13.7.26

Elogio veraniego de la esperanza



Hoy pensé en la esperanza. La estuve interrogando, se dejó, no impidió que la agobiara a preguntas, que la pusiese en un brete de no darme nunca más palique, pero respetó que le aplicara un tercer grado, que la agotara. No llegamos a ninguna conclusión. Ella se esmeró en contentarme; yo, en comprometerla. Quise, más que otra cosa, ver si podía contar con ella; si, llegado el caso, podría echarme una mano, hacer que lo malo que suceda no me afectara más de la cuenta y pudiese seguir con la rutina en la que me manejo. Estoy muy satisfecho con ella. Nos llevamos bien. Adoro que no flaquee y me abastezca de ocupaciones. No sabría qué hacer si no estuvieran. Se me harían enormes los días, me dolería el alma, me comerían las tinieblas. Lo bueno de hacer mil veces la misma cosa es que el desempeño en su ejecución es altamente satisfactorio. Actúa uno como un buen reloj suizo. Hoy mismo, echando los toldos de la casa para que no se nos incendie de flama, me alegré de que haya sol y de que haya toldos, de que el día se impaciente y anhele castigarnos con sus calores, de que tengamos con qué vencer su reprocahble costumbre. Pasa lo mismo con las interminables horas de la siesta en el verano. Yo pienso en Dios cada día. Le agradezco que exista la siesta. Antes de conciliar el bendito sueño, creo que él y yo nos miramos. Es un instante, una especie de mirada cómplice. De no disponer de la siesta, no sería persona, sería un fardo, una criatura menesterosa, un zombi de la vida. Prefiero restarle horas al sueño de la noche para que el diurno acude con todo su esplendor. Tengo la esperanza de que estos buenos hábitos no mermen. Hasta rezo (es un decir) para que el azar no me incomode en demasía y no tenga que sacrificar esas horas de idilio conmigo mismo (lo que me quiero, qué feliz soy) por la injerencia de algún imprevisto, una de esas cosas que requieren nuestra presencia consciente y no pueden anularse, ni siquiera aplazarse. Vuelvo a la esperanza, asunto de este arrebato: ojalá siga firme junto a mí, por qué habría de decepcionarme. Llevamos una vida entera intimando. Ella me da un hilo de alegría y yo aplaudo que sepa engañarme con tanto entusiasmo. Hasta los avatares desgraciados, juro que los hay, me duelen menos cuando pienso en lo cabal que es y en lo determinada que está en el oficio de no malograr ninguna de mis muy altas expectativas. Ahora me despido. Gracias por venir, por entrar en mi casa, por leer. Si no se me desgracia el futuro, comeré, recogeré la cocina y me dispondré a desvanecerme. Será una retirada breve, nada de lo que preocuparse. Suelo regresar con el ánimo robustecido. Se me verá en la cara. 

12.7.26

Reclamando el Día Internacional de las Estatuas Ecuestres

 Dejó escrito Sánchez Ferlosio que a quien se erige en plaza su monumento ecuestre tiene muchas más posibilidades de que le hagan otro que el que no tiene todavía ninguno, pero son tiempos magros en esa exhibición de las personalidades del pueblo y no hay consistorio que rebaje las arcas con esas vetustas florituras populares. Se preguntarán los gerifaltes de la cosa pública a quién montar sobre el caballo y hasta si es preciso el concurso del noble animal y no convendría mejor cualquier otra rúbrica en piedra o en el material que se aprestara con más elocuencia al porte o a la fama del elegido para la posteridad. Al final, no hay ninguno que resista la acometida de las heces de los pájaros y es precisamente esa circunstancia, la de la excrecencia posada a modo de sombrero, la que termina por explicar la verdadera historia del agasajado, no siempre la más presentable ni siquiera la que levanta las pasiones y el orgullo de quienes las observan.

Tiene su arrimo de épica (o de falta de ella) la forma en que el escultor dispone las patas del caballo: si están las dos delanteras levantadas es que el jinete murió en combate, si sólo una es que padeció las heridas de la guerra, pero no falleció a causa de ellas y, por último, si las tiene ancladas al suelo es que el deceso devino por causas naturales y no terció la batalla. Puede no ser cierto y esa disposición de las patas del equino sea entero capricho del escultor. El bronce que las yergue suele soportar el rigor de los siglos, pero no así la memoria de los reyes o militares para las que fueron erguidas. Con el declinar del caballo en la gesta de los triunfos desapareció la costumbre de los homenajes ecuestres, pero tampoco abundan en la actualidad las figuras de bronce o de cualquier otro material parecido. Los gobiernos no auspician que el maravilloso gremio de los escultores continúe fijando un símbolo para que la ciudadanía no olvide a sus héroes. Será que no los hay. Calladas gubias, cinceles muertos.

Estatua ecuestre de Felipe IV, Plaza de Oriente, Madrid

En consideración a la pertinencia de la memoria habría que reclamar un Día de las Estatuas Ecuestres, igual que hay uno para casi cada cosa, incluyendo en esa prolija y bizarra lista el Día de del Ascenso en Globo, de la Lógica, de la Hipnosis, de la Croqueta (es cierto, cae a mediados de enero, busquen si no dan crédito), de la Lepra, de Star Wars, de las Aves Migratorias, del Whisky (no le hago ascos), del Orgullo Friki, de la Sangría, de la Marmota (ese va en bucle), del Orgullo Zombie o del Pistacho. Reclamo desde esta humildísima columna un dis para las Estatuas Ecuestres. Lo reclamo “cuestre lo que crueste”, ustedes ya saben de quién me acuerdo. Habrá que abrir una cuestación popular, aunque sea de firmas, para que prospere esta no tan insólita petición, aunque sólo sea para que las palomas tengan donde exhibir sus evacuaciones, pero lo de Sánchez Ferlosio no admite discusión: Felipe III podrá tener cinco egregias figuras en ecuestre bronce, pero usted y yo no tendremos ninguna. No somos Marco Aurelio o Felipe IV o Pedro el Grande. Ni siquiera Gengis Kan. Quizá sea mejor. Con la moda actual de borrar el pasado, sea cual sea el repentino motivo, tardará poco en que las hordas reaccionarias las echen abajo o el mismo ayuntamiento que las izó decida convertirlas en escombro.

Regreso del Capitán Trueno




No sé de qué salva escribir, pero no puedo concebir una vida sin que me la cuenten, sin que otros escriban para que yo los lea. Cuando el volumen de lectura es brutal, no escribo. Prescindo de interferir en esa restitución metódica que proporcionan las historias ajenas, las que yo no controlo. De hecho se trata de una cuestión de orden y de principios. El escribir te da la libertad que no te proporciona casi nada en este mundo. No compongo música, ni pinto, ni me aplico en ninguna manifestación artística en la que no intervengan palabras. Insisto en decir que no hay nada parecido. Todas las cosas placenteras que ganan en esplendor a la escritura no alcanzan la satisfacción moral (o estética o intelectual) que te ocupa el alma entera cuando escribes, podría discutirse sobre eso. sobre cualquier cosa. Es curioso otro hecho: el de la convivencia entre el lector y el escritor, entre quien elige la opción de que le narren o el que se decanta por narrar él mismo o, en el peor de los casos, en el más doméstico y también triste, el de narrarse. Lo que ocurre cuando uno lee es que la soledad adquiere un sentido formidable. Escribir también embellece la soledad, la acaricia y la adora sin doblez alguna. No buscamos nada, no se desea escapar del mundo, no es ése el motivo que causa ese placer, ese amor puro. Uno entra y sale de la realidad cuando lee o cuando escribe. Entradas y salidas de duración variable. Recuerdo haber estado una noche entera leyendo de modo convulso, un poco enfermizo. Se me reprendió en casa, hace mucho tiempo de eso, el hecho de que castigara así mi vigilia, que la forzara a ese trasnoche libresco, que no tenía (a ojos de los que me censuraban) sentido alguno. Lo tiene, sí  lo tiene. La realidad, de la que no se huye necesariamente, está a mano y sólo el que ha metido su cabeza en un libro conoce la alegría que produce el regreso a lo real, a sus primores sencillos, incluso a su rudeza. Se sabe que existe un refugio, una especie de búnker, de patio privado, de sueño dirigido a placer por otro y volcado en nosotros. Nunca agradeceremos lo suficiente la existencia de que Robert Louis Stevenson escribiese La isla del tesoro o de que Robert Walser, antes de que le devorara la locura, dejase escrito Jakov Von Gutten, la novela que acabo de terminar hace poco más de una hora y de la que todavía no he salido, por más que me haya puesto un café en la cocina o de que haya estado hablando con mi mujer sobre lo que sucede hoy en la escuela. Los libros de verdad son los que se quedan adentro. No se tiene una propiedad perenne, pero están siempre ahí cuando les pedimos asilo, cobijo, la posibilidad de que nos permitan volver a ellos, aunque no los toquemos, ni recordemos fiablemente cada pequeña trama de las muchas que nos confiaron..


A lo que no renunciamos es a esa posesión preciosa, no se sacrifica, no se canjea: en mi cabeza sigue existiendo el Capitán Trueno. Una parte considerable de todos esos recuerdos de la infancia está impregnados de sus aventuras. Las conozco, he vivido con ellas durante cuarenta años. Están a recaudo Goliath, Crispín y Sigrid. Ahora pienso en cómo la miraba. Sigrid, la reina de la isla de Thule, podría haber sido ese primer amor inalcanzable, la constatación de que yo deseaba ser el Capitán Trueno y poder acudir en su ayuda cuando, ah Víctor Mora, ah Miguel Ambrosio, me la raptabais, la metíais en aventuras y la salvabais al final del capítulo, cuando todo parecía que estaba abocado al desastre. Ésa es la herencia que he recibido: la imagen imperecedera de su arrojo  y de su belleza, las dos cosas juntamente. Nunca después una heroína parecida o, de haber existido alguna, sería de rango menor, llegada a destiempo, en esa edad en la que uno ya conoce el valor de la fantasía y la crudeza de lo real. La literatura, no necesariamente la Gran Literatura, sino la pedestre, la de escuchar las historias y recorrer el mundo a sus lomos, perdura con la misma intensidad que los recuerdos de lo que hemos vivido. No es posible separar un ámbito del otro. En cierto modo, cuando pienso ahora en los años en que empecé a leer a Cortázar, se me viene a la cabeza la Facultad en la que estudié y los amigos que me hice y ahí anda, de por medio, entrando y saliendo de la escena, la Maga, fumando Gitanes, escuchando a los demás, sin entrar al trapo mucho o, de hacerlo, entrando con fiereza. Tantos años después, sin que flaquee ese aprendizaje, sigue uno leyendo historias. Las desea con más ardor, las anhela con mayor empeño. Hay historias que no sé contarme, que no es posible que yo pueda escribirlas. De ahí que lampe por encontrar una voz que me las susurre. Da igual que sea el Capitán Trueno o Funés el Memorioso, Travis Bickle, La Maga, Dorian Grey, Frankenstein, Gregor Samsa, el coronel Kurtz, Peter Parker, el capitán Ahab, Dartagnan, Gatsby, el reverendo Harry Powell, Jekyll o Hyde, Scrooge, Luke Skywalker, Norman Bates, Rufus T. Firefly, Smiley, Holden Caulfield, Humbert Humbert con su Lolita, Romeo con su Julieta, Alicia, Alonso Quijano, Peter Pan, Atticus Finch, Sherlock Holmes, Sam Spade, Jane Marple, Justine, Buzz Lightyear, Shylock, Bonnie con su Clyde, George Bailey, Darth Vader, el inspector Closeau, Harry Callahan, King Kong, José Arcadio Buendía, Roy Blaine, Jack Torrance, el Jabato, Conan el Bárbaro, Indiana Jones, Drácula, Monsieur Hulot, Vito Corleone, Norman Bates, Thomas Ripley, Tarzán, el Doctor Mabuse, Nosferatu, Juan de Mairena, Jim Hawkins, James Bond, Lisbeth Salander, Stephen Dedalus, Phileas Fogg, Oliver Twist, Pennywise, Hercules Poirot, El Pequeño Nicolás, Pippi Calzaslargas, Pinocho, Montaigne, Robert l. Stevenson, Eddie el Relámpago, Funés el memorioso, Mickey con su Pato Donald, Scarlett O'Hara, el profesor Tarantoga, Mycroft, Othello, Joel Barish con su Clementine, John Silver el Largo, George Kaplan, el Padre Brown o Íñigo Montoya, y me dejo tantos...Los personajes van y vienen, pero nunca se van. Se puede contar con ellos, se dejan querer y nos acompañan a menudo sin que tengamos que pedir que acudan. Somos una parte de cada uno. Ellos también nos construyeron.

10.7.26

Un paseo

 Algo sucede a lo que no sé dar asiento. Unos perros a lo lejos conversan sin que se sepa el desorden que les arrima a la discusión. La noche está ocupando la blanda extensión del día. La urgencia de la luz se obstina en desocupar su oficio. Esa hendidura dulce con la que el cuerpo se vacía. Unos grillos rivalizan con la música caótica de los ladridos. La iglesia al final del camino invita a que busque a Dios. De pronto lo escucho con torpe claridad. Me hace creer en la incertidumbre generosa de mi espíritu. Casi brama ahí adentro, pero distingo en el ruido que incesantemente produce  grillos y perros. Ahí vamos a ciegas los dos, Dios y yo. Llevamos tiempo intimando. No sé quién se ha tomado más confianzas. El tiempo discurre con pasmosa certeza  No sabe uno nunca a qué atenerse. Si a la memoria disponible o al yermo caudal del porvenir. Regreso a casa después de haber caminado por el campo. Tengo que subir a la azotea y recoger la ropa. Doblarla. Guardar la que no precisa plancha, comprobar que la cocina está recogida, el lavavajillas terminado, ni platos, ni sartenes, ni cubiertos en el fregadero. Abrir el ordenador. Escribir el texto que he ido montando en mi cabeza. Habrá algún adjetivo que no pensara. No importará si fueron perros los que a lo lejos parecían conversar. Tampoco si anochecía o abría el día. Ni de Dios tendré nada fiable de lo que apropiarme para que no se maleen las palabras y no cumplan el cometido que les encomendé. 

9.7.26

Una rendición


                                                                    El superviviente, René Magritte, 1950 

Ahí la sangre con su eco antiguo, con el temblor de la memoria, con la honda convalecencia del porvenir, con toda la elocuencia de la barbarie. De la escopeta que chorrea sangre de Magritte se queda uno con su disposición a perseverar. Con su coherencia inverosímil. Como si estuviese a la espera de que se la reclame de nuevo. Como si los muertos que ha ido escribiendo no contasen cada uno fuese el primero. No sabemos si los objetos tienen remordimientos. Si se avienen al reconcomio o a la desazón. Tenemos la idea de que no poseen voz que exprese el dolor al que puedan llegar. Está bien dolerse, saber que se ha obrado mal, consentir que algo se rompa adentro de uno cuando rompemos algo ajeno. Asombra, más que la escopeta con su sangre fértil, esa pared inocente, esa madera noble. Todo conduce a pensar en que no ha pasado nada realmente. Que no hubo un roto, una derrota de la vida, un llanto verosímil, pero el arma tiene alma, el dolor cunde, prospera, hace que se desdiga, que reniegue de sí misma, que anhele que alguien la haga trizas, que la estampe contra una pared o contra el tiempo. A su modo, se expresa. Ha dejado de ser una escopeta, ahora es otra cosa: un hombre que gime tal vez. El dolor no requiere retórica: se vale con su manifestación más sencilla, la del charco de sangre, la de la conciencia de pronto ensimismada, convencida de algo que únicamente puede ser contado con el vaciado de sus pecados. Todos son de la misma terca sustancia sin cordura. Fascina la depuración de la idea, su reducción a una elementalidad mayestática. Magritte ha escrito un cuento breve, uno de esos microrrelatos que, en pocas palabras, despachan un relato sólido. No sabemos tampoco quién es el superviviente que da título a la obra. Quizá se refiera a quien observa. Podría ser su propia sangre la que mana de la culata del arma. El cuadro es de una naturalidad que estremece. Toda la realidad estremece, por cierto. Eso lo sabía Magritte, que prescindía de la grandiosidad para reflejar su inquietud sobre la naturaleza misma de los acontecimientos, de esa realidad huidiza, a la que no siempre se puede encerrar en una idea. No hay nada que escandalice en lo que se ve: no se aprecia fehacientemente un destrozo, una evidencia del drama que se nos desea contar. Es tan solo esa sangre deliberadamente manumitida, exhibida con sobriedad, sin la dramaturgia de las grandes tragedias. 


7.7.26

Darth Trump




Lo malo de haber nacido Darth Vader es que luego no puedes quitarte la Estrella de la Muerte, la respiración cavernosa y los problemas paterno-filiales. Uno nace con un fondo de armario, con una marca testaruda en el corazón o un tic ancestral en el ojo derecho, aunque el tesón modele esa herencia y haya puertas disponibles a las que acceder o de las que esperar que nos hagan ingresar en estancias confortables, en mentiras deseables y, una vez franqueadas, podamos deshacernos del traje o de los gestos o de todo cuanto ha sido invariablemente nuestro y haya sido difundido y sea del dominio público. Por eso siempre miramos igual a Kafka. No hay manera de que le imaginemos en una playa, en plan dominguero, leyendo la prensa, bebiendo cerveza de lata y echando un ojo disimulado a las concupiscibles mozas concurrentes. Poe es la absenta, los callejones oscuros, esa cara desgraciada y la primas enfermiza. Un Poe extraído de su Boston e incrustado en el alegre París de los veinte o en el San Francisco jipi es difícil de montar en la cabeza de quien lo haya leído a fondo y aprecie su decadencia y entienda que quizá sólo puede escribirse El gato negro o La caída de la casa Usher si has bebido mucho o has trasnochado en tugurios infames.
A Darth Vader le tenemos un afecto que no es posible argumentar. Supongo que los afectos no precisan justificaciones. Provienen de edades pretéritas, se incrustan entonces y difícilmente se logra extirparlas. De ahí que este juego en el que la dama del parasol de Monet deja su sitio al caballero oscuro que ruge de venganza, poseído por el mal. Por otra parte, visto así, en esa actitud desenfadada y primaveral, Darth Vader no impone, no es el ser temible y cruel. Todo es cuestión de atrezo. Te quitan el casco y eres un don nadie. Se te ven las costuras en la cara, el resto de lo que fue un ser bueno, angelical. Te retiran la silla en el Despacho Oval y regresas a tu agujero podrido de odio. No creo que haya un restito de humanidad. A ese hay que condenarlo sin ambages. Lo de quitarle la silla y la vara de mando no es cosa fácil. Hay en su tierra mucho descerebrado censado. Y adláteres afuera, comprados, asustadizos, advenedizos con probadas tragaderas.

6.7.26

Haaland



Me apenó ver perder a Brasil. Mi memoria sentimental es más carioca que nórdica. Mi deseo fue que ganaran los pentacampeones, que ya no son lo que fueron, hace que no hay ni rastro de Zico, Romario, Ronaldinho, Pelé, Garrincha (cómo regateaba) o Pelé, el dios, el rey del fútbol, el tricampeón mundial. Fue un bicho nórdico el que los apartó de la corona. Se veía venir. La canarinha es una panda de mediocres, un simulacro de samba, un arrebato sin disciplina, puro talento, desborde y verticalidad, delirio sin argumentos. Lo de los noruegos fue perseverancia, planificación, programa, programa, programa. Quiizá tienen fe en Haaland, que es un cyborg, un robocop, un titán, un ser de otro mundo, un virus del que no se tiene vacuna, Thor con su mjörnil, el martillo de la mitología vikinga, el drakkar sin agua. Bastaron dos intervenciones, dos escaramuzas sin mayor urdimbre, para que la historia se desdijera, para que la épica brasileira se desmoronara y los que amamos el fútbol pensarámos que la memoria es un accidente, un souvenir, algo a lo que no debe hacérsele aprecio alguno. Lo de Brasil perdiendo anoche es una evidencia de los males del mundo. Brasil debería ganar siempre, salvo que se empareje con España y el corazón tiemble al tener que escorare hacia un bando. El jogo bonito es la alegría, el baile, la capoeira, Copacabana, Stan Getz soplando la chica de Ipanema para que Astrud Gilberto se prodigue en susurros dulces. Esta vindicación del fútbol es legítima. Me hace regresar a la época en que adoraba las virguerías de unos cuantos jugadores, el talento puro de unos cuantos elegidos. Daba igual que hubiese un equipo sólido que los asistiese: eran capaces de enmendar un roto con una coreografía en el área contraria, con un juego de pies inverosímil. No escatimo elogios a los noruegos (me encanta el salmón, anhelo viajar a ese país, ver la aurora boreal, perderme en la catedralicia comparecencia de un fiordo) pero no estuvo bien que viésemos una selección tan flaquita, de tan escaso desempeño. Ni Vini Jr, el tuerto en el reino de los ciegos, enmendó el descalabro. Así que me he hecho nórdico, noruego de pies a cabeza. Si no somos nosotros los que levantamos el trofeo, que sean los vikingos. Son los más entusiastas. Hacen cosas en las gradas que me parecen adorables. Viva Noruega, viva el salmón, viva la pragmática sin circo, la matemática severa, todo lo que no es fútbol, pero hace que se ganen los partidos. Y me quedo con ese ser extraterrestre, insensible, aunque sonría, El fútbol moderno será de iluminados como Haaland. Seres fríos, inalterables, cazadores que no se inmutan cuando no se tiran días sin saber dónde está el bosque. Al final, adquieren su presa. La derrotan, ponen el pie sobre su testa quebrada. 




Ser

 Lo que importa es estar aquí, haber nacido, sentido, amado. Todo lo demás no debería ni contarse. Sin embargo, toda la literatura nace de un conflicto, se construye en la liza del bien y del mal. Esa armonía íntima, la de la bondad, la de la gratitud, se escribe con caligrafía pulcra, se dice con las palabras más sencillas. No se precisa alardear de nada. No interviene ningún veneno, ninguna constatación de que la sangre circula con miedo o con odio. Basta anhelar un paisaje y saber que ninguno que creamos a mano será el definitivo. Saber, no obstante, que la salvación no es algo a lo que secretamente aspiremos. Nos conforta el sagrado hecho de aprovisionarnos a diario de esa luz indecisa con la que el día proclama sus prodigios y sus tragedias. Es la perseverancia, ciega ella a veces, la que manuscribe el tráfago de ser. No hay verbo más hondo. Siendo, ya vale. 

Comparecencia de un árbol

 

I


Al árbol muerto 

lo agasaja de vértigo el aire. 

Un fuego sin cuerpo abraza 

el tronco roto del que prende 

un desquicio de tosca lejanía. 


Está la muerte misma 

ofrecida como un cántico. 

La desolación absoluta como un temblor. 

Ni la lentitud prospera. 

Se impregna la luz de una fiebre invisible. 


Todo en el árbol se desdice. 

Una prudencia con su blonda de silencio 

ocupa la tosca materia de su talle,

la memoria de su ensimismada 

travesía sin centro. 


Será la lluvia la que apremie 

su vocación de altura. 

La raíz es un misterio 

del que no se hará evangelio. 

Una catedral en ruinas. 

Una religión sin un dios que la acune. 

Un templo del que solo perdure un altar. 

No tendrá quien se recree 

en el eco roto del tiempo

ni en el antiguo solaz de su sombra. 


Hay un bullicio adentro. 

Consta su clamor, cunde 

su anhelo de puro erguirse. 


Un árbol muerto 

es un fracaso de todos los bosques. 

Las hojas lo desobedecen. 

Cuestionan la ciega velocidad de la tragedia.


Un árbol vivo. 

habla con su verdor futuro. 


II


Lo que al agua da el oficio de cauce 

es el vértigo de la tierra, la hondura del aire.


Al aire se le desciñe la altura y roza 

con su invisible manto la orfandad de la luz. 


La ceniza es humo que corteja 

al azul del cielo y al loco respirar del fuego. 


Jadea el fuego, arde la luz, brinca 

como un pulso de sombra el agua.


Gimen, agua, tierra, aire o fuego,

cuando los abraza la providencia,

pájaro sutil al que el vuelo obligara

a ocupar la brújula del tiempo, 

manantial ciego, si cuerdo, limpio

estrago de cuanto dimos en llamar vida. 




5.7.26

El futuro

 Le voy teniendo un afecto menor a las novedades. He aprendido a manejarme bien en la rutina, en su calor doméstico. Ni tenía antes argumentos exquisitos para disfrutar con ellas ni ahora los tengo para declinarlas. Tengo, en todo caso, vaivenes, una especie de querencia volátil hacia los asuntos que se improvisan, los que gobierna el azar y en los que uno no posee regencia alguna. Me incomodan cosas que antes me entretenían. Me atraen las que en otras ocasiones me enervaban. No poseo una idea exacta sobre si estas apreciaciones mías las comparten otros. Las tengo yo, las acepto como buenamente puedo y me voy acostumbrando, entre la perplejidad y la anuencia, a lo que va saliendo de este giro caprichoso de mis asuntos.  K. observa que esa desafección es un indicio de que me hago viejo. No es cosa que me preocupe. Me insinúa chistosamente la posibilidad de que lea de nuevo El Quijote o de que juegue a la petanca en el parque, ahora que estoy jubilado. Envejecer, le contesto, es un signo de buena salud. Llevamos haciéndolo, cada cual a su manera, toda la vida. 


Lo de la edad es una estadística, una convención numérica, un dolor inédito en el costado, una manera más de etiquetarnos. Convertidos en cifra, se nos controla mejor. Estamos últimamente al tanto de ese cómputo. Se envejece desde que el aire rasga los primeros pulmones. Todas las horas hieren, pero es la última (ay) la que mata. Los años cumplidos no me pasan factura o no al menos del modo en que debieran hacerlo. Salvo algunos achaques, que tenía también hace dos lustros, se me puede considerar sano. Más que la alopecia o que la barba sea blanca (las dos cosas se atienen a la estricta verdad) lo que se me antoja preocupante es esa debilidad mía que consiste en no saber a qué atenerme cuando dispongo de tiempo libre. No tener certezas absolutas sobre en lo que emplear las horas de esparcimiento. Es que yo me esparzo con desperpajo, sin que el veneno del aburrimiento se me envalentone y altere. Ocupo más en decidir qué hacer que en realizar lo que he dispuesto. Esa inconveniencia malogra una felicidad mayor. Ese contratiempo me indispone para acometer con mayor placer las cosas a las que me entrego, que son muchas y a las que confío para (como decía el poeta) elevar la cumbre de los días. 


Algunas de esas cumbres imponen. De ahí la necesidad de avituallarse bien por ahí adentro, de saber con qué alimentarse y en qué dosis administrar los venenos habituales. Tengo muchos. Los adoro a todos. No estar jamás contento con nada, declinar con poca renuncia lo nuevo, considerar que la rutina (la mía no es en absoluto gris, he aprendido también a decorarla) es una casa que me acoge y que aspiro a que me cuide cuando, ya en otra edad, más noble y provecta, encorvado, perdida en parte la memoria y ganado sin adjetivos el descanso, piense en qué gasté los años, cómo merecí el amor de los otros y el mío propio. Sobre todo me fijo en esto último, en si me quiero lo bastante o soy un descuidado conmigo mismo y me desatiendo en cuanto me distraigo. Cuento esto distraídamente, como si fuese de otro de quien cuento y me hubiese arrogado la facultad de mostrarlo al modo en que las narraciones transcurren y hacen personajes y los conducen a su antojadiza manera. 


En ocasiones, cuando escribo, escindo esa realidad y la hago ficción. Por adiestrarme en la escritura. Por no cejar en su loco empeño. Ahora, recién retirado de mis obligaciones laborales, tengo todo el tiempo del mundo. Lo tenía antes, lo supe entender así, pero inicio una etapa ignota, todas lo son. Esta noche empiezo a escribir en serio. Me sale una novela por la boca. Tengo que registrarla. 

Elogio veraniego de la esperanza

Hoy pensé en la esperanza. La estuve interrogando, se dejó, no impidió que la agobiara a preguntas, que la pusiese en un brete de no darme n...