30.4.24

El futuro

 El futuro debe oler a pan recién hecho, a hogaza blanda, a pulcro trigo. El futuro masca hierba que huele a lluvia. Es río vertical, agua sin herrumbre, todo lo que anhela luz, fiable, conjetura, mapa de niebla por trazar, un cielo con un corazón dentro, una dádiva. El futuro es un árbol gigante en un planeta del que solo vemos un pulso de sombras en un sueño. Loco, el futuro danza. Ni la sombra lo acecha, ni la sangre sabe. El futuro es el idioma de los árboles gigantes en los planetas sin música. La niebla del futuro se hace costra fértil, líquido primordial, arrullo de un rumor que crepita en lo hondo. El futuro es un secreto dentro de un secreto. El árbol sin comparecer todavía, erguido en el éter, izándose con obstinado afán, perseverando en su condición de  milagro. El futuro son los mármoles y los oros de los regios monumentos que el bardo manuscribe en el ala de un pájaro al festejar el primor del fecundo vuelo. 


28.4.24

Argos, Toto y Rodríguez

 El primer perro que me gustó fue el negro del cuarto disco de Led Zeppelin. En casa, sin embargo, nunca tuve ninguno y, en lo que me conozco, no creo que vaya a tenerlo en el futuro, aunque los mire con afecto, sin encariñarme, aceptando que es verdad todo lo bueno que dicen de ellos. No sé la causa por la que separamos nuestros caminos. Debió ser que no entró ninguno en casa en la época en que si lo hacen, ya no salen nunca, unos reemplazando a otros cuando fallecen. Me duele el maltrato que a veces veo que se les inflige. No reconozco a mis semejantes cuando se les daña o abandona. Tampoco si el objeto de sus burlas es un toro o un gato. No reconozco ni siquiera que los perros tengan dueño. Poseemos objetos, los compramos, prestamos, vendemos y hasta rompemos, pero no creo que exista una propiedad sobre un animal.

No tengo perro porque temo que no haré bien mi cometido, el que se me adjudica cuando lo recibo. No tendría la paciencia de sacarlo a diario a que proceda con sus prósperas evacuaciones o a que olisquee a otros de su especie o se arme de arrojo y le suelte unos ladridos a unos gatos en la plaza o vea otro de sexo contrario y lo monte o se deje montar. Lo que sé de los perros lo he aprendido en el cine y en las novelas victorianas. Toto, que no era perro, sino perra de nombre Terry, era la mascota de Dorothy en El mago de Oz. Luego está Argos, el perro de Ulises, al que reconoce cuando regresa, antes de morir. Si yo tuviese un perro le llamaría Toto o Argos, quizá por hacerme pensar en ascendentes nobles de mi chucho doméstico. Hace pocos días, en una calle del pueblo donde trabajo, un anciano llamó con energía a su perro, que marchaba a su antojadizo capricho, ajeno a su voluntad. Vamos, Rodríguez, le dijo. Está bien usar apellidos para nombrarlos. Hace pensar en compañero de oficina o de pupitre. El tal Rodríguez le hizo caso omiso, pero no dejaba de echarle ojo, por ver si se le reprendía o se respetaba su albedrío. Es posible que no tengan otra cosa. Todos los animales lo tienen. Siempre pensé que es esa la cualidad que más admiro de un perro, de una mosca o de una hormiga. Van a lo suyo. Tienen la intemperie entera como morada, todos los caminos les pertenecen, los construyen ellos, se hacen cuando los recorren.
Lo que ofende, lo que duele, la ofensa y el dolor juntamente, es que al perro se le aparte, se le desprecie, se olvide la fascinante vocación de amistad que ofrece, la lealtad con la que se conduce, toda la bondad con la que contamos cuando se le pide que esté cerca, si es que hace falta pedirle nada a un perro, ya que todo lo da a la primera, ciegamente, sin otro oficio que el de obedecer (una obediencia que no ha sido en muchas ocasiones discutida con anterioridad) y el de servir. Ayer mismo, en una calle céntrica, de las que bullen en mi pueblo cuando se suelta el bolsillo y las terrazas (las pocas que tiene) bullen, he visto a uno a la puerta de una tienda, esperando con absoluta paciencia a que alguien saliese y lo llevase a otro lado, como si el animal careciese de voluntad y tan solo cumpliese la ajena, sin un lamento ni un atisbo de enfado. No se enfadan los perros. Cuando ladran, lo hacen porque al mundo hay que ladrarle, pero no les mueve el odio que nos come a nosotros, no están contaminados al modo en que lo estamos nosotros, quienes decimos que somos sus dueños. Del perro, de su naturaleza, admiro la honestidad, que es la que les hace nobles. También el hombre, si honesto, es noble. Entran en el mismo pack esas categorías morales, van juntas, caminan juntas, viven juntas. No sé qué sería del mundo de ser perros. Nos oleríamos más, nos buscaríamos más. No nos olemos, no nos buscamos. Lo de salir a calle y montar o ser montados quedaría de una insolencia absoluta. Nosotros hacemos un cortejo más protocolario y ejercemos esas efusiones de la carne en intimidad, y no siempre eso.

27.4.24

El enamoramiento

 Hay una tendencia reciente a reducirlo todo y a escamotear los detalles, a no entrar en los matices. Debe ser una de las consecuencias de este trasiego febril que nos lleva y nos trae sin que percibamos en detalle las menudencias de la travesía. Es todo ese fluir de lo efímero, esa mediocre pujanza de lo frívolo y de lo hueco la que hace descarriar algún empeño de fulgor o de trascendencia. La tendencia la fomenta el mercado: le interesa que no se indague, que no exista una intimidad excesiva entre el objeto y su dueño. Todo conduce a que estemos deseando buscar otra mercancía con el que sustituir el que acabamos de adquirir. Crear ese estado de ánimo es el fundamento de este tipo de capitalismo brutal, salvaje, tosco y, en ocasiones, obsceno. A quien matan en esta negocio es a la cultura. La convierten en un mero dispensario de frivolidades.

 No sé, en este hilo de las cosas, si el amor -que no se arrima a lo mercadeable- se puede reducir, si le pueden escamotear los detalles, si los matices que ofrece no son relevantes en absoluto. Quizá no sea amor, será otra cosa,  si se cumplen estos preceptos. No encuentro qué nombre conviene al apaño amatorio que se hace pasar por amor. Hay que ser virtuoso en los sentimientos para poder manejarse con soltura y aprovechar todo lo que el amor ofrece. Ese virtuosismo, toda ese magisterio preciso de emociones, pueden entrenarse al modo en que educamos al cuerpo para que esté en forma y esté sano. 

Pienso como Stendhal: "El enamoramiento paraliza todos los placeres y hace insípidas todas las demás ocupaciones de la vida". Pero el amor es otra cosa, una que excede la consideración meramente accidental de enamorarse, de todo ese tumulto de quebrantos, deliciosamente ocupados de vida, que se aloja en el corazón (pongamos que es ahí, por imperativo romántico y por conveniencia icónica) y lo hace sensible de un modo inextricable. No hablo del amor platónico ni del amor fou. Es una elevación mayor sobre la que dejo descansar mis palabras. No hay otra cosa en el mundo que haya ocupado más consideraciones. Quizá Dios, la idea de Dios, iguale este curioso ránking. Habrá quien sostenga que Dios es amor y estemos en el mismo campo semántico. No me hagan elegir entre ambos, aunque haya quien los matrimonie y conciba al uno sin el concurso precioso del otro. A este territorio no entran los mercados. Si uno cree en ellos, no los deja pasar. De todas formas, todo está en esa fragilidad o en esa contención, en el contubernio cuerpo/alma, en la creencia de que el peso del mundo todavía es el amor. 

26.4.24

Leer (otra vez)

 


Leer no garantiza que seamos más felices. Ni siquiera que la felicidad nos visite mientras leemos. Es incluso posible que la lectura nos procure un paraíso inverso, un desorden emocional que no posee quien no ha abierto libro alguno. El habito de la lectura no crea mejores personas. Muchas de las barbaries cometidas por el hombre han nacido en los libros. 


Leer no garantiza que seamos mejores personas. En todo caso, podemos ser unos cabrones ilustrados. Leer solo permite vivir otras vidas. Si la que lees está impregnada de maldad, existe la posibilidad de que te impregnes tú.                       

                                                         

Me cuesta cada vez más concentrarme en lo que leo. Me distrae lo que he leído. Pienso en las cosas que no debería y la línea por la que discurre el relato se expande, adquiere proporciones fantásticas, incluso llega un momento en que ni la reconozco siquiera. Esa línea es la que hace que uno decida escribir. Por amarrarse a algo, por probarse en ser otro, por alguna cosa parecida a esas. 


Leer no solo es una actividad de riesgo. También es una actividad tóxica. Hay una cantidad enorme de veneno en las palabras. Las hay inofensivas, las hay tiernas, las hay amorosamente cándidas, pero en cuanto se encuentran y se entabla entre ellas el diálogo son de verdad temibles. 


En lo que uno lee, en las palabras cosidas unas a otras, está también todo lo que ha leído. También probablemente lo que no. Las historias tienen su envés. Unas historias te llevan a otras historias. Yo, al leer a Lovecraft, no puedo evitar que se me aparezca Poe. O era al reves. Primero Poe, luego Lovecraft. O incluso Poe, Lovecraft, Bierce, Chambers. Ahora estoy con El rey de Amarillo, uno de los gérmenes de True detective. Es curioso cómo la ficción cinematográfica te envía a la literaria. Cine que abre libros. Historias que empiezan donde no espera uno. Ninguna empieza en el lugar previsible: todas están engarzadas, todas se abrazan. 


Escuché una vez que hubo una manifestación que agitaba libros en el aire en lugar de percutir el metal molesto de las cacerolas. La hacían los dolidos por el cierre de una biblioteca en un pueblo, no recuerdo ahora cuál. Se me quedó el gesto, el pequeño y maravilloso símbolo de que un libro, izado como una oriflama, fuera el que librara la batalla de la justicia, que es (en el fondo) la antigua batalla de la cultura, que no ha terminado todavía. 


No sé si un día se cerrará ese capítulo de la Historia. Es posible que no acabe jamás: hay muchos intereses, hay muchos mercaderes. Interesa la ignorancia porque la ignorancia no exige. El que no sabe, no inquiere. Recuerdo a un profesor de mi facultad, que nos dejó muy prematuramente, encolerizado por el a menudo mal visto gesto de que alguien llevase unos libros bajo el brazo, andando por la calle, en la parada del autobús, en la cola de la charcutería. Decía Luis Sánchez Corral que la gente de las letras no es de fiar. Me lo contaba con su brizna de sorna habitual, trayendo historias de ayer, informándome de que el ayer vuelve si no tenemos cuidado y dejamos un hueco por donde quepa. También me habló ese día (Bar Platanín, calle Jaén, Sector Sur, a la vera de la Escuela de Magisterio) de lo buen columnista que era Eduardo Haro Tecglén, de mi inocencia política y de cómo la buena literatura salva a los pueblos del caos. El nuestro, en este estado de las cosas, cierra bibliotecas mientras que los políticos meten la mano en los sobres o se suben con absoluto impudor la soldada. Estaría Luis indignado si estuviese con nosotros. A veces echo de menos el café en el Platanín.


De este ir y venir por la web, a veces con fundamento y otras, las menos, a vuelatecla, como a la caza de un tesoro invisible, saca uno en ocasiones momentos de una intimidad fastuosa. Encuentra textos que le fascinan, páginas de una indesmayable vocación de refugio, lugares donde abandonarse y a los que pedir una especie de asilo cibernético. No es que la realidad carezca de techos así, pero cansa el tráfago, el exponerse a ser distraído por el azar, por la rutina, por la mecánica previsible de las cosas, que vuelve y nos reclama. Por eso empleo algunas mañanas de domingo en perderme por la procelosa y enfebrecida maraña del google. Exploro concienzudamente, pero sin propósito. Busco información sobre un poema de Gil de Biedma y encuentro un rincón en donde puedo ver con asombrosa restitución cuadros del MOMA. Canjeo a Jaime por Pollock. La poesía por la pintura. Luego el jazz por la crónica de sucesos. No tengo duda alguna de que este paseo por la negra flor, como cantaba Auserón en sus tiempos, agota más que ilustra, desguarnece la sensibilidad más que otra cosa, la abotarga y la convierte en otra cosa, pero no la que conocemos, la sensibilidad de ir a pie por la calle y respirar el vértigo de las cosas. Pero no puedo evitar sentirme bien en este laberinto. Lo imagino, a ratos, como aquel antiguo día en el que descubrí la existencia moral de los libros, su belleza oculta. No los libros como el objeto físico, sino la hondura de sus letras, todo ese milagro que tutelan y que se revela cuando los abrimos y les pedimos respuestas. 


Es curioso que al correr de los tiempos, yo prefiera las preguntas. Quiero muchas dudas. Que me escolten por la realidad y me lleven de los blogs a los libros, de los amigos a los parques, de las barras de los bares al aula en donde sigo aprendiendo cosas.

25.4.24

Cándido, simposio, cadmio

 Lo primero debería ser anotar cándido, anotar simposio, anotar cadmio. Luego el día podría hacer sus atropellos acostumbrados, pero ya se tendría algo desde donde arrancar, un inicio de la aventura o posiblemente un precipitarse menos angustioso, como si contase ser precavido y las tres palabras (cándido, simposio, cadmio) congraciasen la entera forja de un pétalo desde la nada y hacia la nada misma. Porque los asuntos de la materia son indistinguibles de los de la fabulación y una mujer se desmaya por segunda vez al ver la tarde abierta en un haz de luz que la predispone al pudor o a la mera especulación dramática, a ese turbio danzar de batracios que antecede al plebiscito de las damas de alcurnia, a la comparecencia de los poetas nuevamente zarandeados y colgados de los pies para que no les quede nada en los bolsillos y los campanarios que cuestionan la niebla y las muchachas convencidas del furor de su sangre caigan al suelo y hagan un ruido pequeñito que apenas pueda oírse, uno de esos ruidos como de estómago de hormiga agradecida al ingerir una brizna infinitesimal y telúrica de pipa de girasol antigua y precursora de luz y de grandes orquestas ocupadas en no hacer perder el ánimo a los escritores de piezas operísticas o a los arrendatarios de las habitaciones en las que la mujer del pelo más oscuro gime, la de la derecha, esa que ahora me mira y saluda, no sé quién es usted, yo estoy buscando una razón a la mañana, estoy determinado a que cándido, simposio y cadmio trencen un suéter de palmeras variadísimas en el pecho de una doncella nórdica o de una niña con tartamudeo, aunque todo grite que sí, que haremos algo bueno de esta vida nuestra sin empeño, saludable y propiciatoria de siestas y de grumos, de albaranes de muebles muy altos y de sudor de amantes de lo que cruje y se expande. Y era de ofrendas la noche del océano, era el aire una fatiga de columpio, un brocal para que hociquen cien arcángeles, pero la hormiga está avanzando, ha escrito en el fuego de la tarde altas cúpulas, ha fingido un temblor dulcísimo en el que el tiempo se cimbra como un pendón triste de no morir. 

En memoria de A.R.

Ayer incineraron a Antonio. Se murió en su casa. Vivía solo. Tenia la integral de Bach y era un sibarita en la restitución de esa música divina y la amaba con el corazón sensible que tenía. Hacia años que no oía bien y la voz casi se le fue. Hablaba con voz apagada las últimos años que lo traté. Fue maestro hasta que la edad le permitió dedicarse a sí mismo con absoluto arrobo. En la escuela en la que lo conocí teníamos la costumbre de hablar de jazz y de cine negro de los años dorados. Pese a ser casi treinta años mayor que yo, Antonio era de mi quinta. Lo de la edad va en el ánimo, no es una cifra que se escrute con afán matemático. Gustaba de su café a la caída de la tarde en las cafeterías de Lucena. Leía la prensa o revisaba con voluntariosa afición su móvil, más por domarlo que por estar al día en las redes sociales, de las acabó retirándose. Entraba en mi blog. Le asombraba que escribiera a diario. No puedes tener tantas cosas que decir, esa observación de perplejidad me entregaba. En cierta ocasión me solicitó que le echara a andar un aparato de una conocida plataforma de televisión. Aplaudía la eficiencia del cachivache, la posibilidad de ver su amado cine como nunca antes lo había visto. Iba a las salas en los estrenos. Salía entusiasmado o colérico, pero no rescindía su vocación de espectador agradecido. En las conversaciones que tuvimos, nunca compareció la muerte, no tenía intención alguna de malograr los dones de estar vivo con quebrantos metafísicos. No le vi jamás interesado en las efusiones cofrades tan en boga en su pueblo ni de su boca salió impedimento o sanción alguna a que otros se explayaran en las calles con sus advocaciones y con sus desvelos marianos. Fue un hombre educado, íntegro, gozosamente facultado para la belleza y para la quietud. Sé que viajó por Europa y que abandonó cuando anciano la ocupación de la lectura, salvo (decía) la dedicación a mis escritos. Hacía mucho que no lo veía. Cuando ayer miércoles encontré a un amigo suyo con el que solía entretener las tardes en los cafés y en los paseos y le pregunté que cómo andaba, me reveló la desgracia. Lo hizo con inédito desparpajo, como si aceptara sin mayor dolor que la mesa no le tuviera al otro lado. Qué solas se quedan a veces las mesas de los cafés. Qué solos nos quedamos cuando los amigos se desvanecen. En una visita que le hice, interrumpí La reina de África, la estupenda película de John Huston. Qué buena actriz era Katherine Hepburn, recuerdo que me dijo. Lo es todavía, añadí yo. Hoy he recordado esa charla nuestra sobre estar o no estar en el mundo. Echaré de menos escuchar en su casa los Conciertos de Brandeburgo. 



24.4.24

De todo lo visible y lo invisible

 No sabe uno nunca cómo lo miran los demás, cree tener una idea aproximada, maneja cierta información más o menos fiable, pero no hay forma de salir afuera y contemplarse desde esa distancia clarificadora. Se vive en esa soledad imprecisa.  De pronto reparo en la inconsistencia de lo que uno toma por cierto. Lo bueno (quizá) es no estar a salvo, no aliviarnos con la idea de que tenemos un refugio en el que cobijarnos. Se vive mejor en la intemperie. Hay más con lo que divertirnos en la incertidumbre. Hoy mismo pensé en lo fabuloso que es saber tan poco como sé. Lo que he ido atesorando (la cultura es un objeto valioso en estos tiempos de zozobra y precariedad) solo me sirve para hacer que los días sean más divertidos. Saber hace reír. Tal vez sea ese su propósito más noble. Somos insaciables en ese asunto. 

Se me levanta el corazón al pensar en todos los libros que no he leído. Se queda ahí, enhiesto y febril, con toda la maravillosa virilidad de la sangre, desafiante, un poco chulo. El corazón es una criatura que delinque a su antojo. Comete a diario los delitos que la cabeza no consiente. Por eso no hay que pensar en demasía. No tener una idea certera de las cosas grandes o de las pequeñas. Sobre todo, de lo que rehuyo es de la trascendencia, pero se está bien dentro de esa casa llena de espíritus. Yo, al menos yo, la disfruto a poco que me invitan a visitarla. Me doy un garbeo por las nubes, flipo con la metafísica, me arrebata la belleza inmarcesible de las grandes palabras. Luego las declino, busco con qué otras reemplazarlas y acabo admitiendo la posibilidad de organizar mi vida en base a ellas. 


Le tengo un especial afecto a la literatura de la fe, a cierta conversión de mi espíritu pagano y descreído en uno de férrea disposición teológica. De las cosas evangélicas me atrae la fastuosa inverosimilitud con la que se forjan. Poseen el mismo rango narrativo, se sostienen por el fulgor de la ficción, son la rama más distinguida de la literatura popular. De su cuerpo de metáforas y de épica sobrenatural, aprecio la fastuosa rendición de sus imágenes, su angustia feliz de castigos ejemplares, su fuego bastardo, su catedral de humo. 


Deseo lo que algunos de mis alumnos: historias. Es en la historia, en su relato moroso o acelerado, en su cuerpo engañoso y frágil y voluble, en donde está la sustancia de la vida. Fuera de las historias, no hay nada. No se conforman esos alumnos con aprender, hasta cuestionan que el aprendizaje carezca del apasionamiento que les dan los cuentos. Prefieren que aliñes la instrucción con narraciones extraordinarias. Somos lo que escuchamos. Incluso somos lo que no escuchamos, y sabemos que nos aguarda. 


De todo lo visible y lo invisible, me quedo con todo lo que me haga ser feliz, acuda de donde acuda, sea lo que sea. No soy particularmente delicado en la forma en que me alimento. Aprecio las viandas exquisitas, paladeo los sabores más delicados, me deshago en alegrías cuando advierto que tengo a mano el placer y que no hay forma de que se desvanezca, pero aprecio el arrullo de una historia bien contada. Nada que no sienta otro con idéntica o mayor enjundia que yo, nada a lo que no sepa renunciar cuando las cosas vengan en contra. Vendrán. Hay quien se obstina en arruinarte toda esta bendita fiesta de los sentidos. Quien, al menor descuido que ofrezcamos, nos convida al miedo.

23.4.24

Plegaria para letraheridos

  A Eloy Tizón, pirómano dilecto

“Todo lector es el elegido de un libro”
Edmond Jabès

Cada libro, en cierto modo, es la historia particular del lector que lo abre. Leemos lo que fuimos, lo que somos, lo que anhelamos ser. No existe como libro hasta que alguien formula el rito de su imposición a la realidad. Antes de ese acto mágico, cuando no se ha franqueado su promesa de asombro, el libro es un objeto entre los objetos, como diría Borges, un fantasma, como diría Cela, que precisa un público para dejar de serlo. Edmond Jabès, el autor de la formidable cita que abre esta historia, va más allá: viene a decir que el libro no sólo elige al lector sino que crea al lector. Únicamente comparece en la comisión del rito preciso de leer. A veces he pensado que leer es una transfiguración absoluta del alma, que se lee para ejercer una antojadiza bilocación y contemplar lo real desde una perspectiva que el cuerpo, en su estricta observancia de las leyes físicas, no alcanza.

Se trata, al cabo, de nunca ir solo. El lector es una especie de enemigo contumaz de la soledad. No la quiere para sí, salvo que algo le urja a hacerse con ella y acogerla con absoluta hospitalidad. Busca siempre refugios, lugares donde otros desamparados facultaron las actas de una cofradía única, ajena al tráfago de las prisas del mundo vertiginoso que hemos inventado. El cofrade secreto, héroe de sus fugas, cómplice de la bondad del botín, no precisa correligionarios que le aplaudan los gestos, los títulos y los pies de página abiertos en cada capítulo, en cada pequeño trozo.

Leer es una actividad de riesgo. Como escribir. El escritor es un agitador social y el lector es el feliz incauto que ha perpetrado el pecado terrible de buscar, ajeno a tutor o guía alguno, a la verdad o al conocimiento o la belleza.

En las guerras, lo primero que hacen los soldados es quemar las bibliotecas. Piras funerarias de historias. Caligrafía quemada. Letras que arden. Ceniza de las horas. Humo del tiempo. Los libros arden mal, escribió Manuel Rivas.

Los libros son mapas tangibles de la felicidad, fiables prontuarios de cómo funciona el mundo. Guías para no perderse. Cabe incluso la posibilidad de que los libros sean una invitación al desconcierto, bálsamos inversos, pastillitas de colores que no cumplen la función que les encomendaron. Porque ese mundo que registran en sus páginas no es una materia fácilmente manejable.

No creo que haya otro objeto más venerable que el libro. Leer un libro es leer la infinita concatenación de hechos que han sucedido desde que fue vertido a la realidad hasta el momento en que esa realidad regresa a ti y se te confía. Lo que tutela (esa forma encriptada de belleza y de inteligencia) hace que seamos lo que somos. Para malo o para bueno. Somos lo que los libros nos cuentan. También lo que no cuentan. No hay nada que no esté en los libros. La bondad y la maldad están dentro de su reino. Pero los libros que más me fascinan son los que no están enteramente a mano. Los que no se exhiben con la majestuosidad de las grandes bibliotecas o las baldas de las buenas librerías. Ni siquiera esos bien amados con los que uno ha ido haciéndose. Hablo de los libros inesperados. Surgidos de improviso, ofrecidos en un capricho del azar, rendidos a nuestros sentidos cuando nada invitaba a que aparecieran.

Son criaturas dóciles, argamasa sublime con la que levantar un templo en el que refugiarse y en el que rezar a los improvisados dioses que contienen. Hay dioses en las letras. A falta de otros rezos, elevo a diario mi plegaria con estos.

En cierto modo, el tiempo en que uno escribe es tiempo en el que no lee, pero no hay vez en que escribir no sea también un acto de lectura. Uno escribe y sanciona lo escrito, lo reforma, lo estira, lo desmonta para recomponerlo después. El lector, en este sentido, es una especie de escritor perezoso, uno que no precisa del registro de las palabras. Cuando leo a Tolstoi, soy Tolstoi. Cuando a Proust, Proust. No hay escritor que haya muerto del todo. Todos existen en cuanto alguien los lee. Ese diálogo (presumo) debe ser la eternidad.

Lo dicho tiene algo de alado, sentenciaba Borges. También, tomado de San Anselmo, que el libro en manos de quien ignora su alcance y lo contempla como una amenaza o como un enemigo es tan peligroso como entregar una espada a un niño. La religión de los libros está sustentada en arcanos. Todas lo están, ninguno reemplaza la meritoria conversación de las metáforas, la lujuria íntima de un secreto que no acaba nunca de rebelarse y que, al adentrarnos en su cuerpo de misterio, alumbra otro.

La mejor biblioteca es la de emergencia. A veces las muy pobladas, las que tienen baldas muy altas, cobijan o consuelan menos, no sabe uno a veces a qué acudir, qué volumen escoger, tientan muchos, hasta parece que los desechados pidieran ser tenidos en cuenta, solicitar que se les abra y atienda. A veces necesitamos un libro al modo en que se necesita un cuerpo. De hecho hay ocasiones en las que sabes que habrá un libro que te aguarda, uno fiable al que encomendarte, en el que perderte y posiblemente encontrarte. La literatura es un amante duradero, del que no desconfías, al que le cuentas cómo estás y con el que conversas. El amor es una extensión de las palabras: dice lo que ellas no sabrían, se sublima cuando calla incluso. Hay libros de una mudez sobrecogedora: terminas de leerlos y sientes una punzada de la que ya no podrás zafarte. Te duele inadvertidamente. Es un dolor que se sobrelleva bien. Es el dolor que hace que el verdadero dolor no cuente.

‘La Biblioteca de Babel’ de José Ignacio Díaz de Rábago en la Biblioteca General de la UMA

Hay libros que no paran de hablarte. Anoche me confortó un pasaje de Benedetti cogido al azar, uno de esos cuentos de parejas que se aman sin saberlo o de parejas que es mentira que se amen o de parejas que no incurren en la banalidad o en el triunfo del amor, según se mire. Pensé en el amor ajeno y en el propio, en todo el amor que es posible que yo sepa dar y el que pueda recibir. Pensé en toda esa alegría que es siempre superior al amor o que actúa en un ámbito distinto, tal vez más íntimo. Se está enamorado un plazo corto de tiempo, no se pide más, no se anhela más, basta ese confort espiritual, ese trascender, ese sentir que todo cuadra y se ensambla alrededor de nosotros. Al amor se le asignan cometidos a los que no siempre sabe dar cuenta. La alegría de querer amar es la semilla que propicia que se termine amando. La felicidad funciona a otro nivel, no se involucra en lo espontáneo, en la presteza de lo deseado, sino que discurre con mayor mansedumbre, ajena al desquicio de lo presente, no se encabrita, no se atropella, no da indicios de quebranto, apenas se la ve flaquear. Cuando lo hace, en esos momentos de debilidad, pone la mejor de sus caras, finge con primoroso desempeño, se recompone y luego, al desaparecer el daño, regresa como si nada hubiese ocurrido. El amor, en cambio, debe ser fiero, debe evitar la quietud y la contemplación, debe encabritarse y atropellar y desquiciarse. A veces me da por pensar que la felicidad y el amor no debieran nombrarse juntamente. Lo que los abraza a los dos es la belleza. Ella es la única a la que se debe rendir pleitesía. Un libro es un anticipo suyo. Algunos con más determinación que otros, pero todos albergan alguna brizna de belleza.

Hay libros que no se acaban nunca. Contienen la semilla de todos los demás. De algún modo se entrelazan, hacen una secreta e íntima labor de nudo, declinan su apariencia de unidad y anhelan lo tornadizo y lo ajeno. Son otro libro cuando se los retoma, se parecen a quien los abre y lee, mudan su sentido, lo congracian con el sobrevenido en el ánimo o en la experiencia del que inadvertidamente los atraviesa. No son nunca el mismo. Tampoco nosotros lo somos. Ya se nos ha dicho muchas veces: el río es siempre otro río.

Hay libros que semejan paisajes. También los hay que tienen vocación de espejo. Uno se ve en ellos. Incluso considera que en el decurso de su lectura algo privado va deshaciéndose, adquiriendo la consistencia extraña de los personajes a los que de pronto ha tomado como suyos en el trayecto.

Hay libros que curten al modo en que la vida lo hace cuando nos arroja a su trajín y a su estrago. A veces no se tiene constancia de su peso, no se advierte que algo suyo importe siquiera, suceden con la parsimonia o con la irrelevancia de lo liviano, con la premura o la tardanza de lo trascendente. Algunos de esos libros son únicos. Todos, por variadas razones, sin intervenir la excelencia en ellos, lo son. Su singularidad proviene del asombro que nos causen. Nada más percibirlo, en cuanto hace su trabajo de desconcierto y de perplejidad, sabemos que no nos abandonará nunca. Sucede con increíble disimulo. Apenas se aprecia, si es que alguna vez sentimos cómo avanza, si puja y determina quedarse, como si un delirio nos ocupase, como si la realidad (la del libro o la otra) se transfigurara, mostrando su verdadero apresto, consignando (azarosamente, tal vez, sin fiable registro) su esencia, la que podría afectar a la que quiera que nosotros, al leer, llevemos dentro.

Da miedo descubrir que no se lee o que no se escucha. Quien lee o escucha, se perturba. Se prefiere oír, que requiere una atención menor y no deja ninguna huella. Lo admirable es que se siga escribiendo y se siga hablando. Que haya lectores y escuchantes. Que el lenguaje sobreviva y se expanda a su manera, a salvo de las tropelías que se le aplican, libre (cada vez más dificultosamente) del peligro de que se pudra y pervierta o de que se empobrezca y no cumpla el cometido que tiene encomendado. Hay más libros que gente que compre libros y más conversaciones que gente que desee escucharlas. No se entiende que subsistan y medren en las librerías o en el escenario de las calles. Se acabará por admitir, con tristeza, con resignación, que hemos abandonado el amor a las palabras. Después vendrán los bárbaros, veremos la cimitarra de hierro esgrimida como lábaro. Si no leemos, es al caos el destino al que invariablemente nos acercamos. El caos como representación de nuestro estado de ánimo.

Los libros son el termómetro de la vida de un pueblo. Da igual que haya escritores (lectores inversos) mientras no haya quien lea (escritores inversos). Se lee poco porque no se prestigia la lectura. Se escucha poco porque no hay quien desee saber más de la cuenta. Es el saber el que ha perdido su cetro. No sabemos en qué recayó, qué disciplina recogió el relevo. Debería existir una asignatura en la que únicamente se aborde la animación a la lectura. En la escuela, en casa. Leer es la llave que abre cualquier puerta. No hay ninguna que no se franquee con la lectura. También podría cuadrar en este bosquejo de Resurrección Cultural la asignatura de escuchar, no solo la de hablar, la malhadada retórica que ahora han adherido al currículum como si hubiesen descubierto la cura del cáncer o como si los maestros la hubiésemos olvidado o no la acometamos con ahínco y entusiasmo en el aula, cada cual con sus mejores propósitos y sus más motivadoras actividades. Todo estriba en ennoblecer (en prestigiar, en hacer amar) el lenguaje. Es la única casa posible. Las palabras están perdiendo su asiento antiguo. Y de ahí el infierno a la vista, su espectáculo de llamas y de ceniza, su tristeza de ignorantes. El infierno aceptable, el del fuego manso, el invisible, el inapelable, el infierno doméstico del que no se tiene conocimiento y que nos zahiere y rebaja. Tal vez convenga este desánimo en la cultura, visto que no se implementan medidas (no siempre es así, hay iniciativas admirables en la clase política) ni se pone en valor (expresión muy quemada por esa nómina pobre de políticos) la empresa de construir una sociedad más solidaria y tolerante y, sobre todo, lectora.

El cielo son los libros.

El aburrido trabajo de contable de Kafka o de Pessoa seguro que consentía libros secretos dentro del abrigo. El otoño es propicio para esas escaramuzas. El tiempo, en su bonanza, cuando no exige ropas hospitalarias, busca libros en las manos o en la memoria. El libro se convierte así en un objeto clandestino, en un espejo furtivo de nuestra propia incertidumbre ante la vida.

Como los libros, hay personas que no se acaban nunca. Contienen la semilla de todas las demás. De algún modo se entrelazan, hacen una secreta e íntima labor de nudo, declinan su apariencia de unidad y anhelan lo tornadizo y lo ajeno. Son otras personas cuando se los retoma, se parecen a quien los trata y ama, mudan su sentido, lo congracian con el sobrevenido en el ánimo o en la experiencia del que inadvertidamente los atraviesa.

Hay personas que curten al modo en que la vida lo hace cuando nos arroja a su trajín y a su estrago. A veces no se tiene constancia de su peso, no se advierte que algo suyo importe siquiera, suceden con la parsimonia o con la irrelevancia de lo liviano, con la premura o la tardanza de lo trascendente. Algunas de ellas son únicas. Todas, por variadas razones, sin intervenir la excelencia, son. El asombro es la máxima impasible, el norte cierto, la tierra prometida, la eternidad. Nada más percibir ese asombro, en el momento en el que nos sentimos tocados por la gracia de la belleza o de la inteligencia o de la sensibilidad, en cuanto el arte hace su trabajo de desconcierto y de perplejidad, sabemos que no nos abandonará nunca. Sucede con increíble perseverancia. Apenas se aprecia, es cierto. Es moroso su medro. Alguna vez sentimos cómo avanza, si puja y determina quedarse, si se le ha visto y luego lamentamos que ya no esté, como si un delirio nos ocupase, como si anduviésemos ebrios, como si la realidad, la realidad de esas personas se transfigurara, mostrando su verdadero apresto, consignando (azarosamente, tal vez, sin fiable registro) su esencia, la que podría afectar a lo que quiera que nosotros, al acercarnos a ellas, llevemos dentro.

Hay personas que semejan paisajes. Uno toma distancia y las contempla con absoluto afán. Dan lo que no se tiene. Ocupan los huecos que el alma va dejando cuando se quiebra y rompe. También las hay con vocación de espejo. Uno se ve en ellas. Si desaparecieran, me desvanecería.

Es en los libros donde me conozco. Fuera de las personas a las que amo, ellos son mi paraíso asequible. El cine y la música rivalizan con ellos. Soy de leer mucho, de escuchar mucha música, de ver muchas películas. Si me arrebataran alguna de esas adicciones no sería yo. De hecho, todo lo que soy proviene de la certeza de que ellas me asisten. Mis seres amados, mis libros amados, mis películas amadas, mis discos amados. Es de amor esta plegaria. Eso es lo que quería decirles hoy.

22.4.24

Palabra

 


No hay modo de saber si uno está muy cerca de Dios o no lo está en absoluto, si ni siquiera tener un buen corazón hará que seamos buenos o hace falta algo más, quizá la fe, la creencia en que hay algo más allá de lo que nos confían los sentidos. No basta con creer: hace falta ser un hombre bueno, le dice la mujer al marido, mientras le toca el pelo y lo mira como si no hubiese ninguna fuerza en el mundo que pudiera hacer que el amor se desvaneciese de pronto. 

Creo que Ordet (La palabra) es la película más austera que he visto. De una austeridad que te hace pensar en la austeridad misma, en la idea pura de austeridad, tan severa y perfecta. Y te traspasa y andas después por la calle pensando en el hombre sin fe y en el hombre creyente, en la beatitud, en el pecado. 

Ah, el pecado, esa invención diabólica. Porque no la inventó Dios y le pasó el hallazgo moral a sus voceros en el mundo: el pecado es una construcción moral de una dureza apabullante. Es propia del hombre, que se arroga un límite para que sus actos no descarríen su alma, para que su corazón no se desfonde y se pierda en el tumulto de la sangre. Al mismo diablo es a quien debemos el pecado, por supuesto. El hombre es un diablo para el hombre. 

En Ordet, la espléndida película de Carl Theodor Dreyer, vista de nuevo, como si fuese nueva cada vez, no hay una advocación directa al mal, aunque está impregnando toda la trama; si es que hay trama, trama tangible, de cosas que van pasando y conducen a otras hasta una última a la que ya no le sigue otra. La trama en La palabra es muy directa, muy cotidiana, de poco asiento en la ficción narrativa clásica. Cuando terminé de ver anoche la película de Dreyer, en la confusión, pensé que era un pecador y que de alguna forma debía expiar mis culpas. Dreyer me conoce mejor. Posee esa facultad: la de saber cómo dar con la parte de mí a la que ni yo accedo. Es posible que hiciese Ordet pensando en una criatura como yo, una fascinada por el misterio. Porque la fe es uno de los misterios más impenetrables. 

Ah, la fe, Dreyer, no hay mejor tema de conversación. La fe es un milagro. En sí misma, la fe es la verdadera dimensión del milagro de que Dios exista o no. Dreyer parece no juzgar, no da indicio de que tenga un criterio con el que pensar a sus personajes, sino que los deja fluir por las palabras y confronta la fe con su ausencia. Ordet es metafísica a última hora de la noche, cuando todos duermen. Te acuestas con una plenitud novedosa: has estado en una catedral y has visto la tiniebla y la luz entablar su antigua liza. Te da igual quién ganara, se alternan. 

Mientras, aquí seguimos. Los milagros son descuidos de Dios, no alarde de su misterio. El amor es un desvarío del que apenas podemos extraer otra enseñanza que la del azar: acude, se posa sobre quien misteriosamente elige y permanece ahí un tiempo maravilloso. Hay amor en Ordet. Fe y amor. No sé por qué hay películas austeras que emocionan como si toda esa terca sequedad (la severidad en el gesto, la parquedad en el diálogo, la dureza del gesto) contribuyera a que todo adquiriese un tono limpio y feliz, a salvo del desatino del tiempo. 

Ordet es la viabilidad tangible de que se pueda practicar la resurrección de los muertos, de que el hombre pueda sobreponerse a la ausencia de los que ama por la convicción de que nadie acaba por irse del todo y algo permanece en el aire o en la memoria o en el modo en que los días se sucederán y el aire será aire en el aire y el cuerpo se doblegará a sus necesidades para que la rutina lo abrace todo. La facultad de Dreyer es la misma que la de los sacerdotes cuando se invisten de divinidad y conversan con lo eterno desde un púlpito. 

El viejo Morten Borgen no es un ser de este mundo, tal vez no lo sea de ninguno. De creer sin traba en la providencia de los milagros, ha pasado a no tener necesidad de que ocurran. Intransigente, sobrio, el anciano declara que el amor es extensión de la fe, se resuelve teólogo para que el dolor no le lacere en demasía, para que la muerte no haga trizas a los vivos. Es de palabras absolutas su elocución, de trascendentalismos, de hacer humano lo sagrado. Es casi obscena esa resolución suya del alma: la advertimos con sobrecogimiento, con el pudor de estar asistiendo a una intimidad que no nos incumbe, de la que deberíamos apartarnos, con la que no tendríamos que establecer conversación alguna. Casi como si fuese una película de pornografía de las creencias. Uno de sus hijos se cree Jesucristo; otr0 le recrimina que no posee la suficiente. Los dos hijos le conminan a que rece, él mismo lo hace, pero la oración no da fruto si no se practica con vehemencia, razona el padre. Asistimos a una plegaria, somos espectadores de una suerte de confesión. No se nos urge paradójicamente a nada, no nos apremian a que creamos, sin embargo. La fe es un cuerpo al que no se le ha instruido en razonarse. De ser pensada, acabaría desbocado, aplastado por el peso de su vesania. 

Ordet es la sublimación de la palabra: a ella se le encomienda que explique el mundo, en ella confiamos para que se restituya el candor de lo sublime, toda la servidumbre de la carne. El espíritu es un ser alado. Se entretiene a su modo, le confiere grandeza la elocuencia de sus alas, es hermoso ver cómo se contiene en un giro y de pronto iza el vuelo para perderse en lo insondable. Así es la mística, así su homilía privada. La fe es realismo mágico, la religión es un constructo anímico, una tentativa de infinito. También es la constatación de que los milagros existen si uno posee la sensibilidad para percibirlos. Que Inger vuelve a la vida es el acto de amor más hermoso, se crea o no en la posibilidad de que esa resurrección suceda en realidad o tan solo se infiera de la naturaleza sobrenatural de la trama, que no es otra que la de una familia campesina a la que abaten las desgracias y de cómo se manejan frente a ellas para que no prospere el dolor o para que la fe los absuelva del martirio de la pérdida. 


21.4.24

La ciega, la lúcida, la hermosa obediencia

 


Está desprestigiado obedecer. Se constata ese desafecto por acatar lo que se nos conmina a hacer. Pareciera que el hecho de cumplir con la observancia de lo que se nos inste a cumplir no va con estos tiempos de moral montaraz y desacato de las convenciones sociales. Lo moderno es preferir no hacerlo, como el viejo amigo Bartleby, no darse por aludido, escurrir el bulto. Lo que de verdad nos da la fama que cada cual antojadizamente anhele es contravenir lo pedido, conculcar cualquier consideración en la que se pueda apreciar debilidad, servidumbre, doblegamiento. Cunde la idea de que no respetar los estatutos de la convivencia es de gente con fuerte personalidad, hecha a la liza contra el mundo, gente a imitar, modelos fiables de conducta, adalides de la revolución. No prospera la mesura, ni se la estima. El comedimiento es de antiguos o de débiles. Lo sensato es no hacer reverencia a nadie, ni exhibir cortesía o sumisión. Ni siquiera respeto. La prudencia es un vestigio de una época que hemos superado. Ahora se impone la incontinencia en los gestos, en las réplicas. Somos insolentes porque hay que cambiar el mundo. Así parecen razonar los desobedientes. Hay mecanismos sociales que integran la obediencia en la rutina de nuestros actos. Es en la infancia en donde ese automatismo obra su más eficaz desempeño. Cuando pequeños, en ese ir aprendiendo sin conciencia, las reglas del juego no se discuten: importa el juego en sí, su desempeño, no la normativa que hace posible su restitución. En el colegio los alumnos malos son también los dóciles en exceso. No porque su rendimiento académico sea insuficiente ni porque su progreso afectivo o social sea inadecuado, sino porque la docilidad no reflexiona, acepta cualquier requerimiento ciegamente, no alienta la creación de un pensamiento saludable, que suscite el diálogo y termine por reconocer la idoneidad de lo que quiera que se le haya impelido a hacer.

Siempre pensé que es la voluntad la verdadera y más trascendente maquinaria para que la civilización progrese y adquiera los logros de los que nos servimos para vivir mejor. El que se alza contra lo que se le exige es a veces indistinguible de quien a todo accede. Alguien determinado a ejecutar un propósito urdido por otros, por atroz o por hermoso que sea, es una máquina ciega que no se detiene hasta que el encargo encomendado ha sido cumplido. De gente ciega que se ha conjurado a sancionar o a arruinar el afán ajeno, el que no casa con el suyo, está por desgracia el mundo lleno. También esa gente ciega sabe obedecer con la misma e infeliz lealtad. Hay quien se conchaba con el demonio para que su voluntad triunfe. La literatura está poblada de almas rebeldes, vendidas al postor más perverso con tal de alcanzar su meta. Luego están las almas cándidas, de menor complejidad moral o incluso altas y nobles, aunque insobornables, hechas a conformarse con poco y, sobre todo, a no discutir más de lo necesario y dejar el mundo correr. Lo hermoso es lo sencillo a veces. Qué placer el de respetar al prójimo cuando lo que nos pide es razonable y de bien común. Hasta podría encontrarse regocijo en la realización de ese trabajo. Somos libres hasta que nuestra libertad lastima la del otro. Tal vez el único modo de hacer de este mundo uno mejor sea devolverle a la obediencia su predicamento. No hay registros fiables de que alguna vez haya sido considerada apreciativamente. Hasta entra en lo razonable que desoírla cuente y contribuya a que se haga algo bueno en el oficio de entendernos. Las revoluciones prosperan desde la desavenencia. Ninguna sociedad madura sin desdecirse, sin amonestar su costumbre, sin desobedecer. Tendríamos que respetar el bagaje del pasado y confiar en el advenimiento febril del futuro, que ya él se encargará de ponernos en nuestro sitio, pues nada sabemos de sus planes ni ninguno de los nuestros rivaliza con los muy oscuros suyos. La voluntad precisa de la inteligencia para que obedecer sea un acto útil y no lo anime la inercia ni la ceguera. La inteligencia puede plegarse a una intendencia ajena que la espolee, adiestre y finalmente use. Es hermoso ver a quienes se entienden tras haberse entregado con honesta entrega al hermoso también ejercicio de la dialéctica.

Ilustración de Eugenio Rivera

Del Cantar de mío Cid queda en la memoria popular lo que Rodrigo Díaz de Vivar dijo a su rey Sancho: «¡Dios, qué buen vasallo, si hubiera buen señor!». No habiendo épica moderna ni asomo de que acuda en la poética actual, continúa asombrándonos la vigencia de los clásicos. Tampoco hay con qué reemplazar a todos esos héroes de antaño. Ninguno contemporáneo rivaliza con todos los acogidos por la ancestral memoria de nuestra especie. Esa memoria se funda sobre una desobediencia, la de Adán al declarar su rebeldía y morder la manzana fundacional que se le había prohibido. El “pecado original» hizo humanos a aquellos dos seres etéreos, todavía sin formar, prehumanos, si se desea, arrojados al mundo como una extensión de la divinidad. Amaron al desprenderse de su condición fantasmal. Fueron definitivamente humanos cuando abrazaron la disidencia, cuando vieron en ella un modo de verse a sí mismos. El Jardín del Edén fue la primera casa del hombre, y cada uno hace en la suya lo que le viene en gana. El mito hebreo tiene su eco en el griego de Prometeo, que se indisciplinó al preferir estar encadenado a una roca antes que ser el siervo obediente de los dioses. La insubordinación, en términos meramente de supervivencia, es una virtud. Nos emancipamos para probarnos fuera de la tutela de nuestros próceres. Salimos a la calle sin mano que nos conduzca a sabiendas de que podremos descarriarnos o ser lastimados, pero no nos arredra esa orfandad y pisamos las calles con arrojo. Las heridas constatan la bravura. Cuantas más se exhiban, mayor habrá sido nuestra valentía, más digna nuestra derrota. Toda la vida es una diáspora desde que abandonamos el útero. Morir es el acto de obediencia más ciega. Tiene también la obediencia su consideración religiosa. Creer es obedecer. Se acata la voluntad divina, se celebra la lealtad a unas convicciones íntimas e irrenunciables. Se da a la fe el sostenimiento de un modo de vida. A decir de quienes la fomentan, es la devoción primera y sobre la que se edifican las demás. Sin su comparecencia, la entera maquinaria de la religión se vendría estruendosamente abajo. En el momento en que se deshace su influjo, cuando se encuentran razones para la indisciplina, toda ella queda en artificio, en catálogo de metáforas, en embeleco.

El problema de este mundo es que no sabemos cuándo obedecer o cuándo declararnos en rebeldía, si es de ciegos la servidumbre y hermosa la libertad cuando los ojos se abren y la sangre fluye con conciencia de su oficio. Rousseau decía del hombre que habría que obligarlo a ser libre. Se obedece por amor o por miedo, por pereza o por necedad. Si se decide acatar por cualquiera de esas circunstancias morales o por las que el lector improvisadamente discurra es también por mera creencia en la utilidad personal y social del sencillo hecho de cumplir lo que se nos pide. Es más fácil decir “sí” que “no”. Negar es urdir un plan de escape, un discurso que justifique la impugnación. No es dócil ni pánfilo el que acata. Consiente para que su razón prospere. Dice que sí con argumentos de valía similar a los invitados a defender el “no”. Lo hace porque no se le ocurre ninguna razón que aplace o cancele esa condescendencia que se ejecuta con gusto y hasta esmero. Es digno asentir. Lo anómalo es la disensión. De cundir, sería la entera civilización la que se vendría irremediablemente abajo. Si las revoluciones hacen que la Historia progrese, la obediencia (con su argamasa limpia, con su voluntad de consenso) permite que el hombre que la protagoniza adquiera una identidad, un lugar en el mundo. Los porqués de los obedientes no son menos elocuentes que los de los insubordinados. La obediencia y la desobediencia, cuando son ciegas, al no admitir ni una brizna de juicio ni de sensata reflexión, quedan en veneno, en ceniza, en todo lo que aleja la luz e invita a que prosperen el miedo o la anarquía. Es hermosa la obediencia cuando es inteligente, cuando parte de la responsabilidad, fomenta el pensamiento crítico, admite el estatuto de la autoridad y fomenta el criterio propio. Qué felicidad entonces al saberse parte de un todo coherente, pieza de fuste en una trama en la que quien manda y quien obedece son, en el fondo, el mismo actor.

19.4.24

Principios básicos de comunicación

 



En principio creo que hablo más que escribo, pero hay ocasiones en las que pienso en que debería escribir más de lo que hablo. En otras, a lo visto, más valdría no excederme ni en escribir ni en hablar y esmerarme en leer o en escuchar. Precisamente ayer escribí sobre el silencio. Pasa que cuanto más leo, por lo general, más ganas me dan de escribir y que, en la misma trama de afinidades, cuanto más escucho, más me animo a hablar. Puedo controlar tres de esas formas de entablar un diálogo con el mundo. Con la que no hay manera de rebelarme es la de escuchar. No sé cómo librarme de esa influencia. No vale el recluirme. Dentro de casa hay vías por las que se adquiere una noción bastante exacta (a veces atropellada y brutal) de lo que pasa afuera. No tengo ninguna convicción firme sobre lo que hacer. Si adiestrarme a tiempo completo en el oficio relatado (leer, escribir, hablar, escuchar) o declararme incompetente durante unos días y ver después en qué he ganado o qué he perdido durante la convalecencia mediática. A lo que me cuesta renunciar es a pensar. Juro que lo he intentado con ahínco. He probado a dejarme llevar. A no ahondar en las cosas. A verlas venir y a no interponer contra ellas ninguna declaración amistosa u hostil. Dejarse ir tiene su pequeña cuenta de daños. Todo a lo que uno renuncia regresa más tarde más fieramente. He comprobado que el azar no es azaroso completamente. Que te guarda las cosas. Las buenas y las malas. Quizá más de unas que de otras. No sé este quebranto mío de viernes a qué conduce. Puede que no sea su cometido el llevarme a ningún sitio. Se está bien aquí, a pie de teclado, mientras afuera el día está empezando a levantar pólenes y la radio, de fondo, ameniza con inclemencias la mañana, escuchando a Keith Jarrett en Colonia a un volumen muy discreto, a punto de salir al trabajo. Me escandaliza a veces mi promiscuidad verbal. De verdad que no lo hago por molestar. Es que hay veces en que me duele la realidad y no sé cómo atajar el dolor. No tengo otra cosa a mano. Tendré que ir pensando muy seriamente en el destino de mi escritura. De momento, la ejerzo a destajo. 

18.4.24

Del desorden y la herida / Una novela de nuestro tiempo

 



1

A la literatura hay que ponerle obstáculos, zancadillas sintácticas y morales , traiciones semánticas y anímicas. La literatura merece el menor y el mayor de los respetos. Caso de mirarla con la devoción y la obediencia debida, le hacemos un mal irreparable. La letra, si herida, fluye mejor. La trama, cuando es tangible y vive, exige un cuerpo y se deja morder y hasta sacrifica su parte más endeble, la primera en caer. La palabra, cuando enferma, explica mejor el mundo. Es suyo el destrozo, también la resurrección. La paradoja consiste en el hecho mismo de su fragilidad. No le conviene un status excesivamente firme, sólido, convincente. Le agradan los cambios, las mentiras, el pensamiento salvaje. Escribir es una patología, un tumor dulce, una entrada para asistir al espectáculo del mundo desde el balcón más privilegiado. Para que una novela dure más allá del tiempo que se encomienda a su lectura debe abastecerse de vida, de verdad, de esperanza. Del desorden y la herida (Talentura, 2024) la primera de Salva Robles, cuenta con ellas, sabe administrar lo hermoso y lo gris que cada una tutela en su acostumbrado interior. También es la novela del dolor. Se le oye respirar, se advierte su pulso enfermo, el vértigo de su metástasis. No hay que precaverse contra él: hará su trabajo de despiece con premiosa lentitud o preferirá herramientas más drásticas y nos romperá sin que apreciemos su presencia. Si leer es comprenderse a uno mismo y uno está hecho de dolor (de vida, de verdad, de esperanza), esta novela merece ser leída. Más que eso: lo que probablemente desea, si es que las novelas hablan con sus lectores como alguna vez todos los buenos lectores hemos pensado, es que la guardemos, que su historia nos cale y surja cuando se precise, que podamos contar con ella en la zozobra, en la deriva, en la alegría, en la rutina. Cualquier circunstancia valdría para que la hagamos emerger. Hay novelas que no acaban nunca. Siempre me gustó esa frase. Será de alguien. De tan buena que es, ni por mía la tengo. 


"Para follar los puedo tener a todos, claro"


(Marta)


2

Se prefiere no saber del dolor, desoírlo, si nos afecta. El ajeno, el que no nos incumbe, lo observamos a distancia, nos sabemos a salvo, lo creemos un acto impostado. A lo que asistimos es a una representación suya. La buena literatura logra que todo lo humano nos concierna. Leemos como si fuese de nosotros de quienes se habla. La trama es nuestra trama. Hay lecturas de una intensidad a la que no alcanza la vida. Del desorden y la herida, la (lo registro ahora y lo haré más veces, las que se precisen) asombrosa novela de Salva Robles, es un espejo para quien desee mirarse adrede, con intención quirúrgica, con precisa vocación entomológica, como si se sintiera capaz de extirpar el tumor que lo rompe adentro y buscase con afán los rotos para aplicarles el remedio que los enmiende. No están al alcance, nunca lo están. Si cuesta dar con ellos, más válidos parecerán. Todo lo que exige sacrificio se aprecia más. La vida nos curte con insólita saña a veces. Las vidas que pueblan esta novela coral son tristes y pugnan por zafarse de esa tristeza, son solitarias y anhelan que se las busque para deshacer la soledad, están insatisfechas y se obcecan en procurarse la satisfacción que los ignora. Gema, Samuel, Luismi, Pedro y Marta, en lo que Salva Robles les hace decir, en lo que se calla para que el lector sea un observador afectado y se acerque a uno o a otro, son gente de nuestro tiempo, debemos conocer a muchos que se les parezcan, quizá nos sintamos tan concernidos en lo que viven que se crea estar leyendo algo propio, como si de nosotros mismos fuese el inventario de pesares y de deseos, de circunstancias terribles y de dolores hondos, que esos personajes padecen. Hay mucho padecimiento en Del desorden y la herida. También una honestidad tan sobrecogedora que cuesta pensar que la ha escrito un autor primerizo. Da al dolor una acepción terapéutica, hace que intimar con él sea un bálsamo, un refugio, un asidero, una brújula. Tan sólo por ese hallazgo estilístico, el de no caer en el tremendismo, el de contar sin prejuicios hacia lo contado, valdría la pena el elogio a la literatura contenida en el Del desorden y la herida, novela de verdades aplazadas y de mentiras que las reemplazan, de arrebatador sentido de la prudencia y, al tiempo, lúcida en su descenso al infierno de algunas vidas tan parecidas a las de cualquiera, tan lejanas y tan nuestras. Para construir con verosimilitud toda esa eclosión de emociones, Salva Robles se arroga la elocución de todos los personajes en la prodigiosa segunda parte de la historia, narrando en delicada tercera y omnímoda persona la primera y en la muy breve que cierra el libro. El autor, un demiurgo consciente de la responsabilidad de revelar la intimidad de sus criaturas, muta en ellas, revela cuanto de él se subsume en ellas, se da por concernido cuando esos personajes exhiben sus rotos, que serán previstos, a los que se mira con desde la confortabilidad que provee la ficción, pero a los que concedemos la atención más cercana, el puro asombro, toda la ternura y todo el miedo que nuestro espíritu sepa ofrecer. El resultado de ese procedimiento narrativo es admirable. Qué bien ensamblado está todo. No hay nada que invite a pensar en algún descuido narrativo. Lo que de verdad sucede en el relato es la vida. "Porque no existe esa vida mejor. Esta es la única vida posible", cita de Coetzee con la que Salva Robles abre su novela. 

"Hay días de propagación y en ellos no percibes que suceda nada o, al menos, nada relevante; y hay días descarrilamiento en los que todo se altera y hasta se para, igual que aquel día en el que empezó esto". 

(Samuel)

3

La literatura progresa en la misma medida en que se nubla. No avanza linealmente. A pesar de que las evidencias den idea de una sucesión o de un progreso, lo que hace es desdecirse, recular, volver antojadizamente atrás y luego plantarse en el presente o bosquejar, eso le agrada, el futuro, que es la verdadera zona de confort de cualquiera que se duela de vivir o de leer las vidas ajenas y confíe (ciegamente a veces) en la providencia, en la promiscua benevolencia de lo que está por ocurrir, de todo lo que se ignora y, en esa ignorancia bendita, adoramos. El de la literatura es un territorio muy poco traducible a la lógica del espacio o la del tiempo En cierto sentido (lo pienso todo ahora) las palabras adquieren trascendencia (vigor, pulso, futuro) cuando desobedecen las reglas del juego y formulan reglas nuevas o las censuran todas. Las mejores novelas son las que hacen peligrar la estabilidad mental de quien las lee. Las que malogran las previsiones. Las que duelen nada más abrirlas. Es el dolor el que lee, no nosotros. Es el estupor de sentirnos tiernos o de sentirnos débiles. Quién habrá por ahí que sabe tanto de mí, pensamos. El escritor es un francotirador amable, uno que no se para a pensar en el daño que hace sino en la felicidad que le produce disparar a ciegas. No es un abatir sin motivo. Ni siquiera las lesiones que causa son irreversibles. Leer a Salva Robles es exponernos a que se nos derribe. Se lo pasa uno tan bien siendo el blanco que hasta se envalentona y levanta la mano: aquí estoy, no te olvides de mí. Es ese lector valiente el que demanda al autor arriesgado. Del desorden y la herida es riesgo puro. Mucho de ella podría haber caído en desgracia si otra manera de sentir y de escribir las hubiesen acometido. Exhuma verdad la de Salva Robles. Sin ella, sin su comparecencia delicada, tendríamos un libro más, otra novela sobre la sociedad difícil que nos ha tocado vivir, algún documentado retrato sin hondura ni cercanía. 

"Todo interior merece un pozo"

(Pedro)

4

Son fantasmas Gema, Pedro, Luismi, Marta o Samuel. Fatigan la vigilia, pero están en un sueño. Caminan entre los que caminan, pero no avanzan. A tientas, con ciega obediencia, cumplen el recado de la realidad, pero no están en ella, la ocupan desde afuera. Como espectadores. Como autómatas. Cansados, perplejos, incapaces, los cinco son multitud, son legión, son el mundo. El miedo a la verdad los lastima más que el miedo mismo. "El presente es un auténtico festín de ese fracaso". Del futuro no saben nada, quién sabrá. El pasado es un fardo y tienen las espaldas frágiles. El desorden del título es una extensión de la herida que lo acompaña. Para que el orden suceda, se dicen las cosas con enternecedora o brusca o hueca sinceridad. Se les oye hablar sin que abran la boca. Cuanto piensan, a poco que se esmeran en dar con las palabras exactas, les hace obligarse a pensar más. De esa febril actividad, en ese monólogo interior, Salva Robles escoge las partes trascendentes (los vaivenes del corazón, el derrumbamiento del ánimo, la leve insistencia de la esperanza) y hace emerger sin que se descomponga el conjunto las en apariencia irrelevantes (llevo el mismo vestido que en nuestra segunda cita, unas referencias al Joker o al cierre de El guardián en el centeno o al Heisenberg que llevaba dentro Walter White, estados del Whatsapp), pero no deben contemplarse con ligereza: no hay nada que no converja hacia un punto de absoluta dureza, uno que parece guiar toda la novela: el de la incomunicación, el de las pérdidas irreparables, el de la voluntad herida y más tarde vencida por los rigores de la existencia. Y cómo se ensaña con todos ellos, con qué dureza los zarandea, qué artera y cumplidora es su cabeza mezquina y ciega. 


"Pues no, la soledad no la elegimos"

(Luismi)

5

Este lector agradecido quiere hacer valer un mérito en la confección de esta novela, uno enteramente atribuible al pulcro dominio de un estilo. Se aprecia de modo consistente en los diálogos, que ocupan un extenso territorio en la historia narrada. Quien se ha atrevido a formularlos sabe qué difíciles son y cómo su desatención o su fracaso pueden malograr las bondades del resto del paisaje. Es una novela dialogada, plural en todas las voces que la atraviesan, coherente y resistuosamente integrados. Del desorden y la herida habla de bullying, de infidelidades, de lejanías, de tristeza y de resurrecciones. Siendo una novela tan tangible, de peso narrativo limpio y honesto, es turbia, también necesaria. Su lugar es el del ahora; su porvenir, el de ciertos clásicos que resisten el tráfago de las épocas y se conminan a perdurar. Los personajes que la pueblan, no muchos, prodigiosamente volcados, tiemblan cuando la vida los conmueve o los hiere y nos hacen temblar por idénticas circunstancias. Se tiene de lo leído la idea de que nos va a acompañar, incorporado a nuestra identidad, concernidos como lectores a extraerlos de su letargo cuando la realidad los nombre. Y la novela no acaba nunca. Ni nosotros tendremos gobierno sobre cómo aparecerá tras haberla olvidado como se olvidan las cosas y unas reemplazan a otras hasta que algo extraordinario las hace regresar, hacernos pensar, hacernos aprender a vivir.

"Y entonces volar. Esto quiero"

(Gema)








El ojo

 El ojo  He aquí la claridad primera del día,  la limpieza novicia de la mañana,  el fulgor soberano de los colores.  El azul en su carro de...