30.4.19

El día del Jazz



No sé si hubo antes y hubo un después, pero la irrupción del jazz en mi vida, aunque no sepa consignarle una fecha, es tan relevante como otras fechas a las que les doy la más alta importancia y a las que acudo cuando debo contar lo bien que me va en ella y lo feliz que soy. Las tres cosas son singularmente ciertas: la vida me ha tratado bien, soy feliz y amo el jazz. De hecho hay días en que uno admite la incertidumbre y se apesadumbra y consiente que el desánimo le derrote; hay días en que eso de que es feliz no es cierto del todo, pero quién podría decir sin sonrojarse (las mentiras sonrojan) que es feliz a tiempo completo, feliz como quien dice que es asmático o hincha de su equipo de fútbol favorito o alegre consumidor de cerveza checa. A todo soy capaz de adjudicarle una traba, pero el jazz es fiel, sé que está cuando lo preciso, no me contradice, me conforta cuando los ánimos flaquean y los iza con mayor pujanza incluso cuando se encabritan y parece que no hay nadie que rivalice conmigo en bienestar y en armonía. Al jazz le tengo esa devoción que otros le tienen a su religión, sin que esta osadía reduzca lo más mínimo el valor que tiene la religión en sí, aunque yo no la tenga a recaudo en mi alma y, en ocasiones, tenga la certeza de que no la tendré nunca, por más que sienta el impulso de abrazarla y de hacer que me acompañe los años que me resten de vida. Con lo que no titubeo en apasionamientos es con el jazz. Lo escucho a diario, siento que si no lo tengo a mano los días son incompletos, no están revestidos de la misma confortable prestancia. Así que tengo que escribir algo sobre jazz en el día en que se festeja su existencia. Juro por la trompeta de Chet Baker o por el saxo de Coleman Hawkins o por el piano de Bill Evans o por las baquetas de Art Blakey o el contrabajo de Charles Mingus que no tenía constancia de que la fecha señalada fuese la de hoy. Mi amigo Ramón me la ha recordado. Me ha dicho: Emilio, yo te doy la entrada y tú empiezas la melodía. Nos llevamos bien los dos. Tanto Ramón y un servidor como el jazz y un servidor también. El año que viene tengo que explayarme más. Me he quedado corto. El día del jazz ha sido un día muy largo en otras consideraciones y tengo más cansancio que otra cosa. Me voy a preparar un disquito para redondear el festejo. Creo que Kind of blue valdrá, valdrá Miles Davis. Ya sé, siempre cogemos los mismos discos, pero es tan bueno.

28.4.19

Los buenos días

Hay personas a las que nada más conocer se les concede la más alta estima. Se festeja esa concesión festiva, hasta se alardea de ella a terceros, por el placer de expresarla, sin que se busque confirmación ajena ni aplauso. También sucede a la reversa y es el impresentable el que conoces, paradójicamente presentado; concurre entonces la voluntad inversa, la de no contarlo, no caer en ese regalo, no difundir nada de cuanto supimos, no dar vuelo a quienes nos perturbaron o nos molestaron o nos insultaron. Es más sano hablar de la bondad, dar ese vuelo a los que nos agradaron, evitar en lo posible dedicar tiempo a difundir el lado dañino. Así el mal no tiene recorrido, no hacemos de transmisor de su discurso enfermo. Hasta sienta bien hablar únicamente de lo bueno. Nota uno que respira mejor. Aprecia el aire entrando y saliendo gozosamente por los pulmones. Se sonríe a lo bobo, no teniendo noticia fiable de la causa de nuestra repentina alegría, pero convencido de que le ha sido confiado un secreto precioso, una especie de confidencia que nos enriquece. La bondad debe incluso hacernos más longevos. Damos los buenos días a los demás con agrado porque una parte de ese saludo la guardamos nosotros y nos conforta. Cedemos el paso o damos las gracias en absoluta convicción de que somos nosotros los agasajados, los invitados al festín de las buenas maneras. De las otras nada queremos saber, no nos conciernen, se las deberían desoír, no darles ni crédito ni asiento. Cuanto más se repiten, más verdad poseen; si se omiten, cuando se silencian, se les cancela la posibilidad de que se explaye su mensaje (se viralice, dicen ahora). No siempre puede uno cumplir esta condición. Hay veces que nos sobrepasa la mala educación ajena, la que en ocasiones también es nuestra. Caemos en lo que criticamos, se da con infortunada frecuencia esa circunstancia no buscada, ni alentada. Cuenta la concurrencia favorable, de la que nos abastecemos, con la que se avitualla el alma. En estos tiempos de zozobra espiritual (no es religiosa mi observación) deberían prestigiarse las buenas formas. Ellas nos salvarán de la barbarie y de todas sus franquicias cotidianas. Ellas harán que no proliferen los odios. En ellas depositamos la esperanza, que es un trasunto de la felicidad. El día de hoy es festivo, es el día de las buenas maneras, el día de la confianza en la esperanza, que también es una extensión de la armonía. Se emplea poco la palabra armonía. Hoy es el día de la armonía. Salgan a votar, expresen su conformidad o su disconformidad, no se queden con ninguna historia dentro, manifiéstenla. Cojan el papel y métanlo en la urna. Es una manera de hacer que prospere el bien. Cada uno elige el suyo, no puede ser que uno sea el legítimo en el escrutinio de la razón, pero no se puede quedar uno en casa, no hay celebración más maravillosa para la ciudadanía que la de hoy y, probablemente, la de darse por las mañanas los buenos días y hacerlo con el gesto sincero y la voz firme.

24.4.19

En campaña



Declino la oferta electoral, la repruebo, no me siento representado, ninguna cabeza de cartel tiene cabeza ni atisbo en lo que dice ningún cartel, no me considero a salvo, ni hay en todos esos discursos televisados garantía de que la falta de educación que exhiben vaya a ser retirada cuando las urnas les den las carteras y los sillones. Dicen lo que un opositor cuando se la juega en un examen. Fingen la vocación, se ve a las claras, se constata a poco que uno afina la atención el desajuste entre lo que manifiestan y lo que se desprende de su trabajo. No coinciden. Si no tuviéramos memoria, seríamos felices, seriemos crédulos, pero a la vez que uno escucha, rumia lo sabido, pone frente a los discursos de estos días la labranza de todos los otros días, todos los que se malograron y todas las cosas que no se acometieron, bien por ineficacia o por pereza, bien por desinterés o por chulería. Estamos a expensas de cuatro (cinco, a fuer de precisos) experimentados oradores (iba a escribir charlatanes) que se ganan la soldada hilando oraciones complejas, repitiendo mecánicamente consignas de partido, eslóganes de los creativos que tienen a sueldo. El desafecto gana estos días: estaba larvado, oculto, hibernado, pero irrumpe cuando se ponen en campaña y alardean de la bondad de su causa y de la males de la ajena. Hacen eso. Deberían prohibir que un partido cite a otro. Que no lo nombre. Ahí estarían en el elemento idóneo, el de la proclama de sus aspiraciones para que tengamos paz y bienestar y no ándenos tan enojados (iba a escribir encabronados) cuando abren la boca y recitan el cuento de la lechera o el del lobo o el de la criada. Por mucho que desista uno, por más que no se vea representado, no se quedará en casa, irá a votar, expresará su opinión, la que más le cuadre aunque ninguna tenga la cobertura completa. No hay ninguno que me lleve donde quiero, pero alguno deja más cerca que otros. Tampoco podemos confiar en que unos cuantos minutos de iluminada retórica (la de anoche y la anterior en televisión) nos fidelice o nos haga de pronto adeptos, súbitamente convencidos. La convicción es diaria, se sustenta en el transcurrir de los días, en el depósito de las esperanzas y en cómo se cumplen, se aplazan o sencillamente se eluden, por inalcanzables, por utópicas.

23.4.19

En el día del libro

La mejor manera de festejar los libros es leyendo. Todas las demás, siendo buenas, unas más que otras, no alcanzan el tumulto interior que se produce cuando se lee. Es tumulto y es aventura. No hay quien lea y salga indemne. Leer perturba, pero es el tipo de perturbación que se anhela; la que, una vez probada, no puede ser retirada, ni rebajada. No hay nadie que lea por las mismas razones que los demás. No existe argumentos que puedan compartirse, ni siquiera los hay similares. Hay quien desea que le corroboren lo que piensa (para que otros confirmen lo apropiado de su pensar) y quien sólo desea que se lo refuten (para que otros confirmen justamente lo contrario). También el que pendula entre una opción y otra y en ocasiones persigue que se le asombre  y todo sea novedoso y, en otras, que se le respete la parte de verdad que le vale para seguir avanzando y aceptar que el mundo gira y él gira dentro. No hay dos lectores iguales. El mismo lector, según el día, hasta obligado por el libro en el que ande, puede ser varios lectores a la vez. El amor infinito a un autor desquiciado puede ser emulado por el amor infinito a un autor prudentísimo. Uno tiene a recaudo esa nómina de amigos a los que no conoce, de los que tiene tal vez una información errónea o ninguna. Porque todos los escritores que me han hecho feliz han sido un poco amigos míos. Me han confiado lo que piensan, con mayor o menor claridad, con más o menos ocultamiento; me han confiado el relato de sus alegrías o de sus pesares y yo, más agradecido que otra cosa, he cuidado de que ese relato no se pierda del todo y prospere en mi memoria y me haga desear más. Cuando se lee siempre se desea más. No soy amigo de festejos literarios, no soy asiduo de ceremonias en las que se presentan libros, pero siempre leo lo que festejan esos libros. No sabría pensar en mí sin imaginarme leyendo. No es nada que otros no practiquen más afinadamente que yo. No me exhibo aquí para que nadie envidie mi vicio. Hay quien lo profesa de un modo al que yo no sabría acercarme. Creo que tampoco querría. Hay veces en que leer mucho hace que vivas menos. Esa es otra parte de la historia. Hace falta tener tiento, no excederse, no dejar que los libros lo ocupen todo. Ni siquiera podemos depender de ellos, pero no siempre sabe uno gobernarse, ni falta que hace.

21.4.19

En tiempos de luz



Siempre estuvo mal vista la luz. Se la reprendió cuando en alguna ocasión, se la llamase o no, acudió a iluminar lo que andaba a oscuras. Se tiene de ella la idea de que fue siempre a contracorriente, luchando contra quienes la miraban de reojo, por temor a que todo se viese a las claras, por ese temor ancestral de los que detentan el poder a que los demás pueden acceder a ese desempeño. No hay religión que no se haya protegido de ella. Cuanto más se ven las cosas, menos funcionan los mitos. No hay orden político que no la haya tenido en vigilancia y en custodia, si hiciera falta. Por otra parte, no hay progreso humano que no haya contado con ella, ninguna manifestación del talento del hombre se hizo a su espalda, sin contar con su inestimable concurso. En épocas de antaño (y no hace tanto, no se olvide esto, no hace tanto) la luz era la primera a la que se ponía en entredicho, no se le daba crédito a los avales con los que se presentaba. Nada de cuanto hubiera hecho tenía validez para que acometiera la empresa de hacer cosas nuevas. La novedad no es bien recibida. No hace mucho tiempo de todo esto. La oscuridad sigue ganando adeptos, los fideliza con sus cuentos de suspense y de intriga, con su novela de banderas y de sangre. No es igual prender la luz que prenderla. Acudir a ella para que alumbre que arrestarla. Ahora que vienen días de barullo político antes de que vayamos a meter la papeleta en la urna (sublime ella, que no falte nunca) habría que recordar el peligro de que nos quedemos a oscuras. Que todo lo que hemos construido se venga abajo y tengamos que comenzar de nuevo. Que los bárbaros y los ignorantes hagan prevalecer la barbarie y la ignorancia. Que tenga predicamento la apatía. Que si unos pocos prefieren la precaria luz de unas velas no tengamos que renunciar a las bombillas.

19.4.19

La lluvia




Ha arrancado a llover como si el cielo reventase ahí arriba y dejase caer cada pedacito suyo. Ni siquiera es agua lo que cae, sino ruido. En casa, asomados a las ventanas, contemplamos el prodigio de la lluvia como si no hubiese ocurrido antes y fuese ésta la primera vez y diese miedo que llueva. La luz se ha entenebrecido y no sería de extrañar que irrumpiese la noche de cuajo. Ahora se oyen truenos. Es el mejor día de todos los días posibles. Lamento y comprendo que otros no compartan esta inclinación mía. En ocasiones, he dicho que ojalá me hubieran nacido cántabro o gallego. Soy un ser pluviométrico. Creo que me crezco cuando el cielo cae sobre nuestras cabezas, como decía mi adorado Obélix. Cuando escampe (me encanta la palabra más que el mismo hecho que evidencia) no saldré a la calle, no hace tarde de salir a la calle, pero lo he hecho otras veces y he paseado las calles con el olor a lluvia recién caída y he sentido que el mundo empezaba a girar de nuevo. No es algo que uno sepa explicar; de hecho no hace falta que deba explicarse. Las cosas que se aman no se explican, sino que se dicen y que cada uno saque la consecuencia que le apetezca. Cuando llueve como ahora me dan ganas de poner un disco de Wim Mertens. No tengo ni idea de cómo funcionan esas cosas. La cabeza va a lo suyo, como la lluvia.

18.4.19

Jueves Santo


Tenemos contra quién enfrentarnos. A poco que lo piensa uno, en cuanto repara en lo que le circunda, da con el objeto de su ira. También a quien amar. El argumento es el mismo. La vocación es la misma. Se odia o se ama sin razones o con ellas, no se discurren motivos, no los habría. Se prefiere amar, se dan más ventajas, se reconoce uno más en el amor que en su contrario. El bien festeja con más vuelo su travesía, pero el mal ejerce su fascinación primaria, animal y oscura. Medra con arrojo y denuedo, ocupa una considerable franja de atenciones, compromete al bien y, en ocasiones, lo abate, aplica su incontinencia, crea su ciega legión de acólitos. El mal carece de ideologías, no recurre a ellas, le traban en su avance, fomentan el diálogo, abren un discurso que le incomodan y enturbian. Prefiere ir a ciegas, firmar su apostasía loca, cubrir su desempeño con fiereza y anonimato. El bien se afana en granjearse adhesiones puras, en cambio. La liza es antigua. El palmarés no tiene un dueño reconocible. El poeta acude a la sangre para dejar registro de esa dualidad. La sangre con su vértigo y con su fiebre, con su comisión de vicios y con su conciencia. La religión es la literatura de esa sangre, su izado místico, el vertido del grumo primario. Probablemente sea ella la que confine al mal en su locura. En ocasiones, cuando no puede, si se nubla su oficio o el mal no se deja convencer, se le atribuyen todas las desgracias. Es a Dios al que se culpa, es Él quien escribe los renglones torcidos, sin corrector que enmiende el roto, sin libro de estilo ni catón que mutile el texto extraviado, la parte enferma. Hoy al salir a la calle, camino de ver a mi padre, aprecié una ciudad solitaria. No había nadie, nadie caminaba, salvo cuatro disidentes. Era un silencio conmovedor, del que tardé en salir, a pesar de que poco después abrió la rutina su cuaderno de ruidos y todo volvió al trajín de siempre y las aceras, en el regreso, se animaban con la bulla habitual, pero en el inicio del día, cuando rompió la luz y salí a pasear, antes de encaminarme a la residencia en donde tengo al padre, mi pueblo tenía ese aire de ensoñación o de metáfora. Hasta la amenaza de lluvia, que no ha roto aún, me condujo a la literatura. El bien es un instrumento de los sacerdotes. También el mal. Van de uno a otro según las circunstancias y la conveniencia de la homilía. Los poetas, incluso cuando se acogen a él y lo escudriñan y salvan, son mensajeros de la oscuridad. 

Glass / Héroes y villanos



Deliberadamente fuera del circuito de películas de superhéroes, Glass es la antología de todas ellas. Cierra una trilogía que no lo era en principio y ofrece en ese cierre un discurso formal sobre la naturaleza del bien y del mal o, dicho de otro modo, sobre la moral y la responsabilidad de quienes la administran. Es todo lo que uno no espera, pues se esmera más en los diálogos (espléndidos McAvoy, Willis y Jackson) que en las partes de pura acción, que son insinuadas o mostradas abiertamente, pero sin recrearse en ellas, sin caer en esa pornografía del género en la que interesa ver carne apaleada, ensangrentada, caída en desgracia si se desea. Glass no se ocupa de esas consideraciones narrativas, aunque las utilice para darle coherencia al conjunto: prefiere incomodarnos, turbar la placentera estancia en la butaca, cambiar nuestra visión del género o, en todo caso, forzarnos a pensar que el futuro del cine de superhéroes no está únicamente en DC Comics y en la Marvel, sino que tiene recorrido en la periferia de las grandes compañías, aunque el público al que se dirige no sea adolescente ni espere que la franquicia saque un videojuego o una serie en Netflix. Conviene haber pasado por El protegido y por Múltiple, las otras dos piezas de este mecano alargado en el tiempo (dieciocho años entre la primera y la tercera) pero se puede contemplar sin esa obligación. Quienes estén avisados y sepan las andanzas del hombre de cristal y de David Dunn, hombres extraordinarios a su manera, a los que se une La Bestia, que es uno y son muchos, todos retorcidos e incansablemente charlatanes.

Glass tiene mucho diálogo y tal vez debiera tener menos. Discurre en un pabellón psiquiátrico en buena parte del metraje en el que están bajo custodia del Estado los criminales, pues es ésa la taxonomía con la que son tratados. Se aprecia que al Shyamalan le encantan sus historias y sus personajes, pero en lo que es un maestro es en la creación de una atmósfera, crea la sensación de que algo asombroso está a punto de suceder, algo cuya inminencia es tangible, pero no sucede, se aplaza continuamente, hasta que el desenlace desbarata todas las especulaciones que has hecho, todos los cierres de trama que has podido especular. El de Glass (no hay spoilers) es sutil, quizá demasiado teórico, no es un fin como los de otras piezas suyas (El bosque, El sexto sentido, incluso La joven del agua), no sacia con ese fragor. De cualquier manera, gana cuando el plano es frontal, corto. Gana también cuando han pasado un par de días desde que la has visto y la rumias con paciencia y descubres que hay una historia hermosa debajo: no la aparente, la de los personajes que cruzan la trama, sino interior, apartada y delicadamente protegida. Es la historia del propio director, su condición de tipo raro, como lo son esos personajes, pero esa es una idea que sólo dura un rato y se canjea por otra. De Bruce Willis no he dicho nada. Qué grande es Bruce Willis, yo no sé por qué no tiene más pedigrí en las fiestas del artisteo, cuando los galardones y los inventarios que hacen de gente que ha hecho mucho por el cine o por nosotros.

17.4.19

Principesas y otras ocurrencias ridículas


No sé qué será lo próximo, pero me espero cualquier cosa. No es que uno sea melindre en que cada cosa tenga su nombre y sepamos cuál es y lo usemos, sino que la corrección política (que es un veneno lento y hace su trabajo de demolición con lentitud inexorable) está manipulando la realidad. Lo hace a conciencia, sabiendo el daño que produce. Lo de la Caperucita Roja censurada es un atropello a la rica literatura de tradición oral. He dicho rica. Es riqueza lo que nos transmite. La cultura de los pueblos no es un apaño urdido a la carrera, sobrevenido por generación espontánea. Las de ahora, a poco que nos descuidemos, va a ser una generación vaciada de cultura, ahogada en prejuicios, convertida en mercancía de unos cuantos puristas (o puristos, que no lo tengo claro) convencidos de que tienen un plan que acometer, una empresa sagrada, una misión divina, que consiste en borrar de la faz de los libros cualquier mancha, ya sea de índole gramatical o meramente narrativa. Estamos corrompiendo la imaginación de nuestras criaturas más indefensas, las que leen (ya es mucho que lean) los libros que les damos y escuchen los cuentos que les contamos. Si empezamos a cambiar el relato, acabaremos por hacerlos adultos antes de tiempo. Quizá se trate de eso: de domesticar la moral, de impedir que cualquier moral contraria a la más reciente triunfe y ponga en peligro la instalación completa de la recién llegada. Nos hacen tragar mentiras muy grandes. Nos piden que cambiemos la historia, no la acontecida a lo largo de los siglos, la que se escribe con mayúscula, sino la otra, la íntima, la cercana, la familiar, la que se ha fortalecido con el tiempo y ha enriquecido (vuelvo a nombrar la palabra riqueza) a generaciones sanas. Esto de las principesas es de estar enfermo. Al paso que vamos mandarán al olvido a San Jorge, que venció al dragón y liberó a la princesa. No está bien que haya princesas en torreones y que aguerridos mozos las manumitan de su encierro. Tampoco que los tres cerditos sean todos machos. Ya mismo habrá una versión en la que haya cuatro y dos sean hembras. Es que la paridad es un mandamiento que no se puede desobedecer. Pretenden (leo en prensa) que el mundo sea más inclusivo. En lo que a mí respecta, en lo que tengo más a mano, que es mi escuela y mis alumnos, paso de ser correcto. Seguiré a lo mío, que es lo de muchos, a lo que veo, por lo que escucho de quienes tengo cerca. Son inventos que nos vienen de lejos, son trampas en las que tienen la esperanza de que caigamos. Acabo: si aplicamos la corrección, la norma del género y la prudencia en materia sexista o violenta, renunciamos a toda la literatura. Es como si empezáramos de cero. Como si todo lo que se ha escrito hasta ahora no valiese. Si leer Caperucita o La bella durmiente fomenta que en el futuro existan hombres agresivos será por causas ajenas a la pobre Caperucita y a la más aristocrática Bella Durmiente. No hay que dejar de contar historias tradicionales. Es posible (sólo algunas de ellas, ni siquiera muchas) que manifiesten una inclinación sexista. También que sean violentos. Deberían censurar la misma Biblia, cosa en la que no van a ponerse de acuerdo, a Dios gracias. El mismo Dios, como se pongan a leer en detalle (críticamente, dicen ahora los que saben) sus narraciones extraordinarias, cierran todas las iglesias del mundo. Lo del incendio de Notre Dame es un asunto menor. Cierran todas las iglesias.

Si no es más bello que el silencio

Uno tiene siempre su visión de los hechos, cree que es la que más cuenta o no piensa que las otras la aparten. Conforme crece se aferra a su visión, la adora en la intimidad, la mima incluso, hace de ella su casa, la reserva a ojos extraños por si no es capaz de defenderla, por si flaquea la coraza que se le aplica, por si marra en su desempeño, así que se esmera en su cuidado, se informa, se afana en informarse, concluye que sigue siendo la única visión posible. Todo lo que lee, lo que escucha, confirma que es la correcta, las que le inquietan, las versiones peligrosas, no las considera, no deja que ocupen mucho tiempo en su cabeza, por si descabalgan a la buena, a la gran visión de los hechos, la que ha ido amasando pacientemente desde que se le ocurrió, no se acuerda cuándo, no sabe cómo, pero es la suya, lo que tiene para enfrentarse al mundo, es la teoría del búnker. Uno tiene su propio búnker, no hay nadie que no haya construido uno, quien diga que no lo ha hecho es que miente; se miente a veces porque la verdad es escandalosa o porque la verdad no es admisible. En la mentira el tiempo fluye de otra manera. Las mentiras son los ladrillos del búnker, pero adentro está la verdad inconmovible, la gran verdad forjada a través de los años, contra los vientos y contra las mareas, frente al rigor de las estaciones y frente al caos de las leyes de los hombres; no se puede salir a la calle y zafarse de todos los peligros que ahí acechan sin tener la seguridad de que al volver a casa tendremos un refugio en el que guarecernos. La idea de los países proviene de que los hemos imaginado como si fuesen búnkers, refugios, cápsulas, los hay más estrictos, los hay más benignos. El búnker es una extensión lógica de la visión única de los hechos, el búnker es un país dentro de un país al que no se desea pertenecer o al que no le tenemos afecto o del que huimos o uno que creemos que nos persigue o que nos hiere o que no nos tiene en consideración, de ahí la construcción del búnker y no es sólo el miedo, también es la sensación de una intimidad, de sentirse protegido. El búnker es el útero materno al que se vuelve siempre, la gran vagina cariñosa, el túnel por el que accedemos a la música secreta del cosmos, pero afuera el mundo gira, suda, sangra, muere y nace en un mismo espasmo. Es tu casa y no tienes que agenciarte otra, no hace falta que construyas otra.
K. me dijo anoche que hay mentiras que se repiten una vez y otra vez y muchas veces. Se dicen en el convencimiento fingido de que acabarán haciendo asiento, en la convicción de que los demás, cuando las escuchen, las tasarán y darán timbre, hasta cabe tener noticia de ellas por terceros y sintamos la luminaria de la duda, sin la certeza de la verdad que poseen. Ganan lustre cuando se cuenta con ellas y no con las otras, las cartesianas, las que pueden verificarse y darles curso de verdad. Porque la verdad está sobrevalorada. Mentir es un acto creativo. La honestidad es un valor a la baja, no se premia, hasta se censura a beneficio de quien la urde. Quien la escucha no tiene las más de las veces la facultad de corroborarlas. En el extremo, pues los hay, las hace suyas y las difunde de modo que no dirime si le pertenecen como propias o están sobrevenidas, incrustadas entre las otras cosas, copiando de ellas su textura y su sintaxis; es así, no es de otra manera. Lo ético, lo estético y lo religioso no pueden ser manifestado a través del lenguaje: el verdadero texto de esas disciplinas está por escribir y cuando alguien lo acometa dejará en ese instante de tener validez ontológica alguna, así lo dejó escrito Wittgenstein en su Tractatus Philosophicus. En el discurrir diario, Wittgenstein no es útil. en el otro, en el privado y trascendente, es imprescindible: podemos vivir sin metafísica, pero la verdadera vida es metafísica pura, podemos hablar y podemos escribir pero nada de cuanto hablemos o escribamos posee trazo alguna de veracidad. Lo escrito o lo dicho puede ser hermoso o puede ser práctico, pero carece por completo de verdad, todo se confía así a la especulación, todo está por confirmar, finalmente nada podrá ser confirmado del todo. Vivimos en esas briznas de realidad asequibles y dóciles, de ahí que el lenguaje sea falible, de ahí que la realidad sea ilusoria. Nada puede ser expresado. En ese hilo de las cosas, no hay disciplina más honrada que la literatura, ella sabe cómo desempeñar su oficio. Escribir es consignar un acta notarial de esa debilidad, un inventario en el que se constate la naturaleza mágica (quiero decir mística o sobrenatural) de los acontecimientos, pero ni siquiera esa restitución de lo vivido consuela. No hay amarre a veces, ni confianza. Todo es frágil, todo es eventual. Tal vez convenga dejar de escribir, por ver si en ese nuevo desempeño la vida se entiende mejor, se vive mejor. Me dice K. que le escuche. Que nunca lo hago.

13.4.19

Algunos milagros

María Jesús Monedero fue mi maestra de Lengua en el instituto Averroes en Córdoba. De eso hace pronto 40 años. El tiempo nos ha hecho encontrarnos hace bien poco, merced a esta aventura a veces fría de las redes sociales. No han sido baldíos los años, no han hecho que nos alejemos del todo, pese a no habernos visto. Somos los maestros que tuvimos, somos la inquietud y el tesón y la felicidad que nos regalaron. Es muy hermosa esta profesión nuestra. Hoy mi maestra escribe de política. Con Luis Sánchez Corral, al que echo mucho de menos, trabé en los bares (el de la facultad, los de las calles) mis primeras conversaciones políticas. También algunas sobre la literatura y sobre la vida, de las que ya sabía algo. Los milagros existen. Por lo menos los milagros que tienen que ver con las emociones y con los afectos, con el corazón y con las palabras. Hago mías las tuyas ahora, M Jesús Monedero Isorna. Con un beso cariñoso.

Diario Córdoba (Politeia, María Jesús Monedero)

11.4.19

El dónut cósmico



Hay a quien conocemos sólo por el comportamiento de los cuerpos que se mueven alrededor suyo o de las opiniones que sobre él se vierten, consideradas o no, atinadas o escoradas del término justo. Parece que así cómo actúan los tales agujeros, aproximando a su centro la masa circundante, engulléndola, existiendo merced a esa vecindad sacrificada En ese aspecto, un agujero negro es como una persona o, dicho de otra forma, hay personas que funcionan como verdaderos agujeros negros. Tienes de ellos información de terceros, no la extraída por la experiencia propia, la servida después del trato o de la convivencia; gente que engulle lo que se le pone al paso, sin que medie aviso, como un depredador muy sofisticado. Los que saben del asunto dicen que hay cientos de millones de agujeros negros, pero nadie ha visto ninguno, nunca ha habido uno a tiro de ojo o de telescopio. Un agujero negro no es dócil, eso es lo primero que se te ocurre pensar. Tampoco es fácil pensar en ellos. No se tiene soltura en astrofísica. En lo que a mí me toca, no se me verá hablando sobre ellos, qué podría decir sin titubear ni soltar alguna pedrada teórica. Uno hasta se traba cuando lee los sueltos de prensa o escucha en televisión o en la radio (ayer muy machaconamente) cosas trascendentes (a mí me parecen trascendentes) sobre el universo y sobre su anatomía, así que piensen en atreverse a emitir una narración, una especie de resumen sobre lo que has pillado de aquí y de allí. 

Siempre que miro lejos, allá a la honda oscuridad estelar, o que pienso en las cosas que debe haber en esa lejanía, no pienso necesariamente en Dios. De haberlo, en esa dulzura poética, no estará lejos, no habrá un lugar lejano en el que se ubique y more. Dios no está en un agujero negro, luchando contra el efecto succión, domándolo como si fuese una bestia del infierno, tratando de no caer del todo y, a la misma vez, despachando asuntos terrenos, todos los de sus criaturas falibles y mortales.Hay tanto en lo que ocuparse aquí abajo que preocupa que Dios se concentre en las de arriba. Siempre pensé que la astronomía tiene un poco de teología por debajo, como si saber de una implicara razonar con mejor desempeño sobre la otra. Como si el espacio exterior, entero y ominoso, fuese una inmensa catedral a la que hubiese manumitido de su arquitectura y flotase en el éter como una canción de la eternidad. 

En lo entendido, poco a decir verdad, uno entiende que un agujero negro es un cuerpo invisible que emite una luz proveniente de los gases que se precipitan sobre él. Lo que se ha fotografiado (siendo navegando entre la bruma de las palabras, entrando sin haber sido invitado, escribiendo a ciegas) es el resplandor, borroso en cierto modo, una especie de sombra. Tenga el amable lector en cuneta que estamos metidos en faena termodinámica, lo cual es una evidencia tangible de que todo cuanto yo pueda escribir ahora es un despropósito, un dislate, uno de esos baches teóricos o conceptuales o incluso teológicos, debe ser un revés o un agujero, negro o marrón oscuro o carmesí, un no sé qué me ocurre, que ni yo mismo me entiendo, no me apetece nada nada más que estar adentro, pero no de tu vientre, sino de tus sentimientos. La poesía (la de Aute, traída ahora, viene bien en muchos casos) podría explicar bien todo lo que nos han estado contando estos días por el milagro de la fotografía del agujero negro. En cuanto me lanzo, si se tercia escudriñar a fondo las honduras cósmicas, me asaltan más dudas de las que tenía, pero hay una inclinación a mirar con infinito respeto ese más allá, ese insondable (o será sondable al final) escenario en el que la vida pulsa las cuerdas del universo.

Le dan a la fotografía de marras la más alta consideración, lo cual no es cosa que yo pueda refutar y que, en círculos iniciados, asombrará y dejará huella. Me conformo con distraerme en las alturas, como dijo Serrat. Estamos tan a ras de tierra que a veces conviene que nos pongan en órbita (es un decir) con la peregrina idea de que sepamos quiénes somos o de dónde venimos. Lo que hacen es meternos en cintura científica. De pronto pretenden que comprendamos las ecuaciones de la bóveda celeste. Creen que esa pedagogía es asequible. Qué ingenuidad, qué confianza más baldía. Porque no sabe uno cómo entender la noticia. Si quedarse con el milagro de los panes o con el de los peces. De cualquier manera, el espacio es un retablo de milagros. De ahí que le calcemos virtudes de las que probablemente carezca. Me parece más milagroso que una mujer estéril dé a luz gracias a una técnica que usa el ADN de tres personas, siendo uno de esos donantes su propio hijo. Que sea al tiempo abuela y madre rivaliza con los viajes en el tiempo de Einstein o de H.G. Wells. Un agujero negro, me digan lo que me digan, es menos denso que la portentosa imaginación del ser humano. Todo para vendernos un donut. Hay agujeros aquí, en la Tierra, que merecen atención más preferente que la concedida al agujero recién fotografiado. 






6.4.19

Hablando sobre libros en el IES Marqués de Comares



No sé si estas iniciativas, las de llevar a escritores a centros escolares para que hablen de libros, de por qué empezaron a leer y qué les hizo arrojarse a la escritura, cumplen el propósito que se les encomienda y quienes asisten, hoy alumnos de dos clases de cuarto de ESO del Instituto Marqués de Comares, en Lucena, reciben en depósito esa punzada que les anima a leer y, en algunos casos, los más favorables, escribir o si desoyen las recomendaciones y se cumple eso de que por un oído les entran y por otro les salen. Hay de ambos. Los habría ganados a la causa y los habría perdidos. No me cabe duda de que una buena parte no se sintió aludido en ninguna de mis intervenciones, como si aquello no fuese con ellos. Por otro lado, a la reversa, pienso que habrá alguno (ojalá muchos) que haya sido reclutado y convertido, no porque yo haya estado especialmente inspirado o locuaz o divertido, sino porque el que escucha (el convencible)  ha dejado una pequeña brecha abierta y lo dicho ha llegado a su destino y se ha quedado ahí, impregnado, huésped improvisado. Entra en lo razonable que muchos de esos alumnos se hayan inclinado hoy a abrir un libro y dejar que la trama los seduzca. También que otros no sientan afecto alguno por la literatura y la charla de hoy los haya determinado a reafirmarse en ese desafecto y estén por siempre apartados de la senda literaria.



Precisamente esa ha sido la sustancia de mi charla, la de leer por placer y que ese acto solitario y hermoso sea enteramente voluntario. Al principio les conté que leer no sirve para nada y terminé declarando mi absoluta convicción de que si leemos somos más felices. Entre medias cité el cine de la RKO, los cuentos de nuestras abuelas, Peter Pan, Kafka, Borges, el instagram, el blues del delta del Mississippi, Hitler, la escoba de Harry Potter y hasta el Fornite, que es una cosa diabólica que sorbe el cerebro de los que lo practican, a decir de los que entienden. También la literatura hace eso, lo del Fornite. No dudo que es diabólica o celestial, según el caso. Tampoco que no se sale indemne al cruzarla, que no hay mentira más hermosa que la suya. Yo estoy encantado de vender esa ilusión de los libros. No me falta entusiasmo, derrocho entusiasmo. La posibilidad de que uno haya podido contribuir a que otra persona se haga lector (eso es un oficio igual que otro cualquiera) me sigue pareciendo prodigiosa, una especie de milagro secreto, una victoria a la mediocridad, al caos y a la barbarie. Doy las gracias por la invitación y por las atenciones que he recibido en el centro. Gracias en particular a Mari Carmen Florido por la amabilidad y las fotografías.



273/365 Jackson Pollock

  Se cae, en un descuido, el rojo. Emerge, comido de vértigos, el azul. Está la luz enfebrecida. Se la ve triste, se tiene la impresión de q...