16.1.21

Dietario 16

 Hay hechos admirables que pasan desconcertantemente desapercibidos en el momento en que suceden y que concitan más tarde la unánime atención de los que lo desatendieron. Ganan en trascendencia, en peso en la conciencia, cuando el tiempo los ha hecho permanecer y no ha procedido como suele con las cosas inanes, con las que no tienen autoridad en la memoria. Habrá ocasión en el futuro para pensar en lo que está ocurriendo en estos momentos, y no me refiero únicamente a la pandemia, que lo arrastra y lo perturba todo, sino a un cierto sentido de la autoridad y del equilibrio y de la mesura que se está perdiendo con pasmosa celeridad y que no está convenientemente alertada por ningún observatorio social (aunque haya muchos que la aireen y den inequívocas señales de alarma) ni por el privado tamiz de cada uno (aunque haya quien razone el desquicio y se lamente por su causa). Me refiero al negacionismo, que viene a ser el constructo ideológico de cuantos sienten que hay maquinaciones por doquier, conspiraciones en cada departamento de cada ministerio y falsedades en las resoluciones que la ciencia o la historia aportan al acervo del progreso. Eligen la mentira, en lugar de confiar en que la verdad pueda ser confiable y responda a las grandes y a las pequeñas preguntas que se nos van ocurriendo conforme vivimos en sociedad y convivimos con nuestros congéneres. Eligen la hipótesis de que estamos siendo manejados, lo cual da a todo una pátina de incómoda inverosimilitud. Prefieren la controversia, abrazan (con fiereza muchas veces) un escepticismo que descree por norma, sin hacer intervenir ninguna operación empírica, tergiversando y manipulando, falsificando y deslegitimando. Desestiman la realidad porque no encuentran acomodo en ella, las más de las veces. Niegan lo evidente por pura falta de información o por escaso interés en dejarse convencer por la elocuencia de esa información. Negar es en determinados casos presumir de que la inteligencia ha fracasado. Prevalece la intolerancia, no la concordia. Impera la objeción hueca, no la sensata, que debe existir y hacer que la verdad prospere. A este delirio contribuyen los mismos instrumentos que tratan de desmontarlo: las redes sociales facilitan enormemente la desidia intelectual. Oigo lo que quiero escuchar, me adhiero a una teoría sin demostrar conocimiento alguno sobre la materia sobre la que versa. Tal vez lo que se colige de todo este pandemónium es la pereza a la que peligrosamente nos estamos inclinando: no es que no haya cultura, es que no hay deseo de ella, ni agradecimiento hacia quienes la poseen y hacen que todo sea más placentero y vivir sea un festejo. Se niega el holocausto, la pandemia, la esfericidad de la Tierra, la idoneidad de las vacunas o (recientemente, el colmo de la estupidez) la nieve que en estos días cubre parte del país. Conspirar es acordar la comisión de un acto ilegal en base a procedimientos que no infringen la ley. Yo prefiero la palabra conchabar, que es de una fonética más íntima. Pues hay tanta gente conchabada que da miedo: miedo de verdad. No tendrán freno. Ganarán adeptos (Trump fue un veneno, un agitador, sigue siéndolo) y lograrán que entremos en la instituciones y derribemos los símbolos que las definen. Que se ponga coto a este desmán es (creo) cosa de todos. Hoy me he levantando pensando que la conspiración es una excelente recurso narrativo (espléndidas películas, magníficas novelas), pero es terrible si excede el territorio de la ficción y ocupa la realidad, la que niegan los que no creen en ella. Hay que creer en la realidad, a pesar de que a veces el sitio más confortable sea el de la ficción. 

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