16.8.26

Un cuento, una vida

 


Igual que en ocasiones para escribir un buen cuento solo necesitas dar con una frase memorable, con uno de esos comienzos perfectos que reclutan de inmediato la adhesión o el asombro de quien lee y hasta de quien lo crea, los días precisan también su reclamo fantástico, el punto desde donde levantarlos, ese pequeño prodigio que el azar nos confía y sobre el que a veces el mundo gire. La vida, más que novela, debería ser cuento. En el recurso de un solo día puede sustanciarse el júbilo de una vida entera. Es más, hay días que justifican esa vida, cuentos que la contienen con abundancia. Dar con ellos es tal vez el propósito de la novela (del libro) que somos. 

Rojo y negro

 Puesto a elegir, si hubiera que tomar uno, mi color sería el rojo, no habría manera de explicar por qué descarto el azul o el verde o el rosa, el porqué del rojo. Me inclino con entusiasmo al negro también. Es de una contundencia absoluta, no es débil, no se le puede encontrar una flaqueza, no esconde nada. En verano, quizá tan sólo en verano, podría decantarme por el azul. Se deja uno engolosinar por el mar o por el cielo. En las otras estaciones no hay ningún color al que inclinarse con ese entusiasmo. Tal vez el gris en el otoño, pero está muy manida la imagen. Todas lo están. Las metáforas tienen su caducidad también. No me visto casi nunca con tonos claros. Salvo como fondo a la hora de escribir, detesto el blanco. Se le asocia con la pureza, pero es una convención, una entre muchas. La ballena que enloqueció a Ahab era blanca. Intimidaba su pureza perversa.  La misma circunstancia de esa pureza, cuando se la alía a un color, evidencia una especie de consenso moral. La paloma es el símbolo de la paz. Un corazón representa el amor. Todo en ese plan. El rojo, mi favorito junto al negro, es además aviso de un peligro. Se ponen banderas rojas en las playas y, en otros tiempos, los rojos eran los comunistas, los apestados. Los peores números son los rojos, que constatan un saldo negativo. Por otro lado, el rojo es la sangre, que constata la vida, su pulso, su intriga. Todo es cosa de que haya más o menos luz. Cuando no abunda, vemos en blanco y negro. Irrumpe el color cuando se estimula la retina con determinadas longitudes de onda. Al final todo se resuelve con otra luz, la de la ciencia. Uno es del rojo (urdido en el mismo fuego primerizo) o del azul (que trama tristeza) porque nuestra retina es más o menos sensible. Todos los millones de conos y de bastones que tenemos en cada ojo, en cada retina, más precisamente, hacen el mismo trabajo: Al parecer somos sensibles al rojo, al azul y al verde. Todo lo demás es un añadido cromático. Yo amo el rojo juntamente con el negro sin que tal vez haya ninguna decisión mía de por medio. Stendhal me aplaudiría. Se ama sin saber, se vive sin decidir. 

12.8.26

Una página de un diario



Días de asueto sencillo. La ocupación en las faenas de costumbre es mala, a la larga. Se complace uno tanto en la molicie que teme no saber retornar a la refriega. Como si cada día confiado a la pereza devengara más tarde su peaje y no supiéramos saldar la deuda sobrevenida. He prometido no caer en esa improductiva vagancia de la que sólo sería posible extraer pasiones útiles, pero no doy con qué extraer la luz de esta amable sombra. No querer medrar ni el vértigo ni en la fiebre. Perseverar en esta sustancia sin propósito. Entregarme con vago empeño a su limbo dulce. Comer, beber, dormir, amar, dármelas de príncipe de cuento. Escribir con alguna alharaca en el patio esta travesía inútil. No leerla al cerrarla. Pensar que no es indicio de algo responsable. 

11.8.26

De qué escribir II

 Leo en cualquier parte. Nada malogra mi afán lector. Soy capaz de abstraerme, de retirar cualquier distracción o incluso de incorporarlas a la lectura. Lo que no soy capaz de hacer es leer con mal humor. Entonces me inclino por escribir. He escrito con ese ánimo infame con demasiada frecuencia. No sé si he leído más que he escrito, aunque si me paro a pensar, no crean que me entusiasma esa voluntad, me considero más lector que escritor, lo cual quiere decir que estoy triste con frecuencia o que el buen humor no me visita como quisiera y, sin embargo, no hay día en que no me encandile el sol allá en lo alto o la música del aire cuando me quedo quieto y busco en los jardínes un lugar en el que quedarme quieto. Leí hace poco que leer es un ejercicio de soledad absoluta. No hay nada que rivalice con su austera firmeza. Yo no creo estar de acuerdo del todo. Cuando leo, me siento confortado, conozco gente, hablo con desconocidos, siento en el pecho la locura de que puedo confiar en el futuro. Ah, pero escribir. Ahí el mundo se expande y me abraza. Me contiene, lo contengo, nos entendemos. 

Cartas


 Mi amigo Antonio guarda las cartas que le fui enviando en una época en la que enviar cartas era como pasear o entrar en un bar y perderse en la barra. Me las imprimió todas en un cumpleaños. Hizo un libro de pasta dura que conservo como quien tiene un altar y reza a diario. Oro en paño, mi memoria preservada, aunque advierto cierto exceso que, visto el decurso posterior de los años, no sé cómo entender. Fueron escritos (calculo) a final de los ochenta y algunos años de los primeros noventa. 

10.8.26

De qué escribir

 

Decía Ambroso Bierce en su asombroso "El diccionario del diablo" que el escritor que no tiene nada que decir "se lo cuenta lentamente al lector". Creo que, arriba o abajo, llevo cuarenta años en esa lenta encomienda sin futuro y, sin embargo, no se me ocurre ninguna razón para dejar de hacerlo. El hecho de que se lea esa perseverancia no me satisface más que el hecho mismo de alegrarme por la sutil maquinaria del azar, que me sigue instruyendo (ciego asombro) en el arte de engañarme a mí mismo sin delatar ni mi ignorancia ni mi impericia. Bien temprano, esta mañana me urgí a escribir y no se me ocurría nada. Acabo de zanjar esa incertidumbre. 



9.8.26

Lacrimae

 


Ella escucha hormigas con nubes en la boca azul de las algas, lee las nubes cuando las demás ninfas cierran los ojos y nada predice la inminencia de un milagro. Ella es la distancia entre la herrumbre y los salmos, un rumor ocupado en desoír el lamento del aire. Ella canta mientras mueve las piezas del juego. Se sabe todas las canciones del mundo. Un día todos los caballos muertos serán emanaciones de todos los caballos muertos. Ni ángel que promulgue edictos ni hormiga en el camino hacia el templo. La niebla es un mecanismo de defensa de los poetas sin metafísica. Las hijas bastardas harán comercio con sus poemas infantiles. Bastará franquear el umbral con la tristeza de los soldados ciegos, con el humo de las grandes fábricas, con mujeres muy ancianas que rasgan la seda de la eternidad.  Nadiuska está negociando la salvación de su alma. Todo lo que puede ser dicho no expresa lo que el silencio contiene. Mañana llevaré a la imprenta el diario de la redención. Llevaré una brújula en el bolsillo, llevaré cromos del Atleti de mil novecientos setenta y seis, Capón, Bejarano, Cano y Ayala. Iré puesto de té birmano, verán mi corazón intimar con el barro, sabrán de la compostura metódica de mi sangre. Ella será un niño que obedece la danza del crepúsculo; mis ojos, tres piedras en la garganta de mi madre. Comprenderé la última voluntad de los insectos. En mi pecho fallecerán con unánime estruendo todos los días de la prosperidad y de la bonanza. Los relojes están llenos de niebla. El tiempo está izado por una mano de arena. El mundo es un ojo sacado de su cuenca y expuesto a la intemperie del fuego y de los hombres. Tengo en mí toda la sustancia de la luz. Cuando me huelan conocerán el cosmos, sabrán de las palabras del aire. Yo tengo la respuesta, les diré. Ahora estoy aquí, en la enfermedad de las palabras. Me explotan cien alejandrinos en el pecho, pero el miedo asoma su boscoso lenguaje de trampas y de leche agria por la ventana. Patrullas de agentes lingüísticos vigilan un desatino semántico que amenaza con acostarse con todas las nínfulas del barrio. Siempre tuvo éxito el pecado. Uno de esos tozudos agentes ha hocicado su ojo hebreo por la hoja en blanco y temo que la burda canción devenga tragedia, vasallaje del tiempo al instinto, la menor de las voluntades de un dios caprichoso que aturde la tarde con su coro evangélico de pequeñas hostias musicadas. Me duele el oído interno, tengo el yunque devastado. Me duele el peso del mundo, que ya no es amor. Es óxido, trama de metales con su vocación de réquiem. Siempre tuvo éxito lo clandestino. Ángeles de discreto aspecto victoriano fatigan las aceras a la caza de algún niño con anginas o de alguna princesa convocada para la ceremonia de la lluvia. Ahora mismo Chet Baker proclama la vigencia de las anfetaminas en el muestrario de vicios burgueses. Ahí pueden verlo, midiendo la boca del espanto. Por si entra con facilidad y no tiene que encogerse más. Es una criatura debilísima Chet. Se ha empequeñecido poco a poco. Ya no tiene la voz dulce de los cincuenta. Ya no se enamora con facilidad. Ya no trae oro cuando abre la boca y la acomoda al metal de su trompeta. Chet es mi padre con música de fandangos. No me preocupa el silencio. Recatado y puro, el dios de la cosecha o el dios del orden mordisquean sin estridencias la cabeza de una avispa muerta. Vírgenes coreanas encienden con entusiasmo incómodos verbos copulativos a la altura de todas las circunstancias. Mi madre, que ha aparecido de improviso, viste un kimono rosa en donde puede leerse un verso de Mallarmé en vasco, un verso de Keats en ruso. Mi madre no ha leído poesía en su vida. Los versos de Keats en el kimono rosa de mi madre, aparecida de improviso, imponen a la realidad una aureola de irrealidad o es justo al revés y yo estoy en la perplejidad del limbo, exploro el limbo como quien sale de casa y va al mercado y ve los puestos y se admira de la prolijidad de lo real. Los de Mallarmé. Todos los versos ungidos por el numen de la fe en la bilocación del espíritu. Mi padre duerme con una escolta de pájaros que lo izan muy alto y lo dejan luego en la cama para que no sepa que fue un sueño. Lo dijo el poeta. Yo sólo me dedico a poner al día los registros. Soy el que en la vana noche cuenta las sílabas. El inútil. El que no entiende ni la claridad ni la sombra. El desprendido de la rama del árbol que nunca da con la tierra ni corteja al aire. La poesía se abastece de estos desatinos. El poeta es un dios rudimentario y caprichoso. El poeta es un escriba de sí mismo. Un trémulo trino de trazos tristes. La poesía está adentro. El poema es un fulgor invisible, una luz apenas entrevista, un caos lúcido o un delirio. Uno escribe con pudor. No sabe bien qué decir, si convendrá o no decir. Si habrá pájaros. Si caballos. Si todo es un sueño. Si mi padre acabará echando a andar o a volar y ya no tendré que venir a verle dormir todas las tardes a la residencia donde se muere desde hace tres años.Se ha ido muriendo sin interés. Está enteramente dispuesto a que se lo lleven y cierre los ojos para que ninguna luz le recuerde la luz primeriza, la que lo escoltaba por la Colonia de la Paz, por las calles festejando su mocedad de bolero y Lorca. Los tiene cerrados.Hablo con sus ojos cerrados para que no se desvanezcan del todo. No me miran, ni los miro.También yo los tengo cerrados.Me duelen los ojos cada vez que no veo los suyos mirarme.He ido escribiendo la plegaria con afán orfebre, con tiento, con humildad. No sé nada sobre ninguna de las grandes palabras del mundo. Sé de las pérdidas, de los jardínes sin brújula, de las tardes huecas con un limón en la boca. 



7.8.26

El don de la tristeza / La utilidad de un cuenco vacío / Alfonso Brezmes

 


I

Debe haber una manera de que todo lo malo que nos suceda no prenda, no hiera, no rompa lo que antes fue alegría, esplendor, vida, en suma. Valdría un mapa que nos asegurase poder volver a casa cuando se ha malogrado el camino y no tenemos luz que combatan a las sombras. Las hay para que la luz irrumpa, podría pensarse, pero no siempre se tiene a mano esa llama pequeña que la derrote. Escribir sobre lo que se ha perdido sirve para que la pérdida no lastime. Este libro de Alfonso Brezmes no es un inventario de pesares, sino una brújula hacia la luz. El hecho de que podamos mirar de frente a todo cuanto nos merma y salgamos robustecidos, animados por una especie de don, que será de la tristeza y también de la esperasnza, hace que la vida, por más que nos debilite, prospere. Habla uno de oídas, aunque haya conocido la tristeza sobre la que se funda este (diré ya y repetiré más adelante) excelente poemario. Tenemos con qué hablar del dolor ajeno, de la tragedia ajena. Cualquiera de sus manifestaciones es de una intimidad que nos pertenece, está construida por la misma dura sustancia que nos abate con singular ahínco. Se afinca uno a la tristeza por designio divino, por la mera circunstancia de venir al mundo, qué podríamos usar contra esa bendición, por la pereza de Dios, que no se esmeró en el cuidado de sus criaturas y las arrojó a la alegría, al esplendor, a la desgracia, a la vida, en suma. De ahí que el poeta, más que inventariar su tráfago por ella, se empecine en registrar ese roto primerizo, alargado, perseverante, ese material sensible que, hecho añicos, cunde en la memoria y favorece que importe, más que nada, sobrevivir.

II

Venir al mundo con el recado de que algún día lo abandonaremos iza esta catedral de vida con la que Brezmes nos ha agasajado. Porque hay gratitud en quien lee, una manumitida de retórica, expresada con los más elementales mimbres: el de la conciencia de que el poeta nos habla con legítima intimidad. Como si nos animase a perseverar en lo que quiera que nos haga sentirnos vivos, determinados a festejar cualquier brizna de gozo y acunar su recuerdo para cuando vengan los colores fríos y los colores grises y todo lo que un día fue espléndido se preserve y siga su oficio noble de luz y de entusiasmo. Y mira qué es difícil escribir desde la pena y dar con el músculo de la alegría. 

III

Es un libro de colores este libro. Su don es cromático. También universal. Acude Brezmes a ellos para invocar la luz, su fragancia. El hecho de que el poeta decida encomendar a su memoria lo por venir le autoriza a rasgar el velo del tiempo. Es suyo, tiene propiedad sobre su influjo. Eso querrían muchos poetas: poder ver el mundo por primera vez (Origen) y hacer acopio de ese llorar de alegría y reírse de pura tristeza. Tal vez las dos emociones sean la misma. Reímos, lloramos, hacemos como que sabemos manejarnos en la alegría y en la tristeza, aunque el corazón sea quien finalmente se pronuncie. Brezmes lo ha apurado con magisterio: se ha hecho fuerte, ha permitido que la sangre no cuente solo lo perdido en su fluir ciego, sino que se afane por dar con el temblor del futuro. Qué hermoso ese vislumbrar en lo oscuro, ese palpar hasta que de pronto todo cobra sentido y las palabras (ellas son las que lo gobiernan todo) descubren nuevamente la vida. 

IV

Ser el poeta y el poema y quien lo lee. (Lo inevitable). Estamos leyendo al hombre, no a sus palabras. Leemos, nos leen. Yo creo que Brezmes se ha arrogado ese oficio en esta rendición de su ánimo. Habla para quien se está yendo, para quien fue, para quien no ha dado muestras de que sea posible que finalmente acaba yéndose, pero también le habla a quien no conoce, al lector que ignora tantas cosas, pero las sabe cercanas, vividas, sentidas. Me habla a mí, te habla a ti. Sobre todo, es un decir hermoso El don de la tristeza: un catecismo laico sobre la pérdida, sobre la melancolía, sobre todo lo que alguna vez nos hizo sentirnos vulnerables, patéticos, tristes, sí, pero sobre todo, humanos, destinados a perdurar como la piedra o como el cielo. 

V

Se habita un cuerpo, cuenta un poema, igual que se ama un pájaro en el cielo. Cuenta la dignidad del vuelo, la permanencia de las nubes mientras danza la carne en el pretil del tiempo. Acepta su decadencia, eso dice, tristemente. Y emociona leer que se deja ir, que se suelta "sin ruido". Que la vida obra con arteras maniobras, pero seguimos viajando, transcurriéndonos, dejadme ahora que conjugo a mi manera. 

VI

El don de la tristeza, más que otra cosa, es un libro que trata sobre el tiempo. No es del amor de lo que trata. Ni siquiera de lo que lo interrumpe. Porque el amor continúa su tráfago ciego, pero el tiempo es un arcano, un desbordarse sin que haya agua que acojamos dentro. Yo lo que quiero es esa melancolía dulce (es la palabra que más se me ha quedado, más que la tristeza que tanto acude) con la que el amante se sabe depositario de un fin: guardar los recuerdos, guardar los instantes. Y no se crea el lector que es un exhibicionismo imprudente: hay tanto cuidado en el contar, hay tanta belleza dentro de todos esos añicos del tiempo.

VII

Son poemas pequeños los que Brezmes elige. Todo es pequeño, ajustado a una necesidad de que la brevedad (no diré que la concisión) encierre algo enorme, catedralicio. Mira el poeta con los ojos rotos por la pena, pero darían la impresión, si los viéramos, de que se empecinan en aliviar el llanto y buscar un paisaje que permita extender el cuerpo, depositar el alma, que es una cosa física, dura, palpable, con peso y medida. Creo más cosas: el alma es tangible. La poesía la vierte. Podemos ver al poeta si sabemos leer sus versos. Vemos (el verbo es legítimo) cosas que no veríamos si no las leyéramos. Aquí hago mención de algo que considero fundamental en la poesía: decir lo que no se puede decir, contar lo inefable, hacer que lo invisible comparezca, permitir que todas esas grandes palabras del mundo (tristeza, melancolía, pérdida, abatimiento, muerte) se contemplen con una brizna (es la segunda vez que empleo esa palabra) de esperanza. Al final, va a ser que el don es suyo, de la esperanza, del porvenir, de lo que todavía tiene que suceder y nos tiene en ascuas, expectantes, solícitos, hambrientos, sensibles. 

VIII

Se muere uno de belleza. Despojado de cansancio, entregado sin tregua a la comisión de lo hermoso. Tardes felices en Venecia (El último vaporetto) en la que los barcos que se pierden duran más en la memoria que todos los que alguna vez nos sirvieron para recorrer lagunas, ríos, mares extraños, quizá olvidados. Engarzo con la cita que Brezmes toma de Piedad Bonnett: "Lo terrible es el borde, no el abismo". Una de las cosas que más me ha gustado de este libro es su capacidad para conciliarnos con la belleza. A veces se nos escapa, no damos con la herramienta que la abre y nos la muestra. Estamos ciegos, las más de las veces. Solo abrimos los ojos cuando nos hiere el temblor de lo inédito, el barco que se aleja, el silencio distinto a todos los demás silencios (Todos los blancos, el blanco). Es esa facultad para no saber nombrar lo que nos emociona lo que rige este poemario. No dar con la nomenclatura, no tener que hacerlo. Se van acumulando los prodigios, se va recamando de amor la memoria. Y no es preciso distinguir un silencio de otro, un blanco del siguiente. Y está a mano "la paciencia / de esperar a lo que llega sin nombrarlo". 

IX

Dónde habremos sido felices, nos preguntamos. La savia ( Punto de lectura) circula por donde suele, conoce su travesía, vigorosa, dice el poeta, pero el ayer "ya no es nuestro". Y entonces, si se nos pregunta, qué decir, cómo explicar la ocupación del tiempo, "los lugares en donde nos amamos", tan hechos a convertirse en el mismo. También es de eso, del don de la felicidad, de lo que habla este de la tristeza. No es posible extirpar el uno del otro, la carne acariciada con esmero y de la entregada a la dura decandencia, a su destino irrevocable. Al final, siempre hay un final, a pesar del esplendor del trayecto, solo nos pertenece la vida vivida, la que se encarga de que podamos sonreír "si alguien / al vernos tristes, nos pregunta". 

X

Aprecio una advertencia en el discurso invisible de todos los poemas: el de una especie de conferencia íntima, contada a unos cuantos elegidos. Como si se nos hubiese invitado a una celebración de algo. No sé exactamente qué motivo exacto la aliento. Probablemente lo sean todos. Cualquiera valdría. El de la bondad o el de la tristeza (tan repetida, tan inevitable) o el de algo parecido a la cercanía de alguien que te echa "una mano en el hombro" para que todo nos haga pensar en lo bien hecho que está. Un leve arrimo de amor. Un gesto sin alharacas. Una mano que comprende. 

XI

De llorar está hecho el ojo a lubricarse, a no caer en un secarral terco que no permita entender la variedad de las luces y el vocerío de los colores. (Lacrimosa). Se le da al ojo la cualidad de una entereza que no desea. Se gusta cuando muda la piel y se precipita en lágrimas. Le harán sentirse vivo. La xeroftalmia (gracias, Alfonso, por la palabra) intimida, más que otra cosa. Parece algo más grave, cuando no lo es. El ojo seco es una anomalía de la luz, incluso del corazón. Llorar cura, alivia, calma. Yo he llorado con frecuencia cuando la belleza me ha cruzado. No tanto por el dolor, que también, sino por la belleza. 

XII

Hay que saber estar tristes, explorar lo que lo triste ofrece hasta que se adquiere una especie de adueñamiento de esa bruma o de esa niebla o de esa nostalgia. He dado dos sustantivos físicos y uno abstracto, pero los tres son, en esencia, uno, y rescinden el comercio de la materia o del espíritu para poder manifestarse con ambos. Hay una tristeza que pesa como fardo. Una niebla que se cuela en el corazón. Una bruma que entenebrece el espíritu. (Nothingness) "Y vivir así, sin más cuidado, / como el pájaro que cruza la tarde / y va zurciendo el cielo con sus alas / para que no se caiga". Es no caer lo que anhelamos. O incluso caer con lentitud absoluta, a sabiendas de que descendemos, pero sin la rotundidad ineludible del suelo. De confiar en la verdad del aire mientras caemos. De saber que se cae incluso cuando creemos estar siendo elevados, adquiriendo una facultad que no es la propia, la de volar a voluntad, la de danzar y, en la sublimación de la música, pensar que no habrá cansancio nunca y no tendremos que pisar la tierra y morir un poco. Qué de cosas cuenta Alfonso Brezmes, sin aparente retórica, despojado de barroquismos, resuelto en liviandades, en esas ligerezas que guardan enseñanzas profundas. Quién las quiere, se preguntará el lector. Vamos descubriendo el dolor conforme el dolor nos atraviesa. Como el pájaro al cruzar la tarde descubre que se acabará echando la noche y no verá la fronda del bosque ni los tendidos eléctricos. Dice el poeta preferir siempre lo pequeño (De vita levis). "Como quien lleva un cazo ardiendo / o desiste un día de la infancia / de llevarse, cubo a cubo, el mar". Lo leve, añade, "ir echando raíces en el aire / hasta reconstruir aquel jardín / que alguna vez llamamos con nostalgia, / para poder soñarlo, paraíso ".

XIII

"Let's make Itaca great again". Qué lejos están los bárbaros, pero qué rápido avanzan. Es posible que hasta en la pérdida de lo que amamos atisbemos la pérdida de lo que somos. Uno frente al mundo. Qué pequeños parecemos.(Tan hermoso el viaje). Y lo que he reído al leer esa soflama brevísima. Como si solo algunos entendieran y hasta nos diese igual que todos la entiendan. 

XIV

Qué delicado habrá sido escribir este libro. No caer en sentimentalismos, no hurgar en los lugares comunes, tantos hay. Ha tenido que lidiar con la dignidad del corazón, que a veces se corrompe o se lastima en demasía y no da de sí mucho tras herírsele. Ha conseguido algo maravilloso: dar a la tristeza un significado nuevo. Convencer (convencernos) de que de ella puede surgir una tristeza mejor, una que haya aprendido a manejarse en la vida y nos haya convidado a ver qué hay cuando solo hay tristeza. Claro que hay oscuridad en la tristeza: la hay en estos poemas, no es posible que no se persone con su negritud inaplazable, con su duelo, con su luto firme. Pero hay evidencias de que las escaramuzas de la luz prosperen y la liza (la de siempre, el bien sobre el mal, la claridad sobre las tinieblas) no acabe ni siquiera en tablas, sino que venzan los colores, la esperanza, ese fundar de nuevo el mar (Tríptico latino: Vanitas) sobre el lecho de las lágrimas. 

XV

La tristeza es la ceniza cuando nadie recuerda el fuego. Duele más la tristeza que la muerte. El silencio es un mapa de la oscuridad. Hay que contar hasta cien con los ojos vueltos hacia adentro. Ahí el humo de las palabras, ahí el temblor con su muñeca rota.

XV

(Utilidad de la noche) Para lo que sirve la poesía es también "para pagar a plazos la muerte". Como si Novalis arreciase con algunos versos de sus himnos y tembláramos. Como si fuese verdad que nos pareciese "pobre y pequeña la luz", que el sueño "dura eternamente". Es también de eternidades este libro. Volvemos al tiempo, a su influjo. Hay que tener fe en el tiempo, en lo que hace con quien lo venera o con quien, inocente, lo ignora. "Un día pasearemos juntos", vuelvo a citar el poema de Brezmes. Pide, no obstante, que el amor se vaya y corra "libre". Escribir poesía (esta poesía, este urdir versos) es "contar una verdad / que no existía antes". (Mentiras relativas). Se hace verdad al ser pronunciada. Se sustancia, comparece, íntegra, ineluctable. Al llorar, el poeta, crea el mundo. (Recreación). Las lágrimas son el grumo novicio, el primer asidero desde el que poder levantarse y tocar de nuevo el paisaje. Eso hace la poesía, eso nos regala. He tenido la sensación, conforme iba leyendo, que El don de la tristeza es un largo poema único. Está fragmentado, dividido en muchos poemas, pero son íntimamente uno solo, extendido. Parecería un monólogo, un recitado. Se advierte, déjenme decirlo, generosidad en ese volcado personal, en ese contar que, más allá de la literatura, se erige como un cántico noble, que se permite invitar a Sade, esa reina del pop (alguien dijo que un amor como el nuestro no duraría) o a Tarkovski o a los pájaros de barro de Manolo García o a Ulises o a Lars Von Trier de Melancholia o al Roy Batty de Blade Runner . Quien habla es un hombre del mundo. Alguien que sabe que ocupará el mundo y que el mundo le ocupará a él. Ese es el recado de esta partida de cartas con el lenguaje. Ha ganado él, ha dado con las palabras correctas, con las que erizan la piel e invitan a que le pongamos la mano en el hombro y sienta, en su devastación, un halo de ternura, un pequeño arrimo de esperanza. 

Coda

Lean este libro por cualquier razón que se les ocurra. Cualquiera vale. Si están felices o tristes, si sonríen o si lloran con frecuencia. Háganlo para continuar estando felices o tristes o para seguir sonriendo o llorando. 




3.8.26

Costa Ballena

 

El horizonte, mar adentro, es una hucha millonaria. El cielo, un testigo ciego. La moneda de oro se pierde en el hondo azul. Se lo contaba a mis alumnos para que comprendieran qué es una metáfora. Yo todavía me lo pregunto.



29.7.26

Un recado


Hay que medir las palabras y luego volverlas a medir, esmerarse en la medida y luego pensar en si lo hemos hecho a conciencia, sin que falte una brizna de empeño, sin dejar que nos distraigan ni nos aparte de ese afán ninguna frivolidad a la que acostumbramos. Entrar así en la noche, buscar con fiereza su cobijo, razonar el tráfago del día, ingresar muy limpio en la dulzura del sueño. Y la noche lo alivia todo con su manto. Hasta procura palabras nuevas, hiladas unas con otras, embutidas en una frase que uno se empecina en recordar con diligencia y oficio, pero que no acude o acude rota, desmadejada, refractaria a que podamos registrar su fuste y su magia. Porque el lenguaje es una actividad en la que interviene la magia o el misterio. Anoche soñé, bendita ilusión, una trama de la que podría sacar un argumento para hilvanar un cuento. No daba para novela, salvo que la perseverancia extremara los cuidados y la historia, corta por necesidad, se dejara extender, permitiera que el motivo que la alentó (misterio, magia, incertidumbre) prosperara, adquiriese volumen, se impusiera la encomienda de envejecer. No ha sido así. He dejado cuatro apuntes. Uno de ellos me ha hecho envalentonarme para escribir lo que me fue contado. Aquí estoy organizando el caos. Tengo con qué armar la novela. La que empecé a urdir y se me resistía se quedará en un archivo en las tripas de la máquina. Tendré que volver a ella. Puedo decir que estoy determinado a alargar el sueño hasta que tenga doscientas páginas, trescientas. 

Un cuento, una vida

  Igual que en ocasiones para escribir un buen cuento solo necesitas dar con una frase memorable, con uno de esos comienzos perfectos que re...