28.8.20

La luz está hecha de barro

Uno se esmera en congraciarse con el prójimo y llevarse bien con todo el mundo, pero a veces conviene granjearse cierta animadversión ajena. No es un arrebato gratuito de hostilidad, ni anima ese anhelo un capricho o una licencia frívola. No tener con quien enemistarse es evidencia de que las posibles amistades que uno posea y con las que aplique la bondad, la ternura y todos los sentimientos más nobles que se tengan a mano no valgan en perspectiva, carezcan de una brújula moral que las encauce y todas se vistan con la misma democrática indumentaria. Alguien al que negar el saludo para ejercerlo más tarde (cuando proceda el gesto) con mayor eclosión anímica, con un entusiasmo que abrume y exhiba la integral del corazón. Congraciarse sin interrupción, darse sin desmayo, volcar lo más íntimo con vehemencia, pero a discreción del que se da, poniendo un acento más festivo, un énfasis claro. También el reverso, pero ahí no merece la pena ese grado de efusión, por no agravar lo ya sabido, por evitar dar motivos. Intentar caer bien a todo el mundo es un gasto superfluo y, las más de las veces, contraproducente: no se puede después cribar ese  esfuerzo noble, el de congraciarse. No caer bien a alguien da una especie de bienestar moral, escribí una vez. Ese desafecto hacia algunos nos depura a veces, nos hace probarnos en la adversidad, sin que necesariamente haga acto de presencia. Como el que se viene abajo viendo una obra de ficción y se desconsuela o llora, pero tiene la certeza de que podrá regresar a la rutina de las cosas y no tener apesadumbramiento alguno, ni esa ese hormigueo continuo en la boca del estómago que sobreviene cuando nos cercan los problemas. También la luz está hecha de barro (otra vez cito a Rafael Pérez Estrada en pocos días) y hay que saber manejarse en ella, avanzar como si nada, a sabiendas de que todo es un pequeño párrafo en una trama de la que no tenemos idea alguna de cómo acaba. Seguro que alguien tiene ahora de mí esa idea un poco hostil y caigo mal sin motivo, por obra del azar. Ahora me viene una cita de Auster que venía a decir que nada es real, salvo el azar. De bueno, eres tonto, eso era de mi abuela, ágrafa y licenciada en pequeños aforismos, todos improvisados, conste. También debe exponerse aquí que soy de saludar a tutiplén. Es cosa de mi abuela eso, segunda vez que la cito, debería traerla más.

27.8.20

Ego

Le voy teniendo un afecto menor a las novedades. Ni tenía antes argumentos exquisitos para disfrutar con ellas ni ahora los tengo para declinarlas. Tengo, en todo caso, vaivenes, una especie de querencia volátil hacia los asuntos que se improvisan, los que gobierna el azar y en los que uno no posee regencia alguna. Me incomodan cosas que antes me entretenían. Me atraen las que en otras ocasiones me enervaban. No poseo una idea exacta sobre si estas apreciaciones mías las comparten otros. Las tengo yo, las acepto como buenamente puedo y me voy acostumbrando, entre la perplejidad y la anuencia, a lo que va saliendo de este giro caprichoso de mis asuntos. K. observa que esa desafección es un indicio de que me hago viejo. Me insinúa chistosamente la posibilidad de que lea El Quijote o de que juegue a la petanca en el parque. Envejecer, le contesto, es un signo de buena salud. Lo de la edad es una estadística, una convención numérica, una manera más de que se nos estabule. Etiquetados, convertidos en cifra, se nos controla mejor. Estamos últimamente al tanto de ese cómputo. Se envejece desde que el aire rasga los primeros pulmones. Todas las horas hieren, pero es la última (ay) la que mata. Los años cumplidos no me pasan factura o no al menos del modo en que debieran hacerlo. Salvo algunos achaques, que tenía también hace dos lustros, se me puede considerar sano. Más que la caída del pelo o que la barba sea blanca (las dos cosas se atienen a la estricta verdad) lo que se me antoja preocupante es esa debilidad mía que consiste en no saber a qué atenerme cuando dispongo de tiempo libre. No tener certezas absolutas sobre en lo que emplear las horas de esparcimiento. Es que yo me esparzo con desperpajo, sin que el veneno del aburrimiento se me envalentone y altere. Ocupo más en decidir qué hacer que en realizar lo que he dispuesto. Esa inconveniencia malogra una felicidad mayor. Ese contratiempo me indispone para acometer con mayor placer las cosas a las que me entrego, que son muchas y a las que confío para (como decía el poeta) elevar la cumbre de los días. Algunas de esas cumbres imponen. De ahí la necesidad de avituallarse bien por ahí adentro, de saber con qué alimentarse y en qué dosis administrar los venenos habituales. Tengo muchos. Los adoro a todos. No estar jamás contento con nada, declinar con poca renuncia lo nuevo, considerar que la rutina (la mía no es en absoluto gris, he aprendido a decorarla) es una casa que me acoge y que aspiro a que me cuide cuando, ya en otra edad, más noble y provecta, encorvado, perdida en parte la memoria y ganado sin adjetivos el descanso, piense en qué gasté los años, cómo merecí el amor de los otros y el mío propio. Sobre todo me fijo en esto último, en si me quiero lo bastante o soy un descuidado conmigo mismo y me desatiendo en cuanto me distraigo. Cuento esto distraídamente, como si fuese de otro de quien cuento y me hubiese arrogado la facultad de mostrarlo al modo en que las narraciones transcurren y hacen personajes y los conducen a su antojadiza manera. En ocasiones, cuando escribo, escindo esa realidad y la hago ficción. Por adiestrarme en la escritura. Por no cejar en su loco empeño.

23.8.20

Plutarquiada

Hay gente de una ignorancia tan sobresaliente a la que no se puede engañar. La mía duda entre si lo dijo Plutarco o Parménides. Recuerdo las cosas con una niebla que me hace desearlas más. Palpo su consistencia, mido el peso de esa memoria de pronto imprecisa, convengo conmigo mismo (no crean que es fácil) que no importa quién lo dijo y ni siquiera me esmero en transcribir con pulcritud la frase. Pudo ser otra y los sucesivos usos la han ido cambiando. De hecho hay cosas que digo (o que escribo) que creo mías y podrían ser ajenas. Está sobrevalorada la originalidad. No va a ningún sitio, no tiene el predicamento de antaño. Las palabras se corrompen a medida que se usan. No digo ya una frase larga.

Gracias

Hay un cierto principio de autoridad que se está perdiendo, si es que alguna vez lo hubo. Esa autoridad consiste (en mi ya no tan privada opinión) en dejar hacer a los que saben y no inmiscuirse el que no a la buena de Dios, en la confianza de que sabe de todo y a todo le asigna su sabio punto de vista. Creemos (entremos todos) que el que nos arregla un enchufe en casa o nos arregla unos zapatos  es alguien prescindible o incluso de menor importancia que el que nos extirpa un tumor o nos defiende en un tribunal. Creemos incluso que ese profesional del gremio no se merece lo cobrado, habida cuenta del escaso trabajo que ha realizado. Esa falta de perspectiva hace que muchos valientes acaben electrocutándose, pongo por caso. Esta reflexión mía, aplicable a lo que el buen lector se le ocurra, viene aquí por el inminente ingreso de la comunidad educativa a las escuelas o a los institutos o a las facultades o allá donde se produzca esa maravilla en la que alguien enseña y otro aprende, aunque ese trasvase vaya también a la reversa y quien hace de docente sea a la vez alumno. Una vez que hemos dejado de confiar en quien sabe y nos hemos arrogado la facultad de saber nosotros, todo empieza a desmoronarse lentamente. Un poco de culpa la tiene esta maquinaria bastarda que es internet. Una de las palabras más nefastas con la que podemos toparnos es la de tutorial. Vale para que arregles tu sistema operativo o para hacer un arroz con bogavante. Todos somos improvisados virólogos o entrenadores de fútbol o maestros de primaria. Hay tutoriales disponibles. YouTube es la escuela del futuro. Internet es la universidad de los nuevos tiempos. Quién se va a parar a cribar o a matizar o a expurgar la información. Llega a raudales e importa más la cantidad que su contenido. El marasmo de información disponible anula su eficacia. Aturdidos por la oferta, prescindimos de su pertinencia y caemos en la gratuidad (esa es la palabra preponderante) y en el error. Cuando no valoramos el trabajo ajeno estamos contribuyendo a que sea el mismo trabajo (su concepto, su dignidad) el que se minusvalore. Tendremos que volver a explicar en las escuelas y en casa que la sociedad que hemos ido construyendo (cuenten desde cuándo) se ha cimentado en muchos valores, pero ninguno hubiese prosperado si no se hubiera consensuado la importancia capital del trabajo. En esa misma escuela solemos repetir con insistencia que es el esfuerzo el único tesoro que vamos a usar en nuestra peripecia por la vida. Esfuerzo y responsabilidad. Trabajo y sensibilidad. Todo lo malo que esté por venir procederá de aquí, de esa costumbre asentada en la sociedad y fundamentada en la peligrosa idea de que todo está a nuestro alcance y (más dañina aún) la de que todo nos pertenece. Una vez que se ha extirpado de nuestro acervo moral ese principio de autoridad, todo se viene abajo, habremos olvidado qué es el respeto y la gratitud. Ayer (al pagar un café en una terraza) dije gracias, lo que provocó en quien cobraba una reacción extraña. Me miró como si yo acabara de hacer algo absurdo o como si esa expresión de agradecimiento no conviniese, estuviese de más o fuese (eso es lo peor) tan revolucionaria que precisara de toda su atención para entenderla. Me sonrió y pronunció un pequeño "de nada". 

22.8.20

Una antipoética





La poesía tiene su indumentaria popular, su cartografía íntima de pétalos, adelfas indecisas, corceles blancos que fatigan prados de rocío y altas ventanas donde la luz predice un hechizo de amor puro. Es cosa de hilar unas palabras con otras y dar con el hallazgo de mayor sonoridad. Suele hacerse así. Hasta los grandes poetas hilan palabras y buscan el arrimo de esa epifanía. Hasta ahí bien. Normalmente, a quien no le entra por el oído la cosa poética, le da un poco de grima fonética esa retahíla de juegos florales (unos más florales que otros) y sucumbe a la simplicidad intelectual de pensar que todos los versos de todos los poetas son juegos florales y que todos se abastecen de esa delicada dulzura (como meter la lengua el un bote de mermelada), de metáforas inofensivas o huecas, de cielos pobladas de pájaros de colores y de estrellas que titilan en el cosmos y nos saludan. Quien, por el contrario, ha vencido esa trinchera semántica encuentra un regalo de los dioses, un registro soberbio de ese confín estelar, una especie de luz sublime que indaga en lo que la realidad oculta, descerrajando los usos de la costumbre, sorprendiendo al lector con texturas y con piruetas verbales que no siempre están al alcance de los novelistas (afortunadamente), de quienes manejan la prosa y cuentan, a su modo, las mismas historias, aunque amplificadas, arrebatadas de hondura. Hay novelas con aliento poético que desarman al lector más avisado. Como si escucharas el parte del tiempo en endecasílabos. La poesía es lo que hay debajo de las palabras, la sustancia que procurarse para entender lo que el lenguaje pragmático no alcanza. La poesía no es discreta, no se arredra, irrumpe con ímpetu, se atropella a sí misma cuando avanza, hace ruido, convierte el silencio en una llamarada de sonidos, una especie de invocación religiosa o de una revelación científica, da igual qué disciplina la ocupe, ella (la poesía) las entiende todas, no se censura caer en una o en otra, las dos son extensión suya. El mismo universo (me estoy envalentonando) es poético (en el sentido más lúdico que pueda usarse). No piensen en Coelho, no hay conspiraciones cósmicas, el vasto cielo no se ocupa de que yo respire ni permite que mi corazón ejerza su oficio de latir con el mismo compás que la honda palpitación de las estrellas en la hondura del espacio. La cultura poética se adquiere a base de leer, permítanme esa verdad de sencillo perogrullo. Leer poesía es un acto de introspección espeleológica. Cuanto más ahonda uno en ella, más comprende lo que a otras disciplinas del entendimiento les cuesta tanto descerrajar, ofrecer a la razón, aunque la poesía es una especie de reverso de ella, por más que sirva para conformarla. Esa paradoja. Lee uno poesía en textos que no la incluyen. Escribe uno a veces sin intención de que exista poesía y ella secretamente hace acto de presencia. Incluso no se conforma el lector de poesía con apresar su ración diaria de belleza (o de inteligencia) y lo poético acude en cualquier ámbito de la realidad. Hasta ahora (tomo café en una terraza y fumo con absoluta distancia social, puesto que nadie ocupa las otras mesas, ay) presiento la cercanía de ese hálito misterioso en el ir y el venir de la gente calle arriba o abajo. Una señora vestida con elegancia le comenta a su perro que se apremie y haga sus necesidades. Llega tarde a algún sitio, le reclama, asunto que no parece preocupar al animal y va obstinadamente a lo suyo, quién sabe lo que le urge y cuáles son sus prioridades y sus devociones. Cuando al final el perro levanta la pata y realiza la esperada evacuación, la señora enhebra una conversación con un señor que, a lo visto, tiene las mismas ganas de hablar. Contrariado, el chucho (no es bonito) le ladra con empeño. El lenguaje es asequible. Las bestias (a diferencia a veces de quienes en apariencia no lo somos) tienen un estricto sentido de la dignidad. Será eso. La urge a que finalice la improvisada cháchara. Llévame a casa, le dice. He ahí el vestigio lírico. El ladrido sindicalista. Cierta reclamación de índole privada y obligada a airearse y tomar cuerpo en el relato prosaico de las cosas. Poesía oculta, me diría K. No debemos entrar en qué tipo de poema ha trenzado el animal. Uno ocurrente, instalado en la realidad. Al escribir un poema, el poeta impone un objeto más al mundo. No siempre es preciso obtener un significado: a diferencia del lenguaje unívoco (cuál lo es en el fondo) el poético se instala en la ambigüedad y en el misterio. Dice a su manera, se expresa con una elocuencia única y múltiple al tiempo. Lo único posible es aquello que no intentas. La poesía (sigo el mismo hilo de las cosas) es una rosa de muchos pétalos, lo dejó escrito Eliot en un verso. El de hoy mío es de una recia afinidad a mi idea de la belleza (y de la inteligencia), la que haya. Ya no están ni el perro ni la señora, pero han sido guardados y su pequeña trama de vida pura no se habrá perdido del todo. Pequeñas incursiones imprecisas.

20.8.20

Buganvillas



                                                            Fotografía: Pedro del Espino


J.M., un amigo sudamericano me comentó en cierta ocasión que la buganvilla era nombrada allí como Napoléon. Le dije que nuestro modo de nombrarla era de una fonética más recia, como traída de un muestrario de palabras bonitas a las que dar uso. Compartimos el mismo artilugio lingüístico (bendito y hermoso español) pero hay vocabulario propio y a veces las palabras son cajas cerradas que no sabemos abrir. Napoleón, creo que dijo, no queda corto. Los nombres de las plantas siempre me atrajeron más que las plantas mismas. Admiro a mi vecino B., que sabe de botánica casera lo suficiente como para dejarme absorto al escucharlo. Hay nombres de flores que huelen incluso. Basta decirlas para evocar un jardín y sentirte dentro suya. J. M. añadió que la buganvilla y la patata eran exportaciones de su tierra que nosotros (ese plural ajeno que a veces es tan comprometido) hicimos nuestras. Pedro hace fotos de sus flores como el que abre su casa y enseña los cuadros de las paredes o la mullida consistencia de un sofá al que se nos invita a probar. Fotografiar flores es dejar constancia del paso de las estaciones y, a la vez, registrar el paso de uno mismo, que tiene que escoger la flor y centrarse en que la luz sea la idónea y los colores respondan con la fiabilidad más exquisita a la turgencia de la vida que las recorre. De todos los oficios que no he ejercido, el de botánico (aunque sea casero) es probablemente uno de los que más echo en falta. Tengo un sentido sencillo de la belleza y la naturaleza (en su vastedad infinita, en su diaria comisión de prodigios) me surte de milagros: basta abrir la mirada, tener a mano la sensibilidad precisa, nada en lo que haya que adiestrarse, la pedagogía acude sola, la visión pura del hecho estético entra con absoluta elocuencia. No decaigas en tu labor plástica, amigo Pedro. Las buganvillas son hoy la imagen más certera de que estamos a salvo todavía.

Pandemia y frío

Leo hoy a Vilas algo que contó Nietzsche sobre el calor y cómo se oponía a la civilización. En cierto modo, Nietzsche no tenía ni idea sobre lo que escribió: iba a tientas, fabulaba la posibilidad de que fuese el frío el que ocupase la entera extensión del progreso. Nietzsche estaba muy arriba en el mapa para saber qué se siente aquí abajo, donde el calor tiene su casa natural. Pero España está caída en términos económicos a la vista del desplante turístico, obra de la pandemia. Somos un país echado a la calle, convidado a ejercer el oficio de cómico sobrevenido. Porque cuanto más convivimos con los demás, más precisamos de esa tertulia frívola y sustanciosa, trágica y paradójicamente evanescente, como una festiva pompa de jabón que se eleva y acaba inmolándose en el aire, festejo óptico para quien atienda a su coreografía kamikaze. En este ferragosto demediado, ocupado por mascarillas y distanciamientos, huérfano de abrazos y de besos, conviene pensar en qué pasará cuando de verdad acuda el frío y volvamos al confinamiento doméstico, no el legislado por la autoridad, sino el elegido adrede por cada uno, para no deambular por el frío, que es un desacato al instinto. Dios fabricó en su despacho de milagros. Una vez escribí que el frío es una de esas cosas que Dios pudo habernos ahorrado, pero lo fabricó en su honda providencia e impregnó con ese frío recién alumbrado la geografía de la realidad, su mapa y su discurso.  En lugar del frío, Dios pudo haber pensando en estaciones eternamente disfrutables, en el edén en el que algunos sitúan el idilio del hombre consigo mismo y con sus mitos, con la armonía del cosmos, con la persistencia de la verdad, pero Dios no ha estado jugando a los dados porque en su naturaleza no existe la conmoción molecular ni la sed yendo y viniendo por la boca. De Dios sabemos estas cosas y hay más de lo que no sabemos absolutamente nada. Quién podría ponerse en su lugar, en esa soledad suya de unidad plenipotenciaria y previsora. Nietzsche, que era un teólogo inverso, un detective de la divinidad, pensaba en Dios como un territorio, no como una manifestación orgánica. Se me ocurre también que el frío, el frío que echo siempre de menos, incluso cuando me acompaña y conmueve, puede hacernos regresar a la intimidad, la intimidad de la que carece el verano, que es una estación propicia a la desobediencia. Quizá por eso se arraciman los insumisos en las calles y reclaman su derecho a la sublevación. Ninguna civilización se construyó con indisciplinados, aunque den ganas a veces y crea el insurrecto que su gesta doméstica (voy sin mascarilla, qué huevos tengo, qué atrevido soy) hará algo, conseguirá que su sueño sea más digno que el manso y el obediente, el que no desoye la ley y la cumple, aunque no la comparta a tiempo completo y le dé en ocasiones por señalarse y airear su disidencia. No es tiempo de que los rebeldes se salgan con la suya. No hay un mío y un suyo. No existe ninguna divinidad que nos aliente a volcarnos en un ejército o en otro. Saldremos juntos o caeremos juntos. 

19.8.20

La emergencia educativa




 “La relectura es un lugar del que no quieres salir nunca. Llegas cuando comprendes que más importante que leer es haber leído”

                                                                                                                 Manuel Arroyo-Stephens


Leer es un camino de ida y vuelta. Como la vida. Leemos para aligerar el trajín de la realidad o para acrecentarlo, según convenga, a expensas del estado de ánimo que nos ocupe. Saber que tienes libros a los que acudir para cada tumulto del alma es, en esencia, un salvoconducto hacia la felicidad, que nunca llega, pero está más a mano con los libros. En ocasiones, cuando entro en la biblioteca de casa, comprendo que mi vida es un festejo. También irrumpe esa epifanía cuando entro en una librería o en una biblioteca municipal. Mi amigo K. me refirió una vez la posibilidad de prescindir de cualquier injerencia externa, la que irrumpa eventualmente cuando uno trasiegue con los primores de lo real, como decía Machado. Esos primores son también un poco librescos. Somos viajeros de curiosidades. Como escribió el grandísimo Rafael Pérez Estrada. Vamos de un confín a otro de nosotros mismos. Visitamos parajes que, por más que nos pertenezcan, quedan excluidos de ningún acta de propiedad. También uno es una biblioteca. Los libros nos conforman, nos componen, hacen que tengamos en ellos órganos periféricos, corazones disponibles ajenos al corazón principal, pulmones que dan un suplemento de aire al que ya aspiramos.  Ojalá también cordura más allá de la cordura prevista. Leer es un acto de riesgo, también es cierto. Algunos leen mal y creen acertados sus desquicios. Gente que se satisface con una visión de las cosas, sin contrastar, ni pretender la modesta operación de poner en duda sus pesquisas y, caso de que no prosperen, eliminarlas. Hay quien no sale de esa estancia feliz en sus conclusiones: leen los periódicos que van a confirmar sus teorías y se rodean de quienes van a aplaudir sus argumentos. Un poco como todos, claro está, pero a veces hay más énfasis del debido, una especie de devoción ciega a una causa inalterable. Como una religión. Me da la impresión de que los congregados en esa tristemente famosa reunión de negacionistas del otro día no pasan de ser lectores de un solo libro (una biblia de la conspiración) o incluso de no leer nada en absoluto. No siempre la lectura es una bendición, por más que lo sea cuando la ilumina la inteligencia y la belleza. La emergencia que tenemos no es sanitaria, es educativa. No hay mascarillas para la cerrazón de quien no desea usarlas. Ninguna de esos instrumentos profilácticos evitan que el virus corroa la parte cafre (insolidaria, ciega, torpe) de la cabeza. Habrá algún libro que ya haya puesto palabras a este arrebato mío de miércoles tranquilo en casa. Más importante que ser solidario es haberlo sido antes, muchas veces, sin que la pandemia nos devaste y tengamos que sacar lo mejor de nosotros mismos. 

18.8.20

La deriva

Hay desolaciones admirables, tristezas ejemplares, descensos muy loables al vacío puro, de donde apenas se sale. La literatura, en ocasiones, se abastece de todo eso, de la desolación, de la tristeza y de todos los descensos posibles al vacío, sea puro o sea bastardo. Todo para que el lector invisible caiga al mismo vacío, arrastrado maliciosamente. O quizá para que no caiga. La literatura tendrá ese propósito. Pero también el edén, la posibilidad de que la salvación exista. Veneno y antídoto. Hacer que no caigamos irremediablemente. Mantenernos a flote. Evitar la deriva.

17.8.20

Dos ríos


Hay libros que suponen un reto y hay retos imposibles. Leídos cuando no procede, pueden arruinarlos. Por la inconveniencia de entrar en ellos antes de tiempo. Por una osadía inútil. Por no tener con qué abrirlos y desmenuzarlos. Por perder la oportunidad de amarlos una vez que uno tiene instrumentos y alcances o incluso por rechazarlos, si no han calado ni nos han llevado a donde pretendíamos. Leí Ulises de Joyce en esa edad donde todo es permeable y se ve la realidad con falso entusiasmo. Leer, lo que se dice leer, no entonces fue un acto festivo: me enmarañaba, por abrupto, por inhóspito. Creía avanzar y, en realidad, reculaba, daba palos de afanoso ciego con la intención de acabarlo, no sé en verdad con qué intención. Porque argumento no hay, lo cual desbarata el requisito mágico, no el único, con el que se lee una novela. No será novela pues, será otra cosa el artefacto de Joyce. Bondades literarias hay: recuerdo haber tomado el libro (lo tengo en 2 volúmenes) y caer en uno de sus episodios. Entonces hay un personaje desgajado de otros que habitan Dublín en una sola jornada y recuerdo la fascinación del texto, su fluir loco y críptico, recordándome un libro fundamental en mi aprendizaje literario, el Juan sin Tierra de Juan Goytisolo, que leí vorazmente la primera vez, como embriagado, y con anotaciones más tarde, años después, cuando me hice con él como quien adquiere un tesoro, pero Goytisolo fue asequible: Joyce es un maldito embaucador. Un autor en estado de gracia consigo mismo. Qué más da que alguien comprenda algo: es mi interior, quién comprende el suyo. La maravillosa palabra interna. El monólogo ensimismado. La jaula semántica. No creo que vuelva a leerlo jamás. Hay poca vida y hay mucho que leer, si es que es de literatura de lo que hablamos. Nunca me influenció Joyce a la hora de escribir, salvo (tal vez) Dublineses. En todo caso, uno quisiera dejar un monólogo a lo Molly Bloom, la esposa de Leopold, el heroico y absurdo protagonista. Sí, hay un argumento, tal vez: no tenemos trama, pero hay quien la atraviesa. Quisiera (insisto) un largo viaje adentro, una maniobra onírica, de la que salga algo en claro, aunque sea la rotunda incertidumbre, la levedad de estar y, al tiempo, de poder salir y ver qué hay afuera, pero que exista la posibilidad del regreso, que no sea el viaje demasiado caro. Como esta voluntad mía, tan literaria o tan idílica, no es posible, me quedo en la tarde irreversible, con su cielo hoy gris de agosto, con el café a medio tomar, abandonado en un aparte accesible de la mesa, firmemente comprometido con la realidad de la que descreo. No lean Ulises o léanlo con el dispositivo de la conciencia completamente abierto. Fluyan con ella a la vez que el mismo libro fluye a su manera. Dos ríos. El libro es uno y el lector, a su antojadiza manera, otro. Cambia lo leído y cambia quien lo lee. 

16.8.20

Polonia



No guarda uno recuerdo exacto de las fechas, solo las impresiones se preservan, cierto estado de ánimo y una época en la que ubicarlo. Facebook, que es una memoria en la periferia de la memoria de verdad, qué miedo da eso, me dice que hoy hace un año andábamos por Polonia. Es un recuerdo bonito. Las fotografías no siempre reemplazan a lo visto, incluso pueden contaminarlo, considerar que lo que no podamos disfrutar en ese momento podrá ser traído de vuelta en la representación fotográfica, pero valen como material complementario. Recuerdo cómo hice estas fotos. Vi una casa antigua y sentí que debía hacer que cada pequeño detalle de su planta quedase por siempre en un sitio fiable, no solo los recuerdos, que atrofian a veces la verdad o la enmarañan con la ficción, dicho esto con todos los matices posibles. Hice decenas de fotos. Viajar es un placer absoluto. Viajar es un asunto que sucede dentro de la cabeza. De ahí que la mía esté hoy en la vieja Polonia, en sus calles honradas, en su invocación legítima a las atrocidades del pasado, que algunos parecen olvidar y lo hacen menudeo o chascarrillo. Ojalá Facebook me recuerde en un par de años (este verano no habrá excursiones internacionales, ni nacionales siquiera) que estuve en Tokyo o en San Petersburgo, en los Picos de Europa o en las Rías Bajas. Lo importante es salir, aunque viajar sea una cosa que sucede dentro de la cabeza. Importa también la sensación de que el mejor viaje no ha empezado todavía, verdad,
Ramón Besonías
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15.8.20

Hitchcock / Pieza 3



Un día entero en casa, no hace mucho, confinado a posta, sintiendo el pulso mecánico de las horas, sirve para entusiasmarse con la idea de echar un día entero en la calle. El verano, de cuando en cuando, convida a la pereza absoluta, la que no tiene ni interés en pensar en sí misma. Así el día se engalana de libros, de oficios domésticos irrelevantes, de pensamientos muy livianos que no alcanzan nunca la superficie trágica de la realidad, que está afuera, pero al cerrarse el día se desembaraza uno de ese confort invisible e inútil y prepara con arrobo la cena, piensa en qué película va a haber en el salón, desecha unas, se inclina a otras o, sencillamente, se deja llevar por algo inesperado, por un deseo sencillo, sin que tenga que ser la mejor película del mundo ni tampoco colmarnos hasta que nos sature el placer. Pero se asilvestra la conciencia, se enturbia a veces dolorosamente si cae en entretenimientos zafios, en toda esa burda representación del ocio que programa Telecinco en cualquier horario, da igual que sea a media tarde o como anoche, ya tarde, al ver (dos minutos) una cosa de juzgado de guardia, una especie de declaración violenta a la inteligencia. Acababa de ver de nuevo La soga: Hitchcock en vena. La belleza o la inteligencia están siempre a mano. No hay que indagar demasiado. Está a poco que se la busca. No tiene que esconderse en las páginas de un libro, en el fragmento de una película o en un pasaje musical. Está en la naturaleza, en unos perros presentidos a lo lejos, como azuzados de luna, en el aire fresco de la calle, asomado a un balcón, contemplando el vacío absoluto, como si fuese un escenario abandonado, uno muy nítido, acostumbrado a que se le exija mucho.

14.8.20

Hitchcock / Pieza 2


Papá Hitchcock fue un buen atormentado: sólo hay que ver la letra pequeña, el fotograma discreto y oculto, con la que manuscribía todas sus ensoñaciones plásticas y morales. En el trance que le ocupa (la foto es del inmenso Avedon) prefiguro que no sobrevuela el tormento habitual: la clarividencia racional frente a la sugestión cristiana, la Biblia frente al Daily Telegraph, la cruz en el altar frente al dolorosísimo tirón hormonal que causa una buena rubia en un plató. Todo eso queda fuera de la instantánea: papá Hitchcock no está rezando; tampoco entona labios adentro una plegaria. Yo creo, mirando a fondo, echándole un rato a husmear en la trastienda de la luz y en los pliegues del rostro, que está pidiendo perdón al timorato, al pacato, al triste de luces que no ve, entre la morralla psicológica, las fugas, los claroscuros y las intrigas antológicas, el dolor cristiano de este hombre, su carga moral, ese limbo de lo humano en el que el artista explota como una estrella de veinte puntas. Le está diciendo: Mire usted, señor espectador, es verdad que en mis películas he puesto al inocente frente a las cuerdas de la justicia, que he escondido monstruos en sótanos, que he intentado desbocar su corazón hasta hacerle pedir basta, pero yo en el fondo soy un atormentado, un teólogo al que le fascinaban los misterios del thriller moderno, un hombre a caballo entre Chesterton y Sherlock Holmes o entre la Highsmith y George Kaplan, aquel hombre invisible que jamás arrugaba sus trajesAsí que deje usted que me excuse, entornando los ojos, juntando las manos, apretando el corazón mientras lata un puñado de maligna sangre. 

Entonces, ahora




Ver clásicos en blanco y negro que hace una vida que no ves y comprobar que te siguen entusiasmando me hace pensar en que cambiamos poco o no cambiamos nada. Sin embargo, dudo que la revisión de Treinta y nueve escalones, la obra maestra del periodo inglés de Hitchcock, que cayó hace un par de noches, la viera el mismo Emilio Calvo de Mora que la disfrutó en un cine de arte y ensayo, que se llamaban entonces con pomposidad y elitismo. Fue otro el que la ha vuelto a ver ahora. No tiene nada que ver con aquél. Comparten cosas que se van fragmentando, deteriorando e incluso acabando por desaparecer. Nadie baja dos veces a las aguas del mismo río. Fue Heráclito o uno de su época, no sé, el que dejó sentenciado que el río cambia y el que penetra en sus aguas también. Del yo que fui en 1980 al de hoy solo se mantiene el afecto a algunas personas, el amor a otras que llegaron después , la querencia por ciertos vicios y la comprensión, certera a veces, de que uno debe estar a gusto consigo mismo para seguir trasegando día a día, buscando qué armonía amar, qué secreto preservar, qué dulce acomodo en el mundo. Y admito que disfruté como a quien, privado de sus golosinas, le dejan en una habitación a solas con un saco de ellas.

13.8.20

Poética de agosto

Por más que he buscado, no he dado con quien escribió que la poesía era un misterio ahondándose en otro, un atributo de la divinidad, añado yo, que a veces me pongo místico sin que se me rompa el corazón por esa visión periférica y celestial. En cierto modo, Dios (caso de que haya uno, qué podríamos usted que lee y yo que escribo sobre esa contingencia teórica) es un poema perfecto.

Las mascarillas no son un juego

Me contaron hace poco que el juego era la fiesta del mirar con ligereza, sin ahondar ni ensayar tragedias. Como cuando pequeños y el mundo carece de trascendencia y ni se sabe que somos jóvenes. Eso lo añado yo. Quien me lo dijo lo había leído, seguro. Suena a una de esas citas notables que uno deja caer en ocasiones especiales. Hoy debe ser la ocasión especial. En cuanto nos asalta el desencanto, dejamos de jugar, ingresamos en la edad adulta, la que nos malogra esa pureza idílica de lo lúdico. El juego festeja la vida. Jugar, en compañía o solitariamente, nos reconcilia con la felicidad o con la alegría . No la abandonamos del todo nunca, es cierto, pero no batallamos cuando la perdemos. Damos por hecho que quizá no la merecemos enteramente. Creemos que no es posible el regreso. No jugamos como debiéramos. Nos educaron para ir abandonando de forma paulatina el juego y todo lo que el juego trae bajo el brazo. A veces pienso que los males del mundo residen en eso, en que hemos dejado de jugar, en que no encontramos paz y nos dedicamos a jodernos sin miramientos. Joder es el juego. Dicho burda y abruptamente, solo estamos aquí para jodernos los unos a los otros. Unas veces con más fiereza que otras, pero no se me ocurre nada para que se me borre ese pensamiento. Está todo turbio. Ayer vi que muchos jóvenes no practicanan el juego de la mascarilla. Pasan de ponérsela. Gente joven que no saben que lo son. Descerebrados, déjenme desahogarme. No toda la juventud, por supuesto. Ensayan tragedias, propias y ajenas. No tienen derecho. Las mascarillas no son instrumento de ningún juego. El equilibrio global reside más que nunca en el que cada uno estipule para sí mismo y, caso de que ni ese prospere, el ajeno

12.8.20

Bosquianadas XIII / El jardín de las delicias


Estamos a lo que nos manden, sin que ninguna voluntad propia interfiera ese dictado o, a lo mucho, en circunstancias excepcionales, emitiendo tímidas señales de enfado. A pesar de que nos atruenen las palabras y sepamos que están mal elegidas, no vacilamos en esa obediencia más ciega que otra cosa. Somos un cuerpo manso el de los maestros, siempre lo he pensado. La nuestra es una mansedumbre feliz, una especie de convalecencia continua en la adversidad (normativa, sobre todo) y también una sensación de placentera conformidad. Imagino que la fábrica que nos mueve el cuerpo es la misma que hace funcionar la de nuestros alumnos. Engranajes, tuercas, motores. De ahí la paradoja consistente en ser un gremio de una beligerancia tenue y, al tiempo, batallar con fiereza contra los obstáculos, que suelen provenir casi siempre de la intendencia, da igual quién la maneje, es costumbre estar a expensas de las ocurrencias pedagógicas y administrativas del mando de turno. Son tantas las veces que hemos cambiado el modo de hacer las cosas que sorprende que alguna dure más de la cuenta y pugne por consolidarse y, en su aplicación, se le puede extraer algún beneficio. Somos tan felices en lo que hacemos (imagino que unos más que otros) que cualquiera desavenencia se acepta con entereza y no despierta inquina, ni siquiera ese ramalazo de ira con el que a veces se cambian las cosas a mejor. No tenemos más objetivo que el de cumplir (imagino que unos más que otros) y llegar a casa con la conciencia limpia y el trabajo hecho. Hace días que anhelo la vuelta a la escuela. Agosto (a pesar de la holganza estival) se está haciendo largo: debe ser la incertidumbre, que es otro virus al que no se le puede colocar una mascarilla ni buscarle una vacuna. Espero ese momento con un ansia nueva, que no conocía. El hecho de que ande en el último tramo de mi actividad laboral no hace que me haya acostumbrado al trabajo y crea saber qué hacer. Sigo nervioso a cada comienzo de curso. Me imagino que es el primero y siento en la boca del estómago una punzada nerviosa, un hormigueo teatral. Luego vendrán en tromba las noticias (están desde hace unos meses como un mantra lisérgico) y anunciarán la imposibilidad de que todo discurra como antaño a causa de la pandemia, que es una forma consensuada de caos. Los docentes escuchamos los últimos comunicados. Es la transcripción de una incompetencia, es el dictado feroz del torpe estado de las cosas. Quizá no estemos a la altura de las circunstancias. Son tantas las llamadas vacías que no se les hace aprecio. No se dan cuenta (no se dan, no se dan) de que la distancia social es (salvo que levanten colegios nuevos o contraten maestros en masa) es incompatible con la escuela. Así de sencillo, así de doloroso también. Lo que ha ido a más afuera y no ha sido atajado todavía (reuniones, contactos, fiestas, grupos) no se antoja que pueda controlarse adentro, en el confinamiento laboral de una escuela a tope de alumnos. Que los comunicados sean contradictorios (o atropellados o directamente incongruentes) únicamente agrava la sensación de desamparo. Ojalá septiembre desmienta todo este pesimismo y podamos abrir las aulas con normalidad y no ocupemos (ay) titulares en la prensa, largos debates televisados, camas en los hospitales, toda esa ristra de situaciones conocidas.

11.8.20

Kafka


A lo primero a lo que uno se inclina en Kafka es a considerar la acústica de esa palabra. Kafka. Kafka. Kafka repetido una docena de veces. Hay una belleza ineludible, con la que se abren paso algunas de las bellezas menos evidentes o un tipo singular de belleza sin la que yo mismo no podría subsistir al modo en que ahora lo hago. El gris Kafka, el escritor, el oficinista, soporta la realidad en la creencia de que las noches las llenará de armonía o de caos con su escritura. Escribimos para que las noches limpien todo lo gris que ha ido abandonando el día o para enturbiarlo adrede. Con la propia mano. Haciendo del error un mapa. Se escribe para estar a salvo del rigor del mal o de la tristeza. Somos Kafka en una habitación, mirando la hoja en blanco, pensando en cosas que no podrían explicarse a viva voz nunca. Kafka en la soledad infinita del alma. Kafka era un ángel oscuro, un completo desgraciado con un don. Un espejo también. 

10.8.20

Praga





Las coordenadas topográficas son siempre ficticias. Crees estar en un sitio y en realidad, por más que la razón cartesiana te confirme tu certeza, estás en otro. Da igual que el cuerpo desmienta tu voluntad. El cuerpo es un estorbo. Ayer, sin ir más lejos, pensé que no estaba en Córdoba a última hora de la tarde, sino en Praga. De noche, poco antes de conciliar el sueño, cuando la cabeza va a lo suyo y no sabes cómo imponerte y hacer que pare y poder dormir, me da por imaginar ciudades en las que he estado y que imagino lejanas, como si en verdad no existieran y hubiesen sido maquinación mía. Pienso en Praga como el que piensa en la madre que no tiene o en la novia con la que descubrió los entresijos deleitosos de la carne. Praga como un territorio absolutamente mítico. Como el Macondo de Gabo. Como la Celama de Mateo Díez. Como la Región de Benet. Como la Yoknapatawpha de Faulkner. Como el Camelot del Lancelot. Como el País de Nunca Jamás del Peter Pan de Barrie. Como el Reino de Oz de Baum. Como Desembarco del Rey de George R.R. Martin. Como el condado de Mistatonic de Lovecraft. Como el fantaseado Bangor de Stephen King. Lugares que no están en ningún mapa, pero los mapas en los que creo son los de los libros, no los de las guías de viaje. Mapas del corazón. Toda esa cartografía del alma. Los lugares verdaderos (la cita es del Moby Dick de Melville) no están en los mapas. Así que ayer tarde no estuve en Córdoba, no fui al coche (aparcado a la sombra a cuarenta y dos grados), ni volví a Lucena con el aire acondicionado a pleno rendimiento (escuchando los podcasts favoritos de la familia) sino que me pensé en Praga, yendo por el puente Carlos. El Moldava fluía a su antojadizo capricho. Como siempre hizo, ajeno al discurrir de quienes se asoman al ir de su cauce.

9.8.20

Bosquianadas XII / El jardín de las delicias

Hoy me he levantado con el ánimo extrovertido y me he puesto mantequilla en la tostada, aunque no la tenga prescrita como alimento recomendable. Es de buena marca y huele de maravilla al untarla sobre el pan. Para una vez que me salto las instrucciones calóricas prefiero no quedarme corto e ir al cum laude del exceso. No he encendido la televisión para no saber nada del rey emérito ni del Coronavirus. Se está mejor sin saber, lo he pensado muchas veces. El conocimiento dará las alas que prometen los eslóganes, pero siempre nos pasa como a Ícaro: el sol está cerca y volamos a ciegas, sin saber medir las distancias. Ni cerca del mar (que mojaría las alas) ni del alto cielo (que acabaría derritiéndolas). Dédalo tendría que ir escuela por escuela. Tener uno a mano que nos aconseje cuando creamos estar cometiendo alguna infracción o cuando haya evidencias de que no hemos sabido circular con la debida asepsia sanitaria. Porque no vamos a dejar de volar, intuyo, aunque el sol amenace la integridad del vuelo. El ámbito de la escuela es el más natural para ejercer esas maniobras aéreas. Piensen en cuando eran niños, en la bendita inmensidad del aire y del suelo, en la posibilidad de sentirse ingrávidos e invencibles. Imaginen que los confinan de verdad: no un aislamiento casero, sino exterior, ocupando las calles y los parques y la escuela. Porque eso es ir con la mascarilla, que es un paso previo a que se nos encapsule de pies a cabeza y nos dejen un intercomunicador con el que hablar. Vida insular la que se avecina, por mucho que unas estadísticas (las más optimistas) insistan en que no estamos como al principio y otras (las más cenizas) difundan la proximidad del nuevo confinamiento y la debacle completa del ecosistema social y económico (el asunto de la salud parece a veces una extensión de esos dos primeros, cuando debía ser al contrario). Así que nada de ánimo extrovertido. Lo del exilio del emérito es frivolidad apetecible, por más que algunos (aburridos) crean que habrá un advenimiento de las repúblicas infames del mapamundi. Lo que no es frívolo es que las discotecas chapen a las tantas (como si el virus tuviera un horario y no fuese dañino a ciertas horas) o que el aforo de los recintos vulnere con extraordinaria frecuencia las recomendaciones. Tal vez no seamos capaces de obedecer las normas si no es con la amonestación que sangre nuestro bolsillo. La economía es la única palabra a la que tomamos completamente en serio. Todo lo demás es una incidencia anecdótica, un episodio sin trascendencia. Así estamos. Ese es el estado anímico de la sociedad después de casi seis meses de pandemia. No vale que la palabra "brote" se haya alimentado de un prefijo y sugiera que no hemos escarmentado y vamos a una segunda parte de la historia. No tuvimos bastante con la primera. Volveremos a dar clase delante una pantalla. Cerrarán los comercios que todavía no han cerrado. Se vaciarán los parques. Saldrá en la tele Fernando Simón en cada parte informativo con las matemáticas del miedo. Nos confinarán otra vez, nos aislarán de nuevo. Abrirán las escuelas y se cerrarán al poco. Seguimos pensando que podemos volar, pero el sol está a ras de tierra. Menos mal que la mantequilla estaba exquisita sobre el pan caliente. Luego habrá quien venga y diga que frivolizo y me tomo a chacota lo serio. 

8.8.20

Bosquianadas XI / El jardín de las delicias

El jardín de las delicias (1500-1505). Tabla central
Texto extraído de la canción con la que finaliza la película de los #MontyPython, La vida de Brian. "No te quejes, silba. Y esto ayudará a que las cosas salgan mejor. Y... Mira siempre el lado brillante de la vida. Mira siempre el lado bueno de la vida".



Se apresta más al negocio de las palabras la alegría que la felicidad. No queremos ser felices, queremos estar alegres. Esa sensación dulce a la que viste la risa y cierta ebriedad en los sentidos. En cuanto cunde la alegría el cielo es de un azul más rutilante y el mundo gira con más armonioso embeleso. No siempre está uno inclinado a que esas sencillas coreografías del ánimo irrumpan en el alma y la colmen, pero en los momentos en que esa fortuna nos invade todo recupera el fulgor perdido y los problemas (los que hubiera, cuándo no hay) decaen, se apartan durante ese pequeña epifanía del espíritu. Le damos a esa afección interior un rango de importancia casi siempre rebajado. Reír es rendir la inteligencia: esa ha sido la (equivocada) máxima conocida. Pero reír es la expresión más alta de esa inteligencia. Incluso reírse de uno mismo como expresión tangible de una realización personal a la que cuesta llegar o a la que no se llega nunca: conocernos, saber de nosotros cuanto necesitamos para mirar el lado bueno de la vida con el mismo desempeño que el malo, al que se le suele dar más literatura. No está la cosa para reír, desde luego. Quizá por eso debiera tomarse con humor la debacle y extraer algún momento divertido con ella. Montaigne decía no hacer nada sin que lo animase la alegría. En el plano educativo (septiembre es una cota altísima) habrá que confiarse nuevamente a ella. Por los niños. Por que no se crean que alrededor todo es gris y sucio.

6.8.20

Una Leffe de abadía con sus alegres notas de caramelo belga (Texto con tres sentidas dedicatorias)


A mi hermano del alma Antonio Sánchez, alegremente recuperado de sus achaques...
A Rafa Padillo, al que siempre le concedo (aunque ahora no debamos) los más entusiastas abrazos.
A Paco García Gascó, ilustre gourmet contrastado.


Igual que en ocasiones para escribir un buen cuento solo necesitas una frase memorable, uno de esos comienzos perfectos que reclutan de inmediato el asombro y la fidelidad de quien ha comenzado a leer, los días precisan también su reclamo fantástico, el punto desde donde levantarlos, ese pequeño prodigio que el azar nos confía y sobre el que en ocasiones  el mundo gira y todo cobra un repentino sentido. Días encomendados a la alegría, días sin ningún inconveniente apreciable, días ganados al desencanto. El verano es una orquesta de cigarras. Las tardes de agosto son un pequeño reino de sombras en el que únicamente manda la pereza. Debo repetirme mucho, pero tampoco anda uno iluminado. Las palabras se resisten a que se las reclute y conciten la adhesión de quien las descifra. Me he abierto una Leffe rubia (con sus alegres notas de caramelo belga) y voy a festejar la intimidad antigua de mis vicios. 

1:1

Cree uno saber registrarlo todo, contener los datos, apresar la intensidad de los días con la firme idea de regresar después, por el motivo que sea, al lugar en donde fue feliz o en donde le sobrevino la tristeza, pero se escapan las cosas, no se dejan registrar, no quieren que se las aprese ni, por supuesto, que nos adueñemos de ellas y las usemos después a capricho con la propiedad que se tiene de los objetos. La realidad es así de casquivana, me dijo K. No basta con desear algo; hace falta esperar que la providencia o el azar o la suma de todas las providencias o de todos los azares sea amable y nos permita esa extracción doméstica, ese entrar en la memoria y recuperar lo que, en esencia, nos pertenece. No se puede, no hay manera, no es posible toda esa libertad de movimientos. Ayer mismo pretendí volver a los diecisiete después de pasar los cincuenta y no pude o pude apenas, por ser más preciso. Lo que vi no me pertenecía. Eran fragmentos de una vida más mía que de otras, pero no mía enteramente. No sé a quién, al final, pertenece la vida que vamos dejando atrás en todos esos calendarios inservibles. Si perdimos el infinito pasado, no nos va a importar perder el infinito futuro. Lo dejó escrito Borges, que era un metafísico de más hondura, aunque luego (imagino) se comería la cabeza en soledad y contaría la historia a su manera. Por eso, tal vez, inventó a Funés, que era un tipo capaz de recordarlo absolutamente todo, sin fractura, sin que en el acceso se perdiese una pequeña certeza, como si volviese a vivirlo de un modo íntegro. La memoria de Funés es del tamaño del universo. Esas cosas, tan gratas al maestro, no son nunca exageradas. Ya saben. Hagan un mapa que se corresponda con la realidad que cartografía, una especie de réplica absolutamente fidedigna. 1:1. El problema reside en la incapacidad que poseemos de confiar en la memoria. Lo recordado se noveliza, se impregna de ficción al modo en que lo fabulado, si se cree de veras, adapta el rango de realidad. La verdad y la mentira se entrelazan, cohabitan, se cruzan, copulan. Ahora mismo no sé si los recuerdos que poseo de una calle de Priego de Córdoba, en la que viví acontecimientos trascendentes, del tipo yo esto no lo olvido nunca, son como los traigo ahora. Me pregunto si no habré alterado algo en la extracción. Como aquel principio de incertidumbre, el de Heisenberg. Existe esa indeterminación, el no ubicar con certeza los acontecimientos o, en cierta manera, el ubicarlos a beneficio del ubicador, para que todo se adapte como un guante a la historia que ocupa el presente. Porque es el presente el que manda. No hay pasado, no hay futuro. Es este ahora irrenunciable, tangible, confiscado al futuro, el que mueve la trama. He vivido lugares en donde nunca he estado y no he vivido en absoluto algunos en los que estuve. Serán los libros o mi cabeza. Todo lo leído se apresta dulce o trágicamente a ese volunto ajeno. Esa espontaneidad, ese candor en la escritura de la historia. El día empieza bien.
Plaza del Coso, Lucena.

4.8.20

Blonda de verano

Cosas a ratos confusas que seducen como si contuvieran la armonía misma en su cerrado interior. Sabes que estás siendo engañado, pero avanzas. La credulidad es un estorbo. Lo mejor es ir a ciegas. Dejarse llevar. No saber y no tener interés alguno en que se nos instruya. Esa permeable trama de las cosas. La realidad es un artefacto arcano. Por más instrumentos con los que la manejas más certeza posees de que no la haces tuya. Como una fruta perfecta que se corrompe a poco que la abres con la intención de comerla. Trae el verano toda este voluble inventario de bruma y de pereza. Está el sol en su fanfarria de forja de Vulcano. Odio el calor con absoluto desempeño del odio. Es una liza perdida: no me incumbe la victoria, se aleja nada más avistarla. No sé combatirla. Carezco de cualquier iniciativa creativa que la palie. El recostado un poco melancólico debajo del split no es un recurso imaginativo. Lo único bueno de esas tardes infinitas en las que uno imagina arder la calle es la posibilidad de sestear o de consumir cine sin pudor, indiferente a si es una obra de arte la que hemos escogido o es una cosa infumable de serie B o un engendro hueco. A veces son los mejores. Uno es exigente después, cuando el calor se retira. Mientras está cerca, no tenemos voluntad. Yo, al menos, no la tengo. Me dejo llevar, me hago amigo de la bruma indecente de no pensar en nada, me enamorisco de la pereza, me dejo conmover por los vapores exquisitos de la modorra. Cuento en el calendario los plazos para que la calina retire su ejército furiosO.

176/365 Nora Barnacle

 176/365 Nora Barnacle Nora Barnacle, la esposa de James Joyce, no leyó nunca Ulises.como él hubiese querido, no como Vila-Matas lo ha leído...