30.11.21

 Anoche soñé que mis gafas era las de pasta de Bill Evans, soñé que me sentaba en un Steinway y tocaba para mis sobrinas Waltz for Debby  en un salón estilo tudor con cuatro o cinco íntimos y me decían que muy bien, Emilio, aplaudían levemente achispados. La ginebra hace amistades imbatibles. Nos reímos con solemne festejo. 

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El invierno en la estapa siberiana imprime carácter, camarada aterido. 

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Un corazón robado al vértigo, un corazón plenipotenciario. 

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Mi voz es pasto del musgo. 

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Buenos días, Karlheinz Stockhausen, príncipe de las vanguardias, hoy todos los pájaros bendicen tu nombre.

29.11.21

A la vida la manejan mil dolores pequeños. Nada me incumbe del último. 


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Está la noche entregada a mis vicios y yo la miro y me centro en los suyos. Vamos los dos descabalados en el estrago de las horas. Temiendo que la luz nos aclare el engaño y descubramos a pie de cama, en un verso suelto, en un tejado que pasea un gato, los restos del amor que nos ha ido escoltando hacia el sueño. 


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Sentí que me invadían las algas. Creí que era un personaje de Lovecraft. Temí que me viese Kafka y me mandase a consolar a Samsa. Temí que Humbert Humbert me dijera que mató a Lolita y la tiene en un jardín de una casa que ha alquilado a las afueras y en donde, entre el llanto y la satisfacción de la venganza, escribe una novela. 


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No creo en la derecha del Padre. No creo en los hombres de Harrelson. No creo en la supremacía blanca. No creo en los verbos irregulares. No creo en el bebop. No creo en los lunes. No creo en la banda ancha. No creo en los prólogo muy largos. No creo en la música dodecafónica. No creo en el cha cha cha. No creo en el salón de los pasos perdidos. No creo en la Sorbana. No creo en la luna. Sobre todo no creo en los lunes

28.11.21

Dietario 216



 Desde que no escribo en este diario, que no cumple el rito de que sea revelado día a día, sino que surge a su manera, irrumpiendo sin que intervenga un protocolo estricto, ha pasado que ha muerto Almudena Grandes, a la que le seguía más en su faceta de columnista en El País que por su ingente producción novelística. Disfruté obras suyas antiguas (Las edades de Lulú, Malena es un nombre de tango), pero no las recientes, no sabría ahora discernir causas: uno lee guiado por motivaciones que no siempre se ajustan a un razonamiento, a ella le habría pasado lo mismo, siendo buena lectora como era. Se tiene de los que se van una propiedad íntima. Yo recuerdo una playa de Cádiz (tan cercana a ella) en la que acabé la revolucionaria novela con la que se abrió al mundo editorial, la de Lulú, luego (en mi opinión) no demasiado bien llevado a la pantalla. Fue a principios de los noventa y éramos más jóvenes los dos. Me fascinó su convicción, esa manera suya de darse al mundo y de dejarse encontrar. Dicen que tenía muchos amigos, recalcan eso en las necrológicas que hoy ocupan los medios de comunicación, sobre todo los de su periódico. Insisten en que era combativa, comprometida y alegre. El combate, el compromiso y la alegría no suelen ir de la mano. Hay una oposición entre consignar las injusticias del mundo y, al tiempo, saber poner buena cara en las fotografías y, a decir de quienes la trataron, celebrar la vida. La literatura es vida de más, dejó dicho o escrito, no recuerdo ahora, pero me ha venido esa frase que me afectó cuando la leí. Los letraheridos como ella van un poco a tientas por el mundo, no del todo a ciegas, qué va, pero sí con el dolor ajeno, convertido en propio por ósmosis moral. Almudena Grandes era intensa. La suya fue una intensidad de la que no dudan ni quienes no la tenían como santa de sus devociones. Yo, ya digo, echaré en falta su contribución quincenal en el suplemento de El País. Daba del mundo una visión lírica, aunque manejase un lenguaje periodístico limpio y certero. No está reñida la poesía con la enunciación severa de lo que se ve, sin hacer alharacas verbales. No era ella de adornar, sino de contar. Las palabras deben ir en su sitio justo y hay algunas que sobran y otras que, por obligación de oficio, exigen su cuota de verdad. Fue verdadera Almudena. Se ha ido joven. Hoy domingo es suyo el día. Un poco más triste esta mañana ocupada en quehaceres domésticos. Una pena, se cuente como se cuente. 

27.11.21

El día del maestro



En parte, le debo mi amor al inglés a Leonard Cohen, a Cat Stevens, a John Denver o a Simon and Garfunkel. Creo que fue un profesor que sustituía al titular, no recuerdo ahora el nombre de ninguno, el que trajo a clase esos discos grabados en cintas de cassette y nos ponía The partisan, Bridge over troubled waters, Father to son o Annie. De ese amor al inglés vino otro, el de la docencia, el de ganarme la vida (se sigue diciendo así, imagino) enseñando un idioma a quienes no lo conocían. Antes de que nos atropellara el tren de la burocracia, ponía música inglesa en abundancia a mis alumnos. No con la pretensión de que les gustaran esas canciones o esos intérpretes, que también, sino por salir de la rutina de los libros y de las fichas y de los audios anclados en el limbo, fuera de la realidad del tiempo y del espacio. Quien haya estudiado inglés en serio, sabe de qué le hablo. Compré este single (ya no se emplea la palabra single) en Fuentes Guerra, en Córdoba. Luego debí perderlo en alguna mudanza o cuando abandoné la restitución analógica por la digital, cosa de lo que me arrepiento de vez en cuando, aunque soy feliz, inmensamente feliz, con mis discos compactos.
Descubrí hace unos días la portada en una de esas tiendas de compra y venta de antiguallas y me pudo la emoción, la sensación de que Leonard Cohen es el que me abrió camino y me dijo: "Emilio, vamos, hombre, ten afición a algo, obedece ese impulso, dedícate a estudiar algo que te guste mucho y luego no flaquees hasta que consigas un trabajo en donde aplicarlo". Tardé en alcanzar el mío, pero lo ejerce a satisfacción, me sigue encantando Cohen y el inglés. Creo que ese día de 1980, por ahí debía andar el calendario, fue luminoso. Cuando aquel profesor sustituto entró en clase, sacó unas fotocopias, las repartió y pulsó el play de su cassette portátil, el mundo y yo nos conciliamos y yo entreví por dónde caminarían mis pasos y el lugar al que debía dirigirme. Después de estar treinta años instalado en él, sigo sintiéndome un privilegiado. No por tener un trabajo que me permite pagar mis facturas, darme los caprichos que se tercian o vivir con desahogo, sin excesos, ya saben, soy maestro, sino por hacer lo que me gusta, por entrar a diario en mi clase y compartir en lo que puedo ese amor infinito hacia una disciplina, da igual cuál sea. Pudo ser otra, pero fue el inglés, fue Cohen, ahora lo tengo más claro que nunca. De aquel maestro no recuerdo mucho, desgraciadamente. Estuvo unos meses. Tenía un bigote espeso y era flaco, hablaba rápido en inglés y en castellano y fumaba en los pasillos, entre clase y clase, qué tiempos. Quién sabe qué hace ahora, debe estar jubilado. Los maestros, sin que nos demos cuenta, abrimos caminos, eso hacemos. Los demás creen que sólo enseñamos matemáticas o inglés o naturales, pero lo que hacemos es enseñar lugares a los que ir y la forma de llegar más divertida y apasionante. A veces lo conseguimos. Lugares que están en los mapas y lugares que están en el corazón. Esa es nuestra fortuna. Antes de que ese hombre apareciera, tuve a Don Carlos Galán Verdejo, a él sí que le pongo nombre. Nombre y ternura. Cariño inmenso y gratitud franca. Él fue el primero que me cogió de la mano. A veces pienso que todavía me la coge. Allá donde esté, desgraciadamente hace mucho que no está con nosotros, me acompaña todavía. Hoy es su día. Nuestro.

El odio

 

"El odio es, de lejos, el placer más duradero. Los hombres aman a la carrera, pero odian sin prisa" 

Lord Byron



K. tiene a veces la ocurrencia de contarme qué ha soñado. Lo hace sin retraso, por miedo a que la realidad borre la ficción. Luego, una vez se ha explayado a su gusto, descansa. Se le ve feliz, sabe que no se perderá, que le daré asiento a su relato. Anoche soñó con un compañero de la infancia, soñó con J.J., (me parece que podría ser M. o A., qué más da, un niño ruso incrustado en la España de los setenta, me ha dicho. "Es un sueño en el que ha estado a punto de pasar algo terrible, Emilio. Te lo voy a contar. Nunca he odiado. Nada hizo que yo recurriera al odio. Nada malo que me haya sucedido me ha llegado tan hondo como para alojarlo y dejar que madure ahí adentro. A lo sumo, he manifestado mi ira, la he verbalizado o la he convertido en un gesto o en varios. Debe ser raro que no haya nada que odiar. Tendría que probar. Igual el odio curte. De pequeño, es posible que odiara a J.J., del que no sé nada hace cuarenta años, tal vez. De haber podido, si se hubiesen dado otras circunstancias, lo hubiese odiado. 

Creo que es mejor odiar a alguien que cogerlo del cuello, zarandearlo y revolcarlo en el patio del colegio, sin que te importe estar a la vista de los maestros y de los compañeros y que tu madre acabe en un despacho para que se le informe del animal que tiene por hijo. De pequeño, fui un animal contemplativo. Porque no odié a J.J.: aún mereciéndolo, no lo hice. Que recuerde, me reprimía. El odio es como el amor. Lo dice Lord Byron. Tal vez incluso sea más duradero. Se ama o se odia atropelladamente. El hecho de que todavía me acuerde de J.J. le da la razón a Lord Byron, ahora que lo pienso. Habré olvidado a otros compañeros de clase, incluso a los amigos de entonces, con los que compartí juegos y confidencias, pero él perdura, ha logrado mantenerse a flote en el proceloso mar de la memoria. Está ahí, aunque no le haya echado el ojo durante mucho tiempo, pero ha bastado pensar en el odio y acudir él, como si pudiera retomar la trama de la infancia, la que no cerré, la que no convertí en una pelea seria en el patio o a la puerta del colegio. Permanece en la memoria porque no le rompí las gafas o porque él no me rompió las mías. Se olvida lo que se zanja, lo que se cierra. Hay libros que decides no continuar y afloran de vez en cuando en tu cabeza, parece que pidieran ser retomados y no continuar en ese limbo de las cosas inacabadas. A J.J. le pasa eso. Debí pegarle una buena tunda de palos o debí odiarlo sinceramente hasta que, llegado el momento, el odio se manifestara como he visto en otros muchas veces, pero uno no es así, por desgracia, creo que por desgracia, funciona de otra manera. O me educaron bien o mi voluntad, que rehúye tradicionalmente de los enfrentamientos, decidió no involucrarse, no bajar al campo de batalla, no romperle la cara a J.J. 

Es tan poderoso el odio que ni siquiera recuerdo lo que lo animó, qué hubo tan terrible que lograra activarlo. Por más que me esfuerce, no logro esculcar el daño causado, el que no fue derribado por los años y perduró secretamente, como una semilla oscura, como un deseo que no ha sido realizado. El odio es uno de esos deseos que nunca hemos cumplido. Es, de lejos, como dice el poeta romántico, el placer más duradero. Los otros se desvanecen, se degradan o incluso desaparecen abruptamente, pero el odio hace casa en el alma, la conquista y la hace suya, aunque no se exhiba mucho, ni se aprecie que mora en ella, larvado y a la espera. Lo bueno es que no tengo ni idea de cómo sería hoy en día J.J.. En mil novecientos setenta y tantos, J.J. era delgado y con cara de niño pobre de la extinta Unión Soviética. Me ha salido esto de la Unión Soviética por una película que vi. Eran soldados arrojados los de la película: un ejercicio titánico de resistencia ante el enemigo, que no pudo desarmarlo sin el concurso de un espía. Suele pasar . J.J. era un niño ruso incrustado en la España de los setenta, un niño ruso en un patio de un colegio. Me pregunto si él habrá soñado alguna vez conmigo. Si ha fabulado la posibilidad de que yo lo tumbara a palos o siga pensando en él, maquinando el cierre de la afrenta que me hizo, igual fueron muchas, igual ninguna ha sanado. Hay cosas que uno no gobierna. La cabeza es un instrumento del mal, el corazón es un cazador solitario, que dijo otra en una novela que leí hace mucho tiempo"

Adenda: en ese patio, que era un campo de fútbol reglamentario también, jugaron los tres, K., J.J. y un servidor. Al fondo se ve la pared y las escaleras construidas en ella para acceder al patio principal del colegio, en el que también jugábamos al fútbol. No sé ahora qué uso se le da. Hace tiempo que no me paso por allí, tampoco ha habido ocasión para que nadie me cuente. No recuerdo que nos visitaran obispos, pero no lo descarto. A mi colegio de ahora vino uno que irritó hasta al claustro feligrés, en el que no me cuento)


Fotografía sin autor reconocido. Es el campo de fútbol de San Eulogio, usado en clases de Educación Física por el colegio Fray Albino. Por esas escaleras bajé durante muchos años. En ese campo aparte de mi vida cualquier vocación deportiva.

26.11.21

Ser Thelonius Monk

 


No tengo voluntad de ser Thelonius Monk. No se me ocurre que esa idea cruce mi cabeza y se quede ahí o me preocupe o haga que no me sienta feliz con lo que soy, pero cada vez que le escucho me imagino la felicidad de ser Thelonius Monk. Del hecho de que yo desee ser Thelonius Monk de un modo transitorio podría deducirse que no tengo el apego que se puede prever de ser Emilio Calvo de Mora. No es una carga que uno anhele a tiempo completo. En ocasiones, según qué haga o deje de hacer, qué esté observando o a quién, mi voluntad es la de ser invariablemente otro. Ignoro si ese hipotético otro, en su discurrir un poco extravagante, querría ser yo, aunque fuese un fragmento del día o una parte no considerable de su vida. Son pensamientos que ocupan el final del día, a poco de conciliar el sueño. Ojalá, a beneficio de narrativa, Monk se incorpore a la trama de esos sueños. Estaríamos los dos en uno de esos clubs de Nueva York, Antes de que salga al escenario y toque Blue Monk, me habría confesado que está cansado de ser Thelonius Monk. Que preferiría cierto anonimato o que alguien lo reemplazase una noche o unos días completos. No sabe bien si le agradaría que fuese un contable de una pequeña compañía de transportes o un periodista de sucesos, de los que van al lugar de la noticia y toman nota con una libreta pequeña, como hacen los detectives en las películas de cine negro, el que se sentara al piano y tocara Blue Monk con el cigarrillo en la boca, dándole caladas profundas cuando la canción le diese una tregua y pudiese distraer una mano. En el sueño, los dos fumaríamos toda la noche, beberíamos bourbon del bueno toda la noche y él me presentaría a Charlie Parker o a Bud Powell. Hablaríamos de bebop y de mujeres. Convendríamos la necedad de toda esta ficción de viernes por la noche y mañana, él en su limbo sin tiempo y yo en mi residencia en la tierra, no haríamos aprecio a toda esta representación frívola de nuestro delirio. 


25.11.21

 Todas las palabras fueron alguna vez un neologismo. Todos los besos son milagrosamente el beso novicio con el que se funda el temblor del amor. 

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Dispenso a mis sencillas alegrías la más alta consideración y constato, a poco que me centro, el frívolo estipendio de la razón con las que las pienso. 

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Ocupo de distracciones la tarde. pero ninguna más provechosa que la que me encuentra distraído, con esa ausencia trabajada con la que uno persuade a los demás para que no lo molesten más de la cuenta. 

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El hombre virtuoso es una anomalía moral. Lo que vaticina su empeño es terco desatino. Lo que aguarda si se le idolatra es el desencanto y el tedio. 

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Uno de los oficios del sueño es hacer del ágrafo un novelista de éxito. 

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La vida es una decantación sublime de la que bebemos a ciegas el exquisito elixir que ofrece.

24.11.21

Poesía



 Es posible que vivir sea una forma de escepticismo, de descreimiento: transcurre sin traza de enmienda arrimada la vida a la duda. Las certezas desarman muy rápido nuestra capacidad de asombro, que es lo que mueve el corazón y nos hace más sensibles y quizá también más inteligentes. Sin dudas, sin asombro, sin la incertidumbre de lo por venir, no hay ciencia, no hay vida, tampoco poesía, que es la dinamo que hace girar los astros. El hecho mismo de aceptar la realidad entraña el peligro de no cuestionarla, de no fundar interrogantes razonables acerca de su naturaleza o de su propósito, que será arcano y lo entenderán los gurús de la mente y los filósofos de los libros.

Quizá Jorge Bucay o Paulo Coelho lo entiedan, qué quieren que les diga. Es que hoy me he levantado con la sonrisa puesta, como decía Tequila: me he levantado utópico, lírico, (escuché anoche en mi pueblo al inmenso Luis Alberto de Cuenca y hablé con él sobre cowboys y sobre astronautas zurdos) dispuesto a celebrar los prodigios domésticos del mundo, que me trae noches librescas: ahora ando con Moby Dick, otra vez. Y cuando leo a Melville, por el hechizo de los libros, por lo que me regalan, me vuelvo lírico y me da un estallido de alegría el pecho. A otros les pasa con el Marca cuando gana el Madrid, pero yo soy un tío raro y me siento cómodo entre historias que urdieron otros y que me guían y me confortan.
Un libro puede leerse infinitas veces porque en cada lectura es un libro distinto igual que nosotros nunca somos iguales de un día a otro, aunque apenas se aprecie la mudanza y no se manifieste la fractura emocional que supone vivir y soportar la (en ocasiones) tralla de la vida. El futuro es un arma cargada de poesía. El amor es un arma civil contra el miedo, como escribió Joan Margarit, también citado anoche, como Manolo Lara Cantizani, que sin estar con nosotros no deja de acompañarnos. Los libros son artefactos incendiarios, túneles hacia el corazón de la luz, puentes que unen territorios lejanos, salvoconductos que nos salvan del miedo. En eso, como Margarit escribe, los libros son puro amor. Son un acto gozoso de amor.
El otro día me dijeron que cómo era posible que escribiese tanto en este blog. El tiempo en el que escribo se lo robo a la lectura. El tiempo en que leo se lo robo a mi familia. El tiempo en que me dedico a mi familia se lo robo a los libros. La imagen victoriana que Álex me dio el otro día al ver la biblioteca de Luis Alberto de Cuenca ilustra mi desazón. La pared interminable. La mansión entre bosques. La chimenea. El perro manso. Un buen vaso de whisky. Sir John Gielgud en su laberinto de maderas nobles y lomos antiguos. Borges en su ceguera tipográfica. El vacío ilustrado. La ballena blanca, ah la ballena blanca. .

23.11.21

Komorebi

  

Komorebi se refiere a la luz del sol que se filtra a través de las hojas de los árboles y que se mueve con los vaivenes del viento. Hay una palabra para cada ruido, una que registra cada silencio. Los diccionarios son vastas extensiones de amor puro hacia la vida. Lo que nombramos, por el hecho de ajustarlo al recinto de las palabras, nos pertenece. Es nuestra la luz que se filtra y se mueve entre los árboles por el viento. No sé si hay una palabra para la sensación de poner el pie en el suelo, nada más levantarte, y sentir que el día preludia la inminencia de algo maravilloso, una especie de milagro que se cierne, o si en alguno de esos maravillosos diccionarios existe la palabra que encierra la emoción que se produce cuando la lluvia suena detrás de un cristal y tú estás embutido en una bata de paño grueso, arrimado al brasero, bebiendo té y leyendo a Charles Dickens. Lo del komorebi no es la más feliz de las palabras hoy, que ha amanecido el día incómodo y parece que tampoco habrá bata, té y Dickens. 

22.11.21

Una intriga

 Hay intrigas mínimas sobre las que se construyen novelas enteras, días sin fuste que preludian epopeyas. Así que tenemos a un hombre que guarda unas monedas en su bolsillo y las va contando de cabeza, sin mirarlas, especulando con la posiblidad de su valor conforme al tamaño que ofrecen al tocarlas. Va a ciegas haciendo sonar monedas calle abajo. Es una mañana muy fría de una ciudad al norte de Europa. Una ciudad gris en la que abundan los edificios altos, con ventanas muy historiadas. Desde una de ellas, una mujer observa la viandancia. Se percata del hombre que va contando las monedas. Le ve mover con severo afán la mano en el bolsillo. No sabe que son monedas, cree que pueden ser unas llaves. Entre las monedas y las llaves, no encuentra qué otra cosa pueda ser. Se embebece en este pensamiento inverosímil, un poco irrelevante, pero que de pronto le parece extraordinario, digno de las más altas cavilaciones. Pasa por su cabeza la idea de bajar y perseguir a ese hombre, abordarlo y zanjar la duda con una pregunta directa. No se plantea lo ridículo de la empresa. Solo le atrae la resolución de la trama. Baja impetuosamente las escaleras y accede a la calle. Los edificios grises y altos, los coches en su vértigo de costumbre, un gentío que le parece secundario y que malogra la visión exacta de su perseguido. De pronto un coche no obedece un semáforo y la embiste fatalmente. El hombre de las monedas percibe la fatalidad a unos pocos metros, a sus espaldas. Se para en seco. Deja de tocar las monedas. Porque son monedas. Se sienta en una terraza desde la que se aprecia la magnitud soberbia del accidente. La mujer desconyuntada. Llevaba unas zapatillas de paño y una especie de chándal descuidado, de los que se pone uno cuando está en casa y no espera ninguna visita. Entonces el hombre llama al camarero, que está endemoniado por no poder acercarse a ver de cerca a la muerta. Un café, le dice. Las monedas cierran la transacción. La intriga mínima no levanta una novela completa, pero ofrece la voluntad de un argumento mayor, que registre cualquier desviación narrativa entre el hecho de un hombre caminando calle abajo, tocando monedas en su bolsillo, y una mujer asomada a una ventana, de la que nada sabemos y a la que el destino le reserva un final terrible. Tampoco sabemos nada de lo que va a pasar después. Si el hombre, aparentemente inocente, se percata de la sutilidad con la que se han ido amontonando las circunstancias fatales. Si desconoce su parte en la trama o estaba fundada y únicamente urdió los pasos para que se restituyera. No sabemos nunca qué tintineo de palabras percute la imaginación del novelista y le hace encender la mecha y extraer de la nada que había antes de que el hombre guardara las monedas en el bolsillo, las contara de cabeza y recorriera, morosamente quizá, las calles hasta el ominoso desenlace.

20.11.21

 El feligrés es lector de la luz cuyo texto no existe. 

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Estoy firmemente convencido de que cualquiera puede disuadirme de mis convicciones. También a la reversa. Esa comparecencia de la credulidad. 

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Creyó poder ir más allá, pero sólo fue más abajo. 

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La luz es un milagro y adquiere cuerpo con la eclosión cómplice de la sombra.

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El paraíso es propiedad de quien lo sueña, de quien nombra y cuenta sus prodigios.

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Las avenidas en Hollywood, de noche, siempre conducen a un desvarío. 

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A uno le conciernen únicamente las cosas sencillas. Todo lo que no es sencillo no conviene. La vida se construye en base a estas premisas, pero no es vida.

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Puse anoche una sonata para clavicémbalo de Scarlatti en la cena y a mi hija le sentó mal la tortilla francesa. Scarlatti suena a gaseosa ida, me confesó en los postres.

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Mi amigo Antonio desbravó una col. Está envalentonado. Ahora se propone deconstruir una cazuelita de callos.

19.11.21

It was a very good year

 Al principio existían el caos y la noche, la fiebre y el vértigo. Cuenta la historia que la vida nació en lo oscuro. Sucedió sin ninguna luz que alentara la propagación del milagro. En esa oscuridad sin prodigios, la vida se fue recamando de fulgor, librándose del barro ciego y del insomnio torpe y ganó en hondura, en fiereza, en la merecida posesión de su brutalidad, hasta que se abrió al caos y a la noche de Aristófanes. 

Al principio fue la noche con sus precursoras manos sin propósito, con su solemnidad pagana y  con su ternura infinita. Luego fue la noche de los poetas. Más tarde, quizá ayer mismo, se escuchaba a Frank Sinatra cantarle al vértigo del mundo. Su voz acunando el miedo del tiempo. Ese timbre suyo como un pájaro seguro de sí mismo haciendo del vuelo un prodigio. He subido a la azotea de mi casa y he escuchado una de esas canciones de Sinatra que te hacen sentir que el mundo está bien hecho. 

Filosofía

 

Celebrar la filosofía es festejar la propia vida y el gozo de cuestionarnos su existencia o el gozo de pensar los porqués que la sustentan o la justifican. Todo en ella, en la filosofía, es gozo puro. El pensamiento es una fiesta privada de la que nunca se sale indemne. Toda la historia de la humanidad es una especie de resaca de esa fiesta interior. Cada una posee la suya. Las hay trascendentes y las hay huérfanas de trascendencia, pero no hay nadie que no posea un filósofo dentro. No es necesaria la certidumbre de que esa propiedad sea nuestra, basta con ejercerla, con someterlo todo al discurrimiento. Es la perplejidad por vivir la que hace que sigamos en la brecha y no nos hayamos echado a dormir. Nacemos y morimos perplejos, perplejos y lúcidos en mayor o menor medida. Nos creemos las cosas y, al tiempo, somos los mayores incrédulos. Esgrimimos la fe como arma y, a la vez, nos zafamos de ella, la arrumbamos, deseamos que no nos acompañe, ni nos tutele. Sentimos que es bueno dudar de todo y no conceder ninguna certeza, pero también bajamos los brazos y dejamos que se nos persuada, sin ofrecer resistencia, permitiendo que la razón flaquee o desaparezca abierta y visiblemente. Somos esas dos contrarias cosas. Es la filosofía la que nos mantiene en pie, la que no nos ha permitido caer, rendirnos, abdicar, conceder ningún patrimonio ganado, ningún hallazgo alcanzado, ninguna montaña escalada. Celebramos hoy (en realidad fue ayer su Día) la filosofía en tiempos duros, en una época en la que pensar es un privilegio, por más que sea ésta la sociedad de la información, cuando debiera ser la sociedad del pensamiento. No hemos ahí aún, vamos despacio hacia esa altura moral o estética o intelectual. Pensar siempre estuvo mal mirado por algunos. 

No sé si darme una respuesta sencilla y consolar mi tribulación o darle cuerda al mecanismo de la incertidumbre o de la perplejidad y dejar que la tristeza responda por mí. Porque no hay con qué cerrar el hecho ya incuestionable de que la Filosofía no va a ser asunto de interés en los planes de estudio. La LOMCE, malhadada y torpe ella, ya la redujo a un mero atributo ornamental hace unos años. La nueva ley (me niego a aprender cómo se llama, ya mismo vendrá otra que la reemplace) ha sustraído la poca sustancia curricular que le quedaba. No son malos tiempos para la lírica, siempre lo fueron, sino los peores para el pensamiento: lo han apartado, han saqueado la parte de la inteligencia que cuestiona la realidad. Será que no desean que se piense más de la cuenta, no vaya a ser que no convengan las respuestas o vaya a ser que la cabeza, al embotarse de esas grandes preguntas. 

Todavía hay quien rebaja la importancia del pensamiento y retira o adelgaza los planes de estudio en los que brilla la filosofía. La misma historia de las religiones son ramificaciones de la historia de la filosofía. La misma religión es una extensión metafórica de la filosofía. O una rama de la literatura fantástica, como propugnó Borges.  No hay nada que hayamos hecho o que podamos hacer que no provenga de ella. Ni la misma ciencia, la que nos catapulta al futuro, la que nos asiste en comodidades y en protección, se escapa de su influjo. La misma literatura está impregnada de ella. Tú y yo, lector cercano, somos los agasajados hoy, los protagonistas del día, por ayer,  aunque no tengamos idea de que la fiesta va por cuenta nuestra y lo que se celebra es el triunfo de nuestra voluntad, la victoria del hombre por encima de todas las circunstancias que lo han cercado, herido o derribado. Seguimos en pie, estamos de fiesta, nos sigue perteneciendo la palabra. 

Construimos la cultura, somos nosotros los albañiles de ese edificio, es la filosofía la argamasa primordial, no hay otra, no es posible otra manera de contar las cosas. Nos iremos de cabeza al pozo, sea eso lo que cada uno imagine, cuando deje de prestigiarse la filosofía, cuando se la aparte, cuando se la considere superflua, vacua, dañina. Por desgracia ya ha empezado el apartamiento, la percepción de que algunos sospechan de que no conviene que pensemos mucho o de que pensemos en voz alta y nos entusiasme saber que pensamos o que sólo pensando es posible elevar la cumbre de los días y dormir cuando irrumpe la noche con la mente limpia y el trabajo hecho. En mi escuela, el año que viene, pondremos frases de filósofos por los pasillos, llenaremos las paredes con sus caras, haremos que los alumnos pronuncien sus nombres, sepan qué dijeron, aprecien su sacrificio, el trabajo que nos regalaron. A ver si podemos, no sé si podrá ser, hay mucho festejo idiota y poco tiempo entre tanta burocracia, pero esa es otra cuestión y hoy no es el día internacional de la burocracia, ni el día internacionales de las cosas inútiles que nos mandan hacer en la escuela,  seguro que le ponen fecha y nos hacen levantar actas y firmar con pompa los papeles resultantes, ay. Vamos al viernes. Filosofen hoy. Cada uno a su antojadizo capricho. 

18.11.21

Dietario 215


A los muertos se les da a veces la consideración que no se les prestó en vida; se llora por ellos incluso cuando, estando entre nosotros, no despertaron ese regalo del afecto o del amor que es el llanto. Si son muertos anónimos, personas que no hemos disfrutado, ni padecido, ni siquiera topado en la calle y saludado o entrevista en la calle, yendo o viniendo de casa, pueden doler como si fuesen de los nuestros. No sé si si eso de la mortandad tiene registro de propiedad y hay fallecidos de los que somos una especie de dueños sentimentales, por decirlo de alguna manera, y otros, más alejados, a los que no les dispensamos deferencia titular alguna. Un muerto francés valdrá igual que uno de Nigeria al que los bárbaros de aquella zona, los habrá, ha volado la cabeza en una aldea perdida con un kalashnikov o abierto de un machetazo. Un muerto kurdo, en esa balanza ahora improvisada, tendrá la misma valía moral que uno sirio o afgano o francés. Si en lugar de apreciar la nacionalidad del finado, miramos su inclinación religiosa, tendremos muertos cristianos, muertos árabes, muertos judíos, decenas de maneras de creer en un Dios, aunque algunos mueran a causa de esas legítimas creencias y atrofiadamente (los más descerebrados) esgriman a ese Dios como causa de la barbarie que acometen. No hay manera de que, siendo sensibles, podamos escurrir el bulto de llorar a cualquier caído por la sinrazón ajena, por el terror de los otros, los que difieren, los que no piensan al modo en que ellos pensaban, los que sostienen que les pertenece la venganza o la justicia o la verdad. 


No hay verdad tal, no puede haberla, no es posible que en este mundo que andamos construyendo, con la sangre, con el sudor y con las lágrimas habituales, todos tengamos razón, todos estemos asistidos por la inteligencia y procedamos conforme a ella, sin lesionar a nadie, sin romper algo a poco que nos movamos. Siempre hay cosas que se rompen. Los que se esmeran en maquillar bien las palabras - para que no hieran, para que no molesten - dicen que son los daños colaterales. Lo malo de esos daños es que afectan a quienes no intervienen en el litigio. Hay muertos que no eran predecibles. Quizá ninguno lo sea, pero se podría entender que algunos, usando el hierro, mueren por él, como dice el refrán antiguo. Lo que hace indigna y hace llorar es que caigan los que no han manejado hierro alguno, todos los que viven al margen, cuantos respetan al otro y no interfieren  y no interrumpen. Esos deberían vivir para siempre. Da igual que los políticos a los que votaron sean corruptos o trapicheen con armas o financien negocios bastardos, negocios lucrativos, los que hacen que la economía no pare y las alianzas entre iguales perduren, toda esa maquinaria sucia de la alta política. Da igual que deseen morir alguna remota vez si la pena los ahoga y se les hace chiquito y huérfano el corazón. 


Si vienen a casa y la queman y pasan a cuchillo a los inquilinos, si no les importa caer ellos mismos en ese acto atroz, es muy difícil que este conflicto, el de los muertos inocentes, cese. Qué verbo más horrible es inmolarse. No hemos sido educados para entender la inmolación. Afortunadamente la educación omite ese verbo venenoso e inútil. Se nos educa para que nos aterre la violencia, pero siempre hay un agujero por donde se cuela y nos hace salir de ese confort. Es un mundo en el que hay que posicionarse, en el que se debe acatar un criterio, en donde se afilia uno a cierta militancia. Inevitablemente somos cristianos o ateos o capitalistas o de derechas o de izquierdas o vegetarianos o culés. Conviene que se nos estabule, dicen. Está bien que tengamos una etiqueta con la que poder controlarnos mejor o que se nos controle mejor. El mundo funciona así, nos guste o no. Quienes se abstienen, los bartlebys del mundo, también caen cuando vuelan las balas. Al final, en una discoteca de la noche parisina, no importa que leas la Torá, los evangelios, el Marca o seas un adicto a Paulo Coelho. O si eres marxista o no has visto la barbuda cara de Don Carlos en tu vida. En ese momento indigno, cuando un desgraciado te desgracia a ti al decidir (quién será él) que puede retirarte la vida, no sirven para nada las palabras. Ni las palabras, ni los gestos, ni todas las palabras y todos los gestos juntos. 


La sangre, al verterse, no sabe de justicia. Se deja ir, fluye, te abandona y te mueres. Pero es una muerte de verdad muy absurda. Como la que roba el cáncer o un accidente de carretera o hasta la vejez, ésa la más idílica, pero ninguna de esas lamentables maneras de dejar el mundo tiene la brutalidad de la que proviene de la mano de otro, del que no se detiene a pensar, del que está juramentado a robar lo que no le pertenece. Lo más preciado. Da lo mismo, en el fondo da lo mismo, que sean muertos cercanos o de la más alejada geografía. Todos somos franceses cuando son franceses los que caen o noruegos sí noruegos. Me viene ahora el psicópata que se llevó a decenas de jóvenes en una isla de recreo. Una película hay ya por ahí. Lo que no recuerdo es si fuimos noruegos esos días. O si, pudiendo serlo, uno decide no señalarse, no exhibir su dolor con símbolo alguno, no salir a la calle, no manifestar su indignación, no caer en esa rutina un poco ya falsa en la que uno adquiere un insignia, una de tantas, se la planta en el pecho o en el perfil de su red social y así da a entender lo comprometido que está, lo que le duele el mal, lo sensible que es. Y lo hermoso, lo que debiera ser hermoso, es que unos se muestren así y otros, según su fuero interno, prefieran no hacerlo, como Bartleby.


Ayer se me encogió el corazón un par de veces o tres. Por la muerte de gente que no conozco, por la de los allegados, alguna desgraciadamente reciente. Es una congoja dolorosa, que no sé si por su rigurosidad merece otro sustantivo de más contundencia. Me acompañó el día entero. Hizo que costase sacarlo adelante. Como si de pronto recibieses el encargo de registrar las penas ajenas y te sentaras a esperar que te cuenten o hagas oído de lo que te llega para que el inventario sea el apropiado. Amar se ha convertido, en pleno siglo XXI, en la revolución pendiente. Lo escribiste ayer, José Luis Trullo, a cuento de otra penuria.

17.11.21

Kafkiana

  En los cuentos de Kafka huele a naftalina. Una ebriedad rancia afluye. Es la resaca la que escribe, no él mismo. La vida, incluso la mala vida, invita a que se la registre. La felicidad no tiene escribas. El júbilo se recama de grises. La luz se deja convidar por la sombra. Las palabras, las más festivas con más declarado entusiasmo, permiten que se les rezague una sílaba o que un matiz en la restitución de su fonética haga preludiar la descomposición del significado. A Kafka, cuando se encaminaba a la oficina de seguros en Praga, se le iban envalentonando las palabras. Unas consentían una inminencia de gracia; otras, las menos, un festín de lujuria, pero las que metía en los bolsillos y masticaba en la memoria eran las grises, eran las turbias, eran las pobres de espíritu. Kafka era un pobre hombre. Cuando se le lee con el ánimo en alza, acude un frío del que no se zafa uno hasta que otro frío mayor lo reemplaza. Lo bueno de leer a Kafka es que el frío que nos transmite curte el nuestro, lo pone frente a sí mismo, hace que dialogue con él, lo sublima y endiosa.

14.11.21

Dietario 214

Una herida en la región parietotemporal izquierda del cerebro puede hacer que no comprendas al mundo ni te comprendas a ti mismo, pero hay cerebros limpios y presentables, fiables en salud y en irrigación sanguínea, que exhiben la misma incapacidad sensorial. Hay gente con un expediente clínico sobresaliente a los que el azar o la conjunción de muchos azares les privó de la facultad de reconocer el mundo y de reconocerse a sí mismos. Algunos entendidos en estas materias llaman a esa privación del intelecto sensitivo afasia. Yo mismo, modalidad impoluta del ser humano sin quebrantos cerebrales visibles, soy un afásico a poco que miro la realidad de cerca y comienzo a razonar cómo está hecha. No hay quien la abarque sin sufrir un temblor en lo más íntimo. No hay quien decida examinarla a fondo sin salir tocado en el alma. Debo ser un caso de anomalía de lo más normal. He visto gente como yo a las que la realidad también les ha aturdido a conciencia. Afásicos sin solución química posible. Los fármacos pueden curar las heridas parietotemporales del lado derecho o del izquierdo pero no hay fármaco en los dispensarios públicos ni en los laboratorios secretos que detenga, merme o palie el mal que padezco. Vivo en las ruinas de mi inteligencia, que dijo un poeta. Padezco el mal de mi sensibilidad. Me enferman las injusticias. Flaqueo a poco que hurgo en la trama de lo real y encuentro los rotos y los zurcidos mal pespuntados. No soy el único. Ojalá lo fuese. El gremio de los sensibles crece y se hace fuerte, pero nos falta (en mi débil entender) cohesión para dialogar de tú a tú con los poderosos y plantarles cara y decirles de la forma que mejor puedan entender lo irreperable de sus acciones. Los afásicos somos los parias del mundo. 

13.11.21

Invierno y verano

 Invierno 

Porque la fe y el amor y la esperanza están contenidos en el invierno, te cuento al oído, nombrando a Eliot en una casa eduardiana, flanqueado de libros que huelen a fuego y a perro. Sólo a ti se te ocurre recitarme en tu inglés poesía clásica, me regañas. Afuera, en la carretera, hay un tío que vende castañas. La cerveza caliente me gusta lo justo, me he oído decir. Tengo el estómago vacío. Me quedan mil pesetas en la canadiense. Ya no hay lugar para la lírica entre los zurcidos del alma, pero te amo y me tiemblan las palabras en endecasílabo.

Verano

La piel huele a Coppertone y a sardinas y suena Bob Dylan en un coche a lo lejos, mientras una familia recoge los bártulos del domingo y tú me enciendes un Chester y me besas sin mirarme. El cámping no es el Waldorf Astoria y no tengo ayer con el que ocupar este ahora que me obsequia de prodigios y de cansancio y hace de vivir un secreto sencillo y muy puro, sin misterios ni hondura, con toda la evidencia del amor, oh dilecta mía, flor a la que agasajan los dioses, varada en la voz como canto. Like rolling stones, has dicho.

Frío


Adoro el frío victoriano. Su planta alta de anaqueles invadidos de tragedias griegas y de retórica frívola. Su fuego degollando el aire. Su whisky de malta historiado en la mano izquierda mientras la derecha acaricia el pelo dócil de un Yorkshire terrier y una soprano se desgañita con Dido y Aeneas. Afuera la vida es un enigma insoportable y yo desmadejo alejandrinos mientras la filarmónica de Berlin ataca el cuarto movimiento de la sinfonía número cinco en do sostenido de Gustav Mahler. El frío es lírico y lúbrico.

***

La flema la pule una buena mesa camilla, unos cuentos victorianos de fantasmas, whisky escocés y un par de buenos troncos en la chimenea.

12.11.21

No he tenido yo jamás conciencia de tener una vida interior, pero preguntadme si he sentido la punzada del hambre o el delirio de la carne.

***

Imposible acompañar a Catulo de putas por Roma. Ya no hay Catulo y Roma no es lo que era. Está intransitable. Huele a escombro Roma. Los burdeles hace tiempo que fueron retirados a la periferia y las putas se confunden con las mujeres de los cónsules.

11.11.21

Dietario 213


 No hay que precaverse contra la belleza. Ni siquiera contra la posibilidad de que esa belleza no irrumpa a la primera y se precise cierto adiestramiento, una especie de instrucción previa que nos habilite para decodificar (está de moda el verbo) el contenido clausurado, no válido para el disfrute. Lo maravilloso del arte es que acaece con proverbial vigor: no pide que tengamos experiencia (aunque no sobre) y tampoco exige una continuidad. La belleza carece de efemérides y de prontuarios, no tiene que anunciarse. Cada uno hace acopio de herramientas para descerrajar su uso. No hay quien carezca por completo de una brizna de sensibilidad. Bastar con dar con la cuerda que debe ser pulsada. Está ahí, por más que no se tenga noticia suya, incluso a pesar de que no comparezca cuando se la espera. La belleza es esa rendición ante lo inefable: algo que nos conmueve, algo que nos enternece, algo que nos hace trascender. Lo de la conmoción, el enternecimiento o la trascendencia puede matizarse, pero son tres cuerdas: lo son de un modo limpio y franco. 

10.11.21

Dietario 212


                                       Fotografía: Samuel Sánchez, El País.

A propósito de un haiku que escribí, alguien me hizo pensar en la palabra clausura. La pensé como si fuese nueva. En ocasiones las palabras se despojan de sus ataduras semánticas y tienen una sonancia novicia. Tienes claro qué significan, pero de pronto caes en la cuenta de que hay matices que no conocías, asociaciones que reclaman y de las que no posees propiedad ni entera conciencia. Las palabras vienen a ser personas: por mucho que te precies de conocer a una, te acaba por sorprender, hace lo que no esperas, actúa como si fuese otra. Así uno mismo también. Así el recado de la vida. 

9.11.21

Milton

Pienso en rosas. Nubes tangibles de rosas. Ríos de formidables rosas. Espléndidas. Fragantes. Rosas como palabras abandonadas únicamente a sus sílabas, sin atender al cauce limpio que secretamente las navega. Quizá el tiempo, el inmarcesible, congregue rosas, rosas perfectas o herrumbradas rosas, que oscuramente finjan ser días y habiten la breve estancia del verbo

8.11.21

Escuela 8.0


 

De los malos maestros un amigo mío (maestro también) solía decir que se ocupaban de castigar a los niños ciegos en los cuartos oscuros. Sobre la educación hay tantas opiniones que no siempre tiene uno a mano la que más conviene, ni siquiera se tiene una propia, formada, más o menos consistente. Se muda de una a otra a razón de los tiempos que corran, incurriendo a veces en locas aventuras dictadas por la moda y, también con fatigada frecuencia, cayendo en la costumbre de creer inmejorables las formas de antaño, las que no se dejan convidar por las insinuaciones lúdicas de la época en la que le ha tocado estar. Ni unas ni otras valen por sí mismas, enteras y excluyentes: ni la injerencia masiva de novedades, con la retirada de las técnicas vetustas, las del idealizado pasado, ni la entronización de esa escuela con la que aprendimos los que ahora nos dedicamos a enseñar, con su amor a la memoria, con su heroica (y épica también) apuesta por el conocimiento. De conformidad a esta mudanza en el paradigma educativo, hemos hecho bilingües las áreas que antes se conformaban con el manejo lustroso de la lengua vernácula, tal vez malogrando tres cosas al mismo tiempo: el área en cuestión, el español descartado y el inglés abrazado. Hemos digitalizado la enseñanza al punto de que la mera transmisión analógica de los conocimientos se observa con suspicacia, como si quienes todavía la auspician (maestros de la vieja hornada, escuché hace poco) desoyeran la voz de la calle, el runrún de los tiempos. Hemos declinado la primacía del saber, esa especie de bendita nomenclatura de cosas que poseía la facultad de funcionar como esos links que ahora brincan por la red. Éramos capaces de cartografiar esos datos y extraer una consecuencia, un sentir o una causa que lo hilara todo, de modo que la realidad se comprendía (cada uno a su manera, claro) sin que intermediara un agente externo ocupado en rastrear todos esos datos y rendirlos en milésimas de segundo. El hecho de que esté a nuestro alcance ese buscador universal es algo maravilloso, no hay palabras con las que expresar la gratitud hacia esa herramienta portentosa, pero si la endiosamos, si le encomendamos la resolución de cada pequeña incompetencia que nos asalte, estaremos debilitando (lo hacemos ya, con estimable celeridad) la locuacidad del ingenio, la dulce y bendita propiedad de las palabras. 

 Imagino que, como casi todo en la vida, esas ideas sobre la escuela van cambiando. Hay cosas maravillosas en el acto de enseñar. Uno cree haber aprendido a ejercer ese oficio y constata que se pueden hacer mejor las cosas y también que podrían malograrse e irse todo al estéril carajo, donde cada uno campa a su antojadizo albedrío. El maestro es un provocador. Eso hacemos: provocar. Ahí no hay indicador que administre esa voluntad mágica: la de inocular el asombro y la inquietud en quien está formándose, descubriendo el mundo, encontrándose en los otros y conviviendo con ellos en una idílica armonía, que luego (muchas veces) se deshace. No dudo que el maestro digital valora ese don como lo hace el analógico. A ambos les incumbe el propósito firme de iluminar, de guiar, de transmitir, de educar, en definitiva. El maestro es ese agente externo, el jugador del ajedrez de la vida que va unos cuantos movimientos por delante y prevé los errores ajenos y modela y rehace los suyos para que la partida no tenga un ganador, sino que concluya en las tablas previstas. Se trata de hacer que el que gane sea el juego y pierda importancia (o no la tenga en absoluto) quién da el jaque mate. Nadie se apropia de la victoria, no la hay. Es de las pocas cosas en las que se observa un beneficio mutuo. De hecho, aprenden los dos jugadores en liza. Sin afección, con la sinceridad agradecida del que disfruta muchísimo de los avatares de la contienda (educar es un acto no siempre pactado y pacífico), suelo despedirme a final de ciclo de los grupos a los que imparto expresando mi deuda o mi agradecimiento. No hay día en que ellos no me hagan ser mejor en mi oficio, me disculparán el halago propio. Hay también días difíciles, cómo no va a haberlos. Tienes la sensación de que todo se enmendará, pero te duele la flaqueza de la tarea, ese desear mejorar y apreciar que se te ponen trabas, prerrogativas de la gobernanza normativa, obstáculos administrativos, injerencias no siempre útiles (muchas veces verdaderamente irracionales) a las que debes dar cumplimiento, porque no estas solo ni es tuya la escuela ni es siempre tuya la decisión de hacer las cosas a tu particular modo.

Luego está la levantisca marea de los tiempos. Levantiscos ellos, obstinados en contrariarte. Estos no son los mejores, tampoco sé si otros fueron más generosos o festivos. Sé que luchamos contra gigantes. Tienen a veces la presencia amigable y poco invasiva; otras, a poco que uno se detiene y mira con detalle, medran en imponencia y en hostilidad: te aprisionan en su red de compromisos y de exigencias. Es ese monstruo, una vez liberado, el que nos hostiga y desarma. Hostigados, desarmados, entramos al aula con la sensación de que no es el sentido común, el admitido sin fractura, el que nos guía sino otro sentido, menos común, de menor acatamiento, apoyado en el tsunami de la burocracia, en su vértigo de registros y de comparecencias, en su hartura de reuniones absurdas y vacías, en su ruina pedagógica y, a la postre, vital. Porque no ve uno asidero fiable, casa en la que guarecerse de toda esa tormenta legal y tal vez legitima (somos unos mandados, son otros los que escriben las reglas del juego, que es cada vez más cambiante y descorazonador).

Adenda 1:
Todo no es desaliento ni desamparo. Hay briznas de cordura, la que cada maestro se impone para que prosiga la ilusión, que no se desvanece, ni se difumina por la presión del trabajo. La tiene: uno se envalentona, se erige valladar (qué preciosa palabra) y avanza a ciegas a veces, pero consciente del papel que representa y de la responsabilidad que ha contraído, que es mucha. El de maestro es el mejor trabajo del mundo.


Adenda 2:

Mientras que a la escuela le coloquen el número detrás del punto, aviados andamos. Parece, ya digo que no estoy instruido, que es un artefacto, una maquinaria que precisa sucesivas puestas a punto, reinicios, formateos, limpiado de virus, eliminación de residuos, actualizaciones que acaban por hacer prevalecer la novedad del programa a su efectividad o la necesidad real de que todos esas nuevas nomenclaturas sean las correctas, no lo que (a la vista de lo que hay) parecen, esto es, simulacros, tentativas, huecas estéticas que tan sólo alimentan la ilusión de que son útiles. 












6.11.21

Dietario 211


Se atribuye a Séneca lo de que si una persona no se ríe no debe ser tomada en serio. Siempre fue la seriedad un asunto importante, lo sigue siendo, quizá indebida y muy extendidamente. De los serios, de los que no esbozan una sonrisa, tengo yo una opinión equivocada, seguro, pero hoy me atrevo a compartirla. Quién no ha tenido un día o una época de plantar el gesto en un trazo hosco y el ánimo hilado a él. Hubo un tiempo en que pensé que eran los serios gente segura de sí misma, convencida de cuál era su lugar en el mundo y, en la decisión de no perder ese lugar, no dejar ver nada interior suyo, ningún gesto que delate cómo eran en realidad. Como si el mundo estuviese mal hecho o como si algo adentro de cada uno anduviese roto y se supiera que no tendría arreglo fiable. 


En el trasegar con la gente y con uno mismo (que no es cosa de poco peso), he ido descubriendo los beneficios del humor, sobre todo del que uno se aplica sobre sí mismo, sin que se precise público, ni se busque la aprobación o la complicidad o la conformidad de quienes, por azar o por decisión, nos escuchan, se arriman con voluntad, nos tienen en cuenta y nos valoran. Tenemos inclinación a no mostrarnos, parece que es mejor callar que decir lo incorrecto. Del prudente no se tiene a veces la misma opinión que del lanzado, el que lo cuenta todo y de todo posee criterio publicable. Conozco más gente celosa de lo suyo que desinhibida y generosa con su interior, aunque me prodigo con más entusiasmo en las reuniones de gente desprejuiciada, fácilmente inclinada a decir lo que barruntan y no medir las palabras o considerar el efecto de esa manifestación sincera. 


De esa gente seria de la que hablo, conozco muchos que, a pesar de los años  transcurridos y de las cosas que hemos vivido con ellos, no han dejado entrever nada de lo que custodian adentro, ninguna intimidad que uno gustosamente acepte como regalo, ninguna parte privada que otros desconozcan y que se reciba como prenda de amistad, como evidencia de que se confía en nosotros y en nuestra prudencia. Con estos, con los serios, sucede que cuando un día prorrumpen en locas risas y se solazan de todo lo que suscita el humor no hay quien les crea, no se advierte sinceridad en lo que hacen, creemos que actúan así por deferencia a los demás, un poco obligada y teatralmente, por cuajar en los otros, por epatar y parecerse a ellos y no desentonar, sobre todo por no desentonar.


El serio es proclive a consolidar su seriedad, la mima, no da de ella alarde, sin embargo: procede con toda la naturalidad de la que dispone. Trata su actitud ante el mundo con total seriedad en una especie de feedback egoísta y útil. Cuando algo lo distrae, suele recriminarse en privado, prometiéndose no caer de nuevo, por si los cercanos y los eventuales lo toman en serio y creen que su ánimo ha mutado. He ahí una de esas paradojas que nunca podría entender, por cierto. Del serio, considerado ya un profesional en lo suyo, hay que cuidarse, no vaya a ser que contagie y convenza. Hay una inclinación natural en el ser humano a pensar que lo de los demás es lo procedente y lo válido y a menospreciar lo propio. Si uno se habitúa en demasía a tratar a la gente seria se observa una metástasis tácita e implacable: la transferencia es sólida y permanece. Igual que se extiende la risa entre quienes la practican, también la seriedad se afianza y se propaga. Es un cáncer. Con su metástasis y con su infierno. 


No sabría decir la procedencia de la seriedad. Se conoce todo lo demás (su influencia, su prestigio incluso) pero no las razones que la alumbraron. Hay serios profesionales por aplazamiento indefinido del humor, tal vez por desconfianza en el resultado o por exigencias excesivas. Como el que nunca se decide a cantar en la certidumbre de que no lo hará como los cantantes que admira o el que no se pronuncia en materia política por creer que desbarrará y harán mofa o escarnio de sus tímidas opiniones o se le pillará en un dislate o en un descuido moral. Luego está el serio escarnecido. Es ésta especie de solivianto perenne, de pronto hostil y de gesto adusto y entenebrecido. Pareciera, observado sin esmero alguno, que se le debe algo y anduviera a la caza del cobro y de la restitución moral de lo impagado. Comoquiera que no se le adeuda nada, exhibe siempre el mismo semblante, sin moderarlo ni rebajar su agreste compostura muscular. Leí que para reír hace falta el concurso de cientos de pequeños resortes musculares. Tal vez (no es cosa leída ésa) no se precise ninguna coreografía en el rostro para expresar la seriedad. 


A su vera, transita el serio integrado. Negados a cualquier alegría prevista o inadvertida, circunspectos adrede, estos serios viven felices, en apariencia. No se les ocurre que haya vida más apetecible que la suya, no creen perderse nada de lo que otros anhelan o poseen, no se martirizan de noche, cuando concilian el sueño y su cabeza da una batida por lo que se ha hecho y lo que no y cierran el vértigo del día finiquitado. Son gente admirable, en el fondo. No molestan, no incurren en hacer ver el error ajeno, ni alardean de los aciertos suyos. Se dejan vivir sin atreverse a hospedar en su talante la naturalidad y la sana improvisación, sin padecimiento distinto al común y universal.


Serios peligrosos existen y hasta abundan.  Conocerá alguno. Se avinagran a poco que se tercia, si es que no vienen ya con el torcimiento y el desaire cuando se les dio carta en el baile del mundo. Concurren en ellos agravantes que nos licencian para repudiarlos. Pretenden inculcarnos su desavenencia con la vida. Se afanan en granjearse nuestra atención y no se cortan ni un mal pelo en airear su inquina, en atribuirse el perfil de mártir, tan socorrido. Exhiben contrariedad permanente, se duelen hasta de sí mismos  y no dejan escapar oportunidad alguna que constate su encabronamiento, esa tendencia hostil en ocasiones a batallar por norma, aunque no se advierta contienda. Están, por así decirlo, en una posición elevada, de la que presumen y con la que se valen para imponer su agrio criterio, tantas y tantas veces estéril o improcedente. No se recomienda contrariarlos, es una opción baldía, sólo acarrea cansancio.


No hay que confundir seriedad con tristeza. El triste es un serio sobrevenido. Se le ha venido el mundo encima, por decirlo de alguna manera; ha caído en desgracia, se ha visto arrojado a un nihilismo romántico o una anarquía patológica. Figura más noble que la del serio, la tristeza se mira siempre con buen ojo. Hasta la poesía la ensalza. El arte es a veces de una tristeza conmovedora y trascendente. Al triste se le hacen gracias, se le invita a que salga, procura uno que no se encierre y se deje convidar, pero no se despliega esta logística sentimental con el serio. Hasta donde yo llego, el triste es conmiserativo, dan ganas de abrazarlo, no se arredra uno en afectos, se ofrece enteramente, sin ambages, todo por devolverle el ánimo, por restituirle la alegría fugada, no sabremos nunca bien los porqués. Tristes notables ocupan grandes y nobles páginas de la Historia. 


Ayer vi a un tipo serio hasta el cansancio. Lo era de un modo alarmante, desafiante, intimidatorio. Creí que yo mismo, sin conocerlo, sin mediar ocasión, le había hecho algo, lo creí con absoluta certeza. No intercambié palabra alguna con él, no hubo razón, no nos conocíamos, sólo me miró y le miré, tan sólo uno recaló en la circunstancia del otro. Quizá eso debiera haber suficiente, no que la mirada delatara la seriedad de la que hablo, pero atendí ese rasgo, anulé o rechacé todos los demás. No sabría decir qué tipo de serio era, si uno religioso o profano, si eventual o permanente, si satisfecho o renuente. Era una de esas caras que, al verse, no cabe desatender: la cara juntamente con el abandono general de su figura, desmadejada, como extraída de un sueño, irreal si uno tiende a la hipérbole. Cruzó la calle mientras que yo me dirigía hacia un supermercado del barrio. Sentí que el peso del mundo, el peso malo, el peso terrible del mundo, reposaba sobre su cabeza, ocupándole todos los sentidos. El rato en que pensé en él sentí no sé si dolor, pero sí apesadumbramiento, una especie de incomodidad que no alivió el trajín del súper, su bullicio de viernes, el ruido de todos mezclado con el mío interior. Ojalá nunca nadie me mire como yo le he mirado a él, ojalá no vea nadie una seriedad semejante impregnada en mi rostro. Quizá él no se reconozca serio y seamos los otros los depositarios de esa evidencia. Puede ser que sea en el fondo, un tipo ocurrente, un cachondo, un viva la vida, uno de esas almas libres y puras que gozan del mundo como Epicuro, mi admirado, vivió el suyo. Todo lo que yo compuse fue delirio salido del cansancio del que parezco no salir. Será que duermo mal o a ratos o cuando no es hora de dormir. Hoy seré el serio, cómo evitarlo a veces. Nada que dure, espero. En todo caso, sabré acudir a mi dispensario de bálsamos reconstituyentes. 

5.11.21

Un paseo con Gustav Mahler


 Berg debió escribir Lulú sin pensar en Mahler, pero a mí me recuerda a su séptima, lo cual podría ser uno de esos delirios en los que uno incurre cuando está manifiestamente cansado. No recuerdo cuándo escuché Lulú por primera vez. Tampoco cuándo la séptima. Uno va olvidando las cosas. Quizá porque no sean relevantes. Hay quien administra con mimo los datos. Cuándo hizo esto, cuándo lo otro. Si en el año mil novecientos ochenta y siete tuvo su primera revelación mística o en el ochenta y nueve encontró en otro cuerpo el verdadero sentido del cosmos o en dos mil (debió ser verano) entrevió en un paisaje marítimo la razón huidiza de la belleza. Soy de los que piensan que el sentido de las cosas o la belleza que exhiben  está en los lugares más insospechados. No está ahí afuera, ni está en los libros de los que entienden. Está adentro, en el corazón, en el alma, en todos esos sitios a los que los poetas les dedican su empeño. Ya no sé si soy un poeta. Debí serlo de un modo apasionado en mil novecientos ochenta y cinco y luego fue decayendo esa conciencia preciosa y sutil hasta el mediocre oficio de ahora. Poeta a tiempo parcial, mientras desgranaba unos versos, o poeta a tiempo completo, de los que se dejan ocupar por los primores de lo real o por la elocuencia de lo invisible. Irrumpe entonces el numen a su antojadizo capricho, sin que se tenga voluntad o algo parecido a una propiedad sobre él. Uno trata de ordenar todo esto y desbarra. Será desbarrar el estado natural del que escribe, hace días que no lo hago, vaya usté a saber por qué. Uno escribe, y el lector, el eventual o el cómplice, encuentra los significados. No puedo decir mas. No sabría. No es de mi incumbencia lo escrito una vez volcado. Menos mal. Escribo mucho y no tengo tiempo de adquirir una responsabilidad innecesaria. Ahora, mientras que el lector lee este texto, subo la mirada y me encuentra arriba del texto, cuando debería estar debajo o dentro. El poeta tiene su periferia y el lector, la suya. Me hago estas consideraciones sin que las suscite propósito alguno. No deseo saber. Me conformo con no dejar de hablar. Ahora no me gusta Lulú. Es pesada la ópera. No me impresiona como imagino que entonces. La caja de Pandora de la que habla abre sus confinados males precisamente ahora. De Mahler, no obstante, guardo querencia por su opulencia o por su fragilidad. No ha habido merma. Creo que no. Hay veces en que paseo mi pueblo con alguna sinfonía suya en los cascos. Los tramos de más liviano cuerpo se escuchan como a lo lejos, imperceptibles a veces, si se anima el tráfico mientras voy de un sitio a otro, ocupado en la observación de que la música que escucho modifica el paisaje. Lo hace de un modo irrebatible. Hay calles que son ya siempre de Mahler o de Robert Johnson, pongo por caso. Hace un par de días fuimos los dos en comandita. Mahler y yo. No fue un mal paseo, qué va. De todas formas, no manejo con soltura la nomenclatura, se me viene abajo el robusto (antaño) manejo de los nombres. Ya digo que voy olvidando las cosas. Unas más que otras. Mirado con objetividad, no soy quien fui, nadie es quien fue, el mundo nunca es lo que dejó atrás. Es nuevo y es hermoso a diario. Duro y complejo, también. El tiempo, el juez severo, escribe sus páginas. No son cosa mía. Tampoco vuestra.

273/365 Jackson Pollock

  Se cae, en un descuido, el rojo. Emerge, comido de vértigos, el azul. Está la luz enfebrecida. Se la ve triste, se tiene la impresión de q...