7.8.26

El don de la tristeza / La utilidad de un cuenco vacío / Alfonso Brezmes

 


I

Debe haber una manera de que todo lo malo que nos suceda no prenda, no hiera, no rompa lo que antes fue alegría, esplendor, vida, en suma. Valdría un mapa que nos asegurase poder volver a casa cuando se ha malogrado el camino y no tenemos luz que combatan a las sombras. Las hay para que la luz irrumpa, podría pensarse, pero no siempre se tiene a mano esa llama pequeña que la derrote. Escribir sobre lo que se ha perdido sirve para que la pérdida no lastime. Este libro de Alfonso Brezmes no es un inventario de pesares, sino una brújula hacia la luz. El hecho de que podamos mirar de frente a todo cuanto nos merma y salgamos robustecidos, animados por una especie de don, que será de la tristeza y también de la esperasnza, hace que la vida, por más que nos debilite, prospere. Habla uno de oídas, aunque haya conocido la tristeza sobre la que se funda este (diré ya y repetiré más adelante) excelente poemario. Tenemos con qué hablar del dolor ajeno, de la tragedia ajena. Cualquiera de sus manifestaciones es de una intimidad que nos pertenece, está construida por la misma dura sustancia que nos abate con singular ahínco. Se afinca uno a la tristeza por designio divino, por la mera circunstancia de venir al mundo, qué podríamos usar contra esa bendición, por la pereza de Dios, que no se esmeró en el cuidado de sus criaturas y las arrojó a la alegría, al esplendor, a la desgracia, a la vida, en suma. De ahí que el poeta, más que inventariar su tráfago por ella, se empecine en registrar ese roto primerizo, alargado, perseverante, ese material sensible que, hecho añicos, cunde en la memoria y favorece que importe, más que nada, sobrevivir.

II

Venir al mundo con el recado de que algún día lo abandonaremos iza esta catedral de vida con la que Brezmes nos ha agasajado. Porque hay gratitud en quien lee, una manumitida de retórica, expresada con los más elementales mimbres: el de la conciencia de que el poeta nos habla con legítima intimidad. Como si nos animase a perseverar en lo que quiera que nos haga sentirnos vivos, determinados a festejar cualquier brizna de gozo y acunar su recuerdo para cuando vengan los colores fríos y los colores grises y todo lo que un día fue espléndido se preserve y siga su oficio noble de luz y de entusiasmo. Y mira qué es difícil escribir desde la pena y dar con el músculo de la alegría. 

III

Es un libro de colores este libro. Su don es cromático. También universal. Acude Brezmes a ellos para invocar la luz, su fragancia. El hecho de que el poeta decida encomendar a su memoria lo por venir le autoriza a rasgar el velo del tiempo. Es suyo, tiene propiedad sobre su influjo. Eso querrían muchos poetas: poder ver el mundo por primera vez (Origen) y hacer acopio de ese llorar de alegría y reírse de pura tristeza. Tal vez las dos emociones sean la misma. Reímos, lloramos, hacemos como que sabemos manejarnos en la alegría y en la tristeza, aunque el corazón sea quien finalmente se pronuncie. Brezmes lo ha apurado con magisterio: se ha hecho fuerte, ha permitido que la sangre no cuente solo lo perdido en su fluir ciego, sino que se afane por dar con el temblor del futuro. Qué hermoso ese vislumbrar en lo oscuro, ese palpar hasta que de pronto todo cobra sentido y las palabras (ellas son las que lo gobiernan todo) descubren nuevamente la vida. 

IV

Ser el poeta y el poema y quien lo lee. (Lo inevitable). Estamos leyendo al hombre, no a sus palabras. Leemos, nos leen. Yo creo que Brezmes se ha arrogado ese oficio en esta rendición de su ánimo. Habla para quien se está yendo, para quien fue, para quien no ha dado muestras de que sea posible que finalmente acaba yéndose, pero también le habla a quien no conoce, al lector que ignora tantas cosas, pero las sabe cercanas, vividas, sentidas. Me habla a mí, te habla a ti. Sobre todo, es un decir hermoso El don de la tristeza: un catecismo laico sobre la pérdida, sobre la melancolía, sobre todo lo que alguna vez nos hizo sentirnos vulnerables, patéticos, tristes, sí, pero sobre todo, humanos, destinados a perdurar como la piedra o como el cielo. 

V

Se habita un cuerpo, cuenta un poema, igual que se ama un pájaro en el cielo. Cuenta la dignidad del vuelo, la permanencia de las nubes mientras danza la carne en el pretil del tiempo. Acepta su decadencia, eso dice, tristemente. Y emociona leer que se deja ir, que se suelta "sin ruido". Que la vida obra con arteras maniobras, pero seguimos viajando, transcurriéndonos, dejadme ahora que conjugo a mi manera. 

VI

El don de la tristeza, más que otra cosa, es un libro que trata sobre el tiempo. No es del amor de lo que trata. Ni siquiera de lo que lo interrumpe. Porque el amor continúa su tráfago ciego, pero el tiempo es un arcano, un desbordarse sin que haya agua que acojamos dentro. Yo lo que quiero es esa melancolía dulce (es la palabra que más se me ha quedado, más que la tristeza que tanto acude) con la que el amante se sabe depositario de un fin: guardar los recuerdos, guardar los instantes. Y no se crea el lector que es un exhibicionismo imprudente: hay tanto cuidado en el contar, hay tanta belleza dentro de todos esos añicos del tiempo.

VII

Son poemas pequeños los que Brezmes elige. Todo es pequeño, ajustado a una necesidad de que la brevedad (no diré que la concisión) encierre algo enorme, catedralicio. Mira el poeta con los ojos rotos por la pena, pero darían la impresión, si los viéramos, de que se empecinan en aliviar el llanto y buscar un paisaje que permita extender el cuerpo, depositar el alma, que es una cosa física, dura, palpable, con peso y medida. Creo más cosas: el alma es tangible. La poesía la vierte. Podemos ver al poeta si sabemos leer sus versos. Vemos (el verbo es legítimo) cosas que no veríamos si no las leyéramos. Aquí hago mención de algo que considero fundamental en la poesía: decir lo que no se puede decir, contar lo inefable, hacer que lo invisible comparezca, permitir que todas esas grandes palabras del mundo (tristeza, melancolía, pérdida, abatimiento, muerte) se contemplen con una brizna (es la segunda vez que empleo esa palabra) de esperanza. Al final, va a ser que el don es suyo, de la esperanza, del porvenir, de lo que todavía tiene que suceder y nos tiene en ascuas, expectantes, solícitos, hambrientos, sensibles. 

VIII

Se muere uno de belleza. Despojado de cansancio, entregado sin tregua a la comisión de lo hermoso. Tardes felices en Venecia (El último vaporetto) en la que los barcos que se pierden duran más en la memoria que todos los que alguna vez nos sirvieron para recorrer lagunas, ríos, mares extraños, quizá olvidados. Engarzo con la cita que Brezmes toma de Piedad Bonnett: "Lo terrible es el borde, no el abismo". Una de las cosas que más me ha gustado de este libro es su capacidad para conciliarnos con la belleza. A veces se nos escapa, no damos con la herramienta que la abre y nos la muestra. Estamos ciegos, las más de las veces. Solo abrimos los ojos cuando nos hiere el temblor de lo inédito, el barco que se aleja, el silencio distinto a todos los demás silencios (Todos los blancos, el blanco). Es esa facultad para no saber nombrar lo que nos emociona lo que rige este poemario. No dar con la nomenclatura, no tener que hacerlo. Se van acumulando los prodigios, se va recamando de amor la memoria. Y no es preciso distinguir un silencio de otro, un blanco del siguiente. Y está a mano "la paciencia / de esperar a lo que llega sin nombrarlo". 

IX

Dónde habremos sido felices, nos preguntamos. La savia ( Punto de lectura) circula por donde suele, conoce su travesía, vigorosa, dice el poeta, pero el ayer "ya no es nuestro". Y entonces, si se nos pregunta, qué decir, cómo explicar la ocupación del tiempo, "los lugares en donde nos amamos", tan hechos a convertirse en el mismo. También es de eso, del don de la felicidad, de lo que habla este de la tristeza. No es posible extirpar el uno del otro, la carne acariciada con esmero y de la entregada a la dura decandencia, a su destino irrevocable. Al final, siempre hay un final, a pesar del esplendor del trayecto, solo nos pertenece la vida vivida, la que se encarga de que podamos sonreír "si alguien / al vernos tristes, nos pregunta". 

X

Aprecio una advertencia en el discurso invisible de todos los poemas: el de una especie de conferencia íntima, contada a unos cuantos elegidos. Como si se nos hubiese invitado a una celebración de algo. No sé exactamente qué motivo exacto la aliento. Probablemente lo sean todos. Cualquiera valdría. El de la bondad o el de la tristeza (tan repetida, tan inevitable) o el de algo parecido a la cercanía de alguien que te echa "una mano en el hombro" para que todo nos haga pensar en lo bien hecho que está. Un leve arrimo de amor. Un gesto sin alharacas. Una mano que comprende. 

XI

De llorar está hecho el ojo a lubricarse, a no caer en un secarral terco que no permita entender la variedad de las luces y el vocerío de los colores. (Lacrimosa). Se le da al ojo la cualidad de una entereza que no desea. Se gusta cuando muda la piel y se precipita en lágrimas. Le harán sentirse vivo. La xeroftalmia (gracias, Alfonso, por la palabra) intimida, más que otra cosa. Parece algo más grave, cuando no lo es. El ojo seco es una anomalía de la luz, incluso del corazón. Llorar cura, alivia, calma. Yo he llorado con frecuencia cuando la belleza me ha cruzado. No tanto por el dolor, que también, sino por la belleza. 

XII

Hay que saber estar tristes, explorar lo que lo triste ofrece hasta que se adquiere una especie de adueñamiento de esa bruma o de esa niebla o de esa nostalgia. He dado dos sustantivos físicos y uno abstracto, pero los tres son, en esencia, uno, y rescinden el comercio de la materia o del espíritu para poder manifestarse con ambos. Hay una tristeza que pesa como fardo. Una niebla que se cuela en el corazón. Una bruma que entenebrece el espíritu. (Nothingness) "Y vivir así, sin más cuidado, / como el pájaro que cruza la tarde / y va zurciendo el cielo con sus alas / para que no se caiga". Es no caer lo que anhelamos. O incluso caer con lentitud absoluta, a sabiendas de que descendemos, pero sin la rotundidad ineludible del suelo. De confiar en la verdad del aire mientras caemos. De saber que se cae incluso cuando creemos estar siendo elevados, adquiriendo una facultad que no es la propia, la de volar a voluntad, la de danzar y, en la sublimación de la música, pensar que no habrá cansancio nunca y no tendremos que pisar la tierra y morir un poco. Qué de cosas cuenta Alfonso Brezmes, sin aparente retórica, despojado de barroquismos, resuelto en liviandades, en esas ligerezas que guardan enseñanzas profundas. Quién las quiere, se preguntará el lector. Vamos descubriendo el dolor conforme el dolor nos atraviesa. Como el pájaro al cruzar la tarde descubre que se acabará echando la noche y no verá la fronda del bosque ni los tendidos eléctricos. Dice el poeta preferir siempre lo pequeño (De vita levis). "Como quien lleva un cazo ardiendo / o desiste un día de la infancia / de llevarse, cubo a cubo, el mar". Lo leve, añade, "ir echando raíces en el aire / hasta reconstruir aquel jardín / que alguna vez llamamos con nostalgia, / para poder soñarlo, paraíso ".

XIII

"Let's make Itaca great again". Qué lejos están los bárbaros, pero qué rápido avanzan. Es posible que hasta en la pérdida de lo que amamos atisbemos la pérdida de lo que somos. Uno frente al mundo. Qué pequeños parecemos.(Tan hermoso el viaje). Y lo que he reído al leer esa soflama brevísima. Como si solo algunos entendieran y hasta nos diese igual que todos la entiendan. 

XIV

Qué delicado habrá sido escribir este libro. No caer en sentimentalismos, no hurgar en los lugares comunes, tantos hay. Ha tenido que lidiar con la dignidad del corazón, que a veces se corrompe o se lastima en demasía y no da de sí mucho tras herírsele. Ha conseguido algo maravilloso: dar a la tristeza un significado nuevo. Convencer (convencernos) de que de ella puede surgir una tristeza mejor, una que haya aprendido a manejarse en la vida y nos haya convidado a ver qué hay cuando solo hay tristeza. Claro que hay oscuridad en la tristeza: la hay en estos poemas, no es posible que no se persone con su negritud inaplazable, con su duelo, con su luto firme. Pero hay evidencias de que las escaramuzas de la luz prosperen y la liza (la de siempre, el bien sobre el mal, la claridad sobre las tinieblas) no acabe ni siquiera en tablas, sino que venzan los colores, la esperanza, ese fundar de nuevo el mar (Tríptico latino: Vanitas) sobre el lecho de las lágrimas. 

XV

La tristeza es la ceniza cuando nadie recuerda el fuego. Duele más la tristeza que la muerte. El silencio es un mapa de la oscuridad. Hay que contar hasta cien con los ojos vueltos hacia adentro. Ahí el humo de las palabras, ahí el temblor con su muñeca rota.

XV

(Utilidad de la noche) Para lo que sirve la poesía es también "para pagar a plazos la muerte". Como si Novalis arreciase con algunos versos de sus himnos y tembláramos. Como si fuese verdad que nos pareciese "pobre y pequeña la luz", que el sueño "dura eternamente". Es también de eternidades este libro. Volvemos al tiempo, a su influjo. Hay que tener fe en el tiempo, en lo que hace con quien lo venera o con quien, inocente, lo ignora. "Un día pasearemos juntos", vuelvo a citar el poema de Brezmes. Pide, no obstante, que el amor se vaya y corra "libre". Escribir poesía (esta poesía, este urdir versos) es "contar una verdad / que no existía antes". (Mentiras relativas). Se hace verdad al ser pronunciada. Se sustancia, comparece, íntegra, ineluctable. Al llorar, el poeta, crea el mundo. (Recreación). Las lágrimas son el grumo novicio, el primer asidero desde el que poder levantarse y tocar de nuevo el paisaje. Eso hace la poesía, eso nos regala. He tenido la sensación, conforme iba leyendo, que El don de la tristeza es un largo poema único. Está fragmentado, dividido en muchos poemas, pero son íntimamente uno solo, extendido. Parecería un monólogo, un recitado. Se advierte, déjenme decirlo, generosidad en ese volcado personal, en ese contar que, más allá de la literatura, se erige como un cántico noble, que se permite invitar a Sade, esa reina del pop (alguien dijo que un amor como el nuestro no duraría) o a Tarkovski o a los pájaros de barro de Manolo García o a Ulises o a Lars Von Trier de Melancholia o al Roy Batty de Blade Runner . Quien habla es un hombre del mundo. Alguien que sabe que ocupará el mundo y que el mundo le ocupará a él. Ese es el recado de esta partida de cartas con el lenguaje. Ha ganado él, ha dado con las palabras correctas, con las que erizan la piel e invitan a que le pongamos la mano en el hombro y sienta, en su devastación, un halo de ternura, un pequeño arrimo de esperanza. 

Coda

Lean este libro por cualquier razón que se les ocurra. Cualquiera vale. Si están felices o tristes, si sonríen o si lloran con frecuencia. Háganlo para continuar estando felices o tristes o para seguir sonriendo o llorando. 




3.8.26

Costa Ballena

 

El horizonte, mar adentro, es una hucha millonaria. El cielo, un testigo ciego. La moneda de oro se pierde en el hondo azul. Se lo contaba a mis alumnos para que comprendieran qué es una metáfora. Yo todavía me lo pregunto.



29.7.26

Un recado


Hay que medir las palabras y luego volverlas a medir, esmerarse en la medida y luego pensar en si lo hemos hecho a conciencia, sin que falte una brizna de empeño, sin dejar que nos distraigan ni nos aparte de ese afán ninguna frivolidad a la que acostumbramos. Entrar así en la noche, buscar con fiereza su cobijo, razonar el tráfago del día, ingresar muy limpio en la dulzura del sueño. Y la noche lo alivia todo con su manto. Hasta procura palabras nuevas, hiladas unas con otras, embutidas en una frase que uno se empecina en recordar con diligencia y oficio, pero que no acude o acude rota, desmadejada, refractaria a que podamos registrar su fuste y su magia. Porque el lenguaje es una actividad en la que interviene la magia o el misterio. Anoche soñé, bendita ilusión, una trama de la que podría sacar un argumento para hilvanar un cuento. No daba para novela, salvo que la perseverancia extremara los cuidados y la historia, corta por necesidad, se dejara extender, permitiera que el motivo que la alentó (misterio, magia, incertidumbre) prosperara, adquiriese volumen, se impusiera la encomienda de envejecer. No ha sido así. He dejado cuatro apuntes. Uno de ellos me ha hecho envalentonarme para escribir lo que me fue contado. Aquí estoy organizando el caos. Tengo con qué armar la novela. La que empecé a urdir y se me resistía se quedará en un archivo en las tripas de la máquina. Tendré que volver a ella. Puedo decir que estoy determinado a alargar el sueño hasta que tenga doscientas páginas, trescientas. 

28.7.26

Gun Crazy













 Se gana más dinero entrando en un banco a la fuerza, gritando y encañonando a los cajeros que disparando coronas de fósforos en ferias de pueblo, invadidas de paletos, eso le debió decir Annie a Bart. Su historia nace en una barraca y termina a campo abierto cuando la ley les acorrala y deben poner fin a una de esas locas historias de amor a las que solo un trovador ebrio y loco  podría poner música y añadir letra. La melodía es la pólvora y el ruido del Colt cuando percute la bala y esta avanza hasta que muere en un árbol, en un fósforo o en un cuerpo. El demonio de las armas vive también en el corazón de los amantes. El amor fou, el loco, el depravado, el amor pintado con una venda en los ojos, ciego de verdad, insensible al mundo y a las leyes que lo gobiernan es el que carga las armas y el que las vacía. Lo hemos visto en muchas veces en una pantalla, leído en un libro, visto en la realidad, que es una pantalla y es un libro también. El cine está felizmente ocupado por demonios y por amantes endemoniados. El cine negro, en particular, acoge al mal con más ternura, lo trata de explicar y a veces, en ocasiones, lo consigue, aunque al final de la trama los malos caigan en un fuego cruzado o en una emboscada en mitad de un bosque. 

De Annie, ruda como lija, y de Bart, delicado sin ambages, salvamos la escena en que sus destinos se cruzan de una forma ya inextinguible. Caso de que no creamos en la eterna salvación de las almas, incluso aunque estas vayan a pudrirse al mismo infierno, nos queda la bendita absolución por la belleza del amor que se profesan. Una belleza perversa, evidentemente, de más retorcido grumo que la que se estila en las novelitas rosa del diecinueve, pero de las que se incrustan más firmemente en la memoria. Uno prefiere siempre el caos. En el caos se explica mejor el mundo. El orden es una irrelevancia. No se trata de encontrar un razonamiento que explique la malignidad sino del irrefrenable vértigo de consecuencias que esa malignidad trae consigo y cómo la voluntad del bien, de una forma casi abstracta, se declara vencedora,  acompañando (previsiblemente) la caída del telón.


La tira de fotogramas, ese fotomatón impagable, narra un mundo absolutamente fascinante. El del mal como un fogonazo que prende en el aire y se acuartela en quien con lo observa. A Bart, al espectador extasiado, el hombre prendado por la autoridad de las armas, que ve a una criatura  que las maneja con pecaminosa soltura, le sobreviene un irresistible subidón de feromonas. Es el tirón del apareamiento, la llamada de la sangre. Se aprecian a poco que nos acerquemos y observemos con detalle el aire percutido. Están ahí, en ese aire quemado, impregnándolo todo, izando su retorcida carga de veneno puro. 


El cine negro es un fogonazo en sí mismo. La cara de Bart está sobrecogida por la emoción, por el deslumbre sin argumentos del enamoramiento o de la esclavitud de la sangre, viene a ser más o menos lo mismo. No uno acogido a la prudencia ni tampoco el que se estila en las novelas decimonónicas, austeramente consciente de las trabas de la sociedad, de su constante vigilancia, sino el enamoramiento telúrico, desesperado, emponzoñado ya de inicio, en el momento en que Annie saca los dos Colts y los agita en ese aire quemado, percutido, insensible, sexual. Luego todo se conduce increíblemente hacia la fatalidad de la niebla, de los pantanos en los que la oscuridad lo ocupa todo y el telón, esta vez sí, baja definitivamente. 







27.7.26

Anthony Walter Burgess White

 


El tumor cerebral que le diagnosticaron a Anthony Burgess le daba un año de vida. Quizá algo más. La cosa es que el vaticinado óbito se demoró. El hecho de que sus finanzas no fueran muy boyantes le hizo conjurarse a escribir todo cuanto pudiera hasta que la enfermedad le apartase de este mundo. Pretendía que su mujer no pasara penurias y pudiese vivir holgadamente de los derechos de autor devengados de sus ventas editoriales. En ese año póstumo de su vida Burgess escribió cinco novelas. Tres años después del colapso, debemos decir del amago de colapso, Burgess produjo La naranja mecánica, su obra absoluta y uno de los acontecimientos culturales más notables del siglo XX si consideramos también la interpretación cinematográfica que formuló Stanley Kubrick. Como a Walter White en Breaking Bad, la espléndida serie de Vincw Gillian, la enfermedad no llegó a pasarle factura. Bien al contrario, lo espoleó, hizo que la magnitud de su inspiración adquiriese relevancia sobrenatural. El cáncer de pulmón le hace invulnerable, codicioso, violento, anfetamínico. White deviene en Heisenberg. El dictamen quedó en un error médico, uno que no todo el mundo perdona fácilmente. A Walter White le fascina el carpe diem latino, se lo cree absolutamente y lo lleva a diario a la práctica. No importan los daños colaterales, no le hace perder el tiempo la observación de la sangre que ha ido derramando ni el dolor que ha causado conforme la trama va avanzando y ese carpe diem se va alojando placenteramente en su cerebro, administrándolo todo. El profesor de química da paso al narcotraficante desalmado. Burgess no configuró un alter ego, no facilitó el advenimiento de una criatura larvada, expectante a que las circunstancias mediaran y se produjera su entrada en escena: simplemente multiplicó su producción, vivió exponencialmente la escasa vida que, a decir de la ciencia, le restaba. Tradujo la enfermedad es estajanovismo creativo. Se impuso escribir por encima de todas las cosas. Hacer que la caja familiar tintineara. Es un propósito noble, quién puede decir lo contrario. De hecho, La naranja mecánica narra un mundo hiperbólico, excedido, convertido en una especie de parque temático donde campa a sus anchas la violencia, la ciega irrupción de la barbarie, la debilidad del sistema. Como la obra de Vince Gillian,  que también exhibe esa musculatura viril, esa construcción sublimada de la violencia, convirtiéndola en un pulmón por el que respirar cuando el mundo que conocemos y del que nos fiamos desaparece y surge otro, que es, en esencia, doloroso, hecho con malos jirones de tela sucia. Solo hay que mirar bien y descubrir quiénes son los drugos de Walter White, sus compinches en el delito, los partners in crime. Seguro que al señor Burgess le hubiese encantado la serie. Ambos, personaje por un lado y autor por otro, evolucionaron, adquirieron recursos inéditos. Es el libre albedrío, la aceptación de que una especie de héroe irrumpa, de que esa heroicidad pueda corromperlos, en cierto modo, más en White que en Burgess. Ambos buscan una redención, no la misma, ni siquiera cogidas del mismo recipiente moral. A Walter White no se le mira con buenos ojos, aunque haya indicios de que no tuvo opción o de que no quiso tenerla y se gustó enredándose en un disfraz novedoso, el de antihéroe, el de autoridad de un mundo que no era el suyo. A Burgess se le mira con admiración: trabajó para que su primera esposa no pasara penurias, se encomendó ser otro, alcanzar cierta magnitud en el oficio que, a su pesar, no le hizo rico. La ficción no hace daño, escribí una vez. 




Muere Anthony Burgess con 30 años de retraso

26.7.26

Caballos que nadan


A Juan Ramón Mansilla, que los hizo ver el mar

 El amor es un delirio sin nadie que lo observe. Allí la luz torpe, su jauría de sangre. Se oye el oro tenso del cielo abrirse como un corazón de pronto abandonado. Una vez vi declinar la nieve en el invierno de un caballo muerto. El amor, derrotado. La quietud del ocaso. Qué clausura el cuerpo, qué crujir de alas en el aire. Con qué disciplina la carne íntima con su silencio. También duele el corazón, su brújula para nadie, pero he aquí el día de todas las palabras. Hay un rumor de pétalos en dónde, un pequeño alboroto de hormigas alrededor del ojo del animal caído. Contemplan la ocupación de la muerte ajena. Comprenden la inminencia de la propia. Será morir vaciarse, será cegarse. Todas las hormigas ciegas indagan el heráldica del aire, advierten el arancel del tiempo, ven en el roto desquicio del caballo la negra escritura de un temblor antiguo que no obedece a la belleza ni a la verdad. Obedece a otro motivo, del que no puede saberse nada y al que no se le asigna un idioma que lo transcriba y nos haga comprender lo que sintió el caballo al ser ocupado por la blancura infinita del invierno. El tiempo es un delirio sin nadie que lo mida. Allí el correr ciego de la luz, su anhelo inefable. No hay quien sepa qués el tiempo, qué un caballo. El tiempo es aquella caligrafía de la infancia luego fiebre y vértigo y sed incontenibles. El tiempo de las grandes palabras no volverá jamás. Tenemos el caballo, la nieve, las hormigas. No esperes saber más. Espera, cree. Banal el saber. Fárrago terco, hondura que se ensimisma. Los caballos están hoy junto al mar. Trotan, anhelan la luz. Sienten un vago consuelo. Se oye alejarse al miedo. La nieve es un desatino de la memoria; la tormenta, un eco perdido en el invierno. "Abrevan, nadan, cocean las olas, relinchan espuma". 



La condición anfibia

 En el fondo de la piscina, buceando sin mucho estilo o sencillamente ejerciendo una apnea frívola, como de submarinista novicio, pienso en todo lo que hay arriba, por encima del agua; pienso en el ruido y en el caos de los que ahí abajo no tengo noticia alguna; pienso tozudamente, sin que nada me aparte de esa idea de pronto trascendente, en la realidad a la que pertenecemos y a la que rechazo, considerándola, como en un juego discreto, la ficción que a veces encuentro en los libros o en las películas. Se nos tendría que haber concedido una condición anfibia, aunque solo fuese para permanecer así, bajo el agua, perdido en uno mismo, contemplando la nada azul que desinteresadamente nos retiene. Si el dios en el que algunos creen hubiese comprendido algo de lo que se tenía entre manos, en ese instante molecular y pristino en el que abrió todos los prodigios y los repartió a destajo, en una epifanía de generosidad, habría dispuesto un sofisticado sistema de ventilación a la criatura recién alumbrada y la habría dejado elegir entre la tierra firme, el agua voluble o una mezcla alegre de ambas. No ha sido posible nada de esto. Por eso el búnker es el agua. Por eso acude uno a ese limbo accesible, levísimo, en el que discurre sin las ataduras físicas del aire, ingrávido y fiero, como una burbuja a la que de pronto se le hubiese (ahora sí) administrado la facultad de la inteligencia. Abajo (ya digo) no se piensa al modo en que se hace arriba. Todo el oxígeno del que nos hemos abstecido se reparte de una manera morosa por el cuerpo. No se da prisa, no se inquieta por llegar tarde a lugares a los que antes acudía con presteza. Y el cerebro, ah el cerebro, se concentra en sí mismo, en su función primordial, en pensarse. Como si el dios del que antes daba yo una pincelada creacionista, ahora pusiera su empeño único en hacer una especie de balance de sus actos y durante cuarenta segundos (el Chesterfield y la baja forma física me impiden acometer inmersiones de más fuste) dejase de ser Él mismo y fuese otro, de una naturaleza distinta, incapaz de comportarse como antaño, libre y resuelto, concentrado absolutamente en entenderse. Y seguimos a ciegas, sin brújula, sintiendo el peso del agua en la espalda, la responsabilidad del tiempo en la memoria. Se tiene más convicción en lo que odiamos que en lo que amamos. Hay una especie de sacerdocio de lo humano. Estamos solos, vivmos solos, morimos solos. Lo de nacer solos queda en una anécdota. Está el verano haciendo sus maquinaciones para que no me prodigue como suelo. No tengo ganas de escribir. Leo sin el entusiasmo acosrtumbrado. Veo películas con cierta cautela. Solo me apetece dormir, estar en el agua del sueño, sentir el peso azul del mar, que es un recuerdo de alguien que ni siquiera puedo considerar que sea yo mismo, quien ahora deja aquí un último apunte hasta que regrese a mi centro. Estoy por no escribir nunca más. Por no leer. Por dejarme llevar y que la apena dure hasta que de verdad me ilumine la luz del aire. Por darme la oportunidad de que todo comience de nuevo. Estaría bien zambullirse por primera vez. Sentir que los pulmones se declaran insolventes. Mantener la respiración. Pensar que no pudiéramos regresar a la superficie y la vida fuese únicamente esa estancia dulce en la que el tiempo no se parece al tiempo que se nos confió. Ser un dios momentáneao. Tener la inspiración de todos los dioses profesionales.

17.7.26

El disco de Chet Baker salta


La vida, al cabo, queda en novelita rosa de azares y causas y cuando uno abandona este mundo siempre resta un deudo o un primo segundo de Cáceres que abre tu casa y se lleva en una bolsa recia de rafia las Obras Completas de Benito Pérez Galdós o todas las sinfonías de Berlioz en vinilo, aunque lleves sin oírlas quince años o no hayas seguido la plétora galdosiana. Esa rapiña funeraria. Expolio o polvo. El expolio incivil como un cuchillo codiciando la carne. El polvo como un ejército apoderándose del patrimonio silente. El polvo, el implacable, no solo se come entonces al finado (ya se sabe, polvo eres…) sino también (ay) a sus discos y a sus libros, a su álbum de fotos y hasta a la corbata horterísima que gastaba en las bodas. La vida, tan puta, concita así en su finiquito a quienes, en vida, quisimos, nos quisieron o ninguna de ambas cosas, pero se arracimaron a nuestra vera de modo que parecían, en las distancias cortas, familiares, amigos incluso. Debiéramos legar la risa, pongo por caso. O la mala leche de los lunes a las siete de la mañana. El júbilo tal vez.

A mi amigo Pepe, que era un bonachón, le entrego una pizca de mala hostia, que falta le hace. A Juanito, tan arisco y cabroncete, mi talante, ya que fama tenía de bonancible y festivo. A Lola, mi don de gentes. La vida, insisto, cuando cesa, abre la pandora espléndida del saqueo. Sentimental, en algunos casos. Acude el hermano lejanísimo, el cuñado al que nunca tratamos y los hijos bastardos de cuando hicimos la mili en Burgos, que se traerán, a modo de distintivo, algunos rasgos genéticos inefables, para demostrar, por la cara, la parentela, la comisión de la sangre. Acuden pues todos, voraces y terribles, diplomáticos y cautos y, al tiempo, solemnes y tristísimos, a litigar unos cuadros, unas baldas con Homero y con Agatha Christie, un piso en la capital o un coche casi sin kilómetros que arrumbamos al olvido cuando ya nos satisfacía eso de ir de un pueblo a otro. Toda la felicidad (o toda la tristeza) estaba en el nuestro.

Habrá que convenir una legitimidad a este buitreo, perdónenme la palabra. La muerte da sus réditos y hay una maquinaria bien engrasada para amortizar las pérdidas ajenas. Flores, misas, lápidas, herencias. Hijos en Burgos. Todo se aviene a ser facturado, escriturado. A desgravar incluso. Caso de que haya una vida después de esta, estaría bien que el finado, en el mullido más allá, asista al patético espectáculo de la pitanza que su ausencia ha dejado. En lo que a mí concierne, me va a dar igual lo que el respetable haga con mis posesiones. Ah, aviso de que un disco de Chet Baker tiene la pieza once un pelín rayada. La trompeta se escora al piano y, al final, la canción parece, en lugar de tersa y algodonada, ruda y un algo perversa. Como la vida misma.


16.7.26

Bautismo


Despréndase de todo lo que sabe,

borre los registros del corazón,

piense en usted 

como si acabara de ser invitado al mundo. 

Nadie le conoce, a nadie conoce, abra los ojos, 

haga un acta somera de lo que acaba de ver, 

empiece por la luz, sienta su fiereza, 

siga con los árboles y con el agua 

y con el alto cielo en la bóveda celeste, 

no escatime un ápice de atención, 

todo está ahí por usted, 

deje que el aire fluya adentro, 

no se permita el desaliento, 

apártelo como quien rehuye el fuego, 

apreste la voluntad al delirio de los sentidos, 

imprégnese de júbilo, está a mano, 

no se le resistirá cuando lo anhele, 

convoque el numen secreto de las cosas, 

hágase a la idea de que todo lo que contempla 

está ahí para que usted lo gobierne, 

siéntase hospitalario consigo mismo, 

cuide de que toda esa riqueza recién alumbrada 

no se deshaga cuando irrumpan las sombras

o cuando sienta abatirse el deseo, 

no flaquee, ni se amedrente 

si la adversidad lo cerca y merma, 

piense en la belleza o en el amor, 

ámese con ardor y con disciplina, 

ámase por encima de todas las cosas,

por encima de los demás y de los dioses,

ámase con dedicación absoluta, sin merma ni desánimo,

nombre al corazón albacea de sus sueños,

no escuche discursos grises, ni los diga usted,

lea panfletos de alegría, escriba 

las jaculatorias del entusiasmo,

diga las palabras exactas, 

pronúncielas con colmo declamatorio,

no se despierte con la retórica 

del que lo ha visto todo,

que todo está por ver, 

la función acaba de empezar,

dese los caprichos que lo iluminen, 

verá que cuanto más luz desprenda 

más luz acudirá 

y con mayor festejo será suya, 

arrumbe el dolor 

con el que será sin duda herido 

a poco que avance el paso 

y la tierra no sea firme, 

tenga la certeza 

de que no habrá dos días iguales, 

que el único templo en el que postrarse 

lo llevamos a cuestas, 

y que depende de nosotros que sea acogedor 

o nos repruebe y haga sufrir, 

que venimos sin nada y marchamos sin nada, 

que la travesía es prestada, 

que al final nada es nuestro. 

15.7.26

Lorca vs Borges

 Borges consideraba a Lorca un andaluz profesional, un poeta de rango menor, auditivo, visual, carente de la hondura intelectual que él exigía a la poesía, rebajada de ornamentación. No era algo que sostuviera con consideraciones estrictas, maximalistas, sino que todo su desafecto hacia la obra lorquiana era simplemente un desafecto hacia la poesía cromática, de estímulos plásticos. Tal vez esa imposibilidad suya de apreciarlo proviniese de su ceguera o de su hedónica visión de los versos, juzgados según el placer que le daban. Lorca es un poeta pintoresco, sostenía. Supo el poeta granadino adaptar los procedimientos del surrealismo francés de entonces a lo andaluz. Reprobaba ese exceso de verbalismo, toda esa decoración sensorial. También miraba con sospecha que la fama de Lorca se hubiese acrecentado por haber sido fusilado. Su amaneramiento era insoportable, dijo en una de esas entrevistas en las que Borges se encantaba a sí mismo, aunque no aparentara en absoluto que lo primero era Borges, siéndolo, y que todo lo demás era irrelevante. Si sus ocurrencias, muchas o casi todas de orden metafísico, arramblaban con le idea de Dios, del que no entendía como podía ser uno y trino, cómo cohibirse a la hora de ningunear a una criatura suya. Lo de menos, para Borges, es que Lorca fuese un ser telúrico, un animal poético, un tótem arrollador, una especie de duende universal, encantador y con un don de gentes innegable. Me imagino que incluso la palabra duende no fuese del todo entendida por el poeta argentino. Lorca era el compromiso social; Borges, la negación de la contemporaneidad, la idealización de la eternidad. Por más que adore a Borges, no es adoración únicamente, creo que escribo por haber leído a Borges, creo que una parte de mí procede del Borges que he leído, no comparto ninguna de esas reflexiones. Probablemente rechazaba el histrionismo de Lorca, su folclorismo, lo cual no es sostenible cuando él mismo, en su etapa juvenil, fue un ardoroso defensor de las tradiciones populares, de todo lo que era genuinamente argentino. Mantuvo ese ardor doméstico hasta el final, por cierto. Hubo una cena en Buenos Aires, ciudad en la que Lorca, por su teatro, vivió algo más de un año, en la que coincidieron. Debemos imaginar a Lorca acaparando a todo el mundo, dando palique a diestro y siniestro, vendiendo su gestualidad, su palabra incandescente. Parece que la conversación en la mesa que compartieron trató de asuntos relevantes: los males del mundo, la decadencia de la civilización, el miedo al porvenir... Lorca tiró de chanza y dijo que estaba obsesionado con un personaje norteamericano sobre el que, a su juicio, recaía toda la culpa de esa barbarie incipiente. Borges estaría intrigado, supongo. Se preguntaría si se refería a sus queridos Whitman o Poe. Cuando Lorca citó a Mickey Mouse, Borges, ofendido por la chanza, irritado también, se levantó y se marchó. Su humor no alcanzaba esas frivolidades. Como Voltaire sentenció, hay amigos que nos acaban fallando o dejando, pero los enemigos son implacables. Borges abrió una lista de enemigos en la que Lorca ocuparía un puesto principal. Tampoco Borges, ahora que lo pienso, ya que hoy juega Argentina contra Inglaterra la semifinal de los mundiales de fútbol, se encandilaba con el deporte rey, del que decía que era una calamidad, un vicio “popular porque la estupidez es popular”. Hay ocasiones en que no sé si mi Borges debiera no salir de sus ficciones, de su Pierre Menard, autor del Quijote, de sus tigres, de sus espejos, de su literaturas germánicas medievales, de sus laberintos, de su Asterión, de su jardínes de senderos que se acaban bifurcando, de su Lugones y de sus griegos. Si mi Lorca debiera únicamente conocerse por su sentido de la tragedia, de la muerte, del caballo, del agua, del cuchillo, de la luna…Tal vez no deberíamos saber nada de los autores a los que amamos. Solo debiéramos leer, leer rendidamente, no querer ir más allá, no querer saber si eran diestros, demócratas, tímidos, heroicos, declarados seguidores de la música dodecafónica o de la gastronomía que abuse del picante. Si hoy ganara Argentina el partido de marras, enpieza en diez minutos, entra en lo posible, por cierto, a pesar de su dependencia de un jugador sublime, tendremos una cita más que deportiva el próximo domingo. Jugarán Borges y Lorca. Ellos se las apañarán para cerrar la liza abierta en una cena hace una tira de años. Yo quiero que gane Lorca, por supuesto. 

El don de la tristeza / La utilidad de un cuenco vacío / Alfonso Brezmes

  I Debe haber una manera de que todo lo malo que nos suceda no prenda, no hiera, no rompa lo que antes fue alegría, esplendor, vida, en sum...