30.9.11

Por fin es viernes



Tienen casi siempre los viernes un encanto que no alcanzan ni los benditos sábados. Es el día ancho por naturaleza, en el que caben todas las promesas y todas las alegrías. En su vértigo de fiesta sentimental se concilia el cuerpo con el alma, se ven las costuras del júbilo y hasta es posible, en casos muy puntuales, encontrar la felicidad repentina, el brillo sublime del corazón recién matrimoniado con el calendario. Uno ama los viernes casi por encima de todas las cosas, pero ay, sólo necesito un traspié, uno de esos quebrantos insignificantes, para que se derrumbe el templo y caigan a peso los dioses y los símbolos. Muerde entonces el júbilo el gris de las cosas y esta inclinación mía a hacer de las cosas sencillas grandes festejos queda en un volunto animoso, en una pequeña brizna de felicidad súbitamente cercenada.
El domingo, bien al contrario, es el día en que uno tiene constantemente la sensación de que es domingo. No hay ningún día que posea esta connotación extralingüística un poco cabrona y un mucho suicida, o al revés, no lo tengo claro a esta hora del viernes. Queman entonces las horas, expelen ese tufo a noticia prevista y doliente y se abisman sin pudor en el lunes tormentoso, el lunes al que los cantantes de blues dedican todas sus horas más bajas. 
Ni siquiera este principio de dolor de cabeza, obra del mucho rioja y el mucho tequila que bebí anoche, menguan la alegría del ahora sublime y del después fantástico. Me quedo en este limbo sobrenatural en el que todo se ayunta con mis deseos. Permitan que después de comer la única palabra que retumbe en mi hoy feliz cabeza sea siesta. Siesta, aunque breve, pero siesta de viernes, por favor. Me encantan estas frivolidades del espíritu. Si ya lo cantaba Donna Summer en los gloriosos setenta.

27.9.11

Baudelaire en bytes / Fragmentos previstos


En un país en el que se lee tan poquísimo, escribir es una frivolidad. Aquí escribe todo el mundo. Todos tenemos una historia que contar y ganas enormes de contarla. Así que publicar un libro, más que una frivolidad, es una temeridad. En breve, un amigo, Conrado Castilla, publica un libro de poesía. Es un temerario. Uno al que aprecio, por supuesto.

El libro es un objeto incómodo que amenaza siempre la cordura de su dueño. Si lo lee y se lo cree y lo mima como algo jubiloso puede caer en el error de hacer girar el mundo alrededor suya o, mucho peor, excluir ese mundo y centrarse únicamente el descrito en las páginas.

El libro arroja al lector a una tiniebla perversa de incertidumbres. Lo deja maltrecho, letraherido, que se dice, inhabilitado para vivir con la conciencia tranquila. Tal vez por estas oscuras razones la derecha rancia y montaraz y la jerifaltía eclesiástica siempre han procurado que su feligresía no se ilustre en exceso. No vaya a ser que se vuelvan majaras. Que confundan la vida con el más allá, la belleza con la mediocridad y decidan por sí mismo en lugar de confiar el objeto de su dicha a quienes, más cumplidamente preparados, saben elegir mejor. Si, en cambio, no se lee y el libro se abandona al rigor matemático de las estanterías el mal también es mayúsculo.

El lector en potencia se siente culpable de no acceder al libro, de no obligarse a paladear sus capítulos, sus apéndices, el aroma lujurioso de sus índices. Mi amigo K. sostiene que en esto de la lectura lo ideal son los extremos: o se lee todo lo que cae en nuestras manos o no se lee nada en absoluto. El término medio, virtud en otros asuntos, es aquí equilibrio romo, limbo estéril en el que nada contribuye a enriquecernos o a embrutecernos.

Durante un tiempo, por razones que no vienen al caso, me limité a leer sólo prensa. Y además los titulares y alguna columna esporádica. Abandoné las novelas decimonónicas, la poesía surrealista, el cuento corto, el ensayo dulcemente espeso. Todo lo hice por las circunstancias. Volver fue una felicidad absoluta. Me embriagaba de libros: ocultaba los pequeños en los bolsillos anchos y profundos de los abrigos de invierno y salía a la calle pertrechado de placeres, consciente de que cualquier momento podría depararme la dicha de un verso o el hallazgo de un pensamiento.

Y no podemos olvidar la belleza. Me sabía portador de la belleza que otros habían inventado para mí. Lo sigo pensando. Todavía hoy, recuperado de ese receso literario, me dejo llevar por el enamoramiento que produce abrir un libro sin saber qué nos va a traer. Si esperanza o si tristeza. Si el amor absoluto o el desencanto total. En mi experiencia como lector, he entrado en un capítulo nuevo.

Me he agenciado una de esas tabletas mayúsculas que guardan en sus tripas libros. No estoy todavía hecho al prodigio tecnológico, ando en la tarea de aprender a manejarme con la pantalla, con ese marcapáginas rojo, con el listado fabuloso de libros tan al alcance de la mano. No sé qué me deparará esta nueva etapa. Supongo que nada en especial. Cambia el formato, cambia incluso mi disposición ergonómica, pero seguirá el placer de la extrañeza, el descubrimiento, los indicios de placer libresco. Sí, ahora los libros no huelen. Pero ayer entré en la Biblioteca de mi pueblo, saqué el cacharro, bien apoltronado en uno de los silloncitos del vestíbulo y me metí entre pecho y espalda al señor Baudelaire y sus flores del mal. Oh sustancia de mi gozo, oh centro exacto de mi júbilo.

posdata: la portada del libro de Baudelaire no es la que manejé ayer, obviamente. Lo era pero de un modo digital, inaprehensible, desafectado de tacto, vulnerable al olvido. Ay qué perdida soportable.

25.9.11

Un vacío dulce



 I
Uno no siempre sabe dar la cara o no quiere darla. Está en ese pudor de no darse la antigua convicción de que no es bueno que lo conozcan a uno del todo. Que conviene reservarse, esconder lo que consideramos más nuestro. El escritor, por el hecho de serlo, suele fomentar en ocasiones la idea de que está ahí, expuesto, vulnerable, practicando una especie de nudismo moral, regalando al lector trozos de alma, evidencias de un corazón que late o de un alma que sale del pecho y vuela. El lector no tiene fotografía. Quiero decir que no se da al modo en que lo hace el que lo escribe. No tiene una fotografía reconocible. Ni siquiera una pasada por el photoshop en la que pueda decir he aquí mi cara, pero la he manipulado para que no me conozcáis del todo. El lector, incluso el buen lector, asume también sus riesgtos, pero ninguno es ése. Está bien el anonimato, el ingreso consentido en la casa ajena y el paseo moroso por las estancias, viendo dónde están los muebles, qué cuadros presiden las paredes, qué hay en el cajón de la mesita de noche.  Y luego está el vacío del que se reconoce como actor de una obra de teatro en la que apenas al conoce al público y del que ignora (en la mayoría de los casos) la reacción ante la trama. Un vacio dulce, al cabo. Uno convertido ya en rutina, en acto instalado en el rumiar silencioso de la sangre, en el vértigo y en la fiebre diaria de levantarse, acometer los trabajos ineludibles y querer uno a los suyos de la mejor manera que sabe. En mitad de todo esa travesía de accidentes ineludibles está la necesidad de escribir, vuelvo a repetir, el vicio de abrirse uno y compartir lo que lleva dentro. Será quizá por eso por lo que se escribe, en el fondo: por contar lo que no está a la vista y, en el cuento, en la restitución de ese argumento invisible, convertirse también uno en espectador, en lector, en el voyeur consentido que de pronto está en la platea, atento y goloso de novedades, esperando que algo relevante o hermoso o tierno salga del tiempo empleado en la representación. 

II
Anoche, al ver por segunda vez El árbol de la vida, pensé en el antiguo director de cine, el que ofrecía una autoría, un mensaje personal. Pensé en el director como escritor. Malick es un organismo externo a la industria cinematográfica. Ese anomalía de su perfil no le aúpa por encima de otros directores más integrados en el sistema. De hecho El árbol de la vida, de la que haré en breve un escrito doloroso y largo, en su chasis ambiguo, en su trama cósmica, teológica, panteísta, existencial, parece en ocasiones un libro, un libro de tomo escandalosamente gordo, de ésos que te producen un éxtasis rotundo nada más adquirirlo, pensando en las toneladas de placeres que tutelan sus páginas. Pero todavía no conozco ninguna obra monumental que no ofrezca un débil asomo de mediocridad. Quizá por eso amo el cuento, la sentencia, la cosa de menos envergadura pero idénticos propósitos. Mi amigo K., siempre tan atinado, dice que igual no podía hacerse esa película. Estoy deseando de tenerlo a mano y marear esa perdíz en una barra de bar, contentos de lúpulo y malta, convencidos de la mística y de la óptica.





23.9.11

Collapse into REM





El universo es el que se colapsa. Lo de R.E.M. fue simplemente una premonición que se ha visto cumplida meses después cuando Michael Stipe ha cerrado la banda. En cierto modo uno entiende que las cosas que nos entusiasman acaben. Hay asuntos de otra hondura sentimental (más trascendente y de más poso en el alma que la música de una banda de rock) que dan el finiquito y el mundo sigue girando, pero no deja de ser razonable que el corazón se te venga un poco abajo y pienses: "No habrá más discos nuevos de R.E.M. nunca, perderé la emoción reconocible de desprecintar un álbum y dedicarle unos cuantos días para sacarle todo el jugo, el jugo bueno y el jugo malo". Apunte: Desprecintar es un verbo que puede ser sustituido por otro que el lector cómplice decida a beneficio de su causa. Porque R.E.M. hicieron discos fantásticos (Green, Automatic for the people, Out of time) y discos lamentables (Around the sun, Up). Subsisten las canciones, el empeño en hacer básicamente un rock asequible (en su mayor parte) y ser en todo momento, incluso en los malos, gente creativa, concienciada en la labor de las estrellas del rock para hacer de este mundo uno mejor, más llevadero, menos injusto. 
La Warner les pagó 80 millones de dólares por cinco discos y sacaron los cinco peores discos de su carrera, los que menos ventas produjeron. Los que no le dieron la espalda fueron los fans acérrimos. R.E.M. tenía una legión de adeptos viscerales al modo en que lo tienen solo unos cuantos grupos en la historia del rock. No fueron (como algunos clamaban) la mejor banda del planeta, pero estuvieron durante casi tres décadas en lo más alto, en ese olimpo de vértigo y de fiebre que en ocasiones produce en quien lo padece el colapso que ahora han sufrido. Estaba cantado, nunca mejor dicho. Mi amigo Stipey (uno de esos fans de corazón) le ha dolido lo suyo, pero razona que todo seguirá su curso y siempre tendrá a mano la obra clásica, las piezas que le acompañaron durante una muy buena (y dichosa a su decir) parte de su vida. La mía ha tenido mucho R.E.M. de modo obsesivo. Etapas con Stipe en las orejas a tiempo completo y etapas en las que no me apetecía en absoluto escuchar de nuevo Drive o Losing my religion, dos de mis canciones favoritas. Salvo Kind of magic, ya saben, Miles Davis, no hay casi disco que resista el paso canalla de los años. Ninguno que no haya entrado en algún momento en colapso. Así que imagino lo difícil que debe ser mantener una banda treinta años y seguir en estado de forma, haciendo esos prodigios de una hora cada poco tiempo siempre y cuando que no pertenezcas a los Rolling Stones, claro. R.E.M. RIP, pero hoy me voy a colocar Green en los cascos y voy a disfrutarlos otra vez. Además es Viernes. Qué más podemos pedir.

20.9.11

Mentiras librescas


La imaginación no es la mentira: lo leí ayer en un diario a propósito de un libro recién salido a la venta. No alcanzo a recordar de quién, sí la sentencia firme sobre la naturaleza misma de la creación, sobre el hecho de fabular, de hacer que la ficción sea el motor que mueve el mundo. Y no lo es en modo alguno. Ganan los mercados, la voluntad de vender y la voluntad también de comprar. Piensa uno que la vida se resume en ese trueque precario. Basta mirar la estantería de libros que tenemos en casa y comprobar cuántos de esos libros todavía no han sido leídos.

El territorio de lo mentido trae una extensión moral que la imaginación desconoce. El escritor, no obstante, es el gran embustero, el mentidor sublime, es el que desoye la verdad y negocia con el diablo de las mentiras en beneficio de la trama. El lector, incluso el más inocente, el menos integrado en ese pacto tácito, agradece esa manipulación. Ya hay suficiente verdad afuera, parece decir. Pero paradójicamente hay más verdad en la literatura que en la vida. El escritor llega más lejos y llega más hondo manejando mentiras. El basado en hechos reales no da confianza: la fidelidad sin quebranto a lo real resta emoción o belleza o ambas al tiempo. La verdad carece de intriga. Lo que es cierto o se empeña en demasía en no contradecir a la verdad no nos interesa tanto. De todos los géneros es el biográfico el que siempre me interesó menos. Será por eso. Porque miente poco.

19.9.11

El cine sin periferia




Escribió la frase más trascendente que yo haya leído a propósito del cine, pero podemos aplicarla a la literatura o a la música. "Tengo diez mandamientos. Los nueve primeros dicen: No debes aburrir". Y no aburrió con sus películas. No le importaba el formato, el atrezzo, el modo en que la historia debía contarse. Fue un maestro de la alta comedia, la fabulosa screwball americana, con La fiera de mi niña. Su Scarface es la piedra capital sobre la que construyó el cine negro. El sueño eterno, la joya de la corona: críptica, alambicada y preciosa, pero no aburre. Y es que a Howard Hawks le fascinaba la escritura cinematográfica, el cuento contado sin imágenes. Era un narrador, por encima de todo, y cuando terminaba de filmar solía abandonar los aspectos técnicos como el montaje definitivo a otros siempre que no hicieron tambalearse la claridad expositiva o el ritmo trepidante. No hay una sola película de Hawks que sea morosa y parezca enquistarse, encallarse. El cine de Hawks fluye, discurre, avanza con la sencillez de lo que no precisa dobleces, meandros de la literatura. Eso pensé anoche viendo de nuevo Me siento rejuvenecer: que no hay periferia al modo en que la periferia (el acicalado, el arreglo externo y extremo) existe en otro cine.

Howard Hawks gastó la independencia que no tuvieron otros: él se producía las películas. Así hizo Tierra de faraones a pesar de que el negocio del cine le confiaba, como en un cuchicheo, que el cine de época, de pirámides y áspides no era el favorito del público. Todas los géneros son buenos, solía decir. No hizo cine de ciencia-ficción, pero quizá porque los medios técnicos no estaban a la altura de las circunstancias. Murió en 1.977 cuando el género comenzó a tomar altura.


Una de mis películas favoritas de Howard Hawks es precisamente ésta: Me siento rejuvenecer, apoteosis de la inteligencia arrodillada ante el humor. La he visto, al menos, en diez ocasiones. Y no me siento nunca con la pureza mental suficiente (hace falta eso) para escribir algo sobre ella. Hay algunas películas a las que me cuesta entregar mi incontinencia sintáctica. 2001, una odisea del espacio es otra, pero no nos olvidemos del maestro. Hoy he visto una fotografía suya en una página de cine. Y he pensado en Luna nueva y en Tener y no tener. Y su frase, la del aburrimiento.Y he vuelto a revisar las cosas escritas, los textos vertidos aquí sobre las cosas que me gustan, y he releído éste, al que le he lavado la cara bloguera y le he puesto un párrafo nuevo. Hoy mi personaje favorito del día es Howard Hawks. Anoche (durante unas horas) lo fue Juan Carlos Navarro, pero no es ésa la historia de esta historia. Ven qué fácil es irse por las ramas. Duele la periferia si no se es un genio.

13.9.11

Toma Stendhal


“Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”.
STENDHAL


Mi amigo Antonio me dijo ayer que padecía el síndrome de Stendhal. El síndrome de Stendhal no existe, le dije. Nadie en sus cabales se satura viendo belleza. Entra en lo razonable que uno se aturda levemente, un parpadeo de placer, una quemazón repentina en el brocal mismo del alma, pero nadie enferma de belleza. No conozco a nadie que entre en trance cuando ve un cuadro de Pollock en una galería  o cuando escucha música de cámara en un jardín victoriano. Nadie que pierda la noción de las cosas cuando se pone a leer a Kavafis en serio o cuando entra en una iglesia del siglo XV está en su sano juicio. No es alguien fiable, alguien capaz de memorizar la lista de la compra o charlar sobre cómo va el Madrid en la Liga de Campeones, alguien con quien compartir las cosas terrenas, los asuntos que no desbocan el pecho ni perturban los saltos sinápticos dentro de la cabeza. Tú lo que eres es un sentimental, Antonio. A ti no te dan mareos viendo la obra completa de Galdós en una estantería ni escuchando Sealed with a kiss (versión Bobby Vinton) en unos Jamo de mil euros por tweeter. Lo que tendríamos que saber es si Stendhal padeció el síndrome de Antonio, el síndrome Sánchez, expresado de una forma menos pedestre, colocándole un apellido al malestar y buscando un rinconcito en el google para que a partir de ahora posea rango global y alguien lo tome en serio.

El síndrome de Sánchez consiste, muy contenidamente expresado, en el cuadro clínico que manifiesta quien se expone muy intensamente a la presencia de un amigo y celebra con pompa, trompetería y todo lujo de circunstancias las menudencias que comparten, los bares que visitan, los chester que se fuman y los recuerdos aireados a beneficio de esa amistad. Padece síndrome de Sánchez todo aquél que haya sentido esa especie de shock tóxico, quien se reconozca privilegiado por tener amigos. No precisa medicación y carece casi por completo de efectos secundarios. En algunas ocasiones el afectado pierde la noción de las cosas, el cómputo de las horas, el sentido más primario del arte y de las manifestaciones espirituales del hombre y cree (confundidamente) que padece el síndrome de Stendhal, pero el síndrome de Stendhal no existe: nadie con dos dedos de frente (Antonio debe andar por los doce y yo ando en esos números) se embelesa ante la belleza al punto de confundir un aria de Verdi con una fuga de Bach, un concierto de la Vargas Blues Band con uno de Emerson, Lake and Palmer y, sobre todo, la correcta ortografía de la palabra quelífero aplicado al muy repugnante mundo de los artrópodos. Lo cual conduce a otro asunto que, como éste, quizá no debería haber entrado en la rutina de escritos (por críptico, por cerrado, por doméstico) pero que yo he disfrutado mucho en rendirlo. Las promesas, Antonio, hay que cumplirlas. Toma Stendhal, my friend. Ahora atrévete a llevarme la contraria. Como dicen en Granada: ni Stendhal ni...



No está dedicado a Antonio Sánchez Huertas. Es un texto de Antonio Sánchez Huertas, mi hermano carismático, el ser en el que abrevan los excesos. Nunca hemos hablado de Pollock, pero Pollock no le produce síndrome de Stendhal. A mí, lerdo en esas honduras del Arte, Pollock me aburre muchísimo.

9.9.11

El amor, la muerte, el enano, la furcia (Primera parte)


El amor, a decir de Ovidio, dispara dos flechas de efecto contrario. Una, forjada en oro, procura amor mientras que la otra, cerrada en plomo, entrega quebranto a quien sufre la ponzoña del metal. El amor, oh nudo dichoso, oh gran capital del alma, tela bordada por Himeneo, luz invisible que mueve el sol y también las estrellas, conviene de vez en cuando, pero hay quien sostiene que harta igual que embelesa, que satura en la misma medida en que conforta. Que el amor absoluto hiere más que sana y que su falta, en ocasiones, protege de las penurias de los años y hasta cuida de que sobrevivamos al vértigo y a la fiebre y no precisemos ángel de la guarda que nos guía ni mano noble que nos acaricie. Era el enano Melquíades Zambrano hombre preocupado por estas frivolidades del apetito metafísico. Leía con devoción tratados sobre el amor y hasta recitaba en público, con mejor dicción que compostura, los versos de los grandes poetas, subiendo y bajando el timbre, declamando como solo los actores muy expertos y confiados saben hacer cuando se entregan en el escenario a su público.

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7.9.11

Elogio y didáctica de la alegría


Al mundo quizá le falte pedagogía, ganas de convertir las artes más secretas en disciplinas asequibles. Incluso es posible manejar la posibilidad de que en ese volcado de buenas intenciones se entregue, sin quererlo, un modo nuevo de afrontar los abundantes pesares con los que el azar se distrae en contrariarnos. Digo el azar por no entrar de lleno en las razones del mal que asola el mundo, pero detrás del azar hay raciones de mala lecha a espuertas. Digo mala leche por no entrar más de lleno en esas razones y porque tal vez no sepa yo (en mis cortos alcances) cómo se gobierna y se desgobierna el alma, cómo el hombre se desentiende de la bondad y del amor al prójimo y se abraza sin ambages al medro sucio y a las limpias ganas de joder al prójimo. En la fotografía que ilustra este arrebato de miércoles está el bueno de Dizzy Gillespie impartiendo alegría. La escuela debería incluír en sus muchos planes de estudio un protocolo que elevase la alegría al motor que lo mueve todo. Miren ustedes a estos niños arracimados sobre el embajador del jazz del siglo XX. Están aprendiendo a vivir. No se equivoquen: no es únicamente jazz lo que envuelve el ambiente fotografiado, es vida. Y a partir de ahí contamos de otra manera la convivencia entre los iguales, el procedimiento a partir del cual hacemos de este mundo un lugar menos terrible en el que vivir.

6.9.11

Y cómo esperan que sonría



Blasfemo, irreverente, goloso de encontrar sustancia en lo que ya no la tiene, en lo que está exprimido, en lo que otros han metido las uñas y han rascado por ver qué hay debajo. Uno llega tarde a tantas cosas. Así que esta monalisa es la más excitante que he visto de todas las monalisas excitantes (la misma, en diversas circunstancias, en formatos tópicos y distópicos) que se me han puesto delante. Si alguien sabe quien ha obrado este pequeño milagro óptico haga el favor de manifestarlo en los comentarios. En el infame 3D la pondrían a darle vueltas a la cabeza. No me interesa la profundidad en este caso. Está bien de esta guisa. No escatimen fantasear con la opción zombi.

4.9.11

La memoria de un replicante






Cuenta Rosa Montero en una entrevista en televisión a propósito de su novela Lágrimas en la lluvia que la memoria es una construcción de la voluntad y deja caer la idea (sostenida por una de sus protagonistas) que las personas seriamos en el fondo una especie de replicantes por esa memoria a intervalos, frágil, voluble, que casi nunca se parece a lo que pretende recrear y que casi siempre se escapa y prefigura o crea una realidad libre, un espacio mítico donde el dueño de los recuerdos los retuerce y los conduce a donde le place. Y preparando la cena, en la cocina, oyéndola hace unos minutos he pensado en todo esto, me ha trastocado el apetito (una minucia nocturna con una buena cerveza alemana) y me ha obligado a leer la novela cuanto antes. Será la influencia de los medios, las campañas de márketing, la propia Rosa Montera hablando como habla, suelta, dicharachera, portadora de un universo rico y de una forma absolutamente eficiente de propagarlo.Volvemos muchas veces a Philip K. Dick. El título es precioso. El verano está terminando, he terminado nuevamente Moby Dick (lo leí hace tres veranos y he vuelto éste a su locura metafísica) y estoy goloso de ciencia-ficción.

3.9.11

El jazz es un hilo invisible que recorre cientos de kilómetros



Jazz en una tarde gris de sábado en Córdoba, abalconado en casa de mis padres con un móvil en la mano, mirando las casitas del Campo de la Verdad, viendo cómo el gris de las nubes cubre tejados y presagia quizá un arrebato minúsculo de lluvia, escuchando un concierto de Javier Denis que ocurría en ese momento unos kilómetros más al sur. Hay otras vías de paladear el jazz, pero ésta posee la virtud de la improvisación. La misma improvisación sobre la que se fundamenta el jazz. El procedimiento es sencillo, pero no siempre lo sencillo está reñido con lo sublime, con lo que trasciende: arrima uno el móvil al escenario y deja que la música fluya, aunque la batería se descargue del todo y no lleguemos al final de la pieza. Se oye a lo lejos, Paco.

176/365 Nora Barnacle

 176/365 Nora Barnacle Nora Barnacle, la esposa de James Joyce, no leyó nunca Ulises.como él hubiese querido, no como Vila-Matas lo ha leído...