El rock tiene la elocuencia de sus tiempos. Cada género adquiere la impronta de la época en que nació y progresa conforme a ella. La música es ese estado de las cosas al que uno se inclina con la intención de entender lo que le rodea y, si eso es posible, entenderse uno mismo. Hay discos que responden a ese criterio y hacen escrutinio de la realidad y la subliman. Quien los crea se sabe portador de un oficio, se respeta a sí mismo y, sobre todo, cuida que ese respeto pueda expandirse y aplicarse a quien se acerca y escucha. Hasta ahí mi escrutinio sentimental del rock como lenguaje universal. Sirva como convencido elogio del género y como prefacio de un buen ejemplo suyo.
Xavi Nuez viste de sociedad a Xavi Swinger, un Ziggy Stardust con el pedigrí de su época y de sus raíces, un poeta urbano (eso está muy usado, pero conviene aquí). La increíble historia de Xavi Swinger es un disco arrebatadoramente clásico. Esto es: no desprecia las influencias previsibles, no renuncia a ninguna influencia, pero tiene algo que lo hace genuino, eso tan difícil. Lo que consigue (hay mucho trabajo atrás para tener esa propiedad) es entregar al oyente un sonido reconocible, una textura fácilmente reconocible. Poco (muy poco) tiempo después de su anterior disco, Xavi Nuez idea otra aventura, se desplaza de un patrón a otro y factura un disco que requiere entregarse, escarbar en las historias de sus letras (pueden anudarse en una) y disfrutar de cuarenta minutos de una vigorosa lección de oficio. Está muy bien ensamblado todo: guitarras con distorsión y sustancia, vientos colocados con mimo, no como liviano aditivo, voces más trabajadas que en discos anteriores y un esmero en las melodías que se advierte a la primera y gana conforme se le conceden posteriores escuchas.
Los alardes de punk (qué músculo tuvo) los atenúa con pequeñas briznas de dulzura. Porque no es un disco seco, de áspero arrimo. Tampoco sería recriminable que lo fuese. Se advierte una voluntad de aunar fórmulas asequibles y episódicas trazas más complejas (Sadomasoquista o la que da título) o la de encaramarse a tempos más pacíficos (Amor perdido) sin abandonar el leivmotiv general del disco: su insobornable deseo de que el ruido del rock triunfe por encima de cualquier otra consideración. Dicho y hecho. El plan es dar caña (la hay) y dejar la sensación de que el género está vigorosamente vivo y exige nuevas adhesiones, más leña, más madera, mucha más presión.
Este cuarto álbum de Xavi Nuez (tras Historias varias, La ultima estación y Cuando nos creíamos poetas) es también una declaración de intenciones narrativas: las letras están más cuidadas (me encanta que Dorian Grey ande por ahí y diga que le quema el alma en Luchas en tu habitación) y hay complicidad entre lo contado y lo musicado, permitidme esa licencia. Por lo demás, mucho camino por recorrer. Xavi Nuez puede viajar sin coger un avión (Esperpéntico) y contribuir al circo de la música sin renunciar a unos ideales sonoros. Habrá disco nuevo pronto: fertilidad y compromiso, ganas de trabajar. En estos tiempos extraños, agradece uno esta convicción, este pequeño puñado de propósitos sanos y festivos. Es un tipo libre el tal Xavi Swinger. Descree y cree, ama el amor, es feliz con su provocación íntima y áspera a la vez. Rebelde y clásico. Un buen disco del amigo Xavi. Otro.
Tenemos contra quién enfrentarnos. A poco que lo piensa uno, en cuanto repara en lo que le circunda, da con el objeto de su ira. También a quien amar. El argumento es el mismo. La vocación es la misma. Se odia o se ama sin razones o con ellas, no se discurren motivos, no los habría. Se prefiere amar, se dan más ventajas, se reconoce uno más en el amor que en su contrario. El bien festeja con más vuelo su travesía, pero el mal ejerce su fascinación primaria, animal y oscura. Medra con arrojo y denuedo, ocupa una considerable franja de atenciones, compromete al bien y, en ocasiones, lo abate, aplica su incontinencia, crea su ciega legión de acólitos. El mal carece de ideologías, no recurre a ellas, le traban en su avance, fomentan el diálogo, abren un discurso que le incomodan y enturbian. Prefiere ir a ciegas, firmar su apostasía loca, cubrir su desempeño con fiereza y anonimato. El bien se afana en granjearse adhesiones puras, en cambio. La liza es antigua. El palmarés no tiene un dueño reconocible. El poeta acude a la sangre para dejar registro de esa dualidad. La sangre con su vértigo y con su fiebre, con su comisión de vicios y con su conciencia.La religión es la literatura de esa sangre, su izado místico, el vertido del grumo primario. Probablemente sea ella la que confine al mal en su locura. En ocasiones, cuando no puede, si se nubla su oficio o el mal no se deja convencer, se le atribuyen todas las desgracias. Es a Dios al que se culpa, es Él quien escribe los renglones torcidos, sin corrector que enmiende el roto, sin libro de estilo ni catón que mutile el texto extraviado, la parte enferma. Hoy al salir a la calle, camino de ver a mi padre, aprecié una ciudad solitaria. No había nadie, nadie caminaba, salvo cuatro disidentes. Era un silencio conmovedor, del que tardé en salir, a pesar de que poco después abrió la rutina su cuaderno de ruidos y todo volvió al trajín de siempre y las aceras, en el regreso, se animaban con la bulla habitual, pero en el inicio del día, cuando rompió la luz y salí a pasear, antes de encaminarme a la residencia en donde tengo al padre, mi pueblo tenía ese aire de ensoñación o de metáfora. Hasta la amenaza de lluvia, que no ha roto aún, me condujo a la literatura. El bien es un instrumento de los sacerdotes. También el mal. Van de uno a otro según las circunstancias y la conveniencia de la homilía. Los poetas, incluso cuando se acogen a él y lo escudriñan y salvan, son mensajeros de la oscuridad.
Deliberadamente fuera del circuito de películas de superhéroes, Glass es la antología de todas ellas. Cierra una trilogía que no lo era en principio y ofrece en ese cierre un discurso formal sobre la naturaleza del bien y del mal o, dicho de otro modo, sobre la moral y la responsabilidad de quienes la administran. Es todo lo que uno no espera, pues se esmera más en los diálogos (espléndidos McAvoy, Willis y Jackson) que en las partes de pura acción, que son insinuadas o mostradas abiertamente, pero sin recrearse en ellas, sin caer en esa pornografía del género en la que interesa ver carne apaleada, ensangrentada, caída en desgracia si se desea. Glass no se ocupa de esas consideraciones narrativas, aunque las utilice para darle coherencia al conjunto: prefiere incomodarnos, turbar la placentera estancia en la butaca, cambiar nuestra visión del género o, en todo caso, forzarnos a pensar que el futuro del cine de superhéroes no está únicamente en DC Comics y en la Marvel, sino que tiene recorrido en la periferia de las grandes compañías, aunque el público al que se dirige no sea adolescente ni espere que la franquicia saque un videojuego o una serie en Netflix. Conviene haber pasado por El protegido y por Múltiple, las otras dos piezas de este mecano alargado en el tiempo (dieciocho años entre la primera y la tercera) pero se puede contemplar sin esa obligación. Quienes estén avisados y sepan las andanzas del hombre de cristal y de David Dunn, hombres extraordinarios a su manera, a los que se une La Bestia, que es uno y son muchos, todos retorcidos e incansablemente charlatanes.
Glass tiene mucho diálogo y tal vez debiera tener menos. Discurre en un pabellón psiquiátrico en buena parte del metraje en el que están bajo custodia del Estado los criminales, pues es ésa la taxonomía con la que son tratados. Se aprecia que al Shyamalan le encantan sus historias y sus personajes, pero en lo que es un maestro es en la creación de una atmósfera, crea la sensación de que algo asombroso está a punto de suceder, algo cuya inminencia es tangible, pero no sucede, se aplaza continuamente, hasta que el desenlace desbarata todas las especulaciones que has hecho, todos los cierres de trama que has podido especular. El de Glass (no hay spoilers) es sutil, quizá demasiado teórico, no es un fin como los de otras piezas suyas (El bosque, El sexto sentido, incluso La joven del agua), no sacia con ese fragor. De cualquier manera, gana cuando el plano es frontal, corto. Gana también cuando han pasado un par de días desde que la has visto y la rumias con paciencia y descubres que hay una historia hermosa debajo: no la aparente, la de los personajes que cruzan la trama, sino interior, apartada y delicadamente protegida. Es la historia del propio director, su condición de tipo raro, como lo son esos personajes, pero esa es una idea que sólo dura un rato y se canjea por otra. De Bruce Willis no he dicho nada. Qué grande es Bruce Willis, yo no sé por qué no tiene más pedigrí en las fiestas del artisteo, cuando los galardones y los inventarios que hacen de gente que ha hecho mucho por el cine o por nosotros.
No sé qué será lo próximo, pero me espero cualquier cosa. No es que uno sea melindre en que cada cosa tenga su nombre y sepamos cuál es y lo usemos, sino que la corrección política (que es un veneno lento y hace su trabajo de demolición con lentitud inexorable) está manipulando la realidad. Lo hace a conciencia, sabiendo el daño que produce. Lo de la Caperucita Roja censurada es un atropello a la rica literatura de tradición oral. He dicho rica. Es riqueza lo que nos transmite. La cultura de los pueblos no es un apaño urdido a la carrera, sobrevenido por generación espontánea. Las de ahora, a poco que nos descuidemos, va a ser una generación vaciada de cultura, ahogada en prejuicios, convertida en mercancía de unos cuantos puristas (o puristos, que no lo tengo claro) convencidos de que tienen un plan que acometer, una empresa sagrada, una misión divina, que consiste en borrar de la faz de los libros cualquier mancha, ya sea de índole gramatical o meramente narrativa. Estamos corrompiendo la imaginación de nuestras criaturas más indefensas, las que leen (ya es mucho que lean) los libros que les damos y escuchen los cuentos que les contamos. Si empezamos a cambiar el relato, acabaremos por hacerlos adultos antes de tiempo. Quizá se trate de eso: de domesticar la moral, de impedir que cualquier moral contraria a la más reciente triunfe y ponga en peligro la instalación completa de la recién llegada. Nos hacen tragar mentiras muy grandes. Nos piden que cambiemos la historia, no la acontecida a lo largo de los siglos, la que se escribe con mayúscula, sino la otra, la íntima, la cercana, la familiar, la que se ha fortalecido con el tiempo y ha enriquecido (vuelvo a nombrar la palabra riqueza) a generaciones sanas. Esto de las principesas es de estar enfermo. Al paso que vamos mandarán al olvido a San Jorge, que venció al dragón y liberó a la princesa. No está bien que haya princesas en torreones y que aguerridos mozos las manumitan de su encierro. Tampoco que los tres cerditos sean todos machos. Ya mismo habrá una versión en la que haya cuatro y dos sean hembras. Es que la paridad es un mandamiento que no se puede desobedecer. Pretenden (leo en prensa) que el mundo sea más inclusivo. En lo que a mí respecta, en lo que tengo más a mano, que es mi escuela y mis alumnos, paso de ser correcto. Seguiré a lo mío, que es lo de muchos, a lo que veo, por lo que escucho de quienes tengo cerca. Son inventos que nos vienen de lejos, son trampas en las que tienen la esperanza de que caigamos. Acabo: si aplicamos la corrección, la norma del género y la prudencia en materia sexista o violenta, renunciamos a toda la literatura. Es como si empezáramos de cero. Como si todo lo que se ha escrito hasta ahora no valiese. Si leer Caperucita o La bella durmiente fomenta que en el futuro existan hombres agresivos será por causas ajenas a la pobre Caperucita y a la más aristocrática Bella Durmiente. No hay que dejar de contar historias tradicionales. Es posible (sólo algunas de ellas, ni siquiera muchas) que manifiesten una inclinación sexista. También que sean violentos. Deberían censurar la misma Biblia, cosa en la que no van a ponerse de acuerdo, a Dios gracias. El mismo Dios, como se pongan a leer en detalle (críticamente, dicen ahora los que saben) sus narraciones extraordinarias, cierran todas las iglesias del mundo. Lo del incendio de Notre Dame es un asunto menor. Cierran todas las iglesias.
Uno tiene siempre su visión de los hechos, cree que es la que más cuenta o no piensa que las otras la aparten. Conforme crece se aferra a su visión, la adora en la intimidad, la mima incluso, hace de ella su casa, la reserva a ojos extraños por si no es capaz de defenderla, por si flaquea la coraza que se le aplica, por si marra en su desempeño, así que se esmera en su cuidado, se informa, se afana en informarse, concluye que sigue siendo la única visión posible. Todo lo que lee, lo que escucha, confirma que es la correcta, las que le inquietan, las versiones peligrosas, no las considera, no deja que ocupen mucho tiempo en su cabeza, por si descabalgan a la buena, a la gran visión de los hechos, la que ha ido amasando pacientemente desde que se le ocurrió, no se acuerda cuándo, no sabe cómo, pero es la suya, lo que tiene para enfrentarse al mundo, es la teoría del búnker. Uno tiene su propio búnker, no hay nadie que no haya construido uno, quien diga que no lo ha hecho es que miente; se miente a veces porque la verdad es escandalosa o porque la verdad no es admisible. En la mentira el tiempo fluye de otra manera. Las mentiras son los ladrillos del búnker, pero adentro está la verdad inconmovible, la gran verdad forjada a través de los años, contra los vientos y contra las mareas, frente al rigor de las estaciones y frente al caos de las leyes de los hombres; no se puede salir a la calle y zafarse de todos los peligros que ahí acechan sin tener la seguridad de que al volver a casa tendremos un refugio en el que guarecernos. La idea de los países proviene de que los hemos imaginado como si fuesen búnkers, refugios, cápsulas, los hay más estrictos, los hay más benignos. El búnker es una extensión lógica de la visión única de los hechos, el búnker es un país dentro de un país al que no se desea pertenecer o al que no le tenemos afecto o del que huimos o uno que creemos que nos persigue o que nos hiere o que no nos tiene en consideración, de ahí la construcción del búnker y no es sólo el miedo, también es la sensación de una intimidad, de sentirse protegido. El búnker es el útero materno al que se vuelve siempre, la gran vagina cariñosa, el túnel por el que accedemos a la música secreta del cosmos, pero afuera el mundo gira, suda, sangra, muere y nace en un mismo espasmo. Es tu casa y no tienes que agenciarte otra, no hace falta que construyas otra.
K. me dijo anoche que hay mentiras que se repiten una vez y otra vez y muchas veces. Se dicen en el convencimiento fingido de que acabarán haciendo asiento, en la convicción de que los demás, cuando las escuchen, las tasarán y darán timbre, hasta cabe tener noticia de ellas por terceros y sintamos la luminaria de la duda, sin la certeza de la verdad que poseen. Ganan lustre cuando se cuenta con ellas y no con las otras, las cartesianas, las que pueden verificarse y darles curso de verdad. Porque la verdad está sobrevalorada. Mentir es un acto creativo. La honestidad es un valor a la baja, no se premia, hasta se censura a beneficio de quien la urde. Quien la escucha no tiene las más de las veces la facultad de corroborarlas. En el extremo, pues los hay, las hace suyas y las difunde de modo que no dirime si le pertenecen como propias o están sobrevenidas, incrustadas entre las otras cosas, copiando de ellas su textura y su sintaxis; es así, no es de otra manera. Lo ético, lo estético y lo religioso no pueden ser manifestado a través del lenguaje: el verdadero texto de esas disciplinas está por escribir y cuando alguien lo acometa dejará en ese instante de tener validez ontológica alguna, así lo dejó escrito Wittgenstein en su Tractatus Philosophicus. En el discurrir diario, Wittgenstein no es útil. en el otro, en el privado y trascendente, es imprescindible: podemos vivir sin metafísica, pero la verdadera vida es metafísica pura, podemos hablar y podemos escribir pero nada de cuanto hablemos o escribamos posee trazo alguna de veracidad. Lo escrito o lo dicho puede ser hermoso o puede ser práctico, pero carece por completo de verdad, todo se confía así a la especulación, todo está por confirmar, finalmente nada podrá ser confirmado del todo. Vivimos en esas briznas de realidad asequibles y dóciles, de ahí que el lenguaje sea falible, de ahí que la realidad sea ilusoria. Nada puede ser expresado. En ese hilo de las cosas, no hay disciplina más honrada que la literatura, ella sabe cómo desempeñar su oficio. Escribir es consignar un acta notarial de esa debilidad, un inventario en el que se constate la naturaleza mágica (quiero decir mística o sobrenatural) de los acontecimientos, pero ni siquiera esa restitución de lo vivido consuela. No hay amarre a veces, ni confianza. Todo es frágil, todo es eventual. Tal vez convenga dejar de escribir, por ver si en ese nuevo desempeño la vida se entiende mejor, se vive mejor. Me dice K. que le escuche. Que nunca lo hago.
María Jesús Monedero fue mi maestra de Lengua en el instituto Averroes
en Córdoba. De eso hace pronto 40 años. El tiempo nos ha hecho
encontrarnos hace bien poco, merced a esta aventura a veces fría de las
redes sociales. No han sido baldíos los años, no han hecho que nos
alejemos del todo, pese a no habernos visto. Somos los maestros que
tuvimos, somos la inquietud y el tesón y la felicidad que nos regalaron.
Es muy hermosa esta profesión nuestra. Hoy mi maestra escribe de política.
Con Luis Sánchez Corral, al que echo mucho de menos, trabé en los
bares (el de la facultad, los de las calles) mis primeras conversaciones
políticas. También algunas sobre la literatura y sobre la vida, de las
que ya sabía algo. Los milagros existen. Por lo menos los milagros que
tienen que ver con las emociones y con los afectos, con el corazón y con
las palabras. Hago mías las tuyas ahora, M Jesús Monedero Isorna. Con un beso cariñoso.
Hay a quien conocemos sólo por el comportamiento de los cuerpos que se mueven alrededor suyo o de las opiniones que sobre él se vierten, consideradas o no, atinadas o escoradas del término justo. Parece que así cómo actúan los tales agujeros, aproximando a su centro la masa circundante, engulléndola, existiendo merced a esa vecindad sacrificada En ese aspecto, un agujero negro es como una persona o, dicho de otra forma, hay personas que funcionan como verdaderos agujeros negros. Tienes de ellos información de terceros, no la extraída por la experiencia propia, la servida después del trato o de la convivencia; gente que engulle lo que se le pone al paso, sin que medie aviso, como un depredador muy sofisticado. Los que saben del asunto dicen que hay cientos de millones de agujeros negros, pero nadie ha visto ninguno, nunca ha habido uno a tiro de ojo o de telescopio. Un agujero negro no es dócil, eso es lo primero que se te ocurre pensar. Tampoco es fácil pensar en ellos. No se tiene soltura en astrofísica. En lo que a mí me toca, no se me verá hablando sobre ellos, qué podría decir sin titubear ni soltar alguna pedrada teórica. Uno hasta se traba cuando lee los sueltos de prensa o escucha en televisión o en la radio (ayer muy machaconamente) cosas trascendentes (a mí me parecen trascendentes) sobre el universo y sobre su anatomía, así que piensen en atreverse a emitir una narración, una especie de resumen sobre lo que has pillado de aquí y de allí. Siempre que miro lejos, allá a la honda oscuridad estelar, o que pienso en las cosas que debe haber en esa lejanía, no pienso necesariamente en Dios. De haberlo, en esa dulzura poética, no estará lejos, no habrá un lugar lejano en el que se ubique y more. Dios no está en un agujero negro, luchando contra el efecto succión, domándolo como si fuese una bestia del infierno, tratando de no caer del todo y, a la misma vez, despachando asuntos terrenos, todos los de sus criaturas falibles y mortales.Hay tanto en lo que ocuparse aquí abajo que preocupa que Dios se concentre en las de arriba. Siempre pensé que la astronomía tiene un poco de teología por debajo, como si saber de una implicara razonar con mejor desempeño sobre la otra. Como si el espacio exterior, entero y ominoso, fuese una inmensa catedral a la que hubiese manumitido de su arquitectura y flotase en el éter como una canción de la eternidad.
En lo entendido, poco a decir verdad, uno entiende que un agujero negro es un cuerpo invisible que emite una luz proveniente de los gases que se precipitan sobre él. Lo que se ha fotografiado (siendo navegando entre la bruma de las palabras, entrando sin haber sido invitado, escribiendo a ciegas) es el resplandor, borroso en cierto modo, una especie de sombra. Tenga el amable lector en cuneta que estamos metidos en faena termodinámica, lo cual es una evidencia tangible de que todo cuanto yo pueda escribir ahora es un despropósito, un dislate, uno de esos baches teóricos o conceptuales o incluso teológicos, debe ser un revés o un agujero, negro o marrón oscuro o carmesí, un no sé qué me ocurre, que ni yo mismo me entiendo, no me apetece nada nada más que estar adentro, pero no de tu vientre, sino de tus sentimientos. La poesía (la de Aute, traída ahora, viene bien en muchos casos) podría explicar bien todo lo que nos han estado contando estos días por el milagro de la fotografía del agujero negro. En cuanto me lanzo, si se tercia escudriñar a fondo las honduras cósmicas, me asaltan más dudas de las que tenía, pero hay una inclinación a mirar con infinito respeto ese más allá, ese insondable (o será sondable al final) escenario en el que la vida pulsa las cuerdas del universo.
Le dan a la fotografía de marras la más alta consideración, lo cual no es cosa que yo pueda refutar y que, en círculos iniciados, asombrará y dejará huella. Me conformo con distraerme en las alturas, como dijo Serrat. Estamos tan a ras de tierra que a veces conviene que nos pongan en órbita (es un decir) con la peregrina idea de que sepamos quiénes somos o de dónde venimos. Lo que hacen es meternos en cintura científica. De pronto pretenden que comprendamos las ecuaciones de la bóveda celeste. Creen que esa pedagogía es asequible. Qué ingenuidad, qué confianza más baldía. Porque no sabe uno cómo entender la noticia. Si quedarse con el milagro de los panes o con el de los peces. De cualquier manera, el espacio es un retablo de milagros. De ahí que le calcemos virtudes de las que probablemente carezca. Me parece más milagroso que una mujer estéril dé a luz gracias a una técnica que usa el ADN de tres personas, siendo uno de esos donantes su propio hijo. Que sea al tiempo abuela y madre rivaliza con los viajes en el tiempo de Einstein o de H.G. Wells. Un agujero negro, me digan lo que me digan, es menos denso que la portentosa imaginación del ser humano. Todo para vendernos un donut. Hay agujeros aquí, en la Tierra, que merecen atención más preferente que la concedida al agujero recién fotografiado.
No sé si estas iniciativas, las de llevar a escritores a centros escolares para que hablen de libros, de por qué empezaron a leer y qué les hizo arrojarse a la escritura, cumplen el propósito que se les encomienda y quienes asisten, hoy alumnos de dos clases de cuarto de ESO del Instituto Marqués de Comares, en Lucena, reciben en depósito esa punzada que les anima a leer y, en algunos casos, los más favorables, escribir o si desoyen las recomendaciones y se cumple eso de que por un oído les entran y por otro les salen. Hay de ambos. Los habría ganados a la causa y los habría perdidos. No me cabe duda de que una buena parte no se sintió aludido en ninguna de mis intervenciones, como si aquello no fuese con ellos. Por otro lado, a la reversa, pienso que habrá alguno (ojalá muchos) que haya sido reclutado y convertido, no porque yo haya estado especialmente inspirado o locuaz o divertido, sino porque el que escucha (el convencible) ha dejado una pequeña brecha abierta y lo dicho ha llegado a su destino y se ha quedado ahí, impregnado, huésped improvisado. Entra en lo razonable que muchos de esos alumnos se hayan inclinado hoy a abrir un libro y dejar que la trama los seduzca. También que otros no sientan afecto alguno por la literatura y la charla de hoy los haya determinado a reafirmarse en ese desafecto y estén por siempre apartados de la senda literaria.
Precisamente esa ha sido la sustancia de mi charla, la de leer por placer y que ese acto solitario y hermoso sea enteramente voluntario. Al principio les conté que leer no sirve para nada y terminé declarando mi absoluta convicción de que si leemos somos más felices. Entre medias cité el cine de la RKO, los cuentos de nuestras abuelas, Peter Pan, Kafka, Borges, el instagram, el blues del delta del Mississippi, Hitler, la escoba de Harry Potter y hasta el Fornite, que es una cosa diabólica que sorbe el cerebro de los que lo practican, a decir de los que entienden. También la literatura hace eso, lo del Fornite. No dudo que es diabólica o celestial, según el caso. Tampoco que no se sale indemne al cruzarla, que no hay mentira más hermosa que la suya. Yo estoy encantado de vender esa ilusión de los libros. No me falta entusiasmo, derrocho entusiasmo. La posibilidad de que uno haya podido contribuir a que otra persona se haga lector (eso es un oficio igual que otro cualquiera) me sigue pareciendo prodigiosa, una especie de milagro secreto, una victoria a la mediocridad, al caos y a la barbarie. Doy las gracias por la invitación y por las atenciones que he recibido en el centro. Gracias en particular a Mari Carmen Florido por la amabilidad y las fotografías.
La tos me ladra en el pecho, lo hace trizas con dentelladas bruscas, pero lo que duele de verdad es el espasmo después del bocado. No piensa uno en sus pulmones hasta que truenan. Es un fuego bastardo la tos. Quema a conciencia, se esmera en su oficio. La tos, esta tos bronca de animal acorralado, es un festejo del mal. En cuanto flaquea la salud, hace uno sus cábalas, monta su chiringuito metafísico privado. No siendo nueva, intimo algo con ella, sé cómo procede, cuándo se retira, me atrevo a tutearla. La enfermeras es un género literario. De ahí que uno decida contar el destrozo, explicar cómo procede cuando irrumpe, si tiene piedad o arrambla a su antojadizo capricho. Al final hay luz, siempre la hay. Llevamos los dos veinte años de trato. La veo venir y no me entristece su visita. Es un peaje, quizá uno poco cruento, comparado con otros, puesto al nivel de los que se ven a diario y devastan con más entusiasmo y fiereza. Hoy he amanecido con un pulmón sano o quizá los dos. Es provisional la mejoría, volverá a emponzoñarme de nuevo, hará su casa en la mía. No hay remedio inmediato, tan solo el arnés de la paciencia, que es un placebo moral en el que uno tiene ya predicamento y soltura. Recuperaré la voz, habrá aire otra vez, irá a su bola por mi cuerpo, celebrando los dos ese ayuntamiento carnal. Alivia contar estos quebrantos minúsculos. Cuando acudan otros más graves, que vendrán y serán oscuros, no tendré con qué consolarme. Por eso escribo. Por inercia, por explicarme el mundo, nunca hubo otro motivo.
Hay muchas cosas que Xavi Nuez no hace. Sigue sin ser Bob Dylan ni Neil Young. Tampoco entra en sus planes continuar la senda que abrieron otros que tocan sus palos (Loquillo, Barricada, los más cercanos). Se aprecia que ha madurado, se le ven tablas, ha adquirido maneras de rocker, por decirlo de alguna forma. Como dice en una de sus letras, no sigue al rebaño. Con lo difícil que es tener una voz propia en el panorama discográfico español, hacer un disco de rock es una temeridad, una osadía, un salto al vacío o todo juntamente. Xavi Nuez es consciente de que no ha inventado nada, lo cual no quiere decir que el rodaje y la experiencia le abran nuevas vías en las que la música que reconoce como suya le envíe a territorios nuevos. Se vale de una voz muy personal. En mi opinión, su mayor valía, el hecho diferencial, el rasgo que hará que su propuesta puje y alcance los circuitos de difusión habituales, los que hacen que te programen en radio fórmulas o los ayuntamientos te contraten para hacer rulos. La parte que me falta para comprender de manera global la trascendencia de Xavi Nuez es su puesta en escena, si la rendición en vivo estará a la altura del disco, que está muy bien grabado y suena rotundo. Lo evidente de La última estación es que es un disco de rock, aunque también uno de rock and roll o de punk. La última estación (Rock CD Records, 2017) es una apuesta ambiciosa en la que ya no está la inocencia lógica de Historias varias, su anterior disco. Hay un avance, una producción más serena, un sonido más directo. Abundan las piezas pegadizas (Coleccionista de problemas, Un millón de cartas, Ay Diana...) y las que requieren una escucha más honda (Amigo Pedrún, una de mis favoritas; La canción que prometí, que viene de la producción anterior) para que se impregne el mensaje (no sólo la melodía tarareable, que hay muchas, o la letra sencilla, en apariencia).
La honestidad del rock es una de sus cualidades más apreciables. Nuez es honesto, no se enreda en lo que no sabe hacer o en lo que no comulga. Malhablado si se precisa (Esto no es el CSI) o lírico hasta parecer un trovador que carraspea sus primeras letras (Sólo para verte una vez más o Un millón de cartas), el rockero se amarra a la que tiene a mano para que el mensaje fluya: guitarras enérgicas (Ay Diana es una declaración de intenciones, una de esas canciones que entran a la primera) o suaves (el magnífico comienzo de Espina de sardina, una de las mejores canciones del disco), teclados que no apabullan, pero llenan la escena sonora (Amigo Pedrún, La canción que prometí) o baterías sin prejuicios, baterías musculadas que marcan el tempo de casi todos los temas, creando la sensación de que el rock tiene mucho que decir todavía, aunque siga vistiéndose con las mismas ropas y no se arriesgue a enredarse en probar otras. La última estación gana según se le concedan escuchas. No es un catálogo aleatorio de canciones: guarda un sentido, explica una manera de vivir, narra el pulso de la ciudad. Ahí están Barcelona, Madrid, todas las ciudades con todos sus avenidas y todos sus bares, pero también la ciudad que uno crea en su cabeza, la que hace suya y con la que convive.
El rock es un lenguaje de la ciudad, nació con ella y no hay otro instrumento que la cuente mejor que él. Por eso no flaquea, por eso perdura. Y es ésa la razón por la que el rock de Xavi es la expresión diáfana de la libertad en estos tiempos de zozobra. Y es precisamente ahí, en la contienda, en las trincheras, donde el mensaje del rock prospera. No hay una intención social fundamental en las letras de Xavi Nuez: su prioridad es el amor o su añoranza o su pérdida. En adelante, en cuanto se decante con más hondura la inspiración en su manera de componer, depurará las letras, las hará menos pendientes de la música, creará una especie de poesía urbana en la que siga contando lo mismo y en donde el texto pueda ser leído sin que se precise el concurso de la melodía, sin que se eche en falta el colchón sonoro sobre el que él construye sus canciones. No es cosa que urja, no hay que exigirle lo que quizá no haga falta todavía: manda el conjunto, es la pieza entera la que requiere atención, no la mirada fragmentada a sus partes. La contracultura que parió el punk no está presente, incluso no conviene que aparezca. Lo que sí se agradece es el rescoldo del incendio que creó. De él, de ese bagaje cultural, Xavi coge lo que le interesa, indaga aquí y allá, coge lo útil, prescinde de las partes bastardas. La suya no es una batalla en la periferia de la ciudad: un disco como La última estación se defiende bien en los grandes escenarios, en los clubs o en la intimidad. De hecho, eché el disco al iPhone y paseé el pueblo como si las letras de Xavi me lo contaran de nuevo. Es una colección de canciones urbanas, arrebatadoramente urbanas, sí, pero también tiene vocación doméstica. La inclusión de un par de tiempos menos adrenalíticos le dan la pausa que precisa para que no sea un subidón enérgico de pies a cabeza, del corte primero (un disparo con todas las de la ley) al último (Pensa en mí, una versión más que decente del clásico de Oasis, Stand by me). El trabajo de Wences Sánchez, que co-produce, toca batería y bajo, y el de Xavi, con guitarras y voces es impecable. Además el disco suena muy bien.
Espero también que la estupenda voz de Xavi (personal, de inmediato asiento en la memoria) se pula y dramatice con más intensidad. A Neil Young, por citar otra vez un grande del rock, se le afinó esa carencia cuando ya había hecho discos enormes. Fue capaz de registrar inflexiones nuevas, matices que no están en unas canciones y, en cambio, se hacen obligatorios en otras. Hay muchas voces dentro de la voz de un cantante, sea de rock o de boleros. Así que Xavi, que tiene una manera de cantar muy específica, aceptará de buen grado que es ése uno de sus trabajos. Lo acometerá bien, no tengo duda en ese aspecto.
Entiendo poco de cómo funciona el negocio de la música para saber cuál es el siguiente paso. Sé que Xavi las tiene todas consigo. Posee la vitalidad y la ilusión, una voz contundente y unas ganas enormes de correr por el mundo, pero no le falta el talento. Hay mucho en La última estación y lo hubo en Historias varias. El que falta se aposentará con el tiempo, conforme escuche más música y crezca como intérprete y como persona. Hace bien en aprovechar la juventud y tocar casi con toda probabilidad la única música que responde a todas las preguntas que la juventud suele hacerse. Tal vez no sean respuestas lo que hay en el disco, sino más interrogantes, más dudas en todo caso. Hace muy bien en confiar en las redes sociales, en los videos en youtube (Ay Diana es una pequeña obra maestra) o en salir a la calle con el disco en los dientes y venderlo a cara de perro. Porque son malos tiempos y no hay mejor aval que uno mismo, exhibido, ofrecido como él lo hace, con humildad (aseguro que en lo que le conozco es un tipo sencillo y asentado en la tierra) y con la certidumbre de que su trabajo es el mejor que ha podido facturar. A mí me ha correspondido recibirlo en casa (lo cual fue un verdadero honor) y escucharlo con calma para que todo lo que aquí he reseñado no reste ningún mérito ni deje en el olvido ninguna falta. Ya comenté Historias varias por aquí. Cuando saque el tercer disco, espero que no se haga esperar, estaré encantado de volver a dejar unas notas. Que dé muchos conciertos, que venda mucho, que se vea a Xavi por todos lados.
Ah, una última cosa: la portada de La última estación gana por goleada a la de Historias varias. Claro, todo son apreciaciones, formas de ver las cosas. A él le toca (una suerte) el trabajo grande de hacer un disco y a mí el recado suyo de que le haga una reseña. Espero que la reciba con una sonrisa. Yo sigo agradecido por la confianza.
Si alguien desea escuchar y tener La última estación aquí lo tiene fácil.
Los viajes exigen riesgo. La idea de viajar, de ir de un sitio a otro, requiere la voluntad de perder algo. La cultura es a veces una renuncia. Sale uno con un equipaje y lo abandona en el camino porque no lo precisa. Acaba de descubrir que no le hace falta nada de lo que contiene. Prefiere empezar de cero, una especie de formateo o de reboot interno. Yo era aquél y ahora soy éste. Algo así, en lo musical, podría contar Xavi Nuez, un músico que indaga en cómo sería dejar de ser lo que fue y ser otra cosa, aunque sea transitoriamente, por ver qué hay en el trayecto y qué encuentra a su término. Xavi viene del punk y del metal y del hard rock. No es un asunto baladí éste. Del punk a veces no se va a ningún sitio. No porque sea una vía muerta, no porque el punk se cierre en sí mismo, se encapsule y censure cualquiera injerencia externa: no se va a ningún sitio porque es un género hermético, de difícil acople con otros o porque el punk o el metal o el hard rock en menor medida, se deja intimar poco, no da muchas licencias. Quizá ninguna. Hay que resetear, ya lo hemos dejado escrito. Tal vez ahí resida la razón por la que Xavi Nuez opte por iniciar su carrera en solitaria, sin la banda en la que tocó, The Sick Side o Akoso antes, y probar texturas más endebles en apariencia, de fácil escucha si se piensa de dónde procede el autor y en qué escenario ha decidido situarse.
Historias varias es una aventura periférica, un manifiesto personal de adhesiones, de afectos, admirable en su deseo de llegar lejos, de hacerse oír, de encontrar un hueco. Debe haber suficientes huecos en el mercado, no lo dudo, pero debe ser difícil instalarse en uno, plantar un escaparate lo suficientemente vistoso como para que el transeúnte se pare delante y al menos dedique un tiempo a apreciar lo ofrecido. Lo que Xavi Nuez ofrece es un disco que crece conforme se escucha. No se gasta, no agota su caudal de sentimientos, su particular sentido de la belleza: prefiere circular con esa modestia de lo que acaba de echarse andar, sin querer todavía llamar mucho la atención, pero dejando evidencias de que todo está pensado, trabajado a conciencia, cuidado al detalle. Sólo hay que fijarse en los arreglos de las guitarras, en el manejo limpio de melodías que van creciendo, sin solaparse, sin repetirse. Cae uno en la cuenta de que no hay músico al que no se le vea el plumero, de quien no se adviertan influencias, a quien no se le aprecien los afectos. A Xavi Nuez le debe fascinar el pop, el rock, el folk y hasta la clásica. Todo está aquí, en estas pocas canciones, en esta media hora de intensidad honesta, a la que quizá sólo se le eche en falta una brizna de osadía instrumental, asunto que quizá le interese poco en esta ocasión o no ha habido, por parte de quien le produce o asesora o aconseja, esa voluntad de cuajar un producto más cuajado, con arreglos de disco grande, aún a pesar de que su tamaño es enorme, por lo que muestra, por cuanto anuncia.
La voz, esa afinación intensa, esa inclinación al desgarro contenido, a caer sin tener necesariamente que darse de bruces con el suelo, hace que las canciones adquieran un peso, una especie de tendencia a mantenerse en el aire, a no difuminarse, pero escuchando canciones como La canción que prometí o Un día especial, probablemente la que más se apega al oído y la más radiofónica, pensé en una voz de más dulce timbre, en una de esas cantantes de asiento indie que apuestan por susurrar, por hacerlo todo melifluo, mínimo, de una intimidad hostil a veces. Y las imaginé bien, comprendí que es un material de recorrido largo, que gana en versiones, en adaptaciones, en esa idea popular en estos tiempos de añadir capas y hacer que una cosa parezca otra, aunque si prestamos atención se advierta que está ahí debajo, esperando que se la reconozca. También pensé, cómo no, no seré el primero, en el Bob Dylan de los sesenta, antes de descubrir la bendita electricidad y tocar en los grandes estadios, cuando iba a las universidades y a los bares oscuros donde se tocaba a pelo, sin amplificar, sin interferir en la naturaleza primera de la música, la del que canta mirando a la cara al que escucha. Así podría sentirse Historias varias. Como una confesión de un amigo a otro. Uno que se vacía y otro, paciente, que se va llenando. Justo lo que no es posible encontrar, al menos no con esta intensidad lírica, en el rock cañero, en el punk o en cualquier género que no requiera la quietud del que escucha. Aquí, no se cuestiona eso, la quietud existe, sin que esa circunstancia endulce el resultado, lo rebaje. A mi adorado Neil Young, por contra, se le da estupendamente matrimoniar el rock de garaje, el sucio, el desgarrado, con la poesía, con la lírica, a la que se encomienda la transmisión de los valores, la belleza de las emociones, incluso la frescura y la hondura del lenguaje. Xavi Nuez no es Bob Dylan, ni Neil Young, pero de seguro aceptaría irse viendo en ellos, dejando que las melodías se impregnen de toda esa rabia urbana de quien no ha dejado del todo el ruido. No ha muerto la electricidad. Quizá se quedó a la espera, por si la llaman.
Adenda:
Xavi Nuez no es nadie a quien conozca. Sólo poseo la información que cualquiera podría sacar en la red. No obstante, hay mucho extraíble del disco que está promocionando. Supongo que por eso me invitó a que lo reseñara. No quería (imagino) una crítica sesuda, de las que despachan las revistas del ramo. No es ése mi oficio. Me ciño a dejarme llevar por lo que me cuentan las canciones. Las suyas son un libro abierto, como suele decirse. Se expanden, alcanzan la lejanía que a veces no procura el rock, de donde procede. Interesa la historia de cada canción (el amor, la mirada interior, el desasosiego, la desesperanza) y lo que el músico (el compositor también) elije para que esa visión de la cosas prospere. Cada deseo tiene una melodía que lo explicita, podríamos decir. A mi respecto, agradezco la confianza en que yo pueda contribuir a que Historia varias se difunda. No alcanzo a comprender qué puedo yo hacer, a qué acudir para que esa confianza no flaquee o acabe yéndose.Si pedirme que diga si me gustó o no su disco pueda ser útil. Sé, faltaría más, que es un disco primerizo; sé también que tiene pasajes que brillan (esos arreglos de guitarra son buenos de verdad) y otros, cómo podría ser de otra forma, menos intensos, y que Xavi Nuez, a poco que persevere, se hará oír. Perseverar, he ahí el problema. No creo que Xavi pare aquí.
Al genio siempre se le espera. Da lo mismo que renquee, rehuya la responsabilidad o abiertamente tropiece y se dé de bruces con el suelo. David Gilmour se ha caído las veces suficientes como para agradecer que haya izado de nuevo el vuelo y tengamos en manos este espléndido disco. Se agradece más incluso cuando no es habitual que sus obras en solitario brillen o tengan una repercusión mediática que trascienda la etiqueta de guitarrista o líder -junto con Roger Waters - de una de las mejores bandas de rock de la historia, Pink Floyd. Por eso uno aplaude una vez y aplaude las veces que hagan falta que Gilmour haya encontrado la vía o se la hayan buscado. Ahí está la producción de Phil Manzanera, el alma en la sombra de otra gran banda, los Roxy Music de Bryan Ferry. De hecho hay partes del disco que poseen ese aire dandy que eran marca de la casa en su banda en los gloriosos setenta. Lo de todos estos grandes dinosaurios del rock es admirable: siguen en la brecha, hacen que no parezca que el tiempo les afecte, demuestran (a veces, no siempre, no crean) que la música les sigue apasionando o que el negocio de la música continúa teniéndolos entretenidos, que de todo hay.
Rattle that lock es un disco complaciente, en el fondo. No arriesga, no entra en asuntos que no le conciernen, no se despeña en licencias que pudieran malograrlo. Se limita a predicar con el recetario de milagros que funcionaron con Pink Floyd. Hasta la portada tiene ese aire de grandilocuencia plástica que tenían las de la banda. El interior es espléndido: hay cortes que harían feliz al más inspirado Leonard Cohen (Faces of stone) e instrumentales que podrían incluirse en las obras maestras de Pink Floyd como el corte con que se abre (5 AM) y el que lo cierra (And then). Para que el disco se cuele en las radio-fórmulas, pensando en acceder al público que todavía no conoce de dónde viene, Gilmour factura una pieza AOR, la que da título al disco y, sin duda al respecto, la menos afortunada del mismo. Emociona (mucho) A boat lies waiting, con el ascendente de Crosby, Still and Nash o la ya citada Faces of stone, la gran canción del álbum, la que me ha acompañado estos últimos días y de la que no puedo desprenderme y hace, junto con In any tongue, en cierto modo, que escriba esta reseña.
Acabo el día escuchando las psicodelias de los primeros Pink Floyd. No sé si es en trance como hay que entrar en estas sesiones o con un espíritu limpio, en absoluto contaminado. Sé que la cosa lisérgica ha ocupado la entera extensión de mi cabeza sin que mi cuerpo haya recibido la tralla de los fármacos. Entusiasmado, izado, conmovido incluso, he viajado al Londres de los primeros setenta. En el viaje, he visto escena de Blow up de Antonioni y juro que tuve pantalones de campana, patillas de doce centímetros y, pese a mi alopecia, pelambreras respetables. He comprendido, en cinco o seis piezas, el poder de la música. No ha sido una revelación, no ha llegado la cosa a tanto: uno sabía bien que hay discos que pueden salvarte la vida o malograrla. Lo que en este rato he percibido es la sublimación de un modo muy concreto de entender el mundo. No es posible que hoy en día salgan discos como A saucerful of secrets. No habría productor que lo auspiciara, ninguno que lo refrendara. Lo bueno de aquellos tiempos es que se apreciaba cierto desquicio creativo que hoy en día no existe. -Todos esos discos nuevos que pretenden innovar terminan haciendo pensar en tal o cual grupo, en alguno de los setenta, tan febriles, o de los ochenta, tan tarareables. Hoy soy de Pink Floyd, cuando ayer, a última hora de la noche, fui feligrés de Monk. Ha sido un día feliz en muchos sentidos. Mis Bowers and Wilkins me han sonreído a su manera.
El adiestramiento. Antes de escuchar el nuevo disco de Blur, The magic Whip, he escuchado todos los anteriores. No me ha dejado atrás ni la sesión en vivo en Hyde Park, de cuando se reunieron de nuevo en 2009. Me quería poner en situación, adquirir el bagaje sentimental nuevamente, permitir que la audición fuese lo más fluida posible. Conforme los iba engullendo, a medida de que mi memoria recuperaba los highlights de la banda, los temas perdidos, los trascendentes y los irrelevantes, me sobrevino el deseo de no escuchar el nuevo, pero no tengo palabra o no encontré un argumento del que fiarme para contrariar el instinto, que me pedía no escucharlo, volver al Parklife o al The great escape y quedarme allí a la espera de que llegue el verano. Temía que The magic whip fuese Albarn cien por cien, es decir, tribalismo, Gorillaz, incursiones en el lado oscuro del pop, pero no la épica de los primeros Blur, la astucia y la irreverencia juntamente, el poder del rock, que se acaba desestimando, que a veces no consideramos en su justo valor.
El hallazgo. Si tuviese la misma concienzuda y serena forma de hacer las cosas en otros órdenes de la vida, habría llegado más lejos o más alto, no sé. Dice K. que uno aplica lo mejor de sí en las cosas que tienen menos importancia y no con las que verdaderamente cuentan. No le contradigo. He obrado con Blur con apasionamiento, he viajado por cada canción y me he encontrado con el yo que las descubrió en el glorioso pasado, que es la estación más confortable, a decir de la poesía romántica. No quiere uno llegar lejos ni tampoco alcanzar ninguna altura desde la que ver el mundo de abajo con otra perspectiva. Aprecio la que tengo, poseo la virtud de no imponerme metas muy costosas. Por eso me pareció franqueable la de ir devorando discos de Blur. No se me ocurre leer todo Murakami cuando Murakami saca novela nueva. Quizá porque no me ha hecho disfrutar como Blur, ni he sentido el zarandeo del alma en ninguna de sus ocurrencias sobre la fragilidad del alma y el dolor de la existencia. Blur es festividad y alborozo. Los pasajes oscuros lo son de un modo que uno reconoce coyunturales: suele pasar con la música que se va de la alegría más desbocada a la tristeza más ensimismada en un misma pieza, sin que sepamos bien cómo evitar el roto o hacer que el placer perdure. Por eso los discos son tan maravillosos, por eso recurrimos a ellos cuando nos da el pánico o nos invade la melancolía. A K. le da por reponer en la estantería de su cabeza los discos primerizos de Leonard Cohen. Yo suelo buscar Shine on you crazy diamond o Kind of blue al completo. No sabría contar la de veces que ambos me salvaron de donde sea que estuviera cayendo. En cierto modo, eso es Song 2 para mí: es ponerla y borrar el gris, como si inoculases luz en la misma sombra y notases cómo se va retirando.
El final. No hay ninguna Song 2 en The magic whip. Ninguna pieza escandaliza por mala, ninguna es insulsa, al modo en que las había en Think Tank, ninguna desentonaría en algún álbum precedente. Lo que no cuadra en esta entrega es que no deslumbre. Y bien debería. Es como una deuda que uno espera que se le pague y vas a recibirla y vas feliz porque sabes que te la van a pagar, pero no es el importe exacto, no es lo que esperabas, no lo que lo zanjaría todo y dejaría las cosas como estaban. Cosas dóciles, cosas banales. Discos a los que dedicas una atención máxima, y luego se pierden entre los otros discos, probablemente. De todas maneras he disfrutado más la sensación de escuchar un nuevo disco de Blur que el propio disco de Blur. Piezas salvables, completamente adictivas hay tres: Though I was a spaceman,(Bowie, Bowie) Ice-cream man y Ong Ong. Me voy a enchufar las tres, me voy a transportar al pasado.
Al blues le incumbe el relato de los orígenes. Jack White es el trovador que está obstinado en hacer que el blues cuente el futuro y Lazaretto, su último disco, es un intento de narrar ese futuro, sin renunciar al legado pegajoso del género, al recital de plañideras a la orilla del río, bendiciendo al muerto, deseando que el cielo le abra sus puertas. Las historias de White son las del blues de toda la vida, pero restauradas con barnices modernos. White es un músico enorme, siente que el material que trata es digno del más grande los respetos, pero mira al frente, se recrea en la turbulencia del rock, la que llevó a un extremo sublime en The White Stripes, y se las ingenia para facturar un disco sucio y lírico al tiempo, accesible con piezas tarareables (Three women, Just one drink), hecho para perdurar. Ambicioso, Lazaretto recorre todos los palos del blues, algunos del rock y hasta merodea el folk-country (Entitlement) y lo hace sin dejar de experimentar, acudiendo al ruido, distorsionando guitarras, martilleando baterías, acariciando violines y mandolinas. Lo que hay que agradecer a discos como éste, sean de White o de The Black Keys, es la voluntad de rendir tributo al pasado y la de hacer guiños a la música que se fabricará en el futuro. Todo lo que pueda sonar a rudimentario en Lazaretto remite a las grabaciones analógicas (de las que White es un ferviente adorador) y a cierto romanticismo sonoro que huye de la perfección audiófila y abraza texturas viscosas, tramas brumosas. Jack White nos invita a un paseo por el blues, al que ama. Pensé, en ciertos pasajes, en los primeros discos de Led Zeppelin, en Jimmy Page cuando era Jack White. El rock o el blues tienen vasos comunicantes. Por dentro se destilan licores sabios. Los ángeles que tutelan al poeta escuchan, alucinados, el repertorio.
Conocí tarde a Vetusta Morla y no me esmeré en apreciar ese cierto toque de pop en el que una canción tiende a confundirse con la anterior y con la siguiente. No es que sea un mal grupo o que sea mediocre: acepto que Vetusta Morla es un grupo de una contundencia sonora que hace pensar en bandas de más al norte, de algunas que dan la impresión, incluso en las primeras escuchas, de que no es producto desechable. Mapas era un disco agradable, que caía en ocasiones en esa pesadez dulce, en esa paradoja que consiste en dar por irrelevante lo que no es sublime. Vetusta Morla no es una banda que apabulle, no es el grupo sólido que ha encontrado un lenguaje y lo explota a conciencia, insistiendo en matices en que solo ellos insisten, hablando de asuntos de los que solo ellos hablan, pero quizá haya que bajar la guardia, no estar a la defensiva, no pretender que el paraíso exista y creamos que está al alcance, a poco que elevamos la vista. De Mapas me quedo con el agrado primerizo. No hubo más. Es otra cosa La deriva. Llega donde uno no esperaba, emociona donde antes solo había un leve afecto, una tenencia compartida de emociones, pero no una mano tendida sobre otra, un libro que leen dos al tiempo. De hecho, lo primero a lo que se acoge uno es al mensaje, que es reivindicativo, político, de poesía social de los cincuenta, de puñetazo encima de la mesa. La voz de Pucho engancha mucho o te molesta mucho: puede sobrecogerte (a mí me conmueve en tramos, me llena mucho en momentos) o crearte un severo estado de nervios que incluso podría reconocer el fan más fan de todos los fanes vetustos. Llevo tres días prestándole toda mi atención a esta deriva. La siento mía, me ha conducido por calles, me ha enganchado lo suficiente como para haberme alegrado una barbaridad de que un grupo español (por fin, por fin) me haya entusiasmado al modo en que lo hizo Radio Futura en el glorioso pasado, que es una estación propicia para la nostalgia, por supuesto. El desfile de los mil dolores pequeños que punzan la piel del herido o del atropellado (hay tantos atropellos, hay tantas heridas) te mantienen alerta, a la espera de que en cualquier rincón te conmocione un verso suelto o te haga brincar un riff de guitarras o un certero acople de sonidos, menos atmosféricos, más epidérmico. Dice mi amigo K. que Vetusta Morla no saldrán nunca de la etiqueta de grupo de culto. En este país las cosas de culto suelen ser las que se despachan con desprecio, las que solo suscitan la atención de ciertos connoiseurs. No teniéndome yo por ninguno de ellos, llego a La deriva con la voluntad de escuchar sin prejuicios. No siempre sucede. Se deja uno llevar. Cae en lo que oye. Una vez contaminado, es difícil acceder de forma limpia. Ahora mismo estoy escribiendo esto y pensando en que tengo un amigo vetustero (P.) y dos, al menos dos, que no lo son (F. y J.A.) K. me dice que desoiga, que tire al monte, que haga lo que suelo, pero no dejo de pensar en que entiendo las posturas, el amor frontal, el odio recto.
Sting está envejeciendo a su aire. Es quizá la mejor forma de dejar la juventud, sea eso lo que quiera que sea, o incluso la edad adulta, la que todavía echa la vista atrás en lugar de otear el horizonte. Hegel dijo que los tiempos no siempre van hacia adelante. En ocasiones
no se mueven. En otras van hacia atrás. La idea primaria de la
ocurrencia de Hegel es que el futuro no tiene futuro o que el pasado, a
pesar de lo gris y de lo malo que pudo ser, puede volver y quedarse. A Sting se está poniendo invernal, crepuscular, nostálgico. No parece que en su día empezara a ras de punk, liderara un formidable grupo de rock mainstream (The Police) o fundara una carrera en solitario a la que no le ha quedado ni un solo palo por tocar, desde el jazz voluntarioso, The dream of the blue turtles y Bring on the night, al receptorio de madrigales y otros pequeños caprichos medievalistas o renacentistas (If on a winter's night y Songs from the labyrinth) o ese afecto suyo por el arrimo al pop, asunto que ha desquiciado a quienes pensaban que este hombre huiría del mercado fácil y no sucumbiría a toda esa cantidad de mediocridades que ha facturado su voracidad artística. Porque Sting es un artista, qué vamos a pensar. Uno que se rodea de una orquesta (una distinta a cada ciudad en donde recala el tour) y graba un disco, Symphonicities, que luego fueron dos, de versiones sinfónicas de sus temas. Por eso no es de extrañar que se haya dejado engolosinar por el folk, por la respiración de la tierra.
El primero disco con temas propios en diez años, The last ship es una obra concebida para ser representada, un musical cimentado sobre el declive laboral de una ciudad portuaria, la suya, Wallsend, de la que ya se alimentó en The Soul Cages. El problema de los musicales, una vez que se transfieren a un disco, es que pierden parte de la inspiración que los alentó. Quizá este disco caiga en ese vicio: que las canciones precisen de un soporte teatral, que existan y tengan un sentido completo en la plasticidad de su puesta en escena. En todo lo demás, la obra es un muestrario completo de tradiciones locales, un repaso al cancionero de la Inglaterra a la que no atropelló el rock de los Beatles, de los Rolling o de los Kinks y todo lo que vino afortunadamente después. No sé si le va a Sting el papel de bardo de los astilleros. La crónica social de la reconversión naval ha tenido voces duras, voces críticas con la inoperancia de sus gobiernos o con la vorágine de los mercados, que ya no quieren barcos grandes ni necesitan la mano de obra que los construye y repara.
The last ship es una aventura que mira a Broadway, que no descuida su vocación eminentemente teatral y que, en cierta coherencia, obsequiará a Sting con el afecto y con el desafecto, apuesto que a partes iguales, de un público fiel, pero desconcertado, poco inclinado a que abunden las piezas meditabundas, pausadas, intimistas, abandonando (cada vez es más ostensible este abandono) el perfil rítmico, el lado oscuro, incluso el lado ruidoso. Eso no quita que se esmere y que brille en cortes de una textura delicadísima (August winds, Practical arrangements) y que el todo sea coherente, melódicamente correcto, sin la estridencia que quizá algunos querríamos, sin la brizna de riesgo que supone el regreso al Sting que a mí, en particular, más me agrada, el que se rodea por buenos músicos de jazz, aunque éstos sean excelentes en lo suyo, un folk de consumo rápido, lo suficientemente impregnado de tradición como para que no incomode a los antiguos y se granjee la atención de los nuevos. Todo ese tono entre lo elegíaco y lo danzable favorece la plasticidad de la cosa, la conduce a un escenario y deja que allí se explaye. Seguramente sea éste el lugar en donde este Sting brille. La edad cobra sus aranceles: a él se le ha ido el músculo de la juventud e incluso el pulso brioso de la edad adulta. A cambio, está fortaleciendo su lado sereno, inyectándole el bagaje aprendido, limando las asperezas, dejándolo limpio para que los discos vuelvan a venderse como antaño o las entradas al teatro duren un santiamén en la taquilla.
Hay veces en que uno entra en un disco o en un libro como el que entra en una catedral y se deja abrumar por la piedra o por la altura incontestable de las bóvedas. Tubular Bells es una catedral del siglo XX. Una a la que se accede con la reverencia de lo sagrado. No hay año en donde yo no peregrine a su interior y me postre al modo en que el feligrés lo hace ante la visión pristina de sus dioses. La liturgia no precisa una disciplina excesiva. Ninguna que provenga del corazón la precisa. A mí, en los treinta que llevo escuchándolo con absoluta devoción, no se me ha presentado jamás esa necesidad. El disco, a diferencia de tantos que se ajan con el tiempo y exhiben sus malas costuras, a pesar de lo buenos que nos parecieron de primeras, se ha mantenido maravillosamente íntegro en estas convulsas décadas. No me vengan en esta reflexión voluntariosa de aniversario con todas las campanas posteriores. No me interesan más allá de la memorabilia a capricho de coleccionismo. Ninguna de las razones con las que se pueden componer el elogio perfecto entran en las que convoco para justificar mi amor por las dos caras de este disco pletórico, inmarcesible, referencial. Gloria al glockenspiel.
Que el jazz es una fiesta lo confirman discos como éste que el viejo Bryan Ferry, celebrando sus cuarenta años en la industria fonográfica, acaba de poner en órbita. Son piezas del repertorio clásico de Roxy Music y del propio Ferry en solitario arregladas a la manera de los años 20, periodo del que dice sentirse en deuda porque fue el que escuchaba y el que le hizo adquirir la sensibilidad hacia la música que posee. Lo maravilloso de esta aventura es la propia naturaleza que la crea, el regreso a las raíces, la vocación vintage de un genio de la música que, en la edad provecta, no hace como otros de su quinta (Rod Stewart a la cabeza y también más recientemente Tom Jones o Paul McCartney) recreando (sin excesivo entusiasmo) standards del jazz. Lo que Ferry propone es una relectura de su repertorio como si (literalmente) hubiese sido escrito en los violentos y sincopados años 20. Distraído uno en el swing, apenas distingue qué piezas son las que suenan. Ferry desatiende la melodía de las canciones y se afana en hacernos creer que son enteramente nuevas, que en el siglo XXI, a pesar de los gagdets, las aplicaciones de los smartphones, la publicidad viral y el Gangnam Style de las narices, no ha dejado de sentirse en deuda con el pasado, al que (en ocasiones) volvemos para aprovecharnos de él, pero no es ahora el caso. Ferry hace un tributo, uno que ni siquiera prescinde de una calidad de grabación afeada, pensada para que el amable oyente piense que está escuchando un disco de pizarra, uno de esos discos incunables que educaron a nuestros abuelos.
Macca ha hecho un disco con Joe Pass. Han estado un rato charlando sobre los viejos tiempos. Pass le ha confesado que disfrutó con los clásicos de los Beatles. Que hizo lo que pudo cuando arregló algunos para sus discos modernos. Que Lennon no tenía que haber muerto. Que la juventud de ahora ha perdido cierto sentido primaria de la belleza. Que los standards del jazz son inmortales como el arcoiris después de que llueva o el amor bajo un paraguas en un domingo en el campo. Que es feliz por todas esas cosas. Macca le ha confesado que jamás pensó hacer un disco de clásicos. Que los tiempos son los que son y hay veces en que el talento, aunque no se termine nunca de agotar, sí que sobreviene con menos ardor que antaño. Ah qué dos. Es mentira todo al final. El último disco de Macca es una maravilla a la que no le hace falta nada. Ni siquiera que toque el viejo Joe. El gris día de hoy me lo ha adornado el swing y la dulzura de todas esas canciones. Algunas, a pesar de haberlas escuchado cientos de veces, me han parecido nuevas. El american songbook del colega Stewart es una máquina sacaperras. Esto es otra cosa, amigos, esto es otra cosa.