La certeza diminuta de que el tiempo se adelgaza y la sospecha de que incluso puede llegar a detenerse. Todavía me fascina la soledad de los parques. Vendrían a ser una especie de útero perfecto en el que uno puede perderse sin que nadie le aturda con conversaciones mínimas. En cierto modo en el parque todos nos convertimos en seres anónimos y perfectos. Da igual que pase alguien a quien conoces. Hay una especie de júbilo botánico, clausurado y fiable. Sabes que no se va a acercar. Un saludo quizá. Una inclinación de la cabeza. Un gesto con las cejas. En parques he leído muchísimo. He escrito muchísimo. Me he enterado de cómo va el mundo o de cómo voy yo, lo cual es casi lo mismo. He contemplado (entre la fascinación, el estupor y el arrobo plástico) los juegos de los niños, los arrumacos galantes de los adolescentes, los paseos de los viejos y, sobre todo, mi propia paz, ese reducto insobornable de quietud sin desperfecto, de karma civil y público. En un paseo nocturno en Praga, solo y feliz, sentí que la dulzura del tiempo me concernía como a veces nos incumben su desazón o su fiereza. He vuelto a ese parque en ocasiones, sin ir de verdad . El tráfago de la realidad rescinde ahí cualquier atisbo de vértigo. Los parques son lo contrario a la velocidad.
5.1.21
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