Algo sucede a lo que no sé dar asiento. Unos perros a lo lejos conversan sin que se sepa el desorden que les arrima a la discusión. La noche está ocupando la blanda extensión del día. La urgencia de la luz se obstina en desocupar su oficio. Esa hendidura dulce con la que el cuerpo se vacía. Unos grillos rivalizan con la música caótica de los ladridos. La iglesia al final del camino invita a que busque a Dios. De pronto lo escucho con torpe claridad. Me hace creer en la incertidumbre generosa de mi espíritu. Casi brama ahí adentro, pero distingo en el ruido que incesantemente produce grillos y perros. Ahí vamos a ciegas los dos, Dios y yo. Llevamos tiempo intimando. No sé quién se ha tomado más confianzas. El tiempo discurre con pasmosa certeza No sabe uno nunca a qué atenerse. Si a la memoria disponible o al yermo caudal del porvenir. Regreso a casa después de haber caminado por el campo. Tengo que subir a la azotea y recoger la ropa. Doblarla. Guardar la que no precisa plancha, comprobar que la cocina está recogida, el lavavajillas terminado, ni platos, ni sartenes, ni cubiertos en el fregadero. Abrir el ordenador. Escribir el texto que he ido montando en mi cabeza. Habrá algún adjetivo que no pensara. No importará si fueron perros los que a lo lejos parecían conversar. Tampoco si anochecía o abría el día. Ni de Dios tendré nada fiable de lo que apropiarme para que no se maleen las palabras y no cumplan el cometido que les encomendé.
10.7.26
9.7.26
Una rendición
El superviviente, René Magritte, 1950
7.7.26
Darth Trump
6.7.26
Haaland
Me apenó ver perder a Brasil. Mi memoria sentimental es más carioca que nórdica. Mi deseo fue que ganaran los pentacampeones, que ya no son lo que fueron, hace que no hay ni rastro de Zico, Romario, Ronaldinho, Pelé, Garrincha (cómo regateaba) o Pelé, el dios, el rey del fútbol, el tricampeón mundial. Fue un bicho nórdico el que los apartó de la corona. Se veía venir. La canarinha es una panda de mediocres, un simulacro de samba, un arrebato sin disciplina, puro talento, desborde y verticalidad, delirio sin argumentos. Lo de los noruegos fue perseverancia, planificación, programa, programa, programa. Quiizá tienen fe en Haaland, que es un cyborg, un robocop, un titán, un ser de otro mundo, un virus del que no se tiene vacuna, Thor con su mjörnil, el martillo de la mitología vikinga, el drakkar sin agua. Bastaron dos intervenciones, dos escaramuzas sin mayor urdimbre, para que la historia se desdijera, para que la épica brasileira se desmoronara y los que amamos el fútbol pensarámos que la memoria es un accidente, un souvenir, algo a lo que no debe hacérsele aprecio alguno. Lo de Brasil perdiendo anoche es una evidencia de los males del mundo. Brasil debería ganar siempre, salvo que se empareje con España y el corazón tiemble al tener que escorare hacia un bando. El jogo bonito es la alegría, el baile, la capoeira, Copacabana, Stan Getz soplando la chica de Ipanema para que Astrud Gilberto se prodigue en susurros dulces. Esta vindicación del fútbol es legítima. Me hace regresar a la época en que adoraba las virguerías de unos cuantos jugadores, el talento puro de unos cuantos elegidos. Daba igual que hubiese un equipo sólido que los asistiese: eran capaces de enmendar un roto con una coreografía en el área contraria, con un juego de pies inverosímil. No escatimo elogios a los noruegos (me encanta el salmón, anhelo viajar a ese país, ver la aurora boreal, perderme en la catedralicia comparecencia de un fiordo) pero no estuvo bien que viésemos una selección tan flaquita, de tan escaso desempeño. Ni Vini Jr, el tuerto en el reino de los ciegos, enmendó el descalabro. Así que me he hecho nórdico, noruego de pies a cabeza. Si no somos nosotros los que levantamos el trofeo, que sean los vikingos. Son los más entusiastas. Hacen cosas en las gradas que me parecen adorables. Viva Noruega, viva el salmón, viva la pragmática sin circo, la matemática severa, todo lo que no es fútbol, pero hace que se ganen los partidos. Y me quedo con ese ser extraterrestre, insensible, aunque sonría, El fútbol moderno será de iluminados como Haaland. Seres fríos, inalterables, cazadores que no se inmutan cuando no se tiran días sin saber dónde está el bosque. Al final, adquieren su presa. La derrotan, ponen el pie sobre su testa quebrada.
Ser
Lo que importa es estar aquí, haber nacido, sentido, amado. Todo lo demás no debería ni contarse. Sin embargo, toda la literatura nace de un conflicto, se construye en la liza del bien y del mal. Esa armonía íntima, la de la bondad, la de la gratitud, se escribe con caligrafía pulcra, se dice con las palabras más sencillas. No se precisa alardear de nada. No interviene ningún veneno, ninguna constatación de que la sangre circula con miedo o con odio. Basta anhelar un paisaje y saber que ninguno que creamos a mano será el definitivo. Saber, no obstante, que la salvación no es algo a lo que secretamente aspiremos. Nos conforta el sagrado hecho de aprovisionarnos a diario de esa luz indecisa con la que el día proclama sus prodigios y sus tragedias. Es la perseverancia, ciega ella a veces, la que manuscribe el tráfago de ser. No hay verbo más hondo. Siendo, ya vale.
Comparecencia de un árbol
I
Al árbol muerto
lo agasaja de vértigo el aire.
Un fuego sin cuerpo abraza
el tronco roto del que prende
un desquicio de tosca lejanía.
Está la muerte misma
ofrecida como un cántico.
La desolación absoluta como un temblor.
Ni la lentitud prospera.
Se impregna la luz de una fiebre invisible.
Todo en el árbol se desdice.
Una prudencia con su blonda de silencio
ocupa la tosca materia de su talle,
la memoria de su ensimismada
travesía sin centro.
Será la lluvia la que apremie
su vocación de altura.
La raíz es un misterio
del que no se hará evangelio.
Una catedral en ruinas.
Una religión sin un dios que la acune.
Un templo del que solo perdure un altar.
No tendrá quien se recree
en el eco roto del tiempo
ni en el antiguo solaz de su sombra.
Hay un bullicio adentro.
Consta su clamor, cunde
su anhelo de puro erguirse.
Un árbol muerto
es un fracaso de todos los bosques.
Las hojas lo desobedecen.
Cuestionan la ciega velocidad de la tragedia.
Un árbol vivo.
habla con su verdor futuro.
II
Lo que al agua da el oficio de cauce
es el vértigo de la tierra, la hondura del aire.
Al aire se le desciñe la altura y roza
con su invisible manto la orfandad de la luz.
La ceniza es humo que corteja
al azul del cielo y al loco respirar del fuego.
Jadea el fuego, arde la luz, brinca
como un pulso de sombra el agua.
Gimen, agua, tierra, aire o fuego,
cuando los abraza la providencia,
pájaro sutil al que el vuelo obligara
a ocupar la brújula del tiempo,
manantial ciego, si cuerdo, limpio
estrago de cuanto dimos en llamar vida.
5.7.26
El futuro
Le voy teniendo un afecto menor a las novedades. He aprendido a manejarme bien en la rutina, en su calor doméstico. Ni tenía antes argumentos exquisitos para disfrutar con ellas ni ahora los tengo para declinarlas. Tengo, en todo caso, vaivenes, una especie de querencia volátil hacia los asuntos que se improvisan, los que gobierna el azar y en los que uno no posee regencia alguna. Me incomodan cosas que antes me entretenían. Me atraen las que en otras ocasiones me enervaban. No poseo una idea exacta sobre si estas apreciaciones mías las comparten otros. Las tengo yo, las acepto como buenamente puedo y me voy acostumbrando, entre la perplejidad y la anuencia, a lo que va saliendo de este giro caprichoso de mis asuntos. K. observa que esa desafección es un indicio de que me hago viejo. No es cosa que me preocupe. Me insinúa chistosamente la posibilidad de que lea de nuevo El Quijote o de que juegue a la petanca en el parque, ahora que estoy jubilado. Envejecer, le contesto, es un signo de buena salud. Llevamos haciéndolo, cada cual a su manera, toda la vida.
Lo de la edad es una estadística, una convención numérica, un dolor inédito en el costado, una manera más de etiquetarnos. Convertidos en cifra, se nos controla mejor. Estamos últimamente al tanto de ese cómputo. Se envejece desde que el aire rasga los primeros pulmones. Todas las horas hieren, pero es la última (ay) la que mata. Los años cumplidos no me pasan factura o no al menos del modo en que debieran hacerlo. Salvo algunos achaques, que tenía también hace dos lustros, se me puede considerar sano. Más que la alopecia o que la barba sea blanca (las dos cosas se atienen a la estricta verdad) lo que se me antoja preocupante es esa debilidad mía que consiste en no saber a qué atenerme cuando dispongo de tiempo libre. No tener certezas absolutas sobre en lo que emplear las horas de esparcimiento. Es que yo me esparzo con desperpajo, sin que el veneno del aburrimiento se me envalentone y altere. Ocupo más en decidir qué hacer que en realizar lo que he dispuesto. Esa inconveniencia malogra una felicidad mayor. Ese contratiempo me indispone para acometer con mayor placer las cosas a las que me entrego, que son muchas y a las que confío para (como decía el poeta) elevar la cumbre de los días.
Algunas de esas cumbres imponen. De ahí la necesidad de avituallarse bien por ahí adentro, de saber con qué alimentarse y en qué dosis administrar los venenos habituales. Tengo muchos. Los adoro a todos. No estar jamás contento con nada, declinar con poca renuncia lo nuevo, considerar que la rutina (la mía no es en absoluto gris, he aprendido también a decorarla) es una casa que me acoge y que aspiro a que me cuide cuando, ya en otra edad, más noble y provecta, encorvado, perdida en parte la memoria y ganado sin adjetivos el descanso, piense en qué gasté los años, cómo merecí el amor de los otros y el mío propio. Sobre todo me fijo en esto último, en si me quiero lo bastante o soy un descuidado conmigo mismo y me desatiendo en cuanto me distraigo. Cuento esto distraídamente, como si fuese de otro de quien cuento y me hubiese arrogado la facultad de mostrarlo al modo en que las narraciones transcurren y hacen personajes y los conducen a su antojadiza manera.
En ocasiones, cuando escribo, escindo esa realidad y la hago ficción. Por adiestrarme en la escritura. Por no cejar en su loco empeño. Ahora, recién retirado de mis obligaciones laborales, tengo todo el tiempo del mundo. Lo tenía antes, lo supe entender así, pero inicio una etapa ignota, todas lo son. Esta noche empiezo a escribir en serio. Me sale una novela por la boca. Tengo que registrarla.
4.7.26
Faranga
Barragán es un hombre joven, soltero, abnegado, fuerte y hasta valiente; barragana, inconcebiblemente, es una concubina. El sombrero de copa y la bimba son la misma cosa. Resulta que derrelinquir es abandonar, desamparar también. La faranga es vagancia, molicie, asunto de haraganes, campo yermo y sin propósito. Una plétora es una enormidad de la que no siempre se tiene conocimiento ni alcance. Lo mulso es lo que empalaga. La memoria, cuando se sublima, en su esplendor, puede ser una acordanza. La anfibología se practica a diario, concurre su ambigüedad con voluntad o sin ella y solo se advierte por almas de conciencia semántica retorcida. Ir a lo mollar es desentenderse de la retórica: es vocablo de pragmático afán, veneno para los hipotáxicos. Me levanté hoy con la misma disciplina creativa de siempre. Escuché en la radio una de las palabras que he traído a este volunto. Me la quedé de inmediato. Quise, sin fortuna todavía, aplicarla en alguna conversación casual. Decir: este sábado es de faranga. Tener después la certeza de que hemos perdido el interés por el vocabulario. Usamos entre trescientas y quinientas palabras diferentes al día. Hay quien alcanza mil, mil quinientas. Nuestro acervo semántico pasivo puede llegar a las treinta mil. Hay noventa y tres mil entradas en el diccionario de la RAE. He conocido gente con la que bastaría usar cien, y alguna de esas cien precisaría un aclaratorio, una traducción. A mis alumnos les he enseñado combativamente a usar "ósculo", beso. No hay alumno mío que no la haya escuchado en clase. Me he esmerado en hacer que se abran de orejas (prick up your ears) y no permitan que alguna de las palabras que escuchan o que leen sea pasada por alto. La primera vez que tuve noticia de ella fue en la liturgia de un párroco, no sé cuándo, debe hacer mucho, no soy de ir mucho a la iglesia, por fortuna o por desgracia, qué sabrá uno. El ósculo de la paz, que inspira afecto o respeto hacia quien lo recibe, pronunciaba el cura. Es posible termine reemplazando la faranga por el ósculo o lo mulso por lo derrelinquible. Lo de la faranga me sigue gustando mucho. Permitid que la abrace y me asista en gozos.
3.7.26
como loco
no sabemos qué vamos a hacer con el miedo, no sabemos qué vamos a hacer con el vértigo, no sabemos qué vamos a hacer con el tiempo, pero recogemos la basura, la basura de plástico, la orgánica, el papel, y vamos al supermercado, antes de entrar arrojamos el plástico, las raspas del besugo, los huesos del pollo y el periódico de anoche en los contenedores soterrados, en mi pueblo han puesto muchos, se ve el pueblo distinto, el pueblo moderno, un contenedor soterrado dice más de un pueblo que una estatua de pablo neruda en una plaza, los poetas casi nunca merecen estatua en plaza salvo que, oh azar, oh delicado atropello de las horas, el poeta haya nacido a la vera de esa plaza, en la calle aledaña, en una casa de dos plantas, más bien humilde, donde la concejalía de cultura y bienestar doméstico ha construído un santuario turístico al que vienen frikis del verso endecasílabo, vienen en tromba, en autobuses de línea, leen a whitman, declaman capitán oh mi capitán, leen a rilke, todo lo que a me entrego se hace rico y a mí me deja pobre, leen a vuelaojo versos historiados, se asedian a versos mientras afuera la realidad se adensa en lluvia, dentro de la lluvia está whitman, está neruda, no sabemos qué vamos a hacer con las odas elementales, con los versos más tristes esta noche, podemos sacar la basura, depositarla sin protocolo en los contenedores soterrados, el orgánico, el de plásticos, el de papel, esta vez no llevo botellas, pero hay un contenedor verde chillón con una boca menudita por donde el cristal se abisma hacia una oscuridad ruidosa a salvo de de la luz y del fragor de los colores, las horas crujen ahí adentro como la ginebra en el cerebro, las horas duelen como un retrato de baudelaire, las horas en vilo del poeta en lo hondo, abriendo puertas, contando sílabas, destrenzando tramas, mi corazón va al supermercado, llevo en un bolsillo la lista de la compra, el detergente, la cerveza, el hielo, la leche, el suavizante, llevo en un bolsillo a bill evans, no sé cómo se puede ir al supermercado sin waltz for debby en el bolsillo, sin ese extracto de cinco minutos del cerebro tóxico de un genio con gafas de pasta, cara de matemático y pelo jim morrison antes del sacrificio, pero nada me satisface más que este festín de las palabras antes de ir a la cama, demorándome en un hilo, atendiendo otro que me llama desde dentro, emilio, ordena el caos, me dicen, las cosas importantes están en lo hondo, valen cuanto más hondo están, se desvanecen, se fragmentan, se mueren en la superficie, al oro del aire se van muriendo sin que podamos insuflarles un adjetivo, un verbo místico, éxtasis fonético, sublime polvo de letras, lo que whitman con su barba prehistórica, lo que neruda con su cara de profesor de latín, lo que baudelaire con su gesto esquizoide, lo que whitman, neruda y baudelaire sabían, el poeta conoce el ruido del universo, sabe de sus espasmos, ha sentido en el pecho el croar de las primeras ranas, ha apreciado el olor de la tierra primeriza tras el diluvio infinito, ve en los pasillos del supermercado secretas líneas de texto cósmico que los demás no ven, el ruido sin intención de los átomos de luz que nos embriagan de colores, el poeta está alerta, vislumbra lo que no está, lo inventa, un dios es el poeta, un dios nebuloso y responsable, el poeta no está en contradicción con el universo, es el único sujeto que no está en contradicción con la mecánica celeste, el poeta ve los arcanos, el poeta entra en un supermercado, saca del bolsillo la lista de la compra, cerveza, detergente, leche, todos los líquidos primordiales, lee los apuntes, la letra extraña, escrita aprisa, la caligrafía de la rutina está en las listas de la compra, es la rendición semántica de nuestra esclavitud en el mundo, uno escribe leche porque una botella de leche o dos o un pack de seis le espera como la noche espera al día, en el extravío de esta crónica de mis vicios me observo con detalle, me declaro ajeno, me miro desde lejos, no me conozco, no sé quién es quien escribe, el que encuentra las palabras conforme las teclea, el que hace años que no ve a su amigo juan porque no sabe dónde está juan, aunque piensa a menudo en juan, en los bares en san fernando, en la cerveza con mucha espuma, en los bocadillos de tortilla de patatas, en las historias del exterior que amenizaban las historias del interior, pienso en juan, pienso en maría jesús, pienso en maría del mar, que me recogía en el panda de un primo y me dejaba a pie horas más tarde, después de haber oído la música acuática de haëndel en un cassette sanyo muy viejo, en una cinta tdk muy vieja, en un piso de alquiler sin muebles casi, pienso en your song cantada en un jardincito urbano con antonio y con auxita, pienso en whitman leído en un ascensor, pienso en los paseos por san fernando cuando el mundo era frágil y veía pasar coches y buscaba y encontraba el amor en los bares, pienso en baudelaire, hace pocos días, en el bolsillo de mi abrigo de invierno, el bueno, la edición de las flores del mal que tradujo jacinto luis guereña y editó visor en ese negro mítico que ilumina los ojos de los buenos aficionados a la poesía, pienso en todas esas cosas que no están o que están a trompicones o que sólo están cuando uno hace un esfuerzo verdaderamente considerable para que estén, confío en mí mismo, confío en la memoria a la que le debo mi vida, ignoro qué sería de mí si me fallase, si de pronto se me fuesen muriendo los nombres, el menú interactivo del guión, las corrientes de aire en el piso de la calle de la biblioteca, beautiful girl en samarkanda, jack daniels en el chiringuito oyendo cumbias a la medianoche, va uno copiando en la lista de la compra el detergente, la leche, la cerveza, la mantequilla pero no puede ir copiando el afecto, la ternura, la sinceridad, el júbilo, en esas palabras grandes de homilía de la vida es donde está debby, la sobrina de bill evans a la que dedicó el vals que escuché anoche una vez más mientras regresaba a casa lentamente, demorándome en los escaparates, buscando prodigios en el aire, buscando a whitman en el claxon de la furgoneta que casi derriba a un motorista, julio es una fiebre de metales metafísicos, mi amigo k. me ha pedido que deje de escribir textos automáticos, escribir por escribir, sin pensar, me dice que no es manera, él cuida esos detalles, exhibe un pudor del que yo carezco, me gusta exhibirme, presentarme a la espontánea audiencia, hablar de whitman, hablar de neruda, hablar de baudelaire, hablar sin otro objeto que ocupar el espacio en donde antes de que hubiese palabra únicamente había silencio, el moribundo silencio de los abrazos que se fracturan, el tiempo sin conciencia, las horas como un fardo, las horas sin rellenar de luz, las horas sin bendecir por ningún prodigio de esos que la belleza ofrece a beneficio de quien está atento y lo recoge, las horas infinitas del tedio vencidas por las horas infinitas de la alegría sencilla de ser feliz unos minutos al menos, somos custodios de una felicidad partida, buscamos a diario la luz entre la sombra del tiempo, somos la herida luminosa, el milagro paradójico, el despejador de incógnitas en el álgebra teológica, el astrofísico del alma, somos el beso nocturno, somos whitman tumbado en el centro exacto del universo, mirando arriba, mirando dentro, buscando arriba, buscando dentro, a k. no le gusta whiman por sencillo, no ve dentro, se deja confundir por el peso liviano de las palabras, por su aparente fragilidad, pero dentro de whitman está la clave del universo, la ecuación absoluta, el texto secreto, la llave antológica, dentro del poeta whitman está baudelaire, dentro de nerude está whitman, está baudelaire, está la poesía trágica y la poesía cómica, el verso que blande un grito y el verso que tutela una levísima caricia, estos alivios de sábados por la mañana, oyendo jazz, pensando en juan, en maría del mar, en bill evans, en los años sin fluido, en los años sin dinero en el banco, en los años rosados de paseos por la judería a la vuelta de los pubs gloriosos del centro, en los años de danza invisible, en los años de robert smith diciendo que los niños no lloran, en los años de la universidad frenética de la vida, jugando al billar en el cairo, inventando versos en la clase de pedagogía, comprando discos en simago, viendo fantasmas en los surcos, objetos muy livianos de belleza ectoplásmica, invisible al ojo desastento, sólo presente si te dejas conducir despacio, pienso hoy en juan, en whitman, en los países metálicos de la infancia sin libros, en toda esa adolescencia sin sobresaltos en la que pude descubrir al yo vigilante, al yo auténtico que luego, al correr de los años, deviene siempre un yo transeúnte, un yo caótico, el errático escribidor de insomnios, el amanuense febril que en las horas últimas del día se concede el inocente placer de creer que alguien afuera va a tomarse en serio lo que ni él mismo, ya lo advierte k., se toma, pero van los días pasando, los días en su vértigo, no sabemos lo que es el vértigo, lo que son las horas, las bebemos a sorbos grandes, las mordemos con entusiasmo, creemos que las podemos convertir en palabra, decía cortazar que el frío complica siempre las cosas, y en ese plan es uno feliz deseando menos, evitando el frío, buscando a debby en un vals, en la lista de la compra, en los códigos de barras, en el sueño, k. busca a debby en evans, me enseñó a descubrir el texto dentro debajo del texto, la melodía dentro de la melodía, el tiempo en el tiempo, el espejo en su hondura, pero ahora él se cierra, se aleja, huye, k. es un falso, eres un falso, le cuento, me mira, me analiza, sabe que le conozco bien, llevamos una vida juntos y hemos tenido las trifulcas juntas, alguna desavenencia, livianas frivolidades de dos que se condenaron a entenderse, la rutina del yo que se escinde y va al mundo solo y vuelve dolido, una especie de avatar, qué quieren que les diga, el avatar posible, los poetas nunca merecen estatua en plaza, la adquieren a lo mejor tarde, es posible, la adquieren a título póstumo, en el barrio en donde nacieron, con los vecinos mirando con orgullo, con todos los vecinos, los vecinos de izquierdas y los de derechas, los que creen en jesús divino y los que les pasan de jesús divino, los vecinos que no decaen nunca y los que están todo el día apesadumbrados, los poetas vuelven del campo con un racimo de versos bajo el brazo, con los pájaros que vuelven de otros países, con los pájaros benditos de las alas benditas, porque la poesía es un oficio bendecido y su aliento lo impregna todo, no sabriamos vivir sin la poesía, es quizá eso lo que hace que el mundo no se haya ido del todo a la mierda, que la poesía esté ahí, invisible, impregnándolo todo, aunque haya gente que no cree en la poesía, como hay gente que no cree en jesús divino, pero la poesía es un bien más alto que la creencia en un mundo superior porque la poesía ya es, en este mundo, no en ningún otro, un bien alto, uno de esos bienes nobles que pueden salvar al mundo del caos, pero el mundo va al caos de cabeza, me lo ha dicho hoy k, k tiene voluntos buenos, de los de copiar y no olvidarlos, el país va al caos, pero el mundo está ahí afuera, yendo al caos, nos estamos muriendo y no nos damos cuenta de que nos estamos muriendo, compramos la prensa, leemos las novelas nórdicas, bebemos café en las terrazas de los bares, pero el mundo se está desintegrando, ni siquiera hay un plan del gobierno, les viene grande el caos, no se les ha ocurrido convocar una reunión de poetas, poetas maximalistas, poetas minimalistas, poetas venéreos, muy lúbricos, muy salidos, poetas castos, pacatos, de una contención sobresaliente, juntarlos a todos y ver qué pasa, igual salen de la reunión con un par de ideas fantásticas, no sé, no entiendo yo de esto, pero me está viniendo esta noche ancho un párpado, otra vez el párpado de siempre, la realidad se obstina en contrariarme, se pone incómoda, como una mosca que se ha fijado en la bondad de tu piel, en la tersura de tu piel, en toda la formidable disposición topológica de tu piel y ha decidido echar las pocas horas que le quedan de vida dándote por el culo, excusen la grosería, no dejándote respirar, ahogándote, convirtiéndote en un ser despreciable, despotricando contra la mosca, la mosca, la mosca, la madre que la parió, yo tenía una mosca y la muy intrépida no se murió, danzaba como los esqueletos de saint-saens, como shakira en el carnegie hall, no sé si shakira ha estado en el carnegie hall, me imagino que importa que se llene, si la caja suena, las puertas se abren, el público aúlla, el público vibra, aullidos, vibraciones, cartas de amor, el caos, las tardes en casa, leyendo a baudelaire, pensando en ese retrato en el que da miedo, da miedo baudelaire, un miedo sin organizar, como de infante, como loco
Dice la pantalla que esta es una sala polivalente. Hay once consultas. Yo voy a la 9. Tenemos números y letras. Z7G6. B4G0. Tengo el O3O4. Lo de la polivalencia responde al modo en que cada uno de ellos va accediendo a la respuestas. Traigo cuatro preguntas. Ninguna es baladí. La paradoja de la sala de urgencias es que la rige la lentitud. La de los números y las letras es que carecen de historia. No se sabe si son livianos o póstumos. Madre no dice nada. Está bien llamar a los que esperan pacientes. Podrían haber sido más pulcros y elegido la forma ‘padeciente’. No existe tal vocablo, lo acabo de comprobar. Las etimologías son una prospección sutilísima en la epidermis de las palabras. La paciencia, que aludía originariamente al dolor o al sufrimiento, obtuvo un rango de una mayor hondura, casi una metafísica. Al paciente le concernía la entereza, cierto mansedumbre ante la adversidad. Como si su presencia trajese virtudes ignoradas, cualidades invisibles. Debe ser la polivalencia que define la naturaleza de esta sala. No doy con alguno de los usos para los que debieron imaginar que serviría. Los familiares miramos la pantalla blanca con esos números y esas letras que se suceden con inexplicable timidez. H5K5. Consulta 7. Un celador recita el nombre y los apellidos del enfermo. Por si no ha mirado la pantalla. Yo lo hago con destreza. Escribo, miro. Atiendo dos pantallas. También soy polivalente. Madre duerme en su silla de ruedas a mi vera. No se queja. Antes dijo: somos muchos. Antes: esto es el médico, no?. Aquí cunde la desesperación, eso advierto. Llevo desde las ocho, no hay derecho, dice la señora de al lado. Se escuchan conversaciones telefónicas. El manos libres es un chivato. Dile a la niña que no esté toda la tarde con la tele. Que ponga el aire. Que cansada. Que esto no tiene fin. Uno de mi edad lleva una hora con vídeos de Facebook. Se oye a un tipo en inglés y música como de circo. Hasta ha echado unas risas. Nadie le reprueba su falta de educación. Yo no tengo gana. Qué conseguiría. Raquel Ortega Luján, anuncia la celadora. Lo está repitiendo. Juan Alberto López López. No están. Igual se han impacientado. María Magdalena Vallejo Cortés. Sigue entrando gente. Gente de verde conduciendo sillas de ruedas con gente sin ánimo. No veo a nadie irse. La polivalencia es catedralicia. Esto es una estancia de la realidad en la que no rigen las leyes de la física. Tendrán que apremiarse o tendrán que habilitar una segunda sala polivalente. B9N6. Consulta 11. Pedro Sánchez Ortega. Se acaba de poner en pie. Dudo que yo me levante con tanta diligencia. Llevo unos días con un dolor en la espalda. Va solo Pedro. No tengo acompañantes, le ha dicho a la celadora. Hay males ocultos, vicios inapreciables. Si esto dura unas cuantas horas más, tendré que pedir una pulsera con mi nombre y solicitar que se me ausculte, por lo menos. Por si dan con algún malestar que se haya ocultado. Por si antibióticos. Por si observación. La pantalla está en blanco. No alerta, no es una pantalla, es otra cosa que no sé entender. Un silencio sin pixelar. Blanco. Crudo, intimidante. No sabes si tardará en activarse o ha perdido el brío y se está lamentando de sus acciones. Me queda poca batería. No soy previsor. Dejo de escribir. O3O4. Me toca.
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