9.4.26

Breviario de vidas excéntricas / 35 / Lucas Piedrahita

 

Qué hermoso acto entrar en el Catastro Municipal o en la Iglesia de San Alberto Magno o en el local de la Asociación de Minusválidos de Guerra con una cuchara en la mano, llevarla de la mano izquierda a la derecha, acariciarla apreciativamente, ver a la señora Peláez, al señor Bermúdez, al joven poeta laureado Cástor Villacisneros, autor de perlas del arte de enganchar versos, mirar la cuchara confiada a los dedos, una o dos veces, intensamente, como en trance, pero nadie dice una palabra o hablan distraídamente de otras cosas y se despiden con aprendida cortesía. Escuchar a Glorita Luján comenzar una conversación sobre el fin de semana tan estupendo que ha pasado con un novio reciente al que le encanta la doma ecuestre y los sellos magiares de principios del siglo XX, pero Glorita no ha recalado en la cuchara, anda embobada con su novio jinete, con su novio filatélico, y no recala en la cuchara, que está en mi mano derecha como un postizo de metal muy brillante, derramada dedos abajo, formando un todo inútil. La mano. La cuchara. Glorita. El miedo a que nadie preste atención a mi cuchara. Podría estar el día entero con ella en la mano. Sujetarla con los dientes. Visitar a mamá. Decirle qué bien cocinas la carrillada, las setas, el arroz con bogavante. Ir a la boda de Luisa Fernanda, la que izó mi novata hombría al olimpo de los espasmos en el verano de los quince años. Acudir más tarde al convite, no soltar en ningún momento la cuchara. Departir con Juanito Alcántara sobre el principio de incertidumbre de Heisenberg, sobre la soledad de los ancianos en las residencias, sobre la noche estrellada de Van Gogh. Cambiar la cuchara de mano de cuando en cuando. Primero una vez cada hora o cada cinco minutos o incesantemente. Como en trance. Como un ejercicio malabar invisible. El primo Severo no se agacha si se cae. Por gordo, por perro, por ciego, por sordo. Me la devuelve con una sonrisa. Ten, tu cuchara, primo Lucas. Los Piedrahita somos así desde hace siglos. Nuestro escudo heráldico es barroco y hechiza a quien lo mira. Es hermoso este día con mi cuchara en mi mano izquierda. Con mi cuchara en mi mano derecha. Si hubiese elegido un cuchillo, me habrían cercado. Todo se habría conducido más trágicamente. A lo mejor, es una conjetura verosímil visto el decurso de los acontecimientos, la cuchara no existe y es una invención de mi ocio. Llegado el momento de deshacerme de la cuchara, si es que alguna encontrara, la dejaría caer con mansa complacencia. Con mimo casi. Ha sido un día muy bonito. Mamá me mira. Se acerca.


- Hijo, ya no veo la cuchara que has llevado todo el día.Todo lo acabas perdiendo.

Breviario de vidas excéntricas / 36 / Liborio Roncesvalles

 


 En algunos cuentos de Borges, los personajes alquilan quintas de espaciosas habitaciones en donde no es imposible encontrar ejemplares de la Enciclopedia Anglo-Americana. Los pisos que se alquilan hoy en día carecen de este encanto libresco y únicamente podemos aspirar a que abandonen revistas dominicales atrasadas, periódicos deportivos o novelitas rosa de tomo amarillento que, al gusto de los antiguos inquilinos o al albur del azar, han quedado ofrecidas a las inclemencias del olvido, ofreciendo su alquimia de pasiones y de fugaces momentos de felicidad a quien se adentre en su ternura impostada. Sorprende siempre cierto rasgo intelectual - o meramente estético - en el mobiliario arrumbado en las habitaciones. Tiro de ejemplos: un Paul Klee evidentemente falso, un disco rayado de arias de Verdi, un mantelito con blondas que prefiguran olas, un volumen de viajes australes al que le faltan paginas. Hay quien interroga el asombro ajeno con estos objetos singulares. Confía en que esa rendición literaria ilustre el perfil del inquilino y lo rescate del vacío y de la pérdida.


Mi amigo Liborio Roncesvalles , que murió días después de que un caballo alocado le coceara fatalmente la cabeza, gustaba asistir a las presentaciones de libros. Coincidíamos fortuitamente, charlábamos en el ágape mientras degustábamos pequeñas delicias y bebíamos traicioneros licores. Nos despedíamos con un recio apretón de manos, como probando que la ingesta no había hecho flaquear ni el vigor ni los afectos. Como no tenía familia cercana o amigos lo suficientemente íntimos - yo nunca lo fui, en realidad, aunque apreciaba su presencia - imaginé que en su pisito de alquiler habría evidencias de sus gustos literarios. Lo confirmé más tarde. Le excitaba sobremanera que un amigo le pillara embutido en su sillón, frente al ventanal, distraído en Baudelaire o en Rimbaud. Nunca sabremos si los leía o no: jamás hablaba de literatura, pero no había ocasión en que no llevase un libro bajo el brazo o tuviese alguno intencionadamente alojado en el taquillón del hall o encima de la cama. El motivo, presumimos los allegados, era que supiésemos que leía y, sobre todo, qué leía (y luego dicen que las tildes carecen de importancia). El salto a los filósofos nórdicos requería de una situación especial. Una vez se llevó una "Exégesis del pensamiento cartesiano" de un autor noruego de apellido imposible al velatorio de una tía suya. A fuerza de cuidar con detalle esos exabruptos se labró cierta reputación en lo que podríamos nombrar como "cultura erudita". Un día nos desarmó con una reflexión agudísima sobre la influencia de las escuelas pictóricas vienesas en el cromatismo de Picasso o cómo cierto viaje a la Italia profunda abrió a E.M. Foster un mundo de nuevas y exquisitas sensibilidades que, a la postre, inundaría su abundante obra literaria. Y yo sólo había visto las adaptaciones cinematográficas de James Ivory en cine, qué vamos a hacerle. A decir suyo, prefería leer - o no leer, según se mire - argumentos livianos frente a la pesadísima enjundia de autores mayores, pero los años de perfecta simulación le condujeron a advertir que el efecto Schopenhauer era infinitamente más contundente y explícito que el efecto Salgari. Que citar a Mahler o a Bruckner producía reacciones más intensas que nombrar el inventario doméstico de músicos abonados a la zarzuela. Por ignorancia, nunca acabó de entender el porqué de la valía de unos frente a la mediocridad de otros, pero tenía un dominio sublime de la nomenclatura y sabía que traer a Wagner a la conversación, se me ocurre ahora Wagner, sería mucho más vistoso que caer en la pobreza de citar a uno de esos directores de bandas sonoras que se asoman de vez en cuando a la fama. 


Tras la coz letal, Roncesvalles abrió, sin voluntad, el piso de alquiler. El dueño dio con mi número entre sus papeles y convino citarme para aclarar y evacuar sus enseres. Días antes, premonición del fatal deselance, Liborio confesó a un amigo común la posibilidad de que algún percance le ocurriese y el fondo de catálogo de sus anaqueles quedase expuesto a la voracidad de los curiosos o a la tristeza de las donaciones, sub specie aeternitatis. Le agradaba pensar que el piso era suyo y poder cambiar el papel pintado o los muebles o que, el día en que dejase este mundo, todo quedara donde lo colocó, sin variación ni mudanza. No le gustaba que las Obras Completas de Azorín, edición de Castalia, ocuparan un rincón escasamente iluminado de día y al que no llegaba de noche la luz de la lámpara, pero los sitios más golosos estaban inevitablemente ocupados por escritores que, a su juicio, en lo poco que logré extraerle, merecían más ese privilegio: Melville, Joyce, Flaubert, Malraux, Faulkner, Dickens, Calvino, Camus, Cheever.


Todavía guardo fresco recuerdo de lo que vimos en el piso cuando acudimos a recoger algunas de sus cosas antes de que el casero lo preparase todo para un nuevo inquilino. Roncesvalles había colocado sus libros por las habitaciones en lo que, a ojo de un desconocido, pudiese parecer obra del azar, pero nosotros sabíamos que aquel reparto no obedecía al concurso de la casualidad. Sobre la mesita de noche, un Espronceda. En el salón, junto al ventanal, Dante. En la cocina, mal apilados, junto a cascos de cerveza de litro a decenas, Poe, Neruda y Keats. Tirado en el suelo, en la alfombra del recibidor, un ejemplar vetusto de la Biblia con un par de anotaciones en El Apocalipsis. Poeta en Nueva York estaba sobre la taza del retrete. El Quijote, debajo de la almohada. Una fabulosa edición de los cuentos de Hemingway en el alféizar del ventanuco del cuarto de baño, expuesta al rigor del sol y de la lluvia. Poesía del 27 para la terraza. Ceso aquí el inventario. Esta empresa absurda no puede ser fortuita, tampoco baladí o frívola. Él quiso decirnos algo con ese desorden de libros. Al modo en que a Alonso Quijano le perturbó el tino la lectura de las andanzas de los caballeros andantes, nuestro querido y tristemente finado Liborio también fue aquejado por alguna fiebre de naturaleza enteramente libresca. He pensado que se dejó cocear como un exótico modo de suicidio. Ignoro si el caballo estaba al tanto. Si era deliberada su voz incivil. Nunca lo sabremos. Nada hemos perdido.

8.4.26

Breviario de vidas excéntricas /34 / Wenceslao Tárrega



 A Wenceslao Tárrega nunca se le oyó decir: me llamo Wenceslao Tárrega Bohórquez, nací en 1969 en Toledo, tengo cuatro hermanos, mis padres murieron no hace mucho, los mató el cáncer, uno al año siguiente del otro. Tengo un gato, se llama Begman. Cristina, mi mujer, me dejo por entonces. Los tragedia azuza a la tragedia. Estoy bien, en lo que cabe. Cristina anda con un instructor de yoga al que saca veinte años. Es un tío cachas. Domina cuatro idiomas y anda con el quinto. Come sano, no fuma, ni bebe. Hace yoga. Juegan al Scrabble y al Trivial, me he enterado de eso. Compran comida para su perro en la tienda en la que yo compro comida para mi gato. Tengo un hijo, está metido en cosas que no entiendo, escucha música diábolica, no conoce a Beethoven ni a Pergolesi, ni siquiera sabe quién es Aute, lee prensa deportiva, escucha podcasts conspiranoicos, mira sin que se note mucho los culos de las mozas cuando pasan, me habla poco y a veces me habla mal. Dice que no le entiendo. Suelo salir de paseo al campo, miro el ir y el venir de los pájaros y pienso en el big bang y en las constelaciones, en los evangelios apócrifos y en los últimos discos de John Coltrane. Voy de una cosa a otra de modo que no sé mantener la atención con ninguna de ellas. Me gusta llenar el coche de gasolina y perderme por ahí. Hago kilómetros. Días de veinte kilómetros, días de doscientos. Me paro en un estación de servicio, me tomó un café bien cargado y hojeo las revistas dominicales o el As. Leo números atrasados. Me gusta saber del mundo en diferido. Como si accediera a una memoria secreta, a un lugar que ya no existe. El As me dice que los médicos Del Real Madrid han confundido la rodilla lesionada de Kylian M’Bappé. También que está en buena forma, pese a todo, es un profesional como pocos, se cuida mucho y eso se nota en el campo. Yo no soy de cuidarme, hace mucho que ni me miro al espejo. En realidad, no me hace falta cuidarme, trabajo en una oficina, estoy sentado frente a un ordenador ocho horas al día, como en treinta minutos, el bar de comidas caseras es limpio y no es caro, tienen una buena cerveza de grifo excelente. Allí conocí a Mónica, me habla con afecto, me mima en cierto sentido, cuando me sirve el postre me dice siempre algo que no tendría que decirme. Mónica es guapa y tuvo que ser muy guapa hace veinte años. He oído que está sola, que su pareja va y viene, que no tiene padres: murieron de cáncer también. Deberíamos vivir en un mundo sin enfermedades, le digo, pero no me escucha, hace falta algo más para que se fije en mí, debo tener una cara muy triste. Yo siempre tengo la cara triste. Tárrega. así le llaman, con protocolo, con distanciamiento, el triste le llaman, el que ya no tiene esposa, el que vive solo, no es mucho, la verdad. Ahora no me preocupa tanto, pero cuando Verónica se fue entré en una depresión severa, tomé pastillas, asistí a sesiones con un psicólogo amigo de mi cuñado, no comía, no adecentaba la casa, no cuidaba mi higiene, me llamaron la atención en la empresa. Juan Alberto, hueles como un cochino, tómate mañana el día libre y ven el miércoles como Dios manda, te la juegas, no está la cosa para rollos depresivos, a todo el mundo le deja la novia o pierde sus ahorros en una operación de bolsa con mucho riesgo o se le mueren de cáncer los padres o se enamoran de la chica que le pone los postres en un bar de comidas caseras, son cosas que pasan, el mundo gira, el mundo siempre está girando, no nos mira ni a ti ni a mí, va a lo suyo, mueren reyes y nacen putas, llueve como si no lo hubiese hecho nunca y deja de llover como si no hubiese llovido jamás, Dios está arriba, vigilando a su manera, el cabrón vigila de pena,  no es atento con sus criaturas, debería vigilar su trabajo, deberíamos hacer un club de ateos, no como los que suele haber, el nuestro sería un club reivindicativo, ojalá Dios existiese y fuese bueno y nos librara de indeseables y de cazurros y de gente pendenciera, del cáncer y de las tristezas a la caída de la tarde. viviríamos de puta madre, Wenceslao, tú no estarías hecho polvo por lo de Verónica, tu hijo no estaría por ahí, perdido, haciendo la revolución con el dinero de su padre, metido en temas raros, ya sabes qué digo con lo de temas raros, no me mires mal, es que lo vi el otro día y tenía una pinta muy extraña, andaba con otros que no iban mejores, no sé en qué anda, pero yo debo contártelo, por los años de amistad, por los cafés que hemos tomado juntos, por eso es mejor que mañana no vengas, te quedas en casa, ordenas tu cabeza, arreglas el piso, limpias los platos, seguro que tienes la cocina hecha un desastre, compras un poco de fruta, déjate de platos precocinados, dañan tu alma también, mi mujer decía que los males del mundo los fabrican en la industria de los platos precocinados, ya ves, cuando mi mujer se fue con su hermana a un viaje a Santo Domingo y yo tuve que quedarme de Rodríguez viví todo eso que dices, me entró una depre severa, pastillitas, libros de autoayuda, pero no sabía qué hacer, no tenía nada en el frigorífico, le dije que no se preocupara, que se fuese y disfrutase, yo me apañaría en el comedor de la empresa, pero luego me arrepentí, es muy triste comer solo, en un bar, en un comedor de una empresa, te pregunta todo el mundo, qué te pasa, Andrés, por qué comes aquí, tú nunca comes en el bar de la empresa, y debes contarles que tu mujer y su hermana se han ido a Santo Domingo, ya sabes, te dicen que a qué han ido, que si los chorbos en el Caribe la tienen así de grande, todo es muy patético, triste y patético, lo mejor es quedarse en casa, no tener que escuchar a nadie, pones la televisión y ves las noticias, los muertos de los terremotos y los parados del gobierno, los goles de M’Bappé  y las últimas películas en todas esas plataformas que pagas a principio de mes, puedes dormir en el sillón, ya recogerás los platos, esta noche los recojo, esta noche seguro, pero los días van pasando y se va acumulando el trabajo que no has hecho, y un día volvió Ana María con su hermana, abrió la puerta y me vio con barba de una semana, oliendo a cochino, el piso era un desatino de restos de mi ruina, no te puedes ni imaginar, botellas de vodka, bolsas de Doritos, latas de cerveza, Diógenes estaría contento conmigo, y ella me dio un ultimátum, dijo que se iba al Zara a comprar unos trapos, que en tres horas estaba de vuelta y quería verlo todo como los mismos chorros del oro, que no tenga que hacerlo yo todo, muestra un poco de interés, me tienes como a una esclava, así no funcionan las cosas, esto es lo que hay, eso dijo, así que dejó la maleta en la entrada y cogió el ascensor para bajar a la cochera, se montó en el BMW que todavía estamos pagando y tiró de Visa un poquito más, las mujeres son adorables, Tárrega, pero tienen esas cosas, mandan, mandan y mandan, no hay manera de que no manden, incluso cuando no mandan, cuando parecen que están atentas a nuestras cosas y se avienen a lo que decimos, están mandando, mandan sibilinamente, yo no las entiendo, pero tal vez debería empezar por entenderme a mí mismo, llevo años en ese trabajo y no he avanzado mucho, las mujeres son otra cosa, ellas tienen los dos pies en el suelo, son admirables, están mejor hechas que los hombres, deberían dedicarse a presidir todos los gobiernos del mundo, lo harían estupendamente, no habría guerras, todo sería una felicidad o podrían dedicarse a escribir novelas  y dar rienda suelta a esa manera de mandar, a los personajes se les manda bien, uno hace con ellos lo que quiere, los lleva a callejones oscuros, hace que los maten o que los hieran muy gravemente, si uno es bueno, todos los escritores son buenos en el fondo, no buscan el mal así como así, buscan un mal suavizado, el que admiten hacia sus adentros, leí una vez una novela en la que el autor mataba al protagonista en la segunda página, pero se tiraba las otras doscientas contando la historia del muerto, dónde nació, si la madre lo atormentaba, qué le hizo delinquir, cómo burlaba a la ley, en fin, tú ya sabes, bueno, creo que mañana no vienes, te tomas el día libre, vendrás mejor, no lo dudes, sé de lo que hablo, lo he hecho otras veces, sienta bien salirse de la rutina, hazme caso, llama a Mónica, la de los postres, dile que la invitas a un té en casa, antes de eso la limpias un poquito, que no sepa a la primera que eres un auténtico cerdo y vives en una pocilga, eso debe descubrirlo después de que te la hayas tirado, ya sabes, tienes que decirme si está buena Mónica, a mí me gustan entradas en carnes, con buenas ubres, que haya donde perder las manos, ay, Tarreguita mío, vamos a dejar de hablar, que me estoy poniendo como un toro, lo dicho, nos vemos, tú hazme caso, los amigos estamos para estas cosas, cuídate, por favor, vuelve entero, te estamos esperando, yo tuve un amigo que me habló como yo ahora te hablo a ti, yo le escuchaba, sabía de lo que hablaba, hay que saber escuchar, ahora soy feliz, tengo el fútbol completo en 4K y miro las cosas de mis amigos de Facebook nada más poner el pie en el ingrato suelo, veo si han comido en la calle o si una puesta de sol les ha sorbido la cabeza y se creen poetas de la luz o si han imaginado que una ocurrencia ligera pueda pasar por un arrebato místico despachado en dos párrafos melifluos y refractarios a toda pulcritud ortográfica, pero lo que dice Andrés le entra a Wenceslao por un oído y le sale por otro, como quien dice, hace que escucha, pone cara de interés, no es difícil eso, hasta ahí llega la atención y no hay nada que se le pueda decir que retire su desvalimiento, esa sensación de orfandad que te escala el pecho como una lagartija y acaba alojada en la lengua y más tarde desciende por la garganta hasta que el cuerpo se sabe perdido y abandona toda resistencia y se deja vencer por el silencio, por eso Juan Alberto habla cada vez menos. Hay días en que ni abre la boca, prefiere no declararse a favor ni en contra de nada. En todo caso, en ocasiones, si se le coge de buena gana, asiente o niega con un gesto breve que ejecuta con apreciable esfuerzo que podría confundirse con un acto reflejo o con un descuido del que probablemente se acabe arrepintiendo a poco que lo haga, da pena verlo tan echado abajo, hemos dicho los amigos. Uno de sus hermanos se esfuerza más que los otros, que no acuden por no tener ni voluntad de saber. Es el pobre, en sí mismo, un fantasma, aunque vaya al mercado y compre algo de verdura o leche y todavía sepa qué prendas debe sacar del armario si el día anuncia frío o el cielo vaticina agua. Yo mismo le he forzado a que deponga esa actitud huidiza suya. Le he dicho: Tárrega, recapacita, no te dejes llevar, cuenta con nosotros, cuenta conmigo, pero hace oídos sordos o es posible que ni siquiera oiga. Ayer mi mujer lo vio en un banco del parque a primera hora de la mañana, miraba con determinación una danza de pájaros entre los árboles. No estaba en el banco cuando ella lo cruzó de nuevo al regresar a casa, horas más tarde, ni había pájaros. Nadie sabe nunca nada o sabe en diferido. Lo de M`Bappé marcando el exiguo gol a los teutones anoche lo acaba de ver en televisión esta mañana. Lo del estrecho de Ormuz. Lo de Koldo. Lo de Rosalía petándolo en Madrid. A veces damos con respuestas cortas que nos alivian de la incertidumbre; en otras, si nos acucia con más empeño la incertidumbre y se desea zanjarla, inventamos razones que justifiquen lo que no entendemos y nos sentamos en un banco de un parque para ver unos pájaros en el festejo dulce del aire, pero no siempre izamos el vuelo ni resolvemos renunciar a la dura verdad de la tierra.

7.4.26

Breviario de vidas excéntricas/ 33 / Dolores Cuatrocaminos

 


El Cristo manaba copiosa sangre por un solo ojo así que pusieron un barreño debajo. Uno bastaría, pensaron, pero una vez bien colmado, buscaron otro y otro más y luego alguien dijo que desclavaran al Cristo del altar y lo llevaron a su finca, que en la alberca vacía se terminara de desangrar sin estorbo ni escándalo. De grande que era la alberca, podría seguir manando sangre un mes que no la llenaría, pensaron. En el término de unas horas el Cristo acabó flotando en su sangre, que anegó la huerta de tomates vecina. Algunos lugareños, los más osados, propusieron decapitar al Cristo y uno, envalentonado, ebrio, le dio un golpe en la sien con una pala de recia madera con la que mover la trilla, pero el ojo no cesaba de manar. Probaron a sajarlo. Fuera de su cuenca, como indignado por la afrenta quirúrgica, el ojo vertía un infame caño, inconcebiblemente mayor, como un milagro diabólico. Al ojo incansable le dispararon con una escopeta de caza, lo pisaron con recias botas de campo y hasta probaron a enterrarlo un par de metros bajo tierra, pero la sangre siguió su curso y empapó el suelo, dos metros más arriba, insurrecta. Alguien dijo que el ojo estaría mejor bien lejos y que se encargaría de transportarlo, aunque tardara años en el regreso. Un rastro de sangre informaría del camino. Otro sugirió que el mar se tragaría el ojo: que la sangre se confundiría con la espuma. Así procedieron, entusiasmados. El mar, a poco de aceptar la ofrenda del ojo, se tiñó de rojo y una manta de peces muertos alfombraba las olas. Las olas de crin roja. La sal roja. Los peces rojos. Años después la tierra entera enfermó de rojo. El agua de las fuentes, roja. La leche materna, roja. El aire, al levantarse el viento, se hizo también de un rojo suavísimo que impedía ver con la claridad de antaño. Como una calima soberbia. Y un día el ojo cejó en su empeño y el cauce cesó. El mar recuperó el azul. La leche adquirió el blanco primitivo. Los campos fueron verdes. 


Nadie nunca refirió la historia del ojo que manaba sangre. En el pueblo tácitas leyes exigían el silencio, el olvido. Donde se levantaba la iglesia que celaba al Cristo decapitado o mutilado hay ahora una bolera y la juventud del pueblo la llena los sábados en busca de sudores y de broncas. Las crónicas de los ancianos omiten este episodio del Cristo que manó sangre . Una facción terrorista desgajada de un grupo ya casi extinto aireó la ficción de tener otro ojo, a recaudo, custodiado, anestesiado, a la espera de despertarlo y teñir otra vez de rojo la faz entera de la Tierra. Los Cuerpos de Seguridad del Estado rastrean con sofisticada tecnología ciudades y pueblos, carreteras y campos baldíos en la esperanza de dar con el ojo bastardo. La Santa Iglesia Católica hace ruedas de prensa de vez en cuando y se empecina como puede en la teoría que el Ojo no es cosa de ellos y que ese Cristo al que de pronto le manó sangre de un ojo no les incumbe. Cualquiera puede esculpir imágenes, aducen. Grupos cristianos de base entonan alegremente canciones en las que el Ojo es metáfora del signo de estos tiempos de zozobra y de decaimiento. Los pastores, en el púlpito, aprovechan el temor a otro tsunami para recabar más adeptos. Están vertiendo cemento a las chimeneas nucleares en Alemania y en Japón. Sospechan que el apocalipsis vendrá en forma de ola gigante y se comerá los reactores y nos convertiremos todos en zombis. Estamos volviendo al trueque en las plazas de los pueblos. Vamos camino de las cruzadas. El Santo Grial será el Ojo Terrible del Cristo Sacrificado. Hay quien afirma que el auténtico está férreamente custodiado en los sótanos del Vaticano. Iker Jiménez lo ha visto. Está preparando un especial sin censura con invitados ya contaminados. Llamará a Dolores Cuatrocaminos, una elegida entre las elegidas, una voz limpia y pura en la bravura de este tiempo bastardo. Perdió un ojo en un desquicio del azar y jura que el ojo manó sangre tres días enteros. Al cuarto el ojo brotó de nuevo en su cuenca. Cada mes se repite el prodigio. Sangra el ojo, muere, renace, sangra de nuevo. Es un ojo menstrual, vociferan los alucinados. Le han construido un templo y acuden los feligreses a ver la sangre. Los más sensibles declaran que se escucha una voz que recita una especie de salmo. Han dado a Dolores la cualidad de las santas. La han convencido para que predique el nuevo evangelio. Pronto la crucificarán en horario de máxima audiencia. 

6.4.26

Breviario de vidas excéntricas / 32 / Aarón Ulloa

 


 Tengo un abrigo desde 1984 con alejandrinos en un bolsillo. Pesa como si contuviera las tablas de la ley y los papeles del Mar Muerto. Es de recio paño zamorano. Lo compró mi madre en un arrebato. Por decir tengo un abrigo de paño zamorano en casa, lo usa mi marido, lo usa mi hijo, lo usará el suyo. Me gustaba tocarlo, apreciar la entereza de la prenda. Olía a niebla a medio hacer. Lo llevé a un ciclo de literaturas germánicas medievales que organizó un amigo en el sótano del pub donde escuchábamos jazz progresivo hasta que nos sangraba un tímpano. Las chicas apreciaban mi porte. Ese abrigo, mis veinte años. Cuando me lo quitaba, me hacía invisible. Gasta cuidado con el abrigo, me decía mi madre. No tienes cabeza, no sabes lo que cuesta llevarte bien vestido. Un abrigo de paño zamorano de 1984 con alejandrinos en un bolsillo es una invitación al hurto. Quien se lo apropia adquiere facultades poéticas preternaturales y se postula como ganador de todos los juegos florales de la comarca. A madre le duele que su hijo no tenga una placa en la que se le nombre bardo laureado o hijo predilecto. Que nuestra casa sea patrimonio municipal y  pueda leerse en su frontispicio algo como aquí vivió Aaron Ulloa. Al morir le recitaré versos alejandrinos en francés para que el arrullo fonético la ice hasta el cielo con un candor no visto. Los sacaré del abrigo de paño leonés de 1984 con cuidado. El papel está vencido por los rigores del frío, por la tradición del tiempo. Hay tachones que yo no he hecho. Hay un verso sobrevenido del que no poseo propiedad y al que profesó las más altas consideraciones. Creo que se ha escrito solo en el bolsillo. Algún verso se habrá envalentonado, esas cosas pasan. Que unas palabras corrijan a otras. Que se vayan quitando y poniendo hasta que ellas mismas dan por finalizado el poema y lo dejan para que se lo coma el invierno o el olvido. Es prenda mi abrigo con ánimo lírico. No he revisado los demás bolsillos. Temo que los ocupen silvas, octavas reales o redondillas de la más variada factura. Más que al paño o alguna otra especie de milagro de índole textil, atribuyo esta festividad métrica a motivos prosaicos: algún poeta abandonó su trabajo en los bolsillos del abrigo, que no sería de primera y virgen mano, sino impredecible vestigio de otro dueño que quizá se vio forzado a empeñarlo para saldar alguna deuda de cartas o para ponerse contento de vino en alguna taberna. Vendría a ser el arquetipo de poeta decadente, más inspirado cuanto más achispado tuviese el ánimo. Hay días en que madre me conmina a que me lo ponga. Rehúso, la sanciono: no me está bien, hace que no tengo ese cuerpo, las mangas son largas, ya no tengo veinte años, he cogido peso, tengo las espaldas más anchas, hay más tripa, no insistas. Cuando no me ve, por no ilusionarla baldíamente, me lo coloco. No estoy hecho un adefesio, conservo cierta compostura, dejo de ser invisible si me coloco el abrigo y salgo a la calle como si fuese 1984 y me esperase el mundo en el sótano del pub con el jazz progresivo y las literaturas germánicas  medievales. Atribulado, patético, inconsolable, pateo bares, bebo ginebra cara, leo esquelas de prensa con un gesto de complacencia, saludo a las mujeres que tienen la edad de mi madre, me paro en los escaparates de lencería fina, fumo Lola hasta que me amarillean los dientes, me meto las manos en los bolsillos de mi abrigo de paño zamorano o leonés de 1984, las manos tocan papeles, uno, dos, trece, huelen a niebla, yo huelo a niebla, soy un fantasma, camino sin que se me venir, nadie repara en mi boca, mi boca está con la fiebre, mis ojos están con el vértigo, mi corazón es un tren que medita perderse en la distancia, mi corazón vive en el armario de todas las madres del mundo, mi madre es una virgen que llora por los hijos que mueren sin haber escrito un endecasílabo. Ensimismado, insensible, condesciende mi voluntad (dice madre que la de los Ulloa es inquebrantable) a enquistarse en una epifanía brusca, como de fuego sin luz, de frío tierno. Me he convencido de que no soy nadie sin mi abrigo de paño leonés (ya es de León definitivamente) de 1984. Duermo con él, padezco todas las enfermedades sin que el dolor me afecte, escribo sonetos en servilletas de taberna, amo a las mujeres fatales de las películas en blanco y negro que veía en casa cuando no tenía nada y era un niño desvalido con un siete en el pantalón de pana y los ojos contentos de futuro. Era yo azuzando perros para asustar a las viejas, pero madre me sacó del barro, me dijo el cielo tiene tu cara cuando la beso, me dijo búscate una novia con los labios de miel y un padre latifundista. Cuando muera, le pondré a madre mi abrigo de paño leonés de 1984. El abrigo y ella serán uno. La cubrirá en su descanso divino. Tendrá la eternidad para recitarle a Dios todos esos poemas de métrica pulcra que huelen a niebla. A Dios le concierne la platica poética de sus criaturas. Si se aplica, madre ganará de calle todos los juegos florales del cielo. Los coros arcangélicos recitarán su nombre. Yo quedaré aquí, huérfano, ágrafo. No vestiré prenda alguna de la que no sepa la inocencia de sus bolsillos. Dejaré la poesía para los actos luctuosos. 

5.4.26

Un sábado de los años setenta

 Hay quien sostiene que la felicidad consiste en no tener conciencia de que se tenga o no; quien, cuando el azar o la tenacidad la brinda, piensa en ella sin excesivo empeño, como algo fugaz, de apenas asiento, sin que le turbe, ni lo esclavice. Conozco gente feliz. Alguien dirá de mí que lo soy. No se advierte que flaqueen todos en quienes advierto esa pujanza en el ánimo, ese brillo singular; no hay resquicios visibles que evidencien un roto por donde se escape esa felicidad con la que se visten. Desde afuera, uno aprecia esa especie de exaltado estado del espíritu, esa visión limpia que quizá ni ellos mismos son capaces de percibir. También conozco gente que no parecen haber sido felices en su vida. En esos infelices vence la idea de que no  hay modo de contentarlos, de que no hay con qué agasajarlos para que sonrían o miren con alegría, contentos de sí, hospitalarios consigo mismos. 

Es un asunto extraño el de la felicidad, sin duda. Si me pregunta si soy feliz, no podría responder certeramente. Si no me lo cuestionan, entra en lo posible que sí lo sea. Como la famosa cuestión de qué es el tiempo. No hay día en que no piense en esa gente feliz, en contarles lo que se ve desde afuera, aunque ellos descrean y no atiendan a lo que yo de verdad siento, pero no doy con la manera sin que se sientan incómodos, abrumados por argumentos a los que tampoco dan un crédito fiable. A la reversa, podría suceder que ellos se ocuparan de mí, pensaran si soy feliz y sacaran la extraordinaria conclusión de que lo soy de un modo irreprochable. De esos amigos felices que tengo tal vez alguno crea que me guía el afecto sincero o que me ciegan los años compartidos, las conversaciones abandonadas en las barras de los bares, los paseos volviendo al barrio. Ahora son otros tiempos y ya no vivimos en ese barrio. Es uno quien cambia, no los tiempos. La infancia es la única patria, dijo Rilke. Lo es hasta el hartazgo. Se echa la vista atrás y encontramos el mapa de esa felicidad precaria, cálida, inasequible al desaliento, forjada en fuego y en barro y en sábados enormes en la plaza, dándole a la pelota, corriendo de un lado a otro como si el mundo hubiese anunciado su finiquito.

Todo queda ciertamente lejos ahora: lo mitificamos a nuestro antojo, le concedemos el rango metafísico de los paraísos perdidos: cuente el buen lector la niñez o la adolescencia, repase ese paraíso suyo, las calles en las que se forjó la épica más noble del ser humano, la de los juegos y la de la pereza, donde se echó el ojo al primer amor o donde, por obra siempre de la fortuna, se malogró ese enamoriscamiento y se vertieron las primeras maravillosas lágrimas o se dio el beso primero, ése que nunca tuvo rival, por muchos que se dieran más tarde, por muy trabajados y procaces que fueran. La felicidad de la que hablo no es un asunto baladí: de ella depende en gran medida el sostenimiento de todas las posibles felicidades futuras. Estoy con quienes ven en la construcción de una infancia feliz la antesala de una edad adulta no excesivamente malograda. Creo con firmeza en la limpieza moral de los años en los que la moral no es carga alguna y vive uno libre, desprejuiciado, cogiendo esto y aquello, sin pensar en el mal que se causa o en el bien que esos actos conllevan.

La bondad es la sintaxis del alma pura, infantil y ciega. Luego se le afinca la adolescencia, la adolescencia mineral y primitiva, que no deja de ser un florecimiento orgánico, un brotar asilvestrado de todas las cosas, las del pensamiento y también las del cuerpo que acoge a lo pensado. Se tiene de ella un regusto maravilloso de felicidad absoluta, un poco tonta y despreocupada, traviesa y pura también. Está la locura y está la cordura. A veces conviene que se desquicie la mirada o que se impregne de lujuria. Se regresa sin esfuerzo, está a mano la rutina, el gris de las cosas que ya hemos visto, pero lo que dura en la memoria son los atrevimientos, esa osadía de pareja recién casada que prueba a girar sin pensar en nada más, sin que nada les ate, ni les frene. El mundo es de ellos mientras giran.

 La edad adulta exige siempre peajes muy altos. No se sale nunca indemne de ir creciendo. Al corazón lo violenta el aire incluso, el aire turbado por la fatalidad, comido de prisas que no precisamos, íntimamente convencido de que no hay vida más allá, ni escapatoria. El corazón tan duro, desmemoriado, sin signos de izado. La memoria tan blanda. El que no recuerda los años de la niñez, la fiebre de los juegos, el vértigo fabuloso de los cacharros de feria, no ha aprendido mucho. Debería existir una posibilidad de volver allá, pero es bueno que no la haya. La infancia no se abandona nunca. A veces permitimos que salga, dejamos que pasee alrededor nuestra, haciendo el tonto, dando brincos. Es entonces, si acude, cuando creemos estar en un sábado de hace muchos años, corriendo de un lado a otro, creyendo que no hay nada afuera que tenga más importancia que el juego en el que estamos y giramos en una atracción de feria y el mundo gira con nosotros y sentimos que no podemos contener la gana de reír. Algo así como el amor cuando fieramente irrumpe. 


3.4.26

Breviario de vidas excéntricas / 31 / Luisito Sotomayor



Al niño Luis Sotomayor se le ve aplicar con arrobo y vehemencia el rigor del sol castellano inyectado en una lupa sobre la cabeza de una hormiga. Extasiado, alocándosele el corazón en la residencia del pecho, pensaba en su abuelo Francisco en ese mismo patio: tales, según supo, eran sus distracciones de infancia. También las del abuelo de su abuelo, Benito, y con fiable certeza las de otros abuelos de sus abuelos hasta donde la memoria alcanza. El juego, algo más que un juego acabaría siendo, era de desempeño sencillo: buscar una hormiga o un grillo o una lagartija, fijarlos con alguna herramienta y dejar que el fuego de la luz los devastase. Arrobado de malsano gozo, contempla Luis la cabeza de esa hormiga a la que somete con pulcra determinación el infierno del astro rey. Arrobado de malsano gozo, contempla la inquina de los rayos en la testa del insecto. Cree entender que esa tortura a la que concede su empeño más severo no le traerá más tarde reconcomio, arrepentimiento, cualquier forma de desasosiego, pero todo cambia a partir de ese momento de travesura infantil. El corazón, antes loco, parece como si de pronto le doliera y, en lugar de brincar de alegría, se acongojara, se templara y razonara la inconveniencia de su proceder. Una epifanía, un coro de censores, un salto sináptico nuevo sucede en su cabecita de niño. Al dar la hormiga su estertor póstumo, pues ya estaba la faena francamente adelantada, una comezón como nunca había sentido antes lacera su alma, la doblega, la arroja a los perros, y Luisito se duele sin consuelo. He matado una hormiga, confiesa a su madre, que anda ocupada en el trajín de la cocina. Espera que le reprenda con contundencia. Que le vuelva a decir que debe esmerarse en las matemáticas de quinto, en hacer sus tareas, en despejarse con otros métodos menos cruentos. No está bien, hijo, le dice finalmente, sin verdadero enfado. Son criaturas que no te han hecho daño alguno, no debes actuar con ese desprecio por la vida, aunque sea la de una criaturita. Así habla una madre cuando quiere llevar al hijo por el buen camino, pero no la suya, que hasta parece comprender, estar al tanto de sus costumbres zoológicas, saber más de lo que pudiera pensarse. En cierta ocasión, no se había lanzado a hablar todavía, le sorprendió descabezando una lagartija con los dientes. La fijación por esa parte de la anatomía supera en Luisito a cualquier otra que su inspirada crueldad haga concurrir. En otras, ensimismado, entornados los ojos, como en trance, eran las alas de una mosca las elegidas para su festín salvaje. Ninguna de esas escaramuzas quirúrgicas parecía contentar a Luisito. Al correr de los años, adquirió el hombre Luis destrezas insospechadas: extraía órganos con delicadeza, se esmeraba en ocasiones en aplicar una Intervención lo menos lesiva posible, pero ninguna de esas artes le procuraban el goce de la intervención a pelo, motivada por el mero daño, por la inercia misma de la tragedia, inmisericordemente. 

Fue entonces cuando su madre le habló y esto fue lo que el niño escuchó: "Hijo, ten a bien prestar atención, te voy a contar algo que debes saber. Es una historia antigua. En el año de gracia de 1688 y en la muy noble y venerable ciudad de Toledo nace un antepasado nuestro. Hay un retrato suyo en el salón. Se llamaba Vicente Jesús Sotomayor. Educado en la estricta observancia de la fe, devoto de misa y lector precosísimo de vidas de santos, se le conocía por andar como a saltitos, ridículamente. No era capricho ni consecuencia de algún trastorno. sino vicio adquirido al sortear como bien podía la populosa cuenta de grillos que alfombraba el patio de su hacienda y de esta forma no lastimar o quebrar sus cuerpecitos inocentes. Por más que la sangre ardorosa de la familia y el poco sentido común que un niño tendría le conminaran a diezmar la plaga que ocupaba el patio, el niño Vicente Jesús, tu antepasado, se reprimía, pensaba en Dios, que todo lo ve. Quién era él para arrebatarles la vida, cómo podría contravenir su voluntad. En sus cortas miras de infante entendía que, siendo precavido, mirando por donde pisaba, dando esos penosos saltitos, no incumpliría mandamiento suyo alguno. Los grillos eran obra del Señor, prodigio de su creación. A fuerza de esquivarlos, empecinado en girar el cuerpo y convocar el paso, el niño Vicente Jesús tomó como hábito involuntario y, a la postre, pernicioso, andar con una muy ligera inclinación del torso que le obligaba, a su pesar, a caminar ridículamente, hubiese o no insectos en el suelo, y desplazarse a conveniencia sin que el trayecto contrajese la muerte de ninguno de ellos. El párroco de la Villa, Don Ramiro Céspedes, le sugirió que procurara desplazarse sin esos torcimientos que le hacían parecer lo que no era y despertaban entre las malas lenguas del pueblo argumentos maledicentes,  rumores y razones para insultos. Trajo entonces Vicente Jesús a sus cortas entendederas la causa de su proceder y la creencia de que Dios le observaba sin reprobar ninguno de sus actos. El párroco, campechano en sus consejos, viejo y conocedor de los vericuetos del alma humana, vino a decirle que Dios no reparaba en minucias y que pisar un grillo o una manta de grillos no ofendía su Obra ni escandalizaba a su Divinidad. Que todos somos hijos de Dios, pero que su amor no ha sido repartido proporcionadamente y hay hombres y hay conejos y grillos y hasta moscas que no tienen el mismo escalafón en la mirada atenta del Padre. Añadió que podría , en adelante, matar cuantos grillos le viniesen en gana sin que esa inclinación extraña alentase forma alguna de pecado y que perseverar en tan piadosa conducta hacia la turbamulta asquerosa de grillos de su patio no devastaría su espalda y no terminaría jorobado o arrumbado en una silla sin moverse de por vida por mor de ese inquietante vicio. Palabra santa. Al día siguiente el patio de la casa del niño Vicente Jesús Sotomayor era un batiburrillo informe de alas y caparazones negros, de cabezas perversamente machacadas y de ojos negros escorados hacia el imposible limbo de los grillos muertos. Como no todas las acciones que hacemos convencen por igual a todo el mundo, Vicente Jesús descubrió que aquella matanza no era enteramente del agrado de su madre. No por la caridad cristiana, por demás firme, sino porque, a la postre, cometida la fechoría, desarmado el ejército infame de  bichos, el patio quedaba hecho un desastre, un espectáculo baboso de cadáveres crujiendo en el silencio blando de la noche. Así que ese niño, hijo obediente y recto como tú eres, mi querido Luisito, bueno por encima de egoísmo, regresó a su excéntrico paso y volvió a ser el exterminador de aquella algarabía caudalosa de criaturas. El párroco, al tanto de la renovación de tan fea costumbre, le reprendió severamente. Durante un tiempo, anduvo el muchacho en el frágil e incómodo lugar de no tener opinión propia, mecido por la voluble ajena, así que su ingenio obró el milagro de dar con una solución que contentase a todos: al párroco, a su madre y a Dios . Quizá también al Señor, que en todo repara y cada pequeña cosa termina expuesta a su criterio. Grillo que matase, grillo que recogiese del suelo y guardase en una vasija ancha de barro que haría las veces de túmulo cóncavo de grillos inevitablemente sacrificados. Una vez que la vasija estuviese llena la arrojaría a la fértil tierra de Castilla. Como si de un enterramiento protocolario se tratase. Este episodio juvenil, baladí y tal vez frívolo en el fondo, marcó indeleblemente el alma sensible de Vicente Jesús y treinta y poco años después, en las selvas del traidor Amazonas, siendo Capitán de un regimiento de su Majestad el Rey, acabaría  recordando los grillos del patio mientras se entregaba, varonil y heroico, a esquivar, con desigual fortuna, con saltitos torpes y patéticos, los cuerpos ensangrentados de la población oriunda, devastados por la pólvora y mutilados por la toledana espada, que alfombraba, como grillos, la tierra glauca de la selva. Y el Señor Nuestro Dios, en su Gracia Infinita, le habló al capitán Sotomayor en sueños, pues así en ocasiones se manifiesta según tenía entendido. Indio que matase, indio que arrumbara en un carro y arrojase después a la fértil Amazonia, luego de bendecir  su alma impía, en algún remanso del río, a la sombra, a salvo (mayormente) de las inclemencias y los rigores de los dioses astros. Así que, dilecto vástago, te pido que guardes en lugar seguro los restos de tus diabluras y les otorgues alguna oración que les haga dulce su ingreso en el cielo de los mártires. Sólo así podrás dormir en paz con Dios y contigo. Esa es la enseñanza que los Sotomayor guardamos a mayor gloria de nuestro apellido antiguo. Ahora ponte a hacer las tareas de Mates.

2.4.26

La ley catorce de los objetos evanescentes



 No saber uno a qué asirse, si a la realidad tan elusiva ella, tan de no darse enteramente, o si afincar el asombro a la ficción, tan humana, de tan sencillo manejo. No saber si duelen las nubes o es el dolor su naturaleza y lo que sucede es que no hemos sabido (nunca sabremos) entender a las nubes. Por eso fascina la ignorancia, la extrañeza que todo lo impregna y de la que surge la tal vez única certeza de la que disponemos: la felicidad de lo inédito, la sensación de que solo nos concierne lo extraordinario, que la rutina (el saber, el cartesiano saber) es una trampa y se obstina en hacer que nos duelan las nubes y las piedras, los lunes y los huesos. 

Breviario de vidas excéntricas / 30 / Heraclio Barragán



A Heraclio Barragán se le apareció el diablo en una noche de farra y le comunicó que le quedaban tres vodkas caramelizados bien servidos y alguna fulana polaca a la que redimir en la barra del puticlub. Que se apresurase. Se tomó Heraclio la confidencia a chota, no hizo caso al malhadado augur y cayó de bruces en la barra de siempre con un rictus de perplejidad en el rostro y el vodka caramelizado a medio terminar. A los pocos amigos de farra a los que les manifestó la revelación diabólica no daban crédito o lo daban enteramente, según su experiencia.. Yo ya me lo veía venir, dijo uno. Te la estabas buscando, dijo otro. No escarmientas, mira que te cuesta dejarte ayudar, terció (perdón por la reiteración fonética) un tercero. Tú ni caso, Barragán, de verdad que no debes preocuparte, sentenció un cuarto. Siempre hay dos bandos, uno que acepta y otro que deniega, uno que asiente y otro que rechaza, el mismo viejo juego de siempre, el de acatar o el de desobedecer. A Dios, que bosquejó el bien y vio al mal salir de su mismo costado, le agradó la llegada de Heraclio. No sabremos nunca qué palabras exactas pronunció, cómo podríamos, pero lo acogió de buen grado. No había en su biografía falta que le impidera sentarse a la derecha del Padre, compartir con Él los dones de la eternidad, aunque algunos pecadillos malograran una entrada triunfal, sin tacha, de las que constan más tardes en los anales del cielo. 



Aparte de la afición a cerrar los bares y visitar furcias, no tenía nada que recriminársele. Fue un hombre bueno, fue un amigo leal y fue un hijo cariñoso y atento. Se le ahijaron bondades todas ciertas y un rumor propalaba la fama de que en su corazón cabía la humanidad entera. A falta de encontrar mujer con la que fundar un hogar y una familia, se esmeró en hacer el bien, y en no incurrir en malandanzas. No entraban en ellas, o eso quiso pensar, las maniobras venereas, todo ese ardor etilico y putañero en el que se manejó casi toda su vida. Cumplió, a decir de quienes le conocieron,  los mandamientos de la iglesia lo más atinadamente que pudo y tenía ganados el afecto y la amistad de sus convecinos, a los que sólo les importunaba lo de empinar el codo y acudir con diligencia a los lupanares de la comarca, no porque les molestara particularmente, sino por el temor a que una de esas borracheras lo retirara de este perro mundo y Dios, en su infinita paciencia, en su clarividencia cósmica, no le invitase a sentarse junto a Él y lo arrumbase al infierno, donde las almas corruptas vagan una eternidad de aflicción y tormento. Como nadie que haya subido ahí arriba ha bajado después para confiarnos lo que ha visto, no sabemos si el buen hombre vio a Dios o al Diablo, aunque uno especule y se arrime a pensar que mereció la luz de la eternidad, si alguno de ellos lo abrazó con entusiasmo o fue expulsado y fatiga en infinita errancia el arcano éter. Su sacerdote de guardia, al que le abría el corazón en el confesionario y en las últimas horas de la noche, antes de ir al putiferio a cerrar la barra, en un descuido de taberna, bien contento de vino, refirió que en el fondo el bueno de Barragán no era el creyente que todos imaginaban. Tampoco un incrédulo. Nunca en sus muchos años de amistad le escuchó nada que tuviera que ver con santos o con pecadores, con dioses o con demonios. 


Puede decirse, sentenció el párroco, que no le hizo falta esa debilidad o esa fortaleza humana, la de la fe, ya me entienden. Hasta que acabó con el vodka del pueblo, el caramelizado era su favorito, si bien no hacía ascos a cualquier otra versión o hasta ginebras o escoceses si se daba el caso, fue de vida ejemplar, sin que intermediara la voz de Cristo, ni escuchase su llamada. Así que no tengo ni idea de lo que sucede con esas almas sin preocupaciones espirituales que de vez en cuando uno encuentra en el camino. Pensad la cantidad de veces en que tuve ocasión de sonsacarle o la de ocasiones en que una conversación suya, resuelta y abiertamente, incluyera algún detalle religioso o, en muchos casos, muchos juntamente. Sólo ando dándole vueltas estos días a lo último que dijo. No entra en cabeza que de verdad pronunciase esas dos palabras, las últimas, con las que se despedía de su existencia terrena al escuchar del diablo en primera y postrera persona las frases sentenciosas, las del adiós, ve diciendo me voy, que te quedan tres vodkas. Y luego las definitivas, las pronunciadas por él al ver que aquella confidencia podría ser lamentablemente cierta. Perro mundo, tales fueron. Yo creo que, en boca ajena, no escandaliza, pero el bueno de Miguel no terciaba por ahí, créanme. A ver si, en el fondo, expresó una queja, una debilísima queja. Igual, a su secreta manera, le estaba hablando a Dios, a quién si no, requiriéndole explicaciones. Como si en el momento último de su vida, en ese instante de absoluta sinceridad con uno mismo, quisiera intimar con Él, hacer que le confesara qué habría más adelante, si su apatía religiosa (dejadme que lo exprese así) fuese un obstáculo y no sólo tuviese cerradas las puertas de la vida en la tierra sino que también estuviesen cerradas las del cielo. A lo que yo, en una de esas pruebas de fe que hasta los pastores del Señor tenemos de cuando en cuando, me pregunté si no llevaría razón y todo lo que he ido predicando no será poesía para iniciados, metáforas de black friday, y no Palabra del Señor. Dios, en su infinita dulzura, en su Gracia dulcísima, podría haber preservado a los buenos de corazón, no dejarles que los humanos defectos de la carne o de los sentidos los lacerasen con la misma saña que a otros. Cuando pensó Dios cómo sería el mundo y tuvo esos seis días para montarlo todo, debió crear una especie a salvo de las enfermedades, que muriera de pura vejez, pero no forzados por las calamidades, no por tres vodkas que sienten mal, coño, que ya no se frena uno y dice lo que nunca ha dicho, joder, hostia, me cago en todos mis muertos, con lo bueno que era Heraclio y los buenos ratos que echábamos en la barra los viernes por la noche, con todas esas lucecitas de colores danzando sobre los vasos. Y prometedme que estas palabras mías no saldrán de aquí. No sé qué pensarían de mí todos esos feligreses que me aprecian y escuchan con atención mis homilías cuando vienen trajeados y bonitos al oficio si supieran que blasfemo en privado, sin orden ni mesura, que hago evangelio en lugares de pecado, que no sé mantener el decoro y odio con toda mi alma la sobriedad. En fin, dejadme solo, no me encuentro bien. Me voy a meter uno de esos vodkas, a ver si hablo con Heraclio en sueños. Dios lo tenga en su bendita gloria. 

1.4.26

Breviario de vidas excéntricas / 29 / Flavio Piernaflaca



El amor, a decir de Ovidio, dispara dos flechas de efecto contrario. Una, forjada en oro, procura júbilo y placer mientras que la otra, cerrada en plomo, entrega quebranto y clausura a quien sufre la ponzoña del metal. El amor, oh nudo dichoso, oh gran capital del alma, tela bordada por Himeneo, luz invisible que mueve el sol y también las estrellas, conviene de vez en cuando, pero hay quien sostiene que harta igual que embelesa, que satura en la misma medida en que conforta. Que el amor absoluto hiere más que sana y que su falta, en ocasiones, protege de las penurias de los años y hasta cuida de que sobrevivamos al vértigo y a la fiebre y no precisemos ángel de la guarda que nos guía ni mano noble que nos acaricie. 


Era, permitid el hipérbaton, el enano Flavio Piernaflaca hombre preocupado por estas frivolidades del apetito metafísico. No disimulaba su emoción al escuchar el fervor con el que su párroco ponderaba las glorias del amor. Leía con devoción y hasta recitaba en público, con mejor dicción que compostura, achispado en ocasiones, poemas de un candor notabilísimo, pero siempre con magisterio y sabiduría los elegidos versos, subiendo y bajando el timbre, declamando como solo los actores muy expertos y confiados saben hacer cuando se entregan en el escenario a su público. Flavio era la crema misma de la sociedad pudiente de su pueblo. Se le respetaba por su posición social, por su árbol genealógico y por el escandaloso tintineo, casi sinfónico, que hacían sus monedas en los bolsillos. Desgraciadas las facciones, deslenguado, culto, solía codearse (es un decir esto del codo habida cuenta de su muy escasa estatura) con nobles de sangre y con autoridades  y a todos entretenía con su chanza y con sus ocurrencias. Huérfano de pudor, se exhibía lo que podía, entrando y saliendo de las fiestas que la aristocracia de la villa organizaba para olerse los unos a los otros el ombligo y escucharse las historias de los ancestros, las de las guerras de antaño, las de las putas que se trajinaron y la de los bastardos que dejaron por los reinos vecinos. Nunca faltaba el concurso de Flavio, su visión de los hechos, la forzada evidencia de que los Piernaflaca fueron amigos de reyes, sufragaron ejércitos y compraron y vendieron voluntades con el único propósito de fijar el apellido, de engrandecer su heráldica, pero sobre todo con la firme convicción de que la tierra y la fortuna podían enmendar un apellido en descrédito, arruinar a capricho el linaje de quien importunara el suyo o, si la ocasión así lo exigía, borrarlo de las crónicas y de las églogas, enfangarlo, convertirlo en algo impronunciable, casi pecaminoso. 


En lo que Melquíades jamás se sintió cómodo, en lo que su dinero y su apellido no pudieron hacer nada, en lo que ni siquiera su cháchara alegre y su saber libresco alcanzaron épica alguna fue en el amor, en el amor de Ovidio y de todos los poetas clásicos, los que ocupaban metros silenciosos de anaqueles en la inmensa biblioteca de la casa antigua. Y de noche, cuando cerraba la luz de la lámpara y depositaba el libro en la mesita, Flavio pedía a Dios, al Dios al que jamás visitaba en su iglesia pero con quien sostenía muchas conversaciones íntimas, que le diese otra vida y que le privase de fortuna y de heráldica, con la prebenda de que le naciese alto y ganase el amor de las mujeres sin que interviniese la plata en la faltriquera y el miedo a que negarse al comercio carnal trajese infortunio a los suyos, negándole el pan, cubriéndoles de pobreza.


Era Flavio, como su padre, como su abuelo, putañero y avaro. No había moza concupiscible en el pueblo con la que no hubiese retozado y que no hubiese maldecido su estampa de enano berraco y rico. Clarisa, una fulana que no cobró lo que creía merecer y que estaba de paso por el pueblo aireó la historia de que el enano calzaba la hombría justa y que cumplía el fornicio con precoz resolución, vertiéndose entre gritos ridículos nada más entrar en faena. Hizo ver que si nadie había revelado antes este asunto era por miedo y que ella, fajada en muchas camas, molida a palos muchas veces, concubina de obispos y de autoridades, de paso por el pueblo,,no le tenía miedo ni al mismo diablo, al que vio con frecuencia y con el que departía en cuanto los dos disponían de un alto en sus quehaceres.


Contrariamente a lo que el lector avezado en estos trasuntos de lo más acendradamente humano piense, esto es, el tamaño de las vergas, los honores de la estirpe y la maledicencia de las furcias, el enano Flavio Piernaflaca, tocado en su honor varonil, no vilipendió a la furcia Clarisa , tampoco la echó del pueblo ni le amenazó con quemarle el alma hasta que sus chillidos se oyense por todos los fulanarios de la provincia. La acogió en aprecio, la entendió a su manera e incluso hizo que uno de sus lacayos más diligentes la trajese, de buenas maneras, eso sí, sin forzamientos ni peligros, a su dormitorio, a probar de nuevo las bondades de la carne y hacer que la verdad resplandeciera, y quizá por una vez en su muy licenciosa y aristocrática existencia no fuese el dinero ni el temor popular o el influjo de su lrespetado y antiguo escudo el que lo liberase del rumor que lo oprimía. Preparó unos versos alambicados y dulces, extraídos de un antiguo libro galante que usaba cuando la soledad le devastaba el pecho y pasaba las horas muertas en su alcoba, pensando en la hondura del alma y en la infame trayectoria que iba tomando la suya propia. Y hete aquí, oh lector cómplice, a la furcia Clarisa, toda rotunda en carnes, a quien jamás la flecha bicéfala del alado Cupido rozó ni en el ubérrimo pecho ni en la promiscua lengua, entrando en casa señorial, evitando que la familia (una hermana ciega y un padre desmemoriado y enfermo) notasen su ingreso en la alcoba, puesto que su cliente, lúbrico a su pesar, jamás pecó bajo el techo familiar. No sabía el enano putañero, el enano endecasílabo, que ése sería el último de sus días en la tierra. Que la muerte le descubriría asaetado de amor, emponzoñado de esa luz absoluta que el amor entrega a quien, ciego, inocente, le abre el corazón y le entrega el alma..

Breviario de vidas excéntricas / 35 / Lucas Piedrahita

  Qué hermoso acto entrar en el Catastro Municipal o en la Iglesia de San Alberto Magno o en el local de la Asociación de Minusválidos de Gu...