28.7.20

Casa



Para Jacob Lorenzo, tallerista de verano

Que la casa sería enorme para los dos lo supimos antes de entrar y verla en detalle. El agente inmobiliario se prodigó en atenciones, pero sobraron todas. Nos agradó esa ampulosidad, aunque por razones distintas. Ella tendría espacio para perderse. Yo para buscarla. No había que confiar en que un pasillo nos encontrara. La casa le dio a ella una felicidad nueva. Se entretenía en el oficio de mantenerla pulcra y presentable. Compartíamos una comida frugal a mediodía, antes de partir yo al trabajo. A la noche, en el regreso, la buscaba, sin éxito. La imaginaba en el sótano o en el ático. La veía en el salón haciendo punto o viendo revistas antiguas. Fantaseaba con la posibilidad de que el azar aliviase la soledad en la que vivíamos. En ocasiones (me lo confesó aunque yo lo sospechaba) no cenaba. Nunca nos vinculó la cama. Tampoco yo necesitaba ese trato íntimo de la carne, ni me entusiasmaba conciliar el sueño a su vera. Uno tiene vicios en el sueño que no desea compartir, cosas que dice sin gobierno de la voluntad, o eso he ido creyendo en estos años. La casa consentía que no tuviésemos que acatar las convenciones y los hábitos tan normales en otros matrimonios. 
Anoche quise encontrarla con más determinación que otras veces, pero, al poco rato, me rendí y dediqué el tiempo encontrado en esa rendición a ver la televisión y a releer alguna novela. Una vez quise de tal modo encontrarla que abrí todas las puertas de la casa. No di con ella. Esta mañana la he visto en la planta baja. La atareaba la ropa recién cogida del patio.  La oigo ahora cerca. Canturrea. Limpiar la casa es hacerla todavía más grande. Ella no lo ignora. He querido ver en estos signos de distanciamiento una evidencia de que ya no nos amamos. O de que hemos muerto y en la muerte el amor no acepta las rutinas que antaño le eran tan gratas. Me da a veces, cuando me aburro, por componer la figura de esa muerte alegórica en la que los amantes, tocándose, se pierden y, en el abrazo encontrado, se hallan y reviven. Estamos destinados a querernos así de esta forma tan quebradiza y fugaz. No hay deseo en ninguno de que esto deba preocuparnos. Ninguna voluntad hará que anticipemos el final previsible, ningún desenlace improvisado nos inquieta. Ya nos ha pasado antes y hemos salido. Es hermosa la certeza de que duerme en esta casa y de que, si grita o llora o se ríe, yo la oigo. Ella, por su parte, me mira con el afecto de siempre, me sonríe, me toca a veces la cara y me susurra al oído palabras que no confío en entender. Creo que necesitamos una casa más grande.

26.7.20

La mascarilla como costumbre





Se extrema el cuidado a veces sin la conveniencia de la voluntad, como si acatáramos un mandato del que no poseemos información y se nos conminara a no discutirlo y proceder mansamente a su uso. Es frecuente ver por la calle gente que alardea de no cumplir esa instrucción (la de la mascarilla) y deambula con hostilidad, aunque no exhibe maneras violentas, ni siquiera parezca que ande buscando gresca. El objeto "mascarilla" ha desposeído a cualquier otro objeto de la relevancia que detentaba. Puedes ir desastrado, vestido sin armonía de colores o llevar greñas de una cuarta, pero no desentonas (ni incurres en delito) si llevas tapada nariz y boca con la protección homologada que se tercie. Hay quien acude a la Carta Magna y la esgrime para argumentar su desobediencia. Tiene la mascarilla parecido discurso teórico que el ofrecido habitualmente por el burka, la hiyab o el chador, que son prendas conocidas y que han promovido encendidas discusiones en las que se enfrentan (enconadamente las más de las veces) modos distintos de entender la cultura y la libertad, conceptos que suelen ir de la mano y caminar hacia el mismo fin. 

No es costumbre arraigada en nuestra sociedad occidental ir embozados. La cara descubierta ha sido evidencia antigua de no esconder nada y mostrarse con transparencia. Es ese consenso estético (con su interior moral) el que hace que algunos se envalentonen y hagan un conflicto jurídico incluso de lo que no pasa de ser un salvoconducto higiénico. Nos hace lamentablemente iguales la mascarilla, es cierto, pero nos preserva, hace que la sociedad se cohesione con una armonía de la que ha adolecido en ciertas etapas de la historia. La nuestra, la occidental, la capitalista en muchos sentidos, ha hecho que prime lo individual a lo colectivo, por lo que sobre la persona han recaído la mayor parte de las leyes convenidas para entendernos y no desmadrarnos en demasía. No es así: no nos entendemos y nos desmadramos a poco que se nos da pie, pero nuestra educación (que viene de antiguo) nos faculta para quejarnos con jurisprudencia, se puede decir. Ha cambiado el modelo usado hasta ahora para expresar qué identidad cultural preferimos: ahora nos hemos resguardado, escondido, convertido en recelosas criaturas cuya supervivencia ha regresado al patrón primitivo del miedo y de la ignorancia. Como si estuviésemos en plena Edad Media, me dijo ayer un amigo por whatsapp. Es abiertamente contradictorio que la obligación sanitaria nos haga cubrirnos y, sin embargo, prosigamos discutiendo la pertinencia de que el colectivo árabe (el colectivo femenino, curiosamente, por cierto) se tape y contravenga ese mandato tácito de ir por la vida a cara descubierta. La cara no vale nada, podemos concluir. La hemos borrado, el virus la ha desfigurado. La paradoja consiste en que gobiernos de progreso (Holanda, que recuerde) prohibió no hace mucho el uso de cualquier indumentaria que haga invisible el rostro, así como (por extensión) pasamontañas o cascos de moto. 

De cualquier manera, la permanencia de la mascarilla está por encima de cualquier otra consideración, sea de la índole que sea. El argumento sanitario ha destrozado al comercial (la economía hecha trizas, la recuperación financiera fiada a préstamos penosos, toda esa desgracia) y parece poco consistente que un argumento estético prevalezca sobre todos los demás, pero saltan ya alarmas frívolas: gente que se enquista en el deseo de no obedecer y pasear sin protección. Hoy he visto cómo alguien ha insistido en su libertad, en que no se la coarte, ni se le exija vestir (usó ese verbo) de la forma "que le dé la gana al gobierno". Abroncado (con cierta educación) por la concurrencia más intrépida (yo opté por no intervenir, no sé a qué conduce ese épica urbana, la verdad, aunque bien pudiera haberlo hecho) se alejó farfullando soflamas contra los políticos y contra los "borregos" que obedecían las leyes. Decisiones de calado ético, creo yo, son las que cada uno toma para participar en esta guerra extraña en la que andamos. Porque es una guerra, aunque no tenga la interfaz habitual y no haya tanques ni trincheras y de la que casi nadie saldrá indemne. Lo peor (lo lamentable) es que haya quien deambule por el campo de batalla sin saber que la metralla hace su coreografía canalla en el aire. 

Estamos de acuerdo en que estamos a las puertas de un nuevo escenario social, pero habrá que contar con las disidencias habituales, con los desavisados, con los escépticos y con los suicidas. Cada vez que la televisión informa de estadísticas, pienso en lo mismo: los números no nos afectan, estamos inmunes a su traducción, ni siquiera queremos saber en qué consiste ese relato matemático. El acto de ajustar la mascarilla al rostro ya no es un acto de compromiso sino un imperativo legal: la señora que hoy en la cola de la panadería de pronto cayó en la cuenta de que no la llevaba y se encaminó con buen paso a casa para cogerla y regresar a la cola es un ejemplo, pero también quien se la coloca nada más salir de casa, como el que se calza o se pone la bufanda si arrecia el frío. No creo que algo nuestro, representativo de lo que somos como sociedad, se deteriore o pierda con estas novedades de la indumentaria: perdemos más en la retirada de los apretones de los manos o de los abrazos, por no decir besos, tan acostumbramos que estamos a dárnoslos. Es un precio pequeño si la solidaridad logra que todos salgamos enmascarados y rehusemos acercarnos más de la cuenta, como ahora la juventud (esa es la evidencia) hace inconscientemente en reuniones y en fiestas. No hemos pasado todavía la pandemia, pero al ver esta mañana la reacción instantánea de la señora del pan al regresar a casa a por su mascarilla pensé que la mayoría estamos bien instruidos y tenemos completa conciencia de lo que debemos hacer. Por uno mismo. Por los demás. Los descerebrados no ganarán su incivil batalla contra el sistema, pero harán daño. Que cambiemos nuestro modo de pensar, visto lo visto, es irrelevante. No hemos hecho otra cosa que cambiar desde que dejamos de ir a cuatro patas y conquistamos el bendito mundo. Animados por la certeza de que nada dura mucho, conviene consolidar en la cabeza (como un marca) la nueva injerencia textil. No sabemos si regresaremos en breve a la antigua "normalidad", pero ahora toca taparse, embozarse, quién sabe si ese oscurecimiento de las facciones hará que se ilumine el interior y recurramos a las palabras para expresar lo que no exhibe la cara. 

19.7.20

Bosquiniadas X / Visión del más allá / La ascensión al empíreo

No desear que las vacaciones se prolonguen hasta que sacien de verdad es engañarse a uno mismo, me dice K., salvo que no se sepa bien cómo administrar el ocio (en qué emplearlo) y sólo se complazca el ánimo en la rutina del trabajo. O tal vez ninguna holganza sacie del todo e imploremos una moratoria del estío, que viene a ser una dilación de la hora en la que tendremos que dar el callo (esa expresión contundente, ese martillo pilón de las responsabilidades) y hacer que la rueda siga girando y se encienda de nuevo la maquinaria de la costumbre. El problema estriba en que no sabemos ocuparnos de nosotros mismos, tememos el momento en que haya que esmerarse en complacernos. Porque hay placeres livianos que se acometen sin pensar mucho y concurren con una escenografía mínima, pero al final queda uno a merced de sí mismo y la cabeza empieza a ejercer de cabeza y nos hace las preguntas y nos embolicamos en las respuestas, que no llegan, no se nos instruyó, nos dieron otros instrumentos, pero no todos, algunos se buscan conforme se necesitan. Pero qué placer no dar con las respuestas, qué tiempo más maravillosamente perdido el de afanarse en dar con ellas y no alcanzarlas. Esa bruma deliciosa. Ese jardín de las delicias estival. ¿Ya están viniendo los ángeles tutelares para conducirnos a la luz? ¿Se oyen venir? ¿Baten las alas? ¿Recitan salmos consoladores?

18.7.20

Bosquiniadas IX / El jardín de las delicias / Tabla central

A veces hace falta no estar, darse un descanso de verdad, un irse de uno mismo y volver más tarde. No entra la consideración de que sea una fuga, no es que desaparezcamos: estamos si se nos precisa, hay una evidencia tangible de nuestra presencia, pero es otro el viaje, está en el interior, aunque no recorramos largas distancias y pongamos cuanta más tierra de por medio mejor. En cierto sentido, cuenta el anhelo legítimo de volver a empezar, de cerrar un trayecto y no pensar siquiera en el que esté por venir. Me he ido, no estoy, no me busquen, no cuenten conmigo para nada. No estoy.

12.7.20

Nuevo elogio del verano

Lo estival evoca siempre la infancia. Se tiene del verano la idea de que la luz impregnaba los juegos y los hacía invulnerables al desaliento o al fracaso. Se juega para desanimar a la muerte. Eso lo aprende uno cuando no juega, cuando la edad transforma lo lúdico en otra cosa, en un avatar impostado, huérfano de inocencia, aliñado con imperativos bastardos. Recordar los veranos de la niñez es comprender de cuajo todo lo que hemos perdido al crecer, en el ingreso en la edad adulta, tan hermosa y tan comprometida, pero tan veloz. Antes era la lentitud, era la ausencia de velocidad, mejor expresado. Todo era verosímil entonces. Verosímil y fascinante. Está uno enamorado de la vida, sin que se tenga percepción de ese enamoramiento. Está uno limpio de errores, convencido de que no hay lugar al que llegar, día que franquear, mal que apartar, tedio que cancelar. Todo es maravillosamente efímero. Todo es paradójicamente perfecto. Da igual que a lo lejos asomen la experiencia, los amores imposibles y los reales, la tangibilidad de la carne y el triunfo exquisito del pecado.

Viene a galope el dolor de entender la vida o de no acabar de entenderla en absoluto. Viene el caos (bendito desorden) con su ejército de rutinas, con su blasonería de pecados y de culpa. En verano, cuando pequeños, no existe el pecado, ni la culpa. El verano es propicio a la nostalgia de la niñez más que ninguna otra estación. Debe ser el calor, que nos empuja a la calle, a invadir la calle y fundar en sus calles y en sus plazas el reino de la pureza y de la virtud. Somos puros y somos virtuosos cuando no sabemos qué es la pureza o qué la virtud. Si me preguntan, desconozco la respuesta. Si no lo hacen, la sé. Eso lo dejó escrito San Agustín a propósito del tiempo. Viene al caso. 

La luz, plena y rotunda, hace que le demos la espalda a lo oscuro, como pensó Verlaine. La luz con el tiempo dentro, como quiso Juan Ramón Jiménez. El verano es promesa permanente, es la idílica permanencia del júbilo, es el claustro de la beneficencia completa. Después, al caer atropelladamente los años, reclama el adulto a ese niño todavía sin vulnerar, lo llama desde adentro, no sabemos si a satisfacción, a veces con ella, otras huidiza y arisca, como si no desease regresar y prefiriera (románticamente) seguir en el limbo del pasado, entronizada, a salvo del óxido del presente. El tiempo ignora lo que hacemos con él, no se deja invitar por lo que anhelamos, va a su aire liviano o espeso, nos viste o nos desnuda a su antojadizo capricho. El tiempo acalla sus heridas, las rebaja. Siempre irrumpe con fiereza, siempre nos ciega o nos ilumina. 

Pensar en el verano, en el trasiego de sus prodigios, es pensar en uno mismo. Porque el verano estimula la pereza y la endiosa, la colma de atenciones y también la sublima. No jugamos como antaño, no hay columpios, ni albercas, ni noches hechas amparo y dulzor, a resguardo del sol, aguardando que venza el sueño y prorrumpa con su fulgor el día, el día precursor y el día perfecto. No hay juguetes en un patio en la siesta, no hay abrazos con los amigos al terminar el juego, ni una hormiga muerta por nuestra desobediencia cívica, por el deseo infantil de ser dioses de la vida ajena, esa vida minúscula de hormiga elementalísima. Ahora no se nos ocurre matar hormigas. No es ninguna prioridad, no delata nuestra naturaleza festiva de dueños del mundo.

Vivir es asomarse al verano, aunque arrecie el frío, que es una república de lobos. Vivir es un festín estival, aunque ondee la bandera de las sombras. El asombro arrima verdad a lo vivido. El amor (su esencia, su semilla) precipita la luz, privilegia su deliciosa verdad. Hace fresco esta tarde. Eso es nuevo, no está uno hecho a esos agasajos. El viento trae frescor y entusiasmo, la claridad del alma y la pereza del cuerpo.

Veneno de verano / Un cuento tórrido



1

Muy confidencialmente contado y reduciendo muchísimo el asunto, podría decirse que soy uno de esos tipos que odian el sudor. No de una manera ligera y de chanza, como quien se pone un poco colérico si una mosca se le pone en el brazo o si el autobús pasa justo cuando llegas a la parada. Mi relación con el sudor siempre tuvo un grado de dramatismo absoluto. Quedará claro que no exagero, ustedes entenderán. Por preservarme, suelo rebajar al mínimo mis actividades físicas en época de verano. Son los días en los que no salgo de casa. Me levanto tarde, desayuno zumos frescos, como fruta. Mi split y yo nos entendemos mejor que muchas parejas longevas, de las que saben lo que piensan con sólo mirarse y se acarician con la ternura de un abeja libando la única flor del campo. Debo decir que no he tenido un solo split. De hecho tengo uno por habitación, incluyendo pasillos, cocina y cuartos de baño, y que estoy al tanto de las novedades del mercado por si alguno gestiona el frío de una manera más eficiente. Cuando me agobio en demasía, cosa que sucede con insólita frecuencia, me hago unos largos en la piscina de la casa. Una vez fuera del agua, me desplazo por la sombra de los árboles del jardín (pedí que hicieran un camino de baldosas) y camino muy despacio. No es este desafecto mío por el sudor, que otro consideraría un peaje más del ejercicio físico o del inconsciente verano, mi única rareza. Tengo otras. Las voy intercambiando para que ninguna me afecte más de lo necesario. Sé, no obstante, que es mi aversión al sudor la que en mayor medida malogra patéticamente mi existencia. No hay familia a la que preocupe con mis excentricidades, por cierto. Tengo pocos amigos y no creo que ninguno me haya acabado de entender del todo. Procuro, en lo que puedo, declinar toda invitación que me hacen si el ofrecimiento, que no desoigo en las estaciones frías, me obliga a exponerme al sol. El verano es un mal invento de algún dios caprichoso y rudimentario o yo soy una criatura débil, privada de la voluntad de sacrificio que se aprecian en otras, a las que miro con arrobo.

No alcanzo a recordar cómo empezó todo. Hay una parte de mi memoria sobre la que no poseo habilidad alguna. A veces pienso que nací ayer o la semana pasada. No he dejado de hacer las mismas cosas, no he confiado en las novedades, no he malgastado el tiempo en probar lo que conozco. Básicamente controlo el sudor que transpiro. Casi nada de lo que sucede alrededor de ese hecho capital me afecta apreciablemente. Ni siquiera la comida o el cuidado del ocio. Me satisfacen muy pocas cosas y no soy exigente en ellas cuando las tengo a mano. Padezco un mal frecuente que consiste en no irritarme en exceso por nada, excepción hecha del veneno del sudor, claro está. Este irse dejando, sin aspiraciones elevadas, contemplando la vida como quien asiste a una representación teatral o cinematográfica, cómodamente instalado en una butaca, me permite sobrellevar mejor el problema que sufro y estar alerta y concentrado para cuando se presenta. Todo el peso que he perdido no deja de ser una estrategia combativa. Las comidas copiosas, las carnes rojas o el pescado, las dulces o el mismo alcohol, me hicieron siempre sudar abundantemente. Ese malestar se subsanó cuando limité mi dieta a unas milagrosas ensaladas y a una muy severa ingesta de agua. Frugalidad y ascetismo. Reconozco que al principio, cuando me obligué a dejar de comer alimentos pesados, que indujeran una sudoración inmediata, padecí de manera terrible al punto de maldecir mi enfermedad y hasta deseé morir y abandonar ya definitivamente toda esta ceremonia absurda. Pero encontré un placer inexplicable en moldear mi cuerpo. En unos meses había eliminado toda la grasa, la que provoca el grueso del sudor. Mi cuerpo, flaco de solemnidad, pedía a gritos un médico que lo aliviara. Porque yo mismo, contemplándome al espejo, percibía toda la lástima que inspiraba. Llegado a un punto idóneo, que oscila entre los cuarenta y cinco y los cincuenta kilos, suelo permitirme algún capricho en el menú. De eso se encarga Juana, que es quien se preocupa, aparte de la merecida clavada mensual, de adecentar el piso y de salir y comprar la verdura que necesito o algún extra imprevisto, como un libro, un DVD del videoclub o un portátil nuevo. A Juana le debo la supervivencia. Yo contribuyo con generosidad a que viva bien y se costee también algunos caprichos. Solo le pido que sea discreta y no airee mis manías. Por otra parte, tampoco la veo mucho. Mientras que se ocupa de una parte de la casa, yo estoy haraganeando en la otra. Nos cruzamos en algún momento de la mañana y le doy dos o tres instrucciones nuevas. En todo caso, me molesta que esté al tanto de mis cosas. Me corroe la incertidumbre de que todo lo mío esté ridículamente publicado por el barrio. Ah ese señor flaco que se asoma al balcón. Debe ser un raro de cojones. Pero no puedo desprenderme de ella. No sabría cómo conciliar mi pacífica vida, relajada y atenta, con las servidumbres de la limpieza. Ni se me ocurre pisar la calle en verano o en primavera. 

Otra cosa es el otoño o el invierno. Ahí es cuando me dejo ver. Hago con cierto placer algunas de las obligaciones que detesto en verano, pero evito el trato con los demás. Lo que temo es que el despacho de las rutinas del frío, tan agradables, agraven mi odio al verano, me indispongan de una manera irreversible contra él y tenga que tomar medidas que no deseo. Lo de mudarme, que es la cantinela habitual de todos los que tienen la suerte o la desgracia de conocerme, no entra en ninguno de mis pocos planes. Amo esta casa, la amo como si fuese una extensión de mi propio cuerpo. Amo lo que ella me cuenta, los años felices, antes de que enloqueciera, supongo. Porque una brizna de locura tiene esta peculiaridad mía. Qué hago yo en Laponia, pregunto sin que nadie me escuche. Hablar solo no debe ser bueno. Estoy perdiendo el sentido del humor. La cabeza va detrás. No casa bien esta enfermedad (yo la llamo así a veces) con la alegría ni con cualquiera de sus sonrientes parejas de paseo. No sé cuándo fue la última vez que entablé una conversación agradable con alguien. De mis amigos, de los que tuve, de alguno que aún me visita, guardo recuerdos muy imprecisos. De uno aprecié cómo respetaba todo lo concerniente a mi excentricidad. Comprendía que en verano no aceptase visitas ni saliese a las terrazas de los bares. De otro valoraba que me tuviese al tanto de gente como yo. Somos muchos los bichos raros, le decía. Mi rango en esa escala quizá no fuese radical, pero me estaba destrozando la vida. Aclaro: me la destrozaba entonces. Ahora no hay roto. Subsisto en mi búnker refrigerado. Malvivo, a los ojos ajenos, pero he aprendido a disfrutar con pequeñas cosas. Nadie que no sienta lo que yo podría entenderme. En el fondo, ¿quién entiende a alguien? Anoche, en la radio, en uno de esos programas en los que la gente cuenta lo que le parece, venga o no a cuento, me fascinó la historia de una señora que no soportaba que la mirasen. Lo mío, en comparación, es más llevadero. Todavía no he llegado a esa animadvesión hacia el género humano, aunque no dudo que a este paso la alcance y me esmere en su oficio. Otro oyente refirió cómo evitaba, en lo posible, escuchar las noticias. Todo lo que escuchaba lo postraba en una tristeza enorme, inconsolable. El mundo está mal y yo no puedo hacer nada, decía. Yo poseo otra versión de esta frase: Yo estoy mal y el mundo no puede hacer nada. Tuve la tentación de descolgar el teléfono y llamar, pero no lo hice. Creo que no obtendré alivio al compartir todo esto. Ni siquiera está voluntad mía de hoy al escribirlo me proporciona la armonía que anhelo. 

Llegará el otoño. Me acabo de asomar a la ventana y he visto un cielo gris, un cielo gris y maravilloso. Una brisa levísima me ha invitado a subir a la azotea, como a veces hago, y cenar a la luz de la luna. Temo que brote un acceso de calor y sude. Solo de pensar que vuelva a sudar me da dolor de cabeza. Hace años que no experimento esa sensación. Estoy librando con eficacia mi batalla contra el sudor. Es un enemigo estúpido. No está al tanto de su inmenso poder y carece del sentido del honor. Yo me adiestro con empeño para vencerlo. Esa lucha se ha convertido en el único objeto de mi extraordinaria existencia. En otoño, cuando arrecia el frío, ideo cómo plantarle cara. Apunto los planes, los releo, tacho lo que ya no me convence. Todos estos años de penurias me han curtido bien, me han despojado de la humanidad que tenía, me han convertido en un completo animal. De hecho me comporto como uno de ellos, si es que no lo somos todos. Solo me dedico a sobrevivir. No tengo afición por nada (un libro, un DVD, ensaladas) y no poseo (como antes) cualidades humanas. Yo soy el centro del universo. Ni Dios tengo. No hay credo que me conforte. Mis ensoñaciones son la última parte de lo que fui una vez. Ahí paseo las calles, me siento en las terrazas de los bares, compro la prensa en los kioskos de los parques e incluso me sacudo un almuerzo más que copioso en un restaurante al que solía ir y que ya ni siquiera sé si existe. En mis sueños, aunque no de una manera obsesiva, fornico con asombrosa dulzura. Todas las mujeres me expresan lo complacidas que quedan. Como nunca lo he hecho en la vida real, me encanta esa satisfacción representada en mis sueños. Ya digo que en los sueños no se suda. No en los míos, al menos. Quizá sea ésa la razón por la que duermo tanto. Juana me lo recrimina: Duerme usted más de lo que necesita, vaya al médico, cuánto hace que no va al médico, pero a Juana le hago el caso justo. Viene a ser una especie de madre a la que no se obedece.  La tutora instruida. Yo soy su asignatura. Como no recuerdo a mi madre, ella ocupa ese lugar en mi cabeza. Ni se me ocurre manifestar que le profeso cierta estima, por supuesto. De hecho, no tengo (a mi pesar) a nadie más. 

Pronto llegará el sueño. A veces molesta despertar. Está uno en volandas, izado, desnudo y libre. De mi vientre surje un cordón umbilical finísimo e inacabable. Sé que es parte de mí, pero ignoro en qué lugar muere. O soy yo la parte moribunda y la vida está ahí, a lo lejos, al final del hilo. La madre fantasma. El nido invisible. Me asombra la facilidad con la que uno puede despedirse de todo. Nadie que haya estado en esa zona oscura ha sentenciado lo formidable o lo terrible que es. Insisto en que no tengo inclinaciones religiosas. He sido infeliz sin Dios, pero lo habría sido igualmente con Él a mi vera, conduciendo mi desvarío, tutelando mi progresivo ingreso en su reino. A él me dirijo. No sé si he tomado las suficientes pastillas. Espero que Juana no me encuentre antes de que todo acabe y me saque de casa. Ningún lavado de estómago me privará del placer de vivir eternamente a salvo del calor. La fría muerte me espera. Habrá un ligero temblor y después el sueño se alojará en otro sueño, más profundo y perdurable. 

Dejo esta declaración para que no se culpe a nadie. La he escrito a conciencia. Al final no he podido explicarme todo lo bien que hubiese querido. Ya he dicho que nunca fui un buen lector. Ni he escrito con vocación de qué perdure lo escrito. Ninguna disciplina artística me sedujo. Solo anduve preocupado de exponerme lo menos posible, y ya en el último tramo de mi vida solo quise evitar absolutamente cualquier tipo de exposición. Que suden otros. Seguro que habrá quien disfrute de esa sensación, quien la sienta a diario, pero no la sufra en modo alguno. No fue mi caso. Ya no importa. Ya no estoy. 

2

Juana terminó primero la cocina. Luego preparó un cubo vacío en el que arrojó la lejía y un fantástico producto de limpieza que había visto en televisión. Lejía más letal que la lejía. Olía a perros muertos. Matarratas atómico, por lo menos. Le encantaba probar cosas nuevas. Con tal de que dejara el suelo como le gustaba al señor. No se puede estar toda la vida usando la misma marca. Que fuese caro o no, le importaba poco. O nada. Lo pagaba el señor. El raro. Veinte años sirviendo en su casa, y ni un gesto de agrado. Como si fuesen veinte más. Nadie pagaba como él. De aquella mañana, parecida en todo a las demás, le agradó la levísima brisa con la que paseó las calles de camino al trabajo. El verano, al acabar, invitaba a empezar de nuevo. Le agradaba cambiar el vestuario, pasear a media tarde y, sobre todo, dejar de escucharlo. Un tipo raro, el señor. De los más raros. Claro, que pagando... De esa mañana, en el piso, le desagradó el silencio. Por pequeño que fuese, siempre había un indicio de vida. Un ruido de una puerta al cerrarse. La televisión con su banda sonora hueca. La cisterna del cuarto de baño. Una tos. Tanto aire acondicionado no debía ser bueno. La manía ésa se la curaba yo de momento, pensaba. Los ricos lo son también en vicios que los pobres ni imaginamos, concluyó, mientras organizaba en su cabeza la rutina de la mañana. Hoy una ensalada nueva que había visto en un canal de cocina por YouTube. Lo que no le cuadraba del todo era que no le escuchaba. Ni la tos persistente al morir agosto. Pensó: ahora es cuando no lo escucho, habrá echado cojones y salido. quién sabe. Desde el fondo, sin que se molestase en acercarse, le decía qué debía hacer. Hoy empieza por el jardín. No te entretengas mucho con el salón. Cosas de ese tipo. Cuando Juana entró en la salita, vio el cuerpo en el suelo. Pensó: ahora es cuando veo el cuerpo del señor. El cuerpo con ese par de folios impresos al lado. Lo primero que hizo fue sacar el móvil y marcar el número de emergencias. Luego buscó el mando del aire acondicionado y accionó el stop. El ruido del ventilador cesó. Alguna vez creyó que se volvería loca. Eso de que son silenciosos es una mentira como tantas de las que suelta la televisión. Todos los aparatos acaban haciendo ruido. Incluso los caros. Los servicios sanitarios tardaron poco más de diez minutos. En ese tiempo, le dio tiempo de terminar de recoger el lavavajillas y de abrir las ventanas de todo la casa. Odiaba el frío de esa casa. Lo odiaba de un modo absoluto. Y hoy podía abrirlas. De par en par. Los médicos estaban agachados sobre el cuerpo. Qué mala cara tenía. Y miró el split, en la pared, bien arriba. Entonces agradeció  que acabara la jornada. Volvería a casa, pasearía sin prisa, mirando los escaparates. Mañana tendría que ir a que le tomaran declaración. También le tocaría organizar el tanatorio y el entierro. Por una vez pensó en si el viejo le habría dejado algo. Su cara era la que más había visto en los últimos años. Algo podría dejarle. Pensando en esto, sin caer en la cuenta de si era tarde o si había cogido las calles que atajaban a casa, se le ocurrió que no había limpiado las taza. Al menos no olía. La carta le había quedado muy bien. Estaba francamente convencida de que era el modo en que escribe un hombre. Al señor se le daba bien las cosas de los libros así que nadie pondrá en duda de que era suyo el texto. Escritura viril. Trazos hombrunos. Como si el muerto, el suicidado, fuese el puto Hemingway. En todo caso, estaba ya decidido a cambiar de aires. Con un pellizco de los cuartos del señor. Heredera universal. Fue el sudor cayéndole por la frente lo que le despertó. Vivo está el cabrón, dijo bajito. Entonces dio tres arcadas muy fuertes y tosió como si nunca lo hubiese hecho. Juana, gritó con dificultad, sabes que los splits no se apagan hasta octubre.

10.7.20

Elogio y refutación del vértigo

K. dice que embriagado se vive mejor. Como es muy de palabras correctas y no le cuadra acudir a un vulgarismo o a un término burdo o de apresto fonético soez, K. dice embriagado, pero yo le comprendo y en mi cabeza compongo una imagen correcta, la que se desprende de su frase pequeña y amigable. Hay frases de poco desarrollo que dan para conversaciones enormes. Otras, en cambio, largas, encabritadas, no merecen atención alguna. He sentido en carnes propias el vértigo de la embriaguez (sin aturdirme, creo) ese irse de lo real y perderse en lo ambiguo. En la ambigüedad se vive también mejor. Gusta no saber con certeza, no tener a mano la propiedad de nada y andar siempre de prestado, tocando la superficie de las cosas, ahondando a veces, pero sin sentirse el dueño de nada. Lo decía Mycroft, hace ya: uno vive en lo frágil, sin aprehender nada, sin que nada se considere conocido, ni propio incluso. Lo malo de este mundo es la propiedad que creemos tener de las cosas que nos rodean. Si no fuésemos dueños de nada, la vida sería más bonancible. Podríamos salir a la calle y saber que todo es nuestro y nada lo es en el fondo. No sé si alguien con más conocimientos políticos que yo dirá que estoy centrándome en tal o cual corriente o en tal o cual sistema, pero no es la política el sitio que quiero visitar: prefiero la poesía, el país de las palabras y de la forma en que las palabras nos cuentan cómo es el mundo y qué podemos hacer para administrarlo o para aprovecharlo de un modo mejor. Por eso lo de no ser dueños de nada al modo en que John Lennon lo dejaba hermosamente escrito en su Imagine. No possessions too. Sin posesiones, sin llaves, sin hipotecas. El mundo está demasiado escriturado. Lo mío, en cambio, lo más acendradamente mío, no es incumbencia de nadie, pero no me refiero a una posesión material, sino a mis ideas, a la manera en que las cuido dentro de mi cabeza. Mi cabeza es mía, por otra parte. Más mía que lo que los demás creen que es más mío, por ejemplo. Todos tenemos la idea de que hay cosas que le pertenecen a los que no rodean y a las que no podemos acercarnos sin su permiso y su supervisión, pero la libertad está en las palabras, en los gestos, en los libros que hemos leído y en los abrazos o en los besos que hemos dado a lo largo de nuestra vida. Voy a desvariar un poco: somos los libros que hemos leído y los abrazos y los besos que hemos dado. Somos la palabra y la carne juntamente. 


K., embriagado, es más cercano. Es curioso que haga falta entrar en esa etilidad fortuita para que podamos conocer a alguien. Ebrio, desenmascarado, decían los griegos, que fueron los que vistieron la cara y la dejaron decir las cosas, sin el peso de la mirada del que escucha. El otro, el prudente, el sobrio, es una versión popular, pensada, programada para no hacer daño a nadie con lo que hace o con lo que dice, el animal público. El ebrio, bien al contrario, es el alma torturada que de pronto advierte que le han abierto las puertas y que puede explayarse, irse, andar por ahí, brincar, retozar, decir lo que no podría o no querría en otras circunstancias, y volver más tarde, feliz, satisfecho de haberse probado en libertad, sin pensar mucho en el qué dirán ése que tanto nos han dicho cuán importante es. Admiro a quienes no se intoxican nunca, los que no beben, ni fuman, ni introducen en sus benditos cuerpos sustancias que los expongan al riesgo y a la incertidumbre. Amo la incertidumbre, la amo a diario, pero hay días en que uno debe cumplir, regirse por unas normas, acudir al lugar en donde lo esperan, hacer lo que esperan que hagamos y volver a casa, ufano de la rectitud con la que hemos procedido, completamente resuelto a repetirlo al día siguiente. K. bebe sin preocuparse de ser visto: incluso le agrada que se le conozca esa faceta suya, la de esclavo de sus pocos vicios, la del que se esmera en no desoírse, en no llevarle la contraria al cuerpo, que es quien le pide las toxinas habituales. Más vale borracho publico que alcohólico anónimo, decía Antonio Linares, mi viejo amigo. Qué hermosas ellas, las toxinas, qué paraíso el que procuran. Tengo que volver a leer a Baudelaire, tengo que volver a leer a Bukowski, tengo que volver a leer a Escohotado. Tres personas muy de fiar que me enseñaron a pensar en los beneficios de ciertos venenos. El resto del mundo me ha pedido que sea prudente: que administre, que sepa gobernar y no se envicie mi alma. Por si se enturbia más de la cuenta y no sea posible domesticarla después. 


K., enviciado, es más cercano también. Le he visto en las barras de los bares, un poco desquiciado, hablando hasta por los codos, ya entienden, alambicando sintagmas, lubricando verbos, por si alumbran prodigios. No siempre sucede eso de que se produzcan milagros. No los hay o los hay escasamente. Yo soy muy de Baudelaire, ya lo he dicho. Las flores del mal son más hermosas que todos los jardines del bien. Eso lo tiene claro cualquiera que haya olido la flor maldita, y haya apreciado el olor blasfemo que emana. Luego siempre hay tiempo de volver a la normalidad y de vestirse de limpio para que los vecinos lo vean a uno salir de casa y exhibir las galas mejores, pero hay que saber estar cerca del riesgo, abismarse en el riesgo, tumbarse a su vera y esperar a ver qué pasa. No pasan muchas cosas la mayoría de las ocasiones, pero en las que sí hay algo, en ésas aprecia uno el orden de las cosas, el sentido del cosmos, la hondura del amor y la belleza del alma. De momento, mi cólico nefrítico me coharta, me pone una brida y no permite que el caballo se pierda en la tormenta. Es cosa de saber volver y no echar mucho de menos la errancia y el desquicio.

4.7.20

Cuento doble de un gusano y una caja de zapatos


Cuento primero
Una vez metí un gusano y unas cuantas hojas tiernas de morera en una caja de zapatos. Al principio observaba sin afecto alguno las evoluciones de esa criatura aburrida. Disfrutaba con la idea de que yo no era un gusano y nadie abría la tapa de una hipotética caja de zapatos para contemplar mis evoluciones. Buscando a quién agradecer esa felicidad, pensé en Dios. Siendo como soy creyente y respetuoso con los preceptos de la confesión a la que pertenezco, no quise rebajar el nombre de Dios con la visión del gusano, por lo que me esforcé en no mirarlo como un ser superior sino como si ambos fuésemos iguales y yo hubiese tenido la suerte de estar fuera de la caja. Al principio, me conformaba con apreciar si las hojas iban a menos y, en consecuencia, si el gusano iba a más. Y así fue durante los primeros días. El asunto del tamaño no me importó al principio. Tampoco que yo tuviese la limpia facultad del pensamiento. Dicen que el cerdo o el delfín son animales inteligentes, pero igual no se han puesto a estudiar a fondo las meninges del gusano. Sería fascinante que el gusano, en adelante le llamaremos Jorge Alberto para ir progresivamente haciendo que surja el afecto y tal vez, en el término del relato, un verdadero amor, se devanase la mollera, una mollera pequeña sin forma especialmente de mollera, discurriendo en la naturaleza de su observador. Ya digo que tal vez lo haga y lo que no está a nuestro alcance es extraer esa información relevante. Hay más cosas que no sabemos que las que tenemos a recaudo. Con el tiempo advertí que el gusano se esmeraba en pasar desapercibido. Escondido debajo de alguna hoja grande o entre varias de tamaño menor, se quedaba quieto nada más percibir que yo abría la caja. Daba igual que yo lo hiciese con absoluto sigilo o violentamente, por sorprenderlo más bien. Nunca estaba a la vista. Me convencí de que era algo normal en los gusanos, pero pregunté y hasta me acerqué a casa de un amigo que tenía otra caja de zapatos y un par de decenas de gusanos alojados en ella. Me la abrió y vi con envidia que los gusanos iban y venían sin que nuestra presencia los alterase. El mío, mi Jorge Alberto, debía ser la clase de gusano retraído o esa otra sensible que no se inclina por exhibirse, ni siquiera por llevar un tipo de vida normal, a pesar de que se le recluya en una caja de zapatos. Quizá le conviniese la cercanía de sus semejantes, pero me incomodaba tener que repartir mi atención entre treinta gusanos. Como si eso perjudicara la visión perfecta de una solo. Zanjado el asunto de darle o no amistades a Jorge Alberto, decidí retirar las hojas de morera. Un poco sin interés y otro con perplejidad, lo hice una mañana. Sin hojas, la caja volvía a recuperar su rango de caja de zapatos. Dejé al gusano en una esquina, sin alcanzar a comprender todavía nada. No volví a abrir la tapa de la caja hasta bien entrada la tarde. No fue una decisión fácil. Temí que hubiese muerto, temí algo peor, que languideciera, que diera el estertor ante mis ojos. Alegremente observé que se movía. Ningún desplazamiento brusco. Muy poco perceptibles movimientos. Arqueos diminutos. La elocuencia de la lentitud. Es curioso advertir esa voluntad suya de supervivencia. La nuestra, a poco que se piensa, no difiere mucho. Nos abren o nos cierran la caja. Se nos concede la compañía de semejantes. Nos dejan solos, en ocasiones. Sólo por ver cómo evolucionamos. Si andamos o estamos quietos. Si miramos hacia arriba, en busca de una explicación, o anclamos la vista abajo y damos la impresión de que no somos importantes o de que nadie gana con vernos y apreciar lo que se nos va ocurriendo. No hay una hoja de morera bajo la que refugiarnos. Lo que hemos hecho es inventarnos una. Cerramos los ojos, fantaseamos, rezamos, especulamos la posibilidad de que no exista la caja y de que nadie la abra o la cierre. Hay quien no admite que una mano (qué mano habrá, cómo será esa mano) manipule la luz y arroje hojas o las retire a capricho de su voluntad arcana. Hay quien sólo piensa en esa mano, en cómo maneja la trama de la caja.


Cuento segundo
Aunque nadie lo ha escuchado, el niño gusano, en su caja de zapatos, ha pedido que un punzón agujeree la tapa. Es mejor tener dos agujeros a sólo disponer de uno, y tan pequeño. La caja es roma en las aristas. Por los golpes. Por el abandono también. Por el agujero el niño gusano se deja ver de cuando en cuando y de esa forma percibe el mundo. No hay vez en que, al asomarse, no sienta agradecimiento y comprenda, de un modo que no sabría explicar, su lugar exacto en ese mundo y festeje esa verdad y se esmere en recordarla. El amo es un amo gigantesco a los ojos del niño gusano. Es el amo mundo, el amo Dios y el Amo Carcelero también. Un amo todo ojos y boca. Un amo que mima al niño gusano con hojas limpias de lechuga y piensa que estaría bien cambiarle la caja. Ahora una más amplia que tenga vistas. El niño gusano respira ya penosamente. Hará falta otro agujero. O dos. O un ciento. Y si hacer agujeros no beneficia la respiración y el bienestar del niño gusano, hasta podría retirar la tapa. En un gesto rápido. Un manotazo. El niño gusano vería menos enorme al amo Mundo. Advertiría que también su amo tiene una tapa. Azul o gris o negra según se tercie. En la cautividad en la que siempre ha estado, el niño gusano no aprecia estas sutilezas del mundo.  Llegará el día, piensa el niño gusano, en que el amo olvide traer las hojas de lechuga o de morera, las que en su paciencia de gusano mordisquea en la oscuridad, ufano de su oficio y de su destino. O el día en que su trama sencilla de gusano flaquee y los ojos no se abran y las palabras, en la cabeza, no fluyan. El día en que no haya cielo que observar ni amo al que agradecer las atenciones. Se preguntará, de un modo que no sabría explicar, su lugar exacto en ese mundo y festejará que la fe, tan costosa, le ofrezca la eternidad, la salvación, la visión limpia del mundo desde una altura más feliz. La respiración se va haciendo costosa. Le produce dolor tragar el aire viciado. Siente que le queman los pulmones que no tiene. Que el amo mundo, allá arriba, dice algo que no entiende.


3.7.20

Bosquianadas VIII / El jardín de las delicias / El infierno


Hay quien se satisface con poco y a casi nada da importancia. A poco que se le agasaja, cuando media un halago o una dádiva, por pequeña que sea, rompe en entusiasmo y se le vuelve generoso el ánimo y en todo da su complacencia. Es un recurso antiguo. La boca es fácil de callar, se convida a reprenderse pronto: también lo que a lo que se le empuja a decir. Es esa dictadura del premio, se merezca o no, haya motivos o ninguno en absoluto. Cuando esa política abunda se deteriora el concepto mismo del regalo, que viene a ser una compensación blasfema, en casi todos los casos subvencionada por las arcas públicas, de utilidad peregrina muchas de las veces, traída sin consultar a quienes harán gestión de uso. Si se perpetúa, cuando se enquista en la sociedad y a nadie sorprende, es el gobierno el deteriorado, convertido en un bazar de oportunidades. Como el padre que maleduca al hijo y lo contenta con golosinas, aunque la hora del almuerzo esté al caer. A falta de una administración eficaz tenemos un consorcio de mercaderes o de padres irresponsables o desentendidos. De ahí a la ruina del sistema dista un tramo corto: al final se acaba pagando el peaje de ese inconveniente negociado de favores. Primero cunde el despropósito, alentado sin doblez, lujosamente difundido por las vías habituales; luego irrumpe el caos, la consabida enfermedad de las instituciones, el descenso paulatino al desorden y a la ineficacia. No cabe la ignorancia, el informe torpe, el yo no sabía, el esto se arregla. El buen vasallo que anhelaba buen señor cunde todavía. El argumento de que no todos son buenos vasallos ni malos señores es admisible, por supuesto. Otro discurso peligroso consiste en extender la ficción de que la política está ocupada por incapaces. Sucede que es al incapaz al que se le da casi siempre nombradía: el ejercicio erróneo se difunde más que el atinado, el mal fascina más que el bien. El problema (por encima de argumentos y de discursos) es que importa más la wifi que la ratio, el aditamento escenográfico cuenta más que la elocuencia de la trama. Tiene la política ese aire teatral que a veces le conviene para que ocurra el milagro de la literatura. Vemos la realidad como si fuese una convención ficticia y la ficción como un simulacro de la realidad. Si no fuese trágico, podríamos hasta enternecernos, por puro regocijo estético, por ese pulso de lo maligno que nos hace tener pensamientos poco constructivos también. 

2.7.20

Bosquianadas VII / El jardín de las delicias / El infierno



En el fondo es un diálogo hueco, no tiene sustancia, tal vez la poca que haya sea la de algunos más empecinados en mostrar las debilidades del espíritu que sus fortalezas, como si (dijéramos) prefiriéramos constatar el avance de la enfermedad y la documentáramos profusamente en lugar de ocuparnos en dar con los fármacos que la rebajen o retiren. En este ir y venir de las cosas, surge la desconfianza, cómo no habría de pasar eso. Se desconfía para no perder la escasa ilusión que tengamos en que las cosas finalmente funcionen, salgan bien, prosperen, todo eso. La desilusión nace de una confianza herida. Desconfianza, desilusión, decaimiento, nada que invite al alborozo, ni siquiera a la esperanza, eso tenéis, maestros. De ahí que  no entremos en la consideración de pensar en el futuro. Cuando lo hacemos, no damos con la tecla o la pulsamos con titubeo. No sabríamos qué decir sobre lo que no nos ha sido mostrado. Mañana quién sabe, eso podríamos responder. Hacer como que no va con nosotros. Esperar órdenes. Saber que trabajaremos con lo que buenamente encontremos. Como el actor que espera con ansia el próximo libreto y prefiere interpretar al Shylock del Mercader de Venecia shakespeariano (en su famosa catilinaria) que a un boticario en un entremés de Lope de Rueda. Ya saben: "Soy un maestro. ¿Es que un maestro no tiene ojos? ¿Es que un maestro no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no está nutrido de los mismos alimentos, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que cualquier otra dignidad pública? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleáis, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?" Porque a veces este gremio se limita a pronunciar el ipse dixit de Cicerón, que viene a ser el "yo lo que tú digas, que para eso eres la autoridad y yo un funcionario de probada mansedumbre, no vaya a ser que discrepe y me dé por discrepar más y acabemos usted y yo a la gresca, que no es cuestión, ni va a serla, está probada de sobra la obediencia de este noble cuerpo, incluso la docilidad , que es especie de más enjundia semántica"  Y la nave va, la vida sigue su curso, a todo se le encuentra arreglo, aunque sea a lo loco, sin que se persone la voluntad de las cosas bien hechas, cual personaje demiúrgico que apareciera de improviso en la coda de cada acto de la obra y arreglase los desbarajustes. No habiendo tal figura, aquí andamos. Empezamos sin saber, pero quién sabría. Con tal de que haya portátiles y wifi para todos, se oye decir a alguien. Me da por pensar en obras de teatro en las que hay colmo de medios (escenografía, maquillaje, vestuario, música) pero cuyo libreto es mediocre, si no malo. En la escuela (quiero pensar así) sucede a la reversa: tenemos un texto formidable y actores entregados. En ocasiones, echamos en falta un elenco con más personal o nos molesta (qué dulzura de verbo, qué poco hostil es) que los cuartos se empleen en el atrezo, cuando es más apremiante que se libre en otros menesteres de mayor urgencia. ¿Puedo opinar?, pregunta el docente. Es que tengo ojos, manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones...

1.7.20

Bosquianadas VI / El jardín de las delicias / El infierno


Los colegios son complicadas maquinarias en los que no puede haber piezas sin ajustar. Una que pase desapercibida o que no se acople con idea puede desbaratar el funcionamiento completo del mecanismo y malograr su eficacia. La labor del equipo directivo de un centro es oscura, no siempre está a la vista, ni siquiera hacen alarde de ella los que la ejecutan, pero irradia la luz pertinente para que no se entenebrezca el conjunto. Son tan numerosas las piezas que el personal que las ensambla tiene todo a su favor para que el trabajo los extenúe. No es oficio pagado con ninguna bonificación a la nómina: no hay dinero que compense ese esfuerzo estajanovista y, las más de las veces, delicado y hasta amonestado. Tampoco ayuda la Administración: con frecuencia desatiende la asistencia que se le solicita. Queda todo en un ejercicio puro de amor a la escuela, ojalá sea así incluso en las circunstancias más desfavorables. No se entiende que alguien asuma la responsabilidad de tener un cargo directivo y no tenga ese deseo de que la escuela medre y todas las piezas de esa maquinaria cuadren y se encajen como las palabras en un soneto. No debe haber una que descabalgue a las otras. Cada sílaba cuenta. Cada aliento cuando el verso de declama. El hecho de que un centro educativo avance es milagroso. Hay tanto trabajo por debajo que cuesta pensar que no haya una puntada sin dar, un deshilachado resto de una costura mal cosida. El traje es el que cuenta. Ahí tenemos a los tres sastres (dirección, jefatura, secretaría): una vez que acaba la confección, nada más echar el cierre al taller, ya andan pensando en qué harán cuando se abran las puertas de nuevo. Si irán a la moda (lo que los gerifaltes barrunten en sus asépticos despachos) o si tomarán iniciativa (Imbroda, el Jefe Mayor, ha dejado hoy caer algo a ese respecto, ay) o si dejarán que la improvisación tome mando en plaza, lo cual no es novedoso: esa es la política común de los políticos, cuele la redundancia. Lo sabe el que lo probó (yo mismo durante cuatro maravillosos y también azarosos y trabajosos años), tener un cargo directivo es una responsabilidad que debiera acometer cualquiera que trabaje en un centro educativo: falta envalentonarse, hacer lo que otros han hecho por nosotros y de lo que nos hemos beneficiado. O no: he aquí el descalabro, el desbarajuste, la dura constancia del trabajo mal hecho. La escuela es una maquinaria compleja, ya lo hemos dicho. El desempeño de su manejo (director, jefatura, secretaría) acaba produciendo cansancio: interesa que rueden los cargos, que se facilite la posibilidad de que cualquier pueda sentirse invitado a cogerlo. No es así. No tienen el predicamento que debieran. No hay colegio que funcione correctamente si no hay un equipo directivo al cargo que lo gestione con entusiasmo. No es un trabajo sencillo, pero ese es el trabajo encomendado, el que se juró o se prometió realizar con absoluta entrega. Todo lo bueno que salga de un año escolar proviene de ese entusiasmo.

273/365 Jackson Pollock

  Se cae, en un descuido, el rojo. Emerge, comido de vértigos, el azul. Está la luz enfebrecida. Se la ve triste, se tiene la impresión de q...