8.2.26

Tom Waits Redux

 

Fotografía de Marina Sogo

Una introducción

Los perros viejos ladran hacia adentro. Llevo unos días con la coz de su garganta en el corazón como un tatuaje. Hace veinte años, serán más, me monté un recopilatorio personal con las canciones de Tom Waits en el iPod y lo usé a discreción durante los ratos desocupados del día. Por la noche buscaba el sueño mecido por una tonelada de bisagras que abren puertas oscuras que acceden a un mundo turbio, pero lleno de afectos. Tom Waits es un tipo que gana conforme uno va conociendo el patrón de su música. Gana porque es honrado como pocos. Sí, es cierto, que últimamente ha bajado el listón canalla, pero se le perdona, aunque solo sea por todo lo que nos ha regalado durante los últimos cuarenta años, serán más. Es un perro viejo, Waits. Ladra hacia adentro. No sé cómo se hace eso, pero él lo borda. Por eso el amigo Tom tiene la voz que tiene. Porque ha estado toda la vida ladrando hacia adentro y se le ha torcido la inflexión a medio camino entre el corazón y sus asuntos, como decía Machado. Los suyos son los evidentes. Furcias, ginebra, nicotina, mesas de billar, pianos al fondo del bar, asuntos de la mayor trascendencia para quien respira a bocados. Creo que he escrito sobre Tom Waits como para sacar un libro pequeñito. Tengo cuatro títulos. El que más me gusta es “Hasta que las estrelles revienten en el cielo de Beverly Hills”. Estará hecho de fragmentos. No sabría hacer una novela. Tal vez un volumen de cuentos. Otro título: “La melodía es como el humo”. Conforme me hago a la idea de que seguiré escribiendo sobre Tom Waits, menos lo escucho. A veces necesito un receso. Vuelvo a él sin saber cómo. Me he dado cuenta de que vuelvo a las cosas que me embelesan sin un motivo. Algo hace dentro un chasquido. Suena fuerte. Es posible que hasta se escucha desde fuera. Un clic. Un ladrido. Una tos. Ese también sería un buen título: “Un ladrido, una tos”. Hago aquí una rendición de lo que he ido encontrando. Lo he montado con absoluta falta de rigor narrativo.

I / TOM WAITS SE EXPLICA A SÍ MISMO

Arde mi alma, se pudre mi boca

Soy Tom Waits y ya no soy un hijo de puta. No me pregunten cuánto vale un gramo de coca. No pregunten si es el piano el que bebe o soy yo. Por mi mujer o por los concursos de la televisión. Por el colegio al que van mis hijos. No leo libros ni periódicos. Me da lo mismo si ganan los demócratas o los republicanos. Trump es un tipo demoníaco, pero yo tengo a punto mi equipo de música para poner mis viejos discos. Los de los años de las habitaciones de motel, los de todos esos bares que huelen a nicotina y a whisky rancio. Los de los perdedores.  A mí me ha dado más vida la oscuridad que toda la luz de los cielos limpios con los que nos bendice Dios cuando abre el día. B.B. King estuvo de gira hasta que no podía abrir los ojos y buscar su Lucille en el escenario. John Holmes se fue al infierno con la polla ardiendo y sin un céntimo debajo del colchón. Yo no quiero terminar como John Holmes. Yo no quiero morir en algún club de mala muerte de Denver ni en uno de esos estadios enormes en los que a veces hacemos como que somos dioses. Por eso mi mujer me ha contado un cuento para las noches de invierno en el que Tom Waits sale del pozo (el pozo más negro, el más áspero, el pozo de la biblia de la garganta muerta) y pasea las calles de la ciudad como un ciudadano corriente. Un cuento lindo para las frías noches de invierno. Haría lo que sea por redimirme. De hecho, ensayo salmos cada noche. El sacramento de mis abluciones mentales. La catedral de mis vasos vacíos de whisky. Rezo al cielo infinito y me hinco de rodillas, cerrado el corazón, callada la boca, pensando en mis adentros la salmodia que me exima del tabernario relato de mis pecados. Fueron muchos y todos se conjuraron para que mis canciones describieran lo podrido de mi alma. Me empujaron: me dijeron que yo era el diablo y me lo creí. Tom Waits es un diablo. Ved cómo se acerca a las muchachas cándidas y les susurra el evangelio de los objetos rotos. Solo era un hijo de puta, pero ya no lo soy. Ahora pago los impuestos con una sonrisa y leo el horóscopo con un café mientras en televisión Johnny Cash, el padre Cash, canta una pieza de cuando era otro hijo de puta. Lo miro de reojo, me pregunto cómo sería la vida sin todos los discos de Cash. Cómo se puede vivir sin ser Tom Waits, y me gusta la cara de animal que me enseña el espejo. Creo que necesito un tiempo para encontrar mi sendero. Dejadme que busque mi sitio, dejadme mirar a mi mujer y negociar con ella un pequeño receso.

Un tren descarrila en mi cabeza

Soy Tom Waits y ahora pago un recibo mensual por la televisión por cable. Netflix tiene un catálogo de la hostia, de verdad. Hay lujuria en 4K, hay mierda desprevenida. La única resaca que padece mi cuerpo cada mañana es la de la abstinencia absoluta. Y juro por Dios que lloro al recordar los años gastados en las barras de los bares, las noches eternas contemplando el paraíso en el fondo de una botella de Jack Daniels. Anoche vino un periodista a casa. Le ofrecí un té aromático y amenicé la entrevista con un disco de Barry Manilow. Copacabana. Qué delicia, qué cool, qué voz la de Barry. Dejé los de Johnny Cash, el viejo Cash, el padre puro, para los días oscuros. Mi mujer sabe el dolor que he sufrido y aprecia en lo que puede la redención a la que me he entregado en cuerpo y en espíritu. Mi mánager me pide sangre, pero yo sólo sé darle algodón. Algodón y caramelitos mentolados. Sólo me sale un canto de bonanza. No soy capaz de entonar las melodías de perro de antaño. No ladro, no sé ladrar. Mantengo el aspecto de perro. Mirad la boca, las babas, los dientes hambrientos, pero no hay instinto. No hay sed. Todas las noches descarrila un tren lleno de algodón en mis sueños. Juro que cada mañana me levanto empapado en sudor, gritando como un lobo enjaulado, lejos de la manada, obligado a enseñar los dientes muertos, todos esos dientes con sarro de perro tonto, alimentado con hamburguesas del McDonald’s. Soy el lobo recién ingresado en la sociedad civil. El vampiro con nómina, el asalariado de la casa de los buenos deseos. El delincuente súbitamente al corriente de sus fechorías y entregado sin estridencias al bendito tribunal del pueblo. El hombre domesticado. El marido a la mesa camilla, pendiente del Dow Jones y de las huelgas en el metro. Mi país es una mierda, yo soy un patriota.

Kentucky como una botella

Soy Tom Waits y ya no sangro cuando canto. A mi voz le ha crecido un cáncer y soy incapaz de disimular la enfermedad en un escenario, pero sabrán disculparme si no regreso al activismo de antaño. Nada de soflamas, ni de cuentos ebrios. Nada de perros de la lluvia ni de chicas con una pistola en las bragas. Yo no me siento con fuerza para escribir mi biografía. A veces se me escapa un aullido. Lo sé leve, asustadizo, como un lamento. Cosas del lobo que no ha dejado de romperme por dentro. En todo caso queda una brizna del salvaje que fui. Si me miran en detalle, si observan el mapa de mi rostro, advertirán la erosión, el roto que los excesos han dejado en los ojos. El santo bebedor es ahora un sencillo funcionario. Gano la paga como la gana usted. Me levanto temprano. Oficio el rito preciso para aparentar la normalidad que anhelo, pero basta con prestar la suficiente atención para percibir la metástasis. Soy un zombi, soy un fantasma. El cuerpo está muerto, pero la cabeza sigue ordenando el mundo. Soy una especie de dios rudimentario y caprichoso que ha encontrado un placer sublime en corregir los errores del plan y en cuidar de que no se reproduzcan de nuevo. Kathleen, mi venerada esposa, me ha librado del veneno. Me ha dicho: o el veneno o yo. Y a esta altura de la travesía, bebida media Kentucky, fumada media plantación de Virginia, libradas todas las batallas con las que el hombre se cree divino, ungido con un don, Kathleen es el sol y también las estrellas. Es que ahora leo a Dante. Tengo tiempo, tengo todo el tiempo del mundo hasta que las estrellas revienten en el cielo de Beverly Hills.

La melodía es como el humo

Soy Tom Waits y la melodía es como el humo. El ritmo, ya lo saben, son las toses. Ya no importa que cante con el culo y recite a diario el rezo de mi salvación. Fui un borracho rentable y ahora soy un crooner de mis recuerdos. Sinatra con pantalones sucios. Si quieren les canto My funny Valentine o Summertime como si no hubiese hecho otra cosa en la vida. Ladro lo justo, lo siento. Me sale la voz de perro, pero me duele lo que dice. Si quieren volver al ogro, saquen mis discos, inviten a los amigos, díganles que fui un dios salvaje. Fui un dios con un alambique de whisky en la mesita de noche. El dios ebrio con su don preciso. Chet Baker sin trompeta. John Holmes con menos polla.

El bastardo

Soy Tom Waits, el bastardo, el huérfano, el loco, el limpio ejemplar de una especie en vías de extinción, el que no se vendió a Dios, pero miró a los ojos al diablo y encontró refugio en el mal, en la belleza que el mal siempre alienta. Siento que no me hayan sabido comprender. De verdad que siempre intenté ser yo mismo. Lo fui cuando me senté en un cabaret y entoné un blues fúnebre. En el fondo no he hecho otra cosa en mi puta vida. Cantar un blues. Pedir por los míos. Saber que no tengo otra cosa que a Kathleen. Mira, mujercita mía: he aquí el hombre defectuoso, pero determinado a amarte hasta que las sombras ocupen la entera extensión de la vasta tierra del demonio. En la intimidad, a salvo de las cámaras, de las giras, de los estudios de grabación, le repito a mi amada Kathleen. Le digo que se acomode y lo hace con un desparpajo que me intimida. Luego busco una canción antigua. Y le ladro. ¿Eras perro o lobo esta vez?, me dice después de la reverencia protocolaria. Y la beso como un animal antiguo y miro las estrellas en el cielo de Beverly Hills y espero que revienten. Ahora hay una que me está mirando.

El infierno

El infierno son los otros. Yo estoy del lado de la luz. La he visto y he visto mi cara tatuada en su reflejo. Soy como un eco de las cosas que fui y me oigo en la distancia reclamando mi lugar y mi poltrona. Sé que no hay lugar en donde pueda refugiar mi alma recién estrenada. Está al alcance de los monstruos. La devastará la fiebre, se la comerá el vértigo, la despedazará el caos. Entonces quizá me plantee volver al escenario, a los tugurios. Tengo una silla alta delante de un micrófono en un club de barrio. Está ahí a la espera de que me acomode, recule la voz, me enjuague las consonantes difíciles y entone mis canciones antiguas. Tengo una para cada estado de ánimo. Yo soy Tom Waits y de verdad que ya no quiero ser un hijo de la gran puta. Ahora me duermo nada más acostarme. Ahora leo al Gran Walt Whitman en el sofá mientras en la televisión programan Los Simpson o alguno de esos reality tan entretenidos. En uno creo que salgo yo. Salgo de diablo. Me como a una quinceañera de caderas rumbosas. Tiene tetas como boyas en mitad del mar de los Sargazos.

II / TOM WAITS EXPLICADO POR CUALQUIERA QUE NO SEA TOM WAITS

Hay algunos datos fiables que contribuyen al engrandecimiento épico de la figura de Tom Waits. Otros lo agrietan, lo empequeñecen, lo revisten de esa rutina de lo ordinario y de lo muy visto que vale para cualquier hijo de vecino. Basta un biógrafo exhaustivo, caído ante la altura del mito pero en posesión de material contrastado sobre la vida del cantante para consentir cierto relajamiento en el idilio con ese malditismo que siempre le rodeó. Lo nació su madre en el asiento trasero de un taxi. De ahí en adelante, el viaje fue la norma de su existencia. Uno interior, que puede reemplazarse con todos los que han visto en alguna ocasión las babas del diablo. Otro, más estandarizado, exterior, conformado por las exigencias de un mundo al que, inevitablemente, debía plegarse, considerarse un miembro más, hacer que todo funcionara como si de verdad pudiese entenderse en su compleja extensión. Hay una prótesis sobre el pasado de la bestia que se puede extraer del miembro y exhibir en circos y en galerías de arte moderno, según convenga. Es la leyenda del bourbon contra los efectos balsámicos del té, es el binomio ya conocido: madre religiosa radical y padre alcohólico absoluto. Es el corazón en continuo júbilo creativo en los bares mugrientos contra el confort del nuevo status burgués ganado a pulso y convertido en cura tóxica. Es el combate que el crápula ha perdido contra el integrado. Detrás de estas inconveniencias biográficas, que no están en modo alguno diseñadas para hacer ganar estatura narrativa al biografiado, está su mujer, Kathleen Brennan, dramaturga, elegida por Coppola para algunas cosas de los ochenta, que lo mantiene a raya, que lo asesora sobre qué debe cantar y a quién debe votar, sin ese bendito don de la ebriedad que le sacó del alma quebrada las piezas maestras de antaño. No es fácil custodiar la memoria de este hombre: se deja escoltar por malas compañías, bebe a morro, escucha música diabólica, tiene cara de partirte la tuya.

Barney Hoskyns acometió la hazaña de escrutar los signos del vagabundo Waits: los compiló, los hilvanó, esmeró la caligrafía obscena de los años con grumos del poeta salvaje y sacó al mercado un libro. Acaba de salir: La coz cantante: Biografía en dos actos. Lo edita Global Rhythm, tiene más de cuatrocientas páginas y sale por unos treinta euros. Hoskyns ha estado dos años husmeando en el sótano, registrando cajas abandonadas, cerrando bares favoritos del mito. Airea que Tom Waits es un tipo muy celoso de lo suyo: ya tenemos el personaje así que vamos a dejar en paz al hombre. «Una canción debe tener su propio sistema nervioso: la melodía es como el humo, el ritmo son las toses». Sabemos, a lo que ahora se lee en las reseñas periodísticas que provoca el libro de Hoskyns» que Waits guarda en el frigorífico un martillo, un bote de alcachofas y otro de pegamento. Sabemos que su voz orgánica no proviene del abuso de los licores de Tennessee sino de un catarro mal curado. Sabemos fue camarero y conductor de camiones de helados y que vendió aspiradores. Datos. Luego vino Bukowski al que agradece que le haya proporcionado la melodía de su vida, aunque tampoco lo bendijo: le quedaba corto el personaje.

La melodía es como el humo. El ritmo son las toses. Tom Waits tose, ruge, distorsiona el registro aceptable de una voz entendible. Pero la voz de Waits no precisa que se la entienda: es un instrumento al que ocasionalmente le añadimos el extra de las palabras, que dan un sentido mayor y agrandan (y cómo) el mensaje. Lo que Tom Waits canta es un lamento. Blues al que incorpora ramalazos conscientes y vividos de opereta o de cabaret o del primer rock antes de que se enfangara con las existencias del mercado. No tengo ningún disco favorito de Tom Waits: la etapa primera, cuando estaba ebrio y parecía un perro apaleado, es formidable. La siguiente es igual de abrupta y está calada hasta los huesos con el mismo catecismo de dolores y de aullidos. A mí me parece uno de los tipos más originales que ha parido el siglo XX. Con independencia de que haga música o de que escriba sonetos o de que se crea Van Gogh y contemple sus canciones como paletadas de colores, ricas emanaciones cromáticas para combatir el gris que impera en el aire.

III / TOM WAITS EXPLICADO POR MÍ

La circunstancia disuasoria no existe: ayer acometí de nuevo (cuántas veces ya) la escucha de un disco de Waits (Rain dogs, 1985). Lo introduje en la bandeja del CD y me apoltroné en el sillón, mirando el cielo a través de la ventana. No sé en qué momento sentí la necesidad de apagarlo. Me aturdía la crudeza, por decirlo de alguna manera. Sentí (lo he sentido en más ocasiones) que el arrullo del amigo Waits era contraproducente, me hería, me dejaba tocado, ahí en el sillón, que Tom Waits debía dosificarse, guardarse para ocasiones en que no ande uno muy tocado, pero por otra parte, he aquí tal vez la parte más jugosa, permanecí en esa voluntad de dejarme impregnar y llegó un momento (Hang down your head o Time, muy a la mitad de la obra) en que todo fluyó con absoluto confort, era yo el izado, el conmovido, el transportado con mucho mimo hacia un territorio que no esperaba y en el que me sentí agasajado, conmovido. El de Tom Waits ayer, a media tarde, fue una coz dulce, un dolor necesario. Es el vagabundo reconvertido en algo parecido a un señor que ya no se mueve por la mugre, ni se casca el corazón en garitos de mala muerte, antes de que el sol le indique el camino de regreso a casa. Ahora recordará la época en que recorría el desierto de Arizona a dedo, cuando inventaba canciones sobre el dolor, plegarias rudas, de escaso afecto por la armonía, pero arrebatadoramente íntimas, sacadas del fondo de un derrotado, aireadas con el viento favorable de todos los perdedores. Se me ocurre que no cante, que no sean canciones lo que nos ha ido dejando, sino recitados de alguna religión periférica, más ocupada por pecadores que por santos, inclinada a reverenciar el humo, las toses, todo ese veneno del alma. Queda en replicante tumultuoso de sí mismo, en una especie de heraldo de un paraíso abandonado, más que perdido. Ya no se estila ese recorrer la noche como si el día apestara. Ahora todo está embadurnado con la misma mediocre paleta de colores.

IV/ TOM WAITS CONDUCE UN CADILLAC ELDORADO DEL 76 HACIA LO ABSOLUTO Y SE OYE LA VOZ DE LEÓNIDAS BREZHNEV EN LA FM DICIÉNDOLE QUE EL MIEDO ES UNA DISTRACCIÓN DE DIOS

Hay una hora desabrida en el día en la que todo se hace de un cuesta arriba dolorosísimo, Hasta las nubes en el alto cielo sucumben a nuestra pesadumbre y exhiben un gris desmayado. Luego comienza invariablemente el festejo de la rutina (con su afición a los principios meramente mecánicos) y se atisba una fortaleza en el ánimo. Hasta en ocasiones no se precisa nada relevante que ice el día y él sólo construye un palacio al que nos invita. Va uno aplazando así anhelos y triunfos del alma sensible e incluso la rutina entraña un esplendor tibio al principio, que más tarde cobra destellos de pura alegría. El tiempo se desmadeja con su mansa elocuencia, nos hace a veces cómplices; otras, creador de nuestra propia felicidad. Hoy es uno de esos días sin tacha ni roto: veré a mis amigos, los abrazaré uno a uno, cantaremos canciones de Woody Guthrie en una cochera de algún amigo muerto, dijo Tom Waits mientras miraba el azul roto del Cadillac. Lo acabó comprando cuando sacó Closing time. Era de segundo mano y en la guantera no había ninguna pistola. Había leído que en los coches de segunda mano puedes encontrar biblias y anillos de compromiso, pero no dar con el arma le pareció un augurio de que su vida iría por el camino recto. De haberla encontrado, la habría dejado allí. Nunca se sabe. No pensaba conducirlo hasta que librara su batalla con los demonios. Un demonio es un ángel que ha errado el camino. Todos los demonios tienen alguien a quien vigilan por si un descuido le franquea el acceso a su alma. Un alma es un desperfecto del cuerpo, una anomalía. La de Tom Waits está lacerada por mil dolores pequeños, pero es el cuerpo el que padece. El cuerpo es un estorbo. Si pudiera prescindir del cuerpo, dice Tom Waits, escucharía todos los sonidos del universo. Uno a uno. Todos a la vez. Como un palimpsesto cuántico. Pero el cuerpo es una pieza ineludible, por desgracia. El Plymouth pesa más de dos mil kilos. A Tom Waits le encantaba pensar que en un coche como el suyo Leónidas Brezhnev había bebido vodka mientras Richard Nixon apuraba botellitas de zumo de tomate y le ponía al día sobre la nueva vigilia nuclear. El secretario general del PCUS amaba los coches del enemigo. Su favorito era el Lincoln Continental. Nixon le regaló tres modelos de Cadillac entre 1972 y 1974, uno por cada visita que le hizo. Las dachas se pasean mejor en descapotables de lujo. Tom Waits nunca ha viajado a Rusia. Un Cadillac Eldorado no puede ser conducido sin que intervengan las manos y los pies. Una botella es la constatación de que el cuerpo tiene intendencia en el alma. Así que Tom Waits conduce el Cadillac hacia lo absoluto. El cielo de la boca huele a vodka de 1972. Ve a Leónidas hablándole entre las nubes. Es el tipo con las cejas imponentes. No entiende ruso: sabe que le está diciendo que pise el acelerador y cierre los ojos. No tengas miedo, Tom Waits, el miedo es una distracción de Dios. Le dice todo eso una vez, dos veces. No tengas miedo, el miedo es una distracción de Dios. A medida que Tom Waits acelera, comprende. Una vez alcanzada la comprensión, las palabras desaparecen. Todo es claridad y sobrecogimiento. La velocidad es un oráculo. Se ha llegado a la verdad. Dejo de escribir.

7.2.26

Uclesiana

 




Quién no esté saturado de Uclés que tire la primera piedra. No se me tome la cita bíblica al pie de la letra, por favor. Lo de este hombre me recuerda al primo de un amigo mío: no había sitio al que fuéramos en donde no estuviera, daba igual que fuese un paseo por las avenidas del centro de la ciudad o alguna taberna escondida, pequeñita, lejos del bullicio. He estado al margen de la algarabía alrededor de David Uclés por no haber leído todavía "La península de las casas vacías". Aunque se me zahiera por lo que voy a decir, creo que no la voy a leer: se me ha atravesado el libro, el autor, la paja y el grano. Estoy al tanto de los méritos narrativos, de su pericia al urdir un tocho y ensamblar todas las piezas que lo componen tan habilidosamente: un excelente texto, en su día, de mi amigo César Rodríguez de Sepúlveda me abrió los ojos, aunque luego se cerraran, claro. Salgo de mi silencio por lo de los libros de cuentos. Yo creo que a Uclés se le ha subido el éxito a la cabeza o a la boina. Que se ponga cualquiera en su lugar. De la nada al estrellato. Del acordeón en la bohemia París a llenar el Bernabéu como si fuese el mismísimo Springsteen. No tengo nada contra su fama, no me mueve algún tipo de envidia que pugne por hacerse valer y de la que él salga lastimado y yo, el envidioso, resarcido. Como lo que me gusta es leer, suelo no estar al tanto de las peripecias biográficas de los escritores que me gustan, pero hay veces en que es imposible no saber, haber pasado de puntillas o ni siquiera haber comparecido adrede para no perder detalle de las cuitas del autor, que es un ser adorable y dulce, quién lo pone en duda, pero metido ya en el centro de una borrasca que lo va a zarandear más de lo que él quisiera y mucho menos de lo que anhelaría su nueva editorial, la que le ha hecho dejar la antigua, la de las casas vacías, la que lo aupó al cénit y puso su cara en todos las pantallas y sus decires en todos las tertulias. No voy a leer la novela con la que ha entusiasmado al jurado (egregio él) del Nadal de este año. Quizá cuando amaine todo y las aguas (no es símil que deba yo traer, pero así ha salido) vuelvan a su cauce, abra el libro (lo tengo en casa, me está esperando) y me sumerja en sus historias. Deberían ser esas, las de la ficción, las únicas que nos ofrezca el bueno de Uclés: las otras, más bastardas, aunque reales, sobran. Uclés cuenta que ha ido al Reina Sofía para ver el Guernica de cerca. Uclés cuenta que su madre le elige la ropa. Uclés cuenta que de pequeño no tenía bicicleta. Por otra parte, no hace nada que no haga uno mismo: contar sobre cuadros, sobre madres, sobre la infancia y las bicicletas. La diferencia entre Uclés y el resto de los mortales (escribamos o no) es que a él se le atiende con voracidad. Es un famoso, alguien con influencia, uno de esos personajes que tiene un micrófono y cosas que decir. Tendrá pronto un biógrafo, si no es él mismo el que deje la novela y se envalentone con unas memorias. Yo ya cambio de canal (o de página) cuando escucho o leo su nombre. No es culpa suya, será del mercado, de su voracidad. Hace tiempo que un escritor no tiene tanto renombre, y eso es bueno para el negocio de la literatura, de la cultura en general. No es culpa suya, insisto, y lo es al tiempo. Habrá sido succionado. Será eso del síndrome de Estocolmo: los captores terminan siendo casi de la familia del capturado. Con el tiempo, poco se recordará si se fue de unas jornadas sobre la guerra civil por no sentarse en la misma mesa que Aznar o si sus pingües ganancias librescas le permitieron tener una casa en algún barrio de su capricho en la capital del reino. Solo los más memoriosos sabrán los porqués y acudirán si se les pide que nos cuenten la historia de nuevo. Todo se acaba diluyendo. Eso lo sabe también Uclés. ya no será portada de la revista Elle, ya no lo invitará Broncano, ya no tendrá cien mil likes. Lo que querrá en el fondo será que se le lea. Que la cruzada moral o política o lo que sea con la que la vistamos a la que se adcribe prospere no va a depender de su comparecencia en las redes, pero hoy lo entrevistan en RNE. No sé si escucharlo ahora o luego, más tarde, en uno de esos podcast que tanto me gustan. Hasta puede pasar que me caiga de maravilla el chaval y empiece La península antes de la primera cerveza de la mañana. Dirá que no ha estado más vulnerable que ahora en su vida. Dirá que todo el mundo puede ser demagogo cinco minutos al día. Dirá que su condición sexual es suya y que cada uno tiene la propia. Dirá que cualquier día de estos coge la puerta y se va, que estará un año o cinco en sabática lejanía, pensando en la tormenta y en el barro. Puede pasar que diga que si él no fuera David Uclés estaría hasta la boina de David Uclés, pero que compren el libro de la ciudad de las luces muertas. Yo, por mi parte, ya he opinado. Llevaba unos días preocupado por no haber dicho esta boca es mía y aquí la abro para lo que surja. Todo lo de los tejemanejes de las editoriales es hasta divertido. Los escritores acabarán siendo como esos astros del balón que en verano ocupan editoriales y nadie sabe si jugarán contra el enémigo o serán el enemigo mismo. A ver si de este jaleo va a resultar que a la gente le va a dar por entrar en las librerías y dejarse los cuartos en caja. Celebro, pese a todo, el éxito de Uclés. Es el de todos los que no somos nadie y de los que no sabemos si querríamos ser alguien. Es el triunfo del trabajo y del sacrificio, del sentarte horas (días, años) delante de páginas en blanco y hacer un Macondo en Iberia. Quien sabe lo que cuesta hacer eso aplaude que alguien llegue adonde ha llegado Uclés. Ahí, en la cúspide, es donde vienen, con los abrazos, los palos. No tenemos remedio. Qué necesidad habrá. Con lo bonito que es leer y no saber nada más que lo que se ha leído. Lo que no le voy a dejar pasar es lo de la paja de los cuentos. Por ahí no. Que se ponga a contar La península en cinco páginas. A este le ponía yo en uno de esos realidades alternativas o cuánticas o como se llaman en presencia de Borges y los dejaba echar una charla. Me temo que lo embobe con sus zalamerías, en fin. Tal vez estemos ante un ser bendecido por la bondad y el talento, juntamente las dos cosas. Pero yo no he abierto la novela todavía. 



4.2.26

La dulce herida

A Alfonso Brezmes, con mi abrazo.

Qué será lo sublime,
cómo podremos aspirar a lo eterno.
Hemos levantado un cielo de prodigios,
una catedral de metáforas,
y seguimos a ciegas, sin saber
qué se debe hacer
para extraer el aliento del hombre,
para forjar la espada del corazón
y medrar en la dura obsidiana del pecho.
No hemos hecho nada,
No hemos aprendido nada,
seguimos en toda esa incertidumbre
con la que la luz se hizo paso en las sombras.
Es de las sombras el camino,
suyo el calcañar de las sombras.
El pie prospera en el camino,
el ojo se embelesa en el paisaje,
pero no hay camino, ni paisaje.
No quedará nada de lo que hayamos sido.
Ni una mala piedra con la que hayamos tropezado.
Ni un cuerpo al que exigir un testimonio fiable,
una especie de rendición de cuentas de lo vivido.
Y, sin embargo, qué clamor el aire,
qué propósito sin abrigo el tiempo.
Con qué párvulo arrobo miramos el sol
cuando ocupa la extensión primeriza del día.
Qué sed de futuro sin nada que la consuele.
Qué duro se me hace elevar la cumbre que diviso
y cuánto amor ahí arriba,
en el risco desde el que se entiende
la perseverancia ciega de la sangre.
su clamor en el aire.
Tan solo el amor se obceca en ser idéntico a sí mismo.
El amor para que el amor no se olvide.
El amor desvanecido, el constante, el roto.
Todas sus palabras guardadas en un cofre
que poder abrir cuando el amor flaquee
y haya que traer de vuelta a casa el amor ido.

1.2.26

Una canción

 Hago a pie el camino que va de mi casa hasta el colegio en donde trabajo. Apenas me ocupa cinco minutos, diez si voy sin prisa, lo cual sucede con frecuencia. Esa circunstancia es en sí misma lo suficientemente estimable como para que ninguna otra deba concurrir y hacerla más disfrutable, pero uno es exigente en lo suyo y requiere aditamentos, pequeñas colaboraciones de la gracia sensible. Tengo por costumbre acoplarme unos cascos y buscar en la plataforma de música que contraté (Tidal, excelente en todo) alguna canción que amenice ese breve paseo mañanero. De su comparecencia no depende el devenir del resto del día, pero albergo la creencia de que una parte de mí, tal vez la más honda, se contagia de esa música y hace que todo fluya con más armónico brío.

La idea es que la canción no exceda el tiempo que dedico en llegar. Cuando finaliza, guardo los auriculares en su funda y me siento bien, agasajado, colmado. Es maravillosa la sensación de sentirse repentinamente bien, bien adrede, bien como si nada pudiera lastimarme. Tengo también la certeza de que sé a qué acudir para arrimarme esa sensación de bienestar prosperando en mi ánimo, aunque se desvanezca a su antojadizo capricho sin que yo pueda evitarlo. La canción hace que la realidad se desvanezca también. De vez en cuando es recomendable cancelarla, darle un descanso. Elegir esa pieza no es algo en lo que titubee. Ignoro qué me impulsa a elegir un género u otro, el porqué de que la guitarra de Joe Pass me agrade más que la voz de Ella Fitzgerald.

Ayer escuché a Radiohead, puse Creep, la he escuchado cien veces, más veces. Hoy ha sido Johnny Cash versionando a Nick Cave. Me levanté pensando en ese poeta roto, en su voz de crooner salvaje, y no dudé cuando mi cabecita recordó The mercy seat, una melodía que bien pudiera provenir de las mismas tripas del dolor, del corazón cuando la sangre lo envenena, pero que es una declaración de amor y un testimonio de la fe del hombre en el hombre. Cave habla de la misericordia y de la muerte, del anhelo de seguir vivo. Su letra es estremecedora: Cristo nació en un pesebre y murió en la cruz como un andrajoso, Cristo tenía un trono de oro, no de madera ni de alambre. Cave habla de que su cuerpo está en llamas y ve a Dios cerca, como si lo tutelara. Se ha subido al asiento de la piedad y nota en sus manos el temblor de la despedida. Acaba diciendo (lo repite con ímpetu) que no tiene miedo a morir, lo pronuncia lírica y melancólicamente. La versión de Cash me satisface mucho más: elimina el ruido y deja el texto más expuesto, sin distracciones que censuren el mensaje crudo. La silla eléctrica. El alma enferma, izada.  Ojo por ojo, diente por diente y voy andando hacia el colegio con estremecimiento.

Lejos de que lo triste triunfe, motivos habría, me siento particularmente investido de luz al acabar la canción. Luz hecha pétalo, pétalo incluso vestido de fuego. Habrá quien considere que hay opciones más joviales, elecciones de menor calado moral, pero sé lo que me hago, eso se suele decir, eso sé. Tengo conciencia del lugar en donde estoy y al que me acerco, y no es una consideración topográfica. El lunes pondré a Madness (ska bueno) o a la Pasadena Roof Orchestra (swing, nervio, júbilo). No suelo repetirme, tengo buena memoria. La música me lleva en volandas, en serio. Nunca malogro la elección, ni tardo en dar con ella. Joe Pass. Ella Fitzgerald. Madness. La Pasadena. Cave. Cash. Siempre me hacen bien. Está bien que haya cosas que nos hacen bien, saber dónde están. Me gusta pensar que se hicieron para que yo las disfrutara.

Nick Cave las pasó canutas (el hijo muerto, las drogas, su cabeza en llamas, el infierno, la baba del diablo) para que yo vaya al colegio escuchándole: me susurra, me confía el quebranto, le abro mi corazón, le doy mi sangre más humana. En esos momentos, esa pieza rescatada de todas las piezas posibles es una sinfonía o una catedral o un paisaje al que la vista no da fin y nos embarga y sublima. Ejecuto el mismo rito en el camino de vuelta a casa. A veces pongo la canción que escuché por la mañana y convengo conmigo mismo que nunca es la misma, no puede serlo. Como el río de Heráclito. Como la sangre prosperando sin motivo por el cuerpo. Ni yo soy el mismo, ni el rÍo, ni la sangre. En un tramo corto del día somos el de antes y somos otro de manera fiable. No me dice las mismas cosas el poeta, no me embarga y sublima de igual manera.

Escucha la versión de Johnny Cash aquí
La canción original de Nick Cave aquí

26.1.26

Bagatelas de iridiscencia mecanoscrista

  Cosas que suceden a lo lejos y a las que no convengo un asiento. 

Perros que conversan a su bronca manera sin que se sepa qué desorden les arrima a la discusión. 

Hombres que susurran con una manzana en la mano y una carta de amor en la otra.  

 La noche ocupando la terca del extensión del día. Verla caer con su aplomo antiguo y repetido, no hay noche distinguible de otra noche, todas exhiben la misma vocación de penumbra y clausura. 


La luz tiene urgencia por desocupar el aire. El aire se convida de luz y lame la tristeza de la sombra. 

Unos grillos rivalizan con la conferencia de los perros. 

 
La iglesia que se divisa al fondo invita a que busque a Dios. De pronto creo escuchar su voz con torpe claridad, pero me hago cargo de me estoy dejando llevar por alguna especie de epifanía de orden poético y vuelvo a la cartesiana opulencia de las palabras, que no siempre dan con la hendidura dulce por la que acceder a lo eterno. La propaganda de Dios es sutilísima. 

Mi alma no distingue a veces el oropel del gris adorno. Se entretiene en lo que la contenta mas que en lo que la consuela. 

Piensa mi alma en perros, no convoca ángeles. 

Se le ocurre a mi alma escribir cuando otros rezan. No he rezado nunca o no he dejado de hacerlo, aunque mi súplica no contuviese hondura, ni diese con el volcado mecánico de su sintaxis.

 El tiempo discurre con pasmosa certeza y no sabe uno nunca a qué atenerse. Si a la memoria de la que se dispone o al yermo caudal del porvenir. 

 
Ya no se oyen los perros, escribo esto cuando amanece, la luz melindrosa irrumpe. 

Hay textos que se fraguan por partes, como si no se tuviera propiedad de ellos y también, como la luz, irrumpieran a su antojadizo capricho. 

La luz se ha resuelto limpia y todo es de una vistosidad nueva también. 

El silencio es una sustancia masticable, un compost del aire. 

25.1.26

Candor

 


Uno tarda a veces una vida en reponerse de lo malo que le sucede. Cree con ahínco en la injerencia del tiempo, en cómo los días y los trabajos, la rutina y la distancia que da el seguir viviendo, sin duda van a curar el extravío sentimental, el destrozo moral de vivir en tiempos que parecen no ser de uno, sino ajenos, fraguados por otro que no tuvo en consideración nada de lo que se espera. Pero en ocasiones el tiempo lo único que produce es fatiga, fatiga a la hora de asimilar la imposibilidad de que algo bueno verdaderamente ocurra; produce hastío y hasta ira la constatación brutal del presente. Duele la facilidad extrema con la que nos vamos acostumbrando a vivir con ese dolor en el costado; duele saber sobrellevar la migraña del presente, el caos de lo por venir, toda esa urdimbre invisible de causas y azares que administran el camino por el que discurrimos, llevándonos a territorios fiables, confortables, hechos a nuestra medida, construidos a beneficio exclusivo de nuestro confort, pensados para que no distraigamos la vida sencilla que se nos está ofreciendo por el runrún metafísico, por la mala leche perpetua, por todo esa codicia de bienestar que parece estar escrita a fuego en el alma, que se nos debe por el manso hecho de ser ciudadanos de no sé qué mundo rutilante y hermoso. Lo leí anoche en una entrevista a no sé quién. Quizá no recuerdo el nombre de quien lo manifestó porque era más importante el mensaje, el texto entresacado, que el nombre o la cara que podemos ponerle. Dijo que había sobrevivido cruzándose de brazos a todo. Dejándose vivir, como un buen nihilista. Lo sostenía con fervor y se advertía una cierta militancia en ese pasotismo ardoroso. Borges, ferviente feligrés de digresiones teológicas, pero de escaso afecto por la divinidad y por la salvación del alma eterna, pedía al Señor cada mañana que le permitiese escalar la cumbre de ese día. Me imagino su voz un poco dejada y tristona, pidiendo en el zaguán de su finca porteña, a poco de poner el pie en la calle y acometer el trajín de las cosas, que se le concediese la dicha de escalar la cumbre del día y de descansar al final de la jornada, feliz, consciente de haber asistido a otra jornada de penurias y de milagros. Yo mismo, en fin, considerando la vida tan corta y los placeres tan gratos, he mirado al cielo al salir de mi casa y he creído escucharme entonar una especie de plegaria secreta en la que pido a mi manera, sin empeño casi, como sin prestar atención al vocabulario sino a la música interna del salmo, que el día sea bonancible y que acuda al sueño por la noche feliz y cansado, consciente también de haber asistido a otra jornada de penurias y de milagros. Será que, en el fondo, soy un feligrés más, uno de esos que no comulgan con la práctica evangélica, pero que se sienten plenos y libres cuando echan aire a los pulmones y aprecian el runrún de la sangre agradecida. A mí no me cae ninguno dios cerca, a ninguno le debo el aire, de ninguno dependo para pertrechar la cumbre de los días, pero está bien la conjetura de que alguno exista, de que tutele la trama que levantó antaño, en la más remota antigüedad, en el comienzo convulso de los tiempos, en el instante primero cuando todo era inocente. Ya no lo es. Hemos perdido el candor, la promesa de la ternura, ese irnos queriendo cada día más y no desear mal a nadie y esperar que nadie nos desee mal a nosotros. Ya digo, cosas del ánimo limpio con el que me he levantado esta mañana. Veremos cómo acaba el día.

24.1.26

Sí, venga, vale, soy un escritor






 Estoy de acuerdo con todos los que salgan a la calle y vociferen que la realidad es inverosímil o que las palabras son irrelevantes o que dios es inaprehensible, pero yo no saldría con ellos, no me movería de casa, no enarbolaría una pancarta con letras enormes que me simplifiquen con un slogan. Esos tres que acabo de apuntar son válidos. Niegan la realidad, niegan las palabras, niegan a Dios. Es un buen punto de partida. Al menos un excelente punto de partido filosófico o metafísico o incluso didáctico. Uno aprende en la controversia y no importa que al final de la travesía hayamos llegado al destino que esperábamos o sigamos en el camino. Acepto incluso la idea de ser convencido más que de convencer a los demás. No creo que haya mucha diferencia entre ambas formas de llegar al final de una conversación. Tengo amigos que calan enseguida a las personas con quienes hablan. Es algo que yo mismo, menos sensible, menos dotado en esos asuntos, percibo si estoy entre ellos. Saben cómo llevar las conversaciones, en qué momento driblar y en cuál bajar los brazos y dejar que sean ellos los que lleven el peso de la trama. Hay conversaciones espesas y otras de una liviandad obscena. Una de las que más me agradan es precisamente una de las que menos practico. Es la que cuestiona la naturaleza misma del universo y cita al caos y al vértigo y a la madre que parió a la metafísica. Lo lamentable es que ni siquiera yo, tan inclinado a disfrutarlas, logro estar a la altura que esas conversaciones exigen. En ocasiones merodeo lo que intento explicar o sencillamente lo esquivo, como si no tuviera ni idea de cómo volcar las frases que lo explicitan. Hay otras, sin que yo gobierne la forma en que unas vienen o se van, en donde me explayo a gusto, en donde encuentro el punto de perforación justo y avanzo con solemnidad, con absoluta confianza en el parlamento, investido con una extraña pasión, pero ya digo que son las menos o lo son muy aisladamente y no me retratan como discutidor. Es una palabra hermosa esa. A lo que sí me arrimo es a escuchante. Uno debiera escuchar más que habla. No lo llevo a la práctica como mi mujer me recomienda, pero reconozco que hay mucho que aprender o que hay más ahí afuera, listo para que yo lo registre, que adentro mía, listo para que yo lo airee y lo registren los otros. 


La página mecanuscrita del capítulo primero de Crash, de Ballard, que leí hace mucho tiempo y que ahora no me apetece releer, explica un poco de todo esto que sugiero. La idea de que no todo está acabado en el momento en que lo parece o la idea, más bastarda, de que no habrá forma alguna que nos satisfaga enteramente. Quienes escribimos, en la batalla contra la hoja en blanco, no pensamos en estas cosas. Yo, al menos, no las pienso mientras la mano se mueve y deja ahí las palabras o mientras que los dedos, como ahora, teclean en el teclado del ordenador. Es después cuando, en la relectura, cae uno en la cuenta de los errores, de la debilidad del asunto, de cómo uno pretendía ir a un lugar y se ha quedado a mitad de camino. Bueno, dice K. que los lectores nunca saben a qué lugar vas, así que no te van a exigir que efectivamente llegues. No estoy de acuerdo con K., pese a los años compartidos y a la amistad que nos une. El lector, incluso el desavisado, el que no te conoce, se hace un plan de lectura conforme va leyendo y se forja un destino. En ocasiones, en las menos, pero en las deseables, ambos destinos son el mismo. Yo no corrijo casi nunca. Mi amigo Pedro me recomienda que lo haga, mi profesor Luis Sánchez Corral me lo recomendaba en la facultad, María del Mar García decía que saldría mejor si lo limaba más. Ella decía limar. Soy de poco limar y de mucho decir. Soy de aturdir a quien tengo delante si encarta. De decir desbocado y de decir un poco enfebrecido. A mí la escritura me enfebrece, me coloca en un lugar en el que solo estoy cuando estoy escribiendo. Ni siquiera al leer, lo mío o lo ajeno, estoy en ese sitio maravilloso. Importa escasamente que lo que se escribe tenga una repercusión, una valía, una cierta belleza o interés. Lo que de verdad es relevante es que su volcado haya sido lujurioso. Hay un erotismo, claro. Lo hay de una manera promiscua y de una manera serenada. Depende de qué texto hagas. En los que encuentro más a mano ese placer voluptuoso (estoy convencido de la eficacia de los adjetivos en la escritura, de cómo percuten el texto y lo subliman con muy escasos medios tipográficos) es en los poemas. Escribo poesía en volandas. Escribo dolorosamente incluso. Y si entro al trapo corrector y veo que esto puede ser aquello y que suprimir tal palabra o cambiarla por aquella otra puede convenir al poema, sufro más todavía. Un sufrimiento dulce, un crash como el del texto de Ballard. Soy de sufrimientos provisionales, eventuales, propedeúticos. En cuanto salgo de ellos y los pienso, los rebajo a una condición frívola, los someto, declino con firmeza la posibilidad de que me hablen otra vez y de que yo los escuche. Todo es muy extraño. Miren la hoja de Ballard. Los escritores somos gente muy extraña. Podríamos ocupar el tiempo dedicado a escribir en pasear al perro a la caída de la tarde o atiborrarnos de cerveza (hoy es el Día Mundial de la Cerveza) con los amigos en el patio de la casa o escuchar música de cámara hasta que vemos la cara de Brahms en la blonda de una cortina del salón o echar una cabezada tras una ingesta severa de alitas de pollo. Y, sin embargo, escribimos, qué ocurrencia. Lo hacemos como Ballard o sin hacer caso de cualquier cosa que haya podido hacer Ballard. Escribimos. Yo escribo, sí, venga, vale, soy un escritor. Se puede asegurar eso sin titubeo. He escrito mis cosas. Hoy ya no tengo más ganas. 


18.1.26

Cinco apuntes sobre la memoria

 1

Hay bonitas melodías que cuentan cosas terribles. Lo leí en una entrevista a Tom Waits, pero lo podía haber dicho Gloria Fuertes o Torrebruno. Lo de menos es el formato. Lo que importa es el interior, la constatación de que algo duele y se gusta causando un dolor posterior. El pasado es en donde suceden las cosas. Uno piensa en todo lo dulce y en todo lo hermoso que le ha ocurrido, pero no está a salvo de que la memoria lo haya contaminado todo y lo dulce y lo hermoso exhiban un roto, un agujero por donde se ve el interior terrible. Lo de que la patria está en la infancia, que propaló Rilke, no es cierto del todo. Vivimos en la memoria, en la ocupación que los recuerdos hacen de la realidad. Da igual que pongamos trabas, obstáculos, trincheras: lo vivido irrumpe

2

Recuerdo amigos a los que ya no veo con los que sería incapaz de mantener ahora una conversación o apurar una tarde de domingo en una terraza. Sin embargo, gente a la que acabo de conocer me han colmado como si fuesen amigos antiguos. Es la memoria la que sublima o hace irrelevante un acontecimiento vivido, un episodio en la historia de la vida, un fragmento que no acaba nunca de ser nuestro del todo. Memoria y emoción juntamente. Frágil y ajena, la vida nos permite muy pocas voluntades. Nos da el dominio justo, nos permite ciertas extravagancias, nos hace creer que tenemos alguna propiedad sobre ella, pero al final acaba imponiendo su criterio. No sabemos qué criterio es ese. El del azar, imagino. Estamos a su capricho. La melodía es el azar, él es el que la tararea. A pesar de todo, incluso aceptando la fragilidad con la que sentimos el suelo del día que pisamos, la vida es bella. Lo dijo un cómico de cara de cómic al que le dieron hasta un Óscar. La suya, la de su película, era una melodía hermosa, en el fondo, pero era tan terrible el cuento de adentro. Vuelvo a Tom Waits: "La melodía es como el humo, y el ritmo son las toses"

3
Una mujer (no se me va de la cabeza el infanticidio que nos devastó hace unos años, la historia tristísima del niño Gabriel Cruz) lleva un niño muerto en el maletero de sus coche. Luego lo deja en un pozo. No hay manera de embellecerla o de contarla de modo del que se pueda extraer algo hermoso. Un amigo me refirió que no hay nada nuevo en toda esa historia que nos contaron, la del niño pececito, tan dramática. Que ha pasado muchas veces, que lamentablemente volverá a pasar. De historias como esa se abastece la literatura, me dijo por teléfono, sin pretender herir o frivolizar la tragedia que ambos comprendíamos, pero la ficción no le incumbe a la realidad. Con ella podemos alargar las tramas, crear las tragedias, usar el material narrativo disponible para explicar la bondad o la maldad del mundo y esmerarse en la restitución fiable de esa crónica. Con la ficción es posible la realidad. Una se abastece de la otra. Lo hacen sin que se aprecie. En ocasiones hasta crean la confusión de que son la misma pieza. Vemos las penurias de los demás (las nuestras tienen otra consideración) y las marcamos como literatura. De ahí que podamos sobrevivir. Sería inasumible (y también insoportable) que esa minuciosa realidad calara adentro con la fiereza con la que suele, no podríamos hilvanar un día con otro, no habría manera de conciliar el sueño por las noches, no se dispondría de calma, ni de equilibrio. Se lamenta uno (hoy una vez más) del pobrecito Gabriel (a veces viene y se queda) y de todos los que no están en este mundo por el rigor de la barbarie de sus adultos. Luego descansa la cabeza de uno, se atempera, adquiere la normalidad precisa para trajinar el dictado de los días, la fiebre oscura de las noches. Sí, eso es cierto, pero cuánt0 duele. Y la memoria, que se emperra en lo gris, que se esmera en servir las penurias, continúa su oficio de tinieblas y de luz. La melodía de la muerte es humo; el ritmo, toses. 

4
Me sigo preguntando sobre el porqué de que unos recuerdos surjan y otros, por una voluntad absurda, no. Esta mañana me puse a pensar en mi abuela Luisa. Suele hacerlo con alguna frecuencia. Tenía la voz dulce, era templada, a veces parecía estar en un ensimismamiento lúcido. Cuando parecía no estar en este mundo, ida en sus cosas, volada sin ejercer vuelo, decía algo que invalidaba esa apreciación absolutamente. Hay una foto en la que nos da el sol a los dos. Tenemos una ventana cerca. Yo tendría esa edad en la que no se tiene idea de casi nada y ni siquiera tenemos afán por querer saber algo más de lo que sabemos. De entonces a hoy, habrán pasado cincuenta años, más tal vez, he visto cosas que no creeríais y otras, qué puedo yo ahora registrar aquí que de verdad sea novedoso, que veis a diario. 


5

La penuria es la hambruna del alma. Se la hiere con poco, de sensibles que somos, de expuestos, pero a veces basta incluso una desazón leve, un arrimo pequeño de fatalidad, y de ella andamos sobrados últimamente, entre unas cosas y otras, algunas con más fiereza. La conversación repetida suele ser la del recuento de penalidades propias y ajenas, una especie de inventario prolijo de adversidades que creemos menos cruenta si se tiene conciencia de ellas y se pronuncian, embutidas en el resto del texto, acopladas a él por ver si no desentonan en demasía. Las de hoy, algunas que se me han confiado, no rebasan la tragedia de otras que se han escuchado antes, pero tienen su cuota de dramatismo. Nos acostumbramos al dolor con pasmosa facilidad: lo hacemos familiar, parece extensión doméstica de nuestra existencia. No nos atrevemos a desoír ese relato pormenorizado, hacemos cuanto podemos por exhibir la solidaridad requerida, podemos llegar a la conclusión de que no sería de extrañar que ese relato sea también nuestro. Es un argumento repetido. Hay días en que uno cree que cuadran admirablemente en el anterior: no difieren entre ellos, leves interferencias que los hacen distintos, pero podrían ensamblarse en uno, hacer que ambos adquieran la propiedad u la consistencia de la unidad, aunque sean dos o tres o cien. No hay dos iguales y todos los días igual, cantaba Leño en su “Calendario”, una pieza del antológico “Más madera”. Qué tiempos. Todo sigue ardiendo, aún así. Arde la memoria, su candor y su cáncer. Mientras haya luz, habrá futuro, decía un cantautor, no recuerdo cuál: en aquella época los había por decenas y ha perdido uno el ajuste en la memoria y me parecen a veces todos asombrosamente el mismo. Hoy, no sé por qué, hay menos cantautores. Es verdad. No hay tantos como antes. Tiene que haber una razón. Hay una para cada cosa, pero no tengo ni idea sobre cuál me ha hecho escribir este texto. Se escribe sin porqué, se lee por la misma razón. Tengo de mí la idea de que no acabo de saber qué me hace ser quien soy, ni el fundamento que legisla las cosas de las que me acuerdo. Hay una voluntad firme, no obstante: la de no perder algunas, la de conseguir que perduren y no se arruine la luz con la que voy palpando las sombras. 

13.1.26

Las cosas que la vida me enseñó / Xavi Nuez / Elogio de la terquedad

  Hay un signo perdurable en los discos que he escuchado de Xavi Nuez: todos (Historias varias, La última estación, Cuando nos creíamos poetas,  La increíble historia de Xavi Swinger y este último, Las cosas que la vida me enseñó: son honestos. 



El quinto álbum de Xavi Nuez es una continuación de los anteriores y, al tiempo, supone una investigación en curso, una determinación firme acerca de la naturaleza misma del hecho musical, que bien podría catalogarse como osada. No hay un atrevimiento que distancie la obra pretérita con la novedosa: el músico repite patrones, cuál no lo hace, quién no se reinventa continuamente, aunque toma senderos inéditos. "Las cosas que la vida me enseñó" exhibe honestidad y madurez. La canción con la que se abre es una declaración de esa voluntad. La producción está a la altura de las intenciones. Las cuerdas en "40000 minutos después", los vientos en "Besos en Callao" o los teclados en "El tarot" exhiben ganas de hacer un disco bien hecho, permitidme decirlo así. Xavi Nuez es un rockero de perfil abierto. Lo fue, lo es, será un rockero al que tiente cualquier género en el que encuentre el utillaje con el que expresarse. Es ahí en donde el autor se hace fuerte: en sus letras, que no tienen la devoción antigua por los paisajes desencantados del amor o la melancolía de los tiempos en los que fuimos felices (o poetas o dioses). 

Siempre hubo buenos arreglos en los discos de Nuez. Recuerdo "Historias varias", el primero que escuché. De aquel a este hay pocos años, pero parece que hubieran pasado muchos. El sonido es identificable (la voz es una marca de la casa, identificable en cuanto modula una nota), pero en este disco el músico y los músicos que se ha apañado para decir lo que siente (no es otra cosa hacer un disco) se han hecho grandes: Nuez es un cantante con autoridad, uno que no precisa desgañitarse, estos son tiempos en los que confundimos con excesiva facilidad cantar bien y gritar mientras se canta. Creo haber elogiado esa voz con anterioridad. Quizá sea el hecho más destacado: Xavi Nuez ha encontrado un timbre, se ha sentido cómodo en él, lo ha adaptado a cualquier pieza a la que lo aplique. 

Menos cañero que sus predecesores, qué falta le hará ya la caña, "Las cosas que la vida me enseñó" contiene melodías estupendas (la que titula el álbum o “Volando a Macondo”, mi favorita) y es sobre ese empeño melódico sobre el que reposa el disco entero. Mención aparte, por muchas causas, la más querida por mí tal vez sea su aura de pura literatura infantil perversa, para “El hombre del cementerio”. 

Me gusta esa intimidad áspera, de lija de lujo. Me gusta el descaro y la conciencia de que sin él no hay aventura, ni progreso, quizá no siquiera arte. Nuez es un pequeño artesano. Empleo el adjetivo adrede: su aparente pequeñez es ilusoria. Hay grandeza dentro, hay profesionalidad. Luego está la imposibilidad de entenderlo todo, esa especie de cara de pasmo al ver que producciones irrelevantes, mediocres o de poco o nulo interés artístico, medran en popularidad y otras, la de Nuez y la de otros obreros fiables y tercos y dotados, no prospera como debiera, no adquiere la nombradía que merece. Serán las cosas que la vida le enseñó, será (yo qué puedo saber) el placer de hacer lo que uno quiere y dejarlo correr por el mundo. Este escribidor modesto se alegra de escribir sobre lo que le gusta. Espero que el lector se anime a buscarlo (está en todas las plataformas) y lo escuche. Yo festejo esa terca (feliz, noble) encomienda de seguir trabajando, pese a todo. 

11.1.26

La belleza da ganas de vivir

 A veces es mejor no mirar, no dejarse atrapar, evitar que algo nos posea, tener que obedecer ciegamente, aunque nos cautive la belleza misma y la cabeza se nuble y el corazón estalle adentro. Hay quien prefiere no exponerse, ignorar ese influjo, no exhibir debilidad alguna. Es posible que a la señora sentada que no mira al cuadro le duela más que a los demás esa visión pura y de ahí que la esquive y le ofrezca la espalda. No será la primera vez que sale herida. Es posible que lo que esté haciendo sea reprender a alguien que no acuse el respeto que la pintura exige. Otra mujer, de pie, se fija en quien hace la fotografía. Se extrañaría de que esa situación se registre y perdure. Como si de alguna forma no fuese legítimo. Como si se incurriera en algún tipo de atropello moral.

De la belleza no se sale indemne. Lo dejó escrito Breton al final de su Nadja: la belleza será convulsa o no será. Y la señora, la reclinada, la que no se deja embaucar, ni someter, ni fascinar, prefiere que no sea. Saldrá limpia, sin dañar, pobre aun así. No verá el éxtasis, esa sinestesia. No brincará la sangre. Le habrá advertido: corazón, no te dejaré brincar, no me herirás. Estaré a salvo. Ya he sufrido antes.

La belleza, como el amor, como la fe, es un deslumbramiento. Uno puede censurar el acceso: saber que no traerá bien ese resplandor. Mejor prohibirse el placer, no darle oportunidad, no abrirle las puertas. Porque no hay placer que no taladre. Ni amor que no haga sangrar. Tampoco luz que, una vez rebasada la sombra, no la desquicie. En la contemplación pura del arte, en ese arrobo plenipotenciario, estamos desarmad0s, se nos ha retirado toda posible protección que trajéramos, han prescrito la seguridad y la firmeza.

La belleza es lo único a lo que se debe entregar el alma. Ni siquiera el amor. Incluso el amor, sentido hondamente, es belleza de alguna forma. Todo es deslumbramiento. Que cada pequeña brizna de realidad esconde otra realidad maravillosa. Que sólo hay que dejarse conducir. Que no hay otro lenguaje que descifre la belleza mejor que la poesía.

Toda esa gente que entra en los museos y repara en un cuadro y se detiene ante él anhela belleza. Una vez que la poseen, sintiendo que están momentáneamente cubiertos, regresan a la realidad, se zambullen toscamente en ella. Saben (sabemos) que siempre hay un camino. No hace falta que sea un museo, en donde todo está reglado, registrado, ofrecido con generosidad y limpieza; podemos hacer provisión de belleza en una luz que de pronto inunde la habitación en la que estamos o en la restitución íntima de un pasaje de orquesta en un anuncio escuchado en la televisión (el otro día el magnífico concierto de Año Nuevo en Viena) o en la visión del rostro de las personas que amamos. Dejaremos que el corazón brinque, permitiremos que salga herido, no nos importará que se fracture. Vuelve siempre el resplandor. Está ahí, sin que lo apreciemos, haciendo que el mundo gire.

Me sigo preguntando qué pasaría con este mundo si se hiciese una verdadera pedagogía de la belleza. Si se enseñaran en las escuelas los rudimentos básicos de esa disciplina fantástica. Si se vendiera como se venden distracciones que no duran en el alma más allá de lo que se tarda en consumirlas. Si se invirtiera en educar en lo artístico, en apreciar la hondura y la verdad que se esconde en lo hermoso. A lo mejor no habría tarados que enarbolan banderas perversas y se erigen sacerdotes de su verdad, aniquilando a quienes no la comparten o la frenan. Gente bárbara que desoye la llamada de la belleza o del amor. No sé en realidad hasta qué punto este panorama educativo es viable: lo es tangencialmente, expresado en los márgenes, contemplado como una especie de barniz sentimental que embadurne el resto de las materias principales. La cuestión es hablar de la belleza, nombrar su acopio de vida.

No hay que precaverse contra la belleza. Ni siquiera contra la posibilidad de que esa belleza (con su asombro adentro) no irrumpa a la primera y se precise cierto adiestramiento, una especie de instrucción previa que nos habilite para decodificar (está de moda el verbo) el contenido clausurado, no válido para el disfrute. Lo maravilloso del arte es que acaece con proverbial vigor: no pide que tengamos experiencia (aunque no sobre) y tampoco exige una continuidad. La belleza carece de efemérides y de prontuarios, no tiene que anunciarse. Cada uno hace acopio de herramientas para descerrajar su uso. No hay quien carezca por completo de una brizna de sensibilidad. Basta con dar con la cuerda que debe ser pulsada. Está ahí, por más que no se tenga noticia suya, incluso a pesar de que no comparezca cuando se la espera.

La belleza es esa rendición ante lo inefable: algo que nos conmueve, algo que nos enternece, algo que nos hace trascender. Lo de la conmoción, el enternecimiento o la trascendencia puede matizarse, pero son tres cuerdas: lo son de un modo limpio y franco.

Hay cierta edad en la que uno es inmune al arte. Ninguna manifestación de la belleza hace que nos inclinemos; ninguna evidencia de lo sublime nos alcanza. La vida es cualquier cosa menos una experiencia estética. Importa el juego, importa el asombro. Las instrucciones para alcanzar la felicidad son brumosas, no están pulidas, su exigencia es mínima, si no nula. Quizá una de las funciones de la escuela sea la de acercar la belleza, la de hacerla accesible, sin obligar a quien la observa a tomar ningún partido por ella, pero hacer que exista, brindarla, permitir que esté al alcance de cualquiera. Tan sólo el hecho simple de mirar un cuadro o de escuchar una pieza musical y de dejar que nos invada. El maestro es el demiurgo tranquilo, el que arbitra qué debe exhibirse, el que criba las herramientas de esa adquisición lenta y consistente. Si no se produce ese pequeño temblor que antecede al deslumbramiento, no hay nada que hacer. No siempre se consigue. No hay un método para que la belleza impregne al que se cruza con ella.

Tiene el arte, como el amor, algo que no podemos gobernar. Esa fragilidad, esa posesión fortuita, la posee también la fe. Los gobernantes andan ahora apartando la belleza de la escuela. Apartan la música, la eliminan, la consideran un bien sacrificable. Imagino que luego vendrá la plástica, que no es solo dibujar y recortar, sino involucrar al alumno en la visión del hecho estético y hacer que lo valore. A los gobiernos, a cierto tipo de gobiernos, les gusta que los museos estén vacíos. Y un museo vacío o una biblioteca vacía o una librería vacía constatan la enfermedad de un país. Un país sin ciudadanos sensibles está abocado al fracaso. Una sociedad aséptica, un pueblo embrutecido o en vías de embrutecerse.

Hay que educar en la belleza, hay que legislarla, por extraño que parezca esa aseveración. A ellos, a los niños, concierne esa herencia. Podemos consentir que durante un tiempo sean inmunes a ella y no la aprecien. Luego, una vez franqueen cierta edad, perderán tanto si no se inclinan y la besan, si acceden a la mayoría de edad (qué es eso, cuándo llega) sin el bagaje interior que les faculte para echarse a llorar al ver un cuadro de Goya o sentir erizarse el vello escuchando una cantata de Bach. Sí, parece que Bach y niños no es un binomio frecuente, pero es cosa de probar. Quizá (todo es una especulación, una tentativa de pedagogía) ese vertido inocente de lágrimas haga más por la formación íntegra de una persona que un plan educativo del gobierno de turno. A mis alumnos, un poco como el no quiere la cosa, les pongo jazz y música de cámara mientras hacen manualidades o plástica en clase. Oyen (ojalá escuchen) a Stan Getz y a Brahms. Alguno me pide el éxito radiofónico del momento, pero la mayoría abre los ojos, sonríe para sus adentros y se tranquiliza de un modo asombroso. Hay quien me dice que escriba en la pizarra el nombre del músico o de la canción. La última vez escribí: «Sinfonía del nuevo mundo, Dvorak». Si alguien al volver a casa le pide al Siri de turno la restitución de esa pieza, algo hemos conseguido. Hemos limado una aspereza, hemos alcanzado cierto grado de perfección docente.

“La belleza da ganas de vivir”. Lo leí anoche en “La insoportable levedad del ser”, el libro de Kundera en el que ando por mero azar. Hay tanto que leer que sorprende volver a lecturas que ya se han hecho. Sería como aplazar el placer que está por venir, el que no se conoce, el inédito, por el ya trabajado y apreciado o gozado, algunas veces. Kundera es de un escribir a veces lento. No se ve que avance una trama, no hay una literatura de contar cosas, sino de contar lo que importa en el trayecto de esas cosas. No la peripecia, el sucedido anecdótico, sino la sensación (la belleza) que ese decir implica. Leo con fruición novelas que podrían pasar por ensayos. Se mezcla la aventura con el pensamiento. Cayó en pocas horas un buen trecho del libro. Luego me venció el sueño (suele hacer eso con increíble facilidad) y me desperté con esa frase en la cabeza: “La belleza da ganas de vivir”.

Tom Waits Redux

  Fotografía de Marina Sogo Una introducción Los perros viejos ladran hacia adentro. Llevo unos días con la coz de su garganta en el corazón...