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15.8.11

No saber, no decir, no ayudar



Javier Jaén, ilustración


Los políticos están volcados en sus ajustes, mirando al cielo, que es una caja en la que no tintinean monedas y que despierta menos confianza que Ratón, ese toro enamorado de sus cuernos que liquida espontáneos en las fiestas de pueblo en el verano. Salimos a flote por partes. Primero salen los que no estaban hundidos y en orden decreciente, al final, el paquete de medidas económicas saca al elemento más débil de la cadena, que no es otro que el parado, el que no llega a mitad de mes si es que llega, el que siempre pierde en esta especie de juego de tronos en donde el rey, el puto amo, el que administra y no hinca las rodillas jamás, es el mercado, un abstracción carnal o una presencia límbica, no sé, pero una soga en algunos cuellos o un veneno en según qué sopas. El Mercado (merece la mayúscula por méritos propios) es el demonio invisible, el mantra de los apocalípticos, el cáncer para los indignados. A lo que no llegamos todavía es a desacostumbrarnos del todo de la bonanza del Mercado Padre, tutelando al hijo goloso de sus mercancías, convertido en objeto mimado de su política, y pasó que todos esos hijos autorizados a entrar en el Estado del Bienestar a base de préstamos y de gangas hipotecarias hundieron el sistema, lo ahogaron por ambición y por avaricia, lo dejaron herido casi de muerte, flaco de fondos. Claro, este cronista de sus vicios no entra más adentro porque no sabe. No le saquen del cine de la Hammer o de los discos de la Verve, no pretendan que un modesto espectador de esta barbarie saque de la manga un prontuario de soluciones o, en todo caso, un inventario fiable de razones para justificar la metástasis, el empozañamiento de la cosa pública, toda esa gangrena moral que está devastando no las viñas (ésas, las que le duelen al Santo Padre, son otro asunto y no está a la altura de éste) sino el suelo, el precario suelo inmobiliario, el solar compartido, el abandonado patio de vecinos. Lo mío, ya digo, es un pensamiento en voz alta, una reflexión entre millones, un liberarse uno.

21.1.10

Nibelungo / Cuentos del astronauta zurdo

A Antonio Linares, que no
tiene perro ni ama especialmente
la ópera, pero
canta el blues como Dios.

Mi perro Nibelungo desconfía de los gatos y, al contrario del perro al uso, no consiente entre sus vicios callejeros en intimidarlos con ladridos iracundos y baba homicida en el morro. Es de raza muy retraída, se engolosina con las palomas en los parques y arrima su lomo a mi paso cuando la calle se vuelve ruidosa o advierte la cercanía de otros perros a su rabo. Tiene Nibelungo afición por Wagner: da la impresión de que la extraordinaria y soberana belleza del maestro alemán le llegasen muy hondo ya que, cuando lo oye, adopta una actitud relajada al máximo y diríase que sigue el trayecto aéreo e invisible de las notas con sus ojos pequeñitos, como de perro de peluche. Comparte conmigo estas extravagancias domésticas y me busca, caída ya la tarde, para olisquearme la bata, que siempre lo transporta, en una mágica asociación de olores o de ideas –no tengo yo esas nociones de etología primaria para argumentar sólidamente esto que digo– al paraíso de las walkirias, que es una alfombra frente al imponente par de altavoces que amenizan su exquisito ocio perruno. Igual que Cátulo cantó al gorrión de Lesbia y nuestro Antonio Gala dedicó un librito a su perro Troilo, yo consagro este capricho literario a mi perro Nibelungo, que anoche se fugó de casa con otro perro de su raza, torpe y aburguesado como él, cuyo dueño me confesó el amor que su mascota, Traviato, tenía por las óperas de Verdi. Les pierde el bel canto, los coros de ángeles, la épica de esos héroes románticos– comentó atravesado por una congoja indecible. Todavía no nos hemos repuesto.

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1.2.09

La cuchara: Apunte posterior / Cuentos del astronauta zurdo

Qué hermoso acto entrar en el Catastro Municipal o en la Iglesia de San Alberto Magno o en el local de la Asociación de Minusválidos de Guerra con una cuchara en la mano, ver a la señora Peláez, al señor Castillejo, al joven poeta laureado Castor Villacisneros, autor de perlas del arte de enganchar versos, mirar la cuchara una o dos veces, ver a Jacinto Ortega mirar una única vez la cuchara, intensamente, como en trance, pero nadie dice una palabra o hablan distraídamente de otras cosas y se despiden cortesmente. Incluso Glorita Luján ha comenzado una conversación sobre el fin de semana tan estupendo que ha pasado con un novio reciente al que le encanta el bel canto, aunque no ha recalado en la cuchara, que está en mi mano derecha como un postizo de metal muy brillante, derramada dedos abajo, formando un todo inútil. La mano. La cuchara. Nadie le presta atención a mi cuchara. Podría estar el día entero. Ir a la boda de la prima Luisa Fernanda. La prima Luisa Fernanda, la que izó mi novata hombría al olimpo de los calambres en el verano de los quince años. Acudir más tarde al convite y no soltar en ningún momento la cuchara. Cambiarla de mano de cuando en cuando. Primero una vez cada hora. Luego cada cinco minutos. Al final de la noche, incesantemente. De una mano a otro como un ejercicio malabar invisible. El primo Severo se agacha si se cae. Me la devuelve con una sonrisa. Ten, tu cuchara. Es hermoso este día con mi cuchara en mi mano izquierda. Con mi cuchara en mi mano derecha. Si hubiese elegido un cuchillo, me habrían cercado. Todo se habría conducido más trágicamente. A lo mejor, es una conjetura verosímil visto el decurso de los acontecimientos, la cuchara no existe y es una invención de mi ocio. Llegado el momento de deshacerme de la cuchara, si es que alguna encontrara, la dejaría caer con mansa complacencia. Con mimo casi. Ha sido un día muy bonito. Mamá me mira. Se acerca.
Hijo, ya no veo la cuchara que has llevado todo el día.Todo lo acabas perdiendo.

Un recado

Hay que medir las palabras y luego volverlas a medir, esmerarse en la medida y luego pensar en si lo hemos hecho a conciencia, sin que falte...