2.11.26
No salir nunca del bosque
1.11.26
En serio
Se atribuye a Séneca lo de que si una persona no se ríe no debe ser tomada en serio. Siempre fue la seriedad un asunto importante, lo sigue siendo, quizá indebida y muy extendidamente. De los serios, de los que no esbozan una sonrisa, de los refractarios a manifestar una brizna de contento, tengo yo una tal vez opinión equivocada. Quién no ha tenido un día o una época de plantar el gesto en un trazo hosco y el ánimo hilado a él. Hubo un tiempo en que pensé que eran los serios gente segura de sí misma, convencida de cuál era su lugar en el mundo y, en la decisión de no perder ese lugar, no dejar ver nada interior suyo, ninguna evidencia que delate cómo eran en realidad. Como si el mundo estuviese mal hecho o como si algo adentro de cada uno anduviese roto y se supiera que no tendría arreglo fiable.
En el trasegar con la gente y con uno mismo (que no es cosa de poco peso), he ido descubriendo los beneficios del humor, sobre todo del que uno se aplica sobre sí mismo, sin que se precise público, ni se busque la aprobación o la complicidad o la conformidad de quienes, por azar o por decisión, nos escuchan, se arriman con voluntad, nos tienen en cuenta o nos valoran. Tenemos inclinación a no mostrarnos, parece que es mejor callar que decir lo incorrecto. Del prudente no se tiene a veces la misma opinión que del lanzado, el que lo cuenta todo y de todo posee criterio publicable. Conozco más gente celosa de lo suyo que desinhibida y generosa con su interior, aunque me prodigo con más entusiasmo en las reuniones de gente desprejuiciada, fácilmente inclinada a decir lo que barruntan y no medir las palabras o considerar el efecto de esa manifestación sincera. Yo mismo he sido muchas veces transparente sin doblez, he sido serio contrastado.
De esa gente seria de la que hablo, conozco muchos que, a pesar de los años transcurridos y de las cosas que hemos vivido con ellos, no han dejado entrever nada de lo que custodian adentro, ninguna intimidad que uno gustosamente acepte como regalo, ninguna parte privada que otros desconozcan y que se reciba como prenda de amistad, como prueba de que se confía en nosotros y en nuestra prudencia. Con estos, con los serios, sucede que cuando un día se dan en locas risas y se solazan de todo lo que suscita el humor no hay quien les crea, no se advierte sinceridad en lo que hacen, creemos que actúan así por deferencia a los demás, un poco obligada y teatralmente, por cuajar en los otros, por epatar y parecerse a ellos y no desentonar, sobre todo por no desentonar.
El serio es proclive a consolidar su seriedad, la mima, no da de ella alarde, sin embargo: procede con toda la naturalidad de la que dispone. Trata su actitud ante el mundo con total seriedad en una especie de feedback egoísta y útil. Cuando algo lo distrae, suele recriminarse en privado, prometiéndose no caer de nuevo, por si los cercanos y los eventuales lo toman en serio y creen que su ánimo ha mutado. He ahí una de esas paradojas que nunca podría entender, por cierto. Del serio, considerado ya un profesional en lo suyo, hay que cuidarse, no vaya a ser que contagie y convenza. Hay una inclinación natural en el ser humano a pensar que lo de los demás es lo procedente y lo válido y a menospreciar lo propio. Si uno se habitúa en demasía a tratar a la gente seria se observa una metástasis tácita e implacable: la transferencia es sólida y permanece. Igual que se extiende la risa entre quienes la practican, también la seriedad se afianza y se propaga. Es un cáncer. Con su metástasis y con su infierno.
No sabría decir la procedencia de la seriedad. Se conoce todo lo demás (su influencia, su prestigio incluso) pero no las razones que la alumbraron. Hay serios profesionales por aplazamiento indefinido del humor, tal vez por desconfianza en el resultado o por exigencias excesivas. Como el que nunca se decide a cantar en la certidumbre de que no lo hará como los cantantes que admira o el que no se pronuncia en materia política por creer que desbarrará y harán mofa o escarnio de sus tímidas opiniones o se le pillará en un dislate o en un descuido moral. Luego está el serio escarnecido. Es esta especie de solivianto perenne, de pronto hostil y de gesto adusto, entenebrecido. Pareciera, observado sin esmero alguno, que se le debe algo y anduviera a la caza del cobro y de la restitución moral de lo impagado. Comoquiera que no se le adeuda nada, exhibe siempre el mismo semblante, sin moderarlo ni rebajar su agreste compostura muscular.
Leí que para reír hace falta el concurso de cientos de pequeños resortes musculares. Tal vez (no es cosa leída esa) no se precise ninguna coreografía en el rostro para expresar la seriedad. A su vera, transita el serio integrado. Negados a cualquier alegría prevista o inadvertida, circunspectos adrede, estos serios viven felices, en apariencia. No se les ocurre que haya vida más apetecible que la suya, no creen perderse nada de lo que otros anhelan o poseen, no se martirizan de noche, cuando concilian el sueño y su cabeza da una batida por lo que se ha hecho y lo que no y cierran el vértigo del día finiquitado. Son gente admirable, en el fondo. No molestan, no incurren en hacer ver el error ajeno, ni alardean de los aciertos suyos. Se dejan vivir sin atreverse a hospedar en su talante la naturalidad y la sana improvisación, sin padecimiento distinto al común y universal.
Serios peligrosos existen y hasta abundan. Conocerá alguno. Se avinagran a poco que se tercia, si es que no vienen ya con el torcimiento y el desaire cuando se les dio carta en el baile del mundo. Concurren en ellos agravantes que nos licencian para repudiarlos. Pretenden inculcarnos su desavenencia con la vida. Se afanan en granjearse nuestra atención y no se cortan ni un mal pelo en airear su inquina, en atribuirse el perfil de mártir, tan socorrido. Exhiben contrariedad permanente, se duelen hasta de sí mismos y no dejan escapar oportunidad alguna que constate su encabronamiento, esa tendencia hostil en ocasiones a batallar por norma, aunque no se advierta contienda. Están, por así decirlo, en una posición elevada, de la que presumen y con la que se valen para imponer su agrio criterio, tantas y tantas veces estéril o improcedente. No se recomienda contrariarlos, es una opción baldía, sólo acarrea cansancio.
No hay que confundir seriedad con tristeza. El triste es un serio sobrevenido. Se le ha echado el mundo encima, por decirlo de alguna manera; ha caído en desgracia, se ha visto arrojado a un nihilismo romántico o una anarquía patológica. Figura más noble que la del serio, la tristeza se mira siempre con buen ojo. Tiene un prestigio ancestral. Hasta la poesía la ensalza. El arte es a veces de una tristeza conmovedora y trascendente. Al triste se le hacen gracias, se le conmina a que deponga su decaimiento, se le invita a que salga, procura uno que no se encierre y se deje convidar, pero no se despliega esta logística sentimental con el serio. Hasta donde yo llego, el triste es conmiserativo, dan ganas de abrazarlo, no se arredra uno en afectos, se ofrece enteramente, sin ambages, todo por devolverle el ánimo, por restituirle la alegría fugada, no sabremos nunca bien los porqués. Tristes notables ocupan grandes y nobles páginas de la Historia.
Ayer vi a un tipo serio hasta el cansancio. Lo era de un modo alarmante, desafiante, intimidatorio. Creí que yo mismo, sin conocerlo, sin mediar ocasión, le había hecho algo, lo creí con absoluta certeza. No intercambié palabra alguna con él, no hubo razón, no nos conocíamos, sólo me miró y le miré, tan solo uno recaló en la circunstancia del otro. Quizá eso debiera haber suficiente, no que la mirada delatara la seriedad de la que hablo, pero atendí ese rasgo, anulé o rechacé todos los demás. No sabría decir qué tipo de serio era, si uno religioso o profano, si eventual o permanente, si satisfecho o renuente a su condición. Era una de esas caras que, al verse, no cabe desatender: la cara juntamente con el abandono general de su figura, desmadejada, como extraída de un sueño, irreal si uno tiende a la hipérbole. Cruzó la calle mientras que yo me dirigía hacia un supermercado del barrio. Sentí que el peso del mundo, el peso malo, el peso terrible del mundo, reposaba sobre su cabeza, ocupándole todos los sentidos. El rato en que pensé en él sentí no sé si dolor, pero sí apesadumbramiento, una especie de incomodidad que no alivió el trajín del súper, su bullicio de viernes, el ruido de todos mezclado con el mío interior. Ojalá nunca nadie aprecie una seriedad así impregnada en mi rostro. Quizá él no se reconozca serio. Puede ser que sea, en el fondo, un tipo ocurrente, un cachondo, un viva la vida, uno de esas almas libres y puras que gozan del mundo como Epicuro, mi admirado, vivió el suyo. Tardaré en olvidar su seriedad. Escribo para no olvidar lo descorazonado que me dejó. No lo sabría, no lo sabrá nunca.
Estocolmo, Atenas, casa
H ay gente que no va a ningún sitio y tampoco parece que vengan de ninguno, gente que alienta la idea de que están incrustados en un paisaje o de que siempre estuvieron ahí. Ningún gesto delata lo que sienten. Se desconoce, al mirarlos, si anhelan escapar o están encantados del lugar que les tocó en suerte. Esta misma ocurrencia podría aplicarse a quienes no paran de moverse. Da lo mismo que ayer desayunasen en Londres y hoy almuercen en Atenas. El movimiento no es una cosa enteramente física. Hay gente que recorre distancias enormes y no experimenta viaje alguno. Por otro lado, es razonable que exista gente que no haya movido un pie y tampoco haya dejado de ir y de venir. No todo es topográfico, no todo es cartografía. Siempre aprecié los libros de viajes. Está uno en las selvas tropicales sin que tenga que vacunarse o exponerse a la fauna autóctona o puede andar las calles de cualquier barrio marginal de Los Ángeles sin temor a que lo tomen por un negro o por un paria y le descerrajen dos tiros. Es mejor el riesgo, ya lo sé. Lo ideal es combinar el viaje interior, tan de intimidades, y el otro, el que hace sudar al cuerpo, el que deja huellas en la cara.
El alma es otra cosa. Al alma, si se la adiestra bien, se la puede sacar de paseo sin tener que salir siquiera a la calle, no digo ya coger un avión y plantarse en la otra parte del mundo. El otro día me preguntaron sobre dónde iría de vacaciones. No tengo nada elegido todavía, dije. Me da igual el sitio, añadí, un poco diciendo la verdad y otro poco no. Últimamente nos hemos acostumbrado a no ir a ningún lado. Nos restringen, nos restringimos. Asuntos de estos nuevos tiempos. Un verano en el que recorrimos cinco mil kilómetros en coche no disfruté más que otro en el que estuvimos en casa, tan ricamente. Recuerdo que todos los días eran un viaje. Volvía por la noche con la sensación de plenitud, de haber visto más cosas de las que podía procesar, de haber sentido más de lo que podría entender, pero las sensaciones no entran en el catálogo de lo comprendido. Leer es la única actividad en la que puedes desgajarte de tu residencia física (por decirlo adornadamente) e ir lejos. Siempre hay un regreso. Que sea duro o placentero o incómodo depende de lo mucho o de lo poco que te empleaste en la lectura. Hay libros de los que no sales nunca. Estás incrustados en ellos. Hay vidas de las que no puedes salirte. Eres lo que eres y no hay regreso o fuga o constatación de que es posible regresar o fugarte. Se nos ha concedido un cuerpo y se nos ha colocado en un paisaje.
Se echan raíces, se dice así. Uno incluso se determina a echarlas hacia adentro, sin que suceda nada que nos conmine a que movernos, ajeno al suelo promisorio. Tiene amigos. Conoce algunos bares, alguna librería. No se plantea salir de ellos, salvo que haya una causa que lo aliente. Hay días en que no voy a ningún sitio y días en que no parezco venir de ninguno. Son los días de tránsito, los días grises en los que los más allegados te dicen si estás bien, te dicen tienes mala cara, te dicen te pasa algo. No siempre tienes contestación. Estoy pasando un bache, un revés, un agujero, un no sé qué me pasa que ni yo mismo me entiendo, cantaba Aute. Luego están los días de las expediciones, los días grandes en que sales de tu casa o sales de ti mismo. Esos son los mejores. Vas a un sitio en el que nunca has estado. Da igual que sea un libro o una calle. Da lo mismo que ya lo hayas leído o que ya la hayas paseado, pero tienes la sensación de que es la primera vez. Vivimos añorando las primeras veces y están siempre a mano. Se entra en un libro como se entra en un cuerpo. Has entrado ahí cientos de veces, sabes qué hacer y tienes memoria física de lo que esa entrega produce, pero hay veces en que no recuerdas nada y crees que se te ha concedido la oportunidad de olvidar y de volver a sentir limpia y primerizamente. Como si el mundo acabase de empezar y te tocara ser el dios rudimentario y caprichoso que tuviese que fecundarlo todo. Hoy vamos a Estocolmo, hoy vamos a Atenas, hoy no saldré de casa.
30.10.26
Elogio de la majestuosa perplejidad de lo real
No poder discernir el baile de quien baila, escribió Yeats.
No tener con qué desligar el nudo de la cuerda.
No saber cómo separar la cantidad de los objetos que compila.
No poseer distinción fiable entre el silencio y el ruido
y escuchar el uno en la ausencia del otro.
No apreciar el agua cuando la lluvia irrumpe,
ni lo oscuro si la luz se desvanece.
Columbrar el infinito en el eco de un rumor.
Escribir como si algo pudiera imponerse
a la majestuosa perplejidad de lo real.
27.10.26
curso de escritura automática en urano parte uno
todas las muchachas célibes de sausalito toman un greyhound, toman dos, quince, viajan a la otra costa, hablan con los gurús, con los ancianos que han visto el crack del veintinueve, a john coltrane en el village vanguard, pasean las avenidas de las grandes ciudades con un mohín, con dos, con una colección de mohines que engatusa a los desavisados y a los sensibles, pero no han aprendido la lección, no saben a qué atenerse, si medrar sin brida o quedarse en un estado contemplativo del que solo es posible extraer una paloma o una palabra llana sin aliento ni entusiasmo, les informan sobre el roto que llevan dentro, les dicen las palabras exactas, las han ensayado, llevan todo el viaje ensayándolas en el autobús, las saben decir en verso alejandrino, mi madre tiene los ojos verdes, la tarde del sábado está gris, no llueve, hace frío, tengo la chimenea encendida desde mil novecientos sesenta y seis, en madrid cae agua nieve, lo han dicho en televisión, escucho a miles davis en la formación clásica de kind of blue, el jazz es un biombo en el que esconderse, lo escribió cortázar, cortázar era de gatos, no he leído nada suyo sobre los conejos, es un tema no lo suficientemente tratado, tampoco consta nada sobre los conejos en la antigua grecia, ni en la poesía beat, ni sobre la espiritualidad en urano, bill evans no tiene ningún título en el que aparezca la palabra conejo, la noche en urano dura cuarenta y dos años, también los días, qué podré yo decir de urano, debe haber buena tradición de novela negra en urano, se vendrá al mundo con una novela debajo del brazo, se irá escribiendo con paciencia hasta que acuda el último muerto, el estado ideal al que aspiro es el de no quitarme el pijama en tres días, leer poesía birmana, literaturas germánicas medievales, relatos de hombres que desean perderse en un soneto petrarquiano, en un libro antiguo que hable de la luz cuando se ensimisma, qué serán tres días en la noche de urano, quién sabe, si acercas el oído al suelo de urano escuchas el runrún de las placas tectónicas, ese ruido como de lija aplicada sin tiento a cualquier cosa que se desee pulir y exhiba una costra incómoda al roce de la yema de los dedos, la tierra debería contener un abrazo, el aire es una vulgaridad a la que se da la consideración más alta, pero no caemos jamás en la cuenta de que continuamente está ahí, espontáneo y nutricio, con piedad, con sobrecogimiento, con impensable cuidado, buscamos a dios en urano, izamos banderas con pétalos cosidos a la tela ingrávida, rezamos con el corazón ocupado por una congoja infinita, los días en urano se parecen como una resaca a otra, volvemos a casa, los vasos cómplices en la barra del bar, el humo antiguo, un blues cósmico en el cielo de la boca, la noche se cobra siempre sus aranceles, ahora tomo aire, he esperado a que alguien me saque de este limbo inútil, pero nadie percibe mi melancolía, nadie se acerca y me dice emilio cómo ha ido el regreso, cuánto tiempo estuviste perdido
25.10.26
La poesía es un macguffin
Los años acaban delatándose,
publicando sus vicios.
Los recuerdos libran
su íntima batalla con las palabras.
La vida dicta severas instrucciones de uso,
disciplinas muy precisas,
maneras de medir el espanto y soportarlo.
Los años ocultan escenarios vacíos.
En el ocaso, en esa plenitud que no estalla,
perfilas nombres, fechas, argumentos.
Es más tarde cuando viene
Kafka con su libro de quebrantos.
El tiempo es un mcguffin.
Me lo dijo anoche
un personaje secundario
en una película menor de Alfred Hitchcock.
En el Día Internacional de las Bibliotecas II
A María Teresa Ferrer, mi reina de los libros (forever)
En 1250, Richard de Fournival comparó la biblioteca ideal a un ‘hortus conclusus’, un jardín cerrado. Es una cita recogida en «El sueño del Rey Rojo. Lecturas y relecturas sobre las palabras y el mundo”, un libro de Alberto Manguel.
*
Ayer fue el Día Internacional de las Bibliotecas. Dejo aquí una rendición de mi amor hacia ellas. De mi gratitud por que existan también.
*
Una de las palabras más hermosas que conozco es letraherido. Uno de los lugares en el que estoy mejor es una librería o una biblioteca. Borges imaginó el paraíso bajo la forma de una biblioteca. Algunas necesitan de una escalera para acceder a las baldas más altas. Todas, por modestas que sean, ofrecen el consuelo que en ocasiones no se encuentra en otros sitios. Todavía me sucede que al entrar en casa de alguien por primera vez busco si tiene o no una biblioteca. Husmeo con discreción, pero seguro que algún gesto me delata.
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No hay sitio donde mejor se lea que junto a los libros. No es que se tenga uno en las manos, es la sensación de que los demás (muchos o pocos) están cerca y participan de algún modo de la lectura. Libros que consuelan solo con saber que están disponibles. Como las personas a las que amamos. Además, ninguno nos reclama una entrega exclusiva. Lo ideal es ser infiel e ir cortejando a unos y a otros. En una biblioteca la promiscuidad libresca es saludable. Basta una silla. Ni la silla es precisa, si hay suficiente deseo.
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Las bibliotecas domésticas también contribuyen al palique de sus dueños o de sus invitados. No se exige la conversación sobre libros, pero acabaría por imponerse. La imagina caótica conviene también a las bibliotecas, cree uno está bien que no haya un orden, en donde los volúmenes se arracimen en mesas, se arrumben en el suelo en desmayados montones u ocupen las baldas, apretados groseramente, sin darles aire, unos apilados en vertical (como parece que es exigible) y otros, más aristocráticos, ofrecidos en horizontal, sin concierto ni voluntad que los gobierne. Quizá la biblioteca dice más de quienes las poseen que los hábitos o las palabras con que se nos conoce. En la intimidad somos otros, nos expresamos de otra manera. Preservamos para los íntimos esa expresión privada de nosotros mismos. No es una información que debamos difundir, no es algo que los demás deban saber. Entiendo a quien tenga esa especie de pudor en lo concerniente a sus libros, a cómo los ordena o de qué secreta manera los custodia. También a quien abre sus puertas y ofrece esa parte suya al escrutinio de los curiosos. No hay un criterio al que afiliarme. Las bibliotecas personales son extensiones fiables de sus propietarios.
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Las bibliotecas son los únicos laberintos en los que me dejo perder. La vida, al cabo, también es un laberinto. Es la cabeza la que viaja, no el cuerpo. Es la ficción la que te coge de la mano y te zarandea: la realidad sigue firme ahí enfrente. No hay libro bueno en el que no exista esa sensación de zozobra. Hay algunos libros de los que no sales nunca, aunque pasees al acabarlos o los comentes con los amigos en la barra de un bar o en un WhatsApp. Libros de los que te impregnas, libros que te afectan como lo hacen algunas personas, libros a los que vuelves de vez en cuando para comprobar que todo está en su sitio o que, ojalá fuese así, las cosas han sido movidas y ahora el libro es otro. Quizá somos nosotros los distintos. Como el río de Heráclito: nadie baja dos veces a las aguas del mismo río. Es otro el río, su corriente; nosotros nunca somos iguales de un día a otro. hay biblioteca que no cambie a poco que no la miremos. Ninguna que no posea la facultad de que su dueño no la reconozca.
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Las bibliotecas custodian la Historia y la preservan ante la eventualidad de que el género humano pierda la cabeza y se líe a palos masivamente. Sucede que, en la contienda, en la refriega, en el yo te invado antes de que tú lo hagas o yo te tiro una bomba por si a ti se te ocurre la misma idea, son las bibliotecas las primeras que padecen el desvarío de los contendientes. Parece que se esmeran en que las bombas caigan en ellas. Se obstinan en reducir a escombros las bibliotecas y las escuelas. A veces, según las circunstancias, arremeten contra las iglesias. Quedan en pie las tabernas y los puticlubs, eso no se toca, por si hay gana de farra o de fornicio cuando han terminado de pasar las ambulancias o se han enterrado a todos los muertos. La visión de una biblioteca destrozada produce en quien las ama una desolación muy difícil de describir. Cuando el dolor es hondo, si ha alcanzado los adentros, resulta duro pensar con calma, escribir o hablar sobre lo que se ha perdido. En el duelo el pulso narrativo languidece, flaquea, se pierde invariablemente, pero lo que se escucha o lo que se lee es verdadero, no obedece a ningún ardid literario, ni se deja cortejar por las modas. Los libros no sólo arden muy bien, si se les arrima un fuego que no se desmaye en la tragedia de hacerlos ceniza: también mueren con absoluta soltura. Parece que no les importa. Como si lo que les sucede estuviera registrado en alguno de ellos, justamente en los que están padeciendo el rigor de las llamas. No hay nada que no se haya escrito. En alguna época, alguien constató el terror o el amor o la belleza. La literatura es una extensión de ese volcado ancestral. Se anudan los argumentos, se expanden, adquieren volumen, incluso parecen otros, aunque en realidad sean los mismos de siempre, los que contaron los griegos o un bardo inglés o un novelista metido en contar andanzas caballerescas. Arden los libros, se les da bien arder, pero hay otros que les suplen. A cada libro sacrificado, hay otro que acecha para ocupar el hueco vacante. Si las bombas derriban una biblioteca, los supervivientes levantarán otra y colocarán con mimo los volúmenes en las baldas. En alguno se transcribirá la historia de los que prendieron la mecha y de los que la vieron prender. Estará el pasado y se entreverá el futuro. Lo que sí es cierto (no hay otra verdad más fácilmente defendible) es que el libro permanece. No hay objeto mejor pensado que él. Si tuviéramos que elegir uno solo, un solo objeto que representara el progreso del hombre no habría ninguno mejor que un libro. El fuego no los hace perecer. Duran mientras alguien relate lo que leyó en ellos y otro se empecine en registrarlo para que no se pierda.
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Hay bibliotecas que no lo parecen, pero no difieren de las otras, de todas las que has visitado y se han parecido entre ellas. Comparten la idea del orden, esgrimen contra quienes las apartan las mismas consideraciones intelectuales o estéticas: hay que leer, el futuro de un pueblo reside en la educación que reciba, los libros son el legado más valioso del hombre y en ese plan. En algunas de esas bibliotecas que no se inscriben en la norma pueden concurrir circunstancias que las hagan verdaderamente valiosas. Da igual que una furgoneta abierta en un costado (como las que surten de helados en verano) o un improvisado puesto callejero en el que se apilan libros para que el transeúnte los ojeé con vistas a que alguno sea el elegido y se lo lleve a casa. Las bibliotecas que se instalan a pie de playa son privilegiadas por sacar al libro de la pompa con la que se exhibe las más de las veces. Al libro se le confina con excesiva frecuencia en lugares en donde importa la elegancia, la distinción, cierto esplendor acorde al brillo o al mérito de lo que allí se expone, pero la cultura campa mejor sin corsés, sin dejarse catalogar. El hecho de que uno pise la arena de la playa sin calzado, con el torso desnudo, bronceado a fondo, cubierta la cabeza con alguna gorra con visera para hacer que el calor no la derrita, hace que la lectura se aligere también de sus protocolos. Hay literatura de verano como existe de chimenea o de cama, pero lo que se premia es la lectura en sí misma, la facultad de que el lector elija dónde leer y el atrezo no interfiera en la ella y podamos franquear una novela de mil páginas sin que se nos venga abajo a poco que calienta el sol o el sudor, insobornable, se escurre frente abajo, amenazando con caer a la página y emborronar un par de frases. Recuerdo haber leído a Lovecraft en un chiringuito.
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En ocasiones, convencido por la pereza, he pensado en desordenar mi biblioteca. Se trataría, en todo caso, de introducir un elemento caótico en ella. Uno añadido al que ya contiene. Siempre me fascinaron las mesas en las que el escritor está ocupado con sus libros y mira distraídamente a la cámara que registra ese momento de inspiración espontánea y simulada. Los libros se apilan sin que los encaje un propósito y crecen contrariamente a cualquier iniciativa de orden. Me parece imposible que alguien sepa cómo encontrar la poesía completa de Gil de Biedma en los tres volúmenes que editó hace veinte años (tal vez más) Mondadori. Quizá dé con uno (Las personas del verbo es mi favorito) y lo ojeé de pie y después lo coloque en el mismo sitio o probablemente esa pereza (o cierta voluntad anárquica) le incite en su subconsciente a que lo deje en otro lugar, uno en el que nunca haya estado. No tengo una biblioteca tan sumamente extensa como para que los libros me asfixien. Es voluminosa, sin que en ningún momento pueda alardear de ella como en ocasiones sí lo hago con la colección de discos o con la de películas. Es una mera cuestión de espacio. Las bibliotecas obedecen ciegamente a la propiedad en la que habitan. Creo que es Javier Marías el que tenía un segundo piso en cuyas habitaciones sólo había estanterías, altas estanterías hasta el mismo techo en donde alojar una segunda biblioteca. En la principal, estarían los libros que manejaba para sus novelas o las novedades recientes o aquéllos por los que manifiesta (pública o privadamente) una devoción mayor. Con el tiempo, haría pequeñas mudanzas y llevaría los libros menos consultados al piso depósito, por llamarlo de alguna manera. Caso de que Marías hubiese llegado a ser un lector centenario hubiera tenido que abrir un tercer piso y comenzar una tercera biblioteca. El ardor bibliófilo es una enfermedad y quien la padece no se deja medicar y permite que el mal avance y termine por invadirle el cuerpo entero hasta que lo derrota. Mi amor libresco no alcanza ese delirio. Tampoco se me permitiría. Hasta yo, a veces, pienso a qué viene ese vicio de comprar libros cuando todavía hay algunos que todavía no has leído. Podría hacer una lista larga. Parece que esperan a que les concedas el beneficio de la existencia. Somos una especie de dioses subalternos, caprichosos y rudimentarios que abren y cierran las vidas encerradas en las novelas que no leemos. La vida, que es caos, no puede volverse mansedumbre: hay vértigo dentro, aunque nos esmeremos en domeñarlo y busquemos (con ahínco, con pasión, con vicio a veces) el orden, como si eso nos salvara de algo. Como si fuese malo y hubiese que huir.
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Hay bibliotecas que parecen catedrales. Les falta a Bach tocado en un órgano majestuoso que ocupe una parte bien visible en alguna galería superior. Tampoco estaría de más que tuviesen campanas. Las metáforas poseen más belleza y también más hondura si las acuña lo sacro, a pesar de que el espíritu de las bibliotecas se afilie más a lo laico y exprese con más vehemencia la parte laica de la sociedad. Sin embargo, las grandes bibliotecas retrotraen al pasado medieval. En la Baja Edad Media eran las universidades y las iglesias las que soportaban el peso fiable de la cultura, su custodia, ese preservar lo hermoso y lo blasfemo para que no lo arruine el tiempo. El bibliotecario era Dios. Allí estaban celosamente custodiados todos los libros posibles. Ninguno escrito por el ingenio del hombre estaba afuera, expuesto al rigor del tiempo, sometido a la voluntad de los incrédulos o de los bárbaros, los que profanaron los cálices y las aras, arrasaron el jardín y quemaron los libros impronunciables, temerosos de que esos libros encerraran blasfemias contra su dios. Las bibliotecas tienen ese halo de cosa producida por la divinidad todavía, aunque las subvencionen las arcas públicas, que no son (esperemos que no lo sean) asunto de la Madre Iglesia.
En cierto modo, alivia esa idea panteísta del libro. Conforta la certidumbre de que todas las tramas de todas las novelas estuviesen en ese ámbito privado. En la actualidad, Google es el Bibliotecario. Él es quien rastrea e indexa. Las tripas del universo son un inabarcable poema binario en el que están todos los jardines y todos los caballos, todos los ríos y todas las batallas. En un libro, en alguno del que no ahora no podemos referir un autor o un título, estarán estas mismas palabras que yo ahora un poco borgeanamente prefiguro. Que en otro se registraría un argumento inverso al que yo propongo. En un libro Caín no mata a Abel. En otro, distópicamente, el Imperio Romano llega hasta el siglo XVIII o Hitler ganó la guerra o no nacen Cervantes o Shakespeare. Habrá alguno en donde Donald Trump se hace emperador de los Estados Unidos de América.
*

Hay sitios que no están, algunos que ni siquiera tienen posibilidad de imponerse a la realidad y perdurar en ella, pero de los que se posee una idea romántica, de una plenitud absoluta, ocupando la entera capacidad de fascinación de la que somos capaces. Como una religión. Se tiene de ellos la impresión de que nos esperan, aunque no haya noticia alguna, ni evidencia fiable, de que nos dirigimos allí o de que conocemos el camino. Cuanto más se aprecia lo imposible de su existencia, con más ahínco nos aferramos a ellos. Son nuestros, al modo en que lo son la casa en la que vivimos o el cuerpo en el que estamos. El anhelo de la propiedad no siempre es tangible, no cuadra a veces con los objetos con los que amueblamos la vigilia. Tenemos posesiones preciosas que no registran las reglas del volumen y del peso, que no se abren con llaves ni conocen el imperio del dinero. Hoy, al leer a mis alumnos la Oda a las cosas de Pablo Neruda, pensé en cómo nos sobreviven los objetos, en la resistencia a que el olvido los derrote. Ojalá nosotros mismos pudiéramos perdurar como ellos. De alguna forma uno perdura en los libros que posee. Los libros que tenemos dicen cómo somos. Algunos lo hacen con más vehemencia, con más hondura también, que las palabras que decimos o los actos que hacemos. Amar los libros es escindirse en ellos. Nos impregnan y también los impregnamos. La biblioteca que vamos haciendo crecer funciona al modo en que lo hacen los hijos. Se parecen a nosotros, tienen gestos nuestros. Somos el río irrevocable, decía Neruda. Somos el libro infinito. Hay bibliotecas secretas en los bosques. Cada uno tiene la suya.
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Siempre es bueno tener a mano unas letras que echarse al ojo. Si la biblioteca queda lejos o no se anda bien de tiempo, nada mejor que la posibilidad de que el libro vaya en tu busca, dé contigo y te deje cogerlo. No imagino mejor método para devolverlo que el usado para llevártelo. Una vez que lo has leído, lo metes en el bolsillo grande del abrigo de pana de invierno o en el bolso o en la mano, para que los demás sepan qué lees y lo que te gusta airearlo. Hay que presumir de estos vicios librescos. Salir a la calle con un tomo de Robert Stevenson o de Pedro López Lara, dejadme que tire de amistad, pasearlo un par de horas y luego retornarlo a casa y devolverlo a la balda de donde lo cogiste. Se pueden ir punteando los volúmenes elegidos con idea de no repetir y poder exhibir una selección variada que entusiasmará al público atento o avisado. En el colmo de la generosidad, se puede uno colocar el mueble a la espalda y apostarse en la plaza del pueblo para que los transeúntes, después de salir de la conmoción óptica, escojan su preferido y se comprometan a traerlo de vuelta con la reiteración o el plazo que estipulen dueño y usuario. La irrupción de los libros electrónicos invalida estas escaramuzas románticas. Carga uno el aparato y lo guarda en cualquier sitio, de pequeño que resulta, pero no es lo mismo que se nos vea con un libro en las manos, uno de verdad, tangible, con su pasta dura o su arrugada de bolsillo, con su peso, manejable o no, que portando en las manos una máquina sin encanto alguno, de la que no se sabe bien qué uso se le está dando y que no difiere, ni en tamaño ni en prestaciones a veces, de un smartphone. Una vulgaridad. De ahí la épica de las bibliotecas ambulantes, su insobornable vocación de servicio social. Los libros, si se mueven, van más lejos. Luego, cuando se leen, hacen que sea el lector el que se traslada. Es doble el viaje. Los libros no pesan. Benditas alas.
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Antes está comer, apaciguar el apetito cuando se encabrita y cocea por ahí adentro el hambre. Es malo ese caballo interior, no da tregua, no se deja acariciar, exige su tributo. Se le doma con cualquier cosa, ustedes ya saben. Basta que mastique y trague, pero hay días en que uno desea elevar el listón y se le conceden manjares que compensen un poco todas las desatenciones. Lo de comer entre libros pasa a veces en las películas de Woody Allen. Se sientan en una mesa bien ocupada por platos y festejada con velas o historiadas botellas de vino y charlan con un humor imbatible, entre chabacano e intelectual, acerca de hombres o de mujeres o de corrientes pictóricas o de la vigencia de las drogas como estímulo creativo. Los libros, a espaldas de los comensales, aguardan que alguien los coja en los postres, los ojee casi sin aprecio y los vuelva a depositar en el hueco de donde los extrajo. No soy del gusto de tener libros en el lugar en donde se come en casa. Observo un protocolo estricto y me esmero en darles una residencia más apartada, en la que no haya ese tránsito de personas yendo y viniendo. Cada dependencia de la casa precisa un cometido. Hubo un tiempo en que tenía libros en todas partes al no disponer de una sola en la que alojarlos a todos. Pequeños muebles repartidos por habitaciones y por pasillos los contenían honrosamente, pero sin concederles el vínculo primario de hacer de ellos una familia. Que uno se beneficie un arroz con marisco a su vera no es en sí nada que pueda sancionarse: no infringe ninguna ley, no se desatiende alguna norma (tácita incluso) por la que libros y viandas no puedan vivir juntos, en alegre comandita. Las bibliotecas pueden matrimoniarse con cualquier adorno que se les asigne, cualquier mobiliario es válido. Cuenta la presencia rotunda (vehemente, infatigable) de los volúmenes en sus benditas baldas. Se lee en soledad, pero comer es un acto social, una ceremonia más (y no una desdeñable) de los sentidos.
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Algunos de los libros que he comprado con más vehemencia estaban en la calle. De hecho, no me hace falta con ellos apuntar la librería o la fecha en la que los encontré, como suelo hacer. Puesto a echar memoria hasta caigo en la cuenta de qué hice ese día y tramo en la cabeza una especie de mapa en el que sé moverme con soltura sin que los años pasados hayan cobrado un peaje y algo se me escape. El libro del desasosiego de Pessoa lo compré en un tenderete de libros de segunda mano que en verano se puede encontrar a la espalda de un hotel de primera línea de playa en Fuengirola. Quizá ya no exista, es posible que ahora la ciudad se haya movido y lo haya eliminado. De ahí el valor de los recuerdos. Contra ellos no se interponen los rigores de la realidad. Sigo con Pessoa: cogí el libro y lo metí en una bolsa de playa, junto a la toalla y los Coppertones de turno. Lo abrí en la arena, una vez que se clavó la sombrilla y se abrieron las sillas con la estrategia geopolítica habitual. A eso de media mañana, lo saqué de la bolsa y empecé a ojearlo. Pensé que ésa no era literatura para un día de playa, pero avancé lo suficiente como para acabarlo en pocos días. Aquella tarde volví a pasar por el puesto callejero de libros, sin comprar ninguno. Fue en coche, de camino a algún sitio que en esta ocasión sí que he borrado de mi cabeza. Mi tío, al verme leer con ese ardor, me dijo que parara de vez en cuando y me diera un baño, no cayera malo. No dijo otra cosa, fue ésa. Están ahí los dos, sin que yo sepa el modo en que se hablan, Fernando Pessoa y Juan Calvo de Mora, mi tío, entablando un diálogo en el que quizá yo ni pueda entrar. Los libros hacen cosas que no entendemos.
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No hay vida para leer todos lo que uno quisiera. Incluso el hecho de leer mucho trae aparejada la idea de que algo tuvo que descuidarse. Si yo ahora releyese Moby Dick, la obra maestra de Herman Melville o la Lolita de Vladimir Nabokov, una de las mejores novelas jamás escritas, le estaría sustrayendo a mi rutina diaria el tiempo que bien podría ocupar en pasear o en salir con los amigos o en ir al cine dos o tres veces por semana y no perder el hilo de los estrenos. No sé lo que tardo en leer una novela. No le he echado cuentas. Leí El túnel de Ernesto Sábato en una tarde y tardé casi un año, con lo malo que es eso, en acabar Ulises de James Joyce. Hasta estuve tentado de dejarla por la mitad. Pesaba más la obligación que el deleite. No creo que me haya sucedido con muchos libros. Hay una voluntad mía en quedarme con las novelas ligeras que tal vez provenga de mi amor absoluto por el cuento. El grosor, en literatura o en el cine, me agradan cada vez menos, pero en cualquier momento me desdigo y vindico el grosor como criterio para elegir una obra y no otra. Lo que no haré jamás es leer todo lo que mi pasión bibliófila ha ido comprando. No porque me falte el deseo para acometer esa empresa, no porque ahora no me apetezca leer de nuevo las novelas de Faulkner o las de Austen. Con frecuencia cada vez mayor razono que no puedo alargar más los días o que no puedo fatigar más las noches. Recuerdo haber leído hasta que clareaba el día. En ninguna de esas ocasiones, en las veces en que el desvelo ocupaba noches enteras viendo cine o escribiendo o leyendo, lamenté el exceso. La edad cobra sus peajes y no se pueden mantener estos vicios sin que se fracture algo dentro. Al mirar la biblioteca de casa constato que es posible que no abra otra vez Manhattan Transfer de John Dos Passos o Drácula de Bram Stoker. Hay libros a los que vuelvo y me fascina la compra de los nuevos y la posibilidad de entrar en una trama de la que lo ignoro todo. Luego está el espacio, la imposibilidad (esta vez) de alojar cada pequeño capricho que uno pueda concederse. Creo que no sabría qué elegir en una biblioteca como la que ilustra este escrito. Sé también que sería feliz de un modo primario e inargumentable si yo dispusiera de esa sala para mi solo solaz. Seguro que está por ahí Borges o Kafka o Musil o Kipling o Lovecraft o Cortázar o Swedenborg. Lo que no hay es vida. Ni quizá los que tenemos cerca, a los que amamos, merezcan que los libros ejerzan esa influencia poderosa en nosotros. Es cierto que es una enfermedad. Los libros, a la larga, dañan, pero es una herida dulce, una que conviene, la única con la que uno trasiega sin que el dolor lo rebaje, aunque uno sepa que, pasados algunos capítulos, el lector y el protagonista mueren. Lo decía con menos palabras un famoso humorista televisivo: el ansia viva (o pura).
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Creo que la ciencia llega siempre tarde, aunque acuda con pompa y con circunstancia, obsequiada de festejos y de promesas de bienestar. Unos médicos ingleses prescriben poesía para que remita la depresión o para que las dolencias del mundo moderno mengüen. Parece que los galenos recetan libros de poesía y de novela a quienes, aquejados por el stress, enfermos de prisa, pedían alguna pócima mágica, algún remedio que no aparezca necesariamente en los prontuarios de medicina. Lo que hacen, según leo en prensa, es enviar a los enfermos a las bibliotecas. Éstas, avisadas, tienen ya las píldoras sobre el mostrador. Ahora un cuarteto de Keats, ahora un soneto de Shakespeare, por qué no un cuento de Saki.
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Leer lo que otros pensaron hacen que pensemos como si no fuésemos el ombligo del mundo, dicho de una manera brusca. Hay males en el mundo que rivalizan con el nuestro. Incluso amores que derrotan todo el amor que nuestro corazón pueda sentir. No hay nada que no hayamos hecho en esta vida que no haya sido escrito en un libro. Da igual qué pensemos o qué hagamos: seguro que es parte de la trama de una novela.
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La neurociencia dice que el cerebro aprende a través de las emociones. Quizá resida ahí la manera en que leer cura más que correr o que tomar ensalada antes de dormir. Por otro lado, hay quien no lee jamás y tiene las ideas claras. No hay fiabilidad en este tipo de cosas: se puede vivir al margen de los libros y tener la felicidad que no tiene quien los devora. Tengo amigos que están en ese lado y no me atrevo a hacer ver que padecen un mal del que yo me considero libre. Lo que no tienen es el refugio al que yo acudo cuando lo necesito. Otra cosa es que esa necesidad sea diaria o que uno se abastezca sin que intermedie necesidad alguna. Uno de ellos, del que no diré nada más, lee para coger el sueño. Coge alguno libro de la estantería, se lo lleva a la cama, se acomoda bien con el almohadón a la espada y busca el lugar por donde lo dejó anoche. Me confiesa que tarda un par de páginas en caer rendido. Le vence el cansancio del día, lo derrota. En ese sentido, los médicos ingleses estarían encantados. Este amigo no precisa medicación para conciliar el bendito sueño. Lee un libro al año, pongo por caso, pero le procura el consuelo que a veces a mí no me proporcionan los veinte o treinta que leo al año. Algunas de mis noches son lo suficientemente largas como para envidiar ese uso bastardo que mi amigo le da a los libros. Los días terribles, los que a veces lo son, me parezco a él más de lo que me gustaría: caigo a la quinta página. Tal vez sueño que continúo la lectura. Prefiero pensar que en mis ensoñaciones prosigo la lectura cancelada. Se produce así un texto doble: uno funciona en la realidad; otro, más enigmático, ocurre en mi imaginación.
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Son las palabras las que curan. Ellas hacen todo el trabajo. Se arriman unas a otras, buscan la posición más idónea y montan un cuento o un poema. Las más osadas, las que tienen más coraje o disponen de más tiempo, construyen novelas, pero no hace falta que estén impresas o que las contenga un libro. También curan las palabras que decimos y las que escuchamos. Uno cuenta lo que le pasa o escucha lo que le pasa a los demás. El modo en que esas palabras confortan no es nuevo. Somos las historias que nos cuentan. Mientras que las escuchamos, el tiempo se encorva, se aligera, se expande, se fragmenta, se comba, se alarga. Hay libros en los que incluso desaparece. No creo que todos sirvan para ese propósito. Yo he visitado algunos. No todos son recomendables: los libros nos eligen a nosotros de alguna manera. Hay autores que idearon su historia para que tú la leyeras. Conforme entras en ella adviertes ese regalo que te hicieron. Mientras que la lees, no tienes constancia de que otros estén haciendo eso mismo que estás haciendo tú, leer. El cine es una actividad comunitaria, pero la literatura es un acto íntimo, uno privado como pocos. Nunca se necesita a nadie para leer. Nacemos solos, morimos solos y leemos en soledad.
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Existen bibliotecas mensurables, en las que habitan libros deslomados, apilados como en la barra de un bar en las baldas de una estantería; parece que dialogaran entre sí, que buscaran refugio y calor, a la espera de alguien que les abra el alma. Son nuestras bibliotecas de barrio, de colegio, de casa, de librería… espacios cada vez menos transitados, presas fáciles de la era de tuit. También están esas otras bibliotecas de geografía variable, difuso reflejo de aquéllas otras, que habitan en nuestra memoria, que mutan al arbitrio de nuestra experiencia y que hacen más confortable la soledad, más ancha nuestra libertad, más tolerante nuestra mirada. Todos, todas tenemos en nuestro interior bibliotecas que, díscolas, navegan a su placer en nuestra memoria, dictando qué libro, qué fragmento, qué personaje, qué lugares y escenas rescatarnos, al son de las emociones que escribe nuestro presente. Incluso quien menos lee necesita como quien respira del eco de un texto en pretérito que exorcice los demonios de la memoria, que nos alivie de la prosaica letanía del presente.
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Ordenar bibliotecas es ejercer de crítico literario.
24.10.26
En el Día Internacional de las Bibliotecas / Un cuento (Redux)
Proyecto
El hombre se ha despertado con la peregrina idea de leer el
libro en el que está basada la película que vio la noche anterior, pero no
recuerda el título.Tampoco de qué iba. Sólo ve pájaros y un edificio victoriano
al que entran circunspectos caballeros de macferlán y sombrero de copa, bastón
y perilla. Todos se parecen tanto que llega un momento en que consiente la
ficción de que, en realidad, son la misma persona, absurdamente multiplicada.
Ve también, de forma dispersa y obsesiva, árboles que salpican un paisaje
aplastado por una insolencia de nubes. En ese cielo sin propósito advierte
aviones que lo surcan muy despacio. Los pájaros y los aviones no se molestan.
Parece que alguien pasara la imagen por un proyector y lo estuviera haciendo
premeditadamente a cámara escandalosamente lenta. Los pájaros violentan el
silencio de ese desfile aristocrático con unos graznidos que no soporta.
Graznidos lentos, a cámara lenta también. Ahí termina la película.
Travesía
La amable señorita de la biblioteca se esfuerza en que
formule un título. Le razona que hoy en día se puede llegar a la madeja desde
cualquier pequeño hilo, por infundado que parezca. Le habla del algoritmo
secreto de google y de dios escondido en el código binario. Le habla de que
existe un propósito para todo y de que la realidad, por compleja que se
ofrezca, es asequible, es cercana, es íntima como un beso en los labios de
quien nos ama. De pronto el hombre le confiesa que tal vez no sea una película
sino un sueño. En ese caso estoy obligada a informarle que no es posible
ayudarle porque no existe una bibliografía sobre los sueños de los usuarios de
la biblioteca o del mundo. Nuestro catálogo es ingente y hasta tenemos un fondo
sin registrar, libros apilados en el sótano donde hace años que sólo entramos a
dejar más libros, pero insisto en la imposibilidad de satisfacer su demanda,
añade la bibliotecaria, sin torcer el gesto.
Fuga
El hombre se aleja del edificio de la Biblioteca con la
sospecha de que le han engañado. El libro existe, piensa. Hay un libro para
cada soñador. Un registro minucioso para todos los sueños desde que nacemos
hasta que morimos. El hombre no es religioso, pero entiende que está
manifestando una especie de reflexión de índole enteramente religiosa. Quizá
toda la religión no sea sino un prontuario formidable de metáforas que informan
sobre un sueño en particular, el de un dios o el de muchos dioses. Tal vez Dios,
el llamado Verdadero, sea el amanuense de ese inventario único y esa biblioteca
fantástica sea el cielo. En este momento, emboscado en estas reflexiones,
comprende que ha muerto y está a punto de contemplar uno a uno, sin pérdida,
sin rebaja alguna, todos los sueños que ha tenido. El último era de pájaros y
un edificio victoriano al que entran elegantes caballeros absurdamente iguales.
Coda
Cuenta en una taberna de amigos la historia de los libros y
el sueño de los hombres. No pretende que se le escuche. De una forma precaria,
sin apenas mimos, confía un secreto que dentro de su alma es una catedral, pero
en apariencia, contado, es una minucia, un verso suelto de un poema absoluto.
Todos somos grandes poetas, grandes constructores de catedrales, grandes
jardineros del cosmos, pero no poseemos la habilidad de contárselo a los demás,
y trabajamos en silencio, en la soledad de un demiurgo muy tímido, aprisionados
y locos.
23.10.26
Seis aforismos
Los espejos
Al mirarse en los espejos hay que precaverse. Duplican lo que no entendemos. A pesar de la luz, exhiben sin pudor nuestro lento ingreso en la oscuridad.
Insomnio
El insomnio es el acto de amor más festivo de la vida. Dormir es una anomalía de la conciencia, un rendición ante la opulencia de la realidad.
Paisaje
El paisaje es una extensión del ojo. El ojo, al mirar, resuelve la realidad.
La vanidad
El vanidoso escribe con retórica esdrújula.
Retórica del amor
El amor carece de elocuencia. Una vez que se le ha entendido es cuando comienza a flojear su influjo.
La inocencia
La inocencia posee su palacio de invierno, su jardín abandonado, sin columpios ni algarabía, sin presagios ni prodigios.
21.10.26
Mis ojos de anime
La verdad duele más que la fe. Convierte nuestra obediencia en algo bello. El alma es un anomalía en la matriz del tiempo. El arte es una advertencia. Dios es un libro vacío. Nacer con dos corazones, con dos sexos, con dos almas. Un corazón para niños con un porvenir lírico, otro para niños que susurran coordenadas. Un sexo para la vigilia, otro para el sueño. Un alma para Dios, otra para las metáforas. La poesía como conducto de respiración. La matemática como exorcismo. Los elegidos fueron los que guardaron sus secretos en disquetes. El gobierno entierra lo que no entiende. Tiene un ejército de disidentes bajo tierra. El algoritmo escucha y devora esperanzas, ilusiones, un libro del porvenir, mientras las cenizas del universo vuelan como polillas hacia un punto de luz que se desvanece si lo miras, que permanece si lo ignoras. El amor es una danza perversa, de arrumacos y nicotina. La diversión termina donde empieza la memoria. La velocidad es una mentira que contamos a los mapas. Mi padre medía el tiempo en cigarrillos. Dos cajetillas eran dos días. El humo tenía un aire pastoral, un eco talado con hacha de oro. Cuando dejó de fumar, se perdió, adquirió la condición de fantasma. Guardo sus cenizas en una lata de galletas. Como si algo en mis huesos aún buscara la cerradura perfecta. Como si se pudiera entrar en la tristeza y salir indemne. La tristeza es la ceniza cuando nadie recuerda el fuego. Duele más la tristeza que la muerte. Hay que contar hasta cien con los ojos vueltos hacia adentro. Ahí el humo de las palabras, ahí el temblor con su muñeca rota. Mi padre sabía el nombre de todos los poetas del veintisiete. Cuando la voz le abandonó, recitaba versos con el tumulto de la sangre que recorría la pierna que le amputaron. Le hablaba a la sangre inventada. Yo fui un soldado en las guerras del Peloponeso. Yo fui el que besó a Ava Gardner en un cine de verano de San Andrés. La sangre no es de escuchar. Corre a ciegas. A veces se ensimisma. Se la ve extasiarse en un pulso del reloj del corazón. Como el ritmo circadiano del alma: glándulas, hormonas, luz, sombra, sueño. Como la maquinaria terca del olvido al cerrar puertas, ventanas, libros, hombres, mujeres, paisajes. Como un solo de trompeta de Chet Baker en un tugurio de Amsterdam en mil novecintos setenta y ocho. Chet comprende la niebla, sabe del aire talado y hecho añicos, ha puesto la mano en el roto de las catedrales para sentir el corazón infinito del tiempo, pero ha llegado el ángel negro de los suburbios con su espada de fuego, con su pendencia antigua de heraldo de la abundancia y ha escrito un salmo sin luz en el vientre de todas las mujeres para que los hijos manifiesten el desquicio de los muertos. Ellos anticipan el futuro con su silencio sin salmos. Un muerto es el fracaso de su ángel, dijo el poeta. Chet deambula por las avenidas de Europa sin saber que ha muerto. Puedes verlo sentado en un banco al sol en el invierno de su alma, que es una trompeta rota a la que todavía profesa la más alta de sus devociones. Aplica la boca con esmero y cree hacerla sonar, pero la música solo suena en su memoria, que es una habitación que se está comiendo la niebla. Pero Chet se ha desvanecido completamente. La verdad duele más que la añoranza, más que el dolor. Duele saber, su marca en la memoria. No tenemos con qué gobernarla. Comparece sin que podamos rendir una intendencia. Es ajena, es inventada, es frágil. Arena a la que asedia el viento. Agua sin cauce que la ciña a la tierra y la doblegue. La vida de los poetas es arena y agua. Todos los poetas creen en Dios, que es un verbo sin transubstanciarse, una especie de eco de un eco ágrafo que todavía percute en el éter. A mi padre la metafísica le importaba lo justo. Él era de ver santos en las iglesias y padecer su padecimiento sin interrogarles, sin exhibir una brizna de incertidumbre, de sentarse en un banco y no pensar sino dejarse ir, me lo dijo una vez. Emilio, no hay lugar más hermoso. Allí te sientes hospitalario contigo mismo, con el aire, con la luz.
No salir nunca del bosque
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El Circo del Sol es adictivo. Hoy al salir del Grand Chapiteau he pronunciado esa frase. La repito mientras escribo.
