A Juan Ramón Mansilla, que los hizo ver el mar
El amor es un delirio sin nadie que lo observe. Allí la luz torpe, su jauría de sangre. Se oye el oro tenso del cielo abrirse como un corazón de pronto abandonado. Una vez vi declinar la nieve en el invierno de un caballo muerto. El amor, derrotado. La quietud del ocaso. Qué clausura el cuerpo, qué crujir de alas en el aire. Con qué disciplina la carne íntima con su silencio. También duele el corazón, su brújula para nadie, pero he aquí el día de todas las palabras. Hay un rumor de pétalos en dónde, un pequeño alboroto de hormigas alrededor del ojo del animal caído. Contemplan la ocupación de la muerte ajena. Comprenden la inminencia de la propia. Será morir vaciarse, será cegarse. Todas las hormigas ciegas indagan el heráldica del aire, advierten el arancel del tiempo, ven en el roto desquicio del caballo la negra escritura de un temblor antiguo que no obedece a la belleza ni a la verdad. Obedece a otro motivo, del que no puede saberse nada y al que no se le asigna un idioma que lo transcriba y nos haga comprender lo que sintió el caballo al ser ocupado por la blancura infinita del invierno. El tiempo es un delirio sin nadie que lo mida. Allí el correr ciego de la luz, su anhelo inefable. No hay quien sepa qués el tiempo, qué un caballo. El tiempo es aquella caligrafía de la infancia luego fiebre y vértigo y sed incontenibles. El tiempo de las grandes palabras no volverá jamás. Tenemos el caballo, la nieve, las hormigas. No esperes saber más. Espera, cree. Banal el saber. Fárrago terco, hondura que se ensimisma. Los caballos están hoy junto al mar. Trotan, anhelan la luz. Sienten un vago consuelo. Se oye alejarse al miedo. La nieve es un desatino de la memoria; la tormenta, un eco perdido en el invierno. "Abrevan, nadan, cocean las olas, relinchan espuma".



