31.12.18

4:33


Uno nunca sabe si se está mejor dentro o fuera, si el silencio es hermoso o es en el ruido en donde la vida se expresa con más vehemencia. No saber es un estado maravilloso, en cierto modo. La ignorancia es un punto de partida, un asidero firme desde el que avanzar. Quizá lo que importe sea el riesgo. Si es cosa de arriesgarse, acepto el reto estético (o intelectual o moral, no sé) que plantea John Cage, que le escribió al silencio y dejó que su música invisible impregnara el ruido. Acepto que esos cuatro minutos y treinta tres (eso dura la pieza, podría haber durado cinco segundos o días enteros) sean trascendentes en mi vida al modo en que lo siguen siendo los valses de Strauss, eso oigo ahora, padre o hijo me valen igual. No entra en ninguno de mis muchos cálculos (de verdad que soy muy curioso y me he dejado engolosinar por propuestas literarias o musicales o cinematográficas muy arriesgadas) buscar lo que mis sentidos (todos alerta, conjurados a encontrar una brizna de asombro con la que satisfacerse) niegan. Rechazan lo que no entienden, pero hay tantas cosas que no entiendo y con las que disfruto que me planteo si me estoy volviendo uno de esas criaturas exigentes, exigentes en demasía, tal vez, que a todo le ponen obstáculos y no se sienten cómodos con casi nada, perdidos en el fondo, maravillosamente perdidos. De verdad que yo soy un alma sencilla, quizá no cándida, a mis años, pero sencilla de un modo precario y elemental y hasta inocente. Y si unos cuantos exégetas del arte contemporáneo o de la música entendida como una de las más altas y nobles pasiones me intentan convencer de que estoy ante una obra maestra, pues yo me esfuerzo en darle una oportunidad a Cage, sí, no hay problema. Y se la doy porque hoy estoy de buen humor. Será que mañana acaba el año o será que me acabo de levantar de la mesa camilla y vengo contento de brasero y de felicidad doméstica. Estoy por borrar la entrada, por dejar el concierto, los cuatro minutos y treinta y tres segundos de intriga sonora, sin que un texto lo acompañe. Que sea el silencio el que explique el silencio. Un bucle sin decibelios. Un agujero en el continuo espacio-tiempo. Tengo que ponerme al día, tengo que aguzar el oído para que deje de tener relevancia el silencio de los ejecutantes (que no ejecutan, entiéndanme) y la tenga el carraspeo de los espectadores o el murmullo inherente al hecho mismo de que se está asistiendo (no puedo negar esa evidencia) a un hecho artístico controvertido. Pero no es artístico. O lo es de una manera extraña. Nada que difiera mucho de la realidad, extraña también. Lo de Cage es humorístico también. El humor es consustancial al arte. Todo lo que hacemos es risible. Tengan un bonito domingo.


29.12.18

Somos fantasmas

Quizá la palabra más hermosa que hayamos perdido sea confianza. No lo hay o la hay de un modo protocolario, sin el eco de las palabras nobles, de escaso afecto por la veracidad, vendida como un objeto, usada sin respeto. No es solo el desencanto en lo político sino también una pereza por lo social. No cabe paradoja mayor: en el reino de lo viral, en la trama infinita de las redes sociales, en ese limbo falso y perfecto, cuando todo está a mano y la realidad es un código en una línea de texto, el hombre se banaliza, se expande como nunca, se escinde en hombres intercambiables, huecos, sin hondura, vaciado de contenido, huérfano de la emoción y del asombro con la que se forjaron otras revoluciones culturales. La de hoy es viral, esto es, huidiza, áspera e informe. No es que la oferta supere a la demanda, en términos estrictamente comerciales, sino que no hay demanda. Todo es oferta, pero una oferta ligera, majestuosa en tramos, cómo no, pero espídica. Lo que estamos perdiendo y lo que probablemente no recuperemos es la construcción artesanal de la realidad, ese grado de confianza en lo que nos rodea. Todo es pasajero, todo es volátil, nada cuaja: no está en su naturaleza aposentarse, sino avanzar, no fijar una casa, no la hay, todo es camino, somos seres de lejanía, como dejó escrito, en otro sentido, Umbral. Tampoco sabemos qué nos deparará el futuro, por más que tengamos noticias fiables, previsiones. Será más hueca que ésta, tendrá menos volumen y más extensión. Llegará a todas partes, pero no hará cuartel en ninguna. Las tradiciones, las que uno comparte y las que no, se irán, tienen su fecha de caducidad escrita al dorso, las arrumbó la fibra óptica, el tendido vastísimo de logaritmos y de nubes. También estaremos más solos. Cuando seamos más, menos gente tendremos a la vera, aunque podamos saber más de lo que hacen los otros, dónde están o qué aspecto tienen. Lo que no tendremos es el calor, esa sensación humanísima de proximidad y de afectos. A eso acabaremos renunciado vía whatsapp y otros artefactos de (paradójicamente) incomunicación masiva. Todo lo fiamos a él, en él depositamos la continuación de las amistades, prescindiendo de la voz, guardiana de los abrazos. No hay abrazos, los estamos perdiendo, igual que la confianza. Nadie se libra, todos estamos abonados a ese protocolo muy útil en ocasiones y lesivo y maligno en otras. Somos una especie de fantasmas que circulan por realidades alternativas, que se entrecruzan de cuando en cuando y milagrosamente se rozan en otras. Fantasmas encantados de nuestra flamante condición espectral, seres de luz venida a menos, tristes sombras.

28.12.18

La reputación


"La reputación es un prejuicio inútil y engañoso,que se adquiere a menudo sin mérito y se pierde sin razón. La reputación es el agobio de los tontos"

William Shakespeare

No se oye tanto como antes lo de la reputación, hay palabras que se arrumban, se dejan un poco aparte, porque no se desea entrar en lo que ofrecen, por hondas tal vez. Hay palabras que tienen hondura y otras que no. Lo de la reputación se trae a veces sin cuidado, se usa sin pensar en qué se dice. Cuando se dice de alguien que tiene una reputación, buena o mala, se está diciendo poco, no se esmera quien lo dice en explicar por qué esa propiedad, si ha sido conseguida trabajosamente, acarreada en los buenos y en los malos tiempos, cincelada con mimo o, por el contrario, es una cosa maleable, voluble, de poco o ningún asiento, del tipo de reputación que oscila y se inclina a un lado o a otro según el azar o las modas, vaya usted a saber. Si acaso, cuenta la mala reputación, de la que se puede hacer chanza o chascarrillo, la susceptible de airearse a beneficio de ociosos, la que anima corrillos de maledicentes. Hay muchos corrillos de ésos. El hecho de que abunden es un indicio del tipo de sociedad que estamos construyendo. Siempre hubo fascinación por conocer de cerca la intimidad ajena y, caso de que no sea la previsible y formal, dedicarse con encono a difundirla, sin mirar qué daño se hace o si es cierto lo difundido. Una mala reputación es carne de cañón. Haga lo que lo haga, lo consideran mal, cantaba Paco Ibáñez.  La buena no tiene predicamento: se pierde a poco que las circunstancias adversas la cercan o la zarandean un poco. Una vida entera de rectitud puede malograrse en un minuto suelto de desquicio. Un minuto es mucho a veces. Menos se precisa para que se arruine una buena reputación. Basta un error, en el que se esperaba que cayésemos y, mire usté por donde, al final caímos. No cuesta trabajo desquiciarse. Razones hay, a poco que se fieje uno. Por ahí anda la reputación, gloriosamente a salvo, expuesta para ser admirada por quien no la posee o, creyendo estar en posesivo suya, alaba la ajena, lo cual es una forma de prestigiar la suya. Anda expuesta, cubierta de gloria o de mierda, si se me permite la palabra gruesa, pero es una o es otra, no hay término medio. O se está bien mirado y se nos mira con respeto y, en casos, aprobación o admiración, o se nos pone a caldo, a parir, se tira por los suelos el posible nombre que uno tenga. Siempre me hizo gracia eso de que tengamos un nombre. Es muy de tiempos antiguos, pero en el fondo está mal que se haya perdido esa expresión. Hay quien se afana en labrarse un nombre (yo soy tal y tal y con eso ya debe ser suficiente, es mi aval, ahí en mi nombre están mis credenciales) y procede con dedicación y no pierde ocasión de pulirlo, ni de presumir de él. Usted no sabe quién soy yo, se oye a veces, cada vez menos, pero hace gracia, suena a folletín o a comedia en un teatrillo. 

Adenda:
Sobre la consideración que se nos tiene no hay nada que podamos hacer. El poco o el mucho prestigio que tengamos fluctúa sin que concurra intervención nuestra, todo proviene del parecer ajeno, nunca de la opinión que uno tiene de sí mismo. La vanidad, por otra lado, traída sin remedio, es el prestigio que creemos tener, que a su vez es el que pensamos que se nos atribuye, meritoriamente o no. Es fácil caer en ella. He conocido algún vanidoso, quién no. Uno mismo, en ocasiones, lo es sin que se tenga conciencia. Son éstos tiempos de vanidad sobrevenida. Hace falta poco para creer que algo hemos hecho bien y que se nos reconozca el trabajo. Estará en la naturaleza humana ese deseo de ser reconocido. En el fondo, la humildad no ha funcionado nunca como motor de la Historia. ¿A cuántos humildes conoce el lector? En cambio, ah infortunio, ah calamidad, sabemos de los vanidosos, conocemos muchos, hemos tomado café con ellos, hemos visto cómo se desenvuelven, hasta somos capaces de hacer pasar por vanidosos a quienes no hicieron nada que mereciera el atributo. Siendo reprochable, vemos en la vanidad un cierto encanto. Hay quien se cree popular y reconocido y posiblemente también amado porque tiene una legión de seguidores en Facebook o en Twitter. Ser popular en las redes sociales es como ser rico en el Monopoly. Lo acabo de leer en una de ellas. Uno entra en el juego de esa popularidad impostada, la acepta sin más, se cuida de que no le envare en demasía en el proceder diario, pero en el fondo, cuando caen los halagos, si es que alguno cae, no incomodan, no se apartan, se abrazan, se consideran una parte del trabajo, la de los premios, que siempre son bienvenidos, se diga lo que se diga. El problema hoy en día es el halago mecánico, el rápido, el que se expresa con un sencillo like en un post colgado en una plataforma, en una de las muchas redes sociales. Se tienen más amigos ahí que los necesarios, que suelen no ser muchos. Tan sencillo resulta dar al clic y expresar la aprobación que la misma aprobación, en ese resumen despachado, no tiene el rango del comentario, el del gesto afectuoso, pero no podemos dar marcha atrás, todo va rápido, excesivamente rápido, no hay manera de parar la máquina. Habría que ver qué hay detrás de los emoticonos, aunque ese trabajo no hay quien lo realice, no es posible, todos son el mismo, ninguno es más hondo que otro. En el deseo de que esos emoticonos cobren más expresión, se amplió el número de ellos. Debe haber miles. Uno casi para cada sentimiento, es posible, no voy a discutir eso de modo que hemos vuelto al pasado jeroglífico, prescindimos de las palabras, las traducimos a muñecos que semejan dedos que aprueban o desaprueban o a caras que recogen un amplio espectro de sensaciones. Todo está hueco por dentro. De ahí que el vanidoso esté en su ambiente. Son buenos tiempos para no tener que detenerse a explicar mucho: basta la expresión sucinta del like o del dislike, que no sé por qué hay que recurrir al inglés, pero también ese es un peaje que estamos pagando. Un amigo ha dejado Facebook por más o menos todo esto. Está agotado, me cuenta. No necesita difundir lo que escribe más allá de su blog. Su vanidad, me refirió, se estaba atrofiando. Era otra cosa, ni siquiera la saludable y antigua vanidad. Ahora escribe, lo hace con menor frecuencia, pero no lo ha dejado, pero no tiene interés alguno en ser leído por más gente de la sucintamente precisa: ocho o diez amigos, no más. Yo a veces creo que podría hacer lo mismo y cerrar el facebook o el twitter y volver a tener solo un sencillo blog al que entran muchos amigos y algunos lectores. 

23.12.18

Una historia de amor en vísperas de Navidad


                                                      Fotografía: Emilio Calvo de Mora



El muñeco estaba apoyado en la pared, una pared sin vistosidad, de ladrillos grandes, como de obra a medio terminar. No puede saber uno quién lo puso, qué pensó cuando lo colocó con ese mimo, cuidando de que no se quebrara y cayese, expuesto a que alguien lo manumite de su posado forzado y le dé un lavado en casa. Seguro que un buen aseo lo recompone, pensé. El muñeco se ríe, se ríe mucho, hasta cierra los ojos de lo mucho que se está riendo. Tal vez le haga gracia su destino, el del abandono. A la fatalidad le sale siempre un lado humorístico. No he visto desgracia que no lleve consigo una parte jocosa. Estaría bien que ya no estuviera allí, aunque no voy a desandar el camino y comprobarlo. Lo normal es que no esté. Tampoco nosotros estamos cuando se nos espera. En parte hay algo nuestro en el muñeco, riamos o no, nos hayan dejado o no en una pared cochambrosa de un camino apartado, a las afueras del pueblo. Hay gente que vuelve a nosotros y no encuentra lo que esperaba. Lo que no sé es quién nos gobierna, la mano que nos deja al albur del azar para que otro nos mire, caiga en la cuenta de que existimos y nos eche el brazo por lo alto o nos cuente qué hizo hoy, si salió a la calle a comprar la prensa y tomó un café en un bar o si en casa se juntan por navidad y todavía no tienen nada preparado. A lo único a lo que venimos a este mundo es a que nos amen. No hay nadie que pueda contradecirme, ni siquiera el desalmado, el que cree no tener ya la bondad con la que vino de fábrica, si es que alguna trajimos. Me dio pena el muñeco, una pena sin trascendencia, si se me permite, una liviana de poco asiento en la memoria, de las que luego se difuminan y no se tiene recuerdo de ella, pero todavía la tengo adentro. Sólo hace un rato que vi el muñeco y saqué el móvil y le hice la foto. Ya da igual que lo perdamos para siempre. Cada objeto del mundo merece una historia. Yo he cumplido con él, le he traído a casa, le he dado cobijo. De alguna forma estará bajo el árbol de Navidad, cuando sea mañana de Reyes y nos levantemos a ver qué buenos fuimos y qué generosos son los que nos aman. Ya digo, es amor, sólo el amor mueve la dinamo que hace que gire el mundo.

14.12.18

Un haiku (sin haiku)

Del pasado tenemos siempre a mano un relato fantástico, uno descabalgado de la realidad, convertido en mercancía de la imaginación, usada para entretener a quien escucha o a uno mismo, llegado el caso, si se empobrece demasiado la cuenta de las cosas, la trama de esa realidad que, vista en detalle, recordada con tiento, no acaba de convencer, no es lo que hubiésemos deseado. Se tiene la impresión de que podemos merodear la responsabilidad de contar cómo pasaron verdaderamente esas cosas, todo lo que nos ocurrió y la manera en que ocurrió, pero es que el tiempo hace que no poseamos ese dominio de la trama. Digamos que todo está ahí, insinuado, convertido en una especie de prontuario fiable de narraciones, pero luego el conjunto no se apresta a transcribirlo. Además tampoco sabríamos restituir esa novela sentimental sin hacer que concurse la fantasía, es ella la que hace que la memoria exista, aunque paradójicamente todo haga pensar que es la fantasía la que la contamine, la que pudre su voluntad de credibilidad o de honestidad. No podemos ser honestos con nosotros mismos. Siempre hay algo que malogra ese deseo. En un modo extremo, en el caso de que la fantasía condimente en exceso la trama, el pasado sobre el que debemos hablar no difiere de la ficción pura. Vivir es pura literatura. Uno en ocasiones puede creer estar en un cuento de Kafka o en una novela de Welles. Hay días en que sale a la calle y lo que observa, cuanto se le ofrece, no difiere de un cuento de Kafka o de una novela de Wells. Lo malo es cuando la realidad nos hace pensar en Orwell o en Dante. Los días, juntamente con sus noches, deberían ser haikus, que no importara ni siquiera el autor, sino la hondura y la concisión, la belleza con su cómputo sencillo de sílabas. La vida debería ser uno de esos haikus, pero a veces se obstina en alargar innecesariamente la métrica, en cultivar la retórica, en incluir personajes secundarios que no son precisos, en concederle a la fatalidad excesivas líneas de texto. Un haiku. Seguro que cada uno tiene el suyo a mano. Buen viernes. 

13.12.18

Defensa de la alegría / Pensando en Benedetti, en Eliot y en K.





La felicidad debería tener un mapa genético. Parece que funcionan si se tienen a mano para prevenir enfermedades o para hacer que desaparezcan si irrumpen. Quizá lo haya y yo esté únicamente evidenciando mi ignorancia. Nunca se me ocurrió que mapas y felicidad fuesen fácil de casar, como si una cosa llevase a la otra. Amé los mapas cuando no entendía lo que significaban y todavía hoy siento un placer que no sabría explicar bien cuando abro un atlas y el dedo va recorriendo los sistemas montañosas y las ensenadas, el curso de los ríos y la presencia de un populoso núcleo urbano, pero los mapas ya no son lo que eran, ya no invitan a ningún viaje, no se miran en papel, no hay libros grandes en las casa con mapas dentro, incluso la palabra cartografía está perdiendo su ímpetu, su naturaleza aventurera. En cierto modo se ha perdido esa voluntad mágica de querer ver más allá de lo que la evidencia ofrece. No sé de genética mucho más de lo que necesito, pero alcanzo a comprender que en ese baile de moléculas, de cuerpos que se abrazan y se alejan en el caos infinitesimal de la materia, debe estar la llave de algún logro sentimental al que no hemos llegado aún. Nos malogra ese milagro la contundencia a veces brutal con que la realidad nos atenaza, nos impone su crudeza, cuando la realidad debería ser un obsequio, un regalo precioso, un don. La realidad, de maleable que es, resulta incómoda, de poca o ninguna constancia, de fácil vuelo, como si nosotros, sus inquilinos, no mereciésemos habitarla, consentir que nos zarandee y nos apremie a que, conforme los años nos van formando, la entendamos. Lo dejó escrito Eliot: la realidad es insoportable, "human kind cannot bear very much reality", cito de memoria. Lo real, con sus primores, con sus trabas, con su destreza en contrariarnos cuando se le ocurre, sin que precise empecinarse, sin empeño a veces, sólo por incomodar, por dejar claro lo frágiles que somos, lo expuestos que estamos, el poco o ningún asiento del que disponemos, pero lo real es también milagroso, me dijo K. Con lo de ser felices se han perdido muchas oportunidades de estar alegres, añadió. Se obstina la gente en alcanzar la felicidad cuando no existe tal cosa, se deshace nada más irrumpir, ocupa un lugar pequeño y permanece un tiempo breve, es algo que se sabe, aunque no hacemos caso, proseguimos en el vicio de ese deseo, el de ser felices, no el otro, más sencillo, de manejo más fácil, también de presencia más frecuente, el vicio de la alegría. Y se defiende la alegría, se hace militancia en ese oficio, como Benedetti, que fue el poeta de la alegría o del entusiasmo por vivir y lo dejó también escrito. La defendió de la rutina y del escándalo, la defendió del pasmo y de las pesadillas, la defendió de la melancolía, tiro de memoria otra vez, creo que hoy ando fino, no siempre sucede así, hay veces en que la memoria desbarra, va a lo suyo, no obedece,  no cuenta con uno, ni lo mira siquiera, parece de otra la memoria, no hay manera de que se avenga a razones, la pudre el olvido, que es un bicho malo. De ahí Bendetti, tan lírico y tan vital; de ahí Eliot, un poco más triste, Eliot siempre fue un poeta más concentrado en la melancolía, uno de esos poeta tirando a filósofo, buscando meses crueles (abril es el peor de todos) o tierras baldías, empobrecidas y sin atender, como si ahí anduviera la razón última de las cosas del hombre. Tal vez esté, quién sabe. Esas cosas sólo lo saben los poetas, y no todos. 

12.12.18

boys don't cry

de lo que no me conforta, de lo que me excluye, de las mesas sin recoger, en una terraza de un bar, de las palabras a medio decir, en un sueño, de los golpes que no suenan nunca y que aplazan la felicidad y dan al día el tono gris, el tono gris de los poemas tristes, el día en que uno escribe un poema triste ya no sabe cómo levantarlo, se aplica, se esmera y se esmera mucho, pero no se le van de la cabeza las palabras y el poema ronronea en la cabeza, que es donde están al final todos los poemas, los poemas son una evidencia de que el mundo no va por nuestro lado, el poema es un desoír el mundo y es también un oírlo muy atentamente, un querer entrar en las tripas de la bestia, en dormir allí, en pegar la oreja a la misma tripa y empaparse del ruido que hace, yo tengo en mi cabeza todos los poemas que he escrito, he escrito mil poemas, los tristes son los que más duran, los que menos se dejan intimidar por mi voluntad de ser alegre y de poner la alegría en la ventana mientras suena una melodía pop, si no fuese por las melodías pop mi humor sería gris o no tendría humor, hay canciones en las que estoy yo, aunque no lo perciba de inmediato, canciones de tres minutos en las que mi vida discurre con absoluta eficacia, suenan en mi cabeza de poeta de miércoles de otoño en lucena una pieza de the cure, un himno, el humor es siempre un humor de circunstancias, como una mosca que de pronto se para en el brazo y la violentas con un gesto, la mosca siempre huye, no hay quien la convierta en una mosca muerta o una mosca moribunda, me da lo mismo, lo que me importa es ir avanzando y no sentir que me distrae una mosca o un coche que cruza con rapidez la calle, una mesa sin recoger en una terraza de un bar o un pobre en la puerta del mercadona clamando justicia, pidiendo un mendrugo de hacendado, pero el pobre sigue ahí, a dos calles de aquí, y yo estoy escuchando pop, boys don`t cry, abriendo la mañana escribiendo en plan disperso, no sé si alguna vez me concentraré y escribiré con más hondura, tengo un amigo que se recrea cuando me recrimina mi dispersión, emilio, deberías centrarte, poner un freno a tu verborrea, no vas a ningún sitio, no quiero ir a ningún sitio, me satisface mi oreja en la tripa de la bestia, el oído ahí bien pegado, sacando la información relevante, quién sabe lo que hay ahí, quizá se escucha a dios si uno presta la atención suficiente, ya digo, toda la atención de la que se pueda disponer, que no sé si tengo mucha o la estoy perdiendo poco a poco, sé de donde parto y miro al lugar a donde acudo y no va a ser posible, al menos no de momento, centrarme más, afinarme algo más, ya me entienden, me voy a conformar con ir cerrando el post, con ir pensando en qué ponerme, porque hoy va a ser un día largo y mi cabeza necesita desconectar, perderse, no sé qué hace mi cabeza cuando yo no la administro, si me traiciona, si malogra todos los planes que yo he ido pensando, si es la cabeza crápula o la admirable y entera, la que lee de noche a kavafis mientras escucha en el ipod una sinfonía de mahler, qué buena pareja, mahler y kavafis, yo sobro, bien mirado, deberían entenderse ellos, la cabeza es siempre la que manda, la que no se mete en problemas, la que se deja acariciar, la que lee a keats y escucha a shostakovich, la que se mete tres episodios seguidos de the killing o la que escucha el ruido que hace la lluvia en las persianas, si supiéramos qué hacer con los ruidos tendríamos un poema, quizá haya uno alojado en los huecos que van dejando los ruidos cuando no suenan, debe ser eso, yo no acierto a comprender las cosas, quién lo hace, nadie tiene las cosas nunca claras del todo, ni siquiera es bueno saber qué ruido hace el corazón cuando se encabrita, ignorar es una vía de iluminación también, lo sabían los poetas místicos, que sabían sin saber, que miraban y no había mirada interpuesta en el esfuerzo, me duelen las palabras a esta hora de la mañana, escribo torpe y ametralladamente antes de servirme el café en la cocina y preparar las clases de hoy, adjetivos comparativos en inglés, luego escribiré algo, por si pasa algo verdaderamente interesante, por si el ruido se hace música, por si la cosecha alumbra metáforas y nos llenan la boca de prodigios

6.12.18

Esbirros


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esbirro.
(Del it. sbirro).

Esbirro (R.A.E.): 1. Oficial inferior de justicia. 2. Hombre que tiene por oficio prender a las personas. 3. Secuaz a sueldo o movido por el interés.
Esbirro (Moliner): 1. “Alguacil”. Empleado que está a las órdenes de un tribunal de justicia. 2. (n. calif.) Se aplica a cualquier empleado subalterno que ejecuta las órdenes de una autoridad particularmente cuando para ello hay que ejercer violencia; por ejemplo, policías, verdugos o agentes de consumos. Se usa mucho en sentido figurado, aplicado a las personas que sirven a otra que les paga para ejecutar violencias o desafueros ordenados por ella. 



El mundo está lleno de esbirros. Años sin escuchar esa palabra, esbirros, y la oigo en dos ocasiones y luego una tercera, ya consciente de esa constatación semántica, cuando de noche en la radio escucho que un político los tiene y hasta que están mejor pagados que él mismo y que lo delatan. No sé si esbirro conviene a la condición del que obedece a ciegas lo que se le manda, movido por el afán lucrativo o por el ideológico, aunque no tercie la violencia que referencia el diccionario para acotar el término. Las palabras tienen su vaivén, adquieren con el tiempo extensiones físicas con las que no se contó cuando se instalaron en el acervo léxico de un pueblo; hay palabras que se desdicen continuamente, palabras que mutan sin acabar de perder del todo la esencia que las parió, palabras que se acomodan mejor a la nueva residencia que se les fija más que a la antigua, en la que languidecían, a pique de desaparecer. Está tan viva la lengua que no hay manera de que la sintamos siempre a mano: medra a su capricho, se escora, escoge la vía que más le place. 


Tiene esbirro la sonancia ruda del que está diciendo algo que le duele adentro o de lo que entiende a medias. No se es esbirro con facilidad, ni se acepta con facilidad que otros lo sean. Se imagina uno un escalafón en ese rango, el de los esbirros, una especie de concurso de méritos hasta que el candidato es merecedor de ese título. Habré sido yo esbirro, quién no, en alguna ocasión, alguna que no se trae a recuerdo ahora. Siempre hay una situación en la que se actúa al modo en que lo hace un esbirro. No habiendo prendido a nadie, en el sentido literal del término, imagino que habré seguido a alguien, cobrando a veces por ello, no se sabe en qué género la cobranza, no estoy seguro de eso,  o movido sencillamente por los sentimentalismos o por esa vaga idea del liderazgo ajeno que a veces se tiene y en la que no se desentona. Advierto, sin embargo, esbirros en abundancia, más de los necesarios, si es que se precisan, esbirros en la alta política: esbirros de patio de colegio, esbirros de la línea editorial de un periódico o de los cánticos en los estadios de fútbol o en los comités de la política o en las cofradías. Desconozco el tipo de esbirro en que me he convertido, si es que a alguno he llegado, de verdad que no podría poner la mano en el fuego. Si uno ciego, juramentado, fiel o, bien al contrario, seré, en fin, el típico esbirro ocasional, de fácil captación, que colabora en un evento como se espera que lo haga y luego desaparece sin ruido, sin que nada de lo hecho le ocupe en la cabeza más del tiempo empleado en desempeñarlo o incluso sin que le afecte. En todo caso, sería un esbirro amable, no soy de gestos agresivos, ni subo el tono de voz cuando se me lleva la contraria y me buscan a la gresca, que hubo veces en que quise o me quisieron, pero algo mío lo impedía, ya digo, no sé si por educación o por falta de motivación. Soy, en definitiva, un esbirro sin cuajar todavía, que podría hasta pasar desapercibido en una rueda de esbirros. 


Está la figura del esbirro de plena actualidad. Le están rebajando todo el peso oscuro. Pronto ser esbirro será una actividad de la que presumir. Quizá malogre que no funcione más rápido la redención absoluta del término su fonética, esa doble erre sin posibilidad de maquillaje. Hay palabras que nacen condenadas. No hay manera que se las rehabilite. Ninguna posibilidad de que le perdonemos todo lo terrible que dicen. Ahora que celebramos el cuarenta aniversario de nuestra Carta Magna, me viene a la cabeza la cantidad de esbirros que hayan podido ser útiles para que al final esa declaración de principios básicos de convivencia existiera. Esbirros  que cuidaron de que nadie fuese a lo suyo antojadiza y desairadamente; esbirros que no recurren a la violencia, pero la ejercen subrepticiamente, bien por intimidación óptica o por sugerencia fonética: hay esbirros que ganan plaza por su envergadura física o por su tosquedad en el mirar. Habrán sido estos esbirros de los que hablo personal ciego, las más de las veces, del que no replica una orden, ni las procesa por si contienen algún desatino que le impida proceder con ella o contraríe algún proceder moral propio, de los que no es posible renuncia. Se les da por ciegos por cuanto no se comprende que obedezcan tan modélicamente. 

La literatura está llena de esbirros. Sancho Panza fue uno de los más nobles y ejemplares, aunque a veces no caiga uno en la cuenta de que en verdad fue esbirro y ejerció como esbirro y con formidable eficacia, además. Fue pacífico, por más que esta empresa requiera en ocasiones el uso de la fuerza o de la intimidación. No sabremos qué Sancho Panza tendríamos si su señor no le hubiese exigido más bravura en los lances de los caminos o, caso de que fuese necesario, si le hubiese solicitado el concurso de la violencia, a beneficio de sus andanzas caballerescas. El Quijote, como novela, es un libro de aventuras y un inventario de livianos episodios bélicos. Procede el esbirro con fe en quien le conduce. Quizá sea ese el esbirro más temible, el que desoye el tintineo de las monedas cuando caen en su bolsillo; el otro esbirro, el convencido, es el que procede con más elocuente contundencia. No me atrae el término "sicario". El sicario es un esbirro sin escrúpulos. Los sicarios, en su origen, fueron una secta judía que se enfrentó a la ocupación romana en Palestina. El sica era el puñal con el que despachaban soldados en escaramuzas callejeras de poca monta. La tercera palabra asociada es "mercenario", que eran los soldados de fortuna, pagados por el erario público para que defendieran la patria o lo que quiera que fuese sin que intermediase ninguna convicción moral o ideológica. El esbirro es un mercenario al que no se le ha presentado la posibilidad de enrolarse en ninguna guerra, pero la esencia de ambos es la misma: la de cobrar por asegurar una posición, cubrir una plaza o proteger una autoridad o, en el caso menos épico, a cualquier fulano que cree precisar protección. Siempre es más temible, por su obcecación intelectual, el esbirro que no cobra por su trabajo. Son gente que se ofrece por imperativos morales. Son el tipo de gente que defienden a muerte la salvaguarda de unos valores patrióticos y son capaces de salir a la calle y darse de hostias con cualquiera que no piense como él o, en el más alto de los casos, que ni piense como su jefe. Existe la acepción imbécil del término, en la que el esbirro obedece sin que haya injerencia alguna del intelecto y, al tiempo, sin que proceda un pago o una merced (de ahí el término mercenario, ya puestos a tirar de etimologías). 

 A lo visto hoy en día abunda precisamente este último rango, el del esbirro juramentado. Se emparenta con el zombie al que se nos ha acostumbrado por las series de televisión. Llegados a este punto de la reflexión, es de rigor recordar que todo esto no es nuevo y ya Ortega y Gasset traía la idea del hombre-masa (ahora sería mujer-masa también por requerimientos paritarios, en fin) y su adocenamiento, su reconversión en un ser pasivo, que consume lo que otros determinaron qué es lo que debe consumir (la cultura de la televisión es una bestia insaciable) y todo ello sin que duela ni que por asomo parezca que se le está vejando o humillando. Así que todos somos de un modo u otro esbirros de la cultura imperante, de la que lo impregna todo, incluyendo la alta cultura, que no es elitista ni está reservada a unos pocos elegidos o sancionados por la inteligencia o por la divinidad. Es una cultura democrática, universal, rica, considerada el verdadero alimento del pueblo, pero ay qué caro es administrarla, qué trabajo cuesta a los que están en los ministerios. De ahí la importancia de saber a quién se vota, de ahí el sagrado derecho a introducir el voto en la urna. Luego viene lo que viene. Llegan en tromba los sicarios, los mercenarios, los esbirros y se ponen a repartir estopa, estopa verbal o de la otra. Los vemos en las calles, en los mítines, en los campos de fútbol, en las colas de los supermercados, aireando sus enfados, criticando a ciegas, como zombies. No se mancomunan, no están afiliados a nada, no tienen carné. Están a lo que van o viceversa. Si pones la televisión, aparecen, sólo hace falta estar alerta, ver con detalle, no pasar por alto los detalles. En cualquier concurrencia severa de gente, hay esbirros o hay mercenarios o hay zombies. Muchos están ahí de relleno. No puedes preguntarles: oye, ¿tú por qué estás aquí? No te dirán nada o irán a trompicones en la respuesta. No les dijeron a qué iban. Sólo les dijeron que fuesen y ellos fueron. Les mueve el tumulto, la masa libre que se tira a la calle y la ocupa. Hay mucho gentío protestando, pero no saben el porqué, tampoco preguntaron. Sencillamente obedecieron, fueron, dejaron lo que estaban haciendo y se plantaron en la manifa. Los que saben a lo que fueron no los soportan. Imagino que no los soportan, espero que no los soporten. Sobre todo porque les afean los actos, los enturbian, hacen que no sirvan a su propósito. Hay gente con las ideas claras que parecen esbirros, no siéndolo. Los esbirros de verdad se ven venir de lejos, aunque no haya que defenderse de ellos. No nos asustan, estamos hechos, les hablamos, no hay nada que nos incomode, están a nuestro lado. 

2.12.18

Philip Glass



A Philip Glass lo dejé cuando entré en una etapa optimista de mi vida, así que todo es gratitud, aunque ahora lo escuche menos. Mientras estuve alicaído (me encanta esa palabra), recurrí a Glass. Esos bucles suyos, esas reiteraciones melódicas, que parecen enquistarse y ganar peso y perderlo, hasta que de pronto encuentras matices increíbles, aspectos inéditos, me hacían un paradójico conforte del que podía salir y entrar con extraordinaria facilidad. Glass fue un mantra feliz, por decirlo a la moderna manera. Notaba que cuanto más me gustaba Glass, menos ganas tenía de salir de mi abulia. He vuelto las veces suficientes y siempre he sentido esa punzada, la de la tristeza o, en un ámbito menos introspectivo, la punzada de la melancolía, que es un estado poético. Lo que pasa cuando uno entra en la música de Glass es que, al menor descuido, te absorbe, te abduce, te deja en un lugar en el que has estado antes y en el que no se está mal, pero del que precisas salir. Es tan elemental a veces que desconcierta, es tan hermosa que se tiene la sensación de que te hará más feliz, es tan extraña que no eres capaz de recordar una sola nota. Hace tiempo le grabé a un amigo un CD con música variada (Glass, Mertens, Sakamoto, Cage, que recuerde ahora) al que titulé "Música para desaparecer dentro". Siempre me gustó ponerle título a las cosas y ése, en su rimbombancia, me pareció el más adecuado. Luego hice una copia para mí. Anda por ahí. Glass sirve para perderse. Ya digo que el regreso no es difícil, yo he ido y he vuelto muchas veces, hace tiempo que no hago el viaje, por cierto. A veces se deja de escuchar cierto tipo de música. No se premedita, no hay un momento en que verbalizas tu censura, sino que sucede sencillamente, sin que intermedie la voluntad a veces. Yo dejé a Glass, todavía no sé las causas. Hoy un amigo me lo ha traído de vuelta, me ha hecho mirar las baldas y buscar discos suyos. Tengo tres (Glassworks, String Quartets y un recopilatorio) a los que no he dado (por cierto) demasiadas escuchas. Será que estoy en un momento jubiloso o será que la edad me ha hecho recelar de las repeticiones y busque siempre novedades, cosas que empiezan de un modo y, al momento, mutan a otro. La música es una cosa misteriosa, no se puede decir mucho de ella, quizá no se deba. Ayer escuché ska (hacía mucho que no preocupaba por él, ni acordarme) y sentí que el tiempo no le ha pasado factura. A Glass tampoco. Suena igual que hace veinte años (más años) y yo estoy igual que entonces cuando me siento y lo escucho, sólo que siempre me viene ese estado melancólico, tan útil en ocasiones para la creación literaria, diría mi amigo K. Gracias, Joaquín.

1.12.18

Moby Dick



Moby Dick. Releo de vez en cuando Moby Dick. A veces trozos, párrafos, escaramuzas más o menos intensas. Como quien entra en una habitación en la que ha sido feliz y sale a su antojadiza voluntad, sabiendo que puede regresar cuando desee. Esa lectura me recuerda a la anterior. Es como si entrara por primera vez. Así debería ser el amor. Una especie de Moby Dick del corazón. Entrar y sentir que nunca se ha estado ahí y, sin embargo, apreciar que todo es cálido y familiar y nuestro. Hay libros que se aman. Amores casi novelescos.

176/365 Nora Barnacle

 176/365 Nora Barnacle Nora Barnacle, la esposa de James Joyce, no leyó nunca Ulises.como él hubiese querido, no como Vila-Matas lo ha leído...