las fotografía y compara después. No habrá dos iguales. No habrá dos fotografías que se parezcan. No hay dos cielos idénticos. 

Este es el atlas de las nubes:   https://cloudatlas.wmo.int/home.html

26.10.18

La aventura del orden

a Manolo Lara Cantizani, poeta del orden


Al orden no le incumbe la belleza del mundo. Es el caos el que la alumbra. Del orden puro solo se percibe la rigidez, el estado matemático de las cosas, su concilio cartesiano y puro. L pureza nunca reveló la naturaleza humana. El desorden es el principio, el vértice donde empezó todo. Siempre me manejé felizmente  en el desorden, en la improvisación, en la periferia, en la lírica dulce de lo que no sabe uno. No creo que el orden me termine por conmover e ingrese en el ejército de sus adeptos, pero hay días en que me desdigo y gustosamente lo abrazaría. Uno va aplazando las cosas de importancia y llega un momento en que termina comprendiendo que no importa lo tarde que se llega a ellas sino la convicción con la que se llega. Ahora estoy en el periodo de transición modélica. Tengo en casa los cajones como Dios manda y no amontono los libros en las baldas, en horizontal, apilados de cualquier manera, sino que los alojo en donde deben estar. Ayer, buscando un libro en mi biblioteca, me sorprendí separando los cuentos de Poe (la vieja edición de Alianza con portada de Alberto Corazón) de una selección de poemas de Alberti. Pensé: no terminarán bien, no tienen nada que ver, son dos visiones completamente diferentes del mundo. A Poe le interesaba el caos y a Alberti, más que el caos, la luz del caos, el sonido del caos, todo lo que trae el caos y no exactamente caos. Me abrumó esa idea absurda, la de poner distancia entre Poe y Alberti. Si la llevara a término en toda la biblioteca, sería una empresa que no tendría fin. No sé quién sería compañero de lomo de Bukowski. Henry Miller tal vez. A Bécquer lo pondría con Ruben Darío. A Stephen King con todos los demás libros de Stephen King. Con Stephen King no habría problema. Tampoco con Borges, el ciego de manos precursoras y más libros en su cabeza que en las propias baldas.  Los libros se abrazan cuando no estamos, dialogan, pensé una vez. Lo conté en una clase de alumnos de instituto. Se quedaron a cuadros. Creo que  fue ahí, en la historia de los libros que se buscan, cuando algunos desconectaron definitivamente. Eran las cosas menos razonables que escucharían cuando acabase el día. Algunos tendrían examen de matemáticas en el siguiente tramo y estaban perdiendo el tiempo escuchando a un tipo grande que hablaba sobre la inconveniencia de que unos libros estén a la vera de otros o de que jamás podrían estar juntos los Ensayos de Montaigne con cualquier librito de Coelho. Una alumna levantó la mano y me dijo que haría eso con sus discos, nada más llegar a casa. A veces tiene uno ideas absurdas que fascinan a otros. Las mismas palabras que decimos podrían ordenarse para que unas no estén arrimadas a otras o, venido el caso, hacer justamente lo contrario: afanarse en que las palabras que se dicen sean las justas, las que puedes revisar sin que falte ni sobre ninguna y el texto (el hablado, el escrito) sea el único posible de entre millones posibles. El verdadero milagro es que podamos elegir de qué hablar y, una vez rebasada esa primera brecha, podamos elegir cómo hacerlo, con qué instrumentos nos haremos entender. El orden es, en el fondo, un milagro. Uno de los que nos salvan, probablemente. Toda la belleza que hay en el mundo proviene del desorden, pero es su anverso (su indeclinable anverso, el maravilloso orden) el que nos apacigua y nos hacemos mirar con detenimiento esa belleza y apreciarla enteramente y disfrutarla sin pérdida. El orden es una aventura y a veces tiene su métrica. 

23.10.18

Benditos pleonasmos

Decía Savater el pasado sábado en El País que la literatura fantástica es un pleonasmo. Lo que redunda en la expresión no es sólo que todo lo que se escribe proceda de la fantasía (es así, aunque se aderece con brochazos gruesos o delicados de realidad pura y dura, como se dice) sino que no puede proceder de otro lado. En el momento en que contamos algo, en cuanto se airea y accede al otro, al que lee o al que escucha, se desvirtúa, se corrompe, se aparta del motivo que lo inspiró y se inclina a otro, no necesariamente el original ni el exigible. Lo que se dice, en el instante en que se transmite, pierde una parte de su contenido, no satisface el cometido que se le asignó, incluso posibilita que pueda entenderse algo enteramente contrario. En lo que me afecta no tengo casi nunca claro si lo que expreso es lo que de verdad he deseado expresar, si al volcarlo (cuando se articula en palabras) acabo por malograr la intención que lo animó. En este instante, mientras escribo, noto que no afino, percibo que la idea sobre la que partí se está desmenuzando en algunas ideas secundarias, que pueden (si se hace largo el texto) derivar en otras ideas.

Todos mis textos son una opulencia de ideas terciarias. Desbarro, me explayo más de la cuenta, paseo la periferia y miro desde esa distancia el centro seminal, el origen y el fundamento. No difiere este procedimiento al que practico cuando hablo. También ahí equivoco el propósito. Empiezo hablando sobre el predicamento de la banca en la judicatura y termino enredado en la crisis abierta en el Real Madrid. Si es a mí a quien habla viene a suceder más o menos lo mismo. Quien me confía lo que piensa no tiene la convicción de que yo lo recoja íntegramente y lo entienda sin pérdida. Hay mucho que se queda por el camino, no sabemos nada de esa información sacrificada (esos sentimientos sacrificados), no podemos rescatarla, hacerla valer, imponer su realidad a la realidad para que se difunda.

Toda la literatura (la bendita literatura) es un estado de ánimo y, puestos a apurar el pleonasmo, una transcripción de ese estado de ánimo. En lo transcrito siempre hay pérdida. La literatura es un archivo comprimido, una especie de MP3, aunque a veces sea de una calidad asombrosa. No sabemos cómo funciona la cabeza del escritor, ni la de quien no escribe, no se sabe bien qué excluye y por qué o las razones por las que algunas cosas sobreviven y se vuelcan en el texto y otras se sacrifican, no prosperan, se quedan en el camino y no ingresan en la elección de un modo de expresarse o de una trama. En la novela en la que ando (no la he dejado, sigo en ella) escribo como si no fuese cosa mía lo contado. Siento que los personajes toman propiedad de mi persona, la zarandean, imponen su criterio, irrumpen en mi quehacer diario.  

Siendo la primera vez que escribo algo que pase de las tres hojas, entiendo que será lo normal. No sé si alguien ya curtido en novelas podría decirme si es correcto o no eso de que lo novelado ingrese en lo real y perturbe su decurso. Ahora me caigo de sueño. Aunque sea una hora, voy a cancelar la realidad, nada me suele apetecer más a esta (bendita) hora.

14.10.18

Tempo Pub

Los vasos cómplices. El humo íntimo. Un blues en la misma nuca. Irse más tarde a casa con el silencio dentro como una música. La noche siempre cobra sus aranceles.

Priego de Córdoba, Abril 1992

Casa abierta

I
Salmo
La luz codicia un extravío lentísimo de caballos en un sueño.
II
Solitude
Yo tensaba el plectro del alma; tú observabas la tarde demorarse en las cuerdas como pájaro.
III
Poema
Un poema es una cosa enteramente inútil. Vaselina que mengua la brusca fornicación de las horas.
IV
Poema II
Un poema no es siempre hermoso. A veces un poema ameniza tardes de domingo en el jardín si a la familia le da por venir y el café no garantiza conversación más allá del tiempo que hizo ayer o de aquel julio en la playa cuando la abuela se dejó fotografiar con los nietos.
V
Mahler
Una bonanza antigua llena en ocasiones el sueño. Fuegos de artificio sublimes. Rumor de sábados muy dulces en las calles de la infancia, nombres de cosas que dispersa más tarde el vértigo de los días, que se persiguen.
VI
Esponsales
Vastos y nocturnos, copulan invisibles jinetes.
VII
Milton
En la luz está la belleza, el ampuloso oleaje de su cántico, la rosa breve y la rosa perfecta con su rojo cifrando el mundo.
VIII
Zoom
Una lentitud de algas ocupa la tarde. Ancho, no obstante, me está viniendo un párpado.
IX
Dios
Tienta el azar duras comisiones de sangre. Descienden, muy secretas, al centro de la palabra y ahí rescatan la semilla, el fugaz numen de todas las cosas.
X
Tarde nuevamente con Faulkner
La caligrafía es siempre el cuerpo, su pulso herrumbrado, la sangre abolida.

12.10.18

En el día de España


En cierto modo uno es de aquí como podríaa haber sido de cualquier otro lugar. Se es cristiano o musulmán o escandinavo o de Argelia sin que exista una voluntad para alcanzar ese destino en lo universal. Celebrar la Hispanidad es un exabrupto obviable, pero tiene su lado lírico, el de ser de algún sitio o el de sentir que el país en el que vivimos es parte nuestra al modo en que lo es el salón de la casa o los amigos que buscamos. No tengo yo una querencia íntima hacia lo español, pero tampoco rehuyo que, en ocasiones, la españolidad sea una parte mía, una en la que me identifico y que, como a los del noventa y ocho, me duele. Los festejos de las Fuerzas Armadas me quedan grandes, aunque uno entienda que los Cuerpos de Seguridad del Estado existan y cumplan (esperemos que con honradez y arrojo) al cometido que se les impuso, el de salvaguardar el bienestar al que aspiramos o el poco o mucho del que disponemos. No fui un buen soldado, no entendí que la patria contara conmigo, pero hice mi trabajo lo mejor que pude y acabé comprendiendo que no puede uno ir por la vida en una anarquía militantes. Quienes la ejercen, la anarquía, la negación de los símbolos de la nación, me inspiran respeto, aunque difiero más de ellos que del ciudadano mesurado que mira con educación la bandera y acata las normas de la cosa pública, va a votar, acepta que su voto no sea el dominante y no entre a misa si entiende que nada de lo que se dice dentro del templo no le incumbe o, caso contrario, maravilloso caso contrario, comulga con los preceptos de la curia y reza para que todo se alivie y el sol brille con esplendor cuando amanece. 

Pensé en España, como país, cuando murió el francés-armenio Charles Aznavour hace pocos días. Aquí no se estilan los funerales de Estado al modo en que se tributan en Francia o Estados Unidos. Tenemos la equivocada idea de que habrá quien lo repruebe, quien mire el carnet político del difunto y poco o nada su legado o el talento con el que se granjeó la admiración popular. También la de no tener el sentimiento del agradecimiento. Un país que no homenajea a sus mitos propende con más facilidad a cuartearse y con mayor rapidez se escinde. No hay nada que nos cohesione como nación. De hecho ni esa misma idea de nación entusiasma: sólo moviliza fragmentadamente, únicamente cuenta con adhesiones parciales. Aquí avergüenza despedir con honores a nuestros muertos ilustres. España se echó a perder como casa común en algún  momento de la Historia. Sólo la euforia deportiva extrae ese apasionamiento. Ahí no escuece alardear de país, enseñorear la bandera, entonar con titubeos el himno, hasta amañarle una letra. No es que flaquee el pueblo, no es el pueblo el que escatima muestras de dolor: es algo más inasible, es el cansancio o la pereza, la maldición de que no nos gustamos, de que España no es nada a considerar, salvo cuando el orgullo nos engorda el pecho al ganar un concurso internacional de canciones o una competición deportiva. Luego está el desamor hacia nuestros ídolos. No queremos ídolos, no somos lo suficientemente agradecidos hacia quienes tienen algún tipo de magisterio en alguna disciplina artística, política o social. Criticamos a Nadal si no se remanga y ayuda en las labores humanitarias en una zona devastada por la lluvia y lo criticamos si se queda en casa y no coopera. Siempre habrá quien encuentre razones para una cosa o para la otra. Lo de Aznavour, que fue un francés extraño, dicho sea de paso, me conmovió. Cuando murió Monserrat Caballé hicimos lo previsible, no caímos en la cuenta de que fue ella la que paseó el nombre de su patria por los escenarios de todo el mundo de un modo magistral, nos guste la ópera o no. Hay que cuestionar siempre lo que se ve, no vale la obediencia a ciegas, es mejor no ser español por los cuatro costados y serlo a sabiendas de que ese oficio es más natural que su contrario. Somos españoles, tenemos a España como madre patria, aunque las madres a veces nos perturben y extraigan de nosotros la parte turbulenta que no aflora con otros semejantes. Uno a veces querría que no avergonzara la bandera o el himno o decir España en lugar de este país. Los eufemismos miden la riqueza emocional o espiritual de un país. 

Las cosas más sencillas

Hay cosas que uno dice y no cree pero convencen a quien escucha. De cuanto se dice una parte no pertenece a nadie, no hay propiedad de lo dicho, ni tampoco de lo registrado. Lo que se salva, asuntos de fuste más pedestre, es tal vez lo importante, todas esas conversaciones sin propósito, la del ruido del café cuando sube o la manera en que anudas los zapatos o elegir una mantequilla u otra en el supermercado o decidir qué sinfonía de Mozart ocupará la primera hora de la mañana o contar sílabas de un haiku para un amigo o corregir exámenes de matemáticas antes del almuerzo u ordenar el escritorio del ordenador, empresas livianas, que acuden sin alharaca y se van discretamente. Todas las otras conversaciones, las cosas que hacemos y las que no, cuestan, se las aparta, un poco por pereza y otro por temor a que se adueñen de la realidad y la afeen o la enturbien, pero nada es nuestro, ni lo claro ni lo oscuro, ni la felicidad ni su anverso, que es la brújula con la que avanzamos. Se afianza el paso a ciegas, se vive con la idea continua de no saber nunca nada con certeza, todo es de los otros. Por eso importa atarse los zapatos de una firma de otra o elegir a Mozart o a Bob Dylan o ponerse una camisa - una a cuadros como de leñador hoy que me encanta - o un polo. Creo en los dos, en Mozart, en Dylan. Me consuelan, me dejan afianzar a ciegas el paso, elevar la cumbre de los días, como pedía el poeta pensando en el Dios al que no terminaba de encontrar. Poesía para celebrar la Hispanidad...

3.10.18

El corazón más pequeño, el corazón más grande

Con frecuencia suelo caer en la cuenta de que me siguen resultando placenteras las mismas cosas que hacen treinta o cuarenta años. Ocurre ahora que pienso en ellas, las evalúo como si acabara de adquirirlas, las ajusto al tamaño de mi cabeza, no al del corazón, donde se alojaban antaño. Con la edad, la cabeza impone su criterio con mayor convicción, no permite que se la desatienda, impone su carácter y finalmente dicta las normas. Al corazón, al pobre, se le permiten ciertas veleidades, algunos caprichos, pero tiene todas las de perder y, las más de las veces, hinca la rodilla. El corazón no sólo tiene rodillas que hincar, sino una cabeza que lo hace recular, no aventurarse tanto como solía. Es una cosa curiosa la del corazón, ahora que lo pienso. Se le atribuyen virtudes que no posee: es un músculo, es un órgano con una misión en la que los sentimientos no caben, por más que la poesía romántica y los troncos de los árboles nos hagan pensar que en él reside el amor, el amor grande y los amores pequeños. Al final todo lo convertimos en pensamiento, lo traducimos en palabras, lo escrutamos. Sólo de vez en cuando dejamos que las cosas sucedan sin que pensemos mucho en ellas. Pensar, en la mayoría de los casos, es contraproducente, es contrario al riego normal de la sangre por los órganos y al dispendio lúbrico y a la alegría sana de quien abre mucho los ojos y vive sin nada que lo coarte en demasía. No conozco a nadie que conceda al corazón todo el peso de la trama de su vida, no sería ni bueno, seguro que al final acaba por despeñarse, por arruinar su existencia. Lo normal (imagino) es concederle los mandos a la inteligencia o a la experiencia.

Son los niños los que hacen que la esperanza en la bondad se abra paso en la fronda tosca de los adultos, son ellos quienes brillan cuando la oscuridad se cierne en torno y la sentimos bien encima de nosotros, ocupando el aire que respiramos, los espacios que dejan las palabras cuando se piensan. Lo que más aprecio de mi trabajo (soy maestro) es la posibilidad de que tenga niños cerca, que unas horas al día sólo trate con ellos o con compañeros de oficio que (lo perciban o no, lo expresen o no) también se alimentan de esa inocencia y la alojan en su interior, con más o menos fortuna que yo, pero inevitablemente sucede así. Luego salimos a la calle, encendemos la televisión, contemplamos las perversiones de unos y las maldades de otros y agradecemos que tengamos en nuestras manos el depósito de esa bondad y la responsabilidad de una parte de su tutela; la otra es de los padres, aclaro por si alguien piensa en que toda esa responsabilidad recae en la escuela. El corazón más grande lo tienen ellos. Después se va empequeñeciendo, se encallece. Después se quita de en medio, no está siempre que se le precisa, no nos echa una mano, una de las manos que tiene, aparte de las rodillas o de la cabeza. El corazón es un cuerpo completo en sí mismo, pero conforme se hace mayor, a medida que se gasta, pierde órganos, los deja en el camino, va perdiendo las manos, los ojos, el corazón dentro del corazón que conocemos. Al final todo es cabeza, plenipotenciaria y sibilina y ruda cabeza. Todo es pensar, al sentir se lo arrumba, al niño lo olvidamos, no contamos con él, no pensamos en si queda algo por ahí, susceptible de ser izado a la superficie y puesto en marcha. Ahora me voy al colegio.

2.10.18

El mar

Hace mucho tiempo que no veo al mar. No lo suficiente como para ir y zanjar la añoranza, imagino. Sé lo que me conforta mirarlo, apostarme de pie frente suya y no considerar que haya nada que pueda malograr ese estado de equilibrio, el equilibrio al que no alcanzo si cierro los ojos y miro a otro lado o miro adentro. Ningún paisaje me conforta como el del mar, nada me hace más pequeño y más grande a la vez, como cuando se entra en una catedral. Uno tiene el mar dentro también. Lo acuna, siente cómo se desplaza y se agita o aprecia la calma cuando irrumpe. El mar, de mucho mirarlo, se expande en nuestro interior. No hay forma de explicar cómo puede ser tal cosa, pero igual hay un adiestramiento que permite esta obra de ingeniería anímica. El mar, una vez vertido en el interior de cada uno, no vuelve a salir. Yo ahora noto que me hace falta ir y verlo, por si al mirarlo se obra nuevamente el prodigio, pero no creemos por pereza, por no ocuparnos en pensar o en sentir, se prefiere quedar al margen, no tener más compromisos de los que se tienen, no depender de nada o depender de las cosas equivocadas, las que pueden ser retiradas sin que duela. Puede que no se me acabe de comprender bien en esto de que yo esta mañana de octubre me haya levantado pensando en el mar, en lo lejos que está, aunque lo tenga adentro. 

1.10.18

El beso alado

Escribe Rafael Pérez Estrada que hay un copón del siglo XVII en la Basílica de Santa Gloria de Ferrara que conserva un beso del Arcángel San Gabriel. Justo Gómez de la Lastra añade que el beso es joven y aletea dentro del copón, que las mozas con el virgo entero advierten más nítidamente la respiración angustiada de sus alas. En las catedrales y aun en las iglesias de menor esplendor o de más recatado fuste, se guardan con celo las evidencias milagrosas de los santos y de los mártires, sin que se precise exhibirlas ni difundir que se tienen. Hay quien, movido por la codicia, se ha procurado compradores, pero cuando el objeto sagrado sale del templo se desvanece su prodigio y se malogra el comercio. 

26.9.18

Pensamientos recurrentes





Hay cosas que piensas de las que te deshaces enseguida, no crees que sean buenas, sospechas que te harán daño o que no dejarán que otras que se te puedan ocurrir fluyan y ocupen tus pensamientos. No tiene uno gobernanza sobre lo pensado. Por más que se desee, hay que claudicar, aceptar que irrumpan en nuestra cabeza cosas que no nos convienen. Son tan terribles que no es posible que puedas festejar que las venciste. Nada más pensar en ellas, vuelven. Incluso vuelven con más ahínco y permanecen más tiempo, causando un estropicio mayor. El pensamiento recurrente no tiene que ser malo en todas las ocasiones. Hay cosas que piensas que no tienen maldad alguna, pero hasta ésas, las livianas en peso o en hondura, desquician al más preparado. Fascina que una parte de ti escape a tu control, no se deje ordenar, no sucumba cuando la sancionas. Parece que existiese otro allá adentro y se entretuviese en perturbarnos, en desquiciarnos. Piensas en una novia que tuviste o en Epi y Blas o en los vampiros del cine mudo o en el cantante de Kiss o en tu madre vestida de lagarterana. Anoche pensé en Trump. Vino a mi cabeza su discurso en el atril de las Naciones Unidos. Ah horror de los horrores, todavía está ahí, no ha dejado de estar, yo creo que he soñado con él, aunque no pueda recordar ahora nada de lo soñado. Tendrá que venir otro pensamiento y desplazar al que ahora me molesta. Espero que sea feliz y no me altere mucho. Hay días que empiezan mal. Que el vuestro sea bonancible y no haya ningún pensamiento recurrente ingrato que lo derrote.

22.9.18

Eclipse de sangre

 La luna de anoche, la de sangre, medra en la memoria, la ocupa entera a ratos, silencia las lunas antiguas, las blancas o las acuertaladas en su timidez o las de plenitud incivil y desafiante, aplaza la claridad del día irrumpido hoy, hace que no prospere la luz, a pesar de su dureza de verano. No sabemos qué fue de ella, si ese limbo suyo tenebroso quiso contar algo y no supimos entender o no quisimos, por temor, por la cautela ancestral alojada en nuestro pecho. No sabemos nada, no tenemos ningún mapa suyo, nada fiable a lo que aferrarnos. La luna es un descuido de Dios. El hombre es una anomalía. Le incumbe sólo su influjo, su secreta terquedad, su anhelo sin dueño.

21.9.18

Decálogo (III)

I
Hacer de vivir un secreto sencillo y puro y morir tal vez después sin misterios ni hondura, con toda la evidencia del amor varada en la voz como un canto que aspira, en la distancia, a ser himno.
II
Al alma la astilla el tiempo, su eco inasible de marcas muy dulces.
III
La vida la sé, su costumbre, el racimo de sangre distinta aventada a mordiscos mientras la piel alienta vértigos, funda prodigios, arde en calma, muere sin estrépito.
IV

Ser tan sólo el que observa, sin adelantar el gesto, ni ocupar con el verbo el aire.
V
Tan gacela, Sara, el tiempo en la almohada. 
VI
Fiesta nuevamente en el jardín. Han venido todos. Esta vez es posible Let it be.
VII
Desciende, cuerpo, a tu semilla.
VIII
Los días son números. Habrá de cesar el cómputo.
IX
Procura el amor alminares, báculos, palabras que explican el Big Bang, un poema de Claudio Rodríguez.
X
¿Quién no ha tenido una novia rusa, doliente y flacucha, que recita párrafos de Tolstoi?


De todo lo visible y lo invisible

  No sabe uno nunca cómo lo miran los demás, cree tener una idea aproximada, maneja cierta información más o menos fiable, pero no hay forma...