Nunca he estado en una quinta porteña leyendo los poemas vanguardistas del primer Borges, ni en la cubierta de un barco que atraviese el Bósforo en las postrimerías de la primera gran guerra, ni escuchado a Horowitz ejecutar una mazurca de Chopin en el Carnegie Hall. Tampoco me agasajó la vida con ver la luna sobre la calle Bourbon, pero he visto al ángel de la dicha al acomodar mi cuerpo al sofá y entender la absoluta bondad del descanso. Tengo toda mi esperanza en su plenitud. Una vida lenta es lo que uno quiere. A veces cuenta la lentitud, ese dejarse llevar, ese no estar, ni siquiera parecer que se está. La posibilidad de que pueda uno detenerse, pensar sin tener que nada de lo pensado exija revisarse o convenirlo una corrección o un añadido. Solo obedecer al cuerpo, que a veces pide un receso, una especie de intimidad que no le concedemos casi nunca. Después volver, acudir a donde se solía, saludar como entonces, beber en la barra del bar, mientras los cercanos despachan las razones de sus cosas. Se tira uno la vida entera, la vida lenta y la acelerada, cualquiera de las que podría tenerse como la única posible, buscando razones a las cosas. La velocidad es el ánimo envenenado, la revelación de un deseo ajeno, la imposibilidad de ser hospitalario con el tiempo y tomar de él su sustancia más dulce. De las formas que Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, proponía para elevar la cumbre de los días (la contemplativa, la disoluta y la política) me quedo con la primera. Este dolor en el costado debe ser la edad. Ella me empujará a que prefiera contemplar sobre cualquier otra tentativa anímica. Contemplo con codicia, he aprendido a mirar, después de tantos años. Me basta un azul distraído entre unas ramas de árbol. Puedo perderme en la adquisición de las cosas más sencillas y, al acogerlas, abrirlas y descubrir que tutelan el mar mismo, el cielo rompiéndose en el horizonte, toda esa lujuria de las estrellas al mecerse en la bóveda de la noche. Y me siento pleno. Esta mañana he flipado con una lagartija que trepaba el muro de mi patio. Ha sido un arrobo paulatino, no instantáneo. Ha sido, ya acabo, un lento entender que luego se fue difuminando. El infructuoso propósito de este texto no es otro que el de extraer algo de lo que me fue revelado.
28.6.26
23.6.26
Jazz / 22 / Kind of blue
i
La niña lee los créditos del disco. Por ver quién toca el piano, quién la batería. Tal vez no tenga las herramientas que descerrajen las palabras y se acaben comprendiendo. Las palabras son oscuras y temibles cuando no se sabe leer. Pueden encerrar monstruos, nubes de tormenta, cimitarras de hierro. La portada del disco no es la alegría de la huerta: una cara negra en un fondo negro, los ojos entornados. Carece de los colores con los que suele entretenerse la mirada, toda esa sublime opulencia de las cosas cuando se las mira con los ojos del asombro o los de la fascinación. Más que otra cosa, en la espléndida portada a ojos adultos, se aprecia la negrura, desmentida por el metal de la trompeta, bien embocada. No se sabe en qué momento se produce el resplandor de la belleza ni cómo se adentra y ocupa lo que antes era un erial o un hueco triste o solo. El disco que gira en el plato, girando, le estará produciendo una zozobra dulce y áspera al tiempo. También con la edad se percibe esa ambivalencia: lo dulce y lo áspero, el candor y la violencia. La belleza no tiene un patrón, carece de nomenclaturas, no se aviene al discurso de las palabras, las esquiva, se prefiere en lo inefable, en el estupor, en la ensoñación. La niña se está dejando conmover, aunque se arredra, no hay nada en la melodía que la haga entusiasmarse, entender que se está divirtiendo o no entenderlo en absoluto, pero feliz por ese cosquilleo en la boca del estómago y esa sonrisa levísima con la que agradecemos la restitución de la dicha. Hay una especie de contención voluntaria. Ahí están Miles Davis en la trompeta, Cannonbal Adderley en el saxo alto, John Coltrane en el tenor, Wynton Kelly y Bill Evans en el piano, Paul Chambers al contrabajo y Jimmy Cobb a la batería obran el milagro. Siguen deslumbrando. No importa la edad. Se precisa que esté el ánimo abierto, las orejas de par en par postradas al aire, el corazón ensimismado, el alma sensible. Nada que no tenga una niña. Nada que le haga falta tan pronto, por otra parte, pero qué prodigio que ese tumulto de sonidos la engolosine, la haga salir de su caparazón y echar a volar. La música echa a volar a quien la escucha. Estará sonando mi pieza favorita del jazz, lo cual es mucho: So what. Tengo una camiseta en la que se ve una figura que representa a Miles, echada hacia atrás, tocando. En letras grandes se lee So what.
21.6.26
La cimitarra de hierro
Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras, entraron a caballo los hunos en la biblioteca monástica y rompieron los libros incomprensibles y los vituperaron y los quemaron, acaso temerosos de que las letras encubrieran blasfemias contra su dios, que era una cimitarra de hierro.
Los teólogos, Jorge Luis Borges
Jorge Videla, uno de los monstruos que no aparecen en los libros de cuentos, dijo en la Argentina de 1.976, en la época en que ejercía su oficio con más brío y entereza moral que un terrorista no es sólo alguien con un arma de fuego o una bomba, sino una persona que disemina ideas contrarias a la civilización occidental y cristiana, alguien que lee. A los dictadores, a unos más que a otros, pero a todos invariablemente, les duele la palabra. Si está la palabra impresa y embutida en un panfleto o en un poema, en un librito modesto o en una pancarta, les duele más todavía. A los libros se les prende fuego, ha sucedido siempre. El fuego, los libros. La ceniza. Creen los que los arrojan que las llamas dictan sentencia. Todos los pirómanos del mundo coinciden en esa jurisprudencia, en atribuir a los libros los males del mundo. Lo terrible es que hubo (digo hay) Videlas a tutiplén. Gente con la suficiente autoridad civil como para quemar a quien se le fuese la mano con los libros y exhibiese en público su gusto por ciertas obras manifiestamente inconvenientes. A la inconveniencia se la arroja al mar. Otro fuego, otra ceniza.
Las órdenes de registro echaban abajo la puerta y arramblaban con los cajones. A veces ni eso. Hurgaban en la ropa interior aquellos tristes hombres de gris (el gris siempre es el color más cómplice de estas escaramuzas del terror) en busca de indicios de inteligencia. Por si daban con las palabras reveladoras. Qué ciegos, qué torpes. No hay nada más ancestral que el miedo a que el otro sepa más que uno. Tienen la inteligencia y el conocimiento una relevancia que jamás ha sido puesta en duda por ningún gobernante. El que las detenta es un peligro, parecen pensar. Sostienen, en su infamia con galones, que el poeta, miren qué cosa más sutil, qué oficio más modesto y sencillo, es un terrorista. Uno capaz de borrar la grisura del pueblo (su anuencia ante la censura, su convicción de que nada puede hacerse o incluso su creencia de que no está sucediendo realmente nada relevante) y azuzar al ciudadano contra sus carceleros.
José Agustín Goytisolo lo dejó escrito en un poema que pide que se pronuncie, un soliloquio, un lamento que el recitador involuntario ofrece a su mujer cuando su casa sufre una orden de registro. Luego, el pobre José Agustín, el humanista, el poeta de la Generación del 50, el autor de Palabras para Julia, un poema antológico, el hombre que vio como las bombas de la Guerra incivil quebraban su vida, la arrojaba al mar, al fuego, ese pobre hombre vio que la vida que iba en serio, como escribía su amigo Jaime Gil de Biedma, se hizo el santo bebedor, se hizo el traductor de suicidas (Pavese) y él mismo, obra de los excesos y de lo sensible de lo más acendradamente humano, terminó tirándose por el balcón de su casa en 1.990. Antes de todo eso, burló como sólo saben los poetas la estricta estricnina moral del censor de turno, del Videla de aquí (el Franco temeroso de que el pueblo fuese un pueblo leído y le birlase la vara de mando) y escribió un poema asombroso, tierno en su crueldad interior, que cuenta una orden de registro. Los registradores, cegados por la letra impresa, conjurados a borrar la tinta blasfema, buscaban libros. No sabemos si los encontraron al final. Dice así:
No miren por ahí
todo son libros;
no es entre mis papeles
ni en la cama
donde van a hallar
algo escondido.
¿Cuánto cobran ustedes
mensualmente?
No, nada, pensaba
lo que vale este registro.
En fin ya son las tres
¿que esperan encontrar?
es tristísimo.
Sí de acuerdo retiren
lo que quieran;
vamos abajo pues;
perdonen olvidaba
el abrigo.
Adiós mujer
no pongas esa cara;
te digo
que están equivocados
son sólo unos poemas
versitos, tontería.
Yo regreso ahora mismo.
Los registros acabaron doce años después, aunque tal vez no fuera enteramente así. Videla comentó que solo cumplió sus obligaciones castrenses. No sé si fue una disculpa. Franco no la buscó siquiera. Ese gesto final, ungido por los juicios y por las evidencias del mal que asoló Argentina, no inspira el perdón ni en un amago de ternura cristiana. Un soldado declarado. Y ya se sabe: los soldados (algunos, no crean; otros poseen inquietudes) no tienen que leer, no aprecian los libros, los temen, prefieren que les marquen el camino y obedezcan la rutina íntima de la orden.
Temo cada vez con más convicción que acabaremos quemando libros. Será el último acto antes de que volvamos a caminar a cuatro patas y forniquemos en la calle, si es que hay calles o reste una brizna de decencia o de pudor, porque cuando hayamos quemado todos los libros será el bosque (si es que queda bosque, en fin) el que ocupe las ciudades. Una cosa lleva a la otra. A poco de que nos descuidemos, nos cargamos todo lo que hemos tardado tanto tiempo en construir. En realidad está todo a medio hacer. Nunca se puede dar por hecho de que de verdad hemos acabado algo. Siempre hay algo que corregir, un roto que zurcir, un fuego que apagar. Lo de las candelas es peligroso. El papel prende rápido. Conmueve (a mí, al menos) que Borges declarara su admiración por el autor californiano. Es que los dos hablaban el mismo lenguaje: el de la supremacía absoluta de la cultura, el del imperio de los libros. No hay nada que rivalice con ellos en importancia. Ni siquiera las máquinas. Bradbury odiaba la tecnología. Quizá por eso soñaba (eran pesadillas) que uno de esos políticos infames que concurren de vez en cuando al atril público tuviera la rocambolesca idea de que los libros son el germen del mal o incluso el mal mismo y hubiera que arrojarlos todos al fuego. El papel arde a 451 grados Fahrenheit. Ese dato es el principio del fin. Ese número (uno entre tantos) es el que precipita la demolición absoluta del bienestar. Porque a Bradbury y a Borges les encantaban los libros. Eran de esos que creen que los libros son objetos maravillosos. Ninguno tan maravilloso como ellos. Son una extensión de su cuerpo, son extensiones de su memoria y de su imaginación. Lo que se hace al quemar los libros es echar al fuego a todos los que vieron en ellos la magia de la belleza y de la inteligencia. El fuego es lo contrario a la luz, aunque la traiga consigo y la expanda y hasta la glorifique. La luz está en los libros. Los que los censuran son los que los temen. No hay arma que tenga más poder que la que esconde un libro. Algunos son incomprensibles. Quién sabe qué blasfemias encubrirán. Mejor que ardan. El humo se eleva mejor cuando huele a letras, pensarán. La cultura es sospechosa. Saber más de la cuenta no trae nada más que quebrantos. Lo ideal es no llegar demasiado lejos. Tampoco demasiado alto. Por si no sabemos volver. Por si caemos desde muy arriba. Algo así deben pensar los previsores, todos los que prefieren ser ellos los que piensen por nosotros. Gente como los hunos del cuento de Borges, aunque los que profanaron la biblioteca eran soldados, gremio zafio y burdo, no confiado a pensar. Eso lo pueden hacer otros. Sucede siempre. Quizá siga sucediendo. Las escuelas son bibliotecas. Se me está ocurriendo que una escuela es una especie de biblioteca en la que las personas son libros. Los maestros son libros. Los alumnos, libros. Pronto nos arrojarán al fuego. Seremos pasto de las llamas. Las metáforas arden también. La poesía es un modo de salvarnos, pero quizá no convenga leer mucha poesía. Los poemas contienen blasfemias.
Es Europa la que arde. Los hunos somos nosotros y los libros eran la herencia con la que debimos construir el futuro, pero dejamos que los quemaran. Siempre se tuvo el miedo a que enseñaran algo que no debía ser conocido. Una especie de secreto. La idea de que todo es frágil y es extremadamente fácil echarlo abajo. Europa ha sido vendida. Quizá nunca fue libre, ni alentó los ideales del progreso y de la democracia y derramó cultura por el mundo. Nos contaron eso, lo leímos en todos esos libros que fueron tirados al suelo. Las baldas están vacías. Nadie se ha preocupado de volver a colocarlos en su sitio. Creemos que el secreto que custodian (alguno habrá) nos acabará perjudicando. Esa es la idea antigua, la que todavía no ha sido retirada, ni discutida con vistas a considerarla absurda. En algún lado de esos libros estará la solución. Seguro que alguien vio todo esto y lo registró. Se ha escrito mucho y se ha leído tan poco. Se escribe más que se lee. Los libros se acumulan y no cumplen con el cometido que se les encomendó. El de hacernos buenos, el de comprender al otro, el de obligarnos a pensar. Se piensa poco o se piensa mal. Toda esa gente, pensando en apariencia, reunida en edificios muy nobles, vestidos con chaqueta y corbata, buscando la manera de que todo se arregle. Somos muchos y no nos entendemos. Bastaría con unos pocos que no se comprendiesen para que el mal persista y hasta amenace con quedarse más tiempo o prosperar y hacerse habitual, hasta que no nos percatemos ni siquiera de que existe. No sé. Se me ocurre que esta noche de jueves santo no hay noticias buenas a las que aferrarse. Como soy un descreído, no tengo tampoco el báculo de la fe. Debe ser bueno tener creencias y esperar que habrá un mañana mejor. También eso debe estar escrito por alguna parte. En alguno de esos libros de las bibliotecas (monásticas no en esta ocasión) o en discos duros, en archivos cifrados, en algún lugar de la nube. Esa información no podrá ser quemada. En el futuro borrarán lo que no les interese con pulsar una tecla. Es tan fácil que siempre habrá alguien dispuesto. Por lo menos los hunos montaron a caballo y arrasaron el jardín antes de entrar en la sala de los libros. Hasta las guerras tienen un protocolo. El mal no está afuera, pugnando por entrar y quedarse con nosotros. El mal está dentro también. No hay manera de saber con quién se mantiene el litigio, dónde está el enemigo.
20.6.26
Jazz / 21 / Ornette Coleman
Conozco discos arriesgados, puñetazos en el estómago, retos que exigen una voluntad de hierro o una inverosímil predisposición a la osadía. Exceden la consideración de arte para investirse con atributos inefables. No solo es atrevido el que se encomienda la creación, sino quien se persona para desentrañarla. Ese paso, el desprecintado, la adquisición de un sentido, es también un acto valiente. Free jazz, el disco de Ornette Coleman, es la quintaesencia del atrevimiento: hay que pertrecharse de paciencia, hay que querer, con afán ese querer, entrar en esa noche oscura en la que reina el caos, la sublimación absoluta no ya de la improvisación, sino de la libertad considerada como el único lenguaje posible, uno ajeno al encantamiento de la melodía: manda el extrañamiento, la demolición de cualquier patrón de la gramática de la propia música, la cacofonía, la primacía del sonido sobre las notas que lo conforman. Se está dentro o fuera de ese disco, no hay un término medio. Su desobediencia a las reglas del mismo bebop, que ya era insolente y respondón, desconcertaba a crítica, músicos y público. Sigue produciendo la misma incertidumbre o el mismo amor o la misma repulsa. El jazz libre se abría paso con Free jazz, con un Ornette Coleman bendecido, iluminado, Este grupo superdotado de músicos decidieron prescindir de la armonía, del ritmo y hasta de la melodía. Qué insolencia, qué marcianos, qué milagro. Son siete, con Coleman de chamán, los titanes del desvarío: Scott LaFaro, al bajo; Freddie Hubbard y Don Cherry, trompetas; Eric Dolphy, clarinete; Charlie Haden, bajo, y Ed Blackwell a la batería. No retocaron el álbum, se grabó en una sola toma (lo contrario sería un contrasentido) con muy pocas instrucciones previas. No habría nada más que dos o tres melodías (ni melodías serían, fragmentos de fragmenttos de melodía, en todo caso) que servirían como asidero imperceptible, que bien podrían eliminarse sin que el resultado se afectara lo más mínimo y, esto es lo verdaderamente trascendente, cada músico podría tirar por donde le viniese en gana. Para que el desorden prospere hay que tener un sentido mayúsculo del orden. De ahí que este engendro diabólico sea un monumento al ingenio y al talento humano. Los instrumentistas se divididieron en dos cuartetos: uno sonaría en el canal izquierdo y otro en el derecho, cosas del estéreo. A partir de ahí, desde esa desinhibición, solo quiedaba parecerse a Pollock, el pintor que se eligió para la portada, un cuadro suyo llamado The White Light, de 1954. Vamos a tocar como si arrojáramos pintura al aire, podrían haber dicho. Vamos a hacer algo que nunca nadie ha hecho, también. Yo, un paleto de Texas, he venido a contaros que ya nada será como antes, podría haber pronunciado el Ornette ascensorista que tocaba en las azoteas, en la algarabía de los espectáculos de feria en los cuarenta, en cualquier local favorable
Free jazz, el disco marciano, el tótem en la cima de una montaña altísima, el laberinto atonal, demuestra que es posible crear incesantemente. Que haya senderos inéditos. Que sea posible la novedad.También que improvisar pueda ser un acto colectivo, lo cual entraña unas exigencias técnicas sobresalientes. Los intervinientes en esta locura pusieron las bases a lo que algunos años más tarde hiciera el punk con el rock. Coleman era aclamado por cierto sector de público del jazz. Daba igual que el sello que le permitió grabar sus alucinaciones, Atlantic, acabase harto de toda esa malla de sonidos, poco rentables, pero basta escuchar al Ornette tierno, metido en faena sentimental, haciendo Lonely woman. Qué delicia descubrir el corazón entre los escombros. Era un tipo raro, el negro aquel con aquel espíritu tan rebelde. Estuvo en la orquesta de Pee Wee Cranston. Circula la leyenda de que Cranston le ofrecía dinero extra si no hacía esos solos que solía en la restitución de alguna de las piezas tradicionales en los bolos. Coleman debió sentir que era a su adorado Charlie Parker a quien le estaban privando de explayarse a sus anchas. Dexter Gordon, con quien compartía escenario en Los Ángeles, le pidió que dejase de tocar: estaba confundiendo al resto de los músicos. Le decía: "Ornette, siéntate, ten paciencia, cuando toquemos la última pieza y estén recogiendo las mesas puedes tocar tres o cuatro minutos". No sabe uno si es la impostura lo que de verdad subyace o si todo es una tomadura de pelo bebop o hardbop o extremebop, un nadar sin que importe ahogarse. Se me ocurre que no es posible imaginarle un fin, un cese, un propósito, un lugar al que nos dirija o uno desde donde partir. Vas hacia abajo, vas a ciegas, vas loco, y no hay indicio de que exista un bálsamo, un receso, una especie de banco en el que sentarse y tomar aire o permitir que el sol te dore la cara. Se entiende que la hondura (inútil buscarle una topología a este artefacto) es una conveniencia semántica: el jazz se expande, se mezcla, semeja una materia elástica o rígida o líquida o incluso gaseosa y nuevamente regresa a cualquier lugar en el que creamos haber estado, pero no se tiene certeza alguna, no exige que se parta de una disciplina o de una costumbre. La música de Ornette Coleman (más la que precede a Free jazz, jazz libre, aunque él prefería que lo llamaran free music) es un despropósito lúdico absoluto, un arrebatamiento de futuro. Creo que he dado con la palabra: futuro. Un álbum suyo lleva como título Tomorrow is the question. He ahí la naturaleza de su oficio: la cancelación del presente, la prospección del mañana. Ese anhelo va hacia todos lados, accede a todos los huecos, como aire que se encabrita y ocupa el lugar donde antes no hubo nada.
El jazz vive en esa periferia sublime que parece buscar un centro y, al tiempo, se aleja de él, lo rehúsa, hace como que no le incumbe y, finalmente, se rinde a su mágico fulgor, a su imán infatigable. Los músicos de jazz parecen desentenderse de un patrón, pero cuentan con él en cada nota. Creemos que improvisan o que se están ensimismando y olvidando el recado de sonar como un todo, pero hay una argamasa invisible que lo ensambla todo. Es un diálogo entre el cero y el infinito. Ahí se hace vanidoso, ahí se recama de luz, ahí se convida de sombras. Todo está legitimado, todo está pomposa o relamidamente engalanado. No hay un porqué, no hay un prontuario en el que descubrir las razones del prodigio. Su perseverancia es milagrosa. Nada lo aflige, nada le es ajeno, nada lo desdice. Es como un polvo que ocupe la banalidad inocente del aire: de pronto parece irse o invita a pensar que nos está cercando. Cuando acoge una melodía y la apreciamos, se desentiende de ella, como si le incomodara. El hecho de que de la nada surja esa promiscua opulencia es, en sí mismo, un misterio. La nada y el todo son las golosinas metafísicas con las que algunos entretenemos algunas charlas de terraza de bar. No he escuchado nombrar a Ornette Coleman en ninguna terraza. No es costumbre. Ni que suene su música. No hace clientes que el dueño del bar coloque en la bandeja del reproductor The shape of jazz to come, el disco primero que le escuché. Y la verdad es que no entiendo mucho de Coleman, ni de nada de lo que me gusta; solo tengo unas frases a mano. La belleza de la música de Coleman, ese tipo de belleza, es menos apreciable: se precisa una voluntad, un adiestramiento, un rodaje incluso. La de Chet Baker, se me ocurre ahora, es de más fácil apresto, incurre en concesiones que a la larga no terminas de agradecer del todo, pero que te valen para adquirir cierta competencia. Una vez que la posees, en cuanto te sabes en posesión de ese don, Ornette Coleman se abre como una flor hermosísima. Su saxo habla: él mismo deseaba que su sonido se asemejara a la voz humana. Todo lo que tiene de imprevisible su música es lo que luego se impregna más. Cuanto más duele, más permanece. El jazz, en ocasiones, hiere. Se comprende que lo que hay detrás no es de dominio público. No tiene que serlo. No sé la de años que hace que no ponía este disco de Coleman - o cualquier otro - y probablemente tarde en acudir a otro. Qué placer ponerse en el lado oscuro, buscar la melodía debajo del ruido, encontrar la belleza en donde no parece que exista, ver cómo los caballos se desbocan y se alejan y nos ignoran. Free jazz hizo, dicen. Fue un paso más allá del bebop de Parker, al que admiraba. Los adjetivos son importantes. Coleman es la libertad en jazz. El más libre entre los libres. Cuando quiero sumergirme de verdad en jazz sin concesiones, llamo a Ornette. No entiendo de armónicos ni poseo manejo en la nomenclatura pentatónica, leo reflexiones sobre cómo apartaba deliberadamente las concepciones tradicionales para crear un nuevo lenguaje sin alcanzar un entendimiento claro: solo entreveo, rasgo la superficie (extensa, maravillosa) para quedarme ahí, no pudiendo ahondar, llegar al centro, al corazón de la música misma. No me importa, cómo habría de importarme.
17.6.26
Una cerveza
Viene el verano con su boca de esparto. Está ya el cuerpo hecho a rendirse ante los rigores del calor. La memoria climática, la que todos llevamos adentro como una especie de termostato sentimental, exige un cambio, un sacar las prendas ligeras y guardar las que hemos tenido al retortero en entretiempo. Confieso que miro los partes metereológicos con el suspense con el que me manejo en otros asuntos de más hondura emocional, pero no albergo esperanzas, todo me sabe a viejo amigo al que debo la rotunda rutina del trato. Miro los mapas a la búsqueda de un indicio de renovación, pero no me dan los placeres que busco y sigo abriendo la ventana del dormitorio cuando me acuesto o enciendo el split para que me acaricie su frío sin historia. Ahora mismo estoy dialogando con una cerveza bien fría. Me conoce bien. Sabe de mí. La miro con gratitud.
Jazz / 20 / Dizzy Gillespie
I
16.6.26
Jazz / 19 / Tete Montoliú
13.6.26
Jazz / 18 / Johnny Griffin
Admiro la gente que extrema su cautela para no perder el ingenio, la chispa, esa destreza en lo exquisito que los hizo alguna vez grandes y que les confiere la voluntad de no dejar de ser grandes nunca. Gente que muere en un escenario, frisando los ochenta, sobrepasándolos, discretamente imbuidos de la aristocracia de la edad, pero alejados de la soberbia, exentos de ningún tipo de dogmatismo ni de certidumbre sobre el futuro. Cuando pienso en estos términos siempre acabo buscando en mi memoria la figura oronda y campechana de B.B. King y su infatigable y dócil Lucille, que barrieron la ampulosa geografía del blues para regalar su talento y su divino magisterio y, al tiempo, según él mismo confiesa, poder disponer de un dinero extra con el que pagar la manutención de sus abundantes ex-mujeres. Ignoro si Johnny Griffin (John Arnold Griffin III) actuaba con estas premisas pecuniarias, quién las orilla. La suya era también una profesión de riesgo. Uno sólo tiene que mirar la nómina de músicos con los que tocó y babear al encontrar en ese listado a Thelonius Monk o a John Coltrane, a Wynton Kelly o a Art Blakey. El impulso que me lanza a teclear estas pequeñas líneas de condolencia íntima es el hábito frío (pero indispensable) de los discos. Todavía recuerdo un disco de vinilo, grande, hermoso, que compré en una tienda que todavía existe en mí agradecida memoria, pero que ya habrá sido devorada por las exigencias del mercado y escora su línea de trabajo a otros asuntos de más generosa caja. Hablo de una tienda de compra y venta de discos de segunda mano cerca de la plaza de la Corredera, en mi Córdoba natal. El disco se llamaba Misterioso y era de Thelonius Monk. Mi afán enciclopédico me hacía (sucede aun hoy) buscar los créditos y empaparme de los nombres de los músicos. En rock, en blues, a veces no te importa quién toca el bajo o los teclados y te limitas a saber el nombre de la formación, pero el jazz impone otras exigencias. Ahí, entonces, leí por primera vez el nombre de Johnny Griffin. Luego supe que Monk, el genio, el creador de la inmortal Around midnight, le había reclutado para tocar en el Five Spots, el club antológico del jazz en Nueva York, para sustituir nada más y nada menos que a John Coltrane. De eso, ahora, hace más de cincuenta años. Johnny Griffin tocaba en un escenario, ajeno al lazo de la muerte, insistiendo una y otra vez en soplar su saxofón y hacer su hardbop bruto, agresivo, de un lirismo exultante. Su corta estatura hizo que le apodaran The Little Giant y así se llama el disco que ahora tengo de fondo (otra vez, vuelvo a menudo a él por encima de otros igual de buenos) mientras arranco el día garabateando esta crónica sentimental. No sé si importa mucho o nada en absoluto que sepamos quién fue el que nos deleita, si hizo tales o cuales cosas o le afectaron tales o cuales vicios o costumbres. Lee uno a veces con verdadero interés esas biografías, pero sabe que no trascienden o no deberían hacerlo. Importa la música. A mi amigo K. se le ocurrió ayer decir que los nombres no son necesarios. No saber que estamos escuchando a Haydn o a John Lee Hooker, esos nombres dijo. No tener ni idea de quiénes tocan con Griffin en cada pieza o, al menos, no siempre. Dejarse impregnar por el arte sin la obligación (cultural, muy difícil sustraerse de ella) de conocer la periferia. Hoy escucho a Griffin como si fuese la primera vez. Escuché una vez que llegaba al club de jazz donde le habían contratado y saludaba a los músicos con los que compartía escenario, que en ocasiones no conocía de mucho, pero un bolo es un bolo. Decía: hola, qué tal,empezad algo, yo os sigo. Tocaba muy rápido. También se le conocía como "el saxo más rápido del mundo". Vivió sus últimos años en un castillo en Francia. Era amigo de Tete Montoliu. Muñoz Molina fue a verlo al camerino tras un concierto que dio en Madrid y estaba desmontando el saxo. Cuando el escritor le felicitó, le contestó un seco "It's my job". Es mi trabajo. No hay más. Gente que se levanta y hace lo que sabe. Gente como Griffin sabe con qué palabras reemplazar el silencio. Lo único a lo que se compromete es a seguir tocando. Lo hizo hasta que un infarto se lo llevó a otro mundo, alguno habrá. No sé qué nos enseñó, si es que los músicos de jazz enseñan algo, pero a veces cuando paseo mi pueblo pongo sus discos y lo saco del silencio en el que estaba.
12.6.26
Jazz / 17 / Jaco Pastorius
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El New York Times, en su nota necrológica, decía que era "un Monet con sentido del ritmo". John Francis Pastorius III había muerto de una paliza a la puerta de un club de Fort Lauderdale, Florido, el 11 de septiembre de 1987. El portero le negó la entrada. Su aspecto era deplorable. En respuesta a la prohibición a que acceda, el músico rompe una puerta de cristal, la hace añicos. El guardia de seguridad se ensaña con él: lo patea, le destroza la cara, le parte el cráneo. Una semana después de su ingreso hospitalario, la familia le retiró la asistencia respiratoria que lo mantenía en un coma irreversible. Han pasado nueve días. El salvaje que lo destrozó era cinturón negro de kárate. Estuvo cuatro meses en prisión. Jaco Pastorius era el mejor bajista del mundo y tenía conciencia de que era así. No por vanidad, ni por haber sido elegido en alguna lista de alguna revista reputada, sino por convicción orgánica, por una sencilla conclusión cartesiana. No había grabación en la que alguien hiciera lo que él. Nadie había retirado los trastes al mástil de un bajo eléctrico (una Fender) y llenado los huecos con una resina. Jaco tenía su herramienta y le puso nombre: Bass of Doom. Era su Lucille doméstica. Con ella hizo las diabluras que engolosinaron las orejas de Joe Zawinul, alma de Weather Report, que lo reclutó para la banda y cubrió la marcha de Alphonso Johnson. La mejor banda de jazz rock tenía un muchacho al mando y la mecánica loca de su instrumento arrastraba a todos los demás músicos a seguir su vertiginoso compás. Basta escuchar Donna Lee, el clásico compuesto por Miles Davis y grabado por el quinteto de Charlie Parker en 1947, la pieza que abre su disco en solitario de debut, llamado sencillamente Jaco, para darse cuenta de que se está escuchando algo nuevo. Don Alias toca las congas de fondo y Jaco se enreda en una ejecución dulce y trepidante, hipnótica, capaz de moverte a dejar lo que andes haciendo y fijar todos tus sentidos en los malabarismos técnicos del bajo. Había hecho resurgir el bebop con un himno para las nuevas generaciones. No solo había virtuosismo: había amor a la música. Pastorius era un prodigioso compositor, un hombre que amaba el jazz, la música cubana, a los Beatles, a Elvis o a Frank Sinatra. Todo cabía en su cabecita febril, todo voló más tarde.
La primera vez que supe de Pastorius fue al maravillarme del sonido de su bajo en Bright size life, el disco con el que otro genio de la guitarra (Pat Metheny) debutaba en la música. Era 1976. El guitarrista de Kansas City se hizo amigo de Jaco. Lo admiraba profundamente. Once años después, Jaco desaparecía. Dejó un monumental registro de su talento. Se le comparó con Jimi Hendrix por la osadía en la digitación. Marcus Miller, Victor Wooten o Christian McBride se presentaron en sociedad tras alimentarse de sus discos y probar a tocar como él. Bipolar, autodestructivo, bebía agresivamente, buscaba heroína antes de tocar y tocaba hasta arriba de cualquier sustancia. Antes de ese abandono y durante el tiempo en que duró, tocó en tres discos fastuosos de mi adorada Joni Mitchell, en seis en la banda de Zawinul y Shorter y se agenció una big band con la que realizó tours por todo el país. Era un emperador y recorría con desparpajo y petulancia su reino. "Soy como Jesús, no voy a llegar a los 35 años". Esa fue la edad en que murió. Funk, punk, jazz clásico, rock desgarbado, sones cubanos (había crecido escuchando radios de La Habana en su Florida natal) y hasta soul (Sam and Dave hicieron coros en su álbum del 76, Jaco) fueron su apero musical. Hoy he puesto Birdland, la pieza mayor de Weather Report, una de las más asequibles también, incluida en Heavy Weather, el primer disco que yo compré de la banda, de la que The Manhattan Transfer harían una versión antológica, con la que este gourmet de sus vicios se inició en el jazz hace muchos años. He sentido la misma punzada que entonces. He barrido todos los instrumentos y he colocado el botón de los graves del amplificador a tope. El bajo ha inundado la habitación en la que escribo. Esos fraseos virtuosos se han incrustado en mi cabeza. La han ocupado entera. Son cosas mías esas topologías del milagro. He pensado en Jaco en el escenario, al que nunca he visto.
Leí que espolvoreaba sus zapatillas de deporte con talco para que, al brincar al ritmo de su bajo, se levantase una pequeña polvareda. Esa teatralidad era marca de la casa: maneras de cotizarse, de hacerse ver, de no hacer que decayese la frase con la que se le recuerda: "Soy el mejor bajista del mundo". El bajo se prestigió como nunca antes lo había hecho. No sólo se le encomendaba sustentar el músculo de la canción en la que participase, sino que se erigía en centro, en columna, en el corazón mismo de la melodía. Su megalomanía lo abdujo, lo llevó a un lugar lejano, lejos hasta de sí mismo. Se dejó medicar para aminorar sus trastornos mentales, pero pronto reemplazó los fármacos por cocaína. Al final de su vida, alejado de su segunda esposa, de cuatro hijos, habiendo pasado por la cárcel y por un par de centros psiquiátricos, dormía en parques, tocaba para que le invitaran a unas cervezas, mendigaba para comer. Tocaba en las calles de Miami a cambio de unas monedas. Le robaron su bajo inmortal, el Bass of Doom. Permaneció años de unas manos a otras, comprado por músicos ignorantes del instrumento que habían adquirido. Un coleccionista de jazz lo reconoció y se lo cedió a sus herederos. Debería estar en alguna hipotética iglesia del jazz moderno. Los feligreses acudirían en peregrinación, estoy desvariando. Lo mirarían con arrobo. Cerrarían los ojos y restituirían en su cabeza los arabescos y las piruetas, la danza inverosímil de las notas.
10.6.26
Jazz / 16 / Sillas de jazz
Hay sillas de velatorios y de cine de verano. De iglesia muy pobre y de fiesta de barrio. Sillas de festejados directores de cine y de papas en su bóveda de santos. Las hay huérfanas de memoria y ungidas de épica. Sillas historiadas, humildes, hechas a su desempeño o meramente decorativas. De las sillas se tiene la certidumbre del uso y hay quien las prestigia con la pompa de la orfebrería. Cuando descubrí la foto en una de esas búsquedas caóticas que uno realiza cuando enciende el ordenador sin un propósito fijo, escuchaba a Clifford Brown. Así que una de ellas es suya. Asignada. Como si de verdad estuviese a punto de tocar Cherokee con Max Roach, versión que rivaliza con la del propio Charlie Parker, padre de la venturosa criatura. La silla de Clifford Brown será una de las exhibidas en la fotografía. O tal vez sea propiedad de Thad Jones o de Dizzy Gillespie o de Roy Eldridge. El jazz fue música de big bands, todavía lo es, de sillas con talento.
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