27.4.26

Escribo a lo que salga

Escribo a lo que salga. Se lo dije ayer a alguien que me preguntó acerca de cómo organizaba la escritura. Tienes un plan, tomas notas, todo eso. Sentí una especie de reparo al saldar su pregunta con algo tan ambiguo, de tan escasa enjundia, pero acabé convencido de que no había una respuesta que fijara con más vehemencia (y rigor también) el modo en que afronto la creación. Salvo en "Mala fe" (Mahalta, 2025), por su condición de novela, requeridora de atenciones, refractaria a la inercia juguetona de mi ánimo, al volcado de algo etéreo, reacio a que se pese y mida, no he sentido la obligación de tener un plan y abordarlo con metodismo, minuciosamente. Hay (hubo siempre) una determinación de exclusivo aliento semántico. Es la manera en que las palabras se colocan, las que comparecen y se quedan y las excluidas, las que no casan y malogran la frase, la que fija el texto, su marca. Entra en lo razonable que ni siquiera las escogidas adquieran la consistencia requerida, pero siempre se yerguen algunas, condenando a otras. La literatura es un ejercicio malabar, mágico, ajeno al rigor con el que realidad nos insta a que la crucemos. Este mismo texto que escribo ahora en el patio de mi casa no tuvo una criba preliminar que lo aupase. No me senté con las ideas establecidas, fiables. Carecí de intención al comenzarlo. Escribí lo que surgió, escribo ahora. Tal vez algo vaya quedando en claro, no obstante. Hubo una imposición a la que di residencia e hice mía. Viene a ser una arborescencia, un irse apartando de lo que quiera que se formuló (esa primera rúbrica, ese escribo a lo que salga) hasta que la distancia impide que pueda acometerse un regreso, aunque haya a veces recursos y la trama (de haberla) comparece y se enriquece (espera uno que así sea) con la sustancia aportada por las bifucarciones. Al final, qué quedará, qué habré impuesto a la realidad, cómo se dirá que fue mía la imposición. 

26.4.26

Este país


La política, la que se cuece en estos tiempos extraños, la que se coció, dejadme que en mi pesimismo sostenga que también la venidera, es un alucinógeno: peyote en el córtex cerebral, psicodelia en el lado ingenuo de la masa gris. El gobernado, a fuerza de ingerir fármacos legislativos, confunde la realidad con el Boletín Oficial del Estado. Ebrio de decretos, hechizado por la oratoria de quienes administran su destino, el ciudadano se convierte en un adicto a la narcosintaxis y se ciega de programas y de promesas cada cuatro años, que es el umbral natural en el que el político se mira al espejo y observa el estado de conservación de su sonrisa (todos los dientes están perfectos) y la prestancia orgánica de su gesto. No es que haya desafecto por la política en España: ese desdén es global. Se puede estar en contra de España o a su favor, entenderla o desentenderse, pensar qué podemos hacer para que mejore o no tener inclinación personal alguna hacia su mantenimiento y sustento. La idea de la patria es complicada. Parece que el hecho de nombrarla delatara algún tipo de adhesión ideológica, cuando no debería inferirse pronunciamiento político de ningún tipo: es otro el invocado. Al modo en que uno cuida su propia casa o a su familia y se esmera en que medren en bienestar, los países reclaman atenciones, no siempre discursos. Los países nacen, crecen, se desmembran, mueren. No sabemos cuáles habrá en el año 2134. Ya no hay Roma. No conviene hablar mal de ellos. Ni del país propio ni del ajeno. El hecho de que hayamos nacido en uno es aleatorio, bien podríamos haber pertenecido a otro, pero tampoco la vida que se tiene es la que se planea de antemano. No hay un propósito fiable. Todo es tan frágil. 


El lugar en donde vivimos, lo escuché anoche en una de esas tertulias de radio o lo soñé anoche y esta mañana creí haberlo escuchado en esa tertulia, es una extensión del mismo cuerpo, una especie de prolongación abstracta, pero de fácil manejo, si no nos ponemos belicosos y a todo le ponemos traba y reparo. Hay quien disfruta en ese manejo de las cosas. Quien evita nombrar a España y dice "este país", como si el refrendo semántico alentara una querencia de la que no se desea alardear o como si no conviniera pronunciar la palabra que la nombra. España no es abstracta, eso no lo escuché o no lo soñé. Es tangible, tiene memoria, historia, cicatrices, ceniza. Incluso si le extirpamos la parte exportable, todo cuanto se usa para representarla y de lo que habría que prescindir para entenderla, España es más que una ordenación territorial, mucho más que una bandera que hacer ondear cuando se gana una competición deportiva. También es una incógnita, una tentativa de algo, un bien común, un mal conocido, un tema de conversación. No creo que haya muchos países a los que les preocupe tanto su noción de nación, perdonen (si pueden) la aliteración. Nunca he visto un francés renunciar a su condición de francés. No hace falta extenderse en la dimensión moral que para un británico (da lo mismo que abrace Europa o la rechace) tiene Gran Bretaña. Aquí hay un empacho de patria o es hambre de ella lo que hay. Nos gustan los extremos. Será nuestro carácter. El termino medio es de tibios. Los tibios del mundo se mancomunan en su tibieza y no declaran jamás nada que los señale. Preferimos callar, no darnos, no comprometernos, hacer que prevalezca lo privado


Es que todo es política, nada queda afuera de ella. Cualquier consideración, por peregrina y mundana que sea la materia de la que trate, acaba arrimada a la política. Sales a la calle a comprar el pan y haces cola y lo más normal es que irrumpa la política. Algo hecho o dejado de hacer nos la trae de cuajo. Ves a un pobre pedir limosna en la puerta del supermercado y es a la política a la que ves. La argamasa de las relaciones que unos y otros vamos teniendo está hecha de ella. A veces se advierte el grumo mismo; otras, por delicadeza o por magisterio del operario, cada pieza se ensambla con la siguiente sin que se perciba ese engorroso excedente de la logística. Cuando la política no hace su habitual corrillo de entusiastas es porque no hay nada que moleste o perturbe. Luego está el que retira la política de entre sus conversaciones. Más que por tibio o por reticente a mostrarse, lo mueve la prudencia, ha aprendido a comedirse, se ha visto muchas veces comprometido y ha sentido que no ha valido la pena esa sinceridad. Estamos hechos de política. La usamos a diario, sin que sepamos.


Hasta donde yo sé, por lo oído o por lo entrevisto, por lo leído o por lo entendido, no hay manera de que salgamos del marasmo sentimental de la patria, no hay forma de que unos y otros la sintamos propia al modo en que es propia la casa o la calle en la que vivimos. Se es más de barrio o de ciudad, se es de Córdoba más que de Andalucía y, por supuesto, hay quien se postula andaluz o aragonés o catalán antes que español. La españolidad ha quedado en cosa pintoresca, en argumento literario, en cosa de refriega dialéctica. No sé bien qué hubo, algo tuvo que haber, para que se desmontara la idea de España, que estaba en proceso de montaje para algunos y montada, bien montada tal vez, para otros. Se ha contaminado la propia palabra que la explicita: España. También la otra: política. A la primera solo la consideramos nuestra cuando hay (ya se ha dicho) un evento deportivo (fútbol las más de las veces) o cuando los desestabilizadores de la periferia la zahieren, la cogen a dos manos y la arrojan a los perros. Ahí, cuando la atacan, sacamos el fuego interno, el larvado; ahí nos declaramos españoles por la gracia de Dios y exhibimos la bandera en el balcón o el pin en la solapa. Lo que no hay es un término medio. La segunda, la política, creemos ignorarla o que podemos pasar de ella, pero se persona con enconada frecuencia. Hay quien ama a su país, supongo. Hasta podemos entender que se produzca ese arrobamiento puro. El amor es de naturaleza extraña, un poco o un mucho teatral. Se puede amar el país en donde uno ha nacido sin que intermedie la tragedia. La de ahora, la partición de España en fases, la demolición brusca de la convivencia, la contienda infame de los políticos, todo ese guirigay de corral, es una tragedia de la que saldremos, a qué ponerse triste o pesimista. Acabaremos saliendo, sí, créanme. No porque seamos fuertes o porque España merezca el esfuerzo. Quizá salgamos por mera inercia. La naturaleza siempre corrige sus desvaríos, enmienda sus errores. No estaría de más que arrimáramos nuestro trabajo para que no todo dependa del azar, ese gobierno en la sombra. 


En el problema de España, como querían los noventayochistas, hace falta una pedagogía, un vademécum en el que se compendien los fármacos que precisa para que progrese como país igual que otros lo hacen, pausada y casi imperceptiblemente. Yo, de entrada, no le tengo un fervor excesivo, pero tampoco la repudio. Hay días que me noto un español subido. Tengo ratos en que me duele (tan arraigado eso de que duela) y otros en los que no me preocupa lo más mínimo. Podían haberme nacido italiano o de Mozambique, pero quiso el azar que mi madre me alumbrara cordobés y es esa la marca que me fue impregnada.  Pasa con los países como con la religión: o se cree o no se cree. España es un asunto de fe, tal vez sea cierto. Quizá las nacionalidades sean en el fondo religiones camufladas, convertidas en un apaño político o histórico o folclórico. El territorio, leí una vez, es el grado cero del paisaje, pero primero es el paisaje, primero son los árboles y los ríos, el campo que se extiende donde acaban las calles del pueblo. Puestos a amar, yo amo el paisaje, el que he visto siempre, con el que he crecido. Todo lo demás es un añadido interesado. Recuerdo eso de los ingleses de que allá donde deje el sombrero, ahí está mi casa. Es una hermosa reflexión, dice mucho, demuestra mucho. En ese hilo de las cosas, la liturgia de la patria importa más que el objeto ofrecido en ella. Somos más de iglesia que de Cristo. Si mañana nos pidieran que hiciéramos algo por salvar a España, vaya usted a saber si no sucede, cosas más extrañas estamos viendo, deberíamos empezar por sentir orgullo. No el tipo de orgullo belicista del que cree que lo suyo es lo mejor, ninguneando lo ajeno. Se suele entrar en ese emponzoñado (en el fondo) vicio de sostener que los raros son los otros. Esa idea de que los que no nacieron aquí no entienden, no pueden ni siquiera entender, si se les instruye. La patria se aprende también. No hace falta haber nacido en ella para apreciarla. Ese orgullo es incluso balsámico. Este verano, verán como no marro, tendremos las banderas de nuevo en las ventanas. Hay fútbol. Juegan unos países contra otros. Como si alguno fuera de verdad diferente. Como si no ganáramos todos cuando vence únicamente uno. 

24.4.26

Una mitología


Da miedo pensar

que se acaba uno muriendo 

sin haber sido 

el coronel Kurtz en el Mekong,

Paul enjabonando a Jeanne en un apartamento

sin muebles en el París nihilista de los setenta,

Borges contando de nuevo el mito del Minotauro,

David Bowie rezando con las arañas de Marte,

Tony Manero bailando toda la noche en la discoteca Odisea 2001,

Pedro Páramo en su pueblo de muertos,

Peter Parker besando a Gwen en la puerta del Daily Bugle,

Sam Spade mirando al halcón maltés,

Paul McCartney cantando Get Back en una azotea,

T.S. Eliot cerrando un cuarteto,

Bill Evans componiendo una vals para su sobrina Debbie,

Edgar Allan Poe declarando su amor a la dulce Annabel Lee,

Miles Davis al arrancar So what,

George Bailey en Bedford Falls,

Freddie Mercury invocando a Belcebú en la rapsodia bohemia,

Dorothy en el camino de las baldosas amarillas,

B.B. King hablando a Lucille por primera vez,

Stanley Kubrick eligiendo a Strauss para ponerle música al cosmos,

John Ford con un solo ojo escribiendo la tierra prometida,

Gregor Samsa despertándose en un apartamento en Praga,

Jimmy Page en el solo de Stairway to heaven,

el capitán Nemo pilotando el Nautilus,

Howard Philip Lovecraft buscando cierto libro 

en la biblioteca de la universidad de Miskatonic,

Emily Dickinson en el jardín de su casa, escribiendo pétalos,

Julio Cortázar dando la vuelta al día en ochenta mundos,

Juan Carlos Onetti fumando en la cama, urdiendo tristezas,

Jackson Pollock en la arena del lienzo, 

Alicia cuando vio en el fondo de un sombrero a Lewis Carroll. 

22.4.26

Infancia de los grandes profetas mesopotámicos





A la mecánica celeste no la comisiona de halagos la razón, no la asiste de gozo la ciencia, no la alumbra de júbilos el dios de los hombres. La mecánica celeste es el objeto puro del sueño de todos los profetas. Todos son teólogos. No hay profeta que no guarde un mapa del laberinto, ninguno que le haya hecho salir de él. No hay dios que no tenga al menos un profeta que lo sublime y haga que, en el prodigio de la escritura, en el decir minucioso de la adivinación, se rinda con fatigado afán su catálogo asombroso de causas y azares. La poesía es un instrumento de la divinidad. Todos los profetas son poetas, son teólogos, son etéreos. La religión, un género literario. La literatura lo impregna todo. Vivir es una novelización de la nada hacia la nada. O si se quiere, por arrimar una vía trascendente, de la nada al misterio. Es ese misterio de lo que estamos hechos. Si el poeta cierra los ojos, Dios es ciego; si Él los cierra, el poeta muere. Todo lo que existe es fuego, es ceniza, es fulgor de un milagro que se desvanece al contemplarse, al pensar en su anatomía, en los motivos para que irrumpa. No los tendrá, no los tiene, nunca los tuvo. De ahí que permanezca. Los vaticinios cuentan que las estrellas son letras en el cielo. Está escrito tu destino, mires o no. Todos los que miran al cielo son precursores de la astronomía, pero a veces el ánimo a veces indicios de flaqueza y el atento desaliento se apresta a hacer serio acto de presencia y no se sabe cómo gobernar esa mudanza. Conviene entonces la melancolía. Por lo que supo de nosotros. Por lo que sabrá. Ella convendrá la trama de la tristeza, esa vieja y noble amistad a la que casi nunca concedemos residencia y de la que insensatamente huimos. A ciegas esa huida, fardo torpe su peso. En la infancia de los grandes profetas mesopotámicos está escrita la tristeza del porvenir. El tiempo es un invento de sus juegos. También las leyes. Los oniromantes eran los consejeros de los reyes. Los oráculos provienen de la interpretación de los sueños. Hay quien sostiene que los desmanes que devastan nuestro bienestar surgen de Mesopotamia. Son el sueño escandaloso de algún niño triste. 

21.4.26

En la semana del libro / 2

 


La idea que se tiene de la memoria es casi siempre falible. Cree uno que existe una propiedad de lo registrado, pero todo se deja contaminar por la imprecisión, por el veneno del olvido. Lo que no se recuerda no importa. Es maravilloso que nuestra memoria esté invadida por todas las demás, las ajenas, las imposibles, por las palabras que no hemos dicho y por las historias que no hemos vivido, no al menos en primera persona. Somos todas esas revelaciones extrañas, somos esa azarosa suma.  Por eso leemos. Leemos para que dure más la memoria. Leemos para tener en el plazo de una la consistencia de dos vidas. Leemos para que lo que sabemos no enferme, ni sucumba a la pereza. Por hacernos creer que hemos estado en lugares fantásticos, algunos a los que ni siquiera nuestra imaginación alcanza. Por ser otros que no podríamos ser jamás. Esos otros que hacen lo que nosotros no podríamos hacer. Los que aman a sabiendas de que los matará el amor o los que triunfan y el amor los viste y los calza con entusiasmo o los que no tienen riesgo en el correr gris de sus días y deciden envalentonarse y buscar el asombro de la aventura al abrir un libro. Por eso necesitamos la imaginación de los otros, la fantasía de los que escriben para que podamos vivir las vidas que no nos pertenecen. Vidas prestadas. Vidas arrimadas un instante a las nuestras, pero tan gozosas, tan recamadas de épica y de belleza y de asombro. La memoria se construye también  leyendo. O viendo cine. Todo lo que la realidad no nos ofrece y está codificado en los libros, en las películas.

20.4.26

En la semana del libro / 1

 Hay muchas maneras de animar a leer, pero ya no es únicamente la importancia de la lectura, sino el hecho mismo del libro. También habría que hacer oír al desatento la importancia de ese objeto. Uno entre otros, pero conteniéndolos y dándoles sentido también. El libro como caricia, abrigo, oración, consuelo, refugio, delirio, madre, sexo, droga, fuego, bálsamo, paraíso, amigo, Dios, espejo, sueño, hambre, sed, temblor. No  podría uno terminar de inventariar lo que hay dentro de un libro. Está el infinito. Está el amor. Está la vida. Está la muerte. Luego de ellos o a la vez que ellos, está el abrazo. Está la salvación. Está la inteligencia. Está la belleza. No hay otro objeto en el mundo que contenga el mundo entero en su interior. Debería festejarse a diario que haya libros. Lo dice Irene Vallejo en su espléndido libro. Curioso que un libro que hable de libros sea uno de los más vendidos y (sorprendentemente a la vez) uno de los más elogiados. No hay instrumento mejor hecho. Es una extensión de nuestro cuerpo, escribió Borges. Es el más asombroso, de hecho. Es una prolongación de la memoria y de la imaginación. Después de la facultad del habla, la de escribir es la más noble. Después de la facultad de escuchar, la de leer se antoja la más digna. Las religiones se han cimentado alrededor de la aureola mágica de los libros. No sabemos si esos libros sagrados fueron una emanación de la divinidad o son trasunto humano, evidencia de nuestra fragilidad y de nuestro deseo de perdurar y que no todo finalice cuando irrumpe la muerte. La felicidad es un libro. Pensar en que tiene uno un libro a mano hace que la posibilidad de aburrirse no exista. Una de las razones que yo arguyo para explicar mi absoluto idilio con ellos es ésa precisamente: denme un libro y olvídense de mí, no les preciso, no hay nada vuestro que me distraiga. Es tal el prodigio de su hechizo que habría que precaverse ante ellos. Tal vez por que nos aturdan o por que nos hagan perder la poca o mucha cordura que se nos ha entregado o la que hayamos podido ir amasando para sobrellevar el tráfago de la vida. Un libro es una vida alternativa. No es en realidad así: un libro está formado por el arrimo de muchas vidas, aunque semeje una o creamos que es sólo una.

19.4.26

Qué habrá luego

 

Fotografía de Marina Sogo

De lo que tendría que escribir más en serio es de los fármacos, de cómo organizan tu vigilia, de hasta qué punto gobiernan tu estado en el mundo, de su permanente condición de brida al desasimiento de la realidad, que va a lo suyo, sin que intermedie ninguna de nuestras reclamaciones, algunas absolutamente legítimas, expuestas con irreprochable educación, como si temiéramos enfadar a quien nos dirigimos o hacer ver que las cosas no van bien y queremos que vayan. Los que me acompañan invariablemente en primavera, los que reducen los efectos invasivos de los cien pólenes que me abaten, se alían con los imprevistos y concluyo pensando que uno está sano, pero no se está sano del todo nunca. Todos forman una contundente zaga química cuyo fin es aliviar mi padecimiento, es cierto, pero que me anulan mientras trabajan en mi beneficio. Me dan sueño, más que otra cosa; me desastran el estómago a veces. No sabe uno si va a ser posible llegar al final del día sin flaquear un instante o de que acumular mañana otra jornada como la que se sufre hoy tendrá consecuencias más graves y al final habrá un peaje. Nunca hay uno severo, determinante. Vendrá con su negra cara de finiquito. Se manejan bien estos dolores pequeños. Está la memoria al tanto de otras debilidades del cuerpo y se alegra de que no concurran a la vez y el dolor en la rodilla comparezca cuando la tos ha remitido o que la preocupación por un dolor alojado en el costado no sea simultáneo al que se pavonea en el estómago. Va el cuerpo en soberano trasiego, aplazando o imponiendo sus achaques, dando vivas evidencias de que se le ha forzado en demasía. Si fuera esa la causa, la del exceso… Hay veces en que flaquea incluso cuando se le ha mirado con escrupuloso tiento, no entrando en las algarabías con las que otros lo lastiman. No cabe desoír la admonición de los sensatos, los del cuídate, los del deja de fumar, bebe menos alcohol, camina, haz deporte, esas cosas.

La batalla que entablamos con el cuerpo la ganamos y perdemos a diario. En ganar y en perder se nos va la vida, pero en cierto modo vivir es irse uno yendo, escapando, fugando, adquiriendo poco a poco la conciencia de la duración de todo ese trasiego. Por eso no es nunca una ganancia o una pérdida, sino un estado canjeable por otro, una sensación modificada por otra, un equilibrio que se deshace y que regresa, una especie de sofisticado partido de tenis en el que no hay un ganador o un perdedor ya que lo único que realmente importa es la evolución de la bola por la tierra, el vuelo que ejecuta y las formas en las que el azar o el talento o la experiencia las va haciendo caer. En torno a uno, conforme avanza, la realidad se obstina en contradecirnos o en mimarnos, en hacer que fracasemos o triunfemos, flaqueemos o nos reforcemos, sin que ninguna de esas dimensiones del juego dependa enteramente de nuestra decisión, de la voluntad firme con la que abordamos la partida. Pero el cuerpo se obceca en malograr todo esfuerzo por gobernarlo. Accede a ejecutar los movimientos que le solicitamos, y movemos las piernas, abrimos la boca y hablamos, bailamos incluso cuando la música nos traspasa, pero hay asuntos en los que no consiente la injerencia ajena, no admite que haya un dueño, obra por libre, medra en su absurdo deseo de irse degradando, aunque nos haga creer que tenemos alguna propiedad en la empresa, de que en el fondo somos nosotros los que guiamos la nave. Pensé en que quizá lo que trasciende de esta batalla no es que se persiga la adjudicación de un vencedor: lo hermoso es la ceremonia en la que se preparan los bártulos de guerra, el modo en que disponemos en el mapa los ejércitos, toda esa estrategia espléndida de los preliminares. Pero y luego, qué habrá luego.

18.4.26

Breviario de vidas excéntricas /41 / Petra Lafargue



Aquejada de terribles jaquecas, retirado el menstruo, dolida por un desengaño amoroso, a Petra Lafargue un facultativo de reconocidas inclinaciones poéticas le prescribió fajarse en poemas con versos alejandrinos para adquirir más cuajado oficio lírico o para malograr definitivamente su desempeño y así ocuparse sin el yunque del fracaso de asuntos de más pedestre fuste. La poesía obra a veces los milagros a los que no alcanza la farmacopea, sostenía el buen galeno. Poco o nada preparado para el rigor de la métrica, Petra pidió verso libre, haikus  o, en el peor de los casos, pareados de sencilla factura, nada que la estresara o empujara a quebrantos métricos excesivos. Empezaremos con alejandrinos, si no hay mejoría, pasaremos al soneto, sentenció con contundencia el doctor. Al principio le costó armar las catorce sílabas, gobernar el lugar exacto del hemistiquio y repartir siete exactas a izquierda y derecha de la cesura con su acento en tercera y en decimotercera. Cuando se familiarizó con esa métrica diabólica, le salían alejandrinos como churros. 


Con las prendas de sus logros bajo el brazo, alegre como un adjetivo cincelado por el numen mismo, Petra se arrogó el inverosímil propósito de que, cuanto hablara, respetaría la disposición silábica alejandrina. Incapaz de dar resuelta eficacia a ese propósito, la poeta guardaba escandalosos periodos de silencio en las reuniones líricas. El fracaso de la empresa la sumió en la más severa tristeza. Dejó de acudir a los juegos florales a los que vanidosamente solía, no respondía al correo ni aceptaba que los allegados le visitasen. Ese decaimiento le hizo enfermar más aún . Las jaquecas repuntaron. En un arrebato de lucidez, consintió confiarse a la intendencia de otro facultativo. Con pudor, con dificultad, le rindió la causa de sus males. Determinativo, el médico le dijo: “En adelante, cuando se dirija usted a mí, lo hace en alejandrinos, ya sea aquí en la consulta o por el conducto que más le plazca. Los poetas sois la salvación del mundo. No hay nada que la medicina pueda hacer. Debe perseverar, debe encomendarse a la gracia de la inspiración”. Así se expresó. Regresó Petra sin asomo de reticencia a su mesa de trabajo y ocupó días enteros en forjar las palabras viejas y las convocadas primerizamente, hasta que el mundo entero, el mundo con su cielo azul y sus altos árboles, el mundo alegre y el triste, se le presentara en sólidos bloques heptasílabos. Estaba conjurada a respetar el dictamen no de un galeno, sino de dos. 


En una de esas mañanas de fluida producción poética el amor la sorprendió en la cola de la charcutería. Sus ojos se prendaron de los ojos de un varón de hechuras clásicas que pedía mortadela siciliana. Era una ángel puro, era una bendición que el bendito azar le había puesto en su camino. Lo abordó con las esmeradas maneras a las que acostumbraba. Montó los versos en la cabeza y los volvió a montar. No satisfecha, requeridos los más dulces y bruñidos, sacó su móvil y le pidió al chat GPT que se apresurara en escribirle algunos. El algoritmo tardó menos de lo que se tarda en lonchear medio kilo de mortadela siciliana. Cuando los tuvo, eufórica, transida en gozo, los declamó con arrobado entusiasmo. 


“Tu amor es un banquete que sacia mi alegría, 

un festín de caricias que endulzan mi tristeza.

Como pan y mortadela, sencillo pero eterno, 

en tus brazos encuentro la paz que siempre busco.

Tus besos delicados me saben a poema.

Eres mi complemento, mi musa y mi quimera.

Eres todo en mi mundo, eres mi mortadela"


 No hubo consuelo cuando el adonis rompió en risas; no las prudentes, como temerosas de importunar a quien las escucha, sino las risas barítonas, las ampulosas, las risas con las que el alma se derrama en la más absoluta de las desvergüenzas. Se determinó entonces a visitar a un tercer médico que por fin atinara a dar con el origen de sus males y, con suerte, enderezara su zozobra lírica. Al que acudió, nada más escuchar el relato de sus penurias, le pidió encarecidamente, con colmo de convicción, que se apañara un buen saxo tenor y escuchara toda la obra tardía de John Coltrane. Todos esos discos de complejas texturas tímbricas en los que el músico anhelaba ver a Dios y que Dios le viese. “Debes aplicarte en la improvisación pura, pero respeta la alternancia de los ritmos. Construye las armonías sobre intervalos de tercera y cuarta. Haz frases largas, vigila la progresión de los acordes. Si es preciso, busca a Dios cuando emboques el saxo. Cierra los ojos. Déjate acariciar por la sublime coherencia del caos". Petra  salió más que preocupada de la consulta. Compró un instrumento caro. Lo tuvo encima de la cama durante días. Se acostumbró a dormir en el sillón. Por no cortejarlo con los dedos precipitadamente. Por pensar cómo le contaría a los pulmones el trabajo exquisito que se les requería. Eso le contó al doctor. Ya no tengo jaquecas, añadió. Tengo unas contracturas enormes en la espalda. Me duele el cuello. Creo que iré al fisio. Hay uno aquí cerca.

17.4.26

Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

  La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a explicar su desafecto hacia cualquier posibilidad de que la fe condujera el espíritu del hombre se me cruzó esta mañana bien temprano sin saber bien a qué venía esa irrupción de un argumento tan imperativamente contundente, de tan escasa enjundia doméstica, pero supe rehacer de inmediato mi tribulación y compuse el ánimo para separar eficientemente la basura orgánica de la del plástico, meter los platos del almuerzo en el lavavajillas en el programa corto (vivo desde hoy solo, ensuciaré poco), recoger la ropa seca de la azotea y poner un par de lavadoras (una de sábanas y otra con prendas color), pasar la aspiradora, limpiar el polvo y después (con resignación, primero, con alivio más tarde) pensar en Carla, en qué haría a propósito de Carla, mi novia de toda la vida, que anoche me dejó una nota en el frigorífico bajo el imán que compramos en Estambul en la que leí el seco me voy, que te aguante tu señora madre, escrito con su caligrafía enclenque de niña pija que no ha tenido nunca interés por algo que no contribuyera a hacerla parecer más joven o más esbelta, incluyendo en esas actividades las de ir al gimansio cinco días por semana, comprar cualquier potingue caro del que le hablaran sus tres amigas pijas favoritas o hacer dietas extraordinariamente pintorescas que, por cierto, jamás cocinaba ella, sino que se las servían por un servicio de comida exprés al que un youtuber daba no sé cuántas estrellas en su rendición diaria de pijadas igualmente extraordinarias. 


Me acabo de dar cuenta de que me he quedado muy solo. La echo en falta. Por ratos, la quiero conmigo. Hay pocos platos en el fregadero. Apenas hay ropa que tender. No suena esa música suya melosa que tanto me irritaba. El silencio es una tumba insoportable. No tengo nadie que me reprenda por enganchar un cigarrillo con otro o por dejar las latas de cerveza por ahí, sin tiento, exhibidas como trofeos de un safari insano del que decididamente saldría malparada, son palabras suyas, mi salud. No crea que ella lo expresara así. Jamás cuida el vocabulario ni reprime usar unas frases elaboradas cuando podía acudir (puede acudir) a las más vulgares: "Te estás matando, Ezequiel, no vas a durar mucho". Nadie dura mucho, solía contestarle. Ni siquiera tú vas a llegar a los ochenta, Lola. Te habrás dejado una pasta gansa en cremas y en fitness para nada: a los cincuenta te darás cuenta de que el cuerpo sigue un plan diabólico contra el que no se puede hacer mucho. Yo hace mucho que renuncié a cuidarlo. No hago deporte, no como verdura, no me privo de cualquier cosa que lo contente. De noche, escucho cómo me aplaude. Bravo, Ezequiel, tú dame contento, tú a lo mío. Eso tendría que haberle dicho, de haber sabido que pondría en el imán turco lo de me voy, que te aguante tu señora madre, pero transigí, di por buena su pedagogía buenista, ese querer evitar que la máquina no siga su estricta obediencia molecular y la piel se arrugue o las tetas se le acaban descolgando, amenazando con taparle el ombligo. Estoy considerando en llamarla. Es tarde. Ahora estará dormida. Es de acostarse temprano. Para que no la urja a que me alivie la tirantez viril, todo ese himno de la sangre por sus locas avenidas de gozo. Le diré que me cuidaré. Que iré al gimnasio. Que haré su dieta. Que la cerveza. Que el tabaco. Que Dios con su ingrato Russell.  Pero me temo que ni eso la contente. Querrá que gane en músculo. Que aborrezca las comidas grasas. Que beba té birmano, zumo de melocotón, esas cosas. Que muera. Carezco de fe para una empresa tan costosa. Difícilmente podré hacerle ver que creo en ella, puesto que no lo hago. El amor es fe en el otro, absoluta fe en quien se ama. Acabaré delatándome. Beberé a escondidas. Fumaré con ansia. Saldré a ponerme ciego de esa comida basura que ella aborrece y a la que yo profeso la más altas de mis muchas devociones. Alguna de ellas me matará. Al final, quién no muere. Me digo todo esto con cautela. Lola vivirá cien años. Será inmortal. Todos sus novios abandonados se parecerán a mí. 


15.4.26

Una deliberación

 

A J.G. de B. en su noche triste de 1959

Uno se pregunta por el hombre y no encuentra una respuesta.

Lo imagina en sus refugios, cubriéndose el cuerpo 

con las ropas del frío, tapándose el alma con las del amor.

Piensa en los consejos de ministros, dirimiendo 

la altura verdadera del hombre, tomando 

las medidas necesarias para que no sea 

ni demasiado alto ni bajo en exceso,

registrando en papeles y en el aire

todo el tamaño formidable de su dignidad,

estudiando cómo conseguir que no se muera de miedo 

cada vez que abre la prensa y lea con congoja infinita

los avances del mal por el campo de batalla,

toda la miseria sin significado ocupando las aceras, 

extendiendo su marca gris de pesar y llanto. 


Y puede ser que ese dolor profundísimo

con el que principia a veces el día

vaya cediendo a poco que no pensamos en él

y nos vayamos entregando a nuestras labores,

pero cuando llega la noche y el hombre se concentra 

en sus dolores y mira el techo de la cama 

en donde duerme, el mal regresa como un cáncer rencoroso, 

ennegrece los muros, revuelve las tripas, se detiene 

en los talleres mal iluminados en esta noche triste de octubre, 

lo dice el poeta y lo dice muy claro,

y no hay consejo de ministros que pueda zafarse del mal

ni del invierno anticipado en los huesos del hombre

sencillo que busca algo con lo que evitar el frío

y acaba reunido consigo mismo, hablándose en privado, 

en total confianza en sus posibilidades, comprendiendo

que no hay con qué tapar el cuerpo ni anudar el alma. 



Escribo a lo que salga

Escribo a lo que salga. Se lo dije ayer a alguien que me preguntó acerca de cómo organizaba la escritura. Tienes un plan, tomas notas, todo ...