31.5.20

Escribir es un acto de amor

Voy de mi dolor a su alivio, de mi fracaso a su sacrificio, el pecho henchido, la voz tremolando en el aire, el corazón en su atalaya, hondo aljibe, hierba del aire que lo alfombra todo. Voy como si no tuviese otro oficio o como si no supiese ejercer otro. Porque uno, en ocasiones, pasa los días tratando de entenderse, buscando la ecuación en la que hallarse. Por si viene alguien y nos despeja y nos pasea por las tardes, contándonos el rubor de las noches y la hombría desatada de las mañanas. No habiendo tal, queda el ejercicio vano, el placer de acuñar una frase que perdure en la memoria y nos condense. No la hay, no puede haberla. Es vasto y es inabordable el campo. Ni siquiera da la vista para zanjarlo en un suspiro. Estoy en el centro de las cosas, impregnado de luz, cuajada en mi voz, contemplando la claridad que me abraza, en el acto puro del ser, sintiendo amor por toda la blonda fragilísima del alma, pero no acaba de sentirse invitado, no termina de pasar adentro y reclinarse sin prisa, a la espera de que yo le acoja y lo convenza de que no se vaya nunca o de que, si se va, no esté mucho afuera y vuelva, comoquiera que vuelva, a contarme el esplendor del mundo, la fiebre del mundo, el vértigo del mundo. Escribir es un acto de amor.

30.5.20

No hemos aprendido nada

Acabo de volver de hacer el paseo periférico a mi pueblo. No por conocido deja de cautivarme su esplendor, su abrazo tutelar y limpio, pero no traigo conmigo una alegría redonda: la han reducido todos los irresponsables que caminan sin la protección debida. No hacia ellos, sino hacia todos los transeúntes con los que se tropiezan. Como los caminos son los mismos, los peligros están socializados. No sé qué hace falta para que entremos en razón. Ya que la posibilidad de enfermar (o de hacer enfermar a otros) no les asusta, tendrá que ser aplicada una sanción que les incomode con más fiereza. Una vez se les multe, saldrán embozados, o no saldrán. Ambas cosas me satisfacen a partes iguales. Duele esa indiferencia. Porque el ignorante tiene una coartada intelectual, pero el apático, el anárquico, el que pasa por el placer de señalar su desidia, merece la aplicación estricta de la ley. Añadir que no hay policía pandémica hará que la conversación se disuelva en este punto y pierda toda posibilidad de avance y resolución. Pena y vacío traigo. Creemos que ya hemos vencido, pero no hay victoria de la que alardear, todo está por hacer, la guerra no ha hecho nada más que dar sus primeros escarceos. Vamos al medio millón de muertos y parece que es una ficción que programe Netflix en horario nocturno. Septuagésimo séptimo día de caos y de fiebre y de vértigo. No hemos aprendido nada. Estamos como al principio o incluso estamos peor, porque ya hemos visto la función teatral y sabemos la dinámica de la trama, su apariencia de irrealidad, su condición invisible y letal.

Dios ha abierto todos los caminos

                 
                                


"O bien Dios quiere quitar los males y es incapaz de hacerlo, o puede hacerlo pero no quiere; quizás ni quiere ni puede, o tal vez quiere y puede. Si quiere pero no puede, es débil, lo cual no concuerda con su carácter; si puede pero no quiere, es envidioso, algo que también está en desacuerdo con él; si no quiere ni puede, es tanto débil como envidioso, y por lo tanto no es Dios, pero si quiere y puede, que es lo único que resulta apropiado para Él, ¿de dónde vienen entonces los males?, o ¿por qué no los quita?" 

Epicuro de Samos, siglo III a.C.


Lo hermoso de las paradojas, la de Epicuro es fascinante, es que distraen de asuntos de mayor importancia. Te concentran en un delirio verbal, en una especie de limbo en el que la realidad no es nada más que un acertijo y se te ha encomendado descifrarlo, pero la realidad contiene un discurso más hondo, al que a veces hay que procurarle una poda, un ajuste de cuentas que nos haga más felices, no más brillantes, ni más filosóficos. Conozco cientos de argumentos irrelevantes que conmueven mi alma sensible con más fortuna que los altos, hondos y nobles, relevantes todos, que ocupan páginas trascendentes. La metafísica es una distracción para ociosos. Benditos ellos. Me encantan todas las dulces peripecias del espíritu y declino cortesmente las insinuaciones espesas de la cultura, toda esa argamasa fungible con la que se han ido construyendo las civilizaciones. Comprendo, al cabo de los años, que el mundo va a seguir girando sin mi contribución. Que mi trabajo en la tierra es insignificante. En términos muy parcos, he aceptado que no doy más de mí y que todo lo que más placenteramente me entra proviene de la industria de las amenidades, excluyendo de esa nómina las cosas serias, las que arrugan el ceño y predisponen al ánimo al decaimiento. No crean que esa conclusión (no dar más de mí) me ha alegrado las pajarillas. Bien al contrario, he sentido una punzada en el corazón, un quebranto en el cerebro y una aspereza en los labios cuando le he confesado a mi buen amigo K. mi renuncia a entender el mundo, mi alegre matrimonio con los placeres frívolos, mi completa adicción a lo pasajero. Más ahora, más aquí, cuando el mundo se está mirando y los animales campan por las avenidas, aunque la desescalada los esté devolviendo a un confín agreste e invisible. 

K. no me ha fallado: me ha mandado a tomar por el culo graciosamente y me ha dicho que mañana, pasado a lo más lejos, vuelvo a los placeres intelectuales, los que adiestran el alma contra los rigores del tiempo, los que te curten por dentro. No haces mal a nadie, Emilio, pero al final el que sale perdiendo eres tú, ha sentenciado hace bien poco, minutos antes de largar esta manifestación bastarda de mis vicios. Inocente se vive mejor, le he contestado. Ensimismado. Embebecido. Fija la mirada en un punto distante, dilucidando la naturaleza de la luz, calculando la gravedad de la fuga. A lo que concluyo con la peregrina idea de que o bien Dios quiere que sea un ser elemental y me inspira para que me esmere en ese propósito o quiere que afine mis sentidos y les encomiende la misión de entender el mundo. No entra en ninguna de esos cálculos que nadie se percate de que haga una cosa u otra. O bien: he aquí el barrunto final de mis cuitas, no hay Dios y nadie vigila mis destemplazas. Nada se puede afirmar con rotundidad sobre nada de lo que hoy he dejado escrito. Ni sobre la certeza de lo que expongo ni sobre el intrascendente (para mí) hecho de que existe o no un Ser que tutela mis desvaríos, vigila mis pasos y me espera allá en lo alto, vivífica y extemporalmente. Dicho lo cual queda en el aire viciado de los bits, amable lector, si en el fondo no estaré ya decantándome por uno de los dos criaturas que me pujan dentro. Seguro que en algún recodo del camino lo he dejado claro. Lo otro es la ocupación de las ciudades por quienes no estaban invitados: es la señal de algo primordial que acabará olvidándose, como todo. Tenemos la memoria frágil, somos alumnos poco aventajados. La didáctica es endeble. 

28.5.20

La cultura es barata






No, no es cara, nunca es cara. Incluso siéndolo, no es cara. Porque a veces es cara, claro que es cara, en ocasiones muy cara, pero ya digo: al final es barata, por muy cara que sea, sale bien de precio la cultura. Un disco de Britten despachado en diez euros. La pieza la dirige el propio autor. El otro día vi también una caja de tres compactos de Bill Evans en Paris. Doce euros en el Corte Inglés. Barato. Sale a 4 euros por compacto. Si cada disco tiene unos cuarenta minutos - las piezas de Evans son largas, vienen a ser cinco o seis cortes por álbum - el minuto de Evans está barato de verdad. Hagan ustedes la división. No sé a cuánto sale el minuto de Javier Marías de Así empezó lo malo, que no es tan voluminosa como El señor de los anillos, pero no es endeble en páginas. El no saber me hace conducir el argumento con ingenuidad, pero no viene mal: sale barata la ingenuidad, el desafecto por los quebrantos, esta apetencia por mirar el lado brillante de la vida, no el gris, ni el depreciado. Si a la cultura le ponemos un balance de cuentas sale cara, por supuesto. El cine es caro. Quizá sea el minuto en el que más apoquinas. Una película de 120 minutos, que es una duración generosa, puede salir a euro cada quince minutos. En ese plan contable, una película de 80 minutos encarece el minuto dolorosamente. Más caro sale no pagar ese minuto, no ver cómo corre George Kaplan por un maizal o cómo Travis Bickle, el taxista más desquiciado del cine, le habla al espejo y nos acongoja seriamente o cómo Joe Cocker le pide ayuda a sus amigos o cómo Charlie Parker busca pájaros en el techo de una habitación de hotel o cómo Roy Batty con una paloma en la mano explica lo que ha visto y lo que se perderá cuando cierre los ojos y se pierde el escrutinio de la memoria como lágrimas en la lluvia o cómo Atticus Finch hace que la bondad y la justicia nos parezcan tesoros en nuestras manos o cómo Darth Vader le confiesa a Luke Skywalker la paternidad que había ocultado o cómo George Bailey es salvado por un ángel o cómo Hal 9000 nos hace pensar en Dios metido en las tripas de una máquina o cómo Lolita Haze (se dice Lo-li-ta) enciende la luz de la perversión en la cabeza de Humbert Humbert o cómo Harry Powell se tatúa el amor y el odio en los dedos o cómo Louis Armstrong y Ella Fitzgerald ven marchar los santos por los algodonales o cómo Borges encuentra el paraíso bajo la especie de una biblioteca o cómo Sam la toca de nuevo o cómo Rufus T. Firefly seduce a las damas de la alta sociedad en los bailes de salón o cómo Vito Corleone exige respeto en una habitación oscura mientras una boda esconde el mal absoluto o cómo Freddie Mercury llama a Galileo en la parte operativa de la Rapsodia Bohemia. Britten no es caro a diez euros. No es caro en absoluto. Es una ganga. Tienes réquiem hasta que te duela el alma. No hay dinero en el mundo que pague la belleza y la inteligencia del arte. Son caras otras cosas, es caro no poder pagar el placer que proporciona atiborrarnos de cultura, sentir que estamos abastecidos. En estos tiempos de pandemia, la cultura es un desahogo, un alivio, un consuelo, un refugio. Volvemos al argumento antiguo de pagar por las cosas buenas de la vida, pero es un asunto que no era el que animó este hilo. 

Los preliminares fastidiosos






"La muerte no sería tan mala si pudiéramos desaparecer simplemente en ella sin ningún preliminar fastidioso"
Thomas Ligotti, La conspiración contra la especie humana



De lo que se trata es de que el camino sea largo, como pedía hermosamente Kavafis. En el resto, hay una certeza cartesiana. Está la casilla de entrada y la de salida. En la travesía, a beneficio de viajante, un sinfín de posibilidades. Algunas colman, sacian, conducen a quien las siente a la imborrable sensación de que se ha encontrado cierto equilibrio, una especie de armonía entre el cosmos y el alma en la que se encuentran la paz y el amor, la cordura y el desquicio, la velocidad y la calma, todo así en plan new age urgente, pero útil al propósito que nos ocupa. Otras devastan hasta el desmayo sináptico. Quienes las padecen adquieren también una sensación imborrable en la que no quieran encontrar ni equilibrio ni armonía, ni consuelo ni júbilo, en donde el cosmos es una dura plancha de acero sobre la cabeza y el alma, un vaciadero, un imán para la desdicha, un arrumbadero con ínfulas metafísicas. Luego están los felices términos medios. En ellos se obra el prodigio diario de vivir. Uno no va a saltos, locamente, al invariable fin de la partida sino que se demora en el laberinto desplegado al efecto. Los que saben del apaño confían a los que no sabemos la teoría de que uno es feliz mientras no piensa si lo es o no. Que cuanto más enmarañamos los sesos con pesadas cogitaciones, más caemos en la tristeza, en la pesadumbre, en el desafecto, en fin, en todas esas cosas terribles que anulan el buen ánimo. Este mismo texto, mientras lo escribo y lo lees, tampoco favorece a que los dos alcancemos esa armonia tan buscada. O sí. Tal vez un poco de filosofía convenga al paseo. Filosofía doméstica, claro. De la que no trasciende más de lo que se le encomienda. Como si ponemos post-its en el frigorífico y los leemos con esmero cada mañana, antes de abrirlo y servirnos un vaso grande de zumo de naranja con pulpa. J. tiene decenas de ellos. Frases elocuentes. Aforismos para amenizar la lata de cerveza de la una. Hoy una Budweiser. Ah la pulpa, la vieja y dulce pulpa reparadora. Qué placer la pulpa en la lengua. Con qué dulce lentitud nos atraviesa la garganta y avanza cuerpo adentro. Lo de los preliminares fastidiosos habrá que no darle mucha atención. 

adenda:
La Bud ha ido a tu salud, Antonio. Tendremos que ponernos al día. Será difícil esa empresa, la de compensar todas las buds o las águilas o las verdes sacrificadas. Tendremos que pedir un abono en una terraza y llevarnos pijama por si nos da la noche. Nos vemos en dos sábados. Lleva acopio de charla. 

Dietario

Acostumbran los dietarios a convidarse de intimidades. No las previstas a veces, las que exhiben con tumulto el interior de quien los escribe, sino otra manifestación más pudorosa, una especie de constatación de la realidad a la que se somete a un tamiz personal. Se puede escribir de cualquier cosa y darle el apresto propio. La inspiración acude cuando una palabra trae a la otra y acuden más y se van abrazando o apartando, considerando cuáles van forzadas, si chirrían o copulan con todo el pudor del mundo o sin ninguno en absoluto. En ocasiones, he pensando seriamente en que la escritura se escriba sola, perdonadme la conveniente redundancia. Incluso entra en lo razonable dispensar al yo, tan fácil ese recurso, el de contar de uno mismo como si algo propio impregnara el aire o fuese de verdad importante lo que se nos ocurre. Apartar al yo pues y explayarse en lo que le circunda, en su periferia privada. Hay en ellos cierta querencia a la digresión  o a ese divagar entre lo filosófico y lo pedestre donde cabe un aforismo metafísico sobre la eternidad o una reflexión mundana sobre la influencia del olor del café en la creación poética. A ratos concurre el tono sombrío; en otros se aprecia la ocurrencia hilarante. Discurre lo escrito a medias entre el ensayo y la confidencia. O entre lo poético y lo real. Dietarios que expresan una voluntad de excedencia de la vida y, al tiempo, paradoja y milagro, se nutren extraordinariamente de ella. Escrituras rotas. Tiene escribir el recado de enhebrar o deshilachar. Por registrar los hechos. Por darles una vida más allá del momento fugaz en que transcurrieron. Así hoy no habría que sacrificar la imagen del sol  al retirarse con morosa decadencia a su confín de oro y la noche ocupó el cielo de Lucena en la azotea de mi casa. Cosas que se perderán como lágrimas en la lluvia (lo dijo un replicante) cuando deje de escribir. Hace unas horas le hice una fotografía a ese prodigioso instante. La idea era colocarla en la cabecera de este texto. Hay imágenes de las que el texto sale como una emanación inevitable y hay textos que buscan una imagen concreta, no otra. Este no requiere apoyo visual. Está el sol. Se oculta con parsimonia. Es un gesto antiguo, pero de pronto sospechas que es nuevo. Algo en la manera en que ha sucedido en esta ocasión te hace tener esa alocada certeza. Como si acabara de empezar todo y fuese su primera retirada. También la noche tuvo arrojos novicios y tuve que quedármela, guardarla ahora para que no se me olvide. 

26.5.20

Haikus de cuarentena




Cuento las cosas que pensé hacer y a las que no he aplicado atención alguna y me sale una lista enorme que, entre la perplejidad y la vergüenza, decido olvidar y hacer una criba, montar una lista nueva con la que resarcirme y darme una pequeña satisfacción. Dije de ver cien películas y leer cien libros. El confinamiento era idílico, me procuraba el sedentarismo que reclamaban esas altas obligaciones de mi espíritu. En todo caso, a fuerza de improvisar, no me he quedado corto, he probado de aquí y de allá y no es precisamente vacío y arrepentimiento lo que siento. Lo que me pasa es que se me quedan los días cortos. Requieren un arrimo de horas para que cuadre todo lo que les exijo. No he leído la obra completa de Lovecraft, ni he escuchado jazz a diario, pecados veniales que cualquiera podría considerar irrelevantes. No he terminado mi novela (no la acabaré nunca a este paso). No he escrito un libro de sonetos (es un deseo que me urge cada vez más). Escribo y leo, paseo y duermo, fumo y trabajo. A veces esas actividades se entremezclan y acudo a ellas sin haber escrito lo suficiente o leído lo suficiente o paseado lo suficiente, en ese plan un poco estresante, ya lo sé. Mi amigo Manolo decía que la verdadera aventura era la del orden. Se puso serio con esas cosas cuando lo prendió la enfermedad. Ahí entendió el placer de empezar algo y no cejar hasta que acabara. Saber dónde está cada cosa cuando se la necesita y no descuidar cierta imperfección, la que nos hace humanos y a la que regresamos por la sencilla necesidad de sentirnos vulnerables y frágiles y reconocer al asombro como el aliento que mueve la dinamo de los deseos. A veces me acuerdo de él. Pienso en todo lo que acometió y la firmeza con que rubricó su ansia impecable por vivir. Nos dejó con el trabajo a medio hacer, hubiesen sido precisas cuatro vidas para que todo lo que rumiaba tuviese asiento en la realidad y danzara en el aire como pájaro al que han manumitido de su clausura. Era bueno Manolo. Se echa en falta gente buena ahora que hay tanta maldad escondida debajo de las mascarillas. Algunos la ejercen sin ella, lo cual es una maldad doble, no sólo punible con la ley en la mano sino dramática por todo lo que significa no respetar al prójimo, perjudicar mi salud, hacer que mi sacrificio no cuente y se desbarate por la desidia o por la ignorancia ajena. No es un texto triste, a pesar de que pensar en Manolo siga causando tristeza. Tenemos un mundo ahí afuera al que hay que cortejar. Es tan hermoso y hay tanto que hacer con él. El asunto final es siempre la belleza, su incansable búsqueda, la idea insobornable de que cada pequeña cosa a la que nos entregamos es un homenaje a su presencia. Recuerdo una canción de Alison Moyet, esa dama de voz profunda y cuerpo generoso que cantó en Yazoo: Somos débiles ante la belleza (Weak in the presence of beauty). También estos tiempos son hermosos, a pesar de todo. Manolo habría abierto un cuaderno de haikus sobre la pandemia. Eso nos hemos perdido.



La triste certeza de las cifras

Amigos a los que sinceramente aprecio eluden pronunciarse sobre la pertinencia de las restricciones que se arroba el gobierno en su gestión de la pandemia del Covid-19. Se abstienen con serenidad, no hacen tampoco alarde de esa voluntad privada. Tienen opinión y podrían darle la elocuencia que a veces se echa en falta, pero prefieren esa apatía dulce que consiste en no decir, en no manifestarse, en cuidar de que alguien sepa qué piensan sobre los asuntos candentes. Siempre me fascinó ese adjetivo (candente) aplicado a los asuntos. Los habrá livianos, de fuste vago, apenas relevantes o incluso frívolos. Ahí no escatiman palabras, se explayan en ese trasunto doméstico, convierten la conversación en un delicioso prodigio, en un milagro intrascendente. Cuando en alguna ocasión hemos hablado por teléfono (hace que no les veo, hace mucho que no tengo los tratos habituales con los míos) han escabullido darle alas a lo que han escuchado y posicionarse. Hacen como el Bartleby de Melville: prefieren no decir. Lo paradójico es que de alguno tengo la certeza de que bulle en ideas y está absolutamente al día de cuanto ocurre. Luego está el pensador fértil, el que a todo debe imponerle su rúbrica. Algo parecido a lo que yo hago cuando escribo, aunque desbarre y todo acabe en espuma de mi delirio creativo. Ayer uno de esos amigos me intentó convencer precisamente de eso: de la conveniencia de la mesura, de que no conduce a ningún sitio declarar si uno es de aplaudir las decisiones del ejecutivo o de censurarlas. Hay mucho orador no autorizado, venía a decir. El hecho de que yo no me muestre no tiene la menor importancia. Quizá tampoco la tenga que otros hablen más de lo que se les solicita. Mi estado natural es el silencio, al menos en lo que conozco. De hecho, tampoco vosotros sabéis mucho, a pesar de que no estéis callados. Se pronuncian con sequedad y a veces se dejan caer con la transcripción de una estadística. Las cifras son fiables. Todo lo demás entra en el capítulo de la especulación. Uno se ha borrado de un grupo de Whatsapp. Sigue tratando a sus miembros en la vida real y en la de la pantallita, pero ha cerrado el grifo de las charlas subidas de tono. Hay muchas. Pero me han pedido cuentas, que por qué me he ido, me dice. No se piden razones para entrar, no deberían pedirse al salir, razona. Hay cada vez menos ingresos en hospitales. Los muertos no son tan alegres. Contamos los que se esperaba que no lo contasen, es fácil la aliteración, terrible la conclusión. Se muere ahora con más dramática difusión. No sólo se enciende la tragedia íntima sino que esa pérdida engrosa un cómputo, una lista triste. K.sostiene que estos muertos son más nobles. Una especie de héroes caídos en una batalla invisible. Les deben un homenaje. Una zona cero mental. De eso sí hablarían mis amigos reticentes. Por respeto. Por un sencillo acto de amor fraternal. Andamos escasos.

25.5.20

El ruido






Hay que oponerse a algo. No podemos permanecer impasibles, no sentir que nos hierve la sangre de cuando en cuando. Me lo dijo anoche K.. Más que saber con quién se está cuenta a veces saber con quién no, me dijo. Dice más de uno mismo cuanto nos es ajeno que cuanto es propio. Funcionamos por descartes. Si al final voy rechazando una cosa y otra y otra, tendré una última que sea la mía. Por simple reducción. Contra la renuncia en el ánimo, la enfermedad de la pereza o la irrupción del pudor, cabe el entusiasmo, desfondarse, exhibirse, dar de uno la medida de su fiereza. Podemos purgar el escrutinio de las cosas a las que nos oponemos y elegir una sola y aplicar toda nuestra facultad combativa en ella. Si una vez ocupado en esa briega la satisfacción es precaria, cabe esgrimir otra. Importa poco que se escore de la primaria o que se le oponga frontalmente. En una manifestación, pongo por caso, no se piden credenciales, un expediente activista fiable, sino la presencia, la capacidad de vociferar o de atrincherarse. Se puede virar en el criterio, abrazar sin doblez lo que antes detestábamos con encono si hay convicción en el desempeño de esa mudanza. Podemos salir a la calle y enarbolar banderas o desplegar consignas. Podemos concedernos esa propiedad de la libertad, recogida en los mandatos constitucionales, consistente en opinar, pese a que lo opinado contravenga el decir ajeno, faltaría más. Podemos sentir orgullo por esa sobrevenida ansia reivindicativa, pero hay límites, dónde no los hay. La línea roja (o negra, más hostilmente) se traza en el discurso del respeto, en evitar la ofensa, en cuidar en todo momento cierto protocolo profiláctico en el que no procede que se violente la armonía y se vulnere la dignidad de quien no acude o no se afilie al recado de ir y de postularse. No hay ruido que reemplace un buen puñado de argumentos. Ninguno. Lo del ruido no es ejercicio en el que concurra un solo bando. Todos recurren a él para alardear de su oposición al sistema, al gobierno o al modo de vida que mantenemos. Todo lo que no se parece a mí me perjudica, vienen a decir algunos. Cuando el ruido habla por nosotros tal vez suceda que no tengamos otra vía en la que confiar para expresarnos. El ruido es la oratoria de quien carece de ella. El ruido no tiene profilaxis. El ruido no tiene nada por dentro. En cierto modo, manifestarse es también llegar sin delicadeza al destino al que la delicadeza no alcanza. Gritar es una manera de sustituir al susurro, que es pieza de más complicada factura moral y fonética. Todas las manifestaciones son legítimas, todas las manifestaciones evidencian un malestar, pero no todas las manifestaciones respetan el espacio jurídico que se les arbitra. La idea de que un pastor guía un rebaño y lo pone a pastar allá donde crece el pasto que más le conviene no es exportable a todos los pastores y a todos los rebaños. Hay quien se arroga el rol de pastor, aunque lleve la vestidura de rebaño. Hay quien se entrega a ciegas y únicamente aspira a sentir el arrobo de la multitud, su gracia metafísica, la sensación de que está integrado. No sé si es mejor ser apocalíptico. Eco dejó esa dicotomía bien trazada. O eres del ruido o eres del susurro. Estos días permiten que cada uno escoja a qué melodía acogerse, con qué sentirse representado. También no adherirse a uno, no explicarse, no sentirse obligado a dar de uno mismo la opinión que tal vez no se nos solicita. En estos tiempos pandémicos, hay tantos políticos de bazar como virólogos de taberna. Yo habré sido el uno y el otro en alguna ocasión en la que me haya despistado o envalentonado. Quién no cae en ocasiones en lo que critica. Me he acordado, conforme escribía, de mi amigo M.A.. Venía a decir que manifestarse es un acto de amor. No había manifa que se perdiera. Todas eran dignas de su entusiasmo. Le preguntaré si ha cogido cacerolas o se ha montado en coches recientemente. Si es de un bando o de otro. Hace mucho que no sé por dónde anda. 


23.5.20

Reseña de "Cuando nos creíamos poetas" de Xavi Nuez



Hay que hacerse grande. También se dice pasar página. La idea de ambas frases hechas (no tiene nada que ver lo que significan como conjunto a lo que dicen sus palabras por separado) es la misma: la de madurar. El nuevo disco de Xavi Nuez, tercero en solitario, exhibe esa madurez sobrevenida cuando tienes muchos discos a las espaldas y una edad en la que se observa la industria de la música desde una perspectiva más serena. Imagino que Xavi no tendrá un sonido propio todavía. No es cosa necesaria todavía. Quizá lo deseable sea que no lo tenga. Que vaya yendo aquí y allá. No lo tuvo mi admirado David Bowie, que experimentó hasta que él mismo fue también una probatura, un proyecto maravilloso de fácil acomodo a las nuevas tendencias y al influjo majestuoso de la música que los músicos escuchan. Con su cumpleaños, no pude felicitarle como debe ser, se me pasó, vino la puesta de largo en plataformas digitales de su emocionante nueva entrega. Cuando nos creíamos poetas no se parece a Historias varias o a La última estación, del que también traje aquí una pequeña reseña, pero comparten el mismo aliento entusiasta, idéntico encanto. Si eran discos eclécticos en estilos, delatando que Xavi Nuez es melómano y se exige hacer con sus canciones tributo a los géneros que le gustan, este nuevo álbum da un paso más, aporta esa madurez nombrada. De ahí que meta trompetas, violines, acordeón y hasta un inocente y vibrante coro infantil. No es el disco de una persona, sino el sueño de muchos. Hay muchas manos, mucha profesionalidad debajo. Mucho trabajo, imagino. Las canciones han adquirido una consistencia mayor. La parte pegadiza, la de radiofórmula, no censura que haya tramas más complejas en las melodías y texturas mucho más trabajadas. Es el fruto de la edad, cierta necesidad de cumplir un peaje sentimental, una especie de pago por el placer acumulado de tantos discos. Puestos a buscar semejanzas, en ese juego de buscar adherencias, ritmos y patrones ajenos, locual es legítimo, el disco es Bob Dylan (el folk, el eléctrico) y es The Waterboys. Hay reggae urbano (Ay Mitek Halic, con su encontradizo coro de estadio) y hay baladas (Un crit de llibertat, Mentre nena plorem al carrer, con una abrasadora armónica y su riff clásico). Abunda el rock desenfadado, esa es la cuna, ahí está el sedimento irrenunciable (Oh Diley, que no enojaría al Springsteen más comercial). El tempo lisérgico (al principio, luego se encabrita y adopta un tono de pop ochentero con su perfecto coro de niños) de Ya nada será igual cierra una obra honesta. Es mi favorita. Xavi Nuez da de sí lo que él mismo todo lo mejor que sabe. Como todos los discos, salvo los malos, precisa su decantación lenta. De hecho, en la segunda audición aprecias matices que pasan desapercibidos, acuden después y se asientan. Por último, convenir que la voz de Xavi está pletórica. Gusta mucho o cuesta aceptar ese roto vocal que impregna cada pequeña línea. Tiene autenticidad; tiene el timbre perdurable: la reconoces al momento. Ojalá (es mi deseo) llegue alto y llegue lejos. Merecimientos tiene ya de sobra. No es un nuevo fichaje. Está curtido, ha madurado. Es bueno creer que se ha sido poeta. Lo somos todos sin que intervenga la voluntad de serlo. La música es la que sale ganando. Por favor, denle un ratito.

22.5.20

Virólogos

Un viejo debate era el de ser de ciencias o de letras. Cada uno esgrimía sus razones o no esgrimía razón alguna y su tesis no precisaba prosperar, sino exhibirse a modo de insignia. Yo soy de letras. Yo soy de ciencias. Conforme han ido pasando estos días de confinamiento doméstico y escalada de tragedias afuera, uno se ha dejado convencer por la primordial injerencia de las ciencias en la vida. No es que tengamos tecnología y dependamos de ella de un modo absoluto; no es que las máquinas ocupen un lugar preferente en la gestión de lo social y en trajín de lo privado: es que dependemos de los científicos. Ahora más que nunca. Es de ellos la llave que abrirá la puerta de una posible salida de este marasmo vírico. Vendrán otros. Creo que ser virólogo (por desgracia) será una profesión de futuro. Si un niño, al ser preguntado, suelta que de mayor quiere luchar contra los virus, hay que estimularlo, comprarle un microscopio, dejarle que vea documentales en televisión, comprar libros sobre monstruos invisibles que devastaban las ciudades. Quizá salve millones de vidas cuando empiece a trabajar. Si es que no se queda a mitad del camino. Si es que no le entorpece la administración su progresiva adquisición de experiencia, conocimientos y títulos. A pesar de todo, no hay que dar de lado a las letras. Hay poesía en el desastre. Nos manejamos con metáforas. La belleza hay que contarla también.


21.5.20

Lo


Lo verdaderamente asombroso es que hayamos tardado tanto. Lo extraordinario será que todo vuelva a ser como antes. Lo triste es que no hayamos puesto empeño en evitarlo. Lo paradójico es que no estemos aterrados. Lo lamentable es la sensación de que en el fondo lo que importa es el tintineo de las monedas en la caja. Lo trágico es que no tengamos tintineo, ni monedas, ni caja. Lo deseable sería que hubiese sido un sueño. Lo imperdonable es que todavía desoigamos las advertencias. Lo prudente sería no bajar la guardia. Lo malvado sería echar la culpa a los que mandan. Lo injusto sería no echársela. Lo razonable sería no opinar sobre lo que no se sabe. Lo normal es que opinemos. Lo predecible es morirnos. Lo dramático siempre es que sea precisamente ahora. Lo acostumbrado es olvidar y mirar al futuro. Lo recomendable sería recordar y consultar al pasado. Lo mejor es no contar las bajas. Lo peor sería que alguien nos cuente. Lo escandaloso es que el terror tenga audiencia. Lo útil sería arrimar el hombro. Lo absurdo es tener que decirlo. Lo más duro es no saber cuándo acaba. Lo presumible es que venga otro. Lo raro es que nos hayamos acostumbrado. Lo increíble es que esté sucediendo. Lo aprendido no valdrá para nada. Lo hecho no servirá de mucho. Lo inteligente sería aceptarlo. Lo realista sería convencerse de que nada será igual en adelante. Lo maravilloso podría ser que la bondad terminase por asentarse en la convivencia. Lo gratificante es que se termine por descubrir la vida interior. Lo crudo es que, a medida que la interior prospera, la exterior se deteriore. Lo inasumible es que prospere la idea de que la salvación dependa de la responsabilidad ajena.

20.5.20

Todo lo que no decimos acaba por mordernos



Me preguntaron
si había previsto la luz,
si estaba la lluvia, el olor de la lluvia,
el paisaje después de que llueva,
el tiempo que tarda la luz
en rodear por entero una palabra
y gobernar su tránsito por los días.
Me preguntaron
si en la creación de la sombra
había procurado esconder un milagro sin aristas,
un corazón con un corazón dentro,
una ventana desde donde los cuerpos son únicamente fuego
y tienen ira en los ojos
y una lanza oxidada en el costado.
Entonces escribí
la trama infinita de la lujuria,
el pulso de las grandes palabras.
Devoré un pubis ecuménico,
un alarde  de asteroides,
y aspiré el aire nuestro sin abril
y floté espléndido
en el loco esplendor de esa vigilia.
En ese desorden multiplicado
amé la blonda sublime del cuerpo profundo,
amé el origen de las cosas,
amé las mareas
sobre las que un dios inventa
naufragios,
amé la semilla, el verbo
al que alegremente
le extirpamos la flor
y el vuelo y queda en fuego manso,
en la liberada costra que un día fue cáliz.
La luz se astilla,
la sombra proyecta pájaros,
todas las almas acuden,
las almas con su templo,
el templo con sus dioses puros,
los dioses con su pandemia oscura.
Se instala la suprema evidencia de que algo verdaderamente importante
va a suceder y vamos a contemplarlo.
Tengo desde anoche una fe absoluta en mis extremidades,
tengo las certezas que nunca tuve,
tengo todo el amor disponible,
el amor ocupando el centro cartesiano de la semilla.
Viene Dios esta noche todavía fogosa,
me busca un extravío de cordura.
Hay tramas de muerte en la herida recién abierta
o vamos a llenar todo de amor,
manso amor, amor primordial y limpio,
la cópula perfecta entre el alma y la tierra,
la cópula alada,
la gran cópula de los músculos perfectos,
el cielo mismo a caballo de mis palabras,
los vivos mirando la boca de la muertos,
buscando la sílaba exacta
tras la que la divinidad esconde su trampa antiquísima,
y otra vez se enciende la memoria,
trae ayer desparramado la memoria,
eco, mansiones para el júbilo.
Creo en las horas frágiles del día,
en las horas elementales por las que discurro y me esparzo,
en el camino humano donde la nieve
cede al peso invisible de la mirada.
Creo en la gracia y rectamente procedo a notificar bajo notario su existencia.
Los poetas están en guardia, alerta la palabra.
El tiempo de los poetas ha llegado.
El río asciende la noche,
la noche vibrando como un adjetivo
en su plenitud de oro.
Se me oculta la luz, se me ofrece.
Todo es tangible, vagamente íntimo.
Vivir sin que nada nos aturda,
vivir así el regalo efímero de entendernos,
el vuelo manso del verbo sin contaminar,
el verbo autista,
el verbo considerado el principio motor de la carne.
Luego vienen los profetas, los salmos,
el monocorde ripio de las almas que buscan un lugar arriba en el cielo perfecto de la salvación,
luego vienen los dueños de las horas,
saquean lo que ven, nada queda libre,
sólo hay muerte,
iglesias vaciadas,
la dulzura del credo convertida en óxido,
el sueño de los perversos.
Todo lo que no se dice acaba por mordernos.
Tengo una fe absoluta en mis extremidades,
en el miedo que me conquista el pecho
y hace que mi corazón se desboque,
se astille, se incendie.
Mirad el corazón astillado,
el músculo convertido en hueso,
el vértigo hecho fiebre y la fiebre
volada al aire antiguo de los ojos
que lo miran todo y a todo le extraen luz
y en todo encuentran sombra,
los ojos con vocación de bisturí,
los ojos del artista
que son los ojos del mundo,
los ojos izados como un veneno cósmico.
He aprendido a nombrar la dicha en las palabras,
son mis ojos los que escriben,
esta caligrafía de bruma sin Brahms ni mordisco
se hace polvo de estrellas,
se hace escritura, boca, vagina,
túnel, un pequeño incendio bebop,
que vence la oscura,
la quemada historia de las palabras
y asciende la tarde,
hasta pesar como un invierno severo
o sin romper todavía.
Miro hacia adentro, en la propiedad más oculta del tiempo.
Soy casi ahora y me queda toda la vida para desabotonarme del todo
y tumbar mi cuerpo en la cosecha infame de las horas.
Todas matan, la última hora debe ser la hora de la poesía.
morir debe ser entregar un último verso.
Todos los versos se parecen a un único gran verso con sordina,
el verso abierto con el que el universo
celebra su festín de secretos.

19.5.20

Reseña de "Caballos perdidos en la tormenta"

Hoy hablan de mi libro por aquí. Se siente uno azorado, turbado por las elogiosas palabras. Feliz porque mi criatura tome vuelo y se lea. Para eso se escribe. Gracias, José Luis.
Los caballos trotan. Clicar aquí para leer.




18.5.20

Un sueño dentro de un sueño

Viene a ser un cuento de ciencia-ficción en el que se incluyen grumos más o menos gruesos de novela decimonónica. Yo me levanto por la mañana y recuerdo con pasmosa precisión el sueño que tuve. La vigilia me consuela. Debió ser uno de esos sueños terribles que, al desvanecerse, hacen que agradezcas hasta la más mínima trama de la realidad y agradezcas el trino de los pájaros y el azul del cielo a través de la ventana. Estoy en un palacio o es la idea que tengo de un palacio o la que tengo de un sueño. Me saluda alguien tan parecido a mí que no aprecio que en realidad soy yo mismo el que se ha acercado a saludarme. La paradoja de que ande por ahí duplicado no me solivianta mucho. Tampoco me perturbo cuando una tercera persona idéntica a mí en todo me dice si estoy bien, a pesar de las circunstancias. Remarca lo de las circunstancias con una voz más impostada, como si la recitara o pretendiese que yo salga de mi marasmo y le atienda. No se me ocurre qué decirle. He hablado tanto conmigo mismo que prefiero encontrar el momento idóneo y explayarme sin prisas. En un jardín que se divisa desde la ventana a la que me asomo, mis desdoblados platican la mar de felices, hasta se ríen. Unos se parten más que otros. Cuento y me da que hay seis. Visten igual, el mismo pijama con una nave imperial de Star Wars estampada en tonos plateados. Me empiezo a preocupar cuando abandonan el círculo de las risas y vienen hacia la ventana. Lo hacen en formación militar. Mueven los brazos con una coreografía marcial. Entran en el palacio. Se les oye a lo lejos. Las botas atruenan en el piso. Entran en la habitación. Yo sigo en la ventana. Entonces cierro los ojos. No está lo que no veo, es un sueño, no son de verdad, no son desdoblados míos, no soy yo varias veces. El hecho de que sea yo mismo el que intente causarme daño hace que no me aterrorice del todo, ya ha pasado eso antes. Creo que, puestos a que llegue un momento trágico, un instante que separe la vida de la muerte, mi yo hostil flaqueará, no habrá punción ni tendré que gritar por si hay alguien más en el palacio y acude a socorrerme. No hay más que contar, nada más que ahora pueda recordar sin que introduzca la ficción. Literatura realista. La realidad también funciona en los sueños. No cabe argumentar si es más fiable que la tangible, la constatada y mesurable, la que nos depara la vigilia. El oficio de contar los sueños es siempre defectuoso. No hay trama o la hay fragmentaria y quebradizamente. 

17.5.20

El veneno es el futuro

La realidad está llena de circunstancias disuasorias. Uno se arrima a un propósito y a poco que se aplica en su desempeño encuentra razones que lo censuran o se engolosina antojadizamente con otro. Esta zozobra proviene de la velocidad con la que nos manejamos en el trasegar de los días. Nos echamos atrás porque el deseo que prevalece es el de acaparar más de lo que podemos. De ahí la sensación de agobio puro. En cierto modo, valdría rescindir las obligaciones que voluntariamente o no nos hemos adjudicado. Dar algunas por irrelevantes, haber que pierdan el apresto con el que se convocaron. Concentrarse en pocas. Entregarse con fruición en ellas. Encontrar en esa pequeña alteración de la rutina una costumbre nueva, la de amansarse y disfrutar de cada ocasión y de cada disciplina como si fuesen la única ocasión y la única disciplina. No pensar en nada que nos distraiga de esa empresa y, al darla por acabada, afanarse en dar con otra que la releve y nos procure una distracción distinta. Hablar por hablar, me dice K. Te evades pronto, piensas en qué harás cuando vuelvas a casa. Es posible que una vez en ella caigas en la cuenta de que te supo a poco el paseo, no fue regocijarte, no lo hiciste tuyo, te dejaste envenenar por planes posteriores. Así el domingo transcurre entre libros, discos, tareas domésticas, ideas sobre el futuro. El veneno es el futuro. El presente se adelgaza, pierde su fuelle tangible. El pasado es un añadido recusable. No siempre importa. El hoy tan frágil y el mañana tan evanescente y etéreo. Esta tarde me postro en el sillón de orejas y le concedo a la siesta la consideración más alta. Luego ya veremos.

16.5.20

La vida secreta de las palabras

Se oye con frecuencia la palabra bodrio para nombrar lo mediocre o lo malo, cuanto no tiene calidad. En su origen, el bodrio era una sopa de desechos servida las más de las veces en conventos. La sorbían a manos llenas los mendigos, las clases bajas, el vulgo sin oficio y sin techo, todos a los que la calamidad o la fatalidad habían arrojado al rigor de la intemperie y de la limosna. El cuenco caliente aliviaba el frío y los mendrugos de pan y la escasa legumbre que animaban el caldo confortaban el estómago, que era un cuarto oscuro a donde no entraba nada, puro desconsuelo. Fue brodio antes que el bodrio que ha perdurado y viene del alemán, significando sopa, sin más. Consta el baile de vocales y de consonantes en el correr de las palabras, en su poco asiento en el aire. Los bodrios de ahora no apuntan a la asistencia social, no tienen nada que ver con comedores que reparten un plato de comida, un postre sencillo y un café a los necesitados. Tiene bodrio la contundencia fonética de la que carecen otras palabras que tal vez en su significado profundo perturban o conmueven más. Ha quedado, pues, en la cosa mal hecha, despachada sin alarde alguno, apresurada o confiada a los ingredientes de extracción o inclinación moral más baja. Porque la palabra, en se vértigo de los años o quizá sean siglos, se ha dejado atraer por la cosa moral y dejado de lado la acepción primera, la de la sopa de los desechos para las clases desfavorecidas. Ayer escuché con desaforado asco por quien la pronunciaba bazofia. No pude evitar pensar en el bodrio, he ahí la concomitancia de las palabras, su deseo de matrimoniarse unas con otras para alcanzar un fin de mayor enjundia, aunque no sepamos cuál es. Luego extraje la palabra morralla. Bodrio, bazofia, morralla: un trío espectacular, me dije. No son palabras que se enconen al desuso, como otras, por suerte o por desgracia, no hay consenso en que sea bueno o malo que tales cosas sucedan y las palabras nazcan y mueran como insectos a los que congeló el alma el crudo invierno. Las palabras tienen una vida interior que no es manejable por los académicos que las legislan. Ellos se afanan por darles orden y registro, pero es la calle la que las premia o condena. Palabras que duran un verano y palabras que vienen para quedarse. Se les tiene cierta reticencia a las nuevas, no se dicen a la ligera. A mis alumnos les suelo traer algunas en desuso y las decimos de cuando en cuando, para que al menos su convalecencia tenga una alegría. Decimos ósculo y la repetimos, para rodarla, para que cuaje en la memoria o para que el uso la normalice. Les digo que el ósculo es un beso que se da con respeto y con afecto. Acabará perdida, si no se la convida a la conversación. El bodrio correrá esa suerte, decaerá su manejo, se arrumbará a la colección de vocablos antiguos. Algunas merecen que se las rescate del olvido. Ahí está la preciosidad de holganza, la nebulosa de inconsútil o la brusquedad de chusma. 


El bodrio de ahora es que no se pongan de acuerdo ni para salvarnos del horror que nos cierne. Hablo de vida, no de ideología, entiéndame. Los bodrios son la corrupción, los recortes, la idea de que los que nos gobiernan no saben acometer el desempeño del oficio que les encomendamos. Les da igual todo, no se arredran, no exhiben pudor alguno. Uno diría que hasta presumen de incompetencia. Lo mal hecho, lo desordenado o lo que abiertamente no gusta: ésa es la acepción a la que nos acogemos ahora. España es un bodrio, un plato grande de sopa con algún magro trozo de carne mal guisada o de pan duro. La cocinan, además, sin empeño. No le ponen esmero, no caen en la cuenta de la necesidad que tenemos de comer como Dios manda. Es duro aceptar todo lo que está pasando. Se acepta porque tenemos por aquí una manera de vivir a la que la inconveniencia no le incomoda como a otras. Sabemos sacar cabeza, sabemos ir hacia adelante. Sí, eso es cierto, pero duele. Duele y cansa a la vez. De verdad que cansa este ir a ciegas y no saber si el camino es largo o hemos llegado ya a algún lugar. Sin tener ninguna, en este limbo gubernamental que nos han regalado, no se vive tampoco mal. Hay quien dice que podemos seguir así el tiempo que haga falta. El caldo de la beneficencia, el que se daba a la puerta de los conventos a los desheredados y a los parias de la Historia, ha vuelto, pero ahora está en las redes sociales, en los telediarios, en la prensa, en el parlamento. Bodrio de nuevo. Y éste no calienta, ni conforta, ni llena el estómago cuando el hambre aprieta. Andan a palos, nos toman por tontos, creen que no estamos tomando nota; lo de tomar nota los que puedan; otros, pobres, no podrán. Lo malo (otra cosa mala a añadir) es que no tenemos la certeza de que los que vengan lo hagan mejor y esto funcione. Hay palabras que se invitan solas y prorrumpen con fiereza, aunque no seamos de airearlas mucho. Se cree uno que no volverá a decirlas, pero lo hará. Tenemos la habilidad de acoger con entusiasmo las novedades. Lo de la cuarentena ya no es novedad. Dura más de la cuenta. Esa chusma de bichos inconsútiles, qué a gusto se queda uno cuando junta algunas palabras, aunque no calen, ni prospere su voluntad de queja. 

15.5.20

La escuela digital




Conviene no perder la cabeza y no pasar por alto que lo de las clases digitales son, en el fondo, un parche que no tendrá prestigio una vez concluyan, por más que suturen el roto o hagan las veces de pomadita o de bálsamo. Hay muchas razones que sostienen esta opinión enteramente mía, pero las más elocuentes provienen de lo que sé por ejercer de maestro y saber, tras casi treinta años, lo que sucede dentro de la cabeza de los alumnos. Aparte de la brecha digital, que merece consideración aparte, o la brecha social, que debería reclamar seis o diez consideraciones más, la brecha que más me preocupa es la personal. No sé ha hablado de ella, que yo sepa. La brecha personal es la que hace que alguien que sabe que no está siendo vigilado se dé una dispensa en la atención y campe a su antojadizo aire y se engolosine hasta con el vuelo de una mosca. Si las moscas del aula distraen al alumno, qué no harán las moscas domésticas, las que se cuelan en la casa cuando por la mañana se abren las ventanas para airear las habitaciones. No siendo las perniciosas moscas, presentes sin excepción, es lo que cada uno caprichosamente elija para apaciguar la pesadumbre de escuchar al maestro una hora entera con una cámara digital de por medio. Todo vale. Puedes escuchar al maestro extenderse en explicaciones sobre el feudalismo (en inglés, por supuesto, ay qué locura) o argumentar el área de un pentágono, pero tú estás a lo tuyo, bebiendo a hurtadillas un zumo o viendo de fondo TeleCinco o manipulando con un mando secretamente apartado del ojo de la cámara la posición de los muñequitos que se pelean en el juego de tu Play Station. Creo que prefiere que sean las moscas las que distraigan a mis alumnos. Por lo menos, ellas tienen una más rica tradición literaria. Por eso le veo poco futuro a esta confianza que le hemos dado a la logística digital. El teletrabajo funcionará bien cuando funcione, tendrán que darse ciertas condiciones, habrá intereses que eviten que decaiga en la atención del que lo desempeña, pero en la escuela hay mucho que objetar a que tenga de verdad una utilidad fiable, de la que enorgullecerse más adelante. Fracasa cierta vigilancia amable, la del maestro empecinado en hacer que sus alumnos atiendan, pudiéndose censurar lo imprudente o pudiéndose reprender al que se evada, pero cómo haremos eso con la poco cómplice injerencia de una cámara y de un micrófono que se apaga o se enciende a instancias suyas. Es verdad que el colegio está dando cuanto tiene, a pesar de que esté disgregado, convertido en los maestros que lo forman, cuándo no, muchos de los cuales no saben (diré no sabemos) manejarse con soltura en aplicaciones, plataformas y demás herramientas digitales. No es un área inherente a la enseñanza. Igual, en adelante, no podremos apartarla, se hará tan precisa como el idioma, la lengua o las matemáticas.

En realidad, el colegio es menos un edificio que el claustro de personas que lo conforman. La enseñanza continúa, pero no es la misma, es un sucedáneo, el mejor de todos los sucedáneos posibles. En cuanto podamos llenar nuevamente las aulas, habrá que valorar el trabajo que se le ha encomendado a la escuela. Lo harán los padres, los maestros, los alumnos, la ciudadanía que no es ni padre, ni maestro, ni alumno, pero conserva un vestigio sano de sensatez y comprende que la escuela (los maestros, por extensión) somos algo más que recursos asistenciales para que la sociedad discurra por los cauces conocidos y los niños estén a recaudo mientras los padres van a sus labores en la entera confianza de que nosotros cuidamos de ellos. Es algo más que cuidar, tendrán que reconocer todos los matices: es cuidar, sí, por supuesto, y también es esculpir, dar forma al barro y hacer algo hermoso, hermoso y útil. Los maestros, como decía Anne Sexton en su poema, podemos hacer de un mueble un árbol. Somos incansablemente, incluso en condiciones adversas como estas, los carpinteros sensibles, los ocupados en que toda esa madera adquiere lustre y prospere hacia la luz, allá donde quiera que brille. En esa forja, les enseñamos a multiplicar y a discernir entre un movimiento artístico y otro, a recitar de memoria poemas de Lorca y a defenderse en el idioma de Shakespeare, a curtir el espíritu con el éter sublime de la música y a entrar en un lugar llamando antes a la puerta, a ser generosos y a levantar la mano para hablar. Si la escuela se traslada a las casas, cuánto estaremos perdiendo, qué de cosas se habrán sacrificado, sin que nadie tenga culpa. En la intimidad de los hogares, frente a la cámara de un móvil o de un portátil, contamos cómo es la vida, pero no podemos tocarla, ni sentir que transcurre alrededor nuestra. Ojalá regresemos con garantías. Vale más la salud que toda esta declaración de buenas intenciones educativas. Ya habrá tiempo de pensar en qué nos ha enseñado este confinamiento. Si la escuela, al regresar, será mejor y los que la legislan la cuidarán con mayor celo, sabiendo qué tienen entre manos. En muchas ocasiones, por ligereza, por insensbilidad, por la causa que cada uno decida acuñar, no lo saben.

14.5.20

Euforia

Hay palabras que tienen euforia dentro. Cuando se pronuncian o al caer en lo que significan, se aprecia una especie de jolgorio irreprimible en su interior, como si las cabalgaran juntamente un veneno. No es palabra que se escuche mucho, por más que convenga cuando estamos en dulce arrobo con nosotros mismos, esa delicada sensación de que todo cuadra y la realidad entera tiene sentido. Da igual que no sepamos traducir esa sensación. Basta con tener propiedad de ella, saberla nuestra. Si no me preguntan sé qué es Dios; si me piden que lo exprese, no sabría cómo hacerlo. Eso dejó dicho el poeta. Quizá la vida sea una euforia aplazada, una inminencia de esplendor que no acaba de cuajar, un arrebato sublime, un ascenso que no tiene cima. Hay palabras eufóricas. Las dices y se te percute el alma. Es un sonido particular. Cada uno sabe el suyo. Todos sabemos cómo sonamos por dentro, qué música circula cuerpo adentro. Hay veces en que un paisaje hace que aflore la euforia. Es un error medirla. Si la tasamos y le damos la intendencia de la razón, se desvanece, se convierte en otra cosa, decrece su vigor o se cancela por completo. La poesía es la euforia más cercana que conozco. Iba a decir el amor, pero la poesía (la belleza) está dentro del amor, en su secreto centro. Como una especie de semilla. Germinamos por obediencia a su discurso. Si nos dieran a elegir una sola disciplina de la realidad, deberíamos escoger la euforia. Ni la felicidad, largamente desmenuzada por filósofos y amantes, ni la alegría, que es una felicidad tangible y pequeñita, como de andar por casa. Hoy he visto una euforia doméstica en la sonrisa de mi hija cuando salía a la calle. Saber qué causa la forzaba es innecesario. Basta estar delante. Haber sido testigo de esa irrupción súbita de armonía. 

1985-2020





13.5.20

Bowie dará esta tarde un paseo por la Vía Verde

Pandémico y confinado, escribo más. No sabe uno la de mecanismos de defensa que tiene hasta que la realidad se nos encara. Entonces se recurre a lo que ni sabe que tiene. He escrito lujuriosa, voluptuosa y desconsoladamente desde que tengo uso de razón, aunque a la hora de escribir a la razón no se la invite, no es necesario que acuda. Escribir es un desahogo, escribir es un refugio, escribir es una invitación a desquiciarse a sabiendas. Porque quien no escribe acaba desquiciado, quién escapa de esa enfermedad, pero al menos los obsesos de la escritura sabemos las dimensiones de la tragedia, las miramos de lejos y, a pesar de las trabas y de los peligros, asomamos el hocico, acudimos a la llamada del abismo. Lo miramos y nos mira, como dejó escrito Nietzsche. En esta época de desvarío, intoxicados de información, recluidos y paradójicamente creativos, hay que tener un asidero a mano, uno válido cuando el frío te sube la espalda y hace casa en la cabeza. Qué complicada es la cabeza. Cree uno que la tiene a raya, que sabe cómo domeñarla, pero va antojadizamente a lo suyo, como si no hubiera propiedad alguna sobre ella. Al final va a ser verdad que existe eso de la nueva normalidad, da igual que el acuño léxico sea ridículo. La normalidad ha terminado el trabajo que le encomendamos. Lo de ahora es otra cosa. Nunca lo de ahora fue más otra cosa que ahora, perdonadme el retruécano. David Bowie lleva conmigo toda la mañana. La época nocivia. La glam. La lisérgica. La disco. La experimental. Si Bowie anduviera todavía por aquí, habría hecho un disco absurdo. Uno sin pies ni cabeza. Sonidos atropellados. Experimentación salvaje. Qué buen vasallo si hubiera buen señor. Bowie es el sirviente complaciente. Esta tarde, cuando salgo a pasear, no sabré reconocerlo. En realidad, siempre anduvo enmascarándose y desenmascarándose, así que esto de emboscarse uno tras un trozo de trapo no es nuevo. Él lo hacía majestuosamente. Paseará la Vía Verde, un sendero que discurre por la periferia de mi pueblo. No hay día en que me tope con decenas de caminantes. Algunas veces he creído reconocer a alguno, pero la gorra de visera, las gafas de sol y la mascarilla ha malogrado el intento de darle un nombre. Aún así, a pesar de ese anonimato sobrevenido, he agradecido que no sepa mucho de ellos. Pasan a mi lado sin que yo los ubique. No son Julia o Pedro o Andrés o Luis. Lo malo son los que va a cara descubierta, como si la guerra hubiese acabado.

12.5.20

España



Se puede estar contra ella o a su favor, entenderla o desentenderse, pensar en qué podemos hacer para que mejore o no tener inclinación personal alguna hacia su mantenimiento y sustento. La idea de la patria es complicada. Parece que el hecho de nombrarla delatara algún tipo de adhesión ideológica, cuando no debería inferirse pronunciamiento político de ningún tipo. Al modo en que uno cuida su propia casa y se esmera en que medre, los países reclaman atenciones, no siempre discursos. No conviene hablar mal de ellos. Ni del país propio ni del ajeno. El hecho de que hayamos nacido en uno es aleatorio, bien podríamos haber pertenecido a otro, pero tampoco la vida que se tiene es la que se planea de antemano. El lugar en donde vivimos, lo escuché anoche en una de esas tertulias de radio, es una extensión del mismo cuerpo, una especie de prolongación abstracta, pero de fácil manejo, si no nos ponemos belicosos y a todo le ponemos traba y reparo. Hay quien disfruta en ese manejo de las cosas. Quien evita nombrar a España y dice "este país", como si el refrendo semántico alentara una querencia de la que no se desea alardear o como si no conviniera pronunciar la palabra que la nombra. España no es abstracta, eso no lo escuché. Es tangible. Incluso si le extirpamos la parte exportable, todo cuanto se usa para representarla y de lo que habría que prescindir para entenderla, España es más que una ordenación territorial, mucho más que una bandera que ondear cuando se gana una competición deportiva. También es una incógnita, un tema de conversación. No creo que haya muchos países que les preocupe tanto su noción de nación, perdonen (si pueden) la aliteración. Nunca he visto un francés renunciar a su condición de francés. No hace falta extenderse en la dimensión moral que para un británico (da lo mismo que abrace Europa o la rechace) tiene Gran Bretaña. Aquí hay un empacho de patria, de acuerdo. Tal vez no hayamos salido todavía de esa ingesta atropellada, impuesta. Tampoco se sabe bien cuánto tiempo necesitaremos, en qué momento recuperaremos esa propiedad semántica. Lo demás es posible que concurra por añadidura. Primero nos hacemos dueños de las palabras. Ellas se encargarán de nombrar la realidad y hacer que su manejo sea más sencillo. 

Hasta donde yo sé, por lo oído o por lo entrevisto, por lo leído o por lo entendido, no hay manera de que salgamos del marasmo sentimental de la patria, no hay forma de que unos y otros la sintamos propia al modo en que es propia la casa o la calle en la que vivimos. Se es más de barrio o de ciudad, se es de Córdoba más que de Andalucía y, por supuesto, hay quien se postula andaluz o aragonés o catalán antes que español. La españolidad ha quedado en asunto pintoresco, en argumento literario. No sé bien qué hubo, algo tuvo que haber, para que se desmontara la idea de España, que estaba en proceso de montaje para algunos y montada, bien montada tal vez, para otros. Se ha contaminado la propia palabra que la explicita: España. Sólo la consideramos nuestra cuando hay un evento deportivo (fútbol las más de las veces) o cuando los desestabilizadores de la periferia la zahieren, la cogen a dos manos y la arrojan a los perros. Ahí, cuando la atacan, sacamos el fuego interno, el larvado; ahí nos declaramos españoles por la gracia de Dios y exhibimos la bandera en el balcón o el pin en la solapa. Lo que no hay es un término medio. Se puede amar el país en donde uno ha nacido sin que intermedie la tragedia. La de ahora, la partición de España en fases, la demolición brusca de la convivencia, es una tragedia de la que saldremos, a qué ponerse triste o pesimista. No porque seamos fuertes o porque España merezca el esfuerzo. Quizá salgamos por mera inercia. La naturaleza siempre corrige sus desvaríos, enmienda sus errores. No estaría de más que arrimáramos nuestro trabajo para que no todo dependa del azar, ese gobierno en la sombra. No digo solo la clase política. Se puede salvar un país con una mascarilla que nos tape la cara. Qué sencillo gesto de civismo y de responsabilidad. Pero eso es otro asunto. 

En los amores de las películas, en los melodramas, sucede con frecuencia que sucumben los amantes. Cae uno o cae otros o incluso los dos. En el problema de España, como querían los noventayochistas, hace falta una pedagogía, un vademécum en el que se relaten los fármacos que precisa para que progrese como país igual que otros lo hacen pausada y casi imperceptiblemente. Yo, de entrada, no le tengo un fervor excesivo, pero tampoco la repudio. Tengo ratos en que me duele y otros en los que no me preocupa lo más mínimo.Podían haberme nacido italiano o de Mozambique, pero quiso el azar que mi madre me alumbrara cordobés y es ésa la marca que me fue impregnada. Pasa con los países como con la religión: o se cree o no se cree. España es un asunto de fe, tal vez sea cierto. Quizá las nacionalidades sean en el fondo religiones camufladas, convertidas en un apaño político o histórico o folclórico. El territorio, leí una vez, es el grado cero del paisaje, pero primero es el paisaje, primero son los árboles y los ríos, el campo que se extiende donde acaban las calles del pueblo. Puestos a amar, yo amo el paisaje, el que he visto siempre, con el que he crecido. Todo lo demás es un añadido interesado. Recuerdo eso de los ingleses de que allá donde deje el sombrero, ahí está mi casa. Es una hermosa reflexión, dice mucho, demuestra mucho. La liturgia de la patria importa más que el objeto ofrecido en ella. Somos más de iglesia que de Cristo. Si mañana nos pidieran que hiciéramos algo por salvar a España, vaya usted a saber si no sucede, cosas más extrañas estamos viendo, deberíamos empezar por sentir orgullo. No el tipo de orgullo belicista del que cree que lo suyo es lo mejor. Se suele entrar en ese emponzoñando (en el fondo) vicio de sostener que los raros son los otros. Esa idea de que los que no nacieron aquí no entienden, no pueden ni siquiera entender, si se les instruye. La patria se aprende también. No hace falta haber nacido en ella para apreciarla. Está lloviendo y a medida que arrecia el agua más se nos rompe el paraguas. Pues eso. 


11.5.20

Pusilánimes

Se tiene del pusilánime la idea de que flaqueará cuando le urjan las fatalidades, pero también caerá en el desánimo cuando ondee la buena ventura y todo le favorezca. El pusilánime es consecuente. Su oficio está por encima de la mudanza de las cosas. Los hay que se esmeran tanto que brillan de un modo admirable. Se les ve venir, no alientan doblez, ni escatiman la debilidad prevista. Se dejan transcurrir igual que las nubes ocupan el cielo y se sabe a qué atenerse con ellas. Están mal considerados los pusilánimes, no se les adscribe con entusiasmo a ninguna reunión: por si la malogran al contagiar su decaído carácter. Los cercanos, íntimos en el trato, se cuida uno de que no cambien, no se les exige esa permuta en el ánimo. Las veces en que se envalentonan y muestran un lado magnánimo (antónimo útil) se percibe el forzamiento, cierta inestabilidad emocional,compostura nada o poco recomendable. Uno será pusilánime en ocasiones, no está nadie salvado, cualquiera incurre en esa fractura del espíritu. Días entonces extraños . Se iza el tono a poco que se intente. No somos iguales a tiempo completo. Alegres sin interrupción, tristes continuamente. Pero entra en lo razonable que haya quien contradiga esa máxima consensuada. Yo mismo estoy hoy pasando un bache, un revés, un agujero, un no sé qué me pasa, que ni me entiendo. Nada que dure, nada de lo que preocuparse.

10.5.20

K.

A P, a A., sobre todo

No sabemos del amigo que le contó a Machado el secreto de la filantropía. Tal vez él nos cuente el trasegar triste del poeta, su frivolidad intercalada de tragedia, su penar improvisado, su sensata mirada. A veces escribir es invitar a los amigos para que dejen su consideración sobre lo que se va diciendo. Yo tengo a K., que no siempre está a mano y a veces, escurridiza y con antojadizo capricho, se escabulle, no comparece, se da por no aludido. Otras, las menos, requiere que se le cuestione el parecer. Si lo que vamos a diario registrando es compartido por su criterio o, bien al contrario, discrepa, interpone una discrepancia, la hace vigorosa, incluso desbaratando la trama principal. No sé cuándo pensé en contar con K. y si él se dejó por la buena amistad que nos une o por divertimento intelectual. No me imagino escribir sin que K. haga sus consideraciones, refute con su genuina injerencia suya o acate o hasta celebre que se me haya ocurrido tal o cual cosa y se le haya hecho cómplice en esa (a su juicio, nunca al mío) hazaña. Cada vez que pienso en K. acabo pensando en mí. También ocurre a la reversa. Lectores acostumbrados (es la amistad la que hace que agucen el sentido y comprendan) me piden que no le haga caer en el olvido. Es como si un personaje de pronto adquiriese volumen y la voz que usa fuese una voz de verdad, no la impostada a la realidad, falsa a poco que se indaga. Me preguntó M. sobre quién era K. Le dije vaguedades, no quise entrar en faena, eludí, que es una manera elegante de evidenciar que no era deseo mío contestar. Hoy, sin embargo, escribiendo un cuento sobre un lord inglés que descubre en el sótano de su mansión el cadáver de lo que parece un perro, creí a K. no le acabaría por gustar esa inclinación policíaca de la historia. No sabe uno escribir de todo, hay límites. Decía Highsmith, adorada ella, que no es necesario escribir sobre lo que se conoce. Que ella no tenía muertos en el salón y, sin embargo, los muertos eran materia primordial de todos los salones que aparecían en sus novelas. Un día sacaré a K. de su confinamiento. Diré a las claras quién es, dónde vive, si es amigo de los paseos largos o no pasea en absoluto, si se entusiasma con la música de cámara o es más de bolero, si alardea de algún atributo reconocible o no tiene virtud de la que alardear. Un poco como uno mismo, ustedes me comprenderán. Al cabo de los años, a pesar de que llevemos todo ese tiempo en intimidad con nosotros mismo, ¿qué podemos decir de lo que somos? ¿Tenemos conciencia fiable de nuestra personalidad? Bueno, algo sabemos. Hay evidencias tangibles. A mi amigo P. le gustan los jardines y a A. la cerveza en tercio, no en quinto, por favor, los quintos son una blasfemia en materia cervecera. Pero poco más, de verdad que poco más. He vuelto a leer el libro que acabo de publicar (Caballos perdidos en la tormenta, colección Quaderna Via, editorial Cypress) y, ah sorpresa mía, K. aparece en varias ocasiones. Me encanta haberle dado esa contundencia de libro. Está para que la posteridad no le desoiga. Habrá alguien (quién sabe cuándo, incluso cuando ni él ni yo estemos vivos) que se pregunte por él y tenga interés en saber qué relación tuvo con el autor. Añado más interrogantes: ¿fueron juntos a la escuela? ¿Compartieron los mismo gustos gastronómicos? ¿Se ponían nerviosos por las mismas cosas? Todos tenemos dobles. Están en el espejo, se agazapan detrás, acuden si se les llama, aunque tampoco estoy muy seguro de eso. Ahora, de hecho, no le veo por ningún lado, no está. Espero que luego acuda, lea esto y haga algún comentario en el blog o en el facebook. Si no lo hace (nunca lo hace) no lo echaré en falta. Le quiero sin esas concesiones hacia mi persona. P. y A., a los que quiero mucho, sabrán las líneas que faltan, el texto birlado, la parte elidida, el sujeto elíptico. Ah qué ganas me han dado de pronto de volver a dar clase al decir eso de "sujeto elíptico".... Algunos comprenderán. Siempre hay quien comprende, quién no. De eso se trata. Ni yo mismo tengo los alcances para comprenderme a mí satisfactoria y de forma ininterrumpida. Qué más quisiera. O no. Que tengan un estupendo domingo.

Las nubes sublimes




Abordaron la cuestión de lo sublime.
Determinados objetos son sublimes por sí mismos, el estruendo de un torrente, las tinieblas profundas, un árbol abatido por la tempestad. Un carácter es bello cuando triunfa, sublime cuando lucha.
-Comprendo -dijo Bouvard-. Lo bello es bello, y lo sublime es lo sublime.
¿Cómo distinguirlos?
-Por medio del tacto, -respondió Pécuchet.

Gustave Flaubert, Bouvard y Pécuchet (1881)

Hay escasa diferencia entre la belleza y su anverso. La mañana de hoy, por ejemplo, podría pasar por bella a ojos de quien así la perciba y, contrariamente, carente de belleza para el espíritu de una sensibilidad divergente. Que no haya consenso en ese dictamen procede de la educación estética de cada uno. Lo que se mira no se aviene a ninguna ortodoxia. Tampoco lo recordado, una vez el objeto desaparece y sólo cobra sentido en la memoria. Está el cielo de un gris deslumbrante, pero lo reclamado es el azul y el vigor despampanante de los colores en su danza loca por el aire. No hay discusión que pueda extenderse más allá de esa breve manifestación de la opinión. El escrutinio de la realidad es voluble y antojadizo. Si ahora terciara a llover, la escena adquiriría ese punto que separa lo hermoso de lo sublime, pero podríamos desdecirnos y de pronto reconocer que hace una mañana desapacible y condenar al gris de las nubes y a la inminencia tímida de la lluvia. Se puede argumentar que es el estado de ánimo el que administra esta vocación espiritual, de puro regocijo ante los primores de lo real. Se puede aducir que uno es siempre el mismo de modo obstinado y fiable. Para que yo disfrute de esta mañana fría y brumosa de domingo ha sido precisa la injerencia del azar. Él compone el texto de la trama. Pécuchet reclama paradójicamente el tacto para cerciorarse de la presencia de la belleza. Sabrá cómo hacer que esa herramienta discierna. Yo, menos creativa mente, acudo a la memoria. He sido conmovido por el gris y por la lluvia más veces que el resto, imagino. De ahí que recurra a mis recuerdos. Ellos tutelan el presente. De alguna forma, me instruyen para el logro del mañana. El hoy es extraño. Sucede sin que tengamos entera propiedad suya. A veces se precipita; otras, sin que haya evidencia de su gusto, se demora. De pronto ha empezado a llover. Me bajo. Además hace frío en la azotea. Las nubes están sublimes. 

9.5.20

Los muertos

A un personaje de Borges le parece increíble que un día carente de símbolos y de premoniciones pudiera ser el día signado para su muerte. Uno querría imaginar que cuando el azar o la enfermedad nos señalen con la fatalidad, algo extraordinario anunciase ese ominoso acto. El mío, dicho sea sin que el destino tome note o piense que me tomo yo prisas en estos delicados asuntos, podría estar enmarcado por un día de lluvia, en Venecia, en soledad, sin que nadie la padezca, acompañado, en todo caso, por el rumor de algún standard de jazz que dé sustento a la coreografía de mi fuga; o en la cama, vencido por el sueño y apartado definitivamente de ninguna ulterior vigilia. Así falleció mi padre bonito. Entró en su cielo de arcángeles y de paz sin el dolor que lo devastó en la alargada espera. Todos estamos en esa lista, a todos nos incumbe su liturgia. Acepto que la parca me pille escuchando un blues desgranado con morosa cadencia en el porche de una casa colonial en la calle Bourbon, en Nueva Orleans. También en un cottage muy, muy inglés, frente a una ventana desde la que se contemple un bosque. Yo es que soy muy victoriano cuando me lo propongo. Se podría fijar el óbito a la evidencia golosa de un escaparate de libros o un paseo por alguna brumosa calle del Londres que he aprendido en las películas de la Ealing y que guardo en dos lugares perfectos (todavía): mi corazón y una estantería reventona de películas que preside el cuarto desde donde escribo. Pero no es la muerte lo que me preocupa (nunca lo hizo) sino la forma en que se presente, el improvisado vértigo que cause, la posibilidad de que no concurran en ella circunstancias dolorosas para mí o para los míos. Nada que no suscriba cualquiera, por otro lado. No existe una didáctica de la muerte. No hay prontuarios fiables, a pesar de la voluminosa y esforzada bibliografía. No, al menos, una didáctica eficaz en esta cultura nuestra del gozo lúbrico y epifánico de vivir. Lo que hay, a espuertas, es una maravillosa literatura alrededor de su tétrica figura. Qué sería el cine negro sin la negra muerte. Qué leeríamos ‪de noche‬ antes de conciliar el bendito sueño. Justo anoche caí en él con unos cuentos estupendos de Patricia Highsmith. La tenía olvidada. No hay tiempo para administrar tanto placer. Solo hay que aplicarse (en serio, aplicarse con vehemencia) en los que surgen, en todas las cosas buenas que caen cerca. Nada que el amable lector interesado en estas luctuosas frivolidades no haya deseado o sentido alguna vez. Mientras tanto no ocurra, la muerte es siempre un asunto ajeno. Ninguno hay más ajeno. Citando a Epicuro, Machado dejó escrito que la muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos. La antesala de la muerte no es cruel, me permito contradecir a Cela, ni su irrupción dulce. La dulce es la vida, de la que tenemos una propiedad pasajera y en la que los relojes la apresuran hacia su espera le finiquito. Los muertos no saben nada de mí, ni yo de ellos.

8.5.20

Héroes

Uno no está para hazañas extraordinarias. Bastante se tiene con trasegar con la rutina que lo cierne. De ahí que se agradezca la existencia de gente que se envalentona y hace lo que no podríamos los menos instruidos (o arrojados). Al héroe se le tiene por el hacedor de milagros. Da igual que sean griegos clásicos o extraídos de las páginas de un cómic. No creo que podamos prescindir de ellos, como algunos creen. Alimentan nuestra imaginación, alientan cierto espíritu cívico. Una especie de justicia supraterrena. Quizá hayamos sido héroes sin saberlo. Haber contribuido con alguna acción inadvertida al beneficio de otro y haber puesto en riesgo algo nuestro que podría haberse perdido en la restitución de esa hazaña. Los niños tienen cien héroes en su cabeza. Doscientos. Se valen de ellos para curtir su cuota diaria de asombro. Hay que asombrarse, hay que tener esa predisposición a fascinarnos por las gesta. Es una palabra bonita, gesta. La de ahora es dura, está llevándose miles de vida, está arruinando millones, no sé manejar números, digo cifras sin pensarlas. La gesta de los héroes de la actualidad es particularmente extraordinaria también. No sabremos nunca agradecer que haya quien se ofrezca a llevarla a término. Da igual que sea una cajera en un supermercado o un médico en un quirófano. Cada uno con su pequeña o gran cuota de sacrificio, cada uno dando de sí lo que puede. Algunos han caído en esa entrega. Lo hemos visto. Les aplaudimos a las ocho. Yo acabo de hacerlo. No es una costumbre que en casa haya decaído. Vivimos de símbolos, de metáforas, de ritos.

Costará cambiar el imaginario heroico de los niños, pero el camino es el correcto. A los mayores se nos enturbia más el criterio que elige a unos héroes y desecha a otros. Conforme gana uno en edad, desoye esa llamada de la épica y se deja embrutecer por la realidad. En cierto modo, si no se ha malogrado demasiado la memoria, seguimos recurriendo a todos esos héroes que nos escoltaron en la infancia y que, en mayor o menor medida, no se han desvanecido del todo. A mí me sigue fascinando el Capitán Trueno o el Jabato. Hay vida fuera de la Marvel. Se agigantan los héroes a medida que nos separamos de ese patrón bastardo. Tan pronto uno se percata de la heroicidad instalada en la rutina diaria, descree de la ficción majestuosa de las espadas o de las capas. Mejor Luisa, la vecina del segundo, enfermera, que Batman, el de Gotham. Mejor Andrés, médico de la casa de enfrente, que Spiderman acorralando al Doctor Octopus en una azotea. El niño que ha pintado Banksy ha elegido a la enfermera. Ella tiene los poderes de los que carece el Capitán América o cualquier otro ciudadano embutido en unas mallas y facultado por la genética o por los dioses para combatir al mal. Banksy ha dejado de lado su lado áspero (su vena ácida) y ha dibujado el ideal metafórico, la posibilidad de que tengamos un nuevo dispensario de superhéroes. Es una señal. Vendrán otras. Al menos, una generación crecerá con otro patrón incrustado en su visión del mundo. No sabemos si la realidad hará que se arruine esta preciosa imagen y los años arrumben a la muñeca de la enfermera al sótano o al olvido, que es el peor sótano, el más oscuro.

176/365 Nora Barnacle

 176/365 Nora Barnacle Nora Barnacle, la esposa de James Joyce, no leyó nunca Ulises.como él hubiese querido, no como Vila-Matas lo ha leído...