22.1.21

Dietario 22

 Contra la conveniencia de pasear está la de ocupar ese rato en adquisiciones sentimentales que no precisen traslado o trayecto, sino la cálida mesura de un cuidado retiro doméstico en el que no haya descuido en la medida del café o alivie la pereza la intromisión (bendita ella) de un libro de poesía o de una peli de la RKO o una sinfonía de Mahler. Digo esto a sabiendas de que ninguna de esas cosas (la poesía, lo de la RKO o Mahler) va a procurarme la salud que dispensa un buen paseo, pero albergo la esperanza (no se me pongan sinceros, no busco la franqueza) de que la poesía, el cine o la música conciten en mí la unánime presencia de todas esos beneficios que da mover un músculo tras otro, aliviando aquello que sobrecargue a su antojadizo manera mi (por demás) feliz cuerpo de mesa camilla. En cuanto sea advertido por la autoridad médica competente, si el cuerpo se vicia y flaquea y preciso de su consejo, vuelvo a las caminatas, de las que tengo opinión favorable, no crean que me obceco en rehusar su colaboración en el sostenimiento de mi bienestar. Haré cuanto hoy (hace un frío escandaloso y el paisaje no invita a que se intime con él) me parecerá desquicio completo. Es abrir el día y ya ardo en deseos de que concluya la jornada laboral (a la que adoro, dicho sea con absoluta franqueza) y pueda esparcirme en el manejo de esas debilidades a las que tanto amor profeso. Me da también por contradecir a Schopenhauer, que sostenía que las mejores ideas acuden cuando paseamos. No niego que haya habido ocasiones en que algo valioso surgiera en el devaneo de las tardes, cuando se recorre la periferia del pueblo con el mejor de los ánimos. Mis ideas, si alguna perdurara, no se favorecen o perjudican por el lugar en el que advienen. Algunas que me agradan particularmente irrumpieron en bares, esos templos ahora en tristes horas bajas. Nada mejor que un café en una buena mesa (en terraza o en interior) desde la que divisar el trajín del mundo y poder elucubrar sobre nuestro papel en su desempeño. El sábado, si no lo chafan las contrariedades habituales, me tomo uno y pienso en si regreso al vicio (lo fue, lo será en breve) de pasear, aunque sólo sea por Schopenhauer. 

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