4.7.26

Faranga

 Barragán es un hombre joven, soltero, abnegado, fuerte y hasta valiente; barragana, inconcebiblemente, es una concubina. El sombrero de copa y la bimba son la misma cosa. Resulta que derrelinquir es abandonar, desamparar también. La faranga es vagancia, molicie, asunto de haraganes, campo yermo y sin propósito. Una plétora es una enormidad de la que no siempre se tiene conocimiento ni alcance. Lo mulso es lo que empalaga. La memoria, cuando se sublima, en su esplendor, puede ser una acordanza. La anfibología se practica a diario, concurre su ambigüedad con voluntad o sin ella y solo se advierte por almas de conciencia semántica retorcida. Ir a lo mollar es desentenderse de la retórica: es vocablo de pragmático afán, veneno para los hipotáxicos. Me levanté hoy con la misma disciplina creativa de siempre. Escuché en la radio una de las palabras que he traído a este volunto. Me la quedé de inmediato. Quise, sin fortuna todavía, aplicarla en alguna conversación casual. Decir: este sábado es de faranga. Tener después la certeza de que hemos perdido el interés por el vocabulario. Usamos entre trescientas y quinientas palabras diferentes al día. Hay quien alcanza mil, mil quinientas. Nuestro acervo semántico pasivo puede llegar a las treinta mil. Hay noventa y tres mil entradas en el diccionario de la RAE. He conocido gente con la que bastaría usar cien, y alguna de esas cien precisaría un aclaratorio, una traducción. A mis alumnos les he enseñado combativamente a usar "ósculo", beso. No hay alumno mío que no la haya escuchado en clase. Me he esmerado en hacer que se abran de orejas (prick up your ears) y no permitan que alguna de las palabras que escuchan o que leen sea pasada por alto. La primera vez que tuve noticia de ella fue en la liturgia de un párroco, no sé cuándo, debe hacer mucho, no soy de ir mucho a la iglesia, por fortuna o por desgracia, qué sabrá uno. El ósculo de la paz, que inspira afecto o respeto hacia quien lo recibe, pronunciaba el cura. Es posible termine reemplazando la faranga por el ósculo o lo mulso por lo derrelinquible. Lo de la faranga me sigue gustando mucho. Permitid que la abrace y me asista en gozos. 

3.7.26

como loco

 no sabemos qué vamos a hacer con el miedo, no sabemos qué vamos a hacer con el vértigo, no sabemos qué vamos a hacer con el tiempo, pero recogemos la basura, la basura de plástico, la orgánica, el papel, y vamos al supermercado, antes de entrar arrojamos el plástico, las raspas del besugo, los huesos del pollo y el periódico de anoche en los contenedores soterrados, en mi pueblo han puesto muchos, se ve el pueblo distinto, el pueblo moderno, un contenedor soterrado dice más de un pueblo que una estatua de pablo neruda en una plaza, los poetas casi nunca merecen estatua en plaza salvo que, oh azar, oh delicado atropello de las horas, el poeta haya nacido a la vera de esa plaza, en la calle aledaña, en una casa de dos plantas, más bien humilde, donde la concejalía de cultura y bienestar doméstico ha construído un santuario turístico al que vienen frikis del verso endecasílabo, vienen en tromba, en autobuses de línea, leen a whitman, declaman capitán oh mi capitán, leen a rilke, todo lo que a me entrego se hace rico y a mí me deja pobre, leen a vuelaojo versos historiados, se asedian a versos mientras afuera la realidad se adensa en lluvia, dentro de la lluvia está whitman, está neruda, no sabemos qué vamos a hacer con las odas elementales, con los versos más tristes esta noche, podemos sacar la basura, depositarla sin protocolo en los contenedores soterrados, el orgánico, el de plásticos, el de papel, esta vez no llevo botellas, pero hay un contenedor verde chillón con una boca menudita por donde el cristal se abisma hacia una oscuridad ruidosa a salvo de de la luz y del fragor de los colores, las horas crujen ahí adentro como la ginebra en el cerebro, las horas duelen como un retrato de baudelaire, las horas en vilo del poeta en lo hondo, abriendo puertas, contando sílabas, destrenzando tramas, mi corazón va al supermercado, llevo en un bolsillo la lista de la compra, el detergente, la cerveza, el hielo, la leche, el suavizante, llevo en un bolsillo a bill evans, no sé cómo se puede ir al supermercado sin waltz for debby en el bolsillo, sin ese extracto de cinco minutos del cerebro tóxico de un genio con gafas de pasta, cara de matemático y pelo jim morrison antes del sacrificio, pero nada me satisface más que este festín de las palabras antes de ir a la cama, demorándome en un hilo, atendiendo otro que me llama desde dentro, emilio, ordena el caos, me dicen, las cosas importantes están en lo hondo, valen cuanto más hondo están, se desvanecen, se fragmentan, se mueren en la superficie, al oro del aire se van muriendo sin que podamos insuflarles un adjetivo, un verbo místico, éxtasis fonético, sublime polvo de letras, lo que whitman con su barba prehistórica, lo que neruda con su cara de profesor de latín, lo que baudelaire con su gesto esquizoide, lo que whitman, neruda y baudelaire sabían, el poeta conoce el ruido del universo, sabe de sus espasmos, ha sentido en el pecho el croar de las primeras ranas, ha apreciado el olor de la tierra primeriza tras el diluvio infinito, ve en los pasillos del supermercado secretas líneas de texto cósmico que los demás no ven, el ruido sin intención de los átomos de luz que nos embriagan de colores, el poeta está alerta, vislumbra lo que no está, lo inventa, un dios es el poeta, un dios nebuloso y responsable, el poeta no está en contradicción con el universo, es el único sujeto que no está en contradicción con la mecánica celeste, el poeta ve los arcanos, el poeta entra en un supermercado, saca del bolsillo la lista de la compra, cerveza, detergente, leche, todos los líquidos primordiales, lee los apuntes, la letra extraña, escrita aprisa, la caligrafía de la rutina está en las listas de la compra, es la rendición semántica de nuestra esclavitud en el mundo, uno escribe leche porque una botella de leche o dos o un pack de seis le espera como la noche espera al día, en el extravío de esta crónica de mis vicios me observo con detalle, me declaro ajeno, me miro desde lejos, no me conozco, no sé quién es quien escribe, el que encuentra las palabras conforme las teclea, el que hace años que no ve a su amigo juan porque no sabe dónde está juan, aunque piensa a menudo en juan, en los bares en san fernando, en la cerveza con mucha espuma, en los bocadillos de tortilla de patatas, en las historias del exterior que amenizaban las historias del interior, pienso en juan, pienso en maría jesús, pienso en maría del mar, que me recogía en el panda de un primo y me dejaba a pie horas más tarde, después de haber oído la música acuática de haëndel en un cassette sanyo muy viejo, en una cinta tdk muy vieja, en un piso de alquiler sin muebles casi, pienso en your song cantada en un jardincito urbano con antonio y con auxita, pienso en whitman leído en un ascensor, pienso en los paseos por san fernando cuando el mundo era frágil y veía pasar coches y buscaba y encontraba el amor en los bares, pienso en baudelaire, hace pocos días, en el bolsillo de mi abrigo de invierno, el bueno, la edición de las flores del mal que tradujo jacinto luis guereña y editó visor en ese negro mítico que ilumina los ojos de los buenos aficionados a la poesía, pienso en todas esas cosas que no están o que están a trompicones o que sólo están cuando uno hace un esfuerzo verdaderamente considerable para que estén, confío en mí mismo, confío en la memoria a la que le debo mi vida, ignoro qué sería de mí si me fallase, si de pronto se me fuesen muriendo los nombres, el menú interactivo del guión, las corrientes de aire en el piso de la calle de la biblioteca, beautiful girl en samarkanda, jack daniels en el chiringuito oyendo cumbias a la medianoche, va uno copiando en la lista de la compra el detergente, la leche, la cerveza, la mantequilla pero no puede ir copiando el afecto, la ternura, la sinceridad, el júbilo, en esas palabras grandes de homilía de la vida es donde está debby, la sobrina de bill evans a la que dedicó el vals que escuché anoche una vez más mientras regresaba a casa lentamente, demorándome en los escaparates, buscando prodigios en el aire, buscando a whitman en el claxon de la furgoneta que casi derriba a un motorista, julio es una fiebre de metales metafísicos, mi amigo k. me ha pedido que deje de escribir textos automáticos, escribir por escribir, sin pensar, me dice que no es manera, él cuida esos detalles, exhibe un pudor del que yo carezco, me gusta exhibirme, presentarme a la espontánea audiencia, hablar de whitman, hablar de neruda, hablar de baudelaire, hablar sin otro objeto que ocupar el espacio en donde antes de que hubiese palabra únicamente había silencio, el moribundo silencio de los abrazos que se fracturan, el tiempo sin conciencia, las horas como un fardo, las horas sin rellenar de luz, las horas sin bendecir por ningún prodigio de esos que la belleza ofrece a beneficio de quien está atento y lo recoge, las horas infinitas del tedio vencidas por las horas infinitas de la alegría sencilla de ser feliz unos minutos al menos, somos custodios de una felicidad partida, buscamos a diario la luz entre la sombra del tiempo, somos la herida luminosa, el milagro paradójico, el despejador de incógnitas en el álgebra teológica, el astrofísico del alma, somos el beso nocturno, somos whitman tumbado en el centro exacto del universo, mirando arriba, mirando dentro, buscando arriba, buscando dentro, a k. no le gusta whiman por sencillo, no ve dentro, se deja confundir por el peso liviano de las palabras, por su aparente fragilidad, pero dentro de whitman está la clave del universo, la ecuación absoluta, el texto secreto, la llave antológica, dentro del poeta whitman está baudelaire, dentro de nerude está whitman, está baudelaire, está la poesía trágica y la poesía cómica, el verso que blande un grito y el verso que tutela una levísima caricia, estos alivios de sábados por la mañana, oyendo jazz, pensando en juan, en maría del mar, en bill evans, en los años sin fluido, en los años sin dinero en el banco, en los años rosados de paseos por la judería a la vuelta de los pubs gloriosos del centro, en los años de danza invisible, en los años de robert smith diciendo que los niños no lloran, en los años de la universidad frenética de la vida, jugando al billar en el cairo, inventando versos en la clase de pedagogía, comprando discos en simago, viendo fantasmas en los surcos, objetos muy livianos de belleza ectoplásmica, invisible al ojo desastento, sólo presente si te dejas conducir despacio, pienso hoy en juan, en whitman, en los países metálicos de la infancia sin libros, en toda esa adolescencia sin sobresaltos en la que pude descubrir al yo vigilante, al yo auténtico que luego, al correr de los años, deviene siempre un yo transeúnte, un yo caótico, el errático escribidor de insomnios, el amanuense febril que en las horas últimas del día se concede el inocente placer de creer que alguien afuera va a tomarse en serio lo que ni él mismo, ya lo advierte k., se toma, pero van los días pasando, los días en su vértigo, no sabemos lo que es el vértigo, lo que son las horas, las bebemos a sorbos grandes, las mordemos con entusiasmo, creemos que las podemos convertir en palabra, decía cortazar que el frío complica siempre las cosas, y en ese plan es uno feliz deseando menos, evitando el frío, buscando a debby en un vals, en la lista de la compra, en los códigos de barras, en el sueño, k. busca a debby en evans, me enseñó a descubrir el texto dentro debajo del texto, la melodía dentro de la melodía, el tiempo en el tiempo, el espejo en su hondura, pero ahora él se cierra, se aleja, huye, k. es un falso, eres un falso, le cuento, me mira, me analiza, sabe que le conozco bien, llevamos una vida juntos y hemos tenido las trifulcas juntas, alguna desavenencia, livianas frivolidades de dos que se condenaron a entenderse, la rutina del yo que se escinde y va al mundo solo y vuelve dolido, una especie de avatar, qué quieren que les diga, el avatar posible, los poetas nunca merecen estatua en plaza, la adquieren a lo mejor tarde, es posible, la adquieren a título póstumo, en el barrio en donde nacieron, con los vecinos mirando con orgullo, con todos los vecinos, los vecinos de izquierdas y los de derechas, los que creen en jesús divino y los que les pasan de jesús divino, los vecinos que no decaen nunca y los que están todo el día apesadumbrados, los poetas vuelven del campo con un racimo de versos bajo el brazo, con los pájaros que vuelven de otros países, con los pájaros benditos de las alas benditas, porque la poesía es un oficio bendecido y su aliento lo impregna todo, no sabriamos vivir sin la poesía, es quizá eso lo que hace que el mundo no se haya ido del todo a la mierda, que la poesía esté ahí, invisible, impregnándolo todo, aunque haya gente que no cree en la poesía, como hay gente que no cree en jesús divino, pero la poesía es un bien más alto que la creencia en un mundo superior porque la poesía ya es, en este mundo, no en ningún otro, un bien alto, uno de esos bienes nobles que pueden salvar al mundo del caos, pero el mundo va al caos de cabeza, me lo ha dicho hoy k, k tiene voluntos buenos, de los de copiar y no olvidarlos, el país va al caos, pero el mundo está ahí afuera, yendo al caos, nos estamos muriendo y no nos damos cuenta de que nos estamos muriendo, compramos la prensa, leemos las novelas nórdicas, bebemos café en las terrazas de los bares, pero el mundo se está desintegrando, ni siquiera hay un plan del gobierno, les viene grande el caos, no se les ha ocurrido convocar una reunión de poetas, poetas maximalistas, poetas minimalistas, poetas venéreos, muy lúbricos, muy salidos, poetas castos, pacatos, de una contención sobresaliente, juntarlos a todos y ver qué pasa, igual salen de la reunión con un par de ideas fantásticas, no sé, no entiendo yo de esto, pero me está viniendo esta noche ancho un párpado, otra vez el párpado de siempre, la realidad se obstina en contrariarme, se pone incómoda, como una mosca que se ha fijado en la bondad de tu piel, en la tersura de tu piel, en toda la formidable disposición topológica de tu piel y ha decidido echar las pocas horas que le quedan de vida dándote por el culo, excusen la grosería, no dejándote respirar, ahogándote, convirtiéndote en un ser despreciable, despotricando contra la mosca, la mosca, la mosca, la madre que la parió, yo tenía una mosca y la muy intrépida no se murió, danzaba como los esqueletos de saint-saens, como shakira en el carnegie hall, no sé si shakira ha estado en el carnegie hall, me imagino que importa que se llene, si la caja suena, las puertas se abren, el público aúlla, el público vibra, aullidos, vibraciones, cartas de amor, el caos, las tardes en casa, leyendo a baudelaire, pensando en ese retrato en el que da miedo, da miedo baudelaire, un miedo sin organizar, como de infante, como loco

 Dice la pantalla que esta es una sala polivalente. Hay once consultas. Yo voy a la 9. Tenemos números y letras. Z7G6. B4G0. Tengo el O3O4. Lo de la polivalencia responde al modo en que cada uno de ellos va accediendo a la respuestas. Traigo cuatro preguntas. Ninguna es baladí. La paradoja de la sala de urgencias es que la rige la lentitud. La de los números y las letras es que carecen de historia. No se sabe si son livianos o póstumos. Madre no dice nada. Está bien llamar a los que esperan pacientes. Podrían haber sido más pulcros y elegido la forma ‘padeciente’. No existe tal vocablo, lo acabo de comprobar. Las etimologías son una prospección sutilísima en la epidermis de las palabras. La paciencia, que aludía originariamente al dolor o al sufrimiento, obtuvo un rango de una mayor hondura, casi una metafísica. Al paciente le concernía la entereza, cierto mansedumbre ante la adversidad. Como si su presencia trajese virtudes ignoradas, cualidades invisibles. Debe ser la polivalencia que define la naturaleza de esta sala. No doy con alguno de los usos para los que debieron imaginar que serviría. Los familiares miramos la pantalla blanca con esos números y esas letras que se suceden con inexplicable timidez. H5K5. Consulta 7. Un celador recita el nombre y los apellidos del enfermo. Por si no ha mirado la pantalla. Yo lo hago con destreza. Escribo, miro. Atiendo dos pantallas. También soy polivalente. Madre duerme en su silla de ruedas a mi vera. No se queja. Antes dijo: somos muchos. Antes: esto es el médico, no?. Aquí cunde la desesperación, eso advierto. Llevo desde las ocho, no hay derecho, dice la señora de al lado. Se escuchan conversaciones telefónicas. El manos libres es un chivato. Dile a la niña que no esté toda la tarde con la tele. Que ponga el aire. Que cansada. Que esto no tiene fin. Uno de mi edad lleva una hora con vídeos de Facebook. Se oye a un tipo en inglés y música como de circo. Hasta ha echado unas risas. Nadie le reprueba su falta de educación. Yo no tengo gana. Qué conseguiría. Raquel Ortega Luján, anuncia la celadora. Lo está repitiendo. Juan Alberto López López. No están. Igual se han impacientado. María Magdalena Vallejo Cortés. Sigue entrando gente. Gente de verde conduciendo sillas de ruedas con gente sin ánimo. No veo a nadie irse. La polivalencia es catedralicia. Esto es una estancia de la realidad en la que no rigen las leyes de la física. Tendrán que apremiarse o tendrán que habilitar una segunda sala polivalente. B9N6. Consulta 11. Pedro Sánchez Ortega. Se acaba de poner en pie. Dudo que yo me levante con tanta diligencia. Llevo unos días con un dolor en la espalda. Va solo Pedro. No tengo acompañantes, le ha dicho a la celadora. Hay males ocultos, vicios inapreciables. Si esto dura unas cuantas horas más, tendré que pedir una pulsera con mi nombre y solicitar que se me ausculte, por lo menos. Por si dan con algún malestar que se haya ocultado. Por si antibióticos. Por si observación. La pantalla está en blanco. No alerta, no es una pantalla, es otra cosa que no sé entender. Un silencio sin pixelar. Blanco. Crudo, intimidante. No sabes si tardará en activarse o ha perdido el brío y se está lamentando de sus acciones. Me queda poca batería. No soy previsor. Dejo de escribir. O3O4. Me toca.

30.6.26

nước / Cuaderno de Vietnam / La música del asombro

 




No tener que haber estado en Vietnam para saber que Vietnam es la inminencia de algo que no llega a suceder, una especie de milagro imperfecto, una tentativa de milagro. Cualquier viaje entraña un acontecimiento inverosímil que consiste en retirar la costumbre y acoger la novedad, el extrañamiento, la bendita acometida de la perplejidad. Leer esta plaquette deliciosa de Juan Ramón Mansilla concita también el apremio de algo portentoso, se está (dejenme que me explaye) y no se está en la concurrencia de todas las maravillas que contiene, se advierte un pudor al andar el bosque de estas palabras, que sustancian el mero vivir o la credulidad absoluta al reconocer en lo vivido un don, un regalo que se nos hace (al autor, al poeta se le hace, también a quien lee) por la invitación al vértigo de tanto prodigio. Porque hay ríos, desiertos, ruinas, ciudades que "trazan su propia errantía" (Vuelo) y una triple puerta (Pagoda de Thiem Mu / Hue) con su atrio (no lo escribo yo, leo) que lleva al templo donde "te descalzas, y rezas / ante la efigie de Buda. / Yo, por alguna razón, me siento a salvo". Y esa es la sensación que se tiene al acabar este colección de poemas nupciales (son más cosas). Yo me siento a salvo. Como si algo se me hubiese revelado y todavía pudiese hacer que durase su residencia en mi memoria. Porque luego se van las palabras, desaparece el brocal, la garganta, el fondo en el que el agua reposa y nos refleja. No he estado en el aeropuerto de Ho Chi Minh, no he visto un aguacero a través de los cristales, pero he vuelto de países lejanísimos (qué importa la distancia, al cabo) con gratitud infinita, con esa plenitud de quien se ha vaciado, preguntándome si "soy el renacido, el purificado". Será todo cosa del "nước", que es agua, en vietnamita. Nos bañamos en las aguas de un río inédito, sentimos el agua redentora, convocamos la gracia de la renovación. 

nước  (Cuaderno de Vietnam) es un viaje lírico que prescinde de la obediencia a plasmar una descripción paisajística (habiéndola)y se encomienda un trabajo de un mayor recado espiritual: imbricar el paisaje a quien lo observa, manumitir la mera transcripción de un orden (desorden será, por fortuna) para postularse como una especie de diario en el que el transcriptor se ensimisma y adquiere un don: el de la clarividencia, el de la perseverancia en registrar el caos y mecerlo, con arrobo dulce y pasional, en la generosa ubicuidad de lo maravilloso. Que el fuego deba estar dentro del árbol para que el ábol pueda dar a luz, que no puedan las ramas que frotamos arder, slavo que no haya fuego dentro del tronco, como decide contarnos el poeta con una cita de Khuong Viet, un monje vietnamita del siglo XI que escribía en chino, manifiesta con pulcritud el sentido de este libro, que no es otro que el de decir lo lo que ya estaba dicho, el de sacar la llama cuando no hay indicios de que prenda incluso. Eso hace Juan Ramón Mansilla, ilustre viajero, a partir de ahora: buscar "los rizomas del tiempo" (Vuelo), fluir como esos ríos por los que discurren hacia el delta las barcazas o "el incienso de los templos". He disfrutado de esa delicadeza, que se precave de la rutina y acierta a dar con la pregunta exacta, la que no consiente que se cierre con una respuesta: "¿Es igual un viaje a su destino? (Pagoda del pilar único). Quiere el poeta que su amada no se arrogue la propiedad de la sapiencia ni de la luz, sino que la prefiere permitiendo que los días maduren en ella (qué propósito más difícil, en él reside toda la filosofía) "como una perla en su ostra". 

También conmueve que el libro haya sido traído desde el amor. Yo creo que todos nacen de él, pero a algunos se les adivina la plétora de indicios que los construye. Ese amor no es únicamente el estado del corazón, su brincar loco cuando se reconoce ahíto, cuajado de esa locura inasible que invariablemente maneja su espasmo: está la petición de que alguien "tendría que tener piedad de la lluvia"(Lluvia en Honi) o está la nomenclatura minuciosa de la botánica o de la cartografía o de la entomología o de la arquitectura. Un país se puede amar "por losf rutos enormes de las yacas" (Pagoda de Thiem Mu / Hue), por la brisa tejiendo su seda para entoldar las calles (Nocturno de Hoi An) o por los haikus de las ranas, de la luna, de las mariposas, de la sangre o del fuego. Un país es también un no-lugar, una especie de ensoñación que el visitante acepta con humildad y teme que la memoria deshaga y convierta en barro, en arena, en algo que puede pervertirse, desdecirse, alejarse. De ahí la escritura: ella crece del esqueje de los recuerdos, como ese árbol Bo o Bodhi (un ficus religioso) en cuya sombra Buda alcanzó la iluminación. Uno quiere esa luz continuamente. El poeta, por el consuelo de la palabra, no quiere despertar al viejo dragón que protege los templos: anhela tenderse junto a él, subir a la cima desde la que pueda contemplarse a sí mismo y sentirse a salvo. Y no es estrictamente un deseo de trascendencia, no ha venido el numen con su aliento de oro: más que otra cosa, es la mansedumbre, la necesidad de una vida más lenta, de un río que fluya sin estruendo, de una mujer a la que mirar como si ella misma fuese también un río y planeáramos cómo cruzarlo, si nadar en su cauce o dejarnos llevar por la corriente. 

Este cuaderno compendia el viaje como transformación, pero no es un mero volcado sensorial, que lo es con colmo. Hay un libro que sucede después de que el libro (el viaje del autor, el que nos regala como lectores) concluya. Esa respiración que escuchamos es también la nuestra, ese flujo de ritmos y de metáforas ocurre inadvertidamente en el trajinar de nuestro mirar occidental, dura un tiempo. Creemos que podremos ver llover monzónicamente o que los huertos que rodean el pueblo son arrozales o que el yo, transverberado por las imágenes, ocupado por los olores, adquiere ecfrásticamente la certeza de que, en efecto, ha estado allí, ha visitado los templos, contemplado el discurrir moroso de los ríos, apreciado el tamaño interior de los mangos, la pitahaya, el albaricoque, el lichi, aromando las calles (Nociones de fruticultura junto al jardín botánico de Saigón), invitando a buscar "úna única fruta" "libre de cumplir los mandatos": la prohibida. 

No sabemos mirar, esa tara es nuestra. Se nos ha confiscado la paciencia, no acudimos a ella, prescindimos de la lentitud, hemos perdido la capacidad para encontrar la esencia de las cosas. Nos basta la epidermis, la apariencia, no el destello de su mismidad, no la verdad que tutela. Viajar es un ejercicio de desdoblamiento: una parte de nosotros codicia perderse, renovarse, dar con "una luz más pura" (Aereopuerto de Ho Chi Minh). Otra parte se queda en casa, expectante, cuidando de que el regreso no sea dramático y se puedan ensamblar los trozos separados. "¿Cuánto tardan los recuerdos / en salvarse de nosotros?" (Regreso /álbum de fotos). Descree el autor de que las imágenes puedan devolvernos "la verdad de aquellos días". Algo pasó inadvertido, aclara el poeta. Acaba reinando, hostil o mansamente, la sensación de que "no ha cabido la vida / en el cuaderno". Y debe decírsele a quien escribió que no es cierto, no del todo, al menos: cabe la vida entera, aunque se haya dejado atrás una circunstancia reveladora, un milagro ofrecido, pero al que no supimos aplicar con esmero la mirada. Queda un poemario de amor, múltiple ese amor. Juan Ramón Mansilla es el poeta recién casado, este es su diario visible. Habrá otro, inefable. Un cuaderno ágrafo. Una colección de poemas imposibles. Lo que al lector le satisface es haber viajado a Vietnam, haber tenido el privilegio de asistir a una representación sagrada. Como si hubiésemos estado sentados frente a todos los templos y se nos hubiera entregado algún secreto antiguo que, una vez escuchado y entendido, se difumina, se afantasma, se convierte en sombra, en una inminencia tozuda de algo que no puede expresarse. 








29.6.26

Jazz / 23 / Ben Webster

 




Qué grande es este señor: su música condujo mi bautismo en el fascinante mundo del jazz. Junto a Coleman Hawkins y Lester Young forman la trinidad del saxo tenor.  Ben Webster es el romántico por excelencia, el rey de la balada, el terciopelo en el aire, me dijo Juan Ramón Mansilla, el músico que dotó al instrumento de una voz casi humana. Hay que empezar con Hawkins: él puso al saxo tenor en el escenario, le dio solidez, densidad, autoridad corporal. Young era el músculo delicado de la melodía. Lo que trajo Webster al jazz es la conjunción de todas las tonalidades existentes: era fiero si se precisaba, ardoroso; cálido, untoso, como si el aire reclamara un susurro para manifestarse por el metal del saxo. Webster influyó en Stan Getz, en Dexter Gordon, en Sonny rollins, en Wayner Shorter, en John Coltrane. El saxofonista de Kansas City no revolucionó el fraseo, ni primó a la técnica sobre la emoción: escribió un nuevo patrón que miraba a las raíces (la espiritualidad, la intuición, el brío, la capacidad de conmover y de hacer que se muevan los pies en una misma pieza) y, al tiempo, proponía una encomienda (que algunos aceptaron), basada en respetar escrupulosamente el lenguaje de la melodía. Sofisticación, virtuosismo, ritmo, sí, pero con alma, como quiso también Dizzy Gillespie. Nació el subtone: esa respiración del saxo que parece mecida, acariciada, convidada a pronuanciar con infinito mimo las palabras más relevantes de la música. Parecía imposible que ese hombre con ese corpachón pudiera contener una humanidad tan delicada. Fuera del escenario, Ben Webster era, sin embargo, un tipo enérgico, disruptivo, peleón. Podía beber hasta caer al suelo y no perder la compostura, exhibiendo una afabilidad extrema, y también era conocido por su temperamento irascible, proviniera de estar ebrio o no. 

A Webster le dolió en el alma (la que había elevado al centro exacto de su oficio) que no se respetara su trabajo. Como a tantos, le tocó pensar en irse, en buscar nuevos aires, público nuevo, vida después de la vida conocida. A la muerte de las big bands - pongamos a final de los años cincuenta, luego volvieron, siguen aún- se empeñó en pasear su magisterio sonoro por todo el mundo. Tanto fue así que casi muere de pie, tocando Tenderly o Someone to watch over me o Pennies from heaven en 1973 en un club de la ciudad holandesa de Leyda. Dio tiempo a que el corazón se le parara en el hospital más cercano, en Amsterdam, seguro que a disgusto suyo. Fue enterrado en Copenhague, su residencia habitual. Qué feliz debió haber sido caer en el escenario, desplomarse en una octava o en uno de esos solos arrebatadores, susurrado, mecido, tan distinguible. Como otros músicos, su diáspora artística y comercial le hizo ciudadano danés y holandés. De todos sus discos, que son muchos, me quedo con Reunion blues, un sobresaliente repaso a los standards del jazz con la inestimable escolta de Oscar Peterson en el piano, pero en jazz no hay exigencias, ni rankings; tampoco el estimable, en otros géneros, estudio de influencias y de arraigo en listas de éxitos y en radio-fórmulas. Ben The Frog, la rana, Ben Webster, el músico de extraordinario sentido de la balada, capaz de enviarnos al cielo con el fraseo suave de unas líneas de Body and soul o Sophisticated lady, también era un musculoso heraldo del swing, de esos tiempos rápidos. La vida precisa fidelidades absolutas, amores inquebrantables, ajenos al concurso gris de los días. Este señor que sopla su instrumento contribuye a la felicidad de este cronista de sus (muchos) vicios. Uno querría no haber escuchado nunca a Ben Webster y poder tener la oportunidad de abrirse de orejas para que su grandeza impregnara el aire y el corazón de quien escucha. El mío sigue prendado de su música. 

28.6.26

Una lagartija


Nunca he estado en una quinta porteña leyendo los poemas vanguardistas del primer Borges, ni en la cubierta de un barco que atraviese el Bósforo en las postrimerías de la primera gran guerra, ni escuchado a Horowitz ejecutar una mazurca de Chopin en el Carnegie Hall. Tampoco me agasajó la vida con ver la luna sobre la calle Bourbon, pero he visto al ángel de la dicha al acomodar mi cuerpo al sofá y entender la absoluta bondad del descanso. Tengo toda mi esperanza en su plenitud. Una vida lenta es lo que uno quiere. A veces cuenta la lentitud, ese dejarse llevar, ese no estar, ni siquiera parecer que se está. La posibilidad de que pueda uno detenerse, pensar sin tener que nada de lo pensado exija revisarse o convenirlo una corrección o un añadido. Solo obedecer al cuerpo, que a veces pide un receso, una especie de intimidad que no le concedemos casi nunca. Después volver, acudir a donde se solía, saludar como entonces, beber en la barra del bar, mientras los cercanos despachan las razones de sus cosas. Se tira uno la vida entera, la vida lenta y la acelerada, cualquiera de las que podría tenerse como la única posible, buscando razones a las cosas. La velocidad es el ánimo envenenado, la revelación de un deseo ajeno, la imposibilidad de ser hospitalario con el tiempo y tomar de él su sustancia más dulce. De las formas que Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, proponía para elevar la cumbre de los días (la contemplativa, la disoluta y la política) me quedo con la primera. Este dolor en el costado debe ser la edad. Ella me empujará a que prefiera contemplar sobre cualquier otra tentativa anímica. Contemplo con codicia, he aprendido a mirar, después de tantos años. Me basta un azul distraído entre unas ramas de árbol. Puedo perderme en la adquisición de las cosas más sencillas y, al acogerlas, abrirlas y descubrir que tutelan el mar mismo, el cielo rompiéndose en el horizonte, toda esa lujuria de las estrellas al mecerse en la bóveda de la noche. Y me siento pleno. Esta mañana he flipado con una lagartija que trepaba el muro de mi patio. Ha sido un arrobo paulatino, no instantáneo. Ha sido, ya acabo, un lento entender que luego se fue difuminando. El infructuoso propósito de este texto no es otro que el de extraer algo de lo que me fue revelado.

23.6.26

Jazz / 22 / Kind of blue





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 La niña lee los créditos del disco. Por ver quién toca el piano, quién la batería. Tal vez no tenga las herramientas que descerrajen las palabras y se acaben comprendiendo. Las palabras son oscuras y temibles cuando no se sabe leer. Pueden encerrar monstruos, nubes de tormenta, cimitarras de hierro. La portada del disco no es la alegría de la huerta: una cara negra en un fondo negro, los ojos entornados. Carece de los colores con los que suele entretenerse la mirada, toda esa sublime opulencia de las cosas cuando se las mira con los ojos del asombro o los de la fascinación. Más que otra cosa, en la espléndida portada a ojos adultos, se aprecia la negrura, desmentida por el metal de la trompeta, bien embocada. No se sabe en qué momento se produce el resplandor de la belleza ni cómo se adentra y ocupa lo que antes era un erial o un hueco triste o solo. El disco que gira en el plato, girando, le estará produciendo una zozobra dulce y áspera al tiempo. También con la edad se percibe esa ambivalencia: lo dulce y lo áspero, el candor y la violencia. La belleza no tiene un patrón, carece de nomenclaturas, no se aviene al discurso de las palabras, las esquiva, se prefiere en lo inefable, en el estupor, en la ensoñación. La niña se está dejando conmover, aunque se arredra, no hay nada en la melodía que la haga entusiasmarse, entender que se está divirtiendo o no entenderlo en absoluto, pero feliz por ese cosquilleo en la boca del estómago y esa sonrisa levísima con la que agradecemos la restitución de la dicha. Hay una especie de contención voluntaria. Ahí están Miles Davis en la trompeta, Cannonbal Adderley en el saxo alto, John Coltrane en el tenor, Wynton Kelly y Bill Evans en el piano, Paul Chambers al contrabajo y Jimmy Cobb a la batería obran el milagro. Siguen deslumbrando. No importa la edad. Se precisa que esté el ánimo abierto, las orejas de par en par postradas al aire, el corazón ensimismado, el alma sensible. Nada que no tenga una niña. Nada que le haga falta tan pronto, por otra parte, pero qué prodigio que ese tumulto de sonidos la engolosine, la haga salir de su caparazón y echar a volar. La música echa a volar a quien la escucha. Estará sonando mi pieza favorita del jazz, lo cual es mucho: So what. Tengo una camiseta en la que se ve una figura que representa a Miles, echada hacia atrás, tocando. En letras grandes se lee So what.

II
El hecho de que haya días en los que no oiga ni una sola nota de Miles Davis no incomoda mi absoluta rendición a su genio, no modifica la certidumbre de que está a mi lado, atento a que le llame. Este obrero estajanovista de mirada perdida y apasionados diálogos con su alma a través de la trompeta hizo cientos de discos, se hizo acompañar de cientos de sidemen e influyó a cientos de músicos que influyeron a cientos de músicos. Una especie de facebook sin números binarios de por medio. Él anduvo siempre arriba, presidiendo la comunidad del jazz como llave para abrir la nueva sensibilidad del ciudadano moderno. Porque el jazz es la música clásica de nuestros tiempos igual que antaño el Barroco o la época de la grandes sinfonías lo fue en los suyos. Escribir sobre Miles Davis es un placer: uno no necesita acudir a otro sitio que no sea el corazón y es ese músculo el que consiente las palabras y da la medida exacta del amor que se puede profesar por un músico. Da igual no saber qué es el bop, el cool, el hard bop, el jazz modal, el jazz fusión. Solo hay que escuchar. Esa encomienda.
III
So what, los minutos más maravillosos que este cronista de sus vicios ha escuchado. Me perderé como suelo en la perfección. Existe. Dura poco más de nueve minutos. Es una catedral acústica. Una catedral dentro de otra. Como una Matrioska de sonidos. Como un milagro con un dios al tanto de las leyes de la física o de la química. Miles está en pensando en Dios. A su manera, reza, aunque parece que esté descansando o incluso durmiendo. Quien habla solo hablará con Dios un día, escribió el poeta. A Miles se le puede oír hablar solo cada vez que se agarra a la trompeta. En directo era un punto huraño, uno de esos genios adscritos al desequilibrio, en continua gresca con el mundo. Yo, que soy un descreído en esos asuntos de Dios, pienso que Miles entraba en una especie de trance y entonces no era posible ser un tipo sociable y exhibir la sonrisa enorme que Louis Armstrong ponía en su cara gorda y simpática. A Miles, en cambio, se lo imagina uno creyente, devoto, dando gracias a las alturas por la gracia recibida y recitando pasajes de la Biblia en la intimidad, después de una jam session o en la cama, antes de conciliar el sueño. Todo muy cool, por supuesto. Un Dios cool y sincopado. Miles está pensando en Dios y le está contando que ha encontrado el equilibrio cósmico en un solo, en un pulcro acabado de la melodía que el azar o la inspiración o el talento le regalaron la noche de antes. Charlie Parker, hasta arriba de heroína, hablaba también con Dios y le explicaba el secreto centro del mundo, encontrado en el prodigio de una improvisación. Debe ser estupendo creer en Dios así, improvisando, metido en la restitución de un don, sin que intervenga la heroína, debo añadir. Imagino también a John Coltrane con los ojos cerrados, acariciando con mimo exquisito su saxofón, pensando en el cosmos. Coltrane es una especie de Carl Sagan inculto, rociado de talento, convertido en un sacerdote del más allá en este acá tumultuoso, tóxico y lírico. Debe ser magnífico ver a Dios y luego poder traducir esa visión prístina en una pieza de jazz o en un verso o en un plato de spaghetti a la boloñesa. Por otro lado, hay cientos de obras maestras por donde no está Dios por ningún lado. En algunas incluso hay un esfuerzo titánico por parte del autor por razonar su absoluta inexistencia. Que se lo cuenten a Buñuel. Imagino a don Luis en un rodaje, en su silla de director, echando una cabezadita, pensando en un plano, en un diálogo que no acaba de cuajar. Y llego a la conclusión de que los dos (mi Miles y mi Luís, porque ambas son de alguna forma una posesión personal) han contribuido a mi felicidad.
IV
El arte será mestizo o no será. Miles Davis llevaba tatuada esa frase en los pulmones. Sin haber leído a Breton, supongo. La apuró hasta que no le entró ni una sola brizna de aire. No dejó de mezclar texturas durante los más de cuarenta años en que mantuvo entre sus manos una trompeta. Lo de menos es que a esos mejunjes sónicos le llamaran cool, bebop, hardbop o jazz-fusión. Importa escasamente que las músicas tengan la etiqueta con la que las pretendemos comprender. De hecho, podríamos prescindir de las nomenclaturas. No saber nada más que el nombre de los músicos y el título que le pusieron a la pieza que tocan. Ni eso siquiera. Podríamos ir más allá y prescindir de eso incluso. Por eso a veces me gusta poner jazz en la radio. Porque no sabes qué estás escuchando. A Julio Cortázar o a Boris Vian (declarados amantes del jazz) no les hubiese importado recrear la vida huraña y austera de un melómano que únicamente escuchara discos de jazz de principio a fin. Uno a salvo de las inclemencias del tiempo o de los gobiernos, encapsulado acústicamente, privándose de las rutinas de los demás, misántropo selectivo, capaz de turbarse ante un solo de Michel Petrucciani, tocando So what, e insensible a un abrazo o al amor que una madre exhibe cuando besa a un hijo. Hitler amaba a Wagner y despreciaba al pueblo judío, qué dislate. Está el arte ahí, dispuesto a asistir en gozo al noble de corazón y al impío de alma, en igual medida. Por eso no imagino a nadie inclinado al mal escuchando jazz. Digamos que el jazz adiestra y predispone al corazón a que maniobre con bondad por donde pase. Que la sangre fluya limpia y no se malogre con los venenos habituales. Sí, reconozco que me ha salido un post moralmente generoso. Miles Davis podía ser, en la intimidad, un verdadero cabrón y, sin embargo, hacer temblar el cosmos cuando entraba en un estudio o subía a un escenario con Bill Evans, John Coltrane, Cannonball Adderley, Jimmy Cobb y Paul Chambers y grabar uno de los mejores discos de la historia de la música, Kind of blue. No se puede ser un cabrón integral pensando esa música, sintiéndola ir y venir por dentro, como un río de alegría. Pero ya digo, ando hoy inclinado a la inocencia. Me trepa el candor como una lagartija mística. Si tuviera que elegir una canción que borrase a todas las demás sería So what. Enfebrecido, cólericamente. Conforme escribo y la escucho, me declaro insolvente para escribir nada más. Habrá otro día. El día será tonal, prescindirá de los acordes habituales, irá como saltando, haciendo olitas pequeñas. Kind of blue es espontáneo, deliberadamente frágil: las tomas que se hicieron fueron las definitivas, no hubo excesivo retoque. Cuenta Bill Evans que el grupo no sabía nada de las piezas que iban a tocar. Miles llegó con bocetos sonoros horas antes de empezar a tocar. Evans escribió un texto que se colocó en la contracubierta del vinilo. Transcribo un trozo: "Existe un arte visual japonés en el que el artista está obligado a ser espontáneo. Ha de pintar sobre un pergamino terso y delgado con un pincel especial y tinta negra al agua de tal forma que un accidente o una interrupción quiebre la línea o rompa el pergamino. Las correciones o cambios son imposibles. Estos artistas han de ejercitar una particular disciplina, permitir que la idea se exprese en comunicación con sus manos de una manera tan directa que no permite deliberación alguna". Es el disco más vendido en la historia del jazz, el más reverenciado, el álbum de jazz que tiene quien no tiene al jazz como música favorita. Una catedral. Un cielo.

21.6.26

La cimitarra de hierro

 Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras, entraron a caballo los hunos en la biblioteca monástica y rompieron los libros incomprensibles y los vituperaron y los quemaron, acaso temerosos de que las letras encubrieran blasfemias contra su dios, que era una cimitarra de hierro.


Los teólogos, Jorge Luis Borges


Jorge Videla, uno de los monstruos que no aparecen en los libros de cuentos, dijo en la Argentina de 1.976, en la época en que ejercía su oficio con más brío y entereza moral que un terrorista no es sólo alguien con un arma de fuego o una bomba, sino una persona que disemina ideas contrarias a la civilización occidental y cristiana, alguien que lee. A los dictadores, a unos más que a otros, pero a todos invariablemente, les duele la palabra. Si está la palabra impresa y embutida en un panfleto o en un poema, en un librito modesto o en una pancarta, les duele más todavía. A los libros se les prende fuego, ha sucedido siempre. El fuego, los libros. La ceniza. Creen los que los arrojan que las llamas dictan sentencia. Todos los pirómanos del mundo coinciden en esa jurisprudencia, en atribuir a los libros los males del mundo. Lo terrible es que hubo (digo hay) Videlas a tutiplén. Gente con la suficiente autoridad civil como para quemar a quien se le fuese la mano con los libros y exhibiese en público su gusto por ciertas obras manifiestamente inconvenientes. A la inconveniencia se la arroja al mar. Otro fuego, otra ceniza. 


Las órdenes de registro echaban abajo la puerta y arramblaban con los cajones. A veces ni eso. Hurgaban en la ropa interior aquellos tristes hombres de gris (el gris siempre es el color más cómplice de estas escaramuzas del terror) en busca de indicios de inteligencia. Por si daban con las palabras reveladoras. Qué ciegos, qué torpes. No hay nada más ancestral que el miedo a que el otro sepa más que uno. Tienen la inteligencia y el conocimiento una relevancia que jamás ha sido puesta en duda por ningún gobernante. El que las detenta es un peligro, parecen pensar. Sostienen, en su infamia con galones, que el poeta, miren qué cosa más sutil, qué oficio más modesto y sencillo, es un terrorista. Uno capaz de borrar la grisura del pueblo (su anuencia ante la censura, su convicción de que nada puede hacerse o incluso su creencia de que no está sucediendo realmente nada relevante) y azuzar al ciudadano contra sus carceleros.


José Agustín Goytisolo lo dejó escrito en un poema que pide que se pronuncie, un soliloquio, un lamento que el recitador involuntario ofrece a su mujer cuando su casa sufre una orden de registro. Luego, el pobre José Agustín, el humanista, el poeta de la Generación del 50,  el autor de Palabras para Julia, un poema antológico, el hombre que vio como las bombas de la Guerra incivil quebraban su vida, la arrojaba al mar, al fuego, ese pobre hombre vio que la vida que iba en serio, como escribía su amigo Jaime Gil de Biedma, se hizo el santo bebedor, se hizo el traductor de suicidas (Pavese) y él mismo, obra de los excesos y de lo sensible de lo más acendradamente humano, terminó tirándose por el balcón de su casa en 1.990. Antes de todo eso, burló como sólo saben los poetas la estricta estricnina moral del censor de turno, del Videla de aquí (el Franco temeroso de que el pueblo fuese un pueblo leído y le birlase la vara de mando) y escribió un poema asombroso, tierno en su crueldad interior, que cuenta una orden de registro. Los registradores, cegados por la letra impresa, conjurados a borrar la tinta blasfema, buscaban libros. No sabemos si los encontraron al final. Dice así:


No miren por ahí

todo son libros;

no es entre mis papeles

ni en la cama

donde van a hallar

algo escondido.

¿Cuánto cobran ustedes

mensualmente?

No, nada, pensaba

lo que vale este registro.

En fin ya son las tres

¿que esperan encontrar?

es tristísimo.

Sí de acuerdo retiren

lo que quieran;

vamos abajo pues;

perdonen olvidaba 

el abrigo.

Adiós mujer

no pongas esa cara;

te digo

que están equivocados

son sólo unos poemas

versitos, tontería.

Yo regreso ahora mismo.


Los registros acabaron doce años después, aunque tal vez no fuera enteramente así. Videla comentó que solo cumplió sus obligaciones castrenses. No sé si fue una disculpa. Franco no la buscó siquiera. Ese gesto final, ungido por los juicios y por las evidencias del mal que asoló Argentina, no inspira el perdón ni en un amago de ternura cristiana. Un soldado declarado. Y ya se sabe: los soldados (algunos, no crean; otros poseen inquietudes) no tienen que leer, no aprecian los libros, los temen, prefieren que les marquen el camino y obedezcan la rutina íntima de la orden. 


Temo cada vez con más convicción que acabaremos quemando libros. Será el último acto antes de que volvamos a caminar a cuatro patas y forniquemos en la calle, si es que hay calles o reste una brizna de decencia o de pudor, porque cuando hayamos quemado todos los libros será el bosque (si es que queda bosque, en fin) el que ocupe las ciudades. Una cosa lleva a la otra. A poco de que nos descuidemos, nos cargamos todo lo que hemos tardado tanto tiempo en construir. En realidad está todo a medio hacer. Nunca se puede dar por hecho de que de verdad hemos acabado algo. Siempre hay algo que corregir, un roto que zurcir, un fuego que apagar. Lo de las candelas es peligroso. El papel prende rápido. Conmueve (a mí, al menos) que Borges declarara su admiración por el autor californiano. Es que los dos hablaban el mismo lenguaje: el de la supremacía absoluta de la cultura, el del imperio de los libros. No hay nada que rivalice con ellos en importancia. Ni siquiera las máquinas. Bradbury odiaba la tecnología. Quizá por eso soñaba (eran pesadillas) que uno de esos políticos infames que concurren de vez en cuando al atril público tuviera la rocambolesca idea de que los libros son el germen del mal o incluso el mal mismo y hubiera que arrojarlos todos al fuego. El papel arde a 451 grados Fahrenheit. Ese dato es el principio del fin. Ese número (uno entre tantos) es el que precipita la demolición absoluta del bienestar. Porque a Bradbury y a Borges les encantaban los libros. Eran de esos que creen que los libros son objetos maravillosos. Ninguno tan maravilloso como ellos. Son una extensión de su cuerpo, son extensiones de su memoria y de su imaginación. Lo que se hace al quemar los libros es echar al fuego a todos los que vieron en ellos la magia de la belleza y de la inteligencia. El fuego es lo contrario a la luz, aunque la traiga consigo y la expanda y hasta la glorifique. La luz está en los libros. Los que los censuran son los que los temen. No hay arma que tenga más poder que la que esconde un libro. Algunos son incomprensibles. Quién sabe qué blasfemias encubrirán. Mejor que ardan. El humo se eleva mejor cuando huele a letras, pensarán. La cultura es sospechosa. Saber más de la cuenta no trae nada más que quebrantos. Lo ideal es no llegar demasiado lejos. Tampoco demasiado alto. Por si no sabemos volver. Por si caemos desde muy arriba. Algo así deben pensar los previsores, todos los que prefieren ser ellos los que piensen por nosotros. Gente como los hunos del cuento de Borges, aunque los que profanaron la biblioteca eran soldados, gremio zafio y burdo, no confiado a pensar. Eso lo pueden hacer otros. Sucede siempre. Quizá siga sucediendo. Las escuelas son bibliotecas. Se me está ocurriendo que una escuela es una especie de biblioteca en la que las personas son libros. Los maestros son libros. Los alumnos, libros. Pronto nos arrojarán al fuego. Seremos pasto de las llamas. Las metáforas arden también. La poesía es un modo de salvarnos, pero quizá no convenga leer mucha poesía. Los poemas contienen blasfemias.


Es Europa la que arde. Los hunos somos nosotros y los libros eran la herencia con la que debimos construir el futuro, pero dejamos que los quemaran. Siempre se tuvo el miedo a que enseñaran algo que no debía ser conocido. Una especie de secreto. La idea de que todo es frágil y es extremadamente fácil echarlo abajo. Europa ha sido vendida. Quizá nunca fue libre, ni alentó los ideales del progreso y de la democracia y derramó cultura por el mundo. Nos contaron eso, lo leímos en todos esos libros que fueron tirados al suelo. Las baldas están vacías. Nadie se ha preocupado de volver a colocarlos en su sitio. Creemos que el secreto que custodian (alguno habrá) nos acabará perjudicando. Esa es la idea antigua, la que todavía no ha sido retirada, ni discutida con vistas a considerarla absurda. En algún lado de esos libros estará la solución. Seguro que alguien vio todo esto y lo registró. Se ha escrito mucho y se ha leído tan poco. Se escribe más que se lee. Los libros se acumulan y no cumplen con el cometido que se les encomendó. El de hacernos buenos, el de comprender al otro, el de obligarnos a pensar. Se piensa poco o se piensa mal. Toda esa gente, pensando en apariencia, reunida en edificios muy nobles, vestidos con chaqueta y corbata, buscando la manera de que todo se arregle. Somos muchos y no nos entendemos. Bastaría con unos pocos que no se comprendiesen para que el mal persista y hasta amenace con quedarse más tiempo o prosperar y hacerse habitual, hasta que no nos percatemos ni siquiera de que existe. No sé. Se me ocurre que esta noche de jueves santo no hay noticias buenas a las que aferrarse. Como soy un descreído, no tengo tampoco el báculo de la fe. Debe ser bueno tener creencias y esperar que habrá un mañana mejor. También eso debe estar escrito por alguna parte. En alguno de esos libros de las bibliotecas (monásticas no en esta ocasión) o en discos duros, en archivos cifrados, en algún lugar de la nube. Esa información no podrá ser quemada. En el futuro borrarán lo que no les interese con pulsar una tecla. Es tan fácil que siempre habrá alguien dispuesto. Por lo menos los hunos montaron a caballo y arrasaron el jardín antes de entrar en la sala de los libros. Hasta las guerras tienen un protocolo. El mal no está afuera, pugnando por entrar y quedarse con nosotros. El mal está dentro también. No hay manera de saber con quién se mantiene el litigio, dónde está el enemigo. 

20.6.26

Jazz / 21 / Ornette Coleman

 




Conozco discos arriesgados, puñetazos en el estómago, retos que exigen una voluntad de hierro o una inverosímil predisposición a la osadía. Exceden la consideración de arte para investirse con atributos inefables. No solo es atrevido el que se encomienda la creación, sino quien se persona para desentrañarla. Ese paso, el desprecintado, la adquisición de un sentido, es también un acto valiente. Free jazz, el disco de Ornette Coleman, es la quintaesencia del atrevimiento: hay que pertrecharse de paciencia, hay que querer, con afán ese querer, entrar en esa noche oscura en la que reina el caos, la sublimación absoluta no ya de la improvisación, sino de la libertad considerada como el único lenguaje posible, uno ajeno al encantamiento de la melodía: manda el extrañamiento, la demolición de cualquier patrón de la gramática de la propia música, la cacofonía, la primacía del sonido sobre las notas que lo conforman. Se está dentro o fuera de ese disco, no hay un término medio. Su desobediencia a las reglas del mismo bebop, que ya era insolente y respondón, desconcertaba a crítica, músicos y público. Sigue produciendo la misma incertidumbre o el mismo amor o la misma repulsa. El jazz libre se abría paso con Free jazz, con un Ornette Coleman bendecido, iluminado, Este grupo superdotado de músicos decidieron prescindir de la armonía, del ritmo y hasta de la melodía. Qué insolencia, qué marcianos, qué milagro. Son siete, con Coleman de chamán, los titanes del desvarío: Scott LaFaro, al bajo; Freddie Hubbard y Don Cherry, trompetas; Eric Dolphy, clarinete; Charlie Haden, bajo, y Ed Blackwell a la batería. No retocaron el álbum, se grabó en una sola toma (lo contrario sería un contrasentido) con muy pocas instrucciones previas. No habría nada más que dos o tres melodías (ni melodías serían, fragmentos de fragmenttos de melodía, en todo caso) que servirían como asidero imperceptible, que bien podrían eliminarse sin que el resultado se afectara lo más mínimo y, esto es lo verdaderamente trascendente, cada músico podría tirar por donde le viniese en gana. Para que el desorden prospere hay que tener un sentido mayúsculo del orden. De ahí que este engendro diabólico sea un monumento al ingenio y al talento humano. Los instrumentistas se divididieron en dos cuartetos: uno sonaría en el canal izquierdo y otro en el derecho, cosas del estéreo. A partir de ahí, desde esa desinhibición, solo quiedaba parecerse a Pollock, el pintor que se eligió para la portada, un cuadro suyo llamado The White Light, de 1954. Vamos a tocar como si arrojáramos pintura al aire, podrían haber dicho. Vamos a hacer algo que nunca nadie ha hecho, también. Yo, un paleto de Texas, he venido a contaros que ya nada será como antes, podría haber pronunciado el Ornette ascensorista que tocaba en las azoteas, en la algarabía de los espectáculos de feria en los cuarenta, en cualquier local favorable  

Free jazz, el disco marciano, el tótem en la cima de una montaña altísima, el laberinto atonal, demuestra que es posible crear incesantemente. Que haya senderos inéditos. Que sea posible la novedad.También que improvisar pueda ser un acto colectivo, lo cual entraña unas exigencias técnicas sobresalientes. Los intervinientes en esta locura pusieron las bases a lo que algunos años más tarde hiciera el punk con el rock. Coleman era aclamado por cierto sector de público del jazz. Daba igual que el sello que le permitió grabar sus alucinaciones, Atlantic, acabase harto de toda esa malla de sonidos, poco rentables, pero basta escuchar al Ornette tierno, metido en faena sentimental, haciendo Lonely woman. Qué delicia descubrir el corazón entre los escombros. Era un tipo raro, el negro aquel con aquel espíritu tan rebelde. Estuvo en la orquesta de Pee Wee Cranston. Circula la leyenda de que Cranston le ofrecía dinero extra si no hacía esos solos que solía en la restitución de alguna de las piezas tradicionales en los bolos. Coleman debió sentir que era a su adorado Charlie Parker a quien le estaban privando de explayarse a sus anchas. Dexter Gordon, con quien compartía escenario en Los Ángeles, le pidió que dejase de tocar: estaba confundiendo al resto de los músicos. Le decía: "Ornette, siéntate, ten paciencia, cuando toquemos la última pieza y estén recogiendo las mesas puedes tocar tres o cuatro minutos". No sabe uno si es la impostura lo que de verdad subyace o si todo es una tomadura de pelo bebop o hardbop o extremebop, un nadar sin que importe ahogarse. Se me ocurre que no es posible imaginarle un fin, un cese, un propósito, un lugar al que nos dirija o uno desde donde partir. Vas hacia abajo, vas a ciegas, vas loco, y no hay indicio de que exista un bálsamo, un receso, una especie de banco en el que sentarse y tomar aire o permitir que el sol te dore la cara. Se entiende que la hondura (inútil buscarle una topología a este artefacto) es una conveniencia semántica: el jazz se expande, se mezcla, semeja una materia elástica o rígida o líquida o incluso gaseosa y nuevamente regresa a cualquier lugar en el que creamos haber estado, pero no se tiene certeza alguna, no exige que se parta de una disciplina o de una costumbre. La música de Ornette Coleman (más la que precede a Free jazz, jazz libre, aunque él prefería que lo llamaran free music) es un despropósito lúdico absoluto, un arrebatamiento de futuro. Creo que he dado con la palabra: futuro. Un álbum suyo lleva como título Tomorrow is the question. He ahí la naturaleza de su oficio: la cancelación del presente, la prospección del mañana. Ese anhelo va hacia todos lados, accede a todos los huecos, como aire que se encabrita y ocupa el lugar donde antes no hubo nada. 

El jazz vive en esa periferia sublime que parece buscar un centro y, al tiempo, se aleja de él, lo rehúsa, hace como que no le incumbe y, finalmente, se rinde a su mágico fulgor, a su imán infatigable. Los músicos de jazz parecen desentenderse de un patrón, pero cuentan con él en cada nota. Creemos que improvisan o que se están ensimismando y olvidando el recado de sonar como un todo, pero hay una argamasa invisible que lo ensambla todo. Es un diálogo entre el cero y el infinito. Ahí se hace vanidoso, ahí se recama de luz, ahí se convida de sombras. Todo está legitimado, todo está pomposa o relamidamente engalanado. No hay un porqué, no hay un prontuario en el que descubrir las razones del prodigio. Su perseverancia es milagrosa. Nada lo aflige, nada le es ajeno, nada lo desdice. Es como un polvo que ocupe la banalidad inocente del aire: de pronto parece irse o invita a pensar que nos está cercando. Cuando acoge una melodía y la apreciamos, se desentiende de ella, como si le incomodara. El hecho de que de la nada surja esa promiscua opulencia es, en sí mismo, un misterio. La nada y el todo son las golosinas metafísicas con las que algunos entretenemos algunas charlas de terraza de bar. No he escuchado nombrar a Ornette Coleman en ninguna terraza. No es costumbre. Ni que suene su música. No hace clientes que el dueño del bar coloque en la bandeja del reproductor The shape of jazz to come, el disco primero que le escuché. Y la verdad es que no entiendo mucho de Coleman, ni de nada de lo que me gusta; solo tengo unas frases a mano. La belleza de la música de Coleman, ese tipo de belleza, es menos apreciable: se precisa una voluntad, un adiestramiento, un rodaje incluso. La de Chet Baker, se me ocurre ahora, es de más fácil apresto, incurre en concesiones que a la larga no terminas de agradecer del todo, pero que te valen para adquirir cierta competencia. Una vez que la posees, en cuanto te sabes en posesión de ese don, Ornette Coleman se abre como una flor hermosísima. Su saxo habla: él mismo deseaba que su sonido se asemejara a la voz humana. Todo lo que tiene de imprevisible su música es lo que luego se impregna más. Cuanto más duele, más permanece. El jazz, en ocasiones, hiere. Se comprende que lo que hay detrás no es de dominio público. No tiene que serlo. No sé la de años que hace que no ponía este disco de Coleman - o cualquier otro - y probablemente tarde en acudir a otro. Qué placer ponerse en el lado oscuro, buscar la melodía debajo del ruido, encontrar la belleza en donde no parece que exista, ver cómo los caballos se desbocan y se alejan y nos ignoran. Free jazz hizo, dicen. Fue un paso más allá del bebop de Parker, al que admiraba. Los adjetivos son importantes. Coleman es la libertad en jazz. El más libre entre los libres. Cuando quiero sumergirme de verdad en jazz sin concesiones, llamo a Ornette. No entiendo de armónicos ni poseo manejo en la nomenclatura pentatónica, leo reflexiones sobre cómo apartaba deliberadamente las concepciones tradicionales para crear un nuevo lenguaje sin alcanzar un entendimiento claro: solo entreveo, rasgo la superficie (extensa, maravillosa) para quedarme ahí, no pudiendo ahondar, llegar al centro, al corazón de la música misma. No me importa, cómo habría de importarme.

Faranga

 Barragán es un hombre joven, soltero, abnegado, fuerte y hasta valiente; barragana, inconcebiblemente, es una concubina. El sombrero de cop...