27.8.26

Animales

 Ser peor que animales me pareció siempre una frase desgraciada: se da por hecho algo radicalmente falso. Creo ver en ellos cierta nobleza o cierta coherencia que en ocasiones me cuesta encontrar en un ser humano. El mal se cierne con más fiereza cuando se descuida el mimo que reclaman las palabras. Ellas, juntamente con los gestos, nos retratan. Cuando las hemos corrompido, cuando están a merced de quienes malograron su escrutinio antiguo y franco, no hay antídoto eficaz.  Ese veneno prospera con insólita presteza. Si la música precede al verbo, como escribió Verlaine, la palabra antecede a la realidad. El hecho de que se acuda a ella para explicarla hace que sospechemos que es el lenguaje el que la hace perseverar en nuestra percepción. Las palabras nos conforman y definen. También nos delatan. Incluso las que no pronunciamos, debiendo, muestran como somos. Las juntamos a veces con ignorancia o con falsedad. Se les atribuye un propósito y luego se inclinan a otro. Veo atrocidades, escucho a quien alardea de ellas con pensado y retorcido empeño. Hacen malabarismos con ellas, crean un discurso intencionadamente bastardo. Gente incivil, quienes las manejan y propagan. No conozco animales inciviles, no se esmeran en causar un mal gratuito, únicamente urdido para regocijo propio: proceden sin que haya saña, no urden ni maquinan, simplemente desempeñan el dictado de su sangre. La palabra es impotente, no es competente para revelar la verdad de lo que es ser humano: solo hace una aproximación, solo roza el interior, sin debelarlo. Citaba al gran poeta italiano el (déjenme) gran poeta español Francisco Caro. Él se fijaba en lo poético, aunque no únicamente. Trataba (imagino) de poner la palabra poética en el lugar, lo cual me ha hecho pensar en la orfandad de su influjo, en su desvalimiento en este mundo que andamos construyendo o aniquilando. Tal vez unos y otros, los que levantan y los que demuelen, ignoran el verdadero poder de la palabra, su potencia. No darán con lo que somos, no podrán exhibirlo, pero no tenemos nada mejor con lo que manifestar ese hambre y esa sed de concordia, de paz, de cualquier constructo que nos haga ser mejores. Como los animales. 



26.8.26

Días

 Los días son páginas de un libro que solo podemos leer una única vez.  Cada uno de esos días es una de esas páginas irrepetibles. No hay con qué retroceder al día anterior, ningún ardid nos faculta a que regresemos al ayer ni accedamos al mañana. Cada vive conforme a esa incontrovertible disposición del tiempo. Quizá por eso amamos la literatura. No solo es una vida o muchas vidas añadidas a la que disponemos, sino que ofrece la posibilidad de cancelar la naturaleza misma del tiempo. Escribir depara un regocijo mayor, que me perdone mi buen Borges: el de saberse inexplicablemente gratificado por un especie de don. Yo me paro a pensar en estas cosas a veces cuando me da por cuestionarme qué sentido tiene todo esto. Y me las compongo para encontrar un motivo para seguir leyendo, escribiendo, viviendo, empecinado en que el asombro y la incertidumbre ayuden a escalar la cumbre de todos esos días. No hay ninguna cumbre igual. Esa topografía es absolutamtne caprichosa. Ni siquiera la rutina, tan buscada a veces, repite uno solo de esos días. Iba a escribir de esas páginas. 

24.8.26

Aforismando

  Por la ceniza se aprecian las dimensiones del fuego. Por la de las palabras, las del corazón. 

20.8.26

Esplín

 Hace falta cierta educación sentimental para no acabar muriéndose uno tan comido de urgencias.

19.8.26

Kodachrome

 

 Las antiguas averías del alma no terminan nunca de irse. El invierno ofrece rigores únicos, pero tampoco tengo en el pecho ese dolor con el que el frío me azuza continuamente sus perros.

 

Ubrique, noviembre de 1992


 

 

 

 

 


18.8.26

Calendario

Los días precisan su obediencia.
El acatamiento de su discurso.
La anuencia de su herida.

Tamariz, in memoriam


 Juan Tamariz sabía todos los trucos, conocía el mecanismo del asombro y de la risa, hizo que la lógica se rindiera ante su ingenio y creó una legión de incondicionales que lo tenían como a una especie de dios caprichoso y rudimentario, inmensamente feliz de conocerse y de hacer que nosotros, por su magia, nos sintiéramos vivos, arrimados a esa cosa indecible que se llama arte. Fue un artista grande entre los más grandes. Descanse en paz.

Elogio interior del mar

 


Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde ella. No preciso meterme: tan solo observarlo, tener la certeza de que sigue ahí. No creo que me haya sentido solo frente a él. Son incluso esas caminatas, apenas pensadas, erráticas y placenteras, las que hacen que aprecies más lo que te circunda. Me siento, déjenme recrearme, arrebatadoramente conmovido. El mar es una especie de vida aplazada, de novela absoluta en la que se cuenta la historia del mundo. La ciudad es el reverso burocrático de las olas. La ciudad está construida de espaldas al mar, ajena a la trama antigua de su hondura y su vastedad. Ayer, mirando al mar, aunque lo tenga lejos, pensé en lo que no nos ha contado. El cielo es también el reverso de algo. Pero al cielo le hemos atribuido facultades espirituales que le han venido siempre grandes. Lo hemos poblado de dioses fundamentales y de dioses subalternos, de esperanzas y de fracasos. Hemos mirado arriba para entendernos, pero hemos mirado poco al mar. No del modo en que se extraen respuestas. Deben estar ahí. Podrían estar por ahí. Quisiera envejecer junto al mar. Lo hago desde lejos. Tengo para mí el mar. No cansa. No pregunta. No exige. Tiene una pureza antigua como la luz. No la pervierte la invasión de tumbonas y de sombrillas con la que pretendemos intimar con él, hacer que nos agasaje con algo. Sigue sin perturbarse. Se ofrece sin entregarse. Se exhibe sin rebajarse. Leo la prensa y el mar me distrae. No me concentro. Tampoco hace falta. La disciplina del verano en la playa no es dura.vesta lejos (mi pueblo no tiene costa), pero  escucho su calma o su fragor. Basta tener la mirada limpia y el alma, la desvalida alma, abierta al asombro y a los prodigios. Sana, me expurgo. Conversamos los dos, aunque no se aprecie. Echaré en falta el mar siempre, su felicidad sin porqués. Entre la verdad y la belleza los poetas escogen la belleza. Lo dejó hablado Platón. Pues platónico ando. Platónico y obsequiado de luz y de infinito

16.8.26

Un cuento, una vida

 


Igual que en ocasiones para escribir un buen cuento solo necesitas dar con una frase memorable, con uno de esos comienzos perfectos que reclutan de inmediato la adhesión o el asombro de quien lee y hasta de quien lo crea, los días precisan también su reclamo fantástico, el punto desde donde levantarlos, ese pequeño prodigio que el azar nos confía y sobre el que a veces el mundo gire. La vida, más que novela, debería ser cuento. En el recurso de un solo día puede sustanciarse el júbilo de una vida entera. Es más, hay días que justifican esa vida, cuentos que la contienen con abundancia. Dar con ellos es tal vez el propósito de la novela (del libro) que somos. 

Rojo y negro

 Puesto a elegir, si hubiera que tomar uno, mi color sería el rojo, no habría manera de explicar por qué descarto el azul o el verde o el rosa, el porqué del rojo. Me inclino con entusiasmo al negro también. Es de una contundencia absoluta, no es débil, no se le puede encontrar una flaqueza, no esconde nada. En verano, quizá tan sólo en verano, podría decantarme por el azul. Se deja uno engolosinar por el mar o por el cielo. En las otras estaciones no hay ningún color al que inclinarse con ese entusiasmo. Tal vez el gris en el otoño, pero está muy manida la imagen. Todas lo están. Las metáforas tienen su caducidad también. No me visto casi nunca con tonos claros. Salvo como fondo a la hora de escribir, detesto el blanco. Se le asocia con la pureza, pero es una convención, una entre muchas. La ballena que enloqueció a Ahab era blanca. Intimidaba su pureza perversa.  La misma circunstancia de esa pureza, cuando se la alía a un color, evidencia una especie de consenso moral. La paloma es el símbolo de la paz. Un corazón representa el amor. Todo en ese plan. El rojo, mi favorito junto al negro, es además aviso de un peligro. Se ponen banderas rojas en las playas y, en otros tiempos, los rojos eran los comunistas, los apestados. Los peores números son los rojos, que constatan un saldo negativo. Por otro lado, el rojo es la sangre, que constata la vida, su pulso, su intriga. Todo es cosa de que haya más o menos luz. Cuando no abunda, vemos en blanco y negro. Irrumpe el color cuando se estimula la retina con determinadas longitudes de onda. Al final todo se resuelve con otra luz, la de la ciencia. Uno es del rojo (urdido en el mismo fuego primerizo) o del azul (que trama tristeza) porque nuestra retina es más o menos sensible. Todos los millones de conos y de bastones que tenemos en cada ojo, en cada retina, más precisamente, hacen el mismo trabajo: Al parecer somos sensibles al rojo, al azul y al verde. Todo lo demás es un añadido cromático. Yo amo el rojo juntamente con el negro sin que tal vez haya ninguna decisión mía de por medio. Stendhal me aplaudiría. Se ama sin saber, se vive sin decidir. 

Animales

  Ser peor que animales me pareció siempre una frase desgraciada: se da por hecho algo radicalmente falso. Creo ver en ellos cierta nobleza ...