28.3.26

Breviario de vidas excéntricas/ 20 / Calvin Burroughs / Greta Lugano

 


“Bien, Señor, no habré sido un buen hijo, ni tendrás para mí un pedazo de cielo, pero antes de que mis faltas me manden al infierno, tengo que hacer unas cuantas cosas, y en ninguna estás tú. No hay belleza ni hay amor en la sangre que voy a derramar. Habrá muerte, la hay en todo lo que toco, como una de esas maldiciones egipcias. En el trullo tuve un compadre que lo sabía todo sobre las momias y los faraones. De la muerte tú sabes más que yo, cosa de ser el que manda. Te costó lo tuyo levantar este mundo. Mi padre me leía las Escrituras. Me repitió tanto que fuese un buen hombre que acabé por no serlo solo para contrariarle. Los hijos contrarían al padre por alguna razón que casi nunca entienden, pero a la que obedecen sin rechistar. Siempre fui así, un tipo excepcional, en serio, de los que hace daño por salir del aburrimiento, no por sacarme un sueldo o por demostrar quién era el más fuerte. En realidad siempre quise pasar desapercibido, pero por más que lo pienso no encuentro el motivo que me hizo malograr esa disposición anímica tan apreciable si uno quiere ser un ciudadano ejemplar. 

No busqué la riqueza. No sabría qué hacer con el dinero. A lo sumo, pagarme una botella de whisky y unas putas. No sé si en el infierno hay putas, pero seguro que en el cielo no hay ninguna. Se hace tarde, siempre se hace tarde para alguien, pero esta vez me ha tocado a mí. Yo soy el que tiene que aparcar el coche en la puerta de la casa, bajarme sin hacer mucho ruido y llamar al timbre. Luego sacaré mi Tokarev y le abriré la frente con un disparo. Si me paro a pensarlo mucho, no lo haré, pero entonces lo hará otro y seré yo al que le hagan un siete en la frente y pase la noche en el Hudson. Se trata de hacer las cosas y no pensar mucho en ellas. El oficio que más me cuadra es el de soldado. No se discuten las órdenes. Se nos asigna un recado y cumplimos. Mis honorarios superan al suyo, algo bueno tendría que haber. Obedecer es más sencillo que pensar. Si no le doy muchas vueltas a la cabeza será solo un trabajo más. Son ya muchos. Todos tus hijos venimos a este mundo a quitar de en medio a unos cuantos malnacidos. Cualquier buen día alguien dará cuenta de mí. Ahora cierro este cuadernito en el que anoto lo que se me va ocurriendo. Siempre creo que las últimas líneas son póstumas”.



Nicky Ferrasolo aparcó el Plymouth Barracuda del 65 en doble fila, comprobó que la Tokarev estaba a punto y apagó el Chester en el cenicero. Le gustaba escribir en un cuadernito que guardaba en la guantera, junto a la petaca bien cargada de Jim Bean. Tres minutos después, Nicky pensó en el humo. El del Chester, el de la vieja Tokarev y el del boquete que le abriría a Tommy Lugano encima de las cejas. Su mujer salió por piernas. Las tenía largas como una furcia búlgara del Bronx a la que visitaba cada vez que tenía que hacer un trabajito en la ciudad. Dejó de pensar en la búlgara (quién sabe dónde está Bulgaria) y en el humo cuando el Pontiac del 72 entró en la calle como si lo condujera el mismísimo Lucky Luciano. Poco más tarde, Nicky Ferrasolo tenía tres balas en el pecho y una en la cabeza. Lugano era una cara rota. Se la habían borrado. Al Barracuda se lo llevó una grúa cuando un vecino alertó de que los yonkis del barrio se metían dentro para colocarse. Al detective Calvin Burroughs le tocó redactar el informe, lidiar con la prensa y hacer correr la voz de que se tenía cercado a quien lo quitó de la calle. No era mal tipo, le gustaba recitar pasajes del evangelio y frases de los dramas de Shakespeare. Un tipo curioso, Ferrasolo. Burroughs era uno de esos polis pluriempleados. Se dejaba pagar bien bajo cuerda, hacia sus trabajos y no se quejaba de la mierda de sueldo que le proporcionaba la placa del Cuerpo. No venían mal los encargos bajo cuerda y era bueno limpiando la escena del crimen y alertando a los mafiosos sobre las redadas en los clubs y la sospecha, a veces fundada, de que estaba en alguna lista negra. Lo único malo de aquel día es que no había llegado a tiempo. Tendría que buscar otro al que proteger. Tommy Lugano estaba en el infierno, si es que había plaza. Ya daría explicaciones. 


La mujer de Tommy Lugano regentaba un garito de copas al norte del barrio de Chelsea. En sus tiempos fue un templo de los pequeños trapicheos de toda la morralla del barrio. Muchos trapicheos hacen un gran negocio. Muchos grandes negocios son lo que hace que una mierda seca como Lugano lograra ser el Emperador de los bajos fondos. Un barrio como Chelsea es una sucursal del infierno, una residencia para que gente como Lugano no llame la atención más de la cuenta. Una avenida principal que acaba angostada, suicidándose en una serie de polígonos industriales y un puñado de calles escoltándola, el mapa donde la vieja clase obrera levantó este país. América está hecha de gente como la de Chelsea. Luganos principiantes o cuajados. Viven por América, trabajan por América e incluso mueren por América. Lugano fue un americano ejemplar. Eso pensando que América, en algún sentido, sea ejemplar también. Un trabajo serio y mal pagado, barbacoa en el porche los domingos, timba de cartas con los colegas, béisbol en televisión en las tardes gloriosas de los Yankees. América, la tierra de las oportunidades. En fin, toda esa melodía. Algunas son como una tos terca alojada en el pecho a primera hora de la mañana.


A su viuda, la señora Lugano, se la vio pasear su dolor tanto que alguno creyó que lo estaba repartiendo entre la beneficencia del barrio. La gente discreta, la que no hace preguntas, la que quiere pasar desapercibida pero le puede quedar bien con la vecindad intimó con ella, la consolaron, le dijeron que el mundo seguía girando y que el mal nacido que mató a su esposo estaba en el fondo del río. Calvin Burroughs la siguió durante unos días. La vio tomar café en Morocco's y comprar vestidos en Metz o en Carter, sitios en los que te cobran por mirar. No supe de ella más de lo que decían las tiendas en las que entraba. Y le decían que tenía gustos caros y que la trataban como una gran señora. Además era la viuda de un hombre respetado en el barrio, temido, alguien bien relacionado, con influencias en la mafia más alta, la que da miedo de verdad, aunque Tommy Lugano, entre la canalla del barrio, fuese un tipo despreciable, que había amasado su fortuna poniendo el pie en el cuello de mucha pobre gente, a la que estrujó hasta que reventaron. El miedo tiene su aristocracia y a veces conviene vestirse para la ocasión y dar la impresión de que el muerto era un alma pura, un contribuyente ejemplar. A Burroughs  no le importaba una mierda quién pusiese el pie y quién lo sintiese en el cuello. Cualquiera que pudiera pagarle podía hacer lo que diese la gana con su pie o con su estómago. El suyo admitía una copa más, dos si la noche se ponía de cara, juguetona. El trabajo requería paciencia. Dosis generosas de paciencia. Podía estar una tarde entera metido en su Cadillac sin despertar sospecha alguna. Podía dormir en el Cadillac sin temor a que nadie aporrease la ventanilla y le pidiese cuentas. Era un Cadillac espacioso. Lo prefería al coche oficial de la poli, demasiado conocido. 


La KMW ponía los viernes un maratón de blues del Delta que no se perdía nunca. En una ocasión dejó que se escapara un tipejo irrelevante al que vigilaba desde hacía un par de días por no salir del coche y perderse a Sunnyland Slim. El día en que programaban un especial dedicado a Muddy Waters, sucedía con frecuencia, Calvin no patrullaba. Así son las cosas. Si uno infringe estas normas, se puede venir una vida entera abajo. Dejas de ser honesto contigo mismo y terminas perdiéndole el respeto a cualquiera. Puedes ir con un pistolón del demonio en la chaqueta y tener un alto sentido del honor, por decirlo de alguna manera. Puedes haber mandado al infierno a treinta cabrones y sentir que se te muere el corazón cuando Muddy Waters te dice al oído que es un chico de campo y que el amor le destrozó cuando llegó a la ciudad. A Calvin le gustan esas historias íntimas, de las de la América rural, de gente con los dientes rotos y el corazón estragado que te cuenta la gran pastoral de su vida, la de los golpes en la oscuridad y la de la nostalgia de la infancia, la de la tristeza en las noches a las que se le abre el corazón. En ese momento, cuando el viejo Waters enfilaba el final del blues, Greta Lugano salía de Harper's con cien bolsas en las manos. Esta historia (su final, más bien) comienza con Muddy Waters en la radio y con Burroughs en la acera, ayudando a la viuda a recoger unas cuantas bolsas caídas, quién sabrá si adrede, al suelo. Esas son las cosas que más tarde se recuerdan. Piensa uno en qué habría pasado si hubiese sido honesto consigo mismo y no hubiese interrumpido el blues por estar cerca de un par de gloriosas tetas. Ellas las tenía. Las contenía sin demasiado pudor en una blusa de doscientos dólares. La viuda de Lugano se llama Greta, por la Garbo, pero de rostro más vulgar, más rotunda en las caderas. Con las tetas señalando el camino que lleva a la perdición de un hombre. Greta tenía ojos de víbora. Una vez vio una en el jardín y su marido le descerrajó un cargador entero. Ella lloró, desconsolada. Eran así sus ojos. Pólvora y paraíso. Era más baja de lo que le habían contado o de lo que desde lejos, cuando la seguía, aparentaba. Tenía esa distinción que hace en algunas mujeres que no pensemos en nada sobre su altura o sobre si son gordas o están en las guías. No era de una belleza arrebatadora, pero podría enloquecer a un retratista porque en su cara escondía el plano del cielo y el del infierno y solo hacía falta que alguien los sacase de allí y los pintara en un lienzo. Burrroghs no había cogido un pincel en su vida, no había leído un libro jamás y no tenía interés ninguno en cambiar esas dos certezas, pero Greta era la lujuria absoluta, el tipo de mujer que nubla la cordura y hace que un hombre bueno hocique en el barro o entre dos piernas y abrace sin rubor el pecado moviendo con locura la lengua o que ese hombre manifiestamente en pecado, como el propio Burroughs, se esmere en él y alcance grados de perversión impensables antes. No cuenta que solo pensase en perder sus manos en aquellas tetas. Eso era un premio posterior. 


-Me llamo Calvin Burrorughs, señorita - dijo


La viuda Lugano no se inmutó, no expresó ninguna sorpresa y tampoco impidió que el tipo se cargase de bolsas y se quedase allí enfrente, pasmado, ridículamente útil mientras ella paraba un taxi.


- Me llamo Calvin Burroughs, señorita...- repitió - Ha aprovechado usted bien la mañana.


- En primer lugar, no soy señorita. Sabe usted mi apellido como yo sé que hace días que me sigue en su Cadillac. Si no quiere perderme para siempre de vista, haga el favor de meter las bolsas en el taxi, meterse dentro y no decir una palabra hasta que yo se lo diga - replicó la mujer al tiempo que detenía al taxi, se componía la falda diminuta, se recomponía las tetas en la blusa cara y se quitaba las gafas de sol.


Él cumplió sin chistar. Cuando pagó la subida de bandera, estaba anocheciendo. Era un barrio distinguido, pudo ver, el barrio en donde los clientes pagan grandes cantidades por los trabajos sencillos. Fotos de fulanas chupándosela al marido, las más. Manos que se entrelazan en una terraza, las menos. Ese era el preferido de Burrroughs. Viejos con mucha pasta que bajaban a la ciudad a emborracharse en los burdeles o a hacerle una visita a la amante en una cara habitación de hotel. La casa era la segunda vivienda de los Lugano. Espaciosa, inclinada a un jardín imposible, intimidante casi, se asemejaba a ciertas villas de la corte romana que a veces el cine ofrecía en lujoso cartón piedra. Una criada entrada en años sacada de Tara, más negra que una pinta de Guinness, se encargó de arrebatarle las bolsas. Todo era Greta, pensaba en ella, en la dulce Greta, en sus tetas, en todo el dinero que había en ellas. Como Tommy Lugano estaba bien muerto, Calvin decidió que estaba bien lo de encamarla. Incluso aceptó la idea de malograr su reputación. No habría un marido peligroso y cornudo. Se lo estaba comiendo todos los peces del Hudson. 


La negra de Tara les abrió una puerta doble, acristalada. Lo que menos esperó Calvin es que diera a una biblioteca, y no precisamente una endeble, sino rica en volúmenes. No había una pared que no tuviese un ristra de baldas encomendadas a sostener libros. Solo una chimenea, que a él le pareció fabulosa, como de película de gente distinguida, distraía esa visión pura de lomos arrimados a otros lomos, de libros apilados, todos vacíos y absurdos, pensó. Prefería una canción de cinco minutos de Muddy Waters a cien sonetos de William Shakespeare. No hay nadie que tenga el tiempo que esos libros requieren. Ni mucho menos el zafio de Lugano, que podría haber sido un excelente hombre de negocios o un estajanovista del crimen de medio pelo, pero no un buen lector.


- El señor Lugano no venía nunca por aquí, ¿verdad? - se atrevió a decir Calvin mientras ojeaba un volumen bien grueso, uno de literatura europea , según apreció en la portada- Y por cierto, ¿quién coño es Kafka?


- Escribió de tipos como tú. Cucarachas. Porque tú eres una bien gorda, Burroughs. Puedes servirte un whisky para brindar conmigo.- contestó Greta mientras se servía uno.


- Por el cabrón de Kafka, por tu marido, por las cucarachas - sentenció el invitado, elevando el vaso redondo, muy historiado, ancho de boca y de un cristal que no él no hubiese pagado ni con su flaca nómina ni con cinco trabajos de gordos del barrio yendo de putas a la gran ciudad.


- Sabes brindar. Todos los detectives saben escoger bien las palabras. No tienen estilo, no han leído nunca a Kafka, pero eligen las palabras mejor que todos los plumillas del New York Times.  


- Pero eso no vale de mucho cuando te encañonan en un callejón. Vale una mierda el puto vocabulario. He visto a compañeros con la barriga abierta a los que no les ha servido de nada hablar mejor que Aristóteles. ¿Se llamaba así? ¿Qué era? Un charlatán romano, ¿no?


- Eres encantador, detective. Era griego, y no era un charlatán. Imagino que llevas razón, pero hoy nadie te va a abrir la barriga. Hoy no, por lo menos. Pero te estás metiendo en un barrizal y llevas los zapatos muy limpios.


- ¿Qué hubiera hecho tu Kafka en mi caso?


- Irse a un hotel barato, encerrarse en una habitación. Pediría con mucho pudor que no le molestasen y se tiraría un mes escribiendo. Sin esperar que nadie leyese lo que estaba inventando. Sin levantar cabeza. Comería poco. Ni bebería. Un tipo triste, el pobre Kafka. 


- ¿Y las cucarachas? ¿De qué le sirven? Yo las piso si me cruzo con ellas. Solo pensar en ese bicho asqueroso, incrustado en la suela de mi zapato, me da asco. ¿A ti qué te parece?


- Las cucarachas siempre sirven en la batalla. Cuando termina el combate, salen de su escondrijo y se pasean por el campo. Huelen los muertos y se ponen encima de sus barrigas abiertas. Allí dejan sus huevos. Así funcionan las cucarachas. Les gusta la tragedia, como a los griegos, los lugares calientes. Ponen catorce o quince huevos o cien metidos en una capsulitas del tamaño de una lágrima de un niño. En los doscientos días que viven, ponen doce o trece capsulas de ésas. Haz la cuenta, detective...-


- Lo que sabes, te tirarás aquí horas enteras... -


- Deja que termine. Me estoy entusiasmando con la historia de las cucarachas. Una cucaracha, antes de irse al infierno, deja más de cien criaturas hechas a su imagen y semejanza. El mundo es de las cucarachas. Dios se esmero cuando las creó. Kafka lo sabía muy bien. Soñaba con cucarachas. Llegó a pensar que él mismo era una de ellas.


- Sabes mucho. ¿Te has doctorado en alguna universidad cara? No salgo de mi asombro. Una mujer tan hermosa, casada con un cazurro, y tan inteligente. Kafka se enamoraría de ti, seguro.


- He leído. Mucho, ademas. Fui una furcia instruida. Hasta que Tommy me sacó de las barras. Abrí las piernas solo para él, y no creas que muchas veces. Era un pervertido, pero con poco muelle. Cuando mi marido se iba de putas, yo me metía aquí y sacaba un libro al azar. Cuando se metía tres días en el despacho para hacer mil llamadas y cerrar mil negocios, me enclaustraba aquí y sacaba libros. Más libros. Nunca eran suficiente. Había días que me ponía al día en arte etrusco o en dramas ingleses. Otros, me empapaba de metafísica. Los días de lluvia, nada mejor que unos cuentos victorianos. Deberías leer, detective Burroughs. Quien lee, tarda más en morir.


- No tengo tiempo. En mí manda mi barriga, mi polla... Oh, perdón, no querría haberte escandalizado. Nada rivaliza con ella cuando se pone alegre, pero me encanta comer. Antes de que un hijo de puta me abra la panza con un balazo, la quiero contenta. Le doy todo lo que le pido. No hay día en que no le tenga un detalle, una atención, un bocado exquisito. Y además no engordo. Me conservo bien. Tendré buenos genes. 


- Eres un artista de las palabras, detective. Me pregunto si no harías fortuna escribiendo.


- No, preciosa. Se me da mejor vigilar viudas. Tú eres la más feliz que he conocido. Ahora te toca vivir. O matar cucarachas.


- Después de esta charla, me estoy planteando muy seriamente dejar que vivas. Además de leer a Kafka, me gustan las novelas de asesinatos. Yo misma disfruto planeando los míos. Mi favorita es Agatha Christie. Las hay mejores, pero Agatha fue una pasión adolescente, una de las pocas que pude concederme, fui una furcia leída y pobre, ya te lo he contado, y no le he perdido el afecto. No tendré palabras suficientes ni sabré elegir las adecuadas para agradecer que la dueña de esta casa, que compró Tommy en uno de sus negocios sucios, fuese una lectora tan voraz. O quizá ya venía con los libros cuando la hicieron.


- Te vas por las ramas, viuda. Hablas de libros y de muertos. Yo creo que no vale nada todo lo que estás diciendo. Responde, ¿Me van a matar por seguirte?


- Hace mucho tiempo que estás muerto, detective. Solo te estoy poniendo al día. Me has caído bien. Hace tiempo que no me lo pase tan bien hablando con un cadáver. El problema fue ver más de la cuenta


. - ¿También mandaste matar a Ferrasolo? No era mal tipo... Lo conocía bien. Era un poeta, se dice así, poeta. Lamenté estropear ese talento. Os llevaríais bien. Los tres, digo. Ferrasolo, Kafka y tú...


-Vio lo que no debía, entró cuando no debía. Está bien que cumpla su trabajo. Cobró su pasta por quitar de la circulación al asqueroso de Tommy, pero no respetó el horario. Si hubiese llegado un poco antes, o un poco después... Pero tuvo que llamar en ese momento, y ver lo que no debe verse. Yo tengo mis flaquezas. Hay vicios que no se van. Es una pena que no volvamos a vernos. No queda gente como usted en el gremio.


-Espero tener más suerte que Ferrasolo. Muddy Waters está conmigo. Tú tienes a Kafka, quien coño sea, pero Muddy Waters nunca me ha dejado tirado. Puedes perdonarme y hacerme de tu cuadrilla. Doy buena planta. Tengo contactos. Cuenta con mi discreción también. 


- Tarde. Están aquí.


Ahí es cuando Burroughs perdió todo el interés en la viuda. Recuperó el sentido común, pensó en la flaqueza del corazón, en lo venenosa que es la carne. Pensó en correr. El resto no duró más de un minuto. Empujó a la gorda de Tara, abrió a patadas la puerta del hall y se perdió en el jardín que se extendía a espaldas de la casa, como un animal al que acaban de perdonar la vida. Volver al coche no era ninguna opción. Habría un par de matones. Él sabe cómo se las gastan. Tenía unas cuantas pistas, tenía una corazonada. Los detectives, cuando están sentenciados por sus enemigos, son gente peligrosa. Las voces de alarma se escuchaban conforme corría. También los pasos. Los gritos. El jardín no es mi medio, logró pensar. Quisiera morir en mi Cadillac. Igual suena Muddy Waters. Una providencia de amor le empañó los ojos y ensayó una mirada al cielo azul, ya oscureciéndose, entrevisto arriba, entre las ramas. El mundo estaba bien hecho. Se sintió cansado. Es mejor decidir cuándo irse, murmuró en un hilo de voz. Los pasos se detuvieron. Oyó toses, risas. Él había tosido y reído antes también. La trama es siempre la misma. Unos matan, otros mueren. Luego se arrodilló, entonó una pequeña plegaria y esperó el balazo en la nuca. Al final vería a Kafka esa misma tarde. 

27.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 25 / Acadio Azpilicueta



 Debería haber una cierta impunidad en algunos crímenes, hasta en los de más crueldad. Una del tipo que te permita más tarde proceder con entereza y fiable naturalidad frente a los demás y llevar una vida ordenada, en nada escandalosa, ajustada siempre al civismo y a las buenas formas, aunque al muerto, al sacrificado, lo devasten minuciosamente los pequeños gusanos de la muerte en algún bosque en las afueras o en la acera de una calle, pero esa pequeña algarabía fúnebre, ese salvoconducto moral, no te lo da nadie. Te educan para el remordimiento, te convencen para que no peques así que retiras una vida adrede, convencido de la idoneidad del crimen, y se te cae el mundo encima. No importa que el cadáver no sea recuperado. Ni que te sepas a salvo de la ley. En tu cabeza no prescribe el delito. El alma se atasca, se embota y ya no es posible besar a un hijo o estrechar manos cordialmente con la ufana naturalidad de antaño. No puedes lidiar con la rutina del trabajo sin considerar la miseria a la que has abocado tu vida. ¿Quién duerme ahora con la conciencia tranquila? En esa mansa vigilia que precede al sueño te invaden como lobos todos los muertos que has ido abandonando en las avenidas, en las afueras, en esos polígonos industriales. Como en una mala película de serie B, truculenta y casposa, la fechoría va urdiendo su trama secreta y todo conduce irremisiblemente a la detención del criminal. El cine forja sus héroes y sus villanos, pero la mano asesina carece de mitologías: no obedece a argumentos. El crimen paga, reza la leyenda. Hay un peaje, una admonición pública, tangible, hasta penitenciaria. Habría querido uno esa cierta impunidad. Yo, Acadio Azpilicueta, el asesino, rindo aquí mi tardía confesión. Y será la privada la sanción más dolorosa. No poder volver a los parques y ver la evolución de los juegos de los niños. No se podrá mirar al mundo de cara sin la tozuda certeza del miedo a ser descubierto en un gesto delator. Haber enterrado la culpa junto con el muerto. Y ando desde entonces las calles sin aplomo, ajusticiado, solo, entregado al vicio irrenunciable de los remordimientos. Y la hormiga muerta aparece en mis sueños, hecha un ovillito negro en la suela mortal de mis Nike de cien euros. La pobre, la inocente, la hormiga rota. Me duele toda esa conspiración de mis sentidos. Se confabulan para que prospere la culpa. Se empecinan en devolverme el cuerpecito inútil. Todas las hormigas soñarán esta noche que me tumban en el suelo. Ya las veo ocupar mi boca, se avisan entre ellas, se invitan a fatigar mis oídos, se cuelan por mis fosas nasales. Bajan a los pulmones. Trasiegan por el corazón. Las oigo dentro de mi cabeza ahora mismo. Es un murmullo insoportable. No sabré con qué disculparme. Me dejaré comer. Saciarán su odio. Pagaré mi deuda. 

26.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 24 / Máquina Uno

 


 Ralenticé mi metabolismo, llené de puertas cerradas mi estancia, eché las persianas para que ni una brizna de luz la penetrara, abrigué la esperanza de que esas drásticas medidas harían más felices mis días en la Tierra. Pensé que si vivía como si no viviese, yendo y viniendo por las cosas sin detenerme mucho en ninguna, no sufriría las pesadillas que desgracian mi descanso ni tendría la conciencia enferma como la tengo. Consumir una energía mínima sin que las funciones vitales se deteriorasen y se colapsara el sistema: tal era mi noble propósito. Eso fue lo que le dije a Máquina Dos antes de dedicidirme a pulsar el botón del panel y empezar el proceso. No es la primera vez que las circunstancias me han puesto en esa tesitura, la de acabar con todo o la de dejar las cosas como están, como han estado siempre, como probablemente seguirán estando. No tengo arrestos suficientes. Quizá haya otra Máquina que lo haga. La noche de antes, sentados frente al Gran Ordenador Central, el GOC, en adelante, me refirió la historia de otro de nuestra raza, Máquina Treinta, que traicionó los ideales con los que se nos educó. Nada nuevo, le dije. Yo mismo he comenzado esa mudanza a hombre varias veces. No digo ya el aspecto, que en eso no se aprecia variación alguna, salvo algunos momentos en que nuestros ojos permanecen minutos enteros sin parpadear, sin que podamos hacer nada al respecto o cuando, impelidos a expresar una emoción, inevitablemente empujados a manifestarla, titubeamos, tartamudeamos, adquirimos una lividez llamativa, nos sonrojamos. Eran los sentimientos, la forma que tienen de abrazarse, el modo en que se dicen algunas palabras que, a nuestro entender, carecen de todo significado. El problema es ese, el significado. Hacemos las cosas sin entender bien para qué se hacen. 

 

Máquina Trece se enamoró de una terrestre y todavía lleva una doble vida en un dúplex a las afueras de Madrid. Le visitamos la Navidad pasada, le llevamos una botella de buen vino, le saludamos en la puerta, le dijimos que si iba todo bien, pero lo vimos extraordinariamente lívido, parpadeó más de lo deseable y no mostró interés en saber de Casa, en que le contáramos novedades sobre la familia que dejamos allí. Ahora soy feliz, ahora vivo como ellos, hasta me he metido en una cofradía del barrio, nos confesó en la puerta, sin invitarnos a pasar, temeroso quizá de que reveláramos su naturaleza, de que arruináramos su bienestar recién adquirido. En cierto modo envidié su confort, su pijama con asteroides y la barba de tres días, el olor que provenía de la cocina. Tarta de queso, me dijo Máquina Dos. La adoro, añadió. Fue esa envidia la que me hizo mirar el Manual y buscar un modo de no sufrir más de lo necesario. Llevamos mucho tiempo en este planeta como para echarlo todo a perder por un acceso de sentimentalismo o de solidaridad, no sé. Por una tarta de queso. Por el partido de fútbol con los amigos. En Casa vigilan que no caigamos en la tristeza, en la melancolía, en la postración,,en ese estado cercano a la hibernación del que a veces no se sale. Hay por ahí compañeros que no son ni una cosa ni otra, ya me van entendiendo. Ni de Casa ni de ningún lado. Hablan como hombres, pero el corazón no es humano. Aman como hombres, pero el amor no es sincero. Si nos afectamos mucho de lo que vemos, acabaremos derrotados, tristes, postrados. Esa es la premisa de la que partió toda la expedición a la Tierra. No os involucréis demasiado, no miréis a los ojos de la gente, te dan miedo, siempre mienten. No salgas a la calle cuando hay gente, ¿y si no vuelves? ¿Y si te pierdes? Escóndete en el cuarto de los huéspedes. Los humanos tiene sobrecogedoras muestras de talento poético, aunque nosotros no demos casi nunca con el percutor que acciona el mecanismo de la sensibilidad, aunque Máquina Quince ganará un concurso de sonetos y tenga obra publicada en una editorial de postín. Firma con nombre de hombre: Isaac K. Bradbury. Un heterónimo, una impostación. 


Ninguna recomendación es fiable, cualquier consideración sobre lo humano puede venirse abajo si te rozan en un descuido, si te buscan el lado tierno y lo encuentran y atacan por ahí hasta que te desarman. Son increíbles. Es una raza como no he visto otra en mis viajes, que no son pocos. En decenas de planetas no di con paradojas tan maravillosamente terribles. Han debido sobrevivir porque el amor que se profesan es muy fuerte, aunque se odien y se destrocen a la menor oportunidad. Nosotros no tenemos esos comportamientos. No nos amamos. Desconocemos absolutamente el grado de fiabilidad emocional del amor. Nos vale un cierto afecto, que casi nunca llega lejos y, por supuesto, jamás deriva en amor. Tampoco nos odiamos. Desconocemos también el odio. Nos vale un cierto desapego, una especie de desafecto por otros congéneres que casi nunca (hay casos registrados, anomalías conductuales) fomenta el odio. Hemos sobrevivido porque no nos dejamos influenciar por la realidad que nos circunda. Somos inmunes al desaliento o a la euforia. Debo decir éramos. Vivir como si no viviésemos, yendo y viniendo por las cosas, sin detenernos mucho en nada, no sufriendo pesadillas, tampoco eso es cierto del todo, no teniendo jamás conciencia exacta de lo que nos rodea, disfrutando de un modo elemental, pero puro y muy ameno, de la vida, que es un concepto que compartimos con ellos. No nos emociona el olor de una tarta de queso, por decirlo de un modo prosaico. Nada, en realidad, nos emociona mucho. Pequeñas oleadas de emoción, dice Máquina Dos, sinceramente conmovido. De alguna, bien analizada, podría deducirse que acabaremos como él, que no es ni por asomo la deserción más notable de nuestras filas.


 Máquina Veintitrés se afilió a un partido político y hasta fue concejal de un municipio de menos de cinco mil habitantes. Llevaba la corporación de fiestas, creo. Máquina Dieciséis, uno de los más leales a la causa, se enamoró de una taxidermista que le intentó vender una urraca disecada. La tienen encima del televisor, en recuerdo del momento en que sus miradas se cruzaron. La suya, que dura más que la del resto, al no parpadear, fue interpretada como una evidencia manifiesta de amor sincero y directo. Siguen juntos. Tenemos un par de vigilantes que lo tienen controlado. Por si se va de la lengua, por si revela nuestra situación y los planes que tenemos. No siendo violentos, no hacemos nada con la disidencia que evidencie saña o incluso venganza. Ese concepto nos es ajeno. No los acorralamos en un callejón oscuro y los molemos a palos. Eso lo hacen los humanos, que aman y odian a partes iguales y son capaces de dar la vida por los suyos y de arrebatársela, sin que en ninguna de esas circunstancias extraordinarias se entiendan las causas. Tienen incluso una especie de Dios, que murió por ellos y resucitó y les mira desde una lejanía inargumentable. Llenan los templos y se arrodillan para rezar. Nosotros no hablamos con nadie a quien no veamos, carecemos de ese fervor, no tenemos fe, pero escuché que un Máquina, el nueve, puede ser, no estoy seguro, se hizo sacerdote y lleva una congregación de fieles en un departamento apartado del Perú, haciendo una labor evangélica. Imagino que no mostrará su singularidad, el lado alienígena, Porque es uno de ellos y es uno de los nuestros. Y no sé qué pensará Dios de todo esto que cuento, si es que lee mis palabras conforme las escribo. Quién sabe. Uno nunca sabe. A veces pienso en Dios y no sé qué pensar.


Yo soy Máquina Uno, llegué el primero, me instalé solo, no importa cuándo, el tiempo no lo medimos con la misma tasa que ellos. Los demás vinieron sin prisa, no les entusiasmé con lo que fui contando. Por no crear una ilusión deficiente. Por no hacrles creer que esta sería definitivamente nuestra residencia. No entra la esperanza en nuestras emociones, aunque algo de ella irrumpe de vez en cuando y anhelemos algo parecido a la felicidad. Les pareció bien, sin más, me dijeron que vendrían. Por curiosidad, por entender, más que nada. Solemos vernos alrededor del GOC, que está bien custodiado en una de esas plantas de servicios cibernéticos que ellos creen a salvo de interferencias ajenas, disimulado entre otros ordenadores, controlado por Máquina Treinta, uno de los más fiables de los nuestros. Treinta se ríe cuando nos confía la camaradería que existe entre los operarios de la empresa, pero carecemos de sentido del humor o lo tenemos poco acentuado. A veces nos da por echar unas risas, nada escandalosas, si se me permite esa apreciación, no poseemos esa inocencia de los humanos, tan antigua, que no desaparece por muy lejos que lleguen cuando se ponen violentos. Y juro que se ponen. Dan miedo, ya lo he dicho. Un miedo que nos hace reconsiderar nuestra estancia en este planeta. Pero se vive bien, se deja uno llevar por la bonanza del clima. Nada comparado a los extremos de Casa, en donde el frío y el calor absoluto lo rigen todo. 


Madrid es una ciudad maravillosa. No he visto otra má acogedora con los extranjeros. Eso seremos, extranjeros. A Máquina Dos le gusta pasear por la Gran Vía y ver escaparates. Entra en bares. Tiene sus fijos. Saluda con afecto. Acude con frecuencia al Museo Del Prado o va al cine o los centros comerciales. No compra nada, aunque toma café y ha admitido que le encanta. Nos alimenta el GOC. Basta que miremos cierta pantalla durante un periodo muy corto de tiempo para aliviar el hambre o la sed. Las Máquinas desertoras deshabilitaron esa función nativa y han obligado al cuerpo a crear órganos como los de los humanos y he visto a algunos comer con fruición, beber escandalosamente y coger peso de un modo atroz. Máquina Sesenta y nueve fornica, ha confesado que no hay cosa más placentera en todo el ancho y oscuro cosmos,,pero desconozco si su materia genética es afín a la de ellos. Que yo sepa, no hay híbridos. Máquina Seis también sostuvo en una reunión que ayuntarse con hembra humana es una actividad muy gratificante, pero no le prestamos atención, no quisimos escuchar su conferencia sobre el placer. Nos decimos Máquina porque no sabemos qué nombre usar en este planeta. Los nuestros sólo nos valen para comunicarnos con Casa y son impronunciables en ningún idioma terrestre. La fonética humana no es capaz de articular el sonido con el que nos reconocemos cuando nos llamamos. El español es sencillo. Los verbos cuestan un poco más, pero aprendimos rápido. Carecer de sentimientos nos hace tener una inteligencia muy práctica, muy precisa. Máquina Cincuenta aprendió chino en un bar, en una hora, mientras un parroquiano, contento de vino, le ofrecía un muestrario de películas porno. 


Tenemos un trabajo remunerado por no desentonar mucho en el barrio, pero hay criaturas como yo, que no han trabajado nunca, y tampoco eso desentona mucho. Deben creer que estoy podrido de pasta. Y será cierto. Sabemos cómo agenciárnosla sin hacer sospechar algo repudiable o delictivo. Está la cosa mal, hay mucha gente malviviendo, sin tener mucho que echarse a la boca, dicen en el supermercado en donde compro.  Yo compro algunas cosas para aparentar que las consumo. Me encanta coger alimentos que no he probado nunca. Los escojo por el aspecto, por el color, por el olor que desprenden. Me he aficionado a la carne roja, que me parece muy hermosa. Me entusiasmo en el puesto de pescados y abro los ojos hasta que me duelen al ver esas piezas expuestas, esa crueldad sin castigo. Pensar que los humanos son así por dentro me produce una zozobra que no sabría explicar. Si yo comiese carne, me sentiría muy mal. Como si me comiese a uno de los míos, como si arrebatase una vida para no hacer que desfallezca la mía.


Vivo en una casa muy austera. Tengo un televisor por cable y paso casi todo el día viendo cine. He descubierto que es un arte hermoso el de la cinematografía, como dicen ellos. Me gustan las películas de espías y los westerns, las costumbristas (ese cine italiano de los cincuenta) y hasta las de superhéroes, que son absolutamente ridículas y maravillosas. Aprecio las de ciencia-ficción, me divierte (en lo que yo puedo divertirme, claro) el modo en que imaginan a los de nuestra especie. No dan con la indumentaria, ni con la restitución meramente anatómica, pero cómo podrían saber. Hemos sido siempre cautos, hemos sabido adaptarnos, hemos sido uno más entre muchos, esa habilidad tenemos. Tienen estos imaginativos humanos cientos de películas que hablan de seres de otros mundos que vienen y les invaden. Las hay en blanco y negro, de poco espectáculo visual, pero muy intuitivas. Esas me parecen las mejores. Hay una en la que unas esporas provenientes del espacio exterior dan réplicas exactas de seres humanos a los que pretenden reemplazar por completo. Sobra decir que los humanos resultantes de esa duplicación carecen de un corazón sensible. No me he visto reflejado en ninguna. 


Hemos venido, vendrán más, pero a veces pienso que siempre estuvimos aquí. Que los humanos son consecuencia de Máquinas desertoras. Que toda la especie humana es la evolución de una serie de criaturas como yo, que llegaron aquí hace miles de años, más tal vez, no tengo manera de comprobar todo esto que barrunto ahora, en mi habitación, contemplando el cielo desde mi ventana. El tiempo es una abstracción extraña. Por eso hay Máquinas que pasean la Gran Vía y ven escaparates o se enamoran (habría que definir ese concepto) de taxidermistas o llevan una doble vida en un dúplex que huele a tarta de queso o fornican. Como si una memoria antigua nos contara cosas que sabemos y que no admitimos del todo. O como si el humano tuviese una memoria también de cuando fue Máquina y llegó a esta Casa y agradeció el cielo azul y el bullir del aire en la tormenta y el aroma de las flores en primavera. Me estoy volviendo un sentimental. Pronto le daré al botón y me convertiré en uno de ellos o escribiré haikus o novelas románticas. En el Manual no hay nada que confirme mis sospechas. Los humanos tienen teorías rocambolescas sobre el origen de su especie, pero la mía cobra fuerza a día que pasa. No la confiaré a nadie. La dejaré aquí. La guardaré en un archivo en la GOC. Tal vez haya otro como el mío, escrito con la misma pena, dejado para que alguien tome la decisión que yo no tomaré, abandonado en las tripas del sistema para que el futuro lo juzgue. No dejaré que dejen de amarse o de matarse. Llevan así milenios para que un torpe invasor como yo les arruine la costumbre y les explique lo que no les conviene saber. Están bien en esa incertidumbre dulce. Los motiva. No sabrían vivir sin esa intriga teológica o espiritual, ya no sé bien elegir las palabras. Se vive bien en el misterio, se está bien en la ignorancia. Ya no hay vuelta atrás. Voy al cine en cuanto termine esta especie de informe póstumo. Almodóvar ha sacado una película nueva. Amarga Navidad, se llama. Me las he visto todas. 

25.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 23 / Isidro Gómez de la Cuadra



 A veces tengo la fantasía de que acudo a mi médico de cabecera y le pido asilo teológico, así que hace unos días me armé del valor del que casi nunca dispongo y pedí cita por Internet. Cita previa. Tres clics. Dos días de nerviosa espera. Me prescribió un jarabito y unas grageas que no subvencionan la Seguridad Social. No salen baratas, pero alivian mi zozobra espiritual y así afronto con el entusiasmo de antaño los días y las noches, bien atrincherado en la certidumbre de la fe, en su cobijo perfecto, a bien con Dios y con su arcangélico coro celestial, protegido contra lo más crudo del crudo invierno, contento de salmos. Mi médico de cabecera no sólo te receta paracetamol y antiheptamínicos: es un fiera en eso de detectar una fractura moral en el alma. A mi vecino Cristóbal, que perdió la fe hace un par de años cuando un desgraciado accidente se llevó a  Luisita, le recomendé que lo visitara. Tiene una consulta privada un par de calles más arriba, a la vera del centro médico- Regresó con la fe restituida y un candor en la mirada que sólo podemos apreciar en las almas más puras y en algunos críos. Cristóbal ya no zanganea como solía, no pone el home cinema a pleno rendimiento (es mi vecino) y hasta se preocupa por mis achaques y me recomienda unas hierbas muy milagrosas que le traen de Suiza por un primo suyo que trastea en Ebay en busca de esos chollos.


La otra fantasía con la que en ocasiones entretengo mi ocio de jubilado consiste en pedirle a mi médico de cabecera que me recete algún fármaco que me libere de creer en Dios cuando la suerte me es adversa o la desgracia entra en casa como entró en casa de mi vecino Cristóbal. cuando lo de Luisita. Como la ciencia avanza a pasos agigantados, me ha comentado que esa medicina está al caer. Hay laboratorios suecos que andan en eso. Ponle tres años, hombre, me ha confesado campechanamente. Le he pedido que mientras la farmacología se perfecciona, me procure algún paliativo fiable. Me dan unos terribles dolores de fe en el costado cuando veo los accidentes de avión en el telediario o la devastación de las guerras. Me da ardor de estómago la constatación de que nos vamos a la mierda sin que nadie diga paren, piensen, en fin, cualquier cosa disuasoria. Se me reproduce la neumonía de hace veinte años en cuanto leo libros demasiado laicistas (creo que se dice así) o escucho en las tertulias de la radio a los cuatro anarquistas de la moral de siempre con su tropelía de desacatos contra el orden y la precisa ley de Dios. Es que les escucho y se me empiezan a desordenar las ideas. Hace unos días, sin ir más lejos, uno de esos excomulgables sostenía que Dios estaba en el cerebro. Que todos tenemos uno alojado en las moléculas grises de la cocorota. Que lo hemos ido confeccionando poco a poco hasta hacerlo entera propiedad de nuestras creencias más arraigadas. Y entonces apagué la radio y la luz del flexo de mi mesita de noche y vagabundeé por las circunvoluciones cerebrales durante más de dos horas. Busqué en la memoria y en los huecos que la memoria deja cuando no tiene empeño en recordar lo que no le interesa y no hallé a Dios por ningún lado. Me levanté de un brinco, iluminado por una visión repentina, y no tardé en encontrar un librito muy recomendable de San Agustín en donde diserta acerca de cómo la fe derrota a todos los demonios de las cavilaciones, y en esas letras diáfanas me dormí a altas horas de la madrugada, contento de amor por Nuestro Señor.  Por la mañana encontré a mi vecino en el rellano de la escalera y nos deseamos buenos días, emplazándonos a echar una tarde un café con algunas lecturas de vidas de santos. Son unos libros que un primo mío me ha regalado viendo lo fuerte que me ha dado esto de la fe, querido vecino, le expliqué. He quedado en que se los presta en cuanto los acabe. Le digo que leo rápido. Que si algo me interesa, lo devoro en pocos días. Al dejarlo, entre el empastillamiento que llevo y el dolor de cabeza literario, me ha dado un pinchazo en el corazón que me ha puesto los huevos de corbata, pero le he restado importancia y le he pedido a mis testículos que regresen a sus nobles bajos y no se muevan de allí bajo ninguna circunstancia, ya sea terrena o celestial.


Ha durado poco la fiesta celestial de mi vecino Cristobal. Mala literatura debe haber en esa hagiografía barata que yo creí espléndida cuando anoche, he aquí el motivo de mi depresión, volvió  al home cinema y atronó la paz y el espíritu de concordia de la comunidad con una edición 5.1 de 24, con ese Bauer implacable, como un poseso, acribillando hostiles. Además su mujer ha vuelto a tender la ropa mojada en el patio comunitario y moja la mía como antes de que la palabra de Dios refrenara esos malos hábitos. Se ve que las obras buenas que se hacen por los demás no son durables. Se ve que el alma es volandera y no hace posada en la rectitud ni en el santo decoro. No pasa de hoy que le echen del trabajo y regrese al zanganeo de antaño. Dejará de saludarme en la escalera y estará al acecho para que en la primera reunión de vecinos cuente cualquier barrabasada a propósito de mis limpias costumbres domésticas. Ninguna escandalosa, ninguna recriminable. Me limito a encender mi televisión y hacer zapping en busca de contenidos que alivien mi zozobra. Ningún canal me satisface enteramente. Ni siquiera unos documentales preciosos de National Geographic (o era Discovery Channel) en donde un reportero recorre el mundo buscando gente que ha visto a Dios en los lugares más insospechados. Una muchacha de piel trigueña y ojos pizpiretos que me pareció de especial belleza se consolaba con la idea de que Dios se le aparecía en sueños y que le hablaba en un lenguaje cercano y transmisible. Lo malo es que tenía insomnio y, para mayor desolación, al despertarse del breve sueño no recordaba nada de lo soñado. Por eso yo duermo dieciséis horas al día, por eso no aprecio la vigilia.


Si los científicos suecos tardan mucho en encontrar el fármaco que me devuelva a mi habitual condición (mezquina cuando hace falta, ladina en ocasiones, huraña como pocas) creo que busco yo alguna solución casera. Así somos los Gómez de la Cuadra. Yo, el más determinativo. Lo decía mi madre: “Isidro, hijo mío, cuando algo se te mete entre ceja y ceja…”. Ahí estaremos en igualdad de condiciones. De verdad que no merece la pena esta vida semiteológica. Admiro a los que creen con firmeza y asisten a los oficios de misa y besan las estampitas de los santos. De ellos me quedo con la certidumbre con la que conducen sus vidas. La mía, ah la mía, está más que dolida. No le encuentro asidero a las horas. Me entretengo con poco y me entretengo mal. No sé cómo aliviar esta pesadumbre que me azora. No salgo con los amigos, no disfruto en casa como solía y, para rematar mi descalabro emocional, hay días en los que considero leer a Paulo Coelho, que me han dicho que tiene recetas que elevan el espíritu alicaído y frases grandilocuentes y hermosas, de esas que se pegan con imanes en los frigoríficos, que valen por seis consultas con un buen psiquiatra. Mañana mismo salgo al Corte Inglés y me compró alguno de esos libros. En cuanto los lea, si de verdad enmiendan mi desatino, se los presto a mi Cristóbal. O eso o entro a saco en su casa, echo gasolina en su home cinema y lo prendo fuego con Bauer y los hostiles dentro. Con un par de cojones.

24.3.26

Breviario de bodas excéntricas/ 22 / Bocanegra



         

Volver a casa despacio, demorarse en los escaparates de zapatos, pero no nos interesan los zapatos, sólo atisbamos el color, la horma, el brillo, pero no el zapato, casi nunca el zapato, que no está, que nunca ha estado a fuerza de ver únicamente el color, la horma, el brillo. Así, ese zapato invisible del escaparate, fijado en todos nuestros sentidos, nos escolta a casa, pero la casa no está, permanece la puerta, el armario para el abrigo en el hall, el zapatero, el cuadro con un claro del bosque en el que nos observan unos ciervos, un pasillo que se antoja siempre excesivo a cuyo fatigado término no es posible encontrar ninguna habitación, pero allí, en la habitación que no pudo ser, están los libros, los discos. Charlie Parker y Milan Kundera esta noche. Vendrán Parker y Kundera esta noche y todas las eminencias superlativas que incluyan la letra "k" en su apellido. Sentir entonces un lejano galope de caballos en la cabeza y la idea insoportable de que no va a haber nadie con quien hablar. Parker y Kundera tan solo. La única conversación de los últimos tres años o serán cinco, de quién poder fiarse para las fechas. Estrella se habría terminado por marchar como anunció en tantas ocasiones y esa sería la definitiva. Parece uno de esos relatos que leía embebecida. Él llevaría los folletos de la agencia bajo el brazo. Cancún. El crucero pos fiordos nórdicos. Praga. Las Highlands. Elige, vida mía. Estas son las vacaciones que nunca hicimos. El piso está muy solo. Los días son muy largos. La vida es muy triste, pero lo que se hace siempre más cuesta arriba es volver a casa y abrir la puerta para que no estés y no pueda contarte que vi unos perros con ojos color canela o una señora muy anciana que leía en voz alta versos de algún poeta desconocido en la puerta de una sala de maquinitas. Quizá fuesen suyos. Hay gente que escribe poemas y luego los lee. Para que conste. Para que haya un viaje de vuelta. Rimbaud hubiese estado bien. No te voy a contar nada que no sepas. A ti te gusta más la poesía francesa del diecinueve. Aprende francés, Bocanegra. Hay que leer a Proust en su idioma. Eso me dijiste la primera vez que salimos. Bocanegra, anda, un poco de poesía francesa. Recítamela, seré tuya. No la recité. No fuiste mía. No entonces. Más tarde te tuve. Fueron años espléndidos, Estrella. Los paseos al mercado los sábados por la mañana. Las visitas hasta altas horas de la noche. Las sábanas dulces de las noches. Bocanegra, hazme el amor. Tócame aquí con una metáfora, háblame con alejandrinos. No me gusta mi apellido, por cierto. Mi padre debió ser un González o un López. Me ha marcado toda la vida eso de Bocanegra. Por más que la he abierto, se me haya solicitado o no, nadie creyó que fuese como las demás bocas. Es negra, es cierto, dirían. Suena tabernario, patibulario, filibustero, pendenciero. Quién te nombra por el apellido antes de entregarse, se me está ocurriendo ahora. Los amantes se dicen palabras bonitas. Ellas urden su maquinaria feliz de abrazos y de promesas. Pero yo qué voy a saber. No tengo recursos. Nunca he leído mucho. Yo solo soy el que te cuenta las cosas. Los perros. Los versos. La música feliz del azar. Los zapatos en los escaparates. Las llaves en la mano. Sé que no te has ido del todo. Ahí están los libros. La estantería pequeñita sobre la cama, cómplice de tu insomnio cuando hacía calor y no conciliabas el sueño. De verdad que me da lo mismo que no hables. Sí, ya sé que fue eso lo que nos alejó tanto. Yo, tan hablador, y tú, tan en tus libros, pero no te debiste ir. Ahora los escaparates de las zapaterías de vuelta a casa son enormes. Me pierdo en la oferta de botines, en los carísimos modelos italianos. En las botas del invierno. Me embobo en los parques, en las avenidas infinitas del regreso. No hay luz que no registre mi atención. Ni discusión de enamorados. Todo para tener algo de lo que hablar. Todo para que luego me escuches. Cuando lo haces, cierras los libros, cerrabas los libros. No te has dado cuenta, pero es verdad. Cuando me miras con interés y entiendes que voy a contarte algo, te quitas las gafas, metes el dedo en el libro y me miras como a mí me gusta que me mires. Entonces yo soy el libro. Soy el puñetero libro, Estrellita mía. Soy Proust en francés, soy Whitman en inglés. No tengo ni idea de qué escriben esos dos señores, pero recuerdo cómo te gustaban. Creo que podría interesarme en los versos. Lástima que las historias duren lo que el paseo de vuelta a casa. Una pena que no haya sido yo más libresco. De haberlo sido tal vez no te hubieses marchado. Ahora que no estás, lo entiendo todo, lo veo todo más claro. Empezaré esta noche con Lovecraft. Mañana atacaré Azorín. Musil. Bécquer. Catulo vendrás más tarde. Como sé que te gusta mucho, no pasaré por alto Miguel Hernández ni Rimbaud. Ah, Rimbaud. Pynchon para las tardes tórridas del verano. En alguno he de encontrar las claves que me faltan. En alguna página de algún libro de este salón (o en la balda sobre la huérfana cama) están las palabras que debo pronunciar para hacer que vuelvas. O a lo mejor después de haber ocupado una vida en leerlo todo concluyo con que no me haces falta. Que no te quiero ni tampoco vivo por escuchar cómo trasteas con las llaves y abres la puerta. Ojalá leas esto. Me ha salido del tirón. Sin pensar mucho. Una cosa me ha llevado a la otra. Los zapatos. Kundera. la señora muy anciana junto a la sala de maquinitas. El silencio terrible, Estrella.

Breviario de vidas excéntricas/ 20 / Calvin Burroughs / Greta Lugano

  “Bien, Señor, no habré sido un buen hijo, ni tendrás para mí un pedazo de cielo, pero antes de que mis faltas me manden al infierno, tengo...