31.12.14

Dos mil catorce / Fin





Tengan ustedes una noche antológica, una noche sublime, una a salvo de la pesadumbre, una con colmo de júbilo, una festiva hasta el desmayo, una que no deseen que acabe, pero no caigan en el error de olvidar el mañana gris, el día con todas sus luces, el año que entra con su vértigo y con su fiebre. Hoy, no obstante, desfóndense. Sean felices sin otro dios que les guíe. Miguel Brieva, el autor de la imagen que traigo todos los años, en esta fecha, a mi blog, se lo dice muy claro. El texto no cambia. Los últimos años entran a trompicones, amenazando con llevarse todo por delante. Así que hoy, si pueden, bailen.

Las palabras, el insomnio, la familia, Bergman

Cada insomnio es distinto al resto y ninguno se parece a otro. En eso coincide con la idea de familia. Quizá ambas cosas compartan cierta sensación de fragilidad y de intimidad, de asunto muy personal que no puedes airear sin que algo tuyo, íntimo también, acabe revelándose, adquiriendo rango público. En el insomnio urge proveerse de distracciones. Como en la familia. No puede estar uno expuesto absolutamente. No sé si hay insomnios felices e insomnios infelices. Todos los males que devastan el mundo provienen de no saber aprovechar las horas de insomnio. Pesan como una condena, duelen como una condena. El insomnio tiene mala prensa. En ese hilo de las cosas, la misma vida podría tener mala prensa también. Si no se sabe ocupar, la vida pesa y duele como una condena. Si conciliamos el sueño, si tenemos el cuerpo lo suficientemente cansado, la vigilia es dulce y no andamos en el temor de que caiga la noche y no sepamos qué hacer con ella. Eso me dicho K., me ha confesado que duerme mal o que duerme a trozos o que duerme sin tener la certeza de que está durmiendo en verdad, como si le contaran que lo hace, como si todo perteneciese a una trama que no es suya, ni a la que puede acercarse y convenir a su antojo. A K. le conmueven todos esos conflictos interiores. Ingmar Bergman y él se habrían caído bien, habrían dejado unas cuantas cosas claras en la barra de un bar, en una mesa apartada de un bar, en la confianza de que no hay mejor evasión que la de hablar, decir uno esto y luego lo otro, escuchar y dejarse convencer o escuchar y no dejarse convencer en absoluto. Las palabras que usamos son también una cosa frágil e íntima, le digo. Las que usas hablan de ti por encima de lo que las mismas palabras cuentan. Como si usar ósculo en lugar de beso dijese exactamente en qué momento te perdiste, cuándo decidiste no seguir por el camino marcado y tomar el que nadie esperaba. Son las palabras las que no te dejan dormir por las noches. Se te van acumulando, se van inclinando, diciendo de ti lo que ni siquiera conoces. No sé el porqué de traer a Bergman en el último día del año. Las palabras, que tiran. 

29.12.14

4 del 2014

Antes, por estos días, solía recopilar por aquí lo mejor, nunca lo peor, que acarreó el año vencido. Era divertida esa labor de pesquisa, de quien ha visto o ha escuchado o ha leído mucho de lo que el mercado ha ido dejando, pero ya no veo, ni escucho, ni leo como solía. No es un lamento, no lo pretende. Hay años en los que prevalecen otras cosas o en donde uno no está tan alerta de las novedades y no para de coger de aquí y de allá, procurando no decaer, en la idea de que hay que consumir placeres mientras están en el aire, conforme toman vuelo y se dejan ver, no cuando se han dejado vencer y se han aposentado en la tierra. Es un asunto formidable el de los vicios. Daría para escribir un blog entero que se titulase  algo así como Mis vicios. De hecho este mío no deja de ser una rendición caótica de ellos, pero rendición al cabo. Así que no dejaré el post de rigor, el del ranking, el recopilatorio. Leeré el de los demás. Tengo amigos que no flaquean en esto y se dejan el pellejo (literalmente, doy fe) en ocupar el ocio ajeno con el ocio propio. Solo pondré aquí el disco del año, el libro del año y la película  y la serie del año. Algo he escuchado, he leído y he visto, claro. Espero que el año que viene, por bien propio, por buena salud cultural, haga una entrada completísima, como las de antaño, en donde el trasegar del año dejaba huella en mí y lo difundía a modo de confesión. 

Libro
Galveston, Nic Pizzolatto


Demoledora primera novela del guionista de True Detective, en la que se resuelve por la vía épica el relato del ocaso de un matón, uno eficiente y violento, al que un cáncer le aparta del negocio, pero no de su dignidad. Escrita con un desparpajo narrativo que crea adicción, página a página, regalando una trama sólida, pensada para que el lector la recree en su cinemascope particular, restituida con una confianza absoluta en el estilo. Uno cree que no puede estar escrita de otro modo, la sigue con fe, cae en la cuenta de que es una historia que probablemente le han contado antes o que ha visto antes (hay ecos de la serie) pero no puede evitar rendirse a la evidencia de un talento mayúsculo. Únicamente su comienzo hace que paladeemos de gusto. Habla Roy Cody, el matón, en una sórdida primera persona: "Un médico me fotografió los pulmones. Estaban repletos de copos de nieve. Al salir de la consulta me pareció que todos los presentes en la sala de espera se alegraban de no ser yo. Ciertas cosas se notan en la cara de la gente". El resto de la esplendorosa trama es un viaje hacia la muerte. Quizá la muerte en abstracto, no la suya, vaticinada, ni la de los que lo acosan, sino de la muerte como idea, como sustantivo rotundo. 

Disco
Nostalgia, Annie Lennox, 



El sexto disco en solitario de la cantante de Eurythmics es un tributo a los más grandes standards del jazz de todos los tiempos. Habrá alguno que falte, imposible que alguno importante no esté en esta lista privada, deliciosa, acometida con un sentido de la responsabilidad enorme y ejecutada con un respeto absoluto a los cánones, a la memoria de los grandes maestros que parieron estas canciones inmortales. Annie canta como nunca, hace que uno llore (yo lo he hecho alguna vez, escuchando piezas de este disco memoraable) y sienta que la música expresa a veces lo que las palabras no alcanzan. El jazz es un biombo tras el que esconderse, pero aquí el jazz es asequible, está en forma, se enseña, orgullos, para que los nuevos lo conozcan y los viejos, ay, lloremos. 



Película
Nebraska, Alexander Payne




En Febrero, cerca de los Oscars de Hollywood amenizaran el comienzo de año con sus galardones, Nebraska ocupó toda la mi atención. La vi un poco sin empeño, porque quizá no eran los días para ver una película triste que podía hacer que yo mismo, sin necesidad de entristecerme, adquiriese una tristeza más honda, pero a veces el arte va a lo suyo, la belleza va a lo suyo, y Nebraska es hermosa, es triste y hermosa. Hace que uno sienta que todo lo que sucede le incumbe. Hay pocas historias que nos incumban de verdad, y ésta se hace nuestra de un modo indeleble. La historia del viejo que busca su eldorado, su mina de oro, su billete para ingresar en la felicidad, es enternecedora, de una sensibilidad a la que pocos directores están al alcance y Alexander Payne, padre de la enorme Entre copas, filma con un pudor sobresaliente la historia de Woody, un Bruce Dern pletórico, íntimo, trascendente, en un papel goloso como pocos. Al acabar, uno cree que está feliz con la vida, con la armonía del cosmos. Sí, ya sé que desvarío, que una película no llega a eso, pero ésta se acerca mucho, lo juro por el frío de Nebraska y por la austeridad de su paisaje. 



Series
True Detective, HBO / Fargo, FX.





No ha sido posible elegir entre dos series antológicas, Fargo y True Detective. Las dos compiten con oficio con el mejor cine que yo haya podido ver. Y he visto mucho cine, lo aseguro. Son grandes porque respetan al espectador y le hacen creer que no hay menoscabo en el esfuerzo y en la manera en que se puede contar una historia. Y las dos parten de una historia fastuosa, de las que pueden contarse como clásicas cuando pasen treinta años. Soy feliz porque existan. Porque haya gente que se involucre en proyectos que tienen miras muy altas y buscan la excelencia en cada fotograma, en cada línea del guión, en cada pequeña brizna de partitura que asista a la representación pictórica, series que sabes que verás más adelante, cuando el recuerdo te pide el peaje habitual y necesites aplicarte una nueva sesión de inteligencia y de belleza. Atrás, por no meter tres en donde solo debía haber una, incluiría Hannibal, que es grande, muy grande, y que merece atención posterior, que prestaré con mucho esmero.




28.12.14

No mires a los ojos de la gente / Un cuento de ciencia-ficción





Ralenticé mi metabolismo por ver si no me coscaba de lo duro que es vivir en estos tiempos. Pensé que si vivía como si no viviese, yendo y viniendo por las cosas, sin detenerme mucho en nada, no sufriría pesadillas, no tendría la conciencia enferma como la tengo y disfrutaría más de los pocos días que me deben quedar en este mundo. Consumir una energía mínima sin que las funciones vitales se deterioren y se colapse el sistema. Eso fue lo que le dije a Máquina 2 antes de darle al botón del panel y empezar el proceso. La noche de antes, sentados frente al Gran Ordenador Central, el GOC, en adelante, me refirió la historia de otro de nuestra raza que perdió toda identidad genética y se volvió uno de ellos. Nada nuevo, le dije. No digo ya el aspecto, que en eso no se aprecia variación alguna, salvo algunos momentos en que nuestros ojos permanecen minutos enteros sin parpadear, sin que podamos hacer nada al respecto. Eran los sentimientos, la forma de abrazarse, el modo en que se dicen algunos palabras que a nuestro entender carecen de todo significado. El problema es ese, el significado. Hacemos las cosas sin entender bien para qué se hacen. Máquina 13 se enamoró de una terrestre y todavía lleva una doble vida en un dúplex a las afueras de Madrid. Le visitamos la Navidad pasada, le saludamos en la puerta, le dijimos que si iba todo bien, pero parpadeó más de lo deseable y no mostró interés en saber de Casa, en que le contáramos novedades sobre la familia que dejamos allí. Ahora soy feliz, ahora vivo como ellos, hasta me he metido en una cofradía del barrio, nos confesó en la puerta, sin invitarnos a pasar, temeroso quizá de que reveláramos su naturaleza. En cierto modo envidié su confort, su pijama con asteroides y la barba de tres días, el olor que provenía de la cocina. Tarta de queso, me dijo Máquina 2. Fue esa envidia la que me hizo mirar el Manual y buscar un modo de no sufrir más de lo necesario. Llevamos mucho tiempo en este planeta como para echarlo todo a perder por un acceso de sentimentalismo o de solidaridad, no sé. En Casa vigilan que no caigamos en la tristeza, en la melancolía, en ese estado cercano a la hibernación del que a veces no se sale. Hay por ahí compañeros que no son ni una cosa ni otra, ya me van entendiendo. Hablan como hombres, pero el corazón no es humano. Aman como hombres, pero el amor no es sincero. Si nos afectamos mucho de lo que vemos, acabaremos derrotados. Esa es la premisa de la que partió toda la expedición a la Tierra. No os involucréis demasiado, no miréis a los ojos de la gente, te dan miedo, siempre mienten. No salgas a la calle cuando hay gente, ¿y si no vuelves? ¿Y si te pierdes? Escóndete en el cuarto de los huéspedes

Ninguna recomendación es fiable, cualquier consideración sobre lo humano puede venirse abajo si te rozan en un descuido, si te buscan el lado tierno y lo encuentran y atacan por ahí hasta que te desarman. Son increíbles. Es una raza como no he visto otra en mis viajes, que no son pocos. Han debido sobrevivir porque el amor que se profesan es muy fuerte, aunque se odien y se destrocen a la menor oportunidad. Nosotros no tenemos esos comportamientos. No nos amamos. Desconocemos absolutamente el grado de fiabilidad emocional del amor. Nos vale un cierto afecto, que casi nunca llega lejos y, por supuesto, jamás deriva en amor. Tampoco nos odiamos. Desconocemos también el odio. Nos vale un cierto desapego, una especie de desafecto por otros congéneres que casi nunca (hay casos registrados, anomalías conductuales) fomenta el odio. Hemos sobrevivido porque no nos dejamos influenciar por la realidad que nos circunda. Vivir como si no viviésemos, yendo y viniendo por las cosas, sin detenernos mucho en nada, no sufriendo pesadillas, no teniendo jamás conciencia exacta de lo que nos rodea, disfrutando de un modo elemental, pero puro y muy ameno, de la vida, que es un concepto que compartimos con ellos. No nos emociona el olor de una tarta de queso, por decirlo de un modo prosaico. Nada, en realidad, nos emociona mucho. Pequeñas oleadas de emoción, dice Máquina 2. De alguna, bien analizada, podría deducirse que acabaremos como Máquina 13, que no es ni por asomo la deserción más notable de nuestras filas. Máquina 23 se afilió a un partido político y hasta fue concejal de un municipio de menos de cinco mil habitantes. Llevaba la corporación de fiestas, creo. Máquina 43, uno de los más leales a la causa, se enamoró de un taxidermista que le intentó vender una urraca disecada. La tienen encima del televisor, en recuerdo del momento en que sus miradas se cruzaron. La suya, que dura más que la del resto, al no parpadear, fue interpretada como una evidencia manifiesta de amor sincero y directo. Siguen juntos. Tenemos un par de vigilantes que los tienen controlados. Por si se va de la lengua, por si revela nuestra situación y los planes que tenemos. No siendo violentos, no hacemos nada con la disidencia. No los acorralamos en un callejón oscuro y los molimos a palos. Eso lo hacen los humanos, que aman y odian a partes iguales y son capaces de dar la vida por los suyos y de arrebatársela, sin que en ninguna de esas circunstancias extraordinarios se entiendan las causas. Tienen incluso una especie de Dios, que murió por ellos y resucitó y les mira desde una lejanía inargumentable. Llenan los templos y se arrodillan para rezar. Nosotros no hablamos con nadie a quien no veamos, carecemos de ese fervor, no tenemos fe, pero escuché que un Máquina, el 67 puede ser, se hizo sacerdote y lleva una congregación de fieles en un departamento apartado del Perú, haciendo una labor evangélica. Imagino que no mostrará su lado alienígena, Porque es uno de ellos y es uno de los nuestros. Y no sé qué pensará Dios de todo esto que cuento, si es que lee mis palabras conforme las escribo. Quién sabe. Uno nunca sabe. 

Yo soy Máquina 1, llegué el primero, me instalé solo, no importa cuándo. Los demás vinieron sin prisa, no les entusiasmé con lo que fui contando. No entra el entusiasmo en nuestras emociones. Les pareció bien, sin más, me dijeron que vendrían. Solemos vernos alrededor del GOC, que está bien custodiado, disimulado entre otros ordenadores, controlado por uno de los nuestros. Recibe incluso un sueldo por tenerlo a punto. Carecemos de sentido del humor o lo tenemos poco acentuado, pero nos hace echar unas risas, nada escandaloso, esa inocencia de los humanos, tan antigua, que no desaparece por muy lejos que lleguen cuando se ponen violentos. Y juro que se ponen. Dan miedo, ya lo he dicho. Un miedo que nos hace reconsiderar nuestra estancia en este planeta. Pero se vive bien, se deja uno llevar por la bonanza del clima. Nada comparado a los extremos de Casa, en donde el frío y el calor absoluto lo rigen todo. Madrid es una ciudad maravillosa. A Máquina 2 le gusta pasear por la Gran Vía y ver escaparates. No compramos nada. Nos alimenta el GOC. Basta que miremos cierta pantalla durante un periodo muy corto de tiempo. Las Máquinas desertoras deshabilitaron esa función nativa y han obligado al cuerpo a crear órganos como los de los humanos y he visto a algunos comer con fruición, beber escandalosamente y coger peso de un modo atroz. Máquina 6 sostuvo en una reunión que fornicar es una actividad muy gratificante, pero no le prestamos atención, no quisimos escuchar su conferencia sobre el placer. Nos decimos Máquina porque no sabemos qué nombre usar en este planeta. Los nuestros solo nos valen para comunicarnos con Casa y son impronunciables en ningún idioma terrestre. La fonética humana no es capaz de articular el sonido con el que nos reconocemos cuando nos llamamos. El español es sencillo. Los verbos cuestan un poco más, pero aprendimos rápido. Carecer de emociones nos hace tener una inteligencia muy práctica, muy precisa. Máquina 11 aprendió chino en un bar, en una hora, mientras uno de ellos le vendía unas películas porno. 

Tenemos un trabajo remunerado por no desentonar mucho en el barrio, pero hay compañeros que no han trabajado nunca, y tampoco eso desentona mucho. Está la cosa mal, dicen en el supermercado en donde compro algunas cosas para aparentar que las consumo. Me encanta coger alimentos que no he probado nunca. Los escojo por el aspecto, por el color, por el olor que desprenden. Me he aficionado a la carne roja, que me parece muy hermosa. Pensar que los humanos son así por dentro me produce una zozobra que no sabría explicar. Si yo comiese carne, me sentiría muy mal. Como si me comiese a uno de los míos, como si arrebatase una vida para no hacer que desfallezca la mía. Vivo en una casa muy austera. Tengo un televisor por cable y paso casi todo el día viendo cine. He descubierto que es un arte hermoso el de la cinematografía, como dicen ellos. Me gustan las películas de espías y las de ciencia-ficción. En algunos de esas, me divierte (en lo que yo puedo divertirme, claro) el modo en que imaginan a los de nuestra especie. Tienen cientos de películas que hablan de seres de otros mundos que vienen y les invaden. Las hay en blanco y negro, de poco espectáculo visual, pero muy imaginativas. Esas me parecen las mejores. Hay una en la que unas esporas provenientes del espacio exterior dan réplicas exactas de seres humanos a los que pretenden reemplazar por completo. Sobra decir que los humanos resultantes de esa duplicación carecen de sentimientos. No me he visto reflejado en ninguna de ellos. Lo nuestro es muy especial. Hemos venido, pero a veces pienso que siempre estuvimos aquí. Que los humanos son consecuencia de Máquinas desertoras. Que toda la especie humana es la evolución de una serie de criaturas como yo, que vinieron aquí hace miles de años, más tal vez, no tengo manera de comprobar todo esto que barrunto ahora, en mi habitación, contemplando el cielo desde mi ventana. Por eso Máquina 2 pasea la Gran Vía y ve escaparates o Máquina 43 se enamoró de un taxidermista o Máquina 13 lleva una doble vida en un dúplex, oliendo a tarta de queso y fornicando los fines de semana. Como si una memoria antigua nos contara cosas que sabemos y que no admitimos del todo. O como si el humano tuviese una memoria también de cuando fue Máquina y llegó a esta Casa y agradeció el cielo azul y el bullir del aire en la tormenta y el aroma de las flores en primavera. Me estoy volviendo un sentimental. Pronto le daré al botón y me convertiré en uno de ellos. En el Manual no hay nada que confirme mis sospechas. Los humanos tienen teorías rocambolescas sobre el origen de su especie, pero la mía cobra fuerza a día que pasa. No la confiaré a nadie. La dejaré aquí. La guardaré en un archivo en la GOC. No dejaré que dejen de amarse y de matarse. Llevan así milenios para que un torpe invasor como yo les arruine la costumbre y les explique lo que no les conviene saber. Se vive bien en el misterio, se está bien en la ignorancia. 


26.12.14

La rubia de ojos negros





Constato el afecto que le profeso a los personajes negativos, a los que no hay manera de salvarlos, los que se arrastran y medran con artes infames, los que viven o mueren conforme a su voluntad, aunque esa voluntad no sea la que la buena educación y las normas de convivencia proclaman como las aceptables. Al mal se le tiene un respeto que el bien no consigue casi nunca. Toda la literatura que amo está cimentada con personajes malvados, gente ruin a la que cerca la sociedad o acorralan los buenos, hasta que les dan su merecido, como se dice. Si se extrae de una novela al malo, queda poco o incluso no queda nada. En el hipotético caso de que no haya malo, de que ningún personaje granjee la animadversión del lector, la novela flaquea, se engurruñe (me encanta ese verbo) y acaba convertida en un adorno, algo presentable, comúnmente aceptado, confirmado en el canon, en el gran canon de la literatura aséptica, linda de aspecto, susceptible de ser sacada a paseo y presentada sin rubor en las reuniones de sociedad.

Leyendo a Banville, pienso en el libro primero, en el libro de los libros, en la Biblia canónica. No hay mejor libro que éste para refrendar todo lo que expongo. No porque sea alta literatura, que lo es, a su modo, en su ficción, en su interesado registro de unos hechos sobrenaturales, Prefiero a Benjamin Black que a John Banville, la mente que lo creó. En cierto modo está bien que un escritor cree un alter ego, uno capaz de bajar a donde él no podría o donde no querría. Habría que tener un seudónimo, un alias, un yo escindible con el que poder salir a calle y hacer cosas y decir cosas que no estarían bien hechas o bien dichas con la autoridad del yo primario. 

Acabé anoche En busca de April, un monumental ejercicio de precisión moral, por decirlo de alguna manera, en el que los personajes ofrecen una doblez maravillosa: un lado visto, remarcable, y otro oscuro, en donde se advierte la calidad de la trama, el formidable vuelo que adquiere el argumento. Las herramientas con las que cuenta Black son más afiladas que las Banville contaría: siendo otro, enmascarándose, la escritura fluye de otra manera, se da rienda suelta al mal con más comodidad. Debe ser consecuencia del pudor católico-irlandés del propio Banville, que de sí mismo nunca dice gran cosa, se deja invitar de vez en cuando y da cursos de novela negra, habla de la literatura y de su amor profundo por Chandler y por todos los que hicieron que el cine negro no fuese únicamente un género cinematográfico sino, y muy contundentemente, uno literario, de pleno derecho. Su detective favorito, Quirke, es un tipo entrañable. Yo a veces me he imaginado siendo Quirke, el buen patólogo forense, pero no soy yo realmente, sino el otro yo, el Emilio Calvo de Mora que podría agenciarse un alias, un alter ego, una máscara. Quirke bebe mucho y no piensa que haya posibilidad de dejar de beber. Vive solo, ha tenido una vida familiar, pero se truncó todo, se malogró la felicidad conyugal (no hagamos spoilers) y ha terminado arruinado, condenado en vida, haciendo las pesquisas de rigor, fundamentado el aura de malditismo que todo detective de raza requiere para que su leyenda prospere o para que, en vida, no acaba de redimirse nunca, no termine jamás de curar sus heridas. Un poco como los detectives prodigiosos de George Simenon, de quien bebe también, a tragos largos, sin embucharse. 





Irlandés venido a menos, admite que no es bien recibido en su país, del que raja más de lo que debería, siendo los irlandeses un pueblo muy endogámico, de escaso afecto por quienes renuncian a las raíces, pero ¿qué son las raíces?. Banville / Black es un francotirador, uno bueno. He disfrutado esa forma de escribir incluso cuando lo que ha escrito no me ha entusiasmado (El lémur) Es prodigioso el oficio de este hombre, la manera con que arma la estructura estrictamente novelística, seduciendo a cada página, invitando a seguir, a no dejarse embelesar con la trama, que es muy buena, sino ofreciendo la insinuación de que es la escritura, el poder de las palabras y de las frases, la que obra el milagro. Bilocación, canibalismo puro, doppelgänger bizarro, da lo mismo: Banville, o Black, son un lujo en los escaparates de las librerías. Es un honorable premio Príncipe de Asturias John o Benjamin, da lo mismo. Los dos están de acuerdo en lo fundamental: en la belleza y en la importancia de la literatura. En un rato, después de que eche mi siesta, me pongo con La rubia de ojos azules. Marlowe ha vuelto. Viva Marlowe. 

25.12.14

Cuatro cuentos y una canción de Navidad / 2014


No hay navidad sin que tres amigos, hoy cuatro, escribamos un cuento. Son solo cuentos, pero a mí me sigue emocionando leerlos. Feliz Navidad en la Antártida, que es una casa para quien se pase..
Los cuentos están disponibles aquí

24.12.14

Viajes

Debe ir con la edad, con las certezas que se van adquiriendo con los años, pero últimamente me inclino más a desoír lo que no me incumbe, a involucrarme poco o nada con lo que antes me causaba profunda adhesión. Luego están las incertidumbres. Sé mucho más de ellas. Curiosamente disfruto más con lo que no sé que con lo conocido, se deja de otear lo muy lejano y se esmera uno en lo que está a mano, debajo, en las cosas cercanas, a las que no siempre se les ha prestado la atención suficiente, por saberlas familiares, por creer que no iban a desvanecerse, por verlas a diario y no imaginar que faltasen. Pasa con los seres amados, pero también con ciertas rutinas, con hábitos domésticos que se echan en falta cuando hace días que no los practicas. Hoy, sin ir más lejos, escribir a media tarde, escuchando música a un volumen muy tenue. Suelo escribir de noche, que es cuando ando más desocupado y el trasegar del día ha finalizado, o primera hora de la mañana, cuando todo está por hacer y todavía no te has puesto a funcionar. Me detengo en los pasajes más difíciles del texto, en las partes más delicadas de la música, en el ruido que afuera hace la tarde, nada que incomode: coches yendo y viniendo, y no muchos; las voces de la charla de los vecinos, animada a veces, muy liviana otras. Constato que todo tiene un valor y que a todo puede uno prestarle la consideración más alta. Como si todo trascendiera, como si todo formase parte de una trama más noble que no nos concierne, pero de la que formamos parte y que modificamos con lo que hacemos o con lo que dejamos de hacer. Como siga así voy a parecer un coelho vulgaris. En todo caso, entra en lo razonable que uno ande a diario descubriendo su sitio en el mundo. No sé si volcarlo aquí hace que se encuentre antes. Tal vez. 

13.12.14

Unas Sonus Faber y unas vistas al mar




Hay cosas que están lejos y a las que uno renuncia. Tengo amigos que veré muy pocas veces o ninguna. Tengo paisajes en la memoria que no veré de nuevo. Tengo libros que no leeré otra vez a pesar de que me hicieron disfrutar e incluso produjeron en mí lo que solo a veces consigue el trato con las personas: cierto tipo de afecto, una forma de comportamiento, incluso el amor, perdurable y puro. Luego están las que cosas que no se tienen y la manera en que uno renuncia también a ellas. No tengo recuerdos de las calles de Nueva York, aunque las registró mil veces distintas mi memoria y sé encontrarlas en todas las películas que he visto. No tengo unas Sonus Faber de estantería de las que me prendé escuchando a Miles Davis. No tengo un apartamento en un paseo marítimo con una terraza en la que quepa anchurosamente una mesa y unas cuantas sillas y desde donde el mar me mire y yo lo mire a él. Tengo, sin embargo, un trabajo que me apasiona, con sus días buenos y sus días de menor bondad. Este rubor primario que tengo para hablar de lo mío impide que exponga aquí a mi familia y me extienda en cómo son y en qué cómo hacen que mi vida esté completa (o todo lo completa que alguien difícil como yo pueda conseguir). Me dijo K. que está bien hacer esta especie de diario, pero que no entre en los detalles. Joselu, que viene por aquí de vez en cuando y una vez me confesó algo parecido a esto, sostiene que se puede escribir de uno mismo sin que en ningún momento estén al descubierto las intimidades, las cosas de verdad íntima, todo lo que no es posible airear, ni siquiera mostrar un breve fragmento de tiempo. Hasta he llegado a pensar que hay una parte de literatura en lo que voy trayendo. No una literatura seria, bien compuesta, de las que ocupan las páginas de los libros de texto y los suplementos de los diarios, sino una hecha de ficción, marginal o periféricamente adornada con trasuntos reales, pintada con colores fiables, pero emborronada más tarde. Lo de las Sonus Faber y el apartamento en el paseo marítimo es absolutamente cierto.

9.12.14

Este año me toca




Como todos los hombres de Babilonia he sido procónsul; como todos, he sido esclavo
J.L.B.

Al desafecto que nos tiene la fortuna le echamos siempre en cara lo bien que se porta con nosotros la salud o lo mucho que nos quieren los que tenemos cerca. Nos contentamos con lo primero que tenemos a mano. Así vamos sobreviviendo, soportando las inclemencias del azar, creyendo que en cualquier ocasión esa fortuna nos bendecirá y el cielo será nuestro. Al que no le toca la lotería, a quien no tiene suerte, no se le ve nunca derrotado, no exhibe la tristeza de no haber ganado. Tenemos soberbios mecanismos de defensa. Acuden a socorrernos en cuanto la realidad nos cerca y nos hiere. Que no nos toque, eso de que ninguno de nuestros décimos tuviera los números exactos, informa de una manera de vivir y conforme a ella vivimos. No duele perder porque no entra en lo razonable ganar. He visto en estas fiestas del consumo cosas de lo más variopinto, acudiendo al recetario de refranes, al romancero y hasta a la conjunción arcana de las estrellas para justificar lo esquiva que fue la fortuna. El azar tiene su escritura, esquiva a veces, cruel otras. La forma en que se combinan los sintagmas del azar baila ante nuestras narices y no sabemos llevarle el paso. Al final de todo sobra el concurso de Dios, que entre sus oficios atribuibles no está el de gobernar los euros que guardamos en el banco. Ese es el verdadero dios. El banco es el que observa estas frivolidades del alma capitalista. Lo de los cargantes anuncios vendiendo paz, armonía y solidaridad entre los buenos de corazón cansa mucho. Llega un momento en que uno cree que todo es mentira. Lo ilustra hoy El Roto, con su crudeza habitual, en El País. La suerte es un decorado. La ponen y la quitan. Igual hay un Departamento que legisla el reparto de la fortuna y va dejando aquí y allí rastros de su ministerio, devoto de la lógica y de la simetría. Habría sorteos para casi toda eventualidad. Unos darían la paz; otros, fomentarían la guerra. La vida y la muerte también serían objeto de su dictámenes. El dinero que cae como lluvia en estos días, el que imparte un poco de esa justicia divina de las oraciones, no es seguro que sea ciego. Todo está pensado. Se sabe de antemano a quién agraciará. Antes de que compremos el número, ya hay quien sabe qué historia traerá consigo, qué luz o qué sombra volcará. Todo es un decorado. La suerte no existe. Este año me toca.


8.12.14

Bares, novelas, humo, palabras



Durante un tiempo solo escribía en los bares. Llegaba solo, pedía un café o una cerveza y elegía una mesa apartada, desde donde pudiese ver el entrar y el salir de la gente. En principio no iba con algo sobre lo que escribir. La única disciplina en la que confío es la improvisación. Nada mejor que dejarse llevar, pedir que el viaje sea largo y no saber a qué lugar se va a llegar ni cómo. No he dejado de funcionar de esa manera desde entonces. En este mismo blog, al que acudo a diario desde hace siete años, escribo también a ciegas. La luz va llegando conforme el texto va cuajando. A veces acaba el texto y no hay luz a la vista, eso es cierto. La ventaja de no saber de qué escribir hace que todo sea más divertido. Uno abre todas las puertas y permite que entre todo el mundo. La literatura (o lo que salga de todo eso) es una especie de casa compartida. Los bares hacen las veces de casa. Los clientes, que son soberanos mientras paguen su consumición y no alboroten, los que saben a qué han ido, entran solos y salen con una servilleta emborronada. Yo las guardaba y luego las pasaba a limpio. Me di cuenta de que no me agradaba nada de lo que había enmarañado allí. Líneas sueltas, trozos muy breves, fragmentos. Luego probé a llevarme un libreta de anillas, una pequeña, pero esa previsión me incomodaba. Saber que la libreta estaba allí, a mi disposición, impedía que escribiese libremente. De un modo que no sabría explicar, hasta eso de no saberme explicar me entusiasma, notar el peso de la libreta en el abrigo, imaginar que acabaría usándola, me hacía eludir la escritura. Todo debía ser mucho más improvisado. En ocasiones me tiraba una hora en el bar, alojado en mi rincón, sin esperar a que nada relevante se produjese, cuando se producía el prodigio. El numen, como un pájaro revolucionario, me contaba lo que estaba pasando y yo, embelesado, en trance, transcribía. Al numen no lo conozco. Viene cuando lo desea. Creo que viene más cuando me ve trabajando. La palabra trabajo no cuaja mucho en esto de escribir. No creo que sea un trabajo, pero exige la misma disciplina que el más duro de ellos. Hay días en que pienso que no voy a escribir nada y cumplo a rajatabla con esa pequeña e inofensiva promesa. Casi nunca me levanto con la idea de que va a ser un día de escritura rabiosa, abundante, febril. De hecho no ha habido muchos de esos días, ni imagino que vaya a haberlos. Me pregunta K. si voy a seguir hablando sobre la escritura en lugar de escribir realmente. Le hago ver que esta metaescritura es lo que me apetece hacer ahora. Es como si hiciese balance de mí mismo y cogiese la escritura como bisturí con el que abrirme y ver qué ahí adentro. 

Dejé de escribir en los bares sin que se notase. De pronto un día advertí que había abandonado esa feliz costumbre. Supongo que mi vida de ahora no se deja querer por los bares como antaño. Entonces vivía en ellos. Tenía uno para cada momento espiritual por el que pasase. Uno para los alegres y festivos; otro para los entristecidos y grises; uno más para los neutros, los que no revelan ninguna circunstancia relevante. Prefería los tristes. Está siempre la cabeza pidiendo tristeza para que salga un texto rotundo. En los días alegres, en esos en los que el mundo gira más armónicamente y el cuerpo obedece cada pequeña orden que le das, los bares no servían para escribir: eran bares de amigos, de rondas y de chanzas. Siguen ahí, acuartelados en mi memoria, todos los que visité y en los que me sentí feliz. Hay amigos que no sé ubicar en otros sitios que no sean una barra o una terraza. Algunos están siempre con la cerveza en la mano, fumando, contando cómo les va la vida y cómo no les fue nunca. De ellos guardo recuerdos imborrables. Incluso hay algunos a los que sigo tratando y con los que no he vuelto a frecuentar bares como entonces. No hay nada que esté ahora escribiendo que sea extraño para ellos. Saben que todo fue así y hasta podrían haberlo escrito ellos mismos y yo estar haciendo de lector. No tengo amigos que escriban. Le pedí a algunos que lo hicieran, pero tenían otras prioridades. La de leer es la más razonable. A K. le parece que es escritor cada vez que se mete en faenas lectoras. Dice que, leyendo, oficia de censor de quien escribe. Le aplaude, le reprende, le duele que no haya optado por otra vía que, en su opinión, favorecía más a la intención del texto o a su trama o las dos juntamente.  

He leído en bares hasta parecer hosco. Prensa, libros de poesía, novelas, ensayos. La lectura, en los bares, se alimenta de lo que la rodea. Como si hubiese pequeños vasos comunicantes entre el libro y la realidad y uno se atuviese a lo que dictamina el otro y viceversa. Un bar, a poco que se le conceda ese rango de residencia, es un teatro en el que todos cumplimos un rol y ejecutamos, sin percatarnos, una obra. Recuerdo un libro en particular (Lolita, Vladimir Nabokov) que lo empecé en un bar y lo terminé en el mismo apenas una semana más tarde. Una parte considerable la despaché en mi casa (una de soltero, previsible y cómoda), pero cuando más me enfangaba en la vida perversa de Humbert Humbert y en sus delirios galantes era en ese bar de Priego de Córdoba, en una esquina a la que casi había estampado mi nombre y en donde, invariablemente, esperaba a que acudiesen los amigos. Las uvas de la ira, la inmortal obra de Steinbeck, la leí a bocados, sin conciencia de que se iba acabando demasiado aprisa, en un bar de San Fernando, en la gloriosa y añeja prestación del servicio militar. Releí Moby Dick, del que ayer Bruce Springsteen, en una entrevista de prensa, decía que era uno de sus libros favoritos, en parques, en bares, en bibliotecas, mientras esperaba que mi hija (pequeña entonces) saliese de su academia de baile. Tarde a tarde, Lucena se llenaba de ballenas y el Pequod surcaba las calles con el capitán Ahab oteando el horizonte como si se acabara el mundo. Algunos años anduve así, paseando libros, ocupándome de mis hijos, en sus tareas extraescolares, en mis andanzas librescas, peatonales.

Hay una poética de los bares, una a salvo del rigor del tiempo. En ellos, aparte de mi discurrir voluntarioso, de mi apetencia espiritual y espirituosa, se ha fraguado gran parte de la gran literatura. No digo ahora nada del cine, de cómo las películas han colocado a los bares en el centro exacto de la trama. Como si fuese el mismísimo corazón de las tinieblas el que bombease vida o muerte o las dos y el origen del mundo fuese una barra o una mesa en la que tres amigos discuten sobre la inmortalidad o sobre las tetas de Madonna. Pienso ahora en Paul Auster, acodado en una, fumando. Ya no se fuma en los bares, ya no dejan. Han eliminado con el photoshop de las leyes una de esas imágenes perfectas que rondan la creación, le pese a quien le pese, que consiste en una nube de humo elevándose, haciendo virutas en el aire espeso y turbio de un bar. En esta poética de los bares está Paul Auster y está el estanco maravilloso de Smoke, que no es un bar pero hace las veces de bar y cumple con creces ese cometido. 

6.12.14

The zero theorem / Teoría del vacío


Uno es feliz cuando hace lo que le gusta. Incluso lo es sin que nadie entienda la felicidad que lo embarga. Hasta ahí, nada rebatible, nada a lo que acudir que desmonte esta pequeña teoría del placer. A Terry Gilliam se lo proporcionan asuntos que al resto de los mortales nos importan poco, pero posee la extraordinaria habilidad de hacer nuestra la fiesta y de que acabemos encantados con su excéntrica visión del mundo. Se le perdona que se extravíe, se le consienten los excesos (Tideland es un artefacto de distracción hermoso, pero hueco). Solo hay que irse a Brazil, esa fábula futurista, noit y absolutamente dramática, en la que nos convence que es un genio inclasificable, un ser dotado de un genio por encima de la triste media, un autor convencido de que las cosas no se pueden contar de ninguna otra forma posible. Siempre metí a Gilliam en el mismo pack que a Lynch. Creo que daría algo (algo que no tengo, por supuesto) por colarme en una hipotética charla entre ambos. Si The Zero Theorem la hubiese firmado Lynch, dotándola tal vez de un más severo sentido de lo grotesco, no habría sacrificado la oscuridad, el desconcierto, el absurdo, toda esa teatralidad guignolesca con la que los dos a veces se despachan para contarnos lo extraña que es la vida y lo poco sensibles que somos a su extrañeza. 

The zero theorem perturba, claro. Su capacidad para hacerlo reside en una asfixiante puesta en escena. Lo que Christoph Waltz desea (que se le informe sobre el sentido de la vida,  que una llamada de teléfono le responda a todas esas grandes preguntas) se extiende durante un metraje excesivo (ciento siete minutos de Gilliam son doscientos cincuenta de un director más centrado) y acaba por preguntarnos si de verdad merece la pena el esfuerzo, el rato en la butaca, la confianza en que la trama ofrezca algo que enganche. Porque The zero theorem no establece ese diálogo, no empatiza (tampoco el grandísimo actor Waltz logra que su personaje logre esa virtud fundamental del teatro), no hace que la función fluya, no cuaja casi en ningún momento. Lo que la lastra y la reduce a un ejercicio de autocomplacencia (yo soy feliz, yo hago lo que quiero, yo sé cómo cabrear a los de la pasta) es su flojo argumento. La historia del genio de la informática recluido en una capilla en ruinas, al servicio de una oscura corporación entre lo metafísico y lo industrial, decae a poco que la trama avanza. El batiburrillo de escenas deslumbrantes (todo Gilliam es deslumbramiento, por eso lo queremos a pesar de todo) no compensa la vacuidad de lo que las escenas cuentan. Y eso que cuento con la idea de que hay en mí una tendencia insobornable a que lo hueco y lo hermoso al tiempo me llene más, en ocasiones, que lo denso y lo gris. Defiendo la belleza casi por encima de la inteligencia, pero todo lo bello que Gilliam nos ha dado (las escenas impecables de las mejores distopías del cine reciente) se tambalea cuando se complica la vida con empresas sin empuje, huérfanas de intensidad, en las que pasa o poco o incluso no pasa absolutamente nada. Más cercana al cómic que al cine, la cinta discurre como si fuese una rueda de cuadros coloristas, vistosísimos, que hacen que abramos los ojos. Pero debe haber algo más que ojos abiertos. 

A mi puerta llamó el amor / Triana en el recuerdo


El patio salió cuando Franco todavía estaba inaugurando pantanos. Eso le da un valor extra que no tienen otros discos de la hondura de éste. Estaba el pasado por un lado y el futuro, sublime futuro, por otro. Porque El patio es un disco único, uno que mira al futuro sin dejar de echar un ojo, un ojo sabio, al pasado. Eran tres tipos de Triana que escuchaban a Yes, a Genesis y todo el rock progresivo de los primeros felices setenta y le calzaron un traje flamenco. No creo que haya habido una audacia igual en la historia de la música patria. Luego ha venido matrimonios interesados, combos de inspiración etnológica que miraban al sur y al cielo y al mar y al cosmos entero, pero Jesús de la Rosa, el Tele y Eduardo Rodríguez fueron unos avanzados. Hicieron un disco magistral en una época en que los discos magistrales se facturaban extramuros, en la fría y pérfida Albion, en el delta del Mississippi, en Detroit, en la Gran Manzana. Psicodelia, fandango, bulería, poesía, rock progresivo, flamenco, hondura. Hoy, escuchando El Patio, he sentido que el mundo volvía a tener sentido. Grandes, muy grandes. 

5.12.14

Tuneando el Quijote / Pérez-Reverte, el francotirador feliz



El francotirador
Advierte Pérez-Reverte a los jóvenes. Probablemente sea útil la advertencia. Cualquiera, bien intencionada, lo es. La del escritor y académico es la que proviene del misionero, a decir suyo. En las misiones se anunciaba el evangelio a quienes, por circunstancias sociales o geográficas, no podían escucharlo. Toda esa pedagogía de la fe la lleva Pérez-Revarte a la literatura, lo que hace que de entrada yo valore el empeño, con independencia de que quien lo publica sea de mi bando o no. De este hombre, beligerante, comprometido, valoro precisamente eso: la beligerancia y el compromiso y, habida cuenta de lo que escasean, me preocupo de leer sus sueltos de prensa, en los que zahiere con inteligencia, va descaradamente a lo suyo y no se casa en literaturas o en política con nadie. Me cansa el Pérez-Reverte pagado de sí, embelesado en su sombra, de fácil calentamiento verbal, pero admito que es una lectura combativa, de las que propicia después una conversación y de la que, a favor o en contra, se extrae alguna visión honesta del asunto. La advertencia a los jóvenes que le trae hoy en prensa viene de la Feria del Libro de Guadalajara, en donde vaticina un futuro negro.  Y me pregunto cuándo ha habido un futuro blanco o azul o arcoiris. El futuro, en su naturaleza, es negro. El de la juventud, la de cualquier época, nunca ha sido un paseo por unos juegos florales, con abundancia de guirnaldas y música new age que amenice el acto. A K. le pregunté si nosotros fuimos unos jóvenes descarriados, condenados a un futuro negro y si ahora, treinta años más tarde, somos ciudadanos a salvo del fuego que nos vaticinaban. Y no lo somos. Da igual que usted, que frisa mi edad (qué hermoso eso de frisar, qué hallazgo semántico, tengo que explotarlo) tenga un BMW en la cochera, hijos en la universidad y un sueldo holgado para pagarse unos lujos en verano o que no llegue a fin de mes y haga cuentas, cuando se acuesta, antes de conciliar el bendito sueño. No podemos generalizar. Es imposible. No conviene incluso. Pérez-Reverte tiene a su disposición un atril y un público. La juventud no está condenada. No, al menos, porque no haya leído El Quijote, en la versión que quieran. No porque estén envenenados por la tecnología.






El pedagogo
Lo de El Quijote clama una reflexión aparte. Ganar adeptos a la literatura no es asunto recriminable, se haga desde donde se haga. Llevé a J.K. Rowling al altar de las letras en un auditorio de instituto de Secundaria, invitado a ese foro para hablar de libros y de quienes los hacen. Dije que era, sin lugar a dudas, una persona influyente, a la que se le debía un respeto enorme. Que los lectores del futuro hayan empezado a devorar libros con su saga de Harry Potter merece la admiración de todos los que amamos la literatura, y no importa que no sean todas esas historias de magos y de puertas falsas en los andenes de tren una delicia intelectual o un compendio de virtudes estilísticas. No le hacen falta. Los libros de Harry Potter atraen otros hasta que llegue, ah el azar, ah la belleza, la irresistible atracción de las letras y ya no se pueda parar de abrir y cerrar libros. Algo así desea hacer Pérez-Reverte con la obra inmortal de Don Miguel de Cervantes Saavedra. Quiere un Quijote desmenuzado, adaptado a los tiempos, minuciosamente tuneado. Lo de tunear es un deporte de moda. La propia palabra (tunear) reclama su parcela de modernidad, su participación en la volandera vida de las palabras. Y se tunea casi cualquier asunto y no hay disciplina del saber, contando las más severas y las de más grácil peso, que no hayan pasado por el taller del tuneo. El Quijote, tuneado, no será El Quijote, me digo a mí mismo, pero por otro lado, pensando en lo invisible que a veces es, lo poco que las andanzas del Caballero de la Triste Figura pasea por las noticias, no me incomoda el invento. Duele que se tenga que bajar a este ruedo y lidiar este toro de la incultura. Duele que la juventud ande condenada, sin la tabla de salvación de la literatura, de la que no me cabe duda ninguna de que salva y rescata a quien solicita auxilio. Lo malo es que no va a haber lectores de este artefacto metaliterario. Será objeto de sesudos estudios y ocupará (como hoy yo hago) alguna reflexión más o menos afinada, pero no vamos a ir mucho más lejos, Arturo, no vas a dar el aldabonazo en la puerta y se van a aparecer Tolstoi, Borges, Cortázar, Chéjov, Carver, Proust, Kafka y todos los demás. Pero mientras no demos con la tecla para que la gente lea, no podemos ponerte contra el paredón y hacer uso de las armas. No, ni mucho menos. 

4.12.14

Educar para ver



A la belleza también se le debe respeto. La juventud que ignora que a sus espaldas, en la pared del museo en el que están, se exhibe Ronda de noche, el inmortal cuadro de Rembrandt, es la que en el futuro gobernará los países y hasta alguno de ellos dirigirá un museo o estudiará Historia del Arte. Quizá no hayan sido educados para que muestren ese respeto al que aludo. Se les ha contado cuándo fue pintada la pieza, en qué momento de la línea histórica del tiempo, bajo qué circunstancias y hasta con qué materiales se hizo, pero no se les ha involucrado en la fascinación por el arte, en la rendición sin excusa ante la contemplación de la belleza. No la conocen, no la valoran más que el pitido de un whattsap en sus teléfonos inteligentes. Creo que la inteligencia de algunos ha sido abducida por el ingenio electrónico que manejan. Y lo dice quien no se aparta del suyo y lo usa por trabajo y por ocio. La fotografía, cuyo autor no conozco, es un indicio de algo, una evidencia de que son malos tiempos para la lírica, por supuesto. Nunca han sido buenos, pero éstos son los peores. Ante la presencia de la belleza, uno debe sentirse débil, vulnerable, frágil, a la manera que se sienten los que creen y los que no cuando entran en una catedral. Los jóvenes de hoy no tienen catedrales, nada a lo que aferrarse y a lo que venerar. Será verdad que faltan valores y que esa ausencia está mandando Europa a la mierda. Primero ignoramos a Rembrandt, y después nos juntamos a la vera de los estadios (esas nuevas catedrales) para darnos de hostias a ver qué facción sale victoriosa. Es el vacío el que ronda el futuro. Está planeando, seguro de su vuelo, sobre los países, sondeando sobre cuál dejarse caer, manejando la posibilidad de hacerlo sobre todos a la vez. No habrá resistencia. Estamos siendo colonizados por las tecnologías. En el fondo de las máquinas está el vacío. Serán útiles y no podremos vivir sin ellos, quién lo niega, pero debajo de la carcasa, entre los ceros y los unos, está el vacío, el horror, la nada terrible. Quizá podamos vencer en esta liza si desde abajo educamos para que la imagen, a la que tanto se aferran los alumnos, sea una asignatura en el aula. Educar para ver. Encontrar el modo de que las palabras expliquen lo que vemos. Si no, el vacío caerá sobre nosotros y nos vaciará por dentro. 

1.12.14

Las negras noches y los blancos días




Mi abuela, a la que todavía echo en falta, venía a decir que los relojeros siempre dejaban una pieza sin engarzar, un tornillo sin colocar. Así la vida se obstina en no dar tampoco el acabado preciso a su terca maquinaria de reloj averiado. Lo cual conduce al más sobrecogedor poema escrito en lengua castellana.

Ajedrez

I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,Las
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito. 
En el oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.

II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?


Jorge Luis Borges


Dedicado a la memoria de Luís Sánchez Corral, mi profesor de Teoría Literaria, con el que compartí café y Borges algunas tardes en El Platanín, en la calle Jaén, del que me acuerdo con frecuencia y por el que, en ocasiones, razono que escribo.

176/365 Nora Barnacle

 176/365 Nora Barnacle Nora Barnacle, la esposa de James Joyce, no leyó nunca Ulises.como él hubiese querido, no como Vila-Matas lo ha leído...