Pessoa dijo nacer en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia en Dios por, curiosamente, la misma inargumentable razón que animó a sus mayores a abrazarla. No sabe creer, continúa Pessoa. Anoche, cuando el sueño me venció y dejé de escribir, noté que un ánimo renovado me impulsaba a no abandonar cierto estado de extraña creatividad que suele visitarme cuando no tengo ánimo de hospedarla. Hoy, tomando un café en una terraza, mientras observaba la gente ir de un sitio a otro, me sobrevinieron unas líneas de un poema, no más de dos, las que lo abrirían. Lo apunté en el móvil y apuré la taza en la certeza de que de ahí podría más tarde imponer a la realidad (eso decía Borges) mi ocurrencia. Me agrada usar ese sustantivo: ocurrencia. Es de una liviandad que deja claro su poca consistencia. El hecho de que salgan en tromba y las palabras se anuden unas a otras sin que yo pueda a veces darles asiento me parece todavía un milagro, una especie de don que todavía no me ha abandonado. Pensé en qué haría si un día cesara esa voluntad y no tuviera de qué escribir o, caso de que cundiera el empeño, no diese con el modo, con la costura de las palabras. No sé creer en mí, lo cual es una manera estupenda de continuar indagando. No sé si creo en Dios, pero estaría encantado de que su claridad me invadiera y colmara. Acaba el año sin que ninguna epifanía digna de crédito reformase mi incredulidad antigua, pero insisto. No es que desee, no es que haya un plan para acercarme a esa revelación, pero escribir me sirve para conformar la casa en la que ese prodigio (debe serlo) hará entrada y yo le rogaré que no me descuide. Ha sido un año duro. Me envalentoné a escribir una especie de diario y he cumplido a medias. No ha salido un texto al día, eso habría querido yo. No sé qué haré cuando el calendario me diga que ya es enero. Algo se me ocurrirá.
30.12.21
29.12.21
Dietario 220
Qué delicia perderse en casa. No dar con los cubiertos, no saber dónde dejamos el ebook, si quedan licores en la despensa, si los cuentos de Cleever están en esa balda donde acabas de ver, en una distracción, el libro de haikus de un amigo. Esa fabulosa sensación de que nada nos pertenece y los objetos cumplen una secreta rebelión de la que tú eres el agasajado. La ocurrencia final, cuando el asombro ha dejado paso al pasmo, de que somos intrusos de nuestra propia vida. Que si hacemos escrutinio del corazón no sabremos reconocernos dentro. Que el mapa con el que a tientas avanzamos muta a cada travesía que emprendemos. Que todo es de una imprevisibilidad dulce y gozosa.
27.12.21
Dietario 219
Ojalá no hubiese leído La isla del tesoro de Stevenson, escuchado Kind of blue de Miles Davis o visto Perdición de Billy Wilder y pudiera tener a alguien que, sabiendo de ellas, me las recomendase con fervor, como el que le va la vida en que accedas y dediques una parte de tu tiempo para que esa deuda con la belleza o con la inteligencia o con el amor se saldasen. Lo malo de haber leído, escuchado y visto esas tres obras mayores es que no podrás sentir la fascinación novicia, la que te encandiló y ocupó ya para siempre (con lo difícil que es eso) un lugar ahí adentro, donde quiera que las cosas hermosas, inteligentes o amorosas se afincan y permanecen. El hecho de contar a los demás todas esas cosas que nos deslumbraron obedece a un mandato interior del que a veces no es posible sustraerse. Necesitas contar que hay un documental sobre The Beatles que dirige Peter Jackson y ponen en Disney Plus y decir que te lo enchufaste entero y te acostaste a las tantas con una sensación de plenitud que no poseerías, no al menos la misma, si no hubieses tenido a alguien cercano que te inclinó a que le concedieras unas horas de tu vida. De acuerdo que hay que ser selectivo, pero ésas fueron perfectas. También fueron estupendas horas las dedicadas a un libro de Gustavo Martín Garzo llamado Elogio de la fragilidad, que es tan bueno que al acabarlo, movido por un resorte desconocido, volví a abrirlo por el principio. Hay discos que pones en bucle, como si no hubiese más a los que acogerse. Hay películas. Hay libros. Se puede inferir que hay personas que siempre te hacen desear que no se acaben nunca. Lo malo de haberlas conocido o tratado o amado es que no podrás sentir ese deslumbramiento bautismal, pero deja de tener importancia el protocolo de cuándo fue o de cómo sucedió y lo que de verdad se prestigia es que están a tu lado y te confortan y te hacen ser mejor persona. Creo que los buenos libros, los buenos discos, las buenas películas y las buenas personas consiguen precisamente eso: hacer a quien se deja cortejar por su presencia alguien más bueno. No sé bien qué es la bondad, pero no me imagino que tenga dentro nada que haga recelar de ella. Soy afortunado por tanto.
20.10.21
Dietario 209
Cosas que suceden a lo lejos y a las que no les sé dar asiento. Perros que conversan a su bronca manera sin que se sepa qué desorden les arrima a la discusión. La noche ocupando la blanda del extensión del día. La veo caer con su aplomo antiguo y repetido, pero ninguna irrupción suya se parece a otra, aunque todas exhiban la misma vocación de penumbra y de clausura. La luz tiene urgencia por desocupar el aire. Unos grillos rivalizan con la conferencia de los perros. La iglesia que se divisa al fondo invita a que busque a Dios. De pronto creo escuchar su voz con torpe claridad, pero me hago cargo de me estoy dejando llevar por alguna especie de epifanía de orden poético y vuelvo a la cartesiana opulencia de las palabras, que no siempre dan con la hendidura dulce por la que acceder a lo eterno. La propaganda de Dios es sutilísima. Mi alma no distingue a veces el oropel del gris adorno. Se entretiene en lo que la contenta mas que en lo que la consuela. Piensa en perros, no convoca ángeles. Se le ocurre escribir cuando otros rezan. No he rezado nunca o no he dejado de hacerlo, aunque mi súplica no contuviese hondura, ni diese con el volcado mecánico de su sintaxis. El tiempo discurre con pasmosa certeza y no sabe uno nunca a qué atenerse. Si a la memoria de la que se dispone o al yermo caudal del porvenir. Ya no se oyen los perros, escribo esto cuando amanece. Hay textos que se fraguan por partes, como si no se tuviera propiedad de ellos y surgieran a su antojadizo capricho. La luz se ha resuelto limpia y todo es de una vistosidad nueva también.
10.10.21
Dietario 205
Uno cree haberse depurado lo bastante y no tener sustancia que purgar ahí adentro, pero no hay método que nos asista ni esperanza de que alguno milagrosamente exista y nos procure el bálsamo anhelado.. El cuerpo es una maquinaria hecha a desentenderse de quien lo gobierna, si es que en sus trajines hay algo parecido a un mando. Hace lo que quiere, crece a su manera, enferma sin dar indicios previos, se deteriora con una eficacia que desalienta al usuario que cree (infelizmente) que podrá convenir un aplazamiento o un receso en su recaudación tributaria. Lo de depurarse viene porque alguien ha dicho que está a punto de hacerlo y confía en que de esa purificación surja un yo nuevo, como si de verdad pudiéramos repudiar al antiguo y reemplazarlo con otro. Entusiasta, narraba con un tanque de cerveza en una mano y un cigarrillo en la otra su estrategia depurativa, una especie de diálisis emocional de la que saldría un ser de más elevado espíritu. Constata el alma entonces una providencia de afectos, un repunte de gozo que ocupa la extensión misma de la vida, entera ella. Al levantarse y despedirse de sus compañeros , dejó unas monedas en la mesa por su consumición y se alejó con más o menos decoro cinemático. No tiene arreglo, sentenció uno de los que quedó. Pero se lo cree, añadió otro. No hace daño a nadie. Mañana deja el gimnasio. Eso último lo he aportado maliciosamente yo. Quién no se ha pronunciado alguna vez de parecida manera. Quién cree estar a salvo de mentirse con esa inocencia. Yo, en la mesa aledaña, bebía y fumaba también, debo añadir para cerrar la anécdota.
7.10.21
Dietario 204
Se hace de noche de pronto. Se clausura el día, pero el día no acaba. Hay veces en que empieza de verdad cuando anochece. En eso, en lo de percibir que el día empieza cuando a uno le conviene, tengo las cosas muy claras. Recuerdo una época en que decidía cuál había sido el mejor momento del día. Lo hacía al irme a la cama: pensaba si había sido uno u otro, pesaba dentro de mi cabeza cada uno de ellos y elegía uno. Después, a poco de caer dormido, fantaseaba con ese momento, lo acariciaba, agradecido. Hoy pensé que el día no comenzaba del todo hasta que yo le imponía un comienzo. Deseché de cuajo esa ocurrencia. La voz traviesa de la cabeza decía que el día arrancaba a la hora en que suena el despertador y acaba cuando entenebreces los ojos y te encomiendas al sueño. Pues ahí vamos. No ha sido un mal día. Los hay peores a veces. Lo bueno de que haya algo malo es que se aprecie con más consideración lo bueno. También concurre la reversa, más tenebrosamente. Nos movemos a diario en base a este equilibrio sutil y maravilloso. Lees lo que te incomoda porque hay una lectura que te conforta. Amas porque conoces lo que es no amar. Escuchas jazz (como hago ahora, muy bajito, en los cascos del móvil mientras espero en la puerta de un comercio y escribo) porque así el día se enfila a su término con más dulzura.
5.10.21
30.9.21
Dietario 201
A Pedro del Espino, que me entenderá
Nadie que esté feliz escribe, pero hay un impulso a hacer constar el embeleso con la realidad. Del hecho de afanarse en acuñar un lenguaje que transcriba toda esa lujuria de los sentidos se infiere otro hecho singular: el de desconfiar de la memoria, el de inventariar el arrimo diario de placeres o de infortunios que jalonan el transcurso de esa experiencia absolutamente privada. También el de alejarse de uno mismo y confiar en otro (el que confiadamente recibe el encargo de escribir) que realice esa labor. Debe haber extrañeza al disponerse a leer lo escrito por uno mismo. Habría perplejidad y asombro y la sobrevenida sensación de que no es pertenencia suya ese volcado interior. Como si el texto fuese ajeno. Comprender que lo contado (el texto logrado) no es responsabilidad propia y, nada más ocupar un lugar entre los demás textos, ellos sabrán cómo hacen eso, tener la seguridad de que se haría de otra forma si se revisase con la intención de pulirlo, de darle un apresto más entero o un acabado de mayor elocuencia o más hermoso. Así que corregir es una tarea infinita. ¿Cuándo se daría por acabada? ¿Cómo tener la certeza de que no se puede mejorar más? Una vez se acomete, en cuanto se empecina la inspiración en dar paso al trabajo, concurren una serie de desdichadas circunstancias que ahogan al escritor en una especie de desencanto al que se ha arrojado con voluntad y convicción, temerariamente, pero que no le dará la satisfacción primera, la de las palabras recién recogidas de su invisible confinamiento, la de la escritura considerada un acto de amor puro hacia uno mismo o hacia el hipotético lector. En la presentación de un libro mío, se me preguntó si escribir me suponía un conflicto, si entraba en un trance, todas esas cosas arrimadas al dolor y la leyenda negra y al malditismo de la literatura. Contesté con incertidumbre. Dejé dicho lo que en ese momento me dictaba el ánimo. Si revisara lo que ahora escribo, es probable que no lo publicara. No me parecería cerrado, no tendría el armazón firme, ni serían las palabras convocadas las de mí más completa satisfacción. Estas frases que transcribo se ocupan, mientras las vuelco, en desdecirse. Hacen su sibilino oficio de demolición y de creación. Pero por otro lado, qué días más hermosos los de la corrección. Qué plenitud recorrer la periferia de las cosas una y otra vez y dejarse caer al centro de vez en cuando y volver a perderse en las afueras nuevamente hasta que, iluminado, y qué delirio esa luz, encuentras el adjetivo que se resistía, el loco matrimonio de una palabra con otra y la bendición de la frase cuando de verdad todo está ensamblado y no se puede (de verdad que no se puede) quitar una sin que se exhiba un roto y el conjunto pierda. No sé cuándo pasa eso, me esmero en alcanzar esos momentos de arrobamiento léxico. Escribir es una especie de milagro y no siempre reconocemos la presencia de la divinidad cuando nos roza. Que provenga de la felicidad o no, creo que no merece tampoco mayor detenimiento.
28.9.21
Dietario 200
22.9.21
Dietario 197
Carezco de la virtud que hace ver hermosas las cosas que no lo son, aunque se adiestra el ánimo y encuentra briznas de luz en la entenebrecida fealdad. Sobre la belleza poseo un sentido a salvo del desencanto o de la flaqueza. Puedo estar sufriendo la depresión más dolorosa y apreciar con absoluto detalle lo hermoso si se cruza ante mí. Me puedo limpiar de arriba a abajo asistiendo a la ceremonia de lo bello. Esa es una de sus funciones: expurgarte, extraer el gris y arrimar rojos o azules. Una de las razones por las que vivir es un oficio tan maravilloso es la de estar continuamente zarandeado por la belleza, perturbado por ella. Quien no posee esta virtud pierde una parte considerable de felicidad. Es posible que yo me pierda alguna de las otras partes. Mi descreimiento religioso hará que me pierda el deslumbramiento de la fe, que no dudo apabullante, esplendoroso. Yo me sublimo con la belleza al modo en que otros lo hacen con sus dioses. El dios al que yo me inclino está a diario circundándome. No he observado, en los años que llevamos de trato, que me abandone, no he sentido la sensación de que me evite. El lenguaje con el que la belleza me habla requiere, no obstante, cierto aprendizaje.
16.9.21
Dietario 195
15.9.21
Dietario 194
12.9.21
Dietario 191
Juan Antonio Madrid, un cronobiológo y catedrático de Fisiología, atribuye a la falta de sueño parte del fracaso escolar. Es cosa de ciertos relojes biológicos que tenemos dentro. Dormir es una necesidad, igual que respirar. Si a esa mesa se le amputa una pata, se acaba viniendo abajo. Sirva el símil mobiliario para hacer entender que la actividad del sueño es fundamental para que todas las demás actividades existan y contribuyan (he ahí el fin de todas estas ecuaciones orgánicas) a que el cuerpo funcione bien. Es complicado el cuerpo. De pronto se me ocurre que estará perplejo por la falta de movimiento a la que le sometemos. Está hecho para ser dinámico. No sé si acabará pasando factura y tendremos que pagar algún tipo de peaje. Es nuestro y no lo es, el cuerpo. Cuando se le fuerza, replica y pide un receso. Caso de que no se lo concedamos, se colapsa, obliga a que cedamos, nos chilla. También huye del sedentarismo, esa costumbre burguesa. Creo que nacimos para correr, como decía Bruce Springsteen, y que, conforme nos hicimos mayores como género, perdimos el hábito. Hasta se nos agrandó la cabeza. Necesita más neuronas para que pensemos mejor. Le estamos dando tanto poder al cerebro, que el resto del cuerpo acabará reclamando su cuota ejecutiva, incluso afectiva. La de dormir, en particular, es una de esas actividades que hacemos mal en despreciar. Debe respetarse su aviso. Como el amante que solicita que se le acaricie y dé placer. Hay, no obstante, dulces contradicciones, ratos en los que tratar de adecuar el deseo y la realidad, como anhelaba Cernuda, no es difícil y salen días redondos, hechos a beneficio suyo, idílicos por completo. Se deja de ir como loco por ahí, haciendo esto y lo otro, cumpliendo lo mejor que se puede con el inventario de oficios a los que nos encomendaron o los que caprichosamente decidimos. Cuando uno se excede y compagina las ocupaciones del trabajo y las de la casa y las de la calle, una especie de alarma empieza a hacerse oír. Avisa con cautela, primero, pero después vibra como un diapasón ebrio y reclama un alto, una especie de armisticio. Soy de trasnochar en casa, cuando no encarta hacerlo afuera. Eso de acostarse muy tarde, de raspar la tela de la noche y hacernos creer que es de día, enfrascado en cien distracciones, también trae sus peajes. Uno trata de comedirse, pero cuesta, no cree que dormir sea más placentero (sí más necesario) que ver una película de Fritz Lang (Los sobornados) a las dos de la mañana o leer a Quevedo poco antes de conciliar el bendito sueño, eso fue lo que pasó anoche, por cierto. Son tan aprovechadas esas horas que cuesta renunciar a ellas por dormir, que es mucho menos interesante, pese a toda la normativa médica, siempre leal con la salud. Que un tercio mal contado de nuestra vida transcurra en la bruma del sueño no deja de ser una infeliz circunstancia, un cómputo infame que, visto con calma, reduce drásticamente la vigencia de la vigilia, que es donde hablamos, conversamos, paseamos o miramos extasiados el paisaje. Dormir es un alivio también. Nos rescata de todas las pandemias de lo real. Hace que se active una especie de formateo parcial del sistema operativo, traqueteado en demasía, expuesto a tiempo completo. Luego se recompone el cuerpo. Se embravece, se ofrece a elevar la cumbre de los días, como decía San Juan de la Cruz. Compensaré el exceso de anoche con una buena siesta. No sé si el reloj que ande por ahí dentro estará quejoso. Pedirá que le dé una rutina, un comportamiento fiable. Los niños que no cumplen el horario de cama, estoy lamentablemente harto de verlo, no rinden después en la escuela. Yo tendré una pata vieja en la mesa todavía relativamente nueva, pero ellos (tan jóvenes aún) no deberían darse esas licencias. No, no es así: no deberían dárselas. Ya tendrán tiempo de robar tiempo al tiempo y repartirlo como les plazca. Qué placer eso, qué dulce veneno.
8.9.21
Dietario 188
En este mes hará 30 años que moría Miles Davis. El jazz de Miles Davis, no el primero, el de la etapa bebop o la cool, es a veces duro de roer. A veces la dureza anuncia un júbilo aplazado al que se accede a ciegas y en donde se irrumpe después con todas las luces prendidas. Hay escuchas de su periodo de fusión (no sé, desde finales de los sesenta a casi final de los setenta) que requieren un adiestramiento, una especie de disciplina que no siempre es fácil de acometer. A Miles se le perdonan todas las excentricidades que hizo. Cada uno es un hito creativo, un nuevo mapa de la belleza. Fue el verdadero embajador del jazz, quizá juntamente con Louis Armstrong, en otro ámbito del género. A mí en particular me hechizó con Kind of blue. Lo compré en una tienda de segunda mano en Córdoba (y que lamento no saber si todavía existe, ojalá). Había allí cientos de vinilos y toneladas de cómics. Cogí Kind of blue, un disco de standards de Joe Venuti y Stephane Grappelli llamado Venupelli's blues y un tercero de standards de Barney Kessel. Ignoro qué me hizo fijarme en ésos y desechar otros. No conocía nada de lo que contenían, pero sospechaba (bendita esa especulación) que estaba todo a favor para que me llenaran. Lo hicieron. Fueron baratos. Tampoco disponía de mucho para abastecer mis novicios vicios, permitidme la aliteración. Unos han crecido mejor que otros o yo soy el que se ha dejado algo por el camino y no soy aquel adolescente impresionable y ávido de novedades que entró fascinado, enamorado, lírico, perfecto, en una tienda de cosas de segunda mano, un templo para aquel feligrés precoz, que lampaba por encontrar la liturgia que lo engrandeciera e hiciera penetrar en un mundo nuevo. Hay tantos que todavía agradezco la voluntad que arrimé al deseo. Después de esos tres discos iniciáticos han venido mil más. No hay día en que un poco de jazz no acuda en mi auxilio. Lo llamo y viene. No falla nunca. Pero Miles era otra cosa. Todavía recuerdo mi sobrecogimiento cuando comenzaba So what. Perdura aún. El jazz fue un acontecimiento distinto. Aún lo es. No se parece a nada. Ninguna otra manifestación artística posee esa elocuencia y ese misterio, ese preludio de algo extraordinario.
6.9.21
Dietario 187
Pedir que nos aten a un árbol (y que haya alguien que acceda) o enterrarse las piernas hasta medio muslo podrían considerarse extravagancias, desatinos, ocurrencias de gente muy de vuelta de todo o muy vacías de trayecto, ya se sabe que los extremos acaban encontrándose. Hay quien tiene con la realidad que lo circunda una relación creativa y dialoga con ella y la cuestiona, por si encuentra las respuestas que otros, no interfiriendo, sin llegar tan lejos, no alcanzan o por si suscita las preguntas que no existían. La vida es una pregunta continua, podrían decir. Encuentran belleza en donde no suele verse. Quizá ni belleza busquen: se darían por satisfechos con provocar, con recabar la atención de todas las miradas desatentas, con hacer pensar en lo que significa lo que acaban de urdir para manifestar su disconformidad con el arte en el que todo está lo suficientemente claro y cada cosa está en su lugar, sin que falte ninguna, sin que alguna colocada en donde no debe dé al traste con el conjunto. En la mujer enterrada por encima de las rodillas surge una duda de la que no he salido aún. No me tiene sin vivir, pero bulle adentro, lo cual es magnífico y haría feliz al maquinador de la fotografía o del acto anómalo del enterramiento demediado. Me pregunto si habrá un límite, si una vez que hemos logrado una provocación suficiente, querríamos una mayor y así hasta que no cupiese asombro en la instalación artística (las llaman así, lo he leído) y el observador abriese muchos los ojos y se sintiese conmocionado al punto de tardar en regresar a la realidad, que no crean que es gris y carece de extravagancias, desatinos, ocurrencias y composiciones inéditas de todo tipo. Tienen los artistas a veces esa facultad, la de dar con la composición inédita, con la posibilidad de que algo extraordinario irrumpa en lo conocido, en lo visto muchas veces. En cierto modo, consiguen arrastrar a todo el público posible: el que se entusiasma y aplauda todas esas licencias narrativas y estilísticas y la capacidad infatigable de ir más allá a la hora de plasmar las inquietudes estéticas y el que se siente engañado o decepcionado o cree que no está a la altura. Gente a la que se le ocurre lo que a mí no se me ocurriría nunca. Esa es la idea. Por ahí comienza (no sé si ahí acaba también) el recado del arte, la posibilidad de que el arte exista y nos conmueva y extraiga de ahí adentra algo que no saldría de no mediar su injerencia. Yo estoy a ratos conmovido y a ratos no. El hecho de que esas imágenes me hayan forzado a escribir es un punto de partida. No sabemos qué vendrá después. Que vaya estupendamente el inicio de semana.
3.9.21
Dietario 185
A envejecer se hace uno por error. Ninguna molestia particular preludia la vejez, nada compromete la idea de que la lozanía remitirá y será ocupada por una legión de devastaciones y quebrantos. La demolición es lenta, por lo que no se aprecia la debilidad conforme sucede, sino más adelante, cuando de cuajo irrumpen todos los dolores y todas las afecciones que se han ido acumulando y que decidieron, quién sabrá a qué obedecerá esa voluntad, hacer acto de presencia a la vez, consignar casi notarialmente su inapelable ingreso en la trama y conducirnos con parsimonia o con presteza a la misma postrimería de todo, al fin previsto, pero temido. No se constata roto, ni se descompone con convicción el cuerpo, que flaquea a ratos y exhibe la terrible oxidación de la carne y del espíritu. Apremia con sus veleidades la edad, dada a excederse o a comedirse, a franquear obstáculos o a hincar la cerviz, a escribir su discurso de sangre cada vez más cansada y más morosa. Cuando se cree tener idea de cómo manejarla, ella nos marca un plazo, nos urge, nos conmina a que hagamos balance o nos vayamos despidiendo o miremos un paisaje como no lo hemos mirado nunca o besado como nunca lo hicimos o bebido un vino en la creencia de que se está produciendo un milagro del que somos parte y que nos será retirado sin que haya moratoria o podamos interpelar algún gesto de piedad para que el milagro perdure. Ayer, cuando me preguntaron algo sobre cómo llevaba la edad que tengo, respondí que maravillosamente, lo cual no es verdad del todo, pero redujo la intemperie de la pregunta a un protocolo y los dos quedamos, el interesado y un servidor, quedamos tan contentos. Y sí, hay algo de maravilla en el hecho de que se vaya recorriendo los años y no se haya descosido el traje más de la cuenta y siga la cabeza con sus ocurrencias y sus distracciones, con las penalidades de antes (ahora serán otras, siempre son cambiantes y no obedecen a nada) y con las novedades de ahora. Será cosa de la química, de los radicales libres, de la danza de las moléculas, qué sé yo. La música es siempre dulce. Mientras suene, es dulce y es nuestra.
31.8.21
Dietario 183
Guy Le Querrec, Nina Simone, Olympia Concert Hall
29.8.21
Dietario 182
El otoño es una especie de adviento al que se le ha borrado la huella cristiana, aunque mantenga la espiritualidad o la fe, que vienen a ser una principio de la otra y hasta pueden relevarse en sentido. En lo que a mí respecta, estoy preparado para que me sacudan en el alma todas las metáforas del frío y creo que cuando vea un árbol pelado de hojas estallaré en endecasílabos y escribiré poemas que pondrán mi nombre en el parnaso de los rapsodas melancólicos. Fue sentir el frescor de la noche cuando se echó encima y tener la certeza de que la inspiración (la que haya) retornará y hará casa en mí. Sacaremos del armario las prendas de entretiempo y subiremos al trastero a por los bártulos con los que combatir el frío. Qué maravillosa contienda, qué ganas le tengo. De momento, en la espera, miro al sol con afecto. Toda la luz desparramada en el aire me suena a obertura sinfónica.
Dietario 181
Pensaba hoy en la orfandad absoluta que te deja el placer cuando se acaba. Sostenía mi amigo J. hace tiempo que, al acabar The wire, la serie de HBO, vivió esa zozobra, entrando en el mismo vértigo orgánico que sufre el enganchado en drogas de más dañino plumaje y, por supuesto, menor o nulo fuste artístico o sentimental. Como sucede en muy escasas ocasiones, coincidíamos en mucho. Nos alimentaron los mismos brebajes. Presentimos, hincando el codo en la mesa de una terraza, apurando unas cañas, la muerte del cine (o de las salas, en todo caso) por obra de la mala educación de quienes lo frecuentan. No sé a qué atribuir esa defunción lamentable. Tampoco dónde encontrar los medicamentos que alivien el mal que sufre. Sé que se le quitan a uno las ganas de pagar una entrada y ocupar una butaca cuando maneja la posibilidad de que cualquiera puede aguarte la fiesta. Sencillamente no soporto que el acomodador no haga como debe su trabajo y no cierre cuando debe la puerta de acceso a la sala, permitiendo que la luz de afuera se proyecte en la pantalla o que sea yo el que, al ser molestado, pida al maleducado de turno que hable más bajo o que directamente calle. Nada, al cabo, que cualquiera no reclame cuando le fastidian. Por eso (y porque aplaza uno el visionado de tal o cual película hasta que se edita en DVD o la agencia por otras vías o porque haya métodos expeditivos y eficientes) va uno menos al cine. Por las altas exigencias que inevitablemente usamos como tarjeta de presentación de nuestro carácter. Por el acomodador incapaz de cerrar la puerta cuando debe. Por la bolsa de patatas fritas que no se acaba nunca. Por el volumen inusualmente bajo o inusualmente alto. Por hacer más calor o más frío del soportable. Por el temor a que la orfandad maravillosa de que se consuma el placer nos pille con las lágrimas saltadas cuando prenden las luces y debes salir de la sala. Hace que no piso un cine. La lamentable costumbre de sacrificar ciertas molestias no me excusa. Hace una barbaridad de tiempo que no piso un cine, lo digo con pena también. Algunos de los momentos de placer que haya tenido han ocupado una sala a oscuras y una pantalla encendida. Esa magia. No sé si lo único que importa es el cine en sí mismo y no la instalación en que se escenifique su hechizo. No sé mucho, la verdad.
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