10.6.26

Jazz / 16 / Sillas de jazz

 




Hay sillas de velatorios y de cine de verano. De iglesia muy pobre y de fiesta de barrio. Sillas de festejados directores de cine y de papas en su bóveda de santos. Las hay huérfanas de memoria y ungidas de épica. Sillas historiadas, humildes, hechas a su desempeño o meramente decorativas. De las sillas se tiene la certidumbre del uso y hay quien las prestigia con la pompa de la orfebrería. Cuando descubrí la foto en una de esas búsquedas caóticas que uno realiza cuando enciende el ordenador sin un propósito fijo, escuchaba a Clifford Brown. Así que una de ellas es suya. Asignada. Como si de verdad estuviese a punto de tocar Cherokee con Max Roach, versión que rivaliza con la del propio Charlie Parker, padre de la venturosa criatura. La silla de Clifford Brown será una de las exhibidas en la fotografía. O tal vez sea propiedad de Thad Jones o de Dizzy Gillespie o de Roy Eldridge. El jazz fue música de big bands, todavía lo es, de sillas con talento. 


 

9.6.26

Jazz / 15 / La mano de Miles Davis

 




En la mano de Miles Davis están todas las manos del mundo. Todo lo que puede hacer una mano lo hace la de Miles Davis. Además es una mano negra. Todas las manos del mundo son, en el fondo, manos negras. Debajo de todos los demás colores está el negro. Adentro, donde la mano deja de serlo, si es que una mano pueda dejar de ser mano en alguna ocasión, está la memoria del tiempo y del espacio, el fragor de las batallas del ayer, la caricia, todas las caricias, todos los fragores. Está el negro con el que el mundo se hizo mundo por primera vez. Era entonces un mundo sin manos todavía. Negro, de un negro inasible, imposible, inverosímil.  Es posible que en el inicio, en aquellos tiempos de zozobra cósmica y de silencio infinito, la mano no cupiese en el diseño de todas las cosas que estaban por venir. Era más lógico que antes de las manos, mucho antes de que se adueñaran del mundo, existiesen las piedras. No se le ha dado el mérito que tienen. Están ahí desde el principio y siguen todavía. Yo creo que el mundo es una piedra enorme que sigue fragmentándose. Nosotros mismos somos extensiones anómalas de esa piedra primigenia. La primipiedra, podríamos decir, el protochusco. Lo que no sabemos es si hubo una primimano, una mano antológica desde la que se desgajaron todas las demás. Es De Dios, dirán los que creen en una mano absoluta y decididora, una especie de herramienta ontológica. Quizá no apreciamos la piedra al modo en que apreciamos la mano porque carece de la facultad de moverse. Ahora mismo, mientras tecleo, observo con detalle cómo funcionan las mías. Llevan años haciendo lo que hacen y siguen cumpliendo, aceptando lo que les ordeno, sin flaquear. Una mano, cuando flaquea, alerta sobre el fin de quien la posee. De la mano, de su oficio divino, provienen todos los demás oficios. Incluso el de escribir viene de ahí. A mis alumnos les digo que no escribo yo cuando lleno la pizarra de palabras y de dibujos y de números. Es mi mano la que escribe. Ella es la que decide qué palabra colocar. Lo que no tengo es una mano negra. Ni siquiera una mano trabajada y sensible como la que tuvo Miles Davis. Es la mano que hace que la música suene. No sonando, se escucha. Sólo debemos aplicar el oído. Acercarnos, advertir que los dedos, aunque no lo parezca, aceptando que no es posible tal cosa, se mueven. Lo están haciendo ahora. Se están moviendo. Suena un solo de trompeta fantástico. Se está expandiendo por el cosmos. Está barriendo el cosmos. No hay rincón del cosmos al que no alcance. Es un solo negro. Todos los solos, los buenos, son de una negritud que intimida. Debajo del negro, a modo de capas, están los demás colores.


En julio de 1986, durante la sesión organizada por Warner Bros. para el lanzamiento del álbnum Tutu, el fotógrafo Irving Penn quiso que Miles Davis se redujera a una expresión mínima, una que contuviera a todas las demás. Eligió su mano izquierda, que parece pulsar las llaves de una trompeta. Duró algo más de una hora en la que Miles apenas dirigió la palabra al fotógrafo. Se dejaba indicar sin entusiasmo. Se sabe que Miles era un tipo raro si se lo proponía. Consta que al finalizar la sesión estampó un beso en la boca al fotógrafo. Había encontrado una esencia, Miles lo sentía. La digitación, suspendida en el aire, improductiva, emite todos los sonidos sin que se aprecie ninguno. Tensión, fragilidad, elegancia o hechizo: cualquier interpretación es válida. No es una mano enteramente: es un paisaje, un instrumento, una escultura. 







8.6.26

Jazz / 13 / Chet Baker y Louis Armstrong

 Louis Armstrong solía decir que la marihuana era la borrachera barata, la medicina de los pobres y de los negros, una cosa agradable desde que empieza hasta que acaba. Sin fumarse un porro, Satchmo tocaba como un ángel. Embriagado, metido en sus pulmones todo el humo, Satchmo tocaba como un ángel también. Uno ebrio, claro, el ángel tóxico que jamás dejó de fumar marihuana y que no perdió la oportunidad de introducir en su vicio a otros insignes del show business de la época como Bing Crosby o como Bob Hope. No se arrimó a drogas más duras. Solo marihuana. Armstrong no necesitaba colocarse para expandir la sonoridad de su trompeta. La expandía sin narcóticos fuertes. En la foto, cuyo autor no he logrado encontrar, se ve a un Armstrong reposado. Es una especie de Armstrong inverso. Como si los efectos del cannabis le calmaran y le borraran de cuajo la alegría ante los flashes de las cámaras. Aquí no sonríe. Parece pensar muy a lo hondo en lo que ha vivido, en el sufrimiento del pueblo negro, en la humillación sufrida por su raza, en la dignidad arrebatada, en el odio de los hermanos. Como si al fumar de pronto se pensara a sí mismo y razonara su esencia y su lugar en el mundo. El de Armstrong fue visible, incluso su música lo fue. Uno elige sus obsesiones, las mima, las gobierna en lo que puede y se afina en el oficio de amarlas casi por encima de todas las cosas, pero hay obsesiones que cierran la razón. No sabemos qué podría haber hecho Charlie Parker de no haberse despeñado en la heroína. De Chet Baker, otro ilustre drogata, tenemos una biografía turbia, de caminos perdidos, de adicciones más grandes que él mismo. Se perdió en grabaciones subalternas, en conciertos de calidad ínfima, en donde desafinaba o se dedicaba a insultar a sus sidemen en el escenario. No llegó a cumplir sesenta, una edad muy avanzada si se piensa cómo trató a su cuerpo, con qué saña lo castigó. Aparentaba veinte más. Una madrugada de mayo de 1988 se partió la cabeza con un bolardo de la acera al caer desde la terraza de una habitación de hotel de yonkis en Amsterdam. Seguía dando conciertos, pero no era el Chet Baker de los cincuenta: no tenía la afinación de entonces, no tenía nada de lo de entonces. Literalmente era otro. Tocaba para adquirir heroína y cocaína. Apenas comía. Su degradación fue lenta como cualquiera de sus baladas. Nada de eso padeció Satchmo. No tardó como Charlie Parker tres días enteros en morirse, comido de dolores, acuchillado por la fiebre y por el mono. Armstrong tocó hasta que ya no entró aire en sus pulmones. Sus últimos conciertos fueron patrocinados por el gobierno de su país. Ambassador Satch, le llamaron al final de sus días. El embajador del jazz y de la sonrisa perenne. Fascina que no la exhiba en la fotografía usada para el texto. Eso hace que las otras valgan infinitamente más. Tal vez fuese ese rostro el habitual: serio, adusto, triste también. Un ataque al corazón, poco antes de cumplir los setenta, lo retiró de los escenarios. El mismo ataque que años antes le privó (solo un poco, imagino) de su marihuana. Nada que mermara su talento ni su estajanovismo jazzístico.

Louis Armstrong no era un niño bonito al modo en que lo era Chet Baker, pero los dos vivieron peligrosamente y algo de ese vértigo late en el jazz que hicieron. Louis fue chico de los recados en los burdeles de New Orleans y se casó con una prostituta. Jovencito, fue proxeneta, también vio al Papa en Roma y se ganó la categoría de mito de la música popular del siglo XX con su voz estropajosa y su trompeta bendecida por todos los dioses del Olimpo o del delta del Mississippi. Chet nació en una granja y recibió de su padre la afición por tocar un instrumento. La guitarra primitiva derivó al trombón y luego ya definitivamente a los pistones de la trompeta. En 1954 fue elegido como el mejor trompetista del jazz, por delante de Miles Davis y de Louis Armstrong. Un año después, en Italia, es acusado de traficar con droga y es encarcelado. En San Francisco, diez años más tarde, pierde los dientes en una brutal paliza. Si a un pianista le machacas los dedos se puede dedicar a dar conferencias o a vender enciclopedias puerta a puerta, pero a un trompetista no le puedes reventar la boca porque entonces no emboca bien la boquilla y el sonido no fluye, aunque el cerebro de Chet tuviera perfecta noción de cómo debía tocar para procurar el asombro, la fascinación y, en último término, la belleza. La historia cuenta que jugaba el niño Chet Baker con unos amigos cuando uno de ellos lanzó una piedra a una farola con la mala fortuna de que, al rebotar, le dio en la boca y le partió un diente. No se puede tocar la trompeta si te falta uno: el flujo de aire no es el adecuado. Ese accidente no le echó abajo. Hasta pasó de colocarse un diente postizo que paliaba el problema. Fue ese hueco dental el que le hizo desarrollar un sonido personal, que fue reformando en adelante, adaptándolo a las circunstancias, modificando su forma de tocar y no se apreciase más de la cuenta que la boca le dolía más que su propia alma.

Como Louis Armstrong y tal vez por parecidas razones, Chet Baker estuvo en la cárcel. Duele pensarlo entre rejas, comprobar que el genio y el talento, la indivisible ración de maestría que le fue generosamente entregada por el numen y el trabajo incansable estaba a la sombra, ninguneada, convertida en una parodia de lo que fue. A Louis lo que de verdad le gustaba era fumarse sus canutitos antes de pisar el escenario y tocar What did I do to be so black and blue. Chet prefería recorrer la Riviera francesa en un Alfa Romeo descapotable con alguna rubia de curvas generosas que le metiera mano en el hotel mientras él buscaba en la maleta su dosis diaria de gloria tóxica. Fue el niño bonito de las mil novias. Todas caían rendidas. Más tarde (todo lo importante sucede siempre más tarde) en otro lugar cayó al vacío. Se había intentado suicidar varias veces. Su autobiografía se llama Como si tuviera alas(Barcelona, Mondadori, 1999). Louis no murió en circunstancias tan trágicas. Vivió mejor que Chet la última parte de su vida. Su música era menos patética, menos inclinada al fatalismo. De hecho, mucha gente que no ha hurgado en su legado musical tan sólo lo conoce por su cara bonachona, su cuerpo redondo, la voz ronca y What a wonderful world, esa pieza que te hace sentir alegre nada más empezar a sonar.

Antes de que Louis nos dejase, vio al papa, ya se ha dejado escrito. La anécdota es lo suficientemente conocida. Justo antes de que lo recibiera, en cacareada audiencia, el músico tuvo un serio problema intestinal. Quienes lo conocían sabían que eso contrariaba sobremanera al trompetista. No habiendo podido evacuar como solía, Louis confesó que no estaba en condiciones de ver al nuncio y portarse como debía. Pensó que una buena pipa de marihuana, a la que era muy adicto, podía liberar el stress del momento, relajar las paredes intestinales y que la naturaleza obrara, nunca mejor dicho, como debía. Louis Armstrong se encargó de contar en numerosas entrevistas que el Papa Pío XII le preguntó si él y su amada Lil tenían hijos a lo que Louis, con esa sonrisa infinita y esos tics universales, contestó que no, pero que «lo pasaban muy bien intentándolo». El atracón de hierba hizo sus efectos y nada más terminar la conversación con su Santidad, Armstrong sintió un dolor imposible de soportar que le anunciaba, traumáticamente, que debía buscar un excusado en donde liberarse de la opresión que le martirizaba. Al salir le dijo a su mujer: «Ven, Li, ¿sabes cómo son los w. c. del Papa? Tienen columnas…». La leyenda añade que se encendió un porro en ese recinto inédito. No sé conoce que Chet Baker se manejara con ese humor. Sus fotografías muestran al hombre paulatinamente arrojado a la desgracia, al ídolo de la voz dulce y frágil, el del fraseo melódico, el del poeta del jazz, con permiso de Bill Evans.

Hoy alguien me preguntó si todos los grandes solistas del jazz eran toxicómanos. Le he respondido muy vagamente. Sin afinar. He tirado de inventario, no obstante. Muchos sí, dije. De los grandes genios del jazz o de la literatura o de cualquier otra disciplina de las artes tenemos siempre una percepción fantasma. No existen. No son tangibles. Están en sus libros o en sus discos o en las memorables actuaciones en un film, pero no sabemos nada o casi nada de qué hicieron en vida, a qué dedicaban (como cantaba otro aparentemente libre de pecado) el tiempo libre. Cuando mueren se nos coge un nudo en la garganta y agradecemos, ahí adentro, donde quiera que esté el alma, los favores recibidos, el esfuerzo por deleitarnos, por hacernos felices. El arte tiene ese cometido por encima de todos los demás: hacer felices a quienes lo observan o lo producen. No he encontrado una pieza en la que toquen juntos.


Jazz / 14 / Monk, Parker, Mingus y Haynes




 Puede que estén tocando "What is this thing called love?" o "All the things you are". El gordo del traje blanco es mi favorito, Charlie Parker, quizá el que llevo la etiqueta de maldito más a la vista, el que voló como un pájaro, el que hizo que Cortázar le metiera en un cuento, el que hizo que un blanco que tocaba bop argentino en un cuadernito abriera mucho los ojos y abriera mucho las orejas porque aquella música era celestial. Los demás no son ángeles, no son puros, ni aspiraron a ninguna pureza. Tampoco el gordo. 

Monk toca el piano como si Dios mismo le mirara. Como si rindiese una ofrenda. Cada nota, incluso las notas bastardas, las que no seguían el canon, era una genuflexión. Mírame, Dios, estoy aquí, soy tu hijo, haz que la música fluya por mis manos y se eleve y te alcance. Eso le dice. Albergo la creencia de que la música (cierta música) es un lenguaje que nos hace ingresar en la trascendencia, en el centro exacto del Invisible cuerpo de la fe.

 Monk golpea las teclas como si fuese un eterno sábado por la noche y tuviese el alma empeñada en contrariar al cuerpo, en explicarle que debe plegarse a su órdenes, aunque la espalda se duela y el corazón se agite en demasía. Está bendecido, pero toca el piano como si fuese la primera vez y suda como si fuese la primera vez. Mingus está pensando que si falla una nota estará llorando toda la noche. Es un perfeccionista. 

Mingus es el que más ama el jazz, pero no presume. Hace su oficio oscuro, toma el mando sin que nadie lo note. El contrabajo en el jazz es el instrumento secreto. Se vendría abajo media historia del género si lo borráramos. El jazz es de los que se equivocan. Un jazzman de los buenos hace oro de un error. De hecho, el jazz entero podría ser considerado un error. No hay regla que no se salte, no hay certeza que no se pervierta, no hay canción que suene igual dos veces. Eso es lo más importante. Que el jazz sea siempre nuevo. 

Roy Haynes los mira con los ojos cerrados porque los tiene a los tres metidos en la cabeza. El jazz es un matrimonio de tres o de cuatro o de cinco. Cada uno sabe lo que piensa el otro, pero le permite abrir una brecha, darse aire, crear una distancia desde la que mirarse todos y volver una y otra vez. Lo glorioso es cuando están todos muy lejos y logran escucharse, saber qué va a hacer cada uno, aunque ni ellos mismos, antes de acometer la siguiente línea del texto, sepa por dónde va a tirar. Si seguirá la melodía y la estrujará o la alargará y la convertirá en otra cosa, pero sin abandonar jamás el cuerpo principal, la parte invariable que hace que estemos escuchando algo conocido. Qué ilusos. Es jazz. Es júbilo con síncopa. 


La fotografía de este instante cobra una importancia singular. La hizo Bob Parent el 13 de septiembre de 1953 en el Open Door de Nueva York. Se publicó en la revista LIFE. Se sigue considerando una de las mejores fotografías en la historia del jazz.  No se hicieron tomas sonoras de los números. Nadie se llevó una grabadora. Tocaron para la eternidad. 

5.6.26

Jazz / 12 / Robert Johnson

 




Al diablo no se le tutea, no se le ofrece posada, asiento en la casa, ni siquiera entra en lo prudente que intimemos con él, nombrándolo, dejándonos acariciar cuando nos pone la mano interesadamente encima, abriendo mucho los ojos si goza de lo visto, jaleando su hechizo. Debemos desoír todo lo que nos susurra, no convienen esos regalos, al final cobran su peaje. Si existe el bien, el mal ronda cerca. Si hay Dios, no podemos dudar de que el Diablo rivalice con él, lo desautorice, gane adeptos a su causa y los agasaje como sabe. Robert Johnson fue uno de esos adeptos, un feligrés de la causa diabólica, es fama eso,  forma parte golosa de cualquier indagación sobre su corto tránsito por la tierra. Fue un muerto de hambre que en cierta ocasión (son leyendas, qué haríamos sin las leyendas) se apostó en un cruce de caminos entre la carretera 49 y la 61, en Clarksdale, Mississippi, donde se estrellaría fatalmente Bessie Smith, y pidió al Diablo que le hiciera el mejor guitarrista de blues del mundo. Te doy mi alma, alguna tendré, haz con ella lo que quieras, premia mi sacrificio, haz que toque el blues como nadie lo ha hecho antes. No hay constancia de esa petición, cómo pudiera haberla, no se levantó un acta, ni se registraron documentos gráficos. Todo es un rumor parecido a otros de los que tampoco tenemos pruebas y que, sin embargo, creemos sin más. Es la fe la que interviene, ese don maravilloso que nos atraviesa y permite ver donde otros no lo hacen y sentir donde otros no sienten. Una especie de milagro inverso. Después del canje, una vez que el buen Diablo le concedió el deseo de ser el mejor, Robert Johnson compuso y tocó 29 piezas fundamentales del género. Necesitó 2 sesiones la habitación 414 del hotel Gunter de San Antonio y en un improvisado despacho de un edificio de oficinas en Dallas entre mayo del 1936 y junio de 1937. También usó una granja, un almacén y el trastero de un bar. Algunas canciones fueron grabadas varias veces por lo que contamos con 42 grabaciones conocidas, 29 originales. Poseen la virtud de la excelencia. También el de la tragedia. Siempre van de la mano lo hermoso de lo siniestro. De hecho, el blues es el depósito de la herrumbre, el lugar por donde el alma se lamenta de la esclavitud del cuerpo o en donde el cuerpo ignora las exigencias del alma. 

Sabemos poco del genio. Se sabe  fue el decimoprimer hijo de Julia Major Dods, fruto de una relación extramatrimonial. Que adoptó el apellido de su padre biológico. Que trasegó las penurias del mundo como pocos hasta que la tragedia fue indistinguible de la dicha. Encontró cierto tipo de consuelo en la música, la que se le impregnó en los tugurios y en las calles, todo ese bagaje de dolor que sus semejantes habían transformado en cántico. Así que decidió tocar, parecérseles. La armónica, su primer instrumento, no dejaba de ser un artilugio secundario: Little Robert quería tocar como Son House, no volver a ser motivo de burla cuando rasgaba las cuerdas. El prodigio (un milagro cerrado) no solo se apreciaba en el modo de tocar la guitarra sino en cómo cantaba. Eric Clapton, reconocido deudor de Johnson, quizá quien con más afán difundió su música, mantiene que no ha habido bluesman más dotado vocalmente.  También fue un compositor notable (Sweet Home Chicago, Terrapksne blues o I believe I’ll dust my broom) y un receptivo y agradecido ejecutante de piezas de sus ídolos. 

Después de tocar en vivo, nervioso y como en trance, Robert Johnson se marchaba a toda prisa del escenario. Como una cenicienta temerosa. Quienes no están dispuestos a avivar leyendas, cuentan que lo hacía para acrecentar el misterio, por dar de qué hablar, por extender su misterio. No había nada más. Johnson tocaba en los precarios estudios de entonces de una manera muy peculiar. Cogía su Gibson y se ponía cara a la pared, sentado en una silla. No quería, al parecer, que le viesen tocar sin que tuviese público de por medio. Podría haber buscado cierta acústica de la guitarra. Satanás le poseía, concluían quienes alimentaron la literatura del mito. Roto por la muerte de su hija y de su esposa en el momento del parto, Robert Johnson (con dieciséis años) se refugió en el blues. Se sabe que la familia de su mujer le recriminó no haber estado cuando su mujer dio a luz. El hecho es que esa circunstancia lo arrojó a la intemperie. Estuvo casi dos años vagabundeando, perdido, destrozado. Volvió a la realidad como un hombre nuevo. Aquí es donde entra la leyenda del cruce de caminos, del pacto con el diablo. Tú me haces un gran músico, yo te entrego mi alma, todo eso. No estaba especialmente dotado para la guitarra, pero de pronto deslumbró a todos con una técnica asombrosa. Al ser preguntado ( consta eso) sobre cómo se había convertido en un guitarrista tan sobresaliente decía que había tenido al mejor maestro. Él nunca se cohibió. Soltaba sin pudor sus tratos con el diablo. Sus letras tenían (además) algo parecido a la poesía: no era un cazurro contando cazurramente una historia, sino un hondo trovador de la vida achuchada de su raza, un testigo cualificado de las penurias de su época. Ese vuelco vino por el mecenazgo de su segunda esposa, de recursos financieros más notables, que lo apartó del trabajo y de la tristeza y trató de centrarlo, haciendo de él un hombre nuevo, menos promiscuo y menos bebedor, básicamente. Casi lo consiguió. El 16 de agosto de 1.938 (probablemente, no hay tampoco certeza en esto) el diablo cobró su deuda. Robert Johnson tenía 27 años y tan sólo hacía dos que había grabado las piezas de su escasa discografía. El dueño de un club de mala muerte en el que solía tocar le envenenó afrentado por la infidelidad de su muy joven esposa con el músico negro. En el certificado de su defunción (no hubo autopsia) no se registra si fue un marido particularmente celoso, un whisky en pésimas condiciones (varios serían) o una mujer de las muchas con las que mantuvo relaciones quien le aseguró seis palmos de tierra. Podemos añadir la sífilis, de la cual hay constancia documental. El diablo se llama a veces estricnina. Sin él no habría rock. Así de sencillo. Eran tiempos duros y gente como Johnson inventaron el blues. Sí, ese género en el que alguien plañe a su manera y parece que ves las lágrimas caer y mojar el suelo de barro. Robert Johnson es el primero de todos los que vinieron después y escribieron las grandes páginas.

3.6.26

Jazz / 11 / Chet Baker

 





La ocupación del ángel es la música de las catedrales. Le concierne el temblor de la piedra. Nadie ha entendido esa destreza sutilísima con la que el cielo festeja sus esponsales con la tierra. Pertenece a la liturgia de su vuelo invisible. Solo nos acercamos a los ángeles por la fragilidad y por la ternura. Solo nos incumbe el fulgor de lo oculto. Un ángel es un ser puro que no conoce la sangre ni el rubor de la muerte al derramarse en el corazón de los elegidos por la gracia infinita de la luz. Chet Baker fue un serafín, un querubín, un elegido por la divinidad para el coro de trompetas de las alturas, pero también fue un hombre, un ser frágil y tierno que veía ángeles cuando tocaba. Era uno de ellos. Era un ángel enfermo de sensibilidad. Debió retirarse cuando pudo, dejar los escenarios, recogerse en uno de esos apartamentos iguales a todos en los que haría una vida familiar y gris, pero ni se le ocurrió atenuar el don con el que fue bendecido. No entraba en sus planes morir siquiera. Viviria para siempre. Tocaría para siempre. Se metería farlopa o caballo para siempre. Es mejor desaparecer antes de que le partan los dientes y peligre el embocado en la trompeta o incluso antes de que la sangre sea un vértigo y exija el tributo de todas esas moléculas negras y furiosas que embotaban su cabeza y le hacían tocar como un ángel muerto y resucitado. Probablemente no recordaría cuando enloqueció toda esa sangre que lo hacía moverse y seducir a todos a los que lo trataban. Su vida fue un ejercicio de conquista y de desprecio de lo conquistado. Como la de cualquiera. Nadie que lo hubiese conocido diría de él que fue un buen tipo, un ángel bonito, pero ninguno renunciaría a extasiarse cuando invocaba el triunfo del amor al hacer sonar las melodías. Lo que no estaba dispuesto a sacrificar era el hechizo de la música en su cabeza, la sonoridad del cielo. Quizá fuesen las canciones las que lo mantuviesen en pie. Mientras tocaba era el joven lozano todavía que encandiló a las niñas y a los grandes músicos negros del jazz que amaba casi por encima de todas las cosas. En sus últimos discos se aprecia el descenso a los infiernos, el hedor del vacío, pero había nobleza, voluntad de no caer, ceguera. Hay piezas que duelen en el alma al escucharlas. Se entrevé el roto del hombre y el esplendor de su empeño (divino ese afán) en desoír a las hormigas al mordisquearle la piel. Eran un ejército las hormigas. Él permitía que trepasen su cuerpo desmadejado, apenas las apartaba con la mano. Si uno escucha con la atención debida esas grabaciones últimas, se escucha a las hormigas avanzar por el metal de la trompeta. 

Yo fui el mismísimo Jesucristo, le dijo una vez a una de las mujeres a las que amó. Fueron muchas, no llevaba la cuenta, cualquiera era útil para cerrar los ojos y perderse en la lujuria de la carne o en el fragor de la heroína. Era de embelesar todo su ser, su apostura de serafín tocado por la fortuna. No llegó a cumplir sesenta años, pero vivió tres siglos. Fue el niño bonito de los clubs. Charlie Parker se prendaba de su delicadeza. Cuando Down Beat, la biblia del jazz entonces, le votó como el mejor trompetista en 1953, Chesney Henry Baker Jr., el hijo de un guitarrista de segunda y una vendedora de perfumes, decidió ser Chet Baker. A partir de ese bautizo privado se fue diluyendo, convirtiéndose en un guiñapo, en un fantasma. Se murió tarde. Podía haberlo hecho diez años antes, veinte. La teoría menos verosímil es la de que Chet cayó al vacío en un hotel de yonkis de Amsterdam mientras escalaba su fachada en busca de su trompeta. Lo urgió cierta dignidad. Se entiende que algo de ella quedara, a pesar de todo a lo que renunció para no parar de tocar y de meterse. La argucia circense (una osadía en un cuerpo tan roto como el suyo) era evitar pasar por recepción tras haber sido expulsado del establecimiento por no abonar la cuenta. Extensión de ella, hay otra teoría en la que, a Chet, por la traza ruinosa que exhibía, la cara devastada, la voz débil, le requirieron en la recepción que abonara la estancia por adelantado, lo cual lo irritó al punto de envalentonarse y encaramarse hasta su balcón para acabar precipitado desde la segunda planta. La versión más lógica, no la más apetecible, refiere que subió a su habitación a por tabaco y, al comprobar que no tenía la llave y estar abierta la pieza contigua, salió al balcón y trató de alcanzar el suyo. La que jalean los inclinados a alimentar la leyenda (somos muchos, todos tenemos una narrativa que glorifica su sacrificio) es que sencillamente se arrojó desde el balcón. Los negacionistas del suicidio anteponen que esos años por Europa fueron felices, qué dislate. Tocaba en la calle, anónimo y nuevamente agasajado por el entusiasmo. Grababa cuando podía. Se relacionaba con músicos jóvenes que adoraban al divo que vino de California con el bebop en la piel, el que había conocido a Gerry Mulligan, a Charlie Parker, al mismísimo Miles Davis. Volvía Chet a su repertorio clásico y se atrevía a cantar My funny Valentine o I fall in love too easily. Su voz, limitada, pero absolutamente deliciosa, seguía emocionando: acariciaba como siempre, sin afectación, apenas subiendo el tono, como si hablara. Hay cientos de ediciones de esas sesiones en vivo. Algunas rutinarias, mal registradas, con un sonido que abochorna, pero también sinceras, como si empezara otra vez y tuviese veinte años y tuviese la cara de un ser bendecido por el numen, por la gracia pura, recién descendido de la derecha del Padre.


Las personas felices carecen de biografía, escribió Simone de Beauvoir. Chet Baker fue un infeliz. Tocaba para arrimarse un poco de la felicidad de los demás. Soy feliz si os veo felices, parecía decir. Esperaba que algo lo deslumbrara para comenzar a desvanecerse en el escenario, de ahí que al final siempre pidiera una silla. Ninguna en particular, cualquiera en la que pudiera depositar su cansancio o mantener cierto decoro, y pensar que no estaba allí en pie, conversando con los demás, ofreciéndose. El cuerpo era cada vez cualquiera cosa menos un cuerpo. Se caía a pedazos, se advertía la enfermedad devorándole los órganos. Difuminarse quiso, como quien se embravece y fulgura, como el que se sabe perecedero y decide consagrar su estancia en la tierra al ejercicio de sus vicios. Era la dignidad de un hombre íntegro, aunque roto. El hecho de sentarse en sus últimos conciertos le daba la serenidad precisa para no caer de bruces en mitad de una pieza o reprender a los músicos por no seguir la melodía (cosa frecuente) o perder la cabeza y abandonar el escenario para meterse una raya en el camerino (frecuente también) o todo eso juntamente muchas veces. Pienso que cada vez que tocaba se moría un poco, adquiría la condición de fantasma, su bruma sin brújula, su etérea vocación de susurro. Ahí le vemos en esa especie de contemplación de sí mismo, hospitalario con sus debilidades, en la etérea asunción de un destino al que gozosamente se arrojaba. Daba igual qué canción tocase. Todas eran la misma. Más que el desenlace, conmueve la ridícula manera de clausurar una vida sublime, entregada a la restitución de un don, y, al tiempo, trágica, triste, inconcebiblemente penosa. Chet Baker entró en un delirio del que ya no salió. El jazz cobra esos peajes. Todo el arte podría reclamarlos. A veces no exige ninguno, solo hay que pensar en músicos como Dizzy Gillespie, que fue un profesional sin vida privada sobre la que edificar una religión blasfema, pero quizá no estemos hablando de jazz. Los músicos, cuando tocan, dan cuerda al mundo. Chet también hizo que girara el mundo al cantar. Nadie ha cantado como Chet Baker. Quebradiza, angelical, volvemos a la sustancia arcangélica, su voz preludiaba el destrozo que llevaba dentro. Cayó de un segundo piso, a lo mejor fue el tercero. En Ámsterdam, pero podría haber sido Roma o Chicago. Habrá un momento en que no quepa más veneno en el cuerpo y el aire convide al genio a clausurar su trasiego y cerrar definitivamente los ojos. Detrás quedó el fulgurante inicio: los tiempos en la banda de Gerry Mulligan, los discos con Stan Getz, la consolidación como el trompetista blanco del jazz, el hombre de la voz de miel. El paso por la cárcel en Italia (año y medio por tráfico de drogas) no le amilanó. Europa era un paraíso supletorio al de América, que había dejado de interesarle. 


Antes de precipitarse definitivamente, unos traficantes le habían roto los dientes. La paliza que hizo añicos su boca no hubiese sucedido si no hubiese fatigado las calles de San Francisco en busca de heroína. Se ha escrito mucho sobre los dientes de Chet Baker. Se cuenta siempre que el músico brillante tuvo que reformar su manera de tocar. Sin dientes, nada era como antes. Antes de perderlos, fue uno de esos poetas sublimes del jazz —con Bill Evans, con Charlie Parker, con Lester Young— que hacían bailar el alma o la prendían de amor. Como si tuviera alas: así tituló su autobiografía. Hoy, temprano, escuchando My funny Valentine, he tenido alas yo mismo. Me servirán para el miércoles. Qué preciosa melodía, qué adentro llega. No es nada que requiera disciplina. Se siente que vivir vale la pena cuando uno aplica con esmero el corazón. Porque a Chet Baker se le escucha con el corazón. No basta el oído. Querría uno pensar que ahora estará hablando con los ángeles. Les tocará algo de los años dorados. Nunca dejaron de serlo. Más personaje que músico a veces, Chet Baker se impregnó de ese aura de malditismo que persigue con frecuencia a los genios de cualquier disciplina artística (anoche leí poemas de Bukowski, por cierto) y no salió indemne de ese fulgor que se arrogó adrede y con el que fue feliz, a su manera, y con el que hizo felices a los demás. Hace hoy 30 años que saltó (o lo arrojaron, quién sabe) de la tercera plata de un hotel de Amsterdam. Estaba en horas bajas, no tenía el oficio de antaño, trabajaba a destajo para pagarse los vicios y, entre medias, a caballo (nunca mejor dicho eso del caballo) entre una sesión discográfica y otra, tocaba en clubs de mala muerte, sin importarle en demasía si podía o no podía tocar. Siguió en la brecha hasta el final. El bello Chet Baker, el Miles Davis blanco, nunca lo tuvo fácil. Nunca fue un embajador del jazz. Hay discos suyos que no merecen la pena, hubo conciertos en los que no respetó al público y salió herido de muerte o muerto sin ambages. Hoy, leo en El País, hace treinta años que dejó este mundo. Lo de siempre, lo de las necrológicas: sigue vivo, suena cuando uno lo reclama, vuelve a engolosinarnos (Isabel Huete, ahora la palabra es tuya, más que mía) cada vez que hace que su trompeta hable o su voz, la más dulce que ha tenido el jazz, nos haga salir de este mundo y visitar otros. Él lo hacía a capricho. Se iba cuando lo deseaba, volvía después, más humano, más débil, enfermo.

2.6.26

Jazz / 10 / John Coltrane

 



I

La música tiene una elocuencia absoluta: todo lo sabe decir y todo lo expresa de la forma más convicente. No hay emoción que no pueda ser contada por la música. Ninguna de las adquisiciones intelectuales a las que ha accedido el hombre escapa al dominio instrumental de la música. El poeta es siempre un músico disminuído, aunque el músico precisa de la poesía para serlo completa y satisfactoriamente. El músico, a su modo, es también un arquitecto del aire. Este texto tendrá una forma músical que lo cuente al modo en que ahora las palabras lo hacen y tal vez incluso de una manera más contundente, rebajada de la distracción semántica, encomendando a las notas la restitución exacta de la belleza contenida en el pensamiento. Esta introspección empieza a alcanzar la excelencia en 1964 con su álbum esencial: A love supreme. 


II

Siempre me gustó la fotografia en la que John Coltrane está sentado con su saxofón en las manos. Admiro la quietud que exhibe, esa mansa evidencia de que es posible ser hospitalario con uno mismo y darse la satisfacción de no apresurarse mucho o de no tener prisa de ningún modo. Creo que todos somos ese John Coltrane de vez en cuando. Momentos de inspiración en los que hacemos algo que de verdad nos enriquece. A veces no tenemos esa certeza. La de hacer algo que nos haga mejores. Hay días en que te acuestas con ese arrullo en la cabeza: el de haber contribuido al equilibrio del cosmos, el de haber aportado una coordenada inédita, el de estar en posesión de un frase que hasta ahora nadie ha “pronunciado, el de creer que la educación, la ternura, la bondad o el amor pueden derrotar al miedo o a la injusticia o a la violencia, pero no sabes qué va a hacer Coltrane cuando se levante, si acometerá My favourite things (una versión de veinte minutos que se impregna al oído y lo separa del mundo) o se encerrará en una habitación de hotel y se meterá en el cuerpo todo ese veneno que tanto le gustaba. A veces son los venenos los que nos tienen en pie. 



III

No sabemos cuántos Coltranes hubo. El primero es más asequible: hace bop, respeta patrones, crea nuevos, toca jazz. Luego hay otro que irrumpió en 1957. El hombre se miró a sí mismo. Dejó el alcohol, la heroína. Se espiritualizó, adquirió una conciencia. El que tocaba era el que conocemos, pero es posible que otro tuviese el mando, la voluntad de una trascendencia. Esa determinación hace que irrumpa un músico distinto, un extraterrestre, un ser complejo manifestado en texturas más complejas. Esa determinación es una iluminación, una epifanía, también un propósito evangélico, casi una labor redentora. No es que el músico haya abrazado la fe y se haya propuesto exhibir una prédica, no es únicamente eso, al menos: lo que ansía es dar con un lenguaje que explicite ese ingreso en las profundidades del alma humana, en el idioma secreto del amor más puro. Coltrane está a punto de ver a Dios en un solo en mitad de la noche. Eso no puede decirlo cualquiera. Coltrane es el que nos hace viajar, uno de ellos. Vamos de su mano, nos tiene cogida la nuestra. Tipos como Coltrane o como Evans. Decían sacar de sí mismos lo que anduviera oculto, lo reservado y en cautela. A gente como ellos no les fascinaba la posibilidad de ser otros al modo en que a veces incurren quienes escriben. Como uno mismo en ocasiones. Hablo sin saber. Lo que buscaban al tocar en un escenario o grabar un disco era encontrarse a ellos mismos. Como si el fuego oculto del que hablaba Miles Davis fuese el que contase quiénes eran en realidad y esa revelación les ayudara a sobrellevar el trajín de los días, la vida real, la rutina, todo eso. Luego están las drogas, la idea de que no se puede extraer esa locura interior si no la espolea la química. Los dos fueron asiduos de ellas. Los dos cayeron por el escándalo del vértigo de las drogas en su sangre. La sangre corre loca por ahí adentro, irradia fulgor o veneno, según se la cuide, de acuerdo al mimo que se le tenga. Sin embargo Coltrane y Evans eran tipos tímidos, de los que no necesitan airear su talento o se refugian en la intimidad, en el pudor, en cierta vida contemplativa en la que la música que practicaban contribuía a reconcentrarse más. Si uno es capaz de limpiar todos los instrumentos que acompañan al piano de Evans o al saxo de Coltrane podrá encontrar ese pudor, esa limpieza en el trato a las notas. Cuanto peor trataban sus cuerpos, más amor daban a su música. No sé qué busca otro aficionado al jazz cuando escucha a Evans o a Coltrane. La verdad es que no tengo, entre mis amigos, muchos aficionados al jazz. Sé que yo busco la grandeza, la certidumbre de que se me está alimentando. Que se produce la comunión entre quien toca y el que escucha. A veces lo siento en la literatura, pero ningún escritor me ha transportado a su casa, al fuego oculto de donde mana su creatividad y su talento, como ciertos músicos. No solo Evans, no solo Coltrane. Será cierto lo que me decía, no hace mucho, hablando de otros asuntos, mi buen K.: la música cuenta todo lo que no cuentan las demás artes. Y lo hace con más eficacia y rapidez. Esta mañana he estado con Bill Evans. El concierto en Buenos Aires. Uno de los últimos. Estaba tocado, pero no se apreciaba la debacle en sus manos, tocó como un ángel. Luego puse Giant steps, el Coltrane furioso. 


IV 

John Coltrane fue un músico con un don. Y fue adiestrando su talento a la sublimación de ese don al servicio del mensaje de su música. Era de un panteísmo naif, en el sentido de la candidez, de cierta inocencia. Debió advertir que podía hacer que diera de sí, que pujara aún más, que contuviera (ese es el verbo) la sustancia primeriza del mundo, su clamor ancestral, todo su fulgor sin tiempo. Por ahí debió surgir la primera irrupción de algo que luego se llamaría A love supreme, una suite en cuatro movimientos hecha de jazz (aunque no es enteramente jazz) que John Coltrane compuso y grabó en una formidable noche con el pianista McCoy Tyler, el bajista Jimmy Garrison y el batería Elvin Jones. A su conclusión, cuando estos cuatro músicos superdotados guardaron los instrumentos y salieron del estudio de grabación, Coltrane confesó a su mujer que había llegado a una especie de extraño cénit de plenitud y de dominio absoluto del lenguaje del jazz. Los exégetas de ese jazz, los críticos inflamados de palabras y los aficionados a esas sonoridades inéditas que Coltrane tocaba hicieron que A love supreme ascendiera a un rango artístico inédito, totémico,  que transpiraba, al tiempo, amor cósmico y conciencia de una espiritualidad global y humana, en el fondo. Era lo inexpresable expresado, todo lo etéreo que de pronto alcanza una dimensión tangible, un punto de fricción con la realidad en la que el oyente, extasiado, turbado, contempla una versión mundana de la trascendencia a la que la música propende cuando los que la ejecutan o los que la componen acceden a cierto estado de gracia. Coltrane era un sacerdote de esa espiritualidad, un hombre con un propósito: escribir la fe que lo consumía. Se inició en ella por Yusef Lateef, multiinstrumentista, un hombre rico en inquietudes, tomado por la gozosa búsqueda de cualquier puerta que diera con la raíz misma del espíritu. La encontró (la encontraron) en la India, aunque ninguno de los dos se limitara a una religión topográfica, marcada por un inventario de dogmas: lo que anhelaban (con absoluto ardor Coltrane en sus últimos años) era un visión global del hecho espiritual, una especie de unción, de consuelo y de vivencia nítida, purificadora. El deseo de cambiar el mundo procedía del deseo de cambiar uno mismo: ese era el paso primero, la iniciativa ineludible. La fe no moverá montañas, también eso es discutible en estos tiempos de zozobra espiritual, en donde las máquinas están instalando sus sistemas de censura y vigilancia, pero el músico John Coltrane miraba más allá, como cuando cogía su saxofón y se imaginaba dialogando con alguna instancia superior o tal vez consigo mismo como no podría hacer mediante ninguna otra maniobra intelectual (dejemos el cerebro, hagamos que gobierne el corazón) o estética. Ese idioma (al que se volverá más tarde) es el instrumento que descerraja los usos de la razón y funda un imperio de la inspiración. Era Trane por fin, era el nuevo sacerdote de las plegarias no atendidas. La música, pensaba, tenía poderes curativos, podía modificar a la misma naturaleza, hacer que se perturbara o que tomara conciencia de su existencia. La Iglesia Ortodoxa Africana declaró a John Coltrane un santo. Podrían haber elevado a los altares de la santidad a su esposa, Alice Coltrane, oficiante leal de los dogmas de esa conciencia universal llevado al extremo absoluto por el propio John. 





VI

Escuché por primera vez A love supreme encima de un barco, el achacoso Castilla, gloria del Tercio de Armada de la Infantería de Marina hacia 1990. Mi amigo Luis Carlos lo descubrió en un pub que amenizaba tardes de lluvia enormes con un fondo basado en el blues y en el jazz en su Avilés natal. Me dijo que le asombró la consistencia del saxo de Coltrane, me dijo que le condujo directamente al interior de la música. Eso me dijo en la cubierta de esa máquina ruidosa, mirando el mar los dos, como ensimismados. Yo no sé si logré ese acceso místico, si mi ingreso en el meollo de la cuestión, en la verdad de la música, en su belleza. La cubierta del Castilla no era un escenario especialmente cómplice con el jazz. Guardo, sin embargo, un entrañable recuerdo (por una vez dejen que entrañable y recuerdo se alíen para expresar justamente lo que pretenden) de esa primera vez en la que abordé consciente, deliberada y hasta gozosamente la escucha íntegra de las cuatro piezas del disco de Coltrane. Recuerdo con extraña claridad (hace casi cuarenta años) la urgencia de la música, toda esa mantra de sonidos que fluían con una magia que me parecía una revelación. Yo era el iniciado, Coltrane era el dios rudimentario de aquella religión improvisada. La precaria cinta de cassette (TDK o Basf o Sony, esas marcas compraba) no era el soporte idoneo. Tampoco el reproductor (Aiwa, seguro)  restituía un sonido aceptable. Mi sensibilidad, además, estaba amodorrada, anestesiada, contagiada de la funesta mecánica de la vida militar. Coltrane, en el Castilla, en alta mar, de noche, en la cubierta vacía y fría de una noche cercana a la Navidad fue uno de esos extraños prodigios que algunas veces recibimos y de los que no deberíamos desprendernos jamás. Luego he escuchado A love supreme en condiciones idílicas y he leído la información de la que antes no disponía. He descubierto el carácter religioso del autor, he entrado en esa feliz feligresía de amantes del jazz que necesitan un extra libresco, un texto al que agarrarse para sentirse aún más cómplice del prodigio que la música crea de la nada. Al contarle todo esto a Antonio cuando volví a la vida civil. me confesó tener una sana envidia (dejen que sana y envidia se alíen para expresar justamente lo que pretenden) y me pidió que le prestara la cinta de marras. Debió quedarse en el Castilla o en cuartel del TEAR en San Fernando o en algún bar a los que iba para perderme en las brumas del tabaco y en la soledad perfecta de mi walkman-  siempre bien alimentado de buena música. Lo que sí debe andar todavía por el cuartel es el vinilo del que hice yo mi cinta. Bendito gasto del Ministerio de Defensa, absurdo, en su fondo: la libertad absoluta de un creador frente a la clausura gris de un recinto consagrado a cohibirla.



Coda sin brida

Dios me habla en bebop, me habla en cuartetos, me habla en serventesios, me habla en privada métrica. A veces susurra, a veces ni está. Es de hacerse buscar y no dar facilidades, de arrimarse imperceptiblemente o de no permitir que le intime. Hay quien lo ha visto el tiempo suficiente como para no tener en adelante necesidad de buscarlo porque se le ha impregnado y está en sus huesos o en las palabras que antojadizamente pronuncia cuando se produce la conversación más trivial. Poseo la sensibilidad pertinente para apreciar esos recados divinos. Los percibo con absoluta nitidez incluso sin que preste atención. Creo que soy una parte suya y Él una mía. Es un arrullo liviano o un trueno o una montaña. Hay días en los que no entiendo todo lo que Dios me dice, son los días de receso, los de lo gris, días en los que poco me conforta y casi nada me parece relevante y sin embargo, a pesar de esas adversidades, noto que Dios está a mi vera o yo con absoluta confianza en la suya, tutelando mi ingreso en el sueño, conduciendo mi yo zaherido hacia la dulce armonía del cosmos. Tengo un yo zaherido, debo recalcar eso. Quién no lo tiene. El yo se consolida conforme medra en amaneceres y en festines, en tristezas y en incertidumbres. Un yo sin zaherir ni es yo siquiera. Se asemeja a la estructura orgánica de un yo, pero podría confundirse con una emanación estentórea de cualquier entidad ficticia. El cosmos es un libro. El cosmos es el libro de Dios y todos somos lectores y todos escribimos en ese libro absoluto. La literatura del cosmos es la palabra de Dios, la palabra de Dios es la literatura del cosmos. Anoche vi a Dios en una loncha de jamón de york que mi hija estaba colocando sobre la rebanada de pan de molde sin corteza. Era un Dios sin mayúscula, un dios caprichoso, un dios rudimentario, de escaso apresto filosófico.Dios contra la soledad o contra la desesperanza. Un dios sin Kant ni conferencia episcopal. Un dios izado a capricho después de pensarlo durante años, de amasarlo como la harina del éter. Pensado entonces Dios con arrobo sintáctico y luego desmenuzado, hecho grumo de palabra, barro con el que pronunciar la luz. Sentir una presión en el pecho y una punzada en el costado. Era el dios de las pequeñas y de las grandes ocasiones, el del sol en la almohada nada más clarear el día. El dios del bourbon con tres cubitos de hielo y el dios del solo que Miles Davis usa para abrir So what. Se mueve uno con comodidad entre las grandes palabras. Me sería imposible numerar los dioses a los que venero. Son cien, son mil, son todos los que se avienen a contemplar a esta criatura que soy.  Hay noches que me zambullo en Coltrane y pierdo la entera noción de las cosas. Creo en Dios y en Coltrane porque creo en la armonía secreta de la sangre. Coltrane es un prodigio divino. Un crear contra un creer y más tarde las dos instancias verbales conjugadas con magisterio por mi boca.  Un creer que es en sí misma creación. Un mirar arriba, ensimismado, contra un mirar abajo, perplejo. La incertidumbre absoluta. El canto del aire cuando se reconoce en el vuelo de un pájaro huidizo o el del agua al medrar en su cauce sin fatiga. El fuego divino ardiendo alma adentro. La ceremonia universal de la genuflexión ante lo que uno no conoce y ante lo que se hace pequeño. En realidad, oh amigos míos, oh compañeros de travesía, uno cree en Dios o en dios o en d-i-o-s a medida que empequeñece. Que yo pese ciento seis kilos y mida metro ochenta y cinco no importa. Lo que verdaderamente importa es la sensación de fragilidad o de irrelevancia. De punto elemental en el universo. De nanosustancia. De una imagen en un sueño dentro de un sueño. Ni eso. Somos Coltrane soplando en un club de Harlem, somos el hombre de pronto convertido en un obrero del más allá, en un operario diminuto que labra su porvenir a sabiendas de que le rezarán unos cuantos de los suyos muy a pesar de advertirles de que no le recen. Un amor supremo. Ascensión. Descenso. Lo malo de morirse uno es que luego no puede comprobar si se cumplen o no los párrafos del testamento. Se muere uno y se encuentra con Coltrane en un vórtice especular de masa deconstruida. Hola, John, cómo estás, debiste sufrir mucho, pero ahora todo es una plenitud dulcísima.O se encuentra con Coltrane en un fragmento de realidad invertida en un universo paralelo. No tengo ninguna duda de la existencia de universos paralelos. En un universo paralelo no se cree en Dios ni en el diablo ni en el hombre Coltrane soplando en un garito de Chicago My favourite things. No se cree en la iglesia ni en la salvación de las almas. Se cree en una cimitarra de hierro, en un viejo reloj que perteneció a un héroe invisible.  Hay universos alternativos en los que el ser humano es más humano que en este. No se derrumba occidente. No se agrieta la luz. Es que no existe occidente. Es que la luz desea que se la parta. Golpes certeros. El dios en el que creo es un experiencia sensible intransferible. Así debería ser el dios en el que crean todos los que creen únicamente en uno. Si uno callara lo que piensa acerca del dios en el que cree no habría guerras ni se levantarían templos para contar a los demás que se comparten creencias y que todos han sido diseminados con la misma pura semilla. La semilla no me alcanzó. La vi cerca, la observé con cuidado, la miré con la idea de que podría decirme algo que me enriqueciera, pero pasó de largo y no hice absolutamente nada por pillarla. Adiós, semilla. Hola, Coltrane. Can you see me crawling? El caso es tener a alguien a mano cuando llegan esos momentos de flaqueza y uno precisa un sostén. El Dios que amo hizo a Juan Sebastián Bach y a mi madre y a John Coltrane. Hizo las piedras y la luna. Dios me habla en sueño, en la luz cuando la sombra la corteja, en un verso de un poema que escribí esta mañana. El dios en el que creo es el Dios de los templos que tienen seis siglos. Diez siglos. Hay miles. Veo uno ahora. Creo con el mismo énfasis con el que los demás lo hacen. Igual hasta por las mismas circunstancias. De pequeño rezaba a Dios cuando intentaba conciliar el sueño. Probaba frases. Hacía (en esa intimidad en la que uno piensa casi en voz alta y hace un balance de cómo ha ido el día o de cómo va la vida) de escritor en ciernes. Todos los niños son, en el fondo, teólogos amateurs. Dicen cosas que luego, en la edad adulta, les produciría rubor. Ay, si fuese sólo rubor. El niño es un ser puro al que la pureza le llama con insistencia. Por eso el preceptor religioso le inculca el catecismo fundacional. La idea de un Dios y la idea de un coro arcangélico de devotos que están en el cielo, a salvo de las inclemencias del dow-jones y de la cirrosis hepática. La idea de un Dios que me dicta ahora las palabras que escribo. El que sabe el día en que mi corazón no querrá saber nada de mi sangre. Sobre dios (o sobre Dios o sobre d-i-o-s) se han escrito más páginas que sobre ningún otro personaje histórico. La línea más pequeña y la más irrelevante habla de Dios aunque su autor, el más estulto entre los autores, el más zopenco y el de menos talento, no lo sepa. Dios está en la barra de los bares, en la cubierta del Potémkin, en la barba de Walt Whitman, en el sonido que mi iPhone proyecta cuando en el whatsapp escribe mi amigo K. Dios está en el fulgor de un flor a la que liba la abeja infinita .

Está en las tripas de la máquina, en el corazón de la bestia, en el circuito más inteligente de mi teléfono inteligente. Dios en banda ancha, Dios en un cuadro con un caballo perdido en la tormenta de la salita en la que escribo. La acabamos de pintar. Está reluciente. Huele todavía a limpio, a desinfectante, a amoniaco y a lejía. Dios está en la lejía y en los átomos de la leche. Dios en el Jack Daniel's y en el solo de Chet Baker en Amsterdam poco antes de que le partieran la boca unos traficantes. Dios es un no-argumento. Coltrane solo se dedica a aprender a ver. Es un atentado contra todas las potencias cartesianas. Se cree en Coltrane sin cortarlo; al formularlo, se desvanece. Dios es de recia argamasa catedralicia. Siempre pensé en los constructores de catedrales. Entré en la catedral de Lugo en 2011 y me sentí empequeñecido. La catedral me hizo pensar en Dios como nunca antes había pensado. Estuve días pensando en lo que había sentido. Hay quien, con menos, se hace feligrés. Quizá salí antes de que la perturbación me aniquilase del todo. Con eso contaban los constructores.  Con el efecto empequeñecedor.  Con la certeza de que el que entraba en ese templo perdía, por el hecho de entrar, poder sobre sí mismo. Era un acto bélico, una batalla ganada nada más poner el pie en la piedra y contemplar la construcción. Soy un fan de las catedrales del mundo: las visitaría todas. He visto muchas, quiero ver más, soy el que entra en ellas y sale herido, vulnerado. Iría de una en una, tomando notas, haciendo fotos, escribiendo las pinceladas iniciales. Descubriendo el aire en el aire. Perdido en la secreta armonía del cosmos. Buscando a Dios en la palma de mi mano. Contando al mundo cómo fui bendecido por la gracia. Tengo que pensar en John Coltrane cada vez que entre en una catedral. Tengo un dolor en el pecho a cada palabra que no digo. Cada bocanada de silencio aviva más silencio. Se me abre cartesianamente el alma. La tengo abierta y la ven todos y la discuten en las plazas. El alma visible. El peso del mundo es amor. La luz es un vértigo. El vértigo es luz que piensa en sí misma. Dios me asiste y me conforta. Tengo el alma mecida por sus céfiros. Creo. Suena My favourite things. El big bang debió ser la primera tos de Dios, un Dios enfermo o un Dios solo al que se le ocurrió la trama primera de las cosas. El big bang fue todo lo que vino después de esa primera tos fundacional. O en lugar de tos fue un estornudo. Lo que hubo, a decir de los científicos que ahora dicen haber detectado las ondas del primer chasquido del universo, fue un temblor, un temblor sutil, una brizna de temblor, un sonido en mitad de un silencio absoluto, una luz en la oscuridad perfecta o un nanosegundo (será incluso menos de un nanosegundo) en el cómputo novicio del tiempo. Después de la tos o del estornudo o del temblor o de la luz vinieron todas las demás cosas. No tenemos capacidad para razonar ese parvulario primitivo, de verdades cuánticas y de incertidumbres teológicas. O será al revés: de verdades teológicas o de incertidumbres cuánticas. Creo que no entendemos casi ninguna, pero lo que importa es el viaje, la sensación de plenitud que uno encuentra en la duda, en todo ese marasmo de incógnitas a las que casi nunca damos respuesta. Son casi catorce mil millones de años para que yo hilvane mis asuntos y los registre mientras John Coltrane sopla (sigue tocando) como si no hubiese vida después de la última nota, cuando la canción termina y reina el silencio. El universo es como un solo de John Coltrane: no lo entendemos, no sabemos a qué obedece ese hilo de notas, pero nos perturba, nos acerca a la belleza, por más que no sepamos definirla. Está John Coltrane sincopado y cuántico, teológico y sucio, buscando en el alma el trozo de Dios que le explique el bang, la lluvia obstinada, el cielo azul, la carne débil y el aire espléndido. Dios sigue tosiendo, pero ya no le hacemos caso. En el Castilla, qué será del Castilla, estará aquella cinta de Coltrane. Ya no sonará siquiera. 




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31.5.26

La letra “p”

 Conocí a alguien, nadie que me marcara, que compraba libros con alegre frecuencia. No es algo que merezca asombro. Sin embargo, observado el hecho de que no fuese lo libresco asunto escogido en sus conversaciones, ni terciara en participar cuando alguien lo sacaba a la luz, esa costumbre de comprar alegremente libros cobraba relevancia. Recuerdo que le pregunté sin disimulo si le gustaba leer, curiosidad mía que zanjó con entusiasmo. No leía. Adujo una razón convincente y otra peregrina. Alegó que los libros requerían el tiempo del que raramente disponía, no se arredró en restar importancia al hecho fundamental de que ese ingente acúmulo de libros no fuese usado, ni tampoco se desprendió en la conversación que se afanara por encontrar el modo de dar con tiempo o que el ánimo le empujase y la biblioteca, que vi una única vez, mudase de espléndido objeto decorativo a fuente de uso y disfrute. Siendo todo esto lamentable, más lo fue constatar que no tuviese propiedad ni conocimiento alguno de esos libros. Un volumen reciente y costeado de Rayuela, no mejor que mi amada y vieja edición de Alianza, se exhibía entre Bucay y un volumen que incitaba a conocer tus zonas erógenas. Busqué con interés si tuvo la ocurrencia de haberse agenciado algo de Borges, pero no lo encontré. Sentí un raro alivio. A una perplejidad le suele acompañar otra que rivaliza con ella. Un pasmo trae uno de más asombro.

Se envalentonó, una vez ofrecida su colección de libros, a mostrarme la de discos. No tan abundante, era también numerosa. Estaba ordenada en orden alfabético. Cien o tal vez más vinilos. Algunos discos compactos, entonces de moda, llenaban una golosa balsa. Era esa época, no la posterior, la del disco compacto, mucho menos atractivo, huérfano del encanto del tamaño y del romanticismo de los discos. Los escuchaba, confesó. Esa intimidad revelada me recompuso. Lo malo (lo terrible, debo añadir) es que lo hacía en orden alfabético. ABBA. Bee Gees. Chicago. Jamás John Denver antes que James Taylor. No sé en qué mes fui invitado a su casa. No podremos saber qué alambicada locura le obligaba a respetar esta rudimentaria mecánica, la de las audiciones tasadas, previstas, concebidas como una cadena en la que un engranaje promueve y alienta el funcionamiento de otro. Hace muchos años que no lo veo, no tuve con él excesivo roce, pero era de trato fácil y se prestaba a todo con agrado. Lo que hiciera en su ocio no tendría mayor relevancia si no hubiese escuchado anoche en uno de esos programas de radio en los que la gente se confiesa y airea su rica o pobre vida interior a una mujer que hacía exactamente lo mismo. Razonaba que eran peajes, lugares que le esperaban, satisfacciones más amadas cuanto más previstas. En realidad, yo soy así, si me detengo a pensarlo con calma, o usted, amable lector, si considera pensarlo también. Sé que el viernes a mediodía, cuando salga del trabajo, iré a tomar unas cañas con los amigos. Casi estoy por asegurar qué tapa pondrán o si leeré el periódico deportivo si a los demás se les ocurre retrasarse. Sé cómo se organizan mis días, el modo en que se acomodan las noches. Con cierta frecuencia, cambio una ficha en la dinámica de las cosas, tiro hacia donde ni yo mismo espero, por hacer otra cosa, por contrariar a la rutina, por no parecerme demasiado a lo que antaño me pareció ajeno a mí, alejado de lo que sea que sea mi modo de proceder, mi ir y venir por las letras de un alfabeto invisible al que le debo ineludible obediencia y hace que me levante y haga las mismas cuatro o cinco cosas hasta que irrumpe el almuerzo y más tarde otras cuatro o cinco (seis, siete, hay días intensos) hasta que toca la cena. Así que lo extraño sería escuchar a Led Zeppelin antes que a Bill Evans. El pasar del tiempo no ha hecho que levante mi pequeña amonestación moral al hecho de que aquel individuo (pongamos M.T.) no desprecintara los libros, los dejara expuestos con la clausura del plástico. Eso sí que me duele todavía. El afecto o hasta el amor a una biblioteca no se ejerce únicamente en la propia, se extiende a otras, que se dan por nuestras, en un acto de bondad cultural como la sentida cuando te agrada un cuadro que ves o una novela que has leído y crees que el autor (el pintor, el novelista) ha pintado o ha escrito para tu exclusivo goce, como si fueses el único que va a apreciar la pintura o a enredarse en las letras de la novela.

La vida es una novela en la que no sabes la evolución de su trama. Si una mañana el tenido por protagonista es en realidad un personaje enteramente secundario o si la enfermedad, que no aparecía en las pongamos primeras doscientas setenta páginas, se instala en la doscientos setenta y una y enmaraña todo lo que sucede a partir de ahí, lo emborrona y entenebrece. También puede suceder que la novela prospere en festejos, en esa alegría sencilla de las cosas que no percibes de inmediato, mientras concurre su efecto, sino más tarde, de noche, un poco antes de irte a la cama, mientras ves la televisión, y luego de una manera más reveladora al acostarte, mientras tratas de conciliar el sueño, que es azar y es caos y en donde tal vez exista un código irracional al que damos cuartel y hasta acogemos en nuestro pecho. No sé nada de él desde mil novecientos noventa y tantos. Igual sigue en sus trece, en su tener libros porque se deben tener libros o en no dejarse fascinar por el último disco de Paul McCartney (esta semana, por cierto, ha sacado uno nuevo) si no toca la letra “p” en su particular orden de escucha.

29.5.26

Jazz / 9 / Bessie Smith

 



Negra, deslenguada, feminista, promiscua, pobre, bisexual, atea y alcohólica. Ella no lo desmentiría. Hasta engordaría el listado. Tal vez fuese todas esas cosas y se aplicara a ellas con empeño, para que constara en su biografía algo parecido a la perseverancia. Bessie Smith es la quintaesencia del padecimiento y de la terquedad por apartarlo. Bessie fue también la emperatriz, la gran dama del blues antes de que el género de los tres acordes se electrificara y las leyendas del diablo en los cruces de caminos conversando con los necesitados perdieran predicamento. De familia extremadamente pobre, sin partida de nacimiento que fije la fecha en la que vino al mundo, padres fallecidos cuando Bessie era muy pequeña, la última de siete hermanos, tuvo que aprender a ganarse la vida cantando junto a un hermano, en la calle, emulando a la inmensa entonces Ma Rainey, en cuya banda acabaría entrando,  o bailando con inocente procacidad para que los blancos se acercaran y echaran uno centavos al cestillo. Salió de esa vida ambulante y pasó a otra, la de los minstrels, que eran espectáculos entre lo circense y lo metafísico, cosa de cómicos, actores blancos ,en su mayor parte, tiznados de negro, con números de ópera bufa, con curanderos del tres al cuarto que vendían medicinas mágicas y recitaban cantos religiosos y espirituales negros. Cuando el vodevil no le dio más fama que la de los habituales de los burdeles y de las timbas de póker, Bessie razonaba, en su corta prospección del futuro, que contaba más grabar tres canciones en un estudio de grabación que cantar treinta en un garito noche tras noche, entre borrachera y revolcón, esperando que alguien la sacara de esos tugurios y se la llevara a las grandes salas de la gran ciudad. Ese alguien fue un productor de la Columbia Records. Por esa época se le cruzó Jack Gee, un segundo marido: el primero murió a poco del enlace. El maltrato y las infidelidades mutuas se sucedieron; tal vez su anhelo de corregirse, hizo que su temperamento volcánico no resolviese más expeditivamente un finiquito satisfactorio: en el fondo, ella lo dijo muchas veces, le gustaba la briega, ese aire de tormenta en el cielo, más que el sol meciendo el algodón de las nubes. 


La fama llegó pronto. Se codeó con todos los músicos varones del género, grabó con ellos y aparecía en los carteles de igual a igual. Combinó jazz, swing y mucho blues. A Louis Armstrong o Fletcher Anderson les pareció que debían hacer discos con ella. Esa iniciativa no impidió que hasta treinta años después de su muerte, acaecida en 1937, por el interés de Janis Joplin, su sepultura no tuviese la dignidad que exige cualquier muerto. Antes de que la tierra la acogiera, Bessie exprimió la vida. Eran los felices años veinte. Luego llegó la Gran Depresión y la industria fonográfica, junto con el grueso de las demás, se vino abajo, por lo que Bessie regresó a su espectáculo de clubs de poco o ningún fuste, se casó con el timador y se rindió a la evidencia de que una vida miserable en la que pudiera beber a morro de las botellas y acostarse con cualquiera era mejor que no tener nada que echarse a la boca ni nadie con quien darle a su cuerpo (grande y agradecido) un buen repaso. Cantó con descaro. Sus letras (muchas eran suyas) contaban las penurias de los negros, sus anhelos, toda esa liturgia de la redención y del pecado que era tan grata a los oídos de quien no tiene nadie que le cante. Sin embargo, ella fue la que careció de alguien que la confortara, un hombre (daría igual que fuese una mujer) que la consolara cuando volvía a casa (cualquier cosa era una casa) después de haber estado días por ahí, bebiendo, alternando, intimando con la desgracia, rota como una muñeca que no ha estado a cubierto cuando arreciaba la tormenta. La fatalidad se cobraría su peaje con ella. Lo haría, antes o después. Todo conducía a que esa vida tuviese un final dramático. El Packard en el que Bessie se dirigía a un concierto en Clarksdale embistió a un camión. Un amago de suerte hizo que esa fatalidad se retractara: un médico que asistió a la colisión le dio los primeros auxilios, quién sabe si salvadores, pero esa suerte se debió aburrir o la adversidad tomó ventaja, tampoco podemos saber eso. Al médico acabó arrastrándolo varios metros otro coche que no se apercibió de que el buen hombre, samaritano y cualificado al tiempo, estaba empleado en recuperar la vida de la pobre Bessie. No pudieron hacer nada en el hospital. Esta vez estaba rota por dentro de verdad: no interviene en esta descripción ninguna herramienta moral, nada de lo que pudiera padecer antes. La historia menos consistente, la perversa, tan frecuente eso, tan grato a las maniobras de las habladurías, refiere que su condición de negra malogró que la atendieran dignamente. La parte benigna de la historia niega que sucediera tal cosa. No se pudo haber nada, era mucho el daño. Ese fue el fin desgraciado de la emperatriz del blues. Acudieron más de 70000 personas en el entierro de Bessie Smith en Filadelfia. Quedarán unas doscientas canciones en diez años de carrera, si es que esa palabra cuadra a la actividad de esta mujer indómita, de voz dramática, de arrestos suficientes como para batallar contra la pacata sociedad en la que vivió. Billie Holiday cogió los trastos de tragedia que ella dejó en esa carretera rural. Este agradecido escribidor de sus vicios la escucha siempre con una brizna de sobrecogimiento. Basta escuchar esas letras (algunas suyas, tristemente verídicas, verosímiles, en todo caso) para sentir una congoja, un roto, un llanto muy tímido, un estrecimiento. Hablaban de la vida, como todas. La suya fue un vértigo de penurias y de jolgorio. Esos dos extremos hermanados. Como suele pasar. La traición, el llanto, la segregación,  el abandono, el alcohol, el sexo, el orgullo, la dignidad, el dinero, la vulnerabilidad, el fatalismo.  Todo servido con absoluto magisterio.

Jazz / 16 / Sillas de jazz

  Hay sillas de velatorios y de cine de verano. De iglesia muy pobre y de fiesta de barrio. Sillas de festejados directores de cine y de pap...