23.3.26

Breviario de vidas excéntricas/ 21 / Braulia Cabrales

 




                               A Luis Sánchez Corral, que

                               me dio clases de amor a la

                               Literatura. 

                               A Juan Luengo, que siem-

                               pre hacía fácil lo hermoso.

                               Maestros ambos. En memoria.


"Dábale arroz a la zorra el abad" es un palíndromo, o sea, se lee tanto a diestra como a siniestra: sin pérdida, sin alteración. Es un palíndrimo clásico, el primer que se me ha ocurrido, quizá el primero que leí o que me contaron. Creo yo que hay en esta hermosa lengua nuestra, tan boscosa y fértil, poco empeño en prestigiarlos, en hacer que se prodigue con más ardoroso empeño su pequeña excentricidad lingüística, pero ahí está la zorra, imán de ociosos, recabando adeptos. Hay quien se emboba con estos hallazgos, quien consagra su talento o su versatilidad creativa en hurgar así en la maraña del idioma. Llevo toda la mañana con el recado (dignísimo, no me lleven la contraria) de dar con algún palíndromo nuevo: empresa baldía. Todos me suenan a ya pronunciados. Ninguno es de mi ansiosa autoría. Se me dio mejor aquel día en el que me propuse no pronunciar la “o” o ese otro en el que me prohibí tajantemente los adjetivos y entraba en la oficina con un desconcertante “días” que puso a un compañero de poco rizo imaginativo a mirarme con gana de mandarme a la santa mierda. Hay gente verdaderamente fascinada con estos juegos del ingenio léxico y se consagran a su revelación como quien predica el amor a la filatelia o fatiga las calles en busca de una señal que anuncie la gloriosa venida algún salvador de los cielos. Dudo que estos ejercicios vayan más allá de la frivolidad: no dejan de ser malabarismos semánticos y no dan tal vez otro beneficio que entretener el café con los amigos o publicar, a beneficio de bibliógrafos de lo inútil,  “Los mil mejores palíndromos de la lengua castellana”. Ignoro si el turco o el búlgaro posee también estas excentricidades filológicas, pero no tengo ningún motivo para pensar lo contrario. 


Manoli Villegas, mi amiga del alma, mi compañera de despacho, se pierde en los diccionarios a la caza de vocablos raros. Tiene en casa miles de libros formidablemente instalados en anaqueles de grueso tomo. Posee rarísimos volúmenes sobre la mecánica de los fluidos o sobre las enfermedades de la pezuña del caballo, novelas de vampiros de Clark Carrados y poesía japonesa del siglo XVI. Me dijo ayer si conocía la palabra hipocrás. “Ni idea”, respondí. “Es una bebida de vino, canela y azúcar, querida Braulia”, concluyó, con cara de haber descubierto algún planeta y tener delante la plana mayor del Nacional Geographic. “Una sangría menguada”, apostillé. En adelante pediré hipocrás en los bares en lugar de té o de cerveza, bebidas excesivamente ligadas a una tradición que el lenguaje debe remozar. Manolo se ha obstinado ahora con los palíndromos. No duerme: le roba horas a los cuadrantes de la oficina, desatiende los asuntos domésticos y hasta los familiares. Abandona a la mitad las conversaciones ante la sospecha de que un palíndromo nuevo ande agazapado en lo que se va diciendo. Yo soy feliz con mi hipocrás. Mañana me abstengo de pronunciar verbos en pasado o de rezar monovocálicamente el padre nuestro que estás en el cielo (podro nostro, costos onol coolo). No suena bien, no sonaría bien. Hay traspiés fonéticos imperdonables. Consonantes perdidas, melodías desastradas. Mi hermano Claudio me sanciona. “Aplícate a propósitos más útiles”. No desoigo su admonición, pero aspiro a dar con un patrón que me guíe. Anhelo que fluya el palíndromo. Que mi ansia dé con alguno al que se refieran los catedráticos de la lengua en sus clases, en sus conferencias, y concite el aplauso unánime de la comunidad. 

22.3.26

Yo no soy yo exactamente

 Al principio uno se desdice sin empeño, pero con prontitud, motivado, adquiere destreza y se gusta en la impostura. Cree tercamente que hay que convenir un criterio y esgrimirlo con oficio y hondura. Con malicioso embeleso se afana el ingenio en recusar lo que no acepta y sostener esa objeción sin verdadera fe, únicamente por el disfrute de la contienda. Creer por probar, amar sin saber, tener sin saber qué se tiene, en ese plan. A veces conviene imponer una distancia, no acabar por sentir lo que se manifiesta y ejercer la discrepancia desapasionadamente, exento de las trabas del corazón, que incurre en debilidades y flaquea a poco que se le pone en una situación de riesgo. En la desavenencia se está bien, hay en su cuerpo combativo un heroico apresto de épica, un convencimiento sincero de que no importan los motivos de la liza, sino su desempeño fiable, la consecución de su propósito, pero el ocupado en estas cogitaciones de su intelecto ocioso acaba por cansarse, así que recula, se retracta, accede a desandar el fatigoso camino recorrido y decide refutar su discurso, inmolarse, verse en el otro, en quien aplicó sus impugnaciones. Luego, una vez experimentada la disidencia, el diletantismo, la madre que parió a la burra y los etcéteras de los próceres del bienestar y de la derecha del Padre, uno vuelve a casa, se deja caer en el sillón de orejas, el favorito, y se lee unos poemas que lo conmueven extraordinariamente. Cae más tarde en un sueño plácido. Lo mecen los estros, cae en la cuenta de que tiene a mano el numen secreto de la danza del cosmos, aunque no sepa verbalizarla, darle aplomo tangible, esa especie de cartesiana rotundidad con la que a veces deseamos que se nos agasaje cuando estamos desamparados, huérfanos, más etcétera.

He conocido gente (la he visto con frecuencia, la he tratado cercanamente incluso) que ha practicado esta reversibilidad de su juicio con absoluta brillantez. Ahora blanco, luego negro. El blanco y el negro con probado magisterio. Sabida esa veleidosa inclinación moral o estética o intelectual, se les escucha con deleite. Da igual qué digan. Nos conformamos con la música de las palabras, con el deleite de la sintaxis, con la flor por fin abierta y solícita. Se asemejan a esos actores que recitan un texto sin que se aprecie otra cosa que ese texto y el concurso preciso del vehículo que lo emite. Nos importa poco que sepamos la condición de ficción del asunto. Mienten, no se creen lo que dicen, pensamos. Pero nos hacen sentir que es verdad, que ellos creen y, por el arte de la elocuencia, nosotros también. Lo de menos es atribuirles una voluntad interior, una convicción íntima. Lo que propugnan es material por completo ajeno y es esa ausencia de propiedad el valladar más férreo del que se valen para enarbolar sus principios. Se le concede a Groucho Marx la autoría de la frase «Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros». El influjo de la cita es amplio. Su ironía ha sido desatendida y se ha leído con atroz literalidad. Lo de los principios (su rigor, su estancia) es en sí mismo un principio mudable.  Cabe aducir, en descargo de los que varían los suyos, que hay ocasiones en que podemos sentirnos urgidos a reconsiderar nuestras valoraciones y acoger con entusiasmo las contrarias, que de esa incuestionable vocación de permeabilidad y de retractación surgen las civilizaciones, que de los espíritus menos fanáticos emana la evolución del pensamiento y la consolidación de una convivencia armónica. Cabe hasta aplaudir que en alguien prospere el vivo reconocimiento de que ha errado y admite sin que duela la variación de su criterio.

Yo mismo he mudado de parecer con frecuencia. Me acomodo bien en las novedades. Extraigo de ellas las motivaciones para arrimar a mi ánimo lo que más lo conforte o consuele. Hay, no obstante, consideraciones irrenunciables, modos de pensar o de sentir, inasequibles al desaliento, de las que no importa que no coincidan con las mayoritarias o que incluso las contravengan y exhiban alguna singularidad. Son precisamente esas las que hacen que uno medre en sí mismo, haga converger en su persona los primores de la existencia, no se sabrá cuáles habrá y si harán más daño que beneficio. Como el habitante del maravilloso poema «De vita beata» de Jaime Gil de Biedma, confinado en su país inexistente (cito de cabeza), sin mucha hacienda y ninguna memoria, viviendo entre las ruinas de su inteligencia. De esa ruina hermosa del poeta, en algún pueblo junto al mar, como la desgraciada Annabel Lee del atormentado Poe, como un amigo al que hace un siglo que no veo y del que tengo el vivísimo recuerdo de que disfrutaba en la tragedia y, oh paradoja, oh gran misterio, se sentía entristecido cuando todo soplaba a su favor y los hados (ellos quiénes serán) lo miraban con arrobo. Así que, déjenme decirles, yo no soy yo exactamente, ningún yo me representa, no habrá alguno al que dispense un afecto especial. Me gustaría manejar unos cuantos. Ser aquí uno entre muchos, ninguno quizá más tarde, ser todos si me place.

Breviario de vidas excéntricas / 20 / Bruno Covarrubias



 Uno de estos días, sin aviso, como quien sale a la calle y saluda apreciativamente a cualquiera con quien se cruce, como quien coge un vaso del lavavajillas y se le cae y se hace añicos o guarda con esmero una flor recién cortada en las páginas de un libro de poesía galante, mi amigo Bruno Covarrubias se nos muere de nuevo. Ya se nos fue en 1982 en la tormenta que ocupó el cielo del Vicente Calderón de Madrid y Keith Richards, cerrando casi el concierto, hizo el riff de Start me up o como en el verano de 1984 al ver a una novia suya que no veía desde la universidad pasear la Playa de las Catedrales de la mano con un señor que le doblaba la edad o como en la navidad de 1999 cuando se falló un premio poético de relumbrón y sus "Adelfas indecisas" no merecieron la distinción merecida o como el cuatro de septiembre de 2000 al decirle que me casaba y dejaba de ser un fijo en las parrandas por el barrio, cerrando bares, cuarteando el hígado, llevándolo borrachito a casa. Sus muertes incontables no preocuparían tanto si no supiéramos que alguna será la definitiva, pero Bruno es fuerte como la lejía y revive a su manera, con gracia y desparpajo a veces, con pesadumbre otras, como cuando golpeó la caja del ataúd en el tanatorio y pidió un café solo y la prensa deportiva del día, por ver si su Atléti había hecho las tareas o si había caído con honor o merecía su desprecio


No sé qué ha pasado desde que pasé a mejor vida, dijo. Ponedme al día en el bar de enfrente. O cuando, desdiciendo el luctuoso anuncio, tocó en el pasillo del hospital el hombro del médico que nos contaba en la primavera de 2014 había sufrido un fallo multiorgánico tras la colisión de la moto con el bolardo de aquella calle tan estrecha, quién mandará hacer así las cosas, la gente de ahora no tiene cabeza para el ordenamiento urbano. Prefiero morirme sin molestar demasiado o sin sacrificar un órgano de interés, Luismi, creo que estoy abusando de vuestra paciencia, me ha dicho hoy, apurando un café en una de esas terracitas que nos gustan. Su renovado afán por vivir ha sido objeto de estudio en prestigiosos foros médicos. La ciencia no da crédito. Un cura del barrio dice que Bruno es el ojito derecho de Dios, que no desea retirarlo tan pronto y le confía una y otra vez el limpio caudal de la sangre para que perseveren los milagros, que están en franca decadencia desde que la gente ha dejado de creer y las iglesias están vacías. Yo lo miro sin envidia. Me da pena, en el fondo. Me lo imagino en mi sepelio. Qué buena persona era Luismi, no he tenido amigo mejor. 


Una vez trepamos a un muro para corretear unas gallinas cuando pequeños y vimos a la hermana del Cristian en pelota picada dándose el simulacro de una ducha con la manguera bajo el asombro pícaro de un vecino que no dejaba de abrir mucho los ojos y la boca. No es Bruno de pensar en sentar la cabeza y buscar mujer a la que hacer traer hijos al mundo. Dice que ya es bastante que existe en este feo mundo un ser tan excepcional como él, no vaya a ser que no se muera nunca y su prole, por lo de la genética, por los primores de su imbatible corazón, tenga que sufrir la sensación de inmortalidad. Es muy chunga la eternidad , tío, me ha confesado hace un momento, al despedirse. Una de esas noches de insomnio y ensimismamiento que tenemos los poetas sin laurear probaré a descerrajarme una andanada de perdigones en la cabeza. Padre dejó una escopeta en el altillo. La limpio de cuando en cuando, por si me da por procurarle un uso razonable. Temo que tan sólo afee el cráneo y se me aconseje no salir de casa, por asustar a los chiquillos cuando juegan en la plaza. Una tía soltera mía se quitó de en medio al reemplazar la leche por matarratas en el café del desayuno. Daría unas arcadas, se le descompondría el gesto plácido con el que besaba a los sobrinos y caería al suelo como un fardo, pero Dios tiene otro cometido para mí. Me lo susurra en sueños. Bruno, haré de ti un heraldo de mi causa. Bruno, los coros infantiles de las asociaciones cristianas entonarán un cántico en tu nombre. Durarás más que Mick Jagger. Serás mi juguete metafísico, mi criatura más amada. Hoy me he siento abatido, no sé cómo manejarme en el trajín del día, me falta el asombro, preciso de la fe. Cualquier día de estos Bruno nos deja definitivamente. Esa circunstancia hará que todo se vaya difuminando poco a poco. Dejará la luz de abrir las flores, lloverá sin entusiasmo sobre los campos, estará más cerca el día en que no sepamos a qué hemos venido a este mundo. 

21.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 19 / Segundo Cascajo



 A Marina Sogo, por darme la primera imagen de la historia frente a una taza de caracoles


Segundo Cascajo comía pétalos de magnolia grandiflora cuando vio a Dios en la fronda cercana de un bosque de almeces. Se le acercó y le habló palabras que no entendió, pero que lo colmaran de una dicha inédita sin parecido a ninguna de las que su corta existencia le había deparado. La flor, macerada más tarde en cuenco bendecido por un archidiácono septuagenario, según se le informó, da brillo y alerta los sentidos hacia la pura efusión de la divinidad y se afinca en los ojos un milagro inasible al comercio de las palabras. Complacido por la contemplación, acogió la única ingesta de magnolias como dieta y experimentó una vivísima decoloración cutánea que su delirio atribuyó a las visitas de la divinidad. Al correr del tiempo, enfermo y feliz, ungido por una luz inverosímil, aceptó que la muerte se ocupara de él y así pudiera departir sin el estorbo de las humanas debilidades con el coro arcangélico, los alados serafines y, si condescendía el azar con su plétora de bondades, con Dios mismo. Ese hecho devendría en el oficio al que dedicaría la suma festiva de todas las unánimes eternidades. Al no ser agasajado con este anhelo puro, se aplicó con más denuedo en la afición a las magnolias. Se conminó entonces a manuscribir la sustancia de su espiritual empeño con el propósito de que la comparecencia de la palabra hiciera que hasta el cielo se poblara de milagros y se entreviera la morada eterna, el pelo blanco de los apóstoles (apostaría Segundo a que era blanco y largo como el de los profetas) y el ojo del Creador (debió haber escrito): "El Ojo del Creador"). El tiempo se las compuso para que la cruzada evangélica del señor Cascajo cundiera en la feligresía más impresionable, la que anda siempre a la espera de que una señal les imponga un camino o les censure otro. Así ganó la adhesión de convecinos iluminados por la posibilidad de recibir a Dios y sentir su divino abrazo. Segundo abrió una escuela de la que fue prócer entusiasmado a la que acudieron enfervorecidos discípulos. Agotado el suministro de magnolias, las reemplazó por petunias, atribuyéndoles virtudes teológicas de más hondo apresto. La muda floral no dio mayor luz, ni de esa súbita sustitución vertió reseña meritoria, pero los caminos del Señor son inescrutables, proclaman los crédulos: discurren a su antojadizo capricho, arguyen su propia trama, desoyen las súplicas, convocan inefables credos. Quienes ingirieron pétalos de petunia bajo la supervisión del versado Cascajo prorrumpieron en latines y en parábolas, la clara voz del Altísimo tomó las suyas y eran melifluas y sobrecogedoras las palabras. Extasiado, conmovido por la repentina eclosión de milagros, Segundo se atiborró de petunias. Las tragó del orto al ocaso sin que su boca cayera en el desmayo ni su ansia flaqueara lo más mínimo. A medianoche, aquejado de un insoportable dolor de tripa, encogido por los espasmos, el sobrevenido comedor de pétalos Segundo Cascajo dejó este mundo. Todos sus discípulos velaron su cuerpo hasta que al amanecer, cansados de rezos y de llanto, lo dejaron en el camastro y se repartieron la comarca para hacer evangelio floral y difundir las bondades de la botánica en las almas cándidas. 

20.3.26

Elogio del azar



No se apremia uno por medrar, no se obceca, no lo considera en esencia un norte sobre el que conducirse. Ni antes, cuando tal vez convenía o estaba bien visto, ni ahora, cuando la edad nos da otra manera de ver las cosas y el peso que hacemos de ellas no es tan severo, ni tan rígido. En todo caso, confiamos en el azar, en que el azar nos abra un camino y nos censure a su secreta manera otro, en su contribución a la aceptación de que somos lo que somos y no se precisa ser más. Le dejamos a veces al azar el recado de la escritura de ese proyecto de vida. Cuando se alcanza un logro relevante no es por obra exclusiva del talento o del trabajo, pensamos. El azar intercede, el azar se involucra. Y cuando fallamos, cuando no alcanzamos esa cima, pensamos que no lo desbarató nuestro escaso talento o el ineficaz trabajo, el poco constante, sino que fue el azar. Vivimos felizmente delegando todo a esa criatura falible, voluble, maravillosa a veces y lamentable y triste otras. Lo que acabo de escribir es el azar el que lo ha pensado, lo que estás leyendo es el azar el que te lo ha contado. De no ser así, cómo entender entonces que sean unas y no otras las palabras, que encajen como lo hacen, que se censuren a veces y no irrumpan alocada o ciegamente, dejando al que las dejó en una posición de evidencia, alocada y ciega también.

Breviario de vidas excéntricas / 18 / Dionosio Trastámara de la Hoz

 


 Entre un tonto y otro dista una cuarta, aunque uno duerma cuando el otro consagre la vigilia a pulir oficio. Un tonto auténtico reconoce a otro nada más echarle el ojo. Son de una astucia sublime en eso. Cosa harto frecuente, un tonto de verdad no considera tara o minusvalía su condición. Ve en el tonto cercano un alma afín, un ejemplar similar en cortedad o majadería. Hay tontos que, en su necedad sin tacha, asisten a la instrucción pública, no levantando sospecha entre sus tutores y hasta aprendiendo, de corrido, los afluentes del Ebro o las fechas de las batallas de más relumbrón. Tontos con progenie abundan en demasía por lo que se colige que la estulticia no es merma a la hora de manejarse en maniobras galantes, si bien las excepciones son también abundantes y la estadística se cae como una baraja de naipes mal izada. Hay tontos con media docena sana de hijos a los que ponen a estudiar hasta que se licencian en Veterinaria o Literaturas Germánicas Medievales, y limpian, título en ristre, el magro inventario académico familiar. Es curioso el hecho de que los vástagos no advierten el estigma paterno o lo advierten de una forma no traumática, mansa y precaria. La cultura, en ocasiones, redacta coartadas, ofrece argumentos contundentes. Eso sí, un tonto reconoce a otro nada más topárselo. No se precisa cháchara. Tampoco intimar en exceso. Basta el gesto, la mirada, el bizquear el ojo cuando una mota de polvo incómodo lo asedia. El tonto gana en templanza y en serena madurez en el decurso enorme de una vida, pero no abandona el gesto, la mirada torva y pedernal, el ya mentado bizquear rudimentario. Para desalojar la tontura del pensamiento, las recetas no sirven, aunque la psicología y otras ciencias del comportamiento se devanan los sesos en seminarios y en conferencias con el fin de apostar una vía para solventar estas mermas.


La bibliografía de la que se dispone no revela el caso extraordinario del tonto recuperado. En el Registro Civil o en los expedientes académicos, en las hemerotecas civiles donde se manuscribe el prolijo inventario popular y todo su vasto anverso de rumores y bulos, no constan biografías de tonto embutido en listo, aunque entra en lo posible que alguno haya del que no se tenga constancia. Se sabe de Dionisio Trastámara de la Hoz, poeta laureado, cronista oficial de la muy noble villa de Valsequillo de la Pedrera, provincia de Toledo, discreto accionista de una otrora pujante empresa de sombreros, fue en su infancia tonto de singular valía que ganó a pulso nombradía, fama y cierto cariño popular por una costumbre suya que consistía en no dar un paso sin un saco imprudente echado al hombro en el que, ajustada, primorosa, minuciosamente, depositaba los guijarros del camino, las piedras grandes y las pequeñas, las humildes y las de fuste. A fuerza de arrastrar años enteros peso tan formidable, acabó impedido, negado a moverse sin que mil dolores pequeños no le devastasen el costillar y buena parte de la generosa espalda. Ahí, en esa manifestación del delirio y de la contemplación interior, conoció el numen, los endecasílabos, el folclor y el pasado de la gloriosa villa y se armó de esa prosa untada de leyendas y mística mariana para torcer de cuajo la opinión tallada a fuego en la memoria de sus convecinos y darles argumentos que fomentaran, sin pudor, sin compromiso, la nueva imagen de intelectual doméstico, lejos del memo conocido, del tardo en tanto y con tanta profusión. Lo que nadie sabe – y es posible que nadie sepa nunca – es que guarda en el sótano el fruto de esos años compartidos con los caminos de Dios. No hay noche que no descienda a la infancia tras tres tramos de sinuosa escalera de madera vieja que al sótano, y contemple, entre el extasiamiento y la iluminación letrada, los guijarros, toda la obra faraónica a la que consagró su incomprendida mocedad y su letrada edad adulta. Hay días en que se embelesa con tanto ahínco en el desempeño de estas excentricidades privadas que se encomienda no dejar nunca el sótano. Pedir que le bajen el condumio, no querer saber nada de los trajines del mundo, cancelar toda promiscuidad con lo real, abandonarse idílicamente con el vicio al que ha consagrado su vida entera. Desiste a poco de construir esa peregrina idea. Comprende que necesita la cercanía de los iguales. Se ilusiona con la posibilidad de que haya otro que se eche un saco imprudente al hombro y fatigue los caminos cogiendo de aquí y de allá los guijarros, las piedras, todas esas manifestaciones del capricho de la madre naturaleza. Teme, en el fondo, que el número considerable alojado en el sótano impida que alguien pueda salir o entrar de él. Que sea una tumba. Que no cunda el aire en su confinado paraíso.

19.3.26

La memoria del jazz


 La memoria es un atlas ciego. Uno recuerda a tientas. Cree dar con algo que puede imponerse a la realidad, personarse, como si fuese orgánico, como algo que estuviese nuevamente vivo. Hoy he sentido una de esas pequeñas epifanías del espíritu sensible al descubrir en la maraña de las plataformas de música este disco al que había perdido la pista hace (seré exacto) cincuenta años. Lo compré (y lo extravíe) en una de esas tiendas de discos de segunda mano en la que encuentras tesoros a precio razonable o incluso irrisorio. No creo que pueda explicar qué brinco dio este corazón mío al volver a ver la portada y, más que nada, al escucharlo otra vez. De la mano del disco han venido recuerdos que también estaba en esa bruma insensata que nos impide tener a mano todo lo que nos hizo feliz en una época. Ha vuelto el primerizo amor al jazz, que ahora es sólido y no para de crecer. Estamos los dos, el jazz y yo, bien. Somos una pareja maravillosa. Grappelli y Venuti son mis mejores amigos en este jueves atareado. Ya estoy en casa. Me lo voy a poner esta noche entero. 

Breviario de vidas excéntricas / 17 / Abad Blas Nuño de la Vega

 




“Una mujer pembote micciona erguida para emular a su hombre, para emular al hijo, al abuelo. El orín caliente resbalado muslo abajo las protege de algunas enfermedades tropicales. Una mujer pembote que no miccione erguida para emular a sus varones termina atacada por una caterva asombrosa de males que deterioran extraordinariamente su salud con furia incontenida. Se le descuelgan los pechos a temprana edad y la lozanía del rostro muda en un caos de sombras y arrugas. Las mujeres pembote, al desposarse, juran que no traerán mujeres al mundo. Si caen en el error de alumbrarlas, juran que las educarán conforme las educaron a ellas y con arreglo a los designios de su dios, que es un árbol milenario que preside la montaña y habla un idioma del que solo se conocen blasfemias. El árbol divinizado no consiente que las féminas de la tribu miccionen, como sucede en otros poblados, en cuclillas. Las virtudes del orín caliente derramado muslo abajo hasta el mismo pie ha producido una rica literatura de transmisión oral (los pembote son ágrafos) que se recita en plenilunios para conciliar más gratamente el sueño en una suerte de nana ancestral y ruidosa que también posee la facultad de espantar demonios, despertar en los adultos el apetito carnal y ahuyentar fieras de la jungla. Otro episodio de consecuencias literarias es aquel que fomenta la banalización absoluta del sexo. La mujer pembote propende a buscar hombre estable que la colme de hijos, pero vive en lícita mancebía lúbrica y fornica con impudor y algarabía con cualquiera hombre que la halague. Es pieza habitual ver un corrillo de muchachos que observa a una pareja entregada, en una sombra, a la vera de un cauce, al amor. Esperan turno. Cuando la mujer pembote deja de ser fértil, se la destierra a la linde del poblado donde crece, asalvajado, el cuyandú, la flor de los deseos. Masticada, hace que vuelva el menstruo para que todo sea como antes y el destierro concluya. El hombre pembote tiene el único deber de satisfacer sexualmente a la mujer pembote. Un collar estrambótico al cuello delata al hombre incompetente, de hombría precaria, invisible a veces. Cuando el conquistador extremeño Ricardo de Guzmán devastó, hacia 1.540, la aldea pembote, unas cuantas mujeres lograron huir y fundaron, río arriba, un poblado. Los hombres, con el tiempo, fueron obligados a miccionar en cuclillas para emular a sus hembras y el árbol-dios fue cortado y quemadas una a una todas sus caprichosas cortezas. Yo, Blas Nuño de la Vega, llevo los últimos tal vez diez años, aquí el tiempo se cuenta en cosechas o en graznidos de ciertos pájaros, en la aldea emancipada de las mujeres pembote. Más por mi edad, provecta y achacosa, que por mis hábitos religiosos, a veces huidizos, no tengo el delirio de la carne, por más que el corazón dé en encabritarse cuando una mujer pembote se me acerca y tienta y la sangre que me recorre sea un escándalo de vivo fuego. Me entrego a mis lecturas, pues traje a este retiro libros de mi congregación y alguna novela pecaminosa que encontré en el galeón que nos trajo a este hermoso continente. Entretengo los días viendo crecer la selva. Ella es la que los enloquece a todos. Creo que ya se ha fijado en mí. Mi Dios es un rival que debe ser sacrificado. Flaquean mis fuerzas, siento en el pecho un dolor…


(Apunte sin cerrar del diario del abad Nuño de la Vega. Hacia 1774)

18.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 16 / La india Violeta



En el perigeo lunar, la mujer lúbrica propende a encintarse. La criatura alumbrada exhibe en la frente un lunar festoneado cuya visión produce, en quien lo mira en exceso, fascinado por su dibujo, vómitos, diarreas, evacuaciones unánimes y ubérrimas del alma turbada por esa presencia tatuada. Las criaturas nacidas por madre lúbrica en noches de perigeo muestran lunares de muy variada forma. Los lunares aserrados se localizan en el muslo y en la parte antero-posterior del brazo. Los lunares hendidos, en el vientre. Los acorazonados, en el hombro. Los lancelados y aciculados, en la espalda media y ocasionalmente en el costado. Los sagitados, de más lento progreso, en la cima de la mata del pubis. Los trifoliados, en el cuello. El lunar paripinnado, oculto en la nuca, bajo la melena, produce invariablemente la muerte de su observador.  La madre de la india Violeta tenía un lunar con forma de mujer encinta debajo del pecho izquierdo. Si acercabas el oído, escuchabas el latido de un corazón. Violeta tenía uno que no tiene nada a lo que se me compare. Contenía la música celeste y danzaban en su órbita planetas y constelaciones. Hay días en que se puede confundir con un árbol o con un río. Noches en las que replica la cara de un hijo recién nacido. Violeta, hija, serás madre en cuanto te conozca varón, le decía su madre. Ella se reía y salía corriendo. Pensaba en si no le partiría el peso de un hombre encimándola. En si la hija, pues sería hembra, sería alta como árbol. Ella mira su lunar. Lo acaricia. Se pregunto si la hija lo tendrá también. Todos los lunares convulsionan el alma de quienes los miran. Todos aturden al que los contempla. Los nacidos de mujeres lúbricas fecundadas en el perigeo dan la espalda a sus enemigos, agachan la cabeza y esperan, entre la lástima y el odio, a que una suerte de magia los fulmine. Se le ve cómo muere sin dolor y su cadáver revela vestigios inequívocos del desmán, por lo que son piezas de un valor extraordinario en las huestes que los empujan a la batalla. Pronto será perigeo de nuevo.

17.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 15 / Praxímedes Matarredonda

 


Consultado el poso del café y el vaho en el cristal de la ventana de la cocina, leído en la suscripción digital el horóscopo y recitadas las oraciones favorables, Praxímedes Matarredonda procedió a realizar sus deposiciones matutinas leyendo vidas de santos. Cogió el libro y dejó que el azar le abriese de par en par las circunstancias de Santa Filomena, asaetada en los tiempos novicios de la Santa Madre Iglesia según revela el osario hallado en la catacumba de Santa Priscila en Roma. Muy vivamente consternado por el martirio infligido a la santa, Praxímedes demoró la evacuación y quedó varado en una suerte de epifanía de naturaleza enteramente orgánica que le produjo un temblor añadido: el de la súbita comprensión de los avatares más hondos del espíritu, animado por una expresiva cascada de violines que encendiaban con primores de luz el aire del excusado. Feliz por esa revelación, imbuido por su dulce efusión sin brida, comprobó a ojo la textura de las heces, que resultaron de un tono dorado que atribuyó a la Santa Filomena, milagrosamente presente en esa intimidad intestinal. Oro puro, se dijo. Milagro sin metáfora. Procedió entonces a depositarlas con extraordinario esmero en una cajita labrada en maderas nobles que reservaba para altos propósitos materiales y se conminó a difundir el prodigio con abundancia de entusiasmo. Resuelto en esa beatísima empresa, conjurado a propagar un milagro, acudió a la parroquia del barrio y expuso al titular del templo los detalles del prodigio, incluidos en ese pormenor los sublimados y los meramente escatologicos. Era hermoso ver la eclosión de fe obrada en su sensible ánimo, el temblor en su voz al relatar sus vivencias. El sacerdote le hizo ver que una sola manifestación milagrosa no aseguraba la veracidad del insólito fenómeno. Que constatara la continuidad de la coloración fecal y, si persistía el arrimo del oro, si el hecho aislado se convertía en costumbre, elevarían el acontecimiento a las autoridades eclesiásticas. No contento con la a su juicio disuasoria recepción del milagro, Praxímedes se irritó de modo que visitó un periódico local, una activa asociación de jóvenes católicos y hasta un notario que registrase la propiedad de la maravilla acaecida. Como quiera que el relato sólo levantó mofa, volvió a casa con la idea fija de perfeccionar el repentino atributo de su deyecciones y esperar a que un milagro mayor acaeciera. Cuando el cuerpo le invitó a sentarse en el humilde retrete, entró en pánico. Santa Filomena no intercedió en la reposición del producto de sus maniobras intestinales. Sin el arrobamiento, no izado por la gracia de la divinidad ni embelesado por el arrullo solemne de esa emanación sagrada, Praxímedes defecó con rutinario y prosaico oficio. No hubo oro, a su pesar. Nada que fulgiera ni se recamase de fina blonda ni de vigoroso brillo. Devastado por la retirada de los favores del Altísimo, se obligó a no volver a leer vidas de santos y pidió al reticente párroco que le buscara impresos para apostatar. Se ha aficionado a ocupar sus ratos de deposición en lecturas de más frívolo apresto. Se recrea en coplillas galantes o en revistas de cotilleo. Ha cogido afición a la prensa deportiva. No oye violines ni hay oro en las heces, pero elude tratar con gente incrédula y de áspero trato.

Breviario de vidas excéntricas/ 21 / Braulia Cabrales

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