31.3.12

Escribir

1
No sé qué sucede cuando escribo, la razón por la que unas palabras tapan otras, el hecho de que el texto se vaya modulando a distancia de quien lo escribe, como si hubiese dentro del autor un par de voluntades. Está la que vuelca las frases y está también, agazapada, tímida, en apariencia, la voluntad del lector. Porque el texto es siempre del que lee. El otro, el escribiente, es una circunstancia mecánica, la que tiende el puente entre el vacío y el universo. Porque el texto, incluso éste, es un universo que posee un big bang y un demiurgo. Incluso si los rastreamos a fondo posee su propio mecanismo de destrucción. Está encriptado. Algunos lectores lo descifran. Encuentran el mal dentro de la bondad de las palabras. Se me ocurre que la literatura, en el fondo, es un ejercicio de confianza entre el autor y el lector. O entre dos lectores. No tengo ni idea de qué sucede cuando escribe. Se para el mundo. Puede ser que suceda eso.

2
Durante un tiempo me interesé en las razones de los escritores. Hurgué en la red y encontré algunas respuestas. Ninguna me deslumbró. La de M., por ejemplo, señalaba la importancia del temperamento por encima de la vocación. La de R. confiaba en una especie de divinidad poética, una a la que ninguna religión había hecho puñetero caso, que insuflaba el numen en la vigilia y en los sueños, en los actos cotidianos y en los que no lo son. Ese soplo cósmico debía afectar a unos más que a otros. R. sostenía que leer hacía que el numen se fijase más enteramente, digamos. La lectura de lo vertido por los otros hacía bueno lo propio. Se puede dar la circunstancia de que un mal libro inspire uno bueno. O viceversa. No sabemos nunca en dónde reside ese halo misterioso que extrae belleza de las cosas. Qué hace que yo mire de un modo en el que no lo haría otro. Que yo tenga ahora deseo de contar esto que estoy contando y no otro asunto. Que un lector haya caído en este rincón sumamente prescindible del cosmos, por demás imperceptible y volatil, y no en otro. Que no haya abandonado la lectura en el quinto renglón del trozo de arriba. En donde pone El otro, el escribiente, es una circunstancia mecánica, la que tiende el puente entre el vacío y el universo. Todo es una suma de azares. Todo son piezas de un mecano que no entendemos.Quizá deje esta página (no es una forma de hablar ni me mueve sacar a la luz la adhesión de un par de decenas de buenos lectores que sé que tengo) y prosiga escribiendo en privado, en uno de esos diarios que ya casi nadie escribe. En un diario podría no pensar en un lector. Tal vez yo mismo deje de ser, mientras escribo, lector y me convierta en el primer escritor puro. Que exista un Emilio Calvo de Mora enteramente consagrado a la escritura y un par de cientos de Emilios más ocupados en otras empresas. La de ser padre, marido, hijo, amigo, obrero, en fin, todas ésas que, cuando verdaderamente estás atrapado por un texto, te impiden que le pertenezcas en cuerpo y en alma. Yo no sé a quién pertenezco. Ya que no creo en ninguna deidad, me inclino esta noche en creer un poquito en ésa que anunciaba el autor R. La divinidad poética, la que insuflaba el numen en la vigilia y en los sueños.



30.3.12

El síndrome Nicolas Cage




1
Últimamente me gustan las películas poco enfáticas, las que transcurren imperceptiblemente, las que cuentan historias levísimas. Películas de poco peso, de sustancia pobre y de poco afecto al recuerdo. No me sucede esto con los libros. Los prefiero más de fuste, de los que se quedan dentro y a los que uno vuelve como quien regresa a una casa o a un amigo al que no vemos hace tiempo. Se me queda corta la novelita de azares, un poco rocambolesca, amena y gratuita, en donde el vértigo suspende el drama, de personajes huecos o a punto de liberar el hipotético contenido que el autor, quizá en un descuido, pudo colocarles entre pecho y espalda. Del cine, incluso del cine malo, espero a veces que me entretenga. Le pido distracción. Al libro, sin embargo, le tengo otro respeto. Le consiento menos deslices. No admito que me prive de las horas que puedo dedicar a asuntos de otra enjundia. La última película que he visto ha sido una lamentable que, pese a su absoluta falta de calidad, me atrajo durante hora y media. Embrutecido, despellejando la magra trama, pensé en todo esto. En la forma en que manejamos el ocio y cómo lo llenamos. Somos como una especie de gran disco duro, uno aristócrata y sibarita, al que le debemos el volcado diario de las cosas a las que le hemos ido acostumbrando. No puedo pasar un día sin que un poco de jazz me lama las orejas. Ni uno solo en que eche mano de la prensa para ver cómo se precipita el mundo hacia el hondo abismo que le hemos construído. Ninguno sin algunos de esos vicios que, embozados, deleitan, conmueven y, en algunos casos, enriquecen. No sé bien eso de la riqueza en qué consiste. Supongo que en ser feliz sin más atributos. Es rico quien está alegre o se siente feliz durante un corto espacio de tiempo al día, pero a diario. No creo en la felicidad completa. Soy más de una alegría intercambiable. Por eso confío en esas golosinas intrascendentes que programo a media tarde o por las noches para ir cerrando el tráfago del día. Veo fútbol, enchufo el ipad y navego sin un plan de vuelo. Soy el buen naúfrago. El que tiene a mano un ferry que lo conduce a tierra. El que abre (esta noche) un libro de Auster (Invisible) del que espero grandes cosas. También puedo ser un inocente. Una amiga (B.B.G., pongamos) me mandó hace pocos días su novela. Suerte. Estoy ocupado en esa agradable travesía. Poder leer y luego contar al autor cómo ha sido el viaje.

2
Recuerdo que mi amigo K. me refirió la historia de un pariente suyo que rehusaba leer a Kafka y a Kierkeegard porque los dos le daban migraña. Será la K., adujo K. en una de sus muy finas maneras de retorcer los argumentos de los demás y llevarlos al campo que más domina y que yo más aprecio: la ironía, la sutileza. Yo hace tiempo que no releo a Kafka, sin motivos que pueda explicar lo aparto cada vez que me asalta Samsa en la cabeza,  y una única vez tuve a Kierkegaard como lectura de cabecera. Estos tiempos exigen otras lecturas, otras películas, otras músicas. En lo que apenas cambio, en lo que no introduzco cambios inducidos por mi estado de ánimo o por el estado de ánimo ajeno es en mi irrenunciable afición al jazz. Ahí busco el énfasis, el arabesco, la síncopa bien recargada y la madre que parió a la inspiración y al libre desenfreno de los ardores del genio creativo. No sé que opinaría Harold Bloom acerca de estas reflexiones mías después de un café bien cargado. Me declaro incompetente para razonar mi amor al jazz, pero asumo mis vicios y me confieso adicto. No escribo más sobre jazz en este página porque me quedo sin argumentos. Hay declaraciones de amor profundo y hay convicciones firmes que mi rutinaria manera de escribir recoge en posteos repetidos, prescindibles. Escribir sobre jazz me produce zozobra, envaramiento: me siento indispuesto, desprovisto de cualquier pequeño síntoma de inspiración. Curiosamente me explotan cien sintagmas en el pecho (y todos hirientes y todos canallas) si lo que leo o lo que veo o lo que oigo (libros, películas, discos) me desagrada y empatiza con esa parte severísima de mi ocio crítico que no consiente (habida cuenta del poco tiempo que tenemos para estas cosas) mediocridades. Por eso me resulta vigorosamente fácil escribir sobre el último engendrillo de Nicolas Cage,  metido en  películas malas de solemnidad, bandidaje intelectual, refritos desatinados, subproductos voluntariamente prescritos para almas poco exigentes, cuando no apáticos consumidores en nada concienciados del valor del tiempo y de sus esclavitudes. Tópicos amañados con infame voluntad de mercado, desprecio patrocinado, saldos de mercadillo vendidos a precio de Armani, pero a veces están ahí, reclamando que las mires y las olvides más tarde.

24.3.12

I've got the blues

                                                              Val Wilmer, 1.964


Esta reunión de bluesmen me recuerda las fiestas flamencas a las que alguna vez he asistido. Aquí están los viejos patriarcas y están los aprendices. Custodian la historia de una música y en ocasiones exhiben el magisterio heredado. Carecen de glamour y no precisan de la maquinaria infame de la notoriedad, pero son capaces de conmover a quien contempla cómo ejecutan su oficio. Me imagino que para que esta instantánea fuese posible tuvieron que concurrir enormes y muy azarosas circunstancias. De hecho, el jazz o el blues son, en su esencia más íntima, la expresión básica de una pérdida, la manifestación del dolor. Se canta para quemarlo o para compartirlo. Luego la música probablemente se dejó cortejar por excesivos pretendientes de modo que ni el blues ni el jazz que se hace hoy está pensado desde el dolor. Todo se ha maleado en exceso. O se ha convertido en otra cosa ajena a la que lo alumbró. Nada escapa al imperio absoluto del showbusiness. El dolor está en Amazon y se lo envían a casa en menos de una semana a cuenta de su Visa Oro, pero entonces, en la foto, los patriarcas se reunían en un garito cualquiera y enseñaban a la feligresía más joven la forma en que debe ser tocado el blues. El dolor es el disco de T-Bone Walker que ahora estoy escuchando. Dicen que inventó el blues eléctrico. No dejan de ser etiquetas, añadidos a beneficio de la heráldica. Importan otras cosas. El diablo merodeando. El dolor de pronto ofrecido como un bálsamo.

17.3.12

Los mil dolores pequeños de Charlie Parker




De los seis músicos de jazz de la fotografía solo conozco a tres. Charlie Parker, Lester Young y Lennie Tristano. Debe ser a finales de los cuarenta. Pueden tocar Ko-Ko o On the sunny side of the street, que eran dos piezas habituales de Parker, el frontman, en sus giras por locales nobles y por tugurios de carretera. Hay una escena tristísima en Bird, la película de Clint Eastwood sobre Parker, en la que el músico pernocta en un motel infame, aquejado de mil dolores pequeños, muriendo de alguno mayor e irreparable, ideando la forma de que los bolos den más pasta y puedan pagar hoteles mejores. Dizzy Gillespie, sin embargo, vive en una casa modesta, noble, a la que Bird acude a altas horas de la noche para que escuche una pieza que está componiendo. Dizzy le disuade, le recrimina que toque el saxo en la acera, despertando a los vecinos. Dizzy, con sus gafas de pasta, elegante en un batín satinado, una especie de pequeño proletario del jazz, ajeno a las drogas. Parker, desgarbado, ciego, torpe, viciado, atormentado, aquejado de mil dolores pequeños, pensando en el dinero, en el jazz, en la salvación del alma por el bebop. Quizá la fotografía registre la noche que precede a la escena de la película de Eastwood. Como si todo estuviese comunicado y el aire fluyese sincopadamente.



15.3.12

Me trepa el candor como una lagartija mística / Miles Davis parece un cantaor flamenco



El arte será mestizo o no será. Miles Davis llevaba tatuada esa frase en los pulmones. La apuró hasta que no le entró ni una sola brizna de aire. No dejó de mezclar texturas durante los más de cuarenta años en que mantuvo entre sus manos una trompeta. Lo de menos es que a esos mejunjes sónicos le llamaran cool, bebop, hardbop o jazz-fusión. Importa escasamente que las músicas tengan la etiqueta con la que las estabulamos. De hecho podríamos prescindir de las nomenclaturas. No saber nada más que el nombre de los músicos y el título que le pusieron a la pieza que tocan. Podríamos ir más allá y prescindir de eso incluso. Por eso a veces me gusta poner jazz en la radio.  Porque no sabes qué estás escuchando. En eso, en la radio musical, me vale el bueno de Cifu en su Radio 3. Con él, con lo que programa, podríamos abastecer siete vidas consagradas a la ingesta masiva de jazz. No nos vale la que tenemos. A Julio Cortázar o a Boris Vian (declarados amantes del jazz) no les hubiese importado recrear la vida huraña y austera de un melómano que únicamente escuchara discos de jazz de principio a fin. Uno a salvo de las inclemencias del tiempo o de los gobiernos, encapsulado acústicamente, privándose de las rutinas de los demás, misántropo selectivo, capaz de turbarse ante un solo de Michel Petrucciani, tocando So what, e insensible a un abrazo o al amor que una madre exhibe cuando besa a un hijo. Hitler amaba a Wagner y despreciaba al pueblo judío. 

Está el arte ahí, dispuesto a asistir en gozo al noble de corazón y al impío de alma, en igual medida. Por eso no imagino a nadie inclinado al mal escuchando jazz. Digamos que el jazz adiestra y predispone al corazón a que maniobre con bondad por donde pase. Que la sangre fluya limpia y no se malogre con los venenos habituales. Sí, reconozco que me ha salido un post moralmente generoso. Miles Davis podía ser, en la intimidad, un verdadero cabrón y, sin embargo, hacer temblar el cosmos cuando entraba en un estudio o subía a un escenario con Bill Evans, John Coltrane, Cannonball Adderley, Jimmy Cobb y Paul Chambers y grabar uno de los mejores discos de la historia de la música, Kind of blue. No se puede ser un cabrón integral pensando esa música, sintiéndola ir y venir por dentro, como un río de alegría. Pero ya digo, ando hoy inclinado a la inocencia. Me trepa el candor como una lagartija mística. Si tuviera que elegir una canción que borrase a todas las demás sería So what. Enfebrecido, cólericamente.

posdata:
En la fotografía, Miles parece un cantaor flamenco. ¿Que no?

11.3.12

La fiesta del señor Samsa


Corre por estos días la efemérides de La metamorfosis. Samsa cumple cien años. La fatalidad de Kafka, su don para expresar el tormento de estar vivo. Porque la belleza está ahí afuera, pero a veces pienso que la mejor literatura procede de los atormentados.

9.3.12

Pensar el movimiento de los planetas



El que conoce el arte de vivir consigo mismo ignora el aburrimiento.
Erasmo de Rotterdam


Hay quien ya no se cuestiona nada nunca y deja pasar los días y observa cómo se persiguen, hasta qué violento extremo se amenazan y se muerden. Los días se muerden y las noches sangran. Los días persiguiéndose, voraces. Pienso en esto, en los días como una bendición (laica, of course) o en una condena (bíblica, claro está) y me acuerdo de un amigo de muy fácil ingreso en el aburrimiento. Un tipo de aburrimiento existencial, patológico, de los adentros menos visibles de su ser. Una de las cosas más terribles que le puede pasar a alguien es que se aburra. Conozco a quien le pide a Dios salud, trabajo, amor. Quien prescinde de la injerencia divina y alimenta la esperanza de que la fortuna, al modo de un dios caprichoso, le conceda sus deseos. Sé de quien no se arredra en pedir que su equipo gane la liga de fútbol o que la lotería le agracie escandalosamente. Conozco gente admirable que reza a diario para que los santos del cielo no le ignoren, pero cuesta encontrar a quien le pida al azar o a la suma de todos los azares o al cielo puro o a la mecánica cuántica, qué sé yo, que la vida no le permita aburrirse. Que sobrelleve los días sin que una brizna de tedio le aflija. Que se muera a caballo de algo y a toda prisa.

Ya no veo a este amigo (R.M.J.) pero seguro que, de puro aburrido, no está enganchado al facebook ni le da por ver si los amigos antiguos publican cosas en la Red. De mí decía justamente lo contrario. Como si fuese un vicio. Sé, no obstante, que no me he aburrido en mi vida. Uno dice estas cosas con un poco de pudor, azorado, turbado por exhibir algo mío que pudiera, en otros, despertar algún tipo de envidia o de perplejidad. Yo lo que admiro es otra virtud de la que yo carezco y que he visto, en ocasiones, en los demás espléndidamente ejecutada: la de no hacer nada y no sentir que el cielo se desploma o que la cabeza, agotada por esa pasividad improductiva, bombea veneno, se malea hasta que el corazón, atento al desquicio de su compañero de batalla, pide urgentemente una liberación, un poco de actividad, cine negro de la RKO, un paseo por el campo a la caída de la tarde, un café con los amigos en una terraza del centro, un disco de Monk, un libro de poemas de Ángel González. Nada grave.

Creo firmemente en la salvación del alma por la vía de la cultura. No se salva porque trascienda la cárcel del cuerpo y se eleve en un paroxismo de pureza y de complicidad con lo divino sino porque está entera y está alerta mientras vive. Al alma la astilla la vida desde que se forma en el feto fundacional. La corrompe y la desguaza. Al alma, a ese artilugio con el que nos enfrentamos al más allá, se le confían labores que no siempre está a la altura de realizar. Se le pide que no se enfangue en demasía, que se preserve del mal y que no se arredre cuando se le exija un plus de valentía, un ir más lejos y salvar algo de lo que nos identifica como humanos. No sé yo eso de ser humanos qué significa en realidad. Si requiere un adiestramiento o si lo más acendradamente humano se revela solo, sin que intermedie la cultura. El hombre, y no les quepa duda de que la mujer también, es un animal temerario, uno lo suficientemente retorcido y perverso como para dañar a su prójimo e incluso para dañarse a sí mismo. No sé tampoco (esto va de incertidumbres a lo visto) si todos estos milenios de cultura (qué sabemos sobre la cultura, qué equipaje tan impreciso) solo han confirmado ese retorcimimiento y esa perversión. Cabe incluso pensar que la mala leche, dicho así de una manera abrupta y pandillera, ha ido creciendo al paso en que la civilización se ha ido esmerando en su progreso.

 Me pregunto si todo el mal que nos aflije no vendrá del dolor de estar solo y de no aceptarlo, de aburrirnos y de no saber con qué aliviar el aburrimiento,de estar delante de una pantalla de televisión y no advertir el movimiento de los planetas. Al alma, al alma que se esfuerza en irse conociendo y en no contradecir más de la cuenta lo que le conviene y agrada, la voy yo mimando en lo que puedo. Hago de esos mimos un oficio. El día en que todo se pone en contra y el gris ocupa el cielo es porque la he descuidado o porque le he dado la espalda. A veces me basta sentarme un momento y recapacitar sobre lo que se ha fastidiado. Pensar en el movimientos de los planetas. No siempre funciona. Hay ocasiones en las que no hay manera de echarla andar de nuevo. Al alma, digo. No hay forma de que sonría y se apueste en la barra de los bares y sienta que el mundo fluye, los planetas registran órbitas fabulosas o que la lluvia, en la calle, está preciosa. Y entonces, pensando en eso, cayendo en la cuenta de esas cosas, alejo el aburrimiento y noto que el corazón se me espabila, la sangre se me encabrita en sus aljibes y el pecho se me abomba por el peso puro del aire recién ingresado. Ojalá suceda siempre, ah amable lector. Como si hubiese un interruptor por ahí adentro que nos encienda y nos haga ver la secreta hondura de las cosas, el nombre de Dios o la fórmula que permite la alegría sencilla de sabernos elegidos de algo.

8.3.12

A lomos de Moby Dick / Revisión del desorden

Todo sigue felizmente en desorden. El primer impulso es coger unas cajas y meter los libros que ya no leemos y coger más cajas y meter los discos que ya no escuchamos. Una vez que hemos llenado montones de cajas y hemos aliviado el desorden se procede a inventariar meticulosamente el material sobreviviente. Entonces advertimos que la habitación sigue reventando por todas las paredes y ya no tenemos cajas en las que meter más libros ni más discos. El siguiente impulso es cerrar el cuarto con llave y abrir otro cuarto donde comenzar una nueva vida de libros y de discos. Piensa uno en la posibilidad de buscar un piso franco en el que arrumbar el material sobrante. Piensa en uno no necesariamente grande, una especie de picadero libresco, céntrico, con ascensor y una comunidad de vecinos a la que no le incomode un inquilino eventual, poco conversador, centrado casi exclusivamente en hacer continuos portes de cajas y en cuidar en no intimar en exceso con las vecinas curiosas.

El vicio de ir comprando todo lo que nos gusta no sólo rebaja nuestras a veces flacas cuentas sino que crea problemas de espacio. Recuerdo haber alojado libros en prácticamente casi todas las habitaciones de una casa de alquiler que tuve. Había libros en el salón, en el dormitorio, en el cuarto de la plancha, metidos en cajas. Los miraba casi con ternura: los imaginaba dolidos por mi abandono. En cuanto tuve domicilio propio y estable, habilité una habitación en donde colocarlos. Disfruté con la idea de que todos estuvieran allí, en ese refugio simbólico, en esa intimidad cálida y ordenada. Quizá por eso me gustan las películas victorianas en donde un patrón mobiliario exige altas estanterías pobladas de libros, anaqueles lujuriosos con escalera propia. Me gustan de un modo elemental, primario y escasamente elaborado. Observo el orden, aprecio la terquedad del espacio, evalúo la posibilidad de vivir yo en ese búnker idílico, aplastado por Shakespeare, por Milton, por Chesterton, por toda la colección de revistas de cine y por las obras completas de Borges, por los libros de Visor y por los pocos, ay, que compré sobre jazz. Y pienso en el bendito desorden, en la promiscua imprudencia de no estabular y dejar que el azar administre los tesoros allí velados. Comprobar de pronto que a Henry James le hemos colocado de vecino a H.P. Lovecraft sin premeditación, sin percibir el hermanamiento repentino entre los dos volúmenes. Porque hay libros que se contagian y hasta he pensado que las historias que cuentan se entremezclan sin que lo percibamos. Por eso cuando leemos a Bolaño vemos a Cortázar atrincherado en un párrafo. Por eso cuando disfrutamos del verso de Gil de Biedma nos percatamos de que allí está Dámaso Alonso. A nuestra disposición. Qué hermosura. Hay como una corriente de afecto que hermana las cosas que, en principio, no parecen casar. Me pregunto qué batalla íntima, invisible, ocurrirá cuando descanse un libro de Paul Auster con otro de Jorge Bucay. Cualquiera de Paulo Coelho apoyado sobre La conjura de los necios o sobre Moby Dick.


5.3.12

Los invisibles

Nada sabemos del genio antes de serlo verdaderamente. Ignoramos si daba severas trazas de talento en la forma de andar, en cómo saludaba a los amigos o en el modo en que cortejaba o se dejaba cortejar. Si leía clásicos rotundos o perdía el tiempo (es un decir) jugando a canicas o si hablaba retórica y pedantemente o, bien al contrario, adoptaba unas maneras lingüísticas naturales, de escasa evidencia de que adentro bullía el genio que luego explosionó. Hay evidencias que principian un atisbo de genialidad o de genialidad ya enteramente instalada, pero en ocasiones lo sublime se esconde, no se manifiesta en exceso e incluso no se manifiesta nada. Está el genio larvado, gozando en esa intimidad sin alardes, consciente de lo que alcanza y del escaso deseo que tiene de alcanzarlo. He visto talentos enormes (y no solo en libros o en películas, en las paredes de un museo o en la ejecución de un instrumento musical) que se han decantado, bien al contrario, por censurar su don. Piensa uno entonces en lo que no se ve, en la claridad oculta, en todo esa riqueza intelectual o artística desaprovechada, encerrada en un búnker de onanismo, de apatía o de sencillo infortunio. Se habla mucho de los que hicieron una gran obra y al poco les sorprendió la muerte. Se relata qué podrían haber hecho o hasta dónde pudo dar de sí ese talento cercenado, pero también están los invisibles, los talentos a los que nadie dio una oportunidad (siempre hay un mecenas, un sponsor o un golpe antológico de suerte) o a los que nadie prestó un mínimo de atención. Gente de la que prescindimos sin que ese vacío altere una brizna el completo estado de las cosas en el que vivimos. Abundan los escritores, los actores, los músicos, los pintores, los escultores, los que hacen que vivir sea más hermoso de lo que ya es de por sí. Quizá está bien que todo siga como está. Que se queden en la sombra los genios inadvertidos. Soy de los que piensan que vivimos en una continua sobredosis de información. Que hay más de lo que se puede abarcar. Que nos aturden con este exceso para que no afinemos. Y pienso en todo esto y recuerdo al músico de la calle, en Fuengirola, el otro día, haciendo una pirueta circense con su guitarra, uno de esos prodigios únicamente permitidos a esos virtuosos que llenan teatros y salen en las páginas de Cultura de los diarios cuando sacan un disco nuevo o empiezan una gira. Nada sé de este músico callejero. Si de pequeño leía vorazmente o es un feliz iletrado. Si tuvo un amor que marcó su vida o no precisa amor que la complete más de lo que está. Sé, en todo caso, el tamaño del chispazo de asombro que me ocupó el cerebro durante los muy escasos minutos en los que le escuché tocar una pieza un poco swing y un poco zingara (una cosa entre Django Reinhardt y los Gypsy Kings) que acompañaba con suavísimos movimientos de cabeza, entornando delicadamente los ojos. Nunca leerá esta nota brevísima, pero sabrá que estoy hablando de él.

176/365 Nora Barnacle

 176/365 Nora Barnacle Nora Barnacle, la esposa de James Joyce, no leyó nunca Ulises.como él hubiese querido, no como Vila-Matas lo ha leído...