29.9.19

El cielo son los libros

Da miedo ver que no se lee o que no se escucha. De los demás evitamos el trato cercano, el íntimo. Leer es una actividad de riesgo. Escuchar también. Quien lee o escucha, se perturba. Se prefiere oír, que requiere una atención menor y no deja ninguna huella. Lo admirable es que siga escribiendo y se siga hablando. Que haya lectores y escuchantes. Que el lenguaje sobreviva y se expanda a su manera, a salvo de las tropelías que se le aplican, libre (cada vez más dificultosamente) del peligro de que se pudra y pervierta o de que se empobrezca y no cumple el cometido que tiene encomendado. Hay más libros que gente que compre libros y más conversaciones que gente que desee escucharlas. No se entiende que subsistan y medren en negocio las librerías. Se acabará entrando en ellas con tristeza, por verlas sin público, por advertir de primera mano el desolado paisaje de nuestra debacle como sociedad. Si no leemos es al caos  adónde vamos. De cabeza. El caos como representación de nuestro estado de ánimo. Los libros son el termómetro de la vida de un pueblo. Da igual que haya escritores (lectores inversos) mientras no haya quien lea (escritores inversos). Se lee poco porque no se prestigia la lectura. Se escucha poco porque no hay quien desee saber más de la cuenta. Es el saber el que ha perdido su cetro. No sabemos en qué recayó, qué disciplina recogió el relevo. Debería existir una asignatura en la que únicamente se aborde la animación a la lectura. En la escuela, en casa. Leer es la llave que abre cualquier puerta. No hay ninguna que no se franquee con la lectura. También podría cuadrar en este bosquejo de Resurrección Cultural la asignatura de escuchar, no solo la de hablar, la malhadada retórica que ahora han adherido al currículum como si hubiesen descubierto la cura del cáncer o como si los maestros la hubiésemos olvidado o no la acometamos con ahínco y entusiasmo en el aula, cada cual con sus mejores propósitos y sus más motivadoras actividades. Todo estriba en ennoblecer (en prestigiar, en hacer amar) el lenguaje. Es la única casa posible. Las palabras están perdiendo su asiento antiguo. Y de ahí el infierno a la vista, su espectáculo de llamas y de ceniza, su tristeza de ignorantes. El infierno aceptable, el del fuego manso, el invisible, el inapelable, el infierno doméstico del que no se tiene conocimiento y que nos zahiere y rebaja. Tal vez convenga este desánimo en la cultura, visto que no se implementan medidas (no siempre es así, hay iniciativas admirables en la clase política) ni se pone en valor (expresión muy quemada por esa nómina pobre de políticos) la empresa de construir una sociedad más solidaria y tolerante y, sobre todo, lectora. El cielo son los libros.

28.9.19

Vivir

Cuesta no venirse abajo. También a veces aguantar cuando se está arriba. Consiente uno el cuadro intermedio, esa pequeña felicidad de no aspirar a una felicidad mayor, que no siempre se gestiona con oficio y acaba pasando factura. He sido feliz, lo soy hoy a poco que lo pienso y me cuadra que seré feliz en tiempos venideros. No hay más que roer. En cuanto cuaja el anhelo del placer, eso acaece pronto, ya no se puede dar marcha atrás. No existe el mecanismo que restituye la bondad de un instante perfecto o la suma de algunos instantes. A lo sumo, cuando irrumpe uno nuevo, lo comparamos con los conocidos, le damos la bienvenida y procedemos a buscarlo. De ahí que convenga un poco de asombro. Es el asombro el que lo limpia todo. Es su seducción la que nos mantiene alerta y vivos. Es un error creer que está todo hecho y tenemos convicciones sólidas, de las firmes e inconmovibles. Debiera uno no tener certezas, salvo algunas muy fundamentales (el amor que entrega o el que recibe) y ni siquiera ese está en garantía.
La pedagogía de la felicidad es la única asignatura del alma, pero no acaba nunca su instrucción ni se tienen de ella los marcadores y los instrumentos. Es mejor no tener esa propiedad. Se vive mejor en el aprendizaje. Hace un tiempo que tengo verdadera preocupación por saber manejarme en estos asuntos. Me aplico con esmero, me entrego con ahínco, pero ando en zozobra, vuelco y caigo y me animo a ponerme en pie. Así hará el resto, supongo, tenga o no voluntad de pensar tanto las cosas y buscar un resultado satisfactoria de la pesquisa. O no hay logro estable, está bien que no lo haya, es mejor que andemos a ciegas, es buena la incertidumbre, es hermosa la búsqueda. Basta la adquisición (lenta, premiosa) de algunas rutinas. 
La de ahora en una calle de Puente Genil, escribiendo en el móvil, interrumpiendo la escritura si algo la distrae. Una mujer con un carrito enorme de compra. Una muchacha bebiendo una lata de medio litro de bebida energética (se le desbocará el corazón, se le descompondrá el orden de sus emociones). Un coche parado en la vía más de la cuenta y unos cuantos apremiándolo para que circule. Pasa un hombre de edad avanzada con una camiseta de Guns n’ Roses. Otro lo para. Conversan del partido de hoy. Lo verán en un bar. Movistar es muy caro. No llegues tarde, sentencia uno. Un imponente Jaguar con música flamenca a tope tiene un faro roto. Luego tomaremos una cerveza, volveremos a casa, tendremos la certeza (hay que guardar algunas) de que el mundo sigue girando y nosotros estamos dentro. Cuesta no ceñirse a un plan. Se pierde a veces un tiempo precioso diseñándolos. Cuesta no derrumbarse, pero incluso caer es parte del guion y la escritura es la que uno decide. Me afinco en mis palabras. Ellas me acompañan y tutelan. En ocasiones solo me entiendo cuando escribo.

27.9.19

Una pequeña historia de la piel




                                                  
                                                     Fotografía: Annelies Barendrecht

Uno está hecho a sus manos, ni piensa en ellas, las usa tan sólo. La historia entera del mundo reside en el manejo que les hemos encomendado. Las del pasado eran manos fértiles, manos que explicaban en qué ocupaba el tiempo quien las hacía moverse, manos que decían más que las palabras, manos que rivalizaban con el rostro en expresar el duro o el placentero transcurrir de una vida. Siempre las manos que saludan o las que mesan una barba o se cierran para disimular o aliviar el dolor. También las del placer, las que viajan por el cuerpo de quienes amamos y buscan y escarban y hacen que gima o que se combe. Las manos que escriban el futuro serán manos más enjutas, tendrán dedos más filamentosos, dedos pensados para que percutan una tecla o para que rocen un icono en una pantalla. Estarán menos curtidos, se apreciará menos la travesía del tiempo en ellas, como si estuviesen recién estrenadas o como si las hubiésemos sometido a un lifting de esos que están de moda y alivian la apariencia (la normalidad de la apariencia) y la rebajan del rigor de los años. En ocasiones me fijo en las manos de los demás. Las miro antes de mirar la cara o, con mayor detenimiento, los ojos o el modo de andar o la sonrisa. Me pierdo en ocasiones en la cartografía del cuerpo, en la piel, que es como una memoria de la experiencia, un testigo de lo acaecido, un medidor fiable de las emociones (las físicas, las otras) que hemos vivido.

En eso, en que lo ajeno recabe más atención que lo propio, se pierde un tiempo maravilloso que bien se podría emplear en actividades de más provecho, con mayor beneficio, aplicadas en lo de uno, volcadas en lo doméstico. En todo caso hago que mi imaginación se descarríe y conjeturo con la posibilidad de que esas manos (o un rostro o la evidencia íntegra de un cuerpo) cuenten una historia, narren (a su modo) la rutina de su dueño, si pasea mucho o no lo hace en su absoluto, si se emplea con ternura en acariciar  o si están tensas porque amagan un golpe continuamente o han sufrido indecibles avatares, penurias que no han sabido disimular y se escapan en las arrugas, en todos esos pliegues que parecen estar siempre a punto de desgajarse de la piel que los mantiene y caer dramática o patéticamente al suelo. El juego que practico es baladí, no exige un método científico, no aporta nada, quizá únicamente bosqueja una distracción para cuando acaba el día y tan sólo apetece sentarse frente al teclado y hacer que los dedos (filamentosos o anchos, largos o menguados) bailen sobre las teclas y suene la música de las palabras, esa bendición. Ese es uno de los juegos en los que más advierto el peso que están tomando mis vicios, la dependencia que me han impuesto. Al final siempre se acaba hablando de las mismas cosas.

Este hombre al que fotografía Barendrecht es una restitución fidedigna de la inexorable firmeza del tiempo. Descuida el pelo, las cejas mayormente. Se ve que no tiene cuidado en darles gobierno, en hacer que se conduzcan a voluntad de quien las posee. Se para uno a pensar en que una vez que la ceja ha adquirido un trayecto incipiente, de recorrido audaz, digamos, no hay marcha atrás. Se encrespan, se izan a su antojadizo y ciego capricho, se erigen estandartes de una vida, quizá eso sea lo único cierto. En cierta ocasión, pensé en dejarme crecer la barba de modo agreste,sin brida que la recule y fije, como un caballo que campase a sus anchas por la agreste topografía de la cara, a su aire, con su mecánica ajena, no poseída. Deshice ese deseo un poco adolescente (el de probar, el de ver qué pensarán los demás de mis probaturas) y la refrené cuando se puso levantisca. Al hartarme de ella, la recorté (me suelo dejar barba cada año) y recompuse el aspecto, que no acababa de convencer mi pequeña cuota de vanidad estética. Me comentó K. que no fuera tan precavido, no sabiendo mucho del gusto estético de los demás, teniendo el suficiente del propio. No le atendí, imagino que venció la prudencia aprendida, la de no caer en los excesos. Así que corto mis uñas, recorto mis cejas y me echo alguna crema en la cabeza, por limpiar mi calvicie del oficio del sol sobre ella. Tenemos esa idea antigua que consiste en eliminar (unos con más aplicación que otros) la erosión del tiempo. Nada más absurdo que eso, nada que nos rebaje más. Somos esa piel devastada, somos esas arrugas que nos definen por fuera. Las hay adentro. Son arrugas morales, no siempre se domeñan con igual pulso. A veces se desmandan, hacen que desbarremos, actuamos con protocolos inútiles, no decimos lo que pensamos, nos avergüenza haber llegado a la edad que tenemos. 


 

22.9.19

El camino


   A mis amigos extores, ellos saben, Joaquín y Jesús.

Me gusta pensar en caminos que no necesito andar para que me conforten. Basta saber que vienen de un sitio y van a otro. Hay vidas que son como caminos de los que no sabemos nada e incluso nada necesitamos saber, salvo que alguien las transita a diario y conducen a otras vidas que con mayor o menor frecuencia se entrelazan con la nuestra o la tocan adrede o sin vocación de roce. Todo está así hermosamente trenzado. La belleza lo impregna todo, su carta de navegación tiene todos los atajos, prevé todas las incidencias, gobierna todo el azar y todo su maravilloso prodigio de milagros. No sabemos quién dibuja o escribe, la mano invisible, el arquitecto en la sombra, el hacedor secreto. No sabemos dónde empieza el camino, el lugar en donde se transubstancia en otro. Ese es el mejor verso del poema, el que no podemos leer.

20.9.19

Antes de que mi boca sea un páramo yerto



Para Antonio Sánchez Huertas, que ama también a Beverly Marsh

Anoche soñé que Stephen King me contaba el secreto del escritor total. No uno que únicamente manuscriba  a diario un par de folios limpios y corregidos de una novela en la que ande metido, ni siquiera uno que mantenga a flote un blog y ahí vuelque sus libranza con la realidad, la dura y la blanda, la que duele y la que conforta. Tampoco el escritor ocasional, imagino que hay muchos: uno de esos que cae en la cuenta de que hace días que no escribe nada y se sienta en su butaca favorita y echa a respirar el pulmón de las palabras. Ninguno de esos es de los que Stephen King me hablaba. Los dos sabíamos cuál era el escritor total, a qué dura labranza se enfrentaba, qué debía sacrificar para satisfacer la llamada de las letras, que no se sabe bien de dónde procede, ni cuando acude y qué batalla libra con quien la escucha. Hoy, al despertarme, poco después de preparar el café y esperar que humee y poder servirlo, me he abalanzado al ordenador con la fiereza del que desea probar un objeto mágico, por ver si la maquinaria íntima de sus engranajes funciona y la luz torna sombra si lo agitamos o las palabras exactas brotan de nuestra boca cuando se precisan, como si fuese otro el que nos las arrimara al pronunciarlas. No me he convencido del todo del fracaso, pero me da que tardaré poco en cerciorarme plenamente de esa certidumbre. Tengo otras. Las cojo y las desecho según la necesidad que me acucia. La de escribir es una de las que no debería producir desconsuelo. No es una necesidad en sí, no flaquea la salud si no se ejerce, tampoco se mejora cuando se procura su uso, pero el veneno de las letras, una vez inoculado, cuando corre por ahí adentro, lo emponzoña todo, lo impregna todo. Estaré alerta por si de pronto recuerdo con nitidez lo que me dijo Stephen King anoche, en un sueño del que ahora sólo transcribo retazos, pequeños grumos, polvo de ese limbo oscuro. Algún día, quién sabe cuándo, tendré una iluminación, se dice así; tendré una epifanía de las que duran después y no se comban ni se pudren. Esa epifanía me traerá las palabras del maestro y yo sabré entonces cómo ser el escritor total, el que no tenga desfallecimiento y sepa que ha venido al mundo a dejar esa huella junto con otras, pero la huella de la escritura es hermosa y hay que aprovecharla si sabes que tienes ese vicio y va contigo y habla contigo y te escucha cuando duermes. Bendito Stephen King en mis sueños, bendita su voz clara de escritor sin desmayo. Yo aspiro a escribir menos, no puedo igualarle, tal vez ni asomarme a una porción pequeña de su elocuencia y de su prolijidad, pero yo quiero seguir escribiendo, no quiero que me venza el desánimo, no quiero que un día no sepa qué decir y mi boca sea un páramo yerto. Es un bonito título para una novela. "Antes de que mi boca sea un páramo yerto". Me lo pido. Ya lo tengo. Es mío. Ya tengo mi iluminación del viernes. Gracias, Stephen. Te espero esta noche en un sueño. Ojalá vengas y me confortes y me ilumines.

19.9.19

Érase una vez... en Hollywood




1
Hay que faltar a la verdad de vez cuando, hacer que la ficción manifieste su policromada cadena de causas y de consecuencias. El autor de esa trama esclarece las partes oscuras o las sublima: las convierte en literatura. Tarantino, además de cineasta, uno de los más grandes, es escritor. No siempre se dan esos dos perfiles del talento creativo, el de dirigir y el de escribir. Ambas actividades corren parejas en él, toma una de otra. Sus piezas son teatrales, prima la conversación, prestigia el diálogo, donde es un maestro. Hay en sus películas personajes que trascienden el evidente curso de la historia, alcanzando un aura mítica, idílica. Son, por decirlo sin más adorno, arquetipos, piezas desgajadas de la personalidad arrolladora de su demiurgo. Así que coge a Rick Dalton y lo enfrenta a sí mismo, hace que piense en qué ha sido de su aureola de actor grande, famoso, todo eso, si merece la pena seguir en la brecha en películas menores en donde hace de malo continuamente (un villano con pocos matices, al que al final siempre abaten, lo cual es una rebaja moral, un desprecio) y al que nadie va a recordar, por añadidura. Lo vemos en casa,en la intimidad que nadie ve, salvo el espectador, en su butaca, el voyeur perfecto, preparándose un cocktail y recitando las frases que luego debe declamar en los estudios, cuando digan acción.  Más tarde en su caravana, tras haberla pifiado en un rodaje, lamentándose, conminándose a no beber más y tener la cabeza despejada. También en la piscina de su chalet a las afueras, muy plácidamente sentado en una colchoneta, tomándose un whisky y declamando, poniéndose en situación, trabajando antes de trabajar de verdad. Como si fuese su primer papel y tuviese que demostrar a todo el mundo que está en disposición de zampárselo. En cierto modo, Érase una vez en Hollywood habla del fracaso o de la posibilidad de levantarse una vez que uno ha caído o ha sido derribado, nunca sabremos qué hizo a Rick venirse abajo. También habla de la esperanza, aunque aparezca al final (nada de spoilers) y como casi siempre por una casualidad, por esa cadena causas y de azares y de consecuencias de las que cosas que nos rodean y de las que no tenemos gobierno. Rick Dalton y Cliff Booth (asombrosos Di Caprio y Pitt) acometen la aventura de adaptarse a un mundo que declina. Ya no son estrellas, una a la luz y otra en la sombra, ni tienen conciencia de que su trabajo está a la altura de antaño. Son fantasmas en una industria que avanza más rápido que ellos.


2
Tarantino ha ajustado cuentas con el western, con la blaxpoitation, con el grindhouse, con el noir, con las artes marciales o con el cine bélico. Su cine proviene de las galerías de videoclubs y no ha salido de ese marco de referencia. Tampoco en Érase una vez en Hollywood, su novena entrega. Sumergido en esa rendición cinéfila, era cosa de tiempo que facturara una cinta que se ocupara del cine, donde cuajará la melancolía de los años gloriosos, cuando no existía el streaming, cuando la pantalla grande era el único santuario y el templo más fiable. Ahí creció el niño enamorado de la literatura pulp, de la serie B y de toda la música impregnada en ese torrencial equipaje de vivencias. Porque la ficción puede cancelar la realidad y confirmar una realidad alternativa, elegida adrede, mimada en soledad, festejada en la soledad y compartida después. Ese es el cometido esencial del arte.


3
Se puede hacer una historia sin que haya historia alguna o, en todo caso, componiendo un mural con decenas de historias que ni siquiera tienen que ensamblar, lo cual es legítimo si lo que se cuenta (siempre hay un relato, el relato es una instancia superior a la trama) hurga en las emociones, en la memoria. Érase una vez en Hollywood es una película sin historia, no le hace falta, documenta una manera de vivir, ausculta una sociedad concreta, registra las vidas de unos personajes que evocan una época, más que otra cosa. Es redentora también, una especie de tributo, un documental que no lo es, una deconstrucción heroica de un mundo en el que los héroes encuentran su fracturas y piensan en ellas y se duelen por dentro. Se permite contar la historia que todos sabemos (Charles Manson, Sharon Tate, Helter Skelter, etc) del modo en que podría haber sido. Omite la parte cruenta, la registrada, aunque monta una en paralelo, esa digresión violenta que tanto le gusta. Tarantino se concede la facultad de describir un mundo en decadencia, el del cine de los últimos sesenta, antes de que otro Hollywood, no necesariamente peor, ni menos brillante, pero despojado de casi cualquier atisbo de impostura, a salvo aún del arrimo tecnológico. El documentalismo de la película es de una intimidad que desconcierta. Podría durar cinco horas más, pero sin que se tocase una brizna de su esplendoroso (poético y sublime) final. Ahí uno se reconcilia con la fábrica de sueños que es el cine. Da igual la morralla que a veces uno se trague (hay necesidades confesables; otras, no) o la cantidad de tiempo que haga que no ve una verdadera obra maestra. Importa ese dedo que toca tu corazón y te hace sentir de nuevo. 
4

Una de los placeres de escribir es el de no saber qué hay más allá, ni siquiera si ese territorio nos pertenece y tenemos gobierno sobre él, aunque dependa de nosotros, los que escribimos, aunque se colija que no es de nadie más, salvo (tal vez) el lector, que aporta un instrumento externo. Por eso es bueno que el espectador (en este caso) sepa que la casa en la que comienza la historia, la de la estrella en horas bajas Rick Dalton, está justo a la vera de la de Polanski, en Cielo Drive. A partir de ahí hay que abrir mucho los ojos y estar alerta porque Tarantino empieza a disparar balas de memoria; no recurre a su largo discurrir digresivo, prescinde en parte de esa habilidad suya para que las palabras dancen a su antojadizo vuelo y escriban la trama sin tener a veces que contar nada. Porque hay diálogos de Tarantino que no salen de ningún sitio ni van a ningún otro. Él mismo (Tarantino) se retrata en la cinta: construye una imagen de sí mismo, del yo igual a otros que crecieron imbuidos en un tipo muy particular de iconografía cinematográfica y en un tipo muy particular también de banda sonora. Todo su cine es una rendición a esos patrones, un homenaje continuado a su memoria.
5
Hay un convencimiento entre quienes amamos el cine que no admite discusión. Se puede aplicar a la literatura sin que se rebaje uno solo de los argumentos aportados. Las dos disciplinas privilegian las historias. También se puede añadir otro: el de la manera en que se cuentan. El buen y la buena literatura pueden escoger argumentos pequeños y hacer que todo fluya y hermosee. Grandes historias se malogran por no encontrar conducto fiable a través del que contarla. Tarantino (a decir de los que lo amamos y de quienes no) es un buen contador de historias, aunque todos (unos y otros) aceptemos que le encanta escucharse a sí mismo. Érase una vez.. es una pequeña obra maestra. Es cine contado por un amante del cine. No siempre ocurre. Hay que amar a Tarantino. Es un genio. Además sabe mucho. Hay gente del cine que ama el cine (Scorsese, se me ocurre ahora) y gente que trabaja en él y lo hace con dignidad y oficio. Tarantino es un obrero concienzudo. Escuché que dejaría de hacer películas. No creo que mienta. Me lo imagino viendo cine. Ya está. Solo eso.

17.9.19

Libros como salmos

Con lentitud, sin que se aprecie la mudanza, la ciudad se prepara para el otoño. El frío hace que se abran las ventanas de las casas y el arrullo del verano no es más que un rumor sin peso, algo soportable tras su saña en los meses anteriores. La noche irrumpe con una dulzura novicia que invita a pasear y a sentarse en las terrazas. Ahí es donde el día empieza a claudicar. Luego regresamos a casa. Se tiene en ella entonces la impresión de que acudimos a una especie de tregua en donde la realidad aduce sus excusas con timidez, un poco con la ligereza de quien sabe que repite un gesto antiguo que domina, pero del que no presume. No hay noche en que no bendiga la invitación al sueño. Por descansar. Por retirarse. Por no estar a sabiendas de que se regresa. Incluso por soñar, que es una perseverancia involuntaria del escritor que todos llevamos adentro y que no siempre prorrumpe, ni se tiene certeza de que exista.

No sé qué personaje de Borges dijo no saber soportar la vida eterna, la repudiaba por insoportable. Son cosas de los personajes de Borges. Algunos no tienen nada que ver con el que lee, los miramos desde una distancia segura, sabiendo que no hay nada que digan o hagan que pueda afectarnos y cambiar nuestro modo de vivir. Quizá debiéramos permitir esa intromisión narrativa, la de los personajes que no se nos parecen, pero a los que admiramos secretamente, como si hicieran algo que nos estuviera vedado en nuestra rutinaria existencia. La literatura es una lujuria intelectual. Cuando todo se nos pone en contra o cuando todo se torna gris, da igual el orden, pueden concurrir ambas cosas al mismo tiempo, de hecho suele suceder esa circunstancia, deseamos que la literatura nos salve. Siempre estamos en peligro, siempre anhelamos que alguien nos rescate. Hay quien confía a Dios esa empresa. Yo se la entrego a los libros. Mi biblioteca es una catedral. Anoche me postré y oré. Abrí la ventana y dejé que entrara el fresco de la noche. A lo lejos ladraba un perro. Creo que es el mismo que ladra ahora.

12.9.19

etc

la verdad impone su íntima persistencia, pero dónde están las palabras verdaderas, dónde los inviernos, las constelaciones reclamando un verso en un haiku, un verbo en un salmo, una hendidura en el texto, dónde estamos a salvo de la república del polvo, en verdad os digo, ah cómplices, que no habrá ciudades al final del camino, estaremos solos en un páramo, solos en el vasto dominio del vacío, en la niebla, en la oquedad de los cuerpos cuando se aman y se vuelcan enteramente, no dejando adentro nada salvo (quizá) un átomo rudimentario, uno de esos átomos que son en sí mismos un universo que no podríamos abarcar ni aunque no tuviésemos otro oficio sino el de mirarlo, estaremos ocupados en contarnos la verdad que nos arrebataron, la esencia, lo puro vuelto hacia lo que no lo es, flirteando el cosmos con mi pequeño vals de conjeturas, el vals con la hierba en la boca, el vals oscuro que busca un corazón en el que perderse, sobre el que dispersarse,  pero no está el mundo preparado para el vals, ni siquiera uno pequeño, el mundo es de los que gritan, el mundo es de quienes hacen que las palabras, incluso las más dulces, descarrilen en el aire, me he contado muchas veces las razones por las que sigo buscando las palabras, no encuentro nunca las razones, están ahí, están adentro, pero el diálogo se pierde a poco de empezarlo, voy montando las frases, me voy diciendo la trama hasta que de pronto advierto que no hay trama, todo es un ir diciendo sin concierto, un ir trayendo las palabras, escribo porque no se me ocurre que haya nada con lo que me sienta más confortado, escribo para contarme la verdad, aunque se obstine en escaparse, en no dejarse abrazar, ni amar, ya puestos, escribo amontonando las palabras, esto mismo que ahora hago no deja de ser una evidencia, la verdad impone su íntima persistencia, pero dónde están las palabras verdaderas, yo no las he pronunciado, he ido confiscando palabras, robando palabras, las palabras las robamos, creemos que son nuestras, pero todo es prestado, este vals de jueves de feria en mi pueblo es primerizo  y es prestado, da igual que tenga en la cabeza mil dolores pequeños, unos empujando, buscando su sitio en mi cabeza, otros, los menos, apaciguándome, hay dolores que confortan, leí que el dolor es una forma de conocimiento, fue en la la sala de espera del dentista, no sé ahora quién lo dejó ahí escrito, en una revista de las que ponen en la sala de espera, antes de que el hombre de verde te haga abrir mucho la boca y te haga pensar en la infancia y en el ajedrez, en la música de Carlos Gardel o en las cosas que vas a comprar en el súper, todo por no pensar en el hombre de verde y en su instrumental y en tu boca, no emití ninguna palabra, fui gutural, es un gusto la guturalidad, expresa a veces lo que no sabe la razón, no hubo monstruos, me durmieron la boca, me robaron no sé cuántas palabras, las fui diciendo después, conforme la tarde iba avanzando, lo que cuenta es la actitud, saber afrontar el dolor como el que asume el vértigo, como quien mira de frente la fiebre y la acata, no hay que pensar mucho, dejarse llevar, las palabras me van diciendo lo que estoy intentando explicar, aunque no importa, en realidad qué importa, nadie va a llegar al final del texto, incluso los que lleguen al final no lo hacen enteramente, creen vislumbrar un sentido del que yo mismo carezco, no conozco ningún texto al que yo le haya extraído el sentido, me muevo en sombras y hacia las sombras me dirijo, acabo porque no creo haber empezado nada, no se puede salir de donde no se ha estado, etc

11.9.19

Playas vírgenes



(Tom Gauld)

A veces no cuenta ponerse a la gresca, hacer ver a los demás quién es uno, a qué se enfrentan, hasta dónde es capaz de llegar y toda esa trama de frases con las que hacemos frente a la realidad (tan levantisca en ocasiones) y de las que nos valemos (mal casi siempre) para evitar que nos aparten o nos pisen o nos ninguneen, cosa que no sucede tantas veces como pensamos. La opción generosa (la que irradia bondad y armonía y todas esas palabras dulces que llenan los libros de autoayuda) es la de no envalentonarse con nadie, no caer en la provocación o, caso de que se nos empuje a ella, zafarnos de su veneno, no hacer ver que estamos preocupados o enfadados o coléricos. El verbo que siempre escuché es  "montar en cólera". Como si fuese una especie de caballo salvaje que nos zarandeara y no tuviésemos gobierno de nuestro cuerpo: así es la cólera. Alguna vez hemos sido jinetes en esa grupa, la de la cólera, no sé si muchas veces, pero no ha llevado a ningún sitio, salvo al suelo por obra de las maniobras del caballo. Tampoco se tiene conciencia precisa de que la bondad abra todas las puertas y nos conduzca al bienestar al que anhelamos. Lo ideal es hacer como esos bañistas que ocupan la playa, esa muchedumbre de la viñeta del estupendo Tom Gauld. Vamos, estamos, regresamos. Son las mismas cosas las que hacemos, si se mira en detalle escuchamos las mismas consignas, poseemos los mismos gustos y compartimos las mismas representaciones de esas consignas y de esos gustos.

Convivir es el otro verbo del que se me ocurre que podríamos hablar. No sabemos convivir, no se nos instruye con eficacia, incluso pareciera que es la pedagogía inversa la que opera con nosotros: la de enseñarnos a buscar un pedacito de playa en donde poner la toalla y defender ese territorio con todos los medios a nuestro alcance. Son cosas que hemos visto. Se puede matar al vecino de arena  si nos coloca la sombrilla demasiado cerca. Hay quien se enciende por menos. En realidad no es el hecho fortuito y un poco intrascendente de la sombrilla clavada en donde no se debe en apariencia, son más cosas, es mayor el daño y la sombrilla lo que hace es romper la tela en donde uno va guardando todas los enfados y todas las injusticias que se cometen a costa nuestra, las de verdad (algunas habrá) y las supuestas, las insostenibles..

Luego hay otro argumento que podría aducirse para abrir el campo teórico de esta reflexión. Me pregunto por qué todos tenemos que ir a la playa. Incluso a la misma playa. La idea que ronda la imagen de Gauld es la utopía invisible (a lo visto) de que tengamos aficiones diferentes y seamos personas diferentes, pero somos iguales, hacemos las mismas cosas y vamos a los mismos sitios. Tenemos esa inclinación perversa en el fondo de no tener iniciativa propia, por si no cuadra con lo esperado o por si no tiene comentarios en trip advisor, ese fantasma del turismo que nos estandariza y nos mueve a frecuentar unos lugares y no otros. Estamos a expensas de un logaritmo. Vas a la playa y aunque no te des cuenta es un logaritmo el que ha tenido parte en tu decisión, unas veces más, otras menos, pero siempre hay algo, una rémora binaria, una especie de fantasma de la máquina. Es mejor convivir en la diferencia, no en lo que nos hace idénticos. Tal vez monte uno menos en cólera si en lugar de ir donde la masa (ese concepto clásico, tan amplio) decide campar por libre, buscar sin saber del todo qué va a encontrar, ser viajero más que turista, como recomiendan algunos con razón. Es difícil, lo es cada vez más. Uno quiere ver el Puente de Carlos en Praga o el Louvre en París o la Judería de Córdoba, pero comparte ese deseo con prácticamente el resto del mundo que puede permitirse ir a Praga, a París o a Córdoba. Quizá ya no queden playas vírgenes. 


9.9.19

Adrede

 Escribir muy adrede

Está la historia previsible, pero hay otra debajo. Tiene barcos hundidos o a nada de hundirse, pájaros con solemne vocación de fuga en una avenida a altas horas de la noche, hombres tristes que desvarían en su tristeza y fabulan delirios, sueños espléndidos que se malogran al poner el pie en el día, un cielo de una pureza que aturde a la caída de la tarde. De lo que se trata es de registrar lo que no es previsible, de enloquecer el pulso y manuscribir todos esos prodigios. El propósito final es desquiciarse a sabiendas. Escribir muy adrede.

Frío
El invierno conquista mi corazón y lo invade de milagros. Inexplicablemente salgo al frío con la emoción que no me visitaba ya casi nunca, la que parece reservarse para otros asuntos que, en apariencia, revisten más relevancia y trascendencia. El frío, ese pequeño milagro de la mecánica de los astros, me bendice y me cubre. Anoche hubo frío, algo que entraba por la ventana y me besaba. Vehemente, explico mi alborozo hoy a quien lo percibe. Le cuento los detalles, le abro el pecho y le dejo que escuche. Tengo frío, les digo. No comprenden. No tienen frío, será. 

Resaca
La boca sabe a resaca. Un ángel es un poeta más ebrio de lo previsto. El cielo es una conspiración de borrachos. La eternidad es una resaca permanente. 

Samsa, H.H. y algunos más
Sentí que me invadían las algas. Creí que era un personaje de Lovecraft. Temí que me viese Kafka y me mandase a consolar a Samsa. Temí que Humbert Humbert me dijera que mató a Lolita y la tiene en un jardín de una casa que ha alquilado a las afueras y en donde, entre el llanto y la satisfacción de la venganza, escribe una novela. 

Catedral
Soy una gárgola. La catedral me crece debajo. 

Riografía
a M.C.
El río también es un poema.

Arte poética
La caligrafía es siempre el cuerpo, su pulso herrumbrado, la sangre demolida 

5.9.19

Un buen día

A la ternura de la que uno dispone se le envalentona a veces la rudeza, cierto apresto brusco que no siempre es voluntario, ni siquiera razonado, sino que acude sin que se le haga concurrir y toma los mandos de la situación. Por mucho que uno se cuide de que no irrumpa, por más que piense en él y lo aparte como buenamente se le ocurra, termina por hacer acto de presencia, a perjuicio nuestro, siempre a nuestra contra. No vale lamentarse, no va a ningún lado que repasemos qué pasó y el porqué de esa repentina representación de la fuerza, del grito sucio, del gesto airado o de la cara contraída, como si un fuego la estuviese quemando. Es mejor, me dice K., no enfadarse por nada o enfadarse por las menos cosas posibles, por las fundamentales, dejar correr lo que nos perturba, no dar cuartel a la ira, que va y viene a su antojadizo capricho; no subirse a la parra (me encanta esa expresión) sin antes discutir hacia adentro, por si se enciende alguna luz, siempre hay alguna que prende si le damos el tiempo o el empeño suficiente . A fin de cuentas todo vuelve a su cauce. El bueno vuelve a ser bueno y el que no lo es (como si hubiese una estadística de eso) vuelve a no serlo. Hay una especie de termostato moral por ahí adentro. Ayer no hubo (pongo por caso) ocasión de que se agite ese instrumento de cálculo. Hay días que no dan oportunidad al desencanto, discurren con absoluta normalidad, tampoco sabemos con certeza qué es normal o qué no, cambian las valoraciones según el ánimo. En esos días de bonanza la maquinaria de la realidad funciona a tu entera satisfacción. Ni siquiera el calor que todavía nos castiga te parece reprobable. No se origina cerca tuya incendio alguno que precise tu intervención. Ni hay fuego afuera ni adentro. Esos son los peores. Los incendios interiores. Una vez se pone uno a hervir, cuesta volver a la situación térmica de la que partiste, que no siempre es la idílica. Puedes ampliar tu capacidad de combustión, puedes arder después de haber ardido o incluso puedes seguir ardiendo cuando no crees que quede nada que quemar, pero insisto en lo de los días felices, los que no convocan accidentes, ni diminutos ni grandes. Faltan jornadas como ésas, no son frecuentes: las que no tienen nada absolutamente maravilloso que disfrutar ni nada absolutamente terrible que lamentar. El de hoy no es reseñable aún. Queda un trecho suyo por recorrer. Esta noche se hará balance, se contarán los incidentes, se pesarán y dará nombre. Vivir es una aventura inagotable. Tal vez no haya que preocuparse en demasía por los reveses, todos esos infortunios o calamidades o percances que sin nuestra aprobación nos acechan y alcanzan, ni alegrarse sobremanera por la felicidad eventual que nos ocurra. Vamos así escalando la dudosa luz del día (como dijo el poeta), vamos festejando la dicha de estar vivos. No hay más, no hace falta que haya más. En adelante voy a esmerarme en enfadarme cuanto menos mejor. En cuanto me acostumbre y disfrute de esa holganza espiritual, no podré regresar al modo brusco, no permitiré que la mala idea (hay tantas, son tan fáciles de adquirir) me conquiste.

Jueves

Sector Sur
Años entonces felices  de sábados con trenka, doce canicas en el bolsillo y cromos del Atleti, cuando Leivinha y Gárate. Trajo más tarde la vida la turbia evidencia de su incierto propósito. Llegaron Kafka y la solemnidad de los saludos y el corazón no fue blando de nuevo. 

Biografía
La resaca de los años, tan propensos a mermarme.

Escarceo
Habiendo alumbrado ya las probaturas suficientes, se reivindicó frívolo, entró en un todo a cien y llenó un carrito de mano con rimel, lencería china barata y lápiz de labios marca Amor. Pagó en metálico, por no dejar indicio de la visita.  Luego llegó a casa, voló a hurtadillas al dormitorio, se miró al novicio espejo e improvisó un gesto almibarado, un poco juguetón, como de cría recién enamorada. Se sonrió satisfecho y entregó la tarde a afinar posturas antes de que llegara su esposa y le pillara en un desliz con el colorete. 

4.9.19

Miércoles

Luz
La luz fluye desde la respiración primera, leve pulso, signo animal, único testigo fiable del tiempo.

Música
Yo tensaba el plectro del alma. Tú observabas la tarde demorarse en las cuerdas como un pájaro.

Plan
Ocuparse de una vez de uno mismo

Esponsales
Vastos y nocturnos, fieros y secretos, copulan invisibles jinetes para que el mundo vibre.

3.9.19

Martes

Calendario
Estar solo es militar con lo póstumo.

Regreso
Volver a casa con el silencio dentro como una música.

Biografía
Los días precisan su obediencia, el acatamiento de su discurso, la anuencia de su herida.

Fin del verano
Una urgencia me escala el pulso, lagartija invisible me nubla la sangre.

Leivmotiv
Algún precio ha de pagarse, aunque sea por vivir tan en precario.

Amanecer
¿No asombra este esplendor, esta vigilia de belleza pura y perfecta, esta herida prudentísima?


275/365 Truman Capote

  "Bueno, la obvia conclusión es que con el tiempo acabaré matándome" (Truman Capote, en una entrevista televisiva en 1978) Érase ...