10.5.26

Un fuego invisible





Pobres, las guitarras. Pete Townshend las machacaba a golpes contra el suelo del escenario. Las cogía del mástil y las reventaba a conciencia. Qué se le pasaría por la cabeza, qué era lo que verdaderamente estaba destrozando, me he preguntado siempre. Al principio no fue a posta, parece que fue un accidente, un imprevisto, uno de esos accesos coléricos que pavimentan el camino para que fluya la ira, que debe ser evacuada, liberada, eso lo dicen los psicólogos. Cunde la idea de que destruir es alcanzar cierta armonía espiritual. Sigo con el muchacho de los Who:  no siendo Townshend un violento de libro, una de esas personas que están acostumbradas a expulsar la ira (la tensión, el veneno, la madre que parió al demonio) debió venirse arriba e hizo del subidón un símbolo, una especie de escudo heráldico del rock de entonces, que era floritura rebelde, anarquía, alcohol, sexo y desobediencia. Jimi Hendrix las quemaba y se quedaba mirando como ardían, en trance, embebecido. Debió el guitarrista sentir que el fuego las liberaba a todas esas guitarras de alguna esclavitud a la que él las sometiera. Como si reducirlas a ceniza fuese parte de un plan mayor, cósmico, lisérgico, barbitúrico, inefable, en cualquier caso. Lo flamígero epifánico, la verdad del fuego. Uno sacrifica lo que ama, dijo Hendrix al ser preguntado. 

Me pregunto qué tendría que quemar o de hacer añicos uno mismo para alcanzar ese estado de paz interior, si es que es eso lo que anhelaban, que tampoco lo tengo claro,  o a qué objeto le encomendaría la misión de liberarme, ya que no soy hombre de Fender Stratocasters, ni se me va a ocurrir incendiar el teclado del ordenador o el mando a distancia de la televisión. Se tiene una edad en la que las endorfinas se buscan sin alharacas, procurando no llamar mucho la atención, pero hay ocasiones en las que se querría ser Townshend o Hendrix y aporrear o quemar algo. Debe ser una de esas cosas que no se ha hecho en su tiempo y queda larvada, a la espera de que una circunstancia propiciatoria la desenclaustre y nos haga sentir el vértigo de la satisfacción absoluta. No se me me ocurre que Andrés Segovia tuviera estos accesos dramáticos en su desempeño artístico. Que agarrara la guitarra y la empotrara contra el suelo en los jardines de la Alhambra. Habrá un temblor en la sangre, pongo por caso, al prender fuego a las cosas o al estamparlas contra algo más duro. Quien actúe con esta saña no estará hecho a manejar esas pequeñas o grandes epifanías con las que el cerebro festeja que ha sido bendecido por la irrupción de la belleza o de la inteligencia o vaya usted a saber qué secreta cosa. Todo es cuestión de neurotransmisores. Hay saltos sinápticos pequeñitos: la información viaja como una rana por una charca de la que sepa su extensión y sus peligros. Luego los habrá inasequibles, grandes como un océano: la información hace una especie de ejercicio malabar, funambulista, circense, en definitiva. Se la oye decir: ay, que no llego. Y acaba precipitándose al vacío, al ignoto limbo de las ideas que no han prosperado y se quedan en un destello o en una inminencia grandiosa de algo que no cuajó. Hendrix y Townshend tenían en la cabeza tempestades, mares bravíos. 

Ignoro cómo actuaría un escritor si se las compusiera para emular a Hendrix o a Townshend maltratando guitarras, o a Jerry Lee Lewis, pirómano de pianos. Si determinara violentarse manifiestamente al concluir la novela en la que lleva atareado un año o el libro de poemas en el que registró las dulces maniobras de la bondad humana. Haría papiroflexia aeronáutica con el soneto recién acabado. Haría volar los versos (con sus cesuras, con sus sinalefas) por la ventana y vería cómo se posa en la acera. Esperaría a que alguien, al pasar, lo pisara o siguiera el vuelo de la hoja por el frívolo aire. Tal vez un curioso lo cogería juguetonamente del suelo y descubriera que el avioncito sobrevenido esconde un soneto. Recuedo estar una mañana entera ocupado en un cuento y pensar, mientras avanzaba su trama, casi cuando ya se veía cerca el desenlace, que no era de mi entero agrado, por lo que, al tiempo que iba dándole un cierre, mi desencanto le dispensaba un finiquito digno a ese cuento insatisfactorio. Me debí creer un Hendrix o un Townshend cuando di con una carpeta antigua, repleta de poemas juveniles, ripios y tentativas de algo parecido a la poesía. Escandalizado ante la idea de que la chimenea del salón dispensara un hermoso viático al poemario, opté por arrumbarlo en un cajón, operación de más modesto pronunciamiento plástico, pero igualmente crematorio. Nadie sabría, no habría nadie que elogiase o censurase el empeño lírico. En cierto modo, es mejor destino el fuego. También uno acaba arrojado a las llamas. No se las aprecia, pero siempre anduvieron por ahí adentro, haciendo su trabajo incesante, empeñadas en hacer que lo lozano enferme, conjuradas a derrotar el fulgor, si es que alguna vez lo hubo. Somos, permitidme, instrumentos de una sinfonía invisible. Hendrix lo supo. También Townshend. Entendieron que la música, una vez construida en el aire, dejada en él, importaba más que los utensilios que delicada o salvajemente la tallaron. Importa más la poesía que el poema. Quien vive alberga multitudes, tempestades, mares bravíos, pétalos de pura gracia, briznas de luz en la decantación de la sombra. Es el fuego, permitidme de nuevo, quien escribe la trama, el que vincula la vida con la muerte, la memoria con el olvido.  La destrucción o el amor, escribió Aleixandre. Hendrix debió amar a su guitarra. “Yo te he querido como nunca / … / Eras la sombra torpe que cuaja entre los dedos / cuando en tierra dormimos solitarios". Es un acto de amor, supongo. Nosotros lo somos. Cada uno es un acto de amor de alguien. También un fuego invisible. 





7.5.26

El oficio de vivir

 Siempre hay una noche en las afueras,

un blues decadente en una barra de bar, 

un resto de bourbon en el vaso,

trenes de algodón que descarrilan

en las últimas páginas de un sueño.

Las nubes están tocadas de tragedia,

La tierra invita a su habitual ración de espanto

con la que advertimos la zanja de los días,

el narcótico beso de las noches. 

El aire está obsequiado de nostalgia.

Uno predice el abismo, lo acaricia, ciego.

Hay abismos predecibles, corazones vacíos.

La caligrafía precaria de las horas

herrumbra la luz en las sílabas,

pero la luz codicia siempre extravíos nuevos,

caballos que meditan perderse en la tormenta,

palabras que ultiman sus últimas voluntades.

He aquí el festín carnoso de los días.

Yo soy el arquero ciego de las noches.

Escribo el atlas de la tristeza, 

registro el peso del mundo. 

El dueño del bar nos anuncia que cierra.

Volvemos a casa con el silencio dentro. 

Como una música. 

5.5.26

Breviario de vidas excéntricas / 42 / Ismael Lapiedra

 

Tengo por costumbre no llevarme la contraria, pero a veces me fuerzo a rebatirme. Tal vez me mueva cierto afecto por las novedades o la necesidad antigua de apartar el aburrimiento a cualquier precio. Expreso mi adhesión a algo que no comparto o rehúso participar en lo que he probado y me agrada. Lejos de incomodarme, aprecio en esas disensiones un modo de entretenerme del que, llegado el caso, podría retirarme y no darme por aludido si se me echa en cara algo que dije o hice o ni dije ni hice y no convino a quien escuchó o difería de lo que sea que se espere de mí. Quién sabrá lo que los demás piensan, qué necesidad habrá de esa certeza. 


Uno es otro a conveniencia. Se recurre a esa impostura juguetonamente, casi sin entender los motivos de la mudanza. Hay días en que, nada más levantarme, dispongo que podría hacer más ameno y llevadero el día si me comporto como un adolescente, por lo que maniobro el ánimo para que esa ocurrencia prospere. No me cuesta dar con el adolescente que fui. Está por ahí, hibernado, aventurero, ligero de cascos, levantisco y ciego, contemplando a su padre salir de casa al trabajo. Una vez que ha sido invitado y dejado que haga de las suyas, cuesta deshacerse de él, se le toma afecto, hasta comprende uno que no debió irse nunca, no permitir que irrumpiera el adulto, que no nos abandonará ya nunca. Convendría solicitar que nos reemplace en ese día caprichoso alguien del que no duele en exceso su partida cuando la jornada concluya. No sé, tantos habría. 


También se puede querer ser otro, un ajeno, alguien a quien hemos visto en películas o en televisión o en la escalera del bloque o en la fiesta en la que bailaba con todas las chicas. La idea de no estar uno satisfecho con uno mismo es antigua y entra en lo razonable que haya sido causa de muchos de los males que han cruzado de parte a parte la vasta extensión de los siglos. Hoy, sin ir más lejos, me vino la idea (ellas acuden sin que se las reclame, luego se van y no vuelven, salvo que se tenga la paciencia de escribirlas)  de que estaría bien ser Frank Sinatra o Dean Martin o Sammy Davis Jr.,, esos dos ángeles del bourbon. No me movió un deseo de fama, ni me atrajo la posibilidad de que mi voz fuese la de un crooner barítono y meloso. Lo haría por tener a mano a Dino, a la sazón, Dino Paul Crocetti o Dean Martin. No habría ningún bar que cerrar. Estaría en casa (en alguna casa) la farra. Le diría: Dino, hazme una jodida hamburguesa y yo me bebo tu bourbon. Le diría: eres el mejor, Dino, somos los mejores. Pero nada sucede como uno desea. No tengo voz de crooner, no me planteo comprometer a mi hígado, no me siento bien cuando la resaca comparece y te hace maldecir la intimidad del alcohol. Así que me retracto, revoco la voluntad de ser Sinatra, me rajo, doy por bueno no tener un Dino o un Sammy, carecer de la compostura melódica precisada para encandilar a las muchachas del Hollywood Bowl y a las señoras del Caesars Palace. 


Mi madre me ha reprendido como suele: Ismael, corazón, debes pensar en tu futuro, haz de ti una persona de provecho, como lo fue tu padre. Genaro, le decía, no pienses más de la cuenta, guárdate de ensoñaciones, que solo te darán quebranto. Mira que tu padre no dio pie con bola y se murió más solo que la una, mira que la sangre tira, buen camino no llevas, qué has visto en Frank Sinatra, en Dean Martin, en Sammy Davis Jr., dónde vas tú a cantar con la voz que tienes, pero tú haz lo que quieras, hijo mío, no seré yo quien te quite de la cabeza esos pájaros que tienes. Lo que necesitas es una buena mujer, una que te ponga en vereda. Los hijos harán que madures, aunque tu padre no lo hizo, ningún Lapiedra lo hizo, ahora que lo pienso. Sois extraños, eso se puede ver. Un tío tuyo quería ser Pío Baroja y se caló una boina y leyó a los clásicos hasta que un mal constipado se lo llevó de este mundo. Pero a quién se le ocurre fijarse en Frank Sinatra, alma de cántaro. No habrá aquí gente, digo yo, pero a las madres no se las escucha. Hablamos al viento, las palabras se pierden en el viento. Todo eso me dijo mi madre. 


Yo no cejo, hago mis pinitos en el inglés para cantar Stormy weather como Dios manda. There's no sun up in the sky y todo eso. Es aburrimiento de uno, imagino. Todo este florecer ajeno es cansancio de ser inapelablemente Ismael Lapiedra. Por otro lado, nunca me gustó el  bourbon, nunca he estado en Kentucky, no sé qué verán en ese brebaje diabólico, aunque lo acaramelen y el limpio olor del maíz y de la cebada, el de las maderas y las resinas, todo envejecido en buena barrica de roble quemado, que luego venderán para los whiskies escoceses, dé un olorcito grato, que no rivaliza con un buen vino de la tierra. Hoy me he levantado con un nuevo propósito en mi vida. Quiero ser mi madre. Así sabré qué hacer cuando mi temperamento me traicione y la cabeza se las componga para desquiciarme.

3.5.26

4’33”

   Uno nunca sabe si se está mejor dentro o fuera, si el silencio es hermoso o es en el ruido en donde la vida se expresa con más vehemencia. No saber es un estado maravilloso, en cierto modo. La ignorancia es un punto de partida, un asidero firme desde el que avanzar. No habría civilización sin esa determinación, la de ir hacia adelante, a pesar de los obstáculos, enfrentado a ellos si se precisa. Quizá lo que importe sea el riesgo: él elige la trama. Si es cosa de arriesgarse, hasta se acepta el reto estético (o intelectual o moral, no sé) que plantea John Cage, que demostró con su obra “4,33” que el silencio no existe y dejó que su música invisible impregnara el ruido hasta reducirlo a una expresión inasible. Se acepta  que los cuatro minutos y treinta tres segundos (eso dura la pieza de tres inverosímiles movimientos en la que no existe ni un solo sonido, y bien podría haber durado cinco segundos o días enteros) sean trascendentes al modo en que lo es la música de Bach o la de Handel. La música se rige por las matemáticas. Respeta sus normas, las sublima. No entra en ninguno de esos muchos cálculos (de verdad que soy muy curioso y me he dejado engolosinar por propuestas literarias o musicales o cinematográficas muy arriesgadas) buscar lo que mis sentidos (todos alerta, conjurados a encontrar una brizna de asombro con la que satisfacerse) niegan. Rechazan lo que no entienden, pero hay tantas cosas que no entiendo y con las que disfruto que me planteo si me estoy volviendo uno de esas criaturas exigentes, exigentes en demasía, tal vez, que a todo le ponen obstáculos y no se sienten cómodos con casi nada, perdidos en el fondo, maravillosamente perdidos. De verdad que yo soy un alma sencilla, quizá no cándida, a mis años, pero sencilla de un modo precario y elemental y hasta inocente. Y si unos cuantos exégetas del arte contemporáneo o de la música entendida como una de las más altas y nobles pasiones me intentan convencer de que estoy ante una obra maestra, pues yo me esfuerzo en darle una oportunidad. Lo he hecho toda la vida. 


Le di a Cage cancha, le concedí mi humilde capacidad intelectual, pedí que venciera la inquietud por encima de cualquier otra consideración seria. Comprendí que no tenía sentido alguno ver en una pantalla la interpretación de Tudor o alguna otra que de seguro habrá por ahí. Carecería de contexto. No me habría desplazado al salón del concierto con mis mejores intenciones. No habría visto al intérprete entrar en el escenario, saludar protocolariamente y acomodarse frente al piano de cola. Todo eso (ir a un concierto, pagar una entrada, sentarme en una butaca, esperar el esplendor de la música) habría influido para que el conjunto brillara o fuese una desgracia personal, un fracaso en mi memoria melómano. Aún así, lo juroi, procedí; quise (baldío ese anhelo) que no me cautivara el asunto de los cuatro minutos y pico lo suficientemente como para emprender la tarea de hacer un escrutinio formal. Estoy por borrar la entrada, no enviársela a Eugenio, que está al tanto de mis ocurrencias y me deja tirar al monte si me place. Y aquí estoy, bucólico, metafísico. Los cuatro minutos y treinta y tres segundos de intriga sonora, ni sonora es, me piden que censure un texto lo acompañe. Que sea el silencio el que explique el silencio. Un bucle sin decibelios. Un texto ágrafo. Un agujero en el continuo espacio-tiempo. Tengo que ponerme al día, tengo que aguzar el oído para que deje de tener relevancia el silencio de los ejecutantes (que no ejecutan, entiéndanme) y la tenga el carraspeo de los espectadores o el murmullo inherente al hecho mismo de que se está asistiendo (no puedo negar esa evidencia) a un hecho artístico controvertido. Pero no es artístico. O lo es de una manera extraña. Nada que difiera mucho de la realidad, extraña también. Lo de Cage es humorístico también. El humor es consustancial al arte. Todo lo que hacemos es risible. 


La acometió primerizamente David Tudor un 29 de agosto de 1952 a las  20:15 en el Mavericks Concert Hall de la ciudad de Woodstock, en Nueva York. Fue un escándalo, Tudor se sentó en su banqueta, abrió la tapa del imponente piano y lo cerró al término de cada movimiento. Lo hizo dos veces más hasta que los cuatro minutos y treinta y tres segundos concluyeron.  

“La bajas y pones en marcha el cronómetro, y luego lo abres y paras el reloj, así que nunca será igual. No van a ser cuatro minutos y treinta y tres segundos, va a ser mucho más tiempo”», sugirió el autor (es un decir) al ejecutante (es otro decir). Lo que se manifiesta en este atrevimiento sonoro, perdonen si alargo la chanza, es una indagación absoluta en la periferia misma de la audición, todos esos sonidos accidentales incorporados azarosamente a la partitura vacía. Se fundamenta aquí una filosofía de un minimalismo cínico en la que importa menos el contenido de la obra artística que las circunstancias aleatorias que se adjuntan en cada escucha. 

El hecho de que la pieza se titule 4’33” y no 5’15” o cualquier resolución que implicara la convocatoria de una semántica o una sintaxis (Eclipse, Apogeo en Raintree o London) es irrenunciable: no puede haber otro, alguno que separara el alma de la pieza (esa demolición severa de la melodía o de la mera restitución de ciertos sonidos y no otros). De haberlo, se abriría una brecha conceptual, un roto visible, que cancelaría el propósito epistemológico de Cage: quebrar el silencio, hacer ver (otro verbo sospechoso) que el silencio es una ilusión, una ficción o un imposible, si se prefiere. Si nos alojaran en una cámara anecoica tendríamos la percepción de los sonidos de nuestro propio cuerpo. Sabríamos que tenemos corazón, tripas, pulmones. Estoy por pensar que hasta pensar hace ruido. Me faltó, ya concluyo, medir el tiempo que se tarda en leer este texto. No creo que sean cuatro minutos y treinta y tres segundos. Andará por ahí-

1.5.26

Lucy en el cielo con diamantes


. Junio 1992. Ramón y Cajal, 63


Acudirán esta noche los amigos.

Nos harán felices de nuevo.

Pondremos los viejos discos.

Haremos una barbacoa en la azotea.

Fumaremos Chesterfield como Rita Hayworth. 

Habrá barbacoa. 

Beberemos ginebra de la buena.

La cerveza tendrá la espuma de un río de oro.

Sublimes como ángeles, veremos

la noche festejar su caudal de misterio.

Felices, divinos seremos.

El tiempo estará de nuestra parte

como cantaban los Rolling en Hyde Park.

Recitaremos himnos o salmos. 

Blondas de puro embeleso ocuparán

la oscura bóveda del cielo de la Horconera.

Antonio, con roto acento de Liverpool,

con limpio entusiasmo adolescente,

cantará lo de  Beatles de Lucy

en el cielo con diamantes,

mientras tú y yo sentimos gratitud

por los dones recibidos. 

La noche jadeará en las alas de los insectos.

El amor ocupará la casa entera

y será verdad el loco don de los novicios besos. 

 

Mayo 2026. Baja, 4


Están afuera ahora los días sin pan ni abrigo.

Medran sin el temblor dulce de entonces.

Oigo al aire declamar su mudanza torpe.

Adentro es del vértigo y de la fiebre el aire.

Es nuestra y de nadie la dicha.

Todo para declarar la fe en la belleza.

El amor la tañe como una campana infinita.

El amor la cubre como un jinete glorioso

30.4.26

En el día internacional del jazz

 El jazz es un trozo del corazón de quien lo escucha.

También una parte de su memoria, una en la que algunos de los recuerdos que atesora tienen jazz de fondo.
El jazz tiene el don de la fiebre y también la esencia de su bálsamo.
A veces el jazz es un tren a pique de descarrilar que logra enderezar su vigor centrífugo y retoma con dulzura la senda o un martillo sublime, inspirado y elocuente, que golpea una tela de seda hasta que el metal muta en seda y se produce la transustanciación de los cuerpos y son uno.
A veces un refugio o una caricia o un templo.
Al jazz se le encomienda esa alquimia, esa liturgia.
Nunca se arredra, no tiene flaqueza en el ánimo, restituye con el arresto exacto lo que se le exige, no duda, ni se esconde, abandona el trayecto que se le asigna, parece perderse en digresiones y en atajos y regresa a la columna melódica sobre la que se iza y brilla.
Se ama el jazz por lo que no cuenta.
A diferencia de otros registros, el jazz circunvala la información: la esquiva, la retuerce, la esconde, la elimina, la rescata y, al final, rinde cuentas de su esplendor.
Importa el merodeo, la comisión de ese impulso puro de belleza.
El músico regala la melodía principal, nos declara solventes para retener, al menos, unas líneas tarareables, un asidero fiable, pero después renuncia a la formalidad, se declara libre y avanza (a trompicones, a capricho de su genio, sin vacilaciones) sobre una mullida alfombra.
Los músicos de jazz, incluso los que han logrado un óptimo estado de ensamblaje sonoro, van siempre por libre: realizan piruetas melódicas que amenazan el derribo absoluto de la pieza, crean ilusiones mentales en las que uno sabe con más o menos certeza de qué lugar partió pero desconoce enteramente al lugar al que le dirigen.
No es importante ese matiz, no del todo, al menos.
En algunos casos hasta podemos encontrar piezas sin nexo con la realidad: limbos, estadios intermedios entre dos diferentes grados de belleza, el dominio de la creatividad sobre la rutina, la evidencia de que la música es infinita y nuestra capacidad de asombro inasequible.
Un disco de jazz, bien escuchado, atendiendo a todas las capas de sonidos que ofrece, puede ser inagotable.
Al modo en que el feligrés se ofrece al dios que lo observa en la homilía, la escucha del jazz es también una comunión, una a la que la razón no puede rebajarla al lenguaje que le es propio, una religión con todas las instrucciones de uso, incluso las paganas.
El jazz es una ventana que invita a todos los paisajes.
El jazz es el triunfo del espíritu, la gloria del corazón cuando tiene conciencia de sí mismo
adenda:
Siempre es un texto a reformar, le hago un traje nuevo cada vez que lo busco. Hoy es el día más apropiado

27.4.26

Escribo a lo que salga

Escribo a lo que salga. Se lo dije ayer a alguien que me preguntó acerca de cómo organizaba la escritura. Tienes un plan, tomas notas, todo eso. Sentí una especie de reparo al saldar su pregunta con algo tan ambiguo, de tan escasa enjundia, pero acabé convencido de que no había una respuesta que fijara con más vehemencia (y rigor también) el modo en que afronto la creación. Salvo en "Mala fe" (Mahalta, 2025), por su condición de novela, requeridora de atenciones, refractaria a la inercia juguetona de mi ánimo, al volcado de algo etéreo, reacio a que se pese y mida, no he sentido la obligación de tener un plan y abordarlo con metodismo, minuciosamente. Hay (hubo siempre) una determinación de exclusivo aliento semántico. Es la manera en que las palabras se colocan, las que comparecen y se quedan y las excluidas, las que no casan y malogran la frase, la que fija el texto, su marca. Entra en lo razonable que ni siquiera las escogidas adquieran la consistencia requerida, pero siempre se yerguen algunas, condenando a otras. La literatura es un ejercicio malabar, mágico, ajeno al rigor con el que realidad nos insta a que la crucemos. Este mismo texto que escribo ahora en el patio de mi casa no tuvo una criba preliminar que lo aupase. No me senté con las ideas establecidas, fiables. Carecí de intención al comenzarlo. Escribí lo que surgió, escribo ahora. Tal vez algo vaya quedando en claro, no obstante. Hubo una imposición a la que di residencia e hice mía. Viene a ser una arborescencia, un irse apartando de lo que quiera que se formuló (esa primera rúbrica, ese escribo a lo que salga) hasta que la distancia impide que pueda acometerse un regreso, aunque haya a veces recursos y la trama (de haberla) comparece y se enriquece (espera uno que así sea) con la sustancia aportada por las bifucarciones. Al final, qué quedará, qué habré impuesto a la realidad, cómo se dirá que fue mía la imposición. 

26.4.26

Este país


La política, la que se cuece en estos tiempos extraños, la que se coció, dejadme que en mi pesimismo sostenga que también la venidera, es un alucinógeno: peyote en el córtex cerebral, psicodelia en el lado ingenuo de la masa gris. El gobernado, a fuerza de ingerir fármacos legislativos, confunde la realidad con el Boletín Oficial del Estado. Ebrio de decretos, hechizado por la oratoria de quienes administran su destino, el ciudadano se convierte en un adicto a la narcosintaxis y se ciega de programas y de promesas cada cuatro años, que es el umbral natural en el que el político se mira al espejo y observa el estado de conservación de su sonrisa (todos los dientes están perfectos) y la prestancia orgánica de su gesto. No es que haya desafecto por la política en España: ese desdén es global. Se puede estar en contra de España o a su favor, entenderla o desentenderse, pensar qué podemos hacer para que mejore o no tener inclinación personal alguna hacia su mantenimiento y sustento. La idea de la patria es complicada. Parece que el hecho de nombrarla delatara algún tipo de adhesión ideológica, cuando no debería inferirse pronunciamiento político de ningún tipo: es otro el invocado. Al modo en que uno cuida su propia casa o a su familia y se esmera en que medren en bienestar, los países reclaman atenciones, no siempre discursos. Los países nacen, crecen, se desmembran, mueren. No sabemos cuáles habrá en el año 2134. Ya no hay Roma. No conviene hablar mal de ellos. Ni del país propio ni del ajeno. El hecho de que hayamos nacido en uno es aleatorio, bien podríamos haber pertenecido a otro, pero tampoco la vida que se tiene es la que se planea de antemano. No hay un propósito fiable. Todo es tan frágil. 


El lugar en donde vivimos, lo escuché anoche en una de esas tertulias de radio o lo soñé anoche y esta mañana creí haberlo escuchado en esa tertulia, es una extensión del mismo cuerpo, una especie de prolongación abstracta, pero de fácil manejo, si no nos ponemos belicosos y a todo le ponemos traba y reparo. Hay quien disfruta en ese manejo de las cosas. Quien evita nombrar a España y dice "este país", como si el refrendo semántico alentara una querencia de la que no se desea alardear o como si no conviniera pronunciar la palabra que la nombra. España no es abstracta, eso no lo escuché o no lo soñé. Es tangible, tiene memoria, historia, cicatrices, ceniza. Incluso si le extirpamos la parte exportable, todo cuanto se usa para representarla y de lo que habría que prescindir para entenderla, España es más que una ordenación territorial, mucho más que una bandera que hacer ondear cuando se gana una competición deportiva. También es una incógnita, una tentativa de algo, un bien común, un mal conocido, un tema de conversación. No creo que haya muchos países a los que les preocupe tanto su noción de nación, perdonen (si pueden) la aliteración. Nunca he visto un francés renunciar a su condición de francés. No hace falta extenderse en la dimensión moral que para un británico (da lo mismo que abrace Europa o la rechace) tiene Gran Bretaña. Aquí hay un empacho de patria o es hambre de ella lo que hay. Nos gustan los extremos. Será nuestro carácter. El termino medio es de tibios. Los tibios del mundo se mancomunan en su tibieza y no declaran jamás nada que los señale. Preferimos callar, no darnos, no comprometernos, hacer que prevalezca lo privado


Es que todo es política, nada queda afuera de ella. Cualquier consideración, por peregrina y mundana que sea la materia de la que trate, acaba arrimada a la política. Sales a la calle a comprar el pan y haces cola y lo más normal es que irrumpa la política. Algo hecho o dejado de hacer nos la trae de cuajo. Ves a un pobre pedir limosna en la puerta del supermercado y es a la política a la que ves. La argamasa de las relaciones que unos y otros vamos teniendo está hecha de ella. A veces se advierte el grumo mismo; otras, por delicadeza o por magisterio del operario, cada pieza se ensambla con la siguiente sin que se perciba ese engorroso excedente de la logística. Cuando la política no hace su habitual corrillo de entusiastas es porque no hay nada que moleste o perturbe. Luego está el que retira la política de entre sus conversaciones. Más que por tibio o por reticente a mostrarse, lo mueve la prudencia, ha aprendido a comedirse, se ha visto muchas veces comprometido y ha sentido que no ha valido la pena esa sinceridad. Estamos hechos de política. La usamos a diario, sin que sepamos.


Hasta donde yo sé, por lo oído o por lo entrevisto, por lo leído o por lo entendido, no hay manera de que salgamos del marasmo sentimental de la patria, no hay forma de que unos y otros la sintamos propia al modo en que es propia la casa o la calle en la que vivimos. Se es más de barrio o de ciudad, se es de Córdoba más que de Andalucía y, por supuesto, hay quien se postula andaluz o aragonés o catalán antes que español. La españolidad ha quedado en cosa pintoresca, en argumento literario, en cosa de refriega dialéctica. No sé bien qué hubo, algo tuvo que haber, para que se desmontara la idea de España, que estaba en proceso de montaje para algunos y montada, bien montada tal vez, para otros. Se ha contaminado la propia palabra que la explicita: España. También la otra: política. A la primera solo la consideramos nuestra cuando hay (ya se ha dicho) un evento deportivo (fútbol las más de las veces) o cuando los desestabilizadores de la periferia la zahieren, la cogen a dos manos y la arrojan a los perros. Ahí, cuando la atacan, sacamos el fuego interno, el larvado; ahí nos declaramos españoles por la gracia de Dios y exhibimos la bandera en el balcón o el pin en la solapa. Lo que no hay es un término medio. La segunda, la política, creemos ignorarla o que podemos pasar de ella, pero se persona con enconada frecuencia. Hay quien ama a su país, supongo. Hasta podemos entender que se produzca ese arrobamiento puro. El amor es de naturaleza extraña, un poco o un mucho teatral. Se puede amar el país en donde uno ha nacido sin que intermedie la tragedia. La de ahora, la partición de España en fases, la demolición brusca de la convivencia, la contienda infame de los políticos, todo ese guirigay de corral, es una tragedia de la que saldremos, a qué ponerse triste o pesimista. Acabaremos saliendo, sí, créanme. No porque seamos fuertes o porque España merezca el esfuerzo. Quizá salgamos por mera inercia. La naturaleza siempre corrige sus desvaríos, enmienda sus errores. No estaría de más que arrimáramos nuestro trabajo para que no todo dependa del azar, ese gobierno en la sombra. 


En el problema de España, como querían los noventayochistas, hace falta una pedagogía, un vademécum en el que se compendien los fármacos que precisa para que progrese como país igual que otros lo hacen, pausada y casi imperceptiblemente. Yo, de entrada, no le tengo un fervor excesivo, pero tampoco la repudio. Hay días que me noto un español subido. Tengo ratos en que me duele (tan arraigado eso de que duela) y otros en los que no me preocupa lo más mínimo. Podían haberme nacido italiano o de Mozambique, pero quiso el azar que mi madre me alumbrara cordobés y es esa la marca que me fue impregnada.  Pasa con los países como con la religión: o se cree o no se cree. España es un asunto de fe, tal vez sea cierto. Quizá las nacionalidades sean en el fondo religiones camufladas, convertidas en un apaño político o histórico o folclórico. El territorio, leí una vez, es el grado cero del paisaje, pero primero es el paisaje, primero son los árboles y los ríos, el campo que se extiende donde acaban las calles del pueblo. Puestos a amar, yo amo el paisaje, el que he visto siempre, con el que he crecido. Todo lo demás es un añadido interesado. Recuerdo eso de los ingleses de que allá donde deje el sombrero, ahí está mi casa. Es una hermosa reflexión, dice mucho, demuestra mucho. En ese hilo de las cosas, la liturgia de la patria importa más que el objeto ofrecido en ella. Somos más de iglesia que de Cristo. Si mañana nos pidieran que hiciéramos algo por salvar a España, vaya usted a saber si no sucede, cosas más extrañas estamos viendo, deberíamos empezar por sentir orgullo. No el tipo de orgullo belicista del que cree que lo suyo es lo mejor, ninguneando lo ajeno. Se suele entrar en ese emponzoñado (en el fondo) vicio de sostener que los raros son los otros. Esa idea de que los que no nacieron aquí no entienden, no pueden ni siquiera entender, si se les instruye. La patria se aprende también. No hace falta haber nacido en ella para apreciarla. Ese orgullo es incluso balsámico. Este verano, verán como no marro, tendremos las banderas de nuevo en las ventanas. Hay fútbol. Juegan unos países contra otros. Como si alguno fuera de verdad diferente. Como si no ganáramos todos cuando vence únicamente uno. 

24.4.26

Una mitología


Da miedo pensar

que se acaba uno muriendo 

sin haber sido 

el coronel Kurtz en el Mekong,

Paul enjabonando a Jeanne en un apartamento

sin muebles en el París nihilista de los setenta,

Borges contando de nuevo el mito del Minotauro,

David Bowie rezando con las arañas de Marte,

Tony Manero bailando toda la noche en la discoteca Odisea 2001,

Pedro Páramo en su pueblo de muertos,

Peter Parker besando a Gwen en la puerta del Daily Bugle,

Sam Spade mirando al halcón maltés,

Paul McCartney cantando Get Back en una azotea,

T.S. Eliot cerrando un cuarteto,

Bill Evans componiendo una vals para su sobrina Debbie,

Edgar Allan Poe declarando su amor a la dulce Annabel Lee,

Miles Davis al arrancar So what,

George Bailey en Bedford Falls,

Freddie Mercury invocando a Belcebú en la rapsodia bohemia,

Dorothy en el camino de las baldosas amarillas,

B.B. King hablando a Lucille por primera vez,

Stanley Kubrick eligiendo a Strauss para ponerle música al cosmos,

John Ford con un solo ojo escribiendo la tierra prometida,

Gregor Samsa despertándose en un apartamento en Praga,

Jimmy Page en el solo de Stairway to heaven,

el capitán Nemo pilotando el Nautilus,

Howard Philip Lovecraft buscando cierto libro 

en la biblioteca de la universidad de Miskatonic,

Emily Dickinson en el jardín de su casa, escribiendo pétalos,

Julio Cortázar dando la vuelta al día en ochenta mundos,

Juan Carlos Onetti fumando en la cama, urdiendo tristezas,

Jackson Pollock en la arena del lienzo, 

Alicia cuando vio en el fondo de un sombrero a Lewis Carroll. 

22.4.26

Infancia de los grandes profetas mesopotámicos





A la mecánica celeste no la comisiona de halagos la razón, no la asiste de gozo la ciencia, no la alumbra de júbilos el dios de los hombres. La mecánica celeste es el objeto puro del sueño de todos los profetas. Todos son teólogos. No hay profeta que no guarde un mapa del laberinto, ninguno que le haya hecho salir de él. No hay dios que no tenga al menos un profeta que lo sublime y haga que, en el prodigio de la escritura, en el decir minucioso de la adivinación, se rinda con fatigado afán su catálogo asombroso de causas y azares. La poesía es un instrumento de la divinidad. Todos los profetas son poetas, son teólogos, son etéreos. La religión, un género literario. La literatura lo impregna todo. Vivir es una novelización de la nada hacia la nada. O si se quiere, por arrimar una vía trascendente, de la nada al misterio. Es ese misterio de lo que estamos hechos. Si el poeta cierra los ojos, Dios es ciego; si Él los cierra, el poeta muere. Todo lo que existe es fuego, es ceniza, es fulgor de un milagro que se desvanece al contemplarse, al pensar en su anatomía, en los motivos para que irrumpa. No los tendrá, no los tiene, nunca los tuvo. De ahí que permanezca. Los vaticinios cuentan que las estrellas son letras en el cielo. Está escrito tu destino, mires o no. Todos los que miran al cielo son precursores de la astronomía, pero a veces el ánimo a veces indicios de flaqueza y el atento desaliento se apresta a hacer serio acto de presencia y no se sabe cómo gobernar esa mudanza. Conviene entonces la melancolía. Por lo que supo de nosotros. Por lo que sabrá. Ella convendrá la trama de la tristeza, esa vieja y noble amistad a la que casi nunca concedemos residencia y de la que insensatamente huimos. A ciegas esa huida, fardo torpe su peso. En la infancia de los grandes profetas mesopotámicos está escrita la tristeza del porvenir. El tiempo es un invento de sus juegos. También las leyes. Los oniromantes eran los consejeros de los reyes. Los oráculos provienen de la interpretación de los sueños. Hay quien sostiene que los desmanes que devastan nuestro bienestar surgen de Mesopotamia. Son el sueño escandaloso de algún niño triste. 

Un fuego invisible

Pobres, las guitarras. Pete Townshend las machacaba a golpes contra el suelo del escenario. Las cogía del mástil y las reventaba a concienci...