12.7.26

Regreso del Capitán Trueno




No sé de qué salva escribir, pero no puedo concebir una vida sin que me la cuenten, sin que otros escriban para que yo los lea. Cuando el volumen de lectura es brutal, no escribo. Prescindo de interferir en esa restitución metódica que proporcionan las historias ajenas, las que yo no controlo. De hecho se trata de una cuestión de orden y de principios. El escribir te da la libertad que no te proporciona casi nada en este mundo. No compongo música, ni pinto, ni me aplico en ninguna manifestación artística en la que no intervengan palabras. Insisto en decir que no hay nada parecido. Todas las cosas placenteras que ganan en esplendor a la escritura no alcanzan la satisfacción moral (o estética o intelectual) que te ocupa el alma entera cuando escribes, podría discutirse sobre eso. sobre cualquier cosa. Es curioso otro hecho: el de la convivencia entre el lector y el escritor, entre quien elige la opción de que le narren o el que se decanta por narrar él mismo o, en el peor de los casos, en el más doméstico y también triste, el de narrarse. Lo que ocurre cuando uno lee es que la soledad adquiere un sentido formidable. Escribir también embellece la soledad, la acaricia y la adora sin doblez alguna. No buscamos nada, no se desea escapar del mundo, no es ése el motivo que causa ese placer, ese amor puro. Uno entra y sale de la realidad cuando lee o cuando escribe. Entradas y salidas de duración variable. Recuerdo haber estado una noche entera leyendo de modo convulso, un poco enfermizo. Se me reprendió en casa, hace mucho tiempo de eso, el hecho de que castigara así mi vigilia, que la forzara a ese trasnoche libresco, que no tenía (a ojos de los que me censuraban) sentido alguno. Lo tiene, sí  lo tiene. La realidad, de la que no se huye necesariamente, está a mano y sólo el que ha metido su cabeza en un libro conoce la alegría que produce el regreso a lo real, a sus primores sencillos, incluso a su rudeza. Se sabe que existe un refugio, una especie de búnker, de patio privado, de sueño dirigido a placer por otro y volcado en nosotros. Nunca agradeceremos lo suficiente la existencia de que Robert Louis Stevenson escribiese La isla del tesoro o de que Robert Walser, antes de que le devorara la locura, dejase escrito Jakov Von Gutten, la novela que acabo de terminar hace poco más de una hora y de la que todavía no he salido, por más que me haya puesto un café en la cocina o de que haya estado hablando con mi mujer sobre lo que sucede hoy en la escuela. Los libros de verdad son los que se quedan adentro. No se tiene una propiedad perenne, pero están siempre ahí cuando les pedimos asilo, cobijo, la posibilidad de que nos permitan volver a ellos, aunque no los toquemos, ni recordemos fiablemente cada pequeña trama de las muchas que nos confiaron..


A lo que no renunciamos es a esa posesión preciosa, no se sacrifica, no se canjea: en mi cabeza sigue existiendo el Capitán Trueno. Una parte considerable de todos esos recuerdos de la infancia está impregnados de sus aventuras. Las conozco, he vivido con ellas durante cuarenta años. Están a recaudo Goliath, Crispín y Sigrid. Ahora pienso en cómo la miraba. Sigrid, la reina de la isla de Thule, podría haber sido ese primer amor inalcanzable, la constatación de que yo deseaba ser el Capitán Trueno y poder acudir en su ayuda cuando, ah Víctor Mora, ah Miguel Ambrosio, me la raptabais, la metíais en aventuras y la salvabais al final del capítulo, cuando todo parecía que estaba abocado al desastre. Ésa es la herencia que he recibido: la imagen imperecedera de su arrojo  y de su belleza, las dos cosas juntamente. Nunca después una heroína parecida o, de haber existido alguna, sería de rango menor, llegada a destiempo, en esa edad en la que uno ya conoce el valor de la fantasía y la crudeza de lo real. La literatura, no necesariamente la Gran Literatura, sino la pedestre, la de escuchar las historias y recorrer el mundo a sus lomos, perdura con la misma intensidad que los recuerdos de lo que hemos vivido. No es posible separar un ámbito del otro. En cierto modo, cuando pienso ahora en los años en que empecé a leer a Cortázar, se me viene a la cabeza la Facultad en la que estudié y los amigos que me hice y ahí anda, de por medio, entrando y saliendo de la escena, la Maga, fumando Gitanes, escuchando a los demás, sin entrar al trapo mucho o, de hacerlo, entrando con fiereza. Tantos años después, sin que flaquee ese aprendizaje, sigue uno leyendo historias. Las desea con más ardor, las anhela con mayor empeño. Hay historias que no sé contarme, que no es posible que yo pueda escribirlas. De ahí que lampe por encontrar una voz que me las susurre. Da igual que sea el Capitán Trueno o Funés el Memorioso, Travis Bickle, La Maga, Dorian Grey, Frankenstein, Gregor Samsa, el coronel Kurtz, Peter Parker, el capitán Ahab, Dartagnan, Gatsby, el reverendo Harry Powell, Jekyll o Hyde, Scrooge, Luke Skywalker, Norman Bates, Rufus T. Firefly, Smiley, Holden Caulfield, Humbert Humbert con su Lolita, Romeo con su Julieta, Alicia, Alonso Quijano, Peter Pan, Atticus Finch, Sherlock Holmes, Sam Spade, Jane Marple, Justine, Buzz Lightyear, Shylock, Bonnie con su Clyde, George Bailey, Darth Vader, el inspector Closeau, Harry Callahan, King Kong, José Arcadio Buendía, Roy Blaine, Jack Torrance, el Jabato, Conan el Bárbaro, Indiana Jones, Drácula, Monsieur Hulot, Vito Corleone, Norman Bates, Thomas Ripley, Tarzán, el Doctor Mabuse, Nosferatu, Juan de Mairena, Jim Hawkins, James Bond, Lisbeth Salander, Stephen Dedalus, Phileas Fogg, Oliver Twist, Pennywise, Hercules Poirot, El Pequeño Nicolás, Pippi Calzaslargas, Pinocho, Montaigne, Robert l. Stevenson, Eddie el Relámpago, Funés el memorioso, Mickey con su Pato Donald, Scarlett O'Hara, el profesor Tarantoga, Mycroft, Othello, Joel Barish con su Clementine, John Silver el Largo, George Kaplan, el Padre Brown o Íñigo Montoya, y me dejo tantos...Los personajes van y vienen, pero nunca se van. Se puede contar con ellos, se dejan querer y nos acompañan a menudo sin que tengamos que pedir que acudan. Somos una parte de cada uno. Ellos también nos construyeron.

10.7.26

Un paseo

 Algo sucede a lo que no sé dar asiento. Unos perros a lo lejos conversan sin que se sepa el desorden que les arrima a la discusión. La noche está ocupando la blanda extensión del día. La urgencia de la luz se obstina en desocupar su oficio. Esa hendidura dulce con la que el cuerpo se vacía. Unos grillos rivalizan con la música caótica de los ladridos. La iglesia al final del camino invita a que busque a Dios. De pronto lo escucho con torpe claridad. Me hace creer en la incertidumbre generosa de mi espíritu. Casi brama ahí adentro, pero distingo en el ruido que incesantemente produce  grillos y perros. Ahí vamos a ciegas los dos, Dios y yo. Llevamos tiempo intimando. No sé quién se ha tomado más confianzas. El tiempo discurre con pasmosa certeza  No sabe uno nunca a qué atenerse. Si a la memoria disponible o al yermo caudal del porvenir. Regreso a casa después de haber caminado por el campo. Tengo que subir a la azotea y recoger la ropa. Doblarla. Guardar la que no precisa plancha, comprobar que la cocina está recogida, el lavavajillas terminado, ni platos, ni sartenes, ni cubiertos en el fregadero. Abrir el ordenador. Escribir el texto que he ido montando en mi cabeza. Habrá algún adjetivo que no pensara. No importará si fueron perros los que a lo lejos parecían conversar. Tampoco si anochecía o abría el día. Ni de Dios tendré nada fiable de lo que apropiarme para que no se maleen las palabras y no cumplan el cometido que les encomendé. 

9.7.26

Una rendición


                                                                    El superviviente, René Magritte, 1950 

Ahí la sangre con su eco antiguo, con el temblor de la memoria, con la honda convalecencia del porvenir, con toda la elocuencia de la barbarie. De la escopeta que chorrea sangre de Magritte se queda uno con su disposición a perseverar. Con su coherencia inverosímil. Como si estuviese a la espera de que se la reclame de nuevo. Como si los muertos que ha ido escribiendo no contasen cada uno fuese el primero. No sabemos si los objetos tienen remordimientos. Si se avienen al reconcomio o a la desazón. Tenemos la idea de que no poseen voz que exprese el dolor al que puedan llegar. Está bien dolerse, saber que se ha obrado mal, consentir que algo se rompa adentro de uno cuando rompemos algo ajeno. Asombra, más que la escopeta con su sangre fértil, esa pared inocente, esa madera noble. Todo conduce a pensar en que no ha pasado nada realmente. Que no hubo un roto, una derrota de la vida, un llanto verosímil, pero el arma tiene alma, el dolor cunde, prospera, hace que se desdiga, que reniegue de sí misma, que anhele que alguien la haga trizas, que la estampe contra una pared o contra el tiempo. A su modo, se expresa. Ha dejado de ser una escopeta, ahora es otra cosa: un hombre que gime tal vez. El dolor no requiere retórica: se vale con su manifestación más sencilla, la del charco de sangre, la de la conciencia de pronto ensimismada, convencida de algo que únicamente puede ser contado con el vaciado de sus pecados. Todos son de la misma terca sustancia sin cordura. Fascina la depuración de la idea, su reducción a una elementalidad mayestática. Magritte ha escrito un cuento breve, uno de esos microrrelatos que, en pocas palabras, despachan un relato sólido. No sabemos tampoco quién es el superviviente que da título a la obra. Quizá se refiera a quien observa. Podría ser su propia sangre la que mana de la culata del arma. El cuadro es de una naturalidad que estremece. Toda la realidad estremece, por cierto. Eso lo sabía Magritte, que prescindía de la grandiosidad para reflejar su inquietud sobre la naturaleza misma de los acontecimientos, de esa realidad huidiza, a la que no siempre se puede encerrar en una idea. No hay nada que escandalice en lo que se ve: no se aprecia fehacientemente un destrozo, una evidencia del drama que se nos desea contar. Es tan solo esa sangre deliberadamente manumitida, exhibida con sobriedad, sin la dramaturgia de las grandes tragedias. 


7.7.26

Darth Trump




Lo malo de haber nacido Darth Vader es que luego no puedes quitarte la Estrella de la Muerte, la respiración cavernosa y los problemas paterno-filiales. Uno nace con un fondo de armario, con una marca testaruda en el corazón o un tic ancestral en el ojo derecho, aunque el tesón modele esa herencia y haya puertas disponibles a las que acceder o de las que esperar que nos hagan ingresar en estancias confortables, en mentiras deseables y, una vez franqueadas, podamos deshacernos del traje o de los gestos o de todo cuanto ha sido invariablemente nuestro y haya sido difundido y sea del dominio público. Por eso siempre miramos igual a Kafka. No hay manera de que le imaginemos en una playa, en plan dominguero, leyendo la prensa, bebiendo cerveza de lata y echando un ojo disimulado a las concupiscibles mozas concurrentes. Poe es la absenta, los callejones oscuros, esa cara desgraciada y la primas enfermiza. Un Poe extraído de su Boston e incrustado en el alegre París de los veinte o en el San Francisco jipi es difícil de montar en la cabeza de quien lo haya leído a fondo y aprecie su decadencia y entienda que quizá sólo puede escribirse El gato negro o La caída de la casa Usher si has bebido mucho o has trasnochado en tugurios infames.
A Darth Vader le tenemos un afecto que no es posible argumentar. Supongo que los afectos no precisan justificaciones. Provienen de edades pretéritas, se incrustan entonces y difícilmente se logra extirparlas. De ahí que este juego en el que la dama del parasol de Monet deja su sitio al caballero oscuro que ruge de venganza, poseído por el mal. Por otra parte, visto así, en esa actitud desenfadada y primaveral, Darth Vader no impone, no es el ser temible y cruel. Todo es cuestión de atrezo. Te quitan el casco y eres un don nadie. Se te ven las costuras en la cara, el resto de lo que fue un ser bueno, angelical. Te retiran la silla en el Despacho Oval y regresas a tu agujero podrido de odio. No creo que haya un restito de humanidad. A ese hay que condenarlo sin ambages. Lo de quitarle la silla y la vara de mando no es cosa fácil. Hay en su tierra mucho descerebrado censado. Y adláteres afuera, comprados, asustadizos, advenedizos con probadas tragaderas.

6.7.26

Haaland



Me apenó ver perder a Brasil. Mi memoria sentimental es más carioca que nórdica. Mi deseo fue que ganaran los pentacampeones, que ya no son lo que fueron, hace que no hay ni rastro de Zico, Romario, Ronaldinho, Pelé, Garrincha (cómo regateaba) o Pelé, el dios, el rey del fútbol, el tricampeón mundial. Fue un bicho nórdico el que los apartó de la corona. Se veía venir. La canarinha es una panda de mediocres, un simulacro de samba, un arrebato sin disciplina, puro talento, desborde y verticalidad, delirio sin argumentos. Lo de los noruegos fue perseverancia, planificación, programa, programa, programa. Quiizá tienen fe en Haaland, que es un cyborg, un robocop, un titán, un ser de otro mundo, un virus del que no se tiene vacuna, Thor con su mjörnil, el martillo de la mitología vikinga, el drakkar sin agua. Bastaron dos intervenciones, dos escaramuzas sin mayor urdimbre, para que la historia se desdijera, para que la épica brasileira se desmoronara y los que amamos el fútbol pensarámos que la memoria es un accidente, un souvenir, algo a lo que no debe hacérsele aprecio alguno. Lo de Brasil perdiendo anoche es una evidencia de los males del mundo. Brasil debería ganar siempre, salvo que se empareje con España y el corazón tiemble al tener que escorare hacia un bando. El jogo bonito es la alegría, el baile, la capoeira, Copacabana, Stan Getz soplando la chica de Ipanema para que Astrud Gilberto se prodigue en susurros dulces. Esta vindicación del fútbol es legítima. Me hace regresar a la época en que adoraba las virguerías de unos cuantos jugadores, el talento puro de unos cuantos elegidos. Daba igual que hubiese un equipo sólido que los asistiese: eran capaces de enmendar un roto con una coreografía en el área contraria, con un juego de pies inverosímil. No escatimo elogios a los noruegos (me encanta el salmón, anhelo viajar a ese país, ver la aurora boreal, perderme en la catedralicia comparecencia de un fiordo) pero no estuvo bien que viésemos una selección tan flaquita, de tan escaso desempeño. Ni Vini Jr, el tuerto en el reino de los ciegos, enmendó el descalabro. Así que me he hecho nórdico, noruego de pies a cabeza. Si no somos nosotros los que levantamos el trofeo, que sean los vikingos. Son los más entusiastas. Hacen cosas en las gradas que me parecen adorables. Viva Noruega, viva el salmón, viva la pragmática sin circo, la matemática severa, todo lo que no es fútbol, pero hace que se ganen los partidos. Y me quedo con ese ser extraterrestre, insensible, aunque sonría, El fútbol moderno será de iluminados como Haaland. Seres fríos, inalterables, cazadores que no se inmutan cuando no se tiran días sin saber dónde está el bosque. Al final, adquieren su presa. La derrotan, ponen el pie sobre su testa quebrada. 




Ser

 Lo que importa es estar aquí, haber nacido, sentido, amado. Todo lo demás no debería ni contarse. Sin embargo, toda la literatura nace de un conflicto, se construye en la liza del bien y del mal. Esa armonía íntima, la de la bondad, la de la gratitud, se escribe con caligrafía pulcra, se dice con las palabras más sencillas. No se precisa alardear de nada. No interviene ningún veneno, ninguna constatación de que la sangre circula con miedo o con odio. Basta anhelar un paisaje y saber que ninguno que creamos a mano será el definitivo. Saber, no obstante, que la salvación no es algo a lo que secretamente aspiremos. Nos conforta el sagrado hecho de aprovisionarnos a diario de esa luz indecisa con la que el día proclama sus prodigios y sus tragedias. Es la perseverancia, ciega ella a veces, la que manuscribe el tráfago de ser. No hay verbo más hondo. Siendo, ya vale. 

Comparecencia de un árbol

 

I


Al árbol muerto 

lo agasaja de vértigo el aire. 

Un fuego sin cuerpo abraza 

el tronco roto del que prende 

un desquicio de tosca lejanía. 


Está la muerte misma 

ofrecida como un cántico. 

La desolación absoluta como un temblor. 

Ni la lentitud prospera. 

Se impregna la luz de una fiebre invisible. 


Todo en el árbol se desdice. 

Una prudencia con su blonda de silencio 

ocupa la tosca materia de su talle,

la memoria de su ensimismada 

travesía sin centro. 


Será la lluvia la que apremie 

su vocación de altura. 

La raíz es un misterio 

del que no se hará evangelio. 

Una catedral en ruinas. 

Una religión sin un dios que la acune. 

Un templo del que solo perdure un altar. 

No tendrá quien se recree 

en el eco roto del tiempo

ni en el antiguo solaz de su sombra. 


Hay un bullicio adentro. 

Consta su clamor, cunde 

su anhelo de puro erguirse. 


Un árbol muerto 

es un fracaso de todos los bosques. 

Las hojas lo desobedecen. 

Cuestionan la ciega velocidad de la tragedia.


Un árbol vivo. 

habla con su verdor futuro. 


II


Lo que al agua da el oficio de cauce 

es el vértigo de la tierra, la hondura del aire.


Al aire se le desciñe la altura y roza 

con su invisible manto la orfandad de la luz. 


La ceniza es humo que corteja 

al azul del cielo y al loco respirar del fuego. 


Jadea el fuego, arde la luz, brinca 

como un pulso de sombra el agua.


Gimen, agua, tierra, aire o fuego,

cuando los abraza la providencia,

pájaro sutil al que el vuelo obligara

a ocupar la brújula del tiempo, 

manantial ciego, si cuerdo, limpio

estrago de cuanto dimos en llamar vida. 




5.7.26

El futuro

 Le voy teniendo un afecto menor a las novedades. He aprendido a manejarme bien en la rutina, en su calor doméstico. Ni tenía antes argumentos exquisitos para disfrutar con ellas ni ahora los tengo para declinarlas. Tengo, en todo caso, vaivenes, una especie de querencia volátil hacia los asuntos que se improvisan, los que gobierna el azar y en los que uno no posee regencia alguna. Me incomodan cosas que antes me entretenían. Me atraen las que en otras ocasiones me enervaban. No poseo una idea exacta sobre si estas apreciaciones mías las comparten otros. Las tengo yo, las acepto como buenamente puedo y me voy acostumbrando, entre la perplejidad y la anuencia, a lo que va saliendo de este giro caprichoso de mis asuntos.  K. observa que esa desafección es un indicio de que me hago viejo. No es cosa que me preocupe. Me insinúa chistosamente la posibilidad de que lea de nuevo El Quijote o de que juegue a la petanca en el parque, ahora que estoy jubilado. Envejecer, le contesto, es un signo de buena salud. Llevamos haciéndolo, cada cual a su manera, toda la vida. 


Lo de la edad es una estadística, una convención numérica, un dolor inédito en el costado, una manera más de etiquetarnos. Convertidos en cifra, se nos controla mejor. Estamos últimamente al tanto de ese cómputo. Se envejece desde que el aire rasga los primeros pulmones. Todas las horas hieren, pero es la última (ay) la que mata. Los años cumplidos no me pasan factura o no al menos del modo en que debieran hacerlo. Salvo algunos achaques, que tenía también hace dos lustros, se me puede considerar sano. Más que la alopecia o que la barba sea blanca (las dos cosas se atienen a la estricta verdad) lo que se me antoja preocupante es esa debilidad mía que consiste en no saber a qué atenerme cuando dispongo de tiempo libre. No tener certezas absolutas sobre en lo que emplear las horas de esparcimiento. Es que yo me esparzo con desperpajo, sin que el veneno del aburrimiento se me envalentone y altere. Ocupo más en decidir qué hacer que en realizar lo que he dispuesto. Esa inconveniencia malogra una felicidad mayor. Ese contratiempo me indispone para acometer con mayor placer las cosas a las que me entrego, que son muchas y a las que confío para (como decía el poeta) elevar la cumbre de los días. 


Algunas de esas cumbres imponen. De ahí la necesidad de avituallarse bien por ahí adentro, de saber con qué alimentarse y en qué dosis administrar los venenos habituales. Tengo muchos. Los adoro a todos. No estar jamás contento con nada, declinar con poca renuncia lo nuevo, considerar que la rutina (la mía no es en absoluto gris, he aprendido también a decorarla) es una casa que me acoge y que aspiro a que me cuide cuando, ya en otra edad, más noble y provecta, encorvado, perdida en parte la memoria y ganado sin adjetivos el descanso, piense en qué gasté los años, cómo merecí el amor de los otros y el mío propio. Sobre todo me fijo en esto último, en si me quiero lo bastante o soy un descuidado conmigo mismo y me desatiendo en cuanto me distraigo. Cuento esto distraídamente, como si fuese de otro de quien cuento y me hubiese arrogado la facultad de mostrarlo al modo en que las narraciones transcurren y hacen personajes y los conducen a su antojadiza manera. 


En ocasiones, cuando escribo, escindo esa realidad y la hago ficción. Por adiestrarme en la escritura. Por no cejar en su loco empeño. Ahora, recién retirado de mis obligaciones laborales, tengo todo el tiempo del mundo. Lo tenía antes, lo supe entender así, pero inicio una etapa ignota, todas lo son. Esta noche empiezo a escribir en serio. Me sale una novela por la boca. Tengo que registrarla. 

4.7.26

Faranga

 Barragán es un hombre joven, soltero, abnegado, fuerte y hasta valiente; barragana, inconcebiblemente, es una concubina. El sombrero de copa y la bimba son la misma cosa. Resulta que derrelinquir es abandonar, desamparar también. La faranga es vagancia, molicie, asunto de haraganes, campo yermo y sin propósito. Una plétora es una enormidad de la que no siempre se tiene conocimiento ni alcance. Lo mulso es lo que empalaga. La memoria, cuando se sublima, en su esplendor, puede ser una acordanza. La anfibología se practica a diario, concurre su ambigüedad con voluntad o sin ella y solo se advierte por almas de conciencia semántica retorcida. Ir a lo mollar es desentenderse de la retórica: es vocablo de pragmático afán, veneno para los hipotáxicos. Me levanté hoy con la misma disciplina creativa de siempre. Escuché en la radio una de las palabras que he traído a este volunto. Me la quedé de inmediato. Quise, sin fortuna todavía, aplicarla en alguna conversación casual. Decir: este sábado es de faranga. Tener después la certeza de que hemos perdido el interés por el vocabulario. Usamos entre trescientas y quinientas palabras diferentes al día. Hay quien alcanza mil, mil quinientas. Nuestro acervo semántico pasivo puede llegar a las treinta mil. Hay noventa y tres mil entradas en el diccionario de la RAE. He conocido gente con la que bastaría usar cien, y alguna de esas cien precisaría un aclaratorio, una traducción. A mis alumnos les he enseñado combativamente a usar "ósculo", beso. No hay alumno mío que no la haya escuchado en clase. Me he esmerado en hacer que se abran de orejas (prick up your ears) y no permitan que alguna de las palabras que escuchan o que leen sea pasada por alto. La primera vez que tuve noticia de ella fue en la liturgia de un párroco, no sé cuándo, debe hacer mucho, no soy de ir mucho a la iglesia, por fortuna o por desgracia, qué sabrá uno. El ósculo de la paz, que inspira afecto o respeto hacia quien lo recibe, pronunciaba el cura. Es posible termine reemplazando la faranga por el ósculo o lo mulso por lo derrelinquible. Lo de la faranga me sigue gustando mucho. Permitid que la abrace y me asista en gozos. 

3.7.26

como loco

 no sabemos qué vamos a hacer con el miedo, no sabemos qué vamos a hacer con el vértigo, no sabemos qué vamos a hacer con el tiempo, pero recogemos la basura, la basura de plástico, la orgánica, el papel, y vamos al supermercado, antes de entrar arrojamos el plástico, las raspas del besugo, los huesos del pollo y el periódico de anoche en los contenedores soterrados, en mi pueblo han puesto muchos, se ve el pueblo distinto, el pueblo moderno, un contenedor soterrado dice más de un pueblo que una estatua de pablo neruda en una plaza, los poetas casi nunca merecen estatua en plaza salvo que, oh azar, oh delicado atropello de las horas, el poeta haya nacido a la vera de esa plaza, en la calle aledaña, en una casa de dos plantas, más bien humilde, donde la concejalía de cultura y bienestar doméstico ha construído un santuario turístico al que vienen frikis del verso endecasílabo, vienen en tromba, en autobuses de línea, leen a whitman, declaman capitán oh mi capitán, leen a rilke, todo lo que a me entrego se hace rico y a mí me deja pobre, leen a vuelaojo versos historiados, se asedian a versos mientras afuera la realidad se adensa en lluvia, dentro de la lluvia está whitman, está neruda, no sabemos qué vamos a hacer con las odas elementales, con los versos más tristes esta noche, podemos sacar la basura, depositarla sin protocolo en los contenedores soterrados, el orgánico, el de plásticos, el de papel, esta vez no llevo botellas, pero hay un contenedor verde chillón con una boca menudita por donde el cristal se abisma hacia una oscuridad ruidosa a salvo de de la luz y del fragor de los colores, las horas crujen ahí adentro como la ginebra en el cerebro, las horas duelen como un retrato de baudelaire, las horas en vilo del poeta en lo hondo, abriendo puertas, contando sílabas, destrenzando tramas, mi corazón va al supermercado, llevo en un bolsillo la lista de la compra, el detergente, la cerveza, el hielo, la leche, el suavizante, llevo en un bolsillo a bill evans, no sé cómo se puede ir al supermercado sin waltz for debby en el bolsillo, sin ese extracto de cinco minutos del cerebro tóxico de un genio con gafas de pasta, cara de matemático y pelo jim morrison antes del sacrificio, pero nada me satisface más que este festín de las palabras antes de ir a la cama, demorándome en un hilo, atendiendo otro que me llama desde dentro, emilio, ordena el caos, me dicen, las cosas importantes están en lo hondo, valen cuanto más hondo están, se desvanecen, se fragmentan, se mueren en la superficie, al oro del aire se van muriendo sin que podamos insuflarles un adjetivo, un verbo místico, éxtasis fonético, sublime polvo de letras, lo que whitman con su barba prehistórica, lo que neruda con su cara de profesor de latín, lo que baudelaire con su gesto esquizoide, lo que whitman, neruda y baudelaire sabían, el poeta conoce el ruido del universo, sabe de sus espasmos, ha sentido en el pecho el croar de las primeras ranas, ha apreciado el olor de la tierra primeriza tras el diluvio infinito, ve en los pasillos del supermercado secretas líneas de texto cósmico que los demás no ven, el ruido sin intención de los átomos de luz que nos embriagan de colores, el poeta está alerta, vislumbra lo que no está, lo inventa, un dios es el poeta, un dios nebuloso y responsable, el poeta no está en contradicción con el universo, es el único sujeto que no está en contradicción con la mecánica celeste, el poeta ve los arcanos, el poeta entra en un supermercado, saca del bolsillo la lista de la compra, cerveza, detergente, leche, todos los líquidos primordiales, lee los apuntes, la letra extraña, escrita aprisa, la caligrafía de la rutina está en las listas de la compra, es la rendición semántica de nuestra esclavitud en el mundo, uno escribe leche porque una botella de leche o dos o un pack de seis le espera como la noche espera al día, en el extravío de esta crónica de mis vicios me observo con detalle, me declaro ajeno, me miro desde lejos, no me conozco, no sé quién es quien escribe, el que encuentra las palabras conforme las teclea, el que hace años que no ve a su amigo juan porque no sabe dónde está juan, aunque piensa a menudo en juan, en los bares en san fernando, en la cerveza con mucha espuma, en los bocadillos de tortilla de patatas, en las historias del exterior que amenizaban las historias del interior, pienso en juan, pienso en maría jesús, pienso en maría del mar, que me recogía en el panda de un primo y me dejaba a pie horas más tarde, después de haber oído la música acuática de haëndel en un cassette sanyo muy viejo, en una cinta tdk muy vieja, en un piso de alquiler sin muebles casi, pienso en your song cantada en un jardincito urbano con antonio y con auxita, pienso en whitman leído en un ascensor, pienso en los paseos por san fernando cuando el mundo era frágil y veía pasar coches y buscaba y encontraba el amor en los bares, pienso en baudelaire, hace pocos días, en el bolsillo de mi abrigo de invierno, el bueno, la edición de las flores del mal que tradujo jacinto luis guereña y editó visor en ese negro mítico que ilumina los ojos de los buenos aficionados a la poesía, pienso en todas esas cosas que no están o que están a trompicones o que sólo están cuando uno hace un esfuerzo verdaderamente considerable para que estén, confío en mí mismo, confío en la memoria a la que le debo mi vida, ignoro qué sería de mí si me fallase, si de pronto se me fuesen muriendo los nombres, el menú interactivo del guión, las corrientes de aire en el piso de la calle de la biblioteca, beautiful girl en samarkanda, jack daniels en el chiringuito oyendo cumbias a la medianoche, va uno copiando en la lista de la compra el detergente, la leche, la cerveza, la mantequilla pero no puede ir copiando el afecto, la ternura, la sinceridad, el júbilo, en esas palabras grandes de homilía de la vida es donde está debby, la sobrina de bill evans a la que dedicó el vals que escuché anoche una vez más mientras regresaba a casa lentamente, demorándome en los escaparates, buscando prodigios en el aire, buscando a whitman en el claxon de la furgoneta que casi derriba a un motorista, julio es una fiebre de metales metafísicos, mi amigo k. me ha pedido que deje de escribir textos automáticos, escribir por escribir, sin pensar, me dice que no es manera, él cuida esos detalles, exhibe un pudor del que yo carezco, me gusta exhibirme, presentarme a la espontánea audiencia, hablar de whitman, hablar de neruda, hablar de baudelaire, hablar sin otro objeto que ocupar el espacio en donde antes de que hubiese palabra únicamente había silencio, el moribundo silencio de los abrazos que se fracturan, el tiempo sin conciencia, las horas como un fardo, las horas sin rellenar de luz, las horas sin bendecir por ningún prodigio de esos que la belleza ofrece a beneficio de quien está atento y lo recoge, las horas infinitas del tedio vencidas por las horas infinitas de la alegría sencilla de ser feliz unos minutos al menos, somos custodios de una felicidad partida, buscamos a diario la luz entre la sombra del tiempo, somos la herida luminosa, el milagro paradójico, el despejador de incógnitas en el álgebra teológica, el astrofísico del alma, somos el beso nocturno, somos whitman tumbado en el centro exacto del universo, mirando arriba, mirando dentro, buscando arriba, buscando dentro, a k. no le gusta whiman por sencillo, no ve dentro, se deja confundir por el peso liviano de las palabras, por su aparente fragilidad, pero dentro de whitman está la clave del universo, la ecuación absoluta, el texto secreto, la llave antológica, dentro del poeta whitman está baudelaire, dentro de nerude está whitman, está baudelaire, está la poesía trágica y la poesía cómica, el verso que blande un grito y el verso que tutela una levísima caricia, estos alivios de sábados por la mañana, oyendo jazz, pensando en juan, en maría del mar, en bill evans, en los años sin fluido, en los años sin dinero en el banco, en los años rosados de paseos por la judería a la vuelta de los pubs gloriosos del centro, en los años de danza invisible, en los años de robert smith diciendo que los niños no lloran, en los años de la universidad frenética de la vida, jugando al billar en el cairo, inventando versos en la clase de pedagogía, comprando discos en simago, viendo fantasmas en los surcos, objetos muy livianos de belleza ectoplásmica, invisible al ojo desastento, sólo presente si te dejas conducir despacio, pienso hoy en juan, en whitman, en los países metálicos de la infancia sin libros, en toda esa adolescencia sin sobresaltos en la que pude descubrir al yo vigilante, al yo auténtico que luego, al correr de los años, deviene siempre un yo transeúnte, un yo caótico, el errático escribidor de insomnios, el amanuense febril que en las horas últimas del día se concede el inocente placer de creer que alguien afuera va a tomarse en serio lo que ni él mismo, ya lo advierte k., se toma, pero van los días pasando, los días en su vértigo, no sabemos lo que es el vértigo, lo que son las horas, las bebemos a sorbos grandes, las mordemos con entusiasmo, creemos que las podemos convertir en palabra, decía cortazar que el frío complica siempre las cosas, y en ese plan es uno feliz deseando menos, evitando el frío, buscando a debby en un vals, en la lista de la compra, en los códigos de barras, en el sueño, k. busca a debby en evans, me enseñó a descubrir el texto dentro debajo del texto, la melodía dentro de la melodía, el tiempo en el tiempo, el espejo en su hondura, pero ahora él se cierra, se aleja, huye, k. es un falso, eres un falso, le cuento, me mira, me analiza, sabe que le conozco bien, llevamos una vida juntos y hemos tenido las trifulcas juntas, alguna desavenencia, livianas frivolidades de dos que se condenaron a entenderse, la rutina del yo que se escinde y va al mundo solo y vuelve dolido, una especie de avatar, qué quieren que les diga, el avatar posible, los poetas nunca merecen estatua en plaza, la adquieren a lo mejor tarde, es posible, la adquieren a título póstumo, en el barrio en donde nacieron, con los vecinos mirando con orgullo, con todos los vecinos, los vecinos de izquierdas y los de derechas, los que creen en jesús divino y los que les pasan de jesús divino, los vecinos que no decaen nunca y los que están todo el día apesadumbrados, los poetas vuelven del campo con un racimo de versos bajo el brazo, con los pájaros que vuelven de otros países, con los pájaros benditos de las alas benditas, porque la poesía es un oficio bendecido y su aliento lo impregna todo, no sabriamos vivir sin la poesía, es quizá eso lo que hace que el mundo no se haya ido del todo a la mierda, que la poesía esté ahí, invisible, impregnándolo todo, aunque haya gente que no cree en la poesía, como hay gente que no cree en jesús divino, pero la poesía es un bien más alto que la creencia en un mundo superior porque la poesía ya es, en este mundo, no en ningún otro, un bien alto, uno de esos bienes nobles que pueden salvar al mundo del caos, pero el mundo va al caos de cabeza, me lo ha dicho hoy k, k tiene voluntos buenos, de los de copiar y no olvidarlos, el país va al caos, pero el mundo está ahí afuera, yendo al caos, nos estamos muriendo y no nos damos cuenta de que nos estamos muriendo, compramos la prensa, leemos las novelas nórdicas, bebemos café en las terrazas de los bares, pero el mundo se está desintegrando, ni siquiera hay un plan del gobierno, les viene grande el caos, no se les ha ocurrido convocar una reunión de poetas, poetas maximalistas, poetas minimalistas, poetas venéreos, muy lúbricos, muy salidos, poetas castos, pacatos, de una contención sobresaliente, juntarlos a todos y ver qué pasa, igual salen de la reunión con un par de ideas fantásticas, no sé, no entiendo yo de esto, pero me está viniendo esta noche ancho un párpado, otra vez el párpado de siempre, la realidad se obstina en contrariarme, se pone incómoda, como una mosca que se ha fijado en la bondad de tu piel, en la tersura de tu piel, en toda la formidable disposición topológica de tu piel y ha decidido echar las pocas horas que le quedan de vida dándote por el culo, excusen la grosería, no dejándote respirar, ahogándote, convirtiéndote en un ser despreciable, despotricando contra la mosca, la mosca, la mosca, la madre que la parió, yo tenía una mosca y la muy intrépida no se murió, danzaba como los esqueletos de saint-saens, como shakira en el carnegie hall, no sé si shakira ha estado en el carnegie hall, me imagino que importa que se llene, si la caja suena, las puertas se abren, el público aúlla, el público vibra, aullidos, vibraciones, cartas de amor, el caos, las tardes en casa, leyendo a baudelaire, pensando en ese retrato en el que da miedo, da miedo baudelaire, un miedo sin organizar, como de infante, como loco

Regreso del Capitán Trueno

No sé de qué salva escribir, pero no puedo concebir una vida sin que me la cuenten, sin que otros escriban para que yo los lea. Cuando el vo...