6.7.26

Haaland



Me apenó ver perder a Brasil. Mi memoria sentimental es más carioca que nórdica. Mi deseo fue que ganaran los pentacampeones, que ya no son lo que fueron, hace que no hay ni rastro de Zico, Romario, Ronaldinho, Pelé, Garrincha (cómo regateaba) o Pelé, el dios, el rey del fútbol, el tricampeón mundial. Fue un bicho nórdico el que los apartó de la corona. Se veía venir. La canarinha es una panda de mediocres, un simulacro de samba, un arrebato sin disciplina, puro talento, desborde y verticalidad, delirio sin argumentos. Lo de los noruegos fue perseverancia, planificación, programa, programa, programa. Quiizá tienen fe en Haaland, que es un cyborg, un robocop, un titán, un ser de otro mundo, un virus del que no se tiene vacuna, Thor con su mjörnil, el martillo de la mitología vikinga, el drakkar sin agua. Bastaron dos intervenciones, dos escaramuzas sin mayor urdimbre, para que la historia se desdijera, para que la épica brasileira se desmoronara y los que amamos el fútbol pensarámos que la memoria es un accidente, un souvenir, algo a lo que no debe hacérsele aprecio alguno. Lo de Brasil perdiendo anoche es una evidencia de los males del mundo. Brasil debería ganar siempre, salvo que se empareje con España y el corazón tiemble al tener que escorare hacia un bando. El jogo bonito es la alegría, el baile, la capoeira, Copacabana, Stan Getz soplando la chica de Ipanema para que Astrud Gilberto se prodigue en susurros dulces. Esta vindicación del fútbol es legítima. Me hace regresar a la época en que adoraba las virguerías de unos cuantos jugadores, el talento puro de unos cuantos elegidos. Daba igual que hubiese un equipo sólido que los asistiese: eran capaces de enmendar un roto con una coreografía en el área contraria, con un juego de pies inverosímil. No escatimo elogios a los noruegos (me encanta el salmón, anhelo viajar a ese país, ver la aurora boreal, perderme en la catedralicia comparecencia de un fiordo) pero no estuvo bien que viésemos una selección tan flaquita, de tan escaso desempeño. Ni Vini Jr, el tuerto en el reino de los ciegos, enmendó el descalabro. Así que me he hecho nórdico, noruego de pies a cabeza. Si no somos nosotros los que levantamos el trofeo, que sean los vikingos. Son los más entusiastas. Hacen cosas en las gradas que me parecen adorables. Viva Noruega, viva el salmón, viva la pragmática sin circo, la matemática severa, todo lo que no es fútbol, pero hace que se ganen los partidos. Y me quedo con ese ser extraterrestre, insensible, aunque sonría, El fútbol moderno será de iluminados como Haaland. Seres fríos, inalterables, cazadores que no se inmutan cuando no se tiran días sin saber dónde está el bosque. Al final, adquieren su presa. La derrotan, ponen el pie sobre su testa quebrada. 




Ser

 Lo que importa es estar aquí, haber nacido, sentido, amado. Todo lo demás no debería ni contarse. Sin embargo, toda la literatura nace de un conflicto, se construye en la liza del bien y del mal. Esa armonía íntima, la de la bondad, la de la gratitud, se escribe con caligrafía pulcra, se dice con las palabras más sencillas. No se precisa alardear de nada. No interviene ningún veneno, ninguna constatación de que la sangre circula con miedo o con odio. Basta anhelar un paisaje y saber que ninguno que creamos a mano será el definitivo. Saber, no obstante, que la salvación no es algo a lo que secretamente aspiremos. Nos conforta el sagrado hecho de aprovisionarnos a diario de esa luz indecisa con la que el día proclama sus prodigios y sus tragedias. Es la perseverancia, ciega ella a veces, la que manuscribe el tráfago de ser. No hay verbo más hondo. Siendo, ya vale. 

Comparecencia de un árbol

 

I


Al árbol muerto 

lo agasaja de vértigo el aire. 

Un fuego sin cuerpo abraza 

el tronco roto del que prende 

un desquicio de tosca lejanía. 


Está la muerte misma 

ofrecida como un cántico. 

La desolación absoluta como un temblor. 

Ni la lentitud prospera. 

Se impregna la luz de una fiebre invisible. 


Todo en el árbol se desdice. 

Una prudencia con su blonda de silencio 

ocupa la tosca materia de su talle,

la memoria de su ensimismada 

travesía sin centro. 


Será la lluvia la que apremie 

su vocación de altura. 

La raíz es un misterio 

del que no se hará evangelio. 

Una catedral en ruinas. 

Una religión sin un dios que la acune. 

Un templo del que solo perdure un altar. 

No tendrá quien se recree 

en el eco roto del tiempo

ni en el antiguo solaz de su sombra. 


Hay un bullicio adentro. 

Consta su clamor, cunde 

su anhelo de puro erguirse. 


Un árbol muerto 

es un fracaso de todos los bosques. 

Las hojas lo desobedecen. 

Cuestionan la ciega velocidad de la tragedia.


Un árbol vivo. 

habla con su verdor futuro. 


II


Lo que al agua da el oficio de cauce 

es el vértigo de la tierra, la hondura del aire.


Al aire se le desciñe la altura y roza 

con su invisible manto la orfandad de la luz. 


La ceniza es humo que corteja 

al azul del cielo y al loco respirar del fuego. 


Jadea el fuego, arde la luz, brinca 

como un pulso de sombra el agua.


Gimen, agua, tierra, aire o fuego,

cuando los abraza la providencia,

pájaro sutil al que el vuelo obligara

a ocupar la brújula del tiempo, 

manantial ciego, si cuerdo, limpio

estrago de cuanto dimos en llamar vida. 




5.7.26

El futuro

 Le voy teniendo un afecto menor a las novedades. He aprendido a manejarme bien en la rutina, en su calor doméstico. Ni tenía antes argumentos exquisitos para disfrutar con ellas ni ahora los tengo para declinarlas. Tengo, en todo caso, vaivenes, una especie de querencia volátil hacia los asuntos que se improvisan, los que gobierna el azar y en los que uno no posee regencia alguna. Me incomodan cosas que antes me entretenían. Me atraen las que en otras ocasiones me enervaban. No poseo una idea exacta sobre si estas apreciaciones mías las comparten otros. Las tengo yo, las acepto como buenamente puedo y me voy acostumbrando, entre la perplejidad y la anuencia, a lo que va saliendo de este giro caprichoso de mis asuntos.  K. observa que esa desafección es un indicio de que me hago viejo. No es cosa que me preocupe. Me insinúa chistosamente la posibilidad de que lea de nuevo El Quijote o de que juegue a la petanca en el parque, ahora que estoy jubilado. Envejecer, le contesto, es un signo de buena salud. Llevamos haciéndolo, cada cual a su manera, toda la vida. 


Lo de la edad es una estadística, una convención numérica, un dolor inédito en el costado, una manera más de etiquetarnos. Convertidos en cifra, se nos controla mejor. Estamos últimamente al tanto de ese cómputo. Se envejece desde que el aire rasga los primeros pulmones. Todas las horas hieren, pero es la última (ay) la que mata. Los años cumplidos no me pasan factura o no al menos del modo en que debieran hacerlo. Salvo algunos achaques, que tenía también hace dos lustros, se me puede considerar sano. Más que la alopecia o que la barba sea blanca (las dos cosas se atienen a la estricta verdad) lo que se me antoja preocupante es esa debilidad mía que consiste en no saber a qué atenerme cuando dispongo de tiempo libre. No tener certezas absolutas sobre en lo que emplear las horas de esparcimiento. Es que yo me esparzo con desperpajo, sin que el veneno del aburrimiento se me envalentone y altere. Ocupo más en decidir qué hacer que en realizar lo que he dispuesto. Esa inconveniencia malogra una felicidad mayor. Ese contratiempo me indispone para acometer con mayor placer las cosas a las que me entrego, que son muchas y a las que confío para (como decía el poeta) elevar la cumbre de los días. 


Algunas de esas cumbres imponen. De ahí la necesidad de avituallarse bien por ahí adentro, de saber con qué alimentarse y en qué dosis administrar los venenos habituales. Tengo muchos. Los adoro a todos. No estar jamás contento con nada, declinar con poca renuncia lo nuevo, considerar que la rutina (la mía no es en absoluto gris, he aprendido también a decorarla) es una casa que me acoge y que aspiro a que me cuide cuando, ya en otra edad, más noble y provecta, encorvado, perdida en parte la memoria y ganado sin adjetivos el descanso, piense en qué gasté los años, cómo merecí el amor de los otros y el mío propio. Sobre todo me fijo en esto último, en si me quiero lo bastante o soy un descuidado conmigo mismo y me desatiendo en cuanto me distraigo. Cuento esto distraídamente, como si fuese de otro de quien cuento y me hubiese arrogado la facultad de mostrarlo al modo en que las narraciones transcurren y hacen personajes y los conducen a su antojadiza manera. 


En ocasiones, cuando escribo, escindo esa realidad y la hago ficción. Por adiestrarme en la escritura. Por no cejar en su loco empeño. Ahora, recién retirado de mis obligaciones laborales, tengo todo el tiempo del mundo. Lo tenía antes, lo supe entender así, pero inicio una etapa ignota, todas lo son. Esta noche empiezo a escribir en serio. Me sale una novela por la boca. Tengo que registrarla. 

4.7.26

Faranga

 Barragán es un hombre joven, soltero, abnegado, fuerte y hasta valiente; barragana, inconcebiblemente, es una concubina. El sombrero de copa y la bimba son la misma cosa. Resulta que derrelinquir es abandonar, desamparar también. La faranga es vagancia, molicie, asunto de haraganes, campo yermo y sin propósito. Una plétora es una enormidad de la que no siempre se tiene conocimiento ni alcance. Lo mulso es lo que empalaga. La memoria, cuando se sublima, en su esplendor, puede ser una acordanza. La anfibología se practica a diario, concurre su ambigüedad con voluntad o sin ella y solo se advierte por almas de conciencia semántica retorcida. Ir a lo mollar es desentenderse de la retórica: es vocablo de pragmático afán, veneno para los hipotáxicos. Me levanté hoy con la misma disciplina creativa de siempre. Escuché en la radio una de las palabras que he traído a este volunto. Me la quedé de inmediato. Quise, sin fortuna todavía, aplicarla en alguna conversación casual. Decir: este sábado es de faranga. Tener después la certeza de que hemos perdido el interés por el vocabulario. Usamos entre trescientas y quinientas palabras diferentes al día. Hay quien alcanza mil, mil quinientas. Nuestro acervo semántico pasivo puede llegar a las treinta mil. Hay noventa y tres mil entradas en el diccionario de la RAE. He conocido gente con la que bastaría usar cien, y alguna de esas cien precisaría un aclaratorio, una traducción. A mis alumnos les he enseñado combativamente a usar "ósculo", beso. No hay alumno mío que no la haya escuchado en clase. Me he esmerado en hacer que se abran de orejas (prick up your ears) y no permitan que alguna de las palabras que escuchan o que leen sea pasada por alto. La primera vez que tuve noticia de ella fue en la liturgia de un párroco, no sé cuándo, debe hacer mucho, no soy de ir mucho a la iglesia, por fortuna o por desgracia, qué sabrá uno. El ósculo de la paz, que inspira afecto o respeto hacia quien lo recibe, pronunciaba el cura. Es posible termine reemplazando la faranga por el ósculo o lo mulso por lo derrelinquible. Lo de la faranga me sigue gustando mucho. Permitid que la abrace y me asista en gozos. 

3.7.26

como loco

 no sabemos qué vamos a hacer con el miedo, no sabemos qué vamos a hacer con el vértigo, no sabemos qué vamos a hacer con el tiempo, pero recogemos la basura, la basura de plástico, la orgánica, el papel, y vamos al supermercado, antes de entrar arrojamos el plástico, las raspas del besugo, los huesos del pollo y el periódico de anoche en los contenedores soterrados, en mi pueblo han puesto muchos, se ve el pueblo distinto, el pueblo moderno, un contenedor soterrado dice más de un pueblo que una estatua de pablo neruda en una plaza, los poetas casi nunca merecen estatua en plaza salvo que, oh azar, oh delicado atropello de las horas, el poeta haya nacido a la vera de esa plaza, en la calle aledaña, en una casa de dos plantas, más bien humilde, donde la concejalía de cultura y bienestar doméstico ha construído un santuario turístico al que vienen frikis del verso endecasílabo, vienen en tromba, en autobuses de línea, leen a whitman, declaman capitán oh mi capitán, leen a rilke, todo lo que a me entrego se hace rico y a mí me deja pobre, leen a vuelaojo versos historiados, se asedian a versos mientras afuera la realidad se adensa en lluvia, dentro de la lluvia está whitman, está neruda, no sabemos qué vamos a hacer con las odas elementales, con los versos más tristes esta noche, podemos sacar la basura, depositarla sin protocolo en los contenedores soterrados, el orgánico, el de plásticos, el de papel, esta vez no llevo botellas, pero hay un contenedor verde chillón con una boca menudita por donde el cristal se abisma hacia una oscuridad ruidosa a salvo de de la luz y del fragor de los colores, las horas crujen ahí adentro como la ginebra en el cerebro, las horas duelen como un retrato de baudelaire, las horas en vilo del poeta en lo hondo, abriendo puertas, contando sílabas, destrenzando tramas, mi corazón va al supermercado, llevo en un bolsillo la lista de la compra, el detergente, la cerveza, el hielo, la leche, el suavizante, llevo en un bolsillo a bill evans, no sé cómo se puede ir al supermercado sin waltz for debby en el bolsillo, sin ese extracto de cinco minutos del cerebro tóxico de un genio con gafas de pasta, cara de matemático y pelo jim morrison antes del sacrificio, pero nada me satisface más que este festín de las palabras antes de ir a la cama, demorándome en un hilo, atendiendo otro que me llama desde dentro, emilio, ordena el caos, me dicen, las cosas importantes están en lo hondo, valen cuanto más hondo están, se desvanecen, se fragmentan, se mueren en la superficie, al oro del aire se van muriendo sin que podamos insuflarles un adjetivo, un verbo místico, éxtasis fonético, sublime polvo de letras, lo que whitman con su barba prehistórica, lo que neruda con su cara de profesor de latín, lo que baudelaire con su gesto esquizoide, lo que whitman, neruda y baudelaire sabían, el poeta conoce el ruido del universo, sabe de sus espasmos, ha sentido en el pecho el croar de las primeras ranas, ha apreciado el olor de la tierra primeriza tras el diluvio infinito, ve en los pasillos del supermercado secretas líneas de texto cósmico que los demás no ven, el ruido sin intención de los átomos de luz que nos embriagan de colores, el poeta está alerta, vislumbra lo que no está, lo inventa, un dios es el poeta, un dios nebuloso y responsable, el poeta no está en contradicción con el universo, es el único sujeto que no está en contradicción con la mecánica celeste, el poeta ve los arcanos, el poeta entra en un supermercado, saca del bolsillo la lista de la compra, cerveza, detergente, leche, todos los líquidos primordiales, lee los apuntes, la letra extraña, escrita aprisa, la caligrafía de la rutina está en las listas de la compra, es la rendición semántica de nuestra esclavitud en el mundo, uno escribe leche porque una botella de leche o dos o un pack de seis le espera como la noche espera al día, en el extravío de esta crónica de mis vicios me observo con detalle, me declaro ajeno, me miro desde lejos, no me conozco, no sé quién es quien escribe, el que encuentra las palabras conforme las teclea, el que hace años que no ve a su amigo juan porque no sabe dónde está juan, aunque piensa a menudo en juan, en los bares en san fernando, en la cerveza con mucha espuma, en los bocadillos de tortilla de patatas, en las historias del exterior que amenizaban las historias del interior, pienso en juan, pienso en maría jesús, pienso en maría del mar, que me recogía en el panda de un primo y me dejaba a pie horas más tarde, después de haber oído la música acuática de haëndel en un cassette sanyo muy viejo, en una cinta tdk muy vieja, en un piso de alquiler sin muebles casi, pienso en your song cantada en un jardincito urbano con antonio y con auxita, pienso en whitman leído en un ascensor, pienso en los paseos por san fernando cuando el mundo era frágil y veía pasar coches y buscaba y encontraba el amor en los bares, pienso en baudelaire, hace pocos días, en el bolsillo de mi abrigo de invierno, el bueno, la edición de las flores del mal que tradujo jacinto luis guereña y editó visor en ese negro mítico que ilumina los ojos de los buenos aficionados a la poesía, pienso en todas esas cosas que no están o que están a trompicones o que sólo están cuando uno hace un esfuerzo verdaderamente considerable para que estén, confío en mí mismo, confío en la memoria a la que le debo mi vida, ignoro qué sería de mí si me fallase, si de pronto se me fuesen muriendo los nombres, el menú interactivo del guión, las corrientes de aire en el piso de la calle de la biblioteca, beautiful girl en samarkanda, jack daniels en el chiringuito oyendo cumbias a la medianoche, va uno copiando en la lista de la compra el detergente, la leche, la cerveza, la mantequilla pero no puede ir copiando el afecto, la ternura, la sinceridad, el júbilo, en esas palabras grandes de homilía de la vida es donde está debby, la sobrina de bill evans a la que dedicó el vals que escuché anoche una vez más mientras regresaba a casa lentamente, demorándome en los escaparates, buscando prodigios en el aire, buscando a whitman en el claxon de la furgoneta que casi derriba a un motorista, julio es una fiebre de metales metafísicos, mi amigo k. me ha pedido que deje de escribir textos automáticos, escribir por escribir, sin pensar, me dice que no es manera, él cuida esos detalles, exhibe un pudor del que yo carezco, me gusta exhibirme, presentarme a la espontánea audiencia, hablar de whitman, hablar de neruda, hablar de baudelaire, hablar sin otro objeto que ocupar el espacio en donde antes de que hubiese palabra únicamente había silencio, el moribundo silencio de los abrazos que se fracturan, el tiempo sin conciencia, las horas como un fardo, las horas sin rellenar de luz, las horas sin bendecir por ningún prodigio de esos que la belleza ofrece a beneficio de quien está atento y lo recoge, las horas infinitas del tedio vencidas por las horas infinitas de la alegría sencilla de ser feliz unos minutos al menos, somos custodios de una felicidad partida, buscamos a diario la luz entre la sombra del tiempo, somos la herida luminosa, el milagro paradójico, el despejador de incógnitas en el álgebra teológica, el astrofísico del alma, somos el beso nocturno, somos whitman tumbado en el centro exacto del universo, mirando arriba, mirando dentro, buscando arriba, buscando dentro, a k. no le gusta whiman por sencillo, no ve dentro, se deja confundir por el peso liviano de las palabras, por su aparente fragilidad, pero dentro de whitman está la clave del universo, la ecuación absoluta, el texto secreto, la llave antológica, dentro del poeta whitman está baudelaire, dentro de nerude está whitman, está baudelaire, está la poesía trágica y la poesía cómica, el verso que blande un grito y el verso que tutela una levísima caricia, estos alivios de sábados por la mañana, oyendo jazz, pensando en juan, en maría del mar, en bill evans, en los años sin fluido, en los años sin dinero en el banco, en los años rosados de paseos por la judería a la vuelta de los pubs gloriosos del centro, en los años de danza invisible, en los años de robert smith diciendo que los niños no lloran, en los años de la universidad frenética de la vida, jugando al billar en el cairo, inventando versos en la clase de pedagogía, comprando discos en simago, viendo fantasmas en los surcos, objetos muy livianos de belleza ectoplásmica, invisible al ojo desastento, sólo presente si te dejas conducir despacio, pienso hoy en juan, en whitman, en los países metálicos de la infancia sin libros, en toda esa adolescencia sin sobresaltos en la que pude descubrir al yo vigilante, al yo auténtico que luego, al correr de los años, deviene siempre un yo transeúnte, un yo caótico, el errático escribidor de insomnios, el amanuense febril que en las horas últimas del día se concede el inocente placer de creer que alguien afuera va a tomarse en serio lo que ni él mismo, ya lo advierte k., se toma, pero van los días pasando, los días en su vértigo, no sabemos lo que es el vértigo, lo que son las horas, las bebemos a sorbos grandes, las mordemos con entusiasmo, creemos que las podemos convertir en palabra, decía cortazar que el frío complica siempre las cosas, y en ese plan es uno feliz deseando menos, evitando el frío, buscando a debby en un vals, en la lista de la compra, en los códigos de barras, en el sueño, k. busca a debby en evans, me enseñó a descubrir el texto dentro debajo del texto, la melodía dentro de la melodía, el tiempo en el tiempo, el espejo en su hondura, pero ahora él se cierra, se aleja, huye, k. es un falso, eres un falso, le cuento, me mira, me analiza, sabe que le conozco bien, llevamos una vida juntos y hemos tenido las trifulcas juntas, alguna desavenencia, livianas frivolidades de dos que se condenaron a entenderse, la rutina del yo que se escinde y va al mundo solo y vuelve dolido, una especie de avatar, qué quieren que les diga, el avatar posible, los poetas nunca merecen estatua en plaza, la adquieren a lo mejor tarde, es posible, la adquieren a título póstumo, en el barrio en donde nacieron, con los vecinos mirando con orgullo, con todos los vecinos, los vecinos de izquierdas y los de derechas, los que creen en jesús divino y los que les pasan de jesús divino, los vecinos que no decaen nunca y los que están todo el día apesadumbrados, los poetas vuelven del campo con un racimo de versos bajo el brazo, con los pájaros que vuelven de otros países, con los pájaros benditos de las alas benditas, porque la poesía es un oficio bendecido y su aliento lo impregna todo, no sabriamos vivir sin la poesía, es quizá eso lo que hace que el mundo no se haya ido del todo a la mierda, que la poesía esté ahí, invisible, impregnándolo todo, aunque haya gente que no cree en la poesía, como hay gente que no cree en jesús divino, pero la poesía es un bien más alto que la creencia en un mundo superior porque la poesía ya es, en este mundo, no en ningún otro, un bien alto, uno de esos bienes nobles que pueden salvar al mundo del caos, pero el mundo va al caos de cabeza, me lo ha dicho hoy k, k tiene voluntos buenos, de los de copiar y no olvidarlos, el país va al caos, pero el mundo está ahí afuera, yendo al caos, nos estamos muriendo y no nos damos cuenta de que nos estamos muriendo, compramos la prensa, leemos las novelas nórdicas, bebemos café en las terrazas de los bares, pero el mundo se está desintegrando, ni siquiera hay un plan del gobierno, les viene grande el caos, no se les ha ocurrido convocar una reunión de poetas, poetas maximalistas, poetas minimalistas, poetas venéreos, muy lúbricos, muy salidos, poetas castos, pacatos, de una contención sobresaliente, juntarlos a todos y ver qué pasa, igual salen de la reunión con un par de ideas fantásticas, no sé, no entiendo yo de esto, pero me está viniendo esta noche ancho un párpado, otra vez el párpado de siempre, la realidad se obstina en contrariarme, se pone incómoda, como una mosca que se ha fijado en la bondad de tu piel, en la tersura de tu piel, en toda la formidable disposición topológica de tu piel y ha decidido echar las pocas horas que le quedan de vida dándote por el culo, excusen la grosería, no dejándote respirar, ahogándote, convirtiéndote en un ser despreciable, despotricando contra la mosca, la mosca, la mosca, la madre que la parió, yo tenía una mosca y la muy intrépida no se murió, danzaba como los esqueletos de saint-saens, como shakira en el carnegie hall, no sé si shakira ha estado en el carnegie hall, me imagino que importa que se llene, si la caja suena, las puertas se abren, el público aúlla, el público vibra, aullidos, vibraciones, cartas de amor, el caos, las tardes en casa, leyendo a baudelaire, pensando en ese retrato en el que da miedo, da miedo baudelaire, un miedo sin organizar, como de infante, como loco

 Dice la pantalla que esta es una sala polivalente. Hay once consultas. Yo voy a la 9. Tenemos números y letras. Z7G6. B4G0. Tengo el O3O4. Lo de la polivalencia responde al modo en que cada uno de ellos va accediendo a la respuestas. Traigo cuatro preguntas. Ninguna es baladí. La paradoja de la sala de urgencias es que la rige la lentitud. La de los números y las letras es que carecen de historia. No se sabe si son livianos o póstumos. Madre no dice nada. Está bien llamar a los que esperan pacientes. Podrían haber sido más pulcros y elegido la forma ‘padeciente’. No existe tal vocablo, lo acabo de comprobar. Las etimologías son una prospección sutilísima en la epidermis de las palabras. La paciencia, que aludía originariamente al dolor o al sufrimiento, obtuvo un rango de una mayor hondura, casi una metafísica. Al paciente le concernía la entereza, cierto mansedumbre ante la adversidad. Como si su presencia trajese virtudes ignoradas, cualidades invisibles. Debe ser la polivalencia que define la naturaleza de esta sala. No doy con alguno de los usos para los que debieron imaginar que serviría. Los familiares miramos la pantalla blanca con esos números y esas letras que se suceden con inexplicable timidez. H5K5. Consulta 7. Un celador recita el nombre y los apellidos del enfermo. Por si no ha mirado la pantalla. Yo lo hago con destreza. Escribo, miro. Atiendo dos pantallas. También soy polivalente. Madre duerme en su silla de ruedas a mi vera. No se queja. Antes dijo: somos muchos. Antes: esto es el médico, no?. Aquí cunde la desesperación, eso advierto. Llevo desde las ocho, no hay derecho, dice la señora de al lado. Se escuchan conversaciones telefónicas. El manos libres es un chivato. Dile a la niña que no esté toda la tarde con la tele. Que ponga el aire. Que cansada. Que esto no tiene fin. Uno de mi edad lleva una hora con vídeos de Facebook. Se oye a un tipo en inglés y música como de circo. Hasta ha echado unas risas. Nadie le reprueba su falta de educación. Yo no tengo gana. Qué conseguiría. Raquel Ortega Luján, anuncia la celadora. Lo está repitiendo. Juan Alberto López López. No están. Igual se han impacientado. María Magdalena Vallejo Cortés. Sigue entrando gente. Gente de verde conduciendo sillas de ruedas con gente sin ánimo. No veo a nadie irse. La polivalencia es catedralicia. Esto es una estancia de la realidad en la que no rigen las leyes de la física. Tendrán que apremiarse o tendrán que habilitar una segunda sala polivalente. B9N6. Consulta 11. Pedro Sánchez Ortega. Se acaba de poner en pie. Dudo que yo me levante con tanta diligencia. Llevo unos días con un dolor en la espalda. Va solo Pedro. No tengo acompañantes, le ha dicho a la celadora. Hay males ocultos, vicios inapreciables. Si esto dura unas cuantas horas más, tendré que pedir una pulsera con mi nombre y solicitar que se me ausculte, por lo menos. Por si dan con algún malestar que se haya ocultado. Por si antibióticos. Por si observación. La pantalla está en blanco. No alerta, no es una pantalla, es otra cosa que no sé entender. Un silencio sin pixelar. Blanco. Crudo, intimidante. No sabes si tardará en activarse o ha perdido el brío y se está lamentando de sus acciones. Me queda poca batería. No soy previsor. Dejo de escribir. O3O4. Me toca.

30.6.26

nước / Cuaderno de Vietnam / La música del asombro

 




No tener que haber estado en Vietnam para saber que Vietnam es la inminencia de algo que no llega a suceder, una especie de milagro imperfecto, una tentativa de milagro. Cualquier viaje entraña un acontecimiento inverosímil que consiste en retirar la costumbre y acoger la novedad, el extrañamiento, la bendita acometida de la perplejidad. Leer esta plaquette deliciosa de Juan Ramón Mansilla concita también el apremio de algo portentoso, se está (dejenme que me explaye) y no se está en la concurrencia de todas las maravillas que contiene, se advierte un pudor al andar el bosque de estas palabras, que sustancian el mero vivir o la credulidad absoluta al reconocer en lo vivido un don, un regalo que se nos hace (al autor, al poeta se le hace, también a quien lee) por la invitación al vértigo de tanto prodigio. Porque hay ríos, desiertos, ruinas, ciudades que "trazan su propia errantía" (Vuelo) y una triple puerta (Pagoda de Thiem Mu / Hue) con su atrio (no lo escribo yo, leo) que lleva al templo donde "te descalzas, y rezas / ante la efigie de Buda. / Yo, por alguna razón, me siento a salvo". Y esa es la sensación que se tiene al acabar este colección de poemas nupciales (son más cosas). Yo me siento a salvo. Como si algo se me hubiese revelado y todavía pudiese hacer que durase su residencia en mi memoria. Porque luego se van las palabras, desaparece el brocal, la garganta, el fondo en el que el agua reposa y nos refleja. No he estado en el aeropuerto de Ho Chi Minh, no he visto un aguacero a través de los cristales, pero he vuelto de países lejanísimos (qué importa la distancia, al cabo) con gratitud infinita, con esa plenitud de quien se ha vaciado, preguntándome si "soy el renacido, el purificado". Será todo cosa del "nước", que es agua, en vietnamita. Nos bañamos en las aguas de un río inédito, sentimos el agua redentora, convocamos la gracia de la renovación. 

nước  (Cuaderno de Vietnam) es un viaje lírico que prescinde de la obediencia a plasmar una descripción paisajística (habiéndola)y se encomienda un trabajo de un mayor recado espiritual: imbricar el paisaje a quien lo observa, manumitir la mera transcripción de un orden (desorden será, por fortuna) para postularse como una especie de diario en el que el transcriptor se ensimisma y adquiere un don: el de la clarividencia, el de la perseverancia en registrar el caos y mecerlo, con arrobo dulce y pasional, en la generosa ubicuidad de lo maravilloso. Que el fuego deba estar dentro del árbol para que el ábol pueda dar a luz, que no puedan las ramas que frotamos arder, slavo que no haya fuego dentro del tronco, como decide contarnos el poeta con una cita de Khuong Viet, un monje vietnamita del siglo XI que escribía en chino, manifiesta con pulcritud el sentido de este libro, que no es otro que el de decir lo lo que ya estaba dicho, el de sacar la llama cuando no hay indicios de que prenda incluso. Eso hace Juan Ramón Mansilla, ilustre viajero, a partir de ahora: buscar "los rizomas del tiempo" (Vuelo), fluir como esos ríos por los que discurren hacia el delta las barcazas o "el incienso de los templos". He disfrutado de esa delicadeza, que se precave de la rutina y acierta a dar con la pregunta exacta, la que no consiente que se cierre con una respuesta: "¿Es igual un viaje a su destino? (Pagoda del pilar único). Quiere el poeta que su amada no se arrogue la propiedad de la sapiencia ni de la luz, sino que la prefiere permitiendo que los días maduren en ella (qué propósito más difícil, en él reside toda la filosofía) "como una perla en su ostra". 

También conmueve que el libro haya sido traído desde el amor. Yo creo que todos nacen de él, pero a algunos se les adivina la plétora de indicios que los construye. Ese amor no es únicamente el estado del corazón, su brincar loco cuando se reconoce ahíto, cuajado de esa locura inasible que invariablemente maneja su espasmo: está la petición de que alguien "tendría que tener piedad de la lluvia"(Lluvia en Honi) o está la nomenclatura minuciosa de la botánica o de la cartografía o de la entomología o de la arquitectura. Un país se puede amar "por losf rutos enormes de las yacas" (Pagoda de Thiem Mu / Hue), por la brisa tejiendo su seda para entoldar las calles (Nocturno de Hoi An) o por los haikus de las ranas, de la luna, de las mariposas, de la sangre o del fuego. Un país es también un no-lugar, una especie de ensoñación que el visitante acepta con humildad y teme que la memoria deshaga y convierta en barro, en arena, en algo que puede pervertirse, desdecirse, alejarse. De ahí la escritura: ella crece del esqueje de los recuerdos, como ese árbol Bo o Bodhi (un ficus religioso) en cuya sombra Buda alcanzó la iluminación. Uno quiere esa luz continuamente. El poeta, por el consuelo de la palabra, no quiere despertar al viejo dragón que protege los templos: anhela tenderse junto a él, subir a la cima desde la que pueda contemplarse a sí mismo y sentirse a salvo. Y no es estrictamente un deseo de trascendencia, no ha venido el numen con su aliento de oro: más que otra cosa, es la mansedumbre, la necesidad de una vida más lenta, de un río que fluya sin estruendo, de una mujer a la que mirar como si ella misma fuese también un río y planeáramos cómo cruzarlo, si nadar en su cauce o dejarnos llevar por la corriente. 

Este cuaderno compendia el viaje como transformación, pero no es un mero volcado sensorial, que lo es con colmo. Hay un libro que sucede después de que el libro (el viaje del autor, el que nos regala como lectores) concluya. Esa respiración que escuchamos es también la nuestra, ese flujo de ritmos y de metáforas ocurre inadvertidamente en el trajinar de nuestro mirar occidental, dura un tiempo. Creemos que podremos ver llover monzónicamente o que los huertos que rodean el pueblo son arrozales o que el yo, transverberado por las imágenes, ocupado por los olores, adquiere ecfrásticamente la certeza de que, en efecto, ha estado allí, ha visitado los templos, contemplado el discurrir moroso de los ríos, apreciado el tamaño interior de los mangos, la pitahaya, el albaricoque, el lichi, aromando las calles (Nociones de fruticultura junto al jardín botánico de Saigón), invitando a buscar "úna única fruta" "libre de cumplir los mandatos": la prohibida. 

No sabemos mirar, esa tara es nuestra. Se nos ha confiscado la paciencia, no acudimos a ella, prescindimos de la lentitud, hemos perdido la capacidad para encontrar la esencia de las cosas. Nos basta la epidermis, la apariencia, no el destello de su mismidad, no la verdad que tutela. Viajar es un ejercicio de desdoblamiento: una parte de nosotros codicia perderse, renovarse, dar con "una luz más pura" (Aereopuerto de Ho Chi Minh). Otra parte se queda en casa, expectante, cuidando de que el regreso no sea dramático y se puedan ensamblar los trozos separados. "¿Cuánto tardan los recuerdos / en salvarse de nosotros?" (Regreso /álbum de fotos). Descree el autor de que las imágenes puedan devolvernos "la verdad de aquellos días". Algo pasó inadvertido, aclara el poeta. Acaba reinando, hostil o mansamente, la sensación de que "no ha cabido la vida / en el cuaderno". Y debe decírsele a quien escribió que no es cierto, no del todo, al menos: cabe la vida entera, aunque se haya dejado atrás una circunstancia reveladora, un milagro ofrecido, pero al que no supimos aplicar con esmero la mirada. Queda un poemario de amor, múltiple ese amor. Juan Ramón Mansilla es el poeta recién casado, este es su diario visible. Habrá otro, inefable. Un cuaderno ágrafo. Una colección de poemas imposibles. Lo que al lector le satisface es haber viajado a Vietnam, haber tenido el privilegio de asistir a una representación sagrada. Como si hubiésemos estado sentados frente a todos los templos y se nos hubiera entregado algún secreto antiguo que, una vez escuchado y entendido, se difumina, se afantasma, se convierte en sombra, en una inminencia tozuda de algo que no puede expresarse. 








29.6.26

Jazz / 23 / Ben Webster

 




Qué grande es este señor: su música condujo mi bautismo en el fascinante mundo del jazz. Junto a Coleman Hawkins y Lester Young forman la trinidad del saxo tenor.  Ben Webster es el romántico por excelencia, el rey de la balada, el terciopelo en el aire, me dijo Juan Ramón Mansilla, el músico que dotó al instrumento de una voz casi humana. Hay que empezar con Hawkins: él puso al saxo tenor en el escenario, le dio solidez, densidad, autoridad corporal. Young era el músculo delicado de la melodía. Lo que trajo Webster al jazz es la conjunción de todas las tonalidades existentes: era fiero si se precisaba, ardoroso; cálido, untoso, como si el aire reclamara un susurro para manifestarse por el metal del saxo. Webster influyó en Stan Getz, en Dexter Gordon, en Sonny rollins, en Wayner Shorter, en John Coltrane. El saxofonista de Kansas City no revolucionó el fraseo, ni primó a la técnica sobre la emoción: escribió un nuevo patrón que miraba a las raíces (la espiritualidad, la intuición, el brío, la capacidad de conmover y de hacer que se muevan los pies en una misma pieza) y, al tiempo, proponía una encomienda (que algunos aceptaron), basada en respetar escrupulosamente el lenguaje de la melodía. Sofisticación, virtuosismo, ritmo, sí, pero con alma, como quiso también Dizzy Gillespie. Nació el subtone: esa respiración del saxo que parece mecida, acariciada, convidada a pronuanciar con infinito mimo las palabras más relevantes de la música. Parecía imposible que ese hombre con ese corpachón pudiera contener una humanidad tan delicada. Fuera del escenario, Ben Webster era, sin embargo, un tipo enérgico, disruptivo, peleón. Podía beber hasta caer al suelo y no perder la compostura, exhibiendo una afabilidad extrema, y también era conocido por su temperamento irascible, proviniera de estar ebrio o no. 

A Webster le dolió en el alma (la que había elevado al centro exacto de su oficio) que no se respetara su trabajo. Como a tantos, le tocó pensar en irse, en buscar nuevos aires, público nuevo, vida después de la vida conocida. A la muerte de las big bands - pongamos a final de los años cincuenta, luego volvieron, siguen aún- se empeñó en pasear su magisterio sonoro por todo el mundo. Tanto fue así que casi muere de pie, tocando Tenderly o Someone to watch over me o Pennies from heaven en 1973 en un club de la ciudad holandesa de Leyda. Dio tiempo a que el corazón se le parara en el hospital más cercano, en Amsterdam, seguro que a disgusto suyo. Fue enterrado en Copenhague, su residencia habitual. Qué feliz debió haber sido caer en el escenario, desplomarse en una octava o en uno de esos solos arrebatadores, susurrado, mecido, tan distinguible. Como otros músicos, su diáspora artística y comercial le hizo ciudadano danés y holandés. De todos sus discos, que son muchos, me quedo con Reunion blues, un sobresaliente repaso a los standards del jazz con la inestimable escolta de Oscar Peterson en el piano, pero en jazz no hay exigencias, ni rankings; tampoco el estimable, en otros géneros, estudio de influencias y de arraigo en listas de éxitos y en radio-fórmulas. Ben The Frog, la rana, Ben Webster, el músico de extraordinario sentido de la balada, capaz de enviarnos al cielo con el fraseo suave de unas líneas de Body and soul o Sophisticated lady, también era un musculoso heraldo del swing, de esos tiempos rápidos. La vida precisa fidelidades absolutas, amores inquebrantables, ajenos al concurso gris de los días. Este señor que sopla su instrumento contribuye a la felicidad de este cronista de sus (muchos) vicios. Uno querría no haber escuchado nunca a Ben Webster y poder tener la oportunidad de abrirse de orejas para que su grandeza impregnara el aire y el corazón de quien escucha. El mío sigue prendado de su música. 

28.6.26

Una lagartija


Nunca he estado en una quinta porteña leyendo los poemas vanguardistas del primer Borges, ni en la cubierta de un barco que atraviese el Bósforo en las postrimerías de la primera gran guerra, ni escuchado a Horowitz ejecutar una mazurca de Chopin en el Carnegie Hall. Tampoco me agasajó la vida con ver la luna sobre la calle Bourbon, pero he visto al ángel de la dicha al acomodar mi cuerpo al sofá y entender la absoluta bondad del descanso. Tengo toda mi esperanza en su plenitud. Una vida lenta es lo que uno quiere. A veces cuenta la lentitud, ese dejarse llevar, ese no estar, ni siquiera parecer que se está. La posibilidad de que pueda uno detenerse, pensar sin tener que nada de lo pensado exija revisarse o convenirlo una corrección o un añadido. Solo obedecer al cuerpo, que a veces pide un receso, una especie de intimidad que no le concedemos casi nunca. Después volver, acudir a donde se solía, saludar como entonces, beber en la barra del bar, mientras los cercanos despachan las razones de sus cosas. Se tira uno la vida entera, la vida lenta y la acelerada, cualquiera de las que podría tenerse como la única posible, buscando razones a las cosas. La velocidad es el ánimo envenenado, la revelación de un deseo ajeno, la imposibilidad de ser hospitalario con el tiempo y tomar de él su sustancia más dulce. De las formas que Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, proponía para elevar la cumbre de los días (la contemplativa, la disoluta y la política) me quedo con la primera. Este dolor en el costado debe ser la edad. Ella me empujará a que prefiera contemplar sobre cualquier otra tentativa anímica. Contemplo con codicia, he aprendido a mirar, después de tantos años. Me basta un azul distraído entre unas ramas de árbol. Puedo perderme en la adquisición de las cosas más sencillas y, al acogerlas, abrirlas y descubrir que tutelan el mar mismo, el cielo rompiéndose en el horizonte, toda esa lujuria de las estrellas al mecerse en la bóveda de la noche. Y me siento pleno. Esta mañana he flipado con una lagartija que trepaba el muro de mi patio. Ha sido un arrobo paulatino, no instantáneo. Ha sido, ya acabo, un lento entender que luego se fue difuminando. El infructuoso propósito de este texto no es otro que el de extraer algo de lo que me fue revelado.

Haaland

Me apenó ver perder a Brasil. Mi memoria sentimental es más carioca que nórdica. Mi deseo fue que ganaran los pentacampeones, que ya no son ...