25.6.19

Amar el amor, no lo amado




Hace mucho que subrayo. También hago anotaciones. Manuscribo ocurrencias, palabras que afloran del texto, sin que estén, frases que me sobrevienen. Algunas incluso se alejan del motivo que las alentó; otras, las duplican, torpe y absurdamente las repiten. Albergo la idea de que escribir uno sobre lo escrito por otro crea un texto añadido, un postizo, que funciona a modo de prótesis, creando un agregado ficticio sin el que la lectura tiene entidad, peso, cuerpo y autonomía, pero a la que se le extirpa la dimensión del lector, que ha entablado un diálogo con ella y, como un palimpsesto, se lo ha incrustado. Se crea así una realidad supletoria de la que a veces únicamente quien la creó puede extraer un sentido.

Hago esta reflexión porque, en tiempos, subrayé y anoté con el afán del que cree (ya no) que no hay otra manera de leer. El subrayado, como tantas disciplinas, exige una constancia, una especie de tesón. No se puede hacer a lo loco, sin pensar en qué se está remarcando. Requiere un adiestramiento, un errar en las primeras veces, un divagar y un alejarse también. Porque se subraya para uno mismo. No hay un tercer lector, aparte del autor y de mí mismo. A mi amigo K. le pareció, comentado el tema, que es mejor no tocar lo leído, dejarlo como vino, no interferir en la presencia sólida y fiable (o no) del texto. Como si esas apreciaciones alteraran lo escrito, le dije. No sé bien a qué obedecía aquel vicio, ahora perdido. O lo sé y no encuentro ahora razones que alienten de nuevo su desempeño.Tal vez buscaba dar con una significado oculto o incluso el único significado. 

Quería saber si el esmero con el que me aplicaba mejoraba mi apropiación del texto. Si una novela anotada, subrayada, la hacía mejor novela en mi cabeza. Sé que, de repente, sin que nada lo prefigurara, sin un aviso visible, dejé de subrayar. Al acabar una novela, observé que no había usado el lápiz en ningún fragmento, que ninguna de sus líneas había sido pasado por ese rodillo subjetivo. A mis alumnos no les pido que subrayen. Una lástima. No pueden hacerlo porque los libros no les pertenecen. Se les da en préstamo para, al finalizar el curso, retirárselos y meterlos en bolsas (unas bolsas negras horribles) para que los reciban los alumnos de cursos inferiores. Pierden algo que yo disfruté muchísimo y que, visto ahora, me parece incluso altamente positivo. El subrayado hace que te conviertas en una especie de autor secundario, de autor detrás del autor. Hay frases enteras que es difícil no subrayar. Parece que, al hacerlo, se terminaran de alojar en la memoria, hiciesen allí residencia. Recuerdo haber reparado en pasajes enteros de Rayuela y, sobre todo, en los libros de Nietzsche publicado por Alianza con maravillosas portadas de Alberto Corazón. También, en menor medida, en esa misma colección, El Aleph o Ficciones de Borges y, más tarde, Los mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft. Un libro, si está estropeado, si se revela que ha tenido un uso intenso, es más valioso que el cuidado con mimo innecesario. La verdadera biblioteca es sentimental, no el acúmulo aristocrático de volúmenes pulcros y limpios en baldas muy ordenadas.

Dejé de subrayar sin que apenas lo notara. No saber cómo empezó hace que pierda sentido indagar en cómo acabó. Hubo, no obstante, cosas que gané: leer un libro como si se le abrazara, intimar con él, hacer que existiera una relación doméstica, privada, pura. Perdí (creo) la literatura íntima, la mía, la que se me impregnó y yo vertí en cada anotación. Lo terrible es que el libro, en muchos sentidos, quedaba resumido en la labor crítica del lector. De hecho, subrayar es ejercer una especie de análisis de índole crítico. Se purga, se criba, se le dan a unos trozos más enjundia o más fuste que a otros. Pareciera (no siendo así) que las partes sin subrayar fuesen de menor hondura o no hubiesen superado las exigencias que impusimos. Habrá un libro secreto dentro de cada libro. De alguna forma andará uno por ahí adentro, en los márgenes. El escritor que ahora pueda ser comenzó probablemente en esa periferia del texto. Resulta (además) muy curioso leer el libro que alguien ha subrayado o anotado antes. En esa suerte de palimpsesto a la luz, se puede crear una trama paralela o un pensamiento surgido al margen. La afición al aforismo que creo tener proviene sin duda de esa época. Después de haber escrito esto, en cuanto termine el que ando leyendo, que es en ebook y ahí acaba toda voluntad de escritura, buscaré un libro tradicional (papel de toda la vida, lomo y tapa dura, a ser posible) y cogeré un lápiz. A ver qué sale. Igual he perdido la habilidad de antaño. El tomado para ilustrar el texto es un libro comprado en 1986. Los hay más antiguos. Me gusta éste, de cualquier manera, El lector avezado sabrá de cuál se trata.

24.6.19

Perros que no ladran en un sueño


Alejandro Magno, al acostarse, con temor de que el sueño le privara de las cosas esenciales de la vigilia, ponía una mano fuera del embozo y, dentro de ella, amasaba con esmero una pequeña bola de cobre. Al caer dormido, al abrirse la mano, por el ruido de la bola precipitada al suelo, se despertaba y podía regresar a sus asuntos, todos de mayor importancia que los guardados en el sueño. La posibilidad de que la vida sea tan corta como para que no la distraiga el sueño es antigua. Hay sueños que pueden interferir más en la vida que la propia vida en esos sueños. De hecho, en lo que entiendo, se tienen algunos que rivalizan con ficciones poderosas leídas o vistas en una pantalla a o en trasiegos de la realidad, cosas vividas, episodios que son verídicos y han sucedido en torno nuestra. Algunos manifiestan con más vehemencia sus sueños, los difunden con mayor entusiasmo. Como el que escribe y de pronto se queda en blanco y no sabe por dónde tirar, hay sueños que concluyen de manera abrupta y que no permiten regresar a ellos, moldearlos, darles una especie de oportunidad para que terminen de contar lo empezado. Otros, muy sin embargo, interrumpidos por la injerencia de la realidad (un ruido en la habitación, una urgencia del cuerpo que hay que aliviar) piden a gritos que se les permita el regreso. Es entonces cuando uno desea conciliar el sueño de nuevo. Como el sueño ha estado ahí, tan cerca, acude prontamente. Lo que hago, al emboscarnos otra vez en esa bruma onírica, dejamos que la ensoñación acabe. La historia, la farragosa historia, en casi todos los casos, debe finalizar. Los sueños tienen desenlace, poseen el rigor de la mejor literatura, adquieren la rotunda presencia de una trama novelesca a la que nos entregamos con fruición y de la que no somos capaces de escapar. Se trata de no poner la mano fuera del embozo, bien sujeta la pequeña bola de cobre: por no permitir que caiga y nos despierte y perdamos la información fundamental, la que falta para que podamos recordar, al despertarnos, los caminos que hemos pisado, las vicisitudes que hemos vivido. El mío de anoche contenía palacios, no uno, sino varios, ocupaban todo el paisaje, apenas había distancia entre ellos, como si fuesen casas de esos barrios estándar que se ven en las películas. No sé nada más, no guardo nada más. Tal vez unos perros yendo de aquí para allá, olisqueando unos cajas con basura. No recuerdo que ladraran.

19.6.19

La realidad


Fotografía: Robert Mapplethorpe


Hay realidades que se juntan sin que exista voluntad por parte de ninguna de por medio. Algo parecido a lo que nos pasa a las personas. Vas por la calle y de pronto te fijas en alguien y su realidad se mancomuna con la tuya y hacéis una pareja. Lo normal es que cada cosa, por pequeña o grande que sea, suceda sin el concurso de las demás, pero no ocurre así; por más que cierta lógica lo refrende, es justamente al contrario lo que pasa. Que los extremos se alían, que hay asociaciones rocambolescas o absurdas o incluso imposibles. El tronco del árbol vive ajeno a que un coche se le incruste. Antes de que el agua le anegue los pulmones, el ahogado no relaciona su maquinaria respiratoria con líquido alguno, es el aire en lo que piensa. Una mujer se enamora de un hombre (hagan las variaciones que les plazca, no habrá problema ni anomalía por mudar los géneros) sin saber que ese hombre al que ama le va a empotrar una plancha en la cabeza y se la va a reventar. La realidad es patética a poco que se la mira con atención. Tiene fisuras por las que se adentra el caos. Una realidad, una vez que ha conseguido su rango caótico, muta a otras realidades similares y se gusta de modo que cuesta retornarla a su matriz inicial, la de la armonía, la del consenso entre distintos, pero el agua penetra en los pulmones y la plancha en la cabeza. Hasta el pez de la fotografía de Robert Mapplethorpe no cuadra con la hoja de periódico. Podría haber un texto sobre la pobreza en el mundo o sobre el avance imparable de la extrema derecha en Europa haciendo de cama de las tripas del pez de resultas que el hedor de la muerte de uno contagie al otro y no se sepa cuál de los dos es el que estimula la hediondez del aire. Lo real, esa maquinaria tangible, tiene también su reverso intangible.


17.6.19

El cielo está en todas partes

El infierno está en todas partes. Lo dijo un viejo con el que me crucé en la calle. No debió ser el calor el que lo animó a publicar la confidencia. Se paseaba bien a la sombra y corría el fresco que no suele, aunque estamos en las puertas del tórrido verano cordobés. Quizá le pareció que estaba desahogándose por todo el calor que había padecido durante una vida entera. No lo dijo airadamente, no había dolor, tan sólo expresaba un pensamiento, como el que dice qué frío hace hoy o me duelen las piernas como nunca. Yo a veces me he sorprendido hablando en voz alta. No sabe uno bien qué dice en esos casos. Si expresa una voluntad secreta o sólo deja que prorrumpan las palabras que van a lo suyo en la cabeza y de pronto, sin que exista razón para que se entiendan, se abrazan, avanzan juntas y buscan palabras nuevas con las que ir más lejos o más hondo. El lenguaje es una cosa de lejanía y de hondura. No he visto todavía a nadie que diga que el cielo está en todas partes. El bien está menos valorado cuando uno cuenta lo que le bulle adentro. Dejé atrás al viejo de ayer por la mañana y proseguí mi camino sin pensar en esa revelación o en esa epifanía sobrevenida. La frase viene después, sin que tampoco atine a comprender las causas por las que fue ella que vino y no otra. O porque me he sentido arrebatadoramente obligado a dejar constancia de su presencia. Quizá para que no la olvide. Uno escribe para dejar algún registro o por evitar que el olvido nos derrote. Se habla solo para decir lo que no se podría en compañía. Se dice lo que de verdad nos preocupa o lo que no deseamos que se revele. Se habla en voz alta para que lo dicho tenga el peso que a veces no tiene lo pensado. Por otra parte, ya lo dejó escrito Pavese, tan triste en su final: el infierno son los otros. Hoy es uno de esos días en que puede ocurrir cualquier cosa y no termina de ocurrir nada relevante, ninguna cosa que comentar mañana, nada que otro no haya pensado o hecho, aunque no seamos nosotros. Hay que ser originales, hacer lo que no se espera que hagamos, tirar al monte de cuando en cuando, deshacernos de las costumbres y probar la posibilidad de que tengamos, en adelante, otras nuevas. Bob Dylan se hizo cristiano a los cincuenta. Un amigo cercano, por cuidarse, censuró la carne y abrazó la causa vegetariana. Yo mismo, a los cincuenta y tres, estoy pensando en hacerme unas cuentas vueltas al pueblo o hacer bici estática una hora al día, a ver si la costumbre de engordar torna a otra cosa y le hago un favor a mi descuidada salud.

Escenas de guerra




Fotografía: Ken Klisch



12.6.19

El arte es una religión privada





Tríptico del carro de heno, El Bosco (1512-1515)

Hay una evidencia del genio: la de conmover. Todas las demás son accesorias, se puede prescindir de ellas e incluso algunas, por reiteradas, por el poco matiz que exponen, hasta se podrían censurar, dar por irrelevantes, no permitir que prosperen, ni den ejemplo. El genio conmueve a quien atiende a su discurso. Hay un punto dramático en la conmoción. Acude con ella un principio de sobrecogimiento, que a veces muda a llanto. No pasa nada por llorar cuando vemos una catedral gótica o un cuadro de El Bosco. Los genios a los que admiro de manera continua e insobornable tienen también la facultad de asombrar a cada parada que hacemos ante su presencia. Nos parece nueva la historia o la canción que hemos leído o escuchado cien veces. Es otro carro del heno el que pintó El Bosco en cada ocasión en que lo vemos. Se les tiene al autor una gratitud novicia cada una de esas milagrosas veces. Es esa fascinación la que nos disuade de la idea de que no pueden decirnos ya nada nuevo. Toda la obstinada liturgia con la que festejemos sus prodigios es precursora de prodigios nuevos, aunque sepamos de memoria el hilo de sus tramas, la arquitectura interior de sus maravillosas obras. El arte que despliegan nos concilia con el mundo y, sobre todo, con nosotros mismos. Uno administra sin mesura el dulce veneno de sus ideas, la lujuriosa plasmación de los trazos, se entrega enteramente, no deja una brizna de su cuerpo en la intemperie, se declara feligrés de esa homilía sanadora, hermosa e inteligente. Tienen los genios el numen, la comisión de la belleza, el negociado de la luz, siempre tan asediada por las sombras. Es el combate antiguo, no ha cesado, prosigue su liza ancestral, la de la belleza y su reverso, la del bien contra el mal, si es que deseamos colar el lado moral del arte, su indiscutible posicionamiento estético y ético. Son ellos los que interceden, quienes arriman su soplo vivífico, el ardor bendito de su sangre. Cuando percibes que flaquea tu ánimo, acudes a que te conforten. Cuando estás en sus manos, te sientes en armonía con el cielo, en paz con tu corazón, secretamente ungido por los dones de la lujuria más invasiva, repentinamente investido por los dones de la gracia. El arte es una religión privada. Concede el milagro que se le solicita, no requiere el concurso de ninguna divinidad, al menos ninguna a la que podamos nombrar y de la que tengamos la duda de si nos salvará o nos condenará. El arte carece de condena. Todo él es premio. Al genio se le atribuye la rendición de esa sustancia luminosa, es a ellos a los que les encomendamos la producción de los milagros. No sabemos qué secreta revelación los faculta para que su cabeza piense El Quijote y luego lo escriba minuciosamente, con la morosidad del que construye un universo, o que imagine El tríptico del carro de heno y después lo pinte sobre el lienzo blanco. No hay nadie que no tenga un genio en su interior. Todos lo somos de una manera precaria o esplendorosa. Algunos no se fuerzan a sacarlo, no le invitan a que colabore, ni siquiera sospechan que ande por ahí adentro. Coincido con Lorca en esa idea suya de que la inspiración acude cuando se está trabajando, pero hay ocasiones en que prorrumpe a su antojadizo capricho, se envalentona y sale de allá donde esté y hace que el mundo sea mejor y la belleza (o la inteligencia o las dos juntamente) no flaquee y lo engalane. Difiero de mi amigo K., que suele desconfiar del genio y todo lo atribuye al esfuerzo. Hay veces en que no se le puede llegar la contraria. Incluso no es deseable hacerlo. Alivia saber que el trabajo produzca genios. Que la voluntad y el empeño cree arte.

8.6.19

El mar


En su terquedad sin propósito,
la ola no festeja su urdimbre antigua,
no lamenta sus muertos
ni escucha la palabra de los poetas.
Somos una especie de ola
despojada también de propósito,
una flecha cuyo arco maneja otro.
Es ajena la noticia del aire,
oscura la naturaleza del disparo.
Hay un desvanecido asomo de certidumbre
a la que el alma se aferra y de la que se alimenta.
No busques más, no indagues, no sepas.
Eres la terca espuma de la ola,
los días son el naufragio previsible.
Cuentas, en el viaje, la rendición nunca prolija de los prodigios;
se afana tu voluntad en celebrar ese festín de milagros,
pero sucumbes, aceptas sin dolor la derrota;
desoyes la admonición del augur
y escuchas con pudor, con gratitud, con esperanza,
la música dulce del mar.

(Bulevar Gran Capitán, Córdoba, 08/05/2019)

6.6.19

Vidas de otros

Hay vidas improbables que le tocan a uno en suerte o es una sola vida y su vértigo la multiplica. Duele siempre su conclusión. La noticia del cese. La evidencia notarial del acta que rigurosamente consigna la ebriedad de los días, ese dulzor incierto en los labios que nos escolta, ufanos, al sueño. No es la fe, que preña la inteligencia de metáforas, sino la ficción, el libro prestado en el que narramos la desdicha, la gloria y también el fulgor invisible de estar vivos y celebrar en cada gesto el empeño. Vidas que son de otros. Historias compartidas. Nada de los demás no es en parte mío. Ninguna propiedad mía lo es enteramente. Sólo es nuestro lo que perdimos.

4.6.19

una chica de un cuento de carver

después de todo ahí está siempre esa manía de hurgar en la memoria con objeto de rescatar algún remotísimo resto de cordura o de encanto personal o tal vez únicamente un aviso mínimo de filantropía, pero acaba uno con el ánimo levantisco y andar así como encabronado no conduce a nada bueno o el encanto es un complot entre la líbido y el dow jones que contradice las más elementales reglas de la diplomacia.
los que acuden siempre son los vicios, apuntes bastardos de una vida tirando a crápula, un cierto abandono en las formas, noches en duermevela, blues sin complejos, todas esas sólidas buenas intenciones que al levantarnos abrazamos como maná metafísico y que luego devienen tristeza o algo que no puede ser nombrado con esa vaga fonética cómplice.
algo vagamente parecido a uno mismo con lo que afrontamos el resto de la jornada
como borges solo le pido al señor que me permita escalar la cumbre de cada día
salgo a la calle a primera hora de la mañana, compro el pan, miro el cielo y recito las palabras de borges poco afectadamente, como si no hubiese otra cosa que decir o como si alguien vigilara lo que hago y anotase en una libreta cómo empiezo el día
deberíamos tener un biógrafo
cada uno debería tener un biógrafo
no sé si lo ha escrito alguien antes de ahora
seguramente sí
pero todos deberíamos tener un biógrafo
uno que diese fe de los quiebros y de los voluntos
de chet baker en holanda y de los espasmos del amor a mitad de la noche
a partir de aquí el día suministra su ración de atropellos
el autobús está lleno
las calles están llenas
el ascensor está lleno,
luego la mesa de la oficina,
el cajón, windows xp presenta, qué tiempos,
la agenda metódica y el ruido sin dobleces del reloj muerto en la muñeca
windows ocho es la caña, mejor es mojave, prueba mojave
se trata de ir vaciando la pereza en carpetas azules que van al armario de madera de pino de la habitación de la señora de la limpieza
o se trata de ir escuchando todas las noches un disco nuevo de jazz y acostarte con la sensación de que algo hermoso se ha registrado en la memoria
al final del día queda uno amorosamente rendido y se ocupa del tic tac del estómago, esa procesionaria del rhythm and blues onomatopéyico
amorosamente rendido
me gusta decirlo así
soy un corazón al descubierto
un corazón al descubierto
un diario que se abre y cuenta los secretos
racimo opulento de uvas o la boca carnosa de la muchacha carmesí, la muchacha del pan, que en ratos libres lee a proust, lee a kavafis, lee a rimbaud, lee toda la carne ardiente de la belleza endecasílaba 
la muchacha mil novecientos noventa a la que besaste en un bar cerca de la estación y de la que no ya recuerdas nada salvo quizá la turgencia de los pechos en tus manos nuevas, la boca rompiéndose en la boca, el olor a tabaco en el paladar como una bendición, la vuelta a casa si es que era una casa, el tiempo como el río de heráclito, heráclito mismo contigo
apunta en una hoja de pedidos los versos más esplendorosos, la rima mayestática, los nombres más íntimos de las cosas
leo a carver después de la siesta de las cuatro
una chica de rapid falls tuvo un novio que la dejó a los quince, pero ahora tiene un novio a los cuarenta que la espera en un coche de segunda mano, de tercera mala mano, para besarse después con melodías country, ella mucho tiempo después escucha una canción y vuelve al beso,
ella en el beso recordará pasajes de mann, pasajes de balzac, todos los pasajes líricos de la novela decimonónica, pero el novio sólo aspira a una noche de sílabas tónicas, una visión a ras de epidermis de la harina obrera
lo supo ana karenina
lo supo madame bovary
lo supieron todas las heroínas de la decadente opulencia de los palacios con alfombras y cortinas historiadas
lo dejo a riesgo de que se me olvide
la memoria es la que escribe, no yo 
la memoria es la verdadera culpable, no yo
pero no podemos ir por ahí sin memoria
conociendo cada pequeña cosa por primera vez
diciendo vergel la primera vez
diciendo vírgen la primera vez
diciendo me ha gustado mucho por primera vez
las primeras veces
ah las primeras veces
se podría escribir un libro sobre las primeras veces
escribirlo del tirón con una botella de jack daniel's
con un paquete de chesterfield
en el fondo no somos unos sentimentales
crápulas y descarriados es lo que somos
unos días, crápulas
otros, descarriados
días en lo que somos ambas cosas de modo formidable
ah cómo amo esos días

2.6.19

El rito de la cerveza


Mi amigo José Antonio me manda unas botellas de cerveza en paquete postal. Marcas que no conozco y a las que busco momentos especiales en las que consumirlas. Pienso al tomar la primera en lo poco que celebramos las cosas de diario. Las festejamos poco o nada. Son más nuestras cuando no las tenemos. Borges lo escribió mejor: “Sólo es nuestro lo que perdimos”. Nos repetimos en la creencia de que lo probado y habitual no nos perjudicará, pero tal vez sea justamente al contrario y lo inédito o lo inusual contengan más vida que la vida en bucle a las que nos entregamos con acelerada fiereza. Hay tanto que tuve y de lo que carezco como cosas que tendré y no conozco. Queda el ahora, tan frágil y tan etéreo, tan liviano y tan veloz. Tardamos una vida el darnos cuenta de que no hay otra. Así que al regalo de José Antonio, las cervezas y un librito estupendo de Ray Bradbury, les estoy dando tiempo. Quiero que duren. Me obligo a retrasar el momento de bebérmelas. No se me ocurre mejor evidencia de la gratitud que siento hacia mi buen amigo. Las cosas tomadas más a la ligera tienen también su encanto, pero después, al pensar en ellas, caemos en la cuenta de que quizá pudimos hacerlas durar más. Cuando no están se apropia uno de ellas con mayor propiedad. De ahí la fascinación por el pasado. La memoria es un artefacto lúdico. Podemos entretenernos fiablemente en ella, depositar el pulso del ahora, el peso inasible del presente y la inminencia asombrosa del porvenir, de cuanto sucederá y de lo que no tenemos noticia. La literatura, siempre vuelvo a la literatura, concede llaves, brújulas, mapas que nos facultan para maniobrar el trajín de los días juntamente con la zozobra de las noches. Con mi amigo Antonio Sánchez, hermano mayor, hago continuos ritos alrededor de la cerveza. Somos feligreses de su parroquia de trigo. En breve, ojalá pronto, José Antonio Zamora, hermano menor, despachemos cerveza en una barra, hablando de Scorsese o de Springsteen. Palique tenemos. La birra navarra de la foto fue maravillosa, por supuesto

1.6.19

Haciendo teatro en la escuela

En contadas ocasiones se tiene la percepción de que algo maravilloso está a punto de suceder. Es esa inminencia del milagro, la posibilidad de que se abra paso la luz e impregne lo que antes era propiedad de la sombra. Cuando ocurre hay que precaverse, anotar los prodigios, tener cuenta cabal de todo cuanto fue arrimado para que la alegría lo inundase todo. Así fue el teatro que hice con mis alumnos de Quinto de Primaria. Nos ocupó muchos recreos y algunas tardes de miércoles y de viernes. Son excepcionales mis alumnos. Lo son porque tienen el entusiasmo y porque lo aplican con entusiasmo también. El idioma de los unicornios, la obra que les escribí, la que nos tuve en danza todos esos meses, es un canto a la fantasía, eso pretende ser. También al placer de ser felices en un mundo en donde todo se tasa, pesa y etiqueta, donde los objetos tienen un precio y donde la imaginación, por más que nos duela a los que la tenemos, sólo irrumpe de vez en cuando, con la necesidad que hay de que irrumpa continuamente y lo vista todo con sus luces y con sus colores. Me queda el orgullo de haber trabajado con ellos. Eran veinte artistas y yo era el encargado de que lo supiesen. Los veinte hicieron lo que pudieron. Fueron brillantes, respestuosos con la responsabilidad del trabajo (eso era también una parte de la misma obra) y no flaquearon casi nunca. Cuando lo hicieron, fue por sentirse abrumados, vencidos por el tamaño del milagro, pero sacaron fuerzas (yo lo vi, yo noté ese ahinco, esa demostración de superación) y la obra tuvo su pequeño hueco en el escenario, en el mundo y en la imaginación de toda los que vienieron a verla. No fueron pocos. Tuvimos siete funciones en dos extenuantes días. Una de las más felices fue la que tuvo de público a sus familias. Hacer teatro en la escuela es una de esas cosas que la justifica, más allá de los compromisos normativos, de las competencias con las que nos encorsetan y de todos esos peajes que los docentes pagamos (con obediencia y con esmero) para que la institución de la enseñanza corra con los tiempos. Quizá debiera ir más al trote o andando, sin que corriésemos tanto. La satisfacción es sacar al alumnado del aula y meterlo en una ficción, en un mundo aparte del mundo, en esa hermosa alucinación colectiva que es el teatro. La mía es haber estado detrás, cuidando de que no desmadeje el ovillo, ni que se descuedre el ancho de campo cuando salen al escenario y lo ocupan con su timidez y con su gallardía, con su miedo y con sus arrebatadas ganas de vivir. Esas ganas las contagian. Yo estoy más vivo desde que acabamos. Les miro por los pasillos con la complicidad del que los ha arrebatado de la realidad y los ha enchufado a la fantasía. Me miran con la cercanía del que sabe que compartimos un secreto. Le debo gratitud a las dos madres (Mamen y Araceli) que echaron muchas manos en la construcción del escenario, a los compañeros y amigos que vinieron a verla, a los que felicitándome a mí expresaban su felicitación al portentoso elenco, la mayoría sin experiencia teatral y al video comunitario del pueblo, que vino a grabarla. La pondrá la televisión local. La guardaremos en la memoria. No se perderán Albertina, ni Margarita, ni Marcelino, ni Fabiola, ni los espontáneos que se incorporaban a la obra según necesidades del libreto, ni las dos maestras de ceremonias, ni Rosita, ni Susana, ni Martínez, que era el cerebro más preparado de Quinto B, ni el ojo de vaca en un vaso de leche, ni los colmillos de vampiro, ni el unicornio que sólo podía ser visto si se tenía buen corazón. Creo que lo vimos todos.





273/365 Jackson Pollock

  Se cae, en un descuido, el rojo. Emerge, comido de vértigos, el azul. Está la luz enfebrecida. Se la ve triste, se tiene la impresión de q...