3.6.26

Jazz / 11 / Chet Baker

 





La ocupación del ángel es la música de las catedrales. Le concierne el temblor de la piedra. Nadie ha entendido esa destreza sutilísima con la que el cielo festeja sus esponsales con la tierra. Pertenece a la liturgia de su vuelo invisible. Solo nos acercamos a los ángeles por la fragilidad y por la ternura. Solo nos incumbe el fulgor de lo oculto. Un ángel es un ser puro que no conoce la sangre ni el rubor de la muerte al derramarse en el corazón de los elegidos por la gracia infinita de la luz. Chet Baker fue un serafín, un querubín, un elegido por la divinidad para el coro de trompetas de las alturas, pero también fue un hombre, un ser frágil y tierno que veía ángeles cuando tocaba. Era uno de ellos. Era un ángel enfermo de sensibilidad. Debió retirarse cuando pudo, dejar los escenarios, recogerse en uno de esos apartamentos iguales a todos en los que haría una vida familiar y gris, pero ni se le ocurrió atenuar el don con el que fue bendecido. No entraba en sus planes morir siquiera. Viviria para siempre. Tocaría para siempre. Se metería farlopa o caballo para siempre. Es mejor desaparecer antes de que le partan los dientes y peligre el embocado en la trompeta o incluso antes de que la sangre sea un vértigo y exija el tributo de todas esas moléculas negras y furiosas que embotaban su cabeza y le hacían tocar como un ángel muerto y resucitado. Probablemente no recordaría cuando enloqueció toda esa sangre que lo hacía moverse y seducir a todos a los que lo trataban. Su vida fue un ejercicio de conquista y de desprecio de lo conquistado. Como la de cualquiera. Nadie que lo hubiese conocido diría de él que fue un buen tipo, un ángel bonito, pero ninguno renunciaría a extasiarse cuando invocaba el triunfo del amor al hacer sonar las melodías. Lo que no estaba dispuesto a sacrificar era el hechizo de la música en su cabeza, la sonoridad del cielo. Quizá fuesen las canciones las que lo mantuviesen en pie. Mientras tocaba era el joven lozano todavía que encandiló a las niñas y a los grandes músicos negros del jazz que amaba casi por encima de todas las cosas. En sus últimos discos se aprecia el descenso a los infiernos, el hedor del vacío, pero había nobleza, voluntad de no caer, ceguera. Hay piezas que duelen en el alma al escucharlas. Se entrevé el roto del hombre y el esplendor de su empeño (divino ese afán) en desoír a las hormigas al mordisquearle la piel. Eran un ejército las hormigas. Él permitía que trepasen su cuerpo desmadejado, apenas las apartaba con la mano. Si uno escucha con la atención debida esas grabaciones últimas, se escucha a las hormigas avanzar por el metal de la trompeta. 

Yo fui el mismísimo Jesucristo, le dijo una vez a una de las mujeres a las que amó. Fueron muchas, no llevaba la cuenta, cualquiera era útil para cerrar los ojos y perderse en la lujuria de la carne o en el fragor de la heroína. Era de embelesar todo su ser, su apostura de serafín tocado por la fortuna. No llegó a cumplir sesenta años, pero vivió tres siglos. Fue el niño bonito de los clubs. Charlie Parker se prendaba de su delicadeza. Cuando Down Beat, la biblia del jazz entonces, le votó como el mejor trompetista en 1953, Chesney Henry Baker Jr., el hijo de un guitarrista de segunda y una vendedora de perfumes, decidió ser Chet Baker. A partir de ese bautizo privado se fue diluyendo, convirtiéndose en un guiñapo, en un fantasma. Se murió tarde. Podía haberlo hecho diez años antes, veinte. La teoría menos verosímil es la de que Chet cayó al vacío en un hotel de yonkis de Amsterdam mientras escalaba su fachada en busca de su trompeta. Lo urgió cierta dignidad. Se entiende que algo de ella quedara, a pesar de todo a lo que renunció para no parar de tocar y de meterse. La argucia circense (una osadía en un cuerpo tan roto como el suyo) era evitar pasar por recepción tras haber sido expulsado del establecimiento por no abonar la cuenta. Extensión de ella, hay otra teoría en la que, a Chet, por la traza ruinosa que exhibía, la cara devastada, la voz débil, le requirieron en la recepción que abonara la estancia por adelantado, lo cual lo irritó al punto de envalentonarse y encaramarse hasta su balcón para acabar precipitado desde la segunda planta. La versión más lógica, no la más apetecible, refiere que subió a su habitación a por tabaco y, al comprobar que no tenía la llave y estar abierta la pieza contigua, salió al balcón y trató de alcanzar el suyo. La que jalean los inclinados a alimentar la leyenda (somos muchos, todos tenemos una narrativa que glorifica su sacrificio) es que sencillamente se arrojó desde el balcón. Los negacionistas del suicidio anteponen que esos años por Europa fueron felices, qué dislate. Tocaba en la calle, anónimo y nuevamente agasajado por el entusiasmo. Grababa cuando podía. Se relacionaba con músicos jóvenes que adoraban al divo que vino de California con el bebop en la piel, el que había conocido a Gerry Mulligan, a Charlie Parker, al mismísimo Miles Davis. Volvía Chet a su repertorio clásico y se atrevía a cantar My funny Valentine o I fall in love too easily. Su voz, limitada, pero absolutamente deliciosa, seguía emocionando: acariciaba como siempre, sin afectación, apenas subiendo el tono, como si hablara. Hay cientos de ediciones de esas sesiones en vivo. Algunas rutinarias, mal registradas, con un sonido que abochorna, pero también sinceras, como si empezara otra vez y tuviese veinte años y tuviese la cara de un ser bendecido por el numen, por la gracia pura, recién descendido de la derecha del Padre.


Las personas felices carecen de biografía, escribió Simone de Beauvoir. Chet Baker fue un infeliz. Tocaba para arrimarse un poco de la felicidad de los demás. Soy feliz si os veo felices, parecía decir. Esperaba que algo lo deslumbrara para comenzar a desvanecerse en el escenario, de ahí que al final siempre pidiera una silla. Ninguna en particular, cualquiera en la que pudiera depositar su cansancio o mantener cierto decoro, y pensar que no estaba allí en pie, conversando con los demás, ofreciéndose. El cuerpo era cada vez cualquiera cosa menos un cuerpo. Se caía a pedazos, se advertía la enfermedad devorándole los órganos. Difuminarse quiso, como quien se embravece y fulgura, como el que se sabe perecedero y decide consagrar su estancia en la tierra al ejercicio de sus vicios. Era la dignidad de un hombre íntegro, aunque roto. El hecho de sentarse en sus últimos conciertos le daba la serenidad precisa para no caer de bruces en mitad de una pieza o reprender a los músicos por no seguir la melodía (cosa frecuente) o perder la cabeza y abandonar el escenario para meterse una raya en el camerino (frecuente también) o todo eso juntamente muchas veces. Pienso que cada vez que tocaba se moría un poco, adquiría la condición de fantasma, su bruma sin brújula, su etérea vocación de susurro. Ahí le vemos en esa especie de contemplación de sí mismo, hospitalario con sus debilidades, en la etérea asunción de un destino al que gozosamente se arrojaba. Daba igual qué canción tocase. Todas eran la misma. Más que el desenlace, conmueve la ridícula manera de clausurar una vida sublime, entregada a la restitución de un don, y, al tiempo, trágica, triste, inconcebiblemente penosa. Chet Baker entró en un delirio del que ya no salió. El jazz cobra esos peajes. Todo el arte podría reclamarlos. A veces no exige ninguno, solo hay que pensar en músicos como Dizzy Gillespie, que fue un profesional sin vida privada sobre la que edificar una religión blasfema, pero quizá no estemos hablando de jazz. Los músicos, cuando tocan, dan cuerda al mundo. Chet también hizo que girara el mundo al cantar. Nadie ha cantado como Chet Baker. Quebradiza, angelical, volvemos a la sustancia arcangélica, su voz preludiaba el destrozo que llevaba dentro. Cayó de un segundo piso, a lo mejor fue el tercero. En Ámsterdam, pero podría haber sido Roma o Chicago. Habrá un momento en que no quepa más veneno en el cuerpo y el aire convide al genio a clausurar su trasiego y cerrar definitivamente los ojos. Detrás quedó el fulgurante inicio: los tiempos en la banda de Gerry Mulligan, los discos con Stan Getz, la consolidación como el trompetista blanco del jazz, el hombre de la voz de miel. El paso por la cárcel en Italia (año y medio por tráfico de drogas) no le amilanó. Europa era un paraíso supletorio al de América, que había dejado de interesarle. 


Antes de precipitarse definitivamente, unos traficantes le habían roto los dientes. La paliza que hizo añicos su boca no hubiese sucedido si no hubiese fatigado las calles de San Francisco en busca de heroína. Se ha escrito mucho sobre los dientes de Chet Baker. Se cuenta siempre que el músico brillante tuvo que reformar su manera de tocar. Sin dientes, nada era como antes. Antes de perderlos, fue uno de esos poetas sublimes del jazz —con Bill Evans, con Charlie Parker, con Lester Young— que hacían bailar el alma o la prendían de amor. Como si tuviera alas: así tituló su autobiografía. Hoy, temprano, escuchando My funny Valentine, he tenido alas yo mismo. Me servirán para el miércoles. Qué preciosa melodía, qué adentro llega. No es nada que requiera disciplina. Se siente que vivir vale la pena cuando uno aplica con esmero el corazón. Porque a Chet Baker se le escucha con el corazón. No basta el oído. Querría uno pensar que ahora estará hablando con los ángeles. Les tocará algo de los años dorados. Nunca dejaron de serlo. Más personaje que músico a veces, Chet Baker se impregnó de ese aura de malditismo que persigue con frecuencia a los genios de cualquier disciplina artística (anoche leí poemas de Bukowski, por cierto) y no salió indemne de ese fulgor que se arrogó adrede y con el que fue feliz, a su manera, y con el que hizo felices a los demás. Hace hoy 30 años que saltó (o lo arrojaron, quién sabe) de la tercera plata de un hotel de Amsterdam. Estaba en horas bajas, no tenía el oficio de antaño, trabajaba a destajo para pagarse los vicios y, entre medias, a caballo (nunca mejor dicho eso del caballo) entre una sesión discográfica y otra, tocaba en clubs de mala muerte, sin importarle en demasía si podía o no podía tocar. Siguió en la brecha hasta el final. El bello Chet Baker, el Miles Davis blanco, nunca lo tuvo fácil. Nunca fue un embajador del jazz. Hay discos suyos que no merecen la pena, hubo conciertos en los que no respetó al público y salió herido de muerte o muerto sin ambages. Hoy, leo en El País, hace treinta años que dejó este mundo. Lo de siempre, lo de las necrológicas: sigue vivo, suena cuando uno lo reclama, vuelve a engolosinarnos (Isabel Huete, ahora la palabra es tuya, más que mía) cada vez que hace que su trompeta hable o su voz, la más dulce que ha tenido el jazz, nos haga salir de este mundo y visitar otros. Él lo hacía a capricho. Se iba cuando lo deseaba, volvía después, más humano, más débil, enfermo.

2.6.26

Jazz / 10 / John Coltrane

 



I

La música tiene una elocuencia absoluta: todo lo sabe decir y todo lo expresa de la forma más convicente. No hay emoción que no pueda ser contada por la música. Ninguna de las adquisiciones intelectuales a las que ha accedido el hombre escapa al dominio instrumental de la música. El poeta es siempre un músico disminuído, aunque el músico precisa de la poesía para serlo completa y satisfactoriamente. El músico, a su modo, es también un arquitecto del aire. Este texto tendrá una forma músical que lo cuente al modo en que ahora las palabras lo hacen y tal vez incluso de una manera más contundente, rebajada de la distracción semántica, encomendando a las notas la restitución exacta de la belleza contenida en el pensamiento. Esta introspección empieza a alcanzar la excelencia en 1964 con su álbum esencial: A love supreme. 


II

Siempre me gustó la fotografia en la que John Coltrane está sentado con su saxofón en las manos. Admiro la quietud que exhibe, esa mansa evidencia de que es posible ser hospitalario con uno mismo y darse la satisfacción de no apresurarse mucho o de no tener prisa de ningún modo. Creo que todos somos ese John Coltrane de vez en cuando. Momentos de inspiración en los que hacemos algo que de verdad nos enriquece. A veces no tenemos esa certeza. La de hacer algo que nos haga mejores. Hay días en que te acuestas con ese arrullo en la cabeza: el de haber contribuido al equilibrio del cosmos, el de haber aportado una coordenada inédita, el de estar en posesión de un frase que hasta ahora nadie ha “pronunciado, el de creer que la educación, la ternura, la bondad o el amor pueden derrotar al miedo o a la injusticia o a la violencia, pero no sabes qué va a hacer Coltrane cuando se levante, si acometerá My favourite things (una versión de veinte minutos que se impregna al oído y lo separa del mundo) o se encerrará en una habitación de hotel y se meterá en el cuerpo todo ese veneno que tanto le gustaba. A veces son los venenos los que nos tienen en pie. 



III

No sabemos cuántos Coltranes hubo. El primero es más asequible: hace bop, respeta patrones, crea nuevos, toca jazz. Luego hay otro que irrumpió en 1957. El hombre se miró a sí mismo. Dejó el alcohol, la heroína. Se espiritualizó, adquirió una conciencia. El que tocaba era el que conocemos, pero es posible que otro tuviese el mando, la voluntad de una trascendencia. Esa determinación hace que irrumpa un músico distinto, un extraterrestre, un ser complejo manifestado en texturas más complejas. Esa determinación es una iluminación, una epifanía, también un propósito evangélico, casi una labor redentora. No es que el músico haya abrazado la fe y se haya propuesto exhibir una prédica, no es únicamente eso, al menos: lo que ansía es dar con un lenguaje que explicite ese ingreso en las profundidades del alma humana, en el idioma secreto del amor más puro. Coltrane está a punto de ver a Dios en un solo en mitad de la noche. Eso no puede decirlo cualquiera. Coltrane es el que nos hace viajar, uno de ellos. Vamos de su mano, nos tiene cogida la nuestra. Tipos como Coltrane o como Evans. Decían sacar de sí mismos lo que anduviera oculto, lo reservado y en cautela. A gente como ellos no les fascinaba la posibilidad de ser otros al modo en que a veces incurren quienes escriben. Como uno mismo en ocasiones. Hablo sin saber. Lo que buscaban al tocar en un escenario o grabar un disco era encontrarse a ellos mismos. Como si el fuego oculto del que hablaba Miles Davis fuese el que contase quiénes eran en realidad y esa revelación les ayudara a sobrellevar el trajín de los días, la vida real, la rutina, todo eso. Luego están las drogas, la idea de que no se puede extraer esa locura interior si no la espolea la química. Los dos fueron asiduos de ellas. Los dos cayeron por el escándalo del vértigo de las drogas en su sangre. La sangre corre loca por ahí adentro, irradia fulgor o veneno, según se la cuide, de acuerdo al mimo que se le tenga. Sin embargo Coltrane y Evans eran tipos tímidos, de los que no necesitan airear su talento o se refugian en la intimidad, en el pudor, en cierta vida contemplativa en la que la música que practicaban contribuía a reconcentrarse más. Si uno es capaz de limpiar todos los instrumentos que acompañan al piano de Evans o al saxo de Coltrane podrá encontrar ese pudor, esa limpieza en el trato a las notas. Cuanto peor trataban sus cuerpos, más amor daban a su música. No sé qué busca otro aficionado al jazz cuando escucha a Evans o a Coltrane. La verdad es que no tengo, entre mis amigos, muchos aficionados al jazz. Sé que yo busco la grandeza, la certidumbre de que se me está alimentando. Que se produce la comunión entre quien toca y el que escucha. A veces lo siento en la literatura, pero ningún escritor me ha transportado a su casa, al fuego oculto de donde mana su creatividad y su talento, como ciertos músicos. No solo Evans, no solo Coltrane. Será cierto lo que me decía, no hace mucho, hablando de otros asuntos, mi buen K.: la música cuenta todo lo que no cuentan las demás artes. Y lo hace con más eficacia y rapidez. Esta mañana he estado con Bill Evans. El concierto en Buenos Aires. Uno de los últimos. Estaba tocado, pero no se apreciaba la debacle en sus manos, tocó como un ángel. Luego puse Giant steps, el Coltrane furioso. 


IV 

John Coltrane fue un músico con un don. Y fue adiestrando su talento a la sublimación de ese don al servicio del mensaje de su música. Era de un panteísmo naif, en el sentido de la candidez, de cierta inocencia. Debió advertir que podía hacer que diera de sí, que pujara aún más, que contuviera (ese es el verbo) la sustancia primeriza del mundo, su clamor ancestral, todo su fulgor sin tiempo. Por ahí debió surgir la primera irrupción de algo que luego se llamaría A love supreme, una suite en cuatro movimientos hecha de jazz (aunque no es enteramente jazz) que John Coltrane compuso y grabó en una formidable noche con el pianista McCoy Tyler, el bajista Jimmy Garrison y el batería Elvin Jones. A su conclusión, cuando estos cuatro músicos superdotados guardaron los instrumentos y salieron del estudio de grabación, Coltrane confesó a su mujer que había llegado a una especie de extraño cénit de plenitud y de dominio absoluto del lenguaje del jazz. Los exégetas de ese jazz, los críticos inflamados de palabras y los aficionados a esas sonoridades inéditas que Coltrane tocaba hicieron que A love supreme ascendiera a un rango artístico inédito, totémico,  que transpiraba, al tiempo, amor cósmico y conciencia de una espiritualidad global y humana, en el fondo. Era lo inexpresable expresado, todo lo etéreo que de pronto alcanza una dimensión tangible, un punto de fricción con la realidad en la que el oyente, extasiado, turbado, contempla una versión mundana de la trascendencia a la que la música propende cuando los que la ejecutan o los que la componen acceden a cierto estado de gracia. Coltrane era un sacerdote de esa espiritualidad, un hombre con un propósito: escribir la fe que lo consumía. Se inició en ella por Yusef Lateef, multiinstrumentista, un hombre rico en inquietudes, tomado por la gozosa búsqueda de cualquier puerta que diera con la raíz misma del espíritu. La encontró (la encontraron) en la India, aunque ninguno de los dos se limitara a una religión topográfica, marcada por un inventario de dogmas: lo que anhelaban (con absoluto ardor Coltrane en sus últimos años) era un visión global del hecho espiritual, una especie de unción, de consuelo y de vivencia nítida, purificadora. El deseo de cambiar el mundo procedía del deseo de cambiar uno mismo: ese era el paso primero, la iniciativa ineludible. La fe no moverá montañas, también eso es discutible en estos tiempos de zozobra espiritual, en donde las máquinas están instalando sus sistemas de censura y vigilancia, pero el músico John Coltrane miraba más allá, como cuando cogía su saxofón y se imaginaba dialogando con alguna instancia superior o tal vez consigo mismo como no podría hacer mediante ninguna otra maniobra intelectual (dejemos el cerebro, hagamos que gobierne el corazón) o estética. Ese idioma (al que se volverá más tarde) es el instrumento que descerraja los usos de la razón y funda un imperio de la inspiración. Era Trane por fin, era el nuevo sacerdote de las plegarias no atendidas. La música, pensaba, tenía poderes curativos, podía modificar a la misma naturaleza, hacer que se perturbara o que tomara conciencia de su existencia. La Iglesia Ortodoxa Africana declaró a John Coltrane un santo. Podrían haber elevado a los altares de la santidad a su esposa, Alice Coltrane, oficiante leal de los dogmas de esa conciencia universal llevado al extremo absoluto por el propio John. 





VI

Escuché por primera vez A love supreme encima de un barco, el achacoso Castilla, gloria del Tercio de Armada de la Infantería de Marina hacia 1990. Mi amigo Luis Carlos lo descubrió en un pub que amenizaba tardes de lluvia enormes con un fondo basado en el blues y en el jazz en su Avilés natal. Me dijo que le asombró la consistencia del saxo de Coltrane, me dijo que le condujo directamente al interior de la música. Eso me dijo en la cubierta de esa máquina ruidosa, mirando el mar los dos, como ensimismados. Yo no sé si logré ese acceso místico, si mi ingreso en el meollo de la cuestión, en la verdad de la música, en su belleza. La cubierta del Castilla no era un escenario especialmente cómplice con el jazz. Guardo, sin embargo, un entrañable recuerdo (por una vez dejen que entrañable y recuerdo se alíen para expresar justamente lo que pretenden) de esa primera vez en la que abordé consciente, deliberada y hasta gozosamente la escucha íntegra de las cuatro piezas del disco de Coltrane. Recuerdo con extraña claridad (hace casi cuarenta años) la urgencia de la música, toda esa mantra de sonidos que fluían con una magia que me parecía una revelación. Yo era el iniciado, Coltrane era el dios rudimentario de aquella religión improvisada. La precaria cinta de cassette (TDK o Basf o Sony, esas marcas compraba) no era el soporte idoneo. Tampoco el reproductor (Aiwa, seguro)  restituía un sonido aceptable. Mi sensibilidad, además, estaba amodorrada, anestesiada, contagiada de la funesta mecánica de la vida militar. Coltrane, en el Castilla, en alta mar, de noche, en la cubierta vacía y fría de una noche cercana a la Navidad fue uno de esos extraños prodigios que algunas veces recibimos y de los que no deberíamos desprendernos jamás. Luego he escuchado A love supreme en condiciones idílicas y he leído la información de la que antes no disponía. He descubierto el carácter religioso del autor, he entrado en esa feliz feligresía de amantes del jazz que necesitan un extra libresco, un texto al que agarrarse para sentirse aún más cómplice del prodigio que la música crea de la nada. Al contarle todo esto a Antonio cuando volví a la vida civil. me confesó tener una sana envidia (dejen que sana y envidia se alíen para expresar justamente lo que pretenden) y me pidió que le prestara la cinta de marras. Debió quedarse en el Castilla o en cuartel del TEAR en San Fernando o en algún bar a los que iba para perderme en las brumas del tabaco y en la soledad perfecta de mi walkman-  siempre bien alimentado de buena música. Lo que sí debe andar todavía por el cuartel es el vinilo del que hice yo mi cinta. Bendito gasto del Ministerio de Defensa, absurdo, en su fondo: la libertad absoluta de un creador frente a la clausura gris de un recinto consagrado a cohibirla.



Coda sin brida

Dios me habla en bebop, me habla en cuartetos, me habla en serventesios, me habla en privada métrica. A veces susurra, a veces ni está. Es de hacerse buscar y no dar facilidades, de arrimarse imperceptiblemente o de no permitir que le intime. Hay quien lo ha visto el tiempo suficiente como para no tener en adelante necesidad de buscarlo porque se le ha impregnado y está en sus huesos o en las palabras que antojadizamente pronuncia cuando se produce la conversación más trivial. Poseo la sensibilidad pertinente para apreciar esos recados divinos. Los percibo con absoluta nitidez incluso sin que preste atención. Creo que soy una parte suya y Él una mía. Es un arrullo liviano o un trueno o una montaña. Hay días en los que no entiendo todo lo que Dios me dice, son los días de receso, los de lo gris, días en los que poco me conforta y casi nada me parece relevante y sin embargo, a pesar de esas adversidades, noto que Dios está a mi vera o yo con absoluta confianza en la suya, tutelando mi ingreso en el sueño, conduciendo mi yo zaherido hacia la dulce armonía del cosmos. Tengo un yo zaherido, debo recalcar eso. Quién no lo tiene. El yo se consolida conforme medra en amaneceres y en festines, en tristezas y en incertidumbres. Un yo sin zaherir ni es yo siquiera. Se asemeja a la estructura orgánica de un yo, pero podría confundirse con una emanación estentórea de cualquier entidad ficticia. El cosmos es un libro. El cosmos es el libro de Dios y todos somos lectores y todos escribimos en ese libro absoluto. La literatura del cosmos es la palabra de Dios, la palabra de Dios es la literatura del cosmos. Anoche vi a Dios en una loncha de jamón de york que mi hija estaba colocando sobre la rebanada de pan de molde sin corteza. Era un Dios sin mayúscula, un dios caprichoso, un dios rudimentario, de escaso apresto filosófico.Dios contra la soledad o contra la desesperanza. Un dios sin Kant ni conferencia episcopal. Un dios izado a capricho después de pensarlo durante años, de amasarlo como la harina del éter. Pensado entonces Dios con arrobo sintáctico y luego desmenuzado, hecho grumo de palabra, barro con el que pronunciar la luz. Sentir una presión en el pecho y una punzada en el costado. Era el dios de las pequeñas y de las grandes ocasiones, el del sol en la almohada nada más clarear el día. El dios del bourbon con tres cubitos de hielo y el dios del solo que Miles Davis usa para abrir So what. Se mueve uno con comodidad entre las grandes palabras. Me sería imposible numerar los dioses a los que venero. Son cien, son mil, son todos los que se avienen a contemplar a esta criatura que soy.  Hay noches que me zambullo en Coltrane y pierdo la entera noción de las cosas. Creo en Dios y en Coltrane porque creo en la armonía secreta de la sangre. Coltrane es un prodigio divino. Un crear contra un creer y más tarde las dos instancias verbales conjugadas con magisterio por mi boca.  Un creer que es en sí misma creación. Un mirar arriba, ensimismado, contra un mirar abajo, perplejo. La incertidumbre absoluta. El canto del aire cuando se reconoce en el vuelo de un pájaro huidizo o el del agua al medrar en su cauce sin fatiga. El fuego divino ardiendo alma adentro. La ceremonia universal de la genuflexión ante lo que uno no conoce y ante lo que se hace pequeño. En realidad, oh amigos míos, oh compañeros de travesía, uno cree en Dios o en dios o en d-i-o-s a medida que empequeñece. Que yo pese ciento seis kilos y mida metro ochenta y cinco no importa. Lo que verdaderamente importa es la sensación de fragilidad o de irrelevancia. De punto elemental en el universo. De nanosustancia. De una imagen en un sueño dentro de un sueño. Ni eso. Somos Coltrane soplando en un club de Harlem, somos el hombre de pronto convertido en un obrero del más allá, en un operario diminuto que labra su porvenir a sabiendas de que le rezarán unos cuantos de los suyos muy a pesar de advertirles de que no le recen. Un amor supremo. Ascensión. Descenso. Lo malo de morirse uno es que luego no puede comprobar si se cumplen o no los párrafos del testamento. Se muere uno y se encuentra con Coltrane en un vórtice especular de masa deconstruida. Hola, John, cómo estás, debiste sufrir mucho, pero ahora todo es una plenitud dulcísima.O se encuentra con Coltrane en un fragmento de realidad invertida en un universo paralelo. No tengo ninguna duda de la existencia de universos paralelos. En un universo paralelo no se cree en Dios ni en el diablo ni en el hombre Coltrane soplando en un garito de Chicago My favourite things. No se cree en la iglesia ni en la salvación de las almas. Se cree en una cimitarra de hierro, en un viejo reloj que perteneció a un héroe invisible.  Hay universos alternativos en los que el ser humano es más humano que en este. No se derrumba occidente. No se agrieta la luz. Es que no existe occidente. Es que la luz desea que se la parta. Golpes certeros. El dios en el que creo es un experiencia sensible intransferible. Así debería ser el dios en el que crean todos los que creen únicamente en uno. Si uno callara lo que piensa acerca del dios en el que cree no habría guerras ni se levantarían templos para contar a los demás que se comparten creencias y que todos han sido diseminados con la misma pura semilla. La semilla no me alcanzó. La vi cerca, la observé con cuidado, la miré con la idea de que podría decirme algo que me enriqueciera, pero pasó de largo y no hice absolutamente nada por pillarla. Adiós, semilla. Hola, Coltrane. Can you see me crawling? El caso es tener a alguien a mano cuando llegan esos momentos de flaqueza y uno precisa un sostén. El Dios que amo hizo a Juan Sebastián Bach y a mi madre y a John Coltrane. Hizo las piedras y la luna. Dios me habla en sueño, en la luz cuando la sombra la corteja, en un verso de un poema que escribí esta mañana. El dios en el que creo es el Dios de los templos que tienen seis siglos. Diez siglos. Hay miles. Veo uno ahora. Creo con el mismo énfasis con el que los demás lo hacen. Igual hasta por las mismas circunstancias. De pequeño rezaba a Dios cuando intentaba conciliar el sueño. Probaba frases. Hacía (en esa intimidad en la que uno piensa casi en voz alta y hace un balance de cómo ha ido el día o de cómo va la vida) de escritor en ciernes. Todos los niños son, en el fondo, teólogos amateurs. Dicen cosas que luego, en la edad adulta, les produciría rubor. Ay, si fuese sólo rubor. El niño es un ser puro al que la pureza le llama con insistencia. Por eso el preceptor religioso le inculca el catecismo fundacional. La idea de un Dios y la idea de un coro arcangélico de devotos que están en el cielo, a salvo de las inclemencias del dow-jones y de la cirrosis hepática. La idea de un Dios que me dicta ahora las palabras que escribo. El que sabe el día en que mi corazón no querrá saber nada de mi sangre. Sobre dios (o sobre Dios o sobre d-i-o-s) se han escrito más páginas que sobre ningún otro personaje histórico. La línea más pequeña y la más irrelevante habla de Dios aunque su autor, el más estulto entre los autores, el más zopenco y el de menos talento, no lo sepa. Dios está en la barra de los bares, en la cubierta del Potémkin, en la barba de Walt Whitman, en el sonido que mi iPhone proyecta cuando en el whatsapp escribe mi amigo K. Dios está en el fulgor de un flor a la que liba la abeja infinita .

Está en las tripas de la máquina, en el corazón de la bestia, en el circuito más inteligente de mi teléfono inteligente. Dios en banda ancha, Dios en un cuadro con un caballo perdido en la tormenta de la salita en la que escribo. La acabamos de pintar. Está reluciente. Huele todavía a limpio, a desinfectante, a amoniaco y a lejía. Dios está en la lejía y en los átomos de la leche. Dios en el Jack Daniel's y en el solo de Chet Baker en Amsterdam poco antes de que le partieran la boca unos traficantes. Dios es un no-argumento. Coltrane solo se dedica a aprender a ver. Es un atentado contra todas las potencias cartesianas. Se cree en Coltrane sin cortarlo; al formularlo, se desvanece. Dios es de recia argamasa catedralicia. Siempre pensé en los constructores de catedrales. Entré en la catedral de Lugo en 2011 y me sentí empequeñecido. La catedral me hizo pensar en Dios como nunca antes había pensado. Estuve días pensando en lo que había sentido. Hay quien, con menos, se hace feligrés. Quizá salí antes de que la perturbación me aniquilase del todo. Con eso contaban los constructores.  Con el efecto empequeñecedor.  Con la certeza de que el que entraba en ese templo perdía, por el hecho de entrar, poder sobre sí mismo. Era un acto bélico, una batalla ganada nada más poner el pie en la piedra y contemplar la construcción. Soy un fan de las catedrales del mundo: las visitaría todas. He visto muchas, quiero ver más, soy el que entra en ellas y sale herido, vulnerado. Iría de una en una, tomando notas, haciendo fotos, escribiendo las pinceladas iniciales. Descubriendo el aire en el aire. Perdido en la secreta armonía del cosmos. Buscando a Dios en la palma de mi mano. Contando al mundo cómo fui bendecido por la gracia. Tengo que pensar en John Coltrane cada vez que entre en una catedral. Tengo un dolor en el pecho a cada palabra que no digo. Cada bocanada de silencio aviva más silencio. Se me abre cartesianamente el alma. La tengo abierta y la ven todos y la discuten en las plazas. El alma visible. El peso del mundo es amor. La luz es un vértigo. El vértigo es luz que piensa en sí misma. Dios me asiste y me conforta. Tengo el alma mecida por sus céfiros. Creo. Suena My favourite things. El big bang debió ser la primera tos de Dios, un Dios enfermo o un Dios solo al que se le ocurrió la trama primera de las cosas. El big bang fue todo lo que vino después de esa primera tos fundacional. O en lugar de tos fue un estornudo. Lo que hubo, a decir de los científicos que ahora dicen haber detectado las ondas del primer chasquido del universo, fue un temblor, un temblor sutil, una brizna de temblor, un sonido en mitad de un silencio absoluto, una luz en la oscuridad perfecta o un nanosegundo (será incluso menos de un nanosegundo) en el cómputo novicio del tiempo. Después de la tos o del estornudo o del temblor o de la luz vinieron todas las demás cosas. No tenemos capacidad para razonar ese parvulario primitivo, de verdades cuánticas y de incertidumbres teológicas. O será al revés: de verdades teológicas o de incertidumbres cuánticas. Creo que no entendemos casi ninguna, pero lo que importa es el viaje, la sensación de plenitud que uno encuentra en la duda, en todo ese marasmo de incógnitas a las que casi nunca damos respuesta. Son casi catorce mil millones de años para que yo hilvane mis asuntos y los registre mientras John Coltrane sopla (sigue tocando) como si no hubiese vida después de la última nota, cuando la canción termina y reina el silencio. El universo es como un solo de John Coltrane: no lo entendemos, no sabemos a qué obedece ese hilo de notas, pero nos perturba, nos acerca a la belleza, por más que no sepamos definirla. Está John Coltrane sincopado y cuántico, teológico y sucio, buscando en el alma el trozo de Dios que le explique el bang, la lluvia obstinada, el cielo azul, la carne débil y el aire espléndido. Dios sigue tosiendo, pero ya no le hacemos caso. En el Castilla, qué será del Castilla, estará aquella cinta de Coltrane. Ya no sonará siquiera. 




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31.5.26

La letra “p”

 Conocí a alguien, nadie que me marcara, que compraba libros con alegre frecuencia. No es algo que merezca asombro. Sin embargo, observado el hecho de que no fuese lo libresco asunto escogido en sus conversaciones, ni terciara en participar cuando alguien lo sacaba a la luz, esa costumbre de comprar alegremente libros cobraba relevancia. Recuerdo que le pregunté sin disimulo si le gustaba leer, curiosidad mía que zanjó con entusiasmo. No leía. Adujo una razón convincente y otra peregrina. Alegó que los libros requerían el tiempo del que raramente disponía, no se arredró en restar importancia al hecho fundamental de que ese ingente acúmulo de libros no fuese usado, ni tampoco se desprendió en la conversación que se afanara por encontrar el modo de dar con tiempo o que el ánimo le empujase y la biblioteca, que vi una única vez, mudase de espléndido objeto decorativo a fuente de uso y disfrute. Siendo todo esto lamentable, más lo fue constatar que no tuviese propiedad ni conocimiento alguno de esos libros. Un volumen reciente y costeado de Rayuela, no mejor que mi amada y vieja edición de Alianza, se exhibía entre Bucay y un volumen que incitaba a conocer tus zonas erógenas. Busqué con interés si tuvo la ocurrencia de haberse agenciado algo de Borges, pero no lo encontré. Sentí un raro alivio. A una perplejidad le suele acompañar otra que rivaliza con ella. Un pasmo trae uno de más asombro.

Se envalentonó, una vez ofrecida su colección de libros, a mostrarme la de discos. No tan abundante, era también numerosa. Estaba ordenada en orden alfabético. Cien o tal vez más vinilos. Algunos discos compactos, entonces de moda, llenaban una golosa balsa. Era esa época, no la posterior, la del disco compacto, mucho menos atractivo, huérfano del encanto del tamaño y del romanticismo de los discos. Los escuchaba, confesó. Esa intimidad revelada me recompuso. Lo malo (lo terrible, debo añadir) es que lo hacía en orden alfabético. ABBA. Bee Gees. Chicago. Jamás John Denver antes que James Taylor. No sé en qué mes fui invitado a su casa. No podremos saber qué alambicada locura le obligaba a respetar esta rudimentaria mecánica, la de las audiciones tasadas, previstas, concebidas como una cadena en la que un engranaje promueve y alienta el funcionamiento de otro. Hace muchos años que no lo veo, no tuve con él excesivo roce, pero era de trato fácil y se prestaba a todo con agrado. Lo que hiciera en su ocio no tendría mayor relevancia si no hubiese escuchado anoche en uno de esos programas de radio en los que la gente se confiesa y airea su rica o pobre vida interior a una mujer que hacía exactamente lo mismo. Razonaba que eran peajes, lugares que le esperaban, satisfacciones más amadas cuanto más previstas. En realidad, yo soy así, si me detengo a pensarlo con calma, o usted, amable lector, si considera pensarlo también. Sé que el viernes a mediodía, cuando salga del trabajo, iré a tomar unas cañas con los amigos. Casi estoy por asegurar qué tapa pondrán o si leeré el periódico deportivo si a los demás se les ocurre retrasarse. Sé cómo se organizan mis días, el modo en que se acomodan las noches. Con cierta frecuencia, cambio una ficha en la dinámica de las cosas, tiro hacia donde ni yo mismo espero, por hacer otra cosa, por contrariar a la rutina, por no parecerme demasiado a lo que antaño me pareció ajeno a mí, alejado de lo que sea que sea mi modo de proceder, mi ir y venir por las letras de un alfabeto invisible al que le debo ineludible obediencia y hace que me levante y haga las mismas cuatro o cinco cosas hasta que irrumpe el almuerzo y más tarde otras cuatro o cinco (seis, siete, hay días intensos) hasta que toca la cena. Así que lo extraño sería escuchar a Led Zeppelin antes que a Bill Evans. El pasar del tiempo no ha hecho que levante mi pequeña amonestación moral al hecho de que aquel individuo (pongamos M.T.) no desprecintara los libros, los dejara expuestos con la clausura del plástico. Eso sí que me duele todavía. El afecto o hasta el amor a una biblioteca no se ejerce únicamente en la propia, se extiende a otras, que se dan por nuestras, en un acto de bondad cultural como la sentida cuando te agrada un cuadro que ves o una novela que has leído y crees que el autor (el pintor, el novelista) ha pintado o ha escrito para tu exclusivo goce, como si fueses el único que va a apreciar la pintura o a enredarse en las letras de la novela.

La vida es una novela en la que no sabes la evolución de su trama. Si una mañana el tenido por protagonista es en realidad un personaje enteramente secundario o si la enfermedad, que no aparecía en las pongamos primeras doscientas setenta páginas, se instala en la doscientos setenta y una y enmaraña todo lo que sucede a partir de ahí, lo emborrona y entenebrece. También puede suceder que la novela prospere en festejos, en esa alegría sencilla de las cosas que no percibes de inmediato, mientras concurre su efecto, sino más tarde, de noche, un poco antes de irte a la cama, mientras ves la televisión, y luego de una manera más reveladora al acostarte, mientras tratas de conciliar el sueño, que es azar y es caos y en donde tal vez exista un código irracional al que damos cuartel y hasta acogemos en nuestro pecho. No sé nada de él desde mil novecientos noventa y tantos. Igual sigue en sus trece, en su tener libros porque se deben tener libros o en no dejarse fascinar por el último disco de Paul McCartney (esta semana, por cierto, ha sacado uno nuevo) si no toca la letra “p” en su particular orden de escucha.

29.5.26

Jazz / 9 / Bessie Smith

 



Negra, deslenguada, feminista, promiscua, pobre, bisexual, atea y alcohólica. Ella no lo desmentiría. Hasta engordaría el listado. Tal vez fuese todas esas cosas y se aplicara a ellas con empeño, para que constara en su biografía algo parecido a la perseverancia. Bessie Smith es la quintaesencia del padecimiento y de la terquedad por apartarlo. Bessie fue también la emperatriz, la gran dama del blues antes de que el género de los tres acordes se electrificara y las leyendas del diablo en los cruces de caminos conversando con los necesitados perdieran predicamento. De familia extremadamente pobre, sin partida de nacimiento que fije la fecha en la que vino al mundo, padres fallecidos cuando Bessie era muy pequeña, la última de siete hermanos, tuvo que aprender a ganarse la vida cantando junto a un hermano, en la calle, emulando a la inmensa entonces Ma Rainey, en cuya banda acabaría entrando,  o bailando con inocente procacidad para que los blancos se acercaran y echaran uno centavos al cestillo. Salió de esa vida ambulante y pasó a otra, la de los minstrels, que eran espectáculos entre lo circense y lo metafísico, cosa de cómicos, actores blancos ,en su mayor parte, tiznados de negro, con números de ópera bufa, con curanderos del tres al cuarto que vendían medicinas mágicas y recitaban cantos religiosos y espirituales negros. Cuando el vodevil no le dio más fama que la de los habituales de los burdeles y de las timbas de póker, Bessie razonaba, en su corta prospección del futuro, que contaba más grabar tres canciones en un estudio de grabación que cantar treinta en un garito noche tras noche, entre borrachera y revolcón, esperando que alguien la sacara de esos tugurios y se la llevara a las grandes salas de la gran ciudad. Ese alguien fue un productor de la Columbia Records. Por esa época se le cruzó Jack Gee, un segundo marido: el primero murió a poco del enlace. El maltrato y las infidelidades mutuas se sucedieron; tal vez su anhelo de corregirse, hizo que su temperamento volcánico no resolviese más expeditivamente un finiquito satisfactorio: en el fondo, ella lo dijo muchas veces, le gustaba la briega, ese aire de tormenta en el cielo, más que el sol meciendo el algodón de las nubes. 


La fama llegó pronto. Se codeó con todos los músicos varones del género, grabó con ellos y aparecía en los carteles de igual a igual. Combinó jazz, swing y mucho blues. A Louis Armstrong o Fletcher Anderson les pareció que debían hacer discos con ella. Esa iniciativa no impidió que hasta treinta años después de su muerte, acaecida en 1937, por el interés de Janis Joplin, su sepultura no tuviese la dignidad que exige cualquier muerto. Antes de que la tierra la acogiera, Bessie exprimió la vida. Eran los felices años veinte. Luego llegó la Gran Depresión y la industria fonográfica, junto con el grueso de las demás, se vino abajo, por lo que Bessie regresó a su espectáculo de clubs de poco o ningún fuste, se casó con el timador y se rindió a la evidencia de que una vida miserable en la que pudiera beber a morro de las botellas y acostarse con cualquiera era mejor que no tener nada que echarse a la boca ni nadie con quien darle a su cuerpo (grande y agradecido) un buen repaso. Cantó con descaro. Sus letras (muchas eran suyas) contaban las penurias de los negros, sus anhelos, toda esa liturgia de la redención y del pecado que era tan grata a los oídos de quien no tiene nadie que le cante. Sin embargo, ella fue la que careció de alguien que la confortara, un hombre (daría igual que fuese una mujer) que la consolara cuando volvía a casa (cualquier cosa era una casa) después de haber estado días por ahí, bebiendo, alternando, intimando con la desgracia, rota como una muñeca que no ha estado a cubierto cuando arreciaba la tormenta. La fatalidad se cobraría su peaje con ella. Lo haría, antes o después. Todo conducía a que esa vida tuviese un final dramático. El Packard en el que Bessie se dirigía a un concierto en Clarksdale embistió a un camión. Un amago de suerte hizo que esa fatalidad se retractara: un médico que asistió a la colisión le dio los primeros auxilios, quién sabe si salvadores, pero esa suerte se debió aburrir o la adversidad tomó ventaja, tampoco podemos saber eso. Al médico acabó arrastrándolo varios metros otro coche que no se apercibió de que el buen hombre, samaritano y cualificado al tiempo, estaba empleado en recuperar la vida de la pobre Bessie. No pudieron hacer nada en el hospital. Esta vez estaba rota por dentro de verdad: no interviene en esta descripción ninguna herramienta moral, nada de lo que pudiera padecer antes. La historia menos consistente, la perversa, tan frecuente eso, tan grato a las maniobras de las habladurías, refiere que su condición de negra malogró que la atendieran dignamente. La parte benigna de la historia niega que sucediera tal cosa. No se pudo haber nada, era mucho el daño. Ese fue el fin desgraciado de la emperatriz del blues. Acudieron más de 70000 personas en el entierro de Bessie Smith en Filadelfia. Quedarán unas doscientas canciones en diez años de carrera, si es que esa palabra cuadra a la actividad de esta mujer indómita, de voz dramática, de arrestos suficientes como para batallar contra la pacata sociedad en la que vivió. Billie Holiday cogió los trastos de tragedia que ella dejó en esa carretera rural. Este agradecido escribidor de sus vicios la escucha siempre con una brizna de sobrecogimiento. Basta escuchar esas letras (algunas suyas, tristemente verídicas, verosímiles, en todo caso) para sentir una congoja, un roto, un llanto muy tímido, un estrecimiento. Hablaban de la vida, como todas. La suya fue un vértigo de penurias y de jolgorio. Esos dos extremos hermanados. Como suele pasar. La traición, el llanto, la segregación,  el abandono, el alcohol, el sexo, el orgullo, la dignidad, el dinero, la vulnerabilidad, el fatalismo.  Todo servido con absoluto magisterio.

28.5.26

Jazz / 8 / Sonny Rollins



En noches como esta

una hemorragia 

cándida y dulce vacía mi cuerpo. 

Desaloja primero la voz, 

luego me extravía en el hueco del sueño. 

Ahí hago sutiles navegaciones elementales, cubro distancias de azúcar, 

paisajes de luz sin fijar todavía 

en el temblado aire, extensiones 

que a mi paso se ondulan y arquean, 

adquiieren la sustancia de la niebla, 

progresan enfebrecidas, 

se pierden en una línea 

y súbitamente aparecen luego en otra, 

libres, turgentes, plenas, 

respirando ya sin cordel que las fije.

Hay con qué apaciguarse aquí. 

He dado con la cualidad del silencio. 

Sostiene el peso del ruido. 

Oigo crujir la ciudad. 

Puedo entender su padecimiento. 

El mío es similar al suyo. 

Tengo una ciudad en el pecho. 

Tengo que limpiar mi alma.

Por eso toco bajo la lluvia. 

Estoy bien, estoy pagando un peaje.

Llevo dos años viniendo. 

Toco solo, siento solo.

Nunca seré John Coltrane. 

Nunca serás John Coltrane. 

Primero se acercó un periodista. 

Guardó lo que pudo el secreto. 

Un gigante con un saxo 

bajo un puente de Brooklyn. 

Quiso aplazar la invasión. 

El advenimiento del fin. 

Acabaron llegando. 

Es Rollins, el tío que tocó con Thelonius, 

con Miles, con Dios mismo 

si hubiera nacido en Harlem. 

No les increpo. Vienen a ver tocar 

al hombre desnudo, todavía por terminarse. 

Está uno a medio hacer siempre. 

Da igual que tenga estos treinta años 

o se me conceda llegar a los noventa y cinco. 

Está la lengua flambeada de vértigo 

y solo soy Sonny Rollins 

bajo el puente de Williamsburgh

soplando como un condenado

la melodía del tráfico de arriba. 

A veces creo que traduzco el caos. 

Mirad al músico que lo tuvo todo

y se retiró a tocar solo. 

Escuchad su vieja liturgia. 

Tiene la mirada emboscada y turbia. 

La boca se acopla al instrumento. 

Le exige la cuenta del pulso infinito. 

Lo interroga sin escrúpulos. 

Hace que la misma respiración de la tierra 

sea negra, sea pura, sea bop. 

Sabe qué tuvo que perder,

sabe que volvería a renunciar a todo. 

Dejar el Lower East Side, caminar 

las calles, dar con el río, perder

el ruido de las cosas y encontrar el propio, 

el de la sangre conversando con el aire, 

el del corazón intimando con la luz. 

No hay nada más que música en el alma. 

Como un acto de fe. 

Como un salmo. 

Como la historia más hermosa del jazz. 

Jazz / 11 / Chet Baker

  La ocupación del ángel es la música de las catedrales. Le concierne el temblor de la piedra. Nadie ha entendido esa destreza sutilísima co...