28.8.26

El gobierno de las sombras

 Lo malo sucedido se repite por ceguera, por colapso, por inercia. También por apatía o por ceguera. Creo que nos están empezando a dar igual el cambio climático, el paro, la cochambre de las instituciones, la pandemia de los algoritmos, el precio de la gasolina, la comida ultraprocesada, la ortografía, el estrecho de Ormuz, los fuegos en el bosque, la neurona solitaria de Trump, los drones en el cielo, los seísmos, el imperio del reguetón, las series turcas, el mosquito del Nilo, el Damocles de las hipotecas, la metástasos de la IA, la superpoblación, la xenofobia, el acoso escolar, la magnitud de la soledad, el cierre de las librerías, la insensatez de los políticos, los chinos en los polígonos, los nadadores transfonterizos, la turba de damnificados…Estamos confortablemente insensibles, anestesiados, instalados en un búnker con fibra optica y series de espadas y runas y contenidos de influencers. Sucede lo malo porque no sabemos si la realidad es una pantalla o son las pantallas la realidad que manejamos. Con la que está cayendo deberíamos hacer algo, pero no se me ocurre qué. También yo estaré hecho a la costumbre de no querer saber más de la cuenta o a que, si no me meten el dedo en el ojo, no tendré que tomar cartas en el asunto. Tampoco sabría cómo tomarlas. Se me ocurre que dolerme no basta, que debe haber un procedimiento para que todo cobre el sentido que está perdiéndose. Porque el mundo está atravesando un bache, un revés, un agujero. Imagino que nunca hubo grandes periodos de bonanza y de armonía, en la que todos nos abrazábamos y la poesía era el lenguaje de todas almas, las sensibles y las que no saben todavía qué es eso de la sensibilidad. Es posible que nunca haya habido nada de eso. Que cambien las adversidades, pero se mantenga ese estado continuo de alerta con el que nos levantamos y con el que nos acostamos. Algunas criaturas no manejan ni siquiera la alerta: ya están en el campo de batalla, en las trincheras, encabronados, tristes, abandonados, refractarios a que malvivir sea una opción, continuamente conjurados a encontrar un mundo mejor. No sé, qué voy a saber. Todo esto que estoy escribiendo no tiene tampoco algo a lo que acogerse para que un poco de luz lastime este gobierno de las sombras. Tal vez mañana me levante con mejor humor. No suele faltarme, pero hay días difíciles, días en los que solo quieres que la televisión difunda noticias bonitas. Cuándo pasó eso, quién se acuerda. 

Conforme adquiere uno sitio en el mundo, el mundo muta, vira, se hace otro tal vez por hacernos perder esa firme voluntad de permanencia o de seguridad. Todo es de una fragilidad que, a la larga, intimida y aturde. Cuento con los recursos aprendidos, pero pierden validez, no sirven para el uso noble y legítimo para los que los encomendamos. Andan los días enfermos, aquejados de ese vértigo, comidos por esa fiebre. Sólo hay que prestar la atención necesaria, observar con entomológico esmero qué obstáculos se empecinan en impedirnos entender qué hacemos aquí, de qué manera seguir estando sin que lamentemos la estancia. Es un mundo bueno, no tengo duda en eso. Somos nosotros quienes malogramos la concordia, los que malogramos la armonía. El mal pugna por vencer siempre. Al bien tenemos que animarlo, no avanza a solas, no prospera sin que lo jaleemos. Siempre funcionó así. El mal de ahora es más invisible que nunca. Opera arteramente. No alcanzo a comprender en qué fallamos. Los unos tan poco sensibles y los otros tan empecinados, todos tan ciegos o tan torpes o ciegos y torpes juntamente, en descuidar la belleza o el amor. Como no tengo manera de aclararme, me limito a declarar mi incompetencia en estos asuntos. Me manejo bien en los íntimos, tengo las competencias precisas para llegar al finiquito del día con la conciencia limpia y el ánimo más o menos indemne, pero me asusta que haya ahí afuera alguien que posea la capacidad de, aun sin conocerme, dañarme, hacer que peligre mi felicidad tan trabajada, la de los muy amados míos, la de los ajenos que no conozco y comparten conmigo el mismo anhelo de vida. Existen todos ellos, están puliendo su oficio, se cuidan de que no se les descubra, obran sin pudor, sólo buscan que yo no tenga la seguridad y el confort que persigo. Hay entre ellos y yo una guerra larvada, no visible, pero igual de cruenta y dramática en el fondo. No siendo soldado ni enarbolando ninguna bandera de ningún bando, me pregunto si no será guerra, sino otra cosa, si será simplemente vivir y todo emana (feliz o penosamente) de esa circunstancia ineludible. Me abruma esta dolorosa suma de pequeños combates en los que involuntariamente participo. Me arrojan a ellos, me exponen para que tome partido o para que exhiba qué lugar del mundo he escogido, cuando no deseo en ocasiones posicionarme en ninguno, no delatarme, no exponer mi voz, ni airearla, aunque por otro lado siento cada vez más nítidamente cuál es el lado en el que no estoy. Sé lo que no me gusta, no tengo claro qué sí. Estoy contra el mal, contra la estupidez y contra la insensibilidad, pero esas tres cosas son la misma cosa. El mal se viste de estupidez y de insensibilidad. Los malos son estúpidos y son insensibles. Nadie está a salvo de no ser alguna de esas cosas (malo, estúpido o insensible) en algún tramo de su existencia o en muchos, a saber. Cada vez que me intereso por las noticias, en cada doméstica ocasión en la que decido enterarme de lo que está pasando, razono que será la última o que interesaría que fuese de verdad la última, pero están hablando de mí. En cada una de esas noticias deprimentes que escucho estoy yo o están todos los que son como yo, los que observan con timidez el curso ilegible de los acontecimientos. Se rompe el mundo y yo estoy en mitad de la fractura. Se hace añicos y yo estoy en todos los pedazos. 

27.8.26

Animales

 Ser peor que animales me pareció siempre una frase desgraciada: se da por hecho algo radicalmente falso. Creo ver en ellos cierta nobleza o cierta coherencia que en ocasiones me cuesta encontrar en un ser humano. El mal se cierne con más fiereza cuando se descuida el mimo que reclaman las palabras. Ellas, juntamente con los gestos, nos retratan. Cuando las hemos corrompido, cuando están a merced de quienes malograron su escrutinio antiguo y franco, no hay antídoto eficaz.  Ese veneno prospera con insólita presteza. Si la música precede al verbo, como escribió Verlaine, la palabra antecede a la realidad. El hecho de que se acuda a ella para explicarla hace que sospechemos que es el lenguaje el que la hace perseverar en nuestra percepción. Las palabras nos conforman y definen. También nos delatan. Incluso las que no pronunciamos, debiendo, muestran como somos. Las juntamos a veces con ignorancia o con falsedad. Se les atribuye un propósito y luego se inclinan a otro. Veo atrocidades, escucho a quien alardea de ellas con pensado y retorcido empeño. Hacen malabarismos con ellas, crean un discurso intencionadamente bastardo. Gente incivil, quienes las manejan y propagan. No conozco animales inciviles, no se esmeran en causar un mal gratuito, únicamente urdido para regocijo propio: proceden sin que haya saña, no urden ni maquinan, simplemente desempeñan el dictado de su sangre. La palabra es impotente, no es competente para revelar la verdad de lo que es ser humano: solo hace una aproximación, solo roza el interior, sin debelarlo. Citaba al gran poeta italiano el (déjenme) gran poeta español Francisco Caro. Él se fijaba en lo poético, aunque no únicamente. Trataba (imagino) de poner la palabra poética en el lugar, lo cual me ha hecho pensar en la orfandad de su influjo, en su desvalimiento en este mundo que andamos construyendo o aniquilando. Tal vez unos y otros, los que levantan y los que demuelen, ignoran el verdadero poder de la palabra, su potencia. No darán con lo que somos, no podrán exhibirlo, pero no tenemos nada mejor con lo que manifestar ese hambre y esa sed de concordia, de paz, de cualquier constructo que nos haga ser mejores. Como los animales. 



26.8.26

Días

 Los días son páginas de un libro que solo podemos leer una única vez.  Cada uno de esos días es una de esas páginas irrepetibles. No hay con qué retroceder al día anterior, ningún ardid nos faculta a que regresemos al ayer ni accedamos al mañana. Cada vive conforme a esa incontrovertible disposición del tiempo. Quizá por eso amamos la literatura. No solo es una vida o muchas vidas añadidas a la que disponemos, sino que ofrece la posibilidad de cancelar la naturaleza misma del tiempo. Escribir depara un regocijo mayor, que me perdone mi buen Borges: el de saberse inexplicablemente gratificado por un especie de don. Yo me paro a pensar en estas cosas a veces cuando me da por cuestionarme qué sentido tiene todo esto. Y me las compongo para encontrar un motivo para seguir leyendo, escribiendo, viviendo, empecinado en que el asombro y la incertidumbre ayuden a escalar la cumbre de todos esos días. No hay ninguna cumbre igual. Esa topografía es absolutamtne caprichosa. Ni siquiera la rutina, tan buscada a veces, repite uno solo de esos días. Iba a escribir de esas páginas. 

24.8.26

Aforismando

  Por la ceniza se aprecian las dimensiones del fuego. Por la de las palabras, las del corazón. 

20.8.26

Esplín

 Hace falta cierta educación sentimental para no acabar muriéndose uno tan comido de urgencias.

19.8.26

Kodachrome

 

 Las antiguas averías del alma no terminan nunca de irse. El invierno ofrece rigores únicos, pero tampoco tengo en el pecho ese dolor con el que el frío me azuza continuamente sus perros.

 

Ubrique, noviembre de 1992


 

 

 

 

 


18.8.26

Calendario

Los días precisan su obediencia.
El acatamiento de su discurso.
La anuencia de su herida.

Tamariz, in memoriam


 Juan Tamariz sabía todos los trucos, conocía el mecanismo del asombro y de la risa, hizo que la lógica se rindiera ante su ingenio y creó una legión de incondicionales que lo tenían como a una especie de dios caprichoso y rudimentario, inmensamente feliz de conocerse y de hacer que nosotros, por su magia, nos sintiéramos vivos, arrimados a esa cosa indecible que se llama arte. Fue un artista grande entre los más grandes. Descanse en paz.

Elogio interior del mar

 


Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde ella. No preciso meterme: tan solo observarlo, tener la certeza de que sigue ahí. No creo que me haya sentido solo frente a él. Son incluso esas caminatas, apenas pensadas, erráticas y placenteras, las que hacen que aprecies más lo que te circunda. Me siento, déjenme recrearme, arrebatadoramente conmovido. El mar es una especie de vida aplazada, de novela absoluta en la que se cuenta la historia del mundo. La ciudad es el reverso burocrático de las olas. La ciudad está construida de espaldas al mar, ajena a la trama antigua de su hondura y su vastedad. Ayer, mirando al mar, aunque lo tenga lejos, pensé en lo que no nos ha contado. El cielo es también el reverso de algo. Pero al cielo le hemos atribuido facultades espirituales que le han venido siempre grandes. Lo hemos poblado de dioses fundamentales y de dioses subalternos, de esperanzas y de fracasos. Hemos mirado arriba para entendernos, pero hemos mirado poco al mar. No del modo en que se extraen respuestas. Deben estar ahí. Podrían estar por ahí. Quisiera envejecer junto al mar. Lo hago desde lejos. Tengo para mí el mar. No cansa. No pregunta. No exige. Tiene una pureza antigua como la luz. No la pervierte la invasión de tumbonas y de sombrillas con la que pretendemos intimar con él, hacer que nos agasaje con algo. Sigue sin perturbarse. Se ofrece sin entregarse. Se exhibe sin rebajarse. Leo la prensa y el mar me distrae. No me concentro. Tampoco hace falta. La disciplina del verano en la playa no es dura.vesta lejos (mi pueblo no tiene costa), pero  escucho su calma o su fragor. Basta tener la mirada limpia y el alma, la desvalida alma, abierta al asombro y a los prodigios. Sana, me expurgo. Conversamos los dos, aunque no se aprecie. Echaré en falta el mar siempre, su felicidad sin porqués. Entre la verdad y la belleza los poetas escogen la belleza. Lo dejó hablado Platón. Pues platónico ando. Platónico y obsequiado de luz y de infinito

16.8.26

Un cuento, una vida

 


Igual que en ocasiones para escribir un buen cuento solo necesitas dar con una frase memorable, con uno de esos comienzos perfectos que reclutan de inmediato la adhesión o el asombro de quien lee y hasta de quien lo crea, los días precisan también su reclamo fantástico, el punto desde donde levantarlos, ese pequeño prodigio que el azar nos confía y sobre el que a veces el mundo gire. La vida, más que novela, debería ser cuento. En el recurso de un solo día puede sustanciarse el júbilo de una vida entera. Es más, hay días que justifican esa vida, cuentos que la contienen con abundancia. Dar con ellos es tal vez el propósito de la novela (del libro) que somos. 

El gobierno de las sombras

  Lo malo sucedido se repite por ceguera, por colapso, por inercia. También por apatía o por ceguera. Creo que nos están empezando a dar igu...