25.10.26

En el Día Internacional de las Bibliotecas II

 A María Teresa Ferrer, mi reina de los libros (forever)

En 1250, Richard de Fournival comparó la biblioteca ideal a un ‘hortus conclusus’, un jardín cerrado. Es una cita recogida en «El sueño del Rey Rojo. Lecturas y relecturas sobre las palabras y el mundo”, un libro de Alberto Manguel.

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Ayer fue el Día Internacional de las Bibliotecas. Dejo aquí una rendición de mi amor hacia ellas. De mi gratitud por que existan también.

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Una de las palabras más hermosas que conozco es letraherido. Uno de los lugares en el que estoy mejor es una librería o una biblioteca. Borges imaginó el paraíso bajo la forma de una biblioteca. Algunas necesitan de una escalera para acceder a las baldas más altas. Todas, por modestas que sean, ofrecen el consuelo que en ocasiones no se encuentra en otros sitios. Todavía me sucede que al entrar en casa de alguien por primera vez busco si tiene o no una biblioteca. Husmeo con discreción, pero seguro que algún gesto me delata.

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No hay sitio donde mejor se lea que junto a los libros. No es que se tenga uno en las manos, es la sensación de que los demás (muchos o pocos) están cerca y participan de algún modo de la lectura. Libros que consuelan solo con saber que están disponibles. Como las personas a las que amamos. Además, ninguno nos reclama una entrega exclusiva. Lo ideal es ser infiel e ir cortejando a unos y a otros. En una biblioteca la promiscuidad libresca es saludable. Basta una silla. Ni la silla es precisa, si hay suficiente deseo.

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Las bibliotecas domésticas también contribuyen al palique de sus dueños o de sus invitados. No se exige la conversación sobre libros, pero acabaría por imponerse. La imagina caótica conviene también a las bibliotecas, cree uno está bien que no haya un orden, en donde los volúmenes se arracimen en mesas, se arrumben en el suelo en desmayados montones u ocupen las baldas, apretados groseramente, sin darles aire, unos apilados en vertical (como parece que es exigible) y otros, más aristocráticos, ofrecidos en horizontal, sin concierto ni voluntad que los gobierne. Quizá la biblioteca dice más de quienes las poseen que los hábitos o las palabras con que se nos conoce. En la intimidad somos otros, nos expresamos de otra manera. Preservamos para los íntimos esa expresión privada de nosotros mismos. No es una información que debamos difundir, no es algo que los demás deban saber. Entiendo a quien tenga esa especie de pudor en lo concerniente a sus libros, a cómo los ordena o de qué secreta manera los custodia. También a quien abre sus puertas y ofrece esa parte suya al escrutinio de los curiosos. No hay un criterio al que afiliarme. Las bibliotecas personales son extensiones fiables de sus propietarios.

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Las bibliotecas son los únicos laberintos en los que me dejo perder. La vida, al cabo, también es un laberinto. Es la cabeza la que viaja, no el cuerpo. Es la ficción la que te coge de la mano y te zarandea: la realidad sigue firme ahí enfrente. No hay libro bueno en el que no exista esa sensación de zozobra. Hay algunos libros de los que no sales nunca, aunque pasees al acabarlos o los comentes con los amigos en la barra de un bar o en un WhatsApp. Libros de los que te impregnas, libros que te afectan como lo hacen algunas personas, libros a los que vuelves de vez en cuando para comprobar que todo está en su sitio o que, ojalá fuese así, las cosas han sido movidas y ahora el libro es otro. Quizá somos nosotros los distintos. Como el río de Heráclito: nadie baja dos veces a las aguas del mismo río. Es otro el río, su corriente; nosotros nunca somos iguales de un día a otro. hay biblioteca que no cambie a poco que no la miremos. Ninguna que no posea la facultad de que su dueño no la reconozca.

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Fotografía de Marina Sogo intervenida por Eugenio Rivera

Las bibliotecas custodian la Historia y la preservan ante la eventualidad de que el género humano pierda la cabeza y se líe a palos masivamente. Sucede que, en la contienda, en la refriega, en el yo te invado antes de que tú lo hagas o yo te tiro una bomba por si a ti se te ocurre la misma idea, son las bibliotecas las primeras que padecen el desvarío de los contendientes. Parece que se esmeran en que las bombas caigan en ellas. Se obstinan en reducir a escombros las bibliotecas y las escuelas. A veces, según las circunstancias, arremeten contra las iglesias. Quedan en pie las tabernas y los puticlubs, eso no se toca, por si hay gana de farra o de fornicio cuando han terminado de pasar las ambulancias o se han enterrado a todos los muertos. La visión de una biblioteca destrozada produce en quien las ama una desolación muy difícil de describir. Cuando el dolor es hondo, si ha alcanzado los adentros, resulta duro pensar con calma, escribir o hablar sobre lo que se ha perdido. En el duelo el pulso narrativo languidece, flaquea, se pierde invariablemente, pero lo que se escucha o lo que se lee es verdadero, no obedece a ningún ardid literario, ni se deja cortejar por las modas. Los libros no sólo arden muy bien, si se les arrima un fuego que no se desmaye en la tragedia de hacerlos ceniza: también mueren con absoluta soltura. Parece que no les importa. Como si lo que les sucede estuviera registrado en alguno de ellos, justamente en los que están padeciendo el rigor de las llamas. No hay nada que no se haya escrito. En alguna época, alguien constató el terror o el amor o la belleza. La literatura es una extensión de ese volcado ancestral. Se anudan los argumentos, se expanden, adquieren volumen, incluso parecen otros, aunque en realidad sean los mismos de siempre, los que contaron los griegos o un bardo inglés o un novelista metido en contar andanzas caballerescas. Arden los libros, se les da bien arder, pero hay otros que les suplen. A cada libro sacrificado, hay otro que acecha para ocupar el hueco vacante. Si las bombas derriban una biblioteca, los supervivientes levantarán otra y colocarán con mimo los volúmenes en las baldas. En alguno se transcribirá la historia de los que prendieron la mecha y de los que la vieron prender. Estará el pasado y se entreverá el futuro. Lo que sí es cierto (no hay otra verdad más fácilmente defendible) es que el libro permanece. No hay objeto mejor pensado que él. Si tuviéramos que elegir uno solo, un solo objeto que representara el progreso del hombre no habría ninguno mejor que un libro. El fuego no los hace perecer. Duran mientras alguien relate lo que leyó en ellos y otro se empecine en registrarlo para que no se pierda.

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Hay bibliotecas que no lo parecen, pero no difieren de las otras, de todas las que has visitado y se han parecido entre ellas. Comparten la idea del orden, esgrimen contra quienes las apartan las mismas consideraciones intelectuales o estéticas: hay que leer, el futuro de un pueblo reside en la educación que reciba, los libros son el legado más valioso del hombre y en ese plan. En algunas de esas bibliotecas que no se inscriben en la norma pueden concurrir circunstancias que las hagan verdaderamente valiosas. Da igual que una furgoneta abierta en un costado (como las que surten de helados en verano) o un improvisado puesto callejero en el que se apilan libros para que el transeúnte los ojeé con vistas a que alguno sea el elegido y se lo lleve a casa. Las bibliotecas que se instalan a pie de playa son privilegiadas por sacar al libro de la pompa con la que se exhibe las más de las veces. Al libro se le confina con excesiva frecuencia en lugares en donde importa la elegancia, la distinción, cierto esplendor acorde al brillo o al mérito de lo que allí se expone, pero la cultura campa mejor sin corsés, sin dejarse catalogar. El hecho de que uno pise la arena de la playa sin calzado, con el torso desnudo, bronceado a fondo, cubierta la cabeza con alguna gorra con visera para hacer que el calor no la derrita, hace que la lectura se aligere también de sus protocolos. Hay literatura de verano como existe de chimenea o de cama, pero lo que se premia es la lectura en sí misma, la facultad de que el lector elija dónde leer y el atrezo no interfiera en la ella y podamos franquear una novela de mil páginas sin que se nos venga abajo a poco que calienta el sol o el sudor, insobornable, se escurre frente abajo, amenazando con caer a la página y emborronar un par de frases. Recuerdo haber leído a Lovecraft en un chiringuito.

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En ocasiones, convencido por la pereza, he pensado en desordenar mi biblioteca. Se trataría, en todo caso, de introducir un elemento caótico en ella. Uno añadido al que ya contiene. Siempre me fascinaron las mesas en las que el escritor está ocupado con sus libros y mira distraídamente a la cámara que registra ese momento de inspiración espontánea y simulada. Los libros se apilan sin que los encaje un propósito y crecen contrariamente a cualquier iniciativa de orden. Me parece imposible que alguien sepa cómo encontrar la poesía completa de Gil de Biedma en los tres volúmenes que editó hace veinte años (tal vez más) Mondadori. Quizá dé con uno (Las personas del verbo es mi favorito) y lo ojeé de pie y después lo coloque en el mismo sitio o probablemente esa pereza (o cierta voluntad anárquica) le incite en su subconsciente a que lo deje en otro lugar, uno en el que nunca haya estado. No tengo una biblioteca tan sumamente extensa como para que los libros me asfixien. Es voluminosa, sin que en ningún momento pueda alardear de ella como en ocasiones sí lo hago con la colección de discos o con la de películas. Es una mera cuestión de espacio. Las bibliotecas obedecen ciegamente a la propiedad en la que habitan. Creo que es Javier Marías el que tenía un segundo piso en cuyas habitaciones sólo había estanterías, altas estanterías hasta el mismo techo en donde alojar una segunda biblioteca. En la principal, estarían los libros que manejaba para sus novelas o las novedades recientes o aquéllos por los que manifiesta (pública o privadamente) una devoción mayor. Con el tiempo, haría pequeñas mudanzas y llevaría los libros menos consultados al piso depósito, por llamarlo de alguna manera. Caso de que Marías hubiese llegado a ser un lector centenario hubiera tenido que abrir un tercer piso y comenzar una tercera biblioteca. El ardor bibliófilo es una enfermedad y quien la padece no se deja medicar y permite que el mal avance y termine por invadirle el cuerpo entero hasta que lo derrota. Mi amor libresco no alcanza ese delirio. Tampoco se me permitiría. Hasta yo, a veces, pienso a qué viene ese vicio de comprar libros cuando todavía hay algunos que todavía no has leído. Podría hacer una lista larga. Parece que esperan a que les concedas el beneficio de la existencia. Somos una especie de dioses subalternos, caprichosos y rudimentarios que abren y cierran las vidas encerradas en las novelas que no leemos. La vida, que es caos, no puede volverse mansedumbre: hay vértigo dentro, aunque nos esmeremos en domeñarlo y busquemos (con ahínco, con pasión, con vicio a veces) el orden, como si eso nos salvara de algo. Como si fuese malo y hubiese que huir.

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Hay bibliotecas que parecen catedrales. Les falta a Bach tocado en un órgano majestuoso que ocupe una parte bien visible en alguna galería superior. Tampoco estaría de más que tuviesen campanas. Las metáforas poseen más belleza y también más hondura si las acuña lo sacro, a pesar de que el espíritu de las bibliotecas se afilie más a lo laico y exprese con más vehemencia la parte laica de la sociedad. Sin embargo, las grandes bibliotecas retrotraen al pasado medieval. En la Baja Edad Media eran las universidades y las iglesias las que soportaban el peso fiable de la cultura, su custodia, ese preservar lo hermoso y lo blasfemo para que no lo arruine el tiempo. El bibliotecario era Dios. Allí estaban celosamente custodiados todos los libros posibles. Ninguno escrito por el ingenio del hombre estaba afuera, expuesto al rigor del tiempo, sometido a la voluntad de los incrédulos o de los bárbaros, los que profanaron los cálices y las aras, arrasaron el jardín y quemaron los libros impronunciables, temerosos de que esos libros encerraran blasfemias contra su dios. Las bibliotecas tienen ese halo de cosa producida por la divinidad todavía, aunque las subvencionen las arcas públicas, que no son (esperemos que no lo sean) asunto de la Madre Iglesia.

En cierto modo, alivia esa idea panteísta del libro. Conforta la certidumbre de que todas las tramas de todas las novelas estuviesen en ese ámbito privado. En la actualidad, Google es el Bibliotecario. Él es quien rastrea e indexa. Las tripas del universo son un inabarcable poema binario en el que están todos los jardines y todos los caballos, todos los ríos y todas las batallas. En un libro, en alguno del que no ahora no podemos referir un autor o un título, estarán estas mismas palabras que yo ahora un poco borgeanamente prefiguro. Que en otro se registraría un argumento inverso al que yo propongo. En un libro Caín no mata a Abel. En otro, distópicamente, el Imperio Romano llega hasta el siglo XVIII o Hitler ganó la guerra o no nacen Cervantes o Shakespeare. Habrá alguno en donde Donald Trump se hace emperador de los Estados Unidos de América.

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Fotografía de Marina Sogo intervenida por Eugenio Rivera

Hay sitios que no están, algunos que ni siquiera tienen posibilidad de imponerse a la realidad y perdurar en ella, pero de los que se posee una idea romántica, de una plenitud absoluta, ocupando la entera capacidad de fascinación de la que somos capaces. Como una religión. Se tiene de ellos la impresión de que nos esperan, aunque no haya noticia alguna, ni evidencia fiable, de que nos dirigimos allí o de que conocemos el camino. Cuanto más se aprecia lo imposible de su existencia, con más ahínco nos aferramos a ellos. Son nuestros, al modo en que lo son la casa en la que vivimos o el cuerpo en el que estamos. El anhelo de la propiedad no siempre es tangible, no cuadra a veces con los objetos con los que amueblamos la vigilia. Tenemos posesiones preciosas que no registran las reglas del volumen y del peso, que no se abren con llaves ni conocen el imperio del dinero. Hoy, al leer a mis alumnos la Oda a las cosas de Pablo Neruda, pensé en cómo nos sobreviven los objetos, en la resistencia a que el olvido los derrote. Ojalá nosotros mismos pudiéramos perdurar como ellos. De alguna forma uno perdura en los libros que posee. Los libros que tenemos dicen cómo somos. Algunos lo hacen con más vehemencia, con más hondura también, que las palabras que decimos o los actos que hacemos. Amar los libros es escindirse en ellos. Nos impregnan y también los impregnamos. La biblioteca que vamos haciendo crecer funciona al modo en que lo hacen los hijos. Se parecen a nosotros, tienen gestos nuestros. Somos el río irrevocable, decía Neruda. Somos el libro infinito. Hay bibliotecas secretas en los bosques. Cada uno tiene la suya.

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Siempre es bueno tener a mano unas letras que echarse al ojo. Si la biblioteca queda lejos o no se anda bien de tiempo, nada mejor que la posibilidad de que el libro vaya en tu busca, dé contigo y te deje cogerlo. No imagino mejor método para devolverlo que el usado para llevártelo. Una vez que lo has leído, lo metes en el bolsillo grande del abrigo de pana de invierno o en el bolso o en la mano, para que los demás sepan qué lees y lo que te gusta airearlo. Hay que presumir de estos vicios librescos. Salir a la calle con un tomo de Robert Stevenson o de Pedro López Lara, dejadme que tire de amistad, pasearlo un par de horas y luego retornarlo a casa y devolverlo a la balda de donde lo cogiste. Se pueden ir punteando los volúmenes elegidos con idea de no repetir y poder exhibir una selección variada que entusiasmará al público atento o avisado. En el colmo de la generosidad, se puede uno colocar el mueble a la espalda y apostarse en la plaza del pueblo para que los transeúntes, después de salir de la conmoción óptica, escojan su preferido y se comprometan a traerlo de vuelta con la reiteración o el plazo que estipulen dueño y usuario. La irrupción de los libros electrónicos invalida estas escaramuzas románticas. Carga uno el aparato y lo guarda en cualquier sitio, de pequeño que resulta, pero no es lo mismo que se nos vea con un libro en las manos, uno de verdad, tangible, con su pasta dura o su arrugada de bolsillo, con su peso, manejable o no, que portando en las manos una máquina sin encanto alguno, de la que no se sabe bien qué uso se le está dando y que no difiere, ni en tamaño ni en prestaciones a veces, de un smartphone. Una vulgaridad. De ahí la épica de las bibliotecas ambulantes, su insobornable vocación de servicio social. Los libros, si se mueven, van más lejos. Luego, cuando se leen, hacen que sea el lector el que se traslada. Es doble el viaje. Los libros no pesan. Benditas alas.

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Antes está comer, apaciguar el apetito cuando se encabrita y cocea por ahí adentro el hambre. Es malo ese caballo interior, no da tregua, no se deja acariciar, exige su tributo. Se le doma con cualquier cosa, ustedes ya saben. Basta que mastique y trague, pero hay días en que uno desea elevar el listón y se le conceden manjares que compensen un poco todas las desatenciones. Lo de comer entre libros pasa a veces en las películas de Woody Allen. Se sientan en una mesa bien ocupada por platos y festejada con velas o historiadas botellas de vino y charlan con un humor imbatible, entre chabacano e intelectual, acerca de hombres o de mujeres o de corrientes pictóricas o de la vigencia de las drogas como estímulo creativo. Los libros, a espaldas de los comensales, aguardan que alguien los coja en los postres, los ojee casi sin aprecio y los vuelva a depositar en el hueco de donde los extrajo. No soy del gusto de tener libros en el lugar en donde se come en casa. Observo un protocolo estricto y me esmero en darles una residencia más apartada, en la que no haya ese tránsito de personas yendo y viniendo. Cada dependencia de la casa precisa un cometido. Hubo un tiempo en que tenía libros en todas partes al no disponer de una sola en la que alojarlos a todos. Pequeños muebles repartidos por habitaciones y por pasillos los contenían honrosamente, pero sin concederles el vínculo primario de hacer de ellos una familia. Que uno se beneficie un arroz con marisco a su vera no es en sí nada que pueda sancionarse: no infringe ninguna ley, no se desatiende alguna norma (tácita incluso) por la que libros y viandas no puedan vivir juntos, en alegre comandita. Las bibliotecas pueden matrimoniarse con cualquier adorno que se les asigne, cualquier mobiliario es válido. Cuenta la presencia rotunda (vehemente, infatigable) de los volúmenes en sus benditas baldas. Se lee en soledad, pero comer es un acto social, una ceremonia más (y no una desdeñable) de los sentidos.

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Algunos de los libros que he comprado con más vehemencia estaban en la calle. De hecho, no me hace falta con ellos apuntar la librería o la fecha en la que los encontré, como suelo hacer. Puesto a echar memoria hasta caigo en la cuenta de qué hice ese día y tramo en la cabeza una especie de mapa en el que sé moverme con soltura sin que los años pasados hayan cobrado un peaje y algo se me escape. El libro del desasosiego de Pessoa lo compré en un tenderete de libros de segunda mano que en verano se puede encontrar a la espalda de un hotel de primera línea de playa en Fuengirola. Quizá ya no exista, es posible que ahora la ciudad se haya movido y lo haya eliminado. De ahí el valor de los recuerdos. Contra ellos no se interponen los rigores de la realidad. Sigo con Pessoa: cogí el libro y lo metí en una bolsa de playa, junto a la toalla y los Coppertones de turno. Lo abrí en la arena, una vez que se clavó la sombrilla y se abrieron las sillas con la estrategia geopolítica habitual. A eso de media mañana, lo saqué de la bolsa y empecé a ojearlo. Pensé que ésa no era literatura para un día de playa, pero avancé lo suficiente como para acabarlo en pocos días. Aquella tarde volví a pasar por el puesto callejero de libros, sin comprar ninguno. Fue en coche, de camino a algún sitio que en esta ocasión sí que he borrado de mi cabeza. Mi tío, al verme leer con ese ardor, me dijo que parara de vez en cuando y me diera un baño, no cayera malo. No dijo otra cosa, fue ésa. Están ahí los dos, sin que yo sepa el modo en que se hablan, Fernando Pessoa y Juan Calvo de Mora, mi tío, entablando un diálogo en el que quizá yo ni pueda entrar. Los libros hacen cosas que no entendemos.

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No hay vida para leer todos lo que uno quisiera. Incluso el hecho de leer mucho trae aparejada la idea de que algo tuvo que descuidarse. Si yo ahora releyese Moby Dick, la obra maestra de Herman Melville o la Lolita de Vladimir Nabokov, una de las mejores novelas jamás escritas, le estaría sustrayendo a mi rutina diaria el tiempo que bien podría ocupar en pasear o en salir con los amigos o en ir al cine dos o tres veces por semana y no perder el hilo de los estrenos. No sé lo que tardo en leer una novela. No le he echado cuentas. Leí El túnel de Ernesto Sábato en una tarde y tardé casi un año, con lo malo que es eso, en acabar Ulises de James Joyce. Hasta estuve tentado de dejarla por la mitad. Pesaba más la obligación que el deleite. No creo que me haya sucedido con muchos libros. Hay una voluntad mía en quedarme con las novelas ligeras que tal vez provenga de mi amor absoluto por el cuento. El grosor, en literatura o en el cine, me agradan cada vez menos, pero en cualquier momento me desdigo y vindico el grosor como criterio para elegir una obra y no otra. Lo que no haré jamás es leer todo lo que mi pasión bibliófila ha ido comprando. No porque me falte el deseo para acometer esa empresa, no porque ahora no me apetezca leer de nuevo las novelas de Faulkner o las de Austen. Con frecuencia cada vez mayor razono que no puedo alargar más los días o que no puedo fatigar más las noches. Recuerdo haber leído hasta que clareaba el día. En ninguna de esas ocasiones, en las veces en que el desvelo ocupaba noches enteras viendo cine o escribiendo o leyendo, lamenté el exceso. La edad cobra sus peajes y no se pueden mantener estos vicios sin que se fracture algo dentro. Al mirar la biblioteca de casa constato que es posible que no abra otra vez Manhattan Transfer de John Dos Passos o Drácula de Bram Stoker. Hay libros a los que vuelvo y me fascina la compra de los nuevos y la posibilidad de entrar en una trama de la que lo ignoro todo. Luego está el espacio, la imposibilidad (esta vez) de alojar cada pequeño capricho que uno pueda concederse. Creo que no sabría qué elegir en una biblioteca como la que ilustra este escrito. Sé también que sería feliz de un modo primario e inargumentable si yo dispusiera de esa sala para mi solo solaz. Seguro que está por ahí Borges o Kafka o Musil o Kipling o Lovecraft o Cortázar o Swedenborg. Lo que no hay es vida. Ni quizá los que tenemos cerca, a los que amamos, merezcan que los libros ejerzan esa influencia poderosa en nosotros. Es cierto que es una enfermedad. Los libros, a la larga, dañan, pero es una herida dulce, una que conviene, la única con la que uno trasiega sin que el dolor lo rebaje, aunque uno sepa que, pasados algunos capítulos, el lector y el protagonista mueren. Lo decía con menos palabras un famoso humorista televisivo: el ansia viva (o pura).

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Creo que la ciencia llega siempre tarde, aunque acuda con pompa y con circunstancia, obsequiada de festejos y de promesas de bienestar. Unos médicos ingleses prescriben poesía para que remita la depresión o para que las dolencias del mundo moderno mengüen. Parece que los galenos recetan libros de poesía y de novela a quienes, aquejados por el stress, enfermos de prisa, pedían alguna pócima mágica, algún remedio que no aparezca necesariamente en los prontuarios de medicina. Lo que hacen, según leo en prensa, es enviar a los enfermos a las bibliotecas. Éstas, avisadas, tienen ya las píldoras sobre el mostrador. Ahora un cuarteto de Keats, ahora un soneto de Shakespeare, por qué no un cuento de Saki.

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Leer lo que otros pensaron hacen que pensemos como si no fuésemos el ombligo del mundo, dicho de una manera brusca. Hay males en el mundo que rivalizan con el nuestro. Incluso amores que derrotan todo el amor que nuestro corazón pueda sentir. No hay nada que no hayamos hecho en esta vida que no haya sido escrito en un libro. Da igual qué pensemos o qué hagamos: seguro que es parte de la trama de una novela.

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Fotografía de Marina Sogo intervenida por Eugenio Rivera

La neurociencia dice que el cerebro aprende a través de las emociones. Quizá resida ahí la manera en que leer cura más que correr o que tomar ensalada antes de dormir. Por otro lado, hay quien no lee jamás y tiene las ideas claras. No hay fiabilidad en este tipo de cosas: se puede vivir al margen de los libros y tener la felicidad que no tiene quien los devora. Tengo amigos que están en ese lado y no me atrevo a hacer ver que padecen un mal del que yo me considero libre. Lo que no tienen es el refugio al que yo acudo cuando lo necesito. Otra cosa es que esa necesidad sea diaria o que uno se abastezca sin que intermedie necesidad alguna. Uno de ellos, del que no diré nada más, lee para coger el sueño. Coge alguno libro de la estantería, se lo lleva a la cama, se acomoda bien con el almohadón a la espada y busca el lugar por donde lo dejó anoche. Me confiesa que tarda un par de páginas en caer rendido. Le vence el cansancio del día, lo derrota. En ese sentido, los médicos ingleses estarían encantados. Este amigo no precisa medicación para conciliar el bendito sueño. Lee un libro al año, pongo por caso, pero le procura el consuelo que a veces a mí no me proporcionan los veinte o treinta que leo al año. Algunas de mis noches son lo suficientemente largas como para envidiar ese uso bastardo que mi amigo le da a los libros. Los días terribles, los que a veces lo son, me parezco a él más de lo que me gustaría: caigo a la quinta página. Tal vez sueño que continúo la lectura. Prefiero pensar que en mis ensoñaciones prosigo la lectura cancelada. Se produce así un texto doble: uno funciona en la realidad; otro, más enigmático, ocurre en mi imaginación.

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Son las palabras las que curan. Ellas hacen todo el trabajo. Se arriman unas a otras, buscan la posición más idónea y montan un cuento o un poema. Las más osadas, las que tienen más coraje o disponen de más tiempo, construyen novelas, pero no hace falta que estén impresas o que las contenga un libro. También curan las palabras que decimos y las que escuchamos. Uno cuenta lo que le pasa o escucha lo que le pasa a los demás. El modo en que esas palabras confortan no es nuevo. Somos las historias que nos cuentan. Mientras que las escuchamos, el tiempo se encorva, se aligera, se expande, se fragmenta, se comba, se alarga. Hay libros en los que incluso desaparece. No creo que todos sirvan para ese propósito. Yo he visitado algunos. No todos son recomendables: los libros nos eligen a nosotros de alguna manera. Hay autores que idearon su historia para que tú la leyeras. Conforme entras en ella adviertes ese regalo que te hicieron. Mientras que la lees, no tienes constancia de que otros estén haciendo eso mismo que estás haciendo tú, leer. El cine es una actividad comunitaria, pero la literatura es un acto íntimo, uno privado como pocos. Nunca se necesita a nadie para leer. Nacemos solos, morimos solos y leemos en soledad.

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Existen bibliotecas mensurables, en las que habitan libros deslomados, apilados como en la barra de un bar en las baldas de una estantería; parece que dialogaran entre sí, que buscaran refugio y calor, a la espera de alguien que les abra el alma. Son nuestras bibliotecas de barrio, de colegio, de casa, de librería… espacios cada vez menos transitados, presas fáciles de la era de tuit. También están esas otras bibliotecas de geografía variable, difuso reflejo de aquéllas otras, que habitan en nuestra memoria, que mutan al arbitrio de nuestra experiencia y que hacen más confortable la soledad, más ancha nuestra libertad, más tolerante nuestra mirada. Todos, todas tenemos en nuestro interior bibliotecas que, díscolas, navegan a su placer en nuestra memoria, dictando qué libro, qué fragmento, qué personaje, qué lugares y escenas rescatarnos, al son de las emociones que escribe nuestro presente. Incluso quien menos lee necesita como quien respira del eco de un texto en pretérito que exorcice los demonios de la memoria, que nos alivie de la prosaica letanía del presente.

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Ordenar bibliotecas es ejercer de crítico literario.

24.10.26

En el Día Internacional de las Bibliotecas / Un cuento (Redux)

 

Proyecto

El hombre se ha despertado con la peregrina idea de leer el libro en el que está basada la película que vio la noche anterior, pero no recuerda el título.Tampoco de qué iba. Sólo ve pájaros y un edificio victoriano al que entran circunspectos caballeros de macferlán y sombrero de copa, bastón y perilla. Todos se parecen tanto que llega un momento en que consiente la ficción de que, en realidad, son la misma persona, absurdamente multiplicada. Ve también, de forma dispersa y obsesiva, árboles que salpican un paisaje aplastado por una insolencia de nubes. En ese cielo sin propósito advierte aviones que lo surcan muy despacio. Los pájaros y los aviones no se molestan. Parece que alguien pasara la imagen por un proyector y lo estuviera haciendo premeditadamente a cámara escandalosamente lenta. Los pájaros violentan el silencio de ese desfile aristocrático con unos graznidos que no soporta. Graznidos lentos, a cámara lenta también. Ahí termina la película.

Travesía

La amable señorita de la biblioteca se esfuerza en que formule un título. Le razona que hoy en día se puede llegar a la madeja desde cualquier pequeño hilo, por infundado que parezca. Le habla del algoritmo secreto de google y de dios escondido en el código binario. Le habla de que existe un propósito para todo y de que la realidad, por compleja que se ofrezca, es asequible, es cercana, es íntima como un beso en los labios de quien nos ama. De pronto el hombre le confiesa que tal vez no sea una película sino un sueño. En ese caso estoy obligada a informarle que no es posible ayudarle porque no existe una bibliografía sobre los sueños de los usuarios de la biblioteca o del mundo. Nuestro catálogo es ingente y hasta tenemos un fondo sin registrar, libros apilados en el sótano donde hace años que sólo entramos a dejar más libros, pero insisto en la imposibilidad de satisfacer su demanda, añade la bibliotecaria, sin torcer el gesto.

Fuga

El hombre se aleja del edificio de la Biblioteca con la sospecha de que le han engañado. El libro existe, piensa. Hay un libro para cada soñador. Un registro minucioso para todos los sueños desde que nacemos hasta que morimos. El hombre no es religioso, pero entiende que está manifestando una especie de reflexión de índole enteramente religiosa. Quizá toda la religión no sea sino un prontuario formidable de metáforas que informan sobre un sueño en particular, el de un dios o el de muchos dioses. Tal vez Dios, el llamado Verdadero, sea el amanuense de ese inventario único y esa biblioteca fantástica sea el cielo. En este momento, emboscado en estas reflexiones, comprende que ha muerto y está a punto de contemplar uno a uno, sin pérdida, sin rebaja alguna, todos los sueños que ha tenido. El último era de pájaros y un edificio victoriano al que entran elegantes caballeros absurdamente iguales.

Coda

Cuenta en una taberna de amigos la historia de los libros y el sueño de los hombres. No pretende que se le escuche. De una forma precaria, sin apenas mimos, confía un secreto que dentro de su alma es una catedral, pero en apariencia, contado, es una minucia, un verso suelto de un poema absoluto. Todos somos grandes poetas, grandes constructores de catedrales, grandes jardineros del cosmos, pero no poseemos la habilidad de contárselo a los demás, y trabajamos en silencio, en la soledad de un demiurgo muy tímido, aprisionados y locos.

23.10.26

Seis aforismos

 

Los espejos

 

Al mirarse en los espejos hay que precaverse. Duplican lo que no entendemos. A pesar de la luz, exhiben sin pudor nuestro lento ingreso en la oscuridad.

 

Insomnio

 

El insomnio es el acto de amor más festivo de la vida. Dormir es una anomalía de la conciencia, un rendición ante la opulencia de la realidad. 

 

Paisaje

 

El paisaje es una extensión del ojo. El ojo, al mirar, resuelve la realidad.


La vanidad

 

El vanidoso escribe con retórica esdrújula.

 

Retórica del amor

 

El amor carece de elocuencia. Una vez que se le ha entendido es cuando comienza a flojear su influjo.

 

La inocencia

 

La inocencia posee su palacio de invierno, su jardín abandonado, sin columpios ni algarabía, sin presagios ni prodigios.

21.10.26

Mis ojos de anime




La verdad duele más que la fe. Convierte nuestra obediencia en algo bello. El alma es un anomalía en la matriz del tiempo. El arte es una advertencia. Dios es un libro vacío. Nacer con dos corazones, con dos sexos, con dos almas. Un corazón para niños con un porvenir lírico, otro para niños que susurran coordenadas. Un sexo para la vigilia, otro para el sueño. Un alma para Dios, otra para las metáforas. La poesía como conducto de respiración. La matemática como exorcismo. Los elegidos fueron los que guardaron sus secretos en disquetes. El gobierno entierra lo que no entiende. Tiene un ejército de disidentes bajo tierra. El algoritmo escucha y devora esperanzas, ilusiones, un libro del porvenir, mientras las cenizas del universo vuelan como polillas hacia un punto de luz que se desvanece si lo miras, que permanece si lo ignoras. El amor es una danza perversa, de arrumacos y nicotina. La diversión termina donde empieza la memoria. La velocidad es una mentira que contamos a los mapas. Mi padre medía el tiempo en cigarrillos. Dos cajetillas eran dos días. El humo tenía un aire pastoral, un eco talado con hacha de oro. Cuando dejó de fumar, se perdió, adquirió la condición de fantasma. Guardo sus cenizas en una lata de galletas. Como si algo en mis huesos aún buscara la cerradura perfecta. Como si se pudiera entrar en la tristeza y salir indemne. La tristeza es la ceniza cuando nadie recuerda el fuego. Duele más la tristeza que la muerte. Hay que contar hasta cien con los ojos vueltos hacia adentro. Ahí el humo de las palabras, ahí el temblor con su muñeca rota. Mi padre sabía el nombre de todos los poetas del veintisiete. Cuando la voz le abandonó, recitaba versos con el tumulto de la sangre que recorría la pierna que le amputaron. Le hablaba a la sangre inventada. Yo fui un soldado en las guerras del Peloponeso. Yo fui el que besó a Ava Gardner en un cine de verano de San Andrés. La sangre no es de escuchar. Corre a ciegas. A veces se ensimisma. Se la ve extasiarse en un pulso del reloj del corazón. Como el ritmo circadiano del alma: glándulas, hormonas, luz, sombra, sueño. Como la maquinaria terca del olvido al cerrar puertas, ventanas, libros, hombres, mujeres, paisajes. Como un solo de trompeta de Chet Baker en un tugurio de Amsterdam en mil novecintos setenta y ocho. Chet comprende la niebla, sabe del aire talado y hecho añicos, ha puesto la mano en el roto de las catedrales para sentir el corazón infinito del tiempo, pero ha llegado el ángel negro de los suburbios con su espada de fuego, con su pendencia antigua de heraldo de la abundancia y ha escrito un salmo sin luz en el vientre de todas las mujeres para que los hijos manifiesten el desquicio de los muertos. Ellos anticipan el futuro con su silencio sin salmos. Un muerto es el fracaso de su ángel, dijo el poeta. Chet deambula por las avenidas de Europa sin saber que ha muerto. Puedes verlo sentado en un banco al sol en el invierno de su alma, que es una trompeta rota a la que todavía profesa la más alta de sus devociones. Aplica la boca con esmero y cree hacerla sonar, pero la música solo suena en su memoria, que es una habitación que se está comiendo la niebla. Pero Chet se ha desvanecido completamente. La verdad duele más que la añoranza, más que el dolor. Duele saber, su marca en la memoria. No tenemos con qué gobernarla. Comparece sin que podamos rendir una intendencia. Es ajena, es inventada, es frágil. Arena a la que asedia el viento. Agua sin cauce que la ciña a la tierra y la doblegue. La vida de los poetas es arena y agua. Todos los poetas creen en Dios, que es un verbo sin transubstanciarse, una especie de eco de un eco ágrafo que todavía percute en el éter. A mi padre la metafísica le importaba lo justo. Él era de ver santos en las iglesias y padecer su padecimiento sin interrogarles, sin exhibir una brizna de incertidumbre, de sentarse en un banco y no pensar sino dejarse ir, me lo dijo una vez. Emilio, no hay lugar más hermoso. Allí te sientes hospitalario contigo mismo, con el aire, con la luz. 

16.10.26

Cuatro aforismos (cuatro más) sobre el tiempo

 


Vidas de poco fuste o de más rica blonda o quizá goce de más crédito y asiento la idea de que no hay vidas ocupadas por un solo signo, pienso en Montaigne, sino que a todas las cruza invariablemente la riqueza y la pobreza, ambas incluso en un corto tramo de esa vida o hasta en un solo día. Vivir es morir muchas veces. 

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Una parte de la felicidad consiste en no tener prisa. Otra, en tenerla. La velocidad es el veneno. A veces el acicate. Está desprestigiado el silencio. La quietud es lo contrario del capitalismo. El cerebro es una bestia sin temple ni esmero que se zampa lo primero que le echas. Engulle sin masticar. Tardas poco en acostumbrarte al ruido. No crees que puedas soportar el vacío, esa residencia en la que solo escuchas la sangre en su tráfago invisible, en su incendio hermoso. 

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Hay momentos de una claridad mental aguda al máximo y otros en que no das una. Estos días de convalecencia y de zozobra. Esta escritura volátil. Este decir sin tregua.

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Tengo la suficiente conciencia de mí mismo como para no confiar en absoluto en ella. De ahí la costumbre de vivir sin preguntar, de saber sin pensar.


12.10.26

La bola negra

 



Una advertencia inicial: es difícil ver La bola negra sin sentirse afectado por todo el ruido mediático de la maquinaria de la propaganda. Es una de esas películas que aturde antes de entrar en la sala y verla y continúa aturdiendo una vez que se sale de ella. No traigo el verbo aturdir con alguna connotación peyorativa, aunque tal vez alguna habrá.

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La bola negra progresa en tres líneas temporales: 1932, que sería la trama del dolor; 1937, la de la barbarie, y 2017, la de la restitución o la de la memoria. Todo lo engarza la voluntad póstuma del abuelo de Sebastián, el soldado franquista (por casualidad esa adscripción política, una criatura sensible, con ínfulas artísticas, sin pertenencia a facción bélica alguna) que se enamoró de un soldado republicano que custodiaba los últimos papeles de Federico García Lorca: una obra de teatro llamada La bola negra, de la que se tienen las primeras páginas, comenzadas en el tramo primero de la película a través del personaje de Carlos, un señorito granadino al que se le reprueba que participe como miembro del Casino, y de cuyo porvenir el guion crea la ficción de que esa obra estaba realmente acabada. La historia va creciendo, en flashbacks, en tiempos casi simultaneados. La parte más cercana en el tiempo la protagoniza Alberto, un joven dramaturgo en horas bajas al que descubrimos viviendo licenciosamente unas vacaciones en Grecia, nieto del soldado franquista, impelido a reconciliarse con su pasado al recibir una llamada que le informa de la muerte del abuelo desconocido. Todos estos personajes son homosexuales: debe aclararse esto.

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La bola negra es, más que una película, un acontecimiento cultural. No debe ponerse objeción alguna a esa circunstancia, la de la cultura, tan hermosa y deseable siempre. El mismo cine es cultura. Para bien o para mal, su pase por la taquilla (pronto se emitirá por Movistar +, que la produce) trasciende lo meramente cinematográfico.  Quizá acabe siendo más recordada por la turbulencia social que causó, la está causando, por su trajín en los medios, que por sus valores artísticos. Hay películas (buenas incluso) que avasallan en la taquilla, concitan la necesidad de expresar alguna opinión sobre ellas y acaban comidas por el olvido. Esta es de las buenas, en mi opinión. Esa bondad tiene matices, vuelvo a expresarme así. Muchos, tal vez. Entra en lo razonable (y es legítimo) que toda ella se construyera pensando en eso: en su recorrido popular, en esa voluntad de animar a que la gente que la ha visto (con más argumentos) y la que no (con lo recogido afuera de la sala, en la calle, en la prensa, en internet, en cualquier lugar en donde haya quien hable y quien escuche) exprese una opinión. Yo mismo he tardado en decidirme a contar qué me pareció. Hubo un momento en que prevaleció la idea de no contar nada. En este momento, por hastío, se me están quitando las ganas de seguir escribiendo. Creo, empero, que lo que cuente un servidor en adelante no dejará de ser una opinión montada sobre una opinión. La del cine, cuando salió, fue la primera. Sobre esa opinión, favorable, primeramente, masticada la película, observado el efecto que me ha causado al cabo de una semana de haberla visto, escribo esta segunda opinión. Deberíamos escribir sobre cine (o sobre cualquier cosa que nos emocione) no con inmediatez. Yo declaro, para desdecirme, que no hago eso casi nunca.

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Agrada que una película sobre Federico García Lorca se lleve una ovación de diecisiete minutos en Cannes. Ole los Javis. Qué bien, qué estupenda noticia para el cine español. Agradaría más si tras los aplausos alguien saliera como loco a buscar un libro de Lorca y metérselo en vena. El Lorca que venden los Javis es de taza de café en tienda de souvenirs culturales. Un Lorca como ese Che que ocupaba las camisetas de gente que no sabían poner en el mapa Sierra Maestra. Un Lorca de la cáscara amarga que probablemente habría aceptado gustosamente este homenaje, que se habría encantado interpretándose a sí mismo, con su pluma, con su aire burgués y etéreo, pero habría salido de la sala o del set de rodaje preocupado por el estilismo, por esa precisión (quirúrgica, metafórica, vital) con la que han vestido la historia, su historia. La poesía conduce la trama, cómo no, es de Lorca de quien se habla, aunque la convocada por Ambrossi y Calvo (y el libreto de la obra de teatro de Alberto Conejero de la que parten) es de factura más modesta, leve, apenas unos versos, un sentir lorquiano de manual, más ocupada en los detalles austeros, en la minucia sentimental, no en la ampulosa (brutal, iba a escribir) decantación barroca de sus mimbres. Los Javis tendrán esa fe poética que puede malograr o sublimar el mismo hecho artístico.

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Agrada (mucho, a ratos, esto lo volveré a decir) la ingeniería pop del producto. Ambrossi y Calvo son hijos del pop (hasta del glam o del bolero) que han leído las colecciones de poesía de Austral o que han mamado mucho cine melodramático a lo Douglas Sirk, tan amado por Almodóvar, de donde los Javis bebieron. Habrán querido que haya su poquito de Coppola en esta bola suya. Ahí está el muchacho enamorado agarrado a su trompeta como Gene Hackman se agarraba a su saxofón en su triste apartamento de La conversación. Habrán querido homenajear a la Virginia Woolf de La Señora Dalloway que Stephen Daldry lleva al cine con Las horas, que cuenta también con una historia mantenida en tres tiempos, con tres actrices en estado de gracia, por cierto. Tienen ambas obras, por cierto, un recado común que hacer: el de indagar en la pertinencia de la memoria, en el peso de las renuncias y de las heridas que causan.

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Creo que una sola imagen de la película, la que ocupa el cartel o uno de los carteles con los que se publicita, la resume entera. Es Sebastián, uno de los tres protagonistas, el que se presenta en el segundo periodo temporal, escalando una estatua de San Sebastián que ha sido derribada por un ataque de la aviación italiana al pueblo (nacional, no republicano) en donde vive. Ese santo Sebastián asaetado antes que bombardeado, convertido en icono gay por su apostura física, por su dolor sin alivio, por esa expresión de arrobo o de catarsis en la expiación. Es raro que los Javis (Calvo y Ambrossi) no hayan metido en los diálogos a Oscar Wilde o a Yukio Mishima, renombrados escritores que no escondieron sus devociones plásticas, intelectuales y eróticas por el santo.

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La bola negra es una tragedia política que se desentiende de lo político. Lo hace de un modo tan honesto que incluso los soldados que aparecen en ella no hacen de soldados: no se les ve en el frente, no hay escenas en que el fragor de la batalla apabulle, haga pensar de verdad en la barbarie de la guerra. Son soldados bien hechos, permítanme. Tienen prestancia, se ríen, corren desnudos por la playa. En este sentido, la soldadesca invitada a la función es de mentira, fogueo metafórico, no sé, una manera de contar la guerra sin que la veamos. Sebastián cae en un bando como podía haber caído en el otro. Hay como un humanismo atávico en el que se privilegia la emoción pura. Donde el conflicto intelectual solo se referencia cuando se cuestiona la legitimidad de que la orientación sexual sea motivo de censura o de odio. Calvo y Ambrossi quieren contar la represión, el hambre, la soledad, el sinsentido de las guerras recurriendo a un punto de vista casi único: el de la homofobia. Y está bien que sea ese el punto de vista contado y los directores se esmeren en que la ambición no malogre la primera vocación de la película, que es honrar a la imaginación, hacer que esa especulación alrededor de una obra de teatro perdida, que no inacabada, de Lorca prospere, se ensanche, se alargue (dos horas y media que no pesan) y lo ocupe todo.

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A Lorca no lo mataron únicamente por ser homosexual. Lo harían por silenciar a alguien que podría alardear de su condición desde la posición que disfrutaba; un hombre popular, libre, con púlpitos desde donde difundir una imagen incómoda (peligrosa) para el país que algunos estaban creando.

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Hay cosas en La bola negra que carecen absolutamente de una función narrativa: únicamente comparecen por capricho autoral, lo cual no es algo nuevo. Lo que desgracia esa licencia es que todas esas injerencias espurias (los soldados corriendo desnudos por la playa, los marineros estilo Jean Paul Gaultier en el Mirador de San Nicolás granadino) nazcan y mueran en el mismo instante, que no contribuyan a nada, salvo al espectáculo queer, amplificado, tal vez innecesariamente. Esa artificiosidad (pretenciosa, convocada excéntricamente) no es poética al modo que hubiera deseado el propio Lorca, sino publicitaria, más orientada a la mercadotecnia que a la verdadera emoción artística. Hay unas monjitas muy modernitas que opinan sobre los republicanos a los que atienden en el hospital militar de los nacionales. Dicen de uno que es majo. Una de ellas fuma mientras ve cómo se los llevan a fusilarlos. Hay un número maravilloso (Penélope Cruz en su salsa, faraónica, estelar, triste, en el fondo) que hace reír y llorar a la vez. Eso no sobra, en mi opinión. Poco humor hay para el mucho humor que los Javis incorporan a sus películas. Y este espectador agradece que, en eso, al menos, hayan sido contenidos, se hayan cohibido, no hayan querido mezclar géneros. La bola negra, aun así, es un híbrido de ellos: es película bélica, romántica, política. Me dejaré alguno. Tampoco es una película sobre Lorca, aunque el poeta la cruce en buena parte y uno, al tanto de cosas, no pueda evitar unir palabras y emociones.

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La música de Raül Refree, delicada a veces, apocalíptica otras, muy presente en todos los casos, tiene la misma contundencia que la imagen a la que apoya. A veces funciona como vehículo de la memoria (las piezas cantadas de la época como El soldadito español o Las tardes del Ritz, la herencia de la tradición, la vanguardia permutándola) y otras como subrayado incidental, articulado con el mismo primor con el que se organizan las pequeñas tramas, los diálogos, los escenarios. Esa contundencia aturde también. Hay silencios que rivalizan con la partitura más elocuente. Los metales y los timbres de la banda sonora marcan la pauta emocional machaconamente, anticipan sin que se precise, remarcan lo que la imagen ya consigue. Hay también un subrayado narrativo excesivo: todo se explica con colmo de detalle. Los protagonistas lo dicen todo, no se guardan nada, no permiten que se recree la imaginación de quien observa y escucha en poner las piezas que faltan. No es que los Javis crean que el espectador es tonto, no se atreverían, pero dan pinceladas gruesas (los soldados fascistas recreando con absoluto rigor plástico todos los tópicos a los que presumiblemente enfrentan sus convicciones más puritanas) y acaban construyendo un fresco voluble, una especie de cuadro grande en el que se pueden encontrar los horrores de la guerra y, al tiempo, la frivolidad de quienes las perpetran. Todos esos clichés lastiman la esencia misma del film: legitimar lo diferente, dar coherencia a la heterodoxia, vestir con mimbres folclóricos (y contemporáneos, por desgracia) la penosa represión que sufrió (que ha ido sufriendo, que todavía sufre) el colectivo gay, de modo que la impresión que subyace al salir de la sala es la de que hemos asistido a una conferencia sobre la salvación del hombre, a pesar de la barbarie a la que siempre se afilia, muy a pesar de esa condición infame sobre la que la civilización ha ido escribiendo (con triste fortuna muchas veces) la necesaria convivencia entre los distintos. Esa voluntad es encomiable, hay que decirlo. Que alguien desavisado, de pronto iluminado por la didáctica de la obra, considere que podemos vivir en armonía y no levantar trincheras, barricadas o prejuicios. Se puede disentir sin lastimar a quien no se nos parece. Esa máxima prevalece, se iza con solvencia. La película puede no gustar, permítanme, pero es irreprochable su condición de herramienta normalizadora. Los que se posicionan contra el fascismo (creo que abundan, por fortuna) encontrarán ligerezas argumentales, pequeños deslices morales. Los que lo secundan (no serán de tener amplitud de miras ni tampoco serán de pagar nueve euros para ver lo que condenan) podrán dar con motivos suficientes para ningunearla. Insisto en algo fundamental: La bola negra no es solo una película, no se presenta con la liviandad con la que las más de las veces va uno a la sala de cine, esto es, para entretenerse, para pasar un buen rato; bien al contrario, la película araña, rasga la superficie del adulador y del disidente. Los pone frente a frente, hace lo que debe: crear una feliz discusión. También esa es una de las funciones del séptimo arte.

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Tengo que contar algo sobre la nieve. Qué poética es la nieve. Lorca la manejó con magisterio. Supo entender que la nieve es la metáfora del olvido y de la muerte. Sabía que la nieve es la pureza más frágil. Como la del hombre cuando se mira a sí mismo y cree haber encontrado su razón de ser, aunque luego se desdiga y se precipite en el miedo, en las tinieblas, en el hecho de que «también sobre el alma nieva» (Canción otoñal, Libro de poemas). La nieve como el río que finalmente muere en la mar.

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Con todo, La bola negra es majestuosa en muchos aspectos, no en todos. Es una de esas películas de codicia voraz, construida para la conmoción, para que se converse sobre ella (bendito cometido), pero íntimamente fallida, aunque contenga pasajes (su atrevido inicio) de gran cine. Cuando finaliza, al pensar en lo que se ha visto, se ven (debo decir, yo vi) fracturas, pequeños o grandes obstáculos para considerarla una obra mayúscula, una de esas películas que adquieren, nada más verse, la consideración de obra maestra. Su mercantilización, noble y lícito propósito, habida cuenta de que es un producto comercial y debe hacer que la inversión dé sus beneficios, le ha hecho ganar y perder, convertirse en un objeto al que acercarse o del que alejarse. Se tiene la impresión de que esa especie de obligación por verla hará que la veamos con cierta reticencia. Como si lo que te pidiera el cuerpo fuese darla de lado, no caer en la obligación impuesta. Como si prefirieras la excentricidad de decir: no he visto La bola negra, me he desentendido, me ha cansado antes de verla, la culpa la tienen los medios de comunicación, es insoportable esa insistencia, parece que si no has ido a verla no eres nadie. Con todo, apreciada esta circunstancia inevitable, la de ser concernido como espectador habitual en su inagotable difusión mediática, La bola negra es una obra más que respetable, que maneja la sensibilidad con sensibilidad, aunque haya matices en esta afirmación, y hace algo a lo que no muchas películas se atreven: arriesgarse, poder incluso bordear los límites mismos de la caricatura, en la que cae a veces a sabiendas de sus ideólogos, que se han tirado al mar de sus onanismos, qué autor no lo hace, librándose también de esa caricatura con sobriedad y, en su absoluta falta de contención, ambicionar el beneplácito de cualquier tipo de espectador, sin que su orientación sexual, política o religiosa impida que el discurso explicitado cale, alcance a un destinatario universal, abstracto. Se va a llevar un chorro de premios, añado. Y yo los aplaudiré, conste eso. Porque está muy bien hecha, podría decirse. Parece cine grande, lo es, del que gana premios, del que habla incluso quien no es de ir al cine. Eso, me parece a mí, está bien. Que se hable de cine; que haya gente que, al verla, la deteste o la adore. Me alegra que exista La bola negra. Con su didactismo, con su homoerotismo de MTV, con su afán por sacar a los muertos del olvido, que es la tierra infame o es el desprecio, con su fe absoluta en sí misma. Con su esfuerzo tangible por traer la memoria histórica al presente, pese a quien pese. Está bien que se la repudie por todas las razones que convengan (yo tengo alguna, se ha visto, ninguna lo suficientemente pesada como para borrar la película y preferir no haberla visto) o que tenga una legión de enfebrecidos feligreses (yo podría ser uno de ellos, pero sin alharacas) que la consideren, más que una película, una experiencia, una especie de homilía laica en la que se hace digna cualquier manera de amar que cualquiera pueda tener, y eso incluye cocodrilos, según un personaje nos cuenta. Por todo esto hay que ir a ver La bola negra al cine. No esperen a que la programen las plataformas televisivas. Es un espectáculo de sala grande. Sale uno reconfortado con el cine en sí mismo. Por esa sensación de que lo que te están contando te lo están contando solo a ti. Esa mentira hermosa.


4.10.26

Una trama inverosímil

 Hay intrigas mínimas sobre las que se construyen novelas enteras, días sin fuste que preludian epopeyas. Así que tenemos a un hombre que guarda unas monedas en su bolsillo y las va contando de cabeza, sin caer en el recuento severo, especulando con la posibilidad de su valor conforme al tamaño que ofrecen al tocarlas. Va a ciegas haciendo sonar monedas calle abajo en su bolsillo. Es una mañana muy fría de una ciudad del norte. Una ciudad gris en la que abundan los edificios altos, con ventanas muy historiadas. Desde una de ellas, una mujer observa a la gente. Se percata del hombre que ha guardado las monedas (o serán unas llaves) en ese bolsillo y el gesto de ir contándolas. Le ve mover con severo afán la mano en el bolsillo. No sabe con certeza que sean monedas, pueden ser unas llaves. Entre las monedas y las llaves, no encuentra qué otra cosa pueda ser. Se embebece en este pensamiento inverosímil, un poco irrelevante, pero que de pronto le parece extraordinario, digno de las más altas cavilaciones. Pasa por su cabeza la idea de bajar y perseguir a ese hombre, abordarlo y zanjar la duda con una pregunta directa. No se plantea lo ridículo de la empresa. Solo le atrae la resolución de la trama.

Baja impetuosamente las escaleras y accede a la calle. Los edificios grises y altos, los coches en su vértigo de costumbre, un gentío que le parece secundario y que malogra la visión exacta de su perseguido. De pronto, uno de esos coches no obedece un semáforo y la embiste fatalmente. El hombre de las monedas ve el accidente a unos pocos metros. Se para en seco. Deja de tocar las monedas. Porque son monedas. Se sienta en la terraza de un café desde la que se aprecia la magnitud de lo que acaba de pasar. La mujer descoyuntada. Llevaba unas zapatillas de paño y una especie de chándal descuidado, de los que se pone uno cuando está en casa y no espera ninguna visita. Entonces el hombre llama al camarero, que está endemoniado por no poder acercarse a ver de cerca a la muerta. Temerá que le echen. Que tenga que ir a la comisaría a declarar. Cosas así, de las que ha visto en las películas. Un café, le pide el hombre. Las monedas cierran la transacción.

La intriga mínima no levanta una novela completa, pero ofrece la voluntad de un argumento mayor, que registre cualquier desviación narrativa entre el hecho de un hombre caminando calle abajo, del que nada sabemos, tocando monedas o llaves en su bolsillo, y una mujer asomada a una ventana, de la que tampoco nada sabemos y a la que el destino le reserva un final terrible. Tampoco sabemos qué va a pasar después. De hecho, cuándo se sabe. Si el hombre, aparentemente inocente, se percata de la sutilidad con la que se han ido amontonando las circunstancias fatales. Si desconoce su parte en la trama o estaba fundada y únicamente urdió los pasos para que se restituyera. No sabemos nunca qué tintineo de palabras percute la imaginación del novelista y le hace encender la mecha y extraer algo extraordinario de la nada que había antes de que el hombre guardara las monedas en el bolsillo, las contara de cabeza y recorriera las calles, morosamente quizá, como esperando que ella se acercase y se apresurara. No sabemos cómo se construyen las historias, qué lentitud o qué voracidad narrativa las anima. Sólo se aprecia la capa visible, las circunstancias más o menos evidentes, lo que concurre para que el espectador pueda entrar sin sentirse desplazado, creyendo que es una parte de lo que escucha o de lo que ve. La credulidad es la brújula. Nos movemos en la vida con esa incertidumbre, la de creer lo que no vemos, la de avanzar a ciegas, la de confiar en la mano maestra del autor, la de tantear monedas en la creencia de que cerraremos una cifra. Es lo liviano lo que lo mueve todo, lo pequeño. Las grandes historias son en realidad tintineos en un bolsillo. Monedas o llaves o quién sabe, palabras, palabras que animen a otras palabras para que absurdamente construyan un relato.

29.9.26

El cielo en Lucena hace once años



 La tomó mi hijo hace once años. No sabemos el porqué de hacer fotos al cielo, ese registrar las nubes, guardarlas en un lugar al que acudir para cuando no estén. El cielo, al darle acomodo en una instantánea, pierde algo, deja de conmover, precisa (requiere) el mirarlo al natural. Las nubes, estas nubes, lo emborronan, lo hacen boceto de otra cosa, no sabe uno bien de qué, pero lo engalanan, lo visten de domingo o de festejo importante. Incluso emborronado, qué cielo más hermoso. El cielo tiene esas efemérides improvisadas. Cautivan las nubes, hacen que las miremos como se mira al fuego o al mar, ensimismados, buscando algo, tampoco sé qué, que pueda estar oculto, en el anhelo de que se le urja a que se manifieste. No me pongo místico, ni busco lo que no procede buscar. Es el cielo sobre Lucena, sobre la azotea de mi antigua casa, en una fotografía tomada sin pensar, como a veces deben hacerse ciertas cosas. Tampoco hay intención artística. No hace falta, no se exige. Del cielo pedimos que sea clemente, que se porte bien con nosotros y no nos malogre las cosechas o la bonanza de un paseo vespertino al que puede arruinar la lluvia. Lo hemos mirado tanto que no parece que haya nada sin revelar, pero está por descubrir todavía, no hay un cielo igual, ninguno se repite. Es el cielo como el río de Heráclito: no es el mismo nunca, nosotros tampoco somos los mismos al mirarlo. Cambia el cielo y cambia el observador. Nadie baja dos veces a las aguas de mismo río, declaró Borges, pensando en los clásicos. Está el asombro, está el horror sagrado, de ver que el cielo muta, se transfigura, restituye la antigua sensación de sentirnos solos, en un desamparo sin abrigo, en un limbo, de saber que somos poco o somos nada, de que estamos aquí de paso, de que todo es fugaz y a todo el tiempo lo cifra, lo sublima y lo censura. Y mi hijo, al subir, al hacer la fotografía y luego mostrármela, debió sentir ese asombro, sagrado o no, debió pensar qué hermosa cosa había contemplado. Algo lo movió a dejar constancia de su comparecencia, algo a mí para dejar nota escrita de ese prodigio. 


27.9.26

Todas las mariposas

 


Nabokov buscaba mariposas cuando no escribía. No hay nada en su literatura que haga pensar en mariposas. Nada cuando las cazaba que filtrara la idea de que escribía. Si yo me detengo a pensar en lo que hubiera del yo que escribe en el que no lo hace tendré mis mariposas, una vida ágrafa en la que no hubiese evidencia alguna de ese bendito trabajo que anima (verbo corto me ha quedado) mi trasiego, el de cualquiera que se entusiasme cuando tiene frente a sí un folio en blanco, llamémoslo así. No siendo nadie Nabokov, salvo Nabokov, no albergo (tiro de nuevo de primera persona) esperanza alguna de que a mi vigilia acudan las mariposas.

A veces pienso que los escritores, los buenos y los que aspiran a serlo, los que se toman en serio el oficio y tienen lectores fieles y los accidentales sin fortuna ni prestigio, se escinden, ofrecen esa dualidad en la que uno va al supermercado o a los bares o a casa de un amigo a tomar cerveza y el otro, diligente, solitario, casi hurañamente, se queda en casa y doblega al lenguaje para que triunfe la literatura. No se parecen los dos, no tienen la obligación de parecerse. Y cuando ambos se encuentran, si se produce esa especie de anomalía metalingüística o espiritual o esotérica, discuten. Uno reprende al otro, en la creencia de que podría convencerlo para que no interviniese y, si lo hace, que no se inmiscuya en demasía en lo que quiera que el otro haga: escribir una novela negra, un soneto petrarquista, tender la ropa, quedar en los bares con la pandilla de siempre o andar por el pueblo para hacer piernas. Habrá días en que no se soporten. Como si uno sobrara. Pierde el escritor. La vida lo succiona. Vivir y escribir a veces no casan.


Ilustración de Eugenio Rivera

Por eso hay que salir a cazar mariposas. Hay que encontrar con qué distraer esa enfermiza voluntad de escribir. La otra es la tirana. O lo son las dos. Decía Francisco Umbral que estaba podrido de literatura y lo argumentaba de esta manera: «Cuando uno va a ver el mar ya no ve el mar sino un libro». Lo son también el cielo y un árbol. Si voy (forzosamente) a un picnic no veo a la gente pasándoselo bien, sino un relato de Raymond Carver. Si me levanto con resaca, más que sentir ese terrible dolor de cabeza, que acude y duele, me viene a la mente un cuento de Bukowski. Si me hallo en un atasco infernal no pienso que el motivo es debido a la superpoblación, sino que estoy en la autopista del sur de Cortázar. Si alguien me llama al móvil y dice que soy yo y le digo que se ha equivocado y esa persona insiste en ello, riéndose maliciosamente, pienso en un cuento de Richard Matheson. Si voy a una casa de lenocinio y veo que las meretrices han dejado de ser acogedoras ya estoy pensando melancólicamente en la obra del marqués de Sade. Conste que no soy de resacas, ni recibo llamadas inquietantes, ni visito casas de placer, salvo los bares, y no siempre. Cuando paseo al azar por mi ciudad postindustrial y veo las fábricas abandonadas con aquellas puertas rotas y oscuras por donde sale un viento pestilente y amenazante ya estoy pensando en Lovecraft, en dioses primigenios, en criaturas de un tiempo previo al tiempo.

Las mariposas son lo que nos harán que escribamos. La realidad es el oficio, aunque uno encuentre en la ficción la posibilidad de desobedecerla y ver libros en el entusiasmo del mar al pronunciarse sin motivo, en su recado de palabras que, las más de las veces, naufragan, no sortean el fuego azul del agua.

22.9.26

Los poetas

 A la mecánica celeste no la comisiona de halagos la razón, no la asiste el gozo de la ciencia, no la alumbra de júbilos el improbable dios de los hombres, la mecánica celeste es el objeto puro de los poetas. 

En el Día Internacional de las Bibliotecas II

  A María Teresa Ferrer, mi reina de los libros (forever) En 1250, Richard de Fournival comparó la biblioteca ideal a un ‘hortus conclusus’,...