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17.7.26

El disco de Chet Baker salta


La vida, al cabo, queda en novelita rosa de azares y causas y cuando uno abandona este mundo siempre resta un deudo o un primo segundo de Cáceres que abre tu casa y se lleva en una bolsa recia de rafia las Obras Completas de Benito Pérez Galdós o todas las sinfonías de Berlioz en vinilo, aunque lleves sin oírlas quince años o no hayas seguido la plétora galdosiana. Esa rapiña funeraria. Expolio o polvo. El expolio incivil como un cuchillo codiciando la carne. El polvo como un ejército apoderándose del patrimonio silente. El polvo, el implacable, no solo se come entonces al finado (ya se sabe, polvo eres…) sino también (ay) a sus discos y a sus libros, a su álbum de fotos y hasta a la corbata horterísima que gastaba en las bodas. La vida, tan puta, concita así en su finiquito a quienes, en vida, quisimos, nos quisieron o ninguna de ambas cosas, pero se arracimaron a nuestra vera de modo que parecían, en las distancias cortas, familiares, amigos incluso. Debiéramos legar la risa, pongo por caso. O la mala leche de los lunes a las siete de la mañana. El júbilo tal vez.

A mi amigo Pepe, que era un bonachón, le entrego una pizca de mala hostia, que falta le hace. A Juanito, tan arisco y cabroncete, mi talante, ya que fama tenía de bonancible y festivo. A Lola, mi don de gentes. La vida, insisto, cuando cesa, abre la pandora espléndida del saqueo. Sentimental, en algunos casos. Acude el hermano lejanísimo, el cuñado al que nunca tratamos y los hijos bastardos de cuando hicimos la mili en Burgos, que se traerán, a modo de distintivo, algunos rasgos genéticos inefables, para demostrar, por la cara, la parentela, la comisión de la sangre. Acuden pues todos, voraces y terribles, diplomáticos y cautos y, al tiempo, solemnes y tristísimos, a litigar unos cuadros, unas baldas con Homero y con Agatha Christie, un piso en la capital o un coche casi sin kilómetros que arrumbamos al olvido cuando ya nos satisfacía eso de ir de un pueblo a otro. Toda la felicidad (o toda la tristeza) estaba en el nuestro.

Habrá que convenir una legitimidad a este buitreo, perdónenme la palabra. La muerte da sus réditos y hay una maquinaria bien engrasada para amortizar las pérdidas ajenas. Flores, misas, lápidas, herencias. Hijos en Burgos. Todo se aviene a ser facturado, escriturado. A desgravar incluso. Caso de que haya una vida después de esta, estaría bien que el finado, en el mullido más allá, asista al patético espectáculo de la pitanza que su ausencia ha dejado. En lo que a mí concierne, me va a dar igual lo que el respetable haga con mis posesiones. Ah, aviso de que un disco de Chet Baker tiene la pieza once un pelín rayada. La trompeta se escora al piano y, al final, la canción parece, en lugar de tersa y algodonada, ruda y un algo perversa. Como la vida misma.


8.3.22

Los vicios




Fotografía: Michael Ackerman



Para Antonio Sánchez, por los vicios compartidos, por los años compartidos. 
Para Rafael Padillo, por lo mismo. 

Fueron tiempos de beber y de fumar como si oyésemos en la cabeza un anuncio de que el mundo acabase. Luego uno pasa media vida de la que le queda en convencerse de que no es bueno ni una cosa ni la otra, contando con entusiasmo los beneficios de la sobriedad y reclamando con idéntico ímpetu las noblezas de esos estímulos, y llega a la edad adulta (cada una lo es a su manera) bebiendo poco y fumando ocasionalmente, por no zanjar de cuajo un vicio del que jamás se ha podido desprender del todo. Se convive con ellos, con los nombrados o con los que cada uno considere, se consienten sus extrañezas, toda su promiscuidad y ligereza, su demonio y su ángel. Al fin y al cabo, razonado con detalle, confortan los vicios, alivian, dan la paz que su ausencia muta en conflicto, en guerra a veces. Yo no sabría vivir sin que me acompañen. Son míos al modo en que lo es mi mano izquierda o el sonido que hace mi voz o la manera en que ando o dispongo el cuerpo cuando lo presento al sueño. En cierto modo son un fabricación personal, no estaban cuando me arrojaron al mundo y los he cultivado yo, con interesado mimo, cuidando de que no ladren y me den el bocado que no deseo, procurándoles una casa fiable, pidiéndoles (no siempre prospera eso) que no se excedan más de la cuenta. 

Los vicios son perros a los que se ata en corto y que nos sacan a pasear. Un vicio es un animal de compañía, uno con gesto de jauría si es preciso. Basta desatarlo para concebir el tamaño de la bestia. No hay quien no tenga alguno, nadie que pueda decir sin que le asome una brizna de rubor, rubor por mentir, que jamás se acercó a ellos y hasta intimó con soltura. Lo mejor de los vicios es que sólo mostramos los menos inquietantes. Los aireamos, les damos vuelo, consentimos que los demás los observen y piensen de nosotros conforme a lo que esos vicios dicen que somos. Los vicios privados son los verdaderamente nutritivos. Son del tamaño de nuestra alma entera. Tienen la contundencia de lo irrenunciable. Dan la exacta porción de sombra que precisamos para huir de la luz. Porque a veces quema tanta luz o porque en la luz, a poco que se mire de frente, sin cuidar en rebajar su dureza, descubre uno que no hay nada que ver, nada que nos haga arraigar en ella con vivo y durable entusiasmo. Es la sombra la que ordena el fasto de los días, la que conmueve y hace que esa luz irradie con más fuerza su influjo bendito. Al menos, a beneficio de relato, quedan las palabras. Las decimos para comprender el mundo. Incluso las decimos para renunciar a comprenderlo. Queda el humo, la cerveza a medio tomar y la sensación de que hay para cuatro o cinco caladas antes de apagar el cigarrillo en el cenicero y dar  el último trago con el regusto a tabaco en la boca todavía. Me abro una. Es la hora. Sin filtrar. Botella de tercio. Al fin y al cabo, no abusa uno. Será eso. Contentarse con esa pequeña certeza, la de que no estamos perdidos del todo. 

21.2.22

Un niño


 
 Dicen de mí que era obediente y disciplinado, salvo que se me metiera entre ceja y ceja alguna travesura, cosa que no despertaba el entusiasmo ajeno y socavaba mi  resuelta imagen de cándida bondad y agrado. Entonces adquiría el arrojo que otros difícilmente me atribuían, vista mi templanza y apreciada mesura, y acometía con heroicidad el desempeño de esa empresa. Cada tropelía que se me ocurría rivalizaba con la anterior en atrevimiento, a decir de mi abuela, que casi siempre las consentía, incluso jaleaba, entre divertida y escandalizada, envalentonado yo y preocupada ella. La adversidad era terreno favorable, aunque saliese de él magullado y, después en casa, duramente reprendido. No tener hermanos hizo que esmerara las distracciones y me inclinara a ocupar el tiempo con pequeñas incursiones en el maravilloso reino de la imaginación. que es un terreno más favorable aún que la adversidad y no daba tantos quebraderos de cabeza más tarde. Es ella el tesoro del pobre, el don del solitario. La imaginación era un privilegio doméstico, de poco ruido, que servía para casi todo. He ahí al niño con miedo a verse en el espejo y descubrir que no tiene a nadie más con quien emprender las aventuras  previsibles, las de la mente ociosa que desea, más que ninguna otra cosa, jugar. Eso refieren los que todavía pueden contar algo de aquel tiempo del que yo no tengo propiedad alguna, por lo que confío sin chistar en el relato de esa vida mía tenida ahora en penumbra, sin asiento fiable ni recuerdo que prospere y no se pervierta ni difumine. Traen, si les pregunto o incluso sin entrar yo en que se explayen, episodios de esa época borrosa, si no invisible, en la que ansiaba, más que nada, tener con quien hablar, también quien me hablara. No sabe uno si al cabo de los años prosigue ese anhelo todavía: el de escuchar y de que se nos escuche y, arrimada a esa idea, cunde la de escribir y la de leer, que es una forma privada de hablar y de escuchar, de contar y de saber, que es el fin que lo cruza todo. 

Fueron los años de salir los sábados a jugar a la Plaza Zaragoza y contar con hermosa avaricia las canicas o las estampas en el bolsillo o darle patadas locamente a un balón hasta hacer perder la tersura de las zapatillas de deporte. Contrariaba que lloviese, pero nos afincábamos en un portal y contábamos los planes para el sábado siguiente. Importaba jugar más que el juego elegido, que solía ser casi siempre reemplazado a última hora por alguno recién aprendido o improvisado para la ocasión. De ese tiempo tengo un borroso recuerdo, pero hay escenas que no han sido escamoteadas y perduran con una nitidez a la que no alcanzan acontecimientos que irrumpen después, quién sabe si con más entera efervescencia. Tiene uno de esos años la impresión de que no le pertenecen del todo: se difuminan, adquieren ese afantasmado carácter de cosa vivida y arrebatada, de cuerpo tocado y súbitamente suprimido de la realidad. Yo era John Wayne en 1970, sin saber quién era John Wayne. Era Peter Parker, era con todo seguridad alguien con la suficiente inocencia como para no pensar en otra cosa que no fuese salir los sábados a la Plaza Zaragoza y fundar el universo con un trompo y un par de amigos con los que fatigar las calles en busca de peligros. Del pasado (lo habré dicho alguna vez) tenemos siempre a mano un relato épico, fantástico, adornado de escaramuzas en la oscuridad. Se tiene la impresión de que durará para siempre esa festividad, aunque el ayer leve no cuaja como ansía uno y trae un mañana tangible. Qué habrá de mí ahora del yo de entonces, me pregunto. 

Llega más tarde el tiempo en que no me consuelan las frívolas ocurrencias de antaño (escribí en un poema, que ahora aligero y alargo, según cuente acortar o extenderse) y, abrazada más de la mitad de la vida, pienso en cómo ocupar la que reste. Pensé que en nada fui mejor que en traer dos hijos al mundo. No creyendo en santos, no es eso cosa que me cause inquietud, tampoco tengo el ánimo de creer en pecadores. Trasiego de unos a otros sin mayor esfuerzo, sin quedarme en un lado ni en otro, como un convidado alegre. Hay certezas que me confortan: les doy casa, las abrazo y cuido. Al amor fui de pedirle mucho y no me negó nada, he de decir: tuve a la mujer que quise y ella, habría que preguntarle, me tuvo a mí. Mis padres me criaron como un niño feliz, eso les debo. Me educaron para que apreciara la parte buena de las cosas y conviniera lo innecesario de que observara las malas. Tengo buenos amigos con los que cuento siempre. No son muchos, pero tampoco se precisa que abunden. He distraído el camino con algunos pequeños vicios. Uno de ellos es escribir, no sé ahora si puedo atribuirle un tamaño menor, pero no cuenta eso ahora. Me cuento el mundo con lo que escribo, por ver si cuadro las cuentas y entiendo la trama. No lo he hecho aún, si me permiten la confidencia. No creo haberme aburrido nunca y no me visitó con frecuencia la tristeza. Leo poesía y la escribo a tientas y con más que discutible oficio. Creo, como mi amado Borges, Dios me perdone el atrevimiento, que habré dejado algún verso perdurable. Le cuento a mi mujer que debo descuidarme menos, pero me conoce y hace bien en no creerme. Sabe que hay cosas en las que no soy de fiar. Trasnocho cuando puedo entre novelas de intriga y cine negro de la RKO. Escucho jazz de los cincuenta y blues del delta. No observo dieta, aunque debiera, y, en ocasiones, no caigo en tomarme las pastillas, que el buen doctor me recetó cuando me vio por dentro. Va uno así pisando la dudosa luz del día, como dijo el poeta. Están los días con su fuego a la vista. La noche con su misterio dentro. Declaro mi amor completo por las palabras. Las que decimos, las que no. Por eso escribo cada noche antes de conciliar el bendito sueño. Por dejar registro de algo o para que no me invadan el corazón las algas. Escribo por si esta noche decido no volver a hacerlo nunca. Escribo para que me amen. Al final, todo queda en eso, en ese acto íntimo de amor. A lo que hemos venido a este mundo es a amar y a que nos amen. No hay más que contar. No se me ocurre nada. Ni este selfie contará para que algo se aclare.


16.2.22

Contar una historia

 Hay intrigas mínimas sobre las que se construyen novelas enteras. Un hombre guarda unas monedas en su bolsillo y las va contando de cabeza, las manosea con avaricia, especulando con la posibilidad de su valor conforme al tamaño que ofrecen al tocarlas. Va así, tintineando monedas, calle abajo. Es una mañana muy fría de una ciudad al norte de Europa. Una ciudad gris en la que abundan los edificios altos, con ventanas muy historiadas. Desde una de ellas, una mujer observa la viandancia. Se percata del hombre que va contando las monedas. No sabe que son monedas, cree que pueden ser unas llaves. Piensa la mujer en ellas y razona que es un hombre al que le espera una casa cabal, confiada a su esmero y cuidado. O son monedas. Entre las monedas y las llaves no encuentra qué otra cosa pueda ser. Se embebece en este pensamiento inverosímil, un poco irrelevante, pero que de pronto le parece extraordinario, digno de las más altas cavilaciones. Pasa por su cabeza la idea de bajar y seguir a ese hombre, abordarlo y zanjar la duda con una pregunta directa. No se plantea lo ridículo de la empresa. Solo le atrae la resolución de la trama. Baja impetuosamente las escaleras y accede a la calle. Los edificios grises y altos, los coches en su vértigo de costumbre, un gentío que le parece secundario y que malogra la visión exacta de su perseguido. De pronto un coche no obedece un semáforo y la embiste fatalmente. El hombre de las monedas percibe la fatalidad a unos pocos metros, a sus espaldas. Se para en seco. Deja de tocar las monedas. Saca del bolsillo del abrigo el móvil y hace una foto. La mira con más dedicación que a la muerta sobrevenida. Se sienta en una terraza desde la que se aprecia la magnitud soberbia del accidente y pide un café. El camarero está distraído. No sabe qué hacer. La mujer, desconyuntada, llevaba unas zapatillas de paño y una especie de chándal descuidado, de los que se pone uno cuando está en casa y no espera ninguna visita. Se endemonia por no poder acercarse a ver de cerca a la muerta y se decide a hacer su trabajo. Las monedas cierran la transacción. 


La intriga mínima no levanta una novela completa, pero ofrece la voluntad de un argumento mayor, que registre cualquier desviación narrativa entre el hecho de un hombre caminando calle abajo, tocando monedas en su bolsillo, y una mujer asomada a una ventana, de la que nada sabemos tampoco y a la que el destino le reserva un final terrible. Tampoco sabemos nada de lo que va a pasar después. Si el hombre, aparentemente inocente, se percata de la sutilidad con la que se han ido amontonando las circunstancias fatales. Si es de pronto iluminado por la verdad, por su concatenación fortuita de accidentes. No sabemos nunca qué tintineo de palabras percute la imaginación del novelista y le hace encender la mecha y extraer de la nada que había antes de que el hombre guardara las monedas en el bolsillo, las contara de cabeza y recorriera, morosamente quizá, las calles. No sabemos cómo se construyen las historias, qué lentitud o qué voracidad narrativa las anima. Sólo se aprecia la capa visible, las circunstancias más o menos evidentes, lo que concurre para que el espectador pueda entrar sin sentirse desplazado, creyendo que es una parte de lo que escucha o de lo que ve. La credulidad es la brújula. Nos vemos en la vida con esa incertidumbre, la de creer lo que no vemos, la de avanzar a ciegas, la de confiar en la mano maestra del autor. Lo dejó escrito por aquí un amigo hace un tiempo: es lo liviano lo que lo mueve todo. Las grandes historias son en realidad tintineos en un bolsillo. Monedas o llaves o quién sabe, palabras que animen a otras palabras para que absurdamente construyan un relato. 

15.2.22

Un acto de amor

 


                                                              Fotografía: Cristina García Rodero

Hay un momento en que uno se mira a sí mismo con absoluta dureza. No hay piedad, ni indulgencia: sólo el esmero en aplicar la exigencia más alta. No importa que ese acto de intransigencia sea irrelevante o que todo esa voluntad de sublimación quede en nada: lo que de verdad cuenta es el instante en que estamos en diálogo con nuestro interior. No suele pasar, no son muchas las veces en que se produce esa mirada limpia y profunda. En ocasiones ni siquiera se tiene la percepción de que estemos en ese trance, no requiere preparación, irrumpe sin aviso, nos arrebata y hace que cambiemos, no somos nosotros, no los que fuimos, todos los que modelamos durante nuestra existencia para afrontar la realidad y no dejar que nos coma. Porque la realidad hace eso: comernos. A veces da la impresión de que es al contrario y es ella la mordida, pero no sucede así, por mucho que las apariencias inviten a pensar que es uno el que muerde. Por eso fascina la belleza. No se deja gobernar, no tiene un protocolo que cumplir, ni se la oye venir poco antes de que se plante delante nuestra. Hay quien se mira dentro y arranca a bailar y se yergue y hace como que el mundo se ha detenido en cuanto ha levantado los talones y ha dispuesto los brazos como aspas. Lo que hay alrededor no contribuye a que ese acto de amor puro a uno mismo triunfe o flaquee. La derrota no vende nunca, no se le da el apresto, ni el predicamento, ni siquiera la generosidad con la que se abraza la victoria, la propia o la ajena. Se nos educa para vencer. En realidad todo está pensado para que desfile, rutilante y espléndida, la victoria. La propia Historia, la contada, la leída, la que perdura y avanza, es un extenso relato de los vencedores. Son ellos los que la escriben, a ellos se les encomienda el registro de lo que aconteció. No sabemos ni siquiera el nombre de los caídos, quedan en la invisible memoria de quienes depositaron en ellos la confianza del triunfo. Sin embargo, en el arte no hay vencedores ni hay vencidos. No se gana ni siquiera el aplauso de los que nos ven. No deprime que no suscitemos aplauso alguno. Hay cosas que hacemos para creer en nosotros mismos. Las vemos a diario en los colegios, en el patio de los juegos, en la manera en que un niño aprende. Es eso lo que debería prevalecer: el aprendizaje, la sensación de que estamos aquí para aprender, no para hacer las cosas bien a ojos de los demás o mal a los nuestros propios. Quizá sea al revés. Uno cree que lo hizo condenadamente mal y los otros advierten un fragmento de luz, una porción pequeña o considerable de belleza. Está ahí, ofrecida sin alardear, con la timidez de quien no precisa exhibirse. Basta creer. Es cosa de fe probablemente, fe en el interior, en la posibilidad de que al final de la actuación sintamos la plenitud, ese estado primitivo de la gracia. De pronto, la niña se sabe artista, se cree elegida por alguien, ungida por algún secreto don, aunque no haya símbolos religiosos ni esté el aceite como líquido de esa pureza o de ese extraordinario esplendor. Entorna los ojos, sube las manos, no imita a nadie: se está encontrado a sí misma, ha dado con los movimientos que la convierten en un ángel. Los desconchones en la pared, la pizarra humildísima y el agradecido público asisten a un hecho único: el de la verdad haciéndose paso, el de la vida convertida en un prodigio. 

26.1.22

La plenitud


No haber sido nunca Vladimir Horowitz, no haber tocado las seis sonatas de Scarlatti o la tercera consolación de la balada en fa menor de Chopin  o una polonesa de Rachmaninov vestido de negro riguroso.

No haber sentido la unánime admiración del público y haber regresado al hotel con el corazón henchido y el alma colmada.

No haber podido conciliar entonces el sueño, cerrar los ojos y no pensar en nada o pensar en algo de un modo difuso, poco nítido, con la consistencia más débil posible, la que invita a que la conciencia cese su vértigo y su fiebre.

No haber escuchado el eco de todas las piezas tocadas, repasar cada pulsación en el teclado, el eco de la melodía yendo y viniendo del aire a su cabeza.

No haber sentido el peso del mundo, que es amor, notar que lo abraza y dormir escuchando la palabra de Dios, que es como el ruido que hace el universo cuando respira.

No haber sido una vez, aunque sea una única vez, Ronald Reagan y haberle entregado la medalla de la Libertad en la Casa Blanca en 1985, después de haber tocado en el Carnegie Hall.


22.12.21

Elogio de la perseverancia


                                                              Fotografía: Fernando Oliva


Hay palabras que deberían tener más relevancia de la que tienen, ocuparse en asuntos de los que de verdad importan. Una es perseverancia. Ya no quedan perseverantes, no se les prestigia, no se le da a la perseverancia el bombo de antes, ni siquiera en las escuelas se escucha a los maestros recomendarla, depositar en ella la semilla misma del éxito, esa palabra confusa con la que trasegamos con más o menos fortuna. Siendo constancia palabra canjeable, no me parece del mismo rango, no posee la firmeza fonética necesaria. Yo creo que el mundo es de los perseverantes. Es de ellos la extensión entera del futuro. Ellos hicieron que avanzáramos y llegáramos al lugar en donde estamos, sea cual sea, que tampoco sabemos si habría otro mejor o el que tenemos basta y conforma. Hubo algún perseverante que no cejó en el empeño hasta que hizo que la llama prendiera para cobijarse del frío o alejar las bestias de la comarca. No sabemos quién fue, no hay un nombre, no se registran a veces, sino que sólo se constata el hecho prodigioso, no la autoría. Otro se obstinó sin que el cansancio le arredrara. No desfalleció, ni perdió la fe en la consecución de su deseo: fue tenaz, le bastó la confianza en su lento desempeño. Confianza es otra palabra hermosa. Confiar y perseverar en la confianza. Como una especie de fe. El que persevera esgrime esa confianza, la enarbola, cree que no precisa otro instrumento para la prosecución de su fin. A poco que se fija uno, advierte la trampa del lenguaje: hemos dicho fin, es el fin el que está en la cúspide, cuando se ha logrado el ideal. El fin es el cese brusco de la perseverancia, podríamos pensar. El caracol ha llegado a la cima, no importa el tiempo que le ocupó, no es el tiempo nada de lo que haya preocuparse. De hecho el caracol es un enemigo del tiempo. El tesón que exhibe parece decirnos que no hay prisa. Hay que llegar, debe zanjarse la distancia, pero nadie dirá cuándo comenzó la tarea, ni si hubo flaqueza o decaimiento. Contará la presencia del caracol ahí arriba. Suya es la perseverancia, la tenacidad es suya también. Es posible que más que tenaz sea tozudo. Se acepta ese giro semántico. Pediremos que el camino sea largo, como en el viejo poema de Kavafis, ese tan hermoso en el que te enfrentas al colérico Poseidón y a los cíclopes y les muestras tu alma valiente, la que no conoce el miedo y sólo desea avanzar, conocer lo nuevo, consolidar después su peso en la memoria y llegar a Ítaca, a una de ellas, hay muchas, viejo, sabio, rico en historias y en recuerdos, no habiendo apresurado el viaje, dejando que llegara la vida a su aire, libre y dulce y armónica. El viaje es del que persevera, de quien galopa. Somos jinetes también, invisibles y tercos jinetes hacia el desenlace previsto.



20.12.21

Kafka de lunes

 


Escribe Kafka en sus diarios que se hizo cortar el pelo o que se pasaba días enteros en la cama o que ocupaba las tardes mirando el campo desde la ventana o que está diez días sin que un pequeño arrimo de inspiración le dicte una página o que paseaba con las manos en los bolsillos y apretaba adentro los puños hasta que le dolía el brazo. De Kafka he tenido siempre una opinión literaria favorable, pero me ha fascinado mucho más la persona, lo que se deja ver si uno escudriña en sus diarios, no en las novelas o en los cuentos, donde todo está muy aliñado de literatura, por decirlo de alguna manera, donde cabe la tragedia como recurso, aunque no venga limpia de biografía, qué voy a decir yo sobre eso. En los diarios se transluce una vida interior que únicamente obedece al instinto primario de escribir. La literatura es una casa ya amueblada, en la que se han colocado con esmero los enseres y se ha cuidado al detalle lo que la visita puede observar sin que parezcan curiosos. Otra cosa, otra bien distinta, quizá de una intimidad más respetable, es el hecho de escribir sin la obediencia de las formas, sin que exista en modo alguna la evaluación de un lector externo, distinto al que se aplica a la escritura misma, a su yo sin escindir todavía. Como si el Kafka lector fuese el único inquilino de la escritura, aparte del Kafka escritor. Todos los escritores debieran escribir en esa privacidad idílica. También he apreciado esa credibilidad absoluta en los diarios de Canetti o de Pessoa. Porque el Libro del desasosiego, enmascarado en las máscaras oportunamente interpuestas, es un diario enorme, uno de los que más pueden afectar al que lee, si bien he tenido mis aplazamientos con él, tal vez por excesivo apego o por dar descanso a la fascinación, que a veces no es conveniente. Digo afectar en su sentido trágico. La literatura, la buena, es siempre trágica. Incluso la feliz, la que irradia armonía, cela fragmentos terribles. Basta hurgar, dar de uno lo que no se suele, ahondar, saber ver, encontrar el sentido, una vez que se han creído encontrar los argumentos. La vida es un poco así. Se matrimonia la risa con el llanto, se ve la coyunda paradójica de la luz y de la sombra. Kafka es el mejor en esa difícil travesía. Nadie como él ha explicado mejor la imposibilidad de salir airoso de este viaje. Me falta leer mil libros más para afirmar eso con más rotundidad. Incluso si los leo, no podré ser tajante de ninguna manera. Hay Kafkas por ahí perdidos, muchos, imagino, pero no han tenido difusión, quedan en literatura doméstica, en escritos que se pasan los amigos, en entradas tristes en un blog al que casi nadie entra. Ahora que acabo los diarios, vueltos a leer tantos años más tarde, me siento más vulnerable que antes, menos firme en muchas cosas que antes creía sólidas. Por otra parte, también me ocupa el pecho una especie de temblor divino: el de la creencia de que todo lo que me ocurre tiene la importancia que yo desee darle. Kafka (incluso el Kafka apático, el triste, el que llevaba a cuestas el sello de la incomprensión, el que se hizo cortar el pelo o echaba días enteros en la cama o apretaba las manos en los bolsillos) era un fantástico observador de la vida. Da gusto leer cómo extrae sustancia de donde no parece haberla. De Kafka (ya acabo, me tengo que vestir, me voy a trabajar) se posee una imagen deteriorada, la que se ha ido construyendo sin pensar mucho, sin leer mucho tampoco.

15.12.21

Swingin'

                            Frank Sinatra en el estudio A de Capitol en las tomas de Swingin' Sessions (1961)

 Hay fotografías que registran todo el esplendor del modelo que las ocupa: captan una esencia, el magisterio de su oficio, cierta voluta invisible de rara perfección que incluso ellos mismos desconocen y que la cámara roba. Hay quienes, gozando de genio, no han sido pillados en un momento de esta vehemencia estética y quienes, no abundando en carisma ni en talento, tienen la bendita suerte de que un fotógrafo, tocado por el numen infinito, los salva del olvido y los eleva, merced a quien sabe qué inargumentables premisas, al olimpo mismo. Esta fotografía de Frank Sinatra, en el antológico estudio de Capitol, donde grabó sus discos clásicos, cantando tal vez It's only a papermoon o When you´re smiling  (que era una de sus favoritas) o I've got you under my skin (una de las mías) pertenece al muy escaso inventario de obras maestras en las que se matrimonian todos esos elementos infinitesimales y mágicos que procuran, al final, todos ya hilvanados y en armonía, la perfección misma. Yo no me canso de verla. Además sé que detrás de la foto está la música: la que me ha hecho feliz y me ha entristecido, la que me ha zarandeado y me ha abandonado después sin atenciones, la que me ha dado más que mucha gente con la que comparto conversaciones y gestos. La música es la elocuencia a la que en ocasiones no alcanza la palabra o el gesto. Eso tiene Frank Sinatra, eso da su voz. Ninguna que yo recuerde, ni siquiera la de Billie Holiday, lograba transmitir la complejidad del alma humana como la que impostaba Frank. Si alguien desea rebatirme, proceda. No tendré objeción si quien elija me produce la misma turbación, idéntico estado de absoluta felicidad. 




12.12.21

Principio y fin

 Abundan las historias en las que se engrandece el comienzo. Se les da un tono épico o bíblico o fundacional. Cosas del tipo: Al principio era la oscuridad y la luz se fue haciendo paso hasta que la cubrió. Todo expresado así, con contundencia, dando aviso de que se está asistiendo al inicio de algo extraordinario, mayor y más hondo que nuestra presencia accidental, razonablemente accesoria, poniendo el esmero y el énfasis en sublimar, en dar empaque mitológico, en registrar la épica, que es la naturaleza más íntimo de cualquier relato histórico. Lo que no ha alcanzado esa obstinación literaria, esa especie de género en sí mismo, es el fin. El comienzo siempre ha sido sobrevalorado. Se puede decir que los adeptos de conocer el origen ganan a quienes desean conocer el destino o el futuro o el porvenir. Queremos saber qué hubo antes, el lugar de donde proceden las narraciones. El final, la conclusión, interesa de un modo accesorio. Siempre se puede urdir una propia, pero es el arranque el que entusiasma, el que atrapa y fideliza. En literatura, en la rendición de la novela, la clásica, la actual, hay una inclinación a que todo fluya y nada desentone, a que el comienzo, el nudo y el desenlace vayan bien hilados, convertidos en un todo limpio.

Todos recordamos grandes principios novelísticos. Sabemos cómo empieza el Moby Dick de Melville o Historia de dos ciudades de Dickens (uno de los favoritos que yo conozco) o Cien años de soledad de García Márquez. Se nos escapa (no hemos querido poner la suficiente atención) el final de todas esas narrativas. La manera en que acaba es secundaria, aunque parezca que reclama un lugar de privilegio y todo conduzca a ella. Los finales, por necesarios que sean, no tienen el peso metafísico de sus progenitores, los inicios rotundos, esas frases que se te impregnan y de las que ya no sales. Del fin, el fin considerado como un cierre, interesa la posibilidad de que contenga alguna vía por la que penetre el aire e insufle de vida al cuerpo recién fallecido. Queremos continuar, darle un cuerpo nuevo al cuerpo recién sacrificado.

Queremos que Lolita no acepte a Humbert Humbert, pero tampoco nos satisface que viva esa vida mediocre, con un marido insulso, sin sustancia, que sólo ha sabido dejarla embarazada. Cuando Nabokov cierra su novela lo que el lector desea es que no acabe. Yo he inventado finales que me agradaban más que el estipulado por el autor. El final es una trampa, el fin es un pacto que no ha sido consensuado por las dos partes, el fin es cualquier cosa menos una liberación. Las novelas tienen dos autores: el que levanta acta con las palabras y el que, leyendo, arguye caminos nuevos, vías por las que la trama puede avanzar. Los cuentos no acaban nunca. Tienen un arranque, pero no precisan un finiquito. La vida es una trama novelística más. La literatura lo acapara todo, no hay nada que no sea capaz de succionar, no existe ninguna otra consideración. La singularidad irrepetible del comienzo del cosmos (ese latido primero, ese ruido iniciático, esa explosión lírica y cruel) es lo que de verdad nos importa. Tiene también intriga entender cómo se expande o si ese ahondar en el espacio y en el tiempo tendrá un latido postrero o un ruido póstumo. Tiene morbo comprender esa inercia que indagar en el tímido arranque. Quienes siempre supieron esto son las religiones. No se preocupan del infinito pasado, sino del infinito futuro. Queremos saber si Lolita llegará a vieja. Si al final el capitán Ahab se reconcilia con la naturaleza y con el destino y entiende que la ballena blanca y él son la misma extraordinaria cosa y que uno y otro poseen idéntico hálito, que hay un pulso de vida o de muerte (qué más da) que los propulsa y guía y justifica.

28.11.21

Dietario 216



 Desde que no escribo en este diario, que no cumple el rito de que sea revelado día a día, sino que surge a su manera, irrumpiendo sin que intervenga un protocolo estricto, ha pasado que ha muerto Almudena Grandes, a la que le seguía más en su faceta de columnista en El País que por su ingente producción novelística. Disfruté obras suyas antiguas (Las edades de Lulú, Malena es un nombre de tango), pero no las recientes, no sabría ahora discernir causas: uno lee guiado por motivaciones que no siempre se ajustan a un razonamiento, a ella le habría pasado lo mismo, siendo buena lectora como era. Se tiene de los que se van una propiedad íntima. Yo recuerdo una playa de Cádiz (tan cercana a ella) en la que acabé la revolucionaria novela con la que se abrió al mundo editorial, la de Lulú, luego (en mi opinión) no demasiado bien llevado a la pantalla. Fue a principios de los noventa y éramos más jóvenes los dos. Me fascinó su convicción, esa manera suya de darse al mundo y de dejarse encontrar. Dicen que tenía muchos amigos, recalcan eso en las necrológicas que hoy ocupan los medios de comunicación, sobre todo los de su periódico. Insisten en que era combativa, comprometida y alegre. El combate, el compromiso y la alegría no suelen ir de la mano. Hay una oposición entre consignar las injusticias del mundo y, al tiempo, saber poner buena cara en las fotografías y, a decir de quienes la trataron, celebrar la vida. La literatura es vida de más, dejó dicho o escrito, no recuerdo ahora, pero me ha venido esa frase que me afectó cuando la leí. Los letraheridos como ella van un poco a tientas por el mundo, no del todo a ciegas, qué va, pero sí con el dolor ajeno, convertido en propio por ósmosis moral. Almudena Grandes era intensa. La suya fue una intensidad de la que no dudan ni quienes no la tenían como santa de sus devociones. Yo, ya digo, echaré en falta su contribución quincenal en el suplemento de El País. Daba del mundo una visión lírica, aunque manejase un lenguaje periodístico limpio y certero. No está reñida la poesía con la enunciación severa de lo que se ve, sin hacer alharacas verbales. No era ella de adornar, sino de contar. Las palabras deben ir en su sitio justo y hay algunas que sobran y otras que, por obligación de oficio, exigen su cuota de verdad. Fue verdadera Almudena. Se ha ido joven. Hoy domingo es suyo el día. Un poco más triste esta mañana ocupada en quehaceres domésticos. Una pena, se cuente como se cuente. 

27.11.21

El día del maestro



En parte, le debo mi amor al inglés a Leonard Cohen, a Cat Stevens, a John Denver o a Simon and Garfunkel. Creo que fue un profesor que sustituía al titular, no recuerdo ahora el nombre de ninguno, el que trajo a clase esos discos grabados en cintas de cassette y nos ponía The partisan, Bridge over troubled waters, Father to son o Annie. De ese amor al inglés vino otro, el de la docencia, el de ganarme la vida (se sigue diciendo así, imagino) enseñando un idioma a quienes no lo conocían. Antes de que nos atropellara el tren de la burocracia, ponía música inglesa en abundancia a mis alumnos. No con la pretensión de que les gustaran esas canciones o esos intérpretes, que también, sino por salir de la rutina de los libros y de las fichas y de los audios anclados en el limbo, fuera de la realidad del tiempo y del espacio. Quien haya estudiado inglés en serio, sabe de qué le hablo. Compré este single (ya no se emplea la palabra single) en Fuentes Guerra, en Córdoba. Luego debí perderlo en alguna mudanza o cuando abandoné la restitución analógica por la digital, cosa de lo que me arrepiento de vez en cuando, aunque soy feliz, inmensamente feliz, con mis discos compactos.
Descubrí hace unos días la portada en una de esas tiendas de compra y venta de antiguallas y me pudo la emoción, la sensación de que Leonard Cohen es el que me abrió camino y me dijo: "Emilio, vamos, hombre, ten afición a algo, obedece ese impulso, dedícate a estudiar algo que te guste mucho y luego no flaquees hasta que consigas un trabajo en donde aplicarlo". Tardé en alcanzar el mío, pero lo ejerce a satisfacción, me sigue encantando Cohen y el inglés. Creo que ese día de 1980, por ahí debía andar el calendario, fue luminoso. Cuando aquel profesor sustituto entró en clase, sacó unas fotocopias, las repartió y pulsó el play de su cassette portátil, el mundo y yo nos conciliamos y yo entreví por dónde caminarían mis pasos y el lugar al que debía dirigirme. Después de estar treinta años instalado en él, sigo sintiéndome un privilegiado. No por tener un trabajo que me permite pagar mis facturas, darme los caprichos que se tercian o vivir con desahogo, sin excesos, ya saben, soy maestro, sino por hacer lo que me gusta, por entrar a diario en mi clase y compartir en lo que puedo ese amor infinito hacia una disciplina, da igual cuál sea. Pudo ser otra, pero fue el inglés, fue Cohen, ahora lo tengo más claro que nunca. De aquel maestro no recuerdo mucho, desgraciadamente. Estuvo unos meses. Tenía un bigote espeso y era flaco, hablaba rápido en inglés y en castellano y fumaba en los pasillos, entre clase y clase, qué tiempos. Quién sabe qué hace ahora, debe estar jubilado. Los maestros, sin que nos demos cuenta, abrimos caminos, eso hacemos. Los demás creen que sólo enseñamos matemáticas o inglés o naturales, pero lo que hacemos es enseñar lugares a los que ir y la forma de llegar más divertida y apasionante. A veces lo conseguimos. Lugares que están en los mapas y lugares que están en el corazón. Esa es nuestra fortuna. Antes de que ese hombre apareciera, tuve a Don Carlos Galán Verdejo, a él sí que le pongo nombre. Nombre y ternura. Cariño inmenso y gratitud franca. Él fue el primero que me cogió de la mano. A veces pienso que todavía me la coge. Allá donde esté, desgraciadamente hace mucho que no está con nosotros, me acompaña todavía. Hoy es su día. Nuestro.

24.11.21

Poesía



 Es posible que vivir sea una forma de escepticismo, de descreimiento: transcurre sin traza de enmienda arrimada la vida a la duda. Las certezas desarman muy rápido nuestra capacidad de asombro, que es lo que mueve el corazón y nos hace más sensibles y quizá también más inteligentes. Sin dudas, sin asombro, sin la incertidumbre de lo por venir, no hay ciencia, no hay vida, tampoco poesía, que es la dinamo que hace girar los astros. El hecho mismo de aceptar la realidad entraña el peligro de no cuestionarla, de no fundar interrogantes razonables acerca de su naturaleza o de su propósito, que será arcano y lo entenderán los gurús de la mente y los filósofos de los libros.

Quizá Jorge Bucay o Paulo Coelho lo entiedan, qué quieren que les diga. Es que hoy me he levantado con la sonrisa puesta, como decía Tequila: me he levantado utópico, lírico, (escuché anoche en mi pueblo al inmenso Luis Alberto de Cuenca y hablé con él sobre cowboys y sobre astronautas zurdos) dispuesto a celebrar los prodigios domésticos del mundo, que me trae noches librescas: ahora ando con Moby Dick, otra vez. Y cuando leo a Melville, por el hechizo de los libros, por lo que me regalan, me vuelvo lírico y me da un estallido de alegría el pecho. A otros les pasa con el Marca cuando gana el Madrid, pero yo soy un tío raro y me siento cómodo entre historias que urdieron otros y que me guían y me confortan.
Un libro puede leerse infinitas veces porque en cada lectura es un libro distinto igual que nosotros nunca somos iguales de un día a otro, aunque apenas se aprecie la mudanza y no se manifieste la fractura emocional que supone vivir y soportar la (en ocasiones) tralla de la vida. El futuro es un arma cargada de poesía. El amor es un arma civil contra el miedo, como escribió Joan Margarit, también citado anoche, como Manolo Lara Cantizani, que sin estar con nosotros no deja de acompañarnos. Los libros son artefactos incendiarios, túneles hacia el corazón de la luz, puentes que unen territorios lejanos, salvoconductos que nos salvan del miedo. En eso, como Margarit escribe, los libros son puro amor. Son un acto gozoso de amor.
El otro día me dijeron que cómo era posible que escribiese tanto en este blog. El tiempo en el que escribo se lo robo a la lectura. El tiempo en que leo se lo robo a mi familia. El tiempo en que me dedico a mi familia se lo robo a los libros. La imagen victoriana que Álex me dio el otro día al ver la biblioteca de Luis Alberto de Cuenca ilustra mi desazón. La pared interminable. La mansión entre bosques. La chimenea. El perro manso. Un buen vaso de whisky. Sir John Gielgud en su laberinto de maderas nobles y lomos antiguos. Borges en su ceguera tipográfica. El vacío ilustrado. La ballena blanca, ah la ballena blanca. .

5.11.21

Un paseo con Gustav Mahler


 Berg debió escribir Lulú sin pensar en Mahler, pero a mí me recuerda a su séptima, lo cual podría ser uno de esos delirios en los que uno incurre cuando está manifiestamente cansado. No recuerdo cuándo escuché Lulú por primera vez. Tampoco cuándo la séptima. Uno va olvidando las cosas. Quizá porque no sean relevantes. Hay quien administra con mimo los datos. Cuándo hizo esto, cuándo lo otro. Si en el año mil novecientos ochenta y siete tuvo su primera revelación mística o en el ochenta y nueve encontró en otro cuerpo el verdadero sentido del cosmos o en dos mil (debió ser verano) entrevió en un paisaje marítimo la razón huidiza de la belleza. Soy de los que piensan que el sentido de las cosas o la belleza que exhiben  está en los lugares más insospechados. No está ahí afuera, ni está en los libros de los que entienden. Está adentro, en el corazón, en el alma, en todos esos sitios a los que los poetas les dedican su empeño. Ya no sé si soy un poeta. Debí serlo de un modo apasionado en mil novecientos ochenta y cinco y luego fue decayendo esa conciencia preciosa y sutil hasta el mediocre oficio de ahora. Poeta a tiempo parcial, mientras desgranaba unos versos, o poeta a tiempo completo, de los que se dejan ocupar por los primores de lo real o por la elocuencia de lo invisible. Irrumpe entonces el numen a su antojadizo capricho, sin que se tenga voluntad o algo parecido a una propiedad sobre él. Uno trata de ordenar todo esto y desbarra. Será desbarrar el estado natural del que escribe, hace días que no lo hago, vaya usté a saber por qué. Uno escribe, y el lector, el eventual o el cómplice, encuentra los significados. No puedo decir mas. No sabría. No es de mi incumbencia lo escrito una vez volcado. Menos mal. Escribo mucho y no tengo tiempo de adquirir una responsabilidad innecesaria. Ahora, mientras que el lector lee este texto, subo la mirada y me encuentra arriba del texto, cuando debería estar debajo o dentro. El poeta tiene su periferia y el lector, la suya. Me hago estas consideraciones sin que las suscite propósito alguno. No deseo saber. Me conformo con no dejar de hablar. Ahora no me gusta Lulú. Es pesada la ópera. No me impresiona como imagino que entonces. La caja de Pandora de la que habla abre sus confinados males precisamente ahora. De Mahler, no obstante, guardo querencia por su opulencia o por su fragilidad. No ha habido merma. Creo que no. Hay veces en que paseo mi pueblo con alguna sinfonía suya en los cascos. Los tramos de más liviano cuerpo se escuchan como a lo lejos, imperceptibles a veces, si se anima el tráfico mientras voy de un sitio a otro, ocupado en la observación de que la música que escucho modifica el paisaje. Lo hace de un modo irrebatible. Hay calles que son ya siempre de Mahler o de Robert Johnson, pongo por caso. Hace un par de días fuimos los dos en comandita. Mahler y yo. No fue un mal paseo, qué va. De todas formas, no manejo con soltura la nomenclatura, se me viene abajo el robusto (antaño) manejo de los nombres. Ya digo que voy olvidando las cosas. Unas más que otras. Mirado con objetividad, no soy quien fui, nadie es quien fue, el mundo nunca es lo que dejó atrás. Es nuevo y es hermoso a diario. Duro y complejo, también. El tiempo, el juez severo, escribe sus páginas. No son cosa mía. Tampoco vuestra.

20.10.21

Ciudades inventadas




Hace unos días programó la televisión pública la estupenda Joker de Todd Phillips. Desde entonces, tengo Gotham City en la cabeza. La idea de una geografía ficticia depende de la idea de ficción y de geografía que uno maneje. Puedo asegurar que he encontrado el modo de que ambas ensamblen y constituyan un todo fiable o, en todo caso, un artefacto ilusorio al que puede atribuir cualidades reales, al modo en que ahora puedo pensar en Madrid y recordar la ciudad paseada y disfrutada o algún pueblo de costa en el que el verano (hace mucho) fue la delicia absoluta de alguien que lo tiene todo hecho y carece por completo de compromisos. Si me entrego con la fruición que el asunto merece, puedo concluir con que Madrid no existe o ese pueblo mediterráneo, por más que lo huela todavía, tampoco. Hay lugares que únicamente existen en la memoria. Ni siquiera las referencias tangibles (las topográficas y documentadas) se dejan abrazar por los recuerdos: en ocasiones no cuajan, la realidad las desaloja de épica. En mi adolescencia, Gotham City era tan presente como el Sector Sur, el barrio de Córdoba en donde vivía. Los años me han acostumbrado a idealizar los lugares en los que uno fue feliz. Le debo a Bob Kane y Bill Finger que mi imaginación de entonces se desbocase y encontrara huellas de lo que no es verdad en la extensión cartesiana de lo que sin duda se podía afirmar que lo era. En ese trasiego de imágenes inventadas y reales creí haber descubierto un sentido a la ciudad del que no me he separado en todos estos años. Cosa de fe, probablemente. Fe en la vigencia de la ficción. Acudo a ella a diario. Me asiste y me conforta. No sé si alguna vez he visto una luz temblar en el cielo con la figura de un murciélago de fondo. Quien la haya prefigurado en un descuido, sabrá sin que medie mayor esfuerzo la poderosa influencia de ese anuncio en la noche. 

18.10.21

Botellones

 


No recuerdo qué filósofo esperaba que no tuviéramos miedo a ser los de antes, una vez que la pandemia remitiese y ocupásemos de nuevo las calles, un poco a la manera de la hermosa canción de Pablo Milanés. Retornaron los libros, las canciones y renacerá mi pueblo de su ruina, pero no habrá traidores ni culpa que pagar. El niño en la alameda hará lo de antes y, más que liberar plazas o llorar por los ausentes, así cuenta la letra, se harán botellones y se brincará con ciego escándalo en la mirada, como si de pronto se nos hubiese devuelto un mundo que se nos retiró y permitido echarlo abajo con la autoridad que da la fiesta. No sé tampoco qué diagnóstico emitir para mis adentros, ya que no he vivido la zozobra existencial de tener veinte años (mucho más arriba o mucho más abajo) en estos tiempos inéditos, cuáles no lo son. En los míos, que tendrían su escándalo en sus ojos también y brincaríamos sin resuello, imagino, teníamos sitios a los que ir, en lugar de montar la representación de la felicidad (música alta, alcohol, etc.) en jardines municipales o descampados a las afueras, cuando los jóvenes voluntariamente alejaban su teatro a la periferia, como no queriendo ser vistos. No tener coches que coger y en los que desplazarnos eliminaba de la ecuación de la fiesta la variante periferia. Los pubs estaban en el centro. Ibas de uno a otro con el mayor decoro posible y el único problema urbano residía en el ruido que el local produjera. Los decibelios del infierno, sentenciaba J.. Nada nuevo eso de que la hostelería, en ocasiones, perjudique al vecino con el que comparte acera o bloque de pisos. Luego el pudor desapareció. Lo hace cuando no ha pasado nada al mostrarte ebrio unas cuantas veces frente a los demás, que irían posiblemente igual de ebrios y razonablemente igual de ciegos. Lo de tener un lugar al que ir cuando se va de parranda parece una evidencia de poco peso, pero tiene mucho. Mi amigo J.M. decía que lo mejor era entonarse con alcohol de marca. Decía diferenciar unas de otras, aunque alguna vez le pillamos en contradicciones que él atribuía a la pérdida de sensibilidad gustativa cuando se ha ingerido más de la cuenta. Las veces en que le llevamos a casa borracho (no crean que eran muchas) pedíamos invariablemente un taxi. No nos movía la filantropía, ni la recomendable posibilidad de que nuestro amigo no se exhibiese de camino de vuelta a casa de un modo indigno. Lo que perseguíamos era despachar con prontitud el fardo ajeno y buscar de regreso al pub el propio. Si la hora era tardía, volver a casa en ese estado de pequeña embriaguez constituía el momento de mayor provecho en todas aquellas maniobras etílicas. Recordará M. nuestras contribuciones a la teología o A. podrá todavía pensar en la rotundidad con la que dábamos fin a los conflictos del mundo. Hacer constar aquí que yo era en todos esos devaneos festivos el más prudente no convendría, ni se ajustaría a la verdad, si es que todavía puedo esgrimir alguna y no me falla la memoria. Habrá alguien que lea y tenga con qué rebatir esa licencia mía. En todo caso, era uno joven y hasta parece que aquel de entonces no tenga nada que ver con el de hoy. La policía no cargó jamás contra nosotros, no destrozábamos mobiliario urbano (no se nos hubiese ni ocurrido) y no dejábamos los restos de nuestro desenfreno en el suelo del escenario que surgiera para nuestros desempeños. Ni la palabra botellón existía; menos, macrobotellón, con ese prefijo antológico y casi bélico.

Dicen que el botellón es una forma de contestación, lo cual me hace pensar que las palabras están siendo reemplazadas por el vómito o por la cinética del cristal o de un adoquín cuando vuelan y buscan hacer daño. La frustración de la juventud se canalizaba antes de otra manera. Porque frustrados estábamos. Imagino a unos adolescentes griegos en los ágoras de las polis. Oh, qué mundo más cruel, qué cavernoso y frágil, dirían. No hay edad en la que no cunda esa decepción, ese no saber o no tener con qué avanzar, un poco sobrepasados por la incertidumbre o debilitados por los fracasos, pero no era la nuestra ninguna revolución y no se armaban ejércitos en las calles. No había una militancia subversiva o, de haberla, era más de decir y de argumentar, da igual con qué fortuna ambas cosas. No se nos ocurría quemar nada. Hacer del vandalismo una consigna es de una gravedad terrible. Un político dijo ayer en una tertulia radiofónica que no se pueden meter en el calabozo a mil jóvenes cada noche. No hay calabozos para tanto gamberro, concluyó. La corrección hizo entonces acto de presencia y corrigió con entusiasmo: no todos son gamberros, algunos van a divertirse y no representan un peligro (para ellos y para los demás, añadió). La diversión siempre es impune. Sucede, se disfruta, acaba y más tarde, cuando los años empiezan a emborronarla y la memoria hace su balance de recuerdos y de olvidos, se hace alarde de ella. Yo me corrí mis juergas, dirán los melancólicos, quién no lo es o no se las corrió. Lo terrible (ahora concluyo yo) es que todas estas bacanales de hoy, las que salen en los telediarios y estercolan el suelo de botellas, condones y bolsas del McDonald's, carecen de todo protocolo. Ni tienen sacerdotisas que manejen la alquimia de los líquidos y elijan los cánticos de la disipación, con lo que vestiría eso. Tener veinte años con la mascarilla puesta debe ser una condena inimaginable, es posible. Por otro lado, voy de uno a otro, en las plazas se puede hablar mejor, no te lo impide la música atronadora de los recintos cerrados, eso es cierto. Y el poder adquisitivo. Se me había olvidado el poder adquisitivo. Nunca fuimos delicados en lo que bebíamos. Ni entonces ni ahora. Garrafón barato. Litronas calientes. Lo que importa de verdad es juntarnos. Eso decíamos, también eso dirán ahora. Mi querido A.L. pedía tercios de cerveza y pedía que se la abrieran en su presencia. Así de exigente era. Una vez juntos, ya beodos, en la pompa de la curda, vernos sin vernos del todo, ese era el lema, advertir sombras huidizas, escuchar palabras que van y que vienen, pero que no se asientan. Qué has dicho, no te oigo. Da igual, yo a ti tampoco. Vamos a pillar algo por ahí. No hay nada en las bolsas. Habrá algún garito abierto. Es temprano todavía. Lo de ponerse místico, etéreo y lírico con la priva sucederá con la misma borrosa frecuencia. Daría lo que fuera por escuchar las ocurrencias teológicas que surgían entonces a su antojadizo capricho. 

8.10.21

Tres sillas de jazz


 

 Hay sillas de velatorios y de cine de verano. De iglesia muy pobre y de fiesta de barrio. Sillas de festejados directores de cine y de papas en su bóveda de santos. Las hay huérfanas de historia y ungidas de épica. De las sillas se tiene la certidumbre del uso y hay quien las prestigia con la pompa de la orfebrería. Cuando descubrí la foto en una de esas búsquedas caóticas que uno realiza cuando enciende el ordenador sin un propósito fijo, escuchaba a Clifford Brown. Así que una de ellas es suya. Asignada. Como si de verdad estuviese a punto de tocar Cherokee con Max Roach, versión que rivaliza con la del propio Charlie Parker, padre de la venturosa criatura. La silla de Clifford Brown. Las otras dos no tienen todavía dueño. ¿Miles Davis y Kenny Dorham?

29.9.21

Ningún poema es una isla

 



Lo más extraño de nacer en una isla es no tener necesidad de la tierra lejana a la que se accede cruzando el mar, pero hay islas que no se acaban: suceden consecutiva y trágicamente o suceden interminable y alegremente, según qué circunstancia concurra y el isleño se atuviese a una especie de difícil trato consigo mismo consistente en no pensar demasiado en si la isla tiene límites o si el mar, a pesar suyo, tampoco los tiene y está la isla sola en el océano y él, a su modo, sin que nada lo evite, esté solo también en esa isla única y revelada. Ben Clark dice haber tardado más de treinta años en darse cuenta de la insularidad sobrevenida, esa sensación de aparente incomodidad, la pulsión severa del que añora la firmeza fiable del continente o la temeridad al pensar que uno es una especie de náufrago. Nacer en una isla hace que al pisar el continente se desviva uno en explicarse, en dar de uno mismo la sensatez que se espera, habida cuenta del embrujo (metafísico y lírico) de la insularidad. Si la isla es pequeña y se divisa el mar desde casi cualquier parte suya, la sensación de milagro es de una viveza casi insoportable. No determina el agua lo que es isla, apunta Clark. El mar no sabe nada sobre las leyes viejas de las rocas. Cuando le di la mano al poeta, al presentar Ningún poema es una isla en Lucena hace pronto dos años, no supe que yo era el que mira la isla desde lejos y él era el que mira la tierra continental con la misma sentida lejanía y extrañeza. Por otro lado, hasta la más extensa ocupación superficie es una isla, la isla convertida en representación de todas las demás, las cercadas visiblemente por el agua. La mecánica de las olas es un arcano del que ningún turista posee propiedad. Es cosa de los que escuchan el ruido que producen al romper con bronca lucidez o con mansedumbre en la orilla. Quien se aposta frente al mar y considera el horizonte como una revelación ha sentido la elocuencia de la luz y la misericordia del agua. La soledad de esa visión garantiza una epifanía sólida, que puede considerarse herramienta si se desea comprender la música de la luz y el esplendor azul del mismo mar que la alienta. No puede la mar decir su nombre, ni pronunciar el del cielo, que la abraza y acuna. Se contiene en su imposible certeza cartesiana, en su oscura narración sin brújula ni memoria. Toda épica de la que uno se fascine es un minúsculo punto en la historia de esa vasta geometría de naufragios y de fatalidad. En la orfandad de trenes y de ríos, relata Clark, no hay mejor perspectiva de aventura que la de los libros que hablan de lo que no es isla, de lo que no se deja convidar por la cárcel del mar. Una inminencia de fuga no siempre resuelta informa de la posibilidad de un fin. Se deshace el hechizo. Se cumplen las admoniciones del augur. El poema irradia su vocación de ancla.

Ningún poema es una isla
Ben Clark
El orden del mundo, Lucena, 2019

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...