31.3.20

Maestros



No sé la de veces que he admirado esta fotografía. Hay pocas que me eleven más el ánimo cuando decae. Es una de las representaciones más sencilla de la felicidad que pueda verse. No sabemos de qué se ríen, no tenemos más información que la evidencia de que lo están pasando bien en un grado extremo, pero hay un trasvase entre la fotografía y el que la mira y se acaba inundado de alegría, que es una felicidad pequeña, de andar por casa. El oficio de maestro, el que ejerzo, del que vivo y el que me hace vivir, en cierto sentido, da la posibilidad de que asistas a momentos así. No se organizan, no están programados; tampoco hay una manera previsible de hacer que se produzcan, pero de vez en cuando ocurren y se alcanza ese sentimiento de complicidad absoluta, de alegría brutal también, en el que el tiempo de ellos -recién empezado a andar, limpio y puro - y el nuestro - ya avanzado, con sus muescas y sus rotos - se une. Digo que no es algo que suceda a diario. Quizá ni siquiera esté bien que suceda a diario. Todo lo que se convierte en rutina pierde su deslumbramiento, su capacidad de seducción o de fascinación. Y digo también que yo he visto muchos como éste. He visto cómo se dejan la vida en la risas, en los juegos; cómo transmiten paz y armonía y cien cosas más que no sabría contar ahora a los que observamos desde afuera. Y sé también que no es afuera del todo. Los maestros, que somos afortunados en tantísimas cosas, vivimos con ellos y somos, en parte, considerando la imposibilidad de lo que digo, niños o niñas que se ríen cuando ven en la pantalla algo que les gusta, cuando los juegos del patio son la única verdad del mundo, cuando la vida es limpia y es pura y es hermosa. Y eso es precisamente lo que nos han quitado. Han cerrado la escuela y abierto los ordenadores, que son una herramienta útil (mucho, a decir verdad) pero huérfano de afectos, fría y reacia a todo lo que es verdad y convivencia pura. Por eso irrita que andemos los maestros en estos días de confinamiento tan de boca en boca. Hacen mal en criticarnos los que hacen. No saben que, en el fondo, es a ellos mismos a los que se están criticando. Ignoran que es en nuestras manos en donde está el futuro de un país. Que seremos mejores o peores personas por los buenos o malos maestros que tuvimos. No todos serán sensibles, tal vez alguno se aparte y no concite la admiración ajena, pero la mayoría trabajamos con infinito amor a lo que hacemos. 

El maestro, el bueno, contagia felicidad. No creo que exista una transmisión de valores, formativos y cívicos, sin que la impregne la emoción de sentirse feliz haciéndolo, y los maestros nos sentimos felices en nuestro trabajo. Esa apreciación se nota más ahora, que no podemos asistir a él. El entusiasmo es el combustible de la educación. Educar es conseguir que la voluntad del niño, sus deseos, sus esperanzas, se amolden y se integren con los deseos y las esperanzas de la sociedad en la que está inmerso. Eso de la prosperidad y del mundo mejor que en ocasiones airean los políticos, henchidos de gozo, conscientes de estar diciendo las grandes palabras, no es un milagro, uno de esos prodigios del azar. El mundo, si va hacia un estado mejor del que posee, será por el concurso benefactor de la escuela, que es una especie de gran teatro en el que se mueve el maestro, que es un actor y desempeña todos los matices de la trama. Se adquieren esas formidables cosas si se van buscando desde edades tempranas, si la escuela, la escuela pública, de esa es de la que hablo, fija en su organigrama un pensamiento inamovible, uno que prime la imaginación, la originalidad, que fomente lo creativo frente a lo predecible, que haga madurar a quien estudia incitándole a confiar en el maravilloso juego que supone el estudio si lo hace con la libertad de la imaginación. Pero la escuela de hoy en día cree que la creatividad es un obstáculo, concibe al creativo como un elemento díscolo,  poco o nada integrado en la obediencia debida al profesor. Quizá se le respete más y se le observe más, con todo lo bueno que trae observar con detalle y registrar lo observado, si el profesor permite que el camino no sea únicamente el que marcan las pautas o el que cae del cielo invisible de la administración, tan obcecada en las estadísticas, tan alegre en ir dando palos de ciego. Los palos de ciego a veces sangran. 

Una de las obsesiones de la escuela es la de crear trabajadores del futuro, personal cualificado en el desempeño de los oficios que hacen que un país progrese. La escuela está pensada, desde donde sea que la piensen, para que restituya a la sociedad personal capacitado para que todo siga girando y no se rebaje jamás la formidable idea del bienestar. ¿Es malo todo eso? No, si se aliña con la diversión, si se viste con la originalidad, si se cocina con unos cuantos ingredientes traídos de casa, sin necesidad de que estén organizados en un papel colgado en un corcho. Si el maestro es feliz hará que lo que enseñe irradie felicidad, pero la felicidad del maestro, incluso la del más optimista y de una profesionalidad más orgánica, más pura y más viva, está continuamente zarandeada por quienes lo evalúan, por todos los que experimentan con su trabajo, con su amor indeleble hacia las disciplinas que trata de enseñar y con su absoluta convicción de que está en posesión de la verdad más redonda, la que menos se puede malograr por las embestidas de la injusticia o  las modas del poder, la de la escuela como un bien irreemplazable, la de una especie de santuario laico de conocimiento, libertad, progreso y cordura. Falta cordura en el mundo en el que vivimos. Si alguna vez se aprecia que ha vuelto será porque algunos maestros han contribuido a que acuda. Ahora que las escuelas están cerradas, pienso que nunca han estado más abiertas. Se habla de ellas como casi nunca se ha hecho. Se habla de los maestros también, lo cual no está mal. Por una vez no es para decir qué buenas vacaciones tienen o si alguno ha sido vapuleado por algún alumno díscolo. Disruptivo, dicen ahora, qué bien está cambiar la velocidad de las palabras, su concurso en la conversaciones.

Por eso me parecen bien el Google Classroom, el Skype, el Moodle  y cualquier otra herramienta habilitada para dar clase, todas contribuyen a que el marasmo no sea mayor, pero ninguna hará que un alumno ría con el corazón, mire al maestro con afecto, sienta que se le está llevando de la mano con respeto. Porque eso hacemos los maestros, muy resumidamente expresado: cogemos la mano de un niño y, pasado un tiempo, la soltamos. Ya la cogerá otro. La vida es una sucesión de gente que nos coge la mano y gente a la que se la cogemos. Nuestro trabajo es así de emocionante. La tecnología, la reclutada ahora para que este confinamiento no cancele el aprendizaje de un modo irreparable, es un milagro a nuestro alcance, pero no da con la clave verdadera, la del espíritu, la de los sentimientos. No se aprende si no hay emoción. Lo han dicho mil pedagogos y lo dirán mil más. Quienes no acepten eso, maestros, padres o cualquiera que entre en la discusión, están mirando hacia otro sitio o no han entrado jamás en una clase y han visto trabajar a un maestro. Lo que es un milagro cotidiano es la escuela. Ahora nos la han cerrado (consecuencia de esta anomalía que se ha cruzado en nuestras vidas) pero sigue funcionando. No estamos allí presencialmente, pero procuramos (desde casa) hacer que un poquito de ella llegue a las casas de nuestros alumnos. No es fácil, yo creo que incluso es enormemente complicado. De ahí que el trabajo se haya duplicado para los maestros. No es que echen menos horas de labor: son las mismas, repartidas de otra manera, organizadas de otro modo. Merecemos una consideración mayor en la sociedad. No la tenemos, en eso no hay duda. Quizá se nos acabe concediendo esa distinción moral. No, como en Japón, para que se nos reverencie cuando vamos por la calle como una autoridad de la sociedad, sino para que no se nos zarandee y desprestigie y piensen que nuestro oficio no es nada del otro mundo. Qué error. Nuestro oficio es uno de los más hermosos. Algunos salvan vidas, se ve hoy en día. Lo que se nos ha encomendado a nosotros es a construirlas, una vez que se han salvado, cuando han sido arrojadas al mundo y están perdidas y no hay una mano que las guíe. Ese es el contrato que hicimos cuando aprobamos una oposición y nos dieron las llaves de un aula. Ya mismo volveremos a ellas. 

30.3.20

Miedo







"¿El miedo? Ha influenciado en mi vida y en mi carrera. Tenía cinco años cuando lo descubrí. Era un domingo por la noche y mis padres fueron a dar un paseo. Estaban seguros de que yo iba a dormir hasta su regreso. pero me desperté, llamé y nadie respondió. A mi alrededor sólo existía la noche. Me levanté a la cocina, encontré un trozo de carne fría y me puse a comerla mientras me secaba las lágrimas"

(Alfred Hitchcock)

No sé cuándo descubrí el miedo por primera vez. Se tiene de las primeras veces una idea brumosa, que no siempre se ajusta a la realidad y se acaba corrompiendo, convirtiéndose en otra cosa, no siempre fiel a la que vivimos. Tuve miedo de un pasillo oscuro hace mucho tiempo. La aventura consistía en avanzar por él y lograr acceder a la puerta del dormitorio, abrirla, encender la luz y cerrarla. El miedo quedaba tras ella. No recuerdo qué edad tenía. Luego vinieron otros miedos, quizá no tan físicos. No era la cercanía de una presencia hostil que me amenazara, ni la ominosa sensación de que era inminente el advenimiento de algún tipo de catástrofe. En ese aspecto, fui un chico fuerte. No soy fuerte ahora, no como debería. No creo que haya nadie fuerte. El miedo que nos circunda es tan sutil que no nos desboca el corazón, ni nos sobresalta en mitad de la noche, pero tiene otras maniobras de intimidación. Tenemos miedo a no saber qué pasará mañana, eso viene con la edad. No es una angustia certera, no se le puede asignar un rostro o un discurso: planea alrededor nuestro, nos ocupa un rato la atención y luego se desvanece. Parece irse, pero anda por ahí, agazapada o bien a la vista, da lo mismo, alerta, pendiente de cualquier debilidad nuestra para abalanzarse de nuevo. Se tiene miedo al aire en estos días y nos quedamos en casa por mandato gubernamental. Tendremos miedo cuando abramos las puertas y salgamos. La calle será el pasillo de mi infancia. El monstruo andará ahí, no se impacienta, ni se distrae. Pero no es al aire a lo que le tenemos de verdad miedo, ni al virus danzando dentro suya. No es el miedo a infectarnos, no es ese el temor principal. Tememos que al abrir la puerta y salir en tromba a la calle, no todo sea tan feliz como esperábamos. Es miedo a que el ansiado regreso a la normalidad no cumpla las expectativas. Es a nosotros mismos a quien tememos. A nuestro alrededor solo existía la noche, como relata Hitchcock. Nos dejaron solos y nos despertamos, fuimos a la cocina y encontramos un trozo de carne fría, que engullimos mientras nos secábamos las lágrimas. La vida irá en serio más adelante. Mientras esa circunstancia concurre, la de salir, la de pasear las calles y volver al trabajo y a la rutina, seguimos confinados. El frigorífico está al final del pasillo. La noche está oscura. Nos vamos a poner más gordos. En el fondo, el miedo es un mecanismo de defensa. 

28.3.20

16 haikus neoyorkinos / Uno es de Manolo

1
El mar y el cielo.
Un avión a lo lejos.
Tarde en Manhattan.

2
Puente de Brooklyn.
Me da que Woody Allen
Lo está grabando.

3
Busqué en la nieve
los pasos de los otros
por si eran míos.

4
Prospera el frío.
Lo peor del invierno
Es que no acaba.

5
Es la catedral.
Adentro no está Dios.
Reina la Visa.

6
Torres en vilo.
¿Quién dijo miedo al vértigo?.
Hablan de nubes.

7
Medra allá arriba
la luz en su esplendor.
Templo del aire.

8
Sólo es ladrillo
el imperio del hombre.
Diez mil ventanas.

9
Puro embeleso
El del agua en la hierba.
Como un fornicio.

10
Pensé en las tizas
De cuando muy pequeño
Y sonreí.

11
Tiene el paisaje
Un aire de tristeza.
Clausura y frío.

12
El parque en blanco.
En la espesura.
Adentro habito.

13
Yo que un Monet.
Tú dices que un Rubens.
Será un Renoir.

14
El perro ignora
Las nubes en Manhattan.
También que llueve.

15
Me duermo ya.
Pero soñáré haikus.
Siempre contigo.  

16
Todo tu cuerpo es
Vigilia de la carne.
Fiesta del alma.





27.3.20

En un cuento de Raymond Carver


Fotografía: Gregory Crewdson

Hay algunos cuentos de Carver en donde no pasa absolutamente nada. Yo mismo tengo días que son como cuentos de Carver. Días invisibles, sin presagios ni acontecimientos relevantes, invertidos en la sola empresa de que transcurran ajenos a sobresaltos, construidos sobre la firme creencia de que lo asombroso y lo fantástico sucede siempre en las novelas, en los cuentos o en las películas. De una variedad temática notable, a pesar de que todo nos parezca cercano y familiar, son cuentos en los que se entablan diálogos de una intimidad absoluta. Se respiran, se siente cómo crecen, parecen criaturas vivas a las que puedes tocarle el lomo y apreciar la dureza de la piel o el subir y el bajar del corazón. No hay un propósito que privilegie al lector o que indague en la naturaleza metalingüística de la obra. Lo que hay es un raspado brutal de lo real, una constatación inapelable de la épica de lo cotidiano. Como si se taquigrafiasen las pequeñas fotografías que, hiladas, ensambladas unas a otras, forman la realidad.

A veces la vida parece un cuento de Raymond Carver, uno de los tristes, me refiero. Hay por ahí uno de ellos que parece extraído de un confinamiento. No recuerdo el título, creo que tampoco toda la trama, solo guardo la impresión de tristeza, la de abatimiento. En los cuentos de Carver las palabras tienen la virtud maravillosa de sobrar, a pesar de que haya personajes que pronuncian muchas. Si se presta oído (quien lee sabe qué es eso) se percibe que las conversaciones pesan, tienen un volumen, pero ninguna de ellas cuenta más que otra. Es cómo se manejan entre ellos, la idea de que cada pequeña pieza colabora con la que tiene más cerca para que esa tristeza trascienda, ocupa un lugar, hasta duela. Carver es un maestro en eso. Sus cuentos (esta mañana he vuelto a leer un par de ellos, no mucho, hay cosas que hacer por la mañana) te hacen pensar en los cuadros de Hopper. Son buena pareja los dos. Lo que escribe uno, lo pinta el otro. Podrían intercambiarse las disciplinas y ser Hopper el que escribe y Carver el que hace los cuadros. Crewdson es un Hopper de la modernidad, tiene el mismo aliento (fino y severo) de cartografiar cada elemento de la soledad. El primer libro de Carver que leí y la primera obra de Hopper que vi me debieron causar una impresión parecida. La de desamparo. Ninguno la busca adrede, no se arrogan esa autoría. Son inductores de una sensación duradera, de la que no se zafa uno con facilidad. Mi amigo K. sostiene que ve cuadros de Hopper al cerrar los ojos. Me lo dijo en la barra de un bar, no hace mucho. Si cierro los ojos, Hopper me los abre, dijo. 

Entra en lo posible que uno mire la realidad cinematográficamente cuando casi nunca miramos el cine desde la óptica de la realidad. En esto siempre acudimos a la antigua conversación sobre los dominios de la ficción y siempre confirmamos la injerencia de lo fabulado sobre lo real sin que ninguna de esas dos entidades posea privilegios de los que la otra carezca. El motel de carretera de la fotografía, al parecer sito en Carolina del Norte, es el mismo motel de carretera de cientos de películas y probablemente engrose unos pocos más de cientos en la historia. Pienso en Carver y en Hopper y en James Cagney y no tengo argumentos fiables para justificar estos tres prebostes de la cultura yankee. Sé, no obstante, que ejerce un hechizo difícilmente sobornable. A diferencia de los cuadros de Hopper que me gustan, aquí no hay personajes vacíos, infatigablemente solos, bebiendo, perdidos en alguna ensoñación, especulando sobre qué giro debiera dar el destino que les salve del caos al que han arrojado sus vidas. Todo eso está en los cuadros de Hopper y de alguna forma, solapadamente, está también en esta fotografía inflamada de tópicos, pero poética (a mi modo de ver la poesía) al modo en que hay lirismo en un cuadro de Sorolla (qué pena no vivir cerca de Madrid y no haber podido asistir a la celebración más reciente de su pintura) o en excursión a pie por la montaña. Soy un depredador de imágenes y son éstas las que devoro con mayor fruición: me conducen a la ficción pura, me incitan a fabular, me convierten en un demiurgo de mis vicios, me facultan (para bien o para mal) en el antiguo oficio de inventar o de mentir. Hay mucho que inventar viendo esta fotografía: en una de esas habitaciones se estará cometiendo un crimen, un rufián sacrificable estará contando el botín de algún asalto menor o una pelandusca con ínfulas de actriz será la felatriz incansable del típico viajante. El cine abastece de recursos narrativos y la imaginación completa el discurrir mental de todos esos fotogramas falsos. La realidad es también un fotograma hilvanado a otro y así hasta construir un rollo continuo. La vida es cine negro de muy alta calidad. Como el metraje es tan largo, el guionista intercala melodrama, pasajes románticos, escenas lúbricas, trozos de musical y hasta comedia barata. Hay quien vive en serie B y quien conduce sus días y sus noches en clave Bergman, en modo adusto y estricto. Hay quien se enfanga en tramas tarantinianas y termina en un callejón con un par de cuchilladas en el estómago y quien se muere sin sobresaltos como si fuese un personaje de una película del Ivory más victoriano. Quien espera que llegue el amor y confía en que alguien asome antes de que los títulos de crédito inunden la pantalla. 
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Cuerpo y alma



Sigo viendo a Nabokov corregir a Bernard Pivot en la televisión francesa cuando este le dice que es el padre de Lolita, una niña perversa, a lo que él contesta que no. Lolita es una niña a la que corrompen, son palabras suyas. Humbert es un señor inmundo, su oficio es la perversión., añade Nabokov, tocándose las gafas, no nervioso, pero sí incómodo con esa fijación en la paternidad, creyendo (tal vez) que le están acusando de haber creado un personaje abyecto, un pedófilo, lo peor que hay, se escucha al entrevistador. Ahora estoy mezclando la memoria de la entrevista real con injertos míos, conversaciones que se me ocurre que pudieron suceder, pero de las que no tengo certeza, de qué se tiene, pasado un tiempo. Lo veo también en una playa con un calzón a modo de bañador que le cubre más de media barriga y colabora a formarnos una imagen estrambótica del genio. De pronto estaba escuchando a Bud Powell (Woody Allen confiesa hoy en prensa que hubiese querido ser Bud Powell) cuando mi cabeza me ha impuesto esas dos imágenes. De un modo que no entiendo (me atrevería a decir que no habrá nadie que lo entienda) se ha suprimido la realidad que me circundaba (estaba asomado a la ventana, veía pasar unas nubes, me asombraba una vez más de que las calles estén vacías) y se ha impuesto esta otra, la de las dos fotografías de pronto sobrevenidas, irrumpiendo sin educación, cancelando cualquier otra ocupación que yo pudiera tener, insolentes y toscas, como ven. Nabokov hablando de Lolita, que fue real, tantas veces real, muchas más de las que él hubiese deseado, imagino, y Nabokov en esa playa, que no es una playa que yo pueda conocer. De hecho es una playa que dura un instante y solo está él, de pie en la orilla, con el bañador ridículo cubriendo un cuerpo extraño, parecido al de un hombre mayor al que le hubiese vencido la desgana y lo dejara ir a su aire. Tenemos una relación problemática con el cuerpo. Viendo a Nabokov, no se me ocurre que él sea el autor de Lolita: algo no cuadra, estoy desvariando. Como si la cara de Nabokov delatase una impostura, un fingimiento. Yo no soy Nabokov, dice esa cara. Miradme bien, no lo soy. El que escribe está por ahí adentro, no le interesa salir, dejadle, no le hagáis entrevistas, no le llevéis a la playa, no le calcéis ningún bañador con el que se le pueda hacer mofa. Haced eso. Limítense a leer, no quieran ir más allá, olvídense del nombre del autor y no deseen conocer nada más allá de lo que escribió. No quieran saber si era aficionado a cazar mariposas o jugaba espléndidamente al ajedrez. Si se casó tres veces (qué sé yo, para qué saber tanto) y no tuvo hijos. Si en el fondo hubiese querido ser Bud Powell y haber tocado en París la inmortal Body and soul. Se atropellan las imágenes en la cabeza, no sabes darles salida, no lo deseas tampoco. O son palabras. El porqué de unas y no otras, los motivos que te impulsan (es eso, un brío, un súbito ardor) a escribir o a tocar el piano. Bud está en otro confín de mi cabeza. Confinados los dos, los tres, los cuatro. Tantos.

26.3.20

Saber caerse

Hay veces en que uno sabe cómo caer. En otras no hay arbitrio de la voluntad. No hay un conocimiento previo, una decisión que anteceda al hecho mismo de caer. Tampoco es fácil todo lo que viene después. El arte consiste en premeditar la caída, en exponerse de un modo dramatizado, en no dar la impresión de que se improvisa o de que es el azar el que conduce las riendas de la trama. Deberíamos recibir instrucciones a ese respecto. Nadie nos dice la manera en que debemos caer, ni la de levantarnos. Ni la madre en sus consejos a poco de que entremos en la edad adulta: mira, hijo, te voy a contar cómo debes caerte. No hay nada de eso. Lo que cuesta  es levantarse a veces. Es tan costoso ponerse en pie que no duele la caída, sino la obligación de venirse luego arriba. Por los demás, por uno mismo, por cualquier causa que se nos ocurra, pero es lo correcto. Una vez caído, qué hacer, cómo organizar la rutina de las cosas. Abajo todo es feo, eso lo sabe cualquiera que haya estado tirado, quién no lo ha estado. Un rato o mucho. Gente que ha estado siempre abajo. Cayeron una vez y no se les conminó a izarse, se les vio bien desde arriba. Parece una pequeña historia de las clases sociales, pero no era esa la intención. No al principio, al menos, me estoy aclarando mientras escribo. No hay libros que ayuden. Sería suficiente un prontuario sobre modos de caer, un artículo en uno de esos suplementos dominicales o una conferencia en unas jornadas organizadas por un mutua de seguros. También sobre qué hacer tras darse contra el suelo. Caerse, levantarse. Volver a caer, levantarse de nuevo. Ese feliz bucle. 

25.3.20

Todos los héroes

Hay gente maravillosamente sensible y buena que, mientras agonizan, enseñan a vivir a los que asisten a ese desvanecerse lento y doloroso. Dan una lección de amor, se desvanecen con la suprema certeza de que el mundo seguirá girando a pesar de su ausencia, comprenden que han agotado sus días en la tierra y parten en armonía, si es que  podemos saber todas esas confidencias del alma los que quedamos en la travesía de la vida. Es un oficio hermoso saber irse, no molestar cuando toca desaparecer. No se nos educa en esa disciplina, no habrá pedagogía que instruya. Luego están los que dan esa vida para que otros no pierdan la suya. Quienes se embravecen y avanzan, a ciegas a veces, exponiéndose, ignorando adrede (con heroísmo) que el mal no tiene piedad y arrambla con saña. Son ellos, a pie de cama de hospital, los héroes de nuestro tiempo, no hay gratitud suficiente cuando alguien antepone tu bien al suyo. La única expresión que podemos formular es la de la gratitud, sincera e infinita gratitud por darse y, en ese acto, entrar en riesgo, saber que pueden caer. No es únicamente el personal hospitalario: hay gremios que actúan con la misma entrega, forzados por las circunstancias, conminados a servir cuando más caro y más peligroso es ese servicio público. 

Son días terribles, nos lo recuerdan a diario. Podemos estar a salvo en casa porque hay otros que están expuestos en la calle. Da igual que sea la cajera de un supermercado, los efectivos de los cuerpos de seguridad del Estado, el camionero yendo y viniendo, trayendo y llevando, el basurero del ayuntamiento o el agricultor, el ganadero o el pescador que salen a la intemperie, al rigor de la realidad, para que los mercados estén abastecidos y, por añadidura, lo estén nuestras despensas. Queda en un segundo plano todo lo demás. Cualquier consideración frívola sobre esta labor absolutamente encomiable sobra. Estamos en manos de otros, ahora más que nunca. Son los demás los que harán que abran las calles nuevamente, como cantaba Pablo Milanés. En una hermosa plaza (no liberada, como la cantada por el trovador, pero sí festiva y abierta al trajín de la gente) lloraremos por los ausentes, los tendremos en el recuerdo. Mientras no ocurra, en la confinada espera, en el acuartelamiento obligado, tendremos que salir a los balcones a diario, aplaudir a los que en la lejanía nos cuidan. Son muchos. Ellos son los que harán que sea posible el futuro; de ellos será la canción que tendremos que entonar en las plazas, cuando las abran, las ocupemos y hagamos del abrazo un himno y del aire un salmo. No sé si nos estamos haciendo más fuertes. Dicen que las penurias, las más duras con más fiereza, curten, pero aparejada a ese aprendizaje estará otro, el de la convivencia, el de pensar en los demás, el de hacer de la lentitud un nuevo modo de vida. Íbamos muy rápido. La velocidad era la consigna. Es la vida la que está esperando, pero también hay vida en este recogimiento. Debemos preservarla, cuidar de que no flaquee, ni se impaciente. Porque volveremos a pisar las calles nuevamente y entonces ya habrá tiempo de levantar otra vez las persianas echadas. 


24.3.20

Gracias, Uderzo




En la presentación de un libro, no hace mucho, a poco de que tocara que el autor me manuscribiera la dedicatoria, escuché a alguien darle las gracias. "¿Por qué?", preguntó el autor. "Por escribir", cerró un poco apurado el solicitante, al que se veía muy nervioso, como ardorosamente conminado a zanjar la conversación y, sin embargo, hacerle ver su gratitud. Es eso lo que siento hoy al enterarme de la muerte de Uderzo, el dibujante de Astérix. Me pasa cada vez que muere alguien a quien admiro, pero más que la admiración está eso, la gratitud. Se agradece el talento y la voluntad de difundirlo. Hay gente con un talento enorme que pasa desapercibida, gente que nos haría más felices y a los que, si viésemos por la calle, cosa que no ocurre nunca, tendríamos que tenderle con infinita sinceridad la mano y expresarle nuestro agradecimiento, decirles que nos han agasajado con su trabajo, hacerles comprender que una parte de nuestra intimidad les pertenece. Como somos prudentes, no los abordamos con esa determinación, pero qué alegre sería ese momento mágico. Astérix es una institución en mi casa. Lo ha sido para mis hijos y lo fue para nosotros antes de que esos hijos viniesen al mundo. En parte, aprendieron a leer con las aventuras de la aldea irreductible; no hay que desdeñar al Mortadelo y Filemón de Ibáñez. Entre los dos se pueden construir un recipiente perfecto al que ir arrimando todo lo que viene después. La cultura entra así, un poco a lo tanto, sin que apreciemos que nos estamos impregnando de ella. La felicidad contiene pedacitos bruñidos o sin bruñir de esa cultura de andar por casa, deliciosa y extraordinariamente emotiva una vez que el tiempo hace de las suyas y volvemos a los lomos de los libros de Salvat y vamos pasando con sonrisa inocente todas esas antológicas páginas. Ah, y no fue el coronavirus maldito. Ha sido la vida la que lo ha matado, cualquiera se pondría en su lugar. Tan mayor, tan generoso, tan maestro.

23.3.20

Esparcirse

Una de las manifestaciones de esta especie de redistribución topográfica de la vida es la soledad de afuera. La abundante literatura de ciencia-ficción anticipó ese declinar de la vida tal como la entendíamos. No es que se haya cancelado: lo que sucede es que la hemos transformado, convertido en otra cosa, separada de su ecosistema natural. En breve, si no es ya, entrarán los animales a las ciudades. Lo harán con infinita cautela, tendrán mil ojos, por si hay quien los aleje o los lastime. La escena no es nueva: la hemos visto en televisión. Osos y lobos muertos de hambre que invaden aldeas de montaña. Salvo que vivieses en esas aldeas, no era cosa que alarmase. Se contemplaba con la mirada que la ficción ha ido educando, la inevitable mirada del espectador. Porque la realidad que no nos incumbía era fagocitada como espectáculo, una especie de película extraída de la memoria, como si hubiese sido procesada ya y se nos encomendara de nuevo la obligación de contemplarla, pero ahora no es ficción, no es una trama de un escritor, no es el argumento de una de esas grandes producciones de Hollywood. Es dura la experiencia, mucho. A poco que se piensa con tranquilidad, apartado de la normalidad que pretenden crear las autoridades, a pesar de la cruenta evidencia de los hechos, uno cae en la cuenta de que son tiempos absolutamente extraordinarios. No saber cuándo acabarán hace que la travesía sea menos soportable. Esa incertidumbre no la sobrelleva igual todo el mundo. Hay quien planea una rutina y la acomete con pulcritud, sin salirse una brizna de lo previsto. También quien improvisa. Se nos da bien improvisar. Es el lado creativo, la parte lúdica de quien prefiere la épica, aunque sea una épica doméstica, diminuta, de poco fuste narrativo, escasamente publicable. Dentro de las calles hay más vida que antes, nunca hubo más, tal vez (cuando cese la guerra, así la llaman) recordamos episodios dulces, pequeñas gestas privadas que nos ayudaron a escalar la cumbre de cada día. Se hace difícil llegar a ella, hay días en los que temes flaquear, no tener entereza, dejarte llevar por el tedio. Ayer noche escuché a alguien (da igual quién) decir que llevaba bien el confinamiento, habida cuenta de que él era un hombre sin rica vida interior. Las personas más simples tienen la virtud de sobrevivir: actúan con promiscua practicidad. Se levantan, hacen la rutina de siempre y se acuestan. Incluso son capaces de no perturbarse en demasía si no hay rutina que acometer. Yo mismo, sin diferir mucho del grueso de la ciudadanía, tengo días en los que siento una placentera sensación de fuerza. Todavía no he flojeado, no ha decaído el ánimo, no se lo permito. Avanzo como puedo, hago catedrales con pequeñas piezas mentales que funcionan a modo de ladrillo. La cosa es poder guarecerme después, tener un refugio, saber que hay un lugar en el que poder aislarme. Escribir es pintar el alma, darle color o barniz o sacarla de paseo, ahora que no es posible echar a andar y esparcirse. Qué verbo más hermoso.

22.3.20

Fingir

No se suele dar bien fingir, se entiende a la primera que quien lo hace ande eufórico o le coma la tristeza, es la cara la que habla, o son los gestos o su parquedad, sobre todo si uno es dado a ellos y se espera en los demás que los tenga. También te delata la conversación. Las hay elocuentes, de sobra sinceras, de las que de verdad tienen sustancia y las hay huecas, de poco fuste narrativo, las que se pueden alargar interminablemente, pero de las que no se extrae nada. Tal vez esas sean las mejores, la edad te hace pensar eso. No es que se finjan, no es que uno las debilite a posta o deponga el ánimo y apenas las cuide, dejando que vayan a su aire, sin que intervenga el esmero, ni el afecto con el que se pulen en ocasiones las palabras. Lo extraordinario es que son esas conversaciones las que sostienen el mundo. Da igual que un P., un vecino te cuente que ayer salió a pasear, compró la prensa (ninguna de esas dos cosas en estos días de confinamiento doméstico) y se encontró con J., y la charla deriva en J., y en cómo J. se separó de su mujer y se le ve en las terrazas con una que nadie conoce, la habrá traído de fuera, relata P., con los ojos grandes como de asombro o de perplejidad, absolutamente prendado de sí mismo, por airear la vida privada de los demás y no tener que sacar a relucir la suya, imagino. No conozco a J., así que escucho la narración al modo en que se adquiere la trama de las novelas, sin entrar en consideraciones personales, contempladas desde una distancia de seguridad, pero nunca la hay, al final caes en la trampa, te perturba la fragilidad de los demás, su descenso a los infiernos o te alegra y te hace llorar su felicidad, su repentino ascenso a la armonía y a todas las disciplinas de la dicha. Lo que hace mi vecino (es un decir, vive dos calles más abajo) es de agradecer. No se puede ser sublime sin interrupción, no puede uno contar asuntos de interés manifiesto en cada conversación, sacar a relucir la metafísica del alma o la tragedia griega o las bondades del amor conyugal. Así que hacemos como P., no es que se finja lo contado, no hay impostación, pero sí un brochazo grueso de simplicidad. No me interesa (pensé) que mi vecino me confiese si prefiere la carne poco o muy hecha o si su hijo pasa muchas horas delante de la pantalla del ordenador, a saber qué hace, me dijo, no sabes con quién habla, qué le cuenta, pero por otro lado no me atrevo a poner la oreja en la puerta, que la tiene cerrada, no está bien, ¿tú lo harías?, y de pronto advierte un ramalazo de franqueza, un repentino vuelco en el manifiesto rutinario de su existencia. Mucho más interesante la adicción cibernética del hijo que el gusto del padre en las carnes rojas. Al final nos conmueve la intimidad ajena, esa parte normalmente ausente, la que no se somete al escrutinio del otro. Nos reservamos las nuestras, no las ponemos en danza, evitamos que nadie sepa de qué pie cojeamos y desde hace cuánto tiempo. Lo del pie que cojea se reserva, cómo podríamos ser tan tontos de exhibir nuestra flaqueza. De ahí que finjamos en lo que podemos, aunque nos delate la cara mustia cuando por lo común es jovial. Estos días de recogimiento hacen que tengamos la sensibilidad a flor de piel. Si pudiéramos salir hoy mismo a la calle, mi vecino P. (es un decir, vive tres calles más atrás) me contaría que no es feliz, que su mujer le engaña con el panadero de la esquina o que él es el que la engaña con la mujer del panadero de la esquina. La cosa es engañar a alguien y poder contarlo. Esa satisfacción.

21.3.20

Creo en los abrazos



Dios estaba en las letras que esta mañana escogí al azar en el juego del Scrabble. No tuve que componerla: salió sin que yo forzara la unión de una letra y de otra hasta que se conformara la palabra. Luego no pude colocarla, deshice ese pequeño prodigio alfabético y coloqué las piezas que pude. No gané. Dios no estuvo de mi parte, ni siquiera me permitió incluirle en el tablero. Cuando se deja de creer en Dios, se cree en cualquier cosa, sentenció G.K. Chesterton. Cuando acabó el juego, miré al cielo, no era mi propósito dar con una señal, no la habría, por más que el día a esa hora mudaba a un gris del que no se ha desprendido en toda la tarde. Sentí un propósito, una especie de guía para acometer la dureza de estos días. No fue una iluminación divina, ojalá hubiese sido, no tengo el radar que sintoniza con esa emisora, pero de pronto adquirí la voluntad de creer en todas las cosas que me satisfagan. Creeré en Dios si es que encuentro placer en que me acompañe, no hay razón para que desatienda su llamada, si es que se produce y yo la percibo y la hago mía. Por lo demás, creo en los míos, creo en muchos a los que ahora no veo y que sé que abrazaré. Faltan abrazos, tendrán que venir, se están haciendo de rogar. Creo en los abrazos. Ahora que no nos los damos, creo más en ellos. Maquiavelo, tan taimado, tan retorcido, escribió que es fácil hacer que alguien crea algo: lo difícil es que esa creencia permanezca, introducir los mecanismos necesarios para que esa fe recién desplegada no flaquee y se consolide, incluso que adquiera lustre y se perfeccione. No sé por qué me he acordado de ella. La cabeza va por su lado y yo por el mío. Hay cosas que ella me insinúa y acepto y otras que, si yo no las amonesto, florecen y toman vida, pero también están las otras, las que se escoran de la razón e irrumpen a su antojadizo capricho. Hoy en el Scrabble vi a Dios en el tablero, pero luego no pensé en él. Habrá quien me contradiga y hasta quien asegure (es fe eso de asegurar sobre asuntos tan frágiles) que Dios sí piensa en mí.

No haber


No haber visto una película húngara en un cine de verano.
No haber leído a Mann en un balneario.
No haber escuchado la quinta de Mahler en un festival vienés.
No haber aprendido lenguas germánicas medievales.
No haber sido Jimi Hendrix en Woodstock.
No haber despachado mate con Borges en un zaguán porteño.
No haber tenido la voluntad de haber aprendido a tocar el piano.
No haber bebido bourbon con Bukowski en un tugurio de las afueras de Chicago.
No haber escrito un haiku en Japón.
No haberle dicho a Truffaut lo que tendría que haberle preguntado a Hitchcock.
No haber convencido a Robin Williams para que no se retirase tan pronto.
No haber escuchado las variaciones Goldberg tocadas por Michel Petrucciani.
No haber asistido a ningún concierto de The Rolling Stones.
No haber vivido en Londres, ni haber pensado en Wendy y en lo sola que está.
No haber terminado Ulises, ni haber tenido nunca voluntad de hacerlo.
No haber ganado unos juegos florales de provincia, no haber leído con voz impostada los versos más cuajados .
No haber conversado con Cortázar sobre cronocopios y famas.
No haber dormido en hotel Chelsea.
No haber sido instruido en las bondades del campo.
No haber tenido ninguna educación para el dolor.
No haber dicho tantas cosas que dije.
No haber escrito un cuento sobre elfos.
No haber sentido al oído la voz de Dios.
No haber estado en el delta del Mississippi, en un antro en donde toquen blues sucio.
No haber amado más, no haber comprendido que siempre es posible amar más.
No haber sido licántropo, no haber sido fantasma, no haber sido el hombre del saco.
No haber registrado los sueños que en ocasiones recobran su trama en mi cabeza.
No haber conversado con mi amigo Antonio sobre la bondad del género humano después de ingerir una cantidad escandalosa de cerveza.
No haber contado a nadie que amé a Kim Novak.
No haber visitado el Louvre, no haberme perdido un día entero en el Louvre.
No haber confesado a nadie que por la noche, cuando voy conciliando el sueño, elijo cuál fue el mejor momento del día.
No haber amado profundamente a la flacucha de la Hepburn.
No haber votado a Podemos, no haberme arrepentido.
No haber estrechado la mano de Antonio Muñoz Molina, no haberle dicho que admiro su constancia y su honestidad.
No haber caído en la cuenta de que quizá convenga dejar de escribir, no haber sentido de verdad la necesidad de dejar de hacerlo, no haberme convencido de que ya está todo dicho y que sólo me esmero en disimular el bucle en el que ando.
No haber tenido un foxterrier y haberlo sacado a pasear por la Gran Vía.
No haber haberme ido de casa con una amiga que me lo propuso.
No haber amanecido en Islandia.
No haberle dicho a Lynch que no me gusta Laura Dern.
No haber invitado a casa a Hilario Camacho y haberle dado las gracias por hacer poesía y cantarla.
No haber enjabonado a María Schneider en El último tango en París.
No haber bebido Staropramen en Praga en lo más crudo del crudo invierno.
No haber visto a Dios en los grumos del café.
No haber leído un poema de amor a mi amor de los quince años.
No haber tomado café con Benedetti, no haberle dicho que jamás nadie escribió tan bonito y tan sencillo.
No haberle dicho a Manolo Lara que mi libro suyo favorito era El invernadero de nieve (lo grande, a veces, tan pequeño) y no poder decírselo ya.
No haber tenido la oportunidad de decirle a Miles Davis que Kind of blue es una catedral igual que la de León.
No haber sido mejor persona de lo que soy y no saber si lo seré en adelante.
No haber visto la luna en la calle Bourbon.
No haber sido alumno de la universidad de Miskatonic, no haber paseado Arkham.
No haber bebido absenta, no mucha, con Poe en las últimas calles de Boston.
No haber visto la efusión de la divinidad en una ingesta masiva de cerveza en la barra de mi pub favorito.
No haber creído las epístolas, no haber escuchado su rumor trágico de milagros y de poesía.



Día mundial de la Poesía


Ilustración: Ramón Besonías

En la celebración de la poesía está la celebración del amor. No hay que anteponer nada al amor. Él está por encima de todas las demás consideraciones, pero una de sus herramientas más hermosas es la poesía. De hecho, la poesía lo impregna todo, hace suya cualquier circunstancia, no se arredra ante ningún obstáculo y subsiste a su maravilloso modo, a pesar del arrimo de trabas que la entorpecen y hasta la apartan. No son buenos tiempos para la lírica, menos estos que ahora vivimos, pero no los ha habido mejores. Es el tiempo en que hay más poetas que lectores de poesía. No es malo que así sea. El poeta escribe para sí mismo, cosa que no hace el que hace novelas o cuentos. Una vez ha hecho el poema, el poeta lo arroja el mundo, por si alguien lo acoge y entra dentro. En la poesía se entra, también en el amor. Es una cuestión física. Ambas disciplinas requieren de esa voluntad orgánica. Que celebremos en estos días de zozobra el día mundial de la poesía es conveniente, a pesar de que la poesía siga siendo un bien menor, una sustancia sentimental, un producto que vende poco. No se hace caja de ella y hoy en día a todo se le saca provecho monetario. Los poetas no bajan la guardia. Conozco a muchos, he tomado cervezas con ellos y no hemos hablado ni una palabra de poesía. Incluso prefiero a los poetas que no evidencian su oficio, ni a la primera citan a Baudelaire o a Luis Cernuda. Se descubre que son poetas sin mucho esfuerzo. No es preciso que hayan escrito poemas, ni que tengan libros publicados. Ni siquiera es necesario que declamen de memoria los versos fundamentales, todos tenemos algunos en la cabeza. Es poeta el que es sensible. Lo de la sensibilidad es condición sin la que no habría poesía, ni poetas. En cierta ocasión, vi cómo lloraba alguien de quien no tenía yo noticia de que leyese poesía, por más que la conociera. Es más, recuerdo que confesaba no tener la poesía entre sus (muchos) hábitos poéticos. Lloró sin consuelo. Siempre hay un poema que nos abre en canal, como si fuésemos animales en una mesa de despiece. Es un acto salvaje esa penetración, aunque las palabras acudan con mansedumbre y se cuelen con dulzura. La poesía es vaselina que mengua la brusca fornicación de las horas. Una vez acogidas y templadas, escuchadas con mimo y guardadas, ya no se pierden, son nuestras las palabras, forman parte de nuestra condición humana más íntima, hacen que vivir sea más gozoso. Quien lo probó, lo sabe.

20.3.20

Nota necrológica

Está extendida la costumbre de hacerse eco del óbito de alguna celebridad de la cultura o de la vida pública, no siempre coinciden las dos. Se hace acopio de las bondades, se refiere alguna anécdota que acerque a la persona y dé un poco de lado al personaje y, en ciertos casos, se encomia al finado de un modo escandaloso. Hasta quien no tenía inclinación hacia su obra, movido por ese encendido elogio, la mira con otra perspectiva, condesciende a que pueda gustarle y hasta se atreve a defenderla. Como son muchos los creadores (literatos, músicos, cineastas...) que me apasionan - y dan felicidad y zozobra y dolor a veces también - no puedo cumplir con todos, aunque hay algunas defunciones que me llegan más adentro. No se puede estar en todos los sepelios, ni falta hace que tal cosa se produzca. Uno elige sus muertos, los arrima al corazón y escribe o habla de ellos con devoción o con gratitud, ambas cosas juntamente en ocasiones. 

Se muere una celebridad de la música, pongo por caso, y si el día te pilla falto de inspiración, no le dedicas unas letras. No sé qué sobrevenida causa hace que de pronto sientas la necesidad imperiosa (abundante en ocasiones) de rubricar un esbozo, una especie de panegírico, un obituario, en fin, todo eso. Leí hace tiempo, pero está emborronado ese recuerdo y ahora no sé si todo es ficción, desbocamiento de mi imaginación en estos tiempos de reclusión forzada, que había un columnista de no sé qué periódico que tenía escritas las notas de prensa de esos luctuosos acontecimientos. Cuando se producía la muerte de alguien notorio, solo tenía que ir a archivo y enviar el artículo a la redacción. Nadie era más rápido, ni ninguna reseña más trabajada. Literatura pulcra, emocional, mesurada. No había en ella alardes barrocos, solo la evidencia del cese, la nomenclatura precisa de los hechos notables por los que el llamado a dejar este mundo merecía gloria eterna en nuestro parnaso sentimental. 

Las plañideras ejercían ese mismo oficio, solo que sin incrustar ninguna palabra en ninguna frase. A más llorar, más buena persona debió ser el finado. Debió tener hecha la reseña mortuoria sobre Kirk Douglas hace años. Era cosa normal que falleciera, habida cuenta de que iba flechado a la centena. Lo inesperado (lo milagroso) es que tuviera la de Bryant o la de Prince o la de Cobain, no sé, toda esa gente joven de la que no sospechas que vayan a morir de un día para otro. Como buen profesional, incluso debió tener hasta la suya. Haría que se publicase como nota póstuma. Lo ideal hubiese sido que la manuscribiese desde el más allá y se obrara el prodigio de que se publicase. La sección necrológica de los periódicos es un género literario en sí mismo. 

19.3.20

Spain

Veces en que

Hay veces en que la música llega donde no se atreve ninguna otra disciplina del alma. Son milagros que ocurren y a los que asistimos y de los que después podemos hacer recuento. Nos hacen más felices, qué duda cabe, pero no es solo la felicidad, esa cosa inasible a la que dedicamos tantísimo empeño y tan huidiza y voluble es. Es también la sensación de plenitud. No hace falta nada más. Nada que rivalice con la sensación de colmo. Veces en que escuchas una canción que te sabes de memoria como si fuese la bendita primera vez. Sabes que nota va a ser pulsada, prevés la melodía y, sin embargo, eres burlado, se te confisca esa certeza. La buena música hace eso: te hace frágil, te hace débil también. La belleza nos debilita, cantaba Alison Moyet. En su presencia uno es pequeño y sabe que lo es. Se tiene esa certidumbre, la de la fragilidad y la de la insignificancia. No hay día en que no sienta esa punzada, la de la música. En estas jornadas de precariedad (de miedo, me dice un amigo, lo creo) es bueno guarecerse detrás de la música. Ponerla alta en casa. Subir el volumen. Hacer que lo impregne todo. La pieza de Chick Corea, la inmortal Spain, no es casual. Hay cientos de versiones. Iré trayendo algunas, las que más me gustan. Esta es particularmente magistral. Lo es porque la voz de Bobby McFerrin es prodigiosa, sí, pero sobre todo lo es porque el ensamblaje entre los dos es perfecto. Felicidad. Asombro. Milagro. Perfección. Amor. Cuídense.

Laura



"Nunca olvidaré el fin de semana que murió Laura. Un sol de plata brillaba en mitad del cielo como un enorme y magnífico cristal. Ese fue el domingo más caluroso que recuerdo. Sentía que yo era el único ser humano caminando por Nueva York. En el momento de la muerte de Laura yo estaba solo. Yo, Waldo Lydecker, fui la única persona que de verdad la conoció"

Hay días que te inclinan a ver cierto tipo de cine o escuchar cierto tipo de música. Incluso hay días que propenden al recogimiento. No al prescrito y amonestado, caso de incumplirse, sino el buscado, esa especie de soledad dulce en la que de pronto adquieres la propiedad de  tu tiempo y haces planes, aunque luego se cumplan pocos o hasta ninguno. Lo que importa es esa felicidad brusca al percibir que eres dueño de ti mismo. No es cosa que suceda con frecuencia. Cuando lo hace, no hay placer mayor. Voy a repetirlo: no hay placer mayor. Esta noche tengo plan. Voy a ver Laura. No sé la de veces que la he visto, pero son pocas. De cuando en cuando, apetece volver, entrar en esa trama, de la que sabes mucho, lamentablemente demasiado, pero de la que hay cosas que todavía desconoces. No importa que sea la quinta o la sexta o la séptima vez que la ves. De verdad que no. Hoy toca la historia de Waldo Lydekcer, aunque él no sea el personaje principal, qué más hubiese querido. No destripo la trama. Por si alguien se la ha perdido. No se la pierdan. Por favor, no se la pierdan. Hay películas imprescindibles, pero algunas son más imprescindibles que otras. Laura es un modo de entender el cine. Muchas películas que uno ve después se ven con los ojos de quien ha visto Laura. Búsquenla. Hagan lo posible por encontrarla y déjense persuadir. Solo por ver a Gene Tierney vale la pena. Otto Preminger no ha tenido la consideración que merece. Hasta Dana Andrews (nada del otro mundo como actor) está espléndido. 

Tiempos difíciles


18.3.20

Hikikomori

Esta cuarentena domiciliaria tendrá sus escaramuzas felices, pequeños hallazgos imprevistos, dulces incursiones en los huecos que deje la monotonía. En Japón existe una cosa que se llama hikikomori. Consiste en enclaustrarse en una habitación y pasar allí semanas, meses los más osados, o los más imbéciles. Lo hacen los adolescentes, no hay adulto que condescienda a esa reducción de la vida, aunque sea como probatura, como el eremita, pero sin el aditamento místico, que le da un plus de elegancia o de belleza. Hay quien vive en una adolescencia perpetua y se declara insolvente para entender la realidad y se encapsula adrede. Hubo una época en mi vida (no recuerdo los detalles, solo la impresión que ha subsistido) en que deseaba aislarme del mundo. No creo que solo fuese cosa mía. Andaría yo también adolescente o entrando en la edad adulta, si es que llegó, no se sabe bien. En esos años, uno prueba, prueba como si probar fuese de verdad la consigna, la única; como si el mundo se acabase y anduviéramos catando lo que no se conoce, inclinando la voluntad a lo desconocido, por si no hubiese más días, por si el mundo se acabase de cuajo, ya ven qué cosa más desquiciada. No hace falta ser adolescente ni japonés para tener esas ideas excéntricas en la cabeza. Es la edad en la que todo se permita, tal vez la única. Luego hay que sentar esa cabeza, darle una tranquilidad, no permitir que se desquicia como solía. Ayer vi en televisión a un tonto antológico vestido de dinosaurio. Al parecer el hombre en cuestión, el dinosaurio improvisado, no tenía intenciones subversivas: iba a tirar la basura y decidió salir disfrazado. No sé si eso es punible. La manera en que uno sale a la calle no está reglada todavía. Ni el humor con el que uno afronta este delirio, esta especie de advenimiento del caos.

A lo de los japoneses, lo del hikikomori, no hay que darle más importancia. Voluntos de la edad promiscua. Hay quien se excita con un cuerpo y quien lo hace cerca de una pantalla de ordenador. Me  pregunto si seguirían encerrándose si carecieran de fibra óptica. No es una decisión moral lo que toman, sino una aventura digital, un cancelar un mundo para abrazar otro. La reclusión prescrita por el Estado apela a otras emociones: la de la responsabilidad, la de ejercer la ciudadanía de un modo respetuoso. En ello estamos: en cuidarse uno, en cuidar a los otros. Qué buena oportunidad la que tenemos: podemos demostrar que la educación que hemos recibido fue buena y que la estamos poniendo a prueba, ejercitándola, dando lo que tenemos para que todo mejore. Qué plan más bueno, qué ilusión da.

Estamos encapullados. Somos vulgares lepidópteros, pero sin la bendición de la raza y del destino de los insectos. Leí hoy que Shakespeare escribió Rey Lear, Antonio y Cleopatra y Macbeth en la plaga de 1605. Los teatros estaban cerrados y se le pidió que tuviese unas cuantas obras para cuando abriesen. A ver si cuando abran las calles he terminado mi novela. Me temo que se me está ocurriendo otra. Es lo que tiene la mente ociosa. Menos mal que tenemos mensajes en el Whatsapp que nos alegran la mañana.  Que tengan un buen miércoles.

17.3.20

Una enseñanza

A cuentas de la reclusión, recogimiento es más lírico, hace uno balance de algunas cosas, las considera con la mesura de la que a veces carecemos y se reconcilia con la realidad, que de pronto se ha amansado. Es la lentitud la que ahora dicta su criterio, se han aplazado las prisas, estamos en un idílico estado de tranquilidad, aunque afuera el mundo siga girando y los problemas (los hay) se acumulen, a la espera de que se les haga frente una vez todo vuelva a la normalidad. No se tiene idea de cuándo pueda ser, ni saber una fecha zanje la cuestión fundamental: si volveremos más adelante a padecer un marasmo parecido, un caos similar. En la espera, hacemos acopio de buenas intenciones, pedimos (cada cual a quien desee) salud, paciencia también. A un amigo se le ha ocurrido hacer un diario de campaña. Anota ocurrencias que le van surgiendo, ideas que antes no surgían, hace literatura del desastre, lo cual es una forma inteligente y hermosa de hacer vida de la muerte. Porque hay gente que está enferma y gente que ha muerto, no paran de contárnoslo en los medios de comunicación. Hay una estadística despiadada de las bajas, un inventario tristísimo de los daños que la pandemia está produciendo. Lo escuchamos desde la (aparente) seguridad del hogar. Las casas son las nuevas trincheras. Salimos poco o nada y volvemos con prisa. Nos avituallamos en lo que podemos, algunos con más ardoroso empeño, desvalijando estanterías de los supermercados, llenando el frigorífico de la reserva con la que afrontar el expolio. Que haya gente que no tiene casa ni posibilidad de cargar el carro de la compra es terrible. Somos unos privilegiados los que podemos hacer ambas cosas, lo somos de un modo indiscutible. Cuando regresa la calma, quién duda que volverá, tendremos que pensar en la sociedad que tenemos. En si de verdad somos fuertes en la desgracia y las penurias nos curten. Ojalá salgamos robustecidos. En casa, la vida transcurre con monótona felicidad. Hay tiempo para no considerar ni siquiera su transcurso. Si se nos viene el techo encima, habrá que idear entretenimientos. Sobra gente que anima a leer. Si alguien no leía cuando todo iba bien no va a leer ahora que todo va mal, es mi conclusión, pero entra en lo razonable que la lectura irrumpa y reclute nuevos adeptos. También el cine o la música o charlar con la familia en la mesa camilla o mientras se recoge la cocina o se ordenan los armarios, que necesitaban un arreglo. De todo se puede extraer una enseñanza. A ver si esta experiencia hace que aprendamos algo. No sé exactamente en qué materia. La del corazón está a veces bajo mínimos.

Reírse


Hay ocurrencias divinas, pequeños prodigios del ingenio creativo que te hacen tener fe en el ser humano, en que no todo está perdido y podemos, pese a todo, levantar cabeza, buscar un mundo mejor. No se le puede birlar el humor a ese mundo. Hay que dar la impresión de que no es fácil hacernos caer o que, una vez caídos, es fácil ponerse nuevamente en pie, hacer como que no hubo desplome ni flaqueza, pero a veces cuesta, claro que cuesta. Solo hay que encender la televisión. El mal está aquí al lado, lo tenemos en el vecindario, está en la calle. Igual sales a la calle a tirar la basura y vuelves contaminado, escuché anoche en la radio. Era un tipo desinformado, pero daba miedo escucharlo. El miedo es otro virus, tal vez de expansión más acelerada incluso. Le tenemos miedo a la ignorancia, pero la usamos como herramienta para precavernos, para sentir que estamos a salvo de algún modo. Cuanto más sabemos, más duro es avanzar. Por eso recurrimos al humor. No hay instrumento más útil. No sé si en otras tierras harán mofa de la tragedia, pero aquí se nos da bien vestir de payaso al dolor, convertir en mofa lo penoso, quitar gravedad a lo que la tiene. Estamos en un recogimiento, no creo que llegue a encierro. Es más hermosa esa palabra. Nos recogemos y nos reímos. Que la salud rebose, aunque sea entre cuatro paredes. De vez en cuando puede uno subirse a la azotea o salir al patio o asomarse al balcón y ver que todo sigue donde lo dejó. Estará ahí para cuando volvamos.

16.3.20

Querernos



 Los amantes, Magritte


Nunca se prestigió el afecto, se le dio una consideración menor, incluso se le asignó la certeza de que era cosa de gente frágil. La sociedad viril y patriarcal era reacia a exhibir debilidades, no convenían, hacían ver que dentro de la coraza de acero había un alma pequeñita y sensible. Todavía hoy hay quien se reserva y no se exhibe, no da lugar a que alguien penetre en su interior y extraiga la parte sentimental. Hay que ser fuertes, no hay que flaquear, es más fácil sostenerse en pie si no se condesciende a la emoción. Hemos vivido en esa asepsia más tiempo de la cuenta. Lo de ahora es la constatación del mal que se ha sembrado por el mundo. No es que no nos queramos: lo relevante es callarlo, no dar pistas, evitar que nos etiqueten y vean en qué somos más humanos. Los besos tienen su protocolo y su liturgia. Los abrazos son de una elocuencia mayor que ninguna formulación verbal. Ojalá volvamos a la rutina y tengamos abrazos y besos aplazados cuando esto finalice. Porque tendrá que tener un fin. Entonces haremos una celebración adecuada del cuerpo. No solo nos hemos confinado en casa, sino que hemos encapsulado al cuerpo, le hemos retirado a la piel la función primaria para la que fue expresamente requerida, la de hacernos vibrar, la de sentir una punzada en el corazón cuando alguien nos rodea o nos besa o nos toca a su manera. Hay que dejarse tocar y hay que tocar a los demás. No es una invitación al amor libre, ni un delirio fogoso y lúbrico: es la sencilla necesidad de sentir que se nos ama y la de hacer ver a los otros que también nosotros amamos. El amor es el sacrificado. La soledad es el fin de este trayecto antiguo y largo. Lo del virus de los cojones, en su alarde de minuciosidad, tan pequeñito y cabrón como es, es una solicitud de pausa. Tenemos que pararnos a pensar qué estamos haciendo, a qué lugar queremos ir, qué cosas podemos sacrificar y cuáles de las que llevamos en las alforjas pueden ser retiradas o con qué podemos reemplazarlas. Así que no se contengan, esperen el momento oportuno y hagan un festín de afectos cuando levantan el toque de queda y podamos salir a la calle, llenar las terrazas, beber sin mesura, hablar de lo que hicimos ayer, cosas sin importancia, probablemente, pero no habrá asuntos de más trascendencia. Todo cobrará un color nuevo, sonará distinto, tendrá otro peso, hasta olerá de otra manera. El mundo se está reconfigurando. Es un formateo lo que tenemos entre manos. En poco tiempo (esperemos que sea poco tiempo) tendremos la maquinaria limpia y podremos recomenzar. Es un aviso. Habrá más, no crean que es un episodio casual. Ojalá aprendamos de él y salgamos curtidos, concienciados, convencidos de que los fuertes somos nosotros. Que el bicho perverso es una incidencia solventable y que la luz del sol brilla para que nosotros sintamos ese calor. 

La fatalidad
















Se gana más dinero entrando en un banco a la fuerza, gritando y encañonando a los cajeros que disparando coronas de fósforos en ferias de pueblo, invadidas de paletos con ganas de que les extraigan la adrenalina perdida y les enciendan el morbo animal y puro, el que hace que las pasiones existan. 

La de Annie Bart nace en una barraca y termina a campo abierto cuando la ley les acorrala y deben poner fin a una de esas locas historias de amor a las que solo un trovador ebrio y loco también podría poner música y añadir letra. La melodía es la pólvora y el ruido del Colt cuando percute la bala y esta avanza hasta que muere en un árbol, en un fósforo, o en un cuerpo. El demonio de las armas vive también en el corazón de los amantes. 

El amor fou, el loco, el depravado, el amor pintado ciego de verdad, insensible al mundo y a las leyes que lo gobiernan es el que carga las armas y el que las vacía. El cine está felizmente ocupado por demonios y por amantes endemoniados. El cine negro, en particular, acoge al mal con más ternura, lo trata de explicar y a veces, en ocasiones, lo consigue, aunque al final de la trama los malos caigan en un fuego cruzado o en una emboscada en mitad de un bosque. 

De Annie y de Bart salvamos la escena en que sus destinos se cruzan de una forma ya inextinguible. Caso de que no creamos en la eterna salvación de las almas, incluso aunque estas vayan a pudrirse al mismo infierno, nos queda la bendita absolución por la belleza del amor que se profesan. Una belleza perversa, evidentemente, de más retorcido grumo que la que se estila en las novelitas rosa del diecinueve, pero de las que se incrustan más firmemente en la memoria. Uno prefiere siempre el caos. En el caos se explica mejor el mundo. El orden es una irrelevancia. No se trata de encontrar un razonamiento que explique la malignidad sino del irrefrenable vértigo de consecuencias que esa malignidad trae consigo y cómo la voluntad del bien, de una forma casi abstracta, se declara vencedora,  acompañando (previsiblemente) la caída del telón

La tira de fotogramas, ese fotomatón impagable, narra un mundo absolutamente fascinante. El del mal como un fogonazo que prende en el aire y se acuartela en quien con lo observa. A Bart, al espectador extasiado, le sobreviene un irresistible subidón de feromonas. Es el tirón del apareamiento, la llamada de la sangre. Se aprecian a poco que nos acerquemos y observemos con detalle el aire percutido. Están ahí, en ese aire quemado, impregnándolo todo, izando su retorcida carga de veneno puro. 

El cine negro es un fogonazo en sí mismo. La cara de Bart está sobrecogida por la emoción, por el deslumbre sin argumentos del enamoramiento o de la esclavitud de la sangre, viene a ser más o menos lo mismo. No uno acogido a la prudencia ni tampoco el que se estila en las novelas decimonónicas, austeramente consciente de las trabas de la sociedad, de su constante vigilancia, sino el enamoramiento telúrico, desesperado, emponzoñado ya de inicio, en el momento en que Annie saca los dos Colts y los agita en ese aire quemado, percutido, insensible, sexual. Luego todo se conduce increíblemente hacia la fatalidad.

adenda:
Anoche El demonio de las armas (Gun crazy) me extrajo de nuevo de la realidad. Operación sencilla: no hace falta un adiestramiento previo, basta una leve exposición. El cine es un virus. Estamos a expensas de ellos. Me pareció nueva, a pesar de haberla visto hace unos cuantos años. Creo que hay más cine que debo rever que cine de estreno que no haya visto. Es absurdo. Hay cientos de películas que he visto y deseo ver otra vez. A veces me da pereza la novedad. No sé si será un signo de los tiempos o una evidencia del mío. Que vaya bien el lunes de reclusión. Cuídense. 




273/365 Jackson Pollock

  Se cae, en un descuido, el rojo. Emerge, comido de vértigos, el azul. Está la luz enfebrecida. Se la ve triste, se tiene la impresión de q...