8.9.26

Maneras de mirar

 


Fotografía: Bruce Davidson

Todo está en orden, se puede apreciar. Podría ser el desorden lo que emane de esa apreciación, según desee quien mira. No hay nada en esta fotografía que nos haga inclinarnos con propiedad hacia un lado o hacia otro. Por fortuna, lo que a mí me parece una imagen de absoluta tranquilidad le pudiera parecer a alguien el preámbulo de una tragedia. La mujer habrá salido de un lugar para llegar a otro. El tren la conduce sin estrépito. Conocerá el ruido, sabrá de los silencios. Tendrá, dejo ya estos futuros hipotéticos, con qué amenizar el desempeño del trayecto. Seguro que todos hemos sido esta mujer en alguna ocasión. La de veces que, si la fortuna nos da la elocuencia del tiempo, podremos parecernos a ella. Lo que me fascina de esta instantánea es la posición de quien la registra. No sabremos (qué difícil en este hilo de las cosas desprenderme de la conveniencia de los tiempos futuros) si previno que la mujer estaría ahí o si fue el azar quien convino la posibilidad de ese registro impagable. En alguna ocasión he salido a la calle con la pretensión (baldía más tarde) de hacer alguna de esas fotografías que cuentan algo. No dispongo (acudo ahora al presente dispensador de certezas) de la sensibilidad suficiente, arguyo. Me he ido conformando con admirar la ajena. 

7.9.26

Confianza



Fotografía: Jo Scwab


No conozco al dios en el que confían los americanos. Tampoco hay ninguno aquí en el que deposite mi confianza. Poseo una incredulidad lúdica que me hace disfrutar de su búsqueda más que gozar con su encuentro. Digamos que soy una especie de creyente inconstante. Uno que se arrima y se desarrima a voluntad y que no espera nada en ese juego de metáforas en el que no siempre hay un ganador. Yo soy el ganador, el que encuentra un campo de cavilaciones fantástico. También quiero pensar que soy el que pierde. Cavilo por vocación. Por las incertidumbres que sugiere el camino. Resulta estimulante esa prospección hacia dentro de uno mismo. La jalea el mundo, pero soy yo quien la administra. Está en mí la posibilidad de darle curso, de mimarla, de desoírla si me place. Me agrada irme pidiendo que deje la cosa divina y me centre en lo más acendradamente humano. Que no indague en lo que no conozco. Y es precisamente el no conocer lo que me empuja. El desafecto que le tengo a las instituciones que abanderan a Dios (ahora bien con mayúscula) no tiene nada que ver con el afecto que le profeso a las personas que lo buscan y narran las peripecias del trayecto. Me atraen las que no lo encuentran. Quienes se topan una y otra vez con un muro y no dan con la vía que lo sortee. Mi muro es poroso a veces. Otras es inexpugnable. El dios en el que confían los americanos, el que se pronuncia en las homilías del mundo, el que se cita cuando uno está solo y sospecha que alguien pueda estar escuchándolo no es el dios en el que confío. No sé si este creyente voluble que soy precisa de un ajuste desde el que mirar de otra manera. Tal vez sea cosa de mirar con otra graduación. La mía, hasta hoy, ve ángulos muertos, figuras borrosas, paisajes sin bondad, páramos que solo hollan de vez en cuando mi asombro y mi paciencia. La silla de la fotografía de Jo Schwab es la mía. Es la de todo el que se sienta a esperar y se levanta, al rato, por cansancio, por aburrimiento a veces. Por absoluta incertidumbre. Por todas esas distracciones que te apartan del cometido que emprendiste y te convencen de que no hay otro mundo y de que este es el único posible.




5.9.26

Un corazón ensimismado

  Hay quien prefiere hurgarse a hurtadillas la nariz a sabiendas de que alguien, intrigado, admonitorio, estará ocupando todos sus sentidos en el movimiento del dedo, en la disposición del cuerpo del que procede prospectivamente, con cautela al principio, pero más tarde envalentonado, explayándose con diligencia, manifestando el placer que le causa ese barrenamiento incivil, esa operación minuciosa. Tal vez esa costumbre ha sido transmitda de padre a hijo y está firmemente grabada en las hélices moleculares, con sus bases nitrogenadas, con su miniatura de misterio, con su ministerio del caos. Hay quien se maneja con rigor y entusiasmo en asuntos peregrinos.  Lo mismo vale una estridencia de gatos encaramados a una tapia de corral que una balda en la que no falta ningún libro de Saramago. Azules rotos, fantasmas sin cuartel, flores que se desdicen, agujero sin nadie. El caso es incurrir en algún desacato a la prudencia o al recato. El hombre se acuartela en sus vicios, los acaricia, da de sí cuanto puede para que nada quede y el azul, el fantasma y el agujero manifiesten su biografía entera y el que mira sepa de la usura de las horas, de los poemas sin acabar, de la novia de mil novecientos ochenta y tres con tetas como campanas, de un ladrido perdido en un sueño del que apenas puede extraerse un pájaro o un ciudad venida a menos, llena de ancianas que pasean sin propósito, de rendiciones del tamaño de un pétalo en un poema del siglo trece. Escribir es desafiar siempre. Donde no hay nada, donde el silencio y el blanco debajo del silencio, una catedral de muertos ingeniándoselas para merecer la derecha del padre, el descanso eterno, la luz más sublime, la semilla más fiable. Un enjambre de pétalos obsequiado de lluvia en la comisura de un sueño. Hay quien pétalo, quién sueño. Preferir excederse en ese cielo sin volumen, tramar un boceto de algo que luego podría ocupar el limbo de una tentativa de sangre loca por la periferia de un corazón ensimismado. 


28.8.26

El gobierno de las sombras

 Lo malo sucedido se repite por ceguera, por colapso, por inercia. También por apatía o por ceguera. Creo que nos están empezando a dar igual el cambio climático, el paro, la cochambre de las instituciones, la pandemia de los algoritmos, el precio de la gasolina, la comida ultraprocesada, la ortografía, el estrecho de Ormuz, los fuegos en el bosque, la neurona solitaria de Trump, los drones en el cielo, los seísmos, el imperio del reguetón, las series turcas, el mosquito del Nilo, el Damocles de las hipotecas, la metástasos de la IA, la superpoblación, la xenofobia, el acoso escolar, la magnitud de la soledad, el cierre de las librerías, la insensatez de los políticos, los chinos en los polígonos, los nadadores transfonterizos, la turba de damnificados…Estamos confortablemente insensibles, anestesiados, instalados en un búnker con fibra optica y series de espadas y runas y contenidos de influencers. Sucede lo malo porque no sabemos si la realidad es una pantalla o son las pantallas la realidad que manejamos. Con la que está cayendo deberíamos hacer algo, pero no se me ocurre qué. También yo estaré hecho a la costumbre de no querer saber más de la cuenta o a que, si no me meten el dedo en el ojo, no tendré que tomar cartas en el asunto. Tampoco sabría cómo tomarlas. Se me ocurre que dolerme no basta, que debe haber un procedimiento para que todo cobre el sentido que está perdiéndose. Porque el mundo está atravesando un bache, un revés, un agujero. Imagino que nunca hubo grandes periodos de bonanza y de armonía, en la que todos nos abrazábamos y la poesía era el lenguaje de todas almas, las sensibles y las que no saben todavía qué es eso de la sensibilidad. Es posible que nunca haya habido nada de eso. Que cambien las adversidades, pero se mantenga ese estado continuo de alerta con el que nos levantamos y con el que nos acostamos. Algunas criaturas no manejan ni siquiera la alerta: ya están en el campo de batalla, en las trincheras, encabronados, tristes, abandonados, refractarios a que malvivir sea una opción, continuamente conjurados a encontrar un mundo mejor. No sé, qué voy a saber. Todo esto que estoy escribiendo no tiene tampoco algo a lo que acogerse para que un poco de luz lastime este gobierno de las sombras. Tal vez mañana me levante con mejor humor. No suele faltarme, pero hay días difíciles, días en los que solo quieres que la televisión difunda noticias bonitas. Cuándo pasó eso, quién se acuerda. 

Conforme adquiere uno sitio en el mundo, el mundo muta, vira, se hace otro tal vez por hacernos perder esa firme voluntad de permanencia o de seguridad. Todo es de una fragilidad que, a la larga, intimida y aturde. Cuento con los recursos aprendidos, pero pierden validez, no sirven para el uso noble y legítimo para los que los encomendamos. Andan los días enfermos, aquejados de ese vértigo, comidos por esa fiebre. Sólo hay que prestar la atención necesaria, observar con entomológico esmero qué obstáculos se empecinan en impedirnos entender qué hacemos aquí, de qué manera seguir estando sin que lamentemos la estancia. Es un mundo bueno, no tengo duda en eso. Somos nosotros quienes malogramos la concordia, los que malogramos la armonía. El mal pugna por vencer siempre. Al bien tenemos que animarlo, no avanza a solas, no prospera sin que lo jaleemos. Siempre funcionó así. El mal de ahora es más invisible que nunca. Opera arteramente. No alcanzo a comprender en qué fallamos. Los unos tan poco sensibles y los otros tan empecinados, todos tan ciegos o tan torpes o ciegos y torpes juntamente, en descuidar la belleza o el amor. Como no tengo manera de aclararme, me limito a declarar mi incompetencia en estos asuntos. Me manejo bien en los íntimos, tengo las competencias precisas para llegar al finiquito del día con la conciencia limpia y el ánimo más o menos indemne, pero me asusta que haya ahí afuera alguien que posea la capacidad de, aun sin conocerme, dañarme, hacer que peligre mi felicidad tan trabajada, la de los muy amados míos, la de los ajenos que no conozco y comparten conmigo el mismo anhelo de vida. Existen todos ellos, están puliendo su oficio, se cuidan de que no se les descubra, obran sin pudor, sólo buscan que yo no tenga la seguridad y el confort que persigo. Hay entre ellos y yo una guerra larvada, no visible, pero igual de cruenta y dramática en el fondo. No siendo soldado ni enarbolando ninguna bandera de ningún bando, me pregunto si no será guerra, sino otra cosa, si será simplemente vivir y todo emana (feliz o penosamente) de esa circunstancia ineludible. Me abruma esta dolorosa suma de pequeños combates en los que involuntariamente participo. Me arrojan a ellos, me exponen para que tome partido o para que exhiba qué lugar del mundo he escogido, cuando no deseo en ocasiones posicionarme en ninguno, no delatarme, no exponer mi voz, ni airearla, aunque por otro lado siento cada vez más nítidamente cuál es el lado en el que no estoy. Sé lo que no me gusta, no tengo claro qué sí. Estoy contra el mal, contra la estupidez y contra la insensibilidad, pero esas tres cosas son la misma cosa. El mal se viste de estupidez y de insensibilidad. Los malos son estúpidos y son insensibles. Nadie está a salvo de no ser alguna de esas cosas (malo, estúpido o insensible) en algún tramo de su existencia o en muchos, a saber. Cada vez que me intereso por las noticias, en cada doméstica ocasión en la que decido enterarme de lo que está pasando, razono que será la última o que interesaría que fuese de verdad la última, pero están hablando de mí. En cada una de esas noticias deprimentes que escucho estoy yo o están todos los que son como yo, los que observan con timidez el curso ilegible de los acontecimientos. Se rompe el mundo y yo estoy en mitad de la fractura. Se hace añicos y yo estoy en todos los pedazos. 

27.8.26

Animales

 Ser peor que animales me pareció siempre una frase desgraciada: se da por hecho algo radicalmente falso. Creo ver en ellos cierta nobleza o cierta coherencia que en ocasiones me cuesta encontrar en un ser humano. El mal se cierne con más fiereza cuando se descuida el mimo que reclaman las palabras. Ellas, juntamente con los gestos, nos retratan. Cuando las hemos corrompido, cuando están a merced de quienes malograron su escrutinio antiguo y franco, no hay antídoto eficaz.  Ese veneno prospera con insólita presteza. Si la música precede al verbo, como escribió Verlaine, la palabra antecede a la realidad. El hecho de que se acuda a ella para explicarla hace que sospechemos que es el lenguaje el que la hace perseverar en nuestra percepción. Las palabras nos conforman y definen. También nos delatan. Incluso las que no pronunciamos, debiendo, muestran como somos. Las juntamos a veces con ignorancia o con falsedad. Se les atribuye un propósito y luego se inclinan a otro. Veo atrocidades, escucho a quien alardea de ellas con pensado y retorcido empeño. Hacen malabarismos con ellas, crean un discurso intencionadamente bastardo. Gente incivil, quienes las manejan y propagan. No conozco animales inciviles, no se esmeran en causar un mal gratuito, únicamente urdido para regocijo propio: proceden sin que haya saña, no urden ni maquinan, simplemente desempeñan el dictado de su sangre. La palabra es impotente, no es competente para revelar la verdad de lo que es ser humano: solo hace una aproximación, solo roza el interior, sin debelarlo. Citaba al gran poeta italiano el (déjenme) gran poeta español Francisco Caro. Él se fijaba en lo poético, aunque no únicamente. Trataba (imagino) de poner la palabra poética en el lugar, lo cual me ha hecho pensar en la orfandad de su influjo, en su desvalimiento en este mundo que andamos construyendo o aniquilando. Tal vez unos y otros, los que levantan y los que demuelen, ignoran el verdadero poder de la palabra, su potencia. No darán con lo que somos, no podrán exhibirlo, pero no tenemos nada mejor con lo que manifestar ese hambre y esa sed de concordia, de paz, de cualquier constructo que nos haga ser mejores. Como los animales. 



26.8.26

Días

 Los días son páginas de un libro que solo podemos leer una única vez.  Cada uno de esos días es una de esas páginas irrepetibles. No hay con qué retroceder al día anterior, ningún ardid nos faculta a que regresemos al ayer ni accedamos al mañana. Cada vive conforme a esa incontrovertible disposición del tiempo. Quizá por eso amamos la literatura. No solo es una vida o muchas vidas añadidas a la que disponemos, sino que ofrece la posibilidad de cancelar la naturaleza misma del tiempo. Escribir depara un regocijo mayor, que me perdone mi buen Borges: el de saberse inexplicablemente gratificado por un especie de don. Yo me paro a pensar en estas cosas a veces cuando me da por cuestionarme qué sentido tiene todo esto. Y me las compongo para encontrar un motivo para seguir leyendo, escribiendo, viviendo, empecinado en que el asombro y la incertidumbre ayuden a escalar la cumbre de todos esos días. No hay ninguna cumbre igual. Esa topografía es absolutamtne caprichosa. Ni siquiera la rutina, tan buscada a veces, repite uno solo de esos días. Iba a escribir de esas páginas. 

24.8.26

Aforismando

  Por la ceniza se aprecian las dimensiones del fuego. Por la de las palabras, las del corazón. 

20.8.26

Esplín

 Hace falta cierta educación sentimental para no acabar muriéndose uno tan comido de urgencias.

19.8.26

Kodachrome

 

 Las antiguas averías del alma no terminan nunca de irse. El invierno ofrece rigores únicos, pero tampoco tengo en el pecho ese dolor con el que el frío me azuza continuamente sus perros.

 

Ubrique, noviembre de 1992


 

 

 

 

 


18.8.26

Calendario

Los días precisan su obediencia.
El acatamiento de su discurso.
La anuencia de su herida.

Tamariz, in memoriam


 Juan Tamariz sabía todos los trucos, conocía el mecanismo del asombro y de la risa, hizo que la lógica se rindiera ante su ingenio y creó una legión de incondicionales que lo tenían como a una especie de dios caprichoso y rudimentario, inmensamente feliz de conocerse y de hacer que nosotros, por su magia, nos sintiéramos vivos, arrimados a esa cosa indecible que se llama arte. Fue un artista grande entre los más grandes. Descanse en paz.

Elogio interior del mar

 


Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde ella. No preciso meterme: tan solo observarlo, tener la certeza de que sigue ahí. No creo que me haya sentido solo frente a él. Son incluso esas caminatas, apenas pensadas, erráticas y placenteras, las que hacen que aprecies más lo que te circunda. Me siento, déjenme recrearme, arrebatadoramente conmovido. El mar es una especie de vida aplazada, de novela absoluta en la que se cuenta la historia del mundo. La ciudad es el reverso burocrático de las olas. La ciudad está construida de espaldas al mar, ajena a la trama antigua de su hondura y su vastedad. Ayer, mirando al mar, aunque lo tenga lejos, pensé en lo que no nos ha contado. El cielo es también el reverso de algo. Pero al cielo le hemos atribuido facultades espirituales que le han venido siempre grandes. Lo hemos poblado de dioses fundamentales y de dioses subalternos, de esperanzas y de fracasos. Hemos mirado arriba para entendernos, pero hemos mirado poco al mar. No del modo en que se extraen respuestas. Deben estar ahí. Podrían estar por ahí. Quisiera envejecer junto al mar. Lo hago desde lejos. Tengo para mí el mar. No cansa. No pregunta. No exige. Tiene una pureza antigua como la luz. No la pervierte la invasión de tumbonas y de sombrillas con la que pretendemos intimar con él, hacer que nos agasaje con algo. Sigue sin perturbarse. Se ofrece sin entregarse. Se exhibe sin rebajarse. Leo la prensa y el mar me distrae. No me concentro. Tampoco hace falta. La disciplina del verano en la playa no es dura.vesta lejos (mi pueblo no tiene costa), pero  escucho su calma o su fragor. Basta tener la mirada limpia y el alma, la desvalida alma, abierta al asombro y a los prodigios. Sana, me expurgo. Conversamos los dos, aunque no se aprecie. Echaré en falta el mar siempre, su felicidad sin porqués. Entre la verdad y la belleza los poetas escogen la belleza. Lo dejó hablado Platón. Pues platónico ando. Platónico y obsequiado de luz y de infinito

16.8.26

Un cuento, una vida

 


Igual que en ocasiones para escribir un buen cuento solo necesitas dar con una frase memorable, con uno de esos comienzos perfectos que reclutan de inmediato la adhesión o el asombro de quien lee y hasta de quien lo crea, los días precisan también su reclamo fantástico, el punto desde donde levantarlos, ese pequeño prodigio que el azar nos confía y sobre el que a veces el mundo gire. La vida, más que novela, debería ser cuento. En el recurso de un solo día puede sustanciarse el júbilo de una vida entera. Es más, hay días que justifican esa vida, cuentos que la contienen con abundancia. Dar con ellos es tal vez el propósito de la novela (del libro) que somos. 

Rojo y negro

 Puesto a elegir, si hubiera que tomar uno, mi color sería el rojo, no habría manera de explicar por qué descarto el azul o el verde o el rosa, el porqué del rojo. Me inclino con entusiasmo al negro también. Es de una contundencia absoluta, no es débil, no se le puede encontrar una flaqueza, no esconde nada. En verano, quizá tan sólo en verano, podría decantarme por el azul. Se deja uno engolosinar por el mar o por el cielo. En las otras estaciones no hay ningún color al que inclinarse con ese entusiasmo. Tal vez el gris en el otoño, pero está muy manida la imagen. Todas lo están. Las metáforas tienen su caducidad también. No me visto casi nunca con tonos claros. Salvo como fondo a la hora de escribir, detesto el blanco. Se le asocia con la pureza, pero es una convención, una entre muchas. La ballena que enloqueció a Ahab era blanca. Intimidaba su pureza perversa.  La misma circunstancia de esa pureza, cuando se la alía a un color, evidencia una especie de consenso moral. La paloma es el símbolo de la paz. Un corazón representa el amor. Todo en ese plan. El rojo, mi favorito junto al negro, es además aviso de un peligro. Se ponen banderas rojas en las playas y, en otros tiempos, los rojos eran los comunistas, los apestados. Los peores números son los rojos, que constatan un saldo negativo. Por otro lado, el rojo es la sangre, que constata la vida, su pulso, su intriga. Todo es cosa de que haya más o menos luz. Cuando no abunda, vemos en blanco y negro. Irrumpe el color cuando se estimula la retina con determinadas longitudes de onda. Al final todo se resuelve con otra luz, la de la ciencia. Uno es del rojo (urdido en el mismo fuego primerizo) o del azul (que trama tristeza) porque nuestra retina es más o menos sensible. Todos los millones de conos y de bastones que tenemos en cada ojo, en cada retina, más precisamente, hacen el mismo trabajo: Al parecer somos sensibles al rojo, al azul y al verde. Todo lo demás es un añadido cromático. Yo amo el rojo juntamente con el negro sin que tal vez haya ninguna decisión mía de por medio. Stendhal me aplaudiría. Se ama sin saber, se vive sin decidir. 

12.8.26

Una página de un diario



Días de asueto sencillo. La ocupación en las faenas de costumbre es mala, a la larga. Se complace uno tanto en la molicie que teme no saber retornar a la refriega. Como si cada día confiado a la pereza devengara más tarde su peaje y no supiéramos saldar la deuda sobrevenida. He prometido no caer en esa improductiva vagancia de la que sólo sería posible extraer pasiones útiles, pero no doy con qué extraer la luz de esta amable sombra. No querer medrar ni el vértigo ni en la fiebre. Perseverar en esta sustancia sin propósito. Entregarme con vago empeño a su limbo dulce. Comer, beber, dormir, amar, dármelas de príncipe de cuento. Escribir con alguna alharaca en el patio esta travesía inútil. No leerla al cerrarla. Pensar que no es indicio de algo responsable. 

11.8.26

De qué escribir II

 Leo en cualquier parte. Nada malogra mi afán lector. Soy capaz de abstraerme, de retirar cualquier distracción o incluso de incorporarlas a la lectura. Lo que no soy capaz de hacer es leer con mal humor. Entonces me inclino por escribir. He escrito con ese ánimo infame con demasiada frecuencia. No sé si he leído más que he escrito, aunque si me paro a pensar, no crean que me entusiasma esa voluntad, me considero más lector que escritor, lo cual quiere decir que estoy triste con frecuencia o que el buen humor no me visita como quisiera y, sin embargo, no hay día en que no me encandile el sol allá en lo alto o la música del aire cuando me quedo quieto y busco en los jardínes un lugar en el que quedarme quieto. Leí hace poco que leer es un ejercicio de soledad absoluta. No hay nada que rivalice con su austera firmeza. Yo no creo estar de acuerdo del todo. Cuando leo, me siento confortado, conozco gente, hablo con desconocidos, siento en el pecho la locura de que puedo confiar en el futuro. Ah, pero escribir. Ahí el mundo se expande y me abraza. Me contiene, lo contengo, nos entendemos. 

Cartas


 Mi amigo Antonio guarda las cartas que le fui enviando en una época en la que enviar cartas era como pasear o entrar en un bar y perderse en la barra. Me las imprimió todas en un cumpleaños. Hizo un libro de pasta dura que conservo como quien tiene un altar y reza a diario. Oro en paño, mi memoria preservada, aunque advierto cierto exceso que, visto el decurso posterior de los años, no sé cómo entender. Fueron escritos (calculo) a final de los ochenta y algunos años de los primeros noventa. 

10.8.26

De qué escribir

 

Decía Ambroso Bierce en su asombroso "El diccionario del diablo" que el escritor que no tiene nada que decir "se lo cuenta lentamente al lector". Creo que, arriba o abajo, llevo cuarenta años en esa lenta encomienda sin futuro y, sin embargo, no se me ocurre ninguna razón para dejar de hacerlo. El hecho de que se lea esa perseverancia no me satisface más que el hecho mismo de alegrarme por la sutil maquinaria del azar, que me sigue instruyendo (ciego asombro) en el arte de engañarme a mí mismo sin delatar ni mi ignorancia ni mi impericia. Bien temprano, esta mañana me urgí a escribir y no se me ocurría nada. Acabo de zanjar esa incertidumbre. 



9.8.26

Lacrimae

 


Ella escucha hormigas con nubes en la boca azul de las algas, lee las nubes cuando las demás ninfas cierran los ojos y nada predice la inminencia de un milagro. Ella es la distancia entre la herrumbre y los salmos, un rumor ocupado en desoír el lamento del aire. Ella canta mientras mueve las piezas del juego. Se sabe todas las canciones del mundo. Un día todos los caballos muertos serán emanaciones de todos los caballos muertos. Ni ángel que promulgue edictos ni hormiga en el camino hacia el templo. La niebla es un mecanismo de defensa de los poetas sin metafísica. Las hijas bastardas harán comercio con sus poemas infantiles. Bastará franquear el umbral con la tristeza de los soldados ciegos, con el humo de las grandes fábricas, con mujeres muy ancianas que rasgan la seda de la eternidad.  Nadiuska está negociando la salvación de su alma. Todo lo que puede ser dicho no expresa lo que el silencio contiene. Mañana llevaré a la imprenta el diario de la redención. Llevaré una brújula en el bolsillo, llevaré cromos del Atleti de mil novecientos setenta y seis, Capón, Bejarano, Cano y Ayala. Iré puesto de té birmano, verán mi corazón intimar con el barro, sabrán de la compostura metódica de mi sangre. Ella será un niño que obedece la danza del crepúsculo; mis ojos, tres piedras en la garganta de mi madre. Comprenderé la última voluntad de los insectos. En mi pecho fallecerán con unánime estruendo todos los días de la prosperidad y de la bonanza. Los relojes están llenos de niebla. El tiempo está izado por una mano de arena. El mundo es un ojo sacado de su cuenca y expuesto a la intemperie del fuego y de los hombres. Tengo en mí toda la sustancia de la luz. Cuando me huelan conocerán el cosmos, sabrán de las palabras del aire. Yo tengo la respuesta, les diré. Ahora estoy aquí, en la enfermedad de las palabras. Me explotan cien alejandrinos en el pecho, pero el miedo asoma su boscoso lenguaje de trampas y de leche agria por la ventana. Patrullas de agentes lingüísticos vigilan un desatino semántico que amenaza con acostarse con todas las nínfulas del barrio. Siempre tuvo éxito el pecado. Uno de esos tozudos agentes ha hocicado su ojo hebreo por la hoja en blanco y temo que la burda canción devenga tragedia, vasallaje del tiempo al instinto, la menor de las voluntades de un dios caprichoso que aturde la tarde con su coro evangélico de pequeñas hostias musicadas. Me duele el oído interno, tengo el yunque devastado. Me duele el peso del mundo, que ya no es amor. Es óxido, trama de metales con su vocación de réquiem. Siempre tuvo éxito lo clandestino. Ángeles de discreto aspecto victoriano fatigan las aceras a la caza de algún niño con anginas o de alguna princesa convocada para la ceremonia de la lluvia. Ahora mismo Chet Baker proclama la vigencia de las anfetaminas en el muestrario de vicios burgueses. Ahí pueden verlo, midiendo la boca del espanto. Por si entra con facilidad y no tiene que encogerse más. Es una criatura debilísima Chet. Se ha empequeñecido poco a poco. Ya no tiene la voz dulce de los cincuenta. Ya no se enamora con facilidad. Ya no trae oro cuando abre la boca y la acomoda al metal de su trompeta. Chet es mi padre con música de fandangos. No me preocupa el silencio. Recatado y puro, el dios de la cosecha o el dios del orden mordisquean sin estridencias la cabeza de una avispa muerta. Vírgenes coreanas encienden con entusiasmo incómodos verbos copulativos a la altura de todas las circunstancias. Mi madre, que ha aparecido de improviso, viste un kimono rosa en donde puede leerse un verso de Mallarmé en vasco, un verso de Keats en ruso. Mi madre no ha leído poesía en su vida. Los versos de Keats en el kimono rosa de mi madre, aparecida de improviso, imponen a la realidad una aureola de irrealidad o es justo al revés y yo estoy en la perplejidad del limbo, exploro el limbo como quien sale de casa y va al mercado y ve los puestos y se admira de la prolijidad de lo real. Los de Mallarmé. Todos los versos ungidos por el numen de la fe en la bilocación del espíritu. Mi padre duerme con una escolta de pájaros que lo izan muy alto y lo dejan luego en la cama para que no sepa que fue un sueño. Lo dijo el poeta. Yo sólo me dedico a poner al día los registros. Soy el que en la vana noche cuenta las sílabas. El inútil. El que no entiende ni la claridad ni la sombra. El desprendido de la rama del árbol que nunca da con la tierra ni corteja al aire. La poesía se abastece de estos desatinos. El poeta es un dios rudimentario y caprichoso. El poeta es un escriba de sí mismo. Un trémulo trino de trazos tristes. La poesía está adentro. El poema es un fulgor invisible, una luz apenas entrevista, un caos lúcido o un delirio. Uno escribe con pudor. No sabe bien qué decir, si convendrá o no decir. Si habrá pájaros. Si caballos. Si todo es un sueño. Si mi padre acabará echando a andar o a volar y ya no tendré que venir a verle dormir todas las tardes a la residencia donde se muere desde hace tres años.Se ha ido muriendo sin interés. Está enteramente dispuesto a que se lo lleven y cierre los ojos para que ninguna luz le recuerde la luz primeriza, la que lo escoltaba por la Colonia de la Paz, por las calles festejando su mocedad de bolero y Lorca. Los tiene cerrados.Hablo con sus ojos cerrados para que no se desvanezcan del todo. No me miran, ni los miro.También yo los tengo cerrados.Me duelen los ojos cada vez que no veo los suyos mirarme.He ido escribiendo la plegaria con afán orfebre, con tiento, con humildad. No sé nada sobre ninguna de las grandes palabras del mundo. Sé de las pérdidas, de los jardínes sin brújula, de las tardes huecas con un limón en la boca. 



7.8.26

El don de la tristeza / La utilidad de un cuenco vacío / Alfonso Brezmes

 


I

Debe haber una manera de que todo lo malo que nos suceda no prenda, no hiera, no rompa lo que antes fue alegría, esplendor, vida, en suma. Valdría un mapa que nos asegurase poder volver a casa cuando se ha malogrado el camino y no tenemos luz que combatan a las sombras. Las hay para que la luz irrumpa, podría pensarse, pero no siempre se tiene a mano esa llama pequeña que la derrote. Escribir sobre lo que se ha perdido sirve para que la pérdida no lastime. Este libro de Alfonso Brezmes no es un inventario de pesares, sino una brújula hacia la luz. El hecho de que podamos mirar de frente a todo cuanto nos merma y salgamos robustecidos, animados por una especie de don, que será de la tristeza y también de la esperasnza, hace que la vida, por más que nos debilite, prospere. Habla uno de oídas, aunque haya conocido la tristeza sobre la que se funda este (diré ya y repetiré más adelante) excelente poemario. Tenemos con qué hablar del dolor ajeno, de la tragedia ajena. Cualquiera de sus manifestaciones es de una intimidad que nos pertenece, está construida por la misma dura sustancia que nos abate con singular ahínco. Se afinca uno a la tristeza por designio divino, por la mera circunstancia de venir al mundo, qué podríamos usar contra esa bendición, por la pereza de Dios, que no se esmeró en el cuidado de sus criaturas y las arrojó a la alegría, al esplendor, a la desgracia, a la vida, en suma. De ahí que el poeta, más que inventariar su tráfago por ella, se empecine en registrar ese roto primerizo, alargado, perseverante, ese material sensible que, hecho añicos, cunde en la memoria y favorece que importe, más que nada, sobrevivir.

II

Venir al mundo con el recado de que algún día lo abandonaremos iza esta catedral de vida con la que Brezmes nos ha agasajado. Porque hay gratitud en quien lee, una manumitida de retórica, expresada con los más elementales mimbres: el de la conciencia de que el poeta nos habla con legítima intimidad. Como si nos animase a perseverar en lo que quiera que nos haga sentirnos vivos, determinados a festejar cualquier brizna de gozo y acunar su recuerdo para cuando vengan los colores fríos y los colores grises y todo lo que un día fue espléndido se preserve y siga su oficio noble de luz y de entusiasmo. Y mira qué es difícil escribir desde la pena y dar con el músculo de la alegría. 

III

Es un libro de colores este libro. Su don es cromático. También universal. Acude Brezmes a ellos para invocar la luz, su fragancia. El hecho de que el poeta decida encomendar a su memoria lo por venir le autoriza a rasgar el velo del tiempo. Es suyo, tiene propiedad sobre su influjo. Eso querrían muchos poetas: poder ver el mundo por primera vez (Origen) y hacer acopio de ese llorar de alegría y reírse de pura tristeza. Tal vez las dos emociones sean la misma. Reímos, lloramos, hacemos como que sabemos manejarnos en la alegría y en la tristeza, aunque el corazón sea quien finalmente se pronuncie. Brezmes lo ha apurado con magisterio: se ha hecho fuerte, ha permitido que la sangre no cuente solo lo perdido en su fluir ciego, sino que se afane por dar con el temblor del futuro. Qué hermoso ese vislumbrar en lo oscuro, ese palpar hasta que de pronto todo cobra sentido y las palabras (ellas son las que lo gobiernan todo) descubren nuevamente la vida. 

IV

Ser el poeta y el poema y quien lo lee. (Lo inevitable). Estamos leyendo al hombre, no a sus palabras. Leemos, nos leen. Yo creo que Brezmes se ha arrogado ese oficio en esta rendición de su ánimo. Habla para quien se está yendo, para quien fue, para quien no ha dado muestras de que sea posible que finalmente acaba yéndose, pero también le habla a quien no conoce, al lector que ignora tantas cosas, pero las sabe cercanas, vividas, sentidas. Me habla a mí, te habla a ti. Sobre todo, es un decir hermoso El don de la tristeza: un catecismo laico sobre la pérdida, sobre la melancolía, sobre todo lo que alguna vez nos hizo sentirnos vulnerables, patéticos, tristes, sí, pero sobre todo, humanos, destinados a perdurar como la piedra o como el cielo. 

V

Se habita un cuerpo, cuenta un poema, igual que se ama un pájaro en el cielo. Cuenta la dignidad del vuelo, la permanencia de las nubes mientras danza la carne en el pretil del tiempo. Acepta su decadencia, eso dice, tristemente. Y emociona leer que se deja ir, que se suelta "sin ruido". Que la vida obra con arteras maniobras, pero seguimos viajando, transcurriéndonos, dejadme ahora que conjugo a mi manera. 

VI

El don de la tristeza, más que otra cosa, es un libro que trata sobre el tiempo. No es del amor de lo que trata. Ni siquiera de lo que lo interrumpe. Porque el amor continúa su tráfago ciego, pero el tiempo es un arcano, un desbordarse sin que haya agua que acojamos dentro. Yo lo que quiero es esa melancolía dulce (es la palabra que más se me ha quedado, más que la tristeza que tanto acude) con la que el amante se sabe depositario de un fin: guardar los recuerdos, guardar los instantes. Y no se crea el lector que es un exhibicionismo imprudente: hay tanto cuidado en el contar, hay tanta belleza dentro de todos esos añicos del tiempo.

VII

Son poemas pequeños los que Brezmes elige. Todo es pequeño, ajustado a una necesidad de que la brevedad (no diré que la concisión) encierre algo enorme, catedralicio. Mira el poeta con los ojos rotos por la pena, pero darían la impresión, si los viéramos, de que se empecinan en aliviar el llanto y buscar un paisaje que permita extender el cuerpo, depositar el alma, que es una cosa física, dura, palpable, con peso y medida. Creo más cosas: el alma es tangible. La poesía la vierte. Podemos ver al poeta si sabemos leer sus versos. Vemos (el verbo es legítimo) cosas que no veríamos si no las leyéramos. Aquí hago mención de algo que considero fundamental en la poesía: decir lo que no se puede decir, contar lo inefable, hacer que lo invisible comparezca, permitir que todas esas grandes palabras del mundo (tristeza, melancolía, pérdida, abatimiento, muerte) se contemplen con una brizna (es la segunda vez que empleo esa palabra) de esperanza. Al final, va a ser que el don es suyo, de la esperanza, del porvenir, de lo que todavía tiene que suceder y nos tiene en ascuas, expectantes, solícitos, hambrientos, sensibles. 

VIII

Se muere uno de belleza. Despojado de cansancio, entregado sin tregua a la comisión de lo hermoso. Tardes felices en Venecia (El último vaporetto) en la que los barcos que se pierden duran más en la memoria que todos los que alguna vez nos sirvieron para recorrer lagunas, ríos, mares extraños, quizá olvidados. Engarzo con la cita que Brezmes toma de Piedad Bonnett: "Lo terrible es el borde, no el abismo". Una de las cosas que más me ha gustado de este libro es su capacidad para conciliarnos con la belleza. A veces se nos escapa, no damos con la herramienta que la abre y nos la muestra. Estamos ciegos, las más de las veces. Solo abrimos los ojos cuando nos hiere el temblor de lo inédito, el barco que se aleja, el silencio distinto a todos los demás silencios (Todos los blancos, el blanco). Es esa facultad para no saber nombrar lo que nos emociona lo que rige este poemario. No dar con la nomenclatura, no tener que hacerlo. Se van acumulando los prodigios, se va recamando de amor la memoria. Y no es preciso distinguir un silencio de otro, un blanco del siguiente. Y está a mano "la paciencia / de esperar a lo que llega sin nombrarlo". 

IX

Dónde habremos sido felices, nos preguntamos. La savia ( Punto de lectura) circula por donde suele, conoce su travesía, vigorosa, dice el poeta, pero el ayer "ya no es nuestro". Y entonces, si se nos pregunta, qué decir, cómo explicar la ocupación del tiempo, "los lugares en donde nos amamos", tan hechos a convertirse en el mismo. También es de eso, del don de la felicidad, de lo que habla este de la tristeza. No es posible extirpar el uno del otro, la carne acariciada con esmero y de la entregada a la dura decandencia, a su destino irrevocable. Al final, siempre hay un final, a pesar del esplendor del trayecto, solo nos pertenece la vida vivida, la que se encarga de que podamos sonreír "si alguien / al vernos tristes, nos pregunta". 

X

Aprecio una advertencia en el discurso invisible de todos los poemas: el de una especie de conferencia íntima, contada a unos cuantos elegidos. Como si se nos hubiese invitado a una celebración de algo. No sé exactamente qué motivo exacto la aliento. Probablemente lo sean todos. Cualquiera valdría. El de la bondad o el de la tristeza (tan repetida, tan inevitable) o el de algo parecido a la cercanía de alguien que te echa "una mano en el hombro" para que todo nos haga pensar en lo bien hecho que está. Un leve arrimo de amor. Un gesto sin alharacas. Una mano que comprende. 

XI

De llorar está hecho el ojo a lubricarse, a no caer en un secarral terco que no permita entender la variedad de las luces y el vocerío de los colores. (Lacrimosa). Se le da al ojo la cualidad de una entereza que no desea. Se gusta cuando muda la piel y se precipita en lágrimas. Le harán sentirse vivo. La xeroftalmia (gracias, Alfonso, por la palabra) intimida, más que otra cosa. Parece algo más grave, cuando no lo es. El ojo seco es una anomalía de la luz, incluso del corazón. Llorar cura, alivia, calma. Yo he llorado con frecuencia cuando la belleza me ha cruzado. No tanto por el dolor, que también, sino por la belleza. 

XII

Hay que saber estar tristes, explorar lo que lo triste ofrece hasta que se adquiere una especie de adueñamiento de esa bruma o de esa niebla o de esa nostalgia. He dado dos sustantivos físicos y uno abstracto, pero los tres son, en esencia, uno, y rescinden el comercio de la materia o del espíritu para poder manifestarse con ambos. Hay una tristeza que pesa como fardo. Una niebla que se cuela en el corazón. Una bruma que entenebrece el espíritu. (Nothingness) "Y vivir así, sin más cuidado, / como el pájaro que cruza la tarde / y va zurciendo el cielo con sus alas / para que no se caiga". Es no caer lo que anhelamos. O incluso caer con lentitud absoluta, a sabiendas de que descendemos, pero sin la rotundidad ineludible del suelo. De confiar en la verdad del aire mientras caemos. De saber que se cae incluso cuando creemos estar siendo elevados, adquiriendo una facultad que no es la propia, la de volar a voluntad, la de danzar y, en la sublimación de la música, pensar que no habrá cansancio nunca y no tendremos que pisar la tierra y morir un poco. Qué de cosas cuenta Alfonso Brezmes, sin aparente retórica, despojado de barroquismos, resuelto en liviandades, en esas ligerezas que guardan enseñanzas profundas. Quién las quiere, se preguntará el lector. Vamos descubriendo el dolor conforme el dolor nos atraviesa. Como el pájaro al cruzar la tarde descubre que se acabará echando la noche y no verá la fronda del bosque ni los tendidos eléctricos. Dice el poeta preferir siempre lo pequeño (De vita levis). "Como quien lleva un cazo ardiendo / o desiste un día de la infancia / de llevarse, cubo a cubo, el mar". Lo leve, añade, "ir echando raíces en el aire / hasta reconstruir aquel jardín / que alguna vez llamamos con nostalgia, / para poder soñarlo, paraíso ".

XIII

"Let's make Itaca great again". Qué lejos están los bárbaros, pero qué rápido avanzan. Es posible que hasta en la pérdida de lo que amamos atisbemos la pérdida de lo que somos. Uno frente al mundo. Qué pequeños parecemos.(Tan hermoso el viaje). Y lo que he reído al leer esa soflama brevísima. Como si solo algunos entendieran y hasta nos diese igual que todos la entiendan. 

XIV

Qué delicado habrá sido escribir este libro. No caer en sentimentalismos, no hurgar en los lugares comunes, tantos hay. Ha tenido que lidiar con la dignidad del corazón, que a veces se corrompe o se lastima en demasía y no da de sí mucho tras herírsele. Ha conseguido algo maravilloso: dar a la tristeza un significado nuevo. Convencer (convencernos) de que de ella puede surgir una tristeza mejor, una que haya aprendido a manejarse en la vida y nos haya convidado a ver qué hay cuando solo hay tristeza. Claro que hay oscuridad en la tristeza: la hay en estos poemas, no es posible que no se persone con su negritud inaplazable, con su duelo, con su luto firme. Pero hay evidencias de que las escaramuzas de la luz prosperen y la liza (la de siempre, el bien sobre el mal, la claridad sobre las tinieblas) no acabe ni siquiera en tablas, sino que venzan los colores, la esperanza, ese fundar de nuevo el mar (Tríptico latino: Vanitas) sobre el lecho de las lágrimas. 

XV

La tristeza es la ceniza cuando nadie recuerda el fuego. Duele más la tristeza que la muerte. El silencio es un mapa de la oscuridad. Hay que contar hasta cien con los ojos vueltos hacia adentro. Ahí el humo de las palabras, ahí el temblor con su muñeca rota.

XV

(Utilidad de la noche) Para lo que sirve la poesía es también "para pagar a plazos la muerte". Como si Novalis arreciase con algunos versos de sus himnos y tembláramos. Como si fuese verdad que nos pareciese "pobre y pequeña la luz", que el sueño "dura eternamente". Es también de eternidades este libro. Volvemos al tiempo, a su influjo. Hay que tener fe en el tiempo, en lo que hace con quien lo venera o con quien, inocente, lo ignora. "Un día pasearemos juntos", vuelvo a citar el poema de Brezmes. Pide, no obstante, que el amor se vaya y corra "libre". Escribir poesía (esta poesía, este urdir versos) es "contar una verdad / que no existía antes". (Mentiras relativas). Se hace verdad al ser pronunciada. Se sustancia, comparece, íntegra, ineluctable. Al llorar, el poeta, crea el mundo. (Recreación). Las lágrimas son el grumo novicio, el primer asidero desde el que poder levantarse y tocar de nuevo el paisaje. Eso hace la poesía, eso nos regala. He tenido la sensación, conforme iba leyendo, que El don de la tristeza es un largo poema único. Está fragmentado, dividido en muchos poemas, pero son íntimamente uno solo, extendido. Parecería un monólogo, un recitado. Se advierte, déjenme decirlo, generosidad en ese volcado personal, en ese contar que, más allá de la literatura, se erige como un cántico noble, que se permite invitar a Sade, esa reina del pop (alguien dijo que un amor como el nuestro no duraría) o a Tarkovski o a los pájaros de barro de Manolo García o a Ulises o a Lars Von Trier de Melancholia o al Roy Batty de Blade Runner . Quien habla es un hombre del mundo. Alguien que sabe que ocupará el mundo y que el mundo le ocupará a él. Ese es el recado de esta partida de cartas con el lenguaje. Ha ganado él, ha dado con las palabras correctas, con las que erizan la piel e invitan a que le pongamos la mano en el hombro y sienta, en su devastación, un halo de ternura, un pequeño arrimo de esperanza. 

Coda

Lean este libro por cualquier razón que se les ocurra. Cualquiera vale. Si están felices o tristes, si sonríen o si lloran con frecuencia. Háganlo para continuar estando felices o tristes o para seguir sonriendo o llorando. 




3.8.26

Costa Ballena

 

El horizonte, mar adentro, es una hucha millonaria. El cielo, un testigo ciego. La moneda de oro se pierde en el hondo azul. Se lo contaba a mis alumnos para que comprendieran qué es una metáfora. Yo todavía me lo pregunto.



29.7.26

Un recado


Hay que medir las palabras y luego volverlas a medir, esmerarse en la medida y luego pensar en si lo hemos hecho a conciencia, sin que falte una brizna de empeño, sin dejar que nos distraigan ni nos aparte de ese afán ninguna frivolidad a la que acostumbramos. Entrar así en la noche, buscar con fiereza su cobijo, razonar el tráfago del día, ingresar muy limpio en la dulzura del sueño. Y la noche lo alivia todo con su manto. Hasta procura palabras nuevas, hiladas unas con otras, embutidas en una frase que uno se empecina en recordar con diligencia y oficio, pero que no acude o acude rota, desmadejada, refractaria a que podamos registrar su fuste y su magia. Porque el lenguaje es una actividad en la que interviene la magia o el misterio. Anoche soñé, bendita ilusión, una trama de la que podría sacar un argumento para hilvanar un cuento. No daba para novela, salvo que la perseverancia extremara los cuidados y la historia, corta por necesidad, se dejara extender, permitiera que el motivo que la alentó (misterio, magia, incertidumbre) prosperara, adquiriese volumen, se impusiera la encomienda de envejecer. No ha sido así. He dejado cuatro apuntes. Uno de ellos me ha hecho envalentonarme para escribir lo que me fue contado. Aquí estoy organizando el caos. Tengo con qué armar la novela. La que empecé a urdir y se me resistía se quedará en un archivo en las tripas de la máquina. Tendré que volver a ella. Puedo decir que estoy determinado a alargar el sueño hasta que tenga doscientas páginas, trescientas. 

28.7.26

Gun Crazy













 Se gana más dinero entrando en un banco a la fuerza, gritando y encañonando a los cajeros que disparando coronas de fósforos en ferias de pueblo, invadidas de paletos, eso le debió decir Annie a Bart. Su historia nace en una barraca y termina a campo abierto cuando la ley les acorrala y deben poner fin a una de esas locas historias de amor a las que solo un trovador ebrio y loco  podría poner música y añadir letra. La melodía es la pólvora y el ruido del Colt cuando percute la bala y esta avanza hasta que muere en un árbol, en un fósforo o en un cuerpo. El demonio de las armas vive también en el corazón de los amantes. El amor fou, el loco, el depravado, el amor pintado con una venda en los ojos, ciego de verdad, insensible al mundo y a las leyes que lo gobiernan es el que carga las armas y el que las vacía. Lo hemos visto en muchas veces en una pantalla, leído en un libro, visto en la realidad, que es una pantalla y es un libro también. El cine está felizmente ocupado por demonios y por amantes endemoniados. El cine negro, en particular, acoge al mal con más ternura, lo trata de explicar y a veces, en ocasiones, lo consigue, aunque al final de la trama los malos caigan en un fuego cruzado o en una emboscada en mitad de un bosque. 

De Annie, ruda como lija, y de Bart, delicado sin ambages, salvamos la escena en que sus destinos se cruzan de una forma ya inextinguible. Caso de que no creamos en la eterna salvación de las almas, incluso aunque estas vayan a pudrirse al mismo infierno, nos queda la bendita absolución por la belleza del amor que se profesan. Una belleza perversa, evidentemente, de más retorcido grumo que la que se estila en las novelitas rosa del diecinueve, pero de las que se incrustan más firmemente en la memoria. Uno prefiere siempre el caos. En el caos se explica mejor el mundo. El orden es una irrelevancia. No se trata de encontrar un razonamiento que explique la malignidad sino del irrefrenable vértigo de consecuencias que esa malignidad trae consigo y cómo la voluntad del bien, de una forma casi abstracta, se declara vencedora,  acompañando (previsiblemente) la caída del telón.


La tira de fotogramas, ese fotomatón impagable, narra un mundo absolutamente fascinante. El del mal como un fogonazo que prende en el aire y se acuartela en quien con lo observa. A Bart, al espectador extasiado, el hombre prendado por la autoridad de las armas, que ve a una criatura  que las maneja con pecaminosa soltura, le sobreviene un irresistible subidón de feromonas. Es el tirón del apareamiento, la llamada de la sangre. Se aprecian a poco que nos acerquemos y observemos con detalle el aire percutido. Están ahí, en ese aire quemado, impregnándolo todo, izando su retorcida carga de veneno puro. 


El cine negro es un fogonazo en sí mismo. La cara de Bart está sobrecogida por la emoción, por el deslumbre sin argumentos del enamoramiento o de la esclavitud de la sangre, viene a ser más o menos lo mismo. No uno acogido a la prudencia ni tampoco el que se estila en las novelas decimonónicas, austeramente consciente de las trabas de la sociedad, de su constante vigilancia, sino el enamoramiento telúrico, desesperado, emponzoñado ya de inicio, en el momento en que Annie saca los dos Colts y los agita en ese aire quemado, percutido, insensible, sexual. Luego todo se conduce increíblemente hacia la fatalidad de la niebla, de los pantanos en los que la oscuridad lo ocupa todo y el telón, esta vez sí, baja definitivamente. 







27.7.26

Anthony Walter Burgess White

 


El tumor cerebral que le diagnosticaron a Anthony Burgess le daba un año de vida. Quizá algo más. La cosa es que el vaticinado óbito se demoró. El hecho de que sus finanzas no fueran muy boyantes le hizo conjurarse a escribir todo cuanto pudiera hasta que la enfermedad le apartase de este mundo. Pretendía que su mujer no pasara penurias y pudiese vivir holgadamente de los derechos de autor devengados de sus ventas editoriales. En ese año póstumo de su vida Burgess escribió cinco novelas. Tres años después del colapso, debemos decir del amago de colapso, Burgess produjo La naranja mecánica, su obra absoluta y uno de los acontecimientos culturales más notables del siglo XX si consideramos también la interpretación cinematográfica que formuló Stanley Kubrick. Como a Walter White en Breaking Bad, la espléndida serie de Vincw Gillian, la enfermedad no llegó a pasarle factura. Bien al contrario, lo espoleó, hizo que la magnitud de su inspiración adquiriese relevancia sobrenatural. El cáncer de pulmón le hace invulnerable, codicioso, violento, anfetamínico. White deviene en Heisenberg. El dictamen quedó en un error médico, uno que no todo el mundo perdona fácilmente. A Walter White le fascina el carpe diem latino, se lo cree absolutamente y lo lleva a diario a la práctica. No importan los daños colaterales, no le hace perder el tiempo la observación de la sangre que ha ido derramando ni el dolor que ha causado conforme la trama va avanzando y ese carpe diem se va alojando placenteramente en su cerebro, administrándolo todo. El profesor de química da paso al narcotraficante desalmado. Burgess no configuró un alter ego, no facilitó el advenimiento de una criatura larvada, expectante a que las circunstancias mediaran y se produjera su entrada en escena: simplemente multiplicó su producción, vivió exponencialmente la escasa vida que, a decir de la ciencia, le restaba. Tradujo la enfermedad es estajanovismo creativo. Se impuso escribir por encima de todas las cosas. Hacer que la caja familiar tintineara. Es un propósito noble, quién puede decir lo contrario. De hecho, La naranja mecánica narra un mundo hiperbólico, excedido, convertido en una especie de parque temático donde campa a sus anchas la violencia, la ciega irrupción de la barbarie, la debilidad del sistema. Como la obra de Vince Gillian,  que también exhibe esa musculatura viril, esa construcción sublimada de la violencia, convirtiéndola en un pulmón por el que respirar cuando el mundo que conocemos y del que nos fiamos desaparece y surge otro, que es, en esencia, doloroso, hecho con malos jirones de tela sucia. Solo hay que mirar bien y descubrir quiénes son los drugos de Walter White, sus compinches en el delito, los partners in crime. Seguro que al señor Burgess le hubiese encantado la serie. Ambos, personaje por un lado y autor por otro, evolucionaron, adquirieron recursos inéditos. Es el libre albedrío, la aceptación de que una especie de héroe irrumpa, de que esa heroicidad pueda corromperlos, en cierto modo, más en White que en Burgess. Ambos buscan una redención, no la misma, ni siquiera cogidas del mismo recipiente moral. A Walter White no se le mira con buenos ojos, aunque haya indicios de que no tuvo opción o de que no quiso tenerla y se gustó enredándose en un disfraz novedoso, el de antihéroe, el de autoridad de un mundo que no era el suyo. A Burgess se le mira con admiración: trabajó para que su primera esposa no pasara penurias, se encomendó ser otro, alcanzar cierta magnitud en el oficio que, a su pesar, no le hizo rico. La ficción no hace daño, escribí una vez. 




Muere Anthony Burgess con 30 años de retraso

26.7.26

Caballos que nadan


A Juan Ramón Mansilla, que los hizo ver el mar

 El amor es un delirio sin nadie que lo observe. Allí la luz torpe, su jauría de sangre. Se oye el oro tenso del cielo abrirse como un corazón de pronto abandonado. Una vez vi declinar la nieve en el invierno de un caballo muerto. El amor, derrotado. La quietud del ocaso. Qué clausura el cuerpo, qué crujir de alas en el aire. Con qué disciplina la carne íntima con su silencio. También duele el corazón, su brújula para nadie, pero he aquí el día de todas las palabras. Hay un rumor de pétalos en dónde, un pequeño alboroto de hormigas alrededor del ojo del animal caído. Contemplan la ocupación de la muerte ajena. Comprenden la inminencia de la propia. Será morir vaciarse, será cegarse. Todas las hormigas ciegas indagan el heráldica del aire, advierten el arancel del tiempo, ven en el roto desquicio del caballo la negra escritura de un temblor antiguo que no obedece a la belleza ni a la verdad. Obedece a otro motivo, del que no puede saberse nada y al que no se le asigna un idioma que lo transcriba y nos haga comprender lo que sintió el caballo al ser ocupado por la blancura infinita del invierno. El tiempo es un delirio sin nadie que lo mida. Allí el correr ciego de la luz, su anhelo inefable. No hay quien sepa qués el tiempo, qué un caballo. El tiempo es aquella caligrafía de la infancia luego fiebre y vértigo y sed incontenibles. El tiempo de las grandes palabras no volverá jamás. Tenemos el caballo, la nieve, las hormigas. No esperes saber más. Espera, cree. Banal el saber. Fárrago terco, hondura que se ensimisma. Los caballos están hoy junto al mar. Trotan, anhelan la luz. Sienten un vago consuelo. Se oye alejarse al miedo. La nieve es un desatino de la memoria; la tormenta, un eco perdido en el invierno. "Abrevan, nadan, cocean las olas, relinchan espuma". 



La condición anfibia

 En el fondo de la piscina, buceando sin mucho estilo o sencillamente ejerciendo una apnea frívola, como de submarinista novicio, pienso en todo lo que hay arriba, por encima del agua; pienso en el ruido y en el caos de los que ahí abajo no tengo noticia alguna; pienso tozudamente, sin que nada me aparte de esa idea de pronto trascendente, en la realidad a la que pertenecemos y a la que rechazo, considerándola, como en un juego discreto, la ficción que a veces encuentro en los libros o en las películas. Se nos tendría que haber concedido una condición anfibia, aunque solo fuese para permanecer así, bajo el agua, perdido en uno mismo, contemplando la nada azul que desinteresadamente nos retiene. Si el dios en el que algunos creen hubiese comprendido algo de lo que se tenía entre manos, en ese instante molecular y pristino en el que abrió todos los prodigios y los repartió a destajo, en una epifanía de generosidad, habría dispuesto un sofisticado sistema de ventilación a la criatura recién alumbrada y la habría dejado elegir entre la tierra firme, el agua voluble o una mezcla alegre de ambas. No ha sido posible nada de esto. Por eso el búnker es el agua. Por eso acude uno a ese limbo accesible, levísimo, en el que discurre sin las ataduras físicas del aire, ingrávido y fiero, como una burbuja a la que de pronto se le hubiese (ahora sí) administrado la facultad de la inteligencia. Abajo (ya digo) no se piensa al modo en que se hace arriba. Todo el oxígeno del que nos hemos abstecido se reparte de una manera morosa por el cuerpo. No se da prisa, no se inquieta por llegar tarde a lugares a los que antes acudía con presteza. Y el cerebro, ah el cerebro, se concentra en sí mismo, en su función primordial, en pensarse. Como si el dios del que antes daba yo una pincelada creacionista, ahora pusiera su empeño único en hacer una especie de balance de sus actos y durante cuarenta segundos (el Chesterfield y la baja forma física me impiden acometer inmersiones de más fuste) dejase de ser Él mismo y fuese otro, de una naturaleza distinta, incapaz de comportarse como antaño, libre y resuelto, concentrado absolutamente en entenderse. Y seguimos a ciegas, sin brújula, sintiendo el peso del agua en la espalda, la responsabilidad del tiempo en la memoria. Se tiene más convicción en lo que odiamos que en lo que amamos. Hay una especie de sacerdocio de lo humano. Estamos solos, vivmos solos, morimos solos. Lo de nacer solos queda en una anécdota. Está el verano haciendo sus maquinaciones para que no me prodigue como suelo. No tengo ganas de escribir. Leo sin el entusiasmo acosrtumbrado. Veo películas con cierta cautela. Solo me apetece dormir, estar en el agua del sueño, sentir el peso azul del mar, que es un recuerdo de alguien que ni siquiera puedo considerar que sea yo mismo, quien ahora deja aquí un último apunte hasta que regrese a mi centro. Estoy por no escribir nunca más. Por no leer. Por dejarme llevar y que la apena dure hasta que de verdad me ilumine la luz del aire. Por darme la oportunidad de que todo comience de nuevo. Estaría bien zambullirse por primera vez. Sentir que los pulmones se declaran insolventes. Mantener la respiración. Pensar que no pudiéramos regresar a la superficie y la vida fuese únicamente esa estancia dulce en la que el tiempo no se parece al tiempo que se nos confió. Ser un dios momentáneao. Tener la inspiración de todos los dioses profesionales.

17.7.26

El disco de Chet Baker salta


La vida, al cabo, queda en novelita rosa de azares y causas y cuando uno abandona este mundo siempre resta un deudo o un primo segundo de Cáceres que abre tu casa y se lleva en una bolsa recia de rafia las Obras Completas de Benito Pérez Galdós o todas las sinfonías de Berlioz en vinilo, aunque lleves sin oírlas quince años o no hayas seguido la plétora galdosiana. Esa rapiña funeraria. Expolio o polvo. El expolio incivil como un cuchillo codiciando la carne. El polvo como un ejército apoderándose del patrimonio silente. El polvo, el implacable, no solo se come entonces al finado (ya se sabe, polvo eres…) sino también (ay) a sus discos y a sus libros, a su álbum de fotos y hasta a la corbata horterísima que gastaba en las bodas. La vida, tan puta, concita así en su finiquito a quienes, en vida, quisimos, nos quisieron o ninguna de ambas cosas, pero se arracimaron a nuestra vera de modo que parecían, en las distancias cortas, familiares, amigos incluso. Debiéramos legar la risa, pongo por caso. O la mala leche de los lunes a las siete de la mañana. El júbilo tal vez.

A mi amigo Pepe, que era un bonachón, le entrego una pizca de mala hostia, que falta le hace. A Juanito, tan arisco y cabroncete, mi talante, ya que fama tenía de bonancible y festivo. A Lola, mi don de gentes. La vida, insisto, cuando cesa, abre la pandora espléndida del saqueo. Sentimental, en algunos casos. Acude el hermano lejanísimo, el cuñado al que nunca tratamos y los hijos bastardos de cuando hicimos la mili en Burgos, que se traerán, a modo de distintivo, algunos rasgos genéticos inefables, para demostrar, por la cara, la parentela, la comisión de la sangre. Acuden pues todos, voraces y terribles, diplomáticos y cautos y, al tiempo, solemnes y tristísimos, a litigar unos cuadros, unas baldas con Homero y con Agatha Christie, un piso en la capital o un coche casi sin kilómetros que arrumbamos al olvido cuando ya nos satisfacía eso de ir de un pueblo a otro. Toda la felicidad (o toda la tristeza) estaba en el nuestro.

Habrá que convenir una legitimidad a este buitreo, perdónenme la palabra. La muerte da sus réditos y hay una maquinaria bien engrasada para amortizar las pérdidas ajenas. Flores, misas, lápidas, herencias. Hijos en Burgos. Todo se aviene a ser facturado, escriturado. A desgravar incluso. Caso de que haya una vida después de esta, estaría bien que el finado, en el mullido más allá, asista al patético espectáculo de la pitanza que su ausencia ha dejado. En lo que a mí concierne, me va a dar igual lo que el respetable haga con mis posesiones. Ah, aviso de que un disco de Chet Baker tiene la pieza once un pelín rayada. La trompeta se escora al piano y, al final, la canción parece, en lugar de tersa y algodonada, ruda y un algo perversa. Como la vida misma.


Maneras de mirar

  Fotografía: Bruce Davidson Todo está en orden, se puede apreciar. Podría ser el desorden lo que emane de esa apreciación, según desee quie...