El artista atrincherado en su decadencia rinde más. Al arte se accede desde el dolor con más que providencia y lírico estímulo que cuando se arrima el júbilo o nos abraza la alegría. Lo tuvo con creces Billie Holiday. Dolor sin tregua, atenuadas (es un decir) con las muchas adicciones, que la hacían lúcida y torpe, en una dramática espiral de destrucción. La imagino cantando en el Royal Albert Hall en Londres. Creo que no la sobrecogería el marco imponente, la suntuosa sofisticación victoriana, todo ese selecto y estirado público de la City poco acostumbrado al swing, esa fiebre negra que causaba furor en la otra orilla. Billie iba a lo suyo. Se estaba mejor ahí arriba, mirando desde esa cima, altiva, imponente, que en el Reformatorio de Mujeres o en alguna apestosa clínica de desintoxicación o en la cárcel, acusada de tenencia y consumo de estupefacientes. En cualquier sitio mejor que encerrada. Mejor en el Carnegie Hall. En la calle 52. En algún tugurio de comarcal. En la barra de un bar. En la cama de algún músico recién llegado a la orquesta. Cada uno elige la forma de irse de esta vida. Algunos se dejan llevar y sobrellevan como pueden que sea el azar o el cansancio de los años los que les aparten. Otros se empecinan el elegir las armas del duelo. Prefieren excederse, confirmar eso de que vivir es siempre algo accidental y gris. El alma sensible confirma todos los pronósticos más extremistas. Al alma arponeada por los vicios más grandiosos se le fuga el numen, se pierde más aceleradamente, termina arrumbada en un callejón, expuesto el cuerpo que la cobija como un fardo andrajoso. Como Poe. Como Baudelaire. Como todos los grandes poetas y los grandes músicos que sacrificaron el equilibrio (qué importa el equilibrio) para pasearse como funambulistas por el alambre resbaladizo de las horas. Billie Holiday, caída en pura desgracia, graba en 1.958 con esa pinta de absoluto abandono. Fondona, rebajada físicamente, moriría un año más tarde, mermada en registros, quemada por dentro y por fuera, entre la indigencia y el fatalismo. Billie Holiday, en estas fotografías, es la dama venida a menos, sí, pero exhibe una nobleza visible. La he visto en Chavela Vargas. No en Amy Winehouse, que se desquició antes de que su talento descollara como se preveía y se le diera la aureola de diva. Billie Holiday era la gran señora del jazz, con permiso de Ella Fitzgerald. Su vida, sin embargo, se distanció de lo que hubiese querido la abnegada parroquia de adictos a su voz quebradísima, frágil, elocuente en dondla versatilidad (el fluir armónico, el roto por debajo de la armonía) narra cosas y las narra hinchadas de tragedia y de verdad. En la voz de Billie Holiday hay mucha verdad. Está el destrozo de un pueblo, el negro, el suyo, y está el blues o el jazz o ambos como expresión de ese sentir. Sale uno aseado y feliz de estas travesías por la bellleza. Le queda la secreta impresión de que quien nos invitó al viaje se perdió en los preparativos, se sacrificó para que nosotros pudiéramos comprenderlos. El arte entero es un ejercicio de sacrificio. Alguien se vacía para que otro, ajeno, invisible, se llene. Rilke lo dejó escrito con más atino: "Todo a lo que me entrego se hace rico, dejándome a mí pobre".
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16.12.21
26.11.21
19.6.21
21.7.19
12.10.13
A kind of blue
Poseo la suficiente convicción íntima de mis vicios que no se me pasa por la cabeza renunciar a ellos. De hecho, conforme me visitan, mientras que los disfruto y después, cuando concluyen, razono que mi felicidad, la poca o la mucha que tenga, pasa porque existan y porque yo los adore como lo hago. Es una idea esta del vicio que quizá no corresponda con alguna otra, más prejuiciada, sacada de un más retorcido modo de entender las cosas. Uno de esos vicios capitales, absolutamente imprescindible, del que no me separo un solo día es el jazz. A falta de asistir a grandes o a pequeños conciertos, abastezco mi debilidad con los miles de discos del género que he me asisten en gozo puro cuando mi alma pide una buena ración de jazz. A veces he pensado que mi alma, la apetitiva, la concupiscible, la que se acomoda al traje en que la recojo y de la que me sirvo para irme viviendo como quien no quiera la cosa, está hecha de swing, de bebop, de todas esas maratonianas o brevísimas sesiones musicales. Carezco de argumentos para darle a todo esto que expreso una brizna de cordura. Nada que nos satisface tanto puede ser compelido en el estrecho y triste emvoltorio de la razón. Al modo en que funciona la fe, a decir de quienes la profesan, siento yo el hechizo del jazz. Soy un feligrés humildísimo. Uno que ni siquiera tiene a nadie a mano, lo suficientemente a mano, quiero decir, con quien compartir el asombro. Algún buen amigo al que veo poco entiende qué siento y subscribe, a su manera, todo lo que escribo. Por eso me ha emocionado la fotografía que me ha mandado María Fernanda. Porque muestra un estado muy sencillo de las cosas, un indagar el objeto mismo de mis pasiones con los ojos de quien no alcanza a vislumbrar la hondura de lo observado. Kind of blue es hondura absoluta. No hay ocasión en que no aprecie un destello nuevo, uno inadvertido y que deshace toda posible idea preconcebida de lo que va uno a escuchar. El jazz posee esa inmensa facultad: la de presentarse cada vez con un contenido nuevo, la de producir continuamente la sensación de que la pieza que estamos escuchando la estamos escuchando por primera vez. El buen jazz hace esto. Kind of blue lo consigue invariablemente. No creo que tenga otro disco al que le profese un fervor mayor. Por supuesto ninguno de géneros ajenos al jazz. Mientras que escribo esto (es sábado por la mañana, todavía no ha comenzado el trasiego del día, estoy organizando las cosas que tengo que hacer) suena So what. Tendré que empezar a pensar en dejar de escribir las mismas cosas, con renovado entusiasmo, pero es que la fotografía (de la que no sé nada) me ha conquistado absolutamente. No sé si existe una buena pedagogía del jazz. Este es el primer paso. El primer y limpio paso.
19.5.13
José James, el jazz hoy
José James es un artista polifacético y en un mundo más amigo que nunca de las etiquetas, que facilitan el tránsito por los géneros y acomodan al oyente al producto sin que se le exija mucha desgaste sináptico, la falta de etiquetas o su sobreabundancia dan a las cosas una patina de asombro muy querencible. Soul destapado con mucha lentitud, sin estridencias: jazz, aireado con exquisito respeto y, deliciosamente ensamblados, rhythm and blues, pop y la electrónica de la que procede James coloreando las piezas, haciendo que sea algo nuevo de verdad, con ese desconcierto que provocan las cosas que no se entienden bien. No hay que entender la emoción ni ponerle un traje. No se la pasea. Se la tiene adentro. Se la llama cuando el corazón hace un gesto de auxilio. Que Verve y Blue Note hayan reclutado a este tipo de Minnessota, con aspecto de rapero o de bajista de una banda de funk, hace que uno lo mire con la devoción con la que nos dispensa otras salidas discográficas. Palabras mayores eso de Verve y de Blue Note. Quien no sepa nada de él, prenda el spoty. Da igual el disco. Los primeros son más jazzísticos, de una pureza todavía no violentada. Respeta el canon, pone en danza los instrumentos pertinentes y factura una obra correcta, impecable en tramos, pero a mí la que me tiene abducido esta mañana de domingo es la parte en la que James se abre en canal y deja que lo invadan todos los cuerpos externos. Está preñado de miles de horas de escucha de músicas maravillosas. La fusión, que se dice. No al modo en que la bordó Chick Corea o la Weather Report (con el rock, con el jazz) sino un tipo de mescolanza muy educada, sin timbres que distraigan el verdadero modus operandi que no es otro que el de hacer un buen puñado de canciones. Su último disco se llama No beginning No end y no tiene desperdicio. No para mí, al menos. No hoy, en todo caso. Luego está cómo canta. Piensen en Marvin Gaye. No busquen más. Una dulzura parecida. Un modo muy peculiar de hacer fluir el amor y de no manifestar rotura alguna en esa rendición maravillosa.
4.1.13
Chet
Fue uno de esos rostros perfectos del precario star system del jazz en
los cincuenta. Luego los excesos levantaron la cartografía exacta del
dolor, que a veces era un chute de heroína en el muslo, una zona
escasamente transitada de agujas, o una temporada en la cárcel para
saldar deudas con la sociedad a la que regalaba el don de la belleza con
su trompeta. Ya saben, cosas de camellos. Chet Baker
está ya hecho polvo en esta fotografía, portada de un disco que llevo
escuchando a trompicones, con entusiasmo, con siempre renovado asombro,
desde anoche. No toca como solía: se ve la pereza, la pérdida de la
jovialidad. Chet, en este último gran concierto, toca triste, pero me da
exactamente lo mismo. Sólo hay que mirar la fotografía, los ojos
perdidos en algún lugar al que no podemos llegar sin contemplar el dolor
en detalle.
16.7.12
Un blues
He conocido montones de historias acerca del blues. En casi ninguna falta el dolor. En la mayoría es el dolor el que hace que exista la música. En cierto modo, el blues es un lamento, una exhibición de la fractura del alma, un muestrario de astillas, una especie de inventario pedagógico de lágrimas. A mí me gusta un tipo de blues sucio, mal grabado, en ocasiones, que solo precisa de una voz y de una guitarra. Un amigo me comentó que todas las canciones son la misma canción. No hay dos días iguales, y todos los días igual, cantaba Rosendo en su buena época. Me acuerdo de él cuando escucho una canción y siento que es nueva, aunque la razón me diga las veces que la he sentido antes. Había en Radio 3, hace muchos años, un programa de blues del que no recuerdo el nombre. Era una época sin podcasts y la radio se escuchaba con una reverencia de la que ahora prescindimos. El locutor contaba historias del blues y luego dejaba que la pieza sonase entera. Me he dormido muchas veces escuchando blues del delta o blues de Chicago, descubriendo nombres que luego no me han abandonado. T-Bone Walker. John Lee Hooker. Howlin' Wolf. Blind Boy Fuller. Muddy Waters. B.B.King. Robert Johnson. Hoy, al encender la radio, mientras ordenaba el caos que reina en mis dominios domésticos, he escuchado un blues de esos muy antiguos. No he conocido al músico ni después, a su término, han contado ninguna historia ni se ha revelado nombre alguno. Sé que he sentido una punzada. Una del tipo que te hace feliz, aunque percibas el dolor de la voz que te arrulla y comprendas que se te está haciendo una confidencia. El blues, el bueno, el que me gusta a mí, es una confidencia dejada caer con un pudor enorme.
24.3.12
I've got the blues
Val Wilmer, 1.964
Esta
reunión de bluesmen me recuerda las fiestas flamencas a las que alguna
vez he asistido. Aquí están los viejos patriarcas y están los
aprendices. Custodian la historia de una música y en ocasiones exhiben
el magisterio heredado. Carecen de glamour y no precisan de la
maquinaria infame de la notoriedad, pero son capaces de conmover a quien
contempla cómo ejecutan su oficio. Me imagino que
para que esta instantánea fuese posible tuvieron que concurrir enormes y
muy azarosas circunstancias. De hecho, el jazz o el blues son, en su
esencia más íntima, la expresión básica de una pérdida, la manifestación
del dolor. Se canta para quemarlo o para compartirlo. Luego la música
probablemente se dejó cortejar por excesivos pretendientes de modo que
ni el blues ni el jazz que se hace hoy está pensado desde el dolor. Todo
se ha maleado en exceso. O se ha convertido en otra cosa ajena a la que lo alumbró. Nada escapa al imperio absoluto del showbusiness. El dolor está en Amazon y se lo envían a casa en
menos de una semana a cuenta de su Visa Oro, pero entonces, en la foto,
los patriarcas se reunían en un garito cualquiera y enseñaban a la
feligresía más joven la forma en que debe ser tocado el blues. El dolor es el disco de T-Bone Walker que ahora estoy escuchando. Dicen que inventó el blues eléctrico. No dejan de ser etiquetas, añadidos a beneficio de la heráldica. Importan otras cosas. El diablo merodeando. El dolor de pronto ofrecido como un bálsamo.
17.3.12
2.11.10
Alma de jazz

Lo que no se ve es lo que importa. Suele pasar que lo relevante es lo que no está a la vista. En plan metáfora. En plan lúdico. Se advierte el milagro de la alegría en ese instante de deslumbramiento. Aquí Charlie y Dizzy están en esa sincronía que antecede al arte. Uno se da cuenta de que otro le entiende sobre un escenario. Sin ese peculiar ayuntamiento lírico, el jazz sería un ejercicio vacío, un arte sin alma, un juego malabar al que le privaron de significado. Y la fotografía exhibe el alma misma del género. Los dos músicos en estado de euforia. Luego vendrá Body and soul tocado con el corazón. Sin dedos. Sin que la música provenga de ningún instrumento. Como si les naciera de adentro y les saliera espontáneamente. Un milagro. Un goce absoluto. A Charlie, los mal pensados, le pueden colocar un par de whiskies dobles, una raya de coca o un chute profesional de caballo en vena, pero eso no altera el magisterio del músico. En todo caso lo apartó joven y no pudimos disfrutar de un crecimiento en lo personal y en lo musical. Sólo eso. Dizzy es un extraterrestre. Uno alegre y bonachón. No se le conoce vicio que malograra su genio primordial. Les debemos tanto.
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10.11.09
29.10.09
La silla de Clifford Brown

Hasta hoy no sabía que había sillas de jazz. Las hay de velatorios y de cine de verano. De iglesia muy pobre y de fiesta de barrio. Cuando descubrí la foto en una de esas búsquedas caóticas que uno realiza cuando enciende el ordenador sin un propósito fijo, escuchaba a Clifford Brown. Así que una de ellas es suya. La silla de Clifford Brown. Las otras dos no tienen todavía dueño. ¿Miles Davis y Kenny Dorham?
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19.10.09
Miles está pensando en Dios

Miles está en pensando en Dios. A su manera, reza, aunque parece que esté descansando o incluso durmiendo. Quien habla solo hablará con Dios un día, escribió el poeta. A Miles se le puede oír hablar solo cada vez que se agarra a la trompeta. En directo era un punto huraño. En la intimidad religiosa, la gente suele serlo. Yo, que soy un descreído en esos asuntos de Dios, pienso que Miles entraba en una especie de trance y entonces no era posible ser un tipo sociable y exhibir la sonrisa enorme que su colega Armstrong ponía en su cara gorda de obrero negro. Miles está pensando en Dios y le está contando que ha encontrado el equilibrio cósmico en un solo, en un pulcro acabado de la melodía que el azar o la inspiración o el talento le regalaron la noche de antes. Debe ser estupendo creer en Dios así. Ser Miles Davis en la foto.
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Mingus, Mingus, Mingus, Mingus, Mingus, Mingus...

Mingus, Mingus, Mingus, Mingus, Mingus, Mingus, Mingus todas esas veces hasta que el instrumento pasa por la cinta transportadora y el gordo iluminado se apoltrona en el asiento, cierra los ojos, piensa en Pannonica o en el Mississippi o en Carnegie Hall y echa una cabezadita cruzando el Atlántico.
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24.8.09
Extraña fruta...

Cantar a Billie Holiday llevando sangre marfileña y sefardí en la sangre da discos como éste. Contamos entonces con la idea de que la sangre de uno dicta tonos de voz y afinidades estéticas. Contamos también con que a Billie Holiday la puede interpretar una de esas nuevas divas del jazz que nacen en Japón o en Alemania. Como si la voz de la señora del jazz, con permiso de Ella Fitzgerald, pudiese exportarse, embutirla en un recipiente distinto del que estuvo contenida y olvidar la dureza de la negritud, el canto desquiciado de un pueblo que cantaba o tocaba o bailaba para el pasado o para el futuro, pero no para el presente, que era una estación hostil en la que el pueblo negro, el silenciado, el vapuleado, el almaherido, malvivía a la espera de un paraíso, de un palacio en las profundidades de su corazón. Por eso me parece a mí que no se puede cantar en negro cuando te corren por la sangre otros colores. Y por supuesto no se puede cantar en negro si eres blanco aunque seas Joe Cocker en uno de sus arrebatos setenteros, no el Joe Cocker de ahora, comprado por las multinacionales, expuesto a las modas, viviendo del rédito infinito de su perfil más hondo. Puedes cantar a Billie Holiday, dedicarle un disco, sencillos tributos, aunque te llames Madeleine Peyroux y los críticos escriban que las voces tienen similitudes. Y al escuchar el disco de Laïka Fatien por segundo o tercera vez entiendo que no echo en falta el dramatismo existencial de Strange fruit, cuya cruda letra no entendía Billie al principio y que fue modificando conforme la metáfora oculta iba surgiendo a cada nueva interpretación. Eso, en el fondo, tiene el blues o el jazz cantado, que evita la dicción limpia o la exigencia de otros géneros (pienso ahora en el pop almibarado o melodiosa al estilo de Carole King o de Barbra Streisand) y hurga más adentro, buscando el espíritu, trazando líneas desde la epidermis hasta el territorio sagrado donde está el llanto y donde está la risa. Porque en el blues o en el jazz hay llanto y hay risa y las hay a capricho de quien ofrece su alma a quien escucha. Fatien no pretende cantar como Billie Holiday ni el oyente avezado o el neófito desea escuchar a Billie Holiday en la voz de Fatien, pero pensamos inevitablemente en las circunstancias en las que existió esa voz y cómo se fue perdiendo, ahogándose, diluyendo la parte orgánica en la parte orgánica, sobreviviendo y vendiendo el talento para abastecer el peaje de sus vicios. Quizá el ingenio y la inspiración, aparte de provenir del trabajo, acudan por la vía de la experiencia y haga falta tener sesenta años para escribir una buena novela y tan sólo veinte para pergeñar un relato decente. El tiempo es el que dicta las normas. En todo caso, escuchando Misery, este tributo (uno más) a la genial Billie Holiday, uno piensa en el numen, en la secreta chispa que ilumina a los genios. Y a pesar de ser un disco formidable y de que suene hondo y sincero, le falta esa chispa, ese extra de dramatismo y de vida cantada que Billie Holiday poseyó como seguramente ninguna otra cantante en la historia. Y admiro a Peyroux y a Fatien en el nuevo panorama del jazz o del soft jazz o como quieran llamarlo, pero vuelvo insistentemente, cada vez que oigo un tributo, al original, al trabajo del que procede esta aproximación, este digno (al cabo) sucedáneo.
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3.3.09
Olvido / Tomajazz / Kind of blue (1959-2009)

Pillo de Olvido un link a Tomajazz que merece altar propio. A vueltas con Kind of blue. Como no es época de milagros quizá conviene perderse en este imperturbable monumento al talento y a la belleza. Una vez más.
3.2.09
Avishai Cohen: As is... Live at The Blue Note
Este disco es una de las razones por las que el jazz cubre absolutamente todos los géneros. El bajista israelí recorre el folclor de su tierra y cuela jazz de Nueva Orleans, notas de flamenco, vértigos del rock y hasta un colorido repunte de pop o una sencilla línea de funk. Todo bien hilvanado para que el oyente no descubra las suturas del traje, la urdimbre secreta de una música perfecta.
15.1.08
Blue & Bird: hedonismo puro

Uno tendría que entrar más a ciertas páginas. Cuando tarda en regresar tiene que ponerse al día y hay siempre material goloso, prosa concupiscible, qué sé yo, jazz, cine, versos, barras de bar, vertederos de amor, retales de otras vidas, fotos a contraluz. Una de esas páginas es Jass it up, boys. Lo último que ha hecho su sincopada autora ( visiten su página, please) es hacer un breviario imposible de obviar, una serie de invitaciones hedonistas. La primera me ha hecho volar a mi estantería de Cd's y tirar de catálogo. Charlie Parker y Miles Davis. Bird con su mirada ensangrentada en heroína y Miles ensimismado, ajeno al mundo y a sus vértigos, embelesado en su conquista de alguna esencia que el común de los mortales ni siquiera imagina. Olvido practica el jazz letraherido. Hoy (ayer, realmente) me hizo regresar a Parker y a Davis. Hedonismo a golpe de clic, la felicidad y la belleza juntamente en un barrido sonoro que se impregna en el alma. No me he excedido, no. Que las invitaciones cundan. Yo pronto copio la idea y me atrevo con alguna.
19.11.07
Ella plays Summertime
Summertime, And the livin' is easy Fish are jumpin' And the cotton is high Your daddy's rich And your mamma's good lookin' So hush little baby Don't you cry One of these mornings You're going to rise up singing Then you'll spread your wings And you'll take to the sky But till that morning There's a'nothing can harm you With daddy and mamma standing by Summertime, And the livin' is easy Fish are jumpin' And the cotton is high Your daddy's rich And your mamma's good lookin' So hush little baby Don't you cry
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