8.9.26

Maneras de mirar

 


Fotografía: Bruce Davidson

Todo está en orden, se puede apreciar. Podría ser el desorden lo que emane de esa apreciación, según desee quien mira. No hay nada en esta fotografía que nos haga inclinarnos con propiedad hacia un lado o hacia otro. Por fortuna, lo que a mí me parece una imagen de absoluta tranquilidad le pudiera parecer a alguien el preámbulo de una tragedia. La mujer habrá salido de un lugar para llegar a otro. El tren la conduce sin estrépito. Conocerá el ruido, sabrá de los silencios. Tendrá, dejo ya estos futuros hipotéticos, con qué amenizar el desempeño del trayecto. Seguro que todos hemos sido esta mujer en alguna ocasión. La de veces que, si la fortuna nos da la elocuencia del tiempo, podremos parecernos a ella. Lo que me fascina de esta instantánea es la posición de quien la registra. No sabremos (qué difícil en este hilo de las cosas desprenderme de la conveniencia de los tiempos futuros) si previno que la mujer estaría ahí o si fue el azar quien convino la posibilidad de ese registro impagable. En alguna ocasión he salido a la calle con la pretensión (baldía más tarde) de hacer alguna de esas fotografías que cuentan algo. No dispongo (acudo ahora al presente dispensador de certezas) de la sensibilidad suficiente, arguyo. Me he ido conformando con admirar la ajena. 

7.9.26

Confianza



Fotografía: Jo Scwab


No conozco al dios en el que confían los americanos. Tampoco hay ninguno aquí en el que deposite mi confianza. Poseo una incredulidad lúdica que me hace disfrutar de su búsqueda más que gozar con su encuentro. Digamos que soy una especie de creyente inconstante. Uno que se arrima y se desarrima a voluntad y que no espera nada en ese juego de metáforas en el que no siempre hay un ganador. Yo soy el ganador, el que encuentra un campo de cavilaciones fantástico. También quiero pensar que soy el que pierde. Cavilo por vocación. Por las incertidumbres que sugiere el camino. Resulta estimulante esa prospección hacia dentro de uno mismo. La jalea el mundo, pero soy yo quien la administra. Está en mí la posibilidad de darle curso, de mimarla, de desoírla si me place. Me agrada irme pidiendo que deje la cosa divina y me centre en lo más acendradamente humano. Que no indague en lo que no conozco. Y es precisamente el no conocer lo que me empuja. El desafecto que le tengo a las instituciones que abanderan a Dios (ahora bien con mayúscula) no tiene nada que ver con el afecto que le profeso a las personas que lo buscan y narran las peripecias del trayecto. Me atraen las que no lo encuentran. Quienes se topan una y otra vez con un muro y no dan con la vía que lo sortee. Mi muro es poroso a veces. Otras es inexpugnable. El dios en el que confían los americanos, el que se pronuncia en las homilías del mundo, el que se cita cuando uno está solo y sospecha que alguien pueda estar escuchándolo no es el dios en el que confío. No sé si este creyente voluble que soy precisa de un ajuste desde el que mirar de otra manera. Tal vez sea cosa de mirar con otra graduación. La mía, hasta hoy, ve ángulos muertos, figuras borrosas, paisajes sin bondad, páramos que solo hollan de vez en cuando mi asombro y mi paciencia. La silla de la fotografía de Jo Schwab es la mía. Es la de todo el que se sienta a esperar y se levanta, al rato, por cansancio, por aburrimiento a veces. Por absoluta incertidumbre. Por todas esas distracciones que te apartan del cometido que emprendiste y te convencen de que no hay otro mundo y de que este es el único posible.




5.9.26

Un corazón ensimismado

  Hay quien prefiere hurgarse a hurtadillas la nariz a sabiendas de que alguien, intrigado, admonitorio, estará ocupando todos sus sentidos en el movimiento del dedo, en la disposición del cuerpo del que procede prospectivamente, con cautela al principio, pero más tarde envalentonado, explayándose con diligencia, manifestando el placer que le causa ese barrenamiento incivil, esa operación minuciosa. Tal vez esa costumbre ha sido transmitda de padre a hijo y está firmemente grabada en las hélices moleculares, con sus bases nitrogenadas, con su miniatura de misterio, con su ministerio del caos. Hay quien se maneja con rigor y entusiasmo en asuntos peregrinos.  Lo mismo vale una estridencia de gatos encaramados a una tapia de corral que una balda en la que no falta ningún libro de Saramago. Azules rotos, fantasmas sin cuartel, flores que se desdicen, agujero sin nadie. El caso es incurrir en algún desacato a la prudencia o al recato. El hombre se acuartela en sus vicios, los acaricia, da de sí cuanto puede para que nada quede y el azul, el fantasma y el agujero manifiesten su biografía entera y el que mira sepa de la usura de las horas, de los poemas sin acabar, de la novia de mil novecientos ochenta y tres con tetas como campanas, de un ladrido perdido en un sueño del que apenas puede extraerse un pájaro o un ciudad venida a menos, llena de ancianas que pasean sin propósito, de rendiciones del tamaño de un pétalo en un poema del siglo trece. Escribir es desafiar siempre. Donde no hay nada, donde el silencio y el blanco debajo del silencio, una catedral de muertos ingeniándoselas para merecer la derecha del padre, el descanso eterno, la luz más sublime, la semilla más fiable. Un enjambre de pétalos obsequiado de lluvia en la comisura de un sueño. Hay quien pétalo, quién sueño. Preferir excederse en ese cielo sin volumen, tramar un boceto de algo que luego podría ocupar el limbo de una tentativa de sangre loca por la periferia de un corazón ensimismado. 


28.8.26

El gobierno de las sombras

 Lo malo sucedido se repite por ceguera, por colapso, por inercia. También por apatía o por ceguera. Creo que nos están empezando a dar igual el cambio climático, el paro, la cochambre de las instituciones, la pandemia de los algoritmos, el precio de la gasolina, la comida ultraprocesada, la ortografía, el estrecho de Ormuz, los fuegos en el bosque, la neurona solitaria de Trump, los drones en el cielo, los seísmos, el imperio del reguetón, las series turcas, el mosquito del Nilo, el Damocles de las hipotecas, la metástasos de la IA, la superpoblación, la xenofobia, el acoso escolar, la magnitud de la soledad, el cierre de las librerías, la insensatez de los políticos, los chinos en los polígonos, los nadadores transfonterizos, la turba de damnificados…Estamos confortablemente insensibles, anestesiados, instalados en un búnker con fibra optica y series de espadas y runas y contenidos de influencers. Sucede lo malo porque no sabemos si la realidad es una pantalla o son las pantallas la realidad que manejamos. Con la que está cayendo deberíamos hacer algo, pero no se me ocurre qué. También yo estaré hecho a la costumbre de no querer saber más de la cuenta o a que, si no me meten el dedo en el ojo, no tendré que tomar cartas en el asunto. Tampoco sabría cómo tomarlas. Se me ocurre que dolerme no basta, que debe haber un procedimiento para que todo cobre el sentido que está perdiéndose. Porque el mundo está atravesando un bache, un revés, un agujero. Imagino que nunca hubo grandes periodos de bonanza y de armonía, en la que todos nos abrazábamos y la poesía era el lenguaje de todas almas, las sensibles y las que no saben todavía qué es eso de la sensibilidad. Es posible que nunca haya habido nada de eso. Que cambien las adversidades, pero se mantenga ese estado continuo de alerta con el que nos levantamos y con el que nos acostamos. Algunas criaturas no manejan ni siquiera la alerta: ya están en el campo de batalla, en las trincheras, encabronados, tristes, abandonados, refractarios a que malvivir sea una opción, continuamente conjurados a encontrar un mundo mejor. No sé, qué voy a saber. Todo esto que estoy escribiendo no tiene tampoco algo a lo que acogerse para que un poco de luz lastime este gobierno de las sombras. Tal vez mañana me levante con mejor humor. No suele faltarme, pero hay días difíciles, días en los que solo quieres que la televisión difunda noticias bonitas. Cuándo pasó eso, quién se acuerda. 

Conforme adquiere uno sitio en el mundo, el mundo muta, vira, se hace otro tal vez por hacernos perder esa firme voluntad de permanencia o de seguridad. Todo es de una fragilidad que, a la larga, intimida y aturde. Cuento con los recursos aprendidos, pero pierden validez, no sirven para el uso noble y legítimo para los que los encomendamos. Andan los días enfermos, aquejados de ese vértigo, comidos por esa fiebre. Sólo hay que prestar la atención necesaria, observar con entomológico esmero qué obstáculos se empecinan en impedirnos entender qué hacemos aquí, de qué manera seguir estando sin que lamentemos la estancia. Es un mundo bueno, no tengo duda en eso. Somos nosotros quienes malogramos la concordia, los que malogramos la armonía. El mal pugna por vencer siempre. Al bien tenemos que animarlo, no avanza a solas, no prospera sin que lo jaleemos. Siempre funcionó así. El mal de ahora es más invisible que nunca. Opera arteramente. No alcanzo a comprender en qué fallamos. Los unos tan poco sensibles y los otros tan empecinados, todos tan ciegos o tan torpes o ciegos y torpes juntamente, en descuidar la belleza o el amor. Como no tengo manera de aclararme, me limito a declarar mi incompetencia en estos asuntos. Me manejo bien en los íntimos, tengo las competencias precisas para llegar al finiquito del día con la conciencia limpia y el ánimo más o menos indemne, pero me asusta que haya ahí afuera alguien que posea la capacidad de, aun sin conocerme, dañarme, hacer que peligre mi felicidad tan trabajada, la de los muy amados míos, la de los ajenos que no conozco y comparten conmigo el mismo anhelo de vida. Existen todos ellos, están puliendo su oficio, se cuidan de que no se les descubra, obran sin pudor, sólo buscan que yo no tenga la seguridad y el confort que persigo. Hay entre ellos y yo una guerra larvada, no visible, pero igual de cruenta y dramática en el fondo. No siendo soldado ni enarbolando ninguna bandera de ningún bando, me pregunto si no será guerra, sino otra cosa, si será simplemente vivir y todo emana (feliz o penosamente) de esa circunstancia ineludible. Me abruma esta dolorosa suma de pequeños combates en los que involuntariamente participo. Me arrojan a ellos, me exponen para que tome partido o para que exhiba qué lugar del mundo he escogido, cuando no deseo en ocasiones posicionarme en ninguno, no delatarme, no exponer mi voz, ni airearla, aunque por otro lado siento cada vez más nítidamente cuál es el lado en el que no estoy. Sé lo que no me gusta, no tengo claro qué sí. Estoy contra el mal, contra la estupidez y contra la insensibilidad, pero esas tres cosas son la misma cosa. El mal se viste de estupidez y de insensibilidad. Los malos son estúpidos y son insensibles. Nadie está a salvo de no ser alguna de esas cosas (malo, estúpido o insensible) en algún tramo de su existencia o en muchos, a saber. Cada vez que me intereso por las noticias, en cada doméstica ocasión en la que decido enterarme de lo que está pasando, razono que será la última o que interesaría que fuese de verdad la última, pero están hablando de mí. En cada una de esas noticias deprimentes que escucho estoy yo o están todos los que son como yo, los que observan con timidez el curso ilegible de los acontecimientos. Se rompe el mundo y yo estoy en mitad de la fractura. Se hace añicos y yo estoy en todos los pedazos. 

27.8.26

Animales

 Ser peor que animales me pareció siempre una frase desgraciada: se da por hecho algo radicalmente falso. Creo ver en ellos cierta nobleza o cierta coherencia que en ocasiones me cuesta encontrar en un ser humano. El mal se cierne con más fiereza cuando se descuida el mimo que reclaman las palabras. Ellas, juntamente con los gestos, nos retratan. Cuando las hemos corrompido, cuando están a merced de quienes malograron su escrutinio antiguo y franco, no hay antídoto eficaz.  Ese veneno prospera con insólita presteza. Si la música precede al verbo, como escribió Verlaine, la palabra antecede a la realidad. El hecho de que se acuda a ella para explicarla hace que sospechemos que es el lenguaje el que la hace perseverar en nuestra percepción. Las palabras nos conforman y definen. También nos delatan. Incluso las que no pronunciamos, debiendo, muestran como somos. Las juntamos a veces con ignorancia o con falsedad. Se les atribuye un propósito y luego se inclinan a otro. Veo atrocidades, escucho a quien alardea de ellas con pensado y retorcido empeño. Hacen malabarismos con ellas, crean un discurso intencionadamente bastardo. Gente incivil, quienes las manejan y propagan. No conozco animales inciviles, no se esmeran en causar un mal gratuito, únicamente urdido para regocijo propio: proceden sin que haya saña, no urden ni maquinan, simplemente desempeñan el dictado de su sangre. La palabra es impotente, no es competente para revelar la verdad de lo que es ser humano: solo hace una aproximación, solo roza el interior, sin debelarlo. Citaba al gran poeta italiano el (déjenme) gran poeta español Francisco Caro. Él se fijaba en lo poético, aunque no únicamente. Trataba (imagino) de poner la palabra poética en el lugar, lo cual me ha hecho pensar en la orfandad de su influjo, en su desvalimiento en este mundo que andamos construyendo o aniquilando. Tal vez unos y otros, los que levantan y los que demuelen, ignoran el verdadero poder de la palabra, su potencia. No darán con lo que somos, no podrán exhibirlo, pero no tenemos nada mejor con lo que manifestar ese hambre y esa sed de concordia, de paz, de cualquier constructo que nos haga ser mejores. Como los animales. 



26.8.26

Días

 Los días son páginas de un libro que solo podemos leer una única vez.  Cada uno de esos días es una de esas páginas irrepetibles. No hay con qué retroceder al día anterior, ningún ardid nos faculta a que regresemos al ayer ni accedamos al mañana. Cada vive conforme a esa incontrovertible disposición del tiempo. Quizá por eso amamos la literatura. No solo es una vida o muchas vidas añadidas a la que disponemos, sino que ofrece la posibilidad de cancelar la naturaleza misma del tiempo. Escribir depara un regocijo mayor, que me perdone mi buen Borges: el de saberse inexplicablemente gratificado por un especie de don. Yo me paro a pensar en estas cosas a veces cuando me da por cuestionarme qué sentido tiene todo esto. Y me las compongo para encontrar un motivo para seguir leyendo, escribiendo, viviendo, empecinado en que el asombro y la incertidumbre ayuden a escalar la cumbre de todos esos días. No hay ninguna cumbre igual. Esa topografía es absolutamtne caprichosa. Ni siquiera la rutina, tan buscada a veces, repite uno solo de esos días. Iba a escribir de esas páginas. 

24.8.26

Aforismando

  Por la ceniza se aprecian las dimensiones del fuego. Por la de las palabras, las del corazón. 

20.8.26

Esplín

 Hace falta cierta educación sentimental para no acabar muriéndose uno tan comido de urgencias.

19.8.26

Kodachrome

 

 Las antiguas averías del alma no terminan nunca de irse. El invierno ofrece rigores únicos, pero tampoco tengo en el pecho ese dolor con el que el frío me azuza continuamente sus perros.

 

Ubrique, noviembre de 1992


 

 

 

 

 


18.8.26

Maneras de mirar

  Fotografía: Bruce Davidson Todo está en orden, se puede apreciar. Podría ser el desorden lo que emane de esa apreciación, según desee quie...