29.11.16

Santa Claus is coming back to town


Ya queda poco, no desesperen, pueden entretenerse en lo que deseen, no creo que se aburran, de verdad que después de tantos meses no creo que se haga muy cuesta arriba estas pocas semanas, prueben a pensar en otra cosa si les pueden los nervios, hagan calceta, lean clásicos, escuchen zarzuela o música indie, paseen por las avenidas por donde suelen ir a la carrera, ordenen el trastero, visiten a los amigos que hace tiempo que no ven, frecuenten los cines, vayan al campo, formateen el ordenador, cambien de look, asóciense a un club de lectura, compren bonos del estado, creen un blog en el que expliquen sus vicios, aprendan a tocar un instrumento, besen a sus hijos, pongan en orden el álbum de fotos, forniquen con sus parejas, afíliense a un sindicato, haced bricolaje, pinten su casa, háganse catequistas o youtubers o simpatizantes del partido que haya sacado menos votos en las últimas elecciones, háganse veganos, inviertan en bolsa, visiten páginas porno rusas, soliciten ser presidentes de su comunidad de vecinos, planten semillas en el jardín más cercano, pruebe comidas que no conoce, hinque la rodilla y confiese sus pecados en la iglesia del barrio, haga todo eso, haga eso y lo que buenamente se le ocurre, no sea perezoso, prueben con ahínco, no se me vengan abajo si al principio nada le sale a derechas, de verdad que al final uno ve que ha merecido la pena, no pierde nada, en todo caso un par de semanas, tres a lo sumo, no queda mucho más, si lo piensan con detalle, no son muchos días, pueden hacer todo eso y no pensar en el momento sublime en que la felicidad absoluta prorrumpa, se abalance sobre ustedes y los impregne de armonía y de paz y el mundo cobre sentido y sientan el cosmos entero como una extensión de sus sentidos. No, amigos míos, no queda mucho. Estén ustedes atentos a sus pantallas, miren los escaparates, si me apuran hasta el aire informa de que está cada vez más cerca. En el Corte Inglés no necesitan que se les anime. Ya han enviado a sus emisarios.

28.11.16

Fernando Baudelaire



O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
Que chega a fingir que é dor
A dor que deveras sente.
E os que lêem o que escreve,
Na dor lida sentem bem,
Não as duas que ele teve,
Mas só a que eles não têm.
E assim nas calhas de roda
Gira, a entreter a razão,
Esse comboio de corda
Que se chama coração.

Traducción
El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que llega a fingir que es dolor
el dolor que en verdad siente.
Y los que leen lo que escribe
en el dolor leído sienten
no los dos que él ha tenido
sino el que ellos no sienten.
Y así en los raíles
gira, entreteniendo la razón,
ese tren de cuerda
que se llama corazón
Autopsicografía, Bernardo Soares (heterónimo)


Este poema no pertenece al Libro del desasosiego, ahí no dejó Pessoa poemas, pero he vuelto a él, como tantas veces. No porque ande contrariado con el mundo o porque cunda el desánimo o la tristeza. Me anima el libro en sí, su prosa deslumbrante, ese fragmentar las ideas, sin acabarlas, como si fuesen objetos que se colocan en un mueble y que informan sobre la realidad, aunque no la agotan, ni falta que hace que la agoten. Uno vuelve a Pessoa de vez en cuando. Y de un modo que no entiendo, por más que indago, cuando releo a Pessoa, metido en harina de heterónimos o de originales, pienso en Baudelaire. Van los dos unidos. Es estar en uno y acudir después al otro. Quizá alguien sepa explicarme este viaje antiguo, ese peregrinar libresco. Que vaya bien el lunes. 
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27.11.16

Deadwood es el infierno / Las cabezas son el infierno



El infierno está lleno de barro, de putas y de bourbon
Confío en que no existan ni el cielo ni el infierno. Vivir para siempre a la derecha de un padre que me espera o arder en un paisaje de caos y de alaridos (tales son las imágenes que he aprendido) no me entusiasma. Comprendo que otros medren en méritos en la vida para que al final, cuando concluya, se les invite a la morada divina. No tengo nada a favor ni en contra de la fe, salvo que yo no la profeso y que me fascina a diario su imperio en el mundo. Mi teología es doméstica; mi visión del paraíso, familiar, casera, íntima, privada. Todo lo que pueda pasar es que las historias sean ciertas y encuentre la paz en el cosmos o en el cielo o a la derecha del padre o en cualquier otro lugar que se me asigne. Que allí me encuentre con los que partieron y entable con ellos un diálogo o ni siquiera se precise el concurso de las palabras y baste con mirarnos para entenderlo todo. Incluso (puestos a ir muy lejos) entiendo que ni mirar haga falta y todos estemos allá arriba en una especie de liquido amniótico primordial en el que todo se sepa y todo se comprenda sin la intervención de los sentidos. Será el alma la que nos guíe. Anoche soñé que iba a un lugar parecido al cielo. Es la idea con la que me he despertado esta mañana. Todavía duran las imágenes que he traído.  Era un cielo despojado de belleza, debo decir; uno muy frío, desangelado (permítame el chiste) y poco confortable. Extraños como son los sueños, entenderán que allí viese a un vecino de la niñez del que no tenía recuerdo hace muchísimos años. Paseaba en bata de estar en casa y buscaba un mando a distancia. Mezclado ese sueño con otros o un sueño principal extendiendo su relato a otros que lo escoltaban, creo haber visto caballos. Uno coceaba a un hombre muy bien vestido. Le dejaba la cara irreconocible. En una escena de la serie que andamos viendo estos días (Deadwood) un caballo hace lo propio con un borracho que se emperra en quitarle las herraduras para que alguien no lo use. Deadwood es una obra maestra: lo dicen los críticos sesudos y lo corroboramos mi mujer y un servidor, absolutamente fascinados por esa recreación fantástica del Oeste americano y de sus turbulentos y dramáticos comienzos. Tan bueno es que se ha colado en mis sueños. No es la primera vez, pero hasta hoy no he sentido con claridad el mensaje que me enviaba. Porque Deadwood, el pueblo en mitad de la nada, es el mismísimo infierno. Quizá estén todos muertos. Actúan con la brutalidad de quienes lo dan todo por perdido. Albergan una brizna de ternura, sí, se advierte sin que haya que afinar muchos los sentidos, pero es una ternura de una tristeza que carece de humanidad a veces. Como si repitieran gestos que hicieron antes y de los que no desean desembarazarse del todo. Tal vez el infierno de verdad, si es que existe, sea un poco como Deadwood.


El infierno está en la cabeza
K. me confiesa (mientras lee lo que voy escribiendo) que el verdadero averno es el de la cabeza. El mal está en la cabeza, Emilio. El infierno es la angustia de que no podemos entenderlo todo o de que lo que entendemos no termina de satisfacernos del todo o  puede ser el cansancio puro, el que se adhiere al alma y la modela a su antojo. Tú no sabes lo que es el infierno, nadie lo sabe. Todo lo que se ha escrito o se ha dicho es una aproximación falible, una manera de prefigurarlo antes de que el infierno auténtico nos coja del cuello y nos hunda la cabeza en el barro hasta que no se aprecie que nos movemos. Tenemos que ir con cuidado, hay que pecar con tino. Lo peor que puede pasarnos es que nos visite la parca y no hayamos pecado en lo que más queríamos. Le consuelo en lo que puedo. K. viene para que lo conforte. Me cuenta cómo le ha ido, le cuento cómo me va, nos contamos los dos qué esperamos que sucede, si serán buenos o peores tiempos. Evitamos las grandes conversaciones, merodeamos los problemas, nos refugiamos en esa periferia amable en la que el infierno es una escena de una serie de televisión o un pasaje en un cuento de Poe. En realidad el infierno está en la cabeza, en la literatura con la que rebajamos la dureza de la realidad. Es mejor ese infierno impostado que el mentido en los libros de los santos y en las pesadillas de la noche. Sigo confiando en que no exista el cielo. Lo uno trae la presencia de lo otro. Dios y el diablo son en realidad una manifestación de una sola cosa. K. y yo somos una misma persona. Le traigo, le invito, le pongo a hablar. Por escucharme, por saber qué pienso. Esta noche viendo un capítulo de Deadwood (el nueve de la tercera y última temporada) me tomaré un bourbon y pensaré que soy otro durante cincuenta minutos.

25.11.16

Escribir como el que corre

K. me dijo si seguía amando los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles y hasta las pompas de jabón. Le dije que sí, a medias, según el día. Una vez alguien dijo que yo era etéreo, a pesar de mi recia complexión. No era mala la intención que animó el comentario y yo supe entenderlo casi como un halago. Uno escucha lo que quiere y recuerda lo que le conviene. Como son malos tiempos para la lírica, últimamente escribo más. Quizá para tener la cabeza despejada. Lo dijo Ana hace unos días en un almuerzo en su casa: escribes como el que corre. Ya he olvidado la tentación (firme un tiempo) de abandonar la escritura o de aplazar su urgencia. Hay días en que no sabe uno qué sentido tiene esta rendición diaria. Soy capaz de escribir de cualquier cosa, pero me cuesta cada vez más justificar esa imposición a la realidad que supone escribir. El mundo ya está bien sin que se precise la existencia de este texto. A K. le debo seguir. En ocasiones se entabla un buen diálogo entre los dos. Creo es él quien al final  esté escribiendo, no yo. Y en eso también albergo dudas. Dudo con convicción, como suelo. Cuanto más intensa es la duda, más placer encuentro en ella. En cierto sentido, conforta esa incertidumbre, da un alivio agradable. Escribo como si corriera. No miro atrás, no corrijo, sólo tecleo, únicamente avanzo. Debo ser una forma avanzada de escritor irresponsable o ni siquiera alcance el grado de escritor, por más que me aplique y le dedique el comprometido rato diario. En todo caso, todas estas consideraciones (no sé de qué rango, ignoro qué propósito las anima) me ocupan el tiempo que precede el ingreso al vértigo del día. Escribir es ese café negro muy duro con el que se pone a funcionar la máquina. Y sigue la cita de Machado en mi blog y amo los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles y hasta las pompas de jabón.

24.11.16

Los cuentos del astronauta zurdo / Una historia del bien



Ilustración: Eva Vázquez

Hay que estar bien, bien con los demás o con uno mismo o las dos cosas juntamente, para escribir sobre la bondad. Se precisa ese estado armónico en el que sientes la tierra bajo tus pies y reconoces tu lugar en el mundo. Cuando se fuga, en el momento en que te abandona, todo lo que se te ocurre no trae bondad alguna, no permite que lo bueno que se tiene alrededor fluya y te impregne. No creo que yo haya escrito mucho sobre la bondad, no hace falta que relea ahora ni que pregunte a los lectores habituales, amigos en la mayoría de los casos. Hay una inclinación natural a que lo malo aflore. Tenemos esa inercia a pensar que lo ajeno no merece ningún elogio por nuestra parte. Los que damos, los elogios que inadvertidamente pronunciamos, son firmes, se entienden a la primera y no escatiman recursos, pero no abundan, no fijan una rutina fiable desde la que montar una nueva manera de contemplar el mundo. Parece como si explayarnos en halagos nos rebajara. Como si el esfuerzo en valorar lo de los demás hiciese que flaquease nuestro prestigio o como si aplaudir fuese un desgaste.

La educación consiste justamente en eso: en apreciar lo bueno, en agradecer que alguien decidiera escribir poemas de amor mejor de lo que podríamos hacerlo nosotros mismos, en sentir un infinito afecto por quien compuso una sinfonía o una canción pop de tres minutos para que mi cuerpo temblara o brincara o sintiese que el corazón se le pone tierno o se incendia o estalla de arrobo puro. Toda la posible cultura que yo pueda tener se basa en ese sentimiento de agradecimiento. Lo que a veces trato de hacer ver a mis alumnos es que los cuentos de los libros que leen están hechos para ellos. Que alguien se sentó un día en la sombra de un árbol o en una frondosa mesa de roble en una cabaña de campo de hace doscientos años o en un patio donde el sol de la tarde empieza a desvanecerse para que ellos pudieran escuchar todas las aventuras que adoran. Que esa gente que no conocemos nos visita a diario y está cerca nuestra al modo en que lo están los zapatos que calzamos o la calle que atravesamos para ir al parque o venir a la escuela. Viene Julio Verne, les digo. Ojalá pudiera conseguir que amen a Julio Verne como yo lo amé mucho más tarde la edad que ellos tienen ahora. He perdido el placer de leer Viaje al centro de la tierra o Veinte mil leguas de viaje submarino con once años. Ese es el bien que vence al mal, podría decirles. Es la literatura la que nos rescata. Basta abrir el corazón (o lo que sea que abramos cuando se pone a funcionar la mecánica íntima de los cuentos) para que no haya nada malo que pueda pasarnos. Es dentro de los libros en donde encontramos la paz y la armonía y el mundo cobra a veces el sentido que afuera no posee.

Por eso yo elogio a los mil escritores que están ahora mismo a mis espaldas. O los mil cuatrocientos, no los he contado. Yo escribo y ellos me tutelan. Todas esas baldas que revientan de libros me escoltan cada vez que me siento a escribir. Podría ser hasta que insuflaran ánimo y yo escribiese porque ellos están detrás, ya digo, cuidando de mí de una manera que no sabría explicar y de la que tal vez no habría que pensar en demasía. Es probablemente ésa la magia que hace que ahora yo continúe tecleando y piense en el mal, en el horror del coronel Kurtz, en el abismo de Helm, en el Maelstrom de Poe, en todo ese mal maravilloso que reside en el alma de los libros y que se ofrece cada vez que uno los abre y celebra el festejo íntimo de la lectura. Hoy, cuando andaba muy atareado en el trabajo, yendo y viniendo, subiendo y bajando, pensando en más cosas de las que soy capaz de pensar, recurrí a una vieja idea que siempre uso cuando la realidad viene sobrevenida, un poco asfixiante. Pensé en el libro qué empezaría esta noche. Anoche acabé Mientras agonizo. Faulkner es un amigo antiguo, pero le tengo desatendido hace años. Ahora, a poco de clausurar ya el día, me pondré a mirar aquí y allá y acabaré eligiendo uno. Será el bien triunfando sobre el mal. La belleza sobre lo que no posee belleza alguna. Y también hay que estar bien, bien con los demás y con uno mismo, para leer y encontrar bondad en lo leído. Incluso la hay, bondad digo, cuando uno presiente que todo es terrible y que la historia es de una tristeza espantosa, pero entrevé una luz, una frase suelta que acaudala toda la verdad del mundo, todo el amor del mundo en unas cuantas palabras.

18.11.16

El tren



Fotografía: William Eugene Smith

El paisaje es el que uno se inventa. Lo transforma a capricho, lo convierte en lo que desea ver. Días que parecen de verano cuando los inventa el frío. Días en que la oscuridad pugna torpemente por desangelar el camino. Uno funda a diario el mundo. Nosotros, a falta de un dios verdadero, somos el único dios disponible. De ahí el amor al tren y a su rectitud sin flaqueza. Una vez cogí uno en el que entendí cosas que no alcancé en otro lugar. Como si el tren perteneciera al relato del mundo y hablara y contara lo que ha ido aprendiendo. Sólo hace falta mirar el paisaje. Sólo desear perderse en el horizonte que ofrece. 

17.11.16

Fundación de los bosques



Fotografía: William Eugene Smith


A mi amigo K. se le ocurrió perderse por ver si le encontraban. Dice que era pequeño y que cuanto anhelaba era que lo abrazaran mucho cuando lo descubrieran en un parque o en la calle de atrás, a la que le decían que ni se le ocurriera ir. Hay quien se pierde a voluntad propia. Sale de casa y empieza a andar hasta que de pronto no reconoce la avenida a la que ha accedido. En Madrid quise yo que me pasara algo parecido a esto que cuento, pero me faltó tiempo para que la empresa se hubiese completado con éxito. Anduve feliz un buen rato, creí que el viaje era ése y no el otro, el de salir de Córdoba y montarme en el AVE y llegar al hotel de la Gran Vía y dejar allí las maletas. Cuando apremió el tiempo, deshice el hechizo de la aventura recién inaugurada y repasé de memoria las calles que recorrí hasta que salí a un lugar reconocible. Cuando se lo conté a K. me reprendió. Vino a decir que debía haber apurado un poco más y hacer como él, cuando pequeño. Piérdete, Emilio, hazlo de veras. Busca un bosque, anda un par de horas. El problema es que no hay bosques, le contesté. Los han ido quitando de los mapas. 

Las ciudades son los bosques. Han crecido a nuestras espadas, se han convertido en monstruos, nos engullen. Los que vivimos en un pueblo pequeño (Lucena, a su modo, todavía lo es) carecemos de esa perspectiva. Casi no hay calle del pueblo por la que no haya pasado o de la que no tengo una conciencia más o menos firme de dónde está y a qué otros calles conduce. Hablan de ciudades sostenibles, pero debería haber ciudades poéticas. No sé bien qué poesía tendrían. Hay muchas y no siempre todas convienen a lo que nos proponemos. La que ahora me apetece es la ciudad de la que no sepa nada. Ni siquiera una idea leída en los libros o la posesión de alguna estampa memorizada por haberla visto en la televisión o en las fotos de los amigos que las han visitado. Puestos a pedir, solicito una grande. Como un bosque que lo ocupe todo. Como un laberinto. De verdad que a veces conviene perderse. Lo hacemos en casa. Es fácil perderse en la habitación en la que lees o en donde duermes, en el cuarto de baño o en el sótano. Te pierdes cuando tienes el bosque dentro de tu cabeza. Hay libros que son bosques. Te hacen andar sin que sepas el lugar al que te diriges. Cuánto más te haga andar y menos sepas del destino, más ganan en su rango de bosque puro. Los niños pequeños, los que todavía no leen, se pierden en el libro de la realidad, que es el que tienen más a mano. Hacen la aventura que no es posible que otros les acerquen. De mayores, al alcanzar la edad en que el juego no nos entusiasma o del que recelamos porque no pensamos que todavía sea nuestro, no tenemos otras aventuras que las leídas o las encontradas en las películas. Queremos ser asombrados, pero confortablemente instalados en el sillón de orejas del salón. Una de las funciones primordiales de la literatura debe ser ésa: la de fundar un bosque donde podamos perdernos y la de llevarnos a salvo a la salida, donde nos espera la calma, el placer de lo que conocemos. 

15.11.16

Jaime con su girasol de noviembre


Fotografía: Verónica Hurtado


Primero fue la luz, la bondad que regala. A veces uno entiende el mundo al asistir al milagro de la vida. Jaime tiene un girasol de noviembre. Es suyo, aunque no se lo lleve a casa, ni se le ocurra intimar con él. Suyo sin que lo sepa también. Hay veces en que no necesitamos tener la propiedad de las cosas para que nos conforten o nos alivien. A Jaime, pequeño como es, no se le ocurre pensar en los milagros. La suya es la vida del que aprende a todo. Luego se pierde esa inocencia, se canjea por la maldad de creer que todo nos incomoda o de que se ha puesto en nuestro camino para que no podamos recorrerlo como queramos. El mundo entero es de Jaime. No hay trozo de él que no sea incumbencia suya. El sol es suyo, el suelo que pisa y hasta en el que se cae son suyos. Todo le pertenece de un modo hermoso y limpio. Ahí anda, frente al girasol de noviembre, extasiado a su manera, haciéndose (sin que se aprecie) las grandes preguntas de la vida, asombrado de cuanto está alrededor suya y le gana en tamaño, sin saber cómo añadir el girasol al juego, que es el fin último de toda la vida social de Jaime. El mundo, con girasol o sin él, es siempre un descubrimiento a los ojos del niño. No hay día en que algo no le fascine o lo derrote, algo que merezca su entusiasmo o su absoluto desprecio. Ninguno en donde no mire como si fuese la primera vez en que se produce esa mirada. Eso es lo que perdemos cuando perdemos la visión de Jaime y de todos los jaimes del mundo. Perdemos esa virginidad asombrosa, perdemos la pureza del mirar sin doblez. De ahí que la fotografía sea un elogio de esa pureza. No se precisa que Jaime mire al fotógrafo o que la lente lo enfoque bien y cuadre su cuerpo con el fondo y con la luz, como si se pretendiese algo más que registrar la belleza. Los dos representan el ciclo de la vida, de los dos se extrae la enseñanza de que la vida (la luz, el amor, la belleza) se abren paso siempre. Lo hacen a empujones o lo hacen con suavidad, pero se yerguen, se izan, adquieren tallo y volumen y rivalizan con el aire en piruetas y en cabriolas, sólo que no las vemos, no tenemos modo de hacerlo. Quizá Jaime sí, tal vez todos los jaimes del mundo puedan ver lo que los mayores no podemos.

Después de la luz vino la sombra. No hace falta se la invoque. Acude sin que se la invite. Se presenta y hace casa en cualquier sitio. Quienes tenemos ya una edad o enfilamos dos edades juntamente sabemos que la infancia no vuelve. De hecho nada vuelve. Se puede echar atrás la memoria y extraer algún episodio de ese pasado incrustado en la cabeza, pero no es una visión fiable. A la memoria la perjudica el presente. Uno hace recuento y cambia el tamaño de las monedas o incluso el valor. Se recrea en la mentira si es que eso va a contribuir a que la verdad no haga daño. Por eso fascina ver a Jaime con su girasol de noviembre. Emociona de verdad. A los que nos dedicamos a la enseñanza nos parece fácil ese juego, el de ver el mundos con los ojos de Jaime. Es el mundo que no debió nunca censurarse y del que el adulto, en ocasiones, se retira o del que, llegado el caso, se avergüenza. Se quita de uno en medio, mira hacia otro lado, no comulga con juegos, no se deja intimidar por un girasol. No hay sombra en la fotografía de Verónica, su madre feliz. La cámara registra lo que el ojo le va dictando. Es el ojo quien hace el clic, no la máquina. La fotografía es el único modo de que el tiempo se detenga. Hay instantáneas que hacen que un instante se alargue infinitamente, uno que podría haberse perdido como lágrimas en la lluvia (se me va la cabeza al cine y luego la hago regresar), pero ahí está la cámara o la madre o las dos, alerta, sensibles a que un movimiento estropee el momento o que otro lo haga sublime. De cualquier manera, ahí está el infante, el niño con su girasol de noviembre, Verónica, sin escuchar otro ruido que el de su corazón al latir cuando se acerca y teme, en el fondo de su alma pequeñita, que la planta cobre vida y lo abrace y desee jugar con él a la manera en que lo hacen los perros. A ver mañana si se nos pone delante un girasol, uno de nuestra altura, un girasol puro y perfecto, el gran girasol con el que el mundo se explica a sí mismo. 





11.11.16

En la muerte de Leonard Cohen



Hoy pondré Suzanne y escucharé la letanía evocadora de Leonard Cohen, su susurro familiar, su invitación a vivir por encima de todos los obstáculos. Hoy ha muerto Leonard Cohen, pero escuchando Suzanne no parece que morir sea una circunstancia que impida que continúe cantando. Quizá a estas horas de la mañana sepa ya si Jesús caminó por las aguas. En el fondo le importó poco si lo hizo o no. Lo que le fascinaba era hacer que otros pensaran en si pudo o fue disuadido. Es una forma triste de empezar la mañana, sin embargo. No por contada, por avisada con antelación, su muerte duele menos.

6.11.16

Los deberes escolares son el ruido de fondo




Lo primero que se me ocurre cuando escucho que los deberes escolares deberían ser eliminados es que los que hablan no son maestros o no son padres. Los primeros, salvo quienes ejerzan el oficio a ciegas o no se involucren a conciencia en lo que se le exige, saben que la escuela no se acaba en el edificio que la acoge ni que su horario finaliza cuando toca el timbre o cuando se cierran las puertas y las cancelas del centro. Los segundos, salvo quienes ejerzan la paternidad a ciegas o no se involucren a conciencia en lo que se les exige, saben que la educación no acaba en casa, sino que se extiende en la escuela y, en cierto modo, en la misma sociedad, que es la que en última instancia afina o malogra lo que padres y maestros han ido construyendo a lo largo de muchos años. Los dos, salvo que no pertenezcan a este mundo y lo transiten sin fijarse en lo que les rodea, saben que todo nace o muere en estas edades tempranas en las que se forja la educación, se crean los hábitos de trabajo y se adiestra al ciudadano del futuro a que valore el esfuerzo, respete al prójimo, sea honesto, responsable, solidario, constructivo, sensible y todo cuanto conduzca a que el mundo en el que viva sea mejor que éste y convivamos en armonía en él. En esa tarea, no pequeña ni fácil, andamos los maestros y andan los padres.

Se mandan deberes porque la escuela no acaba a las dos de la tarde o porque hay que afianzar lo que se aprende o porque el trabajo en casa implica una disciplina de trabajo y un tiempo en el que se toma conciencia de todo lo que se ha ido impregnando en el transcurso normal de las clases. Toda esta agitación sobre la pertinencia de los deberes está equivocada de base. No son los deberes los que lastran el tiempo libre de los alumnos, justamente el que reclaman algunos padres. No en mayor medida que todas las actividades extraescolares que se programan desde casa y que ocupan las tardes. Quizá el debate estribe en si asistir a unas clases de karate, ballet o teatro rivalizan con el tiempo que se precisaría para que las tareas se hiciesen en casa. El problema no es el hecho de que existan deberes (pues claro que deben existir) sino la cantidad y la calidad de los que se envíen, con independencia de que se manden para un jueves o para el fin de semana. Quienes desean abolirlos o reducirlos a una expresión mínima, por contentar un poco al afrentado maestro, no pueden usar el argumento de que la familia, asfixiada por ellos, no podrá hacer lo que es legítimo, esto es, salir de paseo los domingos, ir a misa o visitar museos. Hay tiempo para que todas esas nobles ocupaciones tengan su hueco en el horario de la casa sin que se sacrifique la comisión del deber escolar.

El padre no es un maestro ni debería serlo. Tampoco el maestro puede arrobarse la función de padre. Hay cosas que se enseñan en casa y que son de incumbencia paterna, aunque al maestro se le encomiende en cierto modo continuarlas o, en todo caso, no hacer nada que las malogre. También hay cosas que se enseñan en la escuela y que están asignadas al maestro, aunque el padre pueda colaborar en ellas y, en cualquier caso, no desautorizarlas, no hacer pensar al hijo que la casa y la escuela están en abierto enfrentamiento. Es la intersección de esas dos realidades la que hará que ambas funcionen. La supresión de los deberes es tan aberrante como su abuso. El término medio de la virtud se decide cuando el maestro y el padre poseen una información clara de qué precisa el alumno o el hijo. Basta con que se vean y hablen. Seguro que llegan a un acuerdo. Seguro que hay una voluntad o un compromiso. Los deberes no son buenos ni malos por sí mismos. Nada, en cierto modo, es bueno o no lo es sin que intervengan matices, sin que se observe con atención, por apreciar cualquier anomalía, por no dejar pasar un error que estropee la bondad prevista. Hay tareas mecánicas que no sirven para nada (restitución de ejercicios vacíos, repetitivos) y tareas mecánicas que son imprescindibles. Pienso ahora en la lectura, en el tiempo en que los primeros cursos de primaria los padres se sientan con sus hijos y les hacen leer. No es cosa de abolir o de mantener, sino de medir qué se suprime y qué se cumple. Ese compromiso lo decide el maestro y lo acata el padre. Se entiende que es el maestro el que tiene a su disposición toda la información y que, en base a ella, escoge y desecha, aplica con corrección la cantidad de deberes que mandará para casa. Lo que no es posible que gobierne, ni debería gobernar nunca, es el uso del tiempo del que dispone su alumno en casa, con sus padres. Si los padres le tienen cuatro horas de frenética actividad extraescolar, consagrada a que baile, aprenda inglés en academias con nativos o juegue al baloncesto en un club, la cosa cambia drásticamente. Porque el tiempo es el mismo y no se puede estirar más de lo que ya estira. Entonces es cuando se vulneran los derechos del niño, cuando se fractura el insobornable principio de que la infancia no debe cargarse con responsabilidades propias de los adultos.

Antes que debatir la vigencia de los deberes, deberíamos pensar en si la enseñanza está bien considerada en la Administración que la gobierna. Si se la prestigia desde dentro o se van sucediendo carteras, despachos y órdenes sin que haya una voluntad firme de coherencia y no de deriva, de peregrinaje de un modelo a otro, sin decisión firme de cuál es el más idóneo, si alguno es coherente y propicia un verdadero cambio en los resultados, en la confianza que la escuela da a la sociedad y en la profesionalidad que los políticos de turno aplican a su oficio. En el nuestro, en el día a día de tiza en mano y paseos entre las mesas, tengo una idea muy clara de lo sacrificados y eficientes que somos. Si no nos jaleamos nosotros mismos, no debemos esperar a que otros, sin saber o sabiendo mal, lo hagan. En todos los países en donde brillan los resultados escolares hay una buena financiación detrás. El gasto educativo en España está en consonancia con los resultados educativos que exhibe. Los países de evaluación modélica (Finlandia a la cabeza, aunque luego sea el país con el mayor índice de suicidios, en fin, no se puede tener todo) no tendrá este tipo de controversia, no se tendrá al maestro en una estima social tan baja como aquí se estila, no será la educación una de las preocupaciones menores de sus habitantes. Allí ya están en un modelo escolar en el que no hay exámenes, ni horarios rígidos, pero eso es ciencia-ficción aquí. En España, a poco que uno se fija, advierte que sólo se trae lo educativo al escaparate cuando interesa que ocupe titulares o cuando se exhibe la desgracia de que un alumno ha sido agredido en las aulas o en el patio. Interesa el acoso, interesa que se sepa bien lo largas que son nuestras vacaciones. Todo lo demás es secundario. La escuela no está todavía involucrada en la sociedad, no se la mira con el respeto con el que se debe. Ahí empieza el roto que luego deshace todas las costuras y deshilacha completamente el traje de la Educación, por demás viejo, gastado y muy poco renovado.

Ahora andan pidiendo un Pacto, no otra ley que derogue la antigua insatisfactoria, algo inédito en los últimos cuarenta años. "Preparamos a nuestros estudiantes para trabajos que aún no existen, en los que tendrán que usar tecnologías que no han sido inventadas para resolver problemas en los que no hemos pensado todavía". Lo dejó escrito Richard Riley, un secretario de Educación estadounidense. Sí, todo eso es cierto, pero no llegaremos a preparar para el incierto futuro si no pensamos con tranquilidad en el balbuceante presente. Y el centro de toda esta vocación de futuro es el maestro de ahora, el que ahora parece un fanático de los deberes, como si ésa fuese la única traba que impide que la escuela avance. Ojalá este gobierno recién formado, esta legislatura de pactos, concite la voluntad mayoritaria y no sólo prosperen las ideas de unos, sino que se concilien las de los todos y salga una verdadera senda por la que transitar, como han hecho otros países, y no tengamos que aficionarnos a usar el verbo derogar, tan triste a veces, y a ver pasar modelos educativos como el que, sentado en un parque, ve pasar perros desamparados, sin dueño ni sitio al que ir.

En lo visto hasta ahora, en lo que se advierte en la escuela del día a día, parece que la preocupación más urgente es la de transcribir todo lo que acaece en el aula, la de registrar las toses y los ruidos, las risas y los bostezos. El fracaso escolar, que no dudo que exista, no se palia con el nuevo modelo curricular que pretenden que adquiramos. Pesan más las anotaciones que propicia la explicación que la explicación misma. Ah, perdonen, no son explicaciones lo que ahora hacemos. Son otra cosa, no sé cómo llamarla. Lo único que a veces parecen que hacen los teóricos de despacho es innovar en lo semántico, en los pilotajes, en las competencias, en lo que antes fue y ahora no hay ni que mentarlo. No se nos pregunta a los maestros, no estamos en las reuniones en donde dirimen qué vamos a hacer y qué no, no se nos confía la sustancia de fondo, ni se nos interroga sobre los males que apreciamos, las soluciones que nuestra modestia inventa. Y mientras tanto el ruido es la tarea, no calidad de la tarea, ni siquiera la necesidad de mandarla, los porqués.  No es cosa de inventar libros blancos o de reunir a los maestros en reuniones donde quienes las convocan se enredan en la espesura del lenguaje que manejan y no bajan a la arena, no miran de frente la realidad que pretenden modificar. Al paso que vamos, repetiremos este argumento (el de los deberes, el de la financiación escolar, el del prestigio de los maestros, el de la cobertura de las bajas, el de la consigna masiva de datos en registros inútiles) de aquí a un par de años. Porque no sería de extrañar que viniesen otros magos y sacaran de la chisteras conejos que no conocemos, justo ahora que estamos empezando a domesticar a estos.

Lo desacertado de que cunda en casa la idea del desacato sí que me parece grave. Lo digo por lo resuelto por los padres de la CEAPA que reclaman la posibilidad de que un menor de edad haga huelga. Si en esa temprana edad anida en la mente del alumno que puede rebelarse contra la opinión o la decisión de su maestro, no sabremos qué modo de manifestar su descontento adoptará de mayor. Es el camino equivocado. Es una célula pequeñita que se convertirá en un alien y colonizará la escuela y, por añadidura, la sociedad, resquebrajando su convivencia. Si en casa se menosprecia la escuela, si se habla mal de ella o se discute su proceder o se pone en entredicho lo que allí se decide, estamos perdidos. Lo que ha puesto sobre la mesa el debate sobre los deberes es a la educación misma, la ha hecho pensar, se ha producido eso tan importante (y tan educativo, permítanme) de dialogar y de entender que a veces no lleva uno razón o que la lleva en parte y aceptar la razón contraria y dormir después con la conciencia tranquila y en paz con uno mismo. No sé cómo dormirán los padres y los maestros finlandeses. Imagino que con edredones de IKEA.



4.11.16

Los malditos y el amor




Hay amores difíciles. Los tienes a mano, sabes que el corazón te inclina a ellos, te borra toda posibilidad de que la cabeza argumente y te ponga los pies en el suelo y no haya paseo por las avenidas ni besos en las calles oscuras. Lo bueno de que el amor sea inalcanzable es que puedes hacerlo durar toda la vida. Hay algunos amores carnales, tangibles, de una realidad insobornable, que flaquean a poco que echan a andar o se vienen estrepitosamente abajo cuando la rutina los baña con toda su gama selecta de jabones mediocres, sin el olor deseable, sin el tacto anhelado en la piel. Podemos aliñar ese idilio platónico con esquelas funerarias. Si el objeto de nuestro desvarío muere y, sobre todo, si la muerte acaece en edades tempranas, el amor se acrecienta, adquiere una solidez que rivaliza con los otros, con los amores cercanos, con los que organizamos las vacaciones de verano y hacemos la lista de la compra del súper. En cierto modo uno quizá lo que ande evitando sea esa desconcertante aventura doméstica que consiste en pagar los plazos del lavavajillas, cuidar de que los hijos vayan bien aseados y vestidos y que la hipoteca se salde en el menor número de años posible. Nada de eso sucede con las divas del soul a las que de pronto reconocemos como el amor privado, el amor imposible, el gran amor que no será nunca factible. En el caso de Amy, en ese cráter lúbrico y blasfemo de sexo, drogas y hermosas canciones de los años cincuenta, canciones negras y untosas al oído, la cosa se complica extraordinariamente. No se nos ocurre que podamos soportar su voluble manera de mirar cara a cara la vida. Se desvanecería la pasión, se dormiría en la cama, cuidando de que no nos sobresalten las pesadillas, el olor a sucio que tiene el cuerpo cuando no se le conceden los cuidados que calladamente exige. Queremos, en el fondo, mantener alejado al amor que encarna Amy. Deseamos una existencia sin sobresaltos. Le pedimos a la vida que nos alivie cuando nos hiere, pero aceptamos que un poco de daño es aceptable. No hemos venido al mundo a vivir en un carrusel de alborozo, decía la canción. La cosa es que tampoco sabemos muy bien a qué hemos venido, si hay un propósito, aparte del encomiable de acostarnos por la noche con la conciencia tranquila, el trabajo hecho y el pecho henchido porque hay un lugar en el mundo que nos pertenece.

A Amy Winehouse no le tocó en suerte pertenencia alguna. Las que tuvo las fue arruinando, se obstinó en que ninguna prosperara. Se despeñó en otro carrusel, el de las drogas, tan conocido. La noticia de su muerte no fue un verdadero acontecimiento. Estaba muerta, a decir de quienes estaban más o menos al tanto de su ajetreada vida. Ella misma, imagino, también pensaría en que la muerte la rondaba por las noches o al romper el día, no sé. Mientras ese momento terrible no se presentara, vivió con la velocidad con la que suelen todos los que saben que el final está cerca. Fue una maldita en vida, no hizo falta que se ganara ese atributo mítico cuando la acogió la tierra. Todos los que la quisimos de una u otra manera no entendemos de malditismos. Oímos esa palabra y no sabemos ir más allá de dos o tres tópicos. El arte tiene siempre mártires para que toda esa mitología continúe fascinando a las generaciones siguientes.  No hemos nacido para ser malditos a tiempo completo o para ser la pareja de quien de verdad ha decidido que ése es el camino correcto o el menos aburrido. La vida, en cuanto tiene ocasión, se abre paso, nos pone la sensatez que en ocasiones rechazamos, y la abrazamos y pensamos que está bien mirar a los malditos desde una buena butaca, frente al televisor 4K, curvo, de pantalla muy negra y contrastes altísimos. Asistimos al pasaje luctuoso de la diva a la que amamos un tiempo, cuando sacó un disco maravilloso y pensamos (escuchando su voz, teniendo conciencia de lo buena que de verdad era) que a veces se hace insoportable la fama o que la vida, la de los otros, quiero decir, no se parecería en nada a la nuestra. Como si todos estos muertos insignes, tan brillantes, no se miraran al espejo por la mañana y se hiciesen las grandes preguntas, las que nos hacemos de cuando en cuando nosotros, si no saldrían a la calle a comprar el pan y se sorprendieran de que valiese un poco más que ayer y si no tendrían también gente a la que admirar, de la que enamorarse y por la que sentir, cuando murieran, un pena honda, como la que yo sentí hace unos años cuando me enteré de que había muerto Amy Winehouse.

3.11.16

Kandinsky en mi escuela



En mi colegio los alumnos de cuatro años saben quién es Vasili Kandisnky, el precursor de la abstracción en pintura. A este paso, conforme avancen los años y progresen en sensibilidad y en conocimientos, en actitudes y en competencias varias, acabarán comprendiendo todas las corrientes pictóricas o, en todo caso, apreciarán cuánta belleza dentro de ellas les aguarda. Sabrán el porqué de los trazos, los motivos, la elocuencia o la desnudez del color, la intensidad o la liviandad de las líneas. Kandinsky, en Infantil, es el punto de partida. Yo pido un aplauso a las maestras que están detrás. Los maestros, de vez en cuando, tenemos que jalearnos de esta manera, darnos ánimo, poner un poco de respeto y de prestigio al oficio. Kandinsky en los cursos novicios. Luego Manet o Sorolla o Warhol. Afuera, a poco que nos descuidemos, nos arrebatan a manotazos el prestigio. Sólo hay que poner la televisión o leer la prensa o escuchar algunos comentarios, casi nunca bien intencionados, con los que se nos zahiere y ofende. Y por hoy ya está bien la cosa. Viva Kandinsky y las maestras de Infantil de mi estupendo colegio. Yo lo descubrí muchísimo más tarde. 

1.11.16

Todo es de color



No dudo que estemos en los límites absolutos de la abstracción, ni que algunos, al ver Untitled (Yellow and blue), el cuadro que cuelgan los dos operarios, o Orange, red and yellow, la segunda fotografía, la de la señora pasando inadvertidamente frente a la obra, piensen en Rothko como un genio absoluto de la pintura del siglo XX. Al final va a ser verdad que lo etéreo emana o que el nihilismo transpira como un atleta de maratón en el tramo final o que el drama humano se exhibe con absoluta y descarnada fiereza. Soy capaz de prestar toda la atención de la que dispongo y escuchar lo que me cuenten sobre este cuadro famoso. No se me ocurre que mi ignorancia interrumpa a quien me esté ilustrando con alguna ocurrencia jocosa, del tipo mi hijo era capaz de hacer eso en cuarto de primaria. De llevar yo razón, no se habría vendido en una subasta en Sotheby's por 46,5 millones de dólares. De verdad que no soy enemigo de lo abstracto; de hecho, en ocasiones, me he sentido tentado de volver a estudiar Filosofía, como antaño, cuando más joven, pero me ha disuadido la realidad, que va siempre muy rápida y no da tregua a nadie, ni siquiera a un voluntarioso aprendiz como un servidor. Tal vez no tenga la sensibilidad que el ingenio de Rothko exige a su público. Porque será público, imagino. O igual, en este rango de hondura pictórica, es otro el nombre con el que se les llama.



En mi entendederas, cortas a más no poder, alcanzo a razonar que lo trascendente de esta obra no es lo pintado en sí, sino la idea de que nadie había hecho nada parecido. En el arte a veces no triunfa la belleza sino la historiografía de la belleza, una especie de acuerdo consensuado entre los críticos que hace que se privilegie el discurso que precede a la observación del cuadro más que el cuadro por sí mismo. Leo con infinito asombro que la obra de Rothko es compleja. Me informo de que era un ruso judío que anhelaba sentir la vibración del espíritu en lo que pintaba. Lector de Nietzsche, fascinado por la música sinfónica rusa del siglo XX, Rothko debió ser un tipo inteligente. Lo es sin duda el que hace que los demás inteligentes ocupen su tiempo en hablar de él y hacerlo con absoluta devoción. No hay ningún texto (de los que he ojeado) en el que el articulista decline la posibilidad de ensalzar al pintor o de rebajar la monumentalidad de su obra. Será cosa de leer más (pero no lo haré) o de ver los cuadros a un par de metros, en un museo, en donde verse los cuadros. Quizá ahí adquieran todo su incuestionable esplendor. Lampo por encontrar alguien que zanje mis contradicciones. Seguro que hay un amable lector que entiende el arte más que yo. Acabo. Rothko se suicidó en 1970. Sus obras, conforme se acercaba ese desenlace funesto, abandonaban los colores vivos y abrazaban sin disimulo los grises, los marrones, incluso negros empalidecidos. Como siga escribiendo, voy a terminar por comprenderlo todo de manera íntegra y limpia. Me van viniendo las palabras. Se me ocurren ideas que antes no vislumbraba siquiera. Creo que estoy viendo la luz. Veo la angustia, veo el conflicto, veo con imprevista claridad la armonía del cosmos y estoy dispuesto a defender mi súbita epifanía con cualquiera que la rebata.

Elogio de la permanencia

  A veces es permanecer lo único que cuenta. Hacer que perviva lo desajustado incluso, convenir que el logro mayor al que podamos aspirar se...