31.3.13

París es una ciudad que no existe


                                                                                              

                                                                                    Fotografía: Joaquín Ferrer


He de confesar que soy una criatura frágil. A poco que se me violenta, en cuanto me zarandean, me fragmento. Es cierto que eso no sucede mucho. De hecho ha sucedido un par de veces en mi vida, pero sucede de una manera escandalosa y carezco de recursos para controlar el daño que produce. Soy uno de esos bombones caros que guardan su esencia si están bien protegidos, a salvo de rigores imprudentes, mimado en la mano de quien lo anhela. Soy también enamoradizo. Sin haber amado jamás a nadie enteramente, entregando el corazón en el compromiso, no ha habido mujer a la que no haya encontrado alguna faceta de la que prendarme. Incluso las de más hosco trato, las que no despiertan afecto alguno y no exhiben, en su apariencia, encanto remarcable, sacan de mí al hombre galante y me siento en la obligación de cortejarlas. No son protocolos de apareamiento. No entra en mis cálculos, al menos no como punto de partida, encontrar la mujer con la que casarme o la que llevarme a la cama. En mis simulacros amatorios solo anhelo el placer del cortejo, la sencilla trama del amor. Tampoco quiero llegar muy lejos. Cuando observo que alguna de mis piezas de entretenimiento muestran un singular interés en mi persona, zanjo el asunto con alguna salida de tono. Se me dan muy bien las palabras. Las sé manejar al modo en que los jugadores de ajedrez usan las piezas del juego salvo que, en la mayoría de los casos, no persigo dar el jaque mate. Prefiero las tablas. En el juego del amor, en ocasiones, interesa un combate nulo o uno en donde ninguno salga especialmente beneficiado. Por todo esto adoro los hoteles. Una más que liberada situación financiera cuida de que conozca los mejores y sea recibido en ellos con absoluta amabilidad. Soy deliberada y profesionalmente cortés, artificiosamente educado, falsamente encantador. La fragilidad en la que me reconozco y a la que propende mi vacía alma la guardo para los más íntimos. Poseo un par de buenos amigos a los que confío mis aventuras galantes y en los que deposito la confianza de que me entiendan. En ocasiones ni yo mismo lo hago. Me duele cada vez más el acto final en donde acaban las ilusorias partidas de ajedrez que entablo. Duele la soledad como nunca antes había dolido.

No importa mi nombre. En lo que voy a contar los nombres carecen de importancia. Mónica o Laura o Andrea solo son el modo de traerlas al relato. Ni siquiera cuando las traté, en los días hermosos en que se dejaron querer y las quise, indagué en saber si Charlotte era quien decía, si Marta de verdad me amaba tanto como parecía. De las mujeres creo lo que me reconforta, aprecio lo que contribuye a hacer de mis romances una tupida y hermosa tela con la que vestirme. Yo era un hombre feliz, acostumbrado a amar y a perder el objeto amado, hasta que apareció la mujer del café. No sabría precisar con certeza el grado de conmoción que me produjo la forma en qué miró. Solo sé que nadie nunca me había mirado así. Ni siquiera todas esas damas de soltería orgullosa, que esperan al hombre de su vida y que creen encontrarlo en los aduladores, en la gente despreciable como yo. Por primera vez sentí lo que los románticos, no piensen que yo lo soy, nombran como una punzada o como los clásicos representaba con un arquero en posición ejecutiva. El envoltorio del bombón se ha abierto. El papel que lo envuelve y protege ha sido trágicamente retirado. Estoy a la vista. Se me ve el corazón. Vean cómo late. Este es la rendición cobarde de todos sus latidos.


Ninguna palabra que conozca traduce lo que siento ahora que la mujer del café no está. Ninguna, que yo entienda, expresa el roto que padezco. Habrá fragmentos que no vuelvan a ensamblarse. Piezas perdidas. Extensiones mías que campan a sus anchas, a mi alrededor, lampando por encajar, pero dudo que regresen. Sé, no obstante, las palabras con las que comenzó todo.

      - No suelo abordar a un desconocido, pero necesito que me preste toda la atención que disponga-
Se la di de inmediato. Puedo ser extremadamente bueno escuchando a la gente. Aprende uno una barbaridad de cosas si presta la atención que se le pide. Permítaseme omitir la parte rutinaria, las frases del protocolo que preceden a lo que de verdad importa. Baste dejar aquí consignado que estaba sola y que no soportaba estarlo. Que la habían dejado y que no soportaba que la dejaran. Que no era la primera vez y que sospechaba que no sería la última. Que su corazón, a diferencia del mío, era débil y que su mundo entero, a diferencia del mío, pujante, libertino, viril y ampuloso, se estaba viniendo abajo. Temía hacer una locura. De hecho la estaba fabricando en su cabeza.
    - Si hablo con usted es para que me persuada. Si le cuento todo esto es porque deseo que me convenza del terrible error que estoy a punto de cometer -


Mi frivolidad imaginó a Mónica o a Charlotte o a Inés, algunas de mis últimas conquistas, devastadas por la separación, sobrellevando en soledad, apartadas del ruido de las cosas, el peso del desamor. Pensé en la infusión de goce que sentía cuando organizaba la separación, en la dulce fiebre que me transportaba cuando les explicaba que nuestro amor era imposible y que lo mejor, para ambos, era tomar caminos opuestos. Casi nunca recurría a las mismas palabras. No soportaba que todo ese ardoroso sentimiento de dominio fuese atravesado por una mínima brizna de rutina. Insisto: soy una persona elocuente, me esmero en expresarme con la corrección óptima y sufro, como no podeís imaginar, cuando no doy con el tono adecuado o cuando, por desgana mía o por el concurso ingobernable del azar, siento la atracción amorosa que no fomento y la flecha de la pasión me alcanza. De la mujer del café solo pretendí extender un poco el juego que acababa de practicar con Inés, que debía estar arriba, en la habitación que compartimos esa noche, llorando por el abrupto desenlace. De ella solo quería una prórroga agradable. De mí no sé qué quieren las demás. No soy especialmente hábil en la cama y no tengo un apresto físico que engolosine de primeras. Mis armas proceden de la confianza en la victoria, de cierta indiferencia hacia el resultado de la partida también. Solo es nuestro lo que perdimos, escribió alguien. Pensé, mientras la cortejaba, que se me estaba presentando, a la manera de los amantes jóvenes, una de esas ocasiones en las que nada más hacer el amor uno desea, ebrio de pasión, hacerlo de nuevo. Pensé también en la posibilidad de un cierto esmero en las formas. Abordar a una mujer, después de haber conquistado a otra, previene contra el fracaso. En cierto modo da lo mismo qué cosa salga del asedio, si el júbilo del amor o la pena del fracaso. Ignoro si la mujer, en caso de que alguna ejerza con el mismo ardor el oficio al que he dedicado mis días y, sobre todo, ay, mis noches, posee estas mismas argucias de amante y hace lo que yo, morder, saborear la dentellada y dejar en la intemperie, expuesto al rigor del abandono, la pieza sacrificada.
- No sé qué pretende y tampoco si puedo evitarlo - le contesté, sospechando a qué terrible asunto se refería.


Confieso que no me enternecí. Ya he dicho que soy duro en estas empresas del corazón, que la fragilidad que escondo no se ofrece a la primera de cambio, deseosa de entablar un diálogo torpe con el exterior. La reservo y la mimo, la cuido y cuido de que no me descuide a mí. En mi defensa, añado que no seré el único o que mi falta (unos lo llamarán pecado, otros, más a mi gusto, delito) no es de las que destrozan absolutamente. Digamos que soy bueno en herir a los demás y que, llegado el momento en que observo la extensión y la hondura de la herida, me retiro con todo el tacto que puedo. No procedo como otros de mi bando, el de los malvados tal vez, que se deleitan en la visión del daño que han causado. Prefiero dejar la escena del mal y ni siquiera me entusiasma la idea de revisar mis conquistas. Por no tener, ni tengo una de esas vitrinas (reales o figuradas) en las que guardar los galardones de mi trabajo. No hay en ningún lugar un mechón de pelo, un pañuelo o un broche de mis amadas. De la mujer del café, no obstante, me prendó un anillo. Era de un tamaño descomunal y, a buen seguro, de los que no está al alcance de la mayoría.
- El error que estoy empujada a cometer no tengo que compartirlo con nadie, pero he notado que me ha mirado usted de un modo que quizá...-
- Solo tiene que contármelo. Le aseguro que los problemas, si se comparten, pierden peso. A veces lo pierden del todo...-

La mujer del café me confió su nombre, pero no le presté atención. Me parece ahora que era uno vulgar, sin la resonancia fonética de mi Yvette o de mi Annabel. Si no hay un nombre, no hay una historia, solía decirme a mí mismo cuando comprobaba que estaba yendo demasiado lejos. He ido ahí muchas veces, demasiado lejos, a lugares en donde se está forzadamente, enmascarado, siendo siempre otro. Yo ya no sé quién soy o lo sé de un modo muy primario, muy frágil, muy inapreciable. La mujer, a la que por conveniencia llamaré en adelante así, me contó una historia que yo conocía bien. La habían amado y la habían engañado. Mejor expresado: la habían amado mucho y la habían engañado mucho. En esos extremos, la historia funciona mejor, conculca mejor toda posible bondad en los personajes que la atraviesan.
- Soy una mujer crédula, enamoradiza y adinerada. Si tomamos esas tres cosas de manera individual, no hay por lo que preocuparse, pero si se mezclan, entonces sale una mujer como yo, una a la que los hombres se arriman por la propia naturaleza de los hombres. No es que no sepa una en qué mundo vive, pero el de los hombres me asquea cada vez más, me produce una repulsión orgánica. Será porque me he llevado muchos palos. ¿Tú has dado alguno?- preguntó
- Alguno, pero sin voluntad. Todavía me acuerdo y lo siento enormemente. Es verdad que los hombres somos un poco así como dices. No todos los hombres, por supuesto.- tercié

Sé mentir como casi nadie en este mundo. Esa es una parte de mi oficio. Creo que no lo notó, aunque también creo que le importó poco a quién tenía delante, si la engañaban una vez más o la escuchaban como nadie nunca lo hizo. El caso es que me abrió su corazón y yo lo miré y me enamoré. Escuchen lo que digo: me enamoré. Como lo hacen las nínfulas de los bosques. Como las quinceañeras en un sábado en la plaza del pueblo. Como solo se hace una vez o dos veces en una vida. La mujer tardó más de lo que yo hubiese aceptado en contarme la historia de cómo la engolosinaron y la dejaron. Debió ser un tipo como yo. Conozco unos cuantos. Me faltó indagar un poco más y averiguar quién la había destrozado así. Mientras la escuchaba, pensaba en todas las mujeres a las que fingí entregarles amor y en las conversaciones alrededor de un café que habrían tenido, relatando mi desvergüenza, precisando el modo en que les decía justo lo que esperaban oír. No me sentí mal de inmediato. Tardé casi el mismo tiempo en que ella cerró su narración. Cuando lo hizo, casi tenía las lágrimas al borde de mis ojos. Lloraba de verdad, creía de verdad que mi vida había sido una auténtica patraña. Incapaz de sincerarme, proseguí durante un tiempo mi simulacro galante. Ahora te cojo la mano. Ahora bajo el tono de voz. Ahora le acaricio con toda la ternura del mundo la barbilla. Incluso, cuando se volcó la taza del café en la mesa, sin que nada promoviera ese propósito, le resté importancia. Nada podía distraerme del objeto de mi fascinación. Nada en este mundo ni en ningún otro podía apartarme de la visión maravillosa del amor. Ni siquiera me inquietó que los viandantes, los que afuera recorrían la acera adyacente al frontispicio del hotel, no dejaran de mirarnos. El amor debe ser. El amor es el que hace que brillemos, razoné ingenuamente.  El beso que sellaba el idilio no llegó en ese momento. No era capaz. Como si se pudiera traducir la mentira en el roce de los labios. Como si las palabras, en un lenguaje que no entendía, se agolparan en la punta de la lengua y viajaran a la punta de la suya y le contaran que yo era un cabrón, uno de los mejores con los que podía toparse.

Las historias de amor son siempre previsibles. En París, las historias de amor lo son de una manera esencialmente parisina. Hay pocas historias de amor que escondan un giro que no exista ya en otras. La historia de amor de ese café sacaron el hombre frágil de adentro. No el crápula, el que vivía la emoción de crear una expectativa de amor y luego se esmeraba en traicionarla, el coleccionaba parejas rotas. Yo soy el roto, yo soy el traicionado. Fui dejando con humildad el traje de embustero y me vestí con las ropas más sencillas que pude. Vulnerable, franqueable, expuesto. Miré a un lado y a otro por si algo de mis facciones o algún gesto que estuviera haciendo me delatase. En la ilusoria partida de ajedrez había pasado a ser el rey al que asedian y no la torre insidiosa, el alfil sagaz, la reina en su vértigo de sangre. Un hombre con paraguas, que cruzaba delante de las grandes cristaleras del café, pareció fijarse en nosotros. En esos momentos de flaqueza, deseé todo lo que pude intercambiarme por él, contemplar desde afuera la escena en la que yo era la pieza fundamental. Es bueno ser espectador del drama ajeno, pero el propio duele al punto de que no es posible observarlo con el aplomo y la entereza que merece. Se pierde la perspectiva. Yo la había perdido enteramente.

Pudo ser un fin de fiesta formidable a cuenta mía. De haber tenido a mano un biógrafo, le habría suministrado suficiente material como para un tocho memorable. Hay días en los que no existen evidencias de que algo verdaderamente prodigiosa esté a punto de ocurrir. Ningún signo fiable de tragedia o de júbilo. Una turbia e impensable coda a mis romances, pensé. Lo acepté con absoluto aplomo. Temí que no supiese estar a la altura y me comportase como un vulgar mozo al que se le agita el corazón y se le fuga la voluntad, quedando a merced del objeto fantástico de su deseo, pero bastó que me tocase la mano y me mirase como lo hizo para que yo desandara una vida entera dedicada a protegerme y mutara en el ser débil que yo manejaba con tanta habilidad.
- Si tienes habitación en el hotel, podríamos subir. No tiene que pasar nada. Yo no me opondré a que pase, pero no es ése el apoyo que necesito ahora. Solo quiero que me sigas escuchando- sentenció mientras hacía como que se incorporaba, nerviosa, mirando a un lado y a otro, en el temor de que alguien la observara y la reprendiera.

No hicimos el amor inmediatamente. Ni siquiera miró la cama o se comportó a la manera en que lo hacen las mujeres que juegan con los hombres y los turban. A Odette, o era a Adriana, le conmovía que yo rehusase entrar en faena nada más poner el pie en la habitación. Ese ardid las encendía más. Luego era yo el que calmaba el fuego o lo avivaba más. Ahora era yo el encendido, yo el perdido en las incomprensibles redes de la pasión. Lo que hizo fue abrir la terraza, salir al balconcito y dejarse llevar por el ruido de la avenida. No estaba el hombre del paraguas ni se veía, en ese planta tan elevada, nadie a quien reconocer. Bultos. Hormigas afanadas en ir o en volver a sus hormigueros. Amortiguado por la altura, el ruido de los motores, los cláxons ocupando la gris extensión del aire. Me preocupé de que quisiera saltar, ingenuo de mí, elegido para asistir a esa última representación del drama de su existencia. Y buen drama que era. No omitió ningún detalle en la riada de hombres que la malquisieron. Ninguno tan cabrón como éste que te escucha, me dije sin que me oyera. No sabes qué igual soy a los que te violentaron. Tomamos una copa cuando la tarde empezaba a declinar y la luz del cielo, entenebrecido por una juvenil coreografía de nubes, mudaba a un negro clandestino y febril. Bebí más de lo que suelo hacer y reí como nunca hago. Intimé con un ser absolutamente fascinante, una de esas criaturas a las que no les importa irse de este mundo y que entregan su alma entera en los últimos instantes que transitan por él. En ningún momento, refirió que planeara un final con gin tonics, nicotina y risas, pero bebimos, fumamos y nos reímos como si no hubiese otra maldita cosa que hacer y nada en el mundo pudiese importunarnos. Antes de que me diera cuenta, estaba desnuda. Rotundamente desnuda. Un desnudo que yo no conocía. Porque las mujeres a las que había visto en mi cama (o en un servicio descuidado de un restaurante o en un parque a altas horas de la noche) no habían sido observadas de verdad. En ella admiré el busto abundante, la cintura muy estrecha, el ampuloso culo, las piernas larguísimas y el vientre alegremente pronunciado. No era la mujer que se mira hasta el desmayo. Hicimos el amor como si estuviesemos fundando el mundo. Como si Dios, allá en sus oscuras estancias, vigilara ese acto hermoso y lo aprobase y le pusiera un coro arcangélico en el cabecero de la cama para darle más consistencia mística y apresto celestial. No he sido nunca un creyente consciente de su fe, pero imagino que creo y que invité a Dios a mi renacimiento. Porque estaba renaciendo. A cada arqueo de mis riñones, en cada movimiento de mis caderas, renacía. Hasta cuando alcancé el clímax y bufé sin mesura como lo hacen las bestias en la soledad de su barbarie sentí la presencia pristina del Señor. Es la mujer de tus sueños, me pareció escucharle. Cuando desperté, ella no dormía a mi lado. Dios, al que confié mi felicidad, en el que deposité toda posibilidad de redención, se la había llevado.


Cuando me vestí y bajé al vestíbulo, ya no llevaba a Dios en mi cabeza. Presentí que era la primero de muchos días tristes. Los camareros iban y venían con las bandejas, las parejas charlaban animadamente en las mesas, la calle bullía afuera, a través de las grandes ventanas del café del hotel, y la lluvia vestía la tarde del gris de las tragedias. Ningún hombre con paraguas me miraba fijamente. Nadie advertía mi presencia aturdida en medio de la sala. Por un momento, pensé que era un fantasma, pensé que había muerto, pensé que en  mi vida entera, como la del loco de la película de Kubrick en el Overlook, saldría de allí, vagando sin misericordia por los pasillos, viendo a los amantes hacer el amor por la noche, asustando a las almas sensibles. ¿Quién sabe dónde están los muertos? Si nos vigilan y participan misteriosamente de nuestras cosas, aunque deseen pasar desapercibidos y solo en muy raras ocasiones se manifiesten. Yo era el manifestado, el fantasma novicio, el espíritu recién incorporado a la doliente travesía de la muerte. El tiempo de los demás ha dejado de ser el mío. La vida de los otros no es en absoluto una de la que yo pueda extraer un beneficio o que me pueda, por una u otra manera, perjudicarme. A salvo de los rigores de lo humano, así iba yo entre las mesas, sorteando a los camareros portando sus atareadas bandejas, oyendo sin ser visto las conversaciones de los clientes, extrañamente lúcido, formidablemente lúcido, como si esta nueva participación en la vigilia de las cosas la apreciese como un regalo de los cielos. Quizá Dios me había convertido en fantasma para soportar el dolor de que ella se hubiese ido. A lo mejor el buen Dios, en el que no creo, me ha invitado a disfrutar de una vida más placentera, dije casi en voz alta, temindo (sin motivo) que el señor de barbita moderna, apurando su café, leyendo la prensa, lo escuchara. Como la cabeza, no deja de rumiar los asuntos de la vida, e imagino que la de los muertos también rumian los asuntos de los muertos, caí en la cuenta de que podría ser, más que una liberación o un galardón, un castigo. Que mi vida como fantasma fuese una sanción por obrar como hice, por romper todos los corazones que rompí, por comportarme como un perfecto hijo de la grandísima puta durante tantos años. El cosmos tiene planes que las criaturas que lo pueblan desconocen, argüí. Enredado en la vastedad del cosmos, en mi nueva condición de aparecido y en la dolorosa sospecha de que el hotel fuese en adelante mi dolorosa cárcel, pasé buena parte de aquella noche. Ni el hambre ni los demás apetitos de antaño me asaltaron. Solo sé que no paraba de pensar, de procesar palabras, de imaginar escenarios, de fatigar arriba y abajo todas las formas posibles de la felicidad a la que podía acceder a partir de entonces. Ninguna me satisfizo del todo. A lo que no dediqué un pensamiento siquiera fue a la mujer del café. Tampoco la creí culpable de mi muerte. La intimidad que compartió conmigo y el cuerpo que me entregó a mitad de la tarde, en una habitación de hotel en la que yo colocaba el centro exacto del universo, no tenían nada que ver con lo que ahora sufría. ¿O sí? ¿Era ella la mano oscura que escribía la trama? ¿Era una enviada de la divinidad, una conjurada a prenderme y conducirme a la prisión en la que moro?

Tuve ocasión de comprobarlo cuando la vi en una mesa, no mucho después de que me dejara, felizmente exhausto, en la habitación. El largo pelo negro sobre los hombros, la misma camiseta de manga corta, los brazos caídos, mostrando una especie de abatimiento. Sola en la mesa, con un distraído café, buscando (ahora lo sé) un nuevo amante al que embelesar y luego,  No tardó mucho, la verdad. Era injustificadamente joven, desgarbado, con ese aire de bohemio que pide a gritos una criatura vulnerable a la que salvar de la mediocridad y leerle extensos poemas decadentes. La mujer del café lo reclamó a su manera. Una mirada. Una pregunta irrelevante. Y luego:
- No suelo abordar a un desconocido, pero necesito que me preste toda la atención que disponga-

Algunos días me pregunto qué será del joven incauto. Si se le aplicó la misma vara trágica de medir que a mí. Si logró zafarse del abrazo. Por eso lo busco por los pasillos del hotel, en el vestíbulo, en la cafetería en donde lo vi. Busco un igual. Un fantasma. Tal vez podamos compartir algunas rutinas de las que hacen más llevadera la pena que arrastramos. Porque es grande, la pena. Del tamaño de mis vicios. De ella no he vuelto a saber nada. Calculo que no será este hotel el único en donde practica sus juegos. Tendrá la ciudad llena de fantasmas. Quizá haya un ejército de mantis como ella. El mundo está lleno de criaturas frágiles, de las que al violentarlas o zarandearlas se fragmentan. París es una ciudad que no existe. La veo detrás de las ventanas del café, pero no puedo alcanzarla. Solo aprecio figuras que cruzan las calles. Hombres con paraguas. Niños que corren. Coches que se pierden sin propósito.



 posdata al cuento:
Todo surgió de manera casual. Así deben a veces surgir las buenas cosas. La fotografía pedía una historia que la acompañara. Joaquín, que la hizo y montó, me la regaló por completo. Hubo un amigo común, Pedro del Espino, que supo de cómo se iban construyendo los cimientos de esta pequeña (insólita, irrelevante) aventura en el mundo de los blogs, al que soy tan asiduo. También participaron, aportando títulos posibles, Manolo Lara, María Teresa Ferrer, Rafa Padillo, Isabel Huete, Antonio Melgarejo, Miguel Serrano,  José Luis González, Ana María Muñoz, Teresa Calvo de Mora, Manuel Delgado Fernández  y Aurora López. No tiene que ser la última, Joaquín. He disfrutado más con el empeño que con resultado. La fotografía, la mujer del café, sigue sentada, esperando incautos. 

27.3.13

Estamos en manos de cuatro suecos


A veces tengo la fantasía de que acudo a mi médico de cabecera y le pido asilo teológico, así que hace unos días me armé del valor del que casi nunca dispongo y pedí cita por Internet. Me prescribió un jarabito y unas grageas que no subvencionan la Seguridad Social. No salen baratas, pero alivian mi zozobra espiritual y así afronto con el entusiasmo de antaño los días y las noches, bien atrincherado en la certidumbre de la fe, en su cobijo perfecto, a bien con Dios y con su arcangélico coro celestial y protegido contra lo más crudo del crudo invierno. Mi médico de cabecera no sólo te receta paracetamol y antiheptamínicos: es un fiera en eso de detectar una fractura moral en el alma. A mi vecino Cristobal, que perdió la fe hace un par de años cuando un desgraciado accidente se llevó a su hija Luisita, le recomendé que visitara a mi médico de cabecera, que tiene una consulta privada un par de calles más arriba, y regresó con la fe restituída y un candor en la mirada que sólo podemos apreciar en las almas más puras y en algunos críos. Cristobal ya no zanganea como solía, no pone el home cinema a pleno rendimiento y hasta se preocupa de mis achaques y me recomienda unas hierbas muy milagrosas que le traen de Suiza por un primo suyo que trastea en Ebay en busca de esos chollos.

La otra fantasía con la que en ocasiones entretengo mi ocio pequeñoburgués consiste en pedirle a mi médico de cabecera que me recete algún fármaco que me libere de creer en Dios cuando la suerte me sea adversa o la desgracia entre en casa como entró en casa de mi vecino Cristobal. cuando lo de Luisita. Como la ciencia avanza a pasos agigantados, me ha comentado que esa medicina está al caer. Hay laboratorios suecos que andan en eso. Ponle tres años, hombre, me ha confesado. Le he pedido que mientras la farmacología se perfecciona, me procure algún paliativo fiable. Me dan unos terribles dolores de fe en el costado cuando veo los accidentes de avión en el telediario. Se me reproduce el ardor de estómago de hace veinte años en cuanto leo libros demasiado laicistas (creo que se dice así) o escucho en las tertulias de la radio a los cuatro anarquistas de la moral de siempre con su tropelía de desacatos contra el orden y la precisa ley de Dios. Es que les escucho y se me empiezan a desordenar las ideas. Hace unos días, sin ir más lejos, uno de esos excomulgables sostenía que Dios estaba en el cerebro. Y entonces apagué la radio y la luz del flexo de mi mesita de noche y vagabundeé por las circunvoluciones cerebrales durante más de dos horas. Busqué en la memoria y en los huecos que la memoria deja cuando no tiene empeño en recordar lo que no le interesa y no hallé a Dios por ningún lado. Me levanté de un brinco, iluminado por una visión repentina, y no tardé en encontrar un librito muy recomendable de San Agustín en donde razona cómo la fe derrota a todos los demonios de las cavilaciones y en esas letras me dormí a altas horas de la madrugada, contento de amor por Nuestro Señor.  Por la mañana encontré a mi vecino Cristobal en el rellano de la escalera y nos deseamos buenos días y nos emplazamos a echar una tarde un café con algunas lecturas de vidas de santos. Son unos libros que un primo mío me ha regalado viendo lo fuerte que me ha dado esto de la fe, querido vecino. Hemos quedado en que me los presta en cuanto los acabe. Dice que lee rápido. Que si algo le interesa,  lo devora en pocos días. Al dejarlo, entre el empastillamiento que llevo y el dolor de cabeza literario, me ha dado un pinchazo en el corazón que me ha puesto los huevos de corbata, pero le he restado importancia y le he pedido a mis queridos testítuculos que regresen a sus nobles bajos y no se muevan de allí bajo ninguna circunstancia, ya sea terrena o celestial.

Ha durado poco la fiesta celestial de mi vecino Cristobal. Mala literatura debe haber en esa hagiografía barata cuando anoche, he aquí el motivo de mi depresión, volvió Cristobal al home cinema y atronó la paz y el espíritu de concordia de la comunidad con una edición 5.1 de 24, con ese Bauer implacable, como un poseso, acribillando hostiles. Además su mujer ha vuelto a tender la ropa mojada en el patio comunitario y moja la mía como antes de que la palabra de Dios refrenara esos malos hábitos. Se ve que las obras buenas que se hacen por los demás no son durables. Se ve que el alma es volandera y no hace posada en la rectitud ni en el santo decoro, en fin. No pasa de hoy que le echen del trabajo y regrese al zanganeo de antaño. Dejará de saludarme en la escalera y estará al acecho para que en la primera reunión de vecinos cuente cualquier barrasada a propósito de mis limpias costumbres domésticas. Ninguna escandalosa, ninguna recriminable. Me limito a encender mi escandalosa pantalla plana y hacer zapping en busca de contenidos que alivien mi zozobra espiritual. Ningún canal me satisface enteramente. Ni siquiera unos documentales preciosos de National Geographic (o era Discovery Channel) en donde un reportero recorre el mundo buscando gente que ha visto a Dios en los lugares más insospechados. Una muchacha de piel trigueña y ojos pizpiretos que me pareció de especial belleza se consolaba con la idea de que Dios se le aparecía en sueños y que le hablaba en un lenguaje cercano y transmisible. Lo malo es que luego no recordaba nada de lo soñado. Por eso duermo dieciséis horas al día, por eso no aprecio la vigilia, dijo con una sonrisa preciosa y un mohín de bizcocho de crema.

Si los científicos suecos tardan mucho en encontrar el fármaco que me devuelva a mi habitual condición (mezquina cuando hace falta, ladina en ocasiones, huraña como pocas) creo que busco yo alguna solución casera. Aunque sea en Ebay. Ahí estaremos en igualdad de condiciones. De verdad que no merece la pena esta vida semiteológica. Admiro a los que creen con firmeza y asisten a los oficios de misa y besan las estampitas de los santos. De ellos me quedo con la certidumbre con la que conducen sus vidas. La mía, ah la mía, está más que dolida. No le encuentro asidero a las horas. Me entretengo con poco y me entretengo mal. No sé cómo aliviar esta pesadumbre que me azora. No salgo con los amigos, no disfruto en casa como solía y, para rematar mi descalabro emocional, hay días en los que considero leer a Paulo Coelho, que me han dicho que tiene recetas que elevan el espíritu alicaído y frases grandilocuentes y hermosas, de esas que se pegan con imanes en los frigoríficos, que valen por seis consultas con un buen psiquatra. Mañana mismo salgo al Corte Inglés y me compró alguno de esos libros. En cuanto los lea, si de verdad enmiendan mi desatino, se los presto a mi vecino Cristobal. O eso o entro a saco en su casa, echo gasolina en su home cinema y lo prendo fuego. Con un par de cojones.

23.3.13

Mi toska


  “Ninguna palabra del inglés traduce todas las facetas de toska. En su sentido más profundo y doloroso, es una sensación de gran angustia espiritual, a menudo sin una causa específica. En el aspecto menos mórbido es un dolor sordo del alma, un anhelo sin nada que nada haya que anhelar, una añoranza enferma, una vaga inquietud, agonía mental, ansias. En algunos casos podría ser el deseo por algo o por alguien en particular, la nostalgia, una pena de amor. En su nivel más bajo, se reduce al hastío, al aburrimiento.”

Vladimir Nabokov



Uno no da otra cosa que palabras. Hasta los gestos son palabras. Palabras hechas respuestas. Preguntas. Exclamaciones. Asombro. Palabras que presienten. Palabras precisas. Palabras huecas. Palabras que fecundan. Palabras izadas. Palabras consternadas. Palabras con adorno. Palabras previsibles. Obscenas. Cautas. Cómplices. Ebrias. Uno da palabras y deja que las palabras nos escolten la vida y nos conduzcan al silencio, que es el mar del que escribía Jorge Manrique. 

El cielo, que no existe, carece de gramática. El cielo, en el que no confío, es un tosco ardid que incendia la esperanza de quienes, en vida, creen que la palabra se hace carne y la Derecha del Padre ampara y tutela la coreografía de los hijos. Triste guignol milenario. Pronto los ángeles custudios pedirán royalties. El azar no me obsequió con la fe. Tampoco la educación me abasteció de confianza en que algún día vea la luz y tenga la sensibilidad suficiente como para comprender el dislate de mis convicciones.  

Borges, el inevitable, en este blog, sostenía que la fe - la religión - era una disciplina de la Literatura de índole fantástica: que la biblia entroncaba con Los viajes de Gulliver o con El señor de los anillos. No le creo blasfemo. Borges hurgaba siempre en la estética, más que en la ética. Su Spinoza, su Schopenhauer, su Leibniz (filósofos que le eran particularmente gratos) pertenecían a la nómina de la literatura de creación. La filosofía considerada como una rama de la Poesía. Emboscado en el lenguaje, el ser humano descree. La fe no precisa semántica.

A mayor indagación en lo lingüístico, mayor escoramiento de lo etéreo. Un teólogo es un semiótico, una especie de detective de almas. La prosa del filósofo nunca persigue la verdad sino que la bordea, la falsea y la conduce - inextricablemente - a la loa sin disimulo, a cierta novela de carácter ejemplar que pretender guiar (más que entretener o formar o instruir) a sus lectores. Un teólogo sabe de antemano las conclusiones de su estudio. La fe, en voz de Russell, era la inteligencia sobornada, o chantajeada, no tengo la cita a mano. 

Aquí lo que anda sobrando es gente zafia, gente ruin, gente tosca, gente malvada, gente de mala fe, toda esa gente aburrida que sale a cenar, que va a un teatro, que sube unas escaleras mecánicas y saluda. Unos saludan más y otros menos, pero ninguno deja correr la ocasión de arrimar un buenos días, caballero, buenos días, señora, la familia bien, supongo, aunque luego les da igual que la hipoteca nos ahogue o tengamos el alma hecha trizas o el cerebro comido por el desencanto. Es curioso que haya familias enormes que no puedes meter en un convite o en un álbum de fotos porque acaban de bronca, pero que caben en la estricta orografía acústica de un saludo. En el de dos. Ahí cabe la infancia, los años compartidos en el patio de la escuela. Mi amigo J.M. no tiene que preguntarme si estoy casado o soltero, si llevo una empresa de caramelos sin azúcar o rebaño limosnas entre los amigos para pagarme tres o cuatro vicios infernales. Le basta traer a la conversación el sábado aquél en el que fuimos a un descampado, hicimos una candela y quemamos unos libros del Instituto. Latínes sobre todo a cambio: cosas que ahora no creo que hiciera, lo juro, pero que ahí están, en algún compartimento de mi memoria, que es ampulosa y sabe guardar pecadillos y grandes faltas. Tendremos sesenta años (pongo por caso) y me parará el tal J.M. en la calle en busca del detalle curioso, el dato simbólico que nos unirá para siempre. El delito o la falta o el pecado con el que nuestra vidas se entrelazaron en un todo compacto inseparable sin usar la fuerza.

La vida es siempre una cosa prestada llena de descampados y libros de instituto convertidos a ceniza. La vida es una cosa oxidable, ya lo dicen los científicos. La gente ruin, la gente zafia, la gene tosca, toda esa gente escasamente educada que toma café en los bares, asiste a misa o no pisa una iglesia en su vida, lleva a sus hijos a la escuela y luego trabaja abnegadamente hasta que cae derrumbado en el sofá para ver el partido de Champions de los Miércoles en el plus tiene un corazón, un alma sensible, pero los años amputan la ilusión y ácidos terribles queman las buenas intenciones. Gente con exceso de vocabulario que gobierna países y monta conferencias de prensa para contar al mundo su idea del mundo (Schopenhauer dixit). La gente con vara de mando y un sinfónico amor propio a prueba de corrupciones, de extracciones de capital ajeno o de la prebenda infame de los trajes caros.

Yo soy el ruin, el mezquino, el zafio, el tosco, el invadido por todos los cánceres. Yo seré el aburrido, el amigo del júbilo a ráfagas, el amante feliz, el concurrido inventario de todas las palabras que me han enseñado y que, fatigosamente, hilvano en cuentitos, en entretenimientos de viernes por la noche, cuando todos duermen en casa, mientras afuera el mundo mata y se muere, sueña y olvida, pero nada estraga en exceso. Nada perdura. La vida puede confundirse con un único y vago avistamiento de un barco. El naúfrago contempla la lentitud sentenciosa de la quilla, que se hunde, advierte la morosa lejanía de las velas, pero no acierta a conmover el azar y la espuma quebrada engulle la esperanza. La vida es esa visión nítida del descalabro sentimental. La vida es ese milagro de ver cómo, incluso en la tragedia, podemos razonar la tragedia. Darle sintagmas, verbos copulativos, conjunciones, todo ese alambicado andamiaje lingüístico que nos hace humanos, conscientes, al abrigo de nuestros decisiones y cabalmente responsables de todos los actos que ejecutamos para alcanzar la felicidad, aunque sea en un descampado. Literatura, querido lector, literatura, al cabo. Ni eso siquiera. Palabras turbias. Palabras en vértigo. El abrazo partido de los años. La visión hedonista del barco en la distancia. Ahora, si me disculpan, me voy a la cama. El día ha sido largo. Tengo la toska. La tengo bien fuerte.

20.3.13

Actos de fe en tiempos de bruma




1
Uno alcanza un grado de escepticismo que luego cuesta eliminar, por mucho discurso episcopal que nos vendan, pero a fuerza de descreer es posible que uno acabe creyendo en casi todo. La inteligencia emocional, tan de moda y tan glamurosa en conferencias y en libritos de autoayuda, es un mecanismo primario, en el fondo. Se puede estar una vida entera en la creencia de que Dios no exista o de que importa escasamente que exista y luego toparse de bruces con un coro arcangélico al pie de la cama que nos nombre apóstoles de sus cánticos y evangelizar al descarriado y al que se obceca en negar los dones de la gracia.

2
Tengo yo un amigo al que, hace ya, le incomodó ese ingreso fortuito en la fe. Años de una militancia activa en el agnosticismo no evitaron que la palabra de Dios le entrase por el pecho y se quedase ahí varada, vibrando, en júbilo. Yo, al menos, entendí la mutación. Parecía más dichoso que cuando salían pestes por su blasfema boca y hasta encontré en su carácter novedades que certificaban la bondad del tránsito. Cuando se ponía tierno o el bourbon le envalentonaba solía azorarse por su pasado y pedía, como a veces suele la Iglesia Católica, perdón, perdón, perdón. Sostenía (hace tiempo que no le veo) que la conversión fue dulce y que no entendía cómo había podido vivir en la oscuridad durante años. Hace más de lo que recuerdo que no le veo. Igual ahora es pastor luterano o activista de una oenegé de izquierda brutal. Actitud y capacidad de entrega no le faltaban entonces y le seran fieles aun hoy. Eran otros los tiempos y quizá otros el empeño, la pose, el ademán y la causa.

3
El amable lector tendrá también a mano una ristra de conversos, los escépticos de turno súbitamente crédulos. O, bien al contrario, parroquianos que de improviso han visto las grietas de la fe y han renegado de ella con el mismo entusiasmo con el que antes la practicaban. La credulidad es un asunto de la mayor seriedad y a la que se suele poner el solfa. El crédulo, opinión extraída de experiencias vividas en primera persona por amigos muy cercanos, vive más feliz: posee una suerte de blindaje que lo atrinchera contra la barbarie y el relativismo de forma que el mundo gira más armónicamente y los pájaros y el cielo azul saludan secretamente a los avisados. El incrédulo, por desconfiar en exceso, acaba confiando del todo. Lo he visto. No creer en nada es una forma elegante de creer en todo. Nunca me pareció tan certero eso de que los extremos se tocan.

4
A riesgo de parecer frívolo, yo siempre he creído mucho en Muddy Waters, y no me estoy escapando del hilo del texto. Pocas veces me falla. Está siempre que lo necesito. Hace que cien sonetos de amor y de armonía cósmica me exploten a diario en el pecho si lo escucho. Alto feligrés del blues, me empacho de guitarras lacónicas, de historias tristes, de voces que desgarran el alma y la extravían en un misticismo doméstico, tal vez irrelevante, pero utilísimo para sentir la felicidad como un obús clavándose en la nuca. Como Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz, salvando las distancias místicas y el aliento poético de esas cumbres cimeras de las letras, pero en un cruce de caminos y analfabeto en visiones. No trato de caer en un solucionismo teológico fácil y anteponer al perdido Waters (la suya fue una vida ciertamente poco ejemplar) sobre los nombres sobre los que se edifica la poesía religiosa (tan grande, créanme, tan grande) o los evangelios de las pastorales dominicales. Es que a mí Muddy Waters me parece una luz que ilumina mi paso por este mundo. Igual otros desafían el sentido común citando a Woody Allen o a Keith Richards, yo qué sé. Todo es materia sensible, ah lectores de esta cada vez más curiosa página de mis vicios. Todo es alimento del hambriento (ay) espíritu.

5
A K. le parece ofensivo que la religión se haya fragmentado y que de sus trozos nazcan devociones como la mía. Se puede creer en Dios y embriagarse de Muddy Waters, me ha dicho con el rubor de quien no confía en convencer a nadie. Eso de que para vestir a un santo no se precisa desnudar a otro, que decía mi abuela. Hoy mismo, en un rato breve en el que me ha confiado sus últimas cuitas, ha salido con la novedad de que el papa Francisco no le incomoda en demasía. Que ve algo. Que dentro de esa cara de buena persona (eso dice) hay una buena persona. Es que venimos de Ratzinger, le razono. Venir de Ratzinger es mirar bien la cara de cualquiera que le suceda en la silla de Pedro. En fin, yo creo que me entienden...Y si no, me entiendo yo, que ando en esas, en entenderme. Les aseguro que no siempre lo hago. Yo veo en el nuevo Pontífice algo que en otros no he visto, aunque solo sea calzar sin pomposidad, hablar con limpia cercanía a su parroquia o bajarse del búnker-móvil y besar (no como los políticos, imagino) al enfervorecido pueblo. No me contará a mí entre los que lo busquen, pero son tantos los que lo hacen que merecen que se les trate con el respeto y el afecto que antes (creo) no se dispensaba.

19.3.13

2.017


 
Encontré un par de buenas razones para no volver a escribir nunca más. Como al irlas diciendo por la calle, conforme las pensaba, me resultaron más literarias que otra cosa, cogí el bloc de notas del móvil y las registré en su memoria. Agitado, cuidando de no tropezar y evitando en lo posible llevarme por delante algún transeúnte descuidado, entré en un bar y me pedí un café. Encendí un cigarrillo. No fumo, pero me encanta el alambique del humo en el aire, sobre los adjetivos, creciendo como un ectoplasma lírico. De pronto comprendí que el par de buenas razones para dejar de escribir que me asaltaron minutos antes merecían un texto más extenso. Hay que ser considerado con los lectores. Los lectores son como transeúntes descuidados, pero tengo alguno que me pregunta si sigo escribiendo o si tengo esa novela aplazada ya en la mesa y con todos los hilos juntos y esmeradamente expuestos. Lo de no volver a escribir nunca más no es un capricho. Siempre pensé que esto de escribir tenía un plazo. Que nada ganaba en la travesía. Se cree uno mejor lector que escritor. Incluso mejor comprador de libros que lector propiamente. Se van llenando las estanterías y no se tiene tiempo para leer. Y cuando alguno se encuentra se activa el resorte de la escritura y dejamos el libro en el sofá o en la mesita y manuscribimos las dos paridas recién alumbradas. Palabras que no cuentan casi nada. Las palabras que cuentan cosas las dicen otros. Uno debe aceptar que la literatura es un oficio muy arriesgado del que no se sale sin daño. Yo mismo he comprobado con los años cómo lo poco o lo mucho que he escrito me ha afectado en mi vida diaria. Días enteros dedicados a contar historias. A juntar versos. El colmo de la creencia de que uno está verdaderamente haciendo algo perdurable es escribir en un blog y ver a diario las visitas. Que el mío se acerque orgullosamente a las 400.000. Que hay gente ahí afuera que hurga en las palabras y les busca los pliegues y los agujeros y hace como mi amigo P., que antes de meterse en faena en el trabajo, abre el ordenador y mira si Emilio ha escrito algo nuevo. Todo es muy provisional. Hace seis años no tenía blog y mañana es probable que deje de tenerlo. Ni siquiera guardo un backup de lo que escribo. Un backup, fíjense. Vas andando por la calle y de repente razonas que las 2.017 entradas del blog  están en un nudo digital o en un servidor 2.0. No tengo ni idea de dónde están mis palabras. Tampoco sé dónde andan justo antes de que me las apropie. Todo es muy complicado y hay que ir cerrando el ordenador, ponerse los zapatos y salir a la calle. Estoy como George Kaplan. En el campo de maíz. A la vista de todo el mundo, pero tan solo. Que pasen un buen martes.

14.3.13

Los días fértiles


                                                                                                                      Para Caty Luz

A veces no sabe uno cómo expresar la alegría, pero con qué esmero se obstina el ingenio en manifestar la tristeza, en hacer ver a los otros lo mal que nos sentimos y la terrible desdicha que nos desconsuela el alma. Hay una especie de inclinación en el espíritu a no exhibir lo maravillosamente bien que se siente. Prefiere la pesadumbre, el desencanto, la turbiedad. Hay días en los que el sol esplende en lo alto, los leones fornican en la sabana y las guitarras de los Beach Boys suenan dentro del cerebro, en algún rincón que no podemos gobernar. Días fértiles. Días felices. Días pop. Los días deberían más pop que clásicos. Piezas cortas. Tres minutos de absoluta jovialidad. Lo malo es que no hay canciones perfectas que duren más de catorce, pongo por caso. En el minuto seis se desangela el tono festivo y entremeten un paréntesis más solemne. Solo al final, regresa a como de coda la algarabía, el coro del júbilo. La felicidad, en ese extraño modo de contarse uno las cosas, no es algo aprehensible. Se puede defender la idea de que haya fragmentos idílicos, una felicidad desmenuzada, convertida en piezas muy pequeñas de un puzzle, por fuerza, maravilloso, pero caótico. Los días fértiles y los días felices son los que nos afanamos por tener. Los otros, los del gris, los dignos de pena, escoltan (en irremediable abundancia) a los que de verdad hacen que vivir sea un festejo. Lo es de una manera frágil.  De esa belleza casi inasible nace el dolor que produce su peculiar tránsito. Me pedía Caty, mi buena amiga de la época universitaria, a la que no veo nunca y a la que aprecio, sin embargo, bien cerca, que dejara los días sin letras de Bob Dylan, los días plomizos, con olor a casa abandonada. Que los cambiara por los días fértiles y por los días felices. Por el pop. Por la melodía que se deja querer y a la que uno regresa y donde se siente perturbado, dulcemente perturbado, conmovido. No sé cómo contarlo de otra forma. A lo único que llego es a sentirme pleno cuando advierto que los que me leen entienden lo que escribo. Como si solo hiciésemos esto. Escribir. Dejar que lo que soy sea leído. Va por ti, amiga. Seguro que los días malos que has pasado recientemente (lo saben mejor los que tienes cerca, los que te aman en privado) no vuelven. Vendrán otros y vendrán con una sonrisa.

11.3.13

España tóxica



La política es un alucinógeno. Peyote en el córtex cerebral, en el lado cultivado de la masa gris. Cantidades masivas de alimento verbal. El gobernado, a fuerza de ingerir fármacos legislativos, confunde la realidad con el Boletín Oficial del Estado. Ebrio de decretos, hechizado por la oratoria de quienes administran su destino, el administrado se convierte en un adicto a la narcosintaxis y se ciega de programas y de promesas cada cuatro años, que es el umbral natural en el que el político se mira al espejo y observa el estado de conservación de su sonrisa y la prestancia orgánica de su gesto.No es que haya desafecto por la política en España.

Splash es una abominación televisiva en la que una caterva insulsa de famosos se lanzan desde un trampolín a una piscina. Me espanta que sea lider absoluto de audiencia en su franja horaria, pero quizá (a decir de unos cuantos tertualianos a los que escucho en la radio) solo pretenda apaciguar la ira del pueblo, aderezar el caos con las frivolidades que adiestran al espíritu y lo rebajan a su condición más ínfima, la que solo desea el volcado de todo lo irrelevante, lo que no exige la tiranía del raciocinio. Splash es otro alucinógeno. Peyote con cloro. Cantidades masivas de estulticia. El entretenido, a fuerza de ver cómo cae Falete o Jesulín de Ubrique desde la insoportable altura de su gilipollez, confunde la realidad con el circo. Estamos a expensas de cuatro franquicias. Ninguna estimula el arte. Las que lo fomentan, en la mayoría de los casos, no hacen caja. No se hace negocio con la cultura. No, al menos, el tipo de negocio que llena las arcas. Y queremos eso. Que se llene la alforja. A medida que se llena, se vacía la integridad cultural de un país. El nuestro, a lo visto, flaquea por ese flanco. Si solo fuera por ese.

9.3.13

Yo a quien le tengo miedo es a Belén Esteban



fobia.

(Del gr. -φοβία, elem. compos. que significa 'temor').

1. f. Aversión obsesiva a alguien o a algo.

2. f. Temor irracional compulsivo.




De la teofobia a la teofilia media un sufijo. Tenemos esa manía de explicarlo todo y recurrimos a los sufijos o al índice de precios al consumo. Supongo que es una consecuencia de la cultura, de la poca o de la mucha que tengamos. En mi opinión, observando con detalle las fobias y las filias que padecemos o que disfrutamos, podríamos prescindir, en ocasiones, de la cultura. Ágrafos y lerdos, viviríamos mejor. Lo digo completamente en serio. Anoche, distraído con las etimologías, inclinado a esa idea maravillosa de no acostarse uno sin haber aprendido algo nuevo, busqué en el google el nombre que reciben algunos de los miedos que nos escoltan durante el día y que tutelan, emboscados en la niebla, nuestros sueños. El amable lector, el de ánimo lúdico, podrá retirar el sufijo fobia y colocar, en cada caso, el sufijo filia. De ser un teófobo a un teófilo no media un capricho lingüístico. Entre una y otra forma de entender las alturas celestiales o las honduras del espíritu se pueden advertir con absoluta nitidez algunas de las más nobles o de las más mezquinas aventuras que ha perpetrado el hombre desde que abandonó la torre de Babel y puso franquicias por el mundo. 
sigue leyendo, por favor, en Barra Libre.


7.3.13

pequeña jam session

yo únicamente amo dixieland, oh dulce hembra de oro
el mar es un zapato si se discute la utilidad del oleaje
la resaca de los años tan propensos a mermarme
las noches invitan a veces a un desmayo
un corazón no debe ser en absoluto duro
mi amor puede oír el ruido que hacen los héroes
la vieja fimosis estatutaria de los catorce años
fue patria de los primeros temblores
luego viene mahler
ah el cabrón de mahler
viene y nos jode los tres minutos de spleen pop
de lejos vienen las palabras que nunca digo y conquistan mi voz y la confunden
soy como un huésped de otros que en la distancia me van contando
fábula
eco
cuerpo
historia
esa previsible ración de espanto que el día alumbra al clarear en lo alto
la casa invadida por las palabras que se acercan y me turban
la noche sola y en mitad de la noche un caballo galopando un verbo
el caballo del vértigo y el caballo de la fiebre
a veces digo salmo y el aire lo ocupan columnas de humo que izan su vientre atrofiado de vírgenes y de astilla de santo
digo a hurtadillas salmo una vez más y el pecho se me abomba y una oquedad como de óxido se adensa en mi boca y me hace tener miedo a las palabras
digo ya finalmente salmo y una usura de agua oscura y de ceniza altiva invaden mi corazón ya un poco alga que grita desde adentro y me arenga para que no ande hiriéndome con los venenos que manejo
mi corazón dixieland
manumitido y limpio

273/365 Jackson Pollock

  Se cae, en un descuido, el rojo. Emerge, comido de vértigos, el azul. Está la luz enfebrecida. Se la ve triste, se tiene la impresión de q...