31.3.16

Un retrato



Fernando Oliva hizo este cuadro en el que, en sus palabras, estaba yo. Ignoro si continúo dentro. Los años borran y los años manipulan el texto de los recuerdos, el vocabulario exacto con el que levantamos el júbilo de los gozos compartidos, pero el cuadro de mi amigo sigue en la pared. Lo sigo viendo a diario. Hay días en que no reparo en lo que muestra. Otros, sin que nada en especial me fuerce, lo miro con calma, me esmero en buscar en los dibujos, en la críptica caligrafía de su genio de hombre renacentista, mi propia esencia. Carezco de los instrumentos para hurgar en la trama de símbolos como debiera. En algunas cosas me encuentro y me siento a gusto. En la noche, en los libros, en las notas musicales, pero hay asuntos que se escapan a mi gobierno y entonces es cuando echo en falta a mi amigo Fernando. Le llamaré un día. Le diré que venga a verlo. Ubrique tampoco está tan lejos. Mapas que coartan a veces el normal desempeño de nuestras inclinaciones afectivas. 

El hoy tan lento y el ayer tan breve...

La edad es siempre cosa de otros. A veces no se tienen conciencia de que todos esos años que han pasado sean propiedad de uno. Parecen ajenos. Que sean veinte o (yo mañana) cincuenta es de verdad irrelevante. Siempre tiene uno toda la vida por delante. Luego está la ocurrencia de Borges sobre cómo es posible que te preocupe el infinito futuro si perdiste el infinito pasado. Uno avanza en edad sin que intervenga voluntad ajena. Hay días largos que parecen vidas enteras. Días que ocupan la extensión de muchos, en todo caso. No habrá nada mañana que me distinga de quien hoy es un día más joven. En cambio, toda esa suma de días elementales y precisos, compactados en años, hacen asequible la idea de que envejecemos y de que las cosas no son igual y ni uno mismo tiene parecido a quien fue un año antes. El tiempo, mirado con distanciamiento, es un pasatiempo burgués, una especie de salida de tono que buenamente puede pecar de frívola o de patética. Lo de cumplir años acarrea festejos que a veces no deseamos: se acatan porque en el fondo agrada que los demás ocupen un pequeño tiempo en nosotros, y nos echen el brazo al hombro o nos besen o nos abracen o nos digan lo viejos que somos y lo trágicamente veloz que es el tiempo cuando lo descuidamos. Tengo un amigo (pongamos J.) al que le irrita de modo extraordinario dar las gracias continuamente y explicar lo bien o lo mal que se siente y las ganas que tiene de que los cumplan otros y así volver a no estar en mitad de todo, expuesto a ser besado, abrazado, inevitablemente conminado a manifestar su estado de ánimo. A A.B., sin embargo, le parece el mejor día del año. Lo planea con cuidado, organiza con el mayor de los esmeros las cosas que va a hacer o con quién lo festejará. A.B. sufre más que J., en el fondo. Hacer planes siempre es malo. Suelen malograrse. Es mejor que el azar lo impregne todo. No es el que sea lo que Dios quiera, pero se le parece mucho. Hoy ya me han deseado que mañana sea un día feliz. Yo agradezco de corazón esas efusiones sentimentales. Ya sabe uno contentarse con poco y aprecia los detalles pequeños, lo que los que nos quieren improvisan para hacernos ver lo cerca que estamos de ellos. Uno desea amar mucho y que lo amen mucho también, pero en esa trama de novela romántica siempre faltan episodios, escenas de fuste, frases hermosas. Todos albergamos el mismo tierno sentimiento. La gente dura reprime manifestarlo. Los blandos lo aireamos sin pensarlo mucho. Hoy no ha sido el mejor de los días, no, no lo fue; tampoco fue uno malo de los que se recuerdan con tristeza. La idea es ir aprovisionándose de una colección variada de opciones. Los días grises, los rojos, los que huelen a lluvia, los sinfónicos, los aburridos, los de la lujuria, los que hacen que vivir sea un vals. No sé si mañana (una vez que todo amaine) tendré algo más que comentar sobre este irrelevante asunto. Lo que sí es cierto es que nunca voy a cumplir cincuenta años de nuevo. Mi amigo Antonio (a Antonio se le nombra abiertamente) dice que tenemos que celebrarlo. Hoy me ha insistido (él insiste mejor que nadie) en aplazar los festejos y encontrar un día para que yo pague unas cañas. 

29.3.16

Árboles




Cosas que han dejado de estar de moda
Constato a diario que se tiene menos educación o que ser educado no es importante o que la buena educación (incluso la buena) está mal considerada. No es nada nuevo. La cultura no tiene el predicamento de antes. Acepto que nunca tuvo uno verdaderamente considerable, pero el de ahora es sencillamente insostenible. Se mira con asombro (con escepticismo, con reprobación a veces) a quien en un bar, en un apartado, despacha la lectura de una novela, en soledad, apurando un café. Se da por hecho que lee porque no tiene otra cosa de más interés que hacer. Se acepta que leer es una de esas cosas que se hacen cuando no hay otra mejor. Sigue produciendo un cierto tipo de fascinación el que, en televisión, en uno de esos concursos de preguntas y respuestas, lo sabe todo, maneja con soltura todas las materias, responde convincentemente o exhibe un dominio incuestionable. A lo sumo, nosotros balbuceamos unas pocas respuestas, nos creamos la ilusión de que toda esa enorme cantidad de conocimientos (conocimientos mensurables, registrables) no le van  a hacer más feliz. Es la felicidad de lo que se habla. De la posible felicidad que la cultura pueda producir en quienes la manejan, en si la educación (los modales, el civismo, las buenas maneras, en definitiva) podrían conciliar nuestra efímera existencia con la comunidad, con la cercana, con la otra, la global, la que de alguna forma no deja de rodearnos e influirnos, 


Efímero
Lo que no cuaja, todo cuanto no dura, las imágenes, lo que recordamos de las imágenes, lo que después nos hace pensar en ellas, en las palabras que usamos para contarlas, en el tiempo que duró ese contarlas.


William Blake
Me desperté anoche y conecté la radio. Esa intimidad de las palabras dichas al oído (tengo unos buenos cascos, de los pequeños) y la oscuridad que cierne hacen que uno se esmera en lo que se le cuenta. Hablaban de William Blake. No sé si escuché mucho o poco o si lo escuchado trascendió y lo tengo ahí alojado, perdido en algún lugar de mi memoria, o si podría extraerlo de alguna manera y contármelo de nuevo, como si yo dispusiera la posibilidad de confiárselo a otro. Hablaron de que el infierno no existe para Blake, pero nombraron demonios y luego (merced al sueño) hice que el propio William Blake ingresase en mis fantasías y se batiese en un extraño duelo con todos ellos. Me desperté hoy feliz, pese a todo. Recordé a Blake y me cercioré (en cuanto buenamente pude) de que de verdad fue Blake del que hablaron en la emisora. El Blake alto del primer Borges o el que vino más tarde, ya solo, sin la tutela de Borges, en un campo hace muchos veranos. Podcasts que hacen que la escritura (incluso la que no tiene sostén alguno) fluya. De eso (creo) se trata.


Barney Kessel
Fue en casa de la novia de un primo mío. De eso hace mucho tiempo, pero podría decir qué año, si lo pienso en detalle. No importa la fecha, ni siquiera que fuese una casa u otra, una novia de un primo o lo que fuese, pero no creo que se desvanezca la imagen de un disco de Barney Kessel, un tipo de cara poco o nada agraciado, lejos de los modelos al uso, que se exhibía con su guitarra, en un fondo negro. He buscado esa portada y creo haber dado con ella, pero no estoy seguro, no podría estarlo. Sonó completo. Primero una cara. Luego la otra. Años después me deslumbró el jazz y adquirí discos del propio Kessel o de Joe Pass o de Wes Montgomery, que son (siguen siendo) los principales guitarras del género, a mi (modesto) alcance. No he vuelto a escuchar a Kessel como entonces. Hay veces en que las primeras veces son en realidad las únicas. 

26.3.16

El silencio



Lugares que no se entienden en silencio. Podemos no considerar el abandono, pero aguzamos el oído, afinamos el cuerpo entero por si un sonido, da igual que leve, restituye la armonía, la certeza de que no todo está perdido. Las luces, encendidas, alertan de que algo puede suceder. Hay que estar ahí. Todo lo que nos conmueve proviene del asombro.

25.3.16

Europa



Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras, entraron a caballo los hunos en la biblioteca monástica y rompieron los libros incomprensibles y los vituperaron y los quemaron, acaso temerosos de que las letras encubrieran blasfemias contra su dios, que era una cimitarra de hierro.
Jorge Luis Borges, Los teólogos



Es Europa la que arde. Los hunos somos nosotros y los libros eran la herencia con la que debimos construir el futuro, pero dejamos que los quemaran. Siempre se tuvo el miedo a que enseñaran algo que no debía ser conocido. Una especie de secreto. La idea de que todo es frágil y es extremadamente fácil echarlo abajo. Europa ha sido vendida. Quizá nunca fue libre, ni alentó los ideales del progreso y de la democracia y derramó cultura por el mundo. Nos contaron eso, lo leímos en todos esos libros que fueron tirados al suelo. Las baldas están vacías. Nadie se ha preocupado de volver a colocarlos en su sitio. Creemos que el secreto que custodian (alguno habrá) nos acabará perjudicando. Esa es la idea antigua, la que todavía no ha sido retirada, ni discutida con vistas a considerarla absurda. En algún lado de esos libros estará la solución. Seguro que alguien vio todo esto y lo registró. Se ha escrito mucho y se ha leído tan poco. Se escribe más que se lee. Los libros se acumulan y no cumplen con el cometido que se les encomendó. El de hacernos buenos, el de comprender al otro, el de obligarnos a pensar. Se piensa poco o se piensa mal. Toda esa gente, pensando en apariencia, reunida en edificios muy nobles, vestidos con chaqueta y corbata, buscando la manera de que todo se arregle. Somos muchos y no nos entendemos. Bastaría con unos pocos que no se comprendiesen para que el mal persista y hasta amenace con quedarse más tiempo o prosperar y hacerse habitual, hasta que no nos percatemos ni siquiera de que existe. No sé. Se me ocurre que esta noche de jueves santo no hay noticias buenas a las que aferrarse. Como soy un descreído, no tengo tampoco el báculo de la fe. Debe ser bueno tener creencias y esperar que habrá un mañana mejor. También eso debe estar escrito por alguna parte. En alguno de esos libros de las bibliotecas (monásticas no en esta ocasión) o en discos duros, en archivos cifrados, en algún lugar de la nube. Esa información no podrá ser quemada. En el futuro borrarán lo que no les interese con pulsar una tecla. Es tan fácil que siempre habrá alguien dispuesto. Por lo menos los hunos montaron a caballo y arrasaron el jardín antes de entrar en la sala de los libros. Hasta las guerras tienen un protocolo. El mal no está afuera, pugnando por entrar y quedarse con nosotros. El mal está dentro también. No hay manera de saber con quién se mantiene el litigio, dónde está el enemigo. 

24.3.16

La Escuela




Fue cuando leí a Lovecraft por primera vez. O cuando sentí la punzada del amor (debió ser una punzada, aunque ahora no tengo la certeza de que doliese realmente) o cuando encontré los amigos de verdad. No sabría hacer una lista de todas esas cosas que sucedieron en ese edificio, el de la Facultad de Magisterio del Sector Sur en Córdoba, durante los tres años en que viví en ella. En realidad la vida estaba allí. Luego estaba la otra, la de los otros años, la que no tenía nada que ver con los libros de Pedagogía o con las enormes charlas en la cafetería. Eran dos vidas entonces. El sábado pasado paseé mi barrio. Lo hice sin prisa, no pensé en qué calles andaría o cuánto tiempo emplearía. El azar (o tampoco fue el azar) me dejó frente a la Escuela. La miré un rato, no con nostalgia. Es un bloque que no demolieron y al que llevan reconvirtiendo en otra cosa (un edificio de usos múltiples, no sé, algo de eso) desde hace más tiempo de lo que los vecinos imaginaron. Parte de lo que soy ahora, una parte considerable, proviene de ahí. Guardo memoria de muchas de las cosas que sucedieron hace poco más de treinta años. Recuerdo a  Luis Sánchez Corral, a Juan Luengo y a Rafael Padilla. Aparte de enseñarme sus materias, Teoría Literaria, Didáctica de la Lengua e Inglés, me trataron con afecto, me invitaron a café y me animaron a ser un buen maestro. De uno de ellos, de Luis, tengo la idea de que sería feliz viendo mi página a diario. Fue él quien me animó a escribir, quien me habló de Baudrillard antes de que rodaran Matrix. Él se perdió Matrix, que ya estaba en Baudrillard. Se me ocurre que los amigos de entonces (los que no necesito nombrar) estarán ahí (están) para siempre. No sé si leerán esto. Igual suena Sultans of swing en directo, en el Alchemy. O Winding me up. Da igual qué canciones sean. No diré que al pasar el sábado las escuché. No llego a ese extremo. Lo que sí es verdad en que vino todo juntamente. En tromba. Se me aparecieron los libros uno a uno, fueron apareciendo los bares en los que me acuartelé. Creo que he leído Borges completo en cuatro o cinco bares. De todo lo demás, mis amigos saben lo que no se precisa contar ahora.

23.3.16

Un cuento de ciencia-ficción



Gran Via, Madrid, 1953 / Francesc Catalá-Roca


La vida nos recuerda muchas veces al cine. Hay escenas diarias que huelen a fotograma. Todo lo que no somos capaces de extraer de la realidad (quizá por muy vista, por estar tan a mano, por formar parte ineludible de ella) lo extraemos de una fotografía. Rehacemos el hilo narrativo: hay fotografías que hacen pensar en el cine. Como si estuviesen sacadas de una parte del metraje, una deshilvanada, que no informa de la trama. En esta maravillosa instantánea, que invitar a demorarse en su contemplación, en ahondar en los detalles, en imaginarla más que en observarla, se respira cine negro. O muy negro o muy costumbrista, una de dos. En la versión noir el maletero del coche tiene un muerto. Lo aparcaron la noche de antes y el espectador conoce quién lo ha hecho y hasta el porqué. Los que lo ignoran son los que pasan a su lado y conversan sobre el frío que hace o sobre lo difícil que está llevar un sueldo a casa. El que lo aparcó pasará a diario por ahí. No se delatará, no caerá en el error de mirarlo muy a fondo, por si alguien se huele algo. Se extrañará que los municipales no informen de que en la Gran Vía hay un coche abandonado. Lo que no puede hacer es abrirlo, aunque acaricie las llaves en el bolsillo. No serviría para nada. No arrancaría. Se averió y lo empujó como pudo, hasta que lo dejó estacionado de forma que no llamase la atención. Lo hizo bien. El muerto terminará por cantar más pronto que tarde. En cuanto el frío dé paso al sol y el mal olor alerte sobre el contenido del maletero. Es un hombre al que no conoce. Lo mandaron a que lo matase. Se le da bien matar, pero hay contratiempos que podrían malograr su buen nombre en el ramo. O mandarlo a la cárcel (primero) y al garrote (después). La charla de uno de los barrenderos no promete nada bueno. Le dice a un compañero que va a avisar a la policía. Se le ocurre que dentro del maletero hay un cadáver. Lo ha visto en una película de gángsters que vio en el cine hace un par de sábados. Cogen el muerto, lo envuelven en una manta, lo echan al maletero y luego conducen hasta el río y lo tiran allí, le dice. Le parece todo tan extremadamente inverosímil que decide no llamar. Menos hay que barrer, comenta al compañero. Llega un momento en que se establece una intimidad entre el asesino y el muerto. No era ése el sitio en donde debía acabar. Hubiese estado mejor que el coche llegase al río. De pronto sitio que el coche era una especie de dedo acusador. Ha sido él, ha sido él, parecía pronunciar. Si miramos la fotografía con más ahínco, sabemos qué pasará al final. Basta observar con el empeño adecuado. Todo está ahí contado. Al escribir lo único que se hace es restituir las palabras que nos han confiado. Dejarlas registradas en una hoja, en el editor de un blog o en el procesador del ordenador. Nunca admiré al buen escritor sino al buen contador de historias. De igual manera admiro a quienes hacen fotografías como ésta. Estoy seguro de que saben qué pasó. No se limitan a disparar. Encontrar qué fotografiar, buscar el encuadre, rehusar una toma y hacer otra y otra, hasta que se siente la satisfacción de que era ésa la que deseábamos. Curiosamente nunca he podido escribir sobre una fotografía que haya hecho yo. Me fascina (cada vez más) indagar en lo que veo. Me es fácil partir de una imagen para montar una historia que arrancar únicamente de las palabras o de los recuerdos o de lo que he leído o me han dicho. Soy hijo de mi tiempo. Hay novelas (hablo de novelas buenas) que parten de imágenes menos potentes que la de Francesc Catalá-Roca. Ya mismo le estoy pidiendo a mi amigo Joaquín que me abastezca de material. Que me lo ponga difícil, que me lo haga atractivo. El muerto del maletero podría seguir ahí. Seguro que hay una explicación para que lleve desde el año 53 en ese coche, en la Gran Vía. Philip K. Dick daría con la clave. Yo ya sabía que era un cuento de ciencia-ficción.

22.3.16

Los libros de bolsillo de Alianza cumplen 50 años. (Y yo también)



El problema principal es que no se lee. De ahí, de esa evidencia fundacional, provienen casi todos las demás. Al no leer, no se avanza. España es un país que lee muy poco. España es un país en donde la cultura ha sido siempre una cosa de gente rara. Hay una idea mamada desde muy abajo de que lo culto está reñido con lo práctico, con lo que se saca a diario a la calle para ganarse el pan con el sudor de la frente. Qué daño ha hecho ese refrán. Debería ganarnos el pan con el trabajo de las neuronas en la cabeza, pero a eso no se le ha inventado un refrán. Uno bueno, de los de contar en el bar, mientras despachamos una cerveza a mediodía o con el que hacer ver a los hijos lo dura que es la vida y lo caro que es todo.

Lo de leer mal (como el otro día un intelectual de las letras decía en una entrevista radiofónica) no es consignable en este argumentario. Carece de importancia que alguien se siente y se meta Kierkeegaard o Mishima o el teatro breve de los Álvarez Quintero. Recuerdo abuelos de otra época leyendo en los parques novelitas de Marcial Lafuente Estefanía o de Clark Carrados o de Joseph Berna. El hecho de leer es lo que hace que los pueblos se entiendan y conquisten el futuro. Esta semana se cumplen cincuenta años del nacimiento de la colección de libros de bolsillo de Alianza Editorial. También yo cumplo cincuenta. Es curioso que mi iniciación lectora verdadera (la que me deslumbró, la que me hizo sentirme integrado en el mundo) provenga de estos libros. Se han publicado más de dos mil (según leo hoy en prensa) de estos libros de bolsillo. Ahora (ay) los libros de bolsillo van en epub o en mobi. Son otros tiempos. No hay abuelos en los parques que lean novelitas de cien páginas. O los hay y soy yo el que no los percibe, no sé. Ahí descubrí Rayuela, El Aleph, El guardián entre el centeno, La isla del tesoro, la poesía de Benedetti, Así habló Zaratustra y hasta el Necronomicón. 

17.3.16

Unos pasos a lo Hitch



Rehuso la cordura en cuanto puedo. No la aparto del todo, todavía no he llegado a ese estado de bendita locura en el que la realidad es algo accesorio. Tengo los pies en el suelo, pero a veces echo en falta que eleven un poco de vuelo, no mucho, el necesario, el que hace que vivir no sea un contrato firmado, un escrupuloso inventario de cosas a las que se les debe el máximo respeto. Cuando los pies se ponen traviesos es cuando comienza la diversión. Aprecio esa especie de ebriedad gobernable en la que uno decide no seguir las reglas y hace el ganso con absoluto desparpajo. Hay pocas cosas que satisfagan más que hacer lo que a uno le plazca. Está bien escandalizar un poco, sin extremismos. Salirse del guión, no hacer lo que se espera que hagamos. De mí, a diario, se espera que haga muchas cosas, y me esfuerzo en cumplir, en no menoscabar la confianza depositada. Alguna, creo, se me habrá confiado. A lo que aspiro, en lo que me esmero, es en no perder la voluntad de tomarme completamente en broma, no tener nada razonablemente serio. Decía Benedetti (creo) que no es la felicidad lo que más importa, sino la alegría. Estar alegres por encima de todo. Construir después lo que haga falta construir, pero partir de la alegría. No sé si Coelho, con el que compito en psicología barata, habrá formulado alguna máxima elocuente, de las que se ponen en post-its en los frigoríficos. Hitchcock, al que acudo por segunda vez consecutiva en esta semana, se marca unos pasos al salir del set de trabajo. Habrá que aplicarse, hacer los pasos como Hitchcock, ver si sirve, si alivia a quien lo hace o a quien lo mira. 

15.3.16

Alfred Hitchcock habla con Janet Leigh...



Alfred
Lo que te voy a contar no debe asustarte. A todas las demás les asustó mucho. Se fueron y no han vuelto, pero tú eres especial, se ve sin prestar ni siquiera mucha atención que no eres fácilmente impresionable. Lo peor es ver venir el cuchillo. Cuando lo tengas cerca, no sabrás si es una ficción o la realidad lo que te rodea. La idea es que pienses en todo momento que te lo van a clavar. Una vez me corté en la cocina. Era un cuchillo pequeño comparado con éste. A mi mujer casi le sobreviene una lipotimia al ver la sangre manar del dedo. El tajo no dejó de manar durante una hora. Creí que me moría. A la sangre se le tiene poco respeto. Yo hago que nadie la vea, pero amenace con llenar la pantalla. A la mujer, la que blande el cuchillo, no le des más importancia. Es una pobre mujer. Tiene una parte de mujer y otra de hombre. Es una dualidad, querida. La parte de hombre es un hijo que no supo soportar la muerte de la madre. La parte de mujer es la que no supo educar al hijo. Es la educación lo que hace que el mundo gire bien o gire mal. En mi opinión, gire muy mal. No creo que haya girado bien en todos los años que dicen que tiene. A lo mejor cuando Dios lo puso en mitad del universo hizo un par de giros decentes, pero luego se envenenó. Hasta hoy. Si pisas la calle, nada más poner un pie en la acera, te darás cuenta de lo que digo. Piensa un poco, no debes darle mucho tiempo. Todos están locos. La cordura se quedó en uno de esos giros irregulares. Por eso hago películas. Son mi manera de enseñar al mundo lo terriblemente desviado que está. La gente se sienta en la butaca, deja caer la cabeza hacia atrás, desentumece el cuerpo y piensa en que durante dos horas yo le voy a contar una historia. El mundo, en esas dos horas, es la historia que yo les cuente. La que estamos grabando es de un hijo un poco zumbado, tú me entiendes. Si no estuviera zumbado, no tendría a la madre en el sótano, muerta. Es un poco siniestro todo lo que te cuento. En realidad la vida es la que es siniestra, querida. Se tiene de ella la visión equivocada, la visión amorosa, yo te quiero, tú me quieres, todas esas frivolidades de los corazones empalagosos, pero afuera manda el miedo, manda no saber si un coche te va a embestir cuando cruces la calle o si unos maleantes te van a poner una navaja en el cuello para desvalijar tu bolsillo. Lo del cuchillo es lo de menos. Cuando la cortina se abra, tengo una música estupenda. La he pedido a conciencia. Lo que he escuchado me ha parecido soberbio. Es la muerte misma la que suena cuando descorren las cortinas de la bañera y estás tú, desnuda. Luego te mueres. He pensado muchas veces en cómo hacerte morir. La muerte que me satisface no me dejan grabarla. Son unos cabrones, permíteme la salida de tono. Llevo toda la vida censurando mi talento. No se lo he dicho a nadie, pero ya que vas a morir está bien que tú lo sepas y que yo me desahogue. Las otras, las que se fueron cuando les conté la historia del cuchillo, las cortinas y todo eso, no llegaron a esta parte. Te la cuento a ti, luego no vayas a ir por ahí aireando mis confidencias. Les amedrentó que yo hablara de cuchillos y de cortinas que se abren y de tipos vestidos de madres que tienen un cuchillo en la mano y suena una música salida del mismo infierno y luego la sangre. Así que estoy feliz, lo estoy de un modo que hace tiempo que no siento. Me gusta que aceptes que mueras. Más vale saber que te van a mandar al otro barrio cuando la película lleva veinte minutos. No he encontrado ninguna estrella, las rubias son las estrellas que me gustan más, que desee el papel que ahora tú disfrutas. Ahora vamos, vamos a la ducha, quítate la ropa, no te sientas mal, deja que yo planee cómo montar la escena. Lo principal es que te sientas cómoda en el papel. La ropa, déjala ahí. No, nadie te va a ver desnuda. Ni mucho menos. No lo aceptaría mi educación ni la censura. Así que ahora que nadie está pendiente, acércate, ven, no te demores. Pronto vendrán todos. Te voy a contar cómo irá todo. Buscaré un cuchillo, aunque el cuchillo es lo de menos. De verdad que no, que no te hará daño. Es todo muy impostado. Quítate la ropa, no te importe. Somos dos profesionales. Se hará todo con la delicadeza habitual. La cámara registrará la parte necesaria de tu cuerpo para que todo sea creíble. Debemos hacer las cosas creíbles. Empecemos ahora, no tardemos. Te aseguro que la escena dará que hablar. Al final pondremos una doble. Ya la tenemos contratada. Se parece a ti en todo, aunque tú das más en pecho. 

Janet:
Sí, lo que tú digas. (Qué miedo me das, gordo de mierda)

La escena de la ducha de Psicosis tardó siete días en grabarse, dura tres minutos y tiene setenta y siete ángulos de cámara y cincuenta planos.

11.3.16


Decir no, acuartelarse, esgrimirlo de modo que nada lo quiebre ni le haga flaquear o hundirse. El no como una bandera a pesar de que ninguna nos entusiasme. No a lo que ofende y a lo que duele, pero también a veces un no circunstancial, no demasiado relevante, ni crucial. El no entonces como un modo de disuasión. Decir no sin ahondar en el porqué. No que cierra lo que promete abrirse. No vetusto, no primario. No porque es más fácil. Siempre exige menos la oclusión. La misma palabra (no) requiere un esfuerzo fonético mínimo. Se dice con una facilidad pasmosa. Después de dicha, el no vibra en el aire, se expande, adquiere un volumen que no esperaba ni quien lo formula. El no ahuyentado todo lo que lo circunda y trata de recomponerlo. No con ínfulas de un no mayor a veces. No verdadero, no hipnótico. No para que los demás sepan lo convencido que se está. El mundo funciona más negando que afirmando. Avanzar (en ocasiones) es un prodigio, un logro meritorio, un milagro tal vez. El no se prestigia también. Su contrario (el débil sí) se retira, permanece alerta, pero no plantea la batalla de antaño. El no ha hecho bien su trabajo. Es porque se está mejor negando, dicen los negadores. Negar es no involucrarse, se niega para no responder. Afirmar siempre es abrir una puerta. Están mejor cerradas. Es más confortable que no entre nadie. Ni que salga. Estamos lo que estamos. Que nadie vaya a venir ahora cambiando. 

10.3.16

Europe's living a celebration...




Hambrunas, pandemias, palabras
Hoy escuché hambruna. Me sonó violenta, sonaba como un disparo. No es una de esas palabras que pasan desapercibidas y excede la frivolidad con la que a veces despachamos ésa otra, hambre, con la que tratamos ocasionalmente y que no solemos tomar en serio. La hambruna es otra cosa. La padecen la gente que no saludamos en la calle, ni la que nos acompaña en las terrazas, en los bares, en la puerta de los colegios. Se tiene de la hambruna una idea escandalosa, compleja, con la que no podemos hacer otra cosa que teorizar, como yo hago ahora, si me permiten. Se habla de lo malo porque no nos afecta o lo hace tangencialmente, de rondón, cuando comemos en la cocina y el telediario informa de que un país la sufre, la hambruna, y enferman o mueren sus ciudadanos. Se colige de esa incontingencia que no son ni ciudadanos. De serlo de verdad no habría hambruna que los exterminase. La escasez generalizada de alimentos, lo que dice la RAE que es hambruna, no debería ser admitida en ninguna sociedad en la que convivan en armonía, en paz. Admitiéndose, a lo visto, sólo tenemos que lamentar el bárbaro mundo en el que decimos convivir. Hace tiempo que en la escuela cuento la misma historia: la de que es el azar el que nos hace nacer en un país como el nuestro (con sus vicios, con sus grietas, con sus pecados) en lugar de otro. Pueblos ésos, los que no prosperan, los que les devasta el hambre o la sed o las guerras, que figuran entre los pandémicos. Son muy curiosas las palabras. Hambruna, pandemia. La una está incrustada en la otra de modo que no es posible concebirlas separadamente.

Schengen ya no mola
La novedad introducida por las políticas tóxicas que imperan ahora es que las hambrunas (o las pandemias) no suceden lejos de donde vivimos. Las tenemos a las puertas, están a punto de entrar en casa, y cree uno que el asunto de la hospitalidad con quienes las padecen se está convirtiendo en un tema de Estado que nadie quiere. Políticas incapaces de mancomunarse a la búsqueda de una solución que frene (o anule) esta riada de refugiados. Duele (si cabe duele más) al reconocer que es el hipotético país de acogida el que, pudiendo, declina o se resuelve inhábil en la mediación del conflicto o en su solucion. Europa (hoy más que nunca) debe afinar su carácter integrador, esa especie de salvaguarda moral que se le atribuye. O será que no es depositaria de ningún bien ancestral. Que no fue en Europa donde nació la cultura. Es eso, la cultura, la que se está desmoronando. Desprestigiando incluso. Es la incultura (entendida así) la que malogra la posibilidad de que los pueblos no rivalicen, no se masacren, no decidan exterminarse o sacrificarse. Repatriar emigrantes, argumentando que la casa está llena o que son maleantes - los habrá, sin duda - quienes se cuelan - no resuelve el problema, aunque lo aparta, lo aleja de las calles familiares, lo reduce a un par de minutos (cinco si la cosa es grave) en los telediarios de la noche. El argumento de que sean legales o ilegales sólo introduce un matiz administrativo, ineludible, por supuesto. Queda en la administración, en su eficacia, que entren, se eternicen en la frontera o sean ordenada y convenientemente repudiados, devueltos a casa, de donde no querríamos que hubiesen salido. Queda que se organice la forma en que todo sea una vecindad multicultural, que no es asunto de fácil encaje. Sólo hay que ver el panorama, advertir los rotos de ese pespunte idílico en el que los distintos se abrazan y conviven.


Adenda / Antielogio del mercado
El mal es el mercado. El mal es invisible; por anónimo, por mediático, es invisible. Se cierran las fronteras para que la casa no se llene. En el fondo, a conveniencia de la moral de cada uno, pero incontestablemente, no existe una casa preparada a fondo para que abastezca a quienes la habitan de nuevas. Lo de aquí cabemos todos o no cabe ni Dios, cantado por la izquierda progre y por los cantautores de la transición, viene a ser lo mismo, es cierto a medias. Como no caben es sin haber elaborado un modo de que quepan. Es en eso, en la falta de ideas, en la imposibilidad teórica (primero) de que todos se integren y colaboren y reviertan en la sociedad que los ampara y en la imposibilidad práctica (después) de que exista una oferta real de trabajo con la que puedan subsistir, medrar tal vez, sin que las (flacas) arcas de los Estados los alimenten. Todo es cosa de que los mercados funcionen. Las guerras las dirigen los mercados. Las hambrunas las crean los mercados. Las pandemias las crean los mercados. El mercado, el gran gobernante, el que dice y espera que, al decir, escuchen, escuchemos. El mercado, cuando se pone bruto, funciona sin respeto a sus asalariados. Los humilla, los pervierte, los jibariza. El mercado, cuando se pone serio, se tambalea, deja de ser mercado, no funciona como mercado, termina por defraudar y no cumplir con lo que se le encomendó. El mercado es el mar que se cobra las vidas de los que van en las pateras. El mercado no tiene las obligaciones que sí tienen los países miembros de la Unión Europea. Visto así, el mercado parece una cosa extraña, una cosa etérea de poco o ningún asiento con lo real. Como si lo real le afectase y le doliese. 


9.3.16

Día Hopper


Gregory Crewdson


Veo a Hopper donde no está. Los días Hopper son involuntarios, no se plantea uno que el día sea Hopper o sea Kavafis o Shostakovich, pero no se puede gobernar esa inclinación, no hay forma de que podamos reprimir la forma en que miramos o el poso que deja lo mirado adentro. Esta fotografía del formidable Gregory Crewdson es Hopper por encima de cualquier otra consideración. Detrás de las ventanas están todas las personas que Hopper pintaba. Están ahí todas, no falta ninguna. Incluso el propio Edward Hopper está en una de esas habitaciones ahora mismo, registrando el mundo. 

El beatle que no estaba



George Martin, no confundir con el George (R.R.) Martin de Juego de tronos, tenía la música de los Beatles en la cabeza al modo en que los directores de orquesta (se fue el otro día Harnoncourt, por cierto) tienen la partitura de lo que su orquesta toca en la suya. Eso de que la cabeza tenga música es una responsabilidad enorme. Que un disco sea registrado como lo desea quien lo compone o lo ejecuta no es sólo labor de que los instrumentos estén afinados o de que los intérpretes tengan la inspiración y la intención de que todo cuadre y funcione. El productor musical (George Martin fue uno de los más influyentes) hace que nada se desvíe de ese ideal en ocasiones algo utópico. Tiene que anticiparlo todo. Saber cuándo suena una guitarra y en qué lugar de la canción alojarla, qué tipo de sonido conviene a lo que suena o, en última instancia, controlar (como si fuese el auténtico padre) el futuro de la criatura que se está grabando. Los arreglos de los Beatles de los últimos discos (Abbey Road, el disco blanco, Sgt. Peppers...) hacen de ellos piezas pioneras en la experimentación, en todo cuanto significa poner la tecnología al servicio de la restitución sonora de calidad. La osadía del señor Martin se advierte en la complejidad narrativa de piezas como A day in the life. Martin empalmó piezas de poco encaje y arrimó la famosa cacofonía orquestal que cierra la canción. Su afición a la música clásica hizo que la incluyese en muchos de sus discos, adquiriendo estos un rango musical inédito, temerario si pensamos que estamos en los años sesenta. Siempre, al verlo en documentales, me pareció un caballero inglés a la usanza clásica. Hablaba con una convicción enorme, explicaba (con mucho amor por lo contado) cómo las máquinas pueden destrozar o salvar una canción. Esas máquinas de las que habla, las que registran las sesiones, las que hacen que las guitarras suenen a guitarras y la batería no se come la línea del bajo o la claridad expositiva de la voz, hacen que la figura del productor (que es una especie de director de cine en cierto modo) sea también la del ingeniero (al que él recluta para la función) o la del guía espiritual (en los Beatles esto funcionó hasta que tiraron del más expeditivo Phil Spector) de la banda.

6.3.16

Yoro / Marina Perezagua / Una brizna de hierba en el curso de los astros





Yoro

Marina Perezagua

Los libros del lince
320 páginas | 19, 90 euros


"Creo que una brizna de hierba no es inferior a la jornada de los astros
y que la hormiga no es menos perfecta ni lo es un grano de arena...
y que el escuerzo es una obra de arte para los gustos más exigentes...
y que la articulación más pequeña de mi mano es un escarnio para todas las máquinas.
Walt Whitman, Hojas de hierba, fragmento


Creo que he tardado un mes en salir de Yoro, la primera novela de Marina Perezagua. Tampoco estoy muy seguro que de verdad haya salido o de que uno pueda salir de una novela como Yoro. Esta es la tercera vez que acometo la escritura de un manifiesto personal sobre lo que esa novela me ha marcado. En la primera vez, justo cuando la acabé, desistí porque estaba muy dolido y no estaba con la voluntad firme de entenderme conmigo y registrar ese dolor. La segunda la abordé con más desenfado. Dije cosas de Marina, a la que conozco, la que me cuenta que va en metro o que acaba de aterrizar por España y dispone de pocos días y mucho con lo que ocuparlos. Ese texto no es el que de verdad hacía recuento de la novela. Probablemente éste no lo sepa hacer. Yoro es un trago difícil, un tipo de novela que se apodera de quien la lee. Todas las novelas deberían procurarnos esa sensación de avasallamiento. Lo que la escritura de Marina logra es precisamente eso: que decidamos abrir el corazón, a sabiendas de que no va a ser una visita dulce o de que, al volverlo a cerrar, no será el mismo, no podría ser en modo alguno el mismo. 

El viaje al corazón de la crueldad y del amor que completa el corto y contundente vocablo que da título a la novela es pertinente, preciso. Tiene Yoro mucho de viaje. H. cuenta el itinerario de la búsqueda que realiza de sí misma y de la hija que no pudo tener y que en algún lugar del mundo, sin saberlo, la aguarda. También es un viaje orgánico. Narra de un modo asombrosamente tierno, aun a pesar de la dureza que se transluce, el mapa del cuerpo de quien ha sufrido la devastación de la guerra y se ha dejado algo más que el alma en ella. El hecho de que H. se sirva de la primera persona para ofrecer su historia no sólo la hace más creíble. También más íntima. H. escribe para ofrecer una defensa válida y justificar el crimen con el que arranca la trama. Escribe para entrar en armonía consigo misma. Escribe para amar a pesar de todo. A lo que se termina accediendo, conforme avanza la novela, es a una convincente, sofisticada y dolorosa exposición de la relación de una persona con el cuerpo que posee. En ese sentido, Yoro es un atlas de la piel. La de H., quemada por la bomba, arrancada por la bomba, es también la piel de todos los que padecen alguna atrofia física que les impide (no estoy seguro de esto, la verdad) realizar una vida normal. Queda muy claro que la vida de H. y de Jim es normal. Saben qué quieren y se obstinan en esa deliberada búsqueda. Hay vidas normales, en apariencia normales, que contienen más irracionalidad que la narrada en la novela de Marina. Luego están la crueldad y el amor. De ambas hay suficientes evidencias en Yoro. Cruel es querer ser madre y no tener nada a lo que aferrarse para serlo. Cruel es que el sexo lo impregne todo y se adueñe de todo y no se tenga tampoco nada con lo que sentirlo. Amor es aceptar toda esa crueldad, saber vivir con ella, constatar que puede haber bien cuando es el mal el que nos visita a diario. Un poco de ese sólido deseo de vivir lo tiene la poesía. Lo que cuenta H., cuanto Marina Perezagua le hace contar, es un ejercicio funambulista de poesía. Lo ejecuta a una altura imprudente. Todo conduce a pensar a que se destense la cuerda y el equilibrista deshaga su heroica verticalidad. Hay veces en que, leyendo, uno piensa que ese momento trágico está a punto de producirse, pero siempre hay un vuelo novicio, uno del que es posible reiniciar la historia. 

Se está bien dentro de Yoro. No importan las cicatrices, no importan los rotos. El bienestar es puramente narrativo. Ni el desasosiego ni la tragedia impiden que uno sienta que tiene entre manos una historia de una hermosura singular. De hecho es de eso, de la belleza, de lo que se habla casi de una manera obsesiva. No es sólo la maternidad, una de las muchas maternidades que existen. No es sólo la sexualidad, una de las muchas sexualidades, por supuesto. Es también la fabulación, el deseo de que un bebé fallecido cuando cayó la bomba ese fatídico seis de agosto del cuarenta y cinco en Hiroshima pueda seguir viviendo de algún modo en el corazón de quien no ha llegado ni siquiera a fecundarlo. Observada así, la trama contiene razonables puntos de novela de fantasmas. Los mejores fantasmas, lo sabe el lector de la buena literatura de terror, no buscan el mal por el mal, aunque lo extiendan. Yoro es un fantasma durante una gran parte de la historia. Uno desea que la encuentre y que no lo haga al tiempo. Teme que el final no complazca todas las expectativas que nos hemos ido haciendo sobre lo que pasará después, una vez que las dos se vean y se abracen o se rechacen. Nos interesa (a mí como lector es lo que realmente me mantiene en vilo y lo que hace que lo leído fascine) que no se solventen las dudas. Si se quebranta esa incertidumbre, todo se viene abajo. La habilidad de Marina ha sido la de contener ese derrumbe, hacer ver que podía producirse en cualquier momento e ir alargando el desenlace. Dudo que Marina escriba con la conciencia narrativa limpia. Sabe que está ofreciendo un paisaje inhóspito, debe reconocer que el contenido requería una estilística áspera, y no hay quien no admita (le guste o no lo que está descubriendo, le interese más o menos esta historia de intersexualidad, de hallazgos físicos y de renuncias sentimentales) que la autora se defiende muy bien en el tono que usa. No es deliberadamente humanitario. Hace que H. opte por una especie de apnea narrativa. Toma aire y se zambulle. Sumergida, lejos de las leyes del oxígeno, ahondando, piensa en cómo es ella en verdad y qué puede conseguir si confiesa (finalmente todo es un monólogo enorme) y los demás conocen lo que ella conoce de primera mano. Una vez dentro del agua, hay que evitar aferrarse a ningún pensamiento. H. no piensa lo que escribe, lo expulsa, lo difunde como quien aparta algo que lo quema. 

No saber quién es uno hace que sea ameno el tiempo que tardamos en descubrirlo. Suena frívolo eso de que la amenidad ocupe el trayecto de una vida, pero ojalá sea así, amena, y vivamos con la sensación de que todo discurre como si fuese un juego y nos distrajese mucho la forma en que lo jugamos. Hay cosas insoportables en la experiencia vital de H., cosas que duelen con sólo pensar en ellas, cosas que se cuelan dentro y amenazan con no salir, con hacerse fuertes incluso. Por eso he tardado en ponerme en la tarea de contar el Yoro que yo he sentido. Debe haber muchos. Cuando la lea de nuevo (como he leído varias veces Little boy, el cuento del que proviene, recogido en Leche, el segundo libro de cuentos de Marina) será otra la historia que me cuente. Esa rendición un poco borgiana de la literatura, por lo que sé, le encantará a la autora. A Borges le hubiese encantado Yoro. Habla de la identidad y de los laberintos, temas muy suyos. También está la duplicidad, que es cosa de espejos y de paternidades. 

Ojalá más novelas perturben como ésta. Se hace uno a que lo perturben, a que rastreen por ahí adentro y extraigan lo que ni a veces sabemos que existe. Dentro de nosotros también esta H. o está Yoro o incluso Jim, el bueno. Están desde siempre, están antes de que tuviéramos noticia de ellos. Lo que hace Marina es obligarnos a mirar en el interior. En ocasiones, comidos por el vértigo y por la fiebre, por la velocidad de las horas, no nos aventuramos, carecemos de la osadía, creemos que no va a gustarnos lo que encontremos, pensamos (con fiables evidencias de certeza) que interesa más no saber. La literatura abre los ojos, los abre siempre. Esta literatura tiene esa función acrecentada. Luego hay otras maneras de escribir y otras historias que contar, pero la de esta criatura H.(que no siendo hombre, lo es; que no siendo mujer, lo es también) exigía esta dureza, requería de toda esa complicidad, mutada en valentía, con la que se van pasando las hojas. 

De conformidad a lo leído, pensada la trama, pesada incluso, colocado todo en la balanza de las emociones y sometida a la voluntad de la razón o del alma, sea la cabeza o el corazón el que administre qué queda de Yoro cuando hemos llegado al final, hay mucha felicidad. Es curioso que una historia cruel, que hiere al lector, punzándolo más de lo que querría, deje ese poso de alegre convencimiento. Se crece esa alegría, se impone al caos que pugna por hacerse dueño. Hay como un palimpsesto hermoso. Debajo del kimono arrancado de la piel por la bomba, permanecen los dibujos, las estampas florales, la belleza incrustada en su tela. H., el personaje terrible, el personaje dulce también, pide disculpas porque a veces recurra a la digresión, pero no es cierto, no lo hace: su narración discurre con fluidez, se completa (iba a escribir se adorna) con historias paralelas, duras como la que lo guía todo. Sabemos de la madre encarcelada a la que los guardias alimentan con sus propios hijos o de la orangutana Sandy, convertida en mercancía, o de la hermafrodita Herculine. Todos los personajes forman una familia peculiar, una que no se reúne en el salón y se besa y se cuenta qué les pasó y cuánto añoran el pasado. 

Los personajes de Yoro son la brizna de hierba del poema de Whitman. No son inferiores a los personajes redondos, a los que se les concede la normalidad. La contundencia de lo pequeño rivaliza con la majestuosidad de lo enorme. La brizna es un chasquido comparado con la sinfonía de los astros, pero es el chasquido con el que se reconoce en el mundo y el que hace volar para anunciarse al mundo. H. chasquea sus dedos, escribe sus palabras, dice lo que le ha pasado, que es una parte del cosmos, igual que el desembarco de Normandía, la invención de la imprenta o la construcción de la muralla china. Hay como una voluntad metafísica de unión, una especie de panteísmo en la historia que cuenta H. Al cerrar la boca y contener la respiración, se produce el prodigio de la contemplación pura. Está el alma abrazada al cosmos, dicho de un modo deliberadamente lírico. Un ratón es un milagro, escribía Whitman. H. es un milagro de igual manera. Lo es porque sobrevive y planea su vida alrededor de la poética idea de la venganza o de la justicia. Desea encontrar a su hija (que no lo es, que hace de hija con más hondura a veces que si de verdad lo fuera) y encontrar en el camino a la madre que está en su interior. Es una búsqueda doble, que tiene al final un reconocimiento tan sublime que hace la historia se cierre y cuadre en nuestra cabeza y resplandezca en nuestra memoria. El sexo, los muchos que hay, ocupa una parte considerable de la trama. Casi no hay nada fuera de su influjo. Lo que hace de Yoro un trabajo singular es que adopta un tratamiento clínico, documentado. El sexo sirve para fijar límites o para crear un espacio moral desde el que considerar su influjo en la sociedad. El sexo como represor del miedo. Porque hay miedo, hay soledad y hay caos: el miedo de Jim en su barco de prisioneros, vulnerable, humillado, hueco y zombi y el miedo de no poder encontrar al bebé japonés que el ejército americano le encomienda que tutele un tiempo y al que da en acogida. Ese bebé, Yoro, es el pulmón trascendente, el brillo oculto en las sombras. Es también la guerra, la violencia contra las mujeres, la enfermedad injusta, la identidad múltiple y la piedad. 




Lo que lamento, hablo en primera persona, es no haber podido verla recientemente, decirle todo esto en una mesa de café. Habra ocasión. No hace falta que publique otro libro. Tuve el honor enorme de hacer una de las presentaciones de Leche, el libro de cuentos en donde está Little boy, la semilla (tóxica) de donde nace Yoro. Imagino que ya está en un encierro nuevo, maquinando, contándose el mundo, contándolo.











4.3.16

Todo es partida



Uno se hace su película, la piensa con calma, tienta una cosa y la contraria, la mima en algunos tramos y consiente cierto descuido en otros.  De lo que se trata es de que haya película. Importa el hecho de que exista o de que podamos hablar de ella y referir que es nuestra. Es la propiedad lo que se prestigia, no el uso que se le dé. Haber ido a la librería para comprar el último de libro de moda, sí, ése del que dicen maravillas y se vende tantísimo, aunque no le prestemos atención y repose en su balda, por si la visita le echa un ojo y extrae la conclusión que esperamos y que tiene que ver con lo cultos que somos y lo al tanto que estamos de las novedades literarias. O haber visitado la catedral de la ciudad en la que pasamos una parte de las vacaciones y haber colgado en el instagram o en el facebook o en el twitter las fotos más relevantes, las que causarán una impresión más duradera. De lo que somos habla lo que tenemos. Estamos en esa esclavitud, en la de la apariencia. No hurgar, no ahondar, no perder el tiempo en un solo objeto (un libro, un paseo, una película, una conversación) sino merodear, olisquear, impregnarse de algo (un libro, un paseo, una película, una conversación) pero sin alcanzar la esencia. Importa (insisto) que haya algo de lo que hablar. Basta con que dispongamos de recursos con los que ir rellenando los huecos que van dejando las horas. Decir que hemos ocupado el tiempo en asuntos interesantes. Decirlo con la idea de que, al ser dicho, cobra vigencia, adquiere el rango de verdad. Decirlo para que alguien lo registre o incluso lo difunda. Porque lo que prima hoy en día es la difusión. Lo viral es lo que triunfa. Uno es viral o es no nada. Este texto entrará en ese juego bastardo también. Se leerá y se difundirá y en las redes circulará arriba y abajo, en lugares que ni yo conozco, y en donde lucirá su título y mi nombre, como si eso de verdad valiese para algo. Se entra a jugar esta partida porque en el fondo se está bien en ella. O porque todo es partida. Eso es.Todo es partida. 

Chomsky todavía

 Ayer, al saber que Noam Chomsky había muerto, sentí una punzada de tristeza. Recordé los años mozos (y bien mozos que eran) en los que la f...