9.3.26

Las crines / 20 notas sobre la novela de Marc Colell

 


1 / Admiro el despropósito, lo concibo como algo de lo que la literatura, la misma vida, debiera impregnarse de cuando en cuando. Lejos de ser una idea cerrada, de parecer una palabra peyorativa, el despropósito es la instancia primera desde la que a veces se concibe la creación misma. Admite la controversia, el decir y el desdecirse, el avanzar sin que parezca que suceda el avance, y permite que a esa idea la ronden otras, no necesariamente las previstas, para que se consolide o se cancele lo que quiera que se esté fraguando o para que, en el debate, se alumbre un término medio, una especie de solución consensuada en la que la ficción (descomprometida, libre por naturaleza) se convida de realidad (tan agreste, tan de poco vuelo metafórico). Hay que hacer esta reflexión para escribir esta reseña. Admiro “Las crines” (Premio Café Gijón, Siruela, 2025), su aparente ausencia de propósito y, al tiempo, la certeza de que cualquiera de ellos podrían convenir. La admiro por responder a ese desconcierto (concierto iba a escribir) y hacerme ver la necesidad de que nos despojemos de etiquetas (la etiqueta duele, escribía mi añorada Manolo Lara Cantizani) y la belleza o la inteligencia sucedan sin estorbo, apenas incomodadas, haciendo que nuestras vidas sean mejores y se haga su desempeño más felizmente. La literatura contribuye espléndidamente a ese (ya dejo el sustantivo) a ese propósito. Eso ha conseguido Marc Colell, debo decir, antes que nada, con esta premiada novela (novelita, ni novelita siquiera) suya. 

2 / Prefiero también lo por contar a lo contado. Y de esa ambición mía tengo con qué agasajarme en estas páginas. Creo que el interés de Colell no es errático, a pesar de que la trama eluda un enunciado férreo, determinativamente provisorio de acontecimientos de importancia, que los hay, pero a los que se les puede extraer cualquier consideración narrativa y entenderlo como un color más de los usados por el autor para acabar este cuadro enorme (a pesar de su brevedad) sobre la elocuencia de la soledad. A ella, a la soledad, la coge bien por el cuello y no la suelta en las ciento cincuenta y cuatro páginas de la novela: tales son las dimensiones del paisaje. "Las crines" es una novela orgánica, una especie de (se va reír el autor) un nuevo reino, esta vez animal, no vegetal. Procede Colell con ella a la manera en que un entomólogo se aplica al estudio de la criatura a la que observa por el microscopio. Ahí es fácil pensar en un dios que, caprichosamente, se detiene a contemplar la naturaleza misma de su creación. Estamos hablando de literatura.

3 / Hay un hombre, catalán, “dando el mal por incurable”, sesentón, del que sabemos poseedor de una llave que abre una puerta de una finca en Argentina. Hay más cosas que se nos permite conocer: que fuma mucho; que bebe, tenga ocasión o no; que se ensimisma con frecuencia; que vivió en un orfanato de pequeño y, por último, habrá más cosas, que se encomienda una relación epistolar con Juanita, la mujer que le invita a que pase una temporada en La Magnolia, su lejana quinta de la pampa.

4 / Buscar sin saber, ir sin propósito, no dar con lo anhelado y, sin embargo, traer a casa, tras el viaje, la misma vida, que es trágica y compleja, pero debe hacerse con ella algo hermoso y este texto se arroja a la sencillez, se arroga un contar entendible, que prescinde (aun en su caos, en su tragedia, en su complejidad) de una manufactura (lo imagino caligráfico, como lo son las cartas) ardua, boscosa, cargada de pesadez sintáctica o léxica. Eso lo hace Colell magistralmente, digo el dar carta de naturalidad (perdonen la redundancia) a lo que bien podría haberse creado desde una elocuencia arborescente, tramposa, desde un artificio, aunque siempre lo haya y cada escritor sepa dar con el suyo y lo embosque en ropajes sencillos, qué mérito eso. Se ha valido el autor de una extraordinaria capacidad de observación y, entiendo que no podría haber eludido esa parte, una obligación moral, la de expresar una gratitud hacia la tierra en la que vivió, con la que tiene lazos fuertes, esa Argentina de la Pampa que se manifiesta con un rigor cartográfico, sentimental, absolutamente creíble. Podríamos convenir que todo el libro es una expresión de agradecimiento hacia un paisaje. Todo lo que sucede en él es atributo suyo, asunto emanado de la visión extasíaca del paisaje, de su elocuencia, de su fragor o de su silencio o de su soledad. Porque hay también un homenaje, una especie de agradecimiento, a la misma existencia, limpia ella, del silencio y de la soledad. Se palpan ambas, a pesar de que haya tramos ruidosos, empapados de acontecimientos que parecieran ser antagonistas de esas dos hermosas abstracciones: el silencio, la soledad. 

5 / Hace tiempo que un libro no me hacía sentir tan cerca de lo narrado. Se cree uno espectador privilegiado, ve lo que Calesita, el ya añorado protagonista, ve. Esa virtud de lo cinematográfico bulle, cunde, prospera como si a lo que asistiésemos fuese una proyección, no un texto. Cree uno también que huele el asado o que ese lejano país no es enteramente nuevo y pudiera haber sucedido que de verdad lo hubiéramos visitado y supiéramos de fiable primera mano lo que significa pasear esas planicies inagotables, no como el agreste Empordá catalán, del que procede su protagonista, o manejarse en el arte de hacer que los sapos, que son legión, dejen la casa y se afinquen en esa vasta planicie, en la tierra un poco bíblica de la Pampa. 

6 / El narrador se apropia de su vida, tal vez por primera vez. Hace balance de algo que no acaba de explicitar del todo, no se precisa tampoco. Se encomienda entender el lugar en el que está, no las razones que le han empujado (tal vez deba ser otro el participio) a llegar allí, a dar uso a la llave que se le ha entregado, la que franquea una puerta que, bien mirado, podría ser cualquier puerta, una de esas puertas que todos tenemos a la vista y no queremos o no sabemos traspasar. El ejercicio del narrador se parece entonces un poco al de su protagonista: los dos se envalentonan, se determinan a explorar lo desconocido, a traer de la travesía de la experiencia (la de vivir, la de escribir) algunas certidumbres o, si se me permite, más dudas que las ya existentes. Qué es vivir si no probar llaves y ver qué hay tras las puertas que abren. "Las crines" hace una prospección, un poco ética y otro poco sensorial, de los primores de lo real, como decía el poeta. Estudia la luz, medita sobre la sombra, se posa sobre la carne muerta de Potricox, un viejo caballo cubierto por una mala lona y comido por la cruel intemperie, indaga (prosigo trayendo verbos inquisitivos) sobre cierta idea irrenunciable en el ser humano, la de saber qué hacemos aquí, qué cosa podemos hacer o a cuál podemos renunciar para que vivir sea siempre un festejo, una evidencia de que todo está bien, que incluso el mal, al comparecer, no distrae a la bondad, a ese agradecimiento por estar vivo. A mí me ha parecido esta novela una novela de vida, más que otra cosa. Dan ganas de estar solo, de tener esa llave luminosa, de poder asistir al espectáculo siempre deseablemente novicio de ver amanecer o de contemplar un atardecer de los que no se sabe nada y, más romántica o idílicamente, no tenemos necesidad de saber nada. 

7 / Tiene "Las crines" fe en sí misma. Esa consideración proviene de una osadía que yo, como lector, he practicado. Me he pensado siendo el escritor que la urde. La pregunta surge entonces pronto: ¿cómo podría haberse escrito, de no ser esta?. Otra: ¿cómo la habría escrito yo? Y razono, no será del todo razonar lo que vendría después, que no podría. Es tan personal, cuenta cosas de tan precisada vivencia que es imposible que la novela sea volcada de alguna forma distinta a la que yo he leído. El autor cree en su trabajo: hay eso, fe. Debió disfrutar con la parte poética, tanto como con la meramente descriptiva, de prosa lúcida, conminada a contar. Por eso se recrea portentosamente en algunas partes del relato y las aparta de la rendición de todas esas cartas, que cuentan cosas, en fin, que tienen materia narrable, Esas partes poéticas son la de los pájaros, "amarillos, inmóviles, azules, carroñeros, confiados, acróbatas, terrestres, frenéticos, acuáticos". El Colell poeta se manifiesta poeta por ese pormenor en la observación, por esa querencia hacia lo inasible y, al tiempo, lo perdurable, lo mágico. Asunto de fe, ya digo. Me quedo con la parte en la que hace registro de los colibrís, que en Argentina se llaman picaflores. El autor recordará una conversación que tuvimos acerca de esos pájaros. Todavía no había leído su novela, por cierto.

8 / Dar cuenta de las vivencias es difícil, qué elegir, qué privilegiar, qué parte de uno mismo se debe contener, no hacer que aflore y pueda malograr el encargo de contar lo ajeno, pero nunca hay un libro del todo ajeno, razono. "Las crines" es una experiencia lejanísima, no hay manera de que uno se vea allí, ya he comentado eso, pero insisto en el hecho de que las palabras, benditas ellas, cancelan la incredulidad, hacen de la extrañeza su casa y nos abandonan en otra intemperie, la de la ficción, que es una realidad vigilada. 

9 / Más que con los caballos, tan importantes, me quedo con los sapos, con lo que se cuenta sin que se exhibe una musculatura narrativa, un decir sentado, un relato cartesiano del que se espera que sucedan cosas determinantes. Ellos, los sapos, acompañan la lectura. Los oí croar, un croar baritono, argentino, permitidme el atrevimiento. 

10 / Lo que hace Marc Colell en "Las crines" es privilegiar cierto tipo de recado epistolar al que ya no se le hace aprecio y que aquí, por obra de un protagonista insignificante, voluntariamente apartado de cualquier tipo de épica, se manifiesta con pulcra verosimilitud, con asepsia también. No se nos permite saber más de lo preciso, hay una voluntad entomológica en el volcado de los acontecimientos, que son muchos y, al tiempo, pueden hacer pensar que fuese un único acontecimiento, exento de trascendencia o, si se me permite, manumitido de toda grandilocuencia. Yo creo que conviene ese criterio primero, el que el autor determina como válido para dar voz a su narrador, que es alguien sobre el que la gente "desliza su mirada", sin que se pose: no ofrece "líneas de percepción". Todo aquí es cartesiano, apreciable, topográfico: el campo, el cuerpo, hasta el tiempo posee una naturaleza sólida, vehemente. 


11 / No es qué se cuenta, sino quién lo hace. De esa elección surge "Las crines". Contar lo que se ve, hay un distanciamiento, un no comprometerse, un ver sin involucrarse. La escritura de la novela es diferida, hay un posicionamiento ambiguo, pero carnal. Las cartas exigen un modo de entender lo que ellas mismas relatan. Somos involuntariamente el receptor de su quién sabe si apretada o voluptuosa caligrafía. Porque yo me imagino el texto de la novela en letra volcada a mano, en tinta fiable. La tinta duele a veces. No es, por muchas cosas, un libro difícil, pero contiene cierta complejidad de orden moral. Son muchos los asuntos sobre los que hay un interés en que se cuenten. No solo la soledad o el silencio, tangenciales por un lado, vivos y opresivos en otras, sino también las distancias, la permanencia de la tierra por encima de todas las cosas, la voluble opresión de la luz, la intendencia del hombre en su desempeño de hombre, el pudor de interferir en las costumbres de un pueblo que no conocemos y que nos ha invitado a que compartamos con él la mesa, la carne, el vino, el tiempo. 

12 / "Las crines" es escritura dentro de la escritura, me gusta esa expresión, no es la primera vez que la uso. 

13 / El descubrimiento de la voz que narra ha debido ser arduo. Quien maneja la narración, esa epistolaridad que arma el relato y que se entiende casi escrita a la vez que los acontecimientos que decide contar, carece de nombre, no es importante para que todo fluya. Es como si escucháramos algo que a lo que no estamos invitados. De ahí el pudor que citaba antes: se nos habilita para que sepamos, se nos da la posibilidad de que esa intimidad pueda ser atravesada y seamos parte de algo ajeno. Con qué maestría, debo recalcar eso, Colell nos confiere ese grado de espectadores privilegiados. Siente el lector que está vulnerando algo hermoso, invisible. Como si abriésemos el buzón de otro, imaginario el buzón y el otro, y se nos confiara un secreto, una revelación, un concurso de hechos triviales, fascinantes, trágicos, humanos, en definitiva. Hay mucha humanidad en "Las crines". 

14 / Uno acaba entendiendo qué es viajar en este libro falso de viajes. Comprende que los europeos no sabemos nada sobre la idea del viaje. "La humanidad se interrumpe en grandes espacios, en gigantescas extensiones, y cuando vuelve, cuando se agrupe, adquiere el valor de la casualidad, el recuerdo del asentamiento, del poblado original, de la fogata". 

15 / A la antojadiza manera en que un lector aborda una lectura, que no siempre es el mismo lector ni tampoco la lectura, por esa urdimbre subjetiva de las cosas, es la misma lectura, la de "Las crines" plantea un interrogante, muchos, la verdad, pero se aprecia que el autor no se encomiende su resolución y deje no ya pistas, sino montañas de ellas o extensos páramos de ellas, me estoy dejando llevar por el paisaje de la novela. He leído y he buscado debajo de lo leído, he estado y me ha parecido que mi permanencia en el libro, en su fluido devenir, precisaba de una elaboración mayor, que no será estilística ni sintáctica. Lo que yo quería, al tomar el volumen en mis manos, incluso recién comprado me sucedió eso, era que hubiese más, que la novelita (la nombré así al comenzar estas notas) fuese novela de más contundencia corpórea, que supiésemos (o no, qué sé yo) lo que Calesita haría con su gato al sacarlo del transportín, cuando regresase a su Cataluña y se topase con otro paisaje, con la vida (de la que sabemos poco, el orfanato, el caballo sin montar, la idea de un tiempo remoto y oscuro) nuevamente adquirida. Como si su aventura gauchesca hubiese calado más y se delatara en su plenitud cuando el buen hombre volviese a la rutina que tuviera y viese, quién sabe, a la mujer que le dio la llave y la posibilidad de que la fuga tuviese acomodo y tiempo. No es un reprocho, a veces uno rehuye de los tochos, pero en otras, si la promesa de la lectura así lo reclama, anhela que todo se dilate, que no se acabe, en fin, creo que los buenos lectores saben de qué hablo. Con todo, queda uno complacido con lo vertido por Colell, se sabe dueño de una vida o de una parte de una vida de alguien a quien no conocemos y de quien, tras sus peripecias, tampoco sabemos demasiado. 

16 / Hay un libro en el libro, el libro de los caballos. No es ni un libro siquiera: son pliegos atados con una cuerda. Es de magia. Un artefacto surrealista también. Un manual para sanar a un animal moribundo en el que deben intervenir hermanos mellizos, cortes de pelos, puñetazos en su ijar, ají en la punta del pene. Colell abusa poco del recurso más literario (en el sentido de fabulado) que posee la obra. No se le echará la culpa. Daban ganas de saber más. De tener el manual en las manos. De que hubiera uno análogo para cuestiones más domésticas, de consumo privado. 

17 / No hay manera de hablar de un libro de alguien sin que acudan los demás libros que de ese alguien se han leído. Disfruté enormemente leyendo "El reino vegetal" y "El bozal". Ahí conocí la escritura de Marc Colell. "Las crines" no continúa lo que se inició ahí, en esos dos volúmenes. El primero, "El reino vegetal", era el libro del verano de Carlota, una niña de trece años. Estaba traspadado de melancolía y de descubrimiento. Creo recordar que me pareció entonces el libro de un funambulista, por lo delicado de lo narrado, por la sensación de que en cualquier momento todo se podría venir abajo. El final apabullaba, eso recuerdo también. No sucede eso con "Las crines". Hay una intensidad menor, aunque se perciba un querer llegar a cierto clímax, que luego agradecemos que no concurra. No haría falta. "El bozal", esa colección de cuentos, traía al perro, no al caballo. Daba cuenta de su admirable perseverancia, explicaba a su manera el modo en que la realidad nos habilita para la extrañeza. Como un afantasmamiento. Como si el escritor obrara al modo en que lo hace el encantador de serpientes y nos quedáramos prendados al ver izarse a la serpiente. Sin saber si se envalentonará y nos morderá. Yo creo que las historias de Marc Colell proceden de esa inminencia, de algo que está a punto de suceder y no sucede, de algo que esperamos y, al tiempo, no queremos que irrumpa. 

18 / Este libro debería haberse llamado así: "Los sapos". De haberlo escrito yo, qué bien habría estado eso, qué envidia, le habría llamado "Los sapos" o "La soledad". Son títulos cortos, no elucidadores. Pero "Las crines " hace precisamente eso: aclarar, dar claro lo oscuro, extraer la piedra filosofal y hacerla una cancioncita que podemos tararear. 

19 / Hay verdad en “Las crines”: verdad y contención. Vuelvo al pudor ahora. Con qué respeto se nos cuenta todo, con qué limpia mirada. No ha querido el autor (elección pertinente) inmiscuirse más de lo debido: por respirar la misma transpiración de la tierra, por descender a la semilla de las cosas sin lastimarlas, sin incomodar su antiguo oficio, sin perder su vocación de observador puro. Ese leve esplendor apenas precipitado, esa fulgor pálido extendido como una música. Porque hay mucha música en el texto: comparece con brillo léxico (hay que entender el léxico, hay que buscar a veces, aunque todo se explica por sí mismo.

20  / Las ocho. La hora de los sapos. Tenemos la llave en el bolsillo. Hemos visto Marruecos desde la ventanilla del avión. Afuera hace cuarenta grados bajo cero. Vamos a casi novecientos kilómetros por hora. Es curiosa la velocidad, el frío. El gato en el transportín ronrronea, se desperaza, maúlla a lo bajito. Trae Calesita con él más cosas de lo que pudiera pensarse. Todas comparecen con pudor también. Con la lentitud de lo que no ha cambiado nunca. Se imagina uno que "Las crines" es una novela sin tiempo. Pudiera haberse escrito hace treinta años, hace cien. Entonces había asadores, patrones, caballos que se mueren, cuevas que son un hogar, whisky y tabaco en las noches infinitas, mate compartido en un meandro del alma, patrones que no dejaban acuchillar a un potrillo y lo quieren ver morir de viejo, quintas donde suceden cosas parecidas a un sueño, colmados en mitad de la nada, niños que no saben usar una vara para que los perros obedezcan, sapos imposibles en la intimidad de una casa, caminos de polvo y sacrificio. 





 

 


 


8.3.26

Diccionario de asuntos perdidos / 1 / Sinapismo

 

El sinapismo es "una cataplasma o emplasto elaborado con polvo de mostaza tradicionalmente usado como revulsivo para aliviar dolores profundos o congestiones bronquiales mediante la irritación local de la piel. Coloquialmente, el término se refiere a una persona o cosa molesta, pesada o que exaspera". 

Mi abuela Luisa, cuando la colmaba el nieto, me decía sinapismo. Yo aceptaba el engendro léxico sin mayor molestia. No daba interés en saber qué me decía, aceptaba sin más que lo que fuera que aquello significase correspondía cabalmente a mi compostura o a mi desempeño o cualquier otra cosa que de mí pudiera extraerse y que sirviera para definirme. He tardado en recobrar esa palabra, sinapismo, cincuenta años. Podría no haber vuelto a escucharla o a leerla. No es tanto el vocablo, la entrada en el diccionario, su tangible ahora existencia, sino lo que ha traído su reingreso en mi mi memoria semántica. Es agradecida, si se ve mimada. Da de sí espléndidas coreografías. Sabe cómo excederse, hasta comedirse, pero hay palabras suyas que comparecen sin que se tenga entera propiedad de su concurso. La de sinapismo reclama la parte de mi infancia que se desvanece poco a poco. En esta edad provecta, en estos tiempos de vocabulario mediocre, de palabras cortas, cuando no huecas o estériles, el sinapismo es el que da por culo, si se me permite el exabrupto. Uno ha visto y padecido lo suficiente como para entender de sobra qué significa esa manifestación gráfica excesiva, tal vez imprudente. Mi abuela no caía en ordinarieces, aunque es posible que no tenga yo recuerdo fiable y alguna saliese por su boca. Leo que el vocablo comparece por primera vez en el "Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes con las correspondientes voces francesa, latina e italiana", registrado en 1788 y compilado por el Padre Esteban de Terreros y Pando. Esta entrada es la que referencia el cataplasma, el ungüento, el alivio epidérmico. Es más tarde, en 1817, cuando lo incorpora el diccionario de la lengua española e incluye la acepción que yo aprecio ahora, la del plasta. Puede argüirse que esa acepción, plasta, como término coloquial usado para describir lo pegajoso, aplastado, casi escatológico y, añadida o metafóricamente, la persona pesada, molesta, cargante, coincide cartesianamente con la que yo prefiero, la de mi abuela y, ay, elegida para definirme en esa tierna infancia. Quién sabe, es posible que todavía siga siendo un sinapismo. Habrá quien lo refrende. 

EL ESPEJO DE LOS SUEÑOS / 7171 DÍAS / 4528 TEXTOS


No hay vanidad en lo que voy a escribir. Tan solo se me ha ocurrido escribir sobre la existencia de mi blog. Mi blog. Mi casa. 7171 días abierto. Es un número bonito. Creo que todos lo son. El hecho de hacer un inventario de algo se parece al de recordar.  Pronto cumplirá 20 de los casi 60 que cumpliré en un mes mal contado.  Me agrada pensar que ha ocupado un tercio de mi vida en los que he ido cuidándolo casi a diario. No le escatimo atenciones. Ni una obligación es. Hubo semanas en que no tuve nada que anotar en él. También días en que lo hice dos veces. Esta costumbre, tras tanto tiempo, se ha convertido en una vida supletoria, en una prolongación registral de la mía, y me declaro feliz por la perseverancia, no se crean, y perplejo también. Debí haber abandonado la empresa. Lo pensé varias veces, muchas veces. No sé a el porqué de tener siempre algo que contar. Eso no es normal. Escribir no es normal, pero uno cuenta las cosas que le suceden o las que suceden a los demás. Se me antoja indistinguible un contar del otro.

Hay 4528 entradas, lo cual es abrumador. Alguien entró en mi blog el otro día. Tengo que leerte, me dijo. Creo que le aconsejé que se lo tomara con calma. Que fuera al día. Que prescindiera de lo hasta ahora rendido. No siempre puedo tener cerca a alguien que me lee, aunque sucede con frecuencia, por fortuna. Hubo en esos casi 20 años de escrituras (leo el contador alojado en el blog ahora mismo) 1802466 visitantes. A lo mejor lo cierro, con colmo de pudor o de fanfarria, ya veré, cuando llegue a los 2 millones. Es una buena cifra. No me la hubiese creído cuando me determiné a abrirlo. Estaba en casa de mi cuñado, en Marbella. Me lastimé un pie haciendo el tonto en la playa y el buen galeno me recomendó que lo tuviese en alto unos días antes de recomenzar los paseos y todo eso. La convalecencia fue agradable. La familia me agasajó con distracciones, saben hacerlo. Ahí se me ocurrió lo de abrir esta casa digital. Comenzó alojando reseñas de cine. Eran, más que otra cosa, encendidos elogios hacia películas de toda la vida y, por mi participación como crítico en una revista de cine de la red, comentarios sobre los estrenos de entonces. En el 2006 iba más al cine de lo que voy ahora, a mi desgracia. Veo el cine en casa, ya no escribo en ninguna revista de cine, tan solo dejo de vez en cuando registro sobre lo que veo, casi nunca cosas de la actualidad. El tiempo pasa muy rápido.

Los números, esa estadística fiable, fría, gris, no explican lo que ha supuesto este blog para mí. «El espejo de los sueños» es mi aldea gala irreductible. Los romanos, afuera, no lograrán rebasar sus muros, quemar sus casas. Soy el que se cayó a la marmita y bebió el brebaje de la torrencialidad o de la prolijidad o de la hipergrafia o de la grafomanía. Soy un escribidor, lo hago sin pretensiones, por dejar constancia, ya lo he dicho, por contarme el mundo o por contarme a mí mismo. No he debido terminar de hacer alguna de esas cosas a lo visto, así que no tengo intención de renunciar a este placer que me hace estar aquí ahora, dándole a las teclas. Tengo, a decir de Bukowski, la enfermedad de escribir. No es una elección, me temo, aunque en algún momento lo fuese: es una función orgánica como la de respirar o la de beber agua si hay sed o la de comer cuando el hambre. Por precaución, guardo un registro de toda esta cadena de ceros y de unos que deben conformar las tripas de mi blog, el fantasma en la máquina, todo eso. Es una memoria portátil. Por si un día me da por abrir el editor de esta página y me encuentre que un dron la ha devastado o que la han saboteado los chinos o la madre que parió a la desgracia.

Salvo los tres o cuatro primeros años, mantengo en el blog la misma cabecera: el icónico puente de Queensboro de la película Manhattan, de Woody Allen. Isaac y Mary siguen sentados, viendo cómo amanece, charlando. Yo no he dejado de hacerlo desde entonces. Hago acompañar a la imagen de dos citas, invariables,  perseverantes también. Una es de Antonio Machado: «Amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles». La otra es de Epicuro de Samos: «El placer es el bien primero. Es el comienzo de toda preferencia y de toda aversión. Es la ausencia del dolor en el cuerpo y la inquietud en el alma». Me reitero en la bondad de esas citas, en lo que me dicen, en lo que continúan diciendo. Yo sigo escribiendo, hablándome, ya ven. Ese cómputo de días, de escritos y de visitas me hace feliz, pero lo que más festejo es que mi voluntad haya decidido que siga en pie. Festejo esa consideración, al menos: la de bregar con la escritura, para bien o para mal. He sido tozudo, he resistido con entereza, he hecho de ese blog una extensión (ya lo he dicho, más veces lo diré) de mí mismo. No sabría explicarme sin escribir, tampoco lo haría sin mencionar «El espejo de los sueños», el nombre que di a esta casa. Ese ha sido quizá el cometido más fiable: escribir casi a diario, no dejar que la página entre en barbecho, hacer que el placer sea «el bien primero».

Se puede estar más solo que escribiendo, pero ninguna soledad, ni siquiera la no pedida, la que nos invade y sojuzga, rivaliza con la escritura en hondura, en apartarse enteramente del mundo y, al tiempo, en apropiarse de él. En ocasiones, al escribir, se percibe esa soledad, se aprecia cómo se cierne en torno, sin que podamos zafarnos de ella o sin que, por más que nos afanemos, podamos tampoco dejar de escribir. Dejar de escribir con la esperanza de que regrese la luz o de que la oscuridad no cunda, ni se enseñoree como suele. Nunca fue un padecimiento escribir, nunca sentí que me fracturara o que me ablandase o que me retirara alguna posible fortaleza que yo, sabiéndolo o no, pudiera tener y, sin embargo, a veces prefiere uno no tener que dejar consignado nada, no ocupar la limpieza de la hoja o el vacío del editor de este blog. No dura mucho ese arrebato ascético, un poco sobrevenido por el cansancio o por la evidencia de que no hay ningún lado al que conduzca escribir que no se pueda acceder de otro modo, no sé, paseando, tomando café con los amigos en las terrazas del verano o en la intimidad de la casa en el invierno, leyendo lo que otros a los que no conocemos han hecho para nosotros, ah lectores. No es una preocupación que persista, se diluye conforme el día va conviniendo sus peajes y tienes que salir a la calle y acudir al trabajo y regresar a casa andando o en coche, pero de pronto hay una necesidad que bulle y obliga, algo que dice que te sientes y escribas. y se aplica uno en satisfacerla.

No importa de qué se escriba, incluso de la escritura misma, tal es el caso. Lo que de verdad cuenta es penetrar en esa soledad solicitada y dejarse ir. No creo que haya otro método: no hay escritor que no se deje ir, por más que organice y cuadre su trabajo, por más que investigue, tabule o prevea cuál será el texto que finalmente saldrá. Lo que fascina es el acto impetuoso de la escritura, su vértigo, su fiebre, ese avanzar loco, sin brújula, en el que las palabras se prestan y uno las abraza o las censura o aplaza que concurran o se duele de que salgan esas y no otras, que son las que deseamos, pero no están a nuestro alcance. Tal es el caso también. Esta soledad mía es más íntima cuando abre el día. Ahí encuentro que está la cabeza en condiciones, si es que eso fuese cierto. Ahí me envalentono con el día y encaro lo que a su antojadizo capricho haya decidido arrojarme. En este sentido un poco nutritivo de las cosas, escribir es una ingesta de luz, una especie de avituallamiento de coraje para que no nos haga flaquear en demasía el tráfago de las cosas. Como quien sale a correr a primera hora de la mañana y vuelve a casa con el cuerpo encendido y la cabeza alerta. Añado que jamás he hecho eso, no es algo de lo que presuma tampoco.

El blog “El espejo de los sueños”, tal fue el nombre de mi primer libro, el que se me publicó en Antorcha de Paja con la colaboración de la Diputación Provincial de Córdoba en mis tiernos diecinueve años, ha servido para tantas cosas. La más importante, ya lo he dicho, es para dar con amigos. No importa el modo en que se consigan: importa esa propiedad hermosa, y por la lectura de lo que yo haya ido escribiendo hubo desconocidos que entraron en mi casa, ya lo he dicho, y se quedaron. Siguen. También me sirvió para que viniesen otros siete libros. Me gusta pensar en ellos como una especie de hijos de esta madre que es el blog. Él hizo de mediador o de aval o para que las palabras se imprimieran y quedara un libro bonito. Todos lo son. Mis editores (Francisco Gálvez, Pepe Trapiello, José Luis Trullo y Francisco Caro) vieron que podría haber un escritor en mí. A estas alturas, bueno o malo, debe haberlo. Del primero (El espejo de los sueños, 1985) al último (Mala fe, 2025) han pasado 40 años. La de cosas que caben en 40 años. Ahora se me ocurre que me casé, tuve dos hijos, perdí a mi padre, a mi abuela y a mi suegra, me hice maestro (me jubilo en tres meses), vi miles de películas, leí mil libros, amé desconsoladamente el jazz, vi morir a algunos amigos, fui feliz en los bares y descubrí el arte de dormir sin preocupaciones cuando la vigilia invita a que prospere el sueño. Más cosas habrán pasado, me habré dejado algunas importantes.

Mi abuela Luisa no escribió una palabra en su vida. Decía, al verme correr: «Mientras el nieto corre, el mundo gira». Y el placer, ah, el placer, el bien primero, el don más hondo. Uno de los que más aprecio es la de nuevos amigos que el blog me ha traído. Hoy es un día de máximas y de gratitudes. Dejo la dirección del blog por aquí, por si después de esta tabarra egocéntrica alguien decide visitarlo por primera vez o volver. Disculpadme, si podéis, por haber recurrido a contar algo tan personal. Al fin y al cabo, de lo que se trata es de que se produzca el mandato primero que se impone quien escribe: ser leído. Pues eso.

7.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 7 / Los Argüelles


Padre

Mi padre ha tenido siempre gesto de gárgola. 


Padre 

A mi padre lo apresaron en la guerra por escribir pasquines, por llamar a la rebelión, por poeta comprometido, por heraldo de la luz cuando la sombra acude. Su voz era un aleteo de ángeles o de insurrectos. Las mozas bizqueaban al oírle declamar en juegos florales y en verbenas de barrio. Los rebeldes aprendían de memoria las soflamas de la revolución. 


Madre

Está la madre en el zaguán cosiendo unos calcetines. El dedo gordo de mi hermano ha ido por libre. Es un tomate, así le llaman. Por el dedo rojo estrangulado será. Tienes que cortarte las uñas, ya tienes edad. Una no puede gastar la mañana en tus cosas, bastante tengo por hacer. Está la casa manga por hombro. Nos va a comer la mierda. No doy abasto. Acabaréis conmigo. Ayer tu padre llegó con un siete en el pantalón, dice que no sabe cómo se lo hizo. Sería una pendencia en la taberna, qué sé yo, él no cuenta, no le conviene. Está siempre a lo suyo. En sus poemas. En arreglar el mundo. En faldas. En sietes. 


Nosotros

Una vecina se para en la puerta, la cruza, no es la primera vez, esas cosas pasan. Las puertas, si no están cerradas, dejan de ser puertas. Son entrometidas sin que se aprecie la intromisión. Ejercen su oficio con pulcritud. Llevan años practicándolo. Que ayer te echamos en falta, la Luisa ha dicho que hoy a las nueve sacamos las sillas, tenemos que pensar lo que vamos a hacer para el domingo. Sacar las sillas es tener palique hasta que vence el sueño en las noches de verano. Lola, la casa te va a comer, deberías arreglarte un poco. Hay hombres que te miran todavía con deseo. Haz que te miren. Que les duela mirarte. Qué poco os miráis los Argüelles. Todavía recuerdo a tu madre. Ni para morir pidió que le pusieran un vestido bonito. Los días corren como las nubes. La madre contesta con la cabeza, ni la mira siquiera. Sí, ha pensado. Irá sin ganas, nunca las tuvo. 


El cura

Hay que arreglar la iglesia. El cura se fija en esas cosas. No hay cuartos. Habrá que hacer algo, alguien tendrá que poner los suyos. Eso dirá, esos nos dice. Tendrá quien le zurza los calcetines cuando las uñas se pongan levantiscas y den trabajo. Dios descuida las uñas de sus apóstoles. Lleva el párroco un año en el pueblo y se le ve poco. Hace unas homilías preciosas. Qué voz, qué claro primor en el aire casto del templo. Eso dicen. Una vez llamó a casa. Huele toda la calle a gloria, señora. Tiene usted en la cocina la mano de mi santa madre. Le pusimos un plato, pidió otro, bebió sin descomponerse, hasta festejó la bondad de la tierra al dar el vino al hombre. Me miró como no creí que pudiera mirarme. Tras el postre, se encendió un buen puro y apestó la casa. Papá no es de iglesia y no abrió la boca. Lo miraba aviesamente, pude apreciar. Hacía gestos que lo delataban. Yo aporté los míos. Nos faltó cogerlo del brazo y ponerlo en la calle. 


Las vecinas 

Si no estuvieras con esas chismosas que tienes de vecinas, tendrías tiempo para arreglarte un poco. La Luisa es un veneno, acabará por enfermarte. Se le va la cabeza. Te ha elegido para el palique del verano. Les dan las tantas. Madre calla, otorga. Hoy me duele la cabeza, no estoy para pensar mucho. Ahora tiende arriba la ropa. Da el sol. La luz se enseñorea en el aire. Ella se queda como ida, está bonita con el resplandor de la tarde dorándole el pelo. Tarda siempre en bajar, creemos que abajo todo le cansa, creemos que ha encontrado un sentido al danzar loco de las nubes. Cualquier día me voy, dice a veces si él no está. 


La prima

Tengo una prima que me escribe. De pequeñas, soñábamos juntas. Era cerrar los ojos y cogernos las manos para que de pronto todo cobrara sentido. Las aguas con su secreto. Las montañas con su misterio. La preñó el boticario en un descuido, eso dijeron, no lo sé yo bien, no me entero casi nunca de las cosas, me las tienen que contar despacio y yo debo prestar la atención de la que a veces no tengo resuelto desempeño. Madre dijo que la criatura tendría gesto de gárgola. Ni la vimos irse, no ha vuelto. Tiene la letra bonita en las cartas. Hace las mayúsculas con una soltura parecida a la de la madre cuando tiende la ropa o cuando barre el patio. Juega con las palabras, las abraza. Parece que se incendia el pecho cuando se leen. Como si un aleteo de ángeles nos condujera hacia un lugar hermoso. Nosotros la recordamos como si fuese también un ángel. Ella hace que el mundo gire. 


Padre

El padre no mira el cielo, está ciego, está sordo. Huele a barro. A escombro. A humo rancio de tabaco. A mujer. A compadres de taberna. A sudor de animal cansado. 


La hermana

La hermana dice que saque a madre de paseo. Está arriba, le digo. Ha subido a tender la ropa. No bajará.

6.3.26

Breviario de vidas excéntricas/ 6 / Lisinda Arévalo


La moza Lisinda Arévalo, la que a orillas del Tormes iba a lavar la ropa y, siguiendo las enseñanzas del Buen Señor, mitigaba la sed del caballero que iba o volvía a su hacienda, no tenía ademanes rudos, no se hurgaba la nariz, no decía palabras inconvenientes, no exhibía la tosca compostura de otras mozas de su apaño. Era el todo Lisinda cabal en su trabajo, correcta en el trato y prudente en las confianzas. El agua de su odre era famosa en la comarca y hasta se le concedían prodigios curativos al acudir a ella. Menos por la sed que por el buen ver de la moza, los viajeros casuales, luego fijos, los precisados de ternura, haciendo un alto en el que daban descanso a las bestias, engolosinaban, entre buche y buche, el cansado ojo. 


Tenía Lisinda la vocación del servicio tan a honra y cuidado que la provisión del agua quedaba, en su entender, corta, por lo que se determinó a cargar las alforjas de la mula con buenas piezas de morcilla y de chorizo, unos trozos generosos de queso y un canto de pan de tan escandaloso tamaño que el animal torcía peligrosamente el andar y amenazaba con tirarla a ella ya las ricas viandas al suelo, desbaratando la empresa a la que dedicaba todos sus desvelos.


Dio el buen Señor a la servil Lisinda magra  elocuencia y carnes prietas, de las que se festejan en los sueños privados de los hombres. Lo que Dios, allá en su cúpula de bondades, regidor primero de las primeras cosas, le privó a la bella Lisinda fue alcances. Los suyos, cortos y felices, no daban para mucho más que cargar al mulo con las alforjas, llenar los odres con agua del pozo de su finca y recorrer, sin desviarse ni distraer la atención, el camino hasta el recodo del río, en donde ya era pieza habitual que los caballeros descansasen, se recreasen con el hermoso paraje y alimentasen, por pocas y bendecidas monedas, la tripa y, en los más de los casos, la vista. No estaba en el ánimo de Lisinda el lucro, por más que en su familia no viese mal un dinero con el que sobrellevar la intendencia de la casa. A fe de quien les cuenta esta historia, lo que la muchacha ansiaba era otra cosa que ahora no sabría a ciencia cierta exponer. Quizá eran buenas obras lo que buscaba, las que le ganaran un pedacito de cielo, aunque no fue jamás muy de iglesia. Tal vez únicamente disfrutaba saciando la sed de todos esos varones, aliviando, ya se verá este detalle, la carga dolorosa de algunas hombrías largamente reprobadas



Fundó Lisinda en el generoso remanso del Tormes una fonda al paso de los años. Era una de esas casas modestas, de las levantadas hospitalariamente en los caminos, que prefieren pasar inadvertidas y que, con una mano ágil y un espíritu valiente, prosperan y se convierten en dignas. Pobre de planta, apenas agasajada por el buen gusto en su frontispicio (un portón de maderas viejas y un par de ventanas muy grandes enrejadas sin atino) la casa daba una silla decente, una mesa fuerte, fuego en invierno y sombra entretenida, en la frondosa entrada, en verano. Las escasamente esmeradas manducas de antaño (el duro pan y los hoscos trozos de carne seca o de queso duro) mudaron a otras de más pensado efecto. El hondo búcaro de vino, el plato de pescado en salazón o de carnes asadas, la sopa con sus garbanzos y el tabaque con frutas del tiempo como postre haciendo aplaudir a la tripa del viajero al punto de que, antes de montar y continuar camino, echaban el solaz de una siesta ligera bajo los árboles, a pierna muy suelta, contenta la boca y alegre la panza. Qué mansedumbre de remanso, qué holganza, qué divino el arte de contentar a quien precisa contento. 



Lisinda, infeliz todavía con el manejo de su hostería, animada a agrandarla. se las ingenió para que los comensales más entusiastas concedieran levantaran una casa más generosa, obsequiada de dormitorios y bañada por el limpio sol por ventanas amplias y limpias de telarañas. De pocas entendederas, corta en meninges, como ya se ha quedado dicho, Lisinda prefirió que los cuartos que se usasen en ella contribuyesen a mejorar la ya existente. Ganó fama el establecimiento por las comarcas cercanas por la amabilidad de su posadera y por la rotunda hospitalidad de sus carnes, entiéndase esto como el buen lector decida. Sola en su negocio, apartado del mundo, Lisinda ocupó una de las habitaciones. No la quiso resuelta en lujos. no había nada en ella que la distinguiera de las demás. El precario catre le bastaba para dejar caer el cuerpo, más que cansado al final de la jornada. De noche soñaba que un caballero la rondaba. Siempre era el mismo. Le incomodaba que un hombre gobernara su hacienda, pero le agradab,a que uno calentara su cama. Como el caballero de sus sueños no llegaba, la buena de Lisinda, absorta en la contemplación del techo de su habitación humilde, decidió que era la última noche que dormía sola.


Debió ser la ligereza de cascos o la promiscua gentileza de sus sueños o ambas circunstancias conchabadas con el único propósito de malograr la desgracia de la fonda. Debió ser también el hambre de moza de algunos caballeros o la sensación de que la pequeña posta, vista en detalle, tiraba más a burdel, a pesar del búcaro de vino y la rica ristra de viandas colgadas del techo. Lo único malo es que la única meretriz de la casa era Lisinda, y a veces no daba abasto para apaciguar las idas y las venidas, las entradas y las salidas de la cuantiosa nómina de inquilinos. Anhelaba que uno estuviese tocado por la gracia y buena verga, puesto que hay razones que la cabeza desconoce y sólo gobierna la entrepierna. 


No queriendo que nadie se involucrara en su faena, se las apañó como buenamente pudo. No dejó cliente insatisfecho ni en la mesa ni el catre. Alguno, soltero o viudo, enamoradizo, la conminó a que dejara las labores de Venus y se animaran a gobernar la lejana suya. Otros, escarmentados de la rutina o aburridos de ayuntar siempre en la misma hacienda, le rogaron, en el más cumplido protocolo, que trajese mozas de los burdeles aledaños. Debe aclararse que la palabra burdel no era del agrado de Lisinda. Lo que ella ofrecía en su negocio era bondad a espuertas, cristiana bondad, si el lector así lo prefiere, la generosa evidencia de que el amor al prójimo que pregonan los evangelios se cumplía en su mesón y en su tálamo. Dios no tenía que censurar que ella llevase su palabra tan lejos. Por eso no hubo otra mujer. Nunca la hubo. 


La bella y entregada moza devino fulana piadosa, oficio lúbrico, poco o nada evangélico, pero que la contentaba al punto de que creía, a cada fornicio que realizaba, merecer un trocito más grande de cielo. No hubo mandoble o mentula que no la meciese, en volandas, camino del Señor, aunque íntimamente supiera que a cada embestida más lejos de él se hallaba; en su desviado pensar, en su descarriado proceder, no hubo puya de macho que no la hiciese sentir la más recta de las mujeres; no hubo, por más que una tiniebla de duda le atenazase el sueño, recodo de su alma en donde no se creyese pura, aunque el cuerpo se le descoyuntara por las acometidas viriles y el dolor la quebrase a veces y el nombre de Lisinda, por merecimiento, de pueblo en pueblo, por las lomas y por las veredas, en conventos y en tabernas, fuese el nombre mismo del pecado. Nada de eso la incomodaba. Las habladurías la reconfortaban. Si venían más hombres, mayor sería el bien que hiciese. Hasta que un día, enferma del mismo fornicio, rota en su eje, Lisinda cayó en cama, floja como un junco al que desmayase el viento, incapaz de servir mendrugos de pan y tacos de morcilla en el abarrotado comedor de la planta inferior, inútil para abrirse de piernas o para montar a horcajadas en la izada hombría de sus peregrinos e ir juntos al doble paraíso. 


Como el hombre, en particular el putañero, es criatura de escasa sensiblidad y sólo se anima cuando hay prevista jodienda, quedó Lisinda en el más triste de los olvidos. Encamada y sola, cerró el trajín de la cocina y de la fonda. Los jinetes pasaban de largo, decepcionados. Alguno se ofrecía, en discreto gesto cristiano, a procurarle un médico que la sanase, pero Lisinda quiso irse muriendo en paz, a decir de alguno de los asiduos más antiguos. Se fue apagando poco a poco, sin ruido, sin querer molestar a nadie. Así lo hizo antes de llegar a los treinta años, edad en la que una mujer todavía puede traer hijos al mundo y llevar una casa. 


En el pueblo, pocos recuerdan a Lisinda. En los caminos, refieren la historia de una mujer de carnes firmes y generosas, de ubres como campanas de iglesia, que llevaba agua en un odre a los cansados caballeros que iban y venían a sus cosas. Que luego mudó el agua en vino, como quien obra una especie de milagro, y la prieta rueda de longaniza por un pequeño plato caliente, que aliviase el hambre e invitase al sueño. Que sospechó, en sus flacas meninges, que el caballero también precisa verterse en hembra, cubrirla entera, vaciarse completo. Se dio a quien la quiso, arrimó su cuerpo al de los otros, buscó en el abrazo más humano la virtud más divina, y creyó que obraba con la vehemencia del juramentado en una empresa mayor que sí misma. No se refiere a día de hoy qué fue en verdad de la moza Linsida, no hay quien sepa algo de lo que fiarse. Que si dejó este mundo en temprana edad. Que si todo lo que de ella se pregone es materia de malos poetas y de chismes de plazuela.  Que tuvo diez vástagos. Que murió viejita. Otros refieren que nada hay de cierto en la narración de la moza Lisinda. Que es letra de una canción antigua que se oye por las orillas del Tormes. No se encuentran escritos que glosen su cruzada. 

4.3.26

Breviario de vidas excéntricas/ 5 / Nibelungo

Nibelungo desconfía de los gatos y, contrariamente a lo que hacen el resto de los perros que conozco, no consiente entre sus vicios callejeros la intimidación ni el ladrido disuasorio. Jamás se solivianta, ni permite que una brizna de saña animal desbarate el ángel de su cara. Mi Nibelungo es animal de arrestos muy retraídos, se engolosina con las palomas en los parques y arrima su lomo a mi paso cuando la calle se vuelve ruidosa o levantisca o advierte la cercanía de otros perros a su rabo con el (cree él) propósito de intimidarle o lastimarlo. Otro de los asuntos que hace que Nibelungo destaque y se granjee el cariño (juntamente con el asombro) de quien lo trata es su elevada afición a la ópera y al cine negro americano. En cuanto escucha una voz barítona o un crescendo orquestal en mi sala de escucha se agita apreciativamente, como si anduviera en celo, como si el numen de la belleza lo cruzara de parte a parte, y ladra con emoción no contenida y pone los ojos en blanco, transidos de luz, en éxtasis. 


A poco que preste uno atención, si se le observa con detalle, se advierte que en algunos arias particularmente hermosos de Verdi, en los que las voces son arcangélicas y los violines suenan celestiales, Nibelungo sigue el trayecto invisible de las notas moviendo delicadamente la cabeza o el rabo, a veces en alegre comandita, y hay ocasiones en las que podría parecer que conoce las partituras y actúa como el director de la orquesta, subiendo o bajando la pata, escorándola a izquierda o a derecha como si fuese una batuta. Tampoco pierde oportunidad de echarse en su alfombrita de paño turco y acompañarnos a Natalia y a mí cuando ponemos El cartero siempre llama dos veces o Perdición, obras cumbres del cine negro de los años cuarenta. Cuando asesinan a alguien, por la espalda o a cara descubierta, ladra y se advierte que el ladrido perruno y el llanto humano son, en el fondo, la misma secreta y enternecedora cosa. En los títulos de crédito, Nibelungo no se levanta de inmediato. Agacha el morro, entorna los ojos y se diría que mastica las cosas que ha aprendido. Luego se yergue, estira su cuerpo pequeño y sale al patio o se retira a su colchón. 


Nibelungo comparte conmigo estas extravagancias sin que yo las aliente.Le tengo yo el cariño que a veces no dispenso a ninguna criatura de mi raza. Le saco de paseo al parque o le llevo a una tienda de animales domésticos en donde lo asean, lo pelan y le hacen sentir el perro más maravilloso del cosmos. En ese ir y venir por las calles jamás me puso en evidencia al modo en que lo hacen los perros de los demás. Nunca cortejó a hembra alguna ni marcó con su micción su territorio de andanzas y distracciones. Esas pasiones del corazón perruno no le interesaban lo más mínimo. Tampoco se arrimaba a las peleas con las que suelen adornarse los parques que frecuento. Al verlas, escandalizado ,alzaba una pizca el morro, movía ligeramente el rabo y abría con verdadero interés los ojillos, pero ahí acababa todo su interés en la pendencia. 


Igual que Cátulo cantó al gorrión de Lesbia y Antonio Gala dedicó un librito a su perro Troilo, lo mismo que los ingleses adoran los gatos o los hindúes saben que la vaca es un animal sagrado, yo consagro este capricho literario a mi adorado Nibelungo, que anoche se fugó de casa con otro perro no sé si de su raza, torpe y aburguesado como él, a lo poco que vi, cuyo dueño me confesó el amor que su mascota, Traviato, tenía por las óperas de Verdi. 

- Les pierde el bel canto, las masas orquestales, la épica de esos héroes románticos - comentó atravesado por una congoja indecible. 

Desde que Nibelungo no está en casa, todo va mal y camino de ir a peor. He perdido casi completamente el apetito, apenas me interesan las cosas que pasan en el mundo, no asisto al trabajo con la alegría de antes, no hablo con mi mujer e incluso he abandonado pequeñas normas de higiene a las que antes me entregaba con absoluta eficacia. He dejado crecer mi barba. La tengo agreste y salvaje. Falta que hagan nido un par de mariposas en su boscosa mata y me adopte como gurú una plétora de jipis piojosos. Tampoco me importaría, la verdad. Igual me dan compañía en las noches y les tomo cariño y ellos me lo toman a mí. El mundo necesita amor. En el fondo soy un sentimental, ya ven. Uno de los que se arrugan cuando le hablan con ternura o cuando, pongo por caso, un perro se hace extensión de tu sombra y disfruta de tus cosas como nadie ha disfrutado nunca. 


No pongo el pie en la calle salvo que, jaleado por Carmen, mi mujer, tenga que ir al médico a que me examine por si este mal que padezco tiene una cura a la que pueda contribuir la medicina. Yo sé qué hará que sane. Ni el psicólogo que ella quiere que visite (al que mira con los ojos con los que me miraba a mí hace veinte años) ni todas las pastillas de colores del mundo obrarán el milagro. Lo que quiero es que un alma caritativa, un gentil señor o una buena señora, un niño gordo de altas capacidades o una niña con trenzas y cara de acelga llame al timbre de la puerta y me entregue a mi Nibelungo. De verdad que la vida es insoportable sin él. Ni mi muy amada ópera me conforta, ni el antes adorado cine negro americqno. 


He pensado muchas veces en lo idiota (iba a escribir pueril) de mi comportamiento. He razonado que hay personas que pierden seres queridos y levantan cabeza y vuelven a tomar el mando de sus vidas y toman café en las terrazas y hacen las compras en los mercados. Sé que la vida sigue, ella se encarga de curarlo todo, y que todas las heridas, incluso las más terribles, cicatrizan, pero no hay manera de que todas esas buenas cosas que pienso me las crea y me hagan efecto. La vida, si no fuese tan cruel, tan puta iba a escribir, sería una de esas películas con argumentos terribles que uno ve y de las que se olvida a los diez minutos, pero mi vida es una película triste, de mala serie B, y sigo sentado en una butaca, mirando la pantalla, contemplando la secuencia patética de mi existencia. 

Hace un par de días que me dejó mi mujer. Dejó una sencilla nota debajo del imán en forma de perro de peluche que tenemos en el frigorífico. Decía: 

"A Nibelungo es posible que lo encuentres. A mí me perdiste el día en que el maldito chucho puso el pie en esta casa"

No he quitado el papel prendido al frigorífico todavía. Lo miro para que me recuerde que Nibelungo no está. No me altera lo más mínimo que Carmen se haya ido. Lo acabaría haciendo, intervenga el chucho o no. Uno no le desea su mal a nadie, desde luego, pero no de vez en cuando me recreo en la posibilidad de que alguno de los que consideran que estoy loco o que solo me mueve el capricho y la frivolidad sientan en sus carnes el dolor que siento. No sé expresarlo con la hondura que merece, me faltan las palabras, acuden cuando las solicito, pero siempre se fugan o se enredan unas con otras y escribo sin tino, mediocremente. Tampoco lo entienden mis jefes, antes tan comprensivos con todos mis asuntos. No me dijeron nada cuando llegué tarde el primer día. Se limitaron a hacer una pequeña broma con el despertador, pero cuando mi indisciplina horaria malogró la firma de un contrato lucrativo, me llamaron seriamente al orden. Luis María , te la estás jugando. No permitiremos una falta como esta en adelante. Daba igual que llevase casi treinta años de pulcro desempeño en la oficina. Puedo incluso llegar a entender que les irritara la forma en que había descuidado mi aspecto, mi desaliño, la barba montaraz, la higiene abandonada, el desarreglo en el vestir,  las uñas sucias y sin cortar, la cara de estar deseando que algo malo me suceda e importarme poco. Lo que no comprendo es que se tomaran a broma el extravío de Nibelungo. 

Hace algo más de una semana que no salgo de casa. Entretengo mi ocio viendo libros sobre temas caninos y salgo a la terraza a fumar  y a ver pasar coches y señoras con perro. Qué felices son. Con qué alegría se manejan por las aceras. Con qué delicado primor se agachan y recogen en una bolsita las deposiciones. Lo que daría yo por agacharme y depositar en una de ellas las alegres evacuaciones de mi Nibelungo. Me pregunto si esas nobles y amables criaturas que despiertan mi envidia y alegran mi tristeza serán aficionadas a Verdi y a Wagner. Si, como mi llorado Nibelungo, se plantarán delante del televisor de plasma y no perderán ningún detalle de todas esas películas de cine negro que a mí me entusiasman. Envalentonado, venido arriba, anoche salí a la calle. En uno de mis sueños, en uno particularmente lamentable, un coche atropellaba a Nibelungo. Voy a liberar al amable lector de este informe de mis desgracias de la incómoda restitución de los detalles. No hablaré del cuerpo roto, ni de su carita contrahecha. Solo diré que fatigué el barrio entero. Anduve por calles en donde nunca había estado. Paseé parques oscuros en donde los jóvenes, felices como un caracol en un espejo, se bebían la vida en un vaso de plástico en donde cabe un litro de algo. A ninguno se me ocurrió preguntarle por Nibelungo. Nunca se me dio bien abordar a un extraño, hacerme el simpático, ganarme su confianza, darles el palique requerido para que suelten prenden y me den lo que solicito. En eso soy como mi Nibelungo, un ser amable en el fondo, pero de una timidez enfermiza. Por eso me cuesta tanto trabajo entender qué hace mi perro en las calles, solo, sin mi protección, sin Wagner, sin la alfombra de paño turco bajo su panza, viendo películas de Raoul Walsh o de Billy Wilder. Seguro que el sueño es una premonición. Seguro que está en el depósito de cadáveres, aunque ahora que lo pienso, ¿tendrá el ayuntamiento de mi ciudad un servicio para estas inconveniencias urbanas? Un perro muerto, a la vista de todos, expuesto al dolor de sus dueños y a la visita de las moscas, debería ser recogido, tratado con el respeto que merece. No me dejen ir por aquí, que voy a echarme a llorar. 

Nibelungo está con Traviato. Volverá a casa. Un día de estos, sin que yo lo espere, sin que una señal en el cielo me avise, sin que me lo pronostique un sueño, rascará la puerta con sus patitas, ladrará todo lo fuerte que sabe y moverá el rabo con el ardor de antaño. Yo le pondré la cabalgata de las valquiria en el equipo de alta fidelidad, le dejaré que elija película por la noche y lo sacaré de paseo por los parques cada mañana, bien temprano. En esa bendita felicidad, me afeitaré la barba, rogaré a mis jefes que me permitan volver al curro y buscaré a mi mujer sin descanso solo para pedirle perdón y hacerle ver que la amo y que mi vida, sin ella, es un completo desastre. Tenemos que ver otra vez los tres El cartero siempre llama dos veces. Es nuestra película favorita.

3.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 4 / Inesita Bocángel



Igual que la Salomé de Gustav Klimt muestra un pezón entero y un amago de otro, Inesita Bocángel tiene un ojo sano y otro comido por la tiniebla. Es ese ojo de mal mirar por su aviesa torcedura y por un pestañear vibrante que únicamente se amansa cuando contempla paisajes de obsequiada belleza o se clausura al ingresar en la otra tiniebla, la del sueño. No se tiene a Inesita por resuelta en amores, pero es tapar el ojo defenestrado para que no afee su porte cabal y generoso y el cuerpo se le alegra sin disimulo. Retorna el recato si lo muestra. Es entonces cuando la memoria obra el prodigio de borrar la lúbrica inclinación de su alma y la moza Inesita no condesciende al flirteo ni a la providencia de los hombres. Los de ansia más desbordada bendicen el ojo muerto. Festejan que no lo enseñoree ni vindique. Se congratulan por la ciega obediencia de la carne, que tira al monte o al río o a cualquier linde en la que haya varón disponible. Hay trovadores que glosan las proezas venusinas de su dueña. Las cantan en las tabernas portuarias y en los ateneos de la aristocracia cuando se les desquicia la boca. Elogian las bondades de la anatomía de su promiscua benefactora y hacen hostil escrutinio de turnos. Hay quien propone lastimar el ojo sano por si tener ambos en deterioro, aparte de inspirar lástima y ternura, propicia acometidas más frecuentes, pero la moción es censurada con razonado pudor y vence la conformidad o la gratitud por los favores prestados o la admonición del párroco, que tiene la administración exclusiva del perdón, incluido el suyo. 


En días de lucidez, Inesita Bocángel descree de la filantropía y somete a su íntimo juicio el hábito contraído con la población masculina de la comunidad. Las féminas damnificadas por este arrebato lúbrico (que recaba la casi unánime aprobación de sus maridos) andan en conversaciones con las autoridades para que se proceda al destierro de Inesita o que se proceda a sanar definitivamente el ojo herido, pero el consejo municipal nunca concede tal amonestación y hasta han propuesto que se le conceda el título de hija predilecta de la villa y una calle tenga por nombre el suyo. Ella sueña con varones tras haber yacido con ellos. Pueblan su fantasía, la colman de claros efluvios de luz y de gozo, la festejan y subliman. Cree Inesita que su cuerpo es un templo y le crecen adentro ángeles y capiteles. Hay feligreses convencidos de que han visto en su altar una especie de inminencia de milagro. Como si el mismo cielo, en el momento exacto en que la cinética de la coyunda propicia que se viertan los jinetes sobrevenidos, se partiese en dos y se entreviese la cara de la divinidad. Inesita no dice esta boca es mía, no presume de cabalgaduras. No es mucho de decir, no vaya a ser que luego tenga que arrepentirse de algo. Su madre la ha sancionado severamente: hija, es menester que salgas menos, que tienes en sobresalto al vecindario. Un día de estos vas a venir encinta. Quién diremos que es el padre, me pregunto. Podrá ser cualquiera, madre. Mi hija será el del pueblo, pues hija vendrá. Crecerá amada por todos. Tendrá algo de cada uno, tendrá un ojo sano y otro comido por la tiniebla. 

2.3.26

Breviario de vidas excéntricas/ 3 / Bonifacio Trigueros

  El pastor Bonifacio Trigueros se queda dormido con el libro de Kafka en las manos, echada la espalda en el grueso tronco de un álamo negro. Es hombre de buen leer y le agrada la quietud de los campos. El libro termina cayendo. Una oveja se acerca y lo olisquea. Le da fuerte con el hocico y ve con interés que no se rompe. Persevera, aprecia la dignidad de empeño y la resistencia del libro. Entonces abre la boca y empieza a buscar el modo de comérselo. Se la ve con entusiasmo, se aplica en la mordida, en la masticación más leve y en la más severa, en la ingesta de las hojas, Las rumia con inédito embeleso y finalmente se desentiende de ellas. 

De pronto la oveja bizquea, da arcadas, mueve arriba y abajo la cabeza y suelta un eructo no muy sonoro, la verdad, pero que despierta a Bonifacio de su hechizo libresco. No es la primera vez que escucha a una de sus ovejas manifestarse en regüeldos, pero nunca había visto ninguna de ellas con un sucio caparazón en la propiedad de la espalda y un número grosero de patitas pronunciándose en los costados. 


Bonifacio, cuando regresa a la aldea y confía a sus cercanos las proezas de la oveja, no se arredra en explicaciones, alardea del prodigio y lo declara indiscutiblemente puro milagro, pero la intendencia de la parroquia, al habla con el mismísimo obispo, ha zanjado la cuestión y achacado la conversión de la res en insecto a la afición del pastor al anís seco nada más principiar la mañana, y al vino blanco, cuando ya se ve venir la tarde. A pesar de ese desaprecio, Bonifacio sabe que fue el libro lo que terció la maravilla que vieron sus ojos. 


La oveja afectada no ha sido vista de nuevo. Andará por esos campos, tampoco eso le preocupa. Ha pensado en que si es Madame Bovary el libro que arrime a la siesta bajo el álamo negro podrá transmutar la oveja en dama distinguida de París  o si lo que zampe la glotona oveja fuese Anna Karenina será una hermosa joven rusa y podrá hacer que ninguna de las dos cometa el suicidio narrado en esas trágicas tramas. 


Cualquier día es bueno para que aparezca del brazo de alguna de ellas por las calles del pueblo. Dirá que las conoció un verano en que viajó por Europa. Les advertirá que callen, si se les pide opinión en algo, no vaya a ser que irrumpan en balidos o tuerzan la boca al modo en que lo hacen sus ovejas cuando se las estresa en demasía o tienen miedo porque han sentido, en la fronda del bosque, olor a lobo. Los hay a espuertas. Siempre tienen hambre. 

1.3.26

Una novela futura

 

Fotografía de Marina Sogo

No saber qué hacer cuando no se escribe. No tener lenitivo, emoliente, bálsamo, delicado placebo que reemplace la ocupación de la escritura, refugio más útil, terraza para dejar pasar el tiempo y ver gente. No aducir cansancio, ni siquiera colar la idea de que la musa se ha fugado o que de cuando en cuando conviene un receso, un armisticio, un hoy soy ágrafo, una especie de vacaciones de uno mismo, que es escritor enfermizamente y a todo le adjudica una conjetura de texto y que se cree roto o huérfano o triste o tal vez esas tres cosas juntamente cuando pasa un día o pasan diez y no da con una frase desde la que armar otra y otra hasta que ese texto irrumpa en lo real, se imponga, haga de la nada un cuerpo, si es que lo hace y el cuerpo se vale solo y no es suyo.

Hay algunos textos que salen si se les llama: están en la cabeza y la abandonan cuando no se espera. Un escritor es alguien que se plagia a sí mismo. Tengo un amigo que escribe y tiene periodos de infertilidad, como casi todos los que escribimos. Cuando le sobreviene la pájara, M. nada o corre o monta en bicicleta o pasea. Escucha clásica o ve series de espías en la tele o lee atemorizado de que lo leído haga resurgir al escritor y se acabe la feliz estancia en la pereza. Se está mejor sin escribir. Mi cuerpo no nada ni corre ni monta en bicicleta. A lo sumo, pasea o va martes y jueves al gimnasio a descubrir la orfandad de los músculos.

El hecho de pasear o de levantar pesas o de ver series de espías es un preámbulo de la escritura. Uno va anotando cosas que dan para empezar algo. Al principio es una frase. Puede estar hasta enteramente armada o tan sólo insinuar un comienzo, un lugar desde donde partir. Lo que derrota cualquier posible prestigio de caminar es que una circunstancia insólita (o una familiar que no se ha visto en detalle) tenga la facultad de interrumpirlo. Creo no haber caminado jamás movido únicamente por la voluntad de desplazarme. Todos los movimientos suceden antes en la cabeza: el cuerpo es un actor secundario. Toda la memoria es una formulación de esa idea de lo estático. A veces refrenda lo que gesta la imaginación, pero no es fiable nunca.

Hay países en los que he estado sin haber puesto un pie en ellos. Pero sigue la escritura. Ocupa lo que la realidad en ocasiones no consigue. Por oír la luz la boca estraga su latido. Por reparar el dolor el corazón se desoye. Una sinestesia orgánica. Una alquimia. A M. anoche se le ocurrió no escribir y leer más: un Borges convencido. Eso me dijo. Tal vez lleve razón. Que escribir no sea algo de lo que pueda uno jactarse. Que probablemente acabe cobrando algún peaje. Que no tenga otra utilidad que la de distraerse, no la de entender ni la de guiar, sino la de entenderse o guiarse. Esa pequeña contribución a la felicidad. Pero escribir es un pulmón que continuamente se ocupa y se desocupa de aire. Un corazón que da a la sangre el sublime recado de ser únicamente sangre. Una sístole, una diástole. Una sístole, una diástole.

A Bukowski le pasaba que si se tiraba una semana sin escribir enfermaba. «No puedo caminar, me mareo. Me tumbo en la cama y vomito. Me levanto por las mañanas con arcadas, necesito escribir. Si me cortaras las manos, escribiría con los pies». Era su mala vida, ese rango de perdedor sublimado, el que lo impulsaba a hacer algo que lo reconciliara con la belleza o con la franqueza o con cualquier consideración moral que lo extrajera de la sencilla rutina de vivir y arrimara algo más hondo, quién sabrá qué cosa será la arrimada y qué es la hondura. «La creación es un don y una enfermedad». Se escribe porque no queda otra, se vale el escritor de esa ocurrencia paradójica porque tal vez no sepa hacer otra cosa o, si es de verdad severa la enfermedad, crea que escribiendo podrá sanarse.

Por fortuna, tengo vicariamente a alguien que escribe cuando yo no tengo ganas de hacerlo. Lo reclamo, sin entusiasmo. Acude pronto. Se envalentona, abre algo que no sé yo abrir y empieza a escribir por mí, que no estoy por la labor, que no doy una a derechas y temo perder la costumbre o temo que la falta de inspiración sea lo suficientemente evidente como para desgraciar cualquier tentativa futura. Escribir es de tozudos. Se hace por costumbre, uno es escritor con el mismo entusiasmo (iba a decir obligación) que se es padre o hijo o amigo. Ese que comparece y ocupa mi lugar, dónde andaré yo, qué me habrá movido a disponer de su entereza y su vocación, es indistinguible de mí, doy eso por seguro, pero de alguna forma barajo la posibilidad de que seamos dos y llegue un momento en que el uno no quiere saber nada del otro o en el que escriba sin que yo le reclame, aunque firme con mi nombre y, sin margen de duda, parezca que soy yo quien determinativamente se ha animado a dejar constancia de algo, a registrar alguna epifanía, algún susurro, algún propósito de verdad o de belleza. Ahora, vuelvo a Borges, no sé quién de los dos está escribiendo este texto.

No creo en que escribir requiera un rito. Las palabras siempre están a mano. Unas van tirando de otras, se buscan, ajustan su brillo, administran el contorno hasta que ocupan el lugar que les corresponde. El hecho de que se las nombre hace que existan. Se incorporan a la realidad, la cincelan. Es posible que el texto ya estuviera y uno únicamente se encargara de apartar la bruma y adecentar las partes vistosas, las que más se impregnan y con más visible ahínco nos interrogan. Como el escultor que extrae del mármol lo que nadie ve y el mármol esconde.

Mann hizo de su literatura una crónica del declive, un inventario pormenorizado de cuanto alienta o contribuye a que esa decadencia prospere con el fulgor de lo reservado a lo espléndido y vivo. «La montaña mágica» (inolvidable Hans Castorp y el sanatorio en Davos) debió alimentarse de esos apuntes. Yo la querría haber escrito y no Mann, pero todavía puedo envalentonarme y ser Pierre Menard en esta noche de viernes. Sé que es una novela sobre la enfermedad o sobre el aburrimiento o sobre la disipación considerada una de las nobles virtudes del género humano, pero la novela avanza con mórbida seguridad y las mil páginas (tantas serán) parecen ocupar un otoño entero, aunque las hayamos franqueado en cinco días (enfermos, aburridos, disipados días).

En las notas de Mann, las que propiciaron algo de su obra publicada, habrá otras novelas ocultas, invisibles. Me pregunto si en mis notas (ahora escribo en el móvil, ese es mi cuadernito rojo de anillas y pasta dura) estará mi novela futura. Ya hice una. La por venir tratará de algo que no alcanzo a comprender, pero sé que tendrá sentido y hablaré de ella a tres amigos. Uno escribe para tres amigos. A veces poemas o cuentitos o una novela. También escribe para el escritor afantasmado, el que está por ahí adentro, el tímido.

Estoy pasando un bache, un revés, un agujero, un no sé qué me pasa, que ni yo mismo me entiendo, escribió Aute, ahora lo escribo yo. También habla del tiempo y de la enfermedad. Mi novela futura es una tentativa de dolor. No ha habido hoy forma, al releer las cincuenta escasas páginas que llevo escritas, podrán ser cien, no sé cómo contar páginas (una podrá valer por tres y otra restar al conjunto y adelgazar el cómputo), de dar con un título. Saldrá más tarde. Ruego perdonen si alargo las frases. No es adrede, no sé con qué podarlas, aunque lo cierto es que me agrada en ocasiones que se extiendan. Semejan una apnea de Dios. Si luego irrumpe el título (esta noche si no me visita el sueño) escribiré con más ardor. Ninguno tan redondo como el de Mann. Debió ser un infeliz el infeliz Mann. Se ve al leer que escribía para no pensar en su desdicha. Bendito él.

En la elección de los títulos intervienen circunstancias extrañas. Hay cuentos que provienen del hallazgo de un título deslumbrante, de los que te parecen perfectos y a los que intentas acoplar una trama pareja, pero te puedes tirar horas, reemplazando unos por otros, creyendo que uno ha superado la criba definitivamente para más tarde comprobar que ha caído y no te agrada, hasta lo consideras pésimo. No creo que hoy resuelva mi propósito, el del título para mi novela. Manejo tres, dos muy parecidos. No será ninguno de ellos, tendré la epifanía cuando no me lo espere y me asaltará en el lugar menos propicio, no sé, en la cola de la charcutería (hace falta embutido en casa) o en la cama, cuando se te empiezan a nublar los ojos y la mente adquiera esa cualidad asombrosa de ver al tiempo lo velado por los sueños y lo revelado por la realidad. Sé sin margen de duda a quienes se la daré, esos primeros lectores que siempre serán temibles. Tengo tres o cuatro insobornables. Ellos lo saben.

Seré escritor para aplazar la certeza de mi desdicha, me pregunto. Seré Castorp, ese joven alemán que ya se me empieza a desdibujar en la memoria, en el invierno en Davos, en ese sanatorio en el mismo limbo, al aventurarse en la nieve con la sangre ocupada de Oporto y el alma soñando con la muerte y burlándose de ella. Escribir es dolerse del aire al entrar y salir de los pulmones y, no obstante, no dejar de respirar. Por lo demás, nunca querría ser Castorp, deben ser aburridas esas clínicas temerariamente surgidas entre montañas suizas.

Ser Thomas Mann el tiempo indispensable para escribir «La montaña mágica» tendría su punto. He visto fotos de Mann y amedrenta esa cara sin sentimentalismo alguno, como comida por alguna devastadora afección particularmente dotada para retirar de las facciones cualquier atisbo de ternura, uno de esos rostros que manifiestan a gritos no haber tenido infancia. Yo no querría ser Thomas Mann. De hecho, ni tengo una familia que favorezca una rica vida interior de la que más tarde extraer episodios dramáticos, pasajes de una hondura humana inconmensurable. La mía es de una sencillez maravillosa. Es admirable su poco aprecio a la extravagancia. Nunca sucedió nada en ella que no pudiera haber sucedido en la tuya. A lo sumo, podría echar mano de alguna de esas historias que contaba mi abuela Luisa, tan narrativa ella. Escribo porque mi abuela contaba historias. Escribo para hacer más larga la vida.

Las crines / 20 notas sobre la novela de Marc Colell

  1 / Admiro el despropósito, lo concibo como algo de lo que la literatura, la misma vida, debiera impregnarse de cuando en cuando. Lejos de...