31.1.23

Parkeriana bufa 3 (con Neil Young)




Vi anoche en un sueño a Neil Young contarle los dientes a un caballo. Para apreciar el número de molares tuvo que abrirle bien la boca y tirarle de la lengua. Era una escena bucólica, como de bardos antiguos. Creí sentirme un intruso, pese a saber que pertenecía a un sueño y que yo era el que lo interrumpía o el que cancelaba. Ya tengo una canción, dijo Neil Young de pronto. Me miró como el que mira a un padre y está orgulloso de algo que ha hecho. La tocó allí mismo, en mi sueño. Suelo perder mi pericia en el inglés fuera de la vigilia por lo que no recordé la letra al despertarme. Le dije a mi mujer: he soñado con Neil Young, le contaba los dientes a un caballo, luego tocaba una canción improvisada con una guitarra destartalada. Ella me dijo: yo he soñado contigo, mirabas a Neil Young contarle los dientes a un caballo, no vi que cantara nada, has debido mezclar muchos sueños, tenemos varios en el término de una noche. Puestos a dilucidar si hubo o no canción, escribí a Neil Young un correo electrónico. Hoy en día puedes encontrar cualquier cosa en la red. Señor Young, decía, le escribo para que nos aclare a mi esposa y a mí si hay alguna canción suya que hable de caballos. Siendo más específicos, si me permite, lo que desearíamos saber es si, caso de que la haya, fue compuesta

 en un sueño mientras usted trasteaba la boca del animal, contándole los dientes. Se despide afectuosamente etc.Muy amable, Neil Young contestó casi inmediatamente: les aclaro que anoche, en efecto, soñé con caballos, abría la boca de uno, le sacaba la lengua con cierta facilidad, me he criado en granjas, como sabrán, y contaba sus piezas dentales. Tenía 40. Era terco el animal, me costó el cómputo, debo decir. No tengo constancia de que compusiera nada, pero suelo olvidar con extrema facilidad lo que sueño, por lo que le preguntaré a mi mujer, que me oye hablar en sueños y graba lo que digo en un pequeño aparatito que tenemos a mano, en la mesita de noche. Con la misma presteza que en el primer correo, recibí un segundo: al habla con mi señora, me confirma que hubo canción, está grabada, tengo que arreglarla, pero creo que es incluso buena. Le pido, si no le importa, que me diga si transcribió usted la melodía. Por ver si difiere de la mía, por si la enriquece. Mi mujer y yo estamos locos de contentos. El señor Young nos ha dicho que nos dedicará la canción. Saldrá en su próximo álbum. Saca dos o tres al año, por lo que no tardaremos mucho en tener noticias. A mi mujer se le ha ocurrido que este sistema de difusión musical tumbará al Spotify y al Youtube, a poco que alguien indague y dé con los algoritmos. Parece ser que son algoritmos. La idea es mía, me acaba de decir en el almuerzo, pero no me importa que ni se me cite. Ella es así de buena. Ahora mismo mi mujer está abriéndole la boca a una gallina. Lo zoológico nos tiene entretenidos, he creído decir. Parece que canta. Yo estoy dormido todavía. Cuando me despierte, leeré mi blog, por si escribo en un trance o si la vigilia contiene la misma sustancia que los sueños. A ver si esta noche veo a Charlie Parker hablando con alguna hormiga. Estará agachado, con lo grande que es. La hormiga lo mirará con el mismo asombro con el que yo miro a Charlie Parker. En alguna vida anterior, he debido ser hormiga. Quizá me hablara Charlie Parker. Mira, hormiga ínfima, yo soy Charlie Parker, he sido un héroe, he sido un villano, pero ha llegado mi hora y debo decir adiós. Me duele todo el cuerpo. Me siento vacío, me cuesta pensar. Sólo quiero tumbarme y pensar en una canción que me ronda la cabeza. Todavía soy capaz de tocar Ornithology sin que se me vaya una nota, pero no me pidas que me ponga de pie de un brinco. Estoy cascado, estoy muerto. Charlie Parker habla con las hormigas desde el más allá. No hay nadie que pueda rebatir eso, me dice mi mujer, que está al tanto de todo lo concerniente a Charlie Parker, a Neil Young, a los caballos, a las gallinas y a las hormigas. Hemos pensado en escribir un libro. Lo publicará alguna editorial valiente, será un libro maldito. Llevaremos caballos, gallinas. Neil Young está viendo su agenda. Puede que tenga un hueco. Está grabando un disco. Está de gira. Está sordo. A Charlie Parker no hay manera de que podamos hacerle venir. Los muertos no sueñan, ni se les puede requerir que los restituyan si hay apetencia de que nos los cuenten, pero hablo de oídas, no hay certezas en ese terreno. Mi mujer me ha dicho que una amiga suya habla en sueños con JFK. Le dice que todo lo de Lee Harvey Oswald es un invento. Le disparó el marido de una amante. No hubo un complot soviético. No hubo injerencia castrista. El Lincoln Continental fue su ataúd descapotable. Oliver Stone lo sabía, pero hubiese sido una película romántica y él quería conspiración de la buena, de la de poner a los servicios de inteligencia a funcionar otra vez y al público encenderse en las butacas, comido por la fiebre de todas los magnicidios de la Historia. Todos los muertos saben más de la vida que los que la fatigamos a diario, lo cual no es ningún disparate, si se piensa con calma. Un muerto es un oráculo de la vida. Se le puede preguntar por cualquier cosa. Si tiene a bien, responderá sin titubeo. Sabe de lo suyo y de lo de cualquiera. En la eternidad, el banco de datos es mayor que el del Google, ha dicho mi mujer, que ha escuchado unos podcast en los que un médium de reconocido prestigio ha dejado las cosas claras. Los sueños son un ensayo de la muerte, parece que dijo. Lo que se nos aparece tiene una verosimilitud enorme. Freud, más que psicología, lo que dominaba era la nigromancia. No descarto que Charlie Parker pueda acudir a la presentación de mi libro sobre sus conversaciones con las hormigas. Cuando Dios hizo el mundo, concedió a algunas criaturas virtudes sobrenaturales. Los delfines hacen dormir un hemisferio mientras que el otro esté ojo avizor, por si el peligro acecha. No se tiene conocimiento de las propiedades oníricas de las hormigas. Leí que las gallinas tienen un sueño REM agilísimo. Los ojos se les vuelven en sus cuencas. Un ojo de gallina yendo de izquierda a derecha y de derecha a izquierda frenéticamente es una evidencia de la existencia de Dios. Se lo tengo que contar a Neil Young. No me extraña que haga un disco folk de los suyos sobre las gallinas. Nada de mucha electricidad: guitarras tocadas con meliflua caricia, una base de bajo tímida, una batería casi irrelevante. Le pega que sea un unplugged, hace que no sacan ninguno. Si nos pide un consejo, se lo daremos. En Navidad le mandaremos un christmas. 


30.1.23

Parkeriana 2 (Con Fernando Pessoa)

 


Parker, Davis, Roach, Potter (Gottlieb, 1947


Estoy tierno. Esta noche de Charlie Parker con su corpachón negro en un traje blanco en una película del tito Clint. Esta noche nuevamente fría en la que oigo la respiración del disco duro, el cáncer viral que lo enferma. Estoy cansado. Me asomo a la ventana y veo la calle larga a izquierda y a derecha. Estoy melancólico. Estoy pensando en todos los amigos fumadores. En todos los amigos alcohólicos. En todos los amigos de barra de bar que te cuentan minucias con la solemnidad exclusiva que da estar un punto ebrios. Con dos puntos de ebriedad las minucias se convierten en pasajes épicos. En el grado tercero, cuando la realidad es un poema de Bukowski y la voz de Jim Morrison en los Bose pequeñitos del pub de hace cien años suena cascada, quejumbrosa, lejana y gris, las minucias de los amigos bebidos se transforman en surrealismo oral. Estoy molesto. Me duele el mundo tal como se me está sirviendo. Duele lo invisible así que cómo no va a doler toda esta miseria visible, este caos administrado por personal en trance, que se obstina en malgastar el talento. Qué trabajo les costaría hacer bien lo que hacen al modo en que yo me empecino en hacer bien lo mío. Pero tampoco lo hago, me aferro a que va bien, a que se puede enseñar el trabajo realizado hasta que lo miro de cerca y advierto los errores, la falla tectónica del alma, todo ese grumo inservible que se ha ido construyendo sin nuestro consentimiento. Porque sólo sé enseñar inglés y ni siquiera tengo la certeza de que sirva verdaderamente para algo la entrega diaria, el trasiego de verbos irregulares, toda la fonética hermosa de Milton, las letras de Leonard Cohen, la solemne Suzanne por los ríos y la frívola Molly del Ob-la-di Ob-la-da life goes on, yeah, life goes on. Me gustaría vivir en una película de Tati. Estoy espeso. Noto las palabras hacia adentro, quemándome. Palabras que me conmueven. Pessoa quería casarse con la hija de una lavandera y seguir fumando. Le dejarían unos fragmentos de metafísica. Cafés a la caída de la tarde para manuscribir unos poemas. Paseos por Lisboa. Nada relevante. Pessoa se despierta inconcebiblemente humano a sabiendas de que la realidad puede convencerle de ser justo lo contrario. Pessoa se acuesta solo en un cuartucho alquilado a la vera del Tajo. Piensa en Dios y piensa en la esencia de lo divino y en la incomodidad de manejar argumentos tan trascendentes en mitad de la noche, en una habitación austera como un ministerio de Rajoy , en un edificio sin alardes arquitectónicos, tirando a gris entre edificios grises, a la vera del Tajo. Pienso esta noche de Charlie Parker con orquesta, en Pessoa y en todos esos amigos a los que ya no veo y que sé que aprecio todavía. Imagino que de noche, en ocasiones, según les fatigue mucho o poco o nada el día, se sientan frente a la pantalla del ordenador y buscan información sobre cómo va el mundo. No darán con esta página con facilidad. Ni siquiera es bueno que sepan de mí de una forma tan artificial. Escribir es contarse uno a sí mismo, pero en esa rendición de intenciones, en ese espejo abierto, se cuela el transeúnte accidental, el lector verosímil y el lector imposible, el hermano perdido en las calles de la Judería, el amigo de aventuras en 1.980 y la novia de prestado en los bares infinitos de San Fernando. El pasado es un fantasmagoría. El pasado es un almacén de objetos inútiles a los que damos sentido por añoranza, por sentir que el tiempo nos está destrozando y que vivimos aceleradamente, apenas instruidos en el arte de parar las horas y volverlas a poner a andar en cuanto se nos antoje. Estoy cansado. Escribo a ciegas. Tengo un muro delante. Tengo un flexo alto y perfecto y un silencio comido por el tic tac metódico de un reloj estilo inglés, colgado encima mío, junto a un título universitario (qué hace un título universitario en una pared llena de carteles de cine). Estoy avergonzado. No debería escribir tanto. Tiene que haber un poco de pudor. Pudor mínimo para escribir con pulcritud, sin excesos, sin la textura habitual, sin caer en eso de hablar en demasía de uno mismo por eso de que nadie tenemos más a mano. Yo escribiría horas enteras sobre Charlie Parker, pero serían palabras de otros, leídas en otros, contadas sin el ardor que ya otros pusieron para que yo ahora, oyendo Ornithology, sienta a Charlie Parker pecho adentro, contándome la épica de los perdedores. Estoy agotado. El texto está quemado. Es tarde. Hasta Parker ha salido afuera a fumar solo y a pensar en la sangre, en el vacío que a veces mitiga el sonido del saxo arrojado afuera, pensado afuera. En El perseguidor, en ese prodigioso cuento, Cortázar cuenta la vida secreta de Charlie Parker. Dédée se levanta, apaga la luz, fuma Gauloises y le busco un saxo a Charlie, que solo quiere beber algo caliente y que se vaya el dolor. Parker recita el dolor tocando Ornithology. Ya hace rato que ha dejado de sonar en el CD. La pieza sigue todavía en mi cabeza, aunque ahora suene otra. Muere el swing. Nace el bebop. El jazz es un biombo tras el que esconderse. Vivir es una jam session. Hay una melodía, pero no se puede predecir por dónde va a perderse, en qué punto exacto de la trama sonora la melodía se va a hacer añicos. Lo hermoso del jazz es comprobar cómo se recompone desde la nada. Son los fragmentos los que la guardan. Al final de la pieza vuelve a enseñorearse y el músico se desprende del instrumento (un saxo perdido y luego encontrado) y busca en su cabeza las primeras notas de la siguiente. Amanece en el pueblo como amaneció ayer. Un coche acaba de pasar. Lo oigo desde donde tecleo. Ya no se oye nada. Es temprano. Vamos al lunes. 

29.1.23

Escribir

 Escribir para que todo continúe y no se detengan los pájaros o para que la luz tiemble y cundan en la sombra sus ecos o para que llueva y el agua terca finja saber a qué su caudal y por qué nuestro asombro. 

Breviario de vidas excéntricas/44 / Benito Pozo y Fermín Cruz

 En sus paseos vespertinos, Benito Pozo es de buscar restos de una civilización anterior al cristianismo, deseablemente extraterrestre, de apuntar en una libreta monjas y embarazadas que se le cruzan y motos de gran cilindrada. Lo apunta todo en una libreta de los chinos con uno de esos bolígrafos con mecanismo para reemplazar un color por otro. La cosa alienígena va en rojo; las mujeres pobres, castas y obedientes, en negro; las embarazadas, en verde; las motos, en azul. Ese cromatismo dogmático no es negociable, dice a veces en voz alta. Se gusta cuando prorrumpe con frases grandilocuentes, como de orador muy versado. Si alguien le reprende o lo mira con la extrañeza prevista, Benito dice que es actor y ensaya las frases. Soy actor, ensayo las frases, ya casi las tengo. Al llegar a casa, se sienta en su sillón favorito de orejas y pone en claro el botín de la caminata. Es el momento favorito del día. Lo disfruta incluso más que el propio paseo. Nunca ha encontrado nada anterior al siglo XXI: tiene treinta y nueve monjas, cien embarazadas y noventa y dos motos de gran cilindrada. Las cifras registradas crecen morosamente. Aspira a cerrar mil (es una cifra no alcanzada nunca ) antes que su amigo Fermín Pozo, que registra nubes lenticulares, boinas de abuelo barojiano, pantalones vaqueros de bolsillo vertical y, he aquí lo que iguala a los contendientes, áureos, denarios y sestercios romanos. Siempre incluían una empresa imposible. Quien diera con una pieza de ese rango, ganaba sin discusión. 


Empezaron el juego de pequeños. Se conocen desde la comunión. A veces salen juntos; otras, por separado. Confían ciegamente el uno en el otro. Si Fermín dice que ha visto trece boinas de abuelo barojiano en una sola tarde, Benito maldice su buena suerte y luego le da la mano con colmo de protocolo, aprobando su encono. Son buenos perdedores los dos. La víspera de año nuevo se reúnen en un bar, una especie de territorio neutral, sacan sus libretas y contabilizan las entradas. El que gana no recibe galardón alguno. El que pierde no se siente especialmente humillado. El uno de enero se vuelven a juntar en el mismo bar y manuscriben en una servilleta los motivos para el año recién estrenado. Cuando han hecho una lista, proceden a sortear las ocurrencias que les han parecido más factibles. Meten alguna de extraordinaria dificultad (la civilización precristiana, las monedas romanas) para que la empresa posea un aliciente sobrenatural, de los que te sorben el seso y hacen que no concilies el sueño pensando en lo maravilloso que sería franquearla. 


A Benito se le da mejor que a Fermín inventar objetivos. Los llaman así. Hay objetivos sencillos (matrículas que acaben en 24, palomas moribundas, niños con gorras de la NBA, ancianos que tosen en terrazas, sombreros de ala ancha, faldas plisadas, adolescentes con camisetas de Nirvana) y hay objetivos de mayor complejidad (atropellos en pasos de peatones, monjas que leen a Kafka en terrazas, manifestaciones de empleados de una siderúrgica, mujeres que llevan libros de Schopenhauer bajo el brazo, niños con un solo brazo). Coinciden Benito y Fermín en algo inesperado en ese bar de año nuevo, algo a lo que consagran su entera dedicación: el inventario seguirá, harán esa lista, un afán imbatible los animará cuando la redacten, pero omitirán los paseos, consagrarán su oficio (son años de abnegada aplicación) a construir un propósito de más enjundia, uno que los ocupe con festejada lujuria. 


Benito y Fermín se reúnen extraordinariamente para bosquejar un plan más ambicioso: compilar toda la casuística de acontecimientos que pueden mancomunarse en un listado. A ese listado infinito conceden el total de su tiempo y rescinden otras ocupaciones de más terreno empeño: no se asean, malcomen, desatienden la vida familiar y, con arrebatado orgullo, determinan alquilar una pieza pequeña de una casa que hospeda a yonkis, fulanas y gente de vivir precario. Es barata, es discreta. Nadie pregunta, nadie hurga. Benito ha confesado a Fermín que desde ese agujero la vida acude con más vigor, que abrazarán el cristianismo para continuar en el cielo la redacción del trabajo. Salen a misa a diario. Vuelven con absoluto colmo de gracia divina. Saludan a la vecindad con afecto, les conminan a que busquen a Dios, piden por ellos en sus rezos, tienen en la más alta consideración la nueva misión que les ha sido entregada: la de difundir la Palabra, la de dar al cielo almas de las que disponer cuando el Buen Señor les retire de este mundo y los lleve a su Presencia. Solo falta, buen Fermín, que el paraíso esté vacío y no tengamos oficio en la eternidad.

28.1.23

Dibucedario 2023 / U / Uno de los nuestros, Martin Scorsese, 1990

 


"Que yo recuerde, desde que tengo uso de razón, quise ser un gángster"

(Henry Hill, Uno de los nuestros)


Todo en Goodfellas, al parecer Scorsese estuvo de acuerdo que aquí se llamase Uno de los nuestros, aunque yo prefiero el original, es elegíaco. En cualquier película de gánsteres se sabe de antemano que la muerte la ocupe vigorosamente, pero en esta obra cumbre del género esa sensación es mayor, nos sobrecoge más, se nos hace menos vista. Goodfellas es un carrusel de violencia y de lo que a veces la violencia de quienes la ejercen contrae: una especie de lealtad, no especialmente visible aquí, una coherencia en lo que no podría ser jamás sensato ni congruente, un estricto sentido de las raíces (hay que provenir de Italia para que te abramos nuestro corazón) y, sobre todo, un tratado visceral sobre la mafia: todo está en ella, no hay nada que deseche y, al tiempo, gracias a un amoroso sentido de la narración, en la que cada pequeña cosa cuenta, en la que cualquier detalle afecta invariablemente al grueso de la trama, todo suena a nuevo. Si tomamos la otra pieza capital del género, las tres partes de El Padrino de Coppola, Goodfellas introduce algo inédito, exento en otras: lo cotidiano, la posibilidad de sentarse con todos estos maleantes y compartir con ellos la rutina de lo que no es estrictamente sangre, dolor y muerte. No idealiza a los mafiosos, no hace de ellos una épica, sino que se limita, sin juzgar, a mostrarnos el relato interno, el de andar por casa, el predecible, muy tomada con pinzas esa previsión. 

Henry Hill, el chico de los recados que anhela medrar en el crimen organizado, codearse con los grandes capos y, llegado el gran día, ser considero uno de ellos. Ser gánster es mejor que ser presidente de los Estados Unidos, llega a decir, pero hay obstáculos que contienen ese ascenso, cosas contra las que no puede hacer nada, de las que provienen de un lugar al que no se le permite acceder, así que Henry Hill, que ha extorsionado, secuestrado, robado o traficado, culmina su imparable ascenso cuando se ve abocado a delatar a sus compinches. Todo lo que parecía a punto de romperse, se da fe de esa circunstancia fragilísima, acaba hecho trizas: ese es el destino, a él se dirige cualquier hagiografía (esta no es especialmente laudatoria) del mafioso, siempre en la memoria al gran James Cagney haciendo de Arthur Cody Jarrett en Al rojo vivo. Scorsese desmitifica a ese gremio criminal y a la clásica red de lealtades que ese crimen organizado trama en el arquetipo del género. El que se va de la lengua, ocupa el maletero de un Plymouth hasta que se le hace reposar en el lodo del fondo del Hudson o se le echa como a un perro a un callejón. 

27.1.23

La Talbot que jamás murió (1066 jaleos extremeños) / Las saturnales de la vida moderna







El jaleo extremeño 

Los jaleos nacieron como un son, es decir, como música para bailar. Aunque no se sabe con seguridad su procedencia, en algunas fuentes se afirma que tienen su origen en el rito fiesta que, en forma de cantes y bailes, acompaña a la boda de los gitanos en el momento que se considera realizado el casamiento. Se cantan principalmente en Badajoz y recorren la geografía extremeña entre ferias, casorios, petitorios y fiestas. 


A la piscina que tenía Canales en Triana le salieron sapos"
"El paraíso es un poco Fargo, un poco Marvel"
"Solo me gusta la gente a la que se le pone la voz bonita por el tabaco"


I

Contar "La Talbot que jamás murió / 1066 jaleos extremeños" (Víctor Pérez, Marli Brosgen, 2022) requiere renunciar a contar nada que pueda ser pesado y tasado, confiado a un rango o a una taxonomía como si fuese un objeto del que sabemos qué hacer con él y qué provecho pueda procurarnos. Requiere otras herramientas de lectura. El lector de La Talbot (me arrogo esa reducción que me agrada) no precisa instrucción: se curte conforme caen las páginas, el universo “pereciano”, Él se ocupa de conferirnos galones de mando, de acopiarnos del instrumental para descerrajar los usos de la costumbre y hacernos dueños de esa singular rendición de episodios que conforman el volumen. Rendir un texto acerca de este texto invita a construir otro idéntico en tamaño al que se encomienda cartografiar. Vendría a ser un mapa sin escalar. No debiendo (ni pudiendo) armar otro mapa (otro texto), mi fascinación (también mi gratitud) no hará una guía de lectura, ni siquiera una exégesis (no hay ninguna que se ajuste al libro cabalmente), sino un recitado, una especie de auto de fe o una liberación o una ablución (con su carga de limpieza) de la que salir puro de nuevo. En todo caso, bendita impureza. 

II

La Talbot es un artefacto narrativo inmersivo,
la maquinación de un autor con una vocación taumatúrgica,
la epifanía de un simbionte en la puerta del Mercadona cuando los parias del mundo abrazan la fe de los primeros iluminados,
la nota testamentaria de un fantasma al que se le ha rescindido las prerrogativas de su etérea promiscuidad de ángel,
el apostolado grunge de un mesías súbitamente blasfemo,
el tráiler estroboscópico de una ensoñación pura,
el vademécum de todos las almas quebradizas y contaminadas,
la constatación de que Dios es bueno y procura a sus criaturas más sensibles la facultad de polinizar prados enteros de remisos y reticentes, el vacile espasmódico de un heraldo de las estrellas,
el desgarro del himen del cosmos,
la biblia del apóstata,
el altavoz pepino para escuchar todas las canciones de la EGB,  
una indagación minuciosa sobre las causas del Big Bang,
el prólogo a la invasión de todas las civilizaciones alienígenas,
la invectiva de un orador politoxicómano,
el ochomil de las letras sin sherpa,
el idilio de un enamorado del oficio de escribir con el enamorado del de leer,
el semen de una deidad con metástasis en la punta de la lengua,
el nomenclátor aerofágico de nuestros próceres,
la grandeza del héroe al volver a casa y ser vitoreado por los niños sin bautizar y las mujeres de virgo intacto,
la exaltación de los desmayos sublimes,
la road movie que nunca protagonizó Thomas Gravesen, aquella gárgola de la zaga merengue,
el manual de instrucciones de la lujuria medieval,
el estertor de una bestia políglota,
la imposible intersección entre Raquel Mosquera y Virginia Woolf,
la arenga de Yukio Mishima a sus leales en la toma cuartelaria,
el poema de quien lo ha visto todo y lo ha sentido todo y registra ese Aleph total en trance, comido por fiebres del Bósforo y enternecedoras estampas de vírgenes de las iglesias de Calzadilla,
el fondo tenebroso de la Bola de Cristal, el mensaje subliminal del Máquina total 2,
el doctrinario capitalista de Florentino Pérez cuando saca talonario y se trae las glorias de la Play 5,
el libro de cabecera de los poetas sin corromper todavía,
el salmo de quien se ha cosido el hígado a Ballantine's,
el peso sordo de las moscas cuando hocican su boquita negra de mierda en las flores de las metáforas más hermosas de la literatura universal,
un camión lleno de alpacas que cruza el páramo a la caída de la tarde,
el canuto rociero en la boca de uno que canta Rosalía en los velatorios,
el olor a whisky de amapola de la abuela que tuteó a Lucky Luciano en los barrios chungos de la Gran Manzana,
la cara de Rocky con el siete bajo el ojo,
la barra de un pub de Mombuey que huele a orujo templario y a hueso de Lady Di,
el odio a la tercera persona de los narradores de Occidente,
la escatología de un abducido por una comunidad de tíos con la cara de Camarón,
la rendición de todos los números aleatorios que Víctor Pérez desenterró de los últimos bosques de España,
el maletero de un KIA con bolsas de rafia del Carrefour y conejos desangrándose,
el único documento en el que Silicon Valley sigue siendo un campo de ciruelos y los niños piden que se les lea un poco de pan blando o mucho satélite o mucho viernes de Canal + codificado after midnight,
la alegre deposición de un bardo laureado,
la última frase de Kennedy en el Lincoln Continental Convertible del 61, ocho cilindros, siete litros, caballos para llegar a la Luna escuchando a Johnny Cash cuando iba a las cárceles,
el aviso mortuorio de todos los toreros de Albacete,
la historia de unos niños por la Carballeda con Kelmes azules azuzando perros, metiendo goles siderales en partidillos dominicales sin nadie que los aplaudiera, sin padres con Escorts blancos esperando que acabe la pachanga para abrazarlos hasta que los brazos sean aspas,
el disco más vendido del top manta del cielo,
la balada del Flowers, del Leidis, del Descanso del Buen Pastor, del Oba Oba, del Folland, del Barbarela 2, del Gloria Bendito, del Copona, del Balandros, del Mississippi, de todos esos lupanares de carretera comarcal,
el verano en el que te dan ganas de comerte el campo, saludar perros, meterse en los girasoles, colocarse de polen divino, leer las barbas de Walt Whitman en la boca de un conejo, tumbarse al sol para que la tierra no se detenga,
la abdicación de los grandes autores de la tradición decimonónica,
el pandemónium de un corazón sensible que no fue agasajado por la dulzura ni arrobado por la fe,
la homilía del cáncer,
el acústico de un trovador metafísico en los arrabales del alma,
el sámpler de un dj canibal,
el evangelio zombi de un santo leproso,
el cuento infinito de un dios subalterno que ve en el espejo el roto de una soledad sin aristas,
el duelo en ok corral de un ángel hasta arriba de pecados y un demonio arrepentido,
la argamasa de las palabras con las que se convoca el advenimiento del numen mismo,
el cuarto principio de la termodinámica de la herrumbre,
el salvoconducto para escapar de la migración del espíritu,
la biografía del caos o de la redención o de la trazabilidad del cuerpo desde que irrumpe en el aire hasta que abraza la tierra,
una insolencia rendida a modo de diario o un catecismo blasfemo sobre la pureza o un misal para quien no pisa jamás una iglesia,
la plegaria de alguien que ha visto el desmoronamiento de las grandes verdades,
una catedral en un pedregal de Zamora,
el bosquejo rudimentario de un plan cósmico,
la telenovela de todas las madres,
el preámbulo de otra novela no necesariamente extensión de esta, pero invariablemente la misma,
porque no tiene inicio ni clausura y todo se encomienda al dictado genuino de la realidad, que es la escribe, la que elige unas palabras y no precisa de otras, la que determina el fulgor con su arrimo de belleza y la mugre con su apresto de escombro,
la claudicación de los logaritmos,
la constatación de que se puede flirtear con todas las tías buenas del mundo si se tiene verdadera confianza en la profundidad de unos cuantos sintagmas,   
las saturnales de la novela moderna.


III

Toda la novela (es una novela, una fragmentada, inverosímil, insolente, épica, convulsa, testamentaria, desprejuiciada, lírica, burda, épica, bufa) transcurre en un lugar del que se conoce todo, pero en donde no hemos estado. Los personajes son cercanos, pero no les hemos prestado atención. Los hemos tenido cerca, pero nada nos animó a mirarlos de cerca, ni a pedirles que nos confiesen el trajín de los años, toda esa episódica rendición de penurias y de algarabías, de vida gruesa como el mango de un martillo ocupando la boca. Dice cosas que no han sido dichas antes, expresa emociones que nunca han sido sentidas antes, conecta partes de uno mismo que no habían tenido la ocurrencia de acercarse. La Talbot que jamás murió sustancia el relato de la memoria a la que no convidamos a que nos perturbara o nos hiciera festejar su perseverancia.


IV

En la Talbot hay cuarenta mil gaitas en el cielo sobre Ortigueira. Hay caramelos mentolados en la guantera de un R-7. Hay una canción de Mudhoney dedicada a Ricardo el de Fresno por el penalti que marcó con los ojos cerrados a los de Mombuey en el Campo de la Cañada la tarde del fin del mundo. Hay Bolaño poeta, hay príncipes de América, hay jaleo extremeño, hay gallegas que dejan el pene limpio, hay gente con guitarras en iglesias que esperan la resurrección de los suyos, hay una rica voz interior que se proyecta al orinar, hay estructuras narrativas alternas, hay porno duro en el sótano del abuelo, hay niños a los que se les enseña a acariciar ranas, hay lagartijas que cierran los ojos cuando las besas. Hay gente que aprende a leer leyendo las cajetillas de Ducados, gente con la glándula pineal capada, gente que podría hacer un poema con una lata de Cruzcampo, gente que creció escuchando a Encarna Sánchez, gente que ha visto Bilbao de Bigas Luna en bucle, gente que se creía alguien al meterse en la boca un chupa chups Kojak al salir de misa. Hay coca. Hay mala gente. Hay vicio. Hay mucho Burt Reynolds. Hay una foto de Larry Bird que lo vio todo, esos veinticinco segundos. 


V

La Talbot va de abuelas que van hasta arriba de escapolamina para cantar La Traviata. Va de gente que se cree Dios porque fuma mientras hace sus deposiciones. Va de un día en el que suceden todos los demás días. Como un Ulises recitado en un pueblo de la España Profunda, que huele a Brummel.
Va de alguien que de pronto se percata de que lo ha visto todo y ese peso lo hunde, de un ser sobrenatural que habla sin que la voluntad lo guíe. Como si una voz le susurrara los sintagmas, las inflexiones, las cesuras, todo esa maquinaria de la palabras.


VI

La Talbot es una insolencia rendida a modo de diario o un catecismo blasfemo sobre la pureza o un misal para quien no pisa jamás una iglesia. La Talbot es una catedral. Hay que entrar con el respeto que impone el silencio y la piedra. Una vez dentro, no se sale. Su evangelio no es de este mundo, aunque pormenorice parábolas hermosas sobre la efervescencia. La Talbot es el perpetuum mobile de los libros. No se aprecia una energía exterior que lo propulse, avanza con inapreciable cansancio, posee fluctuaciones y no es improbable que la vibración que produce su lectura no se detenga y percuta dentro de la cabeza del lector al modo en que Tántalo, al traicionar la confianza divina, por lenguaraz y atrevido, por dar néctares y elixires del mismísimo Olimpo a la grey ajena y ciega, por alimentar a los dioses con la carne de sus propios hijos, al desear ardientemente calmar su sed y su hambre con los dones que la naturaleza le ofrecía, veía cómo el viento (cuenta Homero en boca de Ulises) los alejaba hacia las nubes oscuras. La Talbot es la tierra prometida de la que extraemos la ilusión de que nos pertenece o el agua primordial que fluye sin que podamos hocicar sobre ella y ahogarnos. Pensar en La Talbot es diluirse en la misma sustancia de la literatura. Hay una ebriedad dulce, un lirismo turbio, un fluir asombros, un alambicar prodigios. Las palabras se suceden con novicio afán. Se puede escribir de una sentada y leer en otra, aunque se precisen enciclopedias, guerras, traiciones, magnicidios, coyundas, tormentas, milagros, incendios para que esa incontinencia abrumadora suceda y el texto se imponga a la realidad y cree otra.

VII

Del libro anterior de Víctor Pérez, Ars poética de Sarah Connor, dije aquí cosas que sostengo todavía y que, por principios metodológicos o por sensatez discursiva, aplico a La Talbot que jamás murió. De aquella, la de Sarah, dije estar ante un narrador omnisciente en el que, a la vista de lo que narra, están todos los demás narradores. Dije que era una novela gamberra, con personajes alterados, con pequeñas bombas de relojería interna prestas a detonar a la menor distracción del lector. Dije que era un mantra psicodélico escuchado por alguien (Manolo el del Bombo) o por el universo entero. Dije que esperaba un Ars poética 2, una secuela bastarda, otro libro que discurriría con el mismo empeño quirúrgico, de abrir y de ver si adentro algo no va como debe y precisa que se sane o que se extirpe. La literatura sana o amputa. Hay miembros reconvertidos al uso y otros que, expuestos a ella, declinan continuar, se declaran sacrificables, se dejan cortar. No sé la de cosas que la lectura de La Talbot remueve en las tripas o en la memoria: suceden con la fluidez con la que sucede todo en esa trama desquiciada y sublime, dura a ratos, hilarante otras, subversiva siempre. Lo fastuoso es el dominio de la técnica: la hay y se percata uno de ella a poco que la lectura progresa. Escribir es un don y hay quien lo hace con asombrosa eficacia y carece de voz, no se le reconoce, no tiene una marca o una cualidad especial, de la que se tiene constancia y a la que confiamos la entera restitución del placer que alguna vez tuvimos y fuimos dejando en muchos otros libros, en todos esas historias olvidables, que no eran ni buenas ni malas, pero que hemos arrumbado, desechado. No hay manera de que La Talbot no continúe cuando el narrador, un Víctor interpuesto o quizá una interposición añadida al Víctor primario, decide cerrar la trama (si es que es una trama, si una las acoge a todas y las tutela y mancomuna) y las frases se elijan sin que den en ningún momento la sensación de que clausuran algo. Lo milagroso es que todo ensambla: cualquier apariencia de digresión es irrelevante, las piezas semejan una diáspora, pero persiguen encontrarse. Como La Maga de la Rayuela. Ahí Cadenal Dial, ahí la ciénaga camboyana, el trapicheo del costo en un tráiler de doce ejes, los canutos en el monte de Fresno, Radio Almendralejo, la perseverancia de Camarón, Fast furious. Flipa el Camarón, ir a ver el mar en el R-7, vivir en un cerezo, saber de farlopa como Dios de sus nubes. 



  

Parkeriana

 



Charlie Parker tuvo que ser una criatura menesterosa y frágil, delicada y tierna a pesar del corpachón que gastó en su escasa vida. Sabemos su legado: la música y la biografía de un artista absoluto, de alguien con un don  Tener uno y no apreciarlo es una blasfemia. Hay quien no advierte que lo posee y malogra el placer propio y el ajeno. Tengo la certeza de que alguna evidencia de que yo sea feliz en este mundo proviene de las virtudes de otros a los que no conozco, con los que no he tenido el placer de pasear o tomar un café en una terraza o la cercanía suficiente para sentirme envalentonado a contarles si desayuné poco y me arrebata el hambre o si alguien a quien amé me visita en sueños y me dice que nos equivocamos los dos. 

Charlie Parker es un hombre al que no conozco. Sé de su música, la tengo en la cabeza, me ha acompañado los últimos treinta años (serán más) de mi existencia. Sé de su aplicación en consolarme o en agasajarme. Sé de lo que era capaz cuando salía al escenario con la cabeza en otra parte o, dependiendo de la ingesta de veneno, mucho y tristemente complaciente, en todas ellas, en cualquier parte, sin merma. 

Según quien escriba la biografía resulta una hagiografía al hilo de la leyenda o un sórdido viaje al fondo oscuro del alma de un hombre contradictorio, embocado a su saxofón, invariablemente tocado por el ala infame de la desgracia, sitiado por el numen y ahogado por la revelación de su don, que lo sacó del anonimato que suponía ser negro en Kansas City en los años cuarenta. Se fue a los treinta y cuatro años, la edad perfecta para construir un mito. No tuvo la suerte de ser un personaje normal como su amigo Dizzy Gillespie, que agotó la vida en Cuba, en Suecia, en donde lo abrazaran, en los círculos del jazz exquisito, como embajador del jazz, casi como un funcionario que vuelve a casa después de cumplir su jornada. sin épica ni literatura. 

Tal vez hubiese querido Parker desaparecer en el mainstream, tocar en Estocolmo delante de una colonia indecente de pijos con ínfulas de eruditos del bebop, ir de gira en un crucero (se me ocurre que podría ser el argumento de una estupenda película de aire distópico y mucho jazz de fondo). 

Como Coltrane, como Evans, como Baker, entregó su alma al diablo en un cuartucho de motel barato. Si los músicos de blues la entregan en un cruce de caminos, los músicos de jazz prefieren los clubs de luces mortecinas y ruido de cubitos de hielo en el fondo del vaso. Vivió de saxos prestado y locales cutres, pero el pájaro siempre elevaba el vuelo. El genio manumitido de toda las esclavitudes de la rutina, libre, ocupando el aire con su swing, elástico y sublime, de las precursoras big bands al sincopado bebop, retorciendo las notas hasta conseguir una pasta sobrenatural, un loco suicida -lo intentó varias veces - con el don de la ebriedad y de la belleza, ambas cosidas al mismo traje. 

Un cocktail brutal de toxinas provocó la demolición absoluta de un cuerpo estragado, torpe y gordo alojamiento de un espíritu excepcional. Neumonía, ulcera de estomago, cirrosis e infarto posterior: ése fue el dictamen del médico, que creía estar viendo a un hombre de sesenta años  (más tal vez) en un adulto de menos de cuarenta. El parte no registró su amor por el blues, su insobornable pasión por la música del voudeville en Broadway, su incontestable capacidad de improvisar y perderse en la bruma de su talento sin salirse un ápice de la emoción, del absoluto conocimiento de los patrones clásicos que le permitían escaramuzas geniales a los márgenes del tiempo, a la filosofía de la música.

 "Esto lo estoy tocando mañana", escribía Cortázar en sus labios. De hecho sigue tocando. Hay discos de Parker cada año: su producción es infinita. Como la de Jimi Hendrix. Debieron grabar mucho, cantidades enormes de música que era enlatada y dejada para mejor ocasión. Cientos de tomas alternativas, leves variaciones, un soplo de más aquí, un receso en el solo allá. El paraíso del aficionado a Charlie Parker es precisamente esa entrega intermitente, que no siempre es relevante. Así que Cortázar en su El perseguidor lo contó inmejorablemente. Esto lo estoy tocando mañana, esto lo estoy tocando mañana. Escribo fuera del tiempo. 


Una geometría del frío

 





El frío es Gordillo con las medias bajadas atravesando a zancadas la banda izquierda de un estadio ruso un miércoles de Champions en febrero. Ahora pienso en Gordillo por la hierba bolchevique, ungido por el viento, conjurado, acercándose a la meta del glorioso Lev Yashin, aquella araña negra, calculadora, fría, bendecida por Cerbero, por la hinchada polar. 

26.1.23

Una literatura del frío

 


Adoro el frío victoriano, su planta alta de anaqueles invadidos de tragedias griegas y de retórica frívola. Su fuego degollando el aire. Su whisky de malta historiado en la mano izquierda mientras la derecha acaricia el pelo dócil de un Golden Retriever. Afuera la vida es un enigma insoportable y yo desmadejo alejandrinos mientras la filarmónica de berlin ataca el cuarto movimiento de la sinfonía número cinco en do sostenido de Gustav Mahler. 


La luz se acomoda en el aire y lo vicia. Pienso en un ejército invisible. En la explosión interior que jamás vemos. En todo lo que se abre paso y nunca sabemos. En mi pie izquierda asomándose al aire pobre de mi habitación. En el texto surcando el limbo binario de la noche. En todos los segundos hijos del mundo, precisamente ellos, cruzando el Peloponeso en una gélida noche de enero. 

25.1.23

Una topología del frío

 



Los ríos van a parar a la mar, que es el morir, pero el frío carece de trayectoria, el frío prescinde del volumen, no condesciende a una cartografía. El frío es un invento de los poetas románticos o un capricho de algún dios juguetón y rudimentario, confinado a su retiro maximalista, impartiendo su cátedra homicida, su cuchillo de palabra. 


El frío es un vértigo en la sangre. El frío es el que hace que el mundo gire. No es el amor, como quería Dante a decir en la boca de su Beatriz. Ni el jazz de Grant Green que ahora suena en mis jbl pequeñitos. Hay cosas que solo se perciben si se han vivido con verdadera rudeza. Si alguien no ha sentido el frío, el frío severo, no comprenderá que el mundo entero sea una extensión fiable del frío. 


El calor es justamente la ausencia de frío, pero no es nada en particular, nada tangible, nada que pueda medirse. Me da igual que haya termómetros o que las piras funerarias sacrifiquen bárbaramente a los ingenuos y a los rebeldes. El frío es la medida de todas las cosas. El frío es un vértigo de la sangre. 



El frío sucede en el interior. Existe porque desciendo a mi adentro y me encuentro solo. El frío es una república de lobos. Mi palabra es una bandera sin público. Me explica el frío a cada palabra que callo. Escucho el frío abriéndose paso en la carne, comiéndose sílabas de las palabras que pronuncio, malogrando el amor promiscuo, haciendo que el amor verdadero estalle en el interior, donde sucede la eclosión de su fiebre rota, incurriendo en deslices que no le son propios, invariablemente haciendo que todos los que lo sienten piensen en él y no puedan pensar en ningún otro asunto. 

24.1.23

Dibucedario 2023 / T / Tiempos modernos, Charles Chaplin, 1936






El advenimiento de la revolución industrial supuso la deificación de la máquina. Los preceptos de la nueva religión eran paganos y capitalistas, tal vez eso sea una redundancia. Las cadenas de montaje en las fábricas crearon la ilusión de que el bienestar era accesible a todos o de cualquiera podía adquirir la mercancía, conformada como detentación de un status o hasta como icono. El peaje consistió en la alienación del obrero, en su descomposición gradual como persona y, las más de las veces, de acuerdo al grado de integración en esa cadena, la mutación en otra de sus piezas, en un engranaje entre los engranajes, en un objeto entre los objetos. La industria era la nueva gran cruzada que habría que dar con el grial de la felicidad. Chaplin hace en Tiempos modernos un uso terapéutico de la pantomima: construye una invectiva visual sobre la deshumanización que posiblemente no haya tenido rival que la iguale. A Chaplin le interesa más reflejar la vacuidad de la sociedad al confiarse a las máquinas que la voracidad del capitalismo. 

En el fondo, Tiempos modernos es una película de amor. Habla sobre la vida cuando la vida se retrae de sus obligaciones y se mustia o se enmohece o se convierte en una rutina. Su comicidad es subversiva, su capacidad satírica es despiadada y pedagógica. La fábrica a la que se recurre para escenificar la automatización del hombre (su deshumanización) es la metáfora perfecta de la uniformidad a la que Orwell pondría argumentos de más honda contundencia. El personaje de Charlot aparece por última vez y Chaplin le hace representar al ciudadano de la Gran Depresión, al del paro, al de las injusticias sociales. Primero es un trabajador al que enloquece el desquiciante empleo que le encomiendan. La cinta transportadora en la que atornilla tuercas es una de las escenas más desternillantes de la película y, al tiempo, una de las más terribles. En un momento sublime, Charlot es engullido por la máquina: el monstruo se lo ha comido. No obstante, él sigue con su llave inglesa, apretando tuercas en la panza de la bestia, integrado en los mecanismos, él es uno. En otro, Charlot es usado para demostrar la eficacia de una máquina que da de comer (literalmente) al obrero de modo que no abandone su trabajo en ningún momento de su horario. 

La transgresión de Tiempos modernos es lúdica y maravillosamente sutil. No hay gags ininterrumpidos, ni diálogo alguno que consolide un modo de buscar la risa. Salvo una canción (pronunciada en un lenguaje no reconocible, improvisada) todo es silente, la última gran película muda de la Historia del Cine. La modernidad a la que alude el título es el reloj que marca el imperio de la productividad. El hombre es una res que se conduce por un mesías mecánico. De hecho hay una escena en la que un gran rebaño de ovejas es comparada con los trabajadores camino de la fábrica. No son hombres: son animales. En esa imagen del rebaño se observa una oveja negra entre las blancas: es el propio Charlot, el que se desentiende de la rutina, el que campa a sus anchas, el que no obedece las normas. Esa disidencia hace que lo ingresen en un psiquiátrico, por loco, y en una cárcel, por comunista, de la que sale al malograr un motín.

El final de Tiempos modernos es uno de los más hermosos que yo recuerde. En su búsqueda de ser alguien, de pertenecer a algo, después de padecer peripecias ridículas o risibles o dramáticas, Charlot no encuentra a alguien a quien amar, sino a alguien con quien buscar. Esa huérfana (Paulette Goddard, pareja de Chaplin en esa época en la vida real) es la representación de la bondad, ni siquiera de la posibilidad del amor, sino de la esperanza de que exista. Tal vez el amor sea una investigación sobre la vida planeada por dos personas que están bien juntas. Es sobrevivir a lo que se dedican. Son los dos únicos seres vivos en un mundo de autómatas, viven de verdad. Ambos tienen un espíritu eternamente joven y son absolutamente inmorales. "Los dos están vivos porque son niños sin ningún sentido de la responsabilidad, mientras que el resto de la humanidad se encuentra aplastada bajo el peso del deber. Sus almas son libres" Son palabras del propio Chaplin en apuntes sobre el film. Al final, cuando la pareja se va alejando hacia una luz cegadora, de día limpio y precursor, él le pide que sonría. La canción con la que se cierra esta obra maestra, compuesta por él mismo, es otra maravilla. Esta mañana me he sorprendido cantándola. Creo que no tengo la voz de Nat King Cole. 



La pantomima es el recurso idóneo para hacer comprender el absurdo. 

Su puesta en escena es asombrosa. Es una película muda en la época en la que 

Una mecánica del frío

 




 En la literatura rusa de los trenes que descarrilan en el invierno y las penurias de los escritores jóvenes a los que hieren el amor y los naipes es en donde hace frío de verdad, en todos esos cuentos del proletariado andrajoso que exhibe, ufano, heroínas de cintura de avispa y mohín en la boca. Uno coge al azar uno de esos libros maravillosos, tachonados de las ricas peripecias que sufre el alma, y se le hielan las manos. Con solo leer el título, se aprecia el frío escalando la espalda como una lagartija salvaje. Hay libros que están construidos bajo la mirada del frío. El autor está aterido, el aire está rizado de frío, el mismo pensamiento adquiere la carnalidad precisa y tirita. Hay noches de invierno en las que saco un pie de la cama y lo muevo arriba y abajo. Dejo que el aire lo invada y lo retuerza y después lo meto dentro, al cobijo de las mantas, protegido por el calor primordial. A poco que se ha recuperado, lo vuelvo a sacar. Por darle luego acopio de calor. Ando así algunas noches de invierno, ya digo. Por la mañana, al andar, percibo que el pie que he hecho sufrir de noche, poniéndole a la intemperie gélida del aire de mi habitación de pobre estricto, todos lo somos frente al frío, está más alegre, anda con más garbo, se queja a su manera de que el otro, el protegido, no le siga, exhiba esa pereza de pie rico, convidado de afectos, hecho a que la sangre lo recorra con entusiasmo mientras yo sueño con una vida más cálida. Son solo sueños, me digo al despertar. El frío es el que me conmueve de verdad. 

23.1.23

Una teología del frío


 



Es posible que Dios, allá en su unidad indivisible y enciclopédica, hiciera el frío en un mal día. No hay razón que lo explique. No tenemos quien venga y nos lo razone con palabras justas y con argumentos serenos. El frío es una de esas cosas que Dios pudo habernos ahorrado, pero lo fabricó en su honda providencia e impregnó con el frío el paisaje recién alumbrado. En lugar del frío, Dios pudo haber pensado en estaciones eternamente disfrutables, en el edén en el que algunos sitúan el idilio del hombre consigo mismo y con sus mitos, con la armonía del cosmos, con la persistencia de la verdad, pero Dios no ha estado jugando a los dados  porque en su naturaleza no existe la conmoción molecular ni la sed yendo y viniendo por la boca. De Dios sabemos estas cosas y hay más de lo que no sabemos absolutamente nada. Quién podría ponerse en su lugar, en esa soledad suya de unidad plenipotenciaria y previsora. 


El frío fue un mal día, según se mire, un accidente en su bosquejo del mundo, un sincero atropello al confort de sus criaturas en la bendita tierra. Salgamos hoy a la calle, miremos al infinito azul del cielo y hablemos a Dios con desparpajo: teniendo tanto tiempo, cómo pudiste hacer las cosas tan rápido. Pero es bueno saber que no habrá respuesta. Y es mejor que no la haya. Se empozoña la fe si se observa en detalle su condición de magia. No hay dios ni reino de los cielos sin el frío en el fondo del alma como un cuchillo. Dios, en su infinita gracia, quiso que el frío ganase todas las batallas. Incluso la del fuego. No hay mejor arma que la del frío. La literatura entera, incluso la más ardorosa, empieza desde una idea primaria del frío, y luego crece, se embravece, se encabrita, exhibe su pomposa hombría de alambre muy duro y canta en el aire percutido de la noche. 


No sé sabe de qué consuela el frío, a qué secreto alivio nos conduce, el modo en que nos hace pensar en los refugios, en todos esos lugares a los que encomendamos la tarea de que nos salven. Estamos a la intemperie. A poco que uno pone el pie en la calle o lo pone en casa, se produce el roto, se hace visible el desagüe por donde vamos cayendo. No se tiene la certeza de que los refugios sean obligatoriamente domésticos. Pueden estar en un parque o en una calle o en un bar en la que fuimos felices .Tampoco sabemos, una vez caídos, dónde vamos. Si a un lugar mejor, en todo caso. Detrás de un agujero, hay otro. Todos se comunican. El frío los comunica. Se va uno dejando llevar, buscando el refugio, el rincón en donde encontrarse. El problema es que, sabiendo dónde estamos, no sabemos qué lugar es ése. Da igual que reconozcamos el paisaje que lo rodea o que sintamos que es familiar. Lo difícil, lo que no siempre se consigue, es el lugar al que pertenecemos, esa especie de útero doméstico que nos recompone. A veces es un sillón de orejas, junto a la ventana. O la cama, la dulce y la cómplice cama. Pero puede ser la casa de un amigo, en donde nos agasajan y nos abrazan y nos quieren. O un poema de Keats. Anoche volví a leer a Keats. No sé cuántos años hacía que no leía a Keats. Me contó una felicidad que recordaba, pero que andaba diluida, como en fuga. Son días de frío. Días en los que una amiga te dice que cojas un libro y no pienses en nada que no te convenga. Nada que rebatir en ese argumento. Los libros te hacen no pensar en otra cosa salvo las que te cuentan. Hay que saber leer. 

22.1.23

Dibucedario 2023 / S / Sed de mal, Orson Welles, 1958





El plano secuencia que abre Sed de mal es el mejor de la historia del cine o, al menos, siendo menos entusiastas, uno de los más famosos. Yo recuerdo mi fascinación al reconocerlo cuando (hará muchos años de eso) vi la película de Orson Welles por primera vez y sentí también, más que la autoridad de un argumento o la eficacia de unas interpretaciones, el lenguaje cinematográfico. Eso era cine. Esos tres minutos y medio son un milagro de la planificación fílmica, la constatación de que la técnica es una herramienta valiosísima de la narración. La cámara es un artefacto omnímodo, una especie de ojo que todo lo ve. sublime sin interrupción, ocupada en agotar todas las posibilidades al modo en que pudiera hacerlo un texto que se alargara y cuya fluidez no decayera ni se contaminase de insertos inútiles. En la escritura, el plano secuencia es inagotable, no hay nada que lo cancele salvo la lucidez o la incontinencia de quien narra; en cine, sin embargo, esa cantidad de rollo impresionado estaba delimitada por su tamaño. Sed de mal es la película en la que esa cámara es un juguete en las manos de un niño:  hace que se yerga con grúas enormes para hacer que la profundidad de la escena sea relevante en lo que muestra o que se tire al suelo para que un contrapicado realce lo observado. Si Orson Welles únicamente hubiese filmado este segmento de una película tendría derecho a ser considerado uno de esos directores indiscutibles, a los que se acude para aprender a amar el séptimo arte. 

El asunto de la traición o el de la infamia tiene un predicamento enorme en la constitución de las civilizaciones. Se urden imperios bajo su influencia, se derrocan gobiernos cuando comparece. La ficción, que es independiente de la realidad, recurre a ella, la toma a sabiendas de que probablemente no haya un argumento más consolidado, de raigambre más antigua. Hasta la creación en el libro del Génesis se sustenta sobre esa falta a la confianza que se nos deposita. La lealtad no es lo que era, ni el proceder recto dirán algunos. El grado de vileza con la que se ejecuta determina el daño que irremediablemente hace. Hay traiciones pequeñas, de alevosía irrelevante: alguien revela un secreto que no tarda en difundirse. Uno de los personajes más odiosos que recuerdo es el de Quinlan, el policía corrupto que interpreta con hondura y sapiencia el propio Welles: no es ambiguo, ni titubeante, todo lo que hace repugna, es el mal absoluto, un juez sin corazón, amoral. A veces, cuando reveo Sed de mal, veo en Quinlan al Kurtz de Apocalypse now. Los dos son dueños de su destino, a los dos los contiene un sentido despótico de la existencia. Tienen también sus claroscuros: su alma rota, su deseo (muy lejano, muy difuso) de que el bien no les abandone del todo, de que una parte de su memoria todavía guarda algo hermoso y digno de revelarse. 

coda:

Los tres minutos (tal vez cuatro, no más) en que Marlene Dietrich hace de Tanya, la antigua amante de Quinlan, son una delicia. De hecho, cuando pienso en Sed de mal no convoco el travelling asombroso del preámbulo, ni las sombras recortadas en la noche cuando los coches iluminaban todas esas calles temblorosas, ni el el cuerpo seboso de Orson Welles dando vida al incivil Quinlan, sino en ella, en lo que dice, en la posibilidad de que antes de que el mal lo envenenase, el policía corrupto era una buena persona, un ser humano al que Dios miraría con afecto, en esa magistral (sin paliativos) interpretación de una actriz inmortal, un icono, una diosa en la memoria de cualquier cinéfilo. 

Del temblor del ojo al percibir el caos

 La ciencia es una forma de atar la verdad.

(De paso, Aute)


Ayer me preguntaron si había previsto la luz, me preguntaron por la lluvia, por el olor de la lluvia, por el paisaje después de que llueva, por el tiempo que tarda la luz en rodear por entero una palabra y gobernar su tránsito por los días. Me preguntaron si en la creación de la sombra había procurado esconder un milagro sin aristas, una ventana desde donde los cuerpos son únicamente fuego y tienen ira en los ojos y una lanza oxidada en el costado, si llover viene después de amar y el agua es niebla en el pecho. 

Entonces escribí el libro infinito de la lujuria, el libro de las grandes palabras, el libro de salmos para que lo lean hasta que el tiempo acabe. Dentro devoré un pubis ecuménico, un alarde de asteroides, un paraíso verosímil. 

Aspiré el aire primero cuando irrumpió en la nada antigua y floté espléndido, solo, dios de mi cosecha, uno y omnipotente. 

En ese desorden multiplicado amé la blonda sublime del cuerpo profundo, amé el origen de las cosas, amé las mareas sobre las que después se inventan naufragios. 

Oscuramente amé también la sed, el depósito de las palabras, el verbo al que alegremente le extirpamos la flor y el vuelo y queda en cadencia sin brida, en puro destello, en la liberada costra que un día fue cáliz y fue cántico. 

Un ángel a lo lejos da un aviso. Ahí la luz se astilla, ahí la sombra proyecta pájaros y todas las almas son una y acude la llama con su esplendor bíblico. Se instala la suprema evidencia de que algo verdaderamente importante va a suceder y vamos a contemplarlo. 

Tengo desde anoche una fe absoluta en mis extremidades, tengo las certezas que nunca tuve, busco un extravío de tristeza. 

A la caída de la tarde un temblor antiguo recorre mi espalda. Lagartijas invisibles turban mi espalda. Sueño con lagartijas. Son extremadamente ágiles. Ni la vista las alcanza. Sólo se percibe el peso pequeño de las patas en mi espalda. Una lagartija. Doce lagartijas. Cien. Hay días en que no comparecen. Son los días de los paseos largos por las afueras. Me pongo mis cascos y escucho música de cámara. Son cuartetos livianos. Parece que ni se atrevan a distraer el ensimismamiento del aire. 

Hay tramas de muerte en la herida recién abierta o vamos a llenarlo todo de amor, manso amor, la cópula perfecta entre el alma y la tierra, la cópula alada, la gran cópula de los músculos dulces, el cielo mismo a caballo de mis palabras, los vivos mirando la boca de la muertos, buscando la sílaba exacta tras la que la divinidad esconde su trampa antiquísima, y otra vez se enciende la memoria, trae ayer desparramado, trae eco, mansiones para el júbilo, trae voces que repiten una letanía de pétalos con su danza de herrumbre. 

Creo en las horas frágiles del día, en el temblor húmedo de las noches, en el camino humano donde la nieve cede al peso invisible de la mirada. 

Creo en la gracia y rectamente procedo a notificar bajo notario su existencia. Los poetas están en guardia, alerta la palabra. 

El tiempo de los poetas ha llegado. 

El río de las palabras asciende la noche, se me oculta la luz, todo es tangible, vagamente íntimo. 

En la sombra el gesto de ir a vivir sin que nada nos aturda. 

Vivir así el regalo efímero de entendernos, el vuelo alegre  del verbo sin contaminar, el verbo considerado principio motor de la carne. 

Luego vienen los profetas, vienen los salmos, el monocorde ripio de las almas que buscan un lugar arriba en el cielo perfecto de la salvación. 

Qué oscuro el mundo, con qué conmoción lo atravesamos. Los páramos yertos. Las horas huecas.

Vienen los dueños de las horas, saquean lo que ven, nada queda libre, sólo hay muerte, iglesias vaciadas, la dulzura del credo convertida en óxido, apocalipsis, el sueño de los perversos. Todo lo que no se dice acaba por mordernos. 

Tengo  una fe absoluta en mis extremidades, en el miedo que me conquista el pecho y hace que mi corazón se desboque, se astille, se incendie. Mitad el corazón astillado, el vértigo hecho fiebre y también la fiebre volada al aire antiguo de los ojos que lo miran todo y a todo le extraen luz y en todo encuentran sombra. Los ojos con vocación de bisturí, los ojos del artista que son los ojos del mundo, los ojos izados como un veneno cósmico. 

He aprendido a nombrar la dicha en las palabras. 

Esta caligrafía de bruma ni mordisco se hace polvo de estrellas. Se hace súbita escritura, boca, vagina, túnel, se hace fábula, un pequeño incendio que vence la oscura, la rancia, la quemada historia de las palabras y asciende la tarde, hasta pesar como un adjetivo sin romper todavía. Miro hacia adentro, en la propiedad más oculta del tiempo. 

Soy yo del todo, yo pleno ahora y me queda toda la vida para desabotonarme del todo y tumbar mi cuerpo en la cosecha infame de las horas. Todas matan, la última hora debe ser la hora de la poesía. Morir debe ser entregar un último verso. 

En ti todos los versos se parecen a un único gran verso con sordina, el verso abierto con el que el universo celebra su festín de secretos. 

Hoy a zancadas la tristeza me preña el tedio, me dicta una voz en la que cuento mis miedos. 

Un miedo sin propósito acecha en las avenidas. Una síncopa con colmo o un terrible solo de arpa en el fondo exacto del alma. 

Sí, está la tarde cinemascope, estamos en un vértigo de niebla o de lluvia que invade un sueño, escribo porque pronto olvidaré lo que digo. 

Sí, el poeta todavía esnifa adjetivos, hilos de ternura a ras de sístole, toda la alegre construcción de la felicidad durante años entregados a la escritura. 

Amor como si no hubiese otra cosa en el mundo. 

En el sótano del mundo está encendido la dicha.  

Suena bossa nova filtrada. allá adentro, en la espesura. Suena una ventana ciega que no ha sido abierta nunca.

Imagino a  la madre misma del poeta: no puede leer los prodigios de las letras, la causa la desconocemos. 

El tiempo es un jesucristo que recita. 

El tiempo es un jesucristo muy dixieland. 

Necesito un demiurgo, un crack en mística, un hombre con una corbata beige, con una corbata gris. Todas las corbatas estropean la alegría. 

Lo hemos visto juntos, oh mi amor, la delicia de mirar amanecer juntos, la fría y dulce y sucumbida clave de amor. 

Hemos oído la misma canción tantas veces. 

Nos queremos de forma sencilla. Comprobamos periódicos, leemos en las terrazas versos de Plath, versos de Pizarnik, todos esos verbos suicidas. Al sol tomábamos café. 

El hombre lee en donde puede, lee para entender a Dios. 

He visto gente leer en el metro versos del Corán, haikus, cinco, siete, cinco, parábolas en el jordán, prosa hermosa del tiempo. 

Hemos liquidado el miedo, lo hemos escondido. 

Tu cuerpo es un desagüe en donde me voy. 

La dinamo de mi corazón es volandera, la saco a pasear, tiene el paseo luna y el perrito de Chéjov nos mira en un relato tradicional ruso. Todo lo ruso es agradable al oído. El idioma es de una sonancia que no te revienta el pecho. 

No me leas a Nietzsche en vernáculo, no me digas que miras el abismo y el abismo te mira a ti, porque no tengo tiempo. 

Tengo ancho un párpado, me adormece la tarde. 

Un poeta pide que el camino sea largo, alguien jadea un pétalo. Una catedral es el preámbulo de un sueño eterno. 

Algún precio ha de pagarse, aunque sea por morir tan precariamente. 

Hay que ir muriendo el beso último, el astro numen. Hay que desdecirse. 

La nave como un rito se zafa del oleaje. Nadie oye la proa cascada, ni el alma rota, ni a Dios en su fortaleza de metáforas. Solo el timonel siente un ardor, un peso, el naufragio inminente, soledad entonces tan lírica, república de lobos.

21.1.23

Dibucedario 2023 / R / Reservoir dogs, Quentin Tarantino, 1992



 


Tarantino es un Borges de vídeoclub. Su biblioteca es un bazar de cintas en VHS: todo pulp, todo noir clásico, todo serie B. No hay tigres en un sueño ni ciudades de hombres inmortales. Hay pistoleros en el desierto de Almería, hay robos perfectos rodados por Kubrick, hay una mujer con un parche en un ojo que busca venganza. Los dos son transcriptores de lo que aman. A Borges no le entusiasmó el cine que vio antes de perder la vista. A Tarantino le fascina la literatura que puede convertir en fotogramas. 


Tarantino mama de las dos santas ubres de la madre de los hermanos Lumière. 


Tarantino tiene mil canciones en la cabeza. Algunas de las más ligeras hurtan a la banda sonora el ruido que hace un cuchillo al rebanar una oreja, aunque se nos evite la contemplación de la mutilación, filmada fuera de campo. Otras componen el atrezo sonoro de un carnicería en hora punta. Si incorporara el olor a la imagen, esa sinestesia sublime, sentiríamos el ruido de la sangre cuando a borbotones empaña el sobrecogido aire. 


Reservoir dogs es la biblia blasfema del evangelio de Quentin Tarantino, su prontuario de vicios, su mapa del tesoro, su historia sobre la traición y la lealtad. 


Tarantino tiene una historia en la cabeza cada vez que busca una historia. La de los tipos trajeados que discuten en un almacén los motivos del desastre del atraco que acaban de hacer y buscan al judas entre los supervivientes es la que este escribidor cinéfilo recuerda con más afecto, que no la mejor de las suyas. 


El Tarantino de Reservoir dice todo va de degollar a los ruines y a los pecadores, va de exégesis de letras de Madonna, va de señores nombrados con colores que conferencian sobre la fatalidad incluso cuando un boquete en la barriga les anuncian el infierno. 


No sé si me gusta más el Tarantino digresivo o el bestia. Probablemente sean el mismo. 

Los unos y los ceros


 Uno va queriendo que lo recuerden hasta que de pronto decide que lo olviden. Me pregunto si algún día todo lo que voy dejando escrito aquí y allá no me represente o no lo considere ya mío y  pediré que sea borrado y si será posible que todos estos años de constancia narrativa ya no estén al alcance de nadie y no pueda leerse nada de lo que fui dejando. Lo otro es fácil. Lo otro es la realidad, el modo en que perduramos en los otros, en cómo existimos en sus vidas y en cómo también de pronto desaparecemos, desocupamos un lugar que antes fue nuestro. No sé la de amigos que ya no tengo y que tuvieron un lugar y que ya no es de ellos. Los recuerdo con afecto o sin él, pero tengo la certeza de que no están. Por unas causas, por otras. De igual modo tampoco andaré yo en donde solía. Tendré también quienes me borraron. No me tendrán ellos. Por unas causas y por las otras. La red opera de distinta manera. El derecho al olvido es un logaritmo. Lo que no hay es derecho a la memoria. No hay forma de que uno trascienda por mucho que lo desee. No está en nuestras manos perdurar. Quizá los hijos nos hagan perdurar, pero no esta niebla de ceros y de unos a la que volcamos casi el ser entero, como si quisiéramos contarnos de golpe y ser escuchados instantáneamente. No hay red social que cubra la necesidad de afecto de modo absoluto: son todas representaciones falsas, aunque en ocasiones cumplan algunas funciones que les encomendamos y nos hagan creer que estamos en el mundo y que el mundo, a su modo secreto o invisible, nos ama. No hay tal amor o lo hay de una manera aleatoria, circunstancial, eventual, regida por patrones efímeros, diseñada para que nadie permanezca en el silencio. No podemos pasar desapercibidos. Se nos quiere visibles, se nos desea a la vista. Debemos ser peligrosos si no estamos a la vista. En cierto sentido, está bien perderse, borrarse, dar a entender que no queremos participar del juego, producir una sensación incómoda a quien cree que todo está bajo control y que el sistema es eficiente y condena al extraviado, al insumiso. El derecho a no estar en la red, a que desaparezcan nuestros datos, es una insumisión en toda regla. Uno va queriendo que los recuerden y otros van queriendo que los olviden. Como en Hotel California, la inmortal pieza de los Eagles: "Some dance to remember, some dance to forget". Y al Leteo lo patrocina Silicon Valley...

20.1.23

Bob Dylan come flores en las puertas del infierno



Antes de que Bob Dylan amase la electricidad era un trovador suburbano, uno de esos tipos con greñas que tiene pinta de haber pasado una resaca enorme o estar a punto de comenzar el carrusel que lo conducirá a una resaca enorme. Era un apóstol de todas las causas perdidas, un profeta de las bienaventuranzas del amor libre y de la bendita pureza del corazón. Más que ir contra el sistema, Bob Dylan iba contra sí mismo. La máxima era la disidencia, incluso la que lo cancelaba a uno, la que esgrimía razones para que nada que uno hiciera asentara un patrón o promulgara un discurso o materializara un futuro mejor en el que el hombre cantara sobre la tristeza del hombre y ese canto triste uniera a todos los parias del mundo. Las castas inferiores eran los hijos de las castas nobles. Se había producido una degeneración espontánea, una especie de inercia subsidiaria de las drogas, del sexo y del rock and roll. Ni siquiera se tenían por parias: eran hermanos, eran ángeles, eran hijos de una divinidad invisible, una sin templo, ni altares, pero infinitamente afectuosa, inocente, confiada en la restitución de un paraíso abandonado al que nombraban con versos de los grandes poetas, con flores del Katmandú y con whisky de Tennessee. Bob Dylan era un pastor en un prado en llamas. Él aliviaba el miedo, él hacía dulce el infierno. Dejó Minnesota para conocer al padre enfermo. Se llamaba Woody Guthrie el padre. Creo que sigue de viaje. 

Dibucedario 2023 / Q / El quinteto de la muerte, Alexander Mackendrick, 1955

 


La vejez contiene las travesuras de la niñez, pero exentas de inocencia. Que se arrime al puro atrevimiento o hasta a la desvergüenza depende de lo poco o lo mucho que esa niñez tuvo de osada o descarada. Hay personas mayores que derrochan ingenuidad y se las quiere al modo en que se le tiene ternura a los niños y las hay que se detestan; más cuanto mayor es el grado de refinamiento de su maldad. La anciana que más me viene a la cabeza cuando pienso en personajes de ficción que las mata callando es la señora Wilberforce, la adorable viejita que, sin coscarse de que está metiendo en su casa a una banda de maleantes, les alquila unas habitaciones. Ella es la que sostiene toda la historia que viene después y es tan jocosa, tan extremadamente ingenua que se tiene la impresión de que somos en verdad niños y se nos está contando un cuento. Es de terror ese cuento, grotesco e hilarante. Todo muy británico, muy eduardiano, muy de un tiempo que no pertenece a ningún otro, como extraído de un sueño o de una realidad imposible de reproducir ahora. Hay en El quinteto de la muerte un aire surreal, como de cosa caricaturesca. No se hace cine como el de Mackendrick hoy en día. Es otro, tal vez deba ser otro. Todo ese aire de impostura amable que se incrusta mientras se degusta su más que fluida trama se mantiene indeleblemente. Hay escenas que no se difuminan. Se tiene de ellas un recuerdo cercano, de asunto personal, como si lo que fuésemos proviniese también de la bendita ficción. Luego están Peter Sellers y Alec Guiness, inconmensurables, grandes entre los más grandes. 

Las cuatro leyes fundamentales de la termodinámica

Las parejas de alcatraz son fieles de por vida. Se prometen amor en un risco, en una rama de fresno, en la arena recién lamida por una ola, se dejan luego cortejar por el viento, los mecen Olano, Auster, África, Aquilón, Céfiro, Septentrión, Euro y Eolo. No hay dios del aire que no bendiga ese matrimonio alado. Es el triunfo de la perseverancia, es el catecismo del éxtasis.

La última vez que fui a Viena tuve un episodio de amnesia. Duró hasta que volví a casa  King Kong no entraba en mi devocionario mitológico. Yo he sido muy de King Kong desde que mi tío Carlos Manuel me llevó a Isla Calavera. Yo tenía once años y me sabía las capitales del mundo. Madrid era un hombre con las intenciones más nobles. Pekín, un temblor en la piel de un dragón. Cuando sea mayor compraré una finca con muchos ciervos. Para que mi madre se arrobe en la contemplación de las astas. Los ciervos no son fieles de por vida. Cien ciervos equivalen a un diploma en artes marciales. Mil es el cielo cuando llegó King Kong y pidió rubias a Dios con las que entretener la eternidad. 

A mi tío Carlos Manuel le debo este amor mío por la numismática magiar y por los cuadros del siglo XVII. 

En el cajón donde madre guarda mis estampas de comunión hay un sello con la cara de un señor que se parece a Charles Laughton en Testigo de cargo. 

Si yo tuviera que elegir cómo morir pediría que se me cayese encima un piano de cola tocado por Chopin en uno de esos palacios del Imperio austrohúngaro. Querría una fanfarria que coronase el óbito y un notario de Vallecas para que rubrique esa epifanía. 

Si algún día visito Las Hurdes pensaré en zíngaras con pechos como catedrales de la primera cristiandad, de pezones como dedales de costurera turca pintada por los grandes retratistas franceses. No tendrán descanso mis ojos cuando el frío los libere de su lánguida compostura de gárgola. 

Mi novia de 1989 era fan de Robert Mitchum. Yo soy fan de los hombres que se tatúan la palabra amor en la mano derecha y se dejen cortar un dedo en público para que conste en acta y el ejemplo cunda entre los perplejos, eso me dijo. Tenía labios como los de Kim Novak, tenía un primo taxidermista en la corte de los Austrias, tenía la voz frágil como un mirlo, tenía un máster en literaturas germánicas medievales. 

Mi vida ha sido ir por carreteras comarcales buscando la alquimia de la poesía renacentista. 

Ha venido Dios a vernos en una cantata de Bach. Los timoratos no ven a Dios, no ven a Bach, no ven el alma cuando se embravece en el pecho y se la oye gemir si se la acaricia o si se echa a llorar cuando la lastimamos. El alma es un invento de los poetas. Un alma pura puede entender el ruido de las constelaciones. Un alma pura es la metáfora más hermosa. Un día mi tío  Carlos Manuel me cogió de la mano y me llevó a visitar todas las grandes pinacotecas del mundo. No me la soltó hasta que mis ojos eran lienzos por los que la belleza ofrecía un simpar destello. Cuando murió vi a Rembrandt, la cara rota de Rembrandt, su cara mortuoria en octubre de 1669. Mi tía Remedios entró por mis ojos hasta que encontró en mi cabeza un sábado en el que mi tío Carlos Manuel y yo lloramos frente a un cuadro de Rembrandt exhibido en una galería hermosísima del Hermitage de San Petersburgo. Mi tía se quedó en mi cabeza hasta que cumplí catorce años. Mi tía no salió del todo. Hay días en que la escucho por ahí adentro. No la reprendo, no la conmino a que salga. Mi mujer que soy yo el que le habla en los desayunos, pero es mi tía Remedios la que le cuenta una idea que se le ha ocurrido para hacer el arroz caldoso con bogavante. Era el favorito de mi tío Carlos Manuel. En Viena, cuando el episodio de amnesia, recordaba a mi tía Remedios, a mi tío Carlos Manuel y a Rembrandt. Había desaparecido mi novia de cuatro dedos de 1989. No había rastro de mi madre ni de la noche en que mi padre y yo supimos que amaba a los ciervos por encima de todas las cosas. Le compramos cuadros de ciervos. Ocupaban el sótano, la planta baja, la alta. Ciervos mirando el horizonte. Ciervos como atentos vigías de la noche. Ciervos altivos y nobles. Si madre hubiese elegido cómo morir habría pedido que la atropellara un Chevrolet confundiéndola con un ciervo. 

Un profesor del Instituto se me acercó y me dijo: el cambio de la energía interna de un sistema cerrado es igual al calor suministrado al sistema menos el trabajo hecho por el sistema. He tratado de llevar esa máxima toda mi vida, pero no sé si con fortuna. Tuve una novia que era un sistema cerrado en sí misma. Le leía poemas de Wallace Stevens en las terrazas de los bares. Ella bebía vermut y yo declamaba. Ella bebía vodka y yo impostaba la voz como un actor del método. A madre le gustaba que yo flirteara con muchachas de buen ver. Como una madre no te quiere nadie, apostillaba. Ella era de apostillar rumbosamente, con colmo de sintagmas. Wallace tenía cara de incordiar a poco que se le provocara. Hay fotos suyas en las que parece que sonriera, pero no es así. En días de lluvia, en esos feos días grises de perros, bus o ciervos en los poemas de Wallace. Por si madre vive en uno. No alcanzo a saber si es su cara la que veré en la testuz del ciervo o si sabré cabalmente que ella me mira con los ojos del ciervo, aunque ningún rasgo suyo la delate. 



Elogio de la permanencia

  A veces es permanecer lo único que cuenta. Hacer que perviva lo desajustado incluso, convenir que el logro mayor al que podamos aspirar se...