Volver a casa despacio, demorarse en los escaparates de zapatos, pero no nos interesan los zapatos, sólo atisbamos el color, la horma, el brillo, pero no el zapato, casi nunca el zapato, que no está, que nunca ha estado a fuerza de ver únicamente el color, la horma, el brillo. Así, ese zapato invisible del escaparate, fijado en todos nuestros sentidos, nos escolta a casa, pero la casa no está, permanece la puerta, el armario para el abrigo en el hall, el zapatero, el cuadro con un claro del bosque en el que nos observan unos ciervos, un pasillo que se antoja siempre excesivo a cuyo fatigado término no es posible encontrar ninguna habitación, pero allí, en la habitación que no pudo ser, están los libros, los discos. Charlie Parker y Milan Kundera esta noche. Vendrán Parker y Kundera esta noche y todas las eminencias superlativas que incluyan la letra "k" en su apellido. Sentir entonces un lejano galope de caballos en la cabeza y la idea insoportable de que no va a haber nadie con quien hablar. Parker y Kundera tan solo. La única conversación de los últimos tres años o serán cinco, de quién poder fiarse para las fechas. Estrella se habría terminado por marchar como anunció en tantas ocasiones y esa sería la definitiva. Parece uno de esos relatos que leía embebecida. Él llevaría los folletos de la agencia bajo el brazo. Cancún. El crucero pos fiordos nórdicos. Praga. Las Highlands. Elige, vida mía. Estas son las vacaciones que nunca hicimos. El piso está muy solo. Los días son muy largos. La vida es muy triste, pero lo que se hace siempre más cuesta arriba es volver a casa y abrir la puerta para que no estés y no pueda contarte que vi unos perros con ojos color canela o una señora muy anciana que leía en voz alta versos de algún poeta desconocido en la puerta de una sala de maquinitas. Quizá fuesen suyos. Hay gente que escribe poemas y luego los lee. Para que conste. Para que haya un viaje de vuelta. Rimbaud hubiese estado bien. No te voy a contar nada que no sepas. A ti te gusta más la poesía francesa del diecinueve. Aprende francés, Bocanegra. Hay que leer a Proust en su idioma. Eso me dijiste la primera vez que salimos. Bocanegra, anda, un poco de poesía francesa. Recítamela, seré tuya. No la recité. No fuiste mía. No entonces. Más tarde te tuve. Fueron años espléndidos, Estrella. Los paseos al mercado los sábados por la mañana. Las visitas hasta altas horas de la noche. Las sábanas dulces de las noches. Bocanegra, hazme el amor. Tócame aquí con una metáfora, háblame con alejandrinos. No me gusta mi apellido, por cierto. Mi padre debió ser un González o un López. Me ha marcado toda la vida eso de Bocanegra. Por más que la he abierto, se me haya solicitado o no, nadie creyó que fuese como las demás bocas. Es negra, es cierto, dirían. Suena tabernario, patibulario, filibustero, pendenciero. Quién te nombra por el apellido antes de entregarse, se me está ocurriendo ahora. Los amantes se dicen palabras bonitas. Ellas urden su maquinaria feliz de abrazos y de promesas. Pero yo qué voy a saber. No tengo recursos. Nunca he leído mucho. Yo solo soy el que te cuenta las cosas. Los perros. Los versos. La música feliz del azar. Los zapatos en los escaparates. Las llaves en la mano. Sé que no te has ido del todo. Ahí están los libros. La estantería pequeñita sobre la cama, cómplice de tu insomnio cuando hacía calor y no conciliabas el sueño. De verdad que me da lo mismo que no hables. Sí, ya sé que fue eso lo que nos alejó tanto. Yo, tan hablador, y tú, tan en tus libros, pero no te debiste ir. Ahora los escaparates de las zapaterías de vuelta a casa son enormes. Me pierdo en la oferta de botines, en los carísimos modelos italianos. En las botas del invierno. Me embobo en los parques, en las avenidas infinitas del regreso. No hay luz que no registre mi atención. Ni discusión de enamorados. Todo para tener algo de lo que hablar. Todo para que luego me escuches. Cuando lo haces, cierras los libros, cerrabas los libros. No te has dado cuenta, pero es verdad. Cuando me miras con interés y entiendes que voy a contarte algo, te quitas las gafas, metes el dedo en el libro y me miras como a mí me gusta que me mires. Entonces yo soy el libro. Soy el puñetero libro, Estrellita mía. Soy Proust en francés, soy Whitman en inglés. No tengo ni idea de qué escriben esos dos señores, pero recuerdo cómo te gustaban. Creo que podría interesarme en los versos. Lástima que las historias duren lo que el paseo de vuelta a casa. Una pena que no haya sido yo más libresco. De haberlo sido tal vez no te hubieses marchado. Ahora que no estás, lo entiendo todo, lo veo todo más claro. Empezaré esta noche con Lovecraft. Mañana atacaré Azorín. Musil. Bécquer. Catulo vendrás más tarde. Como sé que te gusta mucho, no pasaré por alto Miguel Hernández ni Rimbaud. Ah, Rimbaud. Pynchon para las tardes tórridas del verano. En alguno he de encontrar las claves que me faltan. En alguna página de algún libro de este salón (o en la balda sobre la huérfana cama) están las palabras que debo pronunciar para hacer que vuelvas. O a lo mejor después de haber ocupado una vida en leerlo todo concluyo con que no me haces falta. Que no te quiero ni tampoco vivo por escuchar cómo trasteas con las llaves y abres la puerta. Ojalá leas esto. Me ha salido del tirón. Sin pensar mucho. Una cosa me ha llevado a la otra. Los zapatos. Kundera. la señora muy anciana junto a la sala de maquinitas. El silencio terrible, Estrella.
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