31.12.22

Cántico y clausura

 Hay días en que agrada recordar qué se hizo un año antes. No es un motivo que aporte nada relevante, pero imagino que es una manera (una cualquiera, hay otras) de festejar el paso del tiempo, su bendita concurrencia, su abrazo y su esperanza de futuro. Acaba el 2022, que ha sido, en general, un buen año. No hay ninguno que lo sea enteramente. Hay padeceres propios y ajenos que nos turban y aplazan la alegría inmediata que reporte su recuerdo. Escribí este poema una mañana de 31 de diciembre. Hoy lo releo y me esmero (es un decir, yo no sé hacer eso) en corregir, en tachar, en añadir. Uno de los propósitos del año venidero será cuidar la escritura, hacer que no sea únicamente el volunto de un momento, la irrupción de un estado de ánimo o la constatación de algún tipo de inspiración que azarosa y festivamente me abrace y acompañe. Deseo que sea un buen año para todos. Que todo cuadre, que nada chirríe, que la alegría, tal vez de menor predicamento que la felicidad pero infinitamente más útil, nos embargue con sus ocurrencias y sus frivolidades. Para todo lo serio, lo que nos rebaja y apena, no tenemos gobierno. Todas esas cosas acaecen sin que se las llame. Gracias a todos los que habéis venido por aquí a leer, a acompañarme. Nos vemos el año que viene. 


CÁNTICO

 

I


Me preguntaron

si había previsto la luz,

su descenso y su desvelo,

si estaba la lluvia, 

su olor a pan recién hecho

y a tierra que gime,

si sabia del paisaje después de que llueva,

el tiempo que tarda la luz

en rodear por entero una palabra

y gobernar su tránsito por los días.


Me preguntaron

si en la creación de la sombra

había procurado esconder 

un milagro sin aristas,

un corazón con un corazón dentro,

una ventana desde donde los cuerpos 

son únicamente fuego

y tienen ira en los ojos

y una lanza oxidada en el costado.


Entonces escribí

la trama infinita de la lujuria,

el pulso de las grandes palabras.

Devoré un pubis ecuménico,

un alarde  de asteroides

y aspiré el aire nuestro sin pudor 

en el loco esplendor de esa vigilia.


En ese desorden multiplicado

amé la blonda sublime del cuerpo profundo,

amé el origen de las cosas,

amé las mareas

sobre las que un dios inventa

naufragios, brújulas, niebla  

Amé la semilla, el verbo amé.

Le  extirpamos la flor

y el vuelo y quedó todo  en fuego manso,

en la liberada costra 

que un día fue cáliz

o recamado fulgor que se convida de besos. 


II


La luz se astilla,

la sombra proyecta pájaros,

todas las almas acuden:

las almas con su templo,

el templo con sus dioses puros,

los dioses con su pandemia oscura.

Se instala la suprema evidencia 

de que algo verdaderamente importante

va a suceder y vamos a contemplarlo.

Tengo desde anoche una fe 

absoluta en mis extremidades,

tengo las certezas que nunca tuve,

tengo todo el amor disponible,

tengo el corazón en limpio,

el amor ocupando 

el centro cartesiano de la semilla.


Viene Dios esta noche todavía cerrada,

me busca un extravío de cordura.

Hay tramas de muerte en la herida recién abierta

o vamos a llenar todo de amor,

manso amor, amor primordial y limpio,

amor telúrico, amor desbocado, 

la cópula perfecta entre el alma y la tierra,

la cópula alada, plena de empeño, clara,

la gran cópula de los músculos perfectos,

el catecismo de la carne. 

Y el cielo mismo en mis palabras

escribe un salmo, recita un himno. 


Los vivos mirando la boca de la muertos,

los muertos susurrando al oído de los vivos,

predicando con trémulo afán, 

buscando la sílaba exacta

tras la que la divinidad 

esconde su trampa antiquísima,

y otra vez se enciende la memoria. 


Trae ayer desparramado la memoria,

eco, mansiones para el júbilo.

Creo en las horas frágiles del día,

en las horas elementales por las que discurro y me esparzo,

en el camino humano donde la nieve

cede al peso invisible de la mirada.

Creo en la gracia y en la dicha

y rectamente procedo a notificar 

bajo notario su existencia.

Los poetas están en guardia, alerta la palabra.


III


El tiempo de los poetas ha llegado.

El río asciende la noche. 

La noche vibrando como un adjetivo

en su plenitud de oro.

Todo es tangible, vagamente íntimo.

Vivir entonces sin que nada nos aturda,

vivir así el regalo efímero de entendernos,

el vuelo manso del verbo sin contaminar,

el verbo novicio, el verbo considerado

 el principio motor de la carne.


Luego vienen los profetas con su tabla de hechizos,

el canto de las almas que buscan 

un lugar arriba en el cielo perfecto de la salvación. 

Vienen los dueños de las horas. 

Saquean lo que ven, nada queda libre,

sólo hay muerte, iglesias vaciadas,

la dulzura del credo convertida en óxido,

el sueño de los perversos.



365/365 Freddie Mercury





Habré escuchado mil veces la Rapsodia Bohemia. No ha habido momento feliz en mi vida en que no haya pensado en ella y buscarla hasta que me ha saciado como suele. En los infelices, cuando los hubo, ese bálsamo es si cabe mayor. No sé entenderme sin ella. Más que una canción de seis minutos, es mi vida entera o, al menos, una parte considerable de mi vida. Tiene el mismo empastado espiritual de la fe. Carece del reparo o del cansancio de otros arrimos que uno se procura sin desmayo. Al escucharla, a veces siento que me sorprende como si fuese la primera vez. Rasgó la memoria por encontrar cuándo sucedió ese deslumbramiento novicio, pero marro, no doy con una fecha, con un lugar. Me esmero en balde. Tampoco esa orfandad lastima mi voluntad de que permanezca y prosiga su acopio infatigable de placer.  No tiene ni estribillo, ahora que lo pienso. Como nunca me he atrevido a cantarla, puedo prescindir de esa anomalía. No sé si a estas alturas entro en trance como antaño. Imagino que es otra cosa, no un trance, no una sacudida o un temblor largo o una descomposición generalizada de cualquier cosa que yo use para demostrar que estoy vivo. En cierto modo, se aprecia que uno lo está cuando se estremece o cuando le devasta el dolor. Todo lo demás es una continuidad un poco mecánica y susceptible de no prestarle más atención de la cuenta. A la Rapsodia Bohemia le debo, más que otra cosa, gratitud. Me ha salvado cuando se precisaba. Me ha confortado cuando se precisaba. No me importa carecer por completo de originalidad. Es una de las canciones más escuchadas en la historia del rock. De ella tengo un sentido de propiedad absoluto. Esta ópera de seis minutos es la osadía hecha canción. La introducción a piano da paso a una balada que preludia un solo de guitarra. Luego está el intermedio operístico majestuoso  y la eclosión de una arrebatador segmento en la línea del hard rock más puro. La coda dulcifica el vigor y conduce a un sutilísimo cierre en el que la voz de Freddie Mercury se atempera hasta que el gong da el cierre a la obra. En ocasiones me he entretenido en encontrar sentido a la letra, pero he desistido siempre. No tengo interés. Entiendo que podría prescindir de cualquier significado y quedarme únicamente en que no es una canción alegre, pero su dramatismo (ese fatalismo que la impregna de principio a fin) me hace sentir bien. Igual que a los lectores de la revista Rolling Stone (la declararon la mejor del siglo XX) o que todos los usuarios de plataformas de streaming (en 2018 fue elegida como la canción más veces reproducida, más de 1.600 millones de veces). Detrás está Queen, una de mis bandas favoritas, pero sobre todo está Freddie Mercury. Una de las veces que más me emocionó escucharla fue cuando mis amigos y compañeros la tomaron como fondo para despedirme del colegio en el que trabajé 26 años. Iban pasando fotos y la canción las acompañaba. Eso vale más que cualquier fría estadística


Vi a Queen en directo en agosto de 1986. Pude escucharla como nunca antes y como nunca podría después. En la parte operativa, en el coro de voces ensambladas como Dios ensambla su coro de ángeles, la banda desapareció del escenario y un juego de luces bailó al compás del aria central. Cuando finalizó, una pirotecnia trajo de vuelta a Brian, a John, a Roger y a Freddie. En lo alto del piano que cierra la pieza había vasos de cerveza. Poco tiempo después Freddie Mercury enfermaba. Un día antes de fallecer anunció que tenía SIDA. Nada que objetar a la vida que llevó, quién podría hacer eso. Era Freddie Mercury cuando estaba delante de una multitud en un estadio. Nadie hizo ese oficio como él. No hay quien se haya arrogado ese papel de oficiante de una liturgia en la que la feligresía rinde adoración a quien la guía por los senderos de la felicidad. En la parte privada, cuando no tenía público, era una persona sencilla, tímida incluso. Bastaba animarse, determinar que la fiesta debía empezar. Las suyas fueron antológicas: se erigía como bacante y desempeñaba con desparpajo el recado de ser Baco durante los días que duraran. Faltaba en ellas Cayo Valerio Catulo para que se rubricara la magnificencia de todo aquel despendole orgiástico. Alcohol, drogas, sexo. Tal vez todo era un simulacro, una representación teatral, un dispendio de la lujuria de la que se sabe de antemano que pasará factura. Ninguna de esas poco conmovedoras atribuciones de su ingenio lúdico resta un ápice a la mayor de ellas: su dedicación absoluta a hacer de sí mismo, a cantar como nadie lo hizo en el siglo XX en el que vivió. Fue el más grande showman del circo del rock. Al acabar el espectáculo del concierto benéfico de 1985 Live Aid en Wembley, el más recordado de todos, dijo al público un lacónico "fuck you", "que os jodan". No era otra cosa que la intimidad de un mesías deslenguado con su parroquia de fieles. Esos 20 minutos de la banda han sido declarados el mejor actuación de todos los tiempos. Los dos minutos en los que Freddie se dedica a espolear a los 72.000 espectadores del estadio haciendo que jalee y repita sus gorgoritos y sus atrevidos cánticos a capella son la evidencia de un carisma único. Tocaron un fragmento de la Rapsodia, Radio Ga Ga, Hammer to fall, Crazy little thing called love y enlazadas, como siempre, We will rock you y We are the champions. Freddie Mercury era todo arrogancia, chulería, pose, pero todo lo ejecutaba con la naturalidad de quien no está en ningún otro sitio que sobre su escenario. La palabra divo es la más adecuada: uno sin impostar, como hecho así, sin que intermedie impostura ni la extravagancia caiga en el ridículo. La masa es ciega y se entrega al éxtasis de quien le haga brotar una brizna de luz. Él tenía la virtud de detener el tiempo cuando abría la boca y cantaba. Cuando supe que había muerto. No fue un llanto desmadrado, de los que encogen el alma y rompen por dentro. Era alguien cercano quien se había ido. Como un amigo. Creo que no he vertido ni una sola lágrima por nadie a quien no haya conocido en persona y a quien haya abrazado o besado (se me da bien eso) o compartido una cerveza en una barra o una confidencia en un paseo. Ahora estoy escuchando la Rapsodia Bohemia. Será la última vez en este año, quién sabe. Me he abierto una cerveza. 

365 DÍAS, 365 TEXTOS



Hace mañana un año que me propuse escribir un texto al día sobre gente a la que le profeso admiración o a las que le debo gratitud o que me han confortado, hecho reír o llorar o sentir que una parte de la felicidad que pueda ocuparme proviene de lo que hicieron, a la labor artística o intelectual o moral sobre la que vertieron su talento. No tenía un plan. De hecho, el recado que me impuse debía respetar la improvisación (todo un poco sincopado, como una buena pieza de jazz) y no pensar a quién le dedicaría unas palabras al día siguiente. He recogido en ese inventario personal a poetas, novelistas, actores y actrices, directores, músicos de rock, de jazz, de blues, de clásica, inventores, musas reales y fabuladas, personajes de cómic, cinematográficos, literarios, filósofos, mitos, una bibliotecaria, Dios y hasta yo mismo, en un acto de atrevimiento del que me arrepentí casi tanto como más tarde (una vez hecho) me divertí. Literariamente hablando, si es que alguna literatura ha surgido de esta osadía, ha sido un año fabuloso. He escrito con convicción, con ilusión, con complicidad y con fieles y eventuales lectores que han hecho el camino más fácil y me han hecho sentir bien, arropado. He escrito todos los días. No haré nada parecido el año entrante. Escribiré con la continuidad de siempre, pero omitiré una obligación como la de este año que acaba esta noche. Agradezco infinitamente a quienes han dejado que ocupe un rato en su trajín diario con mis letras. Uno escribe para que lo lean. A muchos de vosotros os hago reverencias y os aplaudo por vuestra constancia, ya que habéis leído estos 365 textos. Los visitantes esporádicos merecen ese mismo aplauso. No trae a cuenta hacer distingos cuando se trata de que la lectura se produzca. Ese es el fin. Alguien me dijo que mi incontinencia literaria acabaría pasándome factura. Milagrosamente, no estoy cansado. Ha habido días de trasiego notable que han malogrado la rendición de textos más cuajados. No es cosa de contar aquí las vicisitudes y los obstáculos, quedan para mí y para algunos íntimos que me han animado en los momentos de flaqueza. Los hubo. De algunos de los textos, no demasiados, estoy particularmente orgulloso. Hago ahora escrupuloso inventario de todos las semblanzas. No sé si esa palabra es la más adecuada. Tampoco me agrada reseña o panegírico, que es vocablo de fuste más espiritual.  Son más bien apuntes, notas sueltas, ideas embutidas en algunos párrafos. Reitero el agradecimiento. En cuanto me abra una cerveza, acabo el año con Freddie. 

 

1 CHARLIE PARKER   

2 NEIL YOUNG   

3 BUSTER KEATON   

4 IGNATIUS J. REILLY    

5. ALIDA VALLI    

6. EDWARD HOPPER    

7. SAN JUAN DE LA CRUZ    

8 LA SEÑORA DANVERS   

9 JORGE LUIS BORGES    

10 PETER PAN    

11 CHET BAKER    

12 ANNABEL LEE     

13 JOHNNY CASH    

14 ALICIA    

15 BILLIE HOLIDAY   

16 MARÍA MOLINER    

17 CODY JARRETT    

18 ALEJANDRA PIZARNIK    

19 MARIO BENEDETTI    

20 ANTONIO MACHADO    

21 RENÉ MAGRITTE    

22 TOM WAITS     

23 JOE PASS    

24 CORONEL KURTZ    

25 ALEX DE LARGE    

26 RAYMOND CARVER    

27 WILLIAM BLAKE    

28 RANDY NEWMAN    

29 DAVID LYNCH    

30 FRIDA KAHLO Y DIEGO RIVERA     

31 STEPHEN KING    

32 BARTLEBY    

33 GLENN GOULD    

34 LUIS DE GÓNGORA    

35 LESTER YOUNG    

36 FRANCIS BACON   

37 CHARLES SIMIC    

38 BRUCE SPRINGSTEEN     

39 CHARLES LAUGHTON     

40 GEORGE KAPLAN    

41 CARY GRANT     

42 GENE KELLY    

43 PANNONICA ROTSHCHILD DE KOENINGWATER    

44 NOSFERATU    

45 SAMUEL BECKETT     

46 HUMPHREY BOGART     

47 LEOPOLDO MARÍA PANERO    

48 STEPHEN HAWKING    

49 ATTICUS FINCH    

50 NORMAN DESMOND    

51 WALT WHITMAN    

52 VIRGINA WOOLF     

53 FERNANDO FERNÁN GÓMEZ    

54 TINTÍN    

55 CHARLES BUKOWSKI     

56 G.K. CHESTERTON     

57 ROBERT JOHNSON    

58 PAUL Y JEANNE    

59 BILLY WILDER    

60 EL GORDO DE MINNESOTA Y EDDIE FELSON   

61 PETER LORRE    

62 LUIS CERNUDA    

63 EDGAR ALLAN POE    

64 HELMUT NEWTON    

65 EMILY DICKSINSON    

66 NICK DRAKE    

67 JEFF BUCKLEY   

68 SONNY STITT Y DIZZY GILLESPIE    

69 MARCO TULIO CICERÓN     

70 GREGOR SAMSA    

71 EL BOSCO    

72 PINK    

73 MAFALDA    

74 LEON TOLSTÓI    

75 MADAME BOVARY    

76 FRANCISCO DE ZURBARÁN     

77 PAUL AUSTER    

78 FRANCISCO DE QUEVEDO    

79 FRIEDRICH NIETZSCHE   

80 EZRA POUND   

81 BILL EVANS     

82 JOHN MCCLANE   

 83 GLORIA FUERTES    

84 MARILYN MONROE    

85 ULISES    

86 RUFUS WAINWRIGHT    

87 THOMAS BROWNE    

88 GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER    

89 JOHNNY GRIFFIN    

90 TENIENTE RIPLEY     

91 AGATHA CHRISTIE    

92 BILL MURRAY    

93 JEREMY IRONS   

 94 MAX VON SYDOW    

95 WIM MERTENS    

 96 EGON SCHIELE    

97 MOBY DICK    

98 HENRICH HEINE    

99 CHARLES MINGUS    

100 HUMBERT HUMBERT    

101 JUAN MARSÉ    

102 ROBERT LOUIS STEVENSON    

103 BLAISE PASCAL    

104 DAVID HOCKNEY    

105 JOHAN SEBASTIAN BACH    

106 GROUCHO MARX    

107 PIET MONDRIAN    

108 JOHN LENNON Y PAUL MCCARTNEY    

109 LUCIEN FREUD    

110 KOBAYASHI ISSA    

111 JAMES ELLROY    

112 CHRISTOPHER LEE Y BELA LUGOSI    

113 YUSHIO MISHIMA    

114 BETSABÉ    

115 VINCENT VEGA Y JULES WINFIELD    

116 NORA HELMER   

117 GUY MONTAG   

 118 JUAN CARLOS ONETTI    

119 RICK DECKARD    

120 MIGUEL DE UNAMUNO    

121 LEONARD ZELIG   

122 KING KONG    

123 HANS MAGNUS ENZENSBERGER   

124 REMBRANDT VAN RIJN     

125 JAIME GIL DE BIEDMA    

126 INGRID BERGMAN    

127 PHILIP ROTH    

128 AVA GARDNER    

129 WISLAWA SZYMBORSKA    

130 LOUIS ARMSTRONG    

131 ANTON BRUCKNER     

132 LEONARD COHEN    

133 HUMPTY DUMPTY    

134 IGGY POP    

135 JOE COCKER    

136 WILLIAM SHAKESPEARE    

137 PATRICIA HIGHSMITH    

138 JOSÉ ÁNGEL VALENTE    

139 CHARLES BAUDELAIRE   

140 AMY WINEHOUSE    

141 SYLVIA PLATH     

142 JACK TORRANCE    

143 FERNANDO PESSOA    

144 VLADIMIR NABOKOV    

145 EDGAR NEVILLE    

146 BILLY BRAGG    

147 DULCINEA DEL TOBOSO    

148 JUAN RULFO   

149 FRANK SINATRA   

150 JIM HAWKINS    

151 LA MAGA    

152 JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO     

153 CARLOS SAHAGÚN     

154 PABLO PICASSO     

155 J.D. SALINGER    

156 JIM MORRISON    

157 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ     

158 DARTH VADER    

159 THEODOR / WALTER WHITE    

160 JEFF BAILEY    

161 ROY BATTY    

162 DAVID BOWIE   

 163 IGOR STRAVINSKY     

164 HARUKI MURAKAMI    

165 AQUILES    

166 MILADY DE WINTER    

167 PADRE BROWN     

168 BOB FOSSE    

169 JAVIER MARÍAS    

170 DIOS    

171 JUAN CLAUDIO CIFUENTES    

172 BLANCANIEVES   

173 JOHN COLTRANE    

174 JOSÉ MARÍA EÇA DE QUEIROZ     

175 DOUGLAS SIRK    

176 NORA BARNACLE    

177 THOMAS PYNCHON    

178 ROBERT NEVILLE    

179 ANTOINE DOINEL / HARRY POWELL   

 180 DANNY Y SANDY / VINCENT Y MIA   

181 ORNETTE COLEMAN    

182 ROCABRUNO Y DITIRAMBO     

183 ERNEST HEMINGWAY    

184 RUST COHLE    

185 MILES DAVIS   

186 FRANCESCO PETRARCA   

 187 LUIS BUÑUEL    

188 EMILIO CALVO DE MORA   

189 WALTER WHITE   

190 ANNA MAGNANI    

191 VIC MACKEY   

192 PEDRO PABLO RUBENS    

193 JUAN EDUARDO CIRLOT    

194 WALDO LYDECKER   

195 SARGENTO PEPPER Y TODOS LOS DEMÁS    

196 OSCAR WILDE   

197 SAN AGUSTÍN    

198 JOSÉ LEZAMA LIMA   

199 TOM SAWYER Y HUCKLEBERRY FINN   

200 JESÚS FRANCO    

201 WILLIAM FAULKNER    

202 KINGPIN   

203 JORGE GUILLÉN    

204 ERNESTO SABATO    

205 CONDE VRONSKY    

206 RINGO STARR    

207 CONSTANTINE CAVAFIS    

208 JEAN SEBERG    

209 KARL KRAUSS    

210 JOSÉ LUIS LÓPEZ VÁZQUEZ   

211 JACO PASTORIUS    

212 DON DRAPER   

213 ÁNGEL GONZÁLEZ   

214 VICENTE ALEIXANDRE    

215 ROBERT WALSER   

 216 CAI LUN    

217 VICENTE NÚÑEZ   

218 JOHN HUSTON    

219 EMIL CIORAN    

220 ELÍAS CANETTI     

221 GUSTAVO DORÉ    

222 GARGANTÚA Y PANTAGRUEL    

223 CAPITÁN NEMO   

 224 BRUCE CHATWIN    

225 FRANCO BATTIATO    

226 LUIS FELIPE VIVANCO    

227 CHARLES DICKENS    

228 LAWRENCE FERLINGHETTI    

229 PATRICK MODIANO    

230 PAUL BOWLES    

231 STEVE MCQUEEN    

232 SANDOR MÁRAI   

 233 CARLOS EDMUNDO DE ORY    

234 NINA SIMONE     

235 JANIS JOPLIN    

236 CHARLES DARWIN    

237 SANTA TERESA DE JESÚS    

238 ANA BLANDIANA    

239 MARION CRANE    

240 TRISTAN TZARA    

241 EMMANUEL SWEDENBORG    

242 ANNE SEXTON    

243 TETE MONTOLIÚ   

244 DENNIS HOPPER   

245 GERARDO DIEGO    

246 DAVID MAMET    

247 GABRIEL CELAYA    

248 JOSEP PLA     

249 RICHARD WAGNER    

250 GEORGES PEREC    

251 LES LUTHIERS    

252 SONNY ROLLINS    

253 TONY BENNETT    

254 LARS VON TRIER    

255 MICHELANGELO ANTONIONI   

256 RAFAEL AZCONA    

257 T.S. ELIOT   

 258 CÉSAR VALLEJO   

 259 CEES NOTEBOOM    

260 GIOCONDA BELLI   

261 DIZZY GILLESPIE    

262 LOUISE GLÜCK    

263 MARINA TSVETAYEVA   

264 WALLACE STEVENS   

265 TERRENCE MALICK   

 266 BEN WEBSTER   

267 PABLO NERUDA   

268 JOE ZAWINUL   

269 DIANE ARBUS    

270 GIUSEPPE UNGARETTI   

271 PARKER, MONK, MINGUS Y HAYNES   

272 JEAN COCTEAU   

273 EMILIO ADOLFO WESTPHALEN   

274 JACKSON POLLOCK   

275 CAPITÁN HADDOCK   

276 TRUMAN CAPOTE   

277 INGER CHRISTENSEN   

278 BOB DYLAN     

279 BLAS DE OTERO   

280 TED HUGHES   

281 MARGUERITE DURAS   

282 GENESIS    

283 GIULIETTA MASINA   

284 BIG JOE WILLIAMS    

285 LUIS ANTONIO DE VILLENA    

286 MARIANNE FAITHFUL     

287 JIMI HENDRIX    

288 JAIME SILES   

 289 KURT VONNEGUT    

290 BRIAN ENO    

291 JULIUS SHULMAN    

291 FRED VARGAS  

293 OLVIDO GARCÍA VALDÉS    

294 IDA VITALE    

295 JOHNNY CASH Y EL REVERENDO BILL GRAHAM    

296 LA MUJER DE LOT    

297 CHARLES MARLOW Y EL CAPITÁN WILLARD   

298 RAY BRADBURY   

299 DONNA STONECIPHER   

300 OTIS REDDING   

301 JERRY LEE LEWIS   

302 FRANCISCO BRINES   

303 MANUEL ÁLVAREZ ORTEGA   

304 WILLIAM EGGLESTON    

305 JOAQUÍN MARCO   

306 LORCA EN NUEVA YORK    

307 ANA ROSETTI   

308 E.E. CUMMINGS   

309 JUAN RAMÓN JIMÉNEZ   

310 DAVE BRUBECK    

311 KARLHEINZ STOCKHAUSEN   

312 JOEL PARISH Y CLEMENTINE KRUCZYNSKI    

313 INGMAR BERGMAN    

314 PAUL KLEE     

315 RAFAEL CADENAS    

316 NICK CAVE    

317 JOHN WAYNE    

318 ANNE CARSON   

 319 JOSEPH LOSEY    

320 EL PALI    

321 AURORA LUQUE    

322 GERALD BOSTOCK     

323 JOSÉ LUPIÁÑEZ    

324 SEÑOR LOBO    

325 PROFESOR FALKEN   

 326 PABLO MILANÉS    

327 CHANTAL MAILLARD   

328 INGEBORN BACHMANN   

329 TOMÁS SEGOVIA    

330 CÉSAR AIRA   

331 MALCOLM LOWRY    

332 KO UN    

333 GUILLERMO CARNERO    

334 JOHN BANVILLE / BENJAMIN BLACK   

335 GUILLAUME APOLLINAIRE    

336 ELISEO DIEGO    

337 GENTLE GIANT    

338 ROBERT MITCHUM    

339 ABEL FERRARA    

340 LAUREN Y HUMPHREY    

341 CAPRA, BAILEY Y DICKENS   

342 ELIZABETH BARRETT BROWNING    

343 JEAN AUGUSTE DOMINIQUE INGRES   

344 CRISTINA GARCÍA RODERO    

345 MANUEL TOMÁS SIGÜENZA    

346 MAZINGER Z   

347 GEORGE ORWELL   

348 MARÍA VICTORIA ATENCIA   

349 SAFO DE LESBOS   

350 UNA NIÑA EN UN CUADRO DE JEAN BAPTISTE GREUZE    

351 LUISA CASTRO   

352 BESSIE SMITH   

353 ANDRÉS SÁNCHEZ ROBAYNA   

354 IDEA VILARIÑO    

355 HAL 9000   

356 FRED ASTAIRE    

357 ROCK, CARY, MARLON Y GREGORY   

358 ANNIE HALL   

359 DOUGLAS QUAID   

360 BLANCHE DUBOIS

361 DON QUIJOTE DE LA MANCHA

362 SPIDERMAN

363 CHET BAKER Y LOUIS ARMSTRONG

364 MANUEL LARA CANTIZANI

365 FREDDIE MERCURY



30.12.22

364/365 Manuel Lara Cantizani

 


Pensar en Manolo Lara Cantizani es pensar en haikus, en Borges, en sílabas, en tigres, en lo hebreo, en lo subbético, en Bécquer (qué camiseta más chula usaba), en Luis Alberto de Cuenca, en Joan Margarit, en Luis Felipe Comendador, en Chiquito de la Calzada, en maratones, en crestas. También en su trabajo como gestor editorial y municipal, en su vocación de maestro y en su compromiso como ser humano. En el fondo, era un niño que de pronto ha razonado los motivos de la vida y resuelve no abandonar esa condición y actuar en consecuencia. Le costó hacerse mayor y, a la vista de su trajín y de sus maneras, nunca lo fue del todo. Lo recuerdo sonriendo. Tenía una sonrisa franca, tenía un gesto amable. La última vez que hablamos, él ya muy enfermo en su casa, me refirió algunos versos del poema del ajedrez de Borges. Me dijo que molaba. Ese verbo ya no es de nadie, no podrá usarse sin que se le oiga pronunciarlo. Tampoco se podrá leer el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz sin que la música del verso en el que mana el agua pura y el poeta pide que se entre más adentro, en la espesura. Ni celebrar un triunfo del Betis o escuchar The ocean, la preciosa canción de Richard Hawley que en cierta ocasión pretendimos cantar en la Vía Verde, sin que ninguno diéramos con la primera línea. Hoy la he buscado. "You can be my guiding light". Tú puedes ser mi luz de guía. En cierto modo, Manolo fue una luminaria en una época de sombras. La acepción que le doy es la de la luz que arde en la iglesia. Era un hombre de fe. La abrazó con más ahínco cuando la enfermedad lo devastó. Dios tiene su métrica y nadie como él para contar las sílabas. Además era poeta. No hay palabra que le cuadra más. A todo lo que hacía le insuflaba poesía, lirismo, esa verdad intangible que flota hasta en los momentos crudos, cuando arrecia la mediocridad o cuando parece que todo está regido por el peso de la realidad, tan hosca a veces, tan reacia a que se la pueda gobernar y hacer con ella lo que de verdad nos plazca. Era un soñador. La vigilia era una extensión del sueño. Incansable, espoleado por un deseo inconmensurable de servicio a su pueblo, se vació y nos llenó a todos. Todo a lo que me entrego se hacen ricas y a mí me dejan pobre, escribió Rainer María Rilke, pero Manolo supo invertir el verso: lo ocupó de vida y de riqueza. Es lo que hacen los humanistas: darse sin doblez, no esperar que ese acto valga reconocimientos ni halagos, trabajar por los demás, por uno mismo. Conmueve recordar la entereza con la que se fue. Paradójicamente, se iba curando conforme iba empeorando. Su cuerpo mermaba, pero su espíritu se izaba como un bastión de algo parecido a la belleza o a la integridad o a la fe o cualquier cosa que se nos ocurra en la que intervenga la bondad y la dignidad. No he visto a nadie presentar un acto cultural con una naturalidad como la suya. Hablaba en público como si intimara con un amigo en la barra de un bar. Su verbo, colorido y divertido, fluido y ocurrente, era barroco cuando debía serlo, clásico por querencia espiritual, moderno por imperativo de los tiempos. Buscaba en el haiku equilibrio y lo encontraba en las palabras. Yo le escribí algunos en un libro monumental e íntimo (Haikus del buen amor, desde Lucena y del mundo) que se forjó entre quienes estábamos a su vera, cuidándolo en lo que podíamos, dejando que nos cuidara. "De vez en cuando / se daña en vuelo el ala. / El aire tiembla". "Vida invisible. Bulle sin que la veas. Te está esperando". "En la almohada,/ semillas de Japón. / Jardín de haikus".  Se leyeron en su auditorio, el que lleva para siempre su nombre. Fue uno de los actos poéticos (y sociales y humanos) más hermosos a los que he asistido. Ya no vivo en nuestra Lucena, pero todavía le recuerdo al caminar por ciertas calles. Lo hago con alegría, a pesar de que no me lo encuentre y me invite a subir a su despacho del ayuntamiento para regalarme un libro de un poeta del Nepal. El tigre impar era divino. Parece suya la frase. Saltaba sin vértigo: salvaba el abismo. Como el cohete que le pusieron en la cabeza en la portada de ese libro de haikus. Todo rima en ese vuelo suyo. Las palabras son herramientas del futuro. El tiempo se desconjuga, no se aviene a la instrucción verbal que lo sostiene. Shalom. 

Cara de perro o de rana

 



                        Fotografía de la señora con perro: Elliot Erwitt






Fotografía de Ben Webster: William P. Gottlieb


Escuché esta mañana bien temprano que nos parecemos a lo que amamos. Era por el parecido de un señor robusto que paseaba un perro robusto también. Apreciados en detalle, incluso con esmero, se advertía que no sólo compartían tamaño, sino facciones y hasta gestos. Hay quien se parece a sus padres por mera exposición doméstica, antes de que empiece el amor hacia ellos y sin que intermedie la genética y hay quien muta en perro por la querencia al que posee. En el fondo, da igual qué cara tengamos. Uno no puede elegir la bondad de sus rasgos: vienen de fábrica, no se piden. De ahí que se escuche con frecuencia lo de que lo importante es el interior y lo de menos es el aspecto o que no hay que dar a la apariencia más valor del que merece, pero hay quien exhibe la menos congraciable, la apariencia más incómoda, la que con mayor fiereza nos encara y aparta. Se mira en el interior más tarde, se concede esa licencia cuando hemos aceptado todo lo demás. No es necesario agradar, no es exigible, en todo caso. El canon de la belleza no ha sido siempre el mismo, ha ido intercambiando sus patrones según los tiempos o las modas o las dos cosas juntamente como si fuesen la misma y las confundiéramos. Hubo un tiempo en que se prestigiaba la gordura al modo en que ahora se anhela cierta delgadez. Cuánta más carne, más salud. Lo esmirriado, lo flaco, lo enjuto era la representación misma de la enfermedad. Abundan los obesos, estamos echando el cuerpo que no tuvimos. Quizá tenga la culpa el sedentarismo más o menos militante con el que ocupamos el ocio. Al preguntar a mis alumnos sobre lo que lo que habían pedido a los Reyes Magos de Oriente, ninguno nombra una bicicleta o un balón. A lo sumo, un par de ellos habían solicitado un scooter, que es un patinete de los de toda la vida. Los demás consolas de diferentes marcas y precios, cuando no móviles o tabletas de última generación. No sé si un uso continuado o masivo hará que sus facciones pierdan la curvatura connatural a lo humano y se cuadriculen. Lo que se me antoja más razonable es que se les ensanchen los ojos y se les afilen los dedos. Es una sencilla ley natural. El cuerpo evoluciona, lo hace lenta e inexorablemente. Ya tenemos el doble de masa craneal que nuestros ancestros y les hemos superado ampliamente en altura. En no sabemos cuántos años, no muchos, la verdad, no seremos casi nada de lo que somos ahora. Nos pareceremos a lo que amemos, es posible, pero tampoco hay certezas sobre qué será ese objeto amado, si es que el amor todavía es un valor estimable en ese futuro especular con el que me valgo para argumentar mi delirio estético de hoy. Yo mismo, de parecerme a algo, tendría cara de músico de jazz de los cincuenta. De haber sido negro y haber sido parido en Kansas, como Ben Webster, uno de mis saxos tenores favoritos, tendría ese tipo de rostro como de rana a punto de tragarse una mosca.  Creo que  prefiero a Ben antes que a un perro. No tengo ninguna duda de que el amor a un perro puede ser enorme, he visto casos, pero el jazz me consuela como casi ninguna cosa en este mundo. La manera en que las cosas acuden a la cabeza tiene algo de milagro. Parece mentira que se acaben ensamblando algunas, se cree que no puedan prosperar, reclutar palabras que lo difundan, hacer que ejerzan su oficio, prenderlas como si fuesen resina a la que se le aproxima una llama pequeña y alumbra las sombras. 

29.12.22

363/365 Chet Baker y Louis Armstrong



 




Louis Armstrong solía decir que la marihuana era la borrachera barata, la medicina de los pobres y de los negros, una cosa agradable desde que empieza hasta que acaba. Sin fumarse un porro, Satchmo tocaba como un ángel. Embriagado, Satchmo tocaba como un ángel también. Uno ebrio, claro, el ángel tóxico que jamás dejó de fumar marihuana y que no perdió la oportunidad de introducir en su vicio a otros insignes del show business de la época como Bing Crosby o como Bob Hope. No se arrimó a drogas más duras. Solo marihuana. Armstrong no necesitaba colocarse para expandir la sonoridad de su trompeta. La expandía sin narcóticos fuertes. En la foto, cuyo autor no he logrado encontrar, se ve a un Armstrong reposado. Es una especie de Armstrong inverso. Como si los efectos del cannabis le calmaran y le borraran de cuajo la alegría ante los flashes de las cámaras. Aquí no sonríe. Parece pensar muy a lo hondo en lo que ha vivido, en el sufrimiento del pueblo negro, en la humillación sufrida por su raza, en la dignidad arrebatada, en el odio de los hermanos. Como si al fumar de pronto se pensara a sí mismo y razonara su esencia y su lugar en el mundo. Uno elige sus obsesiones, las mima, las gobierna en lo que puede y se afina en el oficio de amarlas casi por encima de todas las cosas, pero hay obsesiones que cierran la razón. No sabemos qué podría haber hecho Charlie Parker de no haberse despeñado en la heroína. De Chet Baker, otro ilustre drogata, el jazz tiene cientos, sí sabemos a qué cimas llegó. Se perdió en grabaciones subalternas, en conciertos de calidad ínfima, en donde desafinaba o se dedicaba a insultar a sus sidemen en el escenario. No llegó a cumplir sesenta, una edad muy avanzada si se piensa cómo trató a su cuerpo, con qué saña lo castigó. Una madrugada de mayo de 1988 se partió la cabeza con un bolardo de la acera al caer desde la terraza de una habitación de hotel  de yonkis en Amsterdam. Seguía dando conciertos, pero no era el Chet Baker de los cincuenta: no tenía la afinación de entonces, no tenía nada de lo de entonces. Literalmente era otro. Tocaba para adquirir heroína y cocaína. Apenas comía. Su degradación fue lenta como cualquiera de sus baladas. Nada de eso padeció Satchmo. No tardó como Charlie Parker tres días enteros en morirse, comido de dolores, acuchillado por la fiebre y por el mono. Armstrong tocó hasta que ya no entró aire en sus pulmones. Sus últimos conciertos fueron patrocinados por el gobierno de su país. Ambassador Satch, le llamaron al final de sus días. El embajador del jazz y de la sonrisa perenne. Fascina que no la exhiba en la fotografía usada para el texto. Eso hace que las otras valgan infinitamente más. Tal vez fuese ese rostro el habitual: serio, adusto, triste también. Un ataque al corazón, poco antes de cumplir los setenta, lo retiró de los escenarios. El mismo ataque que años antes le privó (solo un poco, imagino) de su marihuana. Nada que mermara su talento ni su estajanovismo jazzístico. Baker se fue apagando entre mil dolores, acuciado por las deudas

Louis Armstrong no era un niño bonito al modo en que lo era Chet Baker, pero los dos vivieron peligrosamente y algo de ese vértigo late en el jazz que hicieron. Louis fue chico de los recados en los burdeles de New Orleans y se casó con una prostituta. Luego fue proxeneta y vio al Papa en Roma y se ganó la categoría de mito de la música popular del siglo XX con su voz estropajosa y su trompeta bendecida por todos los dioses del olimpo o del delta del Mississippi. Chet nació en una granja y recibió de su padre la afición por tocar un instrumento. La guitarra primitiva derivó al trombón y luego ya definitivamente a los pistones de la trompeta. En 1954 fue elegido como el mejor trompetista del jazz, por delante de Miles Davis y de Louis Armstrong. En 1.955, en Italia, es acusado de traficar con droga. En San Francisco, diez años después, pierde los dientes en una brutal paliza. Si a un pianista le machacas los dedos se puede dedicar a dar conferencias o a vender enciclopedias puerta a puerta, pero a un trompetista no le puedes reventar la boca porque entonces no emboca bien la boquilla y el sonido no fluye, aunque el cerebro de Chet tuviera perfecta noción de cómo debía tocar para procurar el asombro, la fascinación y, en último término, la belleza. La historia cuenta que jugaba el niño Chet Baker con unos amigos cuando uno de ellos lanzó una piedra a una farola con la mala fortuna de que, al rebotar, le dio en la boca y le partió un diente. No se puede tocar la trompeta si te falta uno: el flujo de aire no es el adecuado. Ese accidente no le echó abajo. Hasta pasó de colocarse un diente postizo que paliaba el problema. Fue ese hueco dental el que le hizo desarrollar un sonido personal, que fue reformando en adelante, adaptándolo a las circunstancias, modificando su forma de tocar y no se apreciase más de la cuenta que la boca le dolía más que su propia alma. 

Como Louis Armstrong y tal vez por parecidas razones, Chet Baker estuvo en la cárcel. Ahora los teletipos abonan el morbo del respetable público con candorosas historias de muñequitas siliconadas a lo Paris Hilton, pero duele infinitamente más ver a Baker entre rejas, comprobar que el genio y el talento, la indivisible ración de maestría que le fue generosamente entregada por el numen y el trabajo incansable estaba a la sombra, ninguneada, convertida en un parodia de lo que fue. A Louis lo que de verdad le gustaba era fumarse sus canutitos antes de pisar el escenario y tocar What did I do to be so black and blue. Chet prefería recorrer la Riviera francesa en un Alfa Romeo descapotable con alguna rubia de curvas generosas que le metiera mano en el hotel mientras él buscaba en la maleta su dosis diaria de gloria tóxica. Fue el niño bonito de las mil novias. Todas caían rendidas. Más tarde (todo lo importante sucede siempre más tarde) en otro lugar alguien lo tiraba desde una ventana. O muy probablemente acabase tirándose él mismo. Se había intentado suicidar varias veces. Su autobiografía se llama Como si tuviera alas (Barcelona, Mondadori, 1999). Louis no murió en circunstancias tan trágicas. Vivió mejor que Chet la última parte de su vida. Su música era menos patética, menos inclinada al fatalismo. De hecho mucha gente que no ha hurgado en su legado musical tan sólo lo conoce por su cara bonachona, su cuerpo redondo, la voz ronca y What a wonderful world, esa pieza que te hace sentir alegre nada más empezar a sonar.  Antes de que Louis nos dejase, vio al Papa. La anécdota es lo suficientemente conocida. Justo antes de que el Papa, en cacareada audiencia, recibiese a Armstrong, el músico tuvo un serio problema intestinal. Quienes lo conocían sabían que eso contrariaba sobremanera al trompetista. No habiendo podido evacuar como solía, Louis confesó que no estaba en condiciones de ver al Papa y portarse como debía. Pensó que una buena pipa de marihuana, a la que era muy adicto, podía liberar el stress del momento, relajar las paredes intestinales y que la naturaleza obrara, nunca mejor dicho, como debía. Louis Armstrong se encargó de contar en numerosas entrevistas que el Papa Pío XII le preguntó si él y su amada Lil tenían hijos a lo que Louis, con esa sonrisa infinita y esos tics universales, contestó que no, pero que "lo pasaban muy bien intentándolo". El atracón de hierba hizo sus efectos y nada más terminar la conversación con su Santidad, Armstrong sintió un dolor imposible de soportar que le anunciaba, traumáticamente, que debía buscar un excusado en donde liberarse de la opresión que le martirizaba. Al salir le dijo a su mujer:" Ven, Li, ¿ sabes cómo son los w.c. del Papa? Tienen columnas....". No sé conoce que Chet Baker se manejara con ese humor. Sus fotografías muestran al niño bonito, al ídolo de la voz dulce y frágil, el del fraseo melódico, el del poeta del jazz. Las de Armstrong son casi siempre una celebración de la alegría. La contagian al igual que su música. 


Hoy alguien me preguntó si todos los grandes solistas del jazz eran toxicómanos. Le he respondido muy vagamente. De los grandes genios del jazz o de la literatura o de cualquier otra disciplinas de las artes tenemos siempre una percepción fantasma. No existen. No son tangibles. Están en sus libros o en sus discos o en las memorables actuaciones en un film, pero no sabemos nada o casi nada de qué hicieron en vida, a qué dedicaban (como cantaba otro) el tiempo libre. Cuando mueren se nos coge un nudo en la garganta y agradecemos, ahí adentro, donde quiera que esté el alma, los favores recibidos, el esfuerzo por deleitarnos, por hacernos felices. El arte tiene ese cometido por encima de todos los demás: hacer felices a quienes lo observan o lo producen. No he encontrado una pieza en la que toquen juntos. 






La memoria de los libros

Distraídamente el lector va abandonando entre los libros billetes de autobús, servilletas, antiguas fotografías, listas de la compra, ticket...