22.2.14

12 años de esclavitud: Brutalidad de algodón



Hace tiempo que en mi corazón ganó la insinuación a la evidencia. Por eso no me gusta 12 años de esclavitud. Por eso no la considero la buena película que otros airean o la que, en los BAFTA o en los Oscars, es probable que arrase y haga que todo el mundo hable de ella y la considere la extraordinaria película que yo no veo, por más que trato de sobreponerme a esa declaración de principios e incluso omita mi aversión a esa especie de pornografía del dolor físico que Steve McQueen propone como instrumento de lectura. Poco o nada sutil, la historia de Solomon Northup no logra emocionarme lo más mínimo. Y no es porque uno sea insensible o no se sienta íntimamente violentado cuando observa el dolor de un modo tan brutal: me tengo por sensible y se me consigue violentar a poco que atisbo una brizna de injusticia. Aquí la hay a destajo. La hay en un grado tan excesivo que deja de tener sentido observarla: digamos que nos satura hasta que, por tozuda, pasa a ser irrelevante. Hace McQueen lo que no debe un director: lograr que exista una distancia (insalvable en algunos pasajes del film) entre el espectador y los personajes de la trama. Queda de lado (qué injusto es eso también) el portentoso trabajo de Michael Fassbender o Chiwetel Ejiofor. La profunda preocupación de Steve McQueen por hacer una película vistosa (académicamente vistosa) malogra que transmita emociones y se queda en un portentoso documento sobre la esclavitud, filmada con oficio, pero rebajada de humanidad. Planos monumentales de grandes masas arbóreas o alguna muy sencillo en donde una esclava hace una muñeca con unas hojas y el bulbo de una cebolla no hacen que sea ésta la película poética que podría ser.

Todo corre muy deprisa, en todo hay una voluntad de que no se quede nada atrás. Y al final hay una acumulación de tópicos, vergonzosos, infames, a los que se les abre el corazón y con los que uno se siente dolido en el fondo, pero que no crean un vínculo verdadero con lo contado. No se trata de que sea o no verosímil. El horror es creíble. Lo improcedente es el desperdicio de un material noble, que termina arrojado al mainstream, convertido en carne de premio, sin apenas esmero en el volcado de la historia. El abuso del látigo impide que florezcan otros lenguajes. Manda el efectismo, la agresividad sin tacto, perdida en un precipitado telefilm de sobremesa. La convencionalidad es la que dicta el criterio con el que ha sido facturado el film. Yo creo que el verdadero esclavo es Steve McQueen. Está atrapado por un elenco formidable y tiene entre las manos la épica. Y la ha convertido en un videoclip de poco más de horas. Hacía falta más vigor o más compromiso, y no hay nada de esos ingredientes. Y hubiese deseado uno que no fuese así, aunque sea por la trascendencia de lo que se narra o por la importancia de que nada de lo contemplado pueda existir nunca más. Yo creo que a Steve McQueen le interesa más la ceremonia de los premios y su entrada triunfal en el mercado americano (después de Hunger y la muy estimable Shame) que hacer una película digna sobre la esclavitud. Da igual que el director sea negro o pajizo. 

21.2.14

Pascal, uno de los nuestros



No hay más que tres clases de personas: unas que sirven a Dios, habiéndole encontrado; otras que trabajan en buscarle, sin haberlo encontrado; otras que viven sin buscarle ni haberle encontrado. Los primeros son sensatos y felices; los últimos, locos y desgraciados; los del medio, desgraciados y sensatos.
          Blaise Pascal, Pensamientos, 257


Ayer estuve casi toda la tarde pensando qué clase de persona soy. Si ya he encontrado a Dios, si trabajo en buscarlo o si no lo busco y ni lo he encontrado. Convencido de que no alcanzaría una respuesta que me contentara enteramente, opté por entretener la tarde con asuntos que no requiriesen demasiado empeño. A veces cae uno en la cuenta de que el tiempo, al fijarnos en él, es cuando cobra verdadera importancia o cuando exhibe su dimensión trágica. Por eso es mejor no pensar, no ahondar, no exponernos al espectáculo miserable del interior. Conozco gente que disfruta enormemente de la vida sin pensar en demasía en ella y quien, bien al contrario, se la amarga porque no deja de pensarla, de considerar a cada momento en si ha encontrado a Dios o si lo busco afanosamente o le es indiferente. A Pascal lo invitaría esta noche a una ronda de cañas por mi pueblo. Creo que sería un rato instructivo. Tengo amigos que hacen las veces de Pascal en las barras de los bares. Nos enfrascamos en una metafísica de rango etílico que nos reconforta considerablemente. Nos creemos en posesión de alguna verdad inasible, de escaso afecto por manifestarse, que solo prorrumpe si se alcanza cierto estado, una de esas epifanías (no tiene que concurrir el alcohol para abrazarla) con las que nos sentimos congraciados con la vida y con nosotros mismos. Pascal está con nosotros. Que dure.

20.2.14

No escribir, no sufrir, no pagar cuentas...


Quién no tiene una gran vida interior. Incluso una de un tamaño desmesurado, que amenace con desbordarse y contaminar la otra, la exterior, la que compartimos con los demás y con la que hacemos los deberes domésticos y conyugales o los artísticos o los laborales, una vida interior en la que quepan las comedias de William Shakespeare y todos los discos de la Tamla Motown, por ejemplo. Soy de la opinión que se puede tener una vida interior rica, sin privarme de nada, pero la realidad se obstina en contradecirme, y la  memoria, que es el reverso tenebroso de la rica vida interior, flaquea. Tanto es así que llevo unos días escribiendo este mismo texto. Lo escribo en el blog o en la cabeza o en una hoja suelta de un cuaderno de anillas, de a dos rayas, que encuentro en una clase del colegio, abandonado, como si alguien hubiese renunciado a consignar en él la tragedia de la vida. En ocasiones pasa esto que estoy contando: que no sabemos bien a qué atenernos, cómo ir llenando o cómo ir vaciando, y nos fijamos en el envoltorio en lugar de fijarnos en lo que verdaderamente estamos arrojando en él. No es lo mismo echarse un volumen de pensamientos de Pascal o unos cuentos de Saki que cualquier minuto vespertino en esa infamia de canal televisivo llamado Telecinco. Tampoco tengo ninguna certeza sobre el hecho de que mi vida interior esté dulcemente mecida por los elixires de la cultura a la que yo le concedo la máxima distinción. No sé nada, no puedo saberlo, no hay nada fiable que me reconozca entre los gourmets de cierto tipo de refinamiento cultural, que no está en el bebop o en la lectura paciente de Pascal. Nada que yo pueda esgrimir para admitirme entre los elegidos. Al final del día, cuando estamos entrando en el sueño, nos atropellan los mismos pensamientos a quienes se embebecen recordando lo que les gustó el Sálvame de las cuatro, en la gloriosa Telecinco, y los que recitan de memoria versos de Jaime Gil de Biedma. Son los sueños los que nos definen. Ahí está la biografía, el perfil, la tozuda evidencia de qué anhelamos y a qué entregamos ceremoniosamente el alma


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17.2.14

Cuando todo está perdido / Un canto a la vida



Un contenedor a la deriva, en una zona de escaso tráfico de barcos, abre un boquete en la embarcación del protagonista, del que no sabemos nada y sobre el que no necesitamos saber nada. Cuando todo está perdido registra únicamente la épica de la supervivencia, sin atender a la periferia, a los motivos del naúfrago para regresar al mundo..A lo que J.C. Chandlor nos empouja es a la visión brutal de las penurias que padece, de los problemas en que se vio envuelto y de cómo se desenvolvió. En ese estado de las cosas, se entiende que la película entera solo tenga un solo personaje, aunque esto no es del todo cierto. Lo que cuenta el film no es tanto las peripecias de subsistencia, todos los recursos de ingenio y de pericia puestos al servicio de la trama, como el diálogo del hombre con la naturaleza, con la que entabla un pulso formidable, a la que respeta y de la que espera, en cierto modo, idéntico trato. Sorprende que la cinta no flaquee, teniendo en consideración el escaso bagaje de elementos dramáticos que pone en danza: Chandlor no interfiere en el fluir de los acontecimientos: no se apropia de la trama, ni interfiere en la sentimentalidad, ofreciendo un perfil íntimo del héroe. En Cuando todo está perdido hay una supresión del espectáculo moral y una reivindicación de lo estrictamente cinematográfico. Es una película sin palabras, pero no una película muda: hablan las olas o hablan las nubes, o el aviso de una tormenta (muy emocionante el plano en que el marinero avizora su presencia, en la distancia). 

El film conmueve porque es de una honestidad brutal. No hay ninguna impostura, todo se exhibe de una forma pura, invariablemente dócil. La trama, que no posee una entidad dramática clásica, que se iza sobre unos presupuestos documentales, no decae en ningún momento. Eso hace de Cuando todo está perdido una obra admirable, y no lo menoscaba su terquedad estética, el hecho de que no se apoye sobre nada que conozcamos y no existan referentes a los que aferrarse. Está el hombre (nuestro hombre, en los créditos) y está el mar. Pienso ahora en el propio Robert Redford cuando Sidney Pollack lo puso en el traje duro de Jeremías Johnson y lo arrojó al invierno crudo de las montañas. Es posible que sean dos películas afines: ambas se empeñan en narrar la soledad, en ofrecer una visión del hombre sin contaminar, manumitido del rigor de la sociedad y de las esclavitudes que la sociedad exige. No hay aquí peajes: el mar anhela su tributo, y nuestro hombre pone todo su corazón (y algo más) en evitar que lo cobre. Tenemos la disculpa y el adiós que el personaje entrega en las primeras imágenes o las interjecciones (un Dios o un joder) que más tarde, cuando lo van venciendo las circunstancias, airea a modo de lamento sordo. No es, pues, un cine fácil, pero su falta de docilidad proviene de nuestra falta de costumbre. En lo demás, una pequeña obra de arte. Y si el amable lector quiere hacer lecturas más profundas puede pensar en lo que malogra la pacífica navegación: el contenedor cargado de zapatillas de deporte o de calzado infantil, no estoy seguro ahora, puede representar esa sociedad capitalista, invasiva, que incluso extiende su zarpa homicida al mar lejanísimo, donde apenas suceden otras cosas que no sean las coreografías de los bancos de peces o la visita de un pequeño ejército de tiburones. 

11.2.14

No tengo días Bucay, no tengo días Coelho.



Hoy llevo un día Tom Waits, ustedes me entienden. Uno de esos días de lija en la voz y de llover sin parar como si jamás hubiese hecho otra cosa el mundo que ver llover o en los que solo apetece leer sin que nada te estorbe. Días de cine negro en un buen sillón mientras afuera llueve y la tarde se resuelve inútil para convocar la luz y el esplendor de las sombras. Días de una orfandad admirable en los que parece acabarse el mundo. Luego se va Tom Waits de la cabeza y aprecia uno la ceremonia de la belleza, buscando un lugar en donde mostrarse. Pasa como con Kafka. Hay días Kafka. Días con un dolor de cabeza debajo del brazo. No sé hasta dónde prefiero los unos a los otros o si no conviene ninguno. Hay en estos días algo hermoso, no obstante. De una belleza a la que no sabría comparar con otra. No hay ninguna canjeable. Cada una posee un rango único, inargumentable quizá. Sigue lloviendo, aunque no sea Georgia, ustedes me entienden. Días que tienen que pasar pronto. Un cierto tipo de error en el calendario. Tengo fe en el error. Creo en lo que me aporta, en la verdad que encierra, en toda la evidencia absoluta de su criterio en el mío. A ver si deja de llover y no me da por pensar en Waits o en Kafka. No tengo días Bucay, no tengo días Coelho. La dulce melancolía, como dice un amigo. El veneno formidable.  No parece que vaya a salir el sol. Voy a poner a Charles Mingus. Nada como Mingus si llueve. 

10.2.14

Wert no estuvo, Wert sí estuvo



No sé si lo peor está por llegar. Se tiene una impresión hondamente pesimista de todo esto que está pasando y se acentúa cuando una ceremonia festiva de un asunto festivo (el cine es la festividad de la inteligencia y de la belleza, aunque también un negocio o una industria) cae en una declaración política, en un escaparate donde nada (al menos ayer) eludió involucrarse, y fueron cayeron las críticas a Wert, que no estaba, y hasta hubo quien, en mitad del agasajo, pidió decidir por ser mujer. No se veía venir tanto escrache semántico, pero lo hubo. Y tal vez fue la señal por la que se puede apreciar el lamentable estado de las cosas en el que estamos. No viene a cuento eso de que la gente de la farándula, tan cómica ella, tan dramática cuando se pone, disfruten con estas cosas: a ellos se les brindó anoche un auditorio e hicieron un uso formidable del mismo. En una ocasión, dejé aquí escrito que tal vez no fuesen los Goya el escenario más apropiado para manifestarse. Ahora dejo constancia aquí de que es el mejor de los escenarios. Todo se hizo con mesura, todo fue bien declamado, todo se expresó como debía. Y dio lo mismo que Wert no estuviese allí, aguantando el chaparrón: se lo contarán, lo leerá, comprenderá o no comprenderá, pero así fueron las cosas. Quedó un poco relegada la fiesta del cine, aunque estoy seguro que los agasajados darían por bueno que incluso se anulase si con el sacrificio ganase la cultura o ganase la industria, que están aquí de la mano y van juntas a beneficio del espectador, que lo contempla todo un poco sobrepasado, como si estuviese más pendiente de lo que va a decir el próximo premiado sobre el gobierno que de otra cosa. Los de las farándula son gente buena, en el fondo. Gente hecha a que la escrachen por la calle, ustedes me entienden. A que les digan las barbaridades inherentes al famoseo que exhiben. Tiene que ser muy difícil ser un Bardem en un país en donde los bardems nunca son festejados. Se les recrimina que se manifiesten o que una parte de su vida no coincida punto por punto con el programa político del que son militantes entusiastas. Al gremio de los actores (y de las actrices, por supuesto) se les tiene a veces poco en cuenta. Ya se sabe que este oficio ha tenido siempre muy mala prensa. Hace no mucho tiempo ser actriz era casi como ejercer de puta. Al cine va todo el mundo, pero nadie tiene interés en defenderlo. Es un producto desechable. No forma parte de la cultura de una sociedad. Todavía no. Los Goya son siempre un espectáculo que bascula entre el bochorno y el escándalo. Bochorno porque se haga mal y los presentadores la pifien (anoche Fuentes no pasó de una poca inspirada retahíla de lugares ya vistos sobre Wert y un par de piruetas verbales sin gracia excesiva) y escándalo porque siempre hay un ministro al que abuchear. Siempre no, claro. Anoche Wert mandó a la mierda a los que lo abuchean y se quedó en casa tan ricamente. Y todo se deslució una barbaridad. El ministro, el abucheable, le daba empaque a la gala, le procuraba un plus de irritación visible que anoche no fue tal y solo quedó en palabras. Las hubo muy dolientes y las hubo muy sensatas. Quedarán estos Goya en eso: en la amargura de la gente de la cultura. No es que algunos se quejaran y otros no: hubo un consenso en la tristeza, en el dolor al sentirse en el desamparo. El año en que todo vaya bien y el ministerio de la cultura de verdad la fomente y la mime no sé qué será de los Goya. Tendremos que fichar a Billy Crystal.


9.2.14

Negro


A la chica le gusta presumir de hombre, pero en el fondo sabe que en los moteles baratos de las comarcales en los que se refugian, las alfombras son amarillas de nicotina y sudor, y la muerte ha reservado una línea en la trama. Atrás, justo después de los títulos de crédito, mamá prepara un tazón imprudente de leche malteada con copos de cereales. En la radio suena jazz en una de esas orquestas de la gran ciudad. Afuera, en las calles, un cláxon ahoga el júbilo y dispara la realidad como un fogonazo de tristeza. La sangre, no lo saben, llega en el minuto ochenta del metraje.

4.2.14

Los drugos de Walter White



Anthony Burgess es el Walter White de la literatura. El tumor cerebral que le diagnosticaron le daba un año de vida. Quizá algo más. El hecho de que sus finanzas no fueran muy boyantes le hizo conjurarse a escribir todo cuanto pudiera hasta que la enfermedad le apartase de este mundo. Pretendía que su mujer no pasara penurias y pudiese vivir holgadamente de los derechos de autor provenientes de sus ventas editoriales. En ese año póstumo de su vida Burgess escribió un montón de cuentos (hasta entonces su producción literaria no era ni abundante ni de especial relevancia) y esbozos de lo que luego serían algunos estupendas novelas. Tres años después del colapso, Burgess produjo La naranja mecánica, su obra absoluta y uno de los acontecimientos culturales más notables del siglo XX si consideramos también la interpretación cinematográfica que formuló Stanley Kubrick. Como a Walter White, la enfermedad no llegó a pasarle factura. Resultó ser un error médico, uno de los que no todo el mundo perdona fácilmente. A Walter White, el devastador personaje de Breaking Bad, le fascina el carpe diem latino, se lo cree absolutamente y lo lleva a diario a la práctica. No importan los daños colaterales, no le hace perder el tiempo la observación de la sangre que ha ido derramando ni el dolor que ha causado conforme la trama va avanzando y el carpe diem se va alojando placenteramente en su cerebro, administrándolo todo. De hecho, La naranja mecánica narra un mundo hiperbólico, excedido, convertido en una especie de parque temático donde campa a sus anchas la violencia. Como la obra monumental de Vince Gillian, Breaking Bad, que también exhibe esa musculatura viril, esa construcción sublimada de la violencia, convirtiéndola en un pulmón por el que respirar cuando el mundo desaparece alrededor tuya. Solo hay que mirar bien y descubrir quiénes son los drugos de Walter White, sus compinches en el delito, los partners in crime. Seguro que al señor Burgess le hubiese encantado la serie.


1.2.14

Una escuela rural en Grazalema




Escuela rural de la Rivera de Gaidóvar en Grazalema, estas escuelas unitarias empezaron a funcionar en España con la Ley Moyano de 1858 hasta la Ley General de Educación de 1970. 

Los alumnos estaban agrupados en función de sus conocimientos de escritura-lectura y cálculo bajo la dirección de un maestro único, el cual vivía en las dependencias anejas a la escuela.



/Fotografía; Fernando Oliva



De la literatura me fascina la posibilidad de que no lo cuente todo. Lo explícito malogra la belleza o, en todo caso, la banaliza, la convierte en otra cosa, la despoja de su esencia. De la fotografía me fascina eso mismo precisamente: la sublimación de lo invisible, cierta inquietante sospecha de que solo se nos permite una visita, una breve estancia en lo que vemos. Lo que uno desea y a lo que aspira en cada fotografía que ve es a llegar más lejos, es a realizar un viaje más largo. El de esta fotografía hecha por mi amigo Fernando es uno de esos viajes maravillosos de los que después uno saca provecho a poco que se le cuestione o se le pida que explique qué lugares le llegaron hondo o qué va a echar más de menos.

Es posible que a cualquiera se le ocurra que es el romanticismo el que hace que miremos la fotografía con cierta lástima o incluso con tristeza. Hay un lado romántico por el que se forja una especie de sacralización. Guardamos lo que amamos, sentimos que tenemos que preservar esa memoria de modo que no la expolie el tiempo o que no la contamine o la borre el olvido. Uno piensa en el trasegar de alumnos, en el ruido de las bancas al moverse, en la hora del recreo, cuando salen en tropel, estorbándose en la pugna por llegar primero al patio, que no es aquí un verdadero patio, sino un campo, un mundo, el mundo tal vez, sin más. No quedan ya lugares como éste, pero bien podrían. Se sacrifican si no cumplen una cierta ratio (diez alumnos, salvo excepciones notables) y se derriban o se dejan como la de Rivera del Galdóvar, en Grazalema, a la consideración del caminante eventual.


Trabajé un año estupendo en una escuela rural, en Las Lagunillas, en la comarca de Priego de Córdoba. No era en ningún aspecto antigua, aunque respetaba la identidad de las otras, de las suprimibles. De ella recuerdo la intimidad que desprendía, la sensación de estar acometiendo una labor más grande que la que en verdad desempañaba. Como si la educación del mundo naciese allí y a mí se me hubiese involucrado en la empresa, entregando a mi responsabilidad acometer ese trabajo y dar cuenta después, al mismo mundo, de los resultados obtenidos. No sé si en realidad es bien diferente en las escuelas de muchas líneas, las edificadas en el centro de las ciudades o en las periferias, en los pueblos, en aldeas que tengan más de diez alumnos de ratio. Tenemos un trabajo sagrado, los maestros. Lo es porque es el que está marcado para salvar al mundo. Por eso inspira una pena enorme la constatación brutal de este abandono; una pena que se incrusta adentro y que hace que se reconsidere la labor que realizamos y la bondad de los medios con los que contamos. Por eso la fotografía no lo cuenta todo, no lo explica todo, no da una idea fiable de la belleza que tutela en su ruina fotografiable. Importa lo que no está, lo invisible, la sospecha de que antaño (en el pasado, que es una estación propicia a la nostalgia, como quería mi buen Borges) hubo vida y la hubo de un modo absolutamente jovial. Ya saben, maestros enseñando las costas de España, los verbos irregualres y el cálculo matemático y alumnos descubriendo el mundo detrás de una tiza. 

Esto es mi pie, esto es el tuyo, esto la soga

  Gustav Meyrin escribió Der Golem, un librito expresionista, una manera de contar el complejo de Dios. El totémico Golem es la sustancia pr...