Fotografía: Charles Mingus en el aeropuerto de Marsella, Francia, 19 de agosto de 1976 / Guy Le Querrec
Admiro a los músicos. Lo hago de un modo que no siempre expreso, me cohibe la sensación de estar siempre contando lo mismo, pero es invariable y aumenta conformo los conozco o entro en una pieza musical en la que un instrumento brilla de un modo admirable. Me fascina de ese oficio la posibilidad de expresar lo que las palabras no alcanzan. No hay otro lenguaje más universal, no se puede contar algo con más eficacia que traduciéndolo a música. Por eso me produce una intensa sensación de deuda el ver a Charles Mingus con su contrabajo en el portamaletas de cualquier aeropuerto del mundo. Deuda que crece cuando ves al músico tocar en directo, concentrado en extraer de ese objeto inerte la elocuencia de los dioses, la sutilidad de los poetas o la contundencia de los guerreros. Todo en la música evoca épica. Uno cree que no es necesario entender de pentagramas para disfrutarla, y probablemente sea así, pero lo digo porque no aprendí a tocar ningún instrumento y hay ocasiones en que lamento esa orfandad mía. Amigos que no la poseen o incluso algunos que viven de su ejercicio me repiten lo insostenible de mi argumento y me espolean a que entre en un conservatorio y empiece a formarme. Ahora es un adverbio más untado de esperanza que mañana, podrían decirme. No entro, sin embargo, en esa recomendación. Me conformo con seguir amando la música como lo hago, sabiendo que Charles Mingus, Bill Evans, Miles Davis, Van Morrison, Pink Floyd, Joe Pass, Billie Holiday, Jeff Buckley, Bach, Queen o Frank Sinatra están en las baldas que tengo a la espalda, mientras escribo, esperando que los reclame y les pida, con la solemnidad que se merecen, que me hagan feliz. Lo hacen siempre. No hay ocasión en que no sepa qué canción escuchar para que mi ánimo reverdezca. Incluso sé cuáles pueden hacerme perder toda alegría que albergue y abismarme en la tristeza más firme. Hasta la tristeza, al buscarse, consuela, alivia, conforta con mimo de amante atento el alma tan saqueada. Y Mingus sigue cargando con el instrumento. Lo lleva a la cinta transportadora. Luego se sentará en una silla hasta que anuncien el vuelo. Cerrará los ojos, pensará en Pannonica o en el Mississippi o en el Carnegie Hall o en si las turbulencias malograrán la integridad sublime de su bendito contrabajo y echará una cabezadita cruzando el Atlántico hasta la vieja Europa. Su último viaje fue al Ganges. Quiso que esparcieran sus cenizas al río infinito siguiendo la tradición hinduista. Se murió en Cuernavaca, en México. Fue a que repararan su cuerpo roto. Por poder seguir tocando. Por no dejar de fumar esos puros enormes. Por no cejar en su agria relación con el mundo. La cura que ansiaba no se produjo. Los chamanes no dieron con el roto que lo partía en dos, en cien. El tipo grande, que no era negro del todo, ni blanco, con sangre china, africana, nórdica, nunca precisó de estimulantes para hacer surgir su don. Se lamentaba de que otros músicos se pusieran hasta arriba de ellos, se dolía de que el arte no fluyera con la limpieza de la sobriedad. Porque su música, en su salvajismo, en su alocado dispersarse y luego ensamblarse de nuevo, era sobria, era hermosa, era honesta con el mundo y con él mismo.
Admiro a Charles Mingus. Es probablemente el mejor contrabajista que ha parido el jazz, con permiso de Ron Carter, que será un Mingus de más amplio alcance (son otros tiempos) y ocupará en las enciclopedias del jazz un puesto ilustre a la altura de su ilustre maestro. Sí, claro, ahora alguien en plan purista, un forofo de los buenos, dirá qué me impide nombrar a Pettiford, a LaFaro, Hayden o a Chambers. Y no estoy dispuesto, en esa tesitura semántica, en ese dar nombres a vuelatecla, por amor a la nomenclatura, dar la impresión de ser dogmático. En lo que no me rebajo es en la cabecera primordial llamada Mingus. Me pasa que tengo que decirlo varias veces o escribirlo varias veces. Así: Mingus, Mingus, Mingus, Mingus.
El contrabajo, en el jazz, es un instrumento glorioso, pero el oído no lo reconoce con el mismo vigor sonoro con el que acepta la presencia de los metales o de un piano, pero cuando lo percibes, cuando entiendes qué te cuenta y con qué agreste dulzura, permítaseme el oxímoron, lo buscas en cada disco que pillas, y en el aprendizaje lento y hermoso de los géneros y de los músicos hasta llegas a reconocer patrones, ejecutorias, cierto tipo de canon doméstico con el que te manejas y con el que, sobre todo, disfrutas.
Criado entre predicadores y negros con temperamento racial, extasiado por la música en los oficios, Mingus descubre a Duke Ellington en la radio (qué diálogo imposible debió producirse) y aprende violonchelo y trombón. Ejecuta piezas clásicas, pero el jazz sanea mejor el alma, la desaturde del caos en el que vive la sociedad norteamericana en los convulsos treinta y los bélicos cuarenta. Luego viene el contrabajo, el piano, la dirección de sus big bands y el amor infinito hacia la música. fuese blues o gospel o música de ascendencia africana. Las refriegas racistas, el carácter violento que le caracterizó y el cansancio moral de vivir siempre en continua batalla (contra blancos extremistas, contra negros condescendientes, contra la dictadura terrible del dinero y contra el tiempo) le hicieron retirarse cuando estaba en la cúspìde absoluta del jazz. Lo hizo sin ruido, al modo en que su instrumento suena en el volcánico ejercicio del bebop o del free jazz o de la tercera vía a la que siempre se inclinó. Versátil y en continuo aprendizaje, experimentó e influenció a todos los músicos de las generaciones que le escucharon.
Recuerdo un disco (en vinilo, luego convenientemente grabado en una cinta de cassette TDK, qué tiempos) que me prestó alguien. Era "Mingus Ah Um", la obra infalible para descubrir el jazz, sí se tiene la voluntad precisa. Treinta años, cuarenta podrán ser, más tarde de ese descubrimiento, lo sigo escuchando con absoluta perplejidad. Debo insistir en el sustantivo: perplejidad. Me produce más emociones que entonces, me llena infinitamente más que en aquellos años de aprendiz elemental y alborozado. A nadie de mi círculo, salvo a mí, en esos años fértiles y novicios, le gustaba el jazz. Tuve un amigo al que le intenté explicar las razones de mi idilio y sólo conseguí que ampliara un poco más la lista de extrañezas que me tenía adjudicadas. Además "Ah Um" sale el mismo año, en 1.959, que el fabuloso "Kind of blue", el mejor disco de la historia del jazz a juicio de algunos fanáticos (yo entre ellos) que le dedican a este género parte del alma. Y también "Giant steps", obra inmortal de John Coltrane, o "Time out", el mejor disco comercial del jazz, firmado por Dave Brubeck y su inseparable Paul Desmond. Buen año.
Mingus tenía unas charlas enjundiosas con Charlie Parker acerca del budismo. Contaba que en cierta ocasión habló con Charlie sobre lo sagrado de su música. Estaban en un club y el dueño les conminó a que dejaran la cháchara y subieran a tocar. "Terminemos la discusión en el escenario", le dijo. Estarán tocando. Tendrán con qué entretener lo que quiera que el budismo disponga sobre el tiempo cuando el tiempo se acaba. Experiencias del karma. Blues a cara de perro. El mantra de lo que no es fiable. El jazz no lo es. Es perplejidad siempre, asombro puro. Hoy me voy a poner el del santo negro y la señoras pecadora. No sé si leí o escuché que era el disco favorito del propio Mingus.
Lo del olor del napalm por la mañana me lo enseñó William "Bill" Kilgore, el Teniente Coronel del Primer Escuadrón del Noveno Regimiento de la caballería aérea en Apocalypse Now. Una vez bombardeamos una colina durante doce horas, cuando todo terminó subí allá arriba y no quedaba ninguno de esos apestosos cuerpos. El olor, sabes, ese pestazo a gasolina quemada en toda la colina. Olía... a victoria. Algún acabará esta guerra". El cine hace cosas increíbles: no puedes evitar pensar en Vietnam cuando escucho cabalgar a las valquirias de Wagner (aunque a Woody Allen se le antojase invadir Polonia) o en todos los mafiosos sicilianos cuando te comes un plato de pasta. Arrogante, mesiánico, loco, amante del surf, un dios, eso era el temerario Kilgore. Coppola mandó construir un poblado vietnamita del que no debía quedar nada cuando la toma se rodase. Se emplearon cinco mil litros de gasolina. Tengo por ahí un libro que cuenta el rodaje de la película. Es pequeño, lo compré en un mercado de segunda mano de un pueblo de costa en el que estuvimos de vacaciones. Me lo sorbí. Volví a casa deseando volver a ver la historia de la guerra de Vietnam. Creo que la habré visto cinco veces, más serán. Tal vez Robert Duvall interpretó al militar Kilgore pensando en su padre, un almirante de la Armada. Un antepasado de su madre fue general confederado. Debió sentirse bien, pensar que estaba haciendo lo que ellos hubieran querido. Ganó 65000 dólares (una miseria si se compara con la soldada de Sheen o de Brando) y un prometedor uno por ciento de la taquilla. Ser actor es ser todo y ser nadie, no tener que dar explicaciones por matar a alguien. Puedes decir lo que no podrías en un bar cuando quedas con los amigos y le das al palique. Hoy ha muerto Robert Duvall. Lo acabo de leer. Me han dado ganas de ver de nuevo El Padrino (no salió en la tercera por desavenencias crematísticas) o el descenso al infierno en la tierra que fue (en el rodaje y en lo filmado) Apocalypse now. Puede entrar Tender mercies, que no recuerdo cómo la titularon en español, pero sin que brinque. No creo que después me entusiasmara, no he debido hacer el esfuerzo suficiente. Me ha dado pena que haya muerto. Hoy estoy muy sensible.
La nostalgia es un territorio de riesgo al que uno puede entrar entero y salir demediado o irremisiblemente perdido o incluso, está comprobado, izado, sublimado. A veces me da por colarme en una película de Frank Capra que vi en la adolescencia y salgo indemne, pero es posible salir triste y exhibir esa tristeza durante unos días por parques y avenidas hasta que un disco de Dizzy Gillespie te pone otra vez en órbita y sonríes y el mundo entero sonríe contigo, como le pasó a Satchmo. La primera vez que te introduces en un disco de jazz sales perplejo. No cabe otra opción. El jazz, en un sentido muy primario de entender las cosas, es excluyente. Hay un atropello, una decantación alocada de las melodías, una turbulencia inédita hasta en los pasajes de más blando cometido. Si te has abonado a la sensibilidad de Bill Evans luego no puedes entusiasmarte con Bad Bunny, ese cazurro léxico erigido en paladín del panhumanismo, salvo que estés de parranda y hasta arriba de efluvios etílicos.
El jazz es flirteo del alma concupiscible. Ahora escucho (no sé cuántas veces van ya, no sé las que me quedan) "Pre-bird", un disco de 1.960 grabado por Charles Mingus, que era un caballero de oronda presencia, mirada esquiva y cara de estar buscando la fuente de la eterna juventud en el frágil vuelo de una nota de su contrabajo. Mingus es el tipo que tituló uno de sus discos con la repetición (salmódica casi) de su apellido: Mingus, Mingus, Mingus. Aquí estoy. Aquí estoy. Aquí estoy. Miradme. Soy el gordo que os va a poner jazz en los oídos. Luego nada será lo mismo. Os lo aseguro. Parece que Mingus oyó a Duke Ellington en la iglesia de la base militar en la que nació cuando tenía ocho años. Yo nací en Córdoba y la primera música que oí fue en un tocadiscos monoaural Stibert que mi padre tenía en un mueble del salón, junto a la tele en blanco y negro Telefunken. Cuando yo tuve edad suficiente, ese concepto nunca es registrable en términos objetivos, me las ingenié para que los escasos ahorros pudieran ser empleados en discos. No he parado desde entonces. No conocía entonces a Sir Duke Ellington ni a Thelonius Monk. Eran otros tiempos y mi cultura fonográfica se quedaba en los hits de la FM. Tiempos en los que no existían las radio-fórmulas y la gente de Radio Córdoba FM (los tengo en el alma, Pepa, Rafael, Ramón) programaba rock progresivo, blues del delta, jam sessions o superventas, pero de los que luego perdurarían, de los que ahora (sin pudor) llamamos clásicos. Pero Mingus oía a Ellington en la radio de la capilla. Podríamos ver a Charles ensimismado o moviendo los pies. Tal vez se puedan hacer las dos cosas a la vez. Tal vez eso sea el jazz: ensimismarse y brincar. a la misma vez.
Hay mucho Duke en Pre-bird. En cualquier tema. Sólo hay que dejarse contaminar por el swing afrodisíaco de mi pieza favorita, Take the A-train. La usaban The Rolling Stones para abrir sus conciertos igual que Yes cogían El pájaro de fuego . Son sellos de identidad, formas solventes de que el espectador sepa en qué terreno se mete. No es igual escuchar Start me up a palo seco, nada más abrir el show, que sentir el riff de Keith Richards después de los vientos de la orquesta de Duke Ellington. Tampoco suena igual la voz de Jon Anderson sin el acomodo melódico que la introduce, la monumental obertura de la suite de Stravinski. Ahora me voy a parecer a Loquillo: Si yo tuviera un banda de rock (cosas más peregrinas ha fabulado mi inquietud en materia artística), haría que antes de cada concierto sonasen algunos compases de So what. Miles Davis sirve para estas cosas. Me vale Milestones. Incluso la agitadísima It don't mean a thing...
El jazz es una música impredecible que se adhiere con más fortuna al asombro que al camino previsto. Es precisamente esa posibilidad de pérdida (topográfica y moral) la que sigue arañando la piel del que escucha jazz y, aunque lleve toda la vida haciéndolo, tiene la certeza de que acaba de comenzar a entenderlo. No haría falta tal entendimiento. Mingus es el mago absoluto de la impredicibilidad y Pre-Bird, que ahora da sus últimos acordes, ha sido una mañana útil, (treinta y pocos minutos de júbilo total), es un canto sublime de alegría por vivir y de amar la música casi como a uno mismo. Y ahora no es, en absoluto, nostalgia, sino celebración del presente, festín del reloj cuando se pavanoea de que sus manecillas (febriles, juguetonas) marcan el paso de quien se detiene y las observa.
Hay noches en las que oigo ladrar a los perros. Me persiguen desde hace unos días los ladridos. Los más viejos ladran hacia adentro. Lo escribí hace unos días. Algunos ladridos son estremecedores. Conmueve que haya detrás del ruido un cuerpo que se esté expresando. Cada uno da de sí lo que se contiene en un ladrido, que podrá ser lamento o bandera o festín. También escribir es emitir ese ruido y seguir, pese a todo, ladrando. Como lamento o como bandera o como festín. Entonces pienso en el desamparo y en la soledad, pero razono que son perros. Ellos en su ladrar; yo en mi escribir, igual dará. Luego los oigo gemir y entonces me revuelvo en la cama y dejo de pensar en los perros como bestias y se me pone el corazón encogido y no soy capaz de conciliar el sueño. No me envalentono y bajo para abrir el ordenador para contarme el domingo o las menudencias de costumbre. Hago como que me voy durmiendo y el ruido se atenúa poco a poco. Al final de todos los ruidos del mundo hay un zumbido que se parece a un agujero pequeñísimo del que sale una brizna de luz.
Sigo con los perros: no les tengo un particular afecto. Incluso me molestan en ocasiones. Los evito, les doy poca conversación y casi nunca se me verá ensayar un gesto amable, una caricia que induzca a pensar que, de noche, cuando intento dormirme, en la entrevela dulce que es un limbo perfecto, me desvelo porque oigo a los perros ladrar en las calles. Un perro que gime es una cosa que da una pena casi infinita. Ayer vi un perro malherido. Tenía cara de abrazarlo mucho y una pata iba a lo suyo, descabalada, ajena a la armonía pedestre. Debían haberlo atropellado y se movía a duras penas hacia un rincón en donde dejarse morir. Había una película de dibujos animados que se llamaba “Todos los perros van al cielo”. Creo que la vi con mis hijos hace un siglo. Me alejé de esa escena fortuita de sufrimiento animal con un estremecimiento que me duró hasta que la realidad me devolvió a otro tipo de heridas. No tendré perro por no verlo morir. Por no encariñarme y verlo partir. El amor se ejerce con miedo, es preferible ir renunciando a él según se advierte que cala y se impregna. Por no tener que verlo partir. Por el dolor. Entiende uno falsamente que duraremos más que el amor o más que los perros oídos gemir en mitad de la noche, en el desamparo, en la negrura de la boca del miedo. Así que tenemos confianza en el porvenir. Somos anhelo de futuro.
Tras el incidente del perro, bastó la crudeza de un mendigo (en su ternura y en su hierro) para que el chucho desapareciera de mis preocupaciones. Era un pedigüeño, me encanta esa palabra, a pesar de todo lo terrible que encierra, uno que probablemente no me robaría el sueño de noche, pero al que de pronto, por obra de la maquinaria impredecible de los sentimientos, hice mío por simple comparación al perro malherido, cercano a morirse. Vestía decentemente, pero el rostro estaba curtido por la desgracia inextricablemente. Ni auxilié a uno ni socorrí al otro. No sé cuántos perros hay en España. Sé que hay nueve millones de pobres. Lo leí y la cifra se me ha quedado dentro. A veces aparece. Nueve millones. Yo creo que son muchos. Hay países que tienen la mitad de esos nueve millones de muertos sin cuajar. Países con unos cientos de miles de ricachones. Países que cuentan con cuatro gerifaltes, cinco, cien. Cuántos muertos previstos habrá en el corazón de África. Yo soy uno de esos muertos inevitables, pero mi biografía todavía no se ha impregnado del olor de lo difunto y apenas me paro a pensar en que un día falleceré, me atropellarán, tendré un aneurisma o caeré al suelo por alguna imprevista dolencia inexplicable. Creo que nunca he escrito sobre África. No hablo del pobre al que el franquismo sentaba a su mesa: este es un pobre accidental, un pobre estrictamente monetario, uno que no exhibe trazas de pobre y al que no podríamos a simple vista, por más que lo miráramos con atención o incluso si pudiéramos entablar una breve charla con él, meter en el gremio de los pobres. Salvo sus facciones, devastadas, podría dar clase en un colegio o atenderte en una oficina bancaria. Un pobre, ya digo, de lo más normal. El pobre de todos los días, si vives en una gran ciudad. En mi pueblo no se ven pobres. No tendrá el tamaño para que se fijen los pobres en él y acudan para exhibirse o para que reparemos en su pobreza y extendamos la mano para que la suya acepte el óbolo. Nos fijamos más en los perros, en su desaliño animal, en esa especie de ternura que provocan cuando gimen o cuando un coche les ha partido una pierna y buscan un sitio en donde dar el último aliento sin alardes. Un pobre de los de ahora no conmueve como los de antes. Todos esos pobres del cine tras las guerras, todos esos pobres con honradez de pobre y cara de pobre. Hay personas que tienen cara de pobre, aunque estén podridos de dinero. Me lo dijo un amigo hace tiempo y lo recuerdo todavía. Hay cosas que se fijan, cómo sabrá uno el porqué. Frases sueltas, frases sin futuro, pero duraderas, inmarcesibles.
Será que estamos insensibles o será que se nos encalleció el ojo y sólo deja circular las imágenes limpias. El bienestar. El estado dulce de las cosas. El festival de Benidorm, cosas así. Las otras, las terribles, las que incomodan, las filtramos, nos llegan al cerebro convertidas en fragmentos, en trozos que luego uno tiene que unir en mitad de la noche y sacar la conclusión de que un pobre tira más que un perro. Pero los pobres no nos roban el sueño: quizá porque todos somos pobres en el fondo. De un tipo de pobreza que ahora no sabría definir, pero que está alojada en el alma y no sufre los vaivenes de la bolsa ni se ve dolida por las rebajas del sueldo o por la subida escandalosa de los precios. España es un país con nueve millones de pordioseros. Es curioso cómo nos llega esa palabra, pordiosero: es por Dios por lo que los pobres de entonces pedían. Por Dios, deme algo. Ahora que Dios no está en el hit parade y hay pobres que ni lo conocen, se pide sin catecismo, se hace todo más pedestremente. A Dios le preguntaba Dámaso Alonso en su «Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres». Pasaba el poeta «largas horas gimiendo», ladrando como yo ladro, «como un perro enfurecido». Adonde él llegaba y yo ni alcanzo es a imaginar ese gemir como un fluir de «leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla». Esta noche estaré al tanto del ruido que venga de la calle. A veces pasan coches. Ya digo que mi pueblo es tranquilo. Todavía más mi calle. Parece hecha para que la crucen los adolescentes yendo o viniendo de sus asuntos. Llevarán sus móviles en la mano. Querrán saber quién ganó Benidorm. Por la mañana, cuando salgo a tirar la basura o a comprar el pan, veo latas de cerveza, de bebidas energéticas. Veo sus trofeos muertos. También uno anduvo esas calles, aunque fuesen otras. Eran tiempos de bonanza. Más tarde vendría la irrupción de una sensibilidad extremadamente difícil de contener. Porque hay que saber cómo manejarla. Puede desgraciarnos el día, hacernos pensar en la muerte de un perro, en todos los pobres de esos países inexistentes, en el ruido del mundo tan parecido a un agujero pequeñísimo del que sale una brizna de luz.
Uno tiene una idea de lo que es tumbarse al sol, dar gracias al sol, saber qué es el sol, saber qué es lunes o pájaro o voy a ver si hago útil de una vez por todas.
Alguien ha dicho que debe marcharse. Volverá más tarde. Dejo aquí el periódico. Le estarán esperando. Siempre hay alguien que nos espera. Uno también espera a que alguien acuda, pero la silla ignora la perseverancia de quien la ocupa o su desafecto o esa mosca que de pronto se ha posado en la tinta negra o amarilla y parece que está leyendo con rigor, con absoluta coordinación de sus patitas fluidas, de sus ojos ensismismados.
La felicidad es el verano cuando abrimos la silla y nos sentamos. El sol está mordiendo un limón, está la luz mordiendo un limón y duele la sangre en la cabeza como un enjambre de agujas.
Una música dulce de cámara, una sin nombre a la que se presta una atención sin compromiso aletea torpemente, disimulando su inocencia de cosa volada o de asunto muy pequeño o de brizna de un rumor apenas tangible.
El viento se desdice y ocupa una quietud absorta en su continencia de aire izado y ya ido. El aire tiene compostura de animal precavido. Un grumo de aleteo duro consiente un festín de alas para que se pronuncie el tiempo.
Yo recojo unos libros, abro las ventanas, abro el agua, huelo de pronto a café, siento a lo lejos un vértigo de pájaros tras el patio o una fiebre de alas, una costumbre de voces que no entiendo. Ni a Bach hay que entenderlo. Quizá todos esos pájaros piensen igual de la música de cámara y anticipen todo lo que viene después. Ornitologías de la razón. Si uno cae en la cuenta de la presencia de los pájaros, si se presta a ese ejercicio del corazón, ya no puede dejar de pensar en ellos. Hay que apreciar no solo que existen y encabritan el vuelo y pían fieramente como si el mundo acabase hoy mismo, sino también todo lo que los pájaros traen, todo lo que dicen si damos oído, si percibimos el volumen del cielo y la majestuosa caricia del aire mientras lo profanan con su trama de azul. De haber sido otra cosa, no sé, de haber podido prescindir de ser hombre y de haber podido elegir qué ser, creo que yo hubiese pedido ser pájaro, el tipo de pájaro irrelevante, en cierto modo, el que empeña todo su ardor en batir las alas, en ir de un lado a otro, sobreviviendo, previsible y sin encanto, sin otro cometido, sin metafísica. Cuando veo mis pies lo que contemplo es mi imposibilidad de tener alas. En cuanto entra en escena la metafísica, mueren todos los pájaros que llevamos dentro. Es otro animal el que irrumpe, pero no pájaro. Vamos midiendo los días, contando el espanto, sintiendo el peso del amor venirse un poco abajo, renacer sin que se le espere y caer nuevamente. Estaría bien sentir menos, no ser tan exigente, pensar al modo en que lo harían los pájaros. Con toda la dignidad del pájaro, ir escribiendo la herencia recibida, dejando consignado el aliento, el empeño de sobrevivir a uno mismo, de escribir porque al final te mueres y es bueno, quizá sea bueno, que alguien venga y sepa qué pensaste o cómo lo vertiste. Los pájaros tienen una dignidad antigua, no vulnerada. En lo que le ganamos a los pájaros es en la facultad de subordinarlo todo a la memoria o al olvido.
Yo creo que tenemos a Dios porque no es posible soportar la idea de que existe un fin. Hay una idea de Dios que está en la luz mordiendo el limón o en la sangre, doliendo en la cabeza. Un dios inabarcable e innecesario, una vastedad de dios que no tiene utilidad ninguna, un dios convertido en un páramo que no tenemos que recorrer, pero que nos requiere el paso y nos pide que lo crucemos, por ver si somos capaces, por saber qué hay al otro lado, en su fin, en su horizonte arcano. Un dios con su interior brusco, con su silencio violento, con su blonda de salmos, con su lentitud blanca, pero un Dios hecho racimo, volando, volándose. Dios con su limón, a bocados.
El día no es de verano, no es de este mundo. Hay en la planta de arriba un mover de sillas, afueras siguen los pájaros, la gente al borde de la piscina. Los veo desde aquí, hasta creo oírlos, oler el factor cincuenta de la leche solar cara que han comprado esta mañana en el hotel. El olor a café ya no lo encuentro. La música de cámara no la escucho.
La realidad es un alambique oscuro en un sótano al que se accede al final de una vida.
Guardo un ala de pájaro en un cajón al que no daba utilidad alguna, guardo una palabra a la que no sé dar uso. Lo más triste del mundo es que un objeto no tenga cometido en la coreografía del cosmos. Como un árbol horizontal en un tejado. Como un beso pensado. Como un libro que nadie ha leído. Como un cuerpo que nadie ha amado. Semeja ahora el cajón un féretro obsceno. Me lo dijo alguien hace tiempo: todos los cajones son ataúdes. Acabo de abrir el que está en la mesa en la que escribo y he encontrado un disco duro, un cable USB, el ala rota de un pájaro, un cuadernito pequeño de pastas negras en el que tengo anotado trece aforismos, un llavero con motivos infantiles que me regaló mi sobrina y un mechero. Los objetos nos hablan. Dicen: hoy no nos hicisteis aprecio. La muerte es una obscenidad a poco que se piense. Un olvido del tamaño de un cajón inadvertido. La locuacidad del ala es ahora un ángel yacente. He pensado que en un rato (en un día, en un mes), cuando abra el cajón, si es que no lo condena el olvido, olerá a más no poder a desamparo y a claudicación. Será un anticipo de la ceniza, será un tumulto hueco. Un beso pensado. Un árbol horizontal en un tejado. Uno cree que puede preservar lo que era luz en la intimidad de la sombra, pero al final, una vez que se pudre la belleza, concurren las lágrimas. Me ha perturbado la visión del ala del pájaro en la orfandad del cajón, que es una extensión del infierno o un atributo terrenal del mismo cielo. Los pájaros no creen en la inmortalidad del alma, he creído escuchar mientras la mirada se perdía en el paisaje de la ceniza. Un pájaro no tiene metafísica. Un pájaro muerto es el triunfo de las tinieblas. No he pedido a nadie que me acompañe en el duelo. Está el ala rota y estoy yo. Le concedo la infeliz vigilia de mi asombro. Cuando cierre el cajón, tomaré aire. Mis pulmones cobrarán la vida que les retiro. Sucio, el ojo. También la memoria. No hay cielo para mi pájaro muerto. Ni infierno. Yo también reposo en un cajón del que desconozco sus dimensiones. Árbol, beso, libro, cuerpo. Carezco de la nomenclatura que me permita conceder un dueño. Todos somos ángeles que yacen. Esperan que alguien los pronuncie. La religión siempre es un poema sobre uno mismo. Nos sentamos al borde de la piscina. Vemos nubes correr arriba. Principia lluvia. Nos levantaremos. Dejaremos las sillas, todos esos cajones. Volveremos a lo de siempre. Nadie se percatará de que nos viene ancho un párpado o que llevamos el alma desabrochada. Falta una sintaxis, un heráldica, una especie de linaje de la sombra cuando se reconoce en las acometidas de la lujuria del sol.
Vienen a veces a la cabeza palabras a las que uno profesaba sincero afecto y que se han ido extraviando de alguna manera, no se puede entender cómo se alejaron o qué impidió que se buscase. Palabras que uno colocaba aquí o allá en cuanto podía y que casi nunca esperaba que fuesen, por sí mismas, distracción de la conversación en que se contenían, sino pequeñas piezas cuyo cometido fuese asear la rutina de la conversación o, en lo posible, recabar el asombro, dar al rey el trono que perdió en el camino de las palabras, en fin, cualquier cosa que abriera un fuego en la ceniza fría, un milagro a ojos de un descreído. Qué placer tan enorme que así resulten, que de pronto cobren vida y desvíen incluso el motivo que las alentaron, el cuerpo doctrinal del mensaje. Cae entonces uno en la cuenta de que el lenguaje es sensible y se deja conmover o acariciar o incluso se duele o gime o se ofusca, que avanza sin el concurso de nuestra voluntad o hasta la cancela, acercándola a territorios que conocemos mal, en los que a duras penas medramos. En ese bosque dar con el tesoro del que ni noticias teníamos. Y ahí tantos tesoros y tantos bosques. No hay cosa hablada o leída en la que yo participe en donde no perciba la contundencia fonética o semántica de una palabra que inesperadamente concurra. Inadvertidamente o adrede les doy cobijo, las sostengo y acuno.
Anoche, sin ir más lejos, fue la palabra babieca. Podrían haber sido gaznápiro, memo, bobo, tontolaba, palurdo, mentecato, pasmarote, zote, atolondrado, mentecato, imbécil, estúpido, majadero, pazguato o papanatas, pero irrumpió esa, babieca, y no escrita con mayúscula y asociada a ningún caballo. No había otra palabra mejor para explicar cierta cosa que debía ser explicada, y ahí vino, por obra de alguna magia maravillosa, con intención de estancia, perseverante, intrigándome. Se quedó y prosperó. No sé cuál será hoy la que me fascine. Me vienen cachivache, que es antigua y creo que la traje a un texto con parecido propósito a este y que por ahí andará. También ósculo, que es usada entre mis alumnos desde que recuerdo. En alguna ocasión me propuse (lo he logrado) marcar ese vocable en la rutina semántica de mis niños. Trato de hacerles conscientes de que nunca estarán solos si abrazan las palabras, si se dejan abrazar por ellas. No hay soledad cuando estás rodeado de palabras. No hay un plan, no se urde ninguno para que una palabra (babieca, cachivache, ósculo) adquiera esa nombradía, existe con mayor pujanza que las otras y se le reserve un pequeño refugio en la memoria, hasta que ella la aparta o difumina. Obran casi siempre a su antojadizo capricho, aunque creamos disponer de un gobierno sobre ellas. Lo que sucede en ocasiones es que uno se congratula (hace años que no digo o escribo congratula) por el uso de unas o de otras, como si eso fuese algo extraordinario. Quizá verdaderamente lo sea. Estamos hechos de palabras: son una extensión inmaterial de nuestro cuerpo, se expanden desde él y alcanzan cotas de elocuencia y plenitud a las que no siempre concedemos la apreciación que merecen. Vamos al jueves. Que les sea favorable. Den muchos ósculos, dejad que os los den.
Los perros viejos ladran hacia adentro. Llevo unos días con la coz de su garganta en el corazón como un tatuaje. Hace veinte años, serán más, me monté un recopilatorio personal con las canciones de Tom Waits en el iPod y lo usé a discreción durante los ratos desocupados del día. Por la noche buscaba el sueño mecido por una tonelada de bisagras que abren puertas oscuras que acceden a un mundo turbio, pero lleno de afectos. Tom Waits es un tipo que gana conforme uno va conociendo el patrón de su música. Gana porque es honrado como pocos. Sí, es cierto, que últimamente ha bajado el listón canalla, pero se le perdona, aunque solo sea por todo lo que nos ha regalado durante los últimos cuarenta años, serán más. Es un perro viejo, Waits. Ladra hacia adentro. No sé cómo se hace eso, pero él lo borda. Por eso el amigo Tom tiene la voz que tiene. Porque ha estado toda la vida ladrando hacia adentro y se le ha torcido la inflexión a medio camino entre el corazón y sus asuntos, como decía Machado. Los suyos son los evidentes. Furcias, ginebra, nicotina, mesas de billar, pianos al fondo del bar, asuntos de la mayor trascendencia para quien respira a bocados. Creo que he escrito sobre Tom Waits como para sacar un libro pequeñito. Tengo cuatro títulos. El que más me gusta es “Hasta que las estrelles revienten en el cielo de Beverly Hills”. Estará hecho de fragmentos. No sabría hacer una novela. Tal vez un volumen de cuentos. Otro título: “La melodía es como el humo”. Conforme me hago a la idea de que seguiré escribiendo sobre Tom Waits, menos lo escucho. A veces necesito un receso. Vuelvo a él sin saber cómo. Me he dado cuenta de que vuelvo a las cosas que me embelesan sin un motivo. Algo hace dentro un chasquido. Suena fuerte. Es posible que hasta se escucha desde fuera. Un clic. Un ladrido. Una tos. Ese también sería un buen título: “Un ladrido, una tos”. Hago aquí una rendición de lo que he ido encontrando. Lo he montado con absoluta falta de rigor narrativo.
I / TOM WAITS SE EXPLICA A SÍ MISMO
Arde mi alma, se pudre mi boca
Soy Tom Waits y ya no soy un hijo de puta. No me pregunten cuánto vale un gramo de coca. No pregunten si es el piano el que bebe o soy yo. Por mi mujer o por los concursos de la televisión. Por el colegio al que van mis hijos. No leo libros ni periódicos. Me da lo mismo si ganan los demócratas o los republicanos. Trump es un tipo demoníaco, pero yo tengo a punto mi equipo de música para poner mis viejos discos. Los de los años de las habitaciones de motel, los de todos esos bares que huelen a nicotina y a whisky rancio. Los de los perdedores. A mí me ha dado más vida la oscuridad que toda la luz de los cielos limpios con los que nos bendice Dios cuando abre el día. B.B. King estuvo de gira hasta que no podía abrir los ojos y buscar su Lucille en el escenario. John Holmes se fue al infierno con la polla ardiendo y sin un céntimo debajo del colchón. Yo no quiero terminar como John Holmes. Yo no quiero morir en algún club de mala muerte de Denver ni en uno de esos estadios enormes en los que a veces hacemos como que somos dioses. Por eso mi mujer me ha contado un cuento para las noches de invierno en el que Tom Waits sale del pozo (el pozo más negro, el más áspero, el pozo de la biblia de la garganta muerta) y pasea las calles de la ciudad como un ciudadano corriente. Un cuento lindo para las frías noches de invierno. Haría lo que sea por redimirme. De hecho, ensayo salmos cada noche. El sacramento de mis abluciones mentales. La catedral de mis vasos vacíos de whisky. Rezo al cielo infinito y me hinco de rodillas, cerrado el corazón, callada la boca, pensando en mis adentros la salmodia que me exima del tabernario relato de mis pecados. Fueron muchos y todos se conjuraron para que mis canciones describieran lo podrido de mi alma. Me empujaron: me dijeron que yo era el diablo y me lo creí. Tom Waits es un diablo. Ved cómo se acerca a las muchachas cándidas y les susurra el evangelio de los objetos rotos. Solo era un hijo de puta, pero ya no lo soy. Ahora pago los impuestos con una sonrisa y leo el horóscopo con un café mientras en televisión Johnny Cash, el padre Cash, canta una pieza de cuando era otro hijo de puta. Lo miro de reojo, me pregunto cómo sería la vida sin todos los discos de Cash. Cómo se puede vivir sin ser Tom Waits, y me gusta la cara de animal que me enseña el espejo. Creo que necesito un tiempo para encontrar mi sendero. Dejadme que busque mi sitio, dejadme mirar a mi mujer y negociar con ella un pequeño receso.
Un tren descarrila en mi cabeza
Soy Tom Waits y ahora pago un recibo mensual por la televisión por cable. Netflix tiene un catálogo de la hostia, de verdad. Hay lujuria en 4K, hay mierda desprevenida. La única resaca que padece mi cuerpo cada mañana es la de la abstinencia absoluta. Y juro por Dios que lloro al recordar los años gastados en las barras de los bares, las noches eternas contemplando el paraíso en el fondo de una botella de Jack Daniels. Anoche vino un periodista a casa. Le ofrecí un té aromático y amenicé la entrevista con un disco de Barry Manilow. Copacabana. Qué delicia, qué cool, qué voz la de Barry. Dejé los de Johnny Cash, el viejo Cash, el padre puro, para los días oscuros. Mi mujer sabe el dolor que he sufrido y aprecia en lo que puede la redención a la que me he entregado en cuerpo y en espíritu. Mi mánager me pide sangre, pero yo sólo sé darle algodón. Algodón y caramelitos mentolados. Sólo me sale un canto de bonanza. No soy capaz de entonar las melodías de perro de antaño. No ladro, no sé ladrar. Mantengo el aspecto de perro. Mirad la boca, las babas, los dientes hambrientos, pero no hay instinto. No hay sed. Todas las noches descarrila un tren lleno de algodón en mis sueños. Juro que cada mañana me levanto empapado en sudor, gritando como un lobo enjaulado, lejos de la manada, obligado a enseñar los dientes muertos, todos esos dientes con sarro de perro tonto, alimentado con hamburguesas del McDonald’s. Soy el lobo recién ingresado en la sociedad civil. El vampiro con nómina, el asalariado de la casa de los buenos deseos. El delincuente súbitamente al corriente de sus fechorías y entregado sin estridencias al bendito tribunal del pueblo. El hombre domesticado. El marido a la mesa camilla, pendiente del Dow Jones y de las huelgas en el metro. Mi país es una mierda, yo soy un patriota.
Kentucky como una botella
Soy Tom Waits y ya no sangro cuando canto. A mi voz le ha crecido un cáncer y soy incapaz de disimular la enfermedad en un escenario, pero sabrán disculparme si no regreso al activismo de antaño. Nada de soflamas, ni de cuentos ebrios. Nada de perros de la lluvia ni de chicas con una pistola en las bragas. Yo no me siento con fuerza para escribir mi biografía. A veces se me escapa un aullido. Lo sé leve, asustadizo, como un lamento. Cosas del lobo que no ha dejado de romperme por dentro. En todo caso queda una brizna del salvaje que fui. Si me miran en detalle, si observan el mapa de mi rostro, advertirán la erosión, el roto que los excesos han dejado en los ojos. El santo bebedor es ahora un sencillo funcionario. Gano la paga como la gana usted. Me levanto temprano. Oficio el rito preciso para aparentar la normalidad que anhelo, pero basta con prestar la suficiente atención para percibir la metástasis. Soy un zombi, soy un fantasma. El cuerpo está muerto, pero la cabeza sigue ordenando el mundo. Soy una especie de dios rudimentario y caprichoso que ha encontrado un placer sublime en corregir los errores del plan y en cuidar de que no se reproduzcan de nuevo. Kathleen, mi venerada esposa, me ha librado del veneno. Me ha dicho: o el veneno o yo. Y a esta altura de la travesía, bebida media Kentucky, fumada media plantación de Virginia, libradas todas las batallas con las que el hombre se cree divino, ungido con un don, Kathleen es el sol y también las estrellas. Es que ahora leo a Dante. Tengo tiempo, tengo todo el tiempo del mundo hasta que las estrellas revienten en el cielo de Beverly Hills.
La melodía es como el humo
Soy Tom Waits y la melodía es como el humo. El ritmo, ya lo saben, son las toses. Ya no importa que cante con el culo y recite a diario el rezo de mi salvación. Fui un borracho rentable y ahora soy un crooner de mis recuerdos. Sinatra con pantalones sucios. Si quieren les canto My funny Valentine o Summertime como si no hubiese hecho otra cosa en la vida. Ladro lo justo, lo siento. Me sale la voz de perro, pero me duele lo que dice. Si quieren volver al ogro, saquen mis discos, inviten a los amigos, díganles que fui un dios salvaje. Fui un dios con un alambique de whisky en la mesita de noche. El dios ebrio con su don preciso. Chet Baker sin trompeta. John Holmes con menos polla.
El bastardo
Soy Tom Waits, el bastardo, el huérfano, el loco, el limpio ejemplar de una especie en vías de extinción, el que no se vendió a Dios, pero miró a los ojos al diablo y encontró refugio en el mal, en la belleza que el mal siempre alienta. Siento que no me hayan sabido comprender. De verdad que siempre intenté ser yo mismo. Lo fui cuando me senté en un cabaret y entoné un blues fúnebre. En el fondo no he hecho otra cosa en mi puta vida. Cantar un blues. Pedir por los míos. Saber que no tengo otra cosa que a Kathleen. Mira, mujercita mía: he aquí el hombre defectuoso, pero determinado a amarte hasta que las sombras ocupen la entera extensión de la vasta tierra del demonio. En la intimidad, a salvo de las cámaras, de las giras, de los estudios de grabación, le repito a mi amada Kathleen. Le digo que se acomode y lo hace con un desparpajo que me intimida. Luego busco una canción antigua. Y le ladro. ¿Eras perro o lobo esta vez?, me dice después de la reverencia protocolaria. Y la beso como un animal antiguo y miro las estrellas en el cielo de Beverly Hills y espero que revienten. Ahora hay una que me está mirando.
El infierno
El infierno son los otros. Yo estoy del lado de la luz. La he visto y he visto mi cara tatuada en su reflejo. Soy como un eco de las cosas que fui y me oigo en la distancia reclamando mi lugar y mi poltrona. Sé que no hay lugar en donde pueda refugiar mi alma recién estrenada. Está al alcance de los monstruos. La devastará la fiebre, se la comerá el vértigo, la despedazará el caos. Entonces quizá me plantee volver al escenario, a los tugurios. Tengo una silla alta delante de un micrófono en un club de barrio. Está ahí a la espera de que me acomode, recule la voz, me enjuague las consonantes difíciles y entone mis canciones antiguas. Tengo una para cada estado de ánimo. Yo soy Tom Waits y de verdad que ya no quiero ser un hijo de la gran puta. Ahora me duermo nada más acostarme. Ahora leo al Gran Walt Whitman en el sofá mientras en la televisión programan Los Simpson o alguno de esos reality tan entretenidos. En uno creo que salgo yo. Salgo de diablo. Me como a una quinceañera de caderas rumbosas. Tiene tetas como boyas en mitad del mar de los Sargazos.
II / TOM WAITS EXPLICADO POR CUALQUIERA QUE NO SEA TOM WAITS
Hay algunos datos fiables que contribuyen al engrandecimiento épico de la figura de Tom Waits. Otros lo agrietan, lo empequeñecen, lo revisten de esa rutina de lo ordinario y de lo muy visto que vale para cualquier hijo de vecino. Basta un biógrafo exhaustivo, caído ante la altura del mito pero en posesión de material contrastado sobre la vida del cantante para consentir cierto relajamiento en el idilio con ese malditismo que siempre le rodeó. Lo nació su madre en el asiento trasero de un taxi. De ahí en adelante, el viaje fue la norma de su existencia. Uno interior, que puede reemplazarse con todos los que han visto en alguna ocasión las babas del diablo. Otro, más estandarizado, exterior, conformado por las exigencias de un mundo al que, inevitablemente, debía plegarse, considerarse un miembro más, hacer que todo funcionara como si de verdad pudiese entenderse en su compleja extensión. Hay una prótesis sobre el pasado de la bestia que se puede extraer del miembro y exhibir en circos y en galerías de arte moderno, según convenga. Es la leyenda del bourbon contra los efectos balsámicos del té, es el binomio ya conocido: madre religiosa radical y padre alcohólico absoluto. Es el corazón en continuo júbilo creativo en los bares mugrientos contra el confort del nuevo status burgués ganado a pulso y convertido en cura tóxica. Es el combate que el crápula ha perdido contra el integrado. Detrás de estas inconveniencias biográficas, que no están en modo alguno diseñadas para hacer ganar estatura narrativa al biografiado, está su mujer, Kathleen Brennan, dramaturga, elegida por Coppola para algunas cosas de los ochenta, que lo mantiene a raya, que lo asesora sobre qué debe cantar y a quién debe votar, sin ese bendito don de la ebriedad que le sacó del alma quebrada las piezas maestras de antaño. No es fácil custodiar la memoria de este hombre: se deja escoltar por malas compañías, bebe a morro, escucha música diabólica, tiene cara de partirte la tuya.
Barney Hoskyns acometió la hazaña de escrutar los signos del vagabundo Waits: los compiló, los hilvanó, esmeró la caligrafía obscena de los años con grumos del poeta salvaje y sacó al mercado un libro. Acaba de salir: La coz cantante: Biografía en dos actos. Lo edita Global Rhythm, tiene más de cuatrocientas páginas y sale por unos treinta euros. Hoskyns ha estado dos años husmeando en el sótano, registrando cajas abandonadas, cerrando bares favoritos del mito. Airea que Tom Waits es un tipo muy celoso de lo suyo: ya tenemos el personaje así que vamos a dejar en paz al hombre. «Una canción debe tener su propio sistema nervioso: la melodía es como el humo, el ritmo son las toses». Sabemos, a lo que ahora se lee en las reseñas periodísticas que provoca el libro de Hoskyns» que Waits guarda en el frigorífico un martillo, un bote de alcachofas y otro de pegamento. Sabemos que su voz orgánica no proviene del abuso de los licores de Tennessee sino de un catarro mal curado. Sabemos fue camarero y conductor de camiones de helados y que vendió aspiradores. Datos. Luego vino Bukowski al que agradece que le haya proporcionado la melodía de su vida, aunque tampoco lo bendijo: le quedaba corto el personaje.
La melodía es como el humo. El ritmo son las toses. Tom Waits tose, ruge, distorsiona el registro aceptable de una voz entendible. Pero la voz de Waits no precisa que se la entienda: es un instrumento al que ocasionalmente le añadimos el extra de las palabras, que dan un sentido mayor y agrandan (y cómo) el mensaje. Lo que Tom Waits canta es un lamento. Blues al que incorpora ramalazos conscientes y vividos de opereta o de cabaret o del primer rock antes de que se enfangara con las existencias del mercado. No tengo ningún disco favorito de Tom Waits: la etapa primera, cuando estaba ebrio y parecía un perro apaleado, es formidable. La siguiente es igual de abrupta y está calada hasta los huesos con el mismo catecismo de dolores y de aullidos. A mí me parece uno de los tipos más originales que ha parido el siglo XX. Con independencia de que haga música o de que escriba sonetos o de que se crea Van Gogh y contemple sus canciones como paletadas de colores, ricas emanaciones cromáticas para combatir el gris que impera en el aire.
III / TOM WAITS EXPLICADO POR MÍ
La circunstancia disuasoria no existe: ayer acometí de nuevo (cuántas veces ya) la escucha de un disco de Waits (Rain dogs, 1985). Lo introduje en la bandeja del CD y me apoltroné en el sillón, mirando el cielo a través de la ventana. No sé en qué momento sentí la necesidad de apagarlo. Me aturdía la crudeza, por decirlo de alguna manera. Sentí (lo he sentido en más ocasiones) que el arrullo del amigo Waits era contraproducente, me hería, me dejaba tocado, ahí en el sillón, que Tom Waits debía dosificarse, guardarse para ocasiones en que no ande uno muy tocado, pero por otra parte, he aquí tal vez la parte más jugosa, permanecí en esa voluntad de dejarme impregnar y llegó un momento (Hang down your head o Time, muy a la mitad de la obra) en que todo fluyó con absoluto confort, era yo el izado, el conmovido, el transportado con mucho mimo hacia un territorio que no esperaba y en el que me sentí agasajado, conmovido. El de Tom Waits ayer, a media tarde, fue una coz dulce, un dolor necesario. Es el vagabundo reconvertido en algo parecido a un señor que ya no se mueve por la mugre, ni se casca el corazón en garitos de mala muerte, antes de que el sol le indique el camino de regreso a casa. Ahora recordará la época en que recorría el desierto de Arizona a dedo, cuando inventaba canciones sobre el dolor, plegarias rudas, de escaso afecto por la armonía, pero arrebatadoramente íntimas, sacadas del fondo de un derrotado, aireadas con el viento favorable de todos los perdedores. Se me ocurre que no cante, que no sean canciones lo que nos ha ido dejando, sino recitados de alguna religión periférica, más ocupada por pecadores que por santos, inclinada a reverenciar el humo, las toses, todo ese veneno del alma. Queda en replicante tumultuoso de sí mismo, en una especie de heraldo de un paraíso abandonado, más que perdido. Ya no se estila ese recorrer la noche como si el día apestara. Ahora todo está embadurnado con la misma mediocre paleta de colores.
IV/ TOM WAITS CONDUCE UN CADILLAC ELDORADO DEL 76 HACIA LO ABSOLUTO Y SE OYE LA VOZ DE LEÓNIDAS BREZHNEV EN LA FM DICIÉNDOLE QUE EL MIEDO ES UNA DISTRACCIÓN DE DIOS
Hay una hora desabrida en el día en la que todo se hace de un cuesta arriba dolorosísimo, Hasta las nubes en el alto cielo sucumben a nuestra pesadumbre y exhiben un gris desmayado. Luego comienza invariablemente el festejo de la rutina (con su afición a los principios meramente mecánicos) y se atisba una fortaleza en el ánimo. Hasta en ocasiones no se precisa nada relevante que ice el día y él sólo construye un palacio al que nos invita. Va uno aplazando así anhelos y triunfos del alma sensible e incluso la rutina entraña un esplendor tibio al principio, que más tarde cobra destellos de pura alegría. El tiempo se desmadeja con su mansa elocuencia, nos hace a veces cómplices; otras, creador de nuestra propia felicidad. Hoy es uno de esos días sin tacha ni roto: veré a mis amigos, los abrazaré uno a uno, cantaremos canciones de Woody Guthrie en una cochera de algún amigo muerto, dijo Tom Waits mientras miraba el azul roto del Cadillac. Lo acabó comprando cuando sacó Closing time. Era de segundo mano y en la guantera no había ninguna pistola. Había leído que en los coches de segunda mano puedes encontrar biblias y anillos de compromiso, pero no dar con el arma le pareció un augurio de que su vida iría por el camino recto. De haberla encontrado, la habría dejado allí. Nunca se sabe. No pensaba conducirlo hasta que librara su batalla con los demonios. Un demonio es un ángel que ha errado el camino. Todos los demonios tienen alguien a quien vigilan por si un descuido le franquea el acceso a su alma. Un alma es un desperfecto del cuerpo, una anomalía. La de Tom Waits está lacerada por mil dolores pequeños, pero es el cuerpo el que padece. El cuerpo es un estorbo. Si pudiera prescindir del cuerpo, dice Tom Waits, escucharía todos los sonidos del universo. Uno a uno. Todos a la vez. Como un palimpsesto cuántico. Pero el cuerpo es una pieza ineludible, por desgracia. El Plymouth pesa más de dos mil kilos. A Tom Waits le encantaba pensar que en un coche como el suyo Leónidas Brezhnev había bebido vodka mientras Richard Nixon apuraba botellitas de zumo de tomate y le ponía al día sobre la nueva vigilia nuclear. El secretario general del PCUS amaba los coches del enemigo. Su favorito era el Lincoln Continental. Nixon le regaló tres modelos de Cadillac entre 1972 y 1974, uno por cada visita que le hizo. Las dachas se pasean mejor en descapotables de lujo. Tom Waits nunca ha viajado a Rusia. Un Cadillac Eldorado no puede ser conducido sin que intervengan las manos y los pies. Una botella es la constatación de que el cuerpo tiene intendencia en el alma. Así que Tom Waits conduce el Cadillac hacia lo absoluto. El cielo de la boca huele a vodka de 1972. Ve a Leónidas hablándole entre las nubes. Es el tipo con las cejas imponentes. No entiende ruso: sabe que le está diciendo que pise el acelerador y cierre los ojos. No tengas miedo, Tom Waits, el miedo es una distracción de Dios. Le dice todo eso una vez, dos veces. No tengas miedo, el miedo es una distracción de Dios. A medida que Tom Waits acelera, comprende. Una vez alcanzada la comprensión, las palabras desaparecen. Todo es claridad y sobrecogimiento. La velocidad es un oráculo. Se ha llegado a la verdad. Dejo de escribir.
Quién no esté saturado de Uclés que tire la primera piedra. No se me tome la cita bíblica al pie de la letra, por favor. Lo de este hombre me recuerda al primo de un amigo mío: no había sitio al que fuéramos en donde no estuviera, daba igual que fuese un paseo por las avenidas del centro de la ciudad o alguna taberna escondida, pequeñita, lejos del bullicio. He estado al margen de la algarabía alrededor de David Uclés por no haber leído todavía "La península de las casas vacías". Aunque se me zahiera por lo que voy a decir, creo que no la voy a leer: se me ha atravesado el libro, el autor, la paja y el grano. Estoy al tanto de los méritos narrativos, de su pericia al urdir un tocho y ensamblar todas las piezas que lo componen tan habilidosamente: un excelente texto, en su día, de mi amigo César Rodríguez de Sepúlveda me abrió los ojos, aunque luego se cerraran, claro. Salgo de mi silencio por lo de los libros de cuentos. Yo creo que a Uclés se le ha subido el éxito a la cabeza o a la boina. Que se ponga cualquiera en su lugar. De la nada al estrellato. Del acordeón en la bohemia París a llenar el Bernabéu como si fuese el mismísimo Springsteen. No tengo nada contra su fama, no me mueve algún tipo de envidia que pugne por hacerse valer y de la que él salga lastimado y yo, el envidioso, resarcido. Como lo que me gusta es leer, suelo no estar al tanto de las peripecias biográficas de los escritores que me gustan, pero hay veces en que es imposible no saber, haber pasado de puntillas o ni siquiera haber comparecido adrede para no perder detalle de las cuitas del autor, que es un ser adorable y dulce, quién lo pone en duda, pero metido ya en el centro de una borrasca que lo va a zarandear más de lo que él quisiera y mucho menos de lo que anhelaría su nueva editorial, la que le ha hecho dejar la antigua, la de las casas vacías, la que lo aupó al cénit y puso su cara en todos las pantallas y sus decires en todos las tertulias. No voy a leer la novela con la que ha entusiasmado al jurado (egregio él) del Nadal de este año. Quizá cuando amaine todo y las aguas (no es símil que deba yo traer, pero así ha salido) vuelvan a su cauce, abra el libro (lo tengo en casa, me está esperando) y me sumerja en sus historias. Deberían ser esas, las de la ficción, las únicas que nos ofrezca el bueno de Uclés: las otras, más bastardas, aunque reales, sobran. Uclés cuenta que ha ido al Reina Sofía para ver el Guernica de cerca. Uclés cuenta que su madre le elige la ropa. Uclés cuenta que de pequeño no tenía bicicleta. Por otra parte, no hace nada que no haga uno mismo: contar sobre cuadros, sobre madres, sobre la infancia y las bicicletas. La diferencia entre Uclés y el resto de los mortales (escribamos o no) es que a él se le atiende con voracidad. Es un famoso, alguien con influencia, uno de esos personajes que tiene un micrófono y cosas que decir. Tendrá pronto un biógrafo, si no es él mismo el que deje la novela y se envalentone con unas memorias. Yo ya cambio de canal (o de página) cuando escucho o leo su nombre. No es culpa suya, será del mercado, de su voracidad. Hace tiempo que un escritor no tiene tanto renombre, y eso es bueno para el negocio de la literatura, de la cultura en general. No es culpa suya, insisto, y lo es al tiempo. Habrá sido succionado. Será eso del síndrome de Estocolmo: los captores terminan siendo casi de la familia del capturado. Con el tiempo, poco se recordará si se fue de unas jornadas sobre la guerra civil por no sentarse en la misma mesa que Aznar o si sus pingües ganancias librescas le permitieron tener una casa en algún barrio de su capricho en la capital del reino. Solo los más memoriosos sabrán los porqués y acudirán si se les pide que nos cuenten la historia de nuevo. Todo se acaba diluyendo. Eso lo sabe también Uclés. ya no será portada de la revista Elle, ya no lo invitará Broncano, ya no tendrá cien mil likes. Lo que querrá en el fondo será que se le lea. Que la cruzada moral o política o lo que sea con la que la vistamos a la que se adcribe prospere no va a depender de su comparecencia en las redes, pero hoy lo entrevistan en RNE. No sé si escucharlo ahora o luego, más tarde, en uno de esos podcast que tanto me gustan. Hasta puede pasar que me caiga de maravilla el chaval y empiece La península antes de la primera cerveza de la mañana. Dirá que no ha estado más vulnerable que ahora en su vida. Dirá que todo el mundo puede ser demagogo cinco minutos al día. Dirá que su condición sexual es suya y que cada uno tiene la propia. Dirá que cualquier día de estos coge la puerta y se va, que estará un año o cinco en sabática lejanía, pensando en la tormenta y en el barro. Puede pasar que diga que si él no fuera David Uclés estaría hasta la boina de David Uclés, pero que compren el libro de la ciudad de las luces muertas. Yo, por mi parte, ya he opinado. Llevaba unos días preocupado por no haber dicho esta boca es mía y aquí la abro para lo que surja. Todo lo de los tejemanejes de las editoriales es hasta divertido. Los escritores acabarán siendo como esos astros del balón que en verano ocupan editoriales y nadie sabe si jugarán contra el enémigo o serán el enemigo mismo. A ver si de este jaleo va a resultar que a la gente le va a dar por entrar en las librerías y dejarse los cuartos en caja. Celebro, pese a todo, el éxito de Uclés. Es el de todos los que no somos nadie y de los que no sabemos si querríamos ser alguien. Es el triunfo del trabajo y del sacrificio, del sentarte horas (días, años) delante de páginas en blanco y hacer un Macondo en Iberia. Quien sabe lo que cuesta hacer eso aplaude que alguien llegue adonde ha llegado Uclés. Ahí, en la cúspide, es donde vienen, con los abrazos, los palos. No tenemos remedio. Qué necesidad habrá. Con lo bonito que es leer y no saber nada más que lo que se ha leído. Lo que no le voy a dejar pasar es lo de la paja de los cuentos. Por ahí no. Que se ponga a contar La península en cinco páginas. A este le ponía yo en uno de esos realidades alternativas o cuánticas o como se llaman en presencia de Borges y los dejaba echar una charla. Me temo que lo embobe con sus zalamerías, en fin. Tal vez estemos ante un ser bendecido por la bondad y el talento, juntamente las dos cosas. Pero yo no he abierto la novela todavía.