30.11.23

Cadillac Ranch, Antonio Tocornal / La feliz inminencia de lo insólito




Cadillac Ranch es la extensión en quince cuentos de uno solo. Iba a escribir que es un cuento fragmentado en quince. Lo que habría que definir es qué es un cuento. Si le preguntáramos a Kafka, diría que leyéramos este libro. Si se me pregunta a mí, qué podría decir yo, diría que se le pregunte a Kafka. De pronto se ha obrado el milagro de la literatura, de la que (por cierto) tampoco sabremos bien cómo explicarla, pero seguro que alguno de estos cuentos daría respuestas al que formula preguntas. Cadillac Ranch es Kafka, es Borges, es Millás. Es la consecuencia lógica de un escritor que se reconocerá lector de otros escritores. Todos contribuyen a que Tocornal exista, pero lo que se queda cuando Kafka, Borges y Millás se han marchado es Tocornal, un escritor en estado de gracia absoluta, si cien moscas no se personan para desmentirme. El propio autor (cualquier lector atento) no podrá poner objeción alguna a esa consideración anómala. De hecho, lo anómalo (gracias, Antonio) se constituye como hálito primario o como inspiración absoluta. Que suerte la de dar con ellas. No habrá manera de expresar el agradecimiento por la constancia y el primor estilístico del vuelo. Todo será entendido en el último cuento del volumen. 

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Los personajes de Cadillac Ranch son probablemente el mismo personaje. Todos comparten la soledad, todos padecen la enfermedad de la realidad, todos están desamparados. En cierto modo, el asunto que a todos les concierne es el vacío, la nada. Borges refería que a la literatura le gustan unas metáforas más que otras. A Tocornal le parecería que toda la mejor literatura es la insólita repetición de algunas de ellas. La suya es de un realismo que apabulla, pero hay una feliz injerencia de lo surreal, de todo cuanto invita a que miremos de otro modo, de lo que no es lo que se espera y, sin embargo, es cuanto necesitamos para comprender esa realidad por fin. 

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Cadillac Ranch es incoherente desde el momento en que nada de lo que se nos muestra anhela que la razón lo impregne. El acto de escribir es un desacato al acto de vivir, imagino. Nadie cree lo que lee, qué hermosa la incredulidad. Sin embargo, todos acatamos (con regocijo, con gratitud) que se nos muestre la parte de nosotros mismos que nunca a la que nunca hubiéramos dado asiento en nuestra conciencia. Tal vez eso sea el deseo de cualquiera que lea: que se le cuestione, que otro aflore desde el yo ya conocido. 

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La escritura de Tocornal se supedita, más que a las palabras y a su loca danza interna, al propósito de que no se aprecien siquiera y lo contado fluya como una música o como una imagen. A pesar de esa voluntad de músico o de pintor, los cuentos de Cadillac Ranch son un homenaje a la elocuencia que proviene del manejo soberbio de esas palabras. Hay una sencillez intimidatoria en el modo en que el lenguaje se articula. Quizá el armazón de todos estos cuentos precise de esa sencillez para que lo insólito y lo extraordinario (personas que padecen trastornos que no obedecen a ninguna lógica narrativa o emocional) no precisen artificio o forzamiento alguno. Esa irrupción de lo anómalo es invariablemente el momento en que cada cuento da paso al asombro (las piscinas infinitas, las moscas literarias, las piscinas metafísicas) o en el que la contingencia puramente discursiva (las rutinas de todos esos personajes marcados por la locura) deviene sueño, carne despegada de la carne antes firme. 

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Todos los cuentos de Cadillac Ranch están contados en íntima primera persona. Esa elección favorece la sensación de confesión. Es un secreto el que se revela en ellos. Muchos secretos. Se nos agasaja al sernos confiado pero es un veneno esa donación. La literatura es un viaje del que no debe salirse indemne. Cuanto da, por ósmosis, idílicamente, iguala al lector con el autor, los hace sustancias mudables. Igual son las moscas fértiles las que realizan el verdadero trabajo. Uno de los mejores cuentos (ninguno ni siquiera mediocre) sustenta esa atrevida afirmación. 

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Un rasgo común que conforma toda la colección de cuentos es la anuencia de los personajes. No se rebelan ante lo desacostumbrado, no recurren a inventiva alguna para zafarse de las adversidades que se presentan. Son también intensamente tiernos, son de una paz interior que sobrecoge. La solvencia narrativa de Tocornal se explicita en ese convertir lo extraordinario en rutina. Lo literario se sublima en lo real. Hay alguien que se determina a morir y solicita a quien se lo facilita que haga llegar el texto que sobre su muerte acaba de escribir a su editor. Espera tener la suerte de que el cuento recién construido (Lo insólito) pueda todavía incluirse en el libro que está a punto de ser enviado a imprenta. El libro en cuestión se llama Cadillac Ranch. 

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(Cadillac Ranch) Uno de mis cuentos favoritos (por qué habría que hacer eso, elegir) es con el que se inicia la colección y le da título. Es un cuento iniciático, aunque todo confirme que es el final (que se prevé luctuoso) el que lo anima. Contiene imágenes deslumbrantes. Los insectos aplastados contra el parabrisas de un Buick LeSabre del noventa y cuatro tienen la cara de todos los muertos. Luego están el café frío, los paracetamoles machacaditos y arrojados al bourbon, las alitas de pollo fritas, los donuts que un sheriff obeso masca a la sombra, alacranes lentos como una resaca, una ninfa falsa de pelo corto y teñida de verde que hincha unos senos pequeños y picudos liando porros en el asiento del copiloto del Buick que se adentra en el infierno, el pedazo de mamón de Don José Vacanegra, una oreja de toro llena de piojos guardada en un cajón de la niñez, un saxo de jazz untando de melaza el aire, country sucio en la FM, Clara la del sida, Robert arrojándose al tren del metro antes de que lo atrape la KGB, Fran el que muere primero, Vero la leucémica, Manu encomendando a un destornillador que le libere del mono y del trullo, pero él ha sobrevivido y va a cumplir los sueños de sus amigos caídos. La noche de Wisconsin no le verá conducir ni una chica de tejanos ajustados le esperará al final del camino. No se podrá hacer esa foto de todos los buenos chicos del barrio, la que se prometieron cuando eran puros y rozaban las nubes con la yema de los dedos. Los diez Cadillacs con el morro hundido en la tierra, los inmortales, seguirán en Amarillo. Hubiese estado bien abrazarse bajo el sol y tener luego esa imagen hasta que la pudra el tiempo o se pudran ellos. La peregrinación no fue en balde, a pesar de todo. Quien busca encontrarse a veces termina por perderse con más desatino. La vida, si es una mierda, lo es en cualquier sitio. Murcia o Phoenix o West Palm Beach. La maría que le queda da para liar otro canuto. Le levantará el ánimo, hará que la distancia que le separa del desenlace discurra más apaciblemente. Entonces otro insecto del más allá empotrado en el parabrisas. El último será profético. Le mirará a los ojos. Como nos mira un espejo. En la radio sonará Curtis Fuller o Johnny Cash. "Luego nada más". 

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(En el paréntesis del mundo) La casa se tomó a sí misma, decidió contravenir las leyes de la física o de la cordura. Las baldas, vacías. Los armarios, abiertos, exponían la orfandad de las perchas. Vaciaron el frigorífico, lo despojaron de su hospitalidad antigua, le arrebataron la dignidad. A la casa la ocupaba el silencio. Tenía cuerpo el silencio. Para inverosímil que allí bullera la vida y los objetos obedecieran la disposición de quienes los eligieron y les dieron un lugar entre los lugares. Algo que no es ni perverso ni obsceno ocupa los pasillos, el salón, los dormitorios, el cuarto de baño, la cocina, el cuarto de la plancha. No se advierte que una dolencia la aflija. La casa es un fantasma y su único morador es un fantasma. Una casa es una extensión de quienes la habitan. Algunas se expanden como el cielo o como el mar o se contraen como un corazón o como un anhelo. Más que la incertidumbre, lo que apabulla de ella es su insolencia. Se gusta cuando desobedece las más elementales consideraciones arquitectónicas. También transgrede la sensatez. Es caprichosa, es impredecible, es infinita. No permite que se la recorra. Cualquier propósito de navegación es una empresa baldía. Lo que ahora es esta pared en la que acabo de apoyar mi espalda será más tarde la pared lejana que observo allá lejos. La misma idea de lo que está lejos o está cerca es un despropósito. Este techo devendrá cielo. Si esta noche duermo en el salón mañana amanecerá en un dormitorio. Su expansión es una fuente inagotable de entretenimiento. Ignoro qué sucede afuera. Todas las brújulas del mundo, todos los mapas del mundo, son herramientas inútiles aquí dentro. Un día no habrá casa. Sospecho que se confundirá con el mundo. Tal vez esté equivocado. Razono que morir sea una manera de burlarme de ella. A veces finjo que he muerto, pero ella se mueve y el ruido me solivianta. A veces grito. No me oye nadie. 

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(Cuarto cerrado) No saber nada es un modo de sentirse hospitalario con la posibilidad de que de algún modo acabe por saberse todo. El cuarto cerrado es el misterio que no debe resolverse, sino dejarse cautivar por él. Es la cita de Magritte que abre el cuento. La existencia de ese cuarto es la única razón de la existencia de la familia que habita la casa en la que se encuentra. Uno cree que detrás de la puerta permanentemente cerrada no habrá ni siquiera un cuarto. Será la nada. Más que una historia a lo Lovecraft (hay un temor a que adentro moren criaturas pavorosas, de las que se agazapan y reptan viscosamente en la oscuridad y en el silencio), la narración es deudora de la mejor ciencia-ficción. La clausura de esa estancia es un hecho puramente místico en quienes la custodian, que viven en la servidumbre de su oficio antiguo, manteniendo viva la llama del misterio. Podría incluso pensarse que exista una realidad paralela, ya saben. Detrás de la puerta habrá otra casa con otra familia que no codicie su apertura, sino que exista para que nadie perturbe la naturaleza mística del portal. No hay manera de que esa certidumbre, la del cuarto cerrado, pueda desvanecerse. Si la casa se viniese abajo, continuaría en la memoria de los que no perecieron con el derrumbe, imagino. 

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(Hanami. La muerte es amarilla dorado) Este es un cuento que habla de la belleza del dolor o de la belleza de la muerte. Hanami es la palabra a la que se recurre en Japón para expresar el hecho de ver flores. A quien lo practica se le presume una inclinación a cuidarlas, a precaverse ante las adversidades que puedan malograr su esplendor, la restitución de una belleza. También la lozanía y la pujanza de su cuerpo menesteroso, tan expuesto a lo inclemente. No tardará en darse con la palabra que represente la voluntad de que se mustien y adquieran ese amarillo dorado que vaticina su ocaso, el decaimiento del flujo de su savia, El que las observa decide desatenderlas por primera vez (ha hecho lo contrario su entera existencia) y se hace las preguntas que nunca se hizo sobre si mismo con aplomo. Anhela una dignidad singular, la que lo alivie de la claudicación o la que le muestre la imagen de todo ese irse desvaneciendo juntos. De ahí que se encomiende el oficio de la crueldad y la casa que comparten sea la cárcel común. Pero él ha encontrado sentido a la estricta vigilancia, ha sentido la dulzura que todo dolor guarda para quien reconoce los signos de la derrota y los abraza con absoluta entrega. 

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(Tal vez un hogar, Ayúdeme a salir) Hay situaciones inverosímiles que se manejan con normalidad cartesiana, Las hay verosímiles que involucran al caos. Un hombre que de pronto repara en que no puede salir de su automóvil no es algo extraordinario. Lo que fascina no es la vida secreta sobrevenida en su interior (normalizada, expuesta con rigor) sino la que discurre afuera, la pública, sin intervenir en la que avanza (es un decir) adentro. Un hombre sentado en un banco en un parque que escucha a alguien que le pide ayuda para salir. Salir de dónde, se pregunta. Alguien que se ha encontrado a sí mismo cuando ha encontrado su lugar en el mundo, aunque nadie le vea. Como si fuese invisible. Como un fantasma. 

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(Ultramar) La verdadera revolución es la de las cosas inertes. Se tienen las instrucciones de uso, se conoce la certeza de que cumplirán el cometido que se les encomendó, pero hay una fractura, inasible y preciosa, un quiebro inesperado (insólito, lo diré una vez más) desde donde la realidad construye una paradoja interna y se cree (es todo credulidad, fe en lo real maravilloso) que una piscina pueda desdecirse (qué poco sentido tiene eso) y anhelar ser mar. Quien asiste a ese despliegue de recursos tectónicos y paisajísticos consiente el milagro, qué otra podría ser sino un milagro. No sólo lo consiente, sino que se da él mismo un cometido novedoso: el de aprender a convivir con el escenario al que alguna divinidad caprichosa le ha arrojado. Tocornal no recurre a la ficción teológica para hacernos participar de los prodigios habituales con los que la biblia (otro libro de milagros y de revolución colosal) construye su armazón narrativo, su costado metafórico, pero la piscina de Ultramar no es un capricho mesiánico, ni una demostración de poder que pretenda intimidar o adoctrinar a quien la contempla: es una terra incognita (lo tomo del texto) o un ejercicio de literatura de aventuras. Sonarán de fondo Amundsen, Shackleton, Simbad, Magallanes... El protagonista de Ultramar debe vencer a las adversidades. Tendrá que esperar las circunstancias favorables para que su cuerpo de náufrago no termine destrozado en una barrera de arrecifes. La travesía es la vida. Él, al menos, se ha agenciado unos bidones para recoger el agua de la lluvia, una lona para guarecerse del sol y una brújula de latón que le guíe en la singladura

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(Negros literarios, bonus track) Este es el cuento metaliterario, muchos lo son. He aquí la confesión de Antonio Tocornal, su sinceridad tan de agradecer en estos tiempos de impostura y de pavoneo. Admite que no es él quien escribe los cuentos que acabamos de leer. Si la inspiración no acude, hay que buscar un reemplazo útil, un fantasma que ejerza de escribidor, me encanta esa palabra. El método al que recurre el autor es asombroso: se vale de una cantidad generosa de folios rociados con una discreta cantidad de almíbar y dispuesta en el suelo del garaje que ha improvisado como escritorio, de una mochila de fumigar con la que asperjarlos con una solución de agua azucarada, de una ventana entreabierta por la que las moscas engolosinadas puedan penetrar y del milagro del azar. Las industriosas moscas, al posarse sobre el papel, absorberán con su trompa el almíbar, que hará de improvisado lápiz. Ya tenemos el calígrafo, ya hemos comenzado a contar con el dibujo de unas letras que, inusitadamente, darán unas palabras que podrían cincelar una frase. Qué maravilla de método, Antonio. Así escriben "aspa, ajo, ortótropo, timonel, dulzaina, estraperlo, condominio". Son moscas españolas y muy españolas, claro está. El trabajo del autor es mantener la máquina en perfecto estado de revista. También el de cribar. Como un corrector de estilo. Como un maestro que de pronto encuentra el texto espléndido de un alumno y se decide a pulirlo. Algunas de las frases extraídas del libro en formación son las del libro que el lector acaba de leer. "Me ha brotado un pequeño pueblo en la palma de la mano izquierda" (Un pueblo pequeño y pintoresco). La sorpresa de Tocornal es mayor cuando reconoce que esa frase es literaria. Podrían haber escrito una línea de una receta del solomillo al roquefort o una de un prospecto de un bronquiolítico. El humor hace asomo incontenible cuando el autor se siente aliviado al comprobar que las moscas no escriben poesía.  Las moscas más capaces son las mimadas, las exquisitas, las que pueden escribir con el magisterio que a Tocornal, el pobre, le falta. La literatura más sublime quizá provenga de parecidos ejercicios de acrobacia zoológica y las novelas que amamos sean el denodado esfuerzo de un ejército de hormigas, aunque nunca se hable de ellas y el facilitador (así se nombra el autor de Cadillac Ranch) tan sólo urda la logística, cree un ambiente de trabajo. 

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Cadillac Ranch es goce literario puro, un festejo de las letras y de la imaginación. Lo eran Bajamares y Malasanta, que son las novelas suyas que he leído. De Malasanta no me atrevo a escribir nada. Es tal el respeto a volcar algo sobre lo que me fascinó tanto que lo voy dejando. Tendré que leerlo de nuevo. Por ver si doy con el tono, por encontrar la manera de que mi gratitud hacia el autor se plasme en mis palabras. Si esta rendición de impresiones (convertidas en algo íntimo, no en un discurso crítico, Dios me libre) hace que alguien lea Cadillac Ranch (cualquier libro suyo valdría, yo ando ya buscando los que no tengo) daré mi entusiasmo por útil. Porque es entusiasmo puro, delectación sin adjetivos, el placer de encontrarme en todos los personajes perdidos que pueblan las asombrosas historias del libro. Añado, por último, que no se dejen engañar: todo cuanto entrego de mi lectura es una invitación, un pequeño festejo privado, ahora público. La delicia absoluta de la lectura está esperando. Este otoño lector ha tenido varias celebraciones: la de Eloy Tizón con su impagable Plegaria para pirómanos, la de volver (lo hago todos los años) a mis cuentos de Borges (voy en orden cronológico) y esta maravilla de libro con su maravillosa portada. Habrá que ir a Amarillo para fotografiarse junto a los cadillacs semienterrados. Esperemos que el parabrisas permanezca limpio y no aparezcan insectos con la cara de todos los muertos olvidados. 




29.11.23

La espera


                                             The waiting room, John G. Zimmerman, 1954


Qué podrán estar esperando, qué pensarán que cualquiera no haya pensado, qué incertidumbres les ocuparán la vigilia, qué habrán urdido para que lo que sea que esperen suceda pronto y regresen a su rutina, qué luz les aguardará cuando les abracen las sombras, qué les reservará el azar, qué nostalgia los hará llorar cuando nadie les vea y puedan concederse un momento de absoluta sinceridad con ellos mismo, qué frívolas palabras los distraerán de las más altas instancias del pensamiento, qué dios los mirará desde su inasible atalaya, qué goce sublime combará sus cuerpos cuando quienes los amen los cubran de atenciones, qué lluvia invisible abonará sus espíritus, qué muerte lejana recitará sus nombres sin que ellos la escuchen, qué música divina los hará bailar en la intimidad de su alma. 

Elogio de la inocencia

 Siempre me fascinó la inocencia, no he dejado de pensar en el mal que hacemos cuando la soslayamos, cuando la consideramos un lastre, cuando nos ofusca que una brizna de ella perdure adentro. La inocencia queda en una especie de rasgo íntimo eludible, una rémora de la infancia, eso queremos a veces que sea, pero es mucho lo que se pierde si la abandonamos. Se va con ella la bondad y cuesta traerla de nuevo, hacer que se ajuste al nuevo traje con el que nos hemos tapado ante el mundo. El inocente, en cierto modo, es más feliz, se duele menos del daño que se le inflige y cree en los demás de un modo limpio, sin el intermedio de ninguna otra circunstancia. En lo de creer en los otros está el verdadero problema. No hay manera de que podamos inclinarnos a creer cuando a veces ni cree uno en sí mismo. Ojalá creyésemos en nosotros antes que en Dios. Hay quien lo pone delante en el ranking de las devociones; quien considera que creer es una debilidad; quien esconde que cree en los amigos y en la familia y en la literatura y en la música romántica. Parece que somos débiles cuando exponemos abiertamente nuestras debilidades o nuestras creencias. Lo de la inocencia es, con mucho, lo que más celosamente guardamos. Si atisbamos una evidencia de su presencia, nos echamos a temblar. Es así, sucede así. Nos hacemos mujeres y hombres cuando no queda nada suyo o cuando nada está a la vista, ofrecido. De ella, de la inocencia, dijo Camus que era la virtud o la cualidad de quien no precisa explicarse. Es el hablar (el hablar sin tino ni concierto)  el que lo arruina todo o, en todo caso, hablar sin que existan gestos o miradas que acompañen a lo hablado. Son las redes sociales, en mayor o menor medida, las que están desprestigiando la comunicación. No hay inocencia en ellas. Se zahiere o se daña a sabiendas, se oculta el agresor en la distancia, en la máscara, en el anonimato y está lejos y está oculto y no tiene nombre. Quien lee, el agredido, no sabe cómo filtrar la información, no se plantea ni siquiera que haya que filtrarla, acepta como viene la trama de las cosas, no la cuestiona, ni la contrasta, se deja invadir, permite que su casa sea ocupada, hasta se envalentona, sin que se precise un esfuerzo considerable, y zahiere y daña y se oculta cuando puede. Es una batalla y los que la acometen están orgullosos de participar en la contienda. El caso es estar en algún lado, no asistir como espectador, formar parte de la obra, aunque el papel sea secundario o irrelevante. La muerte de la inocencia la ha iniciado el vértigo binario de las redes, esa fiebre en la que importa estar, más que contar o que involucrarse. Son tiempos duros, más si uno se esmera en apreciar la deriva de ciertos valores. Hay otros que permanecen e incluso algunos que no decaen y hasta adquieren más presencia, pero la posible estadística que aportemos dará resultados decepcionantes. Sólo hay ruido y hay vacío. Se es inocente hasta que no trae a cuenta serlo, se atesora esa virginidad hasta que se saca tajada de su expolio. 

28.11.23

La niebla es un cáncer


                                              Fotografía: Beth Hardy

Éramos felices y teníamos los muertos para comprender la niebla. Una vez se hace uno a ella no duele la sangre ni la contemplación de las nubes. 

La niebla habla con la voz de los muertos. La niebla es la carne sin corromper, el sistema linfático de la tierra. La niebla es un cáncer. Avanza a su antojo, ocupa el cuerpo entero.

 Los días en que el sol barre las calles nos quedamos en casa. No es de fiar el sol. Quema la piel, los ojos duelen. Salimos con la bruma, cuando ella lo ocupa todo. 

Hay días en que jugamos a fantasmas, días en que los fantasmas juegan con nosotros. A veces escuchas palabras, percibes un ruido, crees que el juego empieza de verdad. Alguien dice que ha muerto. He muerto. Lo dice como si lo festejara. Se puede morir un rato o el juego entero. Entonces es cuando ves la niebla con nitidez. Ella es la que inventa el juego, ella es la que elige las normas, ella es la que gana siempre. 

Hay dignidad en los perdedores, en los muertos. Cuando alguien gana, no hace alarde. Nunca nos pavoneamos. Tampoco nos lamentamos al perder. Hay una dignidad hermosa en el hecho sencillo de que la niebla nos llame para que comience el juego. Cuando acaba, volvemos a casa en silencio. Nada más cerrar la puerta, se echan las cortinas. Sentado a la mesa, pensando en la niebla, se la echa en falta. A veces es la niebla la que nos echa en falta a nosotros y se cuela en nuestros sueños. Huele a niebla la almohada, se cuela su frío antiguo y nos despertamos tiritando. 

En verano hacemos otros juegos. El sol es un contratiempo cuando has visto lo que puede hacer la niebla por ti. En sueños, si te dejas, aparece. Viene a verte, quiere intimar contigo, contarte qué ha planeado para el otoño.

 A mi padre le oí una vez contar una historia sobre la niebla. Un día vendrá y ya no se irá nunca. Así acababa. No le presté atención, no la suficiente. Luego no quiso repetirla. Ya he hablado bastante, dijo. Los veranos son demasiados largos, algo así. El abuelo se deslengua más, pero ha perdido la memoria. No sabemos si es verdad o lo adorna todo. 

Al acostarnos, cerrábamos los ojos y pedíamos que viniese la niebla. Nunca tardaba mucho. Eran sueños muy buenos, nunca los he tenido mejores. Al despertar, lo recordaba todo. Como si fuese una cosa vivida. Al crecer dejamos de jugar. 

Muchos años más tarde la añoro. Recuerdo su presencia. La niebla nos perturbaba de noche. Danzaba en nuestros sueños, los entenebrecía, hacía que doliesen. Debe estar vengándose. Hoy la he visto merodear una plaza. Los niños no se daban cuenta, pero jugaba con ellos. No saben que están enfermos, no han entendido todavía que son fantasmas. No sé si acercarme y decirles que no deben rebelarse. Por mucho que me empeñe, no me creerán. Les contaría cómo fue entonces y cómo es ahora. Tampoco vale quedarse en casa. No salir no ayuda. La niebla se cuela por las rendijas, hace de tu casa la suya. No hay lugar al que no acceda, ninguno en donde no se presente. La niebla es un cáncer.




26.11.23

Un estado anímico

 Uno no se quita la sensación de estar cogiendo un cuerpo enfermo cuando abre un periódico. Tomamos contacto con las heridas, las miramos con atención, nos preguntamos cómo es posible que las cosas hayan llegado a ese lamentable estado y si existe alguna posibilidad fiable de reanimación, pero el cuerpo no manifiesta mejoría, las heridas se multiplican conforme hurgamos dentro. No se deja practicar primeros auxilios. La aplicación concienzuda de cualquier maniobra lenitiva no saca al paciente de su fallo multiorgánico  Pero el conocimiento es un adicción. Así que lo compramos, insistimos en la visión de las costuras, en cierta idea romántica de que hay que estar al día, informado, consciente del peso del mundo, que ya no es amor, como cantaba el poeta. Mi amigo K. presume de que no compra la prensa. Le hago ver que no es la forma de estar en el mundo. Es mejor ver cómo vienen los palos, saber la procedencia, ponerle cara al que te hace daño, apreciar al que se afana en sanar la estructura rota, pero es de otra pasta K. De una que no desea involucrarse más allá de lo estrictamente necesario. No saber, no querer saber. Es imposible, le digo. Siempre acabas enterándote. El mundo es un altavoz enorme. Él mismo se emperra en hacerse oír. 

Anoche me acosté pensando en lo controlado que estamos, en las redes que lo cercan todo, en la jaula que se ha ido construyendo. No sé si lamentarse vale de algo. Yo continúo comprando prensa, leyéndola en internet, estando al día. Ayer compré el diario y caí en la cuenta de que no lo había leído cuando estaba a punto de irme a la cama. Está todavía ahí, en la mesa de la salita, aguardando mi futura cuota de horror o de perplejidad, custodiando mi ración de espanto o de tristeza. Hoy no lo he abierto. Tuve todo el día la sensación de que todo lo que me cuenta ya no existe. Hay un relato nuevo, uno que suple al que yo no atendí anoche. Y mañana tendremos otro. Cambia la nomenclatura de los hechos. Unos desalmados reemplazan a otros. Es la oscuridad el único argumento de la trama. Se trata de eso: de ir cambiando la historia, de ir reponiendo los objetos conforme se van retirando, de abastecer de literatura al que no lee novelas. Los que las leemos sabemos que no hay posibilidad alguna de que la ficción supere a la realidad. Un amigo me refirió hace pocos días que ya no escucha ni lee noticias. Le sancioné con pudor. Le quise hacer ver que hay que estar en el mundo, pese a todo. Anoche, al no abrir siquiera el diario, pensé en contárselo. No leerá esto. Tampoco está en este vértigo feliz muchas veces de las redes sociales. Tal vez no se pierde nada. Tendré que retomar la conversación y pedirle que me explique cómo se hace. Por si un día cedo. Por si acabo por no comprar la prensa siquiera. 

25.11.23

Buster Keaton pasea con su vaca del más allá



A veces las caras de los cómicos son las más tristes. Quizá por eso sean los actores de más hondura dramática, los que de verdad alcanzan más nobles cotas en sus registros interpretativos. Aceptamos sin chistar que hacer reír  cuesta más que provocar el llanto. Curiosamente los grandes actores (y actrices, no se me agiten los puristas de la ortodoxia) suelen venir de la alta tragedia, de un Shakespeare sin rebaje léxico o de un método de estudio cincelado en el escenario de un teatro, alejado de las cámaras de cine. Al actor serio le cuesta más convertirse en cómico que al contrario. Análogamente, el poeta es capaz de hacer una novela (porque domina los registros de la lengua y sabe los mecanismos de su hálito interno) pero el novelista difícilmente escribirá un libro de poemas.
Quizá Buster Keaton no hubiese sido el actor impasible, el rostro granítico, si las bombas no le hubiesen dejado sordo de un oído en las postrimerías de la Primera Gran Guerra. Nunca sabemos qué hace que seamos lo que somos. De un modo absolutamente incomprensible, de escaso afecto a las leyes de la lógica, se nos etiqueta a poco que nos descuidemos. Los payasos más elocuentes son los que no evidencian nada risible en sus rostros. 

Sospecha uno que hay un momento en la historia personal, en la biografía privada, en el que una bomba te anula un oído y hace que el gesto se te agríe, aunque en el fondo del alma seas un cachondo y la jarana no falte allá donde andes . Todos tenemos nuestra bomba particular. Hay un Keaton en el interior que pugna por expresarse. La cara pétrea con la que saludamos al día (porque hay días que no merecen otra, ustedes entenderán) expresa una batalla enorme por plantar otra. Una alegre, distendida, que en absoluto enseñe la porción de alma atormentada que todos tenemos. Una que no sea en absoluto transparente. La de Keaton es un mapa despejado de nubes. Un libro abierto. Un alfabeto reconocible de penurias y de baches a lo largo del camino. Pero luego está el otro, el Keaton resuelto en gags, la providencia catártica de la risa imponiendo su fuerza sobre los ejércitos de la tristeza, que irrumpen a su antojadizo capricho, con descaro y con naturalidad. 

Uno es de Borges o del Madrid o de la cofradía de su pueblo por alguna circunstancia imposible de argumentar, que apela al instinto o recurre al azar. Conozco gente de firmes creencias religiosas de las podríamos extraer también momentos sensibles que les hicieron inclinarse por la fe en lugar de ignorarla o darla abiertamente de lado. También a quienes otro de esos momentos trascendentes (inasequibles a la razón) les hizo ajeno a las enseñanzas de la pasión religiosa. El mismo amor también es presa de estos caprichos del azar. No hay quien lo explique. No existen prontuarios que muestren cómo domesticarlo, aprehenderlo, razonarlo al punto de entender las causas que lo mueven y las que lo arruinan. Inevitablemente somos la suma de instantes que no nos pertenecen. A Keaton la mentada bomba le malogró un oído y quién sabe si le hizo perder el dominio de los miles de músculos que gobiernan la cara. Quizá sea ésa la causa por la que anduvo siempre con esa expresión rota, como quebrada por alguna aflicción irreversible, de fondo avinagrado y adusto, como si le debieran la vida y solo fuese un mal zombi que reclama sus derechos. El pobre Keaton, del que ya nadie se acuerda, sin un Alberti que le componga junto a su vaca en un prado de libro de poemas. Keaton, el de piedra, reclamando su vaca surrealista desde el más allá. Sin decir ni mu. Mi vaca. Que me la den. Son ustedes muy desagradecidos. Después de todos los buenos ratos que les di. Pero qué público más incivil tengo.

24.11.23

Literatura portátil

 





No es lo mismo escribir en pijama, uno sobrio, sin adornos, de tela recia o uno más liviano, al que aplicamos el batín favorito, que escribir con un abrigo de peso considerable, de buen paño leonés, con bolsillos generosos, uno de esos abrigos que duelen a la vista en el verano, pero al que en invierno, cuando el frío arrecia como sabe, damos la mayor de las consideraciones y miramos como en ocasiones, se mira a los hijos y se entiende que son una parte de nosotros mismos. Cómo nos vestimos o nos dejamos de vestir debe afectar de algún manera al modo en que escribimos. La Highsmith se sentaba en una silla dura, en el borde. Pretendía que el cuerpo padeciera para que la escritura reflejara ese dolor. No dudo que calarse una boina o forrarse el cuello con una bufanda de lana de calidad ejercerá en la escritura un influjo no apreciable en el hipotético caso de que uno, en el momento de sentarse y empezar a escribir, ande con un chándal de marca o con un traje de chaqueta o en cueros vivos, que es la forma idónea para escribir sin la trabazón de lo textil, como si lo escrito viniese en tromba, revelado por una entidad superior con la que acabas de entablar un diálogo secreto, telúricamente. Víctor Hugo escribía desnudo, lo cual no es un pensamiento agradable al leer Los miserables, ni (tal vez) oriente su trama o la influencie de algún arcano modo. Quizá siempre exista esa intimidad entre lo que no conocemos y uno mismo y no haya procedimiento que la manifieste. Se ha escrito mucho sobre los estímulos creativos, sobre ese momento sublime en que se produce el rapto, la venida del estro, esa especie de iluminación festiva y abrasadora en la que las palabras fluyen y quien escribe, lo haga como lo haga, cree estar en posesión de la llama de la verdad y de las razones últimas del universo. No sé si se habrá escrito mucho sobre cómo nos vestimos para escribir. Si conviene cierta extravagancia. No la clásica, la que consiste en recibir el abrazo de las musas en un bar (Joyce los cerró todos, el muy bebedor) o en la cama (Onetti escribía y soñaba o viceversa) o en una habitación cerrada completamente, sin que pudiese ingresar ninguna luz exterior, iluminada con el pudor de una lámpara únicamente (Frazer es, en ese aspecto, un maniático de primer orden). Ya digo que andamos especulando, que es un oficio muy de escritores y del que, la mayoría de las veces, no se extrae nada relevante.


A mí me fascina el Pío Baroja de la fotografía. Admiro su actitud, su entrega absoluta. Imagino que no he tenido la posibilidad de ver cómo me comporto yo cuando me siento a escribir y que, de tenerla, sentiría también algo de esa fascinación primitiva por la escritura misma, no por mí, pobre escribidor, modesto hilador de las historias, sino del acto fabuloso de crear algo donde antes no había nada. He visto a poca gente escribir. Parece un acto íntimo, confiado a lo privado, que no precisa que se divulgue. Con la lectura no hay tanto protocolo. Se lee en cualquier sitio. El lector profesional, en lo que yo aprecio, a lo que yo he visto, no ofrece resistencia a ejercer su vicio en cualquier circunstancia, por incómoda que pueda parecer. Es más, es la lectura la que hace que las circunstancias incómodas se arredren. Lee uno para no ver lo que tiene delante, se lee para que la realidad que nos circunde se desvanezca en favor de la ofrecida en lo leído. Las historias que nos rodean son sustituidas por las que buscamos en las páginas. Escribir es una lectura que uno se inventa. Uno escribe para no ver lo que tiene delante o para ver lo que no está a la vista o para convidar a lo invisible y que haga acto de presencia y anule, siquiera unos instantes, lo obvio, lo real, sea eso lo que quiera que sea. No se sabe qué habría delante de Baroja, qué deseaba censurar. Si su ropa, que no soy capaz de borrar de mi cabeza, guiaba su mano, si podríamos barojizarnos al vestirnos como él y dejar el editor del blog y coger una pluma y escribir con la letra menudita este texto. No saldría igual. Nunca salen dos textos iguales. Los podemos comparar y no hay evidencia que los hermane. Si yo ahora borrase este texto - ahora mismo, en este instante - no habría manera de que volviese a ser restituido idénticamente. Sería otro, siempre sería otro. Yo mismo, el Heráclito del río clásico, no sería tampoco el mismo. Aunque me calase una boina.


Luego están las distracciones. Hoy se escribe más distraído. Hay cosas que perturban la fluidez del texto. Está uno en más frentes y está de un modo intenso y continuo. No había entonces, cuando Baroja, móviles que a cada poco anunciaban lo que la voluntad ajena decidía. Ayer mismo, preparando trabajo, decidí apartarlo, llevarlo a otra habitación más apartada. Lo que aprecié fue una sensación nueva, nueva y agradable: la de estar verdaderamente volcado en el trabajo, sin otra preocupación que ésa, sin otro interés que finalizarlo y hacerlo concentradamente. Después, al cerrarlo, antes de salir al trabajo, miré los mensajes, las notificaciones del whatsapp, del facebook, del twitter y las llamadas entrantes no atendidas. Esa actividad, no frenética pero sí un poco mareante, me ocupó unos buenos diez minutos. Una vez zanjé esas obligaciones sociales, frías ellas, no siempre ocupadas por  el armazón del afecto, volví a sentarme en el ordenador (eran las ocho pasadas) y atendí nuevamente el móvil. Lo observé con detenimiento. Como al amigo que se abandona y al que de pronto se le concede el beneficio de la amistad y se le da reforzada y cálida y sentida. Se distrae uno, no está siempre en el tajo con la voluntad firmemente anclada al trabajo. No sé si hay manera de evitar estas frivolidades. O no lo son en absoluto y es el signo de los tiempos, el sencillo deseo de la modernidad. De hecho, suelo escribir en el móvil. Escribo donde pillo. No sabe uno dónde vendrá el deseo de registrar algo. Está bien no tener un lugar fijo en el que escribir. Tenerlos todos. 

Bird

 



De los seis músicos de jazz de la fotografía solo conozco a tres. Charlie ParkerLester Young Lennie Tristano. Debe ser a finales de los cuarenta en el famoso club Birdland. Pueden tocar Ko-Ko o On the sunny side of the street, que eran dos piezas habituales de Parker, el frontman, en sus giras por locales nobles y por tugurios de carretera. Hay una escena tristísima en Bird, la película de Clint Eastwood sobre Parker, en la que el músico pernocta en un motel infame, ideando la forma de que los bolos den más pasta y puedan pagar los vicios. Dizzy Gillespie, sin embargo, vive en una casa modesta, noble, a la que Bird acude a altas horas de la noche para que escuche una pieza que está componiendo. Dizzy le disuade, le recrimina que toque el saxo en la acera, despertando a los vecinos. Dizzy, con sus gafas de pasta, elegante en un batín satinado, es una especie de pequeño proletario del jazz, ajeno a las drogas. Parker, desgarbado, ciego, torpe, atormentado, aquejado de mil dolores pequeños, pensando en el dinero, en el jazz, en la salvación del alma por el bebop. Quizá la fotografía registre la noche que precede a la escena de la película de Eastwood. Como si todo estuviese comunicado y el aire fluyese con su síncopa. 

23.11.23

Pájaro en la luz

 

A César Rodríguez de Sepúlveda, que hoy vuela  


Empieza a clarear el día. 

La luz irrumpe a su antojo, 

toma la entera extensión del aire ,

estalla en un vértigo de colores. 

Conforta ese esplendor sin propósito, 

la evidencia limpia de que todo está en orden, el misterio antiguo del sol 

ocupando la propiedad de lo oscuro 

y toda esta limpieza primitiva y pura 

dibujando un incendio en el aire. 


Lo mira uno con ansia, con respeto, 

con sobrecogido silencio de niño. 

A veces se mira sin comprender, 

se ignoran los motivos, 

sólo cuenta el oficio de impregnarse 

de luz y dejar que bulla adentro. 

Una vez confinada, la luz surte, 

da el brío del que en ocasiones se carece. 

Es ella la que ordena los fastos del tiempo. 

Ella la que escribe y uno el que, 

fascinado, se esmera en leer. 


La vida es luz con el tiempo dentro, 

dejó escrito el poeta. 

Luz al amparo de más luz. 

Luz consecutiva y enfebrecida. 

La responsabilidad de la poesía 

es registrar la biografía de la luz. 

Lo oscuro es un incidente de la trama. 

Todo puro y mío. Vibra en mi pecho, 

esplende un clamor de sol en los árboles; 

un festejo, el cielo. Es pálpito la palabra, 

fluido y pálpito; un abrazo de amor, su eco. 


Cruza un pájaro el cielo 

más próximo a mi corazón extasiado. 

Parece el único pájaro del mundo. 

Sus alas festejan el vuelo. 

Las bate con el entusiasmo de las cosas 

que se hacen por primera vez. 

Su determinación es la mía 

al trazar con mi mirada 

sus requiebros en el aire. 

Se pierde el pájaro en la distancia 

con una coherencia cartesiana. 


Está el azul recio, sólido casi, 

y de pronto ya no es ni azul, 

es nada más que un brochazo 

pequeño y nervioso y frágil. 

El azul del cielo lo arrulla mientras se aleja. 

A lo lejos se oye bullir la ciudad. 

Se despierta con morosa obediencia. 

No la miro como si fuese una pertenencia mía. Temo que el encantamiento se diluya 

y la claridad decaiga. 

El cielo es una clausura sin término. 

Un festín de ojos es el aire. 

22.11.23

Fobia parte 2 / Panfobia

 

Miedo a todo. Miedo a lo impreciso, a lo desconocido. Es quebranto sutilísimo, pero persistente. Se teme cualquier arrimo de información de la que no se tenga manejo previo. Miedo a lo previsible y a lo imprevisible. Miedo al decaimiento del sistema bursátil. Miedo a todo lo catalán. Miedo a las espátulas., Miedo a la crema de langosta. Miedo a sentirse defraudado. Miedo a un solo de guitarra de Jeff Beck. Miedo a los saltos sinápticos. Miedo al sonido cuadrafónico. Miedo a un disco de Zappa del 73. Miedo a las banderas sin el color negro. Miedo a las soluciones salomónicas. Miedo al vacío existencial. Miedo a la contracepción. Miedo a los lagartos de Komodo. Miedo a las geishas. Miedo a Peter Pan. Miedo a las palabras sobresdrújulas. Miedo a Federico Jiménez Losantos. Qué bien me lo estoy pasando. Miedo al Mayflower atracando en la tierra prometida. Miedo a la deriva continental. Miedo al Kraken. Miedo a las admoniciones del augur. Miedo al grito de guerra de los comanches. Miedo a las psicofonías. Miedo a las tardes sin música de cámara. Miedo a las concubinas egipcias. Miedo a las gárgolas. Miedo a los cardenales a punto de elegir al Nuevo Papa del Orbe. Me van a permitir, oh amables lectores, que me explaye. Miedo a la literatura rusa del siglo XIX. Miedo al bioterrorisno. Miedo al catón. Miedo al surrealismo culinario. Miedo al moralismo de nubes negras. Miedo a las industrias abstractas. Miedo al viento septentrional. Miedo a las parrafadas de Woody Allen. Miedo al pelo púbico femenino. Miedo febril. Miedo pulcro. Miedo fiero. Miedo a las listas interminables. Miedo a la lactosa. Miedo al índice de precios al consumo. Miedo al Black Power. Miedo al Capitán Trueno. Miedo a la música de Philip Glass. Miedo a las alcahuetas. Miedo a las confituras de melocotón. Miedo a las alturas celestiales. Miedo a todo lo visible y lo invisible. Miedo a la posibilidad de que no debamos sentir verdaderamente tanto miedo. Miedo a las construcciones aeroespaciales. Miedo a la poesía bucólica. Miedo al padrenuestro. Miedo a Andy Warhol. Miedo a los estajanovistas. Miedo a todos los hijos de la patria. Miedo al streaming. Miedo al caos. Miedo a los domingos por la mañana. Miedo a Corea del Norte. Miedo a Ciudad Juárez. Miedo al vientre de alquiler. Miedo al pedo propio y sinfónico. Miedo a la ortografía. Miedo al ayer que todo lo ocupa. Miedo al porvenir que todo lo ocupa. Miedo al nueve. Miedo a las cinco menos cuarto. Miedo a los obesos. Miedo a las frígidas. Miedo a los naufragios. Miedo al sol. Miedo al siglo X. Miedo a los samuráis. Miedo a los pleitos pequeños. Miedo a James Rhodes. Miedo a las jirafas desencantadas. Miedo a la cúpula de Interior. Miedo a las majaderías Miedo al suicidio. Miedo a Erich Fromm. Miedo al catastro municipal. Miedo a las culebras. Miedo a las mentiras. Miedo a los heraldos del caos. Miedo a los barbilampiños sindicados. Miedo a los rancios prematuras. Miedo a los hijos que tocan el clavicordio. Miedo a los actos sacramentales. Miedo a los padres de Karlheinz Stockhausen. Miedo a la mafia calabresa. Miedo a las hamburguesas. Miedo al polen. Miedo a la pulcritud. Miedo al desencanto. Miedo a las ovejas merinas. Miedo al café torrefacto. Miedo a las hordas bárbaras. Miedo a la jurisprudencia. Miedo a los virus. Miedo a los anuncios de cremas faciales. Miedo a los tantos por ciento. Miedo a la aurora. Miedo a William Faulkner. Miedo a la gracia del espíritu santo. Miedo a los amplificadores de válvulas. Miedo a los grafólogos. Miedo a la lírica. Miedo a los Presupuestos Generales del Estado. Miedo a los correctores de estilo. Miedo a las conferencias de paz. Miedo a los adjetivos comparativos de superioridad. Miedo a las ecuaciones de segundo grado. Miedo a la puta madre que parió al miedo. Me estoy poniendo las botas, señoras y señores. Miedo al jersey de cuello vuelto. Miedo a la prensa. Miedo a los crápulas. Miedo a los salones versallescos. Miedo a los vinos criados en barrica de roble americano. Miedo a las resacas. Miedo al avemaría. Miedo a los cuadros de Pollock. Miedo a las verdades del barquero. Miedo a las propinas. Miedo a la misa de doce. Miedo al purgatorio. Miedo a la historia del hombre que subió a una montaña siendo un hombre y nunca bajó y no sabemos dónde está, en fin. Miedo a las series de Antena 3. Miedo a los limpios de espíritu. Miedo a las muchachas cacereñas que escuchan blues. Miedo a los atribulados. Miedo a los felones. Miedo a los barcos que llegan a puerto y tienen que ser puestos en cuarentena. Miedo a la sensación de que nos están vigilando. Miedo a que nuestros hijos no aprueben un parcial de Matemáticas. Miedo al polvo. Miedo sideral. Miedo al do sostenido. Miedo metalúrgico. Miedo semántico. Miedo a los decálogos. Mirdo Miedo a la estulticia. Estoy entrando en otra dimensión del miedo. Miedo a los geriátricos. Miedo espectral. Miedo dodecafónico. Miedo al Sole en de Baudelaire. Miedo geológico. Miedo teológico. Miedo ancestral. Miedo infinitesimal. Miedo a lo teutón. Miedo a las películas de submarinos. Miedo a Bette Davis. Miedo a que se me olvide el nombre de la primera novia, ah la primera novia. Miedo a todas las formas de injusticia. Miedo a los estros. Miedo al minimalismo. Miedo al estado de Arkansas. Miedo a los prospectos de los medicamentos. Miedo a las exequias. Miedo a los preceptos. Miedo al polen. Miedo al mirar avieso. Miedo a los concejales de urbanismo. Miedo al fluir de las sombras. Miedo a todos los hijos de San Luis. Miedo a los tabernáculos. Miedo a las infamias. Miedo a las libertinas. Miedo a las mojigatas. Miedo a que se me pare el reloj. Miedo a que no sepa parar este texto, Miedo a que a lata de cerveza no esté fría del todo. Miedo a los mencheviques. Miedo a las huestes ciegas. Miedo a toda las homilías de todos los párrocos de todo el mundo. Miedo al teatro del absurdo. Miedo a los hoteles de cinco estrellas en páramos lejanos. Miedo a las camas con dosel. Miedo a las bases de datos. Miedo al Congo Belga. Miedo a que se me explote un soneto en el pecho. Miedo a tener un desvanecimiento estético. Miedo a no tenerlo. Miedo al tráfico de estupefacientes. Miedo al comunismo. Miedo a la tarjeta sanitaria. Miedo infinito. Miedo al número pi. Miedo a las locuciones preposicionales. Miedo al ciclo de Krebs. Miedo a los viajes en el tiempo. Miedo a los burocracia. Miedo a los jefes. Miedo brutal. Miedo espasmódico. Miedo al septentrión. Miedo a las pandemias. Miedo a todos los sonetistas. Miedo a los números impares. Miedo a la música de los países andinos. Miedo a la feria de mi pueblo. Miedo a la ubre ubérrima. Miedo a la estatua ecuestre.  Miedo al general Custer. Miedo a las crónicas de sociedad. Miedo al Vía Crucis. Miedo a la impedancia óhmica. Miedo a los reveses. Miedo a los daltónicos. Miedo a los flujos vaginales. Miedo al circo. Miedo a la poesía renacentista. Miedo a ser castrado. Miedo a morir. Miedo a que te duela el pie izquierdo. Miedo a que sangrar por la naríz. Miedo a las puertas abiertas. Miedo a las palabras de más de cuatro sílabas. Miedo a las niñas con coletas. Miedo a los grandes problemas del mundo. Miedo a que se te conceda un deseo y luego te arrepientas muchísimo de haberlo pedido. Miedo a San Agustín. Miedo a la literatura naïf. Miedo al insomnio. Miedo a que no vuelvas a ver ninguna película de Hitchcock. Miedo a la letra q. Miedo a las cartillas de racionamiento. Miedo a que te abduzcan seres de una galaxia muy lejana. Miedo al oro de Moscú. Miedo a que me conozcan de verdad. Miedo a que nadie sea sincero. Miedo a que tu ordenador no reconozca tu lápiz de 32 gigas. Miedo a Humbert Humbert. Miedo a Emilio Calvo de Mora Villar. Miedo al veneno. Miedo a la brutalidad policial. Miedo a los exponentes. Miedo a Standards and Poors. Miedo a los ríos. Miedo a los frikis. Miedo a la lencería fina. Miedo al coito. Miedo al frío absoluto. Miedo a no tener un hijo registrador de la propiedad. Miedo al torrencialismo verbal. Miedo a tener un elucubrante en la familia. Miedo al darwinismo. Miedo a las raíces cuadradas. Miedo al dodecafonismo búlgaro. Miedo a la peste bubónica. Miedo a los gongoristas mediopensionistas. Miedo a las valquirias. Miedo a los reduccionistas. Miedo a los terraplanistas indecisos. Miedo a la eurozona. Miedo al tremendismo. Miedo a los ecosistemas digitales. Miedo a las geishas. Miedo a la contaminación acústica. Miedo a tener un síndrome. Miedo a que no haya wifi. Miedo a que la cuenta del restaurante sea excesiva. Miedo a que no terminen de leer este texto, ah amigos. Miedo a que el mundo sea un capricho de un dios rudimentario, frívolo, grotesco. Miedo al gol 345 de Lionel Messi, ese soso. Miedo a los generadores de contenido. Miedo a los amigos de lo ajeno. Miedo a todos los discos de Amancio Prada. Miedo a los viajes en bicicleta por la Patagonia. Miedo a la quimioterapia. Miedo a que se te acabe la batería del móvil. Miedo a ser insensible. Miedo a los psicotrópicos. Miedo a la estulticia. Miedo al ruido. Miedo a que Dios exista. Miedo a que tu mejor amigo sea zurdo. Miedo a que el interior del alma humana sea insondable. Miedo a los elefantes en celo. Miedo a los preliminares. Miedo al civismo. Miedo al dolor. Miedo a la fe. Miedo a Keynes. Miedo a Buda. Miedo a los autobuses de línea. Miedo al limbo. Miedo a la cara de Joseph Ratinzger. Miedo al sueño en el que mueres. Miedo a la inmundicia. Miedo a que se te aparezca un hada madrina. Miedo a los hermanos Karamazov. Miedo a la kryptonita. Miedo a las palabras que acaban en sufijos. Miedo a los libros baratos. Miedo a la cimitarra de hierro. Miedo a las catervas de alucinados. Miedo a los incunables. Miedo a que no tenga mañana recuerdo alguno. Miedo a que no pueda parar de escribir, en serio. Miedo a que se me aparezcan todos mis antepasados y me increpen. Miedo a confesarme. Miedo a la liturgia. Miedo a los caballos que bailan. Miedo a los boletínes oficiales del Estado. Miedo a las ocho y cinco de la mañana. Miedo a las palabras que empiezan con tilde. Miedo a que se vaya la luz. Miedo a las sombras. Miedo a los despertadores marca Sanyo. Miedo a los routers. Miedo a la templanza. Miedo a que todavía haya alguien que esté ahí, a pie de texto, leyendo toda esta bruma sináptica. Miedo a que me ignoren. Miedo a que me insulten. Miedo a que vituperen. Miedo a que me miren. Miedo a que no vuelva a escuchar jazz. Miedo a los libros de caballería. Miedo al latín. Miedo a la prima de riesgo. Miedo a que se me está yendo la cabeza, ah amigos. Miedo a la inercia. Miedo a la morosidad. Miedo a los secretos. Miedo a la torpeza. Miedo a la eyaculación pre. Miedo a la isolofobia. Miedo a que mi iphone falle. Miedo a que mi ipad falle. Miedo a que mi apple tv falle. Miedo a las películas de la Hammer. Miedo al bluetooth. Miedo al spam. Miedo al chancro exantemático. Miedo a la svástica. Miedo a los villancicos. Miedo a los discos de Sinatra en la Capitol. Miedo a los olores corporales. Miedo a la cirugía dental. Miedo a los espasmos. Miedo a los paseos por los bosques. Miedo a Laponia. Miedo a los pectorales de Josemari Aznar. Miedo a las lenguas de doble filo. Miedo a los espárragos peruanos. Miedo a los axiomas. Miedo a la vida eterna. Miedo a la caligrafía. Miedo a Bo Derek. Miedo a los payasos de la tele. Miedo a las nubes. Miedo al hombre del saco. Miedo a Stephen King. Miedo a la mercadotecnica. Miedo a la cadena Dial. Miedo a los poemas de Alberti. Miedo a la música de La Casa de la Pradera. Miedo al vértigo. Miedo al tifus. Miedo a la virginidad. Miedo a la promiscuidad. Miedo a los fascículos de Félix Rodríguez de La Fuente. Miedo a los exámenes de verano. Miedo al ciclo de Krebs. Miedo a las metáforas. Miedo a los ojos de Fernando Savater. Miedo a los chistes malos. Miedo a los textos evangélicos. Miedo a las crónicas bélicas. Miedo a los dioses griegos. Miedo al talibanismo. Miedo a dormir mucho. Miedo a vivir poco. Miedo a que se me esté cayendo el pelo. Miedo a que no se me caiga. Miedo a los percusionistas kurdos. Miedo a los ejecutivos. Miedo a Belén Esteban. Miedo a Belén Esteban. Miedo al big bang. Miedo a las saturnales. Miedo a las oligarquías. Miedo al éter cósmico. Miedo a la cara estragada de Ezea Pound. Miedo al grisú. Miedo al diletantismo. Miedo a lo cáustico. Miedo a la última copa. Miedo a las peregrinaciones. Miedo a los edecanes. Miedo al hueco del ascensor. Miedo a las virgenes de Sumatra. Miedo a los funámbulos. Miedo a las altas esferas. Miedo s las cunas de la aristocracia. Miedo a los días sin Charlie Parker. Miedo a la periferia. Miedo al heliocentrismo. Miedo al fuego fatuo. Miedo al domingo pasado. Miedo al gong. Miedo a las cosas telúricas. Miedo a las cosas plúmbeas. Miedo a las cosas subrepticias. Miedo a las cosas primitivas. Miedo a las mancuernas. Miedo a los alambiques. Miedo a las brújulas. Miedo a los agrimensores. Miedo a lis iconoclasta. Miedo a los terratenientes. Miedo a los abogados matrimonialistas. Miedo a los juegos florales. Miedo a los jugadores de cricket. Miedo a las actrices porno muertas en 1967. Miedo a las gotas de rocío. Miedo a la inflexión de voz. Miedo a los saberes básicos. Miedo a las rúbricas. Miedo a los Castro. Miedo a la ingeniería genética. Miedo al estrabismo. Miedo a la cirugía maxilofacial. Miedo al limbo. Miedo al beso de Judas. Miedo a las ruinas. Miedo a las cuajadas. Miedo a los párrafos largos. Miedo a las lenguas de gato. Miedo al presente. Miedo al gobierno en las sombras. Miedo al obispo de Monforte de Lemos. Miedo a la curia entera. Miedo a los letraheridos. Miedo a la abstinencia. Miedo al rock and roll en la plaza del pueblo. Miedo a Lola Gaos. Miedo al infierno. Miedo a los vendedores de burkas. Miedo a las tornadizas ocurrencias del ánimo. Miedo a la posibilidad de que lo trágico nos ronde. Miedo a la liturgia en las grandes iglesias. Miedo a los padres de la patria. Miedo a los pastores del alma. Miedo a los vindicantes. Miedo a los heridos por la luz. Miedos a los que cuentan sus sueños. Miedo a los que hablan fríamente de sus pasiones. Miedo a los huidizos. Miedo a los noctámbulos. Miedo a los que rezan con los ojos cerrados. Miedo a los que nombran a Dios en vano. Miedo a los que prefieren lo bueno conocido. Miedo a los que lastiman a los que aman. Miedo a los bienaventurados. Miedos a los cainitas. Miedo sin motivo. Miedo al miedo. 



Mimosa o algo

 Tengo mi novela en un disco duro. Su trama fue urdida en días, pero tardé años en acabarla. La han leído tres personas, tres amigos: Pedro ...