30.4.21

Dietario 105


Lo que sé del corazón no se lo debo a la ciencia. Ninguna información técnica relevante, ninguna evidencia cartesiana valdrá más que la poesía romántica inglesa o un verso suelto de Pablo Milanés con los que lo entretengo. No hay lenguaje de más probado oficio que el de las metáforas. A ellas confiamos el entendimiento del mundo, pero la revista Science es un recetario de prodigios al modo en que lo es un libro de Kavafis. Del cerebro dice, en un número antiguo del que anoche leí una breve reseña, que es elegantemente simple. Que el mapa de alta resolución de su maraña sináptica respeta un orden. Hay una geometría. Del corazón no he leído nada parecido. Como si no tuviese el rango de brújula espiritual del universo. Como si el desorden del cosmos no proviniese de los espasmos de su funcionamiento, de ese hermoso mantra de percusiones privadas que produce para que yo ahora escriba y usted lea, para que percibamos el olor del campo recién llovido o la belleza incuestionable del vals número dos de Shostakovich. Ahora lo escucho. Está haciendo que mi corazón lata al compás suyo.

29.4.21

Añil / José Ángel Cilleruelo



 



Añil, la última obra de José Ángel Cilleruelo, es un diario de sensaciones, lo cual contrae un compromiso de poesía y de sinceridad. Al desvelar las cosas es la persona la que se desvela. Lo deja a modo de cita de apertura  en este pequeño (aludo únicamente al tamaño del libro) registro de vida, con todo lo que esa palabra (vida) exige. El propósito, si es que hay alguno que descolle o que aplace la impresión de otros, ha debido ser el de asentar una manera de mirar  o una manera de vivir (tal vez sean la misma cosa las dos) y, con más afinación, detenerse en lo observado (en lo vivido, añado) y confiarlo al insensato conducto de las palabras. Las hay de una belleza que hace pensar en si el autor no tendría la idea de hacer un poemario y acabó forjando esa prosa final, tan rigurosa y tan dulce, tan convencida ella de que el lenguaje de la sensibilidad podrá arrimar la bondad de las imágenes (desaparecidas una vez no las vemos) y fijar en nuestra memoria una huella fiel, un certidumbre cabal y fiable sobre el discurrir de la vida que alrededor de esa mirada se expande y enseñorea. 

En cierto modo, a pesar de la concisión, se puede extraer un texto supletorio, más hondo, que deja al lector en un estado de zozobra o de fragilidad. Invita José Ángel al viento que hace ascender un globo y lo "desentiende del paisaje" y hasta lo convierte en nube o en algo más alto aún o a la permanencia paradójica de una barca que, sacada del mar, al tanto de su vaivén y de sus antojos, sufre en tierra el dolor de saberse inútil y comprometer su erguida constancia. Esa imagen, la de la barca desalojada, estremece por su rigurosa verdad, por hacernos comprender que es uno mismo el que, a poco que se le zarandee o expulse de su rutina, cae en idéntica vacilación, se duele de un vaciamiento análogo. 

Algunas de las imágenes que ocupan los brevísimos textos tardan en abandonarnos: vuelven con cierta insistencia, convierten lo real en una figuración enteramente poética. Ese hecho poético lo impregna todo. Es mirar con intención o es mirar adrede, con ese colmo de lirismo. Así el carro de heno detenido frente a un pajar antes o después de que una vaca se asombre (aquí cualquier anomalía en el discurso de la normalidad es bendecida y se agradece) y espante una banda de gorriones que aplazaba el vuelo en su grupa. Liviandad y trascendencia juntamente. Sigo leyendo. Lo pequeño se desprende de la consideración primaria del tamaño y adquiere un pronunciamiento etéreo, una inclinación natural a que se hurgue en su realidad y se advierta la presencia de lo recóndito, de todo lo que pugna por imponerse a lo real. Lo que no es (en apariencia) indicio de belleza se realza y adquiere rango de verdad. Belleza y verdad de las que se preguntan uno si no es posible que se paseen juntas y una no excluya a la otra. Tal es esa verdad que se extraña uno de que no haya caído en su cuenta antes de que nos la ofrecieran tan a las claras, en esa textura dulce y sencilla en la que las palabras son las justas y no hay manera de que otras las reemplacen y mejoren. 

Hay una hendidura, cuándo no la hay. Es más visible cuanto más se oculta. Añil es el recado mismo de escribir, la tarea confiada a quien se apresta a inventariar lo diminuto y lo prescindible, aunque al final de la intervención, una vez se ha aquietado ese afán, lo prescindible irrumpa con un afán nuevo, el de querer saber, el de querer (también) comprender. Porque la poesía es una pesquisa, una indagación en la realidad. Frases que quedan en el aire sobre un cuaderno improvisado súbitamente reclaman que se las concluya y el desánimo primero (el que no las cerró) mude a entusiasmo. Imagino la felicidad del poeta hilvanando y deshilvanando estas piezas menudas y pensando qué lograrán, si animan la composición de un conjunto mayor, quién sabe de qué realidad más alta, cómo saberlo.

Las dos partes en que se divide el libro (son tres, en realidad: dos de aliento poemático y uno que concluye a modo de diario de la pandemia) podrían constituir dos obras independientes. Se dejan querer los dos, pero una lectura posterior (más detenida) hace que converjan y se abra un sentido único. Dejó escrito Borges que la prosa está más cerca de la realidad que la poesía y luego se desdijo: la realidad es simple, pero su construcción sentimental es compleja. Así la literatura de José Ángel Cilleruelo: urde una tormenta sin que el cielo la presagie o, volviendo a las sensaciones de las que hace dietario militante, fija las metáforas en la piel: imágenes que uno desea recordar y a las que da un lenguaje, una estructura lingüística que la refrende cuando desaparezca de la vista o la memoria no la restituya con fidedigna verosimilitud. Hay una nueva manera de registrar la emoción que nos causan los objetos o los paisajes (hay muchos de ambos) y ese idilio recién alumbrado fluye con limpia verdad. "Por la página en blanco de la mañana las botas van escribiendo un versículo" y la nieve es un palimpsesto sagrado, una concesión que la blancura ofrece a quien desee sentirse concernido por la elocuencia de su mudanza. "El libro es, en cada pisada, ejemplar único". 

El poeta es un indagador exigente, pero de una mansedumbre que se agradece. "Las pompas de jabón son pintores miniaturistas". Destellos luminosos. Pequeños indicios de un vuelo que se busca a sí mismo. Un banco de un parque no existe si no se ocupa: languidece. Un insecto muerto que entretiene el ocio interesado de unas hormigas. La brisa hace bailar unas hojas. Así todo. "Un banco vacío, junto al sendero, sin que importe si le da sombra o está el sol". La construcción de una imagen se agranda si se la hace pensar en sí misma: como el vuelo del pájaro o como la arena en la playa cuando el mar repara en lo alocado de su avance y se retrae. He aquí el oficio del poeta: sentarse, observar, cumplir con alargar en el tiempo el prodigio al que ha asistido. Hay que contar, más que lo sucedido, el modo en que sucede, su relato, el vuelo de las palabras, la constatación del destello, de modo que el banco del parque sea, haya sombra o lo adorne el sol, un instante en el tiempo, una de las herramientas con las que nos cuestiona nuestra posición en el mundo. Como una disciplina interior. Como un encargo privado. 

Es el dulzor en la boca cuando las palabras han hecho el recado que se les confió lo que de verdad restaña la sensación de que algo maravilloso se ha perdido. Porque escribir produce una herida dulce, un estrago que duele y, al tiempo, sana: la verdad de la literatura está en la permanencia de lo leído, en su anclaje, de modo que no somos los mismos cuando la lectura concluye: algo hermoso se ha fijado más allá del continente tangible del libro, de su cerrada vocación de objeto. Añil dura más que lo que duran las 108 páginas que lo componen. Tiene Añil también otra vocación: la del regreso. Hay libros a los que se regresa: no acaban nunca, no tienen un inicio, ni un desenlace. No es ahí el tiempo una consideración mesurable: va a su antojadizo capricho y voltea (descuadra, deforma, descompone) la realidad a la que alude, sobre la que se urde, en la que establece su diálogo con el lector. ¡Qué fluido ese diálogo aquí, con qué primor van y vienen las palabras!

Como dietario, Añil anhela ser un muestrario de sensaciones inéditas, vertidas con la mirada del que se enfrenta a un paisaje nuevo, del que no sabe nada y con el que no sabe cómo relacionarse. De ahí el principio de incertidumbre, de descreimiento. no de la pandemia que nos cercó con más fiereza cuando Cilleruelo escribió esas páginas, sino de la actitud del cenobita amateur, reducido a una expresión doméstica de sí mismo, que se parapeta y observa, que se conmina a que la reclusión pueda tener un apresto benéfico, una especie de bondad sobrevenida e inocente. Las reglas benedictinas (es suyo el adjetivo), las que se impusieron, las que todavía (en otra medida) continúan,  permiten que el poeta (sigue latiendo ese aliento) se permita una cierta relajación y se explaye con matices imprevistos: la sequía de información deportiva en la radio o el problema mayor (dirá Segismundo) de no poder ir al peluquero o al podólogo. El presente se ha visto de excepcionalidad, la realidad ha decidido mutar a ficción. La vida se ha reducido a un novicio sentido de la oportunidad en el que rasgamos el placer que buenamente concurra, pero sin la grandeza de los tiempos de la cosecha, sin la fastuosa hermosura de los días de la libertad. Con todo, Cilleruelo calza la poesía en el texto normativo: extrae la parte apartada, no incurre en la obviedad, ni se recrea en la desgracia. 

Editado con el habitual rigor y mimo por José Luis Trullo, Añil es una cosa pequeña, no estará (ojalá) en esos inventarios de libros muy vendidos de los que se hacen eco los medios de comunicación. No es Cypress una editorial que desee (no habría problema en que prospere la idea contraria, la de la difusión masiva, la del éxito fulminante) incorporar su catálogo a esos rankings librescos. Su recorrido es muy elitista, así debe ser. No la élite como un registro de exclusividad, sino como un marchamo de belleza y de calidad, de compromiso con la literatura. 

Añil es una pieza extraña, además. Asombra de ella el mero hecho de que exista, así estamos. Hace pensar en la honestidad de la palabra y en la elocuencia de la poesía, tan rebajada en estos tiempos, tan confundida ella, tan hecha a dejarse vestir con prendas que no se precisan. También hay algo que emerge con dulzura y se hace sólido, duradero, fiablemente tangible: es la enunciación primaria de las emociones. De una gota en un lienzo nace una amapola, pero no hay falta ser un pintor paisajista: el instrumento que hace erguirse a la inmarcesible amapola (es metafórica la flor, podemos darle ese sesgo eterno) es el bendito lenguaje, que José Ángel Cilleruelo mima como ese pintor haría con los trazos, difuminando unos, dando empaque y vistosidad a otros, imprimiendo fiereza a los colores o rebajando su duro engaste hasta que todo cuadra. Está la consistencia (lo dice él) y está la autenticidad: qué poco aprecio se le da a veces a estos dos atributos de la realidad. Lo milagroso (permitid que haga florecer un poco de mística, conviene que nos visite) es la certeza de que se está asistiendo a una confesión que podría ser la de otro, no necesariamente la volcada por el autor, sino la mía o la del amable lector. No hay casi nada de lo que aquí se narra, pues es una narración la que avanza, sobre todo al final, en el dietario, que no pueda ser sentido por cualquiera que aporte un grado convencido de sensibilidad. "El tiempo es un perro que se queda afuera cuando la cancela se cierra". Es también un diario del tiempo, cuál no lo es. "Un globo en la mano de un niño. Eso son las palabras". El tiempo es el globo y es el perro y el que ve cómo los dos se alejan y abandonan una incógnita. El poeta es el encargado de despejarla. Este libro es la declaración de esa ocupación feliz. Una celebración de la literatura.









27.4.21

Dietario 104

 Un alumno ha dicho hoy  que había visto el arcoiris al salir de casa y yo le contesté que por qué no lo había traído a clase. En el aire quedó la idea de que hay ladrones de arcoiris. Que alguien debe tenerlos. Otro quería saber si arcoiris tenía plural. Hay un lado estético y otro técnico en las cosas. O un lado metafísico y otro orgánico. La realidad tiene una costra que la protege de la ficción y, con idéntica inverosimilitud, la ficción posee otra que la protege de la realidad. Vamos de una a otra con aparente naturalidad y soltura, pero se resuelve que hay dos tipos de personas: los que buscan lo oculto y creen que ahí reside su interés y los que se esmeran en lo que se ve y creen que no hay nada más allá de esa rendición de lo tangible. Hoy, sin saberlo, hemos hablado de Dios. Nadie se ha percatado de eso, menos ellos, tan felizmente ajenos aún. Es mejor dejar la teologia para edades en que puedan percibir su paradójico encanto  


26.4.21

Dietario 103

 Ordenar una biblioteca requiere tener un cierto orden personal por lo que carezco de toda posibilidad de que yo pueda hacer cualquier cosa que tenga que ver con el orden en lo referente a la mía. Imagino que, una vez ordenada, lo que quiera que sea eso, acabaría nuevamente en libertaria (casi obscena) exhibición, a poco que se empiece a desobedecer la mecánica sencilla de devolver un volumen a su hueco en una balda o a dejar por ahí los libros para que más tarde la prisa o el desinterés los ubique a su antojo. De cualquier manera, no le tengo afecto a que todo esté en un lugar previsto: la de cosas que se acabarían perdiendo si obrase así. De entrada, borraría la infatigable capacidad de asombro a la que confío mis altas devociones sentimentales. Sin él, sin el bendito asombro, la vida sería de una tristeza tan grande que no valdría la pena continuar fatigándola. Otra cosa es el criterio a seguir, por cuál decantarse, qué arbitraria razón hará que uno prevalezca sobre otro. Desde luego que no valdría el de ordenarlos alfabéticamente. Qué haré, me pregunto, cuando compre un nuevo libro de Antonio Muñoz Molina y ya no tenga la M lugar para colocarlo. Ni me encandile el de los géneros: vueltas y más vueltas a la ya ajetreada cabeza para discernir si Moby Dick es de aventuras o es metafísico o si se podrían considerar de la misma corporativa selección las novelas policiacas de Chesterton y las detectivescas de Agatha Christie. Prefiero el caos, si se me permite el exabrupto. En él está más a gusto mi sensibilidad, la que pueda tener. Creo firmemente en la idea antigua de que una biblioteca es la extensión de su dueño. Ninguna anomalía me es ajena. Me inclino, aunque sea por mera comodidad, a que se igualen en altura, pero es opción insensata podría conducir a que la poesía de Mallarmé se codee con la colección de Harry Potter o que un tomo escandalosamente grande que tengo (las Hojas de poesía de Cántico, editadas con lujo por la Diputación de Córdoba) se emparente con la colección de cómics de Tintín o algunos números de Nickelodeon, la estupenda revista de cine que se marcó José Luis Garci. A lo que guardo un extraño respeto es a los libros de poesía. Como no suelen ser voluminosos, andan por ahí, hechos una especie de familia bonita. Alguno hay extraviado, residiendo alguna altura inasequible a la vista, en segunda fila, indecentemente tapado. No me paro a pensar si Machado y Bukowski hacen buena pareja. Al final, lo que importa, es que estén para cuando se les precisa. Esa función, sea cual sea la manera en que se compilen, está más que cumplida. Cualquier día de éstos, si me envalentono lo suficiente, me desdigo con todo el entusiasmo del que sea capaz y hago algo con mis libros. No sé. Darles un sentido estético. Hacer que sepa dónde está Represado jazmín, un maravilloso (y barroco y hondo pues) libro de poesía de un profesor mío de instituto (Manuel Tomás Sigüenza) al que hace muchísimo tiempo que no le dedico un rato. Será sólo por eso por lo que podría darle al orden un lugar en mi corazón. Puede extenderse este razonar con el argüido para ordenar los discos. No tengo tiempo (no tendré, no me apena) para dar cuenta de ese vértigo. Seré feliz (lo soy) en la creencia de que siempre hay un libro (o un disco) cuando lo necesito.

25.4.21

Dietario 102

de lo que no me conforta, de lo que me excluye, de las mesas sin recoger, en una terraza de un bar, de las palabras a medio decir, en un sueño, de todo lo que aplaza la felicidad y da al día  el tono gris de los poemas tristes, el día en que uno escribe un poema triste ya no sabe cómo levantarlo, se aplica, se esmera y se esmera mucho, pero no se le van de la cabeza las palabras y el poema ronronea en la cabeza, que es donde están al final todos los poemas, yo tengo en mi cabeza todos los poemas que he escrito, los tristes son los que más duran, los que menos se dejan intimidar por mi voluntad de ser alegre y de poner la alegría en la ventana mientras suena una melodía pop, tres minutos de azúcar, si no fuese por las melodías pop mi humor sería gris o no tendría humor, no lo tengo casi nunca, aparento que hay uno, pero es un humor de circunstancias, como una mosca que de pronto se para en el brazo y la violentas con un gesto, la mosca siempre huye, no hay quien la convierta en una mosca muerta o una mosca moribunda, da lo mismo, lo que importa es ir avanzando y no sentir que me distrae una mosca, una mesa sin recoger en una terraza de un bar o un pobre en la puerta del supermercado ayer, clamando justicia, pidiendo un marcas blancas, pero el pobre sigue ahí, a dos calles de aquí, y yo estoy escuchando pop, escribiendo en plan disperso, ocupado en distraer la mañana del domingo, mientras escucho a charlie parker otra vez, no fue bastante la sesión del otro día, tan dispersa, no sé si alguna vez me concentraré y escribiré con más hondura, sabiendo de donde parto y mirando al lugar adonde acudo, no va a ser posible, al menos no de momento, me voy a conformar con ir cerrando el post, con ir pensando en cómo será el día, hay días que valen por muchos, días en tromba, días con los que no contar después, días que no gobierna la cabeza, ni el corazón, no sé qué hace mi cabeza cuando yo no la administro, si me traiciona, si es la cabeza crápula o la fiable y entera, la que no se mete en problemas, la que se deja acariciar, la que lee a keats y escucha a shostakovich, la que se mete tres episodios seguidos de su serie favorita, no sé qué habla el corazón, incluso cuando no habla, en esos momentos de rara quietud, está diciendo algo, siempre se dice algo, no hay ocasión en que no se exprese una voluntad o una carencia absoluta de ella, a veces no entiende uno los porqués, pero hasta esa inquietud se diluye, se va perdiendo, adquiere rango de cosa fortuita, de accidente, de mosca en mitad del brazo y los días van persiguiéndose, se prestan al desatino, parecen un carnaval

24.4.21

La fatalidad

 La fatalidad emponzoña el campo fértil, esquilma la virtud, carcome los tallos prósperos, apaga la vela más firme, revienta la placenta de la dicha. 

La fatalidad es imprevisible, camina a su antojo sin que nada la ate, no obedece a consejos, no se arredra de sus bárbaro recado, no tiene ni tiempo de ver el desmán que produjo. 

La fatalidad es ciega, es sorda, es muda: cubre de moho el pétalo limpio, carcome el ojo que lo observa. 

La fatalidad te estampa en la cabeza la mierdecita del jilguero o te hace cruzar cuando gira el coche imprevisto o te hace decir lo que no querrías o callar cuanto debiera haber sido dicho. 

La fatalidad tiene su turbamulta de alucinados que la corean cuando hace su trabajo. Hay religiones que se levantaron para entenderla. 

La fatalidad es una carta marcada, un idioma secreto, un sindiós: pertrechada de infamia, avanza con loco afán y no conoce cansancio ni desánimo  

La fatalidad deshace el fulgor de la belleza, destensa el arco de la luz, irrumpe con su acopio de mugre y enturbia cualquier promesa de dicha. 

La fatalidad es un descuido de Dios, una evidencia del imperio de la maldad, una pandemia incansable, un verso con todo el cáncer de la metáfora más cruel. 

La fatalidad es imposible de gobernar, no hay instrucciones, ni se la puede persuadir ni rebajar: transcurre a ciegas, no se obedece ni a sí misma, no se calma ni cuando se ha colmado de odio. 


parkeriana interior

ayer escuché a charlie parker en un supermercado, irrumpió cuando abordé el pasillo de charcutería y luego me acompañó hacia la fruta. donde el ruido de la gente hacía que flaqueara el fraseo, no entendí cómo la gente no dejaba de echar cosas al carro, dejaba de comprar cerveza, lejía, pan de molde, bayetas, leche semidesnatada, galletitas saladas, vino rosado, croissants, cintas para el pelo, aguacates, after shave, cinta de lomo, queso francés, gamba blanca, donuts, carne de vacuno, cerveza checa o berberechos y se ponía a escuchar a Charlie Parker en mitad del pasillo, en silencio, en trance, abriendo y cerrando imperceptiblemente los ojos, como si de pronto acaeciese una especie de milagro  y se le hubiese adjudicado el cometido de asistir a su representación, en atento espectador, no vaya a ser que algo se pierda y no se registre toda la belleza, pero no pasa, eso no pasa nunca, qué va a pasar, ni yo hice eso que ahora me parece tan normal,  pararse, darse el arrobo pequeño del placer cuando se te arrima, es que no hacemos cosas que llaman la atención, hay algo que nos cohíbe, se nos advirtió, se nos dijo ten cuidado, no te expongas, pasa desapercibido, no queremos descuidar un protocolo aprendido, del que no nos salimos, por precavidos, por temor al qué dirán, qué imagen daremos, si no perderemos el prestigio que hayamos podido ganar, cuidamos de que no nos miren mal, estamos siempre cuidando de que no nos miren mal, hacemos lo posible para que nos miren bien, para encajar, para ser una parte relevante de la tribu, no una apartada, ni la parte prescindible, la que da miedo o la que no se entiende,  solo debemos hacernos entender y el bueno de Parker era un incomprendido, hizo de su vida un caos, pero hemos recibido la herencia, el caos suyo es una bendición, quién sabe si es precisamente su extravío el que lo visitó con las ropas de un dios, mirad al dios, está en el supermercado tocando night and day, estoy pagando en caja, treinta con doce, escucho a lo lejos algo que se parece a bossa nova, pero no parker, ya nunca más, deme dos bolsas más, por favor

23.4.21

Libros 5

 "Todo lector es el elegido de un libro" 

Edmond Jabés 


Cada libro, en cierto modo, es la historia particular del lector que lo abre. No existe como libro hasta que alguien formula el rito de su imposición a la realidad. Antes de ese acto mágico, el libro es un objeto entre los objetos, como diría Borges, o un fantasma, como diría Cela, que precisa un público para dejar de serlo. Jabés, el autor de la formidable cita que abre esta entrada, va siempre más allá: viene a decir que el libro no sólo elige al lector sino que crea al escritor. El aburrido trabajo de contable de Kafka o de Pessoa consentía libros secretos dentro del abrigo. El otoño es propicio para esas escaramuzas. El libro se convierte así en un objeto clandestino, en un espejo furtivo de nuestra propia incertidumbre ante la vida. Se trata, al cabo, de nunca ir solo. El lector es una especie de enemigo acérrimo de la soledad. Busca siempre refugios, lugares donde otros desamparados facultaron las actas de una cofradía única, ajena al tráfago de las prisas del mundo vertiginoso que hemos inventando. El cofrade secreto, héroe de sus fugas, cómplice de la bondad del botín, no precisa correligionarios que le aplaudan los gestos, los títulos y los pie de página abiertos en cada capítulo, en cada pequeño verso: sólo necesita la cercanía íntima del libro, su tacto amable, su amor incondicional.

22.4.21

Dietario 101

 Lo que no hay es paciencia, la hemos dejado atrás la paciencia, hemos pensado que ya no va a ser útil nunca más la paciencia,  porque en el vértigo se vive mejor o se vive más rápido que en ella, que es tornadiza y de pronto irrumpe en prisas o de pronto cae en la pereza. La velocidad es lo único que importa. Velocidad y llenado: volcar en un cajón todo cuanto encontremos, echar los capítulos de la serie que estás viendo, la confidencia del amigo, la lista de la compra, las palabras que alguien recuerda que dijiste y abrir el cajón, demorarse en la visión de lo que contiene el cajón, pero no usar lo que hay, no saber qué manos amorosas lo facturaron, en qué privada fantasía cobró cuerpo lo que hemos ido arrumbando ahí dentro, en el cajón, que es un libro con todos las páginas en blanco, que es un pedazo de vida por llenar. Lo que no se mueve no es vida, aunque la gobierne el confort y la mimen los astros de los libros antiguos, por eso debes continuar moviéndote, debes hacerte sólido en los desplazamientos. Exhibe seguridad, mejora la calidad del paso, merece el vértigo y no se te ocurra pensar en parar, no, no pares. No haces nada en lo quieto, solo es una distracción esa quietud, un remanso, un vacío y el vértigo es más productivo. La paciencia no importa, no te dejes nunca engolosinar por quienes la venden como algo bueno. Velocidad y más velocidad. Hay días en que necesitas parar: decir basta, pero sin entusiasmo. Un decir ese basta que no parezca definitivo, un basta con posibilidad de desdecirse. Hablar es desdecirse. Escribir es merodear las palabras, buscarles un sentido, tantear la realidad, no dar con lo que de verdad (será verdad, qué va a ser si no) contiene la realidad: contiene velocidad, contiene vértigo, contiene fiebre. Escribir un diario es llevar la cuenta de la velocidad, llevar la cuenta del vértigo, llevar la cuenta de la fiebre. Será otras cosas, pero ésas cuentan. 

Rosas

                          
                       Fotografía: Pedro del Espino


 Pienso en rosas, nubes 
turgentes de rosas. 
Ríos de formidables rosas. 
Espléndidas, fragantes rosas. 
Agua arrimada de luz
en la que abreva el tiempo.

Tenue milagro, aventurada 
ocupación de los firmes días 
y de las consteladas noches. 

Rosas como palabras 
abandonadas únicamente 
a su temblor antiguo y secreto,
sin atender al cauce limpio 
que secretamente las navega. 

Quizá la memoria, cuando falten,
congregue rosas, rosas perfectas 
o herrumbradas rosas, 
que oscuramente finjan ser días 
y habiten la breve estancia del verbo.  

Libros 4

 




Hay un anhelo platónico en ser un soldado imperial, en ser el sombrerero loco del delirio de Lewis Carroll, en tocar como Hendrix en Monterrey o en retirarse una temporada a un balneario y escribir una novela con el propio Thomas Mann supervisando los capítulos. Lo que no tenemos a mano, cuanto está fuera de nuestro alcance, se acerca si lo escribimos o si lo leemos. La literatura, la cinematográfica y la libresca, nos abastece; nos conduce a donde no iríamos nunca. Le debemos ese viaje. La ficción es el combustible de la realidad, el lado oscuro - o luminoso o atroz o sensual -, el que hace soportable lo irracional que es. Por eso leemos, por eso escribimos. Y leer y escribir nos hace ser otros. Otro falso, si se me permite. Bendita impostura ésa. Somos Gregor Samsa al despertar y ver las extremidades que le inventó Kafka o Hans Solo pilotando el Halcón Milenario en Stars Wars o Paul enjabonando a Jeanne (tan anárquica, tan peluda) en un piso sin muebles en París. Las vidas que no son nuestras son las que de verdad deseamos. Lo propio, lo que damos como nuestro, es una instancia más, a veces la menos soportable. Hoy un amigo me ha hecho pensar en si la vida que llevo se asemeja a la vida que escribo. Quizá no había caído en ese matiz o sólo lo he entrevisto, sin la atención que merece, como si no tuviese instrumentos con los que razonarlo. Y no los tengo. Sólo he visto a Chewbacca tocando el saxo de Clarence Clemmons y a un stormtrooper emulando a Bruce Springsteen en la inmortal portada del Born to run. La vida queda en un lugar de difícil asiento al que le aplicamos con esmero un barniz de ficción. Por si así es más fácil atravesarla. Por si necesitamos tener a mano un refugio. 

21.4.21

Libros 3

No habiendo estado nunca en Nueva York, la siento mía. Conozco calles, plazas, miradores, pequeños bares desde cuyas ventanas se ve un edificio que se pierde en la altura. Habrá quien haya venido a Córdoba y posea de la ciudad, la mía en este caso, una idea que no he adquirido jamás yo mismo. La lectura es una especie de viaje absoluto, uno que se emprende en soledad. Igual que no podemos leer en pareja, ni se hace una lectura con un grupo (sí, se hace, las hay muy buenas, pero ésa no es forma de leer, no lo es) tampoco deberíamos viajar con otros. El verdadero viaje debería ser siempre solitario. Uno viaja solo. Llega solo, camina solo y regresa solo. Como la vida misma. Recuerdo un personaje de Updike, no sé de qué obra, que era capaz de vivir enteramente con sus recuerdos. No precisaba ninguno más. Le valía ese inventario. Venía a decir, de verdad que está esto en bruma, como si la misma memoria me estuviera poniendo a prueba al saber que escribo sobre ella, que incluso no se precisaban una cantidad enorme de recuerdos. Bastaba con unos pocos. Si el memorista estaba instruido, haría por adornar lo que flaquease, dándole la veracidad que no poseían. Al final, no se trata de haber vivido algo, sino de que alguien te lo haya contado con la suficiente eficacia como para que parezca que en verdad lo has vivido tú. Eso es la literatura. En ese juego participan los libros. Quien la probó, lo entiende.

20.4.21

En el corazón del bosque / José Manuel Benítez Ariza



"Una parte de la vida se va en juntar cosas; otra, en aprender a desinteresarse de ellas". 

J.M.B.A.


No es más adentro, en la espesura, como quería el Santo Juan, sino en la claridad entrevista en ella, la que se recama en las hojas y en el aire que ocupa la vasta ocupación del poeta y, de alguna manera, José Manuel Benítez Ariza tiene la honda preocupación del poeta, no únicamente la del narrador, el que hace constar esa efusión íntima y cuenta el recado de lo sentido. 

Habiendo uno leído mucho a José Manuel posee una idea certera de cuál podría ser una de sus preocupaciones a la hora de escribir: la de dar con lo oculto y hacer que, una vez ofrecido, parezca que está bien a la vista. Esta licencia de lector está colmadamente refrendada en En el corazón del bosque, el pequeño (grande debajo) libro que ha publicado Cypress en su Apeadero de Aforistas. 

Entonces queda a cuenta de uno saber mirar, descomponer la apariencia de normalidad de sus textos y encontrar la desbordante imaginería que tutelan. No tanto la musicalidad de lo pronunciado, esa parte de poesía que podría ser requerida o que irrumpe sin disimulo, sino la enunciación primorosa de las palabras. 

Benítez Ariza es un sugeridor y se toma en serio el encargo de invitar a que otros se adentren en donde buenamente, por estricta voluntad personal, no lo harían. Quizá de ahí lo del bosque. Asombra (cuanto más se le lee, mayor es esa fascinación) que emplee la sencillez como instrumento y lo cotidiano como material de trabajo. Lo extraordinario (lo que se opone a lo común) acude sin que exista fricción. Qué podría ser mejor, me pregunto, que escribir sin que parezca que se está escribiendo, permitidme la reiteración. Que todo fluya con una normalidad que acaba por conquistar al lector, en el que hay una especie de rendición, un dejarse conducir y no tener conciencia (no sé si esto es del todo cierto) de que está siendo llevado. 

Repare el atento lector en la atención del escritor, en esa cualidad en la que lo sutil evoca y deleita. También en la contención, tan escasa a veces. Se suele traer la idea de que hace falta agotar un objeto para transcribirlo con eficacia, pero si algo enseña esta colección de aforismos es que la literatura obra milagros con materiales sencillos: la opulencia de lo cotidiano, el oropel de la rutina. 

Hay humor y se agradece que sea también liviano, sin pretender deshacer la intensidad de las imágenes, su deslumbramiento y su pequeña (por contenida, por mesurada) eclosión de milagros. Son de andar por casa esos milagros. El principio de verdad desalienta cualquier otro que se envalentone y desee desplazarlo. El propósito de las entradas (está bien llamarlas así, he tardado en dar con una palabra que me contentara) es el diálogo, el decir manso de las palabras, que son escuchadas y promueven (imagino que ese es el anhelo de José Manuel) inducir a que se inicie una conversación. De hecho, hay muchas que son trazos de conversación, como si se hubieran extraído de ellas y adecentadas para que muten en literatura. 

Por lo mismo, por esa voluntad comunicativa, En el corazón del bosque apela al corazón: es a él al que se dirige, a quien estimula para que se sienta aludido y, conforme a ese arrimo de intimidad, conteste. El corazón del lector, supongo, será al final el reclamado. Si está el corazón de por medio, si es reconocible su presencia, habrá también poesía o belleza. "En el bosque silencio y clamor se confunden. Y los dos son formas de canto". Es la arquitectura del bosque (de la literatura, del alma, no sé) la hilvanada por los pájaros (él lo dice) en la bóveda frondosa de las copas de los árboles. 

Me agrada que compare un bosque con una catedral. "Quien construyó la primera catedral se inspiró en un bosque. Y quedó muy descontento con la copia". Las certezas se desvanecen cuando no es posible "otear a lo lejos lo que de ningún modo se deja ver". Cunde la primaria sensación de que cualquier suceso puede trabarse en palabras, prendido ahí un fuego condenado a apagarse, pero siempre prevalece la confianza en que podrá ser enardecido de nuevo, ofrecido con toda su majestuosa reata de significados. 

El aforista se las ingenia para que no prospere la vocación de escribir sobre uno mismo, pero de algún modo se puede percibir la persona detrás del escritor. Una primera persona que comparece sin estridencias y dice de sí misma lo que podría aplicarse a cualquiera. "Cuando no tengo nada que hacer, la propia nada es un campo lleno de posibilidades, es decir, de incitaciones a la acción. Nunca se está tan ocupado como entonces". Nunca se muestra uno más que cuando interpone una tercera presencia, ajena en apariencia, pero abrumadoramente personal. Igual que "el hambre te reconcilia con tus ancestros", escribir te iguala con tus lectores, o debiera ser dicho a la reversa y es el lector (yo, tras haber leído de varias maneras el breve volumen que edita con su habitual generosidad y respeto José Luis Trullo) el que de pronto se siente conmocionado, porque lo que está leyendo es algo que ha rumiado a ciegas, pensado a ciegas y finalmente sentido a ciegas, pero que jamás ha podido organizar en palabras. 

Se añade otra virtud al conjunto: la de no hacer ruido, la de esos silencios que a veces confluyen en el paisaje "y se escucha cantar a los pájaros y una suave brisa mueve la fronda de los árboles y zumban los insectos". Es muy de paisaje José Manuel. Se advierte en la ternura con la que se arranca a contarnos lo que no vemos. El silencio pautado, dice él. Una especie de bondad que va de lo invisible a lo invisible y que nosotros, ya digo que hay que estar atento, recibimos en una suerte de epifanía. Es lo que tiene tener querencia a pintar, como a él le sucede: combina dos lenguajes y es inevitable que uno y otro mariden, dicen ahora los modernos, como si fuese un sabor que escandalosamente hace que otro se realce de modo que ambos congenian en un alarde de prodigios. Algo así. 

A pesar de que el propio autor (ha confesado) desee que su aforística sea leída poéticamente, podría ser igualmente entendida como un diario. Tiene esa intención de volcado. El dietario es un irse irguiendo continuo, un exhibir la costra y la seda, un darse sin que en modo alguno haya algo propio a lo que se renuncie en el hermoso acto de la entrega.  Así que en este diario impostado (lo será en líneas sueltas) hay asperezas y hay partes mullidas y pasar la mano por una o por otra termina siendo una actividad en la que terminamos apreciando la necesidad de las dos. Una parte de la vida se consagra a juntar cosas. La otra, ya saben, a deshacernos de ellas.

En el corazón del bosque es libro de lenta lectura. No crea el amable lector que se despacha en un (fogoso) abrir y cerrar de ojos. La calentura de los textos, ese diálogo abierto que requiere una respuesta, aunque íntima, solitaria, solicita volver a ellos. Ha sido mi caso. Lo he llevado en mi bolso de hombro, aunque prefiera los inviernos y la generosidad de los bolsillos de los abrigos, durante un buen par de semanas. Se abre, se lee un poco, se guarda. Se paladea un murmullo, resuelve uno la incógnita hostil, recita sin alharaca una frase suelta ("Ver comer a los cerdos invita siempre a la humildad") y se siente protegido (eso hacen los libros) cuando te sobreviene un rato inesperado de soledad en mitad del tráfago del día. Aunque únicamente fuese por eso, he disfrutado la compañía de este libro. Es esa la palabra: el libro como amigo, como bálsamo, como una especie de refugio o de mirador. Se ve el mundo y tiene un brillo hermoso. 

No es más adentro, en la espesura, que también, sino en la claridad, en la celebración de la luz, en esa humilde ceremonia que consiste en escribir para que otros alcancen a entender lo que por ellos mismos no habrían entendido o lo habrían hecho con mucha menor fortuna o con mucha menor belleza. No puedo dejar de invitar a cualquiera que esté leyendo esto a que se dé un paseo por el blog de José Manuel, Columna de humo. Es otro libro ése: más antiguo, de más entrañable visita, como andar por casa. 

Dietario 100

 Se aspira a que la muerte nos sorprenda viejos, sin más propiedades que las precisas, colmados de vida, sin otra voluntad que ese ir dejándose, ocupado en recordar a qué nos entregamos, con qué secreto esmero amamos u odiamos, hacia qué lugar dirigimos los pasos del día y cómo conciliamos el sueño por las noches. Alegre (tal vez convenga la alegría para expresar lo que deseo) por haber realizado el trayecto, consciente de que no hay manera de que se pueda echar la vista atrás y escribirlo todo de otro modo. Como el novelista que, al concluir su obra, no la relee, no la pasa hoja a hoja, por si cae en la cuenta de un roto en la tela o de muchos, sino que se contenta con la evidencia de su acabado, con la felicidad de que puso el alma en todas las palabras que la visten. Como el poeta que da con la metáfora y la pule con oficio hasta que de pronto advierte que no es posible avanzar más, darle una hondura mayor, hacer que brille con más entera eficacia y deja el poema a su antojadiza voluntad sin dueño. Porque, en ocasiones, lo que hacemos es más de otros que nuestro. Ojalá se así, en el fondo. Que dejemos una evidencia en la memoria de los demás de que pasamos por sus vidas y fuimos agasajados con su afecto o con su amistad o con su amor. Esa es la mejor de las evidencias. 

Libros 2

  La idea que se tiene de la memoria es siempre falible. Cree uno que existe una propiedad de lo registrado, pero todo se deja contaminar por la imprecisión, por el veneno del olvido. Lo que no se recuerda no importa. Es maravilloso que nuestra memoria esté invadida por todas las demás, por las palabras que no hemos dicho y por las historias que no hemos vivido, no al menos en primera persona. Somos todas esas revelaciones ajenas, somos esa azarosa suma.  Por eso leemos. Leemos para que dure más la memoria. Leemos para tener en el plazo de una la consistencia de dos vidas. Leemos para que lo que sabemos no enferme, ni sucumba a la pereza. Por hacernos creer que hemos estado en lugares fantásticos, algunos a los que ni siquiera nuestra imaginación alcanza. Por ser otros que no podríamos ser jamás. Esos otros que hacen lo que nosotros no podríamos hacer. Los que aman a sabiendas de que los matará el amor o los que triunfan y el amor los viste y los calza con entusiasmo o los que no tienen riesgo en el correr gris de sus días y deciden envalentonarse y buscar el asombro de la aventura al abrir un libro. Por eso necesitamos la imaginación de los otros, la fantasía de los que escriben para que podamos vivir las vidas que no nos pertenecen. Vidas prestadas. Vidas arrimadas un instante a las nuestras, pero tan gozosas, tan recamadas de épica y de belleza y de asombro. La memoria se construye también  leyendo. O viendo cine. Todo lo que la realidad no nos ofrece y está codificado en los libros, en las películas. 

19.4.21

Libros

Hay muchas maneras de animar a leer, pero ya no es únicamente la importancia de la lectura, sino el hecho mismo del libro. También habría que hacer oír al desatento la importancia de ese objeto. Uno entre otros, pero conteniéndolos y dándoles sentido también. El libro como caricia. El libro como abrigo. El libro como oración. El libro como consuelo. El libro como refugio. El libro como delirio. El libro como madre. El libro como sexo. El libro como droga. El libro como fuego. El libro como bálsamo. El libro como paraíso. El libro como hijo. El libro como Dios. El libro como espejo. El libro como sueño. El libro como hambre. El libro como sed. El libro como alimento. El libro como agua. El libro como temblor. El libro como descanso. No podría uno terminar de inventariar lo que hay dentro de un libro. Está el infinito. Está el amor. Está la vida. Está la muerte. Luego de ellos o a la vez que ellos, está el abrazo. Está la salvación. Está la inteligencia. Está la belleza. No hay otro objeto en el mundo que contenga el mundo entero en su interior. Debería festejarse a diario que haya libros. Lo dice Irene Vallejo en su espléndido libro. Curioso que un libro que hable de libros sea uno de los más vendidos y (sorprendentemente a la vez) uno de los más elogiados. No hay instrumento mejor hecho. Es una extensión de nuestro cuerpo, escribió Borges. Es el más asombroso, de hecho. Es una prolongación de la memoria y de la imaginación. Después de la facultad del habla, la de escribir es la más noble. Después de la facultad de escuchar, la de leer se antoja la más digna. Las religiones se han cimentado alrededor de la aureola mágica de los libros. No sabemos si esos libros sagrados fueron una emanación de la divinidad o son trasunto humano, evidencia de nuestra fragilidad y de nuestro deseo de perdurar y que no todo finalice cuando irrumpe la muerte. La felicidad es un libro. Pensar en que tiene uno un libro a mano hace que la posibilidad de aburrirse no exista. Una de las razones que yo arguyo para explicar mi absoluto idilio con ellos es ésa precisamente: denme un libro y olvídense de mí, no les preciso, no hay nada vuestro que me distraiga. Es tal el prodigio de su hechizo que habría que precaverse ante ellos. Tal vez por que nos aturdan o por que nos hagan perder la poca o mucha cordura que se nos ha entregado o la que hayamos podido ir amasando para sobrellevar el tráfago de la vida. Un libro es una vida alternativa. No es en realidad así: un libro está formado por el arrimo de muchas vidas, aunque semeje una o creamos que es sólo una.

18.4.21

Dietario 99

 Hay gente entendida que sostiene que se escribe de un solo asunto. Que ese argumento (breve o extenso) impregna todos los demás, por alejados de él que parezca. Yo creo que escribo sobre Dios. Soy, en una medida amateur, un teólogo privado. Todo está untado de Dios. A todo acude Dios y en todo deja su huella. No hay nada que pueda ser dicho que no posea una marca divina. Se puede creer o no en que Dios ande ahí, en su vigilia infinita, en su atalaya sin mancha, observando el camino que tomamos, pero es hermoso pensar que es cierto, aunque luego uno comprenda la extensión del engaño y se dedique a conferenciar en los bares sobre las cosas de la mística y haga chistes de una metafísica que reprobaría cualquier alumno de Filosofía. Es lo que tiene el alcohol, que desata la lengua y anima la temeridad. Hay quien dice cree y es descreído, en fondo, pero se contenta con esa fácil inercia. Yo, el que se descarrió del amparo de la madre iglesia y de todas los discursos con los que trata de mantener abierto el negocio, puedo creer. Soy un teólogo en ciernes. Están en mí los mimbres para que hocique sin resistencia a la llamada de la causa divina o para que acabe afiliado a la incredulidad y sienta (en el fondo) lo entrete nido que ha sido el viaje. En lo que no entra duda es que escuchando esta mañana a Purcell (un rato) y Bach (en otro) he caído en la cuenta de que la  música es emisaria de la divinidad. Alguna incluso su única depositaria. 


17.4.21

Dietario 98


Hay mentiras que, repetidas, convencen al que las dice y se convierten en verdades que no se refutan. Hay mentiras de una belleza dulcísima. Algunas, las de más contenido fuste, ni siquiera incitan a que nadie las rebatan. Toman vuelo y adquieren la relevancia que ciertas verdades no adquieren nunca. Mentiras que obran su ladino trabajo de desgaste en quien las escucha, pero que fascinan mientras se pronuncian. Cuando la verdad acude siempre es tarde. Hay verdades que se desean a medias. Como si no quisiéramos saber más de la cuenta. Como si importara la impresión que nos dejan las cosas y no la veracidad de las mismas. Como si todo fuese literatura y no vida. En ocasiones, la ficción ocupa la realidad y la somete a su criterio. Toda la literatura es una extensión formidable de estas afirmaciones.
*

15.4.21

La herencia del amor

 


De todas las maneras en que podría festejar el recuerdo de mi padre, que nos dejó hoy hace un año, he pensado que la que más le complacería a él sería la de hacer recuento de los ratos buenos que empleó en viajar. No he visto a nadie que le gustara más ni a nadie que, una vez regresado, se recreara con más vehemencia en contar el viaje y hacer ver a quien escuchara lo que se pierde al no animarse y plantarse en Cantabria o en Italia o en Sevilla, tampoco crean que fueron muchos los sitios. Ni el tiempo disponible (en una época) ni la abundancia económica (en otra) le permitió haber conocido lugares que secretamente amaba y de los que hablaba con emoción, exhibiendo en el timbre de la voz un pequeño arrullo de contenido orgullo. Era como si París existiese para que él ocupara un buen día sus calles y se demorase en alguna terraza. Hizo de viajar un propósito de vida. Y en esa expresión abreviada de su carácter no se incluía la necesidad de que se tuviese que viajar mucho para cumplirla: de verdad que bastaba poco. Él ya se encargaría de magnificarlo y hacerlo épico. Creo que he dado con la palabra: mi padre a la vida le pedía la épica que no había concurrido como él hubiese deseado en la suya. Dadme paseos por Roma, por favor. Dejadme a los pies del Teide. Qué bonito era Montecarlo. A mí no me importaría volver a Santiago de Compostela. Así se manifestó hasta en sus últimos momentos, cuando se le fue la voz y emitía palabras que no era posible comprender. Así que hoy se me ocurre que es esa parte suya la que me hace más feliz traer a mis recuerdos. No trae a cuenta rebuscar en cualquier otra que sólo nos impregne de tristeza. Porque claro que hoy es un día triste. De algún modo que no sé manejar, pensar en mi padre hace que la tristeza rebaje (mucho a veces) el ánimo con el que habitualmente me avituallo para elevar la cumbre de los días, y los hay levantiscos y hasta alguno (por mucho que uno manifieste su contrariedad o arrime las soluciones que lo salven) se presentan grises y también negros. No tocan hoy los días grises ni los días negros. No hacen nada, no tienen invitación en este día en casa. Es mi padre, el aficionado sencillo a tantas cosas, el viajero, el hombre ocupado en sus paseos y en sus cafés, en sus cigarrillos y en sus periódicos, el que hoy se presenta. Se alegraría de que a su nieta le hayan publicado un artículo para su doctorado o que al nieto las cosas le vayan mejor que nunca los estudios o a que al hijo le publiquen otro libro en breve. Eso de los libros era tal vez lo que más le alegraba. Amaba a su manera los libros. Pensaba que adentro se custodiaba la belleza y la memoria. Cualquier posible querencia mía hacia ellos proviene de él. Esa es su huella. Una de ellas. Le echamos de menos. Eso es lo que perdura de uno mismo: que los que se quedan aquí cuando se parte nos echen en falta y piensen en nosotros y festejen los ratos buenos compartidos, la herencia del amor, que es el patrimonio más grande que dejamos. 

14.4.21

Dietario 97

 Hace constar uno su infatigable incertidumbre, ese no tener asiento fiable ni mayor condición que la azarosamente traída por el discurrir frágil de la vida, pero ni siquiera esa constatación repentina consuela. Se podría ignorar y avanzar con idéntico aplomo o sin aplomo alguno. Al final, todo se fía a la sensibilidad. El hecho de que se crea tener mucha tampoco contribuye a que ese discurrir progrese a entero beneficio propio. Por otra parte, no tener ninguna es posible que nos haga sufrir menos, sí, pero no es vida, no se parece en nada a lo que de verdad nos hace sentirnos vivos, partes de un algo más grande cuyo nombre o propósito desconocemos.


No sabemos qué va a ocurrir y es mejor que no sepamos. Igual podría ser con lo de no tener propiedad de lo que ya ha ocurrido. Tan sólo una brizna de intimidad. Una especie de eco sentimental. Un creer que algo de lo que fuimos perdura no ya en uno mismo, sino en algunos que, sin que se les invite, acuden y hacen esa memoria suya. 


Leído hace pocos días: que el texto que no contempla en principio un tono poético contenga algo que pueda también invitarlo al goce puramente sensorial. 


Pensar en partir hace que estar dure más. El tiempo es una sustancia absolutamente mudable. No tiene principios. Carece por completo de la rigidez con la que en ocasiones lo imaginamos. 





Una patria

 

Las máquinas de coser Sigma 
en las confusas horas de la hambruna 
con Franco en sus saloncitos pulcrísimos, 
retratos de un abuelo lejano 
que muere cada noche en el frente, 
una virgen cosida a rezos 
con sus blondas de oro de Moscú
 y su brazo partido en una mudanza, 
una radio Telefunken de cuplé, 
doctrina, rosario y goles, que ameniza 
las infinitas tardes de domingo en los inviernos, 
cine con ambigú y manos que vuelan escotes 
y registran dobladillos de falda, 
la vida en blanco y negro la patrocina Cifesa, 
el nodo es el google de los pobres, 
las escuelas huelen a óxido y a catecismo, 
las nobles caligrafías en la flaca cartera, 
la enciclopedia Álvarez amarilleada por el uso, 
una estatua ecuestre en la plaza del pueblo 
con un jinete de un tamaño inconcebible, 
yugos y flechas en los bloques de vecinos, 
Doña Concha Piquer suspirando por la patria, 
los caídos por Dios y por España ,
los atormentados  y los administradores del tormento,
 toda la quincalla fantasma del orgullo, 
retirada del pecho y del gesto, escondida 
en el sótano, en los cajones 
más hondos de la memoria, 
la camisa azul y el sagrado corazón de Jesús, 
las heráldica del yugo alfombrando 
salones de palacio, los que hubiera,
 la bata de cola recogiendo 
el polvo de los tablaos,
Don Santiago Bernabéu en tribuna,
 Gento y Puskas hocicando el área, 
el cadáver de Lorca debajo del mapa, 
el ABC de antes, el coño de la Bernarda
 en boca de un borracho a las puertas del vicio, 
la carcoma yendo y viniendo 
por el aire como un himno, 
el ministro abriendo el mar 
como el altísimo en las estampas, 
espantando peces y electrones, 
Lola Flores patrocinada por el caudillo, 
los poetas de provincia en los cafés, 
en el esmero del verso, en el temblor 
y en el pánico de la palabra,
el hombre reunido con sus panfletos, 
redactando pasquines hasta la sumisa alba, 
contemplando el caos del aire 
envenenado por las palabras 
y por lo que las palabras tutelan, 
el hombre, ya digo, ensimismado, 
comprado, sometido, rebajado, 
el hombre en una mínima expresión 
hasta que llegue el día y abra la luz 
en el horizonte un edén 
sencillo de gentes de a pie 
que se hablan y se cuentan 
y no tienen miedo y viven a su antojo 
sin que nadie les vigile ni les mande 
más allá de la vigilancia y del mando previsible 
que se ejerce discretamente y sirve para lo mismo

13.4.21

Tras leer a Jaime Gil de Biedma

 Poema escrito tras leer El hijo pródigo

-Jaime Gil de Biedman -

Heráldica
El pueblo es malo y a veces
lo cerca en un plaza y le canta las cuarenta.
Le nombra los pecados de la familia
y le recita las bondades de la suya.
Luego le perdona la vida y lo deja volver a casa.
Allí, en lo puro, a salvo, en la mesa camilla
en la que se reza el único credo posible,
relata el asedio en las calles, lo que lloró
sin que se le viese una lágrima.
La familia lo mima y, en lo que puede,
le instruye en lo básico:
en que debe alejarse de las manifestaciones,
en que la formación docta y moral
rehúye de las reuniones en los sótanos.
Lo que están construyendo
es un hombre de provecho, le dicen.
Tienen en un papel, custodiado en una caja,
cerrada con cien llaves,
los ingredientes inefables,
las cuentas exactas del orden del mundo.
Fervor a Dios primero. Modales después.
Se le informa (pues ha de ser que los padres avisen al hijo)
de que afuera reina el caos.
En casa, a resguardo, se toma aire,
se gana temple, se curte uno de moralidad.
Moral. Casta. Rectitud. Principios.
Todas esas grandes cosas, no se te olvide.
Apréndelas de memoria. Recítalas.
Lo que nunca saben es que después
el hijo pródigo, pertrechado de ideales,
cubierto con toda la gloria del apellido paterno,
sale al mundo y visita los tugurios,
tararea canciones prohibidas,
frecuenta el cabaret
y hace amigos en las timbas
y folla con las putas contra la pared.
Se le olvida toda la formación cristiana,
intima con el enemigo,
los alienta para que prosigan la lucha,
les jalea en la cruzada contra los suyos,
los que ganaron la guerra
y la ofrecieron al cristo de su barrio,
los que conducen el país
y lo entierran en el barro.

12.4.21

Tras leer a Jaime Gil de Biedma

 Poema escrito tras leer Noche triste de octubre

-Jaime Gil de Biedma-
Una deliberación
Uno se pregunta por el hombre y no encuentra una respuesta.
Lo imagina en sus refugios, cubriéndose
el cuerpo con las ropas del frío,
tapándose el alma con las del amor.
Piensa en los consejos de ministros,
dirimiendo la altura verdadera del hombre,
tomando las medidas para que no sea
ni demasiado alto ni bajo en exceso,
registrando en leyes todo el tamaño
formidable de su dignidad,
estudiando cómo conseguir que no se muera
de miedo cada vez que abre la prensa
y lea los avances del mal por el campo de batalla,
toda la miseria sin significado ocupando las aceras,
extendiendo su marca gris de pesar y llanto.
Y puede ser que ese dolor profundísimo
con el que principia a veces el día
vaya cediendo a poco que no pensamos en él
y nos vayamos entregando a nuestras labores,
pero cuando llega la noche y el hombre se concentra en sus dolores
y mira el techo de la cama en donde duerme,
el mal regresa como un cáncer rencoroso, ennegrece los muros,
se filtra en los talleres mal iluminados
(lo dice el poeta y lo dice muy claro)
y no hay consejo de ministros que pueda zafarse del mal
y de toda la desgracia que deja a su paso.
Ni el hombre reunido consigo mismo, hablándose en privado,
en total confianza en sus posibilidades,
puede evitar que el frío le devaste un costado
y el hambre de justicia le socave el alma.

10.4.21

Dietario 96

Ni ver es mirar ni oír escuchar, pero vemos y oímos con la idea de que miramos y escuchamos. Para mirar y para escuchar hace falta detenerse y ese acto sencillo (de verdad que sencillo) no está acreditado como importante en estos tiempos de oscuridad y de vaciamiento. Saber cuándo se perdió la facultad de la lentitud. También está mal vista la lentitud. Corre, corre, no dejes de correr, eso dicen. Acumula, llena toda tu casa de objetos a los que luego no prestarás atención. No sabrás que tienes las obras completas de Neruda (hoy descubro que hay quien piensa que Veinte poemas de amor etcétera está pasado de moda y que no refleja a la mujer de hoy en día, valiente energúmeno) o que desde la ventana de tu dormitorio se ve un paisaje que cambia a diario. Unos días se ofrece luminoso y brincan en la lejanía unas nubes y otros, sólo hay que fijarse) es el gris el que entenebrece los tejados de las casas y hasta huele a tristeza en el fatigado aire. Estamos llenando nuestra vida de cosas. La consigna es ese llenado hueco. No podemos ordenar una habitación vacía, leí hoy, sí, pero tampoco una en la que no sabemos qué hay, aunque no quepa nada más. De entre todas las posibilidades afectivas o sentimentales o estéticas, el de día de hoy se ha escorado a la contemplación lenta de las cosas. He mirado y he escuchado. Hay días en que no hago ni una cosa ni otra. Bien lo sé. 

6.4.21

Dietario 96

 La escritura posee su propia cartografía: se la puede embutir en un patrón y extraer pautas y elaborar incluso un procedimiento creativo, una especie de guía confiable. Luego se echa en falta un ingrediente que acaba malogrando la copia. Cree uno que sabe cómo escribe Cortázar porque ha leído muchísimo Cortázar, pero nadie escribe como Cortázar. En ocasiones ni el propio Cortázar escribiría como Cortázar, y ya estoy incurriendo en esa inclinación un poco involuntaria o inevitable de que la escritura de uno sea la del autor sobre el que se piensa o del que se está leyendo algo o se ha leído mucho. Lo difícil es encontrar un estilo propio, no distraerse con las voces conocidas, no dejarnos engatusar por lo que nos guste en los otros. Los años Kafka hacen que escribas a la Kafka. Y hay también años Poe o años Borges, periodos fértiles en los que la literatura nos explica más que la propia vida y en donde nos afanamos por encontrar un asidero sólido al modo en que lo ofrece la religión a quienes abrevan en ella. También somos un poco de las personas cercanas a las que amamos. Razonablemente debo parecerme a mi mujer y ella (espero que no mucho) un poco a mí, no es algo de lo que presumiría. Nudos narrativos. Ignoro cuál será el mío, si es que alguno hay. Tampoco me preocupa tener uno mientras siga escribiendo. Sospecho cuáles me son más afines y poseo una certeza absoluta sobre los que no me incumben en absoluto. Ya no tengo a ningún autor en la cabeza o no como los tuve, guiando mi crecimiento como escritor, tutelando la travesía de la sintaxis y de la hondura de las palabras. . Escribir es siempre un ejercicio de riesgo. Vivir también. Qué más da. 

Los guerreros estamos solos





Salvadas las distancias, las intenciones estéticas e incluso el compromiso cultural, Ezra Pound me hace siempre pensar en Charles Bukowski. Sobre todo Pound ya anciano, vencido por los años, solicitándole al tiempo, al implacable, una bula, la concesión de un aplazamiento. El poeta, en esa edad ya reveladoramente provecta, se siente una especie de dios del mundo que ha ido registrando en sus versos. Al igual que un novelista necesita el vértigo de los años, su fiebre y su clausura, para crear su obra, el poeta también se alarga y adquiere relevancia mitológica cuando sabe envejecer y entender las heridas de las horas, el vaciamiento del alma que antes se dedicó con paciencia y con rigor y con pasión a ir llenando de belleza y de inteligencia. Los guerreros, al final, estamos solos, dijo en una entrevista. La suya fue una poética contra la usura, contra el mercado del dinero, que es más terrible que todos los sueños perversos de los dictadores. A diferencia de Bukowski, que vivió la feliz vida de quien se deja llevar absolutamente por sus vicios y acepta que esos vicios le retiren de ella, Pound fue un prisionero de su pensamiento y habitó cárceles y fue torturado y rebajado al grado mínimo de humanidad. Dentro de la jaula, Pound concibió su idea del mundo. Bukowski fatigó barras de bar, alternó con putas y jamás fue hecho prisionero por las palabras que dijo. Lo apresaron por calavera, por vividor, por mujeriego, por borracho. Los dos fueron, no obstante, honrados en lo suyo. La poesía es un arte mayor. Tal vez el más grande junto al de músico . El que con más precisión hurga en lo invisible, en lo que no está y, sin embargo, mueve el mundo y mueve el sol y también las estrellas, como quería Dante.



5.4.21

Dietario 95

 

Las casas, como los cuerpos, adquieren malos vicios. Los propietarios las colman en atenciones, las miman con delicadeza, les conceden la gracia de que perdurarán más allá de ellos mismos y luego, en cuanto ellos decaen, hacen que ellas decaigan también, las desatienden, dejan de cuidarlas con ese esmero de antes y permiten que mueran poco a poco. Se aprecia, en algunas, el señorío que tuvieron, el apresto de residencia noble y fastuosa, pero incluso en esas, en las más historiadas y colmadas de lujo, penetra con idéntica voracidad el tiempo, el caos, la fiebre del olvido. Sufren a su secreta manera, se desmoronan poco a poco, imitan el ánimo de quienes las hicieron, perturban al observador desavisado, al que de pronto asiste a esa representación de la decadencia o del olvido y fantasea con la posibilidad de que el tiempo obre con alguna de sus arteras mañas y podamos ver la plenitud absoluta de lo que fueron, cuando tuvieron alma y latía, en sus adentros, un corazón poderoso. Hoy he estado casi todo el día fuera de la mía. La sentía en la lejanía y ansiaba el regreso, pero también me demoraba en retrasarlo, en no añadir prisa, ni que lo vivido afuera (muchas cosas, algunas más alegres que otras) durase menos, se menguara y adquiriese una titularidad secundaria. De todas maneras, qué feliz estoy en mi casa, cuánto me conforta, con qué regalada caricia me recibe. 

Tras leer a Jaime Gil de Biedma

 Poema escrito tras leer Apología y petición

 -Jaime Gil de Biedma, 1961-

De España


De España queda el nombre.

No la llamen madre.

Los malos gobiernos 

han borrado toda posibilidad de patria.

De todas las patrias, la nuestra es la más triste.

Quiero creer que los que nos administran

no son únicamente comerciantes.

Me aflige pensar 

que solo miran la soldada,

el negocio redondo y la mesa puesta.

Para que este país de todos los demonios levante vuelo 

hace falta que los pobres la gobiernen.

Pido el sencillo escaño del descarriado.

Me basta, hoy que me duele España

como si alguna vez de verdad la hubiese amado,

el sereno grano que germine en la boca del pobre

y estalle en el aire y lo preñe de ilusión.

Son los pobres los que salvarán al mundo,

pero uno mira lo que tiene a mano,

lee la prensa en el bar, apurando

el café de la tristeza, 

y solo se ocurren ideas.

Como si las ideas pudieran 

echar a los desalmados de sus grandes sillas,

de su campo arado y de su mesa puesta.

4.4.21

Dietario 94

 De las vidas ajenas apena que, vistas en detalle, todas sean tan iguales a las nuestras.

Estar solo es tutear a la muerte.

Prefiero la dulzura semántica de la palabra oblea a la contundencia sin rebaja de hostia.

Ejercí la filantropía hasta que tuve que solicitar la ajena.

La verdad, incluso la más noble y necesaria, nunca debe arruinar una buena historia.


3.4.21

Mentir



A Lucas se le ocurrió que ese sábado mentiría. No una mentira suelta, una conveniente, sino una mentira continuada, hilvanada a otra, hasta conformar un cuerpo sólido, una realidad convincente, fiable. Nada de lo que dijese se atendría a ningún tipo de verdad. Al principio le costó. Al ir a la panadería, bien temprano, comentó que había dormido mal. Tengo un dolor de cabeza enorme. En casa, al recoger los platos de la cena de la noche anterior, cogió el móvil y llamó al trabajo. No iré, busca a Paco. Dile que ponga al día los archivos. He tenido una noche malísima. Tengo un terrible dolor de cabeza. Le pareció interesante cómo había desechado la palabra enorme, al referirse a su dolor de cabeza. Terrible le pareció de más enjundia. Como si elegir unas palabras u otras remarcase la mentira, la hiciera más contundente o más creíble. A mediodía, escribió un mensaje en su móvil. Le decía a un buen amigo, uno de los de toda la vida, que viniese a casa. Se sentía mal. Había vomitado. Le pidió que trajese unas cosas de la farmacia. En una hora estoy ahí, no te preocupes, le contestó. En ese rato, compuso frente al espejo la cara que pondría al abrirle. Ensayó también lo que le diría: no sólo qué frases, sino también el tono de voz que pondría. Se aprende que uno tono u otro hace que lo que se dice sea creíble o no lo sea en absoluto. Se podía ser convincente con sólo afinar en ese registro. 

Por la noche, pensó en no salir. La casa era confortable y la muchacha de la limpieza la había dejado reluciente. Todo ordenado, todo pulcro. Apuró unos platos precocinados y se despachó tres latas de cerveza. Apipado, cogió el teléfono y llamó a Bernardo. Hacía años que no le veía. Se mandaban mensajes de texto por el móvil, se enviaban (a veces) correos más o menos largos, en donde se ponían al día de las cosas importantes o contaban, entre bromas y veras, con quién habían salido y si la cuenta de ahorros les daba para hacer algún viaje de farra. Como antes, cuando más jóvenes. Sale el contestador. Hola. Cuánto tiempo. Qué te cuentas. Yo ando mal, muy mal. Me diagnosticaron un cáncer, pero ha remitido. Eso dicen. Que ha remitido. Yo no me lo creo del todo. No hay quien confíe en los médicos. Anoche vomité. Me dan unos dolores de cabeza que me duran tres días. Luego todo va bien y salgo con los amigos. Los pocos que me quedan. Ya sabes. Se van perdiendo los amigos. Los buenos están siempre a mano, Bernardo. Cuánto tiempo, qué de cosas. No te paro más. Seguro que tienes muchas cosas que hacer. Cuanto tengas un rato, llamaPreocuparte, no te preocupes. No es grave. Seguro que no es grave. Al colgar, Lucas pensó en lo que había contado. No le pareció mal, no se echó atrás. Arredrase es restar veracidad, es introducir la posibilidad del engaño o de la exageración, que es una forma de engaño. Lo que le pareció mal era no haber vivido la reacción de su amigo. No sabía qué cara había puesto o qué palabras habría convenido para hacerle ver lo terriblemente preocupado que estaba. Por eso insistió. Lo hizo dos veces aquella noche y una vez más al día siguiente. 

Cuando Bernardo le devolvió la llamada, no permitió que la conversación durase más de lo preciso. Quedamos, hablamos, ahí te lo cuento todo. De verdad que tengo muchas ganas de verte. Un abrazo. Adiós. Mañana nos vemos. El café era céntrico y la terraza tenía unas vistas bonitas. Les sirvieron rápido. Al principio ninguno de los dos acometió la conversación principal. Se relataron los asuntos irrelevantes. Cosas periféricas. Una novia flacucha, de poco aprecio por la discreción, risueña y parlanchina. Un viaje a Londres en el que se aficionó al té de verdad. No al que venden aquí, que no tiene nada que ver. Un hermano al que habían dejado en paro y andaba perdido, sin dar noticias en meses. Una pequeña adicción a los tranquilizantes. Un número de lotería comprado, agraciado con un pellizco bueno y extraviado. Lucas disfrutó más en el esmero de resultar convincente que en la fantasía de sus confidencias. Ninguna era tan llamativa como la del cáncer, de cualquier manera. Disfrutó también de cómo su amigo encajaba las historias. Comprobó que alguna (la de la adicción a los fármacos) le causaba una reacción fascinante.  Nada que él hubiese dicho había desatado una sacudida tan honda en quien escuchaba.

Las verdades son siempre más aburridas, piensa. Mentir, incluso mentir hiperbólicamente, le pareció un entretenimiento de lo más gozoso. En adelante, sólo tendría que cuidar qué decía. No podía arrojarse a un tren como Anna Karenina. Ni vender que había robado Ford Knox. Mentiría con suavidad. Otra novia. La de ahora acaudalada. Muy guapa. Entrada en años. Separada o viuda. Con un hijo de su misma edad con el que se iría de copas los viernes por la noche y con el que intimaría hasta confesarle que no amaba a su madre y sólo la rondaba por el dinero. De verdad que no cuesta trabajo. Es mejor ser sincero. Mentir no conduce a ningún sitio. A ti no te cuadra que yo mienta. Son muchos años conociéndonos, Bernardo.  Si el que escucha percibe el engaño, no vuelve a verlo. Es fácil, mucho más de lo que había pensado. Tiene decenas de viejos amigos, los que no ve, todos los que conoció y acabaron viviendo una vida lejos de la suya. A Teresa, una compañera de facultad, la tiene por muy inteligente. Fueron pareja una semana santa. Ya ni recuerda qué hizo que cortaran. Se dice cortar. Como si el amor fuese una cuerda, una cuerda tensa y dura. Si quedan y toman café y adquieren esa intimidad que luego permite abrir el corazón y contar casi cualquier cosa, tendrá que extremar el cuidado. No caer en anécdotas muy escandalosas. Empezaría con unas mentiras de poco peso. Estoy sin blanca. Lo he gastado todo en el juego. Le debo una pasta a un buen amigo. No quiero que me prestes tú. No aceptaré que me des nada. Te lo cuento porque necesito desahogarme. Escuchas muy bien. Nadie te lo habrá dicho. No he tenido a nadie que escuche como tú. O contarle que tuvo un accidente con la moto y anda desmemoriado. No recuerda muchas cosas. Le pregunta a Teresa si se  amaron de verdad, si hicieron el amor en el coche ese viernes santo. A Lucas se le ocurrió que las mentiras ocupaban una parte considerable de su memoria. Tenía también la antojadiza manía de no dejar una mentira cerrada. La novia flacucha, al ser contada por tercera vez, pasaba a tener pechos enormes o caderas muy anchas. El viaje a Londres tornó en uno a Moscú y el té en vodka. 

Para no olvidar qué cosas se le iban ocurriendo (y eran muchas y casi todas le parecían dignas de un gran genio de la narrativa) compró una libreta en la que manuscribía el asunto mentido y a quién se lo había confiado. Pedro sabía que estaba leyendo literatura germánica medieval, por ejemplo. Juana, sin embargo, tenía claro que la literatura anterior al siglo XX no le llenaba en absoluto. A Lucía le relató su reciente inclinación a la política. Juan Luis, en ese mismo día, escuchó cómo le argumentaba su desafecto por la política. Evitar, en lo posible, que Lucía y Juan Luis cotejaran la información que les había proporcionado era otra circunstancia que debía contemplar. En un mes la libreta fue insuficiente. En un año, llenó una pequeña balda de libretas. En dos, dedicaba más tiempo a escribir que a hablar. Mentía por escrito. Hasta admitió, en una de esas verdades a las que no estaba acostumbrado, que le encantaba escribir. Mañana le dan un premio. No es uno cuantioso. Un concurso provinciano de relatos cortos. Escogió el asunto del cáncer. Espera que Bernardo no compre el libro. 

Dietario 93

 Hay objetos a los que atribuimos un significado único, pero poseen otros que no están a la vista. A un amigo al que no veo (nos separó la distancia y ahora son menos salvables que antaño, aunque ya entonces no nos prodigábamos, vaya usted a saber las razones) le dio una época por coleccionar latas de cerveza y las disponía con absoluto rigor en unas baldas de las que quitó los libros. El coleccionismo es una suerte de desviación del sentido común o una recreación fantástica de la repetición. Todas las latas de cerveza del mundo son, a su modo, una única lata. Se concita en esa ejemplar lata antológica las cualidades de todas las demás y puede arrogarse la posibilidad de contener a las demás. No se me ocurrió argumentarle nada parecido a esto. Su afán inconsolable despertaba cierta admiración. Mira, esta lata es coreana. A J. se le llenaba la boca con los países exóticos y los nombres impronunciables. Mucho alemán y mucho belga, creo recordar. El hecho de que estuvieran sin abrir le daba al conjunto una trascendencia mayor. Acabarían caducadas (lo estarán ahora, si sigue en esa obstinada perseverancia, perdóneseme el pleonasmo), pero lo de menos era su consumo. De hecho, era un bebedor eventual, lo cual hace que la colección mengüe en relevancia. Nunca se me ocurrió iniciar una colección de latas de cerveza. O ellas o yo. No hay sitio para tanto vicio. No caben los libros, no caben los discos, no caben las películas, así que no cabe que desaloje una de esas devociones (tan altas y nobles todas) y arranque otra. Es cosa de espacio. Algo tan vulgar como el espacio. Hoy, abrir la lata checa, pensé en J. Igual toda su colección sólo sirve para que nos acordemos de él. 

Una dulcísima maraña de espinas

 Todo sigue felizmente en desorden. El primer impulso es coger unas cajas y meter los libros que ya no leemos y coger más cajas y meter los discos que ya no escuchamos. Una vez que hemos llenado montones de cajas y hemos aliviado el desorden se procede a inventariar meticulosamente el material sobreviviente. Entonces advertimos que la habitación sigue reventando por todas las paredes y ya no tenemos cajas en las que meter más libros ni más discos. El siguiente impulso es cerrar el cuarto con llave y abrir otro cuarto donde comenzar una nueva vida de libros y de discos. Encerrar a Cortázar con Kundera. A Shostakovich con Robert Johnson. A Gloria Fuertes con José Ángel Valente. No volver al Nostromo ni perderse en el jardín de senderos que se bifurcan. Tampoco fugarse en un solo de Chet Baker, convenientemente a recaudo, ni sentir la primavera dinamitándonos el pecho al escuchar la voz lisérgica de Janis Joplin. Cuando la necesidad apremie y uno sienta que debe iniciar el regreso, nada más sencillo que buscar la llave y abrir la pandora de los recuerdos, pero a cierta edad conviene abrir un cuarto nuevo e ir administrándolo (esta vez) con cierto rigor. Salir una mañana y comprar el primer libro. Colocar en un anaquel espacioso, que no esté combado, y mirar el lomo y la pasta, que puede ser dura o blanda. Abrir sus páginas mientras haces tiempo para salir al trabajo y visitar el episodio en el que Quinn o William Wilson busca a Stillman, que ha renunciado a la vida o que parece que ha renunciado a la vida en el fondo. Los años repiten gestos y la memoria se parece sospechosamente a la habitación que estamos engordando. Al final no es posible desmantelar la memoria y empezar de cero y no saber quién es Humbert Humbert ni cómo se dejó atravesar por aquella dulcísima maraña de espinas. Lo mejor es renunciar al orden. Se vive mejor en esa dulce anarquía consistente en que sean los objetos los que te sorprendan y no tú a ellos. Vas en busca del libro de Mark Twain contra la religión (uno de una consistencia argumentativa especialmente elocuente y amena) y encuentras San Manuel Bueno Mártir o una Biblia. El azar tiene conductos que no esperamos, vasos comunicantes que enlazan el pasado y el presente. Ahí las bragas de la muchacha de Marsé (dónde  andará  el libro, no sé en qué balda, no sé si en una caja en el trastero) y una cinta de cassette en donde grabé un montón de versiones de Stormy Weather (I don't know why there's no sun up in the sky...) Siempre es bueno tener a Frank Sinatra a mano. 

273/365 Jackson Pollock

  Se cae, en un descuido, el rojo. Emerge, comido de vértigos, el azul. Está la luz enfebrecida. Se la ve triste, se tiene la impresión de q...