27.2.12

Son los muertos los que hablan



Yo no soy el muerto ni uno de los polis que observan el cadáver. Yo soy uno de los que están arriba, en el puente, contemplando uno de esos episodios que amenizan las mañanas de niebla en la ciudad. Soy el que mira porque he visto esta escena muchas veces a lo largo de mi vida. Sé lo que pasó antes y casi tengo la certeza de que sé lo que va a pasar a después. Suele costar más trabajo terminar la trama que abrirla. Alguna vez he comprobado lo fácil que es inventar una historia y el pánico que te entra cuando necesitas cerrarla, pero lo que amo del cine negro, del que se desprende de esta fotografía canónica, es la épica que atesoran esas tramas y no cómo concluyen. Se aferra uno al solemne espectáculo de la fatalidad ajena durante un par de horas. Ve muertos desde una distancia a la que no alcanza el hedor ni en donde es posible otro vínculo que no sea el meramente narrativo, el de alimentar la ancestral adicción a que nos informen de lo que pasa afuera y a veces incluso, en grados muy extremos de enganche, a que nos cuenten qué sucede dentro de nosotros mismos. Porque las imágenes, en el buen cine, en la buena literatura, ya estaban dentro y el autor lo único que hace es liberarlas. Los muertos les hablan a los vivos. Les muestran el camino. A lo que se va a enfrentar antes de dejar de enfrentarse a todo. La literatura, toda entera, es un hermoso acto fúnebre. Posee su pedagogía y alcanza cimas de hondura moral y de desparpajo estético absolutamente imprescindibles. Lo que fascina de esta fotografía, de la que no poseo referencia alguna, es lo familiar que nos resulta. Como si estuviésemos arriba, en el puente, mirando, buscando una señal que nos abra la primera de línea del texto de la historia que estamos deseando que nos cuenten. La del muerto.

25.2.12

Un refugio
















Uno vive de estas cosas. De Kaplan en el monte Rushmore. Del maizal con el avión persiguiéndole. De la música de Bernard Hermann en los créditos canónicos. El cine es un refugio, ¿verdad, Rafa?

El crepúsculo de todos los dioses




Del cine se extrae la romántica idea de que se puede morir por amor y hasta matar por amor. Luego la realidad malogra el romanticismo, cancela su proyecto de vida.. Pero se deja uno llevar por el más fascinante de los vértigos: la ficción. Aceptamos crímenes terribles, nos aferramos a la legitimidad de que podamos ser engañados, conducidos a un territorio peligroso, pero del que podemos escapar siempre que lo deseemos. Agracedemos que nos manipulen. Que haya quien se arrogue ese rol perverso y se obstine en formular las ficciones en las que no sentimos (en ocasiones) más vivos que en la propia realidad.

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23.2.12

La peste




Paradójicamente, mucho de lo que sé de los dictadores proviene de los gags que los cómicos inventan para ridiculizarlos. Se convence uno de que la vía más inteligente para no encabronarse en demasía sale del humor. En ocasiones no se precisa el concurso de un humorista sino que es el propio dictador el que provoca que se tome todo lo que sale de su persona a chota, pero los muertos alfombran las avenidas y al pueblo lo diezma su tiranía. En esa balanza el humor sale siempre perdiendo. Las demás cosas que sé de los dictadores las adquiero involuntariamente. No existe un deseo de alcanzar un conocimiento. No busca uno en el google el ránking de países en donde se vulnera con más ahínco la carta de los derechos humanos. No entra en mi planes de ocio leer biografías desejemplarizantes o sentarme frente a la pantalla y ver un biopic sobre un tirano bananero o un reyezuelo del trópico.  Sigue leyendo en Barra Libre...

22.2.12

Soul







Este prodigio de cartelería ya no se lleva. Es posible que la actual, en el futuro, despierte idénticas pasiones que ésta, pero sostengo la teoría de que antaño había un mimo y un embeleso en el trabajo que ahora se confía a los atajos del photoshop o a la aburguesada creatividad que proporciona un buen procesador y una pantalla lo suficientemente estratosférica como para deslumbrar a cualquiera y destrozar a golpe de pixel y de alta definición el romanticismo y la artesanía que destilan los carteles de arriba. Luego está el plantel de invitados. Piensa uno, ebrio de envidia, que hubo gente que asistió a esos maratones de soul o de rhythm and blues y que bailaron hasta que aulló la luna en el cielo. Ahora hay fiestas en donde el personal brinca y goza como entonces. Nada que objetar y, por supuesto, nada que aportar en el hipotético round entre la música de los cincuenta, pongo por caso, y la de este siglo XXI recién alumbrado y ya convulso y enfebrecido como decía el cambalache porteño, pero el elenco en el Memorial Auditorium de Chattanooga, Tennessee y en el Boston Arena era para merecer después el cielo y hacer bailar a todos los santos. Las Atracciones Supersónicas de 1.959 presididas por Sam Cooke y las Estrellas encabezadas por Otis Redding me tienen esta noche aquí, en mi casa de Lucena, descansado de la canícula sureña (hoy ha sido un día perfecto en ese sentido) pensando en alguna máquina del tiempo, en el DeLorean de Martin McFly, en H.G. Wells, en toda la ciencia-ficción que pueda meterme en vena para lograr el milagro y perderme entre el público con la satisfacción de estar asistiendo a un espectáculo único. Ya que no puedo ir de concierto siempre que me apetece (obligaciones de todo tipo secuestran mis vicios y los narcotizan a base de pastillas de responsabilidad) me quedo en Chattanooga, en Boston, cantando con Jackie Wilson o enamorándome con la voz quebradiza y eterna de Percy Sledge

16.2.12

Meterse en la cabeza de Keith Richards durante un par de horas



Meterse en las cabezas de otras personas es una aventura comparable a la de observar cómo alguien se mete en la nuestra. Uno es lector de lo ajeno y escritor de lo suyo. Lo de entrar dentro de una cabeza no es una cosa que deba tomarse a la ligera pues entraña riesgos enormes de los que no siempre se sale ileso. He visto gente entrar en la cabeza de alguien a quien ama y no salir nunca más. Sé que están ahí, agazapados, imitando al huésped que lo acoge, siendo de un modo arbitrario pero previsible el otro, el invadido. He perdido amigos estupendos cuando se han obcecado en entrar en la cabeza de un filósofo nihilista o de un novelista de serie negra. Se puede albergar a otro y no percibirlo en la misma medida en que se puede estar dentro de alguien sin que el agresor lo advierta. Porque no hay quien me quite que eso de entrar y salir (a veces) de la cabeza del prójimo es una agresión, una que no es tipificada en el código penal y de la que se tiene siempre una información muy sesgada, como si fuese cosa de psicólogos argentinos o de zumbados con incontinencia verbal.

Conviene, sobre todo, saber en dónde se mete uno, eso en el hipotético caso de que de verdad se desee salir del confort del propio mapa sináptico para ingresar (por una temporada o definitivamente) en otro que, por obra del azar, del amor o de la conjunción de algunos astros en la trama celeste, nos ha parecido ideal y se amolda formidablemente a nuestros más íntimos anhelos. Un anhelo que no cuaja es un quebranto que no se cura. Es preciso, no obstante, dejar aquí, en plan confidencia más o menos banal, una serie de advertencias por si el amable lector tiene en mente viajar a una señora con la que se tropieza todos los dias en el rellano de la escalera y ve más feliz a cada día que pasa o hacer residencia en la esposa o en el marido propio y así relajarse y dejar que sea el otro el que lleve las riendas de la casa y la educación de los hijos.

Si penetras en un registrador de la propiedad ves después la realidad como una inmensa finca de la que el catastro no tiene información censada. Si te da por meterte en la cabeza de un obispo puedes no solo comprender la naturaleza misma de la fe en Dios sino que pasas directamente al selecto grupo de ciudadanos que confían enteramente en la salvación del alma y la vida en un mundo futuro, amén. El paroxismo turístico consiste en ir de cabeza en cabeza, libando aquí y allá como una alegre abejilla en un prado recién bendecido por la primavera.

Yo mismo, por entender mejor de lo que se va escribiendo, probé ayer  penetrar en cabeza ajena y he de manifestar la desigual fortuna de esa travesía. Al principio me puse en lugar de un amigo al que acaba de dejar la mujer. No es lo mismo sentir empatía que convertirse en el otro completamente, pero no digan que no es un buen paso. Lo malo es que la empatía me condujo hacia la solidaridad completa, sin que yo pudiese frenar el avance inexorable de mis sentimientos, que empezaron siendo tiernos y moldeables, como los de un niño que todavía escucha a su madre y la respeta, y terminaron asalvajados, comidos de una fiebre y de una ira que no conocía y que me dieron auténtico miedo. Mi amigo, el abandonado, resulto ser un hijo de la gran puta, oh atento lector. Fascinado por la violencia recién instalada en mi alma, anduve una mañana entera por el centro de la ciudad, mirando con asco a las parejas que iban de la mano o insultando al viandante más a mano a poco que me obstruyera el paso en una acera o me robara la plaza de aparcamiento. Peor, en fin, hubiese sido perderse en la cabeza de un suicida y estar dentro en el momento en que abre la espita del gas.

Cansado de este comportamiento casi delictivo entré en una iglesia y me senté en un banco cerca del altar. Se me acercó el párroco y me entusiasmé con la idea de entrar en su cabeza y ver cómo libraba la batalla de las almas. Dentro de un párroco de iglesia hay un vértigo de evangelios bullendo como un loco enjambre de metáforas. Asombra la generosidad con la que el vicario despacha los asuntos del espíritu y la intransigencia con la que gobierna los de la carne. Siendo yo criatura sensible a la voluntad de la carne, inclinado a no contradecir al instinto y creativo en materia lúbrica, abandoné el cautiverio espiritual del padre y volé a otro refugio en la creencia de que allí hallaría un pequeño respiro, un alto en el ajetreo reciente. Caí en la cuenta de que una cabeza ajena es un laberinto. Incluso la cabeza más pequeña, la de menor rango en el escalafón de las nobles e innobles cabezas del mundo, es un laberinto al que se le debe, al menos, un respeto. Algunos exigen peajes bien altos. Hay quien ha entrado en alguno y no ha vuelto a salir a pesar de desearlo y de saber incluso cómo hacerlo. Uno de los más terribles es el que poseen los políticos. Entrar en la cabeza de un político es un cáncer que te va atropellando y que te hunde sin pudor ni misericordia alguna.

Tuve un amigo que entró en la mente de un concejal de su pueblo, miren ustedes a lo poco a lo que aspiró, y perdió la cordura. El ayuntamiento le ha encontrado un sueldo en base a no sé qué convenio sindical del que él jamás tuvo noticia. Es una pena verlo desdecirse de continuo, entrar en marrullerías dialécticas con la oposición (sobra decir que el partido del susodicho concejal está al mando del municipio) y despotricar contra las dictaduras y los fascismos sin que, escuchado con cautela, sepa de qué está hablando. He llegado a la conclusión de que mi amigo ha asimilado la melodía e incluso ha aprendido el texto, pero es incapaz de pensar lo que dice, de hacerlo suyo y venderlo a los demás como propio.

Uno de los casos más sobresalientes es el de que aloja a otro sin que él mismo sea anfitrión de quien hospeda. O el que aloja a más de un inquilino. O el sujeto vacío, liberado de sí mismo y de los demás. Hay quien estudia con esmero esta casuística y publica estudios en revistas especializadas. De tiempo en tiempo se reúnen en hoteles a pie de playa, cuentan cómo les ha ido, consumen nobles elixires de las altas montañas de Escocia y se lamen sus verbos a costa del erario público. K. sostiene que él jamás ha sido invadido por nadie. Que posee estrictos cortafuegos mentales. Yo no tengo nada claro y discrepo de que él sí lo tenga. Quizá sea K. el que esté dentro de mi cabeza y yo, ajeno a su jugada, viva tan feliz, ilusionado con la idea de que soy un búnker o una de esas aristocráticas habitaciones del pánico.

A fuerza de entrar y salir de la gente, uno gana en destreza y el sujeto al que se aborda no se percata de que tiene un cuerpo extraño dentro del suyo. No existe certeza de que hable uno mismo o sea otro el que habla por nosotros. Hay ocasiones en las que el cuerpo externo no se integra pacíficamente sino que se entabla una fricción de la que no siempre sale un vencedor y un vencido. El terrible dolor de cabeza que no me ha dejado en todo el día tal vez sea producto de esa batalla interior. Albergo dudas razonables de que este texto lo escriba K. y no yo. Quizá sea mejor de esta manera. Me encantaría ser Keith Richards. Por lo menos un par de horas. Si no me deja salir, despedidme de los míos. Decidle que he visto al padre de Keith ahí adentro. Que somos ya buenos amigos.

15.2.12

El gran Buster Keaton reclama su vaca desde el más allá



 1
A veces las caras de los cómicos son las más tristes. Quizá por eso sean los actores de más hondura dramática, los que de verdad alcanzan más nobles cotas en sus registros interpretativos. Aceptamos sin chistar que hacer reír  cuesta más que provocar el llanto. Curiosamente los grandes actores (y actrices, no se me agiten los puristas de la ortodoxia) suelen venir de la alta tragedia, de un Shakespeare sin rebaje léxico o de un método de estudio cincelado en el escenario de un teatro, alejado de las cámaras de cine. Al actor serio le cuesta más convertirse en cómico que al contrario. Análogamente, el poeta es capaz de hacer una novela (porque domina los registros de la lengua y sabe los mecanismos de su hálito interno) pero el novelista difícilmente escribirá un libro de poemas.

2
Quizá Buster Keaton no hubiese sido el actor impasible, el rostro granítico, si las bombas no le hubiesen dejado sordo de un oído en las postrimerías de la Primera Gran Guerra. Nunca sabemos qué hace que seamos lo que somos. De un modo absolutamente incomprensible, de escaso afecto a las leyes de la lógica, se nos etiqueta a poco que nos descuidemos. Se es un payaso a pesar de tener la cara de Buster Keaton. Es más: Buster Keaton es un obrero de la risa ajena por tener la cara que tiene. Porque el ingenio maquina adentra sus cosas y el rostro solo contribuye a la plasticidad de su ejecución, al torpe aliño de gestos que a veces se interpone entre la idea y su rendición al público.

 3
Tuve un amigo de fácil contento etílico que jamás pilló una cogorza y al que, sin embargo, bien a su pesar, siempre se le arrimó al más que innoble bando de los borrachos. Otros bebían como cosacos sin que se les trabucase el habla ni se torciera un centímetro su andar recto. Basta descocarse en una noche de farra para que se incruste en la memoria colectiva, ésa que se fragua con los rumores y que jamás decrece con el tiempo, la idea de que uno es un crápula, un juerguista, uno de esos amigos de la barra, un cierrabares, en fin, un individuo poco recomendable. Siempre sospecha uno que hay un momento en la historia personal, en la biografía privada, en el que una bomba te anula un oído y hace que el gesto se te agríe, aunque en el fondo del alma seas un cachondo y la jarana no falte allá donde andes. Todos tenemos nuestra bomba particular. Hay un Keaton en el interior que pugna por expresarse. La cara pétrea con la que saludamos al día (porque hay días que no merecen otra, ustedes entenderán) expresa una batalla enorme por plantar otra. Una alegre, distendida, que en absoluto enseñe la porción de alma atormentada que todos tenemos. Una que no sea en absoluto transparente. La de Keaton es un mapa despejado de nubes. Un libro abierto. Un alfabeto reconocible de penurias y de baches a lo largo del camino. Pero luego está el otro, el Keaton resuelto en gags, la providencia catártica de la risa imponiendo su fuerza sobre los ejércitos de la tristeza.

4
Uno es de Borges o del Madrid por alguna circunstancia imposible de argumentar, que apela al instinto o recurre al azar. Conozco gente de firmes creencias religiosas de las podríamos extraer también momentos sensibles que les hicieron inclinarse por la fe en lugar de ignorarla o darla abiertamente de lado. También a quienes otro de esos momentos trascendentes (inasequibles a la razón) les hizo ajeno a las enseñanzas de la pasión religiosa. El mismo amor también es presa de estos caprichos del azar. No hay quien lo explique. No existen prontuarios que muestren cómo domesticarlo, aprehenderlo, razonarlo al punto de entender las causas que lo mueven y las que lo arruinan. Inevitablemente somos la suma de instantes que no nos pertenecen. A Keaton una bomba le malogró un oído y quién sabe si le hizo perder el dominio de los miles de músculos que gobiernan la cara. Quizá sea ésa la causa (hoy es el post de las causas difíciles) por la que anduvo siempre con esa expresión granítica, de fondo avinagrado y adusto, como si le debieran la vida y solo fuese un mal zombi que reclama sus derechos. El pobre Keaton, del que ya nadie se acuerda, sin un Alberti que le componga junto a su vaca en un prado de libro de poemas. Keaton, el de piedra, reclamando su vaca surrealista desde el más allá. Sin decir ni mu. Mi vaca. Que me la den. Son ustedes muy desagradecidos. Después de todos los buenos ratos que les di. Pero qué público más incivil tengo.

13.2.12

Uno de los míos



No creo que haya otro director vivo que merezca ocupar la luna de Méliès, que es como la luna del cine. Hay algunos que merecerían ese honor selenita, pero yo me quedo con Martin. Contando con que ha hecho cosas infumables, indignas del genio que tiene dentro, todavía me quedo con sus gafas de pasta y con sus cejas superlativas, con ese amor al cine que se entrevé incluso sin que uno sepa mucho de cine ni esté al tanto de las cosas con las que los cinéfilos pata negra evalúan los méritos de los directores o la valía de una película. Yo he sido feliz más horas con Scorsese que con mucha gente a la que veo a diario y con la que comparto una parte considerable de mi vida. Malas calles. Taxi driver. El último vals. Uno de los nuestros. Toro salvaje. El cabo del miedo. Casino. La edad de la inocencia. Infiltrados. Shutter Island. Luego está el Scorsese enamorado de los Rolling Stones, del blues y de la mente pura de un niño cuando se sienta en una butaca y permite que los adultos le cuenten una historia. No he visto La invención de Hugo. Tampoco Kundun. A todo lo demás le he dado cuerda como el niño que sabe los placeres que produce ver cómo se mueve el muñeco. Al final se detiene, pero hay magia en su desplazamiento, en el ruido que produce su avance un poco torpe, pero firme. Casi como suceden las películas y el ruido que hace el cinematógrafo cuando el proyectista acciona la palanca de arranque. Cosas que dejarán de suceder pronto. Nos invadirá la tecnología y suprimirán los modos de antaño. No soy de los que echarán en falta ese tipo de rituales. Soy de los que se limitan a dejarse invadir por los fotogramas. 24 por segundo. Scorsese, en ese negocio, está ahí arriba, en la luna de Méliès, con sus gafas de pasta y sus cejas como de cuento con ogro y final previsiblemente feliz. Pero todos sabemos que los finales felices tienen también un lado perverso. Scorsese, ahí donde lo ven, es un pájaro con mucha mala leche. Del tipo que usaba Hitchcock. Un católico con la retranca moralista de Chesterton. Un tipo viciado por la salsa italiana, su amor por las mujeres (cinco esposas, lo cual lo deja explica algunas cosas) y su vehemencia a la hora de defender el cine casi por encima de todas las hordas que lo atropellan y manipulan. Y no se confundan si graba un spot para un cava (Freixenet) o un videoclip para Michael Jakson (Bad). Lo de Hugo va en 3D. Yo no fusiono bien (dice mi optometrista de cabecera) pero igual me dejo llevar y me engancho las gafas. Por Marty. Es uno de los míos.

12.2.12

Arde Atenas, se hiela España




En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.


JAIME GIL DE BIEDMA


Y piensa uno si de verdad han cambiado los tiempos o son los mismos. El domingo de la muerte de Whitney Houston fue también el de Atenas ardiendo, el de los ERES express, el de los sindicatos movilizándose, el del Madrid ganando media liga y el domingo en el que España confirma que el invierno, en efecto, será duro. Que se adelantarán las lluvias y que el Gobierno, metido en faena, pondrá al país en el sitio que merece en Europa. Eso dicen. En eso andan. Igual les viene bien un poco de poesía. Don Jaime, recíteles unos versos.


 NOCHE TRISTE DE OCTUBRE, 1959

A Juan Marsé

Definitivamente
parece confirmarse que este invierno
que viene, será duro.

Adelantaron
las lluvias, y el Gobierno,
reunido en consejo de ministros,
no se sabe si estudia a estas horas
el subsidio de paro
o el derecho al despido,
o si sencillamente, aislado en un océano,
se limita a esperar que la tormenta pase
y llegue el día, el día en que, por fin,
las cosas dejen de venir mal dadas.

En la noche de octubre,
mientras leo entre líneas el periódico,
me he parado a escuchar el latido
del silencio en mi cuarto, las conversaciones
de los vecinos acostándose,
todos esos rumores
que recobran de pronto una vida
y un significado propio, misterioso.

Y he pensado en los miles de seres humanos,
hombres y mujeres que en este mismo instante,
con el primer escalofrío,
han vuelto a preguntarse por sus preocupaciones,
por su fatiga anticipada,
por su ansiedad para este invierno,
mientras que afuera llueve.

Por todo el litoral de Cataluña llueve
con verdadera crueldad, con humo y nubes bajas,
ennegreciendo muros,
goteando fábricas, filtrándose
en los talleres mal iluminados.
Y el agua arrastra hacia la mar semillas
incipientes, mezcladas en el barro,
árboles, zapatos cojos, utensilios
abandonados y revuelto todo
con las primeras Letras protestadas.




10.2.12

El frío es una república de lobos



1 The Tolstoi Experience
En la literatura rusa de los trenes que descarrilan en el invierno y las penurias de los escritores jóvenes a los que hieren el amor y los naipes es en donde hace frío de verdad. Uno coge al azar uno de esos libros maravillosos, tachonados de las ricas peripecias que sufre el alma, y se le hielan las manos. Con solo leer el título se aprecia el frío escalando la espalda como una lagartija salvaje.

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6.2.12

Bird




Estoy tierno. Esta noche de Charlie Parker con su corpachón negro en un traje blanco en una película del tito Clint. Esta noche nuevamente fría en la que oigo la respiración del disco duro, el cáncer viral que lo enferma. Estoy cansado. Me asomo a la ventana y veo la calle larga a izquierda y a derecha. Como ya no fumo o como ya fumo muy poco no enciendo un cigarrillo, pero no sé qué me ha hecho pensar el jodido tabaco. Estoy melancólico. Estoy pensando en todos los amigos fumadores. En todos los amigos alcohólicos. En todos los amigos de barra de bar que te cuentan minucias con la solemnidad exclusiva que da estar un punto ebrios. Con dos puntos de ebriedad las minucias se convierten en pasajes épicos. En el grado tercero, cuando la realidad es un poema de Bukowski y la voz de Jim Morrison en los Bose pequeñitos del pub suena cascada, quejumbrosa, lejana y gris, las minucias de los amigos bebidos se transforman en surrealismo oral. Estoy molesto. Me duele el mundo tal como se me está sirviendo. Duele lo invisible así que cómo no va a doler toda esta miseria visible, este caos administrado por personal en trance, que se obstina en malgastar el talento. Qué trabajo les costaría hacer bien lo que hacen al modo en que yo me empecino en hacer bien lo mío. Pero tampoco lo hago, me aferro a que va bien, a que se puede enseñar el trabajo realizado hasta que lo miro de cerca y advierto los errores, la falla tectónica del alma, todo ese grumo inservible que se ha ido construyendo sin nuestro consentimiento. Quizá por eso no soy político. Porque sólo sé enseñar inglés y ni siquiera tengo la certeza de que sirva verdaderamente para algo la entrega diaria, el trasiego de verbos irregulares, toda la fonética hermosa de Milton, las letras de Leonard Cohen, la solemne Suzanne por los ríos y la frívola Molly del Ob-la-di Ob-la-da life goes on, yeah, life goes on. Me gustaría vivir en una película de Tati. Estoy espeso. Noto las palabras hacia adentro, quemándome. Palabras que me conmueven. Pessoa quería casarse con la hija de una lavandera y seguir fumando. Le dejarían unos fragmentos de metafísica. Paseos por Lisboa. Nada relevante. Pessoa se despierta inconcebiblemente humano a sabiendas de que la realidad puede convencerle de ser justo lo contrario. Pessoa se acuesta solo en un cuartucho alquilado a la vera del Tajo. Piensa en Dios y piensa en la esencia de lo divino y en la incomodidad de manejar argumentos tan trascendentes en mitad de la noche, en una habitación austera como un ministerio de Rajoy , en un edificio sin alardes arquitectónicos, tirando a gris entre edificios grises, a la vera del Tajo. Pienso esta noche de Charlie Parker con orquesta, en Pessoa y en todos esos amigos a los que ya no veo y que sé que aprecio todavía. Imagino que de noche, en ocasiones, según les fatigue mucho o poco o nada el día, se sientan frente a la pantalla del ordenador y buscan información sobre cómo va el mundo. No darán con esta página con facilidad. Ni siquiera es bueno que sepan de mí de una forma tan artificial. Escribir es contarse uno a sí mismo, pero en esa rendición de intenciones, en ese espejo abierto, se cuela el transeúnte accidental, el lector verosímil y el lector imposible, el hermano perdido en las calles de la Judería, el amigo de aventuras en 1.980 y la novia de prestado en los bares infinitos de San Fernando. El pasado es un fantasmagoría. El pasado es un almacén de objetos inútiles a los que damos sentido por añoranza, por sentir que el tiempo nos está destrozando y que vivimos aceleradamente, apenas instruídos en el arte de parar las horas y volverlas a poner a andar en cuanto se nos antoje. Estoy cansado. Escribo a ciegas. Tengo un muro delante. Tengo un flexo alto y perfecto y un silencio comido por el tic tac metódico de un reloj estilo inglés, colgado encima mío, junto a un título universitario (qué hace un título universitario en una pared llena de carteles de cine). Estoy avergonzado. No debería escribir tanto. Tiene que haber un poco de pudor. Pudor mínimo para escribir con pulcritud, sin excesos, sin la textura habitual, sin caer en eso de hablar en demasía de uno mismo por eso de que nadie tenemos más a mano. Yo escribiría horas enteras sobre Charlie Parker, pero serían palabras de otros, leídas en otros, contadas sin el ardor que ya otros pusieron para que yo ahora, oyendo Ornithology, sienta a Charlie Parker pecho adentro, contándome la épica de los perdedores. Estoy agotado. El texto está quemado. Es tarde. Hasta Parker ha salido afuera a fumar solo y a pensar en la sangre, en el vacío que a veces mitiga el sonido del saxo arrojado afuera, pensado afuera. En El perseguidor, en ese prodigioso cuento, Cortázar cuenta la vida secreta de Charlie Parker. Dédée se levanta, apaga la luz, fuma Gauloises y le busco un saxo a Charlie, que solo quiere beber algo caliente y que se vaya el dolor. Parker recita el dolor tocando Ornithology. Ya hace rato que ha dejado de sonar en el CD. La pieza sigue todavía en mi cabeza, aunque ahora suene otra. Muere el swing. Nace el bebop. El jazz es un biombo tras el que esconderse. Vivir es una jam session. Hay una melodía, pero no se puede predecir por dónde va a perderse, en qué punto exacto de la trama sonora la melodía se va a hacer añicos. Lo hermoso del jazz es comprobar cómo se recompone desde la nada. Son los fragmentos los que la guardan. Al final de la pieza vuelve a enseñorearse y el músico se desprende del instrumento (un saxo perdido y luego encontrado) y busca en su cabeza las primeras notas de la siguiente.

2.2.12

Borgianas




1 TEOLOGÍA
Todo hombre culto es un teólogo, y para serlo no es indispensable la fe.

2 EL UNIVERSO
El mundo es tal vez el bosquejo rudimentario de algún dios infantil, que lo abandonó a medio hacer, avergonzado de su ejecución deficiente. El mundo es obra de un dios subalterno de quien los dioses superiores se burlan; es la confusa producción de una divinidad decrépita y jubilada, que ya se ha muerto.

3 RELIGIONES
La metafísica es una rama de la literatura fantástica.

4 LA REALIDAD
Tan compleja es la realidad que un observador omnisciente podría redactar un número indefinido y casi infinito de biografías de un hombre, que destacaran hechos independientes y de las que tendríamos que leer muchas antes de comprender que el protagonista es él 
mismo.

5 EL UNIVERSO ES UN LIBRO
Somos versículos o palabras o letras de un libro mágico, y ese libro incesante es la única cosa que hay en el mundo: es, mejor dicho, el mundo.

6 EL HOMBRE
No hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es. Nadie sabe qué ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cuál es su nombre verdadero.

7 DIOS
-Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo.
La voz de Dios le contestó desde un torbellino:
- Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estás tú, que como yo eres muchos y nadie.

8 DIOS 2
Nadie es alguien, un solo inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.

9 EL LABERINTO
Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.

10 PANTEISMO
No hay hecho, por humilde que sea, que no implique la Historia Universal y su infinita concatenación de efectos y causas, y que el mundo visible se da entero en cada representación.

11 EL TIEMPO, EL IMPOSIBLE
William James niega que puedan transcurrir catorce minutos, porque antes es obligatorio que hayan pasado siete, y antes, tres minutos y medio, y un minutos y tres cuartos, y así hasta el fin, hasta el infinito, por tenues laberintos de tiempo.

12 LITERATURA
La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido.


13 CIELO, INFIERNO
Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.


14 INMORTAL
Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal.


15 LA MEMORIA
Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos


16 ANARQUÍA
Creo que con el tiempo mereceremos no tener gobiernos.


17 LA FELICIDAD
He cometido el peor pecado que uno puede cometer. No he sido feliz.


18 EL OLVIDO
Sólo una cosa no hay. Es el olvido.


19 POSESIONES
Sólo es nuestro lo que perdimos.

20 LA FELICIDAD
He sospechado alguna vez que la única cosa sin misterio es la felicidad, porque se justifica por sí sola.


21 LA DEMOCRACIA
Democracia: es una superstición muy difundida, un abuso de la estadística.


22 LOS LIBROS
Es supersticiosa y vana la costumbre de buscar sentido en los libros, equiparable a buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de las manos.


23 ESPAÑA
España es una tierra donde hay pocas cosas, pero donde cada una parece estar de un modo sustantivo y eterno.


24 LA DESVENTURA
La felicidad no necesita ser transmutada en belleza, pero la desventura sí.


25 LA POESÍA
La poesía nace del dolor. La alegría es un fin en sí misma.


26 BIBLIOTECAS
Ordenar bibliotecas es ejercer de un modo silencioso el arte de la crítica.


27 LOS LIBROS 2
Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo; hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos.


28 BIBLIOTECAS 2
Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca.


29 DOCTRINAS
Quienes dicen que el arte no debe propagar doctrinas suelen referirse a doctrinas contrarias a las suyas.


30 CIELO, INFIERNO 2
El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los actos de los hombres no merecen tanto.

31 PERPLEJO
Si de algo soy rico es de perplejidades y no de certezas.


32 MULTIPLICACIONES
La paternidad y los espejos son abominables porque multiplican el número de los hombres.

176/365 Nora Barnacle

 176/365 Nora Barnacle Nora Barnacle, la esposa de James Joyce, no leyó nunca Ulises.como él hubiese querido, no como Vila-Matas lo ha leído...