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2.1.08

Un año de jazz
















Tampoco ha sido una búsqueda precisa. Ni tan siquiera justa. Ni útil para nadie, pero se aviene a este capricho de arranque de año que pide, a puro beneficio de inventario, una lista, un tal vez defectuoso inventario de los momentos de placer que el jazz ha proporcionado a este cronista de sus vicios. El jazz es uno de los capitales. Guardo el disco que, sin ser de aquel (tiempos pasados, tiempos muertos) 2007 me ha llevado a más altas cimas de placer. Ha quedado bien. Es éste.
Sigue siendo una de las maravillas sonoras que el talento humano ha entregado al contemplativo júbilo de la música.





1.1.08

Un año de rock (y sucedáneos)

























Tampoco ha sido una búsqueda precisa. Ni tan siquiera justa. Ni útil para nadie, pero son los discos que me han acompañado durante el ya (ahora sí) fenecido 2.007. Algunos son muy grandes, gloriosos. Otros no pasan del divertimento, de la distracción noble y del sentido primario de las cosas bien hechas y perdurables. El disco que me ha hecho ser más feliz (estas cosas funcionan así) no es del 2.007; quiero decir que lo que contiene no es de este año. Es el que más ha acudido a mi bandeja de CD, a mi bendito ipod. Es éste. Se trata (y conste que no me agradan) de un fastuoso, gigantesco, sublime recopilatorio.





31.12.07

Un año de cine





















No ha sido una búsqueda precisa. Ni tan siquiera justa. Ni útil para nadie. Ha sido la memoria más fugaz, la más cercana a la epidermis, la que ha sacado estas películas. Las tenía dentro. Ninguna hoy más relevante que otra. En todo caso, a cierre del año, son el cine que me ha entretenido, asombrado, emocionado, inspirado o arrebatado de enero a diciembre. Es posible que alguna no sea del 2.007, pero son las que he visto en este año. La mejor, y no coloco foto alguna es ésta. Ahí sí que acierto. No es de este año. Carece de calendario. Como todas las obras maestras.

Sin confeti


Tal vez los favorables dioses nos cubran de júbilos y banda ancha en el ya casi recién alumbrado nuevo año. El que está a punto de enterrar no ha sido especialmente glorioso en dicha ni en parabienes, y no hablo en primera persona. Hay que huir de la autobiografía, aunque no tengamos nada más a menos y nada que conozcamos mejor. Hay que convenir que lo más prudente es convenirle una digna canción de despedida, un post a medio camino entre la decepción y la rutina o, como quería un amigo mío, algo que vaya de la gloria a la miseria y no sepamos cuándo acude una y cuándo se va la otra. La felicidad se maneja mejor sin la obligación de razonarla. Como la fe. Si le metemos mano, la jodemos. El 2.007 ha naufragado tanto y tantos frentes que el 2.008, salvo derrumbe moral de Occidente o advenimiento de las hordas tradicionalistas y de los guerrilleros de la moral medieval y del temor a la ira del Divino, se presenta como una colección particularmente atractiva de días compactados en semanas, compiladas en meses y envueltas en el fácil envoltorio de lo que damos en llamar año. El tiempo es una cosa difícil de definir. Quizá la literatura completa, todos los libros y todas las letras que el hombre ha edificado para entenderse y para justificarse, no sea otra cosa que la ardua empresa de entender qué es el tiempo, de qué oscura materia está hecho y cómo podemos gobernarlo. En hora y media se abre el festín bárbaro de la alegría patrocinada por El Corte Inglés y Telefónica. Es el momento del año, el que nos iguala a todos y nos convierte en tozudos obreros de una realidad que no abarcamos y a la que entregamos los mejores años de nuestra vida o incluso la vida entera. Más tiempo, más carne para la máquina. Al final, regresamos a la euforia, de la que nunca debimos salir o en la que jamás hemos estado. El júbilo pequeñito de aturdirnos un poco, este dejarnos llevarnos por los dones de la cosecha y sentir cómo nos crucifica la uva garnacha y el agua de Kentucky para despertar mañana con un prontuario felicísimo de propósitos. Debiéramos tachar los que consigamos: ver año a año cómo el listado, breve y conciso, va adquiriendo trazas de novela. Decimonónica, por favor. Una untada de héroes espirituales y de causas y azares que malogran una biografía destinada al éxito. Pero nada de todo esto está en el libreto de la nochevieja. Está la farándula, la máscara, el baile perfecto de la locura prestada. Yo me he buscado un buen libro. Lo he colocado en la mesita de noche para entrar el 2.008 mecido por las historias de los demás. Las de uno ya sabemos que pueden acabar con hacernos perder el sueño. Da igual la hora. Siempre es buena hora para leer. Sí, nada de autobiografía: no lo es, amable lector. Es una canción de éxito de los años ochenta. Una cualquiera. Me sirvo un long drink. Brindo por lo que venga. Lo que ha se ha ido es un acúmulo infame de tristezas con guarnición de caviar. Ricos y pobres arracimados bajo la misma carpa, vestidos con las mismas ilusiones y abandonados por los mismos invisibles dioses. En la carta final del año no se puede escribir con mayor alborozo. Es más fácil, no obstante, ser tocado por el numen de la derrota que contagiar al personal con sonrisas y sentimientos maravillosos. No soy Frank Capra, aunque el maestro tenía debajo una más que ácida lámina de mala leche y lo que contaba, a pesar de la bondad y del empalago emocional, de los amores limpios y de las personas buenas como las quería Machado, era una crónica envenenada de lo que los tiempos le entregaron. No pienso que éstos sean excesivamente diferentes. Ha cambiado el formato. Ha cambiado el estilo. Debajo laten idénticos argumentos. La misma historia de siempre. Si Frank Capra estuviese en las carteleras de esta Navidad habría firmado alguna escondida joya, de escaso tirón mercantil. Así funcionan las cosas. O así no funcionan. El cine del 2.007 ignoro si ha tenido alguna lámina ácida de mala leche contada con amor y presentada con los mimbres con los que está construidos los sueños. Eso debe ser el cine. Lo de hoy es descorche y hip hop. Ya preparo mi chaqueta favorita.

Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

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