30.4.22

120/365 Miguel de Unamuno


 


Un hombre de ideas era Unamuno, comprometido con la memoria y con la preeminencia insobornable de la palabra como brújula y como destino. Político, filósofo, escritor, más que nada. Hay que defender al Estado hasta cuando  el Estado no nos defiende o cuando, llegado el caso, interfiere en sus ciudadanos, los vigila y reprende, se le oye todavía decir. Su clamor era vivo, lo difundió siempre. Y era sobre todo clamor, elevación de una especie de plegaria laica y religiosa, pagana e impregnada de una fe que, a su manera, tan voluble ella en ocasiones, no lo abandonó nunca. El Unamuno liberal no era partidario (está la palabra bien traída) de los absolutismos: todos los dogmatismos enjaulaban la palabra, la adocenaban. 

Le escandalizaba la posibilidad de que las instituciones vulneraran los derechos civiles, asunto ese que constituía el esqueleto sobre el que levantar cualquier sociedad moderna. Ese es el Unamuno-ciudadano (profesor, rector) que yo he comprendido, el que se me ha antojado más afín a lo que deriva de haber leído al Unamuno-escritor, el de la poesía o la novela o el teatro . En algún momento de su dura existencia, se preocupó más de España que de sí mismo, no dando por perdida nunca la batalla contra la mediocridad y, en muchas ocasiones, más de las que pudo soportar, contra la ignorancia. Era un hombre de un propósito firme en la vida, uno no demasiado original, antiguo, si se prefiere, pero que lo guió con brújula firme (eso podría matizarse) en su desempeño ciudadano, hecho de compromiso y de trabajo, y en su aventura literaria, puesto que el Unamuno que perdura es el del escritor, por encima del de filósofo o el de político. Es lo que suelen hacer los profesores comprometidos con su oficio, elevarlo, sublimarlo, pero el de Unamuno no fue uno solo, fueron muchos, algunos más costosos que otros. El que más le dolió fue el de hombre en un país de bestias. Quién sabe cuándo uno se alista en una causa o en otra. Manifestarse en contra o a favor de una doctrina (según la conveniencia de un momento) no le impidió desdecirse y abrazar la contraria, sin que esa voluble torna en la opinión fuese producto de un arrebato sentimental, sino que provenía de una exigencia moral o intelectual, no sabemos cuándo una y otra se ensamblan y prosperan hacia el mismo propósito. Es verdad que en ocasiones callarse es una forma de mentir, como dejó dicho. También fue de los que prefirió expresarse, no permitir que la pereza lo convirtiera justamente en el tipo de ciudadano objeto de su enfado, el que no se involucra, el echado a un lado adrede, por unas causas o por otras, casi nunca justificadas. 


Unamuno fue un declarado defensor de la palabra, aunque más tarde unas fuesen reemplazadas por otras y las circunstancias las zarandearan y hasta las enfrentaran. Por eso fue acusado por los dos frentes en la guerra: por apoyar a unos en un tramo del relato histórico (a los militares para poner coto al desmán anárquico de la Segunda República, de la que fue ferviente defensor) y por desdecirse y por dar por malo lo que antes le pareció justo y correcto. Ha brotado la lepra católica y anticatólica, dijo también. Su España se embrutecía (se envilecía, se entontecía, añadió) mientras él no podía poner en orden el delirio de "hunos" y de "hotros" en su reclusión domiciliaria, una vez le apartaron del rectorado salmantino y se dejó comer por la enfermedad hasta que murió. No hay un bolchevique (un republicano en términos reales) en Unamuno, ni tampoco un novio de la muerte, un fascista con el cerebro quemado por las consignas y las entendederas abotargadas por el miedo al que es distinto. Le horrorizaba esa bajada a los infiernos de Millán Astray (no he visto todavía Mientras dure la guerra, pero parece que se aplica con ganas Amenábar en ese episodio) cuando arengaba a los bárbaros (a sus ojos eso eran) con soflamas burdas, zafias, más acordes al estertor de un animal que a la voz de un hombre. Cómo se puede ir de la mano con alguien que jalea la muerte y la entroniza. Se puede, en todo caso, convencer hasta llegar a ella, dedicar la vida entera al oficio de las palabras y darles el uso más idóneo, el que evite que los unos aniquilen a los otros. Es la contradicción la que lo animó, la que alimenta debería cualquier ideología. Cuando no lo hace, no es ideología: es fanatismo, es barbarie, es esa tozuda marca con la que a veces nos liberamos del trabajoso oficio de pensar. Me equivoqué, qué ligero fui, qué cándido, dijo en cierta ocasión a propósito de sus adhesiones primeras y sus afinidades posteriores. Nada que no esté en el ser humano de modo absolutamente natural. Saber arrepentirse, aceptar el desengaño, ir con él hacia un desengaño futuro, del que no se sabe aún nada, pero que nos romperá de nuevo el corazón. Y si los obispos lo tachan de hereje máximo, ellos sabrán, pues la cosa de la herejía es de gente a la que se teme y tal vez convenga tenerlos enfrente y no de la mano. Los intelectuales caen siempre mal al bárbaro, que cree en su ignorancia de un modo tan cerril que encuentra en cualquiera que la cuestiona motivo para arremeter contra él y dejar huella cabal de su embestida. Unamuno sé modelos conciencia: hizo de sí una sustancia huidiza y casi siempre enojada. Abrazó Unamuno el cristianismo por mera inercia metafísica. Se enardeció por bravuconería patriótica. Acogió de buena fe cierta elevación de su propio decir, habida cuenta del magro ajeno. Agitaba espíritus, aunque el primero levantisco y paradójico fue el suyo, continuamente abierto a un orden del mundo que lo estimuló y al que se entregó como un conjurado. No vio prohibido en el Index Librorum Prohibitorum el libro Del sentimiento trágico de la vida, ni La agonía del cristianismo, obras de una honda pulsión interna que hacían declarar al mismo hombre la angustia de la existencia y el hambre de lo divino. Unamuno lo declara hermano: es de carne y hueso, tan suya la expresión; es una viva ocupación del pensamiento esa angustia y ese despojado de asidero vivir que nunca logró amarrar, por más que toda su obra sea un querer saber, una pesquisa sobre ls naturaleza del tiempo. Quiso sin fortuna convencer, cuando sus enemigos (carriles y acérrimos) vencían en la realidad, que no es el único campo de batalla, como cualquiera que lea y ahonde en lo leído sabe. Descreyó de la ciencia (que inventen ellos, bramó) y aspiró a que el espíritu cruzara incluso a esa misma ciencia que, sabiéndola útil, consideraba cosa de subalterno propósito. Cada cosa, en cuanto es en sí, se esfuerza por perseverar en su ser, decía su amado Spinoza, pero Unamuno perseveraba en sus ideas, en su paradoja, la nuestra. Vivir es la paradoja. La aplicaba a su misma escritura, que fluía con libertad, sin el armazón de lo previsto. La comezón íntima que él refería como numen hacía que avanzaran sus novelas, su vida. Fue una nivola. Le gustaba llamarlas así. Uno se ha visto en San Manuel Bueno, mártir más de una vez. Como un espejo. 

Breviario de vidas excéntricas/ 4 / Dionisio Trastámara de la Hoz

 


 Entre un tonto y otro dista una cuarta, aunque uno duerma cuando el otro consagra la vigilia a pulir oficio. Un tonto auténtico reconoce a otro nada más echarle el ojo. Cosa harto frecuente, un tonto de verdad no considera tara o minusvalía su condición. Hay tontos que, en su cortedad, asisten sin evidencias de su mediocridad a la instrucción pública, no levantando sospecha entre sus tutores y hasta aprendiendo, de corrido, los afluentes del Ebro o las fechas de las batallas de más relumbrón.


Tontos con progenie abundan en demasía por lo que se colige que la estulticia no es merma a la hora de hacer la corte a una dama, si bien las excepciones son también abundantes y la estadística se cae como una baraja de naipes mal izada. Hay tontos con media docena sana de hijos a los que ponen a estudiar hasta que se licencian en Veterinaria o Literaturas Germánicas Medievales y limpian, título en ristre, el inventario académico familiar, por lo demás, escaso. Es curioso el hecho de que los vástagos no advierten el estigma paterno o lo advierten de una forma no traumática, mansa y precaria. La cultura, en ocasiones, redacta coartadas, ofrece argumentos contundentes. Eso sí, un tonto reconoce a otro nada más topárselo. No se precisa cháchara. Tampoco intimar en exceso. Basta el gesto, la mirada, el bizquear el ojo cuando una mota de polvo incómodo lo asedia. La documentación que obra en los organismos competentes no revela el caso extraordinario del tonto recuperado. En el Registro Civil o en los expedientes académicos, en las hemerotecas civiles donde se manuscribe el prolijo inventario popular y todo su vasto anverso de rumores y bulos, no constan biografías de tonto embutido en listo. El tonto gana en templanza y en serena madurez en el decurso enorme de una vida, pero no abandona el gesto, la mirada torva y pedernal, el bizquear rudimentario. Para desalojar la tontura del pensamiento, las recetas no sirven, aunque la psicología y otras ciencias del comportamiento se devanan los sesos en seminarios y en conferencias con el fin de apostar una vía para solventar estas mermas.


Dionisio Trastámara de la Hoz, poeta laureado, cronista oficial de la muy noble villa de Valsequillo de la Pedrera, provincia de Toledo o de Cuenca o de Albacete, discreto accionista de una otrora pujante empresa de sombreros, fue en su infancia tonto de singular valía que ganó a pulso nombradía, fama y cierto cariño popular por una costumbre suya que consistía en no dar un paso sin un saco imprudente echado al hombro en el que, ajustada, primorosa, minuciosamente, depositaba los guijarros del camino. A fuerza de arrastrar años enteros peso tan formidable, acabó impedido, negado a moverse sin que mil dolores pequeños no le devastasen el costillar y buena parte de la generosa espalda. Ahí, en esa manifestación del delirio y de la contemplación interior, conoció el numen, los endecasílabos, el folclor y el pasado de la gloriosa villa y se armó de esa prosa untada de leyendas y mística mariana para torcer de cuajo la opinión tallada a fuego en la memoria de sus convecinos y darles argumentos que fomentaran, sin pudor, sin compromiso, la nueva imagen de intelectual doméstico. Lo que nadie sabe – y es posible que nadie sepa nunca – es que guarda en el sótano el fruto de esos años compartidos con los caminos de Dios. No hay noche que no descienda a la infancia tras tres tramos de sinuosa escalera de madera vieja de casa con escudo heráldico y contemple, entre el extasiamiento y la iluminación letrada, los guijarros, toda la obra faraónica a la que consagró su incomprendida mocedad y su letrada edad adulta. 

29.4.22

119/365 Rick Deckard




 "Me gustaría pensar que detrás de todos los grandes gobiernos del mundo no está la Tyrell, la compañía que fabrica replicantes. Los Nexus 6 son los mejores. Algunos de los ingenieros genéticos que los crearon enloquecieron al no saber distinguir quiénes eran humanos y cuáles robots. Algunos humanos,  fascinados por la inteligencia de las máquinas, decidieron retirarlas. Yo soy al que pagan por ese trabajo. Me llamo Rick Deckard. Sé que no es una historia creíble la que voy a contaros, pero no tengo otra opción. Enloquecería si no dejase registrado lo que viví y a lo que me expuse. Imagino que no es tan malo enloquecer. Lo peor es no tener emociones. He distinguido replicantes al no advertir emoción alguna en sus ojos, en lo que hablaban, en los gestos con los que se explicaban al mundo. Sin embargo, he conocidos otros con una vida interior mucho más rica que la mía, que es una vida que no importa ahora o que, en todo caso, podría importar más adelante, cuando comprendan mejor la historia. Una parte de ella empezó cuando el replicante Roy Batty no me dejó caer al vacío. Nunca me sentí cómodo con la idea de que un replicante tuviese un nombre idéntico al pudiera tener un humano, pero hay algunos que no merecen serlo. Humanos que no han visto lo que los replicantes. Momentos que se perderán en el tiempo. Lágrimas en la lluvia. Naves en llamas más allá de Orion. Rayos-C brillando en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. No hay forma de no sentirse arrastrado por las palabras. Uno cree estar delante de un dios, y probablemente haya replicantes que hayan adquirido el rango de dioses y estén por encima de la vida y de la muerte, haciendo que nos hagamos las grandes preguntas, las que no encuentran ni siquiera las más elementales respuestas. Todo es frágil, todo es impreciso. No saber a qué atenerse. Si a la locura de no saber qué es uno mismo o a la inocencia de no poseer deseo alguno de saberlo. Es hora de morir. A todos nos llega. A Roy le concedieron cuatro años. La Tyrell colocó esa orden en la maquinaria que lo movía. La mía, la que tiene consignada la fecha de mi cese, estará escrita en alguna línea de mi corazón. Alguien tendría que hacerme el test. Medir la velocidad de mis ojos. Registrar el pulso cuando me hablen del amor. Me dejaría convencer de que no soy lo que creo. No tengo empeño en ser nada en especial. En todo caso, querría desvanecerme en paz, contarle a alguien todo lo que he visto, confiarle la belleza del mundo y no llevarme las imágenes de toda la felicidad que he conocido. No soy un detective. Soy un filósofo. Todos los que indagamos en la naturaleza del alma humana somos filósofos. He escuchado cosas que no creeríais. He visto llover en los mercados de las calles. En la lluvia, en la lluvia mansa y tóxica, están las lágrimas de los condenados. Contengo las mías. Cuando muera ocuparán el aire y se perderán con el agua. De mí dirán que hice lo que pude o no dirán nada. Quizá mejor que sea así. Me llamo Rick Deckard, soy un humano, soy un replicante, soy un ángel caído, soy un esclavo, soy un dios. No ha sido suficiente el tiempo que me ha tocado vivir. Como Roy, como todos, quisiera disponer de un plazo mayor para escuchar todas las historias que no me han contado, por ver rayos-C brillar en la oscuridad a las puertas de Tannhäuser. Soñaré con unicornios"

Breviario de vidas excéntricas / 3 / María de lis Remedios Villamediana

 María de los Remedios Villamediana y Núñez de Balboa es nombre caudaloso cuya sola fonética enciende pebeteros como catedrales. Al prenderse, por obra del azar que gobierna el secreto fuego, da un aroma intenso y afrutado que traspasa el pecho de quien, distraído, desavisado, no se opone a recogerlo. El abuso de esa ingesta de aire dulce y hermoso convoca el numen mismo de la ocurrencia, la sublimación del estro lírico, por lo que los agasajados con esa circunstancia se encomiendan a la poesía y es costumbre que triunfen en todas las veladas líricas de verano, concitando el aplauso del extasiado público, arrobado por el candor prístino de los juegos florales y de la cadencia en las sílabas. Es especie que carece de filantropía alguna y se le desconoce descendencia. Quien inhala el olor del sahumerio propende invariablemente al desatino unánime de sus facultades sociales y no es infrecuente que desbarre en palabras soeces y en escandalosas blasfemias si carece de la emanación de ese fuego mágico. María de los Remedios  Villamediana y Núñez de Balboa es inspiración de poetas sin laurear y los agraciados con sus milagros rezan para que el Buen Señor no la convoque a su reino y los deje sin aliento poético. 

28.4.22

118/365 Juan Carlos Onetti





Lo de no saber a qué venimos a este mundo, ni tener voluntad sobre ese ingreso fortuito, se compensa si uno decide cómo irse. A Juan Carlos Onetti se le ocurrió que sería en una habitación angosta y desordenada, postrado en una cama, bebiendo whisky, fumando un cigarrillo tras otro, leyendo novelas policíacas, escribiendo cuentos tristes. La dictadura uruguaya le había tenido preso y al ser puesto en libertad, pensando en la manera de intimar con ella, se dejó caer por Madrid y se refugió en esa habitación, un poco por cansancio o por hastío. A veces vivir es una actividad que extenúa, aunque uno no se afiance en el valor de descerrajarse un tiro en la boca o arrojarse desde un quinto piso o ponerse una cuerda al cuello y hacer ese último baile en el aire. Onetti probó la suerte del suicidio, coqueteó con ella, quién sabe si incluso escribió sobre esa fuga pensada, ese irse a sabiendas. Al final no se decidió, no quiso cancelar el placer de encender un cigarrillo en la cama y garabatear unas palabras en un cuaderno, no le pareció buena idea esa pequeña cobardía que otros, en circunstancias parecidas, tomaron y así zanjaron el problema y cerraron los ojos y dejaron de sufrir. 

No todo el mundo sabe sufrir: No se nos ha educado para el dolor, para la tristeza, para la ausencia de los que amamos. Se nos echa a este mundo con un equipaje muy liviano y no hay una pedagogía del trayecto. No tenemos maestros que nos guíen, no hay un asidero, no se tienen a mano, cuando hacen falta, los manuales de supervivencia, las frases de aliento, los lugares en los que curarnos. Onetti debió, mi amado Onetti, debió quedar fascinado por la soledad que se le ofrecía en Madrid, con su esposa, en la habitación de hotel, lejos del murmullo de la tiranía uruguaya, a salvo de los bárbaros, en la cómoda realidad de las historias que los otros inventaron para que no doliese la historia propia o doliese lo justo y no nos acabase por vencer. Y cuando dejaba una novela en la mesita de noche o en la cama, a poco de caer en un mal movimiento, en un giro brusco para echar la ceniza en el cenicero o para toser o para coger una postura nueva, se metía en las suyas, en sus narraciones polifónicas, ásperas, al modo en que es áspera la realidad cuando se obstina en contrariarnos, en conducirnos por donde no queremos, en rompernos cuando queremos seguir de una pieza. 

El mujeriego firme, el borracho lírico, el fumador tenaz, cualquier de esos arquetipos cuadraba en el escritor o en la persona. A veces Onetti me hace pensar en Pessoa: no porque el poeta portugués fuese un crápula como en ocasiones fue el uruguayo, sino porque los dos llevaron una vida gris, en apariencia, una vida rutinaria, una de esas vidas que sólo pueden ser limpiadas de la mano de la escritura. Los dos ocupados por el desaliento, entristecidos también, conscientes de que no hacían nada especialmente extraordinario, llevando una existencia apagada, sin el brillo de la fama de la que luego dispusieron, una vez muertos. A Onetti, con su flamante Cervantes bajo el brazo, en ese Madrid al que vino para tumbarse, le gustaba poco o nada que lo importunase la prensa, que llamase a la puerta y Dorotea, su mujer, la mujer que lo asistió en todo, abriese y los llevase a la habitación, en donde el escritor aplazaba la muerte, fumando, escribiendo, bebiendo, leyendo. Era la suya una felicidad libresca y tóxica. Libros y tabaco. El paraíso estaba en la Avenida de América 31, piso 8.º, apartamento 3. Y su escritura era un paraíso también. Lo habitaba gente sin muchas pretensiones, un poco tosca. Era un mundo de paredes y de escenarios amueblados. No había lírica paisajística. Luego está la fotografía famosa, la que adquirió la notoriedad que el escritor no alcanzaba, salvo en los círculos intelectuales, en las librerías, en los foros de los elegidos. Era ésa en la que Onetti apunta a un periodista con un arma, una falsa, de juguete, que le regalaron y que servía para encender sus cigarrillos. Era huraño, era un ogro para sí mismo, para los que lo querían, sólo mimaba su prosa, y ni eso a veces. Porque es dura, porque en ocasiones, leyendo a Onetti duelen los ojos, duele el aire, se produce ese dolor formidable que consiste en tener conciencia de estar asistiendo a una cosa prodigiosa, a una visión milagrosa del mundo. 
 
 Es a la muerte a la que dispara Onetti con su pistolita de juguete. Se mira a sí mismo. La escritura era un espejo, algo en lo que, más que para verse, sirviera para desvanecerse. Mira Onetti a la muerte a la cara y le apunta. Sabe que no va a disparar, pero observa las reacciones, si le hace mella la osadía, si él mismo se anima a guardar el arma debajo de la almohada, encender otro cigarrillo y contar en un cuento el resultado de esa anomalía recién acometida. Dolly, su Dorotea del alma, le rebajaría importancia al hecho, le diría que no se impaciente y espere a que la fiebre baje y se entretenga escribiendo, leyendo a Chandler, haciendo una montaña de colillas en el cenicero, que debía ser vaciado solemnemente, con presteza. Una cosa es fumar y otra, otra bien distinta, tener la evidencia de que no se ha hecho otra cosa. Al borracho también le agrada que le retiren de la mesa todas las botellas que ha consumido. Sobre todo porque no vean en qué grado anda su ebriedad. Luego está el borracho exhibicionista, el que se anima a cada botella que vacía y las ofrece con orgullo a los viandantes. Onetti, el Onetti horizontal de los últimos años en su habitación de Madrid, se ofrecía a los que lo visitaban como una especie de cenicero ocupado de colillas o como una mesa atestada de botellas. He aquí a lo que he llegado, he aquí a lo que vivir me ha conducido. Al cerrar, cuando se vayan, diles que no tienen que volver, Dolly. Fascina que escribiese con tumultuosa vocación de principiante. Siempre lo fue. Escribir con brújula, sin ella. Escribir con intención, sin ella. Escribió Juntacadáveres (la primera suya que leí, embelesado) en horas intempestivas, solía decir. Las mejores eran las de la noche. Vencía al sueño con oficio. Muchos de sus libros son deliberados tributos a la vigilia. Y lo mejor es que escribía para él. Es el escritor más privado del mundo. Presumía de no corregir. Dolly le marcaba de vez en cuando repeticiones o alguna inconcordancia. Murió sin ver cumplido su sueño: tener una casa en el campo con un perro. Eso quiso hacer con el dinero del Cervantes. Cuando fue a recogerlo, forzado ahí a desalojar la cama y salir del piso, deseaba ardorosamente que acabase cuanto antes. Le pidió fuego al Rey Juan Carlos. Iba sin mechero.En su entierro, repartieron entre los que acudieron decenas de mecheros que Juan Carlos Onetti tenía en su habitación. Tenía 84 años. La mayoría de ellos los pasó tumbado. Es posible que en su pecho sólo hubiese humo. Que él entero fuese un evanescente artefacto de whisky, humo y palabras. 

 

Breviario de vidas excéntricas 2 / Inesita Bocángel

Igual que la Salomé de Gustav Klimt muestra un pezón entero y un amago de otro, Inesita Bocángel tiene un ojo sano y otro comido por la tiniebla. Es ese ojo de mal mirar por su aviesa torcedura y un pestañear vibrante que únicamente se amansa cuando ve paisajes de obsequiada belleza. No se tiene a Inesita por moza concupiscible, pero es tapar el ojo defenestrado para que no la afee y el cuerpo se le alegra sin disimulo. Retorna el recato cuando lo airea; entonces la memoria obra el prodigio de borrar la lúbrica inclinación de su alma. Los hombres de ansia más desbordada bendicen el ojo muerto. Hay trovadores que glosan las proezas venusinas de su dueña. Las cantan en las tabernas portuarias y en los ateneos de la aristocracia cuando se les desquicia la boca, elogian las bondades de la anatomía de su promiscua benefactora y hacen hostil escrutinio de turnos. Hay quien propone lastimar el ojo sano por si tener ambos en deterioro propicia acometidas más frecuentes, pero la moción es censurada con razonado pudor y vence la conformidad o la gratitud por los favores prestados o la admonición del párroco, que tiene la administración exclusiva del perdón, incluido el suyo. 

En días de lucidez, Inesita Bocángel descree de la filantropía y somete a su íntimo juicio el hábito contraído con la población masculina de la comunidad. Las féminas damnificadas por este arrebato lúbrico (que recaba la casi unánime aprobación de sus maridos) andan en conversaciones con las autoridades para que se proceda al destierro de Inesita, pero el consejo municipal nunca concede tal amonestación y hasta han propuesto que se le conceda el título de hija predilecta de la villa y una calle tenga por nombre el suyo. Ella sueña con varones tras haber yacido con ellos. Cree que su cuerpo es un templo y le crecen adentro ángeles y capiteles. Hay feligreses convencidos de que han visto en su altar una especie de inminencia de milagro. Como si el mismo cielo, en el momento cabal en que se vierten los jinetes sobrevenidos , acabada en festín y en clamores la coyunda, se partiese en dos y se entreviese la cara de la divinidad. Inesita no dice esta boca es mía. No es mucho de decir, no vaya a ser que luego tenga que arrepentirse de algo. 

27.4.22

117/365 Guy Montag

 



Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras, entraron a caballo los hunos en la biblioteca monástica y rompieron los libros incomprensibles y los vituperaron y los quemaron, acaso temerosos de que las letras encubrieran blasfemias contra su dios, que era una cimitarra de hierro. Ardieron palimpsestos y códices, pero en el corazón de la hoguera, entre la ceniza, perduró casi intacto el libro duodécimo de la Civitas Dei, que narra que Platón enseñó en Atenas que, al cabo de los siglos, todas las cosas recuperarán su estado anterior, y él, en Atenas, ante el mismo auditorio, de nuevo enseñará esa doctrina.


(Los teólogos, Jorge Luis Borges)



Temo cada vez con más convicción  que acabaremos quemando libros. Será el último acto antes de que volvamos a caminar a cuatro patas y forniquemos en la calle, si es que hay calles o reste una brizna de decencia o de pudor, porque cuando hayamos quemado todos los libros será el bosque (si es que queda bosque, en fin) el que ocupe las ciudades. Una cosa lleva a la otra. A poco de que nos descuidemos, nos cargamos todo lo que hemos tardado tanto tiempo en construir. En realidad está todo a medio hacer. Nunca se puede dar por hecho de que de verdad hemos acabado algo. Siempre hay algo que corregir, un roto que zurcir, un fuego que apagar. Lo de las candelas es peligroso. El papel prende rápido. Conmueve (a mí, al menos) que Borges declarara su admiración por el autor californiano. Es que los dos hablaban el mismo lenguaje: el de la supremacía absoluta de la cultura, el del imperio de los libros. No hay nada que rivalice con ellos en importancia. Ni siquiera las máquinas. Bradbury odiaba la tecnología. Quizá por eso soñaba (eran pesadillas) que uno de esos políticos infames que concurren de vez en cuando al atril público tuviera la rocambolesca idea de que los libros son el germen del mal o incluso el mal mismo y hubiera que arrojarlos todos al fuego. El papel arde a 451 grados Fahrenheit. Ese dato es el principio del fin. Ese número (uno entre tantos) es el que precipita la demolición absoluta del bienestar. Porque a Bradbury y a Borges les encantaban los libros. Eran de esos que creen que los libros son objetos maravillosos. Ninguno tan maravilloso como ellos. Son una extensión de su cuerpo, son extensiones de su memoria y de su imaginación. Lo que se hace al quemar los libros es echar al fuego a todos los que vieron en ellos la magia de la belleza y de la inteligencia. El fuego es lo contrario a la luz, aunque la traiga consigo y la expanda y hasta la glorifique. La luz está en los libros. Los que los censuran son los que los temen. No hay arma que tenga más poder que la que esconde un libro. Algunos son incomprensibles. Quién sabe qué blasfemias encubrirán. Mejor que ardan. El humo se eleva mejor cuando huele a letras, pensarán. La cultura es sospechosa. Saber más de la cuenta no trae nada más que quebrantos. Lo ideal es no llegar demasiado lejos. Tampoco demasiado alto. Por si no sabemos volver. Por si caemos desde muy arriba. Algo así deben pensar los previsores, todos los que prefieren ser ellos los que piensen por nosotros. Gente como los hunos del cuento de Borges, aunque los que profanaron la biblioteca eran soldados, gremio zafio y burdo, no confiado a pensar. Eso lo pueden hacer otros. Sucede siempre. Quizá siga sucediendo. Las escuelas son bibliotecas. Se me está ocurriendo que una escuela es una especie de biblioteca en la que las personas son libros. Los maestros son libros. Los alumnos, libros. Pronto nos arrojarán al fuego. Seremos pasto de las llamas. Las metáforas arden también. La poesía es un modo de salvarnos, pero quizá no convenga leer mucha poesía. Los poemas contienen blasfemias. 

El bombero Guy Montag no tiene ningún reciedumbre moral, no posee un ideario al que acogerse, apenas muestra algo más que pereza intelectual y tristeza anímica. En Fahrenheit 451, la novela que cierra la esplendorosa trilogía distópica del convulso siglo XX (con 1984 de Orwell y Un mundo feliz de Huxley), Montag es una pieza insulsa en la terrible maquinaria de la aniquilación. Más que bombero, es su reverso. Más que apagar el fuego, lo estimula, hasta lo estima, pero de pronto algo se prende adentro suyo (fuego también, otro tipo de fuego) y decide saber qué quema, cuál es el fondo de la ceniza. Se produce una especie de epifanía poética. Pasa de la sumisión a la rebeldía o pasa de la obediencia a la libertad. El agresor desea saber la naturaleza del agredido. El soldado ha decidido pensar. Lo primero que salva de las llamas es un libro. Luego no hará otra cosa. Será libre. 


26.4.22

116/365 Nora Helmer

 


                                                                           Ilustración: Ramón Besonías

Antes de romper la casa de muñecas, Nora no era exactamente Nora. Tendría sus rasgos y la reciedumbre o la debilidad moral de Nora, su inventario de afectos o de inquinas, pero no era Nora. Un buen día decidió romper la casa de muñecas. Tardó tres actos. En los dos primeros, habría ido pensando en si hacerla añicos o dejarla en pie, pero sólo al final sabemos la resolución que tomó. Ni siquiera ella poseía toda la información. Nadie la tiene por completo nunca. Se adquiere a trompicones o a ciegas. Acude sin que se la gobierne. Se desvanece sin que se pueda oponer resistencia. Como la memoria. Como el olvido. No era demasiado lujosa la casa, ni quizá la mejor de cuantas pudieran ocupar, pero era suya. La sacrificó (entiéndase figuradamente la fiereza física de ese acto liberador)  cuando asomó la mujer que andaba por ahí debajo, llevada de la mano por unos y por otros. Frágil, al principio: frágil y vulnerable, vienen los dos atributos juntos. El padre la esculpió a su entero deseo; el marido, más tarde, como una extensión suya. Uno la entrega al otro en la confianza de que acabe el trabajo. En esa consideración materialista, la hija es una propiedad, también la esposa. No tomará decisiones propias, no tendrá voluntad, procederá como corresponde a su lugar en la sociedad, obedecerá sin cuestionar, alguien moverá las cuerdas y no podrá ni siquiera marcar la danza. Será de otro el ritmo y ha de suponerse que la letra de la melodía tampoco es pertenencia ni obra suya. Así Nora (todas ellas, cuántas habrá aún) se arrogará por fin el amor a sí misma y se cumplirá (para bien o para mal) su destino.  El de Nora, quién podría contradecirme, podría haber sido escritora feminista o espectadora de su sencilla soledad. Los mejores escritores no sólo son los que respetan y aman las palabras, sino los que crean un compromiso y hacen que la sociedad (la que los leen y no solo esa) prospere. También los que cuestionan las convenciones y crean expectativas. Ibsen dejó a Nora tras la puerta que terminó por cerrar y abandonar el baile que no había elegido. Tal vez lo difícil para Nora sea amarse a sí misma, no considerar amar a nadie más antes de haber encontrado el fogonazo de la pasión doméstica, la privada, la que antepone la propia antes que acometer la ajena. Hay quien no ha prendido nunca esa llama, la cree ajena, no entra en valorar la pertinencia de que no se podrá ser feliz afuera si no se es feliz dentro, pero hay quien no discute la rutina que se le ha hecho desempeñar, no elude la sumisión al padre o al marido y se desenvuelve con maravillosa naturalidad en esa trama en la que cumple un rol, quién no lo hace, al fin y al cabo. Hay varias Noras. Una es feliz, nada más abrirse el telón. Es una felicidad doméstica de navidad regalada. Nora es niña aún, aunque sea esposa y madre. Es la pobre ardilla, la pequeña alondra, el pajarillo que canta, a decir de Torvald, el esposo. Come pasteles en secreto o gasta más de la cuenta y se deja regañar. Otra Nora es desgraciada, ésa es la que acaba venciendo. Guarda un acto impuro que cometió, un delito en sí mismo, en aquella sociedad pacata y de hombres. El hecho de que falsificara la firma de su padre para un préstamo que pagara las costas de los médicos que salvaran a su marido la lastra para siempre. Extorsionada después, empujada a ver más de lo que nunca lo hizo, descubre que la convivencia en casa es cualquier cosa menos feliz. Esa otra Nora va haciéndose ver, prospera en ella la sensación de que el deshonor cubrirá a su familia. También la certeza de que Torvald no la ama: será otra a otra Nora a la que ame, no a ella. No a la abnegada y obediente, no a la Nora prevista. Siempre pensé qué fue de Nora después de dejar a Torvald y a sus tres hijos. Fascina todavía que Ibsen maquinara esa trama inusual: la de la mujer que no rompe con todo por alcanzar sus sueños amorosos, no hay romanticismo en ninguno de sus actos. Lo que hace Nora es darse una oportunidad. Es hospitalario, por primera vez en su vida probablemente, consigo misma. Todo es turbio en casa de los Helmer. Todo se sustenta con pequeñas mentiras. Todo esconde un pecado. El fin primero de Nora es proteger a los suyos; el último, protegerse ella. No se suicidó como Madame Bovary. El moralismo de Flaubert es más virulento. Ibsen es un hombre del futuro. Hizo de su Nora una heroína. 


Breviario de vidas excéntricas 1 / Wendy


Wendy ya está madura. Un joven neurólogo de Wichita Falls aficionado a Proust le hace mojar magdalenas en cafés en una terraza a la orilla promiscua del Sena. 

Wendy ya está en edad de merecer. Un joven sindicalista de una aldea perdida de Soria la instruye en la historia de los movimientos obreros mientras llueve con desatino en el jardín en donde la tarde se ha puesto de un feo anarquista. 

Wendy ya está convencida de que se la puede cortejar. Un joven cartógrafo de la Baja Sajonia le cuenta que todavía no se ha hecho un mapa del corazón.

Wendy ya está plena y rotunda. Un joven crooner de Las Vegas le canta Blue moon mientras el barman prepara un White Russian y duele en el aire la noticia de la muerte de todos los pájaros del siglo XIX. 

Wendy ya es una señorita concupiscible. Un joven nigromante del Cáucaso le cuenta en un inglés primoroso que su himen no continuará intacto ni veinte minutos. 

Wendy ya tiene una idea de cómo funciona el mundo. Un joven revolucionario checo le llena la cabeza de soflamas y la hace redactar panfletos en una buhardilla pobre y digna desde la que se ve el puente de San Carlos y el Danubio como si fuese una postal en el aeropuerto de Praga.

Wendy ya ha dicho adiós en casa. Un joven rapsoda de Trinidad y Tobago le cuenta la influencia de Walt Whitman en la poesía caribeña, pero antes de que concluya y todo sea armonía métrica y dulce clamor de sílabas, comido por una fiebre venusina sin par, se incendia en endecasílabos y la colma de sonetos y de semen mientras en la radio suena un bolero de 1956.

Wendy ya está encinta. Un joven arponero del Báltico le ha dicho que todas las ballenas gimen el nombre de su novicio vástago. 


25.4.22

115/365 Vincent Vega y Jules Winfield

 




Vincent Vega, el gorila de Marsellus Wallace, se marca un twist antológico con Mia en el Jack Rabbit's Slim. Los adolescentes de mi barrio bailan como ellos, pero no han visto Pulp Fiction. Tampoco tienen edad. 


Vincent es un nihilista sin saber que lo es, suele suceder. Quizá ese nihilismo sea el más puro, sin contaminarse de otras corrientes filosóficas, ejercido con la pureza de quien es ajeno a su desempeño y únicamente lo ejecuta. 


Jules Winnfield es un gorila a sueldo que acude a las Sagradas Escrituras para inmolar a sus víctimas. El sicario de verbo apocalíptico es una aportación de Quentin Tarantino a beneficio de género, criaturas capaces de descerrajar un tiro en la nuca de alguien que les lleve la contraria en asuntos como el grosor de la lámina de queso en las hamburguesas y enfangarse con ardor en la dicotomía entre el ketchup o la mayonesa mientras el difunto da los últimos estertores a pie de fotograma. Matones de sentimentalidad difusa, gente poco remendable, en todo caso, pero personajes hipnóticos, adictivos, de resonancias mitológicas en este cine reciente donde escasean los personajes hipnóticos, adictivos y de resonancias mitológicas. 


Julius es un pastor cuyo rebaño se ha extraviado, pero no tiene piedad cuando la oveja descarriada no merece el regreso al redil. A la vez que los encañona, poco o muy poco antes de descerrajarles un tiro en plena cara, les recita la historia de Ezequiel, el capítulo 25, concretamente el versículo 17. El que explica el camino recto del hombre, que está rodeado por las injusticias de los egoístas y la tiranía de los hombres malos. Es también el que se pasma al saber que al cuarto de libra con queso no le llaman cuarto de libro con queso en París, sino Royale con queso. El Big Mac es Le Big Mac, añade Vincent, en una especie de catarsis fonética. 


Tarados, infantiles y eficaces, Vincent y Jules fatigan las calles de Los Ángeles como cruzados medievales a la caza del Grial, que tal vez sea el dinero, pero ninguno está juramentado ni se ha dejado iluminar por el secreto numen de la piedad y de la fe. Son un trasunto distópico de Don Quijote y Sancho, sólo que no deshacen entuertos, no hay dama de por medio ni deshacen los entuertos, únicamente se limitan a eliminarlos. 


Vincent y Julius hablan como si el mundo estuviese ya condenado y ellos se mofaran de todas las grandes conversaciones, las de las palabras grandilocuentes y las intenciones nobles. Las de Julius resuenan más sonoramente, pero nunca hay más humor en Vincent. Parecen una de esas parejas clásicas del cine o de televisión (Stan y Laurel, Murtaugh y Riggs, Starsky y Hutch, las primeras que se me han ocurrido) sólo que sabemos que no durarán mucho juntos. No por falta de empatía, no porque uno tenga la voluntad de abandonar al otro, sino por la fatalidad, por su inminencia. Quien a hierro mata, a hierro muere. Habrá también citas bíblicas que expliquen esta evidencia. 


Pulp Fiction es un puzzle catedralicio, un rompecabezas lúdico y circense porque siempre hay más. A cada vuelta de la trama, hay más. Más vértigo, más cháchara surrealista, más violencia. Tarantino la grabó en diez días. Si llegan a ser siete, podríamos pensar que trató de emular a Dios y ser él mismo uno alternativo, de menor fuste cósmico, empecinado en construir un mundo de la nada. 

24.4.22

114/365 Betsabé

 


Betsabé en el baño, Óleo sobre lienzo, 219 x 212 cm, Luca Giordano, Museo del Prado, Madrid. 

A  Betsabé la ve el rey David desde la azotea de palacio y la anhela de momento. No hay obstáculo que rebaje el ardor que lo come. Betsabé sueña esa noche con cimitarras, sueña con caballos desbocados en una tormenta, sueña un árbol cuyos frutos desoyen la ley de las horas y no se pudren nunca. Betsabé se toca el pecho por si las lagartijas de la noche le abrieron un túnel. Betsabé es apartada de su retiro conyugal e invitada a que visite la casa del rey. La ley de Moisés la conmina a que respete al marido y no conozca otro hombre, pero el rey la ha hecho llamar y no se puede desobedecer al rey. Betsabé acude a palacio, el rey la corteja y finalmente la toma y la deja dormir en su tálamo en la creencia de que ese gesto purificará su acto impío. Días después, Betsabé le comunica al rey el clamor que le cautiva el cuerpo. "He concebido", escribe en una urgente misiva. Betsabé se resuelve en tristeza y en vértigo. El pudor la embarga y no sabe mirarse al espejo sin que un rubor adolescente le desangele el pulso. Recuerda Betsabé la euforia del aire cuando el amor la bebió sin prisa y le dolía la cintura de tanto arquearla y la lengua de tanto bendecir a Dios por la dicha y por el hombre. Betsabé piensa en la criatura que doblega su vientre. Piensa en en que dentro le crece un cáncer y no hay pájaros que le canten cuando se duerme. El rey David, temeroso de que su adulterio se difunda, manda llamar a Urías, que está en el ejercicio de la guerra y le invita a que regrese a casa, por ver si en esa noche cubre a su esposa y queda descomprometido el embarazo . Urías rehúsa, invocando el honor de la batalla y la fidelidad a sus soldados. Ajena, Betsabé piensa en Yahvé, Dios de Israel. Él dio al rey David las mujeres y lo ungió de grandeza para que la tierra lo alabará, pero la vio en el baño y lo menospreció, haciendo matar a su marido en la liza, tomando más tarde a su mujer por mujer suya. Betsabé desoye al augur y no cree que el hijo que traerá muera a poco de abrir los ojos, pero así sucede. Yavhé no ve con buenos ojos el fruto del adulterio. Hija de juramento, tal es mi nombre, recita Betsabé, pero la palabra del pecado ha enturbiado mi boca y ahora soy la hija de la desgracia. Ah, rey David, no me consuele, ni me toque más o traeré a su gloria otro varón que haga fuerte su dinastía o la ocupe con desgracias en todos los reinos de su espada. Betsabé no sabe del fuego primordial ni de las costuras del cielo. Betsabé es el embeleso de la carne y la certeza cabal de la promisión. La segunda vez que la ayuntó el Rey David la hizo concebir a Salomón y el profeta le habló al Señor para lo considerase su bien amado y no descuidará su residencia en la tierra ni su casta en el tiempo. Las cartas astrológicas dieron a Betsabé la condición de reina y a la de su hijo de rey, lo cual sucede a pesar de que el rey David tiene hijos que superan en edad al del adulterio. Hay quien cuenta que Betsabé se mostró con deliberada impudicia para que el rey, arrebatado por la lujuria, la tomara. No vertería una lágrima por el esposo sacrificado en la batalla y engendraría a una criatura legendaria, que gobernaría desde el Nilo hasta Mesopotamia y sometería a los pueblos para que su grandeza, recogida en proverbios y en cantares, fuese recitada por los poetas. Ah, las coyundas bíblicas, qué trágicas son. Con qué ardoroso empeño los grandes pintores las tomaron para sus grandes obras. Betsabé, en el cuadro de Giordano, es aseada por una cuadrilla asombrosa de doncellas, lo cual da a entender una alcurnia que tal vez no tuvo. Al fondo, entenebrecido, la observa el asombrado e inflamado David. 


23.4.22

113/365 Yukio Mishima




 Yukio Mishima escribía con una catana. Literatura y sangre. Honor y belleza. La hipótesis más fiable es la que lo encuadra en esa hidalguía de jóvenes entusiasmados por la épica nipona y por el sacrificio a mayor gloria del Emperador. Enfermizo, afeminado, romántico, tocado por una sensibilidad que contradice la opaca virilidad de las milicias, Mishima encuentra en él mismo la entera razón de su propósito en la vida. Como Bataille, con más extremo furor, el escritor se rodea de belleza, erotismo y muerte. Esa triada ecuménica, que concilia la voluntad de todos los poetas malditos y de todos los soldados decepcionados, lo convierte en un ser extraordinario. Era una especie de novio de la muerte, déjenme que use esa infeliz cantinela legionaria. Cuando se la corteja en exceso, la muerte es una amante solícita, se deja convidar por quien la agasaja y hasta facilita que la cópula final, representada por el suicidio, sea el más alto honor, la sublimación absoluta de todas las disciplinas del arte y de la vida. Al escritor devorado por ese ideal de martirio y luego de sacrificio, no se le puede exigir que haga una literatura cómoda. No lo es la de Mishima, aunque irradie una pureza y un equilibrio admirables. Nada la aparta del cometido vital de quien la registra: está atenta a la realidad, aunque la cancele; está influenciada por el tiempo que le ha tocado vivir, aunque se declare continuamente deudor de un pasado glorioso, que no va a volver. Todo en Mishima es delirio y quimera. 

Un día de noviembre de 1970 Mishima asalta con un tropa de cuatro conjurados el estado mayor del ejército. Se hacían llamar la Sociedad del Escudo. Renegaban del Japón manso, hincado de rodillas al mundo tras la humillante y dolorosísima derrota en la Segunda Guerra Mundial. Reivindicaban la marcialidad, cierto estilo de vida japonés en el que el código del guerrero (o bushido) escribiera de nuevo las páginas más gloriosas del imperio. Mishima era el ser supremo de esa milicia de románticos. Los había aleccionado, adiestrado, convertidos en extensiones inmaduras de su imbatible personalidad de samurái culto y salvaje. En ese escenario cuartelario Mishima arenga  desde un balcón a los soldados del regimiento 32 y, con escaso éxito, les exhorta a que den un paso al frente y se unan en la cruzada contra el Estado. Cuando comprueba que la empresa es baldía, (se mofan, lo abuchean), se retira con sus acólitos a un despacho del acuartelamiento y pide a su amigo más íntimo que ejecute el ritual máximo de sacrificio y le aplique una daga con la que lo desentrañe. Es el harakiri, seppuku en japonés. Tiene que haber una persona de confianza y un estricto sentido del honor. Mientras agoniza, Mishima exige que se le decapite. Para llegar a esa resolución radical, Mishima leyó y vivió con voracidad. Todo en él era pantagruélico, viril, violento, épico. Su patriótico sentido de la existencia no excluyó que se vistiese como un dandy o que coqueteara con la aristocracia literaria occidental, de la que íntimamente renegaba, haciéndola responsable del decaimiento moral de su patria. Curtido en gimnasios, idolatraba el cuerpo. Hay cientos de fotografías del Mishima exhibicionista: un adonis en estado de ególatra gracia, un efebo iridiscente, un San Sebastián adornado de pulcra beatitud interior y blasfema concupiscencia exterior. Todo él era contradicción y confianza. De esa ambigüedad surgió un modo de escribir arrebatadoramente lírico y austero, exento de florituras, contenido y frío. Su vena fascista, su ansia por restaurar valores de pureza y de honor, su carisma, su exacerbado desprecio a la vida, están en la literatura que creó. Quiso, como su amado Baudelaire, ser víctima y verdugo, la piel y el metal que la atraviesa, un dios y un diablo, un ser dulce y generoso y un amargado que se embelesa en su deterioro. 

La creatividad es tóxica, hiriente. Se cuentan en abundancia los casos de artistas que lo son por haber padecido algún trauma en la infancia o en la adolescencia, del que no salieron nunca y que los arrojó al refugio de la literatura o de la pintura o de la música. El de Himitake Hiraoka bascula entre la abuela protectora y el padre represor. Él conduce su descubrimiento de la vida en esa dualidad visceral e irrumpe Yukio Mishima. Escribe a escondidas. Reprime al creador en sociedad y pugna en su alma el arrebato primerizo de la supremacía liberadora del arte. De ahí la redención, casi siempre privada. No hubo intimidad cuando su apogeo literario perturbó su pequeña y frágil intendencia emocional, la del niño enfermizo, la del adolescente precursor, la del adulto convulso. Han quedado la imagen del balcón cuando la póstuma arenga y la ingente y fascinante obra. Ambas son tal vez indisociables. Pizarnik, Hemimgway, Plath. Zweig, Celan, Séneca, que recuerde, reglamentaron su finiquito expeditivamente, unos con más crudeza que otros. Todos sufrieron lo suficiente como para decidir no exponerse a un sufrimiento más alargado. Mishima fue un hombre de acción. Murió en plena posesión de sus facultades estéticas y morales. No le valió de mucho. Nunca vale. Queda su Koo-chan, el narrador desvalido ante el amor de Confesiones de una máscara. Como el propio Mishima, se debate entre el amor lascivo hacia Omi y el espiritual hacia Sonoko. Desea al hombre, pero debe hacer ver que es a la mujer a la que ama. Koo-chan no es nadie. Ni siquiera logra ser la máscara con la que desaparecer. Tan sólo cuenta la belleza. "Quiero hacer de mi vida un poema", dijo. 

22.4.22

112/365 Christopher Lee y Béla Lugosi



 Si creyese en una vida después de ésta diría que Christopher Lee está ahora contando en el infierno las criaturas a las que mordió, esmerándose en elegir cuáles les proporcionaron un placer mayor y las que, ungido por una brizna de súbita bondad, le dolieron con más inexplicable motivo. Ahora que no está entre los vivos, se me ocurre que debiera existir un lugar en el que pudiera despacharse a gusto, hacer inventario de la sangre, tratar de encontrarle un sentido a la maldición que le convirtió en demonio. Duele que todo lo que uno ama desaparezca cuando morimos. A Bela Lugosi, el otro vampiro de la memoria, el personaje lo anuló, como si la marca del vampiro fuese algo más que un par de señales en el cuello y un color de piel algo más blancuzco. Drácula es cosa de novelas y de películas. En un hipotético encuentro, los dos buscarían a Bram Stoker, le dirían que gracias por los favores prestados. También está el hecho de que los vampiros sean inmortales; circunstancia que aminora el impacto de la noticia. 


No creo que esta noche sueñe con un carruaje atravesando Transilvania, acechado por lobos, haciendo posada en un pueblo de gente aterrorizada. Ojalá soñase eso. Bela sería una demonio  menos elegante. Christopher, al contrario, haría del mal un arte, como quería De Quincey. Cuenta la comisión de la sangre, al cabo: ese festín animal y sexual. El vampiro es un ser promiscuo. Toda la iconografía del cine de terror de la factoría Hammer proviene de ese sentido lúbrico. El Drácula de Lee es el único Drácula al que acude mi memoria. Lugosi fue más pedestre, encarnó un personaje más sujeto a la censura de los años treinta, se le tuvo que contener el lado del ardor amoroso y animar el del ofertorio de dentelladas y de sombras tenebrosas. El buen cine de terror es sugerencia, es invitación a que la imaginación serpentee entre las imágenes y convoque el miedo del alma, que está agazapado e irrumpe si se le provoca con ingenio. Actor enorme, Lee hizo más de doscientas películas y no tuvo que apañarse un ataúd en el que acostarse o fantasear (quién sabe si era otra cosa) con la idea de que en verdad era el rey de los vampiros, el auténtico príncipe de las tinieblas. El mito no lo succionó. Queda la fascinación que ejerce el mal, tan afín a la literatura. La reverenciamos con respetuoso pudor, volcamos en ella nuestro aliento más íntimo, nos hace mantener vivo el asombro fundacional de la vida. 


Estremézcanme, imploro. Que la ficción (ese tesoro incalculable) no sólo me conmueva o me agite, me acune o me excite, sino que haga brotar el miedo ancestral. Es la noche la que apresta el fulgor, qué paradoja. Ella nos fecunda de luz, nos faculta para que la vislumbremos. El día, halagado de matices, confunde. Lo oscuro, entenebrecido, enaltece. Con el resplandor del sol cualquier sombra perturba. Con la eclosión de la luna, todo se iguala, nada acecha. El vampiro respira esa certidumbre de lo permanentemente en clausura. Cuando se cierne la negrura, las amenazas desaparecen. Qué placer delicioso bailar en la oscuridad, proclamar la suprema bondad de la noche. En ella que todo adquiere la magnitud de la tragedia y la certidumbre de la fugacidad. El sueño del vampiro es la vigilia de su víctima. Hay verdad en ese acopio lujurioso de muerte, por más que anhelemos que la tardanza la entusiasme. La vida da incesantemente noticia de su cese. A cada latido del corazón, con cada caudal de su adorada sangre, la vida no augura un festín de luz, sino un alarde de sombras. Esa es la vocación del monstruo: acercar el fin, negar la vida para que, una vez concluya, suceda para siempre. Palabra de vampiro. 

21.4.22

111/365 James Ellroy

 



Dice Ellroy que es Dios el que ha modelado su carácter. Dios y ver cómo mataban a su madre y la fe inquebrantable en su talento literario. Usted aliña ese cóctel psicológico con unas briznas de Beethoven y un amor sobrenatural por su país, por América. Porque James Ellroy es justamente el escritor que dice América unas pocas de veces al día. Me lo imagino diciéndolo en ruedas de prensa, sobre todo, pero también con los amigos antiguos y con los amigos nuevos, en familia. Cuando se ha tomado un par de whiskies, dice América. Como si recitara un salmo. Como si fuese Abraham Lincoln. 

La América de Ellroy es autoritaria y es también una América a la que han extirpado la inocencia. Dice de América que perdió su virginidad en el barco que trajo a todos los europeos. En el Mayflower ya estaba el germen de la destrucción, el ocaso de un imperio que estaba " a punto de izarse sobre unos pocos de miles de kilómetros de tierra vacía de ideales. La nostalgia como técnica de mercado nos tiene enganchados a un pasado que no existió nunca". Ahí debe encajar Beethoven, el Beethoven que Ellroy pone a la altura de Dios a la hora de edificar su carácter, el que se desenreda en libros muy voluminosos que hablan de la fascinación por el crimen y de un deseo casi irracional por entender las razones de la debacle de una sociedad. 

Dice Ellroy que no tiene televisión ni ordenador. Más en ese hilo medievalista: no compra prensa, no ha estado jamás a merced del posibilismo logarítmico de Google y sostiene que el cine es una pérdida miserable de tiempo.

Ignoro a qué acude para escribir o lo sé pero no lo acabo de entender del todo. Dónde se documenta. Igual todo está dentro de su cabeza o es visita hemerotecas un montón de horas al día. Las que no escribe. Las que no está paseando o comiendo hamburguesas en un viejo Cadillac. He llegado a pensar que Ellroy tiene dentro de su cerebro la identidad del magnicida de la calle Elm. No lo rebela porque ahí tiene material para una trilogía nueva. Los escritores que se manejan en plan trilogía no me encandilan. Se le hace a uno un mundo saber que hay tres mil páginas esperándolo. Como si uno no tuviera una esposa y dos hijos, un trabajo y amistades con las que echar cerveza en los bares los viernes por la noche. 

En cierto modo, James Ellroy está encantado de conocerse. Es un personaje fantástico que ni a él mismo se le ocurriría para meterlo en una de sus novelas. Un hijo de puta: eso admite ser. Uno del tipo que hace chistes sobre cebras folladas por leones. A partir de ahí se pone a funcionar el Ellroy carismático y sale un camarero de un hotel fastuoso en donde se aloja en el tour que la editorial le ha montado de costa a costa para promocionar sus libros. Le cuenta un chiste al camarero y registra la gracia que le ha hecho: América es la inocencia del camarero que no sabe nada del mundo y que está en manos de Ellroy para extraer gestos que ilustren la psicología de un personaje. Si no es así, ignoro de dónde saca el muchacho las tramas de sus tochos. 

No sé si me gusta Ellroy o no. Hace unos años leí América y en estos días en los que ando de mudanza el libro me ha mirado desde su balda. Hola, estoy aquí, cuando tengas un rato, ábreme. Escribo hoy como si hubiese nacido en el mismísimo centro de América. En Ohio. Como si me hubiese criado en los años cincuenta en Los Ángeles y acudiese cada noche a los cines de Santa Mónica y a los clubs de Hollywood para ver salir de coches gigantescos a  las diosas con las que sueño a diario. Me está saliendo la novela negra por las orejas. Como si JFK estuviese vivo todavía. Como si todavía no hubiese Bruce Springsteen ni Miley Cyrus. 

Tengo a Ellroy clavado en el cerebro como un tatuaje yanki que pesara cien kilos. Para escribir Underworld USA Trilogy (en inglés suena muy bien) dice haber contratado una decena de investigadores: son los que le traen la información. Es fácil escribir con esa ayuda, pensaría alguno, pero el problema viene más tarde. Cuando debes armar la trama. Es como si a Antonio Gamoneda se le ocurriera contratar a un par de cientos de adolescentes sensibles, de corazón puro y mirar cándido, para que le trajesen el rumor del invierno en el aire de Madrid, el ruido que hace el amor cuando atraviesa un cuerpo devastado por mil dolores muy diminutos.

Ellroy es patético, a su manera. O es patética su escritura, no sé bien. Todavía pienso en eso de que el escritor es una buena parte de todos los personajes que ha fraguado. Su escritura induce a pensar en lo patético, promueve ideas que rondan el patetismo, se declaran patéticas. Hay fragmentos de América, de la parte de la novela que hasta ahora llevo y que me ha hecho detenerme, respirar hondo y abordar este post salvador y descompresivo, que me parecen más aburridos que malos. Pasa eso: que en el fondo, engancha, pero es una adicción que se diluye a los pocos cientos de páginas. Te desentiendes de los personajes, no tienes morbo por indagar en la vida de Bondurant, en los tejemanejes (no me dirán que tejemaneje no es una palabreja cien por cien Ellroy) del tabloide Hush-Hush, sí, lector cinéfilo, el que aparecía en L.A. Confidential, la cinta de Hanson, ésa en la que salía Russell Crow con cara de pitbull y una mala leche como una montaña de humo islandesa.

Ellroy es americano porque no podría ser de otro sitio. Es más: lo es a sabiendas de que haya nacido en los Estados Unidos. Se puede nacer en Uruguay o en Corea del Sur y tener sangre americana en las venas. Se trata de haber mamado bien los pilares del cine negro y de tener, cabeza adentro, literatura negra y música negra. A falta de negritud, de cine o de libros, de música o de graffitis en las paredes del metro, uno puede ser americano por amar el country o ruido que hace el león de la Metro cuando empiezan las películas.

Creyente con militancia, profeso votante de derechas, se ha divorciado dos veces. Sé que esta manera de conducirme no contribuye a que lea de nuevo América, la primera parte de la Underworld USA Trilogy, con más instrumentos. Jazz blanco me gustó mucho. Fue la primera que leí. Uno lee novelas dotado de una experiencia. Haber leído unos pocos cientos de novelas, no sé si mil, hace que se lea la siguiente con un oficio. El mío no se deja intimidar por la personalidad de quien escribe. En raras ocasiones acudimos a la wikipedia para ver si fulanito ha estado casado dos veces, vota republicano o se le ha visto merodear a la salida de los colegios, buscando mocitas. Leo por el placer de que alguien me perturbe. Quizá votar republicano y tener inclinaciones sadomasoquistas, qué sé yo, pueda hacer de un escritor un escritor mejor. Yo, cuando escribo, suelo contaminarme del cine que veo, de las novelas que leo o de lo que se va aprendiendo al tener vida social y frecuentar barras de bar y colas en la charcutería de mi barrio. Hay un mundo ahí afuera y hay otro en las estanterías, en las baldas en las que alojamos los tesoros que vamos acumulando. Borges. Kavafis. Valente. Cortázar. Poe. Wharton. Highsmith. Chesterton. Melville. Stevenson. Góngora. Kundera. Canetti. García Márquez. Me falta voluntad para meter a Ellroy en esa listado mágico. Leer que es creyente a extremos (según expone en varias entrevistas) o que no comprende que alguien con cierta edad pueda ser de izquierda no altera mi idea principal: la monumental historia que nos entrega en América, su incontrovertible voluntad hagiográfica a la hora de extender una épica ciudadana, un querer voltear las apariencias y entrar con un par de buenas armas en lo íntimo, abriendo heridas, causando otras.

Dice Ellroy que ha pasado algunas horas entrando furtivamente en casas. Igual que ha pasado (literalmente) más de diez horas en bibliotecas, también ha pasado más de diez horas en casas ajenas, abriendo armarios, cajones, buscando ropa interior femenina. El placer consistía, más placer cuanto más clandestino es, en ponerse las prendas en la nariz y buscar el origen del cosmos en la limpia tela. Si ese vicio acrecienta el talento y hace que uno sea mejor escritor, yo no lo seré jamás. No sé entrar furtivamente en casas, pero podría valérmelas. Haber visto tanto cine ayuda siempre. Lo que no entra en mis cálculos, ni siquiera en los más salvajes, en los menos publicables, colarme en la intimidad de los vecinos, abrir cajones, darle a la nariz un papel primordial en la gestión de mis júbilos.


20.4.22

110/365 Bob Dylan


De todos los Bob Dylan que hay dentro de Bob Dylan el que menos me gusta es el de los ochenta. La paradoja consiste en que esa época fue en la que yo lo descubrí. Luego vino la mirada atrás, la fascinación por todos los discos de los sesenta y su claudicación hacia lo eléctrico. Algunas de sus canciones no parecen ni suyas, por la de veces que las has escuchado por otros. Hay un Dylan democrático, caudaloso, generoso, panteísta casi. Algunas te acompañan para siempre. Las tienes en la cabeza. Están de alguna forma secreta sin que tú administres su estancia. He pensado que la belleza va a sus anchas por la cabeza de quien la acepta. Que coloniza al sujeto cómplice y desbarata cualquier posibilidad de erradicarla con movimientos sutilísimos. Sobra decir que el portador de ese bendito virus no se percata de la colonización. Que la belleza vence por encima de cualquier otra consideración de la índole que se te ocurra. Yo jamás tengo la certeza de que Bob Dylan está en mi cabeza, pero cuando suena All along the watchtower To make you feel my love (una muy antigua, una más reciente) me siento vibrar ahí adentro, percibo que la letra de la canción está sin que yo haya tenido la seguridad de saberla. Sé un montón de cosas que desconozco. Las sé sin una certeza. Conozco cómo son sin que tenga las partes menudas que componen el todo que se me presenta. Ésa es otra paradoja. Sé cuando llega el bajo y cómo la guitarra acaricia hace su oficio de trovador, sin que ese conocimiento esté presente mientras explico verbos irregulares en mi clase de Inglés o elijo una cerveza de abadía en el supermercado. Sé también que yo mismo soy varios ejemplares de un solo ser aparentemente indivisible. Me he acostumbrado a convivir con alguno de ellos y casi estoy por decir que el que más me gusta es el del viernes por la noche. Será porque los viernes son buenos días para rocanrolear o para invitarme a salir por ahí y contar con los amigos y sentir pecho adentro a Bob Dylan confesándome lo solo que está. Bob Dylan está solo en el mundo. Todos los que no somos Bob Dylan estamos como Bob Dylan: más solos que la una, perdidos en el subterráneo, con un terrible dolor de cabeza, pensando en la salida, temiendo encontrarla. Solo hay que leer un poco las letras de Bob Dylan y escuchar un poco su plegaria. Lo del Nobel de Literatura fue una distracción de alguien. Dylan es más de iglesia. Un poco de catecismo y de liturgia. Porque lo que hace Dylan es un rezo. Uno extraño, no lo dudo, pero convincente y, al modo de algunos rezos, críptico. Pero la fe requiere peajes muy altos. Lo que hace como nadie es contar historias. Es el cantautor por antonomasia. Leí una vez que cantaba mal. Tengo amigos que no soportan el zumbido de abejas en la garganta. No aprecian la introspección. Ni la nostalgia de los tiempos de cuando los bardos iban de pueblo en pueblo con su letanía de romances y su recetario de placebos. Dylan es toda esa rabia que a veces se siente cuando algo no cuadra en el horizonte y las nubes se desploman con el peso de la rabia y de la injusticia. Ahí se puede poner uno a leer sus letras como si fuesen poemas. No hace falta que les acompañe la melodía. Dylan mira a Dios y mira unas faldas. Busca el amor divino y el epidérmico. Ya mayor vio la luz de la fe y nunca más le perturbaron las sombras. Caso de que alguna le rondara, Dylan tiraba del pastor evangélico que siempre llevó dentro y componía un par de arrolladoras plegarias. En todos sus discos las hay. Son canciones en las que se cree. No todo en Dylan es libro sapiencial y memoria viva de la música americana de los últimos sesenta años. A veces se puede tararear algo sin que pienses que estás en un versículo de la Biblia. En los sesenta, cuando fue Judas para muchos de los leales de la bruma acústica, era un profeta, pero la canción protesta no llena iglesias, sino locales chungos. Dylan fue feligrés antes que pastor. Highway 61 y Blonde on blonde son pura gratitud hacia el folclor patrio. Si uno no es agradecido, nada merece la pena. Dylan se arrodilla ante todos esos hombres del blues que se dejaron la piel y el alma en los tugurios. Lo hace con humildad, aunque luego se embraveciera y mirara el mundo desde una especie de ira no curada, que dura todavía, cuando ya ha pasado los 80. En todo lo demás, Dylan es un superviviente. Cualquiera lo sería tras seis décadas contando al mundo el apocalipsis y la redención. Tiene todavía mil canciones sin componer, lo cual puede dar para cien discos. Anoche escuché Like a rolling stone. Creo que es una de las canciones que más veces he escuchado. Me da una paz que no consiguen otras canciones incluso mejores. Dylan es un bálsamo. Hace que se te apacigüe el alma. Después de uno de esos días intensos, llegas a casa y te pones Subterranean Homesick Blues o Tombstone blues o Highway 61 revisited o Desolation Row y notas que todo estás en a gusto. No es una felicidad instantánea, ni siquiera una de la que más tarde guardes un recuerdo especial, pero crees que todo tiene sentido. Que el día se acaba bien. Que Dylan es un profeta. Que te dan igual todas esas abejas en su garganta. 

19.4.22

109/365 Lucien Freud


 


Ilustración: Ramón Besonías

Hay quien viene al mundo ungido por una fatalidad irreemplazable. No es que la aparte o la deteste o tenga hacia ella una voluntad censora, sino que crea un personaje en torno suya, eludiendo los compromisos con la realidad y volcándose con vehemencia en el demacrado (y devastador y tóxico) espejo que la refleja. Personas con coherencia absoluta hacia el cometido al que orientan su entera existencia. La realidad era algo extraño o mágico. Como si estuvieran desubicados. Como si no desearan ubicarse. El de Lucien Freud fue un espejo hecho añicos y compuso una imagen conforme a ese reflejo, que no era lúcido ni creado para refulgir y hacer que la luz incidiese en él con toda su aureola de vida. Eran sombras las que irradiaba, sombras hermosas, según quien las mire, si obramos en nuestro interior el prodigio excéntrico de la belleza. La suya fue críptica, un poco escorada a la deformidad (a lo enfermo, a lo caduco, a lo feo)  y a una insuperable conciencia de sí mismo. No hay autor que no se mire con destreza, con la disciplina del que sabe que en sus adentros está la razón fundamental de su existencia, muy a pesar de todos los que lo rodean. Lucian tuvo catorce hijos de tres matrimonios, no sabemos si atendidos como tales o convocados a ciegas y desestimados en beneficio del arte, sea eso lo que tenga que ser. En todo caso nos queda el pintor convulso, entusiasta y conjurado en ese rango de estrago que exhibía también Bacon, su amigo íntimo, con quien lo comparo siempre. Ser nieto del insigne Sigmund (déjenme el juego fonético) debió ser más fácil que ser hijo o esposa, pongo por caso, pero algún desvarío debió anclarse en la mente febril de este artista. No hay arte que no entrañe un delirio, una especie de roto que va adquiriendo su propia metástasis y se expande como una brújula loca que anhela abarcar todos los puntos cardinales. Turbado, extraordinariamente convencido de que debía consagrarse a la restitución plástica de su persona, Freud fue un preconizador salvaje del pintor como sujeto de la obra. Al final se convenció de que debía pintar desnudo. La idea era experimentar cuanto pudiera extremar su apocalíptica obra. En ella no hacía alarde de improvisación alguna: sus modelos (él era el más a mano y fiable) provenían de entornos familiares o cercanos. Su soledad, la requerida para no apartarse del cometido de su existencia, no le impedía salir al Soho londinense y beber ginebra en tabernas en las que no era casi nunca reconocido. Pintaba con lentitud. Ocupaba todas las horas de vigilia de las que disponía y, a decir suya, cuando no pintaba, su cabeza pensaba en pintura, en sus retratos personales, en la honesta impudicia de sus desnudos. Rico por ascendencia familiar y por usufructo de su trabajo, desatendió el dinero, no era algo que le importara más de la cuenta, así que se dedicó por completo a ejercer su oficio. Da envidia esa entrega, pero se pregunta uno, en su cortedad, si merece la pena rescindir casi todo vínculo con lo real y abismarse (ese es el verbo que mejor fija un significado válido para su vida) en las tinieblas de su tormento. Porque Freud fue atormentado feliz, quién va a dudar eso. Plasmó la carnalidad del patetismo o se puede decir a la reversa. La belleza, volvemos con repetida frecuencia a ella, nunca es una, ni responde nunca a un patrón. Está fluyendo a su antojadizo capricho y no podemos registrarla con la seguridad de que sabemos qué es lo que hemos registrado. Probablemente acabe siendo otra cosa, sea otra cosa. No podemos darle una definición, acortar el vuelo bastardo de su espíritu. Los cuerpos de Freud exhiben un desnudo escrito por el mismo tiempo: no hay otra intención que la de recrear su devastación, toda su elocuencia gloriosa y miserablemente humana. Es esa humanidad pura la que se apresta a ser pensada, considerada en su narrativa sucia y digna. La turbia eclosión de esa carne que no desea ser vista es un espejo, al cabo. Tiene su intimidad y su desvalido ofertorio de pobreza y de sabiduría. Como la misma vida cuando da en clausurar el vértigo y la fiebre de su previsto sacrificio. La vida y la obra de Lucian Freud son una misma cosa. Pintar y ser. El arte y la vida. Le dio tiempo a explicarse. Decía que pintaba lo que veía. No era tal vez lo mirado otra cosa que lo entendido por su mirada. Déjenme que haga ese retruécano. Vemos lo que deseamos ver y, al tiempo, lo que no podemos evitar ver. Uno ve el cuerpo con ansia morbosa o lúbrica, pero la anatomía era para Freud un paisaje comido por la erosión. Hasta los cuarenta años no descubrió que pintar desnudos era la única forma de llegar al alma de sus modelos. Nunca pintó por encargo. Nunca hay nadie que sonría en sus retratos. Nunca hay bondad. Nunca da la impresión de que el autor disfrutara con el trabajo, aunque debemos pensar que íntimamente encontrara algún tipo de consuelo. Unos con más valor que otros. Alguno, pensemos que fuese así, válido para que por las noches conciliase el sueño y descansara. 



18.4.22

108/365 John Lennon y Paul McCartney

 



A Lennon se le cruzaron las cables en algún momento de su fama y se creyó Jesucristo. También le atizó al cristianismo: pronosticó que pasaría de moda, que se desvanecería, que  todos los discípulos de Jesús eran unos groseros, gente mal educada, en el fondo. Ningún problema en Inglaterra, poco dada a escandalizarse por esas temeridades en materia religiosa, más permisivos, pero en Estados Unidos quemaron discos de los Beatles y hasta el Ku Klux Klan amenazó a los cuatro de Liverpool. Ahí empezó el final. John pidió perdón a medias. Decidieron no dar más conciertos. La risa de siempre, ese estado de efervescencia vital en las promociones, dejó paso a un estado de efervescencia creativa, que no flaqueó nunca y hasta fue incesantemente a más, hasta que se apagó el interruptor, pero arrebatada de la gracia de antaño. En el país del dinero y de la influencia, en ese pedazo de tierra que huele a biblia y a pólvora, los Beatles se pusieron el traje de apestados. Lennon era un Cristo con gafas redondas, barba y hasta corona de espinas en un trozo de tela en el que se dibujó con la expresión "Holy Batman" en un lado. Estaba atravesando cierto límite y pagó por ello. Tenía el bueno de John un galimatías místico de aúpa en su fértil cabeza. Dios era Elvis. Él mismo, su hijo predilecto. Al final, diciembre de 1980, alguien le elevó a la eternidad cuando, emboscado en una multitud que buscaba auógrafos, le descerrajó cuatro disparos a la entrada del edificio Dakota, en Nueva York. Yoko Ono no organizó funeral alguno. Pidió que se le amara y se rezara por él y por la raza humana. Imagino que a Paul McCartney no le hubiese pasado eso. Ni entonces ni ahora. Se mantuvo al margen de la gloria, aunque no abandonó un afecto a la popularidad.  

Yo lo prefiero a Lennon, no me pregunten el porqué, no sabría decir, no creo que haya que explicar nada, así funcionan las cosas del corazón e incluso a veces las de la cabeza, que es un corazón vigilado. El Soy más de Macca, no lo doy como el expresa una debilidad, es una convicción y tiene argumentos, aunque bien pudiera no tenerlos y que todo se guiase por las emociones, valen más, de cualquier manera. Siempre fue así, incluso cuando escuchaba los primeros discos de la banda y todavía no estaba informado sobre quiénes eran esos cuatro genios le tenía yo a Paul un afecto especial., qué cosa más ridícula eso de que se le tenga afecto a alguien que ni conoces, pero así funciona la cosa de la mitología. Así que siempre hay razones, basta hurgar y encontrar alguna. McCartney fue la pieza operativa de The Beatles, él hizo que la máquina funcionase, el que metía las instrucciones precisas para que no hubiese instrucción alguna. No quería liderar ningún movimiento, aunque alguna vez se inclinó a dar su imagen. Kampuchea, la defensa de los derechos de los animales, la reducción drástica del consumo de carne en la sociedad fueron (lo son todavía algunas) causas que consideró y a las que se entregó con entusiasmo. Lennon fue el metrónomo de la banda. Hacía que el repertorio no se extralimitase en demasía, cumplía casi a rajatabla un patrón clásico. De Lennon se tiene la idea de que se involucró más en el mundo en el que le tocó vivir y cuesta apartar la periferia política, su posicionamiento activo en la política, su militancia social, el pubis hirsuto de Yoko Ono y el piano blanco de la canción de la paz. A mí me resulta fácil dedicarme únicamente a escuchar música. Lo que el autor haga o deje de hacer cuando la toma de sonido ha acabado y el disco está en proceso de edición me afecta poco o no me afecta nada. No porque sea insensible o porque no comparta el mensaje que difunde, sino porque es la música lo que me concierne. McCartney es un obrero. Nunca dijo que no creía en Dios, ni en The Beatles: nunca antepuso la música a ninguna otra consideración. El Lennon rebelde, provocador y transgresor se gestó en los últimos discos de la banda, antes de que los cuatro tomaran caminos en solitario. Lennon puso la bandera del amor y de la paz; McCartney no necesitaba banderas. John fue siempre más héroe de la clase obrera (working class hero) que Paul. 

Fue McCartney, a punto de ser lanzado Abbey Road, el mítico último álbum, el que decidió irse, fue el primero, pero fue Lennon el que deshizo la convivencia. McCartney sólo se puso de pie y se encaminó a la salida. No viene al caso (porque fue un obstáculo más, no el único) que anduviese de por medio Yoko Ono, que animó a Lennon a volar solo o simplemente a dejar de volar en equipo. Macca es un anciano ahora, justo lo que él deseaba, envejecer haciendo música, no morir como una leyenda. Hasta aprovechó la forzada reclusión pandémica para componer y tocar un álbum entero en su casa, sin que nadie le hiciese ir por algún lado que él no querría o sin que nadie pusiese un dedo (uno solo) en los instrumentos o en las máquinas. Yo no tengo carisma, podría haber dicho, pero los discos funcionan bien sin él, las giras siempre ponen el cartel de no hay entradas y al final, cuando pase mucho tiempo, yo seré el único beatle, el último, el que siguió desgañitándose cantando Twist and shout a los nietos de quienes compraban mis discos en los primeros sesenta. Lennon está sobrevalorado. A esa percepción de grandeza que tenemos de él ha contribuido su aura de gurú, su muerte terrible. Andamos necesitados de héroes y él tenía todo para convertirse en uno de los más grandes. La heroicidad no entra en los planes de Sir Paul McCartney. Lo único que quiso fue convertirse en un escritor de canciones. En breve hará 65 años que Paul y John se conocieron en el salón de actos de la iglesia parroquial de San Pedro de Woolton, en Liverpool. John tenía dieciséis años y Paul, quince. Uno y otro se amaron y se odiaron casi a partes iguales. Esa "rivalidad amistosa" fue, en todo caso, un hito en la historia de la música popular del siglo XX. No tiene sentido quién era el mejor o cuál de los dos (Ringo y George quedan al margen) era el alma de los Beatles. Cualquiera lo es. A Paul ni se le hubiera pasado por la cabeza compararse con Jesucristo. Tenía su plan, no lo ha abandonado. Sigue yendo a la televisión y hacer de sí mismo. El gran Macca. El que hizo todas esas canciones. El que las canta con todo el derecho. No hay nadie que tenga más derecho que él. Fue quien estuvo cuando se tocaron por primera vez. En los tiempos oscuros. En los luminosos. En la época chunga y en la jacarandosa. Cuando las fans en los clubs de Hamburgo y cuando el tejado de la Apple. Cuando los Wings, qué buenos fueron los Wings. Cuando aquellos discos en solitario de tres canciones geniales y ocho piezas de relleno, pero qué tres canciones. Puede tener cien canciones absolutamente apabullantes. No hubo Chapman. No es un mártir. No entró en ninguna de sus ideas sobre qué haría con su vida la de hacer otra cosa que no fuese componer canciones y hacer discos. Se le debe gratitud. Infinita ella. 

275/365 Truman Capote

  "Bueno, la obvia conclusión es que con el tiempo acabaré matándome" (Truman Capote, en una entrevista televisiva en 1978) Érase ...