19.6.21

Dietario 136

 Parar a tiempo. Mejor ahora que más tarde, dijeron, eran dos los que dieron en coincidir en la sentencia. Esa música tenía: la de máxima, con su voz impostada y hasta su gesto cooperativo. Lo escuché ayer y de pronto me vi pensando en qué habría podido detener yo que, caso de que continuara, me afectara o me rebajara o peligrase cualquier otra consideración favorable de las circunstancias que lo cercan a uno (imprevistas o buscadas) y con las que se maneja para seguir avanzando. Alguna hay, razoné. Cosas que requieren ser censuradas o apartadas o reservadas para mejor ocasión, esto último en previsión de que decidamos volver a ellas, no creer que nos afectarán o rebajarán o harán que peligre algo a lo que no deseamos mal alguno, pero por otra parte, qué sensación de vida completa la que surge de esa zozobra, la de no saber, la de tantear, la de sentirse tentado y convidarse a la incertidumbre y seguir ahí hasta que algo a lo que no sabremos nombrar nos hace recapacitar (qué gris y qué triste a veces ese verbo) y no continuar o ni siquiera empezar algo. Es tan complicado vivir. Tan sencillo también. 

Vamos, Miles, sopla


 Lo que me hace ver una y otra vez esta fotografía, de la que no sé nada y de la que no me hace falta saber nada, es la envidia de que alguien con esa edad, si es que es sincera, que no lo creo, pueda enfrentarse a un disco al que, en principio, no tiene facultad de acceso, la posibilidad de recrearse en su música, el pasaje abrumador de un piano o de una trompeta antes de que el contrabajo dibuje una línea adyacente o subalterna que principie la irrupción del saxo o de la dulce o atronadora compañía de la batería. Creo que cierto tipo de jazz es accesible a cualquier edad. En clase, el otro día, mientras trabajaban en silencio y yo me ocupaba en corregir, decidí poner una selección de clásicos del jazz. La pensé con esmero. Deseché piezas algo más crudas, aunque formidables todas ellas, pero de más complicado asiento, fácilmente ininteligibles. Lo que sonó les produjo el asombro previsto. No hubo rechazo o (peor aún) indiferencia. Tras la resistencia inicial, les venció la trompeta de Louis Armstrong (Summertime) o la la batería de Joe Morello en el Take Five de Paul Desmond. Luego fueron concurrieron otras que decían haber escuchado ("En casa mi padre la pone los domingos", dijo A.) La publicidad hace su labor silenciosa (bastarda a veces) y democratiza el género, con el peligro que supone machacar el oído de alguien con una melodía, por excelente que sea. De cualquier manera, no pretendí vender nada. Me daba por contento con hacer que se abrieron mucho de orejas y permitieran que la música hiciese el resto. Sin duda que lo hizo. De un modo asombroso en algunas canciones (Mad about the boy en la voz rota de Dinah Washington o la percusión divertida de Cantaloupe Island de Herbie Hancock). Cuando sonó la apertura gloriosa de So What, la pieza fundamental del disco fundamental de todo el jazz, el que la niña sujeta en las manos y mira la contraportada con atento interés, hubo una alumna que dejó de hacer su trabajo y se quedó como perdida. Contrariamente a lo que a un maestro la suele provocar ese hecho, el que esté perdida, a mí me pareció maravilloso. No sabía qué mirar, bajaba la cabeza, entornaba los ojos, no sé, parecía que Miles Davis había logrado (una vez más) el hechizo. No siempre suceden las cosas al modo en que uno espera. Ni siquiera una parte pequeña, una que compense, al menos. Sin embargo, qué placer cuando el lenguaje de la belleza (que es también el del asombro) irrumpe y hace su oficio. Entonces debemos dejar que actúe. Vamos, Miles. Sopla. 

18.6.21

Leer (una vez más)


 Cuando el acto de la lectura rivalice con el de ver la televisión no nos preocupará recordar dónde dejamos el mando a distancia. Lo que nunca hará la televisión es convidarte a imaginar. Por mucho que se afane, no es cosa de hacer sangre, algo bueno tiene, no logrará igualar al hecho sencillo de pasar de un renglón a otro y pasar después de una página a la siguiente. Si el veneno de la televisión se administra en edades púberes (o anteriores) costará extraerlo, aunque sepamos qué antídotos lo neutralizan. Quiero pensar que la lectura es una especie de deslumbramiento. Puede inducirse su hallazgo, pero no hay una receta milagrosa. En todo caso, la única que ahora se me ocurre es la de la fascinación misma, la del amor puro por lo que el libro cuenta. Es dar con uno que nos seduzca y todas las demás seducciones vendrán sin esfuerzo: las buscaremos sin esfuerzo, vendrán sin que ni siquiera las solicitemos. Yo empecé a leer tarde y creo haber compensado ese inargumentable retraso. Lo que no tuve fue el dulce refugio de una novela de Julio Verne cuando el único refugio del mundo es una novela de Julio Verne en la edad en que leer es vencer al demonio del aburrimiento. Acude con tanta frecuencia que no he logrado entender cómo es posible que haya quien prescinda de la literatura o del cine o de cualquier arrimo a nuestra vida que la adorne o la llene o la duplique o la convierta en la delicia absoluta de escuchar lo que a otros se les ocurrió para que nosotros (felices lectores) pudiéramos alimentar nuestra inquietud y ese hambre infinita de belleza y de inteligencia que a veces únicamente proporcionan los libros. 

Una rueda de salchichón


 A Toñi Tirado 

Una rueda de salchichón a la que ni siquiera se la ha aplicado un tibio bocado que la menoscabe tirada en el suelo evidencia una anomalía en la historia de alguien o extrañeza en quien la advierte y conversa consigo mismo sobre la naturaleza de su hallazgo y si durará en esa misma posición o la mordisqueará un perro o la tragará al completo o si una columna de metódicas hormigas la conducirá al hormiguero, lo cual hace pensar en si la trocearán previamente o rehusarán con fastidio y la someterán al escrutinio de otros criaturas voraces. Por más que me esforcé, no pude dar con la rueda horas después, en el camino de vuelta a casa. Barajé unas cuantas posibilidades sobre el charcutero destino de la pieza, pero ninguna me satisfizo del todo. Tal vez se descompondría en partes irreconocibles que se mezclarían con otros desechos de la acera hasta que formasen un todo incongruente, al que no sabríamos dar nombre. Me contentó saber que todavía el tiempo no había despojado a la rueda de su salchichón de su apresto heráldico, digamos. Continuaba digna, se exhibía orgullosa, mantenía con visible altanería su antigua condición de vianda. Todo esto sucedió ayer. El hoy gris todavía de viernes (santo él, todo mi afecto a los viernes) no tendrá piedad. Hará su antojadizo capricho. Eché de menos a las hormigas. Igual no entra en su dieta el noble salchichón o éste, en su humilde ofrenda, no era del gusto del fortuito comensal, quién podría saber. La vida es un desacato a la razón. 

17.6.21

America




 JFK en Elm Street, Elvis en Sun Records, máquinas tragaperras, el revólver de Bronco Billy, Highway 61, Nixon en televisión, la noche de la iguana, el precio del poder, suicidios brevísimos en un motel de Utah, Edward G. Robinson mirando un cuadro, Shane de vuelta al miedo, Ford Knox, el puzzle de las barras y estrellas, la ley seca, el blues del delta, los riffs pantanosos de Alvin Lee, la becaria golosa, el traje impecable de Cary Grant, los versos malditos de Jim MorrisonEdgar Allan Poe en un callejón de Boston, George Bailey en un puente en blanco y negro en navidad, la prima voluptuosa de Jerry Lee Lewis, B.B. King tocando en las cárceles, una niña pide una hamburguesa infinita, un tarado enciende una sierra mecánica, la vía láctea en la calle 42, Ginger y Fred en una melodía de Cole Porter, la Bahía de Cochinos, Bonnie y Clyde apartando cadáveres, Iwo Jima, las horas muertes en el corredor de Alcatraz, Harry el SucioJohnny Guitar, Cagney en la cima del mundo, Lolita bebiendo coca-cola, The send en el Mekong, Woody Allen deconstruyendo la prosa enfermiza de Kierkeegard, la cabeza cortada de Jane Mansfield, John Holmes abriendo boquetes, John Ford filmando Monument Valley, Biden en el Air Force One, la Quinta Enmienda, Peter Parker besando a Mary Jane, Bruce Springsteen pensando en el asiento trasero de un Cadillac, Atticus Finch de primoroso blanco como un quijote, Los Beatles bajando de un avión, los fantasmas del Mekong, los francotiradores, la calle Bourbon, Kim Novak enloqueciendo a James Stewart, Monumentalmente Valley, un negro vendiendo el alma en un cruce de caminos, In the mood, el tío Sam recolectando valientes, Jimi Hendrix en Woodstock, un tocho de Stephen King, Humbert Humbert en moteles con su nínfula, hojas de hierba, Annabel Lee, máquinas de follar, King Kong en Nueva York, Oz, Juro que jamás volveré a pasar hambre, el camarote de los hermanos Marx, el hongo atómico, el banjo, las carreteras comarcales, la Creedencewelcome to the Hotel California, la única sesión de fotos de Robert Johnson, Las uvas de la ira, la alfombra roja del Teatro Kodak, el edificio Dakota, las gafas de pasta de Bill Evans, los restaurantes italianos en las películas de Scorsese, los mofletes de Louis Armstrong, Jack Nicholson con un hacha en la mano, Pat Garrett y Billy the Kid, Billy Joel en el estadio de los yankees, Paul Newman comiéndose cincuenta huevos, puentes sobre aguas turbulentas, Viva Las Vegas, la Cosa del Pantano, Gotham, el vaquero de Marlboro, las cogorzas del Rat Pack, el parche de John Ford, la RKO, la pistola en la mano de Charlton Heston, el hoyuelo de Kirk Douglas, Frank Sinatra en Columbia grabando Stormy weather, la mafia, los indios tirándole flechas a un tren, Peter Parker, la cosa del pantano, Seinfeld, Coca-Cola, My darling Clementine, Surfin’ USA, el gospel negro, el león de la Metro, el bendito jazz, Steve McQueenPopeye, Sunset Boulevard, Give peace a chance. 

16.6.21

Una muerte imprevista


 

La hormiga cubrió la distancia que la separaba de mi zapato ocupando una tarde entera. La vi avanzar sin desmayo. Desafiante, heroica, desplazaba una hoja escandalosa en tamaño. Como una catedral para un feligrés en pecado. Tampoco sabría ahora decir si le costó o no. Sé que se plantó allí delante y no se movió en un par de horas. La hoja a su espalda, haciendo planes tal vez del propósito que secretamente le encomendaba. Mientras que ella andaba en sus cosas, yo entretenía mi ocio en las mías. Nunca había sentido una compañía tan insignificante. Ninguna que me causara zozobra y ahí la hormiga avanzando, acercándose poco a poco al banco del parque, acarreando su hoja hacia yo estaba muy cómodamente instalado, leyendo. En esa tarde, concluí la novela de S. Era buena, sin ser magnífica. Me encantó la manera en que la trama iba desquiciándose sin desmoronarse la entereza de los protagonistas. Uno de ellos, uno particularmente obcecado en alcanzar su destino, conjurado a esa meta a riesgo de su propia vida, moría fortuitamente nada más conseguirla. Dolía que ahí concluyera la novela, que no hubiese una posibilidad, por pequeña que fuese, de que otras circunstancias de la trama me sacasen de la tristeza enorme que esa muerte imprevista me había causado. Fue entonces quizá cuando la emoción de esa pérdida irrecuperable hizo que se cayese el libro al suelo y un canto aplastase a la hormiga. No fue voluntad mía. Fue el azar, por pensar algo.

15.6.21

Árboles


 Con los árboles tenemos un diálogo antiguo desoído con frecuencia. No habría otro sin ése. De lo que cuentan se podría extraer lo que nos vamos lentamente contando y que, con similar desatención, tampoco escuchamos.

Dietario 136

 Parar a tiempo. Mejor ahora que más tarde, dijeron, eran dos los que dieron en coincidir en la sentencia. Esa música tenía: la de máxima, c...