26.12.15

El orden aprendió del caos

El orden aprendió del caos. El mío va a trompicones. No se me da bien el orden y tampoco me siento a gusto en el caos. Si tuviera que elegir uno, elegiría el caos, el bendito caos, pero no sería bueno para los que me rodean. Me dirían cosas que no serían bonitas. Entiendo que es el orden el que hace que el mundo funcione. Sé que la gente ordenada, la que sabe dónde están las cosas y en qué lugar encontrar lo que andan buscando, son las que salvan el mundo. Y yo agradezco que haya gente así. Tengo buenos amigos que son un prodigio en eso, en el orden, pero yo admito que soy un aprendiz mediocre. Me cuesta, me duele a veces. Moriré, pues tal cosa tendrá que llegar, sin que el orden sea una de las virtudes que salgan en las conversaciones del velatorio que se me rinda. Dirán lo que quieran, no sé ahora qué podrían decir, pero la palabra ORDEN no saldrá. Conste que me esfuerzo, mucho, en serio, pero hay algo que no me cuadra. Todo lo que me gusta proviene del caos. Es en el caos, en el bendito caos, en donde mi alma goza. Es en ese caos en donde mi creatividad, la poca o la mucha que tenga, siento que brilla. No es que brille de verdad, cómo podría decir yo eso, pero yo la siento brillar, y disfruto con la luz que emite. Cuando vuelva el trabajo, que volverá, mi cabeza se recompondrá, hará las cabriolas que precise para integrarse en la (también) gloriosa rutina, la bendita rutina. De hecho hoy, para ir entrando en calor, estoy ordenando el cuarto en el que escribo. No es cosa de que yo ahora describa ese cuarto. Es un tributo a mi persona, a mi hiperbólica fascinación por hacerme de todo lo que me gusta, y no caben ya más libros, ni más discos, ni más películas. Así que hago espacio, busco huecos, ordeno rincones, le dedico la mayor de las atenciones, le doy el mayor de mis afectos, y luego cierro la puerta, miro la obra, pienso en cómo quedó y me tumbo, contento de lúpulos y de maltas, a echar la siesta. No tengo remedio,

24.12.15

Cuatro cuentos y una canción de Navidad / 2015




Tenemos una costumbre buena, la adoramos, festejamos su inicio y luego nos sentimos muy orgullosos de que no flaquee y los años la refuercen, hagan de ella un clásico. No hay Navidad, no la hay, sin que cuatro amigos (Marisa, Fran, José Antonio y un servidor de ustedes) escriban un cuento. No tiene que ser alegre, ni triste. Puede ser oscuro, puede ser melancólico. Incluso alguno habrá habido en el que brillara un poco la esperanza de que un mundo mejor era posible. No se si tal cosa ha pasado. Las cosas siguen a su aire, como si se obcecasen en contrariar la buena voluntad de los que nos empeñamos en que de verdad la felicidad resplandezca. Resplandecer: muy pomposo me ha quedado. No voy a corregir: resplandecer. Dejo aquí mi cuento, una parte de él, como todos los años. La empiezan a leer aquí y siguen a la página de José Antonio, mi hermano norteño. Él es el que pone en orden el caos. Y ahí, en su Antártida, que es mía también, leen la entrega de este año. Cuatro cuentos, cuentos. Y un canción de Navidad. Este año, sin que siente precedente, Wham!.


ASTRID Y EL BUEY TOSCO Y PANZUDO
por Emilio Calvo de Mora
Los días felices
A Astrid la queríamos porque era resuelta en las fiestas, no se cohibía, le daba palique a los nuevos y bebía como si le faltara el aire. En algunas ocasiones, en muy pocas, sumaba a esas virtudes la de encamarse con alguien. Dejaba la puerta abierta y miraba por encima del hombro del que la montaba, por ver quién pasaba por el pasillo, por hacer ver qué mayor era y qué desenvuelta. En todo lo demás, mostraba la misma resolución. Apenas callaba, aunque dejaba hablar. En los bares, cuando los ocupábamos en manada, iba de aquí para allá, sin detenerse más de la cuenta con nadie, sin dejar a nadie sin saludar o a quien contar o que le contaran. El pelo corto y rubio, cortado a lo tazón, los ojos azules, de los que era imposible no prendarse, le conferían un ascendente nórdico. Alta, de una altura imprudente para una mujer extraordinariamente guapa. Y un poco hombruna también en el andar, en algunos gestos, hasta en el modo en que se sentaba o en cómo cogía el cigarrillo, Siempre pensamos que no era Astrid, ni Ingrid, como a veces le decía; no se preocupaba de aclarar nada, incluso fomentaba toda esta bendita imprecisión. De Astrid o de Ingrid disfrutamos aquellos años de facultad. La amábamos todos. Unos más que otros, pero de los que la tuvimos cerca, todos hubiésemos hecho algún pacto con el diablo por ganarla y saber que ella correspondía a ese amor pactado. En el bar en el que ponía copas, uno de mucho tirón entre la casta universitaria, la apreciaban mucho. El dueño, un tipo gordo y sobón, de poco o ningún encanto personal, pero ladino como pocos en el negocio, la tenia bien mirada. Él sabía que íbamos a verla y que dejaríamos de ir si ella no estaba. Recién separado, por el modo en que la miraba, sospechábamos que él también se hubiese arrimado al demonio y le hubiese dado la mitad del negocio por hacerla dueña de la otra mitad que quedaba.

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22.12.15

Loterías

Es más que posible que sólo sea el dinero lo que nos iguale a todos, el afán por tenerlo, el vicio a veces de gastarlo. Todo lo demás pasa a un irrelevante segundo puesto en esa lista de adhesiones. Lo que fascina en este día, el día en que la suerte te abraza o te da de lado, es la sensación de que no importa nada de lo bueno o lo malo que has hecho, si has trabajado duro para labrarte un porvenir (eso que decían las abuelas) o si no te han dejado ni catar un trabajo y ver qué se siente. Importa el azar, la dulce certeza de que el destino ha estado a tu lado siempre, pero es ahora cuando te lo ha hecho ver. Viendo en televisión el carrusel de números, las impostadas y cantarinas voces de los niños y las niñas de San Ildefonso en el Teatro Real, se me ocurre que yo nunca seré uno de esos agraciados. Lo pienso cada año. No me quiere la suerte. Tendrá de mí la opinión que me perjudica. Justamente ésa. Porque la suerte tiene opinión. Es la que mueve los números. Caen como lo hacen porque ella los gobierna. La fe que no tengo en asuntos religiosos la cubro con creces en estas nimiedades del pensamiento ocioso. Qué se le va a hacer. Llevo tres días de una ociosidad que me está alarmando. Hasta he escrito un relato de los largos. No parece ni mío. Y estoy poniendo en orden lo que andaba desordenado. Luego me ocuparé de mí. Lo haré, ya que la suerte no me mira siquiera. Menos mal que estamos moderadamente bien de salud y el amor, eso si, me tiene entre sus soldados. De todas maneras, ojalá cambien las tornas este día soleado de números y de bombos. Ojalá a vosotros también.

5.12.15

Bola de amor



Uno no sabe a veces las causas, ignora los porqués. Cuando se precisan, en el momento en que hay razones, todo empieza a desfilar más rutinariamente. No tengo nada contra la rutina, En ocasiones, la abrazo y me conforta. Otras, huyo de ella, la desprecio, me perturba, me hace sentirme mal conmigo mismo, que es una de las peores cosas que le pueden pasar a alguien. El amor que le profeso al cine proviene de películas como Bola de fuego. La vi una noche, no sé qué edad tenía, pero no más de diez o doce años. No era la primera película que me gustaba, pero fue la primera a la que le concedí esa atención especial que no había dispensado a ninguna. Algo parecido a lo que sucede con el amor, cuando llega. Hace mucho tiempo que no la veo. Lo que guardo de ella dudo que se contamine con lo que ahora me cuente. La tengo en la bandeja del DVD. Me la voy a despachar en cuanto cierre este post. Creo que volveré a entonces, cuando había visto algunas películas, aunque ninguna había prendido. Las cosas, al prender, adquieren un rango distinto, ocupan una dimensión distinta, se hacen íntimas. Esas son las verdaderas propiedades. Y todavía no alcanzo a entender qué hubo, qué se produjo para que Bola de fuego, del inmortal Howard Hawks, esté en mi cabeza casi plano a plano y recuerde con absoluta nitidez las voces del doblaje y los gestos e incluso, si me apuran, restos del diálogo. Es el amor. No puede ser otra cosa.

2.12.15

Lo que tenemos


Se sabe poco de lo que nos complace de verdad. Es más creativo el dolor. Hay más escrito sobre él, se tiene una noción más fiable de lo que nos duele, se crea un vínculo mas poderoso con quien compartimos una tragedia. Incluso conforta la sensación de alivio absoluto que produce su finiquito. No debería ser así, no habría que dejarse fascinar por lo que nos reduce. Al mal, cuando sucede, se le concede más atención que al bien. En cierto modo, pensamos más y pensamos con más ahínco cuando somos arrollados por él, cuando nos invade. Hasta podríamos decir que se afinan los sentidos y se pondera todo de un modo en que no lo hacíamos antes. No sucede así si es el bien el que acude. En la felicidad o en la alegria o en el goce, en esos momentos en que nos traspasa un ardor vivo, una especie de plenitud, nos bloqueamos, no pensamos, no le damos la entereza con la que despechamos su reverso. Ahora que vienen los días de estipendio salvaje, conviene pensar en si nos conforta adquirir, si las propiedades a las que accedemos, esos pequeños o grandes objetos, procuran que vivamos mejor. No hacen que sea peor vida; tampoco una particularmente mejor. Con lo que compramos, mantenemos una relación íntima, de una intimidad en ocasiones mayor de la que dispensamos a las personas que nos rodean. Se ama la casa de campo que adquirimos o el coche o el último modelo de móvil, al que le procuramos atenciones, afectos y mimos que no siempre aplicamos a las personas. Quizá sea el hecho de que, salvo que se estropee o pierda la configuración de fábrica, un móvil no nos va a mirar mal o no va a escucharnos cuando más lo necesitamos. Incluso han inventado una entidad fantasmagórica en el iPhone, de voluptuoso nombre, Siri, que funciona a modo de gran bola de cristal, contestando con formidable sentido del humor - mecanizado y programado y previsible a veces - a todas las dudas que le vamos planteando, desde quién ganó Wimbledon en 1976 a si Dios existe o la propia máquina, considerada como algo real, susceptible de padecer las humanas pasiones, tiene novia, a lo que responde que ella sólo siente circuitos, no un corazón, como el hombre de hojalata de la historia de Oz. Pero estamos cargando más objetos de los que podemos atender, más de los que sabemos atender. Nos sentimos bien - se trata de eso - cuando traemos a casa una televisión inteligente - no dudo que más que muchos de sus dueños legítimos . o esa chaqueta de cuero que siempre vemos en el escaparate y miramos con profundo arrobo. Al comprar, en el instante en que un objeto pasa a ser una extensión de uno mismo, en esos casos estrictos, se produce una extraña armonía entre el cosmos y el alma. No es una armonía espiritual, no puede serlo, no entra que lo sea: es una de esas revelaciones bastardas, de poco asiento en el espíritu, que terminan por compensar justamente lo que no poseemos.

Sólo es nuestro lo que perdimos, dejó escrito Borges. Es posible que también nos pertenezca lo que no tenemos, y vivir sea un enconado esfuerzo por apropiarnos de ese inventario de cosas dispersas, útiles unas, absolutamente innecesarias otras, con las que adornamos, en ocasiones, el vacío. Es un concepto curioso, el vacío. Hoy mismo, en un pequeño atisbo de vacío y de desubicación que he padecido, una ráfaga de vacío, por lo demás, he pensado en que no podría llenarlo con nada material. Lo acometí con cierta complacencia. Conseguí, en cierto modo, acomodar el vacío, hacerlo doméstico, robarle esa trascendencia que se le asigna, a voluntad o sin ella. Me reafirmé en la idea de que no tenía nada que pudiera derrotarlo. Nada que yo pueda coger o en donde pueda refugiarme, ninguna cosa que yo haya podido comprar o me hayan regalado. De pronto sentí una muy viva sensación de confort. Sentí (o creí sentir, ya digo que eran pensamientos fugaces, ideas peregrinas) placer en esa pobreza de pronto descubierta. No quise nada, sólo caminé, miré los árboles que jalonaban a mi derecha el paseo y aspiré con firmeza el aire de la mañana, el aire frío, que me alivió. Fui dueño del aire. Lo abracé, me abrazó, nos quedamos así los dos, hermanados, como en un dulce trance. 

27.11.15

Mejor una rana que habla


Afortunadamente los cuentos ya no son lo que eran. Estoy con quienes los pervierten, con todos los que les dan la vuelta y hacen que las princesas prefieran a una rana que habla antes que a un príncipe. El asunto de los cuentos no es una materia inmutable, a la que no se pueda meter mano, con la que no podamos mantener un diálogo íntimo de donde salten chispas. En cuanto se conmuta el sentido primordial del cuento y Caperucita se zampa al lobo, los niños escuchan, dibujan el asombro conforme van abriendo la boca, de puro pasmo. No hay mejor voluntad que la voluntad incómoda, la que gusta a unos y, sin que vayamos a esforzarnos por evitarlo, moleste a otros. Está muy bien eso de molestar. Con matices, con los matices previstos. Los del respeto, los de la armonía entre los distintos, pero está bien meter un poco de humor o quitarle un poco de gravedad a los clásicos. Mejor la rana que habla. Mi amiga Isabel Huete lo tiene claro. Yo, con ella. 

26.11.15

Cien novelas en la cabeza



No creo que Stephen King sea nunca mi autor favorito. Ni siquiera que entre en el parnaso de los que me hicieron sentir mejor persona o me iluminaron cuando me abrazó la tiniebla o me emocionaron hasta las lágrimas cuando mi corazón, desbocado y solo, era un músculo sensible y muy torpe. No hay nada en su escritura que merezca un alegato profundo, pero conozco pocas que fluyan como la suya. Las tramas que fabrica son impecables. Incluso cuando son malas, rehusables, de poco interés, tienen lo que algo de lo que otras (más redondas, de mayor asiento literario) carecen. Es la narratividad, esa facultad natural de contar y de hacer que lo contado parezca un río, uno fluyendo hacia el final, que a veces no es enteramente el morir. No hay novela de King a la que no se le puedan aplicar esas bondades, de las que no se extraiga la conclusión de que nos entretuvieron. No sé qué otra cosa debe buscarse o cuál es más importante que mismamente ésa, la de hacer que el tiempo se adelgace y nos dejemos invadir por lo que no existe, por las historias puras, sin el relleno que no nos importa, sin la habitual floritura que en ocasiones hacen que el producto gane en prestigio (qué es es eso del prestigio) pero malogre su fiabilidad lúdica, ese espacio en el que el lector descubre que tiene en sus manos la historia perfecta, la que andaba buscando, la que (en cierto modo) le va a reconciliar con el mundo, incluso consigo mismo. Eso lo consigue Stephen King como pocos. No porque sea deslumbrante su prosa, no. No creo que King tenga entre sus consideraciones la estilística, la que hará que un año de éstos le den un Nobel o un premio de alguna asociación de críticos sesudos, de los que leen a Pynchon y a Frazer y desmenuzan hasta el desmayo la escritura, encontrando lo que ni el propio autor sabía que estaba. 

Ahora estoy leyendo Revival, la última que ha escrito. No llevo lo suficiente - la mitad quizá - como para escribir sobre ella. Sí es bastante para concluir que es el mejor King de los últimos tiempos. 22/11/63 ya era muy buena. Y Joyland. Parece que el hombre está en trance. Nuevamente en trance. Se le irá el numen. Suelen irse. Hará alguna novela mediocre, alimenticia, de las que se venderán en las grandes cadenas al lado de las otras, de las novelas de prestigio, de lo que los especialistas consideran excelentes, exquisitas, las llamadas a ser clásicos. No debe envidiarles: él es ya uno de esos clásicos. No sólo por las cincuenta (he leído eso) novelas que ha facturado, sino porque muchas de ellas (Misery, Carrie, It, El resplandor, Joyland, La zona muerta, Dolores Claiborne...) son algunas de las historias que más me han atrapado de cuantas he leído. Y son muchas. De Stephen King admiro su prolijidad. No hay mejor oficio que el de escribir si no tienes otra cosa que hacer o si no has hecho otra cosa en tu vida. Morirá con una novela en la cabeza. Estoy deseando que la lea mi amigo Antonio. Tiene una balda en su casa con novelas de Stephen King. Una balda completa. 

23.11.15

Caer


En cuanto pueda me levanto y vuelvo a mi sitio, ha sido un golpe de calor o un golpe de frío o un golpe de público. Mi madre me lo dijo. Si ves que no vas a poder, no te metas ahí. Hay que ser muy disciplinado. Tú no has tenido disciplina en tu vida, hijo. Y no será porque no he intentado inculcártela. Las madres hacen muchas cosas, pero no las pueden hacer todas. Sí, claro que te levantarás, pero yo no me refiero a eso. Digo que ahora no podrás borrar de la cabeza de todos los que te vieron caer el hecho de que te caíste. Uno debe caerse solo. A salvo de los que miran, hijo. Si lo haces a la vista, no podrás hacer nada por enmendarlo, aunque no vuelvas a caerte nunca. La gente recuerda siempre las caídas. No ven nada cuando estás de pie, firme, orgulloso y entero. Sólo se esmeran si perciben una duda. En cuanto atisban un indicio de debilidad, aguzan la vista. la mantienen fija, por si algo relevante sucede y no han estado lo suficientemente atentos. Luego largan lo que pueden. Hay quien ha venido a este mundo a ver cómo se caen los demás. De ellos, de si pueden caerse o no, no piensan mucho. Yo siempre estuve muy atenta a esas cosas, hijo. Sabes que te llevé por el camino bueno, pero hay veces en que no es posible evitar venirse abajo. Al cuerpo no se le tiene nunca bien atado en corto. Tiene el cuerpo su voluntad, muy a pesar de que nos creamos sus legítimos dueños. Si naces para martillo es el cielo el que provee los clavos. Tu padre no se levantó. No es imprescindible caerse para no poder levantarse. A tu padre se le vio siempre caído, hijo. Por eso más vale tener una buena y luego incorporarte. Lo malo es que la gente no perdona, no olvida. De eso puedes estar seguro. Basta un descuido y ya no hay manera de reponer la idea que tenían de uno. Y tú hazme caso: la imagen lo es todo. Hemos venido a este mundo a ver y a ser vistos. No le des más vueltas. Todo lo que te cuenten es accesorio. La parte principal es la que te confía tu madre. Yo jamás permití que las cosas que hacía o las que dejaba de hacer fuesen la comidilla de la calle, pero me ha costado lo mío. Años de mirar por la ventana, por ver qué hay afuera. La vida es dura a veces. Uno cree que es un regalo, pero no lo es en absoluto. Se viene a penar a este mundo, y después para acabar en el hoyo. Tampoco se deja en paz a los muertos. Con ellos se aplica una dureza mayor que con los vivos. Tienes la ventaja de que no pueden rebatir nada de lo que digas. Ni los cercanos pueden. No se sabe nunca qué se hizo en vida. Si le dices a la viuda que el marido recién fallecido era un putañero y un crápula en sus ratos libres, tragará, como tragó antes. Y si duda, si se obstina en contradecir lo que le contamos, ya le dará de noche vueltas a la cabeza, cuando se acueste, en la quietud que precede al sueño. Hemos nacido para adorar al mal. Por mucho que el reverendo en la homilía cuente y cuente otra vez lo de poner la mejilla y el milagro de los panes y de los peces y la salvación por las buenas obras que hagamos. Yo llevo toda la vida siendo una madre buena y una esposa buena y no he tenido todavía una señal que me indique si el camino que he elegido es el correcto o hago algo mal. Seguro que si un día caigo en desgracia no habrá quien me ayude a ponerme en pie y arrancar a andar otra vez. Eso lo hacen las madres, hijo. Y no todas, no creas. Hay algunas que traen los hijos al mundo y después dejan que se descarríen y no les aconsejan ni les dan consuelo ni cobijo, pero en ocasiones una no puede hacer más de lo que hace, no se puede estar en todas, no hay manera de que la dejen, por más que insista una en que ahí tiene que estar tu madre. La que te coge y te levanta y te alivia y desafíe, con fiereza si hace falta, a quien te mire mal y te haga burla. No se puede borrar lo que hemos hecho. No está en mi mano evitar que caigas. Tampoco que puedas levantarte. Hay caídas terribles. Las ve todo el mundo. Estamos expuestos. No hay nada que hagamos que no esté a la vista y sea registrado. Ni a solas, cuando nadie te ve, estás a cubierto. Te ve Dios, que es la memoria de todos. Así lo decía tu padre. La de veces que le levanté, ya sabes. A estas alturas lo que me duele es no tener a nadie que me alce. Nadie que me cuente cómo no caer. Tendremos que pensar en si podemos estar ahí bien, en el suelo, sin miedo a qué dirán, sin pensar en qué haremos cuando estemos de pie, sin preocuparnos de volver a caer de nuevo. 

19.11.15

Incluso él, un igual...



En ocasiones, por mucho que uno se esmere en razonarlo, no acepta que las personas a las que admiramos, sobre las que de alguna manera crecimos y nos hicimos mejores o más sensibles o más inteligentes personas, obren como nosotros y tengan que evacuar la vejiga en un urinario público o el vientre en esa intimidad de la que casi nunca se habla, salvo para hacer alguna ocurrencia grosera o un chiste de fondo soez. Se cree, sin ningún asiento en la lógica, que viven en un ámbitodistinto de lo real. Incluso, ya puestos a fantasear con ellos, se les considere personajes, entidades sin una dimensión corpórea, que están ahí para escribir o para cantar o para subir a un escenario. De Borges, el que orina en la formidable fotografía, tengo sus cuentos, su aleph, su jardín de senderos que se bifurcan, su tigre, sus literaturas germánicas medievales, sus runas, sus mil y una noches, su biblioteca circular y su ajedrez inaplazable. Y esas propiedades me bastan. No deseo que ingrese en mi credulidad el Borges que sale a la calle y pasea y bosteza y derrama el café. Ninguno de esos hipotéticos borges son necesarios. Son piezas secundarias. Como si el personaje que he ido construyendo se diluyera un poco al dejar que contemplemos su parte terrenal, su necesidad de ir al servicio o al baño, su incuestionable envejecimiento o sus debilidades políticos - las de Borges fueron muchos y no siempre juiciosas - o sentimentales. Pero tiene su morbo el Borges que orina. Hace que la realidad suplante la ficción o la contamine o haga que pensemos en que todo es una ficción o todo es una realidad y las dos partes se unen a veces y se confunden y nos perturban o abrazan.

18.11.15

sería de algodón el impacto de la bala

milton en alphaville
el poeta todavía esnifa adjetivos 
hilos de ternura a ras de sístole 
toda la alegre construcción de la felicidad durante años entregados a la escritura 
largos cabellos 
el sótano está encendido 
suena bossa nova filtrada 
el tiempo es un jesucristo con sordina 
el tiempo es un jesucristo con sordina 
necesito un demiurgo 
un crack en mística 
un hombre con una corbata beige 
con una corbata gris 
todas las corbatas estropean la alegría 
lo hemos visto juntos oh mi amor 
la delicia de mirar amanecer juntos 
la fria inerte dulce sucumbida clave de amar 
hemos oído la misma canción las veces suficientes 
la primera vez en parís 
la segunda en las favelas 
era diciembre 
nos queríamos de forma sencilla 
comprábamos periódicos 
leíamos en las terrazar al sol 
tomábamos café 
el chico del café era sordomudo   
el hombre lee en donde puede 
he visto gente leer en el metro versos del corán 
haikus 
prosa cabreada del tiempo 
dow jones 
big fun 
hemos liquidado el miedo 
lo hemos escondido en un endecasílabo 
la mampara es el jazz 
nos escondemos detrás 
mujer 
tu cuerpo es un desagüe en donde me voy 
arranca el tour de amor 
la ipé de mi corazón es volandera 
la ipé de mi corazón la saco a pasear 
tiene el paseo luna y el perrito de chejov nos mira en un relato tradicional ruso 
todo lo ruso es agradable al oído 
el idioma es de una sonancia que no te revienta el pecho 
no me leas a nietzsche en vernáculo 
no me digas que miras el abismo y el abismo te mira a ti porque no tengo tiempo esta noche el exiliado 
el extravagante 
el asunto principal 
la historia de la vida 
el leiv motiv 
los fab four en la pared 
baudelaire en la pared 
la chica asiática muy preñada con pezones como dedales de costurera tuerta 
me gusta el junk mail porque leo ahí la novela de la existencia 
no tengo un tren de vida de algodón sin delincuentes 
la ciudad era nocturno 
gas
pubs 
pizza a las cinco de la mañana 
resaca margarita 
hombre 
no tengas cuidado 
me dejas en la puerta que yo subo 
solo me pongo un charlie parker 
me pongo un stan getz 
amor 
con la posibilidad de arrumbarlo después en un epílogo decimonónico 
esta noche europa
paris londres madrid 
el personaje perfecto en la ciudad ideal 
pegamos tropezones hasta navidad en la tesis más fiable 
la república de las palabras no representa un peligro 
salvo que seas un subversivo 
un tipo de esos de la derecha carpetovetónica 
no me vengas con panfletos 
me dan migraña los panfletos 
se quita solo el temor a que la cultura nos termine induciendo al suicidio 
tío sam está ahí afuera 
me duele el alma 
la bestia políglota avanza por las calles 
recorre avenidas 
no tengas miedo 
me has entendido 
no vayas a demostrar que el miedo te ha cogido bien 
el miedo es una aventura lírica 
la soledad es un agujero enorme 
la pereza es un concierto de keith jarrett en osaka visto esta noche 
samsung cuarenta pulgadas 
europa acoge un puñado exquisito de poetas del jazz 
no crean 
no viene bill evans 
el genio se quedó en sus toxinas 
el timonel escora dulcemente la memoria 
tengo ancho un párpado 
me adormece la tarde 
olvídate de la derrota 
la grúa pasta tu voz 
extrae la palabra 
el oído glauco 
el estremecido punto en el que la voz suministra su inventario de cautelas 
importa el alma 
comparo mi dicho con un eco 
me miento 
me invento un mundo 
se ofrecen dioses para tutelar mi ingreso en un cielo cinemascope 
en vísperas el lance 
nunca sucede el pensamiento 
dilata el trance 
el cuerpo de la cortesana livia dulce acaba de cumplir cincuenta 
ya no acuden amantes 
indagas 
averiguas que el amor subsiste todo coronado 
agua herrumbrada en todo caso 
polen 
eco 
rizo del bello pubis ya en declive 
como en una película de gloria swanson 
fuera morir entonces hermoso 
únicamente hermoso 
es sólo es plumaje 
el pájaro toma altura 
perdura esto 
el pájaro perdura 
el desencanto trenzado 
el menos doloroso si anidan pájaros en el pecho 
dulce quebranto tus dedos 
naves 
mi amor 
te amo 
qué hermoso es ver desfilar la tropa 
arengan en una tribuna los viejos caciques 
las estrellas al aire 
el júbilo 
la patria 
los dioses propicios 
la cosecha de muertos con la voz cedida 
con la voz hundida 
con la voz destrozada por el peso del verbo cainita 
el verbo púgil 
el verbo ampuloso en donde existe un paraíso 
lo mismo que kavafis 
cabafis 
kavaphis 
cavaphis 
pide que el camino sea largo 
alguien jadea un pétalo 
junio esconde savia 
trinos que confunden alta advocación del santo loor 
compartir la gloria 
el dulcísimo eco donado en la noche cómplice 
en esencia el astronauta aunque zurdo evita el trato campechano 
no está hecho para eso 
es de otras miras concretas 
volúmenes que modulan el silencio zubin 
el peso de la orquesta flaquea 
así hablo zaratustra 
así hubo un afán y después del afán hubo una panorámica del afán 
el galán 
el tiroteo 
esto es cine 
los arquetipos estipulan conductas 
una literatura 
escribo porque tengo los dedos limpios 
verosímil orquesta 
radio skanton 
la pluma 
el tiempo es un sinfín de silbos próximos 
oh nido 
contribuye el músculo a adecentar el alma 
la mano del azote divino 
el onanismo convertido en arte como quería de quincey con el asesinato como premisa válida 
como baluarte 
se desvanece el barco en la distancia 
se pierde 
pues en la distancia todo se deja manejar mejor por la fábula 
en fuga 
todos los niños de londres aman a peter pan 
todos los niños de londres aman a peter pan el formidable 
en balde se diga moneda 
salud 
amor 
te escribo precipitadamente este galope enfurecido 
este galope sucede como lluvia 
este galope finalmente desemboca en poema 
en viena urdida por los nazis 
unas frases que arden 
un viento que asiste al actor en su papel principal súbitamente héroe 
ardor más bien 
el material disperso es la memoria 
el hilo 
el punctum 
el verso armónico despojado de retórica 
en la geometría participan los amateurs 
en la memoria flipa un payaso 
el rito sin usura 
por favor sedúceme esta noche 
si puedes ven 
sedúceme esta noche 
esta noche 
calma 
sobre todo esta soledad de amantes 
no vengas con los libros de kafka bajo el brazo 
dan migraña 
ya lo escribí 
con tal de perderme por todos mis sentidos 
la voz se astilla 
la verdad es que muero veladamente por mis poros abiertos 
rechaza la batalla 
el fondo sin astros 
el cuerdo contra el boxeador sonado 
el verso final 
todo así la decadencia latina del amante apresado en el rockefeller center mientras afuera la banda toca gypsy woman varias veces 
black magic woman varias veces 
stairway to the stars varias veces 
summertime varias veces 
en la tempestad brinca dios 
muda el inverno su vocación de pestillo 
eso es lo que ocurre señor gómez 
la voz se astilla funda 
el amor
 trozos de amor repartidos por los trozos antiguos como salmo 
se invoca 
se venera 
se salva el que reza 
el apestado es el ateo 
el descreído 
ay me he perdido en los mítines del alma 
en contra de sí misma tiendes la mano 
la mano buena  
entonces escribe a su antojo key 
obituario 
escena manzana perdida en el cesto de una vírgen de teruel recién traída a casa por un lejano primo entendido en macroeconomía 
el mercado 
la crisis 
el topo 
el animal oscuro 
el animal oculto 
el bestiario de intenciones que no acaban de imponer un orden 
el caos es el orden que se cansó de repetir un verso 
en bourbon street 
contra la voluntad de un elegido 
algún precio ha de pagarse aunque sea por vivir tan a lo precario
 toda esta iluminación 
este irse en cada gesto 
en cada sílaba 
desde el musgo hasta la rosa la de milton 
vibrar en el sueño 
morir hay que ir muriendo 
el beso último 
el astro numen 
la nave como un rito 
se zafa del oleaje
 nadie oye la proa cascada 
el alma rota 
dios sin aviso 
sólo el timonel siente un ardor 
un peso el naufragio inminente 
soledad entonces tan lírica 
me muero de ganas de volver a los quince 
encontrar un refugio en los grandes salones de la antigüedad 
comprobar el peso de las sombras en un sueño 
volver a casa como si no hubiese uno salido nunca
meter la cara entera dentro de una vixen de meyer
estar ahí metido como si fuese fellini
como si en esa carne viva el mundo tuviese un sentido
encontrar los poemas perdidos del primer dios
el problema es que le dedicamos demasiado tiempo a las palabras 
creemos que todas deben ir hiladas
tener un cuerpo
los brazos
las manos
los ojos de las palabras
pero en ocasiones
va la palabra a su aire
a capricho
sin la tutela de las razones
hemos mandado al mundo a un lugar oscuro al manejar tantas razones
no hemos dejado que el corazón lo guíe
no hemos considerado la posibilidad de que sean los poetas los que organicen las partidas presupuestarias
no lo vamos a hacer nunca
moriríamos de pena en un rincón
no sabrían hacer cuentas
pero sería feliz el trayecto
tendríamos dragones y sería de algodón el impacto de la bala

16.11.15

La lógica de Bartleby, activista de la paz



A los muertos se les da a veces la consideración que no se les prestó en vida; se llora por ellos incluso cuando, en esa vida, no despertaron ese regalo del afecto o del amor que es el llanto. Si son muertos anónimos, personas que no hemos disfrutado, ni padecido, ni siquiera topado en la calle y saludado o entrevista en la calle, yendo o viniendo de casa, pueden doler como si fuesen de los nuestros. No sé si si eso de la mortandad tiene registro de propiedad y hay fallecidos de los que somos una especie de dueños sentimentales, por decirlo de alguna manera, y otros, más alejados, a los que no les dispensamos deferencia titular alguna. Un muerto francés valdrá igual que uno de Nigeria al que los bárbaros de aquella zona, los hay, claro que los hay, ha volado la cabeza en una aldea perdida con un kalashnikov o de un machetazo. Un muerto kurdo, en esa balanza ahora improvisada, tendrá la misma valía moral que uno sirio o afgano o francés. Si en lugar de apreciar la nacionalidad del finado, miramos su inclinación religiosa, tendremos muertos cristianos, muertos árabes, muertos judíos, decenas de maneras de creer en un Dios, aunque mueran a causa de esas legítimas creencias y atrofiadamente esgriman a ese Dios como causa de la barbarie que acometen. No hay manera de que, siendo sensibles, podamos escurrir el bulto de llorar a cualquier caído por la sinrazón ajena, por el terror de los otros, los que difieren, los que no piensan al modo en que ellos pensaban, los que sostienen que les pertenece la venganza o la justicia o la verdad. 

No hay verdad tal, no puede haberla, no es posible que en este mundo que andamos construyendo, con la sangre, con el sudor y con las lágrimas habituales, todos tengamos razón, todos estemos asistidos por la inteligencia y procedamos conforme a ella, sin lesionar a nadie, sin romper algo a poco que nos movamos. Siempre hay cosas que se rompen. Los que se esmeran en maquillar bien las palabras - para que no hieran, para que no molesten - dicen que son los daños colaterales. Lo malo de esos daños es que afectan a quienes no intervienen en el litigio. Hay muertos que no eran predecibles. Quizá ninguno lo sea, pero se podría entender que algunos, usando el hierro, mueren por él, como dice el refrán antiguo. Lo que hace indigna y hace llorar es que caigan los que no han manejado hierro alguno, todos los que viven al margen, cuantos respetan al otro y no interfieren  y no interrumpen. Da igual que los políticos a los que votaron sean corruptos o trapicheen con armas o financien negocios bastardos, negocios lucrativos, los que hacen que la economía no pare y las alianzas entre iguales perduren, toda esa maquinaria sucia de la alta política. 

Si vienen a casa y la queman y pasan a cuchillo a los inquilinos, si no les importa caer ellos mismos en ese acto atroz, es muy difícil que este conflicto, el de los muertos inocentes, cese. Qué verbo más horrible es inmolarse. No hemos sido educados para entender la inmolación. Afortunadamente la educación omite ese verbo venenoso e inútil. Se nos educa para que nos aterre la violencia, pero siempre hay un agujero por donde colarse y salirse de ese confort. Es un mundo en el que hay que posicionarse, en el que se debe acatar un criterio, en donde se afilia uno a cierta militancia. Inevitablemente somos cristianos o ateos o capitalistas o de derechas o de izquierdas o vegetarianos o culés. Conviene que se nos estabule. Está bien que tengamos una etiqueta con la que poder controlarnos mejor. El mundo funciona así, nos guste o no. Quienes se abstienen, los bartlebys del mundo, también caen cuando vuelan las balas. Al final, en una discoteca de la noche parisina, no importa que leas la Torá, los evangelios, el Marca o seas un adicto a Paulo Coelho. O si eres marxista o no has visto la barbuda cara de Don Carlos en tu vida. En ese momento indigno, cuando un descerebrado decide que puede retirarte la vida, no sirven para nada las palabras. Ni las palabras, ni los gestos, ni todas las palabras y todos los gestos juntos. La sangre, al verterse, no sabe de justicia. Se deja ir, fluye, te abandona y te mueres. Pero es una muerte de verdad muy absurda. Como la que roba el cáncer o un accidente de carretera, pero ninguna de esas lamentables maneras de dejar el mundo tiene la brutalidad de la que proviene de la mano de otro, del que no se detiene a pensar, del que está juramentado a robar lo que no le pertenece. Lo más preciado. Da lo mismo, en el fondo da lo mismo, que sean muertos cercanos o de la más alejada geografía. Todos somos franceses cuando son franceses los que caen o noruegos. Me viene ahora el psicópata que se llevó a decenas de jóvenes en una isla de recreo. Lo que no recuerdo es si fuimos noruegos esos días. O si, pudiendo serlo, uno decide no señalarse, no exhibir su dolor con símbolo alguno, no salir a la calle, no manifestar su indignación, no caer en esa rutina un poco ya falsa en la que uno adquiere un insignia, una de tantas, se la planta en el pecho o en el perfil de su red social y así da a entender lo comprometido que está, lo que le duele el mal, lo sensible que es. Y lo hermoso, lo que debiera ser hermoso, es que unos se muestren así y otros, según su fuero interno, prefieran no hacerlo, como Bartleby. 

11.11.15

Seguir sombras y abrazar engaños / Góngora, en el lecho de muerte, hace cuentas


Se me ocurre que lo que viene debajo es una osadía, una especie de temeridad censurable, pero se le va a uno la mano, cree que tiene el arrojo para embarcarse en una tarea grande y luego comprende, una vez acabado el texto, que Góngora no habría contado la historia de esta manera, ni habría usado esta pobre, a lo que él acostumbra, pobre, sí, rendición de su castellano sublime. De todas formas, hoy, mientras estaba en una charla más que amena organizada por la Cátedra Góngora en la Biblioteca de Lucena, pensé que volcaría en el blog, en donde no estaba, este escrito, hecho en mayo de 2013 para Barra Libre, que yo pongo en voz del poeta. Sabrán perdonarme los gongoristas y los que no lo son. De cualquier manera, ahí lo dejo, a beneficio de ociosos, que no de iniciados. Mi amigo Pedro echará una sonrisa. Por lo que sabemos. Yo se la aplaudo. 

Seguir sombras, abrazar engaños

Mientras que en la ligera sombra prospera  el frío y los árboles desalojan el rumor de los astros y convidan al paseante a meditar sobre la mudanza de las cosas, fatigo las horas en esta pieza postrera, inclino mi voz y cuento lo que he visto. Al poeta se le encomienda el registro de los prodigios y yo he sido un escriba poco fiable. Es verdad que no ha pasado un día en el que no me haya acostado con mis sátiros lascivos y haya paseado las montañas que circundan la villa a la búsqueda de ninfas bellas y de rudos pastores. A mi verso han acudido las cosechas de los años y el vértigo del mundo. Ni el enjambre enjundioso de los días ni la alquimia arcana de las noches me ha robado una brizna del ahínco con el que he cincelado el tallo agreste de la palabra. Embastado el seso al cuerpo exigente del soneto, carifruncido y enfermo a veces, ciego al dolor en otras, cebado de sílabas, comido por las urgencias naturales de la vida y conminado a volcar en la hoja el dolor infinito de la muerte, buscando quién sabe si a Dios en este dulce instrumento que es la poesía, pero no soy hombre de santos ni tengo al cielo como el cobijo al que aspira mi alma enferma. Sé, no obstante, que algunos festejarán mi ausencia. No ha sido mi elección la del afecto hacia los otros sino la puya y el desdén, obra de mi carácter, de escasa dulzura o ninguna, de poco apresto al concilio y de mucha inclinación al desplante. No buscando la fama, encontré cierto posición social que no la desdeñó. Fui amigo de reyes y hasta gané la enemistad de algunos. La vida cortesana, tan rebajada a lo mundano, nunca me hechizó. Fui de los que paseó los pasillos palaciegos, abrió cancelas y platicó con sus dueños, pero lo hice campechanamente. En mí se produjo el milagro de lo profano y de lo sacro y de esa mixtura dulcísima extraje una poco piadosa visión de las cosas. Quienes me condujeron a los cargos eclesiásticos que disfruté no cayeron en la cuenta de mis dispendios. No solo gasté en mis vicios sino que repartí entre los míos. Si eso contribuye a que mi figura no sea tan severa, lo aplaudo, pero no me resta sueño, en estos días últimos, si el futuro me viste con ropajes embusteros y de mí dicen lo que no procede. No solo me entregué a los libros y a las letras de los libros. Amé obstinadamente la vida al modo en que se ama lo que se sabe huidizo. En eso hay algo de mi sesgo crispado, de mi voracidad dialéctica, de todo eso que las habladurías, en ocasiones, cuentan de uno y que, a poco que se escuchen con atención, se advierten ciertas.

Dicen los que me tratan que me falla la memoria. Todavía alcanzo a escribir sin desmayo y nombro con absoluto rigor los dioses de la antigua Grecia y los héroes que en los libros me iluminaron. Muy de ordinario manejo las filigranas del verbo y hasta me acomodo con soltura en las cárceles del lenguaje, que son muchas y precisan de fineza y de ingenio como pocas. He andado camino, refugiado del invierno en posadas, conversado con el pueblo y me he arrimado, sin la ronza de algunos, a las castas de más fuste. Todas esas travesías han avituallado de milagros y de tristezas, de asombros y de penurias también, esta insobornable querencia mía a dejarlo todo por escrito. Encuentro en el oficio de escribir el placer que no hallo en el de la vida. Por eso seguí sombras y abracé engaños. El hospedaje de los años lo estoy pagando ahora en este lecho en el que yazgo. No poseo otra riqueza que mi nombre puesto que desconfío de lo que todavía me aguarda y no dudo de que me cubrirán ya sin remedio las entenebrecidas verdades del mundo. De mentiras viví mientras que las mentiras me colmaron. Y bien colmado que estuve. Gocé e hice tal vez gozar, aunque no es esto de lo que hablo asunto de lubricidades sino materia del espíritu. En la palabra, en su dormida ribera, fluye el río de la vida, en la que yo me he afanado y de la que ya, aquejado de quebrantos que no gobierno, me despido. Quiera el céfiro y quieran los astros en la callada bóveda de la infinita noche que sean mis letrillas alimento del que las busque. No hay otro fin en este viaje que concluye que el de legar algo que de algún modo alivie el dolor que padezco. Esplendor mucho, ceniza poca, he dejado escrito. Que el recinto que guarde mi cuerpo no se abruma de visitas y no se sepa a ciencia cierta en dónde me hallo y a qué inclemencias de las estaciones me expongo. 

En la comisión de mi cabildo, me obstiné en el imposible de conceder prebendas a los míos. Conforme he ido avanzando en años y en dolores, pues la vida es un dolor minuciosamente administrado, he confirmado la idea de que la belleza salvará al mundo del caos y de la barbarie. Los ejércitos librarán sus batallas en las extranjerías, los reyes recibirán las reverencias de la grey, pero los poetas conduciremos al alma al parnaso y la dejaremos allí, prendida a un endecasílabo, encendida de los abundantes júbilos de las letras. Las mías las dejo al antojadizo dictamen de mis críticos. Sé que fui odiado como sé que odié. No fui hombre de armas y no me escondí en las sombras, a la espera de amandoblar a mi enemigo, que tuve en número grande. A mi funeral acudirán todos. Lo harán para comprobar que me meten bien hondo y que me echan encima una buena cantidad de tierra. A cada paletada sobre la madera, mayor será su alegría. Los que me amaron, quienes tuvieron a bien dispensarme su afecto, nada les pido salvo eso que los que escribimos siempre llevamos bien a gala y que consiste en no dejarnos morir del todo. Que leyéndonos, vivimos. Que en el ejercicio de la lectura, nuestra voz se iza y perdura, ayuntada con las otras que también trabajaron en esta dura empresa de contar los sucedidos. Os dejo, parto, me siento bil y no gobierno ya ni lo que escribo. Seré tierra, humo, polvo, sombra, nada.

Chomsky todavía

 Ayer, al saber que Noam Chomsky había muerto, sentí una punzada de tristeza. Recordé los años mozos (y bien mozos que eran) en los que la f...