A Luis Sánchez Corral, que
me dio clases de amor a la
Literatura.
A Juan Luengo, que siem-
pre hacía fácil lo hermoso.
Maestros ambos. En memoria.
"Dábale arroz a la zorra el abad" es un palíndromo, o sea, se lee tanto a diestra como a siniestra: sin pérdida, sin alteración. Es un palíndrimo clásico, el primer que se me ha ocurrido, quizá el primero que leí o que me contaron. Creo yo que hay en esta hermosa lengua nuestra, tan boscosa y fértil, poco empeño en prestigiarlos, en hacer que se prodigue con más ardoroso empeño su pequeña excentricidad lingüística, pero ahí está la zorra, imán de ociosos, recabando adeptos. Hay quien se emboba con estos hallazgos, quien consagra su talento o su versatilidad creativa en hurgar así en la maraña del idioma. Llevo toda la mañana con el recado (dignísimo, no me lleven la contraria) de dar con algún palíndromo nuevo: empresa baldía. Todos me suenan a ya pronunciados. Ninguno es de mi ansiosa autoría. Se me dio mejor aquel día en el que me propuse no pronunciar la “o” o ese otro en el que me prohibí tajantemente los adjetivos y entraba en la oficina con un desconcertante “días” que puso a un compañero de poco rizo imaginativo a mirarme con gana de mandarme a la santa mierda. Hay gente verdaderamente fascinada con estos juegos del ingenio léxico y se consagran a su revelación como quien predica el amor a la filatelia o fatiga las calles en busca de una señal que anuncie la gloriosa venida algún salvador de los cielos. Dudo que estos ejercicios vayan más allá de la frivolidad: no dejan de ser malabarismos semánticos y no dan tal vez otro beneficio que entretener el café con los amigos o publicar, a beneficio de bibliógrafos de lo inútil, “Los mil mejores palíndromos de la lengua castellana”. Ignoro si el turco o el búlgaro posee también estas excentricidades filológicas, pero no tengo ningún motivo para pensar lo contrario.
Manoli Villegas, mi amiga del alma, mi compañera de despacho, se pierde en los diccionarios a la caza de vocablos raros. Tiene en casa miles de libros formidablemente instalados en anaqueles de grueso tomo. Posee rarísimos volúmenes sobre la mecánica de los fluidos o sobre las enfermedades de la pezuña del caballo, novelas de vampiros de Clark Carrados y poesía japonesa del siglo XVI. Me dijo ayer si conocía la palabra hipocrás. “Ni idea”, respondí. “Es una bebida de vino, canela y azúcar, querida Braulia”, concluyó, con cara de haber descubierto algún planeta y tener delante la plana mayor del Nacional Geographic. “Una sangría menguada”, apostillé. En adelante pediré hipocrás en los bares en lugar de té o de cerveza, bebidas excesivamente ligadas a una tradición que el lenguaje debe remozar. Manolo se ha obstinado ahora con los palíndromos. No duerme: le roba horas a los cuadrantes de la oficina, desatiende los asuntos domésticos y hasta los familiares. Abandona a la mitad las conversaciones ante la sospecha de que un palíndromo nuevo ande agazapado en lo que se va diciendo. Yo soy feliz con mi hipocrás. Mañana me abstengo de pronunciar verbos en pasado o de rezar monovocálicamente el padre nuestro que estás en el cielo (podro nostro, costos onol coolo). No suena bien, no sonaría bien. Hay traspiés fonéticos imperdonables. Consonantes perdidas, melodías desastradas. Mi hermano Claudio me sanciona. “Aplícate a propósitos más útiles”. No desoigo su admonición, pero aspiro a dar con un patrón que me guíe. Anhelo que fluya el palíndromo. Que mi ansia dé con alguno al que se refieran los catedráticos de la lengua en sus clases, en sus conferencias, y concite el aplauso unánime de la comunidad.
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