9.7.15

Split

El tema de conversación favorito del verano es el verano mismo. Uno cree que podría hablar bien y hablar mal del verano en el mismo hilo narrativo. Decir que el verano es el infierno y, a continuación, sublimarlo, considerarlo la estación perfecta, ponerlo en un lugar muy alto y esmerarse en que no haya forma de echarlo abajo. No hay año en que, caída la calina, ofrecida como un espasmo en el aire y en el ánimo, no deje uno la oportunidad de contar la épica del sol, su supremacía insobornable, el modo en que nos gobierna mientras luce allá arriba. Lo malo son las noches. Lo insoportable es que el día no acabe. A las noches se les encomienda siempre el alivio que no nos depara el día. Hay días que se malogran porque la noche que los precede la arruinó el insomnio o el calor interminable o la vigilia de la cabeza, que va a lo suyo y no permite que la dejemos a cero y podamos dormir en paz. Por eso ha empezado el verano de un modo tan inoportuno. No importa - o importa poco, la verdad - que acabe el trabajo y arranquen las anheladas vacaciones: solo hay calor, solo está el sudor haciendo un mapa sucio en la piel, solo deseamos refugiarnos bajo el agua o a la vera del split, ese invento maravilloso, que igual puede estar matándonos, pero es una muerte dulce y la abrazamos gustosamente, poniendo una sonrisa de consuelo, sintiéndonos confortados, libres, puros, invitados al festín de la armonía entre el cuerpo y el espíritu.

Elogio de la permanencia

  A veces es permanecer lo único que cuenta. Hacer que perviva lo desajustado incluso, convenir que el logro mayor al que podamos aspirar se...