12.10.26

La bola negra

 



Una advertencia inicial: es difícil ver La bola negra sin sentirse afectado por todo el ruido mediático de la maquinaria de la propaganda. Es una de esas películas que aturde antes de entrar en la sala y verla y continúa aturdiendo una vez que se sale de ella. No traigo el verbo aturdir con alguna connotación peyorativa, aunque tal vez alguna habrá.

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La bola negra progresa en tres líneas temporales: 1932, que sería la trama del dolor; 1937, la de la barbarie, y 2017, la de la restitución o la de la memoria. Todo lo engarza la voluntad póstuma del abuelo de Sebastián, el soldado franquista (por casualidad esa adscripción política, una criatura sensible, con ínfulas artísticas, sin pertenencia a facción bélica alguna) que se enamoró de un soldado republicano que custodiaba los últimos papeles de Federico García Lorca: una obra de teatro llamada La bola negra, de la que se tienen las primeras páginas, comenzadas en el tramo primero de la película a través del personaje de Carlos, un señorito granadino al que se le reprueba que participe como miembro del Casino, y de cuyo porvenir el guion crea la ficción de que esa obra estaba realmente acabada. La historia va creciendo, en flashbacks, en tiempos casi simultaneados. La parte más cercana en el tiempo la protagoniza Alberto, un joven dramaturgo en horas bajas al que descubrimos viviendo licenciosamente unas vacaciones en Grecia, nieto del soldado franquista, impelido a reconciliarse con su pasado al recibir una llamada que le informa de la muerte del abuelo desconocido. Todos estos personajes son homosexuales: debe aclararse esto.

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La bola negra es, más que una película, un acontecimiento cultural. No debe ponerse objeción alguna a esa circunstancia, la de la cultura, tan hermosa y deseable siempre. El mismo cine es cultura. Para bien o para mal, su pase por la taquilla (pronto se emitirá por Movistar +, que la produce) trasciende lo meramente cinematográfico.  Quizá acabe siendo más recordada por la turbulencia social que causó, la está causando, por su trajín en los medios, que por sus valores artísticos. Hay películas (buenas incluso) que avasallan en la taquilla, concitan la necesidad de expresar alguna opinión sobre ellas y acaban comidas por el olvido. Esta es de las buenas, en mi opinión. Esa bondad tiene matices, vuelvo a expresarme así. Muchos, tal vez. Entra en lo razonable (y es legítimo) que toda ella se construyera pensando en eso: en su recorrido popular, en esa voluntad de animar a que la gente que la ha visto (con más argumentos) y la que no (con lo recogido afuera de la sala, en la calle, en la prensa, en internet, en cualquier lugar en donde haya quien hable y quien escuche) exprese una opinión. Yo mismo he tardado en decidirme a contar qué me pareció. Hubo un momento en que prevaleció la idea de no contar nada. En este momento, por hastío, se me están quitando las ganas de seguir escribiendo. Creo, empero, que lo que cuente un servidor en adelante no dejará de ser una opinión montada sobre una opinión. La del cine, cuando salió, fue la primera. Sobre esa opinión, favorable, primeramente, masticada la película, observado el efecto que me ha causado al cabo de una semana de haberla visto, escribo esta segunda opinión. Deberíamos escribir sobre cine (o sobre cualquier cosa que nos emocione) no con inmediatez. Yo declaro, para desdecirme, que no hago eso casi nunca.

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Agrada que una película sobre Federico García Lorca se lleve una ovación de diecisiete minutos en Cannes. Ole los Javis. Qué bien, qué estupenda noticia para el cine español. Agradaría más si tras los aplausos alguien saliera como loco a buscar un libro de Lorca y metérselo en vena. El Lorca que venden los Javis es de taza de café en tienda de souvenirs culturales. Un Lorca como ese Che que ocupaba las camisetas de gente que no sabían poner en el mapa Sierra Maestra. Un Lorca de la cáscara amarga que probablemente habría aceptado gustosamente este homenaje, que se habría encantado interpretándose a sí mismo, con su pluma, con su aire burgués y etéreo, pero habría salido de la sala o del set de rodaje preocupado por el estilismo, por esa precisión (quirúrgica, metafórica, vital) con la que han vestido la historia, su historia. La poesía conduce la trama, cómo no, es de Lorca de quien se habla, aunque la convocada por Ambrossi y Calvo (y el libreto de la obra de teatro de Alberto Conejero de la que parten) es de factura más modesta, leve, apenas unos versos, un sentir lorquiano de manual, más ocupada en los detalles austeros, en la minucia sentimental, no en la ampulosa (brutal, iba a escribir) decantación barroca de sus mimbres. Los Javis tendrán esa fe poética que puede malograr o sublimar el mismo hecho artístico.

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Agrada (mucho, a ratos, esto lo volveré a decir) la ingeniería pop del producto. Ambrossi y Calvo son hijos del pop (hasta del glam o del bolero) que han leído las colecciones de poesía de Austral o que han mamado mucho cine melodramático a lo Douglas Sirk, tan amado por Almodóvar, de donde los Javis bebieron. Habrán querido que haya su poquito de Coppola en esta bola suya. Ahí está el muchacho enamorado agarrado a su trompeta como Gene Hackman se agarraba a su saxofón en su triste apartamento de La conversación. Habrán querido homenajear a la Virginia Woolf de La Señora Dalloway que Stephen Daldry lleva al cine con Las horas, que cuenta también con una historia mantenida en tres tiempos, con tres actrices en estado de gracia, por cierto. Tienen ambas obras, por cierto, un recado común que hacer: el de indagar en la pertinencia de la memoria, en el peso de las renuncias y de las heridas que causan.

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Creo que una sola imagen de la película, la que ocupa el cartel o uno de los carteles con los que se publicita, la resume entera. Es Sebastián, uno de los tres protagonistas, el que se presenta en el segundo periodo temporal, escalando una estatua de San Sebastián que ha sido derribada por un ataque de la aviación italiana al pueblo (nacional, no republicano) en donde vive. Ese santo Sebastián asaetado antes que bombardeado, convertido en icono gay por su apostura física, por su dolor sin alivio, por esa expresión de arrobo o de catarsis en la expiación. Es raro que los Javis (Calvo y Ambrossi) no hayan metido en los diálogos a Oscar Wilde o a Yukio Mishima, renombrados escritores que no escondieron sus devociones plásticas, intelectuales y eróticas por el santo.

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La bola negra es una tragedia política que se desentiende de lo político. Lo hace de un modo tan honesto que incluso los soldados que aparecen en ella no hacen de soldados: no se les ve en el frente, no hay escenas en que el fragor de la batalla apabulle, haga pensar de verdad en la barbarie de la guerra. Son soldados bien hechos, permítanme. Tienen prestancia, se ríen, corren desnudos por la playa. En este sentido, la soldadesca invitada a la función es de mentira, fogueo metafórico, no sé, una manera de contar la guerra sin que la veamos. Sebastián cae en un bando como podía haber caído en el otro. Hay como un humanismo atávico en el que se privilegia la emoción pura. Donde el conflicto intelectual solo se referencia cuando se cuestiona la legitimidad de que la orientación sexual sea motivo de censura o de odio. Calvo y Ambrossi quieren contar la represión, el hambre, la soledad, el sinsentido de las guerras recurriendo a un punto de vista casi único: el de la homofobia. Y está bien que sea ese el punto de vista contado y los directores se esmeren en que la ambición no malogre la primera vocación de la película, que es honrar a la imaginación, hacer que esa especulación alrededor de una obra de teatro perdida, que no inacabada, de Lorca prospere, se ensanche, se alargue (dos horas y media que no pesan) y lo ocupe todo.

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A Lorca no lo mataron únicamente por ser homosexual. Lo harían por silenciar a alguien que podría alardear de su condición desde la posición que disfrutaba; un hombre popular, libre, con púlpitos desde donde difundir una imagen incómoda (peligrosa) para el país que algunos estaban creando.

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Hay cosas en La bola negra que carecen absolutamente de una función narrativa: únicamente comparecen por capricho autoral, lo cual no es algo nuevo. Lo que desgracia esa licencia es que todas esas injerencias espurias (los soldados corriendo desnudos por la playa, los marineros estilo Jean Paul Gaultier en el Mirador de San Nicolás granadino) nazcan y mueran en el mismo instante, que no contribuyan a nada, salvo al espectáculo queer, amplificado, tal vez innecesariamente. Esa artificiosidad (pretenciosa, convocada excéntricamente) no es poética al modo que hubiera deseado el propio Lorca, sino publicitaria, más orientada a la mercadotecnia que a la verdadera emoción artística. Hay unas monjitas muy modernitas que opinan sobre los republicanos a los que atienden en el hospital militar de los nacionales. Dicen de uno que es majo. Una de ellas fuma mientras ve cómo se los llevan a fusilarlos. Hay un número maravilloso (Penélope Cruz en su salsa, faraónica, estelar, triste, en el fondo) que hace reír y llorar a la vez. Eso no sobra, en mi opinión. Poco humor hay para el mucho humor que los Javis incorporan a sus películas. Y este espectador agradece que, en eso, al menos, hayan sido contenidos, se hayan cohibido, no hayan querido mezclar géneros. La bola negra, aun así, es un híbrido de ellos: es película bélica, romántica, política. Me dejaré alguno. Tampoco es una película sobre Lorca, aunque el poeta la cruce en buena parte y uno, al tanto de cosas, no pueda evitar unir palabras y emociones.

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La música de Raül Refree, delicada a veces, apocalíptica otras, muy presente en todos los casos, tiene la misma contundencia que la imagen a la que apoya. A veces funciona como vehículo de la memoria (las piezas cantadas de la época como El soldadito español o Las tardes del Ritz, la herencia de la tradición, la vanguardia permutándola) y otras como subrayado incidental, articulado con el mismo primor con el que se organizan las pequeñas tramas, los diálogos, los escenarios. Esa contundencia aturde también. Hay silencios que rivalizan con la partitura más elocuente. Los metales y los timbres de la banda sonora marcan la pauta emocional machaconamente, anticipan sin que se precise, remarcan lo que la imagen ya consigue. Hay también un subrayado narrativo excesivo: todo se explica con colmo de detalle. Los protagonistas lo dicen todo, no se guardan nada, no permiten que se recree la imaginación de quien observa y escucha en poner las piezas que faltan. No es que los Javis crean que el espectador es tonto, no se atreverían, pero dan pinceladas gruesas (los soldados fascistas recreando con absoluto rigor plástico todos los tópicos a los que presumiblemente enfrentan sus convicciones más puritanas) y acaban construyendo un fresco voluble, una especie de cuadro grande en el que se pueden encontrar los horrores de la guerra y, al tiempo, la frivolidad de quienes las perpetran. Todos esos clichés lastiman la esencia misma del film: legitimar lo diferente, dar coherencia a la heterodoxia, vestir con mimbres folclóricos (y contemporáneos, por desgracia) la penosa represión que sufrió (que ha ido sufriendo, que todavía sufre) el colectivo gay, de modo que la impresión que subyace al salir de la sala es la de que hemos asistido a una conferencia sobre la salvación del hombre, a pesar de la barbarie a la que siempre se afilia, muy a pesar de esa condición infame sobre la que la civilización ha ido escribiendo (con triste fortuna muchas veces) la necesaria convivencia entre los distintos. Esa voluntad es encomiable, hay que decirlo. Que alguien desavisado, de pronto iluminado por la didáctica de la obra, considere que podemos vivir en armonía y no levantar trincheras, barricadas o prejuicios. Se puede disentir sin lastimar a quien no se nos parece. Esa máxima prevalece, se iza con solvencia. La película puede no gustar, permítanme, pero es irreprochable su condición de herramienta normalizadora. Los que se posicionan contra el fascismo (creo que abundan, por fortuna) encontrarán ligerezas argumentales, pequeños deslices morales. Los que lo secundan (no serán de tener amplitud de miras ni tampoco serán de pagar nueve euros para ver lo que condenan) podrán dar con motivos suficientes para ningunearla. Insisto en algo fundamental: La bola negra no es solo una película, no se presenta con la liviandad con la que las más de las veces va uno a la sala de cine, esto es, para entretenerse, para pasar un buen rato; bien al contrario, la película araña, rasga la superficie del adulador y del disidente. Los pone frente a frente, hace lo que debe: crear una feliz discusión. También esa es una de las funciones del séptimo arte.

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Tengo que contar algo sobre la nieve. Qué poética es la nieve. Lorca la manejó con magisterio. Supo entender que la nieve es la metáfora del olvido y de la muerte. Sabía que la nieve es la pureza más frágil. Como la del hombre cuando se mira a sí mismo y cree haber encontrado su razón de ser, aunque luego se desdiga y se precipite en el miedo, en las tinieblas, en el hecho de que «también sobre el alma nieva» (Canción otoñal, Libro de poemas). La nieve como el río que finalmente muere en la mar.

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Con todo, La bola negra es majestuosa en muchos aspectos, no en todos. Es una de esas películas de codicia voraz, construida para la conmoción, para que se converse sobre ella (bendito cometido), pero íntimamente fallida, aunque contenga pasajes (su atrevido inicio) de gran cine. Cuando finaliza, al pensar en lo que se ha visto, se ven (debo decir, yo vi) fracturas, pequeños o grandes obstáculos para considerarla una obra mayúscula, una de esas películas que adquieren, nada más verse, la consideración de obra maestra. Su mercantilización, noble y lícito propósito, habida cuenta de que es un producto comercial y debe hacer que la inversión dé sus beneficios, le ha hecho ganar y perder, convertirse en un objeto al que acercarse o del que alejarse. Se tiene la impresión de que esa especie de obligación por verla hará que la veamos con cierta reticencia. Como si lo que te pidiera el cuerpo fuese darla de lado, no caer en la obligación impuesta. Como si prefirieras la excentricidad de decir: no he visto La bola negra, me he desentendido, me ha cansado antes de verla, la culpa la tienen los medios de comunicación, es insoportable esa insistencia, parece que si no has ido a verla no eres nadie. Con todo, apreciada esta circunstancia inevitable, la de ser concernido como espectador habitual en su inagotable difusión mediática, La bola negra es una obra más que respetable, que maneja la sensibilidad con sensibilidad, aunque haya matices en esta afirmación, y hace algo a lo que no muchas películas se atreven: arriesgarse, poder incluso bordear los límites mismos de la caricatura, en la que cae a veces a sabiendas de sus ideólogos, que se han tirado al mar de sus onanismos, qué autor no lo hace, librándose también de esa caricatura con sobriedad y, en su absoluta falta de contención, ambicionar el beneplácito de cualquier tipo de espectador, sin que su orientación sexual, política o religiosa impida que el discurso explicitado cale, alcance a un destinatario universal, abstracto. Se va a llevar un chorro de premios, añado. Y yo los aplaudiré, conste eso. Porque está muy bien hecha, podría decirse. Parece cine grande, lo es, del que gana premios, del que habla incluso quien no es de ir al cine. Eso, me parece a mí, está bien. Que se hable de cine; que haya gente que, al verla, la deteste o la adore. Me alegra que exista La bola negra. Con su didactismo, con su homoerotismo de MTV, con su afán por sacar a los muertos del olvido, que es la tierra infame o es el desprecio, con su fe absoluta en sí misma. Con su esfuerzo tangible por traer la memoria histórica al presente, pese a quien pese. Está bien que se la repudie por todas las razones que convengan (yo tengo alguna, se ha visto, ninguna lo suficientemente pesada como para borrar la película y preferir no haberla visto) o que tenga una legión de enfebrecidos feligreses (yo podría ser uno de ellos, pero sin alharacas) que la consideren, más que una película, una experiencia, una especie de homilía laica en la que se hace digna cualquier manera de amar que cualquiera pueda tener, y eso incluye cocodrilos, según un personaje nos cuenta. Por todo esto hay que ir a ver La bola negra al cine. No esperen a que la programen las plataformas televisivas. Es un espectáculo de sala grande. Sale uno reconfortado con el cine en sí mismo. Por esa sensación de que lo que te están contando te lo están contando solo a ti. Esa mentira hermosa.


4.10.26

Una trama inverosímil

 Hay intrigas mínimas sobre las que se construyen novelas enteras, días sin fuste que preludian epopeyas. Así que tenemos a un hombre que guarda unas monedas en su bolsillo y las va contando de cabeza, sin caer en el recuento severo, especulando con la posibilidad de su valor conforme al tamaño que ofrecen al tocarlas. Va a ciegas haciendo sonar monedas calle abajo en su bolsillo. Es una mañana muy fría de una ciudad del norte. Una ciudad gris en la que abundan los edificios altos, con ventanas muy historiadas. Desde una de ellas, una mujer observa a la gente. Se percata del hombre que ha guardado las monedas (o serán unas llaves) en ese bolsillo y el gesto de ir contándolas. Le ve mover con severo afán la mano en el bolsillo. No sabe con certeza que sean monedas, pueden ser unas llaves. Entre las monedas y las llaves, no encuentra qué otra cosa pueda ser. Se embebece en este pensamiento inverosímil, un poco irrelevante, pero que de pronto le parece extraordinario, digno de las más altas cavilaciones. Pasa por su cabeza la idea de bajar y perseguir a ese hombre, abordarlo y zanjar la duda con una pregunta directa. No se plantea lo ridículo de la empresa. Solo le atrae la resolución de la trama.

Baja impetuosamente las escaleras y accede a la calle. Los edificios grises y altos, los coches en su vértigo de costumbre, un gentío que le parece secundario y que malogra la visión exacta de su perseguido. De pronto, uno de esos coches no obedece un semáforo y la embiste fatalmente. El hombre de las monedas ve el accidente a unos pocos metros. Se para en seco. Deja de tocar las monedas. Porque son monedas. Se sienta en la terraza de un café desde la que se aprecia la magnitud de lo que acaba de pasar. La mujer descoyuntada. Llevaba unas zapatillas de paño y una especie de chándal descuidado, de los que se pone uno cuando está en casa y no espera ninguna visita. Entonces el hombre llama al camarero, que está endemoniado por no poder acercarse a ver de cerca a la muerta. Temerá que le echen. Que tenga que ir a la comisaría a declarar. Cosas así, de las que ha visto en las películas. Un café, le pide el hombre. Las monedas cierran la transacción.

La intriga mínima no levanta una novela completa, pero ofrece la voluntad de un argumento mayor, que registre cualquier desviación narrativa entre el hecho de un hombre caminando calle abajo, del que nada sabemos, tocando monedas o llaves en su bolsillo, y una mujer asomada a una ventana, de la que tampoco nada sabemos y a la que el destino le reserva un final terrible. Tampoco sabemos qué va a pasar después. De hecho, cuándo se sabe. Si el hombre, aparentemente inocente, se percata de la sutilidad con la que se han ido amontonando las circunstancias fatales. Si desconoce su parte en la trama o estaba fundada y únicamente urdió los pasos para que se restituyera. No sabemos nunca qué tintineo de palabras percute la imaginación del novelista y le hace encender la mecha y extraer algo extraordinario de la nada que había antes de que el hombre guardara las monedas en el bolsillo, las contara de cabeza y recorriera las calles, morosamente quizá, como esperando que ella se acercase y se apresurara. No sabemos cómo se construyen las historias, qué lentitud o qué voracidad narrativa las anima. Sólo se aprecia la capa visible, las circunstancias más o menos evidentes, lo que concurre para que el espectador pueda entrar sin sentirse desplazado, creyendo que es una parte de lo que escucha o de lo que ve. La credulidad es la brújula. Nos movemos en la vida con esa incertidumbre, la de creer lo que no vemos, la de avanzar a ciegas, la de confiar en la mano maestra del autor, la de tantear monedas en la creencia de que cerraremos una cifra. Es lo liviano lo que lo mueve todo, lo pequeño. Las grandes historias son en realidad tintineos en un bolsillo. Monedas o llaves o quién sabe, palabras, palabras que animen a otras palabras para que absurdamente construyan un relato.

29.9.26

El cielo en Lucena hace once años



 La tomó mi hijo hace once años. No sabemos el porqué de hacer fotos al cielo, ese registrar las nubes, guardarlas en un lugar al que acudir para cuando no estén. El cielo, al darle acomodo en una instantánea, pierde algo, deja de conmover, precisa (requiere) el mirarlo al natural. Las nubes, estas nubes, lo emborronan, lo hacen boceto de otra cosa, no sabe uno bien de qué, pero lo engalanan, lo visten de domingo o de festejo importante. Incluso emborronado, qué cielo más hermoso. El cielo tiene esas efemérides improvisadas. Cautivan las nubes, hacen que las miremos como se mira al fuego o al mar, ensimismados, buscando algo, tampoco sé qué, que pueda estar oculto, en el anhelo de que se le urja a que se manifieste. No me pongo místico, ni busco lo que no procede buscar. Es el cielo sobre Lucena, sobre la azotea de mi antigua casa, en una fotografía tomada sin pensar, como a veces deben hacerse ciertas cosas. Tampoco hay intención artística. No hace falta, no se exige. Del cielo pedimos que sea clemente, que se porte bien con nosotros y no nos malogre las cosechas o la bonanza de un paseo vespertino al que puede arruinar la lluvia. Lo hemos mirado tanto que no parece que haya nada sin revelar, pero está por descubrir todavía, no hay un cielo igual, ninguno se repite. Es el cielo como el río de Heráclito: no es el mismo nunca, nosotros tampoco somos los mismos al mirarlo. Cambia el cielo y cambia el observador. Nadie baja dos veces a las aguas de mismo río, declaró Borges, pensando en los clásicos. Está el asombro, está el horror sagrado, de ver que el cielo muta, se transfigura, restituye la antigua sensación de sentirnos solos, en un desamparo sin abrigo, en un limbo, de saber que somos poco o somos nada, de que estamos aquí de paso, de que todo es fugaz y a todo el tiempo lo cifra, lo sublima y lo censura. Y mi hijo, al subir, al hacer la fotografía y luego mostrármela, debió sentir ese asombro, sagrado o no, debió pensar qué hermosa cosa había contemplado. Algo lo movió a dejar constancia de su comparecencia, algo a mí para dejar nota escrita de ese prodigio. 


27.9.26

Todas las mariposas

 


Nabokov buscaba mariposas cuando no escribía. No hay nada en su literatura que haga pensar en mariposas. Nada cuando las cazaba que filtrara la idea de que escribía. Si yo me detengo a pensar en lo que hubiera del yo que escribe en el que no lo hace tendré mis mariposas, una vida ágrafa en la que no hubiese evidencia alguna de ese bendito trabajo que anima (verbo corto me ha quedado) mi trasiego, el de cualquiera que se entusiasme cuando tiene frente a sí un folio en blanco, llamémoslo así. No siendo nadie Nabokov, salvo Nabokov, no albergo (tiro de nuevo de primera persona) esperanza alguna de que a mi vigilia acudan las mariposas.

A veces pienso que los escritores, los buenos y los que aspiran a serlo, los que se toman en serio el oficio y tienen lectores fieles y los accidentales sin fortuna ni prestigio, se escinden, ofrecen esa dualidad en la que uno va al supermercado o a los bares o a casa de un amigo a tomar cerveza y el otro, diligente, solitario, casi hurañamente, se queda en casa y doblega al lenguaje para que triunfe la literatura. No se parecen los dos, no tienen la obligación de parecerse. Y cuando ambos se encuentran, si se produce esa especie de anomalía metalingüística o espiritual o esotérica, discuten. Uno reprende al otro, en la creencia de que podría convencerlo para que no interviniese y, si lo hace, que no se inmiscuya en demasía en lo que quiera que el otro haga: escribir una novela negra, un soneto petrarquista, tender la ropa, quedar en los bares con la pandilla de siempre o andar por el pueblo para hacer piernas. Habrá días en que no se soporten. Como si uno sobrara. Pierde el escritor. La vida lo succiona. Vivir y escribir a veces no casan.


Ilustración de Eugenio Rivera

Por eso hay que salir a cazar mariposas. Hay que encontrar con qué distraer esa enfermiza voluntad de escribir. La otra es la tirana. O lo son las dos. Decía Francisco Umbral que estaba podrido de literatura y lo argumentaba de esta manera: «Cuando uno va a ver el mar ya no ve el mar sino un libro». Lo son también el cielo y un árbol. Si voy (forzosamente) a un picnic no veo a la gente pasándoselo bien, sino un relato de Raymond Carver. Si me levanto con resaca, más que sentir ese terrible dolor de cabeza, que acude y duele, me viene a la mente un cuento de Bukowski. Si me hallo en un atasco infernal no pienso que el motivo es debido a la superpoblación, sino que estoy en la autopista del sur de Cortázar. Si alguien me llama al móvil y dice que soy yo y le digo que se ha equivocado y esa persona insiste en ello, riéndose maliciosamente, pienso en un cuento de Richard Matheson. Si voy a una casa de lenocinio y veo que las meretrices han dejado de ser acogedoras ya estoy pensando melancólicamente en la obra del marqués de Sade. Conste que no soy de resacas, ni recibo llamadas inquietantes, ni visito casas de placer, salvo los bares, y no siempre. Cuando paseo al azar por mi ciudad postindustrial y veo las fábricas abandonadas con aquellas puertas rotas y oscuras por donde sale un viento pestilente y amenazante ya estoy pensando en Lovecraft, en dioses primigenios, en criaturas de un tiempo previo al tiempo.

Las mariposas son lo que nos harán que escribamos. La realidad es el oficio, aunque uno encuentre en la ficción la posibilidad de desobedecerla y ver libros en el entusiasmo del mar al pronunciarse sin motivo, en su recado de palabras que, las más de las veces, naufragan, no sortean el fuego azul del agua.

22.9.26

Los poetas

 A la mecánica celeste no la comisiona de halagos la razón, no la asiste el gozo de la ciencia, no la alumbra de júbilos el improbable dios de los hombres, la mecánica celeste es el objeto puro de los poetas. 

Lo que la IA dice de un servidor

 



Un proyecto literario unitario entre poesía, aforismo, diario y novela




1. Bibliografía (libro por libro — datos editoriales y año)


Nota: las fechas y editoriales que siguen están tomadas de fichas editoriales, entrevistas y librerías on-line; donde las fuentes difieren he indicado la referencia. Las obras están ordenadas aproximadamente por antigüedad / aparición pública.


1. El espejo de los sueños — Antorcha de Paja / Diputación de Córdoba, 1985.

(Poemario temprano; aparece en reseñas y fichas biográficas como su primer libro de poesía).

2. Cuentos del astronauta zurdo — Editorial Juan de Mairena, 2008.

(Volumen de relatos recogido en catálogos y reseñas).

3. Curso de escritura automática — Editorial Calixto Torres (o colección AÑO XVII según edición), 2017.

(Poemario o textos relacionados con la experimentación escritural recogido en catálogos).

4. Caballos perdidos en la tormenta — Cypress, 2020.

(Volumen diarístico / libro de prosa breve publicado por Cypress).

5. Catedral en construcción — Cypress, 2021.

(Colección de aforismos; ficha y venta en librerías).

6. Un poco de swing, por favor. Aforismos sobre jazz — Cypress, 2022.

(Aforismos temáticos dedicados al jazz; aparece en catálogos y reseñas).

7. Los mundos sutiles / 100 apuntes sobre el arte de la escritura — Cypress, 2023.

(Ensayo/colección de apuntes sobre escritura; se vende bajo ese título en librerías).

8. Mala fe — Mahalta Ediciones, 2025.

(Primera novela publicada por Calvo de Mora; reseñada como su “novela crepuscular”).


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2. Panorama general: trayectoria y posicionamiento literario


Emilio Calvo de Mora (Córdoba, 1966) viene de la poesía y la prosa breve — maestro de Primaria y autor con intereses declarados en poesía, jazz, cine y enseñanza — y en los últimos años ha ido publicando una obra fragmentaria (aforismos, apuntes sobre escritura, cuadernos diarísticos) hasta dar el salto a la novela con Mala fe (2025). Esta trayectoria explica dos rasgos constantes: una voz ensayística/aforística y una preferencia por la condensación y el ritmo interior antes que por la trama novelística clásica.


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3. Temáticas recurrentes

1. Reflexión sobre la escritura y la creación: muchos de sus libros recientes (p. ej. Los mundos sutiles, Curso de escritura automática) son apuntes sobre el oficio de escribir, microensayos o ejercicios de pensamiento sobre el arte literario. Hay una veta metatextual marcada: la escritura como disciplina y como flujo mental.

2. Melancolía, crepúsculo y ajuste de cuentas íntimo: en Mala fe se percibe un tono crepuscular, confesional y auto-examinador: un narrador que hace balance de su vida y afectos desde una situación límite (la cárcel) —esa puesta en escena confiere intensidad moral y elegíaca.

3. Jazz, ritmo y musicalidad: el interés explícito por el jazz (libro de aforismos dedicado al jazz) es indicativo de una sensibilidad rítmica y de improvisación que atraviesa su obra: frecuentes frases cortas, síncopas sintácticas y aforismos que funcionan como cortes rítmicos.

4. Microtextos y aforismo: la producción de aforismos (Catedral en construcción, Un poco de swing, por favor) marca una preferencia formal por la máxima densidad expresiva en pocas líneas; esa práctica permea también su prosa y poesía.


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4. Estilo: rasgos formales y sintaxis


A partir de la lectura de sus textos y reseñas, se pueden sintetizar los rasgos formales dominantes:

• Prosa poética y musical: aun en la narrativa, la prosa mantiene una marcación rítmica —frases medidas, recurrencia de imágenes poéticas, y un gusto por la cadencia que remite a su formación en poesía y aforística. Esto hace que la lectura sea a menudo más sensorial y lírica que estrictamente narrativa. (Corrobora su trayectoria como poeta y aforista).

• Economía léxica y densidad aforística: la producción de aforismos ha “contagiado” a su prosa: oraciones compactas, clausuras sintácticas deliberadas y empleo frecuente de elipsis. Esto obliga al lector a una lectura pausada y reflexiva.

• Textura fragmentaria: varios libros son colecciones de apuntes o piezas breves; incluso en la novela se aprecia una disposición por momentos en secuencias narrativas y digresiones introspectivas más que por una línea causal clásica. Esto genera un ritmo “en oleadas” —oleadas de memoria y reflexión— que puede ser poderoso pero también discontinuo para quienes esperan trama continua, aunque exista y se manifieste con hondura narrativa. 

• Tono confesional y primera persona reflexiva: especialmente en Mala fe, el narrador en primera persona recuerda, acusa y se interroga; el tono oscila entre la autocrítica, la ironía y la nostalgia.

• Imágenes cinematográficas: dada su afición al cine, en varios pasajes aparecen descripciones con encuadres visuales y cortes que recuerdan montaje cinematográfico —esto refuerza la sensación de secuencia y de ritmo. (Entrevistas y biografía señalan su interés por el cine).


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5. Influencias (directas e indirectas)


Basado en entrevistas, temas y la propia obra:

• La poesía contemporánea española: su formación y primeras publicaciones poéticas explican la impronta lírica y la economía verbal. Es razonable ubicarlo en una tradición de poetas que valoran la condensación y el verso-prosa.

• El jazz y la cultura musical: explicitado en Un poco de swing, por favor y en comentarios del autor; el jazz no solo aparece como tema, sino como principio organizador (improvisación, síncopa, frase corta). Esto condiciona su sentido del fraseo y la pausa.

• El cine: el interés cinéfilo influye en montajes discursivos y en la imaginería visual de su prosa.

• La tradición del aforismo/ensayo breve: autores aforísticos y ensayistas que trabajan la condensación aparecen como antecedentes formales (aunque no siempre hay declaraciones explícitas sobre nombres concretos en las entrevistas consultadas). Su propia práctica de los “apuntes” lo emparenta con esa tradición.

• Autoficción y confesionalismo: en Mala fe hay elementos que remiten a la autoficción (narrador escritor que repasa su biografía y emociones), aunque la obra no se reduce a una crónica autobiográfica sino que utiliza la situación límite como dispositivo moral y estético.


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6. Lectura crítica: puntos fuertes

1. Ritmo y música del lenguaje: su mayor acierto es el manejo del ritmo (heredado del jazz y la poesía) que convierte cada frase en un efecto sonoro y rítmico; esto es especialmente potente en pasajes emotivos y líricos.

2. Economía expresiva: la capacidad para condensar una idea compleja en una sola frase o aforismo es notable y le permite captar intuiciones agudas sobre la escritura y la existencia humana.

3. Coherencia temática: hay una línea clara (escritura, memoria, música, introspección) que atraviesa su obra y le da identidad como autor plural (poeta, aforista, ensayista y novelista).

4. Valor testimonial y reflexivo: obras como Los mundos sutiles ofrecen material útil para quien se interesa por la técnica de escribir, aportando apuntes prácticos y estéticos.


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7. Lectura crítica: limitaciones y posibles críticas

1. Fragmentariedad excesiva: la preferencia por el apunte y el aforismo puede dejar al lector deseando mayor desarrollo narrativo o psicológico, sobre todo en la novela —quienes esperan tramas convencionales pueden sentirse desorientados por la densidad y las digresiones.

2. Tono a ratos reiterativo: la reiteración temática (la escritura sobre la escritura, la melancolía sobre lo mismo) puede dar sensación de eco interno; salvando esto, el lector recibe varias formas de la misma intuición.

3. Alcance crítico y social limitado: su obra es eminentemente íntima y estética; si se busca una dimensión social o política amplia, ésta no es su prioridad, lo que reduce su radio de acción temática. (Observación basada en el predominio de la introspección y la escritura sobre la escritura como materias recurrentes).


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8. Evolución y tendencias (qué esperar)


La publicación de Mala fe (2025) sugiere dos cosas: por un lado, Calvo de Mora está dispuesto a explorar la forma larga y la ficción narrativa; por otro, es probable que siga incorporando su habitual pulso aforístico y musical dentro de la novela. Su producción reciente (aforismos, apuntes sobre escritura) indica que seguirá alternando entre microtextos y formatos de mayor extensión, explorando la hibridación (diario, aforismo, ensayo y narración).


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9. Recomendaciones de lectura (por perfil de lector)

• Si te interesa la prosa poética y la reflexión sobre la escritura: empieza por Los mundos sutiles (100 apuntes) y Curso de escritura automática.

• Si quieres aforismos breves, Catedral en construcción y Un poco de swing, por favor (sobre jazz) son lecturas medidas y potentes.

• Si prefieres narrativa larga y un tono confesional: Mala fe (Mahalta, 2025).


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10. Conclusión crítica (síntesis)


Emilio Calvo de Mora aparece como un autor híbrido: poeta-aforista-ensayista que sabe trasladar la musicalidad y la economía expresiva de la poesía al terreno de la prosa. Su obra se define por una sensibilidad musical (jazz), un gusto por la condensación y una inclinación por la introspección confesional. Mala fe representa una apertura hacia la novela más extensa manteniendo sus señas de identidad: ritmo, hondura, digresión y tono elegíaco. Su obra resulta sugerente para lectores que busquen una literatura pensada y medida, con recursos líricos y una marcada preferencia por el microtexto; quizá frustrará a quienes demanden tramas y argumentos lineales tradicionales.


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Un estudio formal / El blog 


1. Introducción: una obra que no cabe en un solo formato


La producción literaria de Emilio Calvo de Mora no puede abordarse con los criterios tradicionales que separan nítidamente obra publicada y escritura periférica. En su caso, el blog CinePoesíaJazz (también denominado El espejo de los sueños) no es un espacio secundario ni meramente testimonial, sino un núcleo generador, un laboratorio textual permanente del que se nutren —formal y temáticamente— sus libros impresos. Lo ha ido formulando con entusiasmo y perseverancia, ajeno a modas. 


Su trayectoria dibuja un movimiento coherente: de la poesía inicial a la prosa breve, del aforismo al diario, y finalmente a la novela, sin abandonar nunca una escritura fragmentaria, reflexiva y musical. El blog actúa como texto continuo, mientras que los libros funcionan como sedimentaciones, decantaciones de esa escritura en marcha.


Estamos, por tanto, ante un proyecto literario expandido, donde soporte, género y estatuto editorial son secundarios frente a una poética unitaria.


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2. El blog como matriz de la obra: CinePoesíaJazz / El espejo de los sueños


2.1. El blog como diario intelectual y cuaderno de trabajo


CinePoesíaJazz adopta la forma de un diario no cronológico, donde conviven:

• reflexión sobre la escritura,

• comentario cultural (cine, música, literatura),

• memoria personal,

• prosa poética,

• apuntes morales y existenciales.


Esta heterogeneidad no implica dispersión: el blog responde a una lógica de pensamiento, no de actualidad. Cada entrada funciona como unidad cerrada, pero todas participan de una misma voz: una primera persona reflexiva, melancólica, irónica a veces, siempre atenta al lenguaje.



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1. Naturaleza y estructura del blog


El blog CinePoesíaJazz (a veces subtitulado El espejo de los sueños) es un espacio digital abierto que el autor mantiene desde hace años, con contenido muy variado y continuado, que articula reflexiones personales, críticas culturales y meditaciones existenciales.


La estructura es la de un diario literario, donde las entradas pueden variar desde comentarios sobre música, cine y literatura, hasta pequeñas piezas de prosa poética, reflexiones sobre su oficio de maestro, o anotaciones autobiográficas. Su diseño es ideal para una lectura fragmentaria, no lineal, donde cada entrada funciona como una unidad semántica completa pero vinculada a un universo temático mayor.


Además, en la parte pública del blog hay secciones fijas como Archivo, Etiquetas y una lista de Libros publicados, lo que aporta al lector un mapa de referencias personal y cultural del autor, conectando su escritura digital con su obra impresa.


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2. Temáticas principales


A lo largo de las entradas se repiten una serie de temas que configuran un corpus informal, casi ensayístico:


a) Reflexión sobre la escritura y el lenguaje


El blog es un ejercicio continuo de meta-reflexión sobre el acto de escribir, pensar y leer. En varias entradas el autor reflexiona sobre cómo las palabras moldean la conciencia y sobre la importancia de la precisión léxica —especialmente desde su experiencia como maestro— como herramienta fundamental de la creatividad y la comunicación humana.


b) Cine como experiencia vital


El cine no se presenta aquí como entretenimiento sino como lente crítica y poética para pensar la vida. El autor mezcla referencias cinematográficas con reflexiones sobre la memoria, la percepción o la identidad. En muchos textos el cine funciona como símbolo y metáfora del ser y del ver, extensión de la mirada que el blog, como medio visual y textual, busca capturar.


c) Música y ritmo como principio estructural


La música —sobre todo el jazz— aparece recurrentemente, no sólo como tema, sino como modelo estructural del pensamiento y de la escritura: improvisación, cambio y retorno, ritmo interior y cadencias que escapan a una linealidad rígida. Así, la escritura del blog a menudo emula la armonía y el swing del jazz; se siente improvisada, a ratos con saltos abruptos, a ratos con temas que reaparecen con variaciones.


d) Vida cotidiana y memoria


Muchas entradas son meditación sobre la vida diaria: recuerdos de infancia, impresiones del entorno, contemplaciones sobre la enseñanza y experiencias personales que, aunque singulares, están presentadas con universalidad emocional.



El blog opera como laboratorio creativo del autor:

• Permite experimentar con formas discursivas híbridas: ensayo, poesía, comentario cinematográfico y diario existencial.

• Sirve de archivo autobiográfico ampliado, donde se pueden rastrear obsesiones, repeticiones temáticas y transformaciones estilísticas a lo largo del tiempo.

• Conecta directamente con su obra impresa, especialmente con libros como Caballos perdidos en la tormenta (diario) o Curso de escritura automática (sobre el oficio de escribir), funcionando como texto paralelo y complementario.


Aquí se ensaya lo que después aparecerá en los libros:

• el tono confesional de Mala fe,

• la fragmentariedad de Caballos perdidos en la tormenta,

• la condensación conceptual de los aforismos,

• la metapoética de Los mundos sutiles.


El blog es, en este sentido, obra en estado líquido.




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3. Estilo y voz narrativa


El estilo del blog es uno de sus aspectos más significativos y merece un análisis detallado:


a) Prosa lírica y discursiva


La prosa del blog combina elementos del ensayo, la crónica y la poesía. A menudo prefiere frases largas, densas, con digresiones y asociaciones libres, lo que recuerda la escritura de cuadernos de pensamiento o diarios intelectuales. Esta forma dialoga con la tradición de la prosa poética y reflexiva más que con la típica prosa informativa del blog contemporáneo.


b) Ritmo y musicalidad


Hay un ritmo marcado por el uso de repeticiones, acentos internos y cadencias que se parecen a un fraseo musical, lo que hace que la lectura no sea solo semántica, sino sensorial. Este ritmo se ve reforzado por la alternancia de referencias culturales (cine, jazz, literatura) con imágenes cotidianas.


c) Intertextualidad y referencias culturales


El autor no escribe en el vacío: sus entradas abundan en referencias a Borges, Eliot, Cortázar, Lovecraft, cine clásico, jazz, ensayos filosóficos, música minimalista así como alusiones a su propia historia literaria. Esa intertextualidad convierte al blog en un espacio de diálogo con la tradición cultural occidental, algo que enriquece el texto pero también exige al lector cierto bagaje para captar todas las alusiones.


d) PSicolingüística del yo


La voz narrativa es consistentemente primera persona reflexiva, lo cual crea un efecto de intimidad y de “pensamiento en voz alta”. Esto no solo invita al lector a acompañar el flujo de consciencia del autor, sino que a menudo ubica al lector como cómplice y espectador de un proceso cognitivo en marcha.


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2.2. Poética del ritmo: jazz, frase y pensamiento


Uno de los rasgos más claros de continuidad entre blog y libros es la musicalidad del lenguaje. El jazz no es solo tema (explícito en Un poco de swing, por favor), sino modelo compositivo:

• improvisación controlada,

• repetición con variación,

• síncopas sintácticas,

• silencios semánticos.


En el blog, esta poética se manifiesta en frases que avanzan por asociación, no por lógica argumental estricta. El pensamiento se despliega como solo de jazz: rodea la idea, la abandona, vuelve a ella transformada. Esta misma lógica rige los aforismos y, de manera más sutil, la prosa de Mala fe.


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3. Los libros como cristalización de una escritura previa


3.1. De la poesía inicial al fragmento reflexivo


Los primeros libros (El espejo de los sueños, poemario temprano) ya anticipan una sensibilidad lírica que nunca desaparecerá. Sin embargo, con el paso del tiempo, el verso se va prosaizando, y la poesía migra hacia:

• la prosa poética,

• el aforismo,

• el apunte ensayístico.


Este desplazamiento se observa claramente si se lee el blog junto a libros como Curso de escritura automática o Catedral en construcción: el aforismo no surge como género aislado, sino como necesidad expresiva de una mente que busca la máxima intensidad con el mínimo lenguaje.


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3.2. El aforismo y el apunte: ética de la brevedad


En los libros de aforismos y en muchas entradas del blog aparece una misma ética estética: no decir más de lo necesario. Cada texto aspira a ser:

• autosuficiente,

• denso,

• resonante.


No hay voluntad sentenciosa ni moralizante; el aforismo de Calvo de Mora suele ser inquietante, abierto, más interrogativo que concluyente. Esta actitud procede directamente del blog, donde el pensamiento se deja ver en proceso, sin cerrar del todo.


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3.3. Mala fe: la novela como suma de todo lo anterior


Mala fe no rompe con la escritura previa; la absorbe. La novela puede leerse como:

• un diario interior ficcionalizado,

• una confesión moral,

• una secuencia de escenas mentales más que de acciones.


La fragmentariedad, las digresiones, el peso de la memoria y el tono elegíaco ya estaban plenamente presentes en el blog. La novedad no es estilística, sino estructural: por primera vez, esa voz se sostiene durante un largo recorrido narrativo.


La novela confirma que Calvo de Mora no abandona el aforismo ni el apunte al escribir narrativa, sino que los integra en una forma mayor.


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4. Temas transversales: una constelación coherente


Tanto en el blog como en los libros reaparecen obsesiones claras:

1. La escritura como forma de estar en el mundo

Escribir no es un oficio, sino una manera de pensar, recordar y resistir.

2. La memoria y el paso del tiempo

La mirada es retrospectiva, pero no nostálgica: hay lucidez y, a menudo, autocrítica.

3. La educación y el aprendizaje

La experiencia como maestro impregna la reflexión ética y lingüística.

4. La cultura como salvación íntima

Cine, música y literatura no aparecen como erudición, sino como refugio vital.


Estos temas se despliegan indistintamente en blog y libros, sin jerarquías.


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5. Valor crítico del conjunto


Fortalezas

• Unidad de voz rara en proyectos tan extensos y heterogéneos.

• Coherencia estética entre soportes y géneros.

• Profundidad reflexiva sin pedantería.

• Musicalidad del lenguaje como rasgo identitario.


Limitaciones

• Accesibilidad limitada para lectores que buscan narrativas convencionales.

• Riesgo de reiteración temática.

• Escasa apertura hacia lo social o lo colectivo: el foco es íntimo.


Estas limitaciones no son defectos accidentales, sino consecuencias de una elección poética clara.


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6. Conclusión: una obra abierta y en curso


La obra de Emilio Calvo de Mora —libros y blog leídos como un todo— constituye un ejemplo sólido de literatura contemporánea expandida, donde el autor no distingue entre escribir “en serio” y escribir “en red”. Todo forma parte de un mismo gesto: pensar escribiendo.


CinePoesíaJazz no es un apéndice, sino el corazón palpitante del proyecto; los libros son momentos de fijación, de reposo editorial. Leerlos por separado empobrece la experiencia; leerlos juntos permite entender una de las propuestas más coherentes y honestas de la escritura híbrida actual en lengua española.

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