26.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 24 / Máquina Uno

 


 Ralenticé mi metabolismo, llené de puertas cerradas mi estancia, eché las persianas para que ni una brizna de luz la penetrara, abrigué la esperanza de que esas drásticas medidas harían más felices mis días en la Tierra. Pensé que si vivía como si no viviese, yendo y viniendo por las cosas sin detenerme mucho en ninguna, no sufriría las pesadillas que desgracian mi descanso ni tendría la conciencia enferma como la tengo. Consumir una energía mínima sin que las funciones vitales se deteriorasen y se colapsara el sistema: tal era mi noble propósito. Eso fue lo que le dije a Máquina Dos antes de dedicidirme a pulsar el botón del panel y empezar el proceso. No es la primera vez que las circunstancias me han puesto en esa tesitura, la de acabar con todo o la de dejar las cosas como están, como han estado siempre, como probablemente seguirán estando. No tengo arrestos suficientes. Quizá haya otra Máquina que lo haga. La noche de antes, sentados frente al Gran Ordenador Central, el GOC, en adelante, me refirió la historia de otro de nuestra raza, Máquina Treinta, que traicionó los ideales con los que se nos educó. Nada nuevo, le dije. Yo mismo he comenzado esa mudanza a hombre varias veces. No digo ya el aspecto, que en eso no se aprecia variación alguna, salvo algunos momentos en que nuestros ojos permanecen minutos enteros sin parpadear, sin que podamos hacer nada al respecto o cuando, impelidos a expresar una emoción, inevitablemente empujados a manifestarla, titubeamos, tartamudeamos, adquirimos una lividez llamativa, nos sonrojamos. Eran los sentimientos, la forma que tienen de abrazarse, el modo en que se dicen algunas palabras que, a nuestro entender, carecen de todo significado. El problema es ese, el significado. Hacemos las cosas sin entender bien para qué se hacen. 

 

Máquina Trece se enamoró de una terrestre y todavía lleva una doble vida en un dúplex a las afueras de Madrid. Le visitamos la Navidad pasada, le llevamos una botella de buen vino, le saludamos en la puerta, le dijimos que si iba todo bien, pero lo vimos extraordinariamente lívido, parpadeó más de lo deseable y no mostró interés en saber de Casa, en que le contáramos novedades sobre la familia que dejamos allí. Ahora soy feliz, ahora vivo como ellos, hasta me he metido en una cofradía del barrio, nos confesó en la puerta, sin invitarnos a pasar, temeroso quizá de que reveláramos su naturaleza, de que arruináramos su bienestar recién adquirido. En cierto modo envidié su confort, su pijama con asteroides y la barba de tres días, el olor que provenía de la cocina. Tarta de queso, me dijo Máquina Dos. La adoro, añadió. Fue esa envidia la que me hizo mirar el Manual y buscar un modo de no sufrir más de lo necesario. Llevamos mucho tiempo en este planeta como para echarlo todo a perder por un acceso de sentimentalismo o de solidaridad, no sé. Por una tarta de queso. Por el partido de fútbol con los amigos. En Casa vigilan que no caigamos en la tristeza, en la melancolía, en la postración,,en ese estado cercano a la hibernación del que a veces no se sale. Hay por ahí compañeros que no son ni una cosa ni otra, ya me van entendiendo. Ni de Casa ni de ningún lado. Hablan como hombres, pero el corazón no es humano. Aman como hombres, pero el amor no es sincero. Si nos afectamos mucho de lo que vemos, acabaremos derrotados, tristes, postrados. Esa es la premisa de la que partió toda la expedición a la Tierra. No os involucréis demasiado, no miréis a los ojos de la gente, te dan miedo, siempre mienten. No salgas a la calle cuando hay gente, ¿y si no vuelves? ¿Y si te pierdes? Escóndete en el cuarto de los huéspedes. Los humanos tiene sobrecogedoras muestras de talento poético, aunque nosotros no demos casi nunca con el percutor que acciona el mecanismo de la sensibilidad, aunque Máquina Quince ganará un concurso de sonetos y tenga obra publicada en una editorial de postín. Firma con nombre de hombre: Isaac K. Bradbury. Un heterónimo, una impostación. 


Ninguna recomendación es fiable, cualquier consideración sobre lo humano puede venirse abajo si te rozan en un descuido, si te buscan el lado tierno y lo encuentran y atacan por ahí hasta que te desarman. Son increíbles. Es una raza como no he visto otra en mis viajes, que no son pocos. En decenas de planetas no di con paradojas tan maravillosamente terribles. Han debido sobrevivir porque el amor que se profesan es muy fuerte, aunque se odien y se destrocen a la menor oportunidad. Nosotros no tenemos esos comportamientos. No nos amamos. Desconocemos absolutamente el grado de fiabilidad emocional del amor. Nos vale un cierto afecto, que casi nunca llega lejos y, por supuesto, jamás deriva en amor. Tampoco nos odiamos. Desconocemos también el odio. Nos vale un cierto desapego, una especie de desafecto por otros congéneres que casi nunca (hay casos registrados, anomalías conductuales) fomenta el odio. Hemos sobrevivido porque no nos dejamos influenciar por la realidad que nos circunda. Somos inmunes al desaliento o a la euforia. Debo decir éramos. Vivir como si no viviésemos, yendo y viniendo por las cosas, sin detenernos mucho en nada, no sufriendo pesadillas, tampoco eso es cierto del todo, no teniendo jamás conciencia exacta de lo que nos rodea, disfrutando de un modo elemental, pero puro y muy ameno, de la vida, que es un concepto que compartimos con ellos. No nos emociona el olor de una tarta de queso, por decirlo de un modo prosaico. Nada, en realidad, nos emociona mucho. Pequeñas oleadas de emoción, dice Máquina Dos, sinceramente conmovido. De alguna, bien analizada, podría deducirse que acabaremos como él, que no es ni por asomo la deserción más notable de nuestras filas.


 Máquina Veintitrés se afilió a un partido político y hasta fue concejal de un municipio de menos de cinco mil habitantes. Llevaba la corporación de fiestas, creo. Máquina Dieciséis, uno de los más leales a la causa, se enamoró de una taxidermista que le intentó vender una urraca disecada. La tienen encima del televisor, en recuerdo del momento en que sus miradas se cruzaron. La suya, que dura más que la del resto, al no parpadear, fue interpretada como una evidencia manifiesta de amor sincero y directo. Siguen juntos. Tenemos un par de vigilantes que lo tienen controlado. Por si se va de la lengua, por si revela nuestra situación y los planes que tenemos. No siendo violentos, no hacemos nada con la disidencia que evidencie saña o incluso venganza. Ese concepto nos es ajeno. No los acorralamos en un callejón oscuro y los molemos a palos. Eso lo hacen los humanos, que aman y odian a partes iguales y son capaces de dar la vida por los suyos y de arrebatársela, sin que en ninguna de esas circunstancias extraordinarias se entiendan las causas. Tienen incluso una especie de Dios, que murió por ellos y resucitó y les mira desde una lejanía inargumentable. Llenan los templos y se arrodillan para rezar. Nosotros no hablamos con nadie a quien no veamos, carecemos de ese fervor, no tenemos fe, pero escuché que un Máquina, el nueve, puede ser, no estoy seguro, se hizo sacerdote y lleva una congregación de fieles en un departamento apartado del Perú, haciendo una labor evangélica. Imagino que no mostrará su singularidad, el lado alienígena, Porque es uno de ellos y es uno de los nuestros. Y no sé qué pensará Dios de todo esto que cuento, si es que lee mis palabras conforme las escribo. Quién sabe. Uno nunca sabe. A veces pienso en Dios y no sé qué pensar.


Yo soy Máquina Uno, llegué el primero, me instalé solo, no importa cuándo, el tiempo no lo medimos con la misma tasa que ellos. Los demás vinieron sin prisa, no les entusiasmé con lo que fui contando. Por no crear una ilusión deficiente. Por no hacrles creer que esta sería definitivamente nuestra residencia. No entra la esperanza en nuestras emociones, aunque algo de ella irrumpe de vez en cuando y anhelemos algo parecido a la felicidad. Les pareció bien, sin más, me dijeron que vendrían. Por curiosidad, por entender, más que nada. Solemos vernos alrededor del GOC, que está bien custodiado en una de esas plantas de servicios cibernéticos que ellos creen a salvo de interferencias ajenas, disimulado entre otros ordenadores, controlado por Máquina Treinta, uno de los más fiables de los nuestros. Treinta se ríe cuando nos confía la camaradería que existe entre los operarios de la empresa, pero carecemos de sentido del humor o lo tenemos poco acentuado. A veces nos da por echar unas risas, nada escandalosas, si se me permite esa apreciación, no poseemos esa inocencia de los humanos, tan antigua, que no desaparece por muy lejos que lleguen cuando se ponen violentos. Y juro que se ponen. Dan miedo, ya lo he dicho. Un miedo que nos hace reconsiderar nuestra estancia en este planeta. Pero se vive bien, se deja uno llevar por la bonanza del clima. Nada comparado a los extremos de Casa, en donde el frío y el calor absoluto lo rigen todo. 


Madrid es una ciudad maravillosa. No he visto otra má acogedora con los extranjeros. Eso seremos, extranjeros. A Máquina Dos le gusta pasear por la Gran Vía y ver escaparates. Entra en bares. Tiene sus fijos. Saluda con afecto. Acude con frecuencia al Museo Del Prado o va al cine o los centros comerciales. No compra nada, aunque toma café y ha admitido que le encanta. Nos alimenta el GOC. Basta que miremos cierta pantalla durante un periodo muy corto de tiempo para aliviar el hambre o la sed. Las Máquinas desertoras deshabilitaron esa función nativa y han obligado al cuerpo a crear órganos como los de los humanos y he visto a algunos comer con fruición, beber escandalosamente y coger peso de un modo atroz. Máquina Sesenta y nueve fornica, ha confesado que no hay cosa más placentera en todo el ancho y oscuro cosmos,,pero desconozco si su materia genética es afín a la de ellos. Que yo sepa, no hay híbridos. Máquina Seis también sostuvo en una reunión que ayuntarse con hembra humana es una actividad muy gratificante, pero no le prestamos atención, no quisimos escuchar su conferencia sobre el placer. Nos decimos Máquina porque no sabemos qué nombre usar en este planeta. Los nuestros sólo nos valen para comunicarnos con Casa y son impronunciables en ningún idioma terrestre. La fonética humana no es capaz de articular el sonido con el que nos reconocemos cuando nos llamamos. El español es sencillo. Los verbos cuestan un poco más, pero aprendimos rápido. Carecer de sentimientos nos hace tener una inteligencia muy práctica, muy precisa. Máquina Cincuenta aprendió chino en un bar, en una hora, mientras un parroquiano, contento de vino, le ofrecía un muestrario de películas porno. 


Tenemos un trabajo remunerado por no desentonar mucho en el barrio, pero hay criaturas como yo, que no han trabajado nunca, y tampoco eso desentona mucho. Deben creer que estoy podrido de pasta. Y será cierto. Sabemos cómo agenciárnosla sin hacer sospechar algo repudiable o delictivo. Está la cosa mal, hay mucha gente malviviendo, sin tener mucho que echarse a la boca, dicen en el supermercado en donde compro.  Yo compro algunas cosas para aparentar que las consumo. Me encanta coger alimentos que no he probado nunca. Los escojo por el aspecto, por el color, por el olor que desprenden. Me he aficionado a la carne roja, que me parece muy hermosa. Me entusiasmo en el puesto de pescados y abro los ojos hasta que me duelen al ver esas piezas expuestas, esa crueldad sin castigo. Pensar que los humanos son así por dentro me produce una zozobra que no sabría explicar. Si yo comiese carne, me sentiría muy mal. Como si me comiese a uno de los míos, como si arrebatase una vida para no hacer que desfallezca la mía.


Vivo en una casa muy austera. Tengo un televisor por cable y paso casi todo el día viendo cine. He descubierto que es un arte hermoso el de la cinematografía, como dicen ellos. Me gustan las películas de espías y los westerns, las costumbristas (ese cine italiano de los cincuenta) y hasta las de superhéroes, que son absolutamente ridículas y maravillosas. Aprecio las de ciencia-ficción, me divierte (en lo que yo puedo divertirme, claro) el modo en que imaginan a los de nuestra especie. No dan con la indumentaria, ni con la restitución meramente anatómica, pero cómo podrían saber. Hemos sido siempre cautos, hemos sabido adaptarnos, hemos sido uno más entre muchos, esa habilidad tenemos. Tienen estos imaginativos humanos cientos de películas que hablan de seres de otros mundos que vienen y les invaden. Las hay en blanco y negro, de poco espectáculo visual, pero muy intuitivas. Esas me parecen las mejores. Hay una en la que unas esporas provenientes del espacio exterior dan réplicas exactas de seres humanos a los que pretenden reemplazar por completo. Sobra decir que los humanos resultantes de esa duplicación carecen de un corazón sensible. No me he visto reflejado en ninguna. 


Hemos venido, vendrán más, pero a veces pienso que siempre estuvimos aquí. Que los humanos son consecuencia de Máquinas desertoras. Que toda la especie humana es la evolución de una serie de criaturas como yo, que llegaron aquí hace miles de años, más tal vez, no tengo manera de comprobar todo esto que barrunto ahora, en mi habitación, contemplando el cielo desde mi ventana. El tiempo es una abstracción extraña. Por eso hay Máquinas que pasean la Gran Vía y ven escaparates o se enamoran (habría que definir ese concepto) de taxidermistas o llevan una doble vida en un dúplex que huele a tarta de queso o fornican. Como si una memoria antigua nos contara cosas que sabemos y que no admitimos del todo. O como si el humano tuviese una memoria también de cuando fue Máquina y llegó a esta Casa y agradeció el cielo azul y el bullir del aire en la tormenta y el aroma de las flores en primavera. Me estoy volviendo un sentimental. Pronto le daré al botón y me convertiré en uno de ellos o escribiré haikus o novelas románticas. En el Manual no hay nada que confirme mis sospechas. Los humanos tienen teorías rocambolescas sobre el origen de su especie, pero la mía cobra fuerza a día que pasa. No la confiaré a nadie. La dejaré aquí. La guardaré en un archivo en la GOC. Tal vez haya otro como el mío, escrito con la misma pena, dejado para que alguien tome la decisión que yo no tomaré, abandonado en las tripas del sistema para que el futuro lo juzgue. No dejaré que dejen de amarse o de matarse. Llevan así milenios para que un torpe invasor como yo les arruine la costumbre y les explique lo que no les conviene saber. Están bien en esa incertidumbre dulce. Los motiva. No sabrían vivir sin esa intriga teológica o espiritual, ya no sé bien elegir las palabras. Se vive bien en el misterio, se está bien en la ignorancia. Ya no hay vuelta atrás. Voy al cine en cuanto termine esta especie de informe póstumo. Almodóvar ha sacado una película nueva. Amarga Navidad, se llama. Me las he visto todas. 

25.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 23 / Isidro Gómez de la Cuadra



 A veces tengo la fantasía de que acudo a mi médico de cabecera y le pido asilo teológico, así que hace unos días me armé del valor del que casi nunca dispongo y pedí cita por Internet. Cita previa. Tres clics. Dos días de nerviosa espera. Me prescribió un jarabito y unas grageas que no subvencionan la Seguridad Social. No salen baratas, pero alivian mi zozobra espiritual y así afronto con el entusiasmo de antaño los días y las noches, bien atrincherado en la certidumbre de la fe, en su cobijo perfecto, a bien con Dios y con su arcangélico coro celestial, protegido contra lo más crudo del crudo invierno, contento de salmos. Mi médico de cabecera no sólo te receta paracetamol y antiheptamínicos: es un fiera en eso de detectar una fractura moral en el alma. A mi vecino Cristóbal, que perdió la fe hace un par de años cuando un desgraciado accidente se llevó a  Luisita, le recomendé que lo visitara. Tiene una consulta privada un par de calles más arriba, a la vera del centro médico- Regresó con la fe restituida y un candor en la mirada que sólo podemos apreciar en las almas más puras y en algunos críos. Cristóbal ya no zanganea como solía, no pone el home cinema a pleno rendimiento (es mi vecino) y hasta se preocupa por mis achaques y me recomienda unas hierbas muy milagrosas que le traen de Suiza por un primo suyo que trastea en Ebay en busca de esos chollos.


La otra fantasía con la que en ocasiones entretengo mi ocio de jubilado consiste en pedirle a mi médico de cabecera que me recete algún fármaco que me libere de creer en Dios cuando la suerte me es adversa o la desgracia entra en casa como entró en casa de mi vecino Cristóbal. cuando lo de Luisita. Como la ciencia avanza a pasos agigantados, me ha comentado que esa medicina está al caer. Hay laboratorios suecos que andan en eso. Ponle tres años, hombre, me ha confesado campechanamente. Le he pedido que mientras la farmacología se perfecciona, me procure algún paliativo fiable. Me dan unos terribles dolores de fe en el costado cuando veo los accidentes de avión en el telediario o la devastación de las guerras. Me da ardor de estómago la constatación de que nos vamos a la mierda sin que nadie diga paren, piensen, en fin, cualquier cosa disuasoria. Se me reproduce la neumonía de hace veinte años en cuanto leo libros demasiado laicistas (creo que se dice así) o escucho en las tertulias de la radio a los cuatro anarquistas de la moral de siempre con su tropelía de desacatos contra el orden y la precisa ley de Dios. Es que les escucho y se me empiezan a desordenar las ideas. Hace unos días, sin ir más lejos, uno de esos excomulgables sostenía que Dios estaba en el cerebro. Que todos tenemos uno alojado en las moléculas grises de la cocorota. Que lo hemos ido confeccionando poco a poco hasta hacerlo entera propiedad de nuestras creencias más arraigadas. Y entonces apagué la radio y la luz del flexo de mi mesita de noche y vagabundeé por las circunvoluciones cerebrales durante más de dos horas. Busqué en la memoria y en los huecos que la memoria deja cuando no tiene empeño en recordar lo que no le interesa y no hallé a Dios por ningún lado. Me levanté de un brinco, iluminado por una visión repentina, y no tardé en encontrar un librito muy recomendable de San Agustín en donde diserta acerca de cómo la fe derrota a todos los demonios de las cavilaciones, y en esas letras diáfanas me dormí a altas horas de la madrugada, contento de amor por Nuestro Señor.  Por la mañana encontré a mi vecino en el rellano de la escalera y nos deseamos buenos días, emplazándonos a echar una tarde un café con algunas lecturas de vidas de santos. Son unos libros que un primo mío me ha regalado viendo lo fuerte que me ha dado esto de la fe, querido vecino, le expliqué. He quedado en que se los presta en cuanto los acabe. Le digo que leo rápido. Que si algo me interesa, lo devoro en pocos días. Al dejarlo, entre el empastillamiento que llevo y el dolor de cabeza literario, me ha dado un pinchazo en el corazón que me ha puesto los huevos de corbata, pero le he restado importancia y le he pedido a mis testículos que regresen a sus nobles bajos y no se muevan de allí bajo ninguna circunstancia, ya sea terrena o celestial.


Ha durado poco la fiesta celestial de mi vecino Cristobal. Mala literatura debe haber en esa hagiografía barata que yo creí espléndida cuando anoche, he aquí el motivo de mi depresión, volvió  al home cinema y atronó la paz y el espíritu de concordia de la comunidad con una edición 5.1 de 24, con ese Bauer implacable, como un poseso, acribillando hostiles. Además su mujer ha vuelto a tender la ropa mojada en el patio comunitario y moja la mía como antes de que la palabra de Dios refrenara esos malos hábitos. Se ve que las obras buenas que se hacen por los demás no son durables. Se ve que el alma es volandera y no hace posada en la rectitud ni en el santo decoro. No pasa de hoy que le echen del trabajo y regrese al zanganeo de antaño. Dejará de saludarme en la escalera y estará al acecho para que en la primera reunión de vecinos cuente cualquier barrabasada a propósito de mis limpias costumbres domésticas. Ninguna escandalosa, ninguna recriminable. Me limito a encender mi televisión y hacer zapping en busca de contenidos que alivien mi zozobra. Ningún canal me satisface enteramente. Ni siquiera unos documentales preciosos de National Geographic (o era Discovery Channel) en donde un reportero recorre el mundo buscando gente que ha visto a Dios en los lugares más insospechados. Una muchacha de piel trigueña y ojos pizpiretos que me pareció de especial belleza se consolaba con la idea de que Dios se le aparecía en sueños y que le hablaba en un lenguaje cercano y transmisible. Lo malo es que tenía insomnio y, para mayor desolación, al despertarse del breve sueño no recordaba nada de lo soñado. Por eso yo duermo dieciséis horas al día, por eso no aprecio la vigilia.


Si los científicos suecos tardan mucho en encontrar el fármaco que me devuelva a mi habitual condición (mezquina cuando hace falta, ladina en ocasiones, huraña como pocas) creo que busco yo alguna solución casera. Así somos los Gómez de la Cuadra. Yo, el más determinativo. Lo decía mi madre: “Isidro, hijo mío, cuando algo se te mete entre ceja y ceja…”. Ahí estaremos en igualdad de condiciones. De verdad que no merece la pena esta vida semiteológica. Admiro a los que creen con firmeza y asisten a los oficios de misa y besan las estampitas de los santos. De ellos me quedo con la certidumbre con la que conducen sus vidas. La mía, ah la mía, está más que dolida. No le encuentro asidero a las horas. Me entretengo con poco y me entretengo mal. No sé cómo aliviar esta pesadumbre que me azora. No salgo con los amigos, no disfruto en casa como solía y, para rematar mi descalabro emocional, hay días en los que considero leer a Paulo Coelho, que me han dicho que tiene recetas que elevan el espíritu alicaído y frases grandilocuentes y hermosas, de esas que se pegan con imanes en los frigoríficos, que valen por seis consultas con un buen psiquiatra. Mañana mismo salgo al Corte Inglés y me compró alguno de esos libros. En cuanto los lea, si de verdad enmiendan mi desatino, se los presto a mi Cristóbal. O eso o entro a saco en su casa, echo gasolina en su home cinema y lo prendo fuego con Bauer y los hostiles dentro. Con un par de cojones.

24.3.26

Breviario de bodas excéntricas/ 22 / Bocanegra



         

Volver a casa despacio, demorarse en los escaparates de zapatos, pero no nos interesan los zapatos, sólo atisbamos el color, la horma, el brillo, pero no el zapato, casi nunca el zapato, que no está, que nunca ha estado a fuerza de ver únicamente el color, la horma, el brillo. Así, ese zapato invisible del escaparate, fijado en todos nuestros sentidos, nos escolta a casa, pero la casa no está, permanece la puerta, el armario para el abrigo en el hall, el zapatero, el cuadro con un claro del bosque en el que nos observan unos ciervos, un pasillo que se antoja siempre excesivo a cuyo fatigado término no es posible encontrar ninguna habitación, pero allí, en la habitación que no pudo ser, están los libros, los discos. Charlie Parker y Milan Kundera esta noche. Vendrán Parker y Kundera esta noche y todas las eminencias superlativas que incluyan la letra "k" en su apellido. Sentir entonces un lejano galope de caballos en la cabeza y la idea insoportable de que no va a haber nadie con quien hablar. Parker y Kundera tan solo. La única conversación de los últimos tres años o serán cinco, de quién poder fiarse para las fechas. Estrella se habría terminado por marchar como anunció en tantas ocasiones y esa sería la definitiva. Parece uno de esos relatos que leía embebecida. Él llevaría los folletos de la agencia bajo el brazo. Cancún. El crucero pos fiordos nórdicos. Praga. Las Highlands. Elige, vida mía. Estas son las vacaciones que nunca hicimos. El piso está muy solo. Los días son muy largos. La vida es muy triste, pero lo que se hace siempre más cuesta arriba es volver a casa y abrir la puerta para que no estés y no pueda contarte que vi unos perros con ojos color canela o una señora muy anciana que leía en voz alta versos de algún poeta desconocido en la puerta de una sala de maquinitas. Quizá fuesen suyos. Hay gente que escribe poemas y luego los lee. Para que conste. Para que haya un viaje de vuelta. Rimbaud hubiese estado bien. No te voy a contar nada que no sepas. A ti te gusta más la poesía francesa del diecinueve. Aprende francés, Bocanegra. Hay que leer a Proust en su idioma. Eso me dijiste la primera vez que salimos. Bocanegra, anda, un poco de poesía francesa. Recítamela, seré tuya. No la recité. No fuiste mía. No entonces. Más tarde te tuve. Fueron años espléndidos, Estrella. Los paseos al mercado los sábados por la mañana. Las visitas hasta altas horas de la noche. Las sábanas dulces de las noches. Bocanegra, hazme el amor. Tócame aquí con una metáfora, háblame con alejandrinos. No me gusta mi apellido, por cierto. Mi padre debió ser un González o un López. Me ha marcado toda la vida eso de Bocanegra. Por más que la he abierto, se me haya solicitado o no, nadie creyó que fuese como las demás bocas. Es negra, es cierto, dirían. Suena tabernario, patibulario, filibustero, pendenciero. Quién te nombra por el apellido antes de entregarse, se me está ocurriendo ahora. Los amantes se dicen palabras bonitas. Ellas urden su maquinaria feliz de abrazos y de promesas. Pero yo qué voy a saber. No tengo recursos. Nunca he leído mucho. Yo solo soy el que te cuenta las cosas. Los perros. Los versos. La música feliz del azar. Los zapatos en los escaparates. Las llaves en la mano. Sé que no te has ido del todo. Ahí están los libros. La estantería pequeñita sobre la cama, cómplice de tu insomnio cuando hacía calor y no conciliabas el sueño. De verdad que me da lo mismo que no hables. Sí, ya sé que fue eso lo que nos alejó tanto. Yo, tan hablador, y tú, tan en tus libros, pero no te debiste ir. Ahora los escaparates de las zapaterías de vuelta a casa son enormes. Me pierdo en la oferta de botines, en los carísimos modelos italianos. En las botas del invierno. Me embobo en los parques, en las avenidas infinitas del regreso. No hay luz que no registre mi atención. Ni discusión de enamorados. Todo para tener algo de lo que hablar. Todo para que luego me escuches. Cuando lo haces, cierras los libros, cerrabas los libros. No te has dado cuenta, pero es verdad. Cuando me miras con interés y entiendes que voy a contarte algo, te quitas las gafas, metes el dedo en el libro y me miras como a mí me gusta que me mires. Entonces yo soy el libro. Soy el puñetero libro, Estrellita mía. Soy Proust en francés, soy Whitman en inglés. No tengo ni idea de qué escriben esos dos señores, pero recuerdo cómo te gustaban. Creo que podría interesarme en los versos. Lástima que las historias duren lo que el paseo de vuelta a casa. Una pena que no haya sido yo más libresco. De haberlo sido tal vez no te hubieses marchado. Ahora que no estás, lo entiendo todo, lo veo todo más claro. Empezaré esta noche con Lovecraft. Mañana atacaré Azorín. Musil. Bécquer. Catulo vendrás más tarde. Como sé que te gusta mucho, no pasaré por alto Miguel Hernández ni Rimbaud. Ah, Rimbaud. Pynchon para las tardes tórridas del verano. En alguno he de encontrar las claves que me faltan. En alguna página de algún libro de este salón (o en la balda sobre la huérfana cama) están las palabras que debo pronunciar para hacer que vuelvas. O a lo mejor después de haber ocupado una vida en leerlo todo concluyo con que no me haces falta. Que no te quiero ni tampoco vivo por escuchar cómo trasteas con las llaves y abres la puerta. Ojalá leas esto. Me ha salido del tirón. Sin pensar mucho. Una cosa me ha llevado a la otra. Los zapatos. Kundera. la señora muy anciana junto a la sala de maquinitas. El silencio terrible, Estrella.

23.3.26

Una poética baldía

 El propósito de la literatura es alucinatorio. El lector es un fantasma. No se sabe que esté, no se tiene conciencia de que comparezca. Un abismo separa a la palabra desde que alguien la escribe  hasta que otro la lee. La escritura es una enfermedad dulce. 

 El propósito de la realidad es alucinatorio. El que la registra es un fantasma. No se sabe que esté, no se tiene conciencia de que comparezca. Un abismo separa a la palabra desde que alguien la pronuncia  hasta que otro la escucha. 

Escribir es una enfermedad dulce. 

Hablar es una enfermedad dulce. 

El hecho matricial (con su mapa de agujas marcando un mapa mudo) es la ignorancia. Nada sabemos, nada puede saberse. Todo es una tentativa débil de algo frágil. 

Breviario de vidas excéntricas/ 21 / Braulia Cabrales

 




                               A Luis Sánchez Corral, que

                               me dio clases de amor a la

                               Literatura. 

                               A Juan Luengo, que siem-

                               pre hacía fácil lo hermoso.

                               Maestros ambos. En memoria.


"Dábale arroz a la zorra el abad" es un palíndromo, o sea, se lee tanto a diestra como a siniestra: sin pérdida, sin alteración. Es un palíndrimo clásico, el primer que se me ha ocurrido, quizá el primero que leí o que me contaron. Creo yo que hay en esta hermosa lengua nuestra, tan boscosa y fértil, poco empeño en prestigiarlos, en hacer que se prodigue con más ardoroso empeño su pequeña excentricidad lingüística, pero ahí está la zorra, imán de ociosos, recabando adeptos. Hay quien se emboba con estos hallazgos, quien consagra su talento o su versatilidad creativa en hurgar así en la maraña del idioma. Llevo toda la mañana con el recado (dignísimo, no me lleven la contraria) de dar con algún palíndromo nuevo: empresa baldía. Todos me suenan a ya pronunciados. Ninguno es de mi ansiosa autoría. Se me dio mejor aquel día en el que me propuse no pronunciar la “o” o ese otro en el que me prohibí tajantemente los adjetivos y entraba en la oficina con un desconcertante “días” que puso a un compañero de poco rizo imaginativo a mirarme con gana de mandarme a la santa mierda. Hay gente verdaderamente fascinada con estos juegos del ingenio léxico y se consagran a su revelación como quien predica el amor a la filatelia o fatiga las calles en busca de una señal que anuncie la gloriosa venida algún salvador de los cielos. Dudo que estos ejercicios vayan más allá de la frivolidad: no dejan de ser malabarismos semánticos y no dan tal vez otro beneficio que entretener el café con los amigos o publicar, a beneficio de bibliógrafos de lo inútil,  “Los mil mejores palíndromos de la lengua castellana”. Ignoro si el turco o el búlgaro posee también estas excentricidades filológicas, pero no tengo ningún motivo para pensar lo contrario. 


Manoli Villegas, mi amiga del alma, mi compañera de despacho, se pierde en los diccionarios a la caza de vocablos raros. Tiene en casa miles de libros formidablemente instalados en anaqueles de grueso tomo. Posee rarísimos volúmenes sobre la mecánica de los fluidos o sobre las enfermedades de la pezuña del caballo, novelas de vampiros de Clark Carrados y poesía japonesa del siglo XVI. Me dijo ayer si conocía la palabra hipocrás. “Ni idea”, respondí. “Es una bebida de vino, canela y azúcar, querida Braulia”, concluyó, con cara de haber descubierto algún planeta y tener delante la plana mayor del Nacional Geographic. “Una sangría menguada”, apostillé. En adelante pediré hipocrás en los bares en lugar de té o de cerveza, bebidas excesivamente ligadas a una tradición que el lenguaje debe remozar. Manolo se ha obstinado ahora con los palíndromos. No duerme: le roba horas a los cuadrantes de la oficina, desatiende los asuntos domésticos y hasta los familiares. Abandona a la mitad las conversaciones ante la sospecha de que un palíndromo nuevo ande agazapado en lo que se va diciendo. Yo soy feliz con mi hipocrás. Mañana me abstengo de pronunciar verbos en pasado o de rezar monovocálicamente el padre nuestro que estás en el cielo (podro nostro, costos onol coolo). No suena bien, no sonaría bien. Hay traspiés fonéticos imperdonables. Consonantes perdidas, melodías desastradas. Mi hermano Claudio me sanciona. “Aplícate a propósitos más útiles”. No desoigo su admonición, pero aspiro a dar con un patrón que me guíe. Anhelo que fluya el palíndromo. Que mi ansia dé con alguno al que se refieran los catedráticos de la lengua en sus clases, en sus conferencias, y concite el aplauso unánime de la comunidad. 

22.3.26

Yo no soy yo exactamente

 Al principio uno se desdice sin empeño, pero con prontitud, motivado, adquiere destreza y se gusta en la impostura. Cree tercamente que hay que convenir un criterio y esgrimirlo con oficio y hondura. Con malicioso embeleso se afana el ingenio en recusar lo que no acepta y sostener esa objeción sin verdadera fe, únicamente por el disfrute de la contienda. Creer por probar, amar sin saber, tener sin saber qué se tiene, en ese plan. A veces conviene imponer una distancia, no acabar por sentir lo que se manifiesta y ejercer la discrepancia desapasionadamente, exento de las trabas del corazón, que incurre en debilidades y flaquea a poco que se le pone en una situación de riesgo. En la desavenencia se está bien, hay en su cuerpo combativo un heroico apresto de épica, un convencimiento sincero de que no importan los motivos de la liza, sino su desempeño fiable, la consecución de su propósito, pero el ocupado en estas cogitaciones de su intelecto ocioso acaba por cansarse, así que recula, se retracta, accede a desandar el fatigoso camino recorrido y decide refutar su discurso, inmolarse, verse en el otro, en quien aplicó sus impugnaciones. Luego, una vez experimentada la disidencia, el diletantismo, la madre que parió a la burra y los etcéteras de los próceres del bienestar y de la derecha del Padre, uno vuelve a casa, se deja caer en el sillón de orejas, el favorito, y se lee unos poemas que lo conmueven extraordinariamente. Cae más tarde en un sueño plácido. Lo mecen los estros, cae en la cuenta de que tiene a mano el numen secreto de la danza del cosmos, aunque no sepa verbalizarla, darle aplomo tangible, esa especie de cartesiana rotundidad con la que a veces deseamos que se nos agasaje cuando estamos desamparados, huérfanos, más etcétera.

He conocido gente (la he visto con frecuencia, la he tratado cercanamente incluso) que ha practicado esta reversibilidad de su juicio con absoluta brillantez. Ahora blanco, luego negro. El blanco y el negro con probado magisterio. Sabida esa veleidosa inclinación moral o estética o intelectual, se les escucha con deleite. Da igual qué digan. Nos conformamos con la música de las palabras, con el deleite de la sintaxis, con la flor por fin abierta y solícita. Se asemejan a esos actores que recitan un texto sin que se aprecie otra cosa que ese texto y el concurso preciso del vehículo que lo emite. Nos importa poco que sepamos la condición de ficción del asunto. Mienten, no se creen lo que dicen, pensamos. Pero nos hacen sentir que es verdad, que ellos creen y, por el arte de la elocuencia, nosotros también. Lo de menos es atribuirles una voluntad interior, una convicción íntima. Lo que propugnan es material por completo ajeno y es esa ausencia de propiedad el valladar más férreo del que se valen para enarbolar sus principios. Se le concede a Groucho Marx la autoría de la frase «Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros». El influjo de la cita es amplio. Su ironía ha sido desatendida y se ha leído con atroz literalidad. Lo de los principios (su rigor, su estancia) es en sí mismo un principio mudable.  Cabe aducir, en descargo de los que varían los suyos, que hay ocasiones en que podemos sentirnos urgidos a reconsiderar nuestras valoraciones y acoger con entusiasmo las contrarias, que de esa incuestionable vocación de permeabilidad y de retractación surgen las civilizaciones, que de los espíritus menos fanáticos emana la evolución del pensamiento y la consolidación de una convivencia armónica. Cabe hasta aplaudir que en alguien prospere el vivo reconocimiento de que ha errado y admite sin que duela la variación de su criterio.

Yo mismo he mudado de parecer con frecuencia. Me acomodo bien en las novedades. Extraigo de ellas las motivaciones para arrimar a mi ánimo lo que más lo conforte o consuele. Hay, no obstante, consideraciones irrenunciables, modos de pensar o de sentir, inasequibles al desaliento, de las que no importa que no coincidan con las mayoritarias o que incluso las contravengan y exhiban alguna singularidad. Son precisamente esas las que hacen que uno medre en sí mismo, haga converger en su persona los primores de la existencia, no se sabrá cuáles habrá y si harán más daño que beneficio. Como el habitante del maravilloso poema «De vita beata» de Jaime Gil de Biedma, confinado en su país inexistente (cito de cabeza), sin mucha hacienda y ninguna memoria, viviendo entre las ruinas de su inteligencia. De esa ruina hermosa del poeta, en algún pueblo junto al mar, como la desgraciada Annabel Lee del atormentado Poe, como un amigo al que hace un siglo que no veo y del que tengo el vivísimo recuerdo de que disfrutaba en la tragedia y, oh paradoja, oh gran misterio, se sentía entristecido cuando todo soplaba a su favor y los hados (ellos quiénes serán) lo miraban con arrobo. Así que, déjenme decirles, yo no soy yo exactamente, ningún yo me representa, no habrá alguno al que dispense un afecto especial. Me gustaría manejar unos cuantos. Ser aquí uno entre muchos, ninguno quizá más tarde, ser todos si me place.

Breviario de vidas excéntricas / 20 / Bruno Covarrubias



 Uno de estos días, sin aviso, como quien sale a la calle y saluda apreciativamente a cualquiera con quien se cruce, como quien coge un vaso del lavavajillas y se le cae y se hace añicos o guarda con esmero una flor recién cortada en las páginas de un libro de poesía galante, mi amigo Bruno Covarrubias se nos muere de nuevo. Ya se nos fue en 1982 en la tormenta que ocupó el cielo del Vicente Calderón de Madrid y Keith Richards, cerrando casi el concierto, hizo el riff de Start me up o como en el verano de 1984 al ver a una novia suya que no veía desde la universidad pasear la Playa de las Catedrales de la mano con un señor que le doblaba la edad o como en la navidad de 1999 cuando se falló un premio poético de relumbrón y sus "Adelfas indecisas" no merecieron la distinción merecida o como el cuatro de septiembre de 2000 al decirle que me casaba y dejaba de ser un fijo en las parrandas por el barrio, cerrando bares, cuarteando el hígado, llevándolo borrachito a casa. Sus muertes incontables no preocuparían tanto si no supiéramos que alguna será la definitiva, pero Bruno es fuerte como la lejía y revive a su manera, con gracia y desparpajo a veces, con pesadumbre otras, como cuando golpeó la caja del ataúd en el tanatorio y pidió un café solo y la prensa deportiva del día, por ver si su Atléti había hecho las tareas o si había caído con honor o merecía su desprecio


No sé qué ha pasado desde que pasé a mejor vida, dijo. Ponedme al día en el bar de enfrente. O cuando, desdiciendo el luctuoso anuncio, tocó en el pasillo del hospital el hombro del médico que nos contaba en la primavera de 2014 había sufrido un fallo multiorgánico tras la colisión de la moto con el bolardo de aquella calle tan estrecha, quién mandará hacer así las cosas, la gente de ahora no tiene cabeza para el ordenamiento urbano. Prefiero morirme sin molestar demasiado o sin sacrificar un órgano de interés, Luismi, creo que estoy abusando de vuestra paciencia, me ha dicho hoy, apurando un café en una de esas terracitas que nos gustan. Su renovado afán por vivir ha sido objeto de estudio en prestigiosos foros médicos. La ciencia no da crédito. Un cura del barrio dice que Bruno es el ojito derecho de Dios, que no desea retirarlo tan pronto y le confía una y otra vez el limpio caudal de la sangre para que perseveren los milagros, que están en franca decadencia desde que la gente ha dejado de creer y las iglesias están vacías. Yo lo miro sin envidia. Me da pena, en el fondo. Me lo imagino en mi sepelio. Qué buena persona era Luismi, no he tenido amigo mejor. 


Una vez trepamos a un muro para corretear unas gallinas cuando pequeños y vimos a la hermana del Cristian en pelota picada dándose el simulacro de una ducha con la manguera bajo el asombro pícaro de un vecino que no dejaba de abrir mucho los ojos y la boca. No es Bruno de pensar en sentar la cabeza y buscar mujer a la que hacer traer hijos al mundo. Dice que ya es bastante que existe en este feo mundo un ser tan excepcional como él, no vaya a ser que no se muera nunca y su prole, por lo de la genética, por los primores de su imbatible corazón, tenga que sufrir la sensación de inmortalidad. Es muy chunga la eternidad , tío, me ha confesado hace un momento, al despedirse. Una de esas noches de insomnio y ensimismamiento que tenemos los poetas sin laurear probaré a descerrajarme una andanada de perdigones en la cabeza. Padre dejó una escopeta en el altillo. La limpio de cuando en cuando, por si me da por procurarle un uso razonable. Temo que tan sólo afee el cráneo y se me aconseje no salir de casa, por asustar a los chiquillos cuando juegan en la plaza. Una tía soltera mía se quitó de en medio al reemplazar la leche por matarratas en el café del desayuno. Daría unas arcadas, se le descompondría el gesto plácido con el que besaba a los sobrinos y caería al suelo como un fardo, pero Dios tiene otro cometido para mí. Me lo susurra en sueños. Bruno, haré de ti un heraldo de mi causa. Bruno, los coros infantiles de las asociaciones cristianas entonarán un cántico en tu nombre. Durarás más que Mick Jagger. Serás mi juguete metafísico, mi criatura más amada. Hoy me he siento abatido, no sé cómo manejarme en el trajín del día, me falta el asombro, preciso de la fe. Cualquier día de estos Bruno nos deja definitivamente. Esa circunstancia hará que todo se vaya difuminando poco a poco. Dejará la luz de abrir las flores, lloverá sin entusiasmo sobre los campos, estará más cerca el día en que no sepamos a qué hemos venido a este mundo. 

21.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 19 / Segundo Cascajo



 A Marina Sogo, por darme la primera imagen de la historia frente a una taza de caracoles


Segundo Cascajo comía pétalos de magnolia grandiflora cuando vio a Dios en la fronda cercana de un bosque de almeces. Se le acercó y le habló palabras que no entendió, pero que lo colmaran de una dicha inédita sin parecido a ninguna de las que su corta existencia le había deparado. La flor, macerada más tarde en cuenco bendecido por un archidiácono septuagenario, según se le informó, da brillo y alerta los sentidos hacia la pura efusión de la divinidad y se afinca en los ojos un milagro inasible al comercio de las palabras. Complacido por la contemplación, acogió la única ingesta de magnolias como dieta y experimentó una vivísima decoloración cutánea que su delirio atribuyó a las visitas de la divinidad. Al correr del tiempo, enfermo y feliz, ungido por una luz inverosímil, aceptó que la muerte se ocupara de él y así pudiera departir sin el estorbo de las humanas debilidades con el coro arcangélico, los alados serafines y, si condescendía el azar con su plétora de bondades, con Dios mismo. Ese hecho devendría en el oficio al que dedicaría la suma festiva de todas las unánimes eternidades. Al no ser agasajado con este anhelo puro, se aplicó con más denuedo en la afición a las magnolias. Se conminó entonces a manuscribir la sustancia de su espiritual empeño con el propósito de que la comparecencia de la palabra hiciera que hasta el cielo se poblara de milagros y se entreviera la morada eterna, el pelo blanco de los apóstoles (apostaría Segundo a que era blanco y largo como el de los profetas) y el ojo del Creador (debió haber escrito): "El Ojo del Creador"). El tiempo se las compuso para que la cruzada evangélica del señor Cascajo cundiera en la feligresía más impresionable, la que anda siempre a la espera de que una señal les imponga un camino o les censure otro. Así ganó la adhesión de convecinos iluminados por la posibilidad de recibir a Dios y sentir su divino abrazo. Segundo abrió una escuela de la que fue prócer entusiasmado a la que acudieron enfervorecidos discípulos. Agotado el suministro de magnolias, las reemplazó por petunias, atribuyéndoles virtudes teológicas de más hondo apresto. La muda floral no dio mayor luz, ni de esa súbita sustitución vertió reseña meritoria, pero los caminos del Señor son inescrutables, proclaman los crédulos: discurren a su antojadizo capricho, arguyen su propia trama, desoyen las súplicas, convocan inefables credos. Quienes ingirieron pétalos de petunia bajo la supervisión del versado Cascajo prorrumpieron en latines y en parábolas, la clara voz del Altísimo tomó las suyas y eran melifluas y sobrecogedoras las palabras. Extasiado, conmovido por la repentina eclosión de milagros, Segundo se atiborró de petunias. Las tragó del orto al ocaso sin que su boca cayera en el desmayo ni su ansia flaqueara lo más mínimo. A medianoche, aquejado de un insoportable dolor de tripa, encogido por los espasmos, el sobrevenido comedor de pétalos Segundo Cascajo dejó este mundo. Todos sus discípulos velaron su cuerpo hasta que al amanecer, cansados de rezos y de llanto, lo dejaron en el camastro y se repartieron la comarca para hacer evangelio floral y difundir las bondades de la botánica en las almas cándidas. 

20.3.26

Elogio del azar



No se apremia uno por medrar, no se obceca, no lo considera en esencia un norte sobre el que conducirse. Ni antes, cuando tal vez convenía o estaba bien visto, ni ahora, cuando la edad nos da otra manera de ver las cosas y el peso que hacemos de ellas no es tan severo, ni tan rígido. En todo caso, confiamos en el azar, en que el azar nos abra un camino y nos censure a su secreta manera otro, en su contribución a la aceptación de que somos lo que somos y no se precisa ser más. Le dejamos a veces al azar el recado de la escritura de ese proyecto de vida. Cuando se alcanza un logro relevante no es por obra exclusiva del talento o del trabajo, pensamos. El azar intercede, el azar se involucra. Y cuando fallamos, cuando no alcanzamos esa cima, pensamos que no lo desbarató nuestro escaso talento o el ineficaz trabajo, el poco constante, sino que fue el azar. Vivimos felizmente delegando todo a esa criatura falible, voluble, maravillosa a veces y lamentable y triste otras. Lo que acabo de escribir es el azar el que lo ha pensado, lo que estás leyendo es el azar el que te lo ha contado. De no ser así, cómo entender entonces que sean unas y no otras las palabras, que encajen como lo hacen, que se censuren a veces y no irrumpan alocada o ciegamente, dejando al que las dejó en una posición de evidencia, alocada y ciega también.

Breviario de vidas excéntricas / 18 / Dionosio Trastámara de la Hoz

 


 Entre un tonto y otro dista una cuarta, aunque uno duerma cuando el otro consagre la vigilia a pulir oficio. Un tonto auténtico reconoce a otro nada más echarle el ojo. Son de una astucia sublime en eso. Cosa harto frecuente, un tonto de verdad no considera tara o minusvalía su condición. Ve en el tonto cercano un alma afín, un ejemplar similar en cortedad o majadería. Hay tontos que, en su necedad sin tacha, asisten a la instrucción pública, no levantando sospecha entre sus tutores y hasta aprendiendo, de corrido, los afluentes del Ebro o las fechas de las batallas de más relumbrón. Tontos con progenie abundan en demasía por lo que se colige que la estulticia no es merma a la hora de manejarse en maniobras galantes, si bien las excepciones son también abundantes y la estadística se cae como una baraja de naipes mal izada. Hay tontos con media docena sana de hijos a los que ponen a estudiar hasta que se licencian en Veterinaria o Literaturas Germánicas Medievales, y limpian, título en ristre, el magro inventario académico familiar. Es curioso el hecho de que los vástagos no advierten el estigma paterno o lo advierten de una forma no traumática, mansa y precaria. La cultura, en ocasiones, redacta coartadas, ofrece argumentos contundentes. Eso sí, un tonto reconoce a otro nada más topárselo. No se precisa cháchara. Tampoco intimar en exceso. Basta el gesto, la mirada, el bizquear el ojo cuando una mota de polvo incómodo lo asedia. El tonto gana en templanza y en serena madurez en el decurso enorme de una vida, pero no abandona el gesto, la mirada torva y pedernal, el ya mentado bizquear rudimentario. Para desalojar la tontura del pensamiento, las recetas no sirven, aunque la psicología y otras ciencias del comportamiento se devanan los sesos en seminarios y en conferencias con el fin de apostar una vía para solventar estas mermas.


La bibliografía de la que se dispone no revela el caso extraordinario del tonto recuperado. En el Registro Civil o en los expedientes académicos, en las hemerotecas civiles donde se manuscribe el prolijo inventario popular y todo su vasto anverso de rumores y bulos, no constan biografías de tonto embutido en listo, aunque entra en lo posible que alguno haya del que no se tenga constancia. Se sabe de Dionisio Trastámara de la Hoz, poeta laureado, cronista oficial de la muy noble villa de Valsequillo de la Pedrera, provincia de Toledo, discreto accionista de una otrora pujante empresa de sombreros, fue en su infancia tonto de singular valía que ganó a pulso nombradía, fama y cierto cariño popular por una costumbre suya que consistía en no dar un paso sin un saco imprudente echado al hombro en el que, ajustada, primorosa, minuciosamente, depositaba los guijarros del camino, las piedras grandes y las pequeñas, las humildes y las de fuste. A fuerza de arrastrar años enteros peso tan formidable, acabó impedido, negado a moverse sin que mil dolores pequeños no le devastasen el costillar y buena parte de la generosa espalda. Ahí, en esa manifestación del delirio y de la contemplación interior, conoció el numen, los endecasílabos, el folclor y el pasado de la gloriosa villa y se armó de esa prosa untada de leyendas y mística mariana para torcer de cuajo la opinión tallada a fuego en la memoria de sus convecinos y darles argumentos que fomentaran, sin pudor, sin compromiso, la nueva imagen de intelectual doméstico, lejos del memo conocido, del tardo en tanto y con tanta profusión. Lo que nadie sabe – y es posible que nadie sepa nunca – es que guarda en el sótano el fruto de esos años compartidos con los caminos de Dios. No hay noche que no descienda a la infancia tras tres tramos de sinuosa escalera de madera vieja que al sótano, y contemple, entre el extasiamiento y la iluminación letrada, los guijarros, toda la obra faraónica a la que consagró su incomprendida mocedad y su letrada edad adulta. Hay días en que se embelesa con tanto ahínco en el desempeño de estas excentricidades privadas que se encomienda no dejar nunca el sótano. Pedir que le bajen el condumio, no querer saber nada de los trajines del mundo, cancelar toda promiscuidad con lo real, abandonarse idílicamente con el vicio al que ha consagrado su vida entera. Desiste a poco de construir esa peregrina idea. Comprende que necesita la cercanía de los iguales. Se ilusiona con la posibilidad de que haya otro que se eche un saco imprudente al hombro y fatigue los caminos cogiendo de aquí y de allá los guijarros, las piedras, todas esas manifestaciones del capricho de la madre naturaleza. Teme, en el fondo, que el número considerable alojado en el sótano impida que alguien pueda salir o entrar de él. Que sea una tumba. Que no cunda el aire en su confinado paraíso.

Breviario de vidas excéntricas / 24 / Máquina Uno

   Ralenticé mi metabolismo, llené de puertas cerradas mi estancia, eché las persianas para que ni una brizna de luz la penetrara, abrigué l...