30.10.10

Tuenti, Facebook, Twitter, Flickr, Myspace, Hi5, Xing

Acabo de abrirme un disco duro virtual en el que alojo mi yo escindido. Ahí reside la parte de mí que no sé dónde llevar o la parte de mí a la que siempre es posible acudir y de donde extraer algo relevante. Anoche presumí de disco duro virtual hasta que un amigo me pidió que revelara su contenido. Le dije que hasta ahora unas fotos y un disco de blues. Es la verdad de las mentiras, el lado oscuro del lado limpio: es la extrañeza pura que la tecnología ofrece, a modo de golosina inocente, para confundir al pueblo, que está vacío, sobrealimentado, convencido de ser el pueblo elegido y de estar en el mejor de los mundos posibles. Está el pueblo desorientado, pero facebook puede recuperar la unidad del rebaño y hacer que el mundo parezca una comunidad sana de vecinos con todas las ventanas abiertas, limpios de culpa, dispuestos a abrirse también el corazón si hace falta para que los demás, en gesto compartido, solidaria y festivamente, se abran también el antaño cerrado suyo. Esta hipercultura, tatuada de vínculos binarios, convertida en un pulsador universal llamado google, está desorientando al personal sencillo: lo está arrojando al lodazal de la incomunicación, pero con la etiqueta de que se le está empujando (arrojar es excesivo) a justo lo contrario, a un mundo perfecto en el que todo está al alcance y todos estamos conectados. Y hay una parte de verdad en esta mentira consensuada: estamos construyendo un nuevo mundo. Un mundo con un par de fotos de un viaje que hice y un disco de blues del delta. Quizá sólo eso. Seguimos alerta.
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Los versos de Miguel Hernández inundan la Red




"Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de Miguel Hernández, poeta al que hemos ido recordando en Internet con numerosas actividades. Hagamos que la red se inunde con sus versos."

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.

Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.

Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.

Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.

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29.10.10

Clásicos en la escuela


(link) «... no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor. Salvo en la escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los cuales (o con referencia a los cuales) podrás reconocer después tus clásicos. La escuela está obligada a darte instrumentos para efectuar una elección; pero las elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de cualquier escuela

Ítalo Calvino, Por qué leer los clásicos, Barcelona, Círculo de Lectores, 1993, p. 17

La cultura entera debería ser un acto de amor. Debajo de ese amor, el que la deguste, quien se deje invadir por ella, encontrará goces primarios, caricias perplejas, profundas marcas que le transformarán y comprobará que, una vez iniciado, consciente ya de la herencia que está a punto de serle entregada, sólo queda el abandono, la irrenunciable certidumbre de ese amor insobornable.

La cultura entera debería ser un acto de amor. Leer a los clásicos gobierna en cierto modo toda la lectura que les precede. Antes de caer en
Valente, haber caído en Góngora. Antes de caer en Roberto Bolaño, haber caído en Chesterton. Lo que escribe uno es justamente la consecuencia de todos los libros que existen. La trama de la escritura se asiente sobre todos los libros que existen. Pero existen demasiados libros. Está el libro como un recipiente infame de literatura menor, creada sin respeto hacia quien lee, editada por mercaderes únicamente interesados en sus finanzas. Entonces el que escribe debe driblar la basura que se le cierne. Debe hurgar en las letras ajenas y hacer cribas infinitas hasta que encuentre la lectura definitiva, ésa que guiará todas las demás.

La cultura entera debería ser un acto de amor. Los amantes, enfermizos. La entrega, absoluta. Leer es un acto deliberado de amor. Pero hay amores pervertidos, amores que desarman al corazón y lo convierten en un músculo zafio. Hay amores terribles que malean lo que, en esencia, es bueno y es noble. Amores de los que uno no sale jamás o sale herido o sale insensible.

La buena literatura no es la que uno decide que es buena literatura. La buena literatura se sabe defender a sí misma. Los libros buenos buscan al lector y ya no consienten que se fugue. Consienten, en todo caso, infidelidades con otros libros buenos. Saltar de
Poe a Kavafis. Ir de Gil de Biedma a Marzal.

Es clásico el libro que parece siempre recién escrito. Cervantes estaba anoche poblando de su
Alonso Quijano con fantasmas y ensoñaciones. Melville acaba de enloquecer a su Ahab. El escritor clásico está reescribiendo su libro de continuo. Cada lector lo resucita y lo obliga a sentarse a manuscribirlo de nuevo. Con ternura. Con mimo de padre que está contemplando al hijo recién traído al mundo.

La cultura en la escuela es un acto de amor guiado. Se le deben dar al escolar clásicos, pero no conviene aturdirlo. El amor a la cultura es un deslumbramiento y es al profesor al que le incumbe el oficio de reproducir en el espacio abierto del aula las circunstancias que facilitan el idilio. Sólo eso. El buen profesor es el que crea lectores. Buenos o malos. Después se pulirán. Luego encontrarán su libro magistral, el que abrirá lujurioso paso a los otros. A la escuela se le encomienda la enseñaza de la lectura. Debería añadirse a ese empeño el logro del amor a la lectura. Si una triunfa y la otra se malogra, la escuela habrá perdido su batalla principal: crear ciudadanos sensibles, sensibles y formados, especialmente sensibles a la belleza y a la inteligencia. Los libros custodian belleza. Leer es una aventura. La escuela, urgida por las prisas, metida en fiebres numéricas, abandona (las más de las veces) el cometido de la aventura. En ella, en su desparpajo sentimental, está el tránsito de la vida. En los libros, en las historias que cuentan, está también la vida. Hay más vida en La isla del tesoro que muchos planes de estudios.

El canon, que proviene del griego, es la vara, es la norma, es el conducto. El canon incluye a
Joseph Conrad y excluye a Jorge Bucay. El canon literario es un arma de muchos filos. Bloom ha vendido muchos libros y ha dado muchas conferencias alrededor del suyo, pero es sencillamente uno y, además, uno sumamente conflictivo porque elude la totalidad de la literatura y se recrea en hacer un nomanclátor de los clásicos cercanos. Como una especie de lista vecinal en donde no cabe lo que no vemos al alcance. Henry James es un clásico, pero Otra vuelta de tuerca no es un libro que deba leerse hasta que haya sido procesado a Poe. Incluso a Lovecraft. El canon es un bucle. Vuelve a un lugar. Se gusta en los merodeos. Está feliz en su función de lazo sentimental entre siglos. La escuela está ahí para conocer el canon, cribarlo, ofrecer al joven lector una porción digerible de cultura. Todavía recuerdo al profesor obstinado que se ocupó de borrar de mi lista de clásicos del futuro a La regenta, ese tocho de Clarín al que accedí mal y al que nunca he podido regresar sin el dolor causado antaño. Puestos a hacer mal la oferta, que no haya oferta. Duele que haya todavía profesores que se consideren veladores de la cultura, agentes activos de su difusión y luego carezca del hábito privado de la lectura. No leer, en quien da cultura a los demás, no es un acto de amor. Pero hay amores terribles...

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"Un sueño"



En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma del círculo) hay una mesa de madera y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sob
re un hombre que en otra celda circular… El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.
Un sueño, JLB





27.10.10

Tetas o cultura


La cultura se está convirtiendo, en estos tiempos de soberbia y de abundancia estéril, en un objeto de consumo masivo, en algo vendible, pero escaso en valor o en riqueza. Esta frivolización no conviene muy a pesar de que, en principio, sin hurgar en exceso en sus consecuencias a largo plazo, este aligeramiento de los contenidos, esta banalización de la forma, pueda hacer pensar que sí, que algo bueno saldrá de todo y, al menos, el espectador iletrado o el lector ignorante podrá beneficiarse de un nomenclátor nuevo con el que acceder a una vida social más plena. Todo es mentira. No se trata de que se lea más y de que importe poco qué se lea: una indigestión literaria de templarios, códices ocultos y vírgenes negras que fueron abducidas por una orden secreta puede arruinar la sensibilidad (y el sentido común) tanto o más que la ausencia de lectura alguna. Tal vez únicamente sea la idea ancestral de no aburrirnos: de ocupar buenamente el tiempo como se pueda. Ahí abdican mis argumentos: formidable aquél que se pierde en las conjuras vaticanas y en los recetarios de autoayuda de bolsillo a lo Bucay. ¿Cómo vamos a llegar con nuestra indignación y estropearle la sentada, el disfrute elemental y primario, el goce de la palabra revelada?
Pero la literatura y el cine y la música (que entra en lid) ofrecen siempre algo más: ese algo es la sustancia de la felicidad absoluta, el numen de la dicha, la celebración de los sentidos en una orgía plenipotenciaria de emociones y de conocimiento. Si prescindimos de ese último componente (el conocimiento) las novelitas ñoñas del corazón ametralladas por cualquier dama tejana de setenta años pueden configurar a su antojo el bagaje cultural de cualquier persona. Mi tío Alberto leía a Marcial Lafuente Estefanía y a Clark Carrados, héroes de cierta subliteratura de tono cinematográfico, exenta de hondura y untada de una épica asombrosa y un autocomplaciente sentido de la vacuidad. ¿Era un buen lector? No lo dudo. Leía, al cabo, leía con ardor como a veces cree leer quien se enfanga en más altas torres, en Musil (mi amigo K. ahí anda) o en Vargas Llosa, ahora tan nombrado.
El cine, a menudo, se contagia de estas veleidades comerciales: demasiadas veces. Vende basura a 24 fotogramas por segundo y del mismo modo en que un glotón de hamburguesas grasientas firma su sentencia de obeso y engrosa la lista de enfermos me pregunto yo si el consumidor de cine basura (fast food movies) también engordará y obturará el filtro de la sensibilidad, el finísimo hilo que separa la belleza de la mediocridad, el trabajo honrado y abonado al Arte (esa cosa tan maravillosa y tan palizada) de la faena vergonzante. Me pregunto si la juventud narcotizada por la tremebunda oferta de bodrios de bronca digital y revuelos hormonales (de Casi 300 a Ghost Rider, de Spanish movie a -oh espanto- Híncame el diente) podrá en edad adulta sentarse en un cómodo butacón (nada de cine en pantalla grande por desgracia) a deleitarse con La diligencia, Tempestad sobre Washington o El ladrón de bicicletas.
¿Dónde está el interruptor que conmuta la estulticia y abre la inteligencia? ¿Será posible que un día los clientes de ese cine palomitero y ligero como pompas de jabón barato accedan a dejarse embaucar por Fritz Lang, por Ernst Lubitsch o por William Wyler? ¿Podrá ser que un cliente habitual de David Lynch o de Roberto Rosselini hocique su cinefilia en un Michael Bay o en un Santiago Segura, perlas las dos de un cine que se vende, pero que no cuaja en la memoria? La pregunta va más lejos: ¿Si no hay tiros no hay esperanza? ¿Si no hay tetas no hay paraíso?
Quizá la respuesta esté a mano. Basta el enamoramiento, el deslumbramiento, la evidencia tangible de que la belleza existe y se llama Las uvas de la ira, Con la muerte en los talones, Casablanca, Perdición o Pulp Fiction. Porque no sólo de bondades blancas y sentimientos purísimos vive el cinéfilo. Pulp Fiction es el puente entre un cine y otro igual que el jazz suavón de George Benson me condujo a mí de Kenny G. a John Coltrane. O igual que Stephen King unió a Joseph Berna (otro incunable de las ediciones de préstamo) con Truman Capote.
Así que no buscad la pureza, oh lectores cómplices. Dejad paso al espúreo viento del asombro: ése que deja que la imaginación planee y se pose (libre te quiero, pero mía, dijo el poeta) allá donde le plazca, pero quiera el azar o la suma de muchos azares que los artistas creen, hagan su trabajo en paz, edifiquen el templo de la belleza y del conocimiento para que los usuarios (consumidores, al cabo) dispongamos del muestrario a punto, en bandeja, dispuesto a ser devorado sin más retórica que el hambre y las ganas de darnos gusto, un gusto supremo. Y si el lector no es cómplice y considera que esta reflexión es una evidencia de mi enfermizo idilio con mis vicios pues no seré yo quien le contradiga. Vicioso en evidencia, y que me entierre un acomodador en una hipotética (no son tan buenas) fila siete, ya talludito y muy incapaz de seguir la historia, pero emocionado por pisar un cine y sentir su oscuridad. Vale también un libro. Vale un disco. De eso se alimenta mi espíritu y ahí es donde me engordo. Y os aseguro que eso es cierto sin dobleces ni retórica. Así que: ¿Tetas o cultura? ¿Un nivel intermedio?
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26.10.10

¿Crisis, qué crisis?


Salvo que el cielo se caiga sobre nuestras cabezas, como temía Asterix, nada hay que perturbe nuestra innato gracejo patrio, ése que manifiesta su absoluta confianza en la calma después de la tormenta, aunque estos rayos que se ciernen sobre el planeta vayan escombrando unos cuantos búnkers antaño bien seguros y hayan puesto patas arriba cierta forma de ver la vida. En La Sexta, en uno de esos programitas de tarde una buena señora ha atribuído la estrepitosa situación económica que padecemos a unos manirrotos. Supongo que se refiere a nuestro Gobierno o alguno foráneo que, en la caída, ha arrastrado al resto.
La complejidad del caos queda para los exégetas del caos, viene a decir la mujer. A mí que me registren, añade. Eso de sentenciar y despachar en un plisplás los asuntos más graves y menos rebajables a sentencias es cosa muy hispánica, aliñada con el desparpajo fonético de quien de pronto ve la posibilidad de arreglar el mundo frente a un micrófono y que el país entero aprecie la hondura de su empeño. El transeúnte prudente, senequista de profesión íntima, tercia por la vía menos agresiva y larga sobre el desplome brutal de la Bolsa o el tsunami de las empresas, que de pronto se desprenden de su contacto con el suelo y vuelan como si fuesen pájaros. Pero la cosa pinta negra y no hace falta ser economista para temer que alguna nube disoluta del bendito cielo caiga sobre nuestra cabezas y nos abra una brecha en la confianza ciega en nuestros gobernantes. Quise decir nos abra una brecha mayor, una honda hasta el desmayo sináptico. Y entonces es cuando me acuerdo yo de la egregia portada de aquel disco de los setenta de Supertramp. ¿Crisis, qué crisis?

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25.10.10

Zetapé


Lo fácil sería ahora la crítica feroz. Quizá porque los argumentos no fomentan la indulgencia. Los argumentos son los números que dinamitan por ahí como mecha para prender quién sabe qué cataclismo electoral, pero me temo que el gesto ensimismado es transferible al próximo inquilino monclovita. Esa crítica casi sangrienta la ejercen con oficio algunos gremios de la prensa y la jalean, en plan tabernario, en la mesa camilla de las casas, en lo privado de cada uno, sin un plan escrito, a bocajarro, recorriendo sin rubor las faltas de los que mandan. Debe ser difícil capear este empacho de desafecto hacia una persona. Me imagino que en esa misma intimidad, en el refugio que todos construímos para aislarnos de la realidad, el actor principal de este obra tenebrista tendrá su flaqueza doméstica, sus ratos de estupor, su fiebre, su vértigo inconsolable. Afuera la calle bulle, hierve, rompe en cánticos demenciales, en manifestaciones, en soflamas, en todas esas expresiones públicas de rabia que el pueblo, cuando se le aprieta, airea con furia. No es que el sistema falle o que esto sea principio de algún fin apocalíptico: todo volverá a fluir, todo se conducirá otra vez por cauces de normalidad y habrá tal vez otro al que confiar la promesa del bienestar y a quien culpar de la pandemia por llegar. Porque la política es un bucle y los errores antiguos vuelven (casi siempre) vestidos de errores nuevos. No es en modo alguno este texto una vindicación amable de la figura de ZP. Tampoco una pulla. Es una forma de explicar el gesto contraído, el rigor que evidencia. La fotografía cuenta lo que no se ve. Todas las fotografías, miradas atentamente, cuentan historias. La de este hombre es una de épicas fracasadas y de horizontes quebrados por la vil plata, que lo ha arruinado todo. Queda año y medio para ver en qué queda este desaire popular. Carnaza semántica para los tertulianos. Eso tal vez.

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24.10.10

Una esclavitud gozosa

Gorka Lejarcegi (El País, 24-10-2010)


Hace falta muy poco para escribir. Habrá quien me contradiga. Al Nobel Vargas Llosa le basta poco. La escritura es una esclavitud gozosa, ha dejado dicho en una entrevista, una de tantas de las que tiene a raíz del premio o alguna de las cientos que ha recibido en su vida. Escribir es una esclavitud y hay gozo. Una especie de masoquismo ilustrado. Uno que encuentra argumentos a poco que la mano coja el bolígrafo y el folio en blanco te mire adentro y te pide que lo emborrones. A falta de la clásica hoja vírgen, un buen procesador de texto. Da igual el formato. Importa la entrega. A Vargas Llosa o al más sencillo de los escribidores. Es una esclavitud maravillosa. En lo personal, he escrito en bares, en las barras de los bares, rodeado de gente desconocida, gozosamente perdido entre ellos. He escrito cuando debía y cuando no. He escrito páginas que he tirado (cientos) y he escrito páginas que tengo guardadas como un tesoro privado. He escrito a diario (casi) en este blog desde hace más de mil quinientos días. He escrito sin razón y con ella. Y no me imagino sin escribir. No soy yo mismo (caso de que sea algo) sin dejar palabras hilvanadas con otras de modo que cuenten algo. A veces cuentan poquísimo y otras, aunque sólo me lo parezca a mí, cuentan prodigios. Míos, invisibles, prodigios domésticos. En eso estamos.

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20.10.10

La reina de África


A mi amigo K. le pareció durante un tiempo la mejor película de la Historia del Cine. Como el cine es un asunto más íntimo que otra cosa y sé que ha visto la tira de películas, no le llevé la contraria. Las pasiones no se dejan explicar. En todo caso, habida cuenta del extremo fervor con que se entrega a ese vicio, sólo puede uno tomar nota, verla tal vez. Hace tiempo que en materia de vicios (el cine es uno y grande) no dudo de la valía de los ajenos. Los míos son inquebrantables. Algunos, vistos en detalle, insostenibles. K. me cuenta que vio La reina de África en un pase que organizó una Caja de Ahorros de la que no viene ahora al caso dar información. Era un ciclo de John Huston y servían el programa por la tarde, llegando con prisa el verano, en la hora en que Córdoba es una sucursal del mismo infierno. En esa misma tanda de films, yo vi La vida de Brian. Me perdí la cinta de John Huston y me conformé con verla en televisión. Lo malo de ver cine en la tele es que nunca puedes programar esos vicios y estás expuesto a los tejemanejes de un programador externo.

Uno de los placeres más grandes que he tenido en mi vida, al menos en asuntos de este corte, fue poder decidir qué ver. Quizá no me esté explicando lo suficientemente bien. Decidir qué ver consiste en entrar en un videoclub y perderte entre las estanterías durante mucho tiempo. Afuera puede llover o hacer un sol de justicia teológica pero tú estás frente a una oferta masiva de placeres. Sabes que vas a volver a casa con una copia en VHS (era otros tiempos, ya saben) de la última película de Scorsese, pongo por caso. Que la vas a ver cuando quieras y que podrás detenarla si para redondear el júbilo te apetece abrirte una cerveza, servirte un whisky o comerte unas avellanas cordobesas. Luego, conforme los años te curten y te hacen perder las aristas románticas, olvidas que entrar en un videoclub es uno de los placeres más grandes que un aficionado al cine puede tener. El mío, al que todavía voy en cuanto puedo, está muy diligentemente gobernado por mis amigos Juan y Conchi. Me conocen y saben que puedo tirarme horas en sus pasillos. Viendo carátulas. Buscando información. Respirando cine. Es cierto que últimamente voy menos y que esa ausencia me duele. Es cierto que todo se está yendo al carajo (tierra caliente pa' sembrar ajo, decía mi abuela) merced a ese otro vicio que consiste en saquear el limbo infinito de la red y alimentar la cinefilia en casa, en pijama, en golosa banda ancha. Todo es muy complicado. O muy sencillo y lo que hay es poco empeño en querer entenderlo. El caso es que he visto el fotograma de La reina de África y he pensado en K. y en Juan y en Conchi y en el primer video que compré (un Sony carísimo que todavía conservo en formidable estado) y en las primeras películas que alquilé. Placeres irrenunciables. Todo esa belleza se está perdiendo un poco. Estamos romos. Pensar en La reina de África me ha hecho pensar qué fácil es hacerse con ella, con una copia incluso en decentísimo formato, y verla a capricho. Todo es excesivamente fácil. Todo es sencillo. Todo está ahí, esperándonos. Nos estamos desprendiendo de las aristas. Incluso de las románticas.


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17.10.10

Minería mental



Imagino a ZP en Rodiezmo, sin cámaras, sin abrazos, sin llevar setenta días esperando a que nadie suba y el abrazo lo retransmita la CNN para el mundo. La política es siempre un acto de fotogenia pura. No hay políticos que no se esmeren el gesto ni se quiten la caspa de la solapa de la chaqueta cuando un periodista le pone el objetivo delante. Ninguno hace ascos a la cámara. La parte lamentable es que cuando se apaga la cámara el mundo sigue girando. Está en descrédito la política en España, pero se me hace que nunca estuvo en un crédito excesivo. Lo de ahora es un episodio del que saldremos, no lo dudo, pero el coste será excesivo. Piñeira, en la mina San Jose de Atacama, galvanizando a un pueblo, llevándolo al éxtasis de lo nacional, caerá como caen todos, pero en estos días de vértigo mediático es un héroe. Al político se le hace la boca urna cuando se le asocia con la palabra héroe. Es que no quedan héroes o quedan algunos y casi nunca lo son de todos. Éste, aunque venga de la derecha que apoyó a Pinochet y haya levantado en su país suspicacias, temores y todo tipo de sospechas sobre su capacidad de gestión, ha sacado a los 33 de la tierra. Y los ha abrazado uno a uno. Como esos políticos, al cabo, que van por las calles y besan infantes y amenizan con frases muy limpias las mañanas de domingo en la plaza del pueblo. Todos los presidentes de todos los países del mundo querrían (ay) una mina derrumbada. Que luego nadie muera, claro. Que el universo entero los mire y ahí, en ese entarimado perfecto, en ese centro absoluto, lucirse, darse, en plan Gran Hermano. De hecho a nadie se le ha escapado ese tufo a casa vigilada por mil cámaras en la que la realidad fluye y un cordón umbilical obsceno la conduce al mundo. Cuenta la felicidad de esos 33 pobrecitos, que tendrán ahora otra batalla y volverán a la rutina con el peso formidable de haber sido dioses durante un par de meses, pero estamos hechos a buscarle dobleces a las cosas y ésta, a pesar de la nobilísima causa, se amolda estupendamente al negocio, al espectáculo made in Hollywood, guiado con mano artesana, con mano sensible, pero una que no hace ascos (ninguno) a firmar contratos, a buscar el morbo ahora que, habiendo todo salido de perlas, se ha acabado la función. Vendan morbo. Den raciones de espanto subterráneo. Escucharemos. Convertiremos las tertulias de taberna en pequeños foros sobre la miseria y la vileza del ser humano, ahí las dos en comandita, abriendo camino entre los escombros. Estamos a un paso de dejar la página heroica y entrar en la morralla financiera. Que el plató de San José se mueva y haga caja. ¿Y sería un problema? Me dice K., que acaba de leer el post del tirón y no le ha quedado claro de qué va realmente...

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15.10.10

Heridas provechosas


Tengo la sospecha de que hay heridas provechosas, daños que casi nunca amenazan la integridad del alma, pero que interrumpen su fluir sencillo. Vivir es fácil: lo difícil es saber hacerlo. Leer mucho hace que las lecturas se acumulen en algún lugar remoto del cerebro de modo que ahí se alían (sin tu permiso) y al final no sabes si lo que estás escribiendo es tuyo o es fruto de alguna influencia externa excesivamente evidente, pero a la que no terminas de darle nombre. Yo recuerdo la frase en cursiva de arriba y la recuerdo con nitidez e incluso con agradecimiento. Lo que ignoro (y dudo que haya ninguna iluminación posterior) es quién me la sopló. Como últimamente mis sueños son muy bruscos y se empeñan en aflorar a la realidad nada más sentirme despierto, igual eso de que vivir es difícil proviene de ellos. El lenguaje se siente a gusto con estos injertos de lo real, estos pequeños desvíos de la materia estrictamente lingüística. Me cuesta conciliar el sueño y repaso ideas mientras acepto que tampoco toca ahora empezar la novela que llevo meses, digan años, diseñando ni que la noche está para brindar con bourbon por la armonía tácita del universo. Así que pienso en los últimos días de John Coltrane o en el disco que acabo de encontrar en un remoto rincón del pequeño santuario en donde escribo, leo y todos esos bálsamos estupendos que sanan el alma (Jazz turns samba, Claudio Roditi) y en el tiempo que he tardado en encontrarlo. Eso me pasa por acumular y no poner al día la base de datos.
No sé si al amable lector le pasa esto: que llega a una librería y se tira las horas muertas (bendita expresión de arrobo libresco) tocando los lomos, leyendo frases sueltas, pensando en el placer inmediato de entrar en su historia más tarde, en casa, a la luz perfecta del flexo. Yo suelo leer en la cama o en un par de butacones cómodos que tengo por casa, pero en asunto literarios me conformo con poca cosa. Me vale un autobús o una cola en el supermercado o un banco del parque. Leer y escuchar música son dos actividades que me ocupan tanto y tan íntimamente que prescindo del paisaje completamente y me pongo a bucear en las letras o a perderme (es eso) en las notas musicales. Le he pillado hasta gusto a leer en el móvil (ah crimen infame de estos tiempos de vértigo y zozobral) y me descargué hace bien poco poemas de Poe, que están ahí, en otro remoto rincón de la panza del bicho, y viene a mí cuando le llamo. Resultó una experiencia más que curiosa, digna de ser tenida en cuenta, útil para las conjeturas semióticas de los intelectuales en paro, el hecho de meterme en el alma de Annabel Lee mientras hacía cola en un gran supermercado, rodeado de carros reventones de lechugas, latas de mejillones y botellas de tinto.
Leí Lolita por primera vez en el Servicio Militar, tirado en el suelo o en la modesta (aunque salvadora) biblioteca del cuartel. No sé si al amable lector le ha parecido que la palabra biblioteca y la palabra cuartel no matrimonian bien, que incluso chirrían una al lado de otra. Yo también matrimoniaba mal con la disciplina castrense, pero supe (creo) encontrar rincones en los que sentirme hospitalario conmigo mismo, libre, limpio, ufano de mi tiempo y de mi ser. Fue entonces cuando descubrí el júbilo de escuchar música en los lugares en los que normalmente nunca lo había hecho. Recuerdo con embelesamiento, con nostalgia, también con sincero agradecimiento, las cintas que un buen amigo me prestó (Chris Rea, Level 42, The Rolling Stones, Stray Cats, E.L.O.,Radio Futura, Tom Waits, The Lemonheads, The Jam, Silvio Rodríguez, que recuerde) y que yo escuchaba con absoluta entrega en mi walkman marca Aiwa, al que apreciaba más que a casi nada en aquel mundo, salvando de la quema la cantina (y su obscena barra en la que un tubo de cerveza costaba igual que una bolsa de pipas en la calle) o los paseos infinitos por las calles de San Fernando, en Cádiz. La mili, vista así, fue una herida provechosa.
Mi amigo K. me confesó que su mili fue un paseo militar, dicho con sorna, dicho con mucho cinismo y desparpajo semántico. K. posee la exquisita habilidad de sacar beneficio de los asuntos más escabrosos. La mili (ya concluyo) es una de las experiencias que nunca querría haber tenido, pero a la que recuerdo con cierto sencillo afecto. Pude haber caído en las garras de la decadencia y haberme perdido en quién sabe qué oscuros y deleitosos laberintos de adicciones (tantas, ay, algunas tan placenteras) que me conformo con salir como lo hice. Entero. Más curtido, como se dice. Muy curtido en algunas cosas, inevitablemente. Consciente de que las heridas hay que sanarlas con mimo y luego hay que saber aprovechar que estuvieron para sobrellevar mejor las venideras.
Esta noche de Sábado ando descarriado de inspiración y me salen entradas sin sentido alguno. Cosas que pasan en un blog. Éste es (cada día más) una extensión de mi despiste. La segunda vez que leí Lolita condujo a que no quiera (en adelante, tal vez para siempre) volver a leerla, y no queriendo ser críptico ni parecida majadería mejor dejo aquí el asunto. Tiene que ver con esperas infinitas en butacones de hospital, en angustiosas tardes de verano a la vera de una dolorosa cama. Y no quería acabar en esa imagen, pero acudió y es la que, al final, me hace pensar que no, que no todas las heridas (evidentemente) dan provecho a quien las sufre. Ni mucho menos.

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13.10.10

Machete: Mad Mex




Hay más vida lejos de los prejuicios: la hay a beneficio de la diversión, a cuenta del placer que supone restarle trascendencia, pero todos llevamos un censor dentro, uno del tipo que saca las tijeras de la razón o del buen gusto o de la estética cuando ve a un tipo con un machete repartiendo mandobles. Eso pasa con el último atrevimiento visual de Robert Rodríguez: que un héroe de un esquematismo de juzgado de guardia, parco en palabras, escaso en registros dramáticos, investido de justiciero espídico, ocupa la pantalla y la tiñe de rojo de principio a fin.
La doble sesión Grindhouse urdida por Tarantino y el propio Rodríguez funcionaba estupendamente como un artefacto festivo, aliñado de despropositos finamente calculados: era un divertimento con conciencia de divertimento, una serie B vestida de oro (más de veinte millones de dólares de presupuesto) que se ingiere con más placer si uno renuncia al rigor y deja los prejuicios fuera del cine y se concentra en el descacharramiento, en ese a veces extraño consenso entre autor y espectador en donde se conceden licencias. Licencias excesivas, en ocasiones. Aquí las hay a tutiplén, pero no por eso se disfruta esta memorabilia de tópicos setenteros, de clichés de cine malo, de videoclub de saldo en vhs. Los temas, los gestos, las maneras, se amplifican, se estiran, se dinamitan a conveniencia: todo a mayor gloria de la hipnosis visual, de esa respetable sensación de estar regresando a algún lugar que dejamos hace veinte años. Se disfrutará menos (o no se disfrutará lo más mínimo) si el espectador no ha estado nunca en tal lugar. De hecho, a lo oído, a lo leído, el público está en esos dos frentes: o se la adora o se detesta. El término medio, valioso en ocasiones, huelga.
Este producto de derribo no ofende al sibarita del séptimo arte: impone una manera distinta del disfrute cinematográfico, huérfana de academicismos, lejos de cualquier acercamiento riguroso, exenta de dobleces, limpia, sin contaminar por el discurso esteticista. Cero esteticismo, cero doblez: aquí hay violencia a raudales, erotismo de baja intensidad, chabacanería servida con exquisita vocación transgresora. Todo muy primario, todo muy disfrutable.
Esta mitificación trash del cine de saldo, de la serie B casposa, del gore menos extremo, exploitation high-end, se esfuerza zafiamente de exhibir un discurso social, pero sólo induce al bochorno. Rodríguez se arma de valor y se coloca el disfraz de defensor de los aliens ilegales, de los mejicanitos que cruzan la frontera y caen en la travesía o caen después, explotados en la tierra prometida, convertidos en zombis, en carne apaleada.
Comprometer en este desquiciamiento a Robert de Niro, Steven Seagal, Don Johnson o Jeff Fahey es una evidencia del mainstream de tufillo pecuniario que lo embadurna todo. Nosotros a lo nuestro, amigos: a ver cine como se debería ver de vez en cuando. A no pensar, a no sentir, a no crecer. Pasen, vean, déjense.

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12.10.10

Dios oye el ruido de mi corazón cuando late...

(Miguel Brieva)


A Dios se acude con más frecuencia de la que se debiera: se le pide que llueva o que deje de llover, que los hijos aprueben oposiciones al Estado o que el equipo de la localidad reviente la escuadra del equipo vecino. Y si la física cuántica, el azar o el trabajo dan el resultado esperado, se le dan las gracias, se postra uno ante su figura y hace la penitencia de rigor. La fe es un deslumbramiento, un vértice de luz que ilumina a quien de pronto, en mitad del camino, se siente a oscuras. He hablado de esto con buenos amigos de recto proceder cristiano y convienen conmigo en que se abusa de esa toma del nombre de Dios en vano. Que el buen Dios, allá donde obre su causa, está para otros menesteres y no parece razonable que se avenga graciosamente a las peticiones de sus usuarios, pero parece también cosa lógica que haya una providencia divina, una especie de oficina de milagros en donde se cursan los extravíos de cada uno; no vaya a ser que yo no pida y luego pierda la oportunidad. Hay desde luego unos deseos más dignos que otros. No es lo mismo pedir que un hijo sane que esperar que Fernando Torres drible a la defensa holandesa y encaje la pelota en las mallas. Y el sentido común dicta que quien no comulga con dioses debe esperar, al menos, que el milagro se produzca. Quizá porque los milagros no hacen daño a nadie y unos los encuentran en una iglesia y otros fuera de sus muros. Importa que uno sea escuchado por ese más allá atento que de pronto se ha convertido en aliado nuestro y colabora en nuestra causa. Pero ya decía el párroco, después de que sus feligreses le pidieran que intercediera ante Dios y éste, atento, afectado por la súplica, produjese la bendita lluvia: Yo, hijos míos, se lo pido a Dios las veces que haga falta, pero que sepáis que de llover no está...
Mi amigo K. ya no se preocupa de estas frivolidades, sostiene que son entretenimientos metafísicos y que los tiempos que vivimos están para pocas metafísicas. Y yo opino justamente lo contrario: a mayor vendaval, a más terrible tormenta que se cierna sobre nuestra cabezas, más deseo se tiene de Dios. La metafísica no es una disciplina estrictamente filosófica: es una rama de la economía y debería formar parte de todos los planes de estudio universitarios. El metafísico es un ser sensible que mira en su corazón y mira en las estrellas para entender el significado de lo que le rodea. El metafísico, en estos tiempos que vivimos, amigo K., es un ciudadano de a pie, uno sin pedigrí, sin talla intelectual ni zozobra en el alma. Todos somos metafísicos, todos somos filósofos, todos somos actores de esta obra extraña en la que nos hicieron participar. Y esta noche habrá quien reze para que España golee a Escocia en Glasgow y quien lo haga para que Zapatero dimita y Rajoy, en plan César, subido a un descapotable y escoltado por jinetes uniformados, recorra la Gran Vía y haga plaza en la Moncloa. Dios es de la parte popular. De la mitad de Génova. Dios debería guiar la mano del que vota cuando deposita su papeleta en la urna. Si no lo hace, ya sabemos, es porque no quiere interferir. Lo místico no casa con lo pedestre. La verdad celestial no se deja manosear por lo mundano. Yo soy cada día más mundano. De un mundano excelso. En mi mundanidad, ajeno a los vientos del cosmos, vivo muy a gusto. Hasta entra en lo posible que hoy Fernando Llorente (Torres está lesionado) le haga un siete al portero escocés. Y no sabremos jamás la autoría de ese prodigio.

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Neil Young: Le noise



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De Neil Young me quedo con Harvest, aquel disco épico que trazaba un recorrido espiritual por la América vendida en el cine que aquí, en España, nos parecía un mundo sin colonizar, una especie de territorio vírgen por el que discurrir y encontrarse uno con la esencia primera, con el primer vértigo, con esa sensación de pureza que precede al encuentro con algo trascendente. Me quedo con su aura hippie de oso gruñón que hace conciertos y hace discos como si el mundo acabase mañana. Y para este trovador incansable, el mundo termina al final de cada canción y cada disco que hace, unos muy buenos, otros buenos y alguno, en fin, angustiosamente pasable, sería el último, el que cerrara la trova, el discurso más poético dentro del ruido que produce el rock and roll cuando se enchufan los altavoces y cuatro melenudos se agitan sobre el escenario y desgranan, en zarpazos eléctricos (volvemos al oso), el corazón que les late adentro.
Le noise es un disco excepcional por muchas razones: lo produce Daniel Lanois, ya saben, Peter Gabriel, U2, Bob Dylan, que le da un aire retro, entre la experimentación acústica y la raíz más folk; lo firma sin su banda, sin sus Crazy Horse, es decir, que está menos contaminado de democracia (en el muy buen sentido de la palabra) y se deja manejar por la tiranía del genio, sin que nadie se involucre en exceso, sin que los músicos digan algo que incomode al autor. Porque Le noise es un disco de autor, uno de esos monumentos al lirismo que todo rockero se regala una vez en su carrera, y Neil lleva ya unos pocos. La edad, que no perdona, le ha hecho perder oído y le ha dejado varado en un mundo global que no tiene nada que ver con la salvaje California de los últimos sesenta, cuando empezó a maullar (Neil Young a veces maúlla) y a pedir un rinconcito en la Historia (magna) del Rock del siglo XX. Pues hete aquí, oh fatum, oh Gran Poder Cósmico, que el Jefe ha llegado al XXI en plenitud, cargado de rabia, pletórico de ruido, ruido blanco, ruido negro, ruido de industria a punto de cerrar y de planetas colisionando a mucha distancia en el esquivo cielo.
Le noise es furia: muy eléctrico, muy nervioso, escasamente interesado en baladas listas para encender el mechero o sacar el móvil en los estadios y moverlos con las lagrimitas explotando en los dos ojos. La etapa emocional está, no hay sido abandonada, pero impera el poderío del rock más primario. Neil solo en un sótano, exorcizando demonios: lo que ha hecho siempre, pero con 74 años en la garganta y todo el infinito futuro en bandeja, a la espera de que siga entregando material para los adictos y gemas novísimas para el personal recién aterrizado. Y quizá para ellos el avispado Lanois ha hecho que Le noise sea CD (primero), y luego también vinilo, CD/DVD, archivo descargable en Itunes y (ojo, viciosos del Iphone) archivo igualmente descargable como aplicación durante tiempo limitado (y gratuitamente) para el móvil de Apple. El propio Young, en un texto sacado del merchandising a propósito del disco, se excusa cuando usa la palabra album. I am old school, boys. Sólo por Peace Valley boulevard valía la pena el coste.
Es curioso: recuerdo haber comprado un disco de Neil Young (hace años, Old ways, su lado más country) e ir ese día al cine a ver una de Woody Allen. Recuerdo el disco, la portada, lo que le dije a quien me acompañó al cine sobre Neil Young y sus discos (que no conocía), y recuerdo La rosa púrpura de El Cairo, que vi en un cine de Córdoba que ya no está (Santa Rosa) con una buena amiga a la que no veo hace tiempo, aunque sé que está y que se acuerda. Ya ven: Neil Young y Woody Allen, dos buenos dinosaurios.


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La cafetera...

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Está izada sobre el mar, absurda en la distancia, como una especie de faro sin que nada indique que guíe barcos o que ilustre historias de piratas, pero de pronto anoche soñé con esta cafetera de hierro, inútil y constante, icono familiar, testigo de barbacoas en la playa, pollos argentinos, latas de cerveza y servicios de café, de conversaciones al sol, tabaco y zambullidas. Y hoy busqué esta foto y la miré a la caza de algo que el sueño me privó cuando estalló la vigilia y rompió el día. No lo encontré, pero está. De algún modo secreto y formidable, volverá en otro sueño.

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11.10.10

El pudor

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Entre quienes frecuento consta que amo el jazz, el cine y la poesía. Uno tiene esa inclinación a exhibirse y da lo mismo que sea en la barra de un bar o en un folio en blanco. Ayer K. me refirió que está volviendo a ser pudoroso. Que ahí, en esa intimidad salvada, se siente más feliz y hasta cree que hace más felices a los demás. No cuenta a nadie qué película ve o de qué serie es adicto. No hace alarde de saber de algo más que lo saben los demás y no se preocupa de que los demás le ubiquen en un gremio o en otro. Parece no importarle en absoluto la opinión ajena y se deja llevar con mansedumbre como si fuese un personaje al que el autor ha grabado firmemente ese carácter introvertido, retraido, un poco hosco si se le tensa en demasía y las más de las veces bartlebiano, rehusando manifestarse, evitando exhibirse, dando la impresión de no querer resaltar en nada y pasar lo más anónimamente posible por este mundo. Huidizo, fantasma, K. se parece al personaje fantástico de Melville. Uno a veces querría ser Bartleby y explicar tímidamente a los demás que preferiría no hacer ciertas cosas. Y llego a la conclusión de que quizá el que escribe se da en exceso: se mete en una espiral semántica de la que le cuesta salir y empieza describiendo un día de lluvia y termina contando al primero que llega cómo fue su primera comunión y si vino una prima de Burgos a la que uno quería muchísimo ya entonces. Los que escribimos tenemos estos vicios y me parece a mí que está bien que haya gente que los tenga. Si no fuese así, si el pudor fuese norma, si Bartleby colonizara el mundo, el mundo sería más triste, menos lúdico. Y yo me levanto por la mañana pensando qué historias nuevas voy a oír, qué personajes nuevos me van a abordar en la calle, en libros, en películas. Vivimos a expensas de las tramas que los otros inventan. Por eso el pudor es un cosa inconveniente y hay que descreer del pudor. Mi amigo K., en cuanto lea esto y razone un poco, vuelve a las andadas y me cuenta a pie de barra, que es donde nos gusta estar, los prodigios de siempre. Por eso escribo. Para que no se me ponga gris y Leoncio.

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1.10.10

El frío


Sospecho que entraré en hibernación en breve. Hiberno entre libros, embutido en un sillón de orejas, teniendo a mi alcance una escandalosa colección de discos de jazz y un considerable arsenal de películas de cine negro. En eso de abastecer mis vicios nunca he sido mesurado. Hay vicvios de más duro asiento, no lo dudo, más caros, más nocivos, de más retorcida cura. Siempre me incliné por el exceso. En el exceso, en ese territorio fértil y cómplice, uno vive más a sus anchas. Las mías son ampulosas. Cabe casi de todo.
En otoño, de regreso del rigor del estío, hago planes sobre las condiciones del retiro espiritual. Pienso en libros, en autores, en tramas novelísticas. Pienso atropelladamente en películas que hace años que no veo, en series que me llenaron de júbilo, en discos que no defraudan jamás. Consta en esta reflexión que no tiro de personas: no es que este escribiente sea un huraño, un solitario, un friki de sus caprichos. Sucede que para leer un buen libro, ver una buena película o escuchar un buen disco (todo bueno, bueno, bueno) no necesito absolutamente a nadie. En el resto de las actividades del alma, en la travesía de la vida, necesito amigos, padres, esposa, hijos y hasta transeúntes a los que cortesmente doy el buenos días a las ocho y veinte cada mañana. A lo mejor sí que soy un tipo huraño, uno solitario, un friki de su sillón de orejas y su pantalla plana. No sé. Se encasilla uno en un perfil y luego no lo suelta aunque le nombren hijo predilecto de su comunidad de vecinos, pero se avecinan tiempos de bonanza espiritual. El frío me estimula. El frío me carga de energía. El frío, en estas materias del corazón, me llena completamente. El frío da cuartel a mis ansias. El frío me inclina tozudamente a contemplar el espectáculo absoluto de la vida escondida en un disco, en un libro, en una película.
Y hoy, no obstante, el día arrancó casi estival sin que una brizna de frío se imponga a la sensación de que todavía se arrastra el calor por las aceras, esa impregnación de sudor incómodo en la frente, en la memoria de que los meses de verano fueron inclementes.


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Esto es mi pie, esto es el tuyo, esto la soga

  Gustav Meyrin escribió Der Golem, un librito expresionista, una manera de contar el complejo de Dios. El totémico Golem es la sustancia pr...