26.6.20

Bosquianadas V / El jardín de las delicias / Tabla central


No sé si hay que ser docente a tiempo completo, tener esa conciencia del oficio sin interrupción. O cardiólogo o economista o guardia de seguridad a tiempo completo. Si cualquier trabajo que se tenga exige esa entrega continua, tangible. Si puede reprobarse aplazar esa condición laboral y no ser docente ni cardiólogo ni economista ni guardia de seguridad un periodo del tiempo al día o durante el rato en que no se ejerza. No sé otros gremios, pero el mío es particularmente peculiar en este aspecto. El maestro, salvo saludables casos, ojalá prosperen, es maestro en la escuela y en casa, cuando pasea en su esparcimiento y en sus conversaciones de barra de bar. De hecho, no son pocas (de verdad que no) las veces en que he escuchado de ellos (yo he caído también en hacerme vocero de esa especie) la pregunta absoluta: ¿qué pasará en septiembre? Parece que no hay vacaciones, por más que las merezcamos, dejadme que haga énfasis en esa idea, la de las vacaciones. Nadie cuenta qué hará en verano, cómo usará ese espacio de tiempo y si irá a la playa, a una casa rural o se quedará nuevamente en casa, por temor o por inercia o por la maravillosa sensación de levantarse y no tener que sentarse frente al ordenador y dejarse los ojos y la espalda en el desempeño digital de su oficio. 

Las cosas que a uno se le ocurre hacer en este verano probablemente no sean muy pensadas. A más se piensan, con más obstáculos tropezamos. Poseen la facultad de sacar imprevistos en donde únicamente se presentía un camino recto y, sobre todo, poco inclinado a que el azar lo haga serpenteante y, en casos, hasta meandro sin disimulo. Las veces en que con más entusiasmo se preparan suelen ser las que coinciden con mayores inconvenientes. De ahí que venga bien improvisar, no dar nada por sentado ni rubricado, no caer en esa costumbre de creer que lo más ansiamos está a nuestro alcance y que solo depende de nosotros abrir las manos y agarrarlo. Se escabulle: los deseos tienen esa facultad, la de no avenirse a consideraciones privadas que fantaseen sobre ellos, la de bajarnos de cualquier nube en la que nos hallemos. El docente, he aquí el sujeto objeto de toda esta colección de imágenes con su pie de texto (Ramón ilustra, Emilio escribe) tendrá, sin embargo, algo de lo que carecía en su quimera de voluntos apetitivos. Tendrá un pequeño intermedio en la faena, nada del otro mundo, aunque algunos les parezca que tenemos el trabajo perfecto. Ya conocen la frase: gana como un ministro, descansa como un maestro y trabaja como un cura. No sé de ministros ni de curas, así que me limito a explayarme con el oficio de maestro, que para eso lo conozco. Así que no tengo ni idea de lo que haremos en septiembre. Ya nos contarán, ya veremos. Este docente va a empezar a pensar qué hace a partir de la semana que viene. Sin rúbricas ni indicadores. Sin ejercicios de ampliación ni de refuerzo. Si me pongo a pensar mucho en la escuela de septiembre, me echo a temblar.

23.6.20

Bosquianadas IV / El jardín de las delicias / El infierno


No oír entra en lo razonable, puede haber trabas, zanjas acústicas que aminoran la capacidad de registrar las vibraciones. Hasta inapetencia o desidia o indolencia, que es un término más sancionable, ya que expresa una falta completa de voluntad. También puede oírse, hacerse eco de lo dicho, pero no prestar atención, no conceder importancia a lo oído, dicho sin pretender resultar cargante. Se tiene la idea de que conviene tener qué oír: el silencio es una incomodidad, nos hace pensar en nosotros mismos, nos enfrenta a nuestros pensamientos y no siempre, a pesar de que nos pertenezcan, los queremos cerca, susurrándonos por ahí adentro, haciendo que pensemos más y se acumule el trabajo. Una de las cosas que ha ocurrido en este periodo de convalecencia social (la pandemia, el confinamiento, la distancia social, la neonormalidad) es que nos han saturado de información. Uno criba lo que oye (iba a escribir lo que escucha) y acaba siendo extremadamente exigente en aceptar nada que lo haga dudar. Decide, pongo por caso, censurar información deportiva o el parte del tiempo o la estadística del parqué madrileño. En esa oclusión hay un riesgo enorme: se acaba escuchando únicamente ciertas cosas, solo unas cuantas son merecedoras de nuestra atención. Nos convertimos en especialistas de una parcela de la realidad al tiempo que ganamos en ignorancia en todas las demás parcelas. Cuando encuentro amigos que no saben muy bien de qué va la escuela reciente, no me explayo en contarles detalles, pero expongo un malestar, una especie de desafecto por las nuevas exigencias burocráticas o por la insuficiencia de personal o por la abrumadora evidencia de que somos cada vez más esclavos de las (nuevas) tecnologías, en detrimento de patrones de enseñanza de probada eficacia, que se están menoscabando, arrumbados al sótano de los trastes viejos. No es que no valgan esas novedades. De hecho, se ha visto su necesidad en estos últimos meses en que han sido las máquinas las que no han servido para que el trabajo no decaiga. Pero ha sido una labor en la que no habíamos sido instruidos o en la que no hubo tiempo de que lo fuésemos. Hemos bajado al infierno, entiéndame el amable lector, y hemos regresado. Se entrevé que no soy uno de esos docentes al tanto de todos los cachivaches digitales. No querré serlo. Estoy en mi absoluto derecho a permitir que los años que me resten (no son muchos) transcurran como los que he ido dejando: placenteramente enseñando sin que una caída de la fibra óptica del colegio o una avería en la pizarra digital malogre un bonito día de escuela. No damos más de sí porque la empresa ha sido abrumadora o porque no hemos tenido refuerzo administrativo fiable o porque todo lo que hemos hablado no ha llegado a oído alguno. Se constata cada vez más la costumbre de que no se nos escuche. Que ni siquiera se nos oiga. Habrá trabas, zanjas en el aire o indolencia en quien oye. Si escuchara....

22.6.20

Bosquianadas III / El jardín de las delicias

Ave rapaz coronado con caldero y sentado sobre retreteEl jardín de las delicias (1500-1505)El infierno: postigo derecho

La cultura no es una actividad de tiempo libre, sino la actividad que nos hace libres. No sé dónde leí la frase. Era así o de parecida manera, es cosa de buscar, Google lo sabe todo. Es la palabra que eché en falta de entre las muchas que ocupan la ilustración. Quizá no había dónde alojarla, en qué hueco hacer que se ajustara. Se la da por presente, pero es casi siempre la escamoteada. Es a lo que aspiramos y, al tiempo, es de lo que más nos alejamos. Tener cultura no tiene el predicamento de antaño. Se puede prescindir de ella para manejarse por el mundo y hasta medrar en él. Es el medro el que manda, el bienestar económico, el festín democrático del mercado. Cosas que no son nuevas, a poco que se piensan: vienen de antiguo, están muy vistas y, por tanto, ya no asombran. No aceptándose, cómo hacerlo, se hace uno a ellas, qué remedio. La Política Educativa no mima la Cultura, alardea de que importa, pero no entra en ningún plan, no sucede eso nunca. Es que muy abstracta la Cultura, dirán. Hacen que suene mucho el poeta del que hace doscientos años que ha muerto o el pintor cuyo centenario está al caer, pero ese interés se desvanece más tarde, no cunde, tiene como fin abastecer un protocolo, dar entrada a un deseo de apariencia, como el que entra en una biblioteca a ver cómo los demás leen, sin que esa voluntad obligue a que extraiga un libro de una balda, se acomode en una silla y lo abra. Es la cultura del simulacro, la de la impostura, la que se labra un porvenir que únicamente repite un rito carente de significado, formulado para declarar una evidencia y hasta para amplificarla, pero no para hocicar en ella y empaparse con ella. Todo lo enturbia la burocracia, en todo surge ese monstruo invisible. Calzar política con educación es una disciplina que requiere un cuidado que no siempre se detecta, se confía a veces a los que no han pisado una escuela, autoridades que desconocen las costuras de ese traje que se les encomienda confeccionar. Salen leyes que no tienen nada que ver con el ejercicio de la docencia, sino con su logística, con su desempeño registral. Nos sentimos con insoportable frecuencia oficinistas, cuando no es ese el cometido que se nos encomendó. Nos sentimos con repetida reiteración consignatarios, escribas ciegos de un documento infinito que, las más de las veces, carece de interés, no suscita consenso, ni persigue eficacia. Se nos financia a ciegas, adjudicando partidas monetarias que no siempre coinciden con necesidad reales, las que detectamos a ras de aula. Se confía a la tecnología el arreglo de los rotos del sistema, lo cual no está ni bien ni mal: todo depende de qué se prime y cómo se libren esas cuantías económicas. Faltan maestros y sobran ordenadores, por ejemplo. Los docentes somos de una mansedumbre probada: no chistamos más de la cuenta, hacemos cuanto se nos solicita. No entremos en materia escatológica: no se citará aquí qué evacuamos, qué fluida depuración de materia sobrante aliviamos y dónde procedemos a liberar esa carga prescindible. Al final olvidamos qué material sensible tratamos. Es el futuro el que se nos confía modelar. Somos esos arquitectos del tiempo. Todo lo que suceda en ese futuro procederá de lo que hayamos acometido en este atribulado y febril presente.

La gente feliz lee más despacio / Reseña de "Música de carreteras" de José Luis Martínez Clarés



Sin que el autor sea amigo de las metáforas, eso confiesa en un poema, hay muchas en su libro. Casi no son materia recitable cuando acuden, sino un pequeño arrimo a una conversación de barra de bar. Más que leer, uno cree estar escuchando la voz del poeta. Cuenta la transmisión oral, cierto apego a la literatura popular, que en palabras suyas, no podría ponerse en la piel de quien no conoce (por lejano, por ajeno) y sí, con sobrado oficio, en los que están a la vera suya, en su trajín provinciano, sutil o abrupto, según a qué aplique su sesgo lírico. En Pecados veniales, mi poema favorito, Martínez Clarés hace de Mercedes una contemporánea Beatriz, siendo él (en los breves versos, ningún poema es extenso) el atento Dante comisionado para registrar la fascinación de estar vivo y sensible a los primores de la realidad. Eso hace el poeta: se aposta a conciencia frente al tumulto de la vida y hace un escrutinio privado de su vértigo y de su fiebre.

Música de carreteras
(Premio Rafael Morales 2019, Colección Melibea, Talavera de la Reina, 2020) es un alarde generoso de episodios íntimos, qué libro de poemas no lo es, por mucho que el poeta se enmascare o eluda comparecer a las claras. El paisaje no es responsable de los ojos que lo miran, cuenta un verso. Se puede tomar el conjunto como el hilo narrativo de un personaje impostado, creado a posta, ocupado en constatar el dolor y el júbilo, sin que esa delicada operación le exponga más de la cuenta. Pero Martínez Clarés se pringa, da de sí cuanto puede. No se arroga la empresa de consignar la penuria de los refugiados, no se cree facultado para contar cuanto no conoce. De ahí que uno agradezca la honestidad brutal de sus poemas: es el poeta exhibido sin doblez, es su sensibilidad la que se desnuda. No hay ninguna cortina de humo tras la que guarecerse, es un hombre el que escribe, a pesar de que diga no gustarse demasiado (eso no nos importa) y que se cae mal o no se cae muy bien del todo. El poema nace (añado yo) cuando el poeta esté enfrentado a sí mismo. La literatura es una extensión de esa zozobra generosa.

No crea el amable lector que este poemario carece de virtudes estrictamente líricas, por más que el aliento verbal lo impregne y haya una trama novelística, si uno sabe hurgar. El poeta (el narrador, vienen al caso ambas facetas creadoras) entiende (vuelvo a sus versos) la vida a medias, lo cual asegura que transcriba esa incertidumbre suya con titubeos narrativos, con visible pudor cuando la vida nos abruma y hace que flaqueemos y no sepamos con qué herramienta medrar en ella. Los materiales que usa en su morosa orfebrería son comunes y conocidos: árboles, carreteras, barras de bar, niebla, recuerdos, viejas bandas de rock and roll, poetas laureados, viejas fotografías de la infancia, bourbon, estampas de su pueblo, libros, seres mitológicos... Lo que hace el poeta es rendir cuentas consigo mismo y, a criterio de quien se deje, hacer que nosotros saldemos las propias y hagamos recuento del viaje, no muy distinto al suyo. Así que el poeta invita a Hopper, a Forges, a Status Quo, a Charlie Parker, a Verlaine, a sus adorados 091, a Virginia Woolf, a Hopper o a mi imperecedero George Kaplan. Debió cuidar mucho a quién invitar a su casa, pero todos ejecutan su parte de la trama con pulcra eficacia. Hay un juego precioso entre lector y poeta. Viene a ser algo parecido a esto: yo cuento lo que me se ocurre, lo escribo a mi manera, hablando en plata (otro estupendo poema), sentencio cuando puedo (no siempre está la mente ágil, hay veces en que cuesta dar con las palabras) y espero a que alguien venga y se deje contar. Es fácil ese recado, el de leerlo. No porque sea una literatura fácil, aunque la forma sea asequible, en apariencia, y eluda a conciencia el retruécano o el lenguaje alambicado, sino porque hay una cercanía, un haber estado ahí y sentida esa misma fascinación por las mismas repasadas cosas. 

Igual que uno no recuerda mucho de algunas de las cosas que ha vivido y tan sólo posee la sensación de que algo de ellas le pertenece, no mucho, la verdad, así transcurre la existencia del poeta, poniendo en claro, como haría Jorge Guillén, procurando un inventario episódico y lírico, fundando un territorio personal y reconocible: Martínez Clarés es albacea de sí mismo, una especie de notario doméstico que da carta pública a lo estrictamente reservado y propio. Torpe instrumento es la poesía, si pobre es el poeta, pero he aquí la firmeza y la grandeza de la escaramuza de escribir, de hacer constar el crujir de los huesos cuando la edad nos abate o el peso del amor cuando de pronto lo creemos flaquear o la sobrevenida tristeza que nos asalta cuando las fotografías del salón retratan cadáveres (Un post-it en la nevera, otro formidable poema). En palabras de George Steiner, la verdadera poesía carece de límites y el poeta de verdad, cuando está centrado en su trabajo y lo vierte con franqueza y apasionamiento, hace que se eche al lado cualquier crítico. La fuente de su inspiración es esa franqueza, que es el dominio de su campo de trabajo: su memoria, Gor (su pueblo y su gente), y la poesía, que lo entrecruza todo y hace que emerja un narrar costumbrista en tramos y también lírico sin interrupción. También el cine visto, la música escuchada, los libros leídos, la vida tomada como un regalo al que hay que rendir obediencia y respeto. Por eso suena limpio el discurso poético: porque habla de escuelas de barrio, de mapas de carreteras (que son los ríos de Manrique, por si no se habían dado cuenta) y de héroes de andar por casa (que son los hombres sin honduras ni metafísica, los que filosofan sin decir una palabra de más de tres sílabas). De ellos admira que no les haya podido la distancia ni el desaliento, como a los poetas que pueden todo: él dice carecer de esa facultad y sabe sus limitaciones, pero son los mimbres del pudor los que escriben. Mimbres de una poesía que debe sonar bien al ser recitada. No hará falta que el lector imposte la voz o tenga que trabajar la dicción hasta que dé con el timbre idóneo. Es de leer con la voz de a diario. Un poco expresionista, con la vocación de traer a la vez la luz y la sombra, Música de carreteras es literatura que no debería envejecer. La gente feliz lee más despacio. 


19.6.20

Un sueño


El dulce delirio que en tromba acude y con galante arrobo me reclama se desvanece como rocío en el aire recamado en invisible fulgor. Tañe la tímida lira su cortejo armonioso y atrae el vértigo del cosmos, fronda del tiempo, vasto dominio de la luz. Somos levedad sin interrupción, somos el vano destello de un incendio sin propósito, dijo K. en un sueño que tuve anoche. Hoy, al contárselo, me confesó que fui yo quien le visitó y pronunció las frases. Pero no fue una lira la que era pulsada, sino un laúd. Tal vez esta noche pueda recomponer las líneas y aclarar la confusión

Bosquianadas II / El jardín de las delicias



En ciertas ocasiones, por hacer las cosas bien, se hacen sin pensar. Caso de que les diéramos el arrimo de la razón, probablemente no las haríamos. Cae uno en la sencilla cuenta de que algo dentro de ellas no cuadra, se escapa a la gobernanza de nuestro criterio, huelen peor que Dinamarca en los dramas de Shakespeare. Viene esto a propósito de la parte B, siendo el profesorado la A, en el contrato de la educación que con tácito consenso firmamos cuando el Buen Señor nos conminó a confinarnos y apartar nuestro oficio de sus escenarios habituales, asunto al que no se le debe dar ahora más importancia, ya se la dimos en su tiempo, estamos todos más que al tanto de las vestimentas de la extrañeza y de cómo se las gasta cuando abrimos la puerta y dejamos que invada nuestra casa. B es el discente, vocablo que siempre me sugirió un componente químico, una especie de vertido que emulsiona con otros y precipita la eclosión de un cuerpo nuevo. B es la incógnita de la ecuación diofántica (otro vocablo que me inspira cosas ajenas a su estructura profunda: en este caso veo ninfas en un bosque danzando al compás de una melodía tañida dulcemente por laúdes y liras). Hemos hablado tanto de A que no sabemos qué hacer con B. Ellos son los damnificados, no nosotros, los maestros. B es el que no tenía recursos. B es el que, teniéndolos, carecía de soltura para implementarlos. B es el delicado centro de todo este pandemónium en el que llevamos para tres meses. Habría que darles más tarde voz para que alivien su carga moral, esperemos que intelectual también. Dirán: no se nos consultó, no hubo nadie que nos instruyera, se daba por sentado que sabríamos. De hecho, en más de una ocasión, este cronista de sus incertidumbres ha constatado la pericia de sus alumnos cuando, ah vertiginoso Maelström (pobre Poe, qué solo debió sentirse), los arrojamos al proceloso océano de las tecnologías y les dijimos: ahí tenéis, no digáis que no mola. Pero mola poco o no mola nada. No ha habido regocijo, ni siquiera una brizna aunque sea diminuta de satisfacción por el trabajo hecho: no lo hay cuando el material rendido es frío, no es cálido al tacto, no huele, no tiene sudor, ni habría posibilidad de que el calor lo acariciase. Echen de menos ir a clase, están más que hartos de trabajos de una asepsia quirúrgica, tienen aversión al móvil, quién hubiera dicho eso. Hemos quedado en imágenes fluctuantes en una pantalla que continuamente muta. Hoy mismo he estado más tiempo del que hubiese deseado en aprender los manejos de un programa que usaré el lunes y del que (espero) no volveré a saber nada en el ancho y ampuloso trayecto de mi (ojalá) larga y dichosa existencia. Como no es costumbre en lo que escribo el uso de palabras malsonantes (coño, hostia, joder, mierda, en ese plan escatológico), no abriré hoy la veda, pero (como dijo Pascual Duarte) ganas no me faltan. No hay tal jardín de las delicias. Ni flores ni júbilos. Cerraremos el cuaderno de campaña en breves días. Lo alojaremos en un confín de nuestra memoria. Ahí te pudras. B lo meterá más adentro, ánimo les doy. Espero que alguna pequeña enseñanza haya pervivido. Todo lo que saquemos de este acceso al infierno (tampoco nos pongamos excesivamente sancionadores) podrá ser usado en la hipótesis de que el bicho de marras (me estoy conteniendo, con qué mansedumbre me alivio) vuelva a sus andadas y tengamos que instalar nuevos programas y aprender a usarlas. Yo lo que quiero es trabajar como siempre lo he hecho. Ya, ya lo sé. Ni yo ni nadie. Echo de menos la clase, estoy francamente agotado. Qué bonitos los adverbios cuando se colocan en su lugar idóneo.

18.6.20

Bosquianadas 1 / La extracción de la piedra de la locura


Ilustración: Ramón Besonías


Aflige pensar que este delirio laboral no traerá enseñanza alguna a la que aferrarse y de la que valerse para continuar, porque el trabajo continúa y habrá que dar con las herramientas con las que acometerlo. No se advierte que prospere ninguna fiable. De ahí que cuente más que nunca el humor, y con él, inseparablemente, la sabia frivolidad que lo alienta. Tiene esa postura moral mucho de mecanismo de defensa. Nos precavemos contra lo que no entendemos o contra lo que no podemos intervenir. Que estemos desbordados contribuye a que recurramos a él y así no nos vengamos abajo definitivamente y abdiquemos. Que estemos agotados nos autoriza a expresarnos con sana sorna o con legitima saña. Si se nos hurga, no hace falta que sea con las maneras medievales de la ilustración tomada con libérrimo talento por Ramón Besonías del iluminado y perturbado El Bosco, darán con pruebas palmarias de que hubo daño, cómo no, más del previsto y probablemente más del necesario. Habrá cansancio, habrá estrés, habrá indicios de la cruenta liza entre la obediencia y la insurrección. Como acatamos con probada mansedumbre el recado de enseñar que se nos confía, dejaremos que se nos inspeccione, no pondremos trabas: entren, comprueben, enmienden el roto si está en sus facultades. No cuenta el sacrificio, eso no es materia considerable, no habría con qué aliviarla. Hemos contribuido con firmeza a que no se detenga la maquinaria y prosiga su desquiciado empeño conciliador. Algo habremos hecho bien, a costa nuestra, siempre a cuenta de cada uno, cada cual con su voluntad y con su cuota de responsabilidad. Vendrá más tarde el peaje. Todo tiene precio. Ahí andará la piedra de la locura, tal vez convenga extraerla, ponernos de nuevo en danza con las propiedades docentes indemnes, creo que no habrá obstáculo difícil de allanar: tenemos los buenos propósitos intactos, no se ha deteriorado irremediablemente el instrumental habitual, el del amor al oficio, el de las ganas de que todo regrese a su ser, aunque no las tenga todas conmigo y convenga para mis adentros que esto de enseñar pide a gritos una revisión y probablemente tengamos que pensar otro modelo de enseñar, por si esto de la pandemia rebrota (es lo razonable, a lo que ve uno y a lo que deduce) y la escuela no vuelve a ser la que era. El personal reclutado a esa empresa no es importante: nunca lo ha sido. Gensanta. 

16.6.20

Sestear





Hay quien sestea por mera inercia, sin que intermedie la voluntad. no es algo que se prevea, ni siquiera concurre el libre albedrío, ese constructo de la filosofía a la que no se le ha dado todavía un consenso teórico. Hay quien, bien al contrario, cae en la siesta por un imperativo físico. Creo que en mí se mancomunan felizmente ambas categorías. Puestos a inclinarme por una, si es que tuviera que ponerme en esa frívola tesitura, escogería la del desvanecimiento, que pivota entre la una y la otra y no toma partido por ninguna. Es llegar la sobremesa y el cuerpo sufre un dulce deliquio del que a duras penas se sale y, llegado al caso, del que no es preciso salirse en modo alguno. No entro en el tiempo aplicado a congraciarse con ese arrobamiento orgánico, pero no discutiré si alguien se excede o le basta un breve apartamiento de la realidad, una de esas cabezadas que reparan el organismo y lo reconcilian con el trajín vespertino. Las consideraciones logísticas de la siesta no son relevantes. El que la toma en sillón posee la misma dignidad que el acostumbrado a despacharla en cama. Hay siestas excesivas que perturban la dispensa del sueño nocturno. Es pieza común que el afectado por estas libranzas excesivas tenga la vigilia alborotada y no sepa en qué plazo del día se encuentra. La siesta larga es inconveniente, por más que el apetito incline a su uso. La corta tiene una impertinencia similar: no cumple con el cometido que se le encomienda, deshace más que arrima, deja en ocasiones el cuerpo en un limbo del que cuesta evadirse. Advierta el lector curioso que no es del sueño propiamente de lo que aquí se trata, sino de una de sus más elogiadas disciplinas. Tiene la siesta el predicamento antiguo que la hace casi patrimonio inmaterial de la humanidad. Quien la reprueba lo hace con desconocimiento o porque, he aquí el argumento irrebatible, tenga ocupaciones y no pueda echarla. Eso de tener un sueño monofásico (dedicar un periodo largo en la noche a dormir y no habilitar un receso en el decurso del día) está incluso reprobado por los neurólogos. Sostienen que muchas de las enfermedades cardiovasculares concurren con más frecuencia en los que no duermen siesta. Quedemos en que no es capricho, ni veleidad ociosa. La siesta es un privilegio asequible, una concesión hedonista al espíritu, por doquier afectado, afligido en ocasiones, al que se le deben las más altas consideraciones y el esfuerzo menos remiso. La famosa regla de San Benito, la de dar descanso al cuerpo a partir de la sexta hora, en palabras latinas la del mediodía, tiene acérrimos adeptos todavía. Esa es la dulce etimología: guardar esa sexta hora, esto es, sextear o sestear. Las indicaciones médicas que la prescriben no deben hacer mella, sin desoírlas, claro está, hay que escuchar al galeno cuando nos conmina a obedecerlo. Podemos aligerar la ingesta en el almuerza, no abusar del alcohol en ese tramo o no caer en hacer que sea larga y nos amodorre en demasía, pero no podemos claudicar, abandonar esa bendita rutina. Creo que hasta ennoblece la vigilia que sustrae. Una vez que uno ha emergido de esa exquisita postración de los sentidos, la realidad brilla con más fulgor, las palabras se entienden con mayor hondura, hasta el corazón (que es el albacea de los sueños) late mejor. En unas horas procedo a dar cuenta de la del martes. Ojalá no la estropee el azar, afición que frecuenta y contra la que no tenemos herramientas que la aparten. Que tengan ustedes la que deseen. Ya saben, no abusen. Si lo hacen, busquen con qué entretener en las que no tendrán más remedio que trasnochar. Ese es otro verbo al que tendremos que acudir en breve. Viva San Benito. 

14.6.20

La memoria del aire


                                    Fotografía: Jesús Herrador
Hay un orden invariable en la naturaleza, un patrón antiguo, un código invisible. Susurra a quien escucha y revela su inventario de milagros. Se la desatiende con frecuencia, se pierde la costumbre del asombro que causa. En ocasiones, una brizna de ese prodigio irrumpe y nos impregna. Entonces somos los albaceas de esa belleza ancestral. No hay tiempo, ni se espera que lo haya. No hay nada más que una contenida alegría, una especie de legado que se nos ha concedido registrar en la memoria. También la naturaleza tendrá su memoria. No todo está perdido. 

Pardiez

I
En tiempos se usaba con alegre frecuencia la palabra “pardiez” con objeto de denotar enojo o contrariedad en lo conversado o en lo visto, aun hoy insólitamente se usa. Era derivación coloquial de la expresión “por Dios”, apeadero lingüístico útil pero invariablemente sancionado por la corrección ideológica ya que mentaba a Dios y es costumbre respetada por el buen cristiano no usar su nombre en vano. Tiene pardiez la virtud de la prudencia, que es disciplina de la mesura o extensión suya. El animo con el que uno maneja su uso es particularmente jocoso. La censurada mención a Dios no es en la actualidad asunto que se censure, gracias a Dios, por cierto. Está la divinidad entrecruzada en todos los registros del idioma y se la trae sin que exista bochorno o perturbación en quien la escucha ni veneno en quien la expresa. Peor es cargarse en Él, en eso estamos de acuerdo todos. Una de las menos sospechosas referencias a Dios es la también poco traída expresión “sindiós”, aplicada como sustantivo y sobre la que recae la voluntad de aludir a una situación particularmente caótica o que, sin tener herramientas con la que aligerarla, acaba escapándose de nuestras manos. También se recurre a decir que algo “se ha salido de madre”, siendo esta novedosa fórmula de citar a la progenitora una evidencia de qué tal situación ha cobrado visos inaceptables o de poco gobierno. No hay indolencia, aflicción o mala intención: se recurre a la flexible corpulencia de nuestro bendito idioma y no se reprueba que caiga en la convocatoria de esos eficaces recursos.

II
Como son tiempos coronavíricos, el virus ha penetrado con inusitada fiereza en las costuras del lenguaje. No podría ser de a manera: el léxico vive de esa injerencia de lo humano. El idioma se fortalece cuando incorpora entradas nuevas: siempre fue así. Más que afectarse o gangrenarse por la influencia de la realidad, lo que se produce es un saneamiento generalizado, un arrimo de savia fresca. Lo que irrita es la politización de las palabras, hacer de ellas instrumento de combate, urdir trincheras tras las que protegerse o en las que apostar el armamento con el que atacar. Es una liza dolorosa, cada vez más feroz, extraordinariamente violenta en ocasiones; una capaz de enfervorizar al desacostumbrado a traducir sin fanatismo el mensaje que tutelan. Falta la tolerancia, el consenso, la educación. Aflora (es hermosa la palabra, se trae a veces en contextos en los que no hermosea) la disención, cunde la embestida. No es que haya que prohibirse su uso, pardiez. Es justamente lo contrario: hay que lidiar con él: hacer emerger su bondad, no caer en la gratuidad de amonestar su manejo. Porque estamos en una pandemia lingüística. La enfermedad lo impregna todo. Nos retratamos por los eufemismos que usamos. Estamos a expensas de esa corrección voluble de las cosas. Esta sobrevenida limpieza de las palabras comparece con visos de estancia. Nos precavemos contra la incorrección, loable propósito si lo anima la pulcritud lingüística, no la política. Paradójicamente lo que no ha desaparecido es el gatillazo verbal soez, cierta ruindad en el lenguaje cuyo propósito es reemplazar la sobriedad y la buena oratoria (caso de que se dispusiese de ella) por el insulto, la descalificación y el tono bronco, tan frecuente (ay) entre la clase dirigente, la que en todo caso debiera comedirse, cumplir con rigor un patrón de estilo más constructivo. No tenemos tal modelo. Se alardea de ruido: es ese el signo de esta época. Cuanto más, mejor. Esto es un sindiós, pardiez, permitidme la redundancia. Dios no estará para estas menudencias léxicas. 

12.6.20

Austrohúngaro





Tengo más o menos la certeza de que ahora va a ser la primera vez en mi vida que escriba la palabra austrohúngaro. Tampoco he escrito tardofranquismo, ni eugenésico, ni pillastre. Reconozco haberlas leído, incluso cabe la posibilidad de que las haya pronunciado en una o en otra conversación, pero el hecho de escribir exige una atención y crea una especie de cámara blindada en la que uno va arrojando las palabras, dándoles carta de estancia. Lo que uno escribe dura, se exhibe incluso a veces a pesar nuestro. Leer implica un pacto fantástico, uno de los mejores que pueden hacerse. Lo firman dos personas que pueden no conocerse en absoluto y lo mas sorprendente es que ni siquiera adquieren conciencia de estar haciendo pacto alguno. Por eso me esfuerzo en recordar qué he escrito. Porque me fascina la escritura. No encuentro un día, en los últimos veinte años, en los que no haya pensado en escribir. En esos veinte años, tal vez más, ha habido mayoría en los que he dedicado una parte del día a escribir. Algunos, hace ya demasiado tiempo, en los que no he hecho casi otra cosa que eso, escribir y pensar las palabras, en cómo se buscan, en dónde se encuentran., en la manera en que a su modo dicen de mí lo que yo no percibo si no es escribiendo. No hay noche en la que, al acostarme, no piense en si he escrito lo suficiente o tal vez debiera haber entregado algo más. Ninguna en la que, al no escribir nada, me sienta, en el fondo, vacío. Al contrario de lo que la razón o la mecánica de fluidos exige, escribir no es vaciarse. El que escribe, al hacerlo, se llena. Es un proceso que no admite las habituales disecciones de la ciencia. Justo ahora, en el momento en que escribo esto, me siento eufórico, una euforia de viernes, sencilla, en poco o en nada defendible, pillada a vuelo, como si se pudiera desvanecer con solo pensarla.  He escrito esa palabra las veces suficientes como para recordarla. La he pronunciado otras muchas. Siempre con mucho respeto. La felicidad, aliñada de euforia, no merece el desprecio del olvido. Soy feliz con estas pocas cosas. Los lunes existen para que el viernes tenga sentido. Se lo escuché a un amigo y desde entonces lo uso con frecuencia. Para que haya viernes tiene que haber lunes, suelo decir. El tiempo, ya saben, ese asunto tan extraño. Recordé, en ese afán de pensar en textos, en palabras que uno ha impuesto a la realidad, en el dolor que a veces da esa entrega. Luego también pensé en qué pasaría si las palabras tuviera conciencia de sí mismas. Perro sabría que designa un animal, esa es una de sus acepciones. Austrohúngaro es rara. No sé si hace daño. Las metes en una bolsa a la que luego echas un nudo, las zarandeas por el aire, con saña, y la abres. Dentro de la bolsa es posible que esté el mundo mismo. A veces la vida es una bolsa zarandeada a la que, al abrirla, le buscamos significados, cuando solo tiene preguntas, caminos que no garantizan que lleven a ningún sitio. Diré como Berlanga, que la usaba sin desmayo en sus películas: "Arre, Austrohúngaro". 

Tahúr

El tahúr enamorado de su manga. Sólo así evitar el miedo, el tiempo perdido en el sórdido trucaje de la baraja

9.6.20

El asombro

El asombro hay que confiárselo a alguien. Ese andamiaje prodigioso de causas y azares no puede uno soportarlo solo. Es necesario un colaborador. Alguien que lo custodie mientras nos extraviamos en los nocturnos de Chopin o cuando entramos en un cuerpo y besamos el códice exacto del mundo. Esa custodia exquisita es la literatura.

4.6.20

Los caballos enjaulados

a  José Luis Trullo, a Erasmo de Rotterdam, humanistas los dos

Sale uno a la calle con el temor de que volverá siendo otro, pero esa desfallecimiento del espíritu no es nuevo, tiene su predicamento y, a poco que se piense, la conclusión acude con prontitud: somos otro continuamente, hay una mudanza obstinada e inevitable, ella es la que nos conforma y nos describe. De cuantas palabras han ocupado el nuevo léxico diario, se le ha dado escaso aprecio a precaverse. Es un verbo adecuado, contiene la medida exacta del miedo y de la esperanza. Nos precavemos ante la inminencia de la tragedia, hacemos esa trinchera espiritual, que empieza con un contingente profiláctico. La mascarilla y los guantes son la nueva indumentaria. Podemos ir en pelota picada (me encanta esa expresión, es burda y es excesiva, hasta hilarante, pero adecuada), pero no debemos prescindir de esas nuevas prendas de uso. Caso de que cometamos la imprudencia de desestimar su beneficio, contribuiremos al perjuicio propio y, mucho más grave, constitutivo de delito, también ajeno. La pandemia nos ha obligado a pensar en los demás: los teníamos abandonado, todo era un continuo relato de yo, un excesivo cuidado de la primera persona, pero está la segunda y la tercera. Tú, él, ella. Si desatendemos al prójimo, nada nuevo, por cierto, estamos favoreciendo que no se cuente con nosotros. Que desaparezcamos del mapa de los afectos. Que nuestra presencia sea una cosa prescindible. Que toda esa sociedad del bienestar que fatigosamente hemos ido construyendo se desvanezca y tengamos que levantar todo nuevamente. Será penoso empezar de cero. No tenemos experiencia. Han sido años de trabajo consensuado como para echarlo todo por la borda (el mar es tierra, la tierra es mar) y tener que acometer la penosísima empresa de comenzar otra vez. No habrá desmayo en ese recado repetido, el de izar lo caído, pero qué triste. No era mala la sociedad que hemos abandonado. Se echa en falta, una vez vista la árida y fría que ha permanecido, la cálida costumbre de los abrazos. Es una conversación repetida, no sé a qué traerla, viene sola, no tiene uno brida para que ese corcel (el de los sentimientos) no se ponga levantisco y levante la testuz y brinque en la cabeza. El caballo enjaulado. La luz de los besos. La hermosa elocuencia de la vida. A veces, en el trajín de la espera, pues la vida acude a trompicones, no irrumpe como querríamos, hay noticias que alegran, cosas que provocan la ilusión de que la belleza y la inteligencia no han enfermado, ni siquiera se han deteriorado: siguen indemnes, están expuestas, convidadas a que se las invite a casa.

3.6.20

Los hijos


A menudo los hijos se nos parecen y así nos dan la primera satisfacción. Serrat compuso una emocionada contribución a la teoría de que hemos venido a la tierra a perdurar en ella, aunque sea por delegación cromosómica. Hay hijos de una lealtad que apenas flojea, a pesar de la dificultad de ejercer de padre a tiempo completo y los hay desagradecidos, escasamente motivados a modelar su oficio o a registrar en la inventada acta de la vida su complacencia por haber sido tutelados (amados en los casos más nobles) o por no desfallecer en el trajín de educarlos allá como cada uno pueda o sepa. También hay padres alojados en ese binomio fidedigno, constatable, alojado en la epidermis misma de nuestra condición más humana. Es trabajoso ser hijo o ser padre. Una de las convicciones más sólidas es la de consolidarse en ambas disciplinas. No se deja nunca de ser una cosa o la otra. La mayor parte del tiempo las dos obstinadamente a la vez. Cuadra que esa empresa flaquee, no siempre se ajuste a lo previsto. La paternidad no tiene descansos, exige continuas revisiones, te impone la favorable certeza de no estar solo y de burlar la ominosa sensación de que puedes dejarte ir, como a veces sucede. El atributo de la paternidad acarrea esa responsabilidad, ese no mirarse uno tanto, también eso sucede con harta frecuencia.

Dicho así, se antoja que no traer descendencia al mundo es una contrariedad, una falta o un roto en la armonía del espíritu: no es tal cosa. La decisión de tener hijos o de no tenerlas es soberana, insobornable, no tiene nada que hacer en esa voluntad ninguna creencia religiosa. Pero la contraria, la de traerlos, contando cuanto de ella nos postra y agota, es maravillosa. Hace que vivir merezca todavía más la pena. Quien lo probó, lo sabe, suele decirse. Willy Wonka, el personaje de Dahl en Charlie y la fábrica de chocolate, decía que la familia no es buen lugar para tener un ambiente creativo. Tiene su parte acusa la frase, guarda cierta verdad, pero es falsa: somos familiares, es la condición primaria de la existencia, la de tener raíces y vínculos. Borges repetía (en libros y en conferencias) que los espejos y la paternidad eran abominables al duplicar la realidad. Bendita repetición.

Los locos bajitos de Serrat deben continuar en su trajín, mal que pese a quien abandona al suyo por vigilar el ajeno. Una de las cosas más incomprensibles (y dolorosas) es la de creer que los hijos se crian solos. También la de pensar que nos pertenecen y todo cuanto les incumba exige atención nuestra. Ni lo uno ni lo otro. Los hijos (habrá quien discrepe, sea o no padre, los segundos con más argumentos) no son propiedad de quien los trajo al mundo. Extensión suya, más atinadamente. He visto padres extremos en el cuidado y padres desentendidos. También hijos con ese perfil extremo, del tipo que obedece sin chistar o del que a nada le da carta de obediencia. La escuela es un excelente escenario sociológico, pero no es el único. Cargan con nuestros dioses (sigo copiando la letra de la canción) y no siempre les permitimos decidir, aun a vista de equivocarse. Nosotros mismos fallamos (uso el pretérito y el presente) en la empresa de vivir como para pedirles que cumplan a satisfacción de quienes no siempre pueden o desean hacerlo. Duele la apatía de algunos padres, no que anden descaminados, ni que yerren, sino la creencia de que solo han de ocuparse de alimentarlos y vestirlos, darles techo (esa expresión es antigua) y llevarlos al médico cuando enferman. Esa es la parte operativa, no la única. Al hijo se le habla, se le enseña a pensar por cuenta propia, aunque ese escrutinio personal no coincida en ocasiones con el de uno.

Luego puede irse todo de madre (frase hecha que ensambla bien con el hilo de la reflexión) y no haber consensos ni respeto a ciertas normas absolutamente ineludibles. Mientras que estés en esta casa, harás lo que yo diga, suele escucharse. Cuando seas padre, comerás huevos. Esa última la he tenido en casa, de joven, muchas veces. El huevo prometido suele salir caro a veces. Hay quien repite el patrón que se le asignó y le da ese matiz de premio o de cosa merecida. Al final, pues todos los trabajos finalizan, nos abandonan. Dejar de ser padres no sucede nunca, tampoco desvestirse del traje de hijo, pero el contrato tiene su cláusula de inicio y su finiquito. Se van, deben irse. Vendrán a vernos, nos confortará ver que les va bien y que su vida no es, en parte, cosa nuestra, asunto del que preocuparse como antaño. Ojalá sea así. Harán de padres cuando su criterio prevalezca sobre el deteriorado nuestro. Es hermoso ese ir y venir de las cosas del espíritu , ese relevo inevitable.

Adenda
El de la vida es un viaje tan extraordinario que debemos inclinar nuestra cabeza en señal de gratitud ante cualquier evidencia de su paso. Se da tan de por hecho que es nuestra que no apreciamos su prodigioso inventario, su rendición de causas y azares. La miramos poco, no atendemos a su esplendor.

2.6.20

Decálogo

I
El vanidoso escribe con retórica esdrújula.
II
Los días fingen ser versos. La vida, literatura.
III
Escribir es la constatación de que lo que sucede alrededor de uno no cuadra.
IV
A veces las horas duelen como un retrato de Charles Baudelaire.
V
Algunos grumos del poema conducen a Dios.
VI
La fatalidad carece de efemérides.
VII
La abeja industriosa navega el terrón de azúcar.
VIII
La fe es un mecanismo de defensa.
IX
Me creo las mentiras de los demás en la medida en que explican las mías.
X
La pereza es una bruma confortable

1.6.20

Los teólogos

El teólogo es un novelista del aire. Todos los feligreses son, en el fondo, teólogos novatos. Dios es el crononauta favorito de todos los novelistas de ciencia-ficción. A Dios se le reserva siempre el papel principal de todas las tramas cósmicas.

176/365 Nora Barnacle

 176/365 Nora Barnacle Nora Barnacle, la esposa de James Joyce, no leyó nunca Ulises.como él hubiese querido, no como Vila-Matas lo ha leído...