1 / Admiro el despropósito, lo concibo como algo de lo que la literatura, la misma vida, debiera impregnarse de cuando en cuando. Lejos de ser una idea cerrada, de parecer una palabra peyorativa, el despropósito es la instancia primera desde la que a veces se concibe la creación misma. Admite la controversia, el decir y el desdecirse, el avanzar sin que parezca que suceda el avance, y permite que a esa idea la ronden otras, no necesariamente las previstas, para que se consolide o se cancele lo que quiera que se esté fraguando o para que, en el debate, se alumbre un término medio, una especie de solución consensuada en la que la ficción (descomprometida, libre por naturaleza) se convida de realidad (tan agreste, tan de poco vuelo metafórico). Hay que hacer esta reflexión para escribir esta reseña. Admiro “Las crines” (Premio Café Gijón, Siruela, 2025), su aparente ausencia de propósito y, al tiempo, la certeza de que cualquiera de ellos podrían convenir. La admiro por responder a ese desconcierto (concierto iba a escribir) y hacerme ver la necesidad de que nos despojemos de etiquetas (la etiqueta duele, escribía mi añorada Manolo Lara Cantizani) y la belleza o la inteligencia sucedan sin estorbo, apenas incomodadas, haciendo que nuestras vidas sean mejores y se haga su desempeño más felizmente. La literatura contribuye espléndidamente a ese (ya dejo el sustantivo) a ese propósito. Eso ha conseguido Marc Colell, debo decir, antes que nada, con esta premiada novela (novelita, ni novelita siquiera) suya.
2 / Prefiero también lo por contar a lo contado. Y de esa
ambición mía tengo con qué agasajarme en estas páginas. Creo que el interés de
Colell no es errático, a pesar de que la trama eluda un enunciado férreo,
determinativamente provisorio de acontecimientos de importancia, que los hay,
pero a los que se les puede extraer cualquier consideración narrativa y
entenderlo como un color más de los usados por el autor para acabar este cuadro
enorme (a pesar de su brevedad) sobre la elocuencia de la soledad. A ella, a la
soledad, la coge bien por el cuello y no la suelta en las ciento cincuenta y
cuatro páginas de la novela: tales son las dimensiones del paisaje. "Las crines" es una novela orgánica, una especie de (se va reír el autor) un nuevo reino, esta vez animal, no vegetal. Procede Colell con ella a la manera en que un entomólogo se aplica al estudio de la criatura a la que observa por el microscopio. Ahí es fácil pensar en un dios que, caprichosamente, se detiene a contemplar la naturaleza misma de su creación. Estamos hablando de literatura.
3 / Hay un hombre, catalán, “dando el mal por incurable”, sesentón,
del que sabemos poseedor de una llave que abre una puerta de una finca en
Argentina. Hay más cosas que se nos permite conocer: que fuma mucho; que bebe,
tenga ocasión o no; que se ensimisma con frecuencia; que vivió en un orfanato
de pequeño y, por último, habrá más cosas, que se encomienda una relación
epistolar con Juanita, la mujer que le invita a que pase una temporada en La
Magnolia, su lejana quinta de la pampa.
4 / Buscar sin saber, ir sin propósito, no dar con lo anhelado y, sin embargo, traer a casa, tras el viaje, la misma vida, que es trágica y compleja, pero debe hacerse con ella algo hermoso y este texto se arroja a la sencillez, se arroga un contar entendible, que prescinde (aun en su caos, en su tragedia, en su complejidad) de una manufactura (lo imagino caligráfico, como lo son las cartas) ardua, boscosa, cargada de pesadez sintáctica o léxica. Eso lo hace Colell magistralmente, digo el dar carta de naturalidad (perdonen la redundancia) a lo que bien podría haberse creado desde una elocuencia arborescente, tramposa, desde un artificio, aunque siempre lo haya y cada escritor sepa dar con el suyo y lo embosque en ropajes sencillos, qué mérito eso. Se ha valido el autor de una extraordinaria capacidad de observación y, entiendo que no podría haber eludido esa parte, una obligación moral, la de expresar una gratitud hacia la tierra en la que vivió, con la que tiene lazos fuertes, esa Argentina de la Pampa que se manifiesta con un rigor cartográfico, sentimental, absolutamente creíble. Podríamos convenir que todo el libro es una expresión de agradecimiento hacia un paisaje. Todo lo que sucede en él es atributo suyo, asunto emanado de la visión extasíaca del paisaje, de su elocuencia, de su fragor o de su silencio o de su soledad. Porque hay también un homenaje, una especie de agradecimiento, a la misma existencia, limpia ella, del silencio y de la soledad. Se palpan ambas, a pesar de que haya tramos ruidosos, empapados de acontecimientos que parecieran ser antagonistas de esas dos hermosas abstracciones: el silencio, la soledad.
5 / Hace tiempo que un libro no me hacía sentir tan cerca de lo narrado. Se cree uno espectador privilegiado, ve lo que Calesita, el ya añorado protagonista, ve. Esa virtud de lo cinematográfico bulle, cunde, prospera como si a lo que asistiésemos fuese una proyección, no un texto. Cree uno también que huele el asado o que ese lejano país no es enteramente nuevo y pudiera haber sucedido que de verdad lo hubiéramos visitado y supiéramos de fiable primera mano lo que significa pasear esas planicies inagotables, no como el agreste Empordá catalán, del que procede su protagonista, o manejarse en el arte de hacer que los sapos, que son legión, dejen la casa y se afinquen en esa vasta planicie, en la tierra un poco bíblica de la Pampa.
6 / El narrador se apropia de su vida, tal vez por primera vez. Hace balance de algo que no acaba de explicitar del todo, no se precisa tampoco. Se encomienda entender el lugar en el que está, no las razones que le han empujado (tal vez deba ser otro el participio) a llegar allí, a dar uso a la llave que se le ha entregado, la que franquea una puerta que, bien mirado, podría ser cualquier puerta, una de esas puertas que todos tenemos a la vista y no queremos o no sabemos traspasar. El ejercicio del narrador se parece entonces un poco al de su protagonista: los dos se envalentonan, se determinan a explorar lo desconocido, a traer de la travesía de la experiencia (la de vivir, la de escribir) algunas certidumbres o, si se me permite, más dudas que las ya existentes. Qué es vivir si no probar llaves y ver qué hay tras las puertas que abren. "Las crines" hace una prospección, un poco ética y otro poco sensorial, de los primores de lo real, como decía el poeta. Estudia la luz, medita sobre la sombra, se posa sobre la carne muerta de Potricox, un viejo caballo cubierto por una mala lona y comido por la cruel intemperie, indaga (prosigo trayendo verbos inquisitivos) sobre cierta idea irrenunciable en el ser humano, la de saber qué hacemos aquí, qué cosa podemos hacer o a cuál podemos renunciar para que vivir sea siempre un festejo, una evidencia de que todo está bien, que incluso el mal, al comparecer, no distrae a la bondad, a ese agradecimiento por estar vivo. A mí me ha parecido esta novela una novela de vida, más que otra cosa. Dan ganas de estar solo, de tener esa llave luminosa, de poder asistir al espectáculo siempre deseablemente novicio de ver amanecer o de contemplar un atardecer de los que no se sabe nada y, más romántica o idílicamente, no tenemos necesidad de saber nada.
7 / Tiene "Las crines" fe en sí misma. Esa consideración proviene de una osadía que yo, como lector, he practicado. Me he pensado siendo el escritor que la urde. La pregunta surge entonces pronto: ¿cómo podría haberse escrito, de no ser esta?. Otra: ¿cómo la habría escrito yo? Y razono, no será del todo razonar lo que vendría después, que no podría. Es tan personal, cuenta cosas de tan precisada vivencia que es imposible que la novela sea volcada de alguna forma distinta a la que yo he leído. El autor cree en su trabajo: hay eso, fe. Debió disfrutar con la parte poética, tanto como con la meramente descriptiva, de prosa lúcida, conminada a contar. Por eso se recrea portentosamente en algunas partes del relato y las aparta de la rendición de todas esas cartas, que cuentan cosas, en fin, que tienen materia narrable, Esas partes poéticas son la de los pájaros, "amarillos, inmóviles, azules, carroñeros, confiados, acróbatas, terrestres, frenéticos, acuáticos". El Colell poeta se manifiesta poeta por ese pormenor en la observación, por esa querencia hacia lo inasible y, al tiempo, lo perdurable, lo mágico. Asunto de fe, ya digo. Me quedo con la parte en la que hace registro de los colibrís, que en Argentina se llaman picaflores. El autor recordará una conversación que tuvimos acerca de esos pájaros. Todavía no había leído su novela, por cierto.
8 / Dar cuenta de las vivencias es difícil, qué elegir, qué privilegiar, qué parte de uno mismo se debe contener, no hacer que aflore y pueda malograr el encargo de contar lo ajeno, pero nunca hay un libro del todo ajeno, razono. "Las crines" es una experiencia lejanísima, no hay manera de que uno se vea allí, ya he comentado eso, pero insisto en el hecho de que las palabras, benditas ellas, cancelan la incredulidad, hacen de la extrañeza su casa y nos abandonan en otra intemperie, la de la ficción, que es una realidad vigilada.
9 / Más que con los caballos, tan importantes, me quedo con los sapos, con lo que se cuenta sin que se exhibe una musculatura narrativa, un decir sentado, un relato cartesiano del que se espera que sucedan cosas determinantes. Ellos, los sapos, acompañan la lectura. Los oí croar, un croar baritono, argentino, permitidme el atrevimiento.
10 / Lo que hace Marc Colell en "Las crines" es privilegiar cierto tipo de recado epistolar al que ya no se le hace aprecio y que aquí, por obra de un protagonista insignificante, voluntariamente apartado de cualquier tipo de épica, se manifiesta con pulcra verosimilitud, con asepsia también. No se nos permite saber más de lo preciso, hay una voluntad entomológica en el volcado de los acontecimientos, que son muchos y, al tiempo, pueden hacer pensar que fuese un único acontecimiento, exento de trascendencia o, si se me permite, manumitido de toda grandilocuencia. Yo creo que conviene ese criterio primero, el que el autor determina como válido para dar voz a su narrador, que es alguien sobre el que la gente "desliza su mirada", sin que se pose: no ofrece "líneas de percepción". Todo aquí es cartesiano, apreciable, topográfico: el campo, el cuerpo, hasta el tiempo posee una naturaleza sólida, vehemente.
11 / No es qué se cuenta, sino quién lo hace. De esa elección surge "Las crines". Contar lo que se ve, hay un distanciamiento, un no comprometerse, un ver sin involucrarse. La escritura de la novela es diferida, hay un posicionamiento ambiguo, pero carnal. Las cartas exigen un modo de entender lo que ellas mismas relatan. Somos involuntariamente el receptor de su quién sabe si apretada o voluptuosa caligrafía. Porque yo me imagino el texto de la novela en letra volcada a mano, en tinta fiable. La tinta duele a veces. No es, por muchas cosas, un libro difícil, pero contiene cierta complejidad de orden moral. Son muchos los asuntos sobre los que hay un interés en que se cuenten. No solo la soledad o el silencio, tangenciales por un lado, vivos y opresivos en otras, sino también las distancias, la permanencia de la tierra por encima de todas las cosas, la voluble opresión de la luz, la intendencia del hombre en su desempeño de hombre, el pudor de interferir en las costumbres de un pueblo que no conocemos y que nos ha invitado a que compartamos con él la mesa, la carne, el vino, el tiempo.
12 / "Las crines" es escritura dentro de la escritura, me gusta esa expresión, no es la primera vez que la uso.
13 / El descubrimiento de la voz que narra ha debido ser arduo. Quien maneja la narración, esa epistolaridad que arma el relato y que se entiende casi escrita a la vez que los acontecimientos que decide contar, carece de nombre, no es importante para que todo fluya. Es como si escucháramos algo que a lo que no estamos invitados. De ahí el pudor que citaba antes: se nos habilita para que sepamos, se nos da la posibilidad de que esa intimidad pueda ser atravesada y seamos parte de algo ajeno. Con qué maestría, debo recalcar eso, Colell nos confiere ese grado de espectadores privilegiados. Siente el lector que está vulnerando algo hermoso, invisible. Como si abriésemos el buzón de otro, imaginario el buzón y el otro, y se nos confiara un secreto, una revelación, un concurso de hechos triviales, fascinantes, trágicos, humanos, en definitiva. Hay mucha humanidad en "Las crines".
14 / Uno acaba entendiendo qué es viajar en este libro falso de viajes. Comprende que los europeos no sabemos nada sobre la idea del viaje. "La humanidad se interrumpe en grandes espacios, en gigantescas extensiones, y cuando vuelve, cuando se agrupe, adquiere el valor de la casualidad, el recuerdo del asentamiento, del poblado original, de la fogata".
15 / A la antojadiza manera en que un lector aborda una lectura, que no siempre es el mismo lector ni tampoco la lectura, por esa urdimbre subjetiva de las cosas, es la misma lectura, la de "Las crines" plantea un interrogante, muchos, la verdad, pero se aprecia que el autor no se encomiende su resolución y deje no ya pistas, sino montañas de ellas o extensos páramos de ellas, me estoy dejando llevar por el paisaje de la novela. He leído y he buscado debajo de lo leído, he estado y me ha parecido que mi permanencia en el libro, en su fluido devenir, precisaba de una elaboración mayor, que no será estilística ni sintáctica. Lo que yo quería, al tomar el volumen en mis manos, incluso recién comprado me sucedió eso, era que hubiese más, que la novelita (la nombré así al comenzar estas notas) fuese novela de más contundencia corpórea, que supiésemos (o no, qué sé yo) lo que Calesita haría con su gato al sacarlo del transportín, cuando regresase a su Cataluña y se topase con otro paisaje, con la vida (de la que sabemos poco, el orfanato, el caballo sin montar, la idea de un tiempo remoto y oscuro) nuevamente adquirida. Como si su aventura gauchesca hubiese calado más y se delatara en su plenitud cuando el buen hombre volviese a la rutina que tuviera y viese, quién sabe, a la mujer que le dio la llave y la posibilidad de que la fuga tuviese acomodo y tiempo. No es un reprocho, a veces uno rehuye de los tochos, pero en otras, si la promesa de la lectura así lo reclama, anhela que todo se dilate, que no se acabe, en fin, creo que los buenos lectores saben de qué hablo. Con todo, queda uno complacido con lo vertido por Colell, se sabe dueño de una vida o de una parte de una vida de alguien a quien no conocemos y de quien, tras sus peripecias, tampoco sabemos demasiado.
16 / Hay un libro en el libro, el libro de los caballos. No es ni un libro siquiera: son pliegos atados con una cuerda. Es de magia. Un artefacto surrealista también. Un manual para sanar a un animal moribundo en el que deben intervenir hermanos mellizos, cortes de pelos, puñetazos en su ijar, ají en la punta del pene. Colell abusa poco del recurso más literario (en el sentido de fabulado) que posee la obra. No se le echará la culpa. Daban ganas de saber más. De tener el manual en las manos. De que hubiera uno análogo para cuestiones más domésticas, de consumo privado.
17 / No hay manera de hablar de un libro de alguien sin que acudan los demás libros que de ese alguien se han leído. Disfruté enormemente leyendo "El reino vegetal" y "El bozal". Ahí conocí la escritura de Marc Colell. "Las crines" no continúa lo que se inició ahí, en esos dos volúmenes. El primero, "El reino vegetal", era el libro del verano de Carlota, una niña de trece años. Estaba traspadado de melancolía y de descubrimiento. Creo recordar que me pareció entonces el libro de un funambulista, por lo delicado de lo narrado, por la sensación de que en cualquier momento todo se podría venir abajo. El final apabullaba, eso recuerdo también. No sucede eso con "Las crines". Hay una intensidad menor, aunque se perciba un querer llegar a cierto clímax, que luego agradecemos que no concurra. No haría falta. "El bozal", esa colección de cuentos, traía al perro, no al caballo. Daba cuenta de su admirable perseverancia, explicaba a su manera el modo en que la realidad nos habilita para la extrañeza. Como un afantasmamiento. Como si el escritor obrara al modo en que lo hace el encantador de serpientes y nos quedáramos prendados al ver izarse a la serpiente. Sin saber si se envalentonará y nos morderá. Yo creo que las historias de Marc Colell proceden de esa inminencia, de algo que está a punto de suceder y no sucede, de algo que esperamos y, al tiempo, no queremos que irrumpa.
18 / Este libro debería haberse llamado así: "Los sapos". De haberlo escrito yo, qué bien habría estado eso, qué envidia, le habría llamado "Los sapos" o "La soledad". Son títulos cortos, no elucidadores. Pero "Las crines " hace precisamente eso: aclarar, dar claro lo oscuro, extraer la piedra filosofal y hacerla una cancioncita que podemos tararear.
19 / Hay verdad en “Las crines”: verdad y contención. Vuelvo al pudor ahora. Con qué respeto se nos cuenta todo, con qué limpia mirada. No ha querido el autor (elección pertinente) inmiscuirse más de lo debido: por respirar la misma transpiración de la tierra, por descender a la semilla de las cosas sin lastimarlas, sin incomodar su antiguo oficio, sin perder su vocación de observador puro. Ese leve esplendor apenas precipitado, esa fulgor pálido extendido como una música. Porque hay mucha música en el texto: comparece con brillo léxico (hay que entender el léxico, hay que buscar a veces, aunque todo se explica por sí mismo.
20 / Las ocho. La hora de los sapos. Tenemos la llave en el bolsillo. Hemos visto Marruecos desde la ventanilla del avión. Afuera hace cuarenta grados bajo cero. Vamos a casi novecientos kilómetros por hora. Es curiosa la velocidad, el frío. El gato en el transportín ronrronea, se desperaza, maúlla a lo bajito. Trae Calesita con él más cosas de lo que pudiera pensarse. Todas comparecen con pudor también. Con la lentitud de lo que no ha cambiado nunca. Se imagina uno que "Las crines" es una novela sin tiempo. Pudiera haberse escrito hace treinta años, hace cien. Entonces había asadores, patrones, caballos que se mueren, cuevas que son un hogar, whisky y tabaco en las noches infinitas, mate compartido en un meandro del alma, patrones que no dejaban acuchillar a un potrillo y lo quieren ver morir de viejo, quintas donde suceden cosas parecidas a un sueño, colmados en mitad de la nada, niños que no saben usar una vara para que los perros obedezcan, sapos imposibles en la intimidad de una casa, caminos de polvo y sacrificio.
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Salvo los tres o cuatro primeros años, mantengo en el blog la misma cabecera: el icónico puente de Queensboro de la película Manhattan, de Woody Allen. Isaac y Mary siguen sentados, viendo cómo amanece, charlando. Yo no he dejado de hacerlo desde entonces. Hago acompañar a la imagen de dos citas, invariables, perseverantes también. Una es de Antonio Machado: «Amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles». La otra es de Epicuro de Samos: «El placer es el bien primero. Es el comienzo de toda preferencia y de toda aversión. Es la ausencia del dolor en el cuerpo y la inquietud en el alma». Me reitero en la bondad de esas citas, en lo que me dicen, en lo que continúan diciendo. Yo sigo escribiendo, hablándome, ya ven. Ese cómputo de días, de escritos y de visitas me hace feliz, pero lo que más festejo es que mi voluntad haya decidido que siga en pie. Festejo esa consideración, al menos: la de bregar con la escritura, para bien o para mal. He sido tozudo, he resistido con entereza, he hecho de ese blog una extensión (ya lo he dicho, más veces lo diré) de mí mismo. No sabría explicarme sin escribir, tampoco lo haría sin mencionar «El espejo de los sueños», el nombre que di a esta casa. Ese ha sido quizá el cometido más fiable: escribir casi a diario, no dejar que la página entre en barbecho, hacer que el placer sea «el bien primero».
En la elección de los títulos intervienen circunstancias extrañas. Hay cuentos que provienen del hallazgo de un título deslumbrante, de los que te parecen perfectos y a los que intentas acoplar una trama pareja, pero te puedes tirar horas, reemplazando unos por otros, creyendo que uno ha superado la criba definitivamente para más tarde comprobar que ha caído y no te agrada, hasta lo consideras pésimo. No creo que hoy resuelva mi propósito, el del título para mi novela. Manejo tres, dos muy parecidos. No será ninguno de ellos, tendré la epifanía cuando no me lo espere y me asaltará en el lugar menos propicio, no sé, en la cola de la charcutería (hace falta embutido en casa) o en la cama, cuando se te empiezan a nublar los ojos y la mente adquiera esa cualidad asombrosa de ver al tiempo lo velado por los sueños y lo revelado por la realidad. Sé sin margen de duda a quienes se la daré, esos primeros lectores que siempre serán temibles. Tengo tres o cuatro insobornables. Ellos lo saben.