28.7.26

Gun Crazy













 Se gana más dinero entrando en un banco a la fuerza, gritando y encañonando a los cajeros que disparando coronas de fósforos en ferias de pueblo, invadidas de paletos, eso le debió decir Annie a Bart. Su historia nace en una barraca y termina a campo abierto cuando la ley les acorrala y deben poner fin a una de esas locas historias de amor a las que solo un trovador ebrio y loco  podría poner música y añadir letra. La melodía es la pólvora y el ruido del Colt cuando percute la bala y esta avanza hasta que muere en un árbol, en un fósforo o en un cuerpo. El demonio de las armas vive también en el corazón de los amantes. El amor fou, el loco, el depravado, el amor pintado con una venda en los ojos, ciego de verdad, insensible al mundo y a las leyes que lo gobiernan es el que carga las armas y el que las vacía. Lo hemos visto en muchas veces en una pantalla, leído en un libro, visto en la realidad, que es una pantalla y es un libro también. El cine está felizmente ocupado por demonios y por amantes endemoniados. El cine negro, en particular, acoge al mal con más ternura, lo trata de explicar y a veces, en ocasiones, lo consigue, aunque al final de la trama los malos caigan en un fuego cruzado o en una emboscada en mitad de un bosque. 

De Annie, ruda como lija, y de Bart, delicado sin ambages, salvamos la escena en que sus destinos se cruzan de una forma ya inextinguible. Caso de que no creamos en la eterna salvación de las almas, incluso aunque estas vayan a pudrirse al mismo infierno, nos queda la bendita absolución por la belleza del amor que se profesan. Una belleza perversa, evidentemente, de más retorcido grumo que la que se estila en las novelitas rosa del diecinueve, pero de las que se incrustan más firmemente en la memoria. Uno prefiere siempre el caos. En el caos se explica mejor el mundo. El orden es una irrelevancia. No se trata de encontrar un razonamiento que explique la malignidad sino del irrefrenable vértigo de consecuencias que esa malignidad trae consigo y cómo la voluntad del bien, de una forma casi abstracta, se declara vencedora,  acompañando (previsiblemente) la caída del telón.


La tira de fotogramas, ese fotomatón impagable, narra un mundo absolutamente fascinante. El del mal como un fogonazo que prende en el aire y se acuartela en quien con lo observa. A Bart, al espectador extasiado, el hombre prendado por la autoridad de las armas, que ve a una criatura  que las maneja con pecaminosa soltura, le sobreviene un irresistible subidón de feromonas. Es el tirón del apareamiento, la llamada de la sangre. Se aprecian a poco que nos acerquemos y observemos con detalle el aire percutido. Están ahí, en ese aire quemado, impregnándolo todo, izando su retorcida carga de veneno puro. 


El cine negro es un fogonazo en sí mismo. La cara de Bart está sobrecogida por la emoción, por el deslumbre sin argumentos del enamoramiento o de la esclavitud de la sangre, viene a ser más o menos lo mismo. No uno acogido a la prudencia ni tampoco el que se estila en las novelas decimonónicas, austeramente consciente de las trabas de la sociedad, de su constante vigilancia, sino el enamoramiento telúrico, desesperado, emponzoñado ya de inicio, en el momento en que Annie saca los dos Colts y los agita en ese aire quemado, percutido, insensible, sexual. Luego todo se conduce increíblemente hacia la fatalidad de la niebla, de los pantanos en los que la oscuridad lo ocupa todo y el telón, esta vez sí, baja definitivamente. 







27.7.26

Anthony Walter Burgess White

 


El tumor cerebral que le diagnosticaron a Anthony Burgess le daba un año de vida. Quizá algo más. La cosa es que el vaticinado óbito se demoró. El hecho de que sus finanzas no fueran muy boyantes le hizo conjurarse a escribir todo cuanto pudiera hasta que la enfermedad le apartase de este mundo. Pretendía que su mujer no pasara penurias y pudiese vivir holgadamente de los derechos de autor devengados de sus ventas editoriales. En ese año póstumo de su vida Burgess escribió cinco novelas. Tres años después del colapso, debemos decir del amago de colapso, Burgess produjo La naranja mecánica, su obra absoluta y uno de los acontecimientos culturales más notables del siglo XX si consideramos también la interpretación cinematográfica que formuló Stanley Kubrick. Como a Walter White en Breaking Bad, la espléndida serie de Vincw Gillian, la enfermedad no llegó a pasarle factura. Bien al contrario, lo espoleó, hizo que la magnitud de su inspiración adquiriese relevancia sobrenatural. El cáncer de pulmón le hace invulnerable, codicioso, violento, anfetamínico. White deviene en Heisenberg. El dictamen quedó en un error médico, uno que no todo el mundo perdona fácilmente. A Walter White le fascina el carpe diem latino, se lo cree absolutamente y lo lleva a diario a la práctica. No importan los daños colaterales, no le hace perder el tiempo la observación de la sangre que ha ido derramando ni el dolor que ha causado conforme la trama va avanzando y ese carpe diem se va alojando placenteramente en su cerebro, administrándolo todo. El profesor de química da paso al narcotraficante desalmado. Burgess no configuró un alter ego, no facilitó el advenimiento de una criatura larvada, expectante a que las circunstancias mediaran y se produjera su entrada en escena: simplemente multiplicó su producción, vivió exponencialmente la escasa vida que, a decir de la ciencia, le restaba. Tradujo la enfermedad es estajanovismo creativo. Se impuso escribir por encima de todas las cosas. Hacer que la caja familiar tintineara. Es un propósito noble, quién puede decir lo contrario. De hecho, La naranja mecánica narra un mundo hiperbólico, excedido, convertido en una especie de parque temático donde campa a sus anchas la violencia, la ciega irrupción de la barbarie, la debilidad del sistema. Como la obra de Vince Gillian,  que también exhibe esa musculatura viril, esa construcción sublimada de la violencia, convirtiéndola en un pulmón por el que respirar cuando el mundo que conocemos y del que nos fiamos desaparece y surge otro, que es, en esencia, doloroso, hecho con malos jirones de tela sucia. Solo hay que mirar bien y descubrir quiénes son los drugos de Walter White, sus compinches en el delito, los partners in crime. Seguro que al señor Burgess le hubiese encantado la serie. Ambos, personaje por un lado y autor por otro, evolucionaron, adquirieron recursos inéditos. Es el libre albedrío, la aceptación de que una especie de héroe irrumpa, de que esa heroicidad pueda corromperlos, en cierto modo, más en White que en Burgess. Ambos buscan una redención, no la misma, ni siquiera cogidas del mismo recipiente moral. A Walter White no se le mira con buenos ojos, aunque haya indicios de que no tuvo opción o de que no quiso tenerla y se gustó enredándose en un disfraz novedoso, el de antihéroe, el de autoridad de un mundo que no era el suyo. A Burgess se le mira con admiración: trabajó para que su primera esposa no pasara penurias, se encomendó ser otro, alcanzar cierta magnitud en el oficio que, a su pesar, no le hizo rico. La ficción no hace daño, escribí una vez. 




Muere Anthony Burgess con 30 años de retraso

26.7.26

Caballos que nadan


A Juan Ramón Mansilla, que los hizo ver el mar

 El amor es un delirio sin nadie que lo observe. Allí la luz torpe, su jauría de sangre. Se oye el oro tenso del cielo abrirse como un corazón de pronto abandonado. Una vez vi declinar la nieve en el invierno de un caballo muerto. El amor, derrotado. La quietud del ocaso. Qué clausura el cuerpo, qué crujir de alas en el aire. Con qué disciplina la carne íntima con su silencio. También duele el corazón, su brújula para nadie, pero he aquí el día de todas las palabras. Hay un rumor de pétalos en dónde, un pequeño alboroto de hormigas alrededor del ojo del animal caído. Contemplan la ocupación de la muerte ajena. Comprenden la inminencia de la propia. Será morir vaciarse, será cegarse. Todas las hormigas ciegas indagan el heráldica del aire, advierten el arancel del tiempo, ven en el roto desquicio del caballo la negra escritura de un temblor antiguo que no obedece a la belleza ni a la verdad. Obedece a otro motivo, del que no puede saberse nada y al que no se le asigna un idioma que lo transcriba y nos haga comprender lo que sintió el caballo al ser ocupado por la blancura infinita del invierno. El tiempo es un delirio sin nadie que lo mida. Allí el correr ciego de la luz, su anhelo inefable. No hay quien sepa qués el tiempo, qué un caballo. El tiempo es aquella caligrafía de la infancia luego fiebre y vértigo y sed incontenibles. El tiempo de las grandes palabras no volverá jamás. Tenemos el caballo, la nieve, las hormigas. No esperes saber más. Espera, cree. Banal el saber. Fárrago terco, hondura que se ensimisma. Los caballos están hoy junto al mar. Trotan, anhelan la luz. Sienten un vago consuelo. Se oye alejarse al miedo. La nieve es un desatino de la memoria; la tormenta, un eco perdido en el invierno. "Abrevan, nadan, cocean las olas, relinchan espuma". 



La condición anfibia

 En el fondo de la piscina, buceando sin mucho estilo o sencillamente ejerciendo una apnea frívola, como de submarinista novicio, pienso en todo lo que hay arriba, por encima del agua; pienso en el ruido y en el caos de los que ahí abajo no tengo noticia alguna; pienso tozudamente, sin que nada me aparte de esa idea de pronto trascendente, en la realidad a la que pertenecemos y a la que rechazo, considerándola, como en un juego discreto, la ficción que a veces encuentro en los libros o en las películas. Se nos tendría que haber concedido una condición anfibia, aunque solo fuese para permanecer así, bajo el agua, perdido en uno mismo, contemplando la nada azul que desinteresadamente nos retiene. Si el dios en el que algunos creen hubiese comprendido algo de lo que se tenía entre manos, en ese instante molecular y pristino en el que abrió todos los prodigios y los repartió a destajo, en una epifanía de generosidad, habría dispuesto un sofisticado sistema de ventilación a la criatura recién alumbrada y la habría dejado elegir entre la tierra firme, el agua voluble o una mezcla alegre de ambas. No ha sido posible nada de esto. Por eso el búnker es el agua. Por eso acude uno a ese limbo accesible, levísimo, en el que discurre sin las ataduras físicas del aire, ingrávido y fiero, como una burbuja a la que de pronto se le hubiese (ahora sí) administrado la facultad de la inteligencia. Abajo (ya digo) no se piensa al modo en que se hace arriba. Todo el oxígeno del que nos hemos abstecido se reparte de una manera morosa por el cuerpo. No se da prisa, no se inquieta por llegar tarde a lugares a los que antes acudía con presteza. Y el cerebro, ah el cerebro, se concentra en sí mismo, en su función primordial, en pensarse. Como si el dios del que antes daba yo una pincelada creacionista, ahora pusiera su empeño único en hacer una especie de balance de sus actos y durante cuarenta segundos (el Chesterfield y la baja forma física me impiden acometer inmersiones de más fuste) dejase de ser Él mismo y fuese otro, de una naturaleza distinta, incapaz de comportarse como antaño, libre y resuelto, concentrado absolutamente en entenderse. Y seguimos a ciegas, sin brújula, sintiendo el peso del agua en la espalda, la responsabilidad del tiempo en la memoria. Se tiene más convicción en lo que odiamos que en lo que amamos. Hay una especie de sacerdocio de lo humano. Estamos solos, vivmos solos, morimos solos. Lo de nacer solos queda en una anécdota. Está el verano haciendo sus maquinaciones para que no me prodigue como suelo. No tengo ganas de escribir. Leo sin el entusiasmo acosrtumbrado. Veo películas con cierta cautela. Solo me apetece dormir, estar en el agua del sueño, sentir el peso azul del mar, que es un recuerdo de alguien que ni siquiera puedo considerar que sea yo mismo, quien ahora deja aquí un último apunte hasta que regrese a mi centro. Estoy por no escribir nunca más. Por no leer. Por dejarme llevar y que la apena dure hasta que de verdad me ilumine la luz del aire. Por darme la oportunidad de que todo comience de nuevo. Estaría bien zambullirse por primera vez. Sentir que los pulmones se declaran insolventes. Mantener la respiración. Pensar que no pudiéramos regresar a la superficie y la vida fuese únicamente esa estancia dulce en la que el tiempo no se parece al tiempo que se nos confió. Ser un dios momentáneao. Tener la inspiración de todos los dioses profesionales.

17.7.26

El disco de Chet Baker salta


La vida, al cabo, queda en novelita rosa de azares y causas y cuando uno abandona este mundo siempre resta un deudo o un primo segundo de Cáceres que abre tu casa y se lleva en una bolsa recia de rafia las Obras Completas de Benito Pérez Galdós o todas las sinfonías de Berlioz en vinilo, aunque lleves sin oírlas quince años o no hayas seguido la plétora galdosiana. Esa rapiña funeraria. Expolio o polvo. El expolio incivil como un cuchillo codiciando la carne. El polvo como un ejército apoderándose del patrimonio silente. El polvo, el implacable, no solo se come entonces al finado (ya se sabe, polvo eres…) sino también (ay) a sus discos y a sus libros, a su álbum de fotos y hasta a la corbata horterísima que gastaba en las bodas. La vida, tan puta, concita así en su finiquito a quienes, en vida, quisimos, nos quisieron o ninguna de ambas cosas, pero se arracimaron a nuestra vera de modo que parecían, en las distancias cortas, familiares, amigos incluso. Debiéramos legar la risa, pongo por caso. O la mala leche de los lunes a las siete de la mañana. El júbilo tal vez.

A mi amigo Pepe, que era un bonachón, le entrego una pizca de mala hostia, que falta le hace. A Juanito, tan arisco y cabroncete, mi talante, ya que fama tenía de bonancible y festivo. A Lola, mi don de gentes. La vida, insisto, cuando cesa, abre la pandora espléndida del saqueo. Sentimental, en algunos casos. Acude el hermano lejanísimo, el cuñado al que nunca tratamos y los hijos bastardos de cuando hicimos la mili en Burgos, que se traerán, a modo de distintivo, algunos rasgos genéticos inefables, para demostrar, por la cara, la parentela, la comisión de la sangre. Acuden pues todos, voraces y terribles, diplomáticos y cautos y, al tiempo, solemnes y tristísimos, a litigar unos cuadros, unas baldas con Homero y con Agatha Christie, un piso en la capital o un coche casi sin kilómetros que arrumbamos al olvido cuando ya nos satisfacía eso de ir de un pueblo a otro. Toda la felicidad (o toda la tristeza) estaba en el nuestro.

Habrá que convenir una legitimidad a este buitreo, perdónenme la palabra. La muerte da sus réditos y hay una maquinaria bien engrasada para amortizar las pérdidas ajenas. Flores, misas, lápidas, herencias. Hijos en Burgos. Todo se aviene a ser facturado, escriturado. A desgravar incluso. Caso de que haya una vida después de esta, estaría bien que el finado, en el mullido más allá, asista al patético espectáculo de la pitanza que su ausencia ha dejado. En lo que a mí concierne, me va a dar igual lo que el respetable haga con mis posesiones. Ah, aviso de que un disco de Chet Baker tiene la pieza once un pelín rayada. La trompeta se escora al piano y, al final, la canción parece, en lugar de tersa y algodonada, ruda y un algo perversa. Como la vida misma.


16.7.26

Bautismo


Despréndase de todo lo que sabe,

borre los registros del corazón,

piense en usted 

como si acabara de ser invitado al mundo. 

Nadie le conoce, a nadie conoce, abra los ojos, 

haga un acta somera de lo que acaba de ver, 

empiece por la luz, sienta su fiereza, 

siga con los árboles y con el agua 

y con el alto cielo en la bóveda celeste, 

no escatime un ápice de atención, 

todo está ahí por usted, 

deje que el aire fluya adentro, 

no se permita el desaliento, 

apártelo como quien rehuye el fuego, 

apreste la voluntad al delirio de los sentidos, 

imprégnese de júbilo, está a mano, 

no se le resistirá cuando lo anhele, 

convoque el numen secreto de las cosas, 

hágase a la idea de que todo lo que contempla 

está ahí para que usted lo gobierne, 

siéntase hospitalario consigo mismo, 

cuide de que toda esa riqueza recién alumbrada 

no se deshaga cuando irrumpan las sombras

o cuando sienta abatirse el deseo, 

no flaquee, ni se amedrente 

si la adversidad lo cerca y merma, 

piense en la belleza o en el amor, 

ámese con ardor y con disciplina, 

ámase por encima de todas las cosas,

por encima de los demás y de los dioses,

ámase con dedicación absoluta, sin merma ni desánimo,

nombre al corazón albacea de sus sueños,

no escuche discursos grises, ni los diga usted,

lea panfletos de alegría, escriba 

las jaculatorias del entusiasmo,

diga las palabras exactas, 

pronúncielas con colmo declamatorio,

no se despierte con la retórica 

del que lo ha visto todo,

que todo está por ver, 

la función acaba de empezar,

dese los caprichos que lo iluminen, 

verá que cuanto más luz desprenda 

más luz acudirá 

y con mayor festejo será suya, 

arrumbe el dolor 

con el que será sin duda herido 

a poco que avance el paso 

y la tierra no sea firme, 

tenga la certeza 

de que no habrá dos días iguales, 

que el único templo en el que postrarse 

lo llevamos a cuestas, 

y que depende de nosotros que sea acogedor 

o nos repruebe y haga sufrir, 

que venimos sin nada y marchamos sin nada, 

que la travesía es prestada, 

que al final nada es nuestro. 

15.7.26

Lorca vs Borges

 Borges consideraba a Lorca un andaluz profesional, un poeta de rango menor, auditivo, visual, carente de la hondura intelectual que él exigía a la poesía, rebajada de ornamentación. No era algo que sostuviera con consideraciones estrictas, maximalistas, sino que todo su desafecto hacia la obra lorquiana era simplemente un desafecto hacia la poesía cromática, de estímulos plásticos. Tal vez esa imposibilidad suya de apreciarlo proviniese de su ceguera o de su hedónica visión de los versos, juzgados según el placer que le daban. Lorca es un poeta pintoresco, sostenía. Supo el poeta granadino adaptar los procedimientos del surrealismo francés de entonces a lo andaluz. Reprobaba ese exceso de verbalismo, toda esa decoración sensorial. También miraba con sospecha que la fama de Lorca se hubiese acrecentado por haber sido fusilado. Su amaneramiento era insoportable, dijo en una de esas entrevistas en las que Borges se encantaba a sí mismo, aunque no aparentara en absoluto que lo primero era Borges, siéndolo, y que todo lo demás era irrelevante. Si sus ocurrencias, muchas o casi todas de orden metafísico, arramblaban con le idea de Dios, del que no entendía como podía ser uno y trino, cómo cohibirse a la hora de ningunear a una criatura suya. Lo de menos, para Borges, es que Lorca fuese un ser telúrico, un animal poético, un tótem arrollador, una especie de duende universal, encantador y con un don de gentes innegable. Me imagino que incluso la palabra duende no fuese del todo entendida por el poeta argentino. Lorca era el compromiso social; Borges, la negación de la contemporaneidad, la idealización de la eternidad. Por más que adore a Borges, no es adoración únicamente, creo que escribo por haber leído a Borges, creo que una parte de mí procede del Borges que he leído, no comparto ninguna de esas reflexiones. Probablemente rechazaba el histrionismo de Lorca, su folclorismo, lo cual no es sostenible cuando él mismo, en su etapa juvenil, fue un ardoroso defensor de las tradiciones populares, de todo lo que era genuinamente argentino. Mantuvo ese ardor doméstico hasta el final, por cierto. Hubo una cena en Buenos Aires, ciudad en la que Lorca, por su teatro, vivió algo más de un año, en la que coincidieron. Debemos imaginar a Lorca acaparando a todo el mundo, dando palique a diestro y siniestro, vendiendo su gestualidad, su palabra incandescente. Parece que la conversación en la mesa que compartieron trató de asuntos relevantes: los males del mundo, la decadencia de la civilización, el miedo al porvenir... Lorca tiró de chanza y dijo que estaba obsesionado con un personaje norteamericano sobre el que, a su juicio, recaía toda la culpa de esa barbarie incipiente. Borges estaría intrigado, supongo. Se preguntaría si se refería a sus queridos Whitman o Poe. Cuando Lorca citó a Mickey Mouse, Borges, ofendido por la chanza, irritado también, se levantó y se marchó. Su humor no alcanzaba esas frivolidades. Como Voltaire sentenció, hay amigos que nos acaban fallando o dejando, pero los enemigos son implacables. Borges abrió una lista de enemigos en la que Lorca ocuparía un puesto principal. Tampoco Borges, ahora que lo pienso, ya que hoy juega Argentina contra Inglaterra la semifinal de los mundiales de fútbol, se encandilaba con el deporte rey, del que decía que era una calamidad, un vicio “popular porque la estupidez es popular”. Hay ocasiones en que no sé si mi Borges debiera no salir de sus ficciones, de su Pierre Menard, autor del Quijote, de sus tigres, de sus espejos, de su literaturas germánicas medievales, de sus laberintos, de su Asterión, de su jardínes de senderos que se acaban bifurcando, de su Lugones y de sus griegos. Si mi Lorca debiera únicamente conocerse por su sentido de la tragedia, de la muerte, del caballo, del agua, del cuchillo, de la luna…Tal vez no deberíamos saber nada de los autores a los que amamos. Solo debiéramos leer, leer rendidamente, no querer ir más allá, no querer saber si eran diestros, demócratas, tímidos, heroicos, declarados seguidores de la música dodecafónica o de la gastronomía que abuse del picante. Si hoy ganara Argentina el partido de marras, enpieza en diez minutos, entra en lo posible, por cierto, a pesar de su dependencia de un jugador sublime, tendremos una cita más que deportiva el próximo domingo. Jugarán Borges y Lorca. Ellos se las apañarán para cerrar la liza abierta en una cena hace una tira de años. Yo quiero que gane Lorca, por supuesto. 

13.7.26

Elogio veraniego de la esperanza



Hoy pensé en la esperanza. La estuve interrogando, se dejó, no impidió que la agobiara a preguntas, que la pusiese en un brete de no darme nunca más palique, pero respetó que le aplicara un tercer grado, que la agotara. No llegamos a ninguna conclusión. Ella se esmeró en contentarme; yo, en comprometerla. Quise, más que otra cosa, ver si podía contar con ella; si, llegado el caso, podría echarme una mano, hacer que lo malo que suceda no me afectara más de la cuenta y pudiese seguir con la rutina en la que me manejo. Estoy muy satisfecho con ella. Nos llevamos bien. Adoro que no flaquee y me abastezca de ocupaciones. No sabría qué hacer si no estuvieran. Se me harían enormes los días, me dolería el alma, me comerían las tinieblas. Lo bueno de hacer mil veces la misma cosa es que el desempeño en su ejecución es altamente satisfactorio. Actúa uno como un buen reloj suizo. Hoy mismo, echando los toldos de la casa para que no se nos incendie de flama, me alegré de que haya sol y de que haya toldos, de que el día se impaciente y anhele castigarnos con sus calores, de que tengamos con qué vencer su reprocahble costumbre. Pasa lo mismo con las interminables horas de la siesta en el verano. Yo pienso en Dios cada día. Le agradezco que exista la siesta. Antes de conciliar el bendito sueño, creo que él y yo nos miramos. Es un instante, una especie de mirada cómplice. De no disponer de la siesta, no sería persona, sería un fardo, una criatura menesterosa, un zombi de la vida. Prefiero restarle horas al sueño de la noche para que el diurno acude con todo su esplendor. Tengo la esperanza de que estos buenos hábitos no mermen. Hasta rezo (es un decir) para que el azar no me incomode en demasía y no tenga que sacrificar esas horas de idilio conmigo mismo (lo que me quiero, qué feliz soy) por la injerencia de algún imprevisto, una de esas cosas que requieren nuestra presencia consciente y no pueden anularse, ni siquiera aplazarse. Vuelvo a la esperanza, asunto de este arrebato: ojalá siga firme junto a mí, por qué habría de decepcionarme. Llevamos una vida entera intimando. Ella me da un hilo de alegría y yo aplaudo que sepa engañarme con tanto entusiasmo. Hasta los avatares desgraciados, juro que los hay, me duelen menos cuando pienso en lo cabal que es y en lo determinada que está en el oficio de no malograr ninguna de mis muy altas expectativas. Ahora me despido. Gracias por venir, por entrar en mi casa, por leer. Si no se me desgracia el futuro, comeré, recogeré la cocina y me dispondré a desvanecerme. Será una retirada breve, nada de lo que preocuparse. Suelo regresar con el ánimo robustecido. Se me verá en la cara. 

12.7.26

Reclamando el Día Internacional de las Estatuas Ecuestres

 Dejó escrito Sánchez Ferlosio que a quien se erige en plaza su monumento ecuestre tiene muchas más posibilidades de que le hagan otro que el que no tiene todavía ninguno, pero son tiempos magros en esa exhibición de las personalidades del pueblo y no hay consistorio que rebaje las arcas con esas vetustas florituras populares. Se preguntarán los gerifaltes de la cosa pública a quién montar sobre el caballo y hasta si es preciso el concurso del noble animal y no convendría mejor cualquier otra rúbrica en piedra o en el material que se aprestara con más elocuencia al porte o a la fama del elegido para la posteridad. Al final, no hay ninguno que resista la acometida de las heces de los pájaros y es precisamente esa circunstancia, la de la excrecencia posada a modo de sombrero, la que termina por explicar la verdadera historia del agasajado, no siempre la más presentable ni siquiera la que levanta las pasiones y el orgullo de quienes las observan.

Tiene su arrimo de épica (o de falta de ella) la forma en que el escultor dispone las patas del caballo: si están las dos delanteras levantadas es que el jinete murió en combate, si sólo una es que padeció las heridas de la guerra, pero no falleció a causa de ellas y, por último, si las tiene ancladas al suelo es que el deceso devino por causas naturales y no terció la batalla. Puede no ser cierto y esa disposición de las patas del equino sea entero capricho del escultor. El bronce que las yergue suele soportar el rigor de los siglos, pero no así la memoria de los reyes o militares para las que fueron erguidas. Con el declinar del caballo en la gesta de los triunfos desapareció la costumbre de los homenajes ecuestres, pero tampoco abundan en la actualidad las figuras de bronce o de cualquier otro material parecido. Los gobiernos no auspician que el maravilloso gremio de los escultores continúe fijando un símbolo para que la ciudadanía no olvide a sus héroes. Será que no los hay. Calladas gubias, cinceles muertos.

Estatua ecuestre de Felipe IV, Plaza de Oriente, Madrid

En consideración a la pertinencia de la memoria habría que reclamar un Día de las Estatuas Ecuestres, igual que hay uno para casi cada cosa, incluyendo en esa prolija y bizarra lista el Día de del Ascenso en Globo, de la Lógica, de la Hipnosis, de la Croqueta (es cierto, cae a mediados de enero, busquen si no dan crédito), de la Lepra, de Star Wars, de las Aves Migratorias, del Whisky (no le hago ascos), del Orgullo Friki, de la Sangría, de la Marmota (ese va en bucle), del Orgullo Zombie o del Pistacho. Reclamo desde esta humildísima columna un dis para las Estatuas Ecuestres. Lo reclamo “cuestre lo que crueste”, ustedes ya saben de quién me acuerdo. Habrá que abrir una cuestación popular, aunque sea de firmas, para que prospere esta no tan insólita petición, aunque sólo sea para que las palomas tengan donde exhibir sus evacuaciones, pero lo de Sánchez Ferlosio no admite discusión: Felipe III podrá tener cinco egregias figuras en ecuestre bronce, pero usted y yo no tendremos ninguna. No somos Marco Aurelio o Felipe IV o Pedro el Grande. Ni siquiera Gengis Kan. Quizá sea mejor. Con la moda actual de borrar el pasado, sea cual sea el repentino motivo, tardará poco en que las hordas reaccionarias las echen abajo o el mismo ayuntamiento que las izó decida convertirlas en escombro.

Regreso del Capitán Trueno




No sé de qué salva escribir, pero no puedo concebir una vida sin que me la cuenten, sin que otros escriban para que yo los lea. Cuando el volumen de lectura es brutal, no escribo. Prescindo de interferir en esa restitución metódica que proporcionan las historias ajenas, las que yo no controlo. De hecho se trata de una cuestión de orden y de principios. El escribir te da la libertad que no te proporciona casi nada en este mundo. No compongo música, ni pinto, ni me aplico en ninguna manifestación artística en la que no intervengan palabras. Insisto en decir que no hay nada parecido. Todas las cosas placenteras que ganan en esplendor a la escritura no alcanzan la satisfacción moral (o estética o intelectual) que te ocupa el alma entera cuando escribes, podría discutirse sobre eso. sobre cualquier cosa. Es curioso otro hecho: el de la convivencia entre el lector y el escritor, entre quien elige la opción de que le narren o el que se decanta por narrar él mismo o, en el peor de los casos, en el más doméstico y también triste, el de narrarse. Lo que ocurre cuando uno lee es que la soledad adquiere un sentido formidable. Escribir también embellece la soledad, la acaricia y la adora sin doblez alguna. No buscamos nada, no se desea escapar del mundo, no es ése el motivo que causa ese placer, ese amor puro. Uno entra y sale de la realidad cuando lee o cuando escribe. Entradas y salidas de duración variable. Recuerdo haber estado una noche entera leyendo de modo convulso, un poco enfermizo. Se me reprendió en casa, hace mucho tiempo de eso, el hecho de que castigara así mi vigilia, que la forzara a ese trasnoche libresco, que no tenía (a ojos de los que me censuraban) sentido alguno. Lo tiene, sí  lo tiene. La realidad, de la que no se huye necesariamente, está a mano y sólo el que ha metido su cabeza en un libro conoce la alegría que produce el regreso a lo real, a sus primores sencillos, incluso a su rudeza. Se sabe que existe un refugio, una especie de búnker, de patio privado, de sueño dirigido a placer por otro y volcado en nosotros. Nunca agradeceremos lo suficiente la existencia de que Robert Louis Stevenson escribiese La isla del tesoro o de que Robert Walser, antes de que le devorara la locura, dejase escrito Jakov Von Gutten, la novela que acabo de terminar hace poco más de una hora y de la que todavía no he salido, por más que me haya puesto un café en la cocina o de que haya estado hablando con mi mujer sobre lo que sucede hoy en la escuela. Los libros de verdad son los que se quedan adentro. No se tiene una propiedad perenne, pero están siempre ahí cuando les pedimos asilo, cobijo, la posibilidad de que nos permitan volver a ellos, aunque no los toquemos, ni recordemos fiablemente cada pequeña trama de las muchas que nos confiaron..


A lo que no renunciamos es a esa posesión preciosa, no se sacrifica, no se canjea: en mi cabeza sigue existiendo el Capitán Trueno. Una parte considerable de todos esos recuerdos de la infancia está impregnados de sus aventuras. Las conozco, he vivido con ellas durante cuarenta años. Están a recaudo Goliath, Crispín y Sigrid. Ahora pienso en cómo la miraba. Sigrid, la reina de la isla de Thule, podría haber sido ese primer amor inalcanzable, la constatación de que yo deseaba ser el Capitán Trueno y poder acudir en su ayuda cuando, ah Víctor Mora, ah Miguel Ambrosio, me la raptabais, la metíais en aventuras y la salvabais al final del capítulo, cuando todo parecía que estaba abocado al desastre. Ésa es la herencia que he recibido: la imagen imperecedera de su arrojo  y de su belleza, las dos cosas juntamente. Nunca después una heroína parecida o, de haber existido alguna, sería de rango menor, llegada a destiempo, en esa edad en la que uno ya conoce el valor de la fantasía y la crudeza de lo real. La literatura, no necesariamente la Gran Literatura, sino la pedestre, la de escuchar las historias y recorrer el mundo a sus lomos, perdura con la misma intensidad que los recuerdos de lo que hemos vivido. No es posible separar un ámbito del otro. En cierto modo, cuando pienso ahora en los años en que empecé a leer a Cortázar, se me viene a la cabeza la Facultad en la que estudié y los amigos que me hice y ahí anda, de por medio, entrando y saliendo de la escena, la Maga, fumando Gitanes, escuchando a los demás, sin entrar al trapo mucho o, de hacerlo, entrando con fiereza. Tantos años después, sin que flaquee ese aprendizaje, sigue uno leyendo historias. Las desea con más ardor, las anhela con mayor empeño. Hay historias que no sé contarme, que no es posible que yo pueda escribirlas. De ahí que lampe por encontrar una voz que me las susurre. Da igual que sea el Capitán Trueno o Funés el Memorioso, Travis Bickle, La Maga, Dorian Grey, Frankenstein, Gregor Samsa, el coronel Kurtz, Peter Parker, el capitán Ahab, Dartagnan, Gatsby, el reverendo Harry Powell, Jekyll o Hyde, Scrooge, Luke Skywalker, Norman Bates, Rufus T. Firefly, Smiley, Holden Caulfield, Humbert Humbert con su Lolita, Romeo con su Julieta, Alicia, Alonso Quijano, Peter Pan, Atticus Finch, Sherlock Holmes, Sam Spade, Jane Marple, Justine, Buzz Lightyear, Shylock, Bonnie con su Clyde, George Bailey, Darth Vader, el inspector Closeau, Harry Callahan, King Kong, José Arcadio Buendía, Roy Blaine, Jack Torrance, el Jabato, Conan el Bárbaro, Indiana Jones, Drácula, Monsieur Hulot, Vito Corleone, Norman Bates, Thomas Ripley, Tarzán, el Doctor Mabuse, Nosferatu, Juan de Mairena, Jim Hawkins, James Bond, Lisbeth Salander, Stephen Dedalus, Phileas Fogg, Oliver Twist, Pennywise, Hercules Poirot, El Pequeño Nicolás, Pippi Calzaslargas, Pinocho, Montaigne, Robert l. Stevenson, Eddie el Relámpago, Funés el memorioso, Mickey con su Pato Donald, Scarlett O'Hara, el profesor Tarantoga, Mycroft, Othello, Joel Barish con su Clementine, John Silver el Largo, George Kaplan, el Padre Brown o Íñigo Montoya, y me dejo tantos...Los personajes van y vienen, pero nunca se van. Se puede contar con ellos, se dejan querer y nos acompañan a menudo sin que tengamos que pedir que acudan. Somos una parte de cada uno. Ellos también nos construyeron.

Gun Crazy

  Se gana más dinero entrando en un banco a la fuerza, gritando y encañonando a los cajeros que disparando coronas de fósforos en ferias de ...