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15.9.20

En el aniversario de Bill Evans

 


Alguien me ha hecho recordar que hoy hace 40 años que falleció Bill Evans, mi pianista favorita, mi hombre del jazz principal, si es que hay que escoger uno, no sé a qué vendrá eso de elegir, cuando no hay necesidad. Hay días en que escucho a Bill Evans en tromba. Programo unos discos y mi amado Marantz los restituye a la realidad con pasmoso ardor. Yo creo que mis cachivaches de música están agradecidos y aprecian mi gusto. Tengo la sospecha de que no son ajenos a los milagros que reproducen. Es más: con determinados discos se percibe un esfuerzo por sonar mejor y airear con más brillantez las notas. Cosas que no se pueden censar ni validar con ningún instrumento. Mantengo con ellos una relación inquebrantable de amor puro, sin fisuras ni distracciones. Ahora suena Nardis, antes My foolish heart. Creo haber escuchado esas pieza cien veces, pero la escucha de hoy me está pareciendo inargumentablemente nueva. No se quiebra la solidez del bajo ni hay fragilidad en el piano ni debilidad en la dulcísima tutela de la batería. Habrá quien descrea de este ardor mío. No es tangible si el que lo evalúa está fuera de campo, lejos del ámbito que cubre la invisible cámara que nos persigue y registra. Estamos a expensas de la sensibilidad que seamos capaces de atesorar. Fuera de ella el mundo es quebradizo y áspero. Bill Evans me asiste. Mi Marantz y mis Bowers &Wilkins (25 años de inquebrantable fidelidad las dos torres de sonido)  me conducen a una dimensión etérea de la que conozco aún poco. Se va mostrando, pero no seré capaz de recorrerla entera. Vivir es saber que es inagotable. La música es la perfección estética absoluta. No la alcanza la palabra. Ningún libro (ninguno, y amo cientos de ellos) rivaliza con ella.

Tomado de mi galería de favoritos: Bill Evans es el pianista larguirucho con gafas de pasta, rodeado casi siempre por negros, que fascinó a Miles Davis. Un dios hechizado por otro. También es el pianista tóxico que murió a los 51 años por una úlcera gástrica, según unos, o de una insuficiencia hepática, según otros. Murió hasta arriba de droga, sin que ese desorden (el del alcohol o la cocaína empapando su cuerpo) le hiciera flaquear lo más mínimo o le redujera un ápice su voluntad de tocar y de hacerlo como si no supiese hacer otra cosa en la vida. Probablemente no supo. Duke Ellington, Oscar Peterson, Art Tatum, Bud Powell o Lennie Tristano o, colados ya en su finiquito o principiando éste, Michel Petrucciani, Tete Montoliú, Chick Corea, Keith Jarrett o Herbie Hancock forman el exclusivo club de los mejores pianistas del siglo XX. Sólo Petrucciani blanco. Ninguno tan exquisito en desgranar con virtuosa elocuencia y sensibilidad las melodías. Sólo hace falta escuchar Waltz for Debby o Sunday at the Village Vanguard, ambos en directo y con el mismo trío que embelesó a todos los amantes del jazz: Scott LaFaro, en el contrabajo, y Paul Motian, en la batería. El grado de conversación entre el piano de Evans y el contrabajo de LaFaro constituye (aun hoy) un hito en el jazz (o en la música, por no reducir con etiquetas) y una evidencia de hasta qué punto dos personas en un escenario (tres si somos precisos) pueden compenetrarse al punto de que parezca uno el que está tocando ambos instrumentos. LaFaro fue signado por la tragedia. Murió diez días después de grabar Sunday at the Villave Vanguard en un accidente de coche. Luego Evans encontró a Chuck Israels y por fin, a comienzos de los setenta, dio con otro estupendo bajista llamado Eddie Gómez con el que grabó discos excepcionales como Live at Montreux Jazz Festival, el primero que yo escuché, a comienzos de los noventa, hace una vida, pero ese trío fue el favorito del artista y de la crítica. Si el jazz es imprevisibilidad, improvisación y manejo creativo de las estructuras musicales, Bill Evans fue un músico de jazz perfecto. Dominaba la técnica del piano y remozó la importancia de la melodía. Sus standards son todavía piezas mayúsculas, referencias para otros músicos.

Debajo de esa planta formal y presentable estaba el hombre atormentado, el músico tóxico y sublime. Bill cierra los ojos y adopta ese gesto entre la armonía y el cansancio. Junto con Parker, Baker y Coltrane representa la quintaesencia del genio insoportablemente sensible. Devastado por el abuso de las drogas, sin superar la muerte de su padre, Bill Evans volcó en su piano todo su genio creativo, su digitación portentosa y el dominio de las escalas del jazz y también de la clásica. Inseguro, frágil, destructivo, se refugió en la música. Hizo que todo cuadrara. De una fotogenia que fascinaba, mezclando arrogancia y timidez, expresó su vulnerabilidad, su extrema seriedad, el arquetipo del quebranto que produce a veces vivir, más cuando se tiene el numen, la divina inspiración, el soplo del arte, Él tenía ese soplo, no dejó de tenerlo nunca. Se reía poco o nunca. Era otro al tocar, sin embargo. Conversaba consigo mismo, aprisionaba la esencia de la belleza, exploraba con magisterio el secreto  de las cosas, como decía Borges. Bill Evans es la pulcritud. Sostuvo siempre provenir de unas ideas muy sencillas y de unas facultades muy limitadas. Su modestia era enfermiza. Jamás dijo nada de sí mismo que indujera la idea de que se gustaba. No conocía la vanidad, tampoco aceptó los halagos. Salía de los conciertos y se refugiaba en la habitación de hotel: rehusaba el agasajo, no deseaba ser el centro de las miradas. Le sobrecogía la fama. Coltrane, con quien trabajó en Kind of blues, el disco inmortal de Miles Davis y del jazz, el más aclamado y que mayor influencia ha producido, no soportaba esa lentitud, toda su apatía emocional. Tampoco que un blanco brillara entre tanto talentoso negro. A él no le importaba, no le preocupó. Sólo deseaba tocar con los mejores. También que no lo molestaran. Yo toco, disfruto, cobro y me dejan ir, parecía decir. En la foto está pensando todo eso: cuánto queda para sentarme otra vez y tocar. Piensa si podrá retirarse discretamente después y pillar algo sin que nadie le importune ese viaje interior. Quizá toque el vals para Debby, la sobrina más famosa de la historia del jazz. Justo cuando el free-jazz tomaba impulso frente al be-bop, que rompía la hegemonía de orquestas que en los cuarenta y principio de los cincuenta habían gobernado el territorio jazzístico, Bill Evans recuperó la fórmula conocida del trío con piano, pero le arrebató la tradicional primacia del piano consintiendo que el bajo y la batería entablasen un diálogo fluido con éste, intermodulándose, creando atmósferas de una comunicación musical hasta entonces no conocida.  Ah, y además fue el músico blanco que dejó plantado a Miles Davis: por agotamiento, por buscar nuevos lenguajes, por volar solo.

12.1.16

Todos los bowies que conocí




Un andrógino, un libertino, un histriónico, un bufón, un camaleón, un diablo, un dios transformado a conciencia. Bowie fue un criatura inabarcable. Se le ama o se le detesta sin que exista mesura en esas dos medidas. Era fácil endiosarlo. Ejercía una fascinación primitiva, provocaba con la facilidad natural que otros no tuvieron jamás. Sólo Iggy Pop anda ahí, en su estela, pero no hay nada que los iguale. El maestro fue vencido por el alumno. Luego vinieron los personajes que diseñó. A ninguno le tomó mucho afecto. Los usaba, los tiraba. Creía en ellos como el perro sin dueño cree en la mano que le echa un hueso. Importa el hueso, la creencia de que siempre habrá alguien que le descubra, aunque sea el viejo fan, el que compró el vinilo de las aventuras de Ziggy Stardust, las aventuras lisérgicas del Berlín oscuro en el que se declaró fascista, el transgresor que antepuso la imagen a la misma música y paseó, orgulloso, su abrumadora personalidad, insoportable a veces, su megalomanía, su extremismo gestual, su teatralidad absoluta, su fetichismo insultante. Quiso deshacerse de todos ellos antes de que le calaran. En realidad no le dolían, no eran suyos, eran más de los que los adoraban. A él le incumbía la intimidad insobornable, de la que sabemos poco o nada. En Bowie todo es juego. Incluso el Bowie malo, tantas veces malo, el que se exponía a caer bajo y terminaba cayendo, era bueno a ojos de sus fieles. Supo como pocos crear un ídolo. Tal vez la sacrificada fue la música. Prefirió el cine, las turbulencias del negocio del cine, más bien. Se codeó con los grandes o dejó que los grandes se codearan con él. Sólo precisaba un modelo al que replicar. Como Borges en literatura, Bowie sublimaba todo lo mediocre.

En 25 discos (Blackstar, la última joya, hace cuatro días, en su sesenta y nueva onomástica) no dejó género sin experimentar. Abrazó el rock (el glam rock, el punk rock, el rock sideral, el gran rock salvaje de los primeros setenta) con Hunky Dory (donde estaba Life on Mars y estaba Changes, premonitoria) y con The rise and fall of Ziggy Stardust and his spiders from Mars (mesiánico, cosmológico: magistral, ambiguo y magistral) Después llegó el soul, el funk, el aire fresco de Detroit y de Philadelphia (Young americans). Hasta aquí era un Bowie voluble, sin un asiento fiable, dejándose influir e influyendo, ejerciendo de líder espiritual del rock que estaba por venir (U2, The Stranglers, toda la new wave oscura de Siouxsie and The Banshees, Echo and The Bunnymen o los primeros The Jam) Antes de caer en las manos del sonido disco, Bowie echó el ojo a Brian Eno. Si alguien tenía era una capacidad fascinante para encontrar a quienes sacaran su yo mejor. La trilogía berlinesa (Low, Heroes y Lodger, no sé si en ese orden) le hizo comprender que había llegado muy arriba. Vivió en el caos, se alimentó de leche y cocaína, frecuentó los bares oscuros y se camufló en ellos. Puede que ahí desapareciera el Bowie suicida (el que pregonaba que el rock and roll había muerto, sentencia que creyó férreamente y que sobrevuela el espíritu de Blackstar, el disco recién alumbrado, el póstumo. Se hizo un filonazi, un rey enloquecido que buscaba con ansia el país al que reinar. Y lo encontró en ese vaciamiento que dan las drogas, el sexo, borrando de la terna el rock, ya saben. Fripp, el de King Crimson, el hermano Eno y una enorme lista de éxitos inmortales. Este cronista triste compró Heroes en el ochenta. Llevaba tres años en el mercado. En esa entrega descubrí al Bowie que no me ha abandonado, al que se le perdona los discos sin compromiso (Never let me down es malo, irrita de malo que es; Earthling y Outside no tienen nada que haga pensar en un músico orgulloso con lo que hace) y al que uno regresa de vez en cuando, permitiendo que se le muevan los pies (Let's dance, el llenapistas que le produjo Neil Rodgers, el alma del sonido disco desde que Chic copiaran las lentejuelas de Ziggy) o que se le erice el vello (Tonight contiene un himno, Loving the alien, una pieza descomunal, una declaración de principios) Dejo en el editor del blog la reseña que anoche hice de Blackstar. No es el día, no lo va a ser en algún tiempo. Sonaría a falsa, estaría de más. 

Lo bueno es que no haya un Bowie que me guste más que otro. Dejó muchas máscaras para que cada uno abriera la que se le antojara, pero tampoco encontramos a nadie dentro. El genio se escondía debajo de todas las pieles que se puso. Enumerarlas, registrar aquí los disfraces, las apariencias interpuestas para regocijo o espanto de la clientela, es imposible. No porque no pueda indagar, tirar de memoria o de corazón, pues ahí, en la memoria y en el corazón, andan todos los bowies que amé. No se pueden exponer hoy. Habrá otros que lo hagan, seguro que el amable lector puede descifrar la ecuación en otros textos. Éste no se resuelve, no da las respuestas, ni siquiera ofrece todas las preguntas. Se limitará a transcribir la pena. Lo que deja son una barbaridad de canciones espléndidas. Deja un modo de vivir también. No uno imitable. No se puede acceder a emular a Bowie. No hay copia que resiste un examen detenido. El mérito, uno de ellos, es que él no pretendió regresar jamás a lo que ya había hecho. Cambió de letra a cada anotación manuscrita en su diario. Por eso hay páginas menos brillantes. Importan las otras, las grandes, todas las que hoy se mencionan. Ahora escribo con un pequeño recopilatorio que he montado. He tardado poco. Suena The man who sold the world en este momento. Nirvana hizo una versión soberbia. Detrás viene Starman. Creo que no acabaré la selección. Ha sido un lunes difícil. Es tarde. Tengo sueño. Mañana las estrellas serán distintas. Temo, como la escribí a María Fernanda, no haber encontrado el tono del escrito. Me he dejado llevar. Se me ha venido a la cabeza un Bowie panteísta, un poco dios y un poco demonio, una especie de viento que sopla y no deja lugar sin recorrer. Ha sido un lunes negro, Jesús. Llevabas razón. David Robert Jones, el arcángel oscuro, el duque blanco, el rey promiscuo, el amanerado, el viril, el sensible y el hipnótico, ha muerto de un cáncer. No lo aireó, no al menos como otros. Esa parte de su vida privada, la única vida posiblemente, no aportaba nada a ninguna de las máscaras que desplegó para embaucarnos o para reclutarnos. Somos un ejército. Álex me ha dicho que está roto. Yo lo entiendo, cómo no hacerlo. Dice que sólo la muerte de Freddie Mercury le afectó así. Se tiene con estos muertos ilustres un agradecimiento absoluto. Nos hicieron la vida feliz. Siguen en ese oficio. Les encomendamos que nos salven. De un modo que ahora no sé explicar, dudo que sepa, hacen que el pecho se hinche, que el aire lo recorra y sintamos en la cabeza una felicidad sencilla, inargumentable, como la del amor cuando nos convida a mirarlo. Esta noche todo estará bien. Planet Earth is blue and there's nothing I can do...





29.11.14

Creo que hoy va a llover


Creo que Randy Newman es la estrella del rock más triste que conozco. Ninguna que, en las piezas deprimentes, sea más deprimente; ninguna que, en las que inspiran suicidios, ponga con más entusiasmo el dedo en el gatillo. Hay ocasiones en las que, sin embargo, Randy Newman te hace llorar de felicidad. Hablo de ese llanto puro al que no se le puede dar escondite dentro y que, al salir, nos hace humanos, nos rebaja a la condición más sensible de nuestra naturaleza. Hoy, yendo hacia el colegio, escuchando en mis cascos una de esas piezas me he descubierto vulnerable, me he sentido frágil, he aceptado que cualquiera pequeña cosa que sucediera a mi paso podría hacerme llorar sin consuelo, pero sería (ya digo) un llanto bueno, de los que te reconcilian contigo mismo o con el mundo o con el cielo azul allá arriba. Lo de las canciones tristes sirve para que uno venza el decaimiento y alce el paso y distraiga su mal con el ajeno. Algo así a lo que pasa en las telenovelas y en los tochos decimonónicos. A mí en particular Randy Newman me inspira, me fortalece, me alienta incluso a que no caiga en la tristeza o que no me deje tentar por ella. Una vez tentado, el resto de la travesía es previsible. Randy, el triste de guardia de hoy, me ha llevado en volandas por las calles de lluvia. El resto del día ha ido muy bien. De vez en cuando, sin darme cuenta, me he sorprendido tarareando la canción. Yo tarareo sin que se note, como cohibido, cuidando en extremo de que nadie me descubra en ese desliz. No vayan a pensar que estoy alegre. Eso no tiene cartel.


18.6.13

Presentación de Leche en la Biblioteca Miguel de Cervantes de Fuengirola








Este es el texto que anoche leí en la Biblioteca Miguel de Cervantes de Fuengirola, en la presentación de Leche, el segundo libro de la escritora sevillana Marina Perezagua. Fue un placer y un honor que se me encomendara tal cosa. Lo fue desde que me lo propuso y también durante el tiempo en que compartimos la celebración de que un libro se publique, convoque a tanta gente a su presentación y suscite un diálogo tan fluido y tan hermoso como el que se produjo a la conclusión de mis palabras de introducción. Quienes nos recibieron en la Biblioteca (Conchi, Gloria, José Manuel, Elena, temo olvidar a alguien) hicieron que al menos yo me sintiera arropado, cómodo, rodeado de amigos, a pesar de que era la primera ocasión en que nos tratábamos. Los libros obran estos prodigios, crean entre quienes los aman un vínculo fantástico. Marina es una criatura adorable, una escritora estupenda y una amiga, en adelante, no lo dudo en absoluto. Dejo aquí el texto íntegro de mi presentación.




"Hay una cita de Borges que siempre me pareció muy hermosa. En ella se da un concesión a la esperanza y también a la convivencia entre quienes no piensan del mismo modo. Dice:

 Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno

Empiezo trayendo a Borges porque sé que a Marina le agrada esa visita. En una de las muchas charlas que hemos mantenido los dos por la gracia de las redes virtuales, hablamos también de Borges. Estaba yo en mi casa, en Lucena, a una hora tardía y ella, en el metro, yendo o viniendo de Nueva York a sus asuntos. Y no dábamos con las palabras exactas de Borges. Me sentí desconcertado por esa conjunción maravillosa. El metro de Nueva York, que yo he visto cientos de veces en películas. Borges, al que he leído cientos de veces en cientos de sitios y una escritora que me invitaba a presentar un acto muy querido para ella, la presentación de un libro en su tierra, en Andalucía.  Así que empiezo, si me permiten, con Borges. Decía que un libro no era nada si no se producía el acto mágico de abrirlo.  Para quien no lo haya leído todavía, les confieso que este acto mágico lo es entonces por partida doble.

Mi  fascinación por la zoología fantástica no tiene antecedentes familiares. Ninguno de los míos se entusiasma como yo cuando coge un bestiario editado con lujo o un modesto ejemplar, enfermo de viejo, alojado en un anaquel de una librería de segunda mano o cuando el cine proyecta historias en donde acuden animales extraordinarios, monstruos de insondables simas, criaturas de infiernos que solo vislumbran los atormentados. En el desquicio se aprecian con más nitidez (con más hermosa contundencia incluso) los matices extravagantes de la realidad, la verdadera piel de las cosas, no la visible, la que se ofrece a beneficio de vagos y conformistas. En la literatura existe también esa restitución de lo anómalo. Ya sean personajes dignos de Lovecraft o del cine de terror de la Hammer o personajes de apariencia rutinaria, normales en lo visible, pero devastados por la enfermedad, por el dolor o por alguna secreta e inconfesable fractura. El escritor, al expulsar los demonios que lo pueblan, al compartirlos, los convierte en otra cosa. Soy de los que piensan que no hay acto más generoso que la literatura. La de Marina Perezagua es generosa y es liberadora. La libera a ella y nos libera a sus ocasionales lectores. Hay algo de buzo o de espeleólogo en quien penetra en un libro. Afuera está la realidad que se pisa, la que que se huele y se manipula, pero adentro hay otra realidad que la lectura rescata. Todo lo que cuenta Leche es eso, un rescate, una especie de volcado poético de un tesoro alojado en las profundidades de la tierra. A lo que Leche invita es a  un viaje telúrico en el que vamos a descubrir criaturas del abismo. El abismo en el que miramos y el abismo que nos mira, ya saben. Criaturas extraordinarias, supervivientes fantásticos, seres que de una u otra forma recurren al heroísmo para no vivir en desgracia o para no extinguirse. Esa es la parte del ingenio narrativo de Marina que más fascina: la que se ocupa de normalizar las heridas de los demás. Tal vez de camino uno también cura las suyas.

No sé si hay cosas que se resisten a ser contadas. Leyendo a Marina uno piensa que la literatura es un acto prodigioso y que la gobierna la voluntad absoluta de contarlo todo. El pudor no existe. En lugar del pudor lo que encontramos es una especie de exhibicionismo romántico, en cierto modo, poblado por personajes aquejados por algún tipo de dolencia física o espiritual. Y para contar el dolor hace falta despojarse de las convenciones y de los protocolos y proceder como lo hace un cirujano frente al destrozo que va a recomponer en la mesa del quirófano. Contemplado de un manera científica, si es que esto es posible, el libro de Marina es un cuerpo dividido en catorce fragmentos, en catorce cuentos, en catorce dolencias, en catorce compartimentos que, en ocasiones, abren y cierran puertas para que la memoria fluya e informe a quien la escucha del prodigio al que asistió. Un poco como Batty, el replicante de Blade Runner. Si él se va no sabremos nunca qué hay en las puertas de Tannhauser. Todas esas cosas se perderán. Como lágrimas en la lluvia. La literatura ofrece la posibilidad de que nada se pierda enteramente. Incluso el dolor hay que preservarlo, el dolor sonámbulo yendo y viniendo por las costuras de las palabras, el dolor primordial por donde transcurren también los prodigios del amor y los milagros de la felicidad. 

Quería empezar hablando del dolor porque sé que terminaré hablando del amor. En los cuentos de Edgar Allan Poe casi siempre hay un muerto dentro y es a partir de la inminencia misteriosa del muerto desde donde Poe arma su literatura. Marina Perazagua prescinde del muerto, no lo precisa en absoluto, aunque cuente con él y lo haga un condimento relevante de la trama. A lo que se inclina la escritura de los cuentos es a la pedagogía. Son historias que nos ayudan a vivir mejor. No porque sean de una hermosura arrebatadora ni porque cuenten cosas sobre la belleza del mundo. sino por la voluntad sanadora que poseen, por la sospecha de que se nos está administrando un bálsamo. Esa idea de la literatura es la que a mí más me fascina, la que desconcierta, la que produce una perplejidad, un asombro desde el que comprender el mundo o desde donde cuestionarlo continuamente. La herida más dulce es el asombro. No creo que exista otra que atraiga más. Por eso amamos la ficción: por la imprevisibilidad que promete, por toda la promiscuidad que tan alegremente nos vende. Como los billetes dorados que el bueno de Willy Wonka escondía en sus chocolatinas. Como momentos de felicidad alojados en la costura siniestra de las horas.    A lo que la buena literatura se enfrenta es a la pereza. Perezagua, permítanme el sencillo juego de palabras, no desea un lector invertebrado: aspira a encontrar un lector cómplice, que comprenda al conejito follador que escandaliza el cielo de Hiroshima en Little boy o a Alba, la protagonista de Algas, una mujer cuyo afán es pensar sin las trabas del cuerpo en una especie de apnea orgánica. En cierto modo es Alba la que representa el espíritu de los cuentos de Marina. Lo que desea es dejar que su cerebro solo piense. Que no se entretenga en administrar el flujo del menstruo o en vigilar la frecuencia cardíaca. No sé si ese propósito hace que Leche sea un volumen adscrito a la literatura de índole filosófico, a la fantástica o es un vademécum sobre las fracturas del alma. Leyéndole, en ocasiones, en algunos trozos más que en otros, he advertido un aliento metafísico, pero que nadie se alarme. 
 
No es un libro de lectura farragosa. Quien escribe bien no precisa de alambicar las frases. Las deja ir, mimadas, pero sin que la escritura gobierne lo que la escritura cuenta. Es admirable el control narrativo. Esa sensación de que el argumento de cada cuento está absolutamente previsto, sin que nada se abandone al azar. Y eso, en la brevedad de algunos, es más admirable todavía. Se lee con absoluto placer, aunque habría que ajustar qué concepto de placer hemos convocado. No es uno frívolo ni tampoco perecedero. Es el que se queda y se hace fuerte a medida que lo mimamos. El lector invertebrado no desea estar de pie. Prefiere una postura distendida, horizontal. Por eso quizá a Marina le gustan las inmersiones acuáticas. Porque son verticales. Porque indagan en lo que está en el adentro. Se podría uno extender en las redes narrativas de los cuentos, en cómo los personajes son una conciencia y también un cuerpo que la transporta, en eso que se dice en Algas: "La tensión es tanta que arma un esqueleto". De la nada, de las palabras que vertemos, podemos construir una vida. Es que el escritor es un dios caprichoso y un dios rudimentario y esta escritora ha forjado un cosmos a la medida de sus obsesiones. No creo que sean muy distintas a las vuestras, a las mías. Ella lo que hace es coger un átomo fácil de entre todos los átomos difíciles y ahí es en donde empieza a contarnos la historia. No anda a tientas por el texto que nos ofrece. Coge un cuerpo y lo convierte en un atlas. El cuerpo es un atlas. Mil dolores pequeños lo atraviesan. La orografía es un inventario de afecciones. El escritor es, en este caso, un cartógrafo al que se le ha encomendado la empresa de registrar los accidentes y anotar escrupulosamente los efectos de la erosión, el volcado epidérmico del oficio de la vida. Da la impresión de que lo ha medido y lo ha pesado y lo vestido y lo ha desnudado las veces suficientes. Está en posesión de esa rara facultad que consiste en hacer de la fatalidad un rasgo natural de la existencia. Lo trágico, al servirse con estos mimbres poéticos, de ternura y de calidez también, pierde un poco su condición terrible. Nos apenamos, nos emocionamos, nos conmovemos, pero seguimos leyendo en la creencia de que hay belleza dentro del caos.

En la tragedia todo es verosímil. Hay en nuestra perrcepción de la fatalidad una firme voluntad de asiento narrativo. Creemos en que las cosas pueden suceder como se nos explican, por más increíble que parezcan los hechos que la presentan. Somos lo que escuchamos. Somos receptores voraces de historias. Da igual que lo que nos alimenta sea lo invisible, lo que no podemos manejar cartesianamente. Las viandas narrativas más exquisitas apelan a nuestra credulidad. En los cuentos de Marina Perazagua no se produce ningún engaño fantástico. Como dice Juan Herrezuelo, mi amigo, en una nota que dejó en este blog, Leche normaliza lo fantástico. Como si Pedro Páramo lo contara Cortázar. La fantasía, al rebajar su caché escandaloso, no deja de asombrar, pero se hace creíble. De ahí que contemos con Cortázar, un escritor que no se parece a Borges o que no se parece a nadie. Lo ideal de un escritor quizá sea eso: no parecerse a nadie, aunque el lector escuche voces en su escritura que le recuerdan a todos los escritores que ha leído. De hecho hay un cuento en Leche en donde, de rondón, Marina explica un poco esta herencia involuntaria. Uno de los que más me gustan, por cierto. Es Un solo hombre solo. El cuento que, a mi entender, rivaliza con Little boy en ambición, uno que merece una especie de spin-off. Esa historia nos regala ideas preciosas: invita a pensar que existimos porque alguien blandió una espada en el siglo XI o porque un poeta prefiguró el paraíso en un hexámetro o porque un hijo ordenara la biblioteca de su padre. El cuerpo recuerda cosas que la mente no estabula ni registra. Pero el cuerpo transmite esos conocimientos y las generaciones heredan briznas maravillosas de memoria. La biología está otra vez puesta al servicio de la poesía. El lector agradece ese afán didáctico. Lo que cuenta Marina precisa una documentación precisa. Se agradece esa afinación entomológica. Me imagino que no la poesía, al matrimoniarla con la ciencia, no deja de serlo, pero ya es otra cosa, un artefacto literario más puesto al servicio del fin último: que la historia se cuente lo mejor posible.

Leche, a pesar de que hable de enfermedad, de dolor y de muerte, en ocasiones, es una gozosa manifestación de vida. La atraviesa la vida sin la decoración que a veces le exigimos. Una vida sin certezas, si se desea. Una vida que huele a agua estancada, a rana, embadurnada de olores que cuentan historias como uno de los cuentos que más me han emocionado, "Él". La vida ofrecida como un infinito laberinto de efectos y de causas, de azar más que otra cosa, del azar que amaba Borges. Quizá sea Borges lo que más me una a mí con Marina. El amor a nuestro bibliotecario favorito. Solo hay que haber estado en un cuento de Borges para sentir que los de Marina son extensiones de una dignidad encomiable. Probablemente Borges estaría inclinado a sentir como propios, permíteme el atrevimiento de la noche, algunos. MioTauro es el homenaje previsible, pero los cuentos de Marina prefieren un lenguaje del siglo XXI, poético, despojado de cualquier voluntad barroca. Marina Perezagua escribe muy bien. En un país en donde se lee poco, Marina escribe muy bien. Y ahora vuelvo al argumento de donde partí: el buen escritor necesita un buen lector. Uno que se conmocione. Que no se venga abajo cuando lo que lee le apabulle, le produzca rubor, le aturda, le haga sentirse privilegiado por estar escuchando una confidencia. Las historias de Leche son confidencias, asuntos escandalosos para las mentes escandalizables. Hijos que preñan a sus madres. Padres que malogran el amor de sus hijos a pie de playa. Conductores que la conciencia no les permite dormir. Niños de una crueldad antológica. El alivio lúbrico que un profesor le procura a su alumna para que soporte la enfermedad que la postra en una cama. El padre que ama a su hijo por encima de cualquier otra consideración y no permite que el hambre se lo robe. Y he procurado no desvelar nada. Nada de spoilers. Solo he lanzado piedritas que han dibujado círculos en el agua. Ahora busquen el dibujo dentro del círculo. Ahí están las crisálidas. Porque primero somos crisálidas. Luego somos otros cosas.; algunas, maravillosas: otras, despreciables, pero al principio, en el instante en que el primer átomo hizo un movimiento creativo en el misterioso comienzo de todo fuimos crisálidas, átomos que necesitan quien los narrara. Disfrutemos hoy con este libro. Es disfrutable. Gracias por escucharme"



13.6.13

Lovecraftiana


1
Dicen de Lovecraft que fue el maestro absoluto del terror cósmico materialista. Siempre que veo The thing, La cosa, la obra clásica de John Carpenter, pienso en las deudas que Lovecraft jamás cobró en vida, el escaso reconocimiento que tuvieron sus cuentos. En La cosa no importan los muertos que va dejando la criatura del espacio. Tampoco, aunque parezca lo contrario, el modo en que las va eliminando. Importa el hecho de que hay una criatura y de que procede del espacio. También la certidumbre de que está aquí antes que nosotros mismos. Que hay una especie de derecho sideral a hacer y deshacer en su casa como bien le plazca. John McTiernan, dirigiendo Depredador, no se opone a esta idea: el alienígena es el hombre. Él es el sacrificado.

 2
De Lovecraft, el misántropo, cuenta esa impresión ancestral de que la Historia que nos han contado no ofrece los datos fundamentales y se limita únicamente a cierta parte visible, contrastable sin dificultad, esquivando sin pudor lo que la forja, evitando involucrar en su fundación fuerzas telúricas, atávicas, terroríficas siempre; fuerzas que, larvadas, solo esperan que se las despierte y ocupen el lugar del que nunca debieron retirarse y el caos, a través del linaje de los dormidos, reine en la tierra y la someta a la voluntad de sus dioses. Precisamente Lovecraft aparta a Dios, al cristiano, de toda su maquinaria narrativa con el solo objetivo de dejar al hombre, la criatura que alumbró ese Dios en el principio arquetípico de los tiempos, abandonada a su suerte, desamparada completamente. En el terror, Dios juega un papel primordial, pero el enfermizo autor de Providence, asqueado del mundo, incapaz de integrarse en la realidad, lo mata de un modo fulminante. Nadie ha matado a Dios como Lovecraft, sin que en ninguna de sus tramas haya una evidencia explícita de esa osadía literaria. Pienso en Sartre, en Camus, en Nietzsche o, más en la actualidad, Onfray, Hitchens o Dawkins, autores que acojen a Dios en su pensamiento para hacerlo eje absoluto de sus escritos y hacerlo trizas. Lovecraft, el huraño, el solitario, el aquejado de todos los males del hombre, es un puritano reconvertido en cronista de los infinitas abominaciones que la realidad esconde. En ese cosmos no hay lugar para la divinidad. Lovecraft tira de un ejército de oscuros dioses, de indecibles dioses que espolean hasta el paroxismo la inquietud del lector. Entonces y ahora.

 3
No sé las veces que he leído Los mitos de Cthulhu. Aplazo a veces su relectura porque no puedo evitar sentirme abducido por lo que cuenta al modo en que casi ningún otro autor (incluso autores cuyo estilo y tramas me fascina más) logra embaucarme. Hay una trampa hermosa en esos mundos primitivos. Yo los admiro por lo tenebroso y por lo fantástico. Lovecraft es un Poe avanzado, uno de esos alumnos estupendos que retoman la senda del maestro y, sin copiarla abiertamente, la merodean, la reformulan y extraen de ella la parte nuclear, su atomismo limpio. Las limitaciones de Poe son, en Lovecraft, caudal sin fondo. Lo que había en Poe de poeta es en Lovecraft un descenso al materialismo más cruel. Mi entusiasmo procede de la sensación de pérdida que produce ese materialismo. Lo que busco en lo impredecible de su tramas es esa decadencia mórbida, tan del gusto de la época, con toda la herencia del miedo anglosajón, como razonaba Rafael Llopis en su prólogo a los Mitos, en la canónica edición de Alianza. Me siento confortado cuando Lovecraft me perturba. Vuelvo a Lovecraft en peregrinaje. Y de vez en cuando caigo en la cuenta de que hace mucho que no escribo sobre Lovecraft y busco dentro lo que todavía no he sacado. Temo repetirme. Tampoco me importa.    

4
Me ha venido hoy a la memoria un amigo al que ya no veo. Importan poco las razones. Hay ocasiones en las que los caminos se separan y es el azar el que administra los afectos. Leyó a Lovecraft porque le presté Los mitos en un bar de San Fernando. Lo leyó a regañadientes hasta que no se pudo desprender de la atmósfera nauseabunda de algunos cuentos, que releía más que buscar los nuevos. No sé si leyó el libro, un tocho grueso en la edición de Alianza, la barata. Sé que me lo devolvió un par de semanas después. Estaba entusiasmado. Me invitó a cerveza hasta que no apreciamos el sabor. De eso, de la charla en la barra del bar, fumando descosidamente, es de lo que aquí quiero hablar ahora, de la sensación de plenitud absoluta, de confianza en los placeres compartidos. Creo que el arte sirve, en última instancia, para eso. Que la literatura, la buena y también la mala, no pongo objeciones, despliega un dulce entramado de códigos fiables sobre los que edificar un momento de júbilo pleno. Desconozco si fue volunto castrense. Si aquel arrebato lovecraftiano fundó una filiación eterna. La mía lo es de un modo absolutamente inquebrantable. Es quizá el autor al que más vuelvo, junto con Borges o con Chesterton. Los releo con reverencia. Me amoldan a los nuevos tiempos. Me cuentan cómo estoy conforme voy creciendo. Porque sigo creciendo. Echo de menos alguna que otra charla tabernaria con Howard Philip de invitado. Eso guardo de aquel día. Espero que no se me olvide nunca. Bares, qué lugares tan gratos para conversar...
                   

13.2.12

Uno de los míos



No creo que haya otro director vivo que merezca ocupar la luna de Méliès, que es como la luna del cine. Hay algunos que merecerían ese honor selenita, pero yo me quedo con Martin. Contando con que ha hecho cosas infumables, indignas del genio que tiene dentro, todavía me quedo con sus gafas de pasta y con sus cejas superlativas, con ese amor al cine que se entrevé incluso sin que uno sepa mucho de cine ni esté al tanto de las cosas con las que los cinéfilos pata negra evalúan los méritos de los directores o la valía de una película. Yo he sido feliz más horas con Scorsese que con mucha gente a la que veo a diario y con la que comparto una parte considerable de mi vida. Malas calles. Taxi driver. El último vals. Uno de los nuestros. Toro salvaje. El cabo del miedo. Casino. La edad de la inocencia. Infiltrados. Shutter Island. Luego está el Scorsese enamorado de los Rolling Stones, del blues y de la mente pura de un niño cuando se sienta en una butaca y permite que los adultos le cuenten una historia. No he visto La invención de Hugo. Tampoco Kundun. A todo lo demás le he dado cuerda como el niño que sabe los placeres que produce ver cómo se mueve el muñeco. Al final se detiene, pero hay magia en su desplazamiento, en el ruido que produce su avance un poco torpe, pero firme. Casi como suceden las películas y el ruido que hace el cinematógrafo cuando el proyectista acciona la palanca de arranque. Cosas que dejarán de suceder pronto. Nos invadirá la tecnología y suprimirán los modos de antaño. No soy de los que echarán en falta ese tipo de rituales. Soy de los que se limitan a dejarse invadir por los fotogramas. 24 por segundo. Scorsese, en ese negocio, está ahí arriba, en la luna de Méliès, con sus gafas de pasta y sus cejas como de cuento con ogro y final previsiblemente feliz. Pero todos sabemos que los finales felices tienen también un lado perverso. Scorsese, ahí donde lo ven, es un pájaro con mucha mala leche. Del tipo que usaba Hitchcock. Un católico con la retranca moralista de Chesterton. Un tipo viciado por la salsa italiana, su amor por las mujeres (cinco esposas, lo cual lo deja explica algunas cosas) y su vehemencia a la hora de defender el cine casi por encima de todas las hordas que lo atropellan y manipulan. Y no se confundan si graba un spot para un cava (Freixenet) o un videoclip para Michael Jakson (Bad). Lo de Hugo va en 3D. Yo no fusiono bien (dice mi optometrista de cabecera) pero igual me dejo llevar y me engancho las gafas. Por Marty. Es uno de los míos.

31.8.11

Satchmo


Tomada sin experiencia previa, la fotografía ofrece un desquicio, uno de esos gestos de escaso afecto por la compostura que uno saca de adentro cuando está alegre o incluso cuando está muy alegre. En eso de la alegría tengo yo la sospecha de que la razón se destensa, pierde su rigor académico, descarga las toxinas malas y baja el puente levadizo de la mala leche. Dicho de otro modo, en ese trance a veces muy pequeño en el que nos sentimos sencillamente alegres, perdemos el pudor, la fachada que levantamos para que los demás nos respeten. Al tipo de la foto se le atribuye la alegría casi por encima de su magisterio en el arte de la trompeta o en el jazz cantado, arrastrado, boscoso de voz y de timbre, que vertió al mundo durante más de cuatro décadas. A Louis Armstrong se le ve siempre así, suelto de stress, un poco payaso y un mucho genio de lo que el payaso tutela. No hay vez que no escuche un disco de Armstrong que no lo vea detrás de las notas. Tiene este hombre ese privilegio que otros (no más grande, ni siquiera más mediáticos) no poseen. Uno escucha el monumental What a wonderful world y monta en su cine privado, el de la imaginación y el del editado sentimental, la cara del hombre armado de trompeta y de carisma. Eso debe ser: el carisma. No se aprende, no se recita, no se gana a base de trabajo: se tiene o no se tiene. Louis Armstrong lo tenía a espuertas. Nació con ese don. Tuvo otros, claro. En la fotografía está pletórico, está sublime, está riéndose del mundo y pidiendo que el mundo se ría con él. Luego está la construcción del jazz. La fundación de un género. El que detrás de la voz cascada y de la trompeta antológica esté la entera historia del jazz.




24.8.11

Pequeña borgiana de arena





El tigre, ebrio de rayas y de hondura,
el laberinto de los efectos y de las causas,
el azogue en el infinito espejo,
el alba en una quinta porteña,
el fuego que purifica,
la conversación entre jazmínes,
los nombres de los libros no leídos,
Whitman en un bosque, pensando en Dios al mirar un árbol,
los arduos alumnos de Pitágoras,
el tiempo feliz de las espadas,
la delicadeza del ocaso en un desierto,
el Ganges, donde todos los seres humanos nos hemos bañado,
el Golem, la arcilla primordial, el poeta vacío,
la trivial creencia de que moriremos enteramente,
el jardín que senderos que nos bifurcan,
la rosa de Milton, su tacto al despertar,
todas las permutaciones invisibles de la ficción,
los poetas menores de una perdida casta de poetas,
los reyes antiguos en sus tronos de odio,
la espléndida bondad de los adjetivos,
el hoy fugaz y el ayer ya eterno,
el olor acre de la sangre en la noche,
Homero y todos los griegos cabales,
la alquimia secreta que inventa un dios en el oro más puro,
los arquetipos y los esplendores,
el destino de ser siempre uno mismo y saberlo,
los ángeles hablando con Swedenborg por las calles de Londres,
la ilusión de que existió un principio para todas las cosas,
la muerte de un hombre en el campo de batalla,
el épico sueño de soñarse,
la gloria inversa del traidor en su postrer patíbulo,
un libro entre los libros,
un río inconcebible ahondando su cauce en la memoria,
los días persiguiéndose,
la fiera en el negro crepúscula, acechando,
el otro en un banco a la vera de un río, fabulando,
la Inglaterra tejida en pesadillas y en torres gloriosas que miran al mar,
la custodia preciosa de las palabras,
el eco de Virgilio en el Ulises,
la luz encendida que nadie ve salvo Dios
la ardua escritura de un evangelio apócrifo,
el elogio de la sombra,
el secreto centro del cosmos, que es una sílaba de la divinidad,
el álgebra hermosa y la cábala dramática,
el consabido y no apreciable manejo de unas destrezas al coronar la vejez,
el plano del universo bosquejado por Schopenhauer,
la triste lluvia en el frío mármol,
la luna ajena y la que te persigue,
los haikus del amado Japón,
Abel o Caín dictando un cuento infinito,
Shakespeare descendiendo al corazón del hombre,
el alma cautiva en el frágil cuerpo,
el hidalgo hechizado por caballerías y por amores,
el ciego indice de cosas que no alcanzó,
el amor, del que se ocultó o del que huyó,
la sangre gaucha, su fe en el mate, la patria más íntima,
la métrica metálica de las sagas normandas,
la fantasía de Coleridege con una flor como prueba,
el eco marcial del apellido paterno,
la cierva que cruzó un segundo el sueño y no volvió jamás,
los prólogos y los epíligos monumentales de los libros,
el goce interminable de la memoria, que trae batallas antiguas y trae oro en un cuenco,
el puñal impaciente de Marco Junio Bruto en la pluma del bardo inglés Shakespeare,
un escritorio de caoba que guarda unas cartas de amor que nunca se mandaron,
las comunes frivolidades del vivir y la certera brasa de la muerte,
el convergente, divergente y poliédrico aleph en un sótano en la calle Garay,
el emperador chino que mandó quemar todos los libros anteriores a él,
la línea de Verlaine en la memoria de un bibliófilo,
el mar registrado en una runa,
el imposible fervor del sexo,
la historia íntima de la infamia,
la felicidad que precede al caos,
la diversa enumeración de prodigios del mar,
la clepsidra en un cuento antiguo,
la memoria y el olvido de los muchos días,
el sur para velar a un muerto,
la sórdida noticia de una venganza leída en un periódico,
el eclesiastés recitado en la oscuridad,
el hierro de los clavos del judío,
la errancia y el refugio de un poeta,
la patria en su pompa de mármol,
el Islam, siglos de espadas, disciplina y agua,
el hábito de un aljibe,
los ayeres como si fuera uno solo,
el goce de los laberintos,
las trompetas del día final escuchadas por un teólogo,
la música, en donde es posible que estén las demás artes,
las vastas enciclopedias de los hombres,
el panteísmo, ah el inevitable panteísmo,
la ballena blanca en la oscuridad de su dueño,
los pulcros hexámetros latinos que tutelan el ingreso en un sueño,
la suma de todas las cosas que hacen al hombre ser un hombre,
el peso de la moneda en la boca del muerto,
el cofre de joyas en el patio del soñado,
las sílabas en las que se esconde el nombre de Dios,
todas esas sutiles cosas, y otras que no sé y otras que no nombro,
son las que le hicieron ser Borges.


Marbella, 20 de Agosto de 2.011




Escribí esta borgiana en un patio encalado, emboscado de pinos, y a la vera del mar, hambriento de libros, gozoso en todo lo demás, perdido en mi memoria y en un deseo absoluto (no más adjetivo, ninguno es bueno) de volver a leer todo Borges. Empiezo hoy. Pido (como Kavafis) que el camino vuelva a ser largo. No me importa no llegar a la última línea. No se acaba nunca el libro. Es de arena. Eso es. Es de arena.



24.7.11

Hasta que las estrellas revienten en el cielo de Beverly Hills



Soy Tom Waits y ya no soy un hijo de puta. No me pregunten cuánto vale un gramo de coca. Pregunten otra cosa. Por mi mujer o por los concursos de la televisión. No leo libros ni periódicos. Me da lo mismo si ganan los demócratas o los republicanos. Obama es negro, de acuerdo. B.B. King sigue de gira a sus 85 tacos, pero John Holmes se fue al infierno con la polla ardiendo y sin un céntimo debajo del colchón. Haría lo que sea por redimirme. De hecho ensayo salmos cada noche. Rezo al cielo infinito y me hinco de rodillas, cerrado el corazón, callada la boca, pensando en mis adentros la salmodia que me exhima del tabernario relato de mis pecados. Fueron muchos y todos se conjuraron para que mis canciones describieran el estado putrefacto de mi alma.

Sigue en Barra Libre...

20.7.11

Laura



Hay cinéfilos emperrados en encontrar en otros rostros rasgos de los que hicieron bullir su vicio. Éste es uno de los muy más míos. Ninguno (quizá) más hermoso que el de Gene. Se admiten (hagan) apuestas.

20.6.11

El tipo grande de los conciertos del Jefe




“Clarence vivió una vida maravillosa. Llevó el amor a mucha gente y fue correspondido. Amaba el saxofón, amaba a nuestros fans y lo daba todo cada noche cuando subía al escenario. Su pérdida es incomensurable y estamos orgullosos y agradecidos de haberle conocido y haber tenido la oportunidad de estar a su lado durante casi 40 años. Clarence fue mi gran amigo, camarada. Su vida y sus recuerdos y su amor permanecerán en la historia de nuestra banda”. 

Bruce Springsteen

14.6.11

Borges/25




Lo extraordinario de Borges es el primoroso manejo del español, la deliberada y muy calibrada supresion de las adiciones pintorescas. No hay en toda la obra de Borges una línea superflua, un exceso que conduzca a otro destino que no sea la rendición de una trama. Quizá ese amor por la precisión le libró de la molestia de urdir novelas. En los cuentos y en la poética tejió y destejió la historia universal de unas cuantas metáforas. Bien leído, hurgando en los adentros, se advierte que la literatura de Borges aloja en realidad un inventario de símbolos muy escaso. Escribir una y otra vez la misma línea, solía escribir o decir en sus conferencias. Aceptar que son esas escasas referencias las que gobiernan el cosmos. En cierto modo, Borges fue un demiurgo exigente. Y el Creador precisa de un barro que le sea fiel y al que pueda confiar la dimensión de su reino. Es ahí cuando advertimos el magisterio de este tahúr de las palabras. Tal vez no importa otra cosa. Ni los espejos ni los tigres. Ni los sueños ni el hierro de la espada en la que perdura el héroe y su antagonista. Importa la gesta primordial de la semilla, el esplendor sin adjetivos del linaje y de la vana fama que se gana y se pierde en un lance del duelo. 
De Borges queda el ruido de la metafísica, los acertijos que la inteligencia adorna de juegos para que el lector se embosque en cosmogonias y en teologías. Queda el hombre que se propone la tarea de dibujar el mundo y a lo largo de los años va poblando (viene a decir más o menos esto, lo traigo con mala memoria) con imágenes hasta que poco antes de morir descubre, fascinado, un laberinto de líneas que trazan su cara. Quienes afronten hoy aventurarse en los libros de Borges encontrarán obstáculos felices, simas en donde caer es un gozo y de donde sale uno alado, bendecido por la magia de un poeta o de un cuentista o de un testarudo y extraño (se leen las biografías y se concluye que Borges era por necesidad un tipo testarudo y un poco extraño) que se dedicó a pulir el español y a rendir a la posteridad (palabra muy suya y a la que le rendía indisimulado afecto) declinaciones misteriosas de ese lenguaje recién adquirido. A veces (permítanme que sea en esta efemérides un sentimental) leo a Borges como si no hubiese leído nada antes. Parece que todo fuese inmarcesible y nuevo y procurara placeres que son también nuevos y nos hacen sentirnos felices. Quizá (ya concluyo) extraigamos que la literatura, la de Borges o la de cualquiera que al buen lector le parezca digna de manifestarse pura y novedosa, es un refugio y es también un instrumento para descerrajar lo que se exhibe cerrado. Como un himen dulcemente retirado que ofreciera un aleph, un sentirse dios sin haber alumbrado criatura. Y habrá quien se esmere más y sepa más y tenga más razones que exponer y lo haga con mayor hondura, pero no creo que nadie se sienta, al escribir, al contar estas cosas sencillas del corazón, agradecimiento más grande.

2.6.11

Leonard Cohen, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2.011



No tengo ni idea qué posee Cohen que no hubiesen visto antes en  Dylan para que los que administran la idoneidad de los artistas, raro oficio, no crean, se hayan inclinado por otro poeta del rock en  la concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Las de Leonard Cohen se merecen el galardón porque las hay excelentes y se han mantenido en ese nivel de excelencia durante casi cuarenta años. El jurado ha querido premiar a un cantautor, prescindir de la literatura escrita y darle cartas de nobleza a la oral, a la que se transmite sin el concurso de los libros y adquiere vuelos en la intimidad, cuando uno busca al predicador (la belleza es una especie de fe y requiere de un pastor que la conduzca) y elije los salmos cómplices.

Con los poetas que cantan uno cae en el sencillo error que consiste en mirar más el formato, el envoltorio en el que recoge las letras, que las letras en sí. Leonard Cohen posee un austero modo de contar sus historias de amores vencidos por el tiempo o ganados al tiempo, de hoteles que registran pasiones universales. Leí una vez que a Cohen le está llegando un invierno dulce y burgués. Lo sacan en volandas de los estadios (es un decir) y saca discos estupendos que se ganan el favor de la crítica (no conozco a nadie que, no gustándole Cohen, se empeñe en censurarlo, en negarlo, en reducir una brizna su magisterio) y del siempre veleidoso público. El suyo es fiel. Lo lleva siendo durante generaciones. Parece ser que ése ha sido el argumento principal esgrimido por el jurado del Premio: la constancia en el tiempo, la cercanía a ese concepto resbaladizo e interesado, imponente e insobornable, que se llama clásico. Leonard Cohen es un clásico desde que sacó Suzanne o The partisan.

Maldito a medias, puro a medias, comercial a medias, Cohen ha labrado una carrera indispensable si uno quiere saber qué fue de la cultura en la vorágine del rock, en el tercio final del siglo XX, cuando se izaron banderas experimentales, se soltaron todas las bestias del infierno que es el mercado y se incendiaron los valores inalterables que ahora le han valido para erigirse como el privilegiado escritor de ese año. Su relevancia es sentimental al modo en que lo son todas las que apelan al imaginario de la belleza.  Ha ganado (digamos) el débil, el tapado, el poeta cavernoso de corazón lorquiano y pecho grande como un pabellón de iluminados. Ewan estaba ahí, Miguel, agazapado. Otro año. Gracias por la confidencia. De ella ha salido una corrección de última hora.


25.4.11

Dylan apóstol


No tiene cara de la que fiarse. Da la pinta arrabalera de mafioso fronterizo que hubiese hecho las delicias cinéfilas a Orson Welles para Sed de mal. Él mismo, Welles, se hubiese sacrificado. Hubiese dicho: Bobby, es tu papel, esmérate en el texto y déjate llevar. Sobre todo, déjate llevar. Pero Dylan jamás fue un actor. Tampoco un cantante. Sí fue un trovador, un poeta, un alma atormentada que se reconcilia con el mundo y consigo mismo revisando a diario la piel americana, el atlas provinciano de un país que es como un cosmos para quien sepa navegarlo. Dylan no es de este mundo. Vino a la tierra de las barras y de las estrellas para escribir un evangelio. Quizá por eso se convirtió el buen hombre. No porque viera la luz sino para desprender la suya mejor.

13.11.10

H.M.E., 81



En el Libro de Lecturas del Bachillerato Superior

no leas odas, hijo mio, sino guías de ferrocarriles:
son más exactas. despliega las cartas marinas
antes de que sea tarde. abre el ojo, no cantes.
ha de llegar el dia en que vuelvan a clavar listas en las puertas
y a señalar con marcas en el pecho a quienes digan que no.
aprende a pasar desapercibido, aprende, mejor que yo,
a cambiar de barrio, de pasaporte, de cara.
adiéstrate en la pequeña traición,
en la sórdida salvación de cada dia. Las encíclicas
son buenas para encender el fuego;
los manifiestos, para envolver mantequilla y sal
para los menesterosos. serán necesarias saña y paciencia
para insuflar en los pulmones del poder
el polvillo letal, molido
por quienes hayan aprendido mucho
y sean exactos, por ti.

Hans Magnus Enzensberger

Mycroft lo supo. Yo me hago eco. Tú eres el tercero. Hazte eco.

addenda:
Además este poema fue el primero que leí. Me lo pasaron en un bar universitario, escrito a máquina, en una hoja doblada muchas veces. Al abrirla, vi una luz. Hace de eso 25 años.
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30.12.09

Audrey Justine Tautou


No son los ojos de Bette Davis y admito una sesión de photoshop para encontrar ese punto hipnótico que conduce a quien ve la fotografía al lugar al que el fotógrafo se le antojó que debíamos estar. Ahí estamos. Parroquianos de la belleza. De un tipo de belleza limpia como pocas. Dicen que la fotografía habla del secreto de un secreto. Lo leí en algún sitio. Lee uno tanto y anda tan corto de memoria últimamente. Me quedo con la instantánea. No me gusta la palabra. Instantánea: parece cacao en polvo. Después de este regalo óptico que me doy sí que cierro definitivamente el blog y les digo a todos ustedes que pasen una noche muy feliz. En mi pueblo, en Lucena, sigue lloviendo a lo bruto. Nada que haga parpadear a la modelo.

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27.9.08

Paul Newman (1925-2008)




Tanta gente que se queda en el camino que el prosista de esquelas pidió aumento de sueldo. Dijo que la emoción le podía. Una profesión de riesgo emocional en toda regla. Hay gente que se cae de un andamio o que es corneada en el muslo en una plaza de toros. Gajes del oficio. Escribir sobre gente que te ayudó a crecer y que de pronto desaparece, aunque no los hayas visto en la vida, tiene que ser una experiencia dolorosísima. No es lo mismo escribir la necrológica que no escribirla como no es lo mismo haber visto casi todas las películas de Paul Newman (más de ochenta) que sólo haber visto cuatro o cinco. Lo malo que tiene el cine es que te involucra en vidas ajenas y te conmueve que quienes contribuyeron a tu felicidad ya no existan. Paul Newman se ha quedado fuera de juego, pero el camino (como decía Kavafis) ha sido largo. Yo lo he disfrutado. Muchísimo. En algún limbo fuera del plano sensible, lejos de la realidad tangible y mensurable de las cosas, estará conduciendo coches rápidos y enamorando quinceañeras. Carecer de fe en la salvación del alma y en la vida eterna, me impide afiliarme a la bondad de su nueva existencia. Como a ninguna de los míos, los cercanos, que ya no tengo. Su cielo, el que ha legado, es la filmografía que le hizo uno de los mejores actores del mundo. Me pido esta noche la del Gordo Minnessota y el humo sobre un tapete verde.
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18.8.08

Love over gold



»Me gusta el entretenimiento de masas. Yo mismo he escrito entretenimiento de masas. Pero es lo contrario del arte, porque la función del entretenimiento de masas es seducir y adular a los consumidores, para transmitirles la idea de que aquello que consideran cierto es realmente cierto, y que sus gustos y su gratificación inmediata son la máxima prioridad para el proveedor. La función del artista, por el contrario, es decir: ¡Un momento! Al contrario, todo lo que habíamos pensado es incorrecto. Debemos revisarlo.»


David Mamet

13.7.08

Tom Waits cantó anoche cerca de casa



De haber sido un fan auténtico, de haber tenido el arrojo preciso, habría ido al Kursaal de San Sebastián y me habría convertido en un feligrés más de este sacerdote de lírica convulsa y voz enterrada en maderas de bourbon y en los secretos de más vidas de las que yo podría vivir en cien como la que ahora disfruto, pero me quedé anoche en casa y dispuse todo para que la ausencia no doliese en exceso. Me tragué Rain dogs de cabo a rabo y entendí, en cada canción, en cada aullido, en cada historia del maestro, que la vida puede tener sentido más allá de la rutina y del vértigo de ir comiéndole días al calendario. Pensé que de haber sido un verdadero fan habría estado en el Kursaal salvando mi alma una vez más. El alma, en ocasiones, puede redimirse con una dosis conveniente de Tom Waits o de Van Morrison o de Bob Dylan. Ellos tres contribuyen siempre a que mi corazón se ensanche, se estire, se abra y se cierre en comunión perfecta con mi cerebro, que razona la belleza como Dios razona sus nubes y su caos. Anoche no estuve en el Kursaal, pero Tom Waits sí estuvo conmigo.





Todas las mariposas

  Nabokov buscaba mariposas cuando no escribía. No hay nada en su literatura que haga pensar en mariposas. Nada cuando las cazaba que filtra...