29.4.13

Ya no sabemos cuál es el peso del mundo




Uno nunca sabe dónde empiezan las historias. Si las arma el azar o es el capricho de quien las piensa el que las termina cerrando, convirtiéndolas en una pieza canjeable por otra pieza, en un sombra cosida a otra sombra. Lo que sé y a lo que me aferro más fieramente cada día es que las historias piden más historias. La mía, a poco que la pienso, es más triste ni peor que las otras. Quizá porque sea de mi incumbencia o porque es una sombra cosida a otra sombra o porque no quiere que la cierre, mi historia me conmueve cada día más. Tanto aprecio le dispenso que en ocasiones no la siento cosa mía y la miro desde afuera, com cortejándola, dejando que se me vaya colando, convirtiéndose en algo personal. Es curioso el modo en que nos comportamos con nosotros mismos. Estaría bien salir unos días, contemplar lo que es uno desde la periferia, regresar más tarde con la lección aprendida o con ninguna lección aprendida, yo qué sé, pero viajado. Debemos ser muy ridículos, imagino. Incluso debemos ser sublimes, en ocasiones. No veo la razón por la que no podemos brillar. A diario. Brillamos intermitentemente, a ráfagas. A veces lo hacemos a solas, al término del día, en la intimidad.

Igual las historias viven a salvo de los que las cuentan. Quizá el peso del mundo no sea el amor sino las historias. Las de amor. Las de sacrificio. También las historias en las que la muerte termine imponiendo su criterio bastardo. A cada novela que termino de leer (la última, Antigua luz, John Banville) pienso en qué sería del mundo sin que esa novela existiese. Si en el modo en que el mundo gira, hay una brizna de lo escrito por Banville. Si todo lo que somos, al morir, se pierde invariablemente. Cosas absurdas para estar cerrando un domingo. Mañana lunes, a poco que lo piense, lo razono a fondo, borro este post y cuelgo uno sobre el último disco de David Bowie. Lo tengo en el editor desde hace un mes y no encuentro el momento de darle salida.

24.4.13

El ojo atento y la plata lista




La cultura es un espejismo: creemos estar asistiendo a su florecimiento y a su distribución limpia y honesta, sin la injerencia de los lobbies, sin el concurso interesado de los patrocinios, pero es mentira. La cultura la venden embotellada o en una caja con un lazo rosa o azul o en una bolsa del Carrefour con un agujero en el fondo por donde se pueden ir cayendo los contenidos camino del coche. La cultura en España es un producto con un código de barras identificable o en todo caso la cultura en España son muchos productos con distintos códigos de barras identificables. La cultura es un lujo al alcance de unos pocos, no un valor confiado al pueblo, democratizado, convertido en un bien incuestionable. Porque la cultura, a día dehoy, salvo casos formidables, es una mercancía al modo en que lo es un Jaguar último modelo o un plato de gambas en una terraza en Punta Umbría. Y no sabe uno si habría que aflojar la mano, rebajar el precio de salida y darle el vuelo que hasta ahora no se le ha dado. Ese gravamen de los libros, esos precios del cine, esos aires aristocráticos en el escaparate, no pueden conducir a nada bueno. Ayer se celebró el Día del Libro, ah, y de los Derechos de Autor, qué olvido el mío. Bien, buen día, sin duda. Hoy es otro el asunto que nos ocupa. Hoy ya no hay libro del que hablar ni stand en el que grabar la riada de fieles buscando la firma de sus autores favoritos. Hoy ya no hay maratones (bueno, en mi colegio sigue el que arrancó ayer y en el que mis alumnos participaron con dos discretos poemas) ni hay slóganes en la red sobre la bondad de la lectura o sobre los efectos balsámicos y paliativos de la poesía de Antonio Carvajal, pongo por caso. Hoy es lo de siempre, es decir, el habitual ausente o escaso afecto por lo libresco, toda esa impresión de que leer, en el fondo, no hace mejores personas ni sirve verdaderamente para nada práctico. Los buenos lectores no nos van a sacar de esta crisis, pero quizá no nos metan en ninguna en el futuro. La cultura es cara. Los recortes, en la escuela, la van a hacer más cara todavía. No va a estar todo tan a mano: lo van a apartar un poco, lo van a aislar, envolver en papel regalo y adjudicar al mejor postor. Ganarán los postores, los que compren al precio más alto, los que tengan el ojo atento y la plata lista.

Podemos movernos de un modelo a otro hasta dar con uno que nos cuadre más cabalmente y permanecer en ése de por vida o podemos manejarnos con promiscuidad y revolotear de una cultura a otra, libando aquí y libando allá, a capricho del humor con el que el azar nos haya bendecido al poner el primer pie en el suelo cada mañana. En la blogocosa o blogosfera o burrovía la cultura es también un espejismo: creemos estar contemplando la sensible expresión del ciudadano anónimo y a lo que asistimos es a un escenario muy parecido al otro, al embotellado o al empaquetado y vendido con grandes campañas de promoción. Si la vida, como quería Artaud, es quemar preguntas, yo estoy ardiendo en la mía y me pregunto, en una combustión perfecta, si estaré preparado para comprender las respuestas. Quizá el signo de los tiempos sea ése: alumbrar incógnitas, bosquejar dudas, regalar la ecuación sublime. Ando en pesimismos recientemente: será la calina que en Córdoba está ya presentado sus habituales credenciales, será que la alergía (gramíneas, olivo, ácaros del polvo) me tiene bajo mínimos y me salen posts grises, embadurnados de caos, visiblemente decadentes, pero es que en la decadencia vive uno mejor. La realidad es tan boscosa y se abre tan procazmente que casi merece la pena no indagar en demasía en su textura, en su naturaleza, y brincar y celebrar con inargumentable júbilo los números y las palabras, las formas y los fondos, la luz y las sombras. 

Yo, el burro en cabeza, y mi Terbasmín Turbuhaler juntos por las avenidas festejando el espejismo de la cultura, la impostura del negocio en el que invariablemente nos manejamos. Y si mañana me levanto razonable, discúlpenme los diez lectores habituales, escribiré sobre el fin de ciclo del Barcelona, barrido en Múnich, o sobre la posbilidad de que el cine gane clientela si bajan el precio en taquilla, en lugar de pedir subvenciones. No sé yo si el cine precisa de mecenazgos o puede ir reclamar, solo, sin tutela del Estado, su cuota de negocio. Tampoco revierte en mí, como cliente, la pasta, gansa o no gansa, que ganan, cuando la ganan, habría que añadir, en fin... Todo es muy triste. . De hecho abrí el editor de Blogger con la feliz idea de escribir algo sobre eso, sobre el cine, sobre la tristeza,  y miren ustedes en dónde he terminado. En el limbo feliz de los post inútiles. Excusadme, ortodoxos, que diría otro. Voy a prepararme para el miércoles. A ver si a Mou, el indefendible, no le meten hoy cuatro, pero si los teutones los sacan del campo a base de goles, merecido estará. Buenos días..


posdata: no he encontrado, como quería, autor para el dibujo que ilustra el post.

22.4.13

La escuela verbo punto cero





Hay una inclinación natural a dejarse convencer antes que a hacer valer el criterio propio, pero no es por falta de argumentos ni porque mande la pereza, esa indolencia con la que se contempla la vida como si no fuese con nosotros. Se deja uno convencer porque no se cree ganar nada convenciendo al otro. Estamos en un punto en el que la dialéctica, el noble oficio de la oratoria, está dejando de ser un valor. Hoy los valores son otros, y casi todos prescinden del concurso eficiente del lenguaje. A poco que esto continúe, en el hipotético caso de que a nadie le importe, caeremos en una narcocomunidad, legislada a base de narcodecretos, gobernada narcóticamente. Hechizados por la abulía, íntimamemente convencidos de que es mejor ser guiados que guiar, sin caer en la cuenta de quién nos guía, prescindiendo en todo momento de la posibilidad de cuestionar la naturaleza misma del lìder, fascinados por la inercia. Ah la inercia. La Historia está llena de desastres auspiciados por un cierto estado de inercia. No sé si hay alguna prevención de esta enfermedad que nombramos. Una vez enfermos, en la convalecencia, no es fácil la cura. Por eso hay que hacer que los niños (sí, claro, las niñas también, cómo no, por supuesto) cuestionen (en cierto modo, con algunos matices muy claros)  la autoridad. No que le falten al respeto ni que la ignoren. No que la pisen. Ni siquiera que se acostumbren a desautorizar cualquier decisión que les afecte o que les incomode. Lo maravilloso sería que se entablara un diálogo. Uno conducido bajo ciertos criterios, inevitablemente gobernado por el respeto. Uno en donde el aprendíz (qué hermosa palabra y qué perdida) confíe en quien le enseña y donde el que enseña acepte algún pequeño gesto de desconfianza. De ese saludable escenario saldrán las ideas y los protocolos con los que edificar la sociedad en la que vivimos. No es solo el hecho de que la escuela instruya en contenidos sino que vierta en quien los aprende un cierto sentido de nobleza, de responsabilidad en el trabajo, de aprecio del esfuerzo.

Lo que ahora sucede, en gran medida, proviene de toda esta desidia. Que lo hagan ellos, parecen decir. Y cuando la juventud (un tipo de juventud, no toda) se echa a la calle y la incendia con soflamas contra el gobierno contra el mismísimo sistema, se desprende la idea de que es una lucha simbólica, de la que nada relevante o vinculante puede extraerse. Quizá sea ésta otra de las tareas encomendables a la escuela. La de crear individuos críticos. En eso, en la crítica, radica la primera de las vacunas con las que hacer que la enfermedad no aparezca o tarde en reproducirse. El crítico, el que de verdad ejerce ese derecho y lo expresa de un modo manifiesto, es el que discute, el que expone libremente. Las espaldas de la escuela son grandes y generosas, pero quizá ese propósito deba ser repartido.Quizá todo deba ser repartido. Que no sea la escuela la única depositaria del porvenir. Que sea la gran culpable de los males ni tampoco la heroína de esta función, aunque todos sabemos lo fácil que es reprenderla, ningunearla a veces, y lo difícil que es alabarla, agradecer el trabajo que realiza, comprender que no hay nada importante en este mundo que no haya salido de un aula al cuidado de un maestro, que es una figura abandonada, rebajada al gris rol del funcionario, el que cumple un horario y observa un reglamento, cumplimentando unos documentos y ofreciendo un amable (en lo posible) servicio público.

La escuela punto no sé cuánto es una maravillosa forma de mirar el futuro, pero al mirar hacia afuera se desatiende en ocasiones el adentro. Hay cosas a mano malogrados por las que están a cierta distancia. Está bien que el aprendíz (el alumno, ah sí, la alumna, perdonen) maneje los cachivaches digitales, que sus competencias digitales brillen, pero hay un peaje que no estoy muy seguro de que todos los docentes sepan que es pagando: se gana en destrezas cibernéticas y se pierde en las lingüísticas o en las matemáticas, pongo por caso. He tenido los suficientes alumnos con severas dificultades comunicativas como para dudar una brizna de la gravedad del problema que expongo. Saben descargarse un programa, instalarlo, borrarlo, pero no saben escribirlo. Conocen cómo funcionan las redes sociales y optimizan a plena satisfacción su uso, pero no saben de qué hablar cuando están en el recreo. Solo el juego los une. En el bendito juego, en ese país con sus propias reglas y sus propios protocolos, se unen y se alían, comparten una inquietud común y se igualan como casi con ningún otra disciplina de la vida. Fuera del juego, en la periferia de ese limbo perfecto, lo que cuesta es entablar un diálogo. No lo entablan, no al menos idílicamente. Se están volviendo ágrafos de la lengua y expertos en los códigos cifrados. No sé (cómo voy a saberlo) el modo en que esto pueda virar. Pensé anoche en los libros. En la ilusión de que el mundo está encerrado en los libros. No los digitales, los descargables, que adoro, por otra parte, sino los tangibles, los que se compran en las librerías, se cogen de las bibliotecas o se prestan. Qué maravillosa costumbre perdida. La de recomendar libros. La de prestarlos. Que barullo tan monumental estamos montando. Qué desatino. Qué incongruente todo. Qué feliz el viaje, no obstante.

19.4.13

Sobre viajes, libros y vicios


Vicio puro



Amo mi ocio, su molicie, la restitución cartesiana de los vicios que lo componen. Emboscado en ese deslumbramiento amoroso, prendido en la certidumbre de que todas esos juguetes de mi entretenimiento están ahí, a la espera de que yo los alcance y estruje, desempeño el resto de las cosas que ocupan el día. A menudo, en mitad de un tormentoso momento de stress, en la cresta de una actividad ineludible, irrelevante y gris, pienso en alguno de esos juguetes y en el modo en que voy a jugar con ellos. Imagino que los he convertido en una especie de alimento espiritual. No soy yo, al menos muy visiblemente, pieza rara . O lo soy al punto que lo son los otros, sin nada remarcable que me distancie de ellos. Cada lector de este blog allá donde esté, me conozca en persona o solo caiga por aquí y lea los voluntos un poco erráticos de mi oficio de escribir, tendrá los muy queridos suyos. Quizá uno de los males que tenemos como sociedad sea precisamente éste que apunto: que haya quien se aburra, quien no tenga ninguna afición particular o no encuentre placer en ninguna actividad fuera de las más elementales y previsibles, o incluso ni éstas mismamente. Es muy malo el aburrimiento. Malo al punto de que malogra una vida entera. Escuché ayer a alguien cercano a quien aprecio que no imagina una vida desocupada. No entraban en sus cálculos no hacer nada y fantaseaba con la posibilidad, a la que yo me arrimo gustosamente, de jubilarse y dedicarse a plena satisfacción a lo que le gusta; cosas como la fotografía o la lectura, decía. Sentí una punzada al escuchar aquéllo. De quien lo dijo me apropié de la idea como quien la escucha por primera vez. Me sentí cómodo y me sentí feliz pensando en todo lo que me aguarda y todavía no he hecho. Pensé en lo maravilloso que es vivir cuando no hay huecos que malogren la travesía de las horas. Hoy mismo, a punto de irme a mi centro de trabajo, y bendita cosa ésa en los tiempos en los que estamos y en cualesquiera otros, no me importaría pasar el resto de la mañana alargando esta entrada, maquinando otras, ingresando datos en una base a la que confío el listado de mis discos y de mis películas (me niego a inventariar los libros, no sé bien el porqué), escuchando jazz mientras leo un libro (ahora, frente a mí, Deshabitados, colección de poetas antologada por Juan Carlos Abril y publicada por la Diputación de Granada). Insisto en que otros harán otras cosas y les llenarán igual o les llenarán mejor. Las mías me parecen las mejores del mundo. Quizá porque las elijo yo y me tengo en muy alta consideración. Esa debe ser la razón sobre la que se izan las demás razones. Que uno se sienta en paz con uno mismo. Que no se mire mal en el espejo y no tenga nada que reprocharse al término feliz o infeliz del día. Porque hay días malos en los que el ocio es una puñetera mierda, por supuesto. Días de un gris tirando a muy gris en los que nada sale como se desea. Días que uno no maldice del todo porque se refugia (ahí vuelvo a donde empecé) en el ocio, en su molicie, en esa restitución metódica de los vicios que lo componen, deslumbrando en el amor o en la pasión o en la lúbrica representación de todas esas pequeñas contribuciones felices. Quien no esté de acuerdo conmigo, por favor, anótelo al márgen. Quien se maneje bien sin vicios que lo propulsen, que me informe. Por si mañana amanezco distinto y nada me contenta. Todo puede pasar.



Viajes


He viajado cuanto he podido y, no habiendo sido suficiente, a veces solo entretengo mi rutina enredado en la ficción de que me esperan grandes viajes y que, al regreso, planeo viajes nuevos. Como las finanzas no me asisten como quisiera, hay ocasiones en que desplazo los grandes viajes por viajes de más corto vuelo. Incluso a veces he tenido que anular alguno completamente y contentarme con especular sobre los que están por venir. El caso es no desfallecer nunca. Lo importante en estos asuntos es no apartarse de la idea que el viaje lo impregna absolutamente todo. Hasta podemos retirar el viaje en sí mismo y solo satisfacer el alma apetitiva con la prefiguración de que existe, de que anda ahí, cómplice, querencible, imperturbable y puro. En pocos días se celebra el Día Internacional del Libro, es decir, se festeja el modo más eficiente de viajar que existe: la lectura. Por eso amo las bibliotecas, que son otro vicio confesable. Las que están fuera de casa y la propia, modesta, por muchos volúmenes que tutele. No hay ninguna a la que no mire con delectación y en la que vea cumplidos los sueños posibles y los imposibles. Todas, a su secreta manera, preservan al mundo del caos que lo diezma. Una biblioteca es un santuario al modo en que lo es una iglesia. No hay libro que no contenga algo maravilloso. Ninguno que no sea maravilloso para alguien. Ninguno en donde no se describa un viaje. Creo que hay pocos asuntos de los que me agrade escribir más que éste. Por eso me repito. A sabiendas, me repito. Quizá no sepa escribir de otra cosa. En cuanto tenga ocasión, de verdad lo digo, dejo de leer en casa y leo en otro país. Eso sería fantástico.

17.4.13

Elvis Kafka Borges Thor Ramones Gallo


Kafka, de haber nacido en Las Vegas, habría paseado su tristeza por las mesas de juego. No es lo mismo ser un descarriado en Praga a principios del siglo XX que un descarriado frente al Caesar's Palace, en el año trece del siglo XXI. Kafka a día hoy sería un friki. Esa cara de funcionario gris no matrimonia con las lentejuelas del traje, pero Elvis, ya gordo y fondón, tampoco daba bien con el traje. Kafka pidió a Max Brod, su amigo y albacea, que todo lo escrito fuese pasto de las llamas. Elvis, antes de morir bien empastillado, tóxico y grosero, fofo y solo, dudo que le pidiera a su manager que borrara los viejos hits, los nuevos, su cara de niño feliz y sano en todas esas cintas cutres que alimentaron el mito. Lo que no hizo el rey del rock fue inventar un adjetivo, entregarlo a la historia. Elvis fue muchas cosas y algunas en modo superlativo, pero nunca fue un tipo kafkiano. Tampoco sé con certeza si Kafka lo fue. En fin, conjeturas. Modos de sobrevivir al martes. A los días se les sobrevive con Kafka, con Elvis, con toda esta corte de alucinados. Se vive bien en la alucinación. Lo malo, para Elvis, para Franz, fue salir. Darse de bruces con el mundo. Pasear las calles. Mirar a la gente. Dormir de noche y enfrentarse a los sueños.






A Borges no le hubiese escandalizado que lo travistiesen de Thor. Conocía de las sagas nórdicas la pureza de sus metáforas, la lírica de sus runas, el peso de la épica. Le fascinaba que ese pueblo hubiese vivido al margen del progreso demoníaco de los países de abajo, de las fraticidas guerras entre todos los países del sur. De haber existido un Thor borgiano (o un Borges thorizado) habría hechizado a más de un friki. No sé cómo matrimoniar a ambos. No sé qué saldría si ese híbrido (a Pablo Gallo, el autor de estos formidables dibujos) no fuese únicamente una invención, el personaje imposible que tiene en una mano un libro y en la otra, imponente, el martillo de los dioses. Ambos son, en el fondo, materias divinas. El libro es también un artefacto que arruina y funda imperios. No hay artefacto bélico de más probada eficacia que el libro. Se puede esgrimir un libro como quien blande una espada. Hay libros que han vertido más sangre que el hierro de muchas espadas. A Borges, como a Thor, no le importa que el mundo ande descarriado y que se precipite, alocado, un poco frívolamente también, al más oscuro de los abismos (esto del abismo es muy de viking, muy de épica nortúmbrica). Lo que ambos persiguen, ciegos los dos, es la vigencia de un modo de hacer las cosas. Se puede vivir en este mundo sin pertenecer a él. Borges no era del siglo en el que nació. A Thor, al dueño del Mjolnir, que nadie puede sostener salvo él mismo, el hijo de Odín, el dios, le satisfacía, más que otra cosa, el placer de entrar en batalla. A Borges, el bibliotecario, el constructor de laberintos, el que vigila los sueños y los espejos, le satisfacía, más que otra cosa, el placer de vivir en los libros, que son también una elegante forma de entablar una especie de batalla. Las guerras mueven el mundo. No han dejado de existir y no van a dejar de hacerlo. Da igual que observen un rito u otro. La sangre será derramada. El poeta elaborará su canto. Thor es el guerrero. Borges, el ciego, será el poeta.


This is rock and roll radio. Los Ramones en realidad son puros, a pesar de la impureza que irradian. A estos tres, a Gómez de la Serna, a Valle-Inclán y a Jiménez, les une tener tres ramones en sus nombres de pila. Quizá solo eso. En lo demás, fueron tres almas atormentadas por las letras, que siguieron caminos distintos y que solo reclamaron para España un modo menos previsible de entenderla. El primero sumó humor y metáfora. El segundo arrimó el esperpento. El tercero cristalizó la poesía como vehículo total para entender la realidad. A los Ramones verdaderos les interesaban almas como éstas. En el fondo, a pesar de las distancias, de los mensajes, incluso de las texturas con las que el producto, en apariencia, se muestra, el arte posee una brizna compartible. Una de la que es posible extraer una cierta posesión de la verdad. Y también de la belleza. A bailar, paisanos de las letras.

15.4.13

Quesito rosa


Poseo un sentido muy primario de las cosas que no entiendo. Me merecen respeto, pero no suelo practicar el esfuerzo que merecieron las que sí comprendo. En ésas me aplico y me obstino en extraer el más interno de sus zumos, aunque no siempre lo consigo. Procuro esconder en lo que puedo la evidencia de ambos extremos. No me expongo a que se descubra lo pobre que es mi cultura en asuntos científicos, pongo por caso, y tampoco me explayo en poner encima de la mesa mi bagaje libresco, los nombres del jazz o del cine. Al Trivial, ese juego que se practica entre amigos, contentos de copas y de risas, juego siempre a quesito rosa. Me sonrojo cuando debo dar cuenta del número de las alas de una mariposa o el nombre de la válvula que abre o cierra un órgano. Sin embargo, me recreo en cierta frivolidad erudita y pronuncio con absoluta claridad el director de fotografía favorito de Brian de Palma o el bajista de nombre impronunciable con el que Joe Pass firmó sus mejores discos. Va así uno, dándose y recogiéndose, presentando credenciales volubles, dando imágenes de uno mismo. De hecho, hacemos básicamente eso. A posta o sin el concurso de la voluntad, lo que hacemos a diario es exponer la sustancia que somos. Al correr de los años voy adquiriendo la experiencia que me permite disfrutar de la vida sin entrar de cabeza en la de los lepidópteros. Incluso acepto que no sirve absolutamente para nada saber qué disco de Al Stewart fue monitorizado por el excelso Alan Parsons, salvo que en una noche de invierno, cerca de la chimenea, con los amigos, se pida que uno tire de enciclopedismo. Acepto que la cultura, incluso la más alta, no procura la felicidad. Tan solo hace aproximaciones; algunas fantásticas, lo admito. Porque no es otra cosa. Ahora no se estila mucho que en las escuelas se fomente ese voluntarismo memorístico, pero no creo que sea malo, siempre que no afecte al desempeño de otras disciplinas de la cultura. Es malo (tal vez) que sea únicamente eso. Que ese apresto de nomenclaturas no contenga una ética, una manera de ver el mundo y de actuar en el mundo. Tengo amigos de una memoria asombrosa que ponen al servicio de la inteligencia a poco que las circunstancias se lo exigen. También otros que carecen de inventarios a mano dentro de la cabeza y que, sin embargo, brillan en lo dialéctico, en la urdimbre más íntima de las cosas. Algunos que disfrutan de un modo brillante de las cosas elementales. No hay un procedimiento que concite el aplauso mayoritario. Todos se desdibujan o se desmoronan. En noches como ésta, cerrando el domingo, satisfecho de jazz (escucho a Roy Haynes vía Spoti) y de actividades de fin de semana (viaje a ver a mi hija, salidas con los amigos, poco estar en casa y mucha ronda de calle) pienso en el poco tiempo del que disponemos en realidad. Pienso en la mortalidad de lo festivo y de lo que no lo es. Pienso en que nada (ni siquiera el placer, ni siquiera el dolor) duran eternamente. Nada que no supiera antes. Nada que no sepamos sin tener que venir yo a contarlo. Quesito rosa. Me acerco al triunfo. Buenas las noches.

12.4.13

¿Qué es más noble para el alma...?



Hay sitios de los que uno no puede salir, por más que lo desee. Incluso cabe la posibilidad de que no haya obstáculo que lo impida o que nadie se percate. Lo que hace irrealizable ese deseo es la propia voluntad. La cosa funciona más o menos así: el hombre que se está poniendo de pie en el público no ha ido a escuchar la obra. Le da lo mismo que el actor sea eminente o que la pifie garrafalmente.

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Robot



Tus padres se habían ido a no sé dónde y la casa quedó para nosotros. Creo que hay un poema de Luis Alberto de Cuenca que empieza así. Estaría bien vivir en un poema de Luis Alberto de Cuenca. Que te dé por cortejar hijas de padres cultos y mientras que planeas el modo de hacer que todo se maneje con docilidad y el amor no irrumpa con estrépito puedas observar anaqueles reventones de libros. La Iliada. Moby Dick. La biografía de Marco Polo. Las obras completas de Kafka. Una enciclopedia en alemán. Un tocho inabarcable sobre los barcos que cruzaban el Atlántico y traían tabaco y cuentos de ultramar. Pero la vida nunca te hace estos regalos y lees a Luis Alberto a primera hora de la mañana, antes de ponerte a funcionar como un impecable robot japonés al que le han extirpado todo sentido de la belleza. Queda la serena fragancia de la voz del poeta, recitando, inclinando el tono, auscultando el aire con la contundencia de quien se sabe dueño de un oficio antiguo.

8.4.13

Soy un hijo de la materia oscura



I
Hay días en los que a uno le salen las cosas bien y revisa el modo en que se han conducido los acontecimientos y advierte que no hubo nada especial que contribuyera a esa felicidad. Una conjunción de azares, podría ser. A lo sumo, una serie de benditas coincidencias. Sucede también al contrario. Días terribles en donde nada sale como uno espera y que, al ser revisados, cuando concluyen, tampoco ofrecen material con el que extraer alguna enseñanza. Vendrá esto a decirnos que en realidad importa muy poco el modo en que vivimos porque estamos a merced de los enemigos a los que no conocemos. Al enemigo se le vence a medida que se le va conociendo. No hay nada a lo que aferrarse o nada que, si nos aferramos bien fuerte, nos garantice la felicidad que anhelamos. Será que no hay felicidad posible. Solo una suma de pequeñas alegrías. Tampoco existe su anverso. En todo caso lo que hay es una suma de pequeñas tristezas. Digo o escribo todo esto el día en que han muerto Margaret Thatcher y Sara Montiel, viejitas ya ambas, habiendo atravesado los crudos inviernos y los cálidos veranos. Quiere uno morir como la Montiel. Que un desmayo te sobrevenga en el salón y te lleve al otro mundo sin que se note mucho ni afuera ni adentro. Que te lloren los deudos y tú abandones el oficio maravilloso de vivir. No sabemos (yo al menos no tengo ni la menor idea) si hay otro mundo detrás de éste. No sé qué va a pasar mañana así que comprenderán que no me preocupé por las metáforas del porvenir. 

II
Una parte considerable de mí se resiste a ser un hijo de la materia oscura. Otra, en cambio, está fascinada con la posibilidad de que me haya parido la tiniebla, el pulso secreto de un mecanismo de precisión que escapa por completo a mis capacidades de entendimiento. El universo es que es de verdad una cosa maravillosa. No hay mapa que lo agote. Tampoco ojo que lo abarque. En esas tesituras cósmicas, hoy que he visto un artículo de prensa sobre el origen del cosmos y la certeza de que más de la mitad de él está formado por tal materia oscura, me siento particularmente cómodo. Las disfruto porque no las entiendo. Caso de que sí las comprenda, en el hipotético y remoto escenario en el que me maneje con soltura con los agujeros negros, la teoría de las cuerdas y el puñetero big bang de las narices, creo que perderé ese disfrute. De ahí que no crea en el cielo, pero acepte y hasta sienta sana envidia por los que creen y esperan que haya una vida después de ésta y se sepan de memoria todas las metáforas del porvenir. Ya he dejado escrito muchas veces esto, contado de una forma o de otra. No es que mi alma (si es que hay una por ahí adentro) desee creer. Es más bien que los que creen, los que de verdad lo hacen, sin fingimientos ni falsedades, acceden a niveles de la percepción espiritual a donde yo, descreído, no alcanzo. Insisto en que no es una declaración pública de una súbita inclinación hacia los fastos y los milagros de la fe. No es nada de eso. Es simplemente la constatación de una realidad. Si hay tanta materia oscura, ¿quién soy yo, triste criatura con un blog, una mujer y dos hijos, padres y algunos buenos amigos, amante del cine y del jazz, de las palabras en los libros y de las barras de bar, para dudar de que en sus tripas anide un Dios y me esté mirando ahora y se consuele con la idea de que algún día caeré de bruces en su regazo? Espero que sea tarde. Mientras tanto, sigo en pecado, descreyendo, disfrutando de mi pagana voluntad escéptica. En fin, que soy un hijo de la materia oscura, un vórtice de luz en las tinieblas, un pequeño cuerpo (a pesar de mis muchos kilos) en la insondable negritud del caos.Y además hoy es lunes.


Elementary



 El blues
Anoche, al ir acabando el último episodio de una serie que me ha gustado mucho, Elementary, con un Sherlock Holmes al hilo de los tiempos, con un Watson femenino y con Nueva York en lugar de Londres como centro de operaciones, sonó Me and the devil, la pieza maestra del blues del breve maestro Robert Johnson. No estamos hechos de otra cosa que de dolor: el dolor mueve las palabras, ensucia el pensamiento, atrinchera su garfio cabrón en las dulces estancias del sueño y te levantas con el pecho abierto, encallecida el alma, notando el peso inconmovible de la sangre rota; el dolor acompaña las fiestas de cumpleaños, escolta la juventud al tedio, se manifiesta en la música y troca el arpegio más emotivo en ruda música de fondo; el dolor cubre los cuerpos de los amantes mientras se entregan a la celebración horizontal de la carne; el dolor empuja el feto a la luz; el dolor mueve el corazón y también las estrellas; el dolor es el itinerario exacto de las horas; el dolor discute con el tiempo la autoría de nuestros quebrantos; el dolor zanja a cuchilladas las pasiones; el dolor se anuncia en el neón fugaz de las once de la noche; el dolor acude sin que se le llame; el dolor azuza la tristeza; el dolor corrompe las metáforas; el dolor amarillea los recuerdos; el dolor percute la noche como un taladro melancólico; el dolor mancha el traje del domingo; el dolor asfixia la luz en los rincones; el dolor es un blues.


La coda del blues
Como escribía aquí un amigo “el dolor mueve más hilos que el amor, y eso sí que duele”. Eso es: la letra de un blues. Voy a llamar a Robert Johnson antes de que algún marido afrentado lo defenestre.Voy a pensar en que el lunes no es doloroso. Nunca lo son. Lo que duele es la sensación de empezar otra vez. De que hay que ir aplazando las festividades que nos concedemos porque la realidad, la terca, la infame a veces, se obstina como solo ella sabe en importunarnos con asuntos que en las más de las ocasiones no son de nuestra incumbencia, aunque debamos realizarlos. A un alumno, hace años, le conté una historia parecida a ésta: debes hacer lo que no te gusta con el mismo ardor que haces lo que te gusta, le vine a decir. Supongo que lo hice con convicción porque se aplicó y logró el esmero que yo le pedía en disciplinas que no era del todo de su agrado. Me pido yo ahora una voz que me persuada del mismo empeño. Que me diga que hay que esmerarse en las labores casuales, en las que no te suponen un placer especial, y solo luego así poder disfrutar de las verdaderas altas y nobles, las que te hacen izarte como un pequeño dios en su pequeño minufundio de placeres y de vicios. Los míos son de alta gama. Como los de cualquiera. Anoche, escuchando el blues, pensé en que el dolor es necesario. Sin él, no hay sensación de que el placer sea tan bueno como en verdad es. Elemental, por otro lado. Hoy me he levantado con una elementaridad escandalosa.

7.4.13

Las dolencias sublimes

Va uno con los años un poco yendo y viniendo por las cosas como si las viera en la distancia y el afecto o el desafecto que causan apenas prendiese. Está así a salvo algo que antes estaba siempre expuesto. No sé si ese empeño en protegerse uno verdaderamente importa, si al final la vida echa a perder todos los esmeros y te zarandea a su modo, haciendo que hociques, que muerdas el polvo, que te consideres el ser más desgraciado sobre la tierra. Algunos días con algunas de sus noches todos nos sentimos así: ocasionalmente trágicos, investidos por la serenidad de quien se sabe perdedor del único juego al que sabía jugar. Y es que no tenemos otro juego que no sea este de levantarse por las mañanas y acostarnos al término de la jornada. Pero hay días de una intrascendencia maravillosa, en los que olemos las flores, escuchamos el latido del fondo de los árboles y miramos a los demás como si de verdad los quisiésemos a todos. Son los días en los que no hace falta que escribas. En cuanto a mí, poseo la extraña habilidad de que me arrebata la inspiración cuando más ocupado estoy, en el momento en que los problemas te asaltan. Creo que no soy el único, pero no tengo a nadie más a mano y hablo de lo que conozco. Decía que va uno con los años viendo las cosas con la distancia que le permite no involucrarse obligatoriamente en ellas. Luego está la voluntad de meterse en honduras, pero advierto (y yo soy lento para lo mío) que he ganado en tranquilidad (que no en sabiduría) con ese nuevo estado de espectador paciente. No sé si lo he aprendido de alguien cercano que lo ejerza o ha sido un volunto de mi infatigable capacidad de no estar jamás contento con casi nada. De todas formas, no pienso defender esta novedad de mi espíritu más allá de lo razonable. En cuanto el azar me zarandee, muto a quien era ayer o hace una semana o el mes pasado, cuando era otro. Uno siempre es otro. Yo no existo. En realidad todo lo que digo, en cuanto lo pienso, me produce zozobra. En la zozobra se vive mejor. En la incertidumbre se vive también muy bien. Escribir sirve para aclararse uno y para aclarar a alguien que, en la lectura, encuentre una parte de sí misma en lo que le estoy contando. Probablemente tres criatruas con las mis dolencias que yo. No sé nombrarlas, pero me acuesto con ellas todas las noches. Son de mi propiedad incluso cuando no las padezco. Es al corazón al que le incumben estas cosas. La cabeza, con sus protocolos y sus reglas de servidumbre racional, no sirve para estos asuntos. Yo la dejo de lado en cuanto puedo. Y se nota.

2.4.13

La biblioteca infinita



A Rafael Carlos Roldán, lector, gourmet norteño (once again)
A Malena, que una vez me habló sobre Borges desde Argentina
A Miguel Cobo, que me plantea dudas sobre si soy borgiano o borgeano, cuando en realidad soy las dos cosas.
A Tomás, al que no conozco, y que me contó que era completamente feliz leyendo el poema del ajedrez.
A Antonio Sánchez Huertas, que no es borgiano ni borgeano, pero seguro que podría serlo de modo magnífico.


Proyecto
El hombre se ha despertado con la peregrina idea de leer el libro en el que está basada la película que vio la noche anterior, pero no recuerda el título.Tampoco de qué iba. Sólo ve pájaros y un edificio victoriano al que entran circunspectos caballeros de macferlán y sombrero de copa, bastón y perilla. Todos se parecen tanto que llega un momento en que consiente la ficción de que, en realidad, son la misma persona, absurdamente multiplicada. Ve también, de forma dispersa y obsesiva, árboles que salpican un paisaje aplastado por una insolencia de nubes. En ese cielo sin propósito advierte aviones que lo surcan muy despacio. Los pájaros y los aviones no se molestan. Parece que alguien pasara la imagen por un proyector y lo estuviera haciendo premeditadamente a cámara escandalosamente lenta. Los pájaros violentan el silencio de ese desfile aristocrático con unos graznidos que no soporta. Graznidos lentos, a cámara lenta también. Ahí termina la película.

Travesía
La amable señorita de la biblioteca se esfuerza en que formule un título. Le razona que hoy en día se puede llegar a la madeja desde cualquier pequeño hilo, por infundado que parezca. Le habla del algoritmo secreto de google y de dios escondido en el código binario. De pronto el hombre le confiesa que tal vez no sea una película sino un sueño. En ese caso estoy obligada a informarle que no es posible ayudarle porque no existe una bibliografía sobre los sueños de los usuarios de la biblioteca o del mundo. Nuestro catálogo es ingente y hasta tenemos un fondo sin registrar, libros apilados en el sótano donde hace años que sólo entramos a dejar más libros, pero insisito en la imposibilidad de satisfacer su demanda, añade.

Fuga
El hombre se aleja del edificio de la  Biblioteca con la sospecha de que le han engañado. El libro existe, piensa. Hay un libro para cada soñador. Un registro minucioso para todos los sueños desde que nacemos hasta que morimos. El hombre no es religioso, pero entiende que está manifestando una especie de reflexión de índole enteramente religiosa. Quizá toda la religión no sea sino un prontuario formidable de metáforas que informan sobre un sueño en particular, el de un dios o el de muchos dioses. Tal vez Dios, el llamado Verdadero, sea el amanuense de ese inventario único y esa biblioteca fantástica sea el cielo. En este momento, emboscado en estas reflexiones, comprende que ha muerto y está a punto de contemplar  uno a uno, sin pérdida, sin rebaja alguna, todos los sueños que ha tenido. El último era de pájaros  y un edificio victoriano al que entran elegantes caballeros absurdamente iguales.

Coda
Cuenta en una taberna de amigos la historia de los libros y el sueño de los hombres. No pretende que se le escuche. De una forma precaria, sin apenas mimos, confía un secreto que dentro de su alma es una catedral, pero en apariencia, contado, es una minucia, un verso suelto de un poema absoluto. Todos somos grandes poetas, grandes constructores de catedrales, grandes jardineros del cosmos, pero no poseemos la habilidad de contárselo a los demás, y trabajamos en silencio, en la soledad de un demiurgo muy tímido, aprisionados y locos.

273/365 Jackson Pollock

  Se cae, en un descuido, el rojo. Emerge, comido de vértigos, el azul. Está la luz enfebrecida. Se la ve triste, se tiene la impresión de q...