El otoño es una especie de adviento al que se le ha retirado la huella cristiana, aunque mantenga la espiritualidad o la fe, que vienen a ser una principio de la otra y hasta pueden relevarse en sentido. Creo firmemente en el frío. En lo que a mí respecta, estoy preparado para que me sacudan en el alma todas sus metáforas y sé que cuando vea un árbol pelado de hojas estallaré en endecasílabos y escribiré poemas que pondrán mi nombre en el parnaso de los rapsodas melancólicos, en el cenit de la lírica. Fue sentir ayer el frescor de la noche cuando se echó encima y tener la certeza de que la inspiración (la que haya) retornará y hará casa en mí. Sacaremos del armario las prendas de entretiempo y subiremos al trastero a por los bártulos con los que combatir el frío, que no será un enemigo y, por ende, no habrá liza que entablar ni obstáculo que impida mi alborozo. Qué maravillosa, qué feliz contienda, qué ganas le tengo. De momento, en la espera, miro al sol con afecto, no ha hecho otra cosa que desempeñar su oficio antiguo. Ha sido un verano cruento, incivil, de una hostilidad intimidatoria. Está retirándose. Se aprecia por la mañana, en el patio. Luego tiene ratos en los que se aplica con su acostumbrado magisterio. Tengo que escribir un libro de poemas que se ocupe del frío. Saldría en lo más crudo del crudo invierno. Se llamaría así: "Frío". Ya contiene un poema. Ni título le he puesto todavía.
El frío hacia adentro
ganando la herrumbre,
el frío vulgar como la muerte
cuando ocupa la entera
extensión de la luz que la batalla,
como un acto de fe pura.
Oigo el frío frágil
en secreto
contando los días,
el frío virginal
que trae una lluvia invisible,
un rumor oculto de heridas,
el veneno primero con el que la vida
nos enseña su saña ampulosa,
su cuenta de pesares,
el frío leyendo a Dickens.
En verdad os digo,
oh mis hermanos,
que nada hay que haga sentir más frío
que ser un niño de Dickens
en una edición barata de bolsillo.
Todo lo que uno lee es Dickens,
todo está ahí, íntegro, sin fractura,
en el mejor de los tiempos,
en el peor de los tiempos,
en ese bucle de las cosas,
que no se advierte,
que no deja una huella
y, sin embargo, perdura,
no se desvanece jamás,
está al alcance siempre,
como un salmo, como un dios
caprichoso y rudimentario
que bosquejara el mundo
y lo bosquejara otra vez
y viese que está bien la obra,
pero se diese un día, dos días,
seis días más hasta que de pronto
se comprende que ya está acabado.
Entonces es cuando se produce
el chasquido,
todo lo demás no importa.
No importa el vértigo,
ni la fiebre,
el tiempo severo,
el arcano y el inmisericorde.
Importa Dios en su secreta atalaya,
en su imposible distancia,
Dios deshecho y vuelto a hacer
a conveniencia del poeta,
que es quien al final conoce
la trama primera y la última,
modela el universo, lo agita
y a ciegas, como aquel
sin ojos y de manos precursoras,
cincela, forja, expande.
Está el poeta
en el centro exacto del numen.
El frío es el abismo,
el frío es una llama inversa,
un fuego ensimismado.
El frío es metafísico.
El frío es un diccionario
oscuro y profundo.
Las palabras se escriben solas,
cruzan solas el páramo,
se ahondan solas.
Las manuscribe el frío.
Da uno con las palabras
que no le pertenecen,
como si otro escribiera.
Es un poema de otro,
no le pertenece.
Es de nadie y de todos.
Como un paisaje.
Los paisajes no tienen
quien los posea.
Dios en la altura
bendice los paisajes,
pero las palabras
están huérfanas.
El frío es clausura.
avanzando como un cáncer,
como plaga del antiguo testamento.
Lo abrazo con el alma.
Le dispenso mis más pensadas atenciones.
El frío es una república de lobos.
El frío es un festín lírico.
El frío es mi padre
yendo de su corazón a su cabeza,
aunque no sepamos
las palabras con las que se cuenta
el mundo,
y no sepa que afuera es diciembre
y el frío lo ocupa todo
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