31.12.17

En el mejor de los mundos posibles



                                                               Ilustración: Brieva


En esto de cerrar un año y abrir otro hay mucho marketing. En realidad no hay variación, ni mudanza, ni percepción fiable de que los astros se conjuren para abrirnos los ojos y hacernos más felices de lo que éramos. La infelicidad con la que se nos trajea a diario, esa sensación de que podemos vivir mejor o de que es otra y no la nuestra la vida que merecemos, decae cuando rivaliza con otra infelicidad mayor, de modo que una, la menos grave, baja de rango, se deshace a poco que pensamos detenidamente en ella. Creer que una fecha en un calendario va a conducirnos a una existencia más confortable o alegre o plena es un anhelo legítimo, al que propende fieramente el alma necesitada, pero no hace que se incline el favor del cosmos o de Dios o del antojadizo azar, tan ladino y cuco, tan irresponsable y volandero. De todas formas, no cuesta trabajo pedir en voz alta, audible y elocuente, que se nos concedan los favores y empecemos el año nuevo con abundancia de placeres, con la gracia de la bondad y con la bendición de todos los invisibles santos del callado cielo. Lo pedimos por si se nos escucha, quién sabe, por si lo solicitado cuadra en la trama celeste y se nos permite participar del festín de la dicha, ese cuento con el que nos hacían conciliar el sueño cuando pequeños. Es al dolor para lo que no se nos instruye. Estamos hechos para las dulzuras del mundo. No tenemos esa cultura, la del dolor. En su lugar, tenemos la cultura de la fe, y no necesariamente fe religiosa, da igual el credo y las imágenes, es la fe como asidero, como refugio, como bálsamo, como alimento, como placer también. Agrada tener fe, disponer de ese orden espiritual. Entrar el año es poner esa fe en danza, darle vuelo, izarla, hacer que concurra su concurso y de alguna manera haga escrutinio favorable en nosotros. En cerrar un año se tarda lo que en abrirlo, son estadísticas huecas, no sé si útiles en algo más allá de la invención del festejo o de su conciliación con la necesidad de que haya cosas que festejar. Hoy he tenido la confidencia de dos personas cercanas sobre su malestar por este exceso de armonía y de abrazos y de fraternidad. Desconfiaban, cada uno a su manera, de la filantropía y del amor, de la bondad y de todas sus zalameras criaturas. En el fondo, anhelamos la luz, la queremos a nuestro lado, son veneno las sombras. Y si usted no es feliz, se le obligará a serlo, esto es el goce perpetuo, este mundo es el mejor de todos los posibles, etc. Muy al contrario de lo que pudiera parecer, este servidor desea que el año que principia en unas horas sea bonancible y que la salud nos conforte. Lo desea sin saber si llegará a algún negociado de favores esta petición mía, si lo que yo pido tendrá más merecimientos que lo pedido por otro, si mi voz pequeñita puede oírse en las alturas, si de verdad todo esto cuenta para algo y tendremos ventaja en el reparto de dones. No sabe uno, nunca sabe, no tenemos a mano respuestas, sólo manejamos las incógnitas, son demasiado complejas las ecuaciones, no nos enseñaron a despejar las equis, son muchas las equis, estamos a punto de empezar de nuevo, será que al final lo que consuela es la ficción de que es posible empezar de nuevo y el uno de enero nos conforma. 

30.12.17

Frenadol blues

Andaba estaba mañana enredado en una página seria en apariencia en la que se contaba amenamente que unos científicos han descubierto que el tiempo puede fluir hacia atrás. Me iba entusiasmando con la idea de que el trasegar de las horas no fuese una línea continuamente lanzada hacia adelante cuando un anuncio de Frenadol rompió ese idilio mío con la ciencia. Como uno no está suelto en el manejo de la cosa cuántica y cuesta entender el mapa subatómico de la realidad, un anuncio a destiempo puede descolocarte del todo. Torpe como a veces soy, no supe apartar esa intrusión, no hubo manera de que el video de Frenadol desapareciera de mi pantalla, así que decidí cerrar la página, vinculada a un diario bien conocido, y clicar de nuevo, sobre todo por ver si la invasión publicitaria no regresaba. Baldío intento, inútil anhelo. Frenadol volvió por sus fueros, ocupó un cuarto de mi pantalla, me disuadió a las bravas del interés grande que me animaba, me impidió acercarme a la ciencia y entender la filosofía del tiempo. Ver Dark tampoco ayuda. Dark, ya saben, una serie alemana estupenda, una especie de Ministerio del Tiempo o de Stranger Things o de X Files, pero sin concesiones a la dulzura, muy cruda a veces, absolutamente desconcertante. En mis pesquisas matinales, tras ir al súper, ver a mi padre y arreglar un poco el cuarto de los libros, donde escribo y escucho a Brahms (el Réquiem inglés, una maravilla, una inyección de paz) he vuelto a la mecánica cuántica, sobre la flecha termodinámica del tiempo y sobre la madre que parió al big bang. De verdad que pongo interés, mucho la mayoría de las veces. Soy un frustrado estudiante de Ciencias que vio la luz en Borges, en Cortázar y en Lovecraft en la edad en que otros despejan incógnitas en ecuaciones muy complejas. Lo de Frenadol me ha dejado k.o. Juro que en adelante vuelvo a la poesía romántica inglesa. En esa epifanía de la realidad no hay temor de que se incruste un anuncio. Al menos de momento, quizá sólo por ahora, no tengo confianza en que todo se impregne de comercio, no habrá nada que podamos salvar de la quema. Ni siquiera la poesía, ni la filosofía, ni la remota esperanza de entender qué coño hacemos en este mundo.

La historia más hermosa del mundo / Un cuento navideño

Todos los años volvemos a Bedford Falls. Cada uno de nosotros lleva un cuento bajo el brazo. Este es el mío. Es la historia más hermosa del mundo, aunque yo la afee al transcribirla. No parece un cuento de Navidad y es probable que tampoco lo sea, pero al final hay un poco de luz y tintinean las campanas en el árbol y George Bailey sonríe. Los demás cuentos están aquí. Es posible que ya los hayan leído (José Antonio los volcó en Nochebuena) pero por si acaso, por si no tuvieron tiempo, por si todavía les apetece. 

LA HISTORIA MÁS HERMOSA DEL MUNDO
Fue Jorge el que encontró la pistola en el cajón en donde su padre guardaba los puros, la baraja de cartas y una petaca pequeña a la que no le faltó jamás buen whisky. No era un cajón que un niño abriese, ni ése ni otros. Jorge siempre había sido un chico discreto, no inclinado a meterse en líos, conforme con estar en casa y ver a los otros niños desde el cristal, abrigado con su batín de Mickey Mouse, el que le regalaron en el hospital  dos de las enfermeras que le habían cogido más cariño. En un bolsillo del batín cabía la petaca. Apretó bien la rosca de la botella de metal. Había visto a papá usarla a escondidas. Recordaba que era eso lo que hacía después de despacharse un buen trago: apretar bien la rosca, comprobar que no se derramaría en el cajón. La pistola entraba bien en el otro bolsillo del batín, pero no tenía instrucciones sobre ella. Ninguna, al menos, de uso inmediato. Disponía de su silla de ruedas (cómoda, último modelo, regalo de una tía a la que recordaba vagamente y de la que hablaban en casa que moriría sola y lejos), y podría, en caso de urgencia, esconder una de las dos adquisiciones, la petaca o la pistola o ambas, entre su cuerpo y el respaldar. No cogió los puros porque no le gustaba el olor, más tarde el agente de la policía diría que se los dejó porque no encontró un mechero a mano. Jorge tenía ante sí un sábado enorme con los padres afuera y una petaca de whisky y una pistola a su disposición.
Cristina, casi una más de la familia, la empleada del hogar, trajinaba en la cocina. En un día tan especial no haría horario completo. Laura le había prometido que a mediodía, en cuanto ellos llegasen de hacer unas visitas, podría largarse a casa. Víctor le tenía preparada una cesta pequeña. Una botella de cava, unos turrones, unos bombones. A Jorge le pareció bien empezar con Cristina. Ella tendría el honor de ser la primera en asustarse. Tenía tiempo suficiente. Sus padres llegarían sobre la hora de comer. Estaba recogiendo los platos. Una vez la escuchó quejarse sobre ese tipo de trabajos. Hablaba con amigas a escondidas en el jardín. Una vez escuchó a su madre quejarse sobre lo mucho que usaba el teléfono. Lo normal (decían) es que no tenga jamás el teléfono disponible. Si a Jorge le pasa algo, ella no se darácuenta. Estará de cháchara con sus comadres, contándoles lo mal que la tratamos. El padre no era tan severo. La apreciaba sinceramente. En los años en que servía en casa no había discutido nunca con ella, no se había presentado la ocasión. Ya lo hacía Laura, se bastaba Laura. Mientras no descubriera que se la tiraba, se conformaba. La primera vez lo hicieron en la cochera, en el asiento de atrás del Jaguar. No fue premeditado, vino así, no se piensas las cosas, dijo él después, no se levanta uno pensando en eso, yo amo a Laura, no soportaría que me dejase, no podría vivir lejos de Jorge. Cristina lloró después de subirse la falda y adecentarse un poco la blusa. Le creyó y creyó que era una buena persona. Mientras la montaba, en cada furiosa y nerviosa embestida, imaginaba a Laura reprendiéndola por no haber colocado bien los cubiertos en la mesa o por no tener bien planchada las camisetas de Jorge o por no mantener caliente el agua de la bañera sabiendo lo que le molesta al niño que esté fría. Pensaba en Laura montada por Víctor, pensaba en si disfrutaría o no. A ella no le pareció nada del otro mundo, pero le agradó la sensación de poder, la irrupción repentina de una novedad en la casa. Cinco años sin novedades queman mucho, le comentó a Luisa, su mejor amiga, con la que se desahogaba en el jardín cuando Laura se ponía impertinente o cuando Jorge la miraba con desprecio. Es un niño, pero es perverso, nadie parece darse cuenta, le ríen las gracias, pero yo lo he calado, sólo hay que fijarse en cómo me mira o cómo le responde a veces a su madre, le dijo un día. Cualquier día de éstos cojo la puerta y me voy,  le confesó. Lo del Jaguar hizo que lo pensara mejor. Tampoco le hizo ascos a un par de hostales muy retirados, en la periferia, a donde iban de cuando en cuando, sin hablar mucho. Nunca es fácil ser la sirvienta, nunca se sabe cuándo se cansarán y la plantarán en la calle. Se había acostumbrado al buen sueldo y al trabajo, no muy exigente, la verdad. Jorge era una criatura odiosa, pero hablaba poco, al menos hablaba poco. Sirvió en una casa en la que el niño no la dejaba a sol ni a sombra, como se dice.
Fue ella, Cristina, la que se despidió, agotada. En casa de los Alonso encontró un poco de lo que anhelaba. No al principio, no confiadamente, con la seguridad del que cree haber encontrado un hogar, pero sí un techo eventual y confortable. No le asustó ver a Jorge con la pistola cogida con las dos manos. Recordó las películas del Oeste y no le dio más importancia. Los niños juegan a ser pistoleros, hacen el ruido de las balas cuando salen del cañón y soplan la boca del arma cuando ha sido disparada. Lo de beber a morro de la petaca le pareció más inquietante. La habrá rellenado de agua. Es muy fácil pensar, conjeturar, inventar una realidad cuando la realidad no nos cuadra. Eso fue lo último que pasó por su cabeza. El disparo no amedrentó a Jorge. Lo celebró con un trago largo de whisky. Hasta eructó. Eso hacía papá a veces. Era de hombres. Más tarde, un agente dijo que lo normal habría sido acertar al cristal de la ventana o darle a la televisión de plasma que estaba un poco más arriba. El puto crío le dio en mitad de la frente, ojalá tuviese yo esa puntería, joder, comentó entre dientes, sin creerse a las claras qué se le habría cruzado por la cabeza al muchacho. Mamá cayó en la cochera. Las bolsas del súper estaban desparramadas cerca del Jaguar. Olía a sangre mezclada con ginebra. A Laura le encantaba servirse sus buenos gintonics tras el almuerzo o a media tarde o antes de irse a la cama. Hoy está todo cerrado, terció un segundo agente. Las tendría en el maletero del Jaguar, no sabemos de dónde vendría, pero sabemos que lo último que hizo fue coger esas bolsas. A Jorge no se le vio afectado, no hizo ni un gesto de arrepentimiento, nadie vio que llorase o se le empañasen los ojos. Uno de los forenses advirtió que estaba ebrio o todo lo ebrio que puede estar un niño de ocho años que se ha despachado una pequeña petaca. Huele a whisky que tumba, cerró un agente. El batín de Micky Mouse estaba sucio de vómito. Lo raro es que no se haya desmayadoYo conozco un chaval de unos amigos que casi la palma. La petaca vacía y la pistola fueron recogidas en las bolsas de rigor. Serían una prueba, la irrebatible, pero aquella historia macabra no tenía mucha investigación, ni tendría otras consecuencias que las funestas, las dramáticas, las que difundiría la prensa, golosa ante una historia tan atroz. El agente preguntó por la suerte del muchacho. Nunca había visto un perturbado de ocho años. Daba pena verlo en su sillita de ruedas, mirando a todos lados, ajeno al caos, casi bañado por un halo de bondad y de celestial ternura.
Víctor lloró por Laura y por Cristina. A Jorge le tocó el pelo, se agachó para ponerse a su altura y repitió tres veces la misma pregunta. Fue cariñoso con él, no se irritó, nada delató que estuviese contrariado o irritado. La perplejidad se entiende bien con el amor, y Víctor amaba a su hijo. No había dejado de hacerlo entonces. Sólo lamentó que no estuviese cerrado el cajón. Normalmente le echo la llave, agente, se lo juro, pero anoche Laura y yo tomamos unas copas de más, discutimos algo, quizá él nos oyó, no solemos hacerlo, pero a veces las parejas lo hacen, no bajé al despacho, no caí en la cuenta de que la pistola estaba a su alcance, juro que no fue mi intención, lo siento mucho. Llegó un momento en que no había nada más que hacer en la casa. Estaban todas las pruebas bien registradas, Víctor acompañaría a comisaría a su hijo en un furgón especial en el que podía meterse la silla de ruedas. Estaban a punto de irse cuando el agente se acercó a la chimenea del imponente salón de la casa. Estaba encendida. El fuego no sabe nada sobre lo que sucede a su alrededor, pensó absurdamente. En algunos de los crímenes que investigaba se le ocurrían preguntas peregrinas, imposibles de hacer en voz alta, de las que harían sospechar que estaban perdiendo la cabeza y si convendría apartarle del grupo de homicidios y dejarlo en un despacho a ordenar archivos o coger el teléfono. El fuego es un testigo ciego. Si le preguntáramos, nos lo contaría todo. Se rió por segunda vez. Estaba a punto de irse cuando vio el árbol de Navidad. Fue entonces cuando reparó que era Nochebuena.
No tener a nadie que le espere a uno hace que no haya fechas mejores que otras, sólo festejas el viernes noche si el sábado no tienes que levantarte temprano. Era un árbol de Navidad tan elocuente como la chimenea. Si él tuviera que comprar uno de ésos, no podría ponerlo regalos debajo. Los que vio estaban abiertos. Los elegantes papeles que los envolvían estaban por todos lados. Algunos cajas seguían allí, otras habían sido arrojadas lejos. Debió ser el muchacho, razonó. A él, recordó, le gustaba mucho más abrir las cajas que jugar con lo que contenían. De mayor le pasaba lo que a casi todos: festejaba más los preparativos que la celebración en sí. Distraído en esos pensamientos, no reparó del todo en la caja de las pistolas, una caja grande con un pistolero barbudo, de gesto ceñudo y desafiante. Le dolió que todavía estuviesen allí, en el suelo, ignoradas, sustituidas por una pistola grande verdad, de las que hacen el ruido que hacen las pistolas. Quizá lo único que deseaba Jorge era escuchar el ruido. Lo tenía en la cabeza, sonaba en su cabeza, todo sucede dentro de la cabeza, sobre todo si eres un niño en una silla de ruedas y nadie te mira, ni se preocupa de entenderte. Si se le obligara a defenderse, diría que sólo quería escuchar el ruido. Lo de bala no entraba en los planes. Eso no era culpa suya. Tampoco que la petaca estuviese llena o que el cajón, el puto cajón que abrió el puto crío, estuviese abierto. El agente lloró en el coche. No lo hizo escandalosamente. Se guardó de que nadie lo viera, pero no quiso reprimir aquella señal de humanidad. La estaba perdiendo, se estaba encalleciendo, suele pasar, es parte del trabajo, no hay quien lo evite, tarde o temprano terminas insensible, no te importa nada de lo que ves, no se te cuela dentro, pero no sucedió así. Mientras que se secaba las lágrimas, pensó en que no habría muerto nadie si no hubiese Navidad o estuviese prohibido fabricar armas de juguete. Al final, camino a casa, ya muy tarde, lloró de nuevo. Esta vez lo hizo con la resolución que antes no tuvo. Cuando se desahogó, respiró hondo y cantó un villancico. Se sorprendió al recordar toda la letra. Luego sonrió, cenó con apetito, puso la televisión y vio que ponían Qué bello es vivir. La vio de pequeño una o dos veces, su padre le decía que era la historia más hermosa del mundo.

29.12.17

900.000

Acabo de mirar el contador de visitas en mi blog y no sé qué decir, no tendría que decir nada, pero quizá baste con la gratitud. Hace mucho tiempo empecé a escribir en este blog. No creo que pensara que durara tanto. Lo abrí por escribir sobre cine y ahora (diez años más tarde) escribo casi de todo y es el cine al que menos invito. Tampoco sé cuánto más seguirá esta casa abierta. En ocasiones, por cansancio, por llegar a la conclusión de que no tenía nada remarcable ni necesario que decir, pensé en cerrarla durante un tiempo o de manera definitiva. Esa idea se me cruza un par de veces al año, pero la desecho con la misma intensidad con la que irrumpe. El contador me dice que hubo 900.000 veces en las que alguien la abrió. Es una cifra redonda. No es que hayan entrado 900.000 personas: son 900.000 las veces en que alguien (muchas personas, muchas veces) ha llamado al timbre o usado los nudillos para colarse y ver a qué se le invitaba. Hay amigos que están desde el principio. Hasta gané un hermano por ella. Algunos van y vienen y otros dejaron de venir por unas u otras circunstancias. No sé a quiénes nombrar hoy. Sé que están cerca, sé que yo también estoy cerca de ellos, no se entendería de otra manera si persisten (tantos años después) y siguen leyendo lo que buena o malamente se me ocurre. Al llegar al millón de visitas, los nombraré a todos. Hoy Gratitud.

The Crown / Segunda temporada



Ironía y también academicismo y la creencia en sí misma por encima de los corsés de la época en que nació, siendo mujer y no una mujer al uso de esos tiempos, sino una sin el arraigo literario habitual, esto es, de literatura hecha por hombres para ser leída por hombres,  y volcada a tiempo completo en su obra, en un puñado de novelas  en las que el amor era el motivo, aunque lo explicado en su discurso no era prudente ni mesurado. De Jane Austen tengo siempre la idea de que fue una avanzada. Por más que haya disfrutado Emma (a mi entender su culmen creativo) o Sentido y  sensibilidad, las novelas, o haya apreciado su volcado en películas, me quedo con lo más acendradamente inglés que exhibe, su costumbrismo. Ayer noche, viendo la excelente segunda temporada de The crown, pensé en Austen, en lo que Austen ha trascendido, en qué Austen tenemos aquí con la que contar para contarnos a nosotros mismos. 

De The crown sólo hay que emitir agradecimientos: con qué escasa materia narrativa se construye la serie y qué sensación de plenitud proporciona, qué precisión en lo narrado, cómo fluye sin brusquedades, sin que nada se eche en falta ni sobre. The crown es un regalo a la inteligencia, la que uno disponga, no defrauda al poco exigente (por supuesto) ni a quien la degusta con el ojo y la cabeza muy abiertos, cual gourmet. Lo de menos, en su declaración de intenciones, es la trama política, que la cruza inevitablemente: importa la humanidad de unos personajes abismados en el protocolo rancio y acartonado, muy impregnado de la apariencia, encordelada, por completo ajustada a la deferencia, al sostenimiento de unas tradiciones que, a la luz de los tiempos, no pueden permanecer ciegas e insensibles y contra las que batallan con voluntad y con temor también. Se aferra uno a ese estilo de vida por distar tanto del propio, lo acepta literariamente, por decirlo de alguna manera, considera que el fondo de todos esos personajes es el mismo que el del común de los mortales, los laceran parecidos o idénticos dolores, se congratulan de las mismas alegrías y concurren en ellos, por obra del excelente guión, también las mismas humanas frivolidades, no pudiendo ser (obviamente) de otra manera, cómo podría serlo, pero la serie (en eso reside su grandeza) hurga en lo humano, ahonda en lo humano, alcanza el grado de verosimilitud y de empatía necesario para que esa casa real (poblada por gente ajena al mundo, invisibles, alienígenas casi, por decirlo bruscamente) no se despeñe en la pompa que la circunda, en ese boato limpio y perfecto, sino que se arrime a las peripecias más llanas. Nada que no hubiese dejado escrito Jane Austen, por otra parte. 

26.12.17

Hacia adelante

No se sabe qué contar, nunca hay un camino fiable, es la palabra la que lo hace avanzar todo, quien organiza el mismo relato de lo vivido o mejor de lo fingido. Escribir es dar a la paradoja de contar (que es en esencia tergiversar, arrimar el azar a lo narrado) un rango verosímil, que no haga despertar la sospecha de que se está especulando, concediendo a la historia la posibilidad de que desbarre a su antojadizo capricho. Escribir es hablar también. Uno cuenta qué hizo o qué hará y arriesga siempre y marra siempre. Todo lo que decide contar está fieramente sujeto a la realidad y la realidad no es nuestra, no es una propiedad que podamos considerar gobernada. Leer es un modo de comprender. Leer es disponer de un instrumento infalible. La vida, el argumento más valioso, es impregnada de literatura como puede ser manejada, no hay otra, no es posible desligarla de ese arrimo de letras, es en ese apresto de la ficción en donde vivir se adensa, cobra la pujanza que en ocasiones no posee, se erige como brújula, acepta el timón y avanza. De lo que se trata, a la vista del rigor con el que se nos abate en ocasiones, es de avanzar. Hacia adelante pues. Acabo la cerveza que me acaban de poner. La apuro en dos tragos. Espero que mi mujer se una, la espero en una terraza de invierno, sin que me haga flaquear el frío, descuidado, sin que me obligue la prisa, viendo la gente ir y venir, saludando a unos y a otros, charlando con los íntimos, alguno se ha acercado, con los eventuales, pensando en el sentido de lo que uno escribe, aceptando (a la larga todo es verlas venir y aceptar y aceptar otra vez) y en la necesidad de esta pequeña confesión que me hago. Ya viene, estamos sincronizados, ya no voy a escribir más. Pido otra caña. La tapa es de anchoas con tomate en una rebanada caliente de pan muy fina. Veo que al móvil le queda un pobre cinco por ciento de batería.

24.12.17

Flipando

Hay que flipar más y hay que flipar mejor. No hacerlo, ser mesurado en eso, no dejarse llevar, no esmerarse en flipar a tope, envinagra el carácter, lo entristece, lo entenebrece, incluso lo mustia y hasta enferma.

He visto gente flipar con un entusiasmo tan contagioso que de pronto he comprendido que únicamente flipando se puede alcanzar ese clímax de armonía con el que nada nos afecta y del que se puede valer uno para escalar la cumbre de los días y dormir a pierna suelta en el vértigo de las noches.

La manera en que uno flipa queda a consideración del esforzado ejecutante. No basta ver cómo lo hacen los otros o comprar libros que ilustren los procedimientos. Estoy por asegurar que no se logra jamás la destreza que otros oficios contraen a poco que se practican. Flipar es otra cosa. Quienes lo han probado no son capaces de sustraerse del placer que procura su práctica o del placer añadido, el que concurre cuando, una vez ha finalizado el flipe, uno advierte que el cuerpo funciona mejor y que la cabeza barrunta ideas que, antes de la exposición, no eran ni por asomo imaginables.

Yo mismo he flipado en colores y en blanco y negro. Flipado nada más levantarme o en ese instante en que el sueño se invita solo y los ojos caen como una persiana a la que se le ha roto el mecanismo que la mantiene fija, izada, permitiendo el ingreso limpio de toda la luz del mundo.

He flipado con conocimiento de lo flipado y flipado sin que me percate de nada y no tenga ni idea de los motivos de esa dulce epifanía. No sé con qué flipe quedarme, si con los conscientes y anhelados o con los acontecidos sin el concurso de mi voluntad, sobrevenidos como una fiebre o como un orgasmo.

Ha habido tantas y tan placenteras las veces en que he flipado que elegir una entre todas sería sacrificar la felicidad (una ilusión de felicidad tal vez) de que todas están a mi alcance y que puedo acceder a ellas con entera facilidad y dejar que me impregnen e invadan.

 El cuerpo, si se ha aplicado con solvencia, se resiente en ocasiones. Flipar continuamente es una imprudencia. No estamos hechos a esa irrupción mantenida de júbilos y de aleluyas. En esos momentos de decaimiento, advertimos que el cuerpo y el alma juntamente están indispuestos. Se tiene esa especie de lujurioso optimismo que consiste en dar toda derrota por útil y esperar con la más férrea de las convicciones que volverán ese cuerpo y esa alma a pronunciarse como solían y pedirán más y se lo daremos. Porque, no nos engañemos, nada hay como flipar.

Nadie podrá iniciarle si no se deja engañar un poco. Todo empieza así: en la percepción de que se vive mejor si se ha dejado uno engañar un poco. No hace falta que sea uno de esos engaños duraderos, de los que luego se confunden con la verdad por aquello de que los extremos, si son de calidad, acaban fornicando en las sombras.

Una brizna de flipe, convenientemente administrada, engolosina el ánimo más perturbado, aunque entra en lo posible que al final el ánimo perturbado acabe más turbado aún. Hay ocasiones en que flipar en demasía desbarata la cordura, la zarandea, la invalida para gobernar el mundo. Vidas descarriadas completamente, vidas arrumbadas al desánimo y al más desconsolado infortunio. .

El mérito estriba en saber con qué estamos tratando. Si el flipe es quien nos posee o somos nosotros los que nos valemos de cuanto ofrece para convertirlo en una propiedad más, no duden que una de las más valiosas. A mi amigo K. le sedujo la idea de flipar, pero le disuadí. Creo que no sabría entenderlo bien. Me reprendería después, sostendría que yo sabía qué hay detrás o qué hay debajo o hasta encima. Toda la posible experiencia que yo posea no es en absoluto transmisible. La idea de que yo pueda explicar con excesivo detalle un flipe me produce una tristeza y una congoja. No sé cuál de la
dos prorrumpe primero. Si la tristeza, si la congoja.

Sé que hoy he flipado cuatro o cinco veces. Yo flipo con una discreción absoluta. Se me puede ver con la misma cara mientras flipo que cuando no lo hago. He dominado la expresión para poder hacerlo en cualquier circunstancia, sin exhibición ni postrero. Lo disfruto más cuando alguien me observa fijamente. Es entonces cuando hago que empiece. No me pregunten cómo se hace eso, en qué instante se produce la primera evidencia de que se está flipando. Lo que sí sé es que el cuerpo entero lo aprecia y lo agradece.

Cualquier día de estos me concentro en razonar este pequeño caos sensorial y doy conferencias. Fliparé y cobraré por hacer que otros flipen. De verdad que en ese instante el flipe será doblemente. gratificante.

Flipen, por favor. Está noche puede ser la ocasión. Es nochebuena. Sean felices.

22.12.17

Woody Allen ha salvado mi vida muchas veces



Dice Woody Allen hoy en El País que sus defectos no son trágicos, sino patéticos, a lo sumo. La tragedia es una cosa muy seria, exige una trama bien trabajada, donde no falte ninguna circunstancia dolorosa y en la que los actores vayan de cabeza a un desenlace funesto. Tenemos a los griegos contándonos el alma humana como nadie lo ha hecho después, excepción hecha de Shakespeare tal vez. Dice otras cosas el bueno de Woody: que el humor le salvó la vida o que no le importa en absoluto qué piensen de él o de su obra. En lo que a mí respecta, en muchas ocasiones, Woody Allen salvó la mía. No me rescató de un río con aguas turbulentas que me arrastrara hacia una cascada, ni me operó con urgencia cuando la muerte me invitaba a seguirla, ninguna de esas cosas hizo. Fue el suyo un salvamento espiritual o moral o estético incluso. No únicamente Woody. Sería interminable la lista de gente que no conozco personalmente, con la que no he compartido un café o un abrazo o una conversación íntima, y que me ha salvado del tedio, al menos del tedio. De no ser  por el cine o por la música o por los libros, un servidor sería un hombre feliz, sí, por supuesto, mucho tal vez, pero lo es más completamente con la festiva injerencia de gente como Woody Allen o Jorge Luis Borges o Charlie Parker o Alfred Hitchcock.

Hubo un tiempo en que todas las películas de Woody Allen me reconciliaban con el mundo. Venían a ser un bálsamo, un reconstituyente o un tonificante o esas tres cosas juntamente, actuando en la raíz del problema (el que tuviese en ese momento, algunos ha habido) y reduciéndolo o extirpándolo de cuajo. También me hizo ver lo escasamente importante que es tener en alta consideración la consideración ajena. Ande yo caliente, más a lo campechano, vino a decir otra luminaria nuestra. Eso se entrevé en sus personajes: están tan aterrorizados por el qué dirán o por la impresión que causan a los demás que terminan haciendo mofa de esa preocupación, viviendo a su antojadizo capricho, sintiendo que esa vida que no les funcionaba del todo no tenía recambio, ni era propiedad enteramente suya, sino un préstamo, un obsequio del azar, un divertimento al que había que extraer el máximo placer posible. Eso lo he aprendido yo en el cine de Woody Allen. Da igual que algunas películas suyas no respondan fielmente a esta voluntad nihilista o epicúrea o cómica simplemente que yo aprecio en ellas, da igual que algunas de las últimas no hayan estado a la altura. Basta con las clásicas, con todas las que me hicieron sentir en paz conmigo y con mi existencia. Eso lo debe a Woody Allen en parte. Por eso entiendo que haya escogido el patetismo al dramatismo, puestos a elegir uno. Patéticos somos todos; trágicos no o no, al menos, continuamente. Yo también soy patético o lamentable o ridículo, he aquí perfiles a los que acudir. Todos somos patéticos o lamentales o ridículos en algún momento o en muchos o de un modo más continuado, en casos más extremos. Trágicos no tanto, que para ser trágicos, en los defectos o en los vicios, hace falta haber leído mucho a los griegos o a Shakespeare. Sí, Woody Allen ha salvado mi vida muchas veces, la ha rescatado del aburrimiento y de la liviandad, de la mediocridad y del desencanto.

21.12.17

Libros de urgencia, amores de urgencia


La mejor biblioteca es la de emergencia. A veces las muy pobladas, las que tienen baldas muy altas, cobijan o consuelan menos, no sabe uno a veces a qué acudir, qué volumen escoger, tientan muchos, hasta parece que los desechados pidieran ser tenidos en cuenta, solicitar que se les abra y atienda. Un libro no es un libro hasta que el lector lo abre: es un objeto entre los objetos, como dejó escrito en uno de ellos el buen Borges. A veces necesitamos un libro al modo en que se necesita un cuerpo. De hecho hay ocasiones en las que sabes que habrá un libro que te aguarda, uno fiable al que encomendarte, en el que perderte y posiblemente encontrarte, pero no habrá un cuerpo. La literatura es un amante duradero, del que no desconfías, al que le cuentes cómo estás y con el que conversas. Hay libros que no paran de hablarte. Anoche me confortó un pasaje de Benedetti cogido al azar, uno de esos cuentos de parejas que se aman sin saberlo o de parejas que es mentira que se amen o de parejas que no incurren en la banalidad o en el triunfo del amor, según se mire. Pensé en el amor ajeno y en el propio, en el todo el amor que es posible que yo sepa dar y el que pueda recibir. Pensé en toda esa felicidad que es siempre superior al amor o que actúa en un ámbito distinto, tal vez más íntimo. Se está enamorado un plazo corto de tiempo, no se pide más, no se anhela más, basta ese confort espiritual, ese trascender, ese sentir que todo cuadra y se ensambla alrededor nuestro. La felicidad funciona a otro nivel, no se involucra en lo espontáneo, en la presteza de lo deseado, sino que discurre con mayor mansedumbre, no se encabrita, no se atropella ni se desquicia. El amor, en cambio, debe ser fiero, debe evitar la quietud y la contemplación, debe encabritarse y atropellar y desquiciarse. En un libro, como en una persona, uno puede sentir el amor y la felicidad y también la ausencia de ambos. Cae uno fácilmente en matrimoniar libros y amor o libros y felicidad. De algunas novelas que he leído (Lolita, Moby Dick, Chesil Beach, El barón rampante, Tiempos difíciles, Cien años de soledad, Corazón tan blanco, Pedro Páramo, que ahora recuerde) conservo la satisfacción (duradera, fiable) de que puedo abrirlos por la página que se me antoje y recordar qué me contaron, cómo me consolaron, hasta qué punto -mientras los leí- fueron una parte de mí, una que no se ha extinguido enteramente y regresa a su antojadizo capricho, sin que yo a veces la reclame, como si dispusiera de voluntad propia y obrara a espaldas mías. Anoche, en el ebook que suelo llevar encima, busqué sin fortuna fragmentos de libros que me llenaron. Me molestó no poder pasar las páginas, no ir de una a otra, no sentir el peso de la tapa ni el grosor del volumen en mi mano. Se pierden todas esas cosas cuando recurrimos a una máquina y prescindimos del libro tangible, sólido, convertido en un objeto cercano, asequible al desgaste, pensado para ser tocado y exhibido. En la controversia sobre si un formato (el sólido, el que no lo es) se impondrá al otro interviene el corazón. Uno se inclina por lo que el corazón le reclama. Quizá sea cierto que en realidad somos dos, no uno que oscila, uno voluble, uno que asiente o disiente. Somos dos, somos la razón y lo que la razón no gobierna.

19.12.17

Dios es un anhelo poético

Pronto abrirá el día. Cuesta pensar que estuviese cerrado. No sabe uno bien cómo entender que de pronto exista algo que nada lo presagiara. El día, su irrupción, es siempre un prodigio, una especie de milagro. No por visto las veces bastantes se deja de sentir esa congoja, la de lo extraordinario, con la sensación de gratitud y de perplejidad también ocupándolo todo. Lo oscuro de la noche invita a la claridad del día. Salvo que haya trasnochado, cosa que últimamente no puedo permitirme,ay, siempre me gustó presenciar la entrada del día, la retirada de la noche. Creo que no hay parte del día que iguale en belleza a esta. El atardecer rivaliza con el alba pero pierde en la parte sentimental, en lo que siente el corazón recién despertado. Al romper el alba, al precipitarse la luz como suele, se imagina uno mismo que también se rompe y se precipita algo adentro también.
Tuve un amigo que pedía a Dios que le ayudara a escalar la cumbre del día que, al abrir el portal de su casa, se ofrecía a sus complacidos ojos. No era cristiano o decía no serlo pero ese rezo lo practicaba sin desmayo a diario y lo recomendaba por sus efectos saludables, decía. Lo probé unos días, quise andar ese camino suyo, por ver si diciendo a lo bajito esa plegaria mínima el día sería bonancible o dichoso o festivo. Lo hice a sabiendas de que no era un proceder mío, sino un anhelo poético. Dios es un anhelo poético.

18.12.17

El frío

el frío hacia adentro a nado ganando la herrumbre
el frío vulgar como la muerte cuando ocupa la entera extensión de la luz que la batalla, como un acto de fe pura, como una epifanía
oigo el frío majestuoso en secreto contando los días, el frío virginal que trae una lluvia invisible, un rumor oculto de heridas, el veneno primero con el que la vida nos enseña su saña ampulosa, su cuenta de pesares
el frío leyendo hace años a dickens, en verdad os digo, oh mis hermanos, que nada hay que haga sentir más frío que ser un niño de dickens en una edición barata de bolsillo, todo lo que uno lee es dickens, todo está ahí, íntegro, en el mejor de los tiempos, en el peor de los tiempos, en ese bucle de las cosas, que no se advierte, que no deja una huella y, sin embargo, perdura, no se desvanece jamás, está al alcance siempre, como un salmo, como un dios caprichoso y rudimentario que bosquejara el mundo y lo bosquejara otra vez y viese que está bien la obra, pero se diese un día, dos días, seis días, hasta que de pronto se comprende que ya no es posible más, entonces es cuando se produce el chasquido, todo lo demás no importa, no importa el vértigo, ni la fiebre, no todas las benditas lujurias del tiempo, el juez, el tiempo severo, el arcano y el inmisericorde, importa dios en su secreta atalaya, en su imposible distancia, dios deshecho y vuelto a hacer a conveniencia del poeta, que es quien al final conoce la trama primera y la última y modela el universo y lo agita y a ciegas, como aquel sin ojos y de manos precursoras, expande, el poeta manumitido de todas las divinidades, sublime el poeta en el centro exacto del numen
el frío es el abismo, el frío es una llama inversa, un fuego cansado de sí mismo y súbitamente convencido de que no tiene más que decir
el frío es metafísico
el frío es un diccionario oscuro y profundo, las palabras se escriben solas, cruzan solas el páramo, se ahondan solas, escribe uno con las palabras que no le pertenecen, como si otro escribiera, es un texto de otro, no le pertenece, leo algo que no es mío, no pertenece a nadie el texto, es un paisaje el texto, los paisajes no tienen quien los posea, dios en la altura bendice los paisajes, pero las palabras están en un rango más alto que los dioses, antes del big bang hubo palabras, el universo es un verso que se fue expandiendo, el big bang es un poema, el frío fue el paisaje primero, ese frío desconocido que no tenía quién lo padeciera ni lo escuchara, pero avanzaba como un cáncer, como plaga del antiguo testamento , como una orfandad de palabras a medio decir, como un sueño de peces y de ríos que bajan locos
el frío cuando no hay nada que hacer, ni nada que nos consuele, el frío brutal que no avisa nunca, todo ese frío que está aguardando desde que empecé el poema, ese más que ningún otro, el frío de antes, al salir y anhelar su peso desplomarse sobre mí y hacer que me sienta de nuevo vivo al modo en que lo está la luz, la esperanza de la luz, la dichosa inminencia de su abrazo
el frío es una república de lobos, el frío es un festín lírico
el frío de ahí abajo cuando me he tomado un café y he fumado y he pensado en el trasegar de las cosas y en la certidumbre de que vivir es siempre, siempre, siempre un festejo, en mi padre yendo de su corazón a su cabeza, aunque no sepamos las palabras con las que se cuenta el mundo y no sepa que afuera es diciembre y el frío lo ocupa todo

16.12.17

La niebla

La niebla es una incursión del arte en la realidad. Sucede a su gótica manera, irrumpe con su entenebrecido cuerpo de fantasma, derrota a la luz y cancela la idea antigua de los días y de las noches. Se la observa con respeto, sin saber bien qué artera obra guarda. Ahora, mientras me rodea, pienso en lo poco que se la estima. Queda a veces en mero recurso literario, en figura poética o narrativa a la que recurrir para desmontar el paisaje y aceptar su cambiante voluntad y su oscura inclinación a empequeñecernos. Se siente uno tan poca cosa cuando nos rodea que, nada más desvanecerse, al acudir el sol y reinar la claridad, percibimos la pujanza de la vida, la noticia sencilla de la bondad pura. La niebla es una cosa de la literatura.

12.12.17

La tarde

Está la tarde sin amparo y hace un frío convaleciente que parece medirse entre las luces que declinan. En una hora caerá con timidez la noche y se clausurará el azul ahora espléndido del cielo que fue gris y dio lluvia esta mañana. De eso hace mucho tiempo. El tiempo es un instrumento de la luz, un algoritmo ciego, un arcano que va de lo oscuro a lo oscuro, un acta de sombras y de fugas. Salen las palabras que no gobierno, todas las palabras, las clandestinas, las secretas, las que prorrumpen a su antojadizo capricho, izadas sin intención de bandera, tan sólo ofrecidas a la manera en que se ofrece el cuerpo cuando ama o cuando anhela que se le ame y lo cuiden. Estamos al cuidado de invisibles brazos, nos mecen, nos acunan sin que exista percepción de ese arrimo tierno y vivifico. El alto cielo azul o negro o gris con su impredecible paisaje tutela el paso. Cae la noche con parsimonia, con morosa voluntad de hacerse querer, con incertidumbre. Todas las noches son la misma primeriza noche. Todas las palabras, la palabra primera.

2.12.17

La vida es corta

En cuanto tenga las ganas, me cuidaré más, haré lo que se me dice en la consulta del buen galeno, perderé peso, dejaré de fumar, no beberé como suelo, daré largos paseos, no le robaré horas al sueño, me abrigaré más a conciencia, tomaré sin olvido las pastillas que me recetaron, anularé la ingesta de mis amadas carnes rojas, inclinaré mi apetito a las ensaladas, al verde libre de grasas, me abonaré a un gimnasio. Haré todas estas benefactoras cosas y las haré con convicción y aplomo. Seré aplicado y no flaquearé. No habrá debilidad y, caso de que la debilidad asome, la apartaré con fortaleza, feliz de gobernar mis vicios y no consentir que sean ellos los que tengan gobierno sobre mí. Verán los otros la firmeza, la observarán con envidia, acabarán felicitando mi voluntad. Llegado el caso, si el bienestar es el buscado, no cambiaré mi dieta, no volveré a fumar como hago ahora mientras tecleo esto en el móvil, seguiré paseando, yendo al gimnasio, tomando invariablemente las pastillas, comiendo lo que los grillos, no trasnochando en casa ni en los benditos bares, no cayendo en las dulces tentaciones de antaño, cuando bebía cerveza a capricho, fumaba con placer, comía buen marisco y carnes rojas de dos dedos de ancho, rehusaba pisar un gimnasio y no me preocupaba del peso ni de los marcadores con los que te atemorizan las analíticas. Cuando tenga ganas, haré todo esto que digo. No dudo que llegará la ocasión y la miraré con miedo y con resignada humildad. En la espera, sólo pido que los míos, a quienes amo, no obren a imitación mía. Son éstos asuntos personales, al fin y al cabo. A nadie se le escapa que la enfermedad prorrumpe antojadiza y malévolamente y no siempre pasa de largo si has sido prudente y has obedecido seriamente los buenos consejos ajenos. Cuando viene el mal, no hay coartadas. La vida es corta. Las vidas largas, quién me lo niega, no están aseguradas nunca.

26.11.17

Los domingos tendrían que ser siempre de Brahms


       




                                                                      A mi amigo Raúl Ariza, bruñidor de domingos. 



A ratos irrumpe la euforia. Es la felicidad a la que aspiramos, es ése el anhelo primario, el irrenunciable, pero recuerda uno la euforia, la privilegia sobre todas las demás sensaciones, piensa en ella como una ebriedad dulce, como un desatino maravilloso.  No se manejan bien los instrumentos que la acercan, no se sabe la manera de que acuda, sin embargo, sólo está esa plenitud, la sensación de colmo, la percepción de que todo cuadra y tenemos un lugar en el mundo.
 No sé si hay bibliografía sobre ella, debiera haberla. El eufórico es un loco sublime, uno consciente de su condición de elegido, un loco a salvo del quebranto, como todos los locos, aunque sea durante unos instantes. Al término del día, en ocasiones, pienso en si tuve euforia en alguno de sus tramos, si esa plenitud me invadió, si percibí el mundo y constaté mi lugar en su engranaje. Pienso en lo escasa que es también, en que no abunda, en que ninguno de sus sustitutos la iguala en goce, en que see optimismo que irradia es sólido y no flaquea, pese a la experiencia personal, que dice que el placer siempre dura poco, aunque su efecto narcótico perdure. Quizá por eso tenemos esa inclinación a embriagarnos. Una vez ebrios, perdida esa conciencia austera de las cosas, sentimos que no hay ninguna deuda que saldar o que la realidad no duele como suele o que no nos incumbe ese dolor o la realidad misma. 


Uno tiene siempre deudas que saldar. Algunas, las propias, tardan más en zanjarse, da la impresión de que se aplazan por no darles la importancia que tienen o por considerar que tiene la importancia más alta y no saber encontrar el momento o no saber cómo cancelarlas. Otras, las ajenas, ocupan más empeño, se acometen con un rigor más severo, aplicando un esmero mayor. Ayer pensé que en cuanto empiece el año venidero, no antes, para qué antes, me dedico más a mí mismo, rebajo o cierro definitivamente alguno vicios que no tengo por buenos y me cuido de que no prosperen otros que, a poco que se les deja, prorrumpen fieramente y se instalan a sus anchas, sin que sepa cómo vetarles el paso. Suele suceder al contrario: unas costumbres se dejan para que otras nuevas ocupen su lugar. No se sabe bien a qué obedece esa inclinación a empezar de cero de vez en cuando. Nos ponemos a dieta, bebemos y fumamos menos o hasta nos obligamos a no beber o no fumar nada, salimos a pasear, los más osados corren, trasnochamos con menos frecuencia y buscamos la manera de que todas esas novedades en nuestra rutina (dolorosas casi todas) no nos pasen una factura muy alta. Se diría que no nos gustamos o que, vistos en detalles los otros, los cercanos, los casuales con los que nos tropezamos, elegimos de ellos lo que querríamos para nosotros. Me pregunto si habrá algo propio, íntimo de uno, digo, que los demás anhelen; si algo de lo que hacemos o las cosas que decimos (se hagan o no) será deseable a otros ojos y nosotros, los dueños legítimos, los modelos a imitar, ni le hacemos aprecio. 


Tal vez ahí resida la euforia: en no hacer nada o en hacer lo que antojadizamente escogemos. Está bien el antojadismo. Hacer lo que nos venga en gana, no estar forzado nunca a cumplir lo que otros estiman que debemos hacer, no incurrir en el vicio de quedar bien con los demás y desatender ese otro vicio de procurarse quedar bien con uno mismo. Cuando empiece enero, no antes, a qué antes, me decido. Mientras tanto, abro el domingo con cuatro carpetas de trabajo. Hoy no será ese domingo en que elija qué hacer y salga a comprar la prensa y me demore en las calles y vuelva a casa con la idea de escribir un poco o de leer en mi sillón de orejas, junto a la ventana que da a la calle, escuchando a Brahms a un volumen no muy alto. Hace un par de domingos, en parte, tuve un domingo de Brahms en el sillón de orejas. Duró un par de horas. Fue euforia pura, fue el optimismo absoluto de pensar que no habría nada afuera que pudiese malograr esa intimidad idílica entre el libro, el maestro y un servidor. Creo que uno de los vicios que tuvo Brahms, tendría que comprobarlo, hablo de memoria, era el de ir a diario a una taberna cercana a su casa. De él dijo Tchaikovski que era un bastardo talentoso. Seguro que despertó admiración y reprobación entre quienes le rodeaban. Alguien diría de él que era un bastardo antojadizo, uno de esos hombres dedicados en exclusiva a sí mismos, ajenos al mundo y a su tráfago. Bendito él. Esta mañana domingo es de Brahms, aunque ahora mismo suene en mi Spotify (bendito streaming) una selección de piezas pop, todas maravillosas, pero todas intrascendentes. 



18.11.17

Un sueño de K.

K. tuvo un sueño. Más que un sueño, pensado ahora, parece la revelación de un secreto. Es una voz el sueño entero, le dije. Me lo ha contado hoy, a su manera. Transcrito a la mía, perdida la sustancia misma del sueño cuando K. se despertó (primero) y cuando me lo confió (más tarde)  viene a ser más o menos así.

"A uno le fuerzan a cosas que no desea. Por más que se niegue, acaba concediéndolas, les da la normalidad que tienen otras que considera enteramente suyas. Acepta sin chistar lo que antes le irritaba, no se altera con esa cesión, no exhibe ningún gesto que haga comprender a los demás lo contrariado que estás. No importa qué edad se tenga o cuanto se haya vivido. Tengo mis principios, pero si no les gustan he aquí éstos otros, dijo Groucho Marx o le hicieron decir, no sabe uno. Es la propia palabra, principios, soltada en plural, la que no tiene el prestigio que tuvo. Se mira de reojo a quien la esgrime, se ve en él a quien fuimos antes de abandonar el primero de esos principios y abrazar enérgica y convencidamente otro que, en los más de los casos, tampoco habría de durar mucho, reemplazado por otro y así, en vertiginosa fiebre, ad nauseam, hasta que la palabra (principios) pierde por completo su significado. Tuvimos las palabras, pero perdimos su significado, dejó escrito Eliot. Tuvimos los principios, pero resultaron caros.

Nos dijeron:
todo lo que has hecho hasta ahora no vale para nada, te lo arrebataremos, podemos arrebatártelo, no tienes que decir nada, sólo acata, calla y acata, sigue tu labor en el mundo, pero en adelante no pienses por tu cuenta, no creas que se te ha dado ese derecho, no saques la conclusión de que todos estos años te concedieron alguna capacidad de decisión, todo lo escribimos nosotros, somos nosotros los que abrimos el teatro, colocamos el escenario y escribimos la trama, también los que sentamos en las butacas al público y los que los despedimos en la puerta cuando la función ha acabado, tú sólo debes subir a ese escenario y recitar de memoria todo lo que has aprendido, podremos cambiar el guion a nuestro capricho, podremos incluso retirarte del casting, basta con que digas una palabra fuera de las previstas o que hagas un gesto más allá de los esperados o que repliques o manifiestes que no apruebas el argumento, no se ocurra cuestionar nuestra autoridad, llevamos años ejerciendo este oficio, otros lo hicieron antes, vinimos a que se cumplieran las leyes, no nos importa quién las escribió, nuestra labor es hacer que se cumplan, registrar todos los requerimientos, dejar constancia de lo equivocado, de las cosas en las que no cumpliste.

Y entonces fue cuando decidimos no tener principios, ni guiarnos por otra brújula que la de la supervivencia. En el fondo eso era lo que deseaban. Que abdicáramos. Que les dejásemos moverse a su aire. Que no abriésemos la boca. Que no hubiese ninguna opinión. Que sólo importasen las leyes"



Yo no soy exactamente yo

Vi ayer a alguien en cuya camiseta, en inglés, se leía que estaba totalmente de acuerdo consigo mismo. No sé yo si esa aseveración se ajusta siempre a la realidad y puede certificarse, darle veracidad permanente, sin que nada desbarate esa propiedad fiable de nuestra voluntad o de nuestros procederes. Yo, por situar a quien mejor conozco en el meollo de la cuestión, no dejo de estar en quiebra conmigo. Hay días de bonanza emocional y una parte considerable de mí se inclina a creer que estoy en paz y que nada malogra esa repentina percepción de mí mismo, pero incluso en esos días espléndidos hay otra parte, aceptemos que poco estimable, es cierto, que pugna por hacer valer su opinión, que es abiertamente contraria a la que yo esgrimo o la que detenta la parte gruesa de mí, no sé si me estoy explicando. Lo normal es que incluso ahora desbarre, no me ponga de acuerdo en centrar mi pensamiento y exponerlo sin dobleces. Como si a la vez que escribo el yo disidente contradijera al yo manso, al que no se alarma ni se contradice nunca, al yo ése que se lee en la camiseta en inglés que vi ayer y que ahora, sin saber el porqué, ha vuelto a mi cabeza. De hecho no sé quién de los dos la trajo: si la parte ortodoxa, la previsible, la que lo tiene todo claro o es la otra, la parte anárquica, la respondona, la que a todo le pone trabas y en todo ve obstáculos y socavones.

Quizá sea la edad la que lo administra todo. Conforme gana uno en ella, cosa satisfactoria a poco que se piense, adquiere competencias que antes ni sospechaba que existieran o que, vistas en los demás, no le causaban mayor admiración ni reconocimiento. Ahora, frisada ya la mitad de la vida, cortada la mitad del jamón, como dice mi amigo Calixto, está bien que algunas cosas estén definitivamente claras. Una es la que atiende la dimensión más íntima, la que no es posible verter, porque cuenta de uno lo que no convendría airear, la privada, la que se clausura por temor a que no cuadre o a que no convenga. Siempre hay un yo que mejor se mantiene oculto, un trozo menos presentable del grueso visible y público. Tal vez sea ése el que no esté de acuerdo con el otro, el que lo zarandea y lo pone siempre en guardia o el que lo jalea y le pide que obre aviesa o arteramente, porque el mal exige su cuota en el drama de la vida.

No se sabe nunca a qué atenerse, qué escoger, cómo contarse a uno mismo (cuando caemos en la cuenta de que nos debemos una explicación) los porqués, los motivos, las coartadas que se escogen para que no chirríe el conjunto o para que los demás no nos miren mal, ni nos aparten. Tememos ese apartamiento, ese darnos de lado de los otros, aunque nosotros mismos obremos con los demás con aviesa actitud, con recelo, con todo lo que no queremos que se use para cuando seamos mirados. Y no cesa nunca el teatro de ver y de ser vistos, de hablar de los otros y de que se hable de uno y se hable bien en ocasiones y mal otras. Lo que no puede ser evitado es que afinen y acierten o no indaguen y marren. Se va a hablar bien o mal sin que intervenga en ese juicio la bondad o la maldad auténtica, todo lo bueno o todo lo malo que hiciste. Es inherente a nuestra condición humana hablar sin saber, condición ésa tan difícil, de tan escaso apego a la razón y tan escorada (ay) al sentimiento, al bueno y que no lo es, al procedente y al que no conviene que se curse y se difunda.

Tienen estos asuntos un aire fronterizo, como de cosa poseída y súbitamente arrebatada. Se admira la rotundidad con la que la creemos nuestra, nos fascina que seamos los dueños de nuestra existencia, pero nada más lejos de la realidad, no hay tal posesión, no podemos darla por propia, ni siquiera cuando la evidencia más se empecine en halagarnos y todo funcione a beneficio nuestro. Detrás de las certezas vienen las dudas, una tras otra, en comandita, en procesión obscena a veces. Cuando yo estoy de acuerdo conmigo mismo veo venir el reverso previsible, la sensación de que tendré que desdecirme y no aceptar nada de lo pensado con anterioridad. Se nos zarandea, se nos lleva de un lado a otro. No sé si está bien, en el fondo, estar totalmente de acuerdo con uno mismo. Yo hoy me he levantado sin el convencimiento de otras veces y no sé (no tengo ni idea) de nada. Quizá sea el desencanto, hoy es el desencanto, brilla el desencanto, cierta decepción, la sensación (nuevamente) de que se está perdiendo la brújula de las cosas, con todo lo terrible que tiene esa deriva, esa zozobra, ese dejarse ir. Al final aceptaré el consejo que me ofreció un amigo no hace mucho. Me dijo que también yo dejara correr las cosas o que no las pesara y midiera tanto, que sólo así (sin peso y sin medida) se podrían manejar mejor y soltarlas cuando conviniese o guardarlas si fuese preciso. No es fácil, me advirtió. Tampoco me respondió cuando le pregunté si él hacía caso de lo que decía y estaba enteramente de acuerdo consigo mismo o se dejaba llevar y se perdía por los huecos, por las puertas que se van dejando abiertas y permiten que entre lo que no conocemos. Quién querría ser siempre él mismo, quién aceptaría esa rutina, quién no desearía ser otro.

17.11.17

Una habitación de hotel


                                                          Hotel room, Edward Hopper


Una habitación de hotel es a veces un mundo perfecto en sí mismo. Basta salir, recorrer el pasillo gris, ver a los otros inquilinos abrir o cerrar puertas, dejar las llaves en recepción o entrar en la pequeña cafetería de la planta baja con un par de bolsas o una maleta pequeña para advertir que el vértigo y la fiebre hacen guardia afuera, esperando con mundana paciencia que salgas y te expongas, para cebarse contigo o para agasajarte, quién sabe, pero quizá sea mejor no disponer de mundo perfecto alguno. Tal vez convenga esa incertidumbre y se desee guarecerse, encapsularse, concederse la intimidad de una de esas habitaciones de hotel y empezar a ser hospitalario con uno mismo, aislado de todos, lejos de todo.

Una habitación de hotel jamás tendría que ser un refugio, pero conozco pocos mejores. El caos convocado afuera refuerza la idea de que adentro no puede ocurrir nada malo. En el fondo la habitación de hotel es una extensión de quien la ocupa. Lo que asombra es que el cliente pueda ir de un hotel a otro y no sienta añoranza de esas pieles dejadas por el camino. Entra en lo razonable que uno se crea otro cuando se instala en un nuevo hotel. Como si el anterior yo, el que ocupó la última habitación, no tuviese nada que ver con el de ahora, el inquilino de la nueva. También son otras las ciudades, otro la luz de las lámparas o el mobiliario o incluso la comodidad de la cama o las vistas que regalan las ventanas. 

Hay quien se hospeda en los hoteles en la desdicha más absoluta. Sabe que al cerrar la puerta y quedarse solo podrá reconsiderar cuanto hizo antes o especular sobre qué hará después. El ahora no existe, el presente no existe, la realidad que nos invade es la menos dolorosa en la certeza de que dura un instante irrelevante, uno que al momento desaparece. Hay quien anhela encontrar el júbilo en esos hoteles. Cree que allí se cancelará el vértigo y la fiebre de afuera: crédulamente pensará que el mundo se reinicia cada vez que ingresa en una de esas habitaciones.

En una habitación de hotel se puede amar un cuerpo y creer que en ese ayuntamiento está de algún modo la razón por la que fuimos traídos a este mundo. También se puede desamar, aceptar la soledad o pensar en ella como algo propio al modo en que lo es un brazo o la manera en que andamos o dormimos. Puede incluso sucedernos que acojamos el bendito cobijo de una habitación de hotel porque no existe una casa que nos espere o porque, existiendo, no la sentimos nuestra y malvivimos en ella, huérfanos de la maravillosa sensación de haber encontrado nuestro lugar en el mundo.

A diferencia de la casa de uno, la habitación de hotel impregna de fantasmas la estancia. Ya la vida es una estancia de fantasmas. Vives y resides en donde otros vivieron y residieron. Amas lo que otros amaron. Lloras donde otros lloraron. Mueres sin que ese asunto trascendente sea relevante para el orden del cosmos y para la mecánica íntima de la vida en la tierra. En este sentido, las habitaciones de hotel son como reproducciones a una escala muy pequeña de la realidad que late afuera, pero sigo insistiendo en el hecho formidable que me ha hecho pensar en todo esto y es la encapsulación del tiempo, la sospecha de que el reloj se detiene y de que el tiempo, ese bicho cabrón, se mueve (sí, claro que se mueve) pero de otra manera. Ese prodigio justifica la existencia de los hoteles, la vida derramada en ese espacio bunkerizado en donde abandonas la maleta, te duchas, lees la prensa, descansas sin desvestir sobre la cama pulcra mientras la televisión emite información del exterior, fornicas, sueñas, hablas por teléfono a gente que está muy lejos y pasas resacas formidables, de las que merecen poema aparte. No creo que exista tampoco mejor lugar para escribir que una habitación de hotel. Una mesa en un bar, apartada, discreta, que permita ver llover tal vez rivalice con ella, pero no posee la misma intensidad, no exhibe tampoco el mismo rango moral. Lo afirmo y lo defiendo con argumentos rebatibles, pero expuestos con tan amoroso ardor.

Una habitación de hotel es un lugar robado al mundo, un no-lugar, una especie de limbo, una casa sobrevenida en la que puedes ser otro y regresar después al yo estacionado afuera, dejado al margen por estricta conveniencia de la trama argumental. Una habitación de hotel es un escenario teatral. Nada de lo que sucede posee la consideración de la rutina, todo es extraordinario. 

Ahora hablo yo o hablo de mí, nada nuevo, por otra parte: nunca he escrito páginas que me entusiasmen enteramente y en casi ninguna ocasión he sentido que lo escrito estaba expresado de la forma en que debía ser expresado, sin que faltara o sobrara algo, sin que otro modo de volcarlo mejorase el mío. Pues si en alguna ocasión he sentido esa punzada de orgullo y de apasionamiento con lo trabajado ha sido en una habitación de hotel. Recuerdo haberme levantado en mitad de la noche y sentarme en la mesita o en la terraza que da a una avenida o a un entramado antiguo de tejados de un barrio viejo. Recuerdo haberme dejado llevar, haber dejado escrito un par de folios y recuerdo haberlos leído más tarde sin rubor, agradándome, sintiendo que me gustaron. Nunca releo nada de lo que escribo, no he sentido esa preocupación, no he deseado corregir o borrar o añadir, pero ahora pienso en las habitaciones de hotel y las declaro residencia de la inspiración, si es que viene, si alguna vez nos visita.





El cuadro, cómo no, es de Edward Hopper. Bendito él..

16.11.17

El Día Internacional de la Filosofía


Celebrar la filosofía es festejar la propia vida y el gozo de cuestionarnos su existencia o gozo el de pensar los porqués que la sustentan o la justifican. Todo en ella, en la filosofía, es gozo puro. El pensamiento es una fiesta privada de la que nunca se sale indemne. Toda la historia de la humanidad es una especie de resaca de esa fiesta interior. Cada una posee la suya. Las hay trascendentes y las hay huérfanas de trascendencia, pero no hay nadie que no posea un filósofo dentro. No es necesaria la certidumbre de que esa propiedad sea nuestra, basta con ejercerla, con someterlo todo al discurrimiento. Es la perplejidad por vivir la que hace que sigamos en la brecha y no nos hayamos echado a dormir. Nacemos y morimos perplejos, perplejos y lúcidos en mayor o menor medida. Nos creemos las cosas y, al tiempo, somos los mayores incrédulos. Esgrimimos la fe como arma y, a la vez, nos zafamos de ella, la arrumbamos, deseamos que no nos acompañe, ni nos tutele. Sentimos que es bueno dudar de todo y no conceder ninguna certeza, pero también bajamos los brazos y dejamos que se nos persuada, sin ofrecer resistencia, permitiendo que la razón flaquee o desaparezca abierta y visiblemente. Somos esas dos contrarias cosas. Es la filosofía la que nos mantiene en pie, la que no nos ha permitido caer, rendirnos, abdicar, conceder ningún patrimonio ganado, ningún hallazgo alcanzado, ninguna montaña escalada. Celebramos hoy la filosofía en tiempos duros, en una época en la que pensar es un privilegio, por más que sea ésta la sociedad de la información, cuando debiera ser la sociedad del pensamiento. No hemos ahí aún, vamos despacio hacia esa altura moral o estética o intelectual. Pensar siempre estuvo mal mirado por algunos. Todavía hay quien rebaja la importancia del pensamiento y retira o adelgaza los planes de estudio en los que brilla la filosofía. La misma historia de las religiones son ramificaciones de la historia de la filosofía. La religión es una extensión discursiva de la filosofía. No hay nada que hayamos hecho o que podamos hacer que no provenga de ella. Ni la misma ciencia, la que nos catapulta al futuro, la que nos asiste en comodidades y en protección, se escapa de su influjo. La misma literatura está impregnada de ella. Tú y yo, lector cercano, somos los agasajados hoy, los protagonistas del día, aunque no tengamos idea de que la fiesta va por cuenta nuestra y lo que se celebra es el triunfo de nuestra voluntad, la victoria del hombre por encima de todas las circunstancias que lo han cercado, herido o derribado. Seguimos en pie, estamos de fiesta, nos sigue perteneciendo la palabra. Construimos la cultura, somos nosotros los albañiles de ese edificio, es la filosofía la argamasa primordial, no hay otra, no es posible otra manera de contar las cosas. Nos iremos de cabeza al pozo, sea eso lo que cada uno imagine, cuando deje de prestigiarse la filosofía, cuando se la aparte, cuando se la considere superflua, vacua, dañina. Por desgracia ya ha empezado el apartamiento, la percepción de que algunos sospechan de que no conviene que pensemos mucho o de que pensemos en voz alta y nos entusiasme saber que pensamos o que sólo pensando es posible elevar la cumbre de los días y dormir cuando irrumpe la noche con la mente limpia y el trabajo hecho. En mi escuela, el año que viene, pondremos frases de filósofos por los pasillos, llenaremos las paredes con sus caras, haremos que los alumnos pronuncien sus nombres, sepan qué dijeron, aprecien su sacrificio, el trabajo que nos regalaron. A ver si podemos, no sé si podrá ser, hay mucho festejo idiota y poco tiempo entre tanta burocracia, pero esa es otra cuestión y hoy no es el día internacional de la burocracia, seguro que le ponen fecha y nos hacen levantar actas y firmar con pompa los papeles resultantes, ay.


11.11.17

El mundo cuando yo era John Wayne / Redux






I/ Fundación de la épica
Al principio no fue el verbo ni tampoco la palabra izada en el cielo como un gran sombrero con un conejo dentro. Al principio, en el instante en el que la tierra bramó árboles y montañas, ríos y criaturas, ya estaba John Wayne. Ahí le ven, interrogándose sobre la naturaleza caótica del cosmos, contemplando el triunfo de la luz sobre las tinieblas, esgrimiendo su Colt como único discurso frente al desquicio de las horas. Un John Wayne imberbe, un John Wayne sin curtir todavía, un John Wayne miope y sin montura, fantaseando con la posibilidad de que la calle Jaén sea en realidad Monument Valley y esté John Ford detrás de la cámara registrando el prodigio. Yo era John Wayne en 1.970. Para que alguien sea John Wayne no se precisa conocerlo, ni haber visto un sólo western, ni montado a caballo, ni enfundado un Colt. Luego fui Peter Parker y fui Spiderman. Durante años los tres (Peter, Spidey y yo)  compartimos madre, padre y abuela. Un buen día (no sé si realmente fue bueno, pensado ahora) les dije adiós y no fui nadie en adelante, salvo Emilio Calvo de Mora Villar. Ni mi padre, ni mi madre, ni mi abuela advirtieron mi renuncia, ni apreciaron que yo hubiese decidido sentar cabeza. Más tarde la cabeza se levantó como a veces lo hacen las cabezas. Tampoco se percataron, suele pasar que la familia no está pendiente de las cogitaciones heroicas o superheroicas de sus vástagos. 

II/ Fundación del caos

Si no hubiese conocido a John Wayne o al trepamuros probablemente no habría entrado Kafka en mi vida. Sin Kafka no habría conocido a Musil. Sin Musil jamás hubiese tenido ocasión de penetrar en Benjamin. Ni en Kirkegaard. Tampoco Pessoa o Bukowski. Vestido de John Wayne en la calle Jaén, en Córdoba, hacia 1.970, mi cabeza era una cabeza mansa y protegida de perturbaciones, convencida de estar en el mejor de todos los mundos posibles, ajena al vértigo y a la fiebre del mundo verdadero que bullía (colérico) por ahí afuera. Mi niñez fue siempre fábula de fuentes. Fui el niño miope sin hermanos que recorría el Volga con los ojos cerrados y visitaba los mares del Sur en el rutilante blanco y negro de Raoul Walsh. Ninguno de las cosas que me hicieron vivir después de ser John Wayne guardan relación con ser John Wayne y salir a la calle sin que Kafka te haga caer en la cuenta de que poco a poco, en silencio, inadvertida y fluidamente, el caos va ocupando tu cerebro y el miedo a no volver a ser John Wayne se instala en tu corazón y ya nunca sale. 

III/ Fundación de la rutina

Buscaba ser feliz y me cobijé en un libro. A cierta edad los libros son bálsamos, soluciones farmacológicas, pócimas de una magia antiquísima. No recuerdo haber leído nada en la época en que yo era John Wayne en la calle Jaén, en Córdoba, en 1.970. Faltaban muchos años para que yo encontrase calor en un libro. No sentía frío o lo sentía y no advertía el daño que el frío me estaba produciendo. Cuando uno es feliz y lo es sin dobleces ni oraciones subordinadas, no hace falta engañar al reloj y buscar consuelo en las historias que forjan los otros. Eres tú el que las inventa, tú el que se aventura por el miedo y vuelve lleno de barro y con un cardenal en la rodilla, pero ufano y feliz, convicto de intriga y de asombro, esclavo felicísimo del juguete que es uno mismo. 

IV/ Fundación de la religión

Detrás del disfraz de John Wayne, allá donde uno deja la pistola, la placa del sheriff y el sombrero clásico, ahí, en ese lugar mágico, está Dios. Un Dios al acecho, uno atento a las mareas y a las cosechas, que aturde sólo con nombrarlo y que tutela nuestro lento y ceremonioso ingreso en la sombra. En 1.970, cuando yo era John Wayne, un John Wayne bizco y manso, noble y generoso como casi ningún Wayne de ninguna otra infancia, yo no creía en Dios. Yo creo que nacemos laicos. Los dioses nos los van metiendo como la tabla de multiplicar y la costumbre de saludar cuando se entra en un sitio. Al poco, conforme fui abandonando el paisaje (me lo quité sin saber el precio que habría de pagar por ese sencillo gesto) se me instaló una conciencia macabra de la divinidad. Me fue devorando por dentro, me fue iluminando por dentro, me fue creciendo hacia afuera, cuidando de que mi yo heroico, el yo épico de 1.970, no muriese del todo. Ahí anda quizá todavía. Agazapado. Sale a veces. Tímidamente sale. Se enseña. Dice: mirad, ya no soy John Wayne, soy Emilio Calvo de Mora Villar, soy Bill Evans en el Carnegie Hall, soy Humphrey Bogart con su halcón maltés, soy torpemente Funés el memorioso, soy el niño escondido en un barril lleno de manzanas a salvo de todos los piratas de las librerías. En el fondo, he aquí la biografía de quien siempre quiso quedarse en las páginas de la Marvel, en las historias del Jabato y del Capitán Trueno, en las películas de Errol Flynn en los bosques de Sherwood y en el patio del colegio Fray Albino con Raúl, José Luis, Segura y Lendines. Pero me quité el disfraz de John Wayne y Dios me alistó en su nómina de perplejos y de alucinados.

V/ Fundación de la mística

Del pasado tenemos siempre a mano un relato fantástico. Se tiene la impresión de que podemos merodear la responsabilidad de contar cómo pasaron verdaderamente las cosas, pero es que el tiempo hace que no poseamos ese dominio de la trama. Digamos que todo está ahí, insinuado, convertido en una especie de prontuario fiable de narraciones, pero luego el conjunto no se apresta a transcribirlo. Además tampoco sabríamos restituir esa novela sentimental sin hacer que concurse la fantasía. En un modo extremo, en el caso de que la fantasía condimente en exceso la trama, el pasado sobre el que debemos hablar no difiere de la ficción pura.

VI/ Fundación del después

La fotografía no enseña nada del Emilio que viene después. El que se perdió en las letras y se encontró en las letras. El que enfermó de metáforas y sanó en las metáforas. El que se aprendió la historia del mundo debajo de las barbas del león de la Metro. El que se prendó de la música del idioma de Milton y de la voz de Sinatra en sus discos de la Capitol. Ninguno de esos que luego se presentaron estaba en ése que apunta con su Colt al fotógrafo (mi padre, supongo) sin interés alguno en dañarlo. Como diciendo: te puedo matar, pero la pistola es de juguete. Como aligerando la gravedad del gesto con un mohín parvulario, con una evidencia de lo frágil que en ese edad puede llegar a ser uno. Más tarde la edad hace sus estragos, se cobra sus peajes, nos cuenta: te puedo matar, pero las palabras con las que te amenazo son de juguete. Como aligerando también la gravedad del texto con una posdata frívola, con una de esas golosinas que con frecuencia nos pone en los labios para que, al mordisquearla, al sentir cómo se funde con la saliva y explota en la garganta, apreciemos el gozo de las pequeñas cosas. Se registra lo pequeño. Se guardan las cosas que apenas molestaron. Más tarde es cuando las entendemos. Produce zozobra que seamos el mismo que hace cuarenta y cinco años. Zozobra y perplejidad. No entra en cabeza sensata que algo de aquel yo persista en el yo de ahora. Se deben haber perdido cosas, las que se ganaron debieron ocupar el sitio de las que sobraban. Piensa uno que fue John Wayne y hasta puede que no sea cierto. Cree uno haber sido muchas cosas, pero la realidad es que no fuimos tantas. Quedaron los deseos de ser otros, fueron esos deseos los que persistieron e hicieron que ahora (el ayer no existe, el ahora es leve, el mañana es falso) nos dé por ocupar el tiempo con estas frivolidades de quiénes pudimos ser y durante cuánto tiempo, pero sobre todo, con qué motivo, cuál fue la razón que nos empujó a fascinarnos por los demás y fantasear con la posibilidad de convertirnos en otros, en héroes y en dioses,  El Emilio que vino después siguió siendo hijo y luego fue padre. No se cree nadie que el de la fotografía llegase tan lejos, hiciese todo lo que hizo, escribiese algunos libros, y leyese cientos y cientos de ellos,  viajara a sitios muy lejanos, mantuviese amigos de esa infancia y nos los perdiese (como se suele) por el camino, encontrase el amor y el amor lo encontrase a él o como quiera que pasara o como todavía sigue pasando. No soy yo el de la fotografía, cómo habría de serlo, de qué manera podría entenderse que ese muchacho delgaducho (yo fui muy delgado, yo fui muy delgado, de verdad) viviese todos esos días y durmiese todas esas noches para estar ahora, sábado por la tarde, sentado frente a una pantalla escribiendo como suele, sin saber bien los motivos de la escritura, pero tampoco entiende los motivos para no escribir, de modo que pesa más el deseo de hacerme oír, de contarme las cosas por ver si a fuerza de pensar en ellas acabo por comprenderlas, aunque no tengo confianza en que nada de lo que haya hecho o nada de lo que haga en el futuro zanjará esa incertidumbre que lo mueve todo. Hoy me hizo nuevamente feliz ver la fotografía de 1970 en la que soy John Wayne, y sin tener ni idea de quién era el tal John Wayne, qué cosas. 

Chomsky todavía

 Ayer, al saber que Noam Chomsky había muerto, sentí una punzada de tristeza. Recordé los años mozos (y bien mozos que eran) en los que la f...