3.4.26

Breviario de vidas excéntricas / 31 / Luisito Sotomayor



Al niño Luis Sotomayor se le ve aplicar con arrobo y vehemencia el rigor del sol castellano inyectado en una lupa sobre la cabeza de una hormiga. Extasiado, alocándosele el corazón en la residencia del pecho, pensaba en su abuelo Francisco en ese mismo patio: tales, según supo, eran sus distracciones de infancia. También las del abuelo de su abuelo, Benito, y con fiable certeza las de otros abuelos de sus abuelos hasta donde la memoria alcanza. El juego, algo más que un juego acabaría siendo, era de desempeño sencillo: buscar una hormiga o un grillo o una lagartija, fijarlos con alguna herramienta y dejar que el fuego de la luz los devastase. Arrobado de malsano gozo, contempla Luis la cabeza de esa hormiga a la que somete con pulcra determinación el infierno del astro rey. Arrobado de malsano gozo, contempla la inquina de los rayos en la testa del insecto. Cree entender que esa tortura a la que concede su empeño más severo no le traerá más tarde reconcomio, arrepentimiento, cualquier forma de desasosiego, pero todo cambia a partir de ese momento de travesura infantil. El corazón, antes loco, parece como si de pronto le doliera y, en lugar de brincar de alegría, se acongojara, se templara y razonara la inconveniencia de su proceder. Una epifanía, un coro de censores, un salto sináptico nuevo sucede en su cabecita de niño. Al dar la hormiga su estertor póstumo, pues ya estaba la faena francamente adelantada, una comezón como nunca había sentido antes lacera su alma, la doblega, la arroja a los perros, y Luisito se duele sin consuelo. He matado una hormiga, confiesa a su madre, que anda ocupada en el trajín de la cocina. Espera que le reprenda con contundencia. Que le vuelva a decir que debe esmerarse en las matemáticas de quinto, en hacer sus tareas, en despejarse con otros métodos menos cruentos. No está bien, hijo, le dice finalmente, sin verdadero enfado. Son criaturas que no te han hecho daño alguno, no debes actuar con ese desprecio por la vida, aunque sea la de una criaturita. Así habla una madre cuando quiere llevar al hijo por el buen camino, pero no la suya, que hasta parece comprender, estar al tanto de sus costumbres zoológicas, saber más de lo que pudiera pensarse. En cierta ocasión, no se había lanzado a hablar todavía, le sorprendió descabezando una lagartija con los dientes. La fijación por esa parte de la anatomía supera en Luisito a cualquier otra que su inspirada crueldad haga concurrir. En otras, ensimismado, entornados los ojos, como en trance, eran las alas de una mosca las elegidas para su festín salvaje. Ninguna de esas escaramuzas quirúrgicas parecía contentar a Luisito. Al correr de los años, adquirió el hombre Luis destrezas insospechadas: extraía órganos con delicadeza, se esmeraba en ocasiones en aplicar una Intervención lo menos lesiva posible, pero ninguna de esas artes le procuraban el goce de la intervención a pelo, motivada por el mero daño, por la inercia misma de la tragedia, inmisericordemente. 

Fue entonces cuando su madre le habló y esto fue lo que el niño escuchó: "Hijo, ten a bien prestar atención, te voy a contar algo que debes saber. Es una historia antigua. En el año de gracia de 1688 y en la muy noble y venerable ciudad de Toledo nace un antepasado nuestro. Hay un retrato suyo en el salón. Se llamaba Vicente Jesús Sotomayor. Educado en la estricta observancia de la fe, devoto de misa y lector precosísimo de vidas de santos, se le conocía por andar como a saltitos, ridículamente. No era capricho ni consecuencia de algún trastorno. sino vicio adquirido al sortear como bien podía la populosa cuenta de grillos que alfombraba el patio de su hacienda y de esta forma no lastimar o quebrar sus cuerpecitos inocentes. Por más que la sangre ardorosa de la familia y el poco sentido común que un niño tendría le conminaran a diezmar la plaga que ocupaba el patio, el niño Vicente Jesús, tu antepasado, se reprimía, pensaba en Dios, que todo lo ve. Quién era él para arrebatarles la vida, cómo podría contravenir su voluntad. En sus cortas miras de infante entendía que, siendo precavido, mirando por donde pisaba, dando esos penosos saltitos, no incumpliría mandamiento suyo alguno. Los grillos eran obra del Señor, prodigio de su creación. A fuerza de esquivarlos, empecinado en girar el cuerpo y convocar el paso, el niño Vicente Jesús tomó como hábito involuntario y, a la postre, pernicioso, andar con una muy ligera inclinación del torso que le obligaba, a su pesar, a caminar ridículamente, hubiese o no insectos en el suelo, y desplazarse a conveniencia sin que el trayecto contrajese la muerte de ninguno de ellos. El párroco de la Villa, Don Ramiro Céspedes, le sugirió que procurara desplazarse sin esos torcimientos que le hacían parecer lo que no era y despertaban entre las malas lenguas del pueblo argumentos maledicentes,  rumores y razones para insultos. Trajo entonces Vicente Jesús a sus cortas entendederas la causa de su proceder y la creencia de que Dios le observaba sin reprobar ninguno de sus actos. El párroco, campechano en sus consejos, viejo y conocedor de los vericuetos del alma humana, vino a decirle que Dios no reparaba en minucias y que pisar un grillo o una manta de grillos no ofendía su Obra ni escandalizaba a su Divinidad. Que todos somos hijos de Dios, pero que su amor no ha sido repartido proporcionadamente y hay hombres y hay conejos y grillos y hasta moscas que no tienen el mismo escalafón en la mirada atenta del Padre. Añadió que podría , en adelante, matar cuantos grillos le viniesen en gana sin que esa inclinación extraña alentase forma alguna de pecado y que perseverar en tan piadosa conducta hacia la turbamulta asquerosa de grillos de su patio no devastaría su espalda y no terminaría jorobado o arrumbado en una silla sin moverse de por vida por mor de ese inquietante vicio. Palabra santa. Al día siguiente el patio de la casa del niño Vicente Jesús Sotomayor era un batiburrillo informe de alas y caparazones negros, de cabezas perversamente machacadas y de ojos negros escorados hacia el imposible limbo de los grillos muertos. Como no todas las acciones que hacemos convencen por igual a todo el mundo, Vicente Jesús descubrió que aquella matanza no era enteramente del agrado de su madre. No por la caridad cristiana, por demás firme, sino porque, a la postre, cometida la fechoría, desarmado el ejército infame de  bichos, el patio quedaba hecho un desastre, un espectáculo baboso de cadáveres crujiendo en el silencio blando de la noche. Así que ese niño, hijo obediente y recto como tú eres, mi querido Luisito, bueno por encima de egoísmo, regresó a su excéntrico paso y volvió a ser el exterminador de aquella algarabía caudalosa de criaturas. El párroco, al tanto de la renovación de tan fea costumbre, le reprendió severamente. Durante un tiempo, anduvo el muchacho en el frágil e incómodo lugar de no tener opinión propia, mecido por la voluble ajena, así que su ingenio obró el milagro de dar con una solución que contentase a todos: al párroco, a su madre y a Dios . Quizá también al Señor, que en todo repara y cada pequeña cosa termina expuesta a su criterio. Grillo que matase, grillo que recogiese del suelo y guardase en una vasija ancha de barro que haría las veces de túmulo cóncavo de grillos inevitablemente sacrificados. Una vez que la vasija estuviese llena la arrojaría a la fértil tierra de Castilla. Como si de un enterramiento protocolario se tratase. Este episodio juvenil, baladí y tal vez frívolo en el fondo, marcó indeleblemente el alma sensible de Vicente Jesús y treinta y poco años después, en las selvas del traidor Amazonas, siendo Capitán de un regimiento de su Majestad el Rey, acabaría  recordando los grillos del patio mientras se entregaba, varonil y heroico, a esquivar, con desigual fortuna, con saltitos torpes y patéticos, los cuerpos ensangrentados de la población oriunda, devastados por la pólvora y mutilados por la toledana espada, que alfombraba, como grillos, la tierra glauca de la selva. Y el Señor Nuestro Dios, en su Gracia Infinita, le habló al capitán Sotomayor en sueños, pues así en ocasiones se manifiesta según tenía entendido. Indio que matase, indio que arrumbara en un carro y arrojase después a la fértil Amazonia, luego de bendecir  su alma impía, en algún remanso del río, a la sombra, a salvo (mayormente) de las inclemencias y los rigores de los dioses astros. Así que, dilecto vástago, te pido que guardes en lugar seguro los restos de tus diabluras y les otorgues alguna oración que les haga dulce su ingreso en el cielo de los mártires. Sólo así podrás dormir en paz con Dios y contigo. Esa es la enseñanza que los Sotomayor guardamos a mayor gloria de nuestro apellido antiguo. Ahora ponte a hacer las tareas de Mates.

2.4.26

La ley catorce de los objetos evanescentes



 No saber uno a qué asirse, si a la realidad tan elusiva ella, tan de no darse enteramente, o si afincar el asombro a la ficción, tan humana, de tan sencillo manejo. No saber si duelen las nubes o es el dolor su naturaleza y lo que sucede es que no hemos sabido (nunca sabremos) entender a las nubes. Por eso fascina la ignorancia, la extrañeza que todo lo impregna y de la que surge la tal vez única certeza de la que disponemos: la felicidad de lo inédito, la sensación de que solo nos concierne lo extraordinario, que la rutina (el saber, el cartesiano saber) es una trampa y se obstina en hacer que nos duelan las nubes y las piedras, los lunes y los huesos. 

Breviario de vidas excéntricas / 30 / Heraclio Barragán



A Heraclio Barragán se le apareció el diablo en una noche de farra y le comunicó que le quedaban tres vodkas caramelizados bien servidos y alguna fulana polaca a la que redimir en la barra del puticlub. Que se apresurase. Se tomó Heraclio la confidencia a chota, no hizo caso al malhadado augur y cayó de bruces en la barra de siempre con un rictus de perplejidad en el rostro y el vodka caramelizado a medio terminar. A los pocos amigos de farra a los que les manifestó la revelación diabólica no daban crédito o lo daban enteramente, según su experiencia.. Yo ya me lo veía venir, dijo uno. Te la estabas buscando, dijo otro. No escarmientas, mira que te cuesta dejarte ayudar, terció (perdón por la reiteración fonética) un tercero. Tú ni caso, Barragán, de verdad que no debes preocuparte, sentenció un cuarto. Siempre hay dos bandos, uno que acepta y otro que deniega, uno que asiente y otro que rechaza, el mismo viejo juego de siempre, el de acatar o el de desobedecer. A Dios, que bosquejó el bien y vio al mal salir de su mismo costado, le agradó la llegada de Heraclio. No sabremos nunca qué palabras exactas pronunció, cómo podríamos, pero lo acogió de buen grado. No había en su biografía falta que le impidera sentarse a la derecha del Padre, compartir con Él los dones de la eternidad, aunque algunos pecadillos malograran una entrada triunfal, sin tacha, de las que constan más tardes en los anales del cielo. 



Aparte de la afición a cerrar los bares y visitar furcias, no tenía nada que recriminársele. Fue un hombre bueno, fue un amigo leal y fue un hijo cariñoso y atento. Se le ahijaron bondades todas ciertas y un rumor propalaba la fama de que en su corazón cabía la humanidad entera. A falta de encontrar mujer con la que fundar un hogar y una familia, se esmeró en hacer el bien, y en no incurrir en malandanzas. No entraban en ellas, o eso quiso pensar, las maniobras venereas, todo ese ardor etilico y putañero en el que se manejó casi toda su vida. Cumplió, a decir de quienes le conocieron,  los mandamientos de la iglesia lo más atinadamente que pudo y tenía ganados el afecto y la amistad de sus convecinos, a los que sólo les importunaba lo de empinar el codo y acudir con diligencia a los lupanares de la comarca, no porque les molestara particularmente, sino por el temor a que una de esas borracheras lo retirara de este perro mundo y Dios, en su infinita paciencia, en su clarividencia cósmica, no le invitase a sentarse junto a Él y lo arrumbase al infierno, donde las almas corruptas vagan una eternidad de aflicción y tormento. Como nadie que haya subido ahí arriba ha bajado después para confiarnos lo que ha visto, no sabemos si el buen hombre vio a Dios o al Diablo, aunque uno especule y se arrime a pensar que mereció la luz de la eternidad, si alguno de ellos lo abrazó con entusiasmo o fue expulsado y fatiga en infinita errancia el arcano éter. Su sacerdote de guardia, al que le abría el corazón en el confesionario y en las últimas horas de la noche, antes de ir al putiferio a cerrar la barra, en un descuido de taberna, bien contento de vino, refirió que en el fondo el bueno de Barragán no era el creyente que todos imaginaban. Tampoco un incrédulo. Nunca en sus muchos años de amistad le escuchó nada que tuviera que ver con santos o con pecadores, con dioses o con demonios. 


Puede decirse, sentenció el párroco, que no le hizo falta esa debilidad o esa fortaleza humana, la de la fe, ya me entienden. Hasta que acabó con el vodka del pueblo, el caramelizado era su favorito, si bien no hacía ascos a cualquier otra versión o hasta ginebras o escoceses si se daba el caso, fue de vida ejemplar, sin que intermediara la voz de Cristo, ni escuchase su llamada. Así que no tengo ni idea de lo que sucede con esas almas sin preocupaciones espirituales que de vez en cuando uno encuentra en el camino. Pensad la cantidad de veces en que tuve ocasión de sonsacarle o la de ocasiones en que una conversación suya, resuelta y abiertamente, incluyera algún detalle religioso o, en muchos casos, muchos juntamente. Sólo ando dándole vueltas estos días a lo último que dijo. No entra en cabeza que de verdad pronunciase esas dos palabras, las últimas, con las que se despedía de su existencia terrena al escuchar del diablo en primera y postrera persona las frases sentenciosas, las del adiós, ve diciendo me voy, que te quedan tres vodkas. Y luego las definitivas, las pronunciadas por él al ver que aquella confidencia podría ser lamentablemente cierta. Perro mundo, tales fueron. Yo creo que, en boca ajena, no escandaliza, pero el bueno de Miguel no terciaba por ahí, créanme. A ver si, en el fondo, expresó una queja, una debilísima queja. Igual, a su secreta manera, le estaba hablando a Dios, a quién si no, requiriéndole explicaciones. Como si en el momento último de su vida, en ese instante de absoluta sinceridad con uno mismo, quisiera intimar con Él, hacer que le confesara qué habría más adelante, si su apatía religiosa (dejadme que lo exprese así) fuese un obstáculo y no sólo tuviese cerradas las puertas de la vida en la tierra sino que también estuviesen cerradas las del cielo. A lo que yo, en una de esas pruebas de fe que hasta los pastores del Señor tenemos de cuando en cuando, me pregunté si no llevaría razón y todo lo que he ido predicando no será poesía para iniciados, metáforas de black friday, y no Palabra del Señor. Dios, en su infinita dulzura, en su Gracia dulcísima, podría haber preservado a los buenos de corazón, no dejarles que los humanos defectos de la carne o de los sentidos los lacerasen con la misma saña que a otros. Cuando pensó Dios cómo sería el mundo y tuvo esos seis días para montarlo todo, debió crear una especie a salvo de las enfermedades, que muriera de pura vejez, pero no forzados por las calamidades, no por tres vodkas que sienten mal, coño, que ya no se frena uno y dice lo que nunca ha dicho, joder, hostia, me cago en todos mis muertos, con lo bueno que era Heraclio y los buenos ratos que echábamos en la barra los viernes por la noche, con todas esas lucecitas de colores danzando sobre los vasos. Y prometedme que estas palabras mías no saldrán de aquí. No sé qué pensarían de mí todos esos feligreses que me aprecian y escuchan con atención mis homilías cuando vienen trajeados y bonitos al oficio si supieran que blasfemo en privado, sin orden ni mesura, que hago evangelio en lugares de pecado, que no sé mantener el decoro y odio con toda mi alma la sobriedad. En fin, dejadme solo, no me encuentro bien. Me voy a meter uno de esos vodkas, a ver si hablo con Heraclio en sueños. Dios lo tenga en su bendita gloria. 

1.4.26

Breviario de vidas excéntricas / 29 / Flavio Piernaflaca



El amor, a decir de Ovidio, dispara dos flechas de efecto contrario. Una, forjada en oro, procura júbilo y placer mientras que la otra, cerrada en plomo, entrega quebranto y clausura a quien sufre la ponzoña del metal. El amor, oh nudo dichoso, oh gran capital del alma, tela bordada por Himeneo, luz invisible que mueve el sol y también las estrellas, conviene de vez en cuando, pero hay quien sostiene que harta igual que embelesa, que satura en la misma medida en que conforta. Que el amor absoluto hiere más que sana y que su falta, en ocasiones, protege de las penurias de los años y hasta cuida de que sobrevivamos al vértigo y a la fiebre y no precisemos ángel de la guarda que nos guía ni mano noble que nos acaricie. 


Era, permitid el hipérbaton, el enano Flavio Piernaflaca hombre preocupado por estas frivolidades del apetito metafísico. No disimulaba su emoción al escuchar el fervor con el que su párroco ponderaba las glorias del amor. Leía con devoción y hasta recitaba en público, con mejor dicción que compostura, achispado en ocasiones, poemas de un candor notabilísimo, pero siempre con magisterio y sabiduría los elegidos versos, subiendo y bajando el timbre, declamando como solo los actores muy expertos y confiados saben hacer cuando se entregan en el escenario a su público. Flavio era la crema misma de la sociedad pudiente de su pueblo. Se le respetaba por su posición social, por su árbol genealógico y por el escandaloso tintineo, casi sinfónico, que hacían sus monedas en los bolsillos. Desgraciadas las facciones, deslenguado, culto, solía codearse (es un decir esto del codo habida cuenta de su muy escasa estatura) con nobles de sangre y con autoridades  y a todos entretenía con su chanza y con sus ocurrencias. Huérfano de pudor, se exhibía lo que podía, entrando y saliendo de las fiestas que la aristocracia de la villa organizaba para olerse los unos a los otros el ombligo y escucharse las historias de los ancestros, las de las guerras de antaño, las de las putas que se trajinaron y la de los bastardos que dejaron por los reinos vecinos. Nunca faltaba el concurso de Flavio, su visión de los hechos, la forzada evidencia de que los Piernaflaca fueron amigos de reyes, sufragaron ejércitos y compraron y vendieron voluntades con el único propósito de fijar el apellido, de engrandecer su heráldica, pero sobre todo con la firme convicción de que la tierra y la fortuna podían enmendar un apellido en descrédito, arruinar a capricho el linaje de quien importunara el suyo o, si la ocasión así lo exigía, borrarlo de las crónicas y de las églogas, enfangarlo, convertirlo en algo impronunciable, casi pecaminoso. 


En lo que Melquíades jamás se sintió cómodo, en lo que su dinero y su apellido no pudieron hacer nada, en lo que ni siquiera su cháchara alegre y su saber libresco alcanzaron épica alguna fue en el amor, en el amor de Ovidio y de todos los poetas clásicos, los que ocupaban metros silenciosos de anaqueles en la inmensa biblioteca de la casa antigua. Y de noche, cuando cerraba la luz de la lámpara y depositaba el libro en la mesita, Flavio pedía a Dios, al Dios al que jamás visitaba en su iglesia pero con quien sostenía muchas conversaciones íntimas, que le diese otra vida y que le privase de fortuna y de heráldica, con la prebenda de que le naciese alto y ganase el amor de las mujeres sin que interviniese la plata en la faltriquera y el miedo a que negarse al comercio carnal trajese infortunio a los suyos, negándole el pan, cubriéndoles de pobreza.


Era Flavio, como su padre, como su abuelo, putañero y avaro. No había moza concupiscible en el pueblo con la que no hubiese retozado y que no hubiese maldecido su estampa de enano berraco y rico. Clarisa, una fulana que no cobró lo que creía merecer y que estaba de paso por el pueblo aireó la historia de que el enano calzaba la hombría justa y que cumplía el fornicio con precoz resolución, vertiéndose entre gritos ridículos nada más entrar en faena. Hizo ver que si nadie había revelado antes este asunto era por miedo y que ella, fajada en muchas camas, molida a palos muchas veces, concubina de obispos y de autoridades, de paso por el pueblo,,no le tenía miedo ni al mismo diablo, al que vio con frecuencia y con el que departía en cuanto los dos disponían de un alto en sus quehaceres.


Contrariamente a lo que el lector avezado en estos trasuntos de lo más acendradamente humano piense, esto es, el tamaño de las vergas, los honores de la estirpe y la maledicencia de las furcias, el enano Flavio Piernaflaca, tocado en su honor varonil, no vilipendió a la furcia Clarisa , tampoco la echó del pueblo ni le amenazó con quemarle el alma hasta que sus chillidos se oyense por todos los fulanarios de la provincia. La acogió en aprecio, la entendió a su manera e incluso hizo que uno de sus lacayos más diligentes la trajese, de buenas maneras, eso sí, sin forzamientos ni peligros, a su dormitorio, a probar de nuevo las bondades de la carne y hacer que la verdad resplandeciera, y quizá por una vez en su muy licenciosa y aristocrática existencia no fuese el dinero ni el temor popular o el influjo de su lrespetado y antiguo escudo el que lo liberase del rumor que lo oprimía. Preparó unos versos alambicados y dulces, extraídos de un antiguo libro galante que usaba cuando la soledad le devastaba el pecho y pasaba las horas muertas en su alcoba, pensando en la hondura del alma y en la infame trayectoria que iba tomando la suya propia. Y hete aquí, oh lector cómplice, a la furcia Clarisa, toda rotunda en carnes, a quien jamás la flecha bicéfala del alado Cupido rozó ni en el ubérrimo pecho ni en la promiscua lengua, entrando en casa señorial, evitando que la familia (una hermana ciega y un padre desmemoriado y enfermo) notasen su ingreso en la alcoba, puesto que su cliente, lúbrico a su pesar, jamás pecó bajo el techo familiar. No sabía el enano putañero, el enano endecasílabo, que ése sería el último de sus días en la tierra. Que la muerte le descubriría asaetado de amor, emponzoñado de esa luz absoluta que el amor entrega a quien, ciego, inocente, le abre el corazón y le entrega el alma..

31.3.26

37 notas sobre "Manual para sacar un conejo de la chistera" de Juan Ramón Mansilla





1

El poema / El poema no existe, empieza a desvanecerse en cuanto el poeta o el lector lo concluyen, da de sí hasta que se pronuncia. Entonces adquiere la inconsistencia de la que luego podrá hablarse cuando se nos requiera dar explicaciones y no tengamos con qué decir o con qué escribir y parezca que ni siquiera hemos leído el libro que leímos. Es precisamente esa inconsistencia, esa fragilidad, esa galleta que se ha hecho reblandecido al mojarla en el café y nos ha salpicado la camisa. Debiera la poesía desdecirse, arrimarse la cualidad del fantasma y no mostrarse jamás, aunque advirtamos su presencia de antemano. Debiéramos saber que ningún modo al que confiemos el recado de intimar con ella rendirá detalle alguno sobre cualquier cosa que creamos haber percibido, apreciado, entendido. De alguna manera, es menos tangible si pretendemos agotarla. Se goza, he aquí el propósito primero de esta nota sobre "Manual para sacar un conejo de la chistera " de Juan Ramón Mansilla, mientras se lee. Cabe la posibilidad de que nada perdure, salvo ella misma, entera ella, la poesía, el poema, algunos versos incluso, sueltos ellos, comprometidos a no abandonar nuestra cabeza nunca e irrumpir a su antojo cuando les apatezca. Eso es lo primero que pensé mientras leía el Manual. Que no sería un viaje de ida y vuelta, sino que me quedaría dentro y yo mismo sería el viaje, el inicio, el fin, el camino. 

2

La teoría de las palabras / No debería tener un libro de poesía propósito alguno. Se le tendría que pedir  únicamente que nos acompañara y, en el trayecto de su lectura, hacer que no nos sintamos tan solos. Haría que lo malo no cundiese o que la imposibilidad de ser enteramente feliz no nos cause mayor estrago que el sobrevenido al comprobar que no se tiene propiedad alguna sobre el sueño que tuvimos, malograda al imponerse la vigilia, tan evidente. Creo que esto lo he pensado muchas veces y quizá alguna vez lo haya dicho (lo haya escrito), pero leer el Manual es reconfortante, da ganas de leer más, da ganas de escribir (si eres de los que a poco que se te motive te lanzas y no pones brida a la criatura recién azuzada contra el silencio). Debo decir que no he escrito un poema desde hace meses. Me hubiese gustado haber escrito el Manual. Hubiese sido el libro que querría haber escrito. Como esa cosa es imposible (no soy Pierre Menard ni estoy en la cabeza de Borges) me aplicaré en contar todo lo que de ese libro se me vaya ocurriendo. Lo haré conforme lo vaya leyendo o cuando haya concluido o días más tarde (alguna semana incluso). Las palabras deben salir despacio, aunque cuando la primera irrumpe las demás se atropellan, pugnan por imponerse a la realidad, quieren danzar, anhelan que se las lee o, más modestamente, que sea posible que al autor no le incomoden en demasía y permita que se queden un tiempo. 

3

Vencejos / Las palabras traen "olor a siega reciente", traen moras, verano, toda esa elocuencia que el pájaro recibió al tender su cuerpo en el aire hecho "el nido más nuestro" y aplicarse en el recado del vuelo. Luego está el paisaje. La tierra diciendo y desdiciéndose, ocupando la extensión avara de la palabra con la que se la nombre y de la que se precave. Por si un día todo deviene sequedad, invierno con el abuelo fumando, dejando de fumar. Todo es ese temblor con el que "los pequeños cadáveres" de las "ranas que golpean la tierra".

4

Dios da leche / Que Dios dé leche no debería causar estupor alguno. Un auriga borracho (leo de nuevo, reescribo) hace que piense "en el rastro que deja en la nieve". Es la nomenclatura de la luz. El desayuno tras el que la luz se desvanece porque Dios se ha echado a dormir. No hay noticia suya, no se le espera y, sin embargo, "la leche de dios es sencilla como las preguntas / de un niño en un viaje". Hay que escuchar a las piedras. Ellas sostienen la memoria de las cosas. También ella es de una sencillez que apabulla. Como Dios, que debe ser pequeño, asustadizo, una especie de piedra primigenia en lo hondo de un tazón de leche a primera hora de la mañana. 

5

La muerte de las moscas / La lluvia del invierno / El poema puede ser un desatino lúdico, una chanza, un decir de moscas que prefieren la casa como nicho en lugar de la calle. Les importuna el viento, les agrada la confianza de un refugio, el olor al café, la cercanía de unos libros, la inminencia de lo que una mosca podría entender como un hogar. El poeta hace un dribbling metafísico: "Cuando mueren las moscas nadie sabe adonde van". Son criaturas menesterosas, el don de lo pequeño ante la opulencia del aire y 

6

El conejo imposible / Ruiz Mansilla escribe "Manual para sacar un conejo de la chistera" sin que se tenga idea sobre si de verdad anhelaba dar con el conejo y cogerlo de las orejas, impuesto a la realidad, extraído del limbo de lo sobrenatural, de lo mágico perfecto. Pero hay que entender que lo importante no es el acto en sí, el de ofrecer el conejo a la audiencia, sino la voluntad de que cualquiera que observe el número en el escenario cavile para sí, fatigue otra idea extraordinaria: la de si la irrupción del conejo no causaría mayor asombro y se pidiera más. La poesía hace eso: hacer que se desee más, que lo tangible no cuente, que sea infinitamente más interesante no encontrar conejo alguno. Que el amable público entienda que lo buscado en esa representación es la posibilidad del conejo, no el animal en sí, que es irrelevante, que no cuenta. 

7

Maletas / Siempre pensé en trenes y en habitaciones de hotel al pensar en maletas. Se me ocurría que el viaje era inverosímil. No habría un lugar en donde abrirla y sacar su contenido. Una maleta no tiene que ser abierta. Más que un objeto útil, es un artificio de la imaginación. Cuando digo que no existen las maletas (tampoco los conejos) me refiero a que ninguna llega a ser considerada maleta hasta que se pierde. Entonces cobra sentido su existencia. Es lo que le sucede al poema. Empieza a tener entidad cuando no nos acordamos de sus palabras, cuando pensamos en la ropa contenida en su cóncava generosidad, cuando creemos percibir una especie de temblor (inefable siempre) que nos evoca el peso de la vida, el trajín de ir de un sitio a otro, la sensación de que algo nos hemos dejado en algún lado o de que algo nos terminaremos dejando. No preguntes "de dónde vienes". "Una maleta solo pregunta a dónde vas".

8

Cuando la luz del amor empieza a brillar a través de sus ojos / Un tren medita descarrilar en el sueño de alguien. Las Supremes cantaban. César cruzaba el Rubicón. Eso fue hace tanto tiempo. No saber si nevó ese día (diez de enero, uno de abril) o si madre te dijo algo importante de lo que no guardas recuerdo alguno o si en alguna ciudad del septentrión llueve como si se acabara de inventar la lluvia y se probase de esta manera y de esta otra. Una de las cosas que fascinan de la poesía de Ruiz Mansilla es esa incertidumbre absoluta, ese decir sin que lo dicho tenga que significar algo y, sin embargo, todo acaba ensamblando. Las palabras en su danza se convidan de aire. La música. El fulgor de lo que se nos escapa. 

9

Terminar el poema, terminar la vida / Hay autorretratos amables: se dan las facciones previsibles, ninguna que evidencie algún roto interior, el peso de los fracasos, el olor de toda la mugre, la sangre avanzando a mordiscos. Se tienen hijos, se cambia el domicilio, enferma uno, escribe poemas, se duerme poco, lee mucho, paga su hipoteca, se ama también. A mí lo que me gusta es que un poeta sea capaz de contar lo más acendradamente humano (echar barriga, llenar maletas, vaciarlas, tener hijos, tener o no tatuajes) y, al tiempo, expresar un sentimiento universal que, las más de las veces, no podría ser contado si no se echara mano de todas esas pequeñas cosas, tan pequeñas algunas, tan de poco interés, con las que vamos construyendo la persona que somos o que nos dejan ser. Esa es la poesía de Mansilla, ese es su mérito absoluto. 

10

Los zíngaros / Qué podrá decirse cuando todo haya acabado, me pregunto. Cómo dar cuenta de lo vivido, de lo que pudo vivirse. Contarán los detalles, imagino. Tendrá uno la imagen de una llave "con la que abrir una puerta", aunque no haya puerta, ni siquiera llave, si me apuro. "La infancia viaja en el carromato de los zíngaros, / enciende una lámpara de aceite / y moja en leche migas de pan". Ahí esta todo, poeta. Esa es la poesía. Yo soy de los que piensan que escribir poesía (leer poesía) es hacer receunto (baldío, muchas veces) de lo diminuto, de todas esas pequeñas cosas con las que vamos haciendo camino (estoy pensando en Serrat y en Machado, inevitablemente). Todo lo que está diciendo adiós. Porque nos vamos despidiendo constantemente. Todo es un decir adiós a cada instante, pero el poeta (este poeta) fija una imagen: un carromato, un poema que es un "plumón disperso en la acera". Palabras que explican (tratan de explicar) el porqué "de una mancha de mora en la camisa". 

11

La muerte del padre / Se echa en falta al padre cuando no está. Se reproducen en la cabeza, es falsa esa súbita comparecencia, las conversaciones que no se tuvieron. Se esmera uno en echarle de menos, en estar bien, a pesar de su ausencia. Recuerda, más por añoranza que por otra cosa, el tiempo compartido. Se acuerda de que tenía una mano cerrada al morir. Se tienen esas cosas. El puño. La tensión. La esperanza de que la fuerza traiga una fuerza nueva y no se muera la sangre."Apretaba semillas en el puño / para sembrar de espliego los linderos de la muerte".

12

Pan, huevos, cebolleta  / La madre sienta a los hijos a la mesa. Humilde banquete, celebración de la rutina. Tú aquí, tú allí. Los sitios están concedidos. La escena parece una cosa teatralizada, pero era la vida la que nos guiaba, la que daba el nombre a las cosas. Qué verdad era estar juntos. "Mi padre, mi hermano y yo". Era el cielo. Lo dice el poeta. Nadie lo supo, ni la madre lo supo. Ella era la que había escrito la trama, pero no podíamos pedirle que restituyera las palabras. No leerá el poema del hijo. Si lo hace, sabrá. Tendrá de nuevo el amor a mano.

13

Grullas / Saber que las grullas rezan. Que son "sílabas de una oración". Será nuestro el reino si mantenemos los ojos cerrados, escribe el poeta. Habrá un dios, aunque nunca sepamos qué luz lo abraza, qué río nos hará volar para encontrar un sentido al agua. 

14

Contarse uno / Creo que lo que más me gusta de la poesía es la imposibilidad de que algo de lo que nos ofrece se comprenda. Sucede el mundo para que un gallo muera y no muera, dé algo para que los hijos sepan cómo era vivir entonces. El padre viniendo del trabajo. "... el claxon al volver a casa...". Lo que hace de escribir algo relevante es que uno pueda registrar lo que de verdad cuenta. Que el desamparo de la memoria no nos abata del todo. Que podamos escuchar el ruido del tiempo cuando se empecina en que no escuchemos.

15

Te beso, mi hígado / Todo lo que puede uno decir debería ser dicho. "Los dedos de Plutón hundiéndose en el muslo de Proserpina". Bernini hacer mármol de la carne. Mozart está melancólico y le escribe a su hermana: "pequeño pulmón, te beso, mi hígado". Mientras que yo estoy aquí escribiendo sobre un poema (Lo real, Manual para sacar un conejo de una chistera, Juan Ramón Mansilla") el mundo fluye, el mundo se agita, aletea, se le ve morir y nacer de nuevo. Como un muerto imposible. Como si vivir fuese un juego. Como si algo pudiese contenerse en un verso. 

16

Los esclavos de Puerto Príncipe / De lo que no existe qué podría decirse. De un bombón en una mesa o un lápiz (copio con esmero) o del alma de los muertos. Nunca he sobrevolado los Alpes y, sin embargo, he visto las montañas blancas, el precipicio del tiempo, toda la elocuencia del Danubio (qué lejos está, qué ciego su cauce) a primera hora de la mañana. "Hay que ser precavidos. Doblar la esquina de la página". Espera el futuro. La locura del hombre frente al hombre. El amor, oh, mi amor, no puede confiarse a las palabras. "Aquí no hay quien crea a los dioses". 

17

Cala Chica / Qué mar hay tras el mar, qué amar tras el amor. Serán herida la voz que nombra a la piedra y la piedra misma. La tierra se arroga el derecho a hablar. Están el espejuelo y la aulaga. Qué fonética más hermosa, qué inquietud al pronunciar espejuelo, aulaga. Me oigo decirlas. Las repite después. Para que queden. Por no quedar fuera. Por seguir algún tipo de rito del que no sé mucho o al que me entrego sin esperar nada. Como el tiempo. Como vivir como un ciempiés, vuelvo a citar al poeta. Él sabe del idioma de las piedras, él conoce la música de la esperanza. 

18

De Job / Pierde el que piensa en perder. Dentro de la cabeza de Dios "huele a sandía y brillan al sol escamas de peces". A mí me parece bien que pasen estas cosas. Quién diría que son falsas. Un milagro está a punto de comparecer. Esa inminencia escribe el poema. Es el cántico del hombre cuando se sabe hombre o cuando cree que podría haber sido posible llegar a ser hombre alguna vez. Porque no hay nada fiable en ese oficio: en el del anhelo de serlo, en el vuelo de unos pájaros, en la rendición (pìadosa, melancólica) de una criatura sencilla cuando se encomienda registrar lo sencillo. Pienso en Job, pienso en mí, pienso en ser. 

19

El frío, la infancia / Cómo me gustan los poemas que me hacen volver a la infancia. Saber por ellos que "la memoria es un pájaro / en la copa de un árbol en llamas". Hay versos que nos reconcilian con nosotros mismos. No sirve para mucho ese reconciliarse. Se pierden de nuevo los detalles, la minuciosa rendición de los años de entonces, cuando niños. No sabemos para qué sirve el tiempo. Tampoco se esmera en darnos alguna explicación sobre el motivo del frío. Pero hace frío después de leer. Tengo frío. 

20

Para que exista el aire / Para que exista el aire debe existir Dios, pero tenemos los pulmones rotos, tenemos el corazón roto, tenemos la vida rota. Respiramos para que la luz vibre al mecer la semilla del aire. El poeta Mansilla sabe qué es el frío. Nos lo cuenta y no se sabe bien qué nos contó, una vez contado. Me digo estas cosas para volver a leer. Para dar con la evidencia. La poesía es siempre un regreso. Hay que leer el poema cien veces, doscientas. En una de ellas recibimos una claridad, una contundencia semántica, léxica, espiritual, sobrenatural. Dura un instante. Luego muere un momento. 

21

Uncirse / "La calima" es un poema excepcional. Trata de lo que nunca sucede, de lo que conduce a la esperanza también. Para que el aire atraviese el aire y la tierra sea tierra sin que ni el aire ni la tierra sepan el oficio y deseen ser lluvia. De ahí el petricor, la danza de la luz en los esponsales del agua y de la tierra. 

22

De ángeles familiares, de mecánica cuántica / Nunca hay que confiar en los ángeles, en los magos, en los poetas. Vine el ángel, vino el mago, vino el poeta. Tuvimos la desviación exacta para que la línea no fuera la predecible. La sintaxis es un ejercito ciego. Todo es elusivo, ilusorio, evanescente, fragmentario, inefable: lo visto muchas veces hecho asunto inédito, hecho fulgor. Esa es la poesía del Manual, ahí está y, al tiempo, no está nunca. Se diluye, se desvanece, alcanza el rango de lo fantasmal. Como un cuento sobrenatural. No vamos a ningún sitio, no venimos de ningún sitio. Pareciera que siempre hemos estado sentados en la misma butaca y que el mismo mago (el mismo poeta, el mismo ángel) hace sus maniobras circenses. El conejo está, el conejo está. Como el gato de Schrdinger. Se advierte la tragedia, que es una operación doméstica. "Nada que decir, nada por hacer". 

23

Todas los poemas posibles / Leyendo "Manual para sacar un conejo de la chistera" tiene uno la convicción de que es de algo vivido de lo que se lee. Que es de uno de quien se habla. Que el camino de ida y el de vuelta lo andamos conforme leemos. Esa sensación de inexplicable cotidianidad. Porque  la realidad que esgrime (todo libro de poesía da una) no difiere de la que podamos considerar propia. "Lo que crece de nuestras manos / tiene el deber de cantar" (Resolución).  Da igual que estamos en la grupa de un "ángel negro". Todos lo son, al cabo. Ninguno es puro sin interrupción. Ni la vida lo es. Somos el poeta, lo somos al modo en que el fuego es el árbol en su lecho de muerte o somos el humo tras haber ido a tomar la "ültima clase de historia" y tener el monte cerca y perdernos adrede, felices en el extravío.

24

Lugares donde no se ha estado nunca / El corazón: nunca hemos residido en él. Tampoco sabemos qué dicen las inscripciones, las palabras celosas de su significado. "Puede ser el río que quedó varado en el ayer" (Nochevieja en el Nilo). Siempre viene esa imagen: la del río fluyendo, la del tiempo reacio a que se le confine en un reloj o en un verso. La niebla del tiempo, su sed de cauce. Y qué festejo habitar la casa que somos: su "sol de mediodía", su "taza de leche", los "cuartos vacíos", pero (más que nada, con enfebrecida hambre) el dibujo de "las migas de pan" en el trayecto que va de un día a otro. Yo creo (estoy por creer, este libro es para creyentes) que todos los poemas tratan sobre el tiempo, sobre la mecánica de los versos al sucederse o al medir qué herida harán en quien los lee con el loable propósito de dar con algo relevante. Y no lo hay y todo es relevancia, milagro. "El poema si es zurdo se escribe a contraluz" (Poética y Cía.). La poesía es levógira, inexacta, completamente inútil. 

25

Un Pollock / Con qué llenar el día, salvo contigo. Al leer a Juan Ramón Mansilla sucede algo extremedamente curioso, y razonablemente lógico (perdonen la insistencia, la reiteración) también: uno desea (ya lo he dicho) imponerse la tarea de seguir la tarea que él se encomendó y darle vuelo nuevo. Porque es de volar de lo que se trata, al fin y al cabo: de hierba, de hormiga, de pájaro (Cuaderno de arte). 

26

La decantación de la sombra / La poesía es una decantanción sublime. Se advierte en el volcado sutil de los versos de este libro. Está la caída del árbol. Ahí la manzana resolutiva, la devoción a las leyes de la física, la observancia de un protocolo hasta que ya no es manzana: ha retirado su oficio antiguo, es otra cosa, pero no manzana. Pero hay que "subir al árbol". Contemplar desde la copa el invierno. "Ser invierno" (Cómo ser y cómo no ser manzana)

27

"Camino como si escribiera el principio de una frase" / Estar tentado de volar, escribe el poeta. Caminar como si se empezara a escribir. Yo leo como si me costara caminar, pero "nunca esrtuve más tentado de volar" (Monólogo del funambulista). 

28

Chet / Es posible que Dios desafine para que todos sus ángeles pierdan el compás. Hay frases que justsifican un libro entero.

29

"Almendra lagarto" / (Tapiz de la tarde) Se escribe sobre la ceniza. Está ahí para que la registremos. Es tan solo preguntarse del porqué de todos los pájaros caídos en desgracia, sujetos a la tierra, hechos raíz o almendra o lagarto. También cáscara, cotiledón. Es la primera vez que leo la palabra cotiledón en un poema. Eso también es poesía.

30

Con la sección sin título / Hay una cita de Homero, de la Ilíada. Otra de Carl Phillips y otra más de Wislawa Szymborska. He estado un rato tratando de componer un sentido al hecho de que esas tres citas prologuen una parte del libro. Tendría que dar con el motivo para que todo fluye más tarde con más benevolente ahínco. No doy con ninguna conclusión fiable. No me ayudan los dioses antiguos, ni la luz cuando desmenuza la nieve, ni el morir de un gato. Con todo, sigo pensando. 

31

Hipótesis sobre la propiedad transitiva del verbo / "En un agujero el viento sopla y todo es canto". La naturaleza del viento es la contención, a pesar de su fiebre de aire. Un agujero puede contener otro. El viento es muchos vientos. La palabra deja un rastro de piedra o de grumo, pero es la piel la que al final permanece. Da igual que se agriete o que exhiba un apresto roto, como de frase repetida muchas veces y hueca. Estamos a expensas de lo que las palabras erigen como ventana o como agujero. El poeta mide la distancia que hay entre lo que sabe y lo que cree saber o entre lo que se le ha confiado y lo que espera que se le entregue para que pueda escribir el poema. No podrá ser escrito, ya lo hemos dicho aquí. El poema no existe, empieza a desvanecerse en cuanto el poeta o el lector lo concluyen, da de sí hasta que se pronuncia. 

32

Qué es un mapa / No será otra cosa que un rumor de algo sin peso. Se nos verá en su trama. Podrán poner el dedo sobre nuestra cabeza o hacernos caer una vez y otra hasta que parezca que nunca hemos estado en pie y seamos "ríos minúsculos que no llegan al mar". (Geografía) Pero el mar es el morir. Un mapa es una evidencia de la locuacidad del aire. Se ha dejado pesar el aire. Está en la mano que tantea su volumen invisible, su condición de fantasma. 

33

Mientras el poeta tenga en el pecho toda la vasta extensión de la luz sol / Lo mejor es no estar nunca solo ante la muerte. Morirse es lo último. En la espera de que llegue la muerte, en el trayecto que va de la metáfora hasta la metáfora, pisamos charcos, miramos hacia atrás, como la mujer de Lot (Verano de 2024) y pedimos sin saber que algo estamos pidiendo que alguien escriba una elegía a los gorriones o a Platón o a la calima canalla de junio en la que el cuerpo empieza a comprender el cansancio del frío.

34

El poeta Juan Ramón Mansilla y sus dos caballos / Siempre quise tener un Citröen. Me hubiese gustado mucho pronunciar la marca del coche cuando se me preguntara. Hacer que las sílabas atronasen o darles una sutil danza en el aire para que quien escuchara apreciese mi adoración absoluta hacia ese coche. Yo creo (sigo pensando, dando tumbos, yendo de aquí para allá, ese es el propósito de este escrito) que no cuenta tener un coche, ni la tierra misma, ni un cuerpo al que cuidar y del que sentirnos moderamente orgullosos. Cómo podría alguien presumir de algo tan falible, tan ocupado por el deterioro. También se podría decir que tenemos un bosque. Cómo no va a ser eso posible. Basta pensar: tengo un bosque. Decimos: tengo un hijo, tengo un disco de John Coltrane, tengo almendras, tengo frío. "Los árboles son ajenos a la tierra". ( Bosques). Yo mismo me he sentido de pronto ajeno a mí mismo. Como un bosque. Como un Citröen. 

35

 La escritura no huele / Todo lo que escribimos es frágil, apenas un silencio que precede o antecede a otro. Una piedra, placebo de la eternidad. "Entonces, preguntó ella, ¿miente el poema / cuando habla de amor". No, me atrevo a decir que no. Porque ningún poema es de amor. El amor no tiene nada que lo haga firme al modo en que es firme un árbol o una piedra de los que nada se sabe y están sin que nosotros debamos tener conciencia de su estancia. Un poema no existe. Ni catorce. Este libro (magnífico, dejadme ya por fin decirlo) de Juan Ramón Mansilla es algo extraordinariamente paradójico. Por un lado da de sí cuanto puede dar de sí un libro de poemas y, por otro, no alcanza a adquirir la consistencia de algo corpóreo, de fácil transporte, de sencilla acomodo en la realidad. Qué díficil debe ser tener algo de lo que partir, debió pensar el poeta Mansilla. Qué haré, qué libro haré, cómo podré insistir en mi convicción de que estoy haciendo un libro que van a leer y del que se van a sacar conclusiones, una, dos, trece. 

36

 Celan / La lengua de la poesía es el pan, es la lengua, es el aire, es el atardecer. También lo que no se puede meter en una caja y, sin embargo, debe meterse y saber que estará ahí para que alguien la abra y sepa. La poesía es algo de lo que no se puede saber nunca mucho. Como de vivir. "Alguien llega de afuera / embala sus libros en una caja. / Deja la caja en un cuarto. / Y se va". (Leyendo a Paul Celan) Eso pasará cuando pasen un mes o dos o tres años. No me acordaré de este libro, pero será ver un conejo (he nombrado al conejo, pero podría haber nombrado ceniza, hueco, Chet o polvo) para que de pronto todo vuelva a hoy, último día de marzo, en el que escribo y me desahogo. 

37

 Cosas en una nevera / Qué habrá para que un poeta decide poner un título u otro., qué artificio o qué luz o qué volunto harán que unas palabras prosperen y otras no. Tal vez deba prepararse el escenario. Fijar un atrezo, ninguno. "Elegir la impedimenta más acorde a la tramoya". (Manuel para sacar un conejo de una chistera). Algo que me ha gustado mucho y con lo que llevo parte del día en la cabeza (cuando podría estar en cien otras cosas): "abrir la nevera, sacar un naipe o una zanahoria". Es la nevera el depositorio que nunca hubiésemos esperado. Un homenaje al frío. Al afinador de los pianos del tiempo. El poeta (ya acabo) se propuso hacer una receta. Dio los ingredientes, las instrucciones (sofreír, verter, dejar cocer, triturar, usar cuchara de palo, le cito una vez más). Y esperar a que el conejo irrumpa, a que la magia (las metáforas, la poesía, el decir sentido) irrumpa. 

38

Coda / No he sabido escribir una reseña sobre este estupendo libro de Juan Ramón Mansilla. Lo fui leyendo y fui dejando notas conforme la escritura fue avanzando (se lo dije el otro día a Paco Caro al final de una larga conversación telefónica). El escribir sobre lo leído lo hacía más cercano que la única ocupación de su lectura. Fueron las notas cayendo, las fui guardando. No las he corregido. Tal vez debiera. Albergo la esperanza de que el lector se decida a buscar el libro. Yo soy el accidental acicate, la enzima, el inductor. Si este extravío sirve para que alguien lo busca (lo lea, lo sienta, lo crea) esta reseña inverosímil habrá valido la pena. Hago aquí constar el más que entusiasmado (y maravilloso) prólog que Rafael Escobar hace en las primeras páginas. 





30.3.26

Breviario de vidas excéntricas/ 28 / Arsenio Lanzas



               

Habiendo alumbrado ya prodigios suficientes, triunfado en los negocios, siendo padre y marido, ejercidas con fruición estimable esas ocupaciones, conocido por su talante serio y firmeza en el carácter, Arsenio Lanzas se reivindicó un buen día frívolo y  hasta un punto coqueto, entró en un centro comercial  y llenó un carro de dimensiones imprudentes con rímel, con lencerías, con moda parisina cara. Luego llegó a casa. Se cuidó de que no anduviese nadie arriba ni abajo. Voló, ufano, feliz, exultante, al dormitorio. Se miró en el novicio espejo e improvisó un mohín, uno almibarado y juguetón en el que nunca le reconocería absolutamente nadie. Un gesto como de niña traviesa y enamorada a la que se le hubiesen caído del delantal todos los postres del sábado. Más tarde se sonrió satisfecho y entregó la tarde a refinar posturas antes de que viniera su esposa con los niños y le pillaran en un desliz con el colorete. Cuando oyó las llaves en la puerta, bajo decidido y radiante como una novia y le dijo a Lola que tenían que sentarse las dos a tomar algo. A Sandra, la mayor, que venía detrás con un escándalo  de bolsas en las manos, se le cayeron todas al suelo. A Luisito, el pequeño, se le quedaron la boca y los ojos muy abiertos. Arsenio tenía mariposas en la boca del estómago. Me tienes que decir dónde está ese sitio del que siempre hablas, le habló. Me tienes que ayudar para elegir un par de cosas que necesito, Lola. Dejamos a los niños con tu madre. 

29.3.26

Breviario de vidas excéntricas/ 27 / Teo Gas / Armando Cienfuegos



Yo mismo, Teo Gas, antaño voraz lector, no leo ahora tanto. Rehuyo la literatura que se gusta a sí misma y encuentra con facilidad por donde extenderse, adquiriendo ese innecesario grosor al que doy cada vez menos cobijo. Cuesta encontrar autores a lo Monterroso, que con una línea despachen un cuento y nos dejen, en el butacón, arrebujaditos, contentos de esa prosa contenida, esplendorosa, sucinta, depurada y absolutamente plena. Hay un escritor bonaerense llamado Armando Cienfuegos que gusta de estas menudencias exquisitas a la hora de escribir. Aquí le tenemos pasión. Tiene un volumen con más de cien cuentos (Línea) y otro, recién publicado, admirable. Se llama “Cónclave”. Son 99 las gemas que lo conforman. No ha tenido ninguno una crítica favorable en la prensa cultural, pero es que no hay en este país es una prensa cultural fiable, así que no le demos a ese hecho aislado la relevancia que no tiene. Uno de esos noventa y nueve cuentos dice así: “La muchacha negra, después de enterrar a su hijo y rezar, se tumbó en la arena y contempló el cielo“.  Alguien refirió en una taberna donde hacemos tertulias literarias que la versión original al propio Cienfuegos no le contentó plenamente. En ella era el esposo el fallecido, pero prevaleció el hijo, que tiene más hondura emocional. Ese proceso de depuración estilística o narrativa nos ocupa tardes enteras. En ellas solemos leer su obra en voz alta, con colmo declamatorio. “ He visto morir esta noche al perro de Arquímedes“. Otro: "Me fui desesperando poco a poco hasta que vi una tortuga celeste en el cenador" O: “Las doce hijas de Alfonso Pérez de la Lastra no tienen corazón“. En una reducción necesaria para que el cuento se avenga a esta formula expresiva de acendrada pulcritud y pureza, Gas reelabora sus cuentos. El de la muchacha negra tumbada en la arena pasa a la muy sucinta expresión: “Muchacha y arena“.  El del perro Arquímedes, “perro, muerte“. Se  propone ir más lejos y obviar todo componente semántico, pero todavía no ha dado con una fórmula satisfactoria. Algunos de sus nuevos cuentos son: “Luz con misericordia ”, “Kiwis mecánicos”, “Orilla Brooklyn” o “Reina veinte”.  El mejor, a mi entender, se llama “Pubis”. Eso de pubis me acaba siempre de gustar muchísimo. Los manuscritos originales son materia privada, a saber qué maravillas contendrán. Tal vez Cienfuegos acabe por formular meros sustantivos. Sin más adorno. Hay una legión invisible de imitadores que se aplican en dar con el léxico idóneo. Yo mismo he empezado a escribir. Por probar. Por ser Cienfuegos. Ayer me salió uno lindo, dos quizá. Lo estoy depurando. Las correcciones son odiosas. No crees dar con el término resolutivo, con la formulación exacta. Dice así: “El río se desdice y se paran los relojes”. Creo que lo dejaré en: “Río, reloj”. Se reúnen (nos reunimos) en ateneos culturales  y entablan (entablamos) animadas lecturas. Le cursan frecuentes invitaciones, que ignora por completo. A lo sumo, se deja ver cuando saca un nuevo libro de cuentos, escasos, a desgracia nuestra, o cuando desea publicitar alguno en el que ande. Ayer leí en prensa que tiene en imprenta una novela. 

28.3.26

Breviario de vidas excéntricas/ 26 / Calvin Burroughs / Greta Lugano

 


“Bien, Señor, no habré sido un buen hijo, ni tendrás para mí un pedazo de cielo, pero antes de que mis faltas me manden al infierno, tengo que hacer unas cuantas cosas, y en ninguna estás tú. No hay belleza ni hay amor en la sangre que voy a derramar. Habrá muerte, la hay en todo lo que toco, como una de esas maldiciones egipcias. En el trullo tuve un compadre que lo sabía todo sobre las momias y los faraones. De la muerte tú sabes más que yo, cosa de ser el que manda. Te costó lo tuyo levantar este mundo. Mi padre me leía las Escrituras. Me repitió tanto que fuese un buen hombre que acabé por no serlo solo para contrariarle. Los hijos contrarían al padre por alguna razón que casi nunca entienden, pero a la que obedecen sin rechistar. Siempre fui así, un tipo excepcional, en serio, de los que hace daño por salir del aburrimiento, no por sacarme un sueldo o por demostrar quién era el más fuerte. En realidad siempre quise pasar desapercibido, pero por más que lo pienso no encuentro el motivo que me hizo malograr esa disposición anímica tan apreciable si uno quiere ser un ciudadano ejemplar. No busqué la riqueza. No sabría qué hacer con el dinero. A lo sumo, pagarme una botella de whisky y unas putas. No sé si en el infierno hay putas, pero seguro que en el cielo no hay ninguna. Se hace tarde, siempre se hace tarde para alguien, pero esta vez me ha tocado a mí. Yo soy el que tiene que aparcar el coche en la puerta de la casa, bajarme sin hacer mucho ruido y llamar al timbre. Luego sacaré mi Tokarev y le abriré la frente con un disparo. Si me paro a pensarlo mucho, no lo haré, pero entonces lo hará otro y seré yo al que le hagan un siete en la frente y pase la noche en el Hudson. Se trata de hacer las cosas y no pensar mucho en ellas. El oficio que más me cuadra es el de soldado. No se discuten las órdenes. Se nos asigna un recado y cumplimos. Mis honorarios superan al suyo, algo bueno tendría que haber. Obedecer es más sencillo que pensar. Si no le doy muchas vueltas a la cabeza será solo un trabajo más. Son ya muchos. Todos tus hijos venimos a este mundo a quitar de en medio a unos cuantos malnacidos. Cualquier buen día alguien dará cuenta de mí. Ahora cierro este cuadernito en el que anoto lo que se me va ocurriendo. Siempre creo que las últimas líneas son póstumas”.



Nicky Ferrasolo aparcó el Plymouth Barracuda del 65 en doble fila, comprobó que la Tokarev estaba a punto y apagó el Chester en el cenicero. Le gustaba escribir en un cuadernito que guardaba en la guantera, junto a la petaca bien cargada de Jim Bean. Tres minutos después, Nicky pensó en el humo. El del Chester, el de la vieja Tokarev y el del boquete que le abriría a Tommy Lugano encima de las cejas. Su mujer salió por piernas. Las tenía largas como una furcia búlgara del Bronx a la que visitaba cada vez que tenía que hacer un trabajito en la ciudad. Dejó de pensar en la búlgara (quién sabe dónde está Bulgaria) y en el humo cuando el Pontiac del 72 entró en la calle como si lo condujera el mismísimo Lucky Luciano. Poco más tarde, Nicky Ferrasolo tenía tres balas en el pecho y una en la cabeza y Lugano, pobre diablo, era una cara rota, un muerto más en la escena. Se la había borrado. Un disparo seco antes de la refriega a tiros que atronó la calle. Al Barracuda se lo llevó una grúa cuando un vecino alertó de que los yonkis del barrio se metían dentro para colocarse. Al detective Calvin Burroughs le tocó redactar el informe, lidiar con la prensa y hacer correr la voz de que se tenía cercado a quien lo quitó de la calle. No era mal tipo, le gustaba recitar pasajes del evangelio y frases de los dramas de Shakespeare. Un tipo curioso, Ferrasolo. Burroughs era uno de esos polis pluriempleados. Se dejaba pagar bien bajo cuerda, hacia sus trabajos y no se quejaba de la mierda de sueldo que le proporcionaba la placa del Cuerpo. No venían mal los encargos bajo cuerda y era bueno limpiando la escena del crimen y alertando a los mafiosos sobre las redadas en los clubs y la sospecha, a veces fundada, de que estaba en alguna lista negra. Lo único malo de aquel día es que no había llegado a tiempo. Tendría que buscar otro al que proteger. Tommy Lugano estaba en el infierno, si es que había plaza. Ya daría explicaciones. 


La mujer de Tommy Lugano regentaba un garito de copas al norte del barrio de Chelsea. En sus tiempos fue un templo de los pequeños trapicheos de toda la morralla del barrio. Muchos trapicheos hacen un gran negocio. Muchos grandes negocios son lo que hace que una mierda seca como Lugano lograra ser el Emperador de los bajos fondos. Un barrio como Chelsea es una sucursal del infierno, una residencia para que gente como Lugano no llame la atención más de la cuenta. Una avenida principal que acaba angostada, suicidándose en una serie de polígonos industriales y un puñado de calles escoltándola, el mapa donde la vieja clase obrera levantó este país. América está hecha de gente como la de Chelsea. Luganos principiantes o cuajados. Viven por América, trabajan por América e incluso mueren por América. Lugano fue un americano ejemplar. Eso pensando que América, en algún sentido, sea ejemplar también. Un trabajo serio y mal pagado, barbacoa en el porche los domingos, timba de cartas con los colegas, béisbol en televisión en las tardes gloriosas de los Yankees. América, la tierra de las oportunidades. En fin, toda esa melodía. Algunas son como una tos terca alojada en el pecho a primera hora de la mañana.


A su viuda, la señora Lugano, se la vio pasear su dolor tanto que alguno creyó que lo estaba repartiendo entre la beneficencia del barrio. La gente discreta, la que no hace preguntas, la que quiere pasar desapercibida pero le puede quedar bien con la vecindad intimó con ella, la consolaron, le dijeron que el mundo seguía girando y que el mal nacido que mató a su esposo estaba en el fondo del río. Calvin Burroughs la siguió durante unos días. La vio tomar café en Morocco's y comprar vestidos en Metz o en Carter, sitios en los que te cobran por mirar. No supe de ella más de lo que decían las tiendas en las que entraba. Y le decían que tenía gustos caros y que la trataban como una gran señora. Además era la viuda de un hombre respetado en el barrio, temido, alguien bien relacionado, con influencias en la mafia más alta, la que da miedo de verdad, aunque Tommy Lugano, entre la canalla del barrio, fuese un tipo despreciable, que había amasado su fortuna poniendo el pie en el cuello de mucha pobre gente, a la que estrujó hasta que reventaron. El miedo tiene su aristocracia y a veces conviene vestirse para la ocasión y dar la impresión de que el muerto era un alma pura, un contribuyente ejemplar. A Burroughs  no le importaba una mierda quién pusiese el pie y quién lo sintiese en el cuello. Cualquiera que pudiera pagarle podía hacer lo que diese la gana con su pie o con su estómago. El suyo admitía una copa más, dos si la noche se ponía de cara, juguetona. El trabajo requería paciencia. Dosis generosas de paciencia. Podía estar una tarde entera metido en su Cadillac sin despertar sospecha alguna. Podía dormir en el Cadillac sin temor a que nadie aporrease la ventanilla y le pidiese cuentas. Era un Cadillac espacioso. Lo prefería al coche oficial de la poli, demasiado conocido. 


La KMW ponía los viernes un maratón de blues del Delta que no se perdía nunca. En una ocasión dejó que se escapara un tipejo irrelevante al que vigilaba desde hacía un par de días por no salir del coche y perderse a Sunnyland Slim. El día en que programaban un especial dedicado a Muddy Waters, sucedía con frecuencia, Calvin no patrullaba. Así son las cosas. Si uno infringe estas normas, se puede venir una vida entera abajo. Dejas de ser honesto contigo mismo y terminas perdiéndole el respeto a cualquiera. Puedes ir con un pistolón del demonio en la chaqueta y tener un alto sentido del honor, por decirlo de alguna manera. Puedes haber mandado al infierno a treinta cabrones y sentir que se te muere el corazón cuando Muddy Waters te dice al oído que es un chico de campo y que el amor le destrozó cuando llegó a la ciudad. A Calvin le gustan esas historias íntimas, de las de la América rural, de gente con los dientes rotos y el corazón estragado que te cuenta la gran pastoral de su vida, la de los golpes en la oscuridad y la de la nostalgia de la infancia, la de la tristeza en las noches a las que se le abre el corazón. En ese momento, cuando el viejo Waters enfilaba el final del blues, Greta Lugano salía de Harper's con cien bolsas en las manos. Esta historia (su final, más bien) comienza con Muddy Waters en la radio y con Burroughs en la acera, ayudando a la viuda a recoger unas cuantas bolsas caídas, quién sabrá si adrede, al suelo. Esas son las cosas que más tarde se recuerdan. Piensa uno en qué habría pasado si hubiese sido honesto consigo mismo y no hubiese interrumpido el blues por estar cerca de un par de gloriosas tetas. Ellas las tenía. Las contenía sin demasiado pudor en una blusa de doscientos dólares. La viuda de Lugano se llama Greta, por la Garbo, pero de rostro más vulgar, más rotunda en las caderas. Con las tetas señalando el camino que lleva a la perdición de un hombre. Greta tenía ojos de víbora. Una vez vio una en el jardín y su marido le descerrajó un cargador entero. Ella lloró, desconsolada. Eran así sus ojos. Pólvora y paraíso. Era más baja de lo que le habían contado o de lo que desde lejos, cuando la seguía, aparentaba. Tenía esa distinción que hace en algunas mujeres que no pensemos en nada sobre su altura o sobre si son gordas o están en las guías. No era de una belleza arrebatadora, pero podría enloquecer a un retratista porque en su cara escondía el plano del cielo y el del infierno y solo hacía falta que alguien los sacase de allí y los pintara en un lienzo. Burrroghs no había cogido un pincel en su vida, no había leído un libro jamás y no tenía interés ninguno en cambiar esas dos certezas, pero Greta era la lujuria absoluta, el tipo de mujer que nubla la cordura y hace que un hombre bueno hocique en el barro o entre dos piernas y abrace sin rubor el pecado moviendo con locura la lengua o que ese hombre manifiestamente en pecado, como el propio Burroughs, se esmere en él y alcance grados de perversión impensables antes. No cuenta que solo pensase en perder sus manos en aquellas tetas. Eso era un premio posterior. 


-Me llamo Calvin Burrorughs, señorita - dijo


La viuda Lugano no se inmutó, no expresó ninguna sorpresa y tampoco impidió que el tipo se cargase de bolsas y se quedase allí enfrente, pasmado, ridículamente útil mientras ella paraba un taxi.


- Me llamo Calvin Burroughs, señorita...- repitió - Ha aprovechado usted bien la mañana.


- En primer lugar, no soy señorita. Sabe usted mi apellido como yo sé que hace días que me sigue en su Cadillac. Si no quiere perderme para siempre de vista, haga el favor de meter las bolsas en el taxi, meterse dentro y no decir una palabra hasta que yo se lo diga - replicó la mujer al tiempo que detenía al taxi, se componía la falda diminuta, se recomponía las tetas en la blusa cara y se quitaba las gafas de sol.


Él cumplió sin chistar. Cuando pagó la subida de bandera, estaba anocheciendo. Era un barrio distinguido, pudo ver, el barrio en donde los clientes pagan grandes cantidades por los trabajos sencillos. Fotos de fulanas chupándosela al marido, las más. Manos que se entrelazan en una terraza, las menos. Ese era el preferido de Burrroughs. Viejos con mucha pasta que bajaban a la ciudad a emborracharse en los burdeles o a hacerle una visita a la amante en una cara habitación de hotel. La casa era la segunda vivienda de los Lugano. Espaciosa, inclinada a un jardín imposible, intimidante casi, se asemejaba a ciertas villas de la corte romana que a veces el cine ofrecía en lujoso cartón piedra. Una criada entrada en años sacada de Tara, más negra que una pinta de Guinness, se encargó de arrebatarle las bolsas. Todo era Greta, pensaba en ella, en la dulce Greta, en sus tetas, en todo el dinero que había en ellas. Como Tommy Lugano estaba bien muerto, Calvin decidió que estaba bien lo de encamarla. Incluso aceptó la idea de malograr su reputación. No habría un marido peligroso y cornudo. Se lo estaba comiendo todos los peces del Hudson. 


La negra de Tara les abrió una puerta doble, acristalada. Lo que menos esperó Calvin es que diera a una biblioteca, y no precisamente una endeble, sino rica en volúmenes. No había una pared que no tuviese un ristra de baldas encomendadas a sostener libros. Solo una chimenea, que a él le pareció fabulosa, como de película de gente distinguida, distraía esa visión pura de lomos arrimados a otros lomos, de libros apilados, todos vacíos y absurdos, pensó. Prefería una canción de cinco minutos de Muddy Waters a cien sonetos de William Shakespeare. No hay nadie que tenga el tiempo que esos libros requieren. Ni mucho menos el zafio de Lugano, que podría haber sido un excelente hombre de negocios o un estajanovista del crimen de medio pelo, pero no un buen lector.


- El señor Lugano no venía nunca por aquí, ¿verdad? - se atrevió a decir Calvin mientras ojeaba un volumen bien grueso, uno de literatura europea , según apreció en la portada- Y por cierto, ¿quién coño es Kafka?


- Escribió de tipos como tú. Cucarachas. Porque tú eres una bien gorda, Burroughs. Puedes servirte un whisky para brindar conmigo.- contestó Greta mientras se servía uno.


- Por el cabrón de Kafka, por tu marido, por las cucarachas - sentenció el invitado, elevando el vaso redondo, muy historiado, ancho de boca y de un cristal que no él no hubiese pagado ni con su flaca nómina ni con cinco trabajos de gordos del barrio yendo de putas a la gran ciudad.


- Sabes brindar. Todos los detectives saben escoger bien las palabras. No tienen estilo, no han leído nunca a Kafka, pero eligen las palabras mejor que todos los plumillas del New York Times.  


- Pero eso no vale de mucho cuando te encañonan en un callejón. Vale una mierda el puto vocabulario. He visto a compañeros con la barriga abierta a los que no les ha servido de nada hablar mejor que Aristóteles. ¿Se llamaba así? ¿Qué era? Un charlatán romano, ¿no?


- Eres encantador, detective. Era griego, y no era un charlatán. Imagino que llevas razón, pero hoy nadie te va a abrir la barriga. Hoy no, por lo menos. Pero te estás metiendo en un barrizal y llevas los zapatos muy limpios.


- ¿Qué hubiera hecho tu Kafka en mi caso?


- Irse a un hotel barato, encerrarse en una habitación. Pediría con mucho pudor que no le molestasen y se tiraría un mes escribiendo. Sin esperar que nadie leyese lo que estaba inventando. Sin levantar cabeza. Comería poco. Ni bebería. Un tipo triste, el pobre Kafka. 


- ¿Y las cucarachas? ¿De qué le sirven? Yo las piso si me cruzo con ellas. Solo pensar en ese bicho asqueroso, incrustado en la suela de mi zapato, me da asco. ¿A ti qué te parece?


- Las cucarachas siempre sirven en la batalla. Cuando termina el combate, salen de su escondrijo y se pasean por el campo. Huelen los muertos y se ponen encima de sus barrigas abiertas. Allí dejan sus huevos. Así funcionan las cucarachas. Les gusta la tragedia, como a los griegos, los lugares calientes. Ponen catorce o quince huevos o cien metidos en una capsulitas del tamaño de una lágrima de un niño. En los doscientos días que viven, ponen doce o trece capsulas de ésas. Haz la cuenta, detective...-


- Lo que sabes, te tirarás aquí horas enteras... -


- Deja que termine. Me estoy entusiasmando con la historia de las cucarachas. Una cucaracha, antes de irse al infierno, deja más de cien criaturas hechas a su imagen y semejanza. El mundo es de las cucarachas. Dios se esmero cuando las creó. Kafka lo sabía muy bien. Soñaba con cucarachas. Llegó a pensar que él mismo era una de ellas.


- Sabes mucho. ¿Te has doctorado en alguna universidad cara? No salgo de mi asombro. Una mujer tan hermosa, casada con un cazurro, y tan inteligente. Kafka se enamoraría de ti, seguro.


- He leído. Mucho, ademas. Fui una furcia instruida. Hasta que Tommy me sacó de las barras. Abrí las piernas solo para él, y no creas que muchas veces. Era un pervertido, pero con poco muelle. Cuando mi marido se iba de putas, yo me metía aquí y sacaba un libro al azar. Cuando se metía tres días en el despacho para hacer mil llamadas y cerrar mil negocios, me enclaustraba aquí y sacaba libros. Más libros. Nunca eran suficiente. Había días que me ponía al día en arte etrusco o en dramas ingleses. Otros, me empapaba de metafísica. Los días de lluvia, nada mejor que unos cuentos victorianos. Deberías leer, detective Burroughs. Quien lee, tarda más en morir.


- No tengo tiempo. En mí manda mi barriga, mi polla... Oh, perdón, no querría haberte escandalizado. Nada rivaliza con ella cuando se pone alegre, pero me encanta comer. Antes de que un hijo de puta me abra la panza con un balazo, la quiero contenta. Le doy todo lo que le pido. No hay día en que no le tenga un detalle, una atención, un bocado exquisito. Y además no engordo. Me conservo bien. Tendré buenos genes. 


- Eres un artista de las palabras, detective. Me pregunto si no harías fortuna escribiendo.


- No, preciosa. Se me da mejor vigilar viudas. Tú eres la más feliz que he conocido. Ahora te toca vivir. O matar cucarachas.


- Después de esta charla, me estoy planteando muy seriamente dejar que vivas. Además de leer a Kafka, me gustan las novelas de asesinatos. Yo misma disfruto planeando los míos. Mi favorita es Agatha Christie. Las hay mejores, pero Agatha fue una pasión adolescente, una de las pocas que pude concederme, fui una furcia leída y pobre, ya te lo he contado, y no le he perdido el afecto. No tendré palabras suficientes ni sabré elegir las adecuadas para agradecer que la dueña de esta casa, que compró Tommy en uno de sus negocios sucios, fuese una lectora tan voraz. O quizá ya venía con los libros cuando la hicieron.


- Te vas por las ramas, viuda. Hablas de libros y de muertos. Yo creo que no vale nada todo lo que estás diciendo. Responde, ¿Me van a matar por seguirte?


- Hace mucho tiempo que estás muerto, detective. Solo te estoy poniendo al día. Me has caído bien. Hace tiempo que no me lo pase tan bien hablando con un cadáver. El problema fue ver más de la cuenta


. - ¿También mandaste matar a Ferrasolo? No era mal tipo... Lo conocía bien. Era un poeta, se dice así, poeta. Lamenté estropear ese talento. Os llevaríais bien. Los tres, digo. Ferrasolo, Kafka y tú...


-Vio lo que no debía, entró cuando no debía. Está bien que cumpla su trabajo. Cobró su pasta por quitar de la circulación al asqueroso de Tommy, pero no respetó el horario. Si hubiese llegado un poco antes, o un poco después... Pero tuvo que llamar en ese momento, y ver lo que no debe verse. Yo tengo mis flaquezas. Hay vicios que no se van. Es una pena que no volvamos a vernos. No queda gente como usted en el gremio.


-Espero tener más suerte que Ferrasolo. Muddy Waters está conmigo. Tú tienes a Kafka, quien coño sea, pero Muddy Waters nunca me ha dejado tirado. Puedes perdonarme y hacerme de tu cuadrilla. Doy buena planta. Tengo contactos. Cuenta con mi discreción también. 


- Tarde. Están aquí.


Ahí es cuando Burroughs perdió todo el interés en la viuda. Recuperó el sentido común, pensó en la flaqueza del corazón, en lo venenosa que es la carne. Pensó en correr. El resto no duró más de un minuto. Empujó a la gorda de Tara, abrió a patadas la puerta del hall y se perdió en el jardín que se extendía a espaldas de la casa, como un animal al que acaban de perdonar la vida. Volver al coche no era ninguna opción. Habría un par de matones. Él sabe cómo se las gastan. Tenía unas cuantas pistas, tenía una corazonada. Los detectives, cuando están sentenciados por sus enemigos, son gente peligrosa. Las voces de alarma se escuchaban conforme corría. También los pasos. Los gritos. El jardín no es mi medio, logró pensar. Quisiera morir en mi Cadillac. Igual suena Muddy Waters. Una providencia de amor le empañó los ojos y ensayó una mirada al cielo azul, ya oscureciéndose, entrevisto arriba, entre las ramas. El mundo estaba bien hecho. Se sintió cansado. Es mejor decidir cuándo irse, murmuró en un hilo de voz. Los pasos se detuvieron. Oyó toses, risas. Él había tosido y reído antes también. La trama es siempre la misma. Unos matan, otros mueren. Luego se arrodilló, entonó una pequeña plegaria y esperó el balazo en la nuca. Al final vería a Kafka esa misma tarde. 

Breviario de vidas excéntricas / 31 / Luisito Sotomayor

Al niño Luis Sotomayor se le ve aplicar con arrobo y vehemencia el rigor del sol castellano inyectado en una lupa sobre la cabeza de una hor...