30.4.23

El día del Jazz



El jazz es un trozo del corazón de quien lo escucha.

También una parte de su memoria, una en la que algunos de los recuerdos que atesora tienen jazz de fondo.

El jazz tiene el don de la fiebre y también la esencia de su bálsamo.

A veces el jazz es un tren a pique de descarrilar que logra enderezar su vigor centrífugo y retoma con dulzura la senda o un martillo sublime, inspirado y elocuente, que golpea una tela de seda hasta que el metal muta en seda y se produce la transustanciación de los cuerpos y son uno.

A veces un refugio o una caricia o un templo.

Al jazz se le encomienda esa alquimia, esa liturgia.

Nunca se arredra, no tiene flaqueza en el ánimo, restituye con el arresto exacto lo que se le exige, no duda, ni se esconde, abandona el trayecto que se le asigna, parece perderse en digresiones y en atajos y regresa a la columna melódica sobre la que se iza y brilla.

Se ama el jazz por lo que no cuenta.

A diferencia de otros registros, el jazz circunvala la información: la esquiva, la retuerce, la esconde, la elimina, la rescata y, al final, rinde cuentas de su esplendor.

Importa el merodeo, la comisión de ese impulso puro de belleza.

El músico regala la melodía principal, nos declara solventes para retener, al menos, unas líneas tarareables, un asidero fiable, pero después renuncia a la formalidad, se declara libre y avanza (a trompicones, a capricho de su genio, sin vacilaciones) sobre una mullida alfombra.

Los músicos de jazz, incluso los que han logrado un óptimo estado de ensamblaje sonoro, van siempre por libre: realizan piruetas melódicas que amenazan el derribo absoluto de la pieza, crean ilusiones mentales en las que uno sabe con más o menos certeza de qué lugar partió pero desconoce enteramente al lugar al que le dirigen.

No es importante ese matiz, no del todo, al memos.

En algunos casos hasta podemos encontrar piezas sin nexo con la realidad: limbos, estadios intermedios entre dos diferentes grados de belleza, el dominio de la creatividad sobre la rutina, la evidencia de que la música es infinita y nuestra capacidad de asombro inasequible.

Un disco de jazz, bien escuchado, atendiendo a todas las capas de sonidos que ofrece, puede ser inagotable.

Al modo en que el feligrés se ofrece al dios que lo observa en la homilía, la escucha del jazz es también una comunión, una a la que la razón no puede rebajarla al lenguaje que le es propio, una religión con todas las instrucciones de uso, incluso las paganas.

El jazz es una ventana que invita a todos los paisajes.

El jazz es el triunfo del espíritu, la gloria del corazón cuando tiene conciencia de sí mismo


Siempre es un texto a reformar, le hago un traje nuevo cada vez que lo busco. Hoy es el día más apropiado

29.4.23

Nuevo perpetuum mobile

 



Todos los solitarios del mundo son fantasmas anticipados. 

La pértiga describe la locuacidad del ojo.

El poeta es el cartógrafo del alma.

Un poeta conoce la longitud del éter. 

El teólogo es un novelista del aire. 

Todos los feligreses son, en el fondo, teólogos novatos. 

Dios es el crononauta favorito de todos los novelistas de ciencia-ficción. A Dios se le reserva siempre el papel principal de todas las tramas cósmicas. Dios es el creador de la más hermosa narrativa preternatural. 

Dios es ágrafo. 

Dios cuenta las sílabas de un poema infinito. 

Dios sueña todavía. 

El escritor siempre fornica con su prosa.

El lector es un voyeur. 

No hay actividad más privada que leer. 

Leer es traducir. 

El náufrago escribe monólogos de alga.

La fatalidad carece de efemérides.

El azar escribe renglones torcidos para lectores perezosos. 

La fortuna es el numen.

Lo dijo Shakespeare o su negro: desconfía el viejo del joven porque ya lo fue

El pecador es el que oye que alguien le acusa de sus pecados. El que delinque es laico; el que peca, no.

Cioran gemía, tumbado en su sofá, esperando que los lamentos le abriesen los poros y le entrara a tropel el conocimiento. 

Kim Novak apareció anoche en un tramo irrelevante de un sueño mío muy huidizo. Hoy me duele Kim Novak en los ojos y tengo la mirada como perdida y la cabeza a ratos me descabalga de la realidad y me empuja, alucinada, al sueño que no retuve. 

Me duele Hitchcock a la altura de todas sus rubias.

Todos estos años de cómplice matrimonio con el aire y cuesta todavía meterlo entero en el pecho y sentirlo estallar dentro. 

Puede suceder que en unos años la vida vaya en serio y tengamos que armarnos finalmente de valor para andar con firmeza. 

Cómo echo de menos que Gil de Biedma, en estos tiempos de zozobra y de vértigo, nos contase qué pasa. Hace falta que nos lo cuenten bien, en todo caso.

Lo peor es perder tan miserablemente el tiempo y acabar descubriendo que hemos gastado los años y todavía nadie nos haya dicho qué bien planchada llevas el alma. 

El alma no hay quién la entienda. Hay que echarla a los perros. Que se la coman entera.

A veces vivir conduce a irnos queriendo mucho, a entender los retos, a domiciliar en la memoria piezas de un sueño, historias recientes de amores imposibles y de pasiones evitables, desmayos a última hora de la tarde frente a un disco de Sarah Vaughan, besos muy logrados tras años de fatigado oficio. 

Me quiero mucho.

Todo el amor que yo puedo sentir cabe en un verso de Pessoa, pero no de los tristes, no de los que te hunden, no de todos esos versos de Pessoa que huelen a papel antiguo.

En verdad fuimos hermosos, pero la belleza ya no es útil. No sabemos qué es útil. La belleza, a veces, no basta.

Ha llegado la hora mineral, la gran hora sin maquinaria que somete el azar a un pulso siniestro, que comete imprudencias del tamaño de un corazón sin amarre, que escribe convulsos versos de amor con menuda caligrafía de principiante. Ha llegado el corazón más humano a conveniencia del que escribe, varado en la trágica evidencia de estar perdiendo la inspiración a medida que se acaba la batería del portátil. 

Ha llegado la hora de escribir las grandes palabras. Creemos que las grandes palabras están en las obras de la religión, pero hay grandes palabras en los juegos de los niños, en las canciones de pop más livianas, en lo que decimos cuando alguien nos saluda o nos pide que le confiemos un secreto.

Donde la noche nos habita. donde las palabras declinan oscuros favores y erigen inmensos páramos, lugares para el abandono, jardínes que sólo holla el viento. 

Los poemas de los quince años vuelven. Sería incapaz de escribir uno ahora. No lo considero ni mío. Ni esto que escribo, una vez lo termino y el editor lo registra, me pertenece siquiera. Toda la literatura es anónima. El que la escribe, al leerla, la cree ajena.

Me encanta buscar en el diccionario el léxico de mi fracaso. Páginas enteras. Palabras mías. Historias que no imagino en otros.

Afuera todo se abisma y concluye. 

La fragilidad de las cosas. 

La posición de los astros. 

El peso de la cordura.

Triste andamiaje de los años, travesía sin término, espejo inocente, la herrumbre secreta, el insomnio tan urdido. 

Me duele el pecho. Se me abomba el pecho. Parezco John Hurt en el Nostromo.

Los años ocultan siempre la verdad. Algunos la ocultan con más oficio. Otros no se manejan en estas frivolidades y se advierte la siniestra trama en los meses bisiestos.

Bien está contar con un biógrafo propio, uno que constate el vértigo de haber vivido, uno que argumente la miseria y la gloria y dé crédito a los placeres depositados como memoria festiva, en su costra. Óxido en júbilo. Unos versos de Leopoldo Panero (otra vez) anoche. 

Nunca me ha pasado con Garcilaso de la Vega, con Kafka, con mi buen Borges, una noche de farra metafórica. 

No sé a qué este desvarío mío. Con qué propósito mi delirio lo urde.

28.4.23

Panem et circenses

 



Desde hace tiempo —exactamente desde que no tenemos a quien vender el voto—, este pueblo ha perdido su interés por la política, y si antes concedía mandos, haces, legiones, en fin todo, ahora deja hacer y sólo desea con avidez dos cosas: pan y juegos de circo"


Juvenal, Sátira X


El panem et circenses romano no ha desaparecido, sigue en alza, ha ocupado la cartera de muchos ministerios de educación o de cualquier otro ramo que el amable lector disponga, y, a falta de éstos, cuando ni ministerios hubo, ha servido para que los que mandaban alentaran los bajos instintos de la población, lo que la hace contentarse, no pensar en demasía en sus dificultades, en su escasez o en su tristeza. Hay países tristes. No se habla casi nunca de la tristeza: se saca a colación el hambre o la injusticia o las guerras, pero por debajo de esas pandemias está la tristeza. Si es malo que alguien esté triste, infinitamente peor es que lo esté un país entero. Juvenal, cuando acuñó la expresión del pan y el circo, no sabía hasta qué punto duraría su influencia. Muchos siglos más tarde, continúa en ejercicio, si cabe más sofisticada, casi invisible en ocasiones, como si fuese, en el fondo, sustancia de más fuste y no, como en verdad es, morralla, asunto vacuo o baladí o de magro uso.


En Roma, el pan y el circo escondía la decadencia del Imperio, su obscena inercia hacia la destrucción. En esa caída libre, alentada por la corrupción, Roma abandonó el ejercicio del gobierno, desatendió los servicios que le eran propios y enmascaró esa dejación de sus funciones con abundancia de distracciones. Si el pueblo está ocupado en divertirse, no caerá en otras consideraciones, no pedirá explicaciones a quienes los administran; en todo caso, si están bien abastecidos, agradecerán los excesos festivos y, cuando decaigan o falten, sólo se preocuparán en exigir que se restituyan o se les dé el predicamento social que antaño. En España, que es una plaza romana todavía, tenemos nuestro ocio bien cubierto, se tiene a la población contenta, ocupada en salir a las calles y festejar lo primero que se les ocurra. No creo que haya pueblo con más entusiasmo en la celebración de las gestas de sus ciudadanos o en las conmemoraciones y agasajos por sus santos o por sus héroes. Lo que se patrocina es el trigo gratis de los emperadores, la ilusión de que se nos proporciona cierto bienestar, la ficción de que somos felices. No hay político que no guarde ese as en la manga, todos (unos con más disimulo, otros con descaro) tienen uno con el que contrarrestar una actuación errática o fallida o un despropósito.


Por otro lado, qué hay de malo en que el pueblo se divierta, puede pensar uno; qué inconveniente esgrimir adentro para disuadirnos de la fiesta. Nos debería agradar más el bienestar que su celebración: si hubiese que elegir entre ambos, aquí nos inclinamos por la jarana, queremos ese temblor pagano, lo que nos estimula y conforta es la restitución obscena de ese festín. De los romanos, aparte de las calzadas, el bendito idioma o la arquitectura, heredamos la necesidad del festejo, la etilidad, la carnalidad, las apetencias lúbricas y las culinarias. No es baladí esa delirante oferta de placeres. Lo nuestro, por inercia ancestral, es no desatenderlos, darles cobijo, alentarlos, procurar que irrumpan sin que encuentren obstáculo ni reprobación. Del circo estimamos su absoluta impudicia. Lo que nos provee es una cancelación brusca de la realidad: la suple con los excesos más barrocos, el no va más. Andamos del circo a la vida y de la vida al circo. Entramos a una fiesta y salimos de ella con la vehemencia del abastecido, con la certeza de que hemos venido a este mundo a disfrutar y con la certeza de que habrá otra fiesta a la que nos invitarán. El valle de lágrimas es un slogan pesimista. 


El estado natural es la comedia, no el drama, queremos decirnos, tratamos de convencernos. De ahí que nos divierta tantísimo y sea motivo de gracia recurrente lo que a veces únicamente debiera provocarnos perplejidad o incluso cierta sana rebeldía.  A los políticos se les perdonan esos humanos pecados: no debe ser de otra manera cuando se les da tan repetidamente la confianza en las sagradas urnas. Está por venir un escrutinio de nuevas autoridades. Ya se les ve alardear de palabras. Son apasionados en eso. Que las palabras contenga verdades y podamos más tarde ver su tangible depósito en las calles y en las casas, en la economía y en las libertades, parece a veces imposible. Aquí, en general, se saca chanza de lo terrible y pasamos página. Entre elegir votar o no hacerlo, no debería haber duda. Hay que ir, hay que manifestar el alborozo y la confianza en los propios (quien los tenga) para que los que no despiertan esa simpatía (afinidad, militancia en casos más apasionados) no detenten luego las sillas de los consejos. Desde Juvenal, hemos perdido el interés en la política, lo cual es una forma de decir que hemos abandonado cualquier deseo de que se nos respete. 

27.4.23

Aquí hay dragones



Aventurarse es siempre un riesgo, un vértigo. La decisión fluctúa entre el vértigo exterior y el interior. De la primera teníamos experiencia, no siempre buena, pero hecha costumbre, hábito adquirido. De la segunda prevalece la idea de la ignorancia. No había propiedad de esa circunstancia, ni manejo fiable. Ha cambiado la cartografía, nos han extirpado esa extensión del espíritu. Estar a salvo, en casa, es el mandamiento primordial, pero tampoco tenemos instrucciones de eso ni en esa intimidad se asegura cobijo. Afuera hay dragones. De la casa prevalece su atributo más razonable, siempre lo tuvo, el de servir de cobijo ante la adversidad o ante el destrozo de exponerse extramuros suya, en la jungla del asfalto, en la hondura del bosque. 


Ahí están las criaturas del mal. Hic sunt dracones: aquí hay dragones. En la antigüedad, se usaban monstruos a los que temer para cartografiar los territorios nuevos o sin explorar. Era la advertencia a navegantes. En cuanto salgamos, nosotros seremos los navegantes. Habrá dragones. Serán territorios que se nos habrán olvidado. Las bestias han emergido. No son las conocidas. Tienen otro perfil, carecen de volumen, ningún sentido las percibe, tan sólo apreciamos la devastación que causan. Hasta entra en lo posible que los dragones hayan hecho plaza en casa, los tengamos sin que se tenga noticia de ellos. Nos invaden con sibilina y artera eficacia. El aire está corrompido. Las palabras, incluso las más nobles, no combaten el miedo. 


Contra la idea de que el dragón es criatura de índole fantástica está la que lo adhiere al rigor de lo real y se inmiscuye con arrebatadora diligencia en la realidad, ya que cuenta con la virtud de mutar en cualquier otra especie con la que trabe alguna afinidad moral, por irrelevante o fugaz que sea. Esta mutación no se constata por mecanismos empíricos: paradójicamente se da con más entero entusiasmo en el plano de lo metaforizado. Es fama que el dragón fue un dios en los tiempos en que los dioses eran reprobados por el hombre, aunque se ganó el afecto o procuró el miedo de emperadores y sacerdotes y encontró un altar en los templos. Aparecen en todas las culturas, se representa en todas las épocas. Se le ofrecían corderos y, en sociedades de más atávico temor, el exvoto era humano.


 Hay menciones que lo describen con cien cabezas y hasta la que le fija una apreciativamente humana. El agua en la que concedía aliviar su sed tornaba veneno tras hocicar en ella, el aire el derredor suyo ardía insoportablemente, la noche se cernía con mayor aplomo y presteza cuando batallaba contra algún ser que rivalizara con él en cólera pura, por lo que se le confinó en el sueño de una de las meretrices del palacio en donde, con extremo empeño y fortuna, por temor a que se extraviara y causara el caos, había sido recluido. 


Cuando se le atribuyen cualidades humanas, el dragón torna en siniestro su, salvo que se le violente, acostumbrado plácido gesto y se deleita en hacer que arda el viento y se corrompa la carne. Abundante narrativa heroica advierte que es inmortal, aunque se le pueda dar muerte con la prosperidad del acero. Una vez que su corazón se detiene, el cielo se quiebra en nubes, la sombra censura la luz y, en esa oscuridad anterior al tiempo y al espacio, el dragón susurra en un sortilegio una palabra que lo anima y lo devuelve a la vida. Es secreta esa palabra y duele el corazón humano cuando la escucha. 


Hay quien entiende que todas estas leyendas son intrascendentes y únicamente ocupan los miedos de los niños y quien otea el horizonte por si entrevé la ominosa presencia de la bestia. Es privilegio de algunos poetas escuchar su voz cuando alguien deja este mundo y su alma comienza a abandonar el cuerpo. No siendo transcribible su idioma, se cree que encomiendan al espíritu del finado que vague por la tierra convertido en caballo o en rana o en pez de colores hasta que la fatiga de esa vida agradezca la posibilidad de morir definitivamente y no dejar huella alguna en la tierra. 


Los vikingos recrean un dragón en su escudo, pero no conocen la literatura ancestral de esa deidad a la que confían la salvación de su alma. Ya no abundan los dragones. Quien posee fino oído para las maquinaciones de la materia, intuyen su presencia en animales insignificantes: en insectos que se demoran en una rama de olivo, en perros que ladran cuando los baña la luna de agosto. Obran con esa timidez porque están cansados o porque nada de lo que les circunda los hace felices.


Quien niega la existencia de los dragones suele acabar devorado por uno. Los impuros de espíritu tutelan uno en su interior que acaba por imponer su materia maligna y ocupa todos los actos del que lo  transporta. Los que condescienden a creer no les temen, carecen de horror primario a lo preternatural ni precisan contentar al monstruo con sacrificios de ninguna especie. La presencia de una mujer, princesa si es posible, atada a un poste para que el monstruo la despiece es la imagen terrible y perdurable del destino del dragón, por lo demás, también terrible. Se lee en libros rigurosos que no fue la espada de San Jorge de Capadocia, llamada Ascalón, como el avión que transportaba a Churchill, la que ajustició a la bestia, sino el tumulto de lugareños envalentonados. Su sangre, al verterse, hizo que de la tierra brotasen rosas de un rojo insoportable. A veces pueblo vence a sus monstruos sin la injerencia de un héroe. Van quedado pocos. Como dragones.

26.4.23

La coz dulce



 



Hay algunos datos fiables que contribuyen al engrandecimiento épico de la figura de Tom Waits. Otros lo agrietan, lo empequeñecen, lo revisten de esa rutina de lo ordinario y de lo muy visto que vale para cualquier hijo de vecino. Basta un biógrafo exhaustivo, caído ante la altura del mito pero en posesión de material contrastado sobre la vida del cantante para consentir cierto relajamiento en el idilio con ese malditismo que siempre le rodeó. Lo nació su madre en el asiento trasero de un taxi. De ahí en adelante, el viaje fue la norma de su existencia. Uno interior, que puede reemplazarse con todos los que han visto en alguna ocasión las babas del diablo. Otro, más estandarizado, exterior, conformado por las exigencias de un mundo al que, inevitablemente, debía plegarse, considerarse un miembro más, hacer que todo funcionara como si de verdad pudiese entenderse en su compleja extensión. Hay una prótesis sobre el pasado de la bestia que se puede extraer del miembro y exhibir en circos y en galerías de arte moderno, según convenga. Es la leyenda del bourbon contra los efectos balsámicos del té, es el binomio ya conocido: madre religiosa radical y padre alcohólico absoluto. Es el corazón en continuo júbilo creativo en los bares mugrientos contra el confort del nuevo status burgués ganado a pulso y convertido en cura tóxica. Es el combate que el crápula ha perdido contra el integrado. Detrás de estas inconveniencias biográficas, que no están en modo alguno diseñadas para hacer ganar estatura narrativa al biografiado, está su mujer, Kathleen Brennan, dramaturga, elegida por Coppola para algunas cosas de los ochenta, que lo mantiene a raya, que lo asesora sobre qué debe cantar y a quién debe votar, sin ese bendito don de la ebriedad que le sacó del alma quebrada las piezas maestras de antaño. No es fácil custodiar la memoria de este hombre: se deja escoltar por malas compañías, bebe a morro, escucha música diabólica, tiene cara de partirte la tuya.


Barney Hoskyns acometió la hazaña de escrutar los signos del vagabundo Waits: los compiló, los hilvanó, esmeró la caligrafía obscena de los años con grumos del poeta salvaje y sacó al mercado un libro. Acaba de salir: La coz cantante: Biografía en dos actos. Lo edita Global Rhythm, tiene más de cuatrocientas páginas y sale por unos treinta euros. Hoskyns ha estado dos años husmeando en el sotano, registrando cajas abandonadas, cerrando bares favoritos del mito. Airea que Tom Waits es un tipo muy celoso de lo suyo: ya tenemos el personaje así que vamos a dejar en paz al hombre. "Una canción debe tener su propio sistema nervioso: la melodía es como el humo, el ritmo son las toses". Sabemos, a lo que ahora se lee en las reseñas periodísticas que provoca el libro de Hoskyns" que Waits guarda en el frigorífico un martillo, un bote de alcachofas y otro de pegamento. Sabemos que su voz orgánica no proviene del abuso de los licores de Tennessee sino de un catarro mal curado. Sabemos fue camarero y conductor de camiones de helados y que vendió aspiradores. Datos. Luego vino Bukowski al que agradece que le haya proporcionado la melodía de su vida, aunque tampoco lo bendijo: le quedaba corto el personaje. 


La melodía es como el humo. El ritmo son las toses. Tom Waits tose, ruge, distorsiona el registro aceptable de una voz entendible. Pero la voz de Waits no precisa que se la entienda: es un instrumento al que ocasionalmente le añadimos el extra de las palabras, que dan un sentido mayor y agrandan (y cómo) el mensaje. Lo que Tom Waits canta es un lamento. Blues al que incorpora ramalazos conscientes y vividos de opereta o de cabaret o del primer rock antes de que se enfangara con las existencias del mercado. No tengo ningún disco favorito de Tom Waits: la etapa primera, cuando estaba ebrio y parecía un perro apaleado, es formidable. La siguiente es igual de abrupta y está calada hasta los huesos con el mismo catecismo de dolores y de aullidos. A mí me parece uno de los tipos más originales que ha parido el siglo XX. Con independencia de que haga música o de que escriba sonetos o de que se crea Van Gogh y contemple sus canciones como paletadas de colores, ricas emanaciones cromáticas para combatir el gris que impera en el aire. 



La circunstancia disuasoria no existe: ayer acometí de nuevo (cuántas veces ya) la escucha de un disco de Waits (Rain dogs, 1985). Lo introduje en la bandeja del CD y me apoltroné en el sillón, mirando el cielo a través de la ventana. No sé en qué momento sentí la necesidad de apagarlo. Me aturdía la crudeza, por decirlo de alguna manera. Sentí (lo he sentido en más ocasiones) que el arrullo del amigo Waits era contraproducente, me hería, me dejaba tocado, ahí en el sillón, que Tom Waits debía dosificarse, guardarse para ocasiones en que no ande uno muy tocado, pero por otra parte, he aquí tal vez la parte más jugosa, permanecí en esa voluntad de dejarme impregnar y llegó un momento (Hang down your head o Time, muy a la mitad de la obra) en que todo fluyó con absoluto confort, era yo el izado, el conmovido, el transportado con mucho mimo hacia un territorio que no esperaba y en el que me sentí agasajado, conmovido. El de Tom Waits ayer, a media tarde, fue una coz dulce, un dolor necesario. Es el vagabundo reconvertido en algo parecido a un señor que ya no se mueve por la mugre, ni se casca el corazón en garitos de mala muerte, antes de que el sol le indique el camino de regreso a casa. Ahora recordará la época en que recorría el desierto de Arizona a dedo, cuando inventaba canciones sobre el dolor, plegarias rudas, de escaso afecto por la armonía, pero arrebatadoramente íntimas, sacadas del fondo de un derrotado, aireadas con el viento favorable de todos los perdedores. Se me ocurre que no cante, que no sean canciones lo que nos ha ido dejando, sino recitados de alguna religión periférica, más ocupada por pecadores que por santos, inclinada a reverenciar el humo, las toses, todo ese veneno del alma. Queda en replicante tumultuoso de sí mismo, en una especie de heraldo de un paraíso abandonado, más que perdido. Ya no se estila ese recorrer la noche como si el día apestara. Ahora todo está embadurnado con la misma mediocre paleta de colores. 

24.4.23

La soledad y las luciérnagas


Un estado extremo de cansancio depara una resaca extrema. Se padece hasta que un nuevo cansancio la clausura. Hay quien no tiene días libres entre cansancio y resaca, quien no sufre las idas ni las venidas, el viaje entre un dolor y otro. No es fácil que no se aprecie el roto. Se aplican a veces más medios en esconderlos que en sanarlos. Lo que importa es la apariencia, no la verdad. En donde nos esmeramos es en lo que se puede percibir a simple vista. Desatendemos el interior. Solo vamos de un cansancio a otro cansancio. Solo los interrumpe la resaca. No conviene enseñarse uno cuando está de resaca. Ni cuando se está muy cansado. De verdad que hay días que piden no pisar la calle, estar a recaudo, no dejarse ver, ni ver tampoco a nadie, como si no hubiese nada más en el mundo o nada que hubiese en el mundo mereciese que nosotros la viésemos, lo sintiéramos cerca y hasta nuestro. Pero eso fue ayer. El hoy es otro. Ahora el cansancio es distinto, la resaca es distinta. Luego está el vacío. No saber cómo ocuparlo. El problema del mundo es que no sabe qué hacer con el vacío. Hay en Japón un ministerio de la soledad. Pronto habrá gabinetes psicológicos en todos los grandes almacenes para vender la terapia contra ella. Se podrá pagar a plazos. Estamos solos, aunque un tumulto de gente nos rodee. Cuanta más gente, una soledad mayor. La conclusión no es esperanzadora: la soledad se lo comerá todo, el hombre acabará enfrentado finalmente al aplazado espejo al que ha evitado mirarse. Habrá unos pocos a salvo del desquicio de la contemplación. Se han visto muchas veces, han aprendido a sobrellevar el roto, los muchos rotos que la cara exhiba. Debajo de la cara, el alma. Al alma se le ha dado siempre una consideración alta, pero no se ha acotado su influjo, dado pautas para que sepamos congraciarnos con ella, trasegar con sus cosas, aplicarnos para que no se nos encrespa y aturda. Tal vez haga falta un ministerio mistérico, una especie de negociado metafísico. Tendremos que leer filosofía, tendremos que aprender a hacernos de nuevo las grandes preguntas, tendremos que bosquejar otra vez las grandes respuestas. Estarán dentro, no me imagino que haya que ir muy lejos para dar con ellas. Las tenemos en el interior, pero las hemos ido dando menoscabo, apartándolas ante la comisión de algún placer de la carne o algún beneficio de la sangre. La historia entera de las civilizaciones está trazada con esta idea: la del hombre inventando cosas para no sentirse solo, ni aburrido, ni triste. Schopenhauer dijo que la religión y las luciérnagas tienen de parecido que ambas precisan de la oscuridad para reinar. Hay días de mucho Schopenhauer. Días de luciérnaga ciega y cruda. La religión es una resaca dulce. La vida es un recurso con sus limites, no dura para siempre, hasta dura poco a veces. 

22.4.23

Sobre los libros

 


                                                  Ilustración de autor  desconocido 

UNA HISTORIA FUTURA


Por fortuna hay más libros que ratas o que pulgas o que hojas en los árboles o que chuscos en el campo. La suma de todas las nubes que han cubierto la bóveda del cielo desde que hubo cielo y hubo nubes no rivaliza con el número de libros que hay bajo ese cielo y esas nubes. 


En las casas abundan más los libros que cualquier otro objeto, incluyendo tenedores, latas de cerveza, botellas de leche, zapatos o macetas. 


Hay más bibliotecas que tiendas de moda o que semáforos o que tabernas. La suma de todos los vehículos a motor desperdigados por el mundo no rivaliza con el de librerías. 


Hay más escritores que usuarios de plataformas digitales o de eventos deportivos y los lectores igualan al de escritores. 


No hay lector que no ejerza la escritura. Ninguno que no desee editar a otros escritores. La edición es el honor mayor. Se tiende a que cada escritor edite sus propias obras. Hay escritores traducidos a todos los idiomas del mundo. Los que no han alcanzado esa difusión es por no haber encontrado traductores que les satisfagan enteramente. 


Un traductor puede ser, al tiempo, escritor y editor, sin menoscabo de su primera vocación, que es la de lector. No hay concursos literarios: nadie debe competir para que su creatividad literaria tenga el refrendo de un libro que la aloje y difunda. 


En las escuelas públicas no se dividen los tramos horarios en áreas. Hay un único tramo que responde al nombre de Lectura. En él cabe la pedagogía de la escritura, que es siempre insatisfactoria, pero imprescindible, y hasta de la edición o de la traducción. El rango primario de la enseñanza, en párvula edad, y el más avanzado, en el universitario, coinciden en único programa docente: la lectura. No hay hombre o mujer que no corone su instrucción educativa o lectora con un doctorado, nadie que no albergue la secreta esperanza de merecer la tutoría de un aula en la que verter su amor a los libros ni quien sienta la gratitud más honda al pertenecer a una de esas aulas. 


Ese hecho incontestable, el de aplicarse únicamente en la lectura voraz, no afecta a que se fomenten oficios del todo fundamentales como la medicina, la arquitectura, la abogacía o la construcción. Panaderos, agricultores, camareros y oficinistas ocupan orgullosamente puestos de importancia en la sociedad. Todos ejercen en la intimidad la labor literaria. 


El oficio de maestro es el más prestigiado en el orbe público. Son autoridad absoluta y hay hasta quien inclina la cabeza cuando se cruza con alguno de más notoria relevancia. 


En este estado de las cosas, se entiende que  existan gobiernos que promulguen las leyes y las hagan cumplir, que administren el ejercicio de la ciudadanía y sancionen a quienes lo vulneran. No hay nadie que delinca. No hay quien no haya alcanzado un oficio que le procure sustento ni quien desee más riqueza de la derivada de su desempeño. No hay envidia ni anhelo de medro insano. Se colige que el hurto, el crimen o cualquier manifestación de la maldad humana son figuras morales del pasado, no del armonioso ahora. 


De igual modo, no se precisa el concurso de la religión. La salvación está en los libros. El paraíso tiene la forma de una biblioteca. El que titubea y propende a incurrir en conductas delictivas es invitado a que lea un libro en el que se contendrá la profilaxis de su desviación. Hay un libro para cada roto del alma. Un lector lo espera infatigablemente. 


La entera humanidad es un infinito club de lectura. Hay familias que se reúnen en la mesa del desayuno y comparten la impresión que les causó el libro con el que conciliaron el sueño. 


En las familias no hay discordia que las malogren. Son instituciones sólidas. El tiempo que no emplean en leer se encomienda al cuidado de la casa, que podría confundirse con una biblioteca si no contuviera camas, sillas, mesas o armarios, elementos secundarios, pero a los que no se ha podido o querido dar un receso en su uso o una más determinativa cancelación. 


No hay escritor que se considere más útil que otro. Todos contribuyen a un bien mayor. No existe la crítica literaria, que es una enfermedad propia de lectores resentidos o envidiosos. Hay libros proverbiales y libros de fuste menor, pero cualquiera esparce su sagrada semilla de futuro. 


Del catálogo de festividades populares se retiró el que prestigiaba al libro. En un mundo libresco no cabe un día signado para festejar la presencia del libro. Cualquier ocasión es propicia para que cundan sus virtudes. Todas, tomadas con rigor, son extensiones fiables de su presencia, emanaciones sentimentales suyas. 


AHORA


Hoy mismo, que celebramos su heroicidad y su impecable hoja de servicios al progreso de lo humano, su belleza y su inteligencia, su hondura y su peso, habrá cientos de conmemoraciones y de lecturas, pero ninguna hará lo que el mismo libro procura cuando se abre y se adentra uno en sus páginas. 

21.4.23

100 canciones / 21 / European female, The Stranglers, 1983




Hay canciones secretas dentro de algunos discos perdidos. No hay razón para que no estuvieran a la vista como no la hay para que de pronto se considere que deben ser rescatadas y, sin embargo, se procede con ellas con un mimo infinito y se produce esa especie de milagro que en ocasiones procura la música. De cualquier manera, siguen estando ahí adentro, secretas o expuestas, olvidadas o halladas. Hoy, al levantarme, se me vino a la cabeza sin que (una vez más) uno sepa por qué no lo hizo antes o la razón que la hará volver al lugar en donde andaba, una pieza ochentera, ninguna novedad eso. The Stranglers. Llevaba ya unos días guardándola, sin darme cuenta tal vez. No son cosas que se organicen o se piensen seriamente. No nos incumben. Somos reproductores de una voluntad ajena. Felices, no crean, pero ignorantes. A mí me hizo inmensamente dichoso durante un tiempo. Sigue produciendo esa misma placentera sensación de plenitud y de agradecimiento. 


Un amigo al que ya veo poco sostenía que los grupos duros manejaban con más maestría (y también afecto) las piezas lentas. Como si el esmero se volcara en la suavidad y la rudeza se aplicara únicamente en las partes ruidosas. Nunca me habló de The Stranglers, que es una banda punk o nacida del punk y reconvertida al rock, pero curiosamente  conocida por una delicadeza llamada Golden Brown, más que por las canciones clásicas, de poca o nula dulzura. A mí siempre me fascinó ésta. Mejores músicos que otras bandas de la época, The Stranglers no consiguieron la aureola mítica de The Jam o la pujanza icónica de Sex Pistols o la contundencia absoluta de The Clash. Su manera de hacer las cosas (sin colgar grandes éxitos, pero sin hacer una canción mala) les hizo publicar algunos discos muy buenos (La Folie o Feline, que son los dos en vinilo que yo compré) y otros más mediocres (recuerdo ahora In the night, que me resultó insulso). The european female (in celebration of) es un pequeño himno. Lo del tamaño no me ha salido a posta. Hay canciones que están agazapadas en tu cabeza, como no dejándose ver, pero que de repente prorrumpen y te ocupan un día. La tarareas, piensas en ella, cómo la escuchaste la primera vez, a quién le confiaste el hallazgo. Yo tengo a recaudo todas esas cosas. La memoria falla en otros asuntos, pero se mantiene firme en éstos.

20.4.23

En el Lehmitz

 "La gente del Café Lehmitz tenía una presencia y sinceridad de la que yo carecía. Estaba bien estar desesperado, ser tierno, sentarte solo o compartir la compañía de otros. Había mucho calidez y tolerancia en ese establecimiento ya desaparecido." 

Anders Petersen

Hasta hace poco no supe que la fotografía de la cubierta de Rain dogs, el estupendo disco de Tom Waits, era de una serie extraída del álbum Café Lehmitz. Son Lily y Rose. El café ya no existé, pero durante los 60 y parte de los 70 alojó a los parias de Hamburgo. Anders Petersen guardó la memoria de ese limbo en mitad de dos mundos con su Contax T3. Los desheredados de la ciudad, los que se perdieron en el camino, se reunían en ese bar y compartían esa hermandad privada, en donde desentonaba cualquiera que exhibiera la felicidad en la ropa o en los dientes, en el gesto o en la billetera. Pobres del mundo, unidos en el calor fraterno de una barra, dejándose fotografiar por (imagino) uno de ellos. a salvo de un mundo del que no supieron entender la trama. Tampoco la entienden los que no frecuentan el Café Lehmitz. La diferencia entre unos y otros consiste en que los inquilinos del Lehmitz han renunciado a entenderla. El mismo Andersen, un fotógrafo de dieciocho años, no la entendía. Sabía en todo caso que su cámara vería lo que sus ojos no comprendían. Hizo más de 300 fotografías y las expuso en el mismo café. Los protagonistas de la exposición tenían hablado que podían retirar las tomas de las que no se sintieran a gusto. Nadie lo hizo. Prostitutas, proxenetas, clientes, pequeños y grandes delincuentes, borrachos, homosexuales, marinos, travestis, drogadictos, gente sola en el mundo, todos se reconocieron como la familia que en verdad era. Una extraña, ya me entienden. Pero todos sabemos que hay familias afuera, en Hamburgo, en Londres, en Madrid o en donde el amable lector resida, que no se abrazan ni se cuentan sus cosas con una taza de café de por medio. Que viven en la apariencia de que se quieren, el simulacro consentido de que se aman. Éstos, al menos, son honestos, no se esconden, dan lo que hay y lo dan sin buscar nada a cambio. Recuerdo ahora una frase durísima que se deja oír todavía de vez en cuando. "No tiene a donde caerse muerto". Esta gente sí tenía, al menos, un escenario de confianza. El público era al tiempo el autor y el intérprete de la obra. Andersen era un extra. Uno fiable, entiendo. El que registra los ensayos y luego se esmera en no perder un detalle de la gran representación. La fotografía es un arte mayor porque, a diferencia del cine, de los 24 fotogramas programados en un segundo, escoge un momento en el tiempo, un instante brevísimo que la imagen en movimiento pasa por alto. No escuchamos el entrechocar de los vasos. No sabemos si hubo una vieja radio o un pick up que airease canciones de la época. Tampoco si el olor a nicotiina y a alcohol, ese olor rancio que habita en los bares, lo impregna todo de una forma insoportable. Quizá no necesitemos esas certidumbres a cambio de otras que engrandencen el resultado final. Las caras perdidas. Los cuerpos vencidos. La derrota como un signo de belleza también. Ébrios, ignorantes, felices, la gente del Lehmitz. Anders Petersen con su Contax algunos años después de su estancia en el Lehmitz. La cámara, a lo visto, no ha cambiado. Sigue hurgando en la realidad, extrayendo de algún modo su esencia invisible.














19.4.23

La invasión de las cabras

 




            Cabras abrevando en la piscina privada del Hotel Refugio Alamut, Valle de Abdalajis,                                                                                                                                     Málaga



A veces la naturaleza toma partido, se abre paso, no se arredra, ni titubea, se embravece, cobra el peaje por la afrenta que el hombre le causa cuando le socava la tierra y le quema los árboles. Ni siquiera el aire permanece indemne. Tampoco el agua, que ha enfermado. La vida salvaje, la que no se ha dejado domesticar, padece al ser humano, que es una criatura interesadamente invasiva.  Por eso un día bajaron las cabras al hotel. No creo que fuese una decisión mesurada, tomada la noche de antes, viendo el panorama, comprendiendo la gravedad del asunto. Simplemente bajaron, admiraron la extensión limpia de agua y hocicaron la testuz para abrevar el agua sagrada. En otras ocasiones, en televisión, nos ofrecen imágenes de lobos que han bajado a los pueblos o de osos deambulando por las calles en poblaciones de alta montaña. En la pandemia, cuando nos encapsulamos y abandonamos las calles, las bestias bajaron a la ciudad. Las imágenes de jabalíes o de osos en los barrios periféricos, a la vera de un descampado o en la falda de una montaña, ocupó titulares, sueltos de prensa. No pasó de una anécdota, imagino. Quizá estas anomalías, que no suceden casi nunca, que sabemos (ojalá) que no sucederán con frecuencia en el futuro, evidencien el deterioro de la naturaleza, la fractura que nosotros le estamos causando. Nos equivocamos al pensar que vivimos en nuestras casas, confortablemente instalados en nuestro salón, cubiertos de los lujos que nos hemos agenciado para hacer esa residencia más habitable y que la vida en ella sea más placentera. Vivimos en la tierra, somos como esas cabras que arriesgan su bienestar en las cumbres para saciar la sed. No sé a qué piscina acudiremos nosotros cuando esa sed u otra cualquiera nos atenace, no sé qué recurso usaremos para sobrevivir. Tenemos los humanos algo que de lo que los animales carecen: tenemos la facultad de la prevención. Las cabras están mejor dotadas para la supervivencia. Podemos pensar en qué pasará mañana y cuidar de que todo responda cuando esa hipótesis de futuro irrumpa y confirme las sospechas que vaticinamos. De hecho, estudiamos para adquirir conocimientos y competencias que nos permitan conseguir un buen trabajo, organizamos nuestras vacaciones meses antes para que sean más baratas o inventamos el ajedrez, que es un juego donde importa lo que no ha sucedido, más que lo que está pasando o lo que ocurrió, para remedar las guerras antiguas, las que, por lejanas, parecen que no nos incumben. En lo que no somos inteligentes, en lo que fallamos estrepitosamente, es en cuidar la madre tierra, en respetarla, en organizar el futuro de modo que su salud, la de la tierra, sea la conveniente. Duele que se la queme, duele que el fuego la reduzca a la ceniza gris de nuestra incompetencia absoluta. Al final las cabras entrarán en nuestro domicilio, buscarán lo que les robamos. Será un sencillo acto de guerra o una venganza. Terrorismo elemental. Al final tendremos lo que nos merecemos. Somos ciegos o torpes o, peor, malos. La nuestra es una maldad consciente. Ya existen suficientes voces de socorro y se han levantado los suficientes protocolos (todos más o menos baldíos) para que los Estados se ocupen de los campos y de los mares y no atiendan únicamente la subida de los precios o la precariedad laboral o la inminencia de una guerra global, que está al caer, si no está ya con nosotros, y ninguna de esas obligaciones puede ser desdeñada o rebajada por ocuparse de la ecológica. Dejaremos el caos a nuestros hijos. Su herencia será la más triste, si es que alguna hubiera. Cerramos los ojos, no nos precavemos ante la adversidad, a pesar de que se anuncie con suficiente eficacia y haya signos que la delaten: cabras en una piscina, suelos resquebrajados por la sequía, pantanos a un tercio (menos será) de su capacidad. Nos entretenemos en cuestiones de más frívolo apresto, nos manifestamos por asuntos que no rivalizan con el que verdaderamente nos amenaza con mayor virulencia: el suelo que pisamos, el aire que respiramos, el agua que bebemos. Algo me hizo recordar ayer la fotografía de las cabras invadiendo la piscina de un hotel en la sierra malagueña. En un programa de radio de ayer noche, alguien refirió que la tierra estuvo antes de que la conquistáramos y que estará cuando no la habitemos. Es así. Es prestada la residencia. Y ahí recuerdo siempre a mi abuela, que decía que las cosas que nos prestan deben cuidarse con más esmero que las propias. Lo que no es nuestro merece el respeto más grande. 

17.4.23

Elogio del ser

 




No creo que haya otro verbo con más fuste que el verbo "ser". Gana sin empezar siquiera a exhibir sus facultades. Hasta su mera exhibición fonética amedrenta: ser. Se dice con sencillez y soltura, se puede recalcar el sonido final, la erre que lo cierra, pero no hay quien lo haya resuelto satisfactoriamente. Los otros verbos (cantar, dormir, escindir, compaginar, obnubilar, pongo por caso, los primeros que se me ocurren) no suscitan la misma hondura. Expresado en reflexivo incluso suena a equivocación: se es. Uno se esmera o se resbala o se duerme, pero cómo podemos entender bien la idea de serse, de permanecer en uno mismo o la de existir sin otra consideración que la matice. Porque ser (voy a borrar el entrecomillado) parece un asunto fácil.


 Ayer, sin ir más lejos, fui. Ahora, mientras escribo y espero la hora de desayunar algo, soy, y mañana, salvo desgracia, Dios la aparte, seré durante el transcurso del generoso día. Hasta se es cuando el ser se permite un receso y duerme. Somos al soñar, somos cuando alguien nos nombra y no escuchamos lo que se dice de nosotros. Tiene ser dificultades que hasta ahora no he visto en los demás verbos con los que me manejo. Me acuerdo de Hegel y de mi instituto. Las palabras, incluso las menos indicadas a la nostalgia, producen viajes al pasado. Eso me está pasando con ser. 


Ha sido pensar en ese verbo y acordarme de mi profesor de Filosofía, Don Francisco. Qué amor le tenía a Hegel. Era grande ese amor y supo confiarnos esa adoración sin tributo en aquellas clases de sana espesura en la que este que suscribe empezó a pensar en Dios y a llevarlo por los bares como asunto de conversación después de jugar al billar o de empinarse cuatro cañas. Hegel (creo recordar) decía que nada se podía saber del ser. Está muy bien eso de escribir libros enteros sobre algo de lo que (de entrada) no se puede saber nada. Lo inefable convertido en área de estudio. La religión es un libro animado por un espíritu parecido. Se cuentan cosas de las que no existen certezas, no hay manera de que las haya. 


El ser es, en esencia, lo que no permite saberse. En lingüística, es la atribución intrínseca, propia y permanente del sujeto gramatical. Eso nos da un respiro ontologico. Si viniera Don Francisco me daría un abrazo. No porque le guste lo escrito, no voy tan lejos, sino porque todavía seamos los dos. Era un hombre cariñoso. Entraba en clase, ponía un montón de libros sobre la mesa y empezaba a contarnos anécdotas sobre los filósofos. A mitad de ese recital novelístico, colaba unas cuantas ideas importantes y nosotros, inocentes, a pesar de la rebeldía propia de la edad, tragábamos de corazón y sentíamos que se nos estaba confiando un material sensible, un conocimiento válido para explorar el mundo y saber afrontar los rigores que nos aguardarían. Quitando a Hegel, no sé quién más habló del ser y de la nada (es posible que Sartre, me suena mucho Sartre, no soy un entendido) y de la esencia y de la dualidad del espíritu y de la carne. 


Con los años, uno aprende a dejar en reserva esos argumentos. No va por ahí con la metafísica bajo el brazo, aunque a veces entra en euforia y filosofa. Qué bonito es filosofar. Yo creo que todos somos filósofos. No importa que no se tenga conciencia de ese oficio, no es relevante que no sepamos qué más cosas dijo Sócrates, aparte del solo sé que no se nada, o Descartes, que iluminó al mundo con el pienso, luego existo (cogito, ergo sum, por si se me olvidan los latines de no usarlos). 


Quieren quitar la Filosofía de los planes de estudio, quieren dejarnos sin esa aventura maravillosa del pensar y del discurrir. Los gobiernos, que casi nunca se ponen en lugar de nadie, creen que el mundo no precisa metafísica. Si sale uno a la calle, si se fija en lo que ve, importan otras cosas, no la filosofía. Hay días enteros en los que no piensas en el ser y en el estar, en la razón por la cual estamos en este mundo o en el porqué del tiempo, que es el verdadero problema de la filosofía. Te acuestas y no te martirizas, prefieres conciliar el sueño plácidamente, piensas en lo bien que te lo has pasado con fulanito o en un primo tuyo a la que haces mucho que no ves o en cómo le irá al Real Madrid si ficha a Haaland o a M’Bappé o a ambos o en si a las orillas del Moldava crece, salvaje, el pelargonium. Por eso los gobiernos no abren mucho la mano en asuntos filosóficos. Es más, la cierran, no llegan a cerrarla del todo, pero se les ve tacaños. Prefieren ampliar el horario de religión en las escuelas, que es un sinsentido con la de cosas que hoy en día deben aprender los muchachos. No hay tiempo para todo, no se puede estirar más, acabará por partirse. 


Mientras que todas estas cosas suceden, nosotros seguimos siendo, permanecemos, duramos, anhelamos, abrazamos, dormimos, fornicamos, paseamos, masticamos, observamos, lloramos, sonreímos y el mundo sigue girando. A lo que no somos ajenos es al ser. El ser lo es todo, todo es ser, todo es de color, como cantaba Triana. Que tengan un buen día. Sean. 


16.4.23

100 canciones/ 20 / Annie’s song, John Denver, 1974,


Tuve un profesor de inglés en el instituto que venía de vez en cuando con una canción bajo el brazo. Repartía las fotocopias y la escuchábamos hasta que la letra nos salía por las mismas orejas. Curiosamente ése es el recuerdo que tengo de él. El de atinar en la canción, en hacer que algunas de ellas se guardaran y todavía me emocionen y hagan que aquellos años regresen con una claridad pasmosa. Recuerdo Message in a bottle de The Police, Bridge over troubled waters de Simon and Garfunkel, The partisan de Leonard Cohen, We've only just begun de The Carpenters y esta maravilla de John Denver. Hoy soy yo el que reparte las fotocopias. Son The Rolling Stones (Angie), Phil Collins (Yoy can´t hurry love), Elton John (Your song), Bob Dylan (Man gave name to all the animals), The Beatles (Yesterday) o incluso (a petición popular, no mía) Katy Perry (Rour). En cierta ocasión, un alumno (ya metido en doctorados y en cosas que no sé ni nombrar) me dijo que fui yo el que le enseñó quiénes fueron los Rolling. Hasta les puse un video de sus satánicas majestades en Hyde Park. No eran tiempos de banda ancha ni de youtube así que tiré del VHS que tenía en casa y de la tele gigantesca que iba de clase en clase en una mesa con ruedas que chirriaba pasillo abajo como si la estuviesen matando. Una vez, en una barra de un bar, algunos años después, hablamos de este bucle. Le dije que el círculo se había cerrado. En lo demás, Pepe (nunca fue Don José), el maestro del Instituto Averroes, en Córdoba, se ha difuminado. Quizá otros maestros permanecen con más afecto o hicieron que yo fuese mejor alumno o mejor persona.  Lo que no se han borrado son esas diez o quince canciones, no debieron ser más. Ojalá un día él pueda cerrar el círculo conmigo en alguna ocasión en que me encuentre. Le diría que una parte de la razón por la que yo haya sido maestro vendría de esta canción de John Denver, que el buen hombre (le recuerdo grande y de una paciencia sobrehumana) escogió para que nos animáramos en el aprendizaje del idioma. No sé si lo reconocería. Uno desea que lo recuerden, quién reprobaría eso. Algún alumno mío no se olvidará (imagino, espero ) de que un día llevé a la escuela a Bob Dylan o a los Rolling. Tal vez uno sea maestro para que amemos a John Denver. 

15.4.23

100 canciones / 19 / One better day, Madness, 1984




A mis amigos de Fray Albino, los de entonces, también los de ahora. Ellos están en cien canciones. Hoy toca cantarlas. 

A la música se le atribuye el consuelo con más declarado oficio que cualquier otra disciplina artística. Posee la virtud de sanar lo que anda enfermo o de abrillantar lo que no exhibe, en apariencia, vistosidad o empaque o vigor alguno. No es algo que haya que forzar en demasía, no se precisa un adiestramiento, no hay nada que impida que el menos dotado iguale en sensibilidad al que más la frecuenta, a quien está acostumbrado a que le visite y lo impregne. He encontrado en la música placeres que no he vislumbrado en nada que mi voluntad pueda acometer o que el azar pueda entregarme o restituirme. La bondad de su influencia no es discutible en modo alguno. Es un asunto incontrovertible, que no se deja manosear o rebajar o convertir en un asunto baladí o frívolo. Se puede estar mal (mal adentro y afuera) y sentir que el cielo entero está derribado sobre nuestra cabeza y abrir los ojos y apreciar la belleza de una melodía, advertir que cala y por un momento, aunque sea transitorio, el mundo vuelve a cobrar el sentido que ya no poseía. Para que todo esto cuadre y se aplique, como una especie de posología que contuviera el uso de un medicamento, no se precisa un género, un tipo de composición o un determinado estilo tímbrico. Da lo mismo un aria de Bach que una canción pop de Madness. Un arrebato pop o un cuarteto de cuerda de Brahms. Todas las variantes, cada una en su registro, responden con completa eficacia al cometido que se les encomienda. Esta pieza acudió (de nuevo, tantos años después) anoche. La escuché en un coche abierto, aparcado junto al mío. Dentro había una pareja, parecía que discutían, pero no podría asegurarlo. El pudor hizo que no llegase más lejos. A veces pienso que la realidad es una representación teatral a la que uno asiste, de modo que no pienso en si soy atrevido al aplicar mi atención a beneficio de comprensión de la trama. Lo que sí me llevé de ese pequeño acto fue esta maravillosa banda sonora. Madness es una de las bandas de antaño, de las primeras, de las que uno tiene como favoritas cuando empieza a tener bien marcados los vicios y sabe que son irrenunciables. El ska vacilón de One step beyond, hasta vertido al castellano, fue un fijo en las fiestas de entonces. Duraba poco, tardaba en irse de la cabeza, permanecía en los pies. Sé que todavía hacen discos, quizá menores, como si hubiesen perdido la habilidad antigua de hacer canciones perfectas. De eso se trata. De que algo sea arrebatadoramente limpio, ofrecido sin compromiso alguno, con la seguridad de que nos sentiremos reconfortados al escucharlos, vivos y sublimes también, elegidos para degustar incansablemente la belleza.  One better day es una canción redonda. Si fuese una bicicleta, rodaría sola, recorrería el mundo, volvería después a casa. 


14.4.23

Un cuento antiguo

 

Fui reclutado por las hordas bárbaras. La locura les había desencajado el rostro. Hablaban con los ojos cerrados, no tenían orejas. Me leyeron un decálogo de sangre. Antes de mí, otros; después, el mundo. Soñé que me rescataba un ejército. Entraron por un túnel angosto y secreto. De uno en uno. Con milagroso tesón, accedieron a mi mazmorra. Tardaron cien años. Al llegar, les leí el decálogo.

13.4.23

Rebeca


 


Cuando Alfred Hitchcock ideó Rebeca, David O. Selznick, el Rey Midas de Hollywood, tenía una ciudad ardiendo en su cabeza. Tenía Atlanta quemada y Clark Gable yendo y viniendo a caballo por entre las cenizas de su matrimonio. Lo que el viento se llevó, rodada al tiempo que Rebeca, hizo que Hitchcock hiciese y deshiciese a antojo y convirtiese la historia de la segunda señora de Winter, más que la primera, ahogada, furiosamente revivida por el ama de llaves Danvers, en un relato personal, conducido bajo la gótica y brumosa atmósfera del cine inglés del maestro  . 


Recuerdo haber visto Rebeca en una sesión matinal de la Escuela de Magisterio de Córdoba. Recuerdo también el estado de shock después del pase. La cara de la señora Danvers me persiguió durante días. La veía en los libros de Pedagogía y en la cola del supermercado. Me la encontraba en la panadería de mi calle, a mi vera, guardando escrupulosa cola. Con los años, por encima de la estupenda historia de Daphne du Marier y del pulso formidable de Hitchcock, Rebeca sigue siendo la señora Danvers, su rostro sacado del centro mismo del infierno y traído a la tierra para envenenar mis sueños. Si era o no era lesbiana la estricta y retorcida ama de llaves de Manderley me importaba escasamente. Me bastaba el gesto incendiario, el rictus principiando el mal, todo el odio y todo el amor que es posible encerrar en el alma de una persona y que la conduce al desvarío, al desmán puro.


Diálogo: 


-Guardo su ropa interior aquí, la hicieron para ella las monjas del convento de Santa Clara. Yo la espero siempre, por tarde que fuese. A veces, ella y el señor llegaban de madrugada. Al desvestirse me hablaba de la fiesta a la que había asistido. Conocía a personas importantes y todo el mundo la quería. Al terminar el baño iba al dormitorio y se dirigía al tocador. ¿Ha tocado el cepillo, verdad? Así está mejor, tal y como ella lo dejaba. Vamos Deni, el cabello, me decía. Y entonces yo le cepillaba el pelo durante 20 minutos. Y luego decía, buenas noches Deni y se metía en la cama. Yo misma bordé para ella esta bolsa y está siempre aquí. ¿Ha visto algo más delicado? Mire como se ve mi mano. Nadie pensaría que hace tanto tiempo que se fue. A veces, cuando voy por el pasillo, creo que la estoy oyendo tras de mi, con sus suaves pasos, no podía confundirlos. No sólo aquí dentro, sino en toda la casa. Casi los oigo ahora. ¿Cree que los muertos nos observan?


-No, no lo creo-


-Me pregunto, si no vuelve aquí, a Manderline, y los contempla a ustedes juntos. ¿Está cansada? ¿Por qué no se queda un rato y descansa? Escuche el mar. Es tranquilizante. Escúchelo. Escúchelo. Escuche el mar.


Diabólica hasta el desmayo, la señora Danvers (una magnífica Judith Anderson) gana la partida a todos sus compañeros de reparto, incluyendo un poco excedido todavía Laurence Olivier y una excelente Joan Fontaine. Sacrificada por amor o por celos o por cualquier ajuste de su desquicio, entregada al fuego balsámico, la señora Danvers ocupó durante algunos meses la pared de la salita de mi primer piso de soltero en 1.991. También uno desajustado, si me permiten, moderadamente sentimental con mis cosas, amancebado justo a tiempo, pletórico, razonablemente perverso en sus vicios y consciente de la escasa duración de los placeres incluso (ay) cuando éstos se suceden sin descanso, atropellando la serena visión de su efecto, conduciendo al paciente de su alocada fiebre a un casi continuo estado de ebriedad estética. Así amé yo Rebeca. Así permití que su influjo soliviantase la limpia pared de esa casa. No tengo muy claro de dónde salió la fotografía de marras (la de Judith Anderson y Joan Fontaine desgarradas que aparece justo debajo de los títulos de crédito que ilustran este enfermizo post). Sin embargo sí que alcanzo a recordar un póster de un frenético Jimi Hendrix a su lado (Monterrey, Woodstock, en fin) y otro de una asiática embarazada, el pelo muy oscuro y peinado con saña hacia atrás, presumiendo de barriga, de tetas como bombonas de butano y de pezones negros y duros como carbón del Bierzo. 


Esas fotografías escoltaron mi ingreso en la vida laboral y asistieron con silenciado asombro al desfile de compañeros de farra que dejaban el pudor y el tedio en la puerta y comprendían que el amor y la belleza y la inteligencia estaban en el fondo de una botella de Jim Bean o de una larguísima conversación a muchas bandas sobre el carpe diem y todos sus hijos bastardos. Eran mis veinte y muy pocos años, así que todo se puede excusar. Luego vino, espléndida ella, otra vida. Unos vicios fueron sustituidos por otros. Al dejar la coqueta casa de alquiler(Plaza de los Caballos, Priego de Córdoba) me prometí llenar las paredes de iconos en cualquier piso al que fuese. Lo cumplí a medias. Ninguna fotografía como la de la señora Danvers. Ningún recuerdo tan imborrable.

El ojo

 El ojo  He aquí la claridad primera del día,  la limpieza novicia de la mañana,  el fulgor soberano de los colores.  El azul en su carro de...