25.2.26

Palabra de conejo

 



 Escribo porque soy un conejo. A veces me da por imaginar que no soy Emilio Calvo de Mora Villar. Imaginar que no tengo La isla del tesoro en una edición muy vieja. Ni mujer, ni hijos. Ni el recuerdo de mi abuela en una playa en Fuengirola en 1977. Ni alergia al polen del olivo. Ni  A veces está bien olvidar qué somos y andar un día por el mundo sin nada que nos vincule a él. 


Cuando escribo soy un conejo, el Señor Conejo. Voy de campo en campo, olfateo, sobre todo olfateo, muevo la nariz como la movieron mis antepasados en los tiempos remotos de los conejos. Siendo conejo he desarrollado enormemente el sentido del olfato. Donde otros aguzan la vista, donde se esmeran en sublimar el gusto, yo he puesto toda mi sangre en el crecimiento de mi olfato; está grande mi olfato, estoy satisfecho de cómo funciona, así que salgo al campo, mis patitas dando saltitos, mi nariz feliz, mi cuerpo entero brincando como un insecto entre las flores, olisqueo sin parar, muevo los bigotes, nunca flaqueo ni me arredro, no he podido hacerlo, por más que se me haya ocurrido contravenir la naturaleza de mi condición animal. Son cosas de conejos, imagino. 


Las mujeres de Wichita Falls o de las de Congosto de Baldavia tendrán también las suyas, no conozco una sola mujer nativa de Wichita Falls y sólo una de Congosto de Baldavia. Se llamaría Julia o ahora decido que se debió llamarse Julia y tengo idea de que almorzábamos juntos en un bar antes de volver al colegio. Cabe la posibilidad de que alguna vez me haya cruzado con ella, tantos años después en las avenidas de Madrid o en algún diseminado de la costa de Cádiz, pero de qué hablaríamos, no sé si habría podido decirle nada, contarle la historia de mi vida, la real y la fabulada, la de conejo, la breve historia del insomnio, del bigote, del vértigo, del sonido que hace mi cuerpecito cuando se me cruza una zanahoria o el zumbido constante que enhebra el aire cuando escapo de los cazadores. 


No sé si debería hablar ahora de las zanahorias o más tarde. Sobre la superficie herida de la zanahoria voy rindiendo diente a diente toda mi nerviosa boca. Luego, trémula, mi boca es otra cosa, pero no boca, no sé, será brocal de un pozo o será el centro de una galaxia de la que solo sabemos que está agonizando. Sé que me espera el manjar: cuanto más me espera, más intenso es el placer y más me determino a dilatarlo. Si vuelvo a mi condición humana no recuerdo nada de mi vida como conejo, no sé nada de mi promiscuidad de conejo, vuelvo a la mesura, escribo distraídamente en un banco de un parque, observo una iglesia, muy a lo lejos. La gente entra con respeto, entran animosamente, creo que luego Dios los amonesta, secretamente los amonesta. Él sabe que amo el verdor de la tierra, la lujuria de la hierba cuando se yergue, agradecida.  


A veces los pájaros acuden si los llamo, vienen en bandadas, se atropellan en el alféizar de la ventana, miran qué hago, observan los libros encima de la mesa, parece incluso que escuchan a Wagner invadiendo Polonia, pero en realidad no hay trama más allá de la impresión poética, no acuden si los llamo, están convidados por el azar, están sin que yo intermedie en ese prodigio. En otro modo de entenderlo todo, nosotros somos como pájaros, acudimos si nos llaman, vamos en tropel, nos atropellamos sin concierto, observamos qué hay detrás, si la cosecha o tan solo la semilla, si el final severo o el entusiasta acto de inicio. Solo importa la trama, nos importa construir la memoria, tenerla a mano, conferirle el rango de libro y abrirlo en cuanto se nos ocurra, consultar, ver qué podemos hacer para que no sintamos el peso del mundo, que no es amor, hace tiempo que no es amor, qué va a ser amor, lo fue, estuvo ahí el amor, codiciando amantes, copulando sin brida al modo en que lo hace la lluvia cuando lame el aire, invisible, puro, gozoso y alto. 


Hoy miércoles veinticinco de febrero de dos mil veintiséis a las siete y dos minutos de la mañana escribí porque soy un conejo. A veces me da por imaginar que no soy Emilio, no tengo el ideal de la justicia, no comparto con los otros la alegría que en ocasiones me ocupa el pecho: soy un conejo, el señor conejo, voy de campo en campo, olfateo, sobre todo olfateo, muevo la nariz como la movieron mis antepasados en los tiempos remotos de los conejos. 


Dios censura, es un catón, es un terrible ojo imposible. Pensó: haré conejos, pero los conejos no tenemos moral, no sentimos el peso del mundo, solo olfateamos, fornicamos, entendemos el mundo según lata el corazón más o menos aprisa. Pensó: haré la fiebre del hambre, haré la zanahoria. 


La vida como conejo tiene sus ventajas: no nos escandalizan los asuntos habituales, solo nos concierne la procreación, no se puede pensar en otra cosa, solo olfateamos, oteamos, nos encaramamos a la hembra y la cubrimos, porque cubrir es un verbo manso: cubrir es el verbo más importante del diccionario, uno cubre lo que puede, cubre sin apuro, un poco también desinteresadamente, sin caer en la cuenta de que se está cerrando un ciclo o de que se está abriendo. Sin pensar en la continuidad de la especie o pensando únicamente en ella. Como un conjurado. Como un elegido entre los elegidos para que la especie prospere, se expanda, alcance el infinito, el corazón de la galaxia. 


El hombre tampoco razona estos brincos del alma. Yo no estoy hecho para llevar registro de todo lo que me sucede, quizá un apunte, un breve comentario, dejar constancia del prodigio del vino en la boca, sentir la brutalidad de las horas cuando la resaca te pasa por lo alto. El conejo ya no bebe como antes, escribe más, pero bebe menos, me cruzo con él, lo saludo, no parece conejo, no debe parecer conejo, siendo conejo no tendría los beneficios de ser hombre. Yo soy hombre, soy conejo, olfateo, copulo. En la cópula se quintaesencia toda la prosa del conejo, el estilo barroco, el estilo ampuloso, las florituras del abrazo promiscuo, la verdad de la carne, el vuelo, el asalto al verbo, la certeza de que las palabras me abandonan, no es posible aprehenderlas enteramente, se escurren, no se avienen a que las sometas, duelen incluso, tiene que haber un pie o dos pies o todos los pies en el cuello del adjetivo, no hay que mimarlo, no hay que pensar en que el adjetivo está ahí porque nosotros lo hemos llamado, como si fuese un pájaro, y no acude si le llamamos.


 Ahora estoy buscando un sentido a lo que digo y solo encuentro vértigo, el vértigo expandido. Las palabras del conejo yendo y viniendo por mi boca, el sexo fugaz, la obra completa de Mozart en un montón de cedés, la obra completa de Benito Pérez Galdós en una caja  o en dos o en tres, en un trastero, debajo de la cama de un registrador de la propiedad sin hijos, sin otra afición que la numismática magiar y el blues de Chicago.


 Mi hijo estudiaba alemán, no sé cómo se dice conejo en alemán, no sé alemán, quizá sea tarde, no estoy por la labor, no sé a qué labor afiliarme, con cuál excederme, hace falta excederse, ver que se duele uno, apreciar el dolor, sale el texto del dolor mismo, si no hay sufrimiento no puedes ser escritor, no hay literatura, no hay bigote moviéndose, excitado, escribes para cualquier cosa, pero no se te considera oficio, no entra en lo razonable que escribas porque no es posible eludir esa responsabilidad contigo mismo. El lector se involucra, se afana a veces en entrar, pero la literatura está en otro lado, no en lo que registras, en el cuerpo orgánico del texto, en el conejo abatiendo a mordiscos la zanahoria, como si no tuviese otro cometido, como si eso que le encomendara lo aturdiese y no le dejara que la sangre fluyese por dentro. Como nube que se desdice a poco que un viento la agita.


La sangre es el texto también, uno es la sangre de la herida. En la herida se intuye un aviso del texto que está por venir. Algunos escribimos antes de la dentellada, no podemos esperar, por qué habría de hacerse, nos falta la paciencia para ofrecer el texto una vez que el diente ha hecho cuartel en la carne, y ella libra entonces una batalla más alta, de más noble fuste, y el conejo se encoge de hombros, se sienta en la sala de espera, mira a un lado, a otro, espera que lo entiendan, pero a los conejos no se les ve nunca como realmente son, es una pena ser solo conejo o ser solo Walt Whitman.  Lo de contener multitudes pregonado por Whitman ya no tiene sentido. Anhelaba el poeta tener en sí a cualquier hombre, respirar "el aire común que baña la tierra" en cada inspiración a la que se entregaran, humildes, infinitos, sus pulmones. Ya no queremos ser muchos, no hay manera de inclinar al ánimo para que todos comparezca toda esa humanidad y den de sí el desempeño que antojadizamente se espera de ellos en el pecho y en el corazón de uno solo de ellos. Habrá un Whitman Conejo, un claro prócer de la especie. Hace tiempo que perdí el interés en Whitman, aunque me abdujo (empleo la construcción verbal con absoluta honradez) durante un tiempo. Vi en ese hombre con voluntad de tierra y de aire y de fuego una especie de deidad laica, un sacerdote sin altar ni evangelios que contar a los feligreses. Como un animal de pronto sublimado, izado, metafísico. 


Tendríamos que ser solo eco, más allá de la voz, por encima de la sangre incluso, apartando la memoria, ser solo eco, el eco libertino nuevamente enarbolando banderas de placer en el aire recién libado, el aire convertido en luz misma, la luz mecida después por el eco, reverberándose, convocando el secreto numen de las cosas, pero ah, Emilio, estás saliendo del territorio del conejo, lo estás abandonando, no será posible después el ayuntamiento con su causa, morirá en un rincón. 


Abandonado el conejo, vendrá el cáncer, se lo comerá entero, no habrá un resto. El conejo será venerado, edificarán iglesias, la gran iglesia del conejo, tocarán fugas de Bach, leerán Hojas de hierba, se escucharán desde lejos los versos, la melodía,, incomodarán a los que no entienden qué lujuria los preñó. La carne librará entonces otra batalla más alta todavía, la voz se convierte en salmo. 


El alma del conejo se retira a contemplar su obra, en realidad no es preciso velar durante toda la noche al conejo. Tuvo una vida admirable, un conejo feliz, el conejo al que los cuentos cortejan, en el que se observa la rotunda armonía del cosmos. No sé si los conejos tendremos dioses a los que adorar, si habrá un conejo plenipotenciario, uno al que agradecer el olfato o las zanahorias o las coyundas en mitad de la noche.


 Oh, gracias, tú provees, tú cuentas los días y cuentas las noches. No hay muchos animales en los que advertir esta evidencia de orden metafísico, ningún fabulista ha logrado hacer converger en un animal la filosofía antigua y la new age moderna, toda la sabiduría de los próceres del alma y toda la mierda patrocinada por los bancos, pero el mundo sigue, ah, amigos, hemos estado aquí, mirando al conejo, observando cómo se arruga el gesto, aceptando que la vida es siempre una aventura involuntaria, he aquí al héroe, se agolpan en la puerta todas las amantes, vibran en escorzo, cimbrean la cintura, arquean el torso, ponen el alma en cada acometida de la sangre.


 Yo soy topológica y ontológicamente conejo y olfateo y devoro zanahorias y me uno a la comunidad estelar de conejos cuyo cometido insobornable es el de avivar la llama de la especie, así que tengo más hijos que San Luis, aunque no se magnifique la liza ni haya enemigos a los que abatir:  está la cópula, en la cópula se quintaesencia toda la prosa del  conejo, incluso su mísera en ocasiones existencia; está el estilo barroco, el  ampuloso, el vuelo, el asalto al verbo, la certeza de que las palabras van y vienen, a su antojadizo capricho, y uno tiene que estar atento y cazarlas, darles un bocado, creer que son zanahorias en un campo verde nada más despuntar el día, no es posible aprehenderlas enteramente, se escurren, no se avienen a que las sometas, tiene que haber un pie en el cuello del adjetivo, cien pies, no hay que mimarlo, no hay que pensar que el adjetivo está ahí porque nosotros lo hemos llamado, como si fuese un pájaro, no acude si le llamamos, estoy buscando un sentido a lo que digo y solo encuentro vértigo, el vértigo expandido, las palabras del conejo yendo y viniendo por mi boca, el sexo fugaz, la obra completa de Haydn en un montón de cedés, la obra completa de Azorín en una caja o en dos o en tres, en un trastero, cerca de la bicicleta de mi hijo, que estudiaba alemán y llegaba a casa a la anochecida. Hace de tiempo que no escribo eso, con el vocabulario recién adquirido, ensayando la fonética áspera del idioma y escribiendo en una libreta las grafías largas. 


He dejado el libro en la mesa y me he asomado a ver la calle. Es temprano. Estaba sola Alicia y no tiene quién le muestre el camino, la oigo pedir ayuda, sé que está sola, pienso si podría decirle cómo volver, pero no encuentro el modo, suelen pasar estas cosas, uno cree que la trama de la historia que está leyendo se impregna de la trama de la realidad y cree también que la cosa obra a la reversa y la historia leída tiene algo salido de la realidad, algo obsceno, algo lírico, algo inocente, no siempre a la vez, ni siquiera esas cosas acometiendo su ingreso en orden, cuidando de no hacer ruido muy a pesar mío, me convenzo de que podré asistir a su desquiciamiento o de que estaré en primera fila cuando caiga y cuando se incorpore, pero no más, porque la literatura es un espectáculo para voyeurs cobardes, no permite que metas la mano o te deja, sí, es posible que te deje, pero de una manera tangencial, sin que exista un verdadero roce. He ahí a las amantes, se agolpan en la puerta, ponen el alma en cada acometida de la sangre, todas aseguran llevar en su vientre el fruto de la salvación, la semilla pura y dulcísima, algunos conejos escribimos antes de la dentellada, no podemos esperar, nos falta la paciencia para ofrecer el texto una vez que el diente ha hecho cuartel en la carne, la carne libra entonces una batalla más alta, de más noble fuste, el conejo se encoge de hombros, se sienta en la sala de espera, mira cuidadosamente a un lado y  a otro, espera que lo entiendan, pero a los conejos no se les ve nunca como realmente son, es una pena ser sólo conejo o ser solo Walt  Whitman, ser solo eco, más allá de la voz, por encima de la sangre incluso, apartando la memoria, ser solo eco, el eco libertino nuevamente izando banderas de placer en el aire recién libado, el aire convertido en luz misma, la luz mecida después por el eco, reverberándose, convocando el secreto numen de las cosas, pero ah, Emilio, estás saliendo del territorio del conejo, lo estás abandonando, no será posible después el ayuntamiento con su causa, morirá en un rincón. 


Me pregunto si Walt Whitman, el alto y claro y hermoso Walt, ese valladar de la causa terrestre, supo en algún momento de su antropocéntrica existencia que en realidad era un conejo, el gran conejo barbudo al que más tarde acudirían miles de conejos a pedirle consejo o a que les recitara las hermosas inspiraciones que le susurraban la lluvia y el viento. Señor Whitman, díganos usted qué hacer, por dónde ir, dónde está la libertad, por qué huele tanto a zanahoria, luego vendrá el cáncer, se lo comerá entero, no quedará nada, no habrá un resto, ni zanahoria, ni conejo. El cáncer es no saber, responderá. El cáncer es la niebla que borra la luz, la sombra cuando no se tiene propiedad de la sangre. 

23.2.26

John Ford, John Ford y John Ford

 La mayor parte del agua que John Huston bebió en su vida estaba destilada y se llamaba Canadian ClubJohnnie Walker Jim Beam. No extraña que los genios de la publicidad le reclamaran que aportase su cara de crápula guasón en campañas de esas marcas. Supongo que de haber estado vivo su buen amigo Humphrey Bogart habrían hecho una pareja imbatible en el peligroso oficio de amontonar botellas vacías de whisky bueno. A falta de Bogey, bueno es Hopper, debió pensar Huston. De Ford se sabe que jamás bebía en los rodajes, dejando la ingesta alocada de whisky para la intimidad. Era, lo leí hace tiempo, "un alcohólico con buena conciencia". Debió haber entendido como pocos la ceremonia de las tabernas, el rito de abrir una botella y llenar unos buenos vasos. Sus westerns están rociados de whisky y de balas, de amor por la vida y sobre todo de pasión por la épica. Ya no épica o la hay de un modo que detestarían estos tres nobles difuntos. El corazón irlandés de Ford (el decimotercer hijo de una pareja de emigrantes establecida en Maine) debió mandar a paseo a la excéntrica visita, pero en lugar de eso los metió en su cama y permitió que Victor Skrebneski, el fotógrafo con el que venían de realizar los anuncios para Jim Beam, fijara ese instante imprescindible en la memorabilia de todo buen cinéfilo. Cuenta Dennis Hopper que John Huston le dijo al maestro que tenían el permiso de su esposa para que pudiera levantarse, sentarse en su silla de ruedas  y hacerse una fotografía en fuera de la casa, en un lugar más exhibible. Ford, achispado por el olor del whisky, les dijo que carecían de sentido del drama. Que si lo tuvieran se harían la foto en la cama. John Ford ya no salió de esa casa, en Palm Springs, California. Murió dos años más tarde. No tengo ni idea dónde están enterrados los improvisados amigos del whisky que le visitaron ese día, pero sí sé dónde está John Ford ahora mismo. Está en Monument Valley. En ese territorio mítico filmó La diligencia, Fort Apache, La legión invencible y, sobre todo, Centauros del desiertoJohn Wayne, al que hizo irlandés en El hombre tranquilo, también debe estar allí, entre los monolitos de piedra roja (mittens), en la verdadera tierra prometida.


posdata dos: Lo de John Ford, John Ford y John Ford fue lo que dijo Orson Welles cuando le preguntaron qué tres directores clásicos le habían marcado. Acababa de filmar Ciudadano Kane.







22.2.26

Los amargados

 

Hay quienes no sabe vivir sin tener algo que les contraríe. Parecen crecidos si la adversidad viene contra ellos. Dan hasta la impresión de que ese estado es el natural que les corresponde o que ningún otro convendría para que vivir les merezca verdaderamente la pena. Conjurados a no endulzar las facciones, determinados a exhibir su parte tosca, se desenvuelven con absoluta convicción en lo que hacen, en sus maquinaciones dañinas, en su encabronamiento orgánico. Porque es seguro que tendrán las vísceras secas, cuando no muertas. Se colige que murieron y que lo que percibimos por los sentidos es la comparecencia de un fantasma, aunque tosa y huela a sudor o pueda caer si se le empuja o empujarnos y que nos demos de bruces contra el suelo.

En cuanto los astros se confabulan a su favor, si es que tal cosa es factible, adquieren una grisura que se percibe a poco que se les conceda un fortuito saludo o concurra una conversación, de la que es mejor rehuir y no caer en los buenos modales, los que se conceden sin pensar, los naturales y esperados. A pesar de que la buena educación nos configure a quienes los tratamos un rostro presentable, en nada hosco, podría tener gesto de gárgola: tal es el veneno que contienen, ese es el contagio previsible. Basta con escrutarles los ojos y ahí se percibe la podredumbre de su espíritu, la costra de moho que ocupa el aire que les circunda, la nula capacidad de obrar para que el bien acuda y lo cubra de la gracia del vivir sencillo o de la alegría más rudimentaria, la del buenos días, que vaya bien la mañana o me alegro de verle, ese tipo de protocolos del civismo. No sabe uno qué hacer cuando se topa con ellos en la calle y algo nos apremia a que se les haga aprecio. Si pasar de largo y evitar en lo que se puede el intercambio de cualquier indicio de charla.

Asombra que hayan tenido amigos o que todavía cuenten con alguno. Que tengan esposa o marido. Serán, en todo caso, gente del mismo grosero calado, de los que se jalean estruendosamente las bromas y avivan el fuego de las puyas, no vaya a ser que no tengan con qué entretenerse y se encuentren solos, sin nadie a quien molestar. He ahí entonces el recurso sublime de esta estirpe de desencantados: se conminan a zaherirse en primera e inmediata persona, aplican en su pellejo el oficio antiguo de su desvarío y se enmohecen despacio. El cáncer de su mal genio hace casa en cada resuello de su alma y disfrutan eso que se dice sobre no aguantarse ni uno mismo. No hay consolación que los reintegre a la vida en sociedad. Es todo bruma y escombro, óxido y vacío. El escaso ánimo que surja cuando nos los topamos se deshace de inmediato. Se precisa únicamente que se les haga una pequeña apreciación para que la rebatan con furibundo encono. Lo bueno que paradójicamente les pase no prospera ni hace asiento. Esa bonanza del espíritu debe producirles una zozobra de la que tardan días en recuperarse. Una especie de sarpullido interno les crea una roña recia que desgracia la posible apostura que trajesen por herencia.

Es habitual que tengan allegados que, sin merecer el rango de amigos, los frecuenten, pero no alcanzan la intimidad precisada para que los sentimientos medren, se consoliden. La idea de una familia no les es ajena. Las hay de variada heráldica. Alguna les será más afín.

Estos amargados son gente caediza, levantisca, huidiza también. Se ignora la caída que los apartó de la concordia y la mesura, no interesando hurgar más de la cuenta en las razones del desquicio: es una pérdida absoluta de talento y de tiempo o de esfuerzo y de bondad. Poseen la admirable facultad de tenerse por razonables y estar incesantemente asistidos por una fortaleza moral inquebrantable. Ella es la que los patrocina y conforma, pero son limitados, cuando no abiertamente obtusos o tardos. Su nula empatía con el prójimo no les impide creerse interesantes. En ocasiones, agasajados por algún raro espasmo festivo, condescienden a rebajar o incluso cancelar la tirantez del gesto o la aspereza semántica y es un vivo espectáculo contemplar el resto de bonhomía, con su candidez al lomo, que no ha sido devastada por la mala leche.
No hay redención posible, ni piedad que pueda abrazarlos. En cuanto atisban que se les da un arrimo de afecto, se crecen en su solivianto y registran el perfil más dañino del que son capaces. Pareciera que rehúyen cualquier sentimentalismo. Enloquecerían si de pronto se percatasen de que se está bien en él, en su primavera de alegrías. Poco o nada dúctiles, prefieren morigerarse, continuar en sus trece, en su desabrimiento, enfangados en su destierro de las emociones. Puede considerarse que algo los desvió de la senda correcta, pero no se tiene ánimo para abrir esa puerta, no vaya a ser que el tufo se expanda y nos atrofie el olfato. En la muy improbable posibilidad de que el día nos pille con la filantropía a flor de piel y le escuchemos más de la cuenta, no hay que entusiasmarse, ni creer que ha habido un milagro y el ser emponzoñado ha encontrado vacuna para su ponzoña. No hay tal regreso.
Ríen con dificultad si algo de verdad les afloja la seriedad y brota de algún confín de su confinada alma la muy confinada risa. Su irritabilidad constante no condesciende a que algo la desgracie. Huelgan la afluencia del llanto, que es (a decir suyo) señal de algún tipo de debilidad del carácter que no matrimonia con su reciedumbre moral. Si ríen o lloran y no se ve fingimiento en esas dos evidencias puras de la emoción es posible albergar alguna esperanza. No se pierde ni se gana nada si se reintegran a la vida normal que nos desconcierta o que nos alboroza. Ellos van por un lado y nosotros, allá cada uno sepa en dónde inscribirse, vamos por otro. Si un día caes en su trampa y te descubres que es el asco lo primero que sale cuando hablas, tienes que preocuparte mucho. Siempre hay un principio para todo.

Tal vez ellos empezaron así: se torcieron en una nimiedad, se encabronaron con la más débil contrariedad y luego se vieron bien en esa posición combativa, en la trinchera de su malestar. Es mejor negar que asentir, debieron pensar. En el no se elude razonar. Que el mundo esté plagado de gente de este jaez explica muchas de las cosas con las que nos topamos a diario.

Habrá alguna causa que les hizo ser como son: alguna expectativa malograda, un trauma infantil, una familia desestructurada… Pero no hay que ahondar en los motivos. Puede ser cualquier cosa lo que espoleó su aflicción. Entra en lo posible que ni siquiera sepan que ese mal los está carcomiendo. No ven la pena, esa tristeza que los rompe, el desconsuelo, la pesadumbre. Proceden con absoluto desparpajo. No se arredran, nunca flaquean. Ni el amor, cuando los lancea, hace que la acritud se desactive. Porque es un mecanismo lo que los mueve. Viene de fábrica. Podría pensarse que ya vinieron con esa marca y que se mueren con ella. Hay días en que das con uno de ellos. Con cada vez más frecuencia, los ves en televisión, hablan como si se les debiera algo, tienen el mando, escriben las noticias. Gobiernan el mundo.


20.2.26

Nadie está del todo solo / Los cuentos del agua / Fernando Molero Campos





 Probablemente haya una cara A y otra B, como en los discos de vinilo, en todo lo que hacemos, en la vida que llevamos, en la que esperamos. Esa partición, simbólica, evocadora, no siempre funciona. En ocasiones, la A, digamos la parte realista, la que se adhiere a un procedimiento cartesiano, se impregna de la B, la más dotada de una ficción sin compromiso con la realidad, que se deja convidar por lo fantástico (hasta por lo fantasmagórico) y por cierta tensión narrativa rayana en lo inverosímil, en lo que despertaría la incredulidad, bendita ella. Lo primero que llama la atención en el libro de cuentos que nos ha regalado Fernando Molero Campos es que esa escisión, dividir la colección de relatos en A y en B, dar esa arquitectura más topográfica que sentimental, no sea, pese a la contundencia de su propósito, verdaderamente fiable. Tampoco la vida arbitra compartimentos estancos, habitaciones en las que nada ajeno a ellos las habite: todo está imbricado, todo es una misma cosa, aunque nos agrade disponer de una serie de certezas y manejarlas como si fuesen axiomas, discursos taxativos, como una especie de normativa sobre el modo en que se supone que debemos vivir. La literatura, la de Fernando lo hace espléndidamente, permite que esas fronteras no sean sólidas y se nos permita, al leer, al permitir que otras vidas ocupen la atención de la nuestra, acceder a un estado de bienestar absoluto, uno en el que no nos importe qué es real, qué no. Esa es la primera conclusión después de haber leído (diré que degustado) "Nadie está del todo solo", el volumen de cuentos de un señor escritor como Fernando Molero Campos. 

Leer debería ser siempre esto. Está aquí el cuento tomado como un artefacto delicado, está atravesado de respeto hacia todos los cuentos, hacia la naturaleza promisoria del hecho capital de contar y de que lo contado cunda, permanezca, adquiere consistencia conforme lo leído cala, hasta que la misma realidad (doy fe de eso) remite a algo que se ha sabido no por ella, sino por el modo en que los cuentos la ofrecen. Eso hace, permitidme todos los elogios, esta sincera conversación conmigo mismo, este decir entusiasmado. De hecho, leyendo estos cuentos se me ha hecho recordar esa idea antigua, fundacional, en la que la lectura era una cancelación pura de la realidad y el sostenimiento vigoroso de una realidad alternativa, siempre deleitable. He usado adrede ese adjetivo: hay deleite en el obsequio que uno se da cuando comparece esa literatura, la posiblemente única verdadera, la que nos reconcilia con algo inherente a nuestra condición humana: el desear saber, el dejarnos contar, el aceptar que alguien tiene un don y hemos sido convocados a su comparecencia. Fernando lo tiene. Lleva toda la vida puliéndolo. Se advierte un cuidado en la sencilla (debe serlo) rendición de los acontecimientos que ocupan la trama de sus historias. 

Vamos a meternos en honduras. ¿Qué cuenta Fernando Molero Campos? ¿Sobre qué materia aplica su oficio? Hay una determinación temática que atraviesa todos los cuentos. He pensado que no es solo la soledad a la que alude el título. Nadie está del todo solo, es cierto. Es una buena manera de combatir la soledad, por minúscula que parezca, por inapreciable o incluso por devastadora, la que se manifiesta en esa declaración: siempre hay un resquicio, por ahí debe entrar la luz, como escribió Hemingway. Que todos estamos rotos se da por hecho. Que podemos atenuar la dureza de esa circunstancia o sublimarla hasta convertirla en un asidero o en un refugio dependerá de qué hagamos, de cómo nos avituallemos, de la reciedumbre del carácter o de la conformidad (hermosa a veces) con lo que hemos hecho con nuestra vida y las pocas (nulas también) ganas de que se debiera cambiar algo. Para qué, con qué propósito. Yo he visto una visión hedonista de la soledad en estos cuentos. La urdimbre de las tramas tiene suficientes evidencias de que el autor (generoso con sus personajes, a pesar de los obstáculos que les coloca en su camino) anhela sacarlos a flote, darles una oportunidad, aunque no siempre parezca que sea la que uno, al leer, desearía para sí. Es lo hermoso de la literatura: hacernos ser otros, cambiar el modo en que miramos, en que entendemos, en que somos. 

Hay cosas extraordinarias en los argumentos de todas las piezas de "Nadie está del todo solo". El anciano perdido en "El laberinto de espejos" no sabe que está entrando en la dimensión desconocida, en la memoria del tiempo, en su perseverancia, en (tal vez) su compasión. Porque el tiempo, protagonista relevante, aunque discreto, sutil, ocupa la atención del escritor y lo invita a que explique lo que probablemente ni él mismo sepa. No habrá que pedirle a Fernando Molero que hable sobre sus cuentos. Podrá hacer que comparezcan los motivos por los que se animó a escribirlos, el oficio a la hora de pulirlos, de censurarlos, de darles cuerpo, pero qué sabrá el autor sobre lo que está contando. Tampoco sabríamos dar una respuesta cabal si se nos preguntara sobre nosotros mismos, sobre qué hacemos aquí o el porqué de nuestras acciones. En "El teléfono rojo", tenemos un teléfono averiado que pone al que lo usa al habla con el pasado es un prodigio (sencillo, en el fondo, como deberían ser los prodigios), un emotivo homenaje al amor cuando el amor (por la ausencia de quien se ama) ha desaparecido. Voy a insistir en que la naturaleza fantástica de todos estos argumentos está construida con mimbres de una realidad cartesiana, manejable, conocida. Los personajes que aparecen en todos ellos son también sencillos, sin que esa aparente sencillez (no lo hay, de verdad que no lo hay) descuide un más que trabajado estudio de las emociones. Todo está gobernado con un pulso narrativo firme. Se sabe desde qué se empieza (cualquier cosa vale, el escritor puede desarrollar su historia desde la cosa más irrelevante) y cómo va a terminar. Ignoro, tendremos el autor y un servidor que hablar a ese respecto, si el nudo y el desenlace surgen porque la escritura los extrae a su antojadizo capricho o porque hubo un trabajo responsable, un traer las piezas precisas para que todo más tarde ensamble, fulja. 

No hay un cuento malo en esta colección. Muchos tienen premios concedidos y están aquí compilados. Todos exhiben una especie de musculatura apreciable. Se percibe a poco que el narrador (homodiegético, heterodiegético) se viene arriba y va comprobando (imagino que será así, yo lo he sentido algunas veces en algunos -pocos- cuentos que he escrito) que todo fluye, que funciona, que tiene futuro. Hace bien el autor en no concederse una voz omnísciente: cuando recurre a la tercera persona lo hace con pasmosa fijación en un personaje. Sucede invariablemente, pero ahora me da por recordar "Muñecas rusas", un cuento de matriovska y de venganzas rurales, escrito en un presente determinativamente trágico. Sucede en "La biblioteca del agua", creo que mi pieza favorita. No porque exhiba una escritura más depurada o porque su desenlace se haya fijado con más vigor en mi agradecida memoria, sino por la metáfora maravillosa del agua como creadora, del río como fuente y motor de la vida, como demiurgo, como inspiración. Tiene habilidad Fernando Molero en cerrar sus cuentos. Yo creo que imagina esa escena. Piensa en Esther, la mujer de Basilio, el escritor protagonista de "La biblioteca del agua", "sensual y perfumada como una diosa", aguardándolo en la cama para que la ame. Entonces la cabeza del escritor Molero Campos empieza a contarse la historia hacia atrás hasta que de pronto, será así, de improviso, da con un inicio. 

Qué cuidada es la escritura, qué español más limpio, añado ahora. No precisa frases largas, de esas que a mí tanto me gustan, ay. Los enunciados son a veces cortantes, no hay ninguna subordinación que exaspere. Todas esas emociones que hace vivir a sus personajes deben expresarse con contención. Si alargase las frases, si extendiese el roto que los hace padecer, la enfermedad con la que conviven, quizás se desmoronaría la credibilidad a la que se suele confiar la lectura. No hace falta, no obstante, creerse nada: hay que dejarse engañar, hay que esperar lo imposible. Que, en "Los breves encuentros", homenaje a la maravilla película de David Lean, dos enternecedores fantasmas enamorados se cojan de la mano para ver en un viejo cine abandonado las películas con las que vieron nacer (oh, hará cuánto) su amor. Que otro fantasma (se sabe que lo es, no hay intriga en eso) se deje habitar por las casas en las que permanece y en las que espera encontrar el calor humano del que adolece en el cuento "A quienes me habitan". Que alguien ("El escultor de golondrinas") no se inmute cuando la muerte lo cerca, lorquiana ella, por muchas razones, y se convierta, en su último acto, ala que festeja el vuelo, déjenme que me ponga poético. "Y para asombro de todos, fue, en el cielo, golondrina". Los personajes no buscan una épìca, sino un lugar en el mundo. A eso aspiran. 

 Siempre pensé que escribir un cuento consistía en no contarlo del todo, en no contar todo, en quedarse con cosas, en callar, en ir restando en lugar de aplicar continuamente una adición de circunstancias. Esa razón, otras habrá, hace que se paladeen estos cuentos también. Desprenden amor a la cuentística, al supremo recado de contar para que otros sepan. Hay amor a todos los cuentos que el autor ha leído. Tendrá el respeto requerido, doy fe de eso; tendrá hacia el invisible lector un respeto insobornable, el de alguien que maneja con amor los instrumentos de la literatura. Yo sé que el autor, hemos compartido lo suficiente como atreverme a decirlo, es un hombre de letras, de fotogramas, de cualquier cosa en la que haya algo que se cuente. Ahora el lector de esta reseña debe leer "Nadie está del todo solo" y dejar que cuente quien sabe. 

Y no puedo cerrar este escrito sin hacer mención a la portada, estupenda ella. La hace Carlos Arrabal Mantilla. Y el autor tiene el detalle de contarnos en la solapa interior quién es. Lo que más me gustó, aparte de la ilustración, es que en los libros que se ven en las baldas aparezca mi adorado "Watchmen". 



19.2.26

Jugar, morir

 


Fotografía: Haywood Magee


No dejamos nunca de jugar. Se confunden o se olvidan las reglas, pero persiste la naturaleza misma del juego, su creación de un mundo ajeno al mundo, la constatación de su hondura moral.

No dejando jamás de jugar evitamos, quizá sin conciencia, la fuga del niño. A pesar de que exhibamos indicios fiables de que abandonamos la infancia e ingresamos en lo más acendradamente adulto, tutelamos, con pudor, con afecto, al niño dentro. Lo extraemos de donde quiera que esté, nos afanamos en volver a considerar legítima su injerencia en nuestros actos, aunque flaqueemos y nos dé pudor esa súbita disposición del ánimo.
Jugamos a amar y a desamar. En esa condición un poco velada de puro juego, el amor no hiere aunque merme o se extinga. Tampoco es un mal recurso para sobrellevar el peso de los días el ir probando el amor y su contrario a modo de juego.

El juguete más recurrido es el corazón. Él arbitra los pasos, él se arroga la posibilidad de reiniciar o cancelar el juego.

No albergamos ansias de eternidad porque ningún juego dura para siempre.
Mientras jugamos distraemos el alma de asuntos que la dañan.

Jugar es, en todas las edades, un fantástico mecanismo de defensa, una trinchera confortable, un búnker contra los festines del miedo o de la soledad o del hastío.

En cierto modo, el arte es un espejo muy trabajado del juego. El cine es una extensión del juego. O la literatura.

La religión es el único juego en el que no tienes contrincante, el único en el que ignoras si los que juegan ganan o pierden.
Finaliza la película o concluye la lectura y regresamos, en ocasiones violentamente a la áspera realidad. Por eso aceptamos que el juego administre cierta parte de la vida. La otra, la seria, la que no juega, es normalmente la que nos enferma, la que más dolor causa. Jugamos para no pensar en la muerte.
Creemos que se estira la vida cuando no pensamos en que está transcurriendo. En la ignorancia, por más que los años se empecinen en decirnos lo contrarios, se vive mejor o, en todo caso, se vive más alegremente. En el fondo es a la alegría a la que inclinamos toda la balanza del espíritu. Ni Dios, ni la eternidad rivalizan con esa fe inquebrantable en la alegría, en que ella sabrá sacarnos de todos los agujeros, izarnos, ponernos bien arriba y darnos una patada (convencida, festiva) para que echemos a andar con el mismo o con mayor deseo incluso.
Uno resuelve envalentonarse, planea con esmero cómo avanzar sin que los obstáculos previstos malogren esa voluntad firme, pero concurren los nuevos, los que no se esperaba que acudieran. Da un paso al que otro lo sigue y aprecia el movimiento. Con sincera credulidad prosigue; con valentía, atento a lo que sale al paso,uno franquea las trabas, las aparta con fiereza, exhibe la mejor de las disposiciones y eleva la cumbre del día (que a veces es largo y pareciera que sólo anhela que decaigamos). Resuelve no flaquear, sí, acepta ese compromiso interior, pero es el juego el que obra a favor nuestro y consigue que no fracasemos.
La vida es un juego intermitente. No hay otra cosa que ahora se me ocurra. Vamos de una modalidad a otra, nos movemos con naturalidad de un tipo de juego a otro, cancelamos unas reglas y abrazamos otras nuevas, pero es jugar lo que hace que lata el corazón y queramos que mañana lata de nuevo y lata más fuerte. El amor es el juego más hermoso.
Quien no juega es el que acaba antes, el que se rinde, el que abdica, el que se retira, el que no permite que nada le sorprenda.

El juego es la victoria absoluta del asombro. Sin él, sin el asombro primario, el mundo ya se habría detenido hace tiempo. Nuestra cabeza se habría detenido hace tiempo. Nuestro corazón se habría detenido hace tiempo.

Van las horas persiguiéndose sin tregua y el mejor juego era el que no acababa nunca. Escribí esto en un poema que alguien hoy me ha hecho recordar. Me hizo pensar, mientras que lo leía, en lo hermoso que es el oficio que tengo, el trasegar a diario con los juegos de los niños.
Tal vez no dejemos nunca de ser niños, escribía no recuerdo qué cantautor en una canción de hace muchos años. No dejamos de serlo, sí, pero no permitimos que ese niño de adentro aflore. Gana el adulto, gana el bregado, no el inocente, por desgracia. No está bien la inocencia, nunca lo estuvo. Si estuviera, no habría guerras, nadie querría vencer a otro, no tendríamos que demostrar que somos mejores y que somos más listos o que merecemos más.

Jugar es morir y volver más tarde a morir de nuevo. Deberíamos tener la posibilidad de elegir quién nos mate, dónde perder, qué arma será que la satisfaga ese deseo privado. En los juegos uno muere las veces que convenga. Se teatraliza la muerte, se le impone una coreografía, se escribe un guion para que explique de nosotros mismos lo que tal vez no sabríamos explicar en vida. En cuanto se ha resuelto la escena, el muerto se pone en pie y, por paradójico que parezca, se reincorpora al juego. 

Los niños son Lázaro incansablemente. No sé la de veces que habré escenificado esa defunción interesada. El mejor día para morir era el sábado. Cuanto más sucio llegaban los pantalones a casa, más se había intimado con la muerte. La limpieza indicaba un sábado aburrido, uno en el que nadie me había disparado. Ni yo a nadie. Lo que todavía no he comprendido es ese amor incondicional a la muerte. No creo que sea únicamente el emular los roles trágicos de los héroes o de los villanos que veíamos en el cine o en la televisión. Hay algo sagrado en el juego, algo que no se entiende nunca del todo. 

17.2.26

Mingus Mingus Mingus

 



 Fotografía: Charles Mingus en el aeropuerto de Marsella, Francia, 19 de agosto de 1976 / Guy Le Querrec

Admiro a los músicos. Lo hago de un modo que no siempre expreso, me cohibe la sensación de estar siempre contando lo mismo, pero es invariable y aumenta conformo los conozco o entro en una pieza musical en la que un instrumento brilla de un modo admirable. Me fascina de ese oficio la posibilidad de expresar lo que las palabras no alcanzan. No hay otro lenguaje más universal, no se puede contar algo con más eficacia que traduciéndolo a música. Por eso me produce una intensa sensación de deuda el ver a Charles Mingus con su contrabajo en el portamaletas de cualquier aeropuerto del mundo. Deuda que crece cuando ves al músico tocar en directo, concentrado en extraer de ese objeto inerte la elocuencia de los dioses, la sutilidad de los poetas o la contundencia de los guerreros. Todo en la música evoca épica. Uno cree que no es necesario entender de pentagramas para disfrutarla, y probablemente sea así, pero lo digo porque no aprendí a tocar ningún instrumento y hay ocasiones en que lamento esa orfandad mía. Amigos que no la poseen o incluso algunos que viven de su ejercicio me repiten lo insostenible de mi argumento y me espolean a que entre en un conservatorio y empiece a formarme. Ahora es un adverbio más untado de esperanza que mañana, podrían decirme. No entro, sin embargo, en esa recomendación. Me conformo con seguir amando la música como lo hago, sabiendo que Charles Mingus, Bill Evans, Miles Davis, Van Morrison, Pink Floyd, Joe Pass, Billie Holiday, Jeff Buckley, Bach, Queen o Frank Sinatra están en las baldas que tengo a la espalda, mientras escribo, esperando que los reclame y les pida, con la solemnidad que se merecen, que me hagan feliz. Lo hacen siempre. No hay ocasión en que no sepa qué canción escuchar para que mi ánimo reverdezca. Incluso sé cuáles pueden hacerme perder toda alegría que albergue y abismarme en la tristeza más firme. Hasta la tristeza, al buscarse, consuela, alivia, conforta con mimo de amante atento el alma tan saqueada. Y Mingus sigue cargando con el instrumento. Lo lleva a la cinta transportadora. Luego se sentará en una silla hasta que anuncien el vuelo. Cerrará los ojos, pensará en Pannonica o en el Mississippi o en el Carnegie Hall o en si las turbulencias malograrán la integridad sublime de su bendito contrabajo y echará una cabezadita cruzando el Atlántico hasta la vieja Europa. Su último viaje fue al Ganges. Quiso que esparcieran sus cenizas al río infinito siguiendo la tradición hinduista. Se murió en Cuernavaca, en México. Fue a que repararan su cuerpo roto. Por poder seguir tocando. Por no dejar de fumar esos puros enormes. Por no cejar en su agria relación con el mundo. La cura que ansiaba no se produjo. Los chamanes no dieron con el roto que lo partía en dos, en cien. El tipo grande, que no era negro del todo, ni blanco, con sangre china, africana, nórdica, nunca precisó de estimulantes para hacer surgir su don. Se lamentaba de que otros músicos se pusieran hasta arriba de ellos, se dolía de que el arte no fluyera con la limpieza de la sobriedad. Porque su música, en su salvajismo, en su alocado dispersarse y luego ensamblarse de nuevo, era sobria, era hermosa, era honesta con el mundo y con él mismo. 

Admiro a Charles Mingus. Es probablemente el mejor contrabajista que ha parido el jazz, con permiso de Ron Carter, que será un Mingus de más amplio alcance (son otros tiempos) y ocupará en las enciclopedias del jazz un puesto ilustre a la altura de su ilustre maestro. Sí, claro, ahora alguien en plan purista, un forofo de los buenos, dirá qué me impide nombrar a Pettiford, a LaFaro, Hayden o a Chambers. Y no estoy dispuesto, en esa tesitura semántica, en ese dar nombres a vuelatecla, por amor a la nomenclatura, dar la impresión de ser dogmático. En lo que no me rebajo es en la cabecera primordial llamada Mingus. Me pasa que tengo que decirlo varias veces o escribirlo varias veces. Así: Mingus, Mingus, Mingus, Mingus.

El contrabajo, en el jazz, es un instrumento glorioso, pero el oído no lo reconoce con el mismo vigor sonoro con el que acepta la presencia de los metales o de un piano, pero cuando lo percibes, cuando entiendes qué te cuenta y con qué agreste dulzura, permítaseme el oxímoron, lo buscas en cada disco que pillas, y en el aprendizaje lento y hermoso de los géneros y de los músicos hasta llegas a reconocer patrones, ejecutorias, cierto tipo de canon doméstico con el que te manejas y con el que, sobre todo, disfrutas.
Criado entre predicadores y negros con temperamento racial, extasiado por la música en los oficios, Mingus descubre a Duke Ellington en la radio (qué diálogo imposible debió producirse) y aprende violonchelo y trombón. Ejecuta piezas clásicas, pero el jazz sanea mejor el alma, la desaturde del caos en el que vive la sociedad norteamericana en los convulsos treinta y los bélicos cuarenta. Luego viene el contrabajo, el piano, la dirección de sus big bands y el amor infinito hacia la música. fuese blues o gospel o música de ascendencia africana. Las refriegas racistas, el carácter violento que le caracterizó y el cansancio moral de vivir siempre en continua batalla (contra blancos extremistas, contra negros condescendientes, contra la dictadura terrible del dinero y contra el tiempo) le hicieron retirarse cuando estaba en la cúspìde absoluta del jazz. Lo hizo sin ruido, al modo en que su instrumento suena en el volcánico ejercicio del bebop o del free jazz o de la tercera vía a la que siempre se inclinó. Versátil y en continuo aprendizaje, experimentó e influenció a todos los músicos de las generaciones que le escucharon.
Recuerdo un disco (en vinilo, luego convenientemente grabado en una cinta de cassette TDK, qué tiempos) que me prestó alguien. Era "Mingus Ah Um", la obra infalible para descubrir el jazz, sí se tiene la voluntad precisa. Treinta años, cuarenta podrán ser, más tarde de ese descubrimiento, lo sigo escuchando con absoluta perplejidad. Debo insistir en el sustantivo: perplejidad. Me produce más emociones que entonces, me llena infinitamente más que en aquellos años de aprendiz elemental y alborozado. A nadie de mi círculo, salvo a mí, en esos años fértiles y novicios, le gustaba el jazz. Tuve un amigo al que le intenté explicar las razones de mi idilio y sólo conseguí que ampliara un poco más la lista de extrañezas que me tenía adjudicadas. Además "Ah Um" sale el mismo año, en 1.959, que el fabuloso "Kind of blue", el mejor disco de la historia del jazz a juicio de algunos fanáticos (yo entre ellos) que le dedican a este género parte del alma. Y también "Giant steps", obra inmortal de John Coltrane, o "Time out", el mejor disco comercial del jazz, firmado por Dave Brubeck y su inseparable Paul Desmond. Buen año.

Mingus tenía unas charlas enjundiosas con Charlie Parker acerca del budismo. Contaba que en cierta ocasión habló con Charlie sobre lo sagrado de su música. Estaban en un club y el dueño les conminó a que dejaran la cháchara y subieran a tocar. "Terminemos la discusión en el escenario", le dijo. Estarán tocando. Tendrán con qué entretener lo que quiera que el budismo disponga sobre el tiempo cuando el tiempo se acaba. Experiencias del karma. Blues a cara de perro. El mantra de lo que no es fiable. El jazz no lo es. Es perplejidad siempre, asombro puro. Hoy me voy a poner el del santo negro y la señoras pecadora. No sé si leí o escuché que era el disco favorito del propio Mingus. 

16.2.26

En memoria de Robert Duvall


 Lo del olor del napalm por la mañana me lo enseñó William "Bill" Kilgore, el Teniente Coronel del Primer Escuadrón del Noveno Regimiento de la caballería aérea en Apocalypse Now. Una vez bombardeamos una colina durante doce horas, cuando todo terminó subí allá arriba y no quedaba ninguno de esos apestosos cuerpos. El olor, sabes, ese pestazo a gasolina quemada en toda la colina. Olía... a victoria. Algún acabará esta guerra". El cine hace cosas increíbles: no puedes evitar pensar en Vietnam cuando escucho cabalgar a las valquirias de Wagner (aunque a Woody Allen se le antojase invadir Polonia) o en todos los mafiosos sicilianos cuando te comes un plato de pasta. Arrogante, mesiánico, loco, amante del surf, un dios, eso era el temerario Kilgore. Coppola mandó construir un poblado vietnamita del que no debía quedar nada cuando la toma se rodase. Se emplearon cinco mil litros de gasolina. Tengo por ahí un libro que cuenta el rodaje de la película. Es pequeño, lo compré en un mercado de segunda mano de un pueblo de costa en el que estuvimos de vacaciones. Me lo sorbí. Volví a casa deseando volver a ver la historia de la guerra de Vietnam. Creo que la habré visto cinco veces, más serán. Tal vez Robert Duvall  interpretó al militar Kilgore pensando en su padre, un almirante de la Armada. Un antepasado de su madre fue general confederado. Debió sentirse bien, pensar que estaba haciendo lo que ellos hubieran querido. Ganó 65000 dólares (una miseria si se compara con la soldada de Sheen o de Brando) y un prometedor uno por ciento de la taquilla. Ser actor es ser todo y ser nadie, no tener que dar explicaciones por matar a alguien. Puedes decir lo que no podrías en un bar cuando quedas con los amigos y le das al palique. Hoy ha muerto Robert Duvall. Lo acabo de leer. Me han dado ganas de ver de nuevo El Padrino (no salió en la tercera por desavenencias crematísticas) o el descenso al infierno en la tierra que fue (en el rodaje y en lo filmado) Apocalypse now. Puede entrar Tender mercies, que no recuerdo cómo la titularon en español, pero sin que brinque. No creo que después me entusiasmara, no he debido hacer el esfuerzo suficiente. Me ha dado pena que haya muerto. Hoy estoy muy sensible. 

Mingus Pre-Bird





 La nostalgia es un territorio de riesgo al que uno puede entrar entero y salir demediado o irremisiblemente perdido o incluso, está comprobado, izado, sublimado. A veces me da por colarme en una película de Frank Capra que vi en la adolescencia y salgo indemne, pero es posible salir triste y exhibir esa tristeza durante unos días por parques y avenidas hasta que un disco de Dizzy Gillespie te pone otra vez en órbita y sonríes y el mundo entero sonríe contigo, como le pasó a Satchmo. La primera vez que te introduces en un disco de jazz sales perplejo. No cabe otra opción. El jazz, en un sentido muy primario de entender las cosas, es excluyente. Hay un atropello, una decantación alocada de las melodías, una turbulencia inédita hasta en los pasajes de más blando cometido. Si te has abonado a la sensibilidad de Bill Evans luego no puedes entusiasmarte con Bad Bunny, ese cazurro léxico erigido en paladín del panhumanismo, salvo que estés de parranda y hasta arriba de efluvios etílicos. 

El jazz es flirteo del alma concupiscible. Ahora escucho (no sé cuántas veces van ya, no sé las que me quedan) "Pre-bird", un disco de 1.960 grabado por Charles Mingus, que era un caballero de oronda presencia, mirada esquiva y cara de estar buscando la fuente de la eterna juventud en el frágil vuelo de una nota de su contrabajo. Mingus es el tipo que tituló uno de sus discos con la repetición (salmódica casi) de su apellido: Mingus, Mingus, Mingus. Aquí estoy. Aquí estoy. Aquí estoy. Miradme. Soy el gordo que os va a poner jazz en los oídos. Luego nada será lo mismo. Os lo aseguro. Parece que Mingus oyó a Duke Ellington en la iglesia de la base militar en la que nació cuando tenía ocho años. Yo nací en Córdoba y la primera música que oí fue en un tocadiscos monoaural Stibert que mi padre tenía en un mueble del salón, junto a la tele en blanco y negro Telefunken. Cuando yo tuve edad suficiente, ese concepto nunca es registrable en términos objetivos, me las ingenié para que los escasos ahorros pudieran ser empleados en discos. No he parado desde entonces. No conocía entonces a Sir Duke Ellington ni a Thelonius Monk. Eran otros tiempos y mi cultura fonográfica se quedaba en los hits de la FM. Tiempos en los que no existían las radio-fórmulas y la gente de Radio Córdoba FM (los tengo en el alma, Pepa, Rafael, Ramón) programaba rock progresivo, blues del delta, jam sessions o superventas, pero de los que luego perdurarían, de los que ahora (sin pudor) llamamos clásicos. Pero Mingus oía a Ellington en la radio de la capilla. Podríamos ver a Charles ensimismado o moviendo los pies. Tal vez se puedan hacer las dos cosas a la vez. Tal vez eso sea el jazz: ensimismarse y brincar. a la misma vez. 


Hay mucho Duke en Pre-bird. En cualquier tema. Sólo hay que dejarse contaminar por el swing afrodisíaco de mi pieza favorita, Take the A-train. La usaban The Rolling Stones para abrir sus conciertos igual que Yes cogían El pájaro de fuego . Son sellos de identidad, formas solventes de que el espectador sepa en qué terreno se mete. No es igual escuchar Start me up a palo seco, nada más abrir el show, que sentir el riff de Keith Richards después de los vientos de la orquesta de Duke Ellington. Tampoco suena igual la voz de Jon Anderson sin el acomodo melódico que la introduce, la monumental obertura de la suite de Stravinski. Ahora me voy a parecer a Loquillo: Si yo tuviera un banda de rock (cosas más peregrinas ha fabulado mi inquietud en materia artística), haría que antes de cada concierto sonasen algunos compases de So what. Miles Davis sirve para estas cosas. Me vale Milestones. Incluso la agitadísima It don't mean a thing...


El jazz es una música impredecible que se adhiere con más fortuna al asombro que al camino previsto. Es precisamente esa posibilidad de pérdida (topográfica y moral) la que sigue arañando la piel del que escucha jazz y, aunque lleve toda la vida haciéndolo, tiene la certeza de que acaba de comenzar a entenderlo. No haría falta tal entendimiento.  Mingus es el mago absoluto de la impredicibilidad y Pre-Bird, que ahora da sus últimos acordes, ha sido una mañana útil, (treinta y pocos minutos de júbilo total), es un canto sublime de alegría por vivir y de amar la música casi como a uno mismo. Y ahora no es, en absoluto, nostalgia, sino celebración del presente, festín del reloj cuando se pavanoea de que sus manecillas (febriles, juguetonas) marcan el paso de quien se detiene y las observa. 

Palabra de conejo

   Escribo porque soy un conejo. A veces me da por imaginar que no soy Emilio Calvo de Mora Villar. Imaginar que no tengo La isla del tesoro...