20.4.26

En la semana del libro / 1

 Hay muchas maneras de animar a leer, pero ya no es únicamente la importancia de la lectura, sino el hecho mismo del libro. También habría que hacer oír al desatento la importancia de ese objeto. Uno entre otros, pero conteniéndolos y dándoles sentido también. El libro como caricia, abrigo, oración, consuelo, refugio, delirio, madre, sexo, droga, fuego, bálsamo, paraíso, amigo, Dios, espejo, sueño, hambre, sed, temblor. No  podría uno terminar de inventariar lo que hay dentro de un libro. Está el infinito. Está el amor. Está la vida. Está la muerte. Luego de ellos o a la vez que ellos, está el abrazo. Está la salvación. Está la inteligencia. Está la belleza. No hay otro objeto en el mundo que contenga el mundo entero en su interior. Debería festejarse a diario que haya libros. Lo dice Irene Vallejo en su espléndido libro. Curioso que un libro que hable de libros sea uno de los más vendidos y (sorprendentemente a la vez) uno de los más elogiados. No hay instrumento mejor hecho. Es una extensión de nuestro cuerpo, escribió Borges. Es el más asombroso, de hecho. Es una prolongación de la memoria y de la imaginación. Después de la facultad del habla, la de escribir es la más noble. Después de la facultad de escuchar, la de leer se antoja la más digna. Las religiones se han cimentado alrededor de la aureola mágica de los libros. No sabemos si esos libros sagrados fueron una emanación de la divinidad o son trasunto humano, evidencia de nuestra fragilidad y de nuestro deseo de perdurar y que no todo finalice cuando irrumpe la muerte. La felicidad es un libro. Pensar en que tiene uno un libro a mano hace que la posibilidad de aburrirse no exista. Una de las razones que yo arguyo para explicar mi absoluto idilio con ellos es ésa precisamente: denme un libro y olvídense de mí, no les preciso, no hay nada vuestro que me distraiga. Es tal el prodigio de su hechizo que habría que precaverse ante ellos. Tal vez por que nos aturdan o por que nos hagan perder la poca o mucha cordura que se nos ha entregado o la que hayamos podido ir amasando para sobrellevar el tráfago de la vida. Un libro es una vida alternativa. No es en realidad así: un libro está formado por el arrimo de muchas vidas, aunque semeje una o creamos que es sólo una.

19.4.26

Qué habrá luego

 

Fotografía de Marina Sogo

De lo que tendría que escribir más en serio es de los fármacos, de cómo organizan tu vigilia, de hasta qué punto gobiernan tu estado en el mundo, de su permanente condición de brida al desasimiento de la realidad, que va a lo suyo, sin que intermedie ninguna de nuestras reclamaciones, algunas absolutamente legítimas, expuestas con irreprochable educación, como si temiéramos enfadar a quien nos dirigimos o hacer ver que las cosas no van bien y queremos que vayan. Los que me acompañan invariablemente en primavera, los que reducen los efectos invasivos de los cien pólenes que me abaten, se alían con los imprevistos y concluyo pensando que uno está sano, pero no se está sano del todo nunca. Todos forman una contundente zaga química cuyo fin es aliviar mi padecimiento, es cierto, pero que me anulan mientras trabajan en mi beneficio. Me dan sueño, más que otra cosa; me desastran el estómago a veces. No sabe uno si va a ser posible llegar al final del día sin flaquear un instante o de que acumular mañana otra jornada como la que se sufre hoy tendrá consecuencias más graves y al final habrá un peaje. Nunca hay uno severo, determinante. Vendrá con su negra cara de finiquito. Se manejan bien estos dolores pequeños. Está la memoria al tanto de otras debilidades del cuerpo y se alegra de que no concurran a la vez y el dolor en la rodilla comparezca cuando la tos ha remitido o que la preocupación por un dolor alojado en el costado no sea simultáneo al que se pavonea en el estómago. Va el cuerpo en soberano trasiego, aplazando o imponiendo sus achaques, dando vivas evidencias de que se le ha forzado en demasía. Si fuera esa la causa, la del exceso… Hay veces en que flaquea incluso cuando se le ha mirado con escrupuloso tiento, no entrando en las algarabías con las que otros lo lastiman. No cabe desoír la admonición de los sensatos, los del cuídate, los del deja de fumar, bebe menos alcohol, camina, haz deporte, esas cosas.

La batalla que entablamos con el cuerpo la ganamos y perdemos a diario. En ganar y en perder se nos va la vida, pero en cierto modo vivir es irse uno yendo, escapando, fugando, adquiriendo poco a poco la conciencia de la duración de todo ese trasiego. Por eso no es nunca una ganancia o una pérdida, sino un estado canjeable por otro, una sensación modificada por otra, un equilibrio que se deshace y que regresa, una especie de sofisticado partido de tenis en el que no hay un ganador o un perdedor ya que lo único que realmente importa es la evolución de la bola por la tierra, el vuelo que ejecuta y las formas en las que el azar o el talento o la experiencia las va haciendo caer. En torno a uno, conforme avanza, la realidad se obstina en contradecirnos o en mimarnos, en hacer que fracasemos o triunfemos, flaqueemos o nos reforcemos, sin que ninguna de esas dimensiones del juego dependa enteramente de nuestra decisión, de la voluntad firme con la que abordamos la partida. Pero el cuerpo se obceca en malograr todo esfuerzo por gobernarlo. Accede a ejecutar los movimientos que le solicitamos, y movemos las piernas, abrimos la boca y hablamos, bailamos incluso cuando la música nos traspasa, pero hay asuntos en los que no consiente la injerencia ajena, no admite que haya un dueño, obra por libre, medra en su absurdo deseo de irse degradando, aunque nos haga creer que tenemos alguna propiedad en la empresa, de que en el fondo somos nosotros los que guiamos la nave. Pensé en que quizá lo que trasciende de esta batalla no es que se persiga la adjudicación de un vencedor: lo hermoso es la ceremonia en la que se preparan los bártulos de guerra, el modo en que disponemos en el mapa los ejércitos, toda esa estrategia espléndida de los preliminares. Pero y luego, qué habrá luego.

18.4.26

Breviario de vidas excéntricas /41 / Petra Lafargue



Aquejada de terribles jaquecas, retirado el menstruo, dolida por un desengaño amoroso, a Petra Lafargue un facultativo de reconocidas inclinaciones poéticas le prescribió fajarse en poemas con versos alejandrinos para adquirir más cuajado oficio lírico o para malograr definitivamente su desempeño y así ocuparse sin el yunque del fracaso de asuntos de más pedestre fuste. La poesía obra a veces los milagros a los que no alcanza la farmacopea, sostenía el buen galeno. Poco o nada preparado para el rigor de la métrica, Petra pidió verso libre, haikus  o, en el peor de los casos, pareados de sencilla factura, nada que la estresara o empujara a quebrantos métricos excesivos. Empezaremos con alejandrinos, si no hay mejoría, pasaremos al soneto, sentenció con contundencia el doctor. Al principio le costó armar las catorce sílabas, gobernar el lugar exacto del hemistiquio y repartir siete exactas a izquierda y derecha de la cesura con su acento en tercera y en decimotercera. Cuando se familiarizó con esa métrica diabólica, le salían alejandrinos como churros. 


Con las prendas de sus logros bajo el brazo, alegre como un adjetivo cincelado por el numen mismo, Petra se arrogó el inverosímil propósito de que, cuanto hablara, respetaría la disposición silábica alejandrina. Incapaz de dar resuelta eficacia a ese propósito, la poeta guardaba escandalosos periodos de silencio en las reuniones líricas. El fracaso de la empresa la sumió en la más severa tristeza. Dejó de acudir a los juegos florales a los que vanidosamente solía, no respondía al correo ni aceptaba que los allegados le visitasen. Ese decaimiento le hizo enfermar más aún . Las jaquecas repuntaron. En un arrebato de lucidez, consintió confiarse a la intendencia de otro facultativo. Con pudor, con dificultad, le rindió la causa de sus males. Determinativo, el médico le dijo: “En adelante, cuando se dirija usted a mí, lo hace en alejandrinos, ya sea aquí en la consulta o por el conducto que más le plazca. Los poetas sois la salvación del mundo. No hay nada que la medicina pueda hacer. Debe perseverar, debe encomendarse a la gracia de la inspiración”. Así se expresó. Regresó Petra sin asomo de reticencia a su mesa de trabajo y ocupó días enteros en forjar las palabras viejas y las convocadas primerizamente, hasta que el mundo entero, el mundo con su cielo azul y sus altos árboles, el mundo alegre y el triste, se le presentara en sólidos bloques heptasílabos. Estaba conjurada a respetar el dictamen no de un galeno, sino de dos. 


En una de esas mañanas de fluida producción poética el amor la sorprendió en la cola de la charcutería. Sus ojos se prendaron de los ojos de un varón de hechuras clásicas que pedía mortadela siciliana. Era una ángel puro, era una bendición que el bendito azar le había puesto en su camino. Lo abordó con las esmeradas maneras a las que acostumbraba. Montó los versos en la cabeza y los volvió a montar. No satisfecha, requeridos los más dulces y bruñidos, sacó su móvil y le pidió al chat GPT que se apresurara en escribirle algunos. El algoritmo tardó menos de lo que se tarda en lonchear medio kilo de mortadela siciliana. Cuando los tuvo, eufórica, transida en gozo, los declamó con arrobado entusiasmo. 


“Tu amor es un banquete que sacia mi alegría, 

un festín de caricias que endulzan mi tristeza.

Como pan y mortadela, sencillo pero eterno, 

en tus brazos encuentro la paz que siempre busco.

Tus besos delicados me saben a poema.

Eres mi complemento, mi musa y mi quimera.

Eres todo en mi mundo, eres mi mortadela"


 No hubo consuelo cuando el adonis rompió en risas; no las prudentes, como temerosas de importunar a quien las escucha, sino las risas barítonas, las ampulosas, las risas con las que el alma se derrama en la más absoluta de las desvergüenzas. Se determinó entonces a visitar a un tercer médico que por fin atinara a dar con el origen de sus males y, con suerte, enderezara su zozobra lírica. Al que acudió, nada más escuchar el relato de sus penurias, le pidió encarecidamente, con colmo de convicción, que se apañara un buen saxo tenor y escuchara toda la obra tardía de John Coltrane. Todos esos discos de complejas texturas tímbricas en los que el músico anhelaba ver a Dios y que Dios le viese. “Debes aplicarte en la improvisación pura, pero respeta la alternancia de los ritmos. Construye las armonías sobre intervalos de tercera y cuarta. Haz frases largas, vigila la progresión de los acordes. Si es preciso, busca a Dios cuando emboques el saxo. Cierra los ojos. Déjate acariciar por la sublime coherencia del caos". Petra  salió más que preocupada de la consulta. Compró un instrumento caro. Lo tuvo encima de la cama durante días. Se acostumbró a dormir en el sillón. Por no cortejarlo con los dedos precipitadamente. Por pensar cómo le contaría a los pulmones el trabajo exquisito que se les requería. Eso le contó al doctor. Ya no tengo jaquecas, añadió. Tengo unas contracturas enormes en la espalda. Me duele el cuello. Creo que iré al fisio. Hay uno aquí cerca.

17.4.26

Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

  La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a explicar su desafecto hacia cualquier posibilidad de que la fe condujera el espíritu del hombre se me cruzó esta mañana bien temprano sin saber bien a qué venía esa irrupción de un argumento tan imperativamente contundente, de tan escasa enjundia doméstica, pero supe rehacer de inmediato mi tribulación y compuse el ánimo para separar eficientemente la basura orgánica de la del plástico, meter los platos del almuerzo en el lavavajillas en el programa corto (vivo desde hoy solo, ensuciaré poco), recoger la ropa seca de la azotea y poner un par de lavadoras (una de sábanas y otra con prendas color), pasar la aspiradora, limpiar el polvo y después (con resignación, primero, con alivio más tarde) pensar en Carla, en qué haría a propósito de Carla, mi novia de toda la vida, que anoche me dejó una nota en el frigorífico bajo el imán que compramos en Estambul en la que leí el seco me voy, que te aguante tu señora madre, escrito con su caligrafía enclenque de niña pija que no ha tenido nunca interés por algo que no contribuyera a hacerla parecer más joven o más esbelta, incluyendo en esas actividades las de ir al gimansio cinco días por semana, comprar cualquier potingue caro del que le hablaran sus tres amigas pijas favoritas o hacer dietas extraordinariamente pintorescas que, por cierto, jamás cocinaba ella, sino que se las servían por un servicio de comida exprés al que un youtuber daba no sé cuántas estrellas en su rendición diaria de pijadas igualmente extraordinarias. 


Me acabo de dar cuenta de que me he quedado muy solo. La echo en falta. Por ratos, la quiero conmigo. Hay pocos platos en el fregadero. Apenas hay ropa que tender. No suena esa música suya melosa que tanto me irritaba. El silencio es una tumba insoportable. No tengo nadie que me reprenda por enganchar un cigarrillo con otro o por dejar las latas de cerveza por ahí, sin tiento, exhibidas como trofeos de un safari insano del que decididamente saldría malparada, son palabras suyas, mi salud. No crea que ella lo expresara así. Jamás cuida el vocabulario ni reprime usar unas frases elaboradas cuando podía acudir (puede acudir) a las más vulgares: "Te estás matando, Ezequiel, no vas a durar mucho". Nadie dura mucho, solía contestarle. Ni siquiera tú vas a llegar a los ochenta, Lola. Te habrás dejado una pasta gansa en cremas y en fitness para nada: a los cincuenta te darás cuenta de que el cuerpo sigue un plan diabólico contra el que no se puede hacer mucho. Yo hace mucho que renuncié a cuidarlo. No hago deporte, no como verdura, no me privo de cualquier cosa que lo contente. De noche, escucho cómo me aplaude. Bravo, Ezequiel, tú dame contento, tú a lo mío. Eso tendría que haberle dicho, de haber sabido que pondría en el imán turco lo de me voy, que te aguante tu señora madre, pero transigí, di por buena su pedagogía buenista, ese querer evitar que la máquina no siga su estricta obediencia molecular y la piel se arrugue o las tetas se le acaban descolgando, amenazando con taparle el ombligo. Estoy considerando en llamarla. Es tarde. Ahora estará dormida. Es de acostarse temprano. Para que no la urja a que me alivie la tirantez viril, todo ese himno de la sangre por sus locas avenidas de gozo. Le diré que me cuidaré. Que iré al gimnasio. Que haré su dieta. Que la cerveza. Que el tabaco. Que Dios con su ingrato Russell.  Pero me temo que ni eso la contente. Querrá que gane en músculo. Que aborrezca las comidas grasas. Que beba té birmano, zumo de melocotón, esas cosas. Que muera. Carezco de fe para una empresa tan costosa. Difícilmente podré hacerle ver que creo en ella, puesto que no lo hago. El amor es fe en el otro, absoluta fe en quien se ama. Acabaré delatándome. Beberé a escondidas. Fumaré con ansia. Saldré a ponerme ciego de esa comida basura que ella aborrece y a la que yo profeso la más altas de mis muchas devociones. Alguna de ellas me matará. Al final, quién no muere. Me digo todo esto con cautela. Lola vivirá cien años. Será inmortal. Todos sus novios abandonados se parecerán a mí. 


15.4.26

Una deliberación

 

A J.G. de B. en su noche triste de 1959

Uno se pregunta por el hombre y no encuentra una respuesta.

Lo imagina en sus refugios, cubriéndose el cuerpo 

con las ropas del frío, tapándose el alma con las del amor.

Piensa en los consejos de ministros, dirimiendo 

la altura verdadera del hombre, tomando 

las medidas necesarias para que no sea 

ni demasiado alto ni bajo en exceso,

registrando en papeles y en el aire

todo el tamaño formidable de su dignidad,

estudiando cómo conseguir que no se muera de miedo 

cada vez que abre la prensa y lea con congoja infinita

los avances del mal por el campo de batalla,

toda la miseria sin significado ocupando las aceras, 

extendiendo su marca gris de pesar y llanto. 


Y puede ser que ese dolor profundísimo

con el que principia a veces el día

vaya cediendo a poco que no pensamos en él

y nos vayamos entregando a nuestras labores,

pero cuando llega la noche y el hombre se concentra 

en sus dolores y mira el techo de la cama 

en donde duerme, el mal regresa como un cáncer rencoroso, 

ennegrece los muros, revuelve las tripas, se detiene 

en los talleres mal iluminados en esta noche triste de octubre, 

lo dice el poeta y lo dice muy claro,

y no hay consejo de ministros que pueda zafarse del mal

ni del invierno anticipado en los huesos del hombre

sencillo que busca algo con lo que evitar el frío

y acaba reunido consigo mismo, hablándose en privado, 

en total confianza en sus posibilidades, comprendiendo

que no hay con qué tapar el cuerpo ni anudar el alma. 



14.4.26

Breviario de vidas excéntricas / 39 / Benito Pozo y Fermín Cruz.



En sus paseos vespertinos, Benito Pozo es de buscar restos de una civilización anterior al cristianismo, deseablemente extraterrestre, o de apuntar en una libreta las monjas con bolsas de Zara en las manos y las embarazadas asiáticas que se le cruzan y motos de gran cilindrada con una pareja a la grupa en la que ella, pues debe ser una mujer, haga ondear un pelo rubio abundante bajo el casco, obligatoriamente rojo. Lo apunta todo en una libreta de los chinos con uno de esos bolígrafos con mecanismo para reemplazar un color por otro. La cosa alienígena va en rojo; las mujeres pobres, castas y obedientes, con sus bolsas en las manos, en negro; las embarazadas orientales, en verde; las motos, en azul. Ese cromatismo dogmático no es negociable, dice a veces en voz alta. Se gusta cuando prorrumpe con frases grandilocuentes, como de orador muy versado. Si alguien le reprende o lo mira con la extrañeza prevista, Benito dice que es actor y ensaya las frases. Soy actor, ensayo las frases, ya casi las tengo. Al llegar a casa, se sienta en su sillón favorito de orejas y pone en claro el botín de la caminata. Es el momento favorito del día. Lo disfruta incluso más que el propio paseo. Nunca ha encontrado nada anterior al siglo XXI: tiene treinta y nueve monjas, cien embarazadas y noventa y dos motos de gran cilindrada. Las cifras registradas crecen morosamente. Aspira a cerrar mil (es una cifra no alcanzada nunca ) antes que lo haga su amigo Fermín Cruz, que registra nubes lenticulares, boinas de abuelo barojiano, pantalones acampanados y, he aquí lo que iguala en extravagancia absoluta a los contendientes:, áureos, denarios y sestercios. Siempre incluían una empresa imposible. Quien diera con una pieza de ese rango, ganaba sin discusión. Un resto fenicio, Benito. Una moneda romana, Fermín. 


Empezaron el juego de pequeños. Se conocen desde la comunión. A veces acometen juntos su empresa; otras, por separado. Confían ciegamente el uno en el otro. Si Fermín dice que ha visto trece boinas de abuelo barojiano en una sola tarde, Benito maldice su buena suerte y luego le da la mano con colmo de protocolo, aprobando su encono, admitiendo la derrota. Son buenos perdedores los dos. La víspera de año nuevo se reúnen en un bar, una especie de territorio neutral, sacan sus libretas y contabilizan las entradas. El que gana no recibe galardón alguno. El que pierde no se siente especialmente humillado. El uno de enero se vuelven a juntar en el mismo bar y manuscriben en una servilleta los motivos para el año recién estrenado. Cuando han hecho una lista, proceden a sortear las ocurrencias que les han parecido más factibles. Meten alguna de extraordinaria dificultad (la civilización precristiana, las monedas romanas) para que la empresa posea un aliciente sobrenatural, de los que te sorben el seso y hacen que no concilies el sueño pensando en lo maravilloso que sería franquearla. 


A Benito se le da mejor que a Fermín inventar objetivos. Los llaman así. Hay objetivos sencillos (matrículas que acaben en 24, palomas moribundas, adolescentes con tupé a lo Elvis, niños con gorras de la NBA, ancianos que tosen en terrazas, sombreros de ala ancha, faldas plisadas, jubilados con camisetas de Nirvana) y hay objetivos de mayor complejidad (atropellos en pasos de peatones, monjas que leen a Kafka en terrazas, manifestaciones de empleados de una siderúrgica, mujeres que llevan libros de Schopenhauer bajo el brazo, niños rubios con un solo brazo).  Coinciden Benito y Fermín en algo inesperado en ese bar de año nuevo, algo a lo que consagran su entera dedicación: el inventario seguirá, harán esa lista, un afán imbatible los animará cuando la redacten, pero omitirán los paseos, consagrarán su oficio (son años de abnegada aplicación) a construir un propósito de más enjundia, uno que los ocupe con festejada lujuria. Así que Benito y Fermín se reúnen extraordinariamente para bosquejar un plan más ambicioso: compilar toda la casuística de acontecimientos que pueden mancomunarse en un listado. A ese listado infinito conceden el total de su tiempo y rescinden otras ocupaciones de más terreno empeño: no se asean, malcomen, desatienden la vida familiar y, con arrebatado orgullo, determinan alquilar una pieza pequeña de una casa que hospeda a yonkis, fulanas y gente de vivir precario. Es barata, es discreta. Nadie pregunta, nadie hurga. Benito ha confesado a Fermín que desde ese agujero la vida acude con más vigor, que abrazarán el cristianismo para continuar en el cielo la redacción del trabajo. Salen a misa a diario. Vuelven con absoluto colmo de gracia divina. Saludan a la vecindad con afecto, les conminan a que busquen a Dios, piden por ellos en sus rezos, tienen en la más alta consideración la nueva misión que les ha sido entregada: la de difundir la Palabra, la de dar al cielo almas de las que disponer cuando el Buen Señor les retire de este mundo y los lleve a su Presencia. Solo falta, buen Fermín, que el paraíso esté vacío y no tengamos oficio en la eternidad y haya ángeles con un ojo azul y otro verde o almas en paz que huelan a colonia de bebé o a whisky de malta. 

13.4.26

Breviario de vidas excéntricas / 38 / Casimiro Orozco



En la sonrisa de las mujeres estriba su entero encanto. Fuera de esa circunstancia, lejos del mecanismo meramente muscular que atiranta la cara y la lleva a ese forzamiento ridículo, no poseen atractivo alguno. Casimiro Orozco mantuvo esa opinión durante años y no hubo nada que lo indujera a modificar un punto sus convicciones. Y eso que su espíritu, por natural abierto y receptivo, buscó evidencias de lo que, a todas luces, no debía ser sino un error de los sentidos, una especie de anomalía de orden estrictamente estético o moral. Entiéndase: no era enemigo de las mujeres. Tampoco misántropo, como sugiere Eduardo Céspedes, su amigo de confidencias, siempre tan preocupado de sus asuntos y tan escasamente pendiente de los ya muy patéticos suyos. Quien dice la sonrisa de las mujeres escriba el amable lector "la de los hombres". Perdió Casimiro la confianza en el género humano como perdió a su madre en un resfriado mal curado al que todavía culpa de todas las fatalidades que más tarde han convertido su vida en una epifanía de la fatalidad, en un triste ateneo de cuadros en las paredes y discos que desgranan boleros y barcarolas, tangos y copla, que son los géneros que más se ajustan a su fatiga espiritual. Ayer lo confesó en un descuido. No abundan. Lo transcribo. 


“Me da insoportable grima esa clase de mujeres que sindicalizan el verbo. Me aterra que no se afeiten la axila, pero mi amigo Eduardo me ha contado  que a él le sucede exactamente lo contrario y no tiene pudor en manifestar su elevada consideración hacia el género femenino, aunque luego –esto también es una confesión– ninguna de esas heroicas féminas tenga el detalle de dejarse manosear cuando el muy imbécil despliega lo que imagino las precarias y primitivas maneras de galán que se le adivinan en la barba a medio afeitar y en su papada de cinco centímetros, fruto de su amor por la buena mesa y el nulo ejercicio. Cuando llega el verano, en las piscinas públicas a la que voy por error, la circunstancia de la pereza depilatoria alarma mi sensible asombro –siempre cautivo de mi causa– y algo me hace levantisco y hasta maleducado. En una ocasión me envalentoné con una señora particularmente desagradable, pidiéndole, con buenas maneras al principio, más rudas cuando debieron serlo, que considerara rasurar las zonas más hirsutas. Hágalo por decoro público, le dije. Entonces me arrojé al agua para no afrontar la ira de mi interlocutora. Vi que sumergirme podría cancelar la molesta escena, pero incluso bajo el agua, en ese limbo perfecto, mi cabeza continuaba mostrando la axila boscosa, inverosímil. No saber nadar coarta esta épica diminuta, pero luego salí de la piscina ufano de mi proeza, armónico y feliz, alcahuete de mis vicios. Esta impericia mía en el agua y la fragilidad de mi corazón son herencia de mi madre, que en paz descanse. Cuando enfermé ya más gravemente, Eduardo insistió en que me procurara una enfermera. Gracias a Dios y a los ahorros de mi madre, tengo medios para permitirme ese exceso sanitario. Su hoja de servicios era impecable. Su parlamento la adscribía a un sector alcista de mujeres que, con título universitario y tablas en el manejo de las maneras sociales, esgrimen a cada momento su idoneidad para todo, lo bien preparadas que están y la suerte que hemos tenido en toparnos con ellas en ese momento de nuestra vida. Una fiebre incómoda me apartó del oficio que últimamente más me agradaba: estar solo, manejarme solo, ser feliz o infeliz sin que nadie observe mis algarabías o mis quebrantos. Y tenía que admitir que alguien invadiera mi idílica intimidad y no dar a ninguna que lo hiciese carta de enemigo que ha entrado en casa, como la bestia invasora y, cuando la salud mejorase, disfrutar pensando en  encarármela y mandarla a la calle con su cheque entre las tetas, permitid que me ponga grosero, por favor. Como Elsa Lanchester arrimando pastillitas a Charles Laughton en Testigo de cargo, solo que yo no tenía querencia a los licores o los puros y estaba firmemente conjurado a no dejar que manejara la casa más tiempo del preciso. La fiebre iba y venía y un dolor intrigante a media espalda requirió el concurso de un médico amigo de mamá y más interesado en mi cura que en cubrir un expediente o en ganar un dinero. No hizo mucho, desafortunadamente. En todo caso, desanimó mi creciente felicidad por despedir a la enfermera cuando alabó sus mañas y dio vivas muestras de confiar en que no me desprendiese de ella porque tenía “la llave de mis males”. A medida que mi enfermedad remitía, crecían mis desaires ante su persona. Logré, al final, mi perverso propósito y un festivo día, el sol viril en el cielo, el aire puro como un sueño infantil, empujada por la ira y la animadversión que yo había procurado que tuviese hacia mi persona, me insultó sin reparos, yéndose por voluntad propia y rechazando, no puse objeción alguna, el pago de los días por abonar. Empresa franqueada, éxito doméstico, albricias. Vino otra y tras ella todavía algunas más. Todas con ese encanto en la sonrisa, pero fuera del gesto, bordeaban la indisciplina, escoraban su gracejo en la charla al más infame cotilleo de escaleras de vecindonas y, lo que es más importante, no parecían, a diferencia de la primera, sentirse molestas porque yo no les hiciese ni el más mínimo caso. Una hasta me arruinó el almuerzo al dejar ver su boscosa axila encima de mi sopa juliana. Un amago de arcada devastó mi apetito y no probé bocado hasta bien entrada la noche. La ilusión de que mi vida ha sido una zozobra continua  ha escoltado siempre mis pensamientos más profundos. Esa pena y el dolor en la espalda laceraron mi alma inextricablemente durante aquellos días. En los vaivenes de la voluble fiebre, entre una acometida y otra, me dije que la peregrina idea de buscar, fuera de la imposible sonrisa, algún encanto en las mujeres podría salvar mi salud y mi ánimo. De verdad que lo pensé con toda la seriedad que el asunto merecía. Pasaría por alto la indecencia depilatoria y hasta me dejaría engolosinar, como Eduardo, como otros hombres, en el arrimo del deseo. Al fin y al cabo, mi madre consintió el comercio carnal con mi padre y hete que al mundo fue alumbrado un muchachito pequeño y díscolo, cabroncete ya en la edad provecta, pero razonable si se me explican las cosas con el debido argumentario. La quinta –o fue sexta– enfermera encontró a un hombre apreciativamente distinto. La compañía que las enviaba tuvo el mal gusto de entregarme una carta certificada en la que expresaba su disconformidad con mi excesivo grado de exigencia. Injustificado, según ellos. La esperé excitado. Parecía una cita. Incluso pensé que pudiera serlo. Me aseé con delicado esmero, me enfundé la bata más glamurosa y hasta recogí papeles, periódicos y trastos de andar por casa que afeaban la entradita, donde debía recibirla y darle el rutinario inventario de obligaciones, el clásico intercambio de protocolos. En esta reflexión, sonó el timbre. Fue un timbre a lo Haëndel: con abundancia de artificio, perlado de la trompetería más sublime, con pompa y abrumadora belleza. Siendo el mismo viejo timbre de siempre, el que principiaba los tediosos parlamentos con Eduardo o la acometida insidiosa de vendedores de enciclopedias o vecinas alarmadas por el volumen de la cadena de sonido, ahora era Haëndel o quizá Haydn o los dos en comandita en una gran sinfonía acuática que enardecía mi seco corazón de viejo ya un poco chocho y cada vez menos comprometido con las convenciones sociales. Un trino limpio me llevó a la puerta. Abrí. La fiebre va y viene. La espalda me está devastando el entusiasmo. Albergo tétricas conclusiones sobre lo que me espera tras la puerta. Abrí, he dicho. Un hombre alto y rubio como la cerveza me alargó una mano cuidada y escasamente huesuda. Olía a caros aceites de coco como los que usaba mi idolatrada madre y desplegaba una de esas sonrisas de gladiador invicto de las estupendas películas a lo Cecil B. de Mille. Ahí supe que mis achaques podían tener freno". 

Del terco mal

 Está cada vez más difícil la ingenuidad, lo digo con la que me queda. Porque podría haber sido más estricto y cancelarla tajantemente. Y entonces haber escrito: no existe la ingenuidad, ni yo, tan ingenuo muchas veces, guardo alguna. Ya no prospera esa construcción sentimental, la de la inocencia, esa cándida traducción de la realidad, retirando de su nomenclatura lo áspero, lo que contiene el veneno de la maldad, que sigue cautivando, ganando adeptos, quién sabrá el porqué de esa inclinación bastarda. Estaría bien saber qué sucede para que lo puro se contamine o, dicho de una forma menos poética, caigamos en la pendencia, en la maledicencia, en todo lo que arrima mal al mal. Y lo hay a espuertas. Mal adrede y sin propósito, mal sucio y obstinado. No hay día en que no se asista a su comparecencia. Se persona con rigor y enjundia antigua: ha tenido con qué cubrirse de gloria, enseñoreándose sin pudor, encantado de sí mismo. Es terco el mal: no tiene descanso, parece que muriera si le diera por pararse. El mal es incansable. Hay quien se va de este mundo sin que el espíritu busque su acomodo más estable, el que nos despedirá de vivir. A la gente que no tiene donde caerse muerta le da igual donde morirse. Toda esa gente zafia hace al mundo zafio. Son incansables los zafios, tercos, sucios, obstinados. Son los patanes de siempre, los chabacanos, los groseros, los cazurros, los vulgares, los burdos, los cerriles, los mostrencos, los toscos, los inciviles, los brutos. Son los ciegos, los ignorantes, los insensibles, los satisfechos de sí mismos, los abastecidos de vanidad, los conjurados, los que no tienen respeto ni educación ni consideración de que esas formas de la civilización (el respeto, la educación) sean algo que les concierna. Son los malos conocidos. Los vemos sin que a veces podamos evitarlo. Ocupan la calle, acaparan los informativos, tienen quien los escuche, atraen a piezas de su misma cabaña de reses ciegas y sordas y hasta violentas si se les increpa o recrimina, de su misma calaña moderna. Tienen nombre. Conocemos esos nombres. Sabemos qué timbre de voz tienen, el modo en que saludan o en el que se sonríen, malsana esa sonrisa, por supuesto.

No sabemos cómo preservarnos de su malsano influjo, han hecho piña entre ellos, se conocen, se reúnen para ponerse al día en pasquines y en insultos, en sus pocos o ausentes escrúpulos. Su revolución es tangible, está sobredimensionándose, se le da púlpito desde el que oficiar su arenga casposa, malsana, podrida. Sus discursos hieden, sus formas escandalizan, hasta les delata su aspecto, aunque puedan pasar desapercibidos en ocasiones, pero basta que abran la boca para advertir la catadura moral. Repugnan al argumentar, atufan el aire con sus manifestaciones. Aúllan, graznan, rebuznan. Su vocabulario es fangoso. No es que no entiendan lo que dicen, es peor: saben cómo herir, están puliendo su barbarie. Están aprovechando la mediocridad para que la mediocridad triunfe. Se están convirtiendo en plaga, devoran con saña las cosechas, hacen páramo yerto la tierra fértil. Algunos, los menos agasajados por la inteligencia, se embebecen cuando los escuchan: aprecian el discurso sañudo, las palabras hirientes, la sangre del verbo. Cuando no se aman, se comen entre ellos. Desconocen la lealtad, no fueron instruidos para inculcar en los suyos un mínimo sentido de la dignidad: esa nomenclatura les es por completo ajena, la desprecian. Ni dioses tienen, aunque los nombren y les tengan sus rezos. Son los nuevos bárbaros, son el estigma de una enfermedad antigua a la que el hombre todavía no ha puesto remedio. Continúan su cruzada porque el mensaje que blanden es extremo y al público, en el simulacro de una audiencia, le place que se le agite y se piense por ellos. Pensar es una actividad de riesgo: ellos son obstinados mercenarios de una batalla que únicamente ellos advierten. Contra ellos solo cabe la inteligencia, esa herramienta a la que ellos mismos (los de la pendencia, los bárbaros, los ciegos) dan la mayor de sus atenciones, pues llegan a comprender que el manejo que haga de ella sus enemigos podría dañarlos. Para que sus huestes no se apropien de ella censuran su concurso en cuanto pueden. Les falta quemar libros. Son todos ellos la exaltación de las más oscuras intenciones, las más turbias, como cantaba Serrat. Llegaron a ser lo que son por descuido familiar o por pereza vecinal. No fueron reprendidos cuando exhibieron sus primeras inclinaciones bastardas. No sabemos a quién sirven cuando alzan las banderas, son sicarios del mal, siembran calumnias, tienen doble vida, mienten con naturalidad, gastan más de lo que tienen, hacen listas negras, fanfarronean a ver quién la tiene más grande, juegan con cosas que no tienen repuesto y culpan al otro si algo sale mal, continúo citando al poeta. Con todo, siguen en primera línea, se les ve pavonearse en cuanto tienen ocasión, agreden con naturalidad, hurtan sin rubor, besan sin permiso, mienten por principio, comulgan en familia con la hostia bendita de la verdad, pero basta darles un minuto de conversación para comprobar que no son como nosotros, los educados, los que deseamos no faltar a nadie sin motivo. Porque de vez en cuando hay que arremangarse y cantarle las cuarenta a quien nos hace el mal. Tenemos con qué hacerlo, no somos livianos en las réplicas, hemos leído mucho, hemos aprendido a conversar, se nos ha vestido con los primores de las telas más nobles, pero hay veces en que dan ganas de ponernos a su altura, Dios no lo quiera, acudir a la barbarie, dejar sentado que hay sitios por los que no pueden pasar, caminos reservados a la concordia y a la convivencia limpia entre iguales, pero serán estériles los argumentos, nos cortarán a la primera, elevarán el volumen de las palabras, confiarán en que las dimensiones del ruido atenúen las de la cordura. Y quién sabe si volveremos a ser buenos, si es que alguna vez lo fuimos.

11.4.26

Breviario de vidas excéntricas / 37 / Juan Diego de Villarroel



 Debemos a Juan Diego de Villarroel que haya gongoristas en Hannover, en Montevideo, en Villafranca de Córdoba, en Samarcanda o en la Polinesia. Su influencia es indiscutible y nuestra gratitud, infinita. El gongorismo está extendido, ha hecho residencia en los confines del mundo. Es, dicen los modernos, viral. Transciende su discurso y hace que otros géneros lo tomen como propio e incorporen al corpus teórico de sus materias. Pronto, si no ya, el gongorismo será una iglesia, tendrá fieles, recitarán "Las soledades", saldrán los privilegiados de ese festín del verbo extasiados y buscarán pendencia lírica con adeptos al conceptismo. Es la nueva contienda de los credos. Dios sabrá perdonar al blasfemo. Sangre en las cofradías de la metáfora, luto en los templos de la lírica: marcas de un tiempo convulso, signos de un sentir popular. Hay autobuses fletados para que los iniciados visiten la casa del poeta. Aquí escribió lo de "Mientras Corinto, en lágrimas deshecho..." . Aquí Felipe III le nombró capellán real en 1617. Este es el cortijo en la Sierra de Córdoba donde se retiraba en verano para urdir su obra infinita. Habrá concursos espontáneos en los que los más atrevidos recitarán la fábula de Píramo y Tisbe, enfatizando con delicada dicción la parte en que los amantes babilónicos expresan  con más alambicado ardor sus infortunios y quebrantos. Un gongorista profesional, por la complejidad de su empresa, incurre en ligerezas métricas, columbra las palabras, las tantea, cree dar con ellas, las abraza con entusiasmo y finalmente las rehusa; no por ello se abate ni el desaliento lo devasta: bien al contrario, se crece, iza su don hacia cielos más altos, anhela que el numen lo visite con mayor vehemencia. 


Juan Diego de Villarroel fue gongorista temprano. Su precocidad provenía de un tío suyo que decía ver al mismo Góngora en sueños. Aparecía con colmo de aparato sintáctico y léxico. Le susurraba al oído los claros goces del lenguaje, la indiscutible majestad de las metáforas. El tío, envarado, temblaba en la cama. Sudaba, se agitaba, daba signos de que el alma se le iba del cuerpo. Al despertar, se apresuraba a registrar los versos confiados en el sueño. Como Milton con su rosa. Como los débiles cuando la valentía los hace heroicos y salvan a la damisela a la que el dragón está a punto de convertir en ceniza. Al devenir de los años,  Juan Diego se convirtió en un Góngora hipotético, en un Góngora simultáneo o posterior al Góngora primigenio, no sabría ahora bien cómo hacer que se entienda el hecho fundamental de que el poeta Juan Diego de Villarroel era, a fuer de perseverante, por obra o milagro del estro invisible de las cosas, por adherencia de la sustancia más honda del corazón poético, el mismísimo don Luis de Góngora y Argote. Festejado en juegos florales provinciales, agasajado con alguna mención de campanillas en certámenes regionales, su fama alcanzó la opulencia de la corte capitalina cuando declamó la obra completa del genio cordobés sin omitir un hipérbaton o caer en desgracia al titubear en la fonética de los versos de  más áspera nomenclatura. Los prebostes municipales habían descubierto un titán de la poesía. Tenemos un diamante sin bruñir, démosle casa en nuestra casa, hagamos que brille, decían. Ahí Juan Diego rivalizaba en genio con el Príncipe de las poetas, según registra Marcelino Menéndez Pelayo, matizando que es en sus primeros trabajos donde el vate original, no el sobrevenido, accede al culmen, a la perfección que le adjudicamos. Tal era la pulcritud y acendrado oficio de Juan Diego de Villarroel en el arte de la escritura y posterior declamación de sus bien pulidos versos que prosperó la moda del gongorismo. Un quiste en las cuerdas vocales apartó a Juan Diego de la misión de difundir la palabra de Góngora y, sin hacer ascos, la suya propia. Una vez le regresó el timbre, el tono y  la iluminación lírica en el entramado de las palabras, nada fue como antes: no había dulzura en el empaste de las cesuras, no se escuchaba al viento cortejar un risco cuando clausuraba la lectura de alguno de esos maravillosos sonetos bucólicos. Aunque a fe mía que ni el dulce Arión ni el sabio Palinuro, allá donde moren su eternas vigilias, impedirán que la providencia restablezca el candor en su voz y pueda  retornar el gongorismo al preclaro lugar que le corresponde y el gongorismo alcanzará cotas de brillantez inéditas. 

9.4.26

Breviario de vidas excéntricas / 35 / Lucas Piedrahita

 

Qué hermoso acto entrar en el Catastro Municipal o en la Iglesia de San Alberto Magno o en el local de la Asociación de Minusválidos de Guerra con una cuchara en la mano, llevarla de la mano izquierda a la derecha, acariciarla apreciativamente, ver a la señora Peláez, al señor Bermúdez, al joven poeta laureado Cástor Villacisneros, autor de perlas del arte de enganchar versos, mirar la cuchara confiada a los dedos, una o dos veces, intensamente, como en trance, pero nadie dice una palabra o hablan distraídamente de otras cosas y se despiden con aprendida cortesía. Escuchar a Glorita Luján comenzar una conversación sobre el fin de semana tan estupendo que ha pasado con un novio reciente al que le encanta la doma ecuestre y los sellos magiares de principios del siglo XX, pero Glorita no ha recalado en la cuchara, anda embobada con su novio jinete, con su novio filatélico, y no recala en la cuchara, que está en mi mano derecha como un postizo de metal muy brillante, derramada dedos abajo, formando un todo inútil. La mano. La cuchara. Glorita. El miedo a que nadie preste atención a mi cuchara. Podría estar el día entero con ella en la mano. Sujetarla con los dientes. Visitar a mamá. Decirle qué bien cocinas la carrillada, las setas, el arroz con bogavante. Ir a la boda de Luisa Fernanda, la que izó mi novata hombría al olimpo de los espasmos en el verano de los quince años. Acudir más tarde al convite, no soltar en ningún momento la cuchara. Departir con Juanito Alcántara sobre el principio de incertidumbre de Heisenberg, sobre la soledad de los ancianos en las residencias, sobre la noche estrellada de Van Gogh. Cambiar la cuchara de mano de cuando en cuando. Primero una vez cada hora o cada cinco minutos o incesantemente. Como en trance. Como un ejercicio malabar invisible. El primo Severo no se agacha si se cae. Por gordo, por perro, por ciego, por sordo. Me la devuelve con una sonrisa. Ten, tu cuchara, primo Lucas. Los Piedrahita somos así desde hace siglos. Nuestro escudo heráldico es barroco y hechiza a quien lo mira. Es hermoso este día con mi cuchara en mi mano izquierda. Con mi cuchara en mi mano derecha. Si hubiese elegido un cuchillo, me habrían cercado. Todo se habría conducido más trágicamente. A lo mejor, es una conjetura verosímil visto el decurso de los acontecimientos, la cuchara no existe y es una invención de mi ocio. Llegado el momento de deshacerme de la cuchara, si es que alguna encontrara, la dejaría caer con mansa complacencia. Con mimo casi. Ha sido un día muy bonito. Mamá me mira. Se acerca.


- Hijo, ya no veo la cuchara que has llevado todo el día.Todo lo acabas perdiendo.

En la semana del libro / 1

  Hay muchas maneras de animar a leer, pero ya no es únicamente la importancia de la lectura, sino el hecho mismo del libro. También habría ...