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18.4.15
Hace un mes que no llueve
Tuve un alumno que trabajaba mejor cuando llovía. Siendo bueno en días claros, incluso muy bueno a veces, era excepcional en cuanto caían unas gotas. Si el cielo era generoso, podía llegar a ser sublime. El profesor de matemáticas contaba cómo había resuelto un problema de los difíciles sin apenas esfuerzo. El de inglés no comprendía cómo podía tener una dicción tan precisa o cómo era capaz de expresarse de un modo tan fluido o entender una audición a la que incluso él reconocía obstáculos sintácticos o semánticos insalvables. El día en que más me asombró fue cuando se inundó el gimnasio. El ruido de la lluvia, azotando las ventanas, le excitaba de un modo visible. Se le veía como trastornado, los ojos se le nublaban, le temblaba notablemente la voz, pero no he escuchado a nadie hablar de Leibniz con más soltura. Era imposible escucharle y no sentir un temblor o creer que se trataba de un milagro y de tener el privilegio de estar frente a él, incrédulo y frágil, como un espectador no avisado....
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12.2.15
Días sin suerte (II) / Un cuento a muchas bandas / Barra Libre
Uno tarda a veces una vida entera en comprender que la vida no vale nada, pero hay días a los que los ilumina una especie de resplandor maravilloso. Quienes lo han percibido alguna vez refieren que es muy frágil y que no tarda en difuminarse, en perderse, en hacer que dudemos sobre si ha existido realmente o ha sido una impresión fugaz, falsa, sostenida por el cansancio o por la idea de que la fantasía, tan abandonada en ocasiones, solicita incoporarse a nuestra vida y gobernarla. Por eso me incliné a no pensar, por eso olvidé quién era y qué podía perder si las llamas me devoraban. Porque se dice así: las llamas devoran, como si fuesen un animal de presa y hubiesen encontrado su pieza y la estuviesen descuartizando. Todo lo que vino después, lo que aconteció en el fuego, es lo que no recuerdo. Salí indemne, sí, pero no puedo asegurar nada, porque mi memoria, la muy frágil, se deshizo allí dentro, decidió no participar en la trama, quiso perderse el resto de la historia, y ahora vivo de lo que me van contando, de lo que unos y otros me confiesan cuando vienen a visitarme, y yo les dejo, porque deseo saber y aspiro a que entre todos conformen una historia que yo pueda contarme, y saber si valió la pena y si las vidas que dicen que pude salvar están ahora descarriadas o, por el contrario, aprovechan los días juntamente con sus noches, y pasean las avenidas y por la noche la madre y el hijo de corta edad se abrazan y ríen, celebrando la vida que ahora yo poseo a medias.
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30.5.14
Cold drinks
Muerdo un helado de turrón como si estuviese tragando cicuta. No hay nada que yo pueda decir que haga comprensible esta sensación mía. De hecho jamás la he compartido. No creo ni que sea un hecho familiar, del que se pueda hablar en una reunión de amigos o a la mujer, en la cama, cuando va cayendo el sueño y está la boca suelta, loca por contar lo que no suele. He probado con el helado de fresa y con el de vainilla, pero es el turrón el que me produce ese miedo primario, de quien se cree morir y no encuentra nada que lo alivie.
Están en la playa todos los turistas de siempre. Los conozco. Sé quiénes son. Vienen de verano en verano, arrastran su coppertone, dejan las toallas en la arena, clavan las sombrillas, miran al sol como si fuese el último sol y se zambullen en el mar como si se acabase y fuese la ola en la que se pierden la última, la más hermosa y la más terrible. Es una vida privilegiada la de los turistas. Juro que no he visto otra mejor. Yo voy y vengo con mi nevera. Me esmero en que se me entienda bien. Hago lo que puedo para que todos desocupen sus asuntos y reparen en mí, en la gorra de la NBA y en mis gafas de sol robadas. Llevo birra, llevo refresco, llevo cold drinks. En cuanto acabo con las existencias de latas, paseo los helados. Voy dejando un olor dulzón. Hay quien solo me huele. Ve venir al viejo. Observan con falsa indulgencia cómo me acerco y dejo la nevera en la arena. Me dejan contar la retahíla. El turrón. El limón. La cerveza.
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9.12.13
Los cuentos del amor sideral
I
Las realidades improbables son las más disfrutables, pero siempre tiene que haber una brizna de verosimilitud. Se trata de que la cosa impostada, la que se impone a lo real, no malogre la posibilidad de que la trama se desbarate al deslizar un elemento fantástico, un recurso narrativo que luego sea incómodo y sobre el que penda toda el equilibrio de la mentira. Porque siempre andamos mintiendo. Incluso cuando decimos la verdad, en el momento en que relatamos prolijamente lo que pasó, sin el concurso de la ficción, estamos incurriendo en una falsedad o estamos manipulando lo que sabemos, tal vez inconscientemente, pero al final lo que cuenta es lo que se lee o lo que se cuenta, de modo que no hay manera de que algo sea escrito o sea contado, siempre está ahí la invención, contaminándolo todo. Por eso las realidades probables, las que podemos reconocer inmediatamente, por familiares, por íntimas incluso, no son las que más convienen. Hace falta mentir.
Las realidades improbables son las más disfrutables, pero siempre tiene que haber una brizna de verosimilitud. Se trata de que la cosa impostada, la que se impone a lo real, no malogre la posibilidad de que la trama se desbarate al deslizar un elemento fantástico, un recurso narrativo que luego sea incómodo y sobre el que penda toda el equilibrio de la mentira. Porque siempre andamos mintiendo. Incluso cuando decimos la verdad, en el momento en que relatamos prolijamente lo que pasó, sin el concurso de la ficción, estamos incurriendo en una falsedad o estamos manipulando lo que sabemos, tal vez inconscientemente, pero al final lo que cuenta es lo que se lee o lo que se cuenta, de modo que no hay manera de que algo sea escrito o sea contado, siempre está ahí la invención, contaminándolo todo. Por eso las realidades probables, las que podemos reconocer inmediatamente, por familiares, por íntimas incluso, no son las que más convienen. Hace falta mentir.
No decir: me llamo Emilio Calvo de Mora Villar, nací en 1966 en
Córdoba, no tengo hermanos, mis padres están bien de salud todavía,
tengo una mujer y dos hijos, trabajo como maestro de inglés, tengo un
blog, bebo cerveza, escucho jazz, veo cine negro, leo poesía, me dejo la
barba antes de navidad y me pelo al cero en verano, no tengo perro, leo
la prensa a diario, adoro las barras de los bares, me pierdo en el
campo, sé apreciar el talento ajeno, procuro afinar el mío, sostengo la
idea de que no hay otra vida después de ésta, cuido a mis amigos y dejo
que me cuiden también, no conduzco, nunca he hecho deporte alegremente,
jamás he montado a caballo, sufro con el mal que devasta al mundo, fumo
medio paquete a la semana, no sé usar un taladro, nunca me ha preocupado
la bolsa, creo en la política a pesar de todo, me gusta escribir en los
bares...
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2.11.13
Lo hacemos por su bien
Desoyen nuestro gritos, pero miran nuestros correos. Lo dejó escrito El Roto. Lo malo de que nos espíen es la sensación de fragilidad que produce. No es el voyeurismo de quien en alguna ocasión ha mirado a la vecina en el patio, mientras tendía la ropa o el deseo furtivo de saber (sin que haya nada sano en ello) más allá de lo que se nos cuenta. Esas escaramuzas de la líbido o del lado cotilla del cerebro no tienen la gravedad del espionaje severo del que ahora estamos teniendo noticia. Les importa una mierda si llego a fin de mes o si beso a mis hijos cuando los acuesto, si rezo antes de dormir o escucho las malas tertulias deportivas. Valgo por lo que puedo llegar a hacer más que por lo que hago. De mí habrán creado un perfil en el que tendrán anotado asuntos que ni yo mismo conozco. No sé qué utilidad tendrá que adore el bebop o que vuelva a Lovecraft de vez en cuando, como quien peregrina al sótano mismo de todos los miedos. Ellos son los que dan miedo. Piensa uno: qué se creen, qué autoridad poseen para observar cómo me desvisto cada noche, cómo respiro cuando duermo, cómo le hablo a mi mujer cuando tomamos café en la cocina, antes de ir al trabajo. La agresión la justifican a su modo.
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1.11.13
Un relato colectivo de Barra Libre
Historia de quien llaman El Furtivo
Episodio 1
(Ramón Besonías)
«En la noche del 23 de febrero del año del Señor de 1531 muere en isla Gorgona, sin voluntad de recibir santo sacramento, aquel a quien todos conocen como El Furtivo, de nombre Luis de Zúñiga, en el pasado soldado de fortuna y hasta ahora pagano sin oficio conocido. Izado a seis manos llegó a mi casa, con un virote bien entrado en el costado, herido de muerte. Nada puede hacerse por él. Apenas tres horas después deja este mundo, sin conocérsele hijos ni esposa, tampoco hacienda alguna, tan solo los ropajes que viste y una vieja espada ropera. Enterrado en fosa común a las afueras del camposanto, nadie acudió a rogar por su alma.»
Jamás habríamos oído hablar de Luis de Zúñiga -no confundir con Luis de Requeséns, amigo íntimo de Felipe II, pacificador de Los Países Bajos- de no ser por la casual aparición de este documento en el que el médico Don Álvaro D’Croz certifica su muerte. El obituario fue encontrado dos siglos después en un almacén de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, cuando un joven aprendiz oreaba viejos muebles. La casualidad quiso que éste y otros documentos quedaran en segura custodia hasta que Leandro Ruiz Guillén, erudito historiador de la época, los catalogara debidamente, entrando a formar parte del Archivo Histórico Provincial de Sevilla a comienzos del siglo XX. Es allí donde María del Carmen López Ortega recupera dicho certificado de defunción, incorporándolo a su estudio sobre Francisco de Jerez y que años más tarde daría soporte histórico a su serie de novelas dedicadas a la leal amistad entre el conquistador sevillano y Luis de Zúñiga.
López Ortega apenas habría prestado atención a la figura de Luis de Zúñiga de no ser por la aparición de tres cartas firmadas por Francisco de Jerez en las que instaba a sus antiguos compañeros de armas en Cajamarca a hacer llegar a Luis de Zúñiga con la mayor premura noticias sobre su salud y hacienda. El valeroso militar se refería a él en las misivas como «aquel a quien debo algo más que la vida». López Ortega, intrigada por esta deuda de sangre, buscó sin éxito huellas empíricas de la existencia de este personaje, con tan buena estrella que unos meses más tarde encontró olvidado por insignificante aquel breve obituario. Por mucho que siguió rebuscando entre archivos, no encontró ningún otro documento que certificara la vida y obras de tan enigmático personaje. Fue así que tuvo que resignarse a fundamentar su primera novela en tan exiguas pruebas (tres cartas, no muy generosas en detalles, y un certificado médico), reconstruyendo el resto con el arbitrio de su imaginación.
Así, Luis de Zúñiga pasó a convertirse en aquel hijo de un herrero de Olite, que huyendo de una vida sin más emociones que trabajar y rendir cuentas al Altísimo, llegó al sitio de Sanlúcar, fértil población de los Medina Sidonia, y sin saber en virtud de qué ingenio logró partir en 1514 hacia las lejanas tierras de Panamá a bordo de la famosa armada de Pedrarias Dávila, futuro gobernador de Nicaragua. Pese a no haber cruzado conversación alguna durante el largo y atribulado trayecto a Las Indias, querría la graciosa fortuna que Luis y Francisco compartieran igual destino, pero no en Panamá, sino tres años más tarde bajo el mando de Núñez de Balboa, rumbo a Acla con tan solo unos cientos de hombres a su mando. Dos de ellos serían Francisco de Jerez y Luis de Zúñiga. Quiso no tanto el destino y sí la ambición de Pedrarias y Pizarro que Balboa no llegara a alcanzar las tierras del sur y sus soñadas riquezas, siendo a su vuelta apresado y ejecutado con premura, quedando Luis y Francisco sin señor ni bolsa, obligados por necesidad a ponerse a las órdenes del conquistador extremeño, rumbo a El Birú en el año de gracia de 1524.
Dichas circunstancias son relatadas con todo tipo de detalles por López Ortega en su primera novela, Birú, prestando especial atención a las tribulaciones del viaje y las razones que años después llevarían a nuestros protagonistas a abandonar la expedición y hacer fortuna por cuenta propia en tierras extrañas, amenazados no solo por los indios, también por la grave acusación de traición a la Corona que pesaba sobre sus cabezas. Separan 18 meses la primera novela de López Ortega de la segunda, Rada de Tumaco, una incursión en las aventuras de Francisco de Jerez y Luis de Zúñiga por tierras colombianas. Nos confiesa la propia escritora su grata sorpresa cuando unas semanas después de salir a la luz Birú, recibe una llamada telefónica desde el mismísimo municipio de Rada de Tumaco de alguien que dice llamarse Pedro de Zúñiga Bolaños, descendiente directo del protagonista de sus ficciones. La sospecha deja paso al interés cuando el supuesto pariente de Luis de Zúñiga acompaña su relato de suculentos datos biográficos que justifican su credibilidad.
Episodio 2
(Emilio Calvo de Mora)
Documento 1 / Juan Almagro Villar, catedrático de Literaturas Hispánicas Medievales, historiador especializado en la etapa colonial y novelista de éxito, apremiado por María del Carmen López Ortega, con la que comparte editor y gustos afines ha dejado aquí una versión personal, que no omite nada de lo consignado por el propio Luis de Zúñiga, solventando las inconveniencias del español al uso entonces. Esta reconstrucción del texto es la primera en la que se ofrece un dato fiable sobre su posible descendencia.
Tiene a veces el azar la consideración de procurarnos asombro allá donde, a la luz severa de la razón, únicamente podemos esperar la contemplación de los vastos dominios del tedio. Tengo yo la costumbre de apreciar en lo que valen estas manifestaciones extraordinarias de la presencia de la divinidad. Porque no hay otro modo de entender que yo esté aquí, a salvo del rigor de las selvas, libre de caer en manos de indígenas belicosos, repasando la vida que he tenido y pensando en cómo conducir la que me resta hasta que el buen Dios me reciba en su posada y me libere de todas las pesadumbres que todavía me torturan. Como sé que tal cosa no va a suceder, habiendo ya más de lo que merezco, consigno aquí el desatino de mis viajes, la locura infinita de mis pasiones. Tengo sueños que me violentan la paz de mi espíritu y me hacen recordar la travesía que hice, el periplo infame de mis días en estas tierras nuevas, conquistadas a fuego, saqueadas a sangre. Ya no tomo indias. Hace tiempo que dejé de sentir la hombría de mi condición. Me espanta recordar las mozas que ultrajé. Mi pensar generoso me extravía de dolores (…). Guardo un astrolabio entre mis posesiones más amadas. Ninguna otra me conforta más. Ninguna, en valor, lo iguala. En ocasiones, cuando me puede la nostalgia, abro el cofre en donde escondo algunas de las cosas que mi vida de aventuras me ha entregado. De ellas, sobre las que los avaros dejarían hocicar sus ojos, me quedo con el astrolabio. Me lo dio Núñez de Balboa cuando dejamos atrás la algarabía de la selva, el espanto de las fieras que la pueblan, y avizoramos el mar anchuroso y febril, el mar del sur, el infinto manto de agua que no daba descanso a la golosa vista. Aprendí de él que no eran tesoros lo que andábamos allí buscando. Otros se afanaban por amasarlos, pero el afán que guiaba nuestra causa era de otra trascendencia. No teníamos el ansia evangélica y tampoco, a lo que ahora razono, nos animaba la ganancia de territorios. Era el mar, el mar azul y limpio, el mar sin provincias ni batallas, ofrecido como un regalo. Como si el mismo Dios lo hubiese creado y lo hubiese tenido a escondidas, en espera de que los elegidos lo rescataran del silencio y lo enseñaran al mundo para que lo adorase. Todavía hoy lo contemplo embebecido, enternecido, como el padre que tutela el juego de sus hijos y llora hacia sus adentros cuando brincan y ríen, como el hijo que agradece los dones del padre.
Dejo aquí la noticia de mi rendición. Consta en estos papeles de viejo la evidencia de haber vivido y de haber amado. Quiso la providencia que acabara en estos parajes del norte, donde me confundí con los indígenas e hice por ellos cuanto pude. Quizá por borrar los desmanes que causé o quizá porque el hombre, al cabo de sus andanzas, cuando ya flaquea el vigor de antaño, desea tomar casa, hacer balance, cerrar los ojos de noche sin que peligre el sueño y merecer, más tarde que pronto, la muerte inevitable, la que le conducirá a rendir las cuentas a su Señor. Este vástago blasfemo, que ha pecado sin pudor ni templanza, vive sus últimos días en la isla Gorgona, que lo es por las serpientes que la pueblan en número apreciable. No imploro el perdón de los míos, a los que traicioné. Tampoco el de los nativos, que masacré. El de Dios no lo merezco, aunque me enseñaron en mi tierra extremeña que el cielo existe y que no hay alma, por mezquina que sea, que no puede entrar en él y disfrutar de la Derecha del Padre por toda la Eternidad. El monje que cristianiza este lugar perdido no me asistirá cuando la luz me abandone. A mi señor le ajusticiaron antes de que le alcanzase toda la (¿gloria?) que anhelaba. Mi buen amigo Francisco de Jerez, al que no veo nada más que en sueños, me contó que Dios escribe en su Libro todas las cosas que haces, las buenas y las malas, y que ni siquiera Él sabe después cómo borrar las que no interesan. Que es mentira eso que cuentan de que los pecados se expían. Yo estoy en ese libro. Mi nombre, Luis de Zúñiga, hijo de herrero, embarcado en busca de fama y de riquezas, desahuciado de todo honor y condenado al infierno en la tierra, está en letras de sangre en ese volumen celestial. Por eso hoy, cerrando diciembre, escribo. Lo que mi espíritu anhela es que alguien, si el bendito azar consiente que desprenda de su velo de tinieblas estas palabras, cuente mi historia, la refiere a quien desee escucharla y mi nombre, Luis de Zúñiga, natural de Olite, soldado de España, no muera jamás en el polvo de la memoria de los hombres. Queda al arbitrio de quien aspire a entender más de lo que yo alcanzo la dudosa fortuna de explicar a los hijos que tuve, allá en donde estén, cómo acabé aquí, desposeído de voluntad, afligido y solo, a la espera de que la fiebre no tenga piedad y malogre esta encomienda de hechos, transcritos con todo el esmero que me dieron los libros que leí y las cosas que observé, volcada en estas hojas que dejaré sin custodia…
Episodio 3
(Alberto Granados)
Día de año nuevo, de hacerse promesas, de hallar en mi corazón pensamientos nobles y propósitos de honrar a Nuestro Señor y a nuestro Rey, que lo representa en la Tierra, pero solo soy capaz de hallar angustia y desazón, como si Fortuna me hubiera virado el rumbo y mirara hacia otro lado, siempre en el punto opuesto a aquel donde su mirada pudiera encontrarme… Ya lo decía el capellán de la nave que me trajo a estas tierras: que inútil es buscar a la Fortuna si tan aviesa dama no desea que la encuentres. Y tal paresce que es la verdad, si miramos lo azaroso de su encuentro desde que nascemos de madre.
Anoche mismo escribí un memorial en el que daba cuenta de mis angustias, de lo que mi vida ha sido y de los equívocos derroteros que ha seguido… Tal vez, al sentir junto a mí la certeza de la muerte, me dejé arrastrar por esa visión de mi vida, que también ha dispuesto de momentos asaz gratos por la gracia de Dios. Pero acostéme oyendo los cánticos de los indios y toda la noche ha sido un hervor de sucesos extraños y a fe que sin explicación. He viajado mucho como para pensar que sea cosa del Maligno, pero no encuentro explicación al contenido de mi pesadilla, quizá inspirada por las artes de mil súcubos.
En ella, alguien comunicaba lo que escribí anoche a otras personas cuyos rostros no conseguí ver, pero que vestían de una manera extraña. Todas ellas miraban un vidrio en que aparecían las ideas que surcaban sus mentes, como si eso fuera posible… En mi visión comprendí que eran criaturas de otro tiempo y en un momento de mi sueño vi que los cristales que miraban tenían una extraña fecha en una esquina: día de veintidós de octubre del año del Señor de dos mil y trece. Aún ahora recuerdo con total claridad los nombres que aparecían en mi pesadilla: Carmen López Ortega, Juan Almagro Villar, Mariela Rapetti, mujer ésta de las tierras nuevas, Ramón Besonías, Emilio de Mora, Miguel Cobo y un tal Alberto Granados, nombres que no sé cómo han llegado a mi mente, ni si son de naturaleza humana o pueden ser criaturas demoníacas… Item más, un nombre que no consigo recordar se coló en mi sueño y aparescía constantemente… No soy capaz de decir si se trata de árbol, persona, pez, animal de monte o simple invención de algún demonio que desea cebarse en mi perdición…
Todos ellos se pasaban ideas sobre mí, las comentaban jocosamente, como si las miserias que he pasado sólo sirvieran para provocar en ellos la risa, que en ello creí ver que era cosa maléfica, pues qué cristiano osaría ser tan poco misericordioso con mis infortunios y malos pasos.
Mi angustia crecía al ver en mi sueños que alguien de ese futuro había escrito dos novelas sobre mi señor, don Francisco y sobre mí. Lo más sorprendente, un profesor ponía mi memorial de anoche en un extraño idioma vagamente parecido al nuestro, lo que me preocupó, pues mi escrito contiene alguna idea que no quiero que nadie de este tiempo conozca: es tan fácil que algún dominico encuentre ideas heréticas en cualquier cosa… Las noticias que vienen de España son para poner cuidado en lo que se escribe y guardarlo celosamente, por eso no consigo saber cómo los de mi sueño se pasaban mi historia y hasta la volvían a escribir como si yo no fuera yo y no tuviera mi propio acontecer, más malo que bueno, por la voluntad de Dios y por mis errores…
El mal sueño, la agonía de esta noche me hace presagiar que el año que hoy comienza no lo termine, que la muerte o alguna otra desventura se va a cebar en mí. Pienso en esa palabra que anoche apareció tantas veces y que no recuerdo. Tal vez signifique algo o me ayude a encontrar la clave de este misterio, como esas piedras a las que se atribuyen cualidades benéficas…. Pero no la encuentro en mi mente… Tal vez… mortiza… corteza… mortaja, no, pero era algo así… ¡Cortázar! Esa era, sea lo que sea lo que quiera decir, que no la he oído jamás. Cortázar, tal vez sea la clave para esta presencia mía en un mundo para el que faltan más de quinientos años. Cortázar… ¿qué querrá decir?
Episodio 4
(Mariela Rapetti, “Malena”)
Las ideas y fechas se confunden en mi cabeza. Creo que la muerte me encontrará esta vez, o al menos eso espero. He intentado en vano escapar de mi sino manteniendo una conducta irreprochable, arrepintiéndome día y noche de los pecados cometidos y alejándome de mi gente aunque me tildaran de traidor.
Mi desgracia comienza una tarde de primavera de 1529, durante el viaje que nos llevaría a Birú. Es inútil recordar los pormenores del recorrido hasta ese momento. Baste con saber que vimos a nuestro alrededor maravillas jamás imaginadas, sangre y brutalidad. Las personas que habitaban esos parajes no se parecían a nadie que antes hubiéramos conocido. Bellos de una extraña manera, ignorantes de todo, como bestias sin domesticar. No me aventuro a decir que Dios estaba de nuestra parte, pero sí que sus dioses los habían abandonado. Llegábamos y tomábamos lo que queríamos. Algunas veces eran ellos los que lo ofrecían, con un extraño sentido de hospitalidad y otras lo tomábamos a la fuerza.
Así fue con ella, a la fuerza. Aún puedo recordar sus ojos de gata, su rostro moreno. A diferencia de las anteriores, no profería gritos ni intentaba hundir sus uñas en mi piel. Me clavó, sin embargo, su mirada llena de odio y murmuró en su lengua las palabras que no temí entonces y hoy no quiero recordar; las únicas palabras que pronunció hasta el momento de mi partida. Me amancebé con ella durante un tiempo. La tuve siempre que quise. Su mirada de rechazo me enardecía y esa fingida sumisión con la que callaba alteraba mi paciencia, pero no había golpe o humillación que la hiciera hablar. Cuando decidimos seguir viaje, la dejé sin miramientos, aún cuando me dijo nuevamente aquellas palabras. Alguien las tradujo para mí: maldigo tu nombre y a cualquiera que ose pronunciarlo; te maldigo al olvido, que ni la muerte te recuerde.
Desde ese momento me referí a ella como a la Maga y ya nadie me llamó por mi nombre; me convertí en el Furtivo. Conté mi historia por siglos, tratando de hacerle trampas al destino que ella me selló. Me ocupé de inventarme muertes e historias, de hacerlas lo suficientemente atractivas para ser recordado aún por méritos que no me eran propios. Hablé con un tal Cortázar una tarde, pero la historia tomó en su pluma un giro inesperado, donde ella resultó favorecida. Hoy escucho que otros me nombran y espero que el perdón haya llegado por fin.
O que la maldición pase a ellos, quién sabe.
Gracias a Alberto, por editarlo. Ha sido más fácil.
25.9.13
Todos mis muertos
Poseo una idea de la muerte que me ha hecho pensar muy poco en ella. Al tiempo le incumbe mi estancia entre los vivos, aprecio esa certidumbre de que la vida es eterna mientras dura, pero me sacuden cada vez con más violencia los muertos cercanos, los que compartieron conmigo una terraza en un bar, los pasillos de una escuela o el verano cuando la vida iba en broma, ya saben, y todavía no había llegado el dolor fino de saber que se acaba. Hay gente de la que no sabemos nada y con la que no entablamos trato alguno que, cuando mueren, nos hacen daño de verdad por ahí adentro. No llora uno que se fueron. Tal cosa no es posible en absoluto. No tenemos recuerdos a los que aferrarnos y no hay ninguna posibilidad de que el afecto se cuele y nos enternezca. Lo que nos duele es descubrir que la muerte ronda cerca.
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5.9.13
Sudor
Muy
confidencialmente contado y reduciendo muchísimo el asunto, podría
decirse que soy uno de esos tipos que odian el sudor. No de una manera
ligera y de chanza, como quien se pone un poco colérico si una mosca se
le pone en el brazo o si el autobús pasa justo cuando llega a la parada.
Mi relación con el sudor siempre tuvo un grado de dramatismo absoluto.
Por preservarme, suelo rebajar al mínimo mis actividades físicas en
época de verano. Son los días en los que no salgo de casa. Mi split y yo
nos entendemos mejor que muchas parejas longevas, de las que saben lo
que piensan con solo mirarse. Debo decir que no he tenido un solo split.
De hecho tengo uno por habitación, incluyendo pasillos, cocina y
cuartos de baño, y que estoy al tanto de las novedades del mercado por
si alguno gestiona el frío de una manera más eficiente. Cuando me agobio
en demasía, cosa que sucede con alguna insólita frecuencia, me hago
unos largos en la piscina de la casa.
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22.5.13
Volver a los diecisiete / Una nota breve sobre Ciudadano Kane
En
ocasiones, según ronda el ánimo, creo en la infinita bondad del
genio humano. Otras, en cambio, declino esa voluntad de concilio,
ofrezco una resistencia mínima y me declaro insolvente en la
resolución de la belleza. No tengo en esos momentos nada relevante
que decir ni admito que nadie me revele nada relevante tampoco.
Sencillamente hago como el Bartleby de Melville y prefiero no
involucrarme. No ahondo, no expongo toda la capacidad de la que puedo
disponer, no me entrego como podría. Con la historia de Charles
Foster Kane hice justo lo contrario a lo que ahora escribo. Me la
tomo absolutamente en serio. Concedí a la película de Orson Welles
un rango metafísico, antológico, proverbial, sensible a la
posiblidad de ser continuamente alimentado con nuevas
interpretaciones. Creí en Rosebud como otros creen en la palabra de
Escriva de Balaguer o en los gestos de Justin Bieber.
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2.5.13
Seguir sombras, abrazar engaños
Mientras
que en la ligera sombra prospera el frío y los árboles desalojan el
rumor de los astros y convidan al paseante a meditar sobre la mudanza de
las cosas, fatigo las horas en esta pieza postrera, inclino mi voz y
cuento lo que he visto. Al poeta se le encomienda el registro de los
prodigios y yo he sido un escriba poco fiable. Es verdad que no ha
pasado un día en el que no me haya acostado con mis sátiros lascivos y
haya paseado las montañas que circundan la villa a la búsqueda de ninfas
bellas y de rudos pastores. A mi verso han acudido las cosechas de los
años y el vértigo del mundo. Ni el enjambre enjundioso de los días ni la
alquimia arcana de las noches me ha robado una brizna del ahínco con el
que he cincelado el tallo agreste de la palabra.
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12.4.13
¿Qué es más noble para el alma...?
Hay sitios de los que uno no puede salir, por más que lo desee. Incluso
cabe la posibilidad de que no haya obstáculo que lo impida o que nadie
se percate. Lo que hace irrealizable ese deseo es la propia voluntad. La
cosa funciona más o menos así: el hombre que se está poniendo de pie en
el público no ha ido a escuchar la obra. Le da lo mismo que el actor
sea eminente o que la pifie garrafalmente.
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9.3.13
Yo a quien le tengo miedo es a Belén Esteban
fobia.
De
la teofobia a la teofilia media un sufijo. Tenemos esa manía de
explicarlo todo y recurrimos a los sufijos o al índice de precios al
consumo. Supongo que es una consecuencia de la cultura, de la poca o de
la mucha que tengamos. En mi opinión, observando con detalle las fobias y
las filias que padecemos o que disfrutamos, podríamos prescindir, en
ocasiones, de la cultura. Ágrafos y lerdos, viviríamos mejor. Lo digo
completamente en serio. Anoche, distraído con las etimologías, inclinado
a esa idea maravillosa de no acostarse uno sin haber aprendido algo
nuevo, busqué en el google el nombre que reciben algunos de los miedos
que nos escoltan durante el día y que tutelan, emboscados en la niebla,
nuestros sueños. El amable lector, el de ánimo lúdico, podrá retirar el
sufijo fobia y colocar, en cada caso, el sufijo filia. De ser un teófobo
a un teófilo no media un capricho lingüístico. Entre una y otra forma
de entender las alturas celestiales o las honduras del espíritu se
pueden advertir con absoluta nitidez algunas de las más nobles o de las
más mezquinas aventuras que ha perpetrado el hombre desde que abandonó
la torre de Babel y puso franquicias por el mundo.
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21.2.13
El discurso del lobo
“En el mundo de hoy, sujeto a grandes transformaciones y sacudido por
cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca
de San Pedro y anunciar el Evangelio es necesario también el vigor,
tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha
disminuido en mí”
No
tener preocupación alguna sobre quién se siente en la Silla de Pedro
hace que uno mire todos estos asuntos vaticanos con una lejanía
enriquecedora. Incluso cae en la cuenta de que ese distanciamiento es el
mismo con el que se encara la ficción. A esa visión hedonista de las
cosas, crecida al modo en que crecen los vicios que se alimentan y se
cuidan, contribuye el hecho de que los protagonistas de la trama son
asombrosos--- sigue en Barra Libre.
6.2.13
La vida no vale nada
Algo sucede
José Agustín Goytisolo, 1966
No
llevamos redactando pasquines hasta el alba. Tampoco nos reunimos en
extraños cafés, en tu casa, en la mía, durmiendo mal y tomando
pastillitas. Hace muchos años que abandonamos la lucha, pero dentro, en
lo oscuro, debe andar todavía el que espera la oportunidad y mide con
afecto y con devoción sus armas, las que luego terminan en palabras, en
papeles confiados al amigo, a la espera de que algún día cuajen y la
vida se haga paso y hayamos hecho que el mundo gire sin pegar un tiro.
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16.7.12
España, ah España, Japón, ah Japón
De España me quedo con Iniesta. Salvo en esos días de atropello
circense, de júbilo balompédico, no me tengo por un español de raza, uno
de esos que se sienten involucrados en la construcción de la patria. Y
eso que a mi modo, con mi trabajo de maestro de escuela y mi
contribución fiscal inexcusable, construyo lo mío, no crean. Tengo una
visión doméstica de la nación, qué le vamos a hacer. La aprecio en el
arte, en todo ese catastro sublime de manifestaciones estéticas
(espirituales, intelectuales, emocionales) que los españoles han ido
realizando desde que dejaron de invadirnos los otros o desde que
nosotros dejamos de invadir al resto o incluso desde que la palabra
invadir, ahí puesta como una bandera de algo, no tenía significado
alguno... (sigue en Barra Libre)
23.2.12
La peste
Paradójicamente, mucho de lo que sé de los dictadores proviene de los gags que los cómicos inventan para ridiculizarlos. Se convence uno de que la vía más inteligente para no encabronarse en demasía sale del humor. En ocasiones no se precisa el concurso de un humorista sino que es el propio dictador el que provoca que se tome todo lo que sale de su persona a chota, pero los muertos alfombran las avenidas y al pueblo lo diezma su tiranía. En esa balanza el humor sale siempre perdiendo. Las demás cosas que sé de los dictadores las adquiero involuntariamente. No existe un deseo de alcanzar un conocimiento. No busca uno en el google el ránking de países en donde se vulnera con más ahínco la carta de los derechos humanos. No entra en mi planes de ocio leer biografías desejemplarizantes o sentarme frente a la pantalla y ver un biopic sobre un tirano bananero o un reyezuelo del trópico. Sigue leyendo en Barra Libre...
10.2.12
El frío es una república de lobos
1 The Tolstoi Experience
En la literatura rusa de los trenes que descarrilan en el invierno y las
penurias de los escritores jóvenes a los que hieren el amor y los
naipes es en donde hace frío de verdad. Uno coge al azar uno de esos
libros maravillosos, tachonados de las ricas peripecias que sufre el
alma, y se le hielan las manos. Con solo leer el título se aprecia el
frío escalando la espalda como una lagartija salvaje.
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24.1.12
El lugar más hermoso del mundo
Creo que en pocas ocasiones de mi vida me he sentido más feliz que el
día en que mi hijo me hizo esta fotografía en los Picos de Europa, zona
cántabra. Lo fui de un modo absolutamente limpio. No habiéndome sentido
casi nunca preso de nada, en ese instante me sentí libre del todo. Lo de
la libertad es un concepto que no he manejado nunca mucho. Pensar en si
uno es feliz o no tampoco me perturba en demasía. Sé que la felicidad
es un arrebato, un subidón de endorfinas, algo que no está ni siquiera
bien que dure demasiado tiempo. Sin meterme en honduras metafísicas,
prefiero la alegría... sigue leyendo en Barra Libre.
11.12.11
La de cosas con se pueden hacer con los nueve renos de Papa Noel
Lo mejor de Santa Claus o de Papa Noel, en fin, no termino de ponerme de acuerdo, es que te permite involucrarte en lo más puramente navideño sin plantearte dilemas éticos sobre la materia narrativa de lo festejado. Sobre si pecas mucho, poco o no pecas en absoluto si pones bajo el mismo techo moral, digamos, al gordinflón escandinavo, con su séquito de renos y de rollizos niños gritones y al San José, a la Vírgen María, al niño Jesús y al resto de los adoradores belenísticos. Yo lo tengo cada año más claro: lo que más me gusta de las navidades es decir de memoria los nombres de los nueve renos que tiran del trineo celestial de Papa Noel.
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28.11.11
El sillón de las noches
No soy metódico. Tampoco encuentro nada que envidiar a quienes lo son y me rodean. Prefiero cierto tipo de desorden. Soy de los que cree firmemente en la bondad del azar. Incluso soy capaz de creer en su maldad. En que no sabemos nada y nada está ahí afuera dispuesto a ser conocido. El incrédulo vive mejor porque todo le asombra con más fiereza. El crédulo es un incrédulo con fe en la bondad de las cosas y de las personas. Se trata en el fondo de irse uno sinitiendo hospitalario consigo mismo.
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