16.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 14 / Mihail Popov

 


 En lo más crudo del crudo invierno moscovita, Mihail Popov nació en una pompa de jabón. En el momento de su alumbramiento, la madre hacía sus abluciones en el bidé de mármol rosa con grifería cuello de cisne comprado en Paris en su luna de miel. El frío hizo estragos en la criatura recién traída al mundo. En cada estornudo arrojaba una pompita diminuta de jabón y levantaba el asombro de quienes participaban del singular fenómeno. Cuando Florencio, a la temprana edad de doce años, tuvo su primera eyaculación, una pompa enorme de jabón lechoso amasada una vida entera en la fontanería de su caudalosa hombría, inundó el cuarto de baño, se estrelló contra el espejo y lo impregnó de una sustancia viscosa que, sin ser semen, tampoco era jabón. Una desmesurada misoginia, causada por las superlativas inclinaciones higiénicas de su madre o por su madre, en términos absolutos, sin recabar en ninguna querencia suya, hizo que Mihail apenas saliese de casa. Más no no pensar en su desgracia que por ilustrarse, aunque ambas cosas fuesen de la mano, se hizo a leer cuanto caía en sus manos: libros de antropología, de Derecho Romano, de Biología Molecular, de psicología evolutiva, de medicina deportiva... Harto de lecturas, sin encontrar ninguna que le confiara una explicación al mal que padecía, decidió escribir su propia historia. Antes de acometer esa especie de diario personal, tenía que comprobar si había, en el ancho mundo, en el ajeno trajín del capricho de Dios, un caso idéntico o similar al suyo. Días antes de que un catarro mal curado lo privara de una explicación racional y diera su cuerpo jabonoso a la antigua tierra rusa, vio un titular en una gacetilla dominical que mamá solía comprar. Refería la existencia de un hombre de la península de Kamchatka que nació en el vaho del grito de su madre, cumplida ya, rota en precursoras aguas, molesta por los rigores del esfuerzo y aterida por el intenso frío siberiano. Dio con él, hoy en día todos estamos a mano de todos, y se dispuso a escribirle unas letras. La carta que le envió era un inventario prolijo de su vida. De algún modo supo que no habría nadie que le entendiese mejor. Tenía la absoluta convicción de que aquel hermano sobrevenido abriría una nueva senda en su angustiada vida y tal vez él mismo podría consolar recíprocamente la suya. Fue su madre la que abrió el buzón y vio la carta venida desde el otro confín de su vasta patria. La firmaba un tal Boris Sakolov. Una película de fino vaho impedía  que el sello (de unas montañas sobre un cielo blanquísimo) quedase fijo, y mientras ella rumiaba sobre la pericia de la Estafeta de Correos –una carta así acaba con el sello caído y no hay emisor, destinatario o carta– miraba a su hijito, amortajado, quieto, serio en la caja, huérfano de luz y de candor materno, con esa carita de pastilla de jabón recién abierta, emanando un olor doméstica, de ropa recién tendida en el patio. El destino es bicho cabrón, sentenció, circunspecta, aunque no le gusta blasfemar, ni de decir palabras soeces. El azar arruina una vida antes de que eche a andar. Dan ganas de mirar a Dios a la cara y pedirle cuentas por el precario e infame curso de la trama.

15.3.26

Diccionario de asuntos perdidos / 3 / Deuterogamia y komorebi

 

Deuterogamia es vocablo referido al hecho de contraer segundas nupcias.

Komorebi es término japonés intraducible que describe la luz del sol al filtrarse entre las hojas y las ramas de los árboles. 

Más que cualquier otra cosa, puestos a componer una estadística, es el hecho de que no haya encontrado con qué nombrar a quienes contraen terceras o cuartas nupcias. Tendría que haber una nomenclatura precisa para cada pequeña circunstancia a la que uno asista y de la que desee más tarde dar constancia. Sucede con triste frecuencia que hay cosas que nos pasan que carecen de un vocablo que las fije y así poder prescindir del pormenor del relato. Son sentimientos ecuménicos, sensaciones que se comparten invariablemente, pequeñas epifanías que no se avienen a las entradas de un diccionario. La felicidad de encontrarlas es comparable a la que produce asistir a su manifestación, a la comprensión privada de su significado. Hay una que aprendí y de la que no me desprendo, aunque la haya sentido poco y no no espere que se prodigue en la vida que me quede por vivir. Se refiere a la luz del sol que se filtra a través de las hojas de los árboles y que se mueve con los vaivenes del viento. Hay una palabra para cada ruido, una que registra cada silencio. Se llama "komorebi". Los diccionarios son vastas extensiones de amor puro hacia la vida. Lo que nombramos, por el hecho de ajustarlo al recinto de las palabras, nos pertenece. Es nuestra la luz que se filtra y se mueve entre los árboles por el viento. No sé si hay una palabra para la sensación de poner el pie en el suelo, nada más levantarte, y sentir que el día preludia la inminencia de algo maravilloso, una especie de milagro que se cierne, o si en alguno de esos maravillosos diccionarios existe la palabra que encierra la emoción que se produce cuando la lluvia suena detrás de un cristal y tú estás embutido en una bata de paño grueso, arrimado al brasero, bebiendo té y leyendo a Charles Dickens. Tal vez quien ha sentido en carnes propias la deuterogamia sepa del komorebi y se solace (qué hermoso verbo, pardiez) en la búsqueda del bosque favorable con el anhelo de que encuentre en él a su nueva pareja. Deberán ser dos amantes de las palabras. Yo creo que ese amor es rocoso y no se viene abajo cuando lo asedian las vicisitudes. Tantas hay. 

Elogio y refutación del vino

 Se le da al vino el mismo rango que a los dioses, ocupan el lugar que ellos, se le invoca para apartar el mal o para aplazarlo o para encontrar la luz en el reino de las sombras. O para alcanzar cierta plenitud que no siempre está a mano en el reino de lo real.  No hay nada que rivalice con él cuando uno desea esconderse del mundo o cuando el mundo se atarea en contrariarnos o apenarnos y solo cuenta ignorar su influjo, dar con lo que nos ciegue y consuele.

Tiene el vino su ascendencia litúrgica, la de la vid y el trabajo del hombre. En el ofertorio divino es el vino el que nos recuerda la inmortalidad, es él quien se basta para explicarnos la semilla de la que procedemos y la eternidad a la que secretamente aspiramos. Somos cuerpo eucarístico, cuerpo tomado por la uva terrestre y por la uva celeste, por la esencia de la tierra, por la lujuria ebria y dulce y metafísica. Porque el vino es filosofía. El hombre mira hacia su adentro y descubra el alma y la consuela con el vino.

Los humores torpes y estúpidos son borrados de cuajo, dijo Shakespeare del vino, quién sabe si ocupado por su aliento. La palabra se vuelve aguda y el espíritu, a medida que se empapa, se libera de la cárcel del cuerpo y toma vuelo y festeja la plenitud del aire. El ánimo se embravece, la mirada se limpia, aunque mire turbiamente si la ingesta es excesiva.

Borges, en su famoso soneto, lo hermanaba con la alegría, le encomendaba mitigar la tristeza.

Celestina decía que no había conforte mejor para adentrarse en los bosques de la noche que unas jarras de vino, que no sentía frío en el crudo invierno ni tampoco calor cuando ajusticia el sol en las siestas del verano. Que el buen vino daba coraje al cobarde y diligencia al apocado. No hay mudanza al trasegar de los siglos: el cobarde se agiganta y el apocado se envalentona.

Ernest Hemingway dijo haber bebido muchísimo, pero casi nunca cuando escribía. Eso podría pasar hasta por un engaño de curso literario. Como un recurso estilístico. Admitió que el ron de Martinica le hizo calentar el gaznate y el alma (siempre ella tan cerca) en la cafetería parisina de donde salió “Paris era una fiesta”. También cinceló otra máxima: «Escribe borracho, edita sobrio».

Kerouac dijo ser católico y no poder suicidarse, pero planeó beber hasta matarse.

Sinatra desconfiaba de quien no probara el alcohol. La desconfianza adquiría una consideración mayor si había jactancia de esa anomalía.

Faulkner queda ya imborrablemente como el emperador de la botella, con permiso de Lowry, me dejo decenas, seguro. Faulkner era ágrafo sin ella, y locuaz y lírico y hasta sublime cuando la empinaba. No se podrá concluir un veredicto desfavorable sobre la pertinencia de que el artista (el escritor, el músico, el pintor) se inmole para el peregrino propósito de que su obra resplandezca y nosotros disfrutemos de su arte.

Neruda, en su oda, le creía inteligente, capaz de extraer de quien lo bebe las palabras cabales, los deseos más limpios.

Del vino a veces se tiene también la idea de que nubla el tino y lo embarranca. No es así del todo: lo que hace es borrar eventualmente el sentido común, que es el fiable y al que debemos nuestra estancia en la tierra, pero no siempre es deseable que ese sentido común perdure siempre y en todo momento: conviene de vez en cuando que nos abandone y nos permita volar, perder la confianza del suelo y mirar desde arriba para comprender lo que muchas veces no se entiende a ras de suelo.

No se sabe con certeza a qué hemos venido al mundo, pero es probable que el vino nos invite a descubrirlo. Parece que hiciera su trabajo a la callada, sin alarmar mucho a quien lo ingiere, pero predispone a pensar con anchura de miras (como otros dicen sin beber ni haber bebido) y a aceptar lo que no se acepta cuando se está sobrio y no hay indicio de que el pulso esté acelerado y la sangre circule con entusiasmo y brinque y cante.

Todo el que es demolido por el vino es porque no se supo conversar con él y dejarlo cuando las palabras todavía se entendían y no se había enseñoreado como sabe, haciendo flaquear el sentido común. Fracasa el vino cuando confunde a quien lo ingiere, cuando lo abate y no deja rastro de su hermosa travesía, sino hundimiento y anulación. No es ese el vino del que hablamos, no anima estas palabras de elogio, no las considera siquiera. Todo elogio contiene una admonición. Cualquier atisbo de luz alberga una porción de sombra.

El nombre es vino, pero el nombre no importa. Lo que se bebe es la tierra emancipada de su claustro, la decantación del complacido fruto de su vientre, que se ofrece para que la vida sea menos vulgar o para que el tiempo que se nos concede en ella se aligere de tragedias, se expurgue de pesadumbres y se limpie y así, aligerada, expurgada y limpia, la vida sea tan sólo belleza, el tipo de belleza que uno saborea en los labios y deja que se demore garganta abajo. Bebemos al hombre cuando lo acercamos a la boca y dejamos que haga su oficio antiguo. El vino es historia, es la historia.

El nombre es vino, pero el nombre no importa. Lo que se bebe es la voluntad de algún dios caprichoso y rudimentario, que hizo el mundo y se entretuvo en hacer que alguien (dicen que hace más de veinticinco siglos, al norte de Irak) lo sacara de la tierra y lo escanciara en una vasija entonces, ahora en copas de cristal finísimo, hermosas copas que custodian el sacrificio de la uva en la boca.

El vino, en todo caso, es una invitación a amarse uno mismo. Casi un imperativo lírico. Como una especie de anhelo metafísico. No hay oficio más satisfactorio que ese. Mientras se bebe, se escuchan confidencias, se deja uno llevar por la euforia de esa alegría sencilla y saca de sí lo que no sabría o no querría sin la intervención bendita del vino.

Hay buenos vinos y malos bebedores, escuché una vez. Se habla más y se escucha más mientras sujetas un catavinos. Lo comprobé ayer. No habrá otra bebida que tenga en su custodia tantas confidencias. No creo que haya otra que guarde mejor los secretos. Los vinos tienen buena memoria.

Igual que al orgasmo se le llama la pequeña muerte, también la embriaguez posee ese arrimo de sublime catarsis, aunque la resaca nos conmine a no incurrir de nuevo en festivales de la sangre.

La mala fama del vino es justificada, añado (iba a escribir añada, discúlpenme). Se han visto vidas arruinadas por su culpa. Tragedias. Guerras. Sangre. Muerte. Todo lo terrible que existe y creemos lejano, pero que irrumpe y nos somete. Es el vino, con triste frecuencia, el que acerca al débil a la contemplación ensimismada y dolorosa de su debilidad. Duele que no se sepa cómo manejarse cuando se le tiene cerca. Porque podríamos saber beber igual que sabemos respirar o poner un pie tras el otro y hacer el camino.

En la euforia de la ebriedad, uno se jalea a sí mismo, se da ánimo, no deja que la alegría decaiga, se cree incluso póstumo, a salvo de los rigores de la realidad, sobrevolándola o venciéndola, como si los momentos de la curda fuesen una clausura de algo, que no tiene que ser necesariamente la vida, pero que se le parece más de la cuenta.

El lenguaje tiene una riqueza enorme para explicitar el estado de embriaguez. Se coge un verbo y se le da la transitividad adecuada: pillar una cogorza, dormir la mona, coger una tajada, una trompa, un ciego, una mierda, un tablón o una castaña. Este desplazamiento semántico es de índole popular y no hace pensar en si es grosera o no su verbalización: se limita a airear una poética de la borrachera, que es asunto en el que las metáforas se acomodan con precisión. La abstinencia no tiene el predicamento de su reverso: se ve que el pueblo es más de excederse que de comedirse: la mesura o la sobriedad no dan para que el ingenio resplandezca y las palabras se desboquen. Hay verbos espléndidos para escenificar ese tránsito de la calma al caos; de la templanza, tan rigurosa y precisada, al desquicio, tan brusco y contraproducente: achisparse, ahumarse o ajumarse, abrumarse, apiparse, ponerse pedo, columpiarse, tajarse, pimplarse, mamarse, ir colocado, dormir la mona, empinar el codo, empiparse…

También cuenta en este elogio (con su refutación debajo) la literatura de su ingesta. La hay, y a tutiplén. La dipsomanía tiene un rico acervo léxico con el que se le da la dimensión de milagro sensorial al líquido que se ingiere y al sabor que procura: el beodo es el centro de una lexicografía vasta, se advierte un mimo en la producción de vocablos, una inventiva de raíz ancestral que va incrementándose con los tiempos y agrandando su leyenda. Hay hasta reducciones antológicas: basta un verbo, cargar, para que el imaginario colectivo componga el texto elíptico. Si alguien va cargado, no hay quien imagine un peso físico, tangible, sino otro espirituoso, etílico. En ninguna de estas taxonomías estrictamente semánticas hay un desafecto por el contenido referenciado. Apenas se le reprende, no hay una admonición hacia el hecho de beber, ni siquiera un asomo de desafecto: es el humor el que campea, la constatación de que los borrachos, salvo cuando se violentan y pierden el tino, son patrimonio de la cultura de un pueblo y se les debe un repertorio adecuado de apelativos, las más de las veces cariñosos.

Los devaneos del espíritu con el alcohol son dionisíacos, su amistad antigua, provienen de bacanales, se aposentan en la mismísima historia de nuestra civilización, que fue siempre alegre en el dispendio de los licores, ya sea para aliviar el trasiego de los días o para apaciguar los dolores del alma, que es una noche oscura de la que sabemos poco. Muchas veces imprudente esa inclinación al beber, al loco perderse en la bruma del alcohol.  El que se achispa o se embriaga o se taja (he usado las tres primeras que me han venido a la cabeza) tiende a cumplir ciertas fases que los doctos en la materia (no exentos de razón) dan como ineludibles. Primero hay una exaltación del compadreo, luego una euforia, una alegría pura, inusitada, que suele aderezarse con cánticos del terruño o con chistes groseros o con sentencias de un rigor filosófico absoluto. Ahí se puede advertir ya la primera evidencia de que la lengua se ha envalentonado y tira hacia donde le place. Hacia Dios, hacia la muerte, hacia el amor. Será la santa Iglesia, Dios Padre, los políticos o la madre que nos trajo al mundo. Todo es útil, cualquier argumento cuenta. En la cuchipanda, en su exaltación de los sentidos, en la sobreexcitación, el ebrio perora, diserta sobre lo que sabe y sobre lo que no, lo cual no es exclusivo de ese estado de embriaguez, sino que sucede invariablemente en circunstancias variadas, sobrias muchas de ellas. La libación alcohólica es un hecho incontestable de la cultura. Es generosa su historiografía, casi su santificación. Primero fue el vino, que es la madre de todos los licores.

La misma comida es con frecuencia maridada con caldos de la tierra. Se eligen los afrutados, los aguardientosos, los amoscatelados, los de denominación de origen, los efervescentes, los consistentes, los enturbiados, los equilibrados, los pastosos, los contundentes en boca, los sedosos, los suaves, los que traen aromas a madera de Ceilán, los jóvenes y ligeros, los pálidos y de poco apresto, los impetuosos, los persistentes, los de garbo e ímpetu más allá de su trago, los herbáceos, los que tienen buqué, los balsámicos, los aromáticos, los aterciopelados, los armoniosos, los apagados, los aguados, los vigorosos, los rosados, los florales, los nectarinos, los pecaminosos, los de ambrosía, los de la santa misa tan santificada, los de las exequias cuando el muerto yace en la honda tierra, los poco o muy oxidados, los peleones, los que traen versos de la Roma Antigua, los de la farra cuando no se sostiene el pulso, los rancios, los dulces, los que huelen a lluvia recién caída, los que rajan la garganta y hacen que tremole el corazón, los redondos, los de geometría difusa, los de la música del corazón, los de apaciguar el alma, los de las celebraciones, los de las penas, los rumbosos en sabor, los que no tienen nada más que vértigo y fuego, los de la sed, los de la soledad, los del desamor, los de solera antigua, los sulfurosos, los sutiles, los excéntricos, los tabernarios, los turbios, los limpios, los tumultuosos, los avinagrados, los espumosos, los de somnolencia suave o bizarra, los fogosos, los ligados, los sedosos, los tánicos, los terrosos, los ásperos, los amargos, me habré repetido, y juro que he tenido cuidado.

14.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 13 / Gloria Paniagua

 

Una de las ventajas de tener un amiga imaginaria es la posibilidad de no estar sola nunca. Hay quien no soporta la soledad. De hecho, es la soledad la que hace que el mundo no gire en armonía. Sostengo que todas las guerras del mundo provienen de la soledad de quienes las emprende. Si uno acepta estar solo, no anda maquinando maldades ni busca con quien enfrentarse. Un amigo fabricado dentro de la propia cabeza es más fiable que uno tangible, afuera, de los que no siempre se tienen a mano cuando se le precisa, de los que no están ni se les espera. El amigo imaginario abastece a quien lo inventa de un inagotable banco de recursos lúdicos. Hasta de limpios abrazos si uno afina la piel lo bastante. 

 

Yo misma tengo una amiga imaginaria y jugamos a una enorme variedad de juegos. El que más nos gusta es el de asomarnos al borde de la alberca de mi tía (o debo decir de nuestra tía, porque hay veces en que más que una amiga la siento como una verdadera hermana) y ver reflejada en el agua, turbia a veces, gris tirando a un verde pastoso otras, la imagen de nuestros trajes de domingo. Es un color o es otro según el ánimo que ella traiga o que traiga yo. Ven, Gloria, mira el agua de la alberca. Si mamá me hacía unas coletas, veía un par. Si movía las manos arriba y abajo, son cuatro las manos que hacían ondas en el agua. Hemos jugado a eso durante muchos veranos. Eran juegos fabulosos que se extendían tardes enteras y nos conducían, extenuadas, al sueño. Túmbate aquí, tumbémonos aquí. Lo que soñábamos era una continuación de la vigilia. Al despertar, nos contábamos el contenido de esa fantasía involuntaria. Yo imaginaba caballos persiguiendo un tren y mi doble imaginaba un tren encimando unos caballos. Después ni trenes ni caballos. La luz tan solo. El frío hierro de la luz. 


Hasta entrada la adolescencia , no revelé a nadie que tenía una compañía imaginaria. Fue un novio que me eché en una fiesta de fin de curso al que confié esa intimidad. En cuanto, en los bailes lentos, me asía del talle o envalentonaba su mano cerca de mi pecho o del culo le susurraba al oído que a mi amiga imaginaria le incomodaban esas libertades, pero que a mí no. Que a mí podía tocarme libremente, que mi cuerpo era suyo, que mi alma le pertenecía, en fin, todas esas cosas de telenovela de sobremesa que yo escuchaba en la mesa camilla, mientras mamá zurcía calcetines con esos pesados huevos de madera, y yo (o quizá en adelante deba decir nosotras) me dedicaba a leer tomos de una colección de Los Cinco, que alguien me regaló (o nos regaló) en un cumpleaños. El novio no se arredraba ante esa revelación inaudita y un poco violenta. Creo que la consideraba parte de los preliminares verbales que los amantes se azuzan antes de entrar en faena y que las manos y lo que va tras las manos ofician su sucia liturgia. Comprenderán que una de nosotras se resistiera. Hubo mucha catequesis, mucho sermón de madre, mucho miedo siempre. Dejo aquí registrado que no metió más mano de la que yo misma permití. No necesité acudir a mi hermana invisible para sacarle la mano de la blusa o sugerirle que no me lamiera la oreja, maniobra galante que a mí me daba un asco tremendo. 


Como cosa de papá, por continuar su profesión, por heredar el establecimiento del que dependíamos, estudié Farmacia en la capital. Dejé el pueblo con el entusiasmo de quien reconoce en la gran ciudad un parque temático de sus vicios. Los míos, muchos y muy sofisticados, los dejaba a la consideración de mi doble, pero casi nunca me reprendía por lo insólito o lo procaz de alguno, Bien al contrario, me animaba, me infundía el ánimo que yo no poseía, me daba el aliento de la fundación primera del pecado, el que hace que todos los demás pecados caigan en tropel, acudan en tromba, en festiva comandita, se alisten en la cabeza a la espera de que yo los invite a la ceremonia de mi diversión y me ericen todo el vello sensible del cuerpo. De verdad que aprendí bien pronto a respetar mis vicios, a no incomodarlos, a tenerlos felices ahí adentro. Al novio aquel, primerizo y rural, al   de la lengua de vaca en mi elusiva oreja, le siguió uno un poco flacucho y triste, que se dejaba querer casi sin que una pudiera censurarse. Lo invité a casa de una amiga porque nosotras vivíamos en una habitación doble de una residencia de estudiantes, muy cara por cierto, muy divertida también, a la misma espalda de la Facultad. Mi amiga, a la que todavía trato y con la que tengo la mayor de las intimidades, me dejaba la llave en una maceta del rellano, envuelta en un papel de aluminio y enterrada con mucho esmero en la tierra marrón de una planta feísima, más muerta que viva. No sé el motivo del embalaje. Quizá por algo que no me contó. Usé una decena de veces esa llave. Todavía, al usar llaves que abren puertas, imagino que dentro me espera el placer, no puedo evitarlo. No es que cuente mis encuentros galantes, pero en aquella época me entretenía esa estadística que hoy, ya nada joven, no valoro ni consiento. No hubo amante ocasional (todos lo eran) con quien no me sincerara, ninguno que rechazara de plano esa promiscuidad verbal mía , aunque sospecharan, en el fondo, que yo no anduviera muy bien de la sesera, que mi desazón era cosa antigua, no vigilada ni medicada. 


No hay día en que no aprecie vanidosamente la soltura en la que me manejo en el trabajo. Aprobé unas oposiciones de banca y dirijo (o debo decir dirigía o incluso dirigíamos, ya me van entendiendo) una sucursal de una gran Caja en una de esas ciudades dormitorio en la que nadie conoce a nadie. He llegado a pensar que no es extraña esa circunstancia. Porque no había una directora. En la mayor parte de las veces, éramos dos. En realidad somos dos las que pensamos, dos las que discutimos y dos las que llegamos a la más razonable de las conclusiones. Dos siempre. Nuestro expediente académico fue excelente. Luego ese título de Farmacia sirvió de bien poco. Nos acordamos de que existe, escondido en el trastero, cuando enfermamos y abrimos todos eses pliegues de los prospectos. Papá quedó satisfecho de que su hija (él nunca aceptó que fuésemos dos por mucho que yo me esmerara en cómo confiarle el secreto) cursara la misma carrera que los ancestros que adornaban la escalera de casa. No iba a estar ahí mi retrato. No, al menos, como profesional del ramo. Ni como feliz mujer casada con un hombre que me colme en atenciones y me haga la más feliz de las esposas. Tener una amiga invisible abre unas puertas y cierra otras. La del amor no fue nunca relevante. La otra Gloria, que en realidad es Carmen, se vale conmigo y yo, perdida en sus cariños, prendada de la cercanía que me concede, me valgo con ella.


Cuando mi hermano Óscar entró en el seminario, pensé en Dios como nunca lo había hecho. Dios, ese falso amigo, le dije, no te va a hacer más feliz. Yo tengo el remedio, Óscar. Yo sé cómo hacer que tu vida espiritual sea completa sin tener que estudiar todos esos libros, sin tener que aceptar todos esas mentiras antiguas. Deja que la religión sea una cosa de domingos a las doce, no le des más oportunidades. Terminará arruinando tu vida, créeme. No me hizo caso, no suele hacerlo. En la vida normal, incluso en la vida fabulada en una cabeza como la mía, Dios sobra. Entiendo que otros lo reclamen, lo hagan parte de sus días y de sus noches y lo inviten a la mesa y hasta lo metan en su cama y le hablen confiada y amorosamente antes de que les venza el sueño, pero yo he encontrado el dios subalterno, el pequeño dios rudimentario con el que converso y al que someto mi vida entera. A mi doble le incomoda que yo tenga una tercera persona en mi cabeza, pero acepta que yo cuente con él, lo haga cómplice de mis desvelos y le confíe mis inquietudes cósmicas. A mi modo, a mi secreto modo, le rezo algunas noches. Hablo sola, escucho en el silencio de mi dormitorio de mujer soltera con amiga invisible mi voz suave, noto el peso de las palabras acomodándose en el aire, valoro ese peso limpio y sincero y sin saber cómo, de verdad que no sé cómo, tengo la certeza de que todo lo que voy barruntando, todas esas historias empezadas y acabadas o dichas y sin cerrar son registradas en algún lugar al que no sé nombrar. Óscar dice que no es ningún dios personal, ningún Jesús privado, al que hablo. Con quien hablas es con el mismo Dios al que yo le hablo, Gloria. Son el mismo Dios misericordioso y bueno. Tu Dios y el mío son la misma maravillosa cosa. Pero yo desoigo esa reflexión de mi hermano. Asi funcionamos Carmen, Dios y yo. 


Hay personas extremadamente favorecidas por el azar. Una de ellas es mi hermano Óscar. Le hizo buena persona, le dio el don de la bondad, le concedió la sonrisa hermosa de los hermanos limpios. Si yo no tuviese a mi hermana invisible, haría que Óscar entrase en mi cabeza. No le pediría permiso. Lo traería hacia mí y lo apresaría dentro. Siendo hombre, sería una relación conflictiva. Tantos años con una mujer que no soy yo alojada en mis meninges, en las circunvoluciones cerebrales, en las moléculas grises, en las arrugas del misterioso cerebro, me ha hecho que no me deje engatusar por las carantoñas de los hombres. Dejo que me toquen, a veces incluso exijo que me toquen. No pierdo ocasión de buscar amantes y abandonarme a ellos. Creo no han sido pocos y poseo conocimiento en este asunto. Otra cosa, otra bien distinta, otra poco asumible por mí, es que tenga que conocer a sus padres, plancharles la ropa o usar el huevo duro de mi madre para zurcirles los rotos del calcetín. No debería una contar nunca estas intimidades, y sin embargo las cuenta, las deja aquí, constatando la única verdad a la que puedo agarrarme ahora que todo parece venirse abajo, cuando el mundo que he estado (hemos, más certeramente) construyendo desde que vi a mi hermana en el agua de la alberca, duplicando mis coletas, repitiendo el mismo vestido azul, la misma cara con pecas y la misma mirada como perdida. 


A Gisel, una amiga mía de Puerto Rico, muy de misa y de librito de salmos en el bolso, le parece brillante que yo haya inventado un dios portátil. A pesar de que rece a diario y respete los dogmas de la Santa Madre Iglesia, comprende que algunos estemos a gresca con los mandos de la fe y prefiramos un templo propio, uno a medida le digo, de fácil mudanza, Gisel. A ella, que en Puerto Rico tienen unas ideas muy avanzadas en asuntos de fe, no le inquieta que cada uno tenga su propia fe, como cantaba un cantautor barbudo, no recuerdo el nombre, en el casete de papá en los veranos de la casa de campo. Ni que tengamos nuestros propios amigos, los que no se suelen tener, Gisel, le aclaro antes de explayarme a gusto en la historia de todas las personas que he ido alojando en mi cabeza desde que viera a mi doble en la alberca.


El informe médico dice que tengo un cáncer que avanza. Le dije al doctor si llegaría la cabeza y me dijo que no. Está en los pulmones, Gloria. Creo que ahí hará su gran obra, le contesté. Tengo los días justos para ir poniendo en situación a los míos, añadí. No tendré que ir muy lejos. Anoche le hablé a mi Carmen, mi doble más antigua. Hay otras, siempre hubo otras. Mujeres que iban y venían. Voces dentro de la cabeza que me hablaban, orejas que escuchaban, libros en los que ir anotando el ir y el venir de los días, los que ahora el doctor dice que tengo contados, los que no me dejarán llegar a vieja. No iré definitivamente a Vietnam. Siempre quise ir a Vietnam. Tengo una amiga allí. Me escribe correos electrónicos en un inglés sencillo, pero hay mucho amor en sus palabras rudimentarias. He mantenido conversaciones larguísimas con personas de una formación académica formidable, gente con facilidad para la charla y experiencia suficiente como para levantar una cita muerta y hacer que brille y sea memorable, pero en ninguna de esas maravillosas tertulias he logrado la quietud y la paz interior que me dejan las cartas de mi amiga vietnamita. Se llama Thi, que significa poema. Mi poeta vietnamita es joven y tiene una cara confundible con cientos de caras vietnamitas, lo cual no es muy halagador para quien me conforta de ese modo, pero ella se ríe cuando se lo explico. Todas sois iguales, querida mía. Se ríe con palabras, que es una forma adorable de manifestar la risa. Yo escucho cómo se ríe si leo en voz alta, en inglés, lo que Thi me escribe. Son declaraciones de amor muy inocentes, pero no es un amor carnal, no es uno de esos amores que de vez en cuando sentimos y nos hace perder la cabeza. El suyo, el de la buena de Thi, es el que busca una hija en una madre. 


He tenido la voluntad de traer hijos a este mundo casi en cada ocasión en que un hombre ha entrado dentro de mi cuerpo, pero he desechado ese deseo en cuanto he estimado si a mi doble le satisfaría que yo me desdoblase y tuviese que atender a alguien de carne y de hueso, alguien menudo y frágil que solo me tuviese a mí para conducirlo de la mano  y hacerlo grande y fuerte. Porque yo no querría un hombre en el acto de hacerlo crecer y de educarlo. Lo haría yo, Thi, yo le contaría las ventajas de tener a alguien dentro de su cabeza. Al principio una persona, un amigo imaginario, un dios subalterno, pero después otro, que conviva con el primero. Le instruiría en el arte de hacer que congenien. No es fácil. No lo fue conmigo, Thi. Ni siquiera mi hermano Óscar malogró mi intención de internarme en un centro de atención psiquiátrica. Estuve un año, o quizá fueron dos. 


Los fármacos no me hicieron bien alguno. Sé de lo que hablo porque estudié Farmacia, aunque luego de poco me ha servido, ya sabes. En esa residencia para sonados cara, muy cara, como todo lo que mi familia me busca para que sane y deje de parecer la loca que suelo, me eché un novio que trabajaba en la cocina. Olía a sopa de sobre, a mugre desordenada, a musgo y a flores rotas, pero a mí me encantaban sus manos. Recuerdo que me tocaba el pelo. Cafuné. Ese es el nombre que recibe esa maniobra sencilla. La de tocar con amor el pelo de quien se ama. Suavemente. Yo miraba por la ventana como miran por la ventana los locos que salen en las películas de locos. Uno coge un punto fijo y deja que el reloj avance. En realidad no existe un concepto de reloj ni de punto fijo. No hay una literatura, Thi, no sé si me estás entendiendo. There are no words for that.


 Lo curioso es que sale una de todo. Más que la química, tan adorable a veces, lo que logra que todo deje de doler tanto es la vida interior que tengas dentro de tu cabeza. La razón por la que me internaron fue a la postre la que hizo que me diesen el alta. Mi doble me aconsejó bien: tú sabes cómo convencerlos, tú sabes qué decirles, tú solo di lo que las dos sabemos que desean escuchar. No somos dos, ni tres, somos más, lo sabes, le digo (les digo) yo a escondidas, cuando las enfermeras no están mirando y andan en sus cosas. Thi, el cáncer es una bendición, te lo juro. No sé cómo hacer que me entiendas todo esto que te digo. A lo mejor encuentras a alguien que te transcriba mi carta al vietnamita. Tiene que ser hermoso tu idioma. Me hubiese encantado ir a verte, dejar que me enseñases los templos y las calles perdidas, la selva y el mar. Luego haría yo de maestra de mis invitadas, de mis amigas invisibles. Al dios que me tutela, uno de ellos, más bien, no le hará falta ese aprendizaje. Sabrá todos los idiomas. Pensé en eso, en la idea de un dios más grande que la máquina de Google, una especie de dios indexado en mi cabeza, un algoritmo panteísta, un dios a disposición enteramente mía. El otro, el bueno, el Dios de los versículos y de la misa de doce, perdona que me ponga un poco bruta a esta altura de la confesión, debe ser el no va más en poliglotismo. Si un feligrés es de una alejada isla del Pacífico, lo entenderá cuando le habla, sabrá qué le duele, qué precisa para ser feliz, cómo consolarlo. Es un estupendo oficio el de Dios, Thi. A los que nos morimos, nos encanta pensar en todas estas cosas, en dioses que hablan idiomas, en las albercas de los veranos de la infancia, en playas a las que el monzón descompone cuando cae la tarde y todo es de un precioso dramatismo de postal. 


Ahora mismo no sé si escribo yo o escribe una de mis amigas imaginarias. Todas saben de mí lo suficiente como para suplantarme. Es posible que ni siquiera sea yo un ser entero y todo lo que he hecho durante una buena parte de mi vida haya sido el resultado de unir piezas distintas hasta que se ensambla la Gloria que soy, la del cáncer en los pulmones. Si no he fumado nunca, doctor, le dije, entre nerviosas risas. Un porro a los veinte. Eso no es un aspecto a considerar. El bicho del cáncer, el cabrón, no sigue un protocolo. Va por libre, Julia. No sabemos todavía los médicos qué entretenimientos tiene, si le gusta hacer esto o lo otro, si un camino le entusiasma más que otro. El día en que intime la ciencia con el bicho no tendremos que estar aquí los dos, tú y yo, el doctor y el paciente del futuro impensable, intentando encontrar las palabras de alivio, que no las tengo, qué más quisiera yo que tenerlas, Gloria, tener a mano el consuelo. Y mi tierno galeno arrancó a llorar. No uno de esos llantos impresionantes, de pecho roto, sino uno de una timidez hermosa. Nos amamos allí, en su consulta. Me penetró con una violencia que no conocía mientras no paraba de contarme el malestar que sentía cuando las palabras que usaban no eran las de la ciencia sino las que usan los psicólogos. No te preocupes, doctor, no te preocupes, doctor, ahora solo aplícate en esto, no pares, sigue, sigue. El amor carnal siempre me alivió mucho, doctor, le confieso después, mientras nos vestimos casi sin mirarnos, un poco embrumados por el placer todavía, cayendo en la cuenta de que no debimos y si, habiendo caído en la tentación, no tendríamos los dos que vernos en un café, en una plaza, en una habitación de hotel, hasta que el cáncer me destroce entera y me muera en una cama de su hospital. Te cuento esto, Thi, en este correo electrónico para que me metas dentro de tu cabeza. Lo puedes hacer ya. Da igual que esté viva, que me queden meses, un año, no sé, poco más. Lo importante es que tú permitas que yo me instale en tu cabeza vietnamita. Ahí estaré hasta que el cáncer te visite a ti. Porque lo hará. Un cáncer u otro, Thi. El cáncer viaja más rápido que la velocidad de la luz, que siempre fue una de esas cosas que sabemos que viajan rápido. Yo soy muy buena en idiomas, así que aprenderé vietnamita en poco tiempo. Mientras observaré qué haces, escucharé de noche, cuando nos acostemos, todo lo que me cuentes. Pesaré cada palabra, mediré sus sílabas, conjugaré sus silencios. Sé escuchar muy bien, Thi. Si te preocupa pensar si llevaré conmigo a todos mis amigas invisibles, olvídalo. Las dejaré morirse conmigo. Igual me llevo a mi primera invención. Tendremos que hablar las dos. Creo que ya están un poco cansadas de mí. No soportarían empezar otra vida, aunque sea conmigo, en Vietnam. 


Me tienes que escribir en cuanto puedas, Thi. Mi hermano Óscar me ha regalado uno de esos teléfonos inteligentes y no hay correo que no abra al momento. Anoche precisamente abrí uno del doctor. Se interesaba en mi ánimo. Como si el ánimo le reventase la boca al cáncer, pensé. Me pedía una cita. Un café discreto, Gloria. Fue tan hermoso, disfrutamos tanto. El doctor es un ser despreciable. Como casi todos los hombres. Solo buscan el placer de la carne. No conozco a ninguno, salvo a mi hermano Óscar, que es sacerdote y está consagrado a su Dios, que desprecie un buen rato de cama. Yo misma no lo desprecio, Thi. Tendrás que ponerme al día de tu vida amorosa. Sé que estás casada, pero en principio eso no debe afectar a nuestras relaciones. Yo me quedo dentro de tu cabeza, y tú puedes hacer con el resto de tu cuerpo lo que te venga en gana. Me pregunto si los vietnamitas sois promiscuos. En mi país no hay un tópico sobre eso. O lo hay, pero no sabría ahora contarte.



Lo peor es la soledad, te lo juro. Hace que el mundo no gire en armonía. Urde las guerras. Mueve la mano al mango del cuchillo y lo convierte en una herramienta del mal. Por eso me inventé a mi amiga invisible el día de la alberca en casa de mi tía. Nunca me he desprendido de ella. En este instante en que escribo, está aquí a mi lado. Es a la única a la que le he dicho lo que me pasa. Lee cuando escribo. Tal vez sea ella la que piensa las frases, no yo. Ella me entiende tan bien. Solo me reprende cuando me encapricho de alguien y lo traigo a casa y me consagro a él hasta que le hago el gesto habitual y lo pongo en la calle. Ese gesto la irrita sobremanera. Dice que soy una maleducada. Una guarra maleducada, para ser exactos. Pero nunca he estado sola. Me voy a morir con la conciencia de haber vivido como quise, Thi. Y tal vez no muera del todo, ¿no crees? Te voy a dejar, Thi. Creo que voy a quererte mucho y que voy a disfrutar Vietnam. Los dioses vietnamitas me asistirán en mi reencarnación interior, si es que hay una reencarnación, claro. Y si nada de esto pasa y muero del todo, sin que nada de mi trascienda ni aquí ni en Hanoi, me encomiendo a mis dioses subalternos, al dios de las voces de las noches, al dios de las palabras de afecto poco antes de conciliar al sueño, a todos esos dioses domésticos que, a decir de mi adorado Óscar, solo me han acercado más al único Dios verdadero. Imagino que también leerá. Que también sabrá de mi amiga invisible. Tal vez fue él quien la depositó ahí, cuando yo era pequeña. Ahí te dejo a alguien, cuídala, ella te cuidará, no la lastimes, dale consuelo cuando flaquee, bésala cuando te pongas cariñosa, ya iré viniendo, no os dejaré solas, diría el buen Dios allá en su limbo perfecto. Allá voy, Dios verdadero, pero que sepas que prefiero Vietnam. 

13.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 12 / Salustiano Benjumea



 El cautivo Salustiano Benjumea indaga con un dedo la luz mortecina que la tarde abandona por el ventanuco de su celda. Un foco pautado de finísimo polvo nervioso alumbra brevemente el traje uniformado, la manga de mugre, la mano alzada, el dedo en escorzo, indagando. El ventanuco es un milagro por el que la vida rinde su belleza. El dedo se ha hecho a acariciar la luz. La traspasa, da con su milagro secreto, con su centro imposible. El cautivo se ha hecho a mover con avara codicia el dedo. La luz se ha hecho a dejarse cortejar y a arquearse de gusto la acarician con esmero. El caudal de oro del aire es asombro en sus ojos precursores. El dedo, al batir el polvo, se deja invadir por su eco. El eco de la luz en el aire de la celda es polifónico y orgánico. Se pueden apreciar criaturas infinitesimales danzando en su vasto dominio invisible. El cautivo Salustiano Benjumea nota el cosquilleo piel adentro. Le habla de los altos miradores de la estancia eterna, del perfume de la palabra si se abre y expande su prodigio sin brida, su fulgor excelso. En los días de más gris apresto, cuando el ventanuco no invita a que se enseñoree luz alguna, el dedo se resiente, le duele, parece que pugna por escapar de su prisión de carne y mutar en ala y comparecer en vuelo en la cima del cielo, en la boca del tiempo.

12.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 11 / Ildefonso Gracián

 

 Ildefonso Gracián se había perdido de pequeño, pero dieron con él en un parque espantando palomas. Siendo mocetón, levantisco y un poco zangolotino, se perdió en unas malas amistades, pero le pilló una pareja de la Guardia Civil en un tris de desnucar un gato con un casco de cerveza mientras, ebrios, los compadres de parranda le jaleaban. Luego le sacas los ojos con las llaves de la moto, tío, le recomendó el que parecía líder espiritual de la pandilla. Hombre adulto ya, responsable y obrero, cabeza de familia, feligrés los domingos en una parroquia del barrio y afiliado a un sindicato, se perdió en una hipoteca, pero su suegra lo agarró justo antes de despeñarse por una mensualidad. Hace pocos días se extravió en uno de esos clubs de alterne donde la microbiología se aliña con ginebra de garrafón y la ropa huele más tarde a semen seco y a nicotina. Dio con él un cuñado crápula, al tanto de sus devaneos putañeros y al corriente de los propios, cuando visitó un local de la comarcal de la sierra de Albarracín al saber que allí andaba una fulana del Senegal que le enseñó todos los secretos de la carne cuando todavía no tenía ni barba.

Toda la vida así: perdido, encontrado. Espantando palomas, desnucando gatos, despeñándose en recibos de banco, enamoriscándose en locales de perdición.  Ahora anda por Sao Paulo o por Estocolmo, no se tiene idea certera. Lejos estará, a salvo. Se ha prometido no volver a perderse para que nadie tenga que encontrarlo. Se cuidará de dar con amistades prudentes, no visitará los parques cuando acuda un brote de ira, no lesionará a los gatos. No será Ildefonso de misa de doce, ni de movimientos obreros. Vivirá de alquiler. No necesitará rodearse de lujos, ni de propiedades. Buscará novia fiable, una que no sepa y de la que él tampoco quiera saber mucho, no hará falta que pasen por el registro civil y rubriquen su amor. Lo de traer más hijos al mundo no entrará en sus planes, que no son muchos. Y si al final se casa, procurará que el cuñado no sea crápula, viciosillo como él,  y pueda encontrarlo en un puticlú de comarcal fatigando rameras. Con tal de perderse uno, vale todo. En el fondo, el que se pierde anhela que se le encuentre. Cuánto más tiempo pase, con mayor ahínco se contentará, con más vehemente deseo imaginará el momento en que den con él y lo traigan de vuelta a casa. Se cree que nunca se ha marchado uno de ella. En lo más profundo del alma, jamás la abandonamos. 

11.3.26

Diccionario de asuntos perdidos / 2 / Acrimonia


La acrimonia es la aspereza de las cosas, especialmente al gusto o al olfato. También el desabrimiento en el carácter o en el trato. 

Creo recordar que la primera vez que la leí fue en un texto de Borges en el que hacía mención del tabaco y su agradable dureza al "enardecer gustosamente la garganta". En el tesoro pintoresca de nuestra boscosa lengua hay palabras que poseen la expresiva rotundidad de lo inefable. Dan, desde su misma fonética, una brusquedad que incita a que se deslengüe la mesura y uno se manifieste crudamente, precipitado a arrepentirse más tarde, pero feliz por envalentonarse, por convidarse de ese gusto a metal fiero que da lo acre. El acrimonista no siempre se desdice. Los hay que se jactan con copiosa verborrea, también malairada, de facundia tosca, de pura mala baba semántica. Es término emparentado en ocasiones con lo mordaz o lo malicioso. No siempre lo azuza el ingenio, aunque se aplaude que haya quien se maneje en esa caústica, incisiva mordiente, rayana con el sarcasmo, con (dejenme que me explaye) con lo vitriólico, que no deja de ser ácido sulfúrico. Es acrimonia vocablo que puede cauterizar a otros. Hay palabras que se despeñan y lastiman. Otras, pagadas de sí, jamás sucumben, se izan, adquieren el rigor de la piedra o del plomo. Quien se acostumbra a la acrimonia carece por completo de ternura, es refractario a lo blando o a lo permeable. No sé si he visto yo mucha acrimonia en gente cercana, con la que convive, es probable que alguien haya habido al que la memoria, con la diligencia habitual, ha retirado de su acervo léxico. Tampoco podría asegurar que, en alguna ocasión, quién sabe obligado por qué circunstancias, me he dejado yo mismo llevar por la ira o por el mal humor y mi boca (nunca yo) ha proferido frases hirientes, del tipo que nada más ser pronunciadas queman el aire y se percibe ese olor a podrido o a muerto. Hoy, sin embargo, me he percatado de que abundan los que así se manejan. Los vemos en televisión a diario, ocupan textos sesudos en la prensa. Entre la dura costra de su vocabulario, embutido en ella también, advertimos (todos gente de buen corazón los que hacemos tal cosa, advertir) que ni siquiera saben las consecuencias de sus bravatas, la insensatez de su discurso, los graves males que esas alocuciones traen al mundo. Digo al mundo, digo a esto que hemos ido construyendo para que la convivencia proceda de la inteligencia y del respeto y también de la belleza. Están enfermos de delirio, lo cual no puede medicarse bajo la forma de ningún fármaco conocido, sino con la defenestración de la poltrona en la que aposenten su grosero culo por la majestuosa y bendita instancia de las urnas. Pero hay pueblos que no ven el mal, hasta lo jalean. Ven en él un salvoconducto al bien al que absurdamente aspiran. Un bien izado sobre montañas de muertos. Un bien que nace con la boca tapada por la ceniza de todos los libros en que hubiese leyes. No hay ley cuando la acrimonia vence. Serán todos ellos, los que la detentan y practican, gente de mirar avieso, cuando no fúnebre. Sostengo que están muertos, aunque hagan sus bailecitos, den ruedas de prensa y hablen con ignorancia. Es que no hay inteligencia cuando acudimos al Armagedón. No se ve a Dios en el final de los días por la misma razón por la que es probable que tampoco se le viera en los primeros. Me enviaron hace poco uno de esos chistes hechos con personajes reales a los que se le escriben frases que no dijeron, como una IA muy de andar por casa, de nivel bajo, casi analógica. Se veía una escena de "Sopa de ganso", la película de los hermanos Marx. Gloria Teasdale, la siempre eficiente Margaret Dummond, le dice a Rufus T. Firefly, el siempre desternillante Groucho Marx, que cree que tal tipo (podrán deducir quién) ha sido enviado por Dios, a lo que su interlocutor contesta: "¿Por qué? ¿Se le acabaron las otras plagas?". Son tiempos ásperos, corto me he quedado. Parece que no hemos aprendido nada. Estamos como si acabáramos de empezar a repartirnos el fuego y los animales, la tierra y la lluvia. Como si todo lo avanzado, tantas cosas hubo, haya sido en balde. Hemos regresado al comienzo. Pronto descubriremos el lenguaje. Hay palabras que nos hacen sentir el pesismismo como el que siente un dolor en el pecho o le sobreviene una tos que no nos deja hasta que nos rompe la garganta y la voz. 

Breviario de vidas excéntricas / 10 / Lucio Saavedra


 Al principio, después de cada bronca con Irene, Lucio Saavedra se refugiaba en Verdi o en Puccini. Se perdía desconsoladamente en las arias sublimes. Se colocaba justo encima de una cresta orquestal y desde allí dominaba el mundo. Como Cody Jarrett en el depósito de gas en "Al rojo vivo", pero sin una madre castradora ni sintiéndose en la cima de nada. La ópera, su brío, su vértigo hermosísimo, le restituía el ánimo fugado. Luego, por no acudir siempre a los mismos paliativos del dolor, se atrincheraba en los sándwiches de jamón de York con queso fundido, en la suculencia de una generosa tarta de manzana. Se despachaba a gusto en la cocina mientras Irene, malairada, prostestando por esto y por aquello, pasillo abajo, iba cerrando estruendosamente las habitaciones, acotando con portazos barítonos la nómina de frases, el rico y siempre inagotable prontuario de insultos. Al tiempo que Lucio colocaba con mimo y dulce arrobo la última loncha de jamón, Irene cerraba un parlamento superlativo que la dejaba exhausta al modo en que queda un caballo cuando ha recorrido tres películas de John Wayne en Monument Valley. Como si los ladridos de los perros de Pavlov hiciesen casa en su cabeza, entendía que cuanto más prolongado y combativo era el enfado, cuanto más énfasis daba a las oraciones subordinadas, mayor era el grosor del sándwich, más contundente la pieza de la tarta. El tiempo durante el que se prolongaron estas amenazas de batalla termonuclear, Lucio entró en kilos.“ No más sándwiches, no más tarta”, se dijo. Da igual que un calcetín mal doblado principie un descenso a los infiernos o que un resto de salsa carbonara malee el esplendor pequeñoburgués de una camisa de tweed de marca. Cualquier desaliño en la recta observancia de ciertos preceptos castrenses movía a Irene a fustigar a Lucio durante un buen par de horas. Era asombroso el modo en que ella se explayaba en zaherimientos. Después las aguas rotas volvían a su cauce (es un decir) y el silencio, como una música que ni se percibiese,, ocupaba las habitaciones nuevamente abiertas durante las jornadas que escoltaban la llegada de un nuevo desastre doméstico. Hasta que un día no encontró Lucio refugio en Puccini o en el queso en lonchas o en las manzanas endulzadas y decidió preparar unas brevísimas maletas y poner distancia de por medio.  Vuelvo a casa, con mi madre, de donde no debí salir nunca, sentenció al compás grave del único portazo que se atrevió a dar en su matrimonio.


La casa de la infancia le imponía una armonía tácita, solo alterada por la visita en su cabeza de la voz de Irene. Atronaba con insoportable eco, causándole severos dolores de cabeza, ingresos en la postración, en la tristeza más inconmovible. Eran siempre las mismas retahílas, la misma colección de frases: un arrebato de violines de Stockhausen, una paranoia de hip hop metalúrgico. Nada de palabras: sólo masas enormes de cuerdas arrebatándole el oxígeno al aire, cordilleras de guitarras del infierno de contrapunto, frenesí acelerado, el preámbulo a la locura. Los días tranquilos se sucedieron, a pesar de todo. Mamá cocinaba como los ángeles y, más que nada, mimaba al niño, lo hacía sentarse nuevamente en el trono de la casa. Papá, perdido en sus novelas del oeste, en sus telenovelas de sobremesa, no se inmiscuía lo más mínimo en los motivos del decaimiento del hijo, pero algo desactivó este mecanismo de armonía pura. Los días quebraron su acuerdo de paz y devinieron en zozobra cuando Luisa y Federico, los pobres padres, decidieron, tras severas deliberaciones sobre la conveniencia de ser estrictos y hacer ver al niño que así no podían funcionar las cosas, que debía ponerse en circulación, salir a la calle, pasear las avenidas, tomar café en las terrrazas, tener amigas, cortejarlas, buscarse esposa, dejarles solos otra vez. 

Y entonces, al principio, después de cada bronca con sus padres, Livio acudía a Verdi o a Puccini,  Las arias de toda la vida. Y arropado por el vigor de las masas orquestales, se envalentonaba y tosía tres quejas y un ultimátum. Con el tiempo, se cansó del lenguaje de los arpegios y regresó a la cocina. York con queso contra bel canto. Se despachaba a gusto mientras papá y mamá revisaban su vida. El noviazgo con Irene, sobre todo. Con lo buena que es, no vas a dar con otra igual, bastante te ha soportado. Eso le decían. Más tarde recordaban los años de riña. Los desplantes. Los gritos. Los hijos que nunca llegaron. Con la pieza última de queso despachada sobre la lámina de fino york, el punto final, un portazo barítono. Todas las valquirias de Wagner rompiéndose la garganta para dar miedo a los pobres hombres. Hasta que un buen día no vio Lucio amparo en estos caprichos culinarios y decidió preparar unas flacas maletas y dar el portazo definitivo. Ahí tenemos a Lucio fatigando, tripón y arrepentido, las tres calles del regreso. Llamar entonces a la puerta. Esperar que Irene estuviese de buen humor. Repetir las frases ensayadas durante la travesía del perdón y tal vez arrumbar en el sótano toda la discografía operística. Decir adiós a Puccini y a Verdi, mirar desde el suelo a las valquirias y pedirles que se vayan. Y a entrar a saco con el puerro y las espinacas. Viene bien perder unos kilos. 



10.3.26

Breviario de vidas excéntricas/ 9 / Azucena Novaferro

 


 Perdí el virgo con un capitán del Tercio de Flandes en un descuido cuando iba a la fuente de mi pueblo a llenar un cántaro de agua. Era apuesto como un sol y tenía la voz grave, hecha a cuadrar destacamentos y arengar el desánimo cuartelario. 


Perdí las Obras Completas de Benito Perez Galdós en una mudanza. Las había comprado mi padre, Baltasar Novaferro, viajero de curiosidades y de compras insólitas. No sabía leer. 


Perdí a mi madre en un todo a cien de Aranda de Duero en el que no encontramos un kit de limpieza de piscinas. Yo entré al servicio. Estaba en un sótano. Vi un gato negro al que le faltaba un ojo. El que me miraba dolía como la sed cuando ni sabemos qué es el agua. El dependiente me dijo que entré sola al local. Hice por creerle. No hay vez que, al ver un gato negro, no piense en las piscinas, en los sótanos, en las madres desaparecidas del mundo.


Perdí una maleta con todas las cartas de amor que me mandó un catedrático de latín de la Sorbona en un vuelo de la Pan Am a El Cairo en 1927. Tenía el don de la ubicuidad. No había calle en la que no lo viese. Ni cama en la que no lo echara en falta. 


Perdí  en un hotel de Estambul un cuento manuscrito que Chéjov me dio en prenda de amistad. Tendría diez hojas ocupadas por una sola cara. Su letra era menuda, como de niño que acaba de perderse en una palabra que desconoce. 


Perdí un collar que perteneció a Milady de Winter. Tres gotas de sangre de espadachín dibujaban un atareado paisaje de venganza. 


Perdí un ángel que custodiaba mis desquicios. Era más pendenciero que dulce, más colérico que manso, pero tenía una voz que parecía una lágrima que brotase del mismísimo ojo de la divinidad. Una noche en la que me achispé más de la cuenta, por obra de la imprudencia o de la desconsideración, le dije que ya no quería volver a verlo. Que no tardase en recoger sus alas. Las había dejado en el jardín, pero cuando fue a por ellas ya habían echado raíces y convertido en un pequeño árbol. Sus frutos me hablan cuando los acaricio. Me calman si la desazón o el desabrimiento confunden a mi templanza. Entonces me visita, me susurra palabras divinas, besa mi mejilla, noto que me ama. 


Perdí las vocales de mi nombre. Llegué a pensar que nunca las tuvieron. Quedaron la zeta, la ce, la ene. Z, C, N. Azucena. Un amante celoso dijo haberlas cogido. "Por si un día ya no me amas", confesó. Por eso le hablo todas las mañanas, aunque no lo vea. Busco que me las devuelva. Por ser yo nuevamente entera. Por permitir que se me nombre. 


Perdí un hijo en la batalla de las Termópilas. Le cortó la cabeza Jerjes, el rey de los persas. La exhibía envuelta en una seda color caramelo que acabó de un rojo insoportable a la vista. Todo para que sus soldados no olvidaran que los valerosos griegos sangran. Para que el metal de las espadas brillara la noche anterior a la liza. La hoja que le sesgó la vida la tengo guardada en un cajón. Lo cierran siete cerraduras. He abierto la tumba de Leónidas, que estaba guardada en un verso de un poeta menor inglés del siglo XVIII, y he arrojado ahí las siete llaves. 


Perdí el tomo 62 de la Enciclopedia Británica. En la página 235, cerca de la entrada de un célebre general otomano con el que discutí sobre la herencia grecolatina en Occidente, guardaba un poema que me escribió Solimán el Magnífico tras una noche de pasión en una barcaza en el Bósforo en el que no constaba adjetivo alguno. 


Perdí el manuscrito de mi única novela en una taberna de la vieja Praga. Se llamaba “Adagio del impostor”. He vuelto sin esperanza de dar con ella, pero el dueño me ha contado que todos los clientes conocen la historia, se la cuentan cuando la cerveza los ha embrumado, cuando se les suelta la lengua y profieren versos de los más altos poetas de la patria. 

9.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 8 / Cosme Simancas

 Lo más fácil es juntar diez o doce palabras y esperar unas horas a ver qué pasa. Hay palabras feroces que se bajan de renglón y acaban a pie de página en una soledad que conmueve muchísimo. Otras se arriman, blandas y cómplices, a donde buenamente pillan y parecen alemanas por su desmesura y exceso bizarro. Un día cogí tres verbos copulativos. Los metí en una caja de zapatos sin zapatos y los zarandeé un rato con entusiasmo y travesura. Al punto oí unos ruidos, algunos musicales, como de ropa que se sacude al viento o como el de pies que se acomodan bajo una buena colcha de paño en la cruda travesía del invierno; otros, entrecortados y como minimalistas, daban una  limpia sensación de cansancio. Hubo hasta un jadeo, o lo que yo imaginaba que era un jadeo, que alteró muchísimo a mi madre. Cuando abrí la caja encontré una frase larga, robusta, imprudente, subordinada a otra o quizá fuesen dos frases o trece y se me antojaran una. Me asombró ver once verbos, veinte pudieran ser. Uno, recién alumbrado, olía todavía a letra inocente, sin pulir, a letra con su melaza virgen preservándola del vértigo de las horas. Si la empresa tiene un alcance mayor y metemos once adjetivos superlativos en un cajón de la mesita de noche, suele pasar que el sueño se nos presenta espeso, levantisco, reventón de persecuciones por callejones oscuros como de mala película de serie B. Un amigo me contó que su empeño en esta vida es mezclar palabras de varios idiomas en una media de señora, pero no le prestan ninguna ni tiene adónde pillarlas y a él igual reparo le da comprarlas que pedírselas a su madre o a su hermana, ya talludita y sin novio con el que fatigar parques. Yo le he ofrecido las de mi abuela, pero sabiendo a qué me puedo exponer y qué explicaciones tendría que dar he preferido no insistirle y esperar a que mi ofrecimiento no prospere. Le conté lo altamente satisfactorio que es  acariciar lomos de palabras concupiscentes. En el trasiego de dedos por la altura accesible de las sílabas, las palabras concupiscentes gimen dulcísimamente. En uno de esos gemidos es posible gemir con ellas y alcanzar en simétrica coyunda un vuelo de calambres en el interior del escandalizado pecho. Por puro amor al peligro, probé dejar caer ocho palabras polisílabas sobre un espejo. Los espejos (la cita no es mía) son abominables porque vienen a duplicar la realidad. La palabra caliendro, que no existe en los diccionarios, cayó boca abajo y se la vio sangrar por una sílaba átona. La palabra sinapsis, que sí está pero no se me queda nunca para qué sirve, cayó boca arriba y, de súbito, fue cubierta por una preposición muy lúbrica que la sobó con delectación en la tercera consonante, de modo que la palabra infló su vientre y alumbró allí mismo unas vocales extra lindísimas que fueron escurriéndose por el doble corazón del espejo hasta desplomarse sobre el suelo, que estaba ocupado en ese momento por nueve o diez frases adversativas en búlgaro antiguo que nadie entendió. Lo más hermoso del mundo es partir una palabra en pedacitos y observar el  comportamiento de esa ruina semántica. Hay letras que jamás vuelven a dejarse querer por el tacto untoso de otra letra. Al quinto o sexto día del declive, la letra así arrumbada se embebe, se retuerce, manifiesta síntomas de que está muy enferma y pronto va a dejar de colaborar en la formación catedralicia de una palabra. Ver morir a una palabra es una experiencia tristísima comparable únicamente a la mutilación de un sintagma o la supresión de una tilde en una palabra aguda terminada en e. Yo ya me he resignado a soportar estas experiencias y no hago esfuerzo alguno por reprimir el dolor o contener el llanto. Un llanto cercenado por la razón propicia otro llanto oculto que no puede ser cerrado de ninguna forma. Anoche lloré por un verbo llano que murió de frío. Ahora mismo tengo el corazón partido por la fuga de unos adjetivos que tenía yo en mucha consideración y delicada estima. Ni los míos, tan pendientes de mis cosas, han sabido consolarme. Nada me conforta salvo tal vez una caja de zapatos nueva que zarandear cuando nada me divierta. Es mi madre la que me desquicia con sus comentarios, hacen que pierda la concentración: "Cosme, te estás poniendo enfermo con tanta caja de zapatos. Debes probar a salir un poco. Ya tienes edad. Luego abres la caja y te pones a colocar letras y a quitarlas. Tú sabes que yo no te molesto, pero anda, anímate, sal un poco, da un paseo. Ya es hora de que te eches novia. Hasta puedes dar con una que le gusten las palabras como a ti. Podéis jugar juntos. Yo os llevo la merienda. Hazme ser abuela, trae un Simancas al mundo".

Breviario de vidas excéntricas / 14 / Mihail Popov

   En lo más crudo del crudo invierno moscovita, Mihail Popov nació en una pompa de jabón. En el momento de su alumbramiento, la madre hacía...