18.8.26

Calendario

Los días precisan su obediencia.
El acatamiento de su discurso.
La anuencia de su herida.

Tamariz, in memoriam


 Juan Tamariz sabía todos los trucos, conocía el mecanismo del asombro y de la risa, hizo que la lógica se rindiera ante su ingenio y creó una legión de incondicionales que lo tenían como a una especie de dios caprichoso y rudimentario, inmensamente feliz de conocerse y de hacer que nosotros, por su magia, nos sintiéramos vivos, arrimados a esa cosa indecible que se llama arte. Fue un artista grande entre los más grandes. Descanse en paz.

Elogio interior del mar

 


Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde ella. No preciso meterme: tan solo observarlo, tener la certeza de que sigue ahí. No creo que me haya sentido solo frente a él. Son incluso esas caminatas, apenas pensadas, erráticas y placenteras, las que hacen que aprecies más lo que te circunda. Me siento, déjenme recrearme, arrebatadoramente conmovido. El mar es una especie de vida aplazada, de novela absoluta en la que se cuenta la historia del mundo. La ciudad es el reverso burocrático de las olas. La ciudad está construida de espaldas al mar, ajena a la trama antigua de su hondura y su vastedad. Ayer, mirando al mar, aunque lo tenga lejos, pensé en lo que no nos ha contado. El cielo es también el reverso de algo. Pero al cielo le hemos atribuido facultades espirituales que le han venido siempre grandes. Lo hemos poblado de dioses fundamentales y de dioses subalternos, de esperanzas y de fracasos. Hemos mirado arriba para entendernos, pero hemos mirado poco al mar. No del modo en que se extraen respuestas. Deben estar ahí. Podrían estar por ahí. Quisiera envejecer junto al mar. Lo hago desde lejos. Tengo para mí el mar. No cansa. No pregunta. No exige. Tiene una pureza antigua como la luz. No la pervierte la invasión de tumbonas y de sombrillas con la que pretendemos intimar con él, hacer que nos agasaje con algo. Sigue sin perturbarse. Se ofrece sin entregarse. Se exhibe sin rebajarse. Leo la prensa y el mar me distrae. No me concentro. Tampoco hace falta. La disciplina del verano en la playa no es dura.vesta lejos (mi pueblo no tiene costa), pero  escucho su calma o su fragor. Basta tener la mirada limpia y el alma, la desvalida alma, abierta al asombro y a los prodigios. Sana, me expurgo. Conversamos los dos, aunque no se aprecie. Echaré en falta el mar siempre, su felicidad sin porqués. Entre la verdad y la belleza los poetas escogen la belleza. Lo dejó hablado Platón. Pues platónico ando. Platónico y obsequiado de luz y de infinito

16.8.26

Un cuento, una vida

 


Igual que en ocasiones para escribir un buen cuento solo necesitas dar con una frase memorable, con uno de esos comienzos perfectos que reclutan de inmediato la adhesión o el asombro de quien lee y hasta de quien lo crea, los días precisan también su reclamo fantástico, el punto desde donde levantarlos, ese pequeño prodigio que el azar nos confía y sobre el que a veces el mundo gire. La vida, más que novela, debería ser cuento. En el recurso de un solo día puede sustanciarse el júbilo de una vida entera. Es más, hay días que justifican esa vida, cuentos que la contienen con abundancia. Dar con ellos es tal vez el propósito de la novela (del libro) que somos. 

Rojo y negro

 Puesto a elegir, si hubiera que tomar uno, mi color sería el rojo, no habría manera de explicar por qué descarto el azul o el verde o el rosa, el porqué del rojo. Me inclino con entusiasmo al negro también. Es de una contundencia absoluta, no es débil, no se le puede encontrar una flaqueza, no esconde nada. En verano, quizá tan sólo en verano, podría decantarme por el azul. Se deja uno engolosinar por el mar o por el cielo. En las otras estaciones no hay ningún color al que inclinarse con ese entusiasmo. Tal vez el gris en el otoño, pero está muy manida la imagen. Todas lo están. Las metáforas tienen su caducidad también. No me visto casi nunca con tonos claros. Salvo como fondo a la hora de escribir, detesto el blanco. Se le asocia con la pureza, pero es una convención, una entre muchas. La ballena que enloqueció a Ahab era blanca. Intimidaba su pureza perversa.  La misma circunstancia de esa pureza, cuando se la alía a un color, evidencia una especie de consenso moral. La paloma es el símbolo de la paz. Un corazón representa el amor. Todo en ese plan. El rojo, mi favorito junto al negro, es además aviso de un peligro. Se ponen banderas rojas en las playas y, en otros tiempos, los rojos eran los comunistas, los apestados. Los peores números son los rojos, que constatan un saldo negativo. Por otro lado, el rojo es la sangre, que constata la vida, su pulso, su intriga. Todo es cosa de que haya más o menos luz. Cuando no abunda, vemos en blanco y negro. Irrumpe el color cuando se estimula la retina con determinadas longitudes de onda. Al final todo se resuelve con otra luz, la de la ciencia. Uno es del rojo (urdido en el mismo fuego primerizo) o del azul (que trama tristeza) porque nuestra retina es más o menos sensible. Todos los millones de conos y de bastones que tenemos en cada ojo, en cada retina, más precisamente, hacen el mismo trabajo: Al parecer somos sensibles al rojo, al azul y al verde. Todo lo demás es un añadido cromático. Yo amo el rojo juntamente con el negro sin que tal vez haya ninguna decisión mía de por medio. Stendhal me aplaudiría. Se ama sin saber, se vive sin decidir. 

12.8.26

Una página de un diario



Días de asueto sencillo. La ocupación en las faenas de costumbre es mala, a la larga. Se complace uno tanto en la molicie que teme no saber retornar a la refriega. Como si cada día confiado a la pereza devengara más tarde su peaje y no supiéramos saldar la deuda sobrevenida. He prometido no caer en esa improductiva vagancia de la que sólo sería posible extraer pasiones útiles, pero no doy con qué extraer la luz de esta amable sombra. No querer medrar ni el vértigo ni en la fiebre. Perseverar en esta sustancia sin propósito. Entregarme con vago empeño a su limbo dulce. Comer, beber, dormir, amar, dármelas de príncipe de cuento. Escribir con alguna alharaca en el patio esta travesía inútil. No leerla al cerrarla. Pensar que no es indicio de algo responsable. 

11.8.26

De qué escribir II

 Leo en cualquier parte. Nada malogra mi afán lector. Soy capaz de abstraerme, de retirar cualquier distracción o incluso de incorporarlas a la lectura. Lo que no soy capaz de hacer es leer con mal humor. Entonces me inclino por escribir. He escrito con ese ánimo infame con demasiada frecuencia. No sé si he leído más que he escrito, aunque si me paro a pensar, no crean que me entusiasma esa voluntad, me considero más lector que escritor, lo cual quiere decir que estoy triste con frecuencia o que el buen humor no me visita como quisiera y, sin embargo, no hay día en que no me encandile el sol allá en lo alto o la música del aire cuando me quedo quieto y busco en los jardínes un lugar en el que quedarme quieto. Leí hace poco que leer es un ejercicio de soledad absoluta. No hay nada que rivalice con su austera firmeza. Yo no creo estar de acuerdo del todo. Cuando leo, me siento confortado, conozco gente, hablo con desconocidos, siento en el pecho la locura de que puedo confiar en el futuro. Ah, pero escribir. Ahí el mundo se expande y me abraza. Me contiene, lo contengo, nos entendemos. 

Cartas


 Mi amigo Antonio guarda las cartas que le fui enviando en una época en la que enviar cartas era como pasear o entrar en un bar y perderse en la barra. Me las imprimió todas en un cumpleaños. Hizo un libro de pasta dura que conservo como quien tiene un altar y reza a diario. Oro en paño, mi memoria preservada, aunque advierto cierto exceso que, visto el decurso posterior de los años, no sé cómo entender. Fueron escritos (calculo) a final de los ochenta y algunos años de los primeros noventa. 

10.8.26

De qué escribir

 

Decía Ambroso Bierce en su asombroso "El diccionario del diablo" que el escritor que no tiene nada que decir "se lo cuenta lentamente al lector". Creo que, arriba o abajo, llevo cuarenta años en esa lenta encomienda sin futuro y, sin embargo, no se me ocurre ninguna razón para dejar de hacerlo. El hecho de que se lea esa perseverancia no me satisface más que el hecho mismo de alegrarme por la sutil maquinaria del azar, que me sigue instruyendo (ciego asombro) en el arte de engañarme a mí mismo sin delatar ni mi ignorancia ni mi impericia. Bien temprano, esta mañana me urgí a escribir y no se me ocurría nada. Acabo de zanjar esa incertidumbre. 



9.8.26

Lacrimae

 


Ella escucha hormigas con nubes en la boca azul de las algas, lee las nubes cuando las demás ninfas cierran los ojos y nada predice la inminencia de un milagro. Ella es la distancia entre la herrumbre y los salmos, un rumor ocupado en desoír el lamento del aire. Ella canta mientras mueve las piezas del juego. Se sabe todas las canciones del mundo. Un día todos los caballos muertos serán emanaciones de todos los caballos muertos. Ni ángel que promulgue edictos ni hormiga en el camino hacia el templo. La niebla es un mecanismo de defensa de los poetas sin metafísica. Las hijas bastardas harán comercio con sus poemas infantiles. Bastará franquear el umbral con la tristeza de los soldados ciegos, con el humo de las grandes fábricas, con mujeres muy ancianas que rasgan la seda de la eternidad.  Nadiuska está negociando la salvación de su alma. Todo lo que puede ser dicho no expresa lo que el silencio contiene. Mañana llevaré a la imprenta el diario de la redención. Llevaré una brújula en el bolsillo, llevaré cromos del Atleti de mil novecientos setenta y seis, Capón, Bejarano, Cano y Ayala. Iré puesto de té birmano, verán mi corazón intimar con el barro, sabrán de la compostura metódica de mi sangre. Ella será un niño que obedece la danza del crepúsculo; mis ojos, tres piedras en la garganta de mi madre. Comprenderé la última voluntad de los insectos. En mi pecho fallecerán con unánime estruendo todos los días de la prosperidad y de la bonanza. Los relojes están llenos de niebla. El tiempo está izado por una mano de arena. El mundo es un ojo sacado de su cuenca y expuesto a la intemperie del fuego y de los hombres. Tengo en mí toda la sustancia de la luz. Cuando me huelan conocerán el cosmos, sabrán de las palabras del aire. Yo tengo la respuesta, les diré. Ahora estoy aquí, en la enfermedad de las palabras. Me explotan cien alejandrinos en el pecho, pero el miedo asoma su boscoso lenguaje de trampas y de leche agria por la ventana. Patrullas de agentes lingüísticos vigilan un desatino semántico que amenaza con acostarse con todas las nínfulas del barrio. Siempre tuvo éxito el pecado. Uno de esos tozudos agentes ha hocicado su ojo hebreo por la hoja en blanco y temo que la burda canción devenga tragedia, vasallaje del tiempo al instinto, la menor de las voluntades de un dios caprichoso que aturde la tarde con su coro evangélico de pequeñas hostias musicadas. Me duele el oído interno, tengo el yunque devastado. Me duele el peso del mundo, que ya no es amor. Es óxido, trama de metales con su vocación de réquiem. Siempre tuvo éxito lo clandestino. Ángeles de discreto aspecto victoriano fatigan las aceras a la caza de algún niño con anginas o de alguna princesa convocada para la ceremonia de la lluvia. Ahora mismo Chet Baker proclama la vigencia de las anfetaminas en el muestrario de vicios burgueses. Ahí pueden verlo, midiendo la boca del espanto. Por si entra con facilidad y no tiene que encogerse más. Es una criatura debilísima Chet. Se ha empequeñecido poco a poco. Ya no tiene la voz dulce de los cincuenta. Ya no se enamora con facilidad. Ya no trae oro cuando abre la boca y la acomoda al metal de su trompeta. Chet es mi padre con música de fandangos. No me preocupa el silencio. Recatado y puro, el dios de la cosecha o el dios del orden mordisquean sin estridencias la cabeza de una avispa muerta. Vírgenes coreanas encienden con entusiasmo incómodos verbos copulativos a la altura de todas las circunstancias. Mi madre, que ha aparecido de improviso, viste un kimono rosa en donde puede leerse un verso de Mallarmé en vasco, un verso de Keats en ruso. Mi madre no ha leído poesía en su vida. Los versos de Keats en el kimono rosa de mi madre, aparecida de improviso, imponen a la realidad una aureola de irrealidad o es justo al revés y yo estoy en la perplejidad del limbo, exploro el limbo como quien sale de casa y va al mercado y ve los puestos y se admira de la prolijidad de lo real. Los de Mallarmé. Todos los versos ungidos por el numen de la fe en la bilocación del espíritu. Mi padre duerme con una escolta de pájaros que lo izan muy alto y lo dejan luego en la cama para que no sepa que fue un sueño. Lo dijo el poeta. Yo sólo me dedico a poner al día los registros. Soy el que en la vana noche cuenta las sílabas. El inútil. El que no entiende ni la claridad ni la sombra. El desprendido de la rama del árbol que nunca da con la tierra ni corteja al aire. La poesía se abastece de estos desatinos. El poeta es un dios rudimentario y caprichoso. El poeta es un escriba de sí mismo. Un trémulo trino de trazos tristes. La poesía está adentro. El poema es un fulgor invisible, una luz apenas entrevista, un caos lúcido o un delirio. Uno escribe con pudor. No sabe bien qué decir, si convendrá o no decir. Si habrá pájaros. Si caballos. Si todo es un sueño. Si mi padre acabará echando a andar o a volar y ya no tendré que venir a verle dormir todas las tardes a la residencia donde se muere desde hace tres años.Se ha ido muriendo sin interés. Está enteramente dispuesto a que se lo lleven y cierre los ojos para que ninguna luz le recuerde la luz primeriza, la que lo escoltaba por la Colonia de la Paz, por las calles festejando su mocedad de bolero y Lorca. Los tiene cerrados.Hablo con sus ojos cerrados para que no se desvanezcan del todo. No me miran, ni los miro.También yo los tengo cerrados.Me duelen los ojos cada vez que no veo los suyos mirarme.He ido escribiendo la plegaria con afán orfebre, con tiento, con humildad. No sé nada sobre ninguna de las grandes palabras del mundo. Sé de las pérdidas, de los jardínes sin brújula, de las tardes huecas con un limón en la boca. 



Calendario

Los días precisan su obediencia. El acatamiento de su discurso. La anuencia de su herida.