28.11.21

Dietario 216



 Desde que no escribo en este diario, que no cumple el rito de que sea revelado día a día, sino que surge a su manera, irrumpiendo sin que intervenga un protocolo estricto, ha pasado que ha muerto Almudena Grandes, a la que le seguía más en su faceta de columnista en El País que por su ingente producción novelística. Disfruté obras suyas antiguas (Las edades de Lulú, Malena es un nombre de tango), pero no las recientes, no sabría ahora discernir causas: uno lee guiado por motivaciones que no siempre se ajustan a un razonamiento, a ella le habría pasado lo mismo, siendo buena lectora como era. Se tiene de los que se van una propiedad íntima. Yo recuerdo una playa de Cádiz (tan cercana a ella) en la que acabé la revolucionaria novela con la que se abrió al mundo editorial, la de Lulú, luego (en mi opinión) no demasiado bien llevado a la pantalla. Fue a principios de los noventa y éramos más jóvenes los dos. Me fascinó su convicción, esa manera suya de darse al mundo y de dejarse encontrar. Dicen que tenía muchos amigos, recalcan eso en las necrológicas que hoy ocupan los medios de comunicación, sobre todo los de su periódico. Insisten en que era combativa, comprometida y alegre. El combate, el compromiso y la alegría no suelen ir de la mano. Hay una oposición entre consignar las injusticias del mundo y, al tiempo, saber poner buena cara en las fotografías y, a decir de quienes la trataron, celebrar la vida. La literatura es vida de más, dejó dicho o escrito, no recuerdo ahora, pero me ha venido esa frase que me afectó cuando la leí. Los letraheridos como ella van un poco a tientas por el mundo, no del todo a ciegas, qué va, pero sí con el dolor ajeno, convertido en propio por ósmosis moral. Almudena Grandes era intensa. La suya fue una intensidad de la que no dudan ni quienes no la tenían como santa de sus devociones. Yo, ya digo, echaré en falta su contribución quincenal en el suplemento de El País. Daba del mundo una visión lírica, aunque manejase un lenguaje periodístico limpio y certero. No está reñida la poesía con la enunciación severa de lo que se ve, sin hacer alharacas verbales. No era ella de adornar, sino de contar. Las palabras deben ir en su sitio justo y hay algunas que sobran y otras que, por obligación de oficio, exigen su cuota de verdad. Fue verdadera Almudena. Se ha ido joven. Hoy domingo es suyo el día. Un poco más triste esta mañana ocupada en quehaceres domésticos. Una pena, se cuente como se cuente. 

27.11.21

El día del maestro



En parte, le debo mi amor al inglés a Leonard Cohen, a Cat Stevens, a John Denver o a Simon and Garfunkel. Creo que fue un profesor que sustituía al titular, no recuerdo ahora el nombre de ninguno, el que trajo a clase esos discos grabados en cintas de cassette y nos ponía The partisan, Bridge over troubled waters, Father to son o Annie. De ese amor al inglés vino otro, el de la docencia, el de ganarme la vida (se sigue diciendo así, imagino) enseñando un idioma a quienes no lo conocían. Antes de que nos atropellara el tren de la burocracia, ponía música inglesa en abundancia a mis alumnos. No con la pretensión de que les gustaran esas canciones o esos intérpretes, que también, sino por salir de la rutina de los libros y de las fichas y de los audios anclados en el limbo, fuera de la realidad del tiempo y del espacio. Quien haya estudiado inglés en serio, sabe de qué le hablo. Compré este single (ya no se emplea la palabra single) en Fuentes Guerra, en Córdoba. Luego debí perderlo en alguna mudanza o cuando abandoné la restitución analógica por la digital, cosa de lo que me arrepiento de vez en cuando, aunque soy feliz, inmensamente feliz, con mis discos compactos.
Descubrí hace unos días la portada en una de esas tiendas de compra y venta de antiguallas y me pudo la emoción, la sensación de que Leonard Cohen es el que me abrió camino y me dijo: "Emilio, vamos, hombre, ten afición a algo, obedece ese impulso, dedícate a estudiar algo que te guste mucho y luego no flaquees hasta que consigas un trabajo en donde aplicarlo". Tardé en alcanzar el mío, pero lo ejerce a satisfacción, me sigue encantando Cohen y el inglés. Creo que ese día de 1980, por ahí debía andar el calendario, fue luminoso. Cuando aquel profesor sustituto entró en clase, sacó unas fotocopias, las repartió y pulsó el play de su cassette portátil, el mundo y yo nos conciliamos y yo entreví por dónde caminarían mis pasos y el lugar al que debía dirigirme. Después de estar treinta años instalado en él, sigo sintiéndome un privilegiado. No por tener un trabajo que me permite pagar mis facturas, darme los caprichos que se tercian o vivir con desahogo, sin excesos, ya saben, soy maestro, sino por hacer lo que me gusta, por entrar a diario en mi clase y compartir en lo que puedo ese amor infinito hacia una disciplina, da igual cuál sea. Pudo ser otra, pero fue el inglés, fue Cohen, ahora lo tengo más claro que nunca. De aquel maestro no recuerdo mucho, desgraciadamente. Estuvo unos meses. Tenía un bigote espeso y era flaco, hablaba rápido en inglés y en castellano y fumaba en los pasillos, entre clase y clase, qué tiempos. Quién sabe qué hace ahora, debe estar jubilado. Los maestros, sin que nos demos cuenta, abrimos caminos, eso hacemos. Los demás creen que sólo enseñamos matemáticas o inglés o naturales, pero lo que hacemos es enseñar lugares a los que ir y la forma de llegar más divertida y apasionante. A veces lo conseguimos. Lugares que están en los mapas y lugares que están en el corazón. Esa es nuestra fortuna. Antes de que ese hombre apareciera, tuve a Don Carlos Galán Verdejo, a él sí que le pongo nombre. Nombre y ternura. Cariño inmenso y gratitud franca. Él fue el primero que me cogió de la mano. A veces pienso que todavía me la coge. Allá donde esté, desgraciadamente hace mucho que no está con nosotros, me acompaña todavía. Hoy es su día. Nuestro.

El odio

 

"El odio es, de lejos, el placer más duradero. Los hombres aman a la carrera, pero odian sin prisa" 

Lord Byron



K. tiene a veces la ocurrencia de contarme qué ha soñado. Lo hace sin retraso, por miedo a que la realidad borre la ficción. Luego, una vez se ha explayado a su gusto, descansa. Se le ve feliz, sabe que no se perderá, que le daré asiento a su relato. Anoche soñó con un compañero de la infancia, soñó con J.J., (me parece que podría ser M. o A., qué más da, un niño ruso incrustado en la España de los setenta, me ha dicho. "Es un sueño en el que ha estado a punto de pasar algo terrible, Emilio. Te lo voy a contar. Nunca he odiado. Nada hizo que yo recurriera al odio. Nada malo que me haya sucedido me ha llegado tan hondo como para alojarlo y dejar que madure ahí adentro. A lo sumo, he manifestado mi ira, la he verbalizado o la he convertido en un gesto o en varios. Debe ser raro que no haya nada que odiar. Tendría que probar. Igual el odio curte. De pequeño, es posible que odiara a J.J., del que no sé nada hace cuarenta años, tal vez. De haber podido, si se hubiesen dado otras circunstancias, lo hubiese odiado. 

Creo que es mejor odiar a alguien que cogerlo del cuello, zarandearlo y revolcarlo en el patio del colegio, sin que te importe estar a la vista de los maestros y de los compañeros y que tu madre acabe en un despacho para que se le informe del animal que tiene por hijo. De pequeño, fui un animal contemplativo. Porque no odié a J.J.: aún mereciéndolo, no lo hice. Que recuerde, me reprimía. El odio es como el amor. Lo dice Lord Byron. Tal vez incluso sea más duradero. Se ama o se odia atropelladamente. El hecho de que todavía me acuerde de J.J. le da la razón a Lord Byron, ahora que lo pienso. Habré olvidado a otros compañeros de clase, incluso a los amigos de entonces, con los que compartí juegos y confidencias, pero él perdura, ha logrado mantenerse a flote en el proceloso mar de la memoria. Está ahí, aunque no le haya echado el ojo durante mucho tiempo, pero ha bastado pensar en el odio y acudir él, como si pudiera retomar la trama de la infancia, la que no cerré, la que no convertí en una pelea seria en el patio o a la puerta del colegio. Permanece en la memoria porque no le rompí las gafas o porque él no me rompió las mías. Se olvida lo que se zanja, lo que se cierra. Hay libros que decides no continuar y afloran de vez en cuando en tu cabeza, parece que pidieran ser retomados y no continuar en ese limbo de las cosas inacabadas. A J.J. le pasa eso. Debí pegarle una buena tunda de palos o debí odiarlo sinceramente hasta que, llegado el momento, el odio se manifestara como he visto en otros muchas veces, pero uno no es así, por desgracia, creo que por desgracia, funciona de otra manera. O me educaron bien o mi voluntad, que rehúye tradicionalmente de los enfrentamientos, decidió no involucrarse, no bajar al campo de batalla, no romperle la cara a J.J. 

Es tan poderoso el odio que ni siquiera recuerdo lo que lo animó, qué hubo tan terrible que lograra activarlo. Por más que me esfuerce, no logro esculcar el daño causado, el que no fue derribado por los años y perduró secretamente, como una semilla oscura, como un deseo que no ha sido realizado. El odio es uno de esos deseos que nunca hemos cumplido. Es, de lejos, como dice el poeta romántico, el placer más duradero. Los otros se desvanecen, se degradan o incluso desaparecen abruptamente, pero el odio hace casa en el alma, la conquista y la hace suya, aunque no se exhiba mucho, ni se aprecie que mora en ella, larvado y a la espera. Lo bueno es que no tengo ni idea de cómo sería hoy en día J.J.. En mil novecientos setenta y tantos, J.J. era delgado y con cara de niño pobre de la extinta Unión Soviética. Me ha salido esto de la Unión Soviética por una película que vi. Eran soldados arrojados los de la película: un ejercicio titánico de resistencia ante el enemigo, que no pudo desarmarlo sin el concurso de un espía. Suele pasar . J.J. era un niño ruso incrustado en la España de los setenta, un niño ruso en un patio de un colegio. Me pregunto si él habrá soñado alguna vez conmigo. Si ha fabulado la posibilidad de que yo lo tumbara a palos o siga pensando en él, maquinando el cierre de la afrenta que me hizo, igual fueron muchas, igual ninguna ha sanado. Hay cosas que uno no gobierna. La cabeza es un instrumento del mal, el corazón es un cazador solitario, que dijo otra en una novela que leí hace mucho tiempo"

Adenda: en ese patio, que era un campo de fútbol reglamentario también, jugaron los tres, K., J.J. y un servidor. Al fondo se ve la pared y las escaleras construidas en ella para acceder al patio principal del colegio, en el que también jugábamos al fútbol. No sé ahora qué uso se le da. Hace tiempo que no me paso por allí, tampoco ha habido ocasión para que nadie me cuente. No recuerdo que nos visitaran obispos, pero no lo descarto. A mi colegio de ahora vino uno que irritó hasta al claustro feligrés, en el que no me cuento)


Fotografía sin autor reconocido. Es el campo de fútbol de San Eulogio, usado en clases de Educación Física por el colegio Fray Albino. Por esas escaleras bajé durante muchos años. En ese campo aparte de mi vida cualquier vocación deportiva.

26.11.21

Ser Thelonius Monk

 


No tengo voluntad de ser Thelonius Monk. No se me ocurre que esa idea cruce mi cabeza y se quede ahí o me preocupe o haga que no me sienta feliz con lo que soy, pero cada vez que le escucho me imagino la felicidad de ser Thelonius Monk. Del hecho de que yo desee ser Thelonius Monk de un modo transitorio podría deducirse que no tengo el apego que se puede prever de ser Emilio Calvo de Mora. No es una carga que uno anhele a tiempo completo. En ocasiones, según qué haga o deje de hacer, qué esté observando o a quién, mi voluntad es la de ser invariablemente otro. Ignoro si ese hipotético otro, en su discurrir un poco extravagante, querría ser yo, aunque fuese un fragmento del día o una parte no considerable de su vida. Son pensamientos que ocupan el final del día, a poco de conciliar el sueño. Ojalá, a beneficio de narrativa, Monk se incorpore a la trama de esos sueños. Estaríamos los dos en uno de esos clubs de Nueva York, Antes de que salga al escenario y toque Blue Monk, me habría confesado que está cansado de ser Thelonius Monk. Que preferiría cierto anonimato o que alguien lo reemplazase una noche o unos días completos. No sabe bien si le agradaría que fuese un contable de una pequeña compañía de transportes o un periodista de sucesos, de los que van al lugar de la noticia y toman nota con una libreta pequeña, como hacen los detectives en las películas de cine negro, el que se sentara al piano y tocara Blue Monk con el cigarrillo en la boca, dándole caladas profundas cuando la canción le diese una tregua y pudiese distraer una mano. En el sueño, los dos fumaríamos toda la noche, beberíamos bourbon del bueno toda la noche y él me presentaría a Charlie Parker o a Bud Powell. Hablaríamos de bebop y de mujeres. Convendríamos la necedad de toda esta ficción de viernes por la noche y mañana, él en su limbo sin tiempo y yo en mi residencia en la tierra, no haríamos aprecio a toda esta representación frívola de nuestro delirio. 


La lentitud de las nubes / Redux




Estas sombras amables cuando atardece,
este viaje del que se regresa vacío y solo
con el alma como prendida a un hechizo,
como si de repente un temblor nublara la memoria
y uno no supiera el tamaño exacto del corazón
ni la propiedad privada de las palabras,
y la sangre fluyera loca por ahí adentro,
sin brida que la amarre ni caricia que la acune.

La sangre tutea a la muerte,
la sangre es un delirio en la noche,
un purgatorio dulcísimo
donde el alma festeja sus incendios.

La sangre no tiene pudor,
no cree en Dios, no sabe por qué discurre
por las carreteras oscuras del cuerpo,
ni conoce su vocación de semilla y de salmo,
su delirante oficio de brújula y de río.

Dios está ocupado.
Entretiene su vigilia infinita
escribiendo una novela sin palabras.
La atmósfera de la trama 
es más importante que la trama misma.
De hecho no hay trama 
o son muchas y el tiempo las multiplica y las confunde.

Dios es el detective lento, 
el vigía paciente que escruta el aire
y lo pesa y lo custodia después en su memoria.
Dios no se preocupa de saber quién no cumplió las leyes, pensé, 
pero se esmera en sancionar, 
en reclutar pecadores a la causa eterna,
en registrar la fiable lista de muertos y de vivos,
en cuidar de que su obra no flaquee
y perdure por los siglos de los siglos
y le levanten catedrales y se inclinen y le veneren.

Aquí en la tierra festejamos la luz, 
la veneramos, es la sombra la que duele, 
la oscuridad con su ejército de demonios duele,
pero no nos abatimos, nos decimos continuamente que debemos seguir
bebiendo de la copa el licor dulce y áspero y limpio 
a sabiendas de que en el último trago
aguarda el veneno, espera la sombra,
la tiniebla con su rosa negra,
la rosa negra con su pétalo muerto.

Todo es un círculo, amigo mío.
Vamos y venimos sin saber que giramos.
Tenemos la certeza de que una casa nos pertenece
y tenemos a la mujer y a los hijos,
pero todo es frágil, todo es ilusorio.
Nada es nuestro, nada podremos llevarnos.
Nos hemos ido quemando poco a poco.
Un incendio lento, un fuego sin prisa.
El mal nos ha invitado a que presenciemos
su ir y venir por la historia de los hombres.
El mal no se arredra cuando vence la luz 
no se aparta, parece que ni le importa.
El mal es una revelación absoluta, 
un caos febril y fértil y sucio
y lo tenemos dentro de la cabeza
como un cáncer sigiloso y terrible,
como un demonio paciente y mortal.

Aquí en Carcosa, donde vivimos, 
los hombres anhelan no saber, 
fornican y beben y matan. 
Imploran a Dios que los guíe, 
pero Dios está ocupado
en hacer árboles, ciervos y nubes 
y repetir el festín goloso de la sangre
yendo y viniendo por el cuerpo,
repitiendo el milagro de la vida.
Dios no puede estar en todo,
cómo podría, dime, si además
escribe infatigablemente 
la burda historia de sus criaturas

Yo soy el que busca el sentido a las cosas.
Soy Rustie, el poli yonki, 
el bebedor de cerveza Lone Star, 
el pecador convencido de la trascendencia metafísica del pecado,
el detective arrojado al abismo 
y devuelto a la barra de los bares.
El que sabe que no hay recompensa divina, 
ni derecha del Padre, ni caricia que alivie,
el que ha bajado al infierno y ha vuelto.
El infierno es un carretera secundaria en mitad de la noche,
es un círculo de fuego, es la muerte 
coronada con astas de ciervo.

Si me preguntáis, 
diré que no he visto a Dios en el descenso. 
He preguntado por él, he aguzado la vista,
he abierto mi alma, por si quería visitarla,
pero no ha dado señales de vida.
Estará ocupado, estará lejos, estará dormido.
He bajado al infierno y he vuelto.
He visto el miedo sin máscara.
He abrazado el mal puro, el mal
antes de que el hombre anduviese por el mundo.
El mal sin corromper todavía,
como un niño que tira una piedra 
y sonríe cuando el azar le abre la cabeza a un perro.

Lo contrario al mal es la luz.
El día es claridad, es fulgor, es plenitud.
El día es vasto y da bríos al jinete en la cópula.
Destila cánticos de luz, cifra el mundo
derrota a la tristeza, tienta al azar 
en el centro mismo de la palabra.
Es el numen de todas las cosas,
rescata la semilla de la semilla 
y asciende altivamente a lo sublime.
La luz no se discute nunca.
No conoce patria ni se deja aprisionar en banderas.
Reparte las causas y los azares,
embosca a la razón y la vence.

La luz es el tahúr enamorado de su manga.
Nos instruye en los vicios de vivir,
pero luego abandona nuestra custodia,
nos arroja a la sombra y a su trama de niebla
Todo lo que hayamos podido aprender no sirve para nada.
Estamos desnudos, desnudos y solos.
Desahuciados, en el desconsuelo, 
en el caos, en el vértigo y en la fiebre.

Vence el mal, eso deberías recordarlo bien.
Vence sin algarabías, ni grandes canciones 
que festejen el triunfo y lo anuncien al aire.
El mal no tiene épica. Prefiere el disimulo,
el cuidado de no delatarse en demasía.
El mal es el aliento primero del mundo 
y esconde en su cauce el secreto del universo.

En el día primero se convidó a subir a escena.
y desde entonces, a dentelladas,
escarba la tierra, gobierna el fuego
y hace que las bestias abreven en su boca 
y los hombres enloquezcan en su nombre.
No hay quien no lo haya acariciado.
Es el insomnio de la muerte.
Es el nombre primero, la invitación primera.
Su oficio es desbocar su fiebre antigua de oleaje perfecto.
Nosotros somos los enfermos, los desheradados.

Antes que vértigo o incendio o fuga,
Dios fue un desmayo abundante y un gozo exacto.
Algunos lo han visto escribir la herencia de la tierra,
izar la hombría y preñar los espejos.
Los poetas ven esas cosas y las registran,
Pero yo soy Rustie, el bebedor de Lone Star,
el detective místico, el que vela en la sombra
y viene a recordar quién manda, quién administra 
la herrumbre y el peso muerto de las horas.


No llevo la cuenta de los días desde que acabo todo.
Sólo percibo el dolor y lo que el dolor deja cuando irrumpe.
Salgo a veces a la calle y paseo, me despejo.
Hago lo más parecido a ser normal,
cuando tuve una familia y pagaba a plazos un televisor,
pero quién querría ser normal
si ha visto el infierno en la cabeza de una puta muerta,
si ha mirado al diablo y le ha sostenido la mirada,
si he entrado en el laberinto y he hecho el camino de vuelta,
aunque fuese otro el que regresó, no yo.

Yo estoy en el infierno y en el laberinto.
Hay voces en mi cabeza que me aturden.
Se las oye de noche como si fuesen perros que ladran a lo lejos. Entiendo lo que dicen.
Me hablan las voces y saben que las escucho.
Los detectives sabemos escuchar.
Algunos días no puedes dormir, 
temes caer en el sueño y empezar a girar de nuevo.
Sólo quieres parar, beberte una cerveza
sentado en el porche, fumando sin prisa,
mirando la bóveda celeste, la cuenta de estrellas.
Tampoco llevas la cuenta de las cervezas,
ni del tabaco, ni pudiste contar las estrellas.
Te estás matando, Rustie. Lo haces adrede

La gente de por aquí ni siquiera sospecha
que hay un mundo ahí afuera.
La gente de afuera no sabe que existe un mundo aquí adentro.
La gente prefiere tirar una moneda a la fuente
antes que salir y trabajar y ganarse el pan nuestro de cada día.
La gente de por aquí cree en todas esas historias de milagros.
Las tienen en las mesitas de noche y las leen
antes de conciliar el bendito sueño.
Parábolas. Prodigios. Peces y pan. Salmos. 
Creen que vendrá el salvador y los meterá en su barca
cuando el agua haya cubierto el tejado de las casas
y suenen las trompetas del apocalipsis.
A la espera de que ocurra, se entretienen en lo que pueden.
Beben y comen, fornican y duermen, rezan y blasfeman,
pero todos se matan con lentitud.
No sólo se disparan o se clavan cuchillos.
Se ponen hasta arriba de bourbon de Louisiana 
y piden que ocurra el milagro.
No hace falta que tengan un crucifijo en el salón de sus casas.
Creen que al abrir la boca habrá una oreja que escuche.
La boca con sus pequeñas palabras.
La oreja con sus grandes silencios.

Yo tengo un crucifijo en el salón de mi apartamento.
Lo desclavo a diario y lo miro con perplejidad.
Tengo la taza de café en la mano y un cigarrillo en la otra,  
así que temo que se me caiga y se rompa.
Debe ser un milagro que no se caiga ni se rompa.
Te miro a veces como si me estuvieras hablando,
pero nunca has dicho nada, Jesús.
A veces creo que soy yo el que no escucha.
Dios hablará a su manera y tú me confías lo que te dice.
Los dos somos intermediarios, ya lo ves.
Dios no usa el inglés, ni el español.
Dios no necesita palabras, se hace entender sin ellas.
Seguro que nos habla y nos reprende cuando nos portamos mal.
Las pesadillas que tenemos de noche las escribe él.
Son el castigo privado por nuestros pecados.

Dios hizo al hombre y no se preocupó de la criatura que hizo 
                       a su imagen y semejanza.
Lo dejó en la intemperie.
Sólo le habla en susurros,
no atiende a sus súplicas.
Si lo hiciera, no habría dolor, ni tristeza,
ni habría gente como yo matándose a diario,
despreciando el regalo que se me hizo,
pero no tengo valor para suicidarme.
Al menos mientras queden unas latas de Lone Star en la nevera y tabaco en el bolsillo. 

Sigo aquí, en Carcosa.
Me siento en una silla
y miro las estrellas
cuando ya es noche cerrada.
Lo primero que pienso es qué insignificantes somos.
Después pienso en mi madre y en lo que me decía.
Hablan bien las madres, cuidan de nosotros,
pero no las escuchamos, no tenemos paciencia.
Seguro que una mosca no tiene esas preocupaciones.
las moscas no tienen metafísica, ni madres a las que respetar.
ni tampoco cielo, ni infierno, ni eternidad.
Su vida es corta y la muerte las cortejan desde que nace.

Bebo Lone Star, me he traído un pack de seis.
Escucho cómo ladran a lo lejos los perros. 
Ya no sé muy bien lo que dicen.
No comprendo las palabras.
Como dijo un poeta, tuvimos la experiencia,
pero perdimos el significado.
Hay un libro por ahí con ese poema.
Un día tengo que buscarlo y subrayar ese verso.
Por si se me olvida. 
La memoria es un juguete del que no te puedes fiar.
A veces funciona y a veces no.
Según le da, a su antojadizo capricho.
Yo soy un corazón bueno que ha visto la sangre 
tutear a la muerte.
Las nubes tienen una lentitud preciosa. 



Dietario 216

 Desde que no escribo en este diario, que no cumple el rito de que sea revelado día a día, sino que surge a su manera, irrumpiendo sin que i...