31.12.14

Dos mil catorce / Fin





Tengan ustedes una noche antológica, una noche sublime, una a salvo de la pesadumbre, una con colmo de júbilo, una festiva hasta el desmayo, una que no deseen que acabe, pero no caigan en el error de olvidar el mañana gris, el día con todas sus luces, el año que entra con su vértigo y con su fiebre. Hoy, no obstante, desfóndense. Sean felices sin otro dios que les guíe. Miguel Brieva, el autor de la imagen que traigo todos los años, en esta fecha, a mi blog, se lo dice muy claro. El texto no cambia. Los últimos años entran a trompicones, amenazando con llevarse todo por delante. Así que hoy, si pueden, bailen.

Las palabras, el insomnio, la familia, Bergman

Cada insomnio es distinto al resto y ninguno se parece a otro. En eso coincide con la idea de familia. Quizá ambas cosas compartan cierta sensación de fragilidad y de intimidad, de asunto muy personal que no puedes airear sin que algo tuyo, íntimo también, acabe revelándose, adquiriendo rango público. En el insomnio urge proveerse de distracciones. Como en la familia. No puede estar uno expuesto absolutamente. No sé si hay insomnios felices e insomnios infelices. Todos los males que devastan el mundo provienen de no saber aprovechar las horas de insomnio. Pesan como una condena, duelen como una condena. El insomnio tiene mala prensa. En ese hilo de las cosas, la misma vida podría tener mala prensa también. Si no se sabe ocupar, la vida pesa y duele como una condena. Si conciliamos el sueño, si tenemos el cuerpo lo suficientemente cansado, la vigilia es dulce y no andamos en el temor de que caiga la noche y no sepamos qué hacer con ella. Eso me dicho K., me ha confesado que duerme mal o que duerme a trozos o que duerme sin tener la certeza de que está durmiendo en verdad, como si le contaran que lo hace, como si todo perteneciese a una trama que no es suya, ni a la que puede acercarse y convenir a su antojo. A K. le conmueven todos esos conflictos interiores. Ingmar Bergman y él se habrían caído bien, habrían dejado unas cuantas cosas claras en la barra de un bar, en una mesa apartada de un bar, en la confianza de que no hay mejor evasión que la de hablar, decir uno esto y luego lo otro, escuchar y dejarse convencer o escuchar y no dejarse convencer en absoluto. Las palabras que usamos son también una cosa frágil e íntima, le digo. Las que usas hablan de ti por encima de lo que las mismas palabras cuentan. Como si usar ósculo en lugar de beso dijese exactamente en qué momento te perdiste, cuándo decidiste no seguir por el camino marcado y tomar el que nadie esperaba. Son las palabras las que no te dejan dormir por las noches. Se te van acumulando, se van inclinando, diciendo de ti lo que ni siquiera conoces. No sé el porqué de traer a Bergman en el último día del año. Las palabras, que tiran. 

29.12.14

4 del 2014

Antes, por estos días, solía recopilar por aquí lo mejor, nunca lo peor, que acarreó el año vencido. Era divertida esa labor de pesquisa, de quien ha visto o ha escuchado o ha leído mucho de lo que el mercado ha ido dejando, pero ya no veo, ni escucho, ni leo como solía. No es un lamento, no lo pretende. Hay años en los que prevalecen otras cosas o en donde uno no está tan alerta de las novedades y no para de coger de aquí y de allá, procurando no decaer, en la idea de que hay que consumir placeres mientras están en el aire, conforme toman vuelo y se dejan ver, no cuando se han dejado vencer y se han aposentado en la tierra. Es un asunto formidable el de los vicios. Daría para escribir un blog entero que se titulase  algo así como Mis vicios. De hecho este mío no deja de ser una rendición caótica de ellos, pero rendición al cabo. Así que no dejaré el post de rigor, el del ranking, el recopilatorio. Leeré el de los demás. Tengo amigos que no flaquean en esto y se dejan el pellejo (literalmente, doy fe) en ocupar el ocio ajeno con el ocio propio. Solo pondré aquí el disco del año, el libro del año y la película  y la serie del año. Algo he escuchado, he leído y he visto, claro. Espero que el año que viene, por bien propio, por buena salud cultural, haga una entrada completísima, como las de antaño, en donde el trasegar del año dejaba huella en mí y lo difundía a modo de confesión. 

Libro
Galveston, Nic Pizzolatto


Demoledora primera novela del guionista de True Detective, en la que se resuelve por la vía épica el relato del ocaso de un matón, uno eficiente y violento, al que un cáncer le aparta del negocio, pero no de su dignidad. Escrita con un desparpajo narrativo que crea adicción, página a página, regalando una trama sólida, pensada para que el lector la recree en su cinemascope particular, restituida con una confianza absoluta en el estilo. Uno cree que no puede estar escrita de otro modo, la sigue con fe, cae en la cuenta de que es una historia que probablemente le han contado antes o que ha visto antes (hay ecos de la serie) pero no puede evitar rendirse a la evidencia de un talento mayúsculo. Únicamente su comienzo hace que paladeemos de gusto. Habla Roy Cody, el matón, en una sórdida primera persona: "Un médico me fotografió los pulmones. Estaban repletos de copos de nieve. Al salir de la consulta me pareció que todos los presentes en la sala de espera se alegraban de no ser yo. Ciertas cosas se notan en la cara de la gente". El resto de la esplendorosa trama es un viaje hacia la muerte. Quizá la muerte en abstracto, no la suya, vaticinada, ni la de los que lo acosan, sino de la muerte como idea, como sustantivo rotundo. 

Disco
Nostalgia, Annie Lennox, 



El sexto disco en solitario de la cantante de Eurythmics es un tributo a los más grandes standards del jazz de todos los tiempos. Habrá alguno que falte, imposible que alguno importante no esté en esta lista privada, deliciosa, acometida con un sentido de la responsabilidad enorme y ejecutada con un respeto absoluto a los cánones, a la memoria de los grandes maestros que parieron estas canciones inmortales. Annie canta como nunca, hace que uno llore (yo lo he hecho alguna vez, escuchando piezas de este disco memoraable) y sienta que la música expresa a veces lo que las palabras no alcanzan. El jazz es un biombo tras el que esconderse, pero aquí el jazz es asequible, está en forma, se enseña, orgullos, para que los nuevos lo conozcan y los viejos, ay, lloremos. 



Película
Nebraska, Alexander Payne




En Febrero, cerca de los Oscars de Hollywood amenizaran el comienzo de año con sus galardones, Nebraska ocupó toda la mi atención. La vi un poco sin empeño, porque quizá no eran los días para ver una película triste que podía hacer que yo mismo, sin necesidad de entristecerme, adquiriese una tristeza más honda, pero a veces el arte va a lo suyo, la belleza va a lo suyo, y Nebraska es hermosa, es triste y hermosa. Hace que uno sienta que todo lo que sucede le incumbe. Hay pocas historias que nos incumban de verdad, y ésta se hace nuestra de un modo indeleble. La historia del viejo que busca su eldorado, su mina de oro, su billete para ingresar en la felicidad, es enternecedora, de una sensibilidad a la que pocos directores están al alcance y Alexander Payne, padre de la enorme Entre copas, filma con un pudor sobresaliente la historia de Woody, un Bruce Dern pletórico, íntimo, trascendente, en un papel goloso como pocos. Al acabar, uno cree que está feliz con la vida, con la armonía del cosmos. Sí, ya sé que desvarío, que una película no llega a eso, pero ésta se acerca mucho, lo juro por el frío de Nebraska y por la austeridad de su paisaje. 



Series
True Detective, HBO / Fargo, FX.





No ha sido posible elegir entre dos series antológicas, Fargo y True Detective. Las dos compiten con oficio con el mejor cine que yo haya podido ver. Y he visto mucho cine, lo aseguro. Son grandes porque respetan al espectador y le hacen creer que no hay menoscabo en el esfuerzo y en la manera en que se puede contar una historia. Y las dos parten de una historia fastuosa, de las que pueden contarse como clásicas cuando pasen treinta años. Soy feliz porque existan. Porque haya gente que se involucre en proyectos que tienen miras muy altas y buscan la excelencia en cada fotograma, en cada línea del guión, en cada pequeña brizna de partitura que asista a la representación pictórica, series que sabes que verás más adelante, cuando el recuerdo te pide el peaje habitual y necesites aplicarte una nueva sesión de inteligencia y de belleza. Atrás, por no meter tres en donde solo debía haber una, incluiría Hannibal, que es grande, muy grande, y que merece atención posterior, que prestaré con mucho esmero.




26.12.14

La rubia de ojos negros





Constato el afecto que le profeso a los personajes negativos, a los que no hay manera de salvarlos, los que se arrastran y medran con artes infames, los que viven o mueren conforme a su voluntad, aunque esa voluntad no sea la que la buena educación y las normas de convivencia proclaman como las aceptables. Al mal se le tiene un respeto que el bien no consigue casi nunca. Toda la literatura que amo está cimentada con personajes malvados, gente ruin a la que cerca la sociedad o acorralan los buenos, hasta que les dan su merecido, como se dice. Si se extrae de una novela al malo, queda poco o incluso no queda nada. En el hipotético caso de que no haya malo, de que ningún personaje granjee la animadversión del lector, la novela flaquea, se engurruñe (me encanta ese verbo) y acaba convertida en un adorno, algo presentable, comúnmente aceptado, confirmado en el canon, en el gran canon de la literatura aséptica, linda de aspecto, susceptible de ser sacada a paseo y presentada sin rubor en las reuniones de sociedad.

Leyendo a Banville, pienso en el libro primero, en el libro de los libros, en la Biblia canónica. No hay mejor libro que éste para refrendar todo lo que expongo. No porque sea alta literatura, que lo es, a su modo, en su ficción, en su interesado registro de unos hechos sobrenaturales, Prefiero a Benjamin Black que a John Banville, la mente que lo creó. En cierto modo está bien que un escritor cree un alter ego, uno capaz de bajar a donde él no podría o donde no querría. Habría que tener un seudónimo, un alias, un yo escindible con el que poder salir a calle y hacer cosas y decir cosas que no estarían bien hechas o bien dichas con la autoridad del yo primario. 

Acabé anoche En busca de April, un monumental ejercicio de precisión moral, por decirlo de alguna manera, en el que los personajes ofrecen una doblez maravillosa: un lado visto, remarcable, y otro oscuro, en donde se advierte la calidad de la trama, el formidable vuelo que adquiere el argumento. Las herramientas con las que cuenta Black son más afiladas que las Banville contaría: siendo otro, enmascarándose, la escritura fluye de otra manera, se da rienda suelta al mal con más comodidad. Debe ser consecuencia del pudor católico-irlandés del propio Banville, que de sí mismo nunca dice gran cosa, se deja invitar de vez en cuando y da cursos de novela negra, habla de la literatura y de su amor profundo por Chandler y por todos los que hicieron que el cine negro no fuese únicamente un género cinematográfico sino, y muy contundentemente, uno literario, de pleno derecho. Su detective favorito, Quirke, es un tipo entrañable. Yo a veces me he imaginado siendo Quirke, el buen patólogo forense, pero no soy yo realmente, sino el otro yo, el Emilio Calvo de Mora que podría agenciarse un alias, un alter ego, una máscara. Quirke bebe mucho y no piensa que haya posibilidad de dejar de beber. Vive solo, ha tenido una vida familiar, pero se truncó todo, se malogró la felicidad conyugal (no hagamos spoilers) y ha terminado arruinado, condenado en vida, haciendo las pesquisas de rigor, fundamentado el aura de malditismo que todo detective de raza requiere para que su leyenda prospere o para que, en vida, no acaba de redimirse nunca, no termine jamás de curar sus heridas. Un poco como los detectives prodigiosos de George Simenon, de quien bebe también, a tragos largos, sin embucharse. 





Irlandés venido a menos, admite que no es bien recibido en su país, del que raja más de lo que debería, siendo los irlandeses un pueblo muy endogámico, de escaso afecto por quienes renuncian a las raíces, pero ¿qué son las raíces?. Banville / Black es un francotirador, uno bueno. He disfrutado esa forma de escribir incluso cuando lo que ha escrito no me ha entusiasmado (El lémur) Es prodigioso el oficio de este hombre, la manera con que arma la estructura estrictamente novelística, seduciendo a cada página, invitando a seguir, a no dejarse embelesar con la trama, que es muy buena, sino ofreciendo la insinuación de que es la escritura, el poder de las palabras y de las frases, la que obra el milagro. Bilocación, canibalismo puro, doppelgänger bizarro, da lo mismo: Banville, o Black, son un lujo en los escaparates de las librerías. Es un honorable premio Príncipe de Asturias John o Benjamin, da lo mismo. Los dos están de acuerdo en lo fundamental: en la belleza y en la importancia de la literatura. En un rato, después de que eche mi siesta, me pongo con La rubia de ojos azules. Marlowe ha vuelto. Viva Marlowe. 

25.12.14

Cuatro cuentos y una canción de Navidad / 2014


No hay navidad sin que tres amigos, hoy cuatro, escribamos un cuento. Son solo cuentos, pero a mí me sigue emocionando leerlos. Feliz Navidad en la Antártida, que es una casa para quien se pase..
Los cuentos están disponibles aquí

24.12.14

Viajes

Debe ir con la edad, con las certezas que se van adquiriendo con los años, pero últimamente me inclino más a desoír lo que no me incumbe, a involucrarme poco o nada con lo que antes me causaba profunda adhesión. Luego están las incertidumbres. Sé mucho más de ellas. Curiosamente disfruto más con lo que no sé que con lo conocido, se deja de otear lo muy lejano y se esmera uno en lo que está a mano, debajo, en las cosas cercanas, a las que no siempre se les ha prestado la atención suficiente, por saberlas familiares, por creer que no iban a desvanecerse, por verlas a diario y no imaginar que faltasen. Pasa con los seres amados, pero también con ciertas rutinas, con hábitos domésticos que se echan en falta cuando hace días que no los practicas. Hoy, sin ir más lejos, escribir a media tarde, escuchando música a un volumen muy tenue. Suelo escribir de noche, que es cuando ando más desocupado y el trasegar del día ha finalizado, o primera hora de la mañana, cuando todo está por hacer y todavía no te has puesto a funcionar. Me detengo en los pasajes más difíciles del texto, en las partes más delicadas de la música, en el ruido que afuera hace la tarde, nada que incomode: coches yendo y viniendo, y no muchos; las voces de la charla de los vecinos, animada a veces, muy liviana otras. Constato que todo tiene un valor y que a todo puede uno prestarle la consideración más alta. Como si todo trascendiera, como si todo formase parte de una trama más noble que no nos concierne, pero de la que formamos parte y que modificamos con lo que hacemos o con lo que dejamos de hacer. Como siga así voy a parecer un coelho vulgaris. En todo caso, entra en lo razonable que uno ande a diario descubriendo su sitio en el mundo. No sé si volcarlo aquí hace que se encuentre antes. Tal vez. 

13.12.14

Unas Sonus Faber y unas vistas al mar




Hay cosas que están lejos y a las que uno renuncia. Tengo amigos que veré muy pocas veces o ninguna. Tengo paisajes en la memoria que no veré de nuevo. Tengo libros que no leeré otra vez a pesar de que me hicieron disfrutar e incluso produjeron en mí lo que solo a veces consigue el trato con las personas: cierto tipo de afecto, una forma de comportamiento, incluso el amor, perdurable y puro. Luego están las que cosas que no se tienen y la manera en que uno renuncia también a ellas. No tengo recuerdos de las calles de Nueva York, aunque las registró mil veces distintas mi memoria y sé encontrarlas en todas las películas que he visto. No tengo unas Sonus Faber de estantería de las que me prendé escuchando a Miles Davis. No tengo un apartamento en un paseo marítimo con una terraza en la que quepa anchurosamente una mesa y unas cuantas sillas y desde donde el mar me mire y yo lo mire a él. Tengo, sin embargo, un trabajo que me apasiona, con sus días buenos y sus días de menor bondad. Este rubor primario que tengo para hablar de lo mío impide que exponga aquí a mi familia y me extienda en cómo son y en qué cómo hacen que mi vida esté completa (o todo lo completa que alguien difícil como yo pueda conseguir). Me dijo K. que está bien hacer esta especie de diario, pero que no entre en los detalles. Joselu, que viene por aquí de vez en cuando y una vez me confesó algo parecido a esto, sostiene que se puede escribir de uno mismo sin que en ningún momento estén al descubierto las intimidades, las cosas de verdad íntima, todo lo que no es posible airear, ni siquiera mostrar un breve fragmento de tiempo. Hasta he llegado a pensar que hay una parte de literatura en lo que voy trayendo. No una literatura seria, bien compuesta, de las que ocupan las páginas de los libros de texto y los suplementos de los diarios, sino una hecha de ficción, marginal o periféricamente adornada con trasuntos reales, pintada con colores fiables, pero emborronada más tarde. Lo de las Sonus Faber y el apartamento en el paseo marítimo es absolutamente cierto.

9.12.14

Este año me toca




Como todos los hombres de Babilonia he sido procónsul; como todos, he sido esclavo
J.L.B.

Al desafecto que nos tiene la fortuna le echamos siempre en cara lo bien que se porta con nosotros la salud o lo mucho que nos quieren los que tenemos cerca. Nos contentamos con lo primero que tenemos a mano. Así vamos sobreviviendo, soportando las inclemencias del azar, creyendo que en cualquier ocasión esa fortuna nos bendecirá y el cielo será nuestro. Al que no le toca la lotería, a quien no tiene suerte, no se le ve nunca derrotado, no exhibe la tristeza de no haber ganado. Tenemos soberbios mecanismos de defensa. Acuden a socorrernos en cuanto la realidad nos cerca y nos hiere. Que no nos toque, eso de que ninguno de nuestros décimos tuviera los números exactos, informa de una manera de vivir y conforme a ella vivimos. No duele perder porque no entra en lo razonable ganar. He visto en estas fiestas del consumo cosas de lo más variopinto, acudiendo al recetario de refranes, al romancero y hasta a la conjunción arcana de las estrellas para justificar lo esquiva que fue la fortuna. El azar tiene su escritura, esquiva a veces, cruel otras. La forma en que se combinan los sintagmas del azar baila ante nuestras narices y no sabemos llevarle el paso. Al final de todo sobra el concurso de Dios, que entre sus oficios atribuibles no está el de gobernar los euros que guardamos en el banco. Ese es el verdadero dios. El banco es el que observa estas frivolidades del alma capitalista. Lo de los cargantes anuncios vendiendo paz, armonía y solidaridad entre los buenos de corazón cansa mucho. Llega un momento en que uno cree que todo es mentira. Lo ilustra hoy El Roto, con su crudeza habitual, en El País. La suerte es un decorado. La ponen y la quitan. Igual hay un Departamento que legisla el reparto de la fortuna y va dejando aquí y allí rastros de su ministerio, devoto de la lógica y de la simetría. Habría sorteos para casi toda eventualidad. Unos darían la paz; otros, fomentarían la guerra. La vida y la muerte también serían objeto de su dictámenes. El dinero que cae como lluvia en estos días, el que imparte un poco de esa justicia divina de las oraciones, no es seguro que sea ciego. Todo está pensado. Se sabe de antemano a quién agraciará. Antes de que compremos el número, ya hay quien sabe qué historia traerá consigo, qué luz o qué sombra volcará. Todo es un decorado. La suerte no existe. Este año me toca.


8.12.14

Bares, novelas, humo, palabras



Durante un tiempo solo escribía en los bares. Llegaba solo, pedía un café o una cerveza y elegía una mesa apartada, desde donde pudiese ver el entrar y el salir de la gente. En principio no iba con algo sobre lo que escribir. La única disciplina en la que confío es la improvisación. Nada mejor que dejarse llevar, pedir que el viaje sea largo y no saber a qué lugar se va a llegar ni cómo. No he dejado de funcionar de esa manera desde entonces. En este mismo blog, al que acudo a diario desde hace siete años, escribo también a ciegas. La luz va llegando conforme el texto va cuajando. A veces acaba el texto y no hay luz a la vista, eso es cierto. La ventaja de no saber de qué escribir hace que todo sea más divertido. Uno abre todas las puertas y permite que entre todo el mundo. La literatura (o lo que salga de todo eso) es una especie de casa compartida. Los bares hacen las veces de casa. Los clientes, que son soberanos mientras paguen su consumición y no alboroten, los que saben a qué han ido, entran solos y salen con una servilleta emborronada. Yo las guardaba y luego las pasaba a limpio. Me di cuenta de que no me agradaba nada de lo que había enmarañado allí. Líneas sueltas, trozos muy breves, fragmentos. Luego probé a llevarme un libreta de anillas, una pequeña, pero esa previsión me incomodaba. Saber que la libreta estaba allí, a mi disposición, impedía que escribiese libremente. De un modo que no sabría explicar, hasta eso de no saberme explicar me entusiasma, notar el peso de la libreta en el abrigo, imaginar que acabaría usándola, me hacía eludir la escritura. Todo debía ser mucho más improvisado. En ocasiones me tiraba una hora en el bar, alojado en mi rincón, sin esperar a que nada relevante se produjese, cuando se producía el prodigio. El numen, como un pájaro revolucionario, me contaba lo que estaba pasando y yo, embelesado, en trance, transcribía. Al numen no lo conozco. Viene cuando lo desea. Creo que viene más cuando me ve trabajando. La palabra trabajo no cuaja mucho en esto de escribir. No creo que sea un trabajo, pero exige la misma disciplina que el más duro de ellos. Hay días en que pienso que no voy a escribir nada y cumplo a rajatabla con esa pequeña e inofensiva promesa. Casi nunca me levanto con la idea de que va a ser un día de escritura rabiosa, abundante, febril. De hecho no ha habido muchos de esos días, ni imagino que vaya a haberlos. Me pregunta K. si voy a seguir hablando sobre la escritura en lugar de escribir realmente. Le hago ver que esta metaescritura es lo que me apetece hacer ahora. Es como si hiciese balance de mí mismo y cogiese la escritura como bisturí con el que abrirme y ver qué ahí adentro. 

Dejé de escribir en los bares sin que se notase. De pronto un día advertí que había abandonado esa feliz costumbre. Supongo que mi vida de ahora no se deja querer por los bares como antaño. Entonces vivía en ellos. Tenía uno para cada momento espiritual por el que pasase. Uno para los alegres y festivos; otro para los entristecidos y grises; uno más para los neutros, los que no revelan ninguna circunstancia relevante. Prefería los tristes. Está siempre la cabeza pidiendo tristeza para que salga un texto rotundo. En los días alegres, en esos en los que el mundo gira más armónicamente y el cuerpo obedece cada pequeña orden que le das, los bares no servían para escribir: eran bares de amigos, de rondas y de chanzas. Siguen ahí, acuartelados en mi memoria, todos los que visité y en los que me sentí feliz. Hay amigos que no sé ubicar en otros sitios que no sean una barra o una terraza. Algunos están siempre con la cerveza en la mano, fumando, contando cómo les va la vida y cómo no les fue nunca. De ellos guardo recuerdos imborrables. Incluso hay algunos a los que sigo tratando y con los que no he vuelto a frecuentar bares como entonces. No hay nada que esté ahora escribiendo que sea extraño para ellos. Saben que todo fue así y hasta podrían haberlo escrito ellos mismos y yo estar haciendo de lector. No tengo amigos que escriban. Le pedí a algunos que lo hicieran, pero tenían otras prioridades. La de leer es la más razonable. A K. le parece que es escritor cada vez que se mete en faenas lectoras. Dice que, leyendo, oficia de censor de quien escribe. Le aplaude, le reprende, le duele que no haya optado por otra vía que, en su opinión, favorecía más a la intención del texto o a su trama o las dos juntamente.  

He leído en bares hasta parecer hosco. Prensa, libros de poesía, novelas, ensayos. La lectura, en los bares, se alimenta de lo que la rodea. Como si hubiese pequeños vasos comunicantes entre el libro y la realidad y uno se atuviese a lo que dictamina el otro y viceversa. Un bar, a poco que se le conceda ese rango de residencia, es un teatro en el que todos cumplimos un rol y ejecutamos, sin percatarnos, una obra. Recuerdo un libro en particular (Lolita, Vladimir Nabokov) que lo empecé en un bar y lo terminé en el mismo apenas una semana más tarde. Una parte considerable la despaché en mi casa (una de soltero, previsible y cómoda), pero cuando más me enfangaba en la vida perversa de Humbert Humbert y en sus delirios galantes era en ese bar de Priego de Córdoba, en una esquina a la que casi había estampado mi nombre y en donde, invariablemente, esperaba a que acudiesen los amigos. Las uvas de la ira, la inmortal obra de Steinbeck, la leí a bocados, sin conciencia de que se iba acabando demasiado aprisa, en un bar de San Fernando, en la gloriosa y añeja prestación del servicio militar. Releí Moby Dick, del que ayer Bruce Springsteen, en una entrevista de prensa, decía que era uno de sus libros favoritos, en parques, en bares, en bibliotecas, mientras esperaba que mi hija (pequeña entonces) saliese de su academia de baile. Tarde a tarde, Lucena se llenaba de ballenas y el Pequod surcaba las calles con el capitán Ahab oteando el horizonte como si se acabara el mundo. Algunos años anduve así, paseando libros, ocupándome de mis hijos, en sus tareas extraescolares, en mis andanzas librescas, peatonales.

Hay una poética de los bares, una a salvo del rigor del tiempo. En ellos, aparte de mi discurrir voluntarioso, de mi apetencia espiritual y espirituosa, se ha fraguado gran parte de la gran literatura. No digo ahora nada del cine, de cómo las películas han colocado a los bares en el centro exacto de la trama. Como si fuese el mismísimo corazón de las tinieblas el que bombease vida o muerte o las dos y el origen del mundo fuese una barra o una mesa en la que tres amigos discuten sobre la inmortalidad o sobre las tetas de Madonna. Pienso ahora en Paul Auster, acodado en una, fumando. Ya no se fuma en los bares, ya no dejan. Han eliminado con el photoshop de las leyes una de esas imágenes perfectas que rondan la creación, le pese a quien le pese, que consiste en una nube de humo elevándose, haciendo virutas en el aire espeso y turbio de un bar. En esta poética de los bares está Paul Auster y está el estanco maravilloso de Smoke, que no es un bar pero hace las veces de bar y cumple con creces ese cometido. 

6.12.14

The zero theorem / Teoría del vacío


Uno es feliz cuando hace lo que le gusta. Incluso lo es sin que nadie entienda la felicidad que lo embarga. Hasta ahí, nada rebatible, nada a lo que acudir que desmonte esta pequeña teoría del placer. A Terry Gilliam se lo proporcionan asuntos que al resto de los mortales nos importan poco, pero posee la extraordinaria habilidad de hacer nuestra la fiesta y de que acabemos encantados con su excéntrica visión del mundo. Se le perdona que se extravíe, se le consienten los excesos (Tideland es un artefacto de distracción hermoso, pero hueco). Solo hay que irse a Brazil, esa fábula futurista, noit y absolutamente dramática, en la que nos convence que es un genio inclasificable, un ser dotado de un genio por encima de la triste media, un autor convencido de que las cosas no se pueden contar de ninguna otra forma posible. Siempre metí a Gilliam en el mismo pack que a Lynch. Creo que daría algo (algo que no tengo, por supuesto) por colarme en una hipotética charla entre ambos. Si The Zero Theorem la hubiese firmado Lynch, dotándola tal vez de un más severo sentido de lo grotesco, no habría sacrificado la oscuridad, el desconcierto, el absurdo, toda esa teatralidad guignolesca con la que los dos a veces se despachan para contarnos lo extraña que es la vida y lo poco sensibles que somos a su extrañeza. 

The zero theorem perturba, claro. Su capacidad para hacerlo reside en una asfixiante puesta en escena. Lo que Christoph Waltz desea (que se le informe sobre el sentido de la vida,  que una llamada de teléfono le responda a todas esas grandes preguntas) se extiende durante un metraje excesivo (ciento siete minutos de Gilliam son doscientos cincuenta de un director más centrado) y acaba por preguntarnos si de verdad merece la pena el esfuerzo, el rato en la butaca, la confianza en que la trama ofrezca algo que enganche. Porque The zero theorem no establece ese diálogo, no empatiza (tampoco el grandísimo actor Waltz logra que su personaje logre esa virtud fundamental del teatro), no hace que la función fluya, no cuaja casi en ningún momento. Lo que la lastra y la reduce a un ejercicio de autocomplacencia (yo soy feliz, yo hago lo que quiero, yo sé cómo cabrear a los de la pasta) es su flojo argumento. La historia del genio de la informática recluido en una capilla en ruinas, al servicio de una oscura corporación entre lo metafísico y lo industrial, decae a poco que la trama avanza. El batiburrillo de escenas deslumbrantes (todo Gilliam es deslumbramiento, por eso lo queremos a pesar de todo) no compensa la vacuidad de lo que las escenas cuentan. Y eso que cuento con la idea de que hay en mí una tendencia insobornable a que lo hueco y lo hermoso al tiempo me llene más, en ocasiones, que lo denso y lo gris. Defiendo la belleza casi por encima de la inteligencia, pero todo lo bello que Gilliam nos ha dado (las escenas impecables de las mejores distopías del cine reciente) se tambalea cuando se complica la vida con empresas sin empuje, huérfanas de intensidad, en las que pasa o poco o incluso no pasa absolutamente nada. Más cercana al cómic que al cine, la cinta discurre como si fuese una rueda de cuadros coloristas, vistosísimos, que hacen que abramos los ojos. Pero debe haber algo más que ojos abiertos. 

A mi puerta llamó el amor / Triana en el recuerdo


El patio salió cuando Franco todavía estaba inaugurando pantanos. Eso le da un valor extra que no tienen otros discos de la hondura de éste. Estaba el pasado por un lado y el futuro, sublime futuro, por otro. Porque El patio es un disco único, uno que mira al futuro sin dejar de echar un ojo, un ojo sabio, al pasado. Eran tres tipos de Triana que escuchaban a Yes, a Genesis y todo el rock progresivo de los primeros felices setenta y le calzaron un traje flamenco. No creo que haya habido una audacia igual en la historia de la música patria. Luego ha venido matrimonios interesados, combos de inspiración etnológica que miraban al sur y al cielo y al mar y al cosmos entero, pero Jesús de la Rosa, el Tele y Eduardo Rodríguez fueron unos avanzados. Hicieron un disco magistral en una época en que los discos magistrales se facturaban extramuros, en la fría y pérfida Albion, en el delta del Mississippi, en Detroit, en la Gran Manzana. Psicodelia, fandango, bulería, poesía, rock progresivo, flamenco, hondura. Hoy, escuchando El Patio, he sentido que el mundo volvía a tener sentido. Grandes, muy grandes. 

5.12.14

Tuneando el Quijote / Pérez-Reverte, el francotirador feliz



El francotirador
Advierte Pérez-Reverte a los jóvenes. Probablemente sea útil la advertencia. Cualquiera, bien intencionada, lo es. La del escritor y académico es la que proviene del misionero, a decir suyo. En las misiones se anunciaba el evangelio a quienes, por circunstancias sociales o geográficas, no podían escucharlo. Toda esa pedagogía de la fe la lleva Pérez-Revarte a la literatura, lo que hace que de entrada yo valore el empeño, con independencia de que quien lo publica sea de mi bando o no. De este hombre, beligerante, comprometido, valoro precisamente eso: la beligerancia y el compromiso y, habida cuenta de lo que escasean, me preocupo de leer sus sueltos de prensa, en los que zahiere con inteligencia, va descaradamente a lo suyo y no se casa en literaturas o en política con nadie. Me cansa el Pérez-Reverte pagado de sí, embelesado en su sombra, de fácil calentamiento verbal, pero admito que es una lectura combativa, de las que propicia después una conversación y de la que, a favor o en contra, se extrae alguna visión honesta del asunto. La advertencia a los jóvenes que le trae hoy en prensa viene de la Feria del Libro de Guadalajara, en donde vaticina un futuro negro.  Y me pregunto cuándo ha habido un futuro blanco o azul o arcoiris. El futuro, en su naturaleza, es negro. El de la juventud, la de cualquier época, nunca ha sido un paseo por unos juegos florales, con abundancia de guirnaldas y música new age que amenice el acto. A K. le pregunté si nosotros fuimos unos jóvenes descarriados, condenados a un futuro negro y si ahora, treinta años más tarde, somos ciudadanos a salvo del fuego que nos vaticinaban. Y no lo somos. Da igual que usted, que frisa mi edad (qué hermoso eso de frisar, qué hallazgo semántico, tengo que explotarlo) tenga un BMW en la cochera, hijos en la universidad y un sueldo holgado para pagarse unos lujos en verano o que no llegue a fin de mes y haga cuentas, cuando se acuesta, antes de conciliar el bendito sueño. No podemos generalizar. Es imposible. No conviene incluso. Pérez-Reverte tiene a su disposición un atril y un público. La juventud no está condenada. No, al menos, porque no haya leído El Quijote, en la versión que quieran. No porque estén envenenados por la tecnología.






El pedagogo
Lo de El Quijote clama una reflexión aparte. Ganar adeptos a la literatura no es asunto recriminable, se haga desde donde se haga. Llevé a J.K. Rowling al altar de las letras en un auditorio de instituto de Secundaria, invitado a ese foro para hablar de libros y de quienes los hacen. Dije que era, sin lugar a dudas, una persona influyente, a la que se le debía un respeto enorme. Que los lectores del futuro hayan empezado a devorar libros con su saga de Harry Potter merece la admiración de todos los que amamos la literatura, y no importa que no sean todas esas historias de magos y de puertas falsas en los andenes de tren una delicia intelectual o un compendio de virtudes estilísticas. No le hacen falta. Los libros de Harry Potter atraen otros hasta que llegue, ah el azar, ah la belleza, la irresistible atracción de las letras y ya no se pueda parar de abrir y cerrar libros. Algo así desea hacer Pérez-Reverte con la obra inmortal de Don Miguel de Cervantes Saavedra. Quiere un Quijote desmenuzado, adaptado a los tiempos, minuciosamente tuneado. Lo de tunear es un deporte de moda. La propia palabra (tunear) reclama su parcela de modernidad, su participación en la volandera vida de las palabras. Y se tunea casi cualquier asunto y no hay disciplina del saber, contando las más severas y las de más grácil peso, que no hayan pasado por el taller del tuneo. El Quijote, tuneado, no será El Quijote, me digo a mí mismo, pero por otro lado, pensando en lo invisible que a veces es, lo poco que las andanzas del Caballero de la Triste Figura pasea por las noticias, no me incomoda el invento. Duele que se tenga que bajar a este ruedo y lidiar este toro de la incultura. Duele que la juventud ande condenada, sin la tabla de salvación de la literatura, de la que no me cabe duda ninguna de que salva y rescata a quien solicita auxilio. Lo malo es que no va a haber lectores de este artefacto metaliterario. Será objeto de sesudos estudios y ocupará (como hoy yo hago) alguna reflexión más o menos afinada, pero no vamos a ir mucho más lejos, Arturo, no vas a dar el aldabonazo en la puerta y se van a aparecer Tolstoi, Borges, Cortázar, Chéjov, Carver, Proust, Kafka y todos los demás. Pero mientras no demos con la tecla para que la gente lea, no podemos ponerte contra el paredón y hacer uso de las armas. No, ni mucho menos. 

4.12.14

Educar para ver



A la belleza también se le debe respeto. La juventud que ignora que a sus espaldas, en la pared del museo en el que están, se exhibe Ronda de noche, el inmortal cuadro de Rembrandt, es la que en el futuro gobernará los países y hasta alguno de ellos dirigirá un museo o estudiará Historia del Arte. Quizá no hayan sido educados para que muestren ese respeto al que aludo. Se les ha contado cuándo fue pintada la pieza, en qué momento de la línea histórica del tiempo, bajo qué circunstancias y hasta con qué materiales se hizo, pero no se les ha involucrado en la fascinación por el arte, en la rendición sin excusa ante la contemplación de la belleza. No la conocen, no la valoran más que el pitido de un whattsap en sus teléfonos inteligentes. Creo que la inteligencia de algunos ha sido abducida por el ingenio electrónico que manejan. Y lo dice quien no se aparta del suyo y lo usa por trabajo y por ocio. La fotografía, cuyo autor no conozco, es un indicio de algo, una evidencia de que son malos tiempos para la lírica, por supuesto. Nunca han sido buenos, pero éstos son los peores. Ante la presencia de la belleza, uno debe sentirse débil, vulnerable, frágil, a la manera que se sienten los que creen y los que no cuando entran en una catedral. Los jóvenes de hoy no tienen catedrales, nada a lo que aferrarse y a lo que venerar. Será verdad que faltan valores y que esa ausencia está mandando Europa a la mierda. Primero ignoramos a Rembrandt, y después nos juntamos a la vera de los estadios (esas nuevas catedrales) para darnos de hostias a ver qué facción sale victoriosa. Es el vacío el que ronda el futuro. Está planeando, seguro de su vuelo, sobre los países, sondeando sobre cuál dejarse caer, manejando la posibilidad de hacerlo sobre todos a la vez. No habrá resistencia. Estamos siendo colonizados por las tecnologías. En el fondo de las máquinas está el vacío. Serán útiles y no podremos vivir sin ellos, quién lo niega, pero debajo de la carcasa, entre los ceros y los unos, está el vacío, el horror, la nada terrible. Quizá podamos vencer en esta liza si desde abajo educamos para que la imagen, a la que tanto se aferran los alumnos, sea una asignatura en el aula. Educar para ver. Encontrar el modo de que las palabras expliquen lo que vemos. Si no, el vacío caerá sobre nosotros y nos vaciará por dentro. 

1.12.14

Las negras noches y los blancos días




Mi abuela, a la que todavía echo en falta, venía a decir que los relojeros siempre dejaban una pieza sin engarzar, un tornillo sin colocar. Así la vida se obstina en no dar tampoco el acabado preciso a su terca maquinaria de reloj averiado. Lo cual conduce al más sobrecogedor poema escrito en lengua castellana.

Ajedrez

I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,Las
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito. 
En el oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.

II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?


Jorge Luis Borges


Dedicado a la memoria de Luís Sánchez Corral, mi profesor de Teoría Literaria, con el que compartí café y Borges algunas tardes en El Platanín, en la calle Jaén, del que me acuerdo con frecuencia y por el que, en ocasiones, razono que escribo.

30.11.14

Mañana, si llueve, no es lunes



A mi amigo Joselu, que escuchaba a Randy Newman esta mañana mientras, afuera, llovía


La lluvia hace que a uno se le sobrevenga un pudor que no se espera. No desea que el cristal se desempañe o que la luz lo invada todo y nada queda a salvo de las miradas. En ese gris amable, suelo pensar en los días de lluvia de mi infancia. Pienso en la impertinente lluvia de los sábados, la que malograba el fútbol en la Plaza de Zaragoza con los amigos, la que me recluía en casa, sin que tuviera el divertimento que siempre encontraba afuera. No hay vez que no llueva en que no me sienta reconfortado. No importa que camine las calles o que esté en casa. Días con lluvia se me graban mejor en la memoria que los soleados y limpios. La bruma impregna mejor los recuerdos. No sabría a qué obedece ese afecto mío. Siempre he dicho, mitad en broma, mitad en serio, que me nacieron andaluz, pero que yo soy norteño, tanto más al norte cuanto más lloviese o se encapotase el cielo. No estará de acuerdo conmigo mi amigo José Antonio. Él es el que ha hecho esta majestuosa fotografía. A él le impone que la monótona persistencia de la lluvia no dé aviso de cese y transcurran los días y nada en el cielo informe de la luz o del sol, precursor de alegrías. Creo que leo mejor cuando afuera está lloviendo. Digo que la lectura se me ofrece más abiertamente y yo, embelesado, me concentro con más facilidad, aprecio mejor lo que me cuenta, accedo con mayor hondura a lo que, en otras ocasiones, se me resiste, escondiéndose. Creo que escribo mejor cuando afuera está lloviendo. El hecho de que la lluvia arrecie los cristales me imbuye en un estado creativo al que no entro si el día está despejado. Eso contando con la ficción de que alguna lectura o escritura mía sean todo lo deseablemente buenas que yo quisiera. Creo que hasta soy mejor persona cuando llueve. En verano, en esos días de absoluto rigor en Córdoba, debo presentar mi yo más hosco, el menos lúdico. Respiro un poco cuando anochece. Detrás de la hermosura de los días de lluvia está la hermosura de las noches. Todas, a su modo, son extraordinarias. También leo, escribo, hablo y hasta entiendo mejor el mundo de noche, cuando el sol desaparece y la luna, la visible, la que no, ocupa el entero techo del cielo. He escrito muchas veces sobre el frío, sobre la bondad del frío, pero nunca me he entregado con verdadero ardor a ponderar la lujuria de la lluvia. La fotografía de José Antonio me ha dado el punto de motivación que me faltaba. Mañana, si llueve, no es lunes. 

29.11.14

Creo que hoy va a llover


Creo que Randy Newman es la estrella del rock más triste que conozco. Ninguna que, en las piezas deprimentes, sea más deprimente; ninguna que, en las que inspiran suicidios, ponga con más entusiasmo el dedo en el gatillo. Hay ocasiones en las que, sin embargo, Randy Newman te hace llorar de felicidad. Hablo de ese llanto puro al que no se le puede dar escondite dentro y que, al salir, nos hace humanos, nos rebaja a la condición más sensible de nuestra naturaleza. Hoy, yendo hacia el colegio, escuchando en mis cascos una de esas piezas me he descubierto vulnerable, me he sentido frágil, he aceptado que cualquiera pequeña cosa que sucediera a mi paso podría hacerme llorar sin consuelo, pero sería (ya digo) un llanto bueno, de los que te reconcilian contigo mismo o con el mundo o con el cielo azul allá arriba. Lo de las canciones tristes sirve para que uno venza el decaimiento y alce el paso y distraiga su mal con el ajeno. Algo así a lo que pasa en las telenovelas y en los tochos decimonónicos. A mí en particular Randy Newman me inspira, me fortalece, me alienta incluso a que no caiga en la tristeza o que no me deje tentar por ella. Una vez tentado, el resto de la travesía es previsible. Randy, el triste de guardia de hoy, me ha llevado en volandas por las calles de lluvia. El resto del día ha ido muy bien. De vez en cuando, sin darme cuenta, me he sorprendido tarareando la canción. Yo tarareo sin que se note, como cohibido, cuidando en extremo de que nadie me descubra en ese desliz. No vayan a pensar que estoy alegre. Eso no tiene cartel.


25.11.14

El otro, el mismo

A Ana Riz, que me regaló el argumento mientras tomábamos un café 


En ocasiones uno piensa que hay gente a la que no cabe imaginar fuera de donde uno suele verlos; gente que, movida de su ambiente, no es posible ni siquiera reconocer. Como si fuesen otros y no mantuviesen con su otro yo, el estable, el personaje del otro escenario, relación alguna. Los ves en su puesto de trabajo o en el bar o en una esquina de un parque, entregados a sus asuntos mientras está uno en lo suyos, ajeno a esas frivolidades, pero en cuanto se cae en ellas, si percibimos la trama oculta, el argumento peregrino, ya no hay manera de soltarlo y se entra en una especie de delirio metafísico. Quizá no sean los mismos. Comparten el rostro, los gestos y hasta la manera de hablar o de no hacerlo, pero son otros y somos nosotros los confundidos, los que elucubran más de lo conveniente. También los demás verán en mí un personaje de un escenario, uno al que no es posible extraerlo sin que algo se acabe rompiendo. No es únicamente que les vea en donde desempeñan su oficio (M. en su barra del bar, J. en su farmacia o M.L. en la panadería) o en donde ocupan el ocio (J.A. en las cosas de la cultura del pueblo;  J.M, en la plaza principal, saludando sin descanso, viendo y siendo visto; L. en la esquina de mi calle, con sus mallas, corriendo sin que yo aprecie que le haga falta). No, no es solo una persona y un paisaje: es mi condición narrativa la que se pone en funcionamiento en cuanto atisbo una pequeña brizna de relato, la posibilidad de que exista una historia a la que yo pueda acercarme. Somos las historias que nos cuentan. No somos átomos, ni cadenas de complicadas tramas de ADN. Somos lo que vamos escuchando y, sobre todo, somos lo que no sabemos, somos todo lo que anda ahí afuera, a la espera de que se produzca la circunstancia maravillosa del hallazgo. Que mi charcutero D., al que solo he visto detrás de su congelador, sacando piezas de mortadela y de queso añejo, cortando jamón de york extra y dispensando sonrisas a los clientes, esté en un concierto de música sacra, en un paseo marítimo de agosto o en la cola de una ventanilla de Hacienda me parece un acontecimiento literario de primer orden. Mi cabeza empieza a germinar conjeturas. La más hermosa es la que me permite inventarle una vida. No hay cosa más atractiva en este mundo que inventarles vidas a los demás. Especular con la posibilidad de que no sean quienes realmente dicen ser o que, si se les mira muy de cerca, si nos aproximamos e intimamos lo suficiente, sean incluso mejores de lo que aparentan. Somos extraños. Yo lo soy de un modo que me encanta. Ojalá que alguien solo me vea como el maestro que entra a las nueva al colegio y sale a las dos. Que no haya nadie que me perciba como un amante del jazz o de las barras de los bares o de las bibliotecas o de los días de lluvia o del cine negro de la RKO. En cuanto me vean, en esa situación extraordinaria, debo parecerles un ser extraordinario. Ellos, a mí, me lo parecen. 

20.11.14

Ángeles de amarillo / En el Día Internacional del Niño



Foto: Rooselvet Castro

En pocas horas acaba el Día Internacional del Niño. No sabe uno nunca qué es eso de que un día sea internacional de algo. Nos la cuelan con tantas efemérides estúpidas que en ocasiones dejamos pasar las relevantes y no fijamos nuestra atención en lo que evidencian, en la manifestación de la realidad que pretenden difundir. Por eso no razonamos qué se nos pide cuando en el calendario dice que hoy es el día que es. Yo sé de niños lo suficiente, pero hay días en que tanto saber duele. Solo hay que acercarse a ellos y escucharlos y comprender que la infancia es un don, un don al que se le extirpa la virtud y al que se arroja a los perros, para que lo devoren. No se les respeta. El hecho de que se les encomienden labores de adultos hace que se les ningunee. No debería haber un día de éstos, ya digo. Que lo haya induce a pensar que en los otros, en los invisibles, se vulnera lo que hoy es un mandamiento, una especie de ley moral sin la que la sociedad estaría corrompida y no tendría salvación posible. Pero la sociedad está corrompida y no tiene salvación posible. Los adultos sabemos que el bien no tiene ni de lejos el predicamento narrativo que el mal. Es el mal el que abre los caminos y hace que los mercados, ah los terribles mercados, hagan caja. Los niños son lo contrario de los mercados. Los niños son la pureza, son la dulzura, la bendita evidencia de que el mundo es armónico y de que podemos confiar en que la belleza lo ocupe todo. Los mercados, ah los mercados cabrones, son la locura, son la mentira, son la constatación brutal de que el mundo está mal hecho y de que el amor no existe: lo retiraron de la trama, lo convencieron para que no molestase y se recogiese en un lugar confortable. Ahí debe andar. A veces se le ve. Hay días en que está a mano, quién lo duda. Días de darse uno abrazos con los amigos y apretarlos con fuerza. Días de respirar hondo y notar que el aire lo llena todo y los ojos, sin darnos cuenta, se entornan y un irresistible candor sube por el pecho y se cobija en un gesto, en uno de los que lleva el ángel amarillo de la fotografía.

Mentira, ya lo sabemos. Buenas palabras, propósitos encomiables, pero huecos, de poco asiento en la realidad, que va a lo suyo y arrambla con fiereza, con saña en más veces de la que podemos soportar. Mi oficio, maestro de escuela, me hace ser un niño también, uno gordo y despistado, agradecido por estar rodeado de ángeles. Yo, un descreído, bendecido por la intimidad de la infancia. Los veo a todas horas. Niños puros, niños limpios. Y los que no son puros, los que no se ajustan al ideal de limpieza que cada uno decide en su cabeza, son puros y son limpios a su manera. Si no lo son es porque en casa, en las calles, en el diario trasegar con la vida dura de sus mayores, se les ponen continuamente obstáculos, se les apremia a que crezcan e ingresen en el mercado laboral, en la jungla, en el caos, en el vértigo, en la fiebre, en el roto mundo que les estamos dejando como infame herencia. En manos como las mías, en manos parecidas a éstas que ahora teclean, mientras afuera la noche es oscura y me siento protegido en casa, está que no se malogre el futuro de los niños. Manos precursoras. Manos que ofician el trabajo de guiarles al mañana. No sabemos qué les aguarda. No hay certidumbres sobre eso ni para nosotros, los adultos, los experimentados adultos. Y pienso ahora en lo que un amigo me dijo no hace mucho cuando un niño le trató con afecto y con respeto, con infinita dulzura y con envidiable alegría. El mundo es de ellos. No es nuestro, qué va a serlo.

Los maestros tenemos un maravilloso encargo. Se nos ha encomendado una especie de crianza estética, intelectual y hasta espiritual de quienes escribirán el futuro. Es ya terrible el presente como para que nos incomode la incertidumbre del futuro, pero no hay mayor peligro que desoír la Historia y es la Historia la que nos enseña que la cultura hace buenas o malas sociedades. No tengo duda alguna de que la cultura está en las escuelas, en las escuelas públicas, en los pasillos llenos de carteles, en los patios festivos de los recreos, en las aulas, en la rendición diaria de las reglas de la vida, volcadas con infinito afecto en los niños, que nos miran a los maestros y nos hacen las grandes preguntas. No siempre se tienen a mano las grandes respuestas. Lo normal es que tengamos respuestas pequeñitas, de andar por casa, de ir explicando el mundo con la intervención de la magia, con la colaboración del cariño, con la eficiencia de la profesionalidad, por supuesto. No solo de afectos vive la escuela, pero ay si faltan, si al niño se le escatima esa ración diaria de prodigios, pequeños milagros, cosas que los ángeles amarillos se toman en serio y les sirven para crecer y estar preparados para enseñar a otros.



En llamas, se lee mejor / After Dark




De Murakami lo que no me gusta es la tristeza. En After Dark, la primera novela suya que leí, la hay en demasía. Una tristeza sin objetivo, que se va confesando más triste todavía según la trama avanza, hasta que al final la narración se cierra y las calles de la ciudad japonesa en la que transcurre se vacían y no hay músicos de jazz que vayan de un tugurio a otro o poetas malditos que encuentran en la noche un útero fabuloso, un país puro, un corazón al que no se le ha practicado ninguna incisión lesiva. Por lo demás, Murakami se recrea en la soledad, en la bondad de la soledad para quien no tiene otra cosa o no sabría manejarse entre los demás, realizando tareas triviales como ir a la compra o visitar a los padres y contarles cómo ha ido la semana. Lo de leer en los cafés me ha fascinado siempre, pero yo no sería un buen personaje de Murakami. Creo tener a favor el amor al jazz y cierta inclinación a paladear la buena soledad, la que no permanece cuando no se la desea. Hay cosas que, al leer, no se aceptan o se aceptan mal y la lectura flaquea y acaba perdiéndose. He leído lo suficiente de Murakami (After dark, Tokyo blues, Kafka en la orilla) para saber que es un escritor apreciable, al que una vez puse en solfa en una conversación entre buenos lectores solo por ver cómo lo defendían. Ellos, al cabo, decían haberlo leído todo y esperar con ansia un volumen nuevo. No hubo entusiasmo en los elogios, no se emplearon en rebatir mi desafecto por sus novelas. Solo hubo uno, M., que se empleó con más ardor. Es el ardor el que mueve el mundo. Quizá no sea el amor, sino el ardor. Murakami, si uno está de verdad ardiendo, es una lectura fantástica. En llamas, se lee mejor. La noche, iluminada por el fuego, ofrece sombras que rivalizan con las que procura el mismo sol. Parecen las novelas de Murakami, le dije a M., conversaciones interesantes, tramas que se adentran en otras tramas, ilusiones que convergen en otras ilusiones, en fin, episodios de una historia mayor a la que nunca damos alcance. Además no creo que escriba bien. Es muy personal eso de que una escritura no nos parezca que esté a la altura. Es entrar en un territorio demasiado íntimo. La escritura es como la piel de una persona que no es la nuestra. No me gusta tu piel, no me gusta tu cara, no me gusta tu voz. No es posible que uno se rebaje a sentenciar de un modo tan absoluto y que luego pretender que alguien se fije en nuestra piel, en nuestra cara o en nuestra voz y sentencie a su vez que le atrae o que encuentra algo relevante y a lo que dedicarle algún tipo de halago. Detrás de las palabras que no halagan están, al menos las hay, las que suscitan, a quien se deje, el halago ajeno. 

18.11.14

Ya no brilla como un diamante loco



No sabes lo que tienes hasta que se va. Solo es nuestro lo que perdimos. Es la memoria la que nos mantiene firmes. Ayer noche K. me confesaba su malestar por The endless river, el último disco de Pink Floyd. Un cosa infame montada a base de descartes, me dijo. A Joaquín Ferrer le parece (creo) una pieza salvable. Solo por estar firmada por Pink Floyd. Quizá haya que ser indulgentes y no ahondar mucho en la herida. Porque han revivido al muerto y no lo han echado a andar con un aspecto agradable. Un disco zombi, Emilio. Está por ahí, mostrando el aspecto que no debería mostrarse nunca. Pero tenemos en la cabeza Dark side of the moon, le digo. Está Wish you were here. Yo todavía me sé The wall de memoria. Soy capaz de repetir cada línea del libreto. La idea es que la banda que nos fascinó ya no existe y de que éstos ahora aquí presentados no son, en modo alguno lo son, aquéllos a quienes amamos. Las personas somos como un poco así. Como discos malos de Pink Floyd. No sé si tendremos una parte fascinante y otra, conforme los años nos van cobrando los peajes, otra menos presentable. No saber tampoco en qué etapa está uno ahora. Si en la desechable o en una todavía linda, de terraza de verano con los amigos y charla animada sobre los viajes que hacemos en la juventud. Yo recuerdo uno en el que no paraba de sonar Animals. Estaba en una cinta TDK (amo esas tres letras míticas) que mi amiga M. ponía en su flamante stereo del Alfa Romeo. Tampoco la veo ahora. Se van perdiendo las cosas. Van ocupando el sitio en que deciden estar y de ahí no salen. O salen zombis, afectadas por el tiempo o por la desgana o por la suma involuntaria de una serie de catastróficas penalidades. The endless river es una cosa inservible, si has amado Pink Floyd. Para los nuevos en el asunto, nada remarcable. Sonidos que fluyen sin mucho brío. Sonidos cansados, pensé anoche, mientras lo escuchaba por segunda vez. Creo que no lo voy a escuchar de nuevo. En televisión cuentan el regreso de la banda de Waters y Gilmour, que son quienes siempre la comandaron, como un evento. No hay tal. Todo se acabó hace tiempo. El esplendor no fue convocado. La belleza, que la hubo, está en otro lugar. Solo hay negocio. Que nunca dejó de haberlo, cierto, pero ahora la máquina de hacer dinero no emociona, no transmite la belleza de antes. Leo que ya hay países donde The endless river es número uno. Uno busca en el material nuevo la posibilidad de que algo reproduzca el asombro del pasado, pero está solo, solo en una soledad cósmica, en una soledad en la que suena Así habló Zaratustra y un vals de Strauss brilla como un diamante loco. Ahora son tiempos de chill out, musiquita para amenizar espacios minimalistas en altavoces high-end mientras apuras un gin tonic en vaso de boca ancha. El epílogo de una de las bandas más influyentes del siglo XX no puede ser más penoso. Quien lo desee puede volver a las páginas más memorables, las de los setenta, cuando se hacían las grandes preguntas y hacían discos intensos, discos como catedrales a las que entrar y en las que sentir, entre la zozobra y la perplejidad, el impulso de los astros. 

17.11.14

El azul nunca está entre las palabras

A poco que lo pienso, si le concedo la atención que nunca le presto, caigo en la cuenta de que no hay oficio más sano que el de no hacer nada. No creo ni que sea fácil eso de no hacer nada. Siempre hay algo que te interrumpe ese solaz privado y malogra el éxito de la empresa. Una vez estuve a punto de estar una mañana entera sin que me ocupara ninguna actividad, pero se deshizo todo ese encanto cuando un buen amigo llamó para ver si quedábamos de noche en el bar de siempre. Si no es el amigo, incluso los buenos se entrometen a veces, es la madre, interesada en saber si finalmente comemos todos en casa el sábado. Tampoco está uno a salvo en su propio hogar. Desearía, en esas ocasiones, recluirse, instalarse en una pieza apartada, cerrar la puerta, acomodarse en un butacón confortable y escuchar una sinfonía de Brahms o leer unos cuentos de Carver. A mi amigo K. no le cuadra que yo invite a Brahms y a Carver a mi retiro. Cree que no tienen más derecho que el buen amigo o que la madre a inmiscuirse en mis devaneos con la nada. Es difícil de entender la nada. Estoy por pensar que no es posible entenderla en absoluto. Una idea de nada redonda y perfecta consistiría en no permitir que nada del exterior te afecte. Ahí creo que entro cuando estoy en el limbo dulce que precede al sueño, en ese estado de perfección en donde no se está dormido ni despierto. No se puede considerar que la vigilia fomente el cultivo de este vicio al que acabo de consagrarme y el sueño, el ingobernable sueño, no es en modo alguno un territorio que nos pertenezca: vamos a ciegas por él, lo paseamos a tientas, caemos sin saber que estamos cayendo. Ni siquiera el gozo, toda esa alegría incontenible con la que a veces los cruzamos, hacen que los sueños nos pertenezcan. Nunca son nuestros, nunca perduran. En la deriva de lo soñado, no se aprecia rastro de lo que somos. En todo caso, acepto a estudiosos del asunto, se perciben indicios de que anduvimos por ahí, es cierto, de que algo nuestro quedó en el camino y o incluso de que una breve señal manifiesta nuestra presencia, yo qué sé, un canción que nos gustaba antaño, un verso de un poema con el que nos emocionamos o la visión pura de un paisaje en donde nos sentimos parte del mundo o ese mundo parte propiamente nuestra. Insisto en que no hacer nada es una empresa de una dificultad asombrosa. Como no practico yoga o disciplina oriental que se le parezca, carezco de los instrumentos que limpian mi mente y me dejan en blanco. No he estado nunca en blanco. Juro que lo he intentado, pero siempre está Brahms o está Carver al acecho, los muy cabrones. No hay día en que no desee perderme a mi manera, una de esas pérdidas irrelevantes, a las que no se les da importancia  porque tienen camino de regreso. A poco que lo pienso, si le concedo la atención que casi nunca le presto, caigo en la cuenta de que no hay oficio más sano que el de pensar en cómo ocupar el tiempo para que parezca que somos sus dueños, pero es el tiempo el que nos gobierna a nosotros, el que nos mueve. Tengo, en fin, la virtud de no llegar a comprenderme del todo y de disfrutar con la idea de que cada vez estoy más cerca de hacerlo. La memoria tiene su niebla. Al final nos queda la niebla, la sensación de que todo ha sido brumoso o de que no hemos podido hacer más de lo que hicimos. Hoy he caminado hacia el centro del pueblo. Escuchaba a Joe Pass. Sin el trío habitual. Joe a palo seco, el Joe estajanovista de los standards. En un tramo particularmente emocionante de Night and day he pensado que el señor Pass, allá por los sesenta, cuando registró para Verve la versión que escuchaba, estaba pensando en mí. Que era yo, ya ven, el destinatario secreto de la pieza. Night and day para mí; yo, un privilegiado. De verdad que no es fácil no hacer nada, pero hay veces en que uno hace cosas que sí valen la pena y el mundo gira y el cielo estalla en azules solo porque lo veamos y lo contemos aquí y no se pierda ese prodigio. Luego está la sensación de no afinar lo suficiente y de que el azul no esté aquí, entre las palabras. El azul nunca está entre las palabras.

7.11.14

Hambrunas


Michael Philippot (Foto)


La palabra hambruna es de una insolencia que intimida. Es como una bala que está en la boca del cañón, a punto de zanjar alguna distancia e incrustarse en la carne a la que mira, rompiéndola, reduciéndola a un amasijo infame. Hambruna bastarda, hija de todos los males, evidencia de todos los pecados, pero las palabras no conquistan el estómago, no ocupan el vacío que le araña las paredes y lo enloquece. Las palabras, incluso las más nobles, las que tienen un cometido más alto, no sirven para nada. Uno ya está al cabo de la inutilidad de las palabras. Las que pronuncian los políticos son huecas, son miserables en ocasiones, y las de los poetas son inofensivas, no hacen otra cosa que engalanar el aire o enturbiarlo más de lo que está, pero no son útiles. Este niño que busca comida a las afueras de Addis Abbeba, en Etiopía, no sabrá entender ni al poeta ni al político, no tendrá con qué fijar la atención y ver qué pueden hacer por él. Tampoco el paisaje hace nada por él. No hay nada en este mundo que lo conforte mientras camina hacia no se sabe dónde. Es la incertidumbre la que duele juntamente con el hambre. Afuera no la vemos, aunque hay quien podría contradecir esta ignorancia mía y poner en el cuaderno de la tristeza su malandanza y su miseria. Hay paisajes devastados en las grandes ciudades también, calles en las que ni siquiera hay un mal árbol o una señal de que debajo de la tierra dura hay agua o una raíz que llevarse a la boca. El primer mundo busca al tercero y en ocasiones, cuando no miramos, se abrazan y se cuentan sus cosas, en una intimidad insolente, de las que intimida. El mundo, de  mal hecho que está, permite que alguien camine las calles o los desiertos, aplace la felicidad o considere que no es posible encontrarla y solo persiga llenar la tripa, contentar al cuerpo, al bastardo del cuerpo, que solo quiere su ración diaria de agua y de pan. Qué triste todo, qué imposible de entender.

6.11.14

No saber contar un cuento

Recuerdo no saber contar un cuento, esa sensación de vacío. Sabía hilar un argumento, traer las palabras con las que la historia acabase rendida, expuesta como los ingredientes ofrecidos en la mesa del cocinero, pero sin arrimarlos unos a otros, conviniendo olores, prefigurando el sabor anhelado. Sabía (digo) conseguir que quien escuchara entendiese la trama, conociese incluso ciertos matices de la trama, los relevantes, los que hacen que sus giros no sean caprichosos y obedezcan a un plan que el lector y el escritor conocen y aplican. Creía yo que todo esto bastaba, que era suficiente para que el cuento fuese contado, pero no lo es, no se puede contar un cuento con solo narrar, con decir qué acontecimientos lo atraviesan, con qué finos hilos se teje la historia que lo mantiene firme. Hace falta el milagro de que no haya otra cosa en el mundo que el cuento. Uno, al contarlo, tiene que percibir que quien está enfrente nuestra, escuchándolo, no posee memoria ni tampoco futuro, que únicamente el presente, el presente narrativo, el nuestro, es el que posee. Una vez que el cuento finaliza, el mundo sigue girando, la violencia del pasado atrapa a quien la olvidó durante unos minutos, la vida sigue y sigue a su manera brutal o dulce, severa o jovial. 

He contado los suficientes como para sabe que ningún cuento, escrito por mí o cogido de otro, ha llegado a ese lugar sublime del que hablo, el lugar en donde la realidad se inmola y el mundo (insisto en eso) acaba por pararse, por renunciar a lo que fue y a lo que pueda alcanzar a ser. Quien ha estado ahí, en ese vértigo y en esa fiebre, en esa felicidad de espectador privilegiado, sabe de qué hablo, pero es otra la historia que ahora me toca contar a mí, la historia del cuentista, su oficio, el afecto a las palabras y a la restitución de lo que las palabras ocultan. No hay nadie en que no desee que me cuenten una historia, ninguno en donde no me importaría ver detenerse al mundo, advertir que el giro cesa y las nubes, allá en el alto y eterno cielo, se detienen, quizá porque escuchen y quieran saber cómo termina el cuento.

En la escuela, cuando explico, procuro que la literatura lo impregne todo. No siempre lo consigo, no están siempre a mano los ingredientes previstos. Ni siquiera conviene siempre que sea la literatura la que guíe la clase, pero cuando lo hace, en cuanto se apropia de la explicación, todo fluye de un modo soberbio, nada queda fuera, todo se integra, el mundo se para. Afuera, en el patio en donde suceden los juegos de los otros niños, el mundo parece que de verdad se ha parado. 

3.11.14

La huella luminosa



Marilyn Monroe y Jorge Luís Borges tienen escasas cosas en común. Una de ellas es copar parte de las numerosas entradas de este blog invertebrado y azaroso. Si no tengo nada que escribir siempre es fácil acudir a ellos. Basta una foto o una frase para desastacar mi pereza narrativa. No existe ahora. Mi amigo Álex reprueba este abuso mío en invitar al maestro argentino, pero estará (creo) sonriendo al ver esta fotografía de Norma Jean. Eso, al menos, espero, y ya será buena señal. Otro amigo, Manolo, solía decir que hay fotos que hablan más que muchos libros enteros. Libros con mucho texto. Libros reventones de capítulos y de personajes. Solíamos buscar el punctum de Barthes o de Derrida. Lo que encontrábamos casi siempre era el elemento secundario que se aúpa al centro mismo de la escena, aunque sea diminuto y se exhibe (pudoroso) en un rincón. El punctum habla del receptor, nunca de la foto. Se trataría de dar con el elemento al que dirigimos la mirada, borrando (en ese vector) toda la información accesoria. Hay tantos punctums como usuarios de una escena. Manolo Solís (cómo le echo en falta) se habría fijado en el retrato pequeñito de la mesa: el que está frente al culo de Marilyn. Invariablemente habrá quien conciba toda la fotografía alrededor de los anaqueles ocupados con libros. Parecen añejos. El pickup también llama la atención. Es uno de esos antiguos. Ya no se ven. Mi padre tenía un viejo tocadiscos Stibert que se parecía mucho a éste, pero en él giraban discos de copla, de zarzuela y de flamenco hasta que mi adolescencia descubrió a Supertramp o a The Electric Light Orchestra y Discovery desplazó a un grandes éxitos de Juanita Reina. No nos extraviemos: en el pickup del piso de Rodríguez de Tom Ewell (así se llamaba el Romeo torpón de la inmortal película de Billy Wilder) debe sonar la orquesta de Benny Goodman. O Dean Martin. El punctum abre el libro de las metáforas, la novela de la vida, el inventario necesariamente caótico de quienes se obstinan en encontrar lo que no se ve: aquéllo que el fotógrafo ni siquiera ha tenido en cuenta a la hora de componer la fotografía. Cómo no fijarse en el canalillo de la Monroe, apunta K., pero ese tobogán promiscuo está en nuestra memoria. Yo me quedo con los ojos. Ahí está mi punctum: los tiene entornados, pero no nos parece que tenga sueño. Está ventilándose con Dean Martin: esto se ve a primera vista, no hace falta escudriñar en exceso el material sensible. Está siendo seducida por un nirvana lujurioso, un soplo ebrio de luz que la embadurna de júbilo. Esta es la verdadera huella luminosa (Dubois) que se impregna en la memoria del espectador. Cierras los ojos o abandonas la visión de la fotografía y conservas (nítidamente, por supuesto) los libros decentemente apilados, los ojos turbiamente entornados, el canalillo canallamente insinuado. Y Benny Goodman trabaja a tope porque Benny Goodman fue una máquina de swing perfecta y debajo del blanco y negro se suben y se bajan los trombones, se acoplan las trompetas y resbalan, como hormigas nerviosas, las baquetas por los platillos. Al ver esta fotografía uno es capaz de ver lo que está fuera de cámara. Ve al marido (siete años casado, reza el título) apurando un fondo místico de whisky. Todavía no se ha quitado la corbata y sospecha que la vida le está tendiendo una trampa formidable, y que las tentaciones están ahí para caer en ellas. Caso contrario, no serían tentaciones sino vasos largos de leche caliente frente al show de Johnny Carson mientras los niños intentan pillar el sueño al final del pasillo. Luego es cuando se caen del piano. Punctum pues.


Fotografía pillada en la página de jazz (y derivados emocionales) de Olvido: visiten, por favor, cuesta muy poco y luego se vuelve con gusto.

2.11.14

Fuego, camina conmigo




Fuego, camina conmigo, decía el retorcido David Lynch en Twin Peaks. Al fuego se le atribuyen siempre cometidos contrarios. Está el fuego castigador, el bíblico, el que arrasa y no deja nada en pie; está el fuego espiritual, el eterno, el que ocupa la conciencia y nos informa del camino equivocado, de las llamas que nos cubren y nos castigan, y está el fuego eterno, el que se enciende para conmemorar un acontecimiento relevante y del que se espera que no se apague jamás. Ese fuego es el que más aprecio, en donde atisbo el amor entre los iguales, el que hace que el mundo gire, como pedía Dante en su (también retorcida) Divina Comedia.

Al fuego se le encomiendan labores que en ocasiones no sabe cumplir. Hay cosas que el fuego no llega ni a chamuscar siquiera. Una de ellas debería ser la conciliación entre los que pisamos el mismo suelo y paseamos las mismas calles, los que nos estrechamos las manos en señal de afecto, aunque no compartamos un ideario político o unas creencias religiosas. Entra en lo razonable que no andemos haciendo que arda lo que no debe quemarse. Una de las cosas que más firmemente hacen que no caigamos en más desgracia que la que ya tenemos es la concordia, la convivencia, la idea de que nada ajeno me daña o que nada mío daña a los demás. Que un colectivo de mujeres argentinas componga esta caja de cerillas, de intenciones artísticas, sociales o panfletarias, y que el Centro Reina Sofía la saque en exposición es lo que hace que el fuego ande, con nosotros o a su aire. No serán solos los católicos los que exijan la retirada, imagino. Creo que lo que sobra es la frase, no que la frase esté ahora en la calle. Ya dicha, que rule, dirán otros. 

Me repito: no creo que sean solo los católicos, entre los que no me encuentro, los que rechazan la imagen en sí. Lo hará cualquiera que entienda lo inconveniente de su presencia. No conviene la caja de marras porque entra en un terreno más que peligroso. No es que haga ver a quien la mire que su autor no es muy amigo de la institución eclesial, cosa que es legítima y que compartimos, en cierto sentido, millones de personas a las que no se nos tiene por malas, ni por incendiarias, ni siquiera por agitadoras. No es solo el que pisa el templo y se arrodilla en él y mira de frente a su dios y a sus santos el que no acepta que se quemen iglesias, literal o figuradamente. La libertad de expresión, tan necesaria, no es un camino abierto, ancho, sin normas, en donde uno, por mor de esa libertad, obra a capricho, despotrica a su antojo y quema lo que le viene en gana, solo por el placer de ver arder el objeto de su inquina. 

La única iglesia que ilumina es la que arde, frase atribuida a Kropotkin, el adalid anarquista, el que veía turbamultas peligrosas en los creyentes que se encaminaban a sus iglesias, difundida después por Durruti, el de la columna, no deja de ser una frase de lejano corte nihilista, de tasca de barrio entre amigos que tiran de vez en cuando de culturilla y citan a los comunistas célebres y declaman su cantinela antigua. No debe ser más, no debe jalearse más, no conviene que se difunda más. No (insisto) porque un cristiano pueda ver comprometida su sensibilidad sino porque hay mucho descerebrado que se toma los eslóganes al pie de la letra, porque las palabras, incluso las más inocentes, prenden a veces con más fuerza que la leña acunada por el fuego del que hablamos. Será que es el lenguaje el fuego mismo, eso ya lo sabía yo. Las palabras, ah las palabras, con qué autoridad gobernáis el mundo. Están para que no estemos nunca demasiados seguros de que ese mundo nos pertenece. Nos faltan las palabras que lo nombre, no poseemos la facultad de manejarlas con la suficiente autoridad y eficacia como para gobernarlo. 

Luego está todo lo que hace que la iglesia no goce del favor de antaño o que uno, contrario a quemar ningún edificio, ya sea con bidones de gasoil o con textos en un octavilla, no tenga ánimo alguno en defendarla, en sentirse cómodo y libre y feliz dentro de un templo. Que incluso disfrute, con moderado placer, de la controversia en materia religiosa, de toda esa animada charla de taberna (ah las tabernas, qué templos ellos, que a nadie se le ocurra darles fuego) en la que se empieza hablando de lo que desayunaste y terminas enredado en la teología doméstica, la que cada uno abraza con más o menos entusiasmo. No hay nadie que no la tenga, nadie que no se deba involucrar en el diálogo entre los que creen y los que no, entre los que creen en unos dioses y los que creen en otros o incluso, ah retorcido Lynch, tú eres de esos, los que no creyendo en nada, también se enredan en el conflicto de hasta qué punto uno es más ateo que otro. Pero es una bendición del ejercicio sano de las palabras, procurando no caer en el menosprecio absoluto, en la descalificación completa, en ese arte que tenemos los humanos de entablar una contienda y no salir del campo de batalla hasta que el enemigo está reducido a cenizas. Ya digo, el fuego, el fuego eterno, que no nos deja. El humor es el que falta. Hay que ser muy inteligente para arremeter contra lo que no se comparte, aunque sea de forma leve, sin hacer sangre, y que el dolido, el afrentado, sepa sobrellevar el impacto, reconocer su legitimidad. Tengo amigos que saben aceptar estas puyas. Otros, bien al contrario, no las aceptan en absoluto, no saben encajar que se manejen sus creencias en tiras de humor, en chanzas de taberna. Yo me cuido de no entrar en casa a la que no me invitan, pero hay veces en que la indignación te pilla dentro, claro, y entonces, y entonces...







273/365 Jackson Pollock

  Se cae, en un descuido, el rojo. Emerge, comido de vértigos, el azul. Está la luz enfebrecida. Se la ve triste, se tiene la impresión de q...