18.9.26

 El otoño es una especie de adviento al que se le ha retirado la huella cristiana, aunque mantenga la espiritualidad o la fe, que vienen a ser una principio de la otra y hasta pueden relevarse en sentido. Creo firmemente en el frío. En lo que a mí respecta, estoy preparado para que me sacudan en el alma todas sus metáforas y sé que cuando vea un árbol pelado de hojas estallaré en endecasílabos y escribiré poemas que pondrán mi nombre en el parnaso de los rapsodas melancólicos, en el cenit de la lírica. Fue sentir ayer el frescor de la noche cuando se echó encima y tener la certeza de que la inspiración (la que haya) retornará y hará casa en mí. Sacaremos del armario las prendas de entretiempo y subiremos al trastero a por los bártulos con los que combatir el frío, que no será un enemigo y, por ende, no habrá liza que entablar ni obstáculo que impida mi alborozo. Qué maravillosa, qué feliz contienda, qué ganas le tengo. De momento, en la espera, miro al sol con afecto, no ha hecho otra cosa que desempeñar su oficio antiguo. Ha sido un verano cruento, incivil, de una hostilidad intimidatoria. Está retirándose. Se aprecia por la mañana, en el patio. Luego tiene ratos en los que se aplica con su acostumbrado magisterio. Tengo que escribir un libro de poemas que se ocupe del frío. Saldría en lo más crudo del crudo invierno. Se llamaría así: "Frío". Ya contiene un poema. Ni título le he puesto todavía. 


 

El frío hacia adentro 

ganando la herrumbre,

el frío vulgar como la muerte 

cuando ocupa la entera 

extensión de la luz que la batalla, 

como un acto de fe pura. 

Oigo el frío frágil  

en secreto 

contando los días, 

el frío virginal 

que trae una lluvia invisible, 

un rumor oculto de heridas, 

el veneno primero con el que la vida 

nos enseña su saña ampulosa, 

su cuenta de pesares, 

el frío leyendo a Dickens. 

En verdad os digo, 

oh mis hermanos, 

que nada hay que haga sentir más frío 

que ser un niño de Dickens 

en una edición barata de bolsillo. 

Todo lo que uno lee es Dickens, 

todo está ahí, íntegro, sin fractura,

en el mejor de los tiempos, 

en el peor de los tiempos, 

en ese bucle de las cosas, 

que no se advierte, 

que no deja una huella 

y, sin embargo, perdura, 

no se desvanece jamás, 

está al alcance siempre, 

como un salmo, como un dios 

caprichoso y rudimentario 

que bosquejara el mundo 

y lo bosquejara otra vez 

y viese que está bien la obra, 

pero se diese un día, dos días, 

seis días más hasta que de pronto 

se comprende que ya está acabado. 

Entonces es cuando se produce 

el chasquido, 

todo lo demás no importa. 

No importa el vértigo, 

ni la fiebre, 

el tiempo severo, 

el arcano y el  inmisericorde. 

Importa Dios en su secreta atalaya, 

en su imposible distancia, 

Dios deshecho y vuelto a hacer 

a conveniencia del poeta, 

que es quien al final conoce 

la trama primera y la última,

modela el universo, lo agita 

y a ciegas, como aquel 

sin ojos y de manos precursoras, 

cincela, forja, expande. 

Está el poeta 

en el centro exacto del numen. 

El frío es el abismo, 

el frío es una llama inversa, 

un fuego ensimismado. 

El frío es metafísico.

El frío es un diccionario 

oscuro y profundo.

Las palabras se escriben solas, 

cruzan solas el páramo, 

se ahondan solas. 

Las manuscribe el frío. 

Da uno con las palabras 

que no le pertenecen, 

como si otro escribiera. 

Es un poema de otro, 

no le pertenece. 

Es de nadie y de todos. 

Como un paisaje. 

Los paisajes no tienen 

quien los posea. 

Dios en la altura 

bendice los paisajes, 

pero las palabras 

están huérfanas. 

El frío es clausura. 

avanzando como un cáncer, 

como plaga del antiguo testamento. 

Lo abrazo con el alma.

Le dispenso mis más pensadas atenciones.

El frío es una república de lobos. 

El frío es un festín lírico. 

El frío es mi padre 

yendo de su corazón a su cabeza, 

aunque no sepamos 

las palabras con las que se cuenta 

el mundo, 

y no sepa que afuera es diciembre 

y el frío lo ocupa todo

16.9.26

2 502 000 visitas

  




"El placer es el bien primero. Es el comienzo de toda preferencia y de toda aversión. Es la ausencia del dolor en el cuerpo y la inquietud en el alma."


Epicuro de Samos



Pronto llevaré 20 años leyendo a diario esta cita clásica. Contiene una máxima de vida a la que he tratado de aplicarme con dispar fortuna. Ocupa desde entonces la cabecera de"El espejo de los sueños", el blog en donde transcribo (también con voluble desempeño) mi literatura. Lo abrí para escribir sobre cine en un fin de semana de agosto en Marbella. En 7364 días he consignado 4534 textos que han tenido 2502000 visitas. Creo que es el blog de la perseverancia. Ese cómputo de días, de escritos y de visitas me hace feliz, pero lo que más festejo es que mi voluntad haya decidido que siga en pie. Festejo esa consideración, al menos: la de bregar con la escritura, para bien o para mal. He sido tozudo, he resistido con entereza, he hecho de ese blog una extensión de mí mismo. No sabría explicarme sin escribir, tampoco lo haría sin mencionar "El espejo de los sueños". Lo cuido como si fuese mi casa. Ese ha sido quizá el cometido más fiable: escribir casi a diario, no dejar que la página entre en barbecho, hacer que el placer sea "el bien primero, el comienzo de toda preferencia y de toda aversión, la ausencia del dolor en el cuerpo y la inquietud en el alma". Imagino al blog como una especie de cuaderno o de espejo de sueño. Ahí me siento verdaderamente escritor.  A lo mejor lo cierro, con colmo de pudor o de fanfarria. Es una buena cifra. No me la hubiese creído cuando me determiné a abrirlo. Estaba en casa de mi cuñado, en Marbella. Me lastimé un pie haciendo el tonto en la playa y el buen galeno me recomendó que lo tuviese en alto unos días antes de recomenzar los paseos y todo eso. La convalecencia fue agradable. La familia me agasajó con distracciones, saben hacerlo. Ahí se me ocurrió lo de abrir esta casa digital. Comenzó alojando reseñas de cine en mi añorada Muchocine (gracías, Víctor Trujillo). Fueron más de 300 en los pocos años en los que estuve. Perdonadme con la tabarra de las cifras, pero hoy me he levantado contable. 

Los números, esa estadística fiable, fría, gris, no explican lo que ha supuesto este blog para mí. "El espejo de los sueños" es mi aldea gala irreductible. Los romanos, afuera, no lograrán rebasar sus muros, quemar sus casas. Soy el que se cayó a la marmita y bebió el brebaje de la torrencialidad o de la prolijidad o de la hipergrafia o de la grafomanía. Soy un escribidor, lo hago sin pretensiones, por dejar constancia, ya lo he dicho, por contarme el mundo o por contarme a mí mismo. No he debido terminar de hacer alguna de esas cosas a lo visto, así que no tengo intención de renunciar a este placer que me hace estar aquí ahora, dándole a las teclas. Tengo, a decir de Bukowski, la enfermedad de escribir. No es una elección, me temo, aunque en algún momento lo fuese: es una función orgánica como la de respirar o la de beber agua si hay sed o la de comer cuando el hambre. Por precaución, guardo un registro de toda esta cadena de ceros y de unos que deben conformar las tripas de mi blog, el fantasma en la máquina, todo eso. Es una memoria portátil. Por si un día me da por abrir el editor de esta página y me encuentre que un dron la ha devastado o que la han saboteado los chinos o la madre que parió a la desgracia. 


Salvo en los tres o cuatro primeros años, mantengo en el blog la misma cabecera: el icónico puente de Queensboro de la película Manhattan, de Woody Allen. Isaac y Mary siguen sentados, viendo cómo amanece, charlando. Yo no he dejado de hacerlo desde entonces. Se puede estar más solo que escribiendo, pero ninguna soledad, ni siquiera la no pedida, la que nos invade y sojuzga, rivaliza con la escritura en hondura, en apartarse enteramente del mundo y, al tiempo, en apropiarse de él. En ocasiones, al escribir, se percibe esa soledad, se aprecia cómo se cierne en torno, sin que podamos zafarnos de ella o sin que, por más que nos afanemos, podamos tampoco dejar de escribir. Dejar de escribir con la esperanza de que regrese la luz o de que la oscuridad no cunda, ni se enseñoree como suele. Nunca fue un padecimiento escribir, nunca sentí que me fracturara o que me ablandase o que me retirara alguna posible fortaleza que yo, sabiéndolo o no, pudiera tener y, sin embargo, a veces prefiere uno no tener que dejar consignado nada, no ocupar la limpieza de la hoja o el vacío del editor de este blog. No dura mucho ese arrebato ascético, un poco sobrevenido por el cansancio o por la evidencia de que no hay ningún lado al que conduzca escribir que no se pueda acceder de otro modo, no sé, paseando, tomando café con los amigos en las terrazas del verano o en la intimidad de la casa en el invierno, leyendo lo que otros a los que no conocemos han hecho para nosotros, ah lectores. No es una preocupación que persista, se diluye conforme el día va conviniendo sus peajes y tienes que salir a la calle y acudir al trabajo y regresar a casa andando o en coche, pero de pronto hay una necesidad que bulle y obliga, algo que dice que te sientes y escribas. y se aplica uno en satisfacerla. 


No importa de qué se escriba, incluso de la escritura misma, tal es el caso. Lo que de verdad cuenta es penetrar en esa soledad solicitada y dejarse ir. No creo que haya otro método: no hay escritor que no se deje ir, por más que organice y cuadre su trabajo, por más que investigue, tabule o prevea cuál será el texto que finalmente saldrá. Lo que fascina es el acto impetuoso de la escritura, su vértigo, su fiebre, ese avanzar loco, sin brújula, en el que las palabras se prestan y uno las abraza o las censura o aplaza que concurran o se duele de que salgan esas y no otras, que son las que deseamos, pero no están a nuestro alcance. Tal es el caso también. Esta soledad mía es más íntima cuando abre el día. Ahí encuentro que está la cabeza en condiciones, si es que eso fuese cierto. Ahí me envalentono con el día y encaro lo que a su antojadizo capricho haya decidido arrojarme. En este sentido un poco nutritivo de las cosas, escribir es una ingesta de luz, una especie de avituallamiento de coraje para que no nos haga flaquear en demasía el tráfago de las cosas. Como quien sale a correr a primera hora de la mañana y vuelve a casa con el cuerpo encendido y la cabeza alerta. Añado que jamás he hecho eso, no es algo de lo que presuma tampoco. 


Mi abuela Luisa no escribió una palabra en su vida. Decía, al verme correr: "Mientras el nieto corre, el mundo gira". Y el placer, ah, el placer, el bien primero, el don más hondo. Uno de los que más aprecio es la de nuevos amigos que el blog me ha traído. Vinieron de Madrid, de Málaga, de Castellón, de Nueva York, de Barcelona. Uno escribe para que lo quieran. Esa podría ser otra máxima. Hoy es un día de máximas y de gratitudes. No sé la de gente que este blog me ha regalado. Algunos hasta hicieron cientos de kilómetros para venir a visitarme, qué valor, qué responsabilidad la mía al acogerlos. También hizo que pudiera publicar libros. Yo creo que él me avaló. Quizá diga más de mí que lo que yo pudiera si se me pregunta. Anoche le hice una cosa de esas que llaman backup. He guardado todos los escritos (con sus comentarios, con sus fotos) en un archivo de muchas gigas en el disco duro, en varios discos duros. Por si un día se desgracia el contenedor de estas escrituras. Por si un día me da por abandonar y quede, al menos, un testimonio de esta parte de mi vida. 







13.9.26

Un cuento antiguo

 Las máquinas de coser Singer, retratos de un abuelo que muere cada noche en el frente, la patria grande, unitaria y libre, una virgen cosida a rezos con sus blondas de oro de Moscú y su brazo partido en una mudanza, una radio Telefunken de cuplé, doctrina, rosario y goles, que ameniza las infinitas tardes de domingo en los inviernos castos y humildes, cine con ambigú y manos que vuelan escotes y registran dobladillos de falda, la vida en blanco y negro la patrocina Cifesa, mujeres haciendo jabón doméstico, la dulce propaganda del perverso NO-DO, las escuelas huelen a óxido y a catecismo, las nobles caligrafías en la flaca cartera, la enciclopedia Álvarez amarilleada por el uso, la palmeta de la tabla del nueve, la campana del patio, una estatua ecuestre en la plaza del pueblo con un jinete de un tamaño inconcebible, yugos y flechas en los bloques de vecinos, Imperio Argentina con su barco de nombre extranjero, el pan negro en el hule de la mesa, la letra con sangre entra, los caídos por Dios y por España, los fantasmas de Belchite, los atormentados  y los administradores del tormento, toda la quincalla fantasma del orgullo, retirada del pecho y del gesto, escondida en el sótano, en los cajones más hondos de la memoria, la cara, el sol, la camisa nueva, el dieciocho de julio, el 20 de noviembre, Cristo Rey, la camisa azul planchada con tesón, el brasero de picón, las ancianas de luto, ojos verdes, verdes, verdes como el trigo verde, el café de achicoria de las abuelas, el salvador estraperlo, el Día de la Raza, la pareja de picoletos, el as de bastos, las chapas de botellas en los juegos de la infancia, el vino en porrón, la tarima escolar con su pizarra y su crucifijo, la bata de cola recogiendo el polvo de los tablaos, don Santiago Bernabéu en tribuna, Gento y Puskas en racha, la Virgen del Pilar, que no quería ser marxista, sino capitana de la tropa falangista, las Hermandades del Trabajo, el cadáver de Lorca debajo del mapa, la muerte del capital, por el imperio hacia Dios, la Costa Brava y la Costa del Sol, Spain is different, dos gardenias para ti, el ABC con su tercera divina, el coño de la Bernarda en boca de un borracho, el Sagrado Corazón, la pandora de la censura, el ministro abriendo el mar como el altísimo en las estampas, espantando peces y electrones, los que se iban a Alemania, los que nunca pudieron, la Inclusa, la Sección Femenina, los remiendos en el pantalón, Lola Flores patrocinada por el Caudillo, las radionovelas, el Concilio Vaticano II con su misal en vernácula lengua y  con su apostolado laico, las suecas en Torremolinos, con sus carnes al sol, levantando la hombría cateta, los pistoleros que mató el torrencial Marcial Lafuente Estefanía, el Monte de Piedad, los poetas confabulando en los cafés, en el esmero del verso, en el temblor y en el pánico de la palabra, un paquete de Celtas, la carta de ajuste, la Vespa, el tocadiscos, los payasos de la tele, el glorioso 600 de la (parecía) inmortal fábrica de Seat, el hombre reunido consigo mismo, con sus versitos, redactando pasquines hasta el alba sumisa, el hombre, ya digo, ensimismado, asustado, sometido, rebajado, el hombre en una mínima expresión hasta que llegue el día y abra la luz en el horizonte de una ciudad sencilla de gentes de a pie que se hablan y se cuentan y no tienen miedo y viven a su antojo sin que nadie les vigile ni les mande más allá de la vigilancia y del mando previsible que se ejerce discretamente para que la concordia puje en el aire como una brisa de pronto encantada de convertirse en viento. Esto es lo que a uno le han contado o lo que ha leído y lo que, en parte, ha vivido. Esta es la memoria recibida de quien supo y supo también contar, mi padre, que votó siempre con escrupuloso respeto cuando pudo votar, que tuvo los recuerdos como un tesoro y elocuencia intacta hasta que se le borraron las palabras y comenzó a aprender a hablar con los ojos. Antes de que la fatalidad lo derrotara y le tapiaran la voz, gustaba de llevarme (siempre fui llevado si él estaba cerca, incluso cuando lo llevé yo) a una terracita en la que se explayaba a gusto. Se esmeraba en el relato, en la elección correcta de los recuerdos, primero, y luego en la hondura de las palabras. Creo que mi amor al lenguaje viene del suyo.

10.9.26

Tesitura de morir para siempre

 

... un desnudo que fuera como un río

(Oda a Walt Whitman, Federico García Lorca)

Cuando el mar recuerde 

el nombre de todos sus ahogados 

la tierra recitará 

los de los muertos que no quiso. 

Dirá el tuyo, se recreará en dar al aire

tu perfil de muerto infinito, 

de alta torre que desobedece al cielo.

Tendrá la dureza del odio el tiempo 

en el que el hombre festejará

su lento peso de cadáver, 

su ciego libro de ceniza. 

Nadie amará la lengua azul de las playas 

ni el desnudo como un río 

que lame la cintura del aire. 

Serás hondo barro sin mármol, 

gacela sin brújula, eco roto. 

Tu voz de ala alegre

acunará la risa de los niños. 

Te buscará la aurora 

por los puentes del Hudson 

o por un carmen en Granada. 

Eva comerá hormigas 

en un claustro de luna 

y Adán fecundará para siempre

peces deslumbrados, 

dulces inminencias de pétalo y sangre. 

Ellos te reclamarán la palabra exacta,

la que los haga pecar más adrede, 

con el rigor absoluto del deseo. 

Vendrás otra vez y será 

un festín de jinetes la noche. 

Bajarás de nuevo a la ribera de los juncos.

Tendrás tu pan y tu lucero, 

tu toro del East River para siempre,

Federico García Lorca,

tendrás un corazón de nuevo.

8.9.26

Maneras de mirar

 


Fotografía: Bruce Davidson

Todo está en orden, se puede apreciar. Podría ser el desorden lo que emane de esa apreciación, según desee quien mira. No hay nada en esta fotografía que nos haga inclinarnos con propiedad hacia un lado o hacia otro. Por fortuna, lo que a mí me parece una imagen de absoluta tranquilidad le pudiera parecer a alguien el preámbulo de una tragedia. La mujer habrá salido de un lugar para llegar a otro. El tren la conduce sin estrépito. Conocerá el ruido, sabrá de los silencios. Tendrá, dejo ya estos futuros hipotéticos, con qué amenizar el desempeño del trayecto. Seguro que todos hemos sido esta mujer en alguna ocasión. La de veces que, si la fortuna nos da la elocuencia del tiempo, podremos parecernos a ella. Lo que me fascina de esta instantánea es la posición de quien la registra. No sabremos (qué difícil en este hilo de las cosas desprenderme de la conveniencia de los tiempos futuros) si previno que la mujer estaría ahí o si fue el azar quien convino la posibilidad de ese registro impagable. En alguna ocasión he salido a la calle con la pretensión (baldía más tarde) de hacer alguna de esas fotografías que cuentan algo. No dispongo (acudo ahora al presente dispensador de certezas) de la sensibilidad suficiente, arguyo. Me he ido conformando con admirar la ajena. 

7.9.26

Confianza



Fotografía: Jo Scwab


No conozco al dios en el que confían los americanos. Tampoco hay ninguno aquí en el que deposite mi confianza. Poseo una incredulidad lúdica que me hace disfrutar de su búsqueda más que gozar con su encuentro. Digamos que soy una especie de creyente inconstante. Uno que se arrima y se desarrima a voluntad y que no espera nada en ese juego de metáforas en el que no siempre hay un ganador. Yo soy el ganador, el que encuentra un campo de cavilaciones fantástico. También quiero pensar que soy el que pierde. Cavilo por vocación. Por las incertidumbres que sugiere el camino. Resulta estimulante esa prospección hacia dentro de uno mismo. La jalea el mundo, pero soy yo quien la administra. Está en mí la posibilidad de darle curso, de mimarla, de desoírla si me place. Me agrada irme pidiendo que deje la cosa divina y me centre en lo más acendradamente humano. Que no indague en lo que no conozco. Y es precisamente el no conocer lo que me empuja. El desafecto que le tengo a las instituciones que abanderan a Dios (ahora bien con mayúscula) no tiene nada que ver con el afecto que le profeso a las personas que lo buscan y narran las peripecias del trayecto. Me atraen las que no lo encuentran. Quienes se topan una y otra vez con un muro y no dan con la vía que lo sortee. Mi muro es poroso a veces. Otras es inexpugnable. El dios en el que confían los americanos, el que se pronuncia en las homilías del mundo, el que se cita cuando uno está solo y sospecha que alguien pueda estar escuchándolo no es el dios en el que confío. No sé si este creyente voluble que soy precisa de un ajuste desde el que mirar de otra manera. Tal vez sea cosa de mirar con otra graduación. La mía, hasta hoy, ve ángulos muertos, figuras borrosas, paisajes sin bondad, páramos que solo hollan de vez en cuando mi asombro y mi paciencia. La silla de la fotografía de Jo Schwab es la mía. Es la de todo el que se sienta a esperar y se levanta, al rato, por cansancio, por aburrimiento a veces. Por absoluta incertidumbre. Por todas esas distracciones que te apartan del cometido que emprendiste y te convencen de que no hay otro mundo y de que este es el único posible.




5.9.26

Un corazón ensimismado

  Hay quien prefiere hurgarse a hurtadillas la nariz a sabiendas de que alguien, intrigado, admonitorio, estará ocupando todos sus sentidos en el movimiento del dedo, en la disposición del cuerpo del que procede prospectivamente, con cautela al principio, pero más tarde envalentonado, explayándose con diligencia, manifestando el placer que le causa ese barrenamiento incivil, esa operación minuciosa. Tal vez esa costumbre ha sido transmitda de padre a hijo y está firmemente grabada en las hélices moleculares, con sus bases nitrogenadas, con su miniatura de misterio, con su ministerio del caos. Hay quien se maneja con rigor y entusiasmo en asuntos peregrinos.  Lo mismo vale una estridencia de gatos encaramados a una tapia de corral que una balda en la que no falta ningún libro de Saramago. Azules rotos, fantasmas sin cuartel, flores que se desdicen, agujero sin nadie. El caso es incurrir en algún desacato a la prudencia o al recato. El hombre se acuartela en sus vicios, los acaricia, da de sí cuanto puede para que nada quede y el azul, el fantasma y el agujero manifiesten su biografía entera y el que mira sepa de la usura de las horas, de los poemas sin acabar, de la novia de mil novecientos ochenta y tres con tetas como campanas, de un ladrido perdido en un sueño del que apenas puede extraerse un pájaro o un ciudad venida a menos, llena de ancianas que pasean sin propósito, de rendiciones del tamaño de un pétalo en un poema del siglo trece. Escribir es desafiar siempre. Donde no hay nada, donde el silencio y el blanco debajo del silencio, una catedral de muertos ingeniándoselas para merecer la derecha del padre, el descanso eterno, la luz más sublime, la semilla más fiable. Un enjambre de pétalos obsequiado de lluvia en la comisura de un sueño. Hay quien pétalo, quién sueño. Preferir excederse en ese cielo sin volumen, tramar un boceto de algo que luego podría ocupar el limbo de una tentativa de sangre loca por la periferia de un corazón ensimismado. 


28.8.26

El gobierno de las sombras

 Lo malo sucedido se repite por ceguera, por colapso, por inercia. También por apatía o por ceguera. Creo que nos están empezando a dar igual el cambio climático, el paro, la cochambre de las instituciones, la pandemia de los algoritmos, el precio de la gasolina, la comida ultraprocesada, la ortografía, el estrecho de Ormuz, los fuegos en el bosque, la neurona solitaria de Trump, los drones en el cielo, los seísmos, el imperio del reguetón, las series turcas, el mosquito del Nilo, el Damocles de las hipotecas, la metástasos de la IA, la superpoblación, la xenofobia, el acoso escolar, la magnitud de la soledad, el cierre de las librerías, la insensatez de los políticos, los chinos en los polígonos, los nadadores transfonterizos, la turba de damnificados…Estamos confortablemente insensibles, anestesiados, instalados en un búnker con fibra optica y series de espadas y runas y contenidos de influencers. Sucede lo malo porque no sabemos si la realidad es una pantalla o son las pantallas la realidad que manejamos. Con la que está cayendo deberíamos hacer algo, pero no se me ocurre qué. También yo estaré hecho a la costumbre de no querer saber más de la cuenta o a que, si no me meten el dedo en el ojo, no tendré que tomar cartas en el asunto. Tampoco sabría cómo tomarlas. Se me ocurre que dolerme no basta, que debe haber un procedimiento para que todo cobre el sentido que está perdiéndose. Porque el mundo está atravesando un bache, un revés, un agujero. Imagino que nunca hubo grandes periodos de bonanza y de armonía, en la que todos nos abrazábamos y la poesía era el lenguaje de todas almas, las sensibles y las que no saben todavía qué es eso de la sensibilidad. Es posible que nunca haya habido nada de eso. Que cambien las adversidades, pero se mantenga ese estado continuo de alerta con el que nos levantamos y con el que nos acostamos. Algunas criaturas no manejan ni siquiera la alerta: ya están en el campo de batalla, en las trincheras, encabronados, tristes, abandonados, refractarios a que malvivir sea una opción, continuamente conjurados a encontrar un mundo mejor. No sé, qué voy a saber. Todo esto que estoy escribiendo no tiene tampoco algo a lo que acogerse para que un poco de luz lastime este gobierno de las sombras. Tal vez mañana me levante con mejor humor. No suele faltarme, pero hay días difíciles, días en los que solo quieres que la televisión difunda noticias bonitas. Cuándo pasó eso, quién se acuerda. 

Conforme adquiere uno sitio en el mundo, el mundo muta, vira, se hace otro tal vez por hacernos perder esa firme voluntad de permanencia o de seguridad. Todo es de una fragilidad que, a la larga, intimida y aturde. Cuento con los recursos aprendidos, pero pierden validez, no sirven para el uso noble y legítimo para los que los encomendamos. Andan los días enfermos, aquejados de ese vértigo, comidos por esa fiebre. Sólo hay que prestar la atención necesaria, observar con entomológico esmero qué obstáculos se empecinan en impedirnos entender qué hacemos aquí, de qué manera seguir estando sin que lamentemos la estancia. Es un mundo bueno, no tengo duda en eso. Somos nosotros quienes malogramos la concordia, los que malogramos la armonía. El mal pugna por vencer siempre. Al bien tenemos que animarlo, no avanza a solas, no prospera sin que lo jaleemos. Siempre funcionó así. El mal de ahora es más invisible que nunca. Opera arteramente. No alcanzo a comprender en qué fallamos. Los unos tan poco sensibles y los otros tan empecinados, todos tan ciegos o tan torpes o ciegos y torpes juntamente, en descuidar la belleza o el amor. Como no tengo manera de aclararme, me limito a declarar mi incompetencia en estos asuntos. Me manejo bien en los íntimos, tengo las competencias precisas para llegar al finiquito del día con la conciencia limpia y el ánimo más o menos indemne, pero me asusta que haya ahí afuera alguien que posea la capacidad de, aun sin conocerme, dañarme, hacer que peligre mi felicidad tan trabajada, la de los muy amados míos, la de los ajenos que no conozco y comparten conmigo el mismo anhelo de vida. Existen todos ellos, están puliendo su oficio, se cuidan de que no se les descubra, obran sin pudor, sólo buscan que yo no tenga la seguridad y el confort que persigo. Hay entre ellos y yo una guerra larvada, no visible, pero igual de cruenta y dramática en el fondo. No siendo soldado ni enarbolando ninguna bandera de ningún bando, me pregunto si no será guerra, sino otra cosa, si será simplemente vivir y todo emana (feliz o penosamente) de esa circunstancia ineludible. Me abruma esta dolorosa suma de pequeños combates en los que involuntariamente participo. Me arrojan a ellos, me exponen para que tome partido o para que exhiba qué lugar del mundo he escogido, cuando no deseo en ocasiones posicionarme en ninguno, no delatarme, no exponer mi voz, ni airearla, aunque por otro lado siento cada vez más nítidamente cuál es el lado en el que no estoy. Sé lo que no me gusta, no tengo claro qué sí. Estoy contra el mal, contra la estupidez y contra la insensibilidad, pero esas tres cosas son la misma cosa. El mal se viste de estupidez y de insensibilidad. Los malos son estúpidos y son insensibles. Nadie está a salvo de no ser alguna de esas cosas (malo, estúpido o insensible) en algún tramo de su existencia o en muchos, a saber. Cada vez que me intereso por las noticias, en cada doméstica ocasión en la que decido enterarme de lo que está pasando, razono que será la última o que interesaría que fuese de verdad la última, pero están hablando de mí. En cada una de esas noticias deprimentes que escucho estoy yo o están todos los que son como yo, los que observan con timidez el curso ilegible de los acontecimientos. Se rompe el mundo y yo estoy en mitad de la fractura. Se hace añicos y yo estoy en todos los pedazos. 

27.8.26

Animales

 Ser peor que animales me pareció siempre una frase desgraciada: se da por hecho algo radicalmente falso. Creo ver en ellos cierta nobleza o cierta coherencia que en ocasiones me cuesta encontrar en un ser humano. El mal se cierne con más fiereza cuando se descuida el mimo que reclaman las palabras. Ellas, juntamente con los gestos, nos retratan. Cuando las hemos corrompido, cuando están a merced de quienes malograron su escrutinio antiguo y franco, no hay antídoto eficaz.  Ese veneno prospera con insólita presteza. Si la música precede al verbo, como escribió Verlaine, la palabra antecede a la realidad. El hecho de que se acuda a ella para explicarla hace que sospechemos que es el lenguaje el que la hace perseverar en nuestra percepción. Las palabras nos conforman y definen. También nos delatan. Incluso las que no pronunciamos, debiendo, muestran como somos. Las juntamos a veces con ignorancia o con falsedad. Se les atribuye un propósito y luego se inclinan a otro. Veo atrocidades, escucho a quien alardea de ellas con pensado y retorcido empeño. Hacen malabarismos con ellas, crean un discurso intencionadamente bastardo. Gente incivil, quienes las manejan y propagan. No conozco animales inciviles, no se esmeran en causar un mal gratuito, únicamente urdido para regocijo propio: proceden sin que haya saña, no urden ni maquinan, simplemente desempeñan el dictado de su sangre. La palabra es impotente, no es competente para revelar la verdad de lo que es ser humano: solo hace una aproximación, solo roza el interior, sin debelarlo. Citaba al gran poeta italiano el (déjenme) gran poeta español Francisco Caro. Él se fijaba en lo poético, aunque no únicamente. Trataba (imagino) de poner la palabra poética en el lugar, lo cual me ha hecho pensar en la orfandad de su influjo, en su desvalimiento en este mundo que andamos construyendo o aniquilando. Tal vez unos y otros, los que levantan y los que demuelen, ignoran el verdadero poder de la palabra, su potencia. No darán con lo que somos, no podrán exhibirlo, pero no tenemos nada mejor con lo que manifestar ese hambre y esa sed de concordia, de paz, de cualquier constructo que nos haga ser mejores. Como los animales. 



26.8.26

Días

 Los días son páginas de un libro que solo podemos leer una única vez.  Cada uno de esos días es una de esas páginas irrepetibles. No hay con qué retroceder al día anterior, ningún ardid nos faculta a que regresemos al ayer ni accedamos al mañana. Cada vive conforme a esa incontrovertible disposición del tiempo. Quizá por eso amamos la literatura. No solo es una vida o muchas vidas añadidas a la que disponemos, sino que ofrece la posibilidad de cancelar la naturaleza misma del tiempo. Escribir depara un regocijo mayor, que me perdone mi buen Borges: el de saberse inexplicablemente gratificado por un especie de don. Yo me paro a pensar en estas cosas a veces cuando me da por cuestionarme qué sentido tiene todo esto. Y me las compongo para encontrar un motivo para seguir leyendo, escribiendo, viviendo, empecinado en que el asombro y la incertidumbre ayuden a escalar la cumbre de todos esos días. No hay ninguna cumbre igual. Esa topografía es absolutamtne caprichosa. Ni siquiera la rutina, tan buscada a veces, repite uno solo de esos días. Iba a escribir de esas páginas. 

  El otoño es una especie de adviento al que se le ha retirado la huella cristiana, aunque mantenga la espiritualidad o la fe, que vienen a ...