30.9.23

La noche ciega

 

“Yo entraré en la noche ciega

como entra la bestia pura,

que cuando la muerte llega

va y en la espesa espesura

cuerpo en calma y alma entrega”


Nicolás Guillén, Muerte


A morir iré con los dones de la vida. Resuelto y manso, inocente, con entera voluntad, con resuelta quietud. Apero no tendré, ni memoria. Seré la memoria ajena, tendré quien cuente conmigo, y nombre mi paso por los días en los que fui hombre y enfermé de fe en el amor que di y en el que me dieron. No hay muerte que duela más que la de la niebla con la que nos recuerden. Uno querría morir sin ruido, desvanecerse como el viento tras mecer la copa de un árbol o la frágil cima de un risco. Morir sin que fatigue ni duela. La muerte es esa piedra que duerme en la garganta, cito un poema, lo recito. Yo entraré en la noche ciega, abrazaré la claridad sin brújula, seré el sueño de alguien, estaré en la vigilia de otros. Sólo muere quien no vive. La luz será la luz y la lluvia, lluvia. Cuando no esté, veré lo que no he visto.  No serán míos los ojos, ni las manos que acaricien en la honda noche serán mis manos, pero alguien las traerá de vuelta, las hará tangibles y delicadas y fuertes de nuevo. No moriré. No existe la muerte. Fiebre, insomnio y vértigo es la vida, caudal y esperanza, festín de la sangre al ocupar la opulencia del cuerpo.   Todas las vidas felices se parecen unas a otras, pero cada vida infeliz lo es a su manera. Se puede leer a la reversa. A morir se viene sin discusión ni prórroga. Los días sirven para que se crucen: valles, ciudades, montañas, ríos, océanos. Larkin resolvía la cuestión de la muerte echando mano del médico y del cura vestidos con sus largos abrigos, con prisa, recorriendo los campos. Vendrá la muerte y reconoceré sus ojos, escribió el postrero y suicida Pavese. Se muere uno a velocidad variable, corrijo al bueno y atormentado Quijote. No pediré confesor que eleve mi quebranto ni escribano que cincele mi testamentario aliento. Mientras que el azar o las oscuras leyes del tiempo aplazan mi finiquito, contemplo el fulgor del cielo, trasiego con las palabras que lo festejan, conformo a mi alma y fatigo mi pasajero cuerpo. Ahora acabo de agasajarlo con un chuletón de sublime buey. Sabrán disculpar esta debilidad.

29.9.23

Un hueso, un vampiro, tres nubes

 Todos los días son el mismo y un limón en la mesa de la cocina reclama que se le abra y resucite. Todos los limones son emanaciones crepusculares de algún limón primigenio del que no sabemos nada. Todos los días son el primer día fundacional cuando el aire festejaba su eclosión en el aire y la luz era la primera luz del mundo. La luz era esponjosa, era ebrio clamor la luz, abría escorpiones la luz, besaba cuerpos de niebla, fingía ser sombra, talud, fiebre, blonda. Yo era luz, yo temblor, yo llama. Yo verdad que brilla, yo centro. El viento. Los ríos. Toda esa verdad con la que el horizonte pulsa el aire. Vi almendras desprendidas de un fulgor de verdes. Vi festiva la eclosión de la lluvia. Entonces vi grandes nada orquestales festejar la aurora. Yo era cuerpo sagrado, en mí se pronunciaban los heraldos. Vigilaba los desfiladeros, cubría distancias con los dientes. El fango es un muelle hacia la tiniebla absoluta. Todos los días muerden su infinito sin causa. Todas las derrotas tienen el eco de todas las derrotas. Un hijo te pregunta sobre Dios cuando se le cae un flan. Es la tiniebla, le dices. La tiniebla en la comisura misma de los labios. Lo oscuro con lo frío, el fuego con el metal de los abrazos. Ahí el dulce cabeceo de los árboles, el gemir de las piedras, el llanto del agua. Clamores de lo vivido, opulencia de lo que persevera. Estaba sin decir el nombre de las cosas. La ausencia era inefable, la cordura, el tráfago de las horas. Mueren en tromba las causas y los azares. He visto desangrarse un cisne. He visto un ángel flaco y triste comerse las uñas en la puerta de un centro comercial. Olía a estambres la noche de la ciudad, a madre cortando una hogaza de pan con un cuchillo pequeño, con el corazón antiguo de un poema que no recuerdo, con el látigo que gime, con la pequeña muerte del beso de la sangre. La resaca es un himno en la  boca del estomago. 

28.9.23

Soy hombre, nada humano me es ajeno



Homo sum, humani nihil a me alienum puto /  Soy hombre, nada humano me es ajeno 


Publio Terencio Africano


Hay dos especies de latinajos: los de latín de macarrón y pandereta, de andar por casa, restituidos con error, calzados en el decir con naturalidad y sencillo desparpajo, y los clásicos, los redondos, los que requieren una habilidad memorística, aunque no esté uno fajado en la lengua romana, los que no decaen ni les afectan las embestidas del tiempo y de las modas. Aprecio algunos o es su contundencia clásica lo que aprecio, como si el tiempo se combara y el glorioso pasado abrazara el glorioso presente, dejadme ser optimista. Este de Terencio es uno de mis favoritos. Para no perderme, por su extensión y su dificultad,  lo pronunció en castellano, no me atrevo a su restitución vernácula. De ser cierto lo que proclama, de serlo de verdad, sin doblez ni retórica, no sería este mundo tan feo y arisco como es, tan injusto también. He dicho feo, arisco e injusto, pudiendo haber acudido a palabrejas de más hosca fonética, las primeras que tal vez acudan. Soy hombre, nada humano me es ajeno, reza. Unamuno lo reformó en Del sentimiento trágico de la vida: Soy hombre y a ningún otro hombre estimo extraño. John Donne, deán de San Pablo, gran poeta y filósofo, en su inglés barroco, declaró que la muerte de cualquier hombre le afectaba; también que ningún hombre es una isla. Resuena en la memoria libresca el tañido de las campanas del que Donne no albergaba duda: doblan por ti. Todo lo que se hace por otro es por uno por quien se hace, podríamos decir. Los griegos llamaban filantropía a la inclinación natural a procurar a los demás el bien sin que medie interés y hasta acuse el propio interés la mella de ese esfuerzo. En Los hombres no son islas, recoge Ordine, tristemente fallecido no hace mucho, una cita de Bacon en la que da al hombre que no es bueno con los hombres la cualidad "despreciable y miserable" de cualquier clase de gusano. En todo caso, no nos distinguimos por vivir para los demás; bien al contrario, estos tiempos proclaman un gusto por el cuidado propio, por no poner el hombro, por olvidar el significado de una de las palabras más hermosas que ha dado el bendito castellano: humanismo. Tomando a Platón, Cicerón proclama no tener duda de que se nace para los demás. Hemos sido engendrados como hombres en razón de todos los demás hombres, continúa. Nada de lo que me pase cuenta si no es compartido. Montaigne lo expresó hermosamente: "A mi alma no se le ocurre una sola idea buena sin que me disguste haberla producido yo solo, y no tener a quien ofrecérsela". La entera condición humana debería contener únicamente un imperativo, el de servir, el de darse, el de comprender que afuera de ese acto digno ruge el caos, pero no hay consenso, nunca lo hubo. Temo que el caos sea el signo de cualquier tiempo pasado o futuro. La bondad escasea porque el mal precipita nuestra vocación de despreciarnos. Esa disyuntiva maniquea progresa sin que parezca que hayamos avanzado algo en la tarea de buscarnos y de entendernos. No hacemos ni una cosa ni otra: nos apartamos, nos miramos con recelo, desconfiamos, cerramos las puertas, echamos los candados, ponemos alarmas para que nadie se atreva a entrar, hasta bajamos la vista o nos hacemos los ciegos cuando se nos muestra la barbarie a la que acostumbradamente alimentamos. Somos los que el fuego abrasó. Nosotros prendemos fuego con atrevida ignorancia. Quemamos casas, fortalezas, ciudades, cuerpos, escribe Rafael Argullol en un poema. "Así cantamos, en interminables noches, / a la gran hoguera de la vida, / y, al día siguiente, vivimos entre humo". Todo lo que sabemos del humo no proviene ni siquiera del fuego antiguo y a veces liberador: es el alma la que nos cuenta su niebla, la que nos informa del aire turbado, irrespirable, convertido en paisaje. 

26.9.23

Bola de Nieve

Para Enrique Álvarez Bernal, con mi amistad, con mi complicidad

Ignacio Jacinto Villa fue Bola de Fango y Bola de Trapo en su adolescencia de barrio humilde en La Habana cuando amenizaba la precaria proyección de las películas de cine mudo con su piano, pero su cabeza gorda, negra y calva animó a Rita Montaner, la diva de la canción cubana de entonces, a bautizarlo para la posteridad como Bola de Nieve. La Única se entusiasma con aquel negro que cantaba con el corazón en la boca y el alma derramada en los dedos y lo hace debutar en la famosa Sala Politeama de Ciudad de México ante más de cuatro mil personas. Rita y Bola de Nieve, se lee en el cartel del local. Tengo voz de vendedor de duraznos, de ciruelas, dijo una vez, a modo de perdón, también de chanza. Hago cancioncitas baratas, solía referir cuando se le halagaba. Era fácil eso. Bola de Nieve interpretaba como nadie lo ha hecho nunca. Más que cantar, vivía la canción, él mismo era la canción. Su magisterio es teatral, su talento es el del actor al que se le ha encomendado que haga de sí mismo en cada obra.

 Triste por dentro, Bola (así le llamaban los cercanos) se recomponía para acometer la función primera del arte, que es conmover, crear belleza, hacer que la belleza impregne al que la restituye y al que la percibe. Su música hace llorar y reír, lo cual es lo más parecido a lo que hace la vida con nosotros. Sus boleros son estremecedores: hablan de todos los finales de cualquier historia de amor, de la aflicción, de la verdad de no poder ser feliz al no poder olvidar. Para darles vida, no precisaba de una técnica vocal depurada. A comienzos de los 60, la Cuba revolucionara vio en Bola un embajador de su música y le preparó una gira por Checoslovaquia, la Unión Soviética y la República Popular China. Era el hombre sentado a un piano abriéndose el alma para que los demás la escuchen. El son cubano cautivó a Mao Tse-Tung. Le cantó en español, en inglés, en portugués, en francés y en italiano. Por ser homosexual en la Cuba homófoba de Castro, al que el músico reverenciaba, 

Bola de Nieve tuvo una relación intensa con México, donde grabó casi todos sus discos. Santera, intelectual, chic, viajada a Nova Yol o a Broguay - así dicho - y a Parí, la loca cabeza de este músico irrepetible es una de las anomalías más hondas y hermosas de la interpretación vocal en castellano o en cualquiera de las lenguas del mundo que se plegaran al decir de su extraordinario sentido del dramatismo o de la chabacana glotonería o de la sensibilidad exquisita con la que versificaba las músicas de su memoria. Edith Piaf amaba la versión que hizo de su La vie en rose. Alberti le llamaba el Lorca negro. Caetano Veloso, la loca cubana. Camilo José Cela acabó una noche de cantinas por La Habana en compañía del "negrito gordinflón que tocaba el piano y cantaba canciones sentimentales, como un poeta franciscano pasado por el trópico". Cerraron la farra en El Floridita, el mítico local donde Hemingway bebía sin consuelo un daiquiri tras otro. La inmortal Concha Piquer mandó construir un piano para que actuara en la Gran Vía madrileña. Neruda se esmeraba al alabar su talento en cuanto tenia ocasión. Hoy no es nadie para mucha gente. Martirio y Chano Domínguez le tributaron un emotivo homenaje en un disco inclasificable y amoroso. Porque Bola de Nieve sigue cautivando a quien se deja. Mi primera fascinación Drume negrita, una nana tarareas sin que intermedie decisión alguna y te enternece como no pensaste que podrías. De su catálogo inmenso, este humilde y agradecido escribidor de sus vicios se queda con el repertorio tranquilo, el del piano y el desgarro intimísimo de unas letras sencillas, populares, poesía con el pulso de la tierra y del corazón que la trasiega. 

Bola de Nieve era a veces una parodia de sí mismo. Podía haber sido un crooner al estilo Sinatra, pero él supo deslindar la fama de su verdadera vocación, la de hacer lo que le venía en gana, la de tocar en Corea del Sur o en Praga y no consentir que la industria fonográfica, la de la fama y la de los vítores, le robara su espíritu primario, su irrenunciable embajada de amor y de sufrimiento, de vida vivida, de gozo gozado. Él sabía sus limitaciones, también su desparpajo y su natural acercamiento a las formas populares de la música afrocubana, del jazz, de los boleros o del mambo. Recelaba de las orquestas, tan apabullantes entonces, tan recurridas: su escenario era él mismo y la compañía de un piano, al que hacía hablar como si su voz se desacoplara de su boca y pudiera expresarse en él. Quiso cantar ópera, pero la voz sólo le daba para lo de las ciruelas. Su vocecita, atiplada hasta extremos delicadísimos a veces, torrencial otros, se manejaba con naturalidad, no precisaba alardes, nunca exhibió la floritura ni el virtuosismo. En cambio, poseía registros únicos, emocionaba por su pureza, por su lirismo, por su arrebatadora honestidad. Era hombre de enmascarar la voz, de adaptarla a lo que la canción exigía. Creyéndose un compositor mediocre, tiraba de muestrario ajeno: ahí el gran Lecuona, cuyos boleros eran recreados con diversidad de tonos, con una polifonía dramática que realzaba las piezas, sublimándolas. Las canciones del folclor patrio eran zarandeadas, convertidas, más que en piezas de baile, en himnos de fácil tarareo. Lo imagino en la gran ciudad de Nueva York, cuando se subió al escenario del Carnegie Hall, vestido con su frac, frente a su amigo el piano, decidiendo con qué lamento ablandar al público de la élite que había pagado una buena suma para ver a la figura cubana, al gordo negro que cantaba como casi nadie. Él hacía su función, ponía la mano para las monedas y las gastaba en clubs caros, en todos esos locales donde el jazz le hacía pensar de nuevo en su adorada música. Nadie vio de cerca su sufrir, salvo quien se abría bien de orejas y apreciaba la sutileza de su llanto en todas esas canciones maravillosas con las que se desahogaba, en las que se volcaba, donde vivía. Cuando murió, lo vistieron de gala, lo metieron en un ataúd forrado de seda, lo lloraron sin disimulo. Ahí estaba su amigo Nicolás Guillén y algunos de sus amoríos de cuando joven y todas las grandes estrellas de su oficio. Alguno cantaría, nunca como él, “Ay, amor” o “Tú me has de querer” o mi favorita, “No puedo ser feliz”, una declaración íntima, aireada al mundo  





25.9.23

Elogio de la iridiscencia del alma

 El dolor es siempre pregunta y el placer, respuesta.

Paul Valery 


El alma, a pesar de no ser algo tangible, posee una iridiscencia, un fulgor, formas donde la luz hace sus juegos y el resplandor (con su majestad, con su nobleza) irrumpe y luce. Al alma no se le da el predicamento debido, se la toma con ligereza, se tiene de ella esa percepción entre lo metafísico y lo pedestre en la que siempre sale perdiendo la certeza. No es de verdades el alma, ni de consenso. Hay quien la niega y sostiene que todo es una especie de ecuación interior en la que los términos en liza litigan su comparecencia con argumentos cartesianos. Yo prefiero pensar que no somos una incógnita despejada tras severas pesquisas científicas, sino una metáfora, una tentativa de infinito o un libro de arena o de agua al que no se le asigna un cese y se expande y transcurre mágicamente en quien lo abre y lee. También somos una respuesta a una pregunta que no conocemos, una afirmación hermosa, un canto de luz, un verso de un poema universal. 

24.9.23

Elogio de los días perfectos

 Todos los días son perfectos. Incluso los tocados por lo gris o por lo que roza y ya duele o por lo que horada y dañinamente sobrevive o por lo trágico que persevera o por lo triste o lo que nos hace flaquear o enmudecer o llorar o sentir que el peso del mundo ya no es amor. Todos los días son perfectos. Cada uno se convida de un fulgor, se arrebola de luz, se recama de fe en la inminencia de otro día en el que festejar el aire ocupado en visitar el alma. Todos los días son perfectos. Incluso los que no nos confortan ni consuelan, los días de la pesadumbre, los de las sombras. Son quizá ésos, los umbríos, tan diligentes en su tiniebla, los que cuentan de verdad, los que nos curten para que se festejen los días generosos. De ellos llevamos sabida cuenta, celebramos su comparecencia, la escribimos con alegre caligrafía en los cuadernos del tiempo. Pese a todo, no hay ninguno que no contenga la emanación de algún milagro, su sustancia pura, su incontenible y gozoso vértigo. 

23.9.23

Una oreja contada por un poeta


   

A Quentin Tarantino le interesa ver cómo a alguien le cortan la oreja. A David Lynch le interesan las hormigas que se la comen, sin regodearse en la hoja que la cercena, sin la truculencia de la sangre liberada. La oreja en la hierba de Terciopelo azul es la llave al mundo roto que pulsa debajo del mundo idílico. Hace falta gente como Lynch, observadores de las anomalías, sensibles escribas de la mala caligrafía del paisaje. Él adquiere la propiedad completa de lo observado y la retuerce o la comprime o la desquicia. El retorcimiento, la comprensión y el desquicio estaban en la imagen: sólo se requería un ojo atento, una cabeza inquisitiva. Cuenta siempre en la historia de cualquier disciplina artística la cuota de perturbados que hacen del hecho de mirar un noble ejercicio de extrañamiento. La realidad crea a su antojadizo capricho fracturas en su topología. Cuando no están a la vista, si su ánimo disruptor flaquea o se toma un descanso, todos los Lynchs del mundo corrigen esa pereza o ese olvido y plantan con deliberado empeño las suyas. Todos los que son como Lynch ven la oreja en la hierba y perpetran la acometida incivil de las hormigas devorándola. Maligna, transgresora, subversiva, escabrosa, onírica, morbosa, surreal, la oreja sesgada de Lynch es el ojo de mujer (fue de vaca en realidad) que Buñuel y Dalí sajaron en El perro andaluz, es la digresión del discurrir previsto, es la opulencia del morbo servido como catarsis, como plegaria, como absolución. En la poesía también comparece la subversión. Lynch es un profeta. 




21.9.23

Traducir el aire


Desde Babel, el hombre está condenado a no entenderse con su prójimo. Tal fue la admonición divina. Yahveh sancionó la soberbia del hombre cuando creyó que podría levantar una torre tan alta que llegase al mismo cielo para precaverse ante la llegada de un segundo diluvio universal. Entonces las palabras se perdieron por los confines del mundo. Flavio Josefo refiere que un soplo de Dios derribó la construcción. Otras versiones, igual de falibles, todas armadas con su relato fundacional, con su mito y con sus símbolos, sostienen que la torre continuó erguida, constatando el desafío del hombre, su rebeldía ante el cielo. Hoy se hablan más de cinco mil lenguas en el mundo, lo cual es un festejo para quienes las consideran señal de una identidad, bandera de un propósito de vida. El idioma de uno es tal vez su tesoro más preciado. Todas las lenguas muertas, las que languidecen o las que están severamente amenazadas, evidencian un descuido, una especie de desinterés también. Contado a la reversa, el despropósito, el descuido, también el desinterés, concurren cuando se menoscaba un idioma mayoritario (conocido por quien habla y por quien escucha) para primar o prestigiar otro que el receptor desconoce. El artículo 3 de la Constitución Española establece el castellano como lengua oficial y proclama que las otras serán objeto de especial respeto y protección. El plurilingüismo es una bendición. Ojalá yo dominara el francés y leyese a Baudelaire en primera persona, sin la comparecencia de un traductor. Disfruto cuando leo a Shakespeare o a Poe en inglés o cuando escucho a Michael Caine sin la falsedad del doblaje y me siento ciudadano del mundo cuando el obstáculo de mi idioma vernáculo no entorpece la posibilidad de comunicarme con un húngaro o con un coreano y recurro al vehículo bisagra de todos los demás, mi amado inglés. De hecho, llevo treinta años ganándome la vida con su enseñanza. Mi formación cultural, la que pueda tener, pivota entre la lengua de Cervantes y la de Eliot. Que yo ame a Simon & Garfunkel o a Frank Sinatra es por entender con a veces dispar fortuna lo que dicen. De ahí a que precise un traductor para conversar con un paisano va un mundo. 


El pinganillo entregado en el Senado a sus distinguidas señorías para seguir las intervenciones de los afortunados que poseen una lengua diferente y abandonan la común en el ejercicio de su parlamento es una anomalía a la que terminaremos acostumbrándonos, pero produce zozobra (es la palabra más suave que he encontrado y he querido ser templado en la elección del sustantivo) que un catalán, un vasco o un gallego hablen a sus convecinos sin que intermedie la lengua que comparten. Esa circunstancia elimina de cuajo algunas de las funciones del lenguaje. Se va al traste (otra locución benigna) la conativa: no hay una reacción, no se influye en él. O hay una reacción molesta, al menos, de naturaleza extraña, poco o nada práctica. Este sindiós lingüístico alcanza el culmen cuando un diputado catalán es traducido a uno vasco en español. Las guerras de antes eran de cuño religioso o territorial o económico o una combinación terrible de causas que las mancomunan a todas. Ahora ingresamos en ese listado el motivo lingüístico, aunque algunas de las guerras de ahora no tengan desplegadas milicias y las ciudades no se reduzcan a puro escombro. No habiendo tampoco dioses que nos amonesten, lidiamos nosotros mismos con nuestras faltas y corregimos las que podemos. Tenemos la dudosa virtud de inventar problemas para probarnos en la gestión de sus soluciones. Somos felices probando la paciencia o la elocuencia del otro, del que no es como nosotros, del que a veces no desea serlo. Hasta se extraen del no opulento erario público fondos para sufragar el coste de algo que a un ciudadano de Teruel no le interesa lo más mínimo, aunque admito que hay cien iniciativas distintas (huecas muchas) que también esquilman las arcas y se siguen acometiendo (iba a escribir perpetrando) sin que haya voces que las censuren. Es el poder de las minorías, ese juego de compensaciones que nos aleja. Se quiere que la lengua, más que herramienta de comunicación, sea heraldo de representación, símbolo, bandera de todas esas naciones sin estado que caminan hacia su soberanía. Claro, que para no entenderse, qué más da el idioma que se use. En la época de las tecnologías, en la sopa de la inteligencia artificial, miramos las letras, volvemos a la primordial advocación de la palabra. Todos los que se afanan por significarse en el ruedo político saben que deben adjudicarle la más alta de las devociones: ella les pondrá la silla de mando, ella hará que la feligresía jalee sus proclamas. No ha dejado de pasar eso desde el neolítico hasta hoy. Se arroga el poder quien está al cabo de los manejos de las palabras. Las asambleas en las polis griegas, en aquel parvulario sistema democrático, era una festividad de la elocuencia, un torneo incruento (habrá excepciones) entre oradores. No sé si en estos tiempos estupendos se festeja la bondad de la elocuencia o si todo se dirime y resuelve haciendo encajes jurídicos, pactos de matemática comprometida y vence el que tiene en el bolsillo la llave de una puerta que no le pertenece. 

18.9.23

El futuro

 El futuro debe oler a pan recién hecho,

hogaza blanda, pulcro trigo. 
El futuro masca hierba que huele a lluvia. 
Es río vertical, agua sin herrumbre.
Cielo como un temblor. 
El futuro es un árbol gigante 
en un planeta del que solo vemos 
un pulso de luz en un sueño. 
Loco, el futuro danza. 
Ni la sombra lo acecha, 
ni la sangre sabe. 
El futuro es el idioma de los árboles 
gigantes en los planetas sin música. 
La niebla del futuro se hace costra, 
líquido primordial, arrullo de un rumor 
que crepita en lo hondo. 
El futuro es un secreto 
dentro de un secreto. 
El árbol sin comparecer todavía, 
erguido en el éter, izándose 
con obstinado afán, perseverando 
en su condición de  milagro. 
El futuro son los mármoles y los oros 
de los regios monumentos que el bardo manuscribe en el ala de un pájaro 
al festejar el primor del fecundo vuelo. 

17.9.23

Un lugar en el mundo

 Un amigo mío decía que iba a los pubs para ver y para ser visto. Eran los años de los cortejos, aunque la edad no daba para filigranas galantes y volvíamos a casa, las más de las veces, desencantados, encendidos, aturdidos por la bruma feliz del primerizo alcohol. Esa sentencia lacónica suya fijaba un modelo de conducta, un método para entender la vida, entonces todavía huérfana de los quebrantos con los que nos cubre cuando la atravesamos. Era el tiempo de los besos precursores de la festividad de la carne, era también el de la inocencia, tan cara después. Al alma se la alimenta así. La endureceremos como si fuese un músculo, la precavemos contra las adversidades que la cercan y amilanan. Se la adiestra para que no flaquee, se la sanciona cuando se confía y permite que la muelan a palos. Es cándida en su niñez. Es después cuando se agría y corrompe. Tenemos más mecanismos de defensa que de cualquier otra índole. Nos contamos el mundo como querríamos que alguien nos lo contase. Más que para vivir, la curtimos para que sobreviva. Sobre ese prefijo aparentemente inocuo construimos la entera fortaleza de nuestra existencia. Es el simulacro el que manuscribe con morosa delectación la trama. Mi amigo poseía la dignidad más alta. También la sabiduría de un adolescente inusualmente dotado de todos los recursos de edades más provectas. Primero con timidez y, más adelante, con entusiasmo, mi amigo se esmeró en exhibir su extraordinaria singularidad. Le teníamos un respeto tácito, apenas manifiesto. Le mirábamos con admiración, privadamente envidiábamos su convicción. Ignoro si hoy procede como entonces, si sale para que se advierta su presencia, si ha encontrado su lugar en el mundo. Imagino que en aquellos maravillosos años ni él mismo medía la magnitud de su pequeño teatro. A pesar de los años transcurridos, serán cuarenta, guardo la imagen del hombre en su rincón del pub, vaso de tubo en mano, no perdiendo detalle, exhibiéndose, viendo cómo los demás se exhiben.  

16.9.23

Elogio del arrepentimiento

 Queda a consideración del que decide la pertinencia de su elección. Antes de elegir, si no interviene la improvisación, la pesa y la mide, observa si le satisface enteramente o si no conviene y cundirá el arrepentimiento. Hay pocas zozobras más lacerantes. Se arrepiente uno a diario, aprende a componérselas y remontar esa pequeña o grande fractura del espíritu. Contrita, el alma,  en esa aflicción que la reconcome, dilucida si obró mal y si esa falta contrae un castigo. Se hace prevalecer la autoridad de la sanción más que el hecho mismo de la conducta reprobada. No se nos educó para trasegar con el arrepentimiento: era una decepción en nuestro progreso hacia la madurez, era un síntoma de debilidad también. Dios los quiere arrepentidos, cantaba el tonadillero. Todo conducía a esa floración dolorosa de la culpa, pero hay veces en que el error en lo elegido obra a beneficio de quien marra y le depara más tarde, una vez pesado, medido, un gozo puro, una especie de revelación, una asunción del fracaso o de la fatalidad. El error es la constatación de la fragilidad del éxito. Es hermosa esa sensación de cesantía, de nómina ingresada en la cuenta de la derrota. El error procura una perseverancia en la tentativa, zanja la primacía de la certidumbre, nos hace nuevamente niños. De ellos procede la construcción de la inocencia venidera, la que nos hará dignos y nobles, ajenos a la comezón del espíritu cuando lo ocupan las sombras. La de veces que, al elegir mal, cuando me he equivocado, he sentido la bendita visita de la anuencia. Asiento, le doy la venia moral, esa aquiescencia plácida. 

15.9.23

Elogio de la música

 Últimamente leo más que escribo y escucho más que hablo, tal vez debiera practicar ese ejercicio con más frecuencia, pero por la noche, al clausurar el día, las cosas leídas me piden escribir y las escuchadas, hablar. Se escribe para leer lo que los demás no escriben. Se habla para escuchar lo que los demás no hablan. En cierto modo lo de escribir y hablar, furiosa y descosidamente como lo hago yo, resta tiempo para leer y para escuchar lo que escriben o lo que dicen los otros. Quien no lee y quien no escribe haría bien en hablar y en escuchar cuanto pudiera. Incluso al que lo hace no le sobra ese proceder enfático, esa voluntad de lenguaje puro. Las palabras, las leídas, las escritas, las escuchadas o las dichas, son lo único que tenemos. Todo lo demás puede traducirse con ellas, son ellas las que organizan el caos, el de afuera y el de adentro, pero hay un lenguaje que lo explica todo y con el que todo puede ser expresado. La música es la raíz de todo. Contiene la palabra por decir y la que tiene la inminencia de que se escuche. Ella es la que conmueve con más ardor, la que nos levanta si caemos o la que nos concilia con el mundo cuando no lo comprendemos. Todas las disciplinas artísticas se inclinan ante ella. Cuenta lo que el corazón no alcanza. 

14.9.23

El cielo contado por un pastor

 No es qué hacer sino qué deshacer. Hay que aplicarse a veces en la tala antes de ocuparse en la germinación. Es una especie de síndrome de Diógenes inverso en el que uno va acumulando emociones y experiencias (unas están dentro de las otras o viceversa) en la confianza de que habrá sitio para todas y cae de pronto en la cuenta de que la cabeza precisa una remodelación, un ejercicio de mudanza íntima que arrumbe lo que no se usa y dé vistosa preferencia a lo recurrido con mayor frecuencia, pero no hay gobierno ni patrón fiable ni criterio para decidir qué meter en cajas y qué no. Pareciera que carecemos de  intendencia que pese el valor de los recuerdos y sepa a cuáles dar salida. La cabeza está zarandeada por tormentas, dice mi amigo K. No hay día en que una no haga naufragar un barco. Tenemos muchos navegando por ella. Cada salto sináptico es un barco que está intentando llegar a buen puerto. Algunos hacen agua. A otros los espolea la fortuna. Cada vez suceda algo bueno es porque la química hizo su trabajo y la idea prosperó, salvando el oleaje impetuoso, esquivando las rocas en la inminencia de la orilla. Las monedas tienen dos caras. Una no puede existir sin la otra, en fin. La tragedia no es distinguible a veces de la comedia. Incluso las adversidades poseen un rasgo de pertenencia de la que no siempre deseamos desembarazarnos. Hay quien es feliz cuando los muchos reveses lo atenazan. Es una felicidad paradójica porque carece de bondad. Se basa en la costumbre. Millones de años de evolución han hecho que el hombre tenga admirables mecanismos de defensa. Somos criaturas perfectas en ese aspecto. A todo le sacamos beneficio, todo lo malo que nos ocurre contiene en su interior una brizna de bondad que emerge y se planta ante nosotros deseosa de que la acojamos. Quizá en el fondo lo que se tema sea ser igual de desgraciado cuando no hay motivo que justifique la desgracia. Mis males son míos, podría aducirse. No tenemos la voluntad firme de deshacer el rumbo equivocado, aun a pesar de constatar su daño. Cada uno se administra su porción de veneno. Todos tenemos nuestra parcela en el infierno. El cielo es solo un deseo. Cuánto más a mano se tiene, más conforta aplazar coronarlo.  Por eso el cielo está siempre a medio hacer, como dijo el poeta. Así que salimos a la calle y pedimos que nada nos contraríe. Hacemos esa petición sin verbalizarla. Es un pensamiento fugaz, una especie de invocación a la divinidad, como una oración pequeñita que ensayamos en la creencia de que alguien la escuchará. Dios está en la cabeza, forma parte de la sangre desde que el corazón empezó a ensayar sus primeros latidos. El pobre corazón. De ese no hemos dicho nada. También tendrá su opinión en estos asuntos. Dicen que son suyos. Le damos una carga excesiva, no tenemos consideración. Bastante trabajo tiene con bombear, con percutir, con cerrar los ojos cuando no le gusta lo que ve, con advertir que no le hacemos aprecio y lo forzamos más severamente de lo que deberíamos. Todo es muy complicado. La sencillez es una adquisición costosa, pero aprende uno a tutearla, la ve con familiaridad, siente que es parte suya. Somos más felices cuanto más sencillos somos. Escucho un labio que tañe la sorda ecuación de todas las campanas del mundo. Escribo un cielo en el que niños con la boca borrada azuzan perros al infinito. Uno toma aire como si tomara absenta, dice Luis Felipe Comendador. El aire se está poniendo tóxico. La absenta la expiden los galenos para amenizar la respiración, que se pone costosa en ocasiones. Si uno fuese Poe le sacaría partido a este sindiós de mundo que se nos está echando encima, pero no es Poe. No andamos para encostrar sino para abonar. Lo que no sabemos es qué echarle al campo. Qué pastorcico de los de las letrillas de Pablo García Baena velará la integridad del rebaño. Los lobos son muchos. Hay más lobos que ovejas y quedan pocos pastores. Está el campo convirtiéndose en un oficio de fantasmas. Ni se le saca la fruta feraz ni el poeta lo registra y encierra en un soneto. En este tramo canalla de siglo XXI el aire se ha viciado. Huele el mundo a esos pisos que han estado cerrados mucho tiempo. Huele a lobo cercado por los perros, por el pastor, por el hambre atroz que no le deja pensar en los motivos del hambre. Hay que deshacer antes de hacer, hay que reformar la casa. Días de absenta en el aire, días de ebria danza sin porqué. Ebrios vamos. Colgados. Insensibles. La cara que tenemos no nos la vemos. Quienes la observan no reparan demasiado en ella porque temen que les cuentes a ellos la suya. Somos los pastores que no tienen ni idea de cómo meter otra vez en vereda a las bestias. Somos el lobo malo de los cuentos antiguos. Somos las ovejas descarriadas. Somos parte, autor y público de una cosa gris que encostra (me ha gustado el verbo, viene de perlas a este sinvivir metafórico que nos invade) las palabras y las rebaja de su cualidad más hermosa. La de conmover. Ya no nos conmovemos. 

10.9.23

El espejo de los sueños / 6262

 


Mi blog. Mi casa. 6.262 días abierto. Pronto será mayor de edad. 4.014 textos publicados. 1.443.621 visitantes. Ese escrutinio feliz no rivaliza con las satisfacciones que me ha regalado. Gracias a quienes entráis y leéis. A quienes me acompañáis en este oficio de escribir y de saber que no está uno solo. Como una familia invisible. Tangible y festejada a veces también.

Una orfandad

 No tener a quién agradecer la clausura de las sombras al comparecer la luz, ni con quién compartir la visión de un milagro cuando ocurren y cree uno haber sido elegido para contemplarlo. Tampoco comprender el fuego ni la lluvia. El goce de esa ignorancia restaura una especie de locuacidad interior, no vertida, expresada con plenitud sin que las palabras le concierna. Todo es niebla, todo es la desvanecida verdad que tutela su afantasmada vocación de conocimiento. Entonces el alma es indistinguible del cuerpo y todo lo que nos hiere o nos conforta son la misma sustancia en un caudal puro y ajeno al tiempo y al espacio. El fuego arde sin porqué. El humo es una plegaria de lo arcano. Como un agujero negro en el corazón. Como un libro del que somos autor y lector continuamente. Como un delicado regocijo sin lenguaje. Los días traen su herrumbre, algunos con más obcecado afán. Lo que cuenta será el temblor de todos esos frágiles instantes en los que hasta el dolor intima con nosotros con su lengua artera de espanto y de ceniza. 

8.9.23

Una metafísica

 Son los preámbulos incómodos los que hacen de morirse un asunto desagradable. Incordia el cortejo de todos esos abrumadores indicios de que el camino no transcurre a voluntad de quien lo anda y de que nos acercamos incontestablemente a su brumoso finiquito. De no morirnos, quién sabe qué literatura haríamos o con qué entusiasmo o pesimismo abriríamos los ojos cuando irrumpe el día o cuántas oraciones sabríamos recitar de memoria. En realidad, todo es una maniobra de distracción a la que atendemos con resuelto arrojo. Quizá viva mejor quien crea en la ampliación del viaje que el que da por bueno la finitud de la que ha sido informado y a la que no pone mayor impedimento. El sueño que he tenido esta noche tenía el rotundo desquicio narrativo de todos los sueños, pero me acabo de despertar con una especie de revelación que, a medida que la vigilia prospera, remite. Conforme escribo, se desvanece. Ya no la tengo. Regreso a mi antigua convicción de ignorante en metafísica. 

7.9.23

De la luz

 


                                                  Fotografía: Morten Lasskogen


Lo que sé de la luz lo aprendí observando las sombras. Así del alma conozco lo que me enseña el cuerpo. Los dos intiman, se dan sin reserva o discuten y no se tratan en días. Yo los atiendo con fervor, pero me desoyen. A veces me inclino por agradar a uno y escucho la admonición del otro. Los objetos son emanaciones del aire, pensé una vez. El corazón es una extensión de la sangre. 

6.9.23

Un poema


 En un poema de Houllebecq había palmeras y amantes hindúes. También una piscina en la que el poeta hubiese querido pasar tres años. Quince. No presumo a estas alturas de memoria. Se ha empequeñecido, ha ido perdiendo esa pujanza primeriza en la que uno era capaz de recordar detalles irrelevantes como si fuesen la sangre que mueve el corazón del cosmos. No es la edad, no es algo de lo que ahora yo me queje, ni debe ser el cansancio, ese decaimiento lento y sin estridencias con el que el cuerpo evidencia un lamento, una figura casi puramente lírica: es la piscina en ese poema, que no he buscado en el libro, que ha irrumpido a su voladizo capricho en esta parada de autobús en la que espero que me recojan para ir al trabajo. Ahora veo pasar coches. El poema se desvanecerá en el trasiego de la mañana. Haré informes y levantaré actas.

5.9.23

De los árboles

 No hay que observar continuamente, se acaba por olvidar el motivo de la observación, casi es mejor que no haya porqué, sino que observar suceda para que nada suceda después y lo observado persevere en la memoria en la orfandad de las palabras, erigida su imagen para invitar a otras a que conformen un paisaje. Basta la rotundidad de un árbol. No se precisa que sea imponente, ni alto, ni especialmente llamativo por alguna causa. Es suficiente su condición arbórea. El árbol, cuando se han agotado la lentitud de su altura y la respiración invisible de sus hojas, deja de ser árbol. Nada suyo nos dice que sea un árbol. No asombra el terco temblor de las ramas ni el viento que las mece hace pensar en el viento ni en su trémulo parpadeo al ser mecidas. Uno es consigo mismo árbol al que alguien de pronto observa. De cansancio puro, el árbol se desdice. En su misterio irrumpe otro misterio. Ahí está el árbol dormido, desvaneciéndose. La trama de las tinieblas lo acuna. Como en un sueño de alguien. Cuando el sueño concluye, la madera cruje, la sangre que la atraviesa arde, las hojas tiemblan, la raíz pugna por desentenderse de la tierra y decirse ala. Si se ve volar un árbol es porque ha tenido la resuelta decisión de imitar a los pájaros. Ya no es de barro su lenguaje. Ninguna ciega obediencia le conmina a que dé de sí lo previsto y se ice hacia el ajeno cielo. Los pájaros son árboles insurrectos. Las nubes son tierra que anhela danzar por el aire. Las raíces son alas festejando azules. Se oye respirar la noche. 

4.9.23

Odiar II

 


En época de guerra a los alimentos se les llama víveres. y las carreteras son corredores humanitarios. Es lo que tiene el lenguaje: que se adapta a las circunstancias. En cuanto las circunstancias se ponen bravas viene un pelotón de fusileros y asedia una ciudad, interrumpe el suministro de agua, dinamita los servidores de electricidad y convierte las avenidas en caminos de escombros. No les importa la cuenta de muertos, ni el fuego, ni el aire mezclado con la ceniza. No hablan para no tener que justificar la barbarie, callan porque el silencio es una manera de disculparse, si es que esas mentes pudieran albergar un gesto de disculpa. Estamos al tanto de esa iconografía blasfema. Gente pendenciera que disfraza su pendencia de nacionalismo o de libros de fe o de acciones de bolsa. Gente que recorre las aceras, vigila los edificios todavía en pie y derriba con mira telescópica, en plan videojuego, a los desavisados que sobreviven y esperan que el azar les permita encontrar víveres o una fuente de agua o un camastro bajo un techo o alguien con quien hablar de su casa, que ya no existe, o de su alma, que ya no siente.

Odiar

 



"El odio es, de lejos, el placer más duradero. Los hombres aman a la carrera, pero odian sin prisa" 

Lord Byron


Lo único puro es el cielo o es el mar: lo demás es caos, es odio, es sangre. Las ruinas de las ciudades de la tierra no deberían tocarse nunca. El cielo no tiene escombros, ni el mar. Cuando haya paz se debería acordonar el paisaje devastado y dejar que sea pasto del tiempo y los poetas registren cómo crece la hierba y empiezan a izarse los primeros árboles. Que nadie entre, pero que todos la miren. Que sea la evidencia de la maldad de los hombres. Que ilustre a los que vengan sobre lo perturbados que estaban quienes las redujeron a ceniza. El mar no conoce la ceniza. Ni el cielo. Es el polvo lo que quedará al final, No hay nada que añadir. Da una tristeza muy honda la contemplación de los escombros. Sin entrar en quiénes son los buenos y quiénes los malos, las guerras son lo contrario del arte o de la vida. Pierden las ciudades, pierde el hombre, pierde el arte. No hay quien sostenga un solo argumento que justifique ese holocausto. La misma palabra holocausto, en su firmeza fonética, carece de justificaciones. Hay palabras que no deberían haberse inventado nunca. Holocausto, hecatombe, hambruna, horror. Es curioso que todas lleven hache, que es muda. No ha dejado de haber conflictos en los que se ha certificado la vesania del hombre. Ciudades rotas, abrasadas, borradas. Vistas cuando la población se ha marchado, observadas fríamente, parecen un escenario cinematográfico. La propia guerra, sin fijarse en su parte verídica, en lo tangible de su desmán, es una especie de representación teatral, estricto simulacro. Lo malo de que la ficción lo impregne todo es que no sabemos mirar la realidad con el respeto y la dignidad que merece. A todo le asignamos una cuota de tragedia. Parece una de esas frases con las que se abren las novelas fuertes, las duras, las que, conforme se leen, se cuestiona el estado del bienestar y la paz con la que conciliamos el sueño cada noche. No sé muy bien qué sentido tiene hablar de ciudades muertas. Porque hablar de los muertos es una costumbre antigua. Hoy miramos la ciudad. Nos fijamos en los agujeros que han dejado los bárbaros en las casas. No han podido deshacerla del todo, reducirla a cascotes, como quien dice. No hemos aprendido nada en todos estos milenios de convivencia. Estamos peor que al principio. Entonces, cuando todo comenzó, no había odio. Ahora el odio avanza como la peste. Gana adeptos, se curten en las batallas, escriben su discurso desquiciado, se creen legítimos arquitectos de un nuevo orden, pero es odio, puro y visceral odio, el odio que no se para cuando se ha cobrado la pieza y sigue arañando, hurgando, desquiciando la piel y la memoria de las cosas. 

3.9.23

Elogio de la conciencia

 



Uno toma distancia de lo que no le conviene, lo mira de lejos, adquiere la percepción de que no hay nada que le fuerce o nada que lo apremie o que le reconcoma. Sólo está la sensación de si hemos hecho bien y no hubiese sido de más conveniencia flaquear, dejarse llevar, poner en claro las ideas para luego arrumbarlas, darles puerta, hacer que no pesen dentro de la cabeza y campar por ahí sin que duela la conciencia. Caso de que no exista conciencia alguna, las horas pasan con más notoria frugalidad, se expanden, crujen, vibran, elevan su condición de espuma, nos confortan o nos sangran, pero es sangre con más vida que la que fluye en la oscuridad de su cauce, dentro del cuerpo, que es un tirano. El cuerpo es quien nos bendice y también quien nos condena. La cabeza es un vigilante jurado. Está ahí a ver qué pasa, por si se desmanda la escena o por si se estanca y no avanza. Todo lo que viene después (el cansancio, el pecado, la certidumbre de que el fin se aproxima, la derecha del Padre, la lujuria espiritual de una vida eterna) es materia secundaria. Cuenta el júbilo, sólo eso cuenta. Si yo escribiera un diario, sólo consignaría los episodios felices, las andanadas de alegría, toda esa trompetería dulce del corazón cuando late desbocado y amenaza con desbordarse, con salirse del pecho y danzar a sus anchas, festejando el ala el mismísimo vuelo, pero no sucede nada de esto, no al menos de un modo fiable, duradero, pero un diario se luce cuando es el dolor lo que lo conforma. Dolor y registro del dolor. Como si anotar las vicisitudes pudiera domeñarlas, hacer que no prospere la herida que producen. A veces dejamos que el cuerpo mande y obedecemos sus necesidades. Da igual lo que la cabeza decida, no importa que se obceque en censurarlo todo, en zanjar las veleidades, en poner coto al vértigo y a la fiebre. El placer es vértigo y es fiebre. Hay días en que uno piensa en estas cosas y otros en que ni se le ocurre. Días que aplazan las consideraciones metafísicas y días en que todo es cavilación y hondura. Los demás no entienden estas cosas. Uno tampoco entiende al otro. Son monólogos. Toda la filosofía es una fiera batalla entre la luz y la oscuridad, pero no se entrevé quién sale victorioso. Somos ángeles y somos demonios. Cuando estamos iluminados, sabemos a qué inclinarnos, tenemos noción de lo que de verdad nos alivia o lo que más nos deleita. No sé si esos otros de los que hablo caen la cuenta de estas cosas, ignoro si se entretienen en estas ocurrencias. Todas son frívolas, si se escuchan con atención, si se leen en detalle. La conciencia está continuamente construyéndose, lidiando con las formas que adoptó e intimando tímida o fieramente con las que se precipitan, inevitablemente. La ilusión de que tenemos una de la que nos valemos para consolidar nuestra conducta o para reprobar la ajena es una danza invisible, un flujo de datos que pesamos y de los que, cada uno a su manera, extraemos los perniciosos, los que no nos convienen, dejando que hagan residencia los que nos han confortado. Se nos hace crecer con la idea de que debemos adquirir un criterio propio, una conciencia privada, pero no nos dan las herramientas precisas: nos atiborran de miedos, de incertidumbres, de pesimismo. Sé de mí mismo tan poco que la aventura de irme conociendo satisface sin más discusión. De los demás sé menos, si cabe. También esa orfandad cognitiva es un aliciente para fijar un camino y andar. Por ver qué hay al final, por lo que su recorrido nos depare. Tener conciencia del tiempo es lo que nos hace humanos. También la conciencia de tener imaginación. El pensamiento debe ser lógico, pero luce con más entusiasmo (y es más divertido y hasta es más determinativo) cuando se arroga la potestad de derribar la razón y apelar a la fantasía para contarse el mundo y para justificarse a sí mismo. Somos conscientes de que fabular es conocer. No sabremos si es la cabeza o es el corazón el que manuscribe las ficciones. Todas ellas, al cabo, son un diálogo entre la materia y el espíritu, entre la mecánica cartesiana de la cabeza y la danza etérea del corazón. La conciencia viaja de de un lugar a otro. No será ni bueno que únicamente tenga una sola residencia. 


2.9.23

Breviario de vidas excéntricas/ 46 / Wendy III

Wendy ya está madura, un joven poeta sarraceno la ronda con versos cada noche, le besa el aura, la conmina a que deponga cualquier resquemor, le cree ninfa húmida en un soneto, la ve Eco sin Narciso. Un clarinetista bielorruso que le dio la mano al mismísimo Stravinsky le ha compuesto una pieza delicadísima en la que se escucha crujir el musgo de los tejados de su casa natalicia cuando el viento tiene fe en sus dientes de nácar. Wendy bebe a morro con un exégeta de la obra pía de Santa Rosa de Viterbo que le canta canciones de Jacques Brel. Un astronauta zurdo la corteja vestido de gondolero por videoconferencia. Un sacristán reprobado por su parroquia por mirar con impropio desatino los escotes de las feligresas le pide que viaje con él a Roma para que el Papa se conmueva y le escriba un documento exculpatorio.. Un joven taxidermista del Bajo Ampurdán aficionado a las literaturas germánicas medievales la lleva a congresos estivales en un Cadillac Seville que compró a una estrella del hip hop. Wendy ya está madura. Un arponero septuagenario de la isla de Thule aficionado a la numismática soviética la lleva a congresos estivales y la corteja en los intermedios de las grandes óperas que se representan en las ciudades portuarias. Wendy ama los pasajes bíblicos en los que colisionan imperios y la sangre del incesto rivaliza con los milagros de la nueva Jerusalén celestial. Wendy ya está en edad de ser cubierta por efebos dionisíacos. Los dispone en filas. Ocupan un campo de fútbol abandonado a las afueras de una ciudad industrial de la cuenca del Rhin. Algunos, entusiasmados por el ejercicio lúbrico, retoman la fila nada más abandonarla. No les importa esperar un día completo. Nadie conversa mientras esperan. Si alguien hace algún comentario improcedente, se le conmina a que abandone. Hay quien ha visto crecer su barba, quien ha caído enfermo por hambre o por melancolía. Un obispo luterano la ha elegido para la conversión a la fe de los espíritus más enconadamente reacios a la gracia de la divinidad. Un tractorista con un máster en agrimensura babilónica la pasea por las calles de su infancia mientras unos jóvenes músicos tocan polkas vienesas. Wendy acaba de iniciarse en los rudimentos de la metafísica. Un bufón de la corte de Felipe III el Piadoso se la presenta a la reina María Margarita de Austria que de inmediato la introduce en las intrigas palatinas para que proteja a su primogénito varón de las malandanzas y lo curta en el arte de seducir a las hijas casaderas de las monarquías europeas. Wendy contempla de cerca el ojo de un caballo. Cree ver en esa hondura ancestral la geometría de las tormentas, la perfección del silencio que precedió a la fundación de los cielos, la lluvia incesante en los prados de la glauca tierra primeriza.




De todo lo visible y lo invisible

  No sabe uno nunca cómo lo miran los demás, cree tener una idea aproximada, maneja cierta información más o menos fiable, pero no hay forma...